CATALINA GISELLE TOLOZA ESPINOZA
(SPRINGKOLORS)
i ón
Vis omática
cr
1. Blanco
Cada vez que salía a trotar en las mañanas trataba de pasar por un par-
que justo a la hora del amanecer, alrededor de las siete de la mañana.
En un inicio era porque me acomodaban el horario y la locación, pero
al pasar los días me di cuenta de una pequeña coincidencia que se en-
contraba en esa escena todos los días: un chico rubio se sentaba en las
bancas a ver el amanecer.
Al principio no le di mucha importancia, luego no pude evitar
centrarme en él cada vez que pasaba por el parque, ya que era, con
claridad, un elemento atípico que sobresalía para mí. Solo estaba él, no
había nadie más a esa hora.
Era un completo extraño que parecía pertenecer más que nadie a
la majestuosa escena del amanecer en el parque.
No había día en que mi mirada no lo encontrara. Era por com-
pleto mi foco de atención, tenía pocos segundos para que su imagen
quedara grabada en mi retina por el resto del día, y mis ojos cumplían
su tarea.
Mi mente se las había ingeniado para categorizar todas sus ver-
siones. Algunas veces lo veía con mucho sueño, casi cabeceando en la
banca, otras veces estaba muy despierto, con rojeces en sus ojos muy
hinchados, como si hubiese pasado toda la noche llorando. Otras, casi
no lo veía de lo cubierto que venía, nunca sabía si era por frío o por
querer ocultar algo, siempre pensé en muchas teorías respecto a ello.
Había una constante, y era que siempre me distraía por su divertida
combinación de colores, algunas veces se vestía sobriamente, con colo-
res negros y blancos; otras, en contraste a lo anterior, era una ensalada
de colores sin patrón. Existía otra cosa que era permanente en él, su
seriedad y solemnidad, siempre rodeado por un aire nostálgico.
No me juzguen por mirarlo mucho, él era lo más interesante de
mi trote matutino. Honestamente, su existencia se convirtió en lo más
especial de mis monótonos días.
Todo cambió cuando el chico de cabellos rubios empezó a lle-
gar con moretones. Su dulce y angelical rostro se empezó a llenar de
11
manchones de tonalidades rojizas y violáceas. La primera vez que lo
noté, creí que había visto mal y me planteé una visita al oculista. La
segunda vez, mi estómago se apretó y se llenó de una rabia irracional,
impotencia y muchos pensamientos que me frustraban por completo.
De todas las emociones que me invadían, era la angustia la que reinaba
y se multiplicaba en mi interior por cada nuevo matiz de violeta, rojo,
e incluso algunos tintes de verdes que adornaban su cara. Frente a esta
situación me empecé a desesperar, me dediqué a pensar en mil y una
formas de acercarme, de ofrecerle mi ayuda, de intervenir. ¡Debía hacer
algo, no podía ser más un observador de ese abuso!
Lamentablemente siempre dudé, por miedo a que rechazara mi
ayuda, por miedo a parecer invasivo, a incomodar, a hacerlo sentir peor.
Miedo, miedo, miedo.
Cada vez que iba al parque, parecía como si buscara con desespe-
ración la paz. Sentía que era un momento muy íntimo para él. Me ima-
ginaba que aferrarse al amanecer era su salvavidas, lo que lo mantenía
a flote día a día. Molestarlo o incomodarlo en su momento sagrado se
sentía mal, pero era mucho peor no hacer nada.
Ya no importaba mi miedo, otra persona debía estar viviendo un
infierno aún peor y yo no podía quedarme de brazos cruzados. Esa
mañana sí o sí le hablaría, en este punto ya no importaba interrumpirlo
en su ritual diario. Si yo no podía soportar esta situación, era difícil
imaginar lo insostenible que debía ser para él.
Necesito saber si está bien.
No quiero verlo más lastimado.
Estoy decidido. Daré todo de mí para ayudarlo.
Sin embargo, no lo vi ese día, ni al día siguiente, ni en una sema-
na. Eso me destrozó por completo, me llenó de angustia y de miedo.
