Pedro Paramo
Pedro Paramo
1955
JUAN RULFO
PERRERAC
Vine a Com ala porque m e dij eron que acá vivía m i padre,
un t al Pedro Páram o. Mi m adre m e lo dij o. Y yo le prom et í
que vendría a ver lo en cuant o ella m ur iera. Le apret é sus
m anos en señal de que lo haría; pues ella est aba por
m orirse y yo en plan de prom et erlo t odo. «No dej es de ir a
visit ar lo —m e recom endó—. Se llam a de ot ro m odo y de
est e ot ro. Est oy segura de que le dará gust o conocert e».
Ent onces no pude hacer ot ra cosa sino decir le que así lo
haría, y de t ant o decírselo se lo seguí diciendo aun después
que a m is m anos les cost ó t rabaj o zafarse de sus m anos
m uert as.
Todavía ant es m e había dicho:
—No vayas a pedir le nada. Exígele lo nuest ro. Lo que
est uvo obligado a darm e y nunca m e dio… El olvido en que
nos t uvo, m i hij o, cóbraselo caro.
—Así lo haré, m adre.
Pero no pensé cum plir m i prom esa. Hast a que ahora pront o
com encé a llenarm e de sueños, a darle vuelo a las
ilusiones. Y de est e m odo se m e fue form ando un m undo
alrededor de la esperanza que era aquel señor llam ado
Pedro Páram o, el m arido de m i m adre. Por eso vine a
Com ala.
Era ese t iem po de la canícula, cuando el aire de agost o
sopla calient e, envenenado por el olor podr ido de las
saponarias.
El cam ino subía y baj aba: «Sube o baj a según se va o se
viene. Para el que va, sube; para el que viene, baj a».
—¿Cóm o dice ust ed que se llam a el pueblo que se ve allá
abaj o?
—Com ala, señor.
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—¿Est á seguro de que ya es Com ala?
—Seguro, señor.
—¿Y por qué se ve est o t an t r ist e?
—Son los t iem pos, señor.
Yo im aginaba ver aquello a t ravés de los recuerdos de m i
m adre; de su nost algia, ent re ret azos de suspiros. Siem pre
vivió ella suspirando por Com ala, por el ret orno; pero
j am ás volvió. Ahora yo vengo en su lugar . Traigo los oj os
con que ella m iró est as cosas, porque m e dio sus oj os para
ver: «Hay allí, pasando el puert o de Los Colim ot es, la vist a
m uy herm osa de una llanura verde, algo am arilla por el
m aíz m aduro. Desde ese lugar se ve Com ala, blanqueando
la t ierra, ilum inándola durant e la noche». Y su voz era
secret a, casi apagada, com o si hablara consigo m ism a… Mi
m adre.
—¿Y a qué va ust ed a Com ala, si se puede saber? —oí que
m e pregunt aban.
—Voy a ver a m i padr e —cont est é.
—¡Ah! —dij o él.
Y volvim os al silencio.
Cam inábam os cuest a abaj o, oyendo el t rot e rebot ado de los
burros. Los oj os revent ados por el sopor del sueño, en la
canícula de agost o.
—Bonit a fiest a le va a arm ar —volví a oír la voz del que iba
allí a m i lado—. Se pondrá cont ent o de ver a alguien
después de t ant os años que nadie viene por aquí.
Luego añadió:
—Sea ust ed quien sea, se alegrar á de ver lo.
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna
t ransparent e, deshecha en vapores por donde se t raslucía
un horizont e gr is. Y m ás allá, una línea de m ont añas. Y
t odavía m ás allá, la m ás rem ot a lej anía.
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—¿Y qué t razas t iene su padre, si se puede saber?
—No lo conozco —le dij e—. Sólo sé que se llam a Pedro
Páram o.
—¡Ah! , vaya.
—Sí, así m e dij eron que se llam aba.
Oí ot ra vez el «¡ah! » del arr iero.
Me había t opado con él en Los Encuent ros, donde se
cruzaban var ios cam inos. Me est uve allí esperando, hast a
que al fin apareció est e hom bre.
—¿Adónde va ust ed? —le pregunt é.
—Voy para abaj o, señor.
—¿Conoce un lugar llam ado Com ala?
—Para allá m ism o voy.
Y lo seguí. Fui t ras él t rat ando de em parej arm e a su paso,
hast a que pareció darse cuent a de que lo seguía y
dism inuyó la pr isa de su carrera. Después los dos íbam os
t an pegados que casi nos t ocábam os los hom bros.
—Yo t am bién soy hij o de Pedro Páram o —m e dij o.
Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío,
haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de t rast um bar los cerros, baj am os cada vez m ás.
Habíam os dej ado el aire calient e allá arr iba y nos íbam os
hundiendo en el pur o calor sin aire. Todo parecía est ar
com o en espera de algo.
—Hace calor aquí —dij e.
—Sí, y est o no es nada —m e cont est ó el ot ro—. Cálm ese.
Ya lo sent irá m ás fuert e cuando lleguem os a Com ala.
Aquello est á sobre las brasas de la t ierra, en la m era boca
del infierno. Con decir le que m uchos de los que allí se
m ueren, al llegar al infierno regresan por su cobij a.
—¿Conoce ust ed a Pedro Páram o? —le pregunt é.
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Me at reví a hacerlo porque vi en sus oj os una got a de
confianza.
—¿Quién es? —volví a pregunt ar.
—Un rencor vivo —m e cont est ó él.
Y dio un paj uelazo cont ra los burros, sin necesidad, ya que
los burros iban m ucho m ás adelant e de nosot ros,
encarrerados por la baj ada.
Sent í el ret rat o de m i m adre guardado en la bolsa de la
cam isa, calent ándom e el corazón, com o si ella t am bién
sudara. Era un ret rat o viej o, carcom ido en los bordes; pero
fue el único que conocí de ella. Me lo había encont rado en
el arm ar io de la cocina, dent ro de una cazuela llena de
yerbas: hoj as de t oronj il, flores de Cast illa, ram as de ruda.
Desde ent onces lo guardé. Era el único. Mi m adre siem pre
fue enem iga de ret rat arse. Decía que los ret rat os eran cosa
de bruj ería. Y así par ecía ser; porque el suyo est aba lleno
de aguj eros com o de aguj a, y en dirección del corazón t enía
uno m uy grande donde bien podía caber el dedo del
corazón.
Es el m ism o que t raigo aquí, pensando que podría dar buen
result ado para que m i padre m e reconociera.
—Mire ust ed —m e dice el arr iero, det eniéndose—: ¿Ve
aquella lom a que parece vej iga de puercos? Pues det rasit o
de ella est á la Media Luna. Ahora volt ié para allá. ¿Ve la
cej a de aquel cerro? Véala. Y ahora volt ié para est e ot ro
rum bo. ¿Ve la ot ra cej a que casi no se ve de lo lej os que
est á? Bueno, pues eso es la Media Luna de punt a a cabo.
Com o quien dice, t oda la t ierra que se puede abarcar con la
m ir ada. Y es de él t odo ese t errenal. El caso es que
nuest ras m adres nos m alpar ieron en un pet at e aunque
éram os hij os de Pedro Páram o. Y lo m ás chist oso es que él
nos llevó a baut izar . Con ust ed debe haber pasado lo
m ism o, ¿no?
—No m e acuerdo.
—¡Váyase m ucho al caraj o!
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—¿Qué dice ust ed?
—Que ya est am os llegando, señor.
—Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?
—Un correcam inos, señor. Así les nom bran a esos páj aros.
—No, yo pregunt aba por el pueblo, que se ve t an solo,
com o si est uviera abandonado. Parece que no lo habit ara
nadie.
—No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
—¿Y Pedro Páram o?
—Pedro Páram o m ur ió hace m uchos años.
Era la hora en que los niños j uegan en las calles de t odos
los pueblos, llenando con sus grit os la t arde. Cuando aún
las paredes negras reflej an la luz am ar illa del sol.
Al m enos eso había vist o en Sayula, t odavía ayer, a est a
m ism a hora. Y había vist o t am bién el vuelo de las palom as
rom piendo el aire quiet o, sacudiendo sus alas com o si se
desprendieran del día. Volaban y caían sobre los t ej ados,
m ient ras los grit os de los niños revolot eaban y parecían
t eñirse de azul en el cielo del at ardecer. Ahora est aba aquí,
en est e pueblo sin r uidos. Oía caer m is pisadas sobre las
piedras redondas con que est aban em pedradas las calles.
Mis pisadas huecas, repit iendo su sonido en el eco de las
paredes t eñidas por el sol del at ardecer.
Fui andando por la calle real en esa hora. Miré las casas
vacías; las puert as desport illadas, invadidas de yerba.
¿Cóm o m e dij o aquel fulano que se llam aba est a yerba? «La
capit ana, señor. Una plaga que nom ás espera que se vaya
la gent e para invadir las casas. Así las verá ust ed».
Al cruzar una bocacalle vi una señora envuelt a en su rebozo
que desapareció com o si no exist iera. Después volvieron a
m overse m is pasos y m is oj os siguieron asom ándose al
aguj ero de las puert as. Hast a que nuevam ent e la m uj er del
rebozo se cruzó frent e a m í.
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—¡Buenas noches! —m e dij o.
La seguí con la m irada. Le gr it é.
—¿Dónde vive doña Eduviges?
Y ella señaló con el dedo:
—Allá. La casa que est á j unt o al puent e.
Me di cuent a que su voz est aba hecha de hebras hum anas,
que su boca t enía dient es y una lengua que se t rababa y
dest rababa al hablar , y que sus oj os eran com o t odos los
oj os de la gent e que vive sobre la t ierra.
Había oscurecido.
Volvió a darm e las buenas noches. Y aunque no había niños
j ugando, ni palom as, ni t ej ados azules, sent í que el pueblo
vivía. Y que si yo escuchaba solam ent e el silencio, era
porque aún no est aba acost um brado al silencio; t al vez
porque m i cabeza venía llena de ruidos y de voces.
De voces, sí. Y aquí, donde el aire era escaso, se oían
m ej or. Se quedaban dent ro de uno, pesadas. Me acordé de
lo que m e había dicho m i m adre. «Allá m e oirás m ej or.
Est aré m ás cerca de t i. Encont rarás m ás cercana la voz de
m is recuerdos que la de m i m uert e, si es que alguna vez la
m uert e ha t enido alguna voz». Mi m adre… la viva.
Hubiera quer ido decirle: «Te equivocast e de dom icilio. Me
dist e una dirección m al dada. Me m andast e al “ ¿dónde es
est o y dónde es aquello?” . A un pueblo solit ar io. Buscando
a alguien que no exist e».
Llegué a la casa del puent e orient ándom e por el sonar del
río. Toqué la puert a; pero en falso. Mi m ano se sacudió en
el aire com o si el aire la hubiera abiert o. Una m uj er est aba
allí. Me dij o:
—Pase ust ed.
Y ent ré.
Me había quedado en Com ala. El arr iero, que se siguió de
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filo, m e inform ó t odavía ant es de despedir se:
—Yo voy m ás allá, donde se ve la t rabazón de los cerros.
Allá t engo m i casa. Si ust ed quiere venir , será bienvenido.
Ahora que si quiere quedarse aquí, ahí se lo haiga; aunque
no est aría por dem ás que le echara una oj eada al pueblo,
t al vez encuent re algún vecino vivient e.
Y m e quedé. A eso venía.
—¿Dónde podré encont rar aloj am ient o? —le pregunt é ya
casi a gr it os.
—Busque a doña Eduviges, si es que t odavía vive. Dígale
que va de m i part e.
—¿Y cóm o se llam a ust ed?
—Abundio —m e cont est ó. Pero ya no alcancé a oír el
apellido.
—Soy Eduviges Dyada. Pase ust ed.
Parecía que m e hubiera est ado esperando. Tenía t odo
dispuest o, según m e dij o, haciendo que la siguiera por una
larga serie de cuart os oscuros, al parecer desolados.
Pero no; porque, en cuant o m e acost um bré a la oscur idad y
al delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer som bras a
am bos lados y sent í que íbam os cam inando a t ravés de un
angost o pasillo abiert o ent re bult os.
—¿Qué es lo que hay aquí? —pregunt é.
—Tiliches —m e dij o ella—. Tengo la casa t oda ent ilichada.
La escogieron para guardar sus m uebles los que se fueron,
y nadie ha regresado por ellos. Pero el cuart o que le he
reservado est á al fondo. Lo t engo siem pre descom brado por
si alguien viene. ¿De m odo que ust ed es hij o de ella?
—¿De quién? —respondí.
—De Dolorit as.
—Sí, pero ¿cóm o lo sabe?
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—Ella m e avisó que ust ed vendría. Y hoy precisam ent e.
Que llegar ía hoy.
—¿Quién? ¿Mi m adre?
—Sí. Ella.
Yo no supe qué pensar. Ni ella m e dej ó en qué pensar:
—Ést e es su cuart o —m e dij o.
No t enía puert as, solam ent e aquella por donde habíam os
ent rado. Encendió la vela y lo vi vacío.
—Aquí no hay dónde acost arse —le dij e.
—No se preocupe por eso. Ust ed ha de venir cansado y el
sueño es m uy buen colchón para el cansancio. Ya m añana
le arreglaré su cam a. Com o ust ed sabe, no es fácil aj uarear
las cosas en un dos por t res. Para eso hay que est ar
prevenido, y la m adre de ust ed no m e avisó sino hast a
ahora.
—Mi m adre —dij e—, m i m adre ya m ur ió.
—Ent onces ésa fue la causa de que su voz se oyera t an
débil, com o si hubiera t enido que at ravesar una dist ancia
m uy larga para llegar hast a aquí. Ahora lo ent iendo. ¿Y
cuánt o hace que m urió?
—Hace ya siet e días.
—Pobre de ella. Se ha de haber sent ido abandonada. Nos
hicim os la prom esa de m orir j unt as. De ir nos las dos para
darnos ánim o una a la ot ra en el ot ro viaj e, por si se
necesit ara, por si acaso encont rábam os alguna dificult ad.
Éram os m uy am igas. ¿Nunca le habló de m í?
—No, nunca.
—Me parece raro. Claro que ent onces éram os unas
chiquillas. Y ella est aba apenas recién casada. Pero nos
queríam os m ucho. Tu m adre era t an bonit a, t an, digam os,
t an t ierna, que daba gust o quererla. Daban ganas de
quererla. ¿De m odo que m e lleva vent aj a, no? Pero t en la
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seguridad de que la alcanzaré. Sólo yo ent iendo lo lej os que
est á el cielo de nosot ros; pero conozco cóm o acort ar las
veredas. Todo consist e en m orir, Dios m ediant e, cuando
uno quiera y no cuando Él lo disponga. O, si t ú quieres,
forzarlo a disponer ant es de t iem po. Perdónam e que t e
hable de t ú; lo hago porque t e considero com o m i hij o. Sí,
m uchas veces dij e: «El hij o de Dolores debió haber sido
m ío». Después t e diré por qué. Lo único que quiero decirt e
ahora es que alcanzaré a t u m adre en alguno de los
cam inos de la et ernidad.
Yo creía que aquella m uj er est aba loca. Luego ya no creí
nada. Me sent í en un m undo lej ano y m e dej é arrast rar. Mi
cuerpo, que parecía afloj arse, se doblaba ant e t odo, había
solt ado sus am arras y cualquiera podía j ugar con él com o si
fuera de t rapo.
—Est oy cansado —le dij e.
—Ven a t om ar ant es algún bocado. Algo de algo. Cualquier
cosa.
—I ré. I ré después.
El agua que got eaba de las t ej as hacía un aguj ero en la
arena del pat io. Sonaba: plas, plas y luego ot ra vez plas en
m it ad de una hoj a de laurel que daba vuelt as y rebot es
m et ida en la hendidura de los ladr illos. Ya se había ido la
t orm ent a. Ahora de vez en cuando la brisa sacudía las
ram as del granado haciéndolas chorrear una lluvia espesa,
est am pando la t ierra con got as brillant es que luego se
em pañaban. Las gallinas, engarruñadas com o si durm ieran,
sacudían de pront o sus alas y salían al pat io, picot eando de
prisa, at rapando las lom brices desent erradas por la lluvia.
