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Juanantonioblanco

El documento aborda la crisis de la civilización moderna y la necesidad de una nueva ética que responda a los desafíos tecnológicos y ecológicos del Tercer Milenio. Se argumenta que las instituciones actuales son obsoletas y que la humanidad debe replantear su relación con el entorno y entre sí para asegurar un futuro sostenible. La revolución del pensamiento es presentada como la clave para transformar la sociedad y evitar la extinción de la especie humana.
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Juanantonioblanco

El documento aborda la crisis de la civilización moderna y la necesidad de una nueva ética que responda a los desafíos tecnológicos y ecológicos del Tercer Milenio. Se argumenta que las instituciones actuales son obsoletas y que la humanidad debe replantear su relación con el entorno y entre sí para asegurar un futuro sostenible. La revolución del pensamiento es presentada como la clave para transformar la sociedad y evitar la extinción de la especie humana.
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Ética y civilización: apuntes para el Tercer Milenio

Juan Antonio Blanco

El fantasma que hoy recorre, no sólo Europa, sino el mundo, no es ya el del


comunismo; es el de la incertidumbre. Lo único cierto en el umbral del Tercer Milenio
es la incertidumbre, colectiva e individual, respecto al porvenir. Al concluir el siglo XX
los tres grandes déficits de nuestra especie, son la sabiduría, la imaginación y la
esperanza.

La fascinante revolución tecnológica que hoy vivimos ha acelerado la velocidad de la


historia humana; ha compactado nuestra actividad, al violentar las distancias y
hacernos interactuar mundialmente a la velocidad de nuestros ordenadores. Hoy las
fronteras se han vuelto porosas a las influencias culturales, los flujos de capital y de
información.

"Todo ha cambiado, excepto nuestro pensamiento", nos advirtió Einstein al inaugurar


la era nuclear.

La humanidad ha quedado enjaulada en una arquitectura institucional, -local y


mundial- que se torna obsoleta e incapaz de responder con eficacia a los retos de la
cambiante realidad. Pero, sobre todo, vivimos atrapados por nuestro imaginario
moderno, axiomas civilizatorios y mitos culturales.

La Biblia -considerada, al margen de creencias religiosas, un libro de sabiduría-nos


alerta al respecto: "(...) nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el
vino nuevo rompe los odres, y se derrama el vino, y los odres se pierden; mas el vino
nuevo en odres nuevos se ha de echar." "1"

Seguimos vertiendo nuestra nueva realidad tecnológica en viejos odres institucionales


que no pueden ya contenerla. De ese modo, para decirlo como Hegel, lo racional
deviene irracional. El siglo que ahora despedimos fue testigo, en innumerables
ocasiones, de la aplicación bárbara -en lo social y ecológico-, del progreso tecnológico
alcanzado.

La cibernética nos informa que los parámetros de un sistema sólo pueden controlarse
desde otro sistema de mayor complejidad. La complejidad del actual orden mundial no
es ya gobernable desde la institucionalidad que emergió al finalizar la II Guerra
Mundial. Mucho menos puede serlo desde los axiomas éticos del imaginario moderno,
cuyas raíces más distantes sobrepasan ya cinco siglos.

El obsoleto paradigma moderno

1
El desarrollo tecnológico ha tornado obsoletos los axiomas que sustentaban el
paradigma moderno:

* Dado el ritmo de contaminación del ecosistema y la capacidad de las nuevas


tecnologías para su explotación, ha dejado de ser cierto que éste tiene la capacidad de
absorber y reciclar de modo natural los desechos y la devastación de nuestras
sociedades;

* El crecimiento económico está enfrentando una crisis derivada de los patrones


industrializadores y de consumo en los que está basado, y de la depauperación de la
población mundial a la que ha conducido el esquema de explotación periférico por los
países desarrollados;

* El progreso tecnológico lejos de traer el progreso social ha sido puesto al servicio ya


de dos guerras mundiales y de una secuela de dramáticos conflictos, al tiempo que ha
situado a la humanidad pendiente del frágil hilo de un accidente genético o nuclear;

* El creciente consumo, tampoco ha aportado una vida más feliz a aquella parte
minoritaria de la humanidad que lo ejerce a espaldas de la mayoría de los habitantes
de nuestro planeta. La noción de que "no sólo de pan vive el hombre" cobra fuerza en
sociedades de alto desarrollo tecnológico sumidas en creciente alienación;

* La Razón moderna, tampoco ha materializado a plenitud el reino de libertad,


igualdad y fraternidad que prometió cuando puso fin al mundo que la precedió;

* El destino del ecosistema y de la humanidad está hoy "fuera de todo control


racional", precisamente por el empeño de continuar aplicando los conceptos de la
razón moderna, a un mundo ya cambiado radicalmente por ella;

* El modelo de familia nuclear, patriarcal, monógama y heterosexual ha sido puesto en


crisis en sus funciones económicas y socializadoras, por la propia dinámica que traen
aparejadas las nuevas tecnologías de la Era de la Información.

