Y Tu Vives Bien Papá3
Y Tu Vives Bien Papá3
El sonido de las llaves chocando contra la mesa marcó el inicio de la noche, como un
viejo ritual que Sofía conocía de memoria. Era siempre igual: su padre entraba, se
quitaba los zapatos sin demasiado cuidado, revisaba el teléfono, dejaba escapar un
largo suspiro y, después de unos minutos de silencio, preguntaba:
—¿Comieron ya?
Raúl, su padre, se frotó los ojos y caminó hacia la cocina sin más palabras. Sofía lo
siguió con la mirada. Lo observó abrir el refrigerador, sacar una botella de agua y
beber sin prisa, apoyado contra la encimera.
No lo veía en todo el día. A veces, ni siquiera lo veía en las mañanas, porque se iba
antes de que ella despertara. Su madre decía que trabajaba mucho porque quería que
estuvieran bien, pero Sofía no entendía cómo eso podía ser cierto si, al final, apenas
pasaban tiempo juntos.
—Mmm…
—¿Me ayudas?
Raúl tardó unos segundos en reaccionar. Finalmente, dejó el teléfono sobre la mesa y
le sonrió con cansancio.
—Sí.
—Bueno… entonces el jueves.
Raúl suspiró.
—¿Mañana?
Raúl pasó una mano por su rostro y se apoyó en la silla con un gesto de derrota.
No insistió más. Sabía que cuando su padre hablaba así, significaba que no tenía
tiempo. Que no podía. Que no era tan importante.
Se dio la vuelta y regresó a la sala, sintiendo algo pesado en su pecho. Se dejó caer
sobre la alfombra y tomó su lápiz, pero ya no tenía ganas de dibujar.
Él suspiró de nuevo.
—Para ganar dinero, hija. Así podemos pagar la casa, la comida, tu escuela…
—Pero yo no quiero que compres más cosas. Yo quiero que estés en casa.
Raúl parpadeó, desconcertado.
—¿Vivir bien?
—Sí. Tener un hogar, comida, ropa, un lugar cómodo donde dormir… Eso es vivir
bien.
—Pero si vivir bien significa que trabajes todo el tiempo y no estés aquí… entonces…
—su voz se volvió más baja— …¿tú vives bien, papá?
Raúl abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Su expresión cambió. Era la
primera vez en mucho tiempo que una pregunta lo hacía detenerse.
Sofía lo miró con intensidad. Lo que había comenzado como una simple conversación
sobre su maqueta de la escuela se había transformado en algo más grande, más
importante.
Su padre bajó la mirada, frotó sus manos, pensó un poco más. Luego soltó una risa
corta, incómoda.
Sofía no dijo nada más. Algo en su interior le decía que su padre tampoco estaba
seguro de la respuesta.
El viento de la tarde acariciaba las hojas, produciendo un murmullo suave que llenaba
el parque de un sonido casi imperceptible. Sofía caminaba sin prisa, con su cuaderno
abrazado contra el pecho y la cabeza llena de pensamientos. Desde aquella noche, la
pregunta sobre vivir bien no dejaba de perseguirla.
No entendía por qué su padre había dudado tanto en responderle. ¿Acaso no era algo
que todos debían saber? Su maestra de ciencias siempre decía que las preguntas eran
la llave del conocimiento, pero ¿qué pasaba cuando ni los adultos tenían las
respuestas?
Se detuvo junto a un árbol enorme, de tronco grueso y raíces que parecían extenderse
hasta el centro de la tierra. Había pasado tantas veces por ese parque y nunca antes lo
había mirado con atención. Se sentó bajo su sombra y dejó escapar un suspiro.
El árbol no respondió, pero Sofía sintió que el viento se intensificaba, haciendo que
las hojas danzaran sobre su cabeza.
Cerró los ojos por un instante y pensó en su padre. En sus suspiros, en sus ojeras, en
sus respuestas a medias. Algo dentro de ella le decía que él no vivía bien. Y si su
padre, que era un adulto, no lo sabía, entonces…
El viento se calmó. Sofía abrió los ojos y recorrió con la mirada el tronco del árbol.
Imaginó que llevaba siglos ahí, observando la vida pasar, escuchando conversaciones,
viendo generaciones crecer y desaparecer.
—Tal vez hay muchas formas de vivir bien —dijo en voz alta—. Tal vez para unos
significa tener dinero y casas grandes, y para otros significa correr bajo la lluvia sin
preocuparse de mojarse los zapatos.
Se quedó mirando las palabras, como si esperara que de pronto surgiera la respuesta
desde el papel.
—Supongo que para ti vivir bien es crecer, extender tus ramas y dejar caer las hojas
cuando es tiempo de soltarlas.
El árbol no respondió, pero Sofía sintió que acababa de entender algo importante.
"Vivir bien" no debía ser lo mismo para todos. Para el árbol, significaba hundir sus
raíces en la tierra y estirarse hacia el sol. Para un pájaro, significaba volar sin miedo.
Para un río, significaba fluir sin detenerse.
El viento volvió a agitar las ramas, como si el árbol estuviera esperando que ella
misma encontrara la respuesta.
Sofía se quedó un largo rato allí, dejando que su mente explorara cada rincón de la
pregunta.
Esa sería su misión. Preguntarle a todos. Buscar en los libros, en las conversaciones,
en las clases, en los sueños. Tal vez, si encontraba suficientes respuestas, podría
encontrar la suya propia.
Se levantó, sacudió su vestido y guardó la hoja amarilla dentro del cuaderno, como un
recordatorio de que, aunque las respuestas no siempre lleguen de inmediato, hay
señales en todas partes para encontrarlas.
El sonido del timbre anunciaba el inicio de la clase de historia. Sofía entró al aula con
su cuaderno bajo el brazo y la cabeza llena de preguntas.
—Hoy vamos a viajar en el tiempo —anunció con entusiasmo, girando hacia la clase
—. Vamos a retroceder miles de años, hasta un mundo sin autos, sin teléfonos, sin
supermercados. Un mundo donde los humanos tenían que luchar cada día para
sobrevivir.
