Carlos Gastélum • Aileen García
ADOLESCENCIA: ¿cuándo
termina la inocencia?
H
ay historias que no deberían existir, pero existen. Historias que duelen más por lo reales que por
lo crueles.
Adolescencia es una de esas.
No es una serie que se mire para entretenerse —que sí lo hace—; existe para abrirse, para
cuestionarse, para doler.
Todo comienza con un hecho que parece imposible de sostener con lógica: un niño de 13 años mata a
su mejor amiga. A esa edad en la que uno debería estar coleccionando cicatrices de bicicleta y no
crímenes.
Desde ahí, todo se tambalea: la justicia, la familia, la infancia. Porque Adolescencia no se trata solo de
un asesinato, sino de la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿hasta dónde llega la inocencia?
La narrativa no se va por lo fácil. No busca culpables evidentes ni respuestas cómodas. Se mueve
como el pensamiento de un adolescente: caótico, profundo, lleno de contradicciones. Lo interesante (y
lo incómodo) es que uno no sabe si está viendo una historia de cción o un espejo torcido del mundo
real. Y eso es lo que más perturba: que podría pasar. Que ha pasado.
Lo que más atrapa de la serie no fue la trama en sí —aunque ciertamente atrapa—, sino la forma en que
está contada. La serie no sólo habla de la historia de los personajes: habla de nosotros mismos.
A través de los ojos del protagonista —este niño que no parece un monstruo, pero tampoco un mártir—
la serie disecciona la infancia con bisturí: ¿qué nos convierte en lo que somos? ¿la falta de amor? ¿el
entorno? ¿una mente enferma que nadie quiso mirar? No hay respuestas, solo el eco de muchas
preguntas otando en cada capítulo.
Lo más fuerte no es el crimen en sí, sino todo lo que viene después. El juicio, la sociedad jugando a ser
juez y verdugo, los medios de comunicación hambrientos de tragedia, los padres tratando de entender
cómo criar algo que ya no entienden. Todo eso se cuenta con una frialdad estética que contrasta la
emoción desgarradora de fondo.
Lo interesante es que la serie no normaliza nada. No pretende vender una versión pulida de la historia,
sino una sucia, rota y, a veces torpe, pero honesta. Los silencios pesan tanto como los gritos, y los
errores... son casi poéticos.
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Carlos Gastélum • Aileen García
Hay algo en la dirección y la fotografía que hace que todo se siente como un recuerdo, incluso sin
saber de qué se trata. Como si lo que duele estuviera ocurriendo en tiempo pasado.
Y aunque la historia gira en torno a un niño, no es una serie para niños. Y no hablamos de edad, sino de
algo más. La serie es para adultos que se atrevan a mirar de frente a lo que, muchas veces, se pre ere
barrer debajo del tapete: que la niñez no siempre es sinónimo de pureza. Que hay monstruos diminutos
con mochilas escolares. Que, a veces, la línea entre víctima y victimario no está clara.
Adolescencia no se ve: se siente. No corre con prisa ni con pausa, sino con ese ritmo extraño de los
días que se nos escurren entre la piel a lo largo de los años. Esos días en los que todo duele, brilla y
cambia sin pedir permiso.
Verla es como mirarse al espejo y descubrir que estás hecho de pedazos que apenas estás empezando
a entender.
La serie no pretende consolarte. Es como una herida abierta que nadie quiere vendar todavía. Y eso es
justo lo que la hace poderosa. Porque, mientras uno la ve, no puede evitar preguntarse: ¿y si hubiera
sido mi hijo? ¿mi amigo? ¿¿YO??
Termina, y te quedas en silencio. No por la falta de palabras, sino porque a veces el silencio es la única
forma de hacerle justicia al dolor.
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