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Mi Sueño Eres Tu Sophie Saint Rose

La novela 'Mi sueño eres tú' sigue la historia de Flair, una aspirante a animadora jefe en la NFL, que enfrenta desafíos tanto en su carrera como en su vida personal, especialmente tras ser despedida por rechazar los avances de un compañero. A pesar de las adversidades, Flair se mantiene firme en su objetivo de triunfar y se une a un nuevo equipo, donde deberá lidiar con rivalidades y demostrar su valía. La trama explora temas de empoderamiento, ambición y la lucha por los sueños en un entorno competitivo.
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Mi Sueño Eres Tu Sophie Saint Rose

La novela 'Mi sueño eres tú' sigue la historia de Flair, una aspirante a animadora jefe en la NFL, que enfrenta desafíos tanto en su carrera como en su vida personal, especialmente tras ser despedida por rechazar los avances de un compañero. A pesar de las adversidades, Flair se mantiene firme en su objetivo de triunfar y se une a un nuevo equipo, donde deberá lidiar con rivalidades y demostrar su valía. La trama explora temas de empoderamiento, ambición y la lucha por los sueños en un entorno competitivo.
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Mi sueño eres tú

Sophie Saint Rose


Índice

MI SUEÑO ERES TÚ
Índice
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Epílogo
Sinopsis

Flair llevaba media vida luchando por un sueño, llegar a ser animadora
jefe en uno de los equipos de la NFL, ser profesional y llegar a lo más alto.
Por eso no le cuesta nada arriesgarse en saltos increíbles para entretener a la
afición. Pero su vida privada es otra cosa. Poner en peligro su corazón, su
carrera por alguien como Sam Polk, que ya se había casado tres veces, que
era alguien del equipo, era impensable. No dejaría que nada ni nadie se
interpusiera en su camino.
Capítulo 1

No pudo disimular su asombro. ―¿Cómo has dicho?


―Eres muy buena en tu trabajo. Joder, eres la mejor, pero Martinson no
quiere ni verte.
Entrecerró sus ojos verdes. ―Te das cuenta de que podría demandar al
equipo por esto, ¿no? ¡Es despido improcedente!
El director deportivo de los BlackBulls hizo una mueca. ―Lo siento,
pero tengo las manos atadas. Son órdenes del entrenador y del decano de la
universidad. Quiere que Martinson esté contento.
Sintió que la rabia la recorría. ―Me queda muy poco para terminar la
carrera y tengo una beca.
―Tranquila, podrás seguir estudiando.
―¡Pero no podré presentarme a la competición estatal de cheerleaders,
por lo que perderé patrocinadores externos en mis redes sociales!
―Lo siento, pero es lo que hay.
―He trabajado muchísimo para haceros las mejores coreografías del
país ―dijo entre dientes. ―¡No podéis despedirme porque no haya pasado
por el aro con ese idiota! ¡Solo fue una cita y ni siquiera me acosté con él!
―Tenías que haberte pensado mejor eso de salir con un miembro del
equipo, ¿no?
Jadeó. ―Lo que quieres decir es que si daba el paso de salir a cenar con
él, debía dejar que me bajara las bragas.
―Exactamente.
Y se quedaba tan pancho, es que aquello era el colmo. ―Somos
cheerleaders no putas. ―Se volvió agitando su coleta rubia. ―Tendrás
noticias de mi abogado.
Él sonrió. ―¿Crees que esto lo repetiré ante un juez? Puedo dar mil
excusas para echarte a la calle, guapa. Como por ejemplo que has robado
material deportivo de la universidad.
―Eso es mentira ―dijo entre dientes.
La miró de arriba abajo y se sintió desnuda a pesar de llevar los
pantalones cortos que usaba para entrenar y una camiseta de tirantes. ―No
me costará encontrar quien diga que tengo razón. Como Stephanie, por
ejemplo.
Esa llevaba detrás de su puesto desde que había llegado al equipo.
Apretó los labios con ganas de liarse a puñetazos. Él sonrió con descaro.
―Mira, no des un escándalo y te daré un cheque de lo más generoso para
que puedas tirar hasta que encuentres otra cosa.
Sintió ganas de llorar de la frustración, pero no le iba a dar esa
satisfacción. ―Eres un hijo de puta.
―Eh, eh… Acabo de bajar mil a ese cheque.
Salió dando un portazo sobresaltando a su secretaria, que asombrada la
vio ir furiosa hacia el ascensor. ―Flair, cielo, ¿qué ocurre?
―Nada, que me ha despedido a un mes de que acabe mi último
trimestre.
La mujer jadeó levantándose. ―¿Por qué te han despedido?
―¡Por no dejar que me pasaran por la piedra! ―Entró en el ascensor y
pulsó el botón. ―Adiós Anne…
―Niña, lo siento muchísimo.
―Más lo siento yo.
Las puertas se cerraron y se pasó la mano por los ojos intentando que no
se le escaparan las lágrimas. Con todo lo que había trabajado para el
campeonato… Pero ahora eso daba igual. No tenía equipo, no podría ir
cuando quedaban diez días para el evento. Malditos cerdos. Aunque la
culpa era suya, claro, por ser tan idiota. Martinson la había acosado desde
que había llegado al equipo. Le habían echado de su última universidad y le
habían admitido allí por sus puntuaciones en el fútbol. Su equipo era una
mierda y le necesitaban. Había intentado esquivarle de todas las maneras
posibles, pero no había servido de nada y como último recurso quedó a
cenar con él para hablar e intentar que entrara en razón. ¿Hablar? El peor
error de su vida, desde que había ido a buscarla a su casa le había metido
mano y a duras penas llegó al restaurante. Allí él se comportó como un
estúpido prepotente y se sintió avergonzada por cómo trataba a los
camareros. Hubo una fan del equipo que quiso hacerse una foto con ella y
no con él, se puso hecho una furia. Jamás había pasado una velada tan
incómoda y estresante. Pero intentando llevarse bien con la estrella del
equipo, quiso ser suave y que no se sintiera ofendido. Al ver que no había
manera de que pillara las indirectas, quiso acabar la cena cuanto antes, lo
que él entendió como una clara invitación a que acabaran en la cama.
Cuando llegaron a su casa le dijo con el mayor tacto posible que solo quería
ser su amiga y entonces llegaron los insultos. La llamó lesbiana, puta y todo
lo que se le ocurrió por esa cabeza de chorlito antes de gritarle que se iba a
arrepentir de burlarse de él. Intentó calmarle y el muy mamón le dio un
empujón golpeándola contra la puerta del portal, antes de largarse mientras
ella le gritaba que le iba a denunciar. Volvió la cabeza hacia el espejo del
ascensor para ver el morado en su hombro. La rabia la recorrió y entrecerró
los ojos.

Salió del despacho sonriendo y Mitchell Marlone la acompañó hasta el


ascensor. ―Bienvenida al equipo.
―Esto es un sueño, gracias por la oportunidad.
―¿Pero qué dices? Si todos los equipos de los Estados Unidos matarían
por tenerte en plantilla. ¿Crees que porque estabas en un equipo
universitario no sabíamos de ti? Tus coreografías son famosas en las redes
sociales. Además, me salvas la vida, nuestra animadora jefe viene a trabajar
cuando quiere y ya estoy harto.
―Prometo no fallaros, me dejaré la piel para hacer que la afición se
quede con la boca abierta.
―Sé que harás lo posible, tu fama te precede. Por cierto, ¿qué ocurrió
con Martinson?
Se le borró la sonrisa de golpe. ―¿Qué ocurrió? No entiendo la
pregunta.
―¿Su baja por esa lesión es grave? Es rápido, hemos pensado en
ficharle porque sabemos que los Giants están interesados.
―Ah, eso… ―A ver cómo salía de esa. ―Pues no lo sé, pero según oí
al médico del equipo puede que sus piernas no queden igual que antes. Ese
poco va a defender en el futuro, así que dejádselo a los Giants.
Mitchell rio por lo bajo. ―Pues descartado entonces. Y que se vaya a
los Giants es una buena noticia para mis chicos.
―Por cierto, felicidades por lo bien que van en la pretemporada.
―Bueno, acaban de empezar, pero no podemos quejarnos. Frank y Sam
son imparables.
―Un tándem perfecto.
Mitchell alargó la mano. ―Bienvenida a tu casa. Bienvenida a los Jets y
a la NFL.
―Gracias ―respondió dándole la mano.
Él le hizo un gesto a alguien que estaba tras ella y se volvió sorprendida
para ver a una mujer de unos cuarenta años que era evidente por su forma
física que había sido del gremio. ―Laurin te mostrará las instalaciones.
Siento no poder hacerlo yo, pero tengo una reunión con la junta directiva.
―No te preocupes. ―Alargó la mano hacia la mujer con una sonrisa,
pero esta apretándosela no sonrió en absoluto. ―Gracias por acompañarme,
Laurin.
―Soy su ayudante técnica.
Era evidente que creía que sería ella la que obtendría el puesto después
de que despidieran a Rose Willis y que su presencia allí era una sorpresa.
―Mucho gusto, soy…
―Ya sé quién es usted, he visto su trabajo.
―Por favor, tutéame. ¿Así que lo has visto?
―No está mal.
Estaba más que bien sino no la hubieran contratado en un gran equipo
como los Jets.
Entró en el ascensor y ella sonrió a Mitchell. ―Gracias de nuevo.
―Suerte, el domingo hay partido en casa.
―Y será memorable.
Laurin pulsó el menos uno que seguramente era donde estaba el
gimnasio de las animadoras. Respiró hondo por la nariz y se miró
disimuladamente en el espejo. Su traje gris de pantalón y blazer estaba
perfecto. Quería causar buena impresión pues iba a conocer a sus
compañeras. Aunque sabía que si llevaban tiempo juntas no la tragarían.
Las animadoras eran muy competitivas, como los jugadores y se creaban
rivalidades entre ellas y con los otros equipos porque todas querían destacar
en los pocos minutos que tenían en los descansos. Y era misión suya que
destacaran para bien. Tenían que convertirse en las mejores animadoras de
los Estados Unidos y pensaba hacer lo que fuera para conseguirlo. Salieron
del ascensor en silencio y caminaron por el suelo de cemento pulido hasta
llegar a una puerta doble pintada de negro. Se escuchaba la música y las
risas. Laurin abrió la puerta y la dejó pasar. Entró en el enorme gimnasio
que tenía dos partes. A su derecha estaban las máquinas y a su izquierda
estaba la sala de práctica de acrobacias y baile que en ese momento no tenía
las colchonetas puestas. Las veinte chicas reían y bromeaban sin trabajar.
Sus tacones de quince centímetros no se escucharon sobre el duro suelo
porque alguien subió el volumen, pero varias sí que la vieron llegar y se
volvieron. ―Mira, es la de los BlackBulls ―dijo Diana Gibson antes de
darle un codazo a Rose.
Esta se volvió con una sonrisa. ―Anda, ¿y qué haces tú aquí?
Miró de reojo a Laurin, que sonrió irónica cruzándose de brazos,
esperando a ver el espectáculo. El carácter de Rose era bien conocido en las
redes sociales. Al parecer no le habían dicho nada y allí seguía. Levantó una
ceja mirando a Laurin que perdió la sonrisa poco a poco antes de dejar caer
los brazos y susurrarle ―No le han dicho nada.
―Eso ya lo veo. Mejor acabar cuanto antes.
―Tú mandas ―dijo irónica.
Era evidente que iba a tener que poner los puntos sobre las íes cuanto
antes y a todas. ―Laurin, llevémonos bien. Soy la que dirige este grupo,
¿quieres seguir con tu trabajo?
La miró con furia. ―Como me largue estás perdida, llevo aquí toda la
vida.
―Igual ya es momento de un cambio.
Esta apretó los labios, pero no dijo nada más.
―Ya lo suponía.
Se volvió hacia las chicas y dijo seriamente ―Que alguien apague la
música.
Uno de los chicos que estaba al lado del equipo de sonido lo apagó en el
acto. Flair caminó haciendo resonar sus tacones en el enorme gimnasio y
Rose perdió la sonrisa poco a poco. ―¿Qué pasa aquí?
―Mi nombre es Flair Brawner. Soy la nueva jefa de animadoras y
coreógrafa.
Rose se echó a reír. ―¿Esto es una broma? ―Miró a las demás que no
sonreían en absoluto porque Laurin no la desmentía. ―¿Pero qué pasa
aquí? Yo soy la jefa de animadoras. ¡Soy yo! ―Miró hacia ella y sus ojos
decían que estaba a punto de perder el control. ―¡Soy yo! ¡Desaparece de
mi vista!
―Estás despedida. ―Pasó a su lado y miró al grupo. ―Creo que sé
cómo os llamáis todas, si me equivoco tendréis que disculparme. Cindy,
Sheryl, Agatha podéis iros con Rose.
―¿Por qué? ―gritó Agatha indignada. ―¡No he hecho nada malo!
―No has hecho nada, punto. Ni siquiera te molestas en levantar la
pierna.
La cogieron por el hombro para volverla y Rose le pegó un tortazo.
Apretó los labios con fuerza antes de decir ―Laurin llama a seguridad.
Rose intentó agarrarla de los pelos, pero antes de que pudiera alcanzarla
la cogió por el cuello con fuerza. Quiso soltarse y Flair dijo fríamente
―Vete antes de que pierda la paciencia, no te lo digo más. ―La soltó con
fuerza haciéndola caer al suelo y se volvió hacia las demás para ver que dos
la estaban grabando. ―Chicas, espero que subáis el video completo a las
redes, porque sino no sería justo. ―Sus ojos cayeron sobre una de las
chicas despedidas. ―¿Esperas algo?
―Por favor, no puedo perder este trabajo. Si me das una oportunidad
haré lo que sea.
Flair suspiró. ―Mira, Cindy, yo te la daría, de verdad que sí, pero he
visto tus videos en internet y creo que te estoy haciendo un favor.
Parpadeó asombrada. ―Ah, ¿sí?
―Esto no es lo tuyo y las redes se te dan bien. Por cierto, los modelitos
que promocionas son estupendos. Además, necesito a animadoras que den
un doscientos por cien. Buena suerte.
―¿Has visto mis videos? ―preguntó Sheryl.
Sonrió irónica. ―Sí que los he visto. Son esos tan graciosos que se ríen
de los jugadores de nuestro equipo cuando meten la pata en el campo.
―Sí, son esos ―dijo ilusionada.
Perdió la sonrisa de golpe. ―¿Sabes cuál es tu trabajo aquí, guapa?
―Soy animadora.
―Exacto, despedida.
Entonces pareció entender. ―Oh…
―Sí, oh…
―Zorra ―dijo Rose desde el suelo.
―¿Aún estás aquí? ―preguntó exasperada.
―¡Esto lo vas a pagar! ―Se levantó y fue hasta la puerta para dar un
portazo. Las otras tres la siguieron a toda prisa.
Cuando se quedó con su equipo dijo ―Laurin, necesito a tres más,
organiza unas pruebas para la semana que viene.
Esta no le contestó y gruñó por dentro antes de dirigirse a las demás.
―Voy a cambiar unas cuantas cosas de este grupo, tanto en música,
coreografía como en las actuaciones. Debemos ser originales.
―Perdona, ¿pero cuánta experiencia tienes en esto? ―preguntó un
chico al fondo.
―He sido animadora jefe en el instituto y la universidad.
―Calla Peter, hace unas coreografías estupendas ―dijo alguien a quien
no vio la cara.
―Perdona, ¿tú quién eres?
Una chica se movió para mostrar a Amber Carter y sonrió. ―Me alegra
tenerte en el equipo, serás mi segunda y mi sustituta en caso de que lo
necesitemos.
―¿Yo? ―preguntó impresionada.
―Pero si solo lleva tres meses con nosotros ―protestó Lisa.
―Suficiente para saber que tiene madera. Su flexibilidad es
impresionante. Bien, formad, quiero ver en directo y no a través de videos
lo que podéis hacer. ―Peter iba a coger una silla para llevársela, pero ella
sonrió antes de negar con la cabeza. ―Chicos, por turnos las iréis elevando.
Que sobre la palma de vuestra mano se sujeten solo con un pie antes de
levantar los brazos.
Una chica elevó la mano tímidamente. ―Yo no sé hacer eso, nadie me
ha enseñado a hacerlo.
―Pues tenemos mucho trabajo por delante.
Capítulo 2

Salió del edificio del centro de entrenamiento de los Jets en Florham


Park en Nueva Jersey y se acercó a su coche mirando distraída el móvil sin
darse cuenta de que en el aparcamiento hablaban Frank Murray y Mitchell.
El quarterback de los Jets se la quedó mirando. ―¿Quién es?
―La nueva jefa de animadoras.
―¿Y Rose?
Él rio por lo bajo. ―La junta directiva estaba hasta las narices de su
actitud.
―No puedo negar que Sepi se va a alegrar del cambio. A veces hacía
comentarios de muy mal gusto.
―Flair tiene muchas ideas para el grupo. Le he dado carta blanca.
Sam salió en ese momento.
―Venga tío, no tengo todo el día. ¡Estoy deseando que el del taller te dé
el coche! ―gritó Frank haciendo que Flair mirara hacia ellos. Sam la miró a
los ojos y sin saber por qué se sonrojó por el interés del defensa del equipo.
Lo que le faltaba. A toda prisa abrió la puerta del coche. Entonces escuchó
un silbido y ella por encima de la puerta le miró como si fuera imbécil antes
de meterse en el coche. Sam confundido se volvió hacia sus amigos, que
rieron por lo bajo mientras Flair salía de allí quemando llanta.
―¿Pero qué he hecho?
―¿No es evidente? Mosquearla ―dijo Mitchell yendo hacia su coche.
―Y no lo hagas, no quiero perderla, es una adquisición para el club. En un
mes ha aumentado en un millón sus seguidores con sus acrobacias en los
entrenamientos. De hecho, el presidente está pensando en hacerle una línea
deportiva para ella exclusivamente. Pasta chicos, así que no la cagues, Sam.
Olvídate de ella. Quiero que esté a gusto aquí.
―¿Pero quién es? ¿Una animadora?
―No, amigo. Flair es la nueva jefa.
―Coño, ¿y Rose?
Frank abrió la puerta del coche. ―En la cola del paro.
―Hostia, sí que tiene que ser buena. ―Sonrió malicioso. ―Y está para
comérsela. ―Se metió en el coche con su amigo. ―¿No le gusta que le
silben siendo animadora? ¿No es raro?
―Olvídala ―dijo Frank saliendo del aparcamiento.
―¿Pero la has visto? Claro, como tú ya tienes en tu casa la mujer
perfecta.
―Pues sí, para mí lo es. ―Le miró con ganas de arrancarle la cabeza.
―Pero no debería serlo para ti.
―¿Qué puedo decir? Me corroe la envidia, tío.
Frank rio por lo bajo. ―Olvídala.
―Si sabe cocinar me la quedo.
―Sería tu cuarta esposa, ¿no crees que es hora de parar un poco?
―He tenido una mala suerte de la hostia ―dijo con rabia. ―Venditos
acuerdos prematrimoniales, porque sino me hubieran dejado limpio.
―Siempre te fijas en mujeres que solo están contigo por tu fama y por
lo bien que pueden vivir de tu dinero.
―Tío, cuando quieras puedes empezar a ser más sensible con mi
situación, ¿sabes?
Él rio por lo bajo. ―Mitchell te ha dicho que te olvides.
―¿La has visto? Es preciosa y parece que es un hacha en su trabajo. Al
menos esta trabaja, que es mucho más que lo que hacían las otras tres.
―Y cuando pegue una voltereta y cuarenta mil personas la silben,
¿cómo te sentará?
Sam entrecerró los ojos. ―Si la voltereta es buena, me sentiré
orgulloso.
Frank le echó un vistazo. ―¿De veras? Eso lo dices ahora que todavía
no estás colado.
―No, hablo en serio. Mientras me ame solamente a mí, lo que piensen
los demás me la trae floja.
―Joder tío, pues yo todavía no me acostumbro a que a Sepi se le
acerquen tíos a pedirle fotos.
―Eh, que tú también te las sacas con las aficionadas. No es justo que te
mosquees por eso.
―Es que hay alguno que se pasa de la raya. Y a Flair seguro que
también le ocurre.
Sam suspiró. ―¿No es un nombre precioso? Flair Polk, qué bien le
sienta mi apellido.
―Tío, no vayas tan rápido.
―Sí, esta vez no pienso precipitarme. Pero ya que trabajaremos juntos,
nos dará tiempo a conocernos antes de que termine la temporada.

Sepi dejó el asado ante Frank. ―¿De veras te dijo eso?


―Vaya si lo dijo.
―¿Pero qué ha sido? ¿Un flechazo?
―Él tuvo un flechazo y ella le hubiera pegado un hachazo.
Se sentó ante su marido. ―¿Pero es maja?
―Preciosa, ni hablamos. Todo pasó en dos minutos. Joder, esto huele de
maravilla ―dijo sirviéndose mientras su esposa se sonrojaba de gusto.
―Gracias, cielo.
El niño se puso a llorar y Sepi se levantó para ir a cogerlo de la cuna
portátil que tenían en el salón. ―¿Tienes hambre, cielo? ―Se levantó la
vieja camiseta de su marido para mostrar el pecho y que Frank junior se
enganchara al pezón. Se sentó ante su marido que con el tenedor en alto la
miraba con la boca abierta. Sepi suspiró levantando la vista hacia él y
sonrió. ―Ahora es su turno, mi amor.
Gruñó antes de meterse el tenedor en la boca.
―Me da pena Sam ―dijo Sepi.
―Nena, tiene la vida que quiere.
―No lo creo. Y lo demuestra que últimamente viene a cenar al menos
tres días a la semana. Está muy solo y eso no es bueno.
Frank apretó los labios mientras cortaba la carne y Sepi sonrió. ―Y tú
piensas lo mismo.
―Es un buen tipo, merece que le quieran. Pero solo se casó con zorras
que se morían por estar en el palco de las esposas, sacarse fotos en las
fiestas y comprarse bolsos de marca. Y para colmo le ponían los cuernos.
―Merece que le quieran por cómo es. Le ayudaremos.
Frank la miró sin entender. ―¿Qué has dicho?
―Le ayudaremos a saber si es la correcta. ―Sonrió ilusionada. ―Me
encanta.
―Cielo, eso es cosa suya.
―A ti tus amigos te ayudaron a conquistarme.
Frank carraspeó. ―Qué va.
Rio con ganas. ―No digas que no, que Cliff se lo contó a Stella y ella
no tiene secretos conmigo.
―Joder con Cliff ―dijo por lo bajo. ―Voy a matar al viejo.
―Ahora es tu turno de ayudar a tu mejor amigo a conquistar a la mujer
de su vida. ―Sonrió maliciosa. ―Pero antes deja que yo la conozca, te diré
si merece la pena.

Flair estaba con la tablet para repasar los ejercicios del día mientras las
chicas hacían series en las máquinas de entrenamiento. Levantó la vista
distraída y frunció el ceño al ver que Lisa no hacía bien las abdominales. Se
acercó de inmediato. ―Así estás forzando demasiado el cuello. Vas a
terminar lesionada. ―Se agachó al lado del banco que estaba usando y le
colocó bien los pies. ―Inténtalo ahora.
―Hola.
Parpadeó antes de volverse para ver a Sepi, la esposa de Frank Murray.
Sonrió sin poder evitarlo y se incorporó alargando la mano. ―Hola,
encantada de conocerte. Te he visto muchas veces en la televisión en las
retrasmisiones de los Jets.
―Oh, Dios mío… ―Ambas rieron dándose la mano.
―Flair Brawner.
―Guiuseppina Murray, pero todos me llaman Sepi. Venía a darte la
bienvenida. Chicas… ¡Arriba los Jets!
Varias gruñeron y Flair se volvió lentamente para fulminarlas con la
mirada y gritaron ―¡Arriba Jets!
Se alejaron de la zona de aparatos y Sepi rio por lo bajo. ―Veo que ya
has dejado las cosas claras.
―Mejor marcar los límites desde el principio.
―¿Estás a gusto aquí?
―Este trabajo es un sueño. Siempre he querido acabar aquí.
―¿Aquí o en cualquier equipo de la NFL?
―Aquí. Soy de Nueva Jersey.
―¿No me digas? ―preguntó encantada.
―Sí, de hecho mis padres viven a pocos kilómetros de aquí.
―Es fantástico. Así que es el trabajo de tus sueños.
―Puede decirse así.
―Me alegro mucho de que lo hayas conseguido, porque lo apreciarás
mucho más que otra. Ya verás, aquí estarás muy contenta, somos una gran
familia. ¿Conoces ya a Cliff? Es toda una institución en el club.
―No he tenido la oportunidad, este es mi primer día.
Laurin entró en el gimnasio y al verlas hablando puso mala cara antes
de ir hacia una de las chicas para echarle la bronca porque no estaba
trabajando. ―Y ahí llega la bruja de Blancanieves ―dijo Sepi divertida.
―Así que es de esa manera siempre.
―Sí, es una borde con todos. Muy eficiente, pero con mal carácter.
La puerta se abrió de nuevo y Frank con el niño pegado al pecho con un
arnés dijo ―Nena, tengo que ir a entrenar.
―Oh, sí.
Entonces las chicas corrieron a ver al niño y Sepi gruñó. ―Tengo un
bebé tan precioso que es un imán para las mujeres.
Flair rio por lo bajo. ―Igual tu marido también tiene algo que ver.
―Qué va. A él no se acercan ni de coña porque les he dejado las cositas
claras a todas estas. ―Fue hasta ellas decidida y pasó casi dando codazos.
Flair divertida vio como le quitaba el arnés a su marido para ponerse el
niño en el pecho y que él se lo atara a un costado. Efectivamente, en cuanto
le dio un beso a su marido y se alejó, las chicas la siguieron como moscas.
Si no lo veía no lo creía. ―Venga, venga… ¡A trabajar!
Sepi se acercó a ella y dijo ―Te presento a Frank junior.
Era un bebé tan precioso que la enterneció. ―Felicidades, es hermoso.
―Gracias. Será jugador de los Jets.
―Te veo muy segura.
―Lo estoy. ¿Quieres venir a cenar a mi casa esta noche? Haremos una
cena entre amigos, algo íntimo para que nos conozcamos mejor.
―Oh… ―dijo sorprendida. ―Sí, vale. No tengo planes esta noche.
Sepi sonrió encantada. ―Te lo vas a pasar genial, te lo prometo. Si
quieres puede llevarte mi marido.
―No, gracias. Tengo coche.
―Te enviaré la ubicación ―dijo alejándose.
―Pero no tienes mi teléfono.
―Oh, sí que lo tengo. ―Le guiñó un ojo antes de despedirse de las
chicas, pero ni esperó su respuesta porque se fue pitando.
Flair entrecerró los ojos. Debía tener prisa. Suspiró. Esperaba que los
que invitara fueran majos. Bah, seguro que lo eran, Sepi era encantadora y
seguro que sus amigos lo eran también. Se volvió y gritó ―¡Chicas, a las
colchonetas! ¡Estiramientos!

Caminó por la calle después de aparcar el coche y llegó al estiloso


edificio de los Murray. Entró en él y le dijo al portero ―Vengo a ver a los
Murray.
―Suba, la están esperando. Sepi ha hecho canelones, son los mejores
del barrio.
Sonrió divertida. ―Me alegra saberlo, estoy muerta de hambre.
Entró en el ascensor y revisó el móvil para asegurarse de que iba al piso
correcto. Divertida releyó los veinte mensajes de Sepi, era evidente que le
había caído bien y se alegraba mucho porque sintió que podía ser una amiga
de verdad. Después de tanto tiempo fuera de Nueva Jersey sus conocidas se
habían trasladado o casado. Se alegraba de tener una amiga tan relacionada
con su trabajo.
Salió del ascensor y allí estaba Sepi. ―¡Me alegro de que estés aquí!
―dijo ilusionadísima.
Rio. ―Y a mí estar aquí. ―Le entregó la bolsa de papel donde llevaba
una tarta. ―Para ti.
Impresionada la cogió con ambas manos. ―Qué amable.
―La he comprado de camino. No tengas muchas expectativas, era lo
que quedaba.
Rio. ―Seguro que estará deliciosa. ¿Tú cocinas? ―preguntó
caminando hacia su casa.
―Solo me defiendo. No puedo comer todo lo que me gustaría, ya sabes,
así que no es que me esmere mucho, casi la mitad de mis comidas son
ensaladas.
―Pero si haces mucho ejercicio. Lo quemarías todo.
Entraron en la casa y Sepi cerró la puerta. Frank, que estaba ante la
mesa del comedor, se volvió con el niño en brazos. ―Ya está dormido,
preciosa.
Sepi se acercó. ―Genial, tenemos cuatro horas de descanso hasta su
siguiente toma. ―Se lo cogió de los brazos y Frank se acercó sonriendo.
―Encantado de conocerte.
―Lo mismo digo ―dijo dándole la mano. ―Tenéis una casa preciosa.
―Eso es cosa de Sepi, que ha cambiado algunas cosas.
―No le hagas caso, ya tenía una casa preciosa antes ―dijo desde el
pasillo. Apareció . ―¿Quieres tomar algo?
―¿Una cerveza?
―Esta es de las nuestras, cielo ―dijo encantada. ―Es una pena que le
esté dando de mamar, sino os acompañaría. ¿Cielo?
―Sí, yo también quiero una. Por favor siéntate, Flair.
Ella se sentó en el gran sofá de cuero y miró los trofeos de Frank.
―Impresionante.
―A ver si esta temporada podemos poner otro.
―Eso sería genial.
Frank se sentó en el sillón y llegó su mujer con las cervezas y unos
canapés con una pinta deliciosa. ―No, la tarta no te va a gustar.
Rieron. ―Seguro que estará buenísima.
―Esto sí que tiene buena pinta. ―Cogió uno de salmón y lo saboreó.
―Sepi tienes que darme lecciones de cocina, porque es evidente que no sé
lo suficiente.
Frank sonrió. ―Pues no has visto sus profiteroles.
Llamaron a la puerta y Sepi corrió hacia allí. ―¡Ya voy! ―Abrió
mostrando a una pareja que estaban cerca de los sesenta y se saludaron con
dos besos. ―Flair, te presento a Cliff Powell, se encarga de la equipación
de los chicos y de mantenerlos a raya. Y ella es su encantadora esposa y
gran amiga Stella.
Se levantó. ―Encantada de conocerles.
―¿Tú eres la nueva jefa de animadoras? ―preguntó Stella mirándola
de arriba abajo. ―Ahora entiendo que nuestro Sa… ―Sepi le dio un
codazo y la mujer se calló en el acto. ―Se te ve muy capaz.
Las miró con desconfianza. ―¿Qué ibas a decir?
Rieron sospechosamente.
―Nada, ¿qué iba a decir? ―dijo su marido. ―Mi Stella no iba a decir
nada en absoluto, ¿a que no?
―No ―dijo intentando aparentar que era inocente. ―¿Y nuestro
Frankie?
―Se acaba de quedar dormido.
―Oh, vaya. Le traía una cosita.
―Stella, tiene seis meses, no se entera. Dámelo a mí…
―Ni hablar, esperaré. ―Se sentó al lado de Flair. ―Bueno, bueno…
¿Cómo llevas al grupito de vagas que tienes que dirigir?
Rio por lo bajo porque esa mujer no tenía un pelo en la lengua.
―Intentaré ponerles las pilas.
―Algunas ni levantan la pierna, me da una rabia…
Cliff se sentó en el sillón. ―La afición casi ni las mira.
―Eso es algo que quiero cambiar, espero lograr que sea un buen
espectáculo que no quieran perderse.
―Y yo espero que lo consigas ―dijo Stella. ―Sobre todo porque los
de arriba pensaron en quitarlas.
Se quedó en shock. ―¿Qué?
―Al parecer se lo han replanteado si has llegado tú.
Ay, madre, que le daba que solo tenía una temporada para demostrar que
podía cambiar las cosas.
―Ya sabes que algunos equipos han quitado a las animadoras en los
descansos.
―Sí, pero pensaba que los Jets no querían hacer algo así. Las
animadoras son casi una tradición.
―Es obvio que confían mucho en ti. ―Stella sonrió cogiendo su mano.
―No te preocupes.
―¿Cómo no se va a preocupar? ―preguntó Sepi. ―Es el trabajo de sus
sueños, además al lado de sus padres, no puede perderlo.
―Preciosa, si le han dado la oportunidad es que confían en sus
capacidades.
―Pues a ver si esas vagas le hacen caso ―dijo Cliff. ―Porque no se
preocupan más que de hacerse fotos con el uniforme para las redes sociales.
―Las redes son importantes para buscar patrocinadores privados ―dijo
Flair. ―Yo gano más con eso que trabajando para los Jets.
Sepi entrecerró los ojos. ―¿De veras? ―Miró a su marido. ―¿No me
digas?
―Preciosa, ya hago bastante.
―Por hacerte unas fotos no pasa nada.
Le miró asombrada. ―¿No tienes redes sociales?
―Sí que tiene ―dijo Cliff divertido cogiendo su cerveza. ―Pero no las
usa.
―Dios mío, estás perdiendo una fuente de ingresos enorme. Conozco a
jugadores universitarios que cobran quince mil por foto. Y sé que hay
jugadores de la NFL que cobran hasta un millón de dólares por foto.
Sepi jadeó. ―¡Cielo!
―No quiero perder mi intimidad. Mi agente me lo sugirió hace mucho
y paso de tener que hacer una foto en cada acto al que vaya.
Flair no disimuló su asombro. ―¿Pero no te das cuenta de que tener
seguidores te diferencia del resto? ¿Por qué crees que me han dado este
trabajo? Porque tengo más de tres millones de seguidores y no soy Frank
Murray. Las redes son el futuro y si quieres quedarte en los Jets cuando se
acabe tu contrato, te aconsejo que les des caña porque eso es dinero para el
club también. ¿Acaso no quieres ser técnico del equipo o estar en la
dirección cuando tu carrera deportiva acabe? Seguidores, esa es la clave.
Frank entrecerró los ojos adelantándose. ―No hablas en serio.
―No puedo creer que estés tan desconectado en esto. ¡Estamos en el
siglo veintiuno!
―Mi hombre está algo anticuado.
―Sé de jugadores que llevan a su propio fotógrafo a los partidos para
colgar las mejores fotos. De hecho, una de no sé qué jugador quitándose el
casco y con el cabello empapado, ganó un premio a nivel nacional que les
reportó más de un millón de dólares porque salió en todos los medios. Y la
fotografía se vendió a un aficionado por setecientos mil.
―Cariño, déjame a mí, yo me encargo ―dijo Sepi decidida.
―Nena, eso siempre va a más y terminaré enseñando hasta lo que
desayuno ―dijo exasperado.
―Te quedan dos años de carrera, tres como mucho, ¿quieres quedarte
en los Jets?
Frank apretó los labios. ―Sabes que sí.
―Pues hay que hacer esto.
―No será para tanto, te lo aseguro ―dijo Flair. ―Es la mejor decisión.
Llamaron a la puerta y Sepi fue a abrir mostrando a Sam Polk que la
besó en la mejilla. ―Joder, que tráfico hay. ―Se detuvo en seco al verla
sentada en el sofá. ―Pero qué sorpresa…
―¿De veras es una sorpresa? ―preguntó con cara de vinagre, aunque
su corazón se había puesto a mil.
―Para mí sí.
―Sam, ella es Flair ―dijo su amigo levantándose.
―Lo sé ―dijo antes de guiñarle un ojo.
¡Sería posible, era un ligón de tres al cuarto! Que estaba muy bueno con
su metro noventa y siete lleno de músculos por todos los lados. Y eso que
ella nunca había sido de músculos. Frunció aún más el ceño mientras él
saludaba a Stella con un beso en la mejilla. ¿Por qué recordaba que medía
uno noventa y siete? Si había visto su ficha hacía un mes, ¿no recordaba lo
que medía Frank que era la estrella y sin embargo sí que recordaba su
estatura? Sospechoso. Pero no pensaba caer en eso por mucho que le
hubieran tendido esa encerrona.
La miró fijamente como si fuera su objetivo y sintió un vuelco al
corazón. Menudos ojos ambarinos que tenía, quitaban el aliento. Flair, es un
creído y las tiene a puñados, solo hay que verle. En cuanto se acostaran
pasaría a la siguiente y su reputación en el club caería en picado.
Se levantó porque no le quedaba más remedio y alargó la mano, pero él
con una velocidad que la dejó atónita le plantó un beso en los morros antes
de que se diera cuenta. Jadeó indignada aunque su estómago se puso del
revés del gusto. ―Oye, guapo, no te pases.
―Es para ir abreviando, porque esas barreras que pones solo nos harán
perder tiempo, preciosa. ―Le guiñó un ojo de nuevo. ―¿Quieres conocer
mi casa? Después te la enseño, te encantará.
―Sam, Sam… ―Frank le cogió por los hombros. ―Está a punto de
sacarte los ojos, ¿en serio quieres poner tu vida en riesgo?
―Por ella sí ―dijo sonrojándola de gusto, lo que la cabreó aún más.
Sepi rio. ―No le hagas caso, es un bromista. ―Fulminó a su amigo con
la mirada. ―¿No es cierto?
Sam suspiró. ―¿En serio tengo que mentir? ―preguntó haciendo reír a
los demás, aunque intentaban disimularlo.
Eso la sacó de sus casillas. ¿Se estaban burlando de ella? Le señaló con
el dedo. ―¡Oye, no pienso joder todo lo que he trabajado porque a ti se te
apetezca echar un polvo! Me he dejado la piel para conseguir este puesto y
ningún mamón que se cree que las mujeres caen a sus pies me lo va a
fastidiar, ¿me he expresado con claridad?
―¿Crees que no voy en serio?
Sonrió con desprecio. ―¿Tú cuándo te has tomado algo en serio? ¿No
eres el que sale con una y con otra después de haberse casado tres veces en
cinco años? ¡Busca a otra para divertirte! ―Agarró su bolso y furiosa fue
hasta la puerta.
―Pero no te vayas ―dijo Sepi apenada. ―No hemos probado la tarta
que has traído.
El portazo hizo que apretara los labios antes de volverse hacia Sam, que
por su cara estaba dolido por lo que había dicho. ―No se lo tomes en
cuenta, no te conoce.
―No, si tiene razón. ―Sonrió con desprecio. ―No ha dicho ni una sola
mentira. ¿Acaso no salgo con una y con otra? Y tampoco puedo negar mis
matrimonios.
Cliff suspiró. ―Interesante.
―¿El qué? ―preguntó Frank.
―El motivo por el que le rechaza.
―A mí me parece de lo más lógico ―dijo su mujer. ―Ha luchado
mucho por llegar aquí y cuida su reputación.
―No ha dicho no me gustas, me desagradas, te odio, me caes fatal…
No, no ha dicho nada de eso, solo ha puesto la excusa de su trabajo y
teniendo en cuenta lo que le pasó en los BlackBulls no me extraña, pero es
interesante que no haya dicho que el chico no le agrada.
Sam se tensó. ―¿Qué le pasó en los BlackBulls?
―Un jugador que es una promesa, Martinson.
―Le conozco, le he visto jugar ―dijo Frank. ―Y no lo hace nada mal.
―Eso debe pensar su universidad porque la echaron a ella por su culpa.
Le eligieron a él.
―¿Por qué la echaron? ―preguntó Sepi.
Cliff levantó una ceja y las mujeres jadearon llevándose la mano al
pecho.
―¿Se propasó con ella? ―preguntó Sam.
―Da la casualidad que la novia de mi sobrino estudia allí. Corre el
rumor de que él intentó acostarse con ella y Flair no pasó por el aro. Él en
venganza hizo que la echaran.
―Será cabrón ―dijo Sam apretando los puños.
―Es lo que teme Flair, que le pase lo mismo con Sam ―dijo Sepi antes
de sonreír radiante.
―¿De qué te ríes? ¡No va a darme una oportunidad por ese mamón!
―¿No te das cuenta? ¡Si sale contigo es que le gustas, le gustas
muchísimo! ―Aplaudió encantada.
―¿Por qué aplaudes si se acaba de largar?
―Por tu culpa, porque no sabes cómo tratarla ―dijo Stella. ―Si no te
conoce y ya le has plantado un beso.
―Eso no fue un beso. ―Se dejó caer en el sofá y este crujió antes de
que se partiera por la mitad. Sam hizo una mueca. ―Lo siento tío, te
compraré otro.
Preocupado porque parecía disgustado dijo ―Tranquilo amigo, ya
estaba viejo. Además, seguro que Sepi ya sabe dónde arreglarlo.
―Claro que sí. ―Se acercó a Stella para agarrar sus manos y ponerla
en pie. ―Bien, ¿y ahora que la has espantado qué podemos hacer para que
se acerque a ti?
Cliff sonrió. ―Dejádmelo a mí, se me acaba de ocurrir algo que creo
que funcionará.
Capítulo 3

Flair parpadeó. ―¿Cómo has dicho? ―le preguntó a Mitchell.


