Blessed: The Autobiography
© 2001, George Best
Publicado originalmente en 2001 por Ebury Press, un sello de Ebury Publishing.
Ebury Publishing forma parte del grupo Penguin Random House
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Traducción: Héctor Castells
Diseño y maquetación: Emma Camacho
Composición digital: Pablo Barrio
Primera edición: Junio de 2022
Primera edición digital: Junio de 2022
© 2022, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
[email protected]
www.editorialcontra.com
© 2022, Héctor Castells, de la traducción
© Derek Preston/Paul Popper/Popperfoto vía Getty Images, de la foto de la
cubierta
© Jim Forrest/Radio Times vía Getty Images, de la foto de la contracubierta
ISBN: 978-84-18282-77-5
Para los chavales del 68, que me ayudaron a consumar mis sueños; y a mi
encantadora esposa Alex, por nunca dejar de alimentarlos.
Índice
Prólogo: La otra amante
1. Subiendo al monte
2. Agallas ebrias
3. «Hoy juegas, hijo»
4. El quinto Beatle
5. La fruta prohibida
6. Tocando el cielo
7. Escapando de la locura
8. Desaparecido
9. Descarriado
10. El fin de una era
11. El regreso de los fantasmas
12. Lidiando con las consecuencias
13. «Me llamo George»
14. Los viejos vicios nunca mueren
15. Entre rejas
16. Altibajos
17. Contraatacando
18. Carne de ingreso
19. Mantenerse ocupado
Epílogo: Agradecido (como bien nacido)
Cronología
Estadísticas deportivas
Agradecimientos
Imágenes
Prólogo
La otra amante
LA AGONÍA ERA TAN INSOPORTABLE que si alguien me hubiese ofrecido
una pastilla para zanjar el sufrimiento, no habría vacilado en tomarla.
Al menos la muerte habría puesto fin al espantoso y persistente dolor —el peor
que he conocido nunca—, un dolor comparable a tener un cuchillo retorciéndote
las entrañas. Sin embargo, a pesar de las semanas de sufrimiento, semanas
vomitando y tosiendo sangre (el síntoma más aterrador de lo gravemente
enfermo que estás), me negué en redondo a aceptar que necesitaba ingresar con
urgencia.
Como os podréis imaginar, las súplicas de mi esposa Alex para que ingresara
eran cada vez más desesperadas; algunas veces intentaba engatusarme, otras
amenazaba con abandonarme a mi sufrimiento como harías con un niño.
Además, sin que yo lo supiera, había empezado a triturar comprimidos
vitamínicos y espolvorearlos sobre la escasa comida que lograba ingerir, a pesar
de que apenas era capaz de retener nada. Alex también empezó a triturar pastillas
de cardo mariano, que ayudan a limpiar el hígado.
Habida cuenta de las cantidades de alcohol que me estaba pimplando, era como
intentar diluir un barril de whisky escocés en un dedo de agua, aunque era
comprensible que lo hiciera. Alex también había estado leyendo todos los libros
de medicina que habían caído en su manos y sabía que todo apuntaba a que tenía
cirrosis; aunque, sin ánimo de ofenderla, es lo que cualquiera hubiese concluido.
Yo lo sabía, pero tenía siempre algo dentro de mí, la vocecilla interior que me
decía que, ya puestos, daba lo mismo que mi enfermedad fuera producto del
alcohol o de cualquier otra cosa. Si tenía que morir, me decía a mí mismo —y
tenía claro que era una inequívoca posibilidad—, de algo tendría que ser, así que
¿por qué culpar a la bebida? Todo el mundo culpaba siempre a la bebida. No
obstante, y de manera paulatina, empecé a hacerme a la idea de que podría
tratarme, hacer alguna cosa para combatir el dolor, lo que pasaba por dejar de
beber. Esa era la parte que me resistía a aceptar, qué duda cabe, así que continué
fingiendo.
Si alguna vez tenía dudas sobre mi estado, me bastaba con mirarme en el espejo
del lavabo para disiparlas. Había advertido que mi piel estaba empezando a
amarillear, uno de los primeros síntomas de la ictericia que acompaña a la
cirrosis. Tenía la cara chupada y había empezado a adelgazar tanto que mi ropa
parecía haber sido adquirida para alguien que me sacaba dos tallas.
Había empezado a sentirme enfermo tras el fiestón para celebrar el sesenta
cumpleaños de Jimmy Tarbuck, en febrero de 2000. La invitación decía:
Hombres: esmoquin; mujeres: vestidos de postín; comida: fish and chips de
primera categoría.
Y tal sería el menú que se serviría en el club de golf de Tarby para celebridades
como Cilla Black, Ronnie Corbett, Russ Abbott, Robert Powell, Michael
Parkinson y Adam Faith. Fue una velada fantástica, pero yo llevaba una
temporada lejos de mi mejor forma, así que decidí reservar una semana en el
balneario de Forest Mere, en Hampshire.
Durante años, aquella había sido mi patética solución a toda una vida bebiendo
en exceso: ir a un balneario cuatro o cinco veces al año convencido de estar
contrarrestando los efectos del alcohol, por mucho que siempre me pimplaba mis
vinos cuando estaba en lugares como ese. De hecho, algunas veces salía más
perjudicado de lo que entraba, aunque seguía convencido de estarme cuidando,
de estar solucionando mi problema. Por desgracia, el alcohol no tiene solución.
No hay manera de hacer que desaparezca.
También me llevé un susto en Forest Mere, la señal de que las cosas se estaban
poniendo seriamente preocupantes. Un día estaba a punto de meterme en la
ducha cuando advertí un granito en mi pierna, el típico que nos sale a todos. Me
lo rasqué sin pensar y empezó a sangrar. Y a sangrar. Y sangrar. Es algo que a
todo el mundo le ha pasado alguna que otra vez, aunque resultaba increíble que
pudiera manar tanta sangre de aquel granito. Antes de darme cuenta, el suelo
estaba encharcado y yo estaba envuelto en papel higiénico y pañuelitos
salpicados de sangre, todo lo que tenía a mano para intentar contener la
hemorragia. Finalmente, Alex consiguió cubrir la herida con un apósito, aunque
la sangre siguió manando durante los dos días siguientes. Era una señal; aunque
hice de todo menos escucharla.
Y con respecto a la bebida, no tenía el menor interés en deshacerme de ella. Más
bien todo lo contrario; y como siempre, fiel a mi estilo, en lugar de buscar la
solución a mis problemas estomacales en un frasco de medicinas, lo hice en una
botella de brandy. En circunstancias normales, se suponía que no debía tocarlo,
ya que no era recomendable para mi presión arterial, aunque algunos de los
camareros de mi pub habitual en Chelsea, el Phene Arms, me servían siempre
alguno de extranjis.
De pronto, empecé a beber cada vez más y más; algunas veces empezaba al poco
de haberme despertado, poniéndole la guinda a los ríos de vino que me estaba
pimplando a diario. Y, cómo no, cuanto más bebía más disminuía el dolor. De
modo que, con la típica lógica del alcohólico, concluí que cuanto más, mejor. Me
ayudó, naturalmente, pero habida cuenta de que mi dolor estaba causado por mi
hígado implorando clemencia, lo único que conseguí fue que mi enfermedad se
hiciera todavía más irreversible.
Sin embargo, me negaba a ir al hospital porque sabía que «el tratamiento»
consistiría en cortarle el grifo a mi medicina.
Tanto Alex como Phil Hughes, mi agente y amigo, me habían visto pasar por
alguno de mis peores momentos y se percataron mucho antes que yo de que la
situación era grave. O al menos lo asumieron mucho antes que yo. Ahora ambos
me suplicaban a diario que ingresara, pero yo seguía con mi dieta de autoayuda a
base de brandy y dejándome caer a diario por el Phene. Se había convertido en
un escenario tan familiar como el salón de mi casa.
Hasta que una tarde, mientras ocupaba mi asiento habitual en un rincón, sucedió
algo asombroso. La puerta del pub se abrió lentamente, alcé la vista y me
encontré con uno de los viejos parroquianos que llevaba tiempo sin aparecer. No
lo reconocí a primera vista debido a lo frágil y escuálido que estaba, y cuando
me di cuenta de quién era, me quedé absolutamente patidifuso. Tenía la piel y los
ojos completamente amarillos, y las mejillas demacradas. Huelga decir que le
acababan de diagnosticar cirrosis.
Si bien es verdad que mi piel había empezado a amarillear, no tenía nada que ver
con la del parroquiano. Su aspecto era diez veces peor que el mío, y jamás me
explicaré cómo era posible que siguiera respirando. Yo sabía por la ictericia que
las cosas no iban bien; hasta que, de pronto, me encontré presenciando la
siguiente fase de mi enfermedad: me estaba viendo a mí mismo en cuestión de
días o semanas, a lo sumo. Me quedé aterrorizado, y la aparición del parroquiano
en el pub en aquel preciso momento provocó que todo pareciera una señal
dirigida a mí. No cabe duda de que me alentó a tomar la decisión definitiva de
ingresar.
Uno de los motivos que me había permitido continuar fingiendo es que seguía
estando razonablemente en buena forma; aunque no hubiese osado describirme
como atlético. Sin embargo, de golpe y porrazo, casi de la noche a la mañana,
me quedé sin un ápice de energía. Estaba completamente exhausto y era incapaz
de hacer nada. Alex tenía que vestirme, darme de comer; e, incluso, quitarme los
calcetines. Tenía todo el tiempo un espantoso dolor de estómago, estaba
literalmente doblado por los retortijones. Mi resistencia se consumía, y Alex me
presionaba cada vez más.
Finalmente, un día en que estaba en la cama hecho un ovillo como un bebé, Alex
dijo que iba a llamar a una ambulancia.
Esta vez, no opuse ninguna resistencia.
Me ingresaron en el hospital Chelsea and Westminster, que estaba al doblar la
esquina, y prácticamente me tuvieron que llevar a cuestas. Sin embargo, a pesar
del dolor que padecía y de mi quebradiza rodilla, que jamás había vuelto a ser la
misma desde mis días como jugador, me negué a que me pusieran en una silla de
ruedas. No iba a arriesgarme a ver esa fotografía impresa en todos los periódicos
a la mañana siguiente.
Los médicos me hicieron un montón de pruebas y me dieron también un chute
que me quitó el dolor; visto a toro pasado, es probable que no fuese la medida
más oportuna, puesto que provocó que me sintiera como unas castañuelas y me
negara a ingresar. Alex se puso hecha una auténtica furia después del esfuerzo
que había invertido en trasladarme hasta allí. Yo, sin embargo, erre que erre, me
dije que volvería a casa y me pasaría unos días sin beber, como si eso fuera a
cambiar nada a esas alturas.
Y cuando me refiero a algún tiempo sin beber, bien podría ser un mes, una
semana, un día; o, simplemente, cuestión de horas.
Era ciertamente incapaz de aceptar que mi dilatada, y a menudo mundanal,
carrera como bebedor hubiera llegado a su fin. Pero si iba a tener que tirarme
una temporada en el dique seco, prefería pasar el calvario de la abstinencia en la
tranquilidad de mi hogar que hacerlo en la cama de un hospital observado por
toda suerte de espectadores boquiabiertos.
Cualquier bebedor social habrá padecido en algún momento los habituales
síntomas de la resaca: cabeza palpitante, náuseas y garganta como serrín. Pero
solo el alcohólico conoce el auténtico sufrimiento que llega cuando ha pasado la
resaca y se impone el malestar de la abstinencia; esto es, sudores, palpitaciones y
pánico. Los drogadictos lo llaman estar de mono, una descripción tan buena
como cualquier otra, en vista de que te tiras la mayor parte del tiempo tiritando,
aun cuando estés en cama bajo un montón de mantas, o sentado junto a una
chimenea a pleno rendimiento.
Nunca había pasado por un delirium tremens de verdad, con las típicas
alucinaciones de ratones corriendo por las cortinas, lo que solo se ve en películas
como Días sin huella. Sin embargo, había pasado épocas en que lo había dejado
y durante unos cuantos días me había sentido como una mierda, días en que
había sudado la gota gorda, una gota bañada en sudores fríos y calientes.
También había padecido temblores tan nefastos que era incapaz de sostener nada
entre las manos. Y el alcohol es una droga tan aberrante que sabes que si te
tomas una los temblores desaparecerán, así que la lucha contra la tentación
continúa, aun cuando te has comprometido a pasar el mono.
Cuando estuve ingresado en la clínica Vesper de California, a principios de los
ochenta, durante uno de mis múltiples intentos fallidos por dejarlo, también vi a
gente pasar monos espeluznantes en su intento por desengancharse de drogas
duras; gente de toda clase, desde chavales de catorce años a abuelas de setenta.
Estaban tan mal que el resto de nosotros solíamos turnarnos para ir a sus
habitaciones y socorrerlos durante el calvario que estaban pasando. Presenciarlo
era aterrador.
Esta vez, el calvario no fue tan infernal, a pesar de que me pasé la semana entera
en nuestro apartamento de Chelsea pasándolas canutas. Además de cuidar de mí,
Alex se pasó todo el tiempo hablando con facultativos del hospital Lister, que le
dijeron que tenía que ver al doctor y catedrático Roger Williams, en el hospital
Cromwell, un reputado especialista en el tratamiento de la cirrosis. Alex y Phil
hicieron las gestiones oportunas y el 8 de marzo de 2000 me presenté en la
consulta del doctor Williams.
Me sentí un poco como si me estuviera entregando a la policía, algo que ya había
hecho en mi día, y no peco de dramático cuando afirmo que no había un minuto
que perder. No estaba previsto ingresarme en ese momento, se suponía que tenía
que haber sido una primera consulta, terminada la cual, el doctor iba a darme una
fecha para admitirme. Sin embargo, ni siquiera le hizo falta examinarme. Se
limitó a mirarme a los ojos, que estaban ya tan amarillos como los del
parroquiano del pub, y me dijo: «Te ingresamos».
Había entrado en su consulta a las cuatro de la tarde y un cuarto de hora después
estaba tumbado en una cama de la unidad hepática conectado al suero.
Me sentí profundamente aliviado.
Si bien la semana anterior había estado más que encantado de regresar a casa
desde el Chelsea and Westminster para sufrir, ahora, por algún motivo, había
asumido que tenía que entrar en tratamiento a toda costa; ya había padecido lo
suficiente en casa: pasé lo que no está escrito. Pero lo que todavía no había
asumido era que no podría volver a beber. Solo un alcohólico ve el lado positivo
en semejantes circunstancias, y yo lo hice. En el fondo, sabía que me iba a
quedar quietecito durante una temporada, pero me convencí de que solo estaría
ingresado unos días; una semana, a lo sumo, y de que luego me encontraría lo
suficientemente bien como para seguir haciendo de las mías, y cuando me
apeteciera un trago, me lo tomaría.
Al haber sido ingresado de manera tan fulminante no me había preparado
ninguna maleta para el hospital, de modo que al día siguiente Alex salió a
comprarme tres pares de pijamas, igualitos los tres (el personal de enfermería
pensaría que no me cambiaba nunca de pijama). Alex también me trajo la prensa
del día, que estaba plagada de necrológicas escritas en mi honor. Era evidente
que los periódicos se habían enterado de la noticia a última hora de la jornada, y
a falta de saber si me estaba debatiendo entre la vida y la muerte, habían resuelto
cubrirse las espaldas, no fuera el (o)caso.
Es rarísimo leer tu propia necrológica. Aunque la verdad es que la mayoría de
redactores se mostraron de lo más entrañables, y leer la noticia de mi muerte me
brindó horas de entretenimiento.
Ojalá pudiera decir lo mismo de los resultados de mis análisis de sangre, que se
convertirían en la lectura más desalentadora de todas. Los índices de la Gamma
Glutamil Transpeptidasa (GGT), la enzima hepática más indicativa del alcance
del daño, dispara las alarmas entre los facultativos cuando rebasa los ochenta
puntos. Yo estaba cerca de los 900, y la prueba de la bilirrubina, que es el
pigmento amarillo asociado a la ictericia, estaba también por las nubes.
Los médicos disponen de una escala del uno al tres para calibrar el alcance de la
enfermedad hepática que padecía. Si te diagnostican un grado uno, significa que
puedes recuperarte completamente si dejas de beber durante una temporada; el
grado dos equivale a una recuperación normal, sea lo que eso sea; mientras que
el grado tres equivale a una cirrosis avanzada. En el momento de mi ingreso, me
debatía entre el segundo y el tercer grado, lo que, al menos, dejaba una puerta
abierta a la esperanza.
Claro que no puede decirse que el doctor Williams estuviera de humor para
alimentar mis fantasías de volver a privar, precisamente. Fue brillante y
brutalmente honesto, me explicó exactamente qué andaba mal y qué tendría que
hacer. Básicamente, me contó, hablando en plata, que mi hígado se había
rendido, y que un solo trago más podría matarme. No tardé nada en trabar
amistad con el doctor Williams y su ayudante, el doctor Akeel Alisa, y habida
cuenta de que me había convertido en mi peor enemigo, eran la clase de amigos
que necesitaba.
Algunas veces, solo en mitad de la noche, la oscuridad se cernía sobre mí, y mi
vocecilla interior me decía que todo aquello era una pérdida de tiempo, que lo
que tenía que hacer era darme de alta. De haberla escuchado un par de años
antes, no me cabe duda de que la hubiese obedecido. Me habría despertado una
noche, me habría arrancado el suero vestido, habría salido del hospital, me abría
embarcado en un avión, y si te he visto no me acuerdo.
Pero no lo hice. Algo más me decía que rendirme no era una posibilidad. Había
decidido que quería seguir dando guerra durante una temporada, y sabía que
hacer lo contrario sería profundamente egoísta y extremadamente doloroso para
Alex, mi amigo Phil, mi padre, mi hijo Calum, el resto de mi familia y para toda
la gente que me mandaba mensajes para desearme una pronta recuperación.
Además, no tardaría en salir y en seguir haciendo de las mías como antaño. El
doctor Williams me había dejado claro que no podía volver a beber, pero yo me
seguía diciendo que los médicos y los de su calaña siempre te lo pintan todo de
la peor manera posible.
La bebida es el único rival al que he sido incapaz de derrotar, a pesar de mis
intentonas en Alcohólicos Anónimos, pasando la abstinencia, e incluso en un par
de ocasiones, de haberme cosido en el estómago comprimidos de Disulfiram,
cuyos efectos se prolongan durante tres meses y provocan que caigas
perdidamente enfermo con solo beber un sorbo de alcohol. Pero ni siquiera eso
me había detenido.
Antes de coserme el Disulfiram, había probado con pastillas con idéntico
principio activo en Estados Unidos. Son comprimidos orales y no me quedó otra
que comprobar por mí mismo si funcionaban. Me había ido de escapada de fin
de semana a Lake Tahoe, donde tenía un lugar reservado en la mesa de apuestas,
y en mi segunda noche, antes de salir a cenar, decidí tomarme un cóctel,
simplemente para comprobar si podía salirme con la mía.
Entré en un casino y pedí un vodka largo. Sin embargo, no me había bebido
siquiera la mitad cuando la cara se me empezó a cuartear en sarpullidos rojos y
el corazón se me puso a mil por hora.
En otra ocasión, llevaba casi un año sin probar gota hasta que en un arrebato de
lógica que solo un alcohólico podría entender, salí a celebrarlo con una juerga de
órdago.
Cuando eres alcohólico la bebida es tu vida. Todo lo demás no importa, como así
demostraría tras el nacimiento de mi hijo Calum en 1981; cuando, para mi
propio escarnio, ni siquiera logré dejar de beber por él. Alex tiene razón cuando
dice que antes de que me ingresaran, una de dos: o estaba bebiendo o pensando
en beber. Pero yo estaba seguro de que no tenía ningún problema porque llevaba
una existencia en apariencia perfectamente normal, y me seguía ganando bien la
vida.
Nada que ver con mis descarriados viejos tiempos, cuando me corría juergas
durante días. Ni siquiera después de que futbolistas como Tony Adams o Paul
Merson admitieran que tenían problemas y buscaran ayuda profesional fui capaz
de relacionar mi situación con la suya. Creía realmente que tenía la bebida bajo
control porque entonces daba centenares de charlas de sobremesa en cenas de
gala, y hacía también otras apariciones públicas frente a multitud de personas sin
quedar jamás en evidencia.
Vaya, salvo por contadas excepciones.
En ocasiones, otros comensales sentados a cenar en la misma mesa que yo
comentaban lo poco que bebía. Parecían casi decepcionados, y recuerdo decirle
una vez a un tipo: «Si nos pusiéramos a competir, te tumbaría fácil. Simplemente
he decidido tomármelo con calma esta noche».
Era la combinación de mi viejo y crecido ego, y el clásico autoengaño de creerte
capaz de elegir entre beber o no hacerlo. Un médico llegó a decirme una vez que
la bebida es un grifo que puedes abrir o cerrar a tus anchas. Y como os podéis
imaginar, me quedé realmente encantado de escuchar semejantes palabras en
boca de un facultativo, aunque ahora sé que una vez que abro el grifo, corriendo
lo dejo.
Ni siquiera las consecuencias de mis borracheras (algunas de las cuales habían
sido bastante catastróficas) tenían el menor efecto en mis ansias por seguir
bebiendo. De hecho, la bebida empezó a destruir mi carrera futbolística
prácticamente desde el principio.
Con solo veintidós años gané la Copa de Europa de 1968 con el Manchester
United y fui proclamado mejor futbolista europeo del año. Tendría que haber
sido el principio de una carrera deslumbrante; aunque sería, en realidad, el
principio del fin. La bebida fue «mi otra amante», la responsable del fracaso de
mi primer matrimonio con Angela MacDonald-Janes; la misma que, en
ocasiones, ha desatado tormentas que han puesto mi matrimonio con Alex en la
picota.
La bebida también me llevaría a la penitenciaría de Pentonville en 1984 por un
delito de conducción en estado de embriaguez que con toda seguridad no hubiese
terminado con mis huesos en la sombra de no haberle propinado un cabezazo a
un policía.
La peor de todas sucedió a los tres meses de entrar en el nuevo milenio, cuando
el alcohol estuvo a punto de cobrarse mi vida. Y pese a todo, cuando finalmente
recibí el alta en Cromwell la semana después de Pascua, tras pasarme dos largos
meses ingresado, seguía siendo incapaz de afirmar que no volvería a beber. Otra
cosa es que, por supuesto, así lo afirmara públicamente; a fin de cuentas, mentir
es un acto reflejo para un alcohólico. Tampoco es que me costara demasiado
declararlo, porque después de todo por lo que había pasado, lo último que me
apetecía era un trago.
Sin embargo, mientras enfilaba mi regreso al mundo real a pasos quebradizos,
con el aspecto y la sensación de tener cien años, era incapaz de asumir que mi
carrera alcohólica hubiese terminado.
Un año después, sigo sin poder hacerlo.
Capítulo uno
Subiendo al monte
CUANDO MI MADRE murió alcoholizada en 1978, me molestó y entristeció
que multitud de periodistas se pusieran a fisgonear en nuestros antecedentes
familiares, intentando encontrar cualquier motivo para explicar por qué había
empezado a beber y por qué lo hacía yo.
Al alcohólico no le hace falta ningún motivo para beber; aunque, naturalmente,
había muchos factores en juego tanto en el alcoholismo de mamá como en el
mío. Y por muy dolorosos que algunos resulten procuraré abordarlos en este
libro tan honestamente como me sea posible, a pesar de que nunca me haya
gustado airear los problemas familiares en público. Ni que decir tiene que me
disgustó profundamente que los tabloides insinuaran todo tipo de cosas sobre mi
madre en el momento en que intentaba encajar su muerte.
Sí, mi madre había tenido sus problemas, como tantas otras madres, haciendo lo
posible por criar a seis hijos en la Gran Bretaña de posguerra. Pero sus
problemas con la bebida empezaron mucho más adelante, años después de que
me hubiera ido de casa. Mis hermanos y hermanas lo pasaron peor, pero en mi
caso todos mis recuerdos de infancia de mi madre son felices.
Era una madre fantástica y crecer a su lado fue genial, de verdad que lo fue.
Nunca teníamos un duro; ni nosotros, ni el resto de familias de los bloques de
edificios de Cregagh, en Belfast, adonde nos mudamos cuando yo tenía tres
años, y donde mi padre, Dickie, sigue viviendo, en la misma residencia familiar
de antaño, en Burren Way, a día de hoy1. Yo nací el 22 de mayo de 1946, en el
momento en que todo el mundo intentaba levantar cabeza después de la guerra,
cuando el racionamiento era sinónimo de escasez en el suministro de los
alimentos más básicos.
Al igual que la mayoría de niños de la época, pasé mucho tiempo con mis
abuelos, ya que tanto mi padre como mi madre tenían que trabajar para llegar a
fin de mes. Mi padre tenía jornadas de horario continuo en una torneadora de
hierro, en los astilleros de Harland and Wolff, así que nunca sabíamos cuando
estaría en casa. Mi madre trabajó una temporada en la fábrica de tabaco
Gallagher, donde también trabajaban muchas de las madres de mis amigos.
Luego empezó a trabajar en una fabrica de helados, lo que alimentaría mi pasión
por sus productos, aunque en realidad devoraría suficientes cantidades como
para quitarme las ganas de comer helado de por vida, ya que me colaba en la
cadena de producción siempre que me apetecía y me llevaba alguno. En el argot
de Belfast lo llamábamos el saco y la oblea (o sea, el cucurucho y el barquillo
según el vocabulario del resto de la humanidad).
Los trabajos de media jornada de mi familia me tenían a dieta de golosinas, ya
que una de mis tías trabajaba en un fish & chips y otra en una tienda de
caramelos.
Empecé a caminar, literalmente, con una pelota cosida a los pies. En una de las
primeras fotografías que me sacaron aparezco a la salida de la casa de mi abuelo
y abuela maternos, los Withers, con una pelota en los pies. Tendría unos trece
meses. En realidad, lo de menos era qué tipo de pelota fuera (de plástico, de
tenis), cualquiera que pudiese chutar me valía. En ocasiones, hasta me llevaba la
pelota a la cama.
Cuando empecé a estudiar en la escuela de educación primaria de Nettlefield,
que quedaba cerca de casa de la abuela Withers, regresaba a toda prisa a la hora
de comer a por una rebanada de pan tostado y una taza de té, y cinco minutos
después estaba otra vez en el patio del colegio chutando el balón. Repetía
idéntico ritual al salir de clase. Y el pan estaba tostado solo por un lado porque
los abuelos usaban un pequeño fogón eléctrico, y en cuanto el pan se tostaba por
un lado lo apagaban para ahorrar electricidad.
Años después, la señora Fullaway, la casera de mi residencia cuando jugaba en el
Manchester United, se me quedó mirando un día con cara de preocupación y me
preguntó: «Te pongo la mantequilla en el lado derecho de la tostada, ¿verdad?
En la parte tostada, ¿no?».
En vista de que mamá y papá trabajaban todo el santo día, no los veía hasta la
noche, cuando, a menudo, invitaban a amigos a jugar a las cartas, que es lo que
solía hacer la gente antes de la llegada de la televisión. Yo me sentaba y los
observaba durante horas. No entendía cómo se jugaba, pero me fascinaban las
cartas en sí mismas; sus colores, y sus figuritas, que eran ligeramente
inquietantes. Me quedaba mirando durante horas hasta que caía dormido, que era
el momento en que mi madre se excusaba durante unos minutos de la mesa de
juego y me llevaba a cuestas hasta la cama.
Sin embargo, siempre que me llevaba escaleras arriba me despertaba; y después
de rogarle un poco, me permitía bajar veinte minutos más. Mamá era muy guapa,
aunque también era la más dura de los dos. Papá, en cambio, era tan relajado que
jamás se le hubiese pasado por la cabeza ponerme un dedo encima. Mamá era
también muy tranquila, pero cuando me pasaba de la raya me obsequiaba con lo
que llamaba «una buena tunda», que consistía en abofetearme el dorso de las
piernas.
Estaba tan flaco que al final terminaba lastimándose ella más que yo: era puro
hueso. Y antes de azotarme tenía que pillarme, porque en cuanto sabía que se
avecinaba una tunda subía corriendo las escaleras y me acurrucaba debajo de la
cama en forma de ovillo para que no pudiera atraparme
Mi hermana Carol nacería solo un año más tarde, y cinco años después llegaría
mi hermana Barbara. Siempre tuve una estrecha relación con Carol, supongo que
porque solo nos llevamos diecisiete meses. Carol no compartía mi amor por el
fútbol; en aquella época, no era realmente cosa de chicas. Pero solíamos hacer el
tonto un montón juntos, en casa, donde nos peleábamos de broma y nos
tirábamos de los pelos a menudo, lo normal entre un hermano y su hermana.
Un día, sin embargo, la cosa se salió un pelín demasiado de madre, y Carol me
aflojó un guantazo en el plexo solar. Fue un puñetazo del que Lennox Lewis se
hubiese sentido orgulloso, y me dejó sin respiración durante uno o dos minutos.
Carol se quedó completamente aterrorizada, se convenció de que me había
matado. Sigue comentando el incidente a día de hoy.
Carol ha seguido los pasos del abuelo Withers, no solo como la religiosa de la
familia, sino también como su cabecilla, por así llamarla. A la muerte de mi
madre, se responsabilizó de cuidar de papá, limpiar la casa y cocinarle. Y cuando
alguien en la familia está en apuros, Carol es la primera a quien llaman. Es como
si tuviera el don de la espiritualidad, esa tranquilidad, y jamás habla mal de
nadie. Ahora vive al lado de mi casa, así que siempre estamos entrando y
saliendo el uno de casa del otro, y es posible que nuestra relación nunca haya
sido tan estrecha.
Mi abuelo paterno, James «Scottie» Best, vivía justo al lado del Oval, el campo
de fútbol del Glentoran. No hay que olvidar que crecí en una época en la que
hasta el fútbol estaba dividido por motivos sectarios; y supongo que, en realidad,
lo sigue estando a día de hoy. Entonces, si eras protestante eras del Linfield, y si
eras católico eras del Glentoran, o los Glens, como les llamábamos. Nuestra
familia era protestante, de la Iglesia Presbiteriana Libre del Ulster, para ser
exactos, pero comoquiera que el abuelo Best vivía al lado del Oval, me hice de
los Glens.
Casi todas las semanas iba con mi padre o mi abuelo o con algunos amigos, y me
quedaba junto a la entrada del Oval. Era lo que se hacía entonces, te quedabas
junto al molinete giratorio de las taquillas y esperabas a que apareciera algún
adulto y te alzara en brazos. Los Glens atraían a muchísimo público en aquella
época, la guerra había dejado a los aficionados muertos de hambre deportiva, y
los adultos nos pasaban en volandas, como si viajáramos en una cinta
transportadora, hasta primera fila. Yo no tenía ningún conflicto religioso. A fin
de cuentas nadie llevaba bufandas, y todavía tendrían que pasar cuarenta años
para que llegara la moda de vestir la camiseta de tu equipo. Como mucho
llevabas la escarapela de tu club.
Mamá y papá nunca fueron tan religiosos, pero el abuelo Withers sí lo era y,
como muestra de respeto, íbamos todos juntos a misa los domingos. Los adultos
iban a la misa de la mañana y los niños íbamos a catequesis por la tarde, y yo me
lo pasaba pipa. Me encantaba cantar y leer la Biblia, y todavía rezo de vez en
cuando, a día de hoy. De hecho, a mi llegada al Manchester United, por las
noches, antes de acostarme, solía arrodillarme junto a la cama y rezaba. A la
salida de la iglesia, la familia entera se reunía para merendar. Había ensaladas,
patatas y las tartas caseras de la abuela Withers.
Con permiso de las patatas, las tartas eran el alimento básico de todas nuestras
familias. La especialidad de mi madre eran las tartas de manzana, aunque en
Halloween también solía hornear sus deliciosas manzanas caramelizadas.
Cuando regresé a vivir a Irlanda, le pedí a Carol que le diera la receta a Alex,
aunque todavía es hora de que prepare alguna. Mi madre era un no parar, ya que
tenía que hacer auténticos malabarismos para compaginar sus ocupaciones como
ama de casa con su trabajo. Algunas veces no regresaba hasta las diez de la
noche, cuando, por supuesto, estábamos ya todos acostados. Pero le
escuchábamos limpiar las ventanas. Tenían unos enormes mangos de cobre por
la parte de afuera, y ella se asomaba con un trapo y una lata de Brasso a las diez
de la noche y los limpiaba.
Cuando el verano era caluroso, en la fábrica de helados no daban abasto, y a mi
madre le tocaba trabajar los domingos, algo que el abuelo Withers no veía
precisamente con buenos ojos. Durante el verano, mi padre le preparaba pasteles
de pollo, uno de los platos favoritos de mi madre, y luego se los calentaba, los
envolvía herméticamente para que no se enfriaran, pedaleaba hasta la fábrica de
lácteos y se los entregaba en mano. Aquella bicicleta la amortizamos de verdad,
y nos vino de perillas. Cuando sus respectivas jornadas laborales se solapaban,
mi madre se iba a hacer su turno de día en bicicleta, y en cuanto regresaba a casa
mi padre le tomaba el relevo y pedaleaba hasta el astillero para trabajar el turno
de noche.
Durante las vacaciones de verano, nos íbamos a la cabaña que la abuela Withers
tenía en Crossgar, que queda en la orilla opuesta del lago Strangford, cerca de
donde Alex y yo vivimos ahora. Mi tío, George Withers, que es un año menor
que yo, y mi primo Louis, el hijo de la hermana de mi madre, también solían
venir, así que formábamos un triunvirato inseparable de chavales. Había un viejo
granero en la parte posterior de la cabaña de la abuela, adonde nos
escaqueábamos los tres a zurrarnos de lo lindo. Nosotros nos emocionábamos y
los llamábamos combates de boxeo, aunque básicamente eran batallas campales.
Había un escarpado barranco que discurría montaña abajo, desde la cabaña hasta
la carretera principal, y me encantaba bajarlo corriendo a toda pastilla, e incluso
subirlo luego, aunque bastante más lento.
No había electricidad ni lámparas de aceite, todas las lámparas eran de gas, pero
teníamos un gran fogón de leña que mantenía la casa caliente. A pesar de las
carencias, la vida allí era genial. Nos despertábamos antes de que saliera el sol,
metíamos a las vacas en los establos para ordeñarlas, y luego recolectábamos los
huevos frescos de las gallinas, todo un lujo después de la escasez que reinaba en
Belfast. También ayudábamos a empacar las balas de heno; estábamos hechos
todos unos chavalotes de campo. Por si fuera poco, el granjero de al lado tenía
un burro en un campo, y solíamos montarlo y dar trotes. Al terminar el día,
estábamos completamente reventados, aunque hambrientos como limas.
Nuestra cena consistía en un plato de patatas aderezado con el pan y los pasteles
caseros de mi abuela. Así era Irlanda entonces: las patatas eran el alimento
básico, el único que todo el mundo podía permitirse. Al menos, no solo había de
sobra, sino que hasta se organizaban competiciones para ver quién podía
zamparse más. Juraría que sigo siendo el plusmarquista con un total de
veintitrés.
No recuerdo haber ganado nunca un solo chavo legalmente, pero tenía mis
métodos para conseguirlos de estraperlo y mantenerme dulcemente provisto. Mi
madre coleccionaba monedas de seis peniques, calderilla, en una vieja botella de
leche que escondía debajo de la pila de la cocina. Las monedas eran un pelín
demasiado grandes, de manera que mi madre limaba el interior de la botella
hasta que las monedas podían quedar embutidas. No tengo muy claro cómo
planeaba vaciarla, quizá rompiéndola. El caso es que después de unas pocas
tentativas, ingenié un mecanismo para extraerlas. Solo me llevaba una cada vez
que lo hacía, con sumo cuidado, para que no se diera cuenta; y aunque solo fuera
una, las monedas de seis peniques te duraban una eternidad en aquella época.
Yo era un pequeño bellaco en toda regla, aunque todo parecía bastante inocente
en aquel momento. Sin embargo, siempre me encantó tramar gamberradas. En el
colmado del barrio vendían galletas en grandes tarros de cristal, y justo antes de
la hora del cierre, te regalaban las que estaban despedazadas, las que no se
podían vender, envueltas en una pequeña bolsa de papel; la bolsa dulce, la
llamaban. Así que mis amigos y yo nos dejábamos caer cinco minutos antes de
que cerraran, fingíamos estar echando un vistazo y nos dedicábamos a romper
las galletas. De regreso a casa pasábamos junto a un casoplón que tenía un
enorme manzano cuyas ramas colgaban sobre la fachada y robábamos un par
para condimentar las galletas. Por la noche, solíamos pasarnos por el fish &
chips del barrio, que se llamaba Eddie Spencer —y que curiosamente sigue
abierto—, y Eddie nos regalaba las sobras de la freidora.
En esa época, también empecé a coleccionar sellos. Cuando estaba sin blanca los
robaba de Woolworths. Y, cómo no, tenía un método. Me hacía con seis o siete
paquetes para admirarlos, y acto seguido los dejaba caer deliberadamente al
suelo. Entonces el dependiente de la tienda se aproximaba y le decía: «No se
preocupe, ya los recojo yo», y reponía solamente cuatro o cinco de los paquetes.
Obviamente, sucedió mucho antes de la llegada de las cámaras de seguridad, de
manera que no hacía falta ser un genio de la delincuencia para salirte con la tuya
en hurtos de esa índole.
También ayudaba a un repartidor que conducía una furgoneta y vendía frutas y
verduras, con lo que me sacaba cuatro perras. Y los viernes por la noche
recolectaba el dinero de los suscriptores del quiosco del barrio que pagaban por
recibir el periódico a domicilio. Aquel también sería un negocio lucrativo,
habida cuenta de que los clientes solían pagarme con quince peniques una cuenta
que costaba catorce. Entonces fingía registrar mis bolsillos para darles el penique
de cambio, hasta que les decía: «Lo siento, no me quedan peniques sueltos. Se lo
doy la próxima semana».
Sin embargo, jamás lo hice, y noventa y nueve de cada cien veces la gente se
olvidaba. Si conseguía engatusar a veinte personas, cuando terminaba el turno de
noche me había embolsado veinte peniques, lo que equivalía a un poco más de
una moneda de seis centavos. Lo mejor era cuando alguien se olvidaba de pedir
el recibo: entonces me embolsaba quince peniques de una tacada. Nunca me
explicaré cómo es posible que nunca me pillaran.
En verano, me gastaba mis fraudulentas ganancias en la feria del barrio. Ver
cómo llegaba al pueblo y se instalaba junto a Cregagh Road, en Dallywinkers
Lane, un marco incomparable, era uno de los acontecimientos del año. Ni que
decir tiene que el dinero de un niño no dura demasiado en un lugar tan excitante
como una feria, de manera que cuando nos quedábamos sin blanca —lo que
sucedía a los cinco minutos de haber entrado— pasábamos al siguiente
trapicheo. A mí me encantaban los tenderetes Hoopla porque podías ganarte un
premio, y decidimos comprobar qué posibilidades teníamos de inclinar la
balanza a nuestro favor yendo armados con un gran palo con un gancho.
Entonces, mientras algunos nos quedábamos distrayendo al feriante, los otros
disponían de unos segundos para intentar pescar algo.
Gracias a la magia de la televisión, me enamoré de otro equipo de fútbol, los
Wolverhampton Wanderers.
Después de ascender a Primera y proclamarse campeones de Liga en 1954, los
Wolves se midieron con algunos de los mejores clubes del mundo, en partidos
disputados bajo el alumbrado artificial de su estadio, el Molineux. En esa época,
todavía no se celebraban las competiciones europeas oficiales, así que los
encuentros eran algo más que partidos amistosos. Enfrentaban a Gran Bretaña
contra el resto del mundo, y se jugaban tan en serio que eran retransmitidos en
directo por televisión, lo cual era inaudito cuando se trataba de choques que no
fueran internacionales. Lo que resultaba todavía más inaudito es que se trataba
de partidos disputados entre semana e iluminados, algo que también era toda una
novedad por aquel entonces. A pesar de que ya existía una forma de alumbrado
bastante rudimentaria en 1878, la versión moderna solo se puso en práctica en la
temporada 1951-52, y todavía era una rareza cuando empecé a ver jugar a los
Wolves, el primer equipo de fuera de Irlanda del Norte al que vi por la televisión.
Fue amor a primera vista.
En nuestra casa no teníamos televisor, de manera que cuando me enteraba de que
había partido, salía fuera y me ponía a chutar el balón contra la fachada de la
casa de mi vecino diez minutos antes de que empezara el encuentro. Mi vecino
se llamaba Harrison, y naturalmente, me escuchaba chutar la pelota contra su
fachada. También sabía que el fútbol me chiflaba. Me dejaba sudar hasta el
inicio del partido, cuando abría la puerta de su casa y me decía
despreocupadamente, como si se le acabara de ocurrir la idea: «¿Te apetece
entrar y ver el partido conmigo?».
Yo me plantaba en su casa en un santiamén. Sin embargo, cuandoquiera que los
Wolves jugaban de nuevo por televisión, repetíamos toda la parafernalia como si
fuese la primera vez.
El señor Harrison solo tenía un pequeño televisor en blanco y negro, y las
unidades móviles televisivas usaban probablemente una sola cámara, a
diferencia de los cientos con las que cuentan a día de hoy. Pero cuando los
Wolves jugaban contra clubes como el Spartak o el Dinamo de Moscú, era como
si jugaran contra extraterrestres. Para nosotros, los rusos eran como los hombres
del saco, equipos que bien podrían haber aterrizado en el Molineux desde otro
planeta. Y pese a todo, jugaban contra los Wolves por televisión.
A mí me fascinaban esos partidos. El fútbol era fantástico, y el Molineux
registraría asistencias de 55.000 aficionados en cada choque. Aunque desde mi
punto de vista, la verdadera magia de esos encuentros residía en el alumbrado
artificial, que transformaba el fútbol en teatro. Yo había empezado a dedicar un
álbum al Glentoran, donde pegaba las crónicas de los partidos publicadas en el
Belfast Telegraph. A partir de entonces, empecé a darle la vuelta al álbum y
pegar las crónicas sobre los Wolves en las últimas páginas.
También soñaba con vestir su famosa camiseta dorada, aunque nos tuviéramos
que imaginar cómo diantres sería en realidad. En la televisión del señor
Harrison, las camisetas bien podrían haber sido azul cielo, verde pálido o incluso
de un rancio y tedioso color blanco.
Aparte de no poder ver partidos de fútbol cuando me apetecía, no echaba de
menos realmente la televisión, ya que teníamos un cine de barrio que se ponía
hasta los topes en las sesiones de sábado por la tarde. Por fortuna, en aquel
momento había escasez en el suministro de cristal, de modo que te dejaban
entrar gratis si te presentabas con un tarro de mermelada. Y cuando mis amigos y
yo no podíamos hacernos con suficientes tarros, entraba uno de escaqueo y se
iba directo a abrir la puerta lateral para el resto.
Las proyecciones eran sencillamente mágicas, veíamos cosas como Hopalong
Cassidy o ¿Qué sucedió entonces? Las epopeyas estaban de moda, y el primer
largometraje que vi fue Raíces profundas, protagonizado por Alan Ladd. Luego
vi La túnica sagrada, otra gran epopeya, con Victor Mature de protagonista, y
Espartaco, con Kirk Douglas. Recuerdo haber leído que la película costó doce
millones de dólares y que empleó a más de diez mil personas, una cifra
asombrosa para la época. El Zorro era otra de nuestras proyecciones favoritas, y
cuando salíamos del cine nos atábamos las gabardinas alrededor del cuello y nos
íbamos corriendo a casa simulando que éramos él. Además, también se
celebraban competiciones de yoyó en el escenario.
Algunos sábados, me iba a ver a mi madre jugar al hockey y me pasaba los
partidos regateando la línea de banda con una pelota de tenis. Sin embargo,
nunca fui a ver a mi padre jugar al fútbol, aunque sabía que era lateral derecho y
todo el mundo contaba que era un guarro. Nada le daba miedo, es lo que se decía
de él.
Había un montón de tipos duros procedentes de los astilleros, y en verano
organizaban un torneo de fútbol en Belfast, en un lugar llamado «el corralito».
Jugaban tantos partidos que no quedaba una brizna de césped en su superficie, y
todos tenían apodos. Me acuerdo de un jugador que solo tenía un brazo, aunque,
por suerte, me parece que no jugaba de portero. Y también me acuerdo de un
tipo que se llamaba Sticky Sloan: era uno de nuestros héroes locales. La tocaba
un poco, aunque sobre todo era duro como el acero, igual que la mayoría de
jugadores. Si no te llevabas cuatro o cinco buenas tortas por partido, entonces
eras un blandengue.
Los partidos del domingo por la mañana todavía no existían entonces, puesto
que era el día del Señor, y ni siquiera cuando el abuelo Withers se compró una
televisión se nos permitía ver ningún programa en domingo. Ni que decir tiene
que cuando el abuelo se retiraba por la tarde a echar la siesta, los niños la
encendíamos a volumen bajo y nos turnábamos haciendo guardia sentados al pie
de las escaleras, por si se despertaba. Estábamos convencidos de ser la monda,
superlistos, pero estoy seguro de que el abuelo sabía lo que pasaba porque tras
despertarse pasaba junto al televisor y lo tocaba para comprobar si estaba
caliente.
Mi vida parecía idílica en aquel momento, pero todo cambiaría poco antes de
que cumpliera los once años.
Estaba en plena época de exámenes de final de primaria. Una tarde entré en una
papelería local a comprarme una regla para mi examen de matemáticas, cuando
la dependienta me soltó algo rarísimo. Me preguntó cuándo se casaba mi abuelo.
La miré como si estuviera chiflada, aunque yo andaría con la cabeza concentrada
en el examen y no comprendí lo que me estaba diciendo. Solo al llegar a casa y
encontrarme con las caras de mamá y papá entendí que, en realidad, me había
preguntado por el «funeral» y no por la boda. Para mí fue una experiencia
devastadora. No solo mi relación con el abuelo George era superestrecha, sino
que había sido bautizado en honor a él, y sabía que siempre había sido su nieto
favorito.
A esa edad nunca se te pasa por la cabeza que tus padres o tus abuelos se vayan a
morir. Comoquiera que siempre han estado presentes, piensas que nunca dejarán
de estarlo. Era incapaz de entenderlo, y al igual que haría el resto de mi vida, me
limité a largarme de casa y fingir que no había pasado nada. Caminé y caminé
por las calles durante horas, las lágrimas rodándome por las mejillas, hasta que
estuve tan cansado que me tuve que sentar. Mamá y papá, que habían montado
en cólera de la preocupación, me encontraron sentado al pie de una farola, bajo
un aguacero, a la una de la madrugada.
En Irlanda del Norte, cuando alguien muere, la familia se reúne al completo y se
deja abierto el ataúd para que todo el mundo presente sus últimos respetos en la
capilla ardiente. Sin embargo, el día del funeral, solo acuden al cementerio los
hombres, que luego se van de cabeza al pub, mientras las mujeres se quedan en
casa preparando la comida. Yo no miré al féretro de mi abuelo, no quería ver un
cadáver frío, no cuando lo recordaba como a un hombre tan cálido y encantador.
A la muerte de mi madre, tampoco fui capaz de mirar su ataúd. Nunca he visto
un cadáver y a estas alturas no tengo la menor intención de hacerlo.
A pesar de la tristeza por la muerte de mi abuelo, conseguí pasar los exámenes
finales de primaria y mis padres estaban encantados. Fui el único alumno de mi
clase que los aprobó. Que lo hiciera fue todo un acontecimiento para mamá y
papá, aunque entrañara que tuvieran que rascarse los bolsillos, ya que tendrían
que comprarme el uniforme del colegio y los zapatos. Los zapatos supondrían el
mayor gasto, porque con el tiempo que me pasaba chutando el balón les saldrían
a razón de un par nuevo cada quince días. Como todos los padres, me advirtieron
que no tocara la pelota cuando calzara mis «mejores» zapatos, pero seguí
haciéndolo de todos modos, como cualquier otro niño.
Así que mientras mis amigos de primaria se cambiaron al instituto de secundaria
del barrio, la moderna escuela de Lisnasharragh, yo tenía que desplazarme solo
hasta el instituto protestante Grosvenor, que quedaba a dos paradas de autobús.
Allí las cosas empezarían a torcerse desde el principio. No es que fuera incapaz
de estudiar. Era un chaval brillante y se me daban especialmente bien las
matemáticas y el inglés. Pero el trayecto hasta la escuela me contrariaba, no me
gustaban mis compañeros y no me esforcé demasiado en hacer amigos, porque
todos los que tenía seguían viviendo en los bloques de edificios de Cregagh, y
cuando atardecía regresaba a casa a toda prisa para jugar con ellos.
El problema del instituto Grosvenor es que el deporte oficial era el rugby, y no
me quedó otra alternativa que jugarlo. También era bastante bueno, y gracias a
mi tamaño y rapidez me convertí en un medio apertura muy decente. Pero el
rugby jamás me despertaría la pasión interior que me había despertado ver a los
Wolves y a todos aquellos rusos por televisión.
La ausencia de fútbol fue otra de las razones de mi inadaptación a la escuela, y
no tardaría en empezar a hacer novillos (nosotros lo llamábamos «mitching»).
En ocasiones me gastaba todo el dinero de los billetes de autobús en golosinas y
me pasaba todo el día dando vueltas por ahí, aunque normalmente me escondía
en los lavabos del instituto cuando todos los niños volvían a clase después de la
hora del almuerzo. Entonces trepaba hasta el techo y volvía a casa. Mi tía
Margaret trabajaba todo el día, así que escondía mi mochila detrás de su cubo de
la basura y me dedicaba a pasearme por Woolworths y las demás tiendas durante
el resto de la tarde.
Si me hartaba de caminar y quería volver a casa, me compraba unos caramelos
que cuando los sorbías con suficiente ahínco te enrojecían la garganta.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué haces en casa a estas horas? —me preguntaría mi
madre después de que llamara a la puerta.
—Me han mandado a casa por dolor de garganta —respondía yo.
—Déjame que le eche un vistazo —decía ella.
Entonces abría la boca.
—Esto tiene una pinta terrible, tendremos que ir al médico —concluía.
Al día siguiente le decía que ya me encontraba mejor, pero al final me saldría el
tiro por la culata, porque mamá y papá se hartaron tanto de mi recurrente
garganta irritada que decidieron que lo mejor sería que me extirparan las
amígdalas. No pude oponer ninguna objeción, puesto que hacerlo hubiese
entrañado delatarme.
Hacer novillos era una manera como cualquier otra de no enfrentarte a los
problemas, y siempre lo hacía solo. Siempre he sido así, y años más tarde,
cuando la fama se hizo insoportable, solía irme al aeropuerto de Manchester y
embarcarme en el primer vuelo que saliera, fuera donde fuera. Es una reacción
instintiva, un autoengaño grotesco que te convence de que a tu regreso el
problema se habrá solucionado solo, aun cuando sabes que nueve de cada diez
veces las cosas habrán empeorado.
Como es natural, no me podía pasar la vida haciendo novillos sin que el instituto
tomara cartas en el asunto. Yo sabía que lo que estaba haciendo rompería el
corazón de mis padres, que se quedaron devastados tras ser convocados al
despacho del director de la escuela. Mamá y papá no tenían la menor idea de lo
que estaba pasando, y eran la clase de personas a quienes no se podía convocar a
ninguna reunión de aquel tipo sin avergonzarlos profundamente.
La escuela me dio a elegir. O me descendían de curso o me iba. Yo cursaba el
grado más alto y sabía que sería humillante que me degradaran, pero marcharme
hubiese entrañado decepcionar a mamá y papá, así que dije que aceptaba las
condiciones para quedarme. Sin embargo, no lo llevé nada bien, y alrededor de
un mes después de la reunión comuniqué a la escuela que, a pesar de todo, me
quería ir y terminé reencontrándome con todos mis amigotes en el instituto de
Lisnasharragh.
En mi primer día de asistencia, los chavales estaban apelotonados en un rincón
eligiendo a los jugadores del equipo de fútbol de la escuela y me preguntaron si
quería jugar.
Fue llegar y besar el santo: me sentí inmediatamente integrado.
El otro motivo de que lo hubiera pasado tan mal es que el instituto de Grosvenor
estaba en mitad de una zona católica, y los niños de las otras escuelas, como la
del Sagrado Corazón y similares, sabían por mi uniforme que era protestante.
Algunos me esperaban a la salida y me llamaban «protestante de mierda» e
intentaban robarme mi bufanda o mi caperuza, así que al final me quedaba
esperando en el extremo contrario de la calle por la que pasaba el autobús y
sincronizaba mi carrera a la perfección, de manera que llegaba justo a tiempo de
subirme de un salto a la plataforma tan pronto como el bus emprendía su
marcha. Fue como soportar el acoso a diario. No era lo más agradable, pero
terminó resultando un buen entrenamiento para esprintar, y mi fútbol lo
agradecería. Cuando mis padres se enteraron de que había estado pasando a
diario por aquel calvario, les resultó mucho más fácil aceptar que me fuera.
La religión nunca me había preocupado, y tachar a mi familia de intolerante
hubiese estado completamente fuera de lugar. Sin embargo, si eras protestante,
tenías que unirte a la Orden de Orange, como hice yo. Tanto mi padre como mi
abuelo habían pasado sus temporadas como maestros de la logia de nuestro
barrio.
El 12 de julio, el aniversario de la batalla del Boyne, era un gran día en nuestro
hogar, y toda la familia se presentaba en Belfast para asistir al desfile. El punto
de encuentro de la mayoría de los participantes de la marcha era la casa del
maestro de la logia, y recuerdo lo emocionados que estábamos todos cuando mi
padre era el maestro y todos los feligreses se concentraban en nuestra calle.
Era una postal de lo más colorida y ruidosa, todo el mundo luciendo sus fajas y
sus trajes de gala, mientras los gaiteros y los tamborileros calentaban motores.
Soy consciente de que era un festival sectario, pero por aquel entonces la
violencia del conflicto norirlandés todavía no había estallado; así que para
nosotros era un día de gaitas, tambores y pasteles. Y diversión. La celebración
era un auténtico carnaval. Después de que todo el mundo llegara a casa de mi
padre, caminábamos rumbo al centro del pueblo para sumarnos al resto de logias
llegadas de todas partes, miles de personas de todo el mundo, desde Australia y
Nueva Zelanda a Estados Unidos. Y todos traían sus propias bandas musicales.
Era como Mardi Gras.
Era un día para salir a la calle, y el espectáculo era fascinante. De niño, la
primera distinción honorífica que recibías el 12 de julio era «sujetar las
cuerdas»; esto es, agarrar las cuerdas que colgaban de las enormes pancartas.
Así, mientras los hombres desfilaban por la calzada de Cregagh con las
pancartas alzadas, los niños nos colgábamos de las cuerdas; aunque en los días
de viento podías salir volando hasta Finaghy, a diez kilómetros de distancia, que
era el punto de encuentro de todas las logias.
Solíamos recibir algunas burlas de los católicos, que nos llamaban protestantes
de mierda, a lo que respondíamos llamándoles fenianos. En mi época la cosa no
pasaba de ahí, del mero intercambio de insultos. Era una sensación parecida a ser
miembro del Rotary Club o de la francmasonería. No sería hasta años después,
cuando ambos bandos empezarían a matarse y las marchas serían percibidas
como provocaciones. A estas alturas he concluido que, en el fondo, es lo que
son.
Curiosamente, a pesar de mi notoriedad, los partidos políticos protestantes nunca
han intentado reclutarme. Es probable que supieran que estarían perdiendo el
tiempo, porque jamás me hubiese involucrado. La única vez que el conflicto
norirlandés me afectó personalmente fue durante mi ingreso en la penitenciaría
abierta de Ford. Entonces algunos fanáticos me escribieron para decirme que
planeaban liberarme. No les hubiese hecho falta hacer casi nada para
conseguirlo, ya que la Ford era una penitenciaría de régimen abierto, como un
campamento de verano, y si hubiese deseado fugarme realmente, ¡me hubiese
bastado con cruzar su portón abierto!
Sin embargo, nunca hubiese sometido a mi familia a la presión que hubiese
entrañado para ellos que simpatizara con cualquiera de esos grupos paramilitares
o lo que fueran. Para mí, el credo y el color de las banderas de cada individuo
nunca han sido un problema. Creo en la verdad de cada persona, excepto cuando
esta entrañe el sufrimiento de alguien, lo cual es un error, sin perjuicio de la
religión o del dogma político de cada cual.
A nivel personal, mis problemas con los chavales católicos terminaron cuando
empecé a estudiar en la escuela de Lisnaharragh. También sería allí, cuando tenía
trece o catorce años, cuando despertó mi atracción por las chicas. Aunque, a
juzgar por la reputación de Don Juan que iba a ganarme con los años, mis
primeros escarceos sentimentales no estarían a la altura de mi futura fama. Era
bastante tímido con las chicas, pero había una en la escuela a la que llamaban «la
todo terreno», así que parecía la opción más evidente. Sin embargo, a pesar de su
reputación, parece que fui el único que no consiguió tirársela, y creedme cuando
os digo que no fue porque no quisiera.
Así que finalmente empecé a salir con otra chica. Se llamaba Liz, era mucho más
guapa, aunque no estaba dispuesta a pasar por el aro. Una vez más, no puede
decirse que no fuera porque no lo intentara, y es probable que mi proverbial
deseo por hacerme con todo lo que se me negaba empezara entonces. Liz y yo
terminamos acostándonos, y entre un revolcón y el siguiente hubo abundancia de
lo que entonces llamábamos toqueteos. Nos lo montábamos en todos los
escondrijos habituales, detrás del cobertizo de las bicicletas o en el club juvenil o
en la última fila del cine.
No tuve ningún problema con los profesores de Lisnaharragh, excepto con uno.
Era el profesor de música y se llamaba Tommy Steele2, si os lo podéis creer.
Tenía el pelo brillante y pelirrojo, siempre se acercaba a hurtadillas por detrás y a
veces, cuando me equivocaba, me reprendía azotándome los nudillos con una
regla. De niño odiaba las clases de música y dudo mucho que ni siquiera el
verdadero Tommy Steele hubiese conseguido hacerme cambiar de opinión. Se
suponía que tenía que aprender a tocar el piano, y al terminar la clase nos daban
un papel con notas blancas y negras para seguir practicando. Pero tan pronto
como llegaba a casa, lo único que quería era chutar la pelota. No conocía a nadie
que tocara el piano.
Ahora que podía jugar a fútbol en la escuela, mi progresión futbolística empezó
a avanzar rápidamente. Y, más o menos al mismo tiempo que intentaba pasarme
por la piedra a Todoterreno, empecé a hacer mis pinitos jugando para el Cregagh
Boys Club, que dirigía Bud McFarlane, el segundo entrenador del Glentoran.
Hasta aquel momento, siempre había jugado en alpargatas o en zapatillas, como
las llaman hoy, aunque en el vocabulario de nuestro pequeño universo se las
conocía simplemente como bambas. La botas de fútbol de verdad eran
demasiado caras, así que todas las Navidades me regalaban una camiseta, un
pantalón corto y medias. Sin embargo, en las Navidades posteriores a mi
incorporación al Cregagh Boys Club destripé el envoltorio del regalo de mis
padres y me encontré contemplando un brillante par de flamantes botas de cuero
con las punteras revestidas de acero y los empeines más altos que los tobillos,
que es como se calzaban entonces. A mí me parecieron increíblemente hermosas.
Si te hicieran una segada con ese par de botas a día de hoy, te pasarías lesionado
el resto de la temporada. Pero fue el mejor regalo que me hicieron nunca, e
invertiría infinidad de horas en limpiarlas y lustrarlas para proteger el cuero
antes de jugar.
Aquellas botas eran indestructibles, y prueba de ello es que todavía las conservo.
No costarían más de dos libras y media, aunque a día de hoy deben rondar las
cincuenta mil, no solo porque fueron mis primeras botas, sino también porque
adquirí la costumbre, tras los partidos, de escribir los nombres de mis
adversarios y los goles que les marqué con ayuda de pedacitos de tira blanca que
pegaba en el dorso de las botas.
Bud McFarlane fue el primero en alentarme de verdad, en decirme que tenía
posibilidades de convertirme en jugador profesional. Mi padre, a pesar de que
entonces yo lo ignoraba, decidió deliberadamente que no me presionaría, no
fuera que tuviera un efecto negativo, y por idéntico motivo, raramente venía a
los partidos. A pesar de que empezaba a irradiar talento a raudales, muchos de
los viejos profesionales solían decir que era demasiado esmirriado y pequeñito
para triunfar.
Ese sería uno de los frentes donde la confianza de Bud sería providencial. Al
igual que Sir Matt Busby, Bud creía que cuando eres bueno de verdad lo de
menos son el tamaño y la edad. La gran oportunidad me llegó cuando jugué un
partido con los alevines del Creagh contra un combinado de futuribles alevines
de la selección de Irlanda del Norte. Ganamos 2-1, jugué realmente bien y me
gané una plaza en la convocatoria de los futuribles, donde una vez más pude
demostrar mi valía. Me quedé encantado de ser incluido en la lista final de
dieciséis convocados para jugar el partido internacional de escolares alevines de
final de temporada. Por desgracia, al final decidieron recortar la convocatoria a
quince jugadores y fui el descartado.
Me vine completamente abajo.
Estaba a punto de cumplir quince años y de terminar mi vida escolar, y seguía
sin saber si lograría convertirme en futbolista. Y la experiencia con el combinado
alevín no me levantó la moral, precisamente. ¿Acaso era demasiado pequeño?
Bud no iba a arrojar la toalla. Habló con Bob Bishop, que dirigía el Boyland
Youth Club, el mayor club de alevines en materia de fútbol. Eran siempre los
mejores y ya se habían convertido prácticamente en la cantera del Manchester
United. Estaban cosechando tantos éxitos —lo cual sería una suerte para mí—
que venían de contratar a Bishop como jefe de ojeadores en Irlanda del Norte.
Bishop me llevó a un par de entrenamientos intensivos con el Boyland durante
sendos fines de semana y luego organizó un partido entre los sub-15 del Boyland
y los del Cregagh, aunque embutió su escuadra de jugadores de diecisiete y
dieciocho años; verdaderos hombres, en comparación con nosotros. Sería una
idea inteligente, puesto que querían comprobar si sería capaz de gestionar la
desigualdad física, si era capaz de enfrentarme a jugadores de mayor tamaño y
experiencia. Si lo conseguía, entonces sabrían que mis dimensiones físicas no
serían ningún obstáculo. Yo ignoraba que el partido había sido especialmente
organizado en mi honor y me limité a saltar al terreno y jugar como solía, lo que
se tradujo en un par de goles más inscritos en el dorso de mis botas, tras
imponernos por 4 a 2.
Aún no conocía personalmente a Bob Bishop. Había sido otro alevín durante los
entrenamientos de esos dos fines de semana, pero poco más. Sin embargo,
apenas unos días después de la victoria, se presentó en mi casa. Yo estaba
jugando con mis amigos en mitad del campo cuando mi padre me llamó y me
presentó a Bob. Entonces, manteniendo la calma al máximo, me preguntó si me
apetecería ir a hacer una prueba con el Manchester United junto a otro chaval,
Eric McMordie.
¿Que si me apetecía? Me puse a correr campo arriba y a gritarles al resto de
chavales: «¡Voy a jugar para el Manchester United!». Se limitaron a decir: «Sí,
seguro, claro que sí». Y seguimos con el partido.
Ni que decir tiene que yo estaba encantadísimo, y mi padre también. Pero el
bueno de mi padre, a pesar de que siempre había creído en mi talento, también
sabía que en la vida las cosas no siempre salen como deseas y con su habitual
prudencia había decidido mantener mis opciones abiertas.
Así que en mi último año de primaria me inscribió en un curso de impresión. El
inglés y las matemáticas eran las asignaturas que mejor se me daban en la
escuela, y mi padre pensó que si conseguía una profesión en el mundo de la
imprenta podría valerme de ambas. Además, estaba convencido de que la gente
nunca dejaría de leer periódicos y libros. Yo había aprobado mi segundo examen
final del curso de impresión justo antes de la visita de Bob Bishop, y papá ya me
había conseguido un trabajo.
Por supuesto, entre trabajar en una imprenta y jugar para el Manchester United
no había elección. Hoy, pasados los años, la carrera alternativa que eligió mi
padre resulta casi irónica: ¡la de impresores a los que daría trabajo a partir de
entonces!
Capítulo dos
Agallas ebrias
COMO OS IMAGINARÉIS, me moría de ganas de llegar al Manchester United.
Los Wolves habían sido mi equipo, el club con el que soñaba jugar, pero el
United era una institución con solera y glamur, y la catástrofe aérea de Munich,
el 6 de febrero de 1958, en que ocho de sus mejores diez jugadores perdieron la
vida, había despertado un descomunal interés por el club y el cariño del público
en todo el mundo.
La tragedia había sucedido en mitad de la tarde, y recuerdo escuchar a los
pasajeros hablando del tema en el autobús, al salir de clase. Tan pronto como
llegué a casa, encendí la radio y me enteré de todos los detalles. Había algo
completamente irreal en aquel desastre, empezando por el hecho de que en esa
época volar era una fantasía reservada para una élite, no para el común de los
mortales. Por si fuera poco, el Manchester United era el primer club inglés en
jugar la Copa de Campeones de Europa. El equipo volaba de regreso después de
empatar 3-3 en casa del Estrella Roja de Belgrado cuando el avión se detuvo en
Múnich para repostar combustible. Estaba nevando y después de dos intentos de
despegue abortados el aparato no consiguió alzar el vuelo a la tercera, se
estampó contra una de las vallas que sellaban el perímetro del aeropuerto y se
incendió.
La tragedia resultó todavía más devastadora debido a que la mayoría de los
jugadores eran jovencísimos. Cuando el United se alzó con el título de Liga en la
temporada 1955-56, el promedio de edad del equipo era tan joven que fueron
bautizados como los Busby Babes en honor a su entrenador, Matt Busby. Entre
los fallecidos estaba Eddie Colman, el lateral izquierdo de veintiún años, un
chaval de Manchester cuya fulminante capacidad para romper cinturas le
granjearía el apelativo de Snake Hips. Y Liam Whelan, de veintidós años, que
competía por el puesto de interior derecho con Bobby Charlton y que ni siquiera
llegó a jugar en Belgrado.
Aunque la absoluta estrella de aquel equipo era Duncan Edwards, quien reunía
todas las aptitudes para jugar prácticamente en cualquier posición. Tenía
presencia, velocidad y fuerza, destacaba en el juego aéreo y estaba llamado a
convertirse en el mejor jugador británico de todos los tiempos. Debutó en el
primer equipo del United con solo dieciséis años, y después de jugar en todas las
categorías inferiores para Inglaterra, dio el salto a los juveniles y a la sub-23,
hasta debutar internacionalmente con el primer equipo con solo dieciocho años.
El seleccionador inglés Walter Winterbottom proclamó que «el carácter y el
espíritu de Duncan Edwards contenían el ADN del renacimiento del fútbol
inglés, lo vi con mis propios ojos». Murió con solo veintiún años, después de
haber jugado quince veces para su país, e incluso asombró a los médicos de
Múnich mientras se debatía entre la vida y la muerte, aferrándose a un hilo
durante los quince días posteriores a la tragedia aérea. De haber vivido y
prosperado como jugador, hubiese reemplazado, casi con toda seguridad, a
Bobby Moore como líder de la Inglaterra que ganaría el Mundial de 1966.
Parecía increíble estar a punto de compartir campo de entrenamiento con
leyendas como Bobby Charlton y Harry Gregg, ambos supervivientes del
accidente. Harry había sido también uno de los héroes de la tragedia: se subió al
avión después del impacto para rescatar a los supervivientes, hasta que las
llamas imposibilitaron el rescate. Yo admiraba a aquellos hombres, cuyos
nombres se habían hecho célebres; jamás se me hubiese pasado por la cabeza
jugar a su lado.
A pesar de todo el apoyo que me había brindado Bud McFarlane, yo seguía
siendo un chaval tímido, inseguro, y si bien con los años tendría que aprender a
ser más extrovertido, creo que en realidad nunca cambié. No creía que fuera a
triunfar, y lo mismo le pasaba a Eric McMordie. Yo sabía que la tocaba un poco
y que era mucho mejor que algunos de mis rivales en Belfast. Pero una cosa es
mearte a tus colegas adolescentes y otra muy distinta es jugar contra los mejores
jugadores internacionales: media un abismo.
El United nos había ofrecido a Eric y a mí un periodo de prueba de dos semanas
para ojearnos, y ambos estábamos convencidos de que pasadas las dos semanas
nos enviarían de vuelta casa. No se nos pasó por la cabeza que subirnos a aquel
tren pudiera convertirse en el principio de una nueva y deslumbrante carrera, de
una nueva vida. Simplemente estábamos decididos a aprovechar al máximo el
golpe de suerte que nos había convertido en la envidia de nuestros amigos.
Ninguno de los dos habíamos salido nunca de Irlanda del Norte; es más, a duras
penas habíamos viajado más allá de Belfast, así que embarcarnos rumbo a
Inglaterra era toda una aventura. Mi madre, probablemente queriendo rebajar mi
aspecto de huerfanito perdido, se rascó los bolsillos y me compró mi primer par
de pantalones de vestir largos para emprender aquel viaje en julio de 1961.
Quién sabe, lo mismo reventara la hucha de las monedas de seis peniques.
Yo no me había cruzado nunca con Eric hasta el día en que, tal y como habíamos
quedado, se presentó en la puerta de casa en compañía de sus padres, antes de
dirigirnos a las dársenas. A mamá se le pusieron los ojos vidriosos cuando
embarcamos y espetó la habitual ristra de consejos maternales; que hiciera el
favor de portarme bien y llamara por teléfono nada más llegar para decirle que
estaba bien y se quedara tranquila.
A mí me sigue sorprendiendo que mamá confiara en que yo fuera capaz de
embarcarme en aquel navío, después de que ella y papá recibieran las
instrucciones pertinentes del United. Uno se hubiese imaginado que el club
habría enviado a alguien a los muelles de Liverpool para recibirnos, pero en
lugar de eso nos dijeron que tomáramos un taxi hasta la estación de Lime Street
y que desde allí nos subiéramos a un tren con destino a Manchester. No
estábamos del todo seguros de que hubiese nadie esperándonos en la estación de
Manchester y, una vez que comprobamos que así era, cogimos un taxi hasta el
estadio.
A medida que pasaba el día de periplo, Eric y yo nos fuimos creciendo, y para
cuando nos subimos a la parte trasera de aquel taxi y le dijimos al taxista que nos
llevara a Old Trafford, nos sentíamos como una pareja de peces gordos. Sin
embargo, bastó con que el taxista nos preguntara «¿A qué Old Trafford?» para
pincharnos el globo.
Como buena pareja de chavales de Belfast, apenas sabíamos lo que era el
cricket, y todavía menos que existiera un campo de cricket que se llamara igual
que el estadio del Manchester United. El barco había zarpado a primera hora de
la mañana, así que para cuando llegamos al Old Trafford que tocaba, los
jugadores ya habían empezado a ejercitarse. El jefe de ojeadores del club, Joe
Armstrong, nos llevó hasta el campo de entrenamiento, situado en Urmston, las
instalaciones que el club utilizaba antes de trasladarse a The Cliff, donde se
seguirían celebrando los entrenamientos hasta que se trasladaron definitivamente
a su fantástico nuevo recinto hace un par de años3.
Después de dejar Belfast, todo en Liverpool y en Manchester parecía concebido
a mayor escala. Todo, absolutamente todo, era mucho más grande, y tal y como
descubriríamos al llegar al campo de entrenamiento, la desproporción incluía
también el tamaño de la gente. Joe era un tipo encantador y atento, más que
acostumbrado a lidiar con chavalines impresionables y abrumados; y pensó que
presentarnos a la delegación irlandesa, a jugadores como Harry Gregg, Jimmy
Nicholson y Ronnie Briggs, otro portero, nos ayudaría a rebajar los nervios. Por
desgracia, surtió el efecto contario, y Eric y yo nos quedamos acojonados con el
tamaño de todos, en especial de Gregg. Medía metro ochenta y cinco —una
pasada para la época—, estaba duro como una piedra y tenía la complexión de
una pared de ladrillos.
Por si fuera poco, Joe también nos presentó a los juveniles, que me esperaba que
fueran, como mucho, de nuestro tamaño. Sin embargo, eran un par de años
mayores que nosotros y habían invertido ese tiempo en entrenar y fortalecer sus
cuerpos, de manera que hasta ellos nos parecieron gigantescos.
Yo llevaba años padeciendo pullas, señalado como alguien demasiado pequeño
para triunfar, y no fue hasta entonces cuando me topé de bruces con la realidad;
de repente me sentí tan extremadamente despavorido como lejos de casa.
Había crecido soñando con viajar a Inglaterra y jugar para un gran club. Pero
cuando estaba en Belfast, eso no era más que una fantasía que compartíamos
muchos de nosotros. Ahora me estaba dando de bruces con la realidad, y como
sucede a menudo, no tenía nada que ver con mis sueños. Cuando eres un niño
que fantasea, solo te imaginas marcando el gol de la victoria en Wembley ante
cien mil aficionados rendidos a tus pies. Pero no te imaginas todo lo que queda
antes de ese momento, como encontrarte en un frío campo de entrenamiento con
las rodillas temblorosas mientras te presentan a toda esa pléyade de célebres
gigantes.
También nos presentaron a Matt Busby, y probablemente yo no hubiera sabido
que era entrenador del United de no haber sido por la cobertura mediática de la
catástrofe muniquesa. El pecho de Busby quedó sepultado bajo los amasijos en
el accidente, y nadie esperaba que sobreviviese. De hecho, le dieron la
extremaunción en dos ocasiones, y se pasó días en estado crítico. Cuando,
milagrosamente, se sobrepuso, nadie apostaba un duro por que pudiera seguir
entrenando a nadie. Sin embargo, se plantaría con su mermada escuadra en la
final de la FA Cup de 1958, donde el United caería frente al Bolton. Busby
cobraría una dimensión gigantesca en el fútbol inglés después de eso, así que os
podéis imaginar cómo se sentiría un chaval de Belfast de quince años que estaba
allí de prueba cuando le estrechó la mano. Fue como si me presentaran a Dios.
Incluso entonces, tenía un aura de solemnidad, una especie de porte militar,
aunque su intención fuera hacerte sentir como si estuvieras en casa. Matt me
hizo alguna broma sobre el chaval del que tanto había oído hablar y me dijo:
«Buena suerte, hijo».
Después del entrenamiento nos llevaron a nuestro alojamiento, que estaba en la
vivienda de protección oficial que regentaba la señora Fullaway en Chorlton, lo
que supondría la segunda sorpresa. Nuestra habitación no estaba tan mal, pero
era un hogar ajeno, y tener que lidiar con el segundo cambio adverso de
circunstancias resultaría demasiado para ambos. En solo veinticuatro horas
habíamos viajado en un barco y en un tren ingleses por primera vez en nuestra
vida, habíamos conocido a varias estrellas del fútbol y, de pronto, estábamos
sentados frente a un plato de comida, junto a la desconocida que nos alojaba, en
una ciudad que era un misterio para los dos. Por si fuera poco, apenas habíamos
dormido desde que salimos de Belfast: estábamos tan emocionados de viajar en
barco que nos pasamos casi toda la noche despiertos.
Así que después del té subimos a nuestra habitación y nos encerramos. No tengo
muy claro por qué echamos el cerrojo, era muy improbable que nadie fuera a
asaltarnos, pero supongo que nos haría sentir un poco más seguros tras una
jornada plagada de sorpresas. No había televisión que mirar ni radio que
escuchar, así que nos sentamos en nuestras respectivas camas sobrepasados por
la intensidad de todo. Y comoquiera que apenas nos conocíamos, tampoco
hablamos demasiado. Supongo que ambos nos quedamos repasando los
acontecimientos del día en nuestras cabezas.
De haber sido amigos, estoy seguro de que hubiésemos empezado a bromear
sobre todo lo que nos había pasado, nos hubiésemos alentado mutuamente, nos
habríamos convencido de que todo iba a salir bien. Pero apenas abrimos la boca.
Hasta que al cabo de un rato me aventuré a hacerlo para ver cómo reaccionaba
Eric:
—¿Cómo lo ves? —le pregunté—. ¿Te ves disfrutando de este sitio?
—No lo sé. Y tú, ¿cómo lo ves tú?
De haber respondido algo positivo es probable que nos hubiésemos animado,
pero estábamos completamente abrumados. Nos había pasado de todo en
poquísimo tiempo.
—¿Te gustaría volver a casa? —le pregunté más en plan chulesco que otra cosa.
—Sí. Volvamos mañana por la mañana —me respondió.
Probablemente esperaba que dijera que no, y de haberlo hecho es posible que
hubiésemos despachado todo el asunto con unas risas. Pero el hecho de que
fuéramos una pareja de desconocidos, incluso para nosotros mismos, pareció
añadir una nueva capa de inquietud a la intimidante naturaleza de todo.
Así que la suerte estaba echada. Éramos dos personas distintas intentando lidiar
con una oleada de circunstancias nuevas, cada uno a su manera, y no seríamos de
ninguna ayuda el uno para el otro. Igual que yo, lo más lejos de Belfast que Eric
había viajado era a Bangor4, de vacaciones familiares. Así que en lugar de
disuadirnos mutuamente de regresar a casa, como hubiese hecho cualquier pareja
de amigos, hicimos lo contrario.
Después de pasar una mala noche en una habitación forastera de Manchester,
una ciudad que nos pareció extraña y amenazante, estábamos absolutamente
convencidos de nuestra decisión.
La decisión también sirvió para envalentonarnos, ya que nos costaría Dios y
ayuda informar a Joe Armstrong de que habíamos decidido regresar a Irlanda.
Desde luego, ni se nos pasó por la cabeza llamar a nuestros padres para
contárselo, y tan pronto como zarpamos en el barco de regreso a Belfast empecé
a sentirme profundamente culpable. Me había propuesto, al menos, ver qué
pasaría después de las dos semanas de prueba, y de pronto sentí que había
defraudado a mamá y papá. Había sido el primero en alimentar sus expectativas
y se habían mostrado superorgullosos. Le contaron a todos los vecinos que su
pequeño se había ido al Manchester United. Y dos días después, aquí estaba de
nuevo.
A Eric y a mí apenas nos quedaban cuatro chavos cuando llegamos al muelle de
Belfast, lo justo para tomar el autobús a casa. Todavía era pronto por la mañana
cuando llamé a la puerta de Burren Way. Mamá abrió. Se le desencajó la
mandíbula, probablemente pensara que había habido un bombardeo o algo
parecido, y recuerdo a papá pasando por detrás de ella y preguntando como
quién no quiere la cosa: «¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Qué has
hecho?».
Ahora que estaba de vuelta en casa, me sentí casi tan estúpido como cuando
desembarqué en Manchester. No estaba de humor para hablar.
—No ha pasado nada, papá —respondí—. O sea, lo único que pasa es que no
nos gustó Manchester.
—¿Qué quieres decir con que no te gustó? ¡Pero si solo llevabas un día! ¿Qué ha
pasado?
—Deja al chaval tranquilo —le dijo mi madre, que estaba más alarmada que él
por mi zarrapastroso aspecto.
Y acto seguido, se dio media vuelta y me dijo:
—Vamos, ven, te preparé algo para comer.
Tomamos té y tostadas, y para cuando terminamos ya se había hecho lo
suficientemente tarde como para que el cuerpo técnico del United hubiese
advertido nuestra ausencia en el entrenamiento. Mi padre salió escopeteado a la
cabina telefónica del barrio y llamó al club a cobro revertido, tal y como le
habían dicho que hiciera en caso necesario.
Enseguida le pusieron con Joe Armstrong. Joe era el máximo responsable de la
cantera y tenía el culo pelado cuando se trataba de lidiar con los conflictos de los
jugadores más jóvenes, así que apenas se inmutó por lo sucedido:
—No son los primeros en salir por patas y tampoco serán los últimos —le dijo a
mi padre—. Es normal que a los chavales les entre un poco de morriña. La
experiencia puede resultar bastante abrumadora, especialmente después de
haberse ido de casa por primera vez, aunque por lo general suelen durar un poco
más de veinticuatro horas. En cualquier caso, su hijo será bienvenido siempre
que quiera. Avíseme cuando el chaval esté listo, señor Best.
Papá se quedó aliviado al descubrir que no había cometido ninguna atrocidad y
me concedió espacio para que le diera unas vueltas a la situación durante unos
días. Papá nunca fue proclive a darme órdenes, y era indudable que no iba a ser
mamá la que me pidiera que regresara a Inglaterra. Por una vez, estaba dispuesta
a que lo decidiéramos entre papá y yo.
—Que sepas que nadie piensa que hayas hecho nada malo —me dijo mi padre
después de concederme un poco de tiempo para que me lo pensara—. Lo único
que ha pasado es que tenías morriña. ¿Te gustaría intentarlo de nuevo?
Cuando le dije que sí, me dio a entender que en el club barajaban la posibilidad
de que regresara para Navidades.
—No, papá, quiero volver ya —le dije.
Seguía pensando que no pasaría de las dos semanas, pero estaba decidido a
intentarlo, quería hacerlo tanto por el bien de mis padres como por el mío. Para
entonces me sentía totalmente estúpido, me preguntaba por qué demonios me
había puesto tan nervioso y estaba decidido a probar suerte de nuevo.
Papá recibió el visto bueno del United, y dos semanas más tarde él y mamá
volvieron a despedirse en el barco, en esta ocasión solo de mí.
Las cosas no parecían tan amenazantes durante mi segunda intentona en el
United, y no había riesgo de que me llevaran al Old Trafford equivocado. Los
juveniles del club no parecían gigantes esta vez, sino chavales tan normales
como yo, y no tardé nada en hacerme muy amigo de John Fitzpatrick, Jimmy
Ryan y Peter McBride. Viajaban en el mismo barco que yo, por así decirlo, todos
recién aterrizados en el fútbol de élite y en una gran ciudad como Manchester,
sin saber muy bien a qué atenerse, y todos lidiando con su pequeña cuota de
morriña.
Aun así, me pregunté si habría tomado la decisión adecuada cuando descubrí que
no iba a entrenar a diario, como el resto de jugadores, como me había
imaginado. Las Asociaciones de Fútbol Profesional escocesa e irlandesa
llevaban años quejándose de que los clubes ingleses les estaban arrebatando a
sus mejores canteranos y para disuadirlos de seguir haciéndolo, presionaron a la
Asociación de Fútbol inglesa, que decretó que ningún juvenil procedente de
Irlanda o de Escocia podría, en adelante, firmar ningún contrato de formación
con ningún club de la Liga inglesa. Así que me tocaba buscarme un trabajo y
entrenar con los jugadores amateurs los martes y jueves por la noche.
No me lo podía creer. Había venido a Inglaterra para convertirme en futbolista
profesional y tendría menos oportunidades de tocar la pelota de las que hubiese
tenido de haberme quedado en casa.
Además, seguro que me lo estaría pasando mejor en Belfast, habida cuenta de
que el primer trabajo que me encontró el club fue en el canal marítimo de
Manchester, básicamente como chico de los recados para toda clase de
personajes. Lo odiaba con todas mis fuerzas, aunque no lo habría llevado tan mal
si el club se hubiese pronunciado sobre si deseaba quedarse conmigo, o sobre
qué planes de futuro tenía para mí. El periodo de prueba de dos semanas
terminó, y yo seguí entrenando, sin que nadie me comunicara si iba a quedarme
durante otro mes, otros dos o lo que fuera. A mí me resultó extremadamente
confuso no saber si el club me quería como jugador o no; o si simplemente me
veían como mano de obra barata para las compañías locales.
Todo era superdistinto a Belfast, el ritmo de vida parecía mucho más trepidante,
y no sabía muy bien qué pensar. Sin embargo, pasadas unas cuantas semanas, me
dije que prefería regresar a casa y seguir como estaba, así que comuniqué al club
que ya había tenido suficiente como chico de los recados.
No sabía si me mandarían directamente a casa por mi insolencia, pero para
entonces ya me daba igual. Me sentía fatal con cómo estaban yendo las cosas y
no era capaz de entender por qué me obligaban a hacer trabajos de tan baja
estofa cuando me habían traído especialmente de Irlanda para que me convirtiera
en futbolista. Después de mis quejas, la empresa de barcos trasladó su oficina al
canal, aunque básicamente el trabajo seguía siendo el mismo; o sea, pasarme el
día perdiendo el tiempo, así que me volví a quejar. Entonces el club me dijo que
me presentara en una maderería, donde en lugar de pasarme el día haciendo tés
me puse a trabajar apilando madera. Vaya, al menos hasta la hora de comer, que
fue cuando le dije al capataz que renunciaba.
Comuniqué al club mi deseo de entrenar con el resto de jugadores, y cuando mi
padre vino a visitarme algunos meses después para ver cómo me estaba
adaptando, le conté tres cuartos de lo mismo: «Yo solo quiero jugar al fútbol,
papá, pero me obligan a hacer toda clase de horribles trabajos. Visto lo visto,
mejor estaría en casa, en Belfast».
Desconozco si mi padre presionó al United, el caso es que llegamos a un acuerdo
para satisfacer a todas las partes, con la notable excepción del Ministerio de
Trabajo, habida cuenta de que el acuerdo era totalmente ilegal. Uno de los
acaudalados simpatizantes del club dirigía una compañía eléctrica cerca de The
Cliff, el complejo adonde se habían trasladado los entrenamientos, y se avino a
contratarnos a John Fitzpatrick y a mí como «electricistas». En realidad, lo más
cerca que estuvimos nunca de ser electricistas fue en el momento de fichar por la
mañana. Acto seguido, salíamos por la puerta trasera directos al campo de
entrenamiento y regresábamos poco antes de las cinco de la tarde para fichar de
nuevo tras nuestra agotadora jornada laboral.
Legalmente o no, de pronto era un chaval trabajando a jornada completa como
personal de campo y cobrando la principesca suma de cuatro libras, un chelín y
nueve peniques, tres de las cuales enviaba a mis padres. Nada del otro mundo en
comparación con las exigencias de cien mil libras semanales de los futbolistas de
hoy; pero en ese momento me sentía pudiente. Y, por lo menos, estaba haciendo
lo que había ido a hacer a Manchester: pasarme el día jugando al fútbol.
Aunque vaya, no exactamente todo el día. Entrenaba por la mañana y luego
regresaba a Old Trafford con los pipiolos para realizar la clase de trabajos que
hacían que mis dedicaciones previas como chico de los recados parecieran casi
glamurosas. La más importante de mis nuevas labores consistía en lustrar las
botas de los jugadores profesionales. Solía limpiar las de Harry Gregg y las de
un enorme delantero centro llamado Alex Dawson, de manera que tenía más
cuero que trabajar que todo el resto de principiantes juntos.
Es posible que limpiar las botas de las superestrellas suene glamuroso, aunque el
cuarto donde estaban almacenadas era una caja de cerillas, apenas más grande
que un armario, desprovisto siquiera de un solo ventanuco por el que corriera el
aire fresco. No hay que olvidar que eran botas grandes y añejas, y lo primero que
teníamos que hacer era quitarles toda la mugre con la ayuda de unos primitivos
cepillos de alambre. Y solo entonces procedíamos primero a encerarlas, y luego
a lustrarlas con paños hasta que nos veíamos las caras reflejadas en su superficie.
La cera suele provocar que las botas pierdan su brillo, aunque yo descubrí que
bastaba con añadir una capa de vaselina para que relucieran de nuevo. Los
efluvios que desprendían todos los productos de limpieza te ascendían por las
fosas nasales y se te quedaban pegados en el paladar hasta transformarlo en un
estercolero.
Cuando habíamos completado aquella faena diaria, nos armaban con escobas y
nos enviaban a barrer las gradas, o cualquier otro pequeño quehacer que se les
ocurriera. Por lo menos, la mayoría de aquellas dedicaciones eran al aire libre, y
barrer las gradas tenía sus cosas buenas. Solíamos encontrar montones de
monedas de penique y medio penique y botellas retornables de Coronita, que nos
llevábamos a la tienda que quedaba al cruzar la tribuna de Stretford End y
canjeábamos a penique la unidad. Sospecho que hasta me las podría haber
llevado a Belfast para canjearlas por una sesión nocturna de cine.
Limpiar las botas de las estrellas sería lo más cerca que estaríamos de ellas. Los
jugadores del primer equipo eran especímenes de otra galaxia. Se
entremezclaban dentro y fuera del campo, mientras que los jóvenes éramos la
parte más baja del escalafón evolutivo. De vez en cuando, inevitablemente, me
cruzaba con el míster, Matt Busby, en el campo de entrenamiento, y me
saludaba. Pero tanto él como el resto de estrellas del primer equipo vivían en un
planeta distinto al nuestro.
Nunca he superado mi timidez, pero en aquellos días era prácticamente una
enfermedad crónica. Mi marcado acento de Belfast y mi falta de experiencia me
hacían sentir marginado, y a pesar de que me llevaba bien con los chavales la
mayoría de adultos me intimidaban; sobre todo el míster. Busby también vivía en
Chorlton, cerca de la señora Fullaway, aunque en una casa vagamente más
confortable, y a veces, mientras esperaba al autobús por las mañanas, lo veía
aproximarse en su Jaguar calle arriba y procuraba esconderme en la cola, en caso
de que se detuviera, para evitar el embarazoso trago de tener que desplazarme a
su lado.
Una vez me vio y se ofreció a llevarme en coche al campo, aunque me limité a
sentarme a su lado y a responder sus preguntas con murmullos monosilábicos.
No sabía qué decirle, y después de aquel trayecto me quedaba ojo avizor en la
parada para eludir su coche. Hasta me daba vergüenza hablar con los
conductores de los autobuses porque todos tenían dificultades para entender mi
acento, y siempre me pedían que repitiera lo que decía. Así que me aseguraba de
llevar siempre el importe exacto, tres o cuatro peniques, o cualquiera que fuera,
con tal de no tener que preguntar por ningún paradero.
La señora Fullaway hizo todo lo que estaba en su mano para hacerme sentir en
casa, pero tenía una costumbre irritante, y de no haber sido tan tímido se lo
habría dicho. Resulta que la señora Fullaway entraba en mi habitación por la
mañana, y si no estaba despierto me hacía cosquillas en la nariz para
despertarme. Era una manera terrible de despertar, y en varias ocasiones me
sobresalté, pero ella siguió haciéndolo erre que erre.
También me servía generosas raciones de comida, aunque seguía siendo bastante
pequeñito y me quedé fuera del juvenil en mi primera temporada, así que me
pusieron en el B. De haberme sometido a un entrenamiento con pesas, hoy
considerado como una parte fundamental en cualquier programa de formación de
futbolistas, es probable que pasado un año hubiese parecido Arnold
Schwarzenegger. Pero entonces nadie sabía lo que eran las pesas. De hecho,
nadie ejercitaba la parte superior del cuerpo, solo se trabajaban las piernas. En
cualquier caso, las mías eran bastante resistentes y las fortalecí aún más saliendo
a correr campo a través, una dedicación que adoraba.
Tanto Fitzy como yo éramos buenos corredores y nos encantaba competir entre
nosotros. Algunos chavales no lo disfrutaban tanto, y en cuanto doblábamos a la
derecha del campo se iban en dirección contraria y se escondían entre los
matorrales hasta que regresábamos. Había quienes se fumaban un cigarrillo de
extranjis en nuestra ausencia. Cuando regresábamos hundían el rostro en el
arroyuelo que pasaba por allí para simular que estaban sudando y volvían a
entrar al campo esprintando.
No creo que se la colaran al personal del entrenamiento y no se harían ningún
favor a sí mismos. Ningún miembro de aquella joven formación conseguiría dar
el salto al fútbol profesional, y yo aprendí la lección: al final recoges lo que
siembras. De todos modos, yo me lo pasaba pipa entrenando, y como estaba
físicamente fuerte para mi tamaño y tenía buen equilibrio, raramente me
lesionaba o me lastimaba. Además, se me daba tan bien correr que hasta batía a
mis compañeros en carreras de velocidad corriendo de espaldas.
Sin embargo, seguía sin sentirme adaptado a mi entorno. Manchester era una
ciudad muy grande que nada tenía que ver con Belfast; claro que ni se me pasaba
por la cabeza rebajarme de nuevo a volver a casa de mis padres con el rabo entre
las piernas, así que decidí darlo todo pasara lo que pasara. A fin de cuentas, no
esperaba estar tragando mierda eternamente, estaba convencido de que me
enviarían de regreso a casa en cualquier momento. Pero no quería que mamá y
papá pensaran que les había defraudado de nuevo. Me ayudó hacerme muy
amigo de Fitzy y de David Sadler, que ficharía por el club unos meses después
que yo, además de Jimmy Ryan y Peter McBride. Empezamos a salir los cuatro
juntos, aunque nuestra idea de salir de fiesta no pasaba de ir a los billares de
Chorlton, o a la bolera, adonde empezamos a ir tan pronto como se multiplicó
nuestro interés por las chicas. La bolera, aunque no os lo creáis, era el lugar
donde ir a ligar. Por aquel entonces, el Swinging London todavía estaba lejos de
su esplendor, e incluso en el Twisted Wheel, que se convertiría en otro de
nuestros garitos habituales (a pesar de que tenga nombre de antro de mala
muerte), no servían más que refrescos. El alcohol estaba estrictamente prohibido.
También me hice amigo de Steve, el hijo de la señora Fullaway, y nuestra
relación sobrevivió incluso después de que me trajinara a su novia. Se llamaba
María y estaba de muy buen ver. A mí me gustaba, pero era demasiado tímido
para invitarla a salir, así que se me ocurrió escribirle una nota, convencido de
que si no me respondía me ahorraría, al menos, la vergüenza de ser rechazado.
Una noche en que íbamos los tres de camino a un fish & chips, me la jugué y le
deslicé la nota en el bolsillo. Le escribí que me gustaría que quedáramos al día
siguiente, aunque tan pronto como lo hice deseé no haberlo hecho. Pero al día
siguiente, María apareció en el lugar señalado y empezamos a salir. Al final
resultó que la relación tenía sus beneficios extra porque su tía y su tío eran
dueños de una pastelería, y yo me dejaba caer cuando ella les hacía de niñera y
disfrutaba del placer al cuadrado de echar polvos y comer dulces.
¡A eso se le llama merendarse el pastel y lo demás son tonterías!
A pesar de que mi relación con Steve sobrevivió a María, una noche, después de
regresar del mismo fish & chips, nos peleamos. Yo me estaba reservando el trozo
de pescado más sabroso para el final, como hace todo el mundo, y en el
momento en que estaba a punto de hacerme con él, Steve me lo arrebató y se lo
llevó a la boca. Le solté un guantazo tal que así, y él me lo devolvió, y
terminamos ambos con las narices ensangrentadas. Y para colmo, como no podía
ser de otra manera, llevábamos puestas sendas camisas blancas que quedaron
cubiertas de sangre, aunque luego le contamos a la señora Fullaway que nos
habíamos estampado contra una farola.
Afortunadamente, nunca tuve ningún encontronazo con ella, lo que podría haber
cortado de cuajo mis andanzas nocturnas en los años venideros. Se suponía que
las caseras del Manchester United tenían que imponer un estricto toque de queda
entre sus codiciados pupilos, que en aquella época sería entre las diez y las diez
y media de la noche. Pero la señora Fullaway apenas decía nunca nada cuando
aparecía tarde, y comoquiera que solía llegar pasada la hora, adquirí la
costumbre de dejar abierta la ventana de mi habitación. Mi vecino era limpiador
de ventanas y dejaba sus escaleras almacenadas en el pequeño pasadizo que nos
separaba, aunque es probable que acabara percatándose de por qué sus escaleras
amanecían, a menudo, reclinadas sobre la fachada de nuestra casa.
La señora Fullaway debió de hartarse de escuchar cómo me estampaba contra el
suelo de mi habitación tras meterme por la ventana, ya que, en un momento
dado, me dio mi propia llave.
Todo era de lo más inocente, y yo me dejaba la piel como el que más en el
campo de entrenamiento. Es más, por las tardes regresaba por mi cuenta y
procuraba aguzar mis habilidades, como tocarla con la zurda o quedarme
plantado en el área de penalti intentando disparar contra el larguero tantas veces
como podía. La insistencia daría sus frutos, ya que durante mi segunda
temporada en Manchester ascendí al juvenil, un salto de categoría en toda regla,
habida cuenta de que venía del B. Fue mi primer contacto con la gloria, por así
decirlo. Debido a la reputación de los Busby Babes, la cantera se convertiría
entonces en la piedra angular del club que sigue siendo a día de hoy. Tanto era
así que entonces el cuerpo técnico al completo se personaba en los partidos del
juvenil, a los que asistía gran cantidad de público. Por si fuera poco, los
jugadores de la cantera nos desplazábamos en el autocar del primer equipo y
almorzábamos antes de los partidos en los mismos hoteles de cinco estrellas
donde almorzaba la primera plantilla. Íbamos de camino al estrellato. Para mí
sería doblemente maravilloso, ya que jugaba con todos mis amigos.
En aquellos días jugaba de delantero interior, una posición que hoy se conoce
como mediapunta. Solía jugar de delantero interior izquierdo, mientras que Fitzy
lo hacía de interior derecho, o viceversa. A nosotros nos daba lo mismo.
Jugábamos cada semana, ganábamos casi siempre y yo marcaba montones de
goles. Intentaba toda clase de remates, como marcar de córner directo o desde el
círculo central.
Un día marqué después de recibir el balón tras el saque inicial. Creo que fue
contra el Blackburn en The Cliff. Era un día que hacía un frío polar, y el campo
estaba a duras penas en condiciones para jugar. Mientras nos alineábamos para
empezar la segunda parte, Fitzy me dijo: «Rematemos este partido. Te paso la
pelota tras el saque y tú aprietas a correr, te metes hasta la cocina y la enchufas».
Me pasó la pelota y eso fue exactamente lo que hice: sorteé a dos o tres defensas
y la clavé.
Ojalá fuera siempre así de sencillo.
Según parece, Busby estaba recibiendo buenos informes sobre mi evolución, y la
noticia debió filtrarse hasta llegar a casa, porque me convocaron para jugar con
la selección juvenil de Irlanda del Norte. Mi padre, que había montado en cólera
tras el chasco que me llevé con la selección alevín, estaba especialmente
dichoso.
