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Derecho

El derecho romano, expresado como 'ius', se refiere al conjunto de normas que regulan la vida en sociedad, diferenciando entre derecho objetivo y conceptos de justicia como equidad y derecho natural. La justicia se define como la voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, mientras que la jurisprudencia se centra en el conocimiento práctico del derecho, elaborado por juristas. El Corpus Iuris Civilis, compilado por Justiniano, es una obra fundamental que sistematiza el derecho romano en varias partes, influyendo en el desarrollo del derecho en la Edad Media y más allá.
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El derecho romano, expresado como 'ius', se refiere al conjunto de normas que regulan la vida en sociedad, diferenciando entre derecho objetivo y conceptos de justicia como equidad y derecho natural. La justicia se define como la voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, mientras que la jurisprudencia se centra en el conocimiento práctico del derecho, elaborado por juristas. El Corpus Iuris Civilis, compilado por Justiniano, es una obra fundamental que sistematiza el derecho romano en varias partes, influyendo en el desarrollo del derecho en la Edad Media y más allá.
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En el pensamiento romano, el concepto de derecho se expresa mediante el término


ius, palabra que admite diversas acepciones dependiendo del contexto. En su sentido
más básico, ius equivale a lo que hoy entendemos por "derecho", es decir, el conjunto
de normas que rigen la vida en sociedad. Para los romanos, ius representaba el
derecho objetivo, un sistema normativo positivo y vigente, en contraposición al ideal
de justicia, que se expresaba a través de conceptos como aequitas (equidad) o ius
naturale (derecho natural). El derecho no era visto como una abstracción teórica, sino
como una construcción práctica, moldeada por las necesidades sociales y la sabiduría
jurídica. Celso, un jurista romano, definió el derecho como “el arte de lo bueno y lo
equitativo” (ius est ars boni et aequi), subrayando su carácter técnico y su función de
mediador entre la justicia ideal y la realidad concreta. Además, ius podía referirse al
estatus jurídico de una persona, a rituales con valor legal, al ámbito del tribunal o
incluso al fundamento jurídico de una situación. En contraste con concepciones
modernas que distinguen entre derecho subjetivo y objetivo, los juristas romanos
enfocaban su análisis en la existencia o no de acciones judiciales, no en la abstracción
del “derecho subjetivo” como lo hacemos hoy.

Justicia
La justicia, en el pensamiento romano clásico, se concibe como una virtud fundamental
que guía el actuar jurídico. Según la definición de Ulpiano, uno de los más importantes
juristas romanos, la justicia es “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo
suyo” (iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi). Esta
definición no considera a la justicia como una idea abstracta o ideal, sino como una
disposición práctica y continua del individuo que se desempeña en el ámbito jurídico.
La justicia es, por tanto, una cualidad ética personal, no un concepto metafísico. Si
bien el derecho no se confundía con la moral, existía una permanente consideración de
los valores morales, como lo evidencia la actuación de los censores y la anulación de
actos jurídicos inmorales. La justicia romana es eminentemente concreta, ligada al
cumplimiento de normas y a la equidad, lejos de cualquier idealismo utópico. En el
derecho moderno, si bien se mantiene la idea de justicia como aspiración, su
vinculación con el derecho positivo suele analizarse de manera más teórica o filosófica,
y no necesariamente como una virtud operativa cotidiana.

Jurisprudencia
La jurisprudencia en el derecho romano, denominada iurisprudentia, tenía un sentido
muy distinto al que posee hoy. Derivada de iuris (de derecho) y prudentia (sabiduría o
experiencia), iurisprudentia no aludía a un conjunto de fallos judiciales, como en el
derecho moderno, sino al saber jurídico elaborado por los juristas. Ulpiano la define
como “el conocimiento de las cosas divinas y humanas, y la ciencia de lo justo y lo
injusto”. Esta concepción muestra que la jurisprudencia romana era una disciplina
práctica y realista, cuyo fin era discernir, con criterio técnico y sensibilidad social, la
solución más adecuada a los conflictos. Los juristas romanos no creaban teorías
abstractas, sino que construían soluciones jurídicas ajustadas a las situaciones
concretas de su tiempo, y sus opiniones —cuando contaban con autoridad
reconocida— tenían fuerza normativa. En la actualidad, la jurisprudencia se entiende
sobre todo como el conjunto de decisiones de los tribunales que interpretan y
aplican el derecho. Esta función, hoy en manos del poder judicial, estuvo en Roma en
manos de juristas privados cuyo prestigio y sabiduría guiaban la práctica jurídica.