―Sé que acabas de llegar, pero tenemos que darle un impulso a nuestras
redes, esa fue una de las razones por la que te contratamos.
Teniendo en cuenta la conversación que había tenido la noche anterior
en casa de Sepi, se mosqueó un poco. ―No puedes hablar en serio.
―Sí, lo ha sugerido el jefe y me parece una idea genial ―dijo
entusiasmado. ―Serán videos de sus progresos mientras le enseñas y
después habrá una actuación en uno de los partidos importantes que aún no
hemos decidido. ¿Crees que podrás enseñarle? Es el más fuerte del equipo,
no tendrá problema en levantarte.
Parpadeó aún procesando la información. ―A ver si lo he entendido
bien. Quieres que haga una coreografía con Sam para subir sus progresos en
las redes del club.
Mitchell sonrió. ―¡Exacto!
Mierda. ―¿Y si se lesiona?
―¿Sam? ―Se echó a reír. ―Es una bestia. He visto como le pasaban
dos trenes de mercancías por encima y se levantaba como si nada. Nos
durará intacto y sin lesiones las tres temporadas que tiene firmadas, eso
seguro.
Y cuando se lesionara ya no renovaría. Ese tío empezaba a caerle muy
gordo. ―Su deporte no es como el mío. Se necesita flexibilidad para ello.
―Tranquila, Sam es bastante flexible por lo que dicen las chicas.
Parpadeó. ―¿Cómo dices?
―Bueno, ha tenido sus devaneos con algunas de tus chicas y según
tengo entendido es muy imaginativo en la cama.
Dejó caer la mandíbula del asombro.
―Bueno, espero que digas que sí, al club le interesa mucho este
proyecto.
Así que si decía que no su contrato terminaría cuando acabara la
temporada. ―Bien, no hay problema.
―Estupendo, por supuesto se te compensará por el tiempo de más que
trabajes y… ―Le puso una carpeta delante.
Con curiosidad la abrió para ver varios modelitos de pantalones cortos y
camisetas. ―Tu propia línea deportiva. Ganarás un porcentaje de cada
pieza que se venda.
Se le cortó el aliento de la sorpresa. ―¿De veras?
―Tratamos bien a los nuestros.
La puerta se abrió en ese momento y Sam aún con la equipación de
entrenamiento se detuvo en seco al verla allí sentada. Se miraron a los ojos
durante unos segundos antes de que ella agachara la mirada volviéndose
hacia la carpeta.
―Oh Sam, ya estás aquí.
―¿Qué ocurre?
―Tenemos un proyecto que te va a encantar. Pasa, pasa y cierra la
puerta. ―Mitchell estaba encantado. ―¿Conoces a Flair?
―Sí.
―Estupendo, al parecer ya os han presentado, genial.
―Mitchell, ni me he duchado, ¿qué ocurre? ―Se puso a su lado sin
sentarse y miró la carpeta que ella tenía delante. ―¿Nueva equipación?
―Esta será la tuya.
Sam sin entender vio como le ponía otra carpeta delante. ―Con
comisiones por ventas ―dijo Frank de lo más emocionado. ―Vuestra
propia línea de ropa.
Ella le miró de reojo y vio como su gran mano llena de heridas en los
nudillos abría la carpeta. ―¿Qué coño es esto? ¿Una línea solo para mí?
¿Por qué?
―Sé que no está aquí tu representante para hablar de esto, pero he
decidido adelantarme porque en la dirección están entusiasmados con el
proyecto.
Mitchell se lo explicó a toda prisa y Sam no pudo disimular su sorpresa.
―¿Tú estás de acuerdo con esto?
―Ya ha dicho que sí ―dijo el director deportivo encantado. ―¿Qué
dices amigo? ¿Crees que podrás hacerlo?
La miró fijamente y al darse cuenta de que ni le miraba dijo ―Mitchell,
¿puedes dejarnos solos un momento?
Mitchell confundido dijo ―Sí, claro. Iré a la cafetería a buscar un café.
Les dejó solos y Sam sin quitarle ojo se sentó a su lado suspirando.
―No quieres hacerlo.
―No tengo otra opción, ¿no? ―dijo irónica. ―Si me niego no me
renovarán.
―Flair mírame. ―Ella lo hizo a regañadientes. ―Nuestra propia línea
de ropa.
―Lo sé.
―Nadie del equipo ha tenido algo así.
Flair apretó los labios. ―¿Quieres hacerlo?
―Claro que quiero. ¿Pasar tiempo contigo y ganar pasta? Tendría que
estar loco para decir que no.
―Esto es trabajo ―siseó acercándose.
Él miró sus labios y le dio un vuelco al estómago enderezándose en el
acto. ―Oh, venga ya, déjalo.
―No pienso dejarlo.
Le dio un vuelco al corazón. ―Y yo no pienso dejar que destroces mi
vida.
Sam asintió y durante un momento ella vio en sus ojos su decepción,
pero lo disimuló con una sonrisa irónica. ―No voy a rechazar el proyecto.
―Fue hacia la puerta. ―¿Quieres que salgamos a cenar y hablamos de
esto?
―No. ¡Sam, di que no!
La miró sobre su hombro. ―A ti nunca te diría que no, nena. Nos
vemos mañana después del entrenamiento.
Salió dejándole una extraña sensación. Por un lado odiaba que no se
hubiera negado al proyecto, pero por otro lado… No estaba tan disgustada
como debería. De hecho, una parte en su interior estaba chillando de la
alegría. ¿Sería por la intensidad de su mirada? Y cuando le había mirado los
labios todo en ella se había calentado de manera peligrosa. ―Uy, uy, que
vas camino al desastre…
Cogió las manos de Peter y este tiró de ella lanzándola al aire. Flair hizo
un tirabuzón tan recta como podía antes de que su pareja elevara las manos
y ella cayera sobre sus palmas clavando el salto, antes de doblar la pierna
levantando los brazos. Todos abajo aplaudieron, pero ella solo miró los ojos
de Sam que ya había llegado. Se dejó caer al suelo y Peter la cogió por la
cintura para que no se resistieran sus rodillas. ―Bien, chicas, nos vemos
mañana. Quedan dos días para el partido, os quiero a tope, ¿entendido?
―Sí, jefa ―dijeron a la vez mientras iban hacia sus bolsas antes de ir
hacia los vestuarios.
Sam con la ropa que ya le había dado el equipo se acercó. ―Joder nena,
ese salto es increíble.
En pantalón corto ajustado y con una camiseta de tirantes que le llegaba
por encima del ombligo se acercó a él. ―No me llames nena, idiota.
¿Quieres que piensen que tenemos algo?
―Es que tenemos algo. ―Dio una palmada. ―¿Empezamos?
―Frunció el ceño cuando los chicos se alejaron hacia los vestuarios como
las demás. ―¿No se quedan para evitar que te caigas?
―Hoy no. Haremos algo básico para empezar. Supongo que has
calentado.
―Si calentar es correr de un lado al otro del campo quitándole los tíos
de encima a Frank, la respuesta es sí.
Gruñó encendiendo la cámara que tenía sobre un trípode para grabar a
las chicas y le indicó con la cabeza que se subiera a la colchoneta. Él se
puso ante ella y Flair colocó las manos en sus hombros. ―Cógeme por la
cintura.
Se empezó a poner nervioso. ―Nena, soy muy alto. Estos tíos deberían
haberse quedado para evitar que cayeras.
―Cógeme por la cintura.
Sentir sus manos sobre su piel la estremeció y se miraron a los ojos.
―Ahora me elevarás y yo me inclinaré a un lado. Me agarrarás por la
cintura con una sola mano mientras me quedo tiesa como una tabla.
―Joder.
Le cogió por la barbilla para que la mirada. ―Lo haré yo todo.
―¿Y si te me resbalas?
―Es una colchoneta, no caeré desde un décimo piso.
―¿Y si te caes de cabeza?
―Sam, eso no va a pasar, estoy acostumbrada a esto. Elévame.
Gruñó elevándola y cuando la tuvo arriba la volvió a bajar de nuevo.
―Nena, no me mires así, tengo que digerirlo.
Ella suspiró. ―Me cogen hombres con mucha menos fuerza que tú.
―Sin darse cuenta acarició sus brazos y Sam gruñó. Al darse cuenta de lo
que estaba haciendo carraspeó. ―Súbeme de una vez.
―¿Y un casco? Puedes ponerte uno. ¿Te lo traigo?
―Levántame de una vez, leche.
―¿Y si me das un beso para animarme? Por si la cascas y no puedo
besarte después.
No pudo evitarlo y sonrió. ―¿Quieres un beso?
―¡Sí! ―dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
―Pues te lo daré después.
La elevó antes de que se diera cuenta y chilló de la sorpresa. ―¿Nena?
―Estoy bien. Suelta una mano para que pueda inclinarme.
―Joder, lo que hay que hacer para conquistar a una mujer ―dijo por lo
bajo.
Ella se hizo la loca y reprimiendo una sonrisa dijo ―¿Qué has dicho?
―Voy a soltar la mano izquierda porque soy diestro.
―Bien.
Él lo hizo lentamente y no apartó la mano, sino que la dejó arriba
mientras ella se inclinaba a un lado y asombrado vio que se quedaba ahí
arriba únicamente agarrada con su palma. ―Muy bien, Sam―Muy recta
cruzó los tobillos. ―Ahora meterás la otra mano entre mis muslos para
sujetarme antes de girar.
―¿Cómo girar? ¡No habías dicho nada de girar!
―¡Mete la mano entre mis muslos!
―Te voy a recordar esa frase, ¿sabes?
―Ya veremos.
―Al menos no has dicho que no. ―Acercó la mano a sus muslos y
como le dijo la metió entre ellos para sujetar su pierna.
―Bien, ahora gira.
Lo hizo lentamente hasta dar la vuelta completa. ―Ahora déjame caer.
Tienes que ser lo bastante rápido como para cogerme.
Entonces sorprendiéndola la soltó para cogerla en brazos y lo primero
que vio fue una sonrisa que le robó el aliento. La habían cogido en brazos
otros hombres antes, pero esa fue la primera vez que se sintió realmente
segura. ―Ahora quiero mi beso ―dijo él con voz ronca.
―Todavía no hemos acabado.
Él acercó su cara. ―Ese no era el trato.
―Sam, nos está grabando la cámara ―dijo sintiéndose mareada con su
aliento.
―¿Y no te gustaría tener un recuerdo para siempre?
Casi sintió sus labios de lo cerca que estaba, pero algo en su interior la
hizo saltar de sus brazos con agilidad. Sam gruñó. ―Nena, te gusto. No lo
niegues.
―No. ―Se dio la vuelta. ―Venga, vamos a hacer lo mismo, pero
dándote la espalda para que el público me vea.

―¿Qué? ¿Cómo ha ido el entrenamiento? No te esperabas la sorpresa


que preparó Cliff, ¿eh? Venga, dime, ¿qué cara puso? ¿Estaba encantada?
¿Se cabreó? Bueno, pero ha aceptado el trato, eso es que le haces tilín.
¿Cómo ha ido? ―preguntó Sepi muerta de la curiosidad.
―Nada ―dijo entrando en la casa.
―¿Cómo que nada? ¡Cliff te lo ha puesto a huevo!
―¡Me ha estado esquivando dos horas! ―dijo indignado. ―¡Os juro
que jamás me he esforzado tanto por conquistar a una mujer!
Frank sentado en su sillón con el niño en brazos rio por lo bajo y Sam le
fulminó con la mirada. ―¿Te parece gracioso?
―Me trae recuerdos, esa frustración…
―Joder. ―Fue hacia la cocina.
Sepi se acercó a su marido y susurró ―Deja de meterle caña.
―Cielo, esto no es nada con lo que yo tuve que aguantar, te lo aseguro.
Sam salió con una cerveza en la mano y Sepi jadeó. ―¡Tienes partido el
domingo!
―No fastidies. ―Le dio un buen sorbo. ―Cómo necesitaba esto.
―No ha podido ser para tanto, ya sabías que se te resistiría. ―Frank se
levantó y metió al niño en su cuna.
―Sí, lo sabía, ¡pero lo que no sabía era que iba a poder tocar todo su
cuerpo y después tendría que dejar que se fuera a casa! ¡Me he pasado con
el palo en alto casi todo el tiempo!
Le miraron sorprendidos antes de echarse a reír con ganas. ―Muy
graciosos. ―Se sentó en el nuevo sofá de cuero y frunció el ceño. ―¿Es
igual?
―Sepi lo ha encontrado exactamente igual en una tienda de saldo. Ha
costado la mitad.
La aludida se sentó a su lado. ―Y cuando se dio cuenta de que tu
soldadito quería guerra, ¿qué dijo?
―Menudo cabreo se pilló porque no era profesional ―dijo asombrado.
―Otra estaría halagada por lo menos. Ella se puso como un tomate y dijo
que se acababa el entrenamiento para que me diera una ducha fría. Que
esperaba que mañana volviera con otra actitud.
―Sí, ¿pero te lo dijo con la boca pequeña o lo decía de verdad?
―Hubo momentos…
―¿Qué?
―Que parecía que estaba tan atraída por mí como yo por ella.
Sepi sonrió radiante. ―Felicidades.
―No sé para qué me felicitas, no he llegado a ningún sitio y me duele
todo, joder. No sabía que ser animador era tan duro. Y eso que ella no pesa,
pero arriba y abajo, arriba y abajo… Leche, es como hacer pesas, pero sin
parar dos horas. Ahora respeto mucho más a esos tirillas. ―Se adelantó
dejando la botella de cerveza sobre la mesa de centro. ―¿Y ella? ¡No le
tiene miedo a nada! En el último ejercicio la subí a mis hombros y de pie
sobre mí me dijo muy seria que no me moviera. ¡Pues dio una voltereta en
el aire para caer sobre mis hombros de nuevo! Está loca y me dejó los
hombros hechos polvo, por cierto.
Frank entrecerró los ojos. ―He visto algunos videos suyos y le gusta
arriesgar, pero amigo, si te vas a lesionar deberías dejarlo. Tu carrera es lo
primero.
―No pienso dejarlo.
―Eso es lo que quiere ella. ―Ambos la miraron sorprendidos. ―¿No
os lo esperabais? Lo hace a propósito para que él claudique. Esto es una
guerra de voluntades y tengo la sensación de que Flair no es de las que se
rinden fácilmente.
Sam enderezó la espalda. ―Pues yo tampoco.
Sepi cogió su mano. ―¿Estás seguro de que es la adecuada?
―Si antes tenía alguna duda, después de estar con ella dos horas ya no
tengo ninguna. Aunque tiene mala leche, es divertida, inteligente, resolutiva
y es preciosa. Y cada vez que la toco… Joder, con ninguna mujer me he
sentido así. Es que cada minuto que paso con ella me gusta más, ¿eso es
normal?
Frank asintió. ―Sí, amigo. Si es la adecuada es lo normal e irá a más.
Sepi le guiñó un ojo y al mirar a Sam vio que se bebía la cerveza hasta
el final. Le quitó la botella de la mano. ―Ya está bien así.
Gruñó. ―¿Qué hay de cena?
―Pescado al horno con patata panadera y guisantes.
Gimió de gusto. ―Eres la mejor amiga del mundo.
―Qué va, pero me ganaré el puesto cuando haga que te adore.
―¿Y cómo vas a conseguir eso?
―Las chicas nos entendemos, tú déjame a mí.
Capítulo 4

Llegó al entrenamiento empujando el carrito de Frank junior y abrió la


puerta del gimnasio para ver asombrada las dos torres de chicas que se iban
desplazando para acercarse la una a la otra. Cuando estuvieron unidas Flair
apareció en la cúspide y levantó la pierna antes de gritar Jets elevando los
brazos.
Laurin desde abajo gritó ―¡Sara, no te muevas! ¡Cuidado!
La torre empezó a desmoronarse y Sepi gritó de miedo al ver que Flair
se desequilibraba y caía sobre las demás.
Asustada se acercó a la parte de atrás de lo que quedaba de torre y vio
que una de las chicas la pisaba y lo había hecho a propósito. ―¡Eh!
Diana se sonrojó apartándose a toda prisa y Sepi se agachó a su lado.
―¿Te has hecho daño?
―Estoy bien ―dijo con esfuerzo sentándose sobre la colchoneta antes
de mirarse el codo donde esa idiota la había pisado.
―¿Te duele?
Forzó una sonrisa. ―Esto no es nada. ―Se levantó tan rápido como
pudo y dijo ―¿Estáis todos bien?
Alucinaba, la que se había llevado el mayor porrazo había sido ella,
pero nadie fue a ver como estaba, mientras que Flair se acercó a otra chica
que estaba a punto de llorar y la abrazó diciéndole que no había pasado
nada. Que todos cometían errores.
Sepi regresó con su hijo que estaba dormido y las observó. Flair dio
instrucciones a las chicas que empezaron a hacer las torres al sonido de la
música. Para su sorpresa Flair dio dos mortales hacia atrás justo antes de
que las torres se unieran y dos segundos después apareció arriba de nuevo
para elevar la pierna y los brazos. Cuando bajó de la torre, Flair se acercó a
ella mientras las chicas se separaban y sonrió. ―¿Qué opinas?
―Impresionante. ¿Pero estás bien?
―Bah, son cosas que pasan. ―Puso los brazos en jarras mientras las
chicas seguían con la coreografía que Laurin supervisaba corrigiéndolas
cuando era necesario. ―Es una leona, qué suerte tengo de tenerla.
―¿De verdad? ―preguntó asombrada.
―Sí, es algo fría, pero una profesional como la copa de un pino.
―Miró al niño. ―Hola, precioso. Qué suerte tienes, que puedes dormir.
―¿Cansada?
―Esta noche no he pegado ojo. Hacía un calor insoportable en mi
habitación.
Sepi sonrió. ―Ya, claro.
La miró con desconfianza. ―No empieces, me caes bien, pero como
sigas insistiendo te prohibiré el paso.
―Ni se te ocurriría. ¿Qué tal con Sam? ¿Se aprende los ejercicios? ¿Es
un alumno aplicado?
―Uhmmm.
―Venga ya.
―Lo intenta. Pero acabamos de empezar, seguro que mejora.
Sonrió maliciosa. ―Él pone todo de su parte…
―¡Sepi!
―Oye, me veo en la obligación de decirte que es muy buen hombre y
que estás perdiendo la oportunidad de ser su cuarta esposa.
La miró indignada.
―Sí, parece que después de tres matrimonios no tiene mucho criterio,
pero te aseguro que cuando se casó lo dio todo. Fueron ellas las que le
fallaron, porque se casaron por los motivos equivocados.
―No me cuentes historias.
―Hablo en serio, Flair. Es un buen hombre que ha tenido mala suerte.
Por Dios, si todas le pusieron los cuernos.
Separó los labios de la impresión.
―Sí, aprovechaban que él jugaba fuera. Solo querían su pasta, no
puedes culparle si después de tres fracasos no tomaba en serio a ninguna y
se acostaba con toda modelo que se le ponía a tiro. Pero en cuanto te ha
visto…
Se sonrojó de gusto. ―¿Qué?
―Te aseguro que después de lo de ayer está más decidido.
Sintió que su corazón daba un vuelco. ―¿De veras?
―Sé que tuviste una mala experiencia en tu anterior trabajo.
Se sonrojó. ―¿Cómo sabes eso?
―Este es un mundo muy pequeño, te lo aseguro. Ese imbécil… Ya
recibirá su merecido.
―¿Qué?
―En algún momento le ficharán en la NFL ―dijo encantada. ―Y
tendrá que enfrentarse a nuestro chico. Sam le machacará.
Parpadeó. ―Ya le han machacado.
―¿De veras?
―Tengo hermanos.
―¡Genial! Ya te has vengado, es hora de seguir con tu vida y Sam te la
alegrará, eso te lo aseguro. A veces puede parecer un gañán, pero tiene un
corazón de oro y como amigo no encontrarás algo mejor. Si le das una
oportunidad no te vas a arrepentir, te lo aseguro. ―Dio un paso hacia ella.
―¿A ti te gusta? ¿Aunque sea un poco?
―Sí ―reconoció a regañadientes.
Sepi chilló de la alegría antes de abrazarla. ―Seré una cuñada genial,
ya verás.
Divertida se apartó. ―¿Cuñada?
―Sam es como un hermano para mi Frank, seremos cuñadas. ¿A que es
genial? ―Señaló al niño. ―Serás su madrina, eso le da puntos a Sam.
Miró al niño y sonrió sin poder evitarlo. ―Claro que sí, Sepi.
―Lo sabía. No hay quien se resista a mi niño. ¿Vienes a cenar?
―¿Pero qué pasa, que Sam cena en tu casa todos los días?
―Depende, pero tres o cuatro días a la semana no falla. Le encanta
como cocino. ―Flair hizo una mueca. ―Dios mío, me dijiste que
cocinabas. ¡Ese hombre come por cuatro! Te aseguro que eso de que a un
hombre se le conquista por el estómago en el caso de Sam es muy cierto.
―Sí que cocino, aunque seguramente no como tú, solo hay que ver tus
canapés. ¡Oye, que también puede cocinar él! ¡Yo trabajo!
―¿Sam cocinando? Si ni debe saber lo que es un horno.
―Pues que lo aprenda.
―Bueno, no pasa nada, tiene asistenta.
―Eso.
―Aunque vuestra carrera es corta y hay que pensar en el futuro…
La miró asombrada. ―Deja de pensar en el futuro, ni siquiera hemos
salido una sola vez. Y sino funciona en la cama, ¿eh?
Sepi soltó una risita. ―No hablas en serio. En este momento se está
machacando en el gimnasio de los chicos para quitarse el dolor de huev…
―¡No lo digas! ―dijo como un tomate.
―Él tampoco ha dormido mucho.
La miró exasperada. ―Déjalo ya, ¿quieres?
―Lo dejaré cuando le des una cita.
―Habla más bajo ―dijo entre dientes.
Dio otro paso hacia ella. ―¿Eso es lo que te pasa? ¿No quieres que se
entere nadie?
―Si después quisiera fastidiarme, se encargaría de pregonarlo a los
cuatro vientos en cuanto lo dejáramos. No quiero perder este trabajo.
Sepi entrecerró los ojos. ―¿Y un contrato de confidencialidad?
Parpadeó. ―¿Cómo has dicho?
―¡Sí! ¡Es una idea genial! Él te firma que tendrá el pico cerrado sobre
vuestra relación, ¿qué me dices?
―¿Firmaría eso?
―Oh, sí. Firmaría lo que sea por una cita contigo.
Entrecerró los ojos dándole vueltas y recordó como la había mirado
cuando la tenía entre sus brazos. ―Hecho.
Sepi chilló de la alegría antes de abrazarla. ―Genial, es genial.
Rio sin poder evitarlo. ―Ahora necesito un abogado.
―Bah, eso te lo hago yo en un plis plas. ―Se apartó. ―Estoy dando un
curso de derecho online, ¿sabes? Se me da muy bien. Tranquila, que cuando
vea que puede perder un millón de dólares por irse de la lengua no dirá ni
pío.
―¿Y vosotros lo firmaríais? ―preguntó retándola.
Sepi se quedó de piedra. ―¿Qué?
―A vosotros os lo contará todo, ¿firmaríais por hacer feliz a vuestro
querido amigo? ―Vio que no le gustaba un pelo la idea, sobre todo porque
era evidente que a Sepi le gustaba cuidar cada centavo. Su fama de luchar
por los contratos de su marido ya era legendaria.
―Sí ―dijo sorprendiéndola. ―Firmaremos y Cliff y Stella también.
―Ellos no tienen un millón de dólares.
―Se lo tendremos que dar nosotros.
Se le secó la boca. ―¿Tanto confías en ellos? ¿Tanto confías en Sam?
―Sí, son mi familia. Y desde que les conozco han demostrado que
siempre se puede confiar en ellos.
―Vaya, sí que le gusto ―dijo encantada.
―No sabes cuánto, pero ya te enterarás. ―Alargó la mano. ―¿Hecho?
Se la estrechó con ganas sintiéndose encantada y emocionada por la
futura cita. ―Hecho.

Cuando Sam llegó a su entrenamiento privado ya estaba sola haciendo


pesas. Él se acercó al extremo del banco donde ella tenía la cabeza y sonrió.
―Hola, preciosa.
Dejó la barra en los soportes y gruñó. ―Llegas tarde.
Sam estaba mirando su peso y asintió. ―Cliff me entretuvo en el
vestuario con cotilleos que no me interesan, pero no voy a dejarle con la
palabra en la boca. El viejo se entretiene con eso. No deberías entrenar con
pesas sola.
―No cargo tanto peso como tú.
―Eso da igual y lo sabes. Si se te resbala la barra…
―¿Has hablado con Sepi?
―¿Con Sepi? No, ¿por qué?
―No, por nada. ―Y disimulando añadió ―Espero que no se disgustara
por lo del otro día.
―Tranquila, Sepi es muy especial, no le molestan esas cosas.
―Genial. ¿Empezamos?
―Estoy dispuesto a todo.
Se acercaron a las colchonetas y ella encendió la cámara. ―¿Viste el
video de ayer en las redes sociales del club?
―Estás preciosa.
―Tuvo diez mil likes en los primeros veinte minutos.
―Fenomenal, pues vamos a superarnos.
Se puso de espaldas a él y alargó la mano hacia atrás para coger su
mano. ―Tienes que ponerla aquí, en la base de la espalda.
―Antes dime de qué va esto.
Volvió la cabeza. ―¿Quieres hacerme caso?
―¡Nena, es que te arriesgas mucho! ¡He visto tus videos!
―Pon la mano ahí ―dijo entre dientes.
Él gruñó y puso la mano donde le dijo. Flair miró al frente. ―Me voy a
dejar caer hacia atrás y entonces me elevas por encima de tu cabeza.
―Leche…
―¡Sam, haz lo que te digo! ―Le escuchó respirar hondo y ella se dejó
caer.
―Nena, así no te puedo subir, eres un peso muerto y tendría que
agacharme.
―Bien. ―Se enderezó. ―Por eso voy a saltar hacia atrás. ¿Listo?
―Pues no.
―¡Sam!
―Listo ―dijo a regañadientes.
Sin esperar más se tiró hacia atrás y terminó cayendo al otro lado de su
brazo. Tuvo que apoyarse en sus manos para no darse un porrazo porque no
la subió a tiempo. ―Otra vez.
―¿Quién me mandaría a mí hacer esto? ―dijo por lo bajo.
―Te lo ha mandado uno de tus jefes. Como a mí, así que mueve el culo.
¿Listo? Pon la mano en mi espalda. Lo haremos más rápido.
―¿Más?
―¿Quieres dejar de protestar?
―Nena, pon las manos hacia atrás por si acaso.
―Todo va bien ―dijo como si fuera muy pesado, aunque por dentro
estaba enternecida con su preocupación. ―Allá voy. ―Se tiró hacia atrás y
él la elevó, pero su cabeza se inclinó hacia abajo. ―Estira el bra… ―No le
dio tiempo a terminar la frase porque cayó, pero prevenida giró en el aire
para caer frente a él que estaba pálido. ―El brazo, tienes que estirar el
brazo.
―Yo esto no lo veo.
―Pero si acabamos de empezar.
―Joder, tengo los huevos por corbata. ―Nervioso se pasó la mano por
la nuca. ―¿No podemos hacer otra cosa?
―Tiene que ser impactante. Sino esto no merecerá la pena. ―Le puso
la mano en el pecho. ―Todo va bien. Esto es normal.
―Como te pase algo me da un infarto. ¡Encima sería culpa mía!
―¿Quieres que en el próximo entrenamiento estén los chicos por si
acaso?
Entrecerró los ojos pensándoselo. ―¿Tengo que contestar ahora? Me
gusta estar a solas contigo.
Se sonrojó de gusto apartando la mano. ¡Aquello no estaba pasando, no
podía ser tan enorme, tan bruto a veces y tan tierno al mismo tiempo! ―Por
Dios, Sam.
―¡Estoy siendo sincero! ¿Qué quieres que diga?
―Vas a hacerlo. ―Se puso de espaldas otra vez. ―Venga, que lo
conseguirás y no necesitaremos a nadie.
Respiró hondo poniendo la mano por encima de su trasero.
―¡Ahora! ―gritó ella saltando hacia atrás para dejarse caer en su
mano. Sam la elevó y Flair con las piernas y los brazos bien estiradas como
una tabla se quedó en alto.
Sam rio. ―¡Sí!
―Bien, cielo. Ahora baja el brazo e impúlsame hacia arriba para que yo
baje.
Frunció el ceño. ―¿Y cómo vas a bajar?
―Eso es cosa mía. Venga.
―¿Mucho, poco?
―Lo que puedas.
Sudando y todo bajo el brazo a toda prisa antes de elevarlo con fuerza.
Flair salió despedida hacia el techo apenas un metro y atónito vio que
giraba dos veces como si fuera una pelota antes de caer a su lado. Sonrió.
―Muy bien, novato.
―Ay, madre… ¡No vuelvas a hacer eso! ¿Y si hubieras caído de
espaldas o de cabeza?
―Ahora lo haremos más rápido. Harás el movimiento del brazo de una
sola subida, ¿entiendes? No me dejes arriba y pares, todo seguido.
―Tú no estás bien de la cabeza, ¿no? Te va el riesgo.
Rio por lo bajo sin poder evitarlo. ―Puede.
―¡Pues sal conmigo, hostia! Te aseguro que al menos será interesante.
―Me lo pensaré. ―Se puso de espaldas a él y escuchó como retenía el
aliento.
―¿Te lo pensarás?
―Es mejor que un no, ¿no es cierto?
―Mucho mejor, preciosa.
―De un solo movimiento. ―Se tiró hacia atrás y él la empujó con
fuerza haciendo que girara como una pelota de nuevo, pero se desequilibró
al clavar el salto y su trasero lo sintió al caer en la colchoneta de culo.
Sam se acercó a toda prisa agachándose frente a ella. ―¿Estás bien?
Se echó a reír.
―¿De qué te ríes?
―¿Te preocupas por mí cuando a ti te machacan hombres tan grandes
como tú?
―Yo estoy acostumbrado a eso.
―Y yo también.
Él pasó las manos por sus pantorrillas. ―Esto no me gusta.
Le cogió por la barbilla para que la mirara a los ojos. ―¿Prefieres
hacerlo tú o que lo haga otro?
Sam gruñó cogiéndola por la cintura y levantándose la pegó a su pecho.
―Eso no merece respuesta, nena.
Sonrió. ―Pues ya no hay más que hablar.
Capítulo 5

Se revisó el vestido rojo en el ascensor y apartó su melena en ondas de


su hombro mientras respiraba profundamente. ―Has tomado la decisión, no
te eches atrás. No te eches atrás. Tú también tienes derecho a pasarlo bien y
si surge algo más, pues bienvenido sea. Relájate y disfruta. No has hecho
todo esto para nada.
Nerviosa salió y la puerta estaba abierta, así que supuso que pensaban
que llegaría pronto. Entonces escuchó las voces y a toda prisa fue hasta la
puerta para ver que Cliff, Stella, Frank y Sepi discutían entre ellos mientras
Sam sentado en el sofá parecía de lo más satisfecho. Entró y cerró la puerta
antes de silbar. Todos miraron hacia ella. ―Vais a despertar al niño, ¿qué
pasa?
―Nada, nena, discuten sobre quién pagaría el millón de Cliff en caso de
que se vayan de la lengua ―dijo Sam levantándose. Se acercó a ella
comiéndosela con los ojos. ―Estás preciosa. ―La besó en la mejilla
estremeciéndola de gusto y dijo mirando sus ojos ―Y hueles
maravillosamente. Te pega mucho ese perfume.
Él sí que olía bien y el pantalón negro con la camisa blanca enrollada
por los codos le quedaba de miedo. ―¿Por el millón?
La cogió por la cintura para llevarla hasta el sofá. ―Una tontería. Frank
lo pagaría, pero ellos se niegan. Se han ofendido un poco cuando lo
sugirieron.
Ella les miró. ―¿Tenéis casa en propiedad?
―Claro que sí ―dijo Stella molesta. ―Pondremos la casa en el
contrato.
―Nena, ¿no estás forzando un poco las cosas?
Volvió la cara hacia él. ―¿Quieres salir conmigo o no?
―Quiero, vaya si quiero, y después de esto aún más. ―La sentó en el
sofá y le puso una cerveza en la mano antes de sentarse a su lado. ―Sepi,
¿redactas de nuevo el contrato?
Sonrió. ―Claro que sí.
―Al parecer estáis muy seguros de que no diréis nada.
―Serás tú quien tenga ese poder, preciosa. ―Le puso delante un plato
de canapés. ―¿Quieres?
Cogió uno y él vio el morado en el brazo. ―¿Qué coño es eso? ¿Te lo
he hecho yo?
Se sonrojó por su preocupación. ―Ya me lo había hecho. Me caí.
―¿No decías que estabas acostumbrada a esto?
―¿Acaso a ti no te golpean? No me oirás protestar cuando vengas con
un morado.
―Oh, sí que protestarás ―dijo Sepi antes de coger los papeles de la
impresora y ponérselos delante. ―Léelo a ver qué te parece.
De repente apareció un bolígrafo de oro ante ella y miró a Sam que le
guiñó un ojo. ―Lo he comprado solo para este momento.
Se sonrojó de gusto, pero replicó ―Todavía no lo he leído.
―Pero lo firmarás, como firmarás otras cosas para unir nuestras vidas
para siempre.
Stella rio por lo bajo. ―Así se habla.
―Cállate Sam, déjame echarle un ojo ―dijo por lo bajo antes de
empezar a leer. Era muy básico y directo. Si alguien de los presentes
hablaba de su relación, a pagar. Cogió el bolígrafo y firmó bajo su nombre
en las cuatro copias antes de mirar a Sam a los ojos. ―Te toca.
Cogió el bolígrafo rozando sus dedos y se estremeció mientras cogía el
papel antes de apoyarlo en la mesa de centro para firmar. Cuando la miró
sonrió. ―Ya está.
Se sintió increíblemente bien y cuando todos firmaron alargó el brazo
para coger una hoja antes de levantarse. ―Bien, ¿nos vamos?
Él la miró de arriba abajo. ―Nena, si salimos por ahí nos verán.
Le guiñó un ojo antes de salir por la puerta y decir ―Sepi, siento lo de
la cena, pero lo entiendes, ¿verdad?
Sonrió antes de decir ―No pasa nada.
Sam se levantó a toda prisa y saltó por encima del sofá para salir por la
puerta como una exhalación.
Stella y Sepi chillaron de la alegría antes de abrazarse. Cliff sonrió.
―Espero que funcione.
―Seguro que sí. ―Frank fue hasta la puerta y la cerró. ―Me cae bien,
sabe lo que quiere.
―Esperemos que él también sepa lo que quiere ―dijo Stella sin pensar
haciendo que todos perdieran la sonrisa.
―No le hará daño ―dijo Sepi. ―Apuesto por él. Todos hemos
apostado por él en esto.