Al recorrerse las nubes, el sol sacaba luz a las piedras,
ir isaba t odo de colores, se bebía el agua de la t ierra, j ugaba
con el aire dándole br illo a las hoj as con que j ugaba el aire.
—¿Qué t ant o haces en el excusado, m uchacho?
—Nada, m am á.
—Si sigues allí va a salir una culebra y t e va a m order.
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—Sí, m am á.
«Pensaba en t i, Susana. En las lom as verdes. Cuando
volábam os papalot es en la época del aire. Oíam os allá
abaj o el rum or vivient e del pueblo m ient ras est ábam os
encim a de él, arr iba de la lom a, en t ant o se nos iba el hilo
de cáñam o arrast rado por el vient o. “ Ayúdam e, Susana” . Y
unas m anos suaves se apret aban a nuest ras m anos.
“ Suelt a m ás hilo” .
»El aire nos hacía reír; j unt aba la m irada de nuest ros oj os,
m ient ras el hilo corr ía ent re los dedos det rás del vient o,
hast a que se rom pía con un leve cruj ido com o si hubiera
sido t rozado por las alas de algún páj aro. Y allá arr iba, el
páj aro de papel caía en m arom as arrast rando su cola de
hilacho, perdiéndose en el verdor de la t ier ra.
»Tus labios est aban m oj ados com o si los hubiera besado el
rocío».
—Te he dicho que t e salgas del excusado, m uchacho.
—Sí, m am á. Ya voy:
«De t i m e acordaba. Cuando t ú est abas allí m irándom e con
t us oj os de aguam arina».
Alzó la vist a y m iró a su m adre en la puert a.
—¿Por qué t ardas t ant o en salir? ¿Qué haces aquí?
—Est oy pensando.
—¿Y no puedes hacerlo en ot ra part e? Es dañoso est ar
m ucho t iem po en el excusado. Adem ás, debías de ocupart e
en algo. ¿Por qué no vas con t u abuela a desgranar m aíz?
—Ya voy, m am á. Ya voy.
—Abuela, vengo a ayudarle a desgranar m aíz.
—Ya t erm inam os; pero vam os a hacer chocolat e. ¿Dónde t e
habías m et ido? Todo el rat o que duró la t orm ent a t e
anduvim os buscando.
—Est aba en el ot ro pat io.
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—¿Y qué est abas haciendo? ¿Rezando?
—No, abuela, solam ent e est aba viendo llover.
La abuela lo m iró con aquellos oj os m edio grises, m edio
am ar illos, que ella t enía y que parecían adivinar lo que
había dent ro de uno.
—Vet e, pues, a lim piar el m olino.
«A cent enares de m et ros, encim a de t odas las nubes, m ás,
m ucho m ás allá de t odo, est ás escondida t ú, Susana.
Escondida en la inm ensidad de Dios, det rás de su Divina
Providencia, donde yo no puedo alcanzart e ni vert e y
adonde no llegan m is palabras».
—Abuela, el m olino no sirve, t iene el gusano rot o.
—Esa Micaela ha de haber m olido m olcat es en él. No se le
quit a esa m ala cost um bre; pero en fin, ya no t iene
rem edio.
—¿Por qué no com pram os ot ro? Ést e ya de t an viej o ni
servía.
—Dices bien. Aunque con los gast os que hicim os para
ent errar a t u abuelo y los diezm os que le hem os pagado a
la I glesia nos hem os quedado sin un cent avo. Sin em bargo,
harem os un sacrificio y com prarem os ot ro. Sería bueno que
fueras a ver a doña I nés Villalpando y le pidieras que nos lo
fiara para oct ubre. Se lo pagarem os en las cosechas.
—Sí, abuela.
—Y de paso, para que hagas el m andado com plet o, dile que
nos em prest e un cernidor y una podadera; con lo crecidas
que est án las m at as ya m ero se nos m et en en las
t rasij aderas. Si yo t uviera m i casa grande, con aquellos
grandes corrales que t enía, no m e est aría quej ando. Pero t u
abuelo le j erró con venirse aquí. Todo sea por Dios: nunca
han de salir las cosas com o uno quiere. Dile a doña I nés
que le pagarem os en las cosechas t odo lo que le debem os.
—Sí, abuela.
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Había chuparrosas. Era la época. Se oía el zum bido de sus
alas ent re las flores del j azm ín que se caía de flores.
Se dio una vuelt a por la repisa del Sagrado Corazón y
encont ró veint icuat ro cent avos. Dej ó los cuat ro cent avos y
t om ó el veint e.
Ant es de salir, su m adre lo det uvo:
—¿Adónde vas?
—Con doña I nés Villalpando por un m olino nuevo. El que
t eníam os se quebró.
—Dile que t e dé un m et ro de t afet a negra, com o ést a —y le
dio la m uest ra—. Que lo cargue en nuest ra cuent a.
—Muy bien, m am á.
—A t u regreso cóm pram e unas cafiaspir inas. En la m acet a
del pasillo encont rarás dinero.
Encont ró un peso. Dej ó el veint e y agarró el peso.
«Ahora m e sobrará dinero para lo que se ofrezca», pensó.
—¡Pedro! —le gr it aron—. ¡Pedro!
Pero él ya no oyó. I ba m uy lej os.
Por la noche volvió a llover. Se est uvo oyendo el borbot ar
del agua durant e largo rat o; luego se ha de haber dorm ido,
porque cuando despert ó sólo se oía una llovizna callada.
Los vidr ios de la vent ana est aban opacos, y del ot ro lado
las got as resbalaban en hilos gruesos com o de lágr im as.
«Miraba caer las got as ilum inadas por los relám pagos, y
cada vez que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba,
pensaba en t i, Susana».
La lluvia se convert ía en br isa. Oyó: «El perdón de los
pecados y la resurrección de la carne. Am én». Eso era acá
adent ro, donde unas m uj eres rezaban el final del rosario.
Se levant aban; encerraban los páj aros; at rancaban la
puert a; apagaban la luz.
Sólo quedaba la luz de la noche, el siseo de la lluvia com o
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un m urm ullo de gr illos…
—¿Por qué no has ido a rezar el rosario? Est am os en el
novenario de t u abuelo.
Allí est aba su m adre en el um bral de la puert a, con una
vela en la m ano. Su som bra descorrida hacia el t echo,
larga, desdoblada. Y las vigas del t echo la devolvían en
pedazos, despedazada.
—Me sient o t rist e —dij o.
Ent onces ella se dio vuelt a. Apagó la llam a de la vela. Cerró
la puert a y abr ió sus sollozos, que se siguieron oyendo
confundidos con la lluvia.
El reloj de la iglesia dio las horas, una t r as ot ra, una t r as
ot ra, com o si se hubiera encogido el t iem po.
—Pues sí, yo est uve a punt o de ser t u m adre. ¿Nunca t e
plat icó ella nada de est o?
—No. Sólo m e cont aba cosas buenas. De ust ed vine a saber
por el arr iero que m e t raj o hast a aquí, un t al Abundio.
—El bueno de Abundio. ¿Así que t odavía m e recuerda? Yo le
daba sus propinas por cada pasaj ero que encam inara a m i
casa. Y a los dos nos iba bien. Ahora, desvent uradam ent e,
los t iem pos han cam biado, pues desde que est o est á
em pobrecido ya nadie se com unica con nosot ros. ¿De m odo
que él t e recom endó que vinieras a verm e?
—Me encargó que la buscara.
—No puedo m enos que agradecérselo. Fue buen hom bre y
m uy cum plido. Era quien nos acarreaba el correo, y lo
siguió haciendo t odavía después que se quedó sordo. Me
acuerdo del desvent urado día que le sucedió su desgracia.
Todos nos conm ovim os, porque t odos lo queríam os. Nos
llevaba y t raía cart as. Nos cont aba cóm o andaban las cosas
allá del ot ro lado del m undo, y seguram ent e a ellos les
cont aba cóm o andábam os nosot ros. Era un gran plat icador.
Después ya no. Dej ó de hablar. Decía que no t enía sent ido
ponerse a decir cosas que él no oía, que no le sonaban a
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nada, a las que no les encont raba ningún sabor. Todo
sucedió a raíz de que le t ronó m uy cerca de la cabeza uno
de esos cohet ones que usam os aquí para espant ar las
culebras de agua. Desde ent onces enm udeció, aunque no
era m udo; pero, eso sí, no se le acabó lo buena gent e.
—Est e de que le hablo oía bien.
—No debe ser él. Adem ás, Abundio ya m urió. Debe haber
m uert o seguram ent e. ¿Te das cuent a? Así que no puede ser
él.
—Est oy de acuerdo con ust ed.
—Bueno, volviendo a t u m adre, t e iba diciendo…
Sin dej ar de oír la, m e puse a m irar a la m uj er que t enía
frent e a m í. Pensé que debía haber pasado por años
difíciles. Su cara se t ransparent aba com o si no t uviera
sangre, y sus m anos est aban m archit as; m archit as y
apret adas de arrugas. No se le veían los oj os. Llevaba un
vest ido blanco m uy ant iguo, recargado de holanes, y del
cuello, enhilada en un cordón, le colgaba una María
Sant ísim a del Refugio con un let rero que decía: «Refugio de
pecadores».
—… Ese suj et o de que t e est oy hablando t rabaj aba com o
«am ansador» en la Media Luna; decía llam arse I nocencio
Osorio. Aunque t odos lo conocíam os por el m al nom bre del
Salt aper ico por ser m uy liviano y ágil para los br incos. Mi
com padre Pedro decía que est aba que ni m andado a hacer
para am ansar pot r illos; pero lo ciert o es que él t enía ot ro
oficio: el de «provocador». Era provocador de sueños. Eso
es lo que era verdaderam ent e. Y a t u m adre la enredó
com o lo hacía con m uchas. Ent re ot ras, conm igo. Una vez
que m e sent í enferm a se present ó y m e dij o: «Te vengo a
pulsear para que t e alivies». Y t odo aquello consist ía en que
se solt aba sobándola a una, prim ero en las yem as de los
dedos, luego rest regando las m anos; después los brazos, y
acababa m et iéndose con las piernas de una, en fr ío, así que
aquello al cabo de un rat o producía calent ura. Y, m ient ras
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m aniobraba, t e hablaba de t u fut uro. Se ponía en t rance,
rem olineaba los oj os invocando y m aldiciendo; llenándot e
de escupit aj os com o hacen los git anos. A veces se quedaba
en cueros porque decía que ése era nuest ro deseo. Y a
veces le at inaba; picaba por t ant os lados que con alguno
t enía que dar .
»La cosa es que el t al Osorio le pronost icó a t u m adre,
cuando fue a ver lo, que “ esa noche no debía repegarse a
ningún hom bre porque est aba brava la luna” .
»Dolores fue a decir m e t oda apurada que no podía. Que
sim plem ent e se le hacía im posible acost arse esa noche con
Pedro Páram o. Era su noche de bodas. Y ahí m e t ienes a m í
t rat ando de convencerla de que no se cr eyera del Osor io,
que por ot ra part e era un em baucador em bust ero.
»—No puedo —m e dij o—. Anda t ú por m í. No lo not ará.
»Claro que yo era m ucho m ás j oven que ella. Y un poco
m enos m orena; pero est o ni se not a en lo oscuro.
»—No puede ser, Dolores, t ienes que ir t ú.
»—Hazm e ese favor. Te lo pagaré con ot ros.
»Tu m adre en ese t iem po era una m uchachit a de oj os
hum ildes. Si algo t enía bonit o t u m adre, eran los oj os. Y
sabían convencer.
»—Ve t ú en m i lugar —m e decía.
»Me valí de la oscuridad y de ot ra cosa que ella no sabía: y
es que a m í t am bién m e gust aba Pedro Pár am o.
»Me acost é con él, con gust o, con ganas. Me at rinchilé a su
cuerpo; pero el j olgorio del día ant er ior lo había dej ado
rendido, así que se pasó la noche roncando. Todo lo que
hizo fue ent reverar sus piernas ent re m is piernas.
»Ant es que am aneciera m e levant é y fui a ver a Dolores. Le
dij e:
»—Ahora anda t ú. Ést e es ya ot ro día.
16
»—¿Qué t e hizo? —m e pregunt ó.
»—Todavía no lo sé —le cont est é.
»Al año siguient e nacist e t ú; pero no de m í, aunque est uvo
en un pelo que así fuera.
»Quizá t u m adre no t e cont ó est o por vergüenza.
«… Llanuras verdes. Ver subir y baj ar el horizont e con el
vient o que m ueve las espigas, el rizar de la t arde con una
lluvia de t riples rizos. El color de la t ierra, el olor de la
alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a m iel derram ada…».
»Ella siem pre odió a Pedro Páram o. “ ¡Dolorit as! ¿Ya ordenó
que m e preparen el desayuno?” . Y t u m adre se levant aba
ant es del am anecer. Prendía el nixt enco. Los gat os se
despert aban con el olor de la lum bre. Y ella iba de aquí
para allá, seguida por el rondín de gat os. “ ¡Doña
Dolorit as! ” .
»¿Cuánt as veces oyó t u m adre aquel llam ado? “ Doña
Dolorit as, est o est á frío. Est o no sirve” . ¿Cuánt as veces? Y
aunque est aba acost um brada a pasar lo peor, sus oj os
hum ildes se endurecieron.
«… No sent ir ot ro sabor sino el del azahar de los naranj os
en la t ibieza del t iem po».
»Ent onces com enzó a suspirar .
»—¿Por qué suspira ust ed, Dolor it as?
»Yo los había acom pañado esa t arde. Est ábam os en m it ad
del cam po m irando pasar las parvadas de los t ordos. Un
zopilot e solit ar io se m ecía en el cielo.
»—¿Por qué suspira ust ed, Dolor it as?
»—Quisiera ser zopilot e para volar a donde vive m i
herm ana.
»—No falt aba m ás, doña Dolorit as. Ahora m ism o irá ust ed a
ver a su herm ana. Regresem os. Que le preparen sus
m alet as. No falt aba m ás.
17
»Y t u m adre se fue:
»—Hast a luego, don Pedro.
»—¡Adiós, Dolor it as!
»Se fue de la Media Luna para siem pre. Yo le pregunt é
m uchos m eses después a Pedro Páram o por ella.
»—Quería m ás a su herm ana que a m í. Allá debe est ar a
gust o. Adem ás ya m e t enía enfadado. No pienso inquir ir por
ella, si es eso lo que t e preocupa.
»—¿Pero de qué vivir án?
»—Que Dios los asist a».
«… El abandono en que nos t uvo, m i hij o, cóbraselo caro».
—Y así hast a ahora que ella m e avisó que vendrías a
verm e, no volvim os a saber m ás de ella.
—La de cosas que han pasado —le dij e—. Vivíam os en
Colim a arr im ados a la t ía Gert rudis que nos echaba en cara
nuest ra carga. «¿Por qué no regresas con t u m ar ido?», le
decía a m i m adre.
»—¿Acaso él ha enviado por m í? No m e voy si él no m e
llam a. Vine porque t e quería ver. Porque t e quería, por eso
vine.
»—Lo com prendo. Pero ya va siendo hora de que t e vayas.
»—Si consist iera en m í».
Pensé que aquella m uj er m e est aba oyendo; pero not é que
t enía borneada la cabeza com o si escuchara algún rum or
lej ano. Luego dij o:
—¿Cuándo descansarás?
«El día que t e fuist e ent endí que no t e volvería a ver. I bas
t eñida de roj o por el sol de la t arde, por el crepúsculo
ensangrent ado del cielo. Sonreías. Dej abas at rás un pueblo
del que m uchas veces m e dij ist e: “ Lo quiero por t i; pero lo
odio por t odo lo dem ás, hast a por haber nacido en él” .
