Facultad de Teología
Redemptoris Mater
Tema 10
El llamamiento y la elección de los Apóstoles. El primado de Pedro y la
elección de los Apóstoles. Primado del Papa y Colegio Episcopal. Los
Concilios Ecuménicos.
Por:
Carlos Alvan Mendoza
David Israel Giaccarini Aliaga
Jesús Enmanuel Eche Cruz
Juan Pablo Bolivar Marin
EL LLAMAMIENTO Y LA ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES
Existe una estrecha relación entre Jesús y el nosotros de la nueva familia que él
reúne a través de su mensaje y su actuación. Este nosotros es concebido como universal;
no se basa ya en la estirpe, como lo era en el pueblo de la primera Alianza, sino en la
comunión con Jesús, que es Él mismo la Torá viva de Dios. Este nosotros de la nueva
familia, del nuevo pueblo de Dios, no es algo informe; Jesús llama a un núcleo de íntimos,
particularmente elegidos por él, que continúan su misión y dan orden y forma a esta
familia. En este sentido, Jesús ha dado origen al círculo de los Doce Apóstoles.
En sus orígenes, el título de Apóstoles iba más allá de este círculo, pero después
se fue restringiendo cada vez más a él. Ya en Lucas, que hablaba siempre de los Doce
Apóstoles, la expresión es prácticamente un sinónimo de los Doce.
El texto central para comprender la elección de los Doce y su importancia capital
en el subsiguiente desarrollo de la Iglesia, se encuentra en el Evangelio de Marcos (cf.
Mc 3, 13-19). En él se dice: «Jesús subió a al monte, llamó a los que quiso y se fueron
con él» (v 13).
Jesús sube al monte, que indica el lugar de su comunión con Dios, un lugar en
alto, por encima del ajetreo y a la actividad cotidiana. Lucas refuerza más este aspecto
con un relato paralelo: «Por entonces Jesús subió a la montaña a orar, y pasó la noche
orando a Dios. Cuando se hizo de día llamo a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y
los nombró apóstoles…» (Lc 6 12s)
También en este sentido se encuadra el relato del evangelio de Marcos que dice:
«Hizo a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos…» (Mc 3, 14). Aquí hay que
considerar en primer lugar la expresión «hizo a doce» que no resulta habitual para
nosotros. El evangelista recurre a la terminología que utiliza el Antiguo Testamento para
indicar el nombramiento de los sacerdotes (1R 12, 31; 13, 33), calificando así el
apostolado que inaugura, como un ministerio sacerdotal. Pero el hecho de que los elegidos
sean nombrados uno a uno los relaciona también con los profetas de Israel a los que Dios
llama por su nombre, de modo que el ministerio apostólico aparece como una fusión de
la misión sacerdotal y la misión profética.
Con estos Apóstoles (cf. Lc 6, 13) formó lo que podría llamarse un Colegio o
grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro, lo colocó al frente de este Colegio (cf.
Jn 12, 15-17).
Cristo los envió, en primer lugar a los hijos de Israel, luego a todos los pueblos
(cf. Rm 1, 16) para que, participando de su potestad, hicieran a todos los pueblos sus
discípulos, los santificaran y los gobernaran (cfr. Mt 28, 16-20; Mc 16, 15; Lc 24, 45-48;
Jn 20, 21-23) y así extendieran la Iglesia y estuvieran al servicio de ella, enseñando todo
lo que Cristo les había confiado así como toda la vivencia personal que habían tenido con
Jesús, como pastores bajo la dirección del Señor, el sumo Pastor, todos los días hasta la
consumación del mundo (cfr. Mt 28, 20).
Dentro de esta perspectiva, el día de Pentecostés tiene una relevancia
especialísima, pues en este día, los Apóstoles recibieron la plena confirmación de su
misión (Hch 2, 1-26) según la promesa del Señor: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo
que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria
y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
Los Apóstoles, mediante el anuncio del Evangelio en todas partes (Mc 16, 29),
acogido por los oyentes bajo la acción de espíritu Santo, reúnen la Iglesia Universal que
el Señor fundó en ellos y construyó sobre Pedro, el primero de ellos, siendo el propio
Jesucristo la piedra angular (cf. Ap 21, 14; Mt 26, 18; Ef 2, 20).