Estaba al lado del ascensor metiendo la hoja en el bolso cuando llegó


hasta ella. ―Preciosa, hoy en el entrenamiento no me has dicho nada de
esto.
Sonrió. ―¿No te ha gustado la sorpresa? ―Entró en el ascensor y pulsó
el segundo piso.
No pudo disimular la sorpresa. ―¿A dónde vamos?
―He alquilado un piso en este edificio. Ya soy demasiado mayor para
vivir con mis padres.
Él la cogió por la cintura y la pegó a su cuerpo. ―Podríamos haber ido
a mi casa.
―¿Y que nos vean los vecinos? No, cielo. Aquí solo tienes que bajar en
el ascensor. Nadie se dará cuenta de nada.
―Eres muy lista. ―Acercó sus labios antes de rozar los suyos y a ella
se le cortó el aliento por la ternura de su caricia, lo que estremeció su
corazón y ahí sí que se asustó porque sintió que se enamoraría de él antes de
que se diera cuenta. La besó de nuevo y esa vez sí que entró en su boca. Fue
intenso, tan embriagador que Flair elevó los brazos poniéndose de puntillas
para rodear su cuello. Sus grandes manos fueron hacia su trasero y lo apretó
haciéndola jadear en su boca. Flair se apartó medio mareada y susurró
―Las puertas están abiertas.
Él besó su cuello con ansias y la elevó haciendo que rodeara sus caderas
con las piernas. ―¿Y si nos ve algún vecino?
Gruñó dejándola en el suelo. ―Nena, voy a empezar a pensar que no te
excito como tú a mí.
Se sonrojó. ―Es que tenía algo preparado y…
―Y pueden vernos. ―Cogió su mano.
―Creía que lo entendías.
―Y lo entiendo. Pero cualquiera que vea mi entrepierna sabrá lo que
estábamos haciendo en el ascensor.
Sonrió. ―Por cierto, intenta controlarte en los entrenamientos. Te
arrimas mucho. ―Sacó la llave y se la entregó. ―Esta es la tuya.
No pudo disimular su sorpresa antes de coger la llave. ―Estoy algo…
―¿Confundido?
―Pues sí, la verdad. De negarte en redondo a darme la llave de tu
casa... ―La metió en la cerradura. ―¿A qué estás jugando?
Pasó al salón vacío. ―¿Sabes lo que he pensado?
Él cerró la puerta sin encender la luz porque estaba iluminada por las
luces de la calle. ―¿El qué, preciosa?
―Que si tus amigos confían en ti como para arriesgar tanto, es porque
eres de fiar. ―Se abrió el vestido dejándolo caer al suelo y mostró que solo
llevaba unas braguitas de encaje rojo. Su piel y su cabello brillaban. Se
quitó los zapatos y caminó descalza por el suelo de parquet hacia una puerta
que dejó abierta al pasar. Sam la siguió y cuando entró en la habitación ella
estaba encendiendo una vela que había encima de la repisa de la chimenea.
Era tan hermosa que le robó el aliento y Flair se volvió mostrando sus
hermosos y firmes pechos. Sam echó un vistazo a la habitación vacía y en el
suelo había un mantel con una caja de pizza en medio, dos copas de cristal
y una botella de vino. ―Nena, no hay cama.
―Tengo que comprar una. ―Caminó hacia él y empezó a desabrochar
los botones de su camisa. ―¿Crees que la necesitamos? ―Mostró su
musculoso pecho y Flair se sintió tan excitada que pasó la mejilla por él.
Sam cogiéndola por la cintura cerró los ojos. ―¿Lo crees?
―Siento que contigo no necesito nada más.
Elevó la vista hacia él. ―¿Siempre me hablarás así?
Sam sonrió hinchando su corazón de felicidad. ―¿Y cómo te hablo?
―Como si fuera importante para ti.
―Porque lo eres, nena.
Le abrazó por el cuello y él elevó su mano para acunar su pecho
haciéndola suspirar de placer. ―Siento que te vas a convertir en la persona
más importante de mi vida. ―La besó tan apasionadamente que Flair se
sintió mareada de placer y se aferró a sus hombros. Sam bajó las manos
acariciando su suave piel y la cogió de los muslos para elevarla y ponerla a
su altura. Las manos de Flair acariciaron su cuello sin dejar de besarle y
bajaron por su pecho muy despacio hasta llegar al cinturón. Él gruñó en su
boca y Flair abrió la hebilla para meter la mano bajo el boxer y acariciar su
duro miembro, al que liberó frotándolo de arriba abajo antes de apartar sus
braguitas. Sam la bajó poco a poco para entrar en su sexo y Flair sintiendo
cada centímetro de él suspiró de gusto inclinando su cuello hacia atrás. Él
se lo besó con pasión antes de susurrar a su oído ―Tan suave…―La volvió
pegándola a la pared y empujó su pelvis para llenarla por completo. ―¿Me
sientes, nena?
―Sí…
Sam entró en su boca y acarició su paladar provocando que el vientre de
Flair se estremeciera alrededor de su sexo. Él apartó sus labios para mirarla
a los ojos mientras salía lentamente para volver a llenarla. ―Sabía que sería
así ―dijo con la voz ronca.
Flair besó sus labios antes de susurrar contra ellos ―Podría
enamorarme de ti.
―Ya me amas, nena. Aunque todavía no quieras reconocerlo. ―Entró
en ella con tal ímpetu que la hizo gritar de placer. ―Ya me amas. ―Sus
embestidas aumentaron poco a poco y mientras se volvía loca por lo que le
hacía sentir, su vientre pedía a gritos la liberación. Sam cogió sus manos y
las pegó a la pared entrando en su ser de nuevo. Flair gritó creyendo que el
placer la partiría en dos, antes de recibirle de nuevo y el éxtasis llegó
arrollando todo lo que estaba su paso para enviarla al paraíso. Sam la
abrazó a él y Flair dejó caer la cabeza sobre su hombro.
Unos minutos después Sam acariciaba su espalda y susurró ―Nena,
necesitamos esa cama para momentos así.
Rio por lo bajo. ―Pues tienes razón. ―Se apartó para mirar sus ojos.
―Tendrá que ser muy grande.
―La más grande que haya.
A Flair se le cortó el aliento al sentir como de nuevo crecía en ella.
―¿Cielo?
―Me vuelves loco, mujer ―dijo con voz ronca antes de atrapar sus
labios otra vez, provocando que Flair le correspondiera con toda el alma.
El domingo estaba muy nerviosa y no solo por tener que salir a ese
enorme campo, sino por el partido. Jugaban contra los Minnesota Vikings.
En su último partido habían perdido. Vestida ya con su trajecito blanco y
verde se ató bien las zapatillas de deporte. Después revisó a las chicas y
salió del vestuario gritando ―¡Dos minutos!
Al llegar al pasillo casi se choca con algunos jugadores que ya salían de
los vestuarios de ambos equipos. Uno de los Minnesota le silbó y ella le
miró como si quisiera pegarle de puñetazos haciéndole reír.
―¿Ese te molesta, preciosa?
Miró hacia Sam que estaba ante ella con el casco en la mano. ―¿Cómo
estás?
Sonrió. ―Como nunca, ¿por qué?
―Anoche nos saltamos la abstinencia.
―Ah, es eso. ―Rio por lo bajo. ―Tranquila, Frank tampoco la cumple
nunca.
Suspiró del alivio. ―Menos mal.
―¿Lista para tu debut ante ochenta mil personas?
―Sí, claro. ―Palideció de golpe antes de entrar en el vestuario
corriendo. Entró en el baño por los pelos y vomitó con ganas.
Laurin la siguió y chasqueó la lengua. ―Chica, ¿esto te pasa siempre?
―Sí ―dijo antes de vomitar de nuevo.
―Ah, entonces no me preocupo. Échalo todo.
Salió dejándola sola y Flair suspiró. ―Ay, mamita, que mala me estoy
poniendo.
―¿Nena?
Asombrada abrió los ojos como platos antes de girar la cabeza. ―Sal de
aquí.
―¿Estás bien?
Él cogió una toalla y la mojó en el lavabo antes de entrar en el baño con
ella. ―Esto no es nada, a mí me pasa también en un partido importante.
―Se la pasó por la cara para limpiar el sudor y él hizo una mueca. ―Nena,
tendrás que volver a maquillarte.
―Cielo, sal.
―Ya no hay nadie.
―Dios mío…
―Respira hondo.
Escucharon la banda de música. ―Mierda.
―Shusss, respira.
Ella lo hizo y cerró los ojos. ―Eso es. Lo vas a hacer genial y vas a
demostrar porque eres la animadora jefe de los Jets. ―Acarició su mejilla
con el pulgar y Flair abrió los ojos. Sam sonrió. ―Eso es, nena.
Demuéstrales quien hace las mejores acrobacias de todas las animadoras de
los Estados Unidos.
Enternecida por su ayuda susurró ―Gracias.
―Eh, haré esto muchas veces en el futuro. ―La besó en la frente y se
incorporó. ―Cuando tengamos hijos, por ejemplo. Te veo fuera, preciosa.
En shock miró hacia la puerta cerrada y se mordió el labio inferior.
―No pienses en esto ahora, no pienses en esto ahora que tienes algo mucho
más urgente en lo que pensar. ―Salió del baño y abrió el grifo del lavabo
para enjuagarse la boca. Se miró el maquillaje y vio la brocha de una de las
chicas. La cogió a toda prisa para darse algo de rubor antes de respirar
hondo. ―Vamos a por todas.

Peter la elevó por los pies con ambas manos y ella levantó los brazos
gritando ―¡Arriba Jets!
Las chicas empezaron a aplaudir al igual que el público que las siguió
entusiasmado. Sonrió radiante antes de dejarse caer. Peter la cogió por la
cintura antes de que cayera al suelo y le dijo ―Perfecto jefa.
―Gracias, lo habéis hecho genial. ―Saludando al público corrió hacia
sus asientos y de reojo vio como los chicos volvían al campo para empezar
el segundo tiempo. Aquello no iba bien. A Frank le pasaba algo y fue
evidente durante todo el primer tiempo. Sam se estaba dejando la piel para
que avanzara algo en el partido. Miró hacia el palco donde estaban las
esposas y vio que Sepi estaba preocupada. Se levantó de su asiento y le dijo
a Laurin ―Vengo ahora, si detienen el tiempo que salgan las chicas a hacer
el número dos.
―De acuerdo ―dijo orgullosa de hacerse cargo.
Corriendo entró en el túnel y subió las escaleras que daban a la zona de
asientos de los familiares de los jugadores. Al llegar arriba bajó de nuevo
los escalones de las gradas para acercarse a Sepi y se agachó a su lado
sorprendiéndola. ―Lo has hecho genial.
―¿Qué le pasa a Frank?
Sepi apretó los labios. ―Se ha levantado con dolor de cabeza. No ha
dormido muy bien.
―Mierda. ¿Y el médico del equipo no le ha dado nada?
―Al parecer sí, pero no le funciona, debe ser por el estrés del partido.
―Vale. ―Salió corriendo de nuevo y al llegar al túnel fue hacia su
vestuario. Al ver a Peter y a Bill dándose el lote parpadeó de la sorpresa.
―¿Qué hacéis aquí?
Ambos se pusieron como un tomate. ―¿Ir al baño?
Bufó. ―¡Al campo, ya!
Salieron corriendo y ella sacó la cabeza al pasillo. ―Por cierto,
felicidades.
Sonrieron antes de alejarse. Flair fue hasta su taquilla y sacó su bolsa
para abrirla de golpe y coger el neceser. Encontró la bolsa de plástico
transparente que tenía allí y corrió hacia una botella de agua. La abrió y
echó como una cucharada sopera de los polvos. Batiéndola con fuerza
corrió hacia el campo y miró la botella para ver como empezaba a teñirse el
agua de naranja. Cuando llegó fue hasta la zona de jugadores y se acercó al
médico del equipo. ―¿Cómo va Frank? Sepi está preocupada.
―Igual. Joder, ya no sé qué ponerle.
Le dio la botella de agua. ―Que se la tome, toda.
―¿Qué es eso?
―Jengibre, ajo, cúrcuma y piel de limón. Son antiinflamatorios. Te
aseguro que funciona y es natural. ¿Tienes algo que perder?
Negó con la cabeza. Agarró la botella y corrió hacia el entrenador para
decirle algo. El jefe como le llamaban todos pidió tiempo y se detuvo el
partido. Frank y los demás se acercaron y el médico se llevó al quarterback
a un lado dándole la botella. Él no disimuló su sorpresa antes de mirarla a
ella. Flair asintió y Frank sin dudar cogió la botella para empezar a beber.
Después del primer trago hizo un gesto de asco, pero siguió bebiendo. Sam
que estaba bebiendo su bebida energética levantó una ceja interrogante y
ella le guiñó un ojo antes de alejarse hacia las chicas de lo más satisfecha.
En unos minutos cambiarían las cosas.
Capítulo 6

Los seis rieron cenando en casa de Sepi pues hablaban de lo bien que
había ido después del segundo tiempo. ―Es una pena que no hayamos
ganado ―dijo Cliff. ―Pero ha sido el partido más emocionante de esta
temporada.
―Deberías patentar esa fórmula, niña. Mírale, está como nuevo.
―Ojalá la fórmula fuera mía. Me enseñó a hacerlo otra animadora, ella
merece el crédito. O mejor dicho su abuela, que es quien se lo enseñó a
hacer. En realidad, esto ha pasado de generación en generación. Ya sabéis,
medicina tradicional.
―Pues funciona ―dijo Frank. ―Gracias.
―Os daré una bolsita para que tengáis si esto vuelve a pasar.
―Gracias ―dijo Sepi.
―Niña, me has dejado impresionada con la torre del segundo descanso
―dijo Stella.
Se sonrojó de gusto. ―¿De veras?
―Se ha subido el nivel muchísimo, eso está claro.
―Y la afición estaba como loca ―añadió Sepi levantándose para
recoger los platos.
Se levantó también. ―Espera, que te ayudo.
Todos se levantaron para ayudarla y ya en la cocina recogieron a pesar
de las protestas de Sepi. Su marido dijo ―Nena, estás agotada. No has
dormido nada preocupada por mí.
Ella le abrazó y le dio un beso. ―Y lo estaré siempre, porque eres mi
sueño hecho realidad.
Flair se emocionó por todo lo que se amaban y se preguntó si alguien la
amaría así alguna vez. Sam la abrazó por la espalda y le dio un beso en la
mejilla. ―¿Nos vamos? Estoy cansado.
Forzó una sonrisa y él frunció el ceño. ―¿Estás bien?
―Sí, claro. Buenas noches a todos.
Fue hasta la puerta pensando en ello y Sam miró a sus amigos sin
entender nada. ―¿Qué ha pasado?
―Ni idea ―susurró Sepi. ―Pero ve con ella y pregúntale.
Asintió antes de salir tras ella. Había dejado la puerta abierta y le
esperaba en el ascensor sumida en sus pensamientos. ―Nena, ¿qué ocurre?
¿Es porque te he dicho que nos fuéramos?
Le miró como si en ese momento se diera cuenta de que estaba allí.
―¿Qué?
Él con delicadeza apartó un mechón de su frente. ―¿Estás bien?
―Sí, claro.
―Pareces disgustada.
―Qué va. Estoy cansada, eso es todo. ―Se metió en el ascensor y forzó
una sonrisa. ―¿Te importa que duerma sola hoy?
―Preciosa, ¿qué ocurre?
―Nada, de verdad. Así los dos descansaremos mucho mejor, eso es
todo.
Las puertas se cerraron dejándole con la palabra en la boca y tuvo la
sensación de que si hubiera insistido, hubiera seguido diciéndole que no.
Preocupado regresó a casa de sus amigos y Frank le abrió la puerta.
―¿Pero qué haces aquí?
―No lo sé. ―Se sentó en el sofá. ―Dice que hoy quiere dormir sola y
no lo entiendo, la verdad. Estaba tan normal y de repente es como si hubiera
elevado entre nosotros un muro. Ni siquiera me ha dado un beso.
Stella que ya se había puesto el abrigo se sentó a su lado. ―¿Has dicho
algo que…?
―Ya lo has visto, cambió de repente y no creas que en el ascensor me
ha dado tiempo a decir mucho.
―Cambió cuando vio como Frank abrazaba a Sepi ―dijo Cliff. ―Vi
como la expresión de su rostro se transformaba. Como si se asustara.
―¿Se asustara de qué? ―preguntó Sam. ―¿De mí?
―Igual teme que le hagas daño ―dijo Frank.
Sepi entrecerró los ojos. ―No creo que sea eso. Creo que lo que pasa es
que no confía en llegar a tener una relación como la que tenemos nosotros.
Sam se quedó de piedra. ―Así que no confía en mí. ―Rio sin ganas.
―Es evidente que piensa que no voy en serio. Cuando se lo he dicho, joder.
―Amigo, debes tener paciencia. Acabáis de empezar.

Flair tumbada en su cama nueva se giró y escuchó como entraba en


casa. Sus ojos se llenaron de lágrimas abrazando la almohada y enterrando
la cara en ella. Sintió como en silencio se tumbaba tras ella y la abrazaba
pegándola a su cuerpo. ―No sé qué acaba de pasar, pero si piensas que me
voy a rendir, es que no me conoces, nena. Yo seguiré aquí.
Su corazón se hinchó de felicidad y se volvió para mirarle a los ojos.
―¿Pase lo que pase?
Él besó suavemente sus labios. ―¿Qué puede pasar, preciosa? Nada
impedirá que seamos felices. ―Acarició su espalda desnuda. ―Ahora
duerme, necesitas descansar.

Tres semanas después riendo se apartó de él, que la cogía por la cintura
intentando robarle un beso. ―Déjalo ya.
―Uno solo.
―La cámara. ―Escuchó el teléfono y se volvió para ir hacia su bolsa.
Sam vio como al mirar la pantalla perdía la sonrisa de golpe y contestó
girándose. ―Dime. ―Era evidente que no quería que la escuchara porque
se alejó caminando por el gimnasio como si nada. ―No puedo ir ahora
―susurró. ―Tengo que trabajar. ―Miró hacia él de reojo y Sam disimuló
mirando hacia la cámara. ―Iré luego, ¿vale? ―Miró el teléfono apretando
los labios. Parecía que le habían colgado. Flair se volvió hacia él y forzó
una sonrisa. ―¿Seguimos?
―Nena, si tienes que irte a algún sitio…
―¿Poniendo la oreja, Polk?
―Ha sido inevitable oírte. ¿Quién era?
Fue hasta la bolsa y dejó el móvil. ―Nadie.
―Nena…
Se volvió para mirarle.
―Si quieres que esto funcione, tienes que empezar a confiar en mí.
Sabía que tenía razón, pero la asustaba lo que pasaría a partir de ahora.
―Era mi madre.
La miró sin comprender. ―¿Tu madre?
―Mi hermano mayor se acaba de comprometer y lo están celebrando en
casa. Me ha pedido que vaya.
Sam sonrió. ―Pues vete.
―¿No te importa?
―Claro que no, es un momento importante.
Aliviada cogió la bolsa y se acercó a él para darle un beso. ―Te llamo,
¿vale?
―Iré a tomar una hamburguesa.
En la puerta se detuvo en seco y se mordió el labio inferior. Aquello
podía ser un desastre mayúsculo. Insegura se volvió para mirarle.
―¿Quieres venir?
Sam la miró sorprendido. ―Esa no es la pregunta, nena. ¿Quieres que
vaya? No quiero que me lo preguntes por obligación. ¿Deseas realmente
que vaya?
―Pues no, la verdad.
Parpadeó. ―Entonces nos vemos mañana.
Ella sonrió. ―Hasta mañana. ―Y sin más se largó.
Sam se volvió confundido y suspiró pasándose la mano por la nuca.
―Esta mujer te va a volver loco.
Se abrió la puerta de nuevo y ella entró tirando la bolsa al suelo. ―¿Sí,
nena?
―Es que… ―Evidentemente nerviosa se apretó las manos acercándose.
―No es que me avergüence de ti, pero…
―Joder, ¿te avergüenzas de mí? ―preguntó pasmado. ―¡Soy Sam
Polk!
Flair hizo una mueca. ―Ya sé que has llegado muy lejos, pero…
―¿Qué pasa, preciosa? ¿Qué tengo de malo?
―Nada, para mí nada. ―Se mordió el labio inferior. ―Pero para
ellos… No les vas a gustar nada.
―¿Perdón?
―No les impresionará ni tu trabajo ni tu vida, te lo aseguro.
―¡Nena, he impresionado a medio Estados Unidos!
―Pues ellos son del otro medio.
―¿Te puedes explicar?
Gimió. ―Mi padre es… Steven Brawner.
Sam no entendía nada. ―¿Se supone que tengo que conocerle?
―Es el astrofísico más importante del país. Ha ganado un Nobel.
―Hostia. Es un cerebrito.
―Se puede decir que sí ―dijo forzando una sonrisa.
―¿Crees que soy idiota? ―preguntó pasmado porque aquello cada vez
pintaba peor.
―¡No! Eres… Normal. Ellos están a otro nivel, no sé si me entiendes.
―¡Crees que soy idiota! ―Mosqueado fue hasta la puerta. ―Esto es el
colmo, joder.
―No te enfades.
Salió al pasillo para ir hacia los vestuarios de los jugadores y corrió tras
él. ―Son muy esnob a veces, no quiero que te sientas incómodo.
―¡No, lo que me estás diciendo es que no quieres estar incómoda tú!
―Se detuvo. ―¡Oye, que eres animadora no neurocirujana, guapa!
Flair hizo una mueca y él la miró pasmado. ―¿Eres neurocirujana?
―Nooo… Soy…
―¡Suéltalo ya!
―Soy física, especializada en física mecánica.
―Joder, ni sé lo que significa eso ―dijo empezando a agobiarse.
Le cogió por el brazo. ―¿Ves? Por esto no quería decirte nada.
―¿De verdad son para tanto?
Suspiró agotada. ―¿Quieres un ejemplo?
Él asintió.
―Cuando terminé el instituto tenía unas notas excelentes, pero yo
quería seguir siendo animadora, y eso no les gustó nada. Querían que fuera
a Oxford porque un amigo de mi padre dijo que conseguiría plaza allí, él se
encargaría. Dije que no, que quería quedarme en los Estados Unidos y
seguir siendo animadora, pero mi padre hasta habló con el director del
instituto para que me echaran del equipo. Afortunadamente el director se
negó. ¿Qué hizo mi padre? Hacer que le echaran a él por no cumplir sus
órdenes. Palabras textuales.
―Joder, nena.
―El día que cumplí dieciocho me fui de casa y conseguí una beca
completa en Los Ángeles. Mi padre nunca me lo ha perdonado. Tenía que
ser como él, había puesto muchas esperanzas en mí y ser animadora no
estaba en sus planes. Trabajé como una cabrona para ser la mejor en todo
sin importarme su puñetera aprobación, ¿sabes? Y lo conseguí. Saqué mi
título cum laude, solo para demostrarle que sí podía hacerlo y también voy
a demostrarle que voy a vivir mi vida como me venga en gana. Cuando
regresé a Nueva Jersey… Mi madre me llamó. Sabía que estaba aquí por
mis hermanos y me dijo que fuera a cenar a casa, que limáramos asperezas.
Mi padre casi ni me habló en toda la noche y fue mi madre la que me invitó
a quedarme con ellos, pero el ambiente era irrespirable por eso me largué.
No deja de repetirme que no entiende como con mi cerebro, con todo lo que
puedo hacer por el mundo, por la ciencia, me dedico a dar saltos en un
partido de fútbol. No lo entiende ni lo entenderá nunca y no le gustarás un
pelo porque no quiere que mi novio sea un jugador que se gana la vida
golpeando a hombres para quitarles del medio. No le gustarás por mucho
dinero que ganes. Te despreciará, hará comentarios hirientes solo para que
me dejes y lo sé porque viví situaciones parecidas en el instituto,
¿entiendes? Hará cualquier cosa para que no estemos juntos. Jamás ningún
hombre estará a mi nivel intelectual y por lo tanto no me merecen. ¡Por eso
no quería llevarte!
Sam apretó los labios y de repente sonrió. ―¿Me has llamado novio?
Se sonrojó. ―No.
―Sí.
―Claro que no.
―Cielo, al parecer eres muy inteligente, así que debes saber eso de que
a veces el cerebro nos traiciona.
―Muy gracioso. ―Levantó una ceja. ―¿Qué?
―¿Qué de qué?
―¿Vienes o no?
―Nena, yo no rechazo un desafío.
Flair sonrió antes de abrazarle por el cuello y besarle. ―Eso es, a mi
novio no le intimida nadie.
―Me haré con ellos, ya verás.
Se echó a reír. ―No sueñes.
―Preciosa, les conquistaré con mi encanto, ¿acaso no te conquisté a ti?
Sus ojos brillaron de la ilusión. ―Fue al revés, pero vale. ―Le dio un
beso rápido. ―Vamos a cambiarnos.
Se bajaron del BMW de Sam y este silbó mirando la casa de ladrillo
rojo con tres tejados. ―Al parecer gana más que yo, no me extraña que no
le intimide mi nómina.
Ella muy nerviosa cogió su mano y caminaron por el sendero que daba a
la puerta principal. ―Tres de sus libros se estudian en las universidades de
todo el país, eso da mucho dinero. ―Llegaron a la puerta pintada en negro
y pulsaron el timbre. Estaba a punto de vomitar y miró a Sam que parecía
de lo más relajado. Llevaba una camisa azul y unos pantalones vaqueros.
―¿Tenías la camisa en el vestuario?
―Sí, siempre tengo algo por si llego tarde a algún sitio.
Sonrió. ―Estás muy guapo.
―Tú sí que estás preciosa. ―Se acercó y le dio un beso justo cuando se
abría la puerta. Ambos sin separar los labios miraron hacia allí para ver a un
hombre que no debía medir más de uno setenta, calvo y tan delgado que
podría soplar y saldría volando.
Flair separó los labios a toda prisa. ―Papá, él es Sam Polk.
Incluso con su pequeña estatura le miró de arriba abajo como si fuera un
insecto antes de alargar la mano. ―Steven Brawner.
―Mucho gusto ―dijo Sam estrechándole la mano con una sonrisa en
los labios.
Steven se apartó. ―Están en el salón.
Ella cogió su mano necesitando sentirle y fue hacia el salón mirándole
de reojo, pero parecía que la actitud de su padre no le había molestado.
Entraron en el salón donde estaban sus tres hermanos con sus perfectas
novias y su madre que al ver a Sam perdió la sonrisa poco a poco. ―Hija,
has venido acompañada.
―Sí. ―Sonrió como si estuviera encantada. ―Es Sam, mi novio. Sam
ella es Meredith, mi madre.
Los hombres que tenían la misma fisonomía que Steven se acercaron
mientras él estrechaba la mano a su madre que era clavadita a Flair. ―Él es
Steven, el mayor, y el que se ha comprometido con Mary…
Esta sonrió mientras Sam estrechaba la mano del hermano mayor.
―Felicidades por vuestro compromiso.
―Gracias, eres muy amable.
―Él es Albert que también ha traído a su novia Stephanie y él es el
pequeño Issac con su novia Rose.
―Mucho gusto ―dijo el pequeño mirándole evidentemente
impresionado. ―Sam Polk, un partido estupendo el domingo.
―¿Eres aficionado?
Se sonrojó. ―La verdad es que lo puse para ver a mi hermana.
Sam sonrió. ―Lo entiendo.
―Aquí nadie es aficionado ―dijo su padre tensándola. ―Nos
dedicamos a cosas más importantes.
Sus hermanos se tensaron marcando las distancias como ordenaba su
dueño y señor y se sentaron a toda prisa cerrando la boca.
―Bueno, el domingo es el día que hizo el señor para descansar y
divertirse ―dijo sentándose.
―¿Eres creyente? ―preguntó Meredith como si fuera algo imposible.
―Pues la verdad es que sí, soy creyente. ―Flair se sentó a su lado y él
cogió su mano como si quisiera que se sintiera segura y ella encantada por
su serenidad le sonrió. ―Algo tiene que haber.
―Eso son paparruchas para ignorantes ―dijo su padre con desprecio.
―Entiendo que un hombre de ciencia necesita que se lo demuestren
todo, pero hay cosas en esta vida que son inexplicables.
―¿Sí? ¿Cómo qué?
―Como el amor, por ejemplo.
Steven se echó a reír. ―¡El amor es el resultado de una alteración
química provocada por las hormonas!
―No habla en serio.
―Por supuesto que sí.
Flair miró a su madre, que levantó la barbilla recriminándole con la
mirada que hubiera llevado a Sam. Sonrió provocadora antes de apretar la
mano de su novio. Los labios de su madre se crisparon dándole una
satisfacción enorme.
―Y cuando esa alteración pasa, ¿qué es lo que queda?
―Nada ―dijo como si fuera lo más obvio del mundo.
Su hermano Steven carraspeó cogiendo la mano de su novia, que sonrió
asintiendo a su futuro suegro.
―¿Nada? ―Flair no se pudo reprimir. ―¿No queda nada? Mamá, ¿qué
opinas de eso?
―Que tiene razón, no queda nada. ―Miró a su marido orgullosa de él.
―¿No es cierto, querido?
Este sonrió encantado de que le diera la razón. ―Está demostrado
científicamente.
Sam asombrado miró a Flair, que hizo un gesto para que no le diera
importancia. ―Y bien, Steven, ¿cuándo es la boda?
―En junio del año que viene. En el palacio de cristal, queremos
casarnos allí.
―El palacio de cristal es precioso. ―Miró a Sam. ―Está al lado de un
lago artificial y…
―Sí, nena, lo conozco. Frank celebró su boda allí.
―Oh, ¿y fue civil o…?
―Se casó en la catedral de San Patricio, allí fue el convite y la fiesta.
―Miró a su hermano. ―Lo organizan todo muy bien, lo pasaremos
estupendamente.
―Ah, que piensas ir ―soltó su padre irónico.
―Papá, es mi novio.
―Este no te va a durar ―dijo con desprecio. ―Pero si le acabas de
conocer, esto es ridículo. Solo le has traído para enfadarme.
Sam se tensó e iba a decir algo, pero Isaac levantó la cabeza del móvil
que estaba mirando. ―¿Ya te has casado tres veces?
―¿Cómo has dicho? ―preguntó su madre escandalizada.
―Pero en cada uno de esos matrimonios se retractó a tiempo ―dijo
Flair como si nada.
―Hija, tú no estás bien ―dijo su padre levantándose del sillón.
―Perdón, ¿cómo ha dicho? ―preguntó Sam empezando mosquearse.
―¡Necesitas ayuda! ―gritó ignorándole. ―¡Estás echando tu vida por
la borda!
―¿Pero a usted qué le pasa?
―Sam, no ―dijo Flair roja de la vergüenza. No podía creer que
llegaran a ese extremo con su novio allí.
―¡No pienso dejar que te hable así por muy padre tuyo que sea!
Las chicas le miraron dejando caer la mandíbula del asombro mientras
Steven seguía gritando ―¡Estoy hablando con mi hija, no con usted!
―No, lo que está haciendo es avergonzar a su hija porque intenta vivir
su vida como le da la gana. ¡Usted no es su dueño! ¡Y debería estar
orgulloso de ella, porque es admirada por cientos de miles de personas por
todo el mundo! ¡Solo tiene que leer los comentarios a sus videos!
―Cállese.
―¡No, cállese usted! Vamos, nena.
Flair se levantó sin soltar su mano y volvió la vista hacia su padre.
―¿El amor no existe? ¿Es una alteración química? En tu caso es así, padre,
porque tú no nos has querido nunca.
―¿Cómo te atreves? ―Le dio un tortazo que le volvió la cara. Todos
les miraron horrorizados más cuando Sam le agarró por la camisa
elevándolo.
―¡Sam no! ―gritó Flair cogiéndole del brazo.
―Le juro que si no fuera su padre le arrancaría la cabeza, hijo de puta.
Gente como usted no debería tener hijos. ―Le tiró al suelo y cogió la mano
de Flair. ―Puede que no sea tan inteligente como usted, pero tengo más
educación, valores y corazón de lo que usted tendrá jamás. No respeta a su
familia, ni sus opiniones, ni sus gustos, ¡usted no tuvo hijos, tuvo
experimentos! Y ahora se queja porque Flair tiene criterio propio. Me da
pena, pero sobre todo siento que Flair haya tenido que crecer con alguien
como usted. Vamos, nena. No necesitas esto.
Salieron de la casa y Meredith angustiada la siguió. ―Hija, ¿crees que
le denunciará?
―¿Es lo único que te preocupa? ―Se detuvo en el camino y la miró
sobre su hombro. Parecía angustiada con esa posibilidad. ―No, no vamos a
denunciarle.
―Hija…
―Esto fue una mala idea desde el principio. No siento ser como soy,
mamá, y es evidente que esto no iba a salir bien. Si algún día ya no está,
llámame si es que quieres conocer a tu hija.
Meredith apretó los labios con fuerza mientras les veía ir hacia el coche.
Sam le abrió la puerta para que entrara antes de rodear el vehículo y
ponerse tras el volante. ―Joder… ―susurró arrancando.
―Lo siento ―dijo intentando reprimir las ganas de llorar.
―Ni se te ocurra disculparte por él. ¡Es tu padre quien debe
avergonzarse!
Apretó los labios mirando por la ventanilla. ―¿Recuerdas que en una
de las cenas en casa de Sepi, ella comentó que mis hermanos se encargaron
de Martinson?
―Sí, nena.
―Os mentí, fueron dos miembros del equipo. Me vieron llorando al
salir del vestuario y me preguntaron que me pasaba. Fueron ellos quienes se
encargaron de él.
―Porque somos tu familia. La familia que has elegido y no te
fallaremos. ―Al ver que las lágrimas caían por sus mejillas detuvo el coche
en el arcén y la abrazó. ―Olvídalo, como si no hubiera pasado. No pienses
más en él.
Se aferró a Sam. ―¿Por qué no me quieren como soy?
―No lo sé, preciosa, porque para mí eres perfecta.
Se apartó para mirar sus ojos. ―¿De veras?
―Sí.
Parecía sincero y sonrió. ―Eso es porque todavía no me has visto
cocinar. Si piensas que lo hago como Sepi, vete olvidándote.
―¿Sabes hacer espaguetis?
―Sí.
―Pues entonces sí que eres perfecta.
Capítulo 7

Gruñó mirando la tarta de chocolate que había hecho. Se estaba


inclinando a un lado deformándose totalmente. ¿Cómo lo hacía Sepi?
―Mierda.
La puerta de la cocina se abrió y Sam solo con unos pantalones cortos
puestos entró mirando el móvil. ―Hola, nena. ―La besó en la mejilla antes
de ir hacia la nevera para sacar una cerveza. Se volvió y dejó el móvil sobre
la encimera para quitar la chapa cuando se dio cuenta del desastre de cocina
y de la tarta. Carraspeó antes de beber.
―Esto no se me da bien ―dijo frustrada.
―Nena… ―La abrazó por la espalda mirando la tarta. ―Solo tiene mal
aspecto, seguro que está buenísima y lo que importa es el sabor.
Pasó el dedo por el chocolate y se lo puso ante los labios. Sam chupó su
dedo y levantó una ceja. ―¿Le has echado sal?
―¡Qué va! ―Cogió el bote que tenía delante y lo agitó. ―No puede ser
―dijo asombrada antes de quitarle la tapa y probarlo. ―¡Mierda!
Sam reprimió la risa besándole el cuello. ―Preciosa, todo es cuestión
de proporciones.
―He estudiado física, no química. ¿Tú cocinas?
La miró con horror haciéndola reír. Sam la besó y en ese momento
llamaron a la puerta. ―Voy yo. ―Le dio otro beso antes de alejarse y Flair
suspiró cogiendo la tarta para tirarla a la basura. Unos minutos después
estaba limpiando la encimera cuando frunció el ceño porque Sam no había
vuelto. Se estiró la goma del top deportivo que llevaba y fue hasta la puerta
empujándola para encontrarse a una rubia mirando a su novio como si
quisiera comérselo entero. Incluso alargó el dedo mostrando sus uñas
pintadas de rojo y lo pasó por su pecho desnudo soltando una risita de lo
más estúpida cuando la uña llegó a su pezón.
Sam carraspeó. ―Nena, es tu nueva vecina. Se llama Sara. Pregunta si
tú tienes señal de wifi.
―Oh… ―Se acercó sonriendo. ―Sí que tengo. ―Agarró la puerta y
pegó un portazo. Sam levantó una ceja. ―¡Pide la cena!
Furiosa fue hasta la cocina cuando el timbre sonó de nuevo. Flair
entrecerró los ojos antes de volverse e ir decidida a abrir. ―Esta quiere
marcha.
Sam divertido vio como abría y la rubia mosqueada dijo ―¡Oye, maja,
casi me das! ¿Es que no tienes modales?
―¡Si no tuviera modales, te dejaría muy clarito que no se toca lo que no
es tuyo!
―Pues él parecía más que dispuesto a dejar que le tocara entero. No
tengo la culpa de que yo le guste.
Le miró sobre su hombro. ―¿Te gusta?
―A mí solo me gustas tú, preciosa ―dijo a toda prisa.
Sonrió antes de volverse. ―¿Lo has oído? ¡Vete a poner tus pezuñas en
otra parte!
Sepi salió del ascensor en ese momento y asombrada vio como
empezaban a gritarse la una a la otra. ―¿Pero qué pasa aquí?
Ambas la miraron y la rubia jadeó. ―¡Eres la de los videos de los Jets!
¡La que salió en las noticias porque le pidieron matrimonio en el campo!
―Entonces miró a Sam y abrió los ojos como platos. Y antes de que
pudieran evitarlo sacó una foto a Flair. Esta jadeó indignada mientras esa
tipa salía corriendo hacia su casa y cerraba la puerta.
―¿De qué va esa?
Sam hizo una mueca. ―Nena, creo que se va a enterar todo el mundo.
Le fulminó con la mirada. ―Si no fueras sin camiseta… ―Furiosa fue
hasta la cocina. ―¡Ni tres semanas ha durado el secreto!
Sepi hizo una mueca. ―¿Es mal momento para decir algo?
Salió de la cocina. ―¿Qué pasa?
―Ha salido un video vuestro haciéndolo en un coche.
Palideció. ―¿Qué?
―¿Lo habéis hecho en un coche en pleno día? ¿O es algo de la
inteligencia artificial esa?
―¿Qué? ―gritó fuera de sí.
―Joder. ―Sam se llevó las manos a la cabeza.
―¿Se nos ve la cara? ―preguntó Flair espantada.
―Durante el acto no, pero después os enderezasteis y se os ve el perfil.
―Soltó una risita. ―Que ya tenéis merito con lo grande que es Sam
hacerlo en un coche, pero tranquilos que no se os ve el culo ni nada. Los
cristales estaban empañados. Pero hay video y el coche se mueve de manera
sospechosa.
Gritó del horror antes de mirar a Sam que carraspeó. ―Esto se olvidará
enseguida.
―¿Tú crees?
―Ya sé lo que vamos a hacer. Nos casamos.
Le miró como si hubiera perdido la cabeza antes de gritar apretando los
puños a la vez que daba saltitos con una rabieta que les dejó con la boca
abierta. Pero de repente Flair dejó de gritar y respiró hondo. ―Bien, hay
que controlar los daños.
―Nena, ¿te encuentras mejor?
―Es una técnica de relajación, ¿qué pasa?
―No, nada. Si quieres gritar, tú grita todo lo que quieras.
―¡Adiós a los patrocinadores en redes! Y espera la bronca del club, que
va a ser de aúpa.
―Nena, conmigo ya no se espantan de nada.
―¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
―Como si fuéramos los primeros. ¿Acaso hay alguien en este país que
no lo haya hecho en un coche?
Sepi levantó la mano. ―Yo. Tengo que hablar con mi marido
seriamente, nos estamos quedando atrás. ¿Subís a cenar? Cliff y Stella están
al llegar. Hay crisis, reunión de familia ―dijo saliendo por la puerta.
Miró hacia Sam que hizo una mueca. ―No es para tanto, nena. Ya verás
como no.
―Ni quiero mirar el móvil. ―Un pitido le indicó que le había llegado
un mensaje. ―¡Mierda!
―Lo de la boda…
Le fulminó con la mirada.
―Vale, esperaremos.
―¡Ya verás el domingo, nos van a poner verdes en el campo!
―Preciosa, Sepi dice que no se nos ve nada.
Asustada susurró ―Míralo tú.
Él fue hasta la cocina y cogió el móvil. Regresó unos segundos después
mirando el video de lo más concentrado.
―Grábalo, grábalo ―escucharon. ―A papá esto le va a encantar.
A Flair se le cortó el aliento.
―Sí que se le ha ido la cabeza ―escuchó en apenas un susurro antes de
que alguien le chistara para que se mantuviera callado.
Sintiendo que se le rompía el corazón, se llevó la mano al pecho por la
voz de su hermano Isaac. No se lo esperaba, de los tres era con el que más
conectada había estado en los últimos años, pero era evidente que no la
quería como los demás. ―Dios mío… ―Se tuvo que sentar porque se
mareó y todo de la impresión.
Sam se acercó a ella tirando el móvil sobre el sofá y se acuclilló para
acariciar su mejilla. ―No pasa nada, nena.
―Mi propio hermano.
―Es evidente que quieren hundir tu carrera y desacreditarte, pero
vamos a plantarles cara.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. ―¿Cómo?
―Tenemos que denunciarles. Se les caerá la cara de la vergüenza.
―No puedo hacerle eso a mi familia. Les hundiría.
Sam apretó los labios. ―¿Crees que tu padre no sabe que piensas así? Y
lo utiliza contra ti. ¿Te das cuenta hasta donde ha llegado, nena? Tenemos
una imagen, tú sobre todo. No dejes que nadie te hunda.
Escuchó que le llegaba otro mensaje al móvil y Flair cerró los ojos
queriendo huir de todo.
―Piénsalo. ―Él besó tiernamente sus labios antes de pasar sus manos
por sus mejillas. ―Odio verte llorar.
Abrió los ojos y sonrió con tristeza. ―No hemos empezado nuestra
relación muy bien, ¿no?
―Te equivocas, mejor que salgan los problemas cuanto antes para vivir
nuestra vida. Y la viviremos juntos.
Le dio un vuelco al corazón. ―¿Tan seguro estás de nosotros?
―Jamás he estado tan seguro de algo en mi vida. ―El teléfono de Sam
sonó y alargó la mano para cogerlo. Levantó una ceja. ―Es mi madre.
Se le cortó el aliento mientras contestaba ―¿Sí, mamá? ―Suspiró
incorporándose. ―Sí, lo he visto. No, no estaba borracho ―dijo divertido
antes de mirarla. ―Es que mi novia es irresistible. ―Escuchó el chillido
desde allí antes de que su madre gritara a un tal Samuel que su niño tenía
novia. Sam rio por lo bajo. ―Sí, iremos en algún momento. Ahora está algo
abrumada por lo que está pasando, pero iremos en cuanto tengamos tiempo.
Viendo como hablaba con ella sintió una pena enorme de que su familia
no fuera igual. Se notaba que le apoyaban en todo y se alegraba mucho por
él. Igual tenía razón, la familia a veces no era en la que se nace sino la que
se hace en el transcurso de la vida. Tenían a Frank, a Sepi, a Cliff y Stella…
Se sentía más unida a ellos que a los que llevaban su sangre y si lo miraba
de ese modo tenía una familia maravillosa.
Sam colgó el teléfono sonriendo. ―Están deseando conocerte.
―Bajemos a cenar.

