DERECHO ADMINISTRATIVO
Actividad: ACTOS PERSONALES Y
SUS EFECTOS
Nombre: Alonso Facury Peña Delgado.
Fecha:16 de noviembre de 2024.
Tutor: Lic. Diana Deyanira Guajardo Palacios
Aula: A Mat:77113
Los actos humanos son aquellos que proceden de la voluntad deliberada del
hombre, es decir, los que realiza con conocimiento y libre voluntad (cfr. S.Th., I-II,
q.1, a.1, c.).
En ellos, interviene primero el entendimiento o sea la inteligencia, porque no se
puede querer o desear lo que no se conoce: con el entendimiento el hombre
advierte el objeto y delibera si puede y debe tender a él, o no. Una vez conocido el
objeto, la voluntad se inclina hacia él porque lo desea, o se aparta de él,
rechazándolo. Sólo en este caso cuando intervienen inteligencia y voluntad el
hombre es dueño de sus actos, y por tanto, plenamente responsable de ellos. Y
sólo en los actos humanos puede darse valoración moral. No todos los actos que
realiza el hombre son propiamente humanos, ya que como hemos señalado antes,
pueden ser también:
• Meramente naturales: los que proceden de las potencias vegetativas y
sensitivas, sobre las que el hombre no tiene control voluntario alguno, y son
comunes con los animales: por ejemplo, la nutrición, circulación de la sangre,
respiración, la percepción visual o auditiva, el sentir dolor o placer, etc.
• Actos del hombre: los que proceden del hombre, pero faltando ya la advertencia
(niños pequeños, distracción total), ya la voluntariedad (por coacción física, por
ejemplo), ya ambas (por ejemplo, en el que duerme).
El acto humano exige la intervención de las potencias racionales, inteligencia y
voluntad, que determinan sus elementos constitutivos: la advertencia en la
inteligencia y el consentimiento en la voluntad. Por la advertencia, el hombre
percibe la acción que va a realizar, o que ya está realizando.
Esta advertencia puede ser plena o semiplena, según se advierta la acción con
toda perfección o sólo imperfectamente (por ejemplo, estando semi-dormido).
Obviamente, todo acto humano requiere necesariamente de esa advertencia, de
tal modo que un hombre que actúa a tal punto distraído que no advierte de
ninguna manera lo que hace, no realizaría un acto humano.
No basta, sin embargo, que el acto sea advertido para que pueda ser imputado
moralmente: en este caso es necesaria, además, la advertencia de la relación que
tiene el acto con la moralidad (por ejemplo, el que advierte que está conduciendo
un automóvil, pero no se da cuenta que tomo un carril no permitido, realiza un acto
humano que, sin embargo, no es imputable moralmente).
La advertencia, pues, ha de ser doble:
• advertencia del acto en sí y
• advertencia de la moralidad del acto.
CONCLUSION
Una de las notas propias de la persona -entre todos los seres visibles que habitan
la tierra sólo el hombre es persona- es la libertad. Con ella, el hombre escapa del
reino de la necesidad y es capaz de amar y lograr méritos. La libertad caracteriza
los actos propiamente humanos: sólo en la libertad el hombre es “padre” de sus
actos.
En ocasiones puede considerarse la libertad como la capacidad de hacer lo que se
quiera sin norma ni freno. Eso sería una especie de corrupción de la libertad,
como el tumor cancerígeno lo es en un cuerpo. La libertad verdadera tiene un
sentido y una orientación: “La libertad es el poder, radicado en la razón y en la
voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar por sí mismo
acciones deliberadas” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1731).
La libertad es posterior a la inteligencia y a la voluntad, radica en ellas, es decir, en
el ser espiritual del hombre. Por tanto, la libertad ha de obedecer al modo de ser
propio del hombre, siendo en él una fuerza de crecimiento y maduración en la
verdad y la bondad. En otras palabras, alcanza su perfección cuando se ordena a
Dios: “Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es
Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto de
crecer en perfección o de flaquear y pecar. Se convierte en fuente de alabanza o
de reproche, de mérito o de demérito” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1732).
A la libertad que engrandece se llama libertad de calidad. Esa libertad engrandece
al hombre, por ser sequi naturam, es decir, en conformidad con la naturaleza, que
no debemos entender como una inclinación de orden biológico, pues concierne
principalmente a la naturaleza racional, caracterizada por la apertura a la Verdad y
al Bien y a la comunicación con los demás hombres. En otras palabras, la libertad
de calidad es posterior a la razón, se apoya en ella y de ella extrae sus principios.
Exactamente al revés del concepto erróneo de libertad como libertad de
indiferencia, en que la libertad está antes de la razón, y puede ir impunemente
contra ella. Es la libertad que no está sujeta a norma ni a freno, aquella que
postula la autonomía de la indeterminación. Un libertinaje ilusorio e inabarcable,
pero destructivo del hombre y su felicidad.