A mediados del siglo XX el paradigma moderno, la creencia en el valor supremo del


conocimiento como vehículo del progreso y la felicidad, por vía de la racionalización de
los procesos naturales y sociales, daba ya señales de agotamiento.

Entendemos por civilización el modo específico de relacionarse una sociedad consigo


misma y su entorno mediante el empleo de un sistema tecnológico cuyo uso tiende a
impactar a todas las esferas de la actividad social y a universalizarse en un estadio
histórico prolongado. Las técnicas de caza/recolección de alimentos, agropecuarias,
industriales y cibernéticas corresponden a los principales procesos civilizatorios que ha
conocido la historia humana.

2
Cultura por otra parte, es el conjunto de estructuras sociales, valores, mitos y
vigencias generales en que una sociedad organiza su modo de vida y convivencia y
asume, desde ellos, un proceso civilizatorio específico.

Las dos culturas centrales a la organización moderna, capitalismo y socialismo de


estado, compartieron los axiomas del paradigma moderno en el marco de la civilización
industrial, del mismo modo que Atenas y Esparta, disímiles y enfrentadas,
constituyeron culturas alternativas de la civilización agrícola mediterránea.

La crisis final del socialismo de estado y la atribuida al capitalismo actual son, en


realidad, las dos caras de la crisis civilizatoria que marca, para unos, el tránsito a una
postmodernidad enajenada que equiparan con el fin de la Historia y, para otros, la
última oportunidad del mundo moderno -o la primera del postmoderno de alcanzar su
frustrada expectativa de libertad, igualdad y fraternidad.

El llamado proceso de globalización es en realidad la reorganización del sistema


mundial de acumulación capitalista en el marco del proceso civilizatorio iniciado por las
nuevas tecnologías. Se pretende así que ese nuevo proceso civilizatorio sea el pilar
para la renovación y extensión temporal de la cultura capitalista. Sus ideólogos nos
venden el capitalismo globalizado como si se tratase él mismo del nuevo proceso
civilizatorio cuando en realidad apenas constituye uno de los modos -el menos
promisorio, por cierto-de su posible organización social.

La Era Moderna, de la que ahora iniciamos la despedida hacia un oscuro porvenir,


nació y se desarrolló entre antagónicas doctrinas sobre el futuro. A cada individuo sólo
le cabía la posibilidad de acelerar o retardar el futuro, pero no de alterarlo. Ahora
somos más conscientes de que hay distintos futuros posibles y pueden por ello existir
también distintos proyectos de postmodernidad -como los hubo para la modernidad-en
lucha por prevalecer. En esa lucha -también lo sabemos ahora- no hay un desenlace
feliz garantizado por Dios o por las leyes de la historia. Solo hay drama humano. El
revolucionario postmoderno no puede construir sus convicciones desde la certeza de
que el futuro lo encontrará entre los vencedores. Lo único cierto es la incertidumbre en
esta transición epocal. Puede que no haya futuro para nadie. Las convicciones -que no
son lo mismo que las certidumbres- hay que construirlas ahora desde la Ética.

La nueva realidad tecnológica y los problemas ecológicos y sociales acumulados


reclaman con urgencia el surgimiento de un nuevo modo de pensar, de una nueva
ética que propicie un reacomodo más justo y sustentable de nuestras sociedades en el
planeta que habitamos. La vida ha rebasado las lógicas que una vez resultaron eficaces
para defender los distintos intereses en pugna. Aferrarse ciegamente a éstos y a
aquéllas equivaldría al camarero que una y otra vez levantaba y organizaba las sillas
caídas en el restaurante del Titanic, cuando la nave se disponía a hundirse
definitivamente. Al cerrar el milenio, la necesidad de sobrevivir como especie nos
compulsa a pensar el proceso civilizatorio y cultural, desde una perspectiva renovada.

3
Las novedosas tecnologías que han abierto la posibilidad de un nuevo proceso
civilizatorio pueden traernos el futuro de Huxley y Orwell, o la Utopía de Moro
resoñada y edificada de múltiples maneras.

Nuestro tiempo puede terminarse

Nuestro tiempo puede terminarse en el próximo siglo. Algunos pronósticos auguran


que en el año 2050 el planeta tendrá más del doble de habitantes que en 1990, los
cuales competirán por recursos muchos más escasos que los disponibles entonces -
cuando ya la pobreza alcanzaba a virtualmente la mitad de sus pobladores- y vivirán
en un planeta mucho más contaminado que el de aquel año. Para entonces, la
humanidad crecerá a razón de más de 1000 millones por década: cada 45 años habrá
añadido el equivalente de la población mundial de 1980 ¿Podrán sostenerse
pacíficamente estos seres humanos, a partir de nuestras actuales tecnologías
depredadoras y tóxicas, y de los polarizados esquemas sociales que hoy rigen el
mundo?