Jugar con el juvenil también me granjeó mi primer partido en el extranjero. El
United destacó sus promesas a Suiza para jugar un torneo anual, una buena
ocasión para comprobar el nivel de los canteranos al medirse a sus iguales
europeos. A nosotros, volar al extranjero y alojarnos en un hotel superpijo nos
hizo sentir la leche de importantes. Yo seguía siendo, básicamente, un bebedor
de refrescos de cola entonces, pero ahora que me había convertido en un chaval
sobrado que jugaba partidos internacionales, aunque solo fuera como sub-16, me
apunté al carro cuando algunos jugadores propusieron salir de copas a un bar.
El error que cometimos Fitzy y yo fue salir con dos armarios nacidos en
Manchester, Eddie Harrop y David Farrar, que probablemente llevaran bebiendo
desde que tenían ocho años. Se fueron de cabeza al bar y empezaron a bajarse
pintas como si no hubiera mañana; y para cuando me bebí la tercera empecé a
pensar que quizá, de hecho, ¡no lo hubiera!
La primera vez que bebes, la cerveza sabe horrible, pero Fitzy y yo no podíamos
permitirnos el lujo de que nos vieran como a dos panolis, así que nos forzamos a
seguir bebiendo. A mí me empezó a dar vueltas todo, y en cuanto salimos y nos
golpeó el frío de camino al hotel apenas era capaz de mantenerme en pie.
Mientras avanzaba a trompicones hacia las puertas de cristal del hotel, el resto de
chavales vieron a Busby en una cafetería al otro lado de la calle, donde estaba
sentado junto al cuerpo técnico del primer equipo: Jack Crompton, Joe
Armstrong y John Aston padre. Ser sorprendido en semejante estado hubiese
entrañado graves consecuencias. Así que los chavales me escoltaron por ambos
lados y me ayudaron a cruzar la entrada, aunque es probable que Fitzy estuviera
tan mal como yo.
Me subieron a mi habitación e intenté quedarme frito, pero tenía un montón de
náuseas y cada vez que abría los ojos todo me daba vueltas. Aquella fue la
primera y última vez que viví el mareo en mi piel, y tal vez sea el motivo que
explique que nunca haya sido amante de las pintas. Empecé a beber más a partir
de entonces, aunque solo cañas de clara o de cerveza rubia con lima después de
los partidos sabatinos. Y bebía sobre todo para reunir las agallas suficientes para
ligar, ya que me costaba horrores entrarle a alguna chica y camelármela. Prefería
quedarme sin hacer nada, deseando que alguna se fijara en mí. Pero en cuanto
me bajaba un par de claras reunía las agallas ebrias para entrarle a alguna,
especialmente si tanto ella como yo estábamos rodeados de amigos; de la
proverbial seguridad que te confiere el rebaño. Desde luego, no bebía antes de
los partidos y me entraba la risa cuando escuchaba historias de gente como
Malcolm Allison, quien contaba que se había pimplado varias botellas de
champán el viernes por la noche y al día siguiente había saltado al terreno de
juego y había marcado dos goles. Yo nunca salía la víspera de los partidos. Y
solo en raras ocasiones lo hacía los jueves.
Escribía a papá con asiduidad. Eran las típicas cartas en que le explicaba cómo
me iba con el fútbol y qué tal estaba mi alojamiento, aunque me limité a contarle
los pormenores futbolísticos de mi viaje a Suiza. Ambos ignorábamos por
completo si tenía futuro en el Manchester United. Nadie en el club me había
dado la menor pista. Tal vez habían dado por sentado que transcurridos dos años,
al cumplir los diecisiete, firmaría mi primer contrato profesional. Nada
sabíamos, excepto que la posibilidad de presentarme en el despacho de Busby y
preguntarle si me iba a fichar estaba más que descartada.
Yo estaba jugando bien. Paddy Crerand, que firmó por el United procedente del
Celtic de Glasgow en febrero de 1963, me contaría, años después, que me había
visto disputar un partido entre juveniles y se había quedado anonadado con mi
talento. Pese a todo, durante aquellos dos años, vería a un montón de chavales de
extraordinario talento entrar y salir por donde habían entrado. En cualquier caso,
parecía que el elegido para la gloria era David Sadler, por no hablar del resto de
numerosos candidatos de nuestro equipo. Barry Fry tenía muchísima técnica, y
Eamonn Dunphy también estaba llamado a triunfar. Y luego estaban también
Albert Kinsey, Jimmy Ryan e Ian Moir. Por no hablar de la cantidad de
jugadores que deseaban jugar en mi posición, de mediapunta, la más glamurosa
de todas. Entre los equipos A y B, los juveniles y el filial, el club contaría
entonces con una colección de cerca de treinta mediapuntas.
De manera que por muy bueno que fueras era indudable que no podías dar por
sentado que la cúpula directiva fuera a convocarte en su despacho en cuanto
cumplieras los diecisiete para ofrecerte el preciadísimo papelito: el contrato
profesional. No tenía la menor idea de qué iba a depararme el destino.
La segunda mitad de la temporada 1962-63 fue bastante emocionante para todo
el mundo en Old Trafford. El club se había plantado en la final de la FA Cup
durante dos temporadas consecutivas, 1957 y 1958, aunque había caído en
ambas. Ahora apuntaban a volver a pisar la hierba de Wembley, a pesar de que el
rendimiento del equipo en la Liga estaba siendo realmente pobre. Terminaron
decimonovenos en Primera División, pero se hicieron con un lugar de nuevo en
la final de la FA Cup contra el Leicester. Y eso eran fantásticas noticias para
todos, porque era tradición que el club se llevara a todo su personal a Wembley
para presenciar la final.
Aquel año la final se celebró con retraso, un 25 de mayo, en lugar del tradicional
primer sábado de mayo. Y yo estaba a tres días de cumplir los diecisiete, la edad
mágica, el día en que cualquier club podía ficharte como profesional.
Ni que decir tiene que en la mayoría de los casos te daban una palmadita en el
hombro y te decían: «Lo sentimos hijo, vamos a dejarte volar». Yo había
presenciado cómo les ocurría a numerosos chavales talentosos, así que todavía
estaba nervioso cuando fui convocado al despacho del Jefe. Pero me recibió con
la mejor de las sonrisas y dijo: «Enhorabuena, hijo, te ofrecemos un contrato
profesional».
Ni siquiera reparé en el sueldo, que resultaría ser de diecisiete libras semanales,
una fortuna para mí. La reunión quedó finiquitada en cuestión de minutos, y tan
pronto como salí del despacho de Matt le mandé un mensaje deprisa y corriendo
a mi padre, la carta más corta que nunca enviaría, porque quería llegar a Correos
antes de que cerraran: «Tu hijo ya es profesional. He firmado».
La recibió a la mañana siguiente, y aunque estaba encantado con la noticia, no le
hizo tanta gracia que el club no le hubiese invitado a estar presente en el
momento de estampar mi firma y discutir los términos del contrato. No es que
pensara que me la habían jugado. Simplemente era un hombre que siempre creyó
en hacer las cosas correctamente, y creo que tuvo un intercambio de palabras con
Matt al respecto cuando vino ese fin de semana para asistir a la final.
Conociendo a papá, seguro que se había temido lo peor cuando no tuvo noticias
mías en mi cumpleaños, mientras él se estaba deslomando por dejarme una
puerta abierta en la imprenta, por si las moscas.
Uno hubiese pensado que él y mamá ya tenían suficientes quebraderos de
cabeza, porque en dos meses nacerían mis hermanas gemelas, Julia y Grace.
Sé que sonará gracioso, pero solo había visto Wembley en blanco y negro, por
televisión, así que cuando entras en el estadio y contemplas el estallido de
colores en el día de la final, la diferencia es alucinante. Tal vez debido a mis días
desfilando en las marchas de la Orden de Orange soy un amante de las
tradiciones y las ceremonias, así que cuando el director de orquesta, vestido de
blanco de pies a cabeza, lanzó el tradicional himno de la final, «Abide with Me»,
no hubo un alma en todo el estadio que no la cantara. Fue una experiencia
inolvidable, y cuando los jugadores salieron del túnel de vestuarios el ruido era
absolutamente ensordecedor. Ni siquiera me podía imaginar lo que tenía que ser
saltar al terreno de juego, aunque soñaba con tener mi oportunidad algún día. El
momento más emotivo sucedió tras el final del partido, cuando nuestro capitán,
Noel Cantwell, ascendió los legendarios peldaños hasta el palco presidencial
para recibir la Copa, de la que ondeaban lazos rojos y blancos.
El United no era el equipo favorito al saltar al terreno de juego, pero David Herd
marcó dos de los goles de la victoria por 3 a 1, rematada por Denis Law, que más
adelante se convertiría en uno de mis mejores amigos. Al día siguiente viví otro
momento inolvidable. El equipo fue honrado con la habitual recepción
institucional, pero antes de eso paseó la Copa por todo Manchester en un desfile
celebrado a bordo de un autobús descapotable. No había sitio para todos, así que
Fitzy y yo fuimos destacados en un pequeño palco del ayuntamiento. Cuando
llegó el autobús y Noel descendió con la Copa, la multitud estalló en una
ovación, y allí estábamos Fitzy y yo, de pie, saludando como si la hubiésemos
ganado. Nos sentimos como monarcas.
Capítulo tres
«Hoy juegas, hijo»
EN 1963 DISFRUTÉ DE UNAS MARAVILLOSAS y relajadas vacaciones de
verano en Belfast. Dos años después de mi salida en falso junto a Eric
McMordie, regresé a casa convertido en futbolista profesional. La inminente
llegada de mis hermanas gemelas, Julia y Grace, había convertido nuestro hogar
en un hervidero de grandes noticias. Solo tuve ocasión de conocerlas
brevemente, ya que los entrenamientos de pretemporada empezaban en julio, el
mes en que nacieron, pero fue genial poder estar con la familia, reunirme de
nuevo con todos mis amigos del colegio y ponerme al día de sus novedades. Uno
de mis mejores amigos era Tommy Irwin, que vivía al doblar la esquina y con
quien había asistido a la escuela de Lisnasharragh. Mi otro mejor amigo era
Robin McCabe, y ambos se plantaron directamente en mi casa cuando se
enteraron de que había regresado.
No podían creerse que hubiese estado en la final de la Copa y querían enterarse
de todos los pormenores: «¿Llegaste a tocar la Copa? ¿Conociste a la Reina?»,
me preguntaban. Y, por supuesto, querían saber cuánto estaba cobrando y cómo
eran Bobby Charlton, Denis Law y el resto de jugadores, a los que solo conocían
gracias a la prensa.
Fue genial que se emocionaran y se alegraran por mí, ya que después de dos
años de ausencia ignoraba cómo iban a reaccionar. En los días en que jugábamos
al fútbol por las calles de Cregagh yo era un soñador más, lo mismo que el resto.
No me sentía especialmente dotado ni superior a ellos ni por asomo. Y si bien
era mejor jugador que la mayoría, nunca creímos que fuéramos a convertirnos en
futbolistas profesionales, y mucho menos jugando para el Manchester United.
Ahora que volvía a estar reunido con mi pandilla, mientras recorríamos nuestros
viejos lugares favoritos —el cine, el fish & chips de Eddie Spencer y hasta la
feria en Dallywinkers Lane—, mi carrera futbolística parecía un sueño lejano.
No sé si Tommy y Robin sentirían la punzada de los celos cuando llegó el
momento de mi regreso a Inglaterra, pero mientras estuve con ellos parecían
sinceramente contentos por mí. Supongo que también se sentirían partícipes de
mi hazaña. Yo no me sentí en absoluto distinto después de firmar el contrato. No
creía que un pedacito de papel fuera a cambiar nada, y tampoco creo que ni mi
madre ni Carol se preocuparan demasiado al respecto. Mi forma de verlo era que
me iba a quedar un poco más en el Manchester United, y es posible que ellas
pensaran lo mismo, así que no le dieron demasiada importancia.
Convertirte en profesional suponía un gran aumento de sueldo y me autoregalé
mi primer coche —un Austin 1100— para celebrarlo. Nada que ver con el nivel
de los Ferrari que conducen hoy los jugadores del United, aunque pagué
cuatrocientas libras en metálico, una enorme suma para cualquiera,
especialmente para un adolescente. En realidad suspendí mi examen de práctica
dos veces en Manchester. En la primera no me hice ningún favor cuando aparecí
sin la «L» de conductor novel, que había anudado al coche con un cordel y que
encontraría la manera de salir despedida por los aires entre mi casa y el lugar
donde se celebraba el examen.
Harto como estaba de los examinadores británicos, decidí probar suerte en un
centro de examinación en Belfast. El examinador me repasó de arriba abajo nada
más verme y parecía más nervioso que yo cuando nos metimos en el coche. Yo
no era una gran estrella, precisamente, pero que alguien de Cregagh hubiese
fichado por el Manchester United era todo un notición en nuestro barrio. Se
limitó a indicarme que diera la vuelta a la manzana, y cuando me encontré con
que había regresado al centro pasados unos cinco minutos, me dijo:
«Felicidades, has aprobado». Qué encanto de hombre.
No imaginaba que me fuera a resultar tan fácil ascender al primer equipo del
United. En realidad, estaba seguro de que pasarían meses antes de que lo
consiguiera. A pesar del pobre rendimiento liguero en la campaña anterior, el
equipo había jugado un gran fútbol para alzarse con la Copa, y la presencia de
delanteros como Denis Law y Bobby Charlton era un motivo suficiente para que
no contara con que se me fueran a abrir las puertas a corto o medio plazo.
En cualquier caso, como ya he comentado, David Sadler parecía ser el juvenil
señalado para hacerse con una plaza en el primer equipo. Era un chaval
grandote, un armario de más de metro ochenta que podía jugar prácticamente en
cualquier posición. Sadler tenía además experiencia en la Isthmian League5,
donde había jugado con el Maidstone United, así que su reputación le precedía,
incluso antes de incorporarse al United. Tenía mucha más confianza que el resto
de nosotros, y se le conocía por no amilanarse ante jugadores de primer nivel. De
todas formas, Sadler fue el primero en quedarse de una pieza cuando se anunció
el once inicial para el partido inaugural de la temporada 1963-64 contra el
Sheffield Wednesday y comprobó que era el delantero centro titular.
Me alegré un montón por él, aunque me moría de la envidia. Era un hecho
sabido que Johnny Giles, que había disputado la final de Copa de la temporada
anterior, estaba prácticamente despedido tras haberse encarado con Matt Busby
después de que este le hubiese dejado fuera del equipo titular unas semanas
antes, de manera que a nadie le sorprendió que se quedara fuera de la
convocatoria. Sin embargo, Matt también sentó en el banquillo a Albert Quixall
y David Herd, una vieja leyenda de Old Trafford, y reemplazó a Giles y a la
susodicha pareja por Sadler y otros dos productos de la cantera, Ian Moir y Phil
Chisnall, que llevaban un par de temporadas entrando y saliendo del equipo.
Parecía que Matt estaba ya en un avanzado estado de gestación de su nueva
hornada de Babes.
Yo todavía seguía jugando en el juvenil o en los equipos A y B, además de la
ocasional convocatoria con el filial, así que me quedé más que sorprendido
cuando entré en la convocatoria del primer equipo para jugar el partido en casa
contra el West Brom el 14 de diciembre, el séptimo partido de la temporada. A
pesar de la ilusión que me hizo, no esperaba jugar, ya que me habían dicho que
entraría como duodécimo jugador, lo que en aquella época —en la que todavía
no existían los suplentes— equivalía a no vestirse de corto.
Sin embargo, ignoraba que Ian Moir se había lesionado y que Matt supiera que
iba a alinearme antes de que almorzáramos en nuestro club de golf habitual. Matt
no soltó prenda, quizá para evitar que se me atragantara la comida; pero el caso
es que Paddy Crerand me lo dijo antes de que nos subiéramos al autocar. Paddy
no era de los que sabían guardar un secreto. Pese a todo, yo seguía sin creérmelo
del todo, hasta que Matt se me aproximó por el pasillo del autocar cuando
íbamos de camino al estadio y me dijo, como quien no quiere la cosa: «Hoy
juegas, hijo».
Matt no me dio ninguna indicación, no era realmente su estilo. Era de los que
prefería no presionar a ningún debutante. Yo no estaba especialmente nervioso
en el vestuario. De hecho, salí a tomarme un té a un bar con algunos compañeros
y no regresé hasta un cuarto de hora antes del pitido inicial. Todo jugador
adquiere sus pequeñas manías antes de cada partido, dependiendo de sus hábitos
y de lo nervioso que esté. Alan Gowling se dedicaba a dar vueltas sin parar al
vestuario, cada vez más y más pálido, hasta que desaparecía rumbo al lavabo y
lo escuchabas vomitar. Con los años iba a conocer a un montón de jugadores
como él, jugadores que estaban en perfectas condiciones en cuanto saltaban al
terreno de juego y daban su primer toque de balón.
Nobby Stiles tenía una manera distinta de mostrar su nerviosismo. Después de
quitarse su dentadura postiza y ponerse las lentillas, se quedaba examinando su
equipamiento incesantemente, como si alguien lo hubiese manoseado desde la
última vez que había comprobado que allí seguía. Bobby Charlton,
sorprendentemente, era otro de los más nerviosos y le daba un sorbo a su whisky
escocés antes de salir al campo.
Beber un poco era habitual en cualquier vestuario de la época, especialmente en
los días fríos, aunque la costumbre de Bobby era toda una ironía, especialmente
habida cuenta de que sería a mí a quien le caería el sambenito de bebedor
mientras él sería siempre un modelo de sobriedad. Solíamos guardar una botella
de whisky en un contenedor, junto a los equipamientos y las botas, y Jimmy
Murphy, el número dos de Matt, también le daba un trago antes del partido. E
incluso diría que el míster se pimplaba un whisky en su despacho antes de bajar
al vestuario. Por lo que a mí respecta, siempre llevaba media tableta de chocolate
en mi bolsillo, que devoraba antes de salir al terreno de juego. Más allá de eso, la
única manía que tenía era vestirme de corto, sentarme bajo mi colgador y leer el
programa del día.
Lo más increíble del día de mi debut como jugador del primer equipo fue
caminar por el túnel de vestuarios y escuchar el estruendo de los más de
cincuenta mil aficionados, un sonido que retumbaba cada vez más alto conforme
nos aproximábamos al terreno de juego. En esa época, el túnel estaba en la línea
divisoria del centro del campo, y sentí inequívocamente cómo se me erizaban los
pelos de la nuca. Quedé emparejado con Graham Williams, un internacional
galés reputado por no dejar títere con cabeza. Curiosamente, yo había debutado
en el filial contra él en un partido de la Liga Central hacía un año. Y también
debutaría como internacional de Irlanda del Norte jugando contra él en Swansea.
Williams era el Stuart Pearce de su época y me obsequió con una brutal entrada
al inicio del partido para celebrar mi bienvenida a la Primera División, la
bienvenida tradicional con que los veteranos más marrulleros obsequiaban a los
debutantes.
Me recuperé de la entrada y empecé a marearlo un poco. Yo era un pequeño
canalla en toda regla. Cuando eres el chaval recién llegado al equipo y juegas
con jugadores de la talla de Bobby Charlton, se supone que tienes que mostrar
cierta deferencia y pasarles la pelota de vez en cuando. Sin embargo, una vez
que me hacía con el balón, no se lo quería pasar a nadie, puesto que me había
acostumbrado a ser prácticamente su único dueño jugando con el juvenil. Así
que mientras mis compañeros me pedían a gritos que se lo pasara, yo me
emperraba en mearme a tres o cuatro rivales y en desplegar todas las piruetas
que solía poner en práctica para mis colegas del B. Y si mis compañeros estarían
hartos de mí antes del descanso, fijo que Williams también lo estaba cuando me
obsequió con otra segada para intentar mantenerme a raya.
En el descanso, Matt me pidió que cambiara de banda, lo que probablemente me
salvó de una decapitación; aunque, en líneas generales, y más allá de mis
fardadas de cara a la galería, no creo que jugara tan bien. Por primera y casi
última vez en toda mi vida sobre un campo de fútbol, me pasé el partido
abrumado. No fue tanto por los nervios, sino por el hecho de que nadie me había
preparado para la que se me venía encima, así que me pasé la mayor parte de los
noventa minutos aclimatándome. Los periódicos del día siguiente fueron
bastante amables, escribieron que había mostrado destellos de talento y ese tipo
de cosas.
El titular del Manchester Evening News decía: «El pipiolo Best chispea en la
ofensiva roja», aunque sigo sin tener ni idea de si era una crítica buena o mala.
Sin embargo, sabía por la reacción del resto de mis compañeros que no había
estado pletórico. Se me abalanzaron y armaron un buen alboroto al final del
partido, en el vestuario, como era tradición cuando algún chaval debutaba. El
míster también se me acercó y dijo: «Has estado bien, hijo». Aunque la
sensación era que el resto de compañeros se estaban limitando a ser educados, no
parecían realmente sinceros, y estaba claro que nadie osaría decir: «Menuda
basura de partido, hijo». Lo mejor de todo fue que ganamos 1-0 y que David
Sadler, mi amigo, marcó el gol.
De todas formas, mi nombre no apareció en el listado de titulares del siguiente
partido, así que me tocó regresar al A y al juvenil. No fue una decepción
excesiva, puesto que no estaba seguro de estar a la altura. Así que continué
entrenando con todas mis fuerzas, resuelto a mejorar mi actuación si volvía a
tener la oportunidad. También me consoló pensar que había llegado al primer
equipo mucho antes de lo que me había imaginado. A principios de temporada,
cuando nadie me había ofrecido el menor indicio de que pudiera estar a punto de
debutar con el primer equipo, me había marcado el objetivo de ganarme un
puesto fijo en el filial durante uno o dos años. Lo único triste de mi inesperada
primera convocatoria fue que no me dio tiempo a decírselo a mi padre, que se
quedó mortificado por haberse perdido mi debut. Para colmo, otra ristra de
inesperadas circunstancias le llevaron a perderse también mi segundo partido.
Había adquirido la rutina de viajar a Belfast casi todos los fines de semana para
ver a mi familia y a sus dos recién llegadas. Mamá estaba especialmente
encantada de verme. Solía hacerme las típicas preguntas maternales como: «¿Ya
comes bien?» o «¿Te estás portando bien por allí?».
Manchester era una ciudad tan misteriosa para ella como lo había sido para mí a
mi llegada, y ahora que tenía que cuidar de cuatro niñas no disponía
precisamente de tiempo para visitarme y comprobar por sí misma cómo me
estaba yendo.
Carol, que tenía dieciséis años, había empezado a asumir el rol de segunda
madre de las gemelas, lo que supondría un descanso para mamá. Carol estaba
contenta de que las cosas estuvieran yéndome bien, aunque no era aficionada al
fútbol, y creo que todo el circo le parecía de lo más extraño. Como no era
jugador del primer equipo, tenía permiso para regresar a casa por Navidad y me
apetecía un montón pasarme unos días sin hacer nada. Hasta que la mañana
después de San Esteban, a medida que el chaval que repartía los telegramas se
aproximaba a Burren Way, se declaró un pequeño tumulto frente a nuestra puerta
de entrada.
El telegrama que traía el chaval venía de Old Trafford y me instaba a contactar
con el club inmediatamente. El United había sido vapuleado por el Burnley por
6-1 en San Esteban, y Matt Busby parecía incuestionablemente decidido a
reorganizar su escuadra para el partido de vuelta en Manchester al día siguiente,
el 28 de diciembre. Antes de que los clubs empezaran a liarla con el calendario
de partidos, todos los equipos destinaban las Navidades a jugar derbis de ida y
vuelta para reducir al mínimo los desplazamientos. Cuando llamé al club, me
ordenaron que tomara el primer vuelo de regreso, aunque no se me pasó por la
cabeza que fuera a jugar, creía que solo me querían como suplente, por si las
moscas: «Veamos; si regreso, tendréis que ponerme en un vuelo de vuelta a
Belfast al finalizar el partido», les dije.
Una vez que se comprometieron a hacerlo, empecé a creerme las palabras de
papá, que insistía en que «si tienen tanta prisa por que regreses será porque vas a
jugar». Y si bien estaba orgulloso, lo dijo en un tono vagamente melancólico,
pues sabía que no le iba a dar tiempo a cambiar su turno en el trabajo para viajar
y asistir al partido.
A mi regreso a Old Trafford, no solo descubrí que iba a jugar en la banda
derecha, sino que Willie Anderson, que tenía solo dieciséis años, iba a hacerlo
por el carril contrario. Anderson era otro joven extremo superrápido, y tanto para
él como para mí, estar en el primer equipo a nuestra edad apuntaba a que Matt
Busby estaba reconstruyendo el equipo mucho más deprisa de lo que nos
habíamos imaginado. No recuerdo cómo jugó Willie, pero yo me quedé mucho
más contento con mi actuación y con mi primer gol como profesional: fue un
chut con la derecha desde el borde del área de penalti que se coló por la
escuadra. Le di la tarde a Alex Elder, el portero del Burnley, que entonces ya era
un fijo con la selección de Irlanda del Norte, con la que alcanzaría las cuarenta
actuaciones. Terminamos ganando 5-1.
No me hacía falta ningún avión para volar de regreso a casa: ya estaba en las
nubes. A la mañana siguiente me desperté temprano para leer lo que tenía que
decir el Belfast Telegraph sobre mi actuación. Para mi mayúscula sorpresa,
habían publicado una fotografía de mi gol en la contraportada, una imagen que
resultaría completamente irreal tanto para mis amigos como para mí. Todos
habíamos simulado competir para un gran club británico mientras jugábamos por
las calles de Belfast, y de repente, había marcado un gol para el Manchester
United ¡Y mi fotografía aparecía en el Belfast Telegraph para corroborarlo!
Había una sensación de estupor entre Tommy, Robin y los demás, y yo apenas
era capaz de asimilarlo.
El mundo en el que vivía con mis compañeros en el Manchester United era
diferente, un mundo en el que marcar goles era el pan nuestro de cada día,
nuestro trabajo. Sin embargo, en Belfast seguía siendo el canijo Georgy del
bloque de viviendas de Cregagh, y al encontrarme de nuevo en mi ambiente, la
sensación de estar leyendo algo sobre otra persona fue todavía más acusada.
Aquella edición del Belfast Telegraph pasaría por cientos de manos, y mi gol
sería el gran tema de conversación del bloque. Me sentí realmente como si el
tanto estuviera dedicado a todos ellos, lo que me arrancó alguna que otra
lagrimita.
Esta vez esperaba mantener mi lugar en el primer equipo a mi regreso a Old
Trafford, y para sorpresa de muchos, también lo haría Anderson en el siguiente
enfrentamiento, un partido de tercera ronda de la FA Cup en que nos impusimos
al Southampton a domicilio por 2-3. Yo ignoraba cuánto duraría mi suerte, pero
seguí superándome a lo largo de una racha de trece partidos consecutivos, en los
que marcaría seis goles más. También tuve mi primer contacto con el fútbol
europeo en un partido de la antigua Recopa de Europa, que sería el primero de
muchos, y de mi absoluta devoción por las noches de fútbol continental. El
ambiente era distinto a los partidos de liga, la sensación era superespecial y
enseguida se notaba. Y, por supuesto, eran partidos que se disputaban siempre
bajo alumbrado artificial, lo que generaba una sensación de teatralidad que ya
había disfrutado en la televisión del señor Harrison, en Belfast, viendo jugar a
los Wolves contra aquellos marcianos rusos.
Incluso después de empatar contra los defensores del título, el Tottenham, en el
partido de segunda ronda de la Recopa, la sensación era distinta a cualquier
partido doméstico. Tras deshacernos de los Spurs, ganamos al Sporting de
Lisboa por 4-1 en el partido de ida de la tercera eliminatoria, en casa, y
empezamos a soñar con el título. Sin embargo, de manera increíble, nos pasaron
el rodillo en el partido de vuelta, que perdimos 5-0. Estuvimos simple y
llanamente espantosos, sería la derrota más abultada en Europa de toda nuestra
historia. Matt, que casi nunca solía decir gran cosa después del partido,
ganáramos o perdiéramos, estaba sacando humo aquella noche y no dejó títere
con cabeza. No hay que olvidar que Europa siempre sería muy especial para él, y
tras ver morir en Munich a tantos miembros de su plantilla en plena competición
por la gloria europea, no le hizo ninguna gracia presenciar nuestra calamitosa
actuación.
El Liverpool nos endosó un 3-0 en su imparable camino a la conquista de la
Liga, aunque nosotros seguíamos con la esperanza puesta en retener la FA Cup.
Quedamos emparejados con el Sunderland en la tercera ronda y estábamos
virtualmente eliminados a cinco minutos del final, cuando perdíamos 3-1. Contra
todo pronóstico, remontamos, y yo marqué el gol del empate literalmente sobre
la bocina.
En el partido de desempate, en Roker Park, Bobby Charlton marcó uno de sus
trallazos de larga distancia para empatar a 2; mientras que en el segundo partido
de desempate solo hubo un equipo sobre el terreno de juego: los aplastamos 5-1
con un hat-trick de Denis Law. Sin embargo, nuestra suerte se agotaría en la
semifinal contra el West Ham. Contaban en sus filas con Bobby Moore, Geoff
Hurst y Martin Peters, que se convertirían en los héroes que coronarían a
Inglaterra en el Mundial de 1966 y que lideraron una cómoda victoria, 3-1.
Después de haber disfrutado de la emoción de asistir a la final de la FA Cup en
Wembley el año anterior, me moría de ganas de vivirla como jugador. Y hubiese
batido un récord de haberlo conseguido. En la otra semifinal, el Preston batió al
Swansea, una victoria que desató un gran interés mediático, puesto que, a sus
diecisiete años, Howard Kendall se convirtió en el jugador más joven en llegar a
la final. El caso es que Kendall nació el mismo día que yo, así que si el United
hubiese conseguido plantarse en la final, tendríamos que haber comprobado
nuestros respectivos certificados de nacimiento para decidir quién de los dos era
el más joven. Fue una decepción no llegar a la final, pero no me obcequé
demasiado. Había disputado mi primera semifinal en mi primer año como
profesional. Era un pensamiento que me hacía sentir bien y tenía claro que
quedaban unas cuantas finales por caer.
Ahora que me había ganado un puesto en el once inicial, papá podía planear de
antemano sus visitas para verme jugar, y mamá haría lo propio cada vez que
pudiera. No le gustaba demasiado volar, pero le encantaba vestirse con sus
mejores galas los domingos y acicalarse con los colores rojiblancos del club. Los
aficionados vestían mucho mejor en esa época, y mamá estaba siempre dispuesta
a lucir lo más elegante posible para su hijo. Por desgracia, no tuve demasiadas
ocasiones de hablar con ellos ni antes ni después de los partidos, ya que solían
volar los viernes a última hora, después de que mi padre terminara su jornada, y
regresaban directamente a Belfast al terminar el partido.
A pesar de haberme ganado un puesto en el primer equipo, seguía jugando con el
juvenil, al igual que David Sadler, algo que sería impensable hoy en día. Sin
embargo, la FA Cup se había convertido en el Santo Grial de la promoción de
juveniles de la temporada 63-64, que llevaban seis años sin alcanzar la final de
una competición que, como todos sabíamos, los Busby Babes habían ganado
durante cinco temporadas consecutivas. Así que cada promoción de juveniles
desembarcada en el club a partir de entonces tenía que enfrentarse a aquel listón.
Nadie esperaba que fuéramos a ganar aquel año, pero como todos estábamos
ansiosos por dejar nuestra impronta, lo dimos todo. Y conforme fuimos jugando
juntos, demostramos tener un gran espíritu de equipo.
Por aquel entonces, el Chelsea nos había desbancado como mejor equipo juvenil
del país, aunque en la temporada 1963-64 el consenso unánime proclamaba que
el Manchester City sería el equipo a batir, ya que contaba en sus filas con la
crema de la crema. El City alcanzó las semifinales, una eliminatoria que
entonces era de ida y vuelta, sin despeinarse. Y cuando quedamos emparejados
empezaron a alardear de la humillante paliza que iban a darnos. El partido estaba
llamado a ser una lucha a degüello, no solo por la rivalidad entre ambos clubes,
sino por la abundancia de jugadores locales en ambos equipos, más que
familiarizados con lo que significaba jugar un derbi, incluso a nivel juvenil.
La eliminatoria de ida, en Old Trafford, fue presenciada por casi veinticinco mil
aficionados, y recuerdo que mientras salíamos del túnel de vestuarios, Mick
Doyle, del City, un jugador que odiaba al United con todas sus fuerzas, se puso a
malmeter a grito pelado contra nosotros, y algunos de sus compañeros se le
sumaron proclamando arengas como «os vamos a dar lo que es bueno». Había
grandes jugadores en ambos equipos: nosotros contábamos con Jimmy Rimmer,
que se convertiría en el cancerbero de Inglaterra, Willie Anderson, Fitzy y yo
mismo. Además de Doyle, el City contaba también con Glyn Pardoe, que sería
titular indiscutible del primer equipo durante años, y Bobby McAlinden, un
jugador delicioso que años más tarde se convertiría en mi mejor amigo en
Estados Unidos. Sin embargo, el héroe de aquella noche sería Albert Kinsey —
que luego ficharía por el Wrexham— y que marcó un hat-trick.
Doyle malmetió todavía más antes del partido de vuelta, en Maine Road, doce
días después, que arrastraría a casi veintiún mil aficionados. Contra todo
pronóstico, nos volvimos a imponer, esta vez por 2-3, en una actuación que
dejaría una de mis fotografías favoritas para la posteridad. Sucedió cuando
Doyle y yo salimos a luchar por un balón en el área del City. Doyle, como buen
hater del United, estaba salivando por aplastarme. Tenía las venas del cuello a
punto de reventar mientras se aproximaba al balón; sin embargo, no advirtió que
su portero venía por detrás y lo derribó de un cabezazo que terminó con la pelota
alojada en su propia red. Al día siguiente apareció una magnífica fotografía en el
Manchester Evening News en la que se veía a Doyle tirado en el suelo y a mí
despreocupadamente apoyado contra el poste, riéndome de él. Si hubiese
continuado con mi álbum, no cabe duda que aquella fotografía hubiese ocupado
un lugar de honor.
Éramos los indiscutibles favoritos en la final que nos enfrentó al Swindon Town.
Un gol de Don Rogers adelantó al Swindon en el partido de ida, pero mi gol
supuso el empate a 1. En la vuelta, y ante una concurrencia de veinticinco mil
aficionados en Old Trafford, nos impusimos 4-1 con un hat-trick de David
Sadler. Nuestro capitán era Bobby Noble, que había sido internacional juvenil
por Inglaterra y estuvo inmenso como lateral izquierdo.
Por desgracia, tres años más tarde, después de alzarse con la medalla de
campeón de Liga, sufriría lesiones en la cabeza y en el pecho en un accidente de
circulación a su regreso de un partido en Roker Park. Y a pesar de que luchó
heroicamente para recuperar su mejor forma y de que llegó a jugar un par de
partidos con el juvenil, padecía episodios de visión doble y se vio obligado a
retirarse por recomendación médica. Fue un macabro recordatorio de lo
prematuramente que podrían terminar nuestras carreras: podía suceder en
cualquier momento, y no necesariamente a consecuencia de nada ocurrido sobre
el terreno de juego.
Entre los partidos de ida y vuelta de la eliminatoria de semifinales contra el City,
me dio tiempo a debutar con Irlanda del Norte en un encuentro que ganaríamos
2-3, contra Gales, en Swansea, donde me convertiría en el jugador más joven en
vestir la camiseta verde. Pat Jennings, el guardameta, también debutaría el
mismo día, la primera de un récord de 119 convocatorias internacionales. Big Pat
se convertiría en una leyenda irlandesa y nos haríamos grandes amigos con los
años. Por desgracia, debutó en detrimento de Harry Gregg, que se quedó fuera de
la convocatoria tras una derrota contra Inglaterra por 8-3 en el partido anterior.
Por algún motivo, apenas recuerdo mi primer encuentro como internacional,
aunque sé que Jimmy McLaughlin fue nuestro jugador más peligroso. Y
tampoco he olvidado que, una vez más, volví a quedar emparejado con Graham
Williams. Tal vez el partido no se me quedó grabado porque jugábamos fuera, en
un campo como el del Swansea, que era muy poquita cosa en comparación con
Old Trafford. De lo que sí me acuerdo es del enfado de mi padre con el periódico
local, que se mostraría de todo menos halagador y afirmaría no entender por qué
se había armado tanto revuelo a mi alrededor. Cambiarían de chaqueta dos
semanas más tarde, después de mi partido contra Uruguay.
Aquel sería mi debut en casa como internacional, así que había muchas
expectativas puestas en mí. Y yo me había propuesto estar a la altura.
Probablemente también ayudó que el lateral izquierdo uruguayo parecía haberse
propuesto enviarme a la tribuna de un patadón, que era el típico comportamiento
que siempre me había espoleado. Me pasa un poco lo mismo fuera del terreno de
juego. Si la gente intenta disuadirme de hacer algo o me dice que soy incapaz de
hacerlo, me dejaré la piel para demostrar que se equivocan. El caso es que le di
la nochecita al lateral izquierdo, y a pesar de que no conseguí marcar, me gusta
pensar que inspiré a mis compañeros ¡hasta una victoria por 3-0!
Aquella fue una semana extraordinaria. Había jugado el sábado contra el
Nottingham Forest en partido de Primera División, y luego el lunes jugué contra
el Swindon con el juvenil. El partido contra Uruguay era el miércoles, y al día
siguiente volé de regreso a Manchester para disputar el partido de vuelta contra
el Swindon. O sea, que fueron cuatro partidos en seis días en tres competiciones
distintas, lo que tiene que ser un récord. Y me costaría creer que alguien lo pueda
batir, porque ningún entrenador en su sano juicio permitiría a ningún jugador
hacerlo a día de hoy.
Por lo que a mí respecta, hubiese jugado siete días a la semana si me hubiesen
dejado. En Belfast lo único que quería era jugar al fútbol sin parar, y de repente
lo estaba haciendo de verdad, y para uno de los mayores clubes ingleses. Y una
vez que saltaba al campo, nunca deseaba escuchar el pitido final. Si estaba
jugando bien, no quería que el partido terminara. Y si estaba teniendo un partido
discreto, quería seguir hasta tener la oportunidad de hacer algo. Recuerdo estar
jugando de pena contra el West Brom en un partido que perdíamos 1-0 entrados
los minutos finales. Hasta que, de pronto, se me presentaron dos oportunidades y
aproveché ambas para terminar ganando 2-1. Cuando sonó el pitido final, los
jugadores del West Brom se quedaron mirándose los unos a los otros
estupefactos, como diciendo: «¿Cómo nos ha podido pasar esto?».
Yo estaba en el séptimo cielo.
Sería más o menos entonces cuando la prensa nacional empezó a reparar en mi
existencia. Supongo que destacaba porque era distinto. Por aquel entonces, los
futbolistas ni llevaban el pelo largo ni se suponía que debían jugar con la
camiseta por fuera de los pantalones. También se nos recomendaba no quitarnos
jamás las espinilleras. Pero las normas están hechas para saltárselas, y yo me las
salté todas, y no porque fuera un rebelde ni porque quisiera demostrar nada.
Simplemente era mi forma de ser. Me limitaba a ser yo. El pelo largo se había
puesto de moda, y al igual que muchos otros chavales de mi edad, me lo dejé
crecer. Al club no parecía importarle. Lo único que te exigían era viajar
enfundado en el traje y corbata del club en los desplazamientos, y eso no suponía
el menor problema. Estaba orgulloso de vestirlo, como cualquier otro jugador.
Yo también era el rarito en los almuerzos previos a los partidos; aunque, según
parece, fui un adelantado a mi tiempo en materia de nutrición. Todos los
jugadores del United solían comer bistec antes de los partidos, y hoy sabemos
que es la peor dieta posible, ya que al cuerpo le cuesta una eternidad digerir la
carne. Yo prefería copos de maíz y rodajas de plátano, una combinación mucho
más eficaz para proporcionar energía instantánea, igual que la media tableta de
chocolate que me comía en el vestuario, aunque lo cierto es que en aquel
momento no lo sabía. No era de extrañar que después de mi educación me
siguieran deleitando las tostadas —¡tostadas por ambos lados a estas alturas!—,
y untadas en miel y mantequilla. Eso hubiese sido un auténtico lujo en Belfast.
Solo muy de vez en cuando, si estaba realmente hambriento antes del partido,
comía un poco de pollo o un huevo escalfado.
Y debió de ser más o menos entonces cuando papá comunicó finalmente a la
imprenta de Belfast ¡que ya no me haría falta ningún trabajo a corto plazo!
Mamá y él estaban encantados con el fulminante despegue de mi carrera, a pesar
de que mamá insistía en que no se me subiera a la cabeza. Tampoco creo que
aprobara mi corte de pelo, aunque se lo calló.
Lejos de los terrenos de juego, algo insólito estaba sucediendo en 1964. Todos
los viejos valores se fueron derrumbando conforme el impulso de los años
sesenta empezó a cobrar fuerza, un cambio liderado por bandas de pop-rock
como los Beatles y los Rolling Stones. No solo por la música que tocaban, sino
por cómo vestían. Ahora, mientras echo la vista atrás, me da risa pensar en lo
escandalosos que se consideraba a los Beatles en sus inicios, cuando salían al
escenario luciendo chaqueta y corbata. Pero, más allá de todo eso, sería el
principio de una época gloriosa, consagrada a la paz y al amor libre, y no cabía
duda de que yo empezaba a obtener mi cuota de este último.
Las drogas no formaron parte de mi educación. Nunca conocí a nadie que las
consumiera cuando era pequeño, y tampoco a nadie que me las ofreciera cuando
era una joven promesa, por no hablar de mi inexistente curiosidad por probarlas.
Seguía bebiendo moderadamente después de los partidos, sobre todo cerveza,
aunque no se puede decir que disfrutara particularmente del sabor del alcohol.
Bebía porque me ayudaba a relajarme y a hablar con chicas. A pesar de haberme
hecho con un hueco habitual en el primer equipo, no me relacionaba socialmente
con el resto de jugadores de la primera plantilla, en gran medida debido a que
eran mayores que yo y muchos ya estaban casados. Yo era producto de una
nueva generación, y lo que me apetecía era ir a discotecas y salir de fiesta con
mis compañeros del juvenil, aunque dos de mis colegas más cercanos, Fitzy y
Dave Sadler, solían jugar de vez en cuando en el primer equipo. Dave se mudó
también a mi residencia, la casa de la Señora Fullaway, y nuestro vínculo se
estrechó todavía más.
Si los sábados marcaba algún gol, luego por la noche terminaba eufórico, la
adrenalina fluyéndome a borbotones. No me hacía falta beber demasiado. Por
aquel entonces no existía la jornada dominical en el fútbol profesional, así que
salir hasta las tantas no parecía suponer ningún problema. Pero ni las chicas ni la
bebida me entrañaban la menor distracción. Vivía para jugar. Caminar por
aquellos túneles cada sábado a las tres de la tarde vestido de corto era como
entrar en una nueva dimensión. Y nunca me preocupaba por los partidos ni por
quién sería mi marcador, simplemente saltaba al campo y hacía lo que sabía
hacer.
Cada partido era una aventura distinta, un sueño más.
Capítulo cuatro
El quinto Beatle
CUANDO EL LEEDS UNITED consiguió la permanencia en la antigua Primera
División bajo la batuta de Don Revie, en 1964, demostró ser un equipo con
verdadera actitud. El Leeds llevaba toda su trayectoria profesional debatiéndose
entre Primera y Segunda División hasta que con la llegada de Revie se convirtió
en un club que no solo aspiraba a la permanencia en la máxima categoría, sino a
tutearse con la élite del fútbol inglés. El club dejó atrás su indumentaria rayada y
se encomendó al blanco en honor al Real Madrid, el equipo más intratable de
Europa a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Con el paso del
tiempo, el Leeds terminaría jugando a menudo un fútbol que no tenía nada que
envidiar al del club merengue.
Recuerdo verles ganar un partido de liga 7-0 jugando de manera tan arrolladora
que el equipo rival apenas olió la pelota. Sin embargo, y por desgracia, algunos
miembros de aquella escuadra eran verdaderos emperadores coronados del juego
sucio, y no tenían problema en recurrir al juego peligroso con la única y
deliberada intención de lesionar a sus rivales, ni tampoco en tirarles de la
camiseta o pisotearlos a espaldas del árbitro. El Leeds tenía demasiados
jugadores talentosos para tener que recurrir al juego sucio, aunque parecían
siempre dispuestos a montar tanganas para hacerse con las riendas de los
partidos. Así que se pasaban los encuentros quejándose al árbitro, y cuando les
tocaba algún blandengue, lo más probable es que terminara pitando a su favor
solo para hacerles callar. El Leeds fue también el primer equipo en importar el
arte de tirarse a la piscina, una práctica que hasta entonces se consideraba
europea.
El Leeds empezó sin duda a imponer el juego que le convenía en su
desplazamiento como visitante a Old Trafford, en diciembre de 1964, el primero
de muchos durísimos partidos que nos enfrentarían. Fue un partido brutal y
ciertamente aburrido, ya que se pasaron grandes fases del encuentro defendiendo
y se llevaron el gato al agua con una pírrica victoria por 0-1 gracias a un gol de
Bobby Collins después de que nuestro guardameta, Pat Dunne, se comiera un
centro. A mí me marcaba Paul Reaney, uno de los mejores laterales contra los
que he jugado, que apenas me dejó oler la pelota. O sea, que prácticamente no
pude ni tocarla, a diferencia de lo que hizo él con mis piernas, a las que se cansó
de repartir leña. Nunca había llevado espinilleras hasta aquel día, siempre me
habían parecido aparatosas, y jamás era capaz de recordar la manera de
mantenerlas en su sitio. Pero después de aquel partido ya no dejaría nunca de
anudármelas para jugar contra el Leeds, y de no haberlo hecho, mi carrera
hubiera terminado mucho más tempranamente de lo que terminó.
Johnny Giles, que siempre se alteraba cuando nos enfrentábamos porque había
sido jugador del United, se pasó una vez de la raya y me cazó tan violentamente
que el impacto rompió la sujeción de la espinillera en la parte superior de mis
medias, y su bota atravesó todo lo que salió a su paso hasta alcanzar el hueso de
mi pierna. De no haber llevado puestas las espinilleras, me la hubiese reventado.
No satisfecho con la lesión, Giles también se dedicó a insultarme: «¿Por qué no
puedes ser más como Bobby?», refunfuñó después de soltarme otra patada de
juzgado de guardia.
Ni siquiera sé a qué se refería con eso. Puede que estuviera aludiendo a la
reputación de Bobby Charlton como embajador del fútbol, aunque lo más
probable es que estuviera exhibiendo su enfado porque no reaccioné como
Bobby, que tenía fama de quejica. En lugar de protestar, una de dos: o le
devolvía las patadas o intentaba dejarlo en ridículo cuando me hacía con el
balón. Recuerdo pensar que me estaba repartiendo de lo lindo, ¡y que no iba a
consentirlo! Tal vez Giles estuviese enrabietado por ser incapaz de contenerme,
por que siguiera irrumpiendo en su banda pidiendo más. ¿Pero qué demonios se
pensaba que iba a hacer? ¿Dejar que me pasara por encima? Mala suerte,
compañero.
Giles era un buen futbolista, como también lo era Collins, pero siempre me
parecieron una pareja de guarros cuando no tenían la posesión. Billy Bremmer
también repartía, aunque también era un futbolista de increíble técnica. Y el
Leeds contaba también con Peter Lorimer, quien, al igual que Bobby Charlton,
podía soltar imparables trallazos a treinta o más metros de la portería. Se decía
que tenía el disparo más endiablado del fútbol. Y luego estaba Eddie Gray, un
gran extremo, del que me hice amigo y con quien sigo en contacto a día de hoy.
Completé una de mis mejores actuaciones al principio de la temporada 1964-65,
cuando nos impusimos 0-2 en Stamford Bridge, contra el Chelsea. A mí me
encantaba jugar contra el Chelsea porque era el equipo más glamuroso de
Londres y contaba con algunos excelentes jugadores. Y, cómo no, era un partido
nocturno, lo que para mí siempre sería un estímulo añadido. Fue uno de esos
encuentros en el que todo lo que intentamos nos salió bien, y yo le di semejante
repaso a su lateral, Ken Shellito, que ambos equipos me aplaudieron al terminar
el encuentro, que no es algo que suceda muy a menudo.
La prensa, que siempre estaba al acecho de nuevas jóvenes promesas, destacó mi
actuación por primera vez, y mi padre se quedó tan alucinado que todavía
conserva los recortes de prensa de aquel partido. Eran ligeramente relamidos
comparados con la redacción deportiva actual. Así lo contaba The Times:
La concurrencia presenció una portentosa exhibición de juego por las bandas,
probablemente la mejor que verá en mucho tiempo. Todo salió de las botas de
Best. Hasta se ganó al público de Stamford Bridge, que parecía morirse de
ganas de que se hiciera con el balón y se abriera paso entre todos los rivales,
especialmente Shellito, que se sentiría como quien intenta encerrar de nuevo al
genio en el interior de la lámpara.
Aquella victoria fue parte de una racha de trece victorias y un empate. El Leeds
la cortó en diciembre de 1964, y conforme avanzó la temporada, se convertirían
en nuestros máximos rivales en la lucha por el título. También quedamos
emparejados en las semifinales de la FA Cup, en abril de 1965. Esta vez sí sabía
a lo que atenerme, y no solo me puse las espinilleras, sino que me llevé un par
extra. El partido, que se celebró en Hillsborough, fue una larga batalla campal
que terminó en 0-0. El partido de desempate, que iba a jugarse en el campo del
Nottingham Forest cuatro días después, parecía destinado a convertirse en un
empate a cero hasta que Billy Bremmer anotó el testarazo de la victoria.
A mí me entristeció perder otra oportunidad de meterme en la final; sin embargo,
una victoria contra el Arsenal en Old Trafford nos coronó como campeones de
Liga de la temporada 1964-65. Yo estaba encantado no solo por haber marcado
uno de nuestros tres goles en aquel encuentro, sino por haber jugado todos los
partidos de liga excepto cuatro. No solo era la demostración de que me había
convertido en un jugador importante, sino que era capaz de soportar los rigores
del fútbol de élite.
Esa temporada aspirábamos a ganar un segundo título: la Copa de Ferias, hoy
conocida como la Copa de la UEFA. Pero estábamos física y mentalmente
agotados, y después de ganar al Ferencváros húngaro por 3-2 en la ida, en casa,
terminamos perdiendo el partido de vuelta en Hungría por culpa de un penalti.
Por desgracia, Matt Busby perdió el sorteo de campo para el partido de
desempate, y nos tocó desplazarnos de nuevo a Hungría, donde perdimos 2-1 el
16 de junio. No puede decirse que fuera un final feliz, pero para mí fue un alivio
que la temporada hubiese llegado a su fin y poder disfrutar de mis vacaciones de
verano.
Estaba disfrutando de mi fútbol y viendo mundo, tanto con el United como con
Irlanda del Norte, aunque el viejo proverbio que asegura que viajar te abre la
mente fue lo contrario a lo que experimenté durante mi viaje a Albania con la
selección de Irlanda del Norte en noviembre de 1965, donde jugamos un partido
de clasificación para el Mundial. Era el último partido de la fase de grupos y solo
nos valía la victoria si queríamos clasificarnos para el Mundial de 1966.
Me cuentan que Tirana no es la alegría de la huerta a día de hoy, pero tiene que
ser el paraíso en comparación con lo que nos encontramos nosotros. No había
vuelos directos para entrar y salir de Albania, así que tuvimos que pasarnos
cuatro días en Tirana, y fueron los cuatro días más largos de mi vida. El hotel,
que era la negación de cualquier noción conocida de hospitalidad, era
repugnante; la comida, incomible, y, para acabar de rematarlo, el terreno de
juego estaba siendo segado con tijeras para las uñas. La hierba estaba tan alta
que bien podrían haberse escondido un par de tigres entre su maleza.
No dejó de diluviar durante toda la estancia, y cuando nos quejamos de lo
aburridos que estábamos y de que no había nada que hacer, nos consiguieron un
viejo autocar que se caía a trozos y nos obsequiaron con un inolvidable paseo
turístico por un hospital psiquiátrico. Para entonces, algunos de los chavales
estaban listos para ser ingresados. Nos animamos cuando descubrimos que había
un cine, y habida cuenta de que todo lo demás era un peñazo, nos tragamos una
película rusa con subtítulos en albanés enterita. Ni siquiera pudimos deshacernos
de la lluvia dentro del cine, porque había un agujero en el techo, y para cuando
llegaron los títulos de crédito nuestros pies descansaban en charcos de agua.
Así que el día del partido no se puede decir que estuviéramos motivados,
precisamente. Llegamos al descanso incapaces de abrir el marcador, después de
un espectáculo futbolístico deshilachado. Y a pesar de que conseguimos marcar
un gol en la segunda mitad, el partido concluyó con empate a 1. Irlanda del
Norte nunca ha sido un gigante futbolístico, pero aquella fue toda una
humillación. A nadie le afectaba demasiado caer frente a Italia o España o
Alemania, pero… ¿contra Albania?
Aquel varapalo significó que nos perdiéramos el más célebre de todos los
Mundiales para los aficionados ingleses, el Mundial de Inglaterra de 1966.
Nobby Stiles y Bobby Charlton, mis compañeros en el United, llevaban meses
calentando motores, ya que Inglaterra estaba automáticamente clasificada como
anfitriona. Hubiese sido fantástico saber que nosotros también íbamos a disputar
la competición, pero no iba a pasar. Mientras esperábamos en el aeropuerto a
abandonar Tirana, llegué incluso a rezar para que el vuelo no se retrasara: no
veía el momento de largarme de allí. Y a día de hoy, sigo sin comprender que
hubiese fuerzas armadas en el aeropuerto, teniendo en cuenta que todo lo que
tenían que proteger era una chabola; por no hablar de que era impensable que
nadie en su sano juicio pudiera cometer la imprudencia de entrar
clandestinamente en el país. Tal vez es lo que explicaba que el psiquiátrico
estuviera abarrotado.
La siguiente temporada, 1965-66, no empezó con buen pie. Solo ganamos el
primero de nuestros cinco partidos iniciales, y me quedé fuera del equipo
después de una de las clásicas conversaciones unilaterales con Matt Busby, la
clase de monólogo con el que cualquiera que haya jugado para Matt estará
familiarizado.
Los viernes por la mañana entrenábamos en Old Trafford en lugar de hacerlo en
The Cliff, y Matt utilizaba la habitación para el árbitro, al salir del túnel, como
despacho temporal. Todos teníamos que pasar por delante de camino a los
vestuarios, y si Matt te llamaba solía ser, normalmente, por un único motivo: iba
a dejarte fuera del once inicial.
Así que un viernes, al salir del campo y dirigirme de camino al vestuario,
escuché la voz de Matt saliendo de su despacho:
—¿Podemos hablar un momento, George?
Entré en el despacho y Matt me pidió que me sentara. Entonces alzó la vista y
me hizo la misma pregunta que ya le había hecho a decenas de jugadores antes
que a mí:
—¿Cómo dirías que estás jugando últimamente, hijo?
Esta era su manera de decirte que no creía que lo estuvieras haciendo
precisamente bien.
—De acuerdo, míster —le respondí.
—Sí —dijo Matt—. ¿Pero acaso no crees que podrías jugar mejor?
—Sí, míster.
—Exactamente, tienes toda la razón. Así que voy a dejarte fuera esta semana.
—De acuerdo, míster.
Yo no creía estar jugando especialmente mal, pero los altibajos de forma son
normales entre los jugadores jóvenes, y a pesar de dejarme por los suelos, no fue
una absoluta sorpresa. En cualquier caso, no tenía sentido discutir, así que me
levanté, y estaba a punto de irme cuando Matt dijo:
—Solo una cosa más, hijo.
—¿Sí, míster?
—No me gustan algunas cosas de las que me he enterado sobre tu vida social.
Procura evitar las malas compañías y los vicios. Concéntrate en el fútbol y no
tardarás en regresar al equipo.
Matt también se mostró de lo más amable cuando declaró a la prensa: «A George
se le han complicado las cosas, pero la gente se olvida de que solo tiene
diecinueve años. Estoy seguro de que este paréntesis será temporal».
Yo había estado saliendo un poco de fiesta a lugares como el Twisted Wheel, que
abrió como discoteca en 1963. Antes de eso había sido una popular cafetería de
estudiantes y beatniks, pero cuando se transformó en club privado se convertiría
en uno de los locales de moda más exclusivos de la noche de Manchester. Sería
un gran sitio donde ir a escuchar soul, aunque durante esa época también
organizaban conciertos de bandas de rhythm and blues como Long John Baldry
y Alexis Korner, con quienes me he ido encontrando en infinidad de ocasiones a
lo largo de los años.
Pese a todo, lo cierto es que no me había emborrachado en mis noches de fiesta,
y en cualquier caso, el Twisted Wheel no servía bebidas alcohólicas. Estaba más
interesado en la música y las chicas que en la bebida.
Mi padre me llamó cuando leyó las declaraciones de Matt a la prensa.
—¿Qué está pasando? —me preguntó.
Sabía que me habían apartado del primer equipo.
—Nada, papá. Solo que el míster cree que necesito un descanso. Sinceramente,
no hay nada de lo que debas preocuparte.
A Matt le gustaba tomarse sus tragos, pero había presenciado cómo montones de
futbolistas echaban a perder sus carreras por culpa de la bebida, e imagino que
creyó que darme un susto cortaría el problema de raíz. Aunque, en realidad, eran
los líos de faldas y no la bebida lo que me estaba quitando el sueño. Por así
decirlo.
Matt me dio un buen susto porque me había acostumbrado a jugar todos los
partidos, y no disputar el encuentro inaugural de nuestra andadura en la Copa de
Europa, la ida contra el HJK Helsinki, en Finlandia, ya era suficiente castigo.
Así que, por una vez, estaba encantado de haberme caído de la convocatoria para
jugar con Irlanda del Norte un partido perteneciente a la Copa Home
International6, contra Escocia, en el Windsor Park de Belfast.
Después de nuestra debacle en Albania, había empezado a perderme unos
cuantos partidos internacionales en los que es muy probable que hubiese podido
jugar. Era parte del viejo debate entre «clubes y selecciones nacionales», y si al
míster le daba por contarles a los irlandeses que estaba lesionado, no había
mucho que yo pudiera hacer. Pero no había ninguna razón para no jugar contra
Escocia. De hecho, se daban todas las razones para que jugara, para demostrarle
a Matt que estaba en buena forma, que es lo que hice en una de mis mejores
actuaciones con la selección. Ganamos 3-2. El míster debió quedar
impresionado, puesto que me convocó para el partido de vuelta contra el
Helsinki cuatro días después, en el que anoté un par de goles en el saco que les
metimos. Terminamos ganando 6-0, 9-2 en el global de la eliminatoria.
En la Liga seguíamos mostrándonos inconsistentes, pero reinaba la sensación
general de que podríamos hacer un buen papel en la Copa de Europa,
especialmente después de alcanzar los cuartos de final y derrotar al Benfica en
Old Trafford por 3-2, en el partido de ida.
En vista de lo que estaba a punto de pasar, es normal que la charla de Matt previa
a saltar al campo, el discurso sobre presionar durante los primeros veinte
minutos, haya pasado a los anales de la historia del fútbol. Sin embargo, su
insistencia en que lo hiciéramos no era más que un consejo sensato. Los equipos
ingleses llevaban mucho tiempo pasándolo mal en Europa porque se negaban a
adaptarse a las tácticas del fútbol continental, convencidos como estaban de que
jugar al mismo ritmo frenético de nuestra competición doméstica era la manera
de intimidar y derrotar a los rivales europeos. En la mayoría de casos, aquella
táctica era un suicidio cuando te enfrentabas a clubes de técnica muy refinada,
equipos que podían hacerse con la posesión del balón durante largos lapsos del
partido.
Y para terminar de rematarlo, aquel era el mismo Benfica que había ganado la
Copa de Europa en 1961 y en 1962, el que cayó derrotado en la final de la
temporada 1964-65, un equipo que jamás había perdido un solo partido
continental en su magnífico Estádio da Luz. Y bastaba con sentir aquella
atmósfera para entender el porqué. El estadio prácticamente duplicaba en aforo a
Old Trafford, y los hinchas portugueses eran auténticos fanáticos. Comparado
con el atronador ruido que hacían, el sonido de las finales de la FA Cup en
Wembley era poco menos que un funeral. Los hinchas portugueses tiraron
petardos, encendieron bengalas y dedicaron cánticos a su equipo, y estaban
convencidos de que iban a aplastarnos.
La mayoría de observadores neutrales no daba un duro siquiera por el empate,
por no hablar de que ganáramos la eliminatoria, especialmente teniendo en
cuenta que el Benfica contaba en sus filas con Eusebio, uno de los mejores
futbolistas del mundo. Probablemente Matt, igual que el resto de nosotros,
también recordaría la humillación en forma de manita que nos endosó el otro
club de Lisboa, el Sporting, hacía dos años. Por muy bonita que fuera, no era una
ciudad que nos trajera muy buenos recuerdos.
El Benfica calentó el ambiente entre sus 75.000 aficionados al conceder a
Eusebio el trofeo al mejor futbolista europeo del año justo antes del pitido
inicial, como para dejarnos claro a qué nos enfrentábamos. Cuando escuché las
gargantas en el túnel de vestuarios, tuve la misma sensación que antes de debutar
contra el West Brom: se me erizaron los pelos de la nuca.
Pero no sentía el menor miedo. No estaba abrumado. Tampoco presentía cómo
iba a jugar, eso es algo que nunca sabes, pero lo que sí sabía es que estaba
preparado. Sabía que, más allá del resultado del encuentro, este era el tipo de
escenario en que estaba destinado a jugar. El campo, su superficie, todo era
perfecto.
Era un marco incomparable.
Seguimos las instrucciones de Matt y presionamos. O sea, al menos durante los
primeros seis minutos. Entrábamos duro, y cuando recuperábamos la posesión
del balón, nos limitábamos a hacerlo circular por la línea de defensa. Fue
entonces, durante un intento de contraataque, cuando Bobby fue derribado. Era
una buena oportunidad para que Tony Dunne, uno de nuestros laterales, botara el
libre indirecto al área. Llenamos el área de penalti de rematadores y yo me quedé
apostado en el borde, y cuando me dirigía a hacerme con la pelota me entraron
dos defensas.
Advertí que su portero empezaba a salir para intentar despejar el balón con los
puños, hasta que, gracias a un extra de velocidad, me elevé y peiné la pelota
antes que él. Fui consciente de que había sido un buen remate tan pronto como
cabeceé, pero era incapaz de ver adónde se dirigía la pelota, así que no me di
cuenta de lo que había pasado hasta que giré la cabeza tendido en el césped y la
vi descasando en el fondo de las mallas. Fue una sensación increíble, no solo por
la euforia de ver la pelota alojada en su red y haber anotado un gol enfrente de
semejante multitud, sino porque el gol nos concedió un margen de tranquilidad
en la eliminatoria. De repente estábamos mucho más cerca de obtener el
resultado que queríamos.
Así pues, cuando seis minutos después recibí el balón en el límite de su campo,
no me lo pensé dos veces. Amagué con el hombro, me colé por el interior de un
defensa y en ese preciso instante tuve claro que iba a marcar. Un segundo
defensa salió a mi encuentro, pero lo dejé sentado, y fue como si estuviera
viendo una jugada ensayada en vídeo, sabiendo en todo momento cuál iba a ser
el desenlace. Después de dejar atrás al segundo defensa, alcé la vista y me
encontré con su portero saliendo hacia mí, una situación que normalmente me
gustaba resolver aguantando hasta que el cancerbero dejaba entrever en qué
dirección iba a moverse, para entonces decidir yo mi movimiento. Un leve
amago con el cuerpo acostumbra a ser suficiente para revelar lo que va a hacer el
portero, sin embargo esa noche advertí su mirada de incertidumbre y, en lugar de
esperar, lo rebasé de un disparo antes de que le diera tiempo a amagar nada.
En las repeticiones de la jugada por televisión solo se muestra el momento en
que disparo al fondo de las mallas, como si alguien hubiese dejado caer el balón
en mis pies por arte de magia y solo hubiese tenido que rematarlo. Pero fue
muchísimo más que eso, y en vista de la situación, las circunstancias y la
envergadura del choque, es uno de los goles favoritos de mi carrera.
Volví a encontrar el camino a la red poco después, mientras el partido discurría
casi en completo silencio, pero fue anulado por fuera de juego. Acto seguido
volví a protagonizar una larga carrera.
Recibí la pelota en la banda izquierda, regateé al primer defensor que salió a mi
paso y luego a un segundo y a un tercero, hasta que fueron cuatro o cinco en
total. Recuerdo oír a Bobby gritar: «¡George, aquí; aquí, George!».
Quería que le pasara la pelota, pero no tenía la menor intención de desprenderme
de ella.
A medida que me deshacía de cada rival que salía a mi paso, todo parecía indicar
que el siguiente estaba mejor posicionado que el anterior para arrebatarme el
balón. Yo lo estaba pasando mal, mis piernas no parecían capaces de soportar el
ritmo de mi carrera, exactamente como sucede en los sueños cuando intentas
escapar de alguien. Sin embargo, me anticipé a todos ellos en cada ocasión, lo
justo para pasarme el balón uno o dos metros por delante hasta que regresaba a
mis pies y el defensa de turno se quedaba rezagado; y vuelta a empezar, una y
otra y otra vez.
Finalmente un defensa consiguió arrebatarme la pelota, aunque para entonces ya
tenía claro que la jugada había sido alucinante. Fue como estar de viaje astral,
una secuencia de ensueño, como si estuviese flotando sobre el terreno de juego
observando el jugadón de un desconocido. Cada vez que reconstruyo la jugada
en mi cabeza lo hago a cámara lenta.
Fue como cuando estás tumbado en la cama la víspera de un encuentro y te
imaginas haciendo cosas increíbles sobre el césped. Los futbolistas profesionales
también sueñan esas cosas, como el resto de los mortales, aunque la manera en
que te vislumbras jugando en tus sueños raramente coincide con la realidad del
terreno de juego. Sin embargo, esa noche nos salió todo lo que intentamos.
Realmente desplegamos un fútbol de ensueño, y en veladas así todos los
jugadores crecen como futbolistas.
En las grandes ocasiones los buenos jugadores se transforman en grandes
jugadores y los grandes jugadores se transforman en dioses. Y eso es algo que se
contagia entre todo el equipo. Recuerdo que a Bill Foulkes, nuestro enorme
defensa central, se le solía exigir que despejara el balón de las zonas de peligro;
no era alguien con la técnica suficiente para hacer circular la pelota. Sin
embargo, esa noche la movió como si fuera Franz Beckenbauer, y hasta intentó
driblar a unos cuantos rivales.
Era surrealista. Yo había visto a otros grandes equipos jugar de aquella manera,
pero formar parte de semejante experiencia fue increíble.
Lo raro es que, a pesar de que soy capaz de reproducir prácticamente los noventa
minutos de aquel partido en mi cabeza, no recuerdo nada de lo que sucedió tras
el pitido final. No me acuerdo de lo que pasó en el vestuario ni del hotel donde
nos alojábamos ni de la reacción de la hinchada portuguesa al terminar el
encuentro. No tengo la menor idea del porqué, ya que me acuerdo perfectamente
de la gran mayoría de nuestros desplazamientos. Me acuerdo de cómo eran mis
habitaciones, de lo que comimos y hasta del nombre de los camareros.
Pero en Lisboa, tal vez debido a que estaba embriagado por mi propia actuación,
todos esos detalles se quedarían en blanco. Apenas recuerdo lo que sucedió en el
descanso, salvo por el hecho de que estábamos de celebración y Matt intentaba
advertirnos de que no nos confiáramos, de que todavía no estaba todo hecho. Así
que nada, para corroborar que sí lo estaba, le puse un gol en bandeja a John
Connelly tras el descanso. Shay Brennan marcaría un gol en propia puerta al
poco, antes de que Pat Crerand y Bobby Charlton completaran la manita.
Nos fuimos del Estádio da Luz con una deslumbrante victoria por 1-5 en el saco.
La prensa se desharía en halagos, la bautizaron como la mejor actuación jamás
desplegada por un equipo inglés en suelo extranjero, una afirmación a la que
ninguno pondríamos la menor objeción. Geoffrey Green escribió en The Times:
«Best parecía estar repentinamente enamorado de la pelota, y el equipo entero le
acompañó mientras él asumía la batuta». Y esto fue lo que escribió sobre mi
segundo gol: «El guardameta despejó una pelota hasta el círculo central, Herd la
bajó de cabeza hacia atrás y allí apareció Best deslizándose entre los rivales
como una exhalación, rompiendo tres cinturas hasta quedarse solo y disparar al
fondo de las mallas: un gol hermoso».
La prensa británica estaba encantada, aunque sería el periódico deportivo
portugués A Bola el que me bautizaría como «el Beatle», básicamente porque
era inglés y llevaba greñas. El apodo me acompañaría a partir de entonces.
En el aeropuerto, al día siguiente, por alguna razón me compré un sombrero
gigante, el más grande que había en la tienda. No era mi estilo para nada, no me
gustaba dar la nota, pero estaba tan exultante que me dejé llevar. Llevaba una
chaqueta larga de cuero y, cómo no, me aseguré de llevar el sombrero puesto a
nuestra llegada a Manchester. En Inglaterra, la excitación por la victoria era tan
descomunal que la fotografía salió en portada en muchos periódicos. Fue mi
primera portada, y fue una experiencia bizarra. Fue la guinda a una semana
surreal que, sin embargo, iba a convertirse en mi nueva normalidad.
La prensa había empezado a perseguirme después del encuentro contra el
Chelsea, pero la victoria contra el Benfica estaba a otro nivel. A partir de
entonces, todo fue una auténtica locura. Hasta me ofrecieron mi propia columna
de opinión en el Daily Express, y todo el mundo estaba ávido por averiguarlo
todo sobre mí. No solo mi opinión en materia de fútbol, sino también sobre la
ropa y la música que me gustaban y las discotecas a las que iba. De repente, todo
lo que hacía era lo más guay y estaba a la última.
Lejos del campo todo era un despiporre. La Beatlemanía había alcanzado su
cumbre y, por primera vez, la juventud empezó a tener ídolos, en su mayoría
músicos de una edad similar. Las cosas se estaban relajando cada vez más
después de los austeros años cincuenta. La juventud quería dar rienda suelta a
sus emociones, y una vez que la prensa británica me rebautizó como «el quinto
Beatle», me convertí en un blanco instantáneo. Supongo que me convertí en un
ídolo, aunque sea difícil verse a uno mismo como tal.
Seis días después del partido contra el Benfica experimenté por primera vez en
mis carnes la locura que se avecinaba. Un amigo que trabajaba en la industria
textil, Malcom Mooney, me había convencido de que me convirtiera en su socio
en una tienda de ropa masculina situada en Sale, a la que llamamos Edwardia. Y
la suerte quiso que la gran inauguración se celebrara tras mi mejor partido.
Sabíamos que el evento iba a ser mucho más multitudinario de lo que habíamos
previsto después de todo el alboroto que desató la victoria en Lisboa, pero jamás
de los jamases hubiésemos podido imaginar la tromba de gente que nos cayó
encima. Dos horas antes de la hora prevista para que inaugurara la tienda había
cuatrocientas adolescentes aporreando los escaparates. Fue más surreal —si cabe
— que la experiencia en el césped del Estádio da Luz.
Para entonces, las ofertas comerciales empezaban a lloverme por todos lados.
—George, te hará falta alguien que te ayude con todo esto —me comentó mi
compañero Denis Law—. ¿Por qué no contratas a mi agente, Ken Stanley?
—¿Un agente? ¿Yo? —respondí.
Tal vez los actores tuvieran agentes en aquella época, pero no los futbolistas, a
excepción de Denis, claro está. Pero Denis fue uno de los primeros futbolistas
británicos en jugar en Italia, y no podría haber negociado su contrato sin un
agente.
La cuestión es que me apetecía un viaje a Londres, donde di por supuesto que
Ken Stanley tendría su complejo de oficinas, así que me avine a organizar una
reunión para conocerlo. Por desgracia, el cuartel general del imperio de Ken
resultó estar en Huddersfield —el hogar del primer equipo de Denis— y
consistía en dos habitaciones en un edificio de oficinas que daba a la plaza de
Huddersfield, donde un par de chicas se encargaban del correo y hacían las veces
de secretarias.
Ken me obsequió con un caluroso recibimiento, me sentó en su despacho y me
soltó un pequeño discurso sobre la vida, un discurso que iba a escuchar muchas
veces más:
—George, la vida es como una tarta de chocolate y tener éxito dependerá de
cómo dividas cada porción —me dijo—. Hay una porción para tu fútbol, hay
otra para tu trabajo comercial y promocional —y un largo etcétera.
Era un poco como el discurso de Forrest Gump que proclama que la vida es
como una caja de bombones; salvo por el hecho de que, según Ken, la vida era
más como ¡una tarta!
Ken habría sido un gran personaje cinematográfico. Cada reunión con clientes
potenciales en que participamos parecía sacada de una secuencia de Charlie
Bubbles, la película dirigida y protagonizada por Albert Finney, una de mis
favoritas.
Yo me quedaba sentado al ladito de Ken, y los clientes potenciales de turno
decían:
—Entonces, ¿le parecerá bien a George firmar autógrafos durante una hora
después del evento?
—Eso dependerá del acuerdo al que lleguemos y de lo disponible que esté el día
en cuestión —respondía Ken, hablando de mí como si yo no estuviera allí.
—Hablando de... ¿sabes si toma azúcar? —le preguntaban.
Quién sabe, tal vez no estuviera allí, porque ninguna de las partes me preguntaba
nada directamente. Era como si fuese invisible, y a veces me entraban ganas de
meter la cuchara y decir: «Hola, qué tal, estoy aquí, ¿sabíais?».
La otra cosa que me tenía flipado era que aquí estaba yo, el presunto quinto
Beatle, y el nombre que más sonaba en el fútbol inglés, y resulta que la oficina
de mi agente estaba en… Huddersfield.
Y que conste que no tengo nada en contra de Huddersfield, pero nunca se me
hubiese pasado por la cabeza que pudiera ser el epicentro de ningún mundo
comercial.
Los trabajos que Ken me conseguía tampoco parecían hechos a la medida de mi
fama; y tampoco es que fuera culpa suya, porque la publicidad era bastante
básica, a años luz de la máquina profesional en que se ha convertido. Mi primer
anuncio de televisión fue para una marca de salchichas irlandesas y no lo
protagonizaba yo, sino mi madre, Carol y mis hermanas gemelas, Julie y Grace,
ambas de tres añitos. A Carol no le apetecía demasiado, pero a quien le
vendieron la moto fue a mi madre, porque en mi familia no hay nadie a quien le
vaya la farándula. Prefieren una vida reservada.
—Yo no voy a salir delante de ninguna cámara —dijo mi madre la primera vez
que la enfocaron.
—No tienes que actuar, mamá —le dije—. Ni siquiera hace falta que digas nada.
Solo tienes que sentarte y simular que estamos todos desayunando juntos como
cualquier día normal.
—¿Qué tiene esto de normal? —respondió—. Con todas las cámaras y todo el
personal aquí mirándonos.
Pese a todo, la convencí de que todo era mentira, y finalmente aceptó. Al menos
las gemelas eran demasiado pequeñas para quejarse.
Yo apenas tenía nada que decir. El anuncio nos mostraba a todos sentados
alrededor de la mesa del desayuno comiendo salchichas. Después de morder una,
tenía que mirar a cámara y pronunciar la frase imperecedera: «Las salchichas de
las mejores familias7».
Pegadiza, ¿verdad? Mis amigos nunca dejaron de burlarse de mí por culpa de la
frasecilla. Y por supuesto, como siempre pasaba en el mundo de la televisión,
había que filmar unas cien tomas, lo que no mejoraría el humor de mi madre.
Y por supuesto también, con un apellido como Best, los anunciantes estaban
salivando. Se las prometían felices con mi apellido.
Habida cuenta de que era un deportista obligado a mantener una dieta adecuada,
recibí montones de ofertas de empresas alimentarias. Rodé un anuncio para una
marca de naranjas valencianas y otro para la Egg Marketing Board, que contenía
otra perla por la que Kenneth Branagh hubiese matado. Decía: «E for B and be
your B8».
Como estaréis pensando, la creatividad publicitaria estaba aún en pañales.
Cuando Ken me dijo que me iba a conseguir un contrato como modelo, al menos
me ilusionó hacerme con un vestuario de prendas molonas llegadas de Carnaby
Street.
—¿Para quién es? —le pregunté.
—O sea, no me refería exactamente a Carnaby Street —me respondió—. Es para
el catálogo de Great Universal Stores.
¡Pues menudo ídolo de la elegancia estaba hecho!
Alguna luminaria de la industria discográfica vio claras las posibilidades del
quinto Beatle y decidió que sería la bomba que lanzara un disco. Sería la primera
de la lluvia de ofertas musicales que me caería con los años.
—Me encantaría hacerlo —respondía yo, una respuesta que tampoco cambiaría
con los años—. Pero hay un pequeño problema: ¡no sé cantar!
—¿Y qué demonios importa eso? —era su estupefacta e igualmente invariable y
unánime respuesta.
Decían que contaban con la magia eléctrica necesaria para que mi voz sonara
como la de Sinatra. Pero yo no tenía el menor interés.
Era cuestión de tiempo que el mundo de la publicidad y el marketing se
abalanzaran sobre un futbolista, y resultó que el primero fui yo. Pero creo que a
mi madre le costaba digerirlo, no porque la hubiese presionado para que
apareciera conmigo en el anuncio de las salchichas Cookstown, sino porque
creía que todo estaba yendo demasiado deprisa y le preocupaba que se fuera al
garete, que mi caída fuese tan implacable como mi ascenso.
Nunca me dijo nada, pero notaba lo mucho que le incomodaba que tanta gente
me hubiese puesto en un pedestal, como si se tratara de una invitación
envenenada para que otros me derribaran.
Era prácticamente como si supiera que los días de vino y rosas nunca son de
color de rosa.
Yo no tenía tiempo para ese tipo de pensamientos. Estaba demasiado ocupado
embriagándome. Todo parecía vagamente irreal, pero me había propuesto
disfrutarlo. Era joven, estaba de buen ver y tenía uno de los mejores trabajos del
mundo. Realmente era incapaz de concebir que nada pudiera torcerse.
Llevaba ya una temporada cobrando mucho dinero —más de mil libras
semanales contando las primas por ganar, por afluencia de público y las primas
ligueras. Una suma que prácticamente triplica el salario medio de hoy; una
auténtica fortuna hace cuarenta años—. De modo que lo último que me hacía
falta era los contratos publicitarios, pero tendrías que haber estado mal de la
cabeza para decir que no.
En cuanto empezó a entrar el dinero de los anuncios estaba forrado. Hice de todo
con la guita menos quemarla, aunque más de uno pensará que gastarla en una
serie de automóviles de lujo sea lo mismo. Ya le había regalado a papá mi Austin
1100 para hacerme con otro, un Sunbeam Alpine, y ahora aposté por un Lotus, el
cupé más prestigioso de la época.
Todos los jugadores compraban sus automóviles en el mismo concesionario,
dirigido por un tipo llamado Hymie Wernick, que por aquel entonces tenía su
establecimiento cerca de los puentes de Victoria Station, así que no me costaba
nada llamar a Hymie y contarle qué modelo quería. Cambiaba de coche con tanta
frecuencia como la mayoría de la gente cambia de zapatos. Me compré una serie
de Jaguar E-Types, todos en distintos colores, hoy convertidos en objetos de
coleccionista (el primero sería un sedán matrícula VTC 777B), aunque a juzgar
por la manera en que los conducía dudo mucho que ninguno se convirtiera nunca
en una antigüedad.
Tener un coche remolón reforzaba tu atractivo de cara a las chicas, aunque aquel
era un frente en el que ya no me hacía falta ninguna ayuda. Sin embargo, un
buen coche siempre venía bien, puesto que las chicas —que seguían surgiendo
de debajo de las piedras— eran en su mayoría tan jóvenes como yo y todavía
vivían en casa de sus padres. Así que hasta que no tuve mi propia casa hicimos
lo mismo que todas las parejas jóvenes; esto es: aprovechar al máximo el asiento
trasero. El mío era simplemente un poquitín más lujoso que la mayoría.
También me llegaban toneladas de cartas de fans. Las secretarias de Ken
estuvieron una temporada encargándose de mi correo prácticamente a jornada
completa. Lo mejor de todo es que ninguno de mis compañeros me trataba
distinto y que Matt se abstuvo de decirme nada sobre mi creciente popularidad.
El resto de jugadores se burlaba de la comparación con los Beatles, aunque
sabían, tanto como yo, que la clave de mi éxito residía en el fútbol. Y también
sabía que de no haber sido una estrella del fútbol no habría conseguido ningún
trabajo extra.
En el frente deportivo, atravesamos un bache tras la antológica noche lisboeta. A
nuestro regreso de Portugal, el primer partido que disputamos fue contra el
Chelsea en Stamford Bridge; y por una vez, jugar bajo el luminoso alumbrado de
la noche londinense no me sirvió de inspiración. No solo caímos 2-0, sino que
perdimos nuestras esperanzas de retener el título liguero.
A nivel personal, lo peor de todo fue que me lesioné de nuevo en mi ya de por sí
castigada rodilla derecha durante un partido de sexta ronda de la FA Cup en casa
del Preston. Empatamos a 1. Y nos impusimos en el partido de desempate por 3-
1. Yo venía arrastrando problemas en mi cartílago desde la temporada anterior.
Se me quedaba clavado en mitad de los partidos y me tenía que pasar el resto del
encuentro cojeando, ya que la ley de sustituciones que permitía cambiar a un
jugador lesionado todavía no había entrado en vigor. Matt y nuestro preparador
físico, Jack Crompton, conocían mi rodilla como la palma de sus manos, y Jack
la ponía a prueba con ejercicios físicos sobre el césped antes de los partidos.
Pero yo le mentía. Le decía que tenía buenas sensaciones porque sabía que, una
vez que arrancara el encuentro y empezara a correr la adrenalina, dejaría de
dolerme tanto. Ahora, sin embargo, ya no quedaba duda de que la operación no
podía aplazarse mucho más. Matt sacó el tema, y decidimos que me operaría en
cuanto finalizáramos nuestra campaña europea.
A efectos prácticos, creíamos estar hablando de finales de temporada, ya que no
contábamos con caer derrotados ante el Partizan de Belgrado en las semifinales
de la Copa de Europa. Sin embargo, Denis también tenía la rodilla maltrecha, y
en el partido de ida, en Belgrado, desaprovechó un par de claras oportunidades
antes de que cayéramos 2-0. Yo jugué bastante bien, aunque la rodilla se me
volvió a hinchar dolorosamente y quedé descartado para la segunda vuelta.
Denis también se quedó fuera, y el equipo las pasó canutas para atravesar la
muralla defensiva del Partizan en Old Trafford, y solo ganamos gracias a un gol
en propia meta. Nuestra última esperanza se esfumó con la expulsión de Paddy
Crerand por protestar. Fue una gran decepción para todos, aunque especialmente
para Matt. «No volveremos a ganar la Copa de Europa», parece que le dijo a
Paddy. No estaba en muy buen estado de salud y se rumoreaba que habría
mencionado su posible retirada, pero yo no tenía la menor duda de que Matt
seguiría. A pesar del pesimismo reinante, estaba seguro de que teníamos la
juventud necesaria como para salir fortalecidos de la experiencia si lográbamos
clasificarnos de nuevo.
El United cayó derrotado por tercera temporada consecutiva en las semifinales
de la FA Cup tras perder contra el Everton en Burnden Park por 1-0. Pero incluso
en el caso de que hubiésemos ganado, apenas habría sido capaz de presenciar
sentado la final de Wembley, por no hablar de jugarla. A día de hoy, con las
artroscopias, las intervenciones de cartílago son un mero trámite, pero entonces
implicaba que te abrieran de cuajo la rodilla, te sacaran el cartílago y te cosieran
de nuevo, lo que equivalía a un mínimo de seis semanas de recuperación. Y eso
en caso de que todo saliera bien. Una operación negligente podía suponer el final
de la carrera deportiva de cualquier jugador.
Cuando salí del hospital me quedé en manos de Ted Dalton, el fisioterapeuta del
club. Era un viejo encantador, aunque no estuviera a la vanguardia de la
medicina moderna, precisamente. Me sometió a un tratamiento de ultrasonidos
dos veces al día.
—Esta mañana tiene mucho mejor aspecto, chaval —proclamó un día mientras
me subía a la camilla.
—Así es, Ted —respondí—. Me temo que estás observando la pierna
equivocada.
Mi padre había intentado convencerme de que me pusiera en manos de Bobby
McGregor, el fisioterapeuta de Irlanda del Norte, un hombre que nunca fue a la
universidad, pero que estaba considerado como una leyenda, una suerte de fisio
milagroso. La terapia de ultrasonidos no estaba dando resultados y yo temía no
volver a jugar jamás. Me habían dicho que todo estaba en orden y que me
recuperaría completamente sin problema. Sin embargo, cuando dependes de tu
cuerpo para ganarte la vida, es inevitable comerte la cabeza con esa clase de
pensamientos. No sería ni el primer ni el último jugador que se encuentra con
que una operación similar ha sido un auténtico desastre.
Así que pedí permiso al United para ver a Bobby. Sin embargo, y como os
podéis imaginar, el club opinaba que no existía ninguna necesidad de dejar a su
estrella más rutilante en manos de un matasanos, en Irlanda, cuando tenía acceso
a los especialistas médicos más cualificados del planeta.
Supongo que había quien tenía a Bobby por un curandero de tres al cuarto, pero
después de mi experiencia con Ted concluí que hacerle una visita no me iba a
hacer ningún daño. Bobby tenía su pequeño consultorio encima de una tienda de
caramelos, y pese a que sospecho que no era marxista, su ética laboral era fiel al
lema comunista que reza: «De cada cual según sus capacidades, a cada cual
según sus necesidades». Tenía pacientes de toda procedencia social —desde
gerentes de bancos a contables, pasando por limpiacristales y jubilados— y les
cobraba lo que creía que podrían pagar. Si recibía la visita de según qué
viejecita, aceptaba una tarta de manzana como forma de pago, mientras que es
probable que el gerente bancario tuviera que pagar alrededor de cien libras. Y
respecto a mí, vaya, yo le hubiese pagado el doble encantado, pero en vista de
que me conocía como si me hubiese parido, no quería ni oír hablar del asunto.
Bobby era un tipo de pocas palabras, más o menos de mi altura, y un poco más
achaparrado. Se estaba quedando calvo, y supongo que respondía al perfil de
personaje vagamente excéntrico. Pero al igual que el resto de sus pacientes,
todos los jugadores de la selección irlandesa lo amaban. Si pasábamos la noche
en un hotel, se dejaba caer antes de que nos fuéramos a dormir y nos preguntaba
qué tal estábamos. Acto seguido, se ponía a darnos masajes a todos, insistiendo
en lo buenos que eran para rebajar cualquier tensión. «No hace falta, no estamos
tensos, Bobby, de verdad», le decíamos.
Pero Bobby hacía oídos sordos y algunas veces no terminaba de masajear al
último jugador hasta entrada la madrugada. «Ven a verme al Oval», me dijo
cuando lo llamé para pedir cita.
Bobby era el preparador físico del Glentoran, y hasta llegó a pasar una
temporada como director técnico. Cuando acudí a mi cita, después de haber
pasado tanto tiempo en las gradas de aquel estadio de niño, se me hizo raro
atravesar la zona de vestuarios y entrar en la sala de tratamientos. Como es
natural, la infraestructura estaba a años luz de la del United. Era una caja de
cerillas repleta de utensilios esparcidos por todas partes que olía poderosamente
a linimento. Bobby prescindió de la cháchara y fue directo al grano: «Así que la
pierna te sigue dando problemas, ¿verdad? Súbete a la camilla y echémosle un
vistazo».
Me estiré en la camilla y Bobby empezó a hurgar en la rodilla y a preguntarme:
«¿Te duele aquí?». Y luego repetía «ejem, ejem», mientras la seguía explorando.
Pero lo más probable es que ya supiese cuál era el problema, porque Bobby era
una de esas personas que te hacían sentir que sabían lo que te pasaba con solo
mirarte.
Después de azuzarme un poco más, Bobby abandonó la sala sin pronunciar
palabra.
—¿Qué opinas? —le pregunté.
Pero no me respondió. Regresó con un pedazo de madera y me lo dio.
—¿Para qué es esto? —le pregunté.
—Para que lo muerdas. Puede que te duela un poco lo que voy a hacer.
¡Un poco! Tan pronto como le hinqué un bocado a la madera, me agarró
rápidamente la rodilla por detrás (la rodilla que tocaba, la derecha, me complace
decir), hundió sus dedos y me revolvió los ligamentos. Durante unos segundos,
el dolor se hizo tan insoportable que pensé que iba a atravesar la madera de un
mordisco.
—¿Cómo la sientes ahora? —me preguntó Bobby tras finalizar e incorporarse.
A pesar de que me dolía de narices, no duró demasiado.
—Mucho mejor —dije. La mejoría era evidente.
Bobby trajo a continuación una jarra rellena de un ungüento de olor dulzón que
me esparció por toda la rodilla.
—¿Para qué es esto? —le pregunté.
—Te ayudará a recuperarte —me respondió.
—Lo sé, pero ¿qué lleva?
—Eso es algo que no te puedo decir. Pero te hará bien.
Más adelante supe que se trataba de un ungüento curalotodo que Bobby
administraba a todos sus pacientes, independientemente de cual fuera su
afección. No importaba si tenías dolor de espalda o una pierna rota, Bobby te
aplicaba su ungüento, cuyos ingredientes eran un secreto que guardaba bajo
llave. Ignoro si fue algo psicosomático, pero el caso es que el tratamiento dio
resultados y una semana después volvía a tocar el balón.
El United se despidió de la temporada de manos vacías, pero nuestra entrega
quedaría reconocida para la posteridad futbolística. Bobby Charlton, que se
incorporó a la escuadra inglesa que iba a ganar el Mundial de 1966, sería
distinguido como futbolista del año y como futbolista europeo del año, siendo
este último el galardón de mayor prestigio, el mismo con el que Denis se había
alzado en 1964. Mi nombre sería el tercero en las votaciones al futbolista del
año, lo que sirvió para rebajar un poco la lástima que sentía por mí mismo por
estar postrado en el salón de casa, donde me quedé reposando mi rodilla
lesionada.
Aunque tampoco es que me pasara el verano encerrado en casa. Danny Bursk me
propuso que nos fuéramos de vacaciones a algún lugar soleado, así que
reservamos un paquete turístico de dos semanas en Palma Nova, en Mallorca,
después de que algunos compañeros que habían estado allí nos aseguraran que
era el paraíso del despiporre sexual.
Vaya si lo fue, aunque solo para Danny, que folló como un conejo desde la
primera a la última noche, mientras yo fui incapaz de hincarla en todo el viaje.
Danny y yo ligamos la primera noche, aunque él consiguió subirse a su chica a la
habitación, mientras que la mía no quiso saber nada, así que me pasé el resto de
las vacaciones intentando ligarme a otra desesperadamente. Hacia el final del
viaje iba salidísimo y lo seguí intentado con chicas cada vez más feas.
Sin embargo, todavía no había alcanzado la cumbre de mi fama, y quizá tampoco
la de mi elocuencia a la hora de ligar: tendría que perfeccionar mi palique.
Capítulo cinco
La fruta prohibida
Nunca he sido un muy fan de la selección de fútbol de Inglaterra. Sus
combinados acostumbran a ser un compendio de fortaleza y buena organización;
vaya, al menos así lo fueron hasta que Kevin Keegan asumió las riendas como
seleccionador. Sin embargo, siempre he pensado que a la selección inglesa le
suele faltar el duende que reluce en todos los grandes combinados nacionales,
ese toque de magia que distingue a los grandes, que los hace especiales. Yo
siempre he pensado que para tener un equipo verdaderamente bueno hacen falta
diez buenos jugadores más un genio. Brasil tuvo a Pelé, y otras selecciones no le
fueron demasiado a la zaga. Holanda contaba con Johan Cruyff, Argentina con
Maradona y Francia con Zinedine Zidane. Paul Gascoigne tuvo su momento en
la selección inglesa, pero nunca estuvo a la altura de la Liga de las Leyendas.
Sin embargo, a veces algunos combinados triunfan por saber cómo exprimir al
máximo sus virtudes; y este sería incuestionablemente el caso de Inglaterra en el
verano de 1966, el año en que fueron anfitriones del Mundial. No eran el mejor
equipo, pero tenían la enorme ventaja de jugar en casa; en Wembley, por si fuera
poco, un estadio en que raramente perdían. Sin embargo, al igual que todas las
selecciones anfitrionas, Inglaterra estaba sometida a la inmensa presión de la
prensa y la afición, deseosa de verla ganar. Sir Alf Ramsey, el seleccionador
nacional, sería el primero en echar leña a aquel fuego meses antes de que el
balón empezara a rodar, cuando proclamó lo de «Inglaterra ganará el Mundial».
Inglaterra no jugó como la futura campeona en el partido inaugural de la
competición, que terminaría empatando a cero contra Uruguay. El problema es
que el primer partido es un monumental escaparate para el lucimiento y que el
público tenía tantas expectativas que al final el resultado sería prácticamente una
bendición para Inglaterra, que se quitaría un montón de presión de encima. La
prensa inglesa siempre reacciona exageradamente a las victorias y a las derrotas.
Cuando la selección pierde la tachan de panda de inútiles; y en cuanto ganan un
partido se convierten, de golpe y porrazo, en aspirantes a ganar el Mundial. Las
crónicas de la prensa escrita retomaron el discurso triunfalista después de que
Bobby Charlton marcara un golazo contra México en el segundo partido, que
Inglaterra ganaría por 2-0. Y una vez más, de repente Inglaterra volvía a aspirar a
todo. En el tercer y último partido de la fase de grupos se impuso a Francia, lo
que la clasificaba matemáticamente para los cuartos de final. Fue entonces
cuando la fiebre por la victoria mundialista empezó a correr como la pólvora por
todo el país.
Ramsey se vio obligado a dejar fuera de los cuartos de final contra Argentina a
Jimmy Greaves, que estaba lesionado. Sería un partido sin brillo, superdefensivo
y negativo; en parte debido al catenaccio argentino, y en parte debido a que
Inglaterra jugaba sin su mejor delantero y sin extremos que crearan ocasiones.
Sin embargo, a Inglaterra se le puso la suerte de cara cuando el capitán
argentino, Antonio Rattin, un jugador fantástico, fue expulsado después de una
discusión con el colegiado. Acto seguido, Geoff Hurst, que había entrado en el
once inicial en lugar de Greaves, marcó el gol de la victoria de un testarazo en el
minuto 77.
Inglaterra quedó emparejada con la Portugal de Eusebio en una de las
semifinales. Pero igual que había sucedido en el Estádio da Luz unos meses
atrás, Nobby Stilles, mi buen amigo, lo mantuvo a raya durante casi todo el
partido, y la única aportación del portugués consistiría en transformar un penalti
a falta de diez minutos para el pitido final. Para entonces Inglaterra ya contaba
con un colchón de dos goles a su favor, ambos obra de Bobby Charlton, y se
aferró a su ventaja hasta ganar.
Como le correspondía por ser la anfitriona, Inglaterra partía como favorita en la
final contra la República Federal de Alemania (RFA). Y la verdad es que incluso
después de que la RFA se adelantara a los doce minutos, la sensación de victoria
británica seguiría pareciendo inevitable. Pese a todo, Inglaterra tuvo suerte de
que el juez de línea ruso les regalara un gol después de que el disparo de Hurst
rebotara en el travesaño y, según el árbitro, rebasara la línea de gol. Sería el
tercero para Inglaterra en plena prórroga.
Al igual que todos los Mundiales fue un espectáculo fantástico, y verlo solo
contribuyó a incrementar mi arrepentimiento por la metedura de pata en Albania
del año anterior, que impidió que la selección de Irlanda del Norte y yo
participáramos en la competición. En su lugar, me tuve que conformar con
presenciar —muerto de la envidia— cómo Bobby y Nobby, mis compañeros en
el United, levantaban el trofeo de campeones.
Me sentí especialmente feliz por Nobby, que nunca había obtenido el
reconocimiento que merecían sus virtudes futbolísticas debido a su fama de
jugador duro. Nobby tenía aspecto de estar enfadado incluso cuando lucía sus
gafas estilo Mister Magoo fuera del campo; sin embargo, en el vestuario del
United le llamábamos Mister Happy porque era un personaje desternillante que
estaba siempre dispuesto a echarse unas risas. El Mundial posibilitó que todo el
país conociera esa faceta de Nobby, porque a medida que Inglaterra avanzaba
hacia el título la prensa se encargó de que incluso los no aficionados al fútbol se
familiarizaran e implicaran con jugadores de los que nada sabían al empezar el
torneo. Y si hay una imagen que retrató la esencia de Nobby es en la que aparece
marcándose un pequeño baile en Wembley tras ponerse la tapa del trofeo Jules
Rimet por sombrero, mientras el equipo celebra la consecución del título.
No todo el mundo en nuestro vestuario estaba tan feliz con la gesta de nuestros
compañeros ingleses. Paddy Crerand, lo más antibritánico y proescocés que te
puedes echar a la cara, estaba hecho una furia por la potra de Inglaterra en la
final, cuando Hurst marcó su controvertido gol contra la República Federal de
Alemania en plena prórroga. Y no me hubiese extrañado escuchar que Denis
Law se enfundara unos lederhosen y se pusiera a animar a los alemanes el día de
la finalísima. Los escoceses siempre van con dos equipos: con Escocia y con
cualquiera que sea el rival de Inglaterra.
Yo, por mi parte, entendí que aquel sería un gran momento no solo para
Inglaterra sino para el fútbol británico en general. La victoria supuso un
espaldarazo definitivo para el fútbol doméstico, que en esa época estaba plagado
de irlandeses y escoceses, que también se llevarían su cuota de reconocimiento.
Y también mejoró nuestra posición en el fútbol mundial. Si eras un amante del
fútbol o tenías la suerte de jugarlo a nivel profesional, no podrías haber elegido
una mejor década para vivirlo.
El problema, supongo, es que sería también la década más peligrosa para vivirlo
para cualquier alcohólico en potencia.
En los años sesenta todo valía y todo parecía posible. Fuimos la primera
generación que se libró de ir a la guerra, ni siquiera teníamos servicio militar
obligatorio. Así que no encontramos ninguna razón para no celebrarlo por todo
lo alto, costara lo que costara. Para muchos el precio era consumir drogas,
aunque por fortuna, y habida cuenta de mi naturaleza adictiva, nunca tuve la
menor curiosidad en probarlas.
