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Puedo Estar Seguro de Que Soy - R.C. Sproul

El documento explora la cuestión de la seguridad de la salvación, destacando la advertencia de Jesús en el Sermón del Monte sobre aquellos que profesan ser cristianos pero no son reconocidos por Él. Se discuten diferentes perspectivas sobre la seguridad de la salvación, desde la negación de la Iglesia Católica Romana hasta la teología reformada que sostiene que es posible tener plena seguridad de estar en un estado de gracia. A través de la parábola del sembrador, se enfatiza la importancia de la verdadera conversión y la relación genuina con Cristo.

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Puedo Estar Seguro de Que Soy - R.C. Sproul

El documento explora la cuestión de la seguridad de la salvación, destacando la advertencia de Jesús en el Sermón del Monte sobre aquellos que profesan ser cristianos pero no son reconocidos por Él. Se discuten diferentes perspectivas sobre la seguridad de la salvación, desde la negación de la Iglesia Católica Romana hasta la teología reformada que sostiene que es posible tener plena seguridad de estar en un estado de gracia. A través de la parábola del sembrador, se enfatiza la importancia de la verdadera conversión y la relación genuina con Cristo.

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Página de derechos
Tabla de contenido
Uno–La lucha por la seguridad
Dos–Cuatro tipos de persona
Tres–Falsa seguridad
Cuatro–Obtención de verdadera seguridad
Cinco–La fuente de plena seguridad
Acerca del autor
¿Puedo estar seguro de que soy salvo?

© 2010 por R. C. Sproul

Traducido del libro Can I Be Sure I'm Saved?,


publicado por Reformation Trust Publishing,
una división de Ligonier Ministries.
421 Ligonier Court, Sanford, FL 32771
Ligonier.org ReformationTrust.com
© Marzo de 2016. Versión electrónica

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser
reproducida, almacenada en un sistema de recuperación, o transmitida de
ninguna forma ni por ningún medio, ya sea electrónico, mecánico, fotocopia,
grabación, u otros, sin el previo permiso por escrito del publicador, Reformation
Trust. La única excepción son las citas breves en comentarios publicados.

Diseño de portada: Gearbox Studios


Diseño interior: Katherine Lloyd, The DESK
Traducción al español: Elvis Castro, Proyecto Nehemías

A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido tomadas
de La Santa Biblia, Versión Reina Valera Contemporánea © 2009, 2011 por
Sociedades Bíblicas Unidas. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas
marcadas con NVI están tomadas de La Santa Biblia, Nueva Versión
Internacional © 1986, 1999, 2015 por Biblica, Inc.

ISBN para la versión electrónica


en MOBI: 978-1-56769-396-6
H
ay un pasaje del Nuevo Testamento que yo creo
que es uno de los más aterradores de la Biblia.
Proviene de los labios de Jesús al final del Sermón
del Monte.
Tendemos a pensar en el Sermón del Monte como una
positiva proclamación de nuestro Señor. Después de todo,
es en el Sermón del Monte que él da las Bienaventuranzas:
“Bienaventurados los pobres en espíritu… Bienaventurados
los que lloran… Bienaventurados los mansos…”, etc. (Mateo
5:3-12). A causa del Sermón del Monte, Jesús tiene la
reputación de un maestro que subraya lo positivo más bien
que lo negativo.
Pero a menudo pasamos por alto el clímax de ese sermón,
donde Jesús dice:

No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el


reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi
Padre que está en los cielos. En aquel día, muchos me
dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y
en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre
hicimos muchos milagros?” Pero yo les diré claramente:
“Nunca los conocí. ¡Apártense de mí, obreros de la
maldad!” (Mateo 7:21-23).

Aquí Jesús nos da un adelanto del juicio final. Él dice que


la gente vendrá a él, y se dirigirán a él como “Señor”. Ellos
le dirán a Jesús: “Señor, hicimos muchas maravillas en tu
nombre. Te servimos; predicamos en tu nombre;
expulsamos demonios; todo esto hicimos”. Jesús dice: “Yo
me volveré a estas personas y les diré: ‘Por favor,
váyanse’”. No solo les dirá “no los conozco”, sino: “Nunca
los conocí, obreros de la maldad”.
Lo que resulta particularmente impactante de esta
aterradora advertencia es que Jesús comienza diciendo: “No
todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de
los cielos”. Luego repite esa idea diciendo: “En aquel día,
muchos me dirán: ‘Señor, Señor’”.
“SEÑOR, SEÑOR”

En toda la Escritura hay solo unos quince casos en los que


alguien se dirige a otra persona repitiendo su nombre. Voy a
mencionar algunas de ellas:

• Abraham, en el Monte Moria, estaba listo para


enterrar el cuchillo en el pecho de su hijo Isaac, y
Dios intervino en el último instante, diciéndole por
medio del ángel del Señor: “¡Abraham! ¡Abraham!…
No pongas tu mano sobre el muchacho” (Génesis
22:11-12, NVI).

• Jacob tenía miedo de descender a Egipto, y Dios vino


para animarlo, y le dijo: “Jacob, Jacob” (Génesis
22:11-12).

• Dios le habló a Moisés desde el arbusto ardiente en el


Monte Horeb, diciendo: “¡Moisés, Moisés!” (Éxodo
3:4).

• Dios llamó al muchacho Samuel en medio de la


noche, diciendo: “¡Samuel! ¡Samuel!” (1 Samuel
3:10).

• Jesús, cuando reprendió a Marta en Betania, le dijo:


“Marta, Marta” (Lucas 10:41).
• Jesús se lamentó por la ciudad de Jerusalén y clamó:
“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y
apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces
quise juntar a tus hijos, como junta la gallina a sus
polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Lucas
13:34).

• Pedro dijo que sería fuerte en cualquier circunstancia,


y Jesús le dijo: “Simón, Simón, Satanás ha pedido
sacudirlos a ustedes como si fueran trigo” (Lucas
22:31).

• Jesús confrontó a Saulo en el camino a Damasco,


diciendo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
(Hechos 9:4).

• Tal vez el ejemplo más emotivo de esta repetición en


la Escritura se encuentre en el grito de Jesús desde la
cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?” (Mateo 27:46).

En el idioma hebreo, esta inusual estructura gramatical es


significativa. Cuando alguien repite la forma personal de
dirigirse a una persona, ello sugiere y comunica una relación
personal íntima con esa persona. Por lo tanto, aquí en el
Sermón del Monte Jesús dice que en el día final, la gente no
solo vendrá a él y le dirá: “Señor, te pertenecemos, somos
tuyos”, sino que se dirigirán a él en términos de intimidad
personal. Ellos le dirán “Señor, Señor” como si lo conocieran
de una forma profunda y personal. Pero a pesar de esta
pretensión de una íntima relación, Jesús les dirá: “Por favor,
váyanse. No los conozco, obreros de la maldad”.
Jesús está diciendo que hay muchas personas que
profesan ser cristianas, que usan el nombre de Cristo, y que
lo llaman por su elevado título “Señor”, pero en realidad no
pertenecen a su reino en absoluto. No le pertenecen a él y
no podrán sostenerse en el juicio final. El aspecto aterrador
de esto es que estas personas no están en la periferia de la
iglesia. Más bien están inmersos en la vida de la iglesia,
profundamente involucrados en el ministerio, y quizá
tengan la reputación de ser cristianos profesantes. Con
todo, Jesús no los conoce y los expulsará de su presencia.
Toco este tema al comienzo de este librito porque cuando
hacemos una profesión de fe como cristianos, debemos
hacernos una pregunta: ¿cómo sabemos que no seremos
parte de este grupo de personas que llegarán al juicio final
esperando la entrada al reino y dirigiéndose a Jesús en
términos íntimos, solo para ser expulsados? ¿Cómo
sabemos que nuestra confianza de que estamos en un
estado de gracia no está errada? ¿Cómo sabemos que no
nos hemos engañado? ¿Cómo podemos estar seguros de
que somos salvos?
UNA DOCTRINA CONTROVERSIAL

Durante siglos, la cuestión de la seguridad ha desatado


controversia en la iglesia. Muchas iglesias han ido tan lejos
como para cuestionar si la seguridad es siquiera alcanzable.
Por ejemplo, en el Concilio de Trento, en el siglo XVI, la
Iglesia Católica Romana negó que fuera posible que una
persona tenga seguridad de salvación, excepto en raras
circunstancias. Roma dio un paso más y enseñó que las
únicas personas que pueden elevarse a la seguridad de su
salvación en esta vida son santos excepcionales a quienes
Dios otorga una revelación especial de su estatus ante él.
Sin embargo, los miembros promedio de la iglesia no
pueden esperar tener seguridad de salvación.
Roma afirma que la mayoría de las “seguridades”, a fin de
cuentas, se basan en conjeturas, opiniones, e ideas que
provienen del corazón de personas a las que la Biblia define
como profundamente arraigadas en el engaño. Las
Escrituras nos dicen que el corazón es engañoso por sobre
todas las cosas (Jeremías 17:9), de modo que es fácil, dice
Roma, que nos engañemos a nosotros mismos y apoyemos
nuestra confianza acerca del estado de nuestra alma en la
mera opinión. En consecuencia, la seguridad de la salvación
no es posible aparte de algún acto de revelación especial.
No solo la Iglesia Católica Romana niega la doctrina de la
seguridad de la salvación. Algunos protestantes creen que
una persona puede tener seguridad de salvación para hoy
pero ninguna seguridad para mañana, porque aceptan la
posibilidad de que la persona que en un momento tiene fe
puede caer en la incredulidad y perder su salvación. Es por
eso que, históricamente, la doctrina de la seguridad de la
salvación ha estado estrechamente ligada a la doctrina de
la perseverancia de los santos. Así que, mientras Roma dice
que no podemos tener ninguna seguridad en absoluto, estos
protestantes dicen que podemos tener seguridad por un
tiempo limitado, pero no podemos saber cuál será nuestro
estado final.
Luego está la teología reformada, mi propia convicción
teológica, que enseña que no solo hoy podemos saber que
estamos en un estado de gracia, sino que podemos tener
plena seguridad de que aún estaremos en un estado de
gracia al momento de nuestra muerte.
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR

Jesús aborda la cuestión de quién es genuinamente salvo y


quién no lo es en su parábola del sembrador:

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a la orilla del


lago. Como mucha gente se le acercó, él se subió a una
barca y se sentó, mientras que la gente se quedó en la
playa. Entonces les habló por parábolas de muchas
cosas. Les dijo: El sembrador salió a sembrar. Al sembrar,
una parte de las semillas cayó junto al camino, y vinieron
las aves y se la comieron. Otra parte cayó entre las
piedras, donde no había mucha tierra, y pronto brotó,
porque la tierra no era profunda; pero en cuanto salió el
sol, se quemó y se secó, porque no tenía raíz. Otra parte
cayó entre espinos, pero los espinos crecieron y la
ahogaron. Pero una parte cayó en buena tierra, y rindió
una cosecha de cien, sesenta, y hasta treinta semillas
por una. El que tenga oídos para oír, que oiga” (Mateo
13:1-9).