¿Estaría bien? ¿Estaría vivo? ¿Lo volvería a ver? ¿Por qué no había actua-
do antes? Debí haber intervenido, maldición.
No podía olvidarlo y seguir con mi vida, porque sin él en mi pai-
saje, sentía que poco a poco mi mundo se tornaba acromático.
12
2. Gris
Llevaba una semana sin ver al muchacho rubio y mi ansiedad ya estaba
por las nubes. La angustia de no poder verlo y de no haber hecho algo
para ayudarlo me estaba matando, y lo peor era que ni siquiera conocía su
nombre para preguntar por él. Me sentía un completo cobarde. La culpa
no me dejaba dormir. Sabía que debería haber hecho algo, no importaba
qué cosa, debería haberlo ayudarlo de alguna forma. Una persona que iba
todos los días a ver el amanecer con una cara tan solemne no se merecía
ese trato, menos el dolor por el que podía estar atravesando.
Nunca dejé de trotar, incluso iba más seguido que antes, en la
mañana y en la noche. Además, me quedaba por más tiempo del habi-
tual en el parque, solo con la esperanza de encontrarlo nuevamente; sin
embargo, nunca ocurrió.
Era la tarde del décimo día sin ver al chico que llevaba ocupando
mis pensamientos. Me encontraba en la calle con unos jeans, mis fieles
bototos y una camiseta blanca bajo mi chaleco azul. Antes de salir ha-
bía tratado de peinar mi desordenado cabello castaño claro, pero había
sido un fracaso, por lo que simplemente lo dejé caer por mi frente casi
cubriendo uno de mis ojos color caramelo. Había ido al supermercado
a comprar manzanas rojas porque le había prometido a mi sobrina que
las prepararía en forma de conejitos cuando la fuera a buscar al día si-
guiente al jardín infantil. Esa princesa era la luz de mis días, y no podía
contener mi espontánea sonrisa al imaginar su reacción al verme.
Iba caminando ensimismado en mis pensamientos cuando pasé
por al lado de lo que parecía una pelea de pareja. Eran dos chicos con
mochilas y bolsos afuera de un departamento. Aparentemente, el que se
encontraba unos escalones más arriba no quería pasarle las cosas al que
estaba abajo dándome la espalda. Traté de ignorarlos, pero los gritos lo
hacían muy difícil, más aún cuando sus palabras eran tan denigrantes e
hirientes. La escena me hastió desde el primer segundo.
—¡Dame mis cosas y déjame irme, imbécil!
—¡Hey, basura, no me hables en ese tono, después de todo lo que
he hecho por ti! ¡Fui el único que te acogió, aun cuando te vistieras como
payaso y fueras un desastre en todo lo que hicieras! ¡Te lo di todo, Jensen!
13
—¡Te hablo como quiero, imbécil! —gritó exasperado—. ¡Ya me
cansé de tus abusos y tus constantes insultos, así que dame mis cosas,
John, no quiero verte nunca más en mi vida!
—¡Como si pudieras hacer algo sin mí, estorbo!
Avancé hasta una cuadra más lejos tratando de ignorar el albo-
roto, porque mucha gente chismosa se había empezado a juntar en el
lugar. Caminé hasta un semáforo que estaba en rojo, con la bolsa de
papel llena de manzanas en mis brazos. No había muchos autos, por
lo que mucha gente cruzaba de forma imprudente corriendo, aunque
estaba en rojo.
Irresponsables.
Todo mi mundo cambió en cuestión de segundos. Una sola mira-
da me bastó para reconocer al chico que estaba peleando por sus cosas,
con la diferencia de que ahora corría con una simple mochila sobre sus
hombros. Él ni siquiera se molestó en mirar el semáforo, solo siguió a
la gente que cruzaba.
Mala idea.
Él no tuvo tanta suerte como el resto de la gente imprudente.