18
Pensé: “ No regresará j am ás; no volverá nunca” ».
—¿Qué haces aquí a est as horas? ¿No est ás t rabaj ando?
—No, abuela. Rogelio quiere que le cuide al niño. Me paso
paseándolo. Cuest a t r abaj o at ender las dos cosas: al niño y
el t elégrafo, m ient ras que él se vive t om ando cervezas en
el billar. Adem ás no m e paga nada.
—No est ás allí para ganar dinero, sino para aprender;
cuando ya sepas algo, ent onces podrás ser exigent e. Por
ahora eres sólo un aprendiz; quizá m añana o pasado
llegues a ser t ú el j efe. Pero para eso se necesit a paciencia
y, m ás que nada, hum ildad. Si t e ponen a pasear al niño,
hazlo, por el am or de Dios. Es necesario que t e resignes.
—Que se resignen ot ros, abuela, yo no est oy para
resignaciones.
—¡Tú y t us rarezas! Sient o que t e va a ir m al, Pedro
Páram o.
—¿Qué es lo que pasa, doña Eduviges?
Ella sacudió la cabeza com o si despert ara de un sueño.
—Es el caballo de Miguel Páram o, que galopa por el cam ino
de la Media Luna.
—¿Ent onces vive alguien en la Media Luna?
—No, allí no vive nadie.
—¿Ent onces?
—Solam ent e es el caballo que va y viene. Ellos eran
inseparables. Corre por t odas part es buscándolo y siem pr e
regresa a est as horas. Quizá el pobre no puede con su
rem ordim ient o. ¿Cóm o hast a los anim ales se dan cuent a de
cuando com et en un crim en, no?
—No ent iendo. Ni he oído ningún ruido de ningún caballo.
—¿No?
—No.
19
—Ent onces es cosa de m i sext o sent ido. Un don que Dios
m e dio; o t al vez sea una m aldición. Sólo yo sé lo que he
sufrido a causa de est o.
Guardó silencio un rat o y luego añadió:
—Todo com enzó con Miguel Páram o. Sólo yo supe lo que le
había pasado la noche que m urió. Est aba ya acost ada
cuando oí regresar su caballo rum bo a la Media Luna. Me
ext rañó porque nunca volvía a esas horas. Siem pre lo hacía
ent rada la m adrugada. I ba a plat icar con su novia a un
pueblo llam ado Cont la, algo lej os de aquí. Salía t em prano y
t ardaba en volver. Pero esa noche no regresó… ¿Lo oyes
ahora? Est á claro que se oye. Viene de regreso.
—No oigo nada.
—Ent onces es cosa m ía. Bueno, com o t e est aba diciendo,
eso de que no regresó es un puro decir. No había acabado
de pasar su caballo cuando sent í que m e t ocaban por la
vent ana. Ve t ú a saber si fue ilusión m ía. Lo ciert o es que
algo m e obligó a ir a ver quién era. Y era él, Miguel Páram o.
No m e ext rañó verlo, pues hubo un t iem po que se pasaba
las noches en m i casa durm iendo conm igo, hast a que
encont ró esa m uchacha que le sorbió los sesos.
»—¿Qué pasó? —le dij e a Miguel Páram o—. ¿Te dieron
calabazas?
»—No. Ella m e sigue queriendo —m e dij o—. Lo que sucede
es que yo no pude dar con ella. Se m e perdió el pueblo.
Había m ucha neblina o hum o o no sé qué; pero sí sé que
Cont la no exist e. Fui m ás allá, según m is cálculos, y no
encont ré nada. Vengo a cont árt elo a t i, porque t ú m e
com prendes. Si se lo dij era a los dem ás de Com ala dir ían
que est oy loco, com o siem pre han dicho que lo est oy.
»—No. Loco no, Miguel. Debes est ar m uert o. Acuérdat e que
t e dij eron que ese caballo t e iba a m at ar algún día.
Acuérdat e, Miguel Páram o. Tal vez t e pusist e a hacer
locuras y eso ya es ot ra cosa.
»—Sólo brinqué el lienzo de piedra que últ im am ent e m andó
20
poner m i padre. Hice que el Colorado lo brincara para no ir
a dar ese rodeo t an largo que hay que hacer ahora para
encont rar el cam ino. Sé que lo brinqué y después seguí
corriendo; pero, com o t e digo, no había m ás que hum o y
hum o y hum o.
»—Mañana t u padre se t orcerá de dolor —le dij e—. Lo
sient o por él. Ahora vet e y descansa en paz, Miguel. Te
agradezco que hayas venido a despedirt e de m í.
»Y cerré la vent ana.
»Ant es de que am aneciera un m ozo de la Media Luna vino a
decir:
»—El pat rón don Pedr o le suplica. El niño Miguel ha m uert o.
Le suplica su com pañía.
»—Ya lo sé —le dij e—. ¿Te pidieron que llor aras?
»—Sí, don Fulgor m e dij o que se lo dij era llorando.
»—Est á bien. Dile a don Pedro que allá ir é. ¿Hace m ucho
que lo t raj eron?
»—No hace ni m edia hora. De ser ant es, t al vez se hubiera
salvado. Aunque, según el doct or que lo palpó, ya est aba
fr ío desde t iem po at rás. Lo supim os porque el Colorado
volvió solo y se puso t an inquiet o que no dej ó dorm ir a
nadie. Ust ed sabe cóm o se querían él y el caballo, y hast a
est oy por creer que el anim al sufre m ás que don Pedro. No
ha com ido ni dorm ido y nom ás se vuelve un puro corret ear.
Com o que sabe, ¿sabe ust ed? Com o que se sient e
despedazado y carcom ido por dent ro.
»—No se t e olvide cerrar la puert a cuando t e vayas.
»Y el m ozo de la Media Luna se fue.
«—¿Has oído alguna vez el quej ido de un m uert o?», m e
pregunt ó a m í.
—No, doña Eduviges.
—Más t e vale.
21
En el hidrant e las got as caen una t ras ot ra. Uno oye, salida
de la piedra, el agua clara caer sobre el cánt aro. Uno oye.
Oye rum ores; pies que raspan el suelo, que cam inan, que
van y vienen. Las got as siguen cayendo sin cesar. El
cánt aro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo
m oj ado.
«¡Despiert a! », le dicen.
Reconoce el sonido de la voz. Trat a de adivinar quién es;
pero el cuerpo se afloj a y cae adorm ecido, aplast ado por el
peso del sueño. Unas m anos est ir an las cobij as
prendiéndose de ellas, y debaj o de su calor el cuerpo se
esconde buscando la paz.
«¡Despiért at e! », vuelven a decir .
La voz sacude los hom bros. Hace enderezar el cuerpo.
Ent reabre los oj os. Se oyen las got as de agua que caen del
hidrant e sobre el cánt aro raso. Se oyen pasos que se
arrast ran… Y el llant o.
Ent onces oyó el llant o. Eso lo despert ó: un llant o suave,
delgado, que quizá por delgado pudo t raspasar la m araña
del sueño, llegando hast a el lugar donde anidan los
sobresalt os.
Se levant ó despacio y vio la cara de una m uj er recost ada
cont ra el m arco de la puert a, oscurecida t odavía por la
noche, sollozando.
—¿Por qué lloras, m am á? —pregunt ó; pues en cuant o puso
los pies en el suelo reconoció el rost ro de su m adre.
—Tu padre ha m uert o —le dij o.
Y luego, com o si se le hubieran solt ado los resort es de su
pena, se dio vuelt a sobre sí m ism a una y ot ra vez, una y
ot ra vez, hast a que unas m anos llegaron hast a sus
hom bros y lograron det ener el rebullir de su cuerpo.
Por la puert a se veía el am anecer en el cielo. No había
est rellas. Sólo un cielo plom izo, gr is, aún no aclarado por la
lum inosidad del sol. Una luz parda, com o si no fuera a
22
com enzar el día, sino com o si apenas est uviera llegando el
principio de la noche.
Afuera en el pat io, los pasos, com o de gent e que ronda.
Ruidos callados. Y aquí, aquella m uj er, de pie en el um bral;
su cuerpo im pidiendo la llegada del día; dej ando asom ar, a
t ravés de sus brazos, ret azos de cielo, y debaj o de sus pies
regueros de luz; una luz asperj ada com o si el suelo debaj o
de ella est uviera anegado en lágr im as. Y después el sollozo.
Ot ra vez el llant o suave pero agudo, y la pena haciendo
ret orcer su cuerpo.
—Han m at ado a t u padre.
—¿Y a t i quién t e m at ó, m adre?
«Hay aire y sol, hay nubes. Allá arr iba un cielo azul y det rás
de él t al vez haya canciones; t al vez m ej ores voces… Hay
esperanza, en sum a. Hay esperanza para nosot ros, cont ra
nuest ro pesar.
»Pero no para t i, Miguel Páram o, que has m uert o sin
perdón y no alcanzar ás ninguna gracia».
El padre Rent ería dio vuelt a al cuerpo y ent regó la m isa al
pasado. Se dio prisa por t erm inar pront o y salió sin dar la
bendición final a aquella gent e que llenaba la iglesia.
—¡Padre, querem os que nos lo bendiga!
—¡No! —dij o m oviendo negat ivam ent e la cabeza—. No lo
haré. Fue un m al hom bre y no ent rará al Reino de los
Cielos. Dios m e t om ará a m al que int erceda por él.
Lo decía, m ient ras t r at aba de ret ener sus m anos para que
no enseñaran su t em blor. Pero fue.
Aquel cadáver pesaba m ucho en el ánim o de t odos. Est aba
sobre una t arim a, en m edio de la iglesia, rodeado de cir ios
nuevos, de flores, de un padre que est aba det rás de él,
solo, esperando que t erm inara la velación.
El padre Rent ería pasó j unt o a Pedro Páram o procurando no
rozarle los hom bros. Levant ó el hisopo con adem anes
23
suaves y roció el agua bendit a de arr iba abaj o, m ient ras
salía de su boca un m urm ullo, que podía ser de oraciones.
Después se arrodilló y t odo el m undo se arr odilló con él:
—Ten piedad de t u siervo, Señor.
—Que descanse en paz, am én —cont est aron las voces.
Y cuando em pezaba a llenarse nuevam ent e de cólera, vio
que t odos abandonaban la iglesia llevándose el cadáver de
Miguel Páram o.
Pedro Páram o se acercó, arrodillándose a su lado:
—Yo sé que ust ed lo odiaba, padre. Y con razón. El
asesinat o de su herm ano, que según rum ores fue com et ido
por m i hij o; el caso de su sobrina Ana, violada por él según
el j uicio de ust ed; las ofensas y falt a de respet o que le t uvo
en ocasiones, son m ot ivos que cualquier a puede adm it ir.
Pero olvídese ahora, padre. Considérelo y perdónelo com o
quizá Dios lo haya perdonado.
Puso sobre el reclinat orio un puño de m onedas de oro y se
levant ó:
—Reciba eso com o una lim osna para su iglesia.
La iglesia est aba ya vacía. Dos hom bres esperaban en la
puert a de Pedro Páram o, quien se j unt ó con ellos, y j unt os
siguieron el féret ro que aguardaba descansando sobre los
hom bros de cuat ro caporales de la Media Luna.
El padre Rent ería recogió las m onedas una por una y se
acercó al alt ar.
—Son t uyas —dij o—. Él puede com prar la salvación. Tú
sabes si ést e es el precio. En cuant o a m í, Señor, m e pongo
ant e t us plant as par a pedirt e lo j ust o o lo inj ust o, que t odo
nos es dado pedir… Por m í, condénalo, Señor.
Y cerró el sagrar io.
Ent ró en la sacrist ía, se echó en un rincón, y allí lloró de
pena y de t r ist eza hast a agot ar sus lágr im as.
24
—Est á bien, Señor, t ú ganas —dij o después.
Durant e la cena t om ó su chocolat e com o t odas las noches.
Se sent ía t ranquilo.
—Oye, Anit a. ¿Sabes a quién ent erraron hoy?
—No, t ío.
—¿Te acuerdas de Miguel Páram o?
—Sí, t ío.
—Pues a él.
Ana agachó la cabeza.
—Est ás segura de que él fue, ¿verdad?
—Segura no, t ío. No le vi la cara. Me agarró de noche y en
lo oscuro.
—¿Ent onces cóm o supist e que era Miguel Páram o?
—Porque él m e lo dij o: «Soy Miguel Páram o, Ana. No t e
asust es». Eso m e dij o.
—¿Pero sabías que era el aut or de la m uert e de t u padre,
no?
—Sí, t ío.
—¿Ent onces qué hicist e para alej arlo?
—No hice nada.
Los dos guardaron silencio por un rat o. Se oía el aire t ibio
ent re las hoj as del ar r ayán.
—Me dij o que precisam ent e a eso venía: a pedirm e
disculpas y a que yo lo perdonara. Sin m overm e de la cam a
le avisé: «La vent ana est á abiert a». Y él ent ró. Llegó
abrazándom e, com o si ésa fuera la form a de disculparse
por lo que había hecho. Y yo le sonreí. Pensé en lo que
ust ed m e había enseñado: que nunca hay que odiar a
nadie. Le sonreí para decírselo; pero después pensé que él
no pudo ver m i sonrisa, porque yo no lo veía a él, por lo
negra que est aba la noche. Solam ent e lo sent í encim a de
25
m í y que com enzaba a hacer cosas m alas conm igo.
»Creí que m e iba a m at ar. Eso fue lo que creí, t ío. Y hast a
dej é de pensar para m orirm e ant es de que él m e m at ara.
Pero seguram ent e no se at revió a hacer lo.
»Lo supe cuando abr í los oj os y vi la luz de la m añana que
ent raba por la vent ana abiert a. Ant es de esa hora, sent í
que había dej ado de exist ir .
—Pero debes t ener alguna seguridad. La voz. ¿No lo
conocist e por su voz?
—No lo conocía por nada. Sólo sabía que había m at ado a m i
padre. Nunca lo había vist o y después no lo llegué a ver. No
hubiera podido, t ío.
—Pero sabías quién era.
—Sí. Y qué cosa era. Sé que ahora debe est ar en lo m ero
hondo del infierno; porque así se lo he pedido a t odos los
sant os con t odo m i fervor.
—No est és t an convencida de eso, hij a. ¡Quién sabe
cuánt os est én rezando ahora por él! Tú est ás sola. Un
ruego cont ra m iles de ruegos. Y ent re ellos, algunos m ucho
m ás hondos que el t uyo, com o es el de su padre.
I ba a decir le: «Adem ás, yo le he dado el perdón». Pero sólo
lo pensó. No quiso m alt rat ar el alm a m edio quebrada de
aquella m uchacha. Ant es, por el cont rario, la t om ó del
brazo y le dij o:
—Dém osle gracias a Dios Nuest ro Señor porque se lo ha
llevado de est a t ierr a donde causó t ant o m al, no im port a
que ahora lo t enga en su cielo.
Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle real con el
cam ino de Cont la. Nadie lo vio. Sin em bargo, una m uj er
que esperaba en las afueras del pueblo cont ó que había
vist o el caballo corr iendo con las piernas dobladas com o si
se fuera a ir de bruces. Reconoció el alazán de Miguel
Páram o. Y hast a pensó: «Ese anim al se va a rom per la
cabeza». Luego vio cuando enderezaba el cuerpo y, sin
26
afloj ar la carrera, cam inaba con el pescuezo echado hacia
at rás com o si viniera asust ado por algo que había dej ado
allá at rás.
Esos chism es llegaron a la Media Luna la noche del ent ierro,
m ient ras los hom bres descansaban de la larga cam inat a
que habían hecho hast a el pant eón.
Plat icaban, com o se plat ica en t odas part es, ant es de ir a
dorm ir .
—A, m í m e dolió m ucho ese m uert o —dij o Terencio
Lubianes—. Todavía t raigo adolor idos los hom bros.