Es importante observar el contexto de esta famosa


parábola, Inmediatamente antes de ella, alguien le dijo a
Jesús: “Tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren
hablar” (Mateo 12:47). Pero Jesús responde: “¿Quién es mi
madre, y quiénes son mis hermanos?” (v. 48). Entonces,
señalando a sus discípulos, dijo: “Mi madre y mis hermanos
están aquí. Porque todos los que hacen la voluntad de mi
Padre que está en los cielos son mis hermanos, mis
hermanas, y mi madre” (vv. 49-50). Jesús dice que su
verdadero hermano es aquel que hace la voluntad del
Padre, no alguien que simplemente toma la decisión de
seguirlo.
Siempre deberíamos tener en cuenta que nadie obligó a
Judas a hacerse discípulo. Judas eligió seguir a Jesús; él
tomó su propia decisión de entrar a la escuela de Jesús, y se
quedó con nuestro Señor durante su ministerio terrenal
durante tres años. No obstante, se nos dice que él era un
diablo (Juan 6:70). No era que Judas estuviera
auténticamente convertido y luego cayó de la gracia y se
perdió; más bien, aunque estuvo cerca de Jesús, nunca fue
un hombre convertido. Eso debe hacernos pensar mientras
consideramos el estado de nuestra propia alma.
Un poco más adelante en el libro de Mateo, Jesús da una
explicación de su parábola del sembrador. Es una de las
pocas ocasiones de los relatos del Evangelio en que se nos
da una explicación de una parábola. Esa explicación es de
suma utilidad porque esta parábola difiere de la instrucción
parabólica normal. La mayoría de las parábolas solo tienen
un punto central. Por lo tanto, generalmente es peligroso
convertir las parábolas en alegorías, las cuales tienden a
tener significados simbólicos esparcidos a lo largo de la
historia. Pero la parábola del sembrador se aproxima al nivel
de una alegoría, pues Jesús señala varios puntos de
aplicación.
Jesús comienza su explicación diciendo: “Escuchen ahora
lo que significa la parábola del sembrador: Cuando alguien
oye la palabra del reino, y no la entiende, viene el maligno y
le arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Ésta es la
semilla sembrada junto al camino” (Mateo 13:18-19). El
primer grupo del que habla está representado por la semilla
que cayó junto al camino. En la antigüedad, en el tiempo de
plantación, un agricultor sembraba primero su semilla,
luego labraba el terreno. Pero cualquier semilla que caía
sobre un camino o una senda no era labrada por debajo. Al
permanecer sobre el camino endurecido, no tenía forma de
echar raíces, y era devorada por los pájaros. Jesús compara
los pájaros con Satanás. Muchas personas son como esta
semilla. Escuchan la predicación del evangelio, pero este no
causa ningún impacto en ellos. No echa raíces en la vida de
ellos.
Jesús continúa: “El que oye la palabra es la semilla
sembrada entre las piedras, que en ese momento la recibe
con gozo, pero su gozo dura poco por tener poca raíz; al
venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra,
se malogra” (vv. 20-21).
Si uno asiste a un encuentro evangelístico o ve uno por
televisión, se puede ver a una enorme multitud abarrotando
la parte delantera de la iglesia en respuesta al llamado del
evangelio. De hecho, una vez vi un informe acerca de una
masiva campaña evangelística internacional en la que
supuestamente millones de personas habían tomado una
decisión por Cristo. Cuando lo leí, me pregunté cuántas de
aquellas decisiones por Cristo eran verdaderas conversiones
y cuántas eran fingidas. A la gente le gusta lo que escucha
en estos eventos y puede ser emocionalmente impulsada a
tomar una decisión de seguir a Cristo. Sin embargo, es un
hecho establecido que muchos de aquellos que pasan al
frente en un encuentro evangelístico pronto abandonan
totalmente su compromiso. Sus respuestas impulsivas
suelen carecer de fundamento.
No quiero ser demasiado áspero en mi respuesta a los
informes sobre el éxito de los eventos evangelísticos.
Reconozco que todos los ministerios que llegan a la gente
enfrentan el problema de la medición de su efectividad. Las
iglesias por lo general lo hacen informando el número de
miembros de sus congregaciones y cuánto han crecido en
determinado periodo. Los ministerios evangelísticos a
menudo lo hacen informando el número de personas que
pasaron al frente, levantaron la mano, firmaron una tarjeta,
o hicieron una oración. Estos ministerios quieren tener algún
tipo de estadística para medir la respuesta de la gente.
¿Pero cómo se mide una realidad espiritual? Cualquiera
que haya estado involucrado en evangelismo sabe que no
podemos ver el corazón, de manera que lo mejor que se
puede hacer a continuación es contar el número de
decisiones que la gente toma. Pero Jesús nos advierte sobre
esto aquí en la parábola del sembrador cuando dice que
mucha gente oye el evangelio con gozo —pero no persevera
en la fe. Este segundo tipo de semilla cae en terreno
pedregoso, un suelo tan delgado que la semilla no puede
echar raíces, y en cuanto sale el sol, lo brotes comienzan a
marchitarse. El resultado es que se mueren y jamás
producen fruto. Jesús nos dice que estas personas se
apartan a causa de las tribulaciones y persecuciones que
inevitablemente surgen en el camino de la fe.
En su explicación del tercer tipo de semilla, Jesús dice: “La
semilla sembrada entre espinos es el que oye la palabra,
pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las
riquezas ahogan la palabra, por lo que ésta no llega a dar
fruto” (Mateo 13:22). Esta semilla representa una categoría
de personas que también escuchan y reciben la Palabra,
pero los afanes de este mundo las abruman. Al igual que los
espinos, los afanes mundanos “ahogan la palabra”.
Finalmente, Jesús dijo: “Pero la semilla sembrada en buena
tierra es el que oye la palabra y la entiende, y da fruto”
(Mateo 13:23a).
Claramente, entonces, hay muchos que responden al
mensaje del evangelio con gozo pero finalmente no
perseveran en la fe. No todos los que oyen la Palabra de
Dios son salvos, y lo mismo es cierto de muchos que al
comienzo responden a ella. Los que son genuinamente
salvos son los que demuestran ser hacedores de la Palabra.
Cuando la semilla echa raíz y crece, hay fruto.
LA NECESIDAD DE FRUTO

Al pensar en la producción de fruto, debemos recordar que


no somos salvos por nuestras obras. Más bien somos
justificados solo por la fe. No obstante, también debemos
recordar que los reformadores magisteriales del siglo XVI,
tales como Martín Lutero, dijeron que somos justificados por
la sola fe pero no por una fe que está sola.
Esta postura está en desacuerdo con el esquema católico
romano, el cual sostiene que una persona debe tener fe
para ser justificada, pero también necesita tener obras. Así
que la postura católica es que la fe más las obras es igual a
justificación. Pero en la postura protestante, la fe es igual a
la justificación más las obras.

POSTURA CATÓLICA ROMANA:


Fe + obras = justificación
POSTURA PROTESTANTE:
Fe = justificación + obras

En la postura protestante, las obras son consecuencia, una


manifestación del estado de gracia en el que nos
encontramos; de esta forma, las obras nada añaden a la
justificación. Las únicas obras de justicia que sirven para
justificar a un pecador son las obras de Cristo. Así que
cuando decimos que somos justificados por la sola fe,
queremos decir que somos justificados solo por Cristo, por
sus obras; nuestras obras no cuentan para nuestra
justificación.
Algunos dirán: “Supongo que eso significa que no necesito
producir fruto. No necesito presentar ninguna manifestación
de la justicia porque soy salvo por fe”. Pero recuerda que la
fe que justifica, como nos dice Santiago en su epístola
(Santiago 2:26), y como argumentó Lutero, no es una fe
muerta; es una fides viva, una fe viva, una fe vital. La
verdadera fe que nos conecta a Cristo siempre se manifiesta
en obras, y si no hay obras al lado derecho de la ecuación,
eso nos dice que no hay fe al lado izquierdo de la ecuación.
Así que la fe nos une a Cristo, y si nuestra fe es auténtica,
no llegaremos al día final diciendo “Señor, Señor”, solo para
escucharlo que nos llama personas de maldad. No,
tendremos frutos que demuestren que nuestra fe es real.
La cantidad de fruto que producen los cristianos es
variable. Jesús dice que la buena semilla puede producir
“cien, sesenta, y treinta semillas por cada semilla
sembrada” (13:23b). Algunos verdaderos cristianos no son
tan fructíferos como otros, pero cada creyente verdadero
produce algún fruto. Si no es así, no es un creyente. Es por
eso que Jesús dice: “Ustedes los conocerán por sus frutos”
(Mateo 7:16a), no por su profesión de fe.
Cuando uno está inmerso en una subcultura cristiana que
hace un firme hincapié en el tomar decisiones, responder a
llamados al altar, y hacer la oración del pecador, es fácil
pasar por alto este importante punto: tomar la decisión de
seguir a Jesús nunca ha convertido a nadie. Esto es así
porque no es una decisión lo convierte a la persona; es el
poder del Espíritu Santo lo que lo hace. No por tomar una
decisión, pasar al altar, levantar la mano, o firmar una
tarjeta entramos al reino. Entramos al reino porque en
nuestro corazón hay una verdadera fe.
Que no se malentienda; no hay absolutamente nada
indebido en las profesiones públicas de fe; estas se deben
hacer. Todo el que está justificado está llamado a profesar
esa fe; todo cristiano está llamado a confesar a Cristo ante
los demás. El problema surge cuando hacemos de la
profesión de fe la prueba decisiva de nuestra conversión.
Después de todo, Jesús habla de personas que lo honran de
labios mientras su corazón está lejos de él (Mateo 15:8).
Nadie ha sido justificado jamás por una profesión de fe.
¿Significa entonces que la forma más fácil de resolver el
problema de la seguridad de la salvación es examinar el
fruto de nuestra vida para determinar si refleja conformidad
con una profesión de fe? El examen personal tiene un lugar
definido en la vida cristiana, y hablaremos más de ello en el
capítulo 4. Con todo, ninguno de nosotros vive en
conformidad con la plenitud de lo que afirmamos creer. Si
enfocamos nuestra atención simplemente en nuestro
desempeño, la auténtica seguridad se vuelve muy
escurridiza.
Así que es posible tener una falsa seguridad, pero la
verdadera seguridad puede ser difícil de adquirir. ¿Cómo,
pues, podemos saber con certeza que nuestra profesión de
fe está motivada por la posesión de verdadera gracia
salvadora? Esta pregunta es de suma importancia, porque
concierne a la situación en que vivimos como cristianos y
tiene un enorme impacto en nuestros sentimientos, nuestro
contentamiento, y nuestra conducta como cristianos. Es
imperativo que resolvamos la cuestión de si estamos en un
estado de gracia, y el resto de este breve libro apuntará a
cómo lo logramos.
N
uestra búsqueda de plena seguridad de salvación
se complica por el hecho de que hay dos
categorías muy distintas de personas que están
seguras de que están en un estado de salvación. El único
problema es que una de estas categorías está equivocada.
Estas son las personas de las que habló Jesús en el Sermón
del Monte cuando dijo que algunos vendrán a él en el día
final diciendo “Señor, Señor”. Ellos vendrán a Jesús
totalmente seguros de que le pertenecen, pero él los hará
alejarse, exponiendo así la falsedad de su seguridad.
¿Cómo es posible la falsa seguridad? ¿Cómo llegan las
personas a un falso sentido de seguridad? En este capítulo
quiero tratar de responder estas preguntas. Hay varios
problemas distintos, pero se reducen básicamente a dos. El
primer problema, que será nuestro foco en este capítulo, es
una comprensión deficiente de los requisitos para la
salvación. Las personas pueden malentender lo que implica
la salvación. Veremos tres de los principales errores:
universalismo, legalismo, y diversas formas de
sacerdotalismo. El segundo problema surge cuando una
persona tiene una correcta comprensión de lo que la
salvación implica, pero se equivoca respecto a si él o ella
cumple con los requisitos. Los dos últimos capítulos nos
ayudarán a ver cómo podemos evaluar con precisión si
hemos cumplido con los requisitos para la salvación.
UNIVERSALISMO

