0% encontró este documento útil (0 votos)
19 vistas14 páginas

Democracia - Libro

El documento analiza la evolución de la democracia en contraste con el socialismo y el liberalismo, destacando la polarización histórica entre estas ideologías y la necesidad de repensar la democracia más allá de sus etiquetas tradicionales. Se discuten las visiones de varios teóricos, como Sartori y Cerroni, sobre la democracia como un sistema de vida y la importancia de la representación y el consenso en la política moderna. Finalmente, se plantea que la democracia debe aspirar a ser un 'Estado de Cultura' que trascienda su carácter meramente instrumental.

Cargado por

adelaquiroga
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
19 vistas14 páginas

Democracia - Libro

El documento analiza la evolución de la democracia en contraste con el socialismo y el liberalismo, destacando la polarización histórica entre estas ideologías y la necesidad de repensar la democracia más allá de sus etiquetas tradicionales. Se discuten las visiones de varios teóricos, como Sartori y Cerroni, sobre la democracia como un sistema de vida y la importancia de la representación y el consenso en la política moderna. Finalmente, se plantea que la democracia debe aspirar a ser un 'Estado de Cultura' que trascienda su carácter meramente instrumental.

Cargado por

adelaquiroga
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Democracia, consenso y legitimidad: los

déficits de la política
Luis Miguel Rionda
Profesor de la Universidad de Guanajuato, México

Presentación

Durante décadas, la discusión mundial en torno a las alternativas de organización y representación


sociales se había centrado en la tensión esencial entre dos polos político-conceptuales
contrapuestos: la democracia liberal versus el socialismo planificador.

Estas alternativas excluyentes se mostraban a sí mismas como resultado último y definitivo del
desarrollo social humano.
Sus premisas se apuntalaban en dualidades contrapuestas fundamentales como
“libertad” vs. “control”, “solidaridad” vs. “justicia”, “individuo” vs. “comunidad”, “valores
inmediatos”vs. “valores últimos”, “leyes del mercado” vs. “planeación”, “moral privada” vs. “moral
pública”, “estructura” vs. “proceso”, etcétera.

Setenta años de polaridad -a partir del primer ensayo de la vía socialista- acostumbraron al
analista de lo social, demasiado inmerso en el contexto que le rodeaba, a percibir los hechos
políticos como necesariamente incrustados dentro de un esquema unilineal simplista: un vector
entre dos extremos, que impedía concebir la posibilidad de terceras opciones y que reducía o
desconocía la riqueza y la variedad en la organización política humana, a pesar de las crecientes
evidencias aportadas por el conocimiento histórico y antropológico de las sociedades
preindustriales que se acumuló en este siglo.
En el campo de la economía política liberal, los tópicos de la discusión clásica acerca de la acción
política habían sido rebasados desde el surgimiento de los grandes movimientos sociales del siglo
pasado.

Como nunca antes, en el siglo del capitalismo industrial-financiero lo económico se percibió tan
íntimamente enlazado con lo político-ideológico que parecía confirmarse la convicción materialista
de que esta esfera era determinada unilateral e invariablemente por aquélla.

En contraste, los teóricos liberales, partiendo del esquema dialéctico hegeliano donde la intangible
Idea es el punto de partida para el entendimiento-apropiación de la Naturaleza -con lo que se
desarrolla la Conciencia, o sea la materia consciente en sí y para sí: el Hombre-, perciben a la
sociedad como una entidad donde la libertad individual desencadenaactitudes de competencia y
productividad (Weber 1979; Laski 1939; Schumpeter 1983), con lo que se aseguran las
tendencias autorregulables del sistema económico y se consolidan las libertades (Mill 1984).
Esta radical discusión marcó, en definitiva, toda una época en los anales de la historia de las
doctrinas políticas. Con facilidad se le podría adjudicar el membrete de la “era de los absolutos” y
de las posturas irreconciliablemente convencidas de su calidad de detentadoras de la verdad y de
la fórmula última para la buena y justa convivencia humana.

Esta situación ha ido cambiando radicalmente. La democracia, máxima expresión del sistema
representativo, se ha tornado en el foco de atención privilegiado en estos últimos años, sobre todo
a partir de la profunda crisis en que cayó el mundo socialista a fines de los ochenta.

El debate sobre la democracia se revitaliza y se le despoja de parte de su carga valorativa o


adjetiva “democracia burguesa”, “democracia popular”, “democracia socialista”.

