EL PODER DE LA INCREDULIDAD
Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. Y venido a
su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se
maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste está sabiduría y estos milagros?
¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus
hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con
nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? Y se escandalizaban
de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en
su casa. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos.
(13:53-58)
Aunque Jesús siguió enseñando muchas verdades adicionales, y reforzando e
ilustrando las que ya había enseñado, las ocho parábolas de Mateo 13 marcan el
final de la instrucción fundamental de los discípulos. Como se indicó antes, el uso
que Jesús hiciera de parábolas fue principalmente en respuesta al rechazo que le
hicieran los judíos. Las mismas historias que clarificaban la verdad a sus
verdaderos seguidores velaban la verdad a aquellos que se negaban a confiar en
Él. “Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba”
(Mt. 13:34), porque, como ya les había explicado a los discípulos, “a vosotros os es
dado saber los misterios del reino de los cielos; más a ellos no les es dado… Por eso
les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden” (vv.
11, 13).
En lo que se refiere a la preparación de los discípulos, las dos parábolas más
importantes de Mateo 13 fueron las del sembrador y del trigo y la cizaña. La historia
del sembrador dejó claro que algunas personas creerían el evangelio , pero
muchas no lo creerían; y esto los preparó para prever las cuatro respuestas
básicas que los seres humanos harían al evangelio. La historia vívida del trigo y la
cizaña clarificó que, para el actual período del reino de Cristo , los salvos y
los no salvos coexistirían juntos. Los doce (y todos los subsiguientes testigos
de Cristo) llevarían a cabo sus ministerios en una época tanto de fe como de
incredulidad y tanto de bondad como de maldad.
Comenzando con 13:53 y continuando a través de la primera parte del capítulo 16,
Mateo relata ocho incidentes en la vida del Señor que demuestran y corresponden a
las verdades presentadas en las dos parábolas acababas de mencionar.
El primer incidente tuvo que ver con el agravio que le hicieran a Jesús en su ciudad
natal de Nazaret (13:54-58). Para los habitantes, Jesús era un obstáculo, y la tierra
de sus corazones estaba evidentemente endurecida.
El segundo incidente tuvo que ver con Herodes (14:1-12), cuyo corazón también
era duro, pero que rechazó al Señor más por indiferencia que por odio.
El tercer incidente tuvo dos partes, y se centró primero en el gran gentío al que
Jesús alimentó de manera milagrosa, y después se centró en los habitantes de
Genesaret (14:13-21, 34-36). En ambos casos la fascinación inicial con Jesús fue
positiva pero superficial. El primer grupo lo siguió porque fue alimentado, y el
segundo porque fue sanado. El interés que tuvieron finalmente se marchitó, tal
como ocurre con las plantas sembradas en poca tierra cuando sale el sol.
El cuarto incidente sucedió entre las dos facciones del tercer incidente, e involucró a
los doce discípulos, cuya “tierra buena” se evidenció porque adoraron a Jesús
después que Él caminara sobre el agua y calmara la tormenta (14:22-33).
El quinto incidente implicó a los escribas y fariseos que trataban de encontrar una
excusa para condenar a Jesús (15:1-20), y ejemplifica otra vez las tierras duras y
pedregosas del rechazo de la incredulidad.
El sexto incidente se centró en la mujer cananea que confesó al instante a Jesús
como el Señor y le rogó que liberara a su hija endemoniada (15:21-28). La tierra del
corazón de esta mujer era suave y fértil, y la semilla de la Palabra echó raíces
firmes.
El séptimo incidente involucró a los galileos que llevaron a sus enfermos y
afligidos a Jesús para que los curara, pero sin comprometerse de manera auténtica
(15:29-39). Aquí hubo una mezcla de tierras superficiales y espinosas, en las cuales el
evangelio fue recibido de modo parcial pero no permanente.
El octavo y último incidente involucró a los fariseos y saduceos que intentaron
probar y atrapar a Jesús pidiéndole una señal especial (16:1-4). La tierra de sus
corazones era evidentemente dura.