El profesor sonrió.
La clase quedó en silencio por un momento. El profesor Emiliano cruzó los brazos y
la miró con interés.
—Pero no tenían estrés como nosotros —dijo Valeria, que siempre tenía respuestas
inesperadas—. Nosotros vivimos con miedo a los exámenes, al dinero, a los
problemas. Ellos solo tenían que preocuparse por comer y dormir.
—Dos puntos de vista muy válidos. Y eso nos lleva a la pregunta más importante:
¿cómo definimos vivir bien?
Sofía sintió un escalofrío. Su pregunta había tomado vida dentro del aula.
—Eso suena mejor que lo que hace mi papá… —murmuró Sofía para sí misma.
El profesor sonrió.
—Sí —respondió Emiliano—. La esperanza de vida era mucho menor que la de hoy.
Si alguien se enfermaba gravemente, no siempre podía sobrevivir. Si una sequía
llegaba, podía ser el fin de toda una tribu.
—Entonces no vivían bien —dijo Valeria—. Porque si alguien tiene que preocuparse
por sobrevivir todos los días, no puede ser feliz.
—Tal vez vivir bien no sea lo mismo para todas las épocas. Tal vez cada sociedad
crea su propia versión de la felicidad.
La campana sonó, anunciando el final de la clase. Algunos niños recogieron sus cosas
con prisa, otros seguían murmurando sobre la discusión. Pero Sofía se quedó en su
asiento un poco más.
—Profe…
—Dime.
—Si los cazadores-recolectores vivían con tan pocas cosas y tenían tanto tiempo libre,
¿por qué dejamos de vivir así?
El profesor suspiró.
Sofía salió del aula con la cabeza llena de pensamientos. Si el pasado tenía formas tan
distintas de vivir bien… ¿qué otras respuestas podría encontrar en la historia?
La búsqueda continuaba.
El Diario de Sofía: El Otro Mentor
Esa tarde, cuando Sofía llegó a casa, dejó su mochila en el suelo, se quitó los zapatos
y caminó directo a su habitación. Ni siquiera prendió la televisión ni sacó sus colores
para dibujar. Algo dentro de ella le decía que debía hacer algo diferente.
Se sentó en la cama, tomó su cuaderno y pasó los dedos sobre la portada. Lo había
usado para garabatos, mapas del tesoro inventados y cálculos de matemáticas, pero
nunca había escrito en él algo realmente importante.
Abrió la primera página, tomó su lápiz y, con una caligrafía todavía un poco
temblorosa, escribió en la parte superior:
Se quedó mirando la frase. Sonaba serio. Sonaba como el título de un libro. Sonaba…
como el inicio de algo grande.
Hizo una pausa. Miró el techo de su cuarto, como si las respuestas estuvieran escritas
ahí.
"El profesor dijo que dejamos de vivir así porque aprendimos a querer más cosas.
Pero yo no entiendo algo: ¿por qué querer más si lo que ya tenemos es suficiente?
¿Por qué cambiar la libertad por relojes y oficinas y cuentas que nunca se acaban?"
Bajó el lápiz y tocó la hoja con los dedos. No esperaba escribir tanto. Era como si las
palabras hubieran estado esperando salir.
Sería el lugar donde guardaría todas sus preguntas. Donde escribiría sus ideas, sus
dudas, las palabras del árbol y las respuestas de su voz interior.
Sería su mapa en esta búsqueda.
Su nuevo mentor.
Sofía se sentó en la mesa y apoyó los codos sobre la superficie fría. Había estado
esperando a que su madre llegara del trabajo para contarle sobre la clase de historia.
—Mamá… ¿tú sabías que antes los humanos vivían en tribus y cazaban para comer?
—Pues claro que no, Sofi. No tenían comodidades, no tenían medicinas, no tenían
tecnología. Apenas sobrevivían.
—Hoy en clase el profesor dijo que los cazadores-recolectores solo trabajaban de tres
a cinco horas al día. Que el resto del tiempo lo pasaban descansando, explorando la
naturaleza y compartiendo con su tribu. Mamá soltó una pequeña risa y volvió a
fregar.
—Bueno, Sofi, nosotros también satisfacemos nuestras necesidades inmediatamente.
Si tienes hambre, solo abres el refrigerador. Si necesitas luz, enciendes un interruptor.
No tenemos que cazar ni buscar frutas en el bosque.
—¿Cómo que no? —preguntó mamá, girándose con una ceja arqueada.
Mamá dejó el plato que estaba lavando y se secó las manos con un paño.
—Y ustedes también dicen cosas como “esto hay que esperar hasta el fin de mes” o
“cuando cobremos, lo compramos”.
—Pero antes las personas no tenían que esperar tanto. Si tenían hambre, buscaban
comida. Si querían hacer algo, lo hacían. No tenían que esperar a recibir un salario.
Mamá suspiró.
—Mira, Sofi —dijo al cabo de unos segundos, sentándose junto a ella—, cada época
tiene su manera de vivir. Antes había menos comodidades, pero también menos
preocupaciones. Ahora tenemos muchas cosas, pero también menos tiempo para
disfrutarlas. Sofía apoyó la cabeza en su mano.
"Antes, los humanos trabajaban menos y tenían más tiempo libre. Ahora trabajamos
más y tenemos menos tiempo. Antes, si necesitaban algo, lo tomaban. Ahora, si
necesitamos algo, debemos esperar hasta que sea el fin de mes. Antes sobrevivían. ¿Y
si nosotros también solo estamos sobreviviendo?"
—Gracias, mamá.
Mamá la vio salir de la cocina y luego miró el reloj en la pared. Era tarde y aún
quedaban muchas cosas por hacer.
El parque estaba casi vacío cuando Sofía llegó. La luz del atardecer se filtraba entre
las hojas, tiñendo el suelo de sombras alargadas. Caminó hasta el árbol viejo y apoyó
la espalda contra su tronco.
El árbol no respondió, pero una brisa movió sus hojas, como si estuviera escuchando.