Navegamos por el espacio en este cada vez más diminuto planeta de limitados
recursos, que consumimos y contaminamos a un ritmo mucho mayor que su natural
capacidad de reciclarlos. Estamos consumiendo el futuro que heredarán nuestros hijos.
¿Cuál será la envergadura de la crisis ecológica y social a la que tendrán que
enfrentarse con apenas treinta años, los que nazcan en éste? ¿Se resignará para
entonces la mayor parte de la población mundial a contemplar el hedonismo de las
sociedades norteñas desde su escasez? ¿Intentará un país como China reproducir el
"sueño americano" provocando una catástrofe ecológica irreparable?

En este mundo en crisis y convulsionada transición hacia la incertidumbre del futuro,


¿qué significado puede tener -si es que alguno- nuestra existencia como especie y
como individuos en la infinitud del universo? ¿Por qué y para qué -si es que es para
algo- estamos aquí? ¿Qué significado -si es que de hecho se carece de él- podríamos
darle a nuestra existencia en un mundo que reduce a unos a la desesperanza y a otros
a la condición de dóciles consumidores? ¿Será la humanidad capaz de trascender la
estrecha visión de los conflictos de intereses y asomarse a la realidad de que si no
reorganiza su cultura y civilización, sobre nuevas bases, no será capaz de superar este
nuevo reto de adaptación para la supervivencia de nuestro espacio, que esta vez no es
genético, sino cultural?

Lamentablemente hoy, a apenas dos años de finalizar el segundo milenio, la respuesta


a estas interrogantes habrá que responderlas con legítimo escepticismo.

4
Hoy somos seres bárbaros y prehistóricos de una posmodernidad salvaje, que puede
resultar el umbral de la definitiva humanización de nuestra especie, o la última etapa
de nuestra excepcional aventura en el universo.

La única revolución que realmente podrá salvar definitivamente nuestra especie es la


revolución del pensamiento.

Hemos arribado a un punto definitorio en nuestra evolución como especie y en la


historia milenaria de nuestros procesos civilizatorios. La humanidad ha adquirido
poderes divinos: la capacidad de crear nuevas formas de vida o destruir todas las que
existen, incluida la propia.

Ninguna propuesta ética de épocas precedentes nos permite asumir con éxito la grave
responsabilidad que las nuevas tecnologías nos asignan. La ética ha dejado de ser -
tiene que dejar de ser-, un asunto confinado a las relaciones sociales para extenderse
hacia el hábitat ecológico del que somos parte. Respondemos ahora por el futuro no
sólo de nuestra propia especie -la historia humana podría extinguirse como resultado
de nuestras acciones u omisiones-, sino también de muchas otras que cohabitan el
planeta con nosotros. Solo un rediseño de nuestra cosmovisión y de nuestras
sociedades podrá asegurarnos un futuro; podrá permitir que la historia humana
prosiga su curso y así pueda tener futuro. Por ello la bioética no es asunto exclusivo de
científicos ni puede confinarse a la relación humana con el entorno. Es asunto de
políticos, intelectuales, empresarios, organizaciones públicas y de todo ciudadano. Sin
una nueva cultura responsable en lo político, económico y social no puede erigirse una
civilización responsable en lo ecológico.

"Más de lo mismo" sólo conducirá a nuevos totalitarismos, fascismos, dictaduras,


conflictos étnicos, hambrunas, intervenciones militares, guerras civiles, desastres
ecológicos, migraciones masivas, violencia urbana, drogas y vacío espiritual. La gente
no se interesa ya en votar por partidos nuevos o viejos, de derecha o izquierda, porque
intuyen que sólo proporcionarán "más de lo mismo".

Hacen falta ideas realmente nuevas

Para trascender el mundo de hoy, para cambiarlo, tenemos primero que iniciar el
cambio de nuestro pensamiento. Hay viejas fórmulas para cambiar el presente que nos
traerán también "más de lo mismo". La liberación de nuestro intelecto resulta
prerrequisito para el surgimiento de una nueva compresión de nuestra circunstancia y
de un nuevo proyecto de transición hacia el porvenir. Antes de apresurarnos a
convocar nuevamente a la "toma de poder" necesitamos una comprensión más
compleja del significado del poder, los elementos que lo constituyen, sus múltiples
formas de expresión y control sociales. Es imprescindible imaginar y conceptualizar
nuevas definiciones del poder previas a su traspaso de manos si es que pretendemos
valernos de él para edificar una sociedad auténticamente nueva. Si bien urge transferir

5
el poder mundial a manos más humanas y responsables que las de los talibanes del
neoliberalismo transnacional que hoy lo detentan, no es menos cierto que la
humanidad no tiene ya tiempo para ensayar un nuevo experimento político o
distributivo que repita viejos errores y legitime nuevas formas de enajenación.