Dejé caer la bolsa con las manzanas mientras veía al auto ir muy rápido
como para detenerse a tiempo. El conductor tocó su bocina alertando
al chico, pero tuvo un efecto contrario, puesto que el pánico lo para-
lizó por completo. No sé qué pasó con exactitud por mi mente en ese
momento, pero mi cuerpo se movió de forma instintiva —suicida—
corriendo hacia el chico y empujándonos a ambos a la otra acera para
evitar el accidente.
Maldito y bendito instinto de héroe.
Ni siquiera sabía por qué lo había hecho, aunque definitivamente
agradecía haber actuado de esa forma.
Cuando pude salir de mi estado de letargo, me dediqué a revisar
que el chico entre mis brazos estuviera bien. Gracias al cielo no le había
pasado nada. Él había caído sobre mí, así que lo había protegido de casi
todo el impacto. Revisé también mis daños, solo tenía los pantalones
rotos y pequeños rasmillones en las piernas. Los codos de mi chaleco se
habían destruido por la fricción, pero estábamos vivos. Frente a eso se
me escapó un profundo un suspiro de alivio.
Mi compañero de accidente levantó la cabeza con lentitud para
mirarme con sus ojos miel llenos de lágrimas que empezaban a caer por
14
sus mejillas, una de ellas se encontraba más hinchada y roja. También
había unos hematomas algo violetas en su rostro, por lo que sospechaba
que habían sido provocados hace pocos días. Su gorro había salido vo-
lando por el impacto, y eso dejó ver una linda cabellera rubia. No sabía
si reír o llorar, como mi acompañante, porque le acababa de salvar la
vida al chico que llevaba buscando por más de una semana.
Solo pensar que había estado a un paso de perderlo frente a mis
ojos me atravesó como una flecha el alma, hubiese sido horrible, se me
apretaba el estómago.
—Lo siento tanto —se disculpó mientras lloraba sin consuelo.
Él aún seguía sobre mí, por lo que con sutileza hice que se apoyara
en mi hombro para que pudiera llorar tranquilo. En ese corto instante
me permití observar el desastre que habíamos creado.
—Sabes, mi mamá siempre me dijo que, a veces, vale más perder
un segundo de tu vida que la vida en un segundo. Claramente a ti no
te lo dijeron —comenté tratando de reconfortarlo con una mano en
su cabeza.
Había gritos, olor de neumáticos quemados, manzanas rojas por
toda la calle y una mochila destrozada por el impacto del auto. Había
ropa repartida por toda la calle —probablemente la que estaba en la
mochila—, señoras gritando y gente grabando todo para subirlo a in-
ternet, probablemente.
—Lo siento tanto, yo no quise... —apenas podía entender lo que
me estaba diciendo porque el ruido era más fuerte que sus palabras—.
Solo dime que estás bien —suplicó, con su amable rostro lleno de lá-
grimas.
No me dolía nada en específico, pero podría ser en parte por la
adrenalina. Lo mejor era tranquilizarlo, y no asustarlo más.
—Sí, no te preocupes, no me pasó nada. Necesito que te levantes
para poder moverme, creo que tenemos que irnos antes de que llegue la
policía a constatar daños.
—Oh, lo siento —habló excusándose con rapidez. Tardó un pe-
queño instante en dejar de estar sobre mí, pero no se levantó del suelo.
Me erguí con facilidad del asfalto. Estaba bien, solo algo magulla-
do. Al parecer, era el único en perfecto estado, ya que el chico a mi lado
se apretaba el tobillo con fuerza. Mierda. Con suavidad retiré su mano
para confirmar mis temores.
15
—Diablos, ese tobillo se inflamó de inmediato. No podrás caminar.
Pude sentir cómo la gente empezaba a sacar sus teléfonos y na-
rraban todos los hechos a sus cercanos. Chasqueé la lengua, indignado,
porque ni siquiera habían tratado de ayudar, solo les interesaba el morbo.
—Ven, sube a mi espalda, debemos salir de aquí antes de que
tengas problemas por casi ocasionar un accidente por haber cruzado
en rojo.