En el evangelio de Mateo, en el llamado Discurso Apostólico (Mt 10) en la parte
final se expresa una idea general de la misión de los Apóstoles y del sentido de su misión:
«quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que
me ha enviado» (Mt 10, 40).
La idea presentada en este versículo puede formularse diciendo que la voluntad
de Jesús es que, al acoger a los Doce Apóstoles, se le está acogiendo a él. Los Apóstoles
representan a Jesús.
Por ello, en definitiva, la Iglesia, que aparecerá después de Jesús, es Apostólica.
Se entiende ahora perfectamente la afirmación de Ef 2, 20 «edificados sobre el cimiento
de los apóstoles y profetas». Pero, además, junto a Mt 10, 40, hay otros lugares en los
evangelios que equivalen a él en su contundencia, que expresan la idea de Jesús de querer
fundar la comunidad estable de sus seguidores, sobre los Apóstoles:
«quien a vosotros os escucha, a mí me escucha, y quien a vosotros rechaza, a mí
me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16).
Cristo instituyó para la constitución, la animación y el mantenimiento de la nueva
comunidad nacida de la predicación, un ministerio por cuyo signo e instrumentalidad
comunica a su Pueblo en el curso de la historia, los frutos de su vida, de su muerte y de
su Resurrección.
Los primeros fundamentos de este ministerio, como se ha mencionado, fueron
puestos a partir de la vocación de los Doce, que representan, a la vez, al nuevo Israel en
su totalidad y que después de la Pascua serán los testigos privilegiados enviados para
anunciar el evangelio de la salvación, los jefes del nuevo Pueblo, los «colaboradores de
Dios» para la construcción de su templo (cf. 1 Co 3, 9). La función de este ministerio es
esencial para cada generación de cristianos. Debe, pues, ser transmitido a partir de los
Apóstoles a partir de una sucesión ininterrumpida. Si puede decirse que toda la Iglesia
está establecida sobre el fundamento de los Apóstoles (Ef 2, 20; Ap 21, 14), es preciso
afirmar, al mismo tiempo e inseparablemente, que esta apostolicidad común a toda la
Iglesia está vinculada a la sucesión apostólica ministerial, que es una estructura eclesial
inalienable al servicio de todos los cristianos.
Esta importancia de la dimensión apostólica de la Iglesia es histórica en el sentido
de que está constituido por un acto de Cristo durante su vida terrestre: el llamamiento de
los Doce desde el principio del ministerio público de Jesús, su institución para representar
al nuevo Israel y para ser asociados en forma cada vez más estrecha a su camino pascual
que se consuma en la cruz y en la Resurrección (Mc 1, 17; 3, 14; Lc 22, 28; Jn 15, 16).
La misión de evangelización, de gobierno y de santificación, confiada a los
primeros testigos, no puede restringirse al tiempo de su vida. Por lo que se refiere a la
Eucaristía, la Tradición, cuyas líneas fundamentales se delinean desde el siglo I (cfr. Lc
y Jn), afirma que por la participación de los Apóstoles en la Cena les fue conferido el
poder de presidir la celebración eucarística.
Los documentos del Nuevo Testamento muestran, en los comienzos de la Iglesia
y durante la vida de los Apóstoles, una diversidad de organización de las comunidades,
pero muestran igualmente una tendencia del ministerio de enseñanza y de dirección a
afirmarse y fortalecerse en el período siguiente, con la figura de los Obispos y Presbíteros.
EL PRIMADO DE PEDRO Y LA ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES
Con respecto al primado de Pedro como cabeza de los Apóstoles, hemos de tener
en claro que son al menos tres los textos fundamentales en la Sagrada Escritura que nos
ayudan a enfatizar esta realidad, a saber: Juan 1, 42; Mateo 16, 16-19 y Juan 21, 15-18,
incluyendo a Lucas 22, 31-32 que avala lo dicho en Mateo.
