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Y Tu Vives Bien Papá3

Sofía, una niña que anhela pasar más tiempo con su padre, se cuestiona el significado de 'vivir bien' tras una conversación sobre el trabajo y las responsabilidades de los adultos. Su búsqueda de respuestas la lleva a reflexionar sobre la vida de los cazadores-recolectores, quienes, a pesar de su falta de comodidades modernas, parecían tener más tiempo para disfrutar de la vida. A través de sus experiencias y aprendizajes, Sofía comienza a escribir un diario sobre su búsqueda del buen vivir.

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Y Tu Vives Bien Papá3

Sofía, una niña que anhela pasar más tiempo con su padre, se cuestiona el significado de 'vivir bien' tras una conversación sobre el trabajo y las responsabilidades de los adultos. Su búsqueda de respuestas la lleva a reflexionar sobre la vida de los cazadores-recolectores, quienes, a pesar de su falta de comodidades modernas, parecían tener más tiempo para disfrutar de la vida. A través de sus experiencias y aprendizajes, Sofía comienza a escribir un diario sobre su búsqueda del buen vivir.

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Prólogo: La Pregunta que lo Cambia Todo

El sonido de las llaves chocando contra la mesa marcó el inicio de la noche, como un
viejo ritual que Sofía conocía de memoria. Era siempre igual: su padre entraba, se
quitaba los zapatos sin demasiado cuidado, revisaba el teléfono, dejaba escapar un
largo suspiro y, después de unos minutos de silencio, preguntaba:

—¿Comieron ya?

—Sí —respondió Sofía desde la alfombra, donde estaba dibujando.

Raúl, su padre, se frotó los ojos y caminó hacia la cocina sin más palabras. Sofía lo
siguió con la mirada. Lo observó abrir el refrigerador, sacar una botella de agua y
beber sin prisa, apoyado contra la encimera.

No lo veía en todo el día. A veces, ni siquiera lo veía en las mañanas, porque se iba
antes de que ella despertara. Su madre decía que trabajaba mucho porque quería que
estuvieran bien, pero Sofía no entendía cómo eso podía ser cierto si, al final, apenas
pasaban tiempo juntos.

Se levantó del suelo y caminó hasta la cocina, sosteniendo su cuaderno contra el


pecho. Se quedó junto a la mesa, esperando a que su padre la mirara.

—Hoy la maestra dijo que haremos una feria en la escuela —anunció.

Raúl asintió sin levantar la vista de su teléfono.

—Qué bien, Sofi.

Ella frunció el ceño.

—Tengo que hacer una maqueta y llevarla el viernes.

—Mmm…

—¿Me ayudas?

Raúl tardó unos segundos en reaccionar. Finalmente, dejó el teléfono sobre la mesa y
le sonrió con cansancio.

—Claro, hija. El viernes por la noche podemos hacerla.

Sofía apretó los labios.

—Pero el viernes en la noche ya tengo que entregarla.

—Oh… ¿Es esta semana?

—Sí.
—Bueno… entonces el jueves.

—El jueves tengo ensayo del festival.

Raúl suspiró.

—¿Mañana?

—Mañana tengo tarea de matemáticas.

Raúl pasó una mano por su rostro y se apoyó en la silla con un gesto de derrota.

—Está complicado, Sofi… ¿No puedes hacerla sola?

Sofía bajó la mirada.

—Sí… supongo que sí.

No insistió más. Sabía que cuando su padre hablaba así, significaba que no tenía
tiempo. Que no podía. Que no era tan importante.

Se dio la vuelta y regresó a la sala, sintiendo algo pesado en su pecho. Se dejó caer
sobre la alfombra y tomó su lápiz, pero ya no tenía ganas de dibujar.

Raúl entró a la sala y se sentó en el sofá con la televisión encendida, aunque no


parecía prestarle mucha atención.

Sofía se abrazó las rodillas y murmuró, sin mirar a su padre:

—¿Por qué nunca estás en casa?

Raúl desvió la mirada del televisor y la observó con sorpresa.

—Estoy en casa ahora.

—Pero no durante el día. Casi nunca.

Él suspiró de nuevo.

—Trabajo, Sofía. Ya sabes eso.

—Pero… ¿por qué trabajas tanto?

Raúl se acomodó en el sofá y se cruzó de brazos.

—Para ganar dinero, hija. Así podemos pagar la casa, la comida, tu escuela…

Sofía apretó los labios.

—Pero yo no quiero que compres más cosas. Yo quiero que estés en casa.
Raúl parpadeó, desconcertado.

—No es tan simple, Sofi… Los adultos tenemos responsabilidades. No podemos


quedarnos en casa todo el tiempo.

—¿Por qué no?

Raúl sonrió con paciencia.

—Porque si no trabajo, no podemos vivir bien.

Sofía alzó la vista.

—¿Vivir bien?

—Sí. Tener un hogar, comida, ropa, un lugar cómodo donde dormir… Eso es vivir
bien.

Sofía frunció el ceño, pensativa. Su lápiz giraba entre sus dedos.

—Pero si vivir bien significa que trabajes todo el tiempo y no estés aquí… entonces…
—su voz se volvió más baja— …¿tú vives bien, papá?

Raúl abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Su expresión cambió. Era la
primera vez en mucho tiempo que una pregunta lo hacía detenerse.

Sofía lo miró con intensidad. Lo que había comenzado como una simple conversación
sobre su maqueta de la escuela se había transformado en algo más grande, más
importante.

Su padre bajó la mirada, frotó sus manos, pensó un poco más. Luego soltó una risa
corta, incómoda.

—Supongo que sí…

Pero su voz no tenía la seguridad de antes.

Sofía no dijo nada más. Algo en su interior le decía que su padre tampoco estaba
seguro de la respuesta.

Esa noche, mientras se acurrucaba en su cama, la pregunta seguía latiendo en su


mente. Si su padre no sabía qué significaba vivir bien… ¿quién lo sabía?

Y así, sin darse cuenta, había comenzado su búsqueda.


CAPÍTULO 1:

Capítulo 1: La Naturaleza de las Preguntas

El viento de la tarde acariciaba las hojas, produciendo un murmullo suave que llenaba
el parque de un sonido casi imperceptible. Sofía caminaba sin prisa, con su cuaderno
abrazado contra el pecho y la cabeza llena de pensamientos. Desde aquella noche, la
pregunta sobre vivir bien no dejaba de perseguirla.

No entendía por qué su padre había dudado tanto en responderle. ¿Acaso no era algo
que todos debían saber? Su maestra de ciencias siempre decía que las preguntas eran
la llave del conocimiento, pero ¿qué pasaba cuando ni los adultos tenían las
respuestas?

Se detuvo junto a un árbol enorme, de tronco grueso y raíces que parecían extenderse
hasta el centro de la tierra. Había pasado tantas veces por ese parque y nunca antes lo
había mirado con atención. Se sentó bajo su sombra y dejó escapar un suspiro.

—Tal vez tú lo sepas —murmuró, apoyando la cabeza contra la corteza rugosa—.


Llevas mucho tiempo aquí… seguro has visto muchas cosas.

El árbol no respondió, pero Sofía sintió que el viento se intensificaba, haciendo que
las hojas danzaran sobre su cabeza.

Cerró los ojos por un instante y pensó en su padre. En sus suspiros, en sus ojeras, en
sus respuestas a medias. Algo dentro de ella le decía que él no vivía bien. Y si su
padre, que era un adulto, no lo sabía, entonces…

—¿Quién decide qué significa vivir bien? —susurró.

El viento se calmó. Sofía abrió los ojos y recorrió con la mirada el tronco del árbol.
Imaginó que llevaba siglos ahí, observando la vida pasar, escuchando conversaciones,
viendo generaciones crecer y desaparecer.

—Tal vez hay muchas formas de vivir bien —dijo en voz alta—. Tal vez para unos
significa tener dinero y casas grandes, y para otros significa correr bajo la lluvia sin
preocuparse de mojarse los zapatos.

Tomó su cuaderno y escribió la pregunta en la primera página:

"¿Qué significa vivir bien?"

Se quedó mirando las palabras, como si esperara que de pronto surgiera la respuesta
desde el papel.

—¿Tú qué crees? —preguntó al árbol.


El viento volvió a soplar, y una hoja se desprendió de las ramas, cayendo suavemente
en su regazo. Sofía la tomó con cuidado y la observó. Era pequeña, amarilla en los
bordes, como si estuviera en el último tramo de su vida.

—Supongo que para ti vivir bien es crecer, extender tus ramas y dejar caer las hojas
cuando es tiempo de soltarlas.

El árbol no respondió, pero Sofía sintió que acababa de entender algo importante.

"Vivir bien" no debía ser lo mismo para todos. Para el árbol, significaba hundir sus
raíces en la tierra y estirarse hacia el sol. Para un pájaro, significaba volar sin miedo.
Para un río, significaba fluir sin detenerse.

—Pero los humanos no somos árboles ni ríos… —murmuró, volviendo a mirar su


cuaderno—. ¿Qué significa vivir bien para nosotros?

El viento volvió a agitar las ramas, como si el árbol estuviera esperando que ella
misma encontrara la respuesta.

Sofía se quedó un largo rato allí, dejando que su mente explorara cada rincón de la
pregunta.

Esa sería su misión. Preguntarle a todos. Buscar en los libros, en las conversaciones,
en las clases, en los sueños. Tal vez, si encontraba suficientes respuestas, podría
encontrar la suya propia.

Se levantó, sacudió su vestido y guardó la hoja amarilla dentro del cuaderno, como un
recordatorio de que, aunque las respuestas no siempre lleguen de inmediato, hay
señales en todas partes para encontrarlas.

La búsqueda había comenzado.


Capítulo 2: Historia – Los Primeros que Preguntaron

El sonido del timbre anunciaba el inicio de la clase de historia. Sofía entró al aula con
su cuaderno bajo el brazo y la cabeza llena de preguntas.

El profesor Emiliano ya estaba en el centro de la sala, dibujando algo en la pizarra con


trazos rápidos y firmes. No era un profesor cualquiera. Desde el primer día, Sofía
había notado que tenía una forma especial de enseñar. No hablaba de la historia como
algo lejano y muerto, sino como si fuera un gran relato lleno de misterios y
conexiones ocultas.

