Oscar Terán
LAS PALABRAS AUSENTES: PARA
LEER LOS ESCRITOS PÓSTUMOS DE
ALBERDI
Introducción a los Póstumos de Alberdi
(fragmento)
Una introducción a la lectura de los Escritos póstumos de
Juan Bautista Alberdi aparece como una tarea al menos ser -
vicial, dado que la cantidad y variedad de los temas allí abor -
dados requiere el establecimiento de ciertos hilos conducto-
res. En efecto, a lo largo de las miles de páginas que compo-
nen esos dieciséis volúmenes, lo heteróclito abunda. Porque
¿cómo homogeneizar los relatos autobiográficos que nos lo
muestran obsesionado por el temor a una muerte que percibe
como vil si el barco que lo conduce a Chile naufragare, con
los acuciosos llamamientos a Lavalle para que esa espada
hábil acepte la luz que la cabeza del intelectual le ofrece o
con los reclamos por los sueldos como ministro de la Confe-
deración, primero –y que la aviesa Buenos Aires le niega des-
pués de Pavón–, o con la encarnizada reflexión sobre las for -
mas de gobierno más aptas para inducir el orden y la civiliza-
ción en esta región sudamericana que es su patria y a la que
observa desde una lejanía orgullosa que abarca casi toda su
vida intelectual?
El carácter de la recopilación y de la publicación de los pós-
tumos contribuye, por otra parte, a aquellas dificultades. Pri -
mero, porque el propio Alberdi manifestó una conducta vaci-
lante al respecto: mientras en Palabras de un ausente decla-
raba que “la historia y la prueba de mi vida pasada lejos de mi
país están consignadas en mis escritos publicados y en mis
escritos inéditos, que un día conocerá mi país”, y en los pós-
tumos proclamaba que su existencia privada “está toda en
mis escritos inéditos, tan numerosos como los conocidos”, en
otro momento confiesa a Vicente y Ernesto Quesada sentirse
fatigado y a veces atormentado por “la tentación de destruir
todo lo escrito”. Esta ambivalencia ha quedado igualmente re-
gistrada en sus diversos testamentos: en el que dictó en julio
de 1869 ordena que sus papeles no documentales “se destru-
yan y quemen absolutamente [...] sin permitir la publicación
de ningún autógrafo o manuscrito inédito mío, porque nada
dejo escrito para ver la luz después de mis días” (VIII ) ; 1 mas
en los últimos, firmados en 1881 y 1883, esta decisión luce
menos rotunda o bien no se reitera. Es lo que permitirá a su
hijo Manuel comenzar en 1895 la edición de los póstumos,
luego continuada por Francisco Cruz, quien en 1901 publica-
rá el tomo XVI , con el cual se cierra esta edición. Edición que
adolece de errores, carece de un criterio ordenador uniforme
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y no incluye un numeroso material que aún permanece en es-
tado de manuscrito, pero que resulta imprescindible para re-
componer un itinerario político intelectual que no necesaria-
mente es mera anticipación, eco o réplica de los ocho volú-
menes que componen sus obras llamadas completas.
De tal modo, en la apretada presentación que aquí se ofre-
ce se diseña el curso de algunas ideas fundamentales que re-
corren sus póstumos. En ella, el seguimiento de las catego-
rías que estructuran un pensamiento ha sido parcialmente pri -
vilegiado por sobre las referencias políticas y personales allí
contenidas, de las cuales podrá tenerse un panorama más
completo a través del bosquejo biográfico incluido al final.
Esta desagregación entre el curso de las ideas y el curso de
una vida seguramente no habría resultado del agrado de
quien, como Juan Bautista Alberdi, no cesó de identificar su
propia curva vital con la del país donde nació en el año em -
blemático de 1810. Una curva vital que solía contemplar so-
bre un fondo de tribulaciones que lo condujeron a desentra-
ñar en su propio nacimiento –seguido al poco tiempo de la
muerte de su madre– un símbolo aciago que no dudó en ins-
cribir bajo la sombra de Rousseau, para decir, con el ginebri -
no, “mi nacimiento fue mi primera desgracia” (XV ). Muchos
años después, y en el momento de proponer formas de go-
bierno reñidas con el republicanismo de otrora, sintió la pode-
rosa necesidad, quizás justificatoria, de recordar esos oríge-
nes simultáneos de nacimiento y revolución, y evocó entre las
impresiones de la infancia “los repiques de campanas que a
medianoche despertaron a Tucumán con ocasión de las noti -
cias de los triunfos de Maipú y Chacabuco” y también la mú-
sica del baile con que se celebró la Declaración de la Inde-
pendencia en 1816 (I V) .
