Esta ternura y estas manos libres,
¿a quién darlas bajo el viento? Tanto arroz
para la zorra, y en medio del llamado
la ansiedad de esa puerta abierta para nadie.
Hicimos pan tan blanco
para bocas ya muertas que aceptaban
solamente una luna de colmillo, el té frío de la vela al alba.
Tocamos instrumentos para la ciega cólera
de sombras y sombreros olvidados. Nos quedamos
de sombras y sombreros olvidados. Nos quedamos con los presentes ordenados en una
mesa inútil,
y fue preciso beber la sidra caliente
en la vergüenza de la medianoche.
Entonces, ¿nadie quiere esto,
nadie?
El poeta ya no busca la solemnidad, hallamos, por el contrario, una ternura expresiva que
acentúa su humanidad. Cuando se derriban las fronteras entre lo real y lo imaginario,
distinción que Cortázar siempre critica, considerando la imaginación como un pasaje que
permite acceder a una nueva realidad donde el hombre es verdaderamente libre. El
surrealismo no sólo estará presente en esta consideración que enfrenta al poeta con la
supuesta realidad circundante, ya que los poemas están repletos de imágenes de corte
surrealista.
La sensación de aislamiento desemboca en la melancolía, en la necesidad de contacto
humano. Claramente los últimos versos hacen alusión a las condiciones de vida inestables
del poeta. Cortázar es un gran prosista y él mismo afirma el carácter poético de su prosa,
entonces, su poesía parece menos prescindible. Queda claro que en el autor ambos
géneros se comunican e incluso se complementan. Dejar de lado la poesía no solo implica
ignorar una parte considerable de su obra, sino también, paradójicamente, desatender la
propia prosa.