Para mí el precio serían el alcohol y las mujeres, dos frentes en los que encontré
a un gran compañero de batallas en Mike Summerbee, que había fichado por el
Manchester City la temporada anterior, y de quien me hice superamigo. De
hecho, me encontraba a Mike sin parar en el Time and Place, que se había
convertido en la discoteca de moda del centro de Manchester. Era uno de esos
modernos clubes multidisciplinares que tenía pista de baile, un bar en la planta
de arriba y un casino, y no tardó en convertirse en lo más. Si conseguías que te
dejaran entrar eras el amo; y nosotros, como jóvenes futbolistas profesionales
que éramos, entrábamos siempre. La mayoría de jugadores solteros de los dos
clubes de Manchester éramos habituales del lugar, y Mike y yo no tardamos en
hacernos amigos y empezar a liarla juntos. Era mi complemento perfecto: yo
seguía siendo un poco tímido, y él era mucho más extrovertido y callejero.
Éramos toda una pandilla, y solíamos salir juntos a hacer el circuito de
discotecas. Los habituales éramos Kenny Lynch, a quien conocí en Le
Phonographe, que más adelante se convertiría en Blinkers; Waggy —Malcolm
Wagner—, que era dueño de una peluquería; Danny Bursk, un peletero; Malcolm
Mooney, mi colega en la industria textil, y un chaval llamado Tony Marsh que
había trabajado como maestro de ceremonias de los Beatles.
Sin embargo, no solo salíamos de fiesta por Manchester. Era como si el mundo
entero fuese nuestro parque de atracciones.
Los fines de semana, Mike, yo y algunos de los otros nos subíamos a nuestros
fardones bólidos y conducíamos a Birmingham o Londres para cambiar de aires.
Birmingham tenía un ambientazo en esa época, y Mike se había hecho amigo del
boxeador Johnny Prescott, que era de allí; y de un amigo de Johnny llamado
Chalky White.
De manera que después del partido del sábado, Mike, yo y cualquiera de la
pandilla que se animara conducíamos de noche. Quedábamos con el resto en un
antro llamado Elbow Room, un bar-discoteca que siempre estaba lleno de chicas.
Y de ahí nos íbamos al Rum Runner, un lugar parecido e igualmente plagado de
macizorras. Si nos sonreía la suerte, nos quedábamos a pasar en Birmingham la
noche del sábado y regresábamos a Manchester el domingo por la noche.
Y otras veces éramos muchos los que nos subíamos al último tren del sábado por
la noche rumbo a Londres, donde hacíamos la ronda de discotecas del West End.
Tramp se había convertido ya en un gran club, siempre estaba lleno de caras
conocidas, y se convertiría en mi garito favorito después de una de nuestras
primeras noches. Lo que más me gustaba es que allí nadie te molestaba. Era un
club privado, así que al entrar no te convertías en carnaza para todos los
públicos. Además, también descubrí su bonita puerta trasera para evitar a la
prensa.
Alex Harvey, el famoso músico, también solía quedarse de fiesta con nosotros; y
había otro chaval en la pandilla al que solo conocí como Lobster Lenny, porque
en cuanto le daba un poco el sol se ponía tan rojo como una langosta. Todos
buscábamos pasarlo en grande, y a pesar de mi desastrosa experiencia en España
con Danny Bursk el verano anterior, cuando alguien propuso pasar las
vacaciones de verano de 1966 en Mallorca me pareció una gran idea. Seríamos
Mike, yo y todos nuestros amigos de Manchester, Birmingham y Londres.
Terminamos yendo unos treinta. Alquilamos sendas mansiones de seis o siete
habitaciones cada una, donde dormías donde podías. También nos hicimos
amigos de una pareja de estadounidenses, Craig y Radar, que se sumaron a
nuestros recorridos noctámbulos por las discotecas en busca de mujeres,
poniéndonos finos de cerveza y champán. Normalmente no tardábamos
demasiado en encontrar mujeres y bebida. Yo seguía siendo tímido a la hora de
paliquear con ellas, pero después de la fama que me había brindado la victoria en
Lisboa y el apodo del quinto Beatle, ahora se me abalanzaban en tropel, así que
la cuestión pasó a convertirse en a cuál elegía.
Todavía era pronto para preocuparse por la presencia de paparazzis armados con
teleobjetivos, escondidos detrás de las palmeras, como pasa a día de hoy. Y
tampoco teníamos que preocuparnos de que las chicas amanecieran aturdidas al
día siguiente y decidieran salir escopeteadas en busca de un periódico para verter
toda suerte de acusaciones. ¿Os imagináis lo que pasaría hoy? De seguir
haciendo lo mismo, ya me habrían lapidado.
Otro de los personajes habituales en Mallorca era David Sirocco, que solía dar
clases de yoga en la playa y se ganaba la vida dando masajes. Era el raro de la
isla. Se pasaba la semana vestido de blanco de pies a cabeza, bandana blanca
incluida; una bandana por la que David Beckham hubiese matado. Y luego,
cuando salía de fiesta los sábados por la noche, lo hacía íntegramente vestido de
negro.
Nos lo pasamos todos tan bien en Mallorca que se convertiría en nuestro destino
favorito durante los años siguientes, siempre y cuando no me tocara salir de gira
de pretemporada con el United. Tan pronto como terminaba la temporada
futbolística, nos íbamos de cabeza a Mallorca, donde me aseguraba de ser uno de
los primeros en llegar para hacerme con mi propia habitación. A partir de ahí era
un poco sálvese quien pueda, y si otros amigos aterrizaban en mitad de las
vacaciones les encontrábamos una habitación donde fuera. Para cuando llegaba
el final de la estancia, las mansiones se habían convertido en auténticas leoneras,
algo inevitable, puesto que eran las típicas vacaciones de solteros. Nos
quedábamos pegados a las sábanas hasta tarde, y luego salíamos a desayunar y a
tomar el sol en la playa. A partir de entonces empezaban a caer las cervezas, y tal
vez una siesta por la tarde, antes de volver a salir a muerte por las noches. Nunca
regresábamos hasta bien entrada la madrugada, y al día siguiente vuelta a
empezar.
A veces no regresaba a Inglaterra hasta una semana antes de la pretemporada, lo
cual equivalía prácticamente a tres meses de vacaciones. Y para entonces estaba
absolutamente destrozado. En Mallorca, de hecho, solía llevarme a mi amigo
Tony Griffin en calidad de chófer. Embarqué unos cuantos Jaguar E-Type, y un
año hasta un Rolls-Royce, que sería de gran ayuda en los viajes de ida y vuelta.
Pero sigo sin explicarme cómo no me maté, porque las carreteras eran
extremadamente rudimentarias y peligrosas por aquel entonces. Cada mañana te
encontrabas con vehículos que se habían despeñado por algún acantilado. Las
carreteras ya eran suficientemente calamitosas de día, y pese a todo, yo seguía
conduciendo de madrugada, después de llevar pimplando desde primera hora de
la tarde. Habida cuenta de mis antecedentes como conductor a lo largo de los
años, tuve suerte de sobrevivir a los viajes a Mallorca.
En cuanto descubrí Mallorca, la frecuencia de mis visitas a Belfast empezó a
disminuir. Hasta entonces solía pasar mucho tiempo en casa durante las
vacaciones de verano y me había propuesto regresar todas las Navidades. Incluso
solía escribir a mi familia con frecuencia, y les recomendaba los mejores
artículos de prensa sobre mis actuaciones que se les hubiesen pasado. Pero de
manera paulatina me fui distanciando cada vez más y más de mi familia. Estaba
disfrutando de una vida que hacía unos años solo podría haber soñado, y de
repente era Belfast y no Manchester lo que me parecía un planeta extraterrestre.
Supongo que me pasó lo mismo que le pasará a cualquiera que se va de casa por
primera vez para ir a la universidad y descubre un apasionante mundo nuevo que
deja en tediosos pañales al anterior. Y ahora que tenía más dinero en los bolsillos
de lo que soñaría cualquier estudiante, empezaba a pasarlo en grande en la
universidad de la vida.
Pese a todo, me las arreglé para hacer una breve visita a casa en verano de 1966.
Radio macuto debería llevar retransmitiendo en directo desde el momento en que
aterricé en el aeropuerto de Belfast, porque al poco de llegar a casa de mis
padres la calle estaba hasta los topes de gente.
Supongo que no fui consciente del impacto que había tenido en Belfast el partido
contra el Benfica hasta ese momento. Cuando volvía a casa, contaba con que
todo el mundo me trataría como a cualquier hijo de vecino; era como volver a
ser el hijo de la señora Best, el chaval de Cregagh. Pero en verano de 1966
Burden Way se convirtió en un auténtico pandemonio. La gente tenía los rostros
pegados literalmente a nuestras ventanas con la esperanza de verme.
—No tienes ni idea de lo que es para nosotros, George —me dijo Carol mientras
estábamos sentados en la relativa seguridad de nuestra cocina—. Nos pasa todo
el rato, la gente se nos queda mirando fijamente solo porque somos tu familia.
Corre las cortinas, haz el favor.
—No —respondí yo—. Mejor salgo y digo algo o no volveremos a vivir en paz.
La verdad es que la concentración de gente me emocionó bastante, aunque
también me sirvió para comprender que mis visitas a casa nunca volverían a ser
lo mismo. Así que salí afuera, firmé algunos autógrafos y di las gracias a todo el
mundo por haber venido.
—Espero que me dejéis disfrutar de un tranquilo día en familia a partir de ahora
—les dije.
Creía haber finiquitado el asunto, pero al rato escuchamos ruido afuera y mamá
descorrió la cortina para echar un vistazo por la ventana.
—¿Qué demonios están tramando esos dos? —preguntó.
Me asomé y vi a un par de periodistas. Tenían que haber trepado el muro del
jardín que quedaba al final de la calle y haber pisoteado el resto de jardines
vecinos hasta plantarse en el nuestro. No les hicimos ni caso, pero aquel sería el
final de mi vida normal; y no solo para mí, también para mi familia. Era triste
pensar que en adelante mis visitas familiares serían un calvario tanto para ellos
como para mí. Es lo que tiene aprender a lidiar con la fama: te llueve por todas
partes. No tengo la menor duda de que aquel episodio afectaría también al
número de visitas que haría, en adelante, a mi familia.
«Siempre nos encantaba que vinieras a casa», me contaría Carol mucho tiempo
después. «Pero a veces también era un alivio cuando te ibas, porque entonces
podíamos retomar nuestra vida normal.»
Para cuando mi madre alumbró a su sexto hijo, mi hermano Ian, en julio de
1966, ya le costaba lo suyo lidiar con lo que tenía. Yo mandaba dinero a casa
cada mes para ayudarlos, pero mamá y papá eran ambos muy orgullosos, gente
autosuficiente que no quería vivir del dinero de nadie, ni siquiera de su
primogénito. Así que mamá continuó trabajando, aun cuando tenía cinco hijos de
los que hacerse cargo.
Dadas las circunstancias, resultaba un poco sorprendente que hubiesen decidido
tener otro hijo, y siempre me acordaré del día en que papá me llamó para
contarme que mamá estaba embarazada:
—Tengo algo importante que contarte, hijo mío —me dijo tartamudeando.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? —respondí yo.
—Pues que tu madre va a tener un bebé.
—Eso es genial, papá.
—Entonces, ¿te parece bien? —me preguntó aliviado.
Yo estaba encantado por ellos, aunque con dos gemelas de tres años y una pareja
de adolescentes viviendo bajo el mismo techo, el futuro bebé no iba a hacerle la
vida a mamá más fácil, especialmente ahora que había empezado a preocuparse
por mí. Por suerte Carol tenía ya diecinueve años y tenía la mano rota en materia
de recién nacidos. Y Barbara, que ya había cumplido los catorce, también había
empezado a ayudar. No obstante, es innegable que suponía un montón de trabajo
extra para mamá y papá, y si bien sé que estaban orgullosos de mi éxito,
tampoco puedo evitar sentirme culpable cuando pienso en que lidiar con mi fama
no les hizo la vida más fácil, precisamente.
El ambiente en el vestuario del United al principio de la temporada 1966-67 era
realmente fantástico gracias a las increíbles sensaciones generadas por la victoria
de Inglaterra en el Mundial. La distensión era tal que, ahora, cada vez que
alguno de los internacionales ingleses del primer equipo la cagaba en defensa o
desperdiciaba una ocasión para marcar, nos cachondeábamos de ellos.
Bobby y Nobby, que tendrían que estar exhaustos después del campeonato que
se habían pegado, estuvieron especialmente inspirados en un arranque de
temporada en que cosechamos cuatro victorias en los cinco primeros partidos.
En Old Trafford todo el mundo se moría de ganas de retener el título liguero y de
intentarlo de nuevo en Europa. Todos sabíamos que la Copa de Europa era el
sueño de Matt, su Santo Grial, y que no dispondría de muchas ocasiones más
para consumarlo: su salud estaba cada vez más deteriorada.
Pese a todo, su mente seguía estando afilada, y cuando nuestro estado de forma
empezó a declinar un poco, no se le cayeron los anillos y fichó a Alex Stepney,
el guardameta del Chelsea, por 55.000 libras. Matt también refrescó el equipo
con la llegada de John Aston Junior y Bobby Noble. Su presencia nos dio más
mordiente; o al menos eso es lo que creíamos hasta que los viejos zorros del
Leeds se llevaron otro punto de Old Trafford. Se estaban convirtiendo en mi
hombre del saco particular. Raramente jugaba bien cuando nos enfrentábamos, y
raramente les marcaba un gol.
A pesar de que estaba bastante contento con mi estado de forma en general, el
ambiente con Matt volvió a caldearse cuando se enteró de que estaba saliendo
con una mujer casada, Dahlia Simmons. Más adelante me caería el sambenito de
«caza Miss Mundos», después de salir con dos ganadoras del certamen, Marjorie
Wallace y Mary Stavin; pero la verdad es que también salí con un montón de
chicas normales, chicas de clase trabajadora absolutamente hermosas; mucho
más bonitas que ninguna de las reinas coronadas de la belleza.
Aunque Dahlia fuera probablemente la más hermosa de todas.
Y, por supuesto, lo peor que podía pasar es que todo el mundo se pusiera a
aconsejarme que me alejara de ella, que fue exactamente lo que pasó.
Nos conocimos en Ruebens, la discoteca de Colin Burne, y su belleza me
fulminó. Dahlia me contó que estaba casada, pero la convencí de que me diera su
número de teléfono de todos modos, y empezamos a vernos con discreción; o, al
menos, eso es lo que creíamos. Salíamos a cenar a los restaurantes más alejados
del centro de Manchester, y luego, al terminar, ir a su casa no era una opción; y
sospecho que a la señora Fullaway no le hubiese hecho ninguna gracia que
hubiese llevado a Dahlia a la suya, así que nos quedábamos en casa de una de
sus amigas. Sin embargo, como no tardaría en descubrir, en Manchester resulta
tan imposible ser discreto como guardar un secreto durante mucho tiempo. Es lo
que tiene la ciudad: es un pueblo comparado con Londres, y todo el mundo se
termina enterando de todo.
Logré ocultarle la relación a Matt durante una buena temporada. De hecho, es
probable que fuese la última persona en enterarse. Pero en cuanto lo hizo, montó
en cólera. Matt era una persona muy puritana, y que saliera con una mujer
casada era un motivo para horrorizarlo, por no hablar del daño que pudiera
hacerle a la imagen del club. Así que no me sorprendió que me convocara de
nuevo en su despacho. Era una experiencia comparable a ser convocado en el
despacho del director del colegio. Y a pesar de todas las sandeces que se
escribieron asegurando que Matt era como una figura paterna para mí, lo cierto
es que Matt era el míster por encima de todas las cosas, e incluso los jugadores
más veteranos se ponían nerviosos cuando los convocaba en su despacho.
Desconozco hasta qué punto todo era una puesta en escena creada
deliberadamente para intimidarnos, pero el caso es que el despacho de Matt
quedaba al final de un largo pasillo, y era sin duda la caminata más larga en la
vida de cualquier jugador.
Tendrían que haberlo bautizado como «el corredor de la muerte».
Yo tenía una idea bastante aproximada de lo que quería Matt cuando avanzaba
por el corredor, y Matt no era de los que se andan con chiquitas.
—Hijo —me dijo—. No me corresponde interferir en tu vida privada, pero
¿cómo es posible lo de esta mujer? O sea, ¿una mujer casada? —su rostro era la
viva imagen del desconcierto—. Con la de encantadoras chicas solteras que
corren por ahí, chicas que podrían convertirse en una gran esposa. ¿Por qué no
sales con alguna de ellas?
—No lo sé, míster —murmullé—. Me gusta y no sabía que estaba casada cuando
la conocí —lo que, obviamente, era una mentira piadosa.
Si Matt me hubiese entendido de verdad, hubiese comprendido por qué me
sentía irresistiblemente atraído por Dahlia, la fruta prohibida. Por no hablar de lo
increíblemente bonita que era. Al principio de mi carrera, y a consecuencia de
mi acento de Belfast y de mi timidez, las había pasado canutas para ligar con
chicas debido a mi ausencia de palique.
Pero ahora que era famoso ya no importaba que fuera tímido, y a menudo ni
siquiera tenía ocasión de decir esta boca es mía, porque directamente se me
abalanzaban. Así que al final me interesaba deliberadamente por mujeres
supuestamente inalcanzables, a modo de desafío. De algún modo, sería la misma
actitud que me convertiría en un futbolista de éxito. Ligarme a chicas se había
convertido en otro deporte, y me había propuesto ser el mejor.
Claro que eso era algo que no podía contarle a Matt, quien me convocaría en su
despacho un par de veces más, tan pronto como fueron saliendo a la luz otros
artículos sobre Dahlia. Yo no sabía muy bien qué contarle, así que me limitaba a
decirle lo que quería escuchar: «Sí, míster, tiene toda la razón, míster, no volverá
a suceder, míster».
Y acto seguido, tan pronto como abandonaba su despacho, corría hacia algún
teléfono para quedar de nuevo con Dahlia. Realmente, no pensaba que mi
relación fuera de la incumbencia de Matt. Estaba convencido de que podía hacer
lo que me diera la gana.
Matt también le comentó la situación a papá, que, sin duda, mantuvo a mamá al
margen. Papá también habló conmigo, pero sabía bien que lo mejor era no tratar
de interferir, aunque le estaba agradecido a Matt por intentar velar por mis
intereses. Papá sabía que Matt no tenía ninguna intención de entrometerse en mi
vida privada, que no era un fisgón. Sucedía lo mismo cuando llamaba a papá
para comentarle mi consumo de alcohol. Papá tenía claro que lo único que quería
Matt es que estuviera en condiciones de jugar al fútbol.
Como no podía ser de otra manera, el marido de Dahlia se enteró de lo que
estaba pasando, y una noche salió a buscarme y terminó dando conmigo en el
Time and Place. Yo había empezado a apostar un poco por aquel entonces —
aunque no grandes cantidades, solo billetes sueltos—. Cuando apareció, me
encontró sentado jugando al blackjack. Se aproximó a la mesa y se quedó justo
detrás de mí.
Yo procuré mantener la calma y seguir jugando como si no pasara nada, hasta
que empezó a relatarme lo que planeaba hacer conmigo.
El discurso se prolongó unos minutos, hasta que, por suerte, uno de mis amigos
entró en la sala.
—¿Están los chavales arriba? —le pregunté sabiendo a lo que atenerme.
El bar de arriba solía ser el lugar de encuentro habitual de la pandilla.
Mi amigo se quedó con la copla al momento y desapareció escaleras arriba. Al
poco, mis compañeros fueron bajando y acercándose a mí para marcar territorio.
—¿Todo en orden, George? —fueron preguntando uno tras otro.
—Sí, sí —les respondía yo—. Ya os digo si me hace falta cualquier cosa.
Simmons también se quedó con la copla y se largó. Dahlia y él rompieron, y nos
seguimos viendo durante unos cuantos años más sin la presión de tener que
escondernos. Estábamos locos el uno por el otro, aunque algo me decía que la
cosa se desinflaría tarde o temprano.
Yo todavía era demasiado joven como para plantearme sentar cabeza,
especialmente ahora que estaba rodeado de increíbles y solícitas jovencitas. El
problema es que me resultaba imposible ser fiel a ninguna de ellas, y que no
quería estar con una sola persona.
Quería poder entrar y salir como Pedro por su casa.
Si Matt estaba ya fuera de sus casillas con mi promiscuidad sexual, cuando se
enteró de mi nuevo lugar de alterne hasta altas horas de la madrugada, el Brown
Bull, que hacía también las veces de hotel, empezó a tirarse de los pelos. Digo
«hasta altas horas de la madrugada», aunque en realidad debería decir «toda la
noche». Podrían haberlo llamado Hotel California, porque la gente entraba pero
nunca salía.
Al principio solía beber en un lugar llamado The Grapes, el garito habitual de
Shay Brennan, mi compañero de equipo. En realidad, Shay tenía un par de
garitos favoritos. El otro era el Circus, un buen y pequeño lugar de encuentro en
el centro, aunque era uno de los pubs más diminutos que te puedas encontrar. En
cuanto entraban veinte personas, se ponía hasta la bandera; y si uno de esos
veinte era Shay, entonces hacía falta desalojar al menos a cuatro clientes para
estar cómodo.
Yo no era muy fan del Circus, así que solía cazar a Shay en The Grape. Hasta
que lo demolieron. Entonces me puse a buscar un local nuevo. Había pasado un
millón de veces por delante del Brown Bull, pero nunca sentí la menor
curiosidad por entrar. Estaba situado en el peor lugar del mundo, debajo del
puente de una estación de trenes y en mitad de un cruce; en una zona de lo más
hostil y ruidosa. No existía absolutamente ningún motivo para ir. Así que, como
no podía ser de otra manera, una noche en que estaba de fiesta con Waggy
decidimos pasarnos a tomar una.
Si el lugar tenía ya mala pinta por fuera, por dentro era cien mil veces peor.
Siempre me han gustado los antros desaliñados. Aunque, normalmente, después
de aquella primera experiencia, no hubiésemos regresado jamás si no fuera
porque terminamos conociendo al dueño, un estadounidense llamado Billy Barr,
que acababa de adquirir el local tras dejar el Ejército. Era una de esas personas
de las que te encariñas de inmediato.
Aparte de Waggy y yo solo había una pareja de tíos en el bar. Estaban sentados
en lo que tomé por una banqueta; sin embargo, si te fijabas un poco descubrías
que la banqueta eran dos cajas de naranjas. Pero el interiorismo era lo de menos
porque Bill era un gran anfitrión. «¿Tenéis hambre, chavales?», nos preguntó en
mitad de la noche en cuanto nos pusimos a hablar. «¿Os apetece comer algo?»
Acto seguido la esposa de Billy, Leila, apareció con un par de chuletones.
Unas noches después regresamos con un par de colegas, y se correría la voz,
porque prácticamente de la noche a la mañana aquel pequeño pub situado en un
callejón de mala muerte se convirtió en uno de los lugares de moda de
Manchester. El hecho de que los platós de televisión de Granada TV quedaran a
la vuelta de la esquina también ayudó, porque todas las jóvenes actrices y las
jóvenes promesas empezaron a alojarse allí, lo que animó el lugar, y me ofreció
en bandeja la oportunidad de ligarme a unas cuantas chicas nuevas. Billy, que
tenía seis habitaciones arriba, me decía: «Hay una encantadora jovencita en la
número cuatro. ¿No te apetece ir a llamar a su puerta e invitarla a que baje a
tomar una copa?».
A Billy ni siquiera le hizo falta decorar el lugar. Seguía siendo un antro de mala
muerte, pero era un antro con la clientela adecuada. Todo el mundo solía acudir
en manada: estaba lleno de futbolistas y de gente del mundo del espectáculo, que
probablemente lo prefiriesen a locales más glamurosos porque era un rincón
superauténtico de Manchester.
Jimmy Tarbuck, con quien me había visto algunas veces a través de Kenny
Lynch, se quedaba en el Bull si caía por Manchester, y lo mismo hacía Michael
Parkinson, a quien conozco desde sus inicios como joven reportero en Barnsley.
El Bull se convirtió en un putiferio y a Billy le estaba yendo tan bien que hubiese
sido una grosería bajar la persiana a la hora habitual.
Así que de vez en cuando la policía hacía sus redadas. Tarby estaba en el local
durante una de ellas, cuando se le aproximó una joven agente.
—¿Qué estás bebiendo? —le preguntó la agente, y señaló su copa.
—Muchísimas gracias —respondió Tarby, y le extendió el vaso a la agente con
una sonrisa de oreja a oreja—. Tomaré un gin-tonic bien cargadito, por favor.
Algunas noches Billy no podía dejar entrar a más gente. Un tipo de Manchester
adquirió el pub de al lado y empezó a llenarlo con la gente que se quedaba fuera
del Bull. De no haber sido por quién era el tipo, es posible que Billy hubiese
considerado pedirle un porcentaje de las ganancias, que a fin de cuentas estaban
siendo íntegramente suministradas por el Brown Bull.
Matt Busby odiaba el Brown Bull. De haber sido por él, el local hubiese sido
demolido; aunque por alguna curiosa razón jamás se acordaba del nombre.
Así que siempre que me preguntaba: «¿Has vuelto a ir al Green Pig?» (otras
veces lo llamaba Black Crow o Brown Horse), yo me permitía el lujo de mirarle
directamente a los ojos y responder sinceramente: «No, míster».
El pobrecito Matt se encontró entre la espada y la pared. Quería ponerme las
pilas, pero también sabía que era su mejor inversión, un jugador que podría
liderar el equipo durante los siguientes quince años. Matt sabía también que yo
era el futbolista capaz de hacer realidad su sueño europeo, así que nunca me
echaba la caballería por encima. Todos habíamos presenciado lo despiadado que
había sido con Johnny Giles, y serían un montón los jugadores a quienes les
mostraría la puerta de salida por ofensas mucho menores. Lo único que tenía
Matt de figura paterna es que, al igual que mi padre, era incapaz de imponer
disciplina alguna. Si yo no hubiese sido quien era y no me hubiese convertido en
el mejor activo de Matt, me habrían echado a patadas. Matt también estaba
emperrado en no airear los trapos sucios para preservar la imagen del club, que
es probablemente otra de las razones por las que no me ponía a bajar de un burro
cada cinco minutos ante la opinión pública.
Si había alguien en Old Trafford a quien le hubiese hablado sin pelos en la
lengua ese era Jimmy Murphy, el segundo de Matt. Era un galés arisco que, sin
embargo, tenía un corazón como una catedral. Tanto él como Matt estaban
cortados por un patrón similar, ambos habían crecido en entornos marginales,
habían visto de todo y habían pasado juntos lo que no está escrito. Por no hablar
del magnífico trabajo de Jimmy como entrenador interino durante la
convalecencia de Matt tras la catástrofe de Múnich.
Matt y Jimmy jugaban a ser el poli bueno y el poli malo. En realidad ambos eran
el poli bueno, pero uno de los dos tenía que hacerse el duro, y ese era Matt.
Jimmy era el que suavizaba los rapapolvos. A veces, después de que Matt me
cantara las cuarenta, Jimmy me convocaba en su despacho y me decía: «No le
hagas ni caso al viejo amargado ese». Así se lo montaban, y a pesar de que
nunca supe si lo hacían a propósito o no, era una asociación perfecta. Todos
conocíamos y entendíamos la situación.
A Jimmy raramente se le veía en el campo de entrenamiento, lo cual era
paradójico. Cualquiera hubiese pensado que tendría que haber sido al revés, pero
era el míster quien se hacía cargo de las sesiones de entrenamiento, mientras
Jimmy se quedaba un poco al margen, se iba al despacho y se dedicaba a llamar
por teléfono para fichar a jóvenes promesas de otros clubes. Es probable que
hiciera mucho más que Joe Armstrong en materia de jóvenes promesas.
El ladrido de Jimmy era definitivamente más peligroso que su mordida. Me
sentía cómodo hablando con él. A veces, después interpretar alguno de mis
números de escapismo, Jimmy me invitaba a tener una charla tranquila. Y de
haber tenido algún problema del que hubiese querido hablar, hubiese acudido
antes a Jimmy que a Matt. Pero nunca lo hice, ya que no era mi estilo abrirme
con la gente.
Es fácil decirlo a toro pasado, pero las cosas me hubiesen ido mejor si Matt
hubiese sido más duro conmigo. Llevaba saliéndome con la mía desde que era
canijo; entonces solo por tonterías. Pero a medida que fui librándome de líos
cada vez más gordos, terminé convenciéndome de que podía hacer todo lo que
me viniera en gana. Era como tener inmunidad diplomática ante las leyes del
club.
A pesar de todo, el pobre Matt no pudo hacer gran cosa para silenciar la prensa
cuando me vi implicado en un accidente de circulación que podría haberme
costado una condena por homicidio involuntario. Tampoco creo que fuera culpa
mía, ya que, por suerte, fue a primera hora de la tarde, cuando todavía estaba
sobrio. Sucedió tras cruzar un semáforo. Estaba lloviendo a cántaros y una chica
irrumpió frente a mi automóvil, aparentemente sin haber advertido que las luces
del semáforo habían cambiado. Además, llevaba un paraguas abierto, así que
tampoco se daría cuenta de que mi coche avanzaba hacia ella. Yo no iría a más
de diez kilómetros por hora cuando la embestí, sin embargo el impacto contra su
cuerpo produjo un sonido perturbador, y se rompió la pelvis al caer. Danny
Bursk iba conmigo en el automóvil y había además un buen número de testigos,
pero cuando el caso llegó a juicio fui declarado culpable por conducción
temeraria y multado con diez libras. Además, el antecedente quedó grabado en
mi permiso de circulación.
Me sentía fatal por lo sucedido, aunque tuve suerte de que no me hubiese pasado
esa noche. De haber sucedido entonces, hubiese llevado un puñado de tragos
entre pecho y espalda. Cada vez salía hasta más y más tarde. Y cada vez bebía
más y más; empezaba a disfrutarlo de verdad. Al principio no me gustaba el
sabor del alcohol; era algo que simplemente me daba un poco de confianza; sin
embargo, a estas alturas, ya le había pillado el gustillo.
En el ámbito deportivo, no sentía la menor presión en el terreno de juego, todo
me resultaba superfácil en el césped, y estaba tan en forma que quemaba el
alcohol en los entrenamientos. O eso es lo que creía. Lo que está claro es que en
aquel momento el alcohol no era ninguna muleta. Yo era como cualquier otro
joven que trabaja duro los días laborables y se desmadra un poco durante el fin
de semana. Supongo que me desmadraba un poco más que la mayoría, pero
siempre me presentaba a trabajar los lunes por la mañana con buena disposición
y ganas de jugar. Seguía dando la talla como deportista de élite.
El otro motivo afortunado del atropello —además de que sucediera temprano—
es que en esa época solía saltarme los límites de velocidad a la torera,
especialmente después de haber bebido. Seamos realistas, es imposible sentarte
al volante de un Jaguar E-Type y no hundir a fondo el pie en el acelerador, así
que la policía y yo librábamos batallas de ingenio noche sí y noche también.
Solían apostarse en pequeños callejones sin salida en la zona de Chorlton, a la
espera de interceptar a conductores borrachos o demasiado acelerados. Sin
embargo, había un montón de trayectos distintos para conducir del centro a casa
de la señora Fullaway, y casi siempre me las ingeniaba para eludirlos.
Además, los fines de semana me quedaba de vez en cuando en el apartamento de
Crumpsall, que había empezado a alquilar a medias con Mike Summerbee para
entretener a nuestras invitadas. Era nuestro pequeño escondrijo, un refugio para
escapar de la locura, y el lugar donde Kenny Lynch solía quedarse cuando venía.
Era un apartamento de una sola habitación en el interior del clásico edificio
antiguo y espacioso de casas victorianas, en Manchester. Pero era suficiente para
nuestras necesidades, y además disponía de un gran salón que hacía las veces de
dormitorio cuando hacía falta. Si nos quedábamos a dormir allí el sábado por la
noche, al día siguiente nos pasábamos la tarde deambulando por Didsbury,
donde nuestro amigo Selwyn Demmy, un corredor de apuestas, tenía un
apartamento que dejaba el nuestro en pañales. Estaba siempre inmaculado y
Selwyn servía unas meriendas el domingo por la tarde de las que mi madre
hubiese estado orgullosa. Aunque no le hubiese echo tanta gracia que las
cervezas y el vino corrieran a espuertas, ni que hubiese media docena de chichas
despampanantes. Todas mis cosas favoritas concentradas en un único lugar.
A según quién le sorprendía que Mike y yo siguiéramos siendo amigos, habida
cuenta de que jugábamos para dos clubes con una de las mayores rivalidades del
país, especialmente debido a que tanto el United como el City contaban en sus
filas con un montón de chavales de la ciudad por aquel entonces, y a que los
hinchas del United también procedían casi íntegramente de Manchester. A día de
hoy solo un tercio de ellos lo son. Entonces, los derbis eran una absoluta batalla
campal, y perder entrañaba una soberana humillación. Tocaba desaparecer un par
de días, si así sucedía. Sin embargo, Mike y yo nunca dejamos que la rivalidad
afectara a nuestra relación, y ya que estábamos nos dedicábamos a animar al
personal con un par de movimientos coreografiados antes de los derbis.
—Cuando hagamos el saque inicial —me decía Mike— te pones a correr como
una exhalación como para hacerme una entrada, y yo te hago un túnel.
—De acuerdo —le respondía yo—. Y unos minutos más tarde, vienes tú a
entrarme y te hago el túnel yo a ti.
Sabíamos que a ambas hinchadas les encantaría, y yo me sentía aliviado por ser
amigo de Mike, porque una vez que saltaba al terreno de juego podía repartir
leña. Supongo que cuando te enfrentabas a jugadores como Nobby, que te
mandaban a la tribuna de una segada, los delanteros teníamos que aprender a
valernos por nosotros mismos.
Yo pasé mucho tiempo en el Corredor de la Muerte aquella temporada, aunque lo
más extraño de todo es que Matt jamás se quejó de mis trabajos extra lejos del
rectángulo de juego, ya fuera como modelo o para tiendas de moda, lo que
significaba que no estaba descansando todo lo que un futbolista de élite debería
descansar. Tendría que haber sido una gran preocupación en su cabeza, pero
jamás mencionó una sola palabra al respecto. Sería impensable que sucediera a
día de hoy.
Llegué incluso a hacer un anuncio para los sujetadores Playtex, aunque debería
aclarar rápidamente que no fue en calidad de modelo. Fue otro de esos anuncios
que te daría vergüenza ajena si lo vieras en la programación televisiva de hoy.
Mi papel consistía en entrar en un bar —¡ya me habían encasillado!—, sentarme
frente a una mesa y entonces alzar la mirada y descubrir a una preciosa
jovencita. Y naturalmente —y que conste que se suponía que la secuencia
sucedía en la vida real— a continuación yo le escribía una nota para invitarla a
tomar una copa. Y aquí es donde la trama se iba un poco al carajo... porque
resulta que la chica tenía que declinar la invitación.
El mensaje era que si llevabas puesto un sujetador que te levantaba la confianza
tanto como un Playtex, podías incluso negarle una copa a George Best. Solo
puedo concluir, a juzgar por mis idilios de la época, que Playtex ¡no era la
empresa líder del sector, precisamente!
Odiaba hacer de modelo porque tenías que tirarte tres o cuatro horas por cada
sesión de fotos, y me parecía increíblemente aburrido. Pero mi agente se
encargaba de llenarme la agenda de sesiones, y como pagaban millonadas, sentía
que no podía negarme. Todo era irrelevante, incluyendo las tiendas de ropa que
inauguré. No eran más que lugares donde pasar la tarde. A mí lo que me
importaba era el fútbol. En ese momento, ni las chicas ni la bebida suponían la
menor amenaza para mi carrera. El fútbol era lo primero y entrenaba como el
que más para seguir superándome. Y a pesar de que ahora me había pasado al
vodka, y de que era capaz, en ocasiones, de beberlo en cantidades industriales,
era algo que prácticamente solo hacía tras el partido del sábado. Teniendo en
cuenta mi magnifico estado de forma, no tenía dificultades en recuperarme. Ni
tenía resacas ni volví a padecer nunca otra de esas experiencias en que la
habitación te empezaba a dar vueltas.
Cuando echo la vista atrás, es probable que los años 1966 y 1967 fueran los más
felices de mi vida. Si la felicidad se mide en sueños cumplidos, esas dos
temporadas fueron la perfección absoluta, de película. Jugué con y contra
jugadores increíbles, las gradas estaban hasta la bandera cada semana, y viajaba
por el mundo haciendo lo que más amaba. Y sin mover un puñetero dedo. Me
organizaban todos los viajes, y ni siquiera tenía que hacerme la maleta: la señora
Fullaway o mi novia de turno se encargaban de hacerlo por mí.
Y solo tenía veinte años. Apenas habían pasado dos telediarios desde mis días
jugando a fútbol por las calles de Belfast. Y de repente estaba cobrando una
fortuna por hacerlo. Hubiese resultado complicado para cualquiera mantener los
pies en el suelo en aquellas circunstancias. Yo me sentía como si estuviera
viviendo en un mundo de ensueño, y me comportaba en consecuencia.
El día que nos enfrentamos al Nottingham Forest, nuestro más acérrimo rival en
la lucha por el título de Liga, en febrero de 1967, había 62.000 espectadores en
las gradas de Old Trafford, y el promedio de asistencia de la temporada era de
cincuenta y cuatro mil. El Forest era una verdadera caja de sorpresas, pero a falta
de dos partidos para finalizar la temporada, nos bastaba con sumar un punto para
proclamarnos campeones. El primer partido fue contra el West Ham en Upton
Park, un terreno donde no se ganaba fácilmente, especialmente habida cuenta de
que los Hammers contaban en sus filas con tres jugadores que habían ganado el
Mundial. Así que, como era de esperar, Matt hizo un llamamiento a la cautela
antes de empezar el partido, cuando nos pidió que nos cerráramos bien. Sin
embargo, no tuvimos contemplaciones y les endosamos un 1-6.
Así nos las gastábamos como equipo, destilábamos confianza y éramos capaces
de hacerle un siete a cualquier adversario. Mi gol contra el West Ham fue el
décimo de la temporada, una cifra que puede parecer escasa teniendo en cuenta
que había jugado todos y cada uno de los cuarenta y dos partidos de liga.
Aunque probablemente el número de asistencias que repartí entre Denis y el
resto de compañeros duplicaría esa cifra.
El Brown Bull propició que mi amistad con Shay Brennan, mi compañero de
equipo, se estrechara a lo largo de la campaña. En realidad, cualquiera que
hubiese conocido a Shay tendría que haberlo hecho muy mal para no convertirse
instantáneamente en amigo suyo. Shay era una de esas personas que se llevaba
bien con todo el mundo y nunca hablaba mal de nadie. También estreché mi
vínculo con Paddy Crerand, Noel Cantwell y Denis Law. Denis se había
enamorado de la cocina italiana durante su periplo como jugador del Torino, así
que, a instancia suya, los tres compañeros instalaron la tradición de ir a cenar
con sus esposas a un restaurante italiano los sábados por la noche. Ignoro el
porqué, tal vez se debiera a que ya me había convertido en titular indiscutible, el
caso es que empecé a pasarme por sus cenas. No comía con ellos, simplemente
me dejaba caer durante media hora de camino al club o adonde fuera. La
cuestión es que nuestra amistad salió beneficiada. Con Denis pasaba un poco lo
mismo que con Shay: era imposible pasarlo mal a su lado.
A pesar de ser un vestuario con personalidades de lo más variopintas, nos
convertimos en un grupo superunido, algo que resultaría difícil de creer para
cualquiera que hubiese presenciado nuestros entrenamientos. Solíamos repartir
mucha leña, y a menudo la sesión terminaba a guantazos. La gente ajena al
mundo del fútbol se sorprende cuando escucha historias parecidas, y hace unos
años9 se armó la de Dios es Cristo cuando John Hartson le pegó una patada a
Eyal Berkovic, su compañero de equipo en el West Ham, durante un
entrenamiento. Pero cuando mezclas a un grupo de jóvenes en forma, chavales
poderosos y competitivos, y les obligas a batirse por un puesto en el reñidísimo
once inicial, eso es exactamente lo que pasará: se pelearán.
Nosotros solíamos organizar partidos de seis contra seis o siete contra siete en
Stretford End, un terreno circundado por columnas de hormigón para disuadir a
los hinchas de invadir el campo, y nadie se libraba de terminar estampado contra
alguna columna. Recuerdo un día en que Bill Foulkes, un pedazo de armario,
tumbó a Denis Law. Denis se incorporó y le dio un puñetazo. Bill se lo devolvió.
Y acto seguido se formó una melé.
Harry Gregg también era de los que siempre te daba un tirón de orejas cuando
consideraba que te habías pasado de la raya con una entrada. Sin embargo todo
se quedaba en el campo de entrenamiento al final del día, hasta que el sábado
volvíamos a saltar al terreno de juego convertidos en una piña. Éramos un
equipo especial, y después de nuestra arrolladora consecución del título de Liga
de 1967, las sensaciones eran inmejorables: sentíamos que estábamos muy cerca
de consumar hazañas todavía más espectaculares.
Al terminar la temporada 1966-67 nos fuimos de gira a Australia y Nueva
Zelanda, tras una escala en California. Allí jugaríamos un torneo en San
Francisco en el que nos mediríamos con el Celtic de Glasgow y el Bari italiano.
El viaje coincidió con mi veintiún cumpleaños, así que David Sadler, ni corto ni
perezoso, dijo: «Tenemos que salir a celebrarlo, George».
Le pedí permiso al míster, y Dave y yo nos fuimos de cabeza al Edinburgh
Castle, un pub inglés. San Francisco era el epicentro del movimiento hippy en
aquel momento, el lugar donde todo estaba pasando. Todo el mundo estaba como
loco y hacía lo que le daba la gana. Sin embargo, en el fondo yo seguía siendo un
chaval de Cregagh, así que celebré mi veintiún cumpleaños en un pub con Dave.
Nos bajamos un par de cervezas y comimos fish and chips.
No se le podía pedir más a la vida.
Capítulo seis
Tocando el cielo
ME HABÍA GANADO MI REPUTACIÓN como jugador fantasioso y repartidor
de asistencias. Hasta que en la temporada 1967-68 me convertí también en el
pichichi del equipo, aunque estoy seguro de que gente como Denis y Bobby os
dirían que lo conseguí porque era un chupón que ni siquiera les pasaba la pelota
cuando estaban en mejor posición para marcar que yo.
Tengo que admitir que en ocasiones tenían razón. Puede que fuera tímido lejos
del campo, pero dentro del rectángulo de juego siempre rebosaba confianza. Era
el lugar donde mi vida cobraba un sentido pleno. Es algo que les pasa a muchos
deportistas, personas que se expresan de una manera cuando hay que competir,
pero que son completamente distintas cuando pasean por la calle.
Recuerdo un partido contra el Chelsea en que regateé a un par de adversarios
sobre la línea de banda mientras Denis me pedía a gritos que abriera el balón
hacia el centro. Recuerdo que en ese momento decidí que después de haber
hecho el trabajo sucio no iba a permitir que Denis me arrebatara la gloria. Así
que, pese a que apenas tenía ángulo, solté un zapatazo que fue directo al fondo
de las mallas. No era precisamente un caso de posesión equitativa; pero tal y
como lo interpreté, el fin justificaba los medios. De haber desaprovechado la
ocasión, Denis hubiese tenido todo el derecho del mundo para cantarme las
cuarenta. Pero, desde mi punto de vista, una vez que marcaba ya no había lugar
para el reproche.
De todas formas, nunca me consideré un extremo. Disponía de bastante libertad
de movimientos, y esa temporada también jugué varios partidos como interior,
mi posición previa, cada vez que Denis se caía de la lista por lesión. Así que me
movía por todo el terreno, lo cual era genial, y con los años jugaría en todas las
posiciones adelantadas, excepto la de delantero centro, aunque no me hubiese
importado probarlo.
Entré en racha goleadora tan pronto como arrancó la temporada, y para enero
liderábamos la tabla con un colchón de cinco puntos. Sin embargo, caímos
contra el Tottenham en la tercera eliminatoria de la FA Cup, así que el sueño de
Wembley volvió a esfumarse una temporada más, aunque no resultaría tan
doloroso como perder en semifinales.
En la eliminatoria de preclasificación para la copa de Europa, el sorteo nos
deparó el habitual emparejamiento fácil contra el Hibernians FC de Malta, que
contaba con una de las mayores hinchadas de aficionados del United en el
extranjero. Así que no puede decirse que el ambiente fuera particularmente hostil
en el partido de vuelta, en Malta, de manera que les agradecimos la hospitalidad
con un empate sin goles. Habíamos ganado el partido de ida por 4-0, y Denis no
tendría la menor queja sobre mi rendimiento después de que David Sadler y yo
anotáramos sendos dobletes.
Acto seguido jugaría mi mejor partido hasta la fecha con los colores de la
selección de Irlanda del Norte, contra Escocia, en un duelo perteneciente a la
Home International, en octubre de 1967. Ese día estaba crecido, lo sentía. Fue
una de esas tardes en que podía intentar cualquier cosa sabiendo que me iba a
salir. Es una sensación que solo te visita una o dos veces por temporada, y ese
día estaba aporreando mi puerta: cada vez que me hacía con el balón, enfilaba
hacia su defensa sin contemplaciones.
Después de mis primeras incursiones, empecé a sentir la excitación del público
cada vez que me llegaba la pelota. Escocia tenía un buen equipo y se habían
venido arriba tras derrotar a Inglaterra por 2-3, como si la victoria en Wembley
contra la selección coronada en el Mundial de 1966 les hubiese convertido en los
auténticos campeones del mundo. A nuestro favor jugó el hecho de que ni Denis
ni el gran Jimmy Baxter estuviesen a disposición de su combinado, aunque no
por eso sería una jornada menos especial para nosotros.
Cualquier victoria con la selección era especial, y aquel día el único misterio fue
que solo nos impusiéramos por 1-0. En circunstancias normales tendría que
haberles endosado tres o cuatro goles yo solito; sin embargo, su guardameta,
Ronnie Simpson, que disputaba tan solo su tercer encuentro como internacional,
jugó un partidazo. Se salió de la tabla. Me saqué de la chistera varios disparos
directos a la escuadra, y de pronto Ronnie aparecía de la nada para desviarlos. Al
menos me quedó la satisfacción de servirle el gol de la victoria a Dave Clements.
En Irlanda, la gente continúa hablando de aquel partido, papá incluido.
En la primera eliminatoria de la copa de Europa quedamos emparejados con el
Sarajevo, una eliminatoria potencialmente complicada que se complicó
realmente cuando solo fuimos capaces de cosechar un 0-0 en el partido de ida,
en la antigua Yugoslavia. Sin embargo, logramos imponernos bastante
cómodamente por 2-1 en Old Trafford, después de que solo lograran batir
nuestra portería en el descuento.
Yo marqué el segundo gol contra el Sarajevo, y en la siguiente eliminatoria, en
cuartos de final, nos impusimos 2-0 contra el Gornik Zabrze, cuyo nombre ni
siquiera osaré pronunciar. Perdimos el partido de vuelta, a domicilio, aunque por
un solo gol de diferencia, lo que provocó que nos plantáramos en las semifinales
por segunda vez en tres años. A pesar de la decepción de 1966 y de las voces de
algunos proclamando que habíamos dinamitado nuestras posibilidades de
coronarnos en Europa bajo la batuta de Matt, ahora no solo empezamos a sentir
que aspirábamos a todo, sino que también nos obsesionamos casi tanto como él
con conquistarla. Aunque Matt no se quedó muy contento cuando quedamos
emparejados con el Real Madrid, que a su juicio era el mejor equipo del bombo.
A decir verdad, teniendo en cuenta que los otros dos rivales eran el Benfica y la
Juventus, no es que nos preocupara demasiado. Eran todos grandes clubes y su
palmarés en Europa era de órdago.
Al igual que nos pasó contra el Benfica, nos tocó jugar la ida contra el Real
Madrid en casa, y parecía que volvíamos a estar contra las cuerdas después de
lograr imponernos en Old Trafford por solo 1-0. Marqué el único gol de un
zurdazo del que me sigo sintiendo particularmente orgulloso. El caso es que, una
vez más, nos tocaría sudar la gota gorda para intentar colarnos en la final.
Algunos equipos hubiesen salido a defender, a aparcar el autobús y aferrarse al
cerocerismo. Sin embargo, ese no era el estilo ni de Matt ni del Manchester
United. Sabíamos que si queríamos meternos en la final teníamos que jugar
mejor que ellos en Madrid. El Santiago Bernabéu registró un aforo de ciento
veinticinco mil espectadores, de los que apenas cuatro gatos iban de rojiblanco.
Y aunque me gustaría decir que confiaba en repetir la hazaña de Lisboa, sabía,
como lo sabíamos todos, que el choque en Madrid sería nuestro mayor desafío
hasta la fecha.
El desafío se puso todavía más cuesta arriba después de que el Real Madrid se
adelantara 2-0 con goles de Pirri y del asombroso Paco Gento. Tuvimos suerte
de que Zoco marcara un gol en propia meta, pero Amancio anotó el tercero antes
del descanso y, francamente, la cosa pintaba muy mal. Cualquiera que lo
estuviera viendo hubiese pensado que no teníamos nada que hacer, pero Matt no
era de los que se rendía fácilmente. En momentos como aquel, los chavales
sacábamos a relucir los hombres que llevábamos dentro. Y aquella noche Matt
demostraría por qué, como entrenador, era uno de los grandes. Su charla en el
descanso fue memorable. Habíamos entrado al túnel de vestuarios un poco
cabizbajos, pero en cuanto nos tuvo a todos sentados con un té entre las manos,
Matt se dedicó a ponernos las pilas hasta que nuestra confianza quedó
restaurada.
«Tan solo vamos 3-2 en el cómputo global —nos dijo—. Así que afrontaremos
la segunda parte con esta mentalidad, pensando que solo estamos un gol por
debajo, y que si empatamos será un partido completamente distinto.»
Y solo entonces sacó a colación su estrategia maestra para la segunda mitad. Nos
dijo: «Obliguémosles a pensar en la segunda parte». Fue entonces cuando señaló
a David Sadler. «David, te colocas de delantero.»
A la gente le gusta decir que Matt era contrario a la estrategia, pero sabía cuándo
tocar las teclas adecuadas, y su táctica quedó recompensada cuando David
marcó.
No era más que un empate en el global de la eliminatoria, pero Matt tenía razón.
El gol le cambió la cara al partido, de pronto llevábamos la voz cantante y las
cosas se nos estaban poniendo de cara para consumar otro resultado legendario.
Cuando faltaban unos quince minutos para el pitido final, recibí la pelota en la
banda derecha. Recuerdo que en el Madrid jugaba Sánchez, un lateral pequeño,
un buen jugador. Nos habíamos pasado el partido enzarzados, pero ahora que se
agotaba el tiempo reglamentario sabía que había llegado el momento de
aprovechar la posesión. Le hice una finta para provocar que intentara
derribarme, pero era demasiado listo como para entrar al trapo. Tomó la
delantera e intentó arrastrarme hasta la banda, lejos de la zona de peligro.
Amagué con meterme por el interior y entonces lo dejé sentado con un autopase
por el exterior, confiado en que mi velocidad me concedería uno o dos metros de
espacio para centrar.
Yo avanzaba con la cabeza gacha, en modo esprint, pero en cuanto gané un poco
de espacio alcé la mirada y distinguí por el rabillo del ojo una camiseta roja del
United en el área de penalti. Instintivamente, golpeé el balón hacia ella, mientras
Sánchez intentaba derribarme por detrás para impedir el pase. Logré centrar
antes de que me cazara, aunque la fuerza de su entrada me desequilibró.
Mientras intentaba recuperar el equilibrio, volví a alzar la vista y distinguí que la
camiseta roja en el área era la de nuestro central, Bill Foulkes.
No daba crédito a lo que estaba viendo. En momentos así deseas tener a Bobby,
Denis o David corriendo a por la pelota. ¡Pero Bill!
Bill estaba muy lejos de liderar la tabla de máximos goleadores en Europa, y me
había resignado a verle rematar a la línea de fondo o más allá del travesaño,
como solía hacer en aquel tipo de situaciones. Pero para mi sorpresa, y mientras
me quedaba mirandolo fijamente durante lo que parecieron dos o tres
interminables segundos, Bill metió la pelota en el fondo de las mallas con un
exquisito remate con el exterior, sobrado como el que más. Fue otro de aquellos
momentos a cámara lenta que solo se transformaría en tiempo real cuando
salimos corriendo a felicitarlo al grito de «¡qué grande!»; y ya puestos, para
decirle que, ahora que había completado su aportación, ya no había ninguna
necesidad de que volviese a rebasar el círculo central.
A partir de ese momento nos quedamos el resto del partido jugando a cámara
lenta, haciendo circular el balón y obligándoles a correr por todas partes.
Fue un grandísimo resultado, no solo porque habíamos derrotado a un gigante
europeo, sino porque veníamos de morder el polvo tras perder el título de Liga a
manos del Manchester City. Jugamos los tres últimos partidos de la temporada
doméstica de 1968 entre los dos duelos contra el Madrid, y caímos en dos de
ellos, hasta terminar a dos puntos del City en la clasificación general. Así pues,
la derrota en Madrid habría significado despedirse de la temporada con las
manos vacías, una temporada en cuya mayor parte habíamos jugado un fútbol
deslumbrante. Yo marqué veintiocho goles en cuarenta y una apariciones
ligueras, una cifra que solo igualaría Ron Davies y que se quedaría a solo cuatro
del récord del club que ostentaba Dennis Viollet desde la temporada 1959-60.
Era un bajón no contar con ningún galardón que acreditara todos mis goles. Pero
la esperanza es lo único que se pierde, y en 1968 todas nuestras esperanzas
estaban depositadas en la Copa de Europa. Wembley llevaba tiempo elegido
como sede de la final, que nos iba a enfrentar al Benfica y que parecía que
estábamos llamados a ganar.
Al mismo tiempo, teníamos que lidiar con la enorme presión añadida de ser el
primer equipo británico en plantarse en la finalísima, una presión que había
entrado en ebullición tan pronto como sonó el pitido final de la semifinal contra
el Real Madrid. Y a pesar de habernos impuesto por 1-5 en el Estádio da Luz
hacía dos años, también sabíamos que esta vez jugarían mucho mejor. Por si
fuera poco, teníamos que afrontar el partido con la ausencia de Denis Law,
lesionado en la rodilla.
Estuvimos supernerviosos durante la primera mitad, y yo apenas dispuse de
espacio. Los jugadores del Benfica parecían haberse conjurado para que no
volviese a robarles la cartera y me sometieron a un férreo marcaje doble. La
primera parte pareció esfumarse en un abrir y cerrar de ojos y llegamos al
descanso un poco desanimados. Sabíamos que no estábamos jugando nuestro
mejor fútbol ni de lejos, a pesar de que habíamos hecho circular bien el balón y
exhibimos suficiente confianza. Matt, que siempre nos aconsejaba que no nos
abalanzáramos a presionar a nuestros rivales de buenas a primeras, parecía
razonablemente satisfecho. Nos dijo: «Sigamos haciendo circular el balón, pero
mostremos más mordiente, hay que atacar más en la segunda parte, asustarlos un
poco».
En realidad, el susto nos lo llevaríamos nosotros después de que Eusebio soltara
un trallazo desde veinte metros y el balón hiciera crujir el larguero. Aunque
tuvimos la suerte de que el rebote cayera a los pies de nuestra defensa, que
desbarató el peligro. Hasta que, acto seguido, David se escurrió por la banda
izquierda y centró el balón para que Bobby Charlton —¡Bobby Charlton!—
rematara de cabeza. Y no fue un testarazo, precisamente, sino que la peinó
templadita, con una delicadeza que parecía reservada a David. Para Bobby,
marcar un gol como aquel parecía un síntoma de que alguien estaba moviendo
los hilos desde el más allá. Era como el argumento de un cuento de hadas, algo
demasiado bonito para ser real. Bobby, uno de los supervivientes de la catástrofe
de Múnich, marcando un gol que valía una Copa de Europa. Estarían corriendo
ya ríos de tinta con aquel titular cuando Jaime Graça los dinamitó con el gol del
empate a diez minutos del final. Y de no haber sido por un increíble paradón de
nuestro portero, Alex Stepney, a los pies de Eusebio a tres minutos del final del
tiempo reglamentario, el Benfica se hubiese coronado campeón.
Fue una noche calurosa y, como era habitual, el frondoso césped de Wembley
estaba pasando factura a nuestras piernas. Así que, antes del inicio de la
prórroga, nuestros preparadores físicos al completo se apresuraron a saltar al
terreno de juego para masajearlas. Es curioso observar los pequeños detalles que
se te quedan grabados en la mente. Yo recuerdo a John Aston y a mi viejo
compañero Ted Dalton chocando la cabeza cuando salían del banquillo para
jugar la prórroga. Y recuerdo a Paddy y Nobby caminando entre todos nosotros,
apretando los puños y espoleándonos: «Vamos, muchachos, ¡acabemos con
ellos!».
Matt era el hombre más tranquilo en el campo, y probablemente también el más
aliviado después de presenciar lo cerca que estuvimos de perder en esos diez
minutos finales. Nos dijo: «Les estamos concediendo demasiada posesión. Pero
si logramos dejar de hacerlo el partido es nuestro. Se están cansando, no están
acostumbrados a este césped. Volvamos a intentar lo mismo de antes. Dejemos
de perder el balón. Aguantémoslo, retengamos la posesión y hagámosles correr».
Yo me tomé sus palabras al pie de la letra cuando recibí la pelota en el primer
minuto de la prórroga. Stepney hizo un saque largo de portería y Brian Kidd la
controló y me la pasó. Mientras su defensa central salía a por mí fue como
revivir la secuencia soñada de 1966. El central parecía estar en franca ventaja,
hasta que le clavé un túnel y me hice con la pelota a su espalda. A continuación,
mientras Henrique, el portero del Benfica, salía de su área, le rompí la cintura, lo
dejé sentado y acompañé el balón hasta el fondo de las mallas, igualito a como
había hecho en Lisboa en el 66. Henrique debía de estar más que harto de mí. Al
igual que pasa con el gol en Lisboa, me molesta muchísimo que las repeticiones
televisivas solo muestren cómo acompaño el balón a la red, como si eso fuera
todo lo que hubiera hecho.
Otro detalle simpático de aquel gol es que Shay Brennan siempre defendía
habérmelo fabricado, ya que fue él quien jugó la pelota hacia atrás para que
Stepney botara el saque de puerta. Kiddo controló con mucha técnica el zapatazo
de Stepney y fui yo quien dejó sentados al central y al guardameta. Sin embargo,
Shay creía que merecía que le reconocieran oficialmente su asistencia de gol...
¡Por un pase hacia atrás!
Sabíamos que habíamos sentenciado el partido con ese gol. Y también lo sabían
ellos. Kiddo y Bobby marcaron dos goles más hasta dejar un 4-1 en el luminoso
antes del final de la primera parte de la prórroga. Ni siquiera hizo falta que Matt
nos dijera que nos tomáramos el último cuarto de hora con calma. El encuentro
estaba ganado, estábamos todos reventados y nos dedicamos a ralentizar el ritmo
del partido con la ley del mínimo esfuerzo.
Hasta que sonó el pitido final y todo el caudal de emociones se desbordó como
nunca antes.
Han pasado cuarenta años y sigo viendo el rostro de Matt cuando el árbitro
decretó el final del partido como si fuera ayer. Es una imagen de júbilo, aunque
también de dolor y desahogo. Competir en Europa había sido su sueño y su
cruzada: había tenido que enfrentarse a las instituciones futbolísticas para que
permitieran jugar al United en las competiciones continentales. E incluso,
después de que lo consiguiera, la gente decía que era una pérdida de tiempo, que
no había nada que hacer en el ámbito del fútbol europeo.
Matt no tenía problema en reunirse con las autoridades, pero debió sentirse
inmensamente culpable tras la catástrofe de Múnich: de no haber tenido aquel
sueño, ninguno de sus babies hubiese fallecido. Estoy convencido de que es en
lo que estaba pensando al final del partido, y también estoy seguro de que, en su
cabeza, la única redención posible pasaba por ganar la final. Bobby y Bill, que
habían perdido a amigos en el accidente, también estarían lidiando con
sentimientos encontrados. Es algo que solo comprendería con el paso de los
años, tras un cúmulo de experiencias personales: la culpa es un invento del
demonio, y no hay culpa peor que sentirte responsable por la muerte de alguien.
Teniendo en cuenta todo por lo que pasó Matt, hubiese sido maravilloso que
hubiésemos sido también el primer club británico en alzarse con la Copa de
Europa, pero después de nuestro patinazo en 1966 el Celtic de Glasgow se nos
adelantó en 1967. Pese a todo, la noche del 29 de mayo de 1968 sigue
recordándose como una de las grandes noches del fútbol inglés, y parece que los
aficionados no pueden parar de seguir celebrando cenas para conmemorarla. Yo
creía que la magia se habría evaporado cuando el United logró finalmente volver
a ganar la competición en 1999, pero lo cierto es que la escuadra del 1968-69
sigue siendo tan o más popular. Cuando celebramos la cena en Manchester para
conmemorar el veinticinco aniversario de la victoria, en 1993, nos sentamos a
ver el partido entero de nuevo, y la verdad es que fue fascinante porque había
olvidado lo bien que jugamos e hicimos circular el balón.
También me quedé estupefacto al comprobar lo bien que nos intercambiamos las
posiciones para marcar en la prórroga. No recordaba haberlo hecho para marcar
mi gol, pero cualquiera que vea la repetición comprobará mi conversión de
extremo a delantero centro para marcar. Y respecto al gol que sentenciaría el
partido, el tercero, se observa cómo Brian Kidd asume mi posición de extremo
derecho para hacerse con la pelota, driblar a un defensa y ponérsela en bandeja a
Bobby para que remate a gol. Era como estar viendo un partido distinto, ya que
durante la mayor parte del encuentro Kiddo apenas había abandonado su
posición de delantero centro, y yo no me había movido del extremo. Hasta que
de repente, sin que yo me acordara, nos intercambiamos las posiciones para
terminar marcando un gol cada uno.
La revisión del partido también me sirvió para comprobar que fui el único
jugador que se intercambió la camiseta con uno de los rivales del Benfica. Así
que a lo largo de la celebración se me puede ver luciendo una camiseta blanca,
mientras el resto de mis compañeros siguen vistiendo de azul, una indumentaria
que solo luciríamos en aquella ocasión. Recuerdo desfilar enfundado en la
camiseta blanca y sentirme en el séptimo cielo.
Por desgracia, es mi último recuerdo de la noche.
Es estremecedor admitirlo, lo sé. Pero le había pillado el gustillo a la bebida cada
vez más, y terminé tan borracho después del mejor día de mi carrera futbolística
que todo lo que sucedió después es una auténtica laguna. No recuerdo abandonar
el estadio, y tampoco recuerdo asistir a la cena oficial en el hotel Russell, a pesar
de que me cuentan que estuve allí.
Lo que sí recuerdo es regresar a Manchester con el trofeo, y nunca olvidaré el
desfile de la victoria. Había casi medio millón de personas en las calles de la
ciudad, y abrirse paso con el autobús entre la aclamadora multitud, con las
pancartas y las banderas ondeantes, fue maravilloso. Yo había soñado con un
desfile exactamente como aquel, autobús incluido, cuando el equipo regresó a
Manchester tras ganar la FA Cup de 1963, justo después de firmar mi primer
contrato profesional, pero la realidad fue mucho más ensordecedora y colorida si
cabe. Era como formar parte de un ejército que regresa a casa.
En 1968 fui elegido futbolista del año y mejor futbolista europeo del año,
convirtiéndome en el tercer jugador del United en alcanzar dicha distinción en
cinco años. Y también me convertí en el futbolista más joven en ser galardonado
con el premio europeo. Tenía solo veintidós años, era uno de los futbolistas más
famosos del mundo, estaba ganando una fortuna y podía tener todo lo que se me
antojara, dentro de lo razonable. Estaba tocando el cielo, y aquello parecía el
principio de una larga y gloriosa carrera.
Capítulo siete
Escapando de la locura
LOS CHICOS Y YO BATIMOS NUESTRO RÉCORD de borrachera vacacional
en Mallorca ese año. La victoria en la Copa de Europa había disparado mi fama
todavía más y toda la gente que conocíamos deseaba invitarme a una copa, por
no hablar de mis amigos, que querían celebrar la ocasión conmigo como se
merecía; o sea, a muerte. Las cosas no podrían haber pintado mejor. Sin
embargo, a mi regreso a Old Trafford parecía que el equipo estaba padeciendo
una monumental resaca colectiva desde la victoria contra el Benfica.
Quizá haber consumado finalmente nuestro sueño más deseado fue lo que nos
deshinchó. El caso es que, después de un pobre arranque de temporada,
empezaron a saltar las voces que cuestionaban que Sir Matt —como se le
conocería a partir de ahora— estuviera en condiciones de seguir. Todo el mundo
había dado por sentado que se retiraría tan pronto como hubiese ganado la Copa
de Europa, y estuvo mareando un poco la perdiz.
Pero cuando algo ha sido parte de tu vida durante tanto tiempo no es tan fácil
abandonarlo sin más. Cuando te has pasado la vida intentando conseguir algo y
lo consigues finalmente, quitarte de en medio resulta complicadísimo. Visto a
toro pasado, tal vez hubiera sido mejor para Sir Matt haber cortado por lo sano o
conseguir un cargo de mayor responsabilidad. Pero de haber hecho esto último
su influencia en el club y en la elección del siguiente entrenador hubiese sido
tremenda.
Sir Matt estaba indudablemente lejos de su mejor forma física y, después del tute
que supuso la temporada 1968, parecía completamente agotado. De otro modo,
seguro que hubiese hecho mucho más por fichar a nuevos jugadores e inyectar
sangre fresca al equipo. Como era de imaginar, había montones de jugadores que
lo hubiesen dado todo por incorporarse a nuestras filas. El nombre de Mike
England, un armario que jugaba de central en el Blackburn, estuvo sonando
como posible fichaje, y yo sabía de buena tinta —me lo confesó él mismo— que
Alan Ball, una de las estrellas de la Inglaterra que ganó el Mundial de 1966,
suspiraba por jugar con el United. Hubiesen sido una formidable piedra angular
para empezar a reconstruir el equipo: eran el mejor central y el mejor
centrocampista del país. Sin embargo Sir Matt se quedó de brazos cruzados;
Mike England fichó por el Tottenham, donde tendría una carrera triunfal,
mientras que Bally terminó yéndose al Everton.
Algunos conspiracionistas están convencidos de que Sir Matt, a sabiendas de que
tenía la jubilación a la vuelta de la esquina, se había resistido a formar una gran
escuadra para impedir que su sucesor se llevara toda la gloria a posteriori. Sin
embargo, no creo que Matt fuera tan astuto. Lo más probable es que
simplemente se tratara del declive natural de un entrenador. Si hubiese
construido un equipo de cero, tal vez se hubiese quedado al frente mucho más
tiempo.
Lo que estaba claro es que la gloria europea nos había deslumbrado de tal
manera que en los partidos de liga ni las veníamos venir. Pese a todo, teníamos
que medirnos al Estudiantes de La Plata argentino en la final a doble partido del
Mundialito de clubes. Esta competición anual —¿o debería llamarlo campeonato
anual de patadones?— que enfrenta al campeón de Europa con el de Sudamérica
había empezado a celebrarse en 1960.
Tendríamos que haber sabido la que se nos venía encima, porque el año anterior
el Celtic de Glasgow había disputado tres durísimos encuentros contra idéntico
rival, el Estudiantes. En el partido de la segunda vuelta, en Buenos Aires, el
portero del Celtic, Ronnie Simpson, fue alcanzado por un cohete antes del pitido
inicial y tuvo que ser sustituido. Claro que aquello sería un juego de niños
comparado con el partido de desempate en Montevideo, que el Celtic perdió por
1-0. La policía no paró de saltar al terreno de juego para disolver las peleas entre
los jugadores, que terminaron con un saldo de seis expulsados, cuatro de ellos
del Celtic.
Nuestros dos encuentros contra el Estudiantes no fueron partidos, sino reyertas
navajeras. Y pese a que nos habían advertido de antemano que no cayéramos en
sus provocaciones, quedó bastante claro desde el pitido inicial en el primer
partido, en Buenos Aires, que no tenían la menor intención de jugar al fútbol. No
dejaron de repartir leña, se tiraban a la piscina sin parar, y cada vez que
arrancaba una carrera por la banda me estallaban bengalas en las botas.
Algunas de sus entradas fueron de juzgado de guardia, aunque increíblemente el
único expulsado del partido fue Nobby tras encararse con Carlos Bilardo,
después de que este le abriera la ceja tras propinarle un cabezazo con la nuca.
Bobby también terminó con la tibia abierta en canal tras una entrada tan
escalofriante que le atravesó la espinillera. De alguna manera, consiguieron
batirnos 1-0, y nosotros nos quedamos con ganas de superarnos en el siguiente
partido, en Old Trafford, donde creíamos que no se atreverían a exhibir tamaña
violencia. Sin embargo, en el partido de vuelta jugaron igual de sucio y yo me
sentía cada vez más y más impotente: el árbitro permitió sin despeinarse que uno
de sus defensas me cosiera a patadas de arriba abajo.
Finalmente, cerca de las postrimerías del encuentro, decidió amonestarlo. «A
buenas horas», me dije yo. Así que mientras el colegiado le mostraba la amarilla
aproveché para soltarle un guantazo en la barbilla. Entonces el árbitro me sacó la
roja directa. Nunca me sentaría tan bien una expulsión. También fue un alivio
que solo lográramos empatar a uno y cayéramos en el global por 2-1, porque a
Sir Matt le hubiese costado Dios y ayuda reunir a once jugadores dispuestos a
jugar el partido de desempate.
Al menos, no íbamos a fallar contra el Waterford en la eliminatoria de
preclasificación de la Copa de Europa. De hecho, podríamos haber dejado que
Denis se enfrentara solito a ellos después de que marcará siete de los diez goles
de una eliminatoria en cuyo global nos impusimos por 10-2. Sin embargo,
nuestra campaña liguera fue un fracaso estrepitoso por momentos, y en enero de
1969 Sir Matt anunció que se retiraría al final de la temporada para incorporarse
a la junta directiva del Manchester en calidad de director general.
Sir Matt, como era de esperar, no iba a tirar la toalla cuando todavía aspiraba a
retener la Copa de Europa, y después de deshacernos del Anderlecht y del Rapid
de Viena, nos plantamos de nuevo en las semifinales, donde nos esperaba el AC
Milán. Jugaron un partidazo en San Siro y nos derrotaron 2-0. Sin embargo, en el
partido de vuelta, en Old Trafford, padecimos un arbitraje calamitoso. Después
de que Bobby nos adelantara y dejara el global de la eliminatoria en 1-2, Denis
rebasó la línea de meta con un disparo que terminó despejando un defensa
cuando la pelota ya estaba un metro dentro de la portería. Sin embargo, el
colegiado se empeñó en denegarnos el gol y caímos eliminados.
Volví a proclamarme máximo goleador del equipo en la temporada 1968-69, tras
marcar diecinueve goles en cuarenta y una apariciones ligueras, lo cual
significaba también que solo me había perdido dos partidos de liga en las últimas
tres temporadas. Sin embargo, tras besar las mieles del éxito, perder fue una
experiencia amarga. No me gustaba perder y cada vez me presionaban más para
que marcara. El equipo estaba cambiando, Sir Matt estaba a punto de poner
punto final a su carrera como entrenador y la deliciosa atmósfera que había
reinado hasta entonces en el vestuario se había esfumado.
Mis amigos Dave Sadler y Mike Summerbee se habían casado con sus
respectivas parejas en 1968. Yo estaba encantado por ellos, aunque sus bodas me
dejaron sin dos de mis mejores compañeros de batallas noctámbulas. Aunque no
puede decirse que su ausencia fuera a alterar mis hábitos: seguí saliendo de fiesta
como si no hubiera un mañana.
Personalmente, no tenía ningún interés en casarme, nunca se me había pasado
por la cabeza. Si me hubiese quedado en Belfast, es muy probable que ya lo
estuviera a los diecinueve. Sin embargo, en Manchester, donde las cosas habían
cambiado en los últimos diez años posiblemente tanto como en Belfast en los
últimos cien, todo valía. Fue una época en que podías ir a lo tuyo, y cada vez que
salíamos de fiesta yo era siempre el último en volver a casa.
Era un poco como una frase que leí una vez en boca de Frank Worthington, el
exjugador del Leicester, que decía que siempre quería ser el último hombre sobre
la faz de la tierra en irse a la cama. Mis compañeros siguen insistiendo a día de
hoy en que solían beber tanto como yo. No son más que imaginaciones suyas. Si
estábamos en una discoteca que abría hasta las dos de la madrugada, ellos se
iban a casa cuando cerraba. Yo continuaba la noche en garitos que abrían hasta
las seis de la mañana, y si volvía a casa y no me dormía, sabía adónde ir a tomar
un trago a las nueve.
A estas alturas, Billy Barr me había dado la llave del Brown Bull, así que
disponía, literalmente, de alcohol por un tubo. Teniendo en cuenta la pasta que
me estaba dejando allí, es lo mínimo que podía hacer; e incluso si me hubiera
dado por pasarme dos semanas bebiendo hasta dejarlo seco, seguiría yendo
sobradísimo. A veces tenía realmente la sensación de haberme pasado allí dos
semanas. Siempre era el último no residente en largarse, y empecé a aficionarme,
cada vez más, a dejarme caer por el Phyllis, en Whalley Range, a la salida del
Bull.
El Phyllis era un garito regentado por la madre de Phil Lynott, el cantante de
Thin Lizzy. Era el bar al que iban todos los trabajadores nocturnos al terminar su
jornada laboral. Para mí era la última parada de la noche, un lugar pequeñito y
encantador, con bonitas alfombras y una barra diminuta, más parecido al
saloncito de cualquier casa que a ningún establecimiento público. A veces
llegabas a las seis de la mañana y Phyllis estaba cocinando un estofado irlandés,
que llevaba crepitando tres días. Así que el desayuno consistía en estofado
irlandés y en un trago largo de vodka.
Al final me hice amigo de Phil, un gran tipo, aunque tanto a él como a sus
compañeros de banda les iba el rollo duro, las mismas drogas que terminarían
por matarlo. Tenía solo treinta y seis años. Yo nunca les vi drogarse —sabían que
no me iban las drogas, así que supongo que se abstendrían de hacerlo delante de
mí—. Aunque sí vi a Phil ciego unas cuantas veces; y lo cierto es que él hubiese
podido decir lo mismo de mí.
Lo peor de esa época es que empecé a tener lagunas, aunque solo me
sobrevenían cuando llevaba dos días consecutivos bebiendo. Era algo que hasta
me hacía gracia en el momento: no recordar dónde había estado la noche anterior
ni con quién había charlado; y, en el caso de que estuviera demasiado borracho
para conducir, no acordarme siquiera de dónde había dejado el coche.
Al igual que la mayoría de la gente, no entendía qué eran las lagunas, ni fui
consciente de que fueran un síntoma de que mi consumo de alcohol había
sobrepasado con creces el consumo de cualquier bebedor social. Para mí no era
más que el típico «no recuerdo nada después de que fuéramos a la discoteca de
turno», así que nadie le dio la menor importancia. Por desgracia, en los días en
que sí recordaba dónde había dejado el coche después de una juerga, no siempre
tenía el sentido común de dejarlo donde estaba. A principios de aquella
temporada, la 1968-69, terminé perdiendo la partida contra la policía después de
estampar mi automóvil tras una noche de borrachera. Me prohibieron conducir
durante medio año y me multaron con veinticinco libras.
Si soy sincero, cuando echo la vista atrás resulta evidente que empezaba a tener
un problema con la bebida. De alguna manera, fue una evolución natural: cada
vez salía hasta más tarde y me pimplaba mayores cantidades. Pero también
sentía que ya nada era lo mismo. Y no habría manera de que lo fuera, porque la
temporada 1968 marcaría un antes y un después para el United. Tras haber
ganado la Copa de Europa, el equipo estaba al borde de la disolución. Sir Matt
ya tenía un pie fuera del banquillo y, como es natural, el próximo entrenador
llegaría con su propias ideas sobre cómo hacer jugar al equipo. Si bien estaba
encantado con los cambios que se estaban produciendo en el mundo, en el
terreno de juego era otra historia: quería que las cosas siguieran como siempre. Y
era incapaz de gestionar el hecho de que estuvieran cambiando tan deprisa.
A pesar de que solo tenía veintidós años, ya llevaba cinco como titular del
primer equipo, de modo que las expectativas depositadas en mí eran mucho
mayores que las depositadas en cualquier otro joven jugador. Ya no era la joven
promesa a la que se le consentía todo. Estaba considerado el mejor jugador del
continente y había marcado un gol en la final de la Copa de Europa, así que la
gente esperaba que mis actuaciones se salieran semana sí, semana también. El
listón deportivo se había elevado y, lejos del campo, la presión se hizo
directamente insoportable.
Todo Dios quería un pedacito de mí, las ofertas comerciales me llovían a
raudales y la radio y la televisión no paraban de llamar a mi puerta. Era
demasiado. Al principio, cuando todo aquello se me vino encima, fue genial y
disfruté de la fama y el dinero caídos del cielo. Pero tenía solo veintidós años y
estaba ya de vuelta de todo. Dejé de presentarme en los eventos para irme de
juerga. Cuando era más joven, siempre había desaparecido en tiempos de crisis;
ahora, sin embargo, recurría a la bebida, que en el fondo era casi lo mismo.
Había dejado de desaparecer físicamente, aunque mentalmente empezaba a
hacerlo por el culo de los vasos que me bebía.
La gente no entendía la presión a la que estaba sometido, y recibí un montón de
varapalos en la prensa, que creía que estaba tirando mi rutilante carrera por la
borda. A sus ojos, mi vida era como un interminable recreo de fiestas y glamur
sazonado con un poquito de fútbol. Claro que no eran ellos quienes tenían que
enfrentarse a la cruda realidad de ser George Best las veinticuatro horas al día,
incapaz de bajar a la calle a comprar el periódico sin que me persiguiera una
decena de personas, por no hablar del resto de tediosas rutinas que conlleva el
superestrellato. Y eso era exactamente en lo que me había convertido, en una
superestrella. No me sentía ni de lejos tan bien como hubiera imaginado. Y solo
conseguía escapar de la locura y sentirme como una persona normal cuando me
sentaba a beber con amigos en un bar tranquilo.
Estaba saturado, las expectativas depositadas en mí me deprimían. Sin embargo,
no eran sentimientos que pudiese compartir con Sir Matt, por mucho que me
hubiese gustado hacerlo. En cualquier caso, él estaba ya de retirada. A lo largo
de mi vida, siempre que me he metido en problemas me ha resultado casi
imposible hablarlo con nadie. Y eso que soy de los que piensan que hacerlo te
ayuda. Si el toro me hubiese pillado viviendo en Belfast, las cosas habrían sido
ligeramente distintas porque con papá puedo hablar de todo. Pero papá ni estaba
en Manchester ni podría haberlo estado; suficiente tenía con hacerse cargo de su
numerosa familia en casa. Y sí, de acuerdo, siempre podía llamarle por teléfono,
pero todos sabemos que no es lo mismo, y cuando llevas tanto tiempo separado
las familias tienden a distanciarse cada vez más.
Sería más o menos por esa época cuando empecé a interesarme por las carreras
de caballos y a encontrarme sin parar a Ian Walker, un entrenador equino de
Newmarket, que era un habitual de Old Trafford.
—¿Qué dices, George? ¿Montamos una asociación tripartita y nos compramos
un caballo? —me preguntó un día. El tercero en discordia era Alan Ball, amigo
de ambos.
—¡Genial! —respondí yo.
Lo dije pensando que iba a ser un bonito hobby, que me ayudaría a distanciarme
del mundanal ruido. Bally, que era un pirado de las carreras, estaba más que
dispuesto a asociarse.
Como es natural, dejamos que Ian se ocupara de comprar el caballo, aunque solo
fuera para asegurarnos de que tuviera cuatro patas. Ian se presentó con un
caballito de dos años. Lo llamamos Slim Gypsy. Corría que se las pelaba,
especialmente en su prometedor debut, en verano de 1969, y yo me vi
pavoneándome por el hipódromo de Ascot con mi sombrero de copa mientras
Slim Gyspy se llevaba uno de los premios destinados a los jóvenes jamelgos.
Sin embargo, hubiese sido más apropiado ponerle una gorra de United Dairies10,
porque después de un par de carreras más parecía que lo único para lo que servía
Slim Gypsy era para pagar una ronda de vasos de leche. El único beneficio que
obtuve fue no tener que pagar ni un céntimo en concepto de gastos de
entrenamiento. Ian jamás me mandó una sola factura.
Sir Matt y el United habían estado buscando un nuevo entrenador por todas
partes, lo que cualquiera consideraría una tarea fácil. Sin embargo, es probable
que a los entrenadores de mayor renombre les asustara la idea de tener a Matt
mirando con lupa sus movimientos, y justo antes del final de la campaña 1968-
69 se anunció que sería el entrenador del filial, Wilf McGuinness, quien relevaría
a Matt en verano. Ignoro quién se quedó más sorprendido, si los jugadores o
Wilf.
A mí me gustaba Wilf, llevaba toda su vida en la disciplina del club, y cuando
tuvo que retirarse de manera prematura a los veintidós años tras romperse la
pierna, se quedó como entrenador. Era un absoluto apasionado del fútbol y un
tipo popular, pero hacerse con las riendas del primer equipo era un desafío que
se le iba a quedar grande. Uno de sus primeros problemas fue que tenía solo
treinta y dos años, de manera que era más joven que algunos de los jugadores a
los que tenía que alinear. Su juventud provocaría que le costara ganarse el
respeto del vestuario, aunque yo, por una vez, estaba dispuesto a concederle una
oportunidad.
En el terreno de juego lo di todo por él, y marqué trece goles en los trece
primeros partidos. Pero el nivel del equipo era tan pobre que cada vez estaba
más desmotivado. Billy Foulkes y Shay Brennan se acercaban al final de sus
carreras, y los jugadores que les estaban reemplazando no estaban a la altura.
Odio ser cruel, pero teníamos a jugadores como Steve James, que terminaría
jugando en el Kidderminster Harriers y el Titpon Town, o el anglo-italiano Carlo
Sartori. Carlo era buen chaval, pero no era gran cosa como futbolista. A día de
hoy, las cosas le van de maravilla como afilador en Manchester, y solo puedo
decir que como futbolista era también un gran afilador de cuchillos.
Contábamos, además, con jugadores como Paul Edwards, Frank Kopel y Tommy
O’Neil. Y después de haber jugado y disfrutado del esplendor de futbolistas
como Denis, Bobby y Billy, nuestro declive resultaba difícil de soportar.
Habría estado bien que todo hubiese sucedido al revés; o sea, que hubiese
empezado jugando con un equipo del montón para luego fichar por mejores
equipos. Pero estaba perdiendo el interés, y por primera vez en mi carrera
empecé a saltarme los entrenamientos, como un adulto haciendo novillos. A
pesar de que siempre me había encantado entrenar, entendía que era un medio
para alcanzar un fin. Y el fin era el partido del sábado. Sin embargo, ahora que el
partido se había convertido en un castigo más que en una recompensa, no veía
qué sentido tenía estar en plena forma. Para mí, el partido era la guinda del
pastel, pero una vez que me quedé sin guinda, perdí el interés en el pastel.
Mi impotencia empezó también a aflorar sobre el terreno de juego, donde cometí
varias estupideces en el calor del momento. Y cada vez que hacía algo mal, la
Asociación de Fútbol me echaba toda la caballería encima. El colegiado Jack
Taylor me amonestó durante una semifinal de la Copa de la Liga contra el
Manchester City. Al terminar el partido, mientras enfilábamos el camino del
túnel de vestuarios, le arrebaté la pelota de las manos. Yo estaba molesto por la
amonestación, pero mi gesto fue más una gracieta que otra cosa. Sin embargo,
parece obvio que a Taylor no le hizo ninguna gracia, ya que mencionó el
episodio en el informe arbitral, e inevitablemente las cámaras de televisión lo
grabaron y se recrearon retransmitiendo la repetición del incidente. El resultado
fue una suspensión de cuatro semanas y una multa de cien libras, un castigo
claramente desproporcionado para tan pequeña falta.
A mi regreso, me desahogué contra el Northampton, un equipo al que se conoce
popular y adecuadamente como The Cobblers11. Fue durante un encuentro de
quinta ronda de la FA Cup que ganaríamos por 8-2, con seis goles de un servidor,
una cifra que suponía igualar el récord de goles de la competición en un solo
partido. Fue una de mis jornadas más gratificantes en mucho tiempo. Marqué
uno de cabeza, me merendé al portero en otro y me lo pasé en grande. La hazaña
me permitió incluso jugársela a Denis, mi infatigable compañero, que había
marcado seis goles en una eliminatoria de la Copa cuando jugaba para el
Manchester City. Sucedió en Luton, en 1961, antes de que el encuentro fuera
suspendido y los goles invalidados. Y por si fuera poco el City perdería el
partido de desempate, ¡en el que el pobre Denis también marcó! Era curioso ver
que la prensa, que hasta entonces siempre se había deshecho en elogios para
exaltar mis proezas, se dedicaba ahora a desvirtuarlas con un sesgo moralizante,
incluso cuando jugaba partidazos: six of the best on bad boy’s return12 rezaría
uno de los titulares del día siguiente.
Después de aquel resultado, sentía que al menos me quedaba el consuelo de
llegar a la final de la FA Cup, aunque el sorteo de las semifinales no pudo
depararnos peor enemigo: el bombo nos emparejó con el Leeds United. Así que
nos tocó desempolvar las espinilleras una vez más y, fiel a la tradición, el
partido, jugado en Hillsborough, fue otro monumento al juego sucio que terminó
en empate a cero. El partido de desempate se celebró en el Villa Park, así que
nos alojamos en un hotel de Birmingham. Estaba un poco aburrido, así que,
como de costumbre, me puse a hablar con una chica la víspera del partido. Y
mientras hablábamos alcé la vista y descubrí que Wilf me había descubierto.
Al día siguiente, poco antes de salir hacia el campo, me encontré de nuevo con la
misma chica, y esta vez nos sentamos y tuvimos una charla más larga. Me contó
que estaba casada, aunque su marido pasaba mucho tiempo fuera de casa.
Entonces le dije: «Bueno, igual puedo bajar y hacerte compañía algún día». Me
dijo que le encantaría. La cosa marchaba sobre ruedas hasta que Wilf me
reclamó para comentarme alguna cosa, y para cuando hubimos despachado el
intercambio ella se había esfumado.
Unos veinte minutos antes de la hora de salida de camino al partido, y a
sabiendas de que después del encuentro no regresaríamos al hotel, subí a su
habitación para conseguir su número de teléfono. Todo los jugadores habíamos
sido convocados en el vestíbulo para subir al autocar, y cuando Wilf advirtió mi
ausencia, ató cabos. Estábamos hablando tranquilamente en su habitación
cuando Wilf irrumpió a grito pelado, chillando; estaba tan enfadado que tenía las
venas de la cara a punto de estallar.
—¡Mueve el culo abajo! —me gritó—. Salimos en un cuarto de hora.
—Solo estoy hablando con ella, Wilf —le dije.
—¡Me da igual! —respondió—. En caso de que lo hayas olvidado, te recuerdo
que jugamos la semifinal de la FA Cup en un par de horas.
Me disculpé ante la chica, bajé y entonces me dije: «Que te den morcilla,
querido. Que juegue al fútbol en tu equipo no te da derecho a tratarme como a un
niñato».
Así que volví a su habitación y esta vez los dos estuvimos de acuerdo en que ya
habíamos hablado demasiado y echamos uno rápido antes de que saliera el
autocar. Al darse cuenta de lo que había tenido que pasar, Wilf me dio la espalda
cuando bajé. «A este lo mando de vuelta a casa», le dijo a Sir Matt.
Sir Matt, como era habitual, rompió una lanza en mi favor y le dijo a Wilf que ya
solucionaríamos el asunto a nuestro regreso a Manchester. Aunque tal vez se lo
debería haber callado, porque jugar contra el Leeds fue la pesadilla de siempre.
Por algún motivo, el incidente del hotel había llegado a oídos de sus futbolistas,
y Johnny Giles me soltó una al respecto en el césped. Cualquiera hubiese
imaginado que Johnny estaría feliz por mí, pero más bien consideraba que mi
comportamiento era un insulto no solo para el United, sino para todos los
futbolistas profesionales. Tendría que habérsela devuelto cuando tuve una
ocasión para marcar el gol de la victoria, pero terminé cayendo sobre el esférico
y el partido volvió a terminar sin goles.
El Leeds se impondría en el tercer partido, en Bolton, por 1-0; así que acababa
de fastidiar, literalmente, la que sería la última oportunidad de mi carrera de
jugar la final de la FA Cup.
La temporada 1969-70 fue realmente espantosa, lo que también me costaría las
críticas de la afición de Irlanda del Norte. Una vez más, lo habíamos dado todo
en los partidos de clasificación para el Mundial de 1970, y nos bastaba un
empate contra Rusia en Moscú en el partido final de la fase de grupos para
avanzar por diferencia de goles. Sin embargo, había jugado para el United el
lunes y me llevé una pequeña contusión que me dejaría fuera de la convocatoria.
La Federación norirlandesa estaba echando humo; no podía concebir que me
hubiesen permitido jugar un partido con mi club en una fecha tan cercana a
nuestro trascendental enfrentamiento internacional, que perderíamos por 2-0. La
Federación se cabreó todavía más cuando comprobó que volvía a vestirme de
corto el fin de semana siguiente.
No recuerdo qué lesión alegaron, lo que si sé es que, después de la pesadilla en
Albania, no me moría de ganas de viajar a Rusia, precisamente. Sabía que se
desataría el clamor mediático, porque cada vez que me perdía partidos con
Irlanda del Norte me llovían los palos de la afición y una mala prensa del copón.
Algunos culpaban al club, otros me culpaban a mí y los ríos de tinta vertidos se
convertirían en una desagradable lectura para mi familia, que estaba cada vez
más preocupada por algunas cosas que se escribían sobre mí.
De hecho, la mala leche de la prensa empezaba a pasarle una devastadora factura
a mamá.
Capítulo ocho
Desaparecido
ME MORÍA DE GANAS DE LARGARME a España para pasar las vacaciones
de 1970. Pero primero tenía que pasar por Belfast para asistir a las bodas de plata
de mamá y papá. Con el paso de los años me estaba perdiendo cada vez más y
más celebraciones familiares, algunas veces debido a mis compromisos
futbolísticos y otras porque estaba demasiado ocupado pasándomelo en grande
donde fuera. Sin embargo, en esta ocasión me había comprometido a ir. También
me había convencido de que le aportaría una pequeña dosis de normalidad al
locurón en que se había convertido mi vida. Seguro que me vendría bien.
Carol me había advertido de que mamá había empezado a beber, aunque yo
entendí que se refería a que se tomaba un trago o dos de vez en cuando. Mi
madre nunca había sido de salir demasiado, pero en cuanto Ian empezó a
caminar, Carol pudo quedarse a cargo de él y las gemelas, y mamá y papá
volvieron a salir juntos por primera vez en años. Mamá había sido siempre una
mujer tranquila, pero a medida que fue conociendo a personas nuevas empezó a
salir más. Había tenido una vida dura, a menudo alternando dos trabajos distintos
con la educación de seis hijos, así que supongo que en cuanto tuvo tiempo de
pasárselo bien, se tiró de cabeza.
El día de sus bodas de plata, mamá y papá organizaron una gran celebración
familiar en Burren Way en la que corrió el alcohol, como era habitual. Sin
embargo fue raro, porque si bien mi madre siempre había fumado, aquella fue la
primera vez que la vi beber, y la tensión entre ella y papá se podía cortar con
tijeras. Mamá le daba sorbos a su vaso de vino y papá la observaba, hasta que en
un momento dado ella se retiraba del salón con alguna excusa y regresaba
mucho más perjudicada —era evidente que se había bajado uno o dos copazos
más solita—, una clásica artimaña alcohólica que yo también aprendería con los
años. Y cuando mi padre le confrontaba, ella lo negaba todo. Se pasarían
interpretando la misma farsa durante todo el tiempo que pasé allí.
Así pues, fue un fin de semana turbulento, aunque entonces no creía que mamá
tuviese ningún problema, de la misma manera que tampoco creía tenerlo yo. Tal
y como lo veía, la bebida solo era perjudicial cuando te pegabas un golpe o te
sentías mal.
Lo que comprendí aquel fin de semana es que a mamá y papá les estaba
costando cada vez más lidiar con mi fama; o más bien con mi mala fama, que a
mamá le resultaba prácticamente insoportable. Me había convertido en un tema
tan candente que los periódicos rebosaban toda suerte de barrabasadas referidas
a mí, y a pesar de que la mayoría de artículos no eran más que bulos, mamá y
papá se creían todo lo que leían, que era lo mismo que le pasaba al resto del
público en general.
Yo ya podía intentar desmentirlo todo hasta la saciedad, que bastaba con que
vieran una noticia en blanco y negro para que creyeran que alguna verdad
encerraba. Algunas noticias que salieron a la luz eran espantosas, y no importaba
que a mamá y papá se les quedaran en el tintero, porque siempre había alguna
presunta alma caritativa que les llamaba para contárselo todo. Una vez les
llamaron para decirles que me había matado en un accidente de tráfico, lo cual,
habida cuenta de mis antecedentes al volante, bien podría haber sido cierto. Así
que los pobres se quedaron esperando durante horas, sentados, muertos de la
preocupación, hasta que lograron localizarme. Yo no dejaría de llamarlos para
desmentir las noticias más disparatadas; pero ellos se seguirían preocupando
igualmente.
Una vez que se filtraba la noticia de que estaba de camino a Belfast, la
muchedumbre cercaba el domicilio familiar durante días. Y ese fin de semana
fue el peor de todos con diferencia. Por no hablar de lo que estaba ocurriendo en
las calles de la ciudad, donde los tanques y los soldados ingleses habían
reemplazado a los niños jugando al fútbol. Yo había visto fotos de las fuerzas
armadas en la televisión y los periódicos, pero hasta que no lo vi con mis propios
ojos no fui consciente de la realidad con la que mi familia tenía que lidiar a
diario, una realidad que los obligaba a protegerse las espaldas constantemente.
Carol cantaba en el coro eclesiástico y a menudo tenía que atravesar corriendo
los gases lacrimógenos para llegar a la iglesia.
Les pregunté a mamá y papá si habían contemplado la posibilidad de trasladarse
a Inglaterra, posibilidad que habían barajado, pero se negaban a tener que
largarse de su hogar a patadas por culpa del conflicto norirlandés. Así que me
dije que lo mínimo que podía hacer era intentar hacerles la vida más fácil, y se
me ocurrió comprarles un fish and chips. Descubrí que acababa de salir uno al
mercado, así que me dirigí al agente inmobiliario y le dije: «Me lo quedo». Sin
más.
Mamá había trabajado en un fish and chips durante años, como mucha de mi
familia. Yo creía que brindarles la oportunidad de dirigir su propio negocio y
organizarse el horario laboral a su conveniencia les haría la vida más fácil. Carol
y Barbara también se pusieron a trabajar allí, claro que se encontraron con que
mamá y papá, como era habitual en ellos, lo querían todo perfecto. Así que cada
mañana encargaban pescado fresco y luego se emperraban en cortar las patatas a
mano. Antes de la hora del cierre se ponían a limpiar a fondo, hasta que, sin
darse cuenta, se vieron trabajando jornadas de catorce horas diarias.
Así que en lugar de abrazar la jubilación anticipada, se pusieron a trabajar más
de lo que venían trabajando hasta entonces. Exactamente lo contrario a lo que
había imaginado.
Como ya he comentado, los periódicos publicaban artículos sobre mí
prácticamente a diario, aunque solo Dios sabe lo que pensaría mamá algunos
meses más adelante cuando leyó que me había prometido. Y eso que, por una
vez, la noticia era cierta, aunque el anuncio del enlace resultó tan inesperado
para mamá como para mí. Resulta que había conocido a una rubia
despampanante durante la gira de pretemporada del United en Copenhague,
aunque por desgracia iba acompañada de su novio, que no parecía muy
impresionado por mi interés hacia ella, de manera que ni siquiera conseguí su
número de teléfono. Así que, en un momento de locura o debilidad,
probablemente de ambas, a mi regreso a Manchester les conté la historia a
algunos de los chicos de la prensa, que recurrieron a sus homólogos en
Dinamarca y organizaron una campaña para localizarla en nombre de un soltero
de Chorlton. Recibí una tonelada de cartas, entre ellas una suscrita por el objeto
de mi deseo: Eva Haraldstad.
La invité a Manchester y me la llevé a la residencia de la señora Fullaway, cuyo
rostro se convirtió en un poema cuando se encontró con ese pedazo de vikinga
de larga cabellera rubia entrando en sus aposentos.
La prensa se estaba poniendo las botas con su llegada, y sin comerlo ni beberlo
me encontré con que Eva había anunciado que nos íbamos a casar. Yo sería el
último en enterarme; sin embargo, poco a poco, me fui haciendo a la idea, hasta
que al cabo de un tiempo me dije: «De acuerdo, me caso». Claro que una cosa es
conocer a una rubia en el vestíbulo de un hotel, quedarte babeando e invitarla a
pasar un fin de semana a Manchester para ponerte guarro, y otra cosa muy
distinta es cortejar a tu pareja durante un año o dos hasta decidir llevarla al altar.
Fue un error clamoroso, y en cuestión de meses las broncas entre ambos eran de
órdago.
Cuando finalmente nos separamos, Eva me denunció por incumplimiento de
promesa —juraría que fue el último juicio en que dicha falta se penó— y fue
recompensada con quinientas libras. Lo único bueno del grotesco romance fue
que me ofreció la posibilidad de metérsela doblada a Sir Matt, quien me convocó
a su despacho tan pronto como se enteró de la noticia de mi «compromiso».
—¿Se puede saber a qué demonios estás jugando? —me preguntó colérico.
Yo me quedé allí sentado, imperturbable. Y entonces le respondí:
—Vaya, míster, me dijo que tenía que casarme y sentar la cabeza. No hice más
que seguir su consejo.
Se le puso la cara roja como un pimiento.
—No me refería a que lo hicieras inmediatamente —respondió—. ¡Y menos aún
a que te casaras con la primera que pasa!