—Pero yo no estoy tan segura… —continuó Sofía—. Antes, si alguien tenía hambre,
solo buscaba comida. Si tenía sueño, dormía. Si necesitaba algo, lo tomaba. Ahora, si
queremos algo, tenemos que esperar hasta fin de mes.
Suspiró.
El viento pareció detenerse por un momento. Luego, una hoja amarilla se desprendió
de las ramas y cayó lentamente en su regazo. Sofía la tomó con cuidado.
—Antes los árboles no tenían miedo de caerse —susurró una voz profunda.
Sofía se enderezó. Sabía que el árbol le estaba respondiendo, aunque no pudiera verlo
moverse ni escuchar su voz como la de un humano.
—Siempre fui primitivo, pero antes tenía menos estrés. Antes, mis ramas crecían sin
temor, mis raíces se extendían sin límites. Ahora, los árboles vivimos con miedo.
Miedo de ser cortados, miedo de ser arrancados de nuestra historia.
—Antes los árboles daban frutos y sombra. Eran un refugio, una maravilla de la
naturaleza —continuó la voz—. Ahora somos solo mercancía. Un número en una
fábrica. Un producto más para el comercio.
Sofía se quedó en silencio, mirando las raíces gruesas que emergían de la tierra.
Sofía miró a su alrededor. En el parque había muchos árboles, pero también había
postes de luz, anuncios de tiendas, bancos de metal.
—Cada día se cortan más árboles para hacer más cosas —murmuró—. ¿Pero qué pasa
cuando ya tenemos suficientes cosas? ¿Cuándo decidiremos parar?
"Antes los árboles crecían sin miedo. Ahora los árboles tienen miedo de ser cortados.
Antes la tierra daba lo suficiente. Ahora los humanos quieren más y más. Pero…
¿cuándo será suficiente?"
La luz de la mañana se filtraba por las ventanas del aula, dibujando intrincados
patrones geométricos sobre el suelo. Los pupitres, dispuestos con precisión,
aguardaban el inicio de una nueva lección, mientras en el pizarrón el Profesor
Ramírez repasaba las ecuaciones de siempre. Sin embargo, hoy en el aire flotaba una
inquietud especial, como si los números y las fórmulas estuvieran a punto de revelar
algo inesperado.
Mientras el profesor exponía las reglas básicas de las ecuaciones, Sofía sentía que sus
pensamientos bullían, mezclándose con cada operación. La lección de esa mañana
tenía un matiz distinto: entre sumas y restas, se gestaba una pregunta que retaba la
lógica misma. Con voz temblorosa, y a pesar de su timidez, Sofía levantó la mano.
—Profesor, ¿existe una ecuación para vivir bien? —preguntó, con la inocencia y
profundidad de una niña que apenas comienza a comprender el mundo.
El aula quedó en silencio. El Profesor Ramírez, con una mirada cálida y comprensiva,
dejó a un lado el marcador y se acercó lentamente a la pizarra. Con gestos pausados y
llenos de pasión, comenzó a trazar una ecuación que parecía fusionar el arte con la
ciencia:
V = (A + L + G + C) / (M + D + E)
El profesor se detuvo, dejando que cada palabra calara en los rostros atentos de sus
alumnos. Los ojos de Sofía brillaban, pero al mismo tiempo, la ecuación sembraba en
ella nuevas dudas.
—Pero, como en toda ecuación, las variables no son fijas —continuó Ramírez—.
Cada día, nuestras experiencias y decisiones cambian estos valores. Lo importante es
aprender a potenciar lo que nos hace felices y disminuir lo que nos impide avanzar.
—Profesor, ¿qué pasa si el miedo y la duda son tan grandes que el denominador se
dispara? ¿Acaso entonces dejamos de vivir bien?
Sofía, con el cuaderno abierto en su regazo, frunció el ceño y, con voz suave, inquirió:
—Pero, profesor, ¿cómo podemos medir algo tan intangible como el amor o la
creatividad? ¿No son sentimientos que se sienten, más que se cuentan?
El Profesor Ramírez se inclinó hacia la pizarra y, con un trazo delicado, añadió una
nota que parecía casi un susurro de sabiduría:
En ese instante, el aula se llenó de un ambiente casi mágico. Cada símbolo y número
en la pizarra se transformaba en una metáfora del buen vivir. Para algunos, la
ecuación aclaraba sus ideas; para otros, como Sofía, intensificaba las interrogantes:
¿cómo se suma el amor? ¿Se puede restar completamente el miedo?
CAPÍTULO 4: QUÍMICA
Con su bata blanca ligeramente desgastada y sus ojos brillantes tras las gafas, Samuel
se dirigió al grupo de jóvenes que lo observaban con curiosidad. Tomó un frasco
vacío y lo sostuvo frente a ellos.
—La vida —comenzó— es como este frasco. Al principio parece vacío, pero en
realidad está lleno de posibilidades esperando ser transformadas. Y aquí es donde
entra la química: la ciencia de las transformaciones. Porque vivir bien no es otra cosa
que aprender a transformar lo que tenemos en algo significativo.
—Primero, piensen en las reacciones químicas. Cada una tiene reactivos, productos y
condiciones específicas para que ocurra. La buena vida también es así: somos los
reactivos, y nuestras decisiones, experiencias y relaciones son las condiciones que
determinan en qué nos convertimos. Vivir bien significa reconocer qué necesitamos
para que nuestras "reacciones" personales sean exitosas.
Tomó un trozo de sodio metálico y lo dejó caer en un vaso con agua. La reacción fue
inmediata: burbujas, calor y un destello efímero llenaron el aire.
El aula quedó en silencio mientras los estudiantes procesaban sus palabras. Luego
Samuel tomó una hoja de papel y escribió en grandes letras:
C6H12O6 + O2 → CO2 + H2O + Energía
—Y luego está la entropía —dijo mientras dibujaba un símbolo delta seguido de una
"S" en el pizarrón—. La segunda ley de la termodinámica nos dice que el desorden
siempre aumenta con el tiempo. Pero aquí está lo hermoso: aunque no podemos
detener la entropía, podemos crear pequeños oasis de orden en medio del caos. Eso es
vivir bien: aceptar que no podemos controlar todo, pero aún así construir algo
significativo dentro del flujo inevitable del universo.