Corpus Iuris Civilis y sus componentes


El Corpus Iuris Civilis es la monumental compilación del derecho romano realizada por
orden del emperador Justiniano en el siglo VI d.C., específicamente entre los años 528
y 534. Esta obra no solo tuvo un profundo impacto en el mundo romano oriental
(Imperio Bizantino), sino que, siglos más tarde, sería redescubierta en Occidente,
marcando el renacimiento del estudio del derecho romano en la Edad Media y su
influencia perduraría hasta bien entrado el siglo XIX. Está compuesto por cuatro partes
principales.
1. Institutas (Instituciones)
Las Instituciones eran un manual de enseñanza del derecho, destinado principalmente
a estudiantes de derecho y a quienes comenzaban en la formación jurídica. Fue
redactado por orden de Justiniano en 533 d.C., basándose en obras pedagógicas
anteriores como las Instituciones de Gayo. Su estructura sigue un orden lógico
(personas, cosas, acciones) y resume los principios básicos del derecho privado. Posee
carácter oficial y normativo, es decir, no era solo un libro de texto, sino también una
fuente válida de derecho.
2. Digesto o Pandectae (Digesto o Pandectas)
El Digesto, también publicado en 533 d.C., es una recopilación sistemática de extractos
de obras de los más prestigiosos juristas romanos de la época clásica (como Ulpiano,
Paulo, Gayo, Papiniano, entre otros). Esta parte es de enorme valor porque preserva el
pensamiento jurídico más depurado del período clásico, organizado por materias. El
Digesto se compone de 50 libros y refleja una profunda labor de selección, depuración
y reorganización realizada por una comisión dirigida por Triboniano. A diferencia de las
Instituciones, el Digesto estaba destinado principalmente a juristas y operadores
jurídicos experimentados.
3. Codex (Código)
El Codex Justiniano, promulgado por primera vez en 529 y reformado en 534, contiene
una recopilación oficial de constituciones imperiales, es decir, leyes emitidas por los
emperadores romanos desde el siglo II hasta Justiniano. Se organiza también por
materias y sustituye a anteriores colecciones, como el Código Teodosiano. Esta
compilación consolida el derecho vigente emanado de la autoridad imperial y tiene
valor normativo directo.
4. Novellae Constitutiones (Novedades o Novelas)
Las Novellae son las leyes promulgadas por Justiniano con posterioridad a la
publicación del Codex. No fueron compiladas oficialmente por el emperador, pero sí
reunidas más tarde en colecciones privadas. Muchas de ellas están redactadas en
griego, lengua predominante en la parte oriental del Imperio. Representan la fase final
del derecho justinianeo y son esenciales para conocer la evolución del derecho tras la
codificación inicial.

Los tres principios fundamentales del derecho son


1. Honeste vivere – Vivir honestamente
Este principio exhorta a llevar una vida guiada por la rectitud, la integridad y el respeto a las
normas morales y sociales. No se refiere solo a lo jurídico, sino a un ideal de vida ética que
sirva de base a las relaciones humanas en el marco de la convivencia legal.

2. Alterum non laedere – No dañar a otro


Representa el núcleo de la responsabilidad civil: cada persona debe abstenerse de
causar daño injustificado a otra. Este principio está en la raíz de normas como la
indemnización por daños y perjuicios y el respeto a los derechos ajenos.
3. Suum cuique tribuere – Dar a cada uno lo suyo
Es el principio de justicia distributiva, y consiste en reconocer y respetar lo que a cada
persona le corresponde por derecho. Está directamente relacionado con la definición
de justicia de Ulpiano: “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”.