Lo primero que hemos de ver es que, en el llamamiento de Jesús a Pedro al
principio del Evangelio de Juan, se vislumbra el deseo de Jesús de hacerle cabeza de este
grupo de elegidos, mas esta intención se ira desvelando poco a poco:
Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: «Tú eres Simón, el
hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» - que quiere decir, "Piedra" (Jn 1, 42).
Entonces, Jesús constituye a Simón como Piedra, es decir como roca firme, este
cambio de nombre en las Sagradas Escrituras siempre designa una misión, pero para
entender mejor este cambio y que tipo de misión conlleva, es preciso dar un paso adelante
y analizar un fragmento del evangelio de Mateo, enmarcado en la profesión de fe de
Pedro, en la que Jesús estipula como ha de ser la misión Petrina.
«[…] Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves
del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y
lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16, 18-19).
Este cambio de nombre realizado por Jesús conlleva una misión importante ya que
Jesús afirma que sobre Pedro edificará la Iglesia. De este modo, con la asignación de un
nuevo nombre, se le otorga a Pedro la misión de guiar a la Iglesia por medio de la potestad
de ser cabeza del grupo de los Doce; de hecho, este pasaje es reconocido como el
fundamento en el cual se apoya la promesa del primado. Así pues, Jesucristo promete el
primado a Pedro y, junto con esta promesa, también recibe la indicación principal sobre
el ejercicio de aquella potestad al atar y desatar de la misma forma como Jesús ha ejercido
su potestad en la misión dada por el Padre. Por consiguiente, Pedro, en el ejercicio de su
misión, continuará y hará presente la obra salvífica y liberadora operada por Cristo.
Habiendo visto que Jesús le da a Pedro un nombre que indica su misión y la
promesa del primado, es preciso indicar ahora la profecía hecha por Jesús a su discípulo
en donde se indica que este pasará por la tentación, pero de la cual volverá a confirmar a
sus hermanos:
«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo;
pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto,
confirma a tus hermanos» (Lc 22:31-32).
Por una parta, al decirle a Pedro que confirmará a sus hermanos, Jesús confiere a
este una función directiva sobre los discípulos; además, cuando Jesús habla de esta
tentación por la que tiene que pasar Pedro, hace referencia a la negación y posterior
arrepentimiento del discípulo en frente del escándalo de la cruz. En todo caso, es
precisamente esta experiencia de negación y arrepentimiento la que hará a Pedro ser capaz
de recibir plenamente el encargo de Jesús y ser confirmado en su primado; esto lo
podemos apreciar en el evangelio de Juan en el triple encargo de Jesús a Pedro de
apacentar el rebaño:
dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice
él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»
[…] Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro
de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes
todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21:15-
17).
En estos dos trozos de la escritura podemos ver claramente como Pedro posee
autoridad para regir y apacentar el rebaño de Cristo porque es un mandato que él, y solo
él, ha recibido del mismo Jesús; Por otra parte, siguiendo unos versículos más adelante
en el capítulo 21, se anuncia la forma en la que Pedro entregará su vida: «En verdad, en
verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando
llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras»
(v. 18), así pues, el que en un principio negó al Señor, dará después testimonio con su
sangre del amor que le profesa.
Aparte de los pasajes apenas mencionados que son fundamento del primado de
Pedro, son muchos los pasajes a lo largo del Nuevo Testamento que nos hablan del papel
principal que realiza Pedro: en los Hechos de los Apóstoles vemos como, después
Pentecostés, Pedro es el primereo en anunciar el evangelio e interpela a la gente a creer
en Jesús (cf. Hch 2, 1-41), es también quien toma la palabra en situaciones complicadas
(cf. Hch 3, 12ss. 4, 8.13), Pablo, hablando de la resurrección, nos cuenta como Jesús se
le apareció primero a Pedro (cf. 1Co 15, 3), y en llamado Concilio de Jerusalén se nos
presenta el papel de Pedro como moderador (cf. Hch 15).