Wilf fue nombrado entrenador del equipo a principios de la temporada 1970-71,
aunque el nombramiento no repercutió en absoluto en su autoridad en el
vestuario y eran muchos los jugadores que le ponían de vuelta y media a sus
espaldas. Era solo cuestión de tiempo que rodara su cabeza, y finalmente la
guillotina cayó después de otra floja actuación contra el Derby County el día de
San Esteban.
Supongo que tampoco le puse las cosas más fáciles al no presentarme al
entrenamiento del día de Navidad, que preferí pasar durmiendo la mona. Cuando
me presenté al partido contra el Derby County al día siguiente, Wilf decidió
mandarme de vuelta a casa, pero Busby volvió a desautorizarle y zanjó el asunto
imponiéndome una multa de cincuenta libras. Así que conservé mi lugar en el
equipo y marqué un gol en un partido que terminaría en empate a cuatro, aunque
no sería suficiente para salvar el cuello del entrenador. Me dio mucha pena por
Wilf. Se quedó absolutamente destrozado después de que le comunicaran el
despido. ¿Os imagináis lo que debe de ser conseguir el trabajo con el que llevas
soñando toda tu vida y encontrarte, un año y medio después, con que ya no te
quieren?
Wilf era un encanto de hombre y amaba tanto al club que ni siquiera aireó los
trapos sucios después de irse. Y lo cierto es que después del trato al que le había
sometido Sir Matt Busby, hubiese tenido todo el derecho del mundo para
hacerlo.
Por mi parte, empezaba a saltarme los entrenamientos cada vez con mayor
asiduidad. Cuando has jugado al máximo nivel y has ganado los títulos más
preciados, resulta muy duro empezar a perder semana sí, semana también. Así
que dejé de encontrar el sentido a deslomarme en los entrenamientos: había
llegado a un punto en que por mucho que jugara un partidazo era improbable que
impidiera una nueva derrota. De repente, jugar con el United se había convertido
en algo parecido a jugar con Irlanda del Norte. Era lo que pensaba, y sería
también la opinión que desataría mi enfrentamiento con Bobby Charlton.
Bobby y yo nunca habíamos sido los mejores compañeros de equipo, ni en el
campo ni fuera de él. Creo que Bobby me veía como a un maldito chupón que se
negaba a pasarle la pelota. Sin embargo, yo lo tenía por un jugador un poco
chaquetero que prefería buscar la ocasión para soltar uno de sus trallazos de
larga distancia a pasarme la pelota. Bobby era también un poco arisco y un
quejica en el terreno de juego, aunque por encima de todo era un jugador del
United hasta la médula. Así que, mientras a mí me parecía un desperdicio darlo
todo por un equipo tan pobre, Bobby no era de la misma opinión. A su juicio,
eran los jugadores veteranos —y ahora me había convertido en uno de ellos—
quienes tenían que sacrificarse y trabajar aún más duro para sacarle al club las
castañas del fuego. Bobby era tan conservador que Denis empezó a llamarlo Sir
Bobby mucho antes de que la familia real británica le concediera el título de
caballero.
Cuando empecé a desaparecer de los entrenamientos, Bobby estaba indignado:
se lo tomó como un desplante al equipo. Nunca me lo dijo a la cara, aunque me
trataba con extrema frialdad, y su desaprobación era evidente. También me
enteré de que había elevado sus quejas a la dirección del equipo, a quienes
comunicó que no solo estaba en desacuerdo con que se me aplicara un rasero
distinto al del resto de jugadores, sino que consideraba que mi indisciplina
estaba afectando a la moral del equipo en un momento en que nos tocaba
arremangarnos a todos.
A Bobby no le faltaba razón, por supuesto que no, pero, al igual que me pasaba a
mí, no se daba cuenta de cuál era mi problema; o sea, que ni me había propuesto
deliberadamente salir a beber toda la noche ni echar mi carrera por la borda. No
es ninguna excusa, lo sé, pero bebía porque el equipo me deprimía, y cuando era
yo el que jugaba mal, me deprimía todavía más y volvía a darme a la bebida.
Se convirtió en un círculo vicioso, aunque era incapaz de ver que mi alcoholismo
y mi ausencia de los entrenamientos fueran un factor determinante en la espiral
de decadencia en que habíamos entrado. Es probable que pensara que podía
dejar de beber si me lo proponía; y tal vez podría haberlo hecho si el equipo
hubiese mejorado. Sin embargo, si alguien hubiese osado decirme que tenía un
problema con el alcohol me hubiese reído en su cara. A Bobby le pasaba lo
mismo. No creía que mi problema fuera la bebida, simplemente creía que estaba
siendo egoísta.
No me preocupaba que Bobby se metiera conmigo ni tampoco la frialdad que
reinaba entre nosotros. Trabajar en un club de fútbol es como hacerlo en
cualquier otro lugar de trabajo: no hace falta que te hagas amigo incondicional
de todos tus compañeros. Si eres empleado en una oficina de entre cuarenta y
cincuenta personas, lo más probable es que haya algunos compañeros con los
que no te lleves bien, pero no te quedará otro remedio que trabajar a su lado
porque se supone que lo hacéis por un bien común. En el fútbol sucede tres
cuartos de lo mismo. Basta con observar a Andy Cole y Teddy Sheringham
cuando jugaban para el United. No tenían pinta de ser uña y carne. Sin embargo,
en cuanto los veías jugar parecía que fueran amigos inseparables.
Lo más probable es que nadie hubiese pensado lo mismo al vernos a Bobby y a
mí sobre el terreno de juego. Además, le hinché las narices tras unas
declaraciones que solté sin pensar en el transcurso de una entrevista televisiva.
Tanto Bobby como su hermano Jackie tenían a su madre, Sissie, en un pedestal.
Sissie era la hermana del gran delantero del Newcastle Jackie Milburn, que sería
el George Best de su época —a finales de los años cuarenta y cincuenta—,
aunque Milburn nunca tuvo que soportar la presión mediática que me comí yo.
Sissie creció inevitablemente con el gen futbolístico en sus venas y, de manera
bastante insólita para una mujer de su época, se hizo entrenadora de fútbol
infantil.
Así que cuando el entrevistador me preguntó cuál había sido mi mayor
influencia en mi carrera como futbolista, respondí: «Sissi Charlton».
Meterse con la madre de Bobby fue una afrenta deliberada y ligeramente cruel.
Y una vez más, Bobby se abstuvo de mencionar nada, aunque estoy seguro de
que el comentario no se le pasaría por alto, lo cual no ayudó a mejorar nuestra ya
de por sí maltrecha relación. Quizá debido a los problemas personales que ha
atravesado, Bobby ha madurado y se ha suavizado un poco con el paso de los
años, y ahora nos llevamos bien. Hoy disfruto de su compañía, y cuando me ve
suele decirme: «Cuídate un poco, chaval». Tengo claro que es su manera de
sugerirme que me mantenga apartado de la botella. Incluso parece haber perdido
la solemnidad que destilaba cuando era joven.
Inevitablemente, la catástrofe de Múnich y la culpa que arrastraría por ser uno de
los supervivientes tenían que haberle afectado profundamente. Jackie Charlton
dijo una vez que el hijo de su hermano Bobby dejó de sonreír después del
accidente. Aunque me alegra decir que, con los años, ha vuelto a aprender a
hacerlo. Pero vaya, durante esa época sería prácticamente imposible que Bobby
y yo fuéramos amigos.
A falta de ningún reemplazo inmediato para Wilf, Sir Matt volvió a asumir las
riendas del equipo, pero nadie en el vestuario daba un duro por que las cosas
volvieran a ser como antes. El equipo estaba en franco declive y todos
deseábamos que el club fichara a algún entrenador de prestigio antes de que
fuera demasiado tarde.
A mí nunca se me pasó por la cabeza marcharme. Había pasado grandes
momentos en el United, y no me veía jugando para ningún otro equipo. Sin
embargo, cuando Jimmy Murphy fue impuesto como ojeador en 1971, parecía
que habíamos llegado incontestablemente al final de una época.
Yo empezaba a desmadrarme también sobre el terreno de juego y me enfrentaba
a una suspensión de un partido tras haber acumulado tres amonestaciones. A
medida que seguíamos cosechando malos resultados, me resultaba cada vez más
duro lidiar con la sensación de impotencia y empecé a pagarlo con otros
jugadores y con los árbitros. Fui amonestado por tercera vez por una falta a Glyn
Pardoe durante el derbi contra el City. A pesar de que podía entrar al trapo tanto
como el que más, nunca fui considerado un jugador sucio; sin embargo, la
entrada que le hice a Pardoe pareció peor de lo que era porque le perseguí por
todo el campo antes de darle alcance y barrerlo de una segada. Por desgracia, la
hierba estaba mojada y derrapé mucho más rápido de lo que me esperaba. Se
produjo un horrible crujido y supe instantáneamente que le había roto la pierna.
De hecho, mi entrada le costó una doble fractura que terminaría con su carrera.
Un segundo después, mi viejo enemigo Mike Doyle se estaba desgañitando en
mi cara, me llamó de todo y amenazó con deshacerse de mí.
Fue completamente involuntario y me sentí fatal. Cuando sucede algo así, lo
último que te apetece es seguir jugando, solo deseas que te trague la tierra y
desaparecer del campo.
Joe Mercer, el entrenador del City, hizo que me sintiera un poco mejor cuando se
me acercó al final del encuentro y me dijo: «No te preocupes, hijo. Ha sido un
accidente».
Y más adelante, Pardoe diría tres cuartos de lo mismo. Seamos realistas: si de
verdad quieres partirle la pierna a algún adversario, irás a por él directamente, no
te tirarás a la hierba. El estado del terreno de juego provocó que mi impulso se
redoblara cuando contacté con él.
La amonestación entrañó tener que viajar a Londres en enero de 1971 para
comparecer ante la comisión disciplinaria de la Asociación Inglesa de Fútbol —
como un niñato malcriado— y prometerles que no volvería a portarme mal. Al
menos, Sir Matt también iba a presentarse para declarar a mi favor. El problema
es que la vista se celebraba por la mañana, lo cual implicaba tomar un tren a
primera hora desde Manchester, y que coincidió con una época en la que cada
vez me costaba más madrugar, especialmente después de una noche movidita.
En vista de semejante percal, el pobre Matt terminó viajando solo; aunque
finalmente conseguí presentarme en el cuartel general de la Asociación, en
Lancaster Gate. Cuando reuní las fuerzas para levantarme de la cama, me subí al
primer tren que pasaba y llegué dos o tres horas más tarde que Sir Matt, quien ya
se había inventado alguna excusa para disculpar mi ausencia.
Habida cuenta de que se vieron obligados a retrasar la audiencia, fue bastante
increíble que se mostraran tan indulgentes y solo me sancionaran con una
suspensión cautelar de seis semanas. La multa fue bastante más
desproporcionada, doscientas cincuenta libras, pero con la de dinero que estaba
ganando no me lo pensé dos veces.
Nunca solía tener resacas; sin embargo, aquel día estaba absolutamente para el
arrastre, y tener que pasar el rato en un ambiente reconcentrado no ayudaba a
mejorar las cosas. De regreso al hotel, y mientras subía en el ascensor en
compañía de Sir Matt, me puse a vomitar, una situación que en circunstancias
normales hubiese resultado terriblemente embarazosa. Pero era evidente que mis
circunstancias eran de todo menos normales, porque me dio totalmente igual.
Fue como ser un bebé que está con su padre, Sir Matt, un padre que estaba a
punto de decir: «No te preocupes, ya lo limpio yo. Todo irá bien».
Para ser honesto, había llegado a un punto en que ya me daba igual si me
suspendían durante dos o tres meses o un año entero. Había perdido la
motivación para seguir jugando, y cuando empiezas a funcionar con el piloto
automático es hora de colgar las botas, una idea que cada vez cobraba más
fuerza en mi cabeza.
Indudablemente, ahora que volvía a estar al mando del equipo, Sir Matt esperaba
que me pusiera manos a la obra. Pero yo tenía una empanada mental de mucho
cuidado, era incapaz de pensar con claridad la mayor parte del tiempo. Cuando
empecé a salir, casi nunca lo hacía los jueves por la noche. Sin embargo, eso es
exactamente lo que hice una semana después. Una vez más, no estaba en estado
de presentarme al entrenamiento del viernes. Sir Matt ni siquiera se molestó en
intentar localizarme, simplemente esperaba que me personara en la estación de
tren el sábado por la mañana para viajar a Londres, donde íbamos a jugar contra
el Chelsea.
Menuda esperanza.
Normalmente, los choques contra el Chelsea eran mis favoritos del calendario
doméstico. Gran club, grandes jugadores, un estadio hasta la bandera. Sin
embargo, esa semana no tenía el menor interés en jugar; lo que sí me apetecía
era bajar a Londres. Así que después de perder el tren, me subí a uno más tarde
rumbo a la actriz irlandesa Sinéad Cusack, a la que acababa de conocer.
Era todo una auténtica locura. O sea, yo era uno de los futbolistas más famosos
del mundo y acababa de renunciar a jugar un partido importante para acudir a
una cita. Ni siquiera podría describir el estado mental en que me encontraba para
hacer algo así. Me sentía como si el mundo entero se me hubiera echado encima
y cuando desperté a mitad de mañana y fui consciente de que había perdido el
tren, ni siquiera pensé que mereciera la pena intentarlo. De haber pensado con
claridad, habría contemplado subirme al primer tren que saliera para llegar a
tiempo. Sin embargo, me convencí de que no lo conseguiría, de que hacerlo solo
me serviría para ganarme el rapapolvo del míster, quien con toda probabilidad
iba a hacerme calentar banquillo.
Había llamado a Sinéad a principios de semana para quedar después del partido,
así que no encontré ningún motivo para no cumplir con esa parte de mis planes.
Nunca pensé que se fuera a liar tan parda. Pero tan pronto como la prensa se
enteró de que no iba a jugar y de que estaba con Sinéad, mi tranquilo plan de fin
de semana en el norte de Londres se convirtió en la guerra de Troya.
El apartamento de Sinéad estaba en Noel Street, en Islington, y una de dos: o
uno de los vecinos le dio el chivatazo a la prensa, o alguien nos descubrió
cuando salimos a cenar el sábado por la noche. El domingo por la mañana
amanecimos con un alboroto de órdago fuera de casa. Sinéad miró por la ventana
para ver qué estaba pasando y se quedó boquiabierta.
—¿Qué demonios has estado haciendo, George? —me preguntó en cuanto salté
de la cama para unirme a ella.
Decenas de periodistas y equipos de televisión invadían el asfalto.
—Solo me he saltado un partido de fútbol, eso es todo —dije.
Sinéad —que más adelante, por supuesto, se casó con Jeremy Irons— era una
chica encantadora con la que me sentía cómodo hablando. Teníamos cosas en
común. Ambos éramos jóvenes estrellas irlandesas aprendiendo a lidiar con la
fama, aunque ella no despertaba, ni remotamente, el interés mediático que
despertaba yo. Simplemente habíamos coincidido en la misma ciudad extranjera,
y me supo muy mal implicarla en un escándalo que nada tenía que ver con ella.
Sinéad se había imaginado pasando un fin de semana tranquilo, pero gracias a mi
inestimable colaboración terminó comiéndose cuatro días de encierro a mi lado
como prisionera en su propia casa.
Todo se me estaba echando literalmente encima. Yo tenía claro que había entrado
en crisis, pero me había convertido en carnaza para el resto del mundo, en poco
más que un mero entretenimiento para arrancarle una sonrisa al país. De modo
que tan pronto como aparecieron en los noticiarios las imágenes del exterior del
apartamento, la gente empezó a concentrarse afuera para corear mi nombre. Y
cuando corrimos las cortinas y encendimos la televisión para olvidarnos de lo
que estaba pasando, ¡tuvimos que tragarnos la última hora sobre nuestro caso!
Era surrealista y completamente increíble que, con todo lo que estaba pasando en
el mundo, la noticia de dos personas solteras hacinadas en un apartamento de
Islington estuviera copando todos los informativos televisivos y los titulares de
portada y contraportada de todos los periódicos. Los columnistas escribían
pomposos artículos de opinión sobre un futbolista consentido echando su carrera
por la borda, y los de contraportada se preguntaban si Matt debía transferirme o
ponerme de patitas en la calle.
La desproporcionada magnitud de la noticia solo sirvió para aumentar mi
desconcierto y alimentar la depresión por el curso que estaba tomando mi vida.
Y la pobrecita Sinéad no entendía nada. Se tuvo que sentir como si estuviera
escondiendo a un asesino en serie.
Habrá quien diga que incidentes como ese no eran más que un grito de socorro
—y probablemente lo fuera—, pero en esa época yo estaba lejos de verlo así. Me
limitaba a actuar por instinto, un instinto borracho. Y cuando echo la vista atrás,
lo más paradójico es observar que el Manchester United jamás me sacó de
ningún atolladero, se lavó las manos. Al final, siempre eran los amigos ajenos al
mundo del fútbol quienes me sacaban las castañas del fuego.
Waggy era uno de mis amigos con mejor olfato para saber que andaba en apuros.
Tendría que haber sido detective; aunque en esa ocasión sería Malcolm Mooney
quien vendría a mi rescate tras cuatro días infernales en el piso de Sinéad.
Para la mayoría de la gente, Sir Matt era la encarnación de mi gran figura
paterna, aunque yo lo veía más como al director del colegio, como un símbolo de
autoridad. Si bien es verdad que me había soltado alguna que otra arenga y que
había procurado llevarme por el buen camino, también lo es que solo lo hacía
pensando en los intereses del club, en preservar su buena imagen. Sin duda, le
habría parecido indigno contactarme directamente o a través de un mensaje
televisivo. Le hubiera parecido un síntoma de debilidad a nivel personal y
profesional: era el entrenador del intachable Manchester United, a fin de cuentas.
Sir Matt se limitó a dejar que todo se disipara y esperó a que me reincorporase a
la disciplina del equipo a mi debido tiempo, como siempre había hecho. Y
cuando regresé a Manchester no me pidió explicaciones ni que nos sentáramos a
hablar ni me preguntó por qué me estaba comportando de esa manera.
Simplemente me convocó en su despacho para decirme que iba a suspenderme
durante dos semanas. Nunca sabré si me había dejado por imposible o si era
incapaz de entenderme. Teniendo en cuenta que a menudo yo mismo era incapaz
de entender mis propios actos, sospecho que a él le hubiese resultado imposible.
Sir Matt era un hombre chapado a la antigua y yo era el quinto Beatle. Era la
primera vez que el United tenía que lidiar con una superestrella en su disciplina,
y Sir Matt no tenía ni idea de cómo gestionar mi situación ni nada de lo que
sucedía a mi alrededor. Queriéndolo o no, me había convertido en el símbolo de
una generación que le era completamente ajena. A ese nivel, Sir Matt era más
como un abuelo que como un padre.
Mi forma de verlo es que estaba lidiando con unos niveles de fama e interés
mediático que ningún futbolista había tenido que soportar hasta entonces. Y no
era más que un niñato que se las tenía que apañar solo y sobre la marcha. Así
que, inevitablemente, cometí un montón de errores; lo mismo que haría el club.
Lo que sí esperaba es que el United aprendiera algo de nuestra experiencia. Y la
verdad es que cuando uno observa cómo Alex Ferguson ha protegido a jugadores
como David Beckham y Ryan Giggs, parece claro que el club es más consciente
de los conflictos que entraña la fama. No quiero ni imaginarme qué hubiese sido
de David Beckham si le hubiese tocado jugar en mi época. Ferguson le dejó
fuera del equipo cuando se perdió un entrenamiento debido a que, según el
propio Beckham, su hijo Brooklyn estaba enfermo. Pero a pesar de ello,
Ferguson ha conseguido mantenerlo contento entre bastidores. De haber
sucedido en los sesenta, habrían sido unos cuantos los entrenadores que hubiesen
optado por decirle: «Que te den», y mostrarle la puerta de salida.
Yo soy de los que piensa que cuando un jugador está resultando rentable, el club
tiene que hacer todo lo que está en su mano para protegerlo si las cosas se salen
de madre. Nadie podrá acusarme de no haber sido un jugador rentable para el
United, y si alguien del club hubiese salido a mi encuentro y se hubiese
molestado en hablar conmigo cuando desaparecí, le hubiese escuchado. Aunque,
vaya, teniendo en cuenta que padecía un enfermedad llamada alcoholismo, es
posible que ninguna llamada hubiese cambiado nada.
Pero nunca vino nadie.
Es probable que la gente del fútbol me hubiera dejado por imposible, pero mi
situación era el crudo reverso de la de Éric Cantona al abandonar el United en
1996. Era evidente que Cantona quería volver, quería seguir jugando para el
United, pero era demasiado orgulloso para admitir que había cometido un error.
Así que Sir Alex se fue a Francia a visitarlo, a convencerlo, una tarea de la que
solo podía encargarse un hombre de su envergadura. No se me ocurren
demasiados entrenadores que hubiesen sido capaces de hacer lo mismo. Era
ciertamente algo que Sir Matt no hubiese hecho jamás.
Sir Alex Ferguson ha proclamado a menudo que hubiese sido incapaz de
gestionarme como futbolista, pero resulta fascinante imaginarse cómo nos
hubiésemos llevado. Si Ferguson hubiese estado a cargo del equipo en mis días
de jugador, tal vez hubiese venido a sacarme de allí el día que desaparecí en
Londres con Sinéad, y las cosas podrían haber salido de otra manera.
Las cosas también podrían haber sido distintas si hubiese tenido una mayor
responsabilidad en el club, y se barajó la opción de convertirme en capitán
durante la segunda etapa de Busby al frente del equipo. Mucha gente lo
mencionó, y es una idea que me estimulaba. Ser capitán del United es algo
especial, y en una ocasión llegué a reunir el coraje suficiente para sugerirle a Sir
Matt que me hubiese gustado. Sin embargo, su reacción no dio a entender que
fuese la mejor idea que había escuchado en su vida, precisamente.
Después de mis dos semanas de suspensión, una sanción increíblemente
indulgente, estuve portándome bien durante un tiempo y solo me perdí un
partido del resto de la temporada, hasta terminar como pichichi del equipo por
cuarta campaña consecutiva tras marcar dieciocho goles en cuarenta partidos.
No estaba nada mal para alguien que pasaba más tiempo en pubs y en clubs que
en el rectángulo de juego. O eso, al menos, es lo que me decía yo. Sin embargo,
cada vez me costaba más sobreponerme a los excesos de la noche anterior.
Terminé la temporada por todo lo alto tras marcar un hat-trick contra Chipre
enfundado en la camiseta de Irlanda del Norte. Sin embargo, me vi envuelto de
nuevo en la polémica durante la disputa del Home International. Fue durante un
partido contra Inglaterra. Siempre me había encantado hacer todo tipo de cosas
sobre el terreno de juego. A veces intentaba marcar tras el saque inicial; otras, de
córner directo, y en ocasiones hasta lo intentaba desde la línea de medio campo.
También tenía la teoría de que si elegías el momento oportuno era posible
robarle la cartera al portero durante el saque de portería, justo entre el momento
en que lanzaba el balón al aire y el momento en que lo controlaba con sus botas.
Y no había mejor portero que Gordon Banks para poner a prueba mi teoría.
Banks estaba considerado entonces el mejor portero del mundo.
Así que cuando Gordon soltó la pelota para hacer un saque largo de puerta, la
intercepté y la peiné lo justo para hacerle una vaselina. El balón rodó por encima
de su cabeza y llegó al fondo de las mallas. El árbitro anuló el gol
inexplicablemente.
—¿Se puede saber cuál es la infracción? —le pregunté.
—Levantar el pie —respondió, lo que podría interpretarse como juego peligroso.
Sin embargo, los guardametas de entonces se llevaban todo tipo de palos que ni
siquiera se traducían en libres directos. En la final de Copa de 1958, sin ir más
lejos, Harry Gregg terminó enredado en las mallas de la portería con la pelota
entre las manos tras enzarzarse con Nat Lofthouse, el delantero del Bolton, y el
gol fue concedido.
Así que la ironía de mi jugada es que intervine demasiado deprisa. Si hubiese
dejado que la pelota estuviera más cerca del césped en el momento de
interceptarla, el gol hubiese sido concedido.
Más o menos en aquella época, y con la intención de tener un poco más de paz y
tranquilidad, decidí que había llegado el momento de comprarme mi propia casa
en Bramhall, Cheshire, a la que bauticé como Que Sera. También me compré un
pequeño setter pelirrojo para que me hiciera compañía. Aunque hubiese tenido
más intimidad si hubiese optado por comprarme una pecera gigante y me
hubiese instalado dentro. El tipo que diseñó la casa era un fanático de la
tecnología, por decirlo amablemente, y casi toda la residencia estaba controlada
electrónicamente. Si me sentaba en la cama con el mando a distancia, me
bastaba con pulsar un botón para correr y descorrer las cortinas, encender las
luces del vestíbulo o abrir las puertas del garaje. Cuando estaba en el salón, me
bastaba con pulsar otro botón para ver cómo la televisión desaparecía chimenea
arriba, mientras yo me quedaba con ganas de que la caja tonta fuera reemplazada
por Papá Noel.
Al principio, los dispositivos electrónicos me encantaban, hasta que una noche
regresé a casa a las tres de la madrugada —sería indudablemente una noche
tranquilita— y me encontré con la puerta del garaje abierta. Como es natural, me
imaginé que alguien la había allanado, así que entré por el garaje, me hice con
una llave inglesa y me puse a recorrer con cautela todas las habitaciones de la
residencia.
Abajo nada parecía indicar que hubiese entrado alguien, y cuando finalmente
llegué a inspeccionar la última habitación, mi dormitorio, me encontré con el
perro acojonado en un rincón. Entonces di por supuesto que el setter habría
pisoteado el mando y abierto la puerta del garaje accidentalmente, así que
después de tranquilizarle me metí en la cama. En cuestión de minutos, las
cortinas empezaron a correrse y descorrerse, la televisión del salón empezó a
ascender y descender por la chimenea, y la puerta del garaje a abrirse y cerrarse
con un chirrido metálico. Era una verdadera pesadilla.
Cuando a la mañana siguiente apareció un técnico para averiguar lo que estaba
pasando, me contó que las señales de los aviones que volaban por encima de la
casa, que quedaba bastante cerca del aeropuerto de Manchester, estaban
interfiriendo en mi sistema electrónico. Así que tuve que deshacerme de los
dispositivos.
Llevaba buscando casa para mí solo desde que Mike Summerbee y yo dejamos
nuestro pequeño escondrijo en Crumpsall. Lo mantuve durante una temporada
después de que Mike se casara, hasta que, de pronto, el propietario decidió
reventar el precio del alquiler. Nosotros habíamos hecho algunas bonitas mejoras
en la casa, así que es probable que el propietario pensara que podría realquilarla
por alguna cantidad astronómica al siguiente inquilino, convencido como estaría
de que íbamos a dejar todo el mobiliario que habíamos comprado. Así que en
lugar de dejar nada, reuní a un puñado de los chicos, condujimos una furgoneta
hasta el apartamento y nos llevamos todo lo que habíamos puesto: muebles,
cortinas, alfombras. Hasta nos llevamos la moqueta.
Visto retrospectivamente, igual me hubiese convenido pagar la subida del
alquiler, porque en cuanto los aficionados descubrieron mi casa en Bramhall, me
convertí en prisionero de mi propio hogar. Los grupos de curiosos se
acumulaban afuera, y cuando me aventuraba a comprar el periódico en el
colmado del barrio, tenía que hacerlo con treinta personas persiguiéndome y
pidiéndome autógrafos. La cosa estaba tan pasada de vueltas que tenía que dejar
las cortinas corridas todo el tiempo —en el caso, obviamente, de que lograra
encontrar el mando a distancia—.
Cuando echo la vista atrás, la casa me parece todo un símbolo de mi vida en la
época: caótica, impredecible y sin nada que funcionara como debía.
Capítulo nueve
Descarriado
TODOS SABÍAMOS QUE SIR MATT iba a retirarse definitivamente como
entrenador al final de la temporada 1970-71, y muchos rumores apuntaban a que
su influyente posición en el club posibilitaría que el United se hiciera con los
servicios de Jock Stein, que llevaba ganados seis títulos de Liga consecutivos
con el Celtic de Glasgow, además de haber liderado al equipo a la victoria en la
final de la Copa de Europa de 1967. Jock merecía en Escocia el mismo trato de
dios que Sir Matt merecía en Inglaterra, y yo suspiraba por su desembarco en
Old Trafford. Tenía fama de ser autoritario, así que elucubré con que me pusiera
en cintura y me mantuviera en el equipo durante otra década más. Claro que, por
razones obvias, eso es algo que nunca sabré. No eran más que imaginaciones
mías.
La llegada de Jock como nuevo entrenador se quedó en agua de borrajas, y solo
entonces empezó a sonar el nombre de Don Revie, el míster del Leeds United.
Era una posibilidad extraña, a juzgar por el odio que reinaba entre ambos clubes.
Tras la experiencia con Wilf, el club parecía decidido a fichar a un entrenador de
renombre, aunque nunca sabré si la intimidante presencia de Sir Matt Busby
entre bambalinas asustaría a los candidatos.
En cualquier caso, al final terminamos bajo la batuta de Frank O’Farrell, el hasta
entonces entrenador del Leicester. Era un hombre de muy pocas palabras, y
fueron muchos los jugadores que no se acostumbraron a él; sin embargo,
cualquiera que fuera el elegido estaba condenado a ser injustamente comparado
con Matt. Yo no tenía problema con Frank, aunque mis inicios a sus órdenes
fueron de todo menos prometedores: terminé expulsado en Stamford Bridge,
contra el Chelsea, en el segundo partido de la temporada 1971-72 por insultar al
colegiado, Norman Burtenshaw.
Chelsea parecía un destino donde me pasaba de todo, aunque en dicha ocasión
conseguí eludir la sanción de la Asociación tras declarar que en realidad estaba
insultando... ¡a mi compañero Willie Morgan! Es cierto que Willie y yo nunca
fuimos amigos, y siempre tuve la sensación de que estaba un poco celoso de mí,
de que intentaba imitarme, con su pelo largo y su manera de jugar. Fue un
momento en que a un montón de jóvenes promesas les caía el sambenito de
«nuevo George Best», especialmente cuando había un parecido físico de por
medio. En cualquier caso, y que quede entre nosotros, yo había estado poniendo
de vuelta y media a Burtenshaw, y no a Willie. Sin embargo, y por una vez, la
comisión disciplinaria de la Asociación me concedió el beneficio de la duda.
Yo andaba ya metido en varios fregados de cosecha propia cuando a la gente
empezó a darle por meterme en los suyos. En Belfast, el conflicto norirlandés ya
no tenía nada que ver con el desfile de tambores y pasteles que había conocido
de niño, y antes de nuestro partido en Newcastle, en octubre de 1971, alguien
que reivindicó actuar en nombre del IRA llamó a la policía y amenazó con
dispararme si jugaba.
Mi vida se había convertido en una olla a presión, y ya me costaba lo mío
mantenerme a flote sin necesidad de meter al IRA de por medio. El problema es
que no era solo la amenaza de muerte lo que me preocupaba. Eran las
repercusiones que sabía que iba a tener en mi familia. Vivían a diario con el
conflicto, lo que ya era un peaje suficientemente duro para todos ellos. Y a pesar
de que se preocupaban por mí, al menos les quedaba el alivio de que viviera en
Inglaterra, lejos de su pesadilla doméstica. Se suponía que la amenaza de muerte
estaba relacionada con un rumor que circulaba entonces por Belfast, según el
cual habría hecho una donación a una de las organizaciones protestantes, lo que
era un bulo como una catedral.
Llamé a mi padre para tranquilizarlo e intenté sonar lo más animado que pude:
—Lo más seguro es que solo sea una broma —le dije.
—¿Y cómo puedes estar tan seguro? —me respondió.
No habría sido persona si no se hubiese preocupado. Yo también estaba
preocupado, como también lo estaba el club, así que no me pilló por sorpresa
que Frank O’Farrell me llamara para comentar la jugada: «Entenderemos
perfectamente que no quieras jugar», me dijo. «Tiene que ser tu decisión, y
decidas lo que decidas, te apoyaremos.»
Le dije que me lo pensaría, y eso estuve haciendo durante un buen rato. Pero
siempre terminaba concluyendo lo mismo: no podía dejar de jugar. O sea, ¿en
qué acabaría todo si no lo hacía? Si les daba por amenazarme de muerte cada
semana me podía ir olvidando de volver a jugar. Antes de la amenaza había
pensado en la idea de retirarme, pero no iba a permitir que nadie me dijera ni
cómo ni cuándo. Finalmente, en mi más pura línea, después de haber dejado al
club tirado tantas veces, cuando O’Farrell me propuso que me tomara el sábado
libre le dije que ni hablar: insistí en jugar.
Fue duro, sobre todo para mis compañeros, que no estaban precisamente como
unas castañuelas cuando se subieron al autocar del equipo conmigo rumbo a
Newcastle. Viajé escoltado por una pareja de detectives que me prohibieron
sentarme en mi habitual asiento de ventanilla, no fuera que alguien decidiera
dispararme. Y para colmo, el día del partido se desató el pánico tras descubrirse
que alguien había forzado el autocar del equipo, que estaba aparcado en el garaje
subterráneo del hotel donde nos alojábamos. Así que hubo que inspeccionar el
vehículo a fondo en busca de artefactos explosivos, una noticia que no
tranquilizó demasiado a mis compañeros. Claro que, como hubiesen hecho la
mayoría de futbolistas, en un momento dado se empezaron a cachondear y me
dijeron cosas como: «Será cosa de tus colegas irlandeses, ¿verdad, Bestie?».
El campo del Newcastle, Saint James Park, hubiese sido un lugar ideal para
apostar a cualquier francotirador, puesto que entonces el terreno de juego estaba
circundado por elevados bloques de apartamentos. En vista del percal, la policía
destacó un ejército de agentes por todas partes y peinaron todas las azoteas con
ayuda de prismáticos de largo alcance. No era el mejor prolegómeno para ningún
partido de fútbol, pero una vez que sonó el pitido inicial me olvidé
completamente de todo lo que estaba pasando y me concentré en intentar jugar.
Y afortunadamente, el único disparo entre los tres palos de aquel día fue mi gol
de la victoria. Luego, obviamente, se descubriría que la amenaza terrorista no
había sido reivindicada por el IRA, sino por un capullo; claro que, nunca se sabe,
¿verdad? Por desgracia, John Lennon, el primer Beatle, lo comprobaría
fatalmente en sus propias carnes: su asesino, Mark Chapman, era un
incondicional suyo.
La policía ni siquiera bajó la guardia después del partido y nos escoltó de regreso
a Manchester. El entrenador del Newcastle, Joe Harvey, rebajó la tensión
acumulada cuando en la rueda de prensa dijo: «Ojalá hubiesen disparado al
pequeño demonio».
¡Gracias Joe!
Sabía que episodios como ese eran más duros para mi familia que para mí,
especialmente ahora que el alcoholismo de mi madre empezaba a agravarse lo
suficiente como para que se vieran obligados a vender el fish & chips, con el que
solo se sacaron cuatro perras. Y por si fuera poco, a mí me costaba cada vez más
lidiar con el peso de la fama.
Todo el rollo de ser un icono, el quinto Beatle, se me hacía rarísimo. Yo era un
chaval del barrio de Cregagh, en Belfast, un chaval que intentaba encontrar el
sentido de su vida como futbolista y como persona; sin embargo, todo el mundo
parecía tenerme por una superestrella con poderes sobre la vida de la gente. E,
inevitablemente, en el momento en que a alguien le dio por amenazarme de
muerte, mi vida empezó a afectar a la vida de otras personas. Y al mismo tiempo
todo era tan irreal que era incapaz de asimilarlo. Era como si todo le estuviera
ocurriendo a otra persona.
Hasta se me hacía raro verme jugar por televisión, porque no me reconocía en la
persona que aparecía en la pantalla, ni siquiera cuando veía las imágenes de un
partido que acababa de jugar hacía solo unas horas. Les ocurre lo mismo a
algunos actores, que afirman no poder verse en la pequeña pantalla. Hablan
exactamente de lo que me estaba pasando a mí, de la sensación nada terapéutica
de verte convertido en dos personas distintas.
Y también eran cada vez más los grandes nombres del mundo del espectáculo
que aparecían en las gradas para verme jugar. Durante la temporada anterior, la
1970-71, después de marcar un gol contra el Huddersfield, un recién ascendido a
Primera División, recibí una nota de Harold Wilson, el ex primer ministro
británico. Wilson era un incondicional del Huddersfield Town y me escribió que
nunca había disfrutado de ver cómo su equipo encajaba un gol hasta que se lo
metí yo. No era la primera vez. Ya me había escrito en su día desde el número 10
de Downing Street para felicitarme por la célebre media docena de goles que le
endosé al Northampton en la eliminatoria de la FA Cup de enero de 1970. Lo
primero que pensé fue: «¿Qué demonios hace el primer ministro
escribiéndome?».
Solo sirvió para incrementar mi sensación de irrealidad.
Las cosas alcanzaron una nueva cota de surrealismo unas semanas después del
episodio de la amenaza de muerte, cuando Eamonn Andrews se me abalanzó con
su pequeño libro rojo en This Is Your Life13. Entonces yo me había asociado
con una firma de ropa llamada Lincroft, que había diseñado una línea de trajes
que llevarían mi nombre. Había dado el visto bueno a la colección y estábamos
por anunciarlo en una rueda de prensa.
Y fue en ese momento, por supuesto, cuando Eamonn decidió intervenir. Y para
asegurarse de que no fuera a desaparecer del mapa el día de la grabación del
programa —¡menuda ocurrencia, por favor!—, la productora organizó un fiestón
la noche anterior en un apartamento de Londres surtido con interminables
botellas de champán y montones de chicas bonitas de piernas igualmente
interminables. Supusieron que si me ponían un bar con el grifo abierto
permanentemente no encontraría ningún motivo para abandonar el apartamento.
Y para rematarlo, como precaución extra, apostaron a una pareja de detectives
afuera.
Los mejores planes acostumbran a irse al traste; por no hablar de los mejores
planes para el Mejor. Sería cerca de la una de la madrugada cuando decidí
llevarme a una de las chicas al Tramp. Y como quería causar la Mejor impresión,
me enfundé un traje color crema que Lincroft había diseñado especialmente para
que lo vistiera primero el día de la inauguración y luego en This Is Your Life.
Cuando salí del apartamento vi a los detectives dentro de su vehículo y los tomé
por periodistas. «¿Puedes hacer algo para que los perdamos de vista?», le
pregunté a la chica, que estaba al volante.
Consiguió que los perdiéramos de vista y consiguió, de paso, que nos
perdiéramos nosotros también. Finalmente llegamos al Tramp y nos tiramos allí
unas horas. Por suerte para los detectives, decidimos regresar directamente al
apartamento. Mi traje estaba hecho unos zorros. Al menos no era yo el único
perjudicado.
Estaba tan borracho que me quedé KO con el traje puesto, un diseño de lo más
ligero que se arrugaba con suma facilidad. A los responsables de Lincroft les dio
un jamacuco cuando me vieron luciendo una prenda más parecida a un trapo
desteñido que a alguna nueva colección. Alguien le estuvo metiendo duro a la
plancha antes de que nos sumáramos a Eamonn en el plató de televisión. Parecía
que se había corrido la voz sobre mi escapada noctámbula, porque cada salida de
emergencia del plató estuvo escoltada por algún armario durante toda la
grabación.
Al igual que la mayoría de ese tipo de programas, fue bastante soso. A mí me
pareció que mejor habrían hecho en llamarlo These Are Your Lives, el plural
como síntoma de mi sensación de haber vivido ya unas cuantas vidas en los
últimos veinticinco añitos. Toda mi familia estaba allí, a pesar de que habían
prometido no volver a ponerse jamás delante de una cámara tras el anuncio de
las salchichas Cookstown. Y al igual que el resto del mundo, estaban en ascuas,
esperando a que hiciera mi aparición. Cuando ya casi terminaba el programa, a
modo de sorpresa final, Ian, mi hermano de cinco años, irrumpió caminando en
el plató.
Yo seguía metiendo goles como si no hubiera un mañana, lo cual, teniendo en
cuenta la vida que llevaba y mi pasotismo para con el deporte, es asombroso.
Llegué incluso a marcar un hat-trick contra el West Ham, y no cabía en mí del
gozo, ya que me estaba midiendo al grandísimo Bobby Moore. La forma en que
le engañé antes de marcar uno de los goles sigue siendo uno de mis recuerdos
más placenteros.
No había muchos delanteros que se la metieran doblada a Bobby. La gente solía
decir que le faltaba velocidad, pero ni falta que le hacía, porque tenía un
inmaculado talento para elegir el momento oportuno para entrarte; por no hablar
de su talento para leer los partidos. No ha existido nunca nadie más hábil para
leer el fútbol que Bobby. No fue casualidad que el año anterior, durante el
Mundial de 1970, jugara un fantástico partido midiéndose a Pelé. Pelé le
demostró su admiración tras pedirle que se intercambiaran las camisetas al final
del encuentro, una imagen que sería inmortalizada para la posteridad. Todos
sabíamos que Bobby era un crack; pero vaya, cuando Pelé te muestra sus
respetos, entonces sabes que, como mínimo, un poco especial eres.
Bobby era un tipo alucinante tanto dentro como fuera del campo, y si hay algo
que he descubierto con el paso de los años, es que casi nunca entraba al trapo,
que dejaba que fuera el delantero quien tomara todas las decisiones
comprometedoras. Con otros defensores me bastaba con dejar caer un hombro o
fintar a la izquierda para dejarlos sentados y quedarme entonces ante la fácil
tarea de inclinarme hacia la derecha y disparar a gol. Bobby era demasiado listo
para caer en mis tretas, pero durante aquel partido, en Old Trafford, recibí el
balón sobre la línea de córner, avancé hacia el borde del área y empecé a recortar
el disparo. Bobby salió a mi paso para bloquearme. Mientras lo hacía, me quedé
paralizado durante una milésima de segundo; y, por una vez, no se pudo contener
y me entró con todo. La desplacé a un lado y la metí de un disparo colocado, y
me quedé extasiado por haberle arrancado esa entrada.
Si hubiese disfrutado de momentos como aquel cada semana, me habría sentido
mucho mejor. Pero seguíamos perdiendo más partidos de los que ganábamos, y
si jugar partidos me importaba cada vez menos, os podéis imaginar cuánto me
importaba entrenar. Hubo una semana de 1972 en que no aparecí por el campo
de entrenamiento de The Cliff ni una sola vez, y el míster, O’Farrell, me
obsequió con una suspensión de sueldo de dos semanas. El míster también
aprovechó para ordenarme que regresara a vivir con la señora Fullaway, lo cual
no me supuso el menor esfuerzo teniendo en cuenta el circo que tenía montado a
la entrada de mi casa, en Bramhall. Al menos, las cortinas de la señora Fullaway
no se descorrían cada vez que pasaba un avión.
O’Farrell me apartó también del equipo, lo que significaba que no podría ahogar
mis penas con goles como el que metí tras mearme a Bobby Moore. El fútbol
había sido la única vía de escape de todos mis problemas con la fama; sin
embargo, ahora el alcohol y las mujeres lo destronaron. Y se convirtió en un
juego demencial: era como ser un niño travieso que pretende demostrar hasta
dónde puede llegar para salirse con la suya. Y a medida que dinamitaba más y
más límites, más me acercaba a quemarme.
Si alguien me decía: «No te hace ninguna falta otra copa, George», solo
conseguía multiplicar mis ganas de seguir bebiendo. Y si alguien, refiriéndose a
una chica que me gustaba, me sugería el clásico «Ni te acerques a ella, está
casada», entonces no descansaba hasta conseguirla.
Me salía con la mía por ser quien era; o quizá, mejor dicho, por mi alter ego. Si
hubiese sido un carnicero o un cartero, o cualquiera con un trabajo normal y
hubiese intentado hacer lo que hice con las esposas y novias de otros hombres,
me hubiese ganado un puñetazo en la cara. Pero era George Best, así que casi
siempre me salía con la mía. Me dedicaba también a pagar billetes de avión a
mujeres llegadas de todo el planeta, simplemente para comprobar que podía
hacerlo. Le pagaba el vuelo a una australiana a la que tal vez había conocido en
mi penúltimo viaje, y dos semanas después, cuando empezaba a aburrirme, la
mandaba de vuelta a casa.
Sabía que no estaba rindiendo a mi antiguo nivel sobre el terreno de juego. Solo
lo hacía de vez en cuando. El problema es que, cuando estás acostumbrado a
enchufarla noventa y nueve de cada cien veces, tu aportación se vuelve
prácticamente nula cuando ya solo enchufas setenta de cada cien. Aunque,
realmente, lo más doloroso fueron los abucheos de los aficionados de Old
Trafford cuando perdíamos ante equipos a los que solíamos aplastar. Nunca me
molestaron las burlas de la afición rival, era parte del juego. De hecho, a veces
los aficionados me arrojaban latas de cerveza al césped; entonces las recogía y
simulaba que me las bebía.
En Liverpool, los hinchas solían cantar: George Best, superstar, walks like a
woman and he wears a bra14. Así que un día, en Anfield, tomé prestado un bolso
de una asistenta y salí del túnel de vestuarios con él colgado del brazo. Era todo
parte del juego y sus burlas eran una forma de respeto, un cumplido a mi
peligrosidad como jugador. Pero nada duele tanto como ver a tu propia afición
volviéndose en tu contra, mofándose de ti.
Empecé a preguntarme si había alguna necesidad de vivir todo eso. Y empecé a
responderme que ninguna. El problema es que tampoco sabía qué hacer con mi
vida. ¿Cómo podría estudiar una carrera siendo todavía uno de los mejores
futbolistas del mundo? A día de hoy, sigo sin conocer la respuesta a esa
pregunta. Lo que sí sabía es que al finalizar la temporada no tenía estómago para
disputar el trofeo Home International contra el resto de selecciones nacionales de
Gran Bretaña, y ni siquiera me molesté en comunicárselo a la federación
norirlandesa. Simplemente me subí a un avión rumbo a Marbella.
Y, obviamente, en cuanto la prensa se enteró, sus reporteros empezaron a subirse
a aviones con idéntico destino. Las cosas habían cambiado muchísimo desde los
días en que podía pasarme tres meses de vacaciones sin ver el teleobjetivo de un
solo paparazzi. Yo tenía la mosca detrás de la oreja, pensaba que tal vez lo mejor
sería fichar por otro club y jugar allí unos años. A veces, un mero cambio de
entorno, un cambio de vestuario, puede dar la vuelta completamente a una
situación y sus circunstancias, y son muchos los casos de equipos que se
transforman con la llegada de un nuevo entrenador o de un nuevo jugador. Pero,
en el fondo, no quería jugar para ningún otro club, y eso no hacía más que
aumentar mi confusión.
Así que decidí tomarme un respiro para reflexionar durante unos meses lejos de
los terrenos de juego, en Marbella, cuando la prensa se me abalanzó, y en un
abrir y cerrar de ojos, el 20 de mayo de 1972, anuncié que me retiraba. No había
cumplido todavía los veintiséis años.
La verdad es que no tenía la más remota idea de qué demonios iba a hacer, pero
me dije que si le brindaba a la prensa un titular sensacional me dejarían tranquilo
durante un tiempo. Declaré que la decisión era completamente definitiva, que no
había marcha atrás, aunque me temo que no se lo tragaron porque ya había
amenazado con retirarme otras veces. Pero al menos me dejaron tranquilo, y a
pesar de que ni yo me tragaba lo de mi retirada, me tomé la libertad de
comportarme como un futbolista que ha colgado las botas.
Lo curioso es que ahora que podía pimplar cuando me daba la gana, no bebía
tanto; aunque, vaya, seguían siendo cantidades industriales comparadas con las
de una persona normal.
Tampoco tenía por qué sentirme culpable por beber. Nadie vino a decirme: «Un
deportista de élite como tú no debería beber», ni a preguntarme: «¿No deberías
estar entrenando?». Ya no era futbolista profesional; al menos no durante las dos
siguientes semanas o hasta cuando decidiera poner fin a mis vacaciones.
Me alojé en el hotel Skol, que se convertiría en un paradero habitual, y me hice
amigo del camarero, Juan, que llevaba trabajando allí treinta años o más. Mi
rutina habitual consistía en despertarme a media mañana y empezar el día
bajándome un par de claras para deshacerme de la resaca de la noche anterior.
Luego me bajaba unas cuantas más sentado junto a la piscina, hasta pasarme al
vino blanco a la hora de comer.
Al caer la tarde me tomaba algunas cervezas más con unas cuantas tapas en el
pequeño bar que quedaba al lado del hotel. Era un lugar diminuto, en el que
apenas había asiento para diez personas, y yo solía sentarme con un grupo de
viejos malacitanos. Tendría pinta de pez fuera del agua, pero no me importaba.
Con el español me las apaño lo justo, pero aquel verano, a medida que fue
pasando el tiempo, cada vez hablaba más y más con los viejos, hasta
convencerme de dominar el idioma. Mi español era un absoluto despropósito,
pero los viejos eran demasiado educados como para corregirme.
Al cabo de un par de horas salía a deambular por Puerto Banús y me pasaba a
tragos más fuertes, principalmente vodka. Algunas veces, ironías de la vida, los
estúpidos y borrachos veraneantes me desquiciaban. Cuando así sucedía,
regresaba al bar del Skol, que abría hasta las tres o las cuatro de la madrugada.
Allí me pimplaba unas cuantas copas más antes de arrastrarme a la cama a la
hora del cierre. Y entonces me despertaba, me bajaba una o dos claras, y vuelta a
empezar. Era la rutina en la que me instalé, y todo parecía ir como la seda hasta
que el hígado empezó a empacharse; aunque en ese momento ni siquiera se me
había pasado por la cabeza que nada parecido pudiera pasar.
Fueron un par de semanas largas en las que bebí lo que me dio la gana y me
ligué a chicas aquí y allá, aunque como la mayoría de veraneantes, hacia el final
de la estancia estaba bastante aburrido. En ese momento me había parecido una
gran idea pasarme todo el día tumbado al sol y haciendo lo que me apeteciera,
pero al final te conviertes en un vegetal. Te pasas cada día haciendo exactamente
lo mismo sin que haya ningún resultado final ni nada parecido a un estímulo.
También me puse a comer por puro aburrimiento. Comía unas seis o siete veces
al día, básicamente comida basura. Me ponía las botas junto a la piscina y luego
me iba a Puerto Banús y me comía una hamburguesa con patatas fritas, y más
tarde, cuando regresaba al Skol, llamaba al servicio de habitaciones y pedía un
bocadillo de carne.
Como solía pasarme, pensé que un cambio de aires me ayudaría a resolver mis
problemas. Y a pesar de que me salió el tiro por la culata, al menos me sirvió
para convencerme de que quería volver a jugar y darle un sentido a mi vida. Una
vez más, ningún miembro del United se había molestado en localizarme o en
disuadirme. Tal vez sabían que regresaría cuando estuviera preparado; y de ser
así, no se equivocaban. A mi regreso, me fui de cabeza a ver a O’Farrell y
empecé a entrenarme como un energúmeno para la siguiente temporada.
Siempre me pasaba lo mismo después de tomarme un descanso: intercambiaba
una obsesión por otra; pasaba del consumo excesivo de alcohol al entrenamiento
excesivo. Supongo que es otro síntoma revelador de una personalidad obsesiva.
En cualquier caso, siempre había disfrutado de entrenar y estar en forma, lo cual
puede sonar contradictorio, especialmente teniendo en cuenta lo poco que me
cuidaba fuera del fútbol. Pero siempre fui una persona competitiva y me
encantaba la sensación de volver a ponerme en forma y deshacerme de los kilos
de más.
Supongo que es una sensación que viene con la culpa incorporada. Te has
abandonado físicamente, así que en cuanto regresas te pones a entrenar a lo
bestia, el doble, convencido de que eso reparará cualquier daño que te hayas
podido infligir. Claro que no es así como funciona la cosa, por supuesto que no.
A estas alturas, había maltratado mi cuerpo lo suficiente como para que entrenar
entrañara un esfuerzo. De pronto, el fútbol, que hasta entonces había sido
diversión pura, algo que me salía del alma, se había convertido en un mero
trabajo.
Mis buenas intenciones no durarían demasiado. El arranque de la temporada
1972-73 fue un fracaso estrepitoso, y no cosechamos una sola victoria hasta el
décimo partido de liga.
Yo intenté acordarme de que no podía repetir los mismos errores, de que tenía
que mantener la forma y presentarme a los entrenamientos a diario. Hasta el día
en que O’Farrell me pilló por banda y me dejó bien clarito que se le estaba
terminando la paciencia:
—Debo pensar en el resto del equipo —dijo—. No consentiré que les comas la
moral.
—Lo único que quiero es volver a jugar para ayudar al equipo a ganar de nuevo
—le aseguré.
Y realmente lo pensaba cuando se lo dije, porque el fútbol había sido siempre lo
único en la vida en lo que podía confiar.
Pero estábamos jugando un fútbol tan pobre que no tardé en dejarme arrastrar
por la vieja rutina borrachuza, en ahogar de nuevo mis penas, supongo, y jamás
se me pasó por la cabeza que mi comportamiento tuviera nada que ver con
nuestra lamentable clasificación en la tabla. Yo lo achacaba todo a la
mediocridad de los jugadores que me rodeaban y a las puñaladas por la espalda
del vestuario. La mayoría de los jugadores que habían ganado la Copa de Europa
de 1968 se habían ido, y Bobby Charlton enfilaba la temporada de su retirada.
Terminé descarrilando de manera estrepitosa durante el auténticamente Funesto
Noviembre de 1972. Los malos resultados habían echado a perder todas mis
intenciones de comportarme, y en dos ocasiones ni me molesté en levantarme de
la cama para ir a entrenar y me caí de sendas convocatorias.
Al menos podría jugar con Irlanda del Norte. Sin embargo, durante un partido
contra Bulgaria me harté de las marrullerías de uno de sus defensas y le solté una
patada. Una vez más, todo volvía a ser resultado de la más pura impotencia, y
teniendo en cuenta los palos que recibí durante el encuentro, la sanción de tres
partidos de suspensión que me impuso la FIFA fue bastante desproporcionada.
Lo que es indudable es que fue implacable con Irlanda del Norte.
Durante años había tenido más que suficiente con buscarme mis propios
problemas; sin embargo, de pronto parecía que eran los problemas los que se
habían propuesto encontrarme. Siempre había procurado llevar una vida
razonablemente normal, a pesar del estrellato. No quería esconderme de la gente,
quería salir por los bares y las discotecas a los que solía ir y pasármelo bien, y
siempre era educado cuando los aficionados me pedían autógrafos. Pero cada
vez me resultaba más duro, como comprobaría una noche en Reubens, el garito
que codirigía mi amigo Colin Burne.
Me pasé por allí con otro amigo que también era propietario de un club, Doug
Welsby. Era muy pronto —o sea, pronto para un club, cerca de las diez de la
noche— cuando nos sentamos en la barra. Aparte de nosotros, solo había un
grupo de chicas celebrando una despedida de soltera. Estaban en una mesa que
quedaba en el extremo opuesto del bar. Eran un poco ruidosas, pero parecían
estarse comportando. Entonces dos de ellas fueron al baño, lo que entrañaba que
pasaran por donde estábamos nosotros. Y me reconocieron. Las vi señalarme y
reírse nerviosamente. Y cuando salieron del lavabo una de las dos se acercó, o
más bien aterrizó tambaleante y me invitó a bailar.
Los hombres de Belfast no bailan, al menos no que yo sepa, y ella estaba como
una cuba. Decliné educadamente su invitación. Entonces me agarró y trató de
arrancarme del taburete. Dougie intervino para hacerla entrar en razón:
«Escucha. Estamos intentando hablar de negocios. ¿Te importaría dejarnos
solos?».
Ella tenía una copa en la mano, una bonita y femenina media pinta. Acto seguido
me la arrojó encima y se largó.
Tuve suerte de no llevar puesto el traje de Lincroft. Decidí olvidarme del asunto.
No merecía la pena montar ningún número, así que agarré un trapo de detrás de
la barra y me limpié. Pensábamos que habíamos despachado el asunto, pero
veinte minutos más tarde, aún más borracha, se acercó de nuevo a trompicones
con un nuevo vaso de cerveza en la mano. Sabía que la invitación a bailar había
quedado completamente descartada, y entonces me di cuenta de sus intenciones:
quería arrojarme la segunda. Me incorporé de un salto y le di una bofetada con el
dorso de mi mano. No le solté ningún puñetazo. Simplemente me la quité de
encima, como harías con una avispa o una mosca. Pero vaya, mi mal fario puso
el resto y terminé provocándole una pequeña fractura en la nariz.
Más allá de cuáles fueran las circunstancias o de que mediara o no provocación,
situaciones como esa nunca se veían buenos ojos. Y tuve claro que estaba a
punto de meterme en un buen lío cuando la chica decidió llamar a la policía. Al
final terminé acusado de agresión con lesiones. Tiene que haber centenares de
casos igualitos a diario en los tribunales que pasan desapercibidos; pero
tratándose de mí, este tenía toda la pinta de ser un caramelito para la prensa.
De modo que contraté los servicios de un abogado de primera. Parecía que el
caso se presentaba bien después de reconstruir la noche de mi denunciante. Por
supuesto, eso no cambiaba en absoluto el hecho de que la hubiese golpeado, y
como algunos os podréis imaginar, mi víctima apareció en el tribunal con
trencitas y aspecto de no haber roto nunca un plato.
Fui declarado culpable, pero me concedieron la libertad sin cargos, si bien tuve
que rascarme el bolsillo para pagar veinticinco libras por las lesiones y otras
setenta y cinco para las costas procesales. Mi superabogado era el ya fallecido
George Carmen, que trabajaba en Manchester en esa época. Y juraría que fue el
único caso que perdió en su vida.
Preocupado como estaba por la audiencia, que se celebraría en enero de 1973,
había redoblado mi consumo de alcohol. En diciembre me salté los
entrenamientos y me escapé a Londres para cambiar de aires, y me lo pasé tan
bien que tardaría días en regresar a Manchester.
Pensé que, por una vez, O’Farrell sería un poco compasivo. Sin embargo,
O’Farrell ya tenía suficiente con la presión a la que estaba sometido, y averiguar
mi paradero sería la última de sus preocupaciones. Estaba claro que no creía que
yo pudiera aportar nada; ni a él, ni al equipo. Y por si fuera poco, le estaba
haciendo quedar como un idiota por haberme reincorporado a la disciplina del
club. O’Farrell acudió a la junta directiva y esta vez me dijeron no solo que me
suspendían de empleo y sueldo durante dos semanas, sino que me colgaban la
etiqueta de transferible por el módico precio de trescientas mil libras. Teniendo
en cuenta que tendrían que pasar otros cinco años para que el United pagara esa
cifra por un jugador, parecía un precio astronómico. Y en el estado en que me
encontraba en ese momento, no valía ni tres mil.
Aún así, me había herido el orgullo, y me fui a ver a Sir Matt y al presidente,
Louis Edwards. A esas alturas, hasta el mismísimo Sir Matt estaba hasta el gorro
de mí y ya no tenía por qué hacerme ninguna concesión como cuando era el gran
activo de la entidad. Los goles habían empezado a escasear, y si hubiese sido
capaz de seguir encontrando la portería, tal vez las cosas hubiesen salido
distintas. Otra cosa no, pero Sir Matt y Edwards me escucharon cuando les dije:
—Necesitamos fichar a nuevos jugadores urgentemente. Los actuales no están a
la altura.
—Pero tú quieres irte del United, ¿no, George? —me preguntó Sir Matt—.
¿Realmente te quieres quedar aquí?
Le dije que no me imaginaba jugando para nadie más.
No sé si Sir Matt tenía miedo de que si empezaba de cero en otra parte y
recuperaba mi mejor forma, él y el United quedarían en ridículo. Sea como sea,
Sir Matt accedió a quitarme la etiqueta de transferible nueve días después de
habérmela puesto. O’Farrell montó en cólera cuando se enteró: «Has actuado a
mis espaldas», me dijo a la mañana siguiente en el vestuario.
¿Qué podía decirle? Es lo que había hecho, así que me limité a encogerme de
hombros. O’Farrell tenía que haber sabido que si Sir Matt y la cúpula directiva
estaban desautorizando sus decisiones, exactamente como habían hecho con
Wilf, solo existía una explicación: era la crónica de una muerte anunciada.
O’Farrell quedaría virtualmente destituido después de una derrota por 5-0 en el
campo del Crystal Palace, a mediados de diciembre. Fue la derrota más abultada
encajada en cuatro años y medio. Y contra un rival ascendido hacía poco, en
1969, que terminaría perdiendo la categoría a final de temporada.
La cabeza de O’Farrell rodaría unos días después. Bill Foulkes y Paddy Crerand
tomaron el relevo como entrenadores interinos, y si alguien en el club podía
convencerme de que me quedara, eran ellos dos. Sin embargo, sabía que no
durarían mucho en el cargo y no me apetecía quedarme esperando a que el nuevo
entrenador decidiera si iba a contar conmigo. También sabía que le llevaría un
tiempo darle la vuelta a la tortilla, y nada ni nadie podían asegurarme que su
intento no fuera a terminar en otro absoluto fiasco. Así que escribí una carta a la
cúpula directiva, expresé mi deseo de no seguir jugando para el club y me
disculpé por haber mancillado el nombre del United.
Durante los pocos días que estuve en la lista de transferibles, algunos clubes
mostraron su interés; o sus talonarios, según se mire. Malcolm Allison proclamó
que le entusiasmaba la idea de que fichara por el Manchester City, y añadió que
«mis jugadores estarán encantados de dar la bienvenida a George a nuestro
vestuario». Ignoro si el resto, pero seguro que Mike Summerbee lo hubiera
hecho. Sin embargo, Allison nunca pudo concretar la oferta. De ello se encargó
su presidente, Eric Alexander, tras declarar que la intervención del bueno de Mal
«estaba fuera de lugar». Por otro lado, no quería ni imaginarme cómo le sentaría
al United que me incorporara a su mayor rival.
El legendario Brian Clough, que estaba transformando al Derby County en uno
de los mejores clubes del país y venía de proclamarse campeón de Liga la
temporada anterior, declaró que estaba considerando mi fichaje; mientras que
John Bond dijo que le encantaría incorporarme a las filas de su Bournemouth.
No me cabe la menor duda de que nada le hubiese hecho más feliz, pero diría
que todavía no estaba preparado para jugar en Tercera.
La oferta más excitante llegó en boca de Clive Toye, el director general del
Cosmos de Nueva York, los vigentes campeones de la North American Soccer
League (NASL). La NASL estaba creciendo gracias al respaldo de algunos
célebres millonarios, y sus clubes empezaban a invertir millonadas en estrellas
del fútbol llegadas de todo el mundo. También me estimulaba la posibilidad de
empezar de cero. Si hubiese fichado por cualquier club inglés, me hubiese
encontrado con el mismo circo mediático y con los problemas de siempre. Sin
embargo, Estados Unidos era perfecto para hacer borrón y cuenta nueva, un
lugar por donde podría pasearme sin ser reconocido. Una vez más, empecé a
pensar que mis problemas desaparecerían con un cambio de aires.
El Cosmos era propiedad de Warner Communications, y uno de sus peces
gordos, Gordon Bradley, me invitó a conocer las instalaciones. Así que me alojé
en el hotel Wessex House, que quedaba enfrente de Central Park, y pasé casi una
semana entera, durante la que mis anfitriones me pasearon por la ciudad y me
desvelaron todos sus planes. Todo era superprofesional y el sueldo que me
ofrecían era más que razonable. Pero pretendían también llenarme la agenda de
eventos promocionales y, como era de esperar, que me instalara
permanentemente en Nueva York. Y eso ya no me hacía tanta gracia. Nueva
York me parece una gran ciudad, y me encanta disfrutar de su desenfreno
durante unos días. Pero vivir todo el año en Nueva York no entraba en mis
planes.
La World Indoor Soccer League de Toronto, una ciudad tan silenciosa como
estridente es Nueva York, también expresó su interés. Así que en enero de 1973
viajé en compañía de Waggie para hablar con ellos. Una vez más, la oferta era
tentadora; es más, solo querían que me trasladara durante tres o cuatro meses.
Pero tampoco tenía muy claro que estuviera preparado. Dejé que Waggie se
encargara de comunicarles que había cambiado de parecer y quedé con él en el
aeropuerto de Nueva York para tomar el vuelo de regreso a casa.
Para cuando llegó la primavera, me moría de ganas de que llegaran las
vacaciones de verano, así que puse rumbo de nuevo a Marbella, y esta vez me
llevé a mi novia, una decisión completamente innecesaria —al menos su
presencia hizo que parecieran unas vacaciones normales—. Sin embargo, nos
vimos obligados a acortar la estancia después de pasar por una verdadera
pesadilla.
Una noche, mientras estábamos sentados en el International Bar, sentí un dolor
en lo alto de mi pierna derecha, justo por debajo de la ingle. Al principio lo
ignoré, pero el dolor se intensificó, y a mi llegada al hotel la pierna había
empezado a hincharse. Nunca he sido muy amigo de los médicos, pero el
hinchazón me asustó lo suficiente como para pedir al personal del hotel que
llamara a uno. El médico apareció con cara de aburrimiento, me aplicó una
loción anestésica en la pierna, me dio unos cuantos analgésicos y me dijo que en
un par de días estaría bien.
Juraría que incluso mi querido Ted Dalton, el fisioterapeuta del United, se
hubiese percatado de que era un caso que exigía un tratamiento un poco más
elaborado. Esa noche, la pierna me dolía tanto que no pude dormir, y cuando me
incorporé para ir al baño por la mañana había duplicado su tamaño habitual. Le
dije a Chris, mi novia: «Lo siento, pero necesito que me vea alguien. Nos
volvemos a casa».
Llamé a mi médico en Manchester para que se encargara de recibirme en el
aeropuerto, y acto seguido embarqué en el avión, donde viviría el trayecto más
agónico de mi vida. Como todo el mundo sabe, las piernas y los pies suelen, en
el mejor de los casos, hincharse un poco a diez mil metros de altura. Mi pierna
tenía ahora el tamaño de un globo aerostático. El vuelo, inevitablemente, estaba
plagado de turistas ingleses y todos querían hablar conmigo y llevarse mi
autógrafo. Y allí estaba sentado yo, sudando la gota gorda.
Me había desatado un poco el zapato al embarcar, y cuando aterrizamos fue
imposible encajármelo de nuevo. Mi aspecto tenía que haber sido dantesco
cuando atravesé, renqueante, el control de aduanas. Por suerte, mi médico ya
estaba allí, y al ver lo estresado que estaba me pidió que me bajara los
pantalones.
Le bastó con un vistazo para decir: «¡Hostia puta!». Supo instantáneamente que
se trataba de una trombosis, que según parece había empezado a formarse en el
interior de mi muslo derecho y se había abierto paso hasta alcanzar mis gemelos.
De haberse expandido en dirección contraria, hacia mi corazón y cerebro, me
podría haber matado fácilmente. Mi médico, después de advertir la gravedad de
la situación a través de mis descripciones telefónicas, lo había dejado todo
organizado, y en cuestión de media hora estaba ingresado. A pesar de que había
sido un vuelo corto, resulta pavoroso pensar, sabiendo lo que sabemos hoy sobre
la trombosis venosa profunda, que embarcar en un avión en aquel estado era
probablemente lo más peligroso que hubiese podido hacer.
Sir Matt me vino a ver al hospital. Me preguntó cómo me iban las cosas y si me
había estado cuidando, aunque me temo que conocía de sobra la respuesta a
aquella pregunta. Al final, tras despedirse, se dio media vuelta y me dijo, como
quien no quiere la cosa: «Ya va siendo hora de que vuelvas a jugar, ¿no te
parece?».
Era un momento curioso para hacer semejante comentario, teniendo en cuenta
que no estaba en condiciones de salir de la cama, y menos aún de jugar con el
Manchester United. Pero me dejó alucinado que Sir Matt se resistiera a tirar la
toalla conmigo.
A pesar de que no soy una persona especialmente religiosa, me quedé
elucubrando: ¿Me habré librado de la muerte gracias a algún tipo de ayuda
divina? Era como si mi supervivencia significara que tenía que volver a jugar al
fútbol. Aunque esta vez lo haría en mis propios términos. Cuando me dieron el
alta, anuncié que solo deseaba jugar con Irlanda del Norte, pero no con el
Manchester United. Era toda una ironía, habida cuenta de los muchos partidos
con mi selección que me había perdido, pero en mi estado de soberano
aturdimiento, ¡me pareció que convertirme en futbolista a media jornada era una
idea genial!
Tommy Docherty, «el Doctor», había asumido el puesto de entrenador del
United poco antes de las Navidades de 1972, y su golpe de timón sirvió para que
el equipo eludiera el descenso, aunque la cosa estuvo reñidísima, y el club
terminó la campaña solo siete puntos por encima del Crystal Palace, el equipo
con más puntos entre los descendidos. Yo ignoraba si Docherty estaba al
corriente de la oferta que me había hecho Matt, pero tendría que haberlo
advertido cuando respondió a mis aturdidas declaraciones diciendo: «George
Best está inscrito en la FIFA como jugador del Manchester United y legalmente
no puede jugar con nadie más sin nuestro permiso». También declaró que antes
de que me permitieran fichar por cualquier otro club debería entrenar con el
United.
En cuestión de una semana, Docherty dijo que estaba abierto a escuchar
cualquier oferta razonable por contratar mis servicios. El Queens Park Rangers,
que acababa de ganar la promoción de ascenso, expresó su interés.
Pero todo se quedó en agua de borrajas.
Ni que decir tiene que mi idea de jugar exclusivamente para Irlanda del Norte
era grotesca, aunque la realidad es que llevaba años siendo futbolista a media
jornada.
Sin duda, mi actitud había disuadido a muchos otros clubes. De pronto me vi
convertido en un caballo regalado cuyas riendas nadie quería tomar.
Capítulo diez
El fin de una era
LA TROMBOSIS ME DIO LA EXCUSA PERFECTA para retirarme
definitivamente del fútbol a los veintisiete años después de simular que lo hacía
un par de veces y de haber amenazado con hacerlo otras muchas más. Sin
embargo, en lugar de convertirse en el motivo de mi retirada, y debido a mi
naturaleza obsesiva, la trombosis se terminó convirtiendo en la excusa perfecta
para intentar jugar de nuevo, para comprobar si era capaz de recuperar mi mejor
forma. Seguía siendo joven y todavía no había decidido qué quería hacer cuando
me retirara, así que cuando Paddy Crerand se dejó caer para sondear mi regreso
a Old Trafford durante la primavera de 1973, le hice caso. Paddy estaba
ejerciendo las funciones de segundo del Doctor y hacía las veces de
intermediario entre él y yo.
Yo siempre había admirado a Paddy, tanto como persona como jugador. Era un
apasionado del fútbol y un defensor a ultranza del United. Y a pesar de que no
tenía claro si quería regresar, me convenció de que Docherty estaba hecho para
el United, de que ficharía a nuevos jugadores para devolver al equipo a las
cumbres de hacía solo cinco años; y lo más importante, que lo haría defendiendo
el espíritu del United.
Finalmente, accedí a reunirme con el Doctor. Se le conocía por su humor agudo
y su facilidad para bromear, aunque también por lo muy en serio que se tomaba
el fútbol.
—Veamos —me dijo—. Sé que has tenido problemas, pero si te saltas los
entrenamientos, no seré yo quien se lo vaya a contar a nadie. Lo único que te
pido es que, si no apareces, tendrás que volver por tu cuenta y compensarlo.
¿Qué te parece?
—Me parece bien —le respondí—. Pero necesitaré algún tiempo para recuperar
la forma y no quiero que nadie me meta prisas.
Sellamos el acuerdo con un apretón de manos, aunque si había accedido a
regresar a Old Trafford era más por Paddy que por Docherty. Pero nunca he sido
de los que hacen las cosas a medias, así que una vez más empecé a entrenarme
como si no hubiera mañana. Dejé de beber —brevemente— y redoblé los
entrenamientos, lo que entrañaba añadir una sesión vespertina para ejercitarme
con Paddy y Bill Foulkes, que se había hecho con las riendas del filial.
Además, tenía que perder mucho peso, después de tantos meses alejado de los
terrenos. Había sobrepasado mi peso ideal, que estaba alrededor de los sesenta y
ocho kilos, en seis kilos y medio. Pero, con solo veintisiete años, no me había
perjudicado lo suficiente como para no recuperar mi mejor forma. O al menos,
eso es lo que creía.
El fútbol ocupaba ahora más tiempo en mi vida que en ningún otro momento
desde que me incorporé al club como aprendiz extraoficial, aunque seguía
planeando qué haría tras retirarme. Entonces los futbolistas cobrábamos apenas
una milésima parte de las cifras que se pagan hoy, y muchos soñaban con ahorrar
lo suficiente para comprar un pub. ¡O casarse con alguna pechugona que ya
tuviera uno!
Lo cierto es que a mí me había ido mucho mejor que a la mayoría, y a menudo
les comentaba a mis compañeros mi intención de abrir una discoteca. Había
pasado suficiente tiempo en discotecas como para saber qué funcionaba y qué
no, de manera que cuando Colin Burne propuso que él, Waggy y yo abriéramos
un local juntos, le dije que adelante. Colin era ya un exitoso propietario de
discotecas, y él y Waggy eran grandes amigos.
Colin encontró un garito llamado Costa del Sol, en Bootle Street, y nos llevó a
Waggy y a mí para que lo viéramos una noche de noviembre. Por fortuna, nos
advirtió de que no nos hiciéramos muchas ilusiones, porque el lugar era
espantoso. Recuerdo dirigirme a la presunta «cocina» y descubrir los fogones
plagados de gusanos. Había también una espesa capa de grasa recubriendo toda
la superficie del local y sus paredes. Jamás me explicaré cómo es posible que
hubiese sobrevivido a las inspecciones de Sanidad.
Por lo demás, todo era un desastre. Para empezar, todas las calles adyacentes
estaban cubiertas por dobles franjas amarillas, lo que significaba que sería una
pesadilla aparcar. Había también una comisaría de policía a la vuelta de la
esquina, lo que no era un punto a favor para los noctámbulos, precisamente. Y
para acabar de rematarlo, el club estaba en una segunda planta. Quizá fuera
culpa del Cavern Club, el lugar donde los Beatles habían empezado a tocar, o por
locales como el Tramp en Londres, pero el caso es que hasta entonces todos los
clubs de éxito eran sótanos. Quizá os parezca que eso fuera lo de menos, aunque
no lo es cuando tienes que invertir dinero en un negocio.
La noche en que fuimos a hacer nuestra misión de reconocimiento solo había dos
personas dentro, y después de nuestro tour de tres horas por el local —por así
llamarlo— la pareja de incondicionales seguía siendo la única clientela. Yo no
veía nada claro que aquel tugurio pudiera convertirse en un club de referencia,
pero Colin se nos quedó mirando a Waggy y a mí con una expresión alentadora:
—¿Qué os parece? —nos preguntó.
—Es un antro de perdición, pero aquí el experto eres tú —respondí—. ¿Cuánto
piden?
Colin tosió un poco y dijo que si pagábamos diez mil libras, el local era nuestro
al momento.
—¿Diez mil por esta pocilga? —dije—. Perfecto, me apunto.
Para mí, tres mil libras no era ninguna fortuna, y había decidido hacía tiempo
tomarme los consejos de Colin al pie de la letra. Waggy siempre estaba dispuesto
a echarse unas risas, así que apoquinamos cada uno el tercio correspondiente y
nos embarcamos en la aventura de rehacer el local.
Yo sugerí una fumigación integral, aunque todo lo que hizo falta fue una
limpieza a fondo y darle unas cuantas capas de pintura. Después de que la
franquicia de vinaterías Yates Wine Lodge hubiese triunfado enormemente
gracias a introducir el vino entre la juventud, decidimos emular su fórmula e
incorporar una vinoteca, donde servíamos vinos de calidad ligeramente superior
al que se servía en las vinaterías Yates.
La otra clave de nuestro éxito fue contratar a un DJ local de primera categoría.
También hubo que elegir un nombre nuevo, y tuvimos todo tipo de ocurrencias,
hasta que propuse que lo bautizáramos como Slack Alice. Era el nombre de un
personaje de ficción que aparecía en el programa televisivo del cómico Larry
Grayson y estaba en boca de todo el mundo. A Colin y Waggy les gustó la idea,
y se nos ocurrió diseñar un logotipo inspirado en la Alicia del país de las
maravillas en ligueros. Escribí a Larry Grayson para pedirle permiso para usar el
nombre de su personaje y me respondió con un telegrama en que decía: «Será
todo un privilegio que bautices a tu local en honor a nosotros».
En esa época, Larry había popularizado otra frase pegadiza: «Shut that door»
[cierra esa puerta], aunque parecía ligeramente contraproducente como nombre
para una discoteca.
Docherty había acordado no precipitar mi reincorporación al United, pero tras un
mal arranque de temporada, me pidió que jugara contra el Birmingham, en Old
Trafford, en octubre de 1973.
Yo no estaba convencido de estar en plena forma física, aunque supongo que mi
viejo ego se sentiría halagado, y decidí jugar. Y cuando salí del túnel de
vestuarios y escuché el clamor del público, que me obsequió con una formidable
ovación de bienvenida, me sentí prácticamente como en el día de mi debut. La
adrenalina me ayudó a tirar millas durante un rato e intenté regalarme unos
cuantos regates de cara a la galería y alguna que otra pirueta para que el público
amortizara el valor de su entrada.
Pero después de haber jugado apenas un par de partidos con el filial y dos o tres
amistosos, no fui capaz de aguantar el ritmo. Llegué al descanso destrozado y fui
sustituido, aunque al menos ganamos 1-0. Nuestro cancerbero, Alex Stepney,
marcó desde el punto de penalti y encabezaría la tabla de máximos goleadores
del equipo durante unas semanas, lo cual lo decía todo del equipo en que
jugábamos.
Yo empecé a recuperar la forma y marqué un par de goles. Pero a pesar de todas
las promesas y de los fichajes firmados por Docherty —como George Graham,
Jim Holton y Lou Macari— seguíamos sin jugar como es debido.
Empezaba a preguntarme si no habría sido un clamoroso error haber regresado,
especialmente ahora que estaba supermetido en los preparativos para inaugurar
el Slack Alice en Navidades. El fútbol seguía siendo tan deprimente como en los
últimos años, y a pesar de que no había osado poner a prueba la promesa de
Docherty de quedarse calladito si me perdía algún entrenamiento, no siempre me
presenté casto y puro a hacerlo.
Paddy era un buen tipo, y aunque no éramos amigos fuera del campo, me
protegía un montón. Me metía caña en los entrenamientos, especialmente cuando
Docherty nos observaba, pero cuando nos quedábamos solos procuraba
animarme. Una mañana, sin embargo, después de que me presentara a entrenar
supurando alcohol, me dijo: «Apestas», y me ordenó que me duchara antes de
salir a entrenar.
Los planes para inaugurar el Slack Alice, en cambio, iban como la seda, y
logramos encajar la última pieza del rompecabezas cuando convencimos a un
auténtico crack llegado de España, Félix Izquierdo-Moreno, para que lo
dirigiera.
Félix trabajaba en un restaurante en Mallorca llamado Gomilla Grill, en el que
entré un día por casualidad, al poco de ganar la final de la Copa de Europa de
1968. Resultó que Félix era fan de mi fútbol, y era otra de esas personas con las
que es imposible llevarse mal. Era un camarero español de película, les cantaba a
los clientes mientras se deslizaba de una mesa a otra, capaz de hacer tres cosas
simultáneamente: cocinar, servir copas y fregar platos.
Ni que decir tiene que llevé a todos mis amigos a conocer el Gomilla, y con el
tiempo también a la mayoría de la plantilla del United. Así que cuando
inauguramos el club tuvimos claro que no encontraríamos a nadie mejor para
llevarlo. Félix no tenía muy claro que pudiera encargarse solo, pero el hecho de
que estuviera casado con una chica de Manchester lo terminó de convencer. El
local estuvo abarrotado prácticamente desde la inauguración, y que mi nombre
estuviera asociado a él no le hizo ningún daño a su popularidad; sería Félix quien
le daría personalidad.
Si bien yo estaba encantado de formar parte del Slack Alice, dirigir una
discoteca no era exactamente lo más recomendable para un deportista
profesional. Como copropietario del club —y rostro más conocido—, la clientela
contaba con verme la mayoría de noches, esperaba poder tomarse una conmigo,
si no unas cuantas, especialmente en los días posteriores a la inauguración en
Navidad. Era superexcitante verlo llenarse hasta que no cabía un alfiler, y
después de una fiesta de fin de año que extendí hasta el 2 de enero (de 1974), me
perdí el entrenamiento del día siguiente, un jueves.
Docherty cumplió con su parte del trato y no soltó prenda ante la prensa. Y yo
cumplí con la mía: llamé a Paddy y me fui a entrenar con él y con Bill por la
tarde. El sábado jugamos contra el Plymouth en partido de la tercera eliminatoria
de la FA Cup, un choque no muy exigente a priori. Después de haberle echado
una mano a Doc y haber jugado cuando no estaba al cien por cien, me sentía más
que preparado para disputarlo, y el viernes Doc no me dijo absolutamente nada
por haberme perdido el entrenamiento del jueves. Tampoco dijo nada durante el
almuerzo previo al partido, el sábado al mediodía. Solo después, como hora y
cuarto antes del pitido inicial, Paddy y Doc me escoltaron hasta el vestuario del
árbitro:
—Hoy no te voy a alinear —me dijo Docherty.
—¿Por qué no? —respondí atónito.
—Porque te saltaste el entrenamiento del jueves.
Le recordé nuestro trato, le dije que había cumplido con mi parte yendo a
entrenar por la tarde. Pero no había vuelta atrás, se emperró en apartarme, se dio
media vuelta y desapareció.
Me sentí completamente humillado.
—Si ni siquiera sirvo para enfrentarme al Plymouth Argyle —le dije a Paddy—,
pues, vaya, para eso me retiro.
—No digas estupideces —me respondió—. No hagas ninguna tontería. Te
presentas el lunes por la mañana y todo habrá quedado olvidado.
—No, Paddy —insistí—. Estoy acabado.
Paddy se quedó vagamente avergonzado por dejarme allí, porque yo estaba
empezando a emocionarme, pero él tenía que regresar al vestuario para dar las
últimas instrucciones a la plantilla. En cuanto se fue, me senté en un banco y me
puse a llorar. Sabía que esta vez era la definitiva.
Cuando recuperé la compostura, me dirigí al salón privado para los jugadores a
tomar una taza de té y me quedé allí sentado escuchando el clamor de la
multitud, sus cánticos en mi contra. No tenía el menor interés en ver el partido,
aunque, al terminar, Sammy Mcllroy vino a decirme que habíamos ganado 1-0.
«Ya no hace falta que me incluyas en el “nosotros”. Cuelgo las botas, Sammy»,
le dije.
Sammy no sabía qué decir, no tenía manera de saber que esta vez era la
definitiva, pues ya había anunciado que lo dejaba en otras muchas ocasiones.
Una vez que el público hubo desalojado el estadio, me subí a las gradas y me
quedé allí sentado, solo, durante casi una hora. Me senté y pensé en todos los
grandes momentos que había vivido y en todas las grandes gestas en las que
había participado. Las gradas estaban silenciosas y desiertas, pero en mi cabeza
sonaba estereofónicamente el clamor de las cincuenta mil gargantas
concentradas en Old Trafford en el día de mi debut, la primera vez que atravesé
el túnel, con solo diecisiete añitos. Me acordé del gol que marqué tras mearme a
Bobby Moore y la cara de estupefacción de Pat Jennings después de que lo
batiera de un disparo espectacular.
Me acordé de las grandes noches europeas bajo el alumbrado artificial, de la
teatralidad de aquellas veladas. Allí sentado, perdido en mis pensamientos, los
recuerdos me inundaron hasta que las lágrimas empezaron a rodarme por las
mejillas.
Mis lágrimas también destilaban rabia, porque, sencillamente, no daba crédito a
que todo hubiese terminado. Pensé en cómo era posible que hubiese sido
descartado para jugar contra un equipo al que deberíamos haber ganado 7-0
fácilmente. Y sin mí, a duras penas consiguieron llevarse una victoria por la
mínima. Hacía dos años, cuando me fui a España, sabía que, en el fondo, mi
retirada no era definitiva, que volvería a Old Trafford. Pero esta vez estaba
seguro y necesitaba ese momento de soledad en las gradas para despedirme.
Finalmente, una azafata se me acercó y me dijo: «Es hora de irse, George».
Así que me incorporé y abandoné el estadio.
Y pasaría mucho tiempo, pero mucho, antes de que consiguiera reunir las fuerzas
para regresar.
Lo que más me calentó es que Docherty declarara a la prensa que me había
presentado al partido borracho y con una mujer agarrada del brazo, lo cual era un
bulo rastrero. Jamás me había presentado borracho a un partido del United, y ni
de coña me hubiese presentado jamás en el vestuario en compañía de ninguna
chica.
Paddy sabe la verdad y siempre ha defendido mi versión, aun cuando es probable
que pensara que ya no estaba a la altura de las circunstancias. Desde entonces, he
coincidido varias veces con Doc en distintas cenas de gala y me parece un tipo
divertido. Aunque también creo que es un poco fantasma.
Después de un final tan emotivo a mis días en el United, quería quitarme el
fútbol de la cabeza durante una buena temporada, así que me dediqué en cuerpo
y alma al Slack Alice, que ya se estaba convirtiendo en uno de los garitos que
más la estaban pegando en Manchester. Solo fui consciente de la envergadura
que estaba cobrando el local un mes después de dejar Old Trafford. Recibí una
llamada de uno de los organizadores del certamen Miss Mundo. La
estadounidense coronada ese año, Marjorie Wallace, estaba en Manchester y
había preguntado a los organizadores del certamen si había algún lugar donde
pasar un buen rato el domingo por la noche, una pregunta que, normalmente, en
la época, hubiese merecido una respuesta tipo: «no hay mucho que hacer».
Nosotros éramos prácticamente el único club abierto el domingo por la noche
debido a las draconianas leyes de concesión de licencias, lo que se traducía en
que la mayoría del resto de locales no disponían de la licencia adecuada, y no se
iban a molestar en pedirla. Así que los organizadores del certamen, que no se
chupaban el dedo, me llamaron y me preguntaron si Marjorie podía asistir al
club como invitada:
—Por supuesto —respondí como el tipo generoso que soy.
—Tendrás que pagar, naturalmente —me dijeron.
—Aquí nadie cobra por venir —solté yo entre risas—. Normalmente, los que
cobramos somos nosotros, pero vaya, tratándose de una Miss Mundo, puede
acudir como mi invitada y la recibiremos con los brazos abiertos.
—No, tendrás que pagar —respondieron—. Son solo ciento cincuenta libras.
Piensa en la buena publicidad que te dará tenerla.
Esa sí que era buena. Hubiese pagado con mucho gusto bastante más de ciento
cincuenta libras por librarme de la publicidad que estaba generando. Así que me
reí de nuevo y les dije que Marjorie estaba más que invitada y que no tendría
problema en posar junto a ella para una foto. Pero que ni hablar de pagarle nada.
Lo dije y colgué, aunque no tardarían en contactarme de nuevo para decirme que
a Marjorie le encantaría pasarse por el Slacks. Más tarde, posamos para la foto y
ella se tomó una copa de champán, mientras yo iría ya por el segundo o tercer
vodka. No se quedó mucho tiempo, aunque lo suficiente para que consiguiera su
teléfono en Londres, después de decirle que viajaba con frecuencia a la capital,
lo cual no era ninguna mentira. Ahora que me había convertido en agente libre,
al menos en lo que concernía al fútbol, podía permitirme el lujo de escaparme
los fines de semana Londres sin que decenas de periodistas acamparan a las
puertas de la casa de alguna novia.
Leí en la prensa artículos que hablaban del futuro enlace de Marjorie con el
piloto de Fórmula 1 Peter Revson, con quien estaba prometida. Y también leí
que había estado relacionada sentimentalmente con Tom Jones y Jimmy
Connors, la estrella del tenis. La lectura no me quitó las ganas, al contrario: mi
interés por ella se incrementó, así que la llamé un par de días después y me
autoinvité a bajar a Londres.
Cuando me presenté en su puerta el viernes por la noche, echó una ojeada a mi
bolsa de viaje y me preguntó:
—¿En qué hotel estás?
—Todavía no lo sé. Ya me encargaré luego de resolverlo.
Era evidente que no tenía ninguna intención de dormir en un hotel, y una vez que
la naturaleza siguió su curso, Marjorie no volvió a sacar el tema.
El día siguiente fue como cualquier otro de mi vida en Londres: comida en San
Lorenzo, ir al cine por la tarde, salir al Tramp por la noche y rematarlo en brazos
de una mujer hermosa. Por desgracia, las cosas se pusieron feas después de que
Marjorie atendiera una llamada telefónica mientras yacíamos en la cama, a
primera hora de la mañana.
Al principio pensaba que era Revson, pero entendí que tal vez fuera su madre
cuando Marjorie dijo: «Le echo de menos, ¿sabes? Díselo. Dile que me he
estado portando bien y que me muerto de ganas de verlo».
«¡Portando bien!». Yo no daba crédito. O sea, estaba al corriente de la existencia
de Revson y de sus otros novietes, pero no hacía falta que me lo restregara por la
cara. Yo estaba lejos de pedirle matrimonio, solo habíamos pasado una noche
juntos, pero me sentí tratado como un pedazo de mierda.
Cuando colgó perdí la chaveta:
—¿Cómo es posible que tengas semejante conversación telefónica cuando estás
conmigo en la cama? —grité—. ¿Acaso no podrías haberte buscado una excusa
y decir que llamarías más tarde o haberte llevado el teléfono a otra habitación?
—¿Y quién demonios te crees tú para decirme lo que tengo que hacer? —replicó
ella. Supongo que la ironía del asunto es que a la mañana siguiente sería ella
quien me diría lo que tenía que hacer: «Me parece que lo mejor será que te
vayas».
Fue el final de una maravillosa relación, aunque, en cualquier caso, yo ya había
expresado mis intenciones de largarme. Ella salió de casa y me dejó literalmente
tirado en su cama.
Hacia el mediodía, cuando me desperté, alguien llamó a la puerta y me abstuve
de abrirla. Sin embargo, no pude resistir la curiosidad y me asomé a la ventana:
había un Rolls-Royce aparcado afuera. Unas horas después sonó el teléfono y,
convencido de que sería Marjorie, descolgué el auricular y dije: «Sí, todavía sigo
aquí. Pero no te preocupes, me estoy yendo».
Acto seguido colgué el aparato furioso sin esperar a que nadie respondiera.
Viéndolo ahora, hacerlo fue una soberana estupidez porque sabía que podría
haber sido Revson, si no su madre, de nuevo, quien estuviera al otro lado de la
línea.
El martes por la noche, una pareja de agentes de la policía de Manchester se
pasaron por el Slacks para comentarme que dos agentes procedentes de Londres
estaban de camino para detenerme por robo. Les dije que eso era un disparate,
pero ellos, sintiéndolo mucho, me acompañaron a la comisaría de la calle Bootle.
Tanto preocuparme por tener la discoteca a tiro de piedra de la comisaría, y
resulta que al final me vendría de perlas.
Claro que no es lo que pensaba en ese momento. Estaba absolutamente fuera de
mis casillas cuando me informaron de que se me acusaba de haber robado una
chaqueta de piel, un pasaporte, un talonario y joyas de la casa de Marjorie. Les
dije que era un absoluto disparate y me cabreé aún más cuando la policía registró
la residencia de la señora Fullaway, donde yo seguía instalado. A pesar de que
me había ido del United, seguía siendo oficialmente jugador del club y ni se me
había ocurrido mudarme a ningún otro lado. Estaba bastante seguro de que no
iban a encontrar ni abrigos de pieles ni piedras preciosas en casa de la señora
Fullaway.
La policía local me mantuvo bajo custodia hasta que llegaron los chavalotes de
Londres, que acto seguido me conducirían rumbo a la capital sin mediar palabra.
En cualquier caso, me permitieron llamar a mi abogado, Geoffrey Miller, que me
indicó que no dijera nada hasta su llegada. Pero no me podía dar más igual
porque era inocente y no tenía nada que esconder. Estuve encantado de que me
interrogaran en Londres.
Los detectives reconstruyeron los acontecimientos de la noche del sábado
conmigo.
—O sea, que fue al cine en compañía de la señora Wallace y vieron una película,
¿correcto?
—Sí —respondí.
—Y tras la película salieron a comer algo, luego se fueron al Tramp, y terminó
pasando la noche en el apartamento de la señorita, ¿correcto?
—Correcto.
Parecían satisfechos.
—¿Y todo sucedió en la noche del viernes 16?
—No.
Se quedaron circunspectos.
—Pero acaba de admitir haber hecho todas esas cosas...
—Sí, pero el sábado, no el viernes.
Me dijeron que Marjorie estaba convencida de que los acontecimientos relatados
se habían producido en la noche del viernes, lo que me llevó a preguntarme qué
se habría tomado Marjorie esa noche. Y también me dijeron, basándose
presumiblemente en su declaración, que el robo se había producido en algún
momento entre el domingo por la noche y el martes, cuando yo ya estaba de
regreso en Manchester.
Geoffrey, mi abogado, se quedó algo preocupado cuando descubrió que había
accedido a que me interrogaran sin su presencia, aunque le dije tres cuartos de lo
mismo: «Fuimos juntos al cine. Luego fuimos al Tramp y me quedé a pasar la
noche en su apartamento. Pero se equivocan de día. Si el culpable fuera yo,
significa que tendría que haber viajado de vuelta a Manchester el domingo y que
ese mismo domingo por la noche o la noche siguiente habría regresado a
Londres para forzar la entrada de su apartamento y robarle sus joyas y sus
chaquetas».
Y eso, dando por supuesto que yo era un ladrón consagrado, porque lo que
estaba claro es que no tenía llave. Y para acabar de rematar el sinsentido, no
había rastro de allanamiento. Así que fuera quien fuera el ladrón o la ladrona,
tenía que haber tenido la llave del apartamento de Marjorie.
«Pasé el domingo y el lunes por la noche en mi club. Debe de haber alrededor de
quinientos o seiscientos testigos», declaré a la policía. «Pero incluso en el caso
de que me hubiese escaqueado y hubiese tomado un tren a Londres, ¿no me
habría visto alguien? Me parece que tengo una cara bastante reconocible», añadí.
Sus argumentos no tenían ninguna lógica, pero me inculparon igualmente, y
cuando comparecí en audiencia frente a la corte de Marylebone en febrero, me
exigieron seis mil libras de fianza, que Waggy pagó en mi nombre.
Me advirtieron que no contactara con Marjorie, pero estaba tan enfadado que no
me pude contener. La llamé un par de veces, de hecho, y le dije lo que pensaba,
aunque me quedé más tranquilo cuando me comentó que no tenía ninguna
intención de presentarse al juicio.
Peter Revson murió cuando su Fórmula 1, un bólido de la escudería Shadow, se
estampó contra un muro durante los entrenamientos del Gran Premio de
Sudáfrica, celebrado en Kyalami, cinco días antes del juicio. Marjorie regresó a
Estados Unidos para asistir al funeral, después de que su pasaporte y sus joyas
hubiesen aparecido en un paquete enviado a la redacción del Sunday People.
Marjorie tampoco se presentó al juicio después de que el caso fuera pospuesto
para el 24 de abril, así que los cargos quedaron retirados. El juez dijo que podía
irme a casa sin una sola mancha en mi expediente.
La muerte de Revson fue una tragedia, aunque yo también me llevaría mi parte
de noticias funestas tres días después de ser detenido.
La violencia en las calles de Belfast había empeorado, y papá llamó para
contarme que mi primo, Gary Reid, un chaval de diecisiete años, había sido
asesinado a balazos. Gary se convirtió en otra cifra en la estadística del conflicto
norirlandés, una de las miles de víctimas inocentes que jamás tuvieron nada que
ver con el mundo del terrorismo. Gary estaba en el lugar equivocado a la hora
equivocada. Era un chaval encantador cuyo único crimen fue salir a la calle una
noche a comprar fish and chips, la cena de sus padres. Gary fue abatido por un
fuego cruzado. Lo más paradójico del caso es que parece que fue una bala del
ejército la que le mató, y digo paradójico porque uno de nuestros familiares
trabajaba en los servicios secretos.
Me parece que no hay nadie que haya vivido en Belfast que no se haya visto
afectado por el Conflicto de una manera u otra; aunque hasta ese día no
habíamos perdido a ningún familiar por culpa de la violencia. Hasta entonces
habíamos sido bastante afortunados. Mi familia es de origen protestante, pero
todos —desde mis abuelos a mi padre pasando por mi madre y hermanas Carol y
Barbara— éramos abiertos de miras y no teníamos ningún problema en
reconocerlo.
Hay que ser un poco inocente para ser de Belfast y pensar que solo existe una
religión culpable, y que, curiosamente, no es la religión en la que crees. Ambos
lados tienen sus cosas buenas y malas, y de todas formas hacen falta dos para
bailar el tango o hacer la guerra, que es lo que hubo en Irlanda del Norte durante
todos esos años.
Cuando era niño y formaba parte de la orden de Orange, el 12 de julio, la fecha
que celebraba el aniversario de la batalla del Boyne, era una jornada de
celebración en la calle. Proliferaban los insultos, pero nadie se unía a la orden de
Orange porque odiara a los católicos, de la misma manera que nadie se unía al
IRA porque odiara a los protestantes. Hoy en día, el odio es el motivo
fundamental para sumarse a uno de los dos bandos. Se suponía que el acuerdo de
Viernes Santo de 1998 iba a reinstaurar la paz, pero las palizas y los maltratos
siguen sucediendo a diario en el Ulster, y ningún residente de Belfast en sus
cabales se atrevería a decir que todo ha vuelto a la normalidad.
Las cosas han mejorado en los últimos años, aunque a día de hoy parece que
algunos terroristas solo se mueven por dinero. Hay facciones escindidas que ya
no luchan por motivos religiosos ni por creencias familiares; por enmendar los
errores del pasado o construir un futuro mejor. Es pura y simplemente por
dinero. Por no hablar de las drogas, que cada vez tienen más peso en la situación,
y ambos bandos siguen traficando y luchando por mantener su control, debido a
las astronómicas cifras que hay en juego.