El primer error importante que lleva a un falso sentido de


seguridad de la salvación es el universalismo. El
universalismo enseña que todo el mundo es salvo y va al
cielo. Si una persona está convencida de esta doctrina de la
salvación, un simple silogismo la llevará de la doctrina de la
salvación universal a la seguridad en cuanto a su destino:
Premisa 1: todas las personas se van al cielo.
Premisa 2: yo soy una persona.
Conclusión: por lo tanto, yo me iré al cielo.
La mayor controversia en la historia de la iglesia ocurrió
en el siglo XVI entre la Iglesia Católica Romana y los
protestantes reformados sobre la cuestión de cómo ocurre
la justificación. El asunto era si la justificación es por la sola
fe o por algunos otros medios. Pero hoy la justificación por
la sola fe no es la postura predominante en nuestra cultura.
Es más bien la doctrina de la justificación por la muerte, y el
universalismo lleva consigo esta idea.
Anteriormente me referí brevemente a la primera
pregunta del diagnóstico de Explosión Evangelística: “¿Has
llegado en tu vida espiritual al lugar donde sabes con
certeza que si murieras esta noche te irías al cielo?”. La
segunda pregunta del diagnóstico es esta: “Si murieras esta
noche y llegaras ante Dios, y Dios te preguntara: ‘¿Por qué
debería dejarte entrar a mi cielo?’, ¿qué le dirías?”.
Una vez, cuando mi hijo era joven, yo le hice estas dos
preguntas. Me dio gusto que respondiera de inmediato la
primera pregunta diciendo “sí”. Pero cuando le hice la
segunda pregunta, me miró como si yo acabara de hacerle
la pregunta más tonta que él hubiera oído. Me dijo: “Bueno,
le diría: ‘Porque estoy muerto’”. ¿Qué podía ser más simple?
Mi hijo estaba siendo criado en un hogar comprometido con
la teología bíblica, pero yo no solo había fallado en
comunicarle la justificación por la sola fe, sino que él ya
había sido capturado por la generalizada postura de nuestra
cultura según la cual todo el mundo se va al cielo y lo único
que hay que hacer para ir allá es morir.
De tal manera hemos eliminado el juicio final de nuestra
teología y hemos suprimido cualquier noción de castigo
divino o infierno de nuestro pensamiento (y del
pensamiento de la iglesia), que hoy está extendido el
supuesto de que lo único que tiene que hacer una persona
para ir al cielo es morir. De hecho, el medio de gracia más
potente para la santificación en nuestra cultura es morir,
porque un pecador lleno de llagas de pecado se transforma
automáticamente entre la morgue y el cementerio, de
manera que cuando se realiza el servicio funeral, la persona
es presentada como un modelo de virtud. Pareciera que su
muerte hubiera eliminado sus pecados. Este es un asunto
muy peligroso, porque las Escrituras nos advierten que está
establecido que cada persona muera una vez, y luego
enfrente el juicio (Hebreos 9:27).
A la gente le gusta pensar que la amenaza de un juicio
final fue inventada por evangelistas de “fuego y azufre”
tales como Billy Sunday, Dwight L. Moody, Billy Graham,
Jonathan Edwards, y George Whitefield. Pero nadie enseñó
más claramente acerca del juicio final y la división entre
cielo e infierno que el propio Jesús. De hecho, Jesús habló
más del infierno de lo que habló del cielo, y advirtió a sus
oyentes que en aquel día final, cada palabra ociosa vendría
a juicio. Pero si hay algo que los seres humanos no
redimidos quieren reprimir psicológicamente, es esa
amenaza de un juicio final e integral, porque ninguno de
ellos quiere que le pidan cuentas por sus pecados. Por lo
tanto, nada atrae más a los seres humanos que el
universalismo, la idea de que todos son salvos.
LEGALISMO

El segundo error importante que conduce a una falsa


seguridad es el legalismo, que es otra forma de referirse a
las “obras de justicia”. El legalismo enseña que a fin de
llegar al cielo, se debe obedecer la ley de Dios y vivir una
vida buena. En otras palabras, nuestras buenas obras nos
llevarán al cielo. Mucha gente, con una errada comprensión
de lo que Dios exige, cree que ha cumplido con los
estándares que Dios ha puesto para entrar al cielo.
Una vez serví como capacitador para Explosión
Evangelística, y llevaba a las personas en capacitación a la
comunidad una o dos veces a la semana, hablábamos con la
gente, y hacíamos las preguntas de diagnóstico. Después de
eso, comparábamos las respuestas que recibíamos. El
noventa por ciento de las respuestas caían en la categoría
de la justicia por obras. Cuando le preguntábamos a la
gente qué dirían si Dios les preguntara por qué debería él
dejarlos entrar al cielo, la mayoría respondía: “He llevado
una vida buena”, “di mi diezmo a la iglesia”, “trabajé con
los Boy Scouts”, o algo por el estilo. Su confianza se
apoyaba en algún tipo de récord de desempeño que habían
alcanzado. Desafortunadamente, las obras de una persona
son una falsa base para la seguridad. La Escritura deja muy
claro que nadie es justificado por las obras de la ley
(Romanos 3:20; Gálatas 3:11).
Quizá la persona que mejor encarnó esta falsa
comprensión de la salvación fuera el joven dirigente rico
que se encontró con Jesús durante su ministerio en la tierra
(Lucas 18:18-30). Como recordarás, cuando el hombre rico
vino a Jesús, de sus labios estilaban los halagos. Él dijo:
“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida
eterna?”. Le estaba preguntando a Jesús qué se requería
para la salvación.
Antes de responder la pregunta por los requisitos para la
salvación, Jesús abordó el halago: “¿Por qué me llamas
bueno? No hay nadie que sea bueno, sino sólo Dios” (v. 19).
Algunos críticos sostienen que, en virtud de esta respuesta,
Jesús estaba negando su bondad y su deidad. No; Jesús
sabía muy bien que este hombre no tenía idea acerca de la
persona a la que le hablaba. Este hombre no sabía quién era
Jesús. No sabía que le estaba haciendo una pregunta al Dios
encarnado. Lo único que sabía el joven dirigente rico era
que estaba hablando con un rabí itinerante, y quería una
respuesta para una pregunta teológica. Pero la identidad de
Jesús era central para la respuesta: Así que Jesús dijo: “¿Por
qué me llamas bueno? ¿No has leído el Salmo 14:3: ‘Todos
se han desviado; todos a una se han corrompido. No hay
nadie que haga el bien; ¡ni siquiera hay uno solo!’? Nadie es
bueno, excepto Dios mismo”.
¿Suena absurdo? Después de todo, vemos personas no
creyentes que hacen el bien todo el tiempo. Todo depende
de lo que entendamos por “bueno”. El estándar bíblico de
bondad es la justicia de Dios, y nosotros somos juzgados
tanto por nuestra conformidad conductual con la ley de Dios
como por nuestra motivación interna o deseo de obedecer
la ley de Dios.
Yo veo personas en todos lados que no son creyentes pero
practican lo que Juan Calvino llamaba “virtud cívica”; es
decir, hacen cosas buenas en la sociedad. Donan su dinero
a buenas causas, ayudan a los pobres, y a veces incluso se
sacrifican por los demás. Ellos hacen todo tipo de cosas
extraordinarias a nivel horizontal (es decir, hacia las demás
personas), pero nada de esto lo hacen porque su corazón
tenga un amor puro y pleno por Dios. Puede que esté
involucrado lo que Jonathan Edwards llamó “interés
personal ilustrado”, pero sigue siendo interés personal.
Una vez escuché la historia de un trágico incendio. Un
edificio quedó envuelto en llamas, y había prisa por rescatar
a las personas en medio del fuego. Los bomberos entraron y
sacaron tanta gente como pudieron, pero pronto se volvió
demasiado peligroso entrar al edificio. Entonces se dieron
cuenta de que había un niño atrapado en el interior, y de la
multitud de espectadores, un hombre, ignorando el peligro,
corrió hacia el edificio mientras todos en la calle lo
aclamaban. Algunos momentos después, volvió sano y salvo
con un bulto en los brazos. La gente siguió vitoreando,
pensando que había rescatado al niño. Pero luego se dieron
cuenta de que había sacado los ahorros de su vida y había
dejado morir al niño.
Yo creo que sí es posible que un incrédulo corra hacia un
edificio a salvar a un niño, quizá incluso al costo de su vida.
Esa es una virtud cívica motivada por la preocupación
natural que tenemos por los demás. Pero tal virtud externa
no es suficiente. Cuando Dios mira una acción humana,
pregunta: “¿Esta obra procede de un corazón que me ama
totalmente?” Recuerda los mandatos de Jesús: “Amarás al
Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con
todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como
a ti mismo” (Lucas 10:27). Por lo tanto, si alguien obedece
la ley exteriormente, mientras su corazón no está
plenamente entregado a Dios, entonces la virtud de esa
persona se ha manchado. Es por eso que Agustín dijo que
aun nuestras mejores virtudes no son más que vicios
espléndidos. En tanto que estemos en este cuerpo de carne,
el pecado manchará todo lo que hagamos. Eso es lo que el
joven rico no entendía. Él pensaba que había alcanzado el
estándar.
Pablo advierte en el Nuevo Testamento que aquellos que
se juzgan a sí mismos por sus propios criterios no son sabios
(1 Corintios 10:12). Podemos mirarnos unos a otros nuestros
desempeños y pensar que si nos abstenemos del adulterio,
el homicidio, el fraude, o algún otro pecado atroz, entonces
lo estamos haciendo bien. Dado que siempre podemos
encontrar personas más pecadoras que nosotros, sería fácil
concluir que lo estamos haciendo bastante bien.
Tal era la mentalidad del joven dirigente rico que vino a
Jesús. Él pensaba que Jesús era un hombre bueno. Pero
Jesús lo detuvo en seco y le recordó la ley: “Conoces los
mandamientos: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no
dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre” (v.
20). Eso motivó al hombre a revelar su comprensión
superficial de la ley. Él dijo: “Todo esto lo he cumplido desde
mi juventud” (v. 21). En otras palabras, estaba diciendo que
había cumplido los Diez Mandamientos toda su vida.
Jesús podría haberle dicho: “Bueno, parece que tú no
estabas en el Sermón del Monte cuando expliqué las
implicaciones más profundas de estas leyes. Te perdiste esa
cátedra”. O simplemente podría haberle dicho al hombre:
“No has cumplido ninguno de estos mandamientos desde
que te levantaste esta mañana”. En lugar de ello, Jesús usó
un bello método pedagógico para enseñarle su error a este
hombre. Le dijo: “Aún te falta una cosa: vende todo lo que
tienes, y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el
cielo. Después de eso, ven y sígueme” (v. 22).
En este punto, Jesús no estaba enseñando una nueva
forma de salvación. No estaba diciendo que podamos ser
salvos donando nuestros bienes a los pobres. Tampoco
estaba estableciendo un mandato universal para que las
personas se deshagan de toda su propiedad privada. Jesús
estaba tratando con este hombre en particular, un hombre
rico cuyo corazón había sido capturado completamente por
su riqueza. Su dinero era su dios, su ídolo. En esencia, Jesús
le dijo: “Así que tú has cumplido los Diez Mandamientos.
Muy bien, revisemos el número uno: ‘No tendrás dioses
ajenos delante de mí’ [Éxodo 20:3]. Ve y vende todo lo que
tienes”. Después de eso, el hombre que solo un momento
antes había sido tan entusiasta comenzó a mover la cabeza.
Se alejó triste, porque tenía muchas posesiones (v. 23).
Todo ese encuentro se trató de la bondad. ¿Tenemos
suficiente bondad —suficiente justicia— para satisfacer las
exigencias de un Dios santo? Cada página del Nuevo
Testamento habla de la verdad de que toda nuestra justicia
es como trapos de inmundicia (Isaías 64:6). La persona que
confía en su justicia para ser salva tiene una falsa
seguridad. No podemos hacer lo suficiente para ser salvos.
Somos siervos inútiles (Lucas 17:10).
SACERDOTALISMO