Todos estos datos enmarcados en la historia de los orígenes de la Iglesia nos hacen
ver como Jesús otorgó una misión especial a Pedro como cabeza y como la Iglesia lo
vivió así desde el principio.
Al elegir a Pedro como cabeza, vemos que Jesús ha escogido a sus Apóstoles no
porque estos gozaran de un sinfín de virtudes o porque estos pidiesen ser parte del grupo
selecto de los Doce; sino más bien, la elección de los Apóstoles ha sido un acto único y
libre de Cristo, él quiso elegirlos y los llamo, quiso crear el ministerio de Pedro y se lo
dio a Simón.
En relación a todo lo anterior dicho, a lo largo de la historia se ha querido presentar
el primado de Pedro como un mero título honorifico que no posee potestad de régimen
sobre el grupo de los Apóstoles, más como hemos podido ver en el Nuevo Testamento,
la misión que Cristo confiere a Pedro le conlleva ser cabeza y columna de los Doce y, por
ende, de la Iglesia; por ello, el primado recibido por Pedro posee plena autoridad que ha
pasado a sus sucesores los Papas que, fieles a la misión de Pedro, han gobernado y
gobiernan la Iglesia.
EL PRIMADO DEL PAPA Y COLEGIO EPISCOPAL
Habiendo visto que Cristo instituyó al bienaventurado Pedro como Cabeza y
Pastor de toda su Iglesia, veremos ahora cómo esta institución del primado de Pedro
continúa en los Romanos Pontífices, yendo este primado de la mano con la perennidad de
la Iglesia
El Evangelio de Mateo dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28, 19-20). Ahora bien, por una parte, después de haberlos
enviado a hacer discípulos y bautizar a todas las gentes, Jesús les manda también a
enseñar todo lo que él les ha trasmitido; y, por otra parte, esta misión encomendada y
acompañada por Jesús tendrá que durar hasta el fin del mundo.
Así pues, la Iglesia siempre ha entendido que la misión que ella lleva adelante
debe subsistir a través de los tiempos; esta misma línea esta presente en el Vaticano I
donde se menciona de forma explícita la perpetuidad de la Iglesia en función de su misión
de hacer presente la obra salvadora y redentora de su fundador (cf. DH 3050). Del mismo
modo, el Vaticano II declara en la Lumen Gentium que la Iglesia existe a lo largo de la
historia de la humanidad para la salvación de todo hombre (cf. LG 1) y en su decreto Ad
gentes, que trata sobre la acción misionera de la Iglesia como parte fundamental de la
misión de la Iglesia, el Vaticano II dirá que, del mismo modo en que los Apóstoles
realizaron el encargo de Dios, la Iglesia, por medio de los sucesores de los Apóstoles,
perseverará a perpetuidad en su misión como «sacramento universal de salvación» (LG 8
cf. AG 1).
Lo que aquí se quiere demostrar es que Cristo, estando siempre con su Iglesia,
quiso que esta perdurase hasta el fin de los tiempos, así pues, dentro de la Iglesia, Jesús
encomendó a los Apóstoles que enseñaran todo lo que él les había enseñado, de modo
que también ellos han de procurar que su labor perdure hasta el fin de los tiempos por
medio de sus sucesores los Obispos. De este modo, la sucesión apostólica se entiende
como la forma de perpetuar la misión de los Apóstoles a lo largo de la historia de la
humanidad y de la Iglesia, pues así lo ha querido el Redentor.
Aclarada la perennidad del ministerio de los Apóstoles en los Obispos, es
necesario hablar de la perpetuidad del ministerio de Pedro en el Romano Pontífice; así
pues, teniendo en cuenta la misión otorgada a Pedro como roca en la que Jesús edifica su
Iglesia, es decir el cimiento firme sobre el que se apoyara la Iglesia, es lógico pensar que
este servicio que hace Pedro a la Iglesia también debe perpetuarse en el tiempo junto con
la misión misma de la Iglesia; por esto el Vaticano I dirá:
Ahora bien, lo que Cristo Señor, príncipe de los pastores y gran pastor de las
ovejas, instituyó en el bienaventurado Apóstol Pedro para perpetua salud y bien
perenne de la Iglesia, es menester que dure perpetuamente por obra del mismo
Señor en la Iglesia que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firma
hasta la consumación de los siglos (DH 3056).