—Y a m í —dij o su herm ano Ubillado—. Hast a se m e
agrandaron los j uanet es. Con eso de que el pat rón quiso
que t odos fuéram os de zapat os. Ni que hubiera sido día de
fiest a, ¿verdad, Tor ibio?
—Yo qué quieren que les diga. Pienso que se m urió m uy a
t iem po.
Al rat o llegaron m ás chism es de Cont la. Los t raj o la últ im a
carret a.
—Dicen que por allá anda el ánim a. Lo han vist o t ocando la
vent ana de fulanit a. I gualit o a él. De chaparreras y t odo.
—¿Y ust ed cree que don Pedro, con el genio que se carga,
iba a perm it ir que su hij o siga t r aficando viej as? Ya m e lo
im agino si lo supier a: «Bueno —le dir ía—. Tú ya est ás
m uert o. Est át e quiet o en t u sepult ura. Déj anos el negocio a
nosot ros». Y de verlo por ahí, casi m e las apuest o que lo
m andar ía de nuevo al cam posant o.
—Tienes razón, I saías. Ese viej o no se anda con cosas.
El carret ero siguió su cam ino: «Com o la supe, se las
endoso».
Había est rellas fugaces. Caían com o si el cielo est uviera
lloviznando lum bre.
—Miren nom ás —dij o Terencio— el borlot e que se t raen allá
arriba.
27
—Es que le est án celebrando su función al Miguelit o —t erció
Jesús.
—¿No será m ala señal?
—¿Para quién?
—Quizá t u herm ana est é nost álgica por su regreso.
—¿A quién le hablas?
—A t i.
—Mej or, vám onos, m uchachos. Hem os t rafagueado m ucho
y m añana hay que m adrugar.
Y se disolvieron com o som bras.
Había est rellas fugaces. Las luces en Com ala se apagaron.
Ent onces el cielo se adueñó de la noche.
El padre Rent ería se revolcaba en su cam a sin poder
dorm ir:
«Todo est o que sucede es por m i culpa —se dij o—. El t em or
de ofender a quienes m e sost ienen. Porque ést a es la
verdad; ellos m e dan m i m ant enim ient o. De los pobres no
consigo nada; las or aciones no llenan el est óm ago. Así ha
sido hast a ahora. Y ést as son las consecuencias. Mi culpa.
He t raicionado a aquellos que m e quieren y que m e han
dado su fe y m e buscan para que yo int erceda por ellos
para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La
ganancia del cielo? ¿O la pur ificación de sus alm as? Y para
qué purifican su alm a, si en el últ im o m om ent o… Todavía
t engo frent e a m is oj os el últ im o m om ent o… Todavía t engo
frent e a m is oj os la m irada de Mar ía Dyada, que vino a
pedirm e salvara a su herm ana Eduviges:
»—Ella sir vió siem pre a sus sem ej ant es. Les dio t odo lo que
t uvo. Hast a les dio un hij o, a t odos. Y se los puso enfrent e
para que alguien lo r econociera com o suyo; pero nadie lo
quiso hacer. Ent onces les dij o: “ En ese caso yo soy t am bién
su padre, aunque por casualidad haya sido su m adre” .
Abusaron de su hospit alidad por esa bondad suya de no
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querer ofenderlos ni de m alquist arse con ninguno.
»—Pero ella se suicidó. Obró cont ra la m ano de Dios.
»—No le quedaba ot ro cam ino. Se resolvió a eso t am bién
por bondad.
»—Falló a últ im a hora —eso es lo que le dij e—. En el últ im o
m om ent o. ¡Tant os bienes acum ulados para su salvación, y
perderlos así de pront o!
»—Pero si no los perdió. Mur ió con m uchos dolores. Y el
dolor… Ust ed nos ha dicho algo acerca del dolor que ya no
recuerdo. Ella se fue por ese dolor. Murió ret orcida por la
sangre que la ahogaba. Todavía veo sus m uecas, y sus
m uecas eran los m ás t rist es gest os que ha hecho un ser
hum ano.
»—Tal vez rezando m ucho.
»—Vam os rezando m ucho, padre.
»—Digo t al vez, si acaso, con las m isas gregorianas; pero
para eso necesit am os pedir ayuda, m andar t r aer
sacerdot es. Y eso cuest a dinero.
»Allí est aba frent e a m is oj os la m irada de María Dyada,
una pobre m uj er llena de hij os.
»—No t engo dinero. Eso lo sabe, padre.
»—Dej em os las cosas com o est án. Esperem os en Dios.
»—Sí, padre».
¿Por qué aquella m ir ada se volvía valient e ant e la
resignación? Qué le cost aba a él perdonar, cuando era t an
fácil decir una palabr a o dos, o cien palabr as si ést as fueran
necesarias para salvar el alm a. ¿Qué sabía él del cielo y del
infierno? Y sin em bargo, él, perdido en un pueblo sin
nom bre, sabía los que habían m erecido el cielo. Había un
cat álogo. Com enzó a recorrer los sant os del pant eón
cat ólico com enzando por los del día:
«Sant a Nunilona, vir gen y m árt ir; Anercio, obispo; sant as
29
Salom é viuda, Alodia o Elodia y Nulina, vír genes; Córdula y
Donat o». Y siguió. Ya iba siendo dom inado por el sueño
cuando se sent ó en la cam a: «Est oy repasando una hiler a
de sant os com o si est uviera viendo salt ar cabras».
Salió fuera y m iró el cielo. Llovían est rellas. Lam ent ó
aquello porque hubiera querido ver un cielo quiet o. Oyó el
cant o de los gallos. Sint ió la envolt ur a de la noche
cubriendo la t ierra. La t ierra, «est e valle de lágr im as».
—Más t e vale, hij o. Más t e vale —m e dij o Eduviges Dyada.
Ya est aba alt a la noche. La lám para que ardía en un r incón
com enzó a languidecer; luego parpadeó y t erm inó
apagándose.
Sent í que la m uj er se levant aba y pensé que ir ía por una
nueva luz. Oí sus pasos cada vez m ás lej anos. Me quedé
esperando.
Pasado un rat o y al ver que no volvía, m e levant é yo
t am bién. Fui cam inando a pasos cort os, t ent aleando en la
oscuridad, hast a que llegué a m i cuart o. Allí m e sent é en el
suelo a esperar el sueño.
Dorm í a pausas.
En una de esas pausas fue cuando oí el grit o. Era un grit o
arrast rado com o el alarido de algún borracho: «¡Ay vida, no
m e m ereces! ».
Me enderecé de prisa porque casi lo oí j unt o a m is orej as;
pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí, unt ado a las
paredes de m i cuart o. Al despert ar, t odo est aba en silencio;
sólo el caer de la polilla y el rum or del silencio.
No, no era posible calcular la hondura del silencio que
produj o aquel grit o. Com o si la t ierra se hubiera vaciado de
su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del lat ir del
corazón; com o si se det uviera el m ism o ruido de la
conciencia. Y cuando t erm inó la pausa y volví a
t ranquilizarm e, ret or nó el grit o y se siguió oyendo por un
largo rat o: «¡Déj enm e aunque sea el derecho de pat aleo
que t ienen los ahorcados! ».
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Ent onces abrieron de par en par la puert a.
—¿Es ust ed, doña Eduviges? —pregunt é—. ¿Qué es lo que
est á sucediendo? ¿Tuvo ust ed m iedo?
—No m e llam o Eduviges. Soy Dam iana. Supe que est abas
aquí y vine a vert e. Quiero invit art e a dorm ir a m i casa. Allí
t endrás donde descansar.
—¿Dam iana Cisneros? ¿No es ust ed de las que vivieron en
la Media Luna?
—Allá vivo. Por eso he t ardado en venir .
—Mi m adre m e habló de una t al Dam iana que m e había
cuidado cuando nací. ¿De m odo que ust ed…?
—Sí, yo soy. Te conozco desde que abrist e los oj os.
—I ré con ust ed. Aquí no m e han dej ado en paz los gr it os.
¿No oyó lo que est aba pasando? Com o que est aban
asesinando a alguien. ¿No acaba ust ed de oír?
—Tal vez sea algún eco que est á aquí encerrado. En est e
cuart o ahorcaron a Toribio Aldret e hace m ucho t iem po.
Luego condenaron la puert a, hast a que él se secara; para
que su cuerpo no encont rara reposo. No sé cóm o has
podido ent rar, cuando no exist e llave para abr ir est a
puert a.
—Fue doña Eduviges quien abr ió. Me dij o que era el único
cuart o que t enía disponible:
—¿Eduviges Dyada?
—Ella.
—Pobre Eduviges. Debe de andar penando t odavía.
«Fulgor Sedano, hom bre de 54 años, solt ero, de oficio
adm inist rador, apt o para ent ablar y seguir pleit os, por
poder y por m i pr opio derecho, reclam o y alego lo
siguient e…».
Eso había dicho cuando levant ó el act a cont ra act os de
Toribio Aldret e. Y t erm inó: «Que const e m i acusación por
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usufrut o».
—A ust ed ni quien le quit e lo hom bre, don Fulgor. Sé que
ust ed las puede. Y no por el poder que t iene at rás, sino por
ust ed m ism o.
Se acordaba. Fue lo prim ero que le dij o el Aldret e, después
que se habían est ado em borrachando j unt os, dizque par a
celebrar el act a:
—Con ese papel nos vam os a lim piar ust ed y yo, don
Fulgor, porque no va a servir para ot ra cosa. Y eso ust ed lo
sabe. En fin, por lo que a ust ed respect a, ya cum plió con lo
que le m andaron, y a m í m e quit ó de apur aciones; porque
m e t enía ust ed preocupado, lo que sea de cada quien.
Ahora ya sé de qué se t rat a y m e da risa. Dizque
«usufrut o». Vergüenza debía dar le a su pat rón ser t an
ignorant e.
Se acordaba. Est aban en la fonda de Eduviges. Y hast a él le
había pregunt ado:
—Oye, Viges, ¿m e puedes prest ar el cuart o del r incón?
—Los que ust ed quiera, don Fulgor; si quiere, ocúpenlos
t odos. ¿Se van a quedar a dorm ir aquí sus hom bres?
—No, nada m ás uno. Despreocúpat e de nosot ros y vet e a
dorm ir . Nom ás déj anos la llave.
—Pues ya le digo, don Fulgor —le dij o Toribio Aldret e—. A
ust ed ni quien le m enoscabe lo hom bre que es; pero m e
lleva la rej odida con ese hij o de la rechint ola de su pat rón.
Se acordaba. Fue lo últ im o que le oyó decir en sus cinco
sent idos. Después se había com port ado com o un collón,
dando de grit os. «Dizque la fuerza que yo t enía at rás.
¡Vaya! ».
Tocó con el m ango del chicot e la puert a de la casa de Pedro
Páram o. Pensó en la pr im era vez que Tocó con el m ango
del chicot e la puert a de la casa de Pedro Páram o. Pensó en
la pr im era vez que lo había hecho, dos sem anas at rás.
Esperó un buen rat o del m ism o m odo que t uvo que esperar
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aquella vez. Miró t am bién, com o lo hizo la ot ra vez, el
m oño negro que colgaba del dint el de la puert a. Pero no
com ent ó consigo m ism o: «¡Vaya! Los han encim ado. El
prim ero est á ya descolorido, el últ im o relum bra com o si
fuera de seda; aunque no es m ás que un t rapo t eñido».
La pr im era vez se est uvo esperando hast a llenarse con la
idea de que quizá la casa est uviera deshabit ada. Y ya se iba
cuando apareció la figura de Pedro Páram o.
—Pasa, Fulgor.
Era la segunda ocasión que se veían. La pr im era nada m ás
él lo vio; porque el Pedrit o est aba recién nacido. Y ést a.
Casi se podía decir que era la pr im era vez. Y le result ó que
le hablaba com o a un igual. ¡Vaya! Lo siguió a grandes
t rancos, chicot eándose las piernas: «Sabr á pront o que yo
soy el que sabe. Lo sabrá. Y a lo que vengo».
—Siént at e, Fulgor. Aquí hablarem os con m ás calm a.
Est aban en el corral. Pedro Páram o se arrellanó en un
pesebre y esperó:
—¿Por qué no t e sient as?
—Prefiero est ar de pie, Pedro.
—Com o t ú quieras. Pero no se t e olvide el «don».
¿Quién era aquel m uchacho para hablar le así? Ni su padre
don Lucas Páram o se había at revido a hacerlo. Y de pront o
ést e, que j am ás se había parado en la Media Luna, ni
conocía de oídas el t rabaj o, le hablaba com o a un gañán.
¡Vaya, pues!
—¿Cóm o anda aquello?
Sint ió que llegaba su oport unidad. «Ahora m e t oca a m í»,
pensó.
—Mal. No queda nada. Hem os vendido el últ im o ganado.
Com enzó a sacar los papeles para infor m ar le a cuánt o
ascendía t odavía el adeudo. Y ya iba a decir: «Debem os
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t ant o», cuando oyó:
—¿A quién le debem os? No m e im port a cuánt o, sino a
quién.
Le repasó una list a de nom bres. Y t erm inó:
—No hay de dónde sacar para pagar . Ése es el asunt o.
—¿Y por qué?
—Porque la fam ilia de ust ed lo absorbió t odo. Pedían y
pedían, sin devolver nada. Eso se paga caro. Ya lo decía yo:
«A la larga acabarán con t odo». Bueno, pues acabaron.
Aunque hay por allí quien se int erese en com prar los
t errenos. Y pagan bien. Se podrían cubrir las libranzas
pendient es y t odavía quedaría algo; aunque, eso sí, algo
m erm ado.
—¿No serás t ú?
—¡Cóm o se pone a creer que yo!
—Yo creo hast a el bendit o. Mañana com enzarem os a
arreglar nuest ros asunt os. Em pezarem os por las Preciados.
¿Dices que a ellas les debem os m ás?
—Sí. Y a las que les hem os pagado m enos. El padre de
ust ed siem pre las pospuso para lo últ im o. Tengo ent endido
que una de ellas, Mat ilde, se fue a vivir a la ciudad. No sé si
a Guadalaj ara o a Colim a. Y la Lola, quiero decir, doña
Dolores, ha quedado com o dueña de t odo. Ust ed sabe: el
rancho de Enm edio. Y es a ella a la que t enem os que pagar.
—Mañana vas a pedir la m ano de la Lola.
—Pero cóm o quiere ust ed que m e quiera, si ya est oy viej o.
—La pedirás para m í. Después de t odo t iene alguna gracia.
Le dirás que est oy m uy enam orado de ella. Y que si lo t iene
a bien. De pasada, dile al padre Rent ería que nos arregle el
t rat o. ¿Con cuánt o dinero cuent as?
—Con ninguno, don Pedro.
—Pues prom ét eselo. Dile que en t eniendo se le pagará. Casi
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est oy seguro de que no pondrá dificult ades. Haz eso
m añana m ism o.
—¿Y lo del Aldret e?
—¿Qué se t rae el Aldret e? Tú m e m encionast e a las
Preciados y a los Fregosos y a los Guzm anes. ¿Con qué sale
ahora el Aldret e?
—Cuest ión de lím it es. Él ya m andó cercar y ahora pide que
echem os el lienzo que falt a para hacer la división.
—Eso déj alo para después. No t e preocupen los lienzos. No
habrá lienzos. La t ierr a no t iene divisiones. Piénsalo, Fulgor,
aunque no se lo des a ent ender. Arregla por de pront o lo de
la Lola. ¿No quieres sent art e?
—Me sent aré, don Pedro. Palabra que m e est á gust ando
t rat ar con ust ed.
—Le dirás a la Lola est o y lo ot ro y que la quiero. Eso es
im port ant e. De ciert o, Sedano, la quier o. Por sus oj os,
¿sabes? Eso harás m añana t em pranit o. Te reduzco t u t area
de adm inist rador. Olvídat e de la Media Luna.