Los estudiantes estaban fascinados. Samuel había tomado conceptos abstractos como
reacciones químicas y entropía y los había transformado en lecciones profundas sobre
la existencia humana.
Para Samuel Ortega, la química era mucho más que tubos de ensayo y ecuaciones: era
una filosofía práctica para entender cómo transformar nuestra existencia en algo pleno
y significativo. Porque al final del día —pensaba mientras limpiaba el frasco vacío—
vivir bien es ser alquimistas de nuestra propia felicidad, capaces de encontrar oro
incluso entre los elementos más simples e inesperados del universo.
Capítulo 4: La Sabiduría del Tiempo
La abuela estaba sentada en su mecedora, tejiendo con las manos arrugadas por los
años, pero firmes como las raíces de un viejo árbol. Sofía se sentó en el suelo, junto a
sus pies, y abrazó su cuaderno contra el pecho.
La abuela dejó las agujas sobre su regazo y la miró con ternura, con esa expresión que
tienen los que han aprendido que la vida no se responde con prisa.
—Buena pregunta, mi niña —dijo, entrelazando sus manos sobre la falda—. ¿Por qué
quieres saberlo?
Sofía suspiró.
—Es que sigo sin entender qué significa vivir bien. Pensé que si hablaba con alguien
que ha vivido mucho, tal vez podría saberlo.
La abuela sonrió con dulzura y pasó una mano por el cabello de Sofía.
—Tal vez vivir bien sea no desperdiciar el tiempo que se nos da.
—El tiempo no se detiene, pero nosotros sí. A veces lo dejamos escapar mientras
esperamos algo mejor, mientras soñamos con lo que vendrá, mientras nos aferramos a
lo que ya pasó.
—No, mi niña —dijo la abuela, inclinándose un poco hacia ella—. Vivir bien no es
llenarse de cosas que hacer, sino saber qué momentos merecen ser vividos con el alma
despierta.
—Son aquellos en los que sientes que el tiempo se detiene. Cuando ríes con alguien
que amas, cuando ves un atardecer y te quedas en silencio, cuando cierras los ojos y
sientes que todo está en su lugar, aunque sea solo por un instante.
Sofía guardó esas palabras en su corazón. Miró el reloj de la pared y escuchó su tic-
tac pausado.
"¿El tiempo pasa o somos nosotros los que pasamos por él? Si vivir bien es no
desperdiciar el tiempo, ¿cómo sé que lo estoy usando bien? ¿Y si cuando me doy
cuenta, ya se ha ido?"
El aula de biología olía a tierra húmeda y hojas secas. Al fondo de la sala, varias
plantas enredaban sus tallos alrededor de pequeños tutores de madera. En la pared, un
gran póster mostraba la cadena alimenticia, y sobre el escritorio del Profesor Galván
descansaba una pequeña pecera con un pez dorado que nadaba en círculos.
El Profesor Galván tenía algo que Sofía admiraba: no solo enseñaba biología, la
contaba. Sus clases eran como cuentos donde las plantas, los animales y los
ecosistemas se convertían en protagonistas de una historia asombrosa.
—Los humanos pasamos buena parte de nuestras vidas tratando de descubrir qué
significa ser felices —explicó—. Leemos libros, seguimos consejos, hacemos planes
para el futuro. Pero, ¿saben qué es curioso?
Hizo una pausa y señaló hacia afuera, donde en una rama cercana un gorrión saltaba
de un lado a otro, agitándose bajo el sol.
—Un pez no se pregunta si debe nadar. Un pájaro no duda si debería volar. Un árbol
no se resiste a crecer. Cada ser vivo simplemente es, y en esa entrega total a su propia
naturaleza, viven sin la confusión que nosotros mismos nos creamos.
El profesor asintió.
—Pero no todos los animales viven igual —continuó el profesor—. Hay algunos que,
sin siquiera saberlo, nos enseñan grandes lecciones sobre la vida.
Se acercó de nuevo al pizarrón y dibujó tres siluetas: un ave, una abeja y un gato.
—Por ejemplo, las aves migratorias —dijo, señalando la primera figura—. Cada año
viajan miles de kilómetros sin mapas ni tecnología. No tienen miedo de perderse,
porque confían en el viento, en el sol y en sus propios cuerpos. No lo cuestionan:
simplemente saben que llegarán.
—¿Y si se pierden?
El profesor sonrió.
—A veces se desvían, pero confían tanto en el viaje que no dejan de volar. Aceptan
que, aunque se equivoquen, siempre encontrarán el camino.
—Las abejas son otro ejemplo. Cada una tiene un rol en la colmena: algunas
recolectan néctar, otras protegen la entrada, otras cuidan a la reina. No compiten entre
sí, ni intentan ser algo que no son. Simplemente cumplen su propósito, y gracias a
eso, toda la colmena prospera.
—Y luego están los gatos —dijo con una sonrisa divertida—. Un gato puede pasarse
horas tumbado bajo el sol, estirando su cuerpo con la mayor tranquilidad del mundo.
No se siente culpable por descansar, no se preocupa por lo que hizo ayer ni por lo que
hará mañana. Simplemente disfruta el momento.
—¡Yo también quiero ser un gato! —gritó Mateo desde el fondo, provocando una
nueva oleada de carcajadas.
El Profesor Galván esperó pacientemente a que el bullicio se apagara, con una sonrisa
divertida en el rostro.
—No se preocupen —dijo finalmente—. No hace falta ser un gato para aprender de
ellos. A veces, solo se trata de darnos permiso para descansar, para detenernos un
momento sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.
—Quizás vivir bien no sea hacerlo todo rápido, sino saber cuándo es momento de
detenerse y disfrutar el sol, como hacen los gatos.