En estos ocho relatos se encuentra exactamente la proporción de fe a incredulidad
(uno a cuatro) que se halla en la parábola del sembrador. Por la maravillosa sabiduría
y provisión del Señor, a través de estos incidentes los doce presenciaron
demostraciones vivas de los principios que Él acababa de enseñarles acerca de la
respuesta que los hombres darían al evangelio en la época actual. En estas
situaciones se reveló el poder tanto de la fe como de la incredulidad.
El poder de la fe se atestigua a través de la Biblia.
ABRAHAM creyó a Dios y se convirtió en el padre de una gran nación y el pueblo
escogido de Dios. ISRAEL creyó a Dios y atravesó el mar Rojo en tierra seca. DAVID
creyó a Dios y pudo matar a Goliat. NAAMÁN creyó a Dios y fue curado de lepra.
DANIEL creyó a Dios, y los leones no pudieron hacerle daño. UN CENTURIÓN
ROMANO creyó a Dios, y su criado fue sanado. DOS HOMBRES CIEGOS creyeron a
Dios y recibieron la vista y la salvación. JAIRO creyó a Dios, y su hija resucitó. EL
CARCELERO en Filipos y su casa creyeron a Dios y recibieron vida eterna.
La lista es interminable.
Pero la lista de relatos que muestran el poder de la incredulidad también es larga.
ADÁN Y EVA no creyeron a Dios, y todo el mundo fue maldito. EL MUNDO mismo se
negó a creer la advertencia de Dios predicada por medio de Noé, y fue destruido en el
diluvio, a excepción de ocho personas. FARAÓN no quiso creer a Dios, y perdió a su
hijo primogénito, todo su ejército, y su propia vida. Israel no quiso creer a Dios, y vagó
durante cuarenta años en el desierto; y como un reino el pueblo se negó otra vez a
creer y fue dispersado por siglos entre naciones extranjeras. AARÓN se negó a creer
el mandato de Dios en cuanto a la adoración, y llevó al pueblo a la idolatría, que
resultó en la pérdida de tres mil vidas. MOISÉS no quiso creerle a Dios, y le costó el
privilegio de entrar a la tierra prometida. NABUCODONOSOR se negó a creer a Dios
y se volvió una bestia insensata.
MUCHOS ASPIRANTES A DISCÍPULOS no quisieron creerle a Dios porque se
ofendieron por las enseñanzas de Cristo, y entraron a la eternidad sin esperanza. EL
JOVEN RICO se negó a creer en Dios y perdió la vida eterna. CASI TODOS LOS
ESCRIBAS, FARISEOS Y SADUCEOS se negaron a creer a Dios y fueron
condenados al tormento eterno del infierno. A pesar de que vivió durante tres años con
Jesús, en presencia de la Verdad viviente y la Luz, JUDAS no quiso creerle a Dios y
fue condenado al infierno, el cual según Jesús era el propio lugar de Judas. FÉLIX,
FESTO Y AGRIPA se negaron a creerle a Dios a través del testimonio de Pablo, y se
perdieron para siempre.
Así como la fe tiene el poder de traer perdón de pecados y vida eterna, la
incredulidad tiene el poder de mantener a una persona en sus pecados y bajo la
condenación del infierno eterno. Así como la fe tiene el poder de traer eterna
felicidad, alegría, paz y gloria en la presencia de Dios, la incredulidad tiene el
poder de producir eterno sufrimiento, dolor y angustia en la ausencia de
Dios.
Según ilustra la parábola del sembrador, la mayor parte de la respuesta que Jesús
enfrentó y que los discípulos enfrentarían fue de incredulidad. Ya sea que la
incredulidad venga del corazón golpeado por el pecado, del corazón
pedregoso cubierto por una capa superficial de fe, o del corazón espinoso
cuya mundanalidad ahoga la verdad del evangelio, toda incredulidad es un
asunto de la voluntad. La incredulidad es una decisión; es decirle no a
Dios a pesar de la evidencia.
El relato de Mateo acerca del primer incidente que ilustra la parábola del sembrador es
precedido por la breve mención de la salida de Jesús de Capernaúm.