Luego, en la ciudad de Buenos Aires, comenzó a definir los
primeros hitos de una biografía intelectual. Entre el aburri -
miento sin pudor que en el Colegio de Ciencias Morales le
provocaban las lecciones de latín, Miguel Cané padre le apro-
ximó Julia o la Nueva Eloísa, a partir de cuya deslumbrante
lectura Rousseau se convirtió durante muchos años en su au-
tor predilecto ( XV ). Era la apertura que conducía al romanticis-
mo, dentro de ese clima intelectual que la Autobiografía de
Vicente Fidel López reflejó años más tarde, reforzada en Al -
berdi durante sus posteriores estudios de jurisprudencia por
la amistad con Juan María Gutiérrez y Esteban Echeverría. A
través de este último contrapuso a una formación fundada en
autores iluministas como Condillac, Locke, Helvecio, Cabanis
o Bentham, otra que abrevaba en Lerminier, Villemain, Victor
Hugo, Lamartine o Byron, así como en los eclécticos encabe-
zados por Victor Cousin.
Producto de aquellas inspiraciones, la participación en el
Salón Literario y en la Asociación de la Joven Argentina coin-
cide con la publicación de su Fragmento preliminar al estudio
del derecho, de 1837, en el que otorga a Rosas el título de
“persona grande y poderosa que preside nuestros destinos
públicos”. Y si bien ya desde su exilio montevideano atribuiría
a razones de oportunidad haber hecho estas concesiones pa-
ra que oficiaran como “pararrayos” de un libro de otro modo
difícilmente publicable en Buenos Aires (XV ), también recono-
ce en otro sitio que esos elogios tenían igualmente la preten-
sión de tentar a Rosas a hacerse merecedor de ellos ( XIII ).
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Esta táctica fracasada ilumina, no obstante, un proyecto
que Alberdi bien pudo compartir con sus compañeros de mili -
cia intelectual de la Nueva Generación. Al caracterizar como
núcleo de la problemática nacional esa unidad de creencia
que la prospectiva saintsimoniana indicaba como eje articula-
dor de una organización social, era posible suponer que, a
partir de la configuración de un cercle d’influence homogé-
neo, esos administradores de bienes simbólicos que se quie-
ren alejados tanto de la tradición unitaria como de la federal
podían modificar la situación política si el Príncipe atendía a
los consejeros del intelecto. Así, la juventud “abrazó las
ideas, se asoció, escribió sus creencias; emprendió una pro-
paganda por la asociación, por la palabra, por la prensa; in-
vadió la literatura, la crítica, la ciencia, la historia [...]. Transó
aparentemente con el poder de entonces, lo agasajó para no
ser estorbada por él” (XV ).
A la impermeabilidad del Restaurador de las Leyes frente a
estas intenciones tan ambiciosas como ingenuas se sumaron
los conflictos suscitados con Bolivia, con el Estado Oriental y,
sobre todo, con Francia; y entonces esa misma juventud tro-
có la revolución inteligente por la armada, que prometía ser la
vía más corta para la realización de sus fines. También ésa
fue la elección de Alberdi, quien desde la emigración monte-
videana buscó cortar con la espada de Lavalle el nudo despó-
tico contra el que se había mellado el filo del discurso. Fren-
te al joven intelectual se diseñó una estrategia que recurría a
la estrecha alianza entre la porción más culta del país y una
potencia extranjera que elevaba sus justas demandas “en
nombre de la civilización moderna y que la dictadura le nega-
ba en nombre de su naturaleza voluntariosa y violenta” (VI ).
Fue allí mismo que “la juventud argentina” con la que Alberdi
identificaba su propio círculo reconoció la emergencia del
duelo entre civilización y barbarie, y se lanzó a la alianza y a
la acción intentando contrapesar el otro maridaje consolidado
entre las masas semibárbaras y el tirano de turno. Un razona-
miento subtiende esta opción política: el principio democráti -
co fundado en la soberanía popular es legítimo si y sólo si los
sujetos que lo ejercen “son capaces, por su cultura, como en
los Estados Unidos, de la dirección o participación en los ne-
gocios generales”, requisito para cuyo cumplimiento Alberdi
únicamente observa en el horizonte político de su patria un
vacío insoportable que demanda ser cubierto por la acción
educativa de las elites del saber y del poder (XV ).
Notas
1 Todas las referencias entre paréntesis remiten a los volúmenes de
Escritos póstumos de Juan Bautista Alberdi, Universidad Nacional de
Quilmes, Buenos Aires, 2002, 16 tomos.
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