Persona y Capacidad Jurídica


En el derecho romano, los términos homo y persona no son equivalentes, aunque hoy
en día puedan parecer sinónimos en el lenguaje común. Para los juristas romanos, esta
distinción era fundamental, ya que tenía consecuencias directas en la posición jurídica
de los individuos dentro del orden social y legal.
Homo (ser humano): El término homo se refiere biológicamente al ser humano, al
individuo perteneciente a la especie humana, sin hacer referencia alguna a su
condición jurídica. Todo ser humano es, por definición natural, un homo. Sin embargo,
no todo homo era considerado persona en el sentido jurídico. Por ejemplo, los esclavos
eran homines, es decir, seres humanos, pero no eran personas ante el derecho. Eran
considerados objetos de propiedad, susceptibles de comprarse, venderse o heredarse.
No podían ser titulares de derechos ni ejercer deberes por cuenta propia. En el
derecho romano, los términos homo y persona no son equivalentes, aunque hoy en día
puedan parecer sinónimos en el lenguaje común. Para los juristas romanos, esta
distinción era fundamental, ya que tenía consecuencias directas en la posición jurídica
de los individuos dentro del orden social y legal.
Persona: El término persona, en cambio, alude a una construcción jurídica: designa a
aquel homo que ha sido reconocido por el derecho como sujeto capaz de adquirir
derechos y contraer obligaciones. La persona es, por tanto, un ser humano con estatus
legal. El derecho romano distinguía entre los que tenían personalidad jurídica plena
(sui iuris) y los que, aun siendo personas, estaban sometidos a otro (por ejemplo, los
alieni iuris, como los hijos bajo potestad). También se admitía la existencia de personas
morales, como corporaciones o asociaciones reconocidas por el derecho.
La capacidad jurídica, llamada por los romanos capacitas iuris, no es inherente a todos
los seres humanos, sino que depende del reconocimiento legal que se derive de su
estatus. Para tener capacidad jurídica en Roma, era necesario cumplir con ciertas
condiciones esenciales:
1. Ser libre (status libertatis)
2. Ser ciudadano romano (status civitatis)
3. Estar en una posición familiar autónoma o reconocida legalmente (status familiae)
Si faltaba alguno de estos elementos; por ejemplo, si una persona era esclava, no era
considerada sujeto de derecho, y por tanto carecía de capacidad jurídica. Por eso, el
esclavo era un homo (ser humano), pero no una persona, ya que no tenía
capacitas iuris.
Tipos de capacidad jurídica
En el derecho romano, la capacidad jurídica se desdobla en dos formas principales:
1. Capacidad de goce (capacitas iuris):
Es la posibilidad de ser titular de derechos. Se reconoce, por ejemplo, al sui iuris
(persona no sometida a patria potestad), pero se niega al esclavo.
2. Capacidad de ejercicio o de obrar (capacitas facti):
Es la aptitud para ejercer por sí mismo los derechos. Esta capacidad podía estar
restringida por la edad, el sexo, la salud mental o la condición de estar bajo la
autoridad de otro (como los alieni iuris).

Pretores
En el derecho romano, el pretor fue una de las magistraturas más importantes de la res
publica, especialmente en el ámbito jurídico. Instituido formalmente en el año 367 a.C.
como colega menor del cónsul, el pretor tenía imperium, es decir, poder militar y
jurisdiccional, aunque este se ejercía principalmente dentro del ámbito judicial. Sus
atribuciones se ampliaron con el tiempo, particularmente cuando se creó el cargo de
pretor peregrino en el 242 a.C., encargado de atender los litigios entre romanos y
extranjeros o entre extranjeros entre sí.
El pretor contaba con varios poderes fundamentales, entre ellos el ius edicendi, es
decir, la facultad de emitir edictos al comienzo de su magistratura. Estos edictos
contenían los principios y normas que aplicaría durante su año de ejercicio, y
funcionaban como una guía anticipada para los litigantes. A través de este mecanismo,
el pretor podía introducir nuevas acciones, excepciones y procedimientos, dando lugar
al llamado ius honorarium, un derecho complementario y corrector del ius civile. Este
poder otorgaba gran flexibilidad al sistema jurídico, permitiendo que el derecho se
adaptara a nuevas situaciones sin necesidad de una reforma legislativa formal.
Además, el pretor tenía la jurisdicción civil, que comprendía la dirección del proceso y
la concesión o denegación de acciones y defensas. No resolvía el fondo del litigio —
esto lo hacía el juez privado (iudex)—, pero sí determinaba si un conflicto merecía ser
llevado a juicio, y en qué términos. También podía disponer medidas cautelares,
conceder interdictos y proteger situaciones jurídicas que aún no estaban plenamente
reconocidas por el derecho tradicional.
En suma, los poderes del pretor consistieron en canalizar, moldear y actualizar el
derecho a través de su función jurisdiccional, convirtiéndose en un verdadero
innovador jurídico. Esta capacidad para adaptar el sistema legal a las necesidades de la
vida social fue una de las claves de la vitalidad y permanencia del derecho romano.

