AGONIA DE RASU ÑITI
BIOGRAFIA:
"La Agonía de Rasu Ñiti" es un cuento de José María Arguedas que narra la muerte de Rasu
Ñiti, un célebre bailarín de tijeras, a quien la deidad Wamani le ha anunciado su final. Rasu Ñiti,
en un acto de resistencia y conexión con la naturaleza, danza hasta sus últimos momentos,
transmitiendo su espíritu a su discípulo Atok Sayku.
El cuento se centra en:
• El personaje de Rasu Ñiti:
Un hombre anciano, conocido por su maestría en la danza de tijeras (Danzak), y quien ha sido
avisado por el Wamani (deidad andina) de su muerte inminente.
• La danza como ritual de muerte:
Rasu Ñiti, a pesar de su agonía, continúa bailando, como si la danza fuera una forma de resistir
a la muerte y de conectarse con la naturaleza.
• La transmisión de la tradición:
Rasu Ñiti, antes de morir, entrega su legado (su Wamani, su espíritu) a su discípulo Atok Sayku,
asegurando la continuidad de la tradición.
• La ambientación en la sierra peruana:
El cuento se ambienta en una aldea andina, donde la naturaleza, las tradiciones y la
cosmovisión indígena son elementos centrales.
• La muerte como parte de la naturaleza:
Rasu Ñiti, al morir, se hace uno con la naturaleza, como lo representa el cóndor, ave suprema
en el imaginario mítico ayacuchano.
Significado e interpretación:
"La Agonía de Rasu Ñiti" es una obra que explora la cultura andina, la relación entre el ser
humano y la naturaleza, y el significado de la muerte en la cosmovisión indígena. La danza, en
este caso, es una forma de resistencia, de celebración de la vida y de conexión con lo sagrado,
incluso en el momento de la muerte.
BIOGRAFIA DE JOSE MARIA ARGUEDAS:
Detalles de la biografía de José María Arguedas:
• Nacimiento y origen:
José María Arguedas nació el 18 de enero de 1911 en Andahuaylas, en la sierra sur del Perú. Su
madre murió cuando era pequeño, lo que lo llevó a vivir con su abuela y a estar en contacto
con la cultura andina.
• Estudios:
Estudió en diferentes colegios, incluyendo Puquio, San Juan de Lucanas, Abancay, Huancayo y
Lima. Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudió literatura y
antropología.
• Carrera profesional:
Fue docente en colegios de Lima y en pueblos andinos, y ocupó diversos cargos en el Ministerio
de Educación Pública y en el Museo de la Cultura Peruana. También fue catedrático en la
Universidad de San Marcos y en la Universidad Nacional Agraria.
• Obras destacadas:
Además de "La agonía de Rasu Ñiti", Arguedas escribió otras obras importantes como "Yawar
Fiesta", "Agua", "El Sexto" y "Los ríos profundos".
• Su vida y muerte:
Tras diversas crisis, Arguedas se disparó un tiro en la cabeza y murió el 2 de diciembre de 1969,
a los 58 años.
La agonía de Rasu Ñiti es un cuento del escritor peruano José María Arguedas publicado en
1961. Es un relato breve ambientado en una aldea de los andes peruanos, y que los críticos
consideran como una de las mejores creaciones literarias de su autor y de la
literatura indigenista en general.
INFORMACION PRINCIPAL
Argumento
El cuento relata los últimos instantes de la vida del indio Pedro Huancayre (Rasu-Ñiti), un
célebre danzante de tijeras o dansak, quien utiliza sus pocas fuerzas que le quedan para danzar
mientras agoniza, todo lo cual lo hace acompañado de dos músicos (un violinista y un arpista),
desplegando un ceremonial espectacular, que presencian su mujer y sus hijas, y su joven
discípulo Atuq Sayku. Rasu-Ñiti muere en trance y lega a su discípulo el Wamani o espíritu de la
montaña que se manifiesta en forma de cóndor, una deidad andina que hizo de Rasu-Ñiti un
célebre bailarín, de acuerdo a la visión andina.