—Hoy vamos a viajar en el tiempo —anunció con entusiasmo, girando hacia la clase
—. Vamos a retroceder miles de años, hasta un mundo sin autos, sin teléfonos, sin
supermercados. Un mundo donde los humanos tenían que luchar cada día para
sobrevivir.

Sofía se acomodó en su asiento.

—Vamos a hablar de los cazadores y recolectores, nuestros antepasados más antiguos.


¿Alguien puede decirme cómo vivían?

Mateo, un niño de la última fila, levantó la mano.

—Vivían en cuevas y cazaban con lanzas.

—Exacto —asintió Emiliano—. No tenían ciudades ni casas de concreto. No había


dinero, no había tiendas. Todo lo que necesitaban, lo tomaban de la naturaleza. Si
tenían hambre, cazaban. Si hacía frío, encendían fuego con piedras. Si querían
moverse, caminaban.

Sofía alzó la mano.

—¿Y tenían escuela?

El profesor sonrió.

—No como la nuestra. Su escuela era la naturaleza. Aprendían observando,


experimentando. Los mayores enseñaban a los más jóvenes cómo sobrevivir, cómo
seguir rastros, cómo diferenciar una planta venenosa de una comestible.

—Entonces… —dijo Sofía, apoyando el lápiz en su cuaderno— ¿ellos vivían bien?

La clase quedó en silencio por un momento. El profesor Emiliano cruzó los brazos y
la miró con interés.

—Buena pregunta, Sofía. ¿Qué creen ustedes?

Hubo un murmullo en la sala. Algunos se encogieron de hombros, otros miraron sus


cuadernos.
—Yo creo que no —dijo Mateo—. Debe haber sido horrible no tener comida
asegurada.

—Pero no tenían estrés como nosotros —dijo Valeria, que siempre tenía respuestas
inesperadas—. Nosotros vivimos con miedo a los exámenes, al dinero, a los
problemas. Ellos solo tenían que preocuparse por comer y dormir.

El profesor Emiliano asintió.

—Dos puntos de vista muy válidos. Y eso nos lleva a la pregunta más importante:
¿cómo definimos vivir bien?

Sofía sintió un escalofrío. Su pregunta había tomado vida dentro del aula.

—Nosotros medimos el bienestar con cosas como el dinero, la tecnología, la


seguridad —continuó el profesor—. Pero los cazadores-recolectores medían su
bienestar de otra forma. Para ellos, vivir bien era tener alimento, estar protegidos y
compartir con su tribu. No tenían un jefe, no trabajaban ocho horas diarias, no
necesitaban ahorrar para el futuro. Todo lo que necesitaban estaba en el presente.

Sofía se mordió el lápiz.

—Entonces, si no trabajaban todo el día, ¿tenían más tiempo libre?

—Sí —dijo Emiliano—. Se estima que un cazador-recolector solo necesitaba trabajar


entre tres y cinco horas al día para conseguir lo necesario. El resto del tiempo lo
dedicaban a compartir con su familia y su tribu, pintando en las cavernas, explorando
la naturaleza.

—Eso suena mejor que lo que hace mi papá… —murmuró Sofía para sí misma.

El profesor sonrió.

—Por eso algunos historiadores llaman a los cazadores-recolectores los primeros


humanos libres. No tenían un jefe, no tenían deudas, no acumulaban cosas
innecesarias. Se movían con la tierra, seguían el ritmo de la naturaleza.

Mateo frunció el ceño.

—Pero no tenían hospitales ni medicinas. ¿No morían más rápido?

—Sí —respondió Emiliano—. La esperanza de vida era mucho menor que la de hoy.
Si alguien se enfermaba gravemente, no siempre podía sobrevivir. Si una sequía
llegaba, podía ser el fin de toda una tribu.

—Entonces no vivían bien —dijo Valeria—. Porque si alguien tiene que preocuparse
por sobrevivir todos los días, no puede ser feliz.

Sofía miró su cuaderno.


"¿Se puede vivir bien sin seguridad? ¿Se puede vivir bien sin libertad?"

El profesor apoyó las manos sobre el escritorio.

—Tal vez vivir bien no sea lo mismo para todas las épocas. Tal vez cada sociedad
crea su propia versión de la felicidad.

Sofía levantó la cabeza.

—¿Y si la versión que hemos creado nosotros no es la mejor?

El profesor la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.

—Esa, Sofía, es una pregunta que vale la pena explorar.

La campana sonó, anunciando el final de la clase. Algunos niños recogieron sus cosas
con prisa, otros seguían murmurando sobre la discusión. Pero Sofía se quedó en su
asiento un poco más.

—Profe…

Emiliano, que estaba ordenando sus papeles, levantó la mirada.

—Dime.

Sofía dudó un momento.

—Si los cazadores-recolectores vivían con tan pocas cosas y tenían tanto tiempo libre,
¿por qué dejamos de vivir así?

El profesor se detuvo y apoyó el codo sobre la mesa, como si la pregunta realmente lo


hubiera golpeado.

—Porque aprendimos a querer más.

Sofía sintió un vacío en el estómago.

—¿Y eso nos hizo más felices?

El profesor suspiró.

—Eso es lo que la historia aún no ha respondido.

Sofía salió del aula con la cabeza llena de pensamientos. Si el pasado tenía formas tan
distintas de vivir bien… ¿qué otras respuestas podría encontrar en la historia?

La búsqueda continuaba.
El Diario de Sofía: El Otro Mentor

Esa tarde, cuando Sofía llegó a casa, dejó su mochila en el suelo, se quitó los zapatos
y caminó directo a su habitación. Ni siquiera prendió la televisión ni sacó sus colores
para dibujar. Algo dentro de ella le decía que debía hacer algo diferente.

Se sentó en la cama, tomó su cuaderno y pasó los dedos sobre la portada. Lo había
usado para garabatos, mapas del tesoro inventados y cálculos de matemáticas, pero
nunca había escrito en él algo realmente importante.

Abrió la primera página, tomó su lápiz y, con una caligrafía todavía un poco
temblorosa, escribió en la parte superior:

"Diario del buen vivir bien."

Se quedó mirando la frase. Sonaba serio. Sonaba como el título de un libro. Sonaba…
como el inicio de algo grande.

Dibujó una línea debajo y, sin pensar demasiado, comenzó a escribir:

"Hoy en clase de historia el profesor nos habló de los cazadores-recolectores. Dijo


que trabajaban poco y tenían mucho tiempo para jugar, contar historias y mirar el
cielo. No tenían dinero, ni jefes, ni deudas. Solo necesitaban encontrar comida y
refugio. Mi papá trabaja todo el día y apenas tiene tiempo para nada. ¿Eso significa
que los cazadores-recolectores vivían mejor que nosotros? ¿Que nosotros lo estamos
haciendo mal?"

Hizo una pausa. Miró el techo de su cuarto, como si las respuestas estuvieran escritas
ahí.

"El profesor dijo que dejamos de vivir así porque aprendimos a querer más cosas.
Pero yo no entiendo algo: ¿por qué querer más si lo que ya tenemos es suficiente?
¿Por qué cambiar la libertad por relojes y oficinas y cuentas que nunca se acaban?"

Bajó el lápiz y tocó la hoja con los dedos. No esperaba escribir tanto. Era como si las
palabras hubieran estado esperando salir.

Suspiró y, antes de cerrar el cuaderno, escribió una última frase:

"¿Se puede vivir bien si nunca tenemos suficiente?"

Cerró el diario y lo apretó contra su pecho.

Lo supo en ese momento.

Este diario no sería solo un cuaderno cualquiera.

Sería el lugar donde guardaría todas sus preguntas. Donde escribiría sus ideas, sus
dudas, las palabras del árbol y las respuestas de su voz interior.
Sería su mapa en esta búsqueda.

Su nuevo mentor.

Escena: La Conversación con Mamá

El sonido del agua corriendo en el fregadero y el chasquido de los cubiertos


golpeando la loza llenaban la cocina. Mamá estaba de espaldas, fregando platos con
rapidez, como si el tiempo fuera un enemigo al que debía vencer.

Sofía se sentó en la mesa y apoyó los codos sobre la superficie fría. Había estado
esperando a que su madre llegara del trabajo para contarle sobre la clase de historia.

—Mamá… ¿tú sabías que antes los humanos vivían en tribus y cazaban para comer?

—Ajá —respondió su madre, sin girarse, enredada en la espuma del jabón—. La


comunidad primitiva, ¿verdad?

Sofía se sorprendió un poco.

—¡Sí! ¿Lo aprendiste en la escuela?

—Algo así. Lo básico —dijo su madre mientras enjuagaba un vaso y lo ponía en el


escurridor—. Vivían en cuevas, pasaban hambre, sufrían frío. Tenían que cazar y
recolectar porque no tenían otra opción. Era una vida muy dura.

Sofía frunció el ceño.

—¿Tú crees que no vivían bien?

Mamá se encogió de hombros.

—Pues claro que no, Sofi. No tenían comodidades, no tenían medicinas, no tenían
tecnología. Apenas sobrevivían.

Sofía mordió la punta de su lápiz.

—Pero, ¿y si nosotros también solo estamos sobreviviendo?

Mamá se detuvo un momento, con la esponja en la mano.

—¿Qué quieres decir?

—Hoy en clase el profesor dijo que los cazadores-recolectores solo trabajaban de tres
a cinco horas al día. Que el resto del tiempo lo pasaban descansando, explorando la
naturaleza y compartiendo con su tribu. Mamá soltó una pequeña risa y volvió a
fregar.
—Bueno, Sofi, nosotros también satisfacemos nuestras necesidades inmediatamente.
Si tienes hambre, solo abres el refrigerador. Si necesitas luz, enciendes un interruptor.
No tenemos que cazar ni buscar frutas en el bosque.

Sofía se cruzó de brazos.

—Pero no todas las necesidades.

—¿Cómo que no? —preguntó mamá, girándose con una ceja arqueada.

—Papá no pudo satisfacer mi necesidad de que me ayudara con la maqueta. Me dijo


que tenía que esperar hasta el fin de semana.

Mamá dejó el plato que estaba lavando y se secó las manos con un paño.

—Bueno, mi amor, es que a veces los adultos estamos ocupados…

—Y ustedes también dicen cosas como “esto hay que esperar hasta el fin de mes” o
“cuando cobremos, lo compramos”.