«¿De dónde diablos habrá sacado esas m añas el
m uchacho? —pensó Fulgor Sedano m ient ras regresaba a la
Media Luna—. Yo no esperaba de él nada. “ Es un inút il” ,
decía de él m i difunt o pat rón don Lucas. “ Un floj o de
m arca” . Yo le daba la razón. “ Cuando m e m uera váyase
buscando ot ro t rabaj o, Fulgor” . “ Sí, don Lucas” . “ Con
decir le, Fulgor, que he int ent ado m andarlo al sem inar io
para ver si al m enos eso le da para com er y m ant ener a su
m adre cuando yo les falt e; pero ni a eso se decide” . “ Ust ed
no se m erece eso, don Lucas” . “ No se cuent a con él par a
nada, ni para que m e sirva de bordón servirá cuando yo
est é viej o. Se m e m alogró, qué quiere ust ed, Fulgor” . “ Es
una verdadera lást im a, don Lucas” ».
Y ahora est o. De no haber sido por que est aba t an
encariñado con la Media Luna, ni lo hubiera venido a ver.
Se habría lar gado sin avisar le. Pero le t enía aprecio a
aquella t ierra; a esas lom as pelonas t an t rabaj adas y que
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t odavía seguían aguant ando el surco, dando cada vez m ás
de sí… La quer ida Media Luna… Y sus agregados: «Vent e
para acá, t ierr it a de Enm edio». La veía venir . Com o que
aquí est aba ya. Lo que significa una m uj er después de t odo.
«¡Vaya que sí! », dij o. Y chicot eó sus piernas al t r asponer la
puert a grande de la hacienda.
Fue m uy fácil encam panarse a la Dolores. Si hast a le
relum braron los oj os y se le descom puso la cara.
—Perdónem e que m e ponga colorada, don Fulgor. No creí
que don Pedro se fij ar a en m í.
—No duerm e, pensando en ust ed.
—Pero si él t iene de dónde escoger. Abundan t ant as
m uchachas bonit as en Com ala. ¿Qué dirán ellas cuando lo
sepan?
—Él sólo piensa en ust ed, Dolores. De ahí en m ás, en
nadie.
—Me hace ust ed que m e den escalofr íos, don Fulgor. Ni
siquiera m e lo im aginaba.
—Es que es un hom bre t an reservado. Don Lucas Páram o,
que en paz descanse, le llegó a decir que ust ed no era
digna de él. Y se calló la boca por pura obediencia. Ahora
que él ya no exist e, no hay ningún im pedim ient o. Fue su
prim era decisión; aunque yo había t ardado en cum plir la por
m is m uchos quehaceres. Pongam os por fecha de la boda
pasado m añana. ¿Qué opina ust ed?
—¿No es m uy pront o? No t engo nada preparado. Necesit o
encargar los aj uares. Le escribiré a m i herm ana. O no,
m ej or le voy a m andar un propio, pero de cualquier m anera
no est aré list a ant es del 8 de abril. Hoy est am os a 1. Sí,
apenas para el 8. Dígale que espere unos diyit as.
—Él quisiera que fuer a ahora m ism o. Si es por los aj uares,
nosot ros se los proporcionarem os. La difunt a m adre de don
Pedro espera que ust ed vist a sus ropas. En la fam ilia exist e
esa cost um bre.
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—Pero adem ás hay algo para est os días. Cosas de m uj eres,
sabe ust ed. ¡Oh! , cuánt a vergüenza m e da decir le est o, don
Fulgor. Me hace ust ed que se m e vayan los colores. Me t oca
la luna. ¡Oh! , qué ver güenza.
—¿Y qué? El m at r im onio no es asunt o de si haya o no haya
luna. Es cosa de quererse. Y, en habiendo est o, t odo lo
dem ás sale sobrando.
—Pero es que ust ed no m e ent iende, don Fulgor.
—Ent iendo. La boda será pasado m añana.
Y la dej ó con los br azos ext endidos pidiendo ocho días,
nada m ás ocho días.
«Que no se m e olvide decir le a don Pedro —¡vaya
m uchacho list o ese Pedro! —, decir le que no se le olvide
decir le al j uez que los bienes son m ancom unados.
“ Acuérdat e, Fulgor, de decírselo m añana m ism o” ».
La Dolores, en cam bio, corrió a la cocina con un aguam anil
para poner agua calient e:
«Voy a hacer que est o baj e m ás pront o. Que baj e est a
m ism a noche. Pero de t odas m aneras m e durará m is t res
días. No t endrá rem edio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Gracias, Dios m ío, por darm e a don Pedro». Y añadió:
«Aunque después m e aborrezca».
—Ya est á pedida y m uy de acuerdo. El padre cura quiere
sesent a pesos por pasar por alt o lo de las am onest aciones.
Le dij e que se le dar ían a su debido t iem po. Él dice que le
hace falt a com poner el alt ar y que la m esa de su com edor
est á t oda desconchinflada. Le prom et í que le m andar íam os
una m esa nueva. Dice que ust ed nunca va a m isa. Le
prom et í que ir ía. Y desde que m urió su abuela ya no le han
dado los diezm os. Le dij e que no se preocupara. Est á
conform e.
—¿No le pedist e algo adelant ado a la Dolor es?
—No, pat rón. No m e at reví. Ésa es la verdad. Est aba t an
cont ent a que no quise est ropearle su ent usiasm o.
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—Eres un niño.
«¡Vaya! Yo un niño. Con cincuent a y cinco años encim a. Él
apenas com enzando a vivir y yo a pocos pasos de la
m uert e».
—No quise quebrarle su cont ent o.
—A pesar de t odo, eres un niño.
—Est á bien, pat rón.
—La sem ana venider a irás con el Aldret e. Y le dices que
recorra el lienzo. Ha invadido t ierras de la Media Luna.
—Él hizo bien sus m ediciones. A m í m e const a.
—Pues dile que se equivocó. Que est uvo m al calculado.
Derrum ba los lienzos si es preciso.
—¿Y las leyes?
—¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelant e la
vam os a hacer nosot ros. ¿Tienes t rabaj ando en la Media
Luna a algún at ravesado?
—Sí, hay uno que ot ro.
—Pues m ándalos en com isión con el Aldret e. Le levant as un
act a acusándolo de «usufrut o» o de lo que a t i se t e ocurra.
Y recuérdale que Lucas Páram o ya m ur ió. Que conm igo hay
que hacer nuevos t rat os.
El cielo era t odavía azul. Había pocas nubes. El aire soplaba
allá arr iba, aunque aquí abaj o se convert ía en calor.
Tocó nuevam ent e con el m ango del chicot e, nada m ás por
insist ir , ya que sabía que no abrir ían hast a que se le
ant oj ara a Pedro Páram o. Dij o m irando hacia el dint el de la
puert a: «Se ven bonit os esos m oños negros, lo que sea de
cada quien».
En ese m om ent o abrieron y él ent ró.
—Pasa, Fulgor. ¿Est á arreglado el asunt o de Toribio
Aldret e?
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—Est á liquidado, pat r ón.
—Nos queda la cuest ión de los Fregosos. Dej a eso
pendient e. Ahorit a est oy m uy ocupado con m i «luna de
m iel».
—Est e pueblo est á lleno de ecos. Tal parece que est uvieran
cerrados en el hueco de las paredes o debaj o de las
piedras. Cuando cam inas, sient es que t e van pisando los
pasos. Oyes cruj idos. Risas. Unas r isas ya m uy viej as, com o
cansadas de reír. Y voces ya desgast adas por el uso. Todo
eso oyes. Pienso que llegará el día en que est os sonidos se
apaguen.
Eso m e venía diciendo Dam iana Cisneros m ient ras
cruzábam os el pueblo.
—Hubo un t iem po que est uve oyendo durant e m uchas
noches el rum or de una fiest a.
»Me llegaban los ruidos hast a la Media Luna. Me acerqué
para ver el m it ot e aquel y vi est o: lo que est am os viendo
ahora. Nada. Nadie. Las calles t an solas com o ahora.
»Luego dej é de oír la. Y es que la alegr ía cansa. Por eso no
m e ext rañó que aquello t erm inara.
»Sí —volvió a decir Dam iana Cisneros—. Est e pueblo est á
lleno de ecos. Yo ya no m e espant o. Oigo el aullido de los
perros y dej o que aúllen. Y en días de aire se ve al vient o
arrast rando hoj as de árboles, cuando aquí, com o t ú ves, no
hay árboles. Los hubo en algún t iem po, porque si no ¿de
dónde saldr ían esas hoj as?
»Y lo peor de t odo es cuando oyes plat icar a la gent e, com o
si las voces salieran de alguna hendidura y, sin em bargo,
t an claras que las reconoces. Ni m ás ni m enos, ahora que
venía, encont ré un velor io. Me det uve a rezar un
padrenuest ro. En est o est aba, cuando una m uj er se apart ó
de las dem ás y vino a decirm e:
»—¡Dam iana! ¡Ruega a Dios por m í, Dam iana!
»—¿Qué andas haciendo aquí? —le pregunt é.
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»Ent onces ella corr ió a esconderse ent re las dem ás
m uj eres.
»Mi herm ana Sixt ina, por si no lo sabes, m urió cuando yo
t enía doce años. Era la m ayor. Y en m i casa fuim os
dieciséis de fam ilia, así que hazt e el cálculo del t iem po que
lleva m uert a. Y m ír ala ahora, t odavía vagando por est e
m undo. Así que no t e asust es si oyes ecos m ás recient es,
Juan Preciado.
—¿Tam bién a ust ed le avisó m i m adre que yo vendría? —le
pregunt é.
—No. Y a propósit o, ¿qué es de t u m adre?
—Murió —dij e.
—¿Ya m urió? ¿Y de qué?
—No supe de qué. Tal vez de t r ist eza. Suspiraba m ucho.
—Eso es m alo. Cada suspiro es com o un sorbo de vida del
que uno se deshace. ¿De m odo que m urió?
—Sí. Quizá ust ed debió saberlo.
—¿Y por qué iba a saberlo? Hace m uchos años que no sé
nada.
—Ent onces ¿cóm o es que dio ust ed conm igo?
—…
—¿Est á ust ed viva, Dam iana? ¡Dígam e, Dam iana!
Y m e encont ré de pront o solo en aquellas calles vacías. Las
vent anas de las casas abiert as al cielo, dej ando asom ar las
varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que
enseñaban sus adobes revenidos.
—¡Dam iana! —gr it é—. ¡Dam iana Cisneros!
Me cont est ó el eco: «¡… ana… neros…! ¡… ana… neros…! ».
Oí que ladraban los perros, com o si yo los hubiera
despert ado. Vi un hom bre cruzar la calle:
—¡Ey, t ú! —llam é.
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—¡Ey, t ú! —m e respondió m i propia voz.
Y com o si est uvieran a la vuelt a de la esquina, alcancé a oír
a unas m uj eres que plat icaban:
—Mira quién viene por allí. ¿No es Filot eo Aréchiga?
—Es él. Pon la cara de disim ulo.
—Mej or vám onos. Si se va det rás de nosot ras es que de
verdad quiere a una de las dos. ¿A quién crees t ú que
sigue?
—Seguram ent e a t i.
—A m í se m e figura que a t i.
—Dej a ya de correr. Se ha quedado parado en aquella
esquina.
—Ent onces a ninguna de las dos, ¿ya ves?
—Pero qué t al si hubiera result ado que a t i o a m í. ¿Qué
t al?
—No t e hagas ilusiones.
—Después de t odo est uvo hast a m ej or. Dicen por ahí los
díceres que es él el que se encarga de conchavarle
m uchachas a don Pedro. De la que nos escapam os.
—¿Ah, sí? Con ese viej o no quiero t ener nada que ver.
—Mej or vám onos.
—Dices bien. Vám onos de aquí.
La noche. Mucho m ás allá de la m edianoche. Y las voces:
—… Te digo que si el m aíz de est e año se da bien, t endré
con qué pagart e. Ahora que si se m e echa a perder, pues t e
aguant as.
—No t e exij o. Ya sabes que he sido consecuent e cont igo.
Pero la t ierra no es t uya. Te has puest o a t rabaj ar en
t erreno aj eno. ¿De dónde vas a conseguir para pagarm e?
—¿Y quién dice que la t ierra no es m ía?
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—Se afirm a que se la has vendido a Pedro Páram o.
—Yo ni m e le he acercado a ese señor. La t ierra sigue
siendo m ía.
—Eso dices t ú. Pero por ahí dicen que t odo es de él.
—Que m e lo vengan a decir a m í.
—Mira, Galileo, yo a t i, aquí en confianza, t e aprecio. Por
algo eres el m ar ido de m i herm ana. Y de que la t rat as bien,
ni quien lo dude. Pero a m í no m e vas a negar que vendist e
las t ierras.
—Te digo que a nadie se las he vendido.
—Pues son de Pedro Páram o. Seguram ent e él así lo ha
dispuest o. ¿No t e ha venido a ver don Fulgor?
—No.
—Seguram ent e m añana lo verás venir. Y si no m añana,
cualquier ot ro día.
—Pues m e m at a o se m uere; pero no se saldrá con la suya.
—Requiescat in paz, am én, cuñado. Por si las dudas.
—Me volverás a ver, ya lo verás. Por m í no t engas cuidado.
Por algo m i m adre m e curt ió bien el pellej o para que se m e
pusiera correoso.
—Ent onces hast a m añana. Dile a Felícit as que est a noche
no voy a cenar. No m e gust aría cont ar después: «Yo est uve
con él la víspera».
—Te guardarem os algo por si t e anim as a últ im a hora.
Se oyó el t rast azo de los pasos que se iban ent re un ruido
de espuelas.
—… Mañana, en am aneciendo, t e irás conm igo, Chona. Ya
t engo aparej adas las best ias.
—¿Y si m i padre se m uere de la rabia? Con lo viej o que
est á… Nunca m e perdonaría que por m i causa le pasara
algo. Soy la única gent e que t iene para hacerle hacer sus
42
necesidades. Y no hay nadie m ás. ¿Qué prisa corres para
robarm e? Aguánt at e un poquit o. Él no t ardará en m orirse.
—Lo m ism o m e dij ist e hace un año. Y hast a m e echast e en
cara m i falt a de arr iesgue, ya que t ú est abas, según eso,
hart a de t odo. He apront ado las m ulas y est án list as. ¿Te
vas conm igo?
—Déj am elo pensar.
—¡Chona! No sabes cuánt o m e gust as. Ya no puedo
aguant ar las ganas, Chona. Así que t e vas conm igo o t e vas
conm igo.
—Déj am elo pensar. Ent iende. Tenem os que esperar a que
él se m uera. Le falt a poquit o. Ent onces m e iré cont igo y no
necesit arás robarm e.
—Eso m e dij ist e t am bién hace un año.
—¿Y qué?
—Pues que he t enido que alquilar las m ulas. Ya las t engo.
Nom ás t e est án esperando. ¡Dej a que él se las avenga solo!
Tú est ás bonit a. Eres j oven. No falt ará cualquier viej a que
venga a cuidar lo. Aquí sobran alm as car it at ivas.
—No puedo.
—Que sí puedes.
—No puedo. Me da pena, ¿sabes? Por algo es m i padre.
—Ent onces ni hablar. I ré a ver a la Juliana, que se desvive
por m í.
—Est á bien. Yo no t e digo nada.
—¿No m e quieres ver m añana?
—No. No quiero vert e m ás.
Ruidos. Voces. Rum ores. Canciones lej anas:
Mi novia m e dio un pañuelo
con orillas de llorar…
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En falset e. Com o si fueran m uj eres las que cant aran.
Vi pasar las carret as. Los bueyes m oviéndose despacio. El
cruj ir de las piedras baj o las ruedas. Los hom bres com o si
vinieran dorm idos.