Familia y Matrimonio romano


En el derecho romano, la familia no se definía en términos afectivos o de convivencia,
sino como una estructura jurídica centrada en la autoridad del pater familias, figura
clave del sistema romano. La familia era un conjunto de personas: esposas, hijos,
nietos, nueras, incluso esclavos que se encontraban bajo la potestad (potestas), manus
o mancipium del pater, quien tenía poder absoluto sobre todos sus integrantes. Este
poder incluía derechos sobre la vida, la muerte, la administración de bienes y la
disposición del patrimonio familiar.
Existían dos grandes formas de familia: la familia agnaticia, basada en el vínculo
jurídico con el pater, y la familia cognaticia, basada en el parentesco biológico. El
derecho romano primitivo se fundaba en la agnación, ya que los vínculos jurídicos eran
más relevantes que los sanguíneos. Solo con el tiempo se fue reconociendo cierta
importancia a la cognación, especialmente en materia sucesoria.
El matrimonio romano, por su parte, era también una institución de carácter legal y
social, y no un acto religioso o sentimental. Se definía como la convivencia estable de
un hombre y una mujer con intención de vida en común conforme al derecho humano
y divino (consortium omnis vitae). Requería el consentimiento de los cónyuges y, si
estaban bajo potestad, también el del pater familias. La validez del matrimonio exigía
ciertas condiciones: capacidad nupcial, edad mínima, consentimiento y ausencia de
impedimentos como el parentesco cercano.
El matrimonio podía realizarse de dos maneras principales: con manus y sin manus. En
el matrimonio con manus, la esposa pasaba a formar parte de la familia agnaticia del
marido, quedando bajo su potestad como si fuera su hija. Esto podía suceder mediante
tres formas: confarreatio (ceremonia religiosa aristocrática), coemptio (compra
simbólica), o usus (convivencia continuada durante un año). En cambio, el matrimonio
sin manus, más común en épocas posteriores, dejaba a la mujer en la familia de origen,
conservando su independencia patrimonial y jurídica. Esta forma se convirtió en la
predominante durante el período clásico, reflejando una transformación en el rol de la
mujer dentro del derecho.

Hechos y actos jurídicos en el derecho romano


En el derecho romano, se establecía una distinción fundamental entre hechos jurídicos
y actos jurídicos, según su origen y efectos.
Hecho jurídico (factum iuridicum): es todo acontecimiento, voluntario o involuntario,
que produce efectos jurídicos, es decir, que crea, modifica o extingue derechos u
obligaciones. Puede provenir de la naturaleza (como la muerte) o de la conducta
humana no intencional. Por ejemplo, un incendio que destruye una propiedad puede
ser un hecho jurídico si da lugar a una obligación de reparar.
Acto jurídico (negotium iuridicum): es el hecho voluntario realizado con la intención
de producir efectos jurídicos. Se diferencia del hecho en que aquí hay una voluntad
deliberada. Ejemplos de actos jurídicos son la celebración de un contrato, un
testamento o la manumisión de un esclavo. El acto jurídico es el instrumento por
excelencia del derecho civil para crear vínculos entre personas.

Elementos del negocio jurídico


El negocio jurídico (negotium) es una forma específica de acto jurídico en el que se
requiere, además de la voluntad, la observancia de ciertos elementos formales o
sustanciales para que produzca efectos válidos. Se compone de varios elementos:
1. Elementos esenciales (essentialia negotii): son los que no pueden faltar sin que el
negocio quede desnaturalizado. Por ejemplo, en un contrato de compraventa, el
consentimiento, la cosa y el precio son esenciales.
2. Elementos naturales (naturalia negotii): son aquellos que se presumen incorporados
por la ley, aunque las partes no los mencionen, salvo pacto en contrario. Por ejemplo,
la garantía contra evicción en la compraventa.
3. Elementos accidentales (accidentalia negotii): son los que las partes pueden añadir
voluntariamente, como condiciones, términos o modos. No forman parte del negocio
salvo que se los introduzca expresamente.