El niño no dejaba de llorar y Sepi empezó a agobiarse porque ni ella ni


Frank ni Stella podían calmarle y casi no podían ni hablar del problema que
tenían entre manos.
Sepi paseando con el niño de un lado a otro del salón dijo casi a gritos
―¡Creo que es lo mejor, una demanda, eso es lo que necesitáis para dejar
en evidencia a tu padre!
―¿No crees que es demasiado radical? ―preguntó Flair pasando a su
lado con una cerveza para Frank.
Se la tendió y su anfitrión sonrió. ―Gracias.
―De nada. ―Se volvió y de repente allí tenía a Sepi que le rogaba con
la mirada. ―¿Qué?
―¿Lo intentas?
Miró al niño con los ojos como platos. ―No sé si… ¡No he cogido a un
niño tan pequeño en la vida!
―Por favor, por favor, por favor…
―Trae aquí, pero si grita más no es mi culpa.
Se lo puso en brazos en medio segundo y Flair miró hacia él. ―Eh…
―dijo al verle rojo del esfuerzo. ―¿Qué te pasa? ¿Estás incómodo?
Para sorpresa de todos se lo puso al hombro. El niño puso cara de susto,
pero dejó de llorar. Todos retuvieron el aliento y como si nada ella se sentó
al lado de Sam en el sofá acariciando su espalda. ―Eso es… ¿Por dónde
íbamos?
―Te quiero ―dijo Sepi de lo más agradecida.
Se sonrojó. ―Pero si no he hecho nada.
De repente el niño soltó un eructo gordísimo y asombrada miró hacia él.
―Pobrecito, te dolía mucho.
Sepi angustiada se apretó las manos. ―Ya no sé qué darle de comer.
Todo le da gases.
―Una vez leí que si la razón son los gases, debes ponerle boca abajo.
Así o … ―Cogió al niño y se lo puso en el brazo recostado, pero mirando
hacia el suelo. ―O así.
―¿Lo leíste, nena?
―Fui canguro los primeros años de universidad. Se gana mucha pasta
cuando tienes clientes fijos y podía estudiar cuando los niños estaban
dormidos. Ninguno fue tan pequeño como este, pero me leí todos los libros
que encontré en la biblioteca sobre la crianza de los niños para no meter la
pata. Debía estar preparada.
―Pues se te da estupendamente ―dijo Sam encantado.
Le miró con desconfianza. ―No te imagines cosas, amigo. Tengo una
carrera y otras ambiciones.
―Ya lo hablaremos.
Decidió ignorarlo mirando a Sepi, que seguía alucinada porque hubiera
conseguido calmarle. ―Hablando de la alimentación, ¿qué le das?
―La leche de fórmula que me recomendó el pediatra para ir dejando de
darle el pecho poco a poco.
―¿Y ahí empezó con los gases?
―Sí.
―Apostaría que es el biberón.
Sepi parpadeó. ―¿El biberón?
―Toma más aire de lo normal al chupar de la tetina. Cámbiasela a ver
qué pasa.
―Vale.
Él bebé se había quedado dormidito sobre su hombro, pero le encantaba
tenerle allí, así que alargó la mano para coger un pedazo de pizza. Empezó a
comer con ganas. ―¿Conocéis a algún buen abogado que nos ayude en
esto?
Frank sonrió. ―Veo que has tomado una decisión.
Masticando asintió. ―Es que me he dado cuenta de que no les ha
importado hacerme daño, mi madre ni siquiera me ha avisado, así que no
debo sentir remordimientos por reclamar una compensación y de paso
dejarles con el culo al aire.
―Bien dicho, nena. ―La besó en la sien. ―Llamaré a Charlie
Bernstein ahora mismo.
Stella se sentó a su lado. ―¿Estás segura de esto?
―Mujer… ―dijo Cliff.
―No quiero que después se arrepienta, es su familia.
La miró a los ojos. ―Exacto. Yo soy su familia y me han hecho esto
porque no aceptan mi vida. Mi vida. ¿Y por eso pueden hacerme daño,
pueden destruir todo lo que he conseguido?
―Siento que te esté pasando todo esto, niña.
―Y yo.
―Bernstein ―dijo Sam cerca de la ventana. ―Tenemos que hablar.

Sentada ante Mitchell apretó los labios. ―¿Daños?


―Pues todos, joder ―dijo molesto levantándose. ―Los de la línea de
ropa se han retirado y seguro que tus patrocinadores en redes también.
Apretó los labios. ―Pues sí.
―¡Me están pidiendo tu despido y que deje a Sam en el banquillo!
¿Sabes cuántos mails hemos recibido de asociaciones religiosas o de
familias que llevan toda la vida en el club? ¡Dicen que sois un mal ejemplo!
―Leche, qué sensibles, no se nos ve nada.
En ese momento se abrió la puerta y entró Sam con un hombre de traje.
―Mitchell, amigo, te presento a Charlie Bernstein.
―¡Esta es una reunión privada!
―Teniendo en cuenta que está hablando con mi cliente, sí debo estar
aquí. ―Alargó la mano y Mitchell se la estrechó a regañadientes.
―Encantado de conocerle ―dijo afable.
Sam se colocó tras ella y le puso la mano en el hombro. Aliviada porque
estuviera allí acarició su mano mientras su abogado se sentaba a su lado.
―Señorita Brawner…
―Llámeme Flair, por favor.
―Será un placer. ―Miró a Mitchell. ―Espero que esta reunión no sea
una manera de presionar a mi cliente para que se vaya del club, porque eso
no va a pasar.
―Me han quitado la línea de ropa deportiva que tenía para entrenar con
Sam.
―¿Y se puede saber por qué?
―Porque la marca que la hace se ha echado atrás ―dijo Mitchell entre
dientes. ―¡Por lo que los beneficios para el club bajan si tenemos que
hacerla por nuestra cuenta!
―Pues busquen otra marca.
―¡Nadie querrá que ella represente su firma!
―Quizás les interesará saber todo lo que ha ocurrido en realidad.
―Puso unos papeles sobre la mesa.
―¿Qué es esto?
―La demanda que pondré dentro de una hora en los juzgados contra los
miembros de la familia Brawner.
Mitchell la miró sorprendido. ―¿Qué?
―Fueron sus hermanos quienes nos grabaron.
―En esas imágenes no hay sexo en absoluto. ¿Cree que con el tamaño
de mi cliente puede hacerlo en un coche sin que se vea nada? ―preguntó
divertido. ―La estaba consolando porque su padre maltrató a mi cliente en
presencia de su novio. Tuvo que parar el coche porque lloraba y la consoló
para que se calmara.
A Flair se le cortó el aliento y levantó la vista hacia Sam, que le apretó
la mano para que confiara.
―De hecho, tengo las imágenes de seguridad de la casa de enfrente
donde se ve a mi cliente entrar en la casa y salir minutos después casi
llorando y con la mejilla sonrojada. Se ve perfectamente la cara del señor
Brawner mirándoles por la ventana con odio y como su madre sale a la
puerta a punto de llorar.
A Mitchell se le cortó el aliento. ―Dios mío… Si tenemos entre manos
algo de este calibre hay que hacer una rueda de prensa.
―¿Sam? ―preguntó asustada.
―Nena, hay que contarlo todo. Ya ves las consecuencias de sus actos,
han estado a punto de echarte.
Pálida negó con la cabeza sorprendiéndoles y se levantó. ―Dimito.
―¿Qué? ―preguntó Sam atónito.
―¡Dimito! ―Salió corriendo y los tres se quedaron de piedra.
El abogado apretó los labios. ―Es evidente lo asustada que está mi
clienta y por experiencia estoy seguro de que es porque hay mucho más
detrás y teme que se entere todo el mundo.
―No hay que ser muy listo para darse cuenta de que ha sufrido abusos
físicos y psicológicos por parte de su familia. ¿Cree que hay algo más?
―preguntó Mitchell.
―Por mi cliente espero que no haya nada más escabroso aún, aunque
esto ya lo es bastante. ―Miró a Sam. ―Tú eres otro afectado de esta
situación. Ese video ha afectado a tu imagen. ¿Continúo con la demanda?
Sam apretó los labios sintiendo que la rabia le recorría. ―Sí, quiero
hundir a ese cabrón en la mierda. A él y a toda su familia.
―¿Incluso a su madre? En las imágenes de la cámara de
videovigilancia parecía afectada.
―Porque temían que denunciara a su marido. Su hija no le importaba
nada. Sí, quiero que les denuncies a todos. Esa mujer lo consintió todo con
su silencio. Quiero que paguen. Destrúyelos. ―Miró a Mitchell. ―¿El club
nos apoyará?
―Por supuesto, cuenta con nosotros para lo que sea.
―Prepara la rueda de prensa.

Estaba llorando en el baño de los vestuarios y llegaba hasta ella la


música del que sería su próximo espectáculo. Escuchó que alguien entraba
en los baños y se acercaba a su puerta. ―¿Estás ahí? ―preguntó Laurin.
Con la voz congestionada de dolor susurró ―Ocúpate del
entrenamiento. El puesto es tuyo, como querías.
―¿Te han echado? ―preguntó incrédula.
―He renunciado.
―¡Vuelve arriba y di que te retractas!
Miró la puerta sorprendida. ―¿Qué? ―Abrió el pestillo y ante ella
apareció Laurin que estaba enfadadísima. ―¿Qué has dicho?
―No puedes dejar que te hundan.
Sollozó. ―No puedo luchar.
―¡Claro que puedes! ¡Tú eres la que tienes el valor de subir a esa torre
y hacer un mortal? ¿Tú eres la que diriges a todas esas con mano de hierro?
Debes ser más lista y no dejarte vencer frente a la adversidad. Tienes que
superarlo y seguir adelante, ¿no se lo decías a Cindy el otro día?
―Se cayó y yo…
―¿Acaso tú no te has caído también? ¡Mejor dicho, te han tirado! Han
tirado tu reputación, tu trabajo y tu imagen, pero vas a recomponerla. ¡De ti
depende ser una víctima que se deje vapulear o plantarles cara a todos!
―No sabes todo lo que está pasando.
―No lo sé ni me importa. ―Se agachó ante ella. ―¿Sabes lo que me
importa? Quién eres, eso me importa y me has demostrado en pocos días
que si alguien merecía el puesto eres tú, porque tienes valor, tienes entrega
y te encanta tu trabajo. No dejes que nadie te diga que no te lo mereces, que
no vales para esto, porque si alguien vale esa eres tú. Ahora lávate la cara
que las chicas están esperando que las entrenes. El domingo tenemos
partido en casa y vamos a machacar a los Jacksonville Jaguars.
La puerta se abrió y Sam dijo ―Laurin, ¿puedes dejarnos solos un
momento?
―Sí, por supuesto. Soluciona esto, grandullón, la necesitamos.
―Lo intentaré.
En cuanto salió se miraron a los ojos. ―¿Me lo vas a contar?
―¿El qué?
―¿Qué más hay detrás de ese miedo que te ha entrado de repente?
―¿Tiene que haber algo más?
Se quedó en silencio observándola y vio como salía del baño para ir
hasta el lavabo a lavarse la cara. Era evidente que no quería hablar de ello.
Se mojó la cara varias veces y se miró al espejo sin secarse. Sam se acercó
y se puso tras ella. ―¿Tu padre te pegaba? Lo que ocurrió en su casa es
algo habitual, ¿no es cierto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas y se mantuvo en silencio unos minutos.
―Decía que lo hacía por mi bien, ¿sabes? Para enderezarme. Les llamaba
toques de atención.
―Atención hacia lo que él quería.
―Exacto. Hacia lo que él quería o deseaba. No sabes cómo se puso
cuando se enteró de que quería ser animadora, pero le dije que había
aceptado para que la gente no notara sus toques de atención. Así si tenía un
morado era porque me había caído.
A Sam se le cortó el aliento mientras sonreía con desprecio. ―Además,
era una actividad más a la hora de ir a la universidad y haría ejercicio. Mi
madre me apoyó en ese momento, hecho que me sorprendió, pero después
su frialdad cada vez que había partido era para dejarte temblando. Por eso
me fui. Sabía que viviendo en esa casa me convertiría en alguien como ellos
y no quiero eso.
Sam la abrazó. ―Ahora te admiro mucho más, preciosa.
Mirando su reflejo en el espejo acarició sus brazos. ―No sé si estoy
haciendo bien.
―Esta es su venganza, quiere destrozar tu vida por venganza. No se lo
permitas, ya no es momento de huir, es momento de enfrentarse a él y
demostrarle que eres mucho más fuerte.
Sollozó. ―¿Y si no lo soy?
―Lo eres, estoy seguro de que lo eres. ―La besó en la sien. ―Nena,
yo estaré a tu lado, te lo juro.
Se volvió para abrazarse a él. ―¿Me lo juras?
―Siempre estaré a tu lado.
Capítulo 8

Sentada junto a Sam en la rueda de prensa después de que su abogado


ya hubiera puesto la demanda en el juzgado, Flair miraba a Sepi que estaba
de pie tras los periodistas junto a Frank y casi todos los miembros del
equipo, que querían mostrarles su apoyo. Respiró hondo intentando no
emocionarse.
Mitchell se sentó ante uno de los micros y dijo ―Debido a los
acontecimientos ocurridos recientemente, tenemos algo que decir y
empezará Sam.
Todos le enfocaron a él y dijo al micro ―Muchos de los que estáis aquí
me conocéis desde hace años. ―Varios asintieron. ―Me encontráis
divertido, parece que nunca me tomo nada en serio, pero en esta ocasión no
será así. Flair entró en mi vida por sorpresa y debo decir que desde el
mismo instante en que la conocí me di cuenta de que era la mujer que
necesitaba en mi vida. Ahora estoy aún más convencido. ―Emocionada
miró su perfil. ―Durante unas semanas intentamos mantener nuestra
relación fuera de los focos y debo decir que fue la mejor decisión que
podríamos haber tomado. Pero alguien decidió cambiar eso e intentan
humillarnos con rumores absurdos con la única intención de hacernos daño.
De hacer daño a Flair. Hemos presentado en el juzgado una demanda penal
contra la familia Brawner, por maltrato continuado. ―Los periodistas la
miraron asombrados. ―Tenemos pruebas sólidas de esta acusación y por
ello hemos solicitado al juez una orden de alejamiento de todos los
miembros de dicha familia. ―Miró a la cámara. ―No dejaré que le sigáis
haciendo daño y llegaré hasta el final.
―¿Insinúas que el video lo filtró la familia de Flair Brawner?
―preguntó un hombre antes de alargar el micro hacia él.
Sam la miró. ―¿Quieres contestar tú?
Con los labios temblorosos se acercó a su micro y dijo ―Lo que Sam
quiere decir es que desde que tengo uso de razón, mi padre me ha intentado
moldear a su gusto y cuando me he resistido he pagado las consecuencias.
―Varios separaron los labios de la impresión. ―No quería que fuera
animadora, no quería que me metiera en el fútbol profesional e hizo lo
posible para impedírmelo. Me fui de casa con una mano delante y otra
detrás para seguir mis sueños y lo he conseguido todo sola. El día en que se
grabó el video, llevé a Sam a casa para que le conocieran en una
celebración familiar. Mi padre no dejó de atacar a Sam por no ser lo que él
esperaba de mi pareja, no dejó de atacarme a mí por ser lo que soy y nos
fuimos de esa casa después de ser agredida. ―Miró a Sam y cogió su mano
por encima de la mesa. ―Él me sacó de allí. No voy a negar que estaba
muy disgustada y expresé en voz alta por primera vez que ya no les quería
en mi vida. Pero mis hermanos nos siguieron. Sam detuvo el coche para
consolarme y lo grabaron.
―¿Hicieron el amor? ―preguntó un periodista.
―Hicimos más que el amor. En ese momento hubo una conexión entre
nosotros que me hizo ver por primera vez en mi vida que se puede llegar a
confiar en las personas, que el amor existe de verdad y que todo puede ser
posible al lado de la persona que amas. Sam me consoló, me amó y me
protegió de todas las maneras posibles dándome confianza y ternura, que
era lo que necesitaba en ese momento. No sé qué puede haber de malo en
ello, pero es evidente que aquellos que quieren hacer daño utilizarán
cualquier cosa con tal de herirte. Por eso he llegado a mi límite y ya no
pienso consentirlo más. ―Respiró hondo mirando a la cámara. ―En la
grabación se escucha la voz de mi hermano Isaac. Además, en las
grabaciones de las cámaras del vecino de enfrente de su casa, se ve como
apenas unos segundos después de que nos fuéramos, sale de la casa de mis
padres con mi hermano mayor Steven. Son ellos los que graban las
imágenes y son ellos los que las filtran a los medios y redes sociales con el
afán de hacerme daño. De hacernos daño. Por eso demando a mi familia por
los daños ocasionados y quiero evitar que se vuelvan a acercar a nosotros
nunca más.
Todo el mundo se quedó en silencio y Sam apretó su mano antes de
besarla en la mejilla. ―Muy bien, nena.
Mitchell se acercó al micro. ―Como comprenderéis, no se darán más
detalles de la demanda para no perjudicar la acusación, pero sí os digo que
la fiscalía que ya ha visto las pruebas presentará cargos por parte del estado.
―¿Se da cuenta de que esto va a ensuciar la imagen de un premio
Nobel nada menos? ―preguntó un periodista.
―¿Me está preguntando si debo cuidar su imagen cuando él no ha
tenido ningún respeto por la mía? ―Incrédula negó con la cabeza mientras
el periodista se sonrojaba. ―Él es mi padre, la persona que debía
protegerme desde mi nacimiento, ¿cree que actúo mal?
―No, por supuesto que no.
―Entonces no pregunte cosas así, ¿se da cuenta del daño que puede
hacer a una víctima? ¡Porque eso es lo que soy, una víctima! ¡Y le puedo
asegurar que no me había dado cuenta de ello hasta esta mañana!
Mitchell se acercó al micro. ―No hay más preguntas.
―Yo quiero hacer una ―dijo Sepi dando un paso al frente.
Miró a los ojos a su amiga y esta preguntó ―Muchos no conocen hasta
dónde llega todo lo que te ha pasado en esa familia, muchos no sabían que
eras una víctima y nadie te ayudó. Tú te callaste, por vergüenza o por miedo
hasta que pudiste irte de casa. Muchos niños en este país están pasando por
lo mismo. ¿Qué les dirías?
Se acercó al micro sin dejar de mirarla a los ojos. ―No os calléis, jamás
cambiarán. Sé que tenéis miedo, que estáis acostumbrados a ocultarlo y os
habéis convertido en hábiles mentirosos, pero no podéis seguir así, merecéis
que os quieran. Decírselo a un profesor, al padre de un buen amigo, incluso
a un policía que veáis en la calle. Pero nunca os calléis porque lo único que
conseguiréis es que sus abusos vayan a más, que se crean que pueden hacer
con vosotros lo que quieran. Sabéis que la rebeldía se paga y sé que tenéis
miedo, pero solo la justicia les parará los pies. Sois sus hijos, pero no son
vuestros dueños. Pedid ayuda.
Sepi sonrió antes de mirar a su marido, que la cogió por la cintura
mientras el equipo tras ellos aplaudía su respuesta.
Sam susurró ―Vamos, nena. Tienes que descansar, estás muy pálida.
Salieron de la rueda de prensa y caminaron por un pasillo que les llevó a
una puerta donde les esperaba un coche negro. Mitchell dijo ―Os llamaré.
―La miró a los ojos. ―Nos has dado una lección a todos hoy, Flair.
Gracias.
Ni supo qué decir y vio cómo se alejaba. ―Preciosa entra en el coche.
―Flair le hizo caso y Sam se sentó a su lado. ―Arranca.
El chófer se puso en camino y Sam entrelazó sus dedos con los suyos.
―¿Sabes qué? Nos han dado unos días de permiso.
No pudo disimular su sorpresa. ―¿Qué? Pasado mañana es domingo.
―No jugaré. Una semana de vacaciones nos vendrá muy bien.
―¿Y a dónde vamos? ―preguntó ilusionada.
―Es una sorpresa. ―La besó en los labios. ―Y te encantará.

Sam detuvo el coche de alquiler ante un gran lago y la enorme casa


blanca que parecía sacada de un cuento. ―¿Has crecido aquí? ―preguntó
impresionada.
―¿Te gusta?
―Es hermoso.
―Es nuestra desde hace generaciones.
Miró hacia el lago Tahoe recreándose en el paisaje lleno de árboles y en
las piedras redondeadas de la orilla donde había una barca. Era idílico. Ya
en el prado había una gran mesa de madera y sillas. Las bicicletas infantiles
tiradas sobre la hierba le llamaron la atención porque indicaba que allí vivía
alguien. ―¿Hay niños en la casa?
―Claro nena, estará toda la familia.
Sam abrió su puerta sonriendo. Rodeó el coche para abrir la suya y
extendió la mano. ―Vamos, están deseando conocerte.
Se mordió el labio inferior sintiéndose muy incómoda, había esperado
unas vacaciones solos, pero ahora tendría que conocer a su familia y no era
un buen momento. No, no era buen momento en absoluto, pero aun así
cogió su mano para bajar del cuatro por cuatro. Sam cerró la puerta y sin
soltarla fueron hacia ellos que ya bajaban los escalones del porche.
Flair en shock miraba hacia todos ellos, que eran un montón. Al menos
seis parejas y eso sin contar a los niños que salieron en tromba gritando el
nombre de su tío Sam. ―Dios mío…
Él ni se dio cuenta riendo y la soltó para agarrar a uno de los niños por
la cintura para cargarle haciéndole reír con ganas. ―¡Pete has crecido!
―¡Voy a ser tan grande como tú, tío!
Y Flair no lo dudaba porque todos los hombres tenían su estatura y eran
corpulentos, aunque no tanto como él, pero era lógico porque él trabajaba
mucho los músculos en el gimnasio.
La mujer más mayor del grupo con el cabello recogido en un elegante
moño a la nuca se acercó y Sam le dio un abrazo. ―Qué bueno es tenerte
en casa.
―Unos días nada más, pero algo es algo.
Abrazó a su padre que era igual que él. Estaba claro que en esa familia
no había duda respecto al ADN.
Sam se volvió dejando a Pete en el suelo y alargó la mano. ―Ella es
Flair.
Todos le sonrieron. ―Es un gusto tenerte con nosotros.
―Gracias ―dijo en apenas un susurro.
―Admiro mucho tu trabajo ―dijo una mujer rubia de unos veinticinco
años. ―Yo también fui animadora en el instituto.
―Gracias. ―Forzó una sonrisa. ―Es un gusto estar aquí.
Sam dijo los nombres de sus hermanos y esposas para después decir el
de los niños, pero los únicos que llegó a retener fueron los de sus padres. El
del padre porque era fácil, pues se llamaba Samuel, y el de su madre porque
se llamaba Mary. Cinco hijos había dado a luz y la mujer los había tenido
seguiditos para buscar a la niña, que nunca llegó porque se dio por vencida.
―Ahora tiene nueras ―dijo sintiéndose forzada a hablar.
―Y son maravillosas ―dijo Mary. ―Pero entremos, tendréis hambre.
―Pues no mucha. ―Flair caminó con ellos y miró de reojo a Sam que
hablaba con un hermano sobre su trabajo en una empresa turística de la
zona.
―¿Cuidas la línea? ―preguntó la rubia que creía que se llamaba Tess.
―Intento compensar lo que como, pero hacemos mucho ejercicio,
puedo permitirme ciertos caprichos. ―Entraron en la casa que era increíble.
El hall mostraba una escalera a su derecha que llevaba a un piso superior
que se dividía en dos. Debía ser enorme, pero con esa familia no le
extrañaba nada.
―Seguro que quieres asearte un poco y organizar tus cosas. Bill vete a
por sus maletas.
Uno de sus hijos salió de la casa de inmediato y Mary le indicó que
subiera las escaleras con ella. ―Te enseñaré tu habitación.
Miró por encima del hombro para ver que Sam entraba en lo que debía
ser el salón con parte de los hombres. Mierda.
Al llegar al piso de arriba Mary sonrió. ―Os quedaréis en la habitación
de mi hijo, creo que estarás cómoda.
―No se preocupe.
―¿Estás bien? Te veo algo pálida.
―Oh, sí, estoy bien. Me he mareado algo con las curvas al venir.
―A mí también me pasaba cuando estaba embarazada. ―Sus ojos
brillaron. ―¿No irás a darnos la sorpresa?
―La sorpresa sería para mí, se lo aseguro. ―Entró en la habitación
donde había una cama de matrimonio con un edredón de patchwork y justo
en frente había un escritorio con unas estanterías encima llenas de trofeos.
Se acercó allí y cogió un trofeo a mejor quarterback de la temporada. La
miró sorprendida. ―¿Era quarterback?
―Sí, pero la cosa cambió cuando se hizo profesional. ―Ella hizo una
mueca. ―Para él fue un disgusto, la verdad.
Y aun así se había hecho amigo de su rival, eso demostraba la buena
persona que era. ―Pero le va muy bien ―dijo su madre orgullosa.
―Sí, es muy bueno en su trabajo. ―Dejó el trofeo en su sitio y en ese
momento entró Bill con las maletas.
―Aquí tenéis ―dijo poniéndolas sobre un banco que había ante la
cama.
―Gracias.
―Oh, niña, no des las gracias por todo, es un placer que estés aquí.
―Mary abrió una puerta. ―Este baño lo tenéis que compartir con la
habitación de al lado, espero que no te importe.
―No, claro que no. Estoy acostumbrada a compartir baño cuando nos
vamos fuera de Nueva York.
Mary se acercó y la abrazó. ―Siento lo de tu familia.
Palideció sin saber qué decir y Mary carraspeó soltándola. ―Bueno, te
veo abajo.
―Sí.
―No tengas prisa.
En cuanto se quedó sola se llevó la mano al vientre volviéndose. ¿Pero
qué diablos hacía allí con todo lo que tenía encima? Angustiada se abrazó a
sí misma y fue hasta la ventana para ver el hermoso paisaje. Escuchaba las
risas, los gritos y sentía su alegría. Aquello era totalmente ajeno a ella
porque jamás había estado con una familia así y se sentía totalmente fuera
de lugar. De hecho, se moría por largarse de allí cuanto antes. Se mordió el
labio inferior y se preguntó qué pensaría Sam si se lo decía. ¿Qué pensaría?
Le sentaría fatal, eran su familia y no quedaba ninguna duda de que se
adoraban. La sensación de que todo aquello era demasiado para ella
aumentó. ¿En qué estaban pensando? Solo llevaban un mes juntos, apenas
se conocían porque la mayoría del tiempo se lo pasaban en la cama. Y para
colmo ahora les sucedía esto con sus padres. No, no empezaban nada bien y
que la hubiera llevado allí demostraba que no entendía sus sentimientos.
Vio correr a los niños hacia el lago. Parecían tan felices… Se preguntó
si no tendrían colegio o habían faltado ese día porque llegaba su tío, era
evidente que lo consideraban todo un acontecimiento. Que distinto a cuando
ella llegaba a casa de sus padres, donde todo era frialdad y desdén.
―¿Nena?
Se sobresaltó volviéndose y Sam sonriendo se acercó. ―¿Te gusta la
habitación? En esa cama aprendí muchas cosas que prometo poner en
práctica contigo. ―Al ver que no correspondía a su sonrisa perdió la suya
poco a poco. ―¿Ocurre algo?
―Pensaba que íbamos a pasar estas vacaciones solos. Cuando me
dijiste que era la casa familiar creí que era la que usabais en vacaciones
―susurró.
―Nena, quería que conocieras a mi familia. ¿Qué pasa, no estás
cómoda?
―No, no es eso ―dijo intentando que no se notara que mentía.
―Pero… ―Le hizo un gesto sin darle importancia. ―Es que me ha
sorprendido, eso es todo.
Sam la abrazó por la cintura pegándola a él. ―Prometo que pasaremos
tiempo solos. Haremos alguna excursión y montaremos en barca. ¿Has
hecho el amor en una barca?
Simuló estar divertida. ―¿Qué? ¿No tuviste suficiente con el coche?
Se la comió con los ojos. ―Pienso probar todos los medios de
transporte. ¿Sabes que a unos kilómetros de aquí alquilan globos?
―Mira, mira, quítate esas ideas de la cabeza que no quiero más líos.
―Le besó en la barbilla antes de apartarse hasta la maleta. ―Y vete
pensando que aquí vas a estar a dos velas.
―¿Qué?
―¿Con tu familia aquí? ¿Para que nos oigan? Vete olvidándote, amigo.
Me muero de la vergüenza.
―Nena, creo que no lo has pensado bien. ¡Es una semana!
Cogió el neceser y pasó ante él para ir al baño. ―Haberlo pensado
mejor antes de traerme aquí, majo.
―Es evidente que hubieras preferido otro sitio.
Salió del baño. ―Llevamos un mes ―dijo entre dientes.
―Yo ya he conocido a los tuyos.
―Y mira qué bien nos ha ido.
―A mi madre le gustas mucho.
―Qué va.
―Te aseguro que sí, me acaba de preguntar cuál es tu plato favorito.
Sacando un vestido le miró. ―¿Y cuál es?
―A eso venía, a preguntártelo.
―¿Ves? Ni sabes eso. Esto tiene pinta de futuro desastre.
―Eso se arregla contestando a mi pregunta. ¿Cuál es tu plato favorito,
nena?
Fue hasta el armario. ―Tagliatelle a la marinera.
Sam hizo una mueca. ―¿No te valen espaguetis con tomate?
Rio abriendo la puerta. ―¿Con albóndigas?
―Por supuesto.
Se volvió para colgar el vestido y se le cortó el aliento al ver las
camisetas que había usado en el colegio, en el instituto y en la universidad.
―Cielo, ¿por qué no las has enmarcado de recuerdo?
―Siempre se me olvida.
Sacó la primera para ver que era de la mitad del tamaño que usaba ahora
y tenía rayas verdes en las mangas y en el bajo de la camiseta. ―Los Green
Lake. Me gusta.
―Éramos malísimos. ―Sonrió acercándose y cogió otra. ―Joder,
parece que pasó un siglo.
―Deberías llevarte todo esto a tu casa, seguro que tienes un espacio
donde tienes todos tus trofeos.
―Los profesionales ―dijo pensativo.
Ella levantó una ceja.
―Sí, sé lo que piensas, que ni conoces donde vivo y que esto de venir a
casa de mis padres ha ocurrido demasiado pronto, pero cuando les conozcas
te sentirás a gusto, te lo prometo.
―No lo dudo, cielo. ―Fue hasta la maleta. ―Pero que te has quedado
sin sexo vacacional, tan seguro como que el sol saldrá mañana.
Gruñó yendo hacia la puerta y ella dijo asombrada ―¿A dónde vas?
―Abajo.
―La maleta, majo, que no soy tu criada ni tu madre.
―Bien dicho ―dijo alguien desde el pasillo.
Abrió los ojos como platos porque allí no se tenía ningún tipo de
intimidad. Madre mía…
―Tranquila, no se oye tanto como crees.
Anda que no, lo que pasa es que este quería tema que te quema y
después de lo que acababa de pasar, allí no iba a catarla ni loca. Dios, qué
vergüenza, creían que lo iba haciendo en los coches, como para que la
escucharan allí teniendo sexo.

Sentada a la enorme mesa, los niños corrían a su alrededor de un lado a


otro gritando y persiguiéndose. Aquello era un caos, casi ni oía las
preguntas que le estaba haciendo David, el hermano pequeño de Sam.
―¡Niños, id a jugar al porche! ―gritó la abuela.
Una de las niñas le sacó la lengua y entonces se montó una bien gorda
sobre cómo educar a los niños. Viendo cómo discutían, reían y se trataban
entre ellos, fue más y más consciente de que ella no encajaba allí. Sam
sentado frente a ella le guiñó un ojo y Flair forzó una sonrisa antes de
meterse la cucharilla en la boca mientras David preguntaba de nuevo
―¿Hasta cuándo vas a ser animadora?
Se quedó con la cucharilla en alto sorprendida por la pregunta ―Pues
no lo sé. ―Sam no le quitaba ojo. ―Supongo que hasta que me echen.
―Pero querrás casarte, tener una familia.
Ahí llegaba la bomba. ―Yo no quiero tener hijos.
Se hizo el silencio y Sam apretó los labios antes de decir ―Nena, has
tenido una mala experiencia con tu familia, pero la que nosotros podemos
formar…
―Eh, eh, para el carro. No hables de una mala experiencia como si
solamente hubiera sido una vez. Y no quiero tener esa responsabilidad,
¿entiendes?
―Cuando cogiste a Frankie tuve la sensación de que te gustaban los
niños.
―Me gustan, pero un ratito. No quiero atarme con la maternidad, tengo
mil cosas que hacer en esta vida. ―Cogió la copa de vino y le dio un buen
sorbo. Leche, necesitaba algo más fuerte, porque por cómo la miraban
todos, acababa de decir un sacrilegio.
―Nosotros tendremos los que nos envíe Dios ―dijo Jennifer.
―Pues bien por ti.
Samuel carraspeó a la cabecera de la mesa. ―Hijo, creía que tú…
―¿Cambiamos de tema? ―preguntó molesto. ―Está confusa, eso es
todo.
Le miró asombrada. ―¿Perdona?
―Nena, estás disgustada y cabreada por lo de tus padres, no piensas así
realmente.
―¡Claro que sí! ¡Jamás tuve la idea de tener hijos!
―Eso no significa que no los vayas a tener en el futuro.
―Ah, ¿no?
―Cambiarás de opinión. ―Miró a su padre. ―Fue niñera, si no los
soportara no lo habría sido.
Mary más tranquila sonrió. ―Claro que sí, es solo una fase. Además,
acaba de llegar a los Jets, es lógico que ahora no quiera ser madre.
No salía de su asombro, pero decidió no seguir discutiendo. Miró
fijamente a Sam que levantó las cejas provocándola. Es que era para
matarle, ¿en serio creía que eso era lo que necesitaba en ese momento?
Pero la cosa fue a peor porque cuando llegaron al salón empezaron a
mostrarle fotos familiares. Infinidad de albúmenes de fotos de los
acontecimientos de la familia que empezaron a saturar su mente. Al ver a
Sam con uno de sus sobrinos recién nacido mirando a la cámara, se le
encogió el corazón porque era inmensamente feliz y esa felicidad no la
conseguiría con ella. Cerró el álbum y se levantó del sofá largándose del
salón y dejándolos a todos de lo más sorprendidos. Sam de pie al lado de la
chimenea dejó la taza de su café sobre la repisa y dijo ―Será mejor que nos
acostemos, está agotada con tantas emociones.
―Claro que sí, cielo. Es lógico.
Sam salió del salón y cuando subía las escaleras escuchó que decía su
hermano Jim ―Mamá, te dije que la estabas agobiando. No está
acostumbrada a una familia como la nuestra. ¿Has leído la prensa? Están
saliendo cosas que ponen los pelos de punta. ―Sam se detuvo.
―¿Cómo qué?
―Ha hablado su primo. Una noche durmió allí en la habitación de Flair
porque ella estaba castigada y dormía en el sótano, sobre una manta en el
suelo. ¿Y sabéis por que la castigaron? Porque había vomitado la cena.
Tenía siete años.
―Dios mío…
―Su primo le dijo a sus padres que no quería volver nunca más. Que
había pasado miedo.
Sam apretó los labios mirando hacia arriba. Entonces apareció Flair
pálida y con la maleta en la mano. ―¿Nena?
―Me largo de aquí.
―No, no… Vamos a hablar.
―¿Hablar? Tú no quieres hablar. ¡Aparta!
―Nena, quizás esto ha sido demasiado para ti, pero…
―¿Quién coño te crees que eres para hablar de mi vida como si supieras
algo de ella? ¿Quién te crees que eres para intentar cambiarla? ¡No eres
nadie! ―le gritó a la cara. ―Nunca voy a ser como ellas, ¿me oyes?
―Cálmate.
―¿Ahora estoy histérica? ¿Por qué me has traído aquí? ¿Para que vea a
tu perfecta familia? ¿Para que vea lo que yo nunca tuve? ―Sus ojos se
llenaron de lágrimas. ―¿Para qué me has traído?
―Quería que conocieras a mi familia.
―¡No, lo que tú querías era mostrarme el futuro que tendría en un
cuento de hadas donde todos son felices para siempre! Pero yo nunca viviré
esa vida, quiero lo que tengo, ¿entiendes? ¡Me encanta mi vida, la que he
luchado por tener y no pienso cambiarla ni por ti ni por nadie!
―No, nena. Lo que pasa es que temes querer a alguien para que luego
te hagan daño y te defrauden.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas y dijo con desprecio ―No tienes
ni idea de lo que dices. ¡Te di una oportunidad! ¡A ti! ¡No a esta vida, a ti!
¿Y ahora me vendes todo esto como si fuera en el lote? ¡Pues no lo quiero!
No lo he querido nunca y si es lo que buscas, siento decirte que conmigo
has pinchado en hueso. Ahora déjame pasar.
―Nena, vuelve…
―¡Déjame pasar! ―gritó fuera de sí.
Sam apretó los labios antes de hacerse a un lado y ella corrió escaleras
abajo antes de largarse pegando un portazo. Escucharon como se subía al
coche de alquiler y arrancaba dando marcha atrás. Sam se acercó a la
ventana y vio como derrapaba girando el volante para largarse a toda prisa.
―Hijo…
―Ahora no, mamá. ―Juró por lo bajo. ―Joder, la acabo de perder. Ya
no me dará otra oportunidad.
Mary acarició su hombro. ―Tiene el corazón lleno de emociones,
necesita tiempo.
―No la conoces. Confiaba en mí, me dio una oportunidad y la he
fastidiado presionándola demasiado.
―Si te quiere, terminará comprendiéndote.
La miró a los ojos. ―¿Y a ella quién la comprende, mamá? Porque es
obvio que yo no he sabido hacerlo.
―Igual no es la mujer adecuada para ti. Sé que es horrible decirlo y más
en este momento, pero tiene mucho detrás y puede que no sea la mujer que
necesitas. Hijo, ya te has equivocado tres veces, sabíamos que no eran las
adecuadas para ti y Flair…
―Madre, no sigas por ahí ―dijo muy tenso.
Se le cortó el aliento. ―¿Tan seguro estás?
―Tengo que irme.
Preocupada vio como su hijo subía los escalones a toda prisa para ir
hasta su habitación y Samuel salió del salón para decir ―Deberíamos
avergonzarnos por cómo nos hemos comportado con ella, y tú la que más
dándole esos álbumes y agobiándola a preguntas. ―Mary se sonrojó. ―Y
lo sabes.
Angustiada dijo en voz baja ―Sería su cuarto matrimonio y trae
muchos problemas consigo.
―Esa no es decisión tuya, mujer. No seas como los Brawner, no
intentes manipular la vida de tu hijo.
Sam bajó las escaleras corriendo con la maleta y le dio un beso en la
mejilla a su madre. ―Adiós, mamá. Jim, ¿me llevas al aeropuerto?
Su hermano se acercó con las llaves en la mano y salieron a toda prisa
de la casa para ir hasta el garaje y subirse a la camioneta. Mary angustiada
vio cómo se alejaban y se apretó las manos temiendo que su hijo sufriera
por lo que acababa de pasar. Samuel la abrazó por los hombros.
―¿Crees que tendrá arreglo? No quería hacerle daño.
―Sí que querías, querías exactamente esto, pero ahora te arrepientes
porque sientes el dolor de tu hijo.
―Lo siento.
Samuel la abrazó. ―Dios proveerá y si él decide que sus vidas deben
unirse, nada lo cambiará.
Capítulo 9