De todo lo dicho hasta ahora se puede concluir que quien sucede a Pedro en su
cátedra, según la voluntad de Cristo mismo, obtiene también el primado y la potestad de
Pedro sobre la Iglesia Universal; por esto, pasaremos a ver la naturaleza del primado del
Romano Pontífice siempre en referencia al primado de Pedro.
El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, posee la potestad plena de
apacentar, regir y gobernar a la Iglesia Universal, y no solo en materias que atañen a la fe
y a las costumbres, sino también en materias que pertenecen a la disciplina y régimen de
la Iglesia difundida por todo el mundo. Además, como Pastor universal de la Iglesia, es
también el Juez supremo de los fieles y en todas las causas que pertenecen al fuero
eclesiástico; y por ser la autoridad mayor, no puede volverse a discutir sus decisiones, ni
tampoco es lícito juzgar su juicio (cf. DH 3061-3064).
Ciertamente esta potestad universal está lejos de dañar aquella potestad ordinaria
de los Obispos como pastores de las Iglesias particulares, más bien, esta potestad de los
Obispos es afirmada, robustecida y vindicada por el Pastor Supremo. Por ello, el Romano
pontífice, en el ejercicio de su potestad, tiene el derecho de comunicarse libremente con
los pastores y rebaños de toda la Iglesia, a fin de que puedan ellos ser por él regidos y
enseñados en el camino de la salvación.
Teniendo en cuenta que la potestad del Papa enriquece la potestad de los Obispos
y confirma la unidad de la Iglesia, es importante decir que el Colegio Episcopal,
conformado por todos los Obispos de la Iglesia, teniendo por cabeza al Sumo Pontífice y
siendo los legítimos sucesores del Colegio Apostólico, también posee y ejerce la
autoridad Universal en la Iglesia, mostrando así el papel crucial y primordial que tienen
los Obispos del mundo en el gobierno no solo de la Iglesia Particular sino también de la
Iglesia Universal (cf. LG 22).
LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS
En el capítulo 15 de los Hechos de los Apóstoles y en el capítulo 2 de la Epístola
a los Gálatas, se habla de aquella reunión que los Apóstoles tuvieron en Jerusalén para
deliberar y tratar sobre las medidas que se debían tomar con aquellos paganos que
abrazaban la fe cristiana, pues había una tensión entre aquellos judíos cristianos que
querían hacer circuncidar a los paganos y aquellos que no.
Esta reunión, que algunos llama el Concilio de Jerusalén, es muy importante
porque en ella no solo se abrieron definitivamente las puertas de la fe a los gentiles, sino
también porque en ella se nos muestra la importancia de que algunas decisiones de la
Iglesia sean tomadas de forma colegial, en el ejercicio de la autoridad suprema y como
acto de comunión, para discernir mejor la situación que apremia. Del mismo modo que el
Colegio de los Apóstoles se reunió para deliberar sobre el tema mencionado, el Colegio
de los Obispos, como sucesores del Colegio de los Apóstoles, se han reunido en diferentes
ocasiones durante toda la historia de la Iglesia para decidir sobre temas de diferente índole
que afectaban la vida de la Iglesia y de los hombres.