SALIDA DE CAPERNAÚM
Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. (13:53)
Jesús había estado ministrando en Capernaúm y sus alrededores más o menos
durante un año, usándola como su base de operaciones (véase 4:13; 8:5). Pero la
mayoría de personas que lo vieron y oyeron en esa región finalmente se alejaron,
manifestando su rechazo o por apática indiferencia o por oposición directa. Debido a
ese rechazo, la última enseñanza de Jesús allí la hizo totalmente por
medio de parábolas, a fin de que viendo no vieran, y oyendo no oyeran
ni entendieran (13:13). Después que Jesús terminó de comunicar las parábolas
sobre el reino, se fue de allí. Debido a que el Señor había pasado más tiempo en esta
ciudad que en cualquier otro lugar hasta ese momento en su ministerio, Capernaúm
era especialmente culpable por rechazarlo. Ya antes Jesús la había reprendido de
manera bochornosa, diciéndole: “Tú, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo,
hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros
que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy” (11:23).
Jesús en realidad había pronunciado una maldición sobre Capernaúm, y cuando se
fue de allí, el destino funesto de la ciudad era inminente. Jesús nunca volvió allí
excepto cuando pasaba para ministrar en otro lugar. Había entrado a la ciudad
demostrando poder que solo podría haber venido de Dios. Sin embargo, el pueblo no
lo recibiría como Señor. Muchos se asombraron y algunos criticaron, pero pocos
creyeron. Ahora la oportunidad de Capernaúm se había ido y el lugar entró en un
declive del que nunca se recuperó. Hoy día la ciudad está prácticamente en el mismo
estado de ruina, sin casas ni gente, en el que estuvo algunos siglos después que
Jesús pasó por allí. Al parecer la ciudad y la sinagoga disfrutaron un período de
prosperidad mundana por un tiempo, pero excavaciones arqueológicas muestran
creciente actividad pagana en los judíos del lugar. La última sinagoga construida en
Capernaúm, erigida sobre el suelo de aquella en la que Jesús enseñó, estaba
decorada con varios animales y figuras mitológicas. Al haber rechazado al Dios
verdadero, el pueblo quedó a merced de dioses falsos.
REGRESO A NAZARET
Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se
maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste está sabiduría y estos milagros?
¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus
hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con
nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? (13:54-58)
La tierra de Jesús era Nazaret, donde José y María fueron a vivir después de regresar
de Egipto con su Hijo bebé (2:23). Fue a Nazaret que Jesús regresó después de su
bautismo y sus tentaciones (4:12-13), y nos enteramos por Lucas que la respuesta
que le dieron entonces fue la misma que en esta ocasión. Lucas informa que después
de las tentaciones en el desierto, “Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea…
Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga,
conforme a su costumbre, y se levantó a leer” (Lc.4: 14a, 16).
Jesús había estado fuera solo poco tiempo y seguía siendo un personaje conocido en
la sinagoga, donde “conforme a su costumbre” estaba todos los días de reposo. Las
personas reunidas en este día de reposo particular eran en esencia las mismas que se
habían reunido por muchos años, pero Jesús no era el mismo. Durante el tiempo
intermedio había comenzado su ministerio y de repente se había vuelto famoso, ya
que, desde el inicio de su obra, “se difundió su fama por toda la tierra de alrededor… y
era glorificado por todos” (vv. 14b, 15b).
Después que Jesús se levantó y leyó el conocido texto mesiánico de Isaías 61:1-2,
entregó el pergamino al encargado de la sinagoga y se sentó para hacer un
comentario sobre la lectura. (El lector siempre se ponía de pie para leer las Escrituras,
y luego se sentaba mientras daba una interpretación, a fin de no dar la impresión de
que sus comentarios eran iguales en autoridad a la Palabra de Dios). Cuando
comenzó a interpretar, Jesús declaró: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de
vosotros”; y es probable que también haya hecho otros comentarios. Al principio las
personas no comprendieron que Jesús estaba refiriéndose a sí mismo, porque la
respuesta inicial que dieron fue bastante favorable: “Y todos daban buen testimonio de
él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:
¿No es éste el hijo de José?” (Lc.4:17-22).