El tercer error común que produce falsa seguridad es el


sacerdotalismo. Esta es la postura de que la salvación se
alcanza a través del sacerdocio, a través de los
sacramentos, y/o a través de la iglesia. La gente señala el
bautismo, la Cena del Señor, u otros ritos y dice: “He
recibido estos sacramentos, que son medios e gracia. Mi
seguridad proviene del hecho de haber experimentado los
sacramentos”.
Este es el error que los fariseos cometían en los días
bíblicos. Ellos asumían que porque estaban circuncidados,
entonces tenían un lugar garantizado en el reino de Dios.
Los sacramentos son muy importantes. Ellos nos
comunican las promesas de Dios para nuestra salvación.
Además, son medios de gracia que nos ayudan en nuestra
vida cristiana. Pero los sacramentos nunca han salvado a
nadie, y cualquiera que ponga su confianza en los
sacramentos tiene una falsa seguridad de salvación, porque
está confiando en algo que no salva ni puede salvar.
En estrecha relación con lo anterior está la idea, que
muchos sostienen, de que lo único que debe hacer una
persona para ser salva es unirse a una iglesia. Asumen que
como el unirse a una iglesia los incluye en el cuerpo visible
de Cristo, deben ser también parte de la iglesia invisible.
Pero la membrecía en una iglesia no justifica a nadie; este
es otro método de seguridad ilegítimo y falso.
Finalmente, en el denominado mundo evangélico,
tenemos algunas otras fuentes falsas de seguridad: hacer la
oración del pecador, levantar la mano en un evento
evangelístico, pasar adelante en un llamado al altar, o
tomar una decisión por Jesús. Todas estas son técnicas o
métodos que se usan para llamar a las personas al
arrepentimiento y la fe. El peligro está en que las personas
que dicen la oración, levantan la mano, pasan al altar, o
toman una decisión a veces terminan confiando en ese acto
en particular. Una profesión exterior puede ser engañosa.
Uno puede realizar los movimientos externos de una
profesión pero no estar verdaderamente en posesión de la
realidad interna de la salvación.
Como puedes ver, hay muchas formas en las que puede
presentarse la falsa seguridad. En el siguiente capítulo,
discutiremos de qué manera se pueden evitar y superar
estas falsas formas de seguridad, y comenzaremos a
explorar métodos legítimos de obtener una seguridad
bíblica y real.
E
n Cincinnati compartí el evangelio con un hombre y
partí por preguntarle la primera de las dos
preguntas de diagnóstico de Explosión
Evangelística: “¿Has llegado en tu vida espiritual al punto
donde sabes con certeza que si murieras esta noche irías al
cielo?”. Este hombre no se inmutó. Me miró directo a los
ojos y dijo: “Ah, no, yo estoy seguro de que no soy salvo.
Estoy seguro de que voy al infierno”. Yo quedé pasmado con
su respuesta, porque nunca había conocido a una persona
que estuviera tan segura de que su destino era el infierno.
Este hombre estaba llevando una vida impía, él sabía que
estaba llevando una vida impía, y conocía las consecuencias
de llevar una vida impía, pero eso no le importaba.
En lo que respecta a la seguridad de la salvación, hay
cuatro tipos de personas en el mundo. Cada persona viva,
sin excepción, puede ser asignada a una de estas
categorías. Las categorías son: 1) los que son salvos y lo
saben, 2) los que son salvos pero no lo saben, 3) los que
(como el hombre que mencioné antes) no son salvos y lo
saben, y 4) los que no son salvos pero no lo saben. Veamos
estas categorías más de cerca.
LAS PERSONAS QUE SON SALVAS Y LO SABEN

La primera categoría son las personas que son salvas y lo


saben. Estas personas tienen plena seguridad de que están
en un estado de gracia. Para ellos es un asunto resuelto.
Quizá hayas estado en una discusión en la que hiciste una
pregunta a alguien, esa persona hizo alguna afirmación o
aserción, y tú respondiste: “¿Estás seguro?”. El otro
respondió: “Sí estoy seguro”. Tu siguiente pregunta fue
“¿Estás seguro de que estás seguro?”. Cuando hablamos de
seguridad o certeza, no estamos hablando simplemente de
categorías filosóficas. Más bien, en un sentido, estamos
describiendo nuestro estado emocional respecto a varias
preguntas o aserciones.
La seguridad de las afirmaciones de verdad opera en un
continuo más amplio. Por ejemplo, alguien podría
preguntarnos: “¿Crees que Dios existe?”. Hay un rango de
respuestas que se podrían dar a esa pregunta. Se podría
contestar: “No lo creo”, “pienso que no”, “no lo sé, pero
espero que sí”, “tal vez”, “sí, yo creo en Dios”, o “por
supuesto que creo en Dios”. Cada una de estas respuestas
describe un distinto nivel de intensidad de confianza que
acompaña a una proposición o aserción.
Por lo tanto, cuando hablamos de la seguridad de la
salvación, no estamos hablando de una certeza
matemática, como creer en la idea de que dos más dos
suman cuatro. Estamos hablando de la seguridad de un
estado personal, y la intensidad de esa seguridad vacila de
un día a otro. Hay días en los que si alguien me preguntara:
“Robert, ¿estás seguro de que eres salvo?”, yo le diría:
“Absolutamente”. Al otro día, si me encuentro bajo el peso
de la culpa, quizá diría: “Mira, yo creo que sí”. Hay altos y
bajos en la vida cristiana.
No obstante, la verdadera seguridad sobrevive a las
dudas, porque, como veremos, está basada en más que
sentimientos. La persona en esta categoría tiene un
fundamento a partir del cual puede decir: “Sé en quién he
creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar
hasta aquel día lo que he dejado a su cuidado” (2 Timoteo
1:12, NVI).
LAS PERSONAS QUE SON SALVAS PERO NO LO SABEN

