CANTO 1
LOS DIOSES DECIDEN EL REGRESO DE ULISES
Invocación a la Musa
Musa, hija de Zeus, cuéntanos la historia del héroe que estuvo veinte
años lejos de su hogar por enemistarse con Poseidón’, el dios que
tutelaba los mares. Cuéntanos sus aventuras luego de la guerra de
Troya, y de cómo se libró de mil peligros hasta llegar disfrazado a su
palacio para vengarse de quienes acosaban a su esposa Penélope.
Era el rey de Ítaca, se llamaba Ulises y tenía un único hijo, el
obediente Telémaco.
El regreso postergado
Diez años después de terminada la guerra en Troya-que se había
prolongado, también, por diez largos años- tan sólo Ulises, el fecundo
en ardides, no había retornado a su palacio, en la isla de Ítaca¹. Todos
los soldados sobrevivientes estaban a salvo en sus hogares,
disfrutando de la gloria concedida a los vencedores.
Ulises, famoso por su ingenio y prudencia, había sido el creador del
caballo de madera, el mismo que permitió al ejército griego burlar las
murallas de Troya y devastar la ciudad.
De regreso a la patria, decidió anclar su nave en una isla donde
habita Na Aslitemo, hijo de Poseidón, el tutor de los mares. Polifemo
era un kkpe un gigante salvaje de un solo ojo, que atacó al héroe y a
sus com pañeros. El fecundo en ardides se defendió cegando al
ciclope. Desde entences Aoscidón lo hizo errar por islas remotas,
plagadas de enemigos, y lo expuso a los peligros de las tempestades
marinas.
To expuse demoraba su vuelta que, en Ítaca, muchos lo daban por
mucho; y decenas de pretendientes querían casarse con su esposa, la
fiel Penélope, por considerarla una viuda. Pero la reina resistía el coso,
convencida de que su amado compañero volvería al hogar.
La cabeza de Zeus
Una puerta de nubes ocultaba los imponentes palacios de los dioses
en la cumbre del monte Olimpo. Desde los profundos valles, donde
crecía la hierba fresca, apenas si llegaba el agitado eco de la vida de
los hombres, el clamor de sus ruegos y sus afanes.
Sentado en el trono olímpico, Zeus amontonaba las nubes, lanzaba el
rayo, se enamoraba con frecuencia y administraba la justícia. Zeus
era el dios feliz, el padre espiritual del resto de las divinidades y de
los hombres. Aquel día, sin embargo, le dolía la
Cabeza, señal de que su indómita hija Atenea estaba urdiendo algo.
En verdad, Arenea, la diosa de los ojos brillantes, decidió que era
El momento ideal para hablar sobre Ulises en el concilio divino: su
temido tío, Poseidón, había partido de viaje a los reinos etíopes”, en
los confines el mundo, para observar un sacrificio de toros y corde-
ros que éstos ofrecerían en su honor.
Arenea protegía a Ulises, pues se identificaba con su coraje y con su
astucia. Ulises descollaba entre los mortales; y ella era una diosa
guerrera y justa, que se destacaba entre los inmortales. Ambos
confiaban en su inte ligencia y sabían tramar grandes planes.
En honor a esa inteligencia, Atenea evitaba pedir por Ulises en
presen- cia de Poseidón, para no desatar la ira del tutor de los mares.
Ausente, entonces, Poseidón, Atenea se dirigió a Zeus:
-Padre, es hora de poner fin a las pruebas de Ulises. Nadie tarda tanto
en regresar a su hogar, salvo los muertos.
Zeus, el que junta las nubes, sintió una nueva punzada de dolor en su
cabeza. Sabiendo lo que ella esperaba de él, le preguntó:
-¿Y qué propones, hija querida?
Atenea le recordó que Ulises había sufrido demasiado. ¡Ya no tenía
sol- dados, ya no tenía naves! Había padecido naufragios y
desventuras que hubieran llevado a otro mortal a la locura o al
suicidio.
-Padre, aprovechando su último naufragio, la ninfa Calipso lo ha
tomado como prisionero y le pide que olvide su patria y a su familia-.
Atenea, midiendo el tono de sus palabras, evocó en Zeus los
sacrificios que Ulises le brindaba en las llanuras de Troya. Y agregó:
Acaso lo odias
Has olvidado lo que significante par enda humana? ¿Te parece justo
que su trond en ftaca and vαίος Έλ haya podido ver crecer a su hijo
Telemato? ¿Qué colo aguarde en vano cada día?
Zeus sabia llevar muy bien las cuentas de los sacrificios, pues se
encar gaba de partir con un rayo a quien no se los hiciera, más
temprano que sarde. Pero, en este caso, no encontraba solución a
una dificultad. Lame ayudar a Ulises, un mortal, sin humillar a su
poderoso hermano Posidont Atenea adivinó esta duda en los ojos de
su padre y lo acicated
-¿Es que no puedes más que Poseidón? ¿No era tu designio el regreso
de Ulises?
Comprensivo, Zeus sentenció:
-Dices bien. Que se haga como tú lo has pensado. Cuando mi herma
no menor lo sepa, deberá entenderlo: demasiado tiempo ha
maquinado ya contra este héroe intachable.
Y al ceder Zeus ante los ruegos de su hija, cedió también el espantoso
dolor de cabeza que le impedía disfrutar de la humedad esponjosa de
las nubes, la visión de las fértiles viñas que se extendían por los
valles y, acaso, de alguna hermosa campesina bañándose en el río.