Llegó al vestuario y tiró la bolsa a un lado haciendo que Laurin se


volviera. ―¿Pero qué haces aquí?
―¿Acaso no jugamos hoy? ―Dio dos palmadas. ―¿Listos para animar
a nuestro equipo? ―Se acercó. ―Empezaremos con la rueda y después con
la pirámide. Hoy es un gran día y tenemos que animar a los nuestros,
chicos. Los Jacksonville Jaguars son duros de pelar. ¡Vamos, a por ellos!
Las chicas gritando salieron del vestuario levantando sus pompones y
Laurin se acercó a ella. ―¿Estás bien?
―Claro.
―Tienes algo, no sé. Una frialdad que antes no tenías.
―Tú siempre tan agradable, Laurin. ―Cogió la tablet de sus manos.
―¿Tenemos alguna baja? ¿Hay que hacer algún cambio?
―Pensaba sustituir a la jefa de animadoras, pero veo que no es
necesario.
―Dile a Peter que hoy haremos el triple.
Laurin la cogió por la muñeca. ―No hemos ensayado lo suficiente.
―Estamos preparados.
―¿Qué te pasa, Flair?
―Nada. A veces hay que arriesgar en la vida.
―Tú eres la que no dejas de decirnos que los riesgos se reducen con
ensayos.
―Estamos en campo contrario, quiero que las animadoras de los
Jacksonville Jaguars queden mal ante su afición. Vamos, no quiero perder el
tiempo.
―Pero… ―Viendo que no le hacía caso la siguió y cuando llegaron al
campo su afición gritó animándola cuando la vio aparecer. Sintiéndose
arropada por los suyos dio varias volteretas haciendo gritar a los seguidores.
Pasó ante los chicos y Frank que no la esperaba allí se acercó. ―¿Qué
coño haces aquí? Sam está como loco buscándote por todo Manhattan.
―Ah, ¿sí? ―preguntó como si nada.
―No deberías estar aquí.
―Estoy trabajando. Buen partido, amigo. ―Se alejó y aplaudió
mientras las chicas calentando saltaban de un lado al otro agitando los
pompones mientras la banda de música tocaba. Miró hacia las gradas y vio
a un tipo que con la lengua bajo su mejilla hizo un gesto obsceno.
Intentando no mostrar cuanto le molestaba sonrió a los demás antes de que
las chicas se colocaran en sus puestos para empezar a bailar con ella
delante. Peter la agarró por la cintura y la tiró hacia atrás con fuerza para
que hiciera un tirabuzón antes de caer a los brazos de Glen. Las chicas se
subieron sobre los hombros de sus compañeras cogiéndose por los brazos
unas frente a las otras para hacer una fila. Todos les miraban y Peter se puso
en un extremo frente a ella con las chicas agarradas en el medio. En el otro
extremo Flair se subió a los hombros de Simon. Este dio un salto
impulsándola con fuerza y Flair saltó por encima de los brazos de sus
compañeras haciendo un triple mortal para caer sobre los hombros de Peter
que agarró sus piernas para que no cayera. Mientras las chicas soltaban los
brazos y los elevaban, ella hizo lo mismo para animar a su equipo. El
público en pie aplaudía como loco. Al bajar de los hombros de Peter le
guiñó un ojo para seguir con la coreografía y terminar en una pirámide con
ella en la cúspide. Con los brazos elevados viendo la alegría del público
sintió que la energía la recorría y que toda la mierda desaparecía como
hacía años cuando había empezado en el equipo del instituto. Esa era su
vida y no pensaba cambiarla por nadie.
Aplaudiendo fue hasta el banco donde se sentarían y al mirar hacia el
equipo que entraba en el campo, se quedó de piedra al ver que Sam también
entraba hablando con Frank. Su amigo le agarró por los barrotes del casco y
le dijo algo antes de que Sam asintiera y se pusiera en posición justo ante él.
Apretó las mandíbulas viendo como hacían el saque. Sam corrió hacia un
rival que iba directo hacia Frank. Al ver cómo se agachaba para cogerle por
las piernas elevando su enorme cuerpo para tirarle hacia atrás antes de ir a
por el siguiente se quedó helada. Estaba realmente cabreado y lo demostró
durante todo el primer tiempo porque Frank hizo dos touchdowns.
―Tu novio tiene un buen día ―dijo Laurin divertida.
Apretó los labios cuando pasó ante ella sin mirarla. Era evidente que se
había acabado del todo por parte de los dos. Pero no le extrañaba que él se
hubiera dado por vencido, tener una novia con tantas paranoias no era plato
de gusto. Miró los pompones entre sus manos y se dijo que daba igual.
Llevaba sola tanto tiempo que daba igual, podría con ello, podría con todo
como había hecho siempre. Elevó los párpados repitiéndoselo a sí misma
como había hecho siempre, como Iris le había enseñado. Se levantó y le
dijo a Laurin ―Quedas al cargo. Volveré en unos minutos.
―Bien, jefa. Me encargaré del primer descanso.
Fue hasta el túnel y entró en el vestuario. Cuando llegó a su bolsa la
abrió y sacó su móvil. Lo miró entre sus manos unos segundos antes de
desbloquearlo y buscar su número. Suspirando se lo puso al oído.
―Hola. Hacía mucho tiempo.
―Supongo que ya te has enterado.
―Joder, ¿hay alguien que no se haya enterado en este país? ―Su
hermana rio divertida. ―La cara que debió poner el viejo al verse en
televisión.
―Me lo imagino.
―¿Te ha llamado?
―No puede, tiene una orden de alejamiento.
―Entiendo. ¿Y el resto de sus engendros?
―No los llames así, son nuestros hermanos.
―Sí, ya veo como lo han demostrado durante estos años. Esos
mamones veían como nos castigaban por cosas estúpidas y no decían nada.
Los castigos más severos siempre eran para nosotras.
Apretó los labios porque eso no podía negarlo.
―Ese cabrón, espero que se pudra en la cárcel.
―¿Declararás?
―Dime cuándo y cómo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas porque hacía casi diez años que no veía
a su hermana. Diez años en los que a veces se llamaban, pero en muy pocas
ocasiones porque era como si ambas intentaran olvidar el pasado.
―¿Vendrás a Nueva York?
―Por supuesto, no me perderé su caída.
Le dio la sensación de que estaba bebida y cerró los ojos. ―¿Necesitas
algo?
―¿Yo? ―Se echó a reír. ―No, hermanita, todo va de puta madre y soy
capaz de cuidarme solita. ¿Y tú?
―Yo también.
―Así me gusta, que no se te olvide lo que te dije, Flair. Nadie cuidará
de ti, nunca. Tú eres la dueña de tu vida.
―No se me olvidará.
―Avísame cuando me necesiten para el juicio ―dijo antes de colgar.
Miró la pantalla del móvil durante unos segundos antes de suspirar y
meterlo en la bolsa. La cerró de un tirón y se levantó volviéndose para
detenerse en seco porque Sam estaba en la puerta observándola. ―¿Se
acabó? ―preguntó él yendo al grano sobre su relación.
Muy tensa asintió.
Sam apretó las mandíbulas. ―No quería hacerte daño.
―Lo sé, pero eso no tiene importancia ―dijo fríamente.
―¿Y qué tiene importancia, nena?
―Que ni tú ni yo podemos darnos lo que necesitamos, así que no tiene
sentido continuar. ―Pasó a su lado y abrió la puerta. ―No pienso hablar de
esto aquí, deberías centrarte en el partido.
Sam la vio caminar por el túnel hacia la salida y cuando salió al campo
sin mirar atrás ni una sola vez él se llevó las manos a la cabeza porque la
había perdido.

Frank tomando una cerveza con Cliff y Sam, miraba de reojo a su amigo
que no había abierto la boca desde que habían llegado.
―¿Cómo estás? ―preguntó Cliff leyéndole el pensamiento.
―Genial. ―Le dio un sorbo a su cerveza. ―Mi novia me ha dejado,
pasa de mi culo hasta el punto de renunciar a los videos de internet y para
colmo lleva dos semanas saliendo con otro, así que estoy estupendamente.
De hecho, creo que lo voy a celebrar con un whisky. ―Levantó la mano
hacia la camarera. ―¡Una botella de Chivas!
―Tío, así no vas a solucionar nada.
―Y cómo voy a solucionarlo, ¿me lo puedes decir tú? ¡Porque a mí no
se me ocurre una maldita cosa que hacer, joder! Ya la he llamado mil veces
y no me lo coje, le he enviado flores y otras cosas que me ha devuelto, no
las quiere porque no quiere nada de mí. Si ni me mira si puede evitarlo.
―Miró asombrado a Cliff. ―Me ha dicho que la olvide. ¡Joder, el día que
se me ocurrió hacer ese viaje, más me valía que me hubieran dado de
hostias!
―La verdad es que no fue muy sensible ―dijo Cliff haciendo que
Frank le recriminara con la mirada. ―¿Qué? Es verdad.
Sam parecía que no le escuchaba. ―¡Está saliendo con Robert O’Hara!
Que hay que tener mala leche para salir con un rival de los Giants. Es que le
cogería…
―Ya tendrás la oportunidad en el campo, amigo. Todo a su tiempo.
―Hablando de mala leche… ―Cliff se adelantó. ―¿Sabes si se han
acostado?
Sam se puso rojo de furia. ―Te aseguro que en este momento no quiero
saberlo.
―Es que si no se han acostado, es porque no es serio.
―Yo iba en serio con Sepi y no me había acostado con ella.
―¿En serio tienes que restregarme tu perfecta relación con Sepi en este
momento?
Frank carraspeó. ―Intentaba ayudarte.
―Ya puedo yo solo con todo esto, gracias.
―Hay que averiguar si tienen mandanga. ―Ambos miraron a Cliff.
―Si se ha acostado con él es que ya ha pasado página. Las mujeres
necesitan una conexión emocional para tener sexo.
―Qué va ―dijo Sam. Le agarró del brazo. ―¿Crees que tiene una
conexión emocional con ese tipo?
―Si se ha acostado con él sí, te lo acabo de decir.
―Qué sabrás tú, viejo. Si hace siglos que no ligas.
La camarera dejó la botella de whisky sobre la mesa con tres vasos y
antes de alejarse le guiñó un ojo haciéndole gruñir porque era guapísima,
pero su cuerpo mostraba interés cero. ―Joder, es que ya no me vale otra.
―La verdad es que lo tienes muy negro. ―Frank hizo una mueca. ―O
eso dice Sepi.
―¿Ha hablado con Flair? ―preguntó ansioso. ―¿Qué le ha dicho?
―Que ni loca, básicamente.
―Pero Sepi me ayudaría.
―Le ha prohibido hablar de ti.
―¡Ni que hubiera matado a alguien! ¡Solo fueron unos pocos de la
familia y unos álbumes de nada!
―Muy sensible por tu parte ―dijo Cliff. ―Si nos hubieras
preguntado…
Le fulminó con la mirada. ―Discúlpame si no organizo un cónclave
cada vez que quiera hacer algo con mi novia.
―Así te va.
―Solo nos queda una opción ―dijo Frank captando su atención.
―¿Sí, cuál?
―Tienes que lesionarte.
Parpadeó. ―¿Perdona?
―Y tiene que ser algo grave. Si ve que estás grave volverá a ti.
―Sí, voy a acabar con mi carrera para no verla nunca más dando saltos
por el campo, ¿pero tú estás loco?
Frank entrecerró los ojos. ―Tiene más seguidores que nunca. Lejos de
perjudicarla, todo lo que ha salido de sus padres la ha fortalecido.
―Joder, cada vez que escucho algo nuevo en las noticias se me
revuelven las tripas.
―¿Y si presionamos a Mitchell para que vuelvan los videos? Tendrá
que tragarte y el roce, el tiempo que paséis juntos, hará que vuelva la
chispa.
―Amenazó con largarse. ¡Ha tenido ofertas de cuatro clubs
importantes!
―Pero esas ofertas no se tomarán en cuenta si le ofrecen algo en los
Jets que no le den en ningún sitio.
―¿El qué?
―Entrevistas con los jugadores recién terminado el partido, para su
propio canal.
Sam entrecerró los ojos. ―Aumentará los seguidores solo para ver las
entrevistas.
―Exacto, más pasta de los patrocinadores.
―¿Y qué gana el club con esto?
―Más venta de ropa, más seguidores para el club que pueden ser
futuros socios… Todos nos beneficiamos de eso.
―Esto ha sido idea de tu mujer, ¿no?
―Siempre pensando en lo mejor para el club ―dijo divertido.
―Deberían meterla en la junta directiva. Por cierto, ¿sabes que ha
contratado a un tío para que me lleve las redes sociales? Ya tengo dos
patrocinadores y no he tenido que mover un dedo.
―Joder, qué suerte tienes, tío. ―Entrecerró los ojos y agarró la botella
de whisky antes de largarse dejándolos con la palabra en la boca.
―Esta factura la pagas tú ―dijo Cliff antes de beber de su cerveza.
Frank sonrió. ―Apuesto cien pavos a que esa botella acaba en el
despacho de Mitchell.
―Dios te oiga, chico. A ver si encauzamos esta relación, porque aunque
Sam juega mejor que nunca no es feliz
Perdió la sonrisa poco a poco. ―No, no lo es, pero se solucionará.
―¿Crees que Flair dará su brazo a torcer?
―Creo que con sus antecedentes si le dio una oportunidad, si le abrió
las puertas de su casa, es porque lo deseaba más que a nada. Ese deseo no
puede haber desaparecido de la noche a la mañana. Sigue ahí aunque ella
haga todo lo posible para olvidarlo. Y nuestro amigo solo necesita un
pequeño impulso para revivir esa llama.

Flair entró en el gimnasio dando un portazo y al ver ya a Sam allí


entrecerró los ojos. ―Eres un mamón.
―Nena, no te cabrees.
―¡Has utilizado a Mitchell para acercarte a mí de nuevo!
―Esto te beneficiará muchísimo, no entiendo por qué te quejas tanto.
―¡No voy a volver contigo!
―Nena, ¿acaso en estas semanas te he dicho algo que indique que
quiero volver?
Se detuvo en seco y le miró pensando en ello. ―Pues no, decir no has
dicho nada porque no te he dejado, pero me miras, me miras mucho. ¡Y me
has enviado regalos! ―dijo como si fuera un crimen.
Él chasqueó la lengua. ―Solo quería que nos lleváramos bien. Al fin y
al cabo trabajamos en el mismo equipo. ―Dio un paso hacia ella. ―Mira,
si he hablado con Mitchell ha sido porque el tipo ese de las redes que ha
contratado Sepi, dice que vendrá genial para mi carrera esto de tirarte por
los aires. Que conseguiré más anuncios y cosas así. Por eso se lo mencioné
a Mitchell, te lo aseguro.
―¿De veras?
―De veras. Por cierto, me he enterado de que sales con Robert. Espero
que os vaya muy bien.
―¿Con Robert? ¿Qué Robert?
Sam la miró sin comprender. ―El que juega en los Giants. ―Al darse
cuenta de que no sabía de lo que hablaba dio otro paso hacia ella. ―¿No
sales con Robert O´Hara?
―¿De dónde has sacado eso?
―Hace dos semanas te vieron salir del cine con él. Te vieron Stella y
Cliff.
Dejó caer la mandíbula del asombro. ―¿Ese juega en los Giants?
―Sí, nena ―dijo entre dientes.
―Ah… Pues no.
―¿Pues no qué? ―preguntó alterándose antes de respirar hondo.
―¿Sales con él o no?
―No, coincidimos.
―Así que no sales con nadie.
―Mi abogado me ha recomendado que no lo haga.
―¿Perdón?
―Se supone que sigo saliendo contigo. No beneficiaría en nada a mi
imagen que ahora saliera con otro cuando el juicio está a la vuelta de la
esquina.
―Ah, que seguimos saliendo.
―Ante la galería sí.
―Nena, gracias por avisarme. ¿Y si me hubiera acostado con alguien en
estos días? ¡Quedaría fatal!
―Bueno, eso no es problema mío.
―Ah, estupendo. Cada uno que cuide su culo, ¿no nena?
Ella fue hasta la cámara y la encendió. ―Exacto. ¿Empezamos?
―Claro que sí ―dijo entre dientes. ―Al parecer te has olvidado de que
tienes amigos.
―Son tus amigos.
―Eso no es cierto.
―¡Mira, no quiero discutir! ―dijo alterada. ―¿Quieres grabar o no?
¡Porque a mí me da igual!
Respiró hondo intentando controlarse porque al parecer se había cerrado
por completo a todo el mundo. ―¿Por qué le has dicho a Mitchell que sí?
Es evidente que no te interesan las entrevistas porque no las has
mencionado ni una sola vez.
―Paso de hacer entrevistas. Hemos llegado a otro acuerdo. Le he dicho
que sí porque me ha garantizado otro año más en el equipo.
Sam sintió un alivio enorme, pero su rostro no mostró nada. ―Perfecto,
felicidades ―dijo con ironía.
―Gracias. Empecemos con los ejercicios que ya habías aprendido.
Capítulo 10

Sam entró en el piso y Sepi hizo una mueca. ―Mal, ¿eh?


―¿Por qué lo dices? ―preguntó irónico.
―Será por tu cara de funeral.
Cerró la puerta y todos le miraron expectantes. ―Tengo buenas y malas
noticias.
―Estoy impaciente por oírlas ―dijo Stella.
―No ha salido con ese de los Giants.
―Bien ―dijo Frank. ―Estarás contento.
―Pero ahora considera que no sois sus amigos porque sois los míos, no
quiere saber nada de mí y se niega a hablar de cualquier cosa que implique
un nosotros. Deja que la toque porque no le queda más remedio, pero en
cuanto puede se aparta y por mucho que lo he intentado no he conseguido
relajar el ambiente ni un solo segundo.
Sepi hizo una mueca. ―Sí, hablar con ella es como hacerlo con un
témpano de hielo. No entiendo por qué ha cambiado tanto.
―Porque está asustada, cielo ―dijo Stella. ―Nunca ha podido confiar
en nadie y tiene miedo. Confió en nosotros, confió como en nadie en su
vida y se vio acorralada por una vida que cree que nunca podrá tener. Una
vez leí un libro en el que el protagonista había sufrido tanto siendo niño que
creía que él nunca podría dar amor.
―¿Y eso que tiene que ver con Flair, mujer? ―preguntó Cliff sin
entender palabra.
―No quiere tener hijos porque cree que no les podrá querer como se
merecen ―dijo Frank impresionado.
―Cuando vio el amor entre Frank y Sepi se fue de la casa. Como si
huyera de ese sentimiento, ¿recordáis? ―Todos asintieron y Stella continuó
―Como si temiera no llegar nunca a lo que vosotros tenéis. Y en casa de
Sam también huyó del ambiente familiar que allí había. La abrumó, nunca
lo había vivido y se sintió abrumada, confusa. Ella se sintió atraída por
Sam, la conquistó su dedicación, que estuviera a su lado, se dejó querer por
primera vez en su vida, pero llegó a un límite que no se atrevió a cruzar
porque está convencida de que no merece amor y que nunca podrá darlo,
como sus padres le demostraron día tras día.
―¿Y qué podemos hacer? ―preguntó Sepi preocupada.
Stella sonrió. ―Sam la conquistó con su insistencia y solo la insistencia
la hará cambiar de opinión. Tiene que darse cuenta de que sí nos importa y
que Sam es el hombre de su vida. Y para eso vamos a ser los amigos y el
novio más pesados que se hayan visto en la vida.

Dos días después se escuchó el timbre de la puerta y gimió volviéndose


en la cama pensando que había sido un sueño. El timbre volvió a sonar y
abrió los ojos para mirar el despertador que tenía encima de la mesilla.
―Son las cuatro de la mañana.
Se sentó en la cama. ―¿Quién llama a las cuatro de la mañana?
―Apartó el edredón y salió de la cama poniéndose las zapatillas. Agarró la
bata. El timbre volvió a sonar y dijo ―¡Ya va! ―Caminó hacia la puerta y
se estiró para echar un vistazo por la mirilla. ―¿Sepi? ―Abrió a toda prisa
para verla en bata y con cara de angustia. ―¿Qué ocurre?
―¿Puedes ayudarme? Tú has leído libros y eso. Creo que a mi niño le
pasa algo.
―Sí, claro. ―Cogió las llaves y cerró la puerta. ―¿Tiene fiebre o…?
―No se la he notado, pero tiene mal color y está muy irritable.
―¿Mal color?
―No he querido despertar a Frank porque mañana hay partido, pero me
parece que está muy rojo. ―La puerta de la casa estaba abierta y entraron a
toda prisa. ―Está ahí en la cuna portátil ―susurró Sepi.
Fue hasta la cuna y al ver al niño parpadeó porque parecía que tenía
manchas rojas. ―Leche.
―¿Qué? Tengo que llevarle al hospital, ¿verdad? ―dijo Sepi asustada.
―Creo que tiene sarampión.
―Mierda.
―Tómale la fiebre de nuevo.
Sepi cogió el termómetro para ponérselo en el oído y al ver el resultado
susurró ―Treinta y ocho.
―Bien, nos vamos a urgencias. Déjale una nota a Frank.
―Se cabreará si no le despierto.
―¿Por esto? Si es un sarampión de nada en una semana estará como
nuevo. Frank tiene que descansar, el partido de mañana es importante. Yo
iré contigo.
―Gracias, gracias. ―Fue hasta el perchero y cogió su abrigo, se calzó
las botas y se puso el bolso en bandolera. Flair hizo una mueca por lo rápida
que había sido. ―Voy a por mi abrigo.
―Vale, te veo abajo.
Flair salió a toda prisa y Sepi fue hacia el niño para cogerlo en brazos
mientras su marido entraba en el salón y apoyaba el hombro en la pared.
―Nena, ¿no se suponía que teníamos que demostrarle nosotros que somos
sus amigos?
―No, le he dado muchas vueltas a la teoría de Stella y me he dado
cuenta de que tenemos que demostrarle a ella que puede ser buena amiga y
buena madre.
Los ojos de Frank brillaron. ―Interesante teoría.
―Nosotros tenemos que demostrarle que estaremos ahí, claro, pero
todas las dudas que tiene son porque no se ve capaz de vivir en familia.
Nosotros le vamos a demostrar que sí, pero a una escala menor que la
familia de Sam.
―Poco a poco.
―Exacto. Se lo vamos a mostrar paso a paso para que cuando dentro de
veinte años se vea con diez mocosos diga, ¿cómo ha pasado esto? Pero en
plan feliz, ya sabes, no como esas que salen en internet, que se tiran de los
pelos por tener dos y que andan llorando por las esquinas. Le vamos a
mostrar cómo es una familia como la nuestra. ―Cogió al niño en brazos y
se acercó para darle un beso en los labios. ―Y tú a dormir que aún tienes
unas horitas.
―Te quiero.
―Y yo a ti, eres mi vida. ―Le guiñó el ojo antes de salir.
Sentadas en la sala de espera, Sepi estaba de los nervios con el niño en
brazos. ―¿Por qué no nos atienden?
―Hay mucha gente ―dijo mirando a una madre con dos niños en un
carrito. Ninguno de los dos dejaba de berrear.
Sepi al ver la cara que ponía se dio cuenta de que igual aquello no había
sido buena idea y le dio un toque en la pierna para que la mirara. ―Quería
darte las gracias por acompañarme.
―No es nada ―dijo antes de mirar a otra mujer que tenía en brazos a
un niño de unos diez años casi más grande que ella. El pobre tenía una
brecha en la cabeza y no dejaba de sangrar.
Sepi le dio otro toquecito en la pierna. ―¿Crees que mañana ganarán?
―Claro.
―¿Tienes algún ejercicio nuevo?
―Te dejará con la boca abierta.
―Tendré que verlo por la tele ―dijo con pesar.
―No hay otra fan tan entregada como tú.
Soltó una risita. ―Lo sé. Mi padre adoraba a los Jets. Veíamos todos
sus partidos juntos. ―Suspiró mirando al niño. ―Qué pena que no lo
conociera.
―Seguro que le está viendo desde donde esté.
Sepi asintió. ―Ahora que le tengo a él, pienso que debo pasar con mi
niño todo el tiempo que pueda porque puede que un día yo ya no esté. Cada
recuerdo es importante. Cada momento de felicidad, es algo que se le
quedará grabado para siempre y quiero que tenga muchos para recordar.
Sonrió. ―Es afortunado por tener una madre como tú ―dijo sin pensar.
―Gracias.
Una mujer con una bata blanca se acercó para mirar a un lado y al otro.
―Muy bien, los que sangran a la derecha los que tienen fiebre a la
izquierda. ―Miró a otro que llevaba bata. ―Encárgate de los puntos, yo me
ocuparé de los demás. ―Se acercó a ellas y estiró el cuello para ver al bebé.
Chasqueó la lengua. ―Sarampión de manual. ¿Tú ya lo has pasado?
―preguntó a Sepi.
―Me contagiaron en la cárcel hace dos años y lo pasé fatal, la verdad.
―Entonces tu inmunidad es reciente. Pero debéis aislar a todo el que no
lo haya pasado, es muy contagioso. ―Miró hacia Flair y elevó una ceja.
―¿Posibilidad de embarazo?
―No, ¿es importante?
―Pues sí, muy importante. Alguien que no lo haya pasado, si se infecta,
puede pasarle la enfermedad al bebé durante el embarazo y esto puede tener
consecuencias para el feto.
―Mis hermanos y yo lo pasamos de pequeños.
―Genial, piensen en mujeres con las que el niño haya tenido contacto
por si están preñadas. Por lo demás es algo que debe pasar solo. Le recetaré
algo para aliviar los síntomas como la fiebre, pero esto es un proceso que
solo puede curar él. ―Sacó algo del bolsillo y escribió a toda prisa antes de
arrancar la hoja. ―Dele eso cada seis horas. Pueden comprarlo sin receta.
Y sin más se volvió hacia el siguiente. ―Leche señora, este niño no
tiene fiebre.
―¿Cómo lo sabe?
―¡Solo hay que verle! ¡Si está a punto de comerse una hamburguesa!
Que por cierto, tiene muy buena pinta.
Divertidas vieron como la doctora le quitaba la hamburguesa y se ponía
a hablar con la boca llena de lo mala que era la obesidad infantil. Menuda
bronca le estaba echando a la madre que la miraba con la boca abierta. De
repente la doctora se volvió y les preguntó ―¿Pero todavía aquí?
―Oh… Ahora nos vamos. ―Fueron a toda prisa hacia la puerta y
rieron. ―Me encanta esa mujer ―dijo Flair divertida.
―Le gusta ir al grano, eso está claro.
Flair levantó un brazo para llamar a un taxi. ―Pararemos por la receta
de camino.
―Aún podrás dormir unas horas.
―No te preocupes, no necesito dormir mucho.
―¿De veras?
―Me pasa desde pequeña ―dijo abriendo la puerta del taxi que se
acababa de detener ante ella.
Sepi perdió la sonrisa y se metió en el taxi. Mierda, lo que menos quería
es que recordara su infancia. Después de que Flair diera la dirección de su
casa y que le dijera al taxista que pasara antes por una farmacia, intentó que
se olvidara del pasado y dijo ―Mañana será un día importante. Vamos
segundos en la clasificación. ―Miró por la ventana e hizo una mueca.
―Espero que no nieve.
―No, por favor. Bastante sufrimos con la equipación que llevamos. He
propuesto un mono de licra, ¿sabes? Forradito, una maravilla que nos
permite cualquier movimiento.
―¿Y te han dicho que no?
―Se lo están pensando. Pero como se lo piensen mucho pasará el
invierno ―dijo fastidiada.
―Hablaré con Cliff, tiene mucho enchufe con los de arriba. Le toman
mucho en cuenta. ―La miró de reojo. ―¿Se lo has comentado a Sam?
Se miró las manos. ―No hablamos mucho.
―¿Te incomoda hablar conmigo de Sam? Siento que os hayáis
separado, pero te considero una amiga y me gustaría que siguiéramos
siéndolo. Es evidente que quieres apartarte y lo entiendo, pero me apena.
―No es justo para vosotros, ya sabes, eso de tener que tomar parte por
alguno de los dos. Él es vuestro amigo y no quiero criticarle.
―Oh, por mí no te preocupes, somos mujeres, parte de nuestro
entretenimiento es ponerles verdes.
Sonrió. ―Tú no pones verde a Frank.
―Claro que sí ―dijo sorprendida.
―¿Sí? ¿Qué tiene de malo?
Sepi apretó los labios pensando en ello. ―Es muy protector.
―Eso no es malo.
―Siempre está con el tema de contratar a alguien para que limpie la
casa ―dijo ofendida. ―Como si yo no pudiera ocuparme de todo.
Flair sonrió. ―No quiere que trabajes tanto.
―Y para colmo ahora quiere mudarse.
Se quedó de piedra. ―¿Qué? ¿Os vais a mudar?
Gimió. ―Es que… Viene otro.
―¿Qué?
―Otro niño.
Dejó caer la mandíbula del asombro.
―Sí, estoy embarazada de dos meses. No se lo digas a nadie, queremos
decirlo cuando sea algo totalmente seguro, ya sabes, por eso no le he dicho
nada a la doctora delante de toda esa gente.
-Pero esto es importante. Deberías habérselo dicho.
-Ya la has oído, soy inmune. Pero no te preocupes, que mañana llamaré
al médico para asegurarme de que todo va bien.
Se sintió feliz por ella, pero algo decepcionada porque se fueran. La
verdad es que aunque su relación se había enfriado, sabía que estaban arriba
y sintió que volvía a quedarse sola. Forzó una sonrisa. ―Felicidades.
―Frank quiere una casa más grande, con algo de jardín, ya sabes.
Además, pensamos tener más hijos y…
―¿Más?
Sepi soltó una risita antes de mirar al niño. ―Sé que tú no quieres
tenerlos, pero para mí haber tenido a Frankie ha sido lo mejor que he hecho
en la vida. ―La miró a los ojos. ―Es parte de mí. Ni te imaginas el amor
infinito que se siente, es mi legado. No haré nada tan importante en la vida.
Jamás. Y siento que mi amor por él crece cada día.
―¿No sientes miedo?
―Claro que sí. Me asusta todo, temo continuamente que le pase algo,
pero todo lo demás compensa ese miedo. Una sola sonrisa y las noches de
insomnio, los sustos y todo lo demás merece la pena.
Pensativa miró al niño. ―Eres afortunada.
―Sí, sé que lo soy. Cuando murió mi padre me sentí perdida, ¿sabes?
Había desaparecido la única persona que me había amado, estaba en la
ruina y acabé en la calle. Incluso acabé en prisión, pero la vida me ha
compensado todo ese dolor con Frank. Con la vida que hemos construido
juntos. Al principio creía que jamás se fijaría en mí, solo quería cuidarle,
pero hizo lo posible por hacerme ver que me quería en su vida para siempre.
―Acarició la cabeza de su hijo. ―¿Sabes de lo que me arrepiento?
―¿De qué?
―De haber pensado que no le merecía.
―¿Por qué?
―¡Porque es Frank! Podría haber tenido a cualquiera, ¿por qué iba a
fijarse en mí? ¿Qué podía ofrecerle yo? Me sorprendió que se enamorara de
mí, la verdad. No podía ofrecerle nada.
―¿Pero qué dices? Podías darle tu amor y nadie le querrá como tú, eso
es evidente.
―Era evidente para todos excepto para mí, Flair. Todos lo veían menos
yo. Le quería más que a nada en la vida, pero algo en mí no terminaba de
creérselo.
―¿Y cuándo te diste cuenta de que te amaba?
―¿Cuándo me di cuenta de que mi sueño podría convertirse en
realidad? El día que me pidió matrimonio.
―¿Tardaste tanto?
Se sonrojó. ―¿Qué pasa? ¡Estaba algo confusa! Hizo lo que pudo por
estar a mi lado muchas veces, teníamos un sexo increíble y todo lo demás,
pero hasta que no vi el anillo no me lo creí.
―Chica, pues estás ciega.
―Mira quien fue a hablar ―dijo entre dientes.
Jadeó. ―Oye maja, que lo mío con Sam no tiene nada que ver.
―Ah, ¿no? ¡Él hace lo posible por estar a tu lado y tú solo le das
calabazas! Eres mucho peor que yo, porque sé que estás loca por él.
Miró hacia la ventanilla para ver las calles vacías de Manhattan y apretó
los labios. ―Quiere algo que yo no puedo darle.
―¿Quiere algo que no puedes darle o que no quieres darle?
Se le cortó el aliento. ―No, puedo. Y no quiero hablar más de ello.
―Muy bien, no hablemos más de ello. Pero que sepas que no vas a
librarte de él. Insistirá e insistirá hasta que te des cuenta de que sí encajas
perfectamente en su vida como yo encajo en la de Frank.
Gruñó fulminándola con la mirada. ―¿A eso ha venido toda esta
conversación? ¿A que me dé cuenta de que soy el amor de su vida y que
estoy haciendo el idiota?
Sonrió. ―Lo has dicho tú. Acéptalo, no desapareceremos ni aunque lo
intentes con fuerza.
―Eso ya lo veremos.