No debemos restringirnos a paliar las tensiones del mundo actual, sino orientar a
conceptualizar, promover y experimentar modelos de organización humana que sean
social y ecológicamente sustentables y contribuyan gradualmente a la consolidación de
un nuevo paradigma civilizatorio y cultural. Este nuevo paradigma está llamado a ser
participativo en lo político, inclusivo en lo económico, pluralista en lo cultural,
responsable en lo ecológico, solidario en lo ético, equitativo en lo social.

Pero sería ilusorio -como suponen algunos-, esperar exclusivamente de las ONG, o
incluso del resto de los sectores y organizaciones de la sociedad civil, la construcción
del nuevo paradigma.

Para construir un mundo nuevo hacen falta primero ideas que sean realmente nuevas.
Hace falta imaginación audaz. Es preciso, entonces, revisar las actuales relaciones
entre la sociedad civil, el mercado (como tecnología económica) y el gobierno, (como
tecnología política). Su actual diseño implica invariablemente situaciones del tipo "yo
gano y tu pierdes". Necesitamos una sociedad del tipo "yo gano y tú también". Pero
ello requiere la misma creatividad, sabiduría y audacia con la que la burguesía fue
capaz, hace más de dos siglos, de imaginar y construir una civilización y cultura
nuevas demostrando, además, que el esclavismo y el feudalismo no eran "el único
mundo posible" ni el mejor de ellos. La historia nos pide cambios radicales para
proseguir su curso. La alternativa, no sería el fin que le auguró Fukuyama, sino la
posible extinción de nuestra especie.

El socialismo de estado ya demostró en nuestro siglo sus insuficiencias y


vulnerabilidades, pero la fe que hoy ponen algunos en el mercado y la democracia
liberal como único mundo posible, -y el mejor de ellos a la vez- sería digna de mejor
causa.

Jesús expulsó a los mercaderes del templo porque habían ocupado el espacio de la
oración. No los expulsó de Jerusalén -donde al parecer consideró cumplían, mal que
bien, alguna función socialmente útil-, sino del templo. El mercado ha invadido en este
siglo el templo de la política, el de la cultura, la información y otros que debería
desocupar para replegarse a su espacio económico natural el cual, a su vez, debería
compartir con otros actores sociales incluidos el Estado. El totalitarismo del mercado
puede ser tan pernicioso y destructivo como el de una burocracia política. Los derechos
humanos -sean políticos, civiles, económicos o sociales-, no deben quedar bajo la
influencia inequitativa que hoy ejerce la lógica distributiva del mercado. Cientos de
millones de desamparados y desnutridos así lo atestiguan. Hay que deslucratizar y
democratizar áreas extensas de la vida social, si aspiramos a una auténtica democracia
y a una economía sustentable.

6
Maximalizar ganancias es la filosofía central de la cultura humana que nos ha situado
al borde mismo de una crisis social y ecológica a escala planetaria. Este no es ni puede
seguir siendo considerado el "único mundo posible" y, por lo tanto, inalcanzable para
cualquier enjuiciamiento ético. El tipo de mercado que hoy existe difiere notablemente
de otros que le precedieron y, seguramente también, de formas futuras en que podría
ser reestructurado. Su existencia no está al margen de la historia y, al poder existir de
otro modo, tampoco está al margen del juicio ético sobre su actuación y lógica
intrínsecas. La falsa dicotomía Mercado versus Estado debe ser trascendida en una
nueva redefinición de sus funciones, límites y articulaciones recíprocas y ser puestos
bajo el control democrático del conjunto de la sociedad civil.

Los sistemas políticos modernos, por otro lado, conceptualizados hace más de 200
años, también deberían ser revisados. Pese al discurso en boga y para decirlo en
términos de Ortega y Gasset: la actual democracia liberal está perdiendo "vigencia" al
haberse trastocado de modo significativo la realidad de la que originalmente emergió y
decrecer su capacidad para sostener la gobernabilidad en un mundo sometido a
cambios acelerados. La participación autónoma y cotidiana de la ciudadanía es el tema
central de la democratización que ahora se reclama. La extensión de la apatía electoral
es síntoma, en ya demasiados países, de la actual insatisfacción en esa esfera.

El eminente sociólogo mejicano Pablo González Casanova nos presenta claramente el


problema cuando expresa que la nueva definición internalizada de la democracia que
se va imponiendo, es la de "un gobierno en el que es natural que el pueblo no gobierne
ni decida sobre la política." "2" La tentación de acudir nuevamente a soluciones
extremas y totalitarias, desde el poder o fuera de él, crecerá junto a la
deslegitimización institucional y la incertidumbre respecto al porvenir.

El apotegma de Lincoln, "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo", continúa
constituyendo un desafío a las credenciales democráticas de nuestros sistemas
políticos y la brújula imprescindible para su necesario rediseño.