La segunda categoría está compuesta por aquellos que son


salvos pero no lo saben. Es posible que una persona esté en
un estado de gracia y no obstante no posea la plena
seguridad de estar en tal estado. Ya he mencionado que
algunos (como los católicos romanos) desafían la validez del
primer grupo (los que son salvos y lo saben) afirmando que
la seguridad de la salvación generalmente es inalcanzable.
Asimismo, otros aseveran que es imposible estar en un
estado de gracia y no saberlo. Ellos aducen que el contenido
mismo de la fe salvadora es una confianza en un Salvador
que uno cree que lo salvará. Así que si una persona piensa
que tiene fe pero le falta la confianza de que Jesucristo lo va
a salvar, ¿tiene fe realmente?
Parte del problema tiene que ver con una visión popular
del cristianismo que insiste en una conversión dramática.
Algunas personas efectivamente vienen a Cristo de esa
forma. Billy Graham, por ejemplo, puede decir el día y la
hora cuando se hizo cristiano. Él señala un día particular en
el pasado cuando fue a un encuentro evangelístico después
de jugar un partido de béisbol. Un evangelista itinerante
llamado Mordecai Ham estaba predicando, y Graham fue
adelante y tuvo una repentina conversión que causó un
vuelco en su vida. Yo experimenté el mismo tipo de
conversión. Yo sé exactamente el momento en que encontré
a Cristo. Puedo decirte la fecha, la hora, el lugar, y cómo
sucedió. Sin embargo, otras personas ni siquiera pueden
identificar el año en el que se hicieron cristianas. Por
ejemplo, Ruth Graham, la esposa de Billy, no sabía cuándo
se había convertido.
En la iglesia, tenemos la tendencia a hacer de nuestras
propias experiencias la norma para todo el mundo. Las
personas que han tenido una conversión repentina,
dramática, como la del camino a Damasco, de la cual se
puede señalar el día y la hora, a veces comienzan a
sospechar de las personas que no han tenido ese tipo de
experiencia. Ellos se preguntan si una persona que no
puede señalar un día y hora específicos puede ser cristiana
realmente. Al mismo tiempo, aquellos que no saben el día y
la hora a veces sospechan de aquellos que afirman que
saben exactamente cuándo fue la primera vez que
creyeron. La cuestión de fondo es esta: la Escritura en
ninguna parte dice que debamos saber el momento exacto
de nuestra conversión.
Aquí es donde la trama se complica y se vuelve un poco
problemática. Nadie está medio regenerado o semi-
regenerado; o se ha nacido del Espíritu de Dios o no se ha
nacido del Espíritu. La regeneración, que es la obra de Dios
por medio de la cual somos trasladados del reino de las
tinieblas al reino de la luz, es una verdadera obra de
conversión, y sucede instantáneamente por obra del
Espíritu Santo, de manera que una persona o está en ese
estado o no lo está. No hay un proceso de regeneración; es
algo instantáneo.
Pero si eso es cierto, ¿no despierta sospechas acerca de
las personas que no pueden precisar el día y la hora de su
conversión? No. Tenemos que distinguir entre una
conversión y una experiencia de conversión. Además,
tenemos que reconocer que no todos se dan cuenta
inmediatamente del momento en que el Espíritu de Dios
realiza su obra sobrenatural dentro de su alma. Es por eso
que resulta muy peligroso crear categorías con las cuales
evaluar a las personas cuyas experiencias no coinciden con
las nuestras.
En efecto, en la medida en que hablo de mi propia
experiencia de conversión —de la cual, como he dicho,
puedo señalar el día y la hora— me doy cuenta de que una
experiencia así puede que en realidad no coincida con la
obra de Dios en el alma de la persona. Dios el Espíritu Santo
puede regenerar a una persona una semana, un mes, o
incluso cinco años antes de que él o ella experimente la
realidad de lo que ya ha sucedido en su interior. Por lo tanto,
aun mi confianza respecto a una fecha y momento
particulares de la conversión solo se aplica a mi experiencia
de conversión, no al hecho propiamente tal, porque en
cuanto a nuestra experiencia podemos engañarnos.
De hecho, una de las cosas más peligrosas que podemos
hacer como cristianos es determinar nuestra teología a
partir de nuestra experiencia, porque la experiencia de
ninguna persona es normativa para la vida cristiana.
Debemos determinar nuestra teología a partir de la Palabra
de Dios, no de lo que sentimos. No solo eso, sino que
estamos propensos a entender o interpretar erradamente el
significado y la relevancia de las experiencias que vivimos.
Es por eso que estamos llamados a revisar nuestras
experiencias a la luz de la Escritura, de manera que
definamos nuestra fe por lo que dice la Escritura, no por lo
que sentimos o experimentamos. Si apoyamos nuestra
seguridad en una experiencia y no en la Palabra de Dios,
estamos invitando a todo tipo de dudas a acosarnos en
nuestro peregrinaje. Necesitamos buscar un conocimiento
auténtico de nuestra salvación, no tan solo alguna
experiencia agradable y vaga.
Ésta es la categoría de personas que Pedro tiene en mente
cuando urge a los creyentes a esforzarse por tener la
seguridad de su llamado y elección (2 Pedro 1:3-11). Sería
una tontería hacer semejante advertencia a personas que
ya están seguras. La enseñanza de Pedro significa entonces
que las personas pueden estar en un estado de salvación
sin estar efectivamente seguras de ello.
PERSONAS QUE NO SON SALVAS Y LO SABEN

El hombre que conocí en Cincinati ejemplifica esta categoría


de personas: los que no son salvos y lo saben. Quizá nos
parezca extraño que pueda existir ese tipo de personas,
especialmente cuando muchos asumen hoy que todo el
mundo se va al cielo al morir. Sin embargo, el apóstol Pablo
habla de esta categoría de personas al final de Romanos 1.
Después de dar una lista de los diversos pecados y vicios
que practica la humanidad caída, él llega a la conclusión de
que las personas caídas no solo hacen estas cosas sino que
incentivan a otras a hacerlas, pese a saber que quienes
hacen tales cosas merecen la muerte (v. 32).
Pablo nos está diciendo en Romanos 1 que no hace falta
que las personas sean expuestas a la predicación bíblica
para que estén conscientes de su condición perdida. A
través de la revelación natural de Dios, en la medida en que
Dios escribe su ley en el corazón de las personas e implanta
su Palabra en la mente humana en la forma de la
conciencia, las personas saben que son culpables de su
conducta y que están apartadas de la comunión con su
Creador.
En la superficie, muchas personas niegan que estén en
peligro de la ira de Dios; puede que incluso nieguen la
existencia de Dios. Pero la Biblia dice: “El impío huye sin
que nadie lo persiga” (Proverbios 28:1), así que bajo la
superficie y detrás de la fachada de la humanidad caída
natural hay una conciencia de estar en graves problemas
con Dios. Es por eso que existe el fenómeno de las
“conversiones de trinchera”, cuando las personas, en los
últimos días de sus vidas, repentinamente cobran el
sentido, llaman al sacerdote o al ministro, e intentan
adquirir su seguro de vida eterna.
Quizá hayas oído la historia de W. C. Fields, quien, cuando
yacía en su lecho de muerte, asombró a quienes lo conocían
cuando hojeaba la Biblia. Un amigo le dijo: “W. C., ¿qué
estás haciendo?”. Fields respondió: “Buscando resquicios”.
Aunque su respuesta estaba articulada en su típico humor,
está claro que Fields estaba consciente de que estaba en
una situación muy precaria cuando estaba a punto de
enfrentar a su Creador.
Aunque cueste creerlo, hay personas que no son salvas y
lo saben. Saben que no están en un estado de gracia, que
no tienen comunión con Dios, y que están alejados de él.
Podríamos decir que tienen una forma negativa de
seguridad.
PERSONAS QUE NO SON SALVAS Y NO LO SABEN

Esto es lo que hemos visto hasta aquí: están aquellos que


son salvos y lo saben; están los que son salvos pero no lo
saben; y están los que no son salvos y lo saben. Es bastante
fácil entender estas categorías.
Es la cuarta categoría la que echa a perder todo el asunto
de la seguridad de la salvación: aquellos que no son salvos
pero “saben” que son salvos. Esta categoría está
conformada por las personas que no están en un estado de
gracia pero piensan que lo están. En resumen, tienen una
falsa seguridad.
Ligonier Ministries realizó una vez un tour por sitios de la
Reforma, siguiendo los pasos de Martín Lutero. Pasamos por
los diversos lugares de lo que había sido Europa oriental y
Alemania Oriental, donde Lutero llevó a cabo su ministerio.
Fuimos a Erfurt, Wittenberg, Worms, Nuremberg, y otros
lugares similares. Un día visitamos un sitio, y luego
quedamos libres para almorzar por nuestra cuenta.
Diferentes grupos de personas del tour salieron por el
pueblo en distintas direcciones, y teníamos instrucciones
respecto al lugar y la hora en que debíamos reencontrarnos
para el tour. Bueno, un grupo de nosotros recorrimos el
pueblo y almorzamos, pero cuando salimos del restaurante
no podíamos recordar desde que lado habíamos llegado.
Unos a otros nos decíamos: “¿Cómo volvemos al bus?”. En
ese momento, una mujer del grupo dijo: “Yo conozco el
camino”. Así que se puso al frente de la fila y comenzó a
caminar por el pueblo, y todos la seguimos. Pronto se hizo
evidente que no íbamos en la dirección correcta, y yo
comencé a preocuparme un poco. Así que dije: “Disculpe,
Mary, ¿está segura de que vamos en la dirección correcta?”.
“Sí, totalmente”, dijo ella. Me sentí aliviado, pero luego de
algunos pasos más ella se dio vuelta y dijo: “Por supuesto,
siempre estoy segura, pero rara vez estoy en lo cierto”.
La gente que reboza de confianza en que va camino al
cielo se parece un poco a aquella mujer. Ellos “saben” que
son cristianos. Están seguros de su salvación; no es algo por
lo que se preocupen. El único problema es que su seguridad
es una falsa seguridad.
Eso es lo que crea la tensión y la ansiedad que estamos
tratando de abordar en este librito, particularmente cuando
comparamos los grupos uno y cuatro. El grupo uno, como
recordarán, comprende a las personas que son salvas y
tienen la seguridad de la salvación, y el grupo cuatro está
compuesto por las personas que no son salvas y no
obstante tienen una seguridad de salvación. Mientras
consideramos cómo podemos tener verdadera seguridad,
necesitamos pensar más en las causas básicas de la falsa
seguridad.
C
uando yo estaba en el seminario, uno de mis
compañeros encuestó a los alumnos y profesores
sobre si estaban seguros de su salvación. Más del
noventa por ciento de los encuestados dijeron que no
estaban seguros. Además, creían que sería arrogante que
alguien afirmara estar seguro de su salvación. Ellos veían la
idea de la seguridad, no como una virtud, sino como un
vicio. Había una connotación negativa en la búsqueda
misma de seguridad de la salvación, porque se asumía que
conduciría a un estado de arrogancia.
Desde luego, no hay peor arrogancia que tener la
seguridad de algo que en realidad no poseemos. Estar
seguro de la salvación cuando no se está en un estado de
salvación es arrogante. Asimismo, somos arrogantes si
decimos que la seguridad no es posible, porque entonces
estamos calumniando la veracidad de Dios mismo. Si la
seguridad es posible, somos arrogantes al no buscarla.
Cuando consideramos las fuentes de la falsa seguridad,
vimos que uno de los problemas más críticos es una
comprensión imprecisa de los requerimientos de la
salvación. En otras palabras, la mala teología puede
producir una falsa seguridad. De manera similar, la buena
teología conduce a la verdadera seguridad. Por lo tanto,
cuando comenzamos a explorar cómo podemos obtener una
base verdadera y sólida para nuestra seguridad de
salvación, el primer lugar adonde debemos mirar es la
teología.
EL MANDATO DE BUSCAR LA SEGURIDAD