Como sabía que los elogios de las personas se basaban únicamente en
reconocimiento carente de fe acerca de la popularidad y el poder de Jesús, comenzó a
desenmascarar sus motivos reales. Él sabía que ellos deseaban que Jesús repitiera
los milagros que había realizado en Capernaúm. Y sabía que, si les cumplía la
demanda, seguirían sin aceptarlo como el Mesías porque “ningún profeta es acepto en
su propia tierra”. Reprendiéndoles aún más la hipocresía y la falta de fe, les recordó
que, en la época de Elías, Dios había cerrado la lluvia en Israel durante tres años y
medio ocasionando una gran hambruna. Durante ese tiempo el Señor no mostró
misericordia sobre ninguna de las muchas viudas dolientes en Israel, sino que mostró
gran misericordia sobre una viuda gentil de Sarepta. También les recordó que, durante
la época de Eliseo, Dios no limpió leprosos en Israel, sino que limpió la lepra del gentil
Naamán de Siria (vv. 23-27). Los habitantes de Nazaret no pudieron haber pasado por
alto el aspecto del poderoso reproche de Jesús de que un creyente gentil es más
apreciado para Dios que un judío incrédulo. Cuando Jesús dejó en claro que
comprendía los malvados motivos que ellos tenían y que no cedería ante el deseo
provinciano proveniente de un corazón endurecido por contar con su propia
demostración de milagros, “al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira;
y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte
sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle” (vv. 28-29). En el
intento de matar a Jesús pusieron en evidencia el carácter diabólico y la incredulidad
de sus corazones. Lo que deseaban era que Jesús los entretuviera y que se
beneficiaran del obrador de milagros, no querían convicción de pecado ni el mensaje
de salvación por parte de Jesús el Mesías.
De este segundo y parecido encuentro de Jesús con sus antiguos vecinos en Nazaret
podemos aprender cuatro verdades importantes acerca de la incredulidad: confunde lo
obvio, fortalece lo irrelevante, ofusca la verdad, y obstaculiza lo sobrenatural.
LA INCREDULIDAD CONFUNDE LO OBVIO
Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se
maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste ésta sabiduría y estos milagros?
(13:54)
Las personas en la sinagoga del pueblo natal de Jesús en Nazaret al instante lo
reconocieron como aquel a quien habían conocido de niño y joven. También
recordaban que menos de un año antes Él había obrado milagros en otras partes de
Galilea, que los había impresionado con su gran sabiduría, y que los había enfurecido
de tal manera poniéndoles en evidencia su hipocresía e incredulidad que intentaron
matarlo arrojándolo por el abismo. Pronto se hizo evidente en este viaje a Nazaret que
la actitud de sus habitantes hacia Jesús no había cambiado. Ellos se maravillaban, y
decían: ¿De dónde tiene éste está sabiduría y estos milagros? ¿Cómo pudo el pueblo
rechazar por segunda vez a Jesús como el Mesías, cuando era muy obvio que estas
cosas de las que se maravillaban solo podían venir del poder de Dios? En menos de
un año les había demostrado profunda sabiduría y autoridad más allá de cualquier
cosa que hubieran presenciado, o incluso oído. Jesús enseñaba a profundidad sobre
prácticamente todo tema relacionado con la vida y la muerte, el tiempo y la eternidad,
la verdad y la mentira, la justicia y el pecado, Dios y el hombre, el cielo y el infierno.
Enseñaba acerca de regeneración, adoración, evangelización, pecado, salvación, vida
moral, divorcio, asesinato, servicio, servidumbre, orgullo, odio, amor, ira, celos,
hipocresía, oración, ayuno, doctrina verdadera y falsa, maestros verdaderos y falsos,
día de reposo, ley, discipulado, gracia, blasfemia, señales y prodigios, arrepentimiento,
humildad, muerte al yo, obediencia a Dios, y muchísimos otros temas. Enseñaba la
verdad en cuanto a todo lo que pertenecía a la vida espiritual y la piedad (cp. 2 P. 1:3).
Jesús no había estudiado en ninguna de las famosas escuelas rabínicas, ni tenía más
entrenamiento formal en las Escrituras que el judío promedio. En consecuencia,
cuando enseñó en el templo durante la fiesta de los tabernáculos, los dirigentes judíos
en Jerusalén se maravillaron de Él, “diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber
estudiado?” (Jn.7:15). A pesar de no tener credenciales tradicionales, su sabiduría
espiritual y moral era tan verdadera y profunda que ni siquiera sus críticos más
severos podían refutarla.
