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Niña

Ada, una niña, juega en la playa y construye un castillo de arena que es destruido por las olas. Luego, en el parque, crea un dibujo con hojas que el viento también arrastra, lo que la deja triste. Finalmente, encuentra consuelo en la escritura y el dibujo, creando historias que el viento no puede llevarse.

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Niña

Ada, una niña, juega en la playa y construye un castillo de arena que es destruido por las olas. Luego, en el parque, crea un dibujo con hojas que el viento también arrastra, lo que la deja triste. Finalmente, encuentra consuelo en la escritura y el dibujo, creando historias que el viento no puede llevarse.

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Los brazos largos del vientoHabía una vez una niña que se llamaba Ada.

Una mañana de otoño, Ada salió de su


casa para jugar.
Bajó la escalera saltando sobre el pie
derecho, recorrió el parque saltando
sobre el pie izquierdo y se detuvo en la
acera, hasta que el semáforo encendió su
ojo verde.
Entonces, cruzó el paseo marítimo y entró
en la playa.
En la playa, Ada recogió conchas y
caracolas, piedras brillantes y trocitos de
madera de formas extrañas.
Luego, la niña comenzó a jugar con la
arena:
levantó muros y torres y almenas;
excavó puertas y túneles y fosos…
Finalmente, sobre la arena de la playa, se
elevó el castillo de arena de Ada.
La niña estaba muy contenta, porque el
castillo que había construido era muy
hermoso.
Pasó el tiempo y vino la marea.
El agua inundó las puertas, los túneles y
los fosos.
Derribó los muros y las torres y las
almenas.
Llegó una ola
y dos
y tres…
Llegaron todas las olas que el mar
acercaba a la orilla.
Y fue como si, sobre la arena de la playa,
nunca se hubiera levantado el castillo de
Ada.
Cuando perdió su castillo de arena, Ada
se fue al parque.
El suelo estaba cubierto de hojas
muertas, que el viento del otoño había
arrancado de los árboles.
La niña jugó a arrastrar las hojas para
hacer montones.
Luego, jugó a deshacer los montones con
el pie.
Finalmente, recogió las hojas más
doradas y brillantes y comenzó a
colocarlas con cuidado sobre el suelo.
De esta forma, Ada dibujó con ellas un
sol, un árbol y una paloma con una ramita
en el pico.
La niña se subió sobre un banco del
parque, para contemplar aquel dibujo que
había hecho con las hojas caídas de los
árboles.
El cuadro de Ada era muy hermoso; por
eso, la niña aplaudió y rio y saltó
alrededor.
De pronto, sopló el viento fuerte del
otoño y arrastró todas las hojas en una
danza vertiginosa y turbulenta.
Ada se quedó muy triste al ver que el
cuadro que había hecho volaba en
pedazos por los aires.
Entonces, la niña pensó:
—No se puede construir nada junto al mar
o expuesto al viento.
Por eso, cogió una ramita que había en el
suelo y comenzó a dibujar sobre la tierra.
Hizo las rayas muy profundas, para que el
viento no pudiera borrarlas.
Y cuando terminó su dibujo, Ada sonrió de
nuevo; porque allí estaba otra vez el sol y
el árbol y la paloma con una ramita en el
pico.
De pronto, se oyó el ruido de un trueno.
Era como si, en alguna parte, se hubiera
cerrado de golpe una gran puerta.
Ada vio caer sobre su dibujo gruesas
gotas de lluvia.
Y cuando las gotas de la lluvia borraron
su dibujo, la niña regresó a su casa.
Ada se asomó a la ventana.
Miró las olas del mar, que chocaban
contra las rocas y la arena de la playa.
Miró los brazos largos del viento, que
arrastraban las hojas muertas por los
paseos del parque, por las calles y las
plazas.
Miró las monótonas gotas de la lluvia, que
corrían paralelas por el cristal de la
ventana; igual que las lágrimas, por sus
mejillas.
La niña estaba triste, porque el mar y el
viento y la lluvia habían destruido
aquellas cosas tan hermosas que había
creado.
Ada ya no tenía ganas de jugar; por eso,
sacó sus libros y comenzó a leer.
De pronto, pasó la mano por las páginas
del libro y sonrió.
Reía porque ni la fuerza del viento, ni la
fuerza del tiempo, podían destruir
aquellas palabras y aquellos dibujos.
Ada cogió un cuaderno y la caja de los
lapiceros.
Escribió:
primavera
Y todas las letras se llenaron del recuerdo
de las flores, las mariposas y los pájaros.
Escribió:
verano
Y las vocales y las consonantes se
llenaron del calor del sol, que había
dorado la espalda de las playas.
Escribió:
invierno
Y los puntos de las íes bailaron igual que
los copos de nieve, que pronto
comenzarían a caer.
Ada miró por la ventana y contempló la
calle.
Entonces, escribió:
otoño
Y dentro de aquella palabra vivían todas
las hojas de los árboles, las hojas de un
tebeo roto y un sombrero gris, que el
viento llevaba en volandas.
La niña continuó dibujando.
Inventó la historia de una hoja de árbol
que, gracias al viento del otoño, encontró
muchas amigas y pudo bailar con ellas
una danza llena de alegría.
Y la historia de las hojas de un tebeo, que
habían escapado de las manos de un
niño, porque ya era hora de que aquel
niño comenzara a leer libros.
Y la historia del sombrero gris, que había
escapado de la cabeza de su dueño;
porque soñaba con ser una maceta y que
le floreciera en la copa una rosa roja.
Cuando terminó de escribir, Ada sonrió
satisfecha.
Porque el viento nunca podría llevarse
aquellas historias tan hermosas.
Entonces, cogió la caja de los colores y,
casi sin darse cuenta, dibujó en el papel
el castillo de arena, el sol y el árbol y la
paloma con una ramita en el pico

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