«… Todas las m adrugadas el pueblo t iem bla con el paso de
las carret as. Llegan de t odas part es, t opet eadas de salit re,
de m azorcas, de yerba de pará. Rechinan sus ruedas
haciendo vibrar las vent anas, despert ando a la gent e. Es la
m ism a hora en que se abren los hornos y huele a pan
recién horneado. Y de pront o puede t ronar el cielo. Caer la
lluvia. Puede venir la prim avera. Allí t e acost um brarás a los
“ derrepent es” , m i hij o».
Carret as vacías, rem oliendo el silencio de las calles.
Perdiéndose en el oscuro cam ino de la noche. Y las
som bras. El eco de las som bras.
Pensé regresar. Sent í allá arr iba la huella por donde había
venido, com o una herida abiert a ent re la negrura de los
cerros.
Ent onces alguien m e t ocó los hom bros.
—¿Qué hace ust ed aquí?
—Vine a buscar… —y ya iba a decir a quién, cuando m e
det uve—: vine a buscar a m i padre.
—¿Y por qué no ent ra?
Ent ré. Era una casa con la m it ad del t echo caída. Las t ej as
en el suelo. El t echo en el suelo. Y en la ot ra m it ad un
hom bre y una m uj er.
—¿No est án ust edes m uert os? —les pregunt é.
Y la m uj er sonrió. El hom bre m e m iró ser iam ent e.
—Est á borracho —dij o el hom bre.
—Solam ent e est á asust ado —dij o la m uj er.
Había un aparat o de pet róleo. Había una cam a de ot at e, y
un equipal en que est aban las ropas de ella. Porque ella
44
est aba en cueros, com o Dios la echó al m undo. Y él
t am bién.
—Oím os que alguien se quej aba y daba de cabezazos
cont ra nuest ra puert a. Y allí est aba ust ed. ¿Qué es lo que le
ha pasado?
—Me han pasado t ant as cosas, que m ej or quisiera dorm ir .
—Nosot ros ya est ábam os dorm idos.
—Durm am os, pues.
La m adrugada fue apagando m is recuerdos.
Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y not aba la
diferencia. Porque las palabras que había oído hast a
ent onces, hast a ent onces lo supe, no t enían ningún sonido,
no sonaban; se sent ían; pero sin sonido, com o las que se
oyen durant e los sueños.
—¿Quién será? —pregunt aba la m uj er.
—Quién sabe —cont est aba el hom bre.
—¿Cóm o vendría a dar aquí?
—Quién sabe.
—Com o que le oí decir algo de su padre.
—Yo t am bién le oí decir eso.
—¿No andará perdido? Acuérdat e cuando cayeron por aquí
aquellos que dij eron andar perdidos. Buscaban un lugar
llam ado Los Confines y t ú les dij ist e que no sabías dónde
quedaba eso.
—Sí, m e acuerdo; pero déj am e dorm ir . Todavía no
am anece.
—Falt a poco. Si por algo t e est oy hablando es para que
despiert es. Me encom endast e que t e recordara ant es del
am anecer. Por eso lo hago. ¡Levánt at e!
—¿Y para qué quieres que m e levant e?
—No sé para qué. Me dij ist e anoche que t e despert ara. No
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m e aclarast e para qué.
—En ese caso, déj am e dorm ir . ¿No oíst e lo que dij o ése
cuando llegó? Que lo dej áram os dorm ir.
—Fue lo único que dij o.
Com o que se van las voces. Com o que se pierde su ruido.
Com o que se ahogan. Ya nadie dice nada. Es el sueño.
Y al rat o ot ra vez:
—Acaba de m overse. Si se ofrece, ya va a despert ar. Y si
nos m ira aquí nos pregunt ará cosas.
—¿Qué pregunt as puede hacernos?
—Bueno. Algo t endrá que decir, ¿no?
—Déj alo. Debe est ar m uy cansado.
—¿Crees t ú?
—Ya cállat e, m uj er.
—Mira, se m ueve. ¿Te fij as cóm o se revuelca? I gual que si
lo zangolot earan por dent ro. Lo sé porque a m í m e ha
sucedido.
—¿Qué t e ha sucedido a t i?
—Aquello.
—No sé de qué hablas.
—No hablar ía si no m e acordara al ver a ése, rebulléndose,
de lo que m e sucedió a m í la pr im era vez que lo hicist e. Y
de cóm o m e dolió y de lo m ucho que m e ar repent í de eso.
—¿De cuál eso?
—De cóm o m e sent ía apenas m e hicist e aquello, que
aunque t ú no quieras yo supe que est aba m al hecho.
—¿Y hast a ahora vienes con ese cuent o? ¿Por qué no t e
duerm es y m e dej as dorm ir?
—Me pedist e que t e recordara. Eso est oy haciendo. Por Dios
que est oy haciendo lo que m e pedist e que hiciera. ¡Ándale!
46
Ya va siendo hora de que t e levant es.
—Déj am e en paz, m uj er.
El hom bre pareció dorm ir . La m uj er siguió rezongando;
pero con voz m uy queda:
—Ya debe haber am anecido, porque hay luz. Puedo ver a
ese hom bre desde aquí, y si lo veo es porque hay luz
bast ant e para ver lo. No t ardará en salir el sol. Claro, eso ni
se pregunt a. Si se ofrece, el t al es algún m alvado. Y le
hem os dado cobij o. No le hace que nom ás haya sido por
est a noche; pero lo escondim os. Y eso nos t raerá el m al a
la larga… Míralo cóm o se m ueve, com o que no encuent ra
acom odo. Si se ofrece ya no puede con su alm a.
Aclaraba el día. El día desbarat a las som bras. Las deshace.
El cuart o donde est aba se sent ía calient e con el calor de los
cuerpos dorm idos. A t ravés de los párpados m e llegaba el
albor del am anecer. Sent ía la luz. Oía:
—Se rebulle sobre sí m ism o com o un condenado. Y t iene
t odas las t razas de un m al hom bre. ¡Levánt at e, Donis!
Míralo. Se rest riega cont ra el suelo, ret orciéndose. Babea.
Ha de ser alguien que debe m uchas m uert es. Y t ú no lo
reconocist e.
—Debe ser un pobre hom bre. ¡Duérm et e y déj anos dorm ir!
—¿Y por qué m e voy a dorm ir, si yo no t engo sueño?
—¡Levánt at e y lárgat e a donde no des guerra!
—Eso haré. I ré a prender la lum bre. Y de paso le diré a ese
fulano que venga a acost arse aquí cont igo, en el lugar que
voy a dej arle.
—Díselo.
—No podré. Me dará m iedo.
—Ent onces vet e a hacer t u quehacer y déj anos en paz.
—Eso haré.
—¿Y qué esperas?
47
—Ya voy.
Sent í que la m uj er baj aba de la cam a. Sus pies descalzos
t aconeaban el suelo y pasaban por encim a de m i cabeza.
Abrí y cerré los oj os.
Cuando despert é, había un sol de m ediodía, j unt o a m í, un
j arro de café. I nt ent é beber aquello. Le di unos sorbos.
—No t enem os m ás. Perdone lo poco. Est am os t an escasos
de t odo, t an escasos…
Era una voz de m uj er.
—No se preocupe por m í —le dij e—. Por m í no se preocupe.
Est oy acost um brado. ¿Cóm o se va uno de aquí?
—¿Para dónde?
—Para donde sea.
—Hay m ult it ud de cam inos. Hay uno que va para Cont la;
ot ro que viene de allá. Ot ro m ás que enfila derecho a la
sierra. Ese que se m ira desde aquí, que no sé para dónde
irá —y m e señaló con sus dedos el hueco del t ej ado, allí
donde el t echo est aba rot o—. Est e ot ro de por acá, que
pasa por la Media Luna. Y hay ot ro m ás, que at raviesa t oda
la t ierra y es el que va m ás lej os.
—Quizá por ése fue por donde vine.
—¿Para dónde va?
—Va para Sayula.
—I m agínese ust ed. Yo que creía que Sayula quedaba de
est e lado. Siem pre m e ilusionó conocerlo. Dicen que por
allá hay m ucha gent e, ¿no?
—La que hay en t odas part es.
—Figúrese ust ed. Y nosot ros aquí t an solos. Desviviéndonos
por conocer aunque sea t ant it o de la vida.
—¿Adónde fue su m arido?
—No es m i m arido. Es m i herm ano; aunque él no quiere
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que se sepa. ¿Que adónde fue? De seguro a buscar un
becerro cim arrón que anda por ahí desbalagado. Al m enos
eso m e dij o.
—¿Cuánt o hace que est án ust edes aquí?
—Desde siem pre. Aquí nacim os.
—Debieron conocer a Dolores Preciado.
—Tal vez él, Donis. Yo sé t an poco de la gent e. Nunca
salgo. Aquí donde me ve, aquí he est ado
sem pit ernam ent e… Bueno, ni t an siem pre. Sólo desde que
él m e hizo su m uj er. Desde ent onces m e la paso encerrada,
porque t engo m iedo de que m e vean. Él no quiere creerlo,
pero ¿verdad que est oy para dar m iedo? —y se acercó a
donde le daba el sol—. ¡Mírem e la cara!
Era una cara com ún y corrient e.
—¿Qué es lo que quiere que le m ire?
—¿No m e ve el pecado? ¿No ve esas m anchas m oradas
com o de pot e que m e llenan de arr iba abaj o? Y eso es sólo
por fuera; por dent ro est oy hecha un m ar de lodo.
—¿Y quién la puede ver si aquí no hay nadie? He recorrido
el pueblo y no he vist o a nadie.
—Eso cree ust ed; pero t odavía hay algunos. ¿Dígam e si
Filom eno no vive, si Dorot ea, si Melquiades, si Prudencio el
viej o, si Sóst enes y t odos ésos no viven? Lo que acont ece
es que se la pasan encerrados. De día no sé qué harán;
pero las noches se las pasan en su encierro. Aquí esas
horas est án llenas de espant os. Si ust ed viera el gent ío de
ánim as que andan suelt as por la calle. En cuant o oscurece
com ienzan a salir . Y a nadie le gust a verlas. Son t ant as, y
nosot ros t an poquit os, que ya ni la lucha le hacem os para
rezar porque salgan de sus penas. No aj ust arían nuest ras
oraciones para t odos. Si acaso les t ocaría un pedazo de
padrenuest ro. Y eso no les puede servir de nada. Luego
est án nuest ros pecados de por m edio. Ninguno de los que
t odavía vivim os est á en gracia de Dios. Nadie podrá alzar
49
sus oj os al cielo sin sent ir los sucios de vergüenza. Y la
vergüenza no cura. Al m enos eso m e dij o el obispo que
pasó por aquí hace algún t iem po dando confirm aciones. Yo
m e le puse enfrent e y le confesé t odo:
»—Eso no se perdona —m e dij o.
»—Est oy avergonzada.
»—No es el rem edio.
»—¡Cásenos ust ed!
»—¡Apárt ense!
»—Yo le quise decir que la vida nos había j unt ado,
acorralándonos y puest o uno j unt o al ot ro. Est ábam os t an
solos aquí, que los únicos éram os nosot ros. Y de algún
m odo había que poblar el pueblo. Tal vez t enga ya a quién
confirm ar cuando regrese.
»—Sepárense. Eso es t odo lo que se puede hacer.
»—Pero ¿cóm o vivirem os?
»—Com o viven los hom bres.
»Y se fue, m ont ado en su m acho, la car a dura, sin m irar
hacia at rás, com o si hubiera dej ado aquí la im agen de la
perdición. Nunca ha vuelt o. Y ésa es la cosa por la que est o
est á lleno de ánim as; un puro vagabundear de gent e que
m urió sin perdón y que no lo conseguirá de ningún m odo,
m ucho m enos valiéndose de nosot ros. Ya viene. ¿Lo oye
ust ed?».
—Sí, lo oigo.
—Es él.
Se abrió la puert a.
—¿Qué pasó con el becerro? —pregunt ó ella.
—Se le ocurrió no venir ahora; pero fui siguiendo su rast ro
y casi est oy por saber dónde asist e. Hoy en la noche lo
agarraré.
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—¿Me vas a dej ar sola a la noche?
—Puede que sí.
—No podré soport arlo. Necesit o t enert e conm igo. Es la
única hora que m e sient o t ranquila. La hora de la noche.
—Est a noche iré por el becerro.
—Acabo de saber —int ervine yo— que son ust edes
herm anos.
—¿Lo acaba de saber? Yo lo sé m ucho ant es que ust ed. Así
que m ej or no int ervenga. No nos gust a que se hable de
nosot ros.
—Yo lo decía en un plan de ent endim ient o. No por ot ra
cosa.
—¿Qué ent iende ust ed?
—Nada —dij e—. Cada vez ent iendo m enos —y añadí—:
Quisiera volver al lugar de donde vine. Aprovecharé la poca
luz que queda del día.
—Es m ej or que espere —m e dij o él—. Aguarde hast a
m añana. No t arda en oscurecer y t odos los cam inos est án
enm arañados de breñas. Puede ust ed perderse. Mañana yo
lo encam inaré.
—Est á bien.
Por el t echo abiert o al cielo vi pasar par vadas de t ordos,
esos páj aros que vuelan al at ardecer ant es que la oscuridad
les cierre los cam inos. Luego, unas cuant as nubes ya
desm enuzadas por el vient o que viene a llevarse el día.
Después salió la est rella de la t arde, y m ás t arde la luna.
El hom bre y la m uj er no est aban conm igo. Salieron por la
puert a que daba al pat io y cuando regresaron ya era de
noche. Así que ellos no supieron lo que había sucedido
m ient ras andaban afuera.
Y est o fue lo que sucedió:
51
Viniendo de la calle, ent ró una m uj er en el cuart o. Era viej a
de m uchos años, y flaca com o si le hubieran achicado el
cuero. Ent ró y paseó sus oj os redondos por el cuart o. Tal
vez hast a m e vio. Tal vez creyó que yo dorm ía. Se fue
derecho a donde est aba la cam a y sacó de debaj o de ella
una pet aca. La esculcó. Puso unas sábanas debaj o de su
brazo y se fue andando de punt it as com o para no
despert arm e.
Yo m e quedé t ieso, aguant ando la respir ación, buscando
m ir ar hacia ot ra part e. Hast a que al fin logré t orcer la
cabeza y ver hacia allá, donde la est rella de la t arde se
había j unt ado con la luna.
—¡Tom e est o! —oí.
No m e at revía a volver la cabeza.
—¡Tóm elo! Le hará bien. Es agua de azahar. Sé que est á
asust ado porque t iem bla. Con est o se le baj ará el m iedo.
Reconocí aquellas m anos y al alzar los oj os reconocí la cara.
El hom bre, que est aba det rás de ella, pregunt ó:
—¿Se sient e ust ed enferm o?
—No sé. Veo cosas y gent e donde quizás ust edes no vean
nada. Acaba de est ar aquí una señora. Ust edes t uvieron
que verla salir.
—Vent e —le dij o él a la m uj er—. Déj alo solo. Debe ser un
m íst ico.
—Debem os acost arlo en la cam a. Mira cóm o t iem bla, de
seguro t iene fiebre.
—No le hagas caso. Est os suj et os se ponen en ese est ado
para llam ar la at ención. Conocí a uno en la Media Luna que
se decía adivino. Lo que nunca adivinó fue que se iba a
m orir en cuant o el pat rón le adivinó lo chapucero. Ha de ser
un m íst ico de esos. Se pasan la vida recorriendo los
pueblos «a ver lo que la Providencia quiera darles»; pero
aquí no va a encont rar ni quien le quit e el ham bre. ¿Ves
com o ya dej ó de t em blar? Y es que nos est á oyendo.
52
Com o si hubiera ret rocedido el t iem po. Volví a ver la
est rella j unt o a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las
parvadas de los t ordos. Y en seguida la t arde t odavía llena
de luz.
Las paredes reflej ando el sol de la t arde. Mis pasos
rebot ando cont ra las piedras. El arr iero que m e decía:
«¡Busque a doña Eduviges, si t odavía vive! ».
Luego un cuart o a oscuras. Una m uj er roncando a m i lado.