Mamá apretó los labios.

—Eso es diferente, Sofía. Hay cosas que necesitan planificación.

Sofía tamborileó los dedos sobre la mesa.

—Pero antes las personas no tenían que esperar tanto. Si tenían hambre, buscaban
comida. Si querían hacer algo, lo hacían. No tenían que esperar a recibir un salario.

Mamá suspiró.

—Sí, pero también tenían muchas dificultades. La vida no era fácil.

Sofía no respondió de inmediato. Se quedó mirando la superficie de la mesa, donde


una pequeña mancha de agua reflejaba la luz de la cocina.

—Pero tampoco es fácil ahora… —susurró.

Mamá se quedó en silencio.

—Mira, Sofi —dijo al cabo de unos segundos, sentándose junto a ella—, cada época
tiene su manera de vivir. Antes había menos comodidades, pero también menos
preocupaciones. Ahora tenemos muchas cosas, pero también menos tiempo para
disfrutarlas. Sofía apoyó la cabeza en su mano.

—Entonces, ¿cuándo fue que empezamos a cambiar libertad por preocupaciones?

Mamá sonrió con un dejo de cansancio en los ojos.

—Tal vez cuando empezamos a querer más de lo que necesitábamos.


Sofía la miró.

—¿Y eso nos hizo más felices?

Mamá la observó por un momento, pero no respondió.

Sofía suspiró y sacó su cuaderno. Abrió una nueva página y escribió:

"Antes, los humanos trabajaban menos y tenían más tiempo libre. Ahora trabajamos
más y tenemos menos tiempo. Antes, si necesitaban algo, lo tomaban. Ahora, si
necesitamos algo, debemos esperar hasta que sea el fin de mes. Antes sobrevivían. ¿Y
si nosotros también solo estamos sobreviviendo?"

Cerró el diario y se levantó de la mesa.

—Gracias, mamá.

Mamá la vio salir de la cocina y luego miró el reloj en la pared. Era tarde y aún
quedaban muchas cosas por hacer.

Pero en su mente, las palabras de Sofía seguían dando vueltas.


Capítulo 3: La Segunda Pregunta

El parque estaba casi vacío cuando Sofía llegó. La luz del atardecer se filtraba entre
las hojas, tiñendo el suelo de sombras alargadas. Caminó hasta el árbol viejo y apoyó
la espalda contra su tronco.

—Hoy le pregunté a mi mamá si los cazadores-recolectores vivían bien —dijo,


abrazando su cuaderno contra el pecho—. Ella me dijo que no, que apenas
sobrevivían.

El árbol no respondió, pero una brisa movió sus hojas, como si estuviera escuchando.

—Pero yo no estoy tan segura… —continuó Sofía—. Antes, si alguien tenía hambre,
solo buscaba comida. Si tenía sueño, dormía. Si necesitaba algo, lo tomaba. Ahora, si
queremos algo, tenemos que esperar hasta fin de mes.

Suspiró.

—Antes sobrevivían… pero ¿y si nosotros también solo estamos sobreviviendo?

El viento pareció detenerse por un momento. Luego, una hoja amarilla se desprendió
de las ramas y cayó lentamente en su regazo. Sofía la tomó con cuidado.

—Antes los árboles no tenían miedo de caerse —susurró una voz profunda.

Sofía se enderezó. Sabía que el árbol le estaba respondiendo, aunque no pudiera verlo
moverse ni escuchar su voz como la de un humano.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

—Siempre fui primitivo, pero antes tenía menos estrés. Antes, mis ramas crecían sin
temor, mis raíces se extendían sin límites. Ahora, los árboles vivimos con miedo.
Miedo de ser cortados, miedo de ser arrancados de nuestra historia.

Sofía acarició la hoja seca entre sus dedos.

—Antes los árboles daban frutos y sombra. Eran un refugio, una maravilla de la
naturaleza —continuó la voz—. Ahora somos solo mercancía. Un número en una
fábrica. Un producto más para el comercio.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué? —susurró.

—Porque los humanos empezaron a querer más.

Sofía se quedó en silencio, mirando las raíces gruesas que emergían de la tierra.

—Pero… ¿cuándo será suficiente?


El árbol no respondió.

Sofía miró a su alrededor. En el parque había muchos árboles, pero también había
postes de luz, anuncios de tiendas, bancos de metal.

—Cada día se cortan más árboles para hacer más cosas —murmuró—. ¿Pero qué pasa
cuando ya tenemos suficientes cosas? ¿Cuándo decidiremos parar?

El viento sopló suavemente entre las ramas, pero no hubo respuesta.

Sofía abrió su cuaderno y escribió:

"Antes los árboles crecían sin miedo. Ahora los árboles tienen miedo de ser cortados.
Antes la tierra daba lo suficiente. Ahora los humanos quieren más y más. Pero…
¿cuándo será suficiente?"

Guardó el cuaderno y abrazó sus rodillas.

Había llegado al parque con una pregunta. Ahora tenía dos.


Capítulo 3: Matemáticas – La Ecuación de la Vida

La luz de la mañana se filtraba por las ventanas del aula, dibujando intrincados
patrones geométricos sobre el suelo. Los pupitres, dispuestos con precisión,
aguardaban el inicio de una nueva lección, mientras en el pizarrón el Profesor
Ramírez repasaba las ecuaciones de siempre. Sin embargo, hoy en el aire flotaba una
inquietud especial, como si los números y las fórmulas estuvieran a punto de revelar
algo inesperado.

Mientras el profesor exponía las reglas básicas de las ecuaciones, Sofía sentía que sus
pensamientos bullían, mezclándose con cada operación. La lección de esa mañana
tenía un matiz distinto: entre sumas y restas, se gestaba una pregunta que retaba la
lógica misma. Con voz temblorosa, y a pesar de su timidez, Sofía levantó la mano.

—Profesor, ¿existe una ecuación para vivir bien? —preguntó, con la inocencia y
profundidad de una niña que apenas comienza a comprender el mundo.

El aula quedó en silencio. El Profesor Ramírez, con una mirada cálida y comprensiva,
dejó a un lado el marcador y se acercó lentamente a la pizarra. Con gestos pausados y
llenos de pasión, comenzó a trazar una ecuación que parecía fusionar el arte con la
ciencia:

V = (A + L + G + C) / (M + D + E)

—Imaginen, queridos alumnos, que la vida es una ecuación —explicó el profesor—.


Aquí, V representa "vivir bien".
—A simboliza el amor, L la libertad, G la gratitud y C la creatividad, esos elementos
que alimentan el alma.
—En el denominador, tenemos M, el miedo; D, la duda; y E, el egoísmo, todos ellos
obstáculos que pueden frenarnos.

El profesor se detuvo, dejando que cada palabra calara en los rostros atentos de sus
alumnos. Los ojos de Sofía brillaban, pero al mismo tiempo, la ecuación sembraba en
ella nuevas dudas.

—Pero, como en toda ecuación, las variables no son fijas —continuó Ramírez—.
Cada día, nuestras experiencias y decisiones cambian estos valores. Lo importante es
aprender a potenciar lo que nos hace felices y disminuir lo que nos impide avanzar.

Mateo, un compañero de mirada vivaz, fue el primero en atreverse a preguntar:

—Profesor, ¿qué pasa si el miedo y la duda son tan grandes que el denominador se
dispara? ¿Acaso entonces dejamos de vivir bien?

El profesor asintió con una sonrisa serena.

—Exactamente, Mateo. Esa es la lección. Si permitimos que el miedo y la duda


dominen, nos alejamos de una vida plena. Pero lo maravilloso es que, día a día,
podemos trabajar en equilibrar esta ecuación, cultivando el amor, la libertad, la
gratitud y la creatividad.

Sofía, con el cuaderno abierto en su regazo, frunció el ceño y, con voz suave, inquirió:

—Pero, profesor, ¿cómo podemos medir algo tan intangible como el amor o la
creatividad? ¿No son sentimientos que se sienten, más que se cuentan?

El Profesor Ramírez se inclinó hacia la pizarra y, con un trazo delicado, añadió una
nota que parecía casi un susurro de sabiduría:

Nota: La verdadera ecuación es dinámica, una


función de tiempo y experiencias.

—Esa, Sofía, es la verdadera belleza de la vida —dijo con voz pausada—. La


matemática nos enseña a buscar patrones y equilibrio, pero no puede capturar por
completo la esencia de lo que somos. Ustedes, cada uno, son como algoritmos en
constante cambio. La fórmula que les mostré es solo un mapa, una guía que los invita
a reflexionar sobre lo que realmente importa.

En ese instante, el aula se llenó de un ambiente casi mágico. Cada símbolo y número
en la pizarra se transformaba en una metáfora del buen vivir. Para algunos, la
ecuación aclaraba sus ideas; para otros, como Sofía, intensificaba las interrogantes:
¿cómo se suma el amor? ¿Se puede restar completamente el miedo?

El Profesor Ramírez concluyó con una voz llena de esperanza:

—Quizás la ecuación de la vida no se resuelva en un cuaderno, sino en cada


experiencia, en cada elección que hacemos. Lo importante es aprender a equilibrar
nuestras variables, transformando nuestros temores en valentía y nuestras dudas en
oportunidades para crecer.

Sofía respiró profundamente mientras miraba la ecuación escrita en la pizarra. Su


búsqueda para comprender qué significaba verdaderamente vivir bien se volvía cada
vez más compleja, pero también más fascinante. Con el corazón lleno de nuevas
interrogantes, supo que cada clase, cada experiencia, la llevaría un paso más cerca de
descubrir su propia fórmula para la felicidad.

CAPÍTULO 4: QUÍMICA

La alquimia de la buena vida


En el laboratorio de una pequeña universidad, impregnado del aroma peculiar de los
compuestos químicos y el leve zumbido de los quemadores Bunsen, el profesor
Samuel Ortega se preparaba para su clase inaugural. Samuel no era un químico
cualquiera; era un apasionado soñador que veía en la química no solo una ciencia,
sino una metáfora profunda de la existencia humana. Ese día, como cada inicio de
semestre, estaba decidido a convencer a sus estudiantes de una idea que lo había
acompañado durante toda su carrera: la química es la ciencia que mejor nos enseña
qué significa vivir bien.