Las risas se apagaron poco a poco, dejando en el aula un silencio reflexivo, como si
cada alumno estuviera imaginando su propia "siesta al sol".
—Puede que los gatos no parezcan grandes maestros, pero lo son —dijo el profesor,
volviendo a sonreír—. Nos recuerdan que vivir bien también significa darnos permiso
para simplemente estar, sin culpas ni prisas.
Sofía apoyó el lápiz en la página abierta de su diario y dejó que las palabras fluyeran:
"¿Y si vivir bien también significa aprender a detenerse sin sentirse culpable?"
—Los humanos hemos creado inventos increíbles, hemos construido ciudades, hemos
descubierto cosas maravillosas… pero en algún punto del camino, nos alejamos de
nuestra propia esencia. Pasamos tanto tiempo buscando el secreto para vivir bien, que
olvidamos que la respuesta ya está escrita en nuestra propia biología.
—Tal vez, solo tal vez, vivir bien significa confiar más en la vida, hacer aquello que
nos hace sentir plenos, trabajar con propósito… y aprender a descansar sin culpa.
Sofía cerró su cuaderno lentamente, sabiendo que aquella clase no solo le había dado
respuestas, sino también nuevas preguntas.
El parque estaba casi vacío cuando Sofía llegó. La brisa de la tarde soplaba con
suavidad, haciendo que las hojas del gran árbol susurraran entre sí, como si
compartieran secretos invisibles. Sofía se acercó despacio y se sentó en la misma raíz
gruesa que siempre le servía de banco.
El árbol parecía aún más inmenso que de costumbre, como si sus ramas tocaran el
cielo y sus raíces se hundieran en lo más profundo de la tierra. Sofía abrió su
cuaderno y repasó las notas que había escrito en la clase de biología.
"Un pez no se pregunta si debe nadar. Un pájaro no duda si debe volar. Un árbol no
se resiste a crecer."
Sofía levantó la vista y contempló las ramas que se extendían sobre su cabeza,
formando un techo verde y vibrante.
—A veces me gustaría ser como tú —dijo en voz baja—. No tener que pensar tanto,
no tener tantas dudas… solo ser.
El viento pareció agitar las hojas en respuesta. Sofía sonrió levemente y apoyó la
espalda contra el tronco rugoso.
—Hoy en clase dijeron que los animales no se complican la vida como nosotros.
Simplemente viven.
Pausó un momento y miró las raíces gruesas que se perdían bajo la tierra.
—¿Tú crees que los humanos nos hemos olvidado de cómo vivir bien? —susurró.
El árbol guardó silencio, pero una ráfaga de viento agitó sus ramas, haciendo que
varias hojas se desprendieran y flotaran suavemente hasta el suelo. Sofía tomó una
entre sus manos: era amarilla y frágil, como si se deshiciera con solo apretarla.
—Soltar es parte de crecer, —murmuró la voz—. Mis hojas no caen porque las abandono…
caen porque ya cumplieron su ciclo. Si intentara retenerlas, me marchitaría por dentro.
El árbol dejó caer otra hoja que aterrizó suavemente sobre el regazo de Sofía.
Sofía apretó la hoja seca contra el pecho y miró hacia las raíces que se enredaban bajo sus
pies.
—¿Y tus raíces? —preguntó—. ¿Por qué crecen tan profundo si no pueden ver la luz?
—Porque mis raíces no buscan la luz, —dijo el árbol—. Mis raíces buscan el agua y los
nutrientes que me sostienen. Gracias a ellas puedo mantenerme firme cuando el viento sopla
fuerte. Si creciera solo hacia arriba, sin cuidar mis raíces, la primera tormenta me
derribaría.
Sofía bajó la mirada y pensó en su propia vida. Pensó en su familia, en las noches en que se
quedaba dormida en el regazo de su abuela, en los abrazos de su madre y en la risa de su
padre cuando le contaba chistes que él mismo inventaba.
—Vivir bien es encontrar el equilibrio, —respondió el árbol—. Tus raíces te sostienen, pero
tus hojas deben extenderse hacia el cielo. No basta con mirar solo al suelo ni solo al sol.
Vivir bien es crecer hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo.
"Sus raíces buscan el agua y los nutrientes en la tierra; sus hojas capturan la luz del sol para
transformarla en energía. Así es nuestra vida: necesitamos estar conectados con nuestras
raíces —nuestra familia, nuestra historia— pero también debemos extendernos hacia el
mundo, buscando luz, conocimiento y crecimiento. Vivir bien significa encontrar ese
equilibrio entre lo que nos nutre y lo que nos eleva."
Cuando cerró el cuaderno, Sofía se sintió un poco más ligera. No porque todas sus preguntas
tuvieran respuesta, sino porque entendió que tal vez no tenía que encontrar todas las
respuestas hoy.
Miró las hojas que el viento había dispersado a su alrededor y luego alzó la vista hacia las
ramas del árbol, que seguían meciéndose tranquilas bajo el cielo.
—Gracias —susurró.
Y por un instante, Sofía sintió que sus raíces también se estaban fortaleciendo.
Capítulo 7: Literatura – La Vida Como Una Historia
El aula de literatura tenía algo especial: los estantes repletos de libros, las láminas con
retratos de escritores famosos y el aroma inconfundible del papel viejo le daban a la
clase un aire de otro tiempo. Sofía adoraba ese espacio, aunque todavía no entendía
del todo por qué.
El Profesor Mendoza, un hombre de voz serena y mirada soñadora, entró con un libro
en la mano. Su forma de hablar siempre parecía un poco teatral, como si en cada
palabra escondiera un secreto que los alumnos debían descubrir.
—Hoy no vamos a leer un cuento ni una novela —dijo, sosteniendo el libro en alto—.
Hoy leeremos un poema.
El aula se quedó en silencio. Algunos niños suspiraron, resignados; otros, como Sofía,
se inclinaron un poco hacia adelante, curiosos.
Abrimos un libro,
y el mundo se despliega,
como un río que fluye,
como un mapa que espera.
El profesor cerró el libro lentamente, como si acabara de guardar un tesoro entre sus
páginas.