En los últimos años ya no se ven tanques del ejército en las calles. Pero siempre
habrá gente que no dará su brazo a torcer, gente que no desea la paz. Y esa es la
auténtica tragedia. Aun cuando el noventa por ciento de la población desea ver el
fin del conflicto, es algo que no sucederá mientras siga existiendo un diez por
ciento de radicales que, básicamente, no tienen el menor interés en respetar los
derechos humanos.
El asesinato de Gary se produjo en un momento muy complicado para papá, mi
hermano y hermanas, cuando intentaban lidiar con el alcoholismo de mi madre,
que cada vez era más y más preocupante. Carol se había convertido,
virtualmente, en la otra madre de los críos.
«George, la mamá de hoy no tiene nada que ver con la mamá con la que
crecimos. Realmente vivimos sus mejores años: hoy no la reconocerías», me dijo
Carol una vez.
Según mi hermana, mamá se había vuelto hostil, extremadamente malhumorada
y deslenguada con los niños. Carol contaba que por las noches le daba miedo
volver a casa y que había adquirido el hábito de asomarse a la ventana del salón
para comprobar en qué estado estaba mamá y así saber a lo que atenerse.
Me sentía culpable porque sabía que mamá se preocupaba por mí; sabía que le
había dado motivos de sobra para que lo hiciera durante años. Sin embargo, me
quedé a cuadros el día que me contaron que le había soltado un puñetazo a otra
mujer, una noche, en una discoteca. Según parece, mamá y papá habían salido a
tomarse una copa tranquilamente y cuando mamá se dirigió al lavabo, otra mujer
la siguió y le preguntó: «¿Acaso no es usted la señora Best, la madre de
George?».
Cuando mi madre le dijo que sí, la otra empezó a ponerme a bajar de un burro,
diciendo que si yo era esto y lo otro. Así que mamá le aflojó un guantazo. Se dio
media vuelta, regresó a la mesa y le dijo a papá: «Vámonos, tenemos que irnos».
Yo recordaba a mamá como a una persona supertranquila y considerada, así que
tendría que haber estado hasta el moño para comportarse de esa manera. Me
sentía culpable, aunque no sabía muy bien qué hacer para ayudarla, y lo más
probable es que, en cualquier caso, tampoco fuera la persona más adecuada para
hacerlo.
Es posible que bebiera más que ella, aunque no me parecía nada preocupante,
aun cuando aceptaba que me había llevado a comportarme indeseablemente. Así
que ¿quién era yo para decirle que dejara de beber? Por otro lado, al no estar en
Belfast, desconocía el verdadero alcance de la situación, y como alcohólico que
era, confiaba en que papá y mis hermanas estuvieran mejor preparados que yo
para lidiar con la situación. No solo estaba triste, sino que me sentía como un
inútil.
La diferencia entre mamá y papá es que a él no le importaba que la gente se le
acercara para hablarle de fútbol y de mí. Sin embargo, mamá lo odiaba,
especialmente después del incidente en la discoteca. Si la gente se le acercaba y
le preguntaba: «¿Es usted la señora Best?», una de dos: o se quedaba paralizada
o lo negaba. Además, todos los artículos y la morralla que se escribía sobre mí
solo sirvieron para empeorar las cosas. Desgraciadamente, parecía que a mamá
todo lo relacionado conmigo le afectaba mucho más de lo que ninguno de
nosotros advirtió nunca.
Yo seguía intentando buscarme la vida lejos del fútbol, aunque en mayo de 1974
me convencieron de que me calzara las botas de nuevo. Entonces recibí una
fabulosa oferta para jugar en Sudáfrica, en Johannesburgo, para un club llamado
Jewish Guild, si os lo podéis creer. Me ofrecían once mil libras por jugar dos
meses, pero no quería ir solo, así que le pedí a Waggy que me acompañara, y
después de que le comiera un poco la cabeza, accedió.
Fueron dos meses increíbles, y a mi regreso a casa recibí una llamada de Barry
Fry, que había sido uno de los miembros del personal de campo durante mis
inicios en Old Trafford. Barry era entonces entrenador del Dunstable Town, un
equipo que no jugaba en la Liga. Pero Barry tenía buen ojo para el dinero fácil y
me preguntó si accedería a jugar un amistoso con su equipo contra el filial del
United.
Me ofreció una buena suma y acepté jugar, y el partido le vino fenomenal a las
arcas del Dunstable porque el estadio se llenó hasta la bandera. Batimos al filial
del United 3-2, y la afición saltó al terreno de juego al final del partido y me
comieron vivo.
El United seguía siendo legalmente el equipo responsable de mi ficha como
profesional, así que tuve que pedirle permiso a Doc para jugar todos esos
encuentros, a pesar de que hubiese sido inconcebible que se hubiese negado, ya
que no existía la menor posibilidad de que volviera a vestir la camiseta de los
diablos rojos.
Además, Docherty tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. El
verano anterior había permitido que Denis Law fuera traspasado gratis al
Manchester City, lo que se convertiría en otro de sus grandes fiascos. Al final de
la temporada, Denis marcó de un taconazo en Old Trafford el gol que supondría
la victoria del City y que condenaba al United al descenso a Segunda. El partido
fue suspendido después de que el público invadiera el terreno de juego, pero
comoquiera que solo quedaban ocho minutos para el pitido final y fueron los
hinchas del United quienes forzaron la suspensión, la Asociación decidió dar el
partido por concluido por 0-1, el marcador que señalaba el luminoso antes de la
invasión.
Denis sigue haciendo bromas al respecto en sus charlas de sobremesa a día de
hoy, pero por primera y última vez en su carrera se abstuvo de celebrar aquel gol
y declararía a posteriori que fue el momento más triste de toda su carrera
futbolística. Me imagino cómo se sentiría. Docherty no me despertaba ninguna
simpatía, pero me entristeció ver al United caer tan bajo solo seis años después
de haber ganado la Copa de Europa.
Capítulo once
El regreso de los fantasmas
AHORA QUE ME HABÍA CONVERTIDO en un futbolista retirado, aunque
fuera extraoficialmente, no tenía nada mejor que hacer que pasármelo bien.
Dicen que la pereza es la madre de todos los vicios, y ahora que estaba rebosante
de tiempo libre, me encontré con las manos llenas de fichas de casino, un
perfecto tercer vicio para acompañar al alcohol y las mujeres, mis otros dos
pecados capitales.
El juego.
Yo había hecho mis pinitos con el paso de los años, aunque no era más que un
aficionado. Sin embargo Colin Burne era un jugador consumado, y con lo poco
que había que hacer después de que el Slacks cerrara sus puertas a las dos de la
madrugada, adquirimos la costumbre prácticamente diaria de terminar la noche
en el casino. El pobre Waggy, que no era amigo del juego, se quedaba cerrando
solo, porque Colin y yo nos convertimos en una pareja de gremlins ansiosos por
salir rumbo al casino tan pronto como daban las dos.
Solíamos ir a un lugar llamado Soames, un local dirigido por un francés, Emile
Semprèse. El Slacks estaba yendo tan bien que, noche sí y noche también, Colin
y yo nos dirigíamos a la caja fuerte, nos pillábamos cada uno quinientas libras de
las ganancias del día y nos íbamos de cabeza a Soames, uno de los casinos más
elegantes. Y lo primero que hacíamos era pedir y dejar pagadas sendas botellas
de champán, así que aun en el caso de que perdiéramos todo nuestro dinero, al
menos nos quedarían un par de buenas botellas al final de la noche con las que
celebrar o ahogar nuestras penas.
Yo creía que estaba empezando a apostar demasiado a lo bestia, pero Colin
estaba a otro nivel. Una noche, cuando anunciaron la última apuesta para la
ruleta, Colin estaba prácticamente sin blanca. Pero lo apostó todo al número 22
en todas sus combinaciones posibles. Yo me quedé sin aliento cuando la ruleta
empezó a girar y apenas podía mirar, pero cuando la bolita cayó en su casilla, fue
como si una mano providencial hubiese salido de la nada, la hubiese
interceptado y depositado directamente sobre el número 22.
Colin, que se embolsaría miles de libras con aquella apuesta, me dirigió una
sonrisa de oreja a oreja, aunque ambos sabíamos que apostar el dinero que no
teníamos era un hábito peligroso. Unos meses después, estábamos jugando a los
dados a crédito y media hora después de haber cruzado el umbral llevábamos
gastadas ya diecisiete mil libras. Si me hubiese tomado un segundo para
pensarlo, me hubiese dado un jamacuco. Sin embargo, teníamos la adrenalina
disparada, así que seguimos jugando. Dos horas después, seguíamos teniendo los
dados en nuestras manos y le habíamos dado la vuelta a la tortilla: los números
rojos se habían transformado en unas extraordinarias veintiséis mil libras de
beneficios.
En el momento, la experiencia era alucinante, algo de película, pero más tarde,
cuando pensé en lo que podría haber pasado si las cosas hubiesen salido mal, se
me pusieron los huevos de corbata. Ni que decir tiene que todos los crupieres del
casino nos conocían y probablemente ya sabían que como clientes diarios
éramos buenos para el negocio, sin perjuicio de lo que perdiéramos o ganáramos.
Emile también se comportó como si estuviera realmente encantado y nos felicitó
con un «bien jugado, muchachos», mientras dábamos cuenta de las dos botellas
de champán.
Colin también se comportaba como un jugador en sus negocios, pero por suerte
era un genio cuando se trataba de dirigir pubs, clubs o restaurantes. Tenía la
habilidad de anticiparse a los gustos y deseos del público. Una vez me lo llevé a
Geales, un restaurante especializado en pescados en Notting Hill Gate, donde le
dije que servían el mejor fish and chips de todo Londres. Así que, como era de
esperar, lo siguiente que hizo Colin fue abrir un fish and chips de lujo —para
algunos demasiado— en Manchester. Estaba todo cubierto de paneles de madera,
las chicas que trabajaban detrás del mostrador eran hermosas y servían champán
con hielo. Era un lugar alucinante, realmente increíble.
Así que cuando Colin nos propuso a Waggy y a mí que compráramos el antiguo
hotel Waldorf y lo transformáramos en un club, ¿quién era yo para decirle que
no? El Slacks era ya un éxito rotundo y no había cara conocida que no lo pisara.
Jimmy Tarbuck, obviamente, era un cliente habitual siempre que pasaba por
Manchester, al igual que Bruce Forsyth y Dave Allen. Mick Jagger se dejó caer,
y también lo hizo otra estrella del rock que tenía un concierto en Manchester. Y
había, además, un sinfín de grandes personajes locales, como Frank Evans, el
torero de Manchester; o Brian Hafferty, un empresario de la ciudad que solía
organizar timbas de cartas. El Slacks estaba tan concurrido que la mayoría de
noches no cabía un alfiler. Así que nos pareció que estaría bien proponer una
alternativa al respetable.
Abrimos Oscar’s en noviembre de 1974, y Colin, como era habitual, había
diseñado un plan brillante para convertirlo en un local versátil, un local que se
adaptara a los gustos de todo el mundo a cualquier hora del día. La primera
planta era propiamente Oscar’s, donde se servía auténtica comida de pub; no
faltaba de nada: salchichas, puré de patatas, bistecs, pastel de carne inglés...
También había una gran chimenea que hacía el espacio muy acogedor y se
llenaría de hombres de negocios durante el almuerzo. En la planta de arriba
teníamos un reservado para banquetes al que bautizamos como Dorian Gray. Y
entre ambos quedaba la discoteca, que se llamaba Saville’s y que en honor a la
verdad no triunfó tanto, probablemente por culpa del Slacks.
Aunque la verdadera mina de oro de Oscar’s fue la vinoteca que inauguramos en
la planta de abajo. Solo la abríamos durante un par de horas, cuando cerraba el
pub, sobre las once de la noche. Es fascinante y extraña la mentalidad de los
bebedores. No importa cuánto hayan bebido hasta ese momento, que basta con
que les digas que solo les quedan dos horas para que se pongan a pimplar como
si no hubiera un mañana. Había colas de tres y cuatro filas en el bar, todo el
mundo agitando billetes de veinte libras sin descanso, desde que abríamos hasta
que cerrábamos.
Si hubiésemos sido listos, Colin, Waggy y yo nos podríamos haber jubilado en
cuestión de cinco años con lo que nos estábamos sacando con ambos locales. Sin
embargo, estábamos convencidos de que seguiría entrando mucho más de lo que
salía, y cada vez nos llevábamos tacadas más grandes de las ganancias para
seguir jugando. Y durante el día, cuando no había casinos en los que despilfarrar
el dinero, nos íbamos a las carreras y nos dejábamos la pasta apostando. En
nuestra línea, nos llevábamos quinientas libras cada uno y jugábamos por
separado, aunque acordamos repartirnos lo que quedara en el saco al final del
día. Solíamos irnos antes de la última carrera para ahorrarnos el tráfico.
Una tarde, en Haydock, donde nos estaba yendo bastante bien, sacamos lo que
nos quedaba antes de la última carrera y contamos mil quinientas libras.
—¡Genial! —exclamó Colin—. Vigila el dinero; voy al lavabo y nos vamos.
Colin regresó al cabo de unos minutos y preguntó:
—¿Listo, George?
—No. Me temo que he apostado en la última.
Era una carrera de dos caballos en la que competían los jockeys Lester Piggot y
Joe Mercer.
—¿Por cuál has apostado? —preguntó Colin.
—Mejor veamos la carrera y te lo cuento al final.
Pero no hizo falta que dijera nada, porque Piggott se cayó del caballo a pocas
yardas del final.
—Es hora de irse —le dije a Colin tirándole del brazo.
—¿Cuánto has apostado? —me preguntó cuando salíamos corriendo hacia el
coche.
—Todo —admití.
Como ya he dicho, Colin era un tahúr sin límites, así que no se lo tomó tan mal.
Se limitó a reírse y a decir:
—¡Menudo cabronazo estás hecho!
En ese momento, el único fútbol que jugaba era una pachanga de domingo por la
mañana con los camareros del hotel Stanneylands, en Wilmslow.
Éramos unos cuantos: Danny Bursk, un apostador con debilidad por el United,
Colin, yo y quienquiera que se apuntara, pero en cuestión de minutos algunos de
los nuestros empezaban a vomitar la priva de la noche del sábado. Sin embargo,
contábamos con un chaval llamado Cliff Harold. A Cliff le pirraba el ejercicio.
Hacía pesas a diario en el gimnasio del hotel Midland y no bebía una gota de
alcohol. Paradójicamente, cayó fulminado de un ataque al corazón hace unos
meses, el pobre.
Waggy era uno de los pocos del grupo que no tenía el menor interés en el fútbol.
Hasta que le convencimos de que jugara un domingo. Se rompió una pierna.
Sería su primer y último partido.
Yo no había considerado volver a jugar profesionalmente hasta que recibí una
oferta de un club de la Cuarta División, el Stockpot Country, que parecía
dispuesto a pagarme por partido jugado, pues sabían bien que lo amortizarían
con creces en taquilla. El United me denegó el permiso inicialmente y elevó una
queja al mayor organismo del fútbol mundial, la FIFA: alegaban que seguían
siendo los responsables de mi ficha. La FIFA anunció de inmediato que me
suspendía de empleo, aunque pasados unos días se impuso el sentido común y el
United se avino a dejarme ir.
Firmé con el Stockport por un mes para jugar solamente los partidos en casa. No
tenía el menor interés en jugar para ellos a tiempo completo, pero el dinero era
fabuloso y me había dejado una buena pasta en Oscar’s. Debuté en un partido
amistoso contra el Stoke el 10 de noviembre de 1975. El porcentaje de afluencia
de público en las gradas del Stockport rondaba los tres mil aficionados por
encuentro. Sin embargo, la curiosidad terminó arrastrando a ocho mil almas ese
día. Todas suspiraban por ver si todavía me quedaba algo de fútbol en las botas.
Y creo que así lo demostré al anotar el único tanto del equipo y arrancar un
encomiable empate a uno. El Stoke era un buen equipo de Primera División por
aquel entonces, mientras que el Stockport las estaba pasando canutas en Cuarta,
y a final de temporada se vería obligado a rellenar el formulario de
reinscripción15 a la Liga.
Mi debut liguero oficial sería contra el Swansea, en un encuentro en que
marcaría el decisivo gol de la victoria por 3-2. La asistencia de ese día alcanzó
los nueve mil aficionados y, a pesar de que la hinchada disminuiría ligeramente
en mis dos últimos partidos, siguió doblando el promedio de la taquilla habitual.
Lo curioso del caso es que me entrené para esos dos partidos con Colin en las
instalaciones del YMCA. Colin era un armario. No estaba gordo, pero era
grandote y era, además, la clase de persona que se puede tirar el día entero
corriendo. Había un aparcamiento al lado de las instalaciones del YMCA al que
se accedía por una empinada cuesta, que tendría unos noventa metros de
longitud. Me recordaba un poco a la cuesta de acceso a la casa de veraneo de mi
abuela en Crossgar. Cuando hacíamos carreras bajando esa cuesta siempre perdía
a Colin de vista. Pero cuando se trataba de distancias largas, me era imposible
seguir su ritmo.
Para mí, los partidos con el Stockport no significaron nada, solo fueron una
buena forma de engordar mis arcas. Sin embargo, mis actuaciones despertaron el
interés de otros clubes, especialmente ahora que mi traspaso no costaba un duro.
Habían pasado solo dos años desde que alguien cifrara mi cláusula de rescisión
en trescientas mil libras. La situación me llevó a contemplar un posible regreso,
así que cuando el Chelsea me propuso jugar en un partido de homenaje a Peter
Osgood, decidí esmerarme en dejar una buena impresión y tuve claro que las
carreras de cien metros en el aparcamiento del YMCA no serían suficientes para
recuperar mi forma física.
Así que reservé alojamiento en un balneario durante varias semanas y a mi
regreso fui recompensado con dos goles el día del partido, por mucho que los
partidos de homenaje no son ni remotamente tan feroces o competitivos como
los partidos oficiales de Liga o de Copa.
El entrenador del Chelsea, Eddie McCreadie, se quedó inequívocamente
impresionado y se ofreció a ficharme por partido jugado. Parecía un trato
razonable, habida cuenta de mi tendencia a fugarme; además, el Chelsea era un
club que me ponía. Era uno de los equipos con más glamur de Inglaterra y yo
conservaba muy gratos recuerdos de mis actuaciones en Stamford Bridge.
Además, pasaba mucho tiempo en Londres, así que también parecía una oferta
socialmente tentadora. Deduje que si el Stockport me había pagado trescientas
libras por partido jugado, el Chelsea estaría en disposición de pagarme mil,
especialmente teniendo en cuenta que se ahorrarían en concepto de traspaso ¡el
equivalente a jugar trescientos partidos gratis! Sin embargo me dijeron que les
parecía una cantidad excesiva y las negociaciones se fueron al garete. Y eso que
el Chelsea era el único club inglés —aparte del United— por el que hubiese
firmado permanentemente con los ojos cerrados.
Así que a falta del Chelsea, cuando la North American Soccer League me llamó
de nuevo en 1976, decidí hacer borrón y cuenta nueva. Tras declinar la propuesta
de fichar por el Cosmos de Nueva York, estos habían contratado a Pelé, ¡un
sustituto de lo más razonable! Pero, a pesar de todo, sería un movimiento que
jugaría a mi favor, ya que ahora los Aztecs de Los Ángeles querían un nombre
de enjundia para competir contra Pelé y pensaron que sería el fichaje perfecto.
Viajé a Los Ángeles para reunirme con el director general, John Chaffetz, y
cuando le dije que estaba interesado me preguntó qué otros jugadores ingleses
podrían dar la talla como fichajes.
Yo no quería irme solo, así que le dije que tenía a la persona perfecta: Bobby
McAlinden.
—¿Bobby Macca qué? —me preguntó Chaffetz. No era de extrañar que nunca
hubiera escuchado su nombre antes.
—Ya sabes, el genial pequeño centrocampista que jugaba en el Manchester City.
Chaffetz estaba, naturalmente —un «naturalmente» un poco pillado con pinzas
—, al corriente de la existencia del City y la idea le pareció bien. Yo
simplemente me abstuve de comentarle que Bobby jugó un solo partido con el
primer equipo del City antes de ser traspasado —primero al Port Vale y luego al
Stockport—. Curiosamente, las primeras veces que me enfrenté a Bobby en los
derbis juveniles entre el City y el United, me pareció que era un gallito y jamás
se me hubiese pasado por la cabeza que llegaría un día en que le pediría que se
viniera conmigo a Estados Unidos.
Es posible que nuestros caminos no se hubiesen vuelto a cruzar jamás de no
haber sido por nuestro mutuo amor por el juego. Después de dejar el Stockport,
Bobby jugó algunos partidos con el Glentoran, lo que supuso otra inesperada
coincidencia, ya que había sido el primer club del que me hice aficionado de
niño. Y cuando Bobby dejó el Glentoran y regresó a Manchester, me lo empecé a
encontrar por los casinos. Básicamente, estaba trabajando de chófer para un
apostador de primer nivel, y así sería como nos reencontraríamos en el Slacks,
donde Bobby conduciría a menudo a su apostador.
El roce hizo el cariño, me lo pasaba en grande a su lado, y no tardamos en
hacernos amigos. Hasta se sumó a la pandilla del YMCA, lo que estoy seguro
hubiese impresionado gratamente al señor Chaffetz si lo hubiésemos incluido en
su CV. Bobby estaba encantado con el interés y la oferta de los Aztecs, aunque
probablemente me envidiara también un poco.
—¿Por qué no te vienes conmigo? —le pregunté un día—. ¿Te gustaría?
—¿Me estás tomando el pelo? Cruzaría el océano nadando si hiciera falta —
respondió.
Así que los Aztecs lo dejaron todo organizado y yo aproveché para invertir el
tiempo que nos separaba de la fecha de partida, en febrero de 1976, en jugar tres
partidos con los Celtic de Cork en la Liga de Irlanda. Una vez más, los partidos
eran lo de menos, pero eran una buena excusa para ponerme en forma, y en Cork
estaban encantados con el bombo que se le dio a la noticia y con los taquillazos
que dejó mi presencia.
Para Bobby, la aventura estadounidense significó su consagración como
futbolista, y estaba tan agradecido que jugó un fútbol fantástico desde el primer
día. Más allá de sus limitaciones, nadie podrá echarle nunca en cara a Bobby que
le faltara entusiasmo o que no se dejara la piel sobre el terreno de juego, y al
final resultó que mi recomendación fue todo un éxito. Dudo mucho que ninguno
de los aficionados hubiese escuchado su nombre antes, pero su incondicional
entrega sobre el césped le convirtió rápidamente en uno de los futbolistas
predilectos de la hinchada.
Por lo que a mí respecta, Estados Unidos me ofrecía la posibilidad de volver a
empezar de cero. Me rescató de la pecera en la que estaba inmerso en casa y de
la rutina borrachuza y apostadora a la que sabía que tenía que poner fin. También
me permitió jugar al fútbol sin la increíble presión que pesaba sobre mis
hombros cuando jugaba con el United. Obviamente, el nivel no era tan alto y los
aficionados no tenían ni puñetera idea de lo que estaban viendo, pero al principio
fue increíble porque algunos de los mejores jugadores del mundo habían
recalado allí: Pelé, Franz Beckenbauer, Johan Cruyff, Gordon Banks, Carlos
Alberto... ¡Y Bobby McAlinden!
Al igual que sucedería con todos mis regresos, empecé mi andadura entrenando
como un descerebrado, trabajando duro y jugando también a diario al ráquetbol
para rematarlo, a veces durante tres o cuatro horas. Corté drásticamente el grifo
del alcohol, y al menos por una vez sería capaz de mantener los fantasmas a
raya.
Bobby nunca fue un gran bebedor, lo que probablemente ayudaría, y a ambos
nos fascinaba el estilo de vida. Compartíamos casa en Hermosa Beach, al sur de
los barrios del centro de Los Ángeles y de toda su locura. Disfruté un montón de
la sensación de haber recuperado la forma y, ahora que el equipo estaba jugando
bien, no tenía motivos ni deseos de interpretar ninguno de mis proverbiales
números de escapismo ni de pegarme festivales de tres días. Fue además una
feliz coincidencia que Charlie Cooke, a quien me había enfrentado cuando él
jugaba en el Chelsea, hubiese firmado también por los Aztecs, y la verdad es que
formamos una buena asociación ofensiva, conjuntamente con Ron Davies, el
exdelantero centro galés.
Llegamos al último partido de la temporada con la necesidad no solo de ganar,
sino de marcar un mínimo de tres goles para clasificarnos para los play-offs y
poder luchar por el título. Los estadounidenses, como hacen con todos los
deportes, tenían claro que querían mantener el interés de la afición entero hasta
el último día de la temporada, así que se ingeniaron un complejo sistema
clasificatorio en el que conseguías más puntos cuantos más goles marcaras. No
era exactamente lo mismo que medirse al Benfica o al Real Madrid, pero estaba
con ganas de afrontar el desafío y marqué un doblete en nuestra victoria por 4-1
contra los Dallas Tornado. Más adelante nos tocó volver a enfrentarnos en los
play-offs y terminamos perdiendo 1-0. Pese a la derrota, el club estaba contento
con la temporada que habíamos hecho, y yo no cabía en mí de gozo tras marcar
quince goles en veintitrés partidos.
Los Aztecs no eran el Manchester United, pero yo estaba jugando bien y, lo que
es más importante, volvía a disfrutar de mi fútbol.
No tardamos en gozar de una trepidante vida social gracias a Waggy, que
conocía a un millonario llamado Ed Peters. Peters tenía un apartamento en
Beverly Hills que quedaba justo al lado de una casa donde el clan de los Manson
había llevado a cabo una de sus matanzas. He escrito millonario, aunque a juzgar
por su apartamento, una casa de soltero de megalujo, seguro que Ed era mucho
más que eso. El apartamento tenía una terraza abierta que daba a la piscina, un
estudio con una mesa de billar y un mobiliario e interiorismo de auténtico
escándalo. Por no hablar de las fiestas que organizaba; a su lado, los fiestones de
Selwyn Demmy en Manchester palidecían.
Nunca averigüé a qué se dedicaba Ed, pero tenía contactos para parar un tren.
Los fines de semana su apartamento se transformaba en una casa de puertas
abiertas, por la que se dejaban caer caras conocidas como Hugh O’Brian y James
Caan, lo que se traducía en que nunca faltaban mujeres hermosas. Y cuando nos
apetecía salir, Ed conseguía que entráramos en las discotecas y restaurantes más
exclusivos de Los Ángeles, lugares en los que ninguna persona normal hubiese
soñado con entrar jamás. Su propiedad contaba también con una casa de
invitados, que Liz Taylor solía frecuentar para quedar con alguno de sus
amantes. Era su escondrijo de la prensa.
El ambiente en casa de Ed era de escándalo. Que me hablen de bacanales. La
escena parecía sacada de la caída del Imperio Romano. Te encontrabas con
algunas de las criaturas más bellas que habías visto en tu vida sentadas desnudas
al borde de la piscina departiendo con estrellas de Hollywood como si fuera lo
más normal del mundo. El champán era de barril y, aparte de Bobby y yo, todo el
mundo fumaba porros sin parar. «¿Contento de haber venido, no?», le pregunté a
Bobby una de nuestras primeras noches en casa de Ed.
No tardamos en convertirnos en habituales del apartamento, y un viernes por la
noche apareció una rubia despampanante a la que no había visto antes. Iba
acompañada de una amiga, y la cara que se les quedó tras contemplar la escena
de depravación romana daba a entender que aquello no era precisamente lo que
pensaban que iban a encontrarse. No habrían pasado ni cinco minutos cuando se
dieron media vuelta para volver por donde habían venido.
—¿Por qué no volvéis el domingo? —le pregunté a la rubia—. Suele estar más
tranquilo, seremos solo unos pocos.
—Me lo pensaré —respondió.
Y el domingo estaba de vuelta. Fue entonces cuando averigüé su nombre:
Angela MacDonald-Janes.
Me sentí instantáneamente atraído hacia ella, no solo por su belleza, sino porque
era superdistinta a todas las chicas que había conocido hasta entonces en Los
Ángeles. Era inglesa, para empezar. Y era inteligente e independiente, nada que
ver con la típica mentecata de Los Ángeles que solo pensaba en salir de fiesta.
Su ramalazo independiente no era ninguna casualidad, ya que se había ido de
casa a los dieciocho años para trabajar de modelo en Nueva York. Cuando nos
conocimos trabajaba como asistente personal de Cher. Tuvimos unas cuantas
citas, en su mayoría cenas, y, como me solía pasar, la cosa tardó muy poco en
convertirse en una relación seria, y ella empezó a repartir su tiempo entre la casa
de Cher y el apartamento que Bobby y yo compartíamos en Hermosa Beach.
Solo podía ser amor cuando estaba dispuesta a pasar por eso.
Las cosas difícilmente me hubiesen podido ir mejor, tanto dentro como fuera del
campo. Después del largo paréntesis del fútbol que me había tomado, disfruté de
mi primera temporada en Estados Unidos mucho más de lo que nunca me
hubiese imaginado, y mi hambre por jugar era la más voraz en mucho tiempo.
Así que me mostré más que interesado cuando el Fulham puso sobre la mesa un
contrato para la temporada 1976-77. Bobby Moore había liderado al equipo
hasta alcanzar la final de la FA Cup de la temporada anterior, en la que perdieron
contra el West Ham. El míster del Fulham, Alec Stock, cuyos equipos siempre
destilaban un fútbol de primera clase, quería ficharnos a mí y a Rodney Marsh,
que también estaba jugando en Estados Unidos, en las filas de los Tampa Bay
Rowdies.
Rodney y yo estábamos con ganas de pasar los meses de invierno jugando en
Inglaterra, y el traspaso de Rodney se produjo sin mayores problemas. Yo, por
mi parte, me volví a quedar en el limbo. Había un momento de la temporada en
que la Liga inglesa y la de Estados Unidos se solapaban, y los Aztecs habían
redactado una cláusula que les autorizaba a exigir una compensación económica
por cada partido que me perdiera. En cualquier caso, eso no excusaría la
grandilocuente —y reprobable— actitud de Alan Hardaker, el secretario de la
Asociación de Fútbol inglesa. Yo ya había perdido la posibilidad de firmar a
tiempo para debutar en el primer partido de la temporada, cuando Hardaker
declaró: «Por lo que a nosotros respecta, George Best no existe en este país. Si
su solicitud es recibida será transmitida al pleno de la Junta Directiva, que no se
reúne hasta el 19 de septiembre».
¡Y la realidad es que no existía! O sea, no hasta que les demostré que seguía
vivito y coleando, después de que el presidente del Fulham, Tommy Trinder, y
su secretario, Graham Hortop, convencieran a la Asociación de que aceptara mi
inscripción. Rodney y yo terminamos debutando simultáneamente contra el
Bristol Rovers en Craven Cottage. Marqué el primer y único gol del partido a los
71 segundos, aunque lo que realmente provocaría que la Junta Directiva del
Fulham se estuviera frotando las manos sería el recuento del taquillazo que
habían dejado los veintiún mil aficionados que asistieron al encuentro, el doble
de la entrada habitual.
Seguimos jugando frente a grandes multitudes. Marshy y yo nos regalamos de
cara a la galería e hicimos las delicias del público, y Bobby se comportó en
defensa tan inmaculado como acostumbraba. Era una gran historia para la prensa
deportiva, y a pesar de mis anteriores encontronazos con la industria
discográfica, apareció un sello y uno de sus mandamases vino a hablar con
Rodney y conmigo para que grabáramos un disco.
—Yo no sé cantar —refunfuñé una vez más—. Y que yo sepa, Rodney tampoco.
—Eso es lo de menos —dijo el ejecutivo de la industria musical—. Hoy en día
podemos conseguir que cualquiera suene increíble.
Le pregunté si estaba pensando en alguna canción en particular.
—Sí: «I’m a Pink Toothbrush, You Are a Blue Toothbrush» —el antiguo hit de
Max Bygraves.
—158 —respondí yo—. Es mi coeficiente intelectual. ¿Y pretendes que cante
«I’m a Pink Toothbrush»?
Entendió que era un NO.
La luna de miel que vivimos en Craven Cottage fue corta de narices, tanto dentro
como fuera del campo. El Fulham me había hecho toda suerte de desmesuradas
promesas, incluyendo «un apartamento de lujo», que no se aproximaba ni de
lejos a la descripción; un automóvil, que todavía espero, y una prima por firmar,
que para cuando recibí, bien podría haber sido una prima de despedida. Cuando
Angie se trasladó a Fulham, a finales de septiembre de 1976, se quedó
horrorizada con su nuevo alojamiento, y nuestra relación, que había funcionado
de maravilla en Estados Unidos, estaba de repente contra las cuerdas.
Tal vez debido a toda esa frustración, tuve un encontronazo con un colegiado
después de que este le concediera un libre indirecto al Southampton durante un
partido disputado en octubre. Sería expulsado por proferir improperios y
amenazas. Fue un momento que quedaría grabado en los anales del fútbol, ya
que fue el día en que se introdujeron por primera vez las tarjetas amarilla y roja
en los terrenos de juego. Aunque no sería yo el primero en ver la roja; David
Wagstaffe tuvo el honor o la desgracia de ser el pionero, en un partido entre su
equipo, el Blackblurn, y el Leyton Orient.
Empezamos a encadenar una serie de malos resultados, que también suele ser el
momento en que la diversión acostumbra a irse al traste, especialmente en mi
caso. Al menos había demostrado que podía competir razonablemente a primer
nivel, y en octubre, el entrenador de Irlanda del Norte, Danny Blanchflower, me
convocó para jugar un partido de clasificación para el Mundial contra Holanda
en Rotterdam. Hacía tres años que no jugaba para mi país, pero la ocasión
parecía hecha a mi medida.
Cruyff seguía siendo la rutilante estrella holandesa, sin embargo la mayoría de
periódicos opinaron que le había eclipsado tras un empate a 2 que hizo las
delicias del míster. La actuación me llevó a ser convocado de nuevo para jugar
contra Bélgica en Lieja, en noviembre, pero fui incapaz de entrar en el partido.
Los belgas me pusieron a tres defensas encima durante casi todo el encuentro y
me faltó espacio para hacerles un roto. El 12 de octubre de 1977 jugué mi
trigésimo séptimo partido como internacional en un encuentro que terminamos
perdiendo 0-1.
De regreso al Fulham, las cosas iban de mal en peor. Cuando jugamos contra el
Hull en casa, en noviembre, la entrada no llegaba a los diez mil aficionados, y a
pesar de que la asistencia aumentaría ligeramente, las cosas no volverían a ser
las mismas. Y, de nuevo, una visita a Stamford Bridge para jugar el derbi contra
el Chelsea, los archienemigos del Fulham, me brindó otra tarde que no sería
olvidada. Al final del encuentro, de camino al túnel de vestuarios, tuve un
intercambio de opiniones con el árbitro, John Homewood, y le dediqué un gesto
que resumía mi opinión sobre sus aptitudes como colegiado.
Homewood incluyó mi presunta obscenidad en el informe arbitral, y la
Asociación de Fútbol inglesa me sancionó por desprestigio al juego, lo que me
costó una multa de setenta y cinco libras. Para acabar de rematarlo, Angie y yo
habíamos tenido una serie de broncas espectaculares, hasta que ella se fue de
nuestro apartamento, lo cual, teniendo en cuenta la pena que daba el piso, es algo
que no le pude ni reprochar. El lugar daba tanto asco que se convertiría en una
fuente constante de problemas.
Angie se quejaba del estado del piso. Me decía: «George, tienes que decirle al
club que necesitamos un lugar mejor». Pero yo hacía oídos sordos. No me
parecía que fuéramos a quedarnos mucho tiempo y prefería ahorrarme el trance.
Así que en lugar de pedir el cambio de residencia, y con tal de escapar a las
regañinas de Angie, me iba de juerga. Hasta que un día, a mi regreso a casa
después de pegarme un festival, descubrí que había hecho las maletas y se había
largado. Más tarde me llamaría para decirme que ya no podía más.
Le pregunté de qué pensaba vivir y respondió: «Me las apañaré, no te preocupes,
estoy más que preparada para ganarme la vida». Y por supuesto que lo estaba,
aunque yo no me quedé muy contento el día en que me enteré de que había
conseguido trabajo en el Playboy Club. Al menos el sueldo le permitiría
alquilarse su propio apartamento.
Las cosas se estaban empezando a enturbiar entre los bastidores de Craven
Cottage, lo que en diciembre provocaría que Tommy Trinder quedara relegado a
presidente vitalicio y que Guy Libby, un corredor de bolsa de Surrey, asumiera la
presidencia en funciones. Sin embargo, desde mi punto de vista, la peor noticia
fue que Alec Stock dimitió como entrenador del equipo y que Bobby Campbell
tomó su relevo. Alec era uno de los motivos por los que me incorporé al club.
Era un personaje encantador y estimulante, cuya filosofía del fútbol y de cómo
debía jugarse eran las de un auténtico romántico. Alec sería también la
inspiración para el personaje de Ron Manager en The Fast Show16 (¡me lo
confesó Paul Whitehouse!).
Bobby tenía una mata de pelo negro rizado y era un pedazo de armario, el típico
tío que te hacía crujir los huesos de la mano cuando te la estrechaba. Tenía
además fama de ser bastante autoritario, el clásico sargento. Pero a pesar de mis
temores, empezamos llevándonos la mar de bien, aunque no tardaríamos
demasiado en enfrentarnos. Entre el lamentable juego del equipo y la ausencia
de Angie, las buenas sensaciones del verano llevaban tiempo evaporadas, y yo
volvía a buscar la respuesta a mis problemas en el culo de las botellas.
Cuando quedamos emparejados con el Swindon, de Tercera División, en la
tercera ronda de la FA Cup, Bobby decidió que, a pesar de que éramos un equipo
londinense, nos concentraríamos en el hotel Kingsway de la capital. A mí me
parecía ridículo quedarme encerrado en un hotel que ni siquiera era el colmo del
lujo cuando tenía un apartamento a la vuelta de la esquina del terreno de juego.
Así que salí y me fui a tomar un copazo al Duke of Wellington, en Chelsea.
Estaba sentado, charlando con un par de chicas cerca de la hora del cierre,
cuando apareció Bobby. Sabía que el Duke era uno de mis pubs habituales, ya
que solía beber allí con Mooro y Marshy.
—Entonces qué, ¿nos presentas? —me preguntó con la mirada clavada en las
dos chicas.
—Lo haría encantado, pero ¡no sé cómo se llaman! —contesté.
—En ese caso pide unas copas.
Bobby era abstemio, así que le compré un refresco de cola o algo parecido, y
cuando se lo terminó, dijo:
—Nos vamos.
Yo entendí que hablaba de regresar al hotel de concentración, pero en lugar de
eso terminamos irrumpiendo en un restaurante griego donde su familia estaba de
celebración. ¡Me tuvo de fiesta hasta las cuatro de la madrugada!
—¡Más te vale jugar bien hoy! —me dijo finalmente al llegar al hotel.
Jugué pasable, si no recuerdo mal, pero solo conseguimos arrancar un empate a
3, y nos vapulearían en el partido de desempate.
Parecía raro que Bobby me tuviera de juerga hasta tan tarde en la víspera del
partido. Supongo que su estrategia consistió en sacarme por ahí hasta agotarme y
quitarme así las ganas de alargar la noche. Al quedarse conmigo, Bobby se
aseguró, al menos, de que no bebiera.
El mes siguiente, después de otra noche bebiendo como si no hubiera un
mañana, tuve la suerte de sobrevivir a mi peor accidente de circulación.
El automóvil que me había prometido el Fulham nunca llegó, así que había
tomado prestado un Alfa Romeo de la hija del presidente. Serían las cuatro de la
madrugada, a la salida de Harrods, después de pasarme la noche pimplando,
cuando estampé el Alfa Romeo contra una farola. Al menos, en ese barrio las
ambulancias son lo más. Lo último que recuerdo es chocar contra el bordillo de
la acera, intentar enderezar el coche y acto seguido salir despedido por el
parabrisas. Como era de esperar, no llevaba el cinturón de seguridad puesto, y
tras haberme quedado con la cara hecha trizas, me fracturé también un omóplato
cuando reboté contra la farola y salí catapultado de nuevo hacia el coche.
Tuve suerte de que un tipo que paseaba a su perro por allí presenció el accidente
y llamó inmediatamente a una ambulancia. Y todavía tuve más suerte de que los
paramédicos llegaran antes que la policía, que nos siguió hasta el hospital, donde
un gentil doctor les dijo que no estaba en estado de recibir visitas. Y mucho
menos para que me hicieran la prueba de alcoholemia.
Cuando me vi la cara al día siguiente, la tenía hecha un cromo. Me habían cosido
cincuenta y siete puntos de sutura alrededor de los ojos, y comoquiera que tenía
el omóplato fracturado, los médicos me comunicaron que tardaría tres meses en
volver a jugar. La mitad de la cara se me quedó completamente adormecida
durante un año más o menos, pero estaba decidido a demostrar a los médicos que
se equivocaban, y después de vaciarme a fondo en las sesiones de entrenamiento,
estaba vestido de corto cinco semanas después, en un encuentro a domicilio
contra el Hull, en el que me sentí como si ya estuviera de vuelta de todo.
Estaba en mitad de ese berenjenal cuando recibí una escalofriante llamada de
Belfast.
Mamá había sufrido un ataque al corazón.
Tan pronto como estuve en condiciones para volar, me fui directamente a
visitarla.
Si ella se quedó estupefacta al verme, yo no fui menos: la sensación fue mutua.
Mi madre había sido siempre una mujer hermosa, pero en aquel momento estaba
pálida, flaca y consumida.
—Necesitas descansar más, mamá —le dije.
—No te preocupes por mí —respondió—. Estaré bien.
Yo recordaba haberla visto un poco demacrada o cansadísima antes (¿quién no
ha visto a su madre alguna vez así?). Pero esto era distinto. Llevaba la tristeza y
el cansancio marcados en el rostro; había pegado un bajón dramático. Cuando
llevas tiempo sin ver a alguien a diario, lo notas mucho más. Su aspecto me
entristeció, aunque evidentemente le dije que la veía muy bien.
Cuando conseguí quedarme a solas con ella, intenté sacar el tema de la bebida,
hablarlo tranquilamente. Aunque en realidad no creía que fuera a cambiar nada.
Estar allí hablando con ella era como estar en el despacho de Sir Matt cuando era
él quien intentaba hablar conmigo. Sir Matt sabía que yo iba a quedarme
sentadito, asintiendo y diciendo: «Sí, míster; no, míster», y que tan pronto como
saliera de allí haría exactamente lo contrario a lo que me había comprometido
hacer. De manera que sabía que hablar con mamá durante dos minutos o dos
horas no iba a cambiar absolutamente nada. Sabía que haría oídos sordos a
cualquier consejo ajeno, exactamente como haría yo.
A sabiendas de que iba a pasar una larga temporada en Estados Unidos, también
le hice una propuesta: «¿Por qué no te vienes con papá a vivir bajo el sol de Los
Ángeles?».
Pero según ella, Los Ángeles estaba lleno de gente rara. Yo quería sacarlos del
conflicto norirlandés, y papá no hubiera tenido problema en Los Ángeles porque
se adaptaba a cualquier sitio. Pero es más terco que una mula, como yo, y jamás
les daría el placer de que pareciera que se iba porque le estaban obligando a
largarse de su propia casa.
Al menos, hubo una buena noticia. A pesar de que Angie había perjurado no
volver, el accidente la ablandó y me llamó por teléfono para ver cómo estaba.
Tuvimos una larga charla y se quedó impresionada con que estuviese volcado en
los entrenamientos. Quedamos un día para comer, y en vista de que las cosas
parecían ir como la seda, le pregunté:
—¿Por qué no lo intentamos otra vez?
—Porque terminarás volviendo a las andadas.
—No, no lo haré —le respondí—. Vente a casa y veras como todo será distinto.
Accedió a que nos mudáramos juntos de nuevo, aunque no al diminuto cuchitril
que nos había puesto el Fulham. Así que nos compramos un piso no muy lejos
de allí, que serviría para rebajar las tensiones domésticas. Las cosas fueron tan
bien durante una temporada, que cuando le dije que iba a reincorporarme a los
Aztecs en verano dijo que se vendría conmigo. Creo que Angie siempre fue más
feliz en Estados Unidos. En cualquier caso, se estaba fraguando una nueva
batalla burocrática sobre mi ficha, porque se suponía que debería haber
regresado a Estados Unidos en abril para el principio de la temporada. No
obstante, dejé que las autoridades hicieran lo que tenían que hacer y me puse a
jugar.
Sin embargo, los demonios parecían haber regresado para quedarse, incluso a
pesar de haber hecho las paces con Angie. De repente, y por primera vez en mi
vida, empecé a despertarme seco: el cuerpo me pedía un trago para empezar el
día. Había bebido por las mañanas en España, después de «retirarme» por
primera vez en 1972, pero ahora el antojo era incontenible. No tengo muy claro
por qué estaba privando tanto. Se podría achacar al ataque al corazón de mi
madre, o a mi proverbial incapacidad para gestionar la presión. Pero, para ser
sincero, jamás me hizo falta ninguna excusa para beber.
Y el verdadero problema es que lo disfrutaba, así que no parecía tener mayor
importancia.
Tardaría muy poco en forjar una nueva pequeña rutina que giraba principalmente
alrededor del alcohol, y que en ese momento parecía perfecta. Amanecía a media
mañana, siempre bajo el sol, que en esa época del año estaba garantizado, y
deambulaba en busca de algún lugar donde desayunar alguna fritanga, sazonada
con mi dosis matutina de Jim Murray. Jim era un brillante columnista deportivo
del Los Angeles Times. Tenía un estilo insobornable, y cada mañana me
despertaba con ganas de leerle. Echaba una moneda de veinticinco centavos en
la máquina expendedora de periódicos a la salida del restaurante, agarraba el
ejemplar, me hacía con las páginas deportivas y tiraba el resto a la basura.
Entonces me sentaba, pedía pastel de patata, huevos e incontables tazas de café,
y leía a Jim.
Hacia las diez y media de la mañana, el cuerpo me pedía a gritos una cerveza,
pero en el Los Ángeles de los setenta la mayoría de bares no servían alcohol
hasta las doce del mediodía. Sin embargo, descubrí un lugar llamado Fat Face
Fenners, que servía a las almas sedientas a media mañana, así que me dejaba
caer por allí para bajarme unas cuantas. A continuación me iba a la playa a
comerme una hamburguesa con patatas que servían acompañadas de nachos y
salsas aparte. Lo siguiente era acercarme al Mermaid, un bar en la playa, donde
podía sentarme y observar a las chicas deslizarse en sus monopatines en bikini,
echar una siesta y broncearme durante un par de horas.
Después de la experiencia adquirida en Slacks y Oscar’s, estaba con ganas de
dirigir un nuevo local allí, y un día se lo comenté a Bobby McAlinden.
—¿Qué te parecería abrir un bar a medias?
—No me lo puedo permitir —respondió.
—¿Cómo que no? ¡Con la pasta que estás ganando! Hay un bar carretera abajo
que se traspasa por cuatro chavos.
Era un lugar llamado Hard Times, y después de que Bobby lo consultara con la
almohada un par de noches y decidiera involucrarse, lo compramos. Y en un
derroche de imaginación lo bautizamos como Bestie’s. ¿Qué sentido tiene abrir
un bar si no puedes convertirte en tu mejor cliente? —exactamente lo que yo era
—. Así que en cuanto atardecía nos acercábamos a jugar algunas partidas de
billar y a bajarnos unas cuantas, y era como estar en el paraíso.
Hablando de paraísos, aquel verano de 1977 le pedí matrimonio a Angie, aunque
no me estaba comportando como alguien dispuesto a sentar cabeza. Las chicas
aparecían de debajo de las piedras, así que ¿quiénes éramos Bobby y yo para
decir que no? Nos habíamos acostumbrado a vivir a todo trapo con Ed Peters, y
gracias él entrábamos en los mejores garitos de la ciudad. Así que de vez en
cuando nos dábamos el gustazo de alquilar una limusina y nos íbamos al
exclusivo restaurante italiano de Dan Tana.
Dan era entonces el presidente del Brentford, el club de fútbol inglés, y su
restaurante cotizaba tan al alza que te encontrabas con estrellas de Hollywood
intentando sobornar al personal de puerta con fajos de billetes de cien dólares
mientras Bobby y yo les dejábamos atrás como si tal cosa. Nos trataban como si
fuéramos miembros de la realeza, y el maître nos recibía invariablemente con la
misma pregunta: «¿La mesa de siempre, señor Best?».
Siempre pedíamos lo mismo: ensalada césar y espaguetis a la boloñesa, que
solíamos diluir con un par de copas de vino. O sea, yo me bajaba un par de
botellas y Bobby un par de vasos, todo lo que le hacía falta para emborracharse.
Los Aztecs habían trasladado su ciudad deportiva al hipódromo de Hollywood
esa temporada. A mí me gustaba apostar, pero Bobby era un completo pirado de
las carreras, así que cuando terminaba el entrenamiento nunca volvía a casa. Tan
pronto como salíamos duchados del vestuario, Bobby se iba de cabeza a la
entrada para los palcos privados del hipódromo. No tardaría en ganarse la
confianza de la azafata, que le desvelaba cuáles eran los palcos vacantes del día.
Y allí te encontrabas a Bobby, en su palco de lujo, observando la escena con sus
prismáticos como si fuera Lord Astor. Y estamos hablando de un tipo que hacía
solo unos años jugaba en el Glentoran.
Yo me lo estaba pasando tan bien que no me apetecía realmente regresar a
Fulham y al largo invierno del fútbol inglés. En cualquier caso, me perdí los
primeros partidos de la temporada después de tener que pasar otra vez por el
agotador aro de la FIFA y su parafernalia para autorizar mi ficha. Pasados diez
partidos, decidí que ya estaba harto y regresé a Los Ángeles. Allí la campaña
futbolística había terminado, obviamente; claro que la temporada de mujeres y
alcohol no se detenía nunca.
No tengo muy claro por qué Angela tuvo tanta paciencia conmigo, porque yo
desaparecía durante días sin parar. Cuando volvía a casa, como no era de
extrañar, teníamos unas broncas monumentales. Un día, a mi regreso de la
enésima desaparición, caminando tan despreocupadamente como quien regresa
del colmado, me encontré a Angela colérica. Entré en la cocina, donde estaba
rebanando pan.
—¿Has recordado por arte de magia dónde vives? —me preguntó
sarcásticamente—. ¿Qué ha pasado? ¿Te has quedado sin blanca?
—Lo siento —me disculpé como siempre hacía—. No volverá a pasar. Pero me
muero de hambre. ¿Te apetece cocinarme algo?
Yo estaba hecho un guiñapo, y tal vez le di pena a la pobre Angie, porque se
dirigió automáticamente a la nevera para sacar la comida. Todavía tenía el
cuchillo del pan en la mano, y tras abrir el frigorífico, volvió en sí, se dio media
vuelta y lo blandió hacia mí:
—George, esto tiene que parar —me dijo.
Angie me estaba apuntando con el cuchillo, así que le di la espalda
instintivamente. Lo siguiente fue sentir un punzante dolor en el dorso de mi
cuerpo.
—¿Qué demonios has hecho? —grité.
Se disculpó inmediatamente y acto seguido me acompañó al hospital. Supongo
que no era su intención apuñalarme en el culo, pero estaba al límite y, en cuanto
le di la espalda, perdió la chaveta.
Para entonces, como os podréis imaginar, la relación estaba en las últimas, y yo
no paraba de acostarme con otras mujeres. Sin embargo, el día que vi una
fotografía de Angie y Ricci, el hijo de Dean Martin, con el que presuntamente
estaba saliendo, el monstruo que desea conseguir lo imposible volvió a despertar.
Así que, en un arrebato de auténtica locura, le volví a pedir matrimonio en enero
de 1978; y en un arrebato de locura todavía peor, ella dijo sí. Pensaba que el
matrimonio me daría el rumbo del que estaba tan falto.
Decidimos volar a Las Vegas para casarnos, pero para entonces ya no lo
teníamos tan claro y llegamos al vuelo de milagro. Angie y yo seguíamos
perjudicados por los excesos de la noche anterior, y el único en estado de
embarcarse era Bobby, a quien me llevé como padrino. De haber estado un
poquito más sobrios, lo habríamos cancelado todo. Basta con echar la vista atrás
para comprobar que todo fue un mayúsculo sinsentido. Angie había vendido los
derechos de imagen en exclusiva al Sun en un acto de romántica ingenuidad, ya
que provocó que el resto de la prensa nos persiguiera por toda la ciudad, y que
nos olvidáramos de obtener la licencia matrimonial, lo que entrañaba desviarse
rumbo al centro de Las Vegas para conseguirla.
Y para colmo, las fotos del bodorrio eran una tomadura de pelo. Angela venía de
la peluquería, de donde salió convertida en Harpo Marx, mientras que yo llevaba
puesta una chaqueta multicolor que no se habría puesto ni Koko el payaso. La
ceremonia, o lo que fuera, tuvo lugar en la Candlelight Chapel de Las Vegas. Los
prolegómenos fueron breves, y entonces el predicador me dijo que podía ponerle
el anillo a la novia.
—No tenemos ninguno —respondí yo, y nos quedamos pasmados y
avergonzados durante unos segundos, hasta que Bobby se sacó un anillo del
dedo.
—Tomad. Lo podéis tomar prestado —nos dijo.
El anillo de Bobby nos permitió consumar el enlace, y acto seguido nos
dirigimos al Caesars Palace. Me fui directo a las mesas del casino y perdí todo el
dinero que llevaba en el bolsillo. Volamos de regreso a Los Ángeles la misma
noche y yo me fui solo a tomar una copa, lo cual, en ese momento, me pareció lo
más normal del mundo. No se puede decir que el matrimonio hubiese sido la
culminación de un largo y estable noviazgo. Hacía tiempo que vivíamos juntos,
y hacía tiempo que arrastrábamos los problemas de un viejo matrimonio, así que
la boda no cambiaría absolutamente nada. Yo seguía siendo un alcohólico en
pleno apogeo, y cuando regresamos de Las Vegas retomé mi vida exactamente
donde la había dejado. Creo que la copa que salí a tomarme en mi noche de
bodas se extendió durante un par de días.
Llamé a mamá y papá para contarles que me había casado, pero creo que ya lo
habían leído en la prensa o escuchado en las noticias. Para entonces, estaban más
que acostumbrados a que hiciera las cosas en el calor del momento, y no
hicieron ningún comentario sobre lo abrupto del enlace. Nunca criticaron nada
de lo que hacía en mi vida privada, así que se limitaron a decir lo de: «Bueno,
mientras seas feliz». Y yo dije que por supuesto.
Con los Aztecs, los acontecimientos empezaban a perfilar el desastre,
exactamente como me había sucedido en el United y el Fulham. John Chaffetz
había vendido el club a un empresario local, quien me preguntó a qué jugadores
debería contratar el club, y quien luego ignoraría todas las sugerencias que le
hice. Su olfato le decía que la manera de arrastrar a los aficionados a las gradas
era apelando al carácter latino de la ciudad; lo cual consistía, básicamente, en
fichar a jugadores mexicanos. Tal vez hubiese sido una buena idea haber
contratado a jugadores de calidad, pero los que llegaron eran unos paquetes.
Yo continué con un patrón de comportamiento con el que cada vez estaba más
familiarizado: beber para olvidarme del fútbol, algo que se me daba tan bien
como para olvidarme también de presentarme a los entrenamientos. El club me
suspendió, yo les dije que no volvería a pasar, y unos días después estábamos
repitiendo la misma pantomima.
Al final, les comuniqué que no quería seguir jugando con ellos y me traspasaron
directamente al Fort Lauderdale Strikers en junio de 1978. Aterricé en Florida
apenas unas horas antes de su partido más importante de la temporada contra el
Cosmos de Nueva York.
—¿Estás listo para jugar, George? —me preguntó Ron Newman, el míster inglés
de los Strikers.
—¿Contra el Cosmos? —repliqué—. Tenlo por seguro.
Los Strikers nunca habían derrotado al Cosmos, sin embargo aquel era el
perfecto escenario para mí, un estadio hasta la bandera para recibir al equipo con
más solera de la Liga. Sería el principio de otra nueva época. Y al igual que me
pasó al debutar con el Fulham, convertí en gol la primera pelota que toqué y, con
la adrenalina ya por las nubes, marqué un segundo en las postrimerías para
rematar una victoria por 5-3. Fue un principio demoledor, y sería el punto de
inflexión en la trayectoria liguera de los Strikers. Entramos en racha a partir de
entonces y terminamos, contra todo pronóstico, clasificándonos para los play-
offs, en los que superaríamos todas las eliminatorias hasta ganar nuestra
Conferencia.
En la final nos enfrenamos a los Tampa Bay Rowdies, el equipo de Rodney
Marsh, en una final de ida y vuelta que terminamos empatando en el global.
Jugamos el tercer partido, el de desempate, que también iba camino de terminar
igualado y resolverse en la prórroga o los penaltis. Al menos, es lo que parecía
cuando empezó la segunda parte de la prórroga. Habíamos elegido ya a los cinco
jugadores que se encargarían del lanzamiento de penaltis, entre los que
estábamos Ray Hudson, el exjugador del Newcastle, Danny Irving, el
exdelantero del Everton, y yo.
Cuando quedaban unos minutos para el final del tiempo reglamentario, Newman
nos cambió a los tres para discutir la estrategia a seguir durante los lanzamientos,
que no eran propiamente disparos desde el punto de penalti, sino una jugada que
arrancaba en el círculo central, donde los jugadores disponían de quince
segundos para avanzar con el balón hasta disparar a gol o driblar al cancerbero y
marcar. Nos sentamos con Newman en el banquillo cuando el partido enfilaba
sus postrimerías. Entonces nos explicó la estrategia a seguir al lanzar los
penaltis. Tuve que interrumpirlo.
—¿Se puede saber por qué nos lo estás contando? No podemos lanzar ni uno.
—Por supuesto que podéis: seréis mis tres primeros futbolistas en hacerlo —
respondió.
Entonces le tuve que recordar que para que un futbolista pueda lanzar un penalti
es necesario que esté alineado y jugando sobre el terreno de juego al final del
tiempo reglamentario.
—¿Estás seguro? —me preguntó.
—Por supuesto que lo estoy. ¿Ni siquiera te has molestado en leerte las reglas?
Así que se vio obligado a encontrar a tres futbolistas más para hacerse cargo de
los lanzamientos, que, como no os costará imaginaros, perdimos. Yo estaba que
me salía de mis casillas, me parecía inconcebible que el entrenador desconociera
las normas del fútbol.
Al terminar la temporada, recibí una oferta del Detroit Express. Me proponían
incorporarme en calidad de jugador invitado durante una gira por Europa en
septiembre, lo que, en su momento, parecía una buena idea. Por desgracia el
reglamento estadounidense parecía mucho más laxo que el de Europa, donde mi
ficha se convertiría de nuevo en un quebradero de cabeza. El Fulham enfureció
de mala manera al descubrir que había jugado con los Express y lo denunciaron
ante la Asociación de Fútbol inglesa; esta, a su vez, elevó el caso al máximo
organismo del fútbol mundial. Finalmente, el 11 de octubre la FIFA me
suspendió de empleo y sueldo en cualquier país bajo su jurisdicción, que
básicamente abarcaba casi todo el planeta.
Para cuando llegó el día siguiente, ya todo me daba igual; como si querían
suspenderme de por vida. Estaba tumbado en la cama con Angela, recién
aterrizado en Los Ángeles de la gira europea, cuando me desperté con la peor
llamada telefónica que recibiría en mi vida, la llamada más dura que haría nunca
papá.
Había muerto mamá.
Capítulo doce
Lidiando con las consecuencias
SABÍA QUE EL ALCOHOLISMO DE MAMÁ se había agravado. Carol me
había llamado varias veces en los meses previos a su fallecimiento para
preguntarme si podía regresar a casa para visitar a mamá, aunque a posteriori me
confesaría que sabía que no había mucho que hubiese podido hacer. No hay nada
que nadie pueda hacer por un alcohólico. Creo que Carol solo deseaba que
alguien estuviera a su lado para apoyarla, porque, a menos que hayas pasado por
ello, es bastante improbable que tengas idea de cómo lidiar con un alcohólico.
A lo largo de los años, fui perdiendo la costumbre de visitar Belfast porque
estaba demasiado ocupado viviendo mi vida. Y cuando Carol empezó a pedirme
que regresara, a duras penas era capaz de hacerme cargo de mi vida. Tampoco
hay que olvidar mi tendencia a huir siempre de los problemas, así que no me
apetecía coger al toro por los cuernos.
Fue superduro para Carol, papá y el resto de mis hermanas y hermanos. A mí me
costaba entenderlo porque mis recuerdos de infancia eran de una madre cariñosa
y abstemia. Fue positivo que Carol también la recordara sobria, pues significaba
que al menos quedaba alguien más que la recordaba como a la madraza que
había sido; la prueba de que mis recuerdos de mamá no eran producto de mi
imaginación.
«Mamá tiene un verdadero problemón», me contaría Carol por teléfono. «Pero le
encantaría verte. Sería genial que encontraras un hueco para dejarte caer por
casa.»
Habían pasado dos años desde mi última visita, cuando viajé a verla después del
infarto. Y de pronto estaba volando a Belfast para asistir a su funeral con Angela,
que ni siquiera la había conocido; ni a ella, ni al resto de mi familia. Así que
tampoco fue fácil para ella. Volamos desde Los Ángeles, y yo estaba más ido
que otra cosa. No me derrumbé realmente hasta que llegamos a casa y vimos
cómo estaban papá y mis hermanas. Era la primera vez que asistía a una boda o
funeral familiar desde la muerte de mi abuelo, cuando tenía once años, el mismo
día en que me quedé llorando al pie de una farola. Había montones de familiares
a los que no había visto en siglos, lo que me hizo sentir tan ajeno como se
sentiría Angela.
Después de haberla visto tan perjudicada la última vez, no tenía ninguna
intención de ver a mamá yaciendo en su ataúd. Prefería recordarla como a la
madre que había sido, mi hermosa y cariñosa mamá, y olvidar cómo había
acabado. Ya fue lo suficientemente duro acudir al funeral, que tal y como seguía
dictando la tradición de la época estaba reservado a los hombres.
Angie, con sus maneras y ademanes hollywoodienses, tendría que haber
parecido una auténtica marciana a los ojos de mis hermanas y tías irlandesas.
Pero cuando regresamos del cementerio, Angela las tenía a todas haciendo
posturas de Jane Fonda en el vestíbulo de casa. Por muy bizarra que fuera la
escena, las ayudaría a distraerse durante un par de horas. Me enteré también de
que Angela le había estado comiendo la oreja a mi tía Lily para que probara con
el aerobic. Y la tía Lily, muerta de la vergüenza, le había terminado soltando:
«¿Te importaría meterte con otra persona?».
Las chicas estaban llorando de la risa para cuando Angela terminó su clase. Fue
entonces cuando mi abuela dijo: «¿Quién nos iba a decir que volveríamos a reír?
¡Y precisamente en un día como hoy!».
Tal y como esperaba, papá intentó mostrarse fuerte y entero delante de todo el
mundo, aunque era evidente que se estaba derrumbando por dentro. A papá le
costaría más que a nadie entender el alcoholismo porque es una de esas rara avis
que cuando sale a tomarse un par de cervezas, se bebe las dos y regresa a casa.
Incluso cuando sale con algún amigo que empieza la noche con idénticas
intenciones y termina con sed de más, papá se mantiene en sus trece. Cuando
dice dos, son dos, y si empieza a beberse el segundo ron con limón a las diez de
la noche y ha reservado un taxi para las once, se encargará de que la copa le dure
una hora.
Yo nunca he visto a mi padre borracho, y se le veía bien la noche después del
funeral, cuando regresó a casa tras tomarse un par de copas con uno de sus
amigos. Yo estaba sentado en el salón esperándolo, con la chimenea bien surtida,
pero parecía claro que no estaba de humor para hablar. Se quedó hecho un ovillo
delante del fuego como un animal herido, y supe que no había nada que pudiera
decirle. Nos quedamos allí sentados durante lo que pareció una eternidad, hasta
que finalmente dejó escapar un largo suspiro y se incorporó con lentitud.
Mientras se dirigía a la cama se tropezó con un par de sillas, y entonces entendí
que por primera y última vez en su vida mi padre estaba borracho. Y acto
seguido rompí a llorar, tanto por él como por mí.
Papá y yo terminamos hablando, qué duda cabe. Al igual que yo, él también se
sentía culpable y responsable por la muerte de mamá. Creía que tendría que
haber hecho algo más para que dejara de beber, que tal vez se equivocó cuando
tuvo la ocurrencia de sacarla de copas. Se había convertido en la mejor clienta de
la licorería de la esquina.
—No sabes la de veces que pensé en acercarme a prender fuego al local.
—Papá, eso no hubiese cambiado nada —le dije yo sabiéndolo bien—. Habría
encontrado otra licorería.
Mamá había dejado de beber durante un año después del ataque al corazón,
según parece.
—Estábamos convencidos de que lo había superado, de que volvía a ser la mamá
de siempre —me contó Carol—. Llegó incluso a recordar entre risas todas las
cosas horribles que había hecho embriagada, las cosas horribles que nos había
dicho. No sé si se estaba autoengañando o qué, pero el caso es que recayó.
Mi padre también se la llevó a una clínica de desintoxicación, pero no superó ni
la primera entrevista. Se negaba a reconocer que tuviera un problema con la
bebida, así que el médico la rechazó: «Lo siento, señora Best. No puedo hacer
nada por usted».
Al final, parecía que mi madre se hubiera rendido.
Así se lo dijo a Carol el martes antes de morir.
—Tienes que cuidarte, mamá —le dijo Carol.
—No, estoy harta —le respondió.
El jueves dejó de respirar. Tenía cincuenta y cuatro años. El sábado por la
mañana la enterrábamos.
Todos parecíamos compartir idéntica culpa tras la muerte de mamá. Nuestra
hermana Barbara había volado a Belfast con su marido desde Sudáfrica hacía
solo unos meses, y mamá estaba tan contenta de tenerla en casa que le pidió que
se quedara. Pero Barbara y Jim, su esposo, tuvieron que regresar, y Barbara no
pudo asistir al funeral. Yo me sentía culpable por toda la mala prensa que venía
acumulando, porque sabía que nadie en la familia lo llevaba tan mal como
mamá.
Pero me sentí aún más culpable por no haber estado a su lado cuando me
necesitaba, y a pesar de que era algo que ya no podía cambiar, no por eso me
sentía menos culpable. Sentía, de hecho, que el verdadero culpable de su muerte
era yo, que si no me hubiera ido a Inglaterra, si no hubiera hecho todas las cosas
que había hecho y la hubiera visitado más a menudo, todavía estaría con
nosotros. La culpa es algo terrible, y pasaría mucho tiempo antes de que
aprendiera a entender las cosas por lo que son y aceptara que no hubiese podido
hacer nada.
La gente siempre quiere respuestas fáciles. Pero no hay respuestas fáciles para
explicar el alcoholismo de nadie. ¿Acaso la gente cree realmente que yo estoy
encantado de serlo? ¿O que me desperté una mañana pensando: «He tenido una
semana espantosa, ¡creo que me haré alcohólico!»?
Hoy en día el alcoholismo es una enfermedad reconocida, y es genial que así sea
porque está seriamente estigmatizada. La gente cree que los alcohólicos son
simples borrachuzos. Pero el alcohol no entiende de clases sociales, eso es
indudable. Tan pronto puede serlo un sin techo que duerme en la calle y consume
etanol, como un empresario ricachón que dirige un negocio de éxito. O una
madre de Belfast. O uno de los mejores futbolistas del mundo.
Mamá tuvo que criar a seis hijos, lo que ya es suficientemente duro. Y luego se
tuvo que comer la presión añadida de mi fama, algo con lo que nadie habría
lidiado fácilmente, por no hablar de la constante preocupación por qué iba a ser
de mí, especialmente después de retirarme del fútbol. Pero si no hubiese tenido
el gen alcohólico, o como demonios se llame lo que te convierte en presa fácil,
lo habría afrontado igual que todo el mundo. Cuando llevas dentro ese gen,
puede manifestarse en cualquier momento, y los médicos afirman que el mayor
problema de los alcohólicos es que durante las fases más tempranas de la
adicción, cuando todavía están a tiempo de dejar de beber, no tienen la menor
intención de hacerlo. Hasta que cuando realmente quieren hacerlo ya es
demasiado tarde.
Mi padre, en su línea, se reincorporaría directamente al trabajo el lunes después
del entierro e insistió en que Ian y las gemelas fueran a la escuela. Quería llevar
una vida lo más normal posible, aunque en los meses venideros se encontraría
con unos cuantos crueles recordatorios del alcoholismo de mamá. Cada vez que
reunía fuerzas para vaciar sus cosas, se encontraba con los escondrijos donde
guardaba sus botellas de vino —en sus armarios, en su zapatero—, y en todos los
lugares donde no había osado buscar en vida de mamá.
Yo me seguía sintiendo culpable por su muerte, pero al igual que cualquier
alcohólico (y yo lo era, aunque no fuera consciente), me negaba a relacionar su
enfermedad con la mía. Tal vez resulte difícil de creer, pero yo era el primero en
negar que tuviera ningún problema con la bebida en ese momento. Es evidente
que sabía que estaba pimplando como un animal, pero no me sentía muy distinto
a otra gente que bebía en abundancia. Además, seguía siendo joven y estaba
relativamente en forma, de manera que me resultaba imposible comparar mi
situación con la de mamá, que había tenido una vida mucho más dura. A pesar
de mis lagunas y de mis ansias por beber, era incapaz de ver la factura física que
me estaba pasando la bebida. Además siempre pensé —arrogante perdido— que
podía dejarla en cualquier momento.
Si hubiese relacionado su alcoholismo con el mío, hubiese intentado
solucionarlo, quizá hubiese intentado cortar el grifo seriamente. Pero mi
consumo se hizo todavía más excesivo tras su muerte. Y supongo que fue, en
parte, debido a la culpa. Claro que tampoco puedo asegurar que no hubiese
bebido con el mismo ahínco si mamá hubiese sobrevivido. Era otra de las típicas
situaciones en que la gente quiere respuestas fáciles, aunque no existan
realmente. Era consciente de que mis borracheras eran antisociales y afectaban a
mis relaciones sentimentales. Pero seguía siendo incapaz de ver que me
estuvieran perjudicando. No me veía como a un alcohólico. No entonces.
La solución a mis problemas futbolísticos tampoco era fácil. Regresé a Los
Ángeles con Angela y deje que fueran mis abogados quienes se encargaran de
levantar las sanciones de la FIFA a nivel mundial, lo que entrañaba un proceso
largo y supercaro, aunque por suerte el Fort Lauderdale se hizo cargo de todos
los gastos legales. Cuando nuestro caso contra el Fulham llegó finalmente a los
tribunales en marzo, el juez falló en nuestra contra, pero solo unos días después
la FIFA levantó la sanción y volvía a ser futbolista, un futbolista no
especialmente en forma. Y antes de que me diera cuenta, tampoco especialmente
feliz.
Yo no respetaba demasiado a Ron Newman, el entrenador del Fort Lauderdale, y
perdí los papeles completamente tras un partido contra el Cosmos en Nueva
York. Nadie había logrado imponerse jamás en su estadio; sin embargo esa
temporada habíamos fichado al internacional peruano Teófilo Cubillas, que
había hecho trizas a Escocia en la fase de grupos del Mundial de 1978, y
contábamos también con Gerd Müller, uno de los mejores rematadores del
mundo. Así que, con ambos inspirados y en plena forma, además de Hudson e
Irving, nos adelantamos 0-2 y nos plantamos en los últimos veinte minutos con
el partido absolutamente controlado, combinando bien y disfrutando. Entonces, a
falta de quince minutos para el final, Newman sustituyó a Hudson e Irving por
una pareja de adolescentes. Uno era estadounidense y el segundo era un chaval
australiano que estaba jugando a prueba. Como no podía ser de otra manera, el
equipo pegó un formidable bajón y el Cosmos se aprovechó para endosarnos tres
goles en el último cuarto de hora y arrebatarnos la victoria.
Al final del partido, Newman se paseó por todo el vestuario repitiendo: «Bien
jugado, bien jugado».
—¿Qué quieres decir con «bien jugado»? Acabamos de perder 3-2 porque has
tenido la brillante ocurrencia de sustituir a dos de nuestros mejores futbolistas
por una pareja de críos.
—Bueno, tampoco es ninguna desgracia caer en este estadio —me dijo.
Destripé mi camiseta y se la arrojé en la cara.
—Me estoy empezando a cabrear seriamente —le dije—. ¿Te enteras?
Repetí la misma cantinela a nuestro periódico local, y es probable que no fuera
el movimiento más inspirado de mi carrera. Más adelante, Newman me
suspendió por no presentarme al entrenamiento, y entonces el periódico hizo una
encuesta entre sus lectores, en la que preguntaba si los Strikers debían prescindir
de Newman o de mí. Los lectores votaron por echar a Newman, pero todavía
contaba con el apoyo de la cúpula directiva, así que en julio me largué.
No fui el único en protagonizar una salida dramática. Angela se había quedado
pegada a mi lado desde la muerte de mamá e intentó alejarme del alcohol. Pero
en cuanto se dio cuenta de que mi alcoholismo era más que una fase por la que
estaba pasando y de que no tenía ninguna intención de dejar de beber, hizo las
maletas y me dejó una nota que decía: «Estás destruyendo tu vida, George. Pero
no voy a consentir que destruyas también la mía».
Angela se mudó a Los Ángeles, que es también adonde me trasladé yo, aunque
esta vez lo haría para vivir solo. Me puse a pimplar más salvajemente que nunca,
y esta vez nadie iba a agobiarme con sus monsergas, porque en Estados Unidos
nadie sabía quién era George Best. Es una de las cosas que más disfruté de mi
vida en Norteamérica. Podía meterme en cualquier bar plagado de
estadounidenses viendo partidos de béisbol y berreando, y nadie tenía ni pajolera
idea de quién era yo. Y si me ponía a hablar con cualquiera y me preguntaban
cómo me ganaba la vida, me inventaba cualquier cosa. Amaba ese anonimato
porque significaba, además, que nadie me vendería a ningún periódico.
Creía que ya estaba todo dicho entre Angela y yo, pero seguíamos hablando de
vez en cuando y hasta llegamos a vernos. Más allá de nuestras broncas y
rupturas, seguía habiendo mucha química entre los dos. Una vez que habíamos
quedado, estaba saliendo todo tan a pedir de boca que terminamos acostándonos,
lo que nos llevó a pensar que tal vez podríamos arreglar las cosas.
—Mira, George —me dijo ese día—. Si consigues ayuda y te limpias, podemos
intentarlo de nuevo.
—De acuerdo —respondí—. Lo haré. Volveré a Inglaterra, conseguiré un trabajo
y te demostraré que puedo cambiar.
Al final conseguí cumplir dos de mis tres promesas, lo que no está nada mal.
Regresé a Inglaterra, conseguí un trabajo —jugando para el Hibernian de
Edimburgo, un trayecto infernal para ir a trabajar cuando vives en Chelsea—.
Sin embargo, no cambié en absoluto. Y si lo hice... fue a peor.
«No hace falta que vivas en Escocia», me dijo el presidente del Hibernian, Tom
Hart, un hombre encantador. «Puedes volar el jueves, entrenar con los chavales
el viernes y regresar a casa el sábado después del partido».
A mí me pareció un buen trato, aunque comportaba no conocer realmente a mis
compañeros, ni dentro del terreno ni fuera de él. Claro que eso tampoco afectaría
demasiado a nuestras actuaciones. Si el club hubiese querido realmente mejorar
sus resultados, no me hubiese fichado en esas condiciones. Al igual que el resto
de clubes en que recalé tras mi paso por el United, lo único que querían era hacer
caja a costa de mi nombre. Se quedaron encantados cuando más de veinte mil
aficionados acudieron a presenciar mi debut en casa contra el Partick Thistle, en
noviembre de 1979.
A pesar de que Tom Hart había mencionado lo de entrenar con el equipo los
viernes, cuando se dio cuenta del dinero que se estaba embolsando gracias a mí,
se conformó con que solamente me presentara a los partidos. Por desgracia, fue
un compromiso que no siempre fui capaz de cumplir. Hubo ocasiones en que
regresé de cabeza a Londres nada más poner un pie en el aeropuerto de
Edimburgo; otras, directamente, ni me molesté en embarcar en ningún vuelo.
La verdad es que era incapaz de tomármelo en serio, y mi alcoholismo había
alcanzado un punto en que si entraba en un bar y me lo estaba pasando bien, no
me movía de allí por nada ni por nadie.
En febrero del año siguiente teníamos que disputar un partido correspondiente a
la FA Cup escocesa contra el Ayr United un maldito domingo, lo que se tradujo
en que me pasé la víspera del partido en el bar del hotel. Solo pretendía tomarme
unas pocas —lo digo en serio— cuando la selección francesa de rugby irrumpió
en el bar. Venían de jugar en Murrayfield contra Escocia, y cuando el gran Jean-
Pierre Rives me reconoció, me invitó a su mesa.
Todo el mundo sabe lo que beben los jugadores de rugby, y después de bajarnos
unas cuantas no iban a dejar que me fuera a la cama tan fácilmente. Tampoco es
que tuviera la menor intención de hacerlo una vez que le pillé el gustillo. Jean-
Pierre es un hombre fantástico, y yo perdí la noción del tiempo. Creo que seguía
en el bar cuando los representantes del Hibernian vinieron a recogerme. De
haber llegado solo un par de horas más tarde es muy probable que hubiesen
tenido que recogerme, literalmente, del suelo.
Yo estaba hecho unos zorros, y los representantes no podrían haber sido más
educados cuando me preguntaron:
—¿Crees que estás en condiciones para jugar hoy, George?
—Mejor será que nos olvidemos —respondí yo. O algo parecido.
Tom Hart me despidió ese mismo día, aunque pasada una semana se ofreció a
reincorporarme. Era igualito a Sir Matt, siempre dispuesto a darme una nueva
oportunidad, lo que, una vez más, me convenció de que tenía carta blanca para
seguir haciendo lo que me diera la gana. Tampoco me entrenaba demasiado y
engordé lo que no está escrito. No me podía dar más igual; y aunque creía que el
equipo era malo, lo cierto es que eran la bomba comparados con mi siguiente
club.
Firmé por los San Jose Earthquakes en abril de 1980, y la verdad es que estaba
encantado de volver a la soleada California. Y, lo que era aún más importante, de
volver con Angela, que accedió a mudarse conmigo. No tengo muy claro por qué
me dio otra oportunidad. Supongo que, en el fondo, confiaba en que llegaría el
día en que todo cambiaría, incluido yo, y que entonces seríamos felices y
comeríamos perdices. Tampoco sé realmente qué era lo que nos mantenía juntos,
y si bien al principio había mucho amor, estaba claro que la cosa no iba a durar
demasiado.
A pesar de que teníamos la esperanza de enderezar nuestra vida conyugal, no iba
a ser en San José, que resultó ser el peor destino que conocería nunca en casi
todos los aspectos de mi vida. La NASL también estaba cambiando; buscaba
convertirse en una liga más autóctona. Cuando firmé mi primer contrato, los
clubes solo tenían la obligación de alinear a un mínimo de tres jugadores
estadounidenses, una cifra que iría cambiando paulatinamente. De tres pasaron a
cinco. Y luego de cinco pasaron a ocho, y la mayoría de clubes no disponían de
ocho jugadores estadounidenses de calidad suficiente para competir al nivel al
que la afición se había acostumbrado. Así que el fútbol se transformó en una
pachanga y la Liga empezó a desintegrarse: pasó de ser una competición medio
decente a una liga prácticamente amateur.
Además de no estar en forma, la rodilla derecha me dolía más de lo que me
había dolido en años. La dura superficie de los terrenos estadounidenses
tampoco ayudaría y, a menudo, el día del partido me tenían que drenar, hasta en
tres ocasiones, el líquido acumulado. Se trataba de inyectarme una aguja antes
del partido y drenar fluidos, una operación que debía repetirse en el descanso y
una vez más al final del encuentro. Yo seguía marcando de vez en cuando y
terminé la temporada con ocho goles, lo que no estaba tan mal para un equipo
que terminaría convertido en el farolillo rojo de la competición.
Al terminar la temporada me quedé sin vacaciones, ya que había firmado para
jugar con los Earthquakes la North American Indoor Soccer League, una
competición de fútbol a 6, en la que mis compañeros de equipo eran mucho más
diestros, así que nos clasificamos para los play-offs, donde nos medimos contra
San Diego. Después de la acumulación de partidos, algunas veces, cuando me
sustituían, el dolor era insoportable; aunque lo bueno de jugar seis contra seis es
que no hay límite de sustituciones, así que no paras de entrar y salir. También me
había lesionado los dedos de los pies, pero quería jugar contra San Diego sí o sí,
y por primera y última vez en mi vida acepté jugar infiltrado con una inyección
de cortisona para aguantar todo el partido.
Fue un poco parecido a cuando tuve problemas en mi cartílago por primera vez,
en 1966, cuando acepté jugar con el United hasta que quedáramos apeados de
Europa. Sin embargo, el día del encuentro contra San Diego pareció que me
había sacrificado en vano cuando, sin darnos cuenta, nos encontramos perdiendo
6-0. Pero entonces empezamos a presionar y nos sacamos cinco goles de la
chistera, cuatro de ellos míos, hasta ponernos 6-5. En ese momento, casi al final,
uno de nuestros jugadores yugoslavos me hizo un pase, pero en lugar de jugarlo
suave a ras de césped soltó un cañonazo a ciento cincuenta kilómetros por hora.
Para entonces, la cortisona empezaba a languidecer y me dije: «Si la pelota me
pega en el pie, no termino el partido ni de coña». Así que me acomodé
rápidamente para disparar con la zurda y mi disparo rebotó contra el poste. Eso
me cabreó mucho más que el dolor.
No me habría venido nada mal disfrutar de un generoso descanso, pero me
tocaba regresar a Edimburgo para jugar con el Hibernian. Sabía que mis horas
como futbolista estaban contadas y que necesitaba ganar la mayor cantidad de
dinero posible en los pocos años que me quedaban. Sería dinero fácil; además,
ya nadie esperaba que fuera el George Best de 1968, a pesar de que seguía
disfrutando de lo lindo cuando jugaba bien. El rectángulo de juego había sido
siempre el lugar donde mis problemas dejaban de existir, de manera que es
bastante probable que la idea de renunciar a esa muleta me acojonara.
Llegué a tiempo para jugar el quinto partido de la Liga escocesa, a domicilio,
contra el Dundee United, en septiembre, en que nos impusimos por 1-2. Sin
embargo, durante el mes siguiente solo jugaría cinco partidos más; aunque
curiosamente, y teniendo en cuenta que me habían fichado para que arrastrara al
público al campo, tan solo dos de ellos fueron en casa. Jugué mi último partido
contra el Falkirk. Ganamos 2-0, pero la entrada apenas alcanzó los siete mil
espectadores.
El Hibernian había descendido a Segunda División después de que me fuera a
Estados Unidos, durante la temporada anterior, aunque tampoco puede decirse
que mi aportación fuera nada del otro mundo mientras estuve allí. Y ahora que la
temporada estaba desprovista de rivales de enjundia como el Celtic o los
Rangers de Glasgow, la asistencia había caído en picado y parecía evidente que
ya no era reclamo suficiente para hacer caja. Tom Hart se había mostrado de lo
más comprensivo con mis repetidas ausencias porque sabía que era su gallina de
los huevos de oro, pero ahora que los taquillazos eran historia, no le salía a
cuenta mantenerme. Mi plan para ese año era mudarme a Escocia y darlo todo
por el equipo, pero antes de que tuviese tiempo de buscar casa convenimos que
lo mejor sería partir peras. En cualquier caso, mi situación había cambiado
radicalmente, y parecía que lo mejor para todos sería que regresara a California.
Angela estaba embarazada.
Cuando Angela me dijo que estaba esperando un bebé, justo antes de que me
fuera a Escocia, me alegré tanto como cualquier futuro padre; ella, por su parte,
estaba convencida de que la paternidad me ayudaría a sentar la cabeza. Sé que
sonará horrible que lo escriba, pero a muchos niveles el embarazo solo sirvió
para complicar las cosas y poner nuestra relación contra las cuerdas. Odiaba San
José. Teníamos una bonita casa que llenamos de bonito mobiliario, pero estaba
perdida en mitad de ninguna parte. Y si bien intenté ayudar con las tareas
domésticas y dejándolo todo preparado para la llegada del bebé, no tardé
demasiado en cansarme e irme de juerga.
Llegados a este punto estaba bebiendo más que nunca, y a pesar de que Angie
había conocido la adicción de primera mano tras su experiencia con Cher —cuyo
marido, Gregg Allman, había tenido sus problemas con las drogas y el alcohol
—, no estoy seguro de que comprendiera realmente el control que ejerce sobre ti.
Era como si pensara que bastaba con hacer de tripas corazón.
Pero la cosa no funciona así. A estas alturas, mi cuerpo me pedía alcohol a
gritos: nunca tenía suficiente. Y nada iba a impedir que dejara de beber, ni
siquiera después de que Angie empezara a esconder las llaves del coche y todo
nuestro dinero. Si no daba con ninguno de los dos, me iba a pie, y me refiero a
patear durante nueve o diez kilómetros, hasta que encontraba un bar. A veces me
llevaba un par de horas encontrar uno, y si no tenía dinero en los bolsillos, me
quedaba sentado allí hasta que alguno de los parroquianos habituales me
reconocía y me pagaba una. Me convertí en un vagabundo de la playa y llegué a
dormir en la arena algunas noches.
Los expertos siempre dicen que los alcohólicos necesitan tocar fondo antes de
reconocer su adicción y salir en busca de ayuda para recuperar el control de sus
vidas. Yo había pasado por momentos bastante desesperados: había cogido
dinero del bolso de Angela y había robado de la enorme botella de la cocina
donde solíamos dejar las monedas sueltas. Recordaba un poco a mis días de
niño, cuando robaba de las jarras de seis peniques de mi madre; aunque vaya,
eso no era nada comparado con esta desesperación.
Pese a todo, creo que no toqué fondo hasta un día en que estaba en casa jadeando
por una bebida y solo conseguí encontrar un puñado de dólares en la jarra del
cambio. Angie se había quedado con la copla y había empezado a guardarse sus
monedas de veinticinco y cinco centavos. Así que las cuatro perras de la jarra no
iban a durarme mucho en ningún bar, y comoquiera que Angie se había llevado
el coche, me esperaba una larga caminata para llegar a uno. Pese a todo, me hice
con todo el cambio y me puse en camino.
Decidí ir a un bar de la playa del que me había hecho asiduo. Era el típico
chiringuito de playa de California, un improvisada cabaña de madera que tenía
una terracita y un interior muy espartano. Había cuatro mesas de madera, otras
tantas sillas para quienes desearan sentarse a comer algo y una larga barra, donde
me gustaba sentarme en un taburete. Era la mejor estrategia para trabar
conversación con cualquiera que pudiera pagarme una copa en los días que
estaba prácticamente sin blanca. Y ese era uno de esos días, aunque la situación
no pintaba muy prometedora. Solo había otros dos clientes sentados dentro: un
tipo esquinado al fondo de la barra y una chica sentada a dos taburetes de mí. No
conocía a ninguno de los dos.
La chica era del montón, un poco rolliza, de unos treinta años y con aspecto de
trabajar también en un bar. Creo que el barman, ella y yo intercambiamos cuatro
palabras. Hablamos del tiempo y de cómo le iba al equipo local de fútbol
americano. La típica conversación de bar en Estados Unidos. Pura cháchara.
Pasada una hora me quedaban solo cuatro chavos, no me llegaba ni para una
cerveza. Me quedé sentado, dando cuenta de lo que quedaba en el vaso y
elucubrando sobre preguntarle al barman si me podía apuntar una o decirle que
me había dejado la cartera en casa o algo. El tipo me conocía y me tenía por un
habitual. Seguía elucubrando cuando la chica descendió de su taburete y se
dirigió al lavabo. Yo me di media vuelta instintivamente al escuchar el sonido
del taburete girando y advertí que se había dejado el bolso encima. Alcé la vista
y vi que el barman estaba hablando con el tipo sentado en el extremo opuesto del
bar, y en un arrebato, metí la mano en el bolso. Lo revolví un poco hasta pescar
un billete, que me embolsé de inmediato. El corazón me iba a mil y era incapaz
de mirar a la chica a la cara cuando volvió del lavabo. Así que me bajé el resto
de la cerveza, le dije adiós al barman de un grito y me fui.
Una vez fuera, saqué el billete del bolsillo y descubrí que había robado diez
dólares. Eso me hizo sentir todavía peor. Me dije que se trataba probablemente
de los últimos diez dólares que le quedaban para pasar el día, mientras que yo
estaba ganando miles a la semana. Pero no tenía ninguna intención de
devolverlos. Los necesitaba para tomarme otra, así que caminé hasta un bar que
quedaba a un par de manzanas.
Si ya me supo mal hacerlo estando borracho, me sentí aún peor cuando se me
pasó la borrachera, un par de días después. Así que volví al bar y, efectivamente,
me la encontré sentada en el mismo taburete.
Me acerqué a ella y le extendí un billete de diez dólares.
—Me parece que es tuyo —le dije.
—¿Qué me estás contando? —preguntó.
—El otro día, cuando estábamos aquí y te fuiste al lavabo, me los agencié de tu
monedero —confesé.
—Qué diablos.... —empezó a decir, pero la interrumpí antes de que terminara.
—Mira, soy consciente de que hice algo terrible, pero mi mujer está embarazada
y no me quedaba dinero para coger un taxi para volver a casa. Me daba
demasiada vergüenza tener que pedírtelo, así que me lo llevé; solo pretendía
tomarlo prestado.
De manera increíble, la chica me perdonó, pero decliné su invitación a tomarme
una. Solo deseaba irme de allí. En cualquier caso, lo peor de todo fue que,
incluso después de caer tan bajo, me seguía avergonzando admitir que quería el
dinero para seguir bebiendo. Así que terminé soltándole una excusa patética.
Si Angie lo hubiese presenciado, no habría sabido si echarse a reír o a llorar.
Después del incidente empecé a reconocer, al menos en compañía de Angela,
que necesitaba ayuda para dejar de beber. Ella me había propuesto varias veces
que ingresara en una clínica de rehabilitación, pero no era una idea que me
apeteciera, así que cuando alguien me sugirió que probara con comprimidos de
Disulfiram, que provocan que caigas violentamente enfermo en cuanto pruebas
una gota, pensé que sería la solución más fácil. La fuerza de voluntad no
formaría parte de la ecuación: serían las pastillas las encargadas de cortar el
grifo.
Empecé a tomarlas y me sentía bien. Entonces, Milan Mandaric, el generoso
yugoslavo que presidía los Earthquakes, nos llevó a Angie y a mí de viaje de fin
de semana al Lago Tahoe. Estábamos disfrutando, a gusto y relajados, hasta que
la segunda noche, mientras Angie se estaba acicalando para salir a cenar, le dije:
«Voy a salir a que me dé un poco el aire. Te veo en el restaurante».
Me fui directamente de la habitación al bar del casino del hotel y me pedí un
vodka largo. Me sentí tan bien que no pensaba que pudiera hacerme ningún
daño, realmente. Pero después de darle uno o dos sorbos más, me sentí
ligeramente asqueado, y antes de haberme bebido la mitad, el corazón me latía a
cien mil por hora y sentí una quemazón en las mejillas. Salí corriendo al baño,
me miré al espejo y observé que la piel de la cara se me estaba cuarteando bajo
un gran sarpullido de manchas rojas.
Regresé de inmediato a la habitación y, tan pronto como me vio, Angie me
preguntó:
—¿Has bebido?
—No —respondí—. Debe ser alguna reacción alérgica a las pastillas.
Llevaba fuera tan poco tiempo que me creyó, y conseguí aguantar la cena,
aunque sin comer demasiado.
Me resultaba inconcebible pensar que ni siquiera era capaz de dejar de beber aun
cuando sabía que hacerlo me enfermaría. Creo que en ese momento me
autoengañé parcialmente diciéndome que solo estaba comprobando que las
pastillas funcionaban.
Pero más allá de que estuviera en condiciones de aceptarlo o no, necesitaba
ayuda urgentemente.
Una noche hice algo completamente impropio de mí, y de alguna manera toqué
fondo.
Había adquirido la costumbre de regresar cada tanto a Los Ángeles y reservar un
pequeño motel junto a la playa. Para entonces Bobby y yo ya habíamos vendido
nuestro bar, así que solía pasarme por un pequeño local llamado Hennessy,
donde algunos de los habituales me conocían. Tampoco es que hablara mucho
con ellos. Me gustaba sentarme allí solo, beber unas cervezas y ver pasar la vida.
Siempre disfruté del anonimato que me brindaba estar en Estados Unidos. Sin
embargo, esa noche en particular, me molesté porque el barman no sabía quién
era. Me sirvió un par de copas y luego me preguntó:
—¿Está aquí de vacaciones?
—No, vivía aquí —le dije.
A lo que él respondió:
—¿En serio? —o algo parecido.
Y entonces decidí que se iba a enterar de quién era yo.
—¿Te acuerdas de un bar que se llamaba Bestie’s? —le pregunté cuando volví a
tenerlo a tiro.
—Sí —respondió—. Me acuerdo.
Entonces la bebida se puso a hablar por mí. No pude contenerme. Tuve que
decirlo.
—Pues nada —le dije—. Resulta que Bestie soy yo.
La expresión de su cara lo dijo todo.
Había llovido desde que me bautizaran como el quinto Beatle, y ya estaba de
vuelta de todo.
Capítulo trece
«Me llamo George...»
SI ALGO PODÍA SALVARME, recuerdo pensar, sería la paternidad.
Siempre me han encantado los niños y no dejaba de prometerle a Angela lo de
«todo cambiará con la llegada del bebé. Cambiaré, ya lo verás». No era la
primera vez que escuchaba la cantinela, obviamente, y ni yo mismo me la
tragaba. Sin embargo, el embarazo fue bien, y después de un par de falsas
alarmas en que Angie pensaba que iba a parir, estaba en un bar un día de febrero
de 1981 cuando llamó:
—George, ven rápidamente —me dijo—. Está en camino.
—¿Estás segura? —le pregunté—. Estoy en plena partida de dardos.
—¡Por supuesto que estoy segura! Ven tan rápido como puedas.
Salí escopetado a casa, la conduje hasta el hospital y nuestro pequeño Calum
nació a las siete de la mañana del día siguiente. Era un 6 de febrero y lo
llamamos Calum Milan Best —el segundo nombre en homenaje a Milan
Mandaric, que había sido un apoyo incondicional—.
Mientras veía el nacimiento de Calum y cómo le seccionaban el cordón
umbilical, deseé con todas mis fuerzas que su llegada nos ayudara a cambiar de
vida. No podía estar más orgulloso de que hubiese salido varón. Diría que la
mayoría de padres prefieren tener un varón, y durante los días posteriores a que
Angela y Calum recibieran el alta del hospital, me quedé en casa y los ayudé lo
mejor que pude.
Por desgracia, no duraría demasiado. El nacimiento de Calum fue la
demostración de que el alcohol se había convertido en lo más importante de mi
vida. Era más importante que mi esposa, y hasta más importante que mi hijo
recién nacido. Me sentía culpable por no ser capaz de dejar de beber ni siquiera
por él, y es probable que esa misma culpa incrementara mi consumo, sin duda el
peor círculo vicioso en el que encontrarte.
Tenía lagunas sin parar, y cuando llegaba a casa y dejaba de beber aparecían los
temblores, el destemple y la sudoración. Angela ya tenía suficientes problemas
para hacerse cargo de Calum como para tener que preocuparse también de mí.
Finalmente decidimos ir a ver a Milan y contarle la que nos estaba cayendo
encima y decidimos que buscaría ayuda en la unidad de rehabilitación de la
clínica Vesper. La aseguradora del club se encargaría de pagar el ochenta por
ciento de los costes del tratamiento. Ingresé el 2 de marzo de 1981.
Si me hubiesen dicho que estaba en la cárcel me lo hubiese creído. El
tratamiento consistía en encerrarte a cal y canto durante las dos primeras
semanas, transcurridas las cuales solo te permitían salir una hora al día escoltado
por una pareja de carceleros (vayan por delante mis disculpas al personal del
hospital). Así que tomarte una rápida no era una opción, por mucho que yo
seguía suspirando por una. Acepté ingresar porque parecía lo más adecuado. Sin
embargo, para que una desintoxicación funcione necesitas querer dejarlo. Y yo
no quería, así que no tenía ninguna esperanza en el tratamiento, y es probable
que ni siquiera fuera un caso apto.
Me tiré horas y horas en sesiones de terapia de grupo, en las que cada uno debe
confesar sus peores defectos y escuchar cómo el resto de pacientes le ponen a
caldo. También tuve que escribir seis ejemplos sobre cómo mi alcoholismo había
influido en mis problemas con la policía. ¿Solo seis? Vaya, ¡eso sí que era un
descanso! La terapia funcionaba para mucha gente, y no tengo nada en contra de
ella. Pero no soy una persona a la que le guste hablar de sus sentimientos, y me
resultó prácticamente imposible hacerlo delante de una panda de desconocidos.
Me pasé dos semanas fingiendo, y permitieron que me fuera antes de tiempo. Se
suponía que el tratamiento duraba treinta días, pero me las ingenié para hacerles
creer que ya estaba «curado». Eso sí, uno de los terapeutas, un irlandés
estadounidense cuyo bagaje le ayudó a entenderme mejor que el resto, me soltó
un día: «Es posible que le estés tomando el pelo a todo el mundo, pero no me lo
estás tomando a mí, George».
Eso fue todo lo que dijo, y estaba absolutamente en lo cierto.
Los médicos me hablaron sin ambages antes de darme el alta. Me dijeron que a
lo largo del siguiente año podían pasar tres cosas: estaría limpio, muerto o
ingresado de nuevo en el hospital. A mí me sonó bien. Pensé: «Me paso un año
sin beber, y en cuanto pase volveré a las andadas y todo saldrá como la seda. Lo
tendré controlado sin problema».
Y eso es lo que hice. Incluso Angela parecía embaucada por su flamante y
cariñoso marido, que se quedaba en casa, cambiaba pañales y hacía trabajos
domésticos, como cualquier otro padre y esposo normal. Hasta me fui de
compras y me pasé dos semanas pintando un mural de Disney en la pared del
cuarto de Calum. Claro que había otras labores paternas que no se me daban tan
bien.