Sam se tensó quitándose el casco para mirarla sorprendido. ―¿Cómo


que se ha mudado? ―gritó haciendo que Sepi gimiera por lo bajo.
―Eso me ha dicho el portero cuando volvía del médico. Ha dicho que
enviará por los muebles.
―¿Qué ha pasado?
―Pues verás… ―Soltó una risita. ―Hace unas horas fui al hospital
con Flair…
―¿Al hospital? ¿Está bien?
―Sí, hemos ido por Frankie. Sarampión, ya sabes.
―¿Se lo ha pegado a Flair?
―No, ella ya lo pasó hace mucho. Bueno, el hecho es que… ―Soltó
una risita. ―Te vas a reír.
―Lo dudo mucho ―dijo entre dientes.
―Pues hablamos de una cosa y otra como de mi relación con mi amado
marido y…
―No fastidies, ¿le has mostrado más vidas familiares perfectas? ¡La has
espantado otra vez!
Hizo una mueca. ―Pero he hecho que se diera cuenta de algo.
―Ah, ¿sí? ¿De qué?
―Que por muy cabezona que se ponga no vas a rendirte porque se
merece tu amor y que será feliz cuando dé su brazo a torcer.
―¡Ahora entiendo que se haya mudado!
―¡Sam! ―gritó Frank desde el final del túnel. ―¡Vamos, tío, empieza
el partido!
―Déjalo en mis manos ―dijo entre dientes antes de alejarse.
―Vale… ―Estiró el cuello y gritó ―¡A por ellos! ―Corrió hacia la
escalera y subió a toda prisa. Saludando a los fans se sentó en su asiento al
lado de Stella. ―Hala, ya está.
―¿Se ha cabreado? ―Estiraron el cuello para ver como salía al campo
con el casco puesto y le daba un empujón a uno del equipo contrario para
quitarle del medio. ―Sí, está calentito…
Sepi miró hacia Flair que observaba a Sam sin darse cuenta de que
mostraba que estaba preocupada. ―Mírala, ya sabe que lo sabe.
―Y él ya sabe que ella sabe que lo sabe. Mira cómo se retan con la
mirada.
―Bueno, a él no se le ven mucho los ojos, pero es evidente por la
tensión de su cuerpo ―dijo Sepi. Entonces vio como Flair se acercaba para
entrar en el túnel. ―Ahí viene.
―Habrá ido al baño.
―No, seguro que ya había ido antes de salir al campo, es muy
profesional.
Ambas volvieron la cabeza para verla aparecer. ―¿Ves? ―preguntó
entre dientes.
―Niña, qué ojo tienes. ―Ambas sonrieron de oreja a oreja. ―¡Flair un
ejercicio estupendo!
―¿Qué le has dicho a Sam que lo ha cabreado tanto? ―preguntó
mirando a Sepi como si quisiera pegarle cuatro gritos.
―Oh, nada en especial solo que te has mudado.
―¿Cómo te has enterado? ―preguntó atónita.
―Si crees que vas a librarte de nosotros porque pongas tierra de por
medio, estás muy equivocada ―dijo Stella.
―Bien dicho.
―¿Pero qué os pasa?
La afición hizo un gemido de dolor y las tres volvieron la vista al campo
para ver que Sam, que ya había tirado a uno al suelo, lanzaba por los aires
al siguiente haciendo que Frank llegara casi al final del campo.
―¡Bien cielo! ―gritó Sepi encantada. ―Leche, deberíamos pensarnos
que estos se reconcilien porque Sam juega mejor que nunca.
―Muy graciosa.
―Estos son unos mantas ―dijo Sepi encantada. ―Lo tenemos
chupado.
Entonces Flair se dio cuenta de algo. ―¿Dónde está el niño?
―Con el abuelo postizo en el vestuario.
―¿Cliff ha metido a un niño con sarampión en el vestuario? ―preguntó
horrorizada.
―¿Qué? Son hombretones, pueden con el sarampión.
―La madre que te…
De repente salió corriendo y Sepi parpadeó antes de mirar a Stella.
―¿Qué pasa?
―Que tu empeño por ver el partido nos va a meter en un lío.
Capítulo 11

Al día siguiente los cuatro sentados ante Mitchell escuchaban la bronca,


que era de aúpa, porque tres jugadores no habían pasado el sarampión y
ahora no podrían asistir a los entrenamientos hasta que supieran si estaban
infectados o no.
―Es que es para mataros. ¿Cómo se os ocurre?
Como buenos amigos nadie delató a nadie.
―Aunque sé de quien es la culpa, por supuesto. ―Miró a Sepi
directamente que se sonrojó hasta la raíz de su rubio cabello. ―Tú…
―Quería ver el partido.
―¡Pues contrata una niñera, joder!
Jadeó. ―Eso cuesta dinero y tenía a Cliff.
Mitchell atónito miró a Frank que chasqueó la lengua. ―Ya la conoces,
es la fan número uno.
―Fue culpa mía ―dijo Flair. ―Yo la convencí para que no se perdiera
el partido. No creí que fuera tan grave.
―¡No me mientas, que sacaste al niño de allí a toda leche! ¡Te vieron
las cámaras!
―Mierda.
―Bueno, no hay nada que hacer hasta que sepamos si están enfermos,
así que lo dejaremos pasar.
Todos sonrieron, pero Mitchell miró a Sam con los ojos entrecerrados.
―¿Ahora me toca a mí? Ya me preguntaba yo por qué estaba aquí.
―¿Por qué crees que es, amigo? ―Se levantó y abrió la botella de
Chivas para servirse un whisky. Se volvió con el vaso en la mano. ―¡Te
han expulsado!
―Como si fuera la primera vez.
―¡Pues que sea la última!
―Mitchell, ya sabes que el juego a veces se calienta y hay faltas
inevitables ―dijo Frank.
―¡Ha enviado a dos al hospital! No sé ni como el árbitro tardó tanto en
echarle.
―¿Porque disfrutaba del juego como los demás? ―preguntó Sepi con
una sonrisa de oreja a oreja. ―Ha sido tu mejor partido, amigo. ―Frunció
el ceño. ―Al menos lo que vi hasta que Flair me trajo el niño.
Mitchell gruñó. ―Fuera.
―¿Es un mal momento para hablar de las mallas? ―preguntó Flair.
―Hace un frío que pela y…
―¡Fuera!
Los cuatro salieron a toda pastilla y cuando Frank cerró la puerta dijo
cogiendo la mano de su mujer ―Nena, la próxima vez niñera.
―Sí, sí. Cómo se ha puesto.
Flair carraspeó y dijo ―¿Entrenamos?
―Hoy no puedo.
Se alejó sin más y Flair entrecerró los ojos. ¿Cómo que no podía? Le
siguió. ―¿Por qué no puedes? Tenemos que hacer algo bueno para el video
de YouTube.
―Tengo cosas que hacer.
―¿Qué cosas?
Sam se detuvo y la miró fijamente. Flair se sonrojó. ―No es que me
importe, claro.
―¿Entonces para qué preguntas? ―Y sin más se alejó. Sin una
insinuación de que debían empezar de nuevo, ni un guiño con picardía ni
una sonrisa.
―Uy, este…
Sin que se diera cuenta le siguió. Sam entró en el vestuario de los chicos
y segundos después Flair pasó ante él antes de correr hacia el suyo y
ponerse el abrigo. Cogió su bolso y sacó las llaves del coche. Apenas cinco
minutos después estaba sentada en su coche semiescondida tras el volante
viéndole salir vestido con un traje gris que le quedaba de miedo. ―Este ya
tiene a otra ―dijo entre dientes mientras se subía a su BMW. ―Si se ha
puesto guapo y todo. ―Cuando el coche se alejó arrancó el motor.
―Conmigo nunca se puso traje. ―Sintiendo que la corroía la rabia metió la
directa para salir quemando yanta. ―Le pilló cuando llegó a la autopista y
se mantuvo lo suficientemente alejada para que no se diera cuenta de que le
seguía.
Al llegar a Manhattan temió perderle entre el tráfico, pero al fin entró en
un aparcamiento. Detuvo el coche en la acera y esperó a que saliera porque
ese parking solo tenía una salida. ―No te me escapas.
Entonces vio a una mujer morena con un abrigo rojo que se detenía a
unos metros de la entrada. Miraba hacia allí como si estuviera esperando a
alguien. Apretó el volante con fuerza. Era muy guapa y muy chic con ese
Birkin que costaba un ojo de la cara. Al ver a Sam retuvo el aliento y
cuando este le sonrió se le retorcieron las tripas porque era evidente que
habían quedado. Él le dio un beso en la mejilla y pasó el brazo por la
cintura antes de que empezaran a caminar en su dirección. Se agachó
tirándose en el asiento del copiloto y esperó. Al escuchar la risa de Sam
gruñó y en cuanto la risa se alejó, se elevó poco a poco para mirar hacia
atrás cubriéndose con el reposacabezas hasta que dieron la vuelta a la
esquina. Suspiró sentándose tras el volante. ―No vas a seguirle más, no vas
a seguirle, es de locos. ―Respiró hondo. ―Pero no vas a negar que tienes
curiosidad porque sino no estarías aquí. ―Salió del coche a toda prisa y
corrió hacia el final de la calle hasta ir a la esquina. Sacó la cabeza y les vio
a lo lejos, así que caminó tras ellos a cierta distancia. Entonces de repente
se detuvieron y Sam sonrió antes de ir hacia el portal con esa tipa a su lado.
Se le puso un nudo en el estómago cuando vio que ella sacaba la llave, pero
antes de que abriera la puerta el portero la empujó para darles paso mientras
les saludaba llevándose la mano a la gorra negra. Y habló con la mujer e
incluso rio con confianza, así que vivía allí. Sintiéndose tremendamente
desilusionada se volvió para regresar a su coche. ¿Pero qué esperaba? ¿Que
estuviera solo mucho tiempo? Eso no iba a pasar. Había encontrado a una
mujer con clase, muy guapa, que seguramente no tenía tantas paranoias en
la cabeza y que querría tener veinte hijos. Reprimiendo las ganas de llorar
dio la vuelta a la esquina y vio que a su coche le estaban poniendo un cepo.
―¡No! ―gritó corriendo hacia el policía. ―¡No, no! Estoy aquí, es que
tenía que avisar a mi abuela de que le han cambiado la cita del médico y…
―Hostia, es la de los Jets ―dijo el policía sonriendo encantado. ―No
me pierdo ni un solo partido solo por verla.
Parpadeó. Lo que le faltaba, un seguidor. ―Así que le gusta mi trabajo.
―Me gusta todo de usted.
―¡Es genial! ―dijo exageradamente. ―¿Podría hacer la vista gorda
solo esta vez y quitar el cepo?
Él sacó un block. ―Claro que sí.
Suspiró del alivio. ―Menos mal, tengo algo de prisa, ¿sabe?
―Lo entiendo. ―Escribió algo en el block. ―Pero la multa no se la
quita nadie.
Qué raro, allí había algo que no cuadraba. ―Me da que no es seguidor
de los Jets, ¿verdad? Se estaba quedando conmigo.
La miró malicioso. ―Soy de los Giants.
Mierda. Arrancó la hoja y se la tendió antes de gritar ―¡Quita el cepo,
Bill!
Agarró la hoja. ―Muy amable ―dijo con ironía.
―Para eso estamos, para servir.
―Muy gracioso.
Él le guiñó un ojo antes de alejarse hacia su coche y coger la radio
mientras un hombre quitaba el cepo.
Exasperada miró la multa y vio que eran trescientos dólares. Dejó caer
la mandíbula del asombro. Sería cabrito.
―No puedo.
Miró hacia el hombre que intentaba quitar el cepo. ―¿No puede qué?
La voy a pagar, ¿sabe? Aquí dice que puedo hacerlo en línea.
―No, es que algo se ha atascado y me está costando un poco.
―¿Flair?
Se quedó sin aliento volviéndose de golpe y allí estaba Sam, que parecía
de lo más confundido. ―¿Qué haces aquí?
―Oh… pues…
―¿Te has mudado por aquí?
―¡Sí! Eso es. Muy cerca. ―Vio una perfumería tras él. ―He parado
para comprarle un regalo a una de las chicas y mira lo que ha pasado.
Sam asintió mirando el coche. Llegó hasta él la del abrigo rojo y se la
quedó mirando sin poder evitarlo.
―Ella es Sybil.
―Mucho gusto ―dijo la de rojo agradablemente. ―Te he visto en los
partidos, eres la mejor animadora del país.
―Gracias, eres muy amable.
―Tenemos que irnos ―dijo Sam incómodo. ―¿Seguro que estás bien?
―Sí, claro. Iros. Esto lo arreglan enseguida.
Sam asintió. ―Hasta mañana.
―Hasta mañana.
Vio como se alejaban y cuando iban a entrar en el garaje él la miró
sobre su hombro. Avergonzada porque la hubiera pillado observándoles
apartó la vista para ver que el tío seguía forcejeando con el cepo. ―¿Puede
quitarlo o no?
―Oiga, no se ponga chula o haré que se lo lleve la grúa.
Fastidiada se cruzó de brazos y apenas cinco minutos después vio salir
el coche de Sam que miró hacia ella. Hizo que no le veía preguntándole al
hombre ―¿Cree que tardará mucho?
De repente el cepo se desprendió. ―Ya está.
Suspiró del alivio. ―Gracias. ―Se subió a toda prisa al coche y arrancó
antes de gritar al policía. ―¿Puede mover su coche?
El policía se subió y apenas lo movió unos centímetros. ―¿Esto es una
broma? ―Dio marcha atrás y giró el volante a toda prisa para salir al
tráfico. El policía la miró mientras pasaba a su lado y Flair miró por el
espejo retrovisor, no la seguían. Claro, como ya le había metido el plumazo
de trescientos pavos para qué molestarse. Pasó el semáforo en ámbar y juró
por lo bajo porque les había perdido. ¿A dónde irían? Olvídalo, Flair. Tiene
a otra. Sintió tanta rabia que golpeó el volante. Entonces vio un BMW
como el de Sam que giraba a la derecha. ―¡Sí! ¡Al fin un poco de suerte!
Cuando llegó al final de la calle, giró a la derecha y vio que había
entrado en una calle de casas adosadas. Un barrio de lo más chic. ―Esta
vive por aquí ―dijo entre dientes. Miró a su alrededor porque si había
aparcado el coche por allí es que tenía razón. Después de media calle
empezó a pensar si se había equivocado y había pasado de largo. Entonces
vio el coche al final de la calle y gimió. ―Mierda, no solo es rica, es muy
rica. ―Frenó al lado de su coche y miró hacia la casa que tenía delante. Vio
cómo se movía una cortina y asustada por si la veían, aceleró a tope casi
atropellando a una anciana que cruzaba la calle a la que esquivó por un
pelo. Asustada miró por el espejo retrovisor por si a la pobre le había dado
un infarto del susto y suspiró del alivio al verla gritar como una loca
poniéndola verde. Miró al frente. ―Vete al hotel, Flair. Hoy no es tu día.
―¿Que te estaba siguiendo? ―preguntó Stella alucinada.
―Sí ―dijo pensativo. ―Estoy de lo más confundido, la verdad.
―Sería una casualidad ―dijo Sepi poniendo la gran fuente de lasaña en
la mesa. ―¿Por qué iba a seguirte?
―Si huye de mí como de la peste.
―¿Ves? Es una casualidad. ―Sepi se sentó. ―Estoy segura de que vive
por allí.
Cliff negó con la cabeza. ―No, no vive por allí. Vive en un hotel.
Todos volvieron la vista hacia él como un resorte. ―Perdona, ¿qué has
dicho? ―preguntó Sam.
―Lo sé porque ha pasado por administración para decir que se
hospedará allí un tiempo mientras encuentra apartamento.
―¿Qué hotel? ―preguntó Sam.
―El Bronce Prince. Y está cerca de Chinatown, así que no, no vive por
donde fuiste a buscar casa.
―Te estaba siguiendo. ―Stella no salía de su asombro. ―A ver si no
va a estar bien de la cabeza.
Frank se sirvió una buena cantidad de lasaña. ―Yo creo que está
empezando a arrepentirse. Si te seguía es que siente algo por ti y estoy
seguro de que al verte con la agente inmobiliaria, sacó conclusiones
equivocadas, por eso fue tras vosotros a ver si descubría algo.
Sepi soltó una risita. ―Menuda sorpresa debió llevarse.
Sam gruñó. ―Joder, esto es increíble ―dijo empezando a enfadarse.
Su anfitriona perdió la sonrisa poco a poco. ―Pero eso es bueno.
Demuestra que siente algo por ti.
―¿En serio? Pues yo me siento… Joder, ni sé cómo me siento.
―¿Cabreado?
―¡He hecho lo imposible para que sienta que podemos tener un futuro
juntos y ha hecho todo lo posible para apartarme! ¿Y ahora me sigue como
si desconfiara de mí, como si estuviera traicionándola o algo así? ¡No os
dejéis engañar con que siente celos, solo me ha seguido para confirmar que
no merezco la pena! ―Dejó la servilleta sobre la mesa. ―¡Ya estoy harto,
igual Stella tiene razón y no está bien de la cabeza! ¡Esto se acabó!
Sepi asombrada vio que cogía el abrigo del sofá y sin ponérselo salió
del piso. ―Pero…
―Nena, no. ―Frank suspiró. ―Lo veía venir.
―Pero ella le quiere.
―¿Sí? No se lo ha demostrado de ninguna manera.
―Le dio una oportunidad. Alquiló un piso aquí y…
―¿Una oportunidad? Sam le ha dado mil.
Sepi apretó los labios. ―Solo está asustada.
―Pues ahora sí que va a asustarse, porque Sam está cabreado y cuando
está cabreado con alguien no suele ser muy razonable.
Cliff asintió con la cabeza. ―Tarda en cabrearse, pero cuando lo hace
mejor quitarse del medio.
Stella se llevó la mano al pecho. ―No hará ninguna tontería como salir
con otra, ¿no?
Frank apretó los labios. ―Si le conozco algo, ya está llamando a
alguien.

Viendo la foto en el móvil perdió todo el color de la cara. Sam entraba


en un local con una rubia muy parecida a ella. Por cómo la cogía por la
cintura y cómo le miraba ella era evidente que eran amantes. Sintió que se
le retorcían las entrañas, pero no iba a llorar, no tenía derecho a llorar. Se
preguntó qué había sido de la del Birkin, pero qué más daba. Lo importante
es que se había acabado, ella lo había acabado y ahora ya no era tiempo de
lamentaciones. Pero a pesar de no querer sufrir por ello, sintió un dolor
intenso en su pecho por su pérdida. Se levantó del banco del vestuario
mientras las chicas salían de la ducha. Algunas cotilleaban mirándola de
reojo, lo que decía a las claras que ya se habían enterado de que se había
publicado esa fotografía y especulaban sobre si seguían juntos o no.
Laurin entró en el vestuario y fue directamente hacia ella para susurrarle
―Mitchell quiere verte.
Apretó los labios cogiendo su móvil de nuevo y salió del vestuario sin
decir ni una sola palabra. Mitchell la esperaba al final del túnel al campo de
entrenamiento y fue hasta él. Cuando la vio dijo evidentemente cabreado
―Caminemos, estoy harto de ese despacho.
Entraron en el campo y ella se mantuvo en silencio. Flair después de
unos minutos se preguntó a qué venía tanto misterio.
―¿Cómo estás? ―preguntó sorprendiéndola.
―Bien.
―Es evidente que no me vas a decir la verdad. Has visto la foto,
supongo.
―Hace unos minutos.
―¿Eso significa que habéis terminado?
―Lo terminé yo. Sam es muy dueño de seguir su vida como le plazca.
―¿Harías una declaración al respecto? ―Le miró sorprendida. ―Esa
foto puede llegar a hundirle ante la opinión pública, ¿sabes? ―Se volvió
hacia ella. ―Seamos claros, eres una mujer que ha sido maltratada por sus
padres. Estás a pocas semanas de ir a juicio, ¿y tu novio te pone los
cuernos? Mal asunto para Sam. Está quedando ante todos como un
gilipollas insensible. Hay que parar esto cuanto antes. Unas declaraciones
tuyas disculpándole es lo que necesita.
Apretó los labios. ―Comprendo. Las haré.
Flair se volvió para caminar hacia el túnel y vio a Frank observándola.
Pasó a su lado y dijo ―Tranquilo, lo arreglaré, no dejaré que se tiren sobre
él.
―Gracias.
Le dejó atrás y se metió en el gimnasio de las animadoras para ir hacia
el trípode. Reprimiendo las ganas de llorar, colocó el móvil en él como
había hecho mil veces antes para grabar sus ejercicios y respiró hondo antes
de pulsar el botón. Sonrió a la cámara. ―Hola chicos. ―Se alejó porque lo
que menos quería en ese momento era un primer plano. ―Quería contaros
algo, algo que tenía que haberos contado antes. ―Se apretó las manos.
―Sam y yo lo dejamos hace unos días. No, no es así, lo dejé yo porque
creo que no estoy preparada en este momento de mi vida para tener una
relación. ―Agachó la mirada. ―Sam quería ir… tan en serio que di un
paso atrás. No puedo negar que él intentó arreglarlo y yo me negué en
redondo, así que nadie puede culparle por pasar página y seguir su vida. Yo
no lo hago. ―Sonrió con tristeza. ―Puede que lo nuestro no saliera bien,
pero el cariño que siento por Sam será algo que tendré siempre. Es una gran
persona y un gran amigo. Doy gracias cada día por haberle conocido. ―Se
acercó y apagó la cámara sollozando pues ya no podía retener las lágrimas
porque a partir de ahora ya nada sería lo mismo.
Capítulo 12

Mirando el móvil salió del vestuario. Se colgó bien la bolsa de deporte


en el hombro y leyó alguno de los comentarios. Suspiró del alivio porque
no culpaban a Sam y entendían que necesitara un poco de espacio. Llegó al
aparcamiento y al mirar hacia su coche se dio cuenta de que Sam estaba
ante su BMW como si estuviera esperándola. Se detuvo a unos metros. Muy
incómoda porque no se esperaba verle dijo ―Hoy tampoco has venido al
entrenamiento.
Sam sonrió con ironía. ―¿Es lo único que te importa? ¿El
entrenamiento?
―Puede que para ti no sea importante, pero para mí sí.
―Claro, porque eso te garantiza un año más, ¿no?
Era evidente que buscaba cabrearla, pero no se lo iba a permitir.
Levantó la barbilla. ―Pues sí. ―Caminó hacia su coche.
―¿Por qué has subido ese video a las redes sociales? ―preguntó
furioso.
Abrió la puerta. ―Porque me lo ha pedido Mitchell, por eso.
Sam apretó los labios mientras tiraba la bolsa en el interior y se sentaba
tras el volante.
―Y así ganabas más seguidores, ¿no?
Le dolió que pensara eso, pero sin mostrar nada en su rostro arrancó el
motor. ―Eres un gran activo para el club. No podemos dejar que nada dañe
tu imagen. ―Cerró la puerta y cogió el volante sin dejar de mirar sus ojos,
que mostraban que si antes estaba cabreado ahora lo estaba mucho más.
Giró el volante pasando a su lado y por el espejo retrovisor vio cómo
iba furioso hacia su coche. Sentía tantas cosas en su interior que no podía
asimilarlas. Miedo, dolor, culpa, pero sobre todo sentía rabia por haber sido
tan estúpida, por haberse tomado las cosas tan mal cuando fueron a casa de
su familia. Entró en la autopista sin dejar de torturarse por ello y sus ojos se
volvieron a llenar de lágrimas. ―¡Deja de llorar! ―gritó furiosa consigo
misma. ―Deja… ―El golpe por detrás la hizo gritar y al mirar el espejo
retrovisor vio que un coche gris la embestía de nuevo con mucha más
fuerza enviándola al carril de al lado. Gritó de miedo mientras los airbags
saltaban, pero aun así intentó dominar el coche. Con una mano apartó el
airbag y vio una sombra gris que se ponía a su derecha. Al ver el coche
gritó de nuevo. Ese loco la iba a matar. El coche dio un volantazo que la
envió a la barrera de protección haciendo que la carrocería de su coche
chirriara mientras saltaban chispas. Gritó y miró a su derecha para ver el
rostro de su hermano mayor. La sorpresa fue tal que dejó de mirar la
carretera y no vio el camión que tenía delante. Entonces Steven sonrió con
maldad y llegó a ella el sonido de un claxon. Miró al frente, al ver el
camión gritó frenando en seco mientras a Steven le empotraba un coche por
detrás haciendo que diera un volantazo, pero no pudo dominar el coche y
empezó a dar vueltas de campana. Sin aliento vio como el vehículo
explotaba. ―¡No! ―gritó intentando salir del coche. ―¡No, Steven! ―Se
tiró a la otra puerta, pero tampoco podía abrirla. Entonces vio a Sam ante
ella.
―¡Cúbrete!
Se giró justo a tiempo mientras el daba un codazo al cristal que no se
rompió a la primera. Dio otro golpe y el cristal estalló. ―¡Vamos, nena!
Alargó los brazos hacia él que tiró de su cuerpo antes de agarrarla por la
cintura para sacarla del coche. ―¿Estás bien?
En shock no dejaba de mirar el coche de su hermano y Sam la abrazó
con fuerza. ―Dios mío, ha intentado matarte.
Impresionada no podía dejar de mirar el coche y entonces vio que algo
se movía en su interior. ―¡Está vivo! ―Se apartó corriendo hacia el coche
y Sam corrió tras ella agarrándola por la cintura para apartarla. ―¡No,
déjame, está vivo! ¡Mi hermano está vivo!
―No, nena ―dijo a su oído. ―Es imposible, no puedes salvarle.
Se echó a llorar desgarrada y gritó de dolor ―¡Maldito cabrón! ―dijo
rota por dentro. ―¡Esto es culpa suya! ¡Él se lo ordenó, estoy segura! ¡Te
voy a hundir, hijo de puta! ―gritó fuera de sí antes de gimotear de dolor .
―Te voy a hundir.
―Eso es, nena, lucha. Tienes que luchar.
Entre sus brazos ni se dio cuenta de cuanto tiempo pasó. Solo quería
que la protegiera del dolor, de ese dolor intenso y lacerante que ni la dejaba
pensar. Es más, cuando los sanitarios intentaron tocarla, se puso a gritar
histérica porque quisieran apartarla de él. Solo cuando consiguieron sedarla
pudieron colocarla en la camilla. Mareada miró el cielo para ver un
helicóptero de la televisión. Un hombre la enfocaba, pero todo le daba
igual. Hasta dónde habían llegado, aquello era una locura. Su propio
hermano había intentado matarla, no se lo podía creer. Sam se subió con
ella a la ambulancia y cogió su mano. ―Flair, estoy aquí.
Con la mirada perdida ni le escuchó y Sam gritó ―¿Qué le pasa?
―Es el shock ―respondió el sanitario. ―Se pondrá bien, ya verá.
Sam miró el rostro ido de Flair y se preocupó muchísimo. Y eso que no
sabía que había sido él quien había matado a su hermano.

Frank corrió por el pasillo y al ver a Sam sentado en una silla con los
codos apoyados en las rodillas suspiró del alivio. ―¿Estás bien?
Levantó la vista hacia él. ―No sé qué le pasa. Gritaba y de repente…
Se quedó con la mirada perdida.
―¿Es cierto lo que se dice en las noticias? ¿Su hermano intentó
matarla?
―Salí del campo poco después que ella. La vi entrar en la autopista y
cuando tomé la desviación vi como ese cabrón la embestía por detrás, pero
no se quedó ahí y se puso a su altura para tirarla contra la mediana. La tenía
atrapada y no me quedó más opción que…
―Se lo quitaste de encima.
―Y perdió el control del coche. Tranquilo, de la que venía de camino
he hablado con Sepi y me ha dicho que la cámara trasera de seguridad de un
camión lo grabó todo. La tiene para proteger la carga de robos, ya sabes.
Las imágenes están en todos los medios. ―Le dio una palmada en el
hombro. ―No debes preocuparte, se ve claramente lo que ocurrió, no hay
duda.
―La policía se acaba de ir y me ha dicho lo mismo.
―De hecho, ya han hecho declaraciones. Los de la radio te ponen como
un héroe, dicen que si no fuera por ti la habría matado.
Sam miró hacia la puerta. ―Espero que ella piense lo mismo. Joder, era
su hermano. ―Se llevó las manos a la cabeza. ―Esto la ha destrozado.
―Estaremos a su lado.
La puerta se abrió y un médico se acercó a ellos. ―¿Son los familiares
de Flair Brawner?
―Somos sus amigos ―dijo Frank al ver que Sam no contestaba.
―Tiene una orden de alejamiento contra su familia. No pueden acercarse a
ella.
―¿Cómo está? ―preguntó Sam impaciente.
―Ahora está sedada, hemos tenido que hacerlo porque no dejaba de
llorar.
―Así que ha llorado. Eso es que ha reaccionado, ¿no? ¿Ha dicho algo?
Porque no tiene ninguna lesión, ¿no es cierto?
―Tiene varios hematomas, pero nada de importancia. Físicamente no
me preocupa, pero es evidente que el accidente ha sido un susto.
―Joder, no ha sido un susto. Su hermano ha intentado matarla.
―Haré que un psiquiatra la visite en cuanto despierte, él decidirá lo que
se debe hacer. Ahora si me disculpan tengo más pacientes.
―¿Podemos pasar a verla?
―Enseguida la van a subir a una habitación.
En ese momento salió la camilla. Flair estaba dormida y tenía un
morado en el pómulo, seguramente por el impacto del airbag. Sam
preocupado la siguió mientras Frank sacaba el móvil. Su esposa respondió
de inmediato ―¿Está bien?
―Está sedada, pero físicamente bien. La va a ver el psiquiatra en
cuanto se le pase el sedante que le han puesto. Supongo que luego la
enviarán a casa.
―Se puede quedar con nosotros.
―No sé si querrá, cielo.
―No puede estar sola. Ven a casa, ya me encargaré yo de convencerla.

Se despertó desorientada y al ver el techo blanco con el fluorescente


frunció el ceño.
―¿Flair?
Volvió la cabeza y Sepi sonrió apartándose su rubia trenza del hombro.
―¿Cómo te encuentras? ¿Estás mareada? El doctor dice que puedes…
―Estoy bien. Me duele un poco el hombro. ―Entonces lo recordó todo
y sus ojos se llenaron de lágrimas. ―¿Ha muerto?
Sepi asintió. Se llevó la mano a los ojos y reprimió un sollozo.
―Eh… ―Sepi acarició su cabello. ―Nada de esto es culpa tuya.
―Si no les hubiera denunciado, si solo me hubiera apartado…
―Merecen un castigo por lo que te hicieron.
En ese momento se abrió la puerta y Sepi se quedó de piedra al ver a
una mujer igual que Flair, pero con el cabello rojo y vestida como si fuera
una hippy con un fular en el cuello y una falda de flores. Atónita la vio
entrar tirando el bolso al suelo y cuando se acercó a la cama se abrazaron
con fuerza. La mujer miró a Sepi por encima del hombro de Flair y dijo
―No sé quién eres, ¿pero puedes dejarnos solas?
―Sí, por supuesto. ―Aún impresionada salió de la habitación y sacó el
móvil del bolsillo trasero del vaquero, pero en ese momento vio al final del
pasillo a Sam y fue a toda prisa hacia él. ―No te vas a creer esto.

Una hora después se abrió la puerta y esa mujer salió con los ojos rojos
de haber llorado. Apretó los labios al verlos en el pasillo y se acercó.
―¿Sois sus amigos?
Sam apretó los labios antes de decir ―Sí, ¿no te ha hablado de
nosotros?
―Como comprenderás hemos tenido cosas mucho más importantes de
las que hablar. Me llevo a mi hermana hasta el juicio. En mi casa estará
segura, ellos no saben dónde vivo.
―Pero en mi casa estará segura ―dijo Sepi.
Iris levantó una ceja. ―Necesita salir de la ciudad y tomar perspectiva.
―¿Como hiciste tú?
Miró a Sam con cinismo. ―Exacto.
―La dejaste sola ―dijo con desprecio.
Rio por lo bajo. ―Ella quiso quedarse, no me escuchó cuando le dije
que habría consecuencias.
Sam palideció. ―¿Qué quieres decir?
―¿Acaso no lo has visto ya? Yo pude librarme porque me cambié el
nombre y no dieron conmigo, pero ella decidió revelarse y a lo largo de
estos años las visitas de mis hermanos para intentar encarrilarla fueron
frecuentes. Se lo advertí y no me hizo caso.
Sepi se llevó la mano a la boca de la impresión.
―¿Tus hermanos la pegaban?
Rio sin ganas. ―Cuando tu padre le dice a tu hermano que si no hace
algo va a haber consecuencias como no salir en un mes, te aseguro que tu
hermano hace lo que sea para que cedas. Eso empezó cuando se dio cuenta
de que sus toques de atención empezaban a no tener efecto.
―Dios mío… ―dijo Sepi impresionada.
―Hijo de puta.
―Ahora estarán llorando por su hijo perdido, la culparán a ella por no
ser la muerta. Voy a sacarla de aquí y cuando todos estén en prisión, porque
te juro por mi alma que van a acabar allí, Flair podrá volver a su vida.
Mientras tanto descansará en mi casa, no hay más que hablar ―dijo antes
de alejarse sin despedirse siquiera.
Sam se llevó las manos a la cabeza. ―La voy a perder.
Sepi se le quedó mirando y apretó los labios. Sam levantó la vista hacia
ella. ―¡Di algo!
―Tengo la sensación de que la perdiste para siempre cuando saliste con
esa mujer. Ya no confiará en ti.
―Por Dios, no digas eso.
―¿No te das cuenta? Ha luchado toda la vida contra ellos, no confiaba
en nadie. Su hermana, la única persona que quería, la única persona que
podía entenderla, que podía quererla, se fue, no tenía a nadie y se abrió a ti.
No has tenido la suficiente paciencia con ella y si no te perdona, no puedo
culparla por mucho cariño que yo te tenga. Siento ser tan cruda, pero esa es
la realidad. ―Sepi fue hasta la puerta y entró sin llamar. Forzó una sonrisa
hacia Flair que miraba hacia el techo como si no quisiera hablar. ―¿Flair?
No tuvo más remedio que volver la cabeza.
―Siento todo lo que ha pasado.
―Vete.
Sepi apretó los labios. ―Enseguida me voy, pero antes… ―Se acercó a
la cama. ―Quiero que sepas que estaremos ahí para cuando vuelvas.
Se emocionó porque parecía sincera.
―Sé que cuando te dije que pensábamos mudarnos te decepcionó.
Sentiste como si te dejáramos sola, pero no es así, porque siempre seremos
amigas. ―Cogió su mano. ―Esta mierda desaparecerá de tu vida y veré
como tendrás un futuro maravilloso. Estaré a tu lado cuando tú quieras.
Una lágrima cayó por su mejilla. ―Gracias.
Sepi sonrió. ―Llámame de vez en cuando, ¿quieres?
Asintió y Sepi la besó en la mejilla antes de susurrar ―Sam está fuera.
He sido un poco dura con él por lo de esa lagarta y ahora me arrepiento. No
cometas el mismo error. ―Se apartó y le guiñó un ojo. ―Primera lección,
las amigas te dan consejos que debes seguir.
Divertida dijo ―Ah, ¿sí?
―Yo tampoco he tenido muchas amigas en mi etapa adulta, ¿sabes?
Aprenderemos juntas ―dijo yendo hacia la puerta.
―Sepi…
Esta se volvió.
―Gracias.
―Estaré cuando vuelvas, en primera fila.
Asintió y ella al salir no cerró la puerta. Sam no tardó en pasar y parecía
realmente incómodo. ―Hola, nena.
―Hola.
―Me alegra que estés mejor.
―Mi hermana me ha dicho que debo darte las gracias.
No pudo disimular su sorpresa. ―Si parecía que no me conocía. No dijo
nada y…
―Iris es así. ―Sonrió. ―Es peculiar, dura y…
―Te dejó sola.
―Te aseguro que lo pasó mucho peor que yo. Con ella fueron mucho
más duros. Tenía que irse y lo comprendí.
―¿Por qué no te fuiste con ella? ¿Por qué no desapareciste?
Le miró a los ojos. ―Porque hubiera perdido mi sueño.
―Ser animadora.
―No podía huir del todo siendo animadora. Pude alejarme y solo tenía
que soportarles de vez en cuando. Nunca creí que llegaran a este extremo.
Iris sí. No hice caso a sus advertencias y lo estoy pagando.
―Esto acabará, nena. Y podrás seguir en los Jets, cumplirás tu sueño.
Sonrió con tristeza mirando el techo. ―Quién sabe lo que pasará.
Sam apretó los puños con impotencia. ―Lo de esa chica con la que me
fotografiaron…
―Tienes que irte ―dijo con suavidad intentando ignorar el nudo que
tenía en la garganta.
―Puedo explicarlo.
―No quiero oírlo. No tienes que explicarte porque entiendo tu postura,
de verdad. No te esperabas que fuera como soy y siento no haber cumplido
tus expectativas.
―Joder, no digas eso.
Las lágrimas cayeron por sus sienes. ―¿Crees que no quería ser
normal? De niña quería ser la reina del baile, la animadora, la esposa y la
madre, pero fueron aplastando todos esos sueños poco a poco. Dejé de creer
en los amigos, la familia y jamás pude ser la reina del baile, pero sí
animadora. Siento si querías algo de mí que no puedo darte. Lo siento de
verdad. Es lógico que persigas tus sueños con otra persona, no puedo
culparte ―susurró intentando no llorar.
―No…
En ese momento entró un médico y dijo ―¿Puede dejarnos solos?
Tengo que revisar a la paciente.
―¿Puede darme un minuto?
―Sam, vete.
Se la quedó mirando durante unos segundos. ―Puedo esperar fuera.
―No lo hagas, no tienes por qué. Ya no.
Decepcionado porque se había cerrado a él totalmente dio un paso atrás.
―Lo siento, nena.
Sonrió con tristeza retorciéndole el corazón y dijo ―No tienes por qué
sentirlo. Hazme un favor, ¿quieres?
―Lo que quieras.
―No dejes que te derriben.
―No, nena. Continuaré hasta el final.
El nudo en la garganta creció hasta casi ahogarla porque parecía que no
hablaba de fútbol sino de mucho más. Sam salió de la habitación y su
corazón se retorció de dolor porque seguramente no volvería a verle. Miró
el techo reprimiendo sus ganas de gritar de la impotencia y susurró ―Adiós
Sam.
Capítulo 13