Él me miró un poco inseguro, pero cuando vio a todas las per-
sonas aglomerándose no dudó en subir a mi espalda. Estaba bastante
seguro de que fue por el pánico. Sorpresivamente, era muy liviano, así
que lo acomodé con facilidad y salí trotando con él a cuestas, dejando
su mochila con la poca ropa que contenía olvidada en la calle junto con
mis manzanas.
No pasaron ni siquiera cinco minutos cuando sentí que él se había
relajado en mi espalda. Lo único que podía escuchar era cómo susu-
rraba «lo siento», «lo siento» mientras sollozaba. No paraba, era casi
como si recitara un mantra, uno que hacía que mi corazón se apretara
al escuchar esa frase una y otra vez.
—Hey, chico, no quiero escuchar ningún «lo siento» más. Cuan-
do alguien te salva debes decir «gracias».
No me respondió nada por unos minutos, por lo que pensé que
quizás había sonado más duro de lo que pretendía. Me estaba arrepin-
tiendo de haber abierto la boca cuando respondió.
—Lo sien... Gracias —agradeció con un hilo de voz.
—Levi, me llamo Levi Reed.
—Gracias, Levi.
—De nada —respondí sonriendo al notar lo dulce que sonó mi
nombre al salir de su boca.
—Mi nombre es Christian. Christian Jensen —parecía que ha-
bía sacado su valentía oculta para poder responder con normalidad—.
Gracias por salvarme, Levi. Por un minuto... realmente pensé que era
mi fin. No quiero pensar en lo que hubiese pasado si no hubieses apa-
recido —suspiró con alivio—. Por cierto —llamó con algo de intran-
quilidad—, ¿a dónde vamos?
—A mi departamento para poder revisar ese tobillo, desde ahí po-
drás llamar a algún amigo o familiar para que te vaya a buscar. O puedo
pedirte un taxi para que te lleve al hospital. Lo que te parezca mejor.
16
—Creo que prefiero la opción de tu departamento, no tengo có-
mo pagar un hospital, aunque tampoco tengo a quién llamar cuando
lleguemos ahí —confesó escondiéndose detrás de mi cuello, apretando
su agarre.
No cuestioné sus palabras, ni siquiera lo juzgué por eso. Tenía la
ligera idea de que estaba escapando de casa justo antes de que ocurriera
el accidente, así que solo suspiré y seguí caminando.
—Ok... está a un par minutos de aquí. No te preocupes, lo resol-
veremos cuando lleguemos allá.
Asintió y volvió a llorar en silencio.
Caminé unas cuantas calles y llegué a unos departamentos anti-
guos, subí con lentitud las escaleras hasta el tercer piso, a la puerta C11.
Saqué la llave de mi bolsillo con dificultad, ya que aún tenía a Christian
en mi espalda. A duras penas logré abrir la puerta y entrar a mi humilde
hogar. Como pude, dejé a mi invitado en el sillón del living, puse agua
en el hervidor y saqué una compresa fría para el rubio herido.
—¿Puedes mover el pie?
Vi cómo intentó moverlo y su rostro se contorsionó en una mueca
de dolor. Me agaché a su altura y tomé su pierna. Le quité la zapatilla
con cuidado y pude ver claramente lo hinchado que se encontraba su
tobillo. Había empeorado.
Debo hacer que mi hermano lo vea mañana.
—Toma, mantenlo presionado en el pie, para que baje la hincha-
zón —aconsejé pasándole la compresa fría—. Voy a buscar un antiin-
flamatorio y un analgésico.
—No son necesarias tantas molestias —indicó apenado por
completo.
Lo ignoré y fui a la cocina para buscar los medicamentos. Cuando
los encontré, me dediqué a preparar una taza con té de manzanilla.
Cuando se terminó de hervir el agua, serví el té junto con una cucha-
rada de azúcar y se lo llevé a Christian. Le pasé las pastillas y el té para
que se lo tomara todo junto, incluso le puse un poco de agua helada
para que no se fuera a quemar, costumbre adquirida de hacer los tés
para mi princesa.
—Gracias, Lev... ¡Perdón, Levi...!