Angela siempre se encargaba de la primera papilla del día, lo cual sucedía a una
hora impía, tipo cuatro o cinco de la madrugada. Sin embargo, yo no paraba de
ofrecerme para hacerlo. Le decía: «Déjamelo todo listo y ya me encargo yo del
desayuno. Tú descansa».
No dejaría que lo hiciera, obviamente. Sin embargo, pasadas unas semanas, un
día estaba tan cansada que me dijo: «De acuerdo. Te despiertas y se lo das tú».
Solíamos colocar su pequeña sillita de bebé encima de la mesa de la cocina, que
estaba al lado del horno. Angela emitió un listado verbal de qué hacer y qué no.
—Pero lo más importante es que lo dejes bien atado a la silla y le sostengas el
cuerpo con el brazo mientras le das de comer, porque es superactivo y no para de
moverse.
—No te preocupes, tranquila —le decía yo—. Soy idiota, pero no tanto.
Aunque más bien fui un idiota de órdago, supongo, porque me olvidé por
completo de lo del brazo, y en cuanto me di la vuelta para rellenar la cuchara con
más comida, escuché un sonido seco y sus poderosos alaridos. Calum se había
caído de la mesa y había aterrizado de cabeza, lo que provocó que Angie saliera
corriendo del dormitorio al grito de: «¡Sabía que no podía dejar que le dieras de
comer!».
Para ser honesto, no creo que Angie consiguiera dormir después de dejarme a
cargo de la primera comida. En cualquier caso, sería el final de mis ocupaciones
alimenticias.
Papá y el resto de mi familia estaban encantados con el nacimiento de Calum,
aunque es posible que nada les hiciera más felices que enterarse de que había
estado en tratamiento. Al igual que yo, seguían afectados por la muerte de
mamá, que había fallecido tras resistirse a aceptar ayuda profesional. Así que
después de mi paso por la Vesper deseaban que la vida familiar me ayudara a
sentar cabeza y a hacer caso del susto.
Papá estaba disfrutando mucho de Ian, que empezaba a apuntar maneras como
futbolista. Teniendo en cuenta que mis cuatro hermanas habían nacido entre yo y
Ian, había pasado mucho tiempo desde que papá tuviera ocasión de chutar una
pelota con uno de sus vástagos. Ian, como la mayoría de los más pequeñines en
cualquier familia, era un niño muy tranquilo. Papá me contaba sus evoluciones
futbolísticas, y me alegró descubrir que existiera algo que le motivara de nuevo.
Ni que decir tiene que yo había visto jugar a Ian. Tenía todo lo que hace falta
para convertirse en futbolista profesional: velocidad, fuerza y, al igual que yo,
olfato de gol. Tenía solo quince años cuando su equipo alcanzó la final de un
gran torneo local, y la familia al completo estaba entusiasmada. Por desgracia, la
prensa londinense se enteró y decidió que sería un gran artículo: el nuevo Best,
el hermano pequeño de Georgie.
Cuando Ian llegó al partido y se encontró con la delegación de fotógrafos, le dijo
al entrenador que no iba a jugar. Al final lo convencieron y jugó un partidazo en
el que marcó dos goles. Sin embargo, detestaba profundamente ser el centro de
atención, era incapaz de concebir la posibilidad de que la prensa se pasara el
resto de su vida persiguiéndole, como me había pasado a mí. Y sabía que a cada
paso que diera la prensa le compararía conmigo. Así que después del partido
anunció que no volvería a tocar una pelota en su vida, y a pesar de que serían
muchos quienes intentaron convencerlo de que cambiara de parecido, lo tenía
clarísimo. A papá le rompió el corazón, y para mí supuso añadir un poco más de
peso a la culpa que ya arrastraba por mamá. Era como si mi comportamiento
hubiese disuadido a Ian de abrazar la carrera profesional que merecía. Y tras
tomar una decisión de tal calibre y no echarse atrás, me demostró que era una
persona de mucho carácter.
No me eché directamente a la bebida tras la prematura retirada de Ian, pero me
moría por tomar una la mayor parte del tiempo. Intenté mantenerme lo más
ocupado posible para no pensar en ello y me llevé un buen susto después de
enterarme de un incidente aterrador. Justo antes de ingresar en la clínica Vesper,
recibí una llamada de un detective de San José. El tipo decía que teníamos que
hablar de algo importante: «Sé que estás pasando por un momento delicado
ahora mismo. Mejor me paso a verte cuando salgas de la clínica».
No tenía ni idea de qué quería, pero, efectivamente, vino a verme cuando salí de
la Vesper, y fue la visita más perturbadora que recibiría en mi vida.
—¿Conoces a la señora que vive enfrente? —me preguntó para empezar—. ¿La
que tiene una hija adolescente?
Le dije que sí, y a continuación me preguntó si las conocía bien.
—No mucho —respondí—. Las he visto alguna vez en la piscina comunitaria y
las he saludado, pero diría que nunca hemos intercambiado una palabra.
Entonces me contó que, justo antes de que ingresara en la Vesper, un hombre
había allanado su casa vestido con una chaqueta que parecía un anorak y con la
cabeza cubierta por una bufanda y una capucha.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Verás, la hija dice que eras tú.
No es que sea Perry Mason, pero le pregunté:
—Si el intruso llevaba bufanda y capucha, ¿cómo es posible que me
reconociera?
El detective dijo que la adolescente había reconocido mi voz.
—¿Y cómo es posible que lo hiciera si nunca hemos hablado?
—Mira —dijo casi disculpándose—. Supongo que entenderás que no me queda
otra que investigarlo, porque la chica insiste que fuiste tú.
La pregunta es: ¿podía afirmar honestamente que no había sido yo? Tal vez
estaba borracho, tal vez fuera yo, porque había tenido tantas lagunas antes del
ingreso que bien podría haberlo sido. Estaba muerto de miedo y tenía que
descubrir lo que había pasado. Así que antes de que me dijera nada más, le
pregunté:
—La persona que allanó la casa... ¿Le hizo algo a la chica?
Me quedé profundamente aliviado cuando después de una breve pausa me dijo
que no, que el intruso se había ido apenas unos minutos después.
Le pregunté cómo había entrado el sospechoso.
—Vaya, esa es la pregunta del millón —respondió—. No lo sabemos y no hay
pistas. Quienquiera que fuera llegó hasta la puerta de entrada y desactivó la
alarma, pero no tenemos ni idea de cómo entró. Así que si fuiste tú, una de dos:
o eres un ladrón con mucha experiencia o con mucha potra. En cualquier caso,
seguiremos indagando, y es posible que necesite hablar contigo otra vez.
La madre y la hija eran una extraña pareja, y poco después de la visita la madre
llamó a nuestra puerta y nos preguntó si podíamos darle un poco de leche. O sea,
que la mujer que aparentemente me había acusado de allanar su casa, una mujer
con la que nunca había hablado, aparecía de pronto en la puerta para pedirnos
leche. Raro de narices. Tampoco es que aspirara a proclamarme mejor vecino del
año en ese momento. Además de llegar a casa a cualquier hora del día o de la
noche, teníamos un perro que estaba loquísimo y que había matado al perro de
otro residente de la urbanización. O sea, que tenerla en la puerta de casa
pidiéndonos leche no me cuadraba en absoluto.
Pasados unos días, había sacado a pasear al perro por un parque de los
alrededores cuando un coche patrulla se detuvo a mi lado. Lo había advertido de
lejos y saludé a los policías que iban dentro, a quienes tenía vistos del barrio.
Uno de los dos agentes salió del coche y me preguntó:
—¿Cómo estás, George?
—Bien —respondí—. Todo en orden.
Luego me preguntó si el perro estaba mejor después del fatal altercado.
—No mucho —respondí.
El policía extendió la mano para acariciar al perro y este casi se la lleva por
delante de un bocado. No fue la mejor de las presentaciones.
A continuación el policía puso una cara circunspecta y dijo:
—Justo venimos de visitar a tu vecina, la señora fulana de tal. ¿Sabes de lo que
te hablo, verdad?
—Sí, de que alguien se metió en su casa.
—No, dice que te estuviste exhibiendo como Dios te trajo al mundo enfrente de
ella y su hija.
—¿Perdón? —pregunté—. ¿Se puede saber dónde y cuándo se supone que pasó
eso?
—Te vieron arriba, en una de las habitaciones de tu casa, completamente
desnudo.
—Vaya, si estaba en mi casa, entonces tenía todo el derecho del mundo a estar
desnudo. ¿Y se puede saber qué hacían mirando a mi casa? Lo mejor será que
habléis con sus abogados, porque me parece que hay algo en toda esta historia
que huele a chamusquina.
—Lo sé, lo sé —dijo exasperado el policía. Y entonces se subió al coche patrulla
y desapareció.
Una semanas después recibí otra visita del detective, que me contó que no tenían
evidencias para acusarme de ladrón de casas ni tampoco para probar que era el
exhibicionista fantasma de San José. No les quedaba otra que abandonar el caso.
Pero me quedé dándole vueltas a lo que había sucedido. Era todo muy
preocupante. El hecho de haber dudado de mis propios movimientos me los puso
de corbata. No estar seguro de dónde estaba, ni de con quién estaba o de qué
había estado haciendo era aterrador. ¿Qué clase de vida es esa? Aunque al
menos, y de momento, estaba limpio.
Los Earthquakes seguían deshonrando miserablemente su nombre. Sin embargo,
una vez más, después de haber dejado de beber volvía a entrenar a degüello, más
a fondo que en mucho tiempo, y estaba listo para empezar la nueva temporada.
Sabía que nuestras posibilidades no cambiarían por muy bien que jugara, pero
ansiaba, como mínimo, hacer una cosa bien en mi vida. Quería demostrar que
aún me quedaba fútbol en las botas. Tanto a mí como a los demás.
Ese verano, el de la temporada 1981, marqué trece goles y uno de ellos sería el
mejor gol de mi carrera. Sucedió contra mi antiguo club, los Fort Lauderdale
Strikers, tras recibir la pelota a treinta metros de la portería y mearme a un
defensa. Había otros tres a la espera, pero hice un amago a la izquierda, otro a la
derecha y un tercero a la izquierda, y los dejé a todos desequilibrados. Y en
cuanto salió el portero la disparé lejos de su alcance. El gol no tendría ningún
valor para nuestra suerte como equipo ni para nuestra clasificación en la tabla,
pero lo tendría todo en términos de orgullo personal.
Al terminar la temporada nos fuimos de gira a Europa y jugamos un amistoso
contra mi antiguo club, el Hibernian, que perdimos 3-1. Tuvimos una actuación
bastante lamentable, y mucho antes del pitido final ya estaba con la cabeza en
otra parte. Sin embargo, para mi sorpresa, Billy Bingham me incluyó en la lista
de convocados de Irlanda del Norte para jugar contra Escocia —un partido
decisivo de clasificación para el Mundial que iba a jugarse el año siguiente en
España—.
Con treinta y cinco años, y después de haberme pasado los últimos cinco sin
jugar para mi país, de repente me encontré a dos palmos de jugar un Mundial,
puesto que el combinado de Bingham tenía una extraordinaria oportunidad para
clasificarse. Durante nuestra visita al Hibernian también coincidí con Bill
McMurdo, a quien había visto muchas veces cuando yo jugaba para los
escoceses. Se había convertido en agente de jugadores, la misma suerte que
habían corrido Mo Johnston y Frank McAvennie, y accedió a representarme en
Gran Bretaña.
Una semana después, tras jugar un partido en San José que terminamos
empatando a 1 contra el Linfield, Bingham me dejó fuera de la convocatoria y
declaró que creía que me faltaba la forma necesaria para competir a nivel
internacional. Sin embargo, ese no sería el fin de mi sueño mundialista. Después
de que Irlanda del Norte se asegurara la clasificación para España 82 gracias a
un empate sin goles contra Escocia y a una victoria contra Israel en Windsor
Park, meses después, en noviembre, el entrenador del Middlesborough, Bobby
Murdich, puso una oferta para contratarme sobre la mesa. Durante nuestras
charlas me dijo: «Mira, George. Si decides jugar el resto de la temporada aquí,
mejoras tu forma física y le demuestras a Billy Bingham que todavía eres capaz,
seguro que vas al Mundial. Y nos vendría fenomenal alguien como tú para
darnos un empujoncito».
Fue la primera oferta genuina que recibí para resucitar mi carrera en Inglaterra
desde que me fui del United. Y era de lo más tentadora. Mis fichajes por el
Stockport y el Hibernian habían sido puramente para hacer caja, tanto para los
clubes como para mí. En cambio, al Middlesborough le preocupaba el descenso
y me querían, literalmente, para resucitar al equipo, nada que ver con montarte
un tenderete paralelo para sacarte cuatro perras. Solo por eso la oferta era ya
tentadora, y si hubiese aceptado y jugado los cuatro últimos meses de la
temporada, no me cabe la menor duda de que hubiese disputado el Mundial de
España.
Pero no lo hice. No era el momento, especialmente con los problemas
conyugales y la presencia de Calum. No me imaginaba ni en pintura que a
Angela le apeteciera trasladarse a Middlesborough, y a mí no me apetecía jugar
para otro equipo precario, y mucho menos descubrirme de nuevo inmerso en el
circo mediático en que se hubiese convertido mi vida a mi regreso a Inglaterra.
Así que le dije que muchas gracias, pero no. Me supo mal por Bobby: se quedó
hecho polvo cuando se lo comuniqué.
En el fondo, lo que le preocupaba a Billy Bingham era el revuelo mediático que
se formaría en España si Billy me incluía en la convocatoria. Muchos de los
jugadores con quienes hablé, como Sammy Mcllroy y Big Pat, creían que estaría
muy bien que acudiera. Y aunque habían desplegado un fútbol brillante para
clasificarse, nadie daba un duro porque superaran siquiera la fase de grupos.
Y que conste que comparto que, para algunos jugadores, solo el hecho de estar
allí ya era todo un logro; aunque no para mí. Nunca había deseado acudir a
ningún torneo para hacer bulto, y siendo realistas, esa era la realidad. Sabía que
por muy duro que trabajara, me pusiera en forma y me dejara la piel en cada
partido, mi aportación no influiría en absoluto en los resultados del equipo.
Recuerdo la Irlanda del Norte que alcanzó los cuartos de final en el Mundial de
1958, en que Gales también se había ganado su billete para la misma ronda.
Claro que Irlanda del Norte tenía un número extraordinario de jugadores de
primera línea por aquel entonces. Gente como Danny Blanchflower, Peter
McParland, el portero Harry Gregg o, cómo no, el mismísimo Billy Bingham.
Yo siempre había defendido que las dos asociaciones de fútbol de Irlanda se
fusionaran para formar un único combinado nacional. Los jugadores
excepcionales han proliferado en ambas selecciones, así que haber alineando a
futbolistas como Pat y yo junto a otros como Frank Stapleton o Paul McGrath,
que jugaban para la República de Irlanda, hubiese redoblado nuestras
posibilidades. Pero el dinero y los intereses políticos nunca permitieron que
sucediera.
La selección de rugby de Irlanda es la prueba: es un combinado que une al norte
y al sur de la isla y que lleva años cosechando éxitos formidables. Sin embargo,
en cuestión de fútbol, a los parásitos y funcionarios de las dos federaciones les
asusta demasiado perder sus privilegios y estatus. Cuando lograron formar un
combinado con jugadores de toda la isla, lo que sucedió en un encuentro contra
Brasil disputado en 1974, el éxito fue tan apabullante que no se atrevieron a
repetirlo por miedo a que la gente exigiera la unión de manera permanente.
Personalmente, creo que hubiese sido una idea excelente.
A la luz de las reglas de hoy, hasta yo mismo hubiese sido considerado apto para
jugar con Escocia gracias a mi abuelo Best, y curiosamente Escocia sí se
clasificaría para el Mundial de 1978. Pero en mi época, las reglas no me ofrecían
ninguna otra alternativa, así que ni siquiera tuve la opción de decidir o
arrepentirme de nada. A día de hoy sí creo que debería haber regresado a
Inglaterra para disputar la temporada entera, aunque tampoco puedo decir que
me arrepienta de no haberlo hecho, ya que las circunstancias no eran las
adecuadas. Además, cada vez me costaba más mantener la forma durante mucho
tiempo seguido.
La decisión que tomé fue volver a beber tan pronto como regresara a San José. Y
tal vez, en el fondo, lo que más me había acojonado de todo era pensar que no
habría sido capaz de mantenerme seco durante el Mundial y habría terminado
haciendo el ridículo.
Llevaba sin beber unos nueves meses, pero jamás, ni por un segundo, dejé de
echar de menos la bebida. Un día decidí que me tomaría un par. No tenía ningún
motivo en particular, nunca ha habido un detonante específico para abrir la caja
de Pandora. A los aprendices de psicólogo les gusta pensar que existe un
detonante para la recaída, pero para un alcohólico como yo no hay detonantes
que valgan. Mi experiencia me ha enseñado que se trata de una bomba de
relojería que llevas alojada dentro, algo genético, y lo único que puedes hacer es
intentar controlarla. Yo creía que después de nueve meses en el dique seco sería
capaz de contener las ansias, que podría beber normalmente, como cualquier hijo
de vecino, salir a tomarme unas cuantas y volver a casa sin mayores problemas.
También estaba convencido de que se la estaba colando a Angela, ya que jugaba
a ser un padre cariñoso y sacaba a Calum de paseo en su cochecito. Pero una vez
que regresaba y lo dejaba en casa, me inventaba cualquier excusa para
escaquearme un rato a bajarme unas cuantas.
Después de tanto tiempo sin beber, no me hizo falta hincar demasiado el codo
para emborracharme, especialmente al principio. Un año antes me podría haber
pimplado veinte pintas o una botella de vodka, pero el primer día que volví a
beber me quedé KO tras un par de pintas. Sin embargo, en cuanto el alcohol
vuelve a correrte por la sangre, Dios, es delicioso, y antes de darme cuenta cada
vez ansiaba beber más y más, y no tardaría en desaparecer y pegarme juergas de
tres días. Había regresado al país de las lagunas.
A mi salida de la clínica Vesper, en 1981, el personal médico había trazado un
mapa muy aproximado de lo que pasaría cuando me dijeron que a lo largo del
próximo año estaría muerto o seco o llamando de nuevo a su puerta. Parecía
claro que no estaba seco, pero al menos estaba vivo y dispuesto a pasar por otro
tratamiento de rehabilitación. Esta vez, sin embargo, no iban a permitir el
ingreso si no completaba los treinta días de reclusión, lo que conseguí, y hasta
me valió un medallón de Alcohólicos Anónimos. El problema es que todavía no
me sentía cómodo con la terapia de grupo. Hacía lo que tenía que hacer. O sea,
me ponía de pie y decía: «Me llamo George y soy alcohólico», pero luego era
incapaz de contar mis secretos al resto; además, y en cualquier caso, ¿cómo
podría llegar a ser anónimo?
La gente me reconocía hasta en la Vesper, y me venían a pedir autógrafos. Los
médicos me dijeron que tendría que acudir regularmente a las reuniones de AA
durante el resto de mi vida, pero era incapaz de visualizarme presentándome, y
mucho menos haciéndolo indefinidamente. No es que no me avergonzara de
algunas cosas que había hecho. Era la historia de siempre: soy una persona
tímida y me incomoda hablar de mí mismo. Incluso escribir este libro ha sido
duro en varios momentos. Las terapias de grupo funcionan para muchísima
gente, y en AA hacen un gran trabajo. Me gusta especialmente la plegaria de la
serenidad: «Dios, concédeme serenidad para afrontar todo lo que no puedo
cambiar, valor para cambiar lo que puedo cambiar y sabiduría para entender la
diferencia». Aunque, por desgracia, Alcohólicos Anónimos no es para mí.
Si hubiese sido capaz de seguir en terapia, no me cabe la menor duda de que me
habría ayudado. Pero en cuanto me quedaba solo, ese medallón tenía tanto valor
como la medalla de un perdedor, y al poco tiempo estaba pimplando de nuevo.
Esta vez Angela ya no podía más, y acordamos que yo regresaría a Inglaterra a
vivir con sus padres, lo que sonaba un poco como regresar a la Vesper, aunque
con mejor comida y menos terapia. Angela me dio un ultimátum en toda regla, y
la idea era que si lograba comportarme en casa de sus padres, ella regresaría con
Calum y podríamos ser de nuevo una bonita familia feliz; aunque incluso esa
idea era un delirio: nunca lo habíamos sido .
Yo había tenido una aventura en San José con una chica a la que conocí en una
de mis largas juergas y, fiel a mi estilo, tan pronto como pasé el control de
aduanas en Heathrow llamé a una amiga de Angie que había sido una habitual de
sus fiestas en la piscina y que ahora también estaba de vuelta en el Reino Unido.
La amiga accedió a salir a almorzar conmigo, aunque mis ambiciones iban
mucho más allá de eso y terminamos teniendo una aventura. Sería el final de mis
buenas intenciones. Yo confiaba en que el cambio de entorno me vendría bien, lo
que me había funcionado en Estados Unidos hasta que los demonios hicieron
acto de presencia. Pero por muy indeseable que fuera San José, no estaba
preparado para el choque cultural que supondría vivir en Southend.
Yo había ayudado económicamente a la madre de Angela y a su padrastro con
algo de dinero para que se compraran una casa allí, a condición de que, en caso
de que la vendieran, me llevaría mi parte de los beneficios. Pero la primera vez
que la vi parecía de todo menos una casa lista para vivir. El lugar había
pertenecido a un viejo que llevaba años sin hacer nada para preservarla. Cuando
la compraron, la casa apestaba y el empapelado de las paredes se caía a tiras.
Joe, el padrastro de Angela, había empezado a limpiar el interior de la vivienda,
así que me puse a trabajar en el exterior. No había tenido un trabajo peor desde
mis días como aprendiz de limpiador de botas en Old Trafford. Cuando no estaba
fuera con un cepillo de alambre me dedicaba a raspar el muro del jardín o a
pintar la puerta. Luego me puse a pintar las paredes de la fachada, pero después
de terminar las partes delantera y trasera —que eran las que se veían desde la
calle— me dije que había llegado el momento de colgar las brochas.
La madre de Angela solía quejarse un poco. Joe era muy tranquilo, y cuando
terminábamos la jornada nos íbamos a la sede local del club Conservador a jugar
una partida de snooker y tomar algo. Se suponía que yo no tenía que beber, pero
a Joe no podía darle más igual. Él se tomaba su media pinta de cerveza negra.
Nunca tomaba nada más: solo media. Y un puro. Era un poco como mi padre,
que creía en hacerlo todo moderadamente. Nada que ver conmigo, obviamente,
así que cuando me apetecía bajarme unas cuantas, Joe me dejaba que lo hiciera
tranquilamente. Joe había sido corredor de apuestas y todavía le gustaba apostar;
claro que nunca cantidades que pudieran afectar a la economía familiar.
Llevaba en Inglaterra menos de un mes cuando me propusieron jugar un partido
de exhibición en Belfast, que me brindó la oportunidad de ver a papá y al resto
de la familia. De regreso a Londres me encontré con un viejo amigo, el actor
George Sewell, en el aeropuerto de Belfast. George era famoso por interpretar
papeles de tipo duro en películas de mafiosos y en series de televisión como The
Sweeney. Aunque, la verdad sea dicha, lo que realmente me interesaba de
George era su acompañante.
Era una rubia despampanante (¡sí, otra para el saco!) a la que me presentaron
como Mary Stavin, una ex Miss Mundo. Exactamente mi tipo, a pesar del aciago
final de mi breve romance con Marjorie Wallace. Mary estaba intentando abrirse
camino como actriz, así que, gracias a George, me enteré de cuándo actuarían en
Birmingham y me dejé caer la semana siguiente.
No es que hubiese descubierto mi repentino amor por el teatro. Pero de repente
había descubierto un nuevo amor en mi vida.
Capítulo catorce
Los viejos vicios nunca mueren
MARY NO ME DIJO DE BUENAS A PRIMERAS que estaba viviendo con el
futbolista Don Shanks, que tenía fama de ser un jugador más bien duro sobre el
terreno de juego. Aunque supongo que haberlo sabido tampoco hubiese
cambiado nada. Ciertamente, no lo había hecho en el pasado, y no se puede decir
que yo fuera un «agente libre» sentimentalmente hablando, aunque nunca había
dejado de comportarme como si lo fuera.
Al principio conseguimos llevarlo discretamente; o sea, tan discretamente como
podrían aspirar a llevarlo Miss Mundo y un futbolista famoso. Sin embargo, los
paparazzi empezaban a reproducirse como conejos y era inevitable que nos
cazaran más pronto que tarde. Nos fotografiaron cenando juntos en junio de
1982 y, como era de esperar, algún alma caritativa le transmitió inmediatamente
la buena nueva a Angela. En esta ocasión no iba a haber reconciliación. Y por
una vez, ninguno de los dos queríamos reconciliarnos.
Angela no me llamó ni me puso a parir, ni siquiera me exigió el divorcio
inmediatamente. Había dejado de preocuparse, ya tenía suficiente con hacerse
cargo de Calum. Y, de hecho, la siguiente vez que hablamos hizo una broma al
respecto: «En tú línea, George. Sabía que terminaría apareciendo otra en algún
momento y sabía que tenía que ser algún personaje público. Y tratándose de ti,
obviamente, no podía ser cualquier mujer. Solo podía ser Miss Mundo».
Concluimos que el matrimonio estaba acabado y acordamos que Angela se
encargara de vender la casa de San José y todo su carísimo mobiliario y
repartirnos las ganancias.
Al igual que muchas de mis relaciones sentimentales, la historia con Mary
progresó rápidamente. Nos llevábamos muy bien y nos reíamos un montón. De
hecho eso fue exactamente lo que hicimos durante nuestra primera cita: hablar y
reír. La fui a ver a su camerino antes de que saliera a actuar en una obra de
teatro, en Birmingham.
—Si te apetece un café al salir... Estaré en la habitación de mi hotel —le dije.
—¿No te vas a quedar a ver la obra? —me preguntó.
—No. No es lo mío, pero me encantaría verte para tomar un café. Cuéntamelo
todo entonces.
Se suponía que Mary tenía que tomar el tren de las once la noche, pero después
de que apareciera en mi habitación y nos pusiéramos a hablar, decidió que se iría
en el de medianoche. Pero nos lo estábamos pasando tan bien hablando sobre
nuestras vidas que se quedó a pasar la noche. Pedimos bocadillos y vino al
servicio de habitaciones y nos quedamos sentados en la cama charlando; aunque,
en un momento dado, hice una patosa tentativa de besarla y me caí de bruces
contra el suelo en el intento.
Unos días después me llamó para decirme que dejaba a Shanks, y la ayudé a
trasladarse a casa de Geoffrey y Madeleine Curtis, una pareja amiga suya que
vivía en Windsor. Una semana después me trasladé yo. No podíamos quedarnos
allí indefinidamente, como es de imaginar, así que unos meses después nos
mudamos a un apartamento en el barrio de Barbican, en Londres, en la que sería
una de las peores mudanzas de mi vida: terminé odiando el lugar.
Al poco de regresar a Inglaterra recibí uno de esos sobres de papel de estraza de
la Agencia Tributaria que le alegran la vida a cualquiera. Habida cuenta de que
había trabajado en el extranjero, pensaba que me correspondería una devolución.
Sin embargo, me exigían pagar 17.996 libras por mis ingresos en el Fulham.
No tenía tanto dinero, y cuando hablé con Hacienda les conté que me había
separado de mi mujer y que tenía un montón de capital invertido en nuestra
propiedad de Estados Unidos, así que les propuse adelantar diez mil libras y
pagar el resto seis meses después. Pero se negaron a aceptarlo. Les pedí más
tiempo porque también contaba con sacar una suma considerable de la venta de
mi apartamento en Putney, que había comprado durante mis días en el Fulham.
Había contratado a una agencia inmobiliaria para vender el apartamento y todo
lo que había dentro, y esperaba sacar un buen pellizco, ya que estaba en una
zona que estaba super de moda en Londres, pero los agentes me dijeron que los
beneficios de la venta solo me servirían para pagar sus gastos: «¿De qué gastos
me estáis hablando? O sea, ¿qué clase de gastos cuestan más que una casa?».
Me la metieron doblada. Adujeron habérselo fundido todo en «llamadas
telefónicas, papeleo y camiones de mudanza».
Supongo que debería haber peleado, pero no estaba en condiciones. Tampoco
hubiese sido un beneficio para tirar cohetes porque no habíamos invertido tanto,
pero yo contaba con sacarme, al menos, diez mil libras.
Si hubiese invertido una mayor cantidad de las ganancias de los primeros años al
frente de Slacks y Oscar’s, me habría hecho rico. Pero había apostado gran parte
de lo que saqué y me había fundido el resto en vacaciones, y para 1982 ambos
clubes estaban arruinados y mis acciones no valían prácticamente un duro. Tanto
Slacks como Oscar’s habían tenido su momento, pero como cualquiera que esté
metido en el negocio de las discotecas te dirá, la vida de un club raramente
sobrepasa los cinco años. Siempre hay excepciones, como Tramp o
Stringfellows, que se mantienen eternamente. Pero la ley no escrita dice que las
modas cambian cada cinco años, que es lo que tarda la clientela en cambiar de
aires, así que si eres sensato, sabes que tarde o temprano ocurrirá. Además, una
de las grandes atracciones de mis clubes consistía en que casi siempre se me
podía encontrar dentro. Sin embargo, durante los últimos seis años apenas me
había dejado caer por allí.
No tenía tiempo para recrearme en mis problemas con el fisco porque estaba
demasiado ocupado intentando ganarme la vida. Recibí una oferta para trabajar
como analista futbolístico para el canal de televisión South de Southampton, y
gracias a ello fui contratado por ITV como comentarista del Mundial de España,
en verano de 1982. Así que al final terminé acudiendo a la cita mundialista,
aunque fuera llevando auriculares en lugar de la camiseta verde de Irlanda del
Norte.
No me arrepentía en absoluto de no formar parte de la selección. Es algo que, de
hecho, había asumido al declinar la oferta del Middlesborough hacía medio año.
A los chavales de Irlanda del Norte les fue increíble y lograron la hazaña de
terminar primeros de grupo tras derrotar a España por 1-0 en el último partido de
la primera fase, después de haberse quedado con diez hombres.
Pero, como había previsto, alguien iba a darles un buen repaso en algún
momento, y este llegó en la segunda fase, cuando fueron vapuleados por 4-1 por
la formidable selección francesa, que contaba con jugadores de la talla de Michel
Platini, Jean Tigana y Alain Giresse. Y no creo que engañe a nadie cuando digo
que mi presencia en el campo no hubiese afectado en absoluto al marcador.
El Mundial supuso un pequeño respiro a mis problemas con Hacienda, aunque
retomamos las negociaciones tan pronto como regresé. Claro que no hubo nada
parecido a una negociación, puesto que se negaron a llegar a un acuerdo y
siguieron amenazando con declararme en bancarrota si no les pagaba el monto
entero de una tacada. Yo les seguía pidiendo que me concedieran un poco más de
tiempo, pero en noviembre de 1982 fueron fieles a su nefasta palabra: fui
declarado oficialmente en bancarrota y cifraron la deuda a mis acreedores en
veintidós mil libras.
Parecía increíble que me declararan en quiebra después de todo el dinero que
había sumado a lo largo de mi carrera, dinero que seguía sumando. Pero a pesar
de que no fuera nada agradable estar en bancarrota, había sufrido peores
humillaciones en mi vida, y no sería algo que fuera a quitarme el sueño.
El trabajo en televisión me brindó un nuevo incentivo para intentar dejar la
bebida —o, como mínimo, controlarla— y la gente no paraba de mandarme
folletos por correo que contenían presuntas curas. Cuando no era Alcohólicos
Anónimos, eran grupos de autoayuda, algunos de los cuales eran auténticos
chiflados que aseguraban poder deshacerse de la bebida para siempre. La
mayoría de panfletos que me llegaban a casa ofreciendo curas infalibles
terminaban en la papelera, pero hubo uno remitido por un grupo llamado
Conservation of Manpower que despertó mi curiosidad. No me preguntéis por
qué se llamaban así ni por qué su panfleto me sedujo, pero resulta que tenían la
sede en algún lugar del Támesis, y un día me decidí a probar suerte.
Llamé al tipo que dirigía el negocio y le pedí hora.
Me dirigí al lugar y el tipo tuvo una pequeña charla conmigo. Me pidió que le
dijera cómo me sentía en una escala del uno al diez. Menos mal, porque en aquel
momento me sentía alrededor de seis bajo cero. Después de la charla, me ofreció
un brebaje que nunca supe qué era, y acto seguido me sentó en una silla provista
con unos auriculares y me dijo: «Te dejo solo un rato».
Al irse apagó la luz, y lo siguiente que recuerdo es despertarme media hora
después. No escuché nada a través de los auriculares, aunque es posible que me
hubiesen transmitido alguna suerte de mensaje subliminal, porque lo cierto es
que sentí un subidón, una sensación de lo más placentera que duraría unos
cuantos días. Y, sorprendentemente, me quitó las ganas de beber.
Después de esa primera cita empecé a ir alrededor de una vez por semana,
aproximadamente, y siempre repetíamos el mismo procedimiento. A medida que
el tratamiento avanzaba, me sentía cada vez más cerca del diez y comenzaba a
creer en su eficacia, porque cada vez que el tipo apagaba la luz y me dejaba, me
dormía inmediatamente. Sería una de las pocas soluciones que encontraría para
aniquilar mis ansias. Hasta que, inevitablemente, pasados unos meses, recibí una
llamada de un periodista. Lo primero que me dijo fue: «Nos consta que has
estado asistiendo a la sede de Conservation of Manpower...».
Así que dejé de ir. Sabía que, si volvía, el lugar estaría infestado de periodistas y
fotógrafos, y no tenía la menor intención de darles ese gustazo. Fue una lástima,
porque la cosa estaba funcionando sin necesidad de contarles mis intimidades a
otros pacientes, como sucedía en Alcohólicos Anónimos.
Yo seguía sin tener ni pajolera idea de qué iba a hacer con mi vida. Ignoraba si
mi trabajo como comentarista televisivo iba a durar mucho, o si lo harían las
apariciones publicitarias que me organizaba Bill McMurdo. Bill cerró varios
tratos suculentos, que básicamente consistían en que me presentara a firmar
autógrafos en inauguraciones de tiendas o en campañas de promoción del fútbol.
También jugué varios partidos de exhibición. Entonces, me vi en el brete de
tener que tomar una gran decisión cuando recibí una llamada de la nada del gran
Ron Atkinson.
Big Ron, que entonces era uno de los personajes más extravagantes del mundo
del fútbol, llevaba entrenando al United desde 1981 y le había conferido un
soplo de aire nuevo al equipo.
Tuvimos un educado intercambio de palabras en el que me preguntó cómo estaba
y qué estaba haciendo. Hasta que me lo soltó:
—Mira, en lugar de perder el tiempo como comentarista televisivo o contándole
a la gente cómo solías jugar, ¿porque no regresas y les demuestras cómo se
hace?
Me quedé a cuadros.
—¿Me lo dices en serio? ¿Me estás proponiendo que vuelva a jugar en el
Manchester United?
—Vaya, me conformaría con que conserves una fracción de tu calidad de antaño.
Con eso me basta —dijo—. ¿Por qué no lo intentas y ves qué tal sale? No espero
que corras a tu edad, me conformo con que vayas a lo tuyo, que muevas la pelota
y te pasees por el campo. Tenemos jugadores de sobra para correr.
Era una oferta tentadora, especialmente porque venía de Big Ron, cuyos equipos
siempre habían desplegado un fútbol valiente como el que me gustaba jugar, con
formaciones basadas en el talento ofensivo más que en el defensivo. También
sabía que Ron era alguien con quien me podía comunicar, alguien con un gran
sentido del humor que no trataba a los jugadores como a colegiales, como hacían
otros entrenadores. De haber tomado las riendas del United en lugar de Tommy
Docherty en 1972, es posible que nunca me hubiese ido. Es más, es posible que
hubiese llegado a desplegar mi mejor fútbol, habida cuenta de que solo tenía
veintisiete años cuando me fui en 1974.
Pero eso era entonces. Ahora me aproximaba a mi treinta y siete cumpleaños y
no había jugado en la élite desde que dejé el United. Lo estuve sopesando
seriamente, pero me daba miedo regresar y hacer el ridículo; o, en el peor de los
casos, malograr los buenos recuerdos que los aficionados tenían de mí. No me
cabe duda de que se habrían mostrado cariñosos, pero no quería darle pena a
nadie. Me tenía que enfrentar a los hechos: a mi edad me sería imposible jugar
como lo había hecho en mis años de esplendor, y si bien Big Ron se conformaba
con que me sacara cuatro destellos de la chistera en cada partido, para mí eso no
era suficiente. Ron llegó a decir que no pasaba nada si no jugaba los noventa
minutos, aunque para mí sí que pasaba.
De modo que, una vez más, dije gracias, pero no.
En lugar de regresar al United, en marzo de 1983 me incorporé a las filas del
Bournemouth, que las estaba pasando canutas en la antigua Tercera División, la
categoría más baja del fútbol profesional. Tal vez suene ridículo, pero prefería
las condiciones acordadas en Bournemouth, cuyo secretario deportivo, Brian
Tiler, solo deseaba que aumentara la recaudación en taquilla. Atkinson me quería
como a jugador de élite; aunque solo fuera para jugar un rato en cada partido,
habría comportado tener que entrenar duramente para recuperar la forma y
soportar las expectativas.
En Bournemouth las condiciones eran las mismas por las que firmé con el
Dunstable, el Stockport y el Hibernian. No tenía que entrenar demasiado,
bastaba con que me presentara, hacer cuatro piruetas de cara a la galería, hacer
caja y todos contentos. No había ni trampa ni cartón. La mayoría de esos clubes
recuperaron su inversión con mi primer partido vistiendo su camiseta, de manera
que si nadie se presentaba al segundo no pasaba nada.
El Bournemouth no tendría ningún motivo para quejarse después de que
arrastrara a más de nueve mil aficionados, el doble de la entrada habitual, en mi
debut contra el Newport, el 26 de marzo. Jugaría cuatro partidos más con ellos,
el último en casa, contra el Wigan, el choque que cerraba la temporada.
A finales de 1983, Angie regresó de Estados Unidos para vivir con sus padres.
Ahora que tenía que hacerse cargo de Calum sola, le hubiese resultado imposible
recuperar su trabajo como asistenta de Cher. Así que decidió mudarse con sus
padres a la casa que les había ayudado a comprar.
Después de haber pasado un año separados, nos llevábamos bastante bien,
aunque cuando nos veíamos la relación era otra. La química se había esfumado y
ya no corríamos el riesgo de patinar y volver a intentarlo, como nos había pasado
tantas veces. Pero al menos ya no nos peleábamos, y a ella le parecía fenomenal
que viera a Calum cuando quisiera. Angie lo traía a nuestro apartamento, y a
veces lo dejaba conmigo y con Mary y aprovechaba para salir con sus amigos.
Sin embargo, Mary no mostró jamás el menor interés por Calum. Nunca la vi
abrazarlo ni cogerlo de la manita. Yo suponía que al menos mostraría un poco de
curiosidad por el hijo de su cónyuge-amante. Para entonces, en cualquier caso,
nuestra relación empezaba a deterioarse. Mary estaba obsesionada con dar el
salto a la gran pantalla, desesperada por convertirse en una actriz famosa. Estaba
tan monotemática que tal vez le preocupara encariñarse con Calum y
menoscabar sus ambiciones.
Mary me comió la cabeza para que empezara a hacer aerobic, que empezaba a
ser uno de los grandes negocios de los vigoréxicos ochenta. Y no dejaba de
hablar de trasladarse a Los Ángeles en busca de fama y fortuna, algo de lo que
yo ya estaba de vuelta. No tenía el menor interés en repetirlo.
Finalmente, un día de mayo de 1983, Mary se fue de casa tras decirme:
—George, está decidido: si quiero dar el salto como actriz debo mudarme a Los
Ángeles.
—Haz lo que tengas que hacer —le dije—. Pero ya te adelanto que va a ser duro.
Puede que seas ex Miss Mundo, pero hay cientos de mujeres hermosas
caminando por las calles de Los Ángeles, e incluso un número mayor de buenas
actrices.
Mary, en cualquier caso, se largó, y yo me fui de gira por el Sudeste Asiático con
Bill McMurdo. Jugué con un par de equipos de Hong Kong y luego para los
Brisbane Lions, en Australia. El dueño era un tipo llamado Ed Marconi, y
arrastramos a un buen número de aficionados en los tres partidos por los que
firmé. Solo entonces me propuso jugar un cuarto y último duelo, un encuentro
especial que estaba intentando organizar contra sus archienemigos, de cuyo
nombre no logro acordarme. Comoquiera que era un encuentro que no estaba
contemplado en mi contrato, me dijo: «Te diré lo que vamos a hacer, George. Lo
normal sería que fuera un taquillazo, así que me repartiré contigo los ingresos de
taquilla».
El partido con los Lions sería el último que disputaría para un club.
Un dato curioso sobre Bill es que llevaba barba y tenía el pelo largo —más o
menos como yo—, así que a menudo los niños de Extremo Oriente le confundían
conmigo y le pedían un autógrafo. Cualquier persona normal les habría dicho
que se equivocaban de jugador, ¡sin embargo Bill no tenía problema en coger los
bolígrafos de los niños y firmar en mi nombre!
Paralelamente, había conseguido ahorrar lo suficiente como para pagar la fianza
de un apartamento en Oakley Street, en Chelsea, en junio de 1984. Nunca me
gustó el barrio de Barbican, una jungla de asfalto sin ninguna personalidad.
Durante ese mes de junio también conocí a la que sería mi próxima novia, Angie
Lynn, que no era Miss Mundo pero hubiera dado el pego —se ganaba la vida
como modelo de ropa interior—. Nos conocimos en Blondes, un club del West
End, que no podría haber tenido un nombre más oportuno, ya que Angie se
convertiría en una de mis despampanantes rubias. Y al igual que sucedió con
todas mis anteriores relaciones largas, la cosa pilló velocidad enseguida, y a
pesar de que ella estaba saliendo con Chris Quinten, un actor de Coronation
Street, lo dejó y se vino conmigo a Noruega.
Aquel sería el principio de la relación más tempestuosa de mi vida.
Me podéis contar lo que queráis sobre choques de personalidades y voluntades.
No recuerdo cómo empezó, pero nos pasábamos la mitad del tiempo dejándonos
plantados el uno al otro. Ella tenía un apartamento en Cromwell Road, no muy
lejos del mío, así que cuando arrancó el noviazgo la pregunta siempre era: ¿en tú
casa o en la mía?, una pregunta que solía terminar en una declaración de guerra.
Una noche de aquel verano me quedé a dormir en su casa. Por la mañana se
despertó antes que yo y al poco rato entró en la habitación y gritó: «¡Me voy a
pasear al perro!».
Yo ni pensé en ello, pero cuando me levanté a mediodía todavía no había
regresado. «Que le den», dije. «Me voy a beber algo.»
Sin embargo, cuando fui a abrir la puerta estaba cerrada. Yo no tenía llave y
todas las ventanas tenían reja. Me estaba empezando a calentar, pero me
consolaba diciendo que no podría tardar mucho; sin embargo, esa misma noche,
cuando seguía sin volver, me planteé llamar a la policía. Aunque vaya, dados mis
antecedentes cambié de opinión.
No había una sola botella en casa porque, al igual que yo, Angie era de salir a
beber fuera. No éramos la típica pareja que se quedaba bebiendo tranquilita en
casa.
Así que cuando llegó la medianoche yo estaba directamente salivando y no sabía
cómo montármelo para salir. No tenía mi agenda telefónica y no sabía dónde
estaba Waggy en ese momento. E incluso en caso de que le llamara, ¿cómo iba a
conseguir entrar en casa? Además, yo seguía esperando que Angie apareciera de
un momento a otro, aunque al final no lo hizo hasta la noche siguiente.
¿Os podéis creer que llegó como si no hubiera pasado nada? Seguía tirando de la
correa del perro como si hubiesen pasado veinte minutos.
—¿Dónde demonios te habías metido? —le pregunté—. ¡Me estoy muriendo de
sed!
—¿Ah, sí? Resulta que me invitaron a una fiesta.
—¿Qué me estás contando? ¿Qué significa que te invitaron a una fiesta?
Supuestamente saliste a pasear el perro, ¿no?
—Sí, lo sé —respondió—. Pero me encontré con un conocido por casualidad y
me invitó a una fiesta, y mi intención era volver y decírtelo, pero supongo que
terminé perdiendo la noción del tiempo.
—¿Y qué hiciste con el maldito perro?
—Ah, el perro. Pues nada, me lo llevé conmigo.
Era fascinante encontrártela allí, explicándolo todo tan alegremente, como si
solo se hubiese retrasado cinco minutos.
En otras ocasiones nuestros intercambios llegaron a las manos; y a menudo en
espacios públicos, como pubs o discotecas. Entonces uno de los dos soltaba
alguna barrabasada que sacaba al otro de sus casillas, hasta que nos liábamos a
guantazos. Destrozamos cuadros, rompimos ventanas y en varias ocasiones la
policía se presentó en el establecimiento de turno para advertirnos sobre nuestro
comportamiento. Todavía sigo sin explicarme cómo es posible que nuestro
delirio no terminara en las páginas de los tabloides. Era la clásica relación que
parecía regida por el principio de «ni contigo ni sin ti».
Angie solía ir a un pub de mala muerte en una calle que daba a Regent Street, y
cuando le daba por interpretar alguno de sus actos de escapismo solía encontrarla
allí.
—¿Por qué demonios vienes a un tugurio como este? —le preguntaba yo.
—Para perderte de vista —respondía ella.
Y así era como saltábamos. Yo le decía que se largara y ella me mandaba a la
mierda y entonces pasábamos a las manos.
Estábamos perdidamente enamorados, y cuando estábamos bien todo era
fantástico. Pero cuando discutíamos estallaban fuegos artificiales.
La bebida estaba casi siempre presente en todos nuestros dramas, así que, en un
intento desesperado por desintoxicarme durante un tiempo, me fui a Copenhague
para que me cosieran pastillas de Disulfiram en el estómago. Eran los mismos
comprimidos que había consumido en Estados Unidos. Y me habían ayudado
durante una temporada, pero si quería beber me bastaba con dejar de tomarlos.
Así que decidí cosérmelos para no caer en la tentación, y tuve que volar a
Dinamarca porque la operación no era legal en Inglaterra en ese momento. Me
cosieron los comprimidos en dos ocasiones, pero tan pronto como terminé
ambos tratamientos me fui de cabeza al pub.
Volví a las andadas a lo bestia, y después de otra bronca monumental con Angie,
en noviembre de 1984, me fui a Blushes, en Kings Road. Podría haber ido
caminando, pero por alguna razón decidí llevarme el coche y me prometí no
conducir de vuelta a casa.
Después de trincarme unas cuantas en Blushes, me fui a la discoteca que
quedaba al cruzar la calle, que abría hasta tarde, y me tomé unas cuantas más.
Entonces, sobre la una y media, decidí enfilar rumbo a Tramp. Salí a Kings Road
con la intención de tomar un taxi, pero estaba diluviando, y como cualquier
londinense sabe, cuando se pone a diluviar no encuentras taxi ni por todo el oro
del mundo.
Me quedé esperando en la calle unos diez minutos, hasta que me dije: «Al
diablo, me subo al coche, son solo cinco minutos». Pero no estaba en estado ni
para conducir dos metros, y la policía me paró prácticamente a la salida de
Buckingham Palace. Ni siquiera tendrían que haberse molestado en hacerme la
prueba de alcoholemia, porque era evidente que no tenía la menor opción de
pasarla, pero pese a todo decidieron someterme al trámite, y acto seguido me
llevaron a rastras hasta la comisaría de Canon Row, donde me inculparon y me
pusieron en libertad bajo fianza con la obligación de comparecer al día siguiente
en los tribunales de primera instancia de Bow Street.
No me dejaron salir hasta las seis de la mañana, un sábado 3 de noviembre, y
esta vez sí conseguí coger un taxi para regresar a casa. Me fui directamente a la
cama. No me desperté hasta primera hora de la tarde, y entonces decidí que en
vista de que me habían denegado la posibilidad de beber en Tramp la noche
anterior, me pasaría por Blushes a por la primera del día.
La secuencia de mi entrada parecía sacada de un western de Clint Eastwood,
donde todo el mundo deja de beber y de hablar para repasarte de arriba abajo.
Conocía a varios personajes y uno de ellos me preguntó:
—¿Qué estás haciendo aquí, George?
—¿A ti qué te parece? —respondí—. Pues tomarme una, igual que el resto.
—Pero hay una orden de arresto contra ti —me dijo—. La policía te está
buscando.
—¿De qué me estás hablando? —le pregunté—. ¿Me estás tomando el pelo?
—No —me dijo el tipo—. Ha salido en las noticias. Se suponía que tenías que
comparecer en los juzgados a las nueve de la mañana.
No daba crédito. No me habían dejado salir de la comisaría hasta las seis de la
mañana. ¿Cómo tenían la desfachatez de esperar que me presentara ante el
tribunal solo tres horas después? No estaba precisamente sobrio cuando me fui
del cuartelillo, así que di por supuesto que mi cita sería la mañana del lunes. Ni
siquiera sabía que los tribunales abrían en fin de semana.
Así que mientras intentaba decidir qué hacer, me dije que, ya puestos, empezaría
por tomarme una.
Y luego me tomé otra. Y después una tercera. Y una cuarta. Entonces me tomé
un descanso para llamar a Bill McMurdo y contarle lo que había sucedido y para
que se encargara de organizar las cuestiones legales, a pesar de que ya lo había
escuchado todo en las noticias. Parecía que era la única persona en todo Londres
que no se había enterado de que pesaba una orden de busca y captura sobre mis
hombros. Bill me dijo que intentaría arreglarlo y programar mi comparecencia
en el juzgado para la mañana del lunes. Así que seguí bebiendo, y cuando me
cansé de Blushes hice una ronda por un puñado de clubes sin que nadie intentara
detenerme.
Finalmente llegué a Oakley Street sobre las siete de la mañana del domingo y me
encontré con el lugar infestado de periodistas. Me contaron que la policía me
había estado buscando allí, y estaban frotándose las manos a la espera de que
aparecieran ellos o lo hiciera yo.
Me metí en casa —probablemente una decisión no demasiado brillante, ya que
sin duda la prensa daría el chivatazo a la policía— y en cuestión de minutos la
casa estaba rodeada. Debía de haber unos veinte agentes. Agüita. Me pregunté si
quedaría alguien patrullando el resto del barrio de Chelsea ese domingo. El
inspector a cargo de la operación llamó a la puerta y me pidió por el interfono
que saliera, pero le colgué e intenté pensar en la estrategia a seguir. Me dije que
no tirarían la puerta abajo, así que decidí que lo mejor sería quedarme en casa
hasta el lunes por la mañana.
Pasada una hora, más o menos, parecía que el revuelo montado afuera se había
extinguido y ni siquiera se veía a un solo policía. Di por supuesto que se estaban
escondiendo y también concluí que si me movía deprisa podía llegar al
apartamento de enfrente y quedarme con una exnovia que vivía allí, Dianna
Janney. La llamé por teléfono y le pregunté si podía pasar el día con ella.
—¿Para qué? —me respondió—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué había tanta
policía fuera de casa?
—Si dejas la puerta de entrada abierta —le dije—, me tienes allí en cinco
minutos y te lo cuento todo. Pero ya te adelanto que es una tontería, créeme.
No parecía muy convencida de que fuera la mejor idea del mundo, pero
finalmente accedió. Así que abrí mi puerta sigilosamente, respiré hondo y
esprinté; o sea, todo lo que puedes esprintar cuando cruzas una calle de apenas
veinte metros.
Mientras lo hacía escuché a uno de los policías gritar: «A por él, chicos». Y
media docena de ellos salieron a por mí. Parecía una escena sacada de Keystone
Cops, especialmente mientras corrían como locos hasta la puerta de Diana,
donde les pegué un portazo en las narices.
Si a Diana no le había hecho mucha gracia ver a la policía a la salida de mi casa,
mucha menos le hizo presenciar ahora cómo aporreaban la puerta de la suya.
Para entonces, la unidad especial se había sumado al convite y tenían pinta de
ser la clase de tipos que podrían desgraciarte el mobiliario sin problema. Diana
tenía que estar preguntándose si habría matado a alguien; pero al menos se
quedó más tranquila cuando le conté la verdad. Aunque la situación seguía
siendo igual de desesperada para ambos.
—Mira, George —me dijo—. Creo que lo mejor será que te entregues. Si te
sigues resistiendo solo te complicarás las cosas.
No había escapatoria, en cualquier caso. Así que, por primera vez desde que
había comenzado todo el alboroto, hice lo que tenía que hacer y salí a
entregarme. Antes de hacerlo, y deseando que pudiéramos proceder de la manera
más digna posible, grité desde el otro lado de la puerta:
—¡De acuerdo, voy a salir!
Le di las gracias a Diana, abrí la puerta y ocho policías se me abalanzaron y por
poco invaden la casa en el intento.
—Por favor, chicos, que me estoy entregando —dije para intentar quitarle hierro
a la situación.
Pero parecía evidente que los chavales estaban con ganas de pelear después de
que les hubiera hecho perder el día entero a la intemperie: me empujaron
violentamente contra la pared y me esposaron. Entonces me escoltaron hasta el
furgón policial, y uno de los agentes se pasó el trayecto entero insultándome:
«Puto enano irlandés. Pedazo de escoria irlandesa», me decía.
Parecía bastante fuera de lugar, teniendo en cuenta que me estaban arrestando
por conducir embriagado. También me pareció que se excedieron en el uso de la
fuerza para reducir a alguien que se estaba entregando voluntariamente.
Me arrojaron de cualquier manera al interior del furgón y yo estaba cada vez más
indignado. Entonces, un madero con delirios de grandeza pegó su cara a la mía:
«Pedazo de escoria. Te crees que eres una gran estrella pero no eres más que otro
pedazo de escoria irlandesa», me dijo.
Después de haber tomado la sensata decisión de entregarme, le di súbitamente la
vuelta a la tortilla y tomé la decisión más insensata. Le di un cabezazo a uno de
los maderos.
Después de ser oficialmente acusado de conducir ebrio, no comparecer a la vista
matutina y agredir a un policía, me llevaron a la comisaría de Canon Row, donde
me retuvieron toda la noche.
A la mañana siguiente, en los tribunales de primera instancia de Bow Street, mi
abogado solicitó un aplazamiento de un mes, que le fue concedido por el
magistrado titular Ronald Partel, y me dejaron en libertad bajo fianza de
quinientas libras. Así que después de todo el alboroto que se había formado tras
mi incomparecencia sabatina, el caso quedó aplazado por un mes.
Mi abogado me advirtió de que podría terminar en la cárcel, ya que los
tribunales no eran muy amigos de las agresiones a la policía.
Al final llegó a la conclusión de que era improbable que me encarcelaran, así
que, en lugar de optar por un juicio con jurado, accedimos a resolver el caso con
una vista ante el juez, en la que yo me declararía culpable y quedaría a merced
del tribunal. Angie y yo estábamos pasando por uno de nuestros momentos más
dulces, y estaba en la tribuna pública el día de mi comparecencia ante el
magistrado titular William Robins. Era un 3 de diciembre. Aparte de dar mi
nombre y declararme culpable de todos los cargos, no abrí la boca, convencido
de que probablemente me llevaría una buena multa o una suspensión de la pena;
o, en el caso de que me encarcelaran, una pena de treinta días de prisión en el
peor de los casos.
Sin embargo, el juez Robins era lo menos parecido a Sir Matt, a Tom Hart y a mi
padre, los indulgentes ángeles que habían protegido mis pequeñas fechorías en el
pasado. Fue como si, por una vez en mi vida, alguien hubiese decidido que era el
momento de meterme en cintura. Me prohibió conducir durante cinco años,
aunque esa sería la menor de mis preocupaciones. Me condenó a tres meses de
prisión. Y entonces puso la guinda diciendo: «Considero la agresión a cualquier
policía como una ofensa extremadamente grave. Quienes incurren en ella se
exponen a hacerlo por su cuenta y riesgo. No veo ninguna razón para tratarle
deferencialmente por tener un nombre popular».
Me llevaron directamente a las celdas, aunque por suerte no a la cárcel, porque
mi abogado consiguió audiencia ante el Tribunal Superior de Justicia unas horas
después, donde el juez Skinner nos concedió el derecho a apelar, y fui liberado
tras pagar una fianza de quinientas libras.
Aunque solo estaba aplazando lo inevitable.
Había acudido a la audiencia ante el juez confiado, pero no tenía demasiadas
esperanzas de que la sentencia fuera revocada por el Tribunal Superior. La vista
quedó fijada en el tribunal de Southwark Crown para el 17 de diciembre, solo
dos semanas después. Fueron las dos semanas más largas de mi vida. La idea de
sentarme en el banquillo de los acusados me aterrorizaba.
La noche antes de la vista, Angie y yo salimos a cenar a un restaurante chino. No
sé muy bien cómo conseguí ingerir la comida porque tenía el estómago del
revés, pero intenté tomármelo con sentido del humor y le hice preguntas como:
«¿Me esperarás, cariño?». Y ella intentaba animarme y me decía: «No seas
tontorrón. Seguirás aquí mañana por la noche».
Pero presentía que Angie también se temía lo peor. Esa noche dormimos en
Oakley Street, donde Angie dijo que se quedaría si me llevaban por delante. Esa
misma mañana, sabiendo lo que nos podría deparar el día, nos despedimos larga
y apasionadamente.
Yo llevaba días sin dormir demasiado, y mi abogado, Philip Havers, no se quedó
corto cuando declaró ante el tribunal que un servidor estaba «aterrorizado con la
idea de ir a prisión».
Yo había bebido un pelín demasiado la noche anterior y estaba ligeramente
tembloroso cuando me levanté del banquillo de los acusados. Y el juez, Gerald
Butler, no parecía muy compasivo.
Mi abogado expuso su alegato habitual para explicar hasta qué punto la pena de
prisión era desproporcionada y estaba fuera de lugar en un caso como el mío.
Pero cuando el juez se preparaba para anunciar su veredicto, me temí lo peor.
Me agarré a la barandilla del banquillo mientras le escuchaba decir que no había
lugar a la apelación y que no consideraba la pena impuesta «ni excesiva ni
desproporcionadamente severa». Y entonces dio la orden: «Pueden llevarse
abajo al acusado».
Un funcionario del tribunal me agarró del brazo y me dirigió a las celdas.
Capítulo quince
Entre rejas
NO TIENES MUCHO TIEMPO para hacerte a la idea de que irás a la cárcel
porque, tan pronto como el juez ha dictado sentencia, te apresuran a bajar los
escalones desde el estrado hasta las celdas de reclusión y te dejan junto al resto
de criminales que aguardan para ser transportados a la penitenciaria de turno.
Angie bajó llorando y nos dieron un par de minutos para despedirnos, aunque, de
todos modos, ¿qué demonios puedes decir en esas circunstancias? Nos dijimos
que nos amábamos, pero la situación seguía sin parecer del todo real hasta que,
unas horas más tarde, el furgón policial pasó por Oakley Street de camino a la
penitenciaría de Pentonville. Me dieron ganas de decirle al conductor: «¿Te
importaría parar cinco minutos mientras entro a ver a mi novia?».
Fue horrible, casi tan divertido como pasar por delante de todas las tiendas
cubiertas de luces y decoraciones navideñas y ver a la gente recorrer las calles
apresuradamente, haciendo sus compras de última hora para la misma Navidad
que yo iba a pasar entre rejas.
Nadie que no lo haya vivido desde dentro sabrá realmente lo que es estar en
prisión y, creedme, no hay nada que pueda prepararte para Pentonville, que,
según me cuentan, hasta los convictos más duros consideran como una de las
peores cárceles del sistema penitenciario. El hedor del lugar me invadió tan
pronto como descendí del furgón, un olor a excremento, comida podrida y sudor.
Nada más oler aquello, la mera idea de pasar allí tres meses me pareció
pavorosa, aunque el director me dijo: «Con suerte no tendrás que pasar
demasiado tiempo aquí, George. Ocúpate de lo tuyo, evita las malas compañías y
te enviarán a una prisión de régimen abierto en muy poco tiempo».
Conocía Pentonville lo suficiente como para saber que albergaba a criminales
bastante duros, así que sentí cierto alivio cuando me dijeron que tendría una
celda privada. Ya resultaba suficientemente humillante tener que hacer tus
necesidades en una palangana como para encima tener que hacerlo en presencia
de un completo desconocido. Y por la mañana, cuando todo el mundo vaciaba
sus intestinos en el inodoro, el olor era tan nauseabundo que daba ganas de
vomitar. Ciertamente no te abría el apetito para desayunar; aunque, de todas
formas, el desayuno era prácticamente incomible. Y pese a todo, contaba las
horas hasta las comidas porque eran los únicos momentos en que sabía que
saldría de la celda, aunque solo fuera para recoger mi ración en una bandeja de
hojalata y llevarla de regreso a mis aposentos. Sabía que el desayuno era a las
siete, el almuerzo a las doce y la cena a las cuatro y media, bastante antes de lo
que estaba acostumbrado.
El resto del tiempo me lo pasaba acostado en mi litera, preguntándome qué
estarían pensando papá y mi familia, superado por la impotencia de no poder
hablar con ellos para decirles que estaba bien. Tampoco podías recibir visitas
hasta que llevabas una semana dentro, que en mi caso coincidió con el día de
Navidad, en el que las visitas no están permitidas. Hasta tuvimos que comer el
pavo y el pudin navideño en nuestras celdas, toda una cura de humildad, qué
duda cabe. Que fuera Navidad tampoco fue impedimento para que nos
encerraran hasta el día siguiente a la hora de siempre, las siete y media de la
tarde. Fue el único momento de mi reclusión en que derramé algunas lágrimas.
Sin embargo, el día después de San Esteban me trasladaron a la penitenciaría de
régimen abierto de Ford, en Arundel, Sussex, que comparada con Pentonville era
como un campamento de verano. Después de una semana muerto del
aburrimiento, de pasarme todo el santo día y la Navidad encerrado en mi celda,
fue casi un regalo viajar en el furgón policial, y para cuando llegamos a la
penitenciaría de Ford me sentía casi feliz. Me dedicaron idéntico discurso de
bienvenida: «Evita cualquier compañía, ocúpate de lo tuyo».
Al ser una prisión de régimen abierto, también podías conseguir que te trajeran
de todo. Solo hacía falta que tuvieras el dinero necesario y que los guardias
estuviesen al corriente de la transacción. «Intentarán venderte drogas y alcohol»,
me dijo el director, «pero si te mantienes limpio, te concederán la reducción de
pena y saldrás antes».
No hacía falta que me aconsejara en materia de drogas porque nunca había
tenido la menor curiosidad en probarlas, y había decidido que tampoco quería
beber. Después de todo, había sido la bebida la que me había metido en este
aprieto, y solo faltaba que me pusiera a beber para hacer cualquier estupidez que
me costara pasar entre rejas más tiempo del necesario. Y no tenía ninguna
intención de pasar allí los tres meses enteros. Estuve con tembleques unos
cuantos días, aunque apostaría a que no hay nadie que no los haya padecido en
Pentonville. En cualquier caso, en cuanto llegué a la Ford ya estaba bien.
Decidí evitar meterme en problemas e intentar sacar algo positivo de la
experiencia, y me dediqué a ponerme seriamente en forma: iba al gimnasio todos
los días. En Pentonville podías considerarte afortunado si llegabas a caminar
cuatro o cinco minutos al día por el patio de reclusos, pero en la Ford ibas
sobrado de tiempo para hacer ejercicio y descansar. En la Ford tampoco había
celdas, así que no había necesidad de vaciar palanganas. La falta de calabozos se
tradujo en que perdí mi privacidad, ya que dormía con otros once compañeros de
dormitorio, pero al menos me ahorré el vaciado de cualquier palangana, así que
salía a cuenta. Además, al tratarse de una cárcel de régimen abierto, mis
compañeros no eran delincuentes peligrosos.
Me llevaba bastante bien con dos chavales que trabajaban en el gimnasio y
estaban en muy buena forma. Jugamos algunos partidos de frontón. No diría que
fuéramos amigos, pero llegué a conocerlos bastante bien. También me llevaba
bien con el guardia principal, un hombre encantador que tenía un hijo
discapacitado. Me pidió que le firmara unas fotos, lo cual hice con gusto.
Los chavales que dirigían el gimnasio tenían su propio hornillo Primus, así que
cocinábamos huevos con patatas fritas un par de veces al día si nos apetecía.
Hasta se podía pedir comida «a domicilio» si te daba la gana, y el repartidor te la
tiraba por encima de la reja. Era una locura, en realidad, ya que se suponía que
estábamos encarcelados. Pero lo cierto es que no estábamos encerrados, y hasta
me dijeron que podía salir cuando quisiera, claro que si me atrapaban en el
intento me enviarían de regreso a Pentonville. No iba a permitir que eso
sucediera: ya estaba cansado de jugar a policías y ladrones.
En la Ford tenían un equipo de fútbol autorizado a jugar partidos como visitante,
lo que podría haberme incentivado a jugar o a entrenarlos. Sin embargo, no tenía
intención alguna de involucrarme porque sabía que la prensa se enteraría, y no
iba a darles el placer de hacerme una foto enfundado en mi uniforme carcelario.
Pero, como no podía ser de otra manera, el rumor de que iba a jugar empezó a
circular por Fleet Street y los periodistas aparecieron en masa durante el
siguiente choque de la Ford como visitante. No lograron hacerme ni una solo
foto y, por si fuera poco, causaron tal revuelo que uno de los jugadores tuvo
claro que era una oportunidad demasiado jugosa como para desperdiciarla y se
escapó por patas.
El único susto que tuve en la Ford fue cuando una organización de Belfast me
escribió para decirme que iba a sacarme de allí. ¡Como si no hubiera podido
cruzar la puerta de entrada cualquier noche yo solito! El alcaide me convocó en
su oficina y me mostró la carta que había recibido:
—¿Te parece serio, George? —preguntó—. Porque si lo es, me veré obligado a
pedir que te trasladen de nuevo a una prisión de régimen cerrado.
—No tengo ni idea de quiénes son —le dije—. Pero puedo asegurarte que no me
iré a ninguna parte.
—De acuerdo —respondió—. En ese caso, dejaremos las cosas como están y
veremos qué pasa. De todos modos, ya no te queda nada para salir de aquí.
Sospechaba que la carta era una broma, y no me asustaba que vinieran a
liberarme: lo que me acojonaba era tener que regresar a Pentonville.
En la Ford todo era tan tranquilo que ni siquiera me aplicaron el límite de cartas
por recluso permitido. Me traían montones de sacos de cartas de fans y
simpatizantes. También le escribí a papá por primera vez en mucho tiempo. Le
conté que estaba bien, que me estaba comportando, y le dije que no se
preocupara. Me disculpé por someterle tanto a él como a la familia a otro
episodio de ultraje mediático, y también le dije que sabía que lo que había hecho
era una soberana estupidez. Todos reaccionamos instintivamente ante cualquier
situación, y yo no soy de los que se vuelve loco deseando detener el tiempo para
poder retroceder y cambiar las cosas. Así que simplemente decidí aprovechar al
máximo mi reclusión y concentrarme en mantenerme sobrio y hacer ejercicio.
Papá estuvo fantástico. Culpaba a la prensa de la mayoría de mis problemas y
estaba convencido de que su insistencia en retratarme como al malo de la
película influía en la percepción que la gente tenía de mí. Por su parte, mi esposa
Angela estaba curada de espanto y no creo que mi encarcelamiento la
sorprendiera. Y, por suerte, Calum era demasiado joven para entender nada.
También le escribí muy a menudo a Angie Lynn, y me alegro de no haber
traspapelado sus cartas y haberlas confundido con las que le escribía a papá,
quien sospecho que se habría quedado horrorizado de haberlas leído. Angie y yo
nos habíamos peleado como el perro y gato cuando estaba en libertad, pero ahora
que estaba encerrado nos deseábamos con una fruición desesperada, lo cual era,
con toda seguridad, un reflejo de nuestras personalidades. Solíamos escribirnos
cartas de lo más obscenas, describiendo con todo lujo de detalles lo que nos
haríamos en la cama cuando saliera de la cárcel. Era sexo postal en estado puro.
Y cuando venía a visitarme a la cárcel nos repetíamos las mismas guarrerías
separados por una mesa, lo que solo aumentó mi frustración, ya que no estaba en
disposición alguna de poner en práctica nada de lo que decíamos.
Me habían dicho que si no me metía en problemas y me consideraban apto para
la reducción de pena saldría de la cárcel el 8 de febrero (de 1985), así que Bill
cerró un trato con un periódico por vender la exclusiva de mi experiencia entre
rejas, y a cambio el periódico se avino a reservarnos sendos vuelos a Mauricio a
Angie y a mí para el 9 de febrero.
Angie vino a recogerme a la salida de la prisión, y mientras nos dirigíamos a
casa solo teníamos una cosa entre ceja y ceja. Comenzamos a arrancarnos la ropa
el uno al otro tan pronto como atravesamos el umbral de Oakley Street, pero, a
pesar de que estaba más salido que las cabras, físicamente la cosa parecía
apuntar al gatillazo. «No me lo creo», dijo Angie.
Y entonces empezó a burlarse de mí, lo que empeoró las cosas. Al final nos
terminamos riendo y ella dijo: «No te preocupes. Todo saldrá bien. Tendremos
tiempo de sobra para enmendarlo».
Cuesta creer, ¡pero es algo que le puede pasar incluso al mismísimo George
Best!
Fue mi primer gatillazo y fue rarísimo que me pasara con Angie, porque nuestra
relación había sido siempre superfísica, aunque gracias a Dios lo fue nuevamente
en cuanto llegamos a Mauricio y nos registramos en el hotel Le Touessrok. Era
un hotel fantástico enclavado en la costa este de la isla. El periódico había
reservado la suite nupcial y nos dejaron flores y champán. Era una habitación
hermosa, con sendas bañeras idénticas una frente a otra, aunque dadas nuestras
circunstancias nos bastaba con una. Me había acostumbrado a lugares como ese
durante mi trayectoria como futbolista, pero después de la cárcel realmente me
supo a gloria.
No me sentí tentado por el champán porque disfrutaba de estar en forma y quería
continuar con mi entrenamiento durante nuestras dos semanas de vacaciones.
Hizo un día fantástico en nuestra primera mañana, los fotógrafos sacaron todas
sus fotos y yo concedí la entrevista pactada, tras la cual nos dejaron solos para
que disfrutáramos de un par de semanas de vacaciones bajo el sol.
Pero al día siguiente, cuando salí a correr, llovía a cántaros, y siguió lloviendo
durante los seis días siguientes. Y cuando estás en una isla paradisíaca no hay
mucho que hacer cuando se pasa el día diluviando, así que primero nos
deprimimos y luego empezamos a gritarnos el uno al otro. Éramos demasiado
para la suite nupcial.
Un día a finales de la semana, después de salir a correr, iba de camino a mi
habitación cuando pasé por delante del bar. Y entonces me dije: «A la mierda,
me apetece un trago». Di media vuelta, entré en el bar y me pimplé tres copazos
de vodka: estaba delicioso. Naturalmente, después de tanto tiempo sin beber, me
afectó más de lo habitual, aunque estaba convencido de estar perfectamente
cuando entré en la suite. Pero Angie se quedó con la copla al segundo.
—Has estado bebiendo, ¿verdad ? —preguntó.
—Claro que sí —respondí—. Se supone que estamos de vacaciones.
—Me prometiste que no beberías —dijo—. Pero ni siquiera has aguantado una
semana.
—Ya, lo sé —le dije—. Pero es que no hay mucho más que hacer aquí (un
cumplido lamentable).
—Hasta aquí hemos llegado, George —dijo—. Se acabó.
El resto de las vacaciones, por así llamarlas, fueron desastrosas. Angie estaba
molesta porque me había faltado tiempo para volver a beber, aunque su reacción
me pareció de todo menos razonable: yo venía de pasarme una temporada en la
sombra, así que seguí bebiendo. Tampoco es que tuviera muchas opciones.
Había llegado a un punto en el que, una vez que me ponía manos a la obra, ya no
podía parar. Todavía creía que podía controlarlo, pero en la fase en la que me
encontraba, una de dos: o estaba completamente sobrio o completamente
borracho todo el tiempo. Ya no había punto intermedio.
Cuando regresamos a Londres, Angie cumplió su palabra y se mudó de Oakley
Street. Yo no tardaría en echarla de menos y decidí volver a sellarme el
estómago con un tercer ciclo de inyecciones de Disulfiram para seguir sobrio.
Como de costumbre, me aconsejaron reposo durante unos días y que mantuviera
el estómago seco. Pero desoí ambos consejos: empecé a entrenar demasiado
pronto y no mantuve el estómago seco. Entonces los puntos de sutura se
rompieron, los comprimidos empezaron a disolverse y no pude hacer nada para
detenerlo. Terminé acudiendo a un cirujano plástico para reparar el daño.
Angie y yo volvimos después de un par de meses, y esperaba que esta vez todo
saliera bien. Pero no tardaríamos en retomar nuestros hábitos destructivos. Sin la
ayuda del Disulfiram fui incapaz de mantenerme alejado del alcohol, y un día del
verano de 1985, después de una pelea, cogí un taxi a Heathrow y me subí a un
avión rumbo a Marbella sin decírselo.
Me presenté en el hotel Skol, donde me dijeron que estaban completos. Pero
comoquiera que era un cliente habitual, me encontraron una habitación donde
pasaría un par de semanas. Acto seguido, me reinstalé en mi rutina habitual:
unas claras matutinas tras levantarme, para afrontar el día; cervezas en la piscina;
unas copas para empezar la tarde con los viejos del bar de tapas de al lado, y
finalmente, por la noche, a Puerto Banús. Curiosamente, no tenía ganas de
ligarme a nadie. Solía volver por la noche, me sentaba solo en mi balcón con una
botella de vino y me quedaba la mar de feliz.
Lo increíble fue que, pasados unos días, comencé a extrañar a Angie y a llamarla
tres o cuatro veces al día, normalmente después de haberme bajado unas cuantas.
—Me sabe muy mal haber huido —le decía—. Pero pronto volveré a casa.
—Entonces, ¿por qué no intentas volar mañana? —respondía ella. Yo le
prometía que lo haría y entonces empezábamos de nuevo a decirnos guarradas.
Seguimos repitiendo la cantinela durante casi dos semanas: fue una locura.
Finalmente la llamé por teléfono y le dije: «Vuelvo a casa en tres días en tal
vuelo». A lo que respondió: «Te estaré esperando». Pero cuando llegué a Oakley
Street, el único rastro de Angie era una nota escrita. Decía que se había largado a
Ibiza. Angie había planeado irse en la fecha exacta de mi regreso, algo que, a
partir de entonces, se convertiría en una constante. Yo me iba y luego, cuando
volvía a casa, ella se había largado; y después, a su regreso, era yo quién lo
hacía. Éramos como un par de niños grandotes y tontorrones.
Cuando coincidíamos en el mismo país se desataba la pasión de siempre e
incluso hablamos de casarnos. Habíamos empezado a planteárnoslo seriamente
cuando, en septiembre de 1986, me dijo que estaba embarazada. Pensé que esta
vez el matrimonio y la criatura me harían sentar cabeza, aunque lo irónico del
caso es que coincidió con el momento en que me concedieron el divorcio. Ni
Angela ni yo habíamos tenido ninguna prisa en acudir a los juzgados de familia,
y ninguno deseaba tampoco pasar por un gran enfrentamiento público. Así que
estuvimos tres años separados hasta que rellenamos la demanda de divorcio, que
sería presentada ante los juzgados en la primavera de 1986.
Estaba a punto de consumar otro matrimonio temerario cuando Angie perdió el
bebé en diciembre. Nos quedamos hechos polvo, aunque es probable que fuera
un alivio para los dos. Nos lo tomamos como una señal de lo que no tenía que
pasar. E inevitablemente la idea de casarnos se enfrió. Visto a toro pasado, fue lo
mejor que nos podía haber pasado en todos los sentidos; de otro modo, es
indudable que hubiésemos terminado repitiendo el mismo terrible error que ya
había cometido con Angela. Probablemente peor, de hecho, porque mi relación
con Angie era mucho más volátil y mi alcoholismo seguía siendo tan monstruoso
como cuando estuve en Estados Unidos.
Después de que Angie me hubiese dejado, hubo varios días en que la echaba
tanto de menos que me iba a aporrear la puerta de su apartamento. Entonces ella
llamaba a la policía para que me desalojaran. Sucedió por última vez en febrero
de 1987, cuando en un arrebato de embriaguez y alteración del orden público —
como lo llaman normalmente— me enfadé tanto con ella por no dejarme entrar
en su apartamento que reventé una de sus ventanas con el puño. Acto seguido
enfilé rumbo casa y dejé una estela de sangre para que la policía la rastreara si
así lo deseaba. Angie llamó a la policía, pero no presentaron cargos en mi contra.
Fue definitivamente el final de nuestra relación.
Si no hubiéramos roto, habríamos terminado matándonos el uno al otro.
Unos meses después coincidí con una hermosa chica de cabellera azabache en
Blondes. En ese momento no lo sabía, pero se llamaba Mary Shatila y era mitad
egipcia. Iba acompañada de su hermanastra Fiona. En el calor del momento, ni
me enteré de que Mary había asentido para saludarme y había preguntado:
—¿Quién es ese?
—Ese es George Best —le dijo Fiona— Es un mujeriego y un borracho. Ni se te
ocurra salir con él.
Me habían vendido mejor otras veces, qué duda cabe, pero un par de días
después tuve la oportunidad de enmendar la plana cuando me encontré con Mary
en Blushes y me presenté. Apenas intercambiamos cuatro palabras, pero
conseguí su número de teléfono y comenzamos a salir.
Nos convertimos en pareja en un abrir y cerrar de ojos, y en cuestión de semanas
se trasladó a Oakley Street. Después del matrimonio con Angela y de la relación
con Angie, fue como disfrutar de la calma después de la tormenta. Mary tenía
una voz muy suave y era supertranquila, aunque era una persona fuerte por
dentro. También tenía experiencia en el mundo de los negocios y se ofreció a
ayudarme a resolver mis asuntos fiscales; o, en última instancia, a intentar
descubrir por qué me habían declarado en bancarrota después de haber ganado
tanto dinero. Mary le pidió a Bill los libros de contabilidad desde el día en que
había comenzado a gestionar mis finanzas y se puso a inspeccionar los pagos,
que examinaría minuciosamente.
Mary también advirtió que no podría seguir ganando dinero con los partidos de
exhibición durante mucho más tiempo. Y no era la única que había llegado a esa
conclusión. Mi rodilla no estaba en condiciones para jugar con regularidad y mi
trabajo televisivo era esporádico. Fue entonces cuando se le ocurrió sugerirme
que me incorporara al circuito de las charlas públicas. Cuando Mary me planteó
la idea por primera vez, pensé que estaba chiflada.
—Ni de coña voy a subirme a ningún escenario para ponerme a hablar frente a
una panda de desconocidos —le dije.
—¿Por qué no? —replicó ella—. Tienes historias para parar un tren. Además, ¡el
público te adora!
La idea no me seducía en absoluto, pero cuando mi amigo Kenny Lynch me dijo
que a él también le parecía una excelente idea y que estaría encantado de
acompañarme en el escenario si me quedaba más tranquilo, pensé que valdría la
pena intentarlo. «¿Por qué no intentamos asociarnos con Bobby Moore y lo
hacemos los tres juntos?», sugirió. Y como a mí también me gustaba Bobby,
decidí probarlo.
Comenzamos con una serie de eventos, pero con lo tímido que soy al principio
se me hizo muy cuesta arriba y no disfruté en absoluto de la experiencia. Aunque
tuve la suerte de tener a Kenny a mi lado, un profesional del mundo del
espectáculo como la copa de un pino. Que cada palo aguante su vela, ¿no?
Desconozco si Kenny hubiese disfrutado de saltar al campo del Real Madrid
para disputar un partido de fútbol ante ciento veinte mil espectadores, algo que
yo había hecho sin despeinarme. Sin embargo, mientras Ken estaba
completamente relajado cuando subía al escenario para hablar ante varios
centenares de personas, a mí se me ponían de corbata.
En poco tiempo, Mary —que se había convertido en mi agente en funciones—
me estaba consiguiendo bolos para que diera charlas en el circuito de almuerzos
y cenas de gala, que se estaban convirtiendo en el negocio del siglo. Todavía era
pronto para afirmar que lo disfrutaba, pero fui mejorando, especialmente tras
comprobar lo fácil que era complacer al público. Nadie esperaba que fuera a dar
un discurso para la posteridad; se contentaban con escuchar algunas historias
sobre el United y, por supuesto, algunos detalles sobre mis idilios con las dos
Miss Mundo de mi vida. Y solo entonces se abría el turno de preguntas.
Así que preparé un pequeño número que consistía en contar batallas durante
unos minutos, hacer un par de bromas y terminar con el turno de preguntas. Y
antes de darme cuenta, se me estaban rifando: me llovían las ofertas. Había
semanas en las que me salían seis o siete cenas, y a veces hasta me tocaba
aparecer en un almuerzo a mediodía y luego acudir a la cena de turno por la
noche. No era extraño que almorzara en Edimburgo y cenara en Cardiff, antes de
pasar la noche siguiente en Huddersfield. Era un circuito tan demencial como
lucrativamente boyante.
Por otro lado, Jim Boyce, Billy Kennedy, Malcolm Brodie, John Smedley, Derek
Wade, George Keenan y papá me ayudaron a organizar el partido de homenaje a
un servidor, que se celebraría en Windsor Park el 8 de agosto de 1988. Nos
pareció que sería una buena idea para sacar un buen pellizco y zanjar mis
problemas fiscales. Estuve entrenando durante los dos meses previos porque no
me apetecía saltar al terreno de juego con veinticinco kilos de más. Fue una
cuestión de puro orgullo. Sabía que el público de Belfast acudiría en masa a
verme y que la mayoría no estaba como para tirar la casa por la ventana. Así que
me propuse salir y brindarles un espectáculo que les recordara a mis días de
gloria.
Y también quería hacerlo por mí. No quería salir a correr con gente como Paul
Breitner, Liam Brady y Ossie Ardiles y estar resoplando como un viejo decrépito
después de cinco minutos. Logré adelgazar hasta quedarme apenas un par de
kilos por encima de mi antiguo peso ideal, sesenta y ocho, y conservo una
fotografía que me sigue complaciendo enormemente porque estoy igual que en
mis días de esplendor. Estuvo lloviendo a cántaros durante los tres días previos
al partido, pero aun así veinticinco mil aficionados llenaron Windsor Park, papá
incluido. Mi equipo ganó 7-6 y marqué un gol tras hacerle una vaselina al
portero, una experiencia que me resultó tan placentera como algunos de los
mejores goles que había marcado en la Liga. Por no hablar del cheque que recibí
al final: unas ciento diez mil libras esterlinas.
Después de eso, tuve que seguir paliqueando para ganarme el pan, aunque a
principios de 1989 rediseñamos el espectáculo después de que Mary nos
organizara una gira por Australia a Denis Law y a mí, donde íbamos a
comparecer en el escenario en compañía de un comediante escocés llamado Joe
Doherty, que vivía allí.
Estábamos llenando auditorios hasta que llegamos a un pequeño lugar llamado
Newcastle, no lejos de Sídney. Newcastle había sido un antiguo pueblo minero,
aunque entonces se parecía más a un pueblo fantasma que a otra cosa. Nos
alojamos en un pequeño hotel en mitad de la nada, el mismo enclave donde se
celebraría un evento del que parecíamos los únicos participantes. Bueno, a
excepción del reportero de un periódico australiano, que vino para dedicarme un
artículo.
—Esto va a ser un desastre —le dije a Denis después de registrarnos en el hotel
—. Estamos en mitad de la nada y no veo cómo vamos a llenar este lugar.
Lo mismo le dije al organizador, pero simplemente se encogió de hombros:
—No te preocupes, todo saldrá bien —dijo—. He vendido algunas entradas y
aquí la gente suele aparecer por la noche sin previo aviso.
Así que Denis y yo nos fuimos a echar nuestra siesta de cada tarde.
Una vez que nos despertamos y estuvimos vestidos para el espectáculo, bajamos
al bar, en la parte posterior del hotel, a tomar una copa. Solo vimos a un par de
personas más.
—Tiene pinta de que el espectáculo de esta noche será cortito —le dije a Denis.
El organizador vino a vernos y le preguntamos:
—¿Cómo está el gallinero?
—Bah, no tan mal —respondió.
Así que salimos al escenario esperando encontrar una docena de personas, pero
el lugar estaba hasta la bandera, plagado de escoceses e irlandeses desquiciados.
Algunos, según nos contaron, habían conducido seis o siete horas para llegar allí.
Fue un espectáculo fantástico y al terminar nos retiramos al bar, donde accedí a
hablar con el periodista, aunque enseguida presentí que no tenía intención de
escribir un artículo particularmente favorable.
El gacetillero cometió el error de creer que podía seguirme el ritmo en el bar, lo
cual resultaría una idea lamentable. Yo llevaba dos meses sobrio. Había estado
entrenando para mi partido de homenaje, pero no pasó un solo día en que no
suspirara por un trago, así que me dediqué a recuperar el tiempo perdido en el
bar de Newcastle. A la mañana siguiente, descubriríamos las consecuencias que
pagó por haber intentado seguirme el ritmo. La dueña del hotel irrumpió furiosa
en el vestíbulo mientras hacíamos el check out y preguntó: «¿Quién diablos
estaba en la seis?». Era, no casualmente, la habitación del periodista.
Según parecía, se había tirado la noche entera vomitando y había dejado todo
perdido, incluida la cama, la alfombra y el resto de la habitación. Su artículo no
le iba a la zaga: también era nauseabundo, especialmente cuando cuestionaba
que una superestrella como yo se viera obligada a sacarse cuatro chavos
montando circos en pueblos de mala muerte. Sin embargo, la realidad es que
hice una verdadera fortuna como orador: me levantaba entre cuatro y cinco mil
libras por una hora de trabajo. Aunque, obviamente, eso no se lo dije.
A mi regreso de Australia mi relación con la hija de Mary, Layla, empezó a
estrecharse. Layla tenía tres o cuatro años cuando Mary y yo empezamos a salir.
No tardaría en convertirme en el «tío George», y me fui encariñando con ella
cada vez más, probablemente porque mi relación con su madre iba viento en
popa. En cualquier caso, lo cierto es que siempre me he llevado bien con los
niños. Y es probable que si nos encariñamos tanto fue porque Calum estaba a
ocho mil kilómetros de distancia, en California, y aún era demasiado pequeño
para viajar solo. El padre de Layla y exmarido de Mary era un hombre de
negocios libanés que solía volar a París para ver a su hija. Poco después de
regresar de Australia, en 1989, llamó por teléfono y dijo que quería ver a la
pequeña, así que Mary se la llevó a París. Horas después, Mary me llamó para
decirme que su ex había desaparecido con Layla. «Lo más probable es que no
haya pasado nada serio», le dije.
Sin embargo, dos días después, y a falta de ninguna otra noticia, Mary regresó a
casa sin su pequeña.
Estaba enloqueciendo, como le pasaría a cualquier madre en esa situación, y
asumió que su esposo se había llevado a Layla de regreso a Beirut. Así que,
después de un mes o dos sin tener noticias de ella, decidí tomar cartas en el
asunto. Había informado a un amigo mío de la situación, y me sugirió que me
pusiera en contacto con un conocido suyo, un exagente del Servicio Aéreo
Especial británico (SAS en sus siglas inglesas) que todavía no había perdido la
práctica, por así decirlo. Lo llamé y quedamos en Scribes, en Kensington, el club
propiedad de Terry Venables, que en ese momento entrenaba al Tottenham.
Estaba sentado en una mesa cuando entró un tipo enorme, de más de metro
noventa y hombros anchos, el clásico porte militar que te quita el hipo. Me
recordó un poco al abuelo Withers: tenía el mismo aire autoritario e iba vestido
tan inmaculadamente como él.
Se sentó y pidió una copa.
—Tengo entendido que tiene un problema, señor Best —dijo.
—Así es, la hija de mi novia ha sido secuestrada —respondí—. Mi novia estaba
casada con un libanés y creemos que se la ha llevado allí.
El tipo asintió.
—¿Y cómo se llama el señor que se ha llevado a la señorita?
Se lo dije.
—Y supongo que le gustaría recuperar a la hija de su novia, ¿verdad?
—Bueno, esa es la idea —le dije—. ¿Cree que tenemos alguna oportunidad de
encontrarla?
Se quedó callado un momento y luego dijo:
—No supondría ningún problema recuperarla, señor Best. Esa sería la parte más
sencilla. Lo más complicado llegará después de que devuelva a la pequeña a
casa. Lo más probable es que el padre intente arrebatársela de nuevo, y me
parece que no hace falta que le diga lo que podría pasar en caso de que así
suceda ni qué tendrá que hacer usted para impedirlo. Así que mi recomendación
sería que se quede unos días tranquilo, sin hacer nada, e intente localizar al padre
y negociar la solución más adecuada antes de embarcarse en un plan de acción
tan drástico.
Nos lo dejó más claro que el agua. Y, a pesar de que Mary y yo estábamos cada
vez más angustiados, decidimos esperar tranquilos y ver si conseguíamos
rescatarla por la vía legal. Supongo que llamé al exagente de la SAS en un acto
de pura desesperación. Quería hacer todo lo que estuviese en mi mano para
ayudar. Más adelante, después de que nos separáramos, me alegró saber que
Mary había logrado contactar con su exesposo a través de familiares de este y
que estaba viendo a su hija de nuevo.
Con Calum tan lejos y con Mary separada de su hija, los niños se habían
convertido súbitamente en una parte muy importante de mi vida. Supongo que
estar rodeado de críos me reconectó con el niño que llevo dentro, un niño que
juraría que me ha acompañado toda la vida. ¡Y que conste que sé que hay
personas que todavía creen que realmente nunca maduré! Quizás verme obligado
a vivir en el candelero desde una edad tan temprana me haya hecho más maduro
en algunos aspectos y menos en otros.
Durante nuestra estancia en Australia, Denis y yo habíamos trabajado en algunas
escuelas para niños con discapacidades físicas y mentales, lo que disfruté
mucho, y en una de esas escuelas me obsequiaron con un álbum en el que todos
los niños habían dibujado un retrato mío. Me pareció fabuloso.
Como me sucedía en otras escuelas, todos los niños querían jugar al fútbol
conmigo, así que salimos al patio, y nos estábamos divirtiendo tocando el balón
cuando miré a través de la ventana de un aula y advertí que una niña pequeña —
tendría unos ocho o nueve años— se había quedado dentro y estaba sentada
leyendo sola.
Dejé de jugar, llamé a una de las profesoras y señalé a la niña:
—¿Qué le pasa? —le pregunté— ¿Por qué no está jugando con el resto de los
niños?
—Ah, me temo que la hemos dejado por imposible —dijo—. Somos incapaces
de lograr que se comunique con los demás. Ni siquiera se mezcla con ellos.
Hemos probado todo tipo de cosas, pero nada ha funcionado. Vive en su
pequeño mundo.
—¿Puedo ir a hablar con ella? —pregunté.
La maestra se rio.
—Ya te digo que será una pérdida de tiempo —dijo—. Contigo no hablará, eso
seguro.
— Bueno, ¿puedo entrar y decir hola al menos?—dije.
—Si quieres —dijo la maestra—. Pero luego no me vengas con que no te lo
advertí.
Caminé silenciosamente, me metí en el aula, cerré la puerta, y tan pronto como
la niña me vio se cubrió la cara con el libro, como haría cualquier niño. Así que
me acerqué y rodeé su pupitre para ver qué estaba leyendo. Era el típico libro de
dibujos y palabras, y estaba en la página del alfabeto, ilustrada con animales y
frutas. Ya sabéis a lo que me refiero. El típico libro que te enseña que la A es de
apple, con una gran manzana dibujada al lado, la letra B de banana, la C de cat,
etcétera.
Me quedé mirando el libro un momento y luego extendí la mano, señalé la
manzana y dije: «¡Banana!».
Ella hizo como si no existiera.
Entonces volví a pasar por delante del pupitre, me incliné sobre el libro para
señalar la manzana y exclamé de nuevo: «¡Banana!».
Nada de nada.
Me quedé repitiendo la misma operación varias veces, hasta que a la sexta fue la
vencida. Entonces me miró y exclamó: «¡Manzana!».
—¡No! ¡Banana! —respondí.
—¡Manzana! —exclamó ella.
Sabía que la tenía a punto de caramelo, así que lo hice una vez más. Señalé el
plátano y dije: «¡Manzana!».
—¡Banana! —replicó.
Luego señalé al gato y grité: «¡Perro!», y entonces ella entendió la broma y se
sumó al juego.
Pasado un rato, nos estábamos riendo a mandíbula batiente —ella estaba
llorando de la risa—. Y a pesar de las lágrimas, ahora que su rostro se había
iluminado, parecía un angelito.
Capítulo dieciséis
Altibajos
HACIA FINALES DE 1989 estaba ganando dinero a espuertas, aunque me temo
que al gerente de mi banco no le daba tiempo a ver ni un chelín, porque me lo
fundía tan pronto como entraba. Si ingresaba cinco mil libras, me fundía las
cinco mil y solo me preocupaba de las facturas cuando llegaban.
No es que los casinos emitan facturas precisamente, pero allí es donde fundía
gran parte de mi dinero. Sin embargo, ahora que volvía a tener los bolsillos bien
surtidos, redescubrí mi amor por el juego, y al igual que me pasaba con la
bebida, una vez que empezaba ya no había marcha atrás.
Mary intentaba quedarse con el dinero de mis charlas para que no pudiera
apostarlo; el problema es que era mi dinero y que era yo quien lo ganaba: así que
si me daba la gana apostarlo, pues lo hacía. E incluso en las noches en que me
había ido bien, regresaba a casa con menos dinero del que había invertido,
porque empecé a habituarme a guardar las fichas que había ganado para
apostarlas al día siguiente.
Apostar me daba subidón. Era exactamente la misma sensación que había
sentido cuando Colin Burne y yo tuvimos nuestra racha triunfal en Manchester.
Y nada me importaba menos que las facturas o los extractos de mi cuenta
bancaria. El dinero no me ha preocupado nunca, y sería incapaz de deciros
cuánto tengo en el banco a día de hoy. Había pasado por momentos duros y me
apetecía divertirme un poco, y ahora que el dinero entraba a destajo y
rápidamente, no parecía existir una razón que me disuadiera de seguir
haciéndolo. Tenía la sensación de que ese grifo seguiría manando a borbotones
eternamente.
El momento más triste de ese año llegó un día que fui a ver a Angie y a Calum,
cuando ella me dijo: «George, tengo que contarte algo: regreso a trabajar a
Estados Unidos».
Naturalmente, Calum se iría con ella, lo que significaba que iba a verle mucho
menos.
A medida que se iba haciendo mayor, disfrutaba cada vez más de nuestros
encuentros, me lo llevaba al paseo marítimo de Southern y jugaba al fútbol con
él. Sin embargo, Angie estaba infinitamente más capacitada que yo para criarlo,
y sus posibilidades de encontrar trabajo en Estados Unidos eran mejores que en
Inglaterra. Así que tuve que aceptar a regañadientes que probablemente fuera lo
mejor.
Me pasé un par de días ahogando mis penas tras la marcha de Calum. Y también
estaba pimplando a lo bestia cuando me invitaron al programa de Wogan en
1990, una aparición televisiva que ojalá hubiese declinado. Me dijeron que me
presentara en el estudio a una hora concreta, a la que no hice demasiado caso,
pero resultó que era tres horas antes de la emisión del programa en directo. Así
que tenía todo el tiempo del mundo para matar en la Green Room, que es como
se llama en el mundo anglosajón al salón privado para los invitados en los platós
de televisión.
Y obviamente, en el salón de invitados la hospitalidad estaba fundamentalmente
envasada en botella, un manantial líquido del que daría muy buena cuenta.
Hay gente que me ha comentado que algunos de los organizadores del programa
de Wogan suspiraban por que me emborrachara, porque los índices de audiencia
del espacio habían caído y estaban desesperados por retransmitir algo
excepcional para ganarse de nuevo a su audiencia. No creo que sea verdad; lo
que sí sé es que encerrar a una persona con la boca seca en una habitación hasta
los topes de alcohol durante tres horas, especialmente tratándose de alguien con
mi reputación, no es la mejor idea.
Ni que decir tiene que mi intención no era emborracharme y, cuando finalmente
entré en el plató, creía que estaba bien. Sin embargo, para el resto del mundo era
evidente que estaba medio ido, y la entrevista apenas duró unos minutos.
Terry Wogan me preguntó por todas las mujeres con las que había estado y le
respondí: «Terry, me gusta follar, ¿de acuerdo?». Y cuando Terry intentó cambiar
de tema y me preguntó qué me gustaba hacer en mi tiempo libre, le respondí:
«Follar».
Lo peor de todo es que estaba convencido de haber salido por la puerta grande,
convencido de que a pesar de estar un poco tocado había salvado los muebles
con una imagen razonablemente coherente. Pero cuando vi la grabación al día
siguiente, resultaba evidente que estaba totalmente pedo. El papelón no hubiese
sido tan bochornoso si el invitado hubiese sido un cafre incapaz de articular dos
palabras seguidas. Pero cuando uno sabe que, en circunstancias normales, es una
persona bastante inteligente, es terrible verte convertido en un borracho
farfullante.
Después de que mi escandaloso comportamiento destarara una tormenta
mediática, los productores de Wogan perjuraron no volver a invitarme nunca
más al programa; sin embargo, cuando se dieron cuenta de la publicidad que les
había generado mi presencia, cambiaron de opinión. A Mary le entristeció que
me presentara en el plató de esa manera, pero culpaba al canal de televisión tanto
como a mí. Le parecía demencial que me hubiesen puesto la miel en los labios
de esa manera.
A pesar de la experiencia en el programa de Terry Wogan, la emisora de radio
londinense LBC me hizo una oferta para convertirme en comentarista y añadir
mi opinión profesional a la de su especialista en fútbol, Tony Lockwood, lo que
me aseguraba comportarme los sábados por la tarde.
También me ayudó a retomar el contacto con un montón de antiguos
compañeros, y un memorable sábado por la tarde en Roker Park, el campo del
Sunderland, durante un partido disputado contra el West Ham, me encontré
sentado al lado de Bobby Moore, mi viejo amigo y compañero de batallas en el
Fulham. Un par de aficionados nos descubrieron y empezaron a correr la voz
entre sus amigos, hasta que en un momento dado toda la gente sentada en la
tribuna se dio media vuelta para saludarnos, lo que fue hermoso.