Atenea declaró al instante:
-Propongo que Hermes”, el mensajero, le ordene a la ninfa Calipso
que libere a Ulises. Yo partiré a Itaca para infundirle valor a su hijo
Telémaco, que debe lidiar con los pretendientes de su madre, los cua
les se están devorando sus bienes y riquezas y, pronto, querrán
devorarlo a él mismo.
Zeus le respondió:
-Ve ahora a Itaca, y a tu regreso, enviaremos a Hermes a esa lejana
isla. Y así concluyó la reunión de los dioses
Penélope y el sudario
4to A
Veinte años para una
Ítaca esté vacio? ¿Qué
¿Qué su consorte lo
Rificios, pues se encar
Más semprano que
A dificultad. ¿Cómo
Hermano Poseidón?
O acicated
Era tu designio
Ando mi herma
Amaquinado ya
En el espantoso
Ponjosa de las
Alles y, acaso,
Fa Calipso
Asu hijo
Los cua
Querrán
Ana isla.
En los años anteriores a la decisión de los dioses de ayudar a Ulises,
Penélope sufrió muchas penurias. Su belleza aún encandilaba a los
hombres; pero, en su cara, estaban marcadas las huellas del
sufrimiento.
Gran parte de su juventud se había evaporado en una espera sin fin.
¿Cuántas veces debió ocultarse en sus habitaciones para que
Telémaco no viera sus lágrimas! Su hijo necesitaba la presencia del
padre, pues su amor no bastaba para convertirlo en un guerrero que
todos respetaran. Los pretendientes, en el mejor de los casos, lo igno-
raban y en el peor, se burlaban de él. Estos hombres, que tanto la tor-
turabanı, eran los orgullosos hijos de las mejores familias de Ítaca y
de las islas cercanas. Creían que Ulises ya había sido devorado, en
algu- na playa perdida, por las aves de rapiña y esperaban que la
reina eli- giera, entre ellos, a su nuevo marido. Penélope temía que
Telémaco se viera obligado a enfrentarlos sin estar preparado, por eso
se esfor- zaba para no ofender a los festejantes y esgrimía, ante ellos,
las artes de una distante seducción en un precario equilibrio.
En los hechos, eran los amos del palacio. Lo único que no hacían era
quedarse a dormir; por lo demás, mandaban a los dependientes y
escla- vos como si fueran propios, comían y bebían de los bien
abastecidos almacenes y la hacienda, y cada vez, se volvían más
insolentes.
Durante tres años, Penélope los contuvo gracias a un ardid digno de
Ulises: les prometió elegir a uno de ellos apenas terminara el
sudario’s de Laertes, el anciano padre de Ulises, demasiado enfermo
para reto- mar el trono vacío. No sea cosa, les anunció la reina, que el
pobre anciano se fuera sin mortaja al reino del invisible Hades”,
donde van bas almas de los difuntos. ¡Qué pensarían las esposas de
los nobles de aca si un hombre tan venerable no vistiera con dignidad
el día de sa muerte! Aunque con muchos reparos, los pretendientes
aceptaron la propuesta.
En las altas habitaciones del palacio, Penélope tejió de día con el telar
y con la rueca un manto cuyas sutilezas debían ser infinitas, a juzgar
por el tiempo que se tomaba para hacerlo. Pero jay!, que una noche
una amiga infiel la vio a la luz de las antorchas destejer la tela. Esta
mujer sintió celos y envidia de ella. ¿Cómo era posible que Penélope
fuera deseada por los más hermosos y ricos jóvenes del reino, y se
diera el gusto de rechazarlos? La envidiosa fisgona” no tardó en
delatar su estratagema”.
Desde entonces, Penélope no imaginaba qué hacer para diferir su
deci- sión, salvo dar esperanzas a todos, a la vez que intentaba
convencerlos de que Ulises estaba vivo.
Mas cada día que pasaba, se reducía su hacienda: hoy, dos bueyes
gordos; mañana, media docena de puercos cebados eran sacrificados
por las visitas, empeñados en brindarse un banquete diario hasta que
ella señalase a su futuro marido.
Atenea en Ítaca
Entretanto, luego de contar con la aprobación de Zeus, Atenea, la
diosa de ojos brillantes, tomó su lanza de bronce y partió veloz con
sus sandalias aladas hacia Itaca. Al llegar al umbral de la mansión de
Ulises, adquirió la forma de un extranjero llamado Mentes, rey de los
tafios, un pueblo dis- tante, pues los dioses nunca se presentaban con
su verdadero aspecto ante los mortales.
Erguida en el vestíbulo, observó con furia cómo los festejantes
comían
Las carnes y se emborrachaban con el vino ajeno. Telémaco padecía
la
Escena alejado de todos, en silencio: la hermosa melena oscura
ocultaba, en parte, su rostro y la tristeza de su mirada. A pesar de su
agobio, el here- do de Ulises tuvo palabras amables para el visitante,
en cuanto lo vio: Ven, forastero, pasa, come y bebe: luego me
contarás quién eres y
qué necesitas, "Atenea guardó su lanza de bronce en una pulida
lancera donde repo- xaban varias jabalinas" de Ulises. Télémaco
advirtió el respeto del forastero por las armas de su padre, y eso lo
impulsó a confesarle, con juvenil Candor, cuánto lo añoraba.
Enseguida habló de la indignidad de los pre- tendientes que se
enseñoreaban en su palacio -los cuales no habían repa- rado siquiera
en la presencia del forastero-.
Telémaco invitó al desconocido a sentarse en un sillón, tras colocar
una alfombra bajo sus pies. El se ubicó en una silla, a su lado, y
ordenó a una sirvienta que le trajera un lavamanos. En cuanto calmó
sus ganas de comer y de beber, la mágica Atenea le dijo que era
Mentes, el rey de los tafios.