Con su bata blanca ligeramente desgastada y sus ojos brillantes tras las gafas, Samuel
se dirigió al grupo de jóvenes que lo observaban con curiosidad. Tomó un frasco
vacío y lo sostuvo frente a ellos.

—La vida —comenzó— es como este frasco. Al principio parece vacío, pero en
realidad está lleno de posibilidades esperando ser transformadas. Y aquí es donde
entra la química: la ciencia de las transformaciones. Porque vivir bien no es otra cosa
que aprender a transformar lo que tenemos en algo significativo.

Los estudiantes lo miraron intrigados mientras él colocaba el frasco sobre la mesa y


continuaba:

—Primero, piensen en las reacciones químicas. Cada una tiene reactivos, productos y
condiciones específicas para que ocurra. La buena vida también es así: somos los
reactivos, y nuestras decisiones, experiencias y relaciones son las condiciones que
determinan en qué nos convertimos. Vivir bien significa reconocer qué necesitamos
para que nuestras "reacciones" personales sean exitosas.

Tomó un trozo de sodio metálico y lo dejó caer en un vaso con agua. La reacción fue
inmediata: burbujas, calor y un destello efímero llenaron el aire.

—Esto —dijo señalando el vaso— es lo que ocurre cuando encontramos el catalizador


adecuado en nuestras vidas. Un catalizador no cambia quiénes somos; simplemente
acelera las transformaciones necesarias. Puede ser una persona, un libro, una
experiencia… algo que nos impulsa a crecer más rápido de lo que imaginábamos
posible.

El aula quedó en silencio mientras los estudiantes procesaban sus palabras. Luego
Samuel tomó una hoja de papel y escribió en grandes letras:
C6H12O6 + O2 → CO2 + H2O + Energía

—¿Reconocen esta reacción? —preguntó con una sonrisa—. Es la respiración celular,


el proceso por el cual nuestras células convierten glucosa en energía. Sin esta reacción
química, no podríamos vivir ni un solo día. Pero lo interesante es esto: cada molécula
de glucosa contiene energía almacenada en sus enlaces químicos. Vivir bien significa
aprender a liberar esa energía dentro de nosotros mismos: nuestra pasión, nuestra
creatividad, nuestra capacidad para amar y construir.

Un estudiante levantó la mano tímidamente.

—¿Está diciendo que la vida es como una serie de reacciones químicas?

Samuel asintió con entusiasmo.


—Exactamente. Pero no solo eso. La química también nos enseña sobre equilibrio.
Piensen en el equilibrio químico: cuando las reacciones alcanzan un estado donde los
reactivos y productos coexisten en armonía. En la vida ocurre lo mismo; no podemos
estar siempre produciendo ni siempre consumiendo. Vivir bien significa encontrar ese
punto donde damos tanto como recibimos, donde nuestras acciones están alineadas
con nuestro entorno.

Se detuvo un momento antes de dar su golpe final:

—Y luego está la entropía —dijo mientras dibujaba un símbolo delta seguido de una
"S" en el pizarrón—. La segunda ley de la termodinámica nos dice que el desorden
siempre aumenta con el tiempo. Pero aquí está lo hermoso: aunque no podemos
detener la entropía, podemos crear pequeños oasis de orden en medio del caos. Eso es
vivir bien: aceptar que no podemos controlar todo, pero aún así construir algo
significativo dentro del flujo inevitable del universo.

Los estudiantes estaban fascinados. Samuel había tomado conceptos abstractos como
reacciones químicas y entropía y los había transformado en lecciones profundas sobre
la existencia humana.

—Entonces —concluyó mientras apagaba el quemador Bunsen—, si quieren saber


qué significa vivir bien, piensen como químicos: aprendan a transformar lo ordinario
en extraordinario; busquen catalizadores que los impulsen; encuentren su equilibrio; y
nunca teman al cambio ni al caos, porque incluso las reacciones más violentas pueden
dar lugar a algo hermoso.

Cuando terminó la clase, muchos estudiantes salieron reflexionando profundamente


sobre sus propias vidas como si fueran laboratorios personales llenos de experimentos
por realizar. Algunos comenzaron a pensar en las personas o experiencias que habían
sido sus catalizadores; otros se preguntaron si estaban viviendo en equilibrio o
dejando demasiada energía sin liberar.

Para Samuel Ortega, la química era mucho más que tubos de ensayo y ecuaciones: era
una filosofía práctica para entender cómo transformar nuestra existencia en algo pleno
y significativo. Porque al final del día —pensaba mientras limpiaba el frasco vacío—
vivir bien es ser alquimistas de nuestra propia felicidad, capaces de encontrar oro
incluso entre los elementos más simples e inesperados del universo.
Capítulo 4: La Sabiduría del Tiempo

El reloj de pared en la sala de la abuela sonaba con un tic-tac pausado, como si


midiera el tiempo con una paciencia distinta a la del resto del mundo. Para Sofía, la
casa de su abuela siempre tenía un aire especial: el aroma a café recién hecho, los
muebles que parecían haber vivido muchas historias, y ese silencio tranquilo que solo
interrumpía el canto de algún pájaro en la ventana.

La abuela estaba sentada en su mecedora, tejiendo con las manos arrugadas por los
años, pero firmes como las raíces de un viejo árbol. Sofía se sentó en el suelo, junto a
sus pies, y abrazó su cuaderno contra el pecho.

—Abuela… ¿cuando uno es mayor, vive mejor?

La abuela dejó las agujas sobre su regazo y la miró con ternura, con esa expresión que
tienen los que han aprendido que la vida no se responde con prisa.

—Buena pregunta, mi niña —dijo, entrelazando sus manos sobre la falda—. ¿Por qué
quieres saberlo?

Sofía suspiró.

—Es que sigo sin entender qué significa vivir bien. Pensé que si hablaba con alguien
que ha vivido mucho, tal vez podría saberlo.

La abuela sonrió con dulzura y pasó una mano por el cabello de Sofía.

—El tiempo te da respuestas, pero también te deja más preguntas —susurró—.


Cuando era niña, pensaba que vivir bien significaba tener una casa bonita y comida en
la mesa. Cuando fui joven, creí que significaba encontrar el amor, formar una familia.
Y ahora, con los años encima, me doy cuenta de que vivir bien no fue ninguna de esas
cosas en particular…

Sofía la miró con atención.

—¿Entonces qué es?

La abuela miró a través de la ventana, como si en el reflejo del cristal estuvieran


grabadas todas las versiones de sí misma que habían existido.

—Tal vez vivir bien sea no desperdiciar el tiempo que se nos da.

Sofía frunció el ceño.

—Pero si el tiempo nunca se detiene, ¿cómo se desperdicia?


La abuela soltó una risa suave, llena de nostalgia.

—El tiempo no se detiene, pero nosotros sí. A veces lo dejamos escapar mientras
esperamos algo mejor, mientras soñamos con lo que vendrá, mientras nos aferramos a
lo que ya pasó.

Sofía bajó la mirada.

—Entonces… ¿vivir bien es aprovechar cada segundo?

—No, mi niña —dijo la abuela, inclinándose un poco hacia ella—. Vivir bien no es
llenarse de cosas que hacer, sino saber qué momentos merecen ser vividos con el alma
despierta.

Sofía sintió un escalofrío en la espalda.

—¿Cómo sé cuáles momentos son esos?

La abuela tomó su mano con cariño.

—Son aquellos en los que sientes que el tiempo se detiene. Cuando ríes con alguien
que amas, cuando ves un atardecer y te quedas en silencio, cuando cierras los ojos y
sientes que todo está en su lugar, aunque sea solo por un instante.

Sofía guardó esas palabras en su corazón. Miró el reloj de la pared y escuchó su tic-
tac pausado.

"El tiempo te da respuestas, pero también te deja más preguntas."

Abrió su cuaderno y escribió:

"¿El tiempo pasa o somos nosotros los que pasamos por él? Si vivir bien es no
desperdiciar el tiempo, ¿cómo sé que lo estoy usando bien? ¿Y si cuando me doy
cuenta, ya se ha ido?"

Cerró el cuaderno y se recostó en el regazo de la abuela, sintiendo el suave vaivén de


la mecedora.

Por primera vez, no tenía prisa por encontrar la respuesta.


Capítulo 5: Biología – Aprender a Vivir como los
Animales

El aula de biología olía a tierra húmeda y hojas secas. Al fondo de la sala, varias
plantas enredaban sus tallos alrededor de pequeños tutores de madera. En la pared, un
gran póster mostraba la cadena alimenticia, y sobre el escritorio del Profesor Galván
descansaba una pequeña pecera con un pez dorado que nadaba en círculos.

El Profesor Galván tenía algo que Sofía admiraba: no solo enseñaba biología, la
contaba. Sus clases eran como cuentos donde las plantas, los animales y los
ecosistemas se convertían en protagonistas de una historia asombrosa.

—Hoy hablaremos de la vida —dijo el profesor, escribiendo en el pizarrón con letras


grandes y firmes—. No solo de cómo se origina o de cómo se adapta, sino de cómo se
vive.

Sofía levantó la vista, interesada.

—¿Y qué significa eso, profe?

El profesor dejó el marcador en el escritorio y caminó hacia la ventana.

—Los humanos pasamos buena parte de nuestras vidas tratando de descubrir qué
significa ser felices —explicó—. Leemos libros, seguimos consejos, hacemos planes
para el futuro. Pero, ¿saben qué es curioso?

Hizo una pausa y señaló hacia afuera, donde en una rama cercana un gorrión saltaba
de un lado a otro, agitándose bajo el sol.

—Ese pájaro no se está haciendo esas preguntas. Simplemente vuela.

Los alumnos intercambiaron miradas, intrigados.

—Un pez no se pregunta si debe nadar. Un pájaro no duda si debería volar. Un árbol
no se resiste a crecer. Cada ser vivo simplemente es, y en esa entrega total a su propia
naturaleza, viven sin la confusión que nosotros mismos nos creamos.

Sofía levantó la mano.

—¿Entonces… los animales viven bien sin siquiera pensarlo?

El profesor asintió.

—En cierto sentido, sí. No se enredan en preguntas que no pueden responder. No se


comparan con otros ni intentan ser algo que no son. Solo hacen lo que saben hacer:
vivir.