—Está bien, puedes decirme así... —permití sonriente.
17
Vi cómo se tomaba las pastillas sin dudar, lo que me hizo negar
con la cabeza con reproche. Esa simple acción encendió todos mis ins-
tintos de protección, que pensé que tenía solo con mi sobrina. Se supo-
nía que uno nunca debía recibir cosas de un extraño, menos pastillas.
—¿Sabes? Deberías preguntarme qué es aquello que te di, podría
tratarse de drogas, o podrías ser alérgico al medicamento —señalé con-
trariado sin poder aguantarme.
—Bueno, si ese fuera tu plan, no me importaría —sinceró alzan-
do sus hombros con simpleza—. Te tomaste muchas molestias para
salvarme hoy. Además, no puedo huir, aunque quisiera, por mi pie, y
como si no fuese suficiente, en este minuto no tengo a dónde.
Cierto, muy cierto. Pero aun así no estaba bien que confiara tanto
en un completo extraño. De alguna forma no me sentía cómodo con
que fuese tan imprudente e indefenso al mismo tiempo.
—Podría ser un violador, un asesino, un psicópata —advertí
abriendo mis ojos para ver si lograba intimidarlo un poco.
Lastimosamente no logré nada, solo vi cómo ladeaba su cabeza
con genuina extrañeza.
—Para empezar, me salvaste la vida, descarto el asesino —declaró
mientras se frotaba sus manos con despreocupación—. Quizás sí eres
un psicópata.
—¿Qué? ¿Por qué? —cuestioné divertido por su rápido razonamiento.
—Porque te he visto antes, muchas veces —comentó con una
pequeña sonrisa—. Me gusta que uses colores bonitos.
—¿Colores bonitos? —pregunté con curiosidad.
—Sí. En el parque, por la mañana: era como si tú y el sol saliesen
al mismo tiempo de su escondite. Sé que me mirabas, porque yo tam-
bién lo hacía, no soy para nada ajeno a tu existencia.
Eso me pilló con la guardia baja. Sentía mi cara arder, después de
todo, no era el único que se había percatado de la presencia del otro.
Estaba completamente atrapado y avergonzado, pero al mismo tiempo
sentí un dejo de júbilo subir por mi garganta.
—De acuerdo, Sherlock, yo también puedo deducir; sé que te
fuiste de la casa donde estabas viviendo, y ni siquiera tienes ropa. Di-
me: ¿tienes a dónde ir?, ¿algún familiar, algún amigo...? —Me sentía
atrevido y audaz, mas la respuesta me hizo arrepentirme de preguntar.
18
Lo vi bajar su cabeza casi como si estuviera profundamente aver-
gonzado de responder esas sencillas preguntas.
—Oh... viste esa escena, qué lamentable. No, la verdad no tengo
a dónde ir, John era lo único que tenía.
Se debatía de forma interna entre seguir o no contándome su vi-
da. No pasaron siquiera dos minutos y comenzó a hablar de nuevo, sin
ninguna dificultad, como si hubiera tomado la decisión de confiar en
mí y de exponerme su vida.
—Mi papá murió cuando era pequeño, y mi mamá me abandonó
en un centro de menores porque no podía hacerse cargo de mí. No la
recuerdo, si es que eso te estás preguntando —inició bajando su mira-
da, para luego volver a sostener la mía—. Me adoptó la familia de John,
es como mi hermanastro.
Me miraba buscando cualquier señal de incomodidad, casi como
si esperara que me pusiera a gritar justo en ese momento. Sus ojos me
estudiaron con mucha atención antes de seguir hablando; había visto
esa mirada, era la que tenían las personas que estaban preparadas para
ser juzgadas.
—Nos fuimos de la casa juntos porque tuvimos una aventura —
confesó con una sonrisa rota—. Luego todo fue dolor y sufrimiento,
en realidad, creo que gran parte de mi vida ha sido así, pero la parte de
vivir con John fue en definitiva lo peor.