-¿Y qué hace un rey solo en tierra extraña? -se asombró Telémaco.
-Mi velero y su tripulación aguardan cerca de la orilla: he venido a ver
a mi amigo, el gran Laertes-mintió Atenea, mencionando al padre de
Ulises.
-Mi anciano abuelo, el rey Laertes, vive en el campo, se arrastra de
pena por las viñas, casi muerto de tristeza -dijo Telémaco.
Atenea sabía perfectamente dónde vivía Laertes; su objetivo allí era
apuntalar la fortaleza del muchacho y armarle un plan para que
cobra- ra confianza en sí mismo. Le preguntó si él era entonces el hijo
del héroe de Troya.
-Lo soy-repuso Telémaco.
-¿Y qué hacen estos desvergonzados aquí en la casa del guerrero más
valiente que he conocido? Pobre será de ellos cuando vuelva -auguró
Atenea.
El sufrido Telémaco exclamó angustiado:
-¿Y cómo volverá? Pienso que se ha quedado muerto sin fama ni
hono- res por no haber caído en la guerra, rodeado de amigos y
enemigos. De haber sido así, mi padre tendría un monumento al que
todos le rendirian memoria: pero su muerte ha sido ocultada por las
arpías", tras arrebatarle la fama y la gloria. Y no lloro por el
solamente: soy demasiado joven para imponer autoridad en mi casa y
en el reino.
patenea miró los ojos del joven angustiado y luego señaló a los
pretendientes:
-Medita acerca de cómo echar de aquí a esta gente, ya volverá Ulises,
Pensando que se trataba de un consuelo gentil, Telémaco no hizo más
que negar con un gesto esa posibilidad, pero la diosa le ordenó con
firmeza:
-Escucha mi consejo: convoca mañana a una asamblea en la plaza,
reúne a todos estos hombres apenas salga el sol. Intímalos a velver a
sus casas, mientras tú partirás por noticias de tu padre hacia Pilos y
luego a Esparta para ver a Néstor y a Menelao, que combatieron con
él y son reyes en sus tierras. Si ellos te dicen que Ulises ha muerto y
pueden com- probarlo, búscale a tu madre un esposo y planifica cómo
mata ás a éstos, que no tienen perdón. Si te dicen que vive, soporta
tus sufrin ientos un tiempo más, pues pronto volverá. -Telémaco
quedó sorprendido mirando a su comensal, quien concluyó: Y ya no
andes con niñerías no tienes edad para eso. No te falta valor, sino
confianza.
Dicho esto, la diosa con la apariencia de Mentes, el rey de los tafios,
se marchó y dejó a Telémaco profundamente conmovido, sospechaba
que aquel extraño forastero era un dios.
Entonces las conversaciones se acallaron: por las escaleras, bajaba
Penélope junto a dos de sus doncellas. Un velo translúcido cuł ría sus
meji- llas y acentuaba la melancolía de sus ojos; en tanto que el
vestido, ligero y sencillo, ceñía el cuerpo que hechizaba a los
hombres. Aun los borra- chos, incluso los más brutales suspiraron al
verla apoyada en la colum- na dorada que sostenía el techo. La reina
señaló al aedc, llamado Femio, contratado por los pretendientes, ya
dispuesto a cantar historias Troya. Asi habló la reina al aedo:
Cantes nunca más eso que te of anoche: no hables del duro regre- de
los héroes de Troya, pues el mayor de los héroes no ha vuelto aún. No
me apenes. Los griegos han vivido otras hazañas, cántales a ésas y
no le cannes a Troya.
Telemaco comprendió que podía enviar un mensaje a los preten-
dientes. Con voz firme, ordenó a su madre:
Madre, discúlpame, no son dignos estos hombres de mirarte un
momento más. Vuelve al cuarto, por favor. No es este aedo el
culpable, sino Zeus, que distribuye la justicia a su modo. No hay
familia en Ítaca que no haya dejado parte de su sangre en las
murallas rotas de Troya. Vuelve a tus habitaciones, deja que yo
mande en esta casa.
Penélope, con blandura de madre y, a la vez, con la visión de que algo
nuevo surgía en su hijo, eligió la obediencia. Una rara esperanza guió
sus pasos, ya lejos de las ávidas miradas de los hombres, en las
espaciosas habi- taciones del palacio.
Los pretendientes se quedaron sorprendidos por el gesto del joven,
pero más aún, por las palabras siguientes:
-Los convoco mañana al ágora”, a una asamblea donde debo decirles
muchas cosas. Si es que antes no mueren por obra de algún dios que
se haga eco de mi deseo. Pues no duden de que su insolen- cia, en
esta casa, merece el castigo divino.
Telémaco estaba estrenando su valentía.
-Muy bien-dijo Antínoo, el más insolente, con una sonrisa car- gada de
maldad. Mañana nos veremos.
Y así cerraron el banquete y se fueron a sus casas.
CANTO 2
TELEMACO ENFRENTA A LOS PRETENDIENTES
La asamblea
Cuando surgió la Aurora”, la hija de la mañana, cubriendo el cielo de
luz rosada, Telémaco, el hijo de Ulises, se levantó de la cama. Luego
de vestirse y de atarse las sandalias, eligió la espada más filosa y la
colgó sobre su hombro. Al salir del cuarto, ordenó a los heraldos” que
convocaran a los itacenses al ágora.
Sólo cuando estimó que todos estaban congregados, apareció en la
plaza, semejante a un dios, escoltado por dos perros ágiles y
empuñando su lanza de bronce con decisión. Muchos se apartaron al
verlo: se lo veía más alto, más fuerte, con la barbilla erguida y con un
rictus en la boca que apenas si contenía, tras el cerco de los dientes,
las dramáticas palabras que estaba a punto de soltar.