Sofía tomó su lápiz y escribió en su diario:


"¿Y si vivir bien es simplemente ser lo que realmente somos?"

—Pero no todos los animales viven igual —continuó el profesor—. Hay algunos que,
sin siquiera saberlo, nos enseñan grandes lecciones sobre la vida.

Se acercó de nuevo al pizarrón y dibujó tres siluetas: un ave, una abeja y un gato.

—Por ejemplo, las aves migratorias —dijo, señalando la primera figura—. Cada año
viajan miles de kilómetros sin mapas ni tecnología. No tienen miedo de perderse,
porque confían en el viento, en el sol y en sus propios cuerpos. No lo cuestionan:
simplemente saben que llegarán.

Mateo levantó la mano.

—¿Y si se pierden?

El profesor sonrió.

—A veces se desvían, pero confían tanto en el viaje que no dejan de volar. Aceptan
que, aunque se equivoquen, siempre encontrarán el camino.

Sofía sintió que algo en su interior se encendía.

"¿Y si vivir bien significa confiar más en el camino?"

El profesor señaló la siguiente figura.

—Las abejas son otro ejemplo. Cada una tiene un rol en la colmena: algunas
recolectan néctar, otras protegen la entrada, otras cuidan a la reina. No compiten entre
sí, ni intentan ser algo que no son. Simplemente cumplen su propósito, y gracias a
eso, toda la colmena prospera.

—Entonces… —intervino Sofía— ¿vivir bien es encontrar nuestro lugar?

—Exactamente —dijo el profesor—. En lugar de preocuparnos por lo que hacen los


demás, deberíamos enfocarnos en lo que hacemos mejor, en lo que nos da sentido.

Sofía escribió rápidamente en su diario:

"¿Y si vivir bien es encontrar nuestro propio propósito y dejar de compararnos?"

Finalmente, el Profesor Galván señaló la figura del gato.

—Y luego están los gatos —dijo con una sonrisa divertida—. Un gato puede pasarse
horas tumbado bajo el sol, estirando su cuerpo con la mayor tranquilidad del mundo.
No se siente culpable por descansar, no se preocupa por lo que hizo ayer ni por lo que
hará mañana. Simplemente disfruta el momento.

—¡Como el mío! —exclamó Valeria—. Pasa todo el día durmiendo.


La clase estalló en risas.

—¡Yo también quiero ser un gato! —gritó Mateo desde el fondo, provocando una
nueva oleada de carcajadas.

—¡Y yo! —añadió otro compañero, riendo con ganas.

El Profesor Galván esperó pacientemente a que el bullicio se apagara, con una sonrisa
divertida en el rostro.

—No se preocupen —dijo finalmente—. No hace falta ser un gato para aprender de
ellos. A veces, solo se trata de darnos permiso para descansar, para detenernos un
momento sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Miró a la clase con una expresión más seria.

—Quizás vivir bien no sea hacerlo todo rápido, sino saber cuándo es momento de
detenerse y disfrutar el sol, como hacen los gatos.

Las risas se apagaron poco a poco, dejando en el aula un silencio reflexivo, como si
cada alumno estuviera imaginando su propia "siesta al sol".

—Puede que los gatos no parezcan grandes maestros, pero lo son —dijo el profesor,
volviendo a sonreír—. Nos recuerdan que vivir bien también significa darnos permiso
para simplemente estar, sin culpas ni prisas.

Sofía apoyó el lápiz en la página abierta de su diario y dejó que las palabras fluyeran:

"¿Y si vivir bien también significa aprender a detenerse sin sentirse culpable?"

El profesor miró a la clase con expresión reflexiva.

—Los humanos hemos creado inventos increíbles, hemos construido ciudades, hemos
descubierto cosas maravillosas… pero en algún punto del camino, nos alejamos de
nuestra propia esencia. Pasamos tanto tiempo buscando el secreto para vivir bien, que
olvidamos que la respuesta ya está escrita en nuestra propia biología.

Hizo una pausa y agregó:

—Tal vez, solo tal vez, vivir bien significa confiar más en la vida, hacer aquello que
nos hace sentir plenos, trabajar con propósito… y aprender a descansar sin culpa.

La campana sonó, pero nadie se levantó de su asiento de inmediato. El aula se había


quedado envuelta en un silencio distinto, como si todos estuvieran saboreando las
palabras del profesor.

Sofía cerró su cuaderno lentamente, sabiendo que aquella clase no solo le había dado
respuestas, sino también nuevas preguntas.

"¿Y si vivir bien significa dejar de complicar tanto las cosas?"


Su búsqueda continuaba.

Capítulo 6: El Árbol y el Secreto de Crecer

El parque estaba casi vacío cuando Sofía llegó. La brisa de la tarde soplaba con
suavidad, haciendo que las hojas del gran árbol susurraran entre sí, como si
compartieran secretos invisibles. Sofía se acercó despacio y se sentó en la misma raíz
gruesa que siempre le servía de banco.

El árbol parecía aún más inmenso que de costumbre, como si sus ramas tocaran el
cielo y sus raíces se hundieran en lo más profundo de la tierra. Sofía abrió su
cuaderno y repasó las notas que había escrito en la clase de biología.

"Un pez no se pregunta si debe nadar. Un pájaro no duda si debe volar. Un árbol no
se resiste a crecer."

Sofía levantó la vista y contempló las ramas que se extendían sobre su cabeza,
formando un techo verde y vibrante.

—A veces me gustaría ser como tú —dijo en voz baja—. No tener que pensar tanto,
no tener tantas dudas… solo ser.

El viento pareció agitar las hojas en respuesta. Sofía sonrió levemente y apoyó la
espalda contra el tronco rugoso.

—Hoy en clase dijeron que los animales no se complican la vida como nosotros.
Simplemente viven.

Pausó un momento y miró las raíces gruesas que se perdían bajo la tierra.

—¿Tú crees que los humanos nos hemos olvidado de cómo vivir bien? —susurró.

El árbol guardó silencio, pero una ráfaga de viento agitó sus ramas, haciendo que
varias hojas se desprendieran y flotaran suavemente hasta el suelo. Sofía tomó una
entre sus manos: era amarilla y frágil, como si se deshiciera con solo apretarla.

—¿Por qué dejas caer tus hojas? —preguntó.

—Porque no puedo quedarme con lo que ya no me sirve… —pareció responder la voz


del árbol, grave y serena, resonando en algún rincón profundo de la mente de Sofía.

Ella acarició la hoja seca con los dedos.

—¿Aunque haya sido parte de ti?

—Aunque haya sido parte de mí…

Sofía dejó escapar un suspiro.

—¿No te da miedo soltar?


El árbol guardó silencio un momento, como si sus raíces pensaran antes de responder.

—Soltar es parte de crecer, —murmuró la voz—. Mis hojas no caen porque las abandono…
caen porque ya cumplieron su ciclo. Si intentara retenerlas, me marchitaría por dentro.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—Pero… ¿y si no sabes qué es lo que debes soltar?

El árbol dejó caer otra hoja que aterrizó suavemente sobre el regazo de Sofía.

—Aquello que ya no te deja crecer.

Sofía apretó la hoja seca contra el pecho y miró hacia las raíces que se enredaban bajo sus
pies.

—¿Y tus raíces? —preguntó—. ¿Por qué crecen tan profundo si no pueden ver la luz?

El viento se detuvo por un instante. El parque entero pareció quedarse en silencio.

—Porque mis raíces no buscan la luz, —dijo el árbol—. Mis raíces buscan el agua y los
nutrientes que me sostienen. Gracias a ellas puedo mantenerme firme cuando el viento sopla
fuerte. Si creciera solo hacia arriba, sin cuidar mis raíces, la primera tormenta me
derribaría.

Sofía bajó la mirada y pensó en su propia vida. Pensó en su familia, en las noches en que se
quedaba dormida en el regazo de su abuela, en los abrazos de su madre y en la risa de su
padre cuando le contaba chistes que él mismo inventaba.

—Entonces… ¿vivir bien es cuidar nuestras raíces?

—Vivir bien es encontrar el equilibrio, —respondió el árbol—. Tus raíces te sostienen, pero
tus hojas deben extenderse hacia el cielo. No basta con mirar solo al suelo ni solo al sol.
Vivir bien es crecer hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo.

El corazón de Sofía latía con fuerza. Abrió su cuaderno y escribió:

"Sus raíces buscan el agua y los nutrientes en la tierra; sus hojas capturan la luz del sol para
transformarla en energía. Así es nuestra vida: necesitamos estar conectados con nuestras
raíces —nuestra familia, nuestra historia— pero también debemos extendernos hacia el
mundo, buscando luz, conocimiento y crecimiento. Vivir bien significa encontrar ese
equilibrio entre lo que nos nutre y lo que nos eleva."

Cuando cerró el cuaderno, Sofía se sintió un poco más ligera. No porque todas sus preguntas
tuvieran respuesta, sino porque entendió que tal vez no tenía que encontrar todas las
respuestas hoy.

Miró las hojas que el viento había dispersado a su alrededor y luego alzó la vista hacia las
ramas del árbol, que seguían meciéndose tranquilas bajo el cielo.

—Gracias —susurró.

Y por un instante, Sofía sintió que sus raíces también se estaban fortaleciendo.
Capítulo 7: Literatura – La Vida Como Una Historia

El aula de literatura tenía algo especial: los estantes repletos de libros, las láminas con
retratos de escritores famosos y el aroma inconfundible del papel viejo le daban a la
clase un aire de otro tiempo. Sofía adoraba ese espacio, aunque todavía no entendía
del todo por qué.

El Profesor Mendoza, un hombre de voz serena y mirada soñadora, entró con un libro
en la mano. Su forma de hablar siempre parecía un poco teatral, como si en cada
palabra escondiera un secreto que los alumnos debían descubrir.

—Hoy no vamos a leer un cuento ni una novela —dijo, sosteniendo el libro en alto—.
Hoy leeremos un poema.

El aula se quedó en silencio. Algunos niños suspiraron, resignados; otros, como Sofía,
se inclinaron un poco hacia adelante, curiosos.

El profesor abrió el libro, carraspeó suavemente y comenzó a recitar:

Abrimos un libro,
y el mundo se despliega,
como un río que fluye,
como un mapa que espera.