Uno de los textos clave de la Escritura en relación a la


búsqueda de la seguridad es 2 Pedro 1:10-11, donde
leemos: “Por lo tanto, hermanos, esfuércense más todavía
por asegurarse del llamado de Dios, que fue quien los eligió.
Si hacen estas cosas, no caerán jamás, y se les abrirán de
par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y
Salvador Jesucristo” (NVI). Aquí, sin ambigüedad, el
mandato apostólico es que investiguemos sobre la certeza
de nuestra elección, y no con liviandad y ligereza. Más bien
debemos asegurarnos de nuestro llamado y elección
mediante una diligente búsqueda. El apóstol nos dice que
esto es muy importante, y luego pasa a darnos razones
prácticas para esforzarnos por asegurarnos de nuestro
llamamiento y elección.
A Pedro le preocupa mucho este concepto de elección. Su
primera epístola se dirige a “los elegidos, extranjeros” (1
Pedro 1:1). Él escribe a los elegidos y enseña a los elegidos
lo que significa ser elegidos. Pedro explica cómo se supone
que es la elección en nuestro viaje espiritual. Es por eso que
en la segunda epístola, cuando se dirige a las mismas
personas, les recuerda lo importante que es asegurarse de
su elección.
La mención que hace Pedro de la “elección” es muy
importante, porque es aquí donde cruzamos la puerta de la
teología. Muchas personas no creen en la elección,
olvidando que es un concepto bíblico. Otros preguntan:
“¿Cómo se sabe si uno está elegido o no?”. Yo les digo a las
personas que luchan con el concepto de elección que no se
me ocurre qué otra interrogante puede ser más importante
de resolver en la vida cristiana que la pregunta sobre si
estamos incluidos entre los elegidos. Si tenemos una sólida
comprensión de la elección, y si sabemos que estamos
incluidos entre los elegidos, ese conocimiento nos brinda un
increíble consuelo mientras nos ocupamos de nuestra
salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12) y mientras
enfrentamos las diversas aflicciones que se nos ponen por
delante en nuestra vida cristiana (2 Timoteo 3:12).
En 2 Timoteo 1:12, Pablo escribe: “Yo sé a quién he creído,
y estoy seguro de que él es poderoso para guardar mi
depósito para aquel día”. Aquí Pablo está hablando de su
confianza sobre su propio futuro basado en su conocimiento
de dónde ha puesto su fe. Él dice que no confía en su propio
poder para perseverar hasta el final de la carrera. Su
confianza más bien se basa en Aquel en quien ha creído,
sabiendo que él es capaz de guardarlo. Ese es el tipo de
certeza de la elección que Pedro nos dice que busquemos
con esfuerzo.
Si estamos llamados a asegurarnos de nuestra elección,
entonces se sigue que podemos asegurarnos de nuestra
elección. Es posible que sepamos si estamos contados entre
los elegidos. Por lo tanto, no deberíamos posponer la
búsqueda de la seguridad hasta el final de nuestra vida.
Deberíamos buscarla diligentemente ahora. Deberíamos
dejar establecido que estamos incluidos entre los elegidos,
que estamos en el reino de Dios, que hemos sido adoptados
en la casa del Padre, y que estamos verdaderamente en
Cristo, y él en nosotros. ¿Pero cómo lo hacemos? Un primer
paso clave es adquirir una comprensión precisa de la
doctrina de la elección.
LA POSTURA DE LA ELECCIÓN SEGÚN LA PRESCIENCIA

Como señalé anteriormente, hoy muchas personas son


hostiles a la idea de la elección divina, y esa hostilidad ha
suscitado una diversidad de posturas acerca de lo que la
elección implica. Por ejemplo, algunas personas piensan que
nuestra salvación es la base de nuestra elección. Según
esta perspectiva, la salvación —en cierto sentido— precede
a la elección. Esta es la postura de la elección según la
presciencia o el conocimiento previo.
Quienes sostienen esta postura sobre la elección creen
que Dios elige para salvación a aquellos que ejercerán una
fe salvadora. En virtud de su presciencia, Dios mira el
corredor del tiempo y ve quién responderá positivamente al
ofrecimiento del evangelio y quién no lo hará. Sobre la base
de este conocimiento previo de lo que las personas harán
en respuesta al mensaje del evangelio, él decreta la
elección. Cuando él ve personas que ejercen la fe y entran
al estado de salvación, las elige sobre esa base.
Yo no creo que esta perspectiva de la elección sea bíblica
o que explique la elección. De hecho, creo que
fundamentalmente niega la enseñanza bíblica sobre la
elección. Lo digo porque, para la perspectiva de la elección
según el conocimiento previo, el factor decisivo de la
salvación es, a fin de cuentas, algo que nosotros hacemos
en lugar de la gracia y la misericordia de Dios. Yo creo que
las personas que toman esta postura de la elección según la
presciencia invariablemente luchan con su seguridad,
porque su seguridad a fin de cuentas está ligada a su
comportamiento.
Según como yo entiendo las Escrituras, la elección es para
salvación. Para esta perspectiva, si uno es elegido, será
salvo, y si uno es salvo, esa es la señal más clara de que
uno está incluido entre los elegidos. Dicho de otro modo,
nadie que sea salvo no es elegido, y nadie que sea elegido
no logra ser salvo. La salvación fluye de la elección, así que
si queremos estar seguros de nuestra salvación,
necesitamos saber si estamos contados entre los elegidos.
En la enseñanza de Pedro, vemos por qué es tan
importante que nos esforcemos por asegurarnos de nuestro
llamado y elección. Si estamos seguros de que estamos
incluidos entre los elegidos, podemos estar seguros
respecto a nuestra salvación, no solo por hoy sino también
para el futuro. Esto es cierto porque la elección no
simplemente hace posible la salvación, sino que garantiza la
salvación del elegido. En otras palabras, el propósito de Dios
en la elección es salvar al elegido. Ese propósito no puede
ser ni será frustrado.
Hay un pasaje de la Escritura que me produce un gran
consuelo, aun cuando no suele mencionarse en este
contexto. Se encuentra en el Evangelio de Juan, en medio
de la Oración Sumosacerdotal de Jesús por sus discípulos y
por aquellos que creerían en él en futuras generaciones. De
hecho, este ha sido un pasaje de enorme aliento para la
iglesia a través de las eras. Jesús dice:

He manifestado tu nombre a aquellos que del mundo me


diste; tuyos eran, y tú me los diste, y han obedecido tu
palabra. Ahora han comprendido que todas las cosas que
me has dado, proceden de ti. Yo les he dado las palabras
que me diste, y ellos las recibieron; y han comprendido
en verdad que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los
que me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y
lo tuyo es mío; y he sido glorificado en ellos. Y ya no
estoy en el mundo; pero ellos sí están en el mundo, y yo
voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, cuídalos en
tu nombre, para que sean uno, como nosotros. Cuando
estaba con ellos en el mundo, yo los cuidaba en tu
nombre; a los que me diste, yo los cuidé, y ninguno de
ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la
Escritura se cumpliera (Juan 17:6-12).

En esta oración, Jesús dice que el Padre le ha dado cierto


grupo de personas. Estas personas son redimidas por el
Hijo, porque todos aquellos que el Padre da al Hijo vienen al
Hijo y son guardados por él (Juan 6:37, 39-40, 44). Cuando
Jesús habla de las personas que le da el Padre, se refiere a
los elegidos. Los elegidos que el Padre da al Hijo son
preservados por el Hijo. Esa es la base de nuestra
seguridad, no nuestra propia capacidad de perseverar.
Se habla de la perseverancia de los santos, y yo creo que
los santos efectivamente perseveran, pero perseveran
porque Dios los preserva. Así que es mejor hablar de la
preservación de los santos que de la perseverancia de los
santos. Esto lo escuchamos en la petición de Jesús al Padre
de que guarde a aquellos que le han sido dados.
EL ORDO SALUTIS

Cuando miramos más detenidamente la relación entre


elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los
teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El
ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren
varios sucesos que conducen a nuestra redención,
específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que
somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo
después de poseer la verdadera fe salvadora somos
justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses,
cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son
coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en
que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios
nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos
que la fe viene antes que la justificación, aun cuando
ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la
justificación. En otras palabras, dado que nuestra
justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el
prerrequisito, la condición necesaria que debe estar
presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es
lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a
la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad
lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación,
ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las
distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la
necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y
apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien,
sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de
los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de
acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de
que todas las cosas están dispuestas para bien es para las
personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos
como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el
llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos
el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el
evangelio son salvos. También se habla del llamado interior,
el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una
obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo.
En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los
creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el
propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en
mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este
llamado interior, como queda claro en los versos que
siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que
antes conoció, también los predestinó para que sean hechos
conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí
de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y
comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice
que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó.
¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que
aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos
conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena
de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los
que llamó, también los justificó; y a los que justificó,
también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del
orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación
aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca
los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la
santificación no está en esta lista. Esta lista más bien
incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el
conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el
llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la
seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de
la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden
lógico, y comienza por el conocimiento previo. La
perspectiva de la elección según la presciencia que
mencioné anteriormente es popular porque las personas
llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el
conocimiento previo. Eso significa que la elección o la
predestinación se basan en algo que Dios sabe de
antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De
hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el
capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la
comprensión reformada de la elección, las personas
elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin
nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna
idea de la persona que está eligiendo. Así que el
conocimiento previo debe preceder a la predestinación,
porque Dios predestina a individuos específicos a los que
ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos
dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los
predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí
que todos los que están en la categoría del conocimiento
previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de
Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los
elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento
previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque
Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de
antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son
predestinados, y todos los que son predestinados son
llamados, y todos los que son llamados son justificados.
Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son
justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado
externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque
todos los que reciben este particular llamado reciben la
justificación, así como todos los que son justificados son
glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir,
si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar
si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser
glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no
tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado
una buena obra en mí va a completarla hasta el final
(Filipenses 1:6).
EL LLAMADO TIENE RELACIÓN CON LA SEGURIDAD

¿En qué punto se conecta el llamado con nuestra


seguridad? Hablaré más sobre esto en el siguiente capítulo,
pero por el momento quiero decir que si el llamado que
Pablo menciona en Romanos 8:29-30 se refiere a la
operación del Espíritu Santo en el alma que nos prepara
para la fe y la justificación, y si sabemos que hemos recibido
este llamado, sabemos que somos elegidos.
¿Pero cómo sabemos si hemos sido llamados? Pablo nos
da la respuesta en Efesios 2:

A ustedes, él les dio vida cuando aún estaban muertos


en sus delitos y pecados, los cuales en otro tiempo
practicaron, pues vivían de acuerdo a la corriente de este
mundo y en conformidad con el príncipe del poder del
aire, que es el espíritu que ahora opera en los hijos de
desobediencia. Entre ellos todos nosotros también
vivimos en otro tiempo. Seguíamos los deseos de nuestra
naturaleza humana y hacíamos lo que nuestra naturaleza
y nuestros pensamientos nos llevaban a hacer. Éramos
por naturaleza objetos de ira, como los demás. Pero Dios,
cuya misericordia es abundante, por el gran amor con
que nos amó, nos dio vida junto con Cristo, aun cuando
estábamos muertos en nuestros pecados (la gracia de
Dios los ha salvado), y también junto con él nos resucitó,
y asimismo nos sentó al lado de Cristo Jesús en los
lugares celestiales, para mostrar en los tiempos
venideros las abundantes riquezas de su gracia y su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Ciertamente la
gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe. Ésta no
nació de ustedes, sino que es un don de Dios; ni es
resultado de las obras, para que nadie se vanaglorie.
Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en
Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios
preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con
ellas (Efesios 2:1-10).