Not é que su respiración era disparej a com o si est uviera
ent re sueños, m ás bien com o si no durm iera y sólo im it ara
los ruidos que produce el sueño. La cam a era de ot at e
cubiert a con cost ales que olían a or ines, com o si nunca los
hubieran oreado al sol; y la alm ohada er a una j erga que
envolvía pochot e o una lana t an dura o t an sudada que se
había endurecido com o leño.
Junt o a m is rodillas sent ía las piernas desnudas de la
m uj er, y j unt o a m i cara su respiración. Me sent é en la
cam a apoyándom e en aquel com o adobe de la alm ohada.
—¿No duerm e ust ed? —m e pregunt ó ella.
—No t engo sueño. He dorm ido t odo el día. ¿Dónde est á su
herm ano?
—Se fue por esos rum bos. Ya ust ed oyó adónde t enía que
ir . Quizá no venga est a noche.
—¿De m anera que siem pre se fue? ¿A pesar de ust ed?
—Sí. Y t al vez no regr ese. Así com enzaron t odos. Que voy a
ir aquí, que voy a ir m ás allá. Hast a que se fueron alej ando
t ant o, que m ej or no volvieron. Él siem pr e ha t rat ado de
irse, y creo que ahora le ha llegado su t ur no. Quizá sin yo
saberlo, m e dej ó con ust ed para que m e cuidara. Vio su
oport unidad. Eso del becerro cim arrón fue sólo un pret ext o.
Ya verá ust ed que no vuelve.
Quise decir le: «Voy a salir a buscar un poco de aire, porque
sient o náuseas»; pero dij e:
—No se preocupe. Volverá.
53
Cuando m e levant é, m e dij o:
—He dej ado en la cocina algo sobre las brasas. Es m uy
poco; pero es algo que puede calm ar le el ham bre.
Encont ré un t rozo de cecina y encim a de las brasas unas
t ort illas.
—Son cosas que le pude conseguir —oí que m e decía desde
allá—. Se las cam bié a m i herm ana por dos sábanas lim pias
que yo t enía guardadas desde el t iem po de m i m adre. Ella
ha de haber venido a recogerlas. No se lo quise decir
delant e de Donis; pero fue ella la m uj er que ust ed vio y que
lo asust ó t ant o.
Un cielo negro, lleno de est rellas. Y j unt o a la luna la
est rella m ás grande de t odas.
—¿No m e oyes? —pregunt é en voz baj a.
Y su voz m e respondió:
—¿Dónde est ás?
—Est oy aquí, en t u pueblo. Junt o a t u gent e. ¿No m e ves?
—No, hij o, no t e veo.
Su voz parecía abarcarlo t odo. Se perdía m ás allá de la
t ierra.
Regresé al m ediot echo donde dorm ía aquella m uj er y le
dij e:
—Me quedaré aquí, en m i m ism o rincón. Al fin y al cabo la
cam a est á igual de dura que el suelo. Si algo se le ofrece,
avísem e.
Ella m e dij o:
—Donis no volverá. Se lo not é en los oj os. Est aba
esperando que alguien viniera para irse. Ahora t ú t e
encargarás de cuidarm e. ¿O qué, no quieres cuidarm e?
Vent e a dorm ir aquí conm igo.
—Aquí est oy bien.
54
—Es m ej or que t e subas a la cam a. Allí t e com erán las
t uricat as.
Ent onces fui y m e acost é con ella.
El calor m e hizo despert ar al filo de la m edianoche. Y el
sudor. El cuerpo de aquella m uj er hecho de t ierra, envuelt o
en cost ras de t ierra, se desbarat aba com o si est uviera
derrit iéndose en un charco de lodo. Yo m e sent ía nadar
ent re el sudor que chorreaba de ella y m e falt ó el aire que
se necesit a para respirar. Ent onces m e levant é. La m uj er
dorm ía. De su boca borbot aba un ruido de burbuj as m uy
parecido al del est ert or.
Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que m e
perseguía no se despegaba de m í.
Y es que no había air e; sólo la noche ent orpecida y quiet a,
acalorada por la canícula de agost o.
No había aire. Tuve que sorber el m ism o aire que salía de
m i boca, det eniéndolo con las m anos ant es de que se fuera.
Lo sent ía ir y venir , cada vez m enos; hast a que se hizo t an
delgado que se filt ró ent re m is dedos para siem pre.
Digo para siem pre.
Tengo m em oria de haber vist o algo así com o nubes
espum osas haciendo rem olino sobre m i cabeza y luego
enj uagarm e con aquella espum a y perderm e en su
nublazón. Fue lo últ im o que vi.
—¿Quieres hacerm e creer que t e m at ó el ahogo, Juan
Preciado? Yo t e encont ré en la plaza, m uy lej os de la casa
de Donis, y j unt o a m í t am bién est aba él, diciendo que t e
est abas haciendo el m uert o. Ent re los dos t e arrast ram os a
la som bra del port al, ya bien t irant e, acalam brado com o
m ueren los que m ueren m uert os de m iedo. De no haber
habido aire para respirar esa noche de que hablas, nos
hubieran falt ado las fuerzas para llevart e y cont im ás para
ent errart e. Y ya ves, t e ent erram os.
—Tienes razón Dorot eo. ¿Dices que t e llam as Dorot eo?
55
—Da lo m ism o. Aunque m i nom bre sea Dorot ea. Pero da lo
m ism o.
—Es ciert o, Dorot ea. Me m at aron los m urm ullos.
«Allá hallarás m i querencia. El lugar que yo quise. Donde
los sueños m e enflaquecieron. Mi pueblo, levant ado sobre
la llanura. Lleno de árboles y de hoj as com o una alcancía
donde hem os guardado nuest ros recuerdos. Sent irás que
allí uno quisiera vivir para la et ernidad. El am anecer; la
m añana; el m ediodía y la noche, siem pre los m ism os; pero
con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cam bia el color
de las cosas; donde se vent ila la vida com o si fuera un
m urm ullo; com o si fuera un puro m urm ullo de la vida…».
—Sí, Dorot ea. Me m at aron los m urm ullos. Aunque ya t raía
ret rasado el m iedo. Se m e había venido j unt ando, hast a
que ya no pude soport ar lo. Y cuando m e encont ré con los
m urm ullos se m e revent aron las cuerdas.
»Llegué a la plaza, t ienes t ú razón. Me llevó hast a allí el
bullicio de la gent e y creí que de verdad la había. Yo ya no
est aba m uy en m is cabales; recuerdo que m e vine
apoyando en las paredes com o si cam inar a con las m anos.
Y de las paredes parecían dest ilar los m ur m ullos com o si se
filt raran de ent re las griet as y las descarapeladuras. Yo los
oía. Eran voces de gent e; pero no voces claras, sino
secret as, com o si m e m urm uraran algo al pasar, o com o si
zum baran cont ra m is oídos. Me apart é de las paredes y
seguí por m it ad de la calle; pero las oía igual, igual que si
vinieran conm igo, delant e o det rás de m í. No sent ía calor,
com o t e dij e ant es; ant es por el cont r ario, sent ía fr ío.
Desde que salí de la casa de aquella m uj er que m e prest ó
su cam a y que, com o t e decía, la vi deshacerse en el agua
de su sudor, desde ent onces m e ent ró frío. Y conform e yo
andaba, el fr ío aum ent aba m ás y m ás, hast a que se m e
enchinó el pellej o. Quise ret roceder porque pensé que
regresando podría encont rar el calor que acababa de dej ar;
pero m e di cuent a a poco de andar que el frío salía de m í,
de m i propia sangre. Ent onces reconocí que est aba
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asust ado. Oí el albor ot o m ayor en la plaza y creí que allí
ent re la gent e se m e baj aría el m iedo. Por eso es que
ust edes m e encont raron en la plaza. ¿De m odo que siem pre
volvió Donis? La m uj er est aba segura de que j am ás lo
volver ía a ver.
—Fue ya de m añana cuando t e encont ram os. Él venía de no
sé dónde. No se lo pr egunt é.
—Bueno, pues llegué a la plaza. Me recargué en un pilar de
los port ales. Vi que no había nadie, aunque seguía oyendo
el m urm ullo com o de m ucha gent e en día de m ercado. Un
rum or parej o, sin t on ni son, parecido al que hace el vient o
cont ra las ram as de un árbol en la noche, cuando no se ven
ni el árbol ni las ram as, pero se oye el m urm urar. Así. Ya
no di un paso m ás. Com encé a sent ir que se m e acercaba y
daba vuelt as a m i alr ededor aquel bisbiseo apret ado com o
un enj am bre, hast a que alcancé a dist inguir unas palabras
vacías de ruido: «Ruega a Dios por nosot ros». Eso oí que
m e decían. Ent onces se m e heló el alm a. Por eso es que
ust edes m e encont raron m uert o.
—Mej or no hubieras salido de t u t ierra. ¿Qué vinist e a hacer
aquí?
—Ya t e lo dij e en un principio. Vine a buscar a Pedro
Páram o, que según parece fue m i padre. Me t raj o la ilusión.
—¿La ilusión? Eso cuest a caro. A m í m e cost ó vivir m ás de
lo debido. Pagué con eso la deuda de encont rar a m i hij o,
que no fue, por decirlo así, una ilusión m ás; porque nunca
t uve ningún hij o. Ahora que est oy m uert a m e he dado
t iem po para pensar y ent erarm e de t odo. Ni siquiera el nido
para guardar lo m e dio Dios. Sólo esa larga vida ar rast rada
que t uve, llevando de aquí para allá m is oj os t rist es que
siem pre m iraron de reoj o, com o buscando det rás de la
gent e, sospechando que alguien m e hubier a escondido a m i
niño. Y t odo fue culpa de un m aldit o sueño. He t enido dos:
a uno de ellos lo llam o el «bendit o» y a ot ro el «m aldit o».
El pr im ero fue el que m e hizo soñar que había t enido un
hij o. Y m ient ras viví, nunca dej é de creer que fuera ciert o;
57
porque lo sent í ent re m is brazos, t iernit o, lleno de boca y
de oj os y de m anos; durant e m ucho t iem po conservé en
m is dedos la im presión de sus oj os dorm idos y el palpit ar
de su corazón. ¿Cóm o no iba a pensar que aquello fuera
verdad? Lo llevaba conm igo a dondequiera que iba,
envuelt o en m i rebozo, y de pront o lo per dí. En el cielo m e
dij eron que se habían equivocado conm igo. Que m e habían
dado un corazón de m adre, pero un seno de una
cualquiera. Ése fue el ot ro sueño que t uve. Llegué al cielo y
m e asom é a ver si ent re los ángeles reconocía la cara de m i
hij o. Y nada. Todas las caras eran iguales, hechas con el
m ism o m olde. Ent onces pregunt é. Uno de aquellos sant os
se m e acercó y, sin decirm e nada, hundió una de sus
m anos en m i est óm ago com o si la hubier a hundido en un
m ont ón de cera. Al sacarla m e enseñó algo así com o una
cáscara de nuez: «Est o prueba lo que t e dem uest ra».
»Tú sabes cóm o hablan raro allá arr iba; pero se les
ent iende. Les quise decir que aquello era sólo m i est óm ago
engarruñado por las ham bres y por el poco com er; pero
ot ro de aquellos sant os m e em puj ó por los hom bros y m e
enseñó la puert a de salida: “ Ve a descansar un poco m ás a
la t ierra, hij a, y procura ser buena para que t u purgat or io
sea m enos largo” .
»Ése fue el sueño “ m aldit o” que t uve y del cual saqué la
aclaración de que nunca había t enido ningún hij o. Lo supe
ya m uy t arde, cuando el cuerpo se m e había achaparrado,
cuando el espinazo se m e salt ó por encim a de la cabeza,
cuando ya no podía cam inar. Y de rem at e, el pueblo se fue
quedando solo; t odos largaron cam ino par a ot ros rum bos y
con ellos se fue t am bién la car idad de la que yo vivía. Me
sent é a esperar la m uert e. Después que t e encont ram os a
t i, se resolvieron m is huesos a quedarse t iesos. “ Nadie m e
hará caso” , pensé. Soy algo que no le est orba a nadie. Ya
ves, ni siquiera le robé el espacio a la t ierr a. Me ent erraron
en t u m ism a sepult ur a y cupe m uy bien en el hueco de t us
brazos. Aquí en est e rincón donde m e t ienes ahora. Sólo se
m e ocurre que debería ser yo la que t e t uviera abrazado a
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t i. ¿Oyes? Allá fuera est á lloviendo. ¿No sient es el golpear
de la lluvia?
—Sient o com o si alguien cam inara sobre nosot ros.
—Ya déj at e de m iedos. Nadie t e puede dar ya m iedo. Haz
por pensar en cosas agradables porque vam os a est ar
m ucho t iem po ent errados.
Al am anecer, gruesas got as de lluvia cayeron sobre la
t ierra. Sonaban huecas al est am parse en el polvo blando y
suelt o de los surcos. Un páj aro burlón cruzó a ras del suelo
y gim ió im it ando el quej ido de un niño; m ás allá se le oyó
dar un gem ido com o de cansancio, y t odavía m ás lej os, por
donde com enzaba a abrirse el hor izont e, solt ó un hipo y
luego una r isot ada, para volver a gem ir después.
Fulgor Sedano sint ió el olor de la t ierra y se asom ó a ver
cóm o la lluvia desflor aba los surcos. Sus oj os pequeños se
alegraron. Dio hast a t res bocanadas de aquel sabor y sonrió
hast a enseñar los dient es.
«¡Vaya! —dij o—. Ot r o buen año se nos echa encim a». Y
añadió: «Ven, agüit a, ven. ¡Déj at e caer hast a que t e
canses! Después córret e para allá, acuér dat e que hem os
abiert o a la labor t oda la t ierra, nom ás para que t e des
gust o».
Y solt ó la r isa.
El páj aro burlón que regresaba de recorrer los cam pos pasó
casi frent e a él y gim ió con un gem ido desgarrado.
El agua apret ó su lluvia hast a que allá, por donde
com enzaba a am anecer, se cerró el cielo y pareció que la
oscuridad, que ya se iba, regresaba.
La puert a grande de la Media Luna rechinó al abr irse,
rem oj ada por la br isa. Fueron saliendo prim ero dos, luego
ot ros dos, después ot ros dos y así hast a doscient os
hom bres a caballo que se desparram aron por los cam pos
lluviosos.
—Hay que avent ar el ganado de Enm edio m ás allá de lo
59
que fue Est agua, y el de Est agua córranlo para los cerros
de Vilm ayo —les iba ordenando Fulgor Sedano conform e
salían—. ¡Y apr iét enle, que se nos vienen encim a las aguas!
Lo dij o t ant as veces, que ya los últ im os sólo oyeron: «De
aquí para allá y de allá para m ás allá».
Todos y cada uno se llevaban la m ano al som brero para
darle a ent ender que ya habían ent endido.
Y apenas había acabado de salir el últ im o hom bre, cuando
ent ró a t odo galope Miguel Páram o, quien, sin det ener su
carrera, se apeó del caballo casi en las narices de Fulgor,
dej ando que el caballo buscara solo su pesebre.
—¿De dónde vienes a est as horas, m uchacho?
—Vengo de ordeñar.
—¿A quién?
—¿A que no lo adivinas?
—Ha de ser a Dorot ea la Cuarraca. Es a la única que le
gust an los bebés.
—Eres un im bécil, Fulgor; pero no t ienes t ú la culpa.
Y se fue, sin quit ar se las espuelas, a que le dieran de
alm orzar .
En la cocina, Dam iana Cisneros t am bién le hizo la m ism a
pregunt a:
—Pero ¿de dónde llegas, Miguel?
—De por ahí, de visit ar m adres.
—No quiero que t e enoj es. Disim úlalo. ¿Cóm o se t e hacen
los huevos?
—Com o a t i t e gust en.
—Te est oy hablando de buen m odo, Miguel.
