En la actualidad vivimos rodeados de estímulos, de información constante y de posibilidades
infinitas. Pero rara es la vez que nos hagamos la pregunta si todo esto nos acerca a la plenitud,
en muchas ocasiones esto nos empuja a un vacío disfrazado de abundancia. Desde un punto de
vista filosófico, el entorno que nos rodea parece estar lleno de contradicciones profundas, más
conectados, pero más solos, más libres, pero más confundidos, más informados, pero menos
sabios.
Nuestra sociedad contemporánea ha elevado el consumo y la inmediatez como valores
supremos, en este contexto, los pensamientos filosóficos resultan iluminador. Estamos
inmersos en una sociedad del rendimiento, donde el ser humano ha dejado de luchar contra
las opresiones extremas y ahora se explota a sí mismo creyendo ser libres.
Frente a esto podemos preguntarnos, ¿que hemos sacrificado en nombre del progreso\ la
contemplación, el silencio, el tiempo para el otro, incluso para uno mismo, parecen haberse
convertido en un lujo. En la filosofía antigua como la de Epicuro o Seneca, nos recuerda que la
verdadera felicidad no se encuentra en los bienes, sino en la armonía con uno mismo junto con
la naturaleza. Además, la constante exposición de redes sociales ha hecho que vivamos bajo la
mirada del otro, la auto tendencia diluye entre filtros, likes y comparaciones. Esto nos aleja del
ideal socrático de conocernos a nosotros mismo. En vez de mirar hacia adentro, nos
proyectamos hacia afuera, en busca de validación. Las personas modernas corremos el riesgo
de convertirnos en un reflejo vacío de lo que se cree que se debe ser, más que una expresión
genuina de lo que es.
Es por eso que el mayor acto de rebeldía en el mundo actual tal vez no sea más rápido, sino
detener, pensar, dudar, cuestionar, y recuperar el espacio interior que ha sido colonizado por
los ruidos externos, tal como la enseñanza de Kierkegaard, la tarea de las personas es volverse
si mismo a este mundo que constantemente nos dice quien debemos ser.
El entorno actual, está lleno de luces y promesas, nos invita también a perdernos, pero la
filosofía con su capacidad de hacernos pensar más allá de lo inmediato, puede ser una brújula
que nos permita encontrar un camino más humano, profundo y libre.