Dentro de la Iglesia Católica se reconocen 21 Concilios Ecuménicos, es de
destacar que los primeros 8 corresponden al periodo histórico en que la Iglesia Occidental
y Orientan seguían en comunión antes del cisma del 1054, y los restantes corresponden a
aquellos que fueron convocados propiamente por el Papa para la Iglesia Católica. Es de
recordar que los primeros 7 Concilios son de gran importancia pues definieron las líneas
principales de la Teología, incluso el mismo Catecismo de la Iglesia Católica los
menciona a lo largo de su contenido; por esto, vale la pena aludirles brevemente para
resaltar aquellos aspectos que tanto han favorecido a la Doctrina Cristiana:
El Concilio de Nicea del año 325 declaró que el Hijo es consubstancial con el
Padre pues son un solo Dios; el segundo Concilio Ecuménico del año 381 en
Constantinopla declaró que el Espíritu Santo es dador de vida, que procede del padre y
que merece una misma alabanza junto con el Hijo y el Padre; el tercer Concilio
Ecuménico celebrado en Éfeso en el año 431 declaró, contra la herejía nestoriana, que
desde la concepción en el seno de la Virgen María, la segunda Persona de la Trinidad es
el sujeto único de la naturaleza divina y humana; en el cuarto Concilio Ecuménico de
Calcedonia en el año 451 afirmó, contra la herejía monofisita, que Cristo es
verdaderamente y totalmente hombre, a la vez que es verdaderamente y totalmente Dios;
en el quinto Concilio celebrado en Constantinopla en el año 553 los Padres conciliares
afirmaron que tanto los milagros y signos de Jesucristo como sus padecimientos,
tormentos y muerte deben atribuirse a su persona Hijo de Dios; el sexto Concilio, el
tercero celebrado en Constantinopla en el 681, declaró la doble voluntad del Cristo, la
divina y la humana, que se encuentran en perfecta armonía; y en el séptimo Concilio
Ecuménico celebrado en Nicea el año 787 se legitimó la representación de la divinidad
en imágenes sagradas gracias al misterio de la Encarnación.
Una vez visto un poco de historia que nos confirma la importancia de los Concilios
en la vida de la Iglesia, es necesario recurrir a la Lumen Gentium (sobre la naturaleza y
misión de la Iglesia del Concilio Ecuménico Vaticano II), puesto que en su parágrafo 22
define la naturaleza y la misión de los Concilios Ecuménicos en la Iglesia:
La suprema potestad que este Colegio [de los Obispo] posee sobre la Iglesia
universal se ejercita de un modo solemne en el Concilio Ecuménico. Pero nunca
puede existir un Concilio Ecuménico que como tal no sea confirmado o al menos
aceptado por el Sucesor de Pedro; y es prerrogativa del Romano Pontífice
convocar estos Concilios, presidirlos y confirmarlos. (LG 22)
Así pues, el Concilio Ecuménico se entiende, a la luz del Concilio Vaticano II,
como la reunión solemne de todos los Obispos que conforman el Colegio Episcopal en el
ejercicio de su autoridad suprema, siempre y solo bajo la convocatoria y aprobación del
Sumo Pontífice como cabeza de dicho Colegio y Pastor Supremo de toda la Iglesia, para
tratar de forma colegial aquellos temas que pueden ser propuesto principalmente por el
Papa o por el Colegio Episcopal con la previa aprobación del Papa. El Concilio
Ecuménico es un verdadero Acto eclesial que muestra la pluralidad y la unidad de la
Iglesia, pues el Pastor Supremo de la Iglesia convoca y reúne a los diversos Obispos
provenientes de todo el mundo que pastorean las diversas Iglesias Particulares.
Es importante mencionar que gracias a este documento se aclara y define la
postura de la Iglesia frente a doctrinas conciliaristas que hacían pensar que el Concilio
Ecuménico tiene mayor autoridad que el Sumo Pontífice, pues se aclara que este Concilio
solo tiene validez con la presencia y aprobación del Papa. En todo caso, para una
definición más jurídica de esta asamblea se recomiendo confrontar los cánones 336 al 341
del Código de Derecho Canónico.
BIBLIOGRAFIA
• BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret. Primera parte. Desde el Bautismo a la
Transfiguración, La esfera de los libros, Madrid 2007.
• ELORRIAGA C., Síntesis de Teología Fundamental. La revelación en la Sagrada
Escritura Jesucristo, La autoridad en la Iglesia, Magisterio Eclesiástico, Notas de la
Iglesia, Escritura y Tradición, Grafite Ediciones S.L., Baracaldo 2007.
• COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La apostolicidad de la Iglesia y la
sucesión apostólica, 1973.