Tres semanas después entró en la sala del juzgado y de los nervios


intentó no mirar a todos los que estaban sentados en los bancos de los
acusados. Los cargos contra su familia eran de maltratos continuados y
cómplices de intento de asesinato. Un hombre de uniforme le indicó donde
tenía que sentarse mientras el público murmuraba. Le pusieron una biblia
delante. ―Levante la mano derecha. ―¿Jura decir la verdad, toda la verdad
y nada más que la verdad?
―Lo juro.
El fiscal que se llamaba Tom Sellers se levantó. ―Señorita…, ¿conoce
a esas personas que están ahí sentadas? ¿Conoce a los acusados?
Le señalaba hacia la mesa de la defensa y Flair respiró hondo dándose
valor antes de mirar a su padre, a su madre y a sus dos hermanos. Issac
parecía a punto de llorar, pero no sentía ninguna pena. Ya no. ―Sí, son los
que todos piensan que son mi familia, aunque en realidad nunca lo han sido.
―¿Por qué piensa así?
―Porque una familia te protege, te cuida, no te hace daño. ―Miró al
fiscal mientras su madre sollozaba. ―Ellos no se parecen en nada a una
familia.
―¿Cuándo fue la primera vez que supo que lo que ocurría en su familia
no era normal?
―Tenía unos cinco años. Era mi cumpleaños. No hubo tarta ni fiesta.
―¿Por qué?
―En aquel momento no sabía por qué. Recuerdo que mi hermano
Steven se burló de mí mientras caminábamos para ir hasta la parada del
autobús del colegio, me dijo que era mi cumpleaños y que no tendría
regalos. Recuerdo que se lo dije a una amiga del colegio y no se lo creía.
Dijo que todos los niños tenían fiestas de cumpleaños. Llegué a casa del
colegio y le pregunté a mi madre.
―¿Cuál fue su respuesta?
―Que yo no era tan importante como para que papá pagara una fiesta
de cumpleaños.
Varios murmuraron y ella miró hacia el público. Sus ojos coincidieron
con los de Sam que estaba justo detrás de su padre. Se le cortó el aliento
porque no esperaba verle allí y de repente todo desapareció, todo dejó de
existir excepto él.
El señor Sellers le preguntó algo, pero ella no lo escuchó. ―Señorita
Brawner.
Le miró sorprendida. ―Perdón, ¿qué ha dicho?
―Cuéntenos, ¿qué pasó después?
Apretó los labios. ―Esa noche en la cena lloré porque no había tenido
fiesta. Mi padre sin decir ni una sola palabra cogió mi muñeca y tiró de mí
bajándome al sótano. ―Su labio inferior tembló. ―Fue la primera vez que
me dejó allí a oscuras. Pasé la noche llorando muerta de miedo.
Su madre sollozó tapándose la cara con las manos y Flair cerró los ojos
queriendo ignorar su dolor. Le había costado muchísimo entender que ella
había sido tan culpable como su padre, porque lo había permitido todo. Otro
sollozo la sacó de quicio y se llevó las manos a los oídos.
El juez preguntó ―¿Se encuentra bien?
El fiscal dijo confundido ―Señoría, igual necesita…
―¡Necesito que se calle! ―Furiosa la miró. ―¡Deja de llorar! ¿Ahora
lloras? ¡Tú lo consentiste todo! ¡No llorabas cuando me encerraba! ¡Cuando
nos daba las duchas frías porque habíamos hablado después de las seis en
lugar de estudiar! ¡Cuando nos golpeaba con el cinturón porque la tutora
quería hablar con vosotros! ¡Tú lo consentiste todo! ¡Eres tan culpable
como él!
―Señoría, igual mi testigo necesita un descanso, es evidente que son
emociones muy intensas, duros recuerdos, está un poco alterada con todo lo
que le ha ocurrido.
El juez asintió. ―Baje del estrado, pasaremos al siguiente testigo y
después volverá a declarar.
―¡No! ¡Quiero hacerlo ya! ¡Quiero terminar con esto! ―gritó a punto
de perder los estribos.
El fiscal se acercó y susurró ―Debe calmarse, es lo mejor. Baje del
estrado.
Frustrada se levantó caminando a toda prisa hacia el pasillo y cuando
Sepi se levantó le hizo un gesto para que no se moviera. Salió del juzgado
dando un portazo y al ver a su hermana ante ella gimió. ―Lo siento, no he
podido evitarlo. No me han dejado terminar.
―Tranquila. ―La abrazó mirando fríamente hacia la puerta de la que
salía un hombre. ―Lo terminaré yo.
―Iris Parker.
―Soy yo. ―La besó en la sien y fue hasta él que la dejó pasar. Al verla
el público se miró asombrado antes de susurrar e Iris miró con desprecio a
sus padres que no podían simular su asombro porque estuviera allí. Fue
hasta el estrado y levantó la mano derecha para jurar.
El señor Sellers se acercó al estrado. ―¿Puede decir su nombre
completo?
―¿El actual o el antiguo?
―Los dos.
―Cuando nací me pusieron el nombre de Juliet Mary Brawner. Me lo
cambié cuando me escapé de casa para que no me encontraran. Mi nombre
actual es Iris Parker.
―¿Es la hermana gemela de Flair Brawner?
―Sí, lo soy.
―¿A qué edad se fue de casa?
―Tenía dieciséis años.
―¿Y cuál fue la razón?
―La asfixiante, humillante y dictatorial vida que tenía en casa de mis
padres.
―Explíquese.
Al ver a Sam apretó los labios antes de mirar al jurado. ―La última vez
que vi a mi padre me golpeó de tal manera que me arrancó una muela y me
fisuró la mandíbula. Se negó a llevarme al hospital por razones evidentes.
En plena noche salí de la casa y no volví más.
―¿Cómo logró escapar?
―Mi hermana me dio todo el dinero que tenía ahorrado y robé las
llaves del coche de mi padre. Cuando llegué a México vendí el coche y
alquilé un piso. Llevo viviendo allí desde entonces.
―¿Temía por su vida?
Sonrió con ironía. ―La primera vez que me di cuenta de que podría
llegar a morir tenía once años. Mi padre me agarró por el cabello y metió
mi cabeza en la pila de la cocina hasta casi ahogarme porque discutí sobre a
quien le correspondía lavar los platos. Había un tenedor bajo el agua y se
me clavó cerca del oído. ―Apartó su cabello para que la gente viera los
pequeños puntos. ―Ahí me di cuenta de que un día podría perder los
estribos y matarme.
―Pero aun así era la más rebelde, por eso los castigos contra usted eran
más comunes, ¿no es cierto?
―Flair era la más inteligente de todos. Tiene una habilidad para el
estudio que yo no tenía. Odiaba estudiar, siempre quise dedicarme al arte,
pero mi padre lo consideraba una tontería, había que estudiar algo que fuera
útil para la sociedad y consideraba que el arte no lo era. Siempre me
comparaba con ella y como mis notas eran más bajas tenía que darme uno
de sus toques de atención continuamente. Una vez llegué a casa con la
trenza deshecha porque había jugado en un partido de softball. Creí que no
se darían cuenta, pero en cuanto me vio llegar a casa me interrogó por mi
cabello desaliñado. Como había perdido esa hora de estudio, me rompió un
brazo.
El fiscal levantó un expediente. ―Este es su historial médico. Lo hemos
conseguido recopilar de nueve hospitales distintos por todo el estado de
Nueva York. ―Leyó. ―Una muñeca rota, tres costillas, dos veces el brazo
izquierdo, una vez el derecho…
―Ese es el historial de mi hermana. A mí nunca me rompió el brazo
derecho.
Los rumores corrieron por la sala mientras Sam palidecía. El fiscal lo
revisó. ―Sí, es cierto, perdone, ha sido porque su hermana iba a declarar
antes. ―Su ayudante le dio otro expediente. ―A usted le rompió una
pierna, una vez el brazo izquierdo, fisura de cráneo…
―Una vez quiso que fuera al sótano y me negué. Me tiró por las
escaleras.
La gente la miraba horrorizada.
―¿Nunca pidieron ayuda?
Sonrió con desprecio. ―¿A quién? ¿Al director del colegio? ¿Ese que
estaba tan orgulloso de tener entre los padres a un premio Nobel y que hasta
le puso su nombre a la biblioteca? ¿A los padres de nuestras amigas? Se lo
dije una vez a una amiga y esta se lo dijo a su madre, ¿sabe lo que le dijo?
No les hagas caso, seguro que exageran.
―¿Qué ocurrió el día que su hermana dijo que quería ser animadora?
Iris apretó los labios. ―Se puso como loco. La que más talento tenía
quería desperdiciar su tiempo con esa estupidez. Para castigarla le cortó el
cabello, se lo rapó para que se avergonzara y no fuera a las pruebas. Pero
fue y cuando dijo que la habían cogido le dio tal paliza que yo no me
hubiera levantado de la cama en una semana, pero cometió un error porque
le partió el labio y el morado le llegaba a la barbilla. ―Sonrió. ―Mi
hermana es muy lista y decidió usarlo a su favor. Le dijo que ser animadora
evitaría que la gente pensara que los golpes eran porque su padre le pegaba.
Tendría una justificación. Temiendo que alguien pudiera acusarle y perder
su estatus consintió, pero jamás le gustó. Siempre que podía la presionaba
con sus toques de atención para que lo dejara. Imagino que cuando me fui la
cosa fue a peor.
―¿Pegaba a su madre?
―Jamás. Siempre pagaba su frustración con nosotros.
―Pegaba a sus hermanos.
―Sí, pero mucho menos que a nosotras. Con ellos tenía más manga
ancha.
―Pónganos un ejemplo.
―Steven era el mayor. Una vez llegó a casa diciendo que iba a salir con
una chica. A mi padre no le gustó, pero le dijo que era un hombre y tenía
necesidades biológicas. Con nosotras era todo lo contrario. Con quince años
un chico le pidió a mi hermana ir al baile. Cuando mi padre se enteró le dio
una patada en el estómago que la dobló gritándole que no lo consentiría,
que ninguna de sus hijas sería una puta que se deja sobar en la parte trasera
de un coche ni que se quedaría preñada si él podía evitarlo. Así que Flair
tuvo que excusarse con el chico para no ir al baile. Yo tampoco fui, por
supuesto, nosotras nunca podíamos ir a ningún sitio por si nos
embarazaban.
Sam apretó los puños con fuerza sintiendo que la rabia le recorría por
las barbaridades que ese cabrón les había hecho. Era evidente para todos
que ambas estaban traumatizadas y se sentía impotente porque no le
permitiría ayudarla.
Iris estaba contando como sus hermanos empezaron a cambiar, a
convertirse en alguien como él y como salir de aquella casa había sido una
liberación.
―¿Qué opina de su madre? ¿Es otra víctima?
La miró con desprecio. ―Es igual que él, aunque va de mosquita
muerta. Me da mucho más asco que mi padre.
―¿Por qué dice eso?
―Flair siempre la excusaba, pero a mí me quedó claro con ocho años
cómo era realmente mi madre.
―Cuéntenos que pasó.
―Somos católicos, así que hicimos la primera comunión. ―Varios
asintieron. ―Estábamos en la celebración con la familia y me manché el
hermoso vestido blanco con un canapé antes de que nos hicieran las fotos.
Mi padre no se había dado cuenta y para evitar el castigo mi hermana y yo
intentamos cubrir la mancha con los pétalos de unas flores que la falda tenía
cosidas, haciendo que se engancharan una con otra, pero ella nos pilló en el
baño. En cuanto vio la mancha se volvió sin decir una sola palabra y fue
directa a decírselo. La seguí corriendo rogándole que no dijera nada y
cuando se aproximó a mi padre que estaba en el jardín hablando con uno de
sus colegas, sentí como se me helaba la sangre cuando él volvió la vista
hacia mí. Sabía que habría consecuencias. En ese momento se esfumó
cualquier ilusión que pudiera tener por nuestra maravillosa celebración.
Pasé el resto de la fiesta en una esquina con mi hermana esperando el
momento y llegó. Por supuesto que llegó, porque ese momento siempre
llegaba. Cuando todos los familiares y amigos se fueron, me hizo pasar a su
despacho y me azotó en el trasero hasta que le dolió la mano. Lo tuve
morado todo el mes y no pude ir a ningún sitio ese verano.
―Seguro que tiene mil historias de ese tipo.
―Desgraciadamente sí.
―¿Cuéntenos el episodio más horrible que recuerde para que el jurado
se haga una idea de hasta donde ha llegado su padre?
―El toque de atención más duro que recuerdo, fue el de la noche que
me fui porque creí que me mataba. Volví a casa de mi clase de piano y mi
padre estaba en el comedor sentado solo con un porro sobre la mesa. En
cuanto lo vi palidecí porque sabía lo que vendría después. Me preguntó que
si era mío y le dije que sí. Se levantó y el primer tortazo me tiró contra el
marco de la puerta haciéndome una herida en la cabeza. Los golpes
llamándome drogadicta y mil cosas más continuaron hasta la cocina donde
mi madre preparaba la cena. Siguió cocinando como si nada mientras mi
padre me agarraba del cabello para tirarme al suelo. Cogió el amasador de
madera y sentí el golpe en la mandíbula. Perdí el sentido. Flair creyó que
me había matado del golpe y corrió a llamar a una ambulancia. También
acabó sin sentido por intentar protegerme. Ni se imaginan las veces que mi
hermana pagó las consecuencias de mis actos, pero ella es así, aun sabiendo
que pagaría las consecuencias me defendía.
―Tú también lo hiciste.
Todos se volvieron para ver que Flair estaba en la puerta con el rostro
lleno de lágrimas.
―Señorita no puede estar aquí ―dijo el juez.
Iris negó con la cabeza. ―No tantas veces como tú y después me fui.
―Seréis zorras ―dijo su padre con rabia haciendo que el juez abriera
los ojos como platos. ―Zorras desagradecidas.
Sam se levantó de golpe cogiéndole por la chaqueta del traje para
elevarle y le pegó un puñetazo que le tiró por encima de la mesa hasta
hacerle caer al otro lado mientras la gente gritaba. Sus hermanos se
levantaron para defenderle, pero Sam saltó la barrera de madera
empujándolos sin esfuerzo para tirarles al suelo. Fuera de sí esquivó a los
alguaciles, agarró a su padre por la pechera del traje y siseó ―Te mataría,
cabrón.
―¡Sam!
Sorprendido vio que Flair estaba a su lado. ―Nena…
―Tú no eres como él.
Sam apretó los labios antes de soltarle y se enderezó estirándose la
chaqueta de su traje.
―Señor Polk queda detenido por agresión ―dijo el fiscal.
―¿De veras? ―Se agachó y le pegó un puñetazo a su padre que le dejó
sin sentido. ―Al menos pagaré por algo. ―Le escupió en la cara y llevó las
manos atrás mirando a Flair a los ojos para que le esposaran. ―Lo siento,
nena, pero ha sido superior a mis fuerzas.
Frank se levantó y dijo ―Tranquilo, el abogado ya viene.
El alguacil tiró de él, pero no se movió y la gente rio por lo bajo.
Incluso Flair no pudo evitar sonreír.
El juez carraspeó. ―Señor Folk, ¿sería posible que siguiera al alguacil?
―¿Estás bien? ―preguntó él preocupado.
Asintió y entonces él se dejó llevar.
―¡Tranquilo amigo, te sacaré! ―gritó Frank.
Se hizo el silencio en la sala y Flair miró al juez. ―¿Puedo sentarme
aquí?
―Puesto que ya no puede declarar, claro que sí.
Se sentó al lado de Sepi que le cogió la mano y su amiga se acercó para
susurrar ―Lo pagarán.

Sentado en la celda en mangas de camisa porque se lo habían quitado


todo, miró sus zapatos sin cordones y gruñó antes de apoyar los codos en
las rodillas para mesarse el cabello. ―Ahora sí que la has hecho buena…
Tendrías que estar con ella, joder. Estúpido, estúpido.
Todavía se le revolvían las tripas con todo lo que había escuchado en
sala. Esos hijos de mala madre se habían cebado con ellas. No le extrañaba
que su hermana se hubiera largado en cuanto había podido. Ni se quería
imaginar lo que había pasado Flair, lo aislada que se había sentido cuando
Iris se había ido. Desde entonces había estado sola. Y él no había sido capaz
de tener paciencia con ella hasta que se hubiera sentido segura.
Escuchó que se abría una puerta, pero no se movió. Su abogado acababa
de largarse y seguramente tardarían en sacarle de allí. Entonces escuchó el
sonido de unos tacones y miró hacia los barrotes. Para su sorpresa Flair
apareció y sonrió mientras se acercaba a su celda. ―Te aseguro que nunca
se me había pasado por la imaginación que te vería ahí.
―Está claro que no dejo de sorprenderte.
Flair cogió los barrotes con ambas manos y dijo ―Gracias.
Él se acercó. ―¿Por qué, nena?
―Por intentar defenderme.
―Creo que he llegado un poco tarde. ―Puso sus manos sobre las suyas
y Flair sintió mil cosas, pero intentó reprimirlas apartando sus manos. Sam
apretó los labios y disimulando que no le importaba su rechazo preguntó
―¿Ha acabado la sesión de hoy?
―Después de la declaración de mi hermana, el fiscal presentó a un
perito para las lesiones y eso. Declararon mi primo y mi tío. Eso terminó de
hundirles. El abogado de mi familia ha pedido una reunión con la fiscalía.
―Para hacer un trato.
―Seguramente. El señor Sellers dice que no me preocupe, que pedirá
treinta años para mi padre y diez para los demás. Sin posibilidad de libertad
condicional debido a su peligrosidad y por supuesto no podrán acercarse a
nosotras nunca más. No habrá acuerdo si no aceptan una restricción de
distancia que les obligará a salir del estado si es que están vivos cuando
salgan de la cárcel.
La cara de Sam le dijo que no era suficiente.
―Lo pagarán. Algo es algo. Y nunca más se podrán acercar a nosotras.
Todos sus bienes pasarán a nuestras manos. A mí me da igual, pero a mi
hermana le vendrá bien, tiene problemas.
―Deberíais ir a terapia.
―Voy a terapia desde los veinte años, Sam. ―Él no pudo disimular su
sorpresa y ella hizo una mueca. ―Pero hay cosas que no se olvidan nunca.
―Siento…
―Tú no tienes que sentir nada. No es culpa tuya. ―Sonrió. ―Te
sacarán enseguida, mi padre no presentará cargos.
―Es vengativo.
―Sí, pero le importa más su imagen y la fiscalía quiere acabar con esto
cuanto antes. Teme que mi hermana pierda los estribos, no tiene paciencia.
Ya no.
―Lo que teme es que se emborrache y la pille la prensa.
No pudo disimular su sorpresa. ―¿Cómo sabes…?
―Nena, cuando la vi en el hospital apestaba a whisky y parecía serena,
eso es típico de los alcohólicos.
Agachó la mirada. ―Me ha prometido que no beberá mientras esté aquí
y de momento lo ha cumplido, pero yo también temo que no pueda
controlarse.
―¿Qué pensáis hacer? ¿Qué piensa hacer ella?
―Iris quiere volver a casa, a la que es su casa. Yo quiero que se quede,
pero dice que no.
―Joder… ―Se pasó la mano por la nuca temiéndose lo peor. ―¿Y tú
qué vas a hacer?
―Me necesita.
La miró a los ojos. ―Nena, ¿y tu sueño? ¿Y el equipo?
―Todavía no lo sé. ―Dio un paso atrás como si no quisiera seguir
teniendo esa conversación y Sam apretó los labios. ―Me alegro de haberte
conocido.
―Nena, no me digas eso como si no fueras a volver.
Apretó los labios antes de alejarse y Sam gritó ―¡Tienes que volver!
―Se agarró a los barrotes intentando verla. ―¿Me oyes? ¡Tienes que
volver!
Escuchó como se cerraba una puerta y cerró los ojos. ―Porque mi
sueño eres tú, nena. No puedo perderte.
Capítulo 14

Preparado para el partido, se levantó y cogió el casco del armario. Frank


le dio una palmada en el hombro. ―¿Listo para darlo todo? Piensa que ella
lo estará viendo, tío. Seguro que no querrá perdérselo.
―Sí. ―Respiró hondo y salió del vestuario.
Vio a dos animadoras que salían corriendo de su vestuario y apretó los
labios mirando al frente.
―¿Después vendrás a cenar a casa?
―No sé…
―Anímate, jugaremos al póker. Sepi estará encantada de quitarte algo
de ese sueldo astronómico que ganas.
―¿No le basta con el tuyo?
―Pues no ―dijo haciéndole sonreír.
Salieron al campo y la afición gritó dándoles la bienvenida. Sam alargó
la mano para tocar algunas de los fans y vio a un niño con una camiseta y
un rotulador para que se la firmara. Se acercó y firmó algunos autógrafos
antes de correr hacia sus compañeros saludando mientras la banda de
música tocaba. Se acercó a los chicos y Frank le dio un toque en el casco.
Cuando le miró le hizo un gesto con la cabeza y miró tras él. Al ver a Flair
haciendo un tirabuzón para caer sobre uno de los chicos se le cortó el
aliento y su amigo se echó a reír palmeándole el hombro. ―Al parecer se lo
ha pensado mejor, amigo.
Sam sonrió. ―Ha vuelto. ―Su entrenador le iba a decir algo, pero pasó
de él dejándole con la palabra en la boca para acercarse a las chicas y el
público silbó.
Flair miró a su derecha y al ver que Sam se acercaba sonrió. Se detuvo
ante ella. ―Estás aquí.
―Mi hermana ha decidido internarse. No quería que la siguiera. Dice
que es algo que debe hacer sola.
La abrazó sorprendiéndola y el público aplaudió. Roja como un tomate
carraspeó. ―Sam…
―¿Sí, nena?
―Nos está mirando todo el mundo.
Se apartó lentamente. ―Sí, claro. Bienvenida.
―Gracias.
―Luego vamos a cenar a casa de Sepi. ¿Vienes?
―Sí, lo pasaremos bien.
Suspiró del alivio. ―Estupendo. Ahora vamos a ganar este partido.
―No partas muchas piernas.
Él sonrió antes de alejarse.
Se puso el casco para entrar en el campo y la afición rugió. Frank se
colocó a su lado. ―Lo sabías, ¿no?
―Mi preciosa esposa se enteró ayer de que estaría en el partido.
Queríamos que fuera una sorpresa.
―Y lo ha sido. ―Se puso en posición. ―Al menos tengo una
oportunidad y te juro que no la voy a desaprovechar.

Nerviosa se secó las manos en el vestido de lana beige que llevaba.


Mierda, le sudaban las manos de los nervios y eso no podía ser. Salió del
ascensor y sonrió porque Sepi estaba en la puerta, pero perdió la sonrisa
poco a poco al ver que estaba cabreada. ―¿Qué pasa?
―¿Pero tú estás loca? ¿Cómo se te ocurre pegar ese brinco que casi te
mata? ¡Menos mal que te cogió uno de los chicos, que sino te desnucas!
Puso los ojos en blanco pasando ante ella para detenerse en seco porque
Sam ya estaba allí con cara de cabreo. ―¡Eh, que es mi trabajo, no me deis
la plasta! ―Cogió la cerveza que le ofreció Stella. ―Gracias.
―De nada niña, pero casi nos da algo.
―Son cosas que pasan.
Sam se estaba mordiendo la lengua, eso era evidente, pero no pensaba
dejar que se desahogara. Como si nada se sentó en el sofá. ―Gran partido.
Es una pena que nos ganaran en el último momento.
―Este año tampoco vamos a ganar la Super Bowl, eso está claro ―dijo
Cliff.
―Será para el año que viene ―dijo Sepi positiva poniendo una bandeja
de hamburguesas ante ellos. ―Lo siento, pero son las doce de la noche y no
tengo ánimo para hacer nada, las he comprado de camino.
―No pasa nada ―dijo ella. ―Bastante haces por todos.
Frank besó a su mujer en la sien y se sentó en su sillón. ―Además, no
ha pasado buena noche.
―¿Por el embarazo? ―Entonces se dio cuenta de que igual no lo
sabían. ―Lo siento Sepi, no…
―No te preocupes, nuestros amigos ya lo saben.
Suspiró del alivio. ―Menos mal, he metido la pata.
Sintió como el sofá se hundía a su lado y miró a Sam que como si nada
cogió una hamburguesa tendiéndosela antes de coger la suya. Flair la cogió
y él dio un mordisco de mala leche antes de decir con la boca llena. ―No lo
hagas más.
―No, claro que no, no se lo diré a nadie. Ha sido un despiste.
―No hagas ese salto más.
―Así que has dormido mal ―dijo como si Sam no hubiera hablado.
―Sí, he vomitado cuatro veces. Por cierto, ¿cómo has conseguido que
te devolvieran el piso?
Dio un mordisco a la hamburguesa sonrojándose. ―Porque he seguido
pagando la renta ―dijo como si nada con la boca llena.
Stella frunció el ceño. ―¿Pero no le dijiste al portero que te ibas?
―Sí, pero después cambié de opinión y ya había pagado el mes, así que
continuaba siendo mío. Después como tenía que volver para el juicio seguí
pagando… Vamos, que nunca lo llegué a dejar.
Todos la miraron durante varios segundos e incómoda dio otro mordisco
a la hamburguesa. ―¿Y será niño o niña?
―Tengo la prueba mañana.
―Genial, estaréis emocionados por saber el sexo. ―Ellos sonrieron.
―¿Harás fiesta para el bebé?
―Todavía no lo he pensado, queda mucho para eso. La última vez sí
que la hice, vino casi todo el equipo.
―Lo que fue un caos porque este piso no tiene suficiente espacio ―dijo
Cliff divertido.
Todos se quedaron en silencio como si ocultaran algo y Flair entrecerró
los ojos porque era obvio que no se lo querían contar. ―¿Qué pasa? Os
mudáis ya, ¿no?
Sepi gimió. ―Hemos comprado una casa en la zona oeste.
―En realidad han comprado dos ―dijo Stella con suavidad.
―¿Dos? ¿Para qué queréis dos?
―Una es mía ―dijo Sam dejándola de piedra porque para qué iba
querer él una casa.
Dio un mordisco a su hamburguesa intentando no pensar en ello, pero
no dejaba de rondarle la pregunta, aunque no la haría ni muerta. Mirando a
Sepi sonrió. ―Me alegro por vosotros. Debe ser fantástica.
Sepi sonrió aliviada porque no se molestara ahora que había vuelto al
edificio. ―Es estupenda, tiene tres plantas y un sótano increíble para el
gimnasio. Ahora la están decorando.
―¿Y cuándo os mudáis?
―Justo después de que acabe la temporada ―contestó Frank. ―Tendré
más tiempo libre para todo ese follón que nos espera.
―Entiendo. Si necesitáis ayuda contad conmigo.
―No, si ya contaba contigo ―dijo Sepi haciendo que sonriera.
―¿No me ofreces ayuda a mí?
Al volver la vista su corazón se le aceleró porque parecía que estaba
más cerca. ―Sí, claro, los amigos están para ayudar en lo que se pueda.
Él levantó una ceja. ―Amigos.
Se sintió algo decepcionada porque no quisiera ser su amiga. ―Ah, que
no somos amigos.
Él gruñó. ―Sí, lo somos.
―No pareces muy convencido. Oye, mira, si te molesta que esté aquí,
me lo dices y… ¡Me dijiste que viniera a cenar!
Sam miró a Frank sin saber qué contestar y este le hizo un gesto con la
cabeza para que se espabilara. ―Estoy encantado de que estés aquí, te lo
juro.
Su corazón dio un vuelco. ―¿De veras?
―Te aseguro que para mí no podías estar en un sitio mejor.
Sonrió radiante dejándole de piedra. ¡Estaba encantada con ser solo su
amiga! Frustrado alargó la mano para coger su cerveza y se la bebió de un
trago, mientras ellos hablaban. Ten paciencia Sam, paciencia, no la cagues
otra vez. Poco a poco todo volverá a ser como antes. Al menos la tienes
aquí, que ya es mucho. Eso es, solo necesitaba tiempo y volverían a estar
como antes. Tenía tiempo hasta que terminara la temporada. Quedaba poco
más de un mes.
Cliff carraspeó. ―Niña, ¿es cierto que Tom te ha pedido salir?
Sam volvió la cabeza como un resorte. ―¿Qué has dicho? ―Al mirar a
Flair vio que estaba roja como un tomate. ―¿Cómo que te ha pedido salir?
A ver cómo lo decía. ―Bueno…
―¿Te ha pedido salir? ―preguntó Sam alterándose porque el defensa
de los Jets era su rival dentro del equipo y el muy mamón estaba deseando
quitarle el puesto.
―Sí, hoy después del partido se acercó para invitarme a salir, pero le he
dicho que no, que no quiero líos con nadie del equipo. Es una pesadez
―dijo sin pensar dejándole de piedra.
Frank y Cliff carraspearon incómodos.
―¿Salir conmigo fue una pesadez?
Su sonrojo aumentó. ―Oye, que estoy hablando libremente, si vas a
tergiversar cada cosa que digo…
―Pero si lo acabas de decir.
―En realidad no es que saliéramos, saliéramos.
―Ah, ¿no?
―Niña, que hasta disteis una rueda de prensa juntos y le presentaste a
tus padres.
―¡Que no quiero salir con nadie del equipo, que luego llegan los
problemas!
―¿Queréis postre? ―preguntó Sepi. ―Tengo tarta de chocolate.
Cliff se levantó a toda prisa para correr hacia la cocina y su mujer rio.
―Le encanta tu tarta.
―Pues se va a llevar una sorpresa.
Se escuchó el chillido desde la cocina y Flair se volvió para mirar la
puerta.
―¡Has hecho profiteroles! ¡Te quiero, niña!
―¡Es para celebrar la vuelta de Flair, sácalos también!
Le agradeció con la mirada el detalle y esta hizo un gesto con la mano
sin darle importancia. ―No ha sido nada.
En ese momento Cliff salió de la cocina e impresionada se levantó por
la torre de profiteroles que era altísima. ―Sepi, qué manos tienes.
Su amiga soltó una risita. ―No tiene mucho mérito se sostienen por el
caramelo. Me encanta hacerlos.
Stella apartó el plato vacío de las hamburguesas para que su marido
dejara la torre ante ella.
―Vamos, nena, pruébalos. Es lo mejor que probarás jamás.
Soltó una risita y cogió el de la punta lentamente para no separar los
demás. Se lo llevó a la boca y se lo metió entero. ―Dios mío… ―dijo
cerrando los ojos del gusto. ―Esto está buenísimo.
Todos rieron y ella miró sorprendida a Sepi. ―Podrías ser repostera
profesional.
―Sé que no está muy de moda, pero prefiero ser madre y esposa a
tiempo completo. ―Miró a su marido con amor y le dio un beso. ―Así
podemos pasar más tiempo juntos.
Se les veía tan felices, tan compenetrados... Se alegraba muchísimo por
ellos. Ella no podría tener ese tipo de relación, pero gracias a ellos, gracias a
Cliff y Stella, sabía que era posible. Sam cogió un profiterol y su mirada fue
hasta sus labios que se abrieron para metérselo en la boca. La asaltaron
cientos de imágenes de ellos dos juntos en la cama. De él besándola,
acariciándola y el estómago se le puso del revés mientras la excitación la
recorría. Él distraído la miró mientras masticaba y se detuvo en seco
haciendo que le mirara a los ojos. Mierda. Flair volvió la mirada hacia la
torre y sintiendo como se sonrojaba porque la hubiera pillado cogió un
profiterol de golpe y se lo metió en la boca para masticar con ganas.
De repente Sam sonrió encantado y ella le miró de reojo. ―¿Qué? ―le
espetó.
―Nada. ¿Te gustan? ―Cogió otro y esta vez lo mordió dejando salir la
nata. Flair creyó que se derretía de gusto y al ver la nata en su labio inferior
sintió que se moría por pasar la lengua por él. Su vientre se estremeció con
fuerza y se levantó de golpe.
Todos la miraron sorprendidos.
―Voy al baño.
A toda prisa fue hasta el pasillo para entrar en el baño de invitados y
cerró con pestillo con la respiración agitada. Mierda. Abrió el grifo y se
mojó las manos hasta las muñecas mirándose al espejo. ¡Estaba
excitadísima! Jamás le había pasado algo así. ―Es que ya lo has catado…
Lo has catado y sabes lo que te esperaría… Pero ahora solo sois amigos y
así está bien. ―Se miró sus pechos y se le marcaban los pezones a través de
la fina tela del vestido. ―Mierda, mierda. ―Se puso muy nerviosa y al
pulsar el dispensador de jabón este salió disparado cayendo en el suelo del
baño. Juró por lo bajo porque se había hecho añicos. ―No, no… ―Se
agachó y al coger uno de los pedazos llamaron a la puerta. ―¿Sí?
―¿Estás bien, nena?
Alargó la mano para abrir el pestillo y la puerta se abrió de inmediato.
―¿Puedes traer un trapo? Mierda, lo he roto sin querer.
Sam se agachó a su lado. ―No pasa nada, le regalaremos otro.
Cogió con ambas manos el jabón y los pedazos para tirarlos a la
papelera que afortunadamente tenía una bolsita de florecitas. Parpadeó
porque jamás había visto bolsas de basura así. Sam rio por lo bajo. ―Sí,
cuida cada detalle. ―Miró sus manos. ―Nena, ¿te has cortado?
Sorprendida se miró las manos y vio que su mano derecha sangraba
entre el índice y el pulgar. ―No es nada. ―Siguió recogiendo los pedazos y
los tiró a la papelera. ―¿Puedes traer algo para limpiarlo? No quiero que
nadie se resbale.
Sam asintió saliendo del baño y mientras ella lo recogía todo regresó
con una bayeta en la mano. ―Gracias. ―La pasó por el suelo y al limpiarlo
bien palideció porque con el golpe había picado la baldosa del suelo de
mármol. Frotó de nuevo el jabón y se incorporó frenética para aclarar la
bayeta antes de agacharse de nuevo hasta ponerse de rodillas para frotar
desesperada.
Sam frunció el ceño porque estaba pálida. ―¿Nena?
―Lo he estropeado ―dijo angustiada. ―Se van a enfadar. ―Siguió
frotando con fuerza, pero allí seguía el pequeño golpe. ―No, no…
Sam se agachó a su lado. ―No pasa nada.
―Sí que pasa, no sé cómo he podido ser tan descuidada. Se nota mucho
―dijo al borde de las lágrimas.
―No, no va a ocurrir nada. ―Cogió la bayeta entre sus manos y ella le
miró a los ojos. Sam juró por lo bajo porque estaba a punto de llorar.
―Nadie se va a enfadar por esto.
Sepi apareció en la puerta del baño. ―¿Qué pasa? ―Al ver que estaba
pálida dijo ―¿Te encuentras mal?
―Lo siento, lo siento muchísimo.
―¿Qué ocurre?
―Te he estropeado el suelo.
―Nena, ni se nota con el dibujo del mármol.
Sepi estiró el cuello y chasqueó la lengua. ―¿Pero eres tonta? Eso ya
estaba. ―Sonrió. ―¿Creías que lo habías hecho tú?
El alivio casi la desmaya. ―¿Ya estaba?
―Sí, hace seis meses se me cayó el bote de perfume. Anda olvídalo que
Cliff va a acabar con los profiteroles.
Suspiró del alivio porque se lo tomara así. Era evidente que le estaba
mintiendo, allí no había un solo producto de Sepi y solo quería que no se
agobiara. ―Te compraré otro dispensador.
―Pues espera a que me mude, porque así me hace juego con el baño
―dijo antes de alejarse.
―¿Ves, preciosa? Ni ha sido culpa tuya.
Asintió saliendo del baño, pero él la cogió de la muñeca para volverla y
ver el pequeño corte que tenía en la mano.
―No es nada, Sam. Ya ni sangra.
Él acarició la mano antes de elevarla para besar la herida. ―Así me
curaba las heridas mi madre. ―Sin aliento Flair asintió mirando sus labios.
―Si quieres te curo algo más.
Una alarma sonó con fuerza en su mente. ―Uy, uy… ―Soltó su mano
antes de casi salir corriendo hacia el salón. Todos se la quedaron mirando de
la que iba hacia la puerta.
―¿A dónde vas? ―preguntó Sepi.
―¡Estoy agotada, te llamo mañana! ¡Guárdame profiteroles!
―¡Pero mañana no estarán igual! ―Sepi mirando la puerta cerrada
volvió la vista hacia Sam. ―No se ha tragado lo del baño, ¿no?
―No. ―Sonrió satisfecho. ―Pero has salido muy bien de la situación,
gracias.
―No ha sido nada.
―Y hablando de situaciones, ¿tú en qué punto estás? ―preguntó Frank
divertido.
―De momento voy por el camino correcto. Sin prisa, pero sin pausa,
esa será mi táctica.
―Y todos te ayudaremos a que triunfes, amigo.
Se levantó de la cama de golpe y totalmente desorientada. Entonces
escuchó que llamaban a la puerta. Mierda, no había conseguido dormirse
hasta las seis de la mañana y según el despertador había dormido solo tres
horas. ¿Quién llamaba a las nueve de la mañana? ¡Era su día libre!
Abrió la puerta y Sepi le sonrió radiante. ―Buenos días.
―¿Qué ocurre?
―¿Estabas dormida? ―preguntó entrando en su casa.
―¿No se nota?
―Uy, estás gruñona. Te he traído croissants.
Gimió de gusto. ―Eres un peligro para la dieta.
―Tú no necesitas dieta con esos saltos que pegas. ―Dejó la bolsita de
papel sobre la mesa antes de volverse. ―¿No te vistes?
―¿Para qué?
―¿Para qué va a ser? Para acompañarme al médico.
―¿Y Frank?
―Le han llamado a primera hora para que vaya al club. ―Sus ojos
brillaron de la alegría. ―Quieren ampliar su contrato dos años más.
Se llevó la mano al pecho de la impresión. ―Felicidades. Creía que aún
le quedaba tiempo de contrato.
―Y así era, pero después de que hubiera rumores de que se iba a los
Giants han decidido renovar por dos años.
―Felicidades.
―Es una noticia estupenda. Su agente va a intentar blindar su contrato y
asegurarle un puesto en la junta directiva.
―Sería perfecto.
―Sí, estaría bien que acabara su carrera en los Jets y que tomaran su
opinión a la hora de decidir qué es lo que se hace en el club. Será todo el día
de reunión, el pobre odia no venir conmigo, pero le llevaré el video y lo
veremos juntos. Vamos, vístete. Tengo cita a las once.
En ese momento llamaron a la puerta y Flair miró hacia allí. ¿Pero qué
pasaba ese día? Fue a abrir y al ver a Stella parpadeó. Esta chilló de la
alegría corriendo hacia Sepi para abrazarla. ―Felicidades, se lo merece.
―Sí que se lo merece.
Aún con la puerta abierta preguntó ―¿Cómo sabías que estaba aquí?
―Niña, ¿dónde iba a estar sino?
Esa respuesta no se la esperaba. Al parecer era obvio. Iba a cerrar la
puerta cuando esta se abrió de nuevo para mostrar a Sam. ―Nena, ¿aún no
te has vestido? Hay un montón de tráfico.
―¿Tú también vienes?
―Claro ―dijo como si fuera lo más obvio del mundo. ―Luego os
invitaré a comer. ―Se frotó las manos. ―Tenemos mucho que celebrar.
Miró hacia el pasillo. ―¿Viene alguien más?
―Cliff está en el club con el chico. No se perdería esa reunión por nada
del mundo. Nos irá informando por WhatsApp.
―Genial, voy a cambiarme.
Sam cogió un croissant y ella se lo arrebató de la mano antes de ir hacia
la habitación simulando que no estaba preocupada. ¿Y a Sam no le ofrecían
nada? Él también merecía quedarse en la junta del club. La preocupó que
cuando terminaran los tres años de su última renovación, le echaran a la
calle. Dejó el croissant sobre el tocador, se quitó el camisón y cogió el
sujetador para ponérselo a toda prisa. La puerta se abrió y Sam entró como
si nada comiendo el otro croissant. ―Preciosa, no tienes café.
―¿A ti no te han llamado? ―preguntó cogiendo unos pantis negros del
primer cajón de la cómoda. Se volvió para mirarle y eliminó de su mente
que se sentaba en la cama, la cama donde le había hecho maravillas. ―¿No
hay puesto para ti en la junta directiva?
―Lo de Frank tampoco es seguro ―dijo como si nada antes de meterse
el resto del croissant en la boca.
Se sentó a su lado y empezó a ponerse las medias. ―Pero tú también te
lo mereces. Debes pensar en tu futuro. Cada vez recibes golpes más fuertes.
―Se subió la media y él viendo como la lycra cubría su muslo gruñó. Flair
sin darse cuenta se levantó para tirar de los pantis cubriendo sus braguitas
de encaje. ―Deberían compensarte, te dejas la piel por el equipo.
Él mirando su trasero mientras iba hacia el armario dijo ―Es mi
trabajo. Nena, no todos pueden estar en la junta y tengo fama de ser poco
serio.
Jadeó volviéndose con un vestido verde intenso. ―Eso es mentira.
―No puedo negar que en el pasado me lo he pasado muy bien.
Se puso el vestido. ―Eso fue en el pasado. Sam debes implicarte más
en el club. ―Cogió los zapatos de tacón negros y se sentó a su lado
elevando una pierna para ponerse el primero. ―Ya lo sé, haremos los
ejercicios ensayados el próximo domingo que juguemos en casa. E irás a
hospitales a llevar camisetas y cosas así. Subiré videos tuyos a las redes.
―Nena, te veo muy preocupada.
―Déjame esto a mí. ―Se puso el otro zapato. ―Ese idiota que tienes
dirigiendo tus redes no me gusta. Yo me encargaré.
Sam sonrió. ―Es el mismo que lleva a Frank, pero si crees que no lo
hace bien, yo no tengo problema.
―Voy a hacerte una campaña que ni el presidente de los Estados
Unidos.
―Me parece bien.
Correspondió a su sonrisa y se levantó para coger el abrigo de la percha.
―Nena, no te has comido el croissant.
Lo cogió y se lo tendió. ―Se me ha quitado el hambre.
Él suspiró levantándose. ―Todo va bien. Todo va a ir bien. ―Acarició
su mejilla con el pulgar. ―Ahora lo vamos a pasar estupendamente en
nuestro día libre y vamos a celebrar la buena suerte de nuestros amigos.
―Sí. ―Sonrió emocionada. ―Vamos a saber el sexo.
―¿Niño o niña?
―Niña, por supuesto.
Él levantó una ceja.
―¡Eh, que ya tienen un niño!
Rio por lo bajo. ―Queremos muchos futuros jugadores de los Jets.
―Pues yo quiero animadoras. ―Agarró su bolso y le dio un mordisco
al croissant mirando a Sam asombrada. ―Es imposible que cocine tan bien.
Es superwoman.
Sam rio saliendo de la habitación y Sepi preguntó ―¿Qué es tan
gracioso?
―Creo que Flair va a pedirte clases de cocina.
―Esto no es cocina, es alta cocina.
Sepi se sonrojó. ―Seréis exagerados.
De repente Flair se detuvo. ―¿Qué nos falta?
Todos se miraron los unos a los otros y de repente chilló. ―¿Y el niño?
Sepi soltó una risita. ―Hay algo que se llama guardería.
Suspiró del alivio. ―¿Ahora va a la guardería?
―Solo recurro a ella para casos puntuales ―dijo pasando ante ella.
―Que no hay que pasarse. Antes de ir a comer pasaré a recogerle.
―¿Seguro que no quieres llevarle con nosotros? A mí no me importa
cuidarle mientras te hacen la ecografía.
―No, si tú vas a pasar conmigo.
Corrió tras ella y susurró ―Pero Stella está aquí.
―Se marea con los médicos.
―No fastidies.
―Se quedará fuera.
―¿Y Sam? ―Miró hacia atrás. ―¡Cielo, cierra la puerta!
Divertido lo hizo y sacó su llave para cerrar.
―Tú haces buenos videos. Además, Sam casi estuvo en el parto. Faltas
tú.
―¿Cómo que casi estuvo en el parto? ―dijo entrando en el ascensor.
Stella soltó una risita. ―¿No te enteraste?
―¿De qué?
―Parió en el vestuario del club.
No pudo disimular su asombro. ―Lo de tu afición no es normal.
Sepi se sonrojó. ―Seréis exagerados.
Capítulo 15