Los venerables ancianos consejeros le señalaron el asiento que
ocupaba Ulises. Sentado en el trono y empuñando el cetro”, Telémaco
dejó que el anciano de larga melena blanca, el héroe Egiptio, hablara:
-Oíd, itacenses, desde que el divino Ulises se ha marchado, ni una vez
fue convocada nuestra ágora ni sesión tuvimos. ¿Quién movilízó a los
heraldos? ¿Es anciano o joven? Presumo que tendrá noticias sobre el
ejército que aún no volvió de Troya. Que Zeus lo ayude a decirnos lo
que guarda en su ánimo.
Telémaco suspiró antes de hablar largamente:
Anciano venerable, he sido yo el convocante y no para dar noti cias
del ejército. Se trata sobre un asunto particular mio, respecto a la
doble tribulación que agobia mi casa. Perdí a mi progenitor, eso es lo
primero, perdí a aquel padre que me criaba con la misma blandu- ra
de corazón con que gobernaba nuestra patria.
Telémaco tomó aire para que su voz no se quebrara, antes de con-
tinuar. El silencio de la plaza era absoluto.
-Lo otro es casi tan grave, pues está por arruinar toda mi hacienda y
mis bienes: los hijos de los varones más notables de este país
pretenden a mi madre y la asedian a pesar suyo. Día a día vienen a
nuestro palacio y matan bueyes y cabras para luego darse banquetes,
consumen el vino de nuestra bodega hasta emborracharse. Si
estuviera aquí Ulises, sabría cómo frenar esta locura; mas yo aún soy
joven para hacerlo y pido que los vecinos me acompañen en la
indignación, pues esto es causa de vergüen- za para ftaca, que no
respeta a su rey; y los dioses tarde o temprano se pondrán coléricos
por obrar tan mal, o por dejar obrar a sus hijos así.
De esta manera habló Télémaco con¡lágrimas en los ojos, arrojando el
cetro al suelo; mientras un piadoso silencio reinó en la plaza. ¿Quién
podría decirle palabras duras, luego de haber expresado tanto dolor?
Antínoo, el insolente, decidió contestar:
-Telémaco, altisonante, no sabes contenerte y ahora nos ultrajas; mas
la culpa no es de los nobles griegos que pretenden a tu madre, la
culpa es de ella misma, que a todos envía buenos mensajes y da
esperanzas, y por ninguno se decide. ¡Por no hablar del sudario de
Laertes! Bien nos tuvo pendientes de eso tres años. Dile que se
decida pronto por alguno, pues cuanto más pase el tiempo, más ruina
caerá sobre tu morada. No dejare- mos de ir hasta que a ella le plazca
elegir marido. Que no abuse tanto de las dotes que la diosa Atenea le
otorgó en abundancia y deje ya de ator- mentarnos con la indecisión.
Después que el insolente Antínoo lanzó estas agrias palabras,
Telémaco sintió que su furia se doblaba Dices que yo deberia Cone
para mi madre para que se fuera de mi asa centra tundi Quién puede
demostrar que Ulises, mi le mi ha muerto? Si les fastidia tanto esta
situación, salgan del palacio y dejen de hansumir lo que no es de
ustedes. Y si les parece mejor seguir haciéndolo, poncaré a los dioses
eternos por si Zeus me concede un día que sus mal- jindes sean
castigadas. En ese caso, tal vez, no salgan ya vivos del palacio; y
ningún hijo podrá vengarlos mañana.
Al terminar Telémaco de arremeter con estas palabras, dos águilas
apa- recieron en el cielo, volando muy juntas con las alas extendidas,
veloces como el viento. Planearon sobre los presentes en la plaza,
mirando sus cabezas ominosamente” hasta que se fueron hacia las
altas cumbres de donde provenían. Entonces habló el adivino
Haliterses, el único que podía conocer los augurios y explicar las
cosas fatales:
-Oid con atención, que el augurio es muy claro: grande es la desgra-
cia que espera a los pretendientes. No lo vaticino” en vano: les
aseguro que el ingenioso Ulises ya está cerca, pues yo mismo predije
hace veinte años que él regresaría luego de pasar muchos males y
perder a sus compa- ñeros. Y dije también que nadie lo reconocería y
ya veo que todo se va cumpliendo. Más valdría a quienes acosan a
Penélope cesar espontánea- mente sus reclamos y no volver al
palacio.
Con estas firmes palabras, terminó de arengar el anciano adivino
Haliterses, lo cual provocó una airada respuesta de Eurímaco, otro de
los pretendientes, quien se burló del viejo y amenazó con imponerle
una multa. Telémaco le contestó con firmeza:
-Ya no hablemos más acerca de esto, los dioses y los griegos están
enterados de todo. Sólo voy a hacerles un pedido: necesito una nave
y veinte remeros que me abran camino. Iré a Esparta” la extensa y a
la arenosa Pilos a preguntar por mi padre. Si algún mortal allí me
asegura que él vive, lo esperaré un año más; pero si me confirman
que ha muerto, regresaré a la patria, levantaré un monumento a su
memoria y le haré los funerales que se merece. Luego, y eso seguro
que les importa, me ocuparé de que mi madre tenga nuevo esposo.
Al oir esto, se levantó Mentor”, un anciano bondadoso, ran confia ble
para Ulises que, al embarcarse hacia Troya, éste le había encargado
que cuidase de su familia. Mentor, protector del joven Télémaco, no
dudó en decir:
-No odio tanto a los pretendientes, como al silencio del resto de los
itacenses, que observan la violencia con que éstos actúan en el
palacio de nuestro benigno rey ausente sin intentar frenarlos.