Personajes
• Pedro Huancayre o Rasu Ñiti («Que aplasta nieve») un veterano danzante de tijeras o
dansaq. Vive en una pequeña aldea de los Andes, junto con su familia, dedicado a las
labores agrícolas.
• La esposa de Rasu Ñiti.
• Las hijas de Rasu Niti, muchachas que ayudan en las tareas domésticas del hogar.
• Atuq Sayku («Que cansa al zorro»), joven discípulo de Rasu-Ñiti.
• Lurucha, el arpista de Rasu-Ñiti
• Don Pascual, el violinista.
• Wamani o el espíritu de la montaña que se manifiesta en forma de cóndor.
El Narrador
El narrador empieza siendo impersonal para luego pasar a implicado, es decir cambia de
tercera a primera persona.
La danza de tijeras
Un dansak o danzante de tijeras.
La danza de tijeras es propia de los departamentos
de Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Es un baile
espectacular lleno de acrobacias y pasos difíciles que se
ejecuta al ritmo del arpa y el violín. Los bailarines
o dansaqkuna usan trajes muy llamativos, adornado de
espejos, plumas y bordados. Según Arguedas, esta
danza es de origen hispánico pero el pueblo quechua lo
adoptó e integró a su acervo cultural a tal punto que
hoy parece rasgo inconfundible de su identidad.
Según la visión andina, el cuerpo del dansaq’ alberga
espíritus (wamanis): de una montaña, de un precipicio,
de una cueva, de la cascada de un río, de un pájaro, y
aun de un insecto. Toda la naturaleza está animada,
todas las cosas son envolturas de espíritus. Los
danzantes son los intermediarios con el otro mundo, portavoces de las fuerzas mágicas de la
naturaleza. Cuando muere un dansaq’ el espíritu o wamani se traslada a su sucesor,
asegurándose así la continuidad de esta tradición mágico-religiosa.[1]
Análisis
Según Vargas Llosa, este relato condensa admirablemente la interpretación arguediana de la
cultura andina. El cuento irradia una rica gama de símbolos y significados sobre lo que
Arguedas quería ver en el mundo andino: una cultura que ha preservado su entraña mágico
religiosa ancestral y que extrae su fuerza de una identificación con una naturaleza animada de
dioses y espíritus que se manifiestan a través de la danza y el canto.
El encanto del relato está en la envoltura realista que tiene la fantástica historia. El espíritu del
dios montaña que ha escoltado siempre al danzante infundiéndole la sabiduría de su arte se
corporiza en forma de un cóndor, al que la mujer de Rasu-Ñiti, sus músicos y Atuq Sayku ven
aletear sobre la cabeza del agonizante, mientras éste ejecuta los últimos pasos y tiene poéticas
visiones. Ver a ese 'espíritu' es un atributo espiritual, que sólo algunos han alcanzado; las hijas
del bailarín, por ejemplo, no tienen aún la "fuerza" necesaria para lograrlo. Todo el amor de
Arguedas por la vida en forma de programado ritual se hace evidente en esta agonía,
representada como ceremonia de rígidas reglas que todos conocen y respetan. El narrador, […]
para instruir al lector sobre el significado mítico y religioso de lo que está ocurriendo, desvela,
al mismo tiempo que cuenta la muerte del dansaq’, las presencias secretas —espíritus
materializados en precipicios, toros áureos, cascadas o pájaros— que mueven los músculos y
deciden los movimientos de los bailarines, animan los compases de la música y, en última
instancia, tejen y destejen los destinos humanos, en este mundo mágico y sagrado, inmunizado
contra el tiempo y la historia.[2]
Asimismo, Vargas Llosa resalta la buena factura artística del relato, lo que atribuye al hecho de
estar escrito con espontaneidad y no con intenciones morales e ideológicas.
Mensaje
El danzante de tijeras muere tranquilo pues sabe que ha mantenido fielmente su identidad y ha
asegurado la supervivencia de la cultura andina. La ceremonia de su muerte es a la vez la
iniciación del nuevo dansaq (bailarín) del pueblo, en un ritual que simboliza la continuidad de
muerte y nacimiento en la naturaleza y en los cultivadores de la tradición. El mensaje que nos
trasmite es la lucha tenaz de la cultura andina por no desaparecer.