Las interrelaciones entre el Gobierno, Mercado y el resto de los sectores de la Sociedad


Civil deberían ser revisadas y repensadas para reestructurarlas y hacerlas interactuar
de otro modo, si realmente deseamos abrir ventanas al porvenir. De lo que se trata
ahora, por supuesto, es de reflexionar sobre qué tipo de mercado, de gobierno y de
sociedad civil podrían hacer factible esa transición a una nueva civilización y cultura
humanas dentro de un Estado también de nuevo tipo.

En ese rediseño social, particular responsabilidad recae sobre las ciencias sociales y su
capacidad no sólo de conocer el mundo, sino de inaugurar otros posibles. En la
tendencia o carencia de esa voluntad transformadora y audacia imaginativa radica hoy
su alineamiento conservador o "progresista".

Superar la fragmentación del saber

7
La fragmentación del saber y del conocimiento humanos que introdujo la modernidad
requiere ahora ser sustituida por una cosmovisión holística que trascienda, de modo
transdisciplinario, los estrechos muros de las especialidades científicas. La Filosofía,
arrinconada "progresivamente" por las ciencias modernas, está llamada a recrear el
espacio para su reencuentro e integración como ecología política. La indagación sobre
la existencia humana y sus prolegómenos, por otra parte, debe rebasar los límites que
hoy le impone un limitado criterio de "conocimiento científico" que no reconoce como
problema de investigación lo que no resulte estadísticamente mensurable. La intuición
y otras formas de aproximación a la realidad deben recuperar su dignidad como
metodología del saber si se pretende indagar en temas centrales que condicionan la
conducta de personas y sociedades como el de la felicidad individual y colectiva. La
ridícula pretensión de que la complejidad humana es desmontable en compartimentos
estancos inteligibles por métodos cuantitativos ya ha acumulado un grave déficit de
sabiduría -que es mucho más que "conocimiento"-, que ahora nos resulta
imprescindible cubrir para poder humanizar el adelanto tecnológico alcanzado de modo
que esto constituya un auténtico progreso. Hoy ya sabemos que la tradicional
contraposición entre objeto y sujeto en el proceso gnoseológico no es válida. El acto
mismo del conocimiento transforma el "objeto" del cual a su vez forma parte y por el
cual está condicionado. Tampoco hay "objetos" fijos y aislados, sino procesos
interconectados y continuos que constituyen y reconstituyen, de modo ininterrumpido,
la realidad natural y social. Una nueva ciencia -holística y transdiciplinaria-, permitiría
un mejor acercamiento al cambio de paradigma cultural y civilizatorio del que estamos
urgidos.

Si representantes de las distintas naciones, etnias, religiones, clases y otros intereses


e instituciones en pugna, pudieran asomarse juntos desde lo alto de una terraza y
contemplar el estado del planeta y la especie humana a fines del siglo XX, quizás las
probabilidades de un futuro más promisorio se incrementarían. Imbuidos por una
definición del poder que equivale a la de la conquista y dominio de recursos y seres
humanos, enjaulada su visión y entendimiento en el recinto estrecho de sus reales o
supuestos intereses, resulta difícil que los bandos en pugna puedan adivinar que no
pocas de sus batallas, consignas, proyectos y métodos han sido rebasadas ya por el
tiempo.

Los retos del presente son de tal magnitud que ninguna nación, etnia, grupo religioso o
clase, puede darle solución por sí sola, bajo ningún esquema de organización social.
Por otro lado, se trata de desafíos que, en no pocos casos, engloban por igual a
oprimidos y opresores y no tendrían solución si ambos polos no encuentran el modo de
redefinir los términos de su conflicto e incluso, en ciertas circunstancias, de diseñar
esquemas de cooperación para enfrentar algunos de ellos.

El diseño actual de la sociedad mundial nos compulsa al conflicto creciente y a la


autodestrucción colectiva. La ilusión de las elites transnacionalizadas de poder de que
sus lanzacohetes, bombas, rayos láser y otros artefactos, pondrán coto a las
migraciones masivas, guerras civiles, narcotráfico, violencia urbana, contaminación del

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medio ambiente, agujero en la capa de ozono, destrucción de suelos y otros dramas,
es de una miopía y puerilidad rayana en el ridículo, si no resultase tan peligrosa.

Un cambio con el que todos ganaremos

Hace años los Tupamaros lanzaron en Uruguay la consigna: "Habrá patria para todos,
o no habrá patria para nadie". Lo curioso del mundo a fines del siglo XX es que si
prevalecen las fuerzas del status quo no habrá futuro para nadie y si se imponen
aquellos cuya propuesta de cambios no parte de una nueva visión del dilema humano,
tampoco habrá futuro para nadie. Lograr un futuro "con todos y para el bien de todos",
como deseaba José Martí para Cuba, no es hoy sólo posible, sino se ha vuelto
imprescindible para nuestra especie y el planeta que habitamos. Unos tendrán
obviamente que pagar un precio superior al de otros en ese "reacomodo" pero todos
tienen algo esencial que ganar de ese posible proceso: el que la historia humana pueda
proseguir su curso en sociedades con superior calidad de vida espiritual y material.