A esta época de profunda revisión de los esquemas políticos corresponden los acercamientos
de Giovanni Sartori (1988), Umberto Cerroni (1991) y Anthony Arblaster (1991), textos que
abordaremos privilegiadamente en este trabajo.

La democracia frente al Marxismo y el Liberalismo

El periodo comprendido entre 1985 y 1992, desde el ascenso de Gorbachov hasta la disolución de
la Unión Soviética, fue teatro de una profunda alteración de la distribución del poder mundial y de
los esquemas político-económicos contrapuestos.

Las crecientes contradicciones gestadas en el campo socialista hicieron insostenible la


permanencia de un sistema que, aunque asumiéndose democrático en el sentido de contar con
instrumentos de representación popular de nivel intermedio como los soviets, no se había
comprometido con los métodos tradicionales de legitimación de la autoridad por medio del sufragio
que caracterizan a la democracia representativa, en parte por considerar que los partidos políticos
y la lucha electoral son crecientemente innecesarios en la construcción de una sociedad sin clases
(Sartori: 564-566).

Dentro del contexto maniqueo en que se desarrollaron las ciencias sociales a lo largo del siglo XX,
el materialismo histórico y particularmente el leninismo había asumido una actitud ambivalente
ante la democracia, a la que concibió como una expresión ideológica y mediatizante de las
desiguales relaciones sociales de producción impuestas por el modo de producción capitalista.

Aunque, por otra parte, no faltan en Marx, Engels y Lenin las referencias a la democracia como un
sistema de vida -más allá de concebirla como un sistema de representación política , que
eventualmente sería compatible con el socialismo, como veremos más adelante (Sartori: 546).

Según los planteamientos ortodoxos marxistas, definidos a partir de la línea pragmática de Lenin,
las sociedades capitalistas metropolitanas desarrollan aparatos políticos de Estado los partidos
donde se coarta la representación auténtica de las clases productivas, gracias tanto a métodos de
selección preelectorales internos a los partidos como a procedimientos en la elección misma; todo
ello como estrategias de clase que impiden el acceso efectivo al poder por parte de los
representantes del proletariado.

En contraste, dentro de la retórica leninista la sociedad socialista se traducía en primera instancia


en una “democracia popular”, aunque aún lejos del ideal del comunismo: una sociedad donde el
Estado se extinguiría y con él el poder político como “la violencia organizada de una clase para la
opresión de otra” (Marx y Engels 1973)
La democracia actual, como forma de Estado y como “la mejor envoltura política de que puede
revestirse el capitalismo” (Lenin 1918), también desaparecerá “se extinguirá” por innecesaria en
una sociedad sin clases.

No obstante, la liberación económica de las clases subalternas es la mejor forma de asegurar la


liberación política y con ello la mejor de las democracias, en su sentido etimológico:

[...] el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la
conquista de la democracia. (Marx 1973: 59)
[...] la democracia, llevada a la práctica del modo más completo y consecuente que puede
concebirse, se convierte de democracia burguesa en democracia proletaria, de un Estado (fuerza
especial de represión de una determinada clase) en algo que ya no es un Estado propiamente
dicho. [...] el paso del capitalismo al socialismo es imposible sin un cierto ‘retorno’ a la democracia
‘primitiva’. (Lenin 1918: 303 y 304)

Los marxistas del siglo XX, siguiendo a Lenin, asumieron el término “democracia” en dos sentidos:
en primer lugar como un esquema político particular al desarrollo del capitalismo monopólico, por lo
que mejor se referían a la misma como democracia burguesa o liberal.

Sin embargo, no desconocieron el sentido primigenio del término, desprovisto de nexos con
sistema productivo alguno, donde sencillamente las decisiones e intereses de las mayorías privan
sobre los de las minorías, y por ello tuvieron la convicción de que:

[...] una democracia llevada hasta sus últimas consecuencias es imposible bajo el capitalismo, y
bajo el socialismo toda democracia (burguesa) se extingue. (Lenin 1918: 331)

La democracia no es idéntica a la subordinación de la minoría a la mayoría. Democracia es el


Estado que reconoce la subordinación de la minoría a la mayoría, es decir, una organización
llamada a ejercer la violencia sistemática de una clase contra otra, de una parte de la población
contra otra. (Pero) No esperamos el advenimiento de un orden social en el que no se acate el
principio de subordinación de la minoría a la mayoría. (Lenin 1918: 334)

Así, la extinción de la democracia como organización estatal es resultado de la cancelación de


relaciones de dominio entre clases sociales, lo que vuelve trivial e innecesario al aparato político de
la representación.