En este breve resumen, Pablo se enfoca en la obra del


Espíritu Santo, quien nos “dio vida”, una obra que
entendemos teológicamente como nuestro renacimiento o
regeneración. Jesús le dijo a Nicodemo que debe ocurrir un
renacimiento antes de que alguien pueda ver el reino, por
no hablar de entrar en él (Juan 3:3, 5). Y el nuevo
nacimiento está ligado a este llamado interno. Así que,
cuando buscamos seguridad, podemos saber que estamos
contados entre los elegidos, porque sin elección, esta obra
del Espíritu Santo nunca podría ocurrir en nuestra alma.
Por lo tanto, todos los que están elegidos, en algún punto
en esta vida serán regenerados por el Espíritu Santo.
Asimismo, todos los que son regenerados están incluidos
entre los elegidos. Así que si puedes estar seguro de tu
regeneración, puedes estar seguro de tu elección; y si estás
seguro de tu elección, puedes estar seguro de tu salvación.
Por lo tanto, es clave que entendamos qué es la
regeneración. En el mundo cristiano existe una enorme
confusión acerca de la naturaleza de este acto del Espíritu.
La gente que en Estados Unidos se hace llamar evangélica
cree distintas cosas sobre lo que le ocurre a una persona
cuando el Espíritu Santo la regenera desde la muerte
espiritual a la vida espiritual. Es por eso que resulta
imprescindible contar con una sólida doctrina de la
regeneración para tener una plena seguridad de nuestro
estado de gracia y nuestra relación con Dios. Así que, en el
capítulo final, quiero observar la obra de Dios el Espíritu
Santo en nuestra vida como el fundamento más importante
para la genuina seguridad de la salvación.
L
as encuestas realizadas por organizaciones tales
como Gallup y Barna Group descubren
regularmente que decenas de millones de
estadounidenses afirman ser “cristianos nacidos de nuevo”.
Desafortunadamente, muchas de estas personas tienen una
lamentable comprensión de lo que significa haber nacido de
nuevo. Si se les pregunta, ellos dirán: “Bueno, un cristiano
nacido de nuevo es alguien que tomó una decisión de tipo
evangelístico”, o “una persona nacida de nuevo es alguien
que ha hecho la oración del pecador”. Sin embargo, estas
acciones no son verdaderos indicadores de que una persona
haya nacido de nuevo; como hemos visto, es posible hacer
una profesión de fe sin ser regenerado.
Nacer de nuevo significa ser transformado por la acción
sobrenatural de Dios el Espíritu Santo. Entender esto es
crucial para nuestra seguridad de salvación.
En el capítulo anterior, observamos Efesios 2, donde
vimos un fuerte contraste entre nuestra experiencia previa
y posterior a la regeneración del Espíritu Santo. Antes de la
regeneración, seguíamos “la corriente de este mundo y en
conformidad con el príncipe del poder del aire, que es el
espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia… y
hacíamos lo que nuestra naturaleza y nuestros
pensamientos nos llevaban a hacer” (vv. 2-3a). Esto
describe la vida de la persona caída que no ha nacido de
nuevo. Pero después del nuevo nacimiento, ya no somos
“extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los
santos y miembros de la familia de Dios” (v. 19).
¿Qué ocurre en la regeneración? ¿Cuál es el cambio que
se efectúa por la acción del Espíritu santo en nuestra alma?
Parte de la disputa acerca de la regeneración se enfoca en
las diferencias en nuestra comprensión del pecado original.
Todos los cristianos profesantes creen que la humanidad
experimentó algún tipo de caída y que algo está mal en
nuestra naturaleza constitutiva. Todos creemos que somos
criaturas corruptas. Pero existen enormes diferencias
respecto al grado de esa caída. En otras palabras, respecto
al grado de corrupción moral que emergió a consecuencia
de la caída.
Hay cristianos que creen que efectivamente el hombre ha
caído, pero queda en el alma, con todo lo corrupta que
pueda ser, lo que yo llamo una pequeña “isla de justicia” no
afectada por la caída. Desde esta isla de justicia, la persona
aún tiene el poder de cooperar con el ofrecimiento de la
gracia de Dios antes de ser regenerada. Sin embargo, no
puedo encontrar esta idea en ningún lugar de la Escritura.
Cuando leemos la enseñanza de la Escritura sobre nuestro
estado natural, vemos descripciones tales como “esclavitud
de corrupción” (Romanos 8:21), “muertos en delitos y
pecados” (Efesios 2:1), y “objetos de ira” (Efesios 2:3).
Históricamente, la iglesia ha entendido que estas
declaraciones significan que la persona no regenerada tiene
una tendencia moral, un sesgo contra Dios. La Escritura nos
dice que por naturaleza estamos en enemistad con Dios, y
la palabra enemistad es la descripción de una actitud hostil.
Antes de ser regenerados, estamos inclinados en contra de
las cosas de Dios. No tenemos un genuino afecto por Cristo;
no hay amor a Dios en nuestro corazón.
¿Cómo podemos saber, entonces, que hemos sido
regenerados?
¿AMAS A JESÚS?

En un nivel práctico, las personas que están luchando con


su seguridad de salvación suelen acercarse a mí y me
preguntan: “¿Cómo puedo saber que soy salvo?”. En
respuesta, yo les hago tres preguntas.
Primero pregunto: “¿Amas a Jesús perfectamente?”. Cada
persona a la que le hecho esa pregunta ha respondido con
franqueza “no”. Es por eso que no están seguros sobre el
estado de sus almas. Ellos saben que hay deficiencias en su
afecto por Cristo, porque saben que si amaran a Cristo
perfectamente, lo obedecerían perfectamente. Jesús dijo:
“Si me aman, obedezcan mis mandamientos” (Juan 14:15).
Así que, tan pronto como desobedecemos uno de sus
mandamientos, esa es una señal de que no lo amamos
perfectamente.
En segundo lugar, cuando una persona reconoce que no
ama a Jesús perfectamente, le pregunto: “¿Lo amas tanto
como debes amarlo?” la persona generalmente me mira
extrañada y dice: “Bueno, no, por supuesto que no”. Eso es
cierto; si la respuesta a la primera pregunta es no, la
respuesta a la segunda pregunta tiene que ser no, porque
se supone que debemos amarlo perfectamente, pero no lo
hacemos. Ahí radica la tensión que experimentamos
respecto a la salvación.
En tercer lugar pregunto: “Bueno, ¿amas a Jesús de
alguna forma?”. Antes de que la persona responda,
normalmente agrego que estoy preguntando por su amor
por el Cristo bíblico, el Cristo al que encontramos en las
páginas de las Sagradas Escrituras. ¿Por qué lo digo?
Hace muchos años, yo enseñé en el Young Life Institute en
Colorado Springs, Colorado, y por aquellos días trabajé
mucho con y para Young Life. Cuando entrenaba al personal
en Colorado, les decía: “Permítanme advertirles acerca de
un grave peligro de este ministerio. Personalmente, no
conozco ningún ministerio para jóvenes en el mundo que
sea más efectivo que Young Life en acercarse a los niños,
involucrarse en sus asuntos, involucrarse en sus problemas,
ministrar a los chicos donde están, y saber cómo hacerlos
responder. Esa es la gran fortaleza de esta organización —y
es también su mayor debilidad. Porque Young Life, como
ministerio, hace el cristianismo tan atractivo para los chicos,
que sería fácil que los niños se convirtieran a Young Life sin
convertirse nunca a Cristo”.
De igual modo, es posible amar una caricatura de Jesús y
no a Jesús mismo. Así que cuando les pregunto a las
personas “¿amas a Jesús de alguna forma?”, no estoy
preguntando si aman a un Cristo que es un héroe para niños
o a un Cristo que es un buen maestro de moral. Estoy
preguntando si aman al Cristo que aparece en la Escritura.
Ahora bien, si alguien pude responder “sí” a la tercera
pregunta, ahí es donde entra la teología. Considera esta
pregunta: “¿Es posible que una persona no regenerada
tenga algún verdadero afecto por Cristo?”. Mi respuesta es
no; el afecto por Cristo es el resultado de la obra del
Espíritu. De eso se trata la regeneración; eso es lo que hace
el Espíritu en la reavivación. Dios el Espíritu Santo cambia la
disposición de nuestra alma y la inclinación de nuestro
corazón. Antes de la regeneración, somos fríos, hostiles, o
indiferentes (que es la peor forma de hostilidad) a las cosas
de Dios, y no tenemos ningún afecto honesto por él, porque
estamos en la carne, y la carne no ama las cosas de Dios. El
amor a Dios es encendido por el poder regenerador del
Espíritu Santo, quien derrama el amor de Dios en nuestro
corazón (Romanos 5:5).
Por lo tanto, si una persona puede responder “sí” cuando
le pregunto si tiene un afecto por Cristo, aun cuando quizá
no ame a Jesús tanto como debería (es decir,
perfectamente), eso me asegura que el Espíritu ha hecho
esa obra transformadora en su alma. Esto es así porque en
nuestra carne no tenemos el poder de producir de la nada
un verdadero afecto por Jesucristo.
UNA FALSA POSTURA SOBRE LA REGENERACIÓN