—Dice que vivir bien es escribir nuestra propia historia… —dijo con voz dubitativa
—. ¿Eso significa que somos como personajes de un libro?
—De alguna forma, sí. Cada uno de nosotros es el protagonista de su propia historia.
Y al igual que en los libros, no podemos controlar todo lo que sucede, pero sí
podemos decidir cómo reaccionar, qué aprender y qué sentido darle a lo que vivimos.
—¿Y qué pasa si mi historia no es bonita? —preguntó Valeria desde el fondo del aula
—. ¿Si en lugar de una aventura es… aburrida?
—No todas las historias empiezan bien —dijo el profesor—. Algunas tienen capítulos
tristes, momentos difíciles o días que parecen no tener sentido. Pero lo maravilloso de
la vida es que, como lectores y autores a la vez, siempre podemos elegir qué
significado darle a cada experiencia.
—Eso les pasa incluso a los mejores escritores —respondió—. Gabriel García
Márquez decía que las cosas tienen vida propia, solo hay que saber despertarlas. A
veces un error, un giro inesperado, termina siendo lo que le da fuerza y belleza a la
historia.
"¿Y si vivir bien significa no tener todas las respuestas, sino aprender a hacerse las
preguntas correctas?"
La clase terminó, pero Sofía se quedó un momento más, mirando las palabras escritas
en la pizarra.
—En que… tal vez vivir bien es escribir nuestra vida como si fuera un poema —dijo
—. No solo contar lo que pasa, sino darle un significado que lo haga especial.
—Exactamente. Al final, vivir bien es aprender a leer nuestra propia vida como si
fuera una obra literaria: llena de significado, belleza e infinitas posibilidades.
Sofía salió del aula sintiendo que, aunque aún no tenía todas las respuestas, había
descubierto algo importante:
"No importa si aún no sé cómo termina mi historia… Lo importante es que cada día
puedo escribir una nueva página."
Capítulo 8: Sofía y su Primer Poema
En su mesita estaba su cuaderno, su diario. Lo abrió con cuidado, como quien abre
una puerta hacia algo que aún no sabe cómo explicar.
Quería escribir algo sincero, algo que hablara de lo que sentía, no de lo que los demás
esperaban leer. No sería un poema para ganar aplausos ni para que la maestra lo
colgara en la cartelera de la escuela. Lo escribiría solo para sí misma, para entender
mejor ese nudo que llevaba en el pecho desde que comenzó su búsqueda.
La vida no es correr,
es caminar...
Tachó la estrofa y empezó de nuevo. Esta vez pensó en las cosas que sí la hacían
sentirse bien: su abuela tejiendo en su mecedora, el árbol que dejaba caer sus hojas, su
madre abrazándola antes de dormir.
Volvió a escribir:
A veces la vida es como el viento:
fuerte y ruidosa, y me cuesta avanzar.
Pero otras veces es suave,
como una brisa que me empuja sin prisa,
y entonces todo parece más fácil.
Se detuvo de nuevo.
Tomó aire y pensó en lo que había aprendido en cada conversación, en cada clase.
Recordó que su abuelo decía que la vida no era solo buscar respuestas, sino aprender a
convivir con las preguntas.
Se inclinó sobre el cuaderno y esta vez las palabras fluyeron como un río:
Sofía se quedó mirando el poema, con el lápiz todavía entre los dedos. Por primera
vez desde que había comenzado su búsqueda, sintió que había logrado poner en
palabras algo que realmente entendía… y algo que aún no entendía del todo.
Porque ahora sabía que escribir, como vivir, no era cuestión de hacerlo todo bien a la
primera. Era un camino que se construía poco a poco, equivocándose, borrando,
empezando de nuevo.
Cerró el cuaderno y lo abrazó contra su pecho, como si con ese gesto pudiera abrazar
todas sus preguntas, sus miedos y sus sueños.
Y esa noche, cuando se durmió, soñó que el viento llevaba su poema hasta las ramas
del gran árbol del parque, donde las hojas lo susurraban suavemente al mundo.
Me encanta la idea de darle más naturalidad a la escena y permitir que la pregunta de
Sofía surja de forma espontánea. Aquí te presento la versión revisada con los cambios
que mencionaste:
La mañana se filtraba perezosa por las ventanas del aula. La clase de física solía
parecerle a Sofía un mundo de números y símbolos extraños, pero aquel día fue
distinto. El Profesor Aranda, un hombre alto de cabello canoso y sonrisa afable,
escribió en la pizarra una ecuación que parecía encerrar un secreto poderoso:
E = mc²
—Hoy vamos a hablar de una de las fórmulas más importantes de la física —dijo el
profesor, dibujando un círculo alrededor de la ecuación—. Esta es la ecuación que
Albert Einstein usó para demostrar que la energía y la materia están relacionadas.
Sofía miró la pizarra con curiosidad, pero antes de que pudiera decir algo, Mateo —
que se sentaba justo a su lado— se inclinó hacia ella con una sonrisa burlona.
—Esta vez sí que no te van a poder responder la preguntita que siempre haces —
susurró en tono de burla.
Algunos niños que estaban cerca rieron, y Sofía sintió que sus mejillas se encendían.
—¿Qué está pasando ahí atrás? —la voz del Profesor Aranda cortó el murmullo de la
clase.
—Es que… —balbuceó— él dice que esta vez no voy a poder preguntar qué tiene que
ver eso con vivir bien…
La clase volvió a reír, pero esta vez el profesor no se unió a la broma. En cambio, dejó
el marcador sobre el escritorio, cruzó los brazos y miró a Mateo con seriedad.
—¿Y por qué crees que no hay una respuesta para eso? —preguntó el profesor.
—De hecho —continuó el profesor—, creo que esa pregunta es exactamente la que
deberíamos hacernos hoy.
—¿Alguna vez se han sentido tan felices que, aunque estaban cansados, podían seguir
jugando, bailando o riendo sin parar?