La desaparición de las relaciones desiguales implica la implantación de la democracia como forma


de vida donde impera el interés de la mayoría más auténtica, similar a la “democracia primitiva” de
los pueblos sin Estado.

En el sentido de diferenciar la democracia en su acepción original etimológica, clásica de la que


asume como sistema político representativo en el capitalismo, coincidieron autores liberales como
Max Weber, para quien

El ‘demos’, en el sentido de una masa inarticulada, no ‘gobierna’ nunca en las sociedades


numerosas por sí mismo, sino que es gobernado, cambiando sólo la forma de selección de los
jefes de gobierno y la proporción de la influencia que puede ejercer [...] la ‘democratización’ no
debe significar necesariamente el aumento de la participación activa de los dominados en el
dominio dentro de la organización considerada.

Y Giovanni Sartori marca aún más esa diferencia:

La democracia moderna es enteramente diferente [de la griega]: no se basa en la participación,


sino en la representación; no supone el ejercicio directo del poder, sino la delegación del poder; no
es, en resumen, un sistema de autogobierno, sino un sistema de limitación y control del gobierno.

Idea clave 1
Para el liberalismo el sistema “democrático” o “poliárquico” es una forma de
garantizar la ingerencia de los grandes grupos de la población en la toma de
decisiones administrativo-burocráticas, pero por medios indirectos
fundamentados en la legitimación por medio del sufragio universal.

Para el marxismo no es más que una estrategia de la burguesía para alienar


a las clases mayoritarias y canalizar por vías controladas el descontento
popular.

La democracia ¿estado de cultura o sistema participativo?

Si se pasa a la discusión contemporánea, es conocido que la tradición italiana de análisis político


ha sido rica y dinámica sobre esta temática.

En esta tradición encontramos especímenes de todas las tendencias, pero indudablemente es su


vertiente marxista Gramsci, Coletti la que había ocupado preferentemente la atención de los
estudiosos de lo político en México y América Latina hasta la década de 1980.

El politólogo italiano Umberto Cerroni es uno de los analistas que más han aportado a la
construcción de una teoría de la democracia más acorde a la nueva realidad política mundial.

Su propuesta básica se encuadra en la naciente tradición de la búsqueda de una pretendida


“democracia sin adjetivos” para la que sobran los calificativos que este siglo le ha endilgado, como
“liberal”, “burgués”, “socialista” o “popular”.

Así, Cerroni parte de la convicción de una inocuidad ideológica de la democracia, a la que reduce a
un simple esquema técnico para la delegación pacífica y normada de la soberanía del conjunto
social, que es recibida por representantes o autoridades, legitimadas así por este proceso.

Idea clave 2
La democracia debe aspirar a la construcción de un “Estado de Cultura” que
le permita rebasar su carácter instrumental e instaurarse como sistema de
vida.

En contraste, Sartori asume el término “democracia” como una abreviatura de “democracia liberal”
y a lo largo de su texto se involucra recurrentemente en una intensa y bien llevada polémica con el
marxismo y los marxistas.

Su propuesta principal reside en la asunción de la “democracia participativa” mediante la


revitalización de los organismos intermedios de toma de decisiones, como son las asambleas, pero
sobre todo los comités.

A través de la “teoría de los juegos” pondera los costos y los riesgos externos de los sistemas
democráticos para demostrar la pertinencia de los grupos intermedios de decisión, donde
la participación es la más amplia posible, pero sin entorpecer la toma expedita de decisiones.

La “democracia formal” ética, moral, legalista debe atemperar las desviaciones de la “democracia
real” pragmática, no participativa y buscar un justo medio, que para Sartori lo constituyen esos
mecanismos intermedios.

Ahora bien, Sartoni asegura que sólo a partir de la década de 1950, con el incremento del influjo
del marxismo en los ámbitos académicos, se popularizó la distinción al menos en el plano teórico
entre el concepto clásico de “democracia” y la existencia de una supuesta “democracia capitalista”
burguesa y retardataria (1988: 12 ss).

Esto, en opinión de ese autor, vinculó inadecuadamente a la democracia a un sistema de


producción material específico, asignándole el papel de expresión ideológica alienante de claros
intereses de clase.

También a partir de entonces la palabra “democracia” se degradó al convertirse en un término


confuso e indefinido: “el gobierno del pueblo” ¿qué es el pueblo? , por lo que este autor, siguiendo
a Robert Dahl, llega a aventurar el término “poliarquía” (1974: 489; 1988: 26), refiriéndose al “ser”
social, para distinguirlo de aquel concepto, que reserva para el “deber ser”.