—¿Te apetece una taza de té, Bestie? —me preguntó Bobby en el descanso.
—Por supuesto, Bob —le respondí.
Así que Bobby se fue a por los tés; aunque vaya, no habría sido Bobby si
hubiese regresado únicamente con las dos tazas de té. Así que, fiel a su estilo,
regresó con pasteles de carne y patatas fritas, además de los tés. Yo recuerdo
pensar: «Este es el capitán de la selección inglesa que ganó el Mundial y me está
trayendo un pastel de carne».
Pero así era Bob, siempre generoso, siempre pensando en los demás, alguien que
jamás se las dio de nada: trataba a todo el mundo por igual. Según cuenta Alan
Ball, poco antes de que Bobby falleciera de cáncer en 1993, recibió una llamada
suya. Más adelante, Alan descubriría que no fue el único: Bobby llamó a todos
los compañeros con quienes se proclamó campeón del Mundial de Inglaterra de
1966 y no mencionó a ninguno que le quedaban días de vida. Aquel era Bobby
en estado puro: se despidió de todos sus colegas sin necesidad de preocupar a
ninguno.
Yo deseaba que el dinero de mi partido de homenaje no solo me permitiera salir
de la bancarrota, sino que me facilitara un buen extra para reconstruir mi vida.
Con tal de proteger ese dinero, tuve que ponerlo en un fondo de fideicomiso a
nombre de Calum. Sin embargo, Stoy Hayward, el gabinete de picapleitos de la
insolvencia designado por el Tribunal de Quiebras, intentó hacerse con su parte
del pastel tras afirmar que ahora les debía casi cien mil libras en concepto de
impuestos atrasados e intereses. Habida cuenta de que me había declarado en
bancarrota en 1982 por solo veintidós mil libras, aquella cifra no tenía sentido, y
aquí debo decir que todo el mérito es de Mary por haberse puesto a investigar el
estado de mis cuentas en busca de respuestas.
En septiembre de 1991 me recomendaron a un abogado llamado Bryan Fugler.
Mary y yo fuimos a verle, y le llevamos toda la documentación que obraba en
nuestro poder. Le dije: «Nos gustaría que nos dijeras cuál es el problema y cómo
podemos solucionarlo».
Bryan estuvo absolutamente brillante, revisó toda la documentación —en lo que
pareció un abrir y cerrar de ojos— y entonces emitió su veredicto en términos
inteligibles para cualquier hombre de a pie.
Se hizo con las riendas del caso y en apenas medio año resolvió la pesadilla en la
que llevaba inmerso casi una década. El 5 de mayo de 1992 firmé un cheque por
valor de 32.500 libras esterlinas y mi bancarrota quedó liquidada.
McMurdo había hecho mucho por mí, pero algo me decía que había llegado el
momento de cambiar de aires. La suerte quiso que, más o menos en ese
momento, coincidiera con un tipo llamado Phil Hughes. Phil era un galés fan del
Manchester United que tenía un negocio de venta de ropa de punto y una tienda
de suvenires en el West End. Nos conocimos una noche en Blondes, nos hicimos
amigos en menos que canta un gallo y, al poco tiempo, una cosa llevó a la otra y
Phil empezó a hacerme de agente.
Las actuaciones con Denis seguían pegando fuerte y, una vez que aprendí a
templar mis nervios, empecé a disfrutarlas de verdad; entre otras cosas, porque
sabía que si comenzaba a las ocho de la tarde, a las nueve y media estaría libre.
Nada que ver con las comparecencias en cenas de gala, donde solían convocarte
a las seis de la tarde para tomar unos cócteles y a menudo la cosa se alargaba
hasta altas horas de la madrugada. Obviamente, nadie te obligaba a quedarte
hasta las tantas, pero a mí me bastaba con mojarme un poco los labios para
hacerlo encantado.
En 1993 hice la gira de actuaciones más exitosa de todas. Viajé junto a Rodney
Marsh, Peter Brackley —el comentarista radiofónico de la BBC— y un chaval
de Southampton llamado Mike Osmond. El formato era el de siempre; a saber:
relatar unas cuantas anécdotas, sazonarlas con algunas bromas y concluir con
una tanda de preguntas y respuestas. Y, sin duda, el escenario más excitante que
pisamos fue el Palladium de Londres.
Cuando me enteré de que íbamos a actuar en el Palladium pensaba que me
estaban tomando el pelo, pero resultó que era verdad, y la noche no pudo salir
más redonda. Me sentí enormemente privilegiado por pisar un escenario que
tantos nombres célebres habían pisado antes que yo, y sería, sin duda, el
momento culminante de mi carrera como orador. Por desgracia, al poco tiempo
Peter empezó a padecer pánico escénico y decidió que no quería volver a actuar.
En 1993, Rodney y yo firmamos por el programa de fútbol de los sábados de
Sky TV. La emisión comenzaba con nosotros dos y un par de exfutbolistas más
como Frank McLintock, Clive Allen o Alan Mullery presentando el avance de
los grandes partidos de la jornada. Luego, una vez que empezaba a rodar el
balón, cada uno elegía un partido para seguir en directo, una retransmisión que
entonces no podía mostrarse a los espectadores debido a los derechos televisivos
vigentes en la época. Así que los espectadores se limitaban a mirarnos a nosotros
viendo los partidos por televisión mientras les relatábamos verbalmente las
últimas incidencias de cada partido a tiempo real. A mí me pareció un formato
demencial cuando me lo contaron, pero se convertiría en un éxito descomunal.
Con la bancarrota liquidada y mi nuevo sueldo, mi vida volvía a estar
relativamente equilibrada y el trauma de mis últimos días en Manchester había
quedado atrás. Sin embargo, en enero de 1994 los recuerdos de los viejos
tiempos me inundaron cuando me enteré de la noticia: Sir Matt había fallecido.
Tenía ochenta y seis años y llevaba años maltrecho, pero eso no evitó que la
noticia me impactara igualmente. Sir Matt era una de esas personas cuya muerte
te resulta inconcebible. Y su funeral, celebrado el 27 de enero, me resultó
doloroso no solo por estar despidiéndome de Sir Matt, sino por todos los
recuerdos de los viejos tiempos que salieron a flote.
Yo no había visto a algunos jugadores del equipo de 1968 en años, así que fue
extraño encontrarse de nuevo con Bobby Charlton, Nobby y Shay, especialmente
dadas las circunstancias. Habíamos sido miembros de una de las plantillas más
especiales de la historia del United, aunque apenas quedaba nada de esa
camaradería cuando nos reunimos de nuevo en Old Trafford la mañana del
funeral. Fue el típico funeral; todo el mundo hablaba del tiempo y parecía
sentirse vagamente fuera de lugar.
El club puso un autocar para trasladar a toda la plantilla a una misa de réquiem
en la iglesia católica de Our Lady and St John’s, en Chorlton, y fue increíble
presenciar la afluencia de gente en las calles. Era el típico día que asocias con un
funeral, un clásico en el clima de Manchester. Estuvo diluviando sin parar,
aunque eso no sería obstáculo para que miles de personas se reunieran a la
entrada de Old Trafford y abarrotaran las calles. La gente llevaba pancartas y
banderas y fotografías en blanco y negro de los Busby Babes, que sostenían
frente a las ventanillas de nuestro autocar. Tenías que tener más de treinta años
para acordarte de las hazañas de Sir Matt como entrenador; y sin embargo había
centenares de chavales allí afuera, desfilando junto a sus padres, chavales que
obviamente sabían quién se había ido y simplemente deseaban sumarse a la
despedida de una leyenda.
Éramos más de noventa jugadores del United, entre retirados y en activo, y Sir
Alex Ferguson desplazó a la plantilla del primer equipo al completo en avión
desde Portsmouth, donde la noche antes habían ganado una eliminatoria de la
Copa de la Liga a modo de oportuno homenaje. Alrededor de dos mil personas
ni siquiera pudieron acceder a la iglesia y tuvieron que conformarse con
escuchar la ceremonia a través del sistema de altavoces instalado especialmente
para la ocasión. Recuerdo al obispo de Salford describiendo a Sir Matt como una
celebridad mundial «revestida de modestia y encanto», lo que me pareció
hermoso.
Después de la ceremonia, el cortejo fúnebre desfiló de vuelta a Old Trafford y se
detuvo frente al reloj de Múnich, a la salida de la tribuna Este, en la avenida Sir
Matt Busby, un reloj detenido eternamente en el 6 de febrero de 1958, el día de
la tragedia. Después del café y los bocadillos en el estadio, la mayoría de
compañeros se excusaron y se fueron. Sin embargo, Bobby Charlton, Noel
Cantwell, Maurice Setters y yo fuimos invitados al sepelio en el cementerio Sur
de Manchester, así que nos volvimos a subir al autocar en el que sería el trayecto
más emotivo de todos, al menos para mí.
El itinerario pasaba por Chorlton, que había sido el hogar de Sir Matt, y donde
yo pasaría prácticamente toda mi carrera en el United. Pasamos tan cerca de casa
de la señora Fullaway, que me hubiese bastado con estirar el brazo para llamar a
su puerta, y también pasamos por la parada de autobús en la que yo solía
esconderme de Sir Matt. Me acordé de todas las veces que le había visto
conduciendo calle abajo y me emocioné el doble.
Me puse a pensar en los grandes momentos que había pasado durante mi
estancia allí, y en aquel primer día en casa de la señora Fullaway, cuando Eric
McMordie y yo decidimos huir de Manchester después de que nos hubiese
parecido tan inhóspita. Me acordé del día en que le deslicé una nota a la novia de
Steve Fullaway, cuando le propuse que saliéramos juntos, y del día en que
regresamos a casa cubiertos de sangre después de pelearnos por un trozo de
pescado. Los recuerdos me inundaron de golpe. Y luego me acordé de las épocas
posteriores, de los días en que daba esquinazo a la policía regresando de mis
primeras noches de fiesta. Mi vida entera me pasó por delante como si fuera
ayer, por mucho que pareciera que hubiese pasado una eternidad desde que había
vivido en esa casa, donde acaricié por primera vez el sueño de convertirme en
una estrella del fútbol.
Me tuve que secar los ojos antes de bajarme del autocar, aunque las lágrimas
volvieron a afluir cuando el féretro con los restos de Sir Matt quedó sepultado
junto al de su mujer, Jane. Me lo imaginé dentro del ataúd, ataviado con el blazer
y la corbata del club, tan inmaculado en la muerte como lo había sido en vida.
Nunca olvidaré el momento en que su hijo Sandy se me acercó mientras
descendía el féretro y me susurró al oído: «Ya sabes que te quería».
Fue el día más duro de mi vida desde la muerte de mi madre.
Mary había hecho un trabajo sensacional para introducirme en el mundo de las
charlas y conferencias y ayudándome a liquidar mi bancarrota, pero a nivel
sentimental empezaba a sentirme indiferente. Quizá se debiera a lo relajada que
era, a que fuera tan comprensiva con mis borracheras o cada vez que encontraba
el número de teléfono de alguna chica en mis bolsillos.
Al igual que sucedía con todas las relaciones, había empezado a cambiar, y no
precisamente para bien. A pesar de vivir con Mary, yo la había engañado con un
puñado de mujeres distintas. Sin embargo, en julio de 1994 conocí a una joven
rubia en Tramp. Se llamaba Alex Pursey. La invité a salir y descubrí que
trabajaba como azafata de vuelo para Virgin Airlines, aunque no respondía al
estereotipo de azafata que cualquiera se pueda imaginar. Era una chica brillante,
superdicharachera y de lo más normalita en comparación con algunas de las
mujeres con las que había estado saliendo.
Salimos a cenar un par de veces, e inevitablemente fuimos fotografiados a la
salida de un restaurante. Cuando Mary vio las imágenes en la prensa, se puso
como loca. Hasta entonces siempre me había perdonado o había intentado hacer
caso omiso de artículos como ese, como si solo se tratara de una cana al aire o de
una aventura de una noche. No sé muy bien cómo, pero tal vez presintiera que
Alex era algo más que eso, porque le faltó tiempo para conceder una entrevista
exclusiva a un periódico en la que me dejaría a la altura del betún y pasaría
revista a todas mis escapadas borrachuzas y a las mujeres con las que me había
acostado. Yo monté en cólera cuando la leí.
—¿Cómo te atreves a soltar todas estas barrabasadas sobre mí cuando dices que
me quieres?
—Te quiero, George, pero me temo que el artículo no cuenta nada que no sea
verdad.
Alex, por supuesto, también se enteró de aquello, porque dejó de devolverme las
llamadas; y además estaba trabajando en la ruta norteamericana de Virgin, lo que
significaba que pasaba mucho tiempo fuera de casa. También me había
comentado que justo empezaba a recuperarse de una larga relación sentimental
con John Scales, un futbolista que entonces militaba en las filas del Wimbledon,
así que supuse que quizá no estuviera preparada para meterse en otra relación.
Así que la di por perdida hasta que, en junio de 1995, cinco meses después, me
la encontré en la vinoteca de Dover Street, uno de mis lugares favoritos. Estaba
cenando con un grupo de chicas que se lo estaban pasando en grande. Así que
me acerqué y pregunté:
—Buenas, Alex. ¿A qué se debe la celebración?
—Es mi fiesta de cumpleaños —respondió, lo que me brindó una apertura
perfecta.
—Vaya, en ese caso lo mejor será brindar con champán.
Pedí unas cuantas botellas para ella y sus amigas, compartimos una copa los dos,
y le dejé que siguiera disfrutando con sus invitadas. Sin embargo, antes de irme
le dije: «Mañana te llamo». Y al día siguiente, cuando lo hice, descolgó el
auricular —por fin— y empezamos a salir juntos de nuevo.
Esta vez —quizá porque ella había tenido la oportunidad de superar lo de John y
yo estaba llegando a la conclusión de que lo mío con Mary estaba en las últimas
— todo se asemejaba mucho más a una relación de verdad que a un rollete.
Y a pesar de nuestra diferencia de edad —ella estaba celebrando su veintitrés
cumpleaños cuando coincidimos en la vinoteca, mientras que a mí me separaban
solo cuatro meses de los cuarenta y nueve—, parecía que nos entendíamos
fenomenal y nos pasábamos horas hablando por teléfono. Volvimos a aparecer
en la prensa, aunque Alex, aterrorizada como estaba sobre qué pensarían sus
padres si se enteraban de que su hija estaba saliendo con George Best, les dijo
que era todo mentira. Les contó que estaba saliendo con un personaje famoso,
pero que no podía desvelarles quién era.
Mary, obviamente, ya lo sabía todo, y una mañana me recibió sacudiendo el
periódico.
—¿Cómo puedes hacerme esto después de todo lo que he hecho por ti? —me
preguntó—. Te he convertido en el centro de mi vida durante estos últimos ocho
años, me he desvivido por solucionar tus problemas. ¿Y así me lo pagas,
humillándome de nuevo?
—Sé lo mucho que has hecho por mí —le dije—. Pero así es como se supone
que funcionan las relaciones. Se trata de dar y recibir.
El problema es que cuando las mujeres me ayudan, todo el mundo se refiere
siempre a ellas como a mi columna vertebral. Angela ya había sido retratada de
esa manera, y ahora estaba pasando lo mismo con Mary, como si yo fuera una
especie de perrito desahuciado que ha tenido la suerte de que le hayan entrenado
para hacer cuatro cabriolas, pues de otro modo sería incapaz de valerme por mí
mismo.
La mayoría de las mujeres con quienes he tenido relaciones duraderas han
terminado poniéndome de vuelta y media ante la prensa. Angie Lynn es una de
las excepciones, y estoy bastante convencido de que Alex tampoco lo haría. Pero
el caso es que se ha escrito tanta morralla sobre mí que ya me da igual. Me
limito a utilizar a la prensa tanto como la prensa me utiliza a mí. Pero estoy harto
de ver a mis exparejas retratadas como ángeles, mientras yo siempre quedo
como el malo —e inútil— de la película.
Y esa es la cantinela que siempre me cabrea, porque si hubiese sucedido lo
contrario, y Angela o Mary hubiesen necesitado ayuda, me gustaría pensar que
habría sido yo quien se hubiese hecho cargo de ellas. Esa fue mi última pelea
con Mary, que se fue de casa más o menos una semana después de que Alex y yo
coincidiéramos en Dover Street.
Dejé que Mary ordenara sus cosas para llevárselas del apartamento. Sin
embargo, alrededor de un mes después, mientras revisaba mis cosas, me di
cuenta de que se había llevado los suvenires de mi visita a la escuela de niños
discapacitados en Australia, incluyendo los álbumes con los retratos que me
habían hecho los niños y una fotografía en que salíamos la pequeña con el libro
ilustrado del abecedario y yo. Tenía planeado enmarcar la foto en cuestión, así
que llamé a Mary y le pregunté: «¿Por qué lo has hecho? La foto tiene un gran
valor sentimental para mí, pero ¿para ti? ¿Por qué te la llevaste?».
Me dijo que se le habría traspapelado con sus cosas después de haberse ido con
prisa y que me la enviaría conjuntamente con el álbum. Pero nunca lo hizo, lo
cual me dejó mal sabor de boca. Mary se había portado muy bien conmigo, y
tuvimos una relación sólida durante casi ocho años. Pero no sentí el menor atisbo
de culpabilidad cuando rompimos. Nuestra relación duró más que mi
matrimonio, e hice todo lo que estuvo en mi mano por recuperar a su hija.
Así que al final, básicamente, terminé enfadado con ella; aunque, ni que decir
tiene, me alegré de que recuperara a su hija. Mary yo hablamos de casarnos un
par de veces, pero nunca terminamos de concretarlo, lo que hubiese sido un
error.
Mi relación con Alex pilló velocidad tan deprisa como todas las demás, y hasta
pasamos la prueba de conocer a sus padres, Cheryl y Adrian, quien dirige una
empresa de correas industriales. Alex era una chica de familia acomodada que
había estudiado en la escuela pública. El día en que, finalmente, la acompañé
para que me presentara a sus progenitores, estaba increíblemente nerviosa. Alex
estaba bastante convencida de que Cheryl y Adrian no me verían con buenos
ojos. Y es posible que así fuera, aunque lo cierto es que el día que nos
conocimos nos llevamos de maravilla. Teniendo en cuenta que los tres teníamos
casi exactamente la misma edad, tal vez no fuera sorprendente que estuviéramos
en la misma onda.
Me parecieron de trato superfácil, para nada estirados, como me temía que
serían. Así que, una vez superado ese pequeño obstáculo, el romance entre Alex
y yo floreció de verdad. No diría que fuera un camino de rosas, ni siquiera
entonces, porque de vez en cuando yo salía de juerga durante horas, aunque no
pareció que le quitara el sueño, y en verano de 1995 le pedí que se casara
conmigo.
Obviamente, era un inmejorable titular para la prensa —«Futbolista entrado en
años se casa con preciosa azafata de Virgin a la que dobla en edad»—, y la pobre
Alex sentiría en su carnes lo que llevaba sintiendo yo durante años de
apariciones en la prensa. Los periódicos me adoraban cuando marcaba grandes
goles y salía con ex Miss Universo. Pero siempre que les convenía estaban
encantados de pintarme bajo una luz distinta, como al bala perdida que había
malogrado su talento. Incluso cuando empecé a ganar dinero a espuertas lejos
del fútbol, me seguían retratando como a un borracho fracasado. Supongo que se
trata de la clásica historia de construir un personaje para luego derrumbarlo, y
los tabloides ingleses no tienen rival cuando se ponen a hacer eso.
Alex quedó retratada como una barbie cazafortunas, lo cual no era solo injusto
sino grotesco, habida cuenta de que había crecido en el seno de un hogar
acaudalado en Cheam, Surrey. Yo había salvado los muebles económicamente
hablando, pero no era ninguna mina de oro. Lo que había entre nosotros era
amor en estado puro, y no solo a nivel físico. Nos llevábamos bien,
compartíamos un sentido del humor muy parecido, y yo sentía realmente que
había encontrado la horma de mi zapato. La diferencia de edad era sin duda un
problemón para los periódicos, aunque es posible que me preocupara bastante
más a mí que a Alex. Ella ve a las personas tal como son, no se molesta en
contar su número de canas, ni siquiera cuando estas empiezan a multiplicarse,
como era mi caso.
Cuando Alex y yo empezamos a salir y ella tuvo su primer contacto con la
prensa, le dije:
—Vete acostumbrando, así es como siempre se las gastarán.
—Después de seis años con John Scales, ya estoy acostumbrada —replicó.
—Alex —le dije—. No te lo tomes a mal, no te lo digo en plan grosero, pero me
parece que no es lo mismo ni de lejos.
No le pareció gracioso en ese momento, aunque se lo parece hoy.
Nos casamos el 24 de julio de 1995 en el Registro Civil de Chelsea, y después de
la boda me llevé a Alex a Belfast para que conociera a mi familia, lo cual fue
muy emotivo para ellos y para mí, ya que la última vez que había llevado a una
esposa a casa había sido en las circunstancias más indeseables. Pero Alex es de
trato tan fácil y natural que desafiaría a cualquiera a que intente llevarse mal con
ella. Es probable que papá, mis hermanos y hermanas no supieran a qué atenerse
después de haber conocido a Angela, pero se quedaron prendados de Alex al
instante.
Mi sobrina Ashleigh, la hija de mi hermana Grace, que tendría alrededor de
cinco años y medio en aquel momento, había nacido con hidrocefalia, o sea, con
agua en el cerebro, y tuvo que asistir a un colegio de educación especial. Pero
teniendo en cuenta que los médicos habían diagnosticado que nunca sería capaz
de hablar ni de andar, lo estaba llevando estupendamente. Se iba al colegio en
taxi cada mañana y una vez a la semana, al salir de clase, la dejaban un rato en
casa de papá de camino a casa.
Y resultó que un día que estábamos en casa de papá, apareció el taxi en la puerta
de casa. Yo me asomé a la ventana y saludé a Ashleigh mientras se apeaba. Le
habían contado que yo había traído a casa a mi nueva esposa, y en cuanto me vio
saludarla, se le iluminó la cara y entró corriendo en casa. Caminaba con una
pequeña cojera y tenía un brazo superrígido, pero eso no impidió que corriera
hacia mí y me brindara un abrazo monumental.
—Te quiero, tío George —dijo—. Te quiero. —Entonces miró a su alrededor y
añadió—: ¿Dónde está Alex?
—Está detrás de ti: has pasado junto a ella como una exhalación.
Ashleigh se dio media vuelta, vio a Alex y la obsequió con una gran sonrisa
antes de abalanzarse sobre ella, abrazarla y decirle: «A ti también te quiero Alex,
te quiero».
Alex no pudo contener las lágrimas.
Ashleigh era la criaturilla más divina que había conocido nunca, siempre tan
feliz y tan sonriente. Nunca la escuchabas quejarse de nada. Parece ser un patrón
de comportamiento entre los niños nacidos con problemas similares. Me rompió
el corazón verla castigada por la enfermedad. Fue una de esas clásicas
situaciones en que te preguntas si Dios u otro ser supremo existirán realmente,
porque era una absoluta injusticia.
¿Por qué le habría tocado a Ashleigh nacer así cuando el mundo está plagado de
descerebrados viviendo en condiciones perfectamente saludables? ¿Por qué le
había tocado esa condena a una niña pequeña que solo repartía amor y felicidad
a todo el que conocía? Yo no le veo la lógica por ningún lado. Supongo que
conocerla me hizo darme cuenta de lo afortunada que había sido mi vida y hasta
qué punto los regalos que te da la vida son obra del azar. Yo siempre me había
sentido agobiado por la vida que me había tocado vivir y hubiese deseado hacer
las cosas de otra manera. Pero el coraje de Ashleigh hizo que me lo replanteara
todo, y su calidez y optimismo me dieron toda una lección de humildad.
Un año después, Grace me llamó para contarme que Ashleigh había fallecido
tras padecer un ataque. Su funeral se celebraría el 22 de mayo de 1996, el día de
mi cincuenta cumpleaños, una jornada en la que me había comprometido a
aparecer en la BBC.
La BBC2 iba a dedicarme íntegramente su programación de tarde, seis
programas nada menos, y me había comprometido a comparecer en directo en
uno de ellos. Era un compromiso prácticamente ineludible, y al final resultó que
tanto Grace como el resto de la familia se quedaron más tranquilos cuando les
dije que no podría asistir al funeral porque sabían el circo que se montaría si
aparecía. Deseaban que fuera el día de la pequeña Ashleigh, y después de la vida
que había pasado, se merecía un entierro digno. Si hubiese podido acudir, no
hubiese permitido que los medios me lo impidieran, aunque hubiese sido duro
para la familia, que no estaba acostumbrada a lidiar con el circo mediático.
En cualquier caso, se me pasaron las ganas de celebrar nada. Al final me fui a
casa a tomarme una copa y derramar unas cuantas lágrimas en su honor.
A medida que nos fuimos instalando en nuestra vida de casados, Alex empezó a
gestionar mis cuentas y a cobrar el dinero de mis charlas y discursos de
sobremesa, mientras que Phil tomó el relevo de Mary y empezó a encargarse de
conseguir los bolos. A sabiendas de qué pie cojeaba, Alex empezó a llevar un
control de los gastos incluso más estricto que Mary e ingresaba el dinero en el
banco antes de que me lo fundiera en el casino. Tuvimos un par de broncas sobre
mi alcoholismo y ludopatía, y en septiembre de 1996, después de una pelea
bastante pasada de vueltas, me largué de casa hecho una furia y me pegué un
festival de tres días. Tenía un par de conferencias anotadas en la agenda, pero
una vez que empezaba a beber era lo último en lo que pensaba. En tales
circunstancias, cuando eres alcohólico, lo único que te importa es la bebida y
cualquier asomo de razonamiento desaparece por el sumidero.
Así que, por ende, tampoco me presenté al programa de fútbol de Sky TV,
sumido como estaba en una juerga que se había convertido en mi máxima
prioridad.
La gente siempre pregunta: «¿Cómo es posible que te quedaras bebiendo cuando
tenías que salir a ganarte la vida?». Sin embargo, eso entraña incorporar la lógica
al argumento. El comportamiento del alcohólico no obedece a ninguna lógica ni
razonamiento, es un comportamiento compulsivo, y una vez que has empezado a
correrte la juerga, esta tiene que seguir su curso, independientemente de
cualquier otra exigencia u obligación en el tiempo, que haría reaccionar a
cualquier persona normal.
Cuando finalmente regresé a casa no había rastro de Alex ni de sus cosas. Llamé
a casa de sus padres, donde supuse, lógicamente, que habría ido. Pero cuando su
madre me dijo que Alex no estaba allí, le dejé un mensaje para que me llamara, y
unos días después consiguió localizarme en el Phene Arms. Le dije lo mucho
que la echaba de menos y le supliqué que regresara: «Bien, de acuerdo, pero si lo
hago, ¿dejarás de comportarte así?», preguntó.
Y, cómo no, le dije que por supuesto. Los alcohólicos siempre actúan en su
propio interés y saben cómo decirles a sus seres queridos lo que estos desean
escuchar. Y en aquel preciso momento, era el primero en tragarme mis propias
mentiras.
La montaña rusa matrimonial siguió su curso, y al poco de que Alex hubiese
regresado a casa, un día, en abril de 1997, después de una bronca especialmente
infame, me puse a registrar el apartamento en busca de dinero y logré hacerme
con trescientas libras, con las que me dirigí al casino Palm Beach. Estaba en
modo autodestructivo, como si deseara fundirme todo el dinero solo para
castigar a Alex, y me puse a jugar a sendas ruletas simultáneamente,
desparramando mis fichas por todas partes.
Como era de esperar, no tardé demasiado en quedarme con mi última ficha. Pero
entonces entré en racha y mi suerte empezó a cambiar, de la misma manera que
había sucedido en Soames, en Manchester, hacía tantísimos años. Estaba
apostando solo con fichas de veinticinco libras (¡solo!), pero a medida que
empecé a ganar, el crupier empezó a darme fichas por valor cada vez más y más
alto. Al final terminé con fichas de mil libras, y comoquiera que ya había ganado
once mil, decidí que era el momento de poner punto final a la noche. Al menos,
en lo que a apuestas se refiere.
Me embolsé todas las fichas y puse rumbo a la vinoteca de Dover Street para
bajarme las últimas. Llegaría a casa entre las tres y la cuatro de la madrugada.
Pensaba que para entonces reinaría la calma, pero Alex me estaba esperando.
—¿Dónde demonios te habías metido? —me preguntó tan pronto como puse un
pie en casa—. Como si no lo supiera; supongo que habrás estado apostando, ¿me
equivoco?
—Pues sí, si te parece que es asunto tuyo —respondí—. He estado en el casino
apostando con mi dinero, el dinero que me he levantado con todas esas
sobremesas.
—¿Cuánto has perdido? —me preguntó.
Le dirigí una mirada pícara.
—Pues resulta que no me ha ido del todo mal —le dije.
Entonces empecé a revolverme los bolsillos y a sacar un montón de fichas de
colores.
Aquí debería advertirse que solamente eran fichas; ni dinero ni cheques.
Alex se quedó boquiabierta a medida que las fichas iban formando columnas
sobre la mesa del salón. Se puso a contarlas.
—¡Por los clavos de Cristo, George! —exclamó al terminar el recuento—. Hay
más de once mil libras. ¿Por qué no las has cobrado?
Entonces, sabedora de mi costumbre de reinvertir mis ganancias en más apuestas
—que era mi manera de entender el juego— y después de haber estado
intentando ahorrar el dinero suficiente para redecorar el apartamento, me dijo:
—Ni se te ocurra dilapidarlo todo, George. Este dinero nos vendrá realmente
bien.
Alex estaba obviamente resuelta a impedir que derrochara esa fortuna. Y así lo
demostró al día siguiente, cuando después de hacer las paces me disponía a
escaquearme de nuevo rumbo al casino. Para entonces, Alex estaba lista y
esperando: insistía en acompañarme de vuelta al Palm Beach. Así lo hizo, y
después de que perdiera mil libras, me convenció de que cobrara el dinero y
regresáramos a casa.
Hacia finales de 1997 y principios de 1998, me sentía cada vez más deprimido.
En mayo de 1998 debía celebrarse un juicio para dilucidar la propiedad del
apartamento de Oakley Street, y la idea de perderlo me deprimía. El problema no
era solo que se trataba de nuestro hogar, sino que se había convertido en el
símbolo de todo lo que yo valía. Si lo perdía, ¿qué habría conseguido en la vida?
¿Qué me quedaba? Había perdido el norte y estaba bebiendo cada vez más para
intentar olvidarme del caso, lo que a su vez estaba provocando que Alex y yo
discutiéramos más de lo habitual. Al final, inevitablemente, la cosa
desembocaría en una escalada todavía más salvaje de mi alcoholismo.
Era el clásico círculo vicioso. En una ocasión, estábamos regresando a Londres
de casa mis suegros en Cheam cuando empezamos a tener una discusión, y Alex
detuvo el coche de un frenazo en mitad de una carretera de campo, abrió la
puerta y me echó.
—¿Cómo se supone que voy a volver a Chelsea desde aquí? —le pregunté—.
¡Estamos en mitad de ninguna parte, Alex, y solo tengo un billete de diez libras
en el bolsillo!
—Perfecto —fue todo lo que dijo. Y acto seguido aceleró y desapareció.
Sería cerca de la medianoche y hacía una noche fría, y me puse a caminar sin
saber muy bien qué rumbo estaba tomando, sumido en la más completa
oscuridad. Al cabo de unos veinte minutos, distinguí unas luces en un edificio
que quedaba delante de mí, y en cuanto llegué vi que se trataba de un pub.
Intenté abrir la puerta, que estaba cerrada, y cuando me asomé por la ventana y
vi a un grupo de personas bebiendo, alguien gritó: «Fiesta privada, amigo».
Me estaba yendo derrotado cuando escuché que alguien abría la puerta del pub:
«No nos habíamos dado cuenta de que eras tú, George. Vente a tomar una copa,
amigo».
Así que entré y alguien me invitó a una copa de vino. Y luego a una segunda.
—¿Alguna posibilidad de encontrar taxi? —pregunté.
—Sin problema —respondieron.
Y después de una tercera copa de vino, apareció un taxi afuera.
Me subí y le dije al taxista adónde me dirigía, y dejé que condujera unos cuantos
kilómetros de carretera antes de mostrarle el billete de diez libras. Entonces le
pregunté:
—¿A cuánto sale la bajada de bandera hasta Chelsea?
No quería decirle que tal vez no tuviera suficiente dinero para pagarle hasta que
estuviéramos bastante más cerca de Londres.
—Pues normalmente suele salir por unas veinte libras —me dijo—. ¿Te parece
bien?
—Vaya, pues no del todo —respondí—. Es que solo llevo un billete de diez.
Se quedó callado durante un segundo y entonces dijo:
—No, he dicho que normalmente suele costar veinte libras, pero para ti es gratis.
Así que gracias a la bondad de los desconocidos disfruté de una noche que
terminó bien. No solo conseguí regresar a casa por mi cuenta, sino que había
disfrutado de unas copas de vino... Y seguía teniendo el billete de diez encima.
Claro que no todas mis discusiones con Alex terminaban tan felizmente. En otra
ocasión, después de pasarme un par de días pimplando en variedad de garitos,
entré a trompicones en el bar de mi barrio, el Phene Arms, un pequeño pub que
hacía esquina, encajado justo detrás de Cheyne Walk. Es un lugar acogedor con
un empapelado afelpado y una barra circular, y está siempre lleno de
parroquianos de toda procedencia, desde actores a bomberos.
Mientras me repantingaba en mi rincón habitual, vi a otro de los habituales, que
trabajaba de cerrajero.
—Eres justo la persona a la que estaba buscando —le dije—. Tengo un trabajo
para ti.
—¿De qué se trata, George? —me preguntó.
Le di las llaves de mi casa y le dije:
—Quiero que te pases por mi casa y cambies todas las cerraduras: Alex y yo lo
hemos dejado.
A él se le quedó una expresión vagamente avergonzada porque conocía a Alex y
sabía que siempre estábamos dejándolo para luego reconciliarnos. Pese a todo,
se fue a casa y estaba empezando a cambiar las cerraduras cuando apareció Alex.
—¿Qué demonios te crees que estás haciendo? —le preguntó.
—George me ha dicho que quería cambiar todas las cerraduras —respondió.
Pero como os podréis imaginar, Alex lo despachó con cajas destempladas.
Como era habitual, nos reconciliamos. Pero a pesar de que cuando lo hicimos
ambos dijimos que nos queríamos y ella afirmó que estaba superfeliz, yo no me
quedé del todo convencido. Era mucho más joven que yo, después de todo, y
supongo que a mí me asustaba que algún día se largara con alguien más joven.
Además, sucedía que, a veces, cuando nos llevábamos bien y pasábamos tiempo
juntos, yo sentía que me ahogaba. Siempre he sido de decirles a todas las
mujeres con las que he vivido cosas tipo: «Verás, hay momentos en que lo único
que quiero es estar solo y desaparecer durante unos días», que supongo que es
como se siente todo el mundo que está en pareja. Es algo que ya le había
comentado en su día a Alex. Ella me dijo que me entendía, pero cada vez que se
me ocurría comentarle que tenía previsto largarme a Ámsterdam de fin de
semana por mi cuenta se volvía loca.
A mí me encantaba ir a Ámsterdam, no porque deseara pagar por una mujer o
fumar hierba. Simplemente disfrutaba de sentarme en la plaza de la Iglesia Vieja,
tomarme un par de cervezas y contemplar la vida pasar. Siempre he sido así.
Quizá «solitario» sea una palabra excesiva, pero siempre he disfrutado de estar
por mi cuenta, y es algo que puedo hacer aun estando en una habitación llena de
gente. Me basta con quedarme sentado en silencio para sentirme perfectamente
feliz.
De hecho, una de mis exnovias me dijo una vez: «Hemos pasado algunos
silencios maravillosos».
Alex y yo podemos sentarnos y hablar de casi todo, pero en aquel momento era
incapaz de contarle lo que me estaba carcomiendo realmente, esto es: que me
dejara. Supongo que me daba miedo quedar como un débil. Contemplar la idea
de otro matrimonio fallido era demasiado insoportable. Había momentos en que
no parecía que mereciera la pena vivir.
El Año Nuevo de 1998 tampoco pareció concederme ningún respiro en lo que a
mis problemas se refería. Más bien al contrario, me sentía más desesperado que
nunca porque creía que Alex y yo teníamos los días contados como pareja y
estaba obsesionado con perder el apartamento. Tal vez tuviera talento para
soportar la presión en los terrenos de juego, pero estaba claro que jamás había
sido capaz de lidiar con la vida real y que nunca había sido amigo de los
enfrentamientos. En el pasado, simplemente me había limitado a huir de esas
situaciones y a intentar resolverlas cuando volvía a casa; sin embargo, esta vez
había optado por la huida definitiva. Era incapaz de compartir con Alex los
mayores temores que me despertaba nuestra relación. Así que a medida que
incrementaba mi ingesta de alcohol cada vez más, la respuesta llegó sola.
Estaba decidido: escaparía y me suicidaría.
Una vez que tomé la decisión, no solo parecía la solución perfecta para todos,
sino también la más obvia, y en cuanto empecé a planearla mentalmente, los
deseos de consumarla se multiplicaron. De noche me quedaba tumbado despierto
durante horas maquinando hasta el mínimo detalle, un síntoma inequívoco del
estado en el que me encontraba. Allí estaba yo, yaciendo junto a la preciosa
joven con la que estaba casado, tramando mi propia muerte.
Estaba harto de que todo el mundo me dijera lo que tenía que hacer: que si tienes
que dejar la bebida, que si tienes que cuidarte como es debido; que si tienes que
hacer esto y lo otro. Así que decidí concederme un mes para hacer todas las
cosas que me encantaba hacer por última vez y entonces me quitaría la vida.
Siempre había disfrutado del sol, así que decidí volar a algún lugar caluroso que
tuviera una buena playa. Al final me decidí por las Bahamas.
Mi plan era sacar un buen pellizco del banco, reservar un hotel de lujo, a ser
posible en primera línea de mar, pasarme cuatro semanas poniéndome las botas
con mi comida favorita y hacer todas las cosas que se suponía que no debía
hacer. Las mujeres no formaban parte del plan; mi único plan era apalancarme
junto a la piscina o en la playa, comiendo todo lo que me viniera en gana y
pimplándome todas mis bebidas favoritas: cerveza, vino, vodka, champán y
brandy.
Supongo que en mi cabeza lo veía un poco como rememorar el viaje a España en
1972, cuando me dio por anunciar por primera vez que me retiraba. El plan era
el mismo: despertarme cuando me apeteciera, tomarme una copa cuando me
apeteciera y comer cuando me diera la gana. Y hacerlo sin que nadie me tocara
las narices, sin que nadie me dijera «no debes hacer esto ni hacer lo otro».
Y entonces, transcurridas las cuatro semanas, me diría a mí mismo: «Perfecto, he
pasado un bonito mes». Y entonces me iría a mi habitación con una botella de
champán y una selección de comprimidos para tumbar a un elefante, y si te he
visto no me acuerdo. Incluso llegué a pensar en cuáles serían los mejores
comprimidos para poner el punto final y cuántos me harían falta, aunque estaba
seguro que me bastaría con un frasco de Nurofen o de cualquier analgésico
similar para mandarlo todo a freír espárragos. Pero entonces empecé a pensar
que tal vez no me sería tan fácil conseguir los fármacos, porque entonces la
gente se daría cuenta de lo que estaba planeando.
Así que decidí optar por el plan B, que consistiría en dirigirme a mi habitación al
final del último día de mi mes perfecto, sentarme en la bañera, en la más pura
tradición romana, y cortarme las venas. Esta sería una alternativa mucho más
sangrienta y difícil de ejecutar, pero concluí que después de bajarme un par de
botellas de champán y rematarlas con una botella de brandy Luis XIII, no
sentiría absolutamente nada.
Llegados a este punto, llevaba semanas planeando minuciosamente mi suicidio y
estaba convencido de haberlo hecho a la perfección. Sin embargo, no podía dejar
de imaginarme qué aspecto tendría mi cadáver para la persona que iba a
encontrarme y en cómo iba a afectarle el hallazgo. Y entonces empecé a pensar:
«¿Cómo puedo poner a nadie en semejante brete?».
Antes de que lograra encontrar una respuesta satisfactoria, se produjo un giro
dramático de los acontecimientos.
Capítulo diecisiete
Contraatacando
A PRINCIPIOS DE 1998 TOQUÉ FONDO: creo que nunca había caído tan
bajo. La idea de perder el apartamento me hacía sentir como un auténtico
fracaso: después de todas las cosas que había logrado en mi vida no me quedaba
prácticamente nada que así lo acreditara. Me sentía patético, e incluso consideré
rendirme y acabar con todo. Se me hace imposible describir mis sentimientos,
pero básicamente tenía la cabeza hecha papilla. Me había corrido mil juergas
para escapar de todo lo que me preocupaba.
Sin embargo, cuando el caso llegó finalmente a los tribunales en mayo de 1998,
el veredicto no fue ni la mitad de nefasto de lo que me había imaginado. Mi
suerte había cambiado tan radicalmente en cuestión de horas que el desahogo fue
inconmensurable. Puedo decir honestamente que me quité un enorme peso de
encima. Aparqué mis pensamientos depresivos y empecé a mirar al futuro con
un optimismo renovado.
Alex y yo nos trasladamos casi inmediatamente a un nuevo apartamento en
Cheyne Walk, a apenas doscientos metros del de Oakley Street. Desde mi punto
de vista, la única diferencia es que a partir de ahora tendría que recordar que si
quería llegar al Phene tenía que doblar a la derecha en lugar de hacerlo a la
izquierda al salir del portal.
En realidad, mi profunda depresión no era solo producto del juicio por el
apartamento. Era por todo, aunque especialmente por mi relación con Alex, que
había pasado por momentos de mucha tensión, en parte debido a mis
inseguridades, ya que seguía sin estar convencido de que una mujer tan joven
quisiera a estar a mi lado durante mucho tiempo. Además, cada vez eran más los
días en que me sentía mal, y mi pierna derecha, que en cualquier caso nunca
había estado bien, me dolía muy a menudo.
Sin embargo, después de la vista en el tribunal me sentí como si alguien hubiese
levantado la gran y oscura nube negra que se cernía sobre mi cabeza, lo que me
hizo sentir mucho más animado. Soy una de esas personas que creen a pies
juntillas en el dicho que reza que todo se ve con mejores ojos por las mañanas, y
cada vez que terminaba alguna noche pensando en la posibilidad de ponerle fin a
todo, al día siguiente, cuando me despertaba, me espoleaba diciéndome: «¿A
santo de qué venía todo eso?».
Finalmente, di carpetazo a los pensamientos suicidas. Mi confianza en el futuro
había crecido, especialmente después de encontrar un nuevo hogar, y la vida, en
general, volvía a recuperar su buen color. Alex y yo estábamos más tranquilos,
no paraban de lloverme trabajos, incluido un espectáculo que se estrenaría en
Irlanda bajo el título An Evening with George Best y que arrasaría en taquilla: se
vendieron todas las entradas. Y lo cierto es que las ofertas laborales llegaban de
las fuentes más improbables.
Poco antes del juicio, durante una de mis habituales visitas al balneario de
Henlow Gragne, mi paz quedó interrumpida por una llamada de Phil, que me
preguntó:
—¿Qué te parecería inaugurar una nueva casa de apuestas para Victor Chandler?
Chandler era dueño de uno de los mayores imperios en el negocio de las
apuestas, así que sabía que sería cosa fina.
—Me parecería perfecto, Phil —le dije—. ¿Dónde está?
—En Hong Kong —respondió.
Así que Alex y yo volamos en primera para descubrirnos alojados en el
Peninsular Hotel, uno de los mejores del mundo. Nuestra suite era fabulosa, con
un jacuzzi con vistas al agua y dos minibares, que es lo que yo entiendo por lujo
en estado puro. Y pese a todo, la habitación me recordaba a la casa-psiquiátrico
que tuve en Bramhall, en Manchester, ya que disponía de botones para abrir y
cerrar las cortinas electrónicamente.
Descubrí que en realidad no iba a inaugurar una casa de apuestas al uso, ya que
en Hong Kong el juego es un negocio ilegal. Me habían llevado para lanzar un
servicio de apuestas, que entrañaba que los jugadores tuvieran que llamar a una
línea telefónica de Chandler en Gibraltar para hacer su apuesta, de manera que
antes de empezar a apostar nada ya se habían gastado las cinco libras que
costaba la llamada.
A mí me parecía una chifladura, aunque nosotros disfrutamos de un fantástico
almuerzo en un restaurante llamado Shangri-La, donde nos sirvieron langostinos
vivos, a los que se noqueaba a base de una buena dosis de champán.
Después del almuerzo, me comunicaron que el público estaba preparado para mi
charla. Alcé la vista y me encontré con las miradas de unos doscientos cincuenta
pares de ojos orientales y me dio un ataque de pánico: «No puedo ponerme a
hablar delante de esta gente. Ya tengo suficientes problemas con mi acento de
Belfast en Inglaterra», dije.
Por suerte, había un intérprete, así que solo hablé durante unos minutos sobre mi
carrera como futbolista, les deseé lo mejor en su nueva andadura y me volví a
sentar.
No fue la típica charla de sobremesa, pero era un tipo de trabajo que empezaba a
cotizar al alza: volar a la otra punta del planeta para trabajar cuatro minutos. Me
llegaron a invitar a Sídney, en Australia, para una noche a la que habían
bautizado como Celeb behind the bar, un bolo inmejorable para un encasillado
servidor: básicamente consistía en ponerme detrás de la barra y hablar con los
apostadores durante una hora. Un trabajo soñado para todo el que pueda aspirar a
conseguirlo.
A los cincuenta y dos años de edad, con una flamante esposa y un sueldo fijo, se
suponía que debía estar viviendo una vida tranquila y haber sentado cabeza. Pero
incluso a estas alturas me las seguía ingeniando para meterme en líos más
propios de un adolescente. Y me sabe muy mal confesar que en septiembre de
1998, Calum, que entonces tenía ya diecisiete añitos, fue testigo de uno de los
más bizarros.
Calum estaba en Londres para pasar unos días conmigo, como solía hacer cada
verano, cuando un domingo nos dejamos caer por el Phene a la hora del
almuerzo. Calum solo se bebe una pinta de vez en cuando, y aquel día se estaba
tomando un refresco de cola cuando una furgoneta pegó un frenazo a la salida
del pub y una docena de tipos salieron de su interior, irrumpieron en el bar y se
dirigieron directamente a mí con los puños en alto. Le grité a Calum que se
quitara de en medio y contraataqué con la ayuda de algunos de los parroquianos,
que se sumaron a la jarana. Entonces, tan deprisa como habían entrado, mis
agresores salieron por patas del bar y se marcharon cagando leches en la
furgoneta. Por suerte, Calum salió ileso de la embestida, lo que no puede decirse
de mí: en cuanto me quité la camiseta descubrí un océano de moratones.
—¿A qué ha venido eso? —me preguntó Calum cuando recuperamos el aliento.
—Supongo que no les gusta perder al billar —le respondí.
Le conté que hacía unas noches un amigo y yo habíamos estado jugando al billar
por dinero contra algunos de mis agresores y que la cosa se había puesto fea una
vez que empezamos a desplumarlos. Pasada la agresión, ni me molesté en
denunciarla a la policía.
Era un día más en mi caótica vida.
Calum adquirió la costumbre de visitarme cada verano durante tres o cuatro
semanas, y yo no podía esperar a que llegara el momento. Se había convertido en
un chaval supercuadrado y en un buen futbolista; un futbolista que, a juzgar por
lo que había visto, probablemente atesorara la calidad suficiente para convertirse
en profesional. Sin embargo, en California los escolares solo juegan al soccer,
como lo llaman allí, durante los meses de verano, y los entrenadores, como ya
había descubierto durante mi periplo, dejan mucho que desear.
Calum me dijo una vez que quería venir y jugar para el Manchester United, pero
para alcanzar ese nivel debería de haber empezado a jugar en Inglaterra a partir
de los ocho o nueve años, que es exactamente cuando su madre se lo llevó a
Estados Unidos.
En una ocasión le pedí a Sir Alex Ferguson que le echara una ojeada, pero
Calum nunca había jugado en Inglaterra, y el encuentro no se produjo. A día de
hoy, Calum está más interesado en trabajar como modelo.
Es posible que escribirlo me haga sonar como un hipócrita, pero a pesar de mi
estilo de vida cuando estoy con Calum procuro responsabilizarme de que no
beba demasiado. Si salimos a comer algo, me parece bien que se tome una copa
de vino, pero cuando sale con sus amigos le digo que no beba más de dos
cervezas. Y me complace decir que, al igual que yo cuando era adolescente, le
interesan más las mujeres que la bebida. Y entre lo guapo y bronceado que está y
su buena y atlética planta californiana —metro noventa—, no se puede decir que
le falten pretendientas cuando está en Inglaterra.
En cualquier caso, me resulta extraño interpretar el papel de padre preocupado
por primera vez en mi vida. Una noche, después de que Calum hubiese salido de
fiesta a una discoteca, me descubrí yaciendo despierto en la cama,
preguntándome adónde habría ido y comprobando constantemente la hora. A las
tres de la madrugada escuché el sonido de su llave en la cerradura y me puse a
dormir de nuevo. Sin embargo, entonces le escuché hablando por teléfono con
alguna chica. Se puso supertórtolo y estuvo hablando durante media hora.
En un momento dado, me incorporé de la cama y salí de la habitación:
—¡Calum! —grité—. Estamos intentando dormir. Así que cuelga de una vez.
Entonces se disculpó ante la chica y colgó el teléfono, y antes de meterse en la
cama fue él quien me gritó:
—¿Sabes una cosa, papá? ¡Te estás convirtiendo en un viejo amargado de
mierda!
Esa sería la primera vez.
A estas alturas ya hemos hablado de su educación y de si siente que se perdió
algo por haber crecido sin su padre. Sin embargo, entiende que su madre y yo no
nos llevábamos bien, y que yo tenía un montón de problemas. Además, tiene
varios amigos en California que son hijos de matrimonios rotos. Teniendo en
cuenta todos los quebraderos de cabeza a los que nos enfrentábamos, entre ellos
tener un padre que no para de acaparar titulares, mi relación con Calum ha
funcionado mejor de lo que nunca me hubiese imaginado.
Ese mismo año, 1999, me llevé a Calum a ver un partido en Old Trafford. En
aquel momento, el Manchester United estaba en mitad de la que sería la
temporada más trascendental de su historia. Y en la quinta eliminatoria de la FA
Cup, la casualidad quiso que el United quedara emparejado con el Fulham. Fue
una casualidad, porque yo ya había visto jugar al Fulham en numerosas
ocasiones desde que Mohammed Al-Fayed tomara las riendas como presidente
del club, pero no contra el Manchester. Al-Fayed era también el propietario de la
revista Punch, donde yo llevaba escribiendo una columna de opinión desde
agosto de 1997.
La primera vez que acudí a ver un partido en Craven Cottage como invitado de
Al-Fayed fue hilarante. Disfrutamos de un almuerzo fantástico y nos pusimos
finos de alcohol antes del partido, pero era una noche fría, así que cuando nos
dirigimos al palco para presenciar el encuentro, yo no podía dejar de pensar que
Mohammed, que solo iba vestido con un traje, se estaría muriendo de frío. Pero
tan pronto como tomó asiento en el palco, su asistente apareció corriendo
escaleras arriba con media docena de abrigos colgados del brazo. Fue como ver a
Mohammed en su propia tienda, Harrods, probándose distintos abrigos mientras
su asistente le decía: «Creo que el marrón es el que mejor le sienta para esta
noche».
Resulta que el día de la eliminatoria de la FA Cup en Old Trafford, Mohammed
me invitó a que volara con él en su jet privado. Solo había un pequeño problema:
el partido coincidía con el día de San Valentín, y comoquiera que Mohammed
viajaba con una delegación de guardaespaldas, no quedaba sitio en el avión para
Alex.
No le hizo demasiada gracia cuando se lo dije, pero le sugerí que voláramos por
separado y nos encontráramos en el aeropuerto de Manchester, para así poder ir
juntos al partido y alojarnos en mi hotel favorito, el Midland. Alex, como buena
joven romántica, preparó una cena especial la noche antes e incluso se agenció
unas cuantas velas en forma de corazón para adornar la mesa.
A la mañana siguiente, antes de irme, Alex me dio una tarjeta de San Valentín, y
se quedó medio mosqueada, además de sorprendida, cuando yo no le
correspondí con otra. Entonces me preguntó:
—¿No tienes nada para mí?
—Por supuesto, pero espera a que nos encontremos en Manchester.
Yo ya lo había organizado todo para recibir una docena de rosas rojas, champán,
chocolates y perfumes en nuestra suite del hotel Midland, donde planeaba
llevarme a Alex antes del partido.
Por desgracia, los vuelos salieron con retraso, y para cuando nos encontramos en
el aeropuerto de Manchester ya no teníamos tiempo de ir al hotel. Tuvimos que
ir directamente al estadio. De camino, en el taxi, Alex me preguntó ligeramente
molesta dónde estaba mi tarjeta.
—Si te digo la verdad, he estado tan ocupado que no me ha dado tiempo —le
dije para no cargarme la sorpresa.
—¡No te puedo creer! —exclamó—. Después de haber cocinado, de todo lo que
hecho.
Alex siguió refunfuñando durante toda la tarde, aunque después del partido
habíamos planeado cenar algo temprano en Chinatown, lo que significaba que
todavía tardaríamos algo de tiempo en llegar al hotel para que ella disfrutara de
las flores y el champán. Pero todos los restaurantes de Chinatown estaban hasta
arriba de gente y, después de pasarnos cuarenta minutos esperando para
conseguir una mesa, regresamos al Midland. Y comoquiera que para entonces
nos estábamos muriendo de hambre y que el restaurante francés del hotel tenía
mesa, nos sentamos a cenar sin siquiera pasar antes por nuestra habitación. A
estas alturas no iba a contarle la sorpresa, aunque, cada tanto, Alex me las iba
soltando: «No me puedo creer que no me hayas comprado nada».
En cualquier caso, finalmente terminamos nuestra deliciosa cena y nos retiramos
a la habitación. Cuando entramos en el dormitorio de la suite, no había rastro de
los envíos. Así que le dije a Alex: «¿Te importaría acercarte al salón y traerme
una botella de Perrier, por favor, cariño?»
Yo esperaba escuchar su alarido unos segundos después de encontrarse con las
flores y todo lo demás, antes de salir corriendo y lanzarse en mis brazos al grito
de «cariño, cariño, ¡sí que te has acordado!», y terminar el día de la manera más
romántica posible.
En lugar de eso, Alex regresó con la botella de Perrier y dijo, como quien no
quiere la cosa:
—Alguien ha traído rosas y champán a la suite.
—Por supuesto. ¿Quién te crees que lo ha pedido?
—¡Pues tú seguro que no! —respondió—. Estabas demasiado ocupado para
regalarme siquiera una tarjeta.
—Solo lo decía de broma —le conté—. Para que así la sorpresa fuera mayor.
Sin embargo, Alex no se lo creía ni de lejos. Me había mostrado tan convincente
al contarle que no había tenido tiempo de comprarle nada ¡que fui incapaz de
hacerle cambiar de opinión!
El United derrotó al Fulham 1-0 en su imparable camino a coronarse como
campeón de la FA Cup, lo que consiguió tras pasearse frente al Newcastle en
Wembley, donde se impuso por 2-0. El equipo también consiguió vengarse del
Arsenal y arrebatarle el título de Liga, que los Gunners se habían llevado la
temporada anterior. Esta vez lo hicieron en el último suspiro, coronándose como
campeones de la Premier por un punto de diferencia y haciéndose con el doblete
doméstico —Liga y Copa—. Sin embargo, todo el entusiasmo estaba depositado
en su trayectoria en Europa, donde los diablos rojos habían logrado plantarse en
la final de la Liga de Campeones por primera vez desde 1968.
No me iba a perder la final contra el Bayern de Múnich, en el Camp Nou de
Barcelona, por nada del mundo. Menudo marco incomparable para la finalísima.
El Camp Nou es uno de los estadios con más ambiente del mundo, y en la noche
del 26 de mayo de 1999 registró un récord de asistencia de noventa mil
espectadores. A mí se me puso la piel de gallina nada más sentarme en la tribuna
en compañía de Phil e imaginarme cómo sería correr por el campo en una noche
como esa. Las grandes noches de mi carrera cruzaron mi mente mientras los
jugadores saltaban al terreno de juego bajo una ovación atronadora. Sin
embargo, el United parecía agotado después de su exigente temporada, y a los
seis minutos de juego un gol de Basler de libre directo adelantó al Bayern en el
marcador. Yo esperaba que el United se pusiera las pilas después del temprano
mazazo, pero los alemanes continuaron dominando el partido, y hacia el final del
encuentro remataron contra la madera en un par de ocasiones.
No parecía que hubiese vuelta atrás para el United, así que cuando faltaban un
par de minutos para el final del tiempo reglamentario le di un codazo a Phil y le
dije: «Vámonos ya y nos ahorramos el atasco a la salida». Teníamos un coche
esperándonos fuera para conducirnos hasta nuestro hotel-chalé, que quedaba solo
a unos centenares de metros calle arriba. El conductor estaba escuchando la
retransmisión radiofónica de la final, y en cuanto nos sentamos, Teddy
Sheringham marcó el gol del empate para el United. Y antes incluso de que
llegáramos al hotel, Ole Gunnar Solskjær había marcado el de la victoria.
Aquello era realmente increíble y salimos corriendo del coche rumbo al hotel
para ver la repetición de los goles. Fue un bajonazo perdernos un final tan
dramático, pero Phil y yo nos llevamos una botella mágnum de champán a
nuestro chalé y volvimos a ver el partido entero por televisión. Y veríamos la
repetición de los goles cincuenta mil veces.
Algunas voces agoreras decían que me entristecería si el United ganaba la Liga
de Campeones porque supondría que tanto mis antiguos compañeros como yo
dejaríamos de ser la única escuadra de Old Trafford en haber saboreado las
mieles del éxito continental. Pero eso es una soberana estupidez. Todos somos
fanáticos del United y queremos que el equipo lo gane todo. Y nada de eso
cambiaría aunque el equipo ganara la competición un millón de veces. Nosotros
fuimos los primeros en conseguirlo, y más allá de las habladurías de la gente, eso
es algo que nunca nos quitará nadie.
A día de hoy todavía quedan muchos nostálgicos de la formación de 1968,
básicamente por nuestro estilo de juego. Aunque debo decir que el equipo de Sir
Alex Ferguson es el mejor en la historia del club. Es un honor que se ha ganado
a pulso no solo por los trofeos que ha conquistado, sino por la presencia de
jugadores sensacionales como David Beckham, Paul Scholes y Jaap Stam.
Lo fascinante será presenciar qué sucederá cuando Sir Alex se retire como
entrenador. Será una situación similar a la que se produjo en 1969 cuando Sir
Matt Busby dejó los banquillos, y habrá que ver si el club será capaz de
gestionar tamaña jubilación mejor que entonces.
También será interesante ver si la salida de Ferguson desatará también el éxodo
en tropel de sus estrellas.
Después de todos los reveses padecidos en los años anteriores, es muy probable
que hacia finales de 1999 estuviese un pelín demasiado eufórico, lo que me llevó
a pimplar como nunca antes. También estaba engordando, en parte porque no
comía bien. Todo ello desembocó en octubre en una bochornosa noche durante la
celebración de la prestigiosa cena organizada por la Asociación de Escritores de
Fútbol de Irlanda del Norte en Manchester.
Yo había tenido mis más y mis menos con la prensa; sin embargo, los periodistas
deportivos siempre me habían tratado bien, y me hizo feliz aceptar su invitación
en calidad de orador invitado. Con tal de asegurarme de estar en plena forma, ni
siquiera tomé un solo trago en el tren de camino a Manchester. De hecho, me
pasé la mayor parte del trayecto durmiendo. Sin embargo, me bajé unas cuantas
en la recepción previa al convite, y luego, en cuanto nos sentamos a cenar, me
puse a darle al vino.
Supongo que llevaba bebiendo tanto en la semanas anteriores que el problema
fue que no dejé de rellenar mi copa. Y el camarero, y que conste que no le estoy
culpando, se aseguró de que estuviera bien llena durante toda la velada.
Pese a todo, seguía pensando que estaba en condiciones cuando me incorporé
para hablar, que sería, tranquilamente, más de tres horas después de habernos
sentado a cenar. Pero resultaría evidente para todos los presentes que estaba para
el arrastre, especialmente después de que mis primeras palabras al subir al
estrado fueran: «¿Dónde está mi jodida copa?». Cualquiera que me conozca sabe
que no soy dado a soltar improperios, y es algo que jamás haría en público
estando sobrio. Me mortifica solo pensarlo.
Apenas llevaba unos minutos en el estrado cuando uno de los organizadores me
tiró de la manga y me dijo: «Gran trabajo, George. Puedes sentarte». Me largué
directamente de la sala rumbo a nuestra habitación, dejando que fuera una
abochornada Alex la que tuviera que hacerse cargo del marrón. No sería hasta
estar sobrio, al día siguiente, cuando fui consciente del ridículo que había hecho.
Y naturalmente, corrieron ríos de tinta en toda la prensa. Phil, a quien había
contratado finalmente como mi agente oficial, estaba desbordado por las
llamadas al día siguiente.
Un mes después, mis hermanas Carol y Barbara organizaron una fiesta sorpresa
en un lujoso restaurante de Hollywood, a la salida de Belfast, para celebrar el
ochenta cumpleaños de papá. Él intuía que la familia organizaría algo en su
honor, pero sabiendo la de celebraciones familiares que me había perdido con los
años, no esperaba que me presentara. Y para acabar de despistarlo, lo llamé unos
días antes de su cumpleaños y le pregunté si iba a celebrarlo: «Ah, creo que las
chicas han organizado una comida o algo».
Así que me aseguré de llegar temprano —siempre hay una primera vez— y
estaba en el bar pidiéndole un trago a Ian cuando llegó mi padre. Me escondí
detrás de la barra y dejé que mis hermanas le buscaran una silla. Y entonces grité
desde el otro lado de la barra: «Disculpe, señor Best, ¿le gustaría tomar algo
antes de su almuerzo?».
Papá alzó la vista estupefacto, como si no se creyera realmente que había
escuchado mi voz. Y cuando nuestros ojos se encontraron, su cara era un poema.
Fue el principio de un día fantástico. Sin embargo, cuando estaba a punto de
irme, Carol me hizo a un lado y me preguntó:
—¿Ya te estás cuidando, George?
—Claro que sí —le respondí.
Sin embargo, desde su punto de vista estaba que daba pena, aunque, como era
habitual, sería probablemente el último en darme cuenta.
Hacia finales de 1999 empecé a sentirme cada vez más débil: había empezado a
tener dolores de estómago, que atribuí a mi lamentable alimentación. En lugar de
visitar a algún médico, me impuse una cura a base de brandy. Me decía que
cualquier enfermedad que pudiera tener era producto de mi intensa jornada
laboral, de todas las cenas de gala y del trabajo televisivo. Sin embargo, la
realidad es que no estaba trabajando. Pasaba cada vez más y más tiempo en el
Phene.
Ya sé que sonará estúpido, pero ni siquiera pensé que la bebida me estuviera
perjudicando físicamente; vaya, al menos no de una manera letal. En cualquier
caso, en mi cabeza, incluso cuando estaba más claro que el agua para el resto del
mundo, estaba convencido de que no tenía ningún problema serio con el alcohol;
y menos aún que pudiera acabar conmigo. Podría decirse que, una vez más, era
incapaz de ver lo que estaba pasando delante de mis narices.
Pese a todo, estaba resuelto a mostrar mi mejor cara durante una cena de
homenaje que me había organizado la Asociación de Escritores de Fútbol.
Llevaban casi un año organizando el evento, y después de mi bochornosa
comparecencia en Manchester, los organizadores estaban extremadamente
nerviosos con lo que pudiera pasar. Pero está vez decidí asegurarme de controlar
mi consumo de vino. Deseaba que la noche fuera un éxito y no quería dejar en
evidencia a mi padre, que había volado a Inglaterra por primera vez en cinco
años para estar a mi lado.
Al final, la noche salió redonda y los redactores me dedicaron una ovación
puestos en pie, más por el alivio que sentían por que no se me hubiese ido la
castaña que por su admiración por mi discurso. Su amabilidad me llegó al fondo
del alma.
Me hizo sentir muy bien emocionalmente, aunque físicamente cada vez estaba
más hecho polvo. No me daba cuenta, pero mi salud había entrado en una espiral
de decadencia. Alex había empezado a advertirlo, pero cada vez que sacaba el
tema me la quitaba de encima. Le decía que no me pasaba nada y que, en cuanto
el trabajo disminuyera, nos iríamos a pasar una semana a un balneario y saldría
como nuevo.
No tenía la menor idea de que no volvería a sentirme normal nunca más. Y la
sensación de «encontrarme mal», como le contaba a cualquiera que me
preguntaba por mi salud, terminaría, como se sospechaba, convertida en una
insuficiencia hepática.
Capítulo dieciocho
Carne de ingreso
LA PRIMERA MAÑANA QUE PASÉ en la unidad hepática del hospital
Cromwell, en febrero de 2000, me quedé desconcertado tras recibir una carta
firmada por unas quince personas que me deseaban una pronta mejoría. El sobre
venía sin remitente ni sello.
No podía explicarme cómo me había llegado ni quién la firmaba hasta que
reconocí sendas firmas de jugadores del Everton (no dejéis de escribir cartas
colectivas, chavales). Pese a todo, la cosa seguía sin tener ningún sentido. Y no
fue hasta que cogí un periódico cuando me enteré de que jugaban en Chelsea ese
fin de semana. Entonces me di cuenta de que la plantilla del Everton tenía que
estar alojada en el hotel Swallow, al otro lado de la calle. Era bonito pensar que
se hubiesen tomado la molestia de escribir la carta, y como os podréis imaginar,
sería el principio de una verdadera avalancha de tarjetas y flores llegadas de todo
el mundo.
Recibimos tantas flores y macetas que mi habitación no tardó en quedarse
pequeña, y Alex tuvo que empezar a llevárselas a casa. Recibí mensajes que me
deseaban una pronta mejoría de Meg y Noel Gallagher, Jilly Johnson y Kenny
Lynch, y Tarby y Michael Parkinson, mis viejos compañeros en el mundo del
espectáculo. Además, cómo no, de miles de tarjetas y flores de mis
incondicionales de siempre.
Siempre me ha fascinado el número de cartas que sigo recibiendo —
continuamente— de la gente, especialmente ahora que han pasado tantos años
desde que colgué las botas. A veces las cartas van simplemente dirigidas a
«George Best, Chelsea, Inglaterra», algo que me sigue conmoviendo. Algunas de
las misivas ni siquiera están firmadas por aficionados al fútbol; parece que estén
suscritas por gente que simplemente me desea una pronta mejoría. No obstante,
el más sorprendente de todos los ramos de flores que recibí venía firmado por
otro futbolista, John Scales, que entonces militaba en las filas del Tottenham.
Otro bonito gesto de un compañero para con otro compañero, pensaría
cualquiera, salvo por el hecho de que el remitente en cuestión era la expareja de
Alex. Nunca supe si intentaba ser amable o si se estaba cachondeando, pero sea
como fuera, ¡decidí concederle el beneficio de la duda!
Y, como no podía ser de otra manera, la ocasión también propició que recibiera
montones de cartas, mensajes y llamadas telefónicas de la prensa, en las que
ofrecían cantidades astronómicas por contar mi historia. Alex, por su parte,
también se encontraría con otras muchas embutidas en el buzón de casa.
Intentamos recortar el número de llamadas telefónicas entrantes en la habitación
utilizando el apellido de soltera de Alex —Pursey—, para que solo los amigos
más cercanos pudieran contactarme. Y en cuanto a los periódicos, la experiencia
nos decía que lo mejor era aliarse con ellos —son un enemigo al que nunca
derrotarás—, así que me ofrecí a hablar con un par de ellos. También les permití
que me hicieran algunas fotos como parte del trato, aunque estaban lejos de ser
las fotografías más halagadoras que me hayan hecho nunca, y sin duda ¡eran la
clase de fotografías que jamás colgaría en la pared de mi dormitorio!
Poco a poco me fui acostumbrando a la rutina del hospital, que era mucho más
frenética de lo que jamás hubiese imaginado. La mayoría del tiempo era como
Waterloo Station en hora punta, con gente entrando y saliendo constantemente
con menús, botellas de agua o para cambiarme el suero. Lo cambiaban tan a
menudo que después de unos días mis brazos parecían los de un yonqui, y cada
vez les costaba más encontrarme la vena para insertarlo. Durante aquellos
primeros días, no pude salir de la cama, así que la única botella que tenía a mi
alcance era la misma en la que evacuaba naturalmente todo lo que bebía. Y eso
sucedía con una frecuencia inusitada, habida cuenta de que estaba bebiendo agua
en las mismas cantidades que había estado pimplando; o sea, barriles enteros. No
dejaba de beber agua para limpiar mi organismo y reducir la ictericia. No era la
alegría de la huerta, aunque al menos tuve ocasión de divertirme cuando escuché
a Bob Monkhouse contar la broma de que el equipo de Los Simpson estaba
considerando dedicarme un personaje en cuanto saliera.
Mi viejo amigo, excompañero de equipo y habitual presencia en el plató de Sky
TV, Rodney Marsh, se pasó a verme, lo que me emocionó, porque sabía que en
ese momento estaba envuelto en un juicio por una infracción de tráfico. En Sky
TV se portaron de maravilla y me dijeron que ni se me ocurriera regresar hasta la
siguiente temporada. Paralelamente, y como ya era habitual, Alan Mullery, que
vive cerca de mis suegros, en Cheam, donde hemos coincidido una o dos veces,
me hizo el relevo como comentarista.
Mi hijo Calum me llamó desde California, lo mismo que haría su madre, mi
exesposa Angie.
Lo mejor de todo, por supuesto, fue la llegada de mi padre desde Belfast. Seguro
que le resultaría chocante encontrarme en aquel estado, especialmente después
de todo por lo que había pasado con mamá. En el momento de mi ingreso en
Cromwell, estaba a pocos días de cumplir los cincuenta y cuatro años, la misma
edad que tenía mamá al morir. Pero papá es siempre papá: nunca cambia y nunca
juzga. Y lo más hermoso es que nos llevamos tan bien que nos podemos quedar
en silencio, en la misma habitación, durante horas, sin dejar de disfrutar de
nuestras respectivas compañías. Los dos sabemos que hay un respeto mutuo. Así
que tenerlo sentado en el borde de mi cama fue fantástico. Y naturalmente
también hablamos, hablamos un montón, aunque no seamos personas que tengan
necesidad de rellenar los huecos de las conversaciones con palabras vacuas.
Básicamente, los únicos que me visitaban a diario eran Alex y Phil. Nos
quedábamos sentados como hacíamos en el Phene o en el salón de casa,
haciendo el crucigrama juntos, y en ocasiones compitiendo entre nosotros por las
soluciones. Por las tardes veíamos los programas televisivos de preguntas y
respuestas que solíamos ver en casa; a Alex y a mí nos pirraban Fifteen to One y
Countdown. Y aquí debo confesar que el presentador de Fifteen to One, William
G. Steward, también me mandaría una tarjeta deseándome una pronta
recuperación.
Al tratarse de un hospital privado, me mosqueaba un poco que solo emitieran la
programación de los cinco canales de televisión terrestre, así que le pregunté a
Phil: «¿Estas seguro de que no podemos sintonizar Sky?».
Phil lo estuvo intentando un rato, y luego Alex hizo lo propio, pero no
encontramos ningún otro canal. Ninguno de nosotros era lo que se dice un genio
de las telecomunicaciones. En un momento dado, harto de no poder ver ningún
partido de fútbol de interés, le pregunté a una enfermera:
—¿Crees que al hospital le parecería bien si les digo a mis amigos de Sky TV
que instalen un descodificador en la pared exterior de mi habitación?
—Y eso ¿por qué? ¿Qué problema hay? —me preguntó.
Y acto seguido se hizo con el mando a distancia y me sacó los colores al pulsar
el botón que activaba el descodificador para sintonizar Sky. Para entonces
llevaba ya casi dos semanas ingresado.
La mayoría de la gente suele adelgazar en los hospitales, ya sea debido a lo mala
que está la comida o a que pierde el apetito con la enfermedad. Sin embargo, yo
había alcanzado un punto en que ya no podía perder más peso, y después de
pasarme semanas sin apenas ingerir bocado, me quedé en cuarenta y siete kilos y
medio. Así que en cuanto el dolor de estómago empezó a disminuir, empecé a
recuperar el tiempo perdido. Tuve suerte de que el menú del Cromwell no
estuviera nada mal: era mejor que algunos restaurantes en los que había comido
en su día. Y ayudó todavía más el hecho de que tuviera a varios amigos en el
negocio de la restauración; amigos que, al igual que la mayoría de la gente
creativa, tenían una imaginación desbordante.
Me quedé encantado cuando Michel, el maître de Scalini, el restaurante de
Walton Street, en Londres, apareció un día cargando una gran bolsa. Sabía que
no traía los típicos regalos de hospital, como uvas o flores; básicamente porque
parecía que hubiese algo vivo dentro de la bolsa; algo que se movía. Había traído
un par de langostas, que me enseñó antes de ordenar al personal de cocina que
las prepararan.
Un amigo de Casa Carlo, un restaurante al que me unen intereses financieros, me
trajo un día un chuletón; por no hablar de Alex, que solía aparecer con comida
cocinada en casa. Me tenían prohibido comer nada salado ni picante, lo que, por
alguna misteriosa razón, también incluía las alubias con tomate, de las que soy
incondicional. Por suerte, el chocolate y los helados no estaban prohibidos.
Siempre me habían gustado, aunque nunca hasta entonces había sentido
semejante e increíble antojo por devorarlos.
Descubrí lo mucho que me gustaban los helados Calippo; y además, Phil y Alex
se dedicaban a rastrear tiendas en busca de nuevas marcas y sabores que
pudieran gustarme, y me excitaba tanto como un niño cuando me los traían.
También empecé a mascar chicles de vino, probablemente por mi fantasía de que
pudieran contener vino realmente.
Una vez me comí un paquete entero mientras veía una película y me reservé los
más oscuros como recompensa para el final. La última vez que había hecho algo
parecido tendría unos seis años. Me los guardé debajo de las sábanas y me estaba
pegando un atracón cuando, para mi vergüenza, entró una enfermera y me pilló
con las manos en la masa. Si hubiese sido psiquiatra, tal vez hubiese concluido
que el episodio era una prueba de mi naturaleza adictiva.
Todo el mundo que haya estado ingresado durante un buen tiempo en un hospital
sabrá que esos son la clase de antojos que te ayudan a ir tirando. A medida que
me iba recuperando, el momento estelar del día llegaba cuando agarraba mi
suero, me incorporaba y salía a caminar los cien metros de pasillo que separaban
mi habitación de la cafetería del hospital.
En mis mejores días, llegaba incluso a tomar el ascensor y subir hasta el jardín
de la azotea, desde donde contemplaba el devenir de un día cualquiera en
Londres. Sin embargo, cuando llevas un tiempo ingresado, es inevitable que
empieces a sentirte inquieto y un poco deprimido. Al principio me dedicaba a ir
tachando los días como un preso, pero luego los días se convirtieron en semanas,
y no parecía que los resultados de mi recuento de células mejoraran. Y eso era
precisamente lo que necesitaba para que me dieran el alta. El doctor Williams no
tenía la menor intención de dármela hasta que el recuento hubiese mejorado
considerablemente: no iba a arriesgarse hasta que mis plaquetas hubiesen
aumentado.
Las plaquetas son las células sanguíneas más pequeñas, y su deficiencia, a la que
se conoce como trombocitopenia, puede provocar que uno se desangre hasta
morir por una brecha de nada. Y eso era precisamente lo que explicaba mi
hemorragia el día que me rasqué un grano en la pierna, antes de que me
ingresaran.
Alex y yo planeamos distintas vacaciones para animarnos —a las Barbados, a
Venecia, a Montecarlo, a todo tipo de lugares—. Sin embargo, nunca nos
decidimos a reservar ninguna. Pavarotti solía ayudarme también a pasar las
horas, ya que si leía durante mucho rato me daban jaquecas. Mis ojos emitían
semejante resplandor amarillento, que hubiese podido leer en la más absoluta
oscuridad. De hecho, empecé a leer la historia de Harold Shipman17, todo un
«subidón» de libro para alguien en mi estado, aunque al menos me reconfortaba
pensar que yo estaba en mejores manos profesionales que sus desdichados
pacientes.
Cuando a finales de abril de 2000 me dieron el alta del hospital de una vez por
todas, apenas me funcionaba normalmente una fracción del hígado. Y a pesar de
que finalmente me había librado del dolor, seguía sintiéndome como si tuviera
cien años.
Alex y yo teníamos la esperanza de irnos de vacaciones tan pronto como
recibiera el alta; sin embargo, a lo largo de las primeras semanas posteriores tuve
que visitar al doctor Williams prácticamente a diario, así que las vacaciones
quedaron descartadas. Además, estaba tan agotado que dudo que hubiese podido
llegar al aeropuerto. El mero hecho de caminar doscientos metros calle abajo
para sentarme afuera del pub y tomarme un café me cansaba horrores.
Siempre había deseado tener otro perro, y ahora que había dejado el alcohol nos
compramos un nuevo cachorro de setter pelirrojo al que llamé Red. Pensaba que
me sobraría tiempo para sacarlo a dar largos paseos; sin embargo, los días de
hacer ejercicio tendrían que esperar. Me pasaba casi todos los días
despanzurrado frente al televisor, y la mayoría de tardes me echaba una siesta.
El doctor Williams me advirtió de que la recuperación sería un proceso lento,
aunque no me esperaba que fuera, literalmente, a paso de tortuga, aunque al
menos disponía de tiempo de sobra para sentarme y pensar en cómo quería vivir
el resto de mi vida. Entre los tres —Alex, Phil y yo— habíamos más o menos
concluido que sería un suicidio regresar al circuito de charlas de sobremesa,
porque la tentación de beber sería excesiva. Claro que eso comportaría dejar un
socavón en mi agenda y mis ingresos.
En Sky TV me habían comunicado que me reincorporarían tan pronto como
estuviera recuperado, lo que significaba que tendría un sueldo fijo durante la
temporada futbolística. Sin embargo, nos haría falta más que eso para vivir,
especialmente después de que tuviera que dejarme varios meses de sueldo en
ropa nueva cuando me dieron el alta en el Cromwell. Seguía estando una docena
de kilos por debajo de mi peso habitual, y los viejos chándales que solía llevar
antes del ingreso me colgaban por todas partes.
Además, teníamos que buscar y encontrar un lugar nuevo para vivir. Alex y yo
habíamos decidido que lo mejor sería mudarse de Londres. La idea nos rondaba
la cabeza cuando leí un artículo firmado por Jimmy Greaves —que también era
un alcohólico en recuperación— en el que mencionaba que trasladarse de
Londres a Essex le había supuesto una gran ayuda para dejarlo. Como ya sabéis,
siempre había huido por patas de los problemas, aunque esta vez más que correr
lo que tocaba era cortar por lo sano.
Es evidente que cualquiera puede conseguir una copa donde le plazca. Hoy en
día se puede comprar alcohol hasta en el supermercado. Aunque la clave
consiste en huir de los antros de perdición, de interrumpir tus patrones de
comportamiento habituales e intentar construirte una nueva vida. La otra ventaja
de irse de Londres es que me libraría de la delegación de reporteros
permanentemente apostados a la salida de mi casa, todos salivando por mi
recaída.
Cuando estaba a punto de cumplir los cincuenta y cuatro años, el doctor
Williams me dio permiso para viajar al extranjero, así que Alex y yo
aprovechamos para hacer una escapada romántica a Venecia. Luego, a principios
de junio de 2000, nos fuimos a Corfú, nuestro destino habitual para las
vacaciones de verano, donde nos alojamos en un hermoso chalé propiedad de un
amigo de ambos. Teníamos las maletas preparadas, habíamos llamado un taxi
para que nos llevara al aeropuerto y estábamos a punto de cerrar la puerta de
casa, cuando sonó el teléfono.
Solemos dejar el contestador automático permanentemente activado y solo
descolgamos el auricular cuando escuchamos una voz familiar al otro lado. Así
que fue raro que tuviera la ocurrencia de descolgar el teléfono cuando teníamos
prisa por salir. Sin embargo, algo me llevó a entrar de nuevo y hacerlo. Entonces
escuché la voz de Liz Brennan, la esposa de Shay, mi viejo compañero en el
United. Se había desmayado y había fallecido mientras jugaba el segundo hoyo
del campo de golf de Cortown, en Wexford. Tenía sesenta y tres años.
Si los corredores hubiesen propuesto apostar por qué jugador del United que se
coronó campeón de Europa en 1968 moriría primero, Shay hubiese sido el
último de la lista; mientras que yo, indudablemente, la hubiese liderado. El
momento de la llamada de Liz también fue de lo más extraño, pues yo acababa
de sobrevivir a un ingreso hospitalario de ocho semanas después de haber estado
bebiendo casi hasta matarme; en cambio, el pobre Shay había caído fulminado
en un campo de golf. Todo apuntaba a que había sido un ataque al corazón.
La noticia no me puso de un humor precisamente vacacional, y menos aún
después de que lo primero que tuvimos que hacer al aterrizar en Grecia fue
encargar flores para el funeral. Pasados dos días, estaba tirado en la cama
pensando en todos los grandes momentos que Shay y yo habíamos compartido a
lo largo de los años y no podía dejar de lloriquear. Estaba llorando tanto que
desperté a Alex.
A todos los tíos nos gusta pensar que somos duros, pero la verdad es que yo soy
un auténtico blandengue. Si veo películas tristes, no dejó de llorar todo el
tiempo. Así que cuando Alex encendió la luz y vio en qué estado me encontraba,
le dije:
—Soy un blandengue de aquí te espero, ¿verdad?
—No seas tonto. Llora todo lo que haga falta —me respondió.
Entonces apagó la luz y me rodeó con sus brazos mientras mi llanto por mi gran
compañero Shay Brennan se iba apagando. Su muerte me hizo pensar en la vida
en general y en mi vida en particular, en lo mucho que había cambiado todo
desde que ambos saboreáramos las mieles del éxito con el United. Las
vacaciones, en cualquier caso, terminaron siendo un pequeño desastre. Las eché
a perder del todo cuando empecé a tener insoportables dolores en la pierna
derecha. Al llegar a casa descubriría que habían sido causados por una infección.
Antes de irnos de vacaciones, habíamos hecho una oferta por una casita de
campo cerca de casa de los padres de Alex, en Cheam, Surrey. Nos habíamos
planteado mudarnos al extranjero a algún lugar cálido como España, Portugal o
incluso Florida. Sin embargo, comoquiera que yo tenía que estar en Inglaterra
durante la temporada futbolística sí o sí, también buscamos por la isla, y la casita
parecía idílica. No obstante, nos habíamos llevado a Grecia sendos listados de
propiedades en venta y se nos pusieron los ojos como platos cuando vimos
algunas de las magníficas fincas que se podían comprar en Francia, algunas
provistas de su propio lago y de algunos acres de tierra. Y todo por el mismo
precio que la casita de campo de Surrey. No nos quedó otra que disculparnos
ante los propietarios y decidir mudarnos a Francia.
Antes de dar ningún otro paso, fuimos a darle el pésame a Liz, aunque antes de
que nos diéramos cuenta nos estábamos partiendo de risa con sus historias sobre
el pedazo de armario del que había enviudado. Shay era un irlandés en toda
regla, un amante de los placeres sencillos de la vida. Le bastaba con tener una o
dos libras en el bolsillo para que todo le pareciera perfecto. Era feliz con su
pinta, su puro y su apuesta. No era un apostador excesivo, pero analizaba los
caballos, y Liz, que era la más cauta, se aseguraba de que no despilfarrara los
ahorros con que habían regresado a Irlanda. Los había puesto a buen recaudo, y
cada día le daba un billete de cincuenta libras para sus cosas. Shay se llevaba el
periódico al pub a la hora del almuerzo y examinaba el programa del día
mientras se bebía una o dos pintas, y, de vez en cuando, se encendía uno de sus
pequeños puros. A continuación se iba derecho a la casa de apuestas.
También se había unido al club de golf de su zona y Liz estaba encantada de que
estuviera manteniendo la forma con sus recorridos de dieciocho hoyos. Sin
embargo, cuando fue a recoger sus pertenencias al club de golf y le comentó al
secretario la adoración que Shay sentía por el golf, este le respondió: «No sé,
señora Brennan, es posible que nos la colara. Raramente se le veía el pelo en el
campo».
Según parece, Shay se presentaba en el club cada día, jugaba un par de hoyos y
se retiraba a su interior; de manera que era bastante increíble que hubiese
fallecido con un palo en la mano y no con una pinta. El secretario condujo a Liz
hasta la taquilla de Shay, y en cuanto la abrieron se encontraron con una
desvencijada caja de zapatos dentro: «Me quedé de una pieza al abrir la caja.
Estaba llena de dinero. Y no solo de libras irlandesas y de billetes de cinco libras
británicas, sino que había billetes de todo el mundo, marcos alemanes, francos,
pesetas, coronas...».
Cuando lo sumaron todo, la cifra era de órdago y Liz jamás descubriría de dónde
había salido.
El doctor Williams estaba contento con mi evolución, pero a mitad de julio salí
furioso de casa tras una bronca con Alex y me fui derecho a mi viejo pub, el
Phene.
Curiosamente, no me moría por beber en ese momento, así que solo pedí un
café. Pero mientras me lo tomaba, uno de los parroquianos me avisó de que el
propietario había llamado a la prensa por teléfono para contarles que estaba en
su local. Así que salí por patas y me alejé hasta caer en la vinoteca de Dover
Street, cuyo dueño es un buen amigo que también se llama George.
George me recibió cálidamente, me preguntó cómo estaba de salud y luego dijo:
—¿Qué te pongo?
—Una botella de champán —dije instintivamente.
No había salido con la idea de beber, aunque tal vez, en el fondo, lo viera como
una manera de herir a Alex. El doctor Williams me había dejado claro que no
podía volver a probar gota. Me había dicho, literalmente: «No se trata de que
bajes el ritmo, George. Una sola copa más podría matarte». Lo mismo le dijo a
Alex. Y yo sabía que podía darle un jamacuco si se enteraba de que estaba
bebiendo de nuevo, especialmente después de todo el tiempo que había pasado
cuidando de mí, de sus esfuerzos por conseguir que lo dejara.
Había dejado atrás los pensamientos suicidas hacía años, pero ese día, cuando
salí de casa, nada podía importarme menos que lo que me pasara. Además,
después de todo lo que había pimplado, ¿cómo iba a matarme un solo trago?
Por primera vez en mi vida, ni siquiera el champán me supo bien. Sabía a rayos,
de hecho, y después de haber estado tanto tiempo sin probar gota me puse pedo
con dos copas. Así que decidí llevarme el resto de la botella a casa y ofrecérsela
a Alex en señal de paz, lo que me pareció una gran idea en ese momento. Pero
deambular por las calles de Chelsea durante dos horas agarrado a un botella de
champán no sería el mejor movimiento de mi vida, especialmente ahora que la
mitad de la prensa nacional estaba salivando por publicar esa imagen.
Para cuando llegué tambaleante a casa estaba amaneciendo y me fui
directamente a un banco del parque que daba al río para quedarme a solas un
momento con mis pensamientos. Pasado un rato me incorporé y me fui a casa, y
tan pronto como puse un pie dentro, Alex se me abalanzó corriendo y me
arrebató la botella.
—¿Cómo se puede ser tan estúpido, George? —dijo sacudiéndola en mis narices
—. ¿Cuántas te has tomado?
—Seis —le dije.
Y me fui a la cama a trompicones.
La prensa lo convirtió en carnaza, cómo no. Exageraron la historia y se pasaron
tres pueblos cuando relataron que un guardabosques me había encontrado
dormido en un banco del parque, lo cual era mentira podrida. Hubo también un
periódico que imprimió un póster jocoso de «Se busca» con mi cara, y urgían a
todos los dueños de pubs a que lo colgaran de sus paredes como recordatorio de
que no debían servirme.
Como si eso fuese a cambiar nada. Si quería un trago, nadie iba a impedírmelo:
ni mi esposa, ni mi familia, ni mucho menos la prensa. Hacía años que me
acosaban, y si algo había aprendido es que acabarían publicando lo que les diera
la gana, así que no iba a permitir que me dieran ninguna lección. Me sentiría de
lo más estúpido después, pero soy una persona impulsiva y sabía que no podía
estar completamente seguro de no volver a probar gota. Cuando los demonios
etílicos se me ponen entre ceja y ceja, soy incapaz de luchar contra ellos.
Alex y yo no tardamos en reconciliarnos. Probablemente somos como la mayoría
de parejas casadas. Nos llevamos de miedo la mayor parte del tiempo, pero de
vez en cuando uno de los dos se ofende por alguna trivialidad y todo se sale de
madre. Tampoco ayuda que ambos tengamos mal genio —una vez que saltamos
ya no hay marcha atrás— ni que seamos testarudos. Así que en lugar de que uno
de los dos asuma el rol de pacificador, nos ponemos a cuál más farruco, y el
menor incidente se transforma en la Tercera Guerra Mundial. Y luego, cuando
nos reconciliamos, volvemos a convertirnos en los amantes del primer día.
Cuando Alex y yo volvimos a tenerla en agosto, cogí un vuelo a Belfast para ir a
ver a papá y al resto de la familia. Cuando me preguntaron dónde estaba Alex les
dije: «Lo hemos dejado. Nos divorciaremos».
Yo había tenido la extraña ocurrencia de alargar mi maniobra de escapismo
indefinidamente, así que le pedí a mi hermana Barbara que me llevara a ver una
urbanización de caravanas de lujo en la playa, en el condado de Down. Tenía la
idea de comprarme una y esconderme de todo el mundo, como si existiera algún
lugar en el planeta donde pudiera hacerlo, por no hablar de hacerlo en Irlanda del
Norte.
Tenía una empanada mental de órdago, pero al ver la caravana y reencontrarme
de nuevo con el campo irlandés (que prácticamente no había visitado desde que
era niño) me entró la morriña. Así que unos días más tarde, cuando me reconcilié
con Alex, le pregunté:
—¿Qué te parecería si nos mudáramos a Irlanda del Norte? Hay algunos lugares
preciosos cerca de casa de Carol.
Al principio se quedó un poco sorprendida, pero luego dijo:
—Si eso te hace feliz estoy dispuesta a darle una oportunidad.
—Ni siquiera hará falta que vivamos allí todo el tiempo —le dije—. Es mucho
más barato, así que podríamos mantener esta casa.
Alex había crecido en el campo y le estimulaba la idea de disponer de tierra
donde tener caballos. A mí, pese a todo, me seguía preocupando ligeramente qué
sería de ella. Alex es hija única, y yo no tenía muy claro que estuviera preparada
para vivir en un lugar tan remoto.
Vimos un par de casas, pero no eran exactamente lo que buscábamos. Sin
embargo, un día, mientras conducíamos por Portavogie, descubrimos una gran
casa antigua delante del mar. Estaba enclavada en mitad de una colina, de
manera que tendría unas magníficas vistas del océano.
Había un letrero de «Se vende», y ya que estábamos, pensamos que no
perderíamos nada por echarle un vistazo. Es algo que probablemente nunca
hubiésemos hecho en Chelsea. Pero estábamos en Irlanda, así que nos subimos al
coche, condujimos hasta la entrada y llamamos a la puerta. El anciano
propietario estuvo encantado de enseñarnos la casa. La decoración no nos gustó,
pero era una gran finca de cuatro habitaciones, y ambos advertimos su potencial.
Volvimos para darle una última ojeada, aunque para entonces ya estábamos
decididos a comprarla. Además, nos entendimos superbien con el viejo. Nos
contó que era un viejo pescador, aunque tenía más pinta de ser el dueño de la
flota entera, porque saltaba a la luz que no iba corto de dinero, como bien
demostraba el precioso y antiguo Rolls-Royce que tenía en el garaje.
Compramos la tierra por un módico valor de dos libras, y la finca por una
cantidad bastante más elevada, sin saber todavía muy bien cómo íbamos a
repartir nuestro tiempo. No teníamos claro si quedarnos a vivir en Chelsea y
utilizar la casa para pasar largos fines de semana o viceversa. Pero a partir de
agosto empezamos a pasar cada vez más tiempo en Irlanda, donde nos pusimos a
rehabilitar la casa. Tuvimos que empezar prácticamente de cero en cada
habitación, y a medida que la finca pasaba de ser una cueva a convertirse
primero en un hogar y luego en un hermoso hogar, la idea de ausentarnos la
mayor parte del tiempo se nos hizo insoportable.
Finalmente decidimos alquilar nuestro apartamento en Chelsea y en enero de
2001 nos trasladamos a Portavogie permanentemente. Desde entonces, hemos
convertido la casa en nuestro hogar ideal y hemos transformado el garaje en una
sala de billar, provista de una mesa de tamaño reglamentario y un bar en un
extremo.
Papá y Carol, que vive literalmente a dos minutos de él, estaban encantados,
como no podía ser de otra manera, ya que a partir de entonces podríamos vernos
a diario si así lo queríamos y recuperar el tiempo perdido después de tantos años
viviendo lejos de Irlanda. Nuestro perro, Red, también adoraba la casa porque
disponía de kilómetros para corretear, mientas que para Alex y para mí parecía la
solución ideal, ya que el vuelo de Belfast a Londres apenas duraba una hora. Yo
podía volar sin problema para cumplir con mis compromisos con Sky TV, y
cuando nos quedábamos a pasar un fin de semana largo en el apartamento de
Chelsea Alex tenía tiempo de visitar a su familia y quedar con sus amigas.
A mí me sigue preocupando que Alex no tenga suficientes cosas que hacer en
Portavogie, ya que es un pueblo muy pequeño, pero se lleva bien con todo el
mundo y los vecinos la adoran. Un par de ellos me comentaron que les
preocupaba con qué se encontrarían. Según cuentan, las esposas de celebridades
tienen tendencia a ser víctimas de delirios de grandeza. Pero Alex nunca me ha
visto como a George Best, la superestrella, sino como a mí mismo.
Después de la recaída que padecí en Londres, me apreté las tuercas y me dije que
tenía que mantenerme seco. Sin embargo, solo un alcohólico sabe lo duro que es
prescindir de la bebida y no había día que pasara que no pensara en beber: era
durísimo. Nunca me ha hecho falta ninguna excusa para empinar el codo, pero
después del largo tratamiento al que me había sometido y de toda la ayuda que
recibí, todo apuntaba a que esta vez necesitaría encontrar una excusa, por muy
peregrina que fuera, para tomarme una.
Así que un sábado por la noche, mientras viajaba en el automóvil que me llevaba
al aeropuerto de Gatwick para regresar a Irlanda después de participar en el
programa de Sky, me descubrí diciéndome: «Ha sido un día muy largo y me
merezco realmente un trago». En cuanto llegué al aeropuerto me fui directo a la
sala VIP y me serví una generosa copa de vino tinto.
Solo me tomé una, lo que no podía resultar tan nocivo. El problema es que me
hizo sentir como si hubiese encontrado la manera de burlar el sistema,
especialmente después de que el doctor Williams me dijera que una sola copa
podía acabar conmigo. E inevitablemente, después de haberlo burlado una vez y
salir indemne, empecé a hacerlo con bastante regularidad, y en ocasiones me
pimplaba más de una. Ni siquiera se trataba de que necesitara sentir los efectos
del alcohol o quisiera emborracharme. De hecho, no quería emborracharme.
Creo que era producto de mi vena rebelde, de mi ramalazo travieso. Creía que
estaba siendo un listillo, un poco a la manera del colegial desobediente, que hace
algo que se supone que no puede hacer y se sale con la suya.
Claro que con Alex no hay manera de que me salga con la mía. Llevamos juntos
lo suficiente para que sepa cuándo me he tomado una sin necesidad de que
pierda el equilibrio o arrastre las palabras.
Teniendo en cuenta que gran parte de mi hígado está permanentemente dañado,
no hay que ser un genio para saber cuáles serán las consecuencias de un
consumo prolongado. Sé que la gente pensará que soy un perfecto egoísta por
contemplar siquiera la posibilidad de volver a beber, sobre todo después de haber
estado tantas veces en tratamiento. Jim Baxter, el exfutbolista escocés que murió
en 2000, recibió mensajes de odio tras proclamar que seguía tomándose su copa
de vino de vez en cuando después de haber sido sometido a sendos trasplantes de
hígado. La gente normal, o sea, los que no tienen un problema con la bebida,
tomaron a Baxter por un chiflado y un desagradecido. Pero yo le entendía. Mis
problemas personales me habían llevado a contemplar el suicidio; pero si
además de eso hubiese tenido que convencerme realmente de que jamás volvería
a beber, es probable que me hubiese quitado la vida. Es la prueba de que mi
cabeza no funciona como la de una persona sana. Mi lógica decía: ¿por qué no
arriesgarme a tomar un par de copas? Especialmente después de haberme
tomado ya unas cuantas sin ninguna consecuencia que lamentar.
Mi alcoholismo me ha costado también quedarme con un sistema inmunológico
muy castigado, lo que se traduce en que soy más propenso a las infecciones
virales y las enfermedades que el resto del mundo. Así que cuando en febrero de
2001 tuve un resfriado y empecé a toser, me costó horrores superarlo. Tampoco
es que estuviera en plena forma, en cualquier caso, así que no le di demasiadas
vueltas y me limité a tomar las medicinas para el resfriado que te venden en
cualquier farmacia. Hasta que un día que me llevé a Red de paseo a la playa nos
pilló una tormenta monumental y regresamos a casa empapados. Me metí en la
bañera y luego me sequé, pero no podía parar de toser y empecé a quedarme sin
aire. Daba bastante miedo, así que no me resistí cuando Alex dijo: «Te voy a
llevar al médico».
El doctor me examinó y me pidió hora en un hospital para hacerme unas
radiografías. Y tan pronto como obtuvieron los resultados me ingresaron. Había
contraído una neumonía. En mi línea habitual, vaya: no podía contraer un
resfriado normal y corriente. No solo no era un simple resfriado, sino que era
una neumonía; y no solo una simple neumonía, sino una bronconeumonía, que
presentaba una acumulación de líquido en los pulmones que los médicos no
conseguían drenar. Durante los primeros días tuve que llevar una mascarilla de
oxígeno para respirar.