Clasificación de los negocios jurídicos


Los negocios jurídicos romanos pueden clasificarse de múltiples maneras. Las más
comunes son:
Unilaterales y bilaterales: Unilaterales: cuando solo una parte manifiesta voluntad
jurídica (ej.: testamento). Bilaterales: cuando hay acuerdo entre dos partes (ej.:
contrato).
Onerosos y gratuitos: Onerosos: cuando ambas partes obtienen beneficios y asumen
cargas (ej.: compraventa). Gratuitos: cuando una parte beneficia a otra sin recibir nada
a cambio (ej.: donación).
Inter vivos y mortis causa: Inter vivos: producen efectos entre vivos (ej.: contrato).
Mortis causa: producen efectos tras la muerte del autor (ej.: testamento).
Formales e informales: Formales: requieren ciertos ritos o formas (ej.: mancipatio).
Informales: basta el consentimiento y los elementos esenciales.

Vicios de la manifestación de la voluntad


La validez de un acto jurídico depende de que la voluntad de quien lo celebra sea libre,
consciente y genuina. Cuando esa voluntad está afectada por ciertos defectos o vicios,
el negocio puede resultar nulo o anulable, según la gravedad del defecto. Estos vicios
no afectan la existencia del acto, pero sí comprometen su validez y eficacia.
Los principales vicios de la voluntad reconocidos por los juristas romanos fueron los
siguientes:
1. Error: El error es una falsa representación de la realidad que afecta a la voluntad de
una de las partes. En principio, el simple error no invalidaba el acto, salvo que fuera
esencial o determinante. Se distinguían varias clases:
Error in negotio: error sobre la naturaleza del acto (ej.: creer que se está donando
cuando en realidad se está vendiendo). Lo hacía nulo.
Error in persona: error sobre la identidad del sujeto con quien se contrata, relevante en
actos personalísimos.
Error in corpore: error sobre el objeto del acto. También podía anular el negocio si era
esencial.
Error in qualitate: Equivocación sobre una calidad o característica relevante del objeto
o persona.
2. Dolo: El dolo consiste en el engaño intencional realizado por una parte para inducir a
la otra a celebrar un acto que no habría realizado de haber conocido la verdad. En
Roma, el dolo no anulaba directamente el acto, pero se ofrecía una protección a la
víctima mediante acciones o excepciones, como la exceptio doli o la actio doli. Se
trataba de una conducta contraria a la buena fe que el pretor podía sancionar.
3. Violencia o coacción: Se considera vicio de la voluntad cuando alguien celebra un
acto jurídico bajo amenaza grave e ilegítima, que infunde temor razonable. La violencia
debía ser tal que anule la libertad interna del agente. El derecho pretorio ofrecía
remedios, como la acción de miedo (actio quod metus causa), que podía anular el
negocio o exigir su reparación. La violencia podía ser física o moral, pero debía ser
externa, grave, injusta y determinante del consentimiento.
4. Simulación (simulatio): Aunque no desarrollada en los mismos términos modernos,
los romanos reconocían que una declaración hecha sin intención seria de producir
efectos jurídicos, en connivencia con la otra parte, podía considerarse simulada. En
estos casos, el acto carecía de efectos o se podía descubrir el acto oculto verdadero
(actio pauliana, por ejemplo, frente a simulaciones para defraudar a acreedores).
Obligaciones
En el derecho romano, la obligación (obligatio) era entendida como un vínculo jurídico
que constriñe a una persona a cumplir con una prestación frente a otra, ya sea dando,
haciendo o no haciendo algo. Uno de los juristas romanos más influyentes,
Paulo, la definió como: “Un vínculo de derecho por el cual somos forzados a dar alguna
cosa conforme al derecho de nuestra ciudad”
Esta definición destaca el carácter coactivo y jurídico del vínculo, lo que diferencia a la
obligación de los compromisos puramente morales o sociales. En Roma, el objeto de la
obligación no era “un derecho” en sí, sino el derecho a exigir una prestación
determinada.
En la modernidad, la concepción de obligación conserva esa estructura básica, pero
con una formulación más técnica. Se entiende como la relación jurídica en virtud de la
cual un sujeto (deudor) queda obligado frente a otro (acreedor) a realizar una
determinada prestación patrimonialmente valorable, con posibilidad de ser exigida
mediante los tribunales.
Tanto en Roma como en el derecho moderno, la obligación se estructura sobre tres
elementos esenciales:
1. Sujetos
Activo (acreedor): quien tiene el derecho de exigir la prestación.