Además de enseñar con gran sabiduría, Jesús había exhibido un poder tan
sobrenatural que desterró toda enfermedad y dolencia de Palestina, y había realizado
milagros de tal naturaleza que asombró a los escépticos más empedernidos. Por lo
menos debió haber quedado en claro que Jesús era un profeta de Dios inigualado por
nadie más en la era del Antiguo Testamento. ¿Cómo pudieron las personas no haber
creído que Jesús venía de parte de Dios, cuando solamente el poder divino y la
sabiduría divina podían explicar la grandeza de lo que Él decía y hacía? Cuando
Nicodemo fue a verlo de noche, de inmediato reconoció que Jesús había “venido de
Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales… si no está Dios con él”
(Jn.3:2). Incluso los antagónicos dirigentes judíos reconocían que el poder de Jesús
era real, aunque de manera ilógica y blasfema atribuyeron ese poder a Satanás. Uno
de los más grandes apologéticos para la divinidad de Jesús es el testimonio claro
incluso de sus enemigos respecto a que tenía poderes milagrosos que ningún otro
hombre había tenido alguna vez. Así recordó Jesús a los judíos incrédulos en
Jerusalén: “Las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que
yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (Jn.5:36). Más tarde en
Jerusalén declaró a otro grupo de judíos que querían apedrearlo: “Si no hago las obras
de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las
obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre”
(Jn.10:37-38). Al final de su evangelio, Juan declara que “hay también otras muchas
cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribieran una por una, pienso que ni aun en
el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (21:25).
Puesto que eran intencionalmente incrédulos, al igual que los escribas y fariseos, los
asistentes a la sinagoga del pueblo natal de Jesús se negaron a hacer la relación
lógica y evidente entre el poder y la divinidad que Él tenía. La semilla del evangelio
cayó en la tierra endurecida de corazones que aman el pecado, en los cuales la
verdad de Dios no podía penetrar en lo más mínimo. Según le explicara Jesús a
Nicodemo, “el que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido
condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y ésta es la
condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la
luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz
y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas” (Jn.3:18-20). Aquellos
que oyeron y vieron a Jesús no lo rechazaron por falta de evidencia sino a pesar de la
abrumadora evidencia. No lo rechazaron porque les faltara verdad sino porque
rechazaron la verdad. No quisieron el perdón porque querían mantener sus pecados.
Negaron la luz porque preferían la oscuridad. La razón de rechazar al Señor siempre
ha sido que los hombres prefieren su propio camino al de Él. Los líderes judíos en
Jerusalén se maravillaron del evidente poder y la evidente sabiduría de Pedro y Juan,
“sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo” (Hch.4:13). Pero, así como habían
hecho con el Maestro de Pedro y Juan, no juzgaron el mensaje según los méritos
bíblicos sino según la relación a las tradiciones humanas que ellos defendían, las
cuales se derivaban de una apelación a la justicia propia orientada en obras. Cuando
una persona rechaza de manera intencional al Señor, ni siquiera la evidencia más
concluyente la convencerá de la verdad divina. Los sectarios y teólogos liberales que
se niegan a reconocer a Jesús como el divino Hijo de Dios pueden hallar innumerables
maneras de descartar o desechar las verdades más obvias de la Biblia. Se felicitan por
su intelectualismo en explicar las Escrituras, pero sin aceptar las verdades que
ofrecen, pues parecen honrar a Cristo sin creer en Él o en lo que enseñó; y se
hacen llamar por el nombre de Cristo mientras niegan su naturaleza divina y su poder.
A tales discípulos falsos Jesús continúa diciendo: “No todo el que me dice: Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos” (Mt. 7:21; Lc.6:46).
El individuo que ha oído muchas presentaciones claras del evangelio, pero que una y
otra vez pide más evidencia de su verdad simplemente revela la obstinación de su
incredulidad. Según Jesús explicó en la historia del hombre rico y Lázaro, “si no oyen
a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de los
muertos” (Lc.16:31). La persona que no acepta la luz de Dios que ya tiene no creerá
por mucha luz que se le entregue.