Cada palabra es un puente,


cada página, un sendero.
Leer es viajar sin mover los pies,
es vivir mil vidas en un solo momento.

Somos Ulises buscando Ítaca,


somos Quijotes soñando molinos.
En las letras encontramos espejos,
y en los espejos, nuestros destinos.

Escribir es sembrar en el tiempo,


es dejar raíces en lo eterno.
Es convertir el dolor en verso,
y la alegría en un canto interno.

La buena vida no es solo respirar;


es imaginar, sentir y crear.
Es ser autores de nuestra historia,
y lectores del alma universal.

Porque leer es descubrirnos,


y escribir es reinventarnos.
Es tejer con palabras la memoria,
y con sueños construir el mañana.

Así vivimos bien:


con libros abiertos y corazones despiertos.
Dejando que las historias nos guíen,
y que nuestras vidas se escriban con sentido.

El profesor cerró el libro lentamente, como si acabara de guardar un tesoro entre sus
páginas.

—¿Qué les pareció? —preguntó con suavidad.

Sofía levantó la mano.

—Dice que vivir bien es escribir nuestra propia historia… —dijo con voz dubitativa
—. ¿Eso significa que somos como personajes de un libro?

El Profesor Mendoza sonrió.

—De alguna forma, sí. Cada uno de nosotros es el protagonista de su propia historia.
Y al igual que en los libros, no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí
podemos decidir cómo reaccionar, qué aprender y qué sentido darle a lo que vivimos.

—¿Y qué pasa si mi historia no es bonita? —preguntó Valeria desde el fondo del aula
—. ¿Si en lugar de una aventura es… aburrida?

El profesor tomó una tiza y escribió en la pizarra:

"No podemos elegir cómo empieza nuestra historia,


pero sí cómo queremos contarla."
—Mitch Albom

—No todas las historias empiezan bien —dijo el profesor—. Algunas tienen capítulos
tristes, momentos difíciles o días que parecen no tener sentido. Pero lo maravilloso de
la vida es que, como lectores y autores a la vez, siempre podemos elegir qué
significado darle a cada experiencia.

Mateo, que parecía inquieto, levantó la mano.

—¿Y si me equivoco escribiendo mi propia historia?

El Profesor Mendoza sonrió con ternura.

—Eso les pasa incluso a los mejores escritores —respondió—. Gabriel García
Márquez decía que las cosas tienen vida propia, solo hay que saber despertarlas. A
veces un error, un giro inesperado, termina siendo lo que le da fuerza y belleza a la
historia.

Sofía escribió en su cuaderno:


"¿Y si mis errores son solo capítulos que me enseñan a escribir mejor?"

—La clave —continuó el profesor— está en no detenerse. Aunque haya páginas


difíciles, aunque no sepamos cuál será el final, debemos seguir escribiendo. Porque
vivir bien no significa tener una vida perfecta, sino darle un sentido a cada momento
que vivimos.

Volvió a tomar la tiza y escribió otra frase en la pizarra:

"Vivir no es otra cosa que arder en preguntas."


—Antonin Artaud

Sofía sintió que aquella frase le hablaba directamente.

"¿Y si vivir bien significa no tener todas las respuestas, sino aprender a hacerse las
preguntas correctas?"

La clase terminó, pero Sofía se quedó un momento más, mirando las palabras escritas
en la pizarra.

El Profesor Mendoza se acercó.

—¿En qué piensas, Sofía?

Ella levantó la mirada.

—En que… tal vez vivir bien es escribir nuestra vida como si fuera un poema —dijo
—. No solo contar lo que pasa, sino darle un significado que lo haga especial.

El profesor le guiñó un ojo.

—Exactamente. Al final, vivir bien es aprender a leer nuestra propia vida como si
fuera una obra literaria: llena de significado, belleza e infinitas posibilidades.

Sofía salió del aula sintiendo que, aunque aún no tenía todas las respuestas, había
descubierto algo importante:

"No importa si aún no sé cómo termina mi historia… Lo importante es que cada día
puedo escribir una nueva página."
Capítulo 8: Sofía y su Primer Poema

El cielo empezaba a oscurecer cuando Sofía llegó a su habitación. No encendió la luz


de inmediato; en lugar de eso, se quedó un momento junto a la ventana, observando
cómo las nubes se teñían de naranja y violeta, como si el sol estuviera pintando el
final del día.

En su mesita estaba su cuaderno, su diario. Lo abrió con cuidado, como quien abre
una puerta hacia algo que aún no sabe cómo explicar.

La clase de literatura seguía resonando en su mente: "Vivir bien es aprender a escribir


nuestra propia historia…"

Sofía se sentó en el borde de la cama, tomó su lápiz y en la primera página en blanco


escribió:

"Mi primer poema"

El lápiz se quedó quieto sobre el papel.

"¿Y ahora qué?" pensó.

Quería escribir algo sincero, algo que hablara de lo que sentía, no de lo que los demás
esperaban leer. No sería un poema para ganar aplausos ni para que la maestra lo
colgara en la cartelera de la escuela. Lo escribiría solo para sí misma, para entender
mejor ese nudo que llevaba en el pecho desde que comenzó su búsqueda.

Cerró los ojos y pensó en el árbol, en su abuela, en el profesor de matemáticas, en los


cazadores-recolectores, en su padre cansado cada noche… Pensó en la vida, en sus
preguntas, en sus dudas.

Y entonces comenzó a escribir.

La vida no es correr,

es caminar...

A veces la vida parece un laberinto,

Sofía se detuvo, no le salían las palabras. Tenía dudas.

—No —murmuró—. No quiero escribir sobre perderme…

Tachó la estrofa y empezó de nuevo. Esta vez pensó en las cosas que sí la hacían
sentirse bien: su abuela tejiendo en su mecedora, el árbol que dejaba caer sus hojas, su
madre abrazándola antes de dormir.

Volvió a escribir:
A veces la vida es como el viento:
fuerte y ruidosa, y me cuesta avanzar.
Pero otras veces es suave,
como una brisa que me empuja sin prisa,
y entonces todo parece más fácil.

Se detuvo de nuevo.

—Demasiado corto… —susurró.

Tomó aire y pensó en lo que había aprendido en cada conversación, en cada clase.
Recordó que su abuelo decía que la vida no era solo buscar respuestas, sino aprender a
convivir con las preguntas.

Se inclinó sobre el cuaderno y esta vez las palabras fluyeron como un río:

La vida no es solo correr,


también es pararse y mirar.
Es saber cuándo avanzar
y cuándo dejarse llevar.

La vida es como un árbol:


con raíces que nos mantienen
y hojas que salen a volar.
A veces hay que soltar cosas,
como los juguetes rotos.

Vivir bien no es tenerlo todo,


es saber qué cosas son las buenas,
Es abrazar a mamá y papá,
es confiar en lo que siento,
aunque no siempre lo vea claro.

Sofía se quedó mirando el poema, con el lápiz todavía entre los dedos. Por primera
vez desde que había comenzado su búsqueda, sintió que había logrado poner en
palabras algo que realmente entendía… y algo que aún no entendía del todo.

—No está perfecto… pero está bien así —murmuró.

Porque ahora sabía que escribir, como vivir, no era cuestión de hacerlo todo bien a la
primera. Era un camino que se construía poco a poco, equivocándose, borrando,
empezando de nuevo.

Cerró el cuaderno y lo abrazó contra su pecho, como si con ese gesto pudiera abrazar
todas sus preguntas, sus miedos y sus sueños.

Y esa noche, cuando se durmió, soñó que el viento llevaba su poema hasta las ramas
del gran árbol del parque, donde las hojas lo susurraban suavemente al mundo.
Me encanta la idea de darle más naturalidad a la escena y permitir que la pregunta de
Sofía surja de forma espontánea. Aquí te presento la versión revisada con los cambios
que mencionaste:

Capítulo 9: Física – La Energía de Vivir Bien

La mañana se filtraba perezosa por las ventanas del aula. La clase de física solía
parecerle a Sofía un mundo de números y símbolos extraños, pero aquel día fue
distinto. El Profesor Aranda, un hombre alto de cabello canoso y sonrisa afable,
escribió en la pizarra una ecuación que parecía encerrar un secreto poderoso:

E = mc²

—Hoy vamos a hablar de una de las fórmulas más importantes de la física —dijo el
profesor, dibujando un círculo alrededor de la ecuación—. Esta es la ecuación que
Albert Einstein usó para demostrar que la energía y la materia están relacionadas.

Sofía miró la pizarra con curiosidad, pero antes de que pudiera decir algo, Mateo —
que se sentaba justo a su lado— se inclinó hacia ella con una sonrisa burlona.

—Esta vez sí que no te van a poder responder la preguntita que siempre haces —
susurró en tono de burla.

Algunos niños que estaban cerca rieron, y Sofía sintió que sus mejillas se encendían.

—¿Qué está pasando ahí atrás? —la voz del Profesor Aranda cortó el murmullo de la
clase.

Mateo se encogió de hombros, pero Sofía, algo nerviosa, decidió hablar:

—Es que… —balbuceó— él dice que esta vez no voy a poder preguntar qué tiene que
ver eso con vivir bien…

La clase volvió a reír, pero esta vez el profesor no se unió a la broma. En cambio, dejó
el marcador sobre el escritorio, cruzó los brazos y miró a Mateo con seriedad.

—¿Y por qué crees que no hay una respuesta para eso? —preguntó el profesor.

Mateo se quedó sin palabras.

—De hecho —continuó el profesor—, creo que esa pregunta es exactamente la que
deberíamos hacernos hoy.

Se acercó a la pizarra y subrayó la letra "E" de la ecuación.


—Piensen en esta "E", que representa la energía. No solo es la energía que mueve el
universo… también es la energía que nos mueve a nosotros.

Hizo una pausa y miró a sus alumnos.

—¿Alguna vez se han sentido tan felices que, aunque estaban cansados, podían seguir
jugando, bailando o riendo sin parar?

Algunos niños asintieron.

—¿Y alguna vez se han sentido tan tristes o preocupados que, aunque no hubieran
hecho nada físico, se sentían como si no tuvieran fuerzas para levantarse?

Varios alumnos inclinaron la cabeza, recordando momentos así.

—Eso es porque nuestras emociones también son energía —continuó el profesor—.