Ahora bien, la democracia es sólo una “técnica histórica”, desprovista de más ideología que la
preeminencia de la mayoría con el respeto de la minoría, dice Umberto Cerroni, la que ha
desplegado sus potencialidades sólo a partir de la instauración de una sociedad donde este
método de convivencia social ha trascendido paulatina o abruptamente desde un “Estado de
Derecho” formal, ideal hacia un “Estado de Cultura” a través de la educación y la investigación
científica, forjadores de nuevas generaciones para los que la democracia es ya un ethos.

En esto coincide Anthony Arblaster, la democracia participativa tiene consecuencias para la vida
social y es mejor considerarla un modo de vida, más que un mecanismo electoral o un sistema
político.

Idea clave 3
La democracia, como sistema de vida, no implica una simple sumatoria de
intereses individuales o la búsqueda de la satisfacción de las aspiraciones
de todos; se trata de una síntesis dialéctica de esos intereses en un superior
interés colectivo, que muchas veces puede diferir de la voluntad mayoritaria.

Es aquí donde intervienen los sistemas representativos de la democracia y sus métodos


consensuales.

La democracia representativa sólo se desarrolla cabalmente en el Estado moderno. ¿Y en qué


consiste dicho Estado? Cerroni niega la existencia de sociedades preestatales y señala la
confusión teórica que en ello ha introducido el uso de conceptos subsidiarios como el “poder” y el
“dominio” weberianos.

El Estado preindustrial sólo requiere de una población y un territorio, con lo cual es suficiente para
desarrollar formas organizativas donde se establecen relaciones de subordinación.

En el Estado moderno encontramos la confluencia de tres elementos, que pueden darse


consecutiva o paralelamente: una identidad nacional, una soberanía territorial y una
representación, factores impensables en la Europa de este milenio antes del derrumbe del sistema
feudal, y también ausentes en un país como México en el siglo pasado, en que se instauró la
democracia sobre todo en cuanto a identidad y representación.

La convivencia democrática moderna implica el establecimiento de ese Estado representativo,


dentro del cual se determinan y orientan modelos ideales de conducta a través de la ley y un
sistema disuasivo o persecutorio: la fuerza pública.

La democracia hace así uso de los recursos del consenso y de la fuerza, dice Cerroni, pero bajo un
esquema regulado por la ley. Complementemos con una sugerente idea de Sartori: en la
democracia se discute, pero primero que nada discutimos cómo discutir.

La soberanía y la autoridad que conlleva son delegadas a representantes, y para ello el recurso y
correa de transmisión por excelencia es el sufragio, es decir, los procesos electorales, sin los
cuales el sistema es vacuo, no democrático.

La acción de la democracia va a girar en torno al propiciamiento y canalización del consenso


social, sin importar los proyectos sociales específicos de las diversas tendencias ideológicas que
se enfrenten en el marco de sus procedimientos, pretendidamente imparciales.

Idea clave 4
En este sentido, la democracia es el esquema donde se concreta la
expresión política de la sociedad: el Estado.
Cerroni asegura que la tradicional distinción entre Estado y sociedad es arbitraria en su opinión
ésta es muy socorrida por los antropólogos y le parece aplicable sólo en el caso de la sociedad
industrial, lo que equivale a asegurar que únicamente en este caso pueden diferenciarse
claramente las esferas de lo político y lo social, gracias sobre todo a la profesionalización de los
cuadros políticos.

Desde este punto de vista, vale la pena mencionar como ejemplo extremo las aseveraciones
contundentes del antropólogo estructuralista Pierre Clastres (1981): “las sociedades primitivas son
las sociedades sin Estado” donde “el poder no está separado de la sociedad” gracias a lo cual no
existen en ellas clases ni dominación.

En verdad es simplista emitir una aseveración como ésta, pues no hay sociedad sin una
organización jerárquica en base a edad, parentesco, bienes concretada en sus líderes, con una
identidad evidente y un territorio definido: el embrión de un Estado, siguiendo a Cerroni.

Ahora bien, sabemos que la democracia es el régimen de mayoría, pero no de una mayoría
despóticamente dominadora del resto del conjunto social.

El espíritu del Estado democrático, según Sartori, se fundamenta en el principio de la


mayoría limitada, que respeta y reconoce los derechos de las minorías, entre los cuales se
encuentra el derecho a convertirse eventualmente en nueva mayoría (1988: 55-58).