—¿Y alguna vez se han sentido tan tristes o preocupados que, aunque no hubieran
hecho nada físico, se sentían como si no tuvieran fuerzas para levantarse?
—¿Eso quiere decir que las personas somos energía convertida en algo sólido? —
preguntó Valeria.
Gravedad
—¡Es lo que hizo que le cayera la manzana en la cabeza a Eva! —bromeó Valeria.
—Bueno, no sé si Eva fue la del golpe, pero sí sé que gracias a la gravedad no salimos
volando por el aire.
—Como nuestras familias, nuestros amigos o los momentos que nos hacen sentir en
paz —respondió el profesor—. Sin eso, vivimos flotando, sin saber hacia dónde
vamos.
Sofía pensó en su madre, en las tardes con su abuela, en su diario y en el árbol del
parque.
Resonancia
El profesor hizo una pausa, como si estuviera guardando lo mejor para el final.
—Y esto también ocurre entre las personas. Hay quienes, sin que sepamos muy bien
por qué, logran hacernos sentir bien solo con estar cerca. Esas personas nos llenan de
energía, porque su vibración se parece a la nuestra.
"¿Y si vivir bien significa encontrar personas que vibren como nosotros?"
—Tal vez —dijo finalmente—, esta ecuación nos enseña que no estamos hechos solo
de materia, sino también de energía. Vivir bien es aprender a cuidar esa energía, a
llenar nuestro tiempo con cosas que nos nutran, a encontrar aquello que nos mantiene
firmes… y a rodearnos de personas que nos ayuden a brillar.
"Si la energía y la materia son lo mismo… entonces tal vez vivir bien es aprender a
transformar lo que pesa en algo que nos impulse, y lo que duele en algo que nos haga
más fuertes."
La clase de filosofía siempre tenía algo especial. El Profesor Camargo no solo hablaba
de ideas; las convertía en historias que invitaban a pensar. A Sofía le gustaban esas
clases porque salía del aula sintiendo que entendía un poquito mejor la vida.
—¡Shhh, ya viene! —susurró Mateo desde su asiento, con una sonrisa maliciosa.
Cuando Sofía pasó junto a él, sintió que alguien le daba un leve empujón en la
espalda. No le dio importancia, pero al avanzar hacia su sitio, notó que varias risitas
comenzaban a crecer en la sala. Algunos alumnos se miraban entre ellos con
expresión burlona.
—¿De qué se ríen? —susurró Sofía a Valeria, que estaba sentada a su lado.
Valeria no respondió. Solo miró la espalda de Sofía y apretó los labios con
incomodidad.
Fue entonces cuando Sofía lo sintió: una hoja de papel pegada en su camiseta. Pasó la
mano por la espalda y arrancó el papel. Al girarlo, leyó las palabras escritas con
gruesos trazos de marcador negro:
"SOY POBRE"
Las risas se hicieron más fuertes. Sofía sintió un nudo en la garganta. El papel
temblaba entre sus dedos.
—A ver, ¿qué está pasando aquí? —la voz firme del Profesor Camargo calló de
inmediato las risas.
Con el rostro encendido de vergüenza, Sofía dejó el papel arrugado sobre su pupitre.
—Nada, profe —dijo Mateo con una sonrisa burlona—. Es que Sofía viene con
letrero incluido.
Algunos se rieron de nuevo, pero la mirada del Profesor Camargo los hizo callar de
inmediato.
Sofía sintió que su corazón latía como un tambor. Caminó hasta la pizarra, con los
hombros encogidos y la mirada baja.
El Profesor Camargo tomó el papel arrugado de su pupitre y lo sostuvo en alto para
que toda la clase lo viera.
Nadie respondió.
—Hoy íbamos a hablar de otro tema —dijo—, pero creo que esta es una mejor
oportunidad para aprender algo mucho más importante.
"SER POBRE"
Los alumnos se miraron entre sí, confundidos. Algunos sonrieron, recordando la burla
de Mateo minutos antes.
—¿Alguien puede decirme qué significa esto? —preguntó el profesor, señalando las
palabras.
—Entonces… —dijo finalmente—, ¿creen que solo es pobre quien no tiene cosas?
—Les haré otra pregunta —añadió el profesor—. ¿Conocen a alguien que tenga
mucho dinero pero que siempre está molesto, que desconfía de todos o que se siente
insatisfecho por más que tenga?
—Pobre —dijo Sofía en voz baja, pero lo suficientemente alto para que todos la
escucharan.
—Estas —dijo señalando cada una— son algunas de las virtudes que Aristóteles decía
que debemos cultivar para vivir bien.
—Aristóteles creía que vivir bien no depende solo de lo que tenemos, sino de lo que
somos. Decía que para enfrentar el miedo, debemos cultivar la valentía. Para evitar ser
egoístas, debemos practicar la generosidad. Y para no dejarnos llevar por la
ignorancia, debemos desarrollar la sabiduría.
—Y hay algo más —añadió—. Un filósofo llamado Emmanuel Levinas decía que
vivir bien no es solo un asunto personal. Para él, no se puede vivir bien si no
aprendemos a cuidar del otro, a proteger su dignidad.
—Levinas decía que somos responsables del rostro del otro. Que cuando miramos a
alguien a los ojos, sentimos que esa persona merece respeto, porque en su mirada
descubrimos que es tan humano como nosotros.
Sofía bajó la mirada y recordó la vergüenza que había sentido minutos antes.
—Puedes tener todo el dinero del mundo, pero si no tienes amistad, si no tienes amor,
si no puedes sentarte tranquilo en una mesa a compartir con quienes quieres…
entonces no estás viviendo bien.
—No permitas que lo que otros dicen de ti te haga olvidar quién eres —dijo en voz
baja—. Lo que realmente importa no se lleva escrito en un papel… se lleva en el
corazón.
—Lo siento, Sofi… yo sabía que habían puesto el papel y no dije nada.
Sofía la miró, aún dolida, pero también sintió que en ese gesto había algo que
empezaba a sanar.