Estas palabras encendieron el ánimo del conjunto de los preten-
dientes. Finalmente, se destacó la voz de uno de ellos, llamado
Leócrito:
-Mentor, eres perverso y loco. ¿Cómo vas a pedir que desistamos? Si
el mismo Ulises, ingenioso como cra, llegara a regresar y osara
echarnos de su casa, allí mismo recibiría muerte, pues somos
muchos; y él, uno. -Y luego de esta cruel amenaza, el tono de Léocrito
se tornó burlón al agre- gar: Que termine ahora esta reunión, que los
ancianos Mentor y Haliterses, que en verdad no han hablado como
deberían, ayuden a Telémaco para emprender el viaje, aunque se me
figura que no se atreverá a echarse a la mar. ¡Si jamás se ha movido
de Ítaca!
El barco y los remeros
Se fue cada uno a su casa, salvo los pretendientes, que marcharon al
palacio de Ulises para desollar bueyes y cabras, en plan de darse otro
ban- quete a sus expensas. Telémaco, en cambio, se retiró hacia la
playa y, mirando el mar, suplicó en voz alta a la diosa Atenea, la de
ojos brillantes: -Oyeme, diosa, que ayer estuviste conmigo disfrazada:
a todo se opo- nen los pobladores de Ítaca, y aún más, los que
pretenden a mi madre. ¿Cómo haré para obtener la nave y los
remeros? No me siento digno del coraje y de la prudencia de mi
padre.
De inmediato, lo escuchó la diosa y tras echar mano a sus poderes
mágicos, se transformó en Mentor, el anciano protector que lo había
defendido en la plaza.
Mentor! ¿Qué haces aquí? -dijo el sorprendido Télémaco. La diosa,
imitando la voz trabajosa del anciano, le aconsejó:
Telémaco, quiero decirte algo: no eres cobarde, ni tampoco te falta
inteligencia. No te ocupes de lo que digan los pretendientes, pues no
tie- nen cordura ni saben de justicia. Te confieso que, adernás,
ignoran que la Parca los hará acabar juntos, de un soplo. Yo
conseguiré una nave y los remeros, y me iré contigo. Vuelve ahora a
casa, mézclare con los preten- dientes y ordena a tus criados que
dispongan provisiones para el viaje.
Telémaco obedeció y fue al palacio con prontitud, sin imaginar que,
por segunda vez en pocas horas, había estado conversando con la
diosa Atenea. ¡Él no podía ver más que el cuerpo endeble del viejo
Mentor, su protector!
Ya en la sala de banquetes, el insolente Antínoo lo tomó de la mano y,
con una sonrisa burlona, lo invitó a comer. Telémaco apartó con asco
la mano y le respondió:
-No me es posible compartir la mesa con hombres tan viles y
soberbios. Ignorando las burlas hirientes que originó su comentario,
bajó a la cámara de su padre, donde se acopiaban el oro y el bronce,
guardados en arcones. También había aceites y tinajas” con vino
dulce, todo custodia- do día y noche por Euricle, el ama de llaves que
había criado al ingenioso Ulises y lo conocía como nadie en el mundo.
La buena mujer esperaba cada día que su amo volviese y, para tal
acontecimiento, guardaba los mejores vinos, bien ordenados contra la
pared. Telémaco le confió que partiría por noticias de su padre y le
pidió que mantuviera el secreto tanto como le fuese posible para
evitarle más penas a su madre, y aclarado este punto, le ordenó que
preparase provisiones para veinte hombres.
Entretanto Atenea, la diosa de los ojos brillantes, con el aspecto de
MeEntrecorrió toda la ciudad, habló con varones fuertes y les encar
gó que, al anochecer, se reunieran en el puerto. Luego consiguió la
mejor nave, cedida por su noble dueño gustosamente, un ingenuo
marino llamado Nocmón, el Bueno.
Se puso el sol, y los caminos y calles se velaron por las tinieblas.
Para completar su plan, Atenea fue al palacio de Ulises y, con su
magia, provocó sueño a los pretendientes, de tal modo que desearon
retirarse a dormir a sus hogares. En cuanto se marcharon, llamó a
Telémaco y lo condujo al puerto con los viveres, donde ya esperaban
los remeros de lar- gas cabelleras, prestos para la aventura.
-¿De verdad emprenderás el viaje conmigo, Mentor? -preguntó
Telémaco, conmovido por la fidelidad del anciano.
Atenea sonrió, divertida con su disfraz y, sin contestar a la pregun- ta,
ordenó a los remeros que soltaran las amarras. Luego pidió buenos
vientos, en silencio.
Navegaron toda la noche y el día siguiente hasta llegar a Pilos.
CANTO 3
VIAJE DE TELEMACO A PILOS
El encuentro con Néstor
El sol ya abandonaba el horizonte y los límites del hermoso mar para
subir al cielo y alumbrar así el día de los dioses inmortales y de los
mortales-pues todos vivían en la misma tierra-, cuando la nave llegó a
la arenosa ciudad de Pilos, en medio de un espectáculo estremecedor.
A la orilla del mar, los habitantes inmolaban toros negros en honor de
Poseidón, el que hacía mover la Tierra. Había nueve grupos de qui-
nientos hombres cada uno; y delante de cada grupo, se sacrificaban
nueve toros. Los gritos de los guerreros con sus pechos y manos salpi-
cados de sangre y el balido de los toros heridos, que movían sus
grandes cuernos de un lado a otro para descargar la furia, superaban
todo lo que
El joven Telémaco había experimentado en su vida. La imponente
hecatombe lo intimidó.