LA INCREDULIDAD FORTALECE LO IRRELEVANTE
¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus
hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con
nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? (13:55-56)
En lugar de aceptar la evidencia obvia y abrumadora de que Jesús era el Mesías, el
pueblo de Nazaret enfocó su atención en lo irrelevante. En realidad, les sorprendió ver
que alguien a quien habían visto crecer y con quien habían ido a la sinagoga toda su
vida se había convertido de repente en tan gran líder, sin ninguna capacitación formal
ni reconocimiento por parte de la jerarquía religiosa aceptada.
Las realidades de que Jesús fuera el hijo del carpintero, el hijo de María, de que
tuviera hermanos llamados Jacobo, José, Simón y Judas a quienes todos en Nazaret
conocían, y que tuviera hermanas que aún vivían allí eran intrascendentes con
relación al tema de que Jesús fuera el Mesías o no. Aunque los judíos tenían muchas
ideas falsas e incompletas en cuanto al Mesías, sabían que iba a venir a la tierra como
un ser humano, que nacería en alguna familia y que viviría en alguna comunidad. Pero
en lugar de sentirse sumamente honrados de que Dios escogiera ubicar a su Hijo en
Nazaret para que creciera hasta la edad adulta, así como María se sintió sumamente
honrada de ser su madre (Lc.1:48) el pueblo estaba escéptico, celoso y resentido.
Por este texto y muchos otros (véase, p. ej., Mt. 12:46-47; Lc. 2:7; Jn. 7:10; Hch.
1:14) está claro que María no vivió en virginidad perpetua, según afirma la herejía
católica romana. Después del nacimiento de Jesús, José comenzó relaciones
maritales normales con su esposa, y ella procreó al menos cuatro hijos y dos hijas de
él. María era una mujer de extraordinaria piedad, pero no era más divina que cualquier
otra mujer alguna vez nacida, y sin duda no fue la madre de Dios, como el dogma
católico sostiene. Ella incluso se refirió al Señor como “Dios mi Salvador” (Lc.1:47),
afirmando su propia pecaminosidad y necesidad de salvación. José había sido un
tektōn (carpintero), que era el término general para un artesano que trabajaba con
material duro, incluso madera. También pudo haber trabajado con ladrillos y piedras.
En cualquier caso, sin duda él había construido muchas casas, ventanas, puertas,
yugos y otros artículos para sus vecinos en Nazaret; y muchos productos de su trabajo
probablemente aún estaban usándose en la aldea. José era un trabajador común
como la mayor parte de los demás hombres de la aldea, y Jesús aprendió la
carpintería bajo sus órdenes y sin duda se encargó del negocio después que José
muriera (véase Mr. 6:3).
El hecho de que los habitantes de Nazaret no consideraran que Jesús y su familia
estaban fuera de lo común socava por completo los mitos que atribuyen milagros
extraños a Jesús cuando era niño. Una historia sostiene que cada vez que encontraba
un pájaro con un ala rota se la tocaba suavemente y lo enviaba volando en su camino
totalmente sano. Este texto rechaza por completo tales invenciones. Cuando vino a la
tierra, Jesús se vació de ciertas prerrogativas divinas, “tomando forma de siervo,
hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:7). Y aunque no tuvo pecado y fue moralmente
perfecto durante cada minuto de su vida, está claro que su perfección no era del tipo
que llamara la atención sobre sí mismo o que lo distinguiera como extraño o peculiar.
Para quienes lo conocieron de niño y joven, Jesús simplemente era un artesano hijo
del carpintero. Fue en parte acerca del carácter común de Jesús y su familia que los
habitantes de Nazaret tropezaron. Les resultaba imposible aceptarlo incluso como un
gran maestro humano, mucho menos como el Mesías divino. Es trágico que pequeños
asuntos puedan usarse como grandes excusas para no creer. Los habitantes de
Nazaret fueron como las personas a lo largo de la historia de la Iglesia que pueden
hallar toda razón insensata para justificar su rechazo al evangelio. No les gusta la
actitud de quien les testificó; creen que la mayor parte de las personas de la iglesia
son hipócritas; creen que el predicador es demasiado fuerte o demasiado débil,
demasiado sofocante o demasiado autoritario; y que las reuniones son demasiado
formales o demasiado informales. A menudo se ofenden por las cosas más
insignificantes que los cristianos hacen, e interpretan lo insignificante como lo más
importante. Ponen una cortina de humo tras otra para excusar su indisposición de
creer las claras y exigentes afirmaciones y promesas de Cristo.