Cuando estamos alegres, nuestra energía se multiplica. Cuando estamos tristes o
angustiados, se reduce.

Sofía escribió en su cuaderno:

"¿Entonces vivir bien es cuidar la energía que sentimos?"

El profesor señaló la letra "m" de la ecuación.

—Esta letra representa la materia. Todo lo que ocupa un lugar en el espacio. Y


nosotros también somos materia.

—¿Eso quiere decir que las personas somos energía convertida en algo sólido? —
preguntó Valeria.

—Exactamente —dijo el profesor—. Somos materia, pero dentro de nosotros también


hay energía que vibra, que se expande, que se transforma.

El profesor tomó la tiza y escribió otra palabra en la pizarra:

Gravedad

—¿Alguien recuerda qué es la gravedad? —preguntó.

—¡Es lo que hizo que le cayera la manzana en la cabeza a Eva! —bromeó Valeria.

La clase estalló en risas.

El profesor sonrió también, pero luego añadió:

—Bueno, no sé si Eva fue la del golpe, pero sí sé que gracias a la gravedad no salimos
volando por el aire.

El murmullo se calmó poco a poco.


—La gravedad es lo que nos mantiene con los pies en la tierra —explicó—. Y en la
vida, todos necesitamos algo así: algo que nos dé estabilidad cuando todo parece
moverse demasiado rápido.

—¿Como qué? —preguntó Sofía.

—Como nuestras familias, nuestros amigos o los momentos que nos hacen sentir en
paz —respondió el profesor—. Sin eso, vivimos flotando, sin saber hacia dónde
vamos.

Sofía pensó en su madre, en las tardes con su abuela, en su diario y en el árbol del
parque.

"¿Y si vivir bien es encontrar aquello que nos mantiene en pie?"

El Profesor Aranda volvió a la pizarra y escribió la última palabra:

Resonancia

—La resonancia —explicó— ocurre cuando dos objetos vibran en la misma


frecuencia. Como cuando dos cuerdas de guitarra empiezan a sonar juntas, aunque
solo toques una.

El profesor hizo una pausa, como si estuviera guardando lo mejor para el final.

—Y esto también ocurre entre las personas. Hay quienes, sin que sepamos muy bien
por qué, logran hacernos sentir bien solo con estar cerca. Esas personas nos llenan de
energía, porque su vibración se parece a la nuestra.

Sofía sintió que esa idea le llegaba directo al corazón.

"¿Y si vivir bien significa encontrar personas que vibren como nosotros?"

El profesor volvió a señalar la ecuación de Einstein en la pizarra.

—Tal vez —dijo finalmente—, esta ecuación nos enseña que no estamos hechos solo
de materia, sino también de energía. Vivir bien es aprender a cuidar esa energía, a
llenar nuestro tiempo con cosas que nos nutran, a encontrar aquello que nos mantiene
firmes… y a rodearnos de personas que nos ayuden a brillar.

La campana sonó, pero Sofía se quedó sentada un momento más, observando la


ecuación en la pizarra.

"Si la energía y la materia son lo mismo… entonces tal vez vivir bien es aprender a
transformar lo que pesa en algo que nos impulse, y lo que duele en algo que nos haga
más fuertes."

Sonrió para sí misma y cerró su cuaderno.


Esa tarde, al caminar por el pasillo, Sofía se sentía distinta… como si, de algún modo,
dentro de ella hubiera más luz que antes.

Capítulo 10: Filosofía – La Dignidad de Vivir Bien

La clase de filosofía siempre tenía algo especial. El Profesor Camargo no solo hablaba
de ideas; las convertía en historias que invitaban a pensar. A Sofía le gustaban esas
clases porque salía del aula sintiendo que entendía un poquito mejor la vida.

Pero aquel día, antes de que el profesor llegara, algo ocurrió.

—¡Shhh, ya viene! —susurró Mateo desde su asiento, con una sonrisa maliciosa.

Cuando Sofía pasó junto a él, sintió que alguien le daba un leve empujón en la
espalda. No le dio importancia, pero al avanzar hacia su sitio, notó que varias risitas
comenzaban a crecer en la sala. Algunos alumnos se miraban entre ellos con
expresión burlona.

—¿De qué se ríen? —susurró Sofía a Valeria, que estaba sentada a su lado.

Valeria no respondió. Solo miró la espalda de Sofía y apretó los labios con
incomodidad.

Fue entonces cuando Sofía lo sintió: una hoja de papel pegada en su camiseta. Pasó la
mano por la espalda y arrancó el papel. Al girarlo, leyó las palabras escritas con
gruesos trazos de marcador negro:

"SOY POBRE"

Las risas se hicieron más fuertes. Sofía sintió un nudo en la garganta. El papel
temblaba entre sus dedos.

—A ver, ¿qué está pasando aquí? —la voz firme del Profesor Camargo calló de
inmediato las risas.

Con el rostro encendido de vergüenza, Sofía dejó el papel arrugado sobre su pupitre.

—Nada, profe —dijo Mateo con una sonrisa burlona—. Es que Sofía viene con
letrero incluido.

Algunos se rieron de nuevo, pero la mirada del Profesor Camargo los hizo callar de
inmediato.

—Sofía, ¿puedes pasar al frente, por favor? —pidió el profesor.

Sofía sintió que su corazón latía como un tambor. Caminó hasta la pizarra, con los
hombros encogidos y la mirada baja.
El Profesor Camargo tomó el papel arrugado de su pupitre y lo sostuvo en alto para
que toda la clase lo viera.

—¿Quién puso esto? —preguntó.

Nadie respondió.

El profesor suspiró y dejó el papel sobre su escritorio.

—Hoy íbamos a hablar de otro tema —dijo—, pero creo que esta es una mejor
oportunidad para aprender algo mucho más importante.

Se acercó a la pizarra y escribió dos palabras:

"SER POBRE"

Los alumnos se miraron entre sí, confundidos. Algunos sonrieron, recordando la burla
de Mateo minutos antes.

—¿Alguien puede decirme qué significa esto? —preguntó el profesor, señalando las
palabras.

Mateo fue el primero en responder:

—Ser pobre es no tener dinero.

—O no tener una casa bonita —añadió Valeria.

—O no poder comprarte cosas nuevas —dijo otro compañero desde el fondo.

El profesor los escuchó en silencio, asintiendo de vez en cuando.

—Entonces… —dijo finalmente—, ¿creen que solo es pobre quien no tiene cosas?

La clase guardó silencio.

—Les haré otra pregunta —añadió el profesor—. ¿Conocen a alguien que tenga
mucho dinero pero que siempre está molesto, que desconfía de todos o que se siente
insatisfecho por más que tenga?

Varios alumnos asintieron lentamente.

—Entonces, ¿esa persona es rica o es pobre?

—Pobre —dijo Sofía en voz baja, pero lo suficientemente alto para que todos la
escucharan.

El Profesor Camargo sonrió y se acercó a la pizarra.


—La pobreza y la riqueza no solo tienen que ver con lo que tenemos afuera, sino
también con lo que llevamos dentro.

Borró las respuestas en la pizarra y escribió tres nuevas palabras:

"VALENTÍA", "GENEROSIDAD", "SABIDURÍA"


(hablar sobre la virud)

—Estas —dijo señalando cada una— son algunas de las virtudes que Aristóteles decía
que debemos cultivar para vivir bien.

Sofía levantó la cabeza, interesada.

—Aristóteles creía que vivir bien no depende solo de lo que tenemos, sino de lo que
somos. Decía que para enfrentar el miedo, debemos cultivar la valentía. Para evitar ser
egoístas, debemos practicar la generosidad. Y para no dejarnos llevar por la
ignorancia, debemos desarrollar la sabiduría.

El profesor hizo una pausa.

—Y hay algo más —añadió—. Un filósofo llamado Emmanuel Levinas decía que
vivir bien no es solo un asunto personal. Para él, no se puede vivir bien si no
aprendemos a cuidar del otro, a proteger su dignidad.

Se giró hacia Mateo.

—Levinas decía que somos responsables del rostro del otro. Que cuando miramos a
alguien a los ojos, sentimos que esa persona merece respeto, porque en su mirada
descubrimos que es tan humano como nosotros.

La clase guardó silencio.

—¿Saben qué significa eso? —preguntó el profesor—. Que si humillamos, si herimos,


si hacemos sentir pequeño a otro, no estamos viviendo bien… aunque tengamos
mucho dinero, muchas cosas o mucho poder.

Sofía bajó la mirada y recordó la vergüenza que había sentido minutos antes.

El profesor volvió a mirar la clase.

—Puedes tener todo el dinero del mundo, pero si no tienes amistad, si no tienes amor,
si no puedes sentarte tranquilo en una mesa a compartir con quienes quieres…
entonces no estás viviendo bien.

"Quien se siente verdaderamente rico en su interior no necesita


adornarse con riquezas externas. El que presume sus posesiones
revela, en el fondo, la pobreza que intenta ocultar. La verdadera
riqueza no se ostenta; se siente, se vive y se comparte sin
pretensiones."
Hizo una pausa y luego añadió con voz firme:

—No hay mayor pobreza que no saber respetar al otro.

Mateo bajó la cabeza. Valeria se mordía el labio, incómoda.

El profesor se acercó a Sofía y le puso una mano en el hombro.

—No permitas que lo que otros dicen de ti te haga olvidar quién eres —dijo en voz
baja—. Lo que realmente importa no se lleva escrito en un papel… se lleva en el
corazón.

Sofía sintió que el nudo en su garganta se deshacía un poco.

Cuando regresó a su asiento, Valeria le susurró:

—Lo siento, Sofi… yo sabía que habían puesto el papel y no dije nada.

Sofía la miró, aún dolida, pero también sintió que en ese gesto había algo que
empezaba a sanar.

Abrió su cuaderno y escribió:

"Vivir bien no es solo tener cosas. Es ser valiente cuando duele, generoso cuando es
difícil y sabio para saber qué vale la pena. Vivir bien es cuidar de los demás, porque
nadie puede ser feliz humillando a otro."

Cuando terminó de escribir, Sofía sonrió levemente.

Aquella lección no se le olvidaría jamás.


Capítulo 11: La Fábula de la Herida Invisible

Aquella tarde, Sofía no fue al parque ni se quedó en su habitación. Fue directo a la


casa de su abuela. Necesitaba respuestas.