"Vivir bien no es solo tener cosas. Es ser valiente cuando duele, generoso cuando es
difícil y sabio para saber qué vale la pena. Vivir bien es cuidar de los demás, porque
nadie puede ser feliz humillando a otro."
La encontró en el patio, regando sus plantas con la calma de quien entiende que las
cosas más valiosas crecen despacio. Sofía se sentó en el viejo banco de madera,
abrazando su cuaderno contra el pecho.
—Abuela… —dijo con voz temblorosa—, ¿por qué hay personas que disfrutan
burlándose de los demás?
—Esa pregunta no es fácil de responder —dijo—, pero te contaré una historia muy
antigua que quizás te ayude a entender.
Sofía se acomodó mejor en el banco. La abuela tenía el don de contar historias que no
solo se escuchaban… también se sentían.
—“Maestro”, dijo el joven, “me han insultado y burlado tantas veces que siento que
ya no valgo nada. ¿Por qué la gente es tan cruel?”
—El joven obedeció y, al regresar con la manzana, el anciano le pidió que se acercara
a cada persona del pueblo y le preguntara si esa manzana podía herirlos.
—“¿Hacernos daño?”, decían los vecinos riendo. “Por supuesto que no, es solo una
manzana fea y golpeada. No puede hacernos nada.”
Sofía se quedó en silencio, como si las palabras de su abuela hubieran abierto una
puerta en su mente.
—Muchas veces sí, Sofi —asintió la abuela—. A veces se burlan porque sienten
miedo de que alguien descubra sus propias inseguridades. Otras veces porque piensan
que, humillando a otro, van a sentirse más fuertes. Pero la verdad es que nadie que se
sienta feliz o en paz necesita herir a los demás.
—Con compasión, Sofi —dijo suavemente—. Eso no significa que debas permitir que
te falten el respeto, pero sí que recuerdes que quienes hieren, en el fondo, están
pidiendo ayuda… aunque no lo digan con palabras.
—Vivir bien, mi niña, no significa que nunca vayas a encontrarte con personas que
hieren. Significa que no permitas que sus palabras se conviertan en una herida dentro
de ti.
La abuela tomó una pequeña maceta y señaló una planta que tenía varias hojas secas.
La abuela sonrió.
—Con amor, con amigos que te valoren, con personas que te hagan sentir que eres
importante. Pero, sobre todo, se fortalecen cuando tú misma aprendes a quererte.
Sofía tomó su cuaderno y escribió:
"Las personas que humillan a otros llevan una herida que no se ve, pero que duele
mucho. A veces creen que burlándose esa herida se hará más pequeña, pero solo se
vuelve más grande. Vivir bien es aprender a cuidar lo que llevo dentro y no dejar que
el dolor de otros se convierta en el mío. Es tener raíces fuertes, aunque algunos
intenten secar mis hojas."
Cuando terminó de escribir, Sofía sintió que había entendido algo importante.
Sofía cerró los ojos por un instante. Sabía que las palabras de su abuela se quedarían
en su corazón… como raíces que la sostendrían, incluso en los días más difíciles.
El sol de la tarde se filtraba entre las hojas del parque cuando Sofía regresó a casa.
Caminaba despacio, pensando en lo que había aprendido ese día en la escuela, todavía
dándole vueltas a sus preguntas.
—¿Papá? —llamó Sofía con voz temblorosa, como si temiera que todo fuera un
espejismo.
Sofía corrió como si el corazón se le hubiera echado a volar en el pecho. Al entrar, vio
a su padre removiendo la salsa en una olla, con el delantal mal puesto y un par de
tomates rodando por la encimera.
Su padre la levantó del suelo en un abrazo fuerte, como si quisiera atrapar en ese
gesto todo el tiempo que no habían podido compartir.
—¿Qué haces aquí? ¿No estabas trabajando? —preguntó Sofía con una sonrisa que le
iluminaba el rostro.
Su padre la miró con cariño, pero también con cierta inquietud en los ojos.
—¡Eso es genial! —lo interrumpió Sofía, sonriendo—. Ahora podremos irnos de viaje
como siempre decías… y tal vez puedas descansar un poco más.
Su padre bajó la mirada y Sofía notó que había algo más detrás de aquellas palabras.
—El problema —continuó él— es que ese puesto significa que tendré que viajar
mucho más. Pasaría semanas fuera de casa… y los fines de semana, probablemente,
también estaría ocupado.
La sonrisa de Sofía se fue apagando poco a poco, como una vela que se consume.
—Porque en todos estos años, Sofi, he estado buscando lo que significa vivir bien.
Pensé que significaba ganar más dinero, tener más cosas, asegurarme de que nada
faltara en casa… pero olvidé que lo más importante ya estaba aquí.
—¿Sabes? El otro día encontré un dibujo tuyo en mi escritorio. Era uno de esos que
hiciste cuando eras más pequeña. Habías dibujado una casa con tres personas dentro:
tú, mamá y yo. Y afuera, en un rincón del papel, habías escrito: "Esta es mi casa
cuando papá está aquí."
—Ese dibujo me hizo darme cuenta de algo, Sofi… Puedo tener el mejor trabajo del
mundo, pero si no estoy presente en tu vida, no estoy viviendo bien.
Sofía sintió que algo cálido le subía por el pecho, una mezcla de gratitud, alegría y
alivio.
—Vivir bien es estar cerca de quienes amas, porque no importa cuánto dinero
tengas… si no tienes amor, siempre te sentirás vacío.
Sofía se abrazó a él con tanta fuerza que por un instante le pareció que el tiempo se
detenía.
—Gracias a ti, Sofi —le respondió él—. Porque esa pregunta que me hiciste aquel
día… ¿Y tú vives bien, papá?… fue la mejor lección que alguien me ha dado en la
vida.
Aquella noche, cuando Sofía abrió su diario, sus palabras fluyeron sin esfuerzo, como
si nacieran directamente del corazón:
Sofía cerró el diario y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que ya no tenía tantas
preguntas. Porque algunas respuestas no se encuentran en los libros, ni en las palabras
de un sabio, ni en las fórmulas de la física.