Debía presentarse ante el rey Néstor, el venerable consejero, héroe
de Troya y amigo de su padre, pero sentía que semejante tarea lo
sobre- pasaba. Telémaco no contaba con la inspiración de Atenea, la
de ojos brillantes, que caminaba junto a él -con la forma de Mentor, el
protec- tor-. Atenea le dijo:
35
-No sientas vergüenza, eres el hijo de Ulises; y Néstor fue su amigo,
puede contarte muchas cosas de tu padre. -Mentor, ¿cómo quieres
que me acerque a Néstor, cómo haré para saludarlo? ¡Es tan
poderoso! ¿Me prestará atención? Por los dioses del Olimpo! No tengo
práctica en estas cosas-repuso Telémaco.
Arenca le contestó con firmeza para llegar al corazón de Telémaco:
Algunas palabras saldrán directamente de ti; y en otras, un dios... o
una diosa te inspirará.
Ella no podía decirle más claramente que no era Mentor, tal como él
lo veía, sino la misma Atenea, la hija preferida del visionario Zeus, el
que junta las nubes.
Caminaron hasta llegar al lugar donde estaba la junta de varones de
Pilos, sentados ante largas mesas; mientras los sirvientes asaban la
carne. En cuanto vieron a los huéspedes, varios les hicieron señas con
las manos y los invitaron a sentarse. Pisístrato, conocido como el
belicoso, uno de los hijos de Néstor, les acercó mullidas pieles de
oveja y les sirvió vino en copas de oro y luego les suplicó que hicieran
las libaciones" correspon- dientes a los dioses.
Con la copa llena de dulce vino, Atenea, la de ojos brillantes, cum-
plió con el rito, clamando:
-Poseidón, te pido que llenes de gloria a Néstor y a sus vástagos,
recompénsalos por la hecatombe de toros que te han ofrendado y
con- cede que Telémaco y yo no nos vayamos sin obtener aquello que
vini- mos a buscar.
Eso dijo la diosa de los ojos brillantes, simulando ser Mentor, el noble
anciano, y de inmediato, hizo que su propio deseo se cumplie- se.
Pasó la copa a Telémaco, quien repitió la súplica con fervor.
Saciado el deseo de comer y de beber, Néstor, el venerable conse-
jero, les preguntó quiénes eran. Telémaco, lejos de avergonzarse, sin-
tió audacia en su pecho -pues allí, a su lado, Atenea se la infundía sin
límites-:
-Néstor, gloria de los griegos, venimos de Ítaca, buscando noti- cias
de mi padre, por si has oído hablar de Ulises Néstor lo miró
asombrado. Ese muchacho… jel hijo de su amigo Ulises! Telemaco
continuó hablando:
Se dice que has combatido con él hasta destruir la ciudad de Troya.
De todos los guerreros que allí estuvieron sin poder volver, me he
enterado cómo y dónde han muerto; mas de mi divino padre, nada
sé: si acaso ha sucumbido a manos del enemigo en tierra o murió
ahogado en las profundidades marinas. Por eso vengo a abra- zar tus
rodillas, para que me cuentes cómo ha sido su triste fin, sin
Que nada suavices por dolor o compasión. Néstor, el venerable
consejero, le contestó:
-Joven, hijo mío… ¡Qué honor que estés aquí! -Y, conmovido, tuvo que
callar. En cuanto se repuso, dijo con melancolía-: De Troya, no vale
tanta gloria si uno pesa en la balanza los infortunios que nos deparó.
Zeus demoró diez años el fin de la guerra, la ciudad parecía
impenetrable detrás de sus murallas. ¡Allí recibieron la muer- te los
mejores guerreros! El habilidoso Ayante”; Aquiles, el de los pies
ligeros; y su amigo Patroclo”, consejero semejante a los dioses;
también Antíloco, diestro con la espada. Ulises y yo éramos uno al
momento de aconsejar a los demás con prudencia, mas es justo decir
que él descollaba en ardides y en destrezas contra el enemigo. Sin
embargo, no todos obramos con rectitud a los ojos de Atenea.
El anciano Mentor, sentado junto a Telémaco, carraspeó al escu- char
estas últimas palabras. Néstor lo observó un momento, antes de
seguir hablando:
-Atenea informó a Zeus de nuestras faltas, y el que junta las nubes
nos preparó un retorno lamentable. Los gloriosos hermanos, Mendias,
discutieron entre ellos. Menelao, que había recuperade a Helena" de
los brazos cobardes de Paris", el mismo que, por un golpe de suerte,
mató a Aquiles con la flecha en el talón, propuso que volviéramos por
el mar de inmediato. Agamenón, comandante en jefe del ejército,
quería dilatar la vuelta y ofrecer hecatombes sagradas para calmar a
Atenea. Hubo duras palabras entre ambos y. al llegar la noche, cada
uno tenía sus partidarios, quienes a su vez discutian bulliciosamente.
Al despertar la Aurora, la mitad nos embarcamos con Menelao; y la
otra mitad quedó en tierra con Agamenón. Cuando llegamos a
Ténedos, la pequeña isla cercana a Troya, Ulises y sus compañeros
cambiaron de opinión y regresaron con sus naves junto a Agamenón.
Pero yo seguí huyendo, huyendo y regresando, pues conozco a los
dioses y sabía las calamidades que ellos tramaban para el ejército
griego. Logré tomar la ruta de Pilos, y nunca me faltó el viento. Así
vine, querido hijo, y no sé quiénes han sobrevivido o perecido.