Al lado de Sepi miró la pantalla y muy emocionada cogió su mano sin


dejar de grabar con el móvil. ―¡Ya se ve, ya se ve!
El doctor sonrió. ―Sí, aquí tenemos al bebé. ―Pasó el ecógrafo por el
vientre de Sepi y pulsó un botón en la máquina.
Enfocó a Sepi que miraba hacia la pantalla con lágrimas en los ojos.
―¿Es una niña?
―Vamos a ver… Ya tienes un niño, ¿verdad?
―Sí, nos gustaría la parejita, pero si es niño también sería perfecto para
hacer nuestro propio equipo de fútbol.
Enfocó al médico que rio divertido. ―Sería de lo más interesante.
―Enfocó la pantalla y de repente apareció un dedo sobre ella. ―¿Veis
esto? Es una pierna. ―Entrecerró los ojos antes de ponerse las gafas a toda
prisa. ―Otra… Y creo que… No, no hay nada más.
Chillaron de la alegría y el doctor Vasile rio. ―Felicidades, parece que
va a ser una niña.
―¿Cómo que parece? ―preguntó Flair.
―Bueno, no es la primera vez que después aparece una colita. Está un
poco ladeada, pero creo casi al noventa y cinco por ciento que es una niña.
Enfocó a su amiga que miró a la cámara llorando. ―Una niñita.
―Felicidades.
―Frank se va a poner como loco.
―Di algo a la cámara.
Sepi sonrió. ―Eres el amor de mi vida y me has dado tanta felicidad
que a veces creo que no puede ser posible. Creo que vivo un sueño.
―Pues es muy real ―dijo el doctor antes de darle unos pañuelos de
papel para que se limpiara.
Su amiga se limpió la cara antes de sonarse la nariz muy sonoramente y
se sentó cogiendo más pañuelos para limpiarse la barriga. ―¿Entonces todo
va bien?
―Perfecto. Sigue con las vitaminas y las pautas generales que te di.
Nos vemos el mes que viene y si tienes alguna duda, llámame cuando
quieras. ―Miró a Flair y le guiñó un ojo. ―Por cierto, te veo todos los
domingos. ¿Sigues con Sam?
No se esperaba esa pregunta para nada y balbuceó. ―Pues…
―¡Pues nada! ―dijo Sepi saltando de la camilla. ―Tira para la puerta.
El doctor confundido dijo ―¿He dicho algo malo?
―¡Usted a mirar fetos, que le veo muy suelto con las amigas de las
pacientes! ―Abrió la puerta y cogió a Flair del brazo para tirar de ella fuera
de la consulta. ―Busque otro sitio para ligar, hombre.
El doctor se sonrojó antes de que Sepi cerrara de un portazo. Jamás
había visto a Sepi tan mosqueada. ―Tienes mala leche.
Se puso el bolso al hombro. ―Claro, he vivido en la calle. ―Le guiñó
un ojo. ―Hay que tener mucha mala leche para vivir en la calle, ¿sabes?
―No me lo quiero ni imaginar.
―Bah, tampoco es para tanto. Tú te las arreglarías muy bien.
―¿De veras crees eso?
―Claro que sí, eres muy fuerte. Has vivido situaciones mucho peores
que las mías. ―Se detuvo y sonrió. ―Y has sobrevivido. Eres la persona
más fuerte que conozco.
―Qué va.
―¡Fuiste muy valiente, leche!
―Vale, pues fui muy valiente.
Gimió. ―Es que tengo hambre.
Abrió la puerta de cristal y la dejó pasar. ―Pues vamos a alimentarte.
Sam se levantó del sillón blanco de la sala de espera y sonrió. ―He
oído los gritos de alegría, así que me lo imagino.
―¡Es una niña! ―gritó Stella antes de abrazar a Sepi. ―Felicidades. Ya
puedo empezar a usar la lana rosa.
―Me hizo unos trajecitos preciosos para Frankie.
Sam la besó en la mejilla. ―Felicidades.
―Gracias, chato.
―Vamos a celebrarlo.
Sepi y Stella empezaron a hablar de todo lo que tenían que hacer en la
habitación nueva del bebé y Sam pasó la mano a su espalda para ir hacia la
puerta. Sin poder evitarlo se sintió especial. ―Ha sido muy emocionante.
―Le mostró el móvil y Sam se agachó a su nivel para verlo. Sonrió cuando
gritaron de la alegría, pero perdió la sonrisa de golpe cuando el médico le
preguntó si seguía con él. Ella carraspeó apagándolo a toda prisa. ―¿A que
te ha encantado?
―¿Pero ese de qué va?
―¿Hablas del médico? ―preguntó como si nada.
―No me parece nada profesional.
―Algo así ha dicho Sepi.
―¿Y por qué lo preguntaba? ¿Te miraba raro?
―¿Raro?
―Sí, como si estuviera muy interesado en que dijeras que no estabas
conmigo.
―Bah, no lo creo.
―Nena, mientes fatal. ¿Te ha pedido una cita?
―No, claro que no.
―Porque le cortó Sepi, ¿no?
Se sonrojó. ―Bueno… Que hambre tengo…
―Venga, daos prisa. Quiero recoger a Frankie. ―Sepi impaciente entró
en el ascensor con Stella y de repente un grupo de médicos se les colaron
impidiéndoles entrar. ―¡Os vemos abajo! ―gritó su amiga desde el fondo.
Las puertas se cerraron. ―¿Y a dónde vamos a comer? ¿Has reservado?
―¿Vas a tener citas?
Le miró a los ojos. ―No tienes derecho a preguntarme eso. Lo sabes,
¿no? No estamos juntos.
Sam apretó los labios. ―Lo de Emily no fue nada.
―¿Emily?
―Nena, no te hagas la tonta. Estaba cabreado.
Apretó los labios antes de mirar las luces de los ascensores.
―Realmente da igual.
―Joder, a mí no me da igual. No quería hacerte daño.
―¿Por qué hablas de esto? ¿Quieres fastidiarlo todo?
―¿De nuevo quieres decir?
―Nunca diría eso. Fue culpa mía.
―No es cierto, si no te hubiera llevado a casa de mis padres todo
hubiera seguido bien entre nosotros. Estabas sensible y metí la pata. Te
presioné.
―Tendría que haberte dicho antes que no quería tener… Da igual. Ya
ha pasado. ¿Tenemos que volver a hablar de esto? ―Suspiró del alivio
cuando las puertas se abrieron y entró a toda prisa.
―Tienes razón, ¿para qué darle más vueltas?
Sam pulsó el botón de mala leche y este saltó del panel hasta caer al
suelo ante los zapatos de Flair, que le miró con los ojos como platos.
―¿Qué has hecho?
―Joder, se ha soltado solo ―dijo mientras se cerraban las puertas. Sam
se agachó para recogerlo y Flair vio como de repente se encendían todos los
botones a la vez mientras el ascensor se detenía en seco.
―Ay, madre.
Sam se incorporó. ―No nos pongamos nerviosos. ―Pulsó el botón
rojo, pero no sonó ninguna alarma. Pulsó otro botón y miró hacia las luces,
pero nada. Es más, la pantalla no reflejaba en el número de piso en el que
estaban.
―La que has liado.
Carraspeó. ―Por aquí pasa mucha gente, demasiado desgaste.
―Tú sí que me desgastas… ―Gimió. ―Llama a Sepi, que avise a
alguien. En esta clínica tiene que haber algún técnico o algo.
Sam sacó el móvil del interior de su cazadora y se lo puso al oído.
―Estamos encerrados en el ascensor. ―Pulsó el botón rojo. ―Lo estoy
pulsando.
Entonces el panel soltó un chispazo y ambos gritaron apartándose. Sam
la puso tras él y de repente se quedaron sin luz. ―¿Sam?
―No pasa nada, nena. Un cortocircuito, por eso se ha desconectado.
―Esto no me gusta.
Él la abrazó. ―Estoy aquí y fuera hay mucha gente que quiere sacarnos.
―Odio la oscuridad.
La besó en la coronilla. ―Lo sé, pero no permitiré que te pase nada.
Encenderé la linterna del móvil. ―Sin soltarla encendió la luz. ―¿Ves?
Ahora puedes verme.
Se apartó para mirar su rostro y Sam sonrió. ―Todo irá bien.
―Contigo no siento tanto miedo.
―Eso está bien, nena. Haré lo que sea para que desaparezca del todo.
¿Te cuento un chiste?
Flair sonrió. ―¿Sabes contarlos?
―La verdad es que soy muy malo.
Le miró a los ojos. ―Siento haber sido tan borde con tu familia.
―Te aseguro que lo han comprendido.
―Deben pensar que estoy mal de la cabeza.
Él acarició su cuello. ―Piensan que lo has pasado mal. Pero no debe
preocuparte lo que piensen ellos, lo que piense nadie, solo lo que piense yo.
Sonrió sin poder evitarlo. ―Así que lo que pienses tú, ¿eh?
Sam se agachó hasta que sus labios casi se tocaron. ―Como a mí debe
preocuparme lo que pienses tú ―susurró.
Mareada por su aliento separó los labios. ―Solo somos amigos.
―Buenos amigos ―dijo antes de besarla con ansias.
Flair no lo pudo evitar, le había echado tanto de menos que se abrazó a
su cuello y él dejó caer el teléfono al suelo antes de levantarla sin esfuerzo
acariciando sus muslos hasta llegar a su trasero, mientras ella rodeaba sus
caderas con las piernas. Sus grandes manos acariciándola la excitaron tanto
que gimió de placer en su boca, lo que encendió a Sam que la giró para
pegarla al espejo. Los besos se volvieron más intensos y ella inclinó su
rostro a un lado para besarle más profundamente. Ni sintió como rompía sus
medias y apartaba sus braguitas con brusquedad, pero sí sintió su miembro
rozando el suyo. Mareada apartó su boca y Sam besó su cuello. ―Nena, ni
te imaginas lo que deseaba esto. ―Entró en ella con un firme empellón que
la hizo gritar de placer. ―¿Te gusta? ―Entró en su ser de nuevo
observando como el placer recorría su rostro. ―No hay nada mejor que
estar dentro de ti, hacerte gozar… ―Empujó sus caderas con fuerza y Flair
creyó que moriría por todo lo que gozó su cuerpo, pero no se quedó ahí
porque no le daba tiempo a disfrutar de sus embestidas cuando llegaba otra
que le proporcionaba un placer más intenso. No podía pensar en otra cosa
que no fuera su necesidad, en todo lo que estaba por llegar y sintiendo que
todo su ser se tensaba apretó las uñas en su cuello. ―¿Te vas a correr? ―La
agarró por la nuca y los ojos de Flair se abrieron brillantes de deseo para ver
su rostro tenso y a punto de la liberación. ―Hazlo conmigo. ―Al sentir
como su sexo la recorría hasta llenarla, algo dentro de ella se rompió para
siempre y su alma voló con la suya para llegar juntos al Nirvana.
Abrazada a él con la respiración agitada, le costó recuperarse y cuando
fue consciente de donde estaban sonrió contra su cuello.
―¿Estás bien? He sido algo brusco.
―Has estado increíble.
Agarró su melena para mirar su rostro sonrojado. ―Tú sí que eres
increíble.
Emocionada le besó en los labios suavemente antes de elevar la vista
hasta sus ojos. ―Tú quieres otra cosa.
―Te quiero a ti, nena. Estoy loco por ti y solo deseo estar contigo.
Se emocionó porque parecía desesperado porque estuvieran juntos y no
era justo. ―No quiero que renuncies a nada.
―No pienso renunciar a ti por algo que no existe. Puede que no
tengamos la familia que tiene todo el mundo, pero ya tenemos una familia.
―¿Será suficiente?
―Mientras estés a mi lado sí, nena. Te juro que sí.
Sintiendo que ya no podía vivir sin él le abrazó con fuerza y sollozó.
―No llores, preciosa.
―Es de alegría. Porque me haces muy feliz.
La abrazó acariciando su espalda. ―Pues eso es lo importante. ―Sam
apretó los labios antes de susurrar ―Eso es lo único importante.

Salió al campo en el último partido de la temporada y saludó a los


seguidores que estaban como locos porque hacía diez años que no estaban
tan bien clasificados. Tenían una afición increíble y pensaba darlo todo para
ofrecer un buen espectáculo. Dio un mortal hacia atrás y cuando cayó de pie
saludó con la mano. Bueno, había llegado el momento. Miró hacia el túnel.
Los cuarenta y nueves de San Francisco salían al campo recibiendo pitos de
la afición. La mascota de los Jets pasó dando saltos ante ella con los
pulgares hacia abajo y los seguidores por supuesto le siguieron. Ella
también, al igual que sus chicas.
Sus jugadores empezaron a salir del túnel haciendo que todos gritaran
dándoles la bienvenida. Levantó la vista hacia Sepi, que loca de contenta
movía el banderín de un lado al otro. Hora de trabajar. Se volvió y silbó a
las chicas que se pusieron en posición para hacer la torre. Entonces la banda
de música se puso detrás y ella silbó haciendo que Sam se volviera.
Seductora le hizo un gesto con el dedo índice para que se acercara y él tiró
el casco haciendo que la gente se alborotara. Cuando se quitó la camiseta y
las protecciones se pusieron como locos silbando. Flair se echó a reír y
siguiendo el ritmo de la música se acercó moviendo las caderas hasta llegar
hasta él que la cogió por la cintura pegándola a su pecho. ―Nena, estoy de
los nervios. Esto no es lo mío.
―Hazlo sin pensar como cuando juegas.
La agarró por las manos y la elevó para girarla poniéndola a su espalda
mirando hacia sus seguidores. Flair se subió a sus hombros con agilidad y
Sam caminó hasta ponerse ante la torre. Entonces Sam se agachó
impulsándola y saltó girando sobre sí misma para volver a caer sobre las
palmas de sus manos mirando a la torre. Sam elevó sus brazos totalmente
girándose hacia las chicas por lo que ella quedó cara a la afición para
guiñarles un ojo. ―Vamos, cielo ―dijo ella. Sam gritó tirándola y ella
abrió las piernas totalmente haciendo un mortal hacia atrás para caer sobre
los hombros de Peter que la agarró de las pantorrillas para estabilizarla
soltándola de inmediato. Levantó los brazos mientras el público les
vitoreaba y Sam entrecerró los ojos como si estuviera cabreado corriendo
hacia Peter. Las chicas gritaron apartándose y ella cayó en sus brazos. Rio
porque había salido perfecto. Le dio un beso en los labios antes de que la
dejara en el suelo. ―Eres el mejor ―dijo loca de contenta.
―Y pienso demostrarlo. ―Se apartó y Cliff le tendió las protecciones.
―Hace conmigo lo que quiere.
La afición rugía mientras se ponía la camiseta y se acercó a Frank que le
observaba divertido. ―Ríete y te mato.
―Lo has hecho increíble. Me has sorprendido.
―Ja, ja. ―Cogió el casco y se lo puso antes de mirar hacia Flair que
corría al lado de la valla animando a la gente. Sonrió. ―Está entregada.
―Se nota que es feliz. ―Le dio una palmada en el hombro. ―Vamos a
machacarles.

Sentada en su banco con las chicas miraba agobiada el partido. Iban


ganando, pero los rivales estaban machacando muchísimo a Sam para llegar
a Frank. Ya había recibido un placaje que le había dejado en el suelo unos
segundos y temía que estuviera muy magullado porque ahora iba más lento.
Al ver que uno de San Francisco le agarraba por la cintura para tirarle en el
suelo cayéndosele encima gimió de dolor. Le había visto caer antes, pero
tenía el presentimiento de que algo no iba bien. Preocupada miró hacia Sepi
que apretó los labios. Sin aguantar más fue hasta Cliff que observaba desde
el túnel. ―¿Qué crees que le pasa?
―¿Una costilla rota? O dos.
Palideció. ―Hay que sacarle.
―Estamos en el último cuarto y vamos ganando, no creo que quiera
salir.
―¡Me da igual que no quiera salir! ¡Dime cómo le saco de ahí!
La miró a los ojos. ―Solo saldría de ahí por ti. Desmáyate.
Parpadeó. ―¿Que me desmaye? Está jugando ni se dará cuenta.
―Sí se dará cuenta, te lo aseguro.
―Esto es ridículo. Hablaré con el entrenador.
―Eso cabreará a Sam. Este es su trabajo, debes respetarlo como él se
muerde la lengua cada vez que un tío te silba.
―Quedará fatal si sale por mí.
El público hizo un sonido de dolor y miró hacia el campo para verle
tirado en el suelo. Se le detuvo el corazón. ―¿Sam? ―No se levantaba y
Frank se acercó corriendo, apartando de un empujón a uno de Los Ángeles,
lo que la asustó muchísimo. Flair empezó a caminar hacia el campo y antes
de darse cuenta corrió hacia él. Al llegar a su lado se arrodilló. ―¿Sam?
―Parecía inconsciente. ―¡Sam! ―Muerta de miedo vio sangre en su boca
y gritó horrorizada intentando quitarle el casco, pero Frank la retuvo.
―¡Déjame!
―¡No debes moverle, ha caído de cabeza!
Cuando escuchó eso su mundo se desmoronó. ―No. ¡Va a ponerse
bien! ―Logró soltarse y se arrodilló quitándole el casco antes de que nadie
pudiera evitarlo. ―¿Cielo? ―Se agachó a su lado y susurró a su oído ―No
me hagas esto, mi amor. ―Le miró, pero no se despertaba. Sollozó
acariciando su mejilla. ―He pensado mucho en nuestro futuro, ¿sabes? Y
me he dado cuenta de que mi vida a tu lado no tiene nada que ver con la que
tuve antes, que puede ser muy distinta y feliz. Te has convertido en el centro
de mi vida, mi amor, y ahora algo en mi interior me dice que ser la madre
de tus hijos sería maravilloso. ―Sollozó. ―Siento haber sido tan cabezota.
¡Abre los ojos! ―gritó desesperada. Frank la agarró por los brazos para que
le pusieran el collarín. ―¡Sam, abre los ojos! Por favor, mi amor.
Él los abrió y miró hacia ella sonriendo. Parpadeó porque parecía tan
normal y de repente se sentó tocándose el costado. ―Ese cabrón me ha
dado bien. ―Se llevó la mano a la boca y al apartarla vio su sangre.
―Joder, me he mordido el interior de la mejilla. Tranquilo, doc, estoy bien.
―Se puso en pie y el rugido de la afición le hizo saludar como si nada. Se
agachó para coger el casco y lo elevó como indicando que seguía con el
partido. ―Nena, estás en el campo, debes salir o nos sancionarán.
Que le dijera eso la dejó sin palabras y entonces se dio cuenta. ¡No
había oído nada! Ella desesperada porque supiera que quería tener un hijo
con él para que no la espichara y no había oído nada. Estaba tan normal.
―¿Pero a ti qué te pasa? ―gritó ella histérica.
La miró asombrado. ―¿Qué?
―¡Esto no te lo perdono!
Se volvió furiosa y asombrado miró a su amigo. ―¿Pero qué le pasa?
―Amigo, para ti se ha acabado el partido.
―Puedo acabar.
―Ni de coña. Es hora de que descanses, has hecho una temporada
increíble, te lo mereces.
Resignado suspiró volviéndose y se detuvo en seco al ver que allí estaba
Flair. ―¿Nena…?
Se sonrojó. ―Lo siento.
―¿Lo sientes? ―preguntó sin entender.
―Me he puesto algo histérica.
Él sonrió. ―¿De veras? Eso es que te importo.
―No solo me importas, te amo.
―Yo también te amo, preciosa. ―La cogió por la cintura elevándola y
empezó a caminar hacia el túnel mirándola a los ojos. ―Jamás pensé que
podía amar así.
Acarició sus mejillas. ―Ni yo. ―Besó sus labios y susurró ―Por eso
creo que deberías leer la pantalla.
Sam volvió la vista y no disimuló su sorpresa por lo que decían las
letras luminosas. La miró a los ojos. ―Sí, nena. Me casaré contigo, nada
me gustaría más.
Acarició su nuca. ―Me muero por saber cómo será el resto de nuestras
vidas.
―Será increíble porque estaremos juntos.
Epílogo

Muy apurada entró en el loft con la tarta y las bolsas gritando ―¿Cielo?
¿Has llegado del entrenamiento?
No hubo respuesta. Mierda. Miró el reloj de la pared de la cocina y
metió las cosas en la nevera. Llegarían tarde. Dejó la tarta de manzana
sobre la encimera de mármol para que se descongelara antes de volverse
para correr escaleras arriba. No era como las que hacía Sepi, pero Sam no
se daría cuenta. Se quitó la ropa de deporte y se metió en la gran ducha. El
agua fría le vino estupendamente, pues hacía un calor de mil demonios,
pero era lo que se podía esperar en agosto. Se lavó el pelo a toda prisa y
salió cogiendo la mullida toalla para ponérsela alrededor del cuerpo. Se
miró al espejo, todavía le duraba el moreno de su luna de miel en las
Maldivas. Empezó a echarse crema y escuchó que subía por las escaleras.
―Cielo, llegaremos tarde al teatro.
―No podemos ir.
Asombrada salió del baño para verle entrar en la habitación con algo
horrible en la nariz. Chilló acercándose. ―¿Te la han roto en el
entrenamiento?
―No te vas a creer esto. Han intentado robarme el reloj cerca de Times
Square.
Se llevó la mano al pecho. ―¿Qué? ―Tocó el apósito con delicadeza.
―¿Te duele mucho?
―Nena, esto no es nada, pero me va a joder la pretemporada. No puedo
jugar así ―dijo molesto apartándose.
Hizo una mueca, pero luego lo pensó mejor. ―¿Y para qué te paraste
por Times Square?
―¿Qué? ―Se quitó la chaqueta.
―¿Para qué te paraste?
―Para comprar leche.
¿Leche? Él jamás había comprado leche. ―¿Y dónde está?
―¿Dónde va a estar? En la nevera.
Uy, que la estaba mosqueando. ―Así que en la nevera. ¿De qué sabor
es la tarta que he comprado para la comida de mañana? Está sobre la
encimera. ―La miró como si hablara en chino. ―¡Es lo único que hay
sobre la encimera, se ve de sobra! ¿De qué es la tarta?
―¿De chocolate?
Jadeó con los ojos como platos. ―¡Me has mentido! ¡Qué hacías
cuando intentaron robarte!
Él suspiró sentándose en la cama. ―Te seguía, ¿vale?
Dejó caer la mandíbula del asombro. ―¿Qué?
―Te seguía. Llevas semanas muy rara.
―¿Y creíste que te la estaba pegando?
―¿Entonces qué te pasa? ―preguntó alterándose también.
Entrecerró los ojos. ―Ahora no te lo digo. ―Se volvió para ir hacia el
baño. ―¡Y sí vamos a ir al teatro! ¡No haber hecho el tonto! ―Empezó a
cepillarse el cabello y él se acercó al baño para apoyar el hombro en el
marco de la puerta. ―No me puedo creer que me hayas seguido.
―¿Pero me sigues queriendo?
―¿Has dejado de confiar en mí?
―Nena, no hay nadie en quien confíe más, pero llevas rara unas
semanas y desde que volvimos de la luna de miel, estoy preocupado. El
médico del equipo me ha dicho que has retrasado dos veces tu revisión
médica, sales antes de tu entrenamiento, ya no haces los saltos que hacías
antes… ¿Estás enferma?
―¿Me seguías por si iba al médico?
―Pues sí ―dijo como si fuera lo más obvio del mundo. ―Nena, si
estás enferma quiero saberlo. Lucharemos contra lo que sea juntos y…
Ella abrió un cajón y sacó las pastillas anticonceptivas. Él la miró sin
entender nada. ―He tenido que dejarlas.
―¿Te sientan mal? Me pondré condón, no te preocupes.
―Ya no es necesario.
Ahora sí que se preocupó y dio un paso hacia ella. ―Creía que lo
nuestro iba bien.
―Cariño… ―Le abrazó por la cintura. ―Va muy bien, te amo cada día
más.
Suspiró del alivio. Entonces frunció el ceño, pero parecía que no se
atrevía a decirlo. ―¿Quieres…? ¿Quieres tener un hijo?
Sonrió. ―Vamos a tener un hijo.
Se le cortó el aliento. ―¿Estás contenta?
―Claro que sí, cielo, porque será una prolongación del amor que
sentimos. Me he dado cuenta de que será nuestro y sé que le amaremos, le
protegeremos, no como mis padres hicieron conmigo.
La abrazó con fuerza. ―Claro que sí, nena.
―Tendremos nuestra propia familia. ―Emocionada se aferró a él.
―Te amo, te amo… ―La apartó para mirarla a los ojos. ―¿Por qué no
me lo dijiste?
Hizo una mueca. ―Quería sorprenderte esta noche durante la cena. Ya
lo había organizado todo con el restaurante.
―Por eso saliste antes hoy. Paraste en el restaurante.
Se le quedó mirando, sus ojos mostraban algo que la mosqueó y chilló
―¡Lo sabías! ¡Me estás tomando el pelo, porque ya lo sabías!
Rio por lo bajo. ―Nena, ¿creías que no me daría cuenta? Hablé con
Frank y me contó lo que dijiste cuando me derribaron en el último partido
de la temporada. Me alegré muchísimo, pero me di cuenta de que querías
sorprenderme, así que no quise fastidiar la sorpresa.
―¡Pues lo has hecho!
―Lo siento. ―La cogió por la cintura. ―Me alegro mucho, ¿sabes?
―Sí, lo sé. Te habrás divertido durante todo este tiempo, ¿no?
―Pues sí, ha sido divertido y emocionante. ―La besó en los labios.
―No dejas de demostrarme todo lo que me quieres y me siento afortunado.
Flair se sintió increíblemente bien. ―Así que lo sabías y todo esto era
teatro, pero te apuesto lo que quieras a que no sabes algo muy importante.
―Lo sé todo, preciosa. Eres transparente para mí.
―¿Sí? ¿Entonces ya has llamado al constructor para que arregle la
casa? ―Se echó a reír porque era evidente que no entendía nada. ―Cielo,
entre la boda y la luna de miel vamos con retraso en la rehabilitación de la
casa. Además, debo tener a Sepi cerca para que nos echemos una mano si
necesitamos ayuda.
―Nena, hablamos de que con la temporada tan cerca lo dejaríamos para
más adelante.
―Pues ahora no podemos.
―¿Por qué?
―Tendremos que meter a los niños en algún sitio. Aquí solo tenemos
nuestra habitación.
Separó los labios impresionado. ―¿Has dicho niños?
―Esto te pasa por casarte con una gemela, amigo.
Rio cogiéndola por la cintura y girándola. ―Va a ser increíble.
―Sí que lo será. ―Le besó en los labios. ―Va a ser maravilloso.

Después de la cena estaba agotada y sentada en el coche de vuelta a


casa le vio girar a la derecha. ―Cariño, te has equivocado al seguir el coche
de Frank, no vamos a la casa nueva.
―Joder…
Rio por lo bajo. ―Y mañana tenemos que levantarnos a las seis.
―Perdió la sonrisa poco a poco. ―Cielo, la casa tiene las luces encendidas
en el salón. ―Chilló agarrando su brazo. ―¡Ay madre, que nos la han
ocupado!
―Nena, será que se nos olvidó apagarlas la última vez que estuvimos
aquí.
―¡Sepi se hubiera dado cuenta, vive al lado! Tendría que estar ciega
para no ver eso. ―De repente las luces se apagaron.
Sam juró por lo bajo.
―Cielo, hay que llamar al electricista ―dijo preocupada. ―Esto tiene
pinta de próximo cortocircuito.
―Llamaré mañana mismo ―dijo antes de salir del coche. ―Voy a
echar un vistazo, no te muevas de ahí.
Ella abrió la puerta sin hacerle ni caso.
Frank salía del coche en ese momento. ―¿Has visto eso?
―Sí, voy a entrar.
Sepi se acercó a ella a toda prisa. ―¿Crees que estarán robando?
―Dios mío… ―dijo pálida porque Sam subía los escalones y sacaba
las llaves. ―Cariño, ten cuidado.
―Tranquila nena, no pasa nada. ―Abrió la puerta y entró en la casa
con Frank detrás.
―No se oye nada ―dijo Sepi pasados unos segundos.
Muy nerviosa fue hasta los escalones y los subió a toda prisa. ―¿Cielo?
No contestó y empezando a preocuparse encendió la luz. Se quedó de
piedra porque la casa estaba reformada por completo. Impresionada miró la
escalera con la barandilla pintada de blanco como ella quería y a su lado
apareció Sam que sonrió. ―Bienvenida a casa.
Le abrazó con fuerza. ―Te quiero, te quiero. ―Se apartó para recorrer
el primer piso mientras sus amigos la observaban entusiasmados. ―Esto
también es cosa vuestra, ¿no?
―Ayudamos un poquito ―dijo Sepi mientras Cliff y Stella salían del
salón. Ahora entendía lo de la luz, estaban esperándoles para darles una
sorpresa.
Les abrazó. ―Sois los mejores.
―Ven, preciosa, quiero enseñarte una cosa.
Fue hasta la escalera y cogió su mano. Empezaron a subir y él encendió
la luz del hall para ir hacia su derecha. ―¿También has arreglado nuestra
habitación? ―preguntó con picardía.
―Esa fue la primera. ―Se detuvo y abrió la puerta. ―Y esta la
segunda. ―Encendió la luz y Flair se quedó sin aliento al ver tres hermosas
cunas. ―¿Te gusta, nena?
Era la habitación más hermosa que había visto nunca, pero había tres
cunas. ―Cielo, habrá que devolver una porque…
Sam no pudo disimular que estaba algo preocupado. ―El doctor llamó
hace dos semanas. Revisó tu historial por los análisis de sangre que te
habías hecho. Fue al revisar tus ecografías cuando se dio cuenta de que te
había dicho algo que no era correcto. Se dio cuenta de que no eran dos
niños.
―¿Tres niñas? ―preguntó algo abrumada.
―Esta mañana le dijiste a Sepi que no te encontrabas bien. Por eso te
seguí hoy porque creí que ibas a ir al doctor Vasile y tenía que impedir que
te lo dijera antes de que vieras esto. ―Preocupado susurró ―¿Estás bien?
De pronto se sintió inmensamente feliz y se echó a reír. Sam dejó salir
el aire que estaba reteniendo. ―¿Te alegras?
―¿Sabes de lo que me acabo de dar cuenta? De que es una bendición.
Una bendición que llenará aún más nuestro corazón. Mis padres no se
dieron cuenta de ello, ¿no es cierto?
La abrazó por la cintura. ―No, nena. No supieron verlo.
―Eso me hará amarlas todavía más. Ellas nunca se sentirán solas como
yo no me siento sola desde que apareciste en mi vida. Te amo.
―Y yo a ti, nena, ¿sabes por qué? ―Ella negó con la cabeza. ―Porque
has cumplido todos y cada uno de mis sueños.

FIN
Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que lleva varios años
publicando en Amazon. Todos sus libros han sido Best Sellers en su
categoría y tiene entre sus éxitos:

1- Vilox (Fantasía)
2- Brujas Valerie (Fantasía)
3- Brujas Tessa (Fantasía)
4- Elizabeth Bilford (Serie época)
5- Planes de Boda (Serie oficina)
6- Que gane el mejor (Serie Australia)
7- La consentida de la reina (Serie época)
8- Inseguro amor (Serie oficina)
9- Hasta mi último aliento
10- Demándame si puedes
11- Condenada por tu amor (Serie época)
12- El amor no se compra
13- Peligroso amor
14- Una bala al corazón
15- Haz que te ame (Fantasía escocesa) Viaje en el tiempo.
16- Te casarás conmigo
17- Huir del amor (Serie oficina)
18- Insufrible amor
19- A tu lado puedo ser feliz
20- No puede ser para mí. (Serie oficina)
21- No me amas como quiero (Serie época)
22- Amor por destino (Serie Texas)
23- Para siempre, mi amor.
24- No me hagas daño, amor (Serie oficina)
25- Mi mariposa (Fantasía)
26- Esa no soy yo
27- Confía en el amor
28- Te odiaré toda la vida
29- Juramento de amor (Serie época)
30- Otra vida contigo
31- Dejaré de esconderme
32- La culpa es tuya
33- Mi torturador (Serie oficina)
34- Me faltabas tú
35- Negociemos (Serie oficina)
36- El heredero (Serie época)
37- Un amor que sorprende
38- La caza (Fantasía)
39- A tres pasos de ti (Serie Vecinos)
40- No busco marido
41- Diseña mi amor
42- Tú eres mi estrella
43- No te dejaría escapar
44- No puedo alejarme de ti (Serie época)
45- ¿Nunca? Jamás
46- Busca la felicidad
47- Cuéntame más (Serie Australia)
48- La joya del Yukón
49- Confía en mí (Serie época)
50- Mi matrioska
51- Nadie nos separará jamás
52- Mi princesa vikinga (Serie Vikingos)
53- Mi acosadora
54- La portavoz
55- Mi refugio
56- Todo por la familia
57- Te avergüenzas de mí
58- Te necesito en mi vida (Serie época)
59- ¿Qué haría sin ti?
60- Sólo mía
61- Madre de mentira
62- Entrega certificada
63- Tú me haces feliz (Serie época)
64- Lo nuestro es único
65- La ayudante perfecta (Serie oficina)
66- Dueña de tu sangre (Fantasía)
67- Por una mentira
68- Vuelve
69- La Reina de mi corazón
70- No soy de nadie (Serie escocesa)
71- Estaré ahí
72- Dime que me perdonas
73- Me das la felicidad
74- Firma aquí
75- Vilox II (Fantasía)
76- Una moneda por tu corazón (Serie época)
77- Una noticia estupenda.
78- Lucharé por los dos.
79- Lady Johanna. (Serie Época)
80- Podrías hacerlo mejor.
81- Un lugar al que escapar (Serie Australia)
82- Todo por ti.
83- Soy lo que necesita. (Serie oficina)
84- Sin mentiras
85- No más secretos (Serie fantasía)
86- El hombre perfecto
87- Mi sombra (Serie medieval)
88- Vuelves loco mi corazón
89- Me lo has dado todo
90- Por encima de todo
91- Lady Corianne (Serie época)
92- Déjame compartir tu vida (Series vecinos)
93- Róbame el corazón
94- Lo sé, mi amor
95- Barreras del pasado
96- Cada día más
97- Miedo a perderte
98- No te merezco (Serie época)
99- Protégeme (Serie oficina)
100- No puedo fiarme de ti.
101- Las pruebas del amor
102- Vilox III (Fantasía)
103- Vilox (Recopilatorio) (Fantasía)
104- Retráctate (Serie Texas)
105- Por orgullo
106- Lady Emily (Serie época)
107- A sus órdenes
108- Un buen negocio (Serie oficina)
109- Mi alfa (Serie Fantasía)
110- Lecciones del amor (Serie Texas)
111- Yo lo quiero todo
112- La elegida (Fantasía medieval)
113- Dudo si te quiero (Serie oficina)
114- Con solo una mirada (Serie época)
115- La aventura de mi vida
116- Tú eres mi sueño
117- Has cambiado mi vida (Serie Australia)
118- Hija de la luna (Serie Brujas Medieval)
119- Sólo con estar a mi lado
120- Tienes que entenderlo
121- No puedo pedir más (Serie oficina)
122- Desterrada (Serie vikingos)
123- Tu corazón te lo dirá
124- Brujas III (Mara) (Fantasía)
125- Tenías que ser tú (Serie Montana)
126- Dragón Dorado (Serie época)
127- No cambies por mí, amor
128- Ódiame mañana
129- Demuéstrame que me quieres (Serie oficina)
130- Demuéstrame que me quieres 2 (Serie oficina)
131- No quiero amarte (Serie época)
132- El juego del amor.
133- Yo también tengo mi orgullo (Serie Texas)
134- Una segunda oportunidad a tu lado (Serie Montana)
135- Deja de huir, mi amor (Serie época)
136- Por nuestro bien.
137- Eres parte de mí (Serie oficina)
138- Fue una suerte encontrarte (Serie escocesa)
139- Renunciaré a ti.
140- Nunca creí ser tan feliz (Serie Texas)
141- Eres lo mejor que me ha regalado la vida.
142- Era el destino, jefe (Serie oficina)
143- Lady Elyse (Serie época)
144- Nada me importa más que tú.
145- Jamás me olvidarás (Serie oficina)
146- Me entregarás tu corazón (Serie Texas)
147- Lo que tú desees de mí (Serie Vikingos)
148- ¿Cómo te atreves a volver?
149- Prometido indeseado. Hermanas Laurens 1 (Serie época)
150- Prometido deseado. Hermanas Laurens 2 (Serie época)
151- Me has enseñado lo que es el amor (Serie Montana)
152- Tú no eres para mí
153- Lo supe en cuanto le vi
154- Sígueme, amor (Serie escocesa)
155- Hasta que entres en razón (Serie Texas)
156- Hasta que entres en razón 2 (Serie Texas)
157- Me has dado la vida
158- Por una casualidad del destino (Serie Las Vegas)
159- Amor por destino 2 (Serie Texas)
160- Más de lo que me esperaba (Serie oficina)
161- Lo que fuera por ti (Serie Vecinos)
162- Dulces sueños, milady (Serie Época)
163- La vida que siempre he soñado
164- Aprenderás, mi amor
165- No vuelvas a herirme (Serie Vikingos)
166- Mi mayor descubrimiento (Serie Texas)
167- Brujas IV (Cristine) (Fantasía)
168- Sólo he sido feliz a tu lado
169- Mi protector
170- No cambies nunca, preciosa (Serie Texas)
171- Algún día me amarás (Serie época)
172- Sé que será para siempre
173- Hambrienta de amor
174- No me apartes de ti (Serie oficina)
175- Mi alma te esperaba (Serie Vikingos)
176- Nada está bien si no estamos juntos
177- Siempre tuyo (Serie Australia)
178- El acuerdo (Serie oficina)
179- El acuerdo 2 (Serie oficina)
180- No quiero olvidarte
181- Es una pena que me odies
182- Si estás a mi lado (Serie época)
183- Novia Bansley I (Serie Texas)
184- Novia Bansley II (Serie Texas)
185- Novia Bansley III (Serie Texas)
186- Por un abrazo tuyo (Fantasía)
187- La fortuna de tu amor (Serie Oficina)
188- Me enfadas como ninguna (Serie Vikingos)
189- Lo que fuera por ti 2
190- ¿Te he fallado alguna vez?
191- Él llena mi corazón
192- Contigo llegó la felicidad (Serie época)
193- No puedes ser real (Serie Texas)
194- Cómplices (Serie oficina)
195- Cómplices 2
196- Sólo pido una oportunidad
197- Vivo para ti (Serie Vikingos)
198- Esto no se acaba aquí (Serie Australia)
199- Un baile especial
200- Un baile especial 2
201- Tu vida acaba de empezar (Serie Texas)
202- Lo siento, preciosa (Serie época)
203- Tus ojos no mienten
204- Estoy aquí, mi amor (Serie oficina)
205- Sueño con un beso
206- Valiosa para mí (Serie Fantasía)
207- Valiosa para mí 2 (Serie Fantasía)
208- Valiosa para mí 3 (Serie Fantasía)
209- Vivo para ti 2 (Serie Vikingos)
210- No soy lo que esperabas
211- Eres única (Serie oficina)
212- Lo que sea por hacerte feliz (Serie Australia)
213- Siempre estás en mi corazón (Serie Texas)
214- Lo siento, preciosa 2 (Serie época)
215- La intensidad de lo que siento por ti
216- Lucha por lo que amas (Serie Australia)
217- Ganaré tu corazón (Serie Vikingos)
218- Mi otra cara de la moneda
219- Ni tú conmigo, ni yo sin ti
220- No necesito más, si te tengo a ti (Serie Oficina)
221- Me enfrentaré a todo por tu amor (Serie época)
222- Algo único (Serie Australia)
223- Volver a enamorarte
224- Empezar de nuevo (Serie oficina)
225- Nunca seré tuya (Serie Vikingos)
226- Sería imposible olvidarte (Serie Vecinos)
227- Juramento de amor 2 (Serie época)
228- Siento tu corazón
229- ¿Has pensado en mí?
230- La oportunidad de enamorarle
231- No dañes mi corazón (Serie Escocia)
232- Te siento mío (Serie Texas)
233- El uno para el otro
234- Mi sueño eres tú

Novelas Eli Jane Foster

1. Gold and Diamonds 1


2. Gold and Diamonds 2

3. Gold and Diamonds 3


4. Gold and Diamonds 4

5. No cambiaría nunca
6. Lo que me haces sentir
Orden de serie época de los amigos de los Stradford, aunque se pueden
leer de manera independiente

1. Elizabeth Bilford
2. Lady Johanna

3. Con solo una mirada


4. Dragón Dorado

5. No te merezco
6. Deja de huir, mi amor

7. La consentida de la Reina
8. Lady Emily

9. Condenada por tu amor


10. Juramento de amor

11. Juramento de amor 2


12. Una moneda por tu corazón

13. Lady Corianne


14. No quiero amarte
15. Lady Elyse

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