Tenía una habitación privada en el hospital, aunque no tenía nada que ver con el
nivel del Cromwell. Y para colmo, la gente de Belfast ignora el significado de la
palabra privacidad. Todo el mundo intentaba meterse en mi pabellón cada cinco
minutos, ya fueran otros pacientes o los familiares que les visitaban, que querían
mi autógrafo, hacerse fotos o lo que fuera. Sin embargo, el segundo día Phil tuvo
una charla con la gerencia del hospital y pusieron a un guardia de seguridad en la
puerta para detener el tráfico. Y una vez más, tarjetas, flores, libros de autoayuda
y panfletos religiosos empezaron a lloverme de todo el mundo.
Michael Parkinson y Jimmy Tarbuck me llamaron, y también lo hicieron algunos
amigos de Manchester, como Waggy y Colin Burne. Pero cuando Alex Higgins,
que estaba luchando contra un cáncer, llamó a Phil para decirle que quería
verme, Phil le dijo que las visitas no estaban permitidas.
Yo solía encontrarme con Alex por Manchester de vez en cuando, pero nunca
fuimos exactamente lo que se dice amigos. Nunca he sido un enamorado de la
gente propensa a preguntar las imperecederas palabras: «¿Sabes quién soy?». Y
estaba cansado de escuchar a Alex pronunciarlas. Mi experiencia es también que
se pone un poco agresivo cuando está borracho, exactamente lo contario que yo.
Yo no tenía ningunas ganas de verle. Pero un día se abrió la puerta de mi
habitación y Alex asomó la cabeza
Tenía un aspecto absolutamente cadavérico después de su operación de garganta
y llevaba una bufanda anudada al cuello, presumiblemente para ocultar la
cicatriz. Tenía mucho peor aspecto que yo. Nos saludamos y entonces cogió una
silla, se sentó a mi lado y dijo:
—Dame la mano.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Te voy a leer la palma —me dijo.
Si hay una persona en el mundo que no necesito que me dé ningún consejo o me
diga qué me va a pasar, esa es Alex Higgins. Claro que Alex es también un
personaje persistente, e insistió en ofrecerme su «lectura». Me agarró la mano y
me dijo que me darían el alta en pocos días, que viviría hasta los ochenta años y
que no me pasaba nada malo.
Dos semanas después de que me dieran el alta volvía a estar confinado en casa,
sentado, taciturno y pensando en beber. Al final, no tardé demasiado en empezar
a preguntarme: «¿Cuál es el sentido de seguir viviendo si no puedo tomarme un
trago?». Y conduje hasta mi pub habitual.
O sea, es mi pub habitual porque llevamos yendo a comer allí desde que
llegamos a Portavogie. El problema es que hasta entonces solo me habían visto
beber té y refrescos. Francis, el propietario, no parecía muy seguro de qué hacer
cuando le pedí una copa de vino, pero me la sirvió de todas formas. Alex montó
en cólera cuando se enteró y apareció enfurecida en el pub para llevarme a casa.
Pero yo no estaba de humor para que nadie me dijera lo que tenía que hacer, así
que me dejó allí.
Tuvimos una bronca cuando regresé a casa, y al día siguiente nos reconciliamos,
me disculpé y le dije que no volvería a pasar. Pero ha sucedido unas cuantas
veces desde entonces, y tanto Francis como el resto de personal del pub han
aprendido a lidiar con la situación. Desde el punto de vista de Francis, él no es
nadie para impedir que alguien beba y sabe que si no me sirve me iré a otro sitio,
donde estarán encantados de atiborrarme de tanto alcohol como quiera. Francis
procura mantener mi consumo bajo mínimos y si cree que no estoy en
condiciones para conducir se encarga de llevarme él, y también ha acompañado a
Alex al volante para intentar localizarme cuando he desaparecido durante un par
de días sin dejar rastro.
Poco después de que saliera del hospital, Alex y yo fuimos a pasar un fin de
semana a Londres, y después de otra bronca acaloradísima regresé a Irlanda solo.
Me fui a ver a papá después de bajarme unas cuantas, aunque no pareció darse
cuenta. Pero Carol estaba allí y supo que había bebido.
Al día siguiente, un sábado por la mañana, Carol se dejó caer por mi casa.
—George —me dijo—. ¿Qué está pasando? ¿Estoy volviendo a conocerte tantos
años después solo para perderte de nuevo?
Intenté fingir que no sabía de qué me estaba hablando.
—No me voy a ningún sitio —le dije.
—Si sigues bebiendo como lo haces, no durarás demasiado entre nosotros.
Recuerda que ya se llevó a mamá.
—Vaya, lo de mamá fue de la noche a la mañana —dije.
—No, George, no fue de la noche a la mañana —me respondió—. Tú no estabas
aquí, pero nosotros sí y tuvimos que vivir con ello día sí, día también, durante
años. Y fuimos testigos de lo que es capaz de hacerle el alcohol a una persona,
de cómo puede cambiarla. Y no queremos ser testigos de lo mismo contigo.
Para marzo de 2001 mi alcoholismo volvía a estar en caída libre y Alex estaba al
borde de tirar la toalla. Yo me pasaba una semana o dos sin beber, pero entonces
me entraban muchas ganas de hacerlo, y no me refiero a las ganas que le entran a
una persona normal. Para mí, las ganas son irresistibles. Sé que soy incapaz de
dejarlo, y llevaba tiempo deseando que las investigaciones médicas encontraran
alguna solución para las ansias de beber.
El doctor Williams me dio algunas pastillas para rebajar el ansia, que me
vinieron bien durante un tiempo, y hasta me incrementó la dosis cuando le dije
que mis ganas seguían estando ahí. Sin embargo, deseaba seguir bebiendo, así
que empezamos a considerar la posibilidad de que me cosieran pastillas de
Disulfiram al estómago una vez más, aunque solo fuera como solución a corto
plazo. Sin embargo, la primera vez que me las cosí terminé pasando por una
operación de cirugía plástica, así que no estaba del todo seguro. Por no hablar de
que si te da por beber cuando te las han cosido, la puedes palmar.
Alex no quería empujarme a hacer nada, porque sabe que es una estrategia que
suele producir en mí el efecto contrario. Pero yo sabía que estaba rezando y
deseando que aceptara el Disulfiram. El mayor riesgo del Disulfiram era, por
supuesto, que me pegara la gran juerga sin pensar y terminara matándome.
A pesar de todo, teníamos cita para ver al doctor Williams en Londres a primeros
de abril, para un chequeo general. Estábamos sentados en su despacho,
discutiendo de todo un poco, cuando le sonó el busca, se ausentó a toda prisa
para ver a alguien y nos dejó allí sentados a los dos. Cualquiera sabe lo raros que
pueden hacerse esos momentos de espera en un hospital, incluso para una pareja
casada, pero yo ya había tomado mi decisión.
—Cuando el doctor vuelva le pediré que me dé Disulfiram.
Y la carita de Alex se iluminó como si todos sus deseos se hubiesen cumplido de
golpe.
—¿Estás seguro, cariño? —me preguntó—. Genial, entonces. Yo tengo claro que
será lo mejor.
La terminología médica se refiere a la intervención como «implantación de
Disulfiram», y yo tenía que ver al doctor Graham Lucas, facultativo en
psiquiatría en el Hospital del Priorato de Sturt, en Surrey, para que dictaminara si
reunía las condiciones necesarias para entrar en tratamiento. Al final, escribió al
doctor Williams y le dijo lo siguiente:
He visto a George hoy, primero solo y luego con su incondicional, y
comprensiblemente preocupada, esposa Alex. George se ha mostrado coherente,
racional y capaz de referirse objetivamente a su excesivo consumo de alcohol.
Su estado de ánimo es adecuado y sus funciones cognitivas satisfactorias, su
percepción está intacta y no hay ninguna evidencia de negación. No obstante,
reconoce cambios drásticos de humor, que Alex percibe como situaciones de
riesgo. A pesar de su genuino interés en mantenerse abstemio, el riesgo de
comportamiento impulsivo sigue estando presente, como los dos reconocen sin
tapujos. Sin embargo, ambos entienden perfectamente que el riesgo físico es
potencialmente fatal si el consumo de alcohol continua. En consecuencia, y
dadas las circunstancias, el procedimiento de implantación de Disulfiram está
plenamente justificado. Ambos entienden las potenciales fatales consecuencias
del consumo de alcohol una vez realizada la susodicha implantación. En
cualquier caso, la decisión depende ahora completamente de George, y
presionarlo sería a todas luces contraproducente.
Me pareció una forma justa y honesta de sintetizar mi situación y la de Alex, y a
pesar de que el programa de rehabilitación del Priorato no me entusiasmaba en
absoluto, me avine a aceptar las condiciones que el doctor Lucas había
estipulado por escrito.
Capítulo diecinueve
Mantenerse ocupado
EL PRIMER IMPLANTE DE DISULFIRAM me lo cosieron en abril del año
pasado y desde entonces ni me ha apetecido ni he recurrido al alcohol, aunque la
verdad es que también me están administrando unas pastillas que ayudan a
combatir las ansias de beber. La intervención es de lo más sencilla, y a pesar de
que te duele el estómago durante los dos primeros días, lo tolero sin mayores
problemas. Al principio había elucubrado que, transcurrido un año desde la
implantación, estaría lo suficientemente fuerte como para mantenerme alejado de
la bebida por mí mismo, pero finalmente he preferido no jugármela y me sigo
sometiendo a la implantación cada tres meses.
De hecho, ahora soy yo quien debe recordarle al doctor Williams cuándo me toca
la siguiente tanda. Los comprimidos cosidos pueden durar hasta seis meses antes
de disolverse por completo, pero he concluido que en mi caso es mejor hacerlo
cuatro veces al año; simplemente para asegurarme el tiro. Estoy absolutamente
resuelto a no volver a recaer. Y eso significa que mi padre, hermanas y hermano,
mi hijo Calum y, sobre todo, Alex están felices. Suena un poco raro escribirlo
así, pero la verdad es que le he pillado realmente el gustillo a la intervención. En
cuanto empiezo a sentir los efectos de la anestesia y me voy quedando
inconsciente, escucho las voces de las enfermeras diciéndome que recuerde algo
placentero. Siempre me imagino una inmensa hamaca colgada entre dos
palmeras. Por desgracia, a pesar de que intento alcanzarla lo más deprisa posible,
los anestésicos actúan tan rápido que todavía no he logrado encaramarme a ella.
Haber dejado la bebida también ha hecho maravillas en mi salud. Mi recuento de
células ha aumentado y la ictericia ya no está tan mal; hasta la hinchazón de mis
pies ha disminuido, a pesar de lo que un presunto periodista escribió
recientemente sobre mí. Ted Macauley era un amigo, o al menos eso es lo que
creía yo. Sin embargo, ha publicado algunos artículos en los tabloides ingleses
en los que afirma que cojeo pesadamente, que mis piernas están deformes y
grotescamente retorcidas y que mis pies están tres veces más hinchados de lo
normal. Es posible que ya no esté de tan buen ver como en los setenta, pero todo
lo que ha publicado no es más que una sarta de memeces. Curiosamente,
Macauley no se ha atrevido a llamarme últimamente; me pregunto por qué será.
¿Tal vez tenga mala conciencia? Sea cual sea el motivo, espero que siga igual de
calladito. Ni me olvido ni perdono.
En realidad, todo ha mejorado salvo mis niveles de energía. Todavía me sigo
despertando con náuseas algunas mañanas, aunque ahora solo me pasa alrededor
de una vez a la semana. En abril del año pasado era el pan nuestro de cada día.
Sin embargo, recuperar mis fuerzas me está costando Dios y ayuda; me está
llevando mucho más tiempo del que pensaba. Todavía necesito descansar y
dormir mucho. El doctor me advirtió de que la cosa iba para largo; y ya ha
pasado un año desde que dejé de beber. Ahora, en lugar de bajarme cócteles de
champán, tengo que tragarme un cóctel de pastillas. Mi consumo diario incluye
pastillas para mejorar la circulación, para impedir la retención de líquidos, para
coagularme la sangre como es debido y para evitar que se me revuelva el
estómago, por no hablar de las pastillas para suprimir mis ansias de
emborracharme.
Haber estado tan débil ha significado que me haya visto obligado a pasar mucho
más tiempo con el doctor Williams en Londres del que, creo, ninguno de los dos
hubiese deseado. También ha significado que, tan pronto como dejamos la casa
de Portavogie como queríamos, empecé a pasar cada vez más tiempo lejos de
ella. Nuestro plan de huir de Inglaterra estaba yéndose al garete. La casa en
Irlanda estaba destinada a ser LA CASA, nuestro sueño; sin embargo, un año y
miles y miles de libras después, nos dimos cuenta de que nunca sería el hogar
ideal que nos habíamos imaginado.
Era un refugio idílico delante del mar, y me brindaba la oportunidad de estar
cerca de mi familia. Pero el viaje de ida y vuelta cada sábado para trabajar de
comentarista para Sky me llevaba catorce horas, que era más o menos el mismo
tiempo que tardaba en ir y volver de mis chequeos médicos. Era un infierno, y
no precisamente la clase de actividad que un hombre con mi salud debería estar
haciendo dos veces por semana. Y para acabar de rematarlo, estábamos tan
alejados del mundanal ruido que a Alex le llevaba prácticamente un día entero ir
al supermercado «del barrio»; y cada vez que se olvidaba de comprar algo se le
caía el mundo a los pies. Y luego estaba el clima. Mi memoria de los veranos era
de mucho calor, pero la realidad era que en julio y agosto teníamos que dejar la
chimenea ardiendo permanentemente. Creo recordar que hubo un día de sol. Y
recuerdo que ambos pensamos: «¡Genial, empieza el verano!». Nuestro vecino
no tardó en ponernos en nuestro sitio.
«¿De qué estáis hablando? El verano es HOY», fue lo que nos dijo. Hacía un frío
descomunal, y ahora que me había quedado en los huesos, el viento me partía
por la mitad. Prácticamente, me bastaba con poner un pie fuera de casa para
contraer cualquier afección.
Así que la realidad fue que Alex y yo nos pasamos gran parte del año pasado
alojados en casa de sus padres, en Surrey. Tenía sentido, y la verdad es que
Adrian y Cheryl son una pareja fantástica, aunque no era una solución que nos
hiciera felices. Al final, decidimos trasladarnos de nuevo a Inglaterra. En mi
familia se quedaron todos bastante hechos polvo; o eso, o interpretaron la mejor
obra teatral de la historia. Aunque la verdad es que sabían lo costoso que nos
estaba resultando.
Alex apostó por que buscáramos casa en Surrey. Allí es donde creció y, como ya
he dicho, donde viven Cheryl y Adrian. Quería estar cerca de ellos, aunque no
demasiado cerca. Y no me cabe duda de que estaban cansaditos ya de nuestras
caras. Llevábamos meses instalados allí: finales de verano, otoño, Navidades,
Año Nuevo. Eran los anfitriones perfectos y tenían paciencia de santos. No estoy
seguro de que yo la hubiese tenido.
Y por si fuera poco, se encargaron de que Navidades y fin de año fueran
superdivertidos. Pasamos ambas fechas en familia. La hermana de Alex y su
novio y la abuela estaban allí. Y yo acababa de volver de Irlanda después de
visitar a toda mi familia. Para mí, la Navidad siempre tiene que celebrarse por
todo lo alto. Me encantan las lucecitas, el árbol y los regalos. Me pirra la
celebración entera. En Nochebuena dejamos una copa de vino tinto y las clásicas
tartaletas de frutas para Papá Noel y una zanahoria para Rudolph. Al terminar
nos fuimos todos a la cama. En cuanto nos despertamos, lo primero que hicimos
fue recoger nuestros regalos al pie del árbol. La mejor parte fue ver a los perros
haciendo trizas los envoltorios de los suyos. Era como ver a niños pequeños:
estaban sobrepasados por la excitación. Red se volvió majara. Vimos además un
montón de televisión, jugamos al Trivial Pursuit sin parar y nos pusimos las
botas.
Cuando se trata de jugar Trivial, Alex y yo somos la caña. Sin embargo, el resto
de la familia se las ingenia siempre para impedir que ganemos. Lo hacen con la
vieja estrategia de convertir la partida en un caos. Se ponen a gritar todas las
respuestas hasta que llega un momento en que tenemos que abandonarla.
¡Todavía es hora de que nos dejen ganar una! A medianoche brindamos con una
copa —un refresco en mi caso—. Y pasada la medianoche me puse a hacer las
llamadas de rigor a mi padre, hermanas y hermano; y a Calum, que estaba
pasando las fiestas con su madre en Los Ángeles. Y cuando terminé me arrastré
hasta la cama —la pálida sombra de lo que fui—, ya que me tocaba presentar
programa en Sky a la mañana siguiente. Alex y el resto se quedaron despiertos
hasta las tantas, seguro que no haciendo nada bueno.
Por alguna razón, 2001 no sería el mejor año para nuestra relación. Mi neumonía
y darnos cuenta de que teníamos que dejar la casa de Irlanda fueron momentos
de profunda desdicha. No obstante, hacia finales de año las cosas empezaron a
enderezarse. En noviembre rodamos un anuncio televisivo navideño para Marks
and Spencer y yo empecé mi flamante carrera como periodista. Debo admitir que
no soy partidario de ver a famosos vendiendo la moto en anuncios. Gran parte
del negocio consiste en engañar al público. Sin embargo, cuando Marks and
Spencer nos propuso hacerlo, a mí me faltó tiempo para decir «sí». Marks ha
sido el único e incomparable negocio donde he comprado mis calzoncillos y
calcetines a lo largo de los últimos cuarenta años, y sus pantalones siempre me
han quedado como guantes sin necesidad de dobladillos ni remiendos. Cuando
comenté a los directivos de la firma lo fanático que soy de sus productos, me
parece que se creyeron que me estaba mofando de ellos. Al final, sin embargo, se
dieron cuenta de que hablaba en serio, y cuando terminamos el rodaje me
honraron con un fajo de camisas, chaquetas y pantalones, a modo de aguinaldo.
A Alex no le fue tan bien: solo se llevó un top. Pero fue un gesto conmovedor, y
pensé que ya era hora de que me llevara yo los regalos: normalmente es ella a
quien se lo dan todo. Pese a todo, no contenta con el resultado, Alex se pasó un
día entero de compras en King’s Road para ser compensada por su «déficit», en
palabras suyas.
A principios de noviembre también, empecé a redactar mi columna semanal en
el suplemento Night & Day, que venía encartado en el Mail on Sunday, y ahora
me lo paso mejor escribiéndola que un niño en una tienda de golosinas. Hay
quien pensará que no hay nada que me ponga tanto como hablar de mí mismo y
despotricar. ¡Y no les falta razón! Siempre he sido un dogmático cabronazo, así
que ahora es todo un placer cobrar por ello. Pero, hablando en serio, es
realmente genial disponer de semejante plataforma, y espero no decepcionar
nunca a mis lectores. Nunca me callo nada, siempre digo lo que pienso sin
tapujos. Las reacciones han sido asombrosas. La esposa de Mike Summerbee me
dijo hace poco: «Me encanta leer tu columna de opinión porque dices cosas que
todos queremos decir pero no nos atrevemos». Por su parte, Barbara Windsor
opina: «Es lo primero que hago cada domingo. Me muero por leerla».
También es un motivo de orgullo haber demostrado que sigo siendo capaz de
defender cualquier tema que me proponga ante todos los que venían
proclamando que tantos años pimplando me habían dejado el cerebro marinado
en alcohol. Y además, me queda el consuelo de saber que al menos todavía
queda un bastión en la prensa donde lo que se escribe sobre mí es verdad.
Muchos de los ríos de tinta que siguen corriendo en mi nombre solo contienen
disparates, por decirlo educadamente.
Pese a todo, me temo que, al principio de mi colaboración, los editores de Night
& Day se llevaron un susto de aúpa. Transcurridas solo tres semanas creían que
estaba en las últimas. Hubiese sido la carrera más breve de un columnista de la
despiadada historia de Fleet Street18. Resulta que me había ido a Chipre con
Alex de viaje de negocios. Al terminar, nos tomamos unos días de vacaciones. El
primero fue bien, pero la segunda mañana, en cuanto desperté, tenía una fiebre
del copón y un punzante dolor de cabeza. En cuestión de segundos empecé a
convulsionar y a temblar. La cosa iba a peor y Alex estaba cada vez más
asustada. Para ser honesto, también a mí se me pusieron de corbata.
El hotel contaba con un doctor de guardia en plantilla, y gracias a algún
insondable designio del destino, conocía al doctor Williams. Así que ambos se
pusieron a hablar por teléfono, intercambiaron opiniones durante un rato y
concluyeron que había que ingresarme inmediatamente en cuidados intensivos.
Me pasé allí cuatro días, entubado hasta las orejas, con plástico asomándome de
los lugares más insólitos de mi anatomía, y con gente montando escándalo a mi
alrededor sin parar. Me sometieron a toda suerte de pruebas y escáneres, además
de hacerme una transfusión de sangre. No eran las vacaciones que me había
imaginado, pero teniendo en cuenta los pros y los contras, no podía haber estado
en un lugar mejor. Finalmente, el médico dictaminó que tan solo se trataba de
una infección: circulaba una pasa y la había pillado.
Y, cómo no, la infección se convertiría en la comidilla de la prensa. Una de tres:
o ya estaba muerto o me estaba muriendo o tenía sida. Parecían desesperados por
que estirara la pata. Estar atrapado en un hospital con la prensa acampada afuera
es estresante de narices. No era exactamente lo que más necesitaba cuando tenía
las defensas por los suelos. Me molestó mucho, especialmente por el calvario
que hicieron pasar a las doctoras y los enfermeros del hospital. Un periodista
infame se atrevió a llamar para insinuar que había dado positivo por VIH. Esto
es lo que le dije al pedazo de escoria que estuvo agobiando a los trabajadores del
hospital con semejante sarta de sandeces: «Tuve VIH hace un par de años, pero
me parece que te equivocas de virus. El mío era más un caso de “Elevado
Consumo de Vodka”19. ¡Sinvergüenza!».
Después de ponerlo a caer de un burro, fue bastante simpático leer mi
necrológica. Por si fuera poco, también me sirvió como inspiración para escribir
mi propio panegírico, que publicaría en mi columna de opinión poco después.
Aquí os dejo una pequeña muestra:
Para mí, lo más importante en esta vida son mi esposa, mi hijo, mi familia y mis
amigos. Sé que a algunos os sonará sentimentaloide, pero lo digo desde lo más
hondo de mis entrañas. Este último año me ha brindado una segunda
oportunidad, una segunda oportunidad en la vida. Todo empezó el día en que me
fui derecho al hospital y le dije al doctor Williams que me implantara el
Disulfiram permanentemente.
Llegados a este punto, Alex sabía que nuestras vidas no volverían a ser las
mismas. Que mi comportamiento del pasado en el pasado se quedaría. Nunca se
lo he dicho, pero lo escribo ahora: me has salvado la vida. Alex vio lo bueno
que había en mí cuando nadie más parecía capaz de hacerlo. Y ha resistido a mi
lado lo que ninguna otra mujer en sus cabales hubiese resistido. Incluso en las
temporadas en que me despierto a diario sintiéndome fatal, le doy las gracias a
Dios. Soy un hombre inmensamente afortunado por haberla encontrado. No me
arrepiento de un solo día que he pasado a su lado.
De lo que más me arrepiento en esta vida es de no haber visto crecer a mi hijo.
Es algo que duele como ninguna otra cosa. Sin embargo ahora, cuando miro a
Calum, veo la maravillosa persona en que se ha convertido. Cada vez que
hablamos por teléfono se despide diciendo: «Te quiero, papá», que teniendo en
cuenta lo poco que me ha tenido es un gran cumplido.
A Alex y a mí nos encantaría tener hijos. Esta vez estaré por la labor a tiempo
completo. La vida me ha concedido una segunda oportunidad y esta vez voy a
cogerla por los cuernos. Sé que no dispondré de una tercera.
Siempre que mis seres queridos estén en buenas manos, la muerte no me dará
ningún miedo. Ya lo he dejado casi todo puesto a nombre de Alex, así que desde
ese punto de vista, no tendrá ningún problema. Nunca hemos hablado de mi
muerte. No creo que sea necesario. Hasta ahora me he ido recuperando
rápidamente. Pero un día no lo haré.
Y no odiaré nada tanto como tener que dejarla atrás. Esta es la primera vez en
mi vida en que estoy verdaderamente enamorado. Me quedé prendado de ella
nada más verla. Y seguir a su lado es increíble. Mis antecedentes, la diferencia
de edad, mi alcoholismo. Lo teníamos todo en contra. Pero siete años después —
que nos quiten lo bailado— seguimos juntos. Y las cosas no dejan de mejorar.
Alex tiene fuerza suficiente para hacerse cargo de la mayoría de cosas, pero
deseo y espero que encuentre a otra persona. Alguien que valga la pena y que
sepa cuidar de ella. Tiene inteligencia de sobra para distinguir a los buenos de
los malos. Al fin y al cabo, ¡me eligió a mí!
Cuando Alex lo leyó se puso a llorar. La verdad es que sí habíamos hablado de
mi muerte, pero creo que nunca antes lo había hecho tan abiertamente. Y
habíamos hablado de tener hijos; lo hablamos muchísimo. El año pasado Alex
estuvo una temporada obsesionada con el tema. Estaba preparada para hacerlo
costara lo que costara; yo en cambio estaba agotado. Una madrugada llegó a
despertarme a las tres y se puso a decir nombres: James, Alexander y Abigail
eran sus favoritos.
A decir verdad, no era solo ella. Yo tenía las mismas ganas; a fin de cuentas ese
era el plan desde que nos casamos: tener hijos cuando ella cumpliera los treinta.
Es la edad que tiene ahora, treinta años; así que, al lorito. Al principio Alex
estaba ligeramente preocupada por su salud. Había sido azafata de vuelo durante
dos años, y eso es algo que puede resultar nocivo de narices para el organismo
de una mujer. Al final se hizo todo tipo de pruebas y está perfectamente. Por
desgracia, ese no es mi caso. Supongo que podría decirse que soy impotente.
Según parece, el estado del hígado afecta al esperma, y mi recuento está bajo
mínimos.
Y pese a todo, sigue habiendo esperanza. Poco antes de regresar de Chipre, el
doctor Williams y yo decidimos que la mejor solución era un trasplante de
hígado. Era algo que llevábamos contemplando durante una temporada. La
situación no era extrema, no lo necesitaba a toda costa, pero mi sistema
inmunológico no dejaba de padecer reveses constantes debido a mi insuficiencia
hepática. Así que, llegados a este punto, concluimos que no tenía sentido intentar
seguir manteniendo la enfermedad a raya. Cada vez que me iba de viaje —
Chipre, Malta, Italia, Irlanda— parecía que estuviera a punto de estirar la pata.
La otra razón para considerar el trasplante era que, para entonces, ya llevaba
suficiente tiempo apartado del alcohol como para entrar en la lista de espera para
pacientes aptos. No estoy seguro de que hubiesen aceptado mi solicitud mucho
antes. El problema con algunos alcohólicos es que una vez que les han hecho el
trasplante creen que pueden volver a beber. Sé que es algo que preocupaba a
Alex. Temía que una vez que tuviese mi flamante hígado trasplantado me
pondría a privar a la primera de cambio. Conozco a un puñado de personas que
se pusieron a beber inmediatamente después de haber recibido el trasplante, así
que Alex tenía motivos para estar aprensiva. Si volvía por mis fueros, ninguno
de los dos sobreviviría. Y debo confesar que soy el primero en temer esa
posibilidad, así que, incluso después del trasplante, he decidido seguir
cosiéndome los comprimidos de Disulfiram en el estómago. Me siento más
tranquilo así; y es también una garantía para que Alex y el doctor Williams
duerman tranquilos.
Según comenta el doctor Williams, si me da por beber después de la operación
se verá obligado a hacer las maletas y huir del país. Sé a lo que se refiere; habrá
más de uno que pondrá el grito en el cielo cuando me sometan al trasplante.
Algunos que van de santurrones y se creen por encima del bien y del mal ya han
empezado a despotricar contra el doctor y contra mí mismo. Consideran que no
tengo derecho a un hígado nuevo porque me he destrozado el antiguo solito,
tanto por mi decisión de abrazar la bebida como por mi estilo de vida. De
acuerdo a su evangelio, no merezco una segunda oportunidad, creen que existen
otras personas que han hecho más méritos. Pero, por fortuna, el doctor ha hecho
oídos sordos a su cháchara. Sabe lo muy en serio que me estoy tomando la
recuperación permanente. No le fallaré. Ha depositado su fe en mí.
El periodista John Humphrys es uno de los que se ha ensañado conmigo. Su
columna de opinión en el Times estaba tan embarullada que no quedaba claro
qué intentaba decir realmente, más allá de una rosario de estupideces. El
alcoholismo es una enfermedad. Mi intención nunca fue convertirme en
alcohólico. Es una afección de la que ahora, con ayuda, estoy intentando
recuperarme. Creo que me he ganado mi derecho a vivir una vida normal como
cualquier otro mortal, y no estoy chupando del bote de los valiosos recursos de
la seguridad social británica, lo estoy haciendo de manera privada.
Así que ahora la cuestión es decidir la fecha. Y, a menos que surja algún drástico
inconveniente, espero y deseo que sea muy pronto; a día de hoy, llevo ya siete
meses en lista de espera. Así que el plan es ingresar, descansar un poco, tomarme
unas vacaciones y volver al trabajo en otoño.
Sé que es ligeramente ingenuo, que no basta con chasquear los dedos para
encontrar un donante. Nadie puede predecir cuándo sucederá. El hígado podría
llegar de alguien que haya fallecido o ser parte del hígado de alguno de los
familiares con quienes comparto grupo sanguíneo. Sin embargo, eso es algo que
jamás le haría pasar a ningún familiar. Es una operación muy peligrosa y podría
resultar fatal. Así que ahora estoy esperando a que aparezca el donante
adecuado, a que muera alguien para vivir yo. Hay gente que se queda lívida con
solo imaginar que lleva dentro el hígado de otra persona. No es mi caso. Mi
manera de verlo es que el donante me está haciendo un increíble regalo; me está
regalando la vida.
He oído por ahí que en breve será normal trasplantar hígados de cerdo a
humanos. Aunque debo decir que se trata de algo que nunca contemplaría. Me
parece demasiado pasado de vueltas. Caminar por ahí con el hígado de un
muerto es una cosa, pero ¿de un cerdo? No es para mí. Ahora mismo me dedico
a pasear por ahí con un busca para que los médicos me ingresen en cuanto
aparezca el donante adecuado. Así que tenemos que estar localizables las
veinticuatro horas del día, y Alex, la reina de la organización, ya tiene mi maleta
de emergencia hecha. ¡Parece que esté deseando deshacerse de mí!
Ya me han hecho todas las pruebas preoperatorias, y el personal hospitalario ya
ha examinado mi corazón, sangre y arterias con la intención de evitar cualquier
efecto secundario. El doctor Williams y el resto del equipo están muy contentos
con mis resultados. También he tenido ocasión de sentarme con el cirujano, mi
equipo médico y con gente que ya ha pasado por la operación para que me
expliquen el procedimiento de principio a fin. Si todo sale bien, debería estar
sentado en la cama en tres días y regresar a casa en cuestión de dos o tres
semanas. Y pasado un año, debería estar en plena forma; a pesar de que tendré
que pasarme el resto de mi vida medicado.
El doctor Williams hizo un trasplante hace poco y el paciente estaba andando de
nuevo una semana después, lo que aumentó mi optimismo. También he recibido
una bonita carta de una señora encantadora que ha pasado por un trasplante de
hígado. Comenta que antes de la intervención siempre estaba cansada y le
faltaba el aire. Sin embargo, desde que tiene el órgano nuevo ha saltado en
paracaídas y ha tenido un hijo. Ojalá me sienta tan bien como ella cuando haya
pasado todo.
Naturalmente, siempre cabe la posibilidad de que la operación no salga bien. Las
posibilidades de éxito son del ochenta por ciento. No me he mortificado
pensando en el peor de los caos. Para mí, el secreto del éxito siempre ha
consistido en pensar en positivo. Es algo en lo que creo a ciegas. Mi forma de
verlo es que si me pongo negativo disminuiré las posibilidades de éxito, como
mínimo, en un cinco por ciento, hasta reducirlas al setenta y cinco por ciento.
Sin embargo, si sigo pensando en positivo incrementaré las posibilidades en otro
cinco por ciento, hasta llegar al ochenta y cinco. Así que toda mi concentración
está puesta en resurgir de mis cenizas; y en observar la cara de Red cuando vea
que finalmente soy capaz de levantar el culo de la silla y hacerle dar vueltas al
jardín hasta agotarlo.
Por desgracia, estar a la espera del trasplante ha provocado que haya tenido que
cancelar el evento benéfico que iba a presentar conjuntamente con el doctor
Williams en Marbella para recaudar fondos para la Fundación para la
Investigación del Hígado del Reino Unido. Ya conseguí recaudar cincuenta mil
libras tras organizar una cena benéfica en Old Trafford, y esperaba recaudar otras
doscientas mil en Marbella con un evento que iba a incluir una velada y un día
de golf con famosos. No he desistido de hacerlo. Pero en vista de las
circunstancias, tendrá que ser un poco más adelante, cuando esté en condiciones
de obligar a la gente a rascarse los bolsillos.
Esperar para el trasplante también se ha traducido en que he tenido que renunciar
a cualquier plan de asistir al Mundial de fútbol de 2002 en Japón y Corea del
Sur, lo que ha sido un buen mazazo. Tenía muchas ganas de ver jugar a
Inglaterra y a la República de Irlanda. Creo que ambas tienen posibilidades de
superar la fase de grupos, y quería estar ahí para presenciarlo. En cualquier caso,
todo el bombo que se le está dando a Inglaterra me parece ridículo. La selección
cuenta con buenos jugadores, pero cada vez que hay un torneo todo el mundo
deposita en ellos unas expectativas exageradas. Convendría ser un poco más
realista con el talento de los equipos de casa, y no estaría de más advertir la
calidad que atesoran selecciones como Francia y Brasil. Y respecto a Irlanda, la
verdad es que ahora que se han quedado sin Roy Keane el equipo es la mitad de
lo que era. Pese a todo, Mick McCarthy hizo lo que tenía que hacer cuando le
expulsó de la concentración20. Probablemente comparto la mayoría de quejas de
Roy, pero solo puede haber un míster en un equipo de fútbol, y no era él. Roy no
tiene pelos en la lengua, lo que me encanta, pero en ocasiones habla más de la
cuenta. Tiene que aprender a cerrar el pico. Se pasa de la raya. La forma en que
se metió con sus compañeros del Manchester United a finales de la temporada
pasada, cuando declaró en público que no lo estaban dando todo, era pura y
llanamente una estupidez. Todos los jugadores que compiten a ese nivel lo dan
todo, y lo que dijo Roy fue insultante, la clase de comentario que no ayuda a
fomentar la moral del equipo. A veces creo que todos necesitamos tomarnos un
respiro, sentarnos y observarnos a nosotros mismos. En el partido del United
contra el Arsenal de final de temporada, Roy no hizo nada. Fue el único jugador
que no hizo un buen partido. Y me sabe muy mal señalar que cuando el
Manchester United ganó el triplete, Roy no jugó. Dicho lo cual, apuesto a que
los diablos rojos arrasarán en la temporada 2002-2003. Tienen el orgullo herido
y estarán ávidos de venganza. Los jugadores y Fergie tienen algo que demostrar.
Alex y yo encontramos nuestra nueva casa a finales del año pasado y nos
mudamos rápidamente en enero de 2002. Fue un gran alivio hacernos de nuevo
con nuestras cuatro paredes, y rehacer la casa nos ha ayudado a olvidarnos del
inminente trasplante. Llevábamos demasiado tiempo pensando únicamente en la
operación, lo que nos volvió un poco locos, qué duda cabe. Pero hablar de
cortinas y moquetas nos ha devuelto al mundo real; aunque solo sea a uno
plagado de textiles para el hogar.
Alex se enamoró locamente de Flint Barn tan pronto como vio la casa. ¿Yo? Yo
puedo vivir en cualquier sitio mientras disponga de una televisión y una cama.
Curiosamente, Flint Barn se parece bastante a la casa de Portavogie. Es un
antiguo granero rehabilitado, con un montón de terreno para los perros y los
caballos de Alex, su nuevo hobby. Llevamos instalados ya siete meses, aunque la
sensación es que llevamos aquí toda la vida. Alex se pasa el día cocinando y yo
me paso el día echando leña a la gran chimenea del salón y viendo la tele
mientras Red, nuestro setter pelirrojo, nos arrebata nuestros lugares predilectos
en el sofá, en la silla o hasta en la cama. Además de instalarnos, Alex y yo
hemos redactado innumerables listas sobre cosas que debemos hacer o comprar
antes de celebrar la fiesta de inauguración (todos los compañeros de Sky están
invitados, además de Michael Parkinson, Dennis Law, Rod Stewart, Barbara
Windsor, Gail Porter, Angus Deayton y Mohammed Al-Fayed). Nos morimos de
ganas.
La casa es perfecta. Al menos para nosotros lo es, aunque no seamos gente
difícil de complacer. Supongo que puede decirse que compramos la casa por
despecho tras la experiencia en Irlanda. La vimos y supimos inmediatamente que
era la casa perfecta. Era como estar en Irlanda, ¡pero con un clima mil veces
mejor! El precio inicial rebasaba un poco nuestro presupuesto, pero sabía que me
bastaría con convencer a Alex de que se ponga los modelitos que se compra más
de una vez para poderla pagar. Huelga decir que sigo trabajando en ese frente.
Cerramos el trato, firmamos y nos mudamos en cuestión de mes y medio. Y
desempaquetamos en un periquete. Dejamos un montón de cosas en Irlanda
porque la casa de Portavogie era mucho más grande. Le dimos a mi familia casi
todo el material eléctrico, y Barbara vendió la mayor parte del mobiliario,
mientras que hubo otras cosas, como la mesa de billar de la sala de juegos, que
dejamos para uso y disfrute de los nuevos propietarios, sean quienes sean. En
definitiva, nos quedaron muchas menos cosas por desempolvar y distribuir por la
nueva casa. Alex, su madre y su padre se pusieron manos a la obra, y yo me
dediqué a dirigir la operación desde el sofá (por extraño que parezca, ese día
pegué un bajón y me tuve que quedar descansando, mientras me servían un
sinfín de tazas calientes de té para evitar que la garganta se me secara después de
toda las tareas de coordinación que estuve ejerciendo). Fue un día duro, al menos
os puedo decir eso.
Desde entonces, me he convertido en parte integral del mobiliario del granero
principal, que hemos transformado en nuestro salón y comedor. El sol entra a
raudales por las ventanas de ambos lados y calienta la habitación de maravilla,
aunque el granero es tan grande, con suelos de pizarra y un techo de vigas alto,
que a veces, en pleno invierno, se queda un poco frío. Por suerte la chimenea es
enorme y, una vez que ha prendido, la habitación entera se queda supercalentita.
Hemos llenado el granero de un montón de muebles de madera, en su mayoría
reciclada de los coches cama de trenes antiguos. Los muebles han viajado lo que
no está escrito. Primero por Australia y luego por Sudáfrica, hasta que fueron
transformados en muebles en Irlanda, para desembarcar finalmente en Inglaterra.
Junto a la chimenea he dispuesto un pequeño altar dedicado al mar: una especie
de santuario que nos recuerde nuestra casa en Portavogie. En breve me llegará
un timón de madera de Irlanda. Todavía no se lo he comentado a mi parienta.
Alex y yo nunca seremos recordados como minimalistas. Estamos un poco más
chapados a la antigua, nos van las chimeneas y las mecedoras; o sea, las
mecedoras me van más a mí: son parte de mi homenaje al gran Val Doonican.
Alex es más de tronos. Se compró un par de madera con leones estampados hace
ya un tiempo. Yo los llamo los tronos de la Spice pija y David Beckham; aunque
me parece que los nuestros son un poquito más elegantes. O sea, digamos que les
damos dos vueltas en casi todo. En realidad los tronos son para decorar, pero a
veces nos sentamos en ellos para bromear.
Nuestra intención cuando renovemos nuestros votos —algo que planeamos hacer
poco después del trasplante— es sentarnos en ellos durante la ceremonia.
Cuando termine, mi plan es cobrar a todos los amigos que deseen probarlos
cincuenta libras por sentada: ayudará a costear la comida y las bebidas.
El granero principal parece haberse convertido en mi territorio, mientras que
Alex reivindica firmemente que la cocina es suya. Es donde vive. Se pasa el día
cocinando y viendo culebrones. Sus favoritos son EastEnders y Corrie, aunque
también es adicta a Emmerdale, Brookside y Hollyoaks. O sea que, básicamente,
es adicta a todos. Cuando no sé dónde está, me voy directo a la cocina.
Lo único que se me permite tocar allí es mi pequeño frigorífico. Es donde Alex
ha desterrado mis chocolatinas, frutas y golosinas. Lo llama mi pequeño
vertedero. La otra parte de la cocina de la que soy responsable es la vinoteca.
Tengo una buena colección, y ya sé que resultará chocante, teniendo en cuenta
que soy un alcohólico en recuperación, pero la verdad es que es tenemos una
preciosa vinoteca y no tiene ningún sentido tenerla desprovista de vino. Alex
dice que fui y la compré para fardar, pero en realidad es para ella y para los
invitados. A Alex le encanta tomarse una copa de pinot grigio muy de vez en
cuando, mientras que su padre es un amante de cualquier syrah o merlot. Tal vez
parezca que estoy tentando a la suerte un pelín demasiado, que preservar botellas
de vino delante de mis narices es una forma de crueldad autoinfligida, pero en
realidad me sentiría mucho peor si la gente solo tomara refrescos porque es lo
que hago yo. Lo odiaría. Me haría sentir profundamente incómodo. Tengo una
adicción y, en última instancia, estoy aprendiendo a convivir con ella. No voy a
fingir que el alcohol no está ahí. Está en todas partes, de manera que sería
ridículo evitarlo. En cualquier caso, comoquiera que es solo para invitados, ¡a
día de hoy solo compro vino barato!
Siempre he sido un amante del coleccionismo. Ya sea vino, ositos de peluche,
sellos, cromos de fútbol, plumas estilográficas antiguas o cajas de cerillas. Por
desgracia, mi posesión más preciada, las cajas de cerillas, desapareció en un
ataque de furia doméstica de Alex, que se deshizo de ellas durante la criba previa
a trasladarnos a esta versión en miniatura de nuestra casa en Irlanda. Las llevaba
coleccionando desde hacía treinta años, y Alex las tiró todas a la basura porque
tenían demasiado polvo. Al principio me dijo: «Ah, están en el altillo». Luego
dijo: «Tienen que estar por algún lado». Más adelante dijo: «Creo que las tiene
mi madre en su casa». Nunca he conseguido que me lo diga a la cara. Es
tristísimo; era una colección de cajas de cerillas de todos los lugares a los que
había viajado. Probablemente hubiesen servido para reconstruir mis periplos por
toda suerte de destinos a los que, por una razón u otra, no recordaba haber ido.
Mis hermanas Carol y Barbara y papá se mueren de ganas de venir a Flint Barn.
Y Calum no tardará en hacerlo para seguir trabajando como modelo. Aunque
sospecho que lo más probable es que se quede en el centro de Londres. De
alguna manera, prefiero que se quede allí: me saldrá mucho más barato. Tuvimos
una pequeña bronca en febrero, cuando pagó la factura de un hotel con mi tarjeta
de crédito sin pedirme permiso. Yo estaba hecho una furia y Alex estaba triste.
Calum desapareció y le llevó semanas reaparecer y disculparse. Fue un poco
triste, más que nada porque sucedió cuando estaba a punto de cumplir los
veintiuno, así que echó a perder lo que tendría que haber sido un momento de
celebración. Pero cuando echo la vista atrás, entiendo que todavía es joven, y si
estos son el tipo de fregados en los que va a meterse, entonces es mejor persona
que yo. Cruzo los dedos.
Aparte del pequeño incidente con Calum, 2002 ha sido un año mucho mejor que
2001. A día de hoy soy oficialmente doctor honoris causa por la universidad de
Queen’s, en Belfast, así que todo el mundo tiene que llamarme doctor Best. Y
hace poco fui nombrado hijo predilecto de Castlereagh. Castlereagh es mi ciudad
natal, así que fue un momento muy especial. Se celebró una ceremonia en el
despacho del alcalde, donde un montón de gente dijo cosas hermosas sobre mí
—siempre una novedad—, y luego nos metimos todos en la limusina del alcalde
y nos dirigimos a casa de papá con escolta policial y todo. Creo que ha sido la
única vez en mi vida en que la policía no me acompañaba a la fuerza por
haberme metido en problemas. En casa de papá inauguramos una placa. Insistí
en que no fuera azul: en mi opinión es el color de la muerte, y no tengo la menor
intención de tentar a la suerte. Luego nos fuimos a almorzar y yo me reencontré
con algunos viejos amigos, con los que me estuve poniendo al día. Entre ellos
estaba Robin McCabe, uno de mis dos mejores amigos. Habíamos perdido el
contacto, así que fue genial que asomara la cabeza y se dejara ver. No ha
cambiado un ápice, sigue siendo un terremoto. Tommy Irving también me
mandó sus mejores deseos. Ahora vive en Estados Unidos, así que no pudo
acercarse.
Lo mejor de todo fue ver lo feliz que estaban papá, mis hermanas y mi hermano.
Papá estaba superorgulloso, y conseguimos encontrar un momento para hablar
un rato a solas. Él también está teniendo sus problemas de salud: está a punto de
que le implanten un bypass coronario. Aunque no creo que esté seguro del todo.
A una amiga con la que sale a bailar le cambió la vida. Y luego tiene otro amigo
que ahora está peor de lo que estaba antes de la intervención. Así que ya
veremos. Lo que importa es que papá y yo nos quedamos sentados juntos y nos
pusimos a cotillear. Fue realmente hilarante. Parecíamos dos viejecitos. Alex se
partía de risa.
Epílogo
Agradecido (como buen nacido)
SIGO A LA ESPERA DEL TRASPLANTE, aunque tengo la moral intacta. No
me molestan las constantes visitas al hospital. Nunca he sido una persona
quisquillosa. Cada vez que me toca algún chequeo médico, me echo unas risas
con las enfermeras, que suelen decirme: «Siempre estás contento». A lo que yo
respondo: «No me quejo de nada, salvo quizá de sentirme como una mierda».
La última vez que el cirujano me implantó comprimidos de Disulfiram en el
estómago, decidió abrirme por el lado izquierdo, así que dejó una indicación en
mi pierna derecha en forma de pequeña flecha apuntando hacia arriba. Me la
quedé mirando y comprobé que apuntaba a mi polla. El equipo médico al
completo se partió de risa cuando pregunté si les importaba cerciorarse de que el
personal de quirófano tuviera claro adónde apuntaba la flecha realmente. Nunca
se sabe, pero el sueño de ser mamá de Alex podría haberse visto seccionado;
literalmente.
Bromas aparte, Alex y yo estamos un poco estresados, pero seguimos haciendo
planes de futuro. Acabamos de hacernos con un segundo perro, Rua, que
significa «pelirrojo» en gaélico irlandés, y nos estamos planteando empezar a
criar setters. Además, planeamos también comprarnos una casa en Corfú a
medias con mis suegros. Y yo he tenido algunas ideas para escribir una novela;
la mejor es una historia basada en el concepto de venganza. Alex, por su parte,
ha estado rodando algunos episodios piloto para un programa de televisión de
cocina. A pesar de la inminente operación quirúrgica, todo es maravilloso. Nos
sentimos muy afortunados.
He tenido un vida extraordinaria y a veces, cuando la divido en dos, pienso:
«Los primeros veintisiete años fueron pura felicidad, y los últimos veintisiete
han sido un desastre».
Me siento como un marinero que viaja en uno de esos yates que dan la vuelta al
mundo. Un día te levantas, reina la calma en el mar y hace un bonito día de sol;
y de repente, al día siguiente, te encuentras en mitad de una tormenta.
A la gente le gusta recordar mi vieja y trillada historia sobre el día en que una
camarera irlandesa trajo champán a la habitación de mi hotel, donde estaba
compartiendo cama con Mary Stavin y con varias decenas de miles de libras en
ganancias de juego, y me preguntó: «¿En qué momento se fue todo al garete,
George?».
Siempre que cuento la historia arranco unas cuantas carcajadas. Aunque, por
supuesto, todo se fue al garete. Y podría contar también en qué momento
sucedió. Todo se fue al garete por culpa de lo que más amo en esta vida, mi
adorado fútbol, y a partir de entonces el resto de mi existencia se desmoronó.
Cuando el fútbol era lo más y yo jugaba que me las pelaba, me faltaba tiempo
para despertarme cada mañana, y ese sería el cimiento de mi vida.
Cuando jugar ya no era motivo suficiente para salir de la cama, dejé de verle el
sentido a hacerlo.
Cuando echo la vista atrás y observo mi carrera, parece que todo sucediera en un
abrir y cerrar de ojos, y creo que la gente del deporte, en general, lo ve de la
misma manera. Llegué al Manchester United en 1961 y abandoné la disciplina
del club a principios de 1974, así que estamos hablando de doce años, que en el
conjunto de mi vida no es demasiado.
Pero que me quiten lo bailado: me faltó tiempo para acumular experiencias en
esos doce años; viví unas tres vidas durante ese tiempo.
Ahora solo aspiro a vivir una vida normal y corriente. Nunca he sido de los que
planean las cosas a diez o quince años vista. Siempre he vivido al día, lo cual,
teniendo en cuenta la manera en que he vivido mi vida, era probablemente la
opción más sensata. Sin embargo, por primera vez me estimula mirar hacia
delante. Ahora mismo, sin ir más lejos, estoy planeando nuestras siguientes
vacaciones de verano.
O sea, que me dedico a planear nuestros momentos de relajación. Alex y yo
señalamos en el calendario las épocas del año en que hará calor, y entonces
dejamos de trabajar y nos dedicamos a disfrutar. Siempre me ha gustado saber
que nunca sabes lo que te espera a la vuelta de la esquina; aunque, en mi caso,
casi siempre haya sido alguna sorpresa macabra. Sin embargo, también he tenido
mis sorpresas gratas en los últimos dos años.
Cuando salí del hospital me preocupaba cómo iba a ganarme el pan. Sin
embargo, a nivel laboral, el último año ha sido fantástico.
Hice un anuncio para la Milk Marketing Board, he estado haciendo la revista del
Manchester United, un video para VCI, y en Sky TV me han pedido que haga
más crónicas exteriores, además de mis colaboración como tertuliano del
programa de los sábados. También he montado mi página web y planeo escribir
una guía de restaurantes de Irlanda del Norte. Y, por si fuera poco, parece que
Alex tiene todos los números para conseguir su primer programa de interiorismo
para la televisión irlandesa, tras haber grabado un exitoso piloto.
Solo con los ingresos del último año nos podríamos haber jubilado, y el otro día
Alex me soltó: «¿No es una pena que hayas tenido que caer enfermo y casi morir
para ganarte la vida?».
Ni que decir tiene que mi problema con la bebida está aquí para quedarse. No
importa cuánto tiempo me pase sin beber o si me apetece o no un trago: el
problema seguirá aquí, acechándome. Y me estaría engañando si dijera que
nunca volveré a probar gota, porque podría tener una recaída mañana mismo.
Realmente, en Alcohólicos Anónimos tienen razón cuando dicen que se trata de
vivir el presente, porque me parece inconcebible estar sin probar gota hasta el
día que me muera.
Y para hacerlo todavía más duro, sigo teniendo amigos que insisten en que no
tengo ningún problema. Me dicen cosas como: «Yo bebía las mismas cantidades
que tú».
El problema es que no lo hacían. Nunca he conocido a nadie que pueda beber
más que yo durante una franja determinada de tiempo.
Lo que más me cuesta es hacerme a la idea de que la bebida es realmente capaz
de matarte. Nunca pensé que eso fuera posible, y recuerdo observar a
octogenarios que llevaban bebiendo y fumando toda su vida y pensar: «No les ha
hecho ningún daño».
Hoy he asumido no solo que una sola copa podría matarme, sino que padezco
una enfermedad contra la que tengo que luchar. Después de todos los malos
momentos que he pasado, creo que a día de hoy tengo más razones para vivir
que nunca antes. Después de todos los fregados en los que la he involucrado, le
debo a Alex unos cuantos buenos años. Y cuando me recupere del todo, le
deberé también formar una familia. Quiero y deseo estar ahí para ellos.
He pasado momentos en que todo era tan deprimente que era incapaz de ver una
salida. Entonces, la idea de no volver a beber me aterrorizaba, y hubiese
preferido rendirme a intentar mejorar. Pero debo enfrentarme a mis demonios,
aunque sea solo por Alex, mi familia y por toda la gente que se preocupa por mí,
gente que no soporta verme tan enfermo. Cada día es una batalla distinta, pero
mi intención es ganarla.
Mi padre tiene ochenta y tres años y desconozco cuánto tiempo le queda, así que
me gustaría que, al menos, consiguiera pasar sus últimos días en paz, que lo
hiciera sin tener que preocuparse por mí. Quiero disfrutar de ver crecer a mis
sobrinos y sobrinas; y por supuestísimo, quiero presenciar cómo mi hijo Calum
se convierte en un hombre; quizás en uno que me haga abuelo.
Calum sigue visitándome un mes al año en verano, y parece que es un chaval
con la cabeza en su sitio, aunque mentiría si no dijera que me preocupa que
pueda heredar esta enfermedad llamada alcoholismo, la enfermedad que mató a
mi madre y que por poco termina conmigo. Calum no bebe ahora mismo, al
menos por lo que yo sé, pero si ha heredado los mismos genes que mamá y yo, le
bastaría un trago para seguir nuestros pasos. Cuando tenía alrededor de diecisiete
años me preguntó cuál sería una buena edad para empezar a beber. Le respondí
que nunca es buen momento para empezar.
No será fácil, pero con mucha convicción y un poquito de suerte, espero ser
capaz de demostrar que nunca es tarde para dejarlo. Tengo suerte de que, a pesar
de toda la mala prensa que he cosechado con los años, parece que la gente me
sigue teniendo cariño y tiende a acordarse de mis grandes momentos en los
terrenos de juego antes que de todos los errores que he cometido lejos de ellos. Y
hasta parecen de lo más comprensivos con estos últimos. Esto es algo que nunca
ha estado tan bien reflejado como cuando el Sun convocó una encuesta entre sus
lectores a finales del milenio para elegir al mejor deportista británico de todos
los tiempos. Eso significaba que los votantes podían elegir entre leyendas como
el jockey Lester Piggot, pilotos de Fórmula 1 como Stirling Moss y Nigel
Mansell y boxeadores como Henry Cooper, Frank Bruno y Lennox Lewis; por
no hablar de gigantes del fútbol como Sir Stanley Matthews, Tom Finney y mi
querido y ya desaparecido Bobby Moore. Y pese a todo, no solo recibí el honor
de ganar la encuesta, sino que además lo hice de calle.
Ha habido otras encuestas parecidas, y siempre me hacen sentir en el séptimo
cielo porque son el verdadero termómetro de lo que la gente normal piensa de ti.
Y durante las semanas posteriores a su publicación, todos los lectores que la
habían seguido se me acercaban y me preguntaban cosas tipo «¿Cuál es tu gol
favorito?» o «¿Te acuerdas de cuando marcaste un gol contra este u otro
equipo?».
Es genial, porque me permite recrear y disfrutar mentalmente esos momentos. A
todos los deportistas que han competido alguna vez en la élite les pasa lo mismo.
En mi caso, significa acordarse de la magnífica noche de 1966 en Lisboa,
cuando me convertí en el quinto Beatle, y de la todavía mejor velada de dos años
después, en Wembley, cuando ayudé al United a coronarse campeón de Europa
por primera vez en su historia.
Sin embargo, también recuerdo momentos que la mayoría de aficionados habrán
olvidado, pero que para mí lo siguen significando todo, como marcar un doblete
contra el West Brom en el descuento para ganar un partido que perdíamos 2-1. El
West Brom tendrá siempre un lugar de honor en mi memoria, porque era el
equipo al que me enfrenté en mi debut, el día que atravesé el túnel de vestuarios
de Old Trafford por primera vez, el día en que sentí cómo se me erizaban los
pelos de la nuca. Lo siguen haciendo, de vez en cuando, siempre que rememoro
ese día y otros días parecidos.
Ni siquiera la suma de todos los malos momentos es capaz de arrebatarme uno
solo de esos recuerdos. Y a pesar de todos los altibajos, cuando echo la vista
atrás y observo mi vida en su totalidad, me resulta imposible no sentirme
agradecido.
Cronología
1946
22 de mayo: George Best nace en Belfast.
1961
16 de agosto: Se une a las filas del Manchester United como jugador
amateur.
1963
22 de mayo: Firma su primer contrato profesional con el Manchester
United.
14 de septiembre: Debuta en la Liga en partido en casa contra el West
Bromwich Albion, a la edad de diecisiete años. El United se impone 1-0.
28 de diciembre: Marca su primer gol en la Liga contra el Burnley, en Old
Trafford.
1964
15 de abril: Debuta con la selección nacional de Irlanda del Norte con una
victoria a domicilio contra Gales por 2-3, en partido disputado en Swansea.
14 de noviembre: Marca su primer gol con la selección de Irlanda del Norte,
en partido a domicilio disputado en Suiza, que se impondrá 2-1.
1966
9 de marzo: Marca un doblete en la histórica victoria a domicilio contra el
Benfica por 1-5, en partido perteneciente a la segunda vuelta de la
eliminatoria de cuartos de final de la Copa de Europa. Muchos
observadores consideran que será el mejor partido en la carrera como
futbolista de George Best.
1967
4 de mayo: Marca un hat-trick en la victoria en casa contra el Newcastle
United por 6-0.
21 de octubre: Disputa el que será para muchos observadores su mejor
partido con su selección, en la victoria de Irlanda del Norte sobre Escocia
por 1-0, en Belfast.
1968
4 de mayo: Elegido Futbolista Inglés del Año.
29 de mayo: Marca el segundo gol en la victoria por 4-1 del Manchester
United contra el Benfica durante la final de la Copa de Europa celebrada en
Wembley.
16 de octubre: Es expulsado por primera vez en su carrera como futbolista
durante el partido de vuelta de la final de la Copa Intercontinental contra el
Estudiantes de la Plata en Old Trafford.
Diciembre: Nombrado futbolista europeo del año.
1969
5 de abril: Galardonado con el trofeo al mejor futbolista europeo del año,
concedido en París por la revista France Football.
28 de julio: Juega en un combinado formado por el resto del Reino Unido
contra Gales, en Cardiff.
3 de diciembre: Le arrebata el balón de las manos al colegiado tras finalizar
la primera vuelta de la semifinal de la antigua Copa de la Liga inglesa, en
partido disputado contra el Manchester City en Maine Road.
1970
2 de enero: Suspendido por cuatro semanas y multado con cien libras por
haberle arrebatado el balón al colegiado.
7 de febrero: Marca seis goles en la victoria por 2-8 del Manchester United
contra el Northampton en partido de quinta ronda de la FA Cup... y
jugando como visitante. Es el primer partido que juega tras la suspensión.
18 de abril: Expulsado durante el partido que enfrenta a Irlanda del Norte y
Escocia tras escupir y lanzar barro contra el árbitro.
1971
4 de enero: Comparece ante la comisión disciplinaria de la Asociación de
Fútbol inglesa después de acumular tres advertencias por mala conducta en
un periodo de doce meses. Best llega a la vista tres horas tarde. Es
sancionado con una multa de doscientas cincuenta libras y con seis partidos
de suspensión.
8 de enero: Pierde el tren en el que viaja la primera plantilla del Manchester
United rumbo a Londres para medirse al Chelsea. Best toma el tren horas
después; sin embargo pasará el fin de semana acompañado por la actriz
irlandesa Sinéad Cusack. El incidente inunda de titulares las portadas y las
contraportadas de toda la prensa inglesa durante tres días.
11 de enero: El Manchester United suspende a Best por dos semanas tras el
incidente en Londres.
27 de enero: Juega y marca con un combinado de jugadores del Celtic y el
Rangers de Glasgow en partido benéfico para recaudar fondos para las
familias de las sesenta y seis víctimas de la avalancha producida tras
finalizar un derbi entre el Celtic y el Rangers, que se disputó en Ibrox Park,
el 2 de enero de 1971.
21 de abril: Best anota su primer y último hat-trick como jugador de
Irlanda del Norte en un duelo contra Chipre que los norteños ganarán por
5-0 en Belfast.
18 de septiembre: Best marca un nuevo hat-trick con el Manchester United
en su victoria en casa contra el West Ham United por 4-2.
13 de octubre: El Manchester United deniega el permiso pertinente para
que Best juegue con Irlanda del Norte contra la antigua Unión Soviética en
Belfast después de que reciba varias amenazas de muerte.
23 de octubre: Un presunto terrorista del IRA amenaza con disparar a
George Best si juega en el partido de liga que el Manchester United debe
disputar como visitante contra el Newcastle United. Best decide jugar y
termina marcando el único gol del partido. Las medidas de seguridad se
extreman y Best recibe protección policial antes y después del partido.
17 de noviembre: El programa televisivo This Is Your Life dedica su edición
semanal a George Best.
27 de noviembre: Marca su segundo hat-trick de la temporada 1971-72 en
una victoria a domicilio, 2-5, en el campo del Southampton.
1972
4 de enero: No acude a un solo entrenamiento en la primera semana del año.
8 de enero: Se cae de la lista de convocados para el partido en casa contra el
Wolverhampton Wanderers después de haberse perdido los entrenamientos.
Best vuela a Londres y pasa un fin de semana retransmitido en directo con
la vigente Miss Gran Bretaña, Carolyn Moore.
10 de enero: Best regresa a Old Trafford y es suspendido de sueldo durante
dos semanas (unas cuatrocientas libras). Se le exige que empiece a hacer
entrenamientos de refuerzo, que deje su actual residencia y regrese a los
aposentos de la señora Mary Fullaway.
16 de febrero: Declara ante el periodista del Daily Express John Roberts
que está harto de jugar en un Manchester United tan mediocre y que le
gustaría cambiar de aires.
1 de mayo: Juega en una selección europea contra el Hamburgo SV en un
partido de homenaje a Uwe Seeler disputado en Hamburgo.
20 de mayo: Best está en Marbella cuando anuncia que se retira del fútbol.
Confiesa que lleva un tiempo pimplándose una botella de licor al día.
1 de junio: Empiezan a circular rumores de que Best volverá al fútbol
mientras él despega rumbo a Mallorca, adonde se dirige a pasar sus
vacaciones.
7 de julio: Vuela de regreso a Gran Bretaña y anuncia que seguirá jugando
en las filas del Manchester United. El club le suspende dos semanas por
incumplimiento de contrato y mear fuera del tiesto en Marbella, y estipula
que Best se traslade a vivir con Paddy Crerand. El acuerdo apenas durará
hasta que Best decida poner su casa a la venta y se mude de nuevo a las
dependencias de la señora Mary Fullaway.
10 de julio: Se presenta al entrenamiento de pretemporada.
12 de agosto: Juega en el primer partido de la temporada, que medirá al
Manchester United y al Ipswich Town, en Old Trafford.
18 de octubre: Es expulsado durante un encuentro a domicilio contra
Bulgaria con la selección de Irlanda del Norte por propinarle una patada a
un rival.
30 de octubre: Después de que el United caiga derrotado en casa por 1-4
ante el Totthenham Hotspur, Best anuncia que buscará el traspaso si el club
pierde la categoría.
18 de noviembre: Juega en el derbi de Manchester disputado en Maine
Road. El United cae por 3-0 ante el City.
22 de noviembre: Recibe una multa del Manchester United por saltarse un
entrenamiento.
25 de noviembre: Disputa su último encuentro de la temporada 1972-73 en
casa contra el Southampton.
29 de noviembre: Best se reúne con el entrenador del United, Frank
O’Farell, después de perderse un entrenamiento a principios de semana. Se
cae de la convocatoria del equipo mientras se avivan los rumores de que
entrará en la lista de transferibles.
4 de diciembre: Se va de Manchester sin el permiso del club y será visto más
tarde en una discoteca de Londres.
5 de diciembre: El Manchester United suspende otra vez a Best por dos
semanas y lo incorpora a su lista de transferibles por un precio de
trescientas mil libras. El Derby County de Brian Clough muestra interés.
6 de diciembre: Ahora es el turno del Bournemouth de mostrar interés.
Pero Best los despide con cajas destempladas y declara que le gustaría
fichar por el Chelsea.
7 de diciembre: El Cosmos de Nueva York se suma a la lista de equipos
interesados en contratar a Best.
11 de diciembre: Ahora es el entrenador del Manchester City, Malcolm
Allison, quien declara que no le importaría fichar al quinto Beatle.
14 de diciembre: El nombre de Best ha desaparecido presumiblemente de la
lista de transferibles después de que el presidente del Manchester United,
Louis Edwards, declare que el irlandés empezará a entrenar de nuevo con el
primer equipo.
16 de diciembre: El Crystal Palace le endosa una manita, 5-0, a los diablos
rojos y empieza a circular el rumor de que su entrenador, Frank O’Farrel,
está al borde de la dimisión.
19 de diciembre: El Manchester United destituye a O’Farrell. Best escribe
una carta a la cúpula directiva en la que expresa que no seguirá jugando al
fútbol. Es la segunda vez que anuncia su retirada.
1973
4 de enero: El Cosmos de Nueva York expresa de nuevo su interés en fichar
a George Best.
11 de enero: Best es declarado culpable de un asalto con lesiones a la
camarera Stefanja Sloniecka durante un incidente acaecido en la discoteca
Ruebens en noviembre del año recién despedido.
16 de enero: Best vuela a Toronto para negociar la posibilidad de jugar en la
World Indoor Soccer League, pero la cosa se queda en agua de borrajas. El
Cosmos de Nueva York entabla conversaciones con el Manchester United
para negociar la contratación de Best, pero la propuesta jamás se
materializará.
26 de marzo: Best declara su interés en seguir jugando con la selección de
Irlanda del Norte, pero su club declara que se lo impedirá.
11 de abril: El Crystal Palace hace una oferta para contratar a Best.
13 de abril: El Queens Park Rangers negocia con el Manchester United el
posible traspaso de Best a Loftus Road.
27 de abril: Best se reincorpora a los entrenamientos cuatro meses después
de haber renunciado su retirada.
7 de mayo: Best es ingresado de urgencia en un hospital de Manchester tras
padecer una trombosis en Marbella, en plenas vacaciones.
19 de junio: Best declara que no volverá a jugar al fútbol y expresa su
intención de escribir un libro a cuatro manos con Michael Parkinson.
27 de agosto: El presidente del Manchester United, Louis Edwards, declara
que el club desea que Best se reincorpore a los entrenamientos.
28 de agosto: Best comunica que después de sostener varias conversaciones
con el nuevo entrenador del United, Tommy Docherty, le gustaría darle al
fútbol una nueva oportunidad.
10 de septiembre: Se presenta a entrenar con el Manchester United.
25 de septiembre: Juega 45 minutos en el partido de homenaje a Eusebio
celebrado en Lisboa, en el que el Benfica se mide a un combinado de
jugadores de todo el mundo.
3 de octubre: Best juega en el partido de homenaje a Denis Law con el
Manchester United contra el Ajax.
6 de octubre: Best juega con el filial del Manchester United contra el filial
del Aston Villa un encuentro que se disputa en Old Trafford y arrastra a
7.126 espectadores ansiosos por presenciar su regreso.
15 de octubre: Participa en un partido amistoso contra el Shamrock Rovers
en Dublín.
20 de octubre: Juega su primer partido con el primer equipo desde su
reincorporación contra el Birmingham City, en Old Trafford.
24 de octubre: Juega en el partido de homenaje a Tonny Dunne, un derbi
entre el United y el Manchester City.
Noviembre: Inaugura el club nocturno Slack Alice en Manchester.
1974
1 de enero: Best juega el que será su último partido vistiendo la camiseta del
Manchester United en la visita a domicilio al Queens Park Rangers, en el
que los diablos rojos caerán por 3-0.
4 de enero: Best no se presenta al entrenamiento.
5 de enero: Queda descartado para jugar el partido perteneciente a la
tercera ronda de la FA Cup, que enfrentará al Manchester United y al
Plymouth Argyll, en Old Trafford. Best sale airado del campo perjurando
que no volverá a jugar para el club.
12 de enero: El United le suspende durante dos semanas y vuelve a incluirlo
en la lista de jugadores transferibles.
16 de enero: El Tonbridge se muestra deseoso de fichar a Best y ofrece cien
mil libras al United. Tommy Docherty lo descarta tras asegurar que se trata
de una maniobra publicitaria. El Crewe Alexandra también se interesa por
los servicios de Best.
21 de febrero: Best es detenido en Manchester y condenado poco después en
Londres por robar el abrigo de visón, el pasaporte, el talonario y otras
pertenencias del apartamento de la Miss Mundo Marjorie Wallace. Será
liberado tras pagar una fianza de seis mil libras.
24 de abril: Queda absuelto de todos los cargos que se le imputan tras el
incidente con Marjorie Wallace.
Mayo/Junio: Best disputa cinco partidos con el Jewish Guild, un equipo de
Johannesburgo, en Sudáfrica. Entre otros:
5 de junio: Contra el Hellenic.
5 de agosto: Juega con el Dunstable Town en partido amistoso contra el
filial del Manchester United.
12 de agosto: Juega con el Dunstable Town en partido amistoso contra el
Cork Celtic.
29 de octubre: Juega en el partido de homenaje a Jeff Astle.
27 de noviembre: Juega en el partido de homenaje a Tony Book.
1975
29 de octubre: Juega con el Dunstable Town en partido amistoso contra el
Luton Town.
7 de noviembre: La FIFA prohíbe a George Best jugar al fútbol
profesionalmente en cualquier lugar del mundo.
8 de noviembre: El Manchester United decide concederle a Best su carta de
libertad y la FIFA levanta la sanción mundial.
10 de noviembre: Firma por el Stockport County para jugar durante un
mes los partidos en casa del equipo. Best juega y marca en partido amistoso
disputado en Edgeley Park, el campo del Stockport County, contra el Stoke
City. El encuentro arrastra a ocho mil espectadores a las gradas.
24 de noviembre: Marca un doblete en el partido de homenaje a Peter
Osgood. Se cuenta que el Chelsea está interesado en adquirir los servicios de
Best, aunque se niega a satisfacer el sueldo exigido. El Queens Park Rangers
y el Southampton también expresan su interés por hacerse con sus servicios.
26 de noviembre: Juega en el partido de homenaje a Pat Crerand.
28 de noviembre: Best debuta en liga con el Stockport County contra el
Swansea City y marca un gol frente a 9.220 espectadores.
4 de diciembre: Vuelve a circular el rumor de que el Chelsea está interesado
en fichar a Best por partido jugado y por un sueldo deducido según la
asistencia de público.
12 de diciembre: Juega y marca con el Stockport County contra el Watford.
El partido deja una asistencia de 5.055 espectadores.
26 de diciembre: Juega su último partido de liga con el Stockport County
contra el Southport. 6.321 aficionados presencian su despedida.
Finales de diciembre: Best firma por los Aztecs de Los Ángeles para
competir en la North American Soccer League (NASL) en la temporada
1976.
28 de diciembre: Juega el primero de los tres partidos que disputará con el
Cork City en la Liga de Irlanda. Se mide contra el Drogheda en partido
disputado en casa.
1976
11 de enero: Juega con el Cork Celtic en casa en partido disputado contra el
Bohemians.
18 de enero: Juega con el Cork Celtic un partido a domicilio contra el
Shelbourne.
19 de enero: Best es despedido del Cork Celtic debido a su «falta de
entusiasmo».
20 de febrero: Desembarca en Los Ángeles para jugar con los Aztecs.
17 de abril: Debuta con los Aztecs de Los Ángeles en su derrota por 2-1 a
domicilio en el terreno de los San José Earthquakes.
18 de julio: Marca un hat-trick en la victoria en casa contra los Boston
Minutemen por 8-0.
12 de agosto: Best firma un contrato para jugar con el Fulham londinense.
18 de agosto: Juega su último partido de la temporada 1976 en la Liga de
Estados Unidos, en que los Aztecs caerán derrotados 2-0 en casa de los
Dallas Tornado.
2 de septiembre: Best queda inscrito como jugador oficial del Fulham.
4 de septiembre: Debuta en las filas del Fulham en partido en casa contra el
Bristol Rovers. A Best le lleva setenta y un segundos marcar su primer gol
ante el delirio de los 21.127 espectadores.
2 de octubre: Expulsado durante el partido que disputa en Southampton
como visitante por prorrumpir en «lenguaje soez».
13 de octubre: Reaparece con Irlanda del Norte tres años después de su
último partido como internacional en un duelo a domicilio contra Holanda.
1977
14 de mayo: Juega el último partido de la temporada 1976-77 con el
Fulham, en un encuentro que los londinenses perderán por 1-0 en casa del
Blackburn Rovers.
20 de mayo: Regresa a Los Ángeles para jugar su primer partido de la
temporada de la NASL de 1977. Su equipo cae derrotado 1-0 en casa de los
Timbers de Portland.
25 de agosto: Juega su último partido de la temporada 1977 de la NASL, en
una derrota a domicilio, 1-0, contra los Sounders de Seattle.
30 de agosto: Best regresa a Inglaterra, pero se le impide jugar con el
Fulham debido a que el equipo londinense no ha satisfecho la compensación
económica que le debe a los Aztecs de Los Ángeles por alinear a Best.
3 de septiembre: Juega finalmente con el Fulham en partido disputado en
casa contra el Blackburn Rovers.
8 de septiembre: Regresa a Los Ángeles hasta que se dilucide el litigio sobre
su inscripción.
18 de septiembre: Regresa a Londres.
24 de septiembre: Se reincorpora finalmente a las filas del Fulham y juega
en la derrota en casa por 1-3 frente al Cardiff City.
12 de octubre: Disputa su trigésimo séptimo y último partido como
internacional de la selección de Irlanda del Norte en partido contra
Holanda disputado en Belfast.
12 de noviembre: Juega su último partido con el Fulham en la derrota a
domicilio de su equipo contra el Stoke City por 2-0.
29 de noviembre: El Fulham suspende a Best por no presentarse a las
sesiones de entrenamiento. Best ya se encuentra de regreso en Los Ángeles.
1978
24 de enero: Se casa con la inglesa Angela MacDonald-Janes, de veinticinco
años, en Las Vegas.
2 de abril: Best juega su primer partido de la temporada de 1978 de la
NASL con los Aztecs de Los Ángeles, que caerán en casa, 2-3, contra los
Hurricane de Houston.
Mayo: Los Aztecs le suspenden por ausentarse de los entrenamientos.
20 de junio: Juega su último partido con los Aztecs, que caerán derrotados
por 4-0 en su visita a los Diplomats de Washington.
Junio: Es traspasado al Fort Lauderdale Strikers.
24 de junio: Best marca un doblete en su debut con el Fort Lauderdale
Strikers, que derrota en casa al Cosmos de Nueva York por 5-3.
23 de agosto: Juega su último partido de la temporada 1978 de la NASL con
los Fort Lauderdale Strikers, que caerán en los play-offs contra los Tampa
Bay Rowdies por 3-1.
Septiembre: Best juega como invitado de los Detroit Express durante una gira
europea, en la que disputará dos partidos en Austria. El desacuerdo sobre su
inscripción reglamentaria surge de nuevo cuando el Fulham anuncia que Best
solo puede jugar con ellos fuera de Estados Unidos.
11 de octubre: La Asociación de Fútbol inglesa denuncia a Best a la FIFA, y
esta le prohíbe jugar en cualquier lugar del mundo hasta que resuelva el
conflicto de su inscripción con el Fulham.
12 de octubre: Fallece Ann, la madre de George.
1979
28 de marzo: La FIFA levanta la sanción a Best, que puede volver a jugar
con los Fort Lauderdale Strikers.
31 de marzo: Best juega su primer partido de la temporada 1979 con los
Fort Lauderdale Strikers en una victoria por 2-0 contra el Teamen de
Nueva Inglaterra.
25 de julio: Disputa su último partido de la temporada vistiendo los colores
del Fort Lauderdale Strikers, en una victoria a domicilio, 3-6, contra los
Surf de California.
Julio: Suspendido por los Fort Lauderdale Strikers por saltarse partidos y
entrenamientos.
Octubre: El Manchester United se niega a celebrar un partido de homenaje a
George Best.
13 de noviembre: Best juega como jugador invitado con el Ipswich Town en
partido de homenaje a su entrenador, Bobby Robson.
16 de noviembre: Best deja el Fulham y ficha por el Hibernian escocés.
24 de noviembre: Debuta con el Hibernian en partido a domicilio contra el
Saint Mirren. George marca, aunque su equipo termina perdiendo ante una
asistencia de 13.670 espectadores.
15 de diciembre: Best no se presenta al partido a domicilio contra el
Morton.
1980
9 de febrero: Best tampoco se presenta al partido en casa contra el Morton.
11 de febrero: El Hibernian suspende a Best.
17 de febrero: Se considera que Best no está en condiciones para jugar el
partido en casa contra el Ayr United perteneciente a la cuarta ronda de la
Copa de Escocia. El Hibernian decide prescindir de él.
24 de febrero: El Hibernian decide darle una nueva oportunidad.
13 de abril: Best firma por los Earthquakes de San José para disputar la
temporada de 1980 de la NASL.
19 de abril: Juega su último partido de la temporada 1979-80 con el
Hibernian en un duelo en casa contra el Dundee United, justo antes de volar
a San José para incorporarse a los Earthquakes.
27 de abril: Juega su primer partido con los Earthquakes en su derrota a
domicilio en el terreno de los Drillers de Edmonton por 4-2.
1 de junio: Best no se presenta para disputar el encuentro contra los
California Surf.
23 de agosto: Marca en su último partido de la temporada 1980 de la NASL
con los Earthquakes en su derrota en casa ante los Aztecs de Los Ángeles
por 2-1.
Septiembre: Firma un nuevo contrato por dos temporadas con los San José
Earthquakes.
9 de septiembre: Best juega su primer encuentro de la temporada 1980-81
con el Hibernian, un partido a domicilio contra el Dundee United.
11 de octubre: Juega su último encuentro con el Hibernian en un partido en
casa contra el Falkirk
1981
6 de febrero: Calum Milan Best, hijo de Angie y George, nace en San José.
29 de marzo: Best juega su primer partido de la temporada 1981 de la
NASL en una derrota en casa por 0-3 contra el Cosmos de Nueva York.
22 de julio: Best marca uno de sus mejores goles jugando con los
Earthquakes durante una victoria por 3-2 contra los Fort Lauderdale
Strikers.
19 de agosto: Juega el que será su último partido en la NASL con los
Earthquakes de San José en una derrota a domicilio por 3-1 frente a los
Vancouver Whitecaps.
8 de septiembre: Best juega contra el Middlesborough en un partido de
homenaje a Jim Platt.
26 de septiembre: El Manchester United se plantea fichar de nuevo a
George.
Octubre, 1981: El Middlesborugh muestra su interés por fichar a Best
durante la gira británica de los San José Earthquakes.
11 de diciembre: El Middlesborough anuncia prematuramente que ha
alcanzado un acuerdo para fichar a George Best.
14 de diciembre: George comunica que no fichará por el Middlesborough.
1982
Noviembre: El fisco británico declara a George Best en bancarrota.
1983
24 de marzo: Ficha por el AFC Bournemouth después de recibir la carta de
libertad de los Earthquake de San José.
26 de marzo: Best debuta con el AFC Bournemouth en partido en casa
contra el Newport County que presenciarán 9.121 espectadores.
16 de abril: Best se viste de corto para jugar su último desplazamiento en la
Liga de Inglaterra, encuentro disputado en el terreno de juego del Southern
United. 4.275 espectadores asisten al encuentro.
7 de mayo: Best juega su último partido de liga en Inglaterra con el AFC
Bournemouth, en un duelo en casa contra el Wigan Athletic celebrado dos
semanas antes de su 37 cumpleaños. Lo presencian 4.523 espectadores.
3 de julio: Best juega el primero de cuatro partidos de liga con los Brisbane
Lions de Australia, un equipo en apuros. Su flamante equipo se impone a
domicilio por 1-2 frente a los Sydney Olympic en el primer partido.
8 de julio: Participa en la derrota en casa de los Lions frente al St George.
10 de julio: Juega en el empate a domicilio de los Lions contra el Marconi.
17 de julio: Disputa su último encuentro con los Brisbane Lions, un partido
que jugará en casa contra el Adelaide City. Su escuadra cae por 0-4 ante la
presencia de mil seiscientos espectadores.
24 de julio: Best juega con el equipo australiano Osbome Park Galeb y
participa de su victoria en casa por 2-1 contra el Melville Alemannia. Cerca
de dos mil personas presencian el encuentro.
10 de octubre: Best juega como jugador invitado del Linfield en el partido
de homenaje a Peter Dornan que les enfrentará al Everton.
1984
28 de enero: Juega con el Tobermore United en un partido disputado en
casa y perteneciente a la copa irlandesa, que les medirá al Ballymena
United.
5 de agosto: Juega con el Hibernian en un partido de homenaje a Jackie
McNamara contra el Newcastle United.
3 de noviembre: Best es acusado y liberado a posteriori bajo fianza por un
delito de conducción en estado de embriaguez. Acto seguido, no se presenta
a la vista del caso y es detenido por varios policías, a uno de los cuales
agredirá.
3 de diciembre: Es condenado a tres meses de prisión por conducir ebrio y
agredir al policía. Se le concede la fianza a la espera de la apelación.
17 de diciembre: Best pierde la apelación y es enviado a la penitenciaría de
Pentonville, aunque ocho días después será trasladado a la prisión de
régimen abierto de Ford, en Sussex.
1985
8 de febrero: Es liberado de prisión tras cumplir ocho de las doce semanas
de encierro a las que estaba condenado.
17 de mayo: Participa como jugador invitado del Aston Villa en un partido
benéfico contra el West Bromwich Albion para recaudar fondos para las
víctimas de la tragedia de Valley Parade, cuando el derrumbamiento de una
tribuna del homónimo estadio, el campo del Bradford City, provocó la
muerte de cincuenta y seis personas e hirió a otras 265.
1986
17 de febrero: Participa en el partido de homenaje a George Dunlop.
7 de mayo: Juega en el partido de homenaje a Geny Peyton.
3 de diciembre: Juega en un partido de homenaje a Pat Jennings en
Windsor Park, en Belfast.
1987
Diciembre: La Asociación Irlandesa de Fútbol (IFA en sus siglas inglesas)
rechaza concederle a George Best un partido de homenaje.
1988
11 de enero: La emisora Ulster Television programa un espacio de homenaje
a George que titulará: «Best intentions».
Junio: Juega un partido en Japón para recaudar fondos para la lucha contra el
sida.
8 de agosto: George termina recibiendo su partido de homenaje, que se
jugará en Windsor Park, en Belfast, frente a cerca de veinticinco mil
espectadores.
1989
Junio/Julio: Trabajo promocional en Australia.
Junio: Termina su relación laboral con su antiguo agente, Bill McMurdo.
1990
19 de septiembre: El programa de televisión Wogan le dedica una emisión.
1992
5 de mayo: Su bancarrota queda reparada tras el pago de la multa de rigor.
1995
24 de julio: Se casa por segunda —y última vez— con Alexandra Jane
Macadam Pursey, de veintitrés años, en el Ayuntamiento de Chelsea.
1996
22 de mayo: La BBC2 le dedica la programación de tarde íntegra para
sumarse a la celebración de su cincuenta cumpleaños.
1999
Mayo: Los propietarios de la antigua casa de Best en Bramhall, Cheshire,
ponen la finca a la venta y deciden tasarla en cuatrocientas cincuenta mil
libras. Best había comprado la casa, construida originalmente en 1970, por
treinta mil libras.
26 de mayo: Best abandona su asiento en el Camp Nou, donde está
presenciando la final de la Copa de Europa, cuatro minutos antes del final
del partido, y se pierde la dramática remontada de su querido Manchester
United, que marcará dos goles en las postrimerías del encuentro para darle
la vuelta al 1-0 del Bayern de Múnich.
2000
23 de enero: Best recibe el prestigioso galardón de la Football Writer’s
Association inglesa por su extraordinaria contribución al mundo del fútbol.
9 de marzo: Ingresa de urgencia en el Cromwell Hospital, al oeste de
Londres, con síntomas de insuficiencia hepática.
13 de abril: Abandona el hospital después de pasarse ingresado cerca de
cinco semanas.
2001
11 de abril: Regresa al Cromwell Hospital para someterse a una operación
de implante de pastillas de Disulfiram, que quedarán cosidas a su estómago.
20 de mayo: Nombrado mejor jugador del Manchester United en los últimos
cincuenta años por una comisión de miembros del periódico Manchester
Evening News.
28 de mayo: Best comparece en un torneo de fútbol a seis para celebridades
que se disputa en Stamford Bridge. No juega, pero presenta los trofeos.
17 de septiembre: La editorial Ebury Press publica la autobiografía de
George Best, Blessesd (El mejor).
22 de noviembre: Cae enfermo tras una infección viral en Chipre y es
ingresado en un hospital de Limasol.
25 de noviembre: Empieza a colaborar semanalmente con el suplemento
Night and Day incluido en la edición dominical del Daily Mail, Mail On
Sunday.
29 de noviembre: Abandona la clínica chipriota tras recuperarse de la
infección.
13 de diciembre: Nombrado doctor honoris causa por la universidad de
Queen’s, en Belfast.
2002
11 marzo: George se convierte en uno de los portadores de los testigos
durante la carrera de relevos que conmemora el Jubileo de Oro de la Reina
Isabel II de Inglaterra celebrada en Londres.
3 de abril: Distinguido como hijo predilecto de Castleragh, la zona de
Belfast en la que Best se crio.
Estadísticas deportivas
Equipo Temporada Liga FA Cup
A G
Manchester United (de mayo del 63 a enero del 74) 63/64 17 4
64/65 41 10 7
65/66 31 9 5
66/67 42 10 2
67/68 41 28 2
68/69 41 19 6
69/70 37 15 7
70/71 40 18 2
71/72 40 18 7
72/73 19 4 -
73/74 12 2 -
Jewish Guild (de mayo a junio del 74) 1974 5 n/k
Stockport County (de noviembre a diciembre del 75) 75/76 3 2
Cork Celtic (de diciembre del 75 a enero del 76) 75/76 3 0
Fulham (de septiembre del 76 a mayo del 77) 76/77 32 6
(de septiembre del 77 a noviembre del 77) 77/78 10 2
Hibernian (de nov. del 79 a enero del 80.) 79/80 13 3
(de septiembre a octubre del 80) 80/81 4 0
AFC Bournemouth (de mar. a mayo del 83) 82/83 5 0
Brisbane Lions 1983 4 0
Estadísticas de su carrera en la NASL
Equipo Temporada Temporada Regular
PJ
Los Ángeles Aztecs (de junio a agosto del 76) 1976 23
(de mayo a agosto del 77) 1977 20
(de abril a junio del 78) 1978 12
Fort Lauderdale Strikers (de junio a agosto del 78) 1978 9
(de marzo a julio del 79) 1979 19
San José Earthquakes (de abril a agosto del 80) 1980 26
(de marzo a agosto del 81) 1981 30
ABREVIACIONES:
PJ: Partidos Jugados.
G: Goles (2 puntos por gol)
As: Asistencias de gol (1 punto por asistencia)
P: Puntos (Puntos totales tras sumar los goles y las asistencias conjuntamente)
Estadísticas deportivas excluyendo la NASL
Equipo Liga FA Cup Copa de la Liga Europa
PJ G PJ G PJ G PJ G
Manchester United 361 137 45 23 25 9 34 11
Jewish Guild 5 - - - - - - -
Stockport County 3 2 - - - - - -
Cork Celtic 3 0 - - - - - -
Fulham 42 8 2 0 3 2 - -
Hibernia 17 3 3 0 2 0 - -
AFC Bournemouth 5 0 - - - - - -
Brisbane Lions 4 0 - - - - - -
TOTALES 440 150 50 23 30 11 34 11
Estadísticas internacionales
Fecha Rival Estadio Resultado Goles
1964
15 de abril Gales Swansea 2-3
29 de abril Uruguay Belfast 3-0
3 de octubre Inglaterr Belfast 3-4
14 de octubre Suiza (CM) Belfast 1-0
14 noviembre Suiza (CM) Lausana 1-2 1
25 noviembre Escocia Glasgow 2-3 1
1965
17 de marzo Holanda (CM) Belfast 2-1
7 de abril Holanda (CM) Rotterdam 0-0
7 de mayo Albania (CM) Belfast 4-1 1
2 de octubre Escocia Belfast 3-2
10 noviembre Inglaterra Londres 1-2
24 noviembre Albania (CM) Tirana 0-0
1966
22 de octubre Inglaterra (EU) Belfast 0-2
1967
21 de octubre Escocia Belfast 1-0
1968
23 de octubre Turquía (CM) Belfast 4-1 1
1969
3 de mayo Inglaterra Belfast 1-3
6 de mayo Escocia Glasgow 1-1
10 de mayo Gales Belfast 0-0
1970
18 de abril Escocia Belfast 0-1
21 de abril Inglaterra Londres 1-3 1
25 de abril Gales Swansea 0-1
11 noviembre España (EU) Sevilla 0-3
1971
3 de febrero Chipre (EU) Nicosia 0-3 1
21 de abril Chipre (EU) Belfast 5-0 3
15 de mayo Inglaterra Belfast 0-1
18 de mayo Escocia Glasgow 1-0
22 de mayo Gales Belfast 1-0
22 septiembre URSS (EU) Moscú 0-1
1972
16 de febrero España (EU) Hull 1-1
18 de octubre Bulgaria Sofía 0-3
1973
14 noviembre Portugal (CM) Lisboa 1-1
1976
13 de octubre Holanda (CM) Rotterdam 2-2
10 noviembre Bélgica (CM) Lieja 0-2
1977
27 de abril RFA Colonia 0-5
21 septiembre Islandia (CM)
12 de octubre Holanda (CM) Belfast 0-1
CM: Partidos clasificatorios para el Mundial.
EU: Partidos clasificatorios para la Eurocopa.
Estadísticas totales como internacional norirlandés
Partidos Jugados Ganados Empatados Perdidos Goles
37 13 8 16 9
Agradecimientos
Gracias a mi padre y a toda mi familia, y gracias a Alex; a mis médicos: el
doctor Williams, Akeel Alisa y al doctor Graham Lucas; gracias al Belfast City
Hospital, a los abogados David Goff y Andrew Gouch del bufete Gordon Dadds;
a Natalie Jerome, Jake Lingwood y a todo el equipo de Ebury Press; a Ray
Collins, Phil Hughes y Paul Collier, todos ellos responsables de mi web
georgebestofficial.co.uk, y a toda la gente que me ha transmitido sus mejores
deseos a lo largo de los años. Miles de gracias por vuestro apoyo incondicional.
Imágenes
George Best frente a la puerta de la vivienda de protección oficial que regentaba
la señora Fullaway en el número 9 de Aycliffe Avenue, Chorlton-cum-Hardy,
Manchester, circa 1965. © Bob Thomas Sports Photography vía Getty Images
Best retratado junto a sus padres, Ann y Dick, en junio de 1970. © Bentley
Archive/Popperfoto vía Getty Images
Jugando en las calles de Belfast con unos niños, cerca de la casa de los Best,
circa 1967. © Derek Preston/Paul Popper/Popperfoto vía Getty Images
Best a punto de anotar frente al Sheffield Wednesday, circa 1968. © Bob Thomas
Sports Photography vía Getty Images
Best en Old Trafford, circa 1968. © Bob Thomas Sports Photography vía Getty
Images
En la final de la Copa de Europa frente al Benfica, en el estadio de Wembley, 29
de mayo de 1968. © Barratts/PA Images vía Getty Images
Con la Copa de Europa. En el centro, sosteniendo una réplica, el míster, Matt
Busby, flanqueado por Best y Pat Crerand. © Popperfoto vía Getty Images
Best sostiene el trofeo al mejor futbolista europeo del año junto a Bobby
Charlton (segundo por la izquierda), Denis Law (derecha) y el míster Matt
Busby (segundo por la derecha), 19 de abril de 1969. © Bob Thomas Sports
Photography vía Getty Images
El Manchester United de 1968 con la recién conquistada Copa de Europa, entre
los que destacan George Best, Bobby Charlton, Nobby Stiles, Dennis Law y el
entrenador Matt Busby. © Allsport Hulton vía Getty Images
George Best y su novia danesa Eva Haraldstad. © PA Images vía Getty Images
George Best jugando con el combinado de Irlanda del Norte en Windsor Park,
Belfast, circa 1972. © Paul Popper/Popperfoto vía Getty Images
Con una botella de champán como preparativo de una fiesta para celebrar la
compra de su casa en Cheshire, septiembre de 1972. © Bentley
Archive/Popperfoto vía Getty Images
Custodiado por la policía poco antes de ser acusado de conducir ebrio y atacar a
un agente, noviembre de 1984. © Express Newspapers/Getty Images
Notas
1.
La primera edición de esta biografía fue publicada en 2001, que es el «tiempo
presente» del relato. En adelante serán varias las referencias al presente, casi
siempre en alusión a episodios sucedidos entre 2000 y 2001. Richard Dickie
Best, el padre de George, falleció en 2008. [Todas las notas son del traductor]
2.
Tommy Steele es el nombre artístico de Sir Thomas Hicks (Londres, 1936).
Hicks está considerado como el primer ídolo del pop británico, idéntico destino
que correría George Best en el mundo del fútbol: convertirse en su primer ídolo
mediático.
3.
Best se refiere aquí al Trafford Training Centre, las instalaciones inauguradas el
26 de julio de 2000, y que siguen siendo a día de hoy el lugar de entrenamiento
de la primera plantilla del Manchester United.
4.
Pequeño pueblo costero situado a media hora en coche de Belfast.
5.
Liga juvenil regional para clubes de Londres y del sudeste de Inglaterra,
conocida también como Bostik League.
6.
Torneo amistoso anual en que competían las cuatro selecciones nacionales del
Reino Unido. Fue el torneo más antiguo del fútbol mundial desde su primera
edición, en la temporada 1883-84, hasta la última, celebrada en 1984.
7.
Cookstown are the Best family sausages en el original. Sería la primera de las
muchas veces que George Best vería convertido su apellido en una muletilla
para muchos de los titulares y lemas que estaba por brindar.
8.
Aquí las siglas rezan Huevo (Egg) para Desayunar (Breakfast) y serás el Mejor
(Best).
9.
Best alude al incidente acaecido en septiembre de 1998 en el campo de
entrenamiento del West Ham, cuando el galés John Hartson y el israelí Eyal
Berkovic intercambiaron un patadón en la cara y un puñetazo, que inundaría las
portadas de los tabloides británicos del día siguiente. Hartson sería sancionado
con tres partidos de suspensión y veinte mil libras de multa. En 2014 Hartson
declararía que es el momento del que más se arrepiente de su carrera.
10.
Antigua compañía láctea británica fundada en 1915 que se convertiría en la líder
del sector.
11.
Los Zapateros.
12.
Seis de Best [el mejor] en el regreso de los Bad Boys.
13.
Eamonn Andrews fue el presentador del la adaptación inglesa de This is Your
Life, un reality televisivo de origen estadounidense. El programa recorría la vida
de celebridades del momento, les preparaba sorpresas y recogía episodios de su
vida en un gran libro rojo de tapas duras, el Big Red Book.
14.
George Best, la superestrella, camina como una mujer y lleva sujetador.
15.
El sistema de reinscripción se abolió en 1986. Hasta entonces, los farolillos rojos
de cada División tenían que apelar de nuevo a su plaza, que se abría entonces a
clubes que no estaban federados.
16.
Serie televisiva de humor escrita y dirigida por Paul Whitehouse emitida por la
BBC entre 1994 y 1997.
17.
Prescription For Murder: The True Story of Harold Shipman (Brian Whittle,
Jean Ritchie, Little Brown, 2001) es la biografía de Harold Shipman (1946-
2004), un médico de cabecera inglés que se convertiría en uno de los asesinos
en serie más prolíficos de la historia. Se estima que mató a más de doscientos
cincuenta pacientes.
18.
Es la calle de Londres en la que muchos periódicos y tabloides de la época
tenían su sede. Hoy apenas queda ninguno.
19.
High Intake of Vodka (HIV son las siglas del VIH en inglés).
20.
El 23 de mayo de 2002, nueve días antes del primer partido de la República de
Irlanda en el Mundial de Corea del Sur y Japón, el seleccionador gaélico Mick
McCarthy decidió poner fin al largo enfrentamiento que sostenía con su capitán
Roy Keane y le expulsó de la concentración en Saipán, Japón.
Sobre el autor
Además de uno de los futbolistas con más talento y carisma del fútbol británico
de todos los tiempos —en la memoria de muchos ingleses quedan sus hazañas
deportivas, como la primera Copa de Europa que ganó el Manchester United en
1968—, George Best fue un enfant terrible que conmocionó al mundo del fútbol
y a la sociedad británica de los sesenta y setenta. Atractivo, indómito, lenguaraz
y mujeriego, Best levantaba pasiones tanto en las gradas de Old Trafford como
en las calles y en la prensa. Apodado «el quinto Beatle» por su estilo de vida
disipado y largas melenas, Best tuvo una carrera fulgurante y errática que lo
llevó de la fama a la ignominia en muy poco tiempo. Alcohólico contumaz a
muy temprana edad, se arrojó a la noche, al juego y a las mujeres cual estrella
del rock, lo que hizo añicos la que podría haber sido una carrera prolífica y lo
llevó al ostracismo y a las puertas de la muerte. En un estilo confesional, crudo y
a veces brutal, pero también apasionado y tierno, Best narra su durísima
experiencia con el alcohol, las detenciones policiales y sus noches locas de vino
y rosas, los accidentes de tráfico e infinidad de amantes, y cómo no, sus gestas
futbolísticas más legendarias. George Best falleció en 2005 a causa de una
infección pulmonar y fue enterrado en Belfast, su ciudad natal, en un funeral de
Estado sin precedentes que congregó a más de medio millón de personas.
Roy Collins, coautor de este libro, fue columnista de deportes durante más de
veinte años y amigo personal de George Best. Escribió en periódicos como
Today, The People, The Guardian y The Sunday Telegraph. Fue también coautor
de la autobiografía del promotor de boxeo Frank Warren. Collins murió en
España, donde residía desde hacía años, en enero de 2022.