Cortometraje
En 1985 Augusto Tamayo realizó una adaptación en video de este cuento, para el Centro de
Teleducación de la Universidad Católica (CETUC), con las actuaciones de Luis Álvarez y Delfina
Paredes.[3]
]
LA AGONIA DE RASU ÑITI:
Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del t
única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su
caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme. No podía afirm
fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían al
espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio.
Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de
servía para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sob
del lambras que aún exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ “Rasu-Ñ
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. S
guante en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras.
Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresal
La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.
— Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.
Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.
“Rasu-Ñiti” se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.
— ¡Esposo! ¿Te despides? — preguntó la mujer, respetuosamente, desde el umbral. Las dos hijas lo contempl
temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Qué vayan ellas!
Corrieron las dos muchachas.
La mujer se acercó al marido.
—Bueno. ¡Wamani2 está hablando! —dijo él— Tú no puedes oír. Me habla directo al pecho. Agárrame el cue
ponerme el pantalón. ¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka3 que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunq
con toda su fuerza, porque voy a estar bailando.
Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en los hombros de su mujer. Se calzó las zapati
el tapabala y la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas faldas de la montera
labradas, brillaban espejos en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía desde el sombrer
de cintas de varios colores.
La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo
cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angos
sol que fulguraba en la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’ “Rasu-Ñiti
presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares de pueblos.
—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el bailarín a su mujer.
Ella levantó la cabeza.
—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda!
La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve
blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el coraz
becerro que juega, tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer los fue bajando, rápida pe
ceremonialmente.
Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. D
corredor. Fueron a ver después al padre.
Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuer
resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo; su ros
no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los
traje y la rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.
Las tres lo contemplaron, quietas.
—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padr
le hace oir todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había pronunciado las palabras en voz bajísima—
También lo que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti. Oye también el crec
nuestro dios que va a tragar los ojos de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borre
Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre s
obedeciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín p
producir en sus manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende del
orquesta y del “espíritu” que protege al dansak’.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la dan
de quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con los dientes, se
las carnes con leznas o camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.
Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en
tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, ju
Fue en la madrugada. El padre “Untu” aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se mecía contra la so
gran montaña. La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los millares de ind
mestizos que lo veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la v
torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danzó un instante junto a
campanas. Bajó luego. Desde dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín iría buscando a tientas la
el lóbrego túnel. Ya no volverá a cantar el mundo en esa forma, todo constreñido, fulgurando en dos hojas de ac
palomas y otros pájaros que dormían en el gran eucalipto, recuerdo que cantaron mientras el padre “Untu” se b
en el aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y a la figura del dansak’ sus gorjeos
una filigrana apenas perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente, parece, lo orna, le
vivo a su señor.
El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el “espíritu” de una montaña (Wamani); de un precipici
silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y “condenados” en andas de fuego? O la cas
río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que conoce el
abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakak
chusek, o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.
“Rasu-Ñiti” era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve eterna. Él, a esa hora, le había enviado
“espíritu”: un cóndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.
Llegó “Lurucha”, el arpista del dansak’, tocando; le seguía don Pascual, el violinista. Pero el “Lurucha” comand
el dúo. Con su uña de acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o las hacía gemir sangre en los p
que tienen también las danzas.
Tras de los músicos marchaba un joven: “Atok’ sayku”4, el discípulo de “Rasu-Ñiti”. También se había vestido.
tocaba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha. ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero lloraba para adentro. Todos lo n
“Rasu-Ñiti” vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras
músicos venía un pequeño grupo de gente.
—¿Ves “Lurucha” al Wamani?— preguntó el dansak’ desde la habitación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
—¡“Atok’ sayku”! ¿Lo ves?
El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.
—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. “Atok’ sayku” joven.
— Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le dijo al arpista.
“Lurucha” tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina (fuego hormiga), otro paso de la danza.
“Rasu-Ñiti” bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípu
cuadraron contra el rayo de sol. “Rasu-Ñiti” ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban las
Bailó sin hervor, casi tranquilo, el jaykuy; en el “sisi nina” sus pies se avivaron.
—¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo “Atok’ sayku”, mirando la cabeza del bailarín.
Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a hen-chirse como de una cargazón de viento; el dansak’ r
su cara, enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano izquierda agitaba e
rojo, como si fuera un trozo de carne que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percib
ritmo de la danza. “Lurucha” había pegado el rostro al arco del arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? N
de las cuerdas y de la madera.
—¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo con voz fuerte el bailarín, pero la última sílaba salió como trap
de la boca de un loro.
Se le paralizó una pierna
—¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer del dansak’ porque sintió que su hija menor temblaba.
El arpista cambió la danza al tono de Waqtay (la lucha). “Rasu-Ñiti” hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó e
del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y los ojos más hu
pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba co
abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.
—El dios está creciendo. ¡Matará al caballo! —dijo.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.
—¡“Lurucha”! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi
Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.
Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de chichería en los meses de viento.
“Lurucha”, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río de sangre), paso final que en todas las
indios existe.
El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ¿Las galli
cuyes sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus brazos uno de los grandes racimos de mazor
de colores. Lo depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era macho, de pelo encrespad
ojos rojísimos revisó un instante a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
“Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrars
río turbio, del yawar mayu éste que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha” aquietó el endiablado ritmo de
de la danza. Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las p
lluvias; ríos, de las proximidades de la selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan tod
y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas,
árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las ro
abismos les dan silencio.
“Rasu-Ñiti” seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el brazo con que batía el pañuelo empezó
murió. Cayó sin control, hasta tocar la tierra.
Entonces “Rasu-Ñiti” se echó de espaldas.
—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo “Atok’ sayku”.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo veo.
“Lurucha” avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas graves. El arpista no se esmeraba en
con su uña de metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de tripa. Pudo oírse
canto del violín más claramente.
A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero como los demás, en actitud solemne. Qu
porque vio que los dedos de su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a helarse.
sol se había retirado casi hasta el techo. El padre tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte qu
el suelo.
“Atok’ sayku” se separó un pequeñísimo espacio, de los músicos. La esposa del bailarín se adelantó un medio
fila que formaba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué iba a suceder
les habían ordenado que salieran afuera.
—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó “Atok’ sayku”, mirando.
“Rasu-Ñiti” dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y los ojos.
El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de
violín no lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco y el violín c
de las manos.
“Rasu-Ñiti” movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más viva, la más lúcida. No causaba espan
menor seguía atacada por el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de flores de ret
crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido.
en violencia!
Duró largo, mucho tiempo, el “illapa vivon”. “Lurucha” cambiaba la melodía a cada instante, pero no el ritmo
miraba al maestro. La danzante llama que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa, seguía como sombra e
cada vez más extraviado de los ojos del dansak’; pero lo seguía. Es que “Lurucha” estaba hecho de maíz blanco,
mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos del músico funcionaban juntos; esa mús
detenerse a las hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a veces guarda u
cuyo sentido sólo alguien percibe. Esta vez era por el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ to
en cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
“Rasu-Ñiti” cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le alumbraba con sus espejos.
“Atok’ sayku” salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaba
estaban mirando. “Lurucha” tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del wallpa wak’ay (canto del gallo) co
empezaban las competencias de los dansak’, a la media noche.
—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el nuevo dansak’.
Nadie se movió.
Era él, el padre “Rasu-Ñiti”, renacido, con tendones de bestia tierna y el fuego del Wamani, su corriente de sig
aleteando.
“Lurucha” inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos. “Atok’ sayku” los seguía, se elevaban
sus brazos, su pañuelo, sus espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’; dansa
—¡Está bien! —dijo “Lurucha”—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá en tu cabeza, el blanco de su espalda c
del medio día en el nevado, brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre “Rasu-Ñiti”.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él mismo! ¡Bailando!
“Lurucha” miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi tambaleándose, como si hubiera tomado un
cantidad de cañazo.
—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere! — le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.
(1961)
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1 Dansak: bailarín.
Rasu-Ñiti: que aplasta nieve.
2 Dios montaña que se presenta en figura de cóndor.
3 Mosca azul.
4 Que cansa al zorro.