Existen posturas sobre la regeneración que no nos darán


ese tipo de seguridad. Una de las posturas más populares
sobre la regeneración en el mundo evangélico de hoy
sostiene que en la regeneración el Espíritu Santo
simplemente viene a nuestra vida; viene a morar en nuestro
interior. Pero aun después de la regeneración —según esta
postura—, uno tiene que responder al Espíritu, cooperar con
él y ponerlo a cargo de nuestra vida, porque es posible que
uno haya sido regenerado, que el Espíritu Santo more en
uno, y no obstante nunca produzca ningún fruto de
obediencia. Uno puede convertirse en lo que algunos llaman
“cristiano carnal”.
Cuando el Nuevo Testamento usa la palabra carnal,
significa que comenzamos siendo puramente carnales.
Cuando estamos en la carne, el Espíritu Santo cambia la
disposición de nuestro corazón. Él no aniquila la carne
inmediatamente; la dimensión carnal aún nos hace la
guerra. La carne lucha contra el Espíritu a lo largo de toda la
vida cristiana, y hay ocasiones en las que somos más o
menos carnales (Gálatas 5:17). En eso estamos de acuerdo.
Sin embargo, algunos usan la frase “cristiano carnal” para
describir a una persona que permanece sin cambiar estando
presente el Espíritu Santo. Cuando la frase se usa de esta
forma, no describe a un cristiano sino a una persona no
regenerada.
Así que yo rechazo de inmediato esta postura sobre la
regeneración, pues no implica regeneración en absoluto,
porque aunque el Espíritu supuestamente entra en la vida
de la persona, no produce una obra sobrenatural de gracia
que cambia la inclinación y la disposición del alma. La
persona sigue siendo la misma en su alma como era antes
de la llegada del Espíritu. Es crucial entender que la
regeneración es algo que hace el Espíritu Santo que real y
efectivamente cambia a la persona; cambia la disposición
misma de su alma. Si una persona está verdaderamente
regenerada, y manifiesta fe, es imposible que esa persona
no produzca alguna medida de obediencia.
LAS “ARRAS” DEL ESPÍRITU

Hemos visto que la regeneración es obra del Espíritu Santo


mediante la cual se cambia la inclinación del alma. Pero el
Espíritu Santo no solo nos cambia a través de la
regeneración, sino que hace otras cosas que son
importantes para nuestra seguridad de salvación. En 2
Corintios 5:1-5 leemos:

Bien sabemos que si se deshace nuestra casa terrenal,


es decir, esta tienda que es nuestro cuerpo, en los cielos
tenemos de Dios un edificio, una casa eterna, la cual no
fue hecha por manos humanas. Y por esto también
suspiramos y anhelamos ser revestidos de nuestra casa
celestial; ya que así se nos encontrará vestidos y no
desnudos. Los que estamos en esta tienda, que es
nuestro cuerpo, gemimos con angustia; porque no
quisiéramos ser desvestidos, sino revestidos, para que lo
mortal sea absorbido por la vida. Pero Dios es quien nos
hizo para este fin, y quien nos dio su Espíritu en garantía
de lo que habremos de recibir.

Otras versiones de la Biblia traducen la palabra garantía


como arras o anticipo. Aquí el lenguaje proviene del mundo
comercial de los antiguos griegos. Hoy en día, la palabra
arras se usa en algunos países en el ámbito de los bienes
raíces. Si alguien está interesado en comprar una casa y
quiere firmar un compromiso de compraventa para que el
vendedor retire la casa del mercado, este último pedirá una
cantidad de dinero en arras. El vendedor no quiere hacer un
trato con personas que solo estén jugando con la idea de
comprar una casa; quieren personas que garanticen la
compra, personas que esté hablando en serio. La idea en 2
Corintios 5:5 es que el Espíritu, cuando nos regenera, no
solo cambia la disposición de nuestro corazón y la
inclinación de nuestra alma, sino que para nosotros se
convierte en las arras o garantía del pago total y final.
Cuando compro algo durante cierto plazo, tengo que dar
un anticipo. Ahora bien, sabemos que hay muchas personas
que entran en contratos, hacen algunos pagos, y luego
dejan de cumplir con el compromiso. A veces la casa de
alguien es embargada o el auto es recuperado porque esa
persona falla en cumplir con los términos del contrato. Con
el anticipo, la persona promete pagar la suma total, pero la
gente no siempre logra cumplir. Sin embargo, cuando Dios
da un anticipo por algo, ese anticipo es su palabra. Es su
promesa de que efectivamente pagará la cantidad total.
Este es el lenguaje que utiliza Pablo al decir que cuando
nacemos del Espíritu, este no solo cambia nuestro corazón,
nuestra alma y nuestra voluntad, sino que nos da la
promesa —la garantía— de que se llevará a cabo la plenitud
de nuestra salvación.
Las personas pasan por alto este hecho cuando dicen:
“Bueno, pude que hoy sea salvo, pero mañana podría
perderlo”. Esto ignora la verdad bíblica de que Dios
completa lo que comienza. Cuando él da un anticipo, el
resto será pagado; eso está garantizado. Esta es una firme
base para nuestra seguridad.
EL SELLO DE DIOS EL REY

Veamos otro ejemplo, esta vez de 2 Corintios 1:15-20:

Seguro de esto, quise antes que nada ir a visitarlos, para


que tuvieran una doble bendición; es decir, quise
visitarlos de camino a Macedonia, y visitarlos
nuevamente a mi regreso, para que me ayudaran a
continuar mi viaje a Judea. Cuando quise hacer esto, ¿fue
acaso algo decidido a la ligera? ¿Acaso lo que pienso
hacer, lo pienso como toda la gente, que está lista para
decir “Sí” y “No” al mismo tiempo? Dios es testigo fiel de
que nosotros no les decimos a ustedes “Sí” y “No” al
mismo tiempo. Porque Jesucristo, el Hijo de Dios, que
Silvano, Timoteo y yo les hemos predicado, no ha sido
“Sí” y “No”; sino que siempre ha sido “Sí” en él. Porque
todas las promesas de Dios en él son “Sí”. Por eso, por
medio de él también nosotros decimos “Amén”, para la
gloria de Dios.

¿Qué está diciendo aquí Pablo? Simplemente que Dios no


vacila en sus promesas. Él no dice “sí” y “no”. Todas sus
promesas, nos dice el apóstol, están firmemente
establecidas por el carácter divino, que está marcado por la
fidelidad.
Luego Pablo prosigue y dice: “Y es Dios el que nos
confirma con ustedes en Cristo, y es Dios el que nos ha
ungido, y es Dios el que también nos ha marcado con su
sello, y el que, como garantía, ha puesto al Espíritu en
nuestros corazones” (2 Corintios 1:21-22). Ahí está de
nuevo: la garantía del Espíritu. Pero no solo tenemos la
garantía o las arras del Espíritu, sino que además, dice
Pablo —y lo repite más tarde a los efesios—, somos sellados
por el Espíritu Santo. La palabra griega para “sellar” es
sphragis.
Tal vez hayas visto películas de la Edad Media que
muestran las distintas costumbres de los monarcas. Cuando
un rey emite un decreto para ser mostrado en las villas, se
fijaba un sello de cera en la proclamación. Ese sello era la
señal del rey, que se basaba en su anillo de sello. En el sello
del anillo había cierta forma o figura grabada que contenía
la señal de su firma. Así que si un documento, una
proclamación, o un edicto contenía el sello de cera del anillo
del rey, ese era testimonio irrefutable de su autenticidad.
Pablo nos dice aquí en 2 Corintios que el Rey del universo
pone su marca indeleble en el alma de cada uno de los
suyos. No solo nos da una garantía inquebrantable, sino que
nos sella para el día de la redención.
TESTIMONIO INTERIOR DEL ESPÍRITU SANTO

Finalmente, en Romanos 8, leemos estas alentadoras


palabras:

Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son


guiados por el Espíritu de Dios. Pues ustedes no han
recibido un espíritu que los esclavice nuevamente al
miedo, sino que han recibido el espíritu de adopción, por
el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da
testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de
Dios. Y si somos hijos, somos también herederos;
herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que
padecemos juntamente con él, para que juntamente con
él seamos glorificados (Romanos 8:14-17).

Mientras analizamos nuestra vida y corazón, el fruto del


Espíritu (Gálatas 5:22-24), y la medida de cambio en
nuestra vida, debemos ser honestos en nuestra evaluación
de lo que está ocurriendo dentro de nosotros y a través de
nosotros. Pero a fin de cuentas, el fundamento de nuestra
seguridad de salvación proviene del testimonio interno del
Espíritu Santo, porque él da testimonio a nuestro espíritu
(en nuestro interior) de que somos hijos de Dios.
¿Cómo sabemos que este testimonio a nuestro espíritu
proviene del Espíritu santo y no de un espíritu maligno?
¿Cómo confirma el Espíritu Santo en nuestro corazón que
somos hijos de Dios? El Espíritu da testimonio a nuestro
espíritu a través de la Palabra. Mientras más nos alejamos
de la Palabra, menos seguridad experimentaremos en esta
vida. Cuanto más estamos en la Palabra de Dios, tanto más
el Espíritu que inspiró la Palabra y que nos la ilumina usará
la Palabra para confirmar en nuestra alma que somos
verdaderamente suyos, que efectivamente estamos entre
los hijos de Dios.
ACERCA DEL AUTOR

El Dr. R. C. Sproul es el fundador y director de Ligonier


Ministries, un ministerio multimedia internacional con sede
en Sanford, Florida. Él también se desempeña como co-
pastor en Saint Andrew’s, una congregación reformada en
Sanford, y como rector del Reformation Bible College, y su
enseñanza puede escucharse en todo el mundo en el
programa de radio diario Renewing Your Mind.
Durante su distinguida carrera académica, el Dr. Sproul
contribuyó a la formación de hombres para el ministerio
como profesor en varios seminarios teológicos.
El Dr. Sproul es autor de más de noventa libros, entre
ellos, The Holiness of God, Chosen by God, The Invisible
Hand, Faith Alone, Everyone’s a Theologian, Truths We
Confess, The Truth of the Cross, and The Prayer of the Lord.
También trabajó como editor general de la Biblia The
Reformation Study Bible, y ha escrito varios libros para
niños, entre ellos The Donkey Who Carried a King.
El Dr. Sproul y su esposa, Vesta, residen en Sanford,
Florida.

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