La encontró en el patio, regando sus plantas con la calma de quien entiende que las
cosas más valiosas crecen despacio. Sofía se sentó en el viejo banco de madera,
abrazando su cuaderno contra el pecho.

—Abuela… —dijo con voz temblorosa—, ¿por qué hay personas que disfrutan
burlándose de los demás?

La abuela dejó la regadera en el suelo y se secó las manos en su delantal.

—¿Por qué me preguntas eso, Sofi?

Sofía bajó la mirada.

—Hoy en la escuela… me pusieron un cartel en la espalda que decía "Soy pobre". Se


rieron de mí, abuela... Y no entiendo por qué alguien haría algo así.

La abuela se sentó junto a ella y le tomó la mano con ternura.

—Esa pregunta no es fácil de responder —dijo—, pero te contaré una historia muy
antigua que quizás te ayude a entender.

Sofía se acomodó mejor en el banco. La abuela tenía el don de contar historias que no
solo se escuchaban… también se sentían.

—Hace mucho tiempo —comenzó la abuela—, en un pueblo lejano, vivía un anciano


muy sabio. A este anciano siempre acudían personas que sufrían, que estaban tristes o
que habían sido humilladas. Un día, un joven llegó llorando.

—“Maestro”, dijo el joven, “me han insultado y burlado tantas veces que siento que
ya no valgo nada. ¿Por qué la gente es tan cruel?”

—El anciano no respondió de inmediato. En cambio, le pidió al joven que fuera al


mercado y trajera una manzana muy golpeada, una de esas que nadie quisiera
comprar.

—El joven obedeció y, al regresar con la manzana, el anciano le pidió que se acercara
a cada persona del pueblo y le preguntara si esa manzana podía herirlos.

—“¿Hacernos daño?”, decían los vecinos riendo. “Por supuesto que no, es solo una
manzana fea y golpeada. No puede hacernos nada.”

—Cuando el joven regresó, el anciano le explicó:


—“¿Ves? Las personas que lastiman a otros son como esa manzana. Tienen dentro
heridas invisibles que no han sabido sanar. Y como no saben qué hacer con su propio
dolor, lo reparten en forma de burlas, insultos o desprecio. No es que quieran herir…
es que no saben cómo aliviar su propia herida.”

Sofía se quedó en silencio, como si las palabras de su abuela hubieran abierto una
puerta en su mente.

—¿Entonces… —dijo en voz baja— esas personas también están sufriendo?

—Muchas veces sí, Sofi —asintió la abuela—. A veces se burlan porque sienten
miedo de que alguien descubra sus propias inseguridades. Otras veces porque piensan
que, humillando a otro, van a sentirse más fuertes. Pero la verdad es que nadie que se
sienta feliz o en paz necesita herir a los demás.

—¿Y qué se puede hacer? —preguntó Sofía—. ¿Cómo se detiene eso?

La abuela le sonrió con ternura.

—Con compasión, Sofi —dijo suavemente—. Eso no significa que debas permitir que
te falten el respeto, pero sí que recuerdes que quienes hieren, en el fondo, están
pidiendo ayuda… aunque no lo digan con palabras.

Sofía guardó silencio un instante y luego preguntó:

—¿Pero cómo se puede vivir bien rodeado de personas así?

La abuela acarició su cabello con cariño.

—Vivir bien, mi niña, no significa que nunca vayas a encontrarte con personas que
hieren. Significa que no permitas que sus palabras se conviertan en una herida dentro
de ti.

Sofía bajó la cabeza.

—¿Y si no puedo evitar sentirme mal cuando me humillan?

La abuela tomó una pequeña maceta y señaló una planta que tenía varias hojas secas.

—¿Ves esta planta? Se ha estado marchitando porque no ha recibido suficiente sol…


pero no por eso deja de tener raíces que la sostienen. Tú eres como esta planta, Sofi.
Habrá días en que alguien te quiera apagar, pero si tus raíces son fuertes —si cultivas
la paz, la bondad y el respeto—, nada podrá marchitarte del todo.

—¿Y cómo se fortalecen esas raíces? —preguntó Sofía.

La abuela sonrió.

—Con amor, con amigos que te valoren, con personas que te hagan sentir que eres
importante. Pero, sobre todo, se fortalecen cuando tú misma aprendes a quererte.
Sofía tomó su cuaderno y escribió:

"Las personas que humillan a otros llevan una herida que no se ve, pero que duele
mucho. A veces creen que burlándose esa herida se hará más pequeña, pero solo se
vuelve más grande. Vivir bien es aprender a cuidar lo que llevo dentro y no dejar que
el dolor de otros se convierta en el mío. Es tener raíces fuertes, aunque algunos
intenten secar mis hojas."

Cuando terminó de escribir, Sofía sintió que había entendido algo importante.

—Gracias, abuela —dijo, abrazándola fuerte.

—Recuerda siempre esto, mi niña —susurró la abuela—: Nadie que se sienta


verdaderamente feliz, se burla de los demás.

Sofía cerró los ojos por un instante. Sabía que las palabras de su abuela se quedarían
en su corazón… como raíces que la sostendrían, incluso en los días más difíciles.

Capítulo Final: Lo Que Realmente Importa

El sol de la tarde se filtraba entre las hojas del parque cuando Sofía regresó a casa.
Caminaba despacio, pensando en lo que había aprendido ese día en la escuela, todavía
dándole vueltas a sus preguntas.

Al entrar, se encontró con algo inesperado: la chaqueta de su padre colgada en el


perchero y su maletín sobre la mesa del salón.

—¿Papá? —llamó Sofía con voz temblorosa, como si temiera que todo fuera un
espejismo.

—¡En la cocina, Sofi! —respondió él.

Sofía corrió como si el corazón se le hubiera echado a volar en el pecho. Al entrar, vio
a su padre removiendo la salsa en una olla, con el delantal mal puesto y un par de
tomates rodando por la encimera.

—¡Papá! —exclamó Sofía, lanzándose a sus brazos.

Su padre la levantó del suelo en un abrazo fuerte, como si quisiera atrapar en ese
gesto todo el tiempo que no habían podido compartir.

—¿Qué haces aquí? ¿No estabas trabajando? —preguntó Sofía con una sonrisa que le
iluminaba el rostro.

Su padre la miró con cariño, pero también con cierta inquietud en los ojos.

—Tengo algo que contarte —dijo, llevándola hasta la mesa.


Sofía sintió que algo se agitaba en su interior, como si la alegría que había sentido se
empezara a llenar de dudas.

—Hoy me dieron una gran noticia en el trabajo —comenzó su padre—. Me ofrecieron


un puesto como funcionario, un cargo importante que significa tener más seguridad
económica, mejores ingresos…

—¡Eso es genial! —lo interrumpió Sofía, sonriendo—. Ahora podremos irnos de viaje
como siempre decías… y tal vez puedas descansar un poco más.

Su padre bajó la mirada y Sofía notó que había algo más detrás de aquellas palabras.

—El problema —continuó él— es que ese puesto significa que tendré que viajar
mucho más. Pasaría semanas fuera de casa… y los fines de semana, probablemente,
también estaría ocupado.

La sonrisa de Sofía se fue apagando poco a poco, como una vela que se consume.

—¿Entonces… ya no vas a estar aquí?

Su padre le tomó la mano con suavidad.

—Eso es lo que quería contarte… porque hoy renuncié a ese puesto.

Sofía parpadeó, sin saber si había oído bien.

—¿Renunciaste? ¿Por qué?

Su padre suspiró y su voz sonó más pausada, más profunda.

—Porque en todos estos años, Sofi, he estado buscando lo que significa vivir bien.
Pensé que significaba ganar más dinero, tener más cosas, asegurarme de que nada
faltara en casa… pero olvidé que lo más importante ya estaba aquí.

Le acarició el cabello con ternura.

—¿Sabes? El otro día encontré un dibujo tuyo en mi escritorio. Era uno de esos que
hiciste cuando eras más pequeña. Habías dibujado una casa con tres personas dentro:
tú, mamá y yo. Y afuera, en un rincón del papel, habías escrito: "Esta es mi casa
cuando papá está aquí."

La voz del padre se quebró ligeramente.

—Ese dibujo me hizo darme cuenta de algo, Sofi… Puedo tener el mejor trabajo del
mundo, pero si no estoy presente en tu vida, no estoy viviendo bien.

Sofía sintió que algo cálido le subía por el pecho, una mezcla de gratitud, alegría y
alivio.

—¿De verdad renunciaste por mí?


—Renuncié por nosotros —dijo él—. Porque vivir bien no es solo pagar las cuentas…
es poder cenar juntos, contarte historias antes de dormir, ayudarte con las tareas o
verte crecer.

Tomó su rostro entre sus manos y la miró con ternura.

—Vivir bien es estar cerca de quienes amas, porque no importa cuánto dinero
tengas… si no tienes amor, siempre te sentirás vacío.

Sofía se abrazó a él con tanta fuerza que por un instante le pareció que el tiempo se
detenía.

—Gracias, papá… —susurró.

—Gracias a ti, Sofi —le respondió él—. Porque esa pregunta que me hiciste aquel
día… ¿Y tú vives bien, papá?… fue la mejor lección que alguien me ha dado en la
vida.

El olor de la salsa burbujeante llenó la cocina, como si la casa entera quisiera


envolverlos en su calidez.

Aquella noche, cuando Sofía abrió su diario, sus palabras fluyeron sin esfuerzo, como
si nacieran directamente del corazón:

Vivir bien no es solo tener cosas;


es tener tiempo para mirar a los ojos de quienes
amas.
Es reír sin prisa, abrazar sin miedo y hablar sin
ocultar el alma.

Vivir bien es saber que puedes perderlo todo,


pero mientras tengas amor, siempre tendrás
suficiente.

Vivir bien no es llegar primero,


es aprender a caminar acompañado.

Es descubrir que la verdadera riqueza


se encuentra en las personas que nos hacen sentir
en casa.

Sofía cerró el diario y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que ya no tenía tantas
preguntas. Porque algunas respuestas no se encuentran en los libros, ni en las palabras
de un sabio, ni en las fórmulas de la física.

Algunas respuestas se encuentran en el corazón… y en los brazos de alguien que,


simplemente, elige estar.

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