Yo no haría eso. No lo juzgaría por su historia, aun cuando en mi
cerebro se habían disparado mil y una alertas. Sentía cómo iba pisando
un terreno peligroso con cada cosa nueva que conocía de Christian.
—Siento escuchar eso —lamenté con sinceridad—. Ese infeliz de
John, era él quien te golpeaba —deduje viendo en su cara cada uno de
los colores.
Sus ojos se abrieron con asombro, pero solo se mordió los labios
antes de asentir con la cabeza. No podía negarlo, aunque quisiera, pues-
to que la evidencia estaba a plena vista. Sabía que le costaba hablar del
tema, sus ojos brillaban con arrepentimiento.
Arrepentimiento, dolor y vergüenza.
—Sí, él lo hizo —afirmó con una sonrisa llena de dolor—. Creo
que es la primera vez que hablo de esto en voz alta, o con alguien...
antes tenía mucho miedo para hacerlo. Pero ya no más. Decidí que hoy
le pondría fin a esto. Así que sí, él me golpeaba. Me ganaba muchos
19
golpes porque mi comida era mala o porque no hacía las cosas bien,
porque no quería sexo, por salir sin avisar, por hablar con los vecinos.
Golpe, golpe, golpe. Notaba la satisfacción de sus ojos cuando veía mi
piel tornarse de otro color. Aguanté días, meses, años, pero no pude
aguantarlo más.
Mierda.
Abusó de él, no lo respetó, lo agredió y lo denigró de todas las
formas posibles. La rabia y el dolor me inundaron en un segundo. Sentí
la bilis en mi garganta de solo imaginarme la situación que Christian
relataba con una voz plana, tratando de desconectarse del dolor. Jodida
mierda. Él estaba confiando en mí y yo... francamente no sabía cuáles
eran las palabras correctas para decirle a alguien en esta situación. Mal-
dición, era tan frustrante.
—Pero huiste, querías salir de esa tóxica relación —animé tratan-
do de apoyarlo de alguna forma—. Tú fuiste valiente.
Fue inútil, sabía que esas palabras aún no tenían el peso suficiente
para poder reconfortarlo, porque su mirada solo adquirió más dolor.
—Debí haberlo hecho antes. Ahora... ahora no reconozco ni mi
reflejo, estoy roto por completo y me doy tanto asco —confesó con
lágrimas en sus ojos, con la sonrisa más rota que he visto en mi vida—.
Maldición.
Mi corazón dolía como nunca, mi garganta estaba apretada y me
sentía impotente. Ni siquiera podía entender por qué me afectaba tan-
to. Era como si cada palabra que salía de su boca se colara como una
daga directo a mi corazón. No tenía sentido, porque solo había cruzado
palabras con él desde hacía una o dos horas, pero todo mi instinto so-
breprotector estaba a tope.
Debí haber hecho algo.
Debí haber hablado con él antes.
¿Por qué fui tan cobarde?
—Hey, hey, hey... calma. No estás roto, y no das asco —afirmé
sin saber qué hacer para evitar que siguiera llorando—. Dime por qué,
si estabas escapando, cruzaste en rojo. Casi mueres, y puedo ver por tus
lágrimas que lo único que quieres es vivir.
Ante mis palabras abrió los ojos. En realidad, parecía que lo había
tomado por sorpresa, eso era algo que me venía molestando desde que
ocurrió el accidente. No entendía cómo había sido tan descuidado y
20
temerario cuando estaba escapando de su infierno personal. No me
cuadraba por ningún lado.
—Oh, solo fue un accidente. Vi a toda la gente cruzar, así que
pensé que estaba en verde.
—¿Pensaste? ¿Y no pudiste subir la mirada para comprobarlo?
—No, la verdad no pude comprobarlo con rapidez. Tengo dis-
cromatopsia, no distingo el color verde, es una deuteranopía —habló
apuntando a sus ojos—. Estos tontos ojos nacieron fallando, por lo que
soy sumamente torpe y nunca puedo confiar en lo que veo, por eso soy
un gran estorbo.
Deu... te... ¿Qué?
21