El grupo social pervive en un permanente estado de tensión entre el Ser individual, que defiende su
libertad, y el Deber Ser colectivo, que se expresa en la Ley y se apoya en la coerción moral o
física que ejerce la Fuerza.

Entre ambas se ubican las instituciones jurídico-políticas, que disponen de la capacidad para
garantizar la cohesión social. Estas instituciones son la objetivación del Estado.

Idea clave 5
Con todo, el Estado no es un objeto independiente de la sociedad, sino
consustancial a ésta y, en la medida de su representatividad democrática,
una expresión muy cercana a las aspiraciones de todos los grupos sociales.

El Estado moderno surge de procesos de elección basados en el sufragio universal que incluye
mujeres, jóvenes, trabajadores o minorías . Sin esta condición no nos encontramos aún ante un
Estado plenamente desarrollado en sus potencialidades contemporáneas, dice Cerroni.

Pero también en la medida en que ese sufragio se exprese por medio de técnicas depuradas y
confiables se avanza en la maduración del sistema representativo.

Ahora bien, aunque en la democracia moderna todas las voces se pueden expresar libremente, no
todas son atendidas: tan sólo las de la mayoría. Pero esta mayoría se involucra en una dinámica
de concesiones parciales a las minorías, sin las cuales no se garantiza la gobernabilidad.

La soberanía en las sociedades preindustriales recaía en la divinidad, recuerda Cerroni, que la


delegaba en la figura de un rey o sacerdote.

El Estado contemporáneo es laico en el sentido de desprender dicha soberanía del pueblo, que la
cede a sus representantes electos por medio de sufragio universal. Ese Estado deberá propugnar
por un consenso hacia sus acciones que le dé legitimidad y asegure su estabilidad.
Idea clave 6
La mejor vía para la construcción de una voluntad política común es el
involucramiento de los representantes de la sociedad en la elaboración del
marco normativo: las “reglas del juego”.

La búsqueda del consenso

La democracia, como el menos malo de los sistemas políticos (Churchill) o la forma de contar
cabezas sin romperlas (Bryce), es la única estrategia de convivencia humana en la que priva el
interés de las mayorías pero se respeta el derecho de disentir de las minorías, las que tienen
caminos legales abiertos para poder dejar de serlo eventualmente.

Dentro de este esquema, el papel de los partidos políticos no puede soslayarse. Forman parte de
las instancias intermedias entre el individuo y la Ley, y son otra materialización del Estado.

Idea clave 7
Los partidos garantizan la coherencia y consistencia de los planteamientos
de los diferentes grupos sociales llámense clases, gremios, grupos de
identidad, etcétera y también aseguran la gobernabilidad.

Ahora bien, sólo hasta el Estado contemporáneo encontramos a los partidos como auténticos
aparatos de construcción de consenso alrededor de propuestas y personas específicas.

El Estado moderno, siguiendo a Cerroni, no puede desentenderse de esa búsqueda del consenso.
Por ello debe concretar el tránsito de un Estado de derecho prescriptivo, ideal hacia un Estado
social de consenso y finalmente constituirse en un Estado de cultura, donde las instituciones que
le garantizan permanencia están desarrolladas al interior de las conciencias de los ciudadanos, con
lo que los métodos tradicionales de coerción directa se vuelven cada vez más superfluos.

A esta propuesta, novedosa en su planteo formal aunque evidente para un observador inteligente,
se agrega la virtud de Cerroni de eliminar los adjetivos ideológicos para así decantar
el método democrático, con lo que facilita la comprensión de nuestras sociedades del nuevo
milenio, que están renegando crecientemente de los esquemas extremos y enfrentados.

El actual proceso de globalización de la economía mundial, realidad innegable, empuja a la


adopción de propuestas políticas tan flexibles y casi homogéneas que hacen temer un movimiento
incontrolable de reflujo, con extremismos y búsqueda de la heterogeneidad étnica o religiosa, como
los que se viven hoy en la Europa oriental, el Islam y las regiones exsoviéticas.

Ahora bien el consenso, según Sartori, es una actitud pasiva y más bien implica una aceptación
por parte de la mayoría pues siempre hay cierto disenso, aunque no se exprese.

Idea clave 8
La necesidad de acuerdos consensuales se desprende de la búsqueda de
legitimidad que caracteriza a la democracia. Esa legitimidad garantiza la
autoridad y con ésta se apuntala la cohesión del grupo.
En este sentido, Anthony Arblaster critica el hecho de que el gobierno de consenso sea asociado
con la democracia, pues “no es requisito que un gobierno sea democrático para que el pueblo
otorgue su consenso” (1991:137), aún tratándose de tiranías.