Es por ello que las líneas divisorias no pasan hoy exclusivamente por el monto de los
ingresos, las clases sociales, las creencias religiosas, la pertenencia étnica, la
nacionalidad, o tantas otras que fueron convocadas al conflicto en el pasado. Las líneas
divisorias se trazan también cada vez más entre aquellos aprisionados mentalmente
por el viejo mundo que nos aproxima al abismo, y los que están dispuestos a erguirse
sobre su circunstancia para forjar con otros una nueva visión.

Hay que enseñar a unos y a otros, a opresores y oprimidos, que el mundo está hoy
prisionero de una lógica que escapa a todo control y que nos conduce por igual a un
trágico desenlace que a todos alcanza. La victoria de los poderosos tiene ya una
inescapable dimensión pírrica. Hay que emplear este último lustro del milenio para
esclarecer la libérrima opción a la que cada cual se enfrenta en esta hora: ética animal
o ética humana; salvación colectiva o suicidio colectivo. La superación del esclavismo
no fue el resultado exclusivo del desarrollo tecnológico y material sino del rechazo
espiritual que llegó a concitar debido a la nueva sensibilidad del ascendente imaginario
moderno.

No estamos convocando al abandono de las luchas concretas e inmediatas por la


justicia social para sustituirlas por una evangelización moralizante. Lo que reclamamos
es una revolución que merezca, finalmente, ese nombre por aspirar no sólo al cambio
de un sistema político -económico, sino a la naturaleza misma del proceso civilizatorio
y cultural que hemos vivido hasta hoy.

La plena liberación que reclamamos demanda, como prerrequisito, que alcancemos un


nuevo punto de perspectiva y de partida para adentrarnos en el nuevo milenio. Esa
nueva visión implica otra concepción de las ideologías, programas, clases y grupos
sociales movilizados a su favor o en su contra. Una nueva concepción del "pueblo",
para que ese concepto pueda continuar resultándonos útil en la práctica. La estructura

9
cultural y civilizatoria del capitalismo tardío no explota y oprime exclusivamente a la
"clase trabajadora" sino a un conjunto de estratos y conglomerados humanos -
incluyendo a significativos sectores empresariales-y al propio ecosistema. Su obsesión
por maximalizar ganancias, a partir de las poderosas tecnologías de que dispone, la ha
constituido en una maquinaria de muerte a escala planetaria. Frente a ella hay que
crear un nuevo bloque histórico para el cambio, no sólo político, sino civilizatorio y
cultural. El "pueblo" será entonces la construcción consciente del movimiento
policlasista, iconoclasta, innovador y visionario que emerja entre todos aquellos que
optaron, de modo individual o como grupo social por la supervivencia de nuestra
especie en una sociedad responsable y solidaria. Un bloque histórico capaz, pese a su
heterogénea composición, de actuar como clase oprimida y consciente frente a las
elites vinculadas al poder transnacional que subyace detrás del actual esquema de
globalización mundial.

La civilización industrial y sus culturas de dominación son un dinosaurio condenado a


desaparecer -y con él sus pugnas y conflictos intestinos- por las críticas
transformaciones que introdujo a su hábitat social y natural.

El Titanic y la primera foto del planeta

Un proyecto cultural y civilizatorio alternativo y liberador reclama mucho más que la


simple apropiación física de las actuales instituciones de la sociedad. No se trata sólo
de la toma del poder político, como suponían las consignas, sino de la sustitución
integral de una lógica y sentido común -y del tipo de relaciones sociales legitimadas
sobre ellas-, algunas de cuyas raíces más largas rebasan la era moderna y se
remontan a los orígenes mismos de la historia de las civilizaciones. Es necesario un
nuevo imaginario liberador en lugar de las baratas ideologías posmodernas
encaminadas a la aceptación del status quo que hoy impera en el planeta. Hay
distintos futuros posibles, por lo que hay más de una posmodernidad posible también.

Dos experiencias del siglo XX deberían tenerse siempre presente: el drama del Titanic
en 1912 y la primera foto de nuestro planeta, tomada por la NASA desde el espacio en
1960.

La primera, nos alertó sobre la capacidad de error del ser humano y los límites del
culto a la tecnología. Fue una dolorosa lección de humildad a nuestra arrogancia. La
segunda, es un recordatorio de que ocupamos una sola nave espacial en nuestra
travesía por el universo. Esa imagen nos proporcionó lo que un fotógrafo llamaría una
"nueva perspectiva" de nuestra existencia. La Tierra es una sola. Sus recursos son
limitados. Las fronteras, geográficas o ideológicas, son una creación humana. Todos
habitamos esa nave espacial y las naves espaciales no tienen botes de salvamento.