Como un medio de escape o de autojustificación, la incredulidad desvía la atención de
la verdad. Antes de estar listo para comprometerse a Cristo, el verdadero buscador
podría tener muchas inquietudes acerca del evangelio. Pero su sinceridad se
demuestra por su disposición de aceptar la verdad una vez explicada. Cada
nuevo rayo de luz lo acerca más a la fe. Por otra parte, para el incrédulo
empedernido cada nueva verdad lo lleva a plantear otra objeción, y su argumento
contra esa verdad lo aleja aún más de la salvación. Es característico de los incrédulos
disfrazarse con el fin de ocultar su propia autosatisfacción, y al negarse a aceptar la
clara evidencia respecto a Jesús, los habitantes de Nazaret lo menospreciaron
basándose en que lo conocieron desde que era un niño y en que conocían a su familia
como ciudadanos comunes de la comunidad. Permitieron que el orgullo, los celos, el
resentimiento, la vergüenza, y una gran cantidad de otros sentimientos malvados e
insignificantes llenaran sus corazones y se convirtieran en obstáculos para la
salvación.
LA INCREDULIDAD OFUSCA LA VERDAD
Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en
su propia tierra y en su casa. (13:57)
Se escandalizaban viene de skandalizō, que presenta la idea básica de hacer tropezar
o caer, y es el término del cual se deriva nuestra palabra escandalizar en español. Los
amigos y antiguos vecinos de Jesús se escandalizaron por las afirmaciones que Él
hacía. Se ofendieron por los antecedentes comunes de Jesús, por lo común de su
familia, por la falta de capacitación formal que tenía, por su falta de posición religiosa
oficial, y por muchos otros asuntos intrascendentes y secundarios. No tenemos un
relato completo de lo que Jesús enseñó en tales ocasiones en esa sinagoga en
Nazaret, pero en ambas ocasiones las personas se ofendieron por lo que Él dijo.
Jesús desenmascaró su hipocresía poniéndoles al descubierto el deseo perverso de
verlo realizar milagros por amor a los milagros (Lc.4:23), y es probable que les hubiera
hablado de su pecado y de la necesidad de arrepentirse que tenían. En cualquier
caso, se volvieron antagónicos y se escandalizaban de él, porque la incredulidad los
encegueció a la verdad que Jesús enseñaba. Aunque veían no vieron, y aunque oían
no oyeron, ni entendieron (Mt. 13:13). Tal como Pablo declaró a los creyentes en
Corinto, Cristo es “para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura”
(1 Co. 1:23).
A menos que alguien esté dispuesto a permitir que la verdad de Dios le are el suelo
duro de su corazón, y a confesar y abandonar su pecado, se ofenderá por el
evangelio. A menos que una persona enfrente su pecado en penitencia, la verdad del
evangelio le está oculta, y la bendición del evangelio está perdida para tal individuo.
Otra vez (véase Lc.4:24) Jesús recordó a los habitantes de Nazaret el conocido
proverbio de que no hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa. A
menudo es difícil para quienes han visto crecer a un niño como un chico del barrio
aceptarlo después como un líder comunitario, un funcionario gubernamental, un
pastor, o cosas como estas, ¡por no hablar de aceptarlo como el divino Hijo de Dios!
Incluso cuando el hombre gusta personalmente, no le es fácil ganarse el respeto que
disfrutaría un extraño con las mismas capacidades. Los hermanos de Jesús finalmente
llegaron a creer en Él como su Salvador (Hch.1:14), pero no lo hicieron durante varios
años después del inicio de su ministerio (Jn.7:5).