Por ejemplo, los gobiernos autoritarios han recurrido al recurso del referéndum para legitimarse
desde que Napoleón III inauguró esta costumbre. Pero es bien sabido que un tirano no se arriesga
a un escrutinio de este tipo sin tener la seguridad de ganar.

Tal vez la única excepción a esta regla haya sido el referéndum a que se sometió Pinochet hace
pocos años y que le obligó a permitir el regreso de la democracia en Chile.

El consenso bien puede partir de la imposición de instancias autoritarias el gobierno, el ejército, la


escuela, los medios de comunicación y se puede construir o falsificar una actitud hacia una
cuestión específica. Tan sólo recordemos los consensos logrados por la maquinaria
propagandística del nazismo en torno al “problema judío” o a la “cuestión polaca”.

De igual forma podríamos citar la penetración ideológica del franquismo en las generaciones
jóvenes españolas en las décadas de 1950 y 1960, o la alienación anticomunista de las clases
medias norteamericanas durante la guerra de Corea.

Los gobiernos con problemas serios de legitimidad, sobre todo en cuanto a la forma de su acceso
al poder, suelen luchar para atraerse la simpatía popular y convertirse en gobiernos por consenso.

Uno de los mejores ejemplos en México lo fue el gobernador Fernando Baeza, de Chihuahua
(1986-1992), quien logró superar su debatida elección, producto de un fraude, y ganar
popularidad a posteriori.

El propio presidente Carlos Salinas (1988-1994), carente de imagen carismática y personificando


a la misma clase política que había sumido al país en la peor crisis de su historia, debió conquistar
su legitimidad ya en el poder por medios diferentes a los electorales.

Igual sucedió con el gobernador interino del estado de Guanajuato, Carlos Medina (1991-1995),
cuyo acceso al poder fue producto de una negociación postelectoral, y que tuvo que construirse
una imagen cordial que le hiciera aceptable ante propios y extraños, en una urgente construcción
del poder basado en el consenso.

Ahora bien, la construcción o incluso la invención del consenso se ve potenciada en la medida en


que, dice Arblaster, el gobernante se muestra sensible ante las necesidades de su pueblo.

En este sentido, las democracias “jóvenes” tienen a su favor la ventaja de la presencia más
inmediata y tangible de sus líderes ante su comunidad. La legitimación y el apuntalamiento
consecuente del poder pueden ser conseguidos por medios extraños al sufragio; esto, sin duda,
en demérito del proceso democrático formal, pero ¿hasta qué punto se les puede considerar como
recursos antidemocráticos?

Conclusiones

La discusión sobre la democracia contemporánea cobra un especial significado en el contexto de la


democracia mexicana, todavía imperfecta e inmadura. Este modelo comparte los elementos más
formales de la “democracia prescriptiva” de Sartori, pero se alejan por las sinuosidades de
la realpolitik a la mexicana.

Los “intereses últimos”, claros solamente para una élite del poder, han determinado y deformado
los canales de manifestación de la voluntad popular, que continúa supeditada a la autarquía real
del sistema político central que impera sobre el país.

A través de este módulo hemos visto cómo los tres autores referenciados mantienen posiciones
relativamente dispares ante el mismo tema de la democracia.

El británico Arblaster es el más liberal en sus juicios, sobre todo en relación a las democracias no
muy bien reputadas como tales, cuestionando la pretendida validez universal de los esquemas
democráticos. La democracia aparece ante él como un medio para llegar a un fin: el desarrollo
armónico de las potencialidades del hombre-ciudadano, para lo cual es indispensable que el poder
económico sea balanceado racionalmente por el político.

La convivencia entre la democracia política que no social y el sistema económico monopólico


capitalista puede ser difícil al enfrentarse valores intangibles con tangibles, el interés del largo
plazo y el inmediatismo, la solidaridad comunitaria y el egoísmo interesado.

Con todo, el método democrático permite combatir las necesidades materiales gracias a la
conquista de espacios de decisión o influencia por parte de los grupos con carencias.

Los dos italianos son sin duda los más sugerentes e innovadores en su acercamiento a la
democracia de fin del siglo XX. Sartori, sin duda, aporta el esquema conceptual más consolidado y
coherente, pero muy sujeto a un pragmatismo que en muchas ocasiones se antoja ajeno al espíritu
democrático.