—Lo ent iendo, Dam iana. No t e preocupes. Oye, ¿t ú conoces
a una t al Dorot ea, apodada la Cuarraca?
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—Sí. Y si t ú la quieres ver, allí est á afuerit a. Siem pre
m adruga para venir aquí por su desayuno. Es una que t rae
un m olot e en su rebozo y lo arrulla diciendo que es su crío.
Parecer ser que le sucedió alguna desgr acia allá en sus
t iem pos; pero, com o nunca habla, nadie sabe lo que le
pasó. Vive de lim osna.
—¡Maldit o viej o! Le voy a j ugar una m ala pasada que hast a
le harán rem olino los oj os.
Después se quedó pensando si aquella m uj er no le servir ía
para algo. Y sin dudarlo m ás fue hacia la puert a t rasera de
la cocina y llam ó a Dorot ea:
—Ven para acá, t e voy a proponer un t rat o —le dij o.
Y quién sabe qué clase de proposiciones le haría, lo ciert o
es que cuando ent ró de nuevo se frot aba las m anos:
—¡Vengan esos huevos! —le gr it ó a Dam iana. Y agregó—:
De hoy en adelant e le darás de com er a esa m uj er lo
m ism o que a m í, no le hace que se t e am polle el codo.
Mient ras t ant o, Fulgor Sedano se fue hast a las t roj es a
revisar la alt ura del m aíz. Le preocupaba la m erm a porque
aún t ardar ía la cosecha. A decir verdad, apenas si se había
sem brado. «Quiero ver si nos alcanza». Luego añadió:
«¡Ese m uchacho! I gualit o a su padre; pero com enzó
dem asiado pront o. A ese paso no creo que se logre. Se m e
olvidó m encionar le que ayer vinieron con la acusación de
que había m at ado a uno. Si así sigue…».
Suspiró y t rat ó de im aginar en qué lugar ir ían ya los
vaqueros. Pero lo dist raj o el pot r illo alazán de Miguel
Páram o, que se rascaba los m orros cont ra la barda. «Ni
siquiera lo ha desensillado», pensó. «Ni lo hará. Al m enos
don Pedro es m ás consecuent e con uno y t iene sus rat os de
calm a. Aunque consient e m ucho a Miguel. Ayer le
com uniqué lo que había hecho su hij o y m e respondió:
“ Hazt e a la idea de que fui yo, Fulgor; él es incapaz de
hacer eso: no t iene t odavía fuerza para m at ar a nadie. Para
eso se necesit a t ener los r iñones de est e t am año” . Puso sus
61
m anos así, com o si m idiera una calabaza. “ La culpa de t odo
lo que él haga écham ela a m í” ».
—Miguel le dará m uchos dolores de cabeza, don Pedro. Le
gust a la pendencia.
—Déj alo m overse. Es apenas un niño. ¿Cuánt os años
cum plió? Tendrá diecisiet e. ¿No, Fulgor?
—Puede que sí. Recuerdo que se lo t raj eron recién, apenas
ayer; pero es t an violent o y vive t an de prisa que a veces
se m e figura que va j ugando carreras con el t iem po.
Acabará por perder, ya lo verá ust ed.
—Es t odavía una cr iat ura, Fulgor.
—Será lo que ust ed diga, don Pedro; per o esa m uj er que
vino ayer a llorar aquí, alegando que el hij o de ust ed le
había m at ado a su m ar ido, est aba de a t iro desconsolada.
Yo sé m edir el desconsuelo, don Pedro. Y esa m uj er lo
cargaba por kilos. Le ofrecí cincuent a hect olit ros de m aíz
para que se olvidara del asunt o; pero no los quiso.
Ent onces le prom et í que corregir íam os el daño de algún
m odo. No se conform ó.
—¿De quién se t rat aba?
—Es gent e que no conozco.
—No t ienes pues por qué apurart e, Fulgor. Esa gent e no
exist e.
Llegó a las t roj es y sint ió el calor del m aíz. Tom ó en sus
m anos un puñado para ver si no lo había alcanzado el
gorgoj o. Midió la alt ura: «Rendirá —dij o—. En cuant o
crezca el past o ya no vam os a requerir darle m aíz al
ganado. Hay de sobra».
De regreso m iró al cielo lleno de nubes. «Tendrem os agua
para un buen rat o». Y se olvidó de t odo lo dem ás.
—Allá afuera debe est ar var iando el t iem po. Mi m adre m e
decía que, en cuant o com enzaba a llover, t odo se llenaba
de luces y del olor verde de los ret oños. Me cont aba cóm o
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llegaba la m area de las nubes, cóm o se echaban sobre la
t ierra y la descom ponían cam biándole los colores… Mi
m adre, que vivió su infancia y sus m ej ores años en est e
pueblo y que ni siquiera pudo venir a m orir aquí. Hast a
para eso m e m andó a m í en su lugar . Es curioso, Dorot ea,
cóm o no alcancé a ver ni el cielo. Al m enos, quizá, debe ser
el m ism o que ella conoció.
—No lo sé, Juan Preciado. Hacía t ant os años que no alzaba
la cara, que m e olvidé del cielo. Y aunque lo hubiera hecho,
¿qué habría ganado? El cielo est á t an alt o, y m is oj os t an
sin m irada, que vivía cont ent a con saber dónde quedaba la
t ierra. Adem ás, le perdí t odo m i int erés desde que el padre
Rent ería m e aseguró que j am ás conocería la glor ia. Que ni
siquiera de lej os la vería… Fue cosa de m is pecados; pero él
no debía habérm elo dicho. Ya de por sí la vida se lleva con
t rabaj os. Lo único que la hace a una m over los pies es la
esperanza de que al m orir la lleven a una de un lugar a
ot ro; pero cuando a una le cierran una puert a y la que
queda abiert a es nom ás la del infierno, m ás vale no haber
nacido… El cielo par a m í, Juan Preciado, est á aquí donde
est oy ahora.
—¿Y t u alm a? ¿Dónde crees que haya ido?
—Debe andar vagando por la t ierra com o t ant as ot ras;
buscando vivos que recen por ella. Tal vez m e odie por el
m al t rat o que le di; pero eso ya no m e preocupa. He
descansado del vicio de sus rem ordim ient os. Me am argaba
hast a lo poco que com ía, y m e hacía insoport ables las
noches llenándom elas de pensam ient os int ranquilos con
figuras de condenados y cosas de ésas. Cuando m e sent é a
m orir , ella rogó que m e levant ara y que siguiera
arrast rando la vida, com o si esperara t odavía algún m ilagro
que m e lim piara de culpas. Ni siquiera hice el int ent o:
«Aquí se acaba el cam ino —le dij e—. Ya no m e quedan
fuerzas para m ás». Y abrí la boca para que se fuera. Y se
fue. Sent í cuando cayó en m is m anos el hilit o de sangre con
que est aba am arrada a m i corazón.
63
Llam aron a su puert a; pero él no cont est ó. Oyó que
siguieron t ocando t odas las puert as, despert ando a la
gent e. La carrera que llevaba Fulgor lo conoció por sus
pasos —hacia la puert a grande se det uvo un m om ent o,
com o si t uviera int enciones de volver a llam ar . Después
siguió corr iendo.
Rum or de voces. Arrast rar de pisadas despaciosas com o si
cargaran con algo pesado.
Ruidos vagos.
Vino hast a su m em oria la m uert e de su padre, t am bién en
un am anecer com o ést e; aunque en aquel ent onces la
puert a est aba abiert a y t raslucía el color gris de un cielo
hecho de ceniza, t r ist e, com o fue ent onces. Y a una m uj er
cont eniendo el llant o, recost ada cont ra la puert a. Una
m adre de la que él ya se había olvidado y olvidado m uchas
veces, diciéndole: «¡Han m at ado a t u padre! ». Con aquella
voz quebrada, deshecha, sólo unida por el hilo del sollozo.
Nunca quiso revivir ese recuerdo porque le t raía ot ros,
com o si rom piera un cost al replet o y luego quisiera
cont ener el grano. La m uert e de su padre que arrast ró
ot ras m uert es y en cada una de ellas est aba siem pre la
im agen de la cara despedazada; rot o un oj o, m irando
vengat ivo el ot ro. Y ot ro y ot ro m ás, hast a que la había
borrado del recuerdo cuando ya no hubo nadie que se la
recordara.
—¡Descánselo aquí! No, así no. Hay que m et erlo con la
cabeza para at rás. ¡Tú! ¿Qué esperas?
Todo en voz baj a.
—¿Y él?
—Él duerm e. No lo despiert en. No hagan ruido.
Allí est aba él, enorm e, m irando la m aniobra de m et er un
bult o envuelt o en cost ales viej os, am arrado con sicuas de
coyunda com o si lo hubieran am ort aj ado.
—¿Quién es? —pregunt ó.
64
Fulgor Sedano se acercó hast a él y le dij o:
—Es Miguel, don Pedr o.
—¿Qué le hicieron? —grit ó.
Esperaba oír: «Lo han m at ado». Y ya est aba previniendo su
fur ia, haciendo bolas duras de rencor; pero oyó las palabras
suaves de Fulgor Sedano que le decían:
—Nadie le hizo nada. Él solo encont ró la m uert e.
Había m echeros de pet róleo aluzando la noche.
—… Lo m at ó el caballo —se acom idió a decir uno.
Lo t endieron en su cam a, echando abaj o el colchón,
dej ando las puras t ablas donde acom odaron el cuerpo ya
desprendido de las t iras con que habían venido t irando de
él. Le colocaron las m anos sobre el pecho y t aparon su cara
con un t rapo negro. «Parece m ás grande de lo que era»,
dij o en secret o Fulgor Sedano.
Pedro Páram o se había quedado sin expresión ninguna,
com o ido. Por encim a de él sus pensam ient os se seguían
unos a ot ros sin darse alcance ni j unt arse. Al fin dij o:
—Est oy com enzando a pagar. Más vale em pezar t em prano,
para t erm inar pront o.
No sint ió dolor .
Cuando le habló a la gent e reunida en el pat io para
agradecerle su com pañía, abr iéndole paso a su voz por
ent re el llor iqueo de las m uj eres, no cort ó ni el resuello ni
sus palabras. Después sólo se oyó en aquella noche el
piafar del pot r illo alazán de Miguel Páram o.
—Mañana m andas m at ar ese anim al para que no siga
sufriendo —le ordenó a Fulgor Sedano.
—Est á bien, don Pedro. Lo ent iendo. El pobre se ha de
sent ir desolado.
—Yo t am bién lo ent iendo así, Fulgor . Y diles de paso a esas
m uj eres que no arm en t ant o escándalo, es m ucho alborot o
65
por m i m uert o. Si fuera de ellas, no llorarían con t ant as
ganas.
El padre Rent ería se acordaría m uchos años después de la
noche en que la dur eza de su cam a lo t uvo despiert o y
después lo obligó a salir . Fue la noche en que m urió Miguel
Páram o.
Recorrió las calles solit arias de Com ala, espant ando con sus
pasos a los perros que husm eaban en las basuras. Llegó
hast a el r ío y allí se ent ret uvo m irando en los rem ansos el
reflej o de las est rellas que se est aban cayendo del cielo.
Duró varias horas luchando con sus pensam ient os,
t irándolos al agua negra del r ío.
«El asunt o com enzó —pensó— cuando Pedro Páram o, de
cosa baj a que era, se alzó a m ayor. Fue creciendo com o
una m ala yerba. Lo m alo de est o es que t odo lo obt uvo de
m í: “ Me acuso padre que ayer dorm í con Pedro Páram o” .
“ Me acuso padre que t uve un hij o de Pedro Páram o” . “ De
que le prest é m i hij a a Pedro Páram o” . Siem pre esperé que
él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo. Y después
est iró los brazos de su m aldad con ese hij o que t uvo. Al que
él reconoció, sólo Dios sabe por qué. Lo que si sé es que yo
puse en sus m anos ese inst rum ent o».
Tenía m uy present e el día que se lo había llevado, apenas
nacido.
Le había dicho:
—Don Pedro, la m am á m urió al alum brar lo. Dij o que era de
ust ed. Aquí lo t iene.
Y él ni lo dudó, solam ent e le dij o:
—¿Por qué no se queda con él, padre? Hágalo cura.
—Con la sangre que lleva dent ro no quiero t ener esa
responsabilidad.
—¿De verdad cree ust ed que t engo m ala sangre?
—Realm ent e sí, don Pedro.
66
—Le probaré que no es ciert o. Déj em elo aquí. Sobra quien
se encargue de cuidarlo.
—En eso pensé, precisam ent e. Al m enos con ust ed no le
falt ará el sust ent o.
El m uchachit o se ret orcía, pequeño com o era, com o una
víbora.
—¡Dam iana! Encárgat e de esa cosa. Es m i hij o.
Después había abiert o la bot ella:
—Por la difunt a y por ust ed beberé est e t rago.
—¿Y por él?
—Por él t am bién, ¿por qué no?
Llenó ot ra copa m ás y los dos bebieron por el porvenir de
aquella cr iat ura.
Así fue.
Com enzaron a pasar las carret as rum bo a la Media Luna. Él
se agachó, escondiéndose en el galápago que bordeaba el
río. «¿De quién t e escondes?», se pregunt ó a sí m ism o.
—¡Adiós, padre! —oyó que le decían.
Se alzó de la t ierra y cont est ó:
—¡Adiós! Que el Señor t e bendiga.
Est aban apagándose las luces del pueblo. El r ío llenó su
agua de colores lum inosos.
—Padre, ¿ya dieron el alba? —pregunt ó ot ro de los
carret eros.
—Debe ser m ucho después del alba —respondió él. Y
cam inó en sent ido cont rar io al de ellos, con int enciones de
no det enerse.
—¿Adónde t an t em prano, padre?
—¿Dónde est á el m or ibundo, padre?
—¿Ha m uert o alguien en Cont la, padre?
67
Hubiera quer ido responderles: «Yo. Yo soy el m uert o». Pero
se conform ó con sonreír.
Al salir del pueblo precipit ó sus pasos.
Regresó ent rada la m añana.
—¿Dónde est uvo ust ed, t ío? —le pregunt ó Ana su sobrina—.
Vinieron m uchas m uj eres a buscarlo. Querían confesarse
por ser m añana viernes prim ero.
—Que regresen a la noche.
Se quedó un rat o quiet o, sent ado en una banca del pasillo,
lleno de fat iga.
—¡Qué fresco est á el aire! , ¿no, Ana?
—Hace calor, t ío.
—Yo no lo sient o.
No quería pensar para nada que había est ado en Cont la,
donde hizo confesión general con el señor cura, y que ést e,
a pesar de sus ruegos, le había negado la absolución:
—Ese hom bre de quien no quieres m encionar su nom bre ha
despedazado t u I glesia y t ú se lo has consent ido. ¿Qué se
puede esperar ya de t i, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza
de Dios? Quiero convencerm e de que eres bueno y de que
allí recibes la est im ación de t odos; pero no bast a ser
bueno. El pecado no es bueno. Y para acabar con él, hay
que ser duro y despiadado. Quiero creer que t odos siguen
siendo creyent es; pero no eres t ú quien m ant iene su fe; lo
hacen por superst ición y por m iedo. Quier o aún m ás est ar
cont igo en la pobreza en que vives y en el t rabaj o y
cuidados que libras t odos los días en t u cum plim ient o. Sé lo
difícil que es nuest ra t area en est os pobres pueblos donde
nos t ienen relegados; pero eso m ism o m e da derecho a
decirt e que no hay que ent regar nuest ro servicio a unos
cuant os, que t e darán un poco a cam bio de t u alm a, y con
t u alm a en m anos de ellos ¿qué podrás hacer para ser
m ej or que aquellos que son m ej ores que t ú? No, padre, m is
m anos no son lo suficient em ent e lim pias para dart e la
68
absolución. Tendrás que buscarla en ot ro lugar.
—¿Quiere ust ed decir, señor cura, que t engo