Confiar en que la actual organización mundial pueda permanecer inalterable porque


nuevas tecnologías se harán cargo tanto de pobreza -y el rencor que ella genera frente

10
al hedonismo creciente de la minoría-, como del daño ambiental y agotamiento de
recursos naturales, es una lógica de vocación suicida. Suponer que el actual status quo
se hará eterno, porque las fuerzas que pretendieron retarlo fueron vencidas en este
siglo, es un criterio no sólo superficial, sino de una ingenuidad peligrosa.

Por primera vez en la historia, la ética de la solidaridad social ha dejado de ser una
opción, entre muchas, para devenir en necesidad de supervivencia para nuestra
especie. La cosmovisión de la que estamos urgidos para rediseñar la realidad mundial
reclama que la ética humanista sea su punto de partida.

El principal desafío a los vencedores, a los vencidos, a los que alcanzaron, se


mantuvieron o perdieron el poder a lo largo de este siglo, no es otro que el rediseño de
nuestra actual arquitectura de pensamiento. La situación ecológica y social ha llegado
a un punto en que la única victoria auténtica y definitiva sería la transformación de
nuestras percepciones y comprensión de la realidad. Nuestra subjetividad es el
escenario decisivo de la batalla por el porvenir, sea cual sea la latitud geográfica,
económica o ideológica que ocupemos en este mundo.

La única "misión" que tenemos que cumplir en nuestro tiempo de vida es la de ser
felices. Pero los significados que hemos otorgado a ese término a lo largo de estos
10.000 años de historia de las civilizaciones deben ser revisados. Necesitamos, con
suma urgencia, definir un criterio de felicidad responsable y solidario que sirva a la
autonomía y la libertad humanas en lugar de constituir un mecanismo de control social
de las clases dominantes. La dicotomía entre la ética del ser y la ética del tener, de la
que nos habló Eric Fromm, constituye por ello la interrogante central a nuestra crisis
civilizatoria.

Hay, en la hora que vivimos, un tejido factual que enlaza al poderoso con el desvalido
y que es necesario develar y potenciar. No se trata para nadie de levantar bandera
blanca, ni tan siquiera de pactar una tregua. Sería inútil e ilegítimo pedir al oprimido
que capitule ante la arbitrariedad y la injusticia. Revoluciones y reformas, balas,
huelgas y votos se continuarán necesariamente entremezclando y nadie puede en
nombre de una resignada aceptación del injusto exorcisarlas del status quo. Una cosa
es el reconocimiento de que la Utopía tiene que reconsiderar sus caminos y armas y
otra, muy distinta, es repudiar la Utopía en nombre de un realismo adaptativo que
pretende situarse en terreno ético neutral. De lo que se trata no es de que la
explotación y el abuso de poder hayan desaparecido ni de que toda resistencia a ellos
resulte hoy inútil, sino de que el escenario actual en el que ahora se libra la lucha por
la felicidad humana ha sufrido un cambio cualitativo esencial y no es posible aspirar a
transformar la realidad si ésta no se conoce y entiende primero.

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Un proceso civilizatorio liberador

Cuando miramos a nuestro alrededor y vemos que la desaparición del Bloque del Este
no puso fin a la carrera de armas, las intervenciones militares, guerras, pobreza, a la
desigual distribución de recursos y riquezas, escuadrones de la muerte, al asedio y la
agresión a todo proyecto favorable al humanismo, al acoso a la autonomía del
pensamiento crítico, al recurso a la tortura y al ejercicio dictatorial del poder, nos
preguntamos si puede existir otro camino que no sea oponer la violencia del oprimido a
la violencia del opresor, hasta que el mundo cambie o desaparezca definitivamente.
Esa fue y sigue siendo una reacción lógica y legítima al trágico mundo de injusticia en
que vivimos. Desde las selvas de Chiapas, hasta las calles de Río recorridas por
manifestantes del PT brasileño, los oprimidos siguen buscando líderes, programas,
caminos e instrumentos para hacerse justicia. Entender el mundo de nuevo modo no
significa rechazar esa realidad, ni ignorar la legitimidad de esas luchas. Evolución,
reformas, revoluciones, acciones pacíficas o violentas no son excluyentes ni
descartables, siempre y cuando se parta de comprender que los cambios no pueden
asegurarse desde elites iluminadas, partidos de jerarquización oligárquica,
movimientos sectarios o excluyentes, valores económicos, políticos y éticos
semejantes a los del poder que se desea subvertir, criterios discriminatorios por
género, raza u orientación sexual, similares a los de las sociedades de opresión y su
definición del poder como dominio sobre el entorno natural y social. Suponer que las
formas organizativas, movilizativas y de concienciación de las que se han valido hasta
el presente las fuerzas contestatarias al status quo pueden resultar eficaces en el
nuevo escenario civilizatorio, frente al reconstituido sistema mundial capitalista, sería
una ingenuidad imperdonable dado el intolerable precio de su beato dogmatismo. Si la
izquierda (en el poder o en lucha por obtenerlo) desea seguir mereciendo ese
calificativo, está obligada a reinventar su modo de hacer y concebir la política. De lo
contrario podrá autocalificarse como cualquier cosa menos que como progresista o
revolucionaria. Ignorar el cambio cualitativo ocurrido en el escenario de
enfrentamiento entre oprimidos y opresores -que no es igual a ignorar la existencia y
necesidad de ese conflicto- conduce a la irrelevancia política.