Su insistencia en guardar un equilibrio dinámico entre la democracia formal y la real, entre su


concepción prescriptiva idealista y la descriptiva factual , le orilla a proponer alternativas de toma
de decisiones que fácilmente pueden caer en esquemas autoritarios; es el caso de sus comités de
participación restringida, que él encuentra como una de las mejores opciones para el abatimiento
en los costos y riesgos de los mecanismos democráticos.

Sin embargo, sólo en Umberto Cerroni se puede encontrar la propuesta más acorde al inédito
escenario que se está desarrollando a comienzos de un nuevo milenio en un mundo que ha
renunciado a los extremos ideológicos, pero que se está reencontrando con conflictos que se
suponían ya superados, como lo son las diferencias étnicas y nacionales, el tribalismo y el
fundamentalismo religioso.

Cerroni no divorcia la ética de la política, como sí se puede percibir en el pragmático Sartori.


Plantea la construcción de un nuevo sistema de valores democráticos, a los que se sujeten las
nuevas normas y los nuevos procedimientos.

Ese sistema rescatará el mosaico de intereses de una sociedad cada vez más compleja, pero
también más homogénea en sus aspiraciones hacia el poder y la representación. Un nuevo
esquema de valores que se desprenda de vicios de la democracia no participativa y autoritaria de
la primera mitad del siglo XX y que le permita al ciudadano y al conjunto al que se integra superar
el miedo a la libertad.

Idea clave 9
La nueva discusión sobre la democracia promete generar opciones de
participación social novedosas, que permiten alimentar nuestro optimismo
sobre el futuro de la opción política que se plantea ahora, ya no sólo como la
mejor, sino como la única alternativa para el logro de una mejor convivencia
humana aunque esto entre en franco contraste con la circunstancia de
subdesarrollo político en que aún se debaten algunos países.

Contenido complementario 1

En el sentido que le otorga Kuhn (1982: 248 ss), como el equilibrio dinámico entre pensamiento
convergente y pensamiento divergente, que alimenta, en una primera etapa, el proceso
acumulativo del conocimiento hasta que la tensión finalmente desata un rompimiento y se produce
una revolución científica, con el consecuente abandono de paradigmas, tal como lo estamos
viviendo en las ciencias sociales.

Contenido complementario 2

Soberanía, representación, autoridad, ley, sufragio y contrato, según Cerroni (1991:26)

Contenido complementario 3

A partir de entonces, nociones más dinámicas y relacionadas con los medios de subsistencia,
como explotación, dominio, revolución, clases sociales, etcétera, se incorporaron al lenguaje usual
de la discusión política en los países capitalistas.

Contenido complementario 4

Noción que se había extrapolado mecánicamente a todos los modos de producción (Engels 1975:
259), aunque por ello fue también blanco de las críticas de los postulantes de esquemas
particulares a modos de producción diversos al capitalismo, como K. Wittfogel, V. Chayanov, T.
Shanin y E. Wolf.

Contenido complementario 5

Es ocioso recordar figuras fundamentales como Zuccolo, precursor importante de la moderna


ciencia política, en opinión de Benetto Croce (Sprigge: 234); Vico; Beccaria;Grocio, pretendido
padre del jusnaturalismo (Bobbio y Bovero); Filangieri; Croce, el más influyente filósofo italiano
de la primera mitad del siglo XX; Gentile; D'Annunzio, descubridor de Nietzsche para Italia… y
Mussolini (Sprigge: 251) Pareto, autor de la “ley de la circulación de las élites”; Gramsci; Mosca,
autor de la “ley de la clase política”; Bobbio; Bovero, Coletti, representantes estos dos de la
Escuela de Milán; etcétera.

Contenido complementario 6

Utilizo arbitrariamente la terminología del historiador mexicano Enrique Krauze por cierto nunca
definida por él como una forma de reflejar el sentido nuevo que pretende Cerroni.

Contenido complementario 7

Recordemos que el mejor ejemplo de una democracia que iba más allá de un sistema político lo
encontró Tocqueville en los Estados Unidos, por lo que la denominó “democracia social”.

Contenido complementario 8

Son para él “sucedáneos conceptuales” de la categoría Estado, el “poder” (procesos psicológicos


de influencia); el “proceso político” (que pierde las instituciones concretas en el proceso de
construcción de la decisión, categoría diacrónico-procesual), y el “sistema político” (que encierra a
la política en el circuito del aquí y el ahora, categoría sincrónico-estructural).