Pasivo (deudor): quien debe cumplir con la prestación.


En Roma, podían ser personas individuales o colectivas, siempre que tuvieran
capacidad jurídica.
2. Vínculo jurídico (vinculum iuris): Es la relación reconocida por el derecho entre
acreedor y deudor. Este vínculo da al acreedor la facultad de exigir judicialmente el
cumplimiento, y en caso de incumplimiento, recurrir a medidas como la ejecución
forzosa o la pena pecuniaria (dependiendo de la época).
3. Objeto o prestación: Es aquello sobre lo que recae la obligación. En Roma, se
resumía clásicamente en tres posibilidades:
Dare (dar): transferencia de una cosa (ej.: entrega de dinero o bienes).
Facere (hacer): realización de un acto (ej.: construcción, trabajo).
Non facere (no hacer): abstención (ej.: no competir, no divulgar información).
En el derecho moderno, se exige además que el objeto sea lícito, posible y
determinado o determinable.
Las obligaciones no eran todas iguales en su estructura ni en sus efectos. Por eso, los
juristas romanos elaboraron diversas clasificaciones, según distintos criterios, que
sirvieron para precisar su contenido, su fuerza jurídica y las consecuencias del
incumplimiento. A su vez, se reconocieron las figuras de mora del deudor y del
acreedor, con consecuencias jurídicas específicas para cada parte.
1. Por la naturaleza de la prestación:
Obligaciones de dar: el deudor debe transferir la propiedad o el uso de una cosa.
Obligaciones de hacer: el deudor debe ejecutar una actividad o servicio.
Obligaciones de no hacer: el deudor debe abstenerse de realizar determinada
conducta.
2. Por el objeto:
Obligaciones simples: un solo objeto y una sola prestación.
Obligaciones alternativas: el deudor puede cumplir con una de varias prestaciones
posibles.
Obligaciones facultativas: solo hay una prestación debida, pero el deudor puede
liberarse cumpliendo otra.
3. Por el número de sujetos:
Obligaciones mancomunadas: cada deudor o acreedor responde o cobra por su parte.
Obligaciones solidarias (in solidum): cada deudor puede ser obligado por el todo, y
cada acreedor puede reclamar el total.
4. Por la divisibilidad:
Obligaciones divisibles: pueden cumplirse parcialmente (ej.: pago de dinero).
Obligaciones indivisibles: solo pueden cumplirse en su totalidad (ej.: entrega de una
cosa única).
5. Por la exigibilidad:
Obligaciones puras: exigibles inmediatamente.
Obligaciones condicionales: sujetas a una condición suspensiva o resolutoria.
Obligaciones a término: exigibles una vez vencido un plazo fijado.

Mora del deudor


La mora del deudor ocurre cuando este no cumple su prestación en el tiempo, lugar o
modo acordado, sin causa justificada. No todo retraso constituye mora: se requiere que
haya llegado el momento del cumplimiento y que el acreedor haya estado dispuesto a
recibir la prestación.
La mora genera consecuencias jurídicas:
El deudor queda responsable de los daños y perjuicios causados.
En ciertos casos, responde también por caso fortuito o fuerza mayor desde el
momento de la mora.
En las obligaciones de dar cosas determinadas (corpus certum), el deudor puede
responder por la pérdida, aunque no tenga culpa.

Mora del acreedor


La mora del acreedor sucede cuando este rehúsa injustificadamente recibir la
prestación ofrecida por el deudor, o no coopera para que el cumplimiento sea posible.
Se requiere una oferta válida por parte del deudor, conocida como oblatio.
Consecuencias de esta mora:
El deudor se libera de responsabilidad por el retardo.
El acreedor puede correr con los riesgos de la cosa (ej.: su pérdida fortuita).
Cesan los intereses si los hubiera, y el deudor puede depositar la cosa debida para
extinguir su obligación.

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