Hay "un tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar",
bajo el cielo nos recuerda la Biblia. Cada cual bajo su cielo tendrá que comprender el
tiempo en que vive; pero no deberá olvidar que ahora, más que nunca, en la historia,
vivimos todos bajo ese mismo cielo perforado por la contaminación humana y que
nuestro tiempo -el de todos- concluye el próximo siglo, si no elevamos nuestro
entendimiento a la sabiduría reclamada por los poderes tecnológicos que hemos
adquirido en el último proceso civilizatorio de nuestra aventura terrestre.

El futuro habrá que forjarlo con los ojos bien abiertos hacia el presente. En los
instrumentos, caminos, conceptos, métodos y estilos que adopten hoy las fuerzas del
cambio se decide si el porvenir que vendrá, de ellas prevalecer, será realmente distinto
al presente que hoy intentan trascender, o una reproducción, bajo nuevas formas, de
males ancestrales, como ya ocurrió con el ideal socialista.

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Para dar una respuesta feliz a nuestras interrogantes la humanidad está llamada a
erigir una cultura diferente a las ya ensayadas. Una cultura de liberación para un
proceso civilizatorio liberador.

Leonardo Da Vinci se propuso volar como los pájaros y le resultó imposible. Verne sólo
pudo imaginar el Nautilus, pero no construirlo. Espartaco deseó liberar a sus hermanos
de la esclavitud, pero terminó crucificado por lo que entonces parecía un eterno e
invencible imperio. "Todo tiene su tiempo y todo lo que se hace debajo del cielo tiene
su hora", nos recuerda el Eclesiastés. Pero el despegue del Kitty Hawk, la travesía del
primer submarino y la abolición universal del régimen esclavista nos recuerdan no sólo
el acierto de ese axioma bíblico, sino que el largo proceso acumulativo de esfuerzos
fracasados es lo que puede llegar un día a transformar en posible, e incluso en
realidad, lo que hasta un momento se situaba, inalcanzable, tras la aparente barrera
de "lo imposible".

Apenas dos años nos separan del Tercer Milenio. ¿No podríamos acaso emplearlos para
reflexionar sobre el significado de nuestra existencia en el universo? ¿Resultaría
"imposible" concebir que los más antagónicos intereses pudieran encontrar un
esquema más justo de funcionamiento que los reacomodase de modo mínimamente
decoroso y aceptable a unos y otros? ¿No vale la pena acaso intentar, por múltiples
vías, demostrar que ese "imposible" también puede convertirse en realidad?

El muro a derribar ahora ya no es el de la guerra fría en Berlín, sino el de la iniquidad


mundial, la irresponsabilidad ecológica y, sobre todo, el de las ideas con las que
venimos actuando desde hace siglos. Es preciso, imprescindible más bien, demostrar
que podemos vencer esta última barrera que se alza frente a nuestra propia y
definitiva humanización. Necesitamos revolucionar nuestro pensamiento si de veras
aspiramos a la libertad y la equidad. No creo que sea "imposible" lograrlo.

Quizá podamos probar aún que somos realmente una especie consciente. Quizá exista
aún tiempo para preservar nuestra existencia. Quizá nuestro planeta continúe teniendo
la rara cualidad, dentro del universo hasta ahora conocido, de poder sostener la vida.

El tema, sin embargo, no es el de la falsa dicotomía sobre si podremos "ganar" o


"perder" como pretenden hacernos creer los que ya claudicaron en espíritu e intelecto.
No es si existe o no otra alternativa viable al status quo actual y a las autodestructivas
tendencias que él proyecta sobre la sociedad mundial y el ecosistema. De lo que se
trata es de que no existe otra alternativa ética y humana que no sea la de
comprometerse una vez más en la lucha por un futuro más promisorio.

Juan Antonio Blanco

Nació en 1947 en la Habana, Cuba, donde reside actualmente.


Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales.

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Licenciado en Filosofía y Pedagogía.
Electo en la Conferencia Mundial de Viena sobre Derechos Humanos (1993) como
representante para el Caribe del Nuevo Comité de Enlace Global de ONG sobre ese
tema.
Fundador del Centro Félix Varela de Cuba y asesor en temas de derechos humanos y
desarrollo sostenible de varias ONG europeas.

Notas:

1. Nuevo Testamento, San Marcos 2:22

2.. Pablo González Casanova, "La Democracia y la lucha en Cuba", Revista América
Libre, no. 4, 1993, p.27.

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