LA INCREDULIDAD OBSTACULIZA LO SOBRENATURAL
Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos. (13:58)
Algunos de los milagros de Jesús fueron hechos en respuesta directa a la fe personal,
pero muchos otros, tal vez la mayoría, se hicieron a pesar de cualquier expresión
específica de la fe de un individuo. Todos los milagros se hicieron para fortalecer la fe
de quienes creían en Él, pero, aunque Dios puede realizar milagros donde no hay fe,
decidió no realizarlos donde había dureza e incredulidad deliberada. La incredulidad
se convirtió entonces en un obstáculo para la bendición divina, y a causa de la
incredulidad de los habitantes de Nazaret, Jesús no hizo allí muchos milagros. Marcos
informa que Jesús “no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos
enfermos, poniendo sobre ellos las manos” (Mr. 6:5). No fue que el Señor careciera de
poder sobrenatural mientras estuvo en Nazaret, sino que decidió actuar solo en
respuesta a la fe, con el resultado de que la incredulidad de la gente le impidió el
ejercicio pleno de ese poder. Así como creer salva el alma y permite que el poder de
Dios actúe en plenitud, así también la incredulidad bloquea la liberación de ese poder
e impide que inunde con su bendición.
Jesús advirtió: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los
cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mt. 7:6). El incrédulo
endurecido desprecia las preciosas verdades y las bendiciones de Dios, e incluso las
usará contra el Señor y su pueblo si puede hacerlo. Jesús se negó a satisfacer la
solicitud de los hipócritas escribas y fariseos que querían ver una señal de parte de Él
(Mt. 12:38). “El respondió y les dijo: La generación mala y adúltera demanda señal;
pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás” (v. 39). Los milagros de
Jesús fueron de beneficio espiritual solo cuando condujeron a la fe en Él o
fortalecieron a quienes ya creían. Para los que no quisieron creer, los milagros de
Jesús no tuvieron ningún valor espiritual en absoluto, y Él no los realizaría para
entretener o satisfacer una curiosidad impía.
Cuando Jesús y sus discípulos se encontraron en Jerusalén con el hombre que había
sido ciego de nacimiento, “le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó,
éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó
éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn.9:2-3).
Jesús explicó que el hombre nació ciego para que su curación pudiera glorificar a
Dios.
Después que la vista del hombre le fue restaurada cuando se lavó en el estanque de
Siloé según Jesús había ordenado, los vecinos apenas podían creer que fuera la
misma persona a quien habían conocido desde la infancia como totalmente ciego e
indefenso. El hombre fue llevado delante de los fariseos, quienes aprovecharon la
ocasión para expresar varias opiniones sobre la santidad de Jesús. Puesto que se
atrevió a “trabajar” el día de reposo realizando un milagro, algunos de ellos estaban
seguros de que Jesús no podía venir de Dios. Otros argumentaron que una persona
que no era de Dios nunca podría hacer tales prodigios.
Algunos de los líderes ni siquiera creyeron al hombre que había sido ciego, y llamaron
a sus padres a atestiguar. Cuando les pidieron que explicaran lo que le sucedió a su
hijo, ellos declararon: “Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero
cómo vea ahora, no lo sabemos”. Cuando el hombre fue llamado por segunda vez, los
líderes le advirtieron: “Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es
pecador”, refiriéndose a Jesús. El antiguo ciego respondió que, aunque no podía estar
seguro del pecado de Jesús, sí estaba seguro de que fue Jesús quien lo había curado.
Además, el hombre no creía que alguien que fuera pecador pudiera hacer cosas tan
maravillosas como la que sin lugar a dudas Jesús había hecho por él. El hombre
insistió: “Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer”. Pero mientras el testimonio de
aquel hombre se hacía cada vez más favorable a Jesús, la incredulidad de los fariseos
solo se endurecía más y más. Finalmente dijeron al hombre: “Tú naciste del todo en
pecado, ¿y nos enseñas a nosotros?”. Después que los fariseos expulsaran al
individuo, Jesús se le acercó y le preguntó: “¿Crees tú en el Hijo de Dios?”. Cuando
descubrió que Jesús mismo era el Hijo del Hombre, aquel que había sido ciego
confesó: “Creo, Señor; y le adoró”. Entonces Jesús declaró: “Para juicio he venido yo a
este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados”. En
respuesta a algunos de los fariseos que le preguntaron: “¿Acaso nosotros somos
también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; más
ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (véase Jn.9:6-41).
Tal como esos fariseos lo ilustran a la perfección, cuando la incredulidad hace
indagaciones sobre la obra sobrenatural de Dios, sale con las manos vacías. Se topa
con un callejón sin salida cuando trata de probar cosas divinas. No puede reconocer
las obras de Dios porque no reconocerá la verdad de Dios. grande de todos los que Él
tenía.