Contenido complementario 9

En este sentido, cabe resaltar la importancia que tuvo para la modernización del Estado mexicano
en los años ochenta la ampliación de los sistemas de representación proporcional en el poder
legislativo y en los ayuntamientos, que sí permiten el acceso de las minorías políticas a esos
espacios del poder público. Sin embargo, el sistema presidencialista impide la misma
proporcionalidad en el poder ejecutivo, lo que sí sucede en las ramas ejecutivas de los sistemas
parlamentarios.

Contenido complementario 10

Pero hay que recordar que, como saben los especialistas en dinámica de grupos, en los conjuntos
humanos pequeños inciden factores personales, como la autoridad, la edad, el sexo, la posición
social, la educación, etc. que vician la capacidad del grupo para tomar decisiones realmente
consensuales.

Arblaster, A. 1991. Democracia. México: Nueva Imagen. Col. Conceptos Políticos.

Bobbio, N. y Bovero, M. 1986. Sociedad y Estado en la filosofía moderna. F.C.E. Col. Breviarios
330.

Cerroni, H. 1991. Reglas y valores en la democracia. Estado de derecho, Estado social, Estado de
cultura. México: C.N.C.A.-Alianza Editorial.

Clastres, P. 1981. Antropología política. Barcelona: Gedisa.

Engels, F. 1975. Anti-Dühring. México: Ed. de Cultura Popular.

Cerroni, H. 1991. Reglas y valores en la democracia. Estado de derecho, Estado social, Estado de
cultura. México: C.N.C.A.-Alianza Editorial.

Kuhn, T. S. 1982. La tensión esencial. Estudios sobre la tradición y el cambio en el ámbito de la


ciencia. México: F.C.E.-CONACyT.

Laski, H.J. 1939. El liberalismo europeo. México: F.C.E. Breviarios 81.

Lenin S.F. (orig.1908). “Marxismo y revisionismo”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso.

Marx, K. y Engels, M. 1973. Manifiesto del Partido Comunista. Pekín: Ediciones en Lenguas
Extranjeras.

Lenin S.F. (orig.1918). “El Estado y la Revolución”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso.

Mill, J. S. 1984. Sobre la libertad. Madrid: Sarpe.

Sartori, G. 1974. “Democracia”. en David L. SILLS (dir.) Enciclopedia Internacional de las Ciencias
Sociales. Madrid: Aguilar. Tomo III.
Sartori, G. 1988. Teoría de la Democracia. I. El debate contemporáneo. II. Los problemas
clásicos. Madrid: Alianza; Col. Alianza Universidad 566 y 567, Ciencias Sociales.

Schumpeter, J. A. 1983. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona: Orbis. Biblioteca de


Economía vols. 4 y 5.

Weber, M. 1964. Economía y Sociedad. México: F.C.E. 2ª edición.

Sprigge, C.J.S. 1941. "El pensamiento político en Italia". en J.P.Mayer, Trayectoria del
pensamiento político. México: F.C.E. 5a reimpresión, 1985. Págs. 232-257

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de
Jonás, 2ª edición.

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de
Jonás, 2a edición

Referencias bibliográficas

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de
Jonás, 2ª edición, pág. 15.

Laski, H. J. 1939. El liberalismo europeo. México: F.C.E. Breviarios 81, p. 27 ss.

Schumpeter, J. A. 1983. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona: Orbis. Biblioteca de


Economía vols. 4 y 5, pág. 168 ss.

Mill, J. S. 1984. Sobre la libertad. Madrid: Sarpe, pág. 27 ss.

Sartori, G. 1988. Teoría de la Democracia. I. El debate contemporáneo. II. Los problemas


clásicos. Madrid: Alianza; Col. Alianza Universidad 566 y 567, Ciencias Sociales.

Arblaster, A. 1991. Democracia. México: Nueva Imagen; Col. Conceptos Políticos.

Lenin S.F. orig.1908. “Marxismo y revisionismo”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso, págs.
20-27.

Marx, K. y Engels, F. 1973. Manifiesto del Partido comunista. Pekín: Ediciones en Lenguas
Extranjeras, pág. 61.

Lenin S.F. orig.1918. “El Estado y la Revolución”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso, pág.
281.

Weber, M. 1964. Economía y Sociedad. México: F.C.E. 2ª edición, pág. 739.

Sartori, G. 1974. “Democracia”. en David L. SILLS (dir.) Enciclopedia Internacional de las Ciencias
Sociales. Madrid: Aguilar. Tomo III, pág, 491.
Clastres, P. 1981. Antropología política. Barcelona: Gedisa, págs. 111-112.

También podría gustarte