Aunque nada he de ocultarte: supe que han llegado al fin los
mirmidones que comandaba el poderoso Aquiles, el de los pies
ligeros, y que otros llegaron a Creta". Incluso Agamenón ha
regresado.... pero ya sabes la horrible muerte que lo esperaba.
En este punto, al anciano rey Néstor, el venerable consejero, se le
quebró la voz y debió callarse para que el llanto no lo sacudiera.
Simulando un enojo con los sirvientes, se levantó y fue hacia donde
éstos asaban la carne.
La muerte de Agamenón
Mientras Néstor se desahogaba con los asadores, un anciano famoso
en Pilos por su sabiduría le contó a Telémaco el triste final del glorioso
Agamenón:
Disculpa a Néstor, nuestro sabio rey, pero aún hoy le resulta dificil
aceptar que Agamenón, el comandante del ejército griego, el que
superó los peligros de la guerra, el que regresó a su hogar baña do en
gloria… haya muerto a manos de su esposa. Asombrado, Telémaco
oyó, en boca del anciano, que Agamenón
Selló su destino antes de partir a Troya, cuando se encontraba de no-
rado en el puerto griego de Áulide, porque sus mil navíos no legra-
ban zarpar. Los retenía el viento del Norte, que les impedía navegar a
Trova e iniciar la guerra. Desesperado, Agamenón consultó a in
adivino. El adivino le reveló que Artemisa, la diosa de la caza, esta- ba
enfurecida con él, con Agamenón, porque sus soldados había matado
a un animal salvaje que ella protegía. Según el adivino, si sacrificaba
a Ifigenia, su hija mayor, Artemisa se aplacaría y enviaría buenos
vientos. Agamenón, que sólo pensaba en la gloria, no tuvo dudas:
hizo venir a Ifigenia a Aulide, tras decirle que la esperaba Aquiles, el
de los pies ligeros, para casarse con ella. La muchacha llegó
engañada desde Micenas, feliz de que semejante héroe se hubiera
fijado en ella, sin saber que su destino real era morir en el templo de
Artemisa. En cuanto Ifigenia fue sacrificada, llegaron los vientos
favorables; y los barcos pudieron zarpar. Agamenón conquistó Troya:
pero Clitemnestra, su esposa, jamás lo perdonó por inmolar” a su
querida hija. Clitemnestra decidió vengar a Ifigenia. Lo primero que
hizo fue aceptar como amante a Egisto”, un hombre que la cor- tejaba
desde que su marido había partido con el ejército
Mientras tanto, Agamenón, luego de quemar Troya, tomó como parte
del botin a Casandra, una de las cincuenta hijas e hijos del venci- do
rey Priamo, El bello dios Apolo", enamorado de Casandra, le había
regalado el don de la profecía. Como Casandra jamás correspondió al
amor del dios, éste anuló el regalo con una maldición: nadie creería
jamás tales profecias.
Cuando Casandra vio el caballo de madera en las puertas de Troya,
intentó convencer a su padre, el rey Príamo, de que lo arrojara al mar,
pues su ingreso a la ciudad significaría la perdición. Sin saber que
seguía el mandato de la maldición de Apolo, su padre no le creyó. El
propio Agamenón, que respetaba a su princesa esclava, tampoco
confió en ella cuando Casandra le rogó que no regresara a su palacio,
pues allí ambos moririan asesinados.
Clitemnestra recibió a su esposo con amorosa cortesía, le hizo
preparar un banquete, y mientras él se bañaba, el amante, Egisto, lo
hirió con una espada, y ella completó el crimen tras decapitarlo.
Luego, mataron tam- bién a Casandra.
Todo eso le contó el anciano de Pilos al abrumado Telémaco, mientras
Néstor reprendía a los asadores para ocultar su dolor. A su lado,
Mentor, el protector, asentía. Pues había sido Atenea -disfrazada de
Mentor- quien había inspirado al anciano para que le contase a
Telémaco los deta- Iles desconocidos de la muerte de Agamenón.
La venganza de un hijo
Néstor, rey de Pilos, no podía atender las razones que pudiera tener
Clitemnestra para asesinar a su esposo. Él sólo veía la muerte artera
de su comandante y compañero en Troya. En cuanto ocupó su lugar
ante la mesa, se dirigió nuevamente a Telémaco:
-Si Menelao, el conductor de pueblos, hubiera estado en Micenas,
habría descubierto la trampa mortal que esperaba a su hermano
Agamenonde Esiquiera se habría molestado en arrojar tie sobre el
cadáver de Egistos to hubiese puesto lejos de la rojat merced de los
per royal el estats de rapina. Pues mientia condied, a combatíamos en
Troya, el estaba muy tranquilo seducienda za rina Clitemnestra,
Néstor suspiró, y sus ojos brillaron agre hijo vivo pueda vengar! Eso
ha hecho Orestes", hijo de Agamenón que ha matado al doloso Egisto
y se animó, sabiendo que los dioses ibaha castigarlo, a matar también
a su madre.
Telemaco cerró los ojos al escuchar estas palabras y, con dolor,
expresó: Necesitaría del coraje de Orestes, pero no para matar a mi
que- rida madre, sino para echar de mi casa a los pretendientes.
Néstor intentó consolarlo:
-Me he enterado de tales acosos. ¡Tal vez el propio Ulises, sagaz y
certero con la espada, sea quien mañana los eche o los mate en su
propio palacio! Si Atenea, la de ojos brillantes, te quiere tanto como
en otro tiempo quería a tu padre, los pretendientes deberían perder
las esperanzas en la boda. Telémaco, desalentado, no dudó en decir:
-Creo que, ni aunque los dioses lo quisieran, podría cambiar tal cosa...
-pero Atenea, que estaba a su lado bajo el aspecto de Mentor, lo
interrumpió.
-¿Qué cosas se te escapan de la boca, Telémaco? Fácil le resulta a una
deidad salvar a un hombre, incluso, desde lejos. Tal vez, Ulises
regrese un día y, al cabo, encontrará la paz en su hogar, esa paz que
no encontró Agamenón. Sólo es tarde para un dios salvar a un hom-
bre cuando la aterradora Parca se apodera de él.
Telémaco cerró los ojos para espantar la visión de su padre muerto.
Néstor se dirigió a Telémaco para alertarlo:
Te aconsejo que no estés mucho tiempo lejos de tu casa, no sea que
otros la vacien.
Telémaco le dijo que, antes, quería visitar a Menelao, a lo que Néstor
respondió diciendo:
-Es justo lo que dices, pues él te puede dar noticias de tu padre. Ve
por Menelao en la bien construida Esparta. Te será más sencillo ir por
tierra. Deja aquí tu nave y a tus remeros, te ofrezco carro y corceles;
y con ellos, a mi hijo Pisístrato, que te escoltará.
Así habló Néstor cuando atardeció, y la oscuridad sobrevino.
El vuelo de la diosa
Atenea, que era para todos el viejo Mentor, sugirió que llegaba la hora
de terminar las conversaciones y de descansar, luego de ofrecer
libaciones a los dioses.
Los sirvientes trajeron aguamanos" y las copas, que llenaron con el
dulce vino. Luego de hacer las libaciones y de beber, Atenea y
Telémaco quisieron retirarse a la nave; pero Néstor los detuvo y los
instó a que
durmieran en su palacio. Atenea, la de ojos brillantes, le contestó:
-Eso es oportuno para Telémaco, porque obedece muy bien; mas yo,
que soy el más viejo en el barco, iré a darles ánimos a los jóvenes
remeros y, con ellos, pasaré la noche.
Entonces Atenea se elevó, volando como un águila; y todos se queda-
ron pasmados. Pero ninguno tan pasmado como Telémaco. ¡Ahora
com- prendía, al fin, que Mentor, este Mentor que había llegado con él
a Pilos, no era sino Atenea disfrazada! Conmocionado aún por la
revelación, escuchó las palabras de Néstor:
-No creo que puedas ser cobarde mañana, si hoy, a pesar de ser tan
joven, ya te acompañan los dioses.
Y luego decretó el anciano que inmolaría una novilla en honor de la
diosa por la mañana.
Dejaron atrás los grandes patios donde habían pasado aquellas horas
comiendo y conversando, y se dirigieron al palacio en amable ter-
tulia, felices por haber estado junto a la diosa. Hijos, yernos y el
propio Telémaco escoltaban al venerable consejero Néstor, rey de
Pilos y amigo de Ulises. En cuanto entraron en la sala del palacio,
eligió el rey un cántaro donde llevaba once años reposando el vino. Él
mismo lo mezcló en una vasija hasta que pudiera ser libado en honor
de los dio- ses y, sobre todo, de la justa Atenca, la de los ojos
brillantes. Luego de beber, todos descansaron en confortables lechos.
Un sacrificio en honor de Atenea
Cuando se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de los dedos
rosa- dos, Néstor se levantó y fue a sentarse sobre unas piedras
blancas, lustra- das con aceite. En torno suyo, se ubicaron los hijos,
que iban saliendo de sus habitaciones; y Telémaco, quien había
trabado amistad con Pisistrato, el belicoso. Néstor se dirigió a sus
hijos y les ordenó que uno de ellos fuera al campo y acercara una
novilla, que otro fuese al barco del noble Telémaco y trajera a sus
compañeros y mandó que un tercero fuese por el orfebre para que
vertiera el oro alrededor de los cuernos de la novilla, en honor de
Atenea. Y culminó las órdenes dictando:
-Que los demás permanezcan reunidos y que ordenen a las escla- vas
preparar un banquete.
Todos enmudecieron cuando apareció el anciano Mentor, pues ahora
sabían que era el disfraz de la diosa. Conmovido, Néstor le dio el oro
al orfebre; y éste lo vertió en los cuernos del animal, para que la diosa
admirase tal adorno. Luego hicieron un gran despliegue los hijos del
rey hiriendo a la novilla, hasta que la degolló el belicoso Pisístrato. Tan
pronto se desangró, la descuartizaron y, según el rito,
Le cortaron los muslos, los untaron con grasa y los cubrieron con tro
zos de carne. Néstor los puso sobre la leña encendida y los roció con
vino tinto. Ya quemados los muslos, probaron las entrañas; y los
mancebos cortaron la carne asada en trozos muy pequeños.
Saciado el deseo de comer y de beber, Néstor ordenó que prepa-
raran el carro y los caballos para que Telémaco, acompañado por
Pisístrato, el belicoso, pudiera llegar a Esparta. Los jóvenes partieron
veloces hacia la llanura y dejaron atrás la arenosa Pilos.
Se ponía el sol, y las tinieblas ya cubrían los caminos, cuando lle-
garon a la ciudad de Feras, a la casa de un amigo de Néstor, quien les
dio hospitalidad. Mas en cuanto se descubrió la hija de la mañana, la
Aurora de rosados dedos, el belicoso Pisístratro ya estaba azotando
los corceles, que parecían volar sobre los campos sembrados de triga-
les, y pronto terminaron el viaje. El sol se puso, y la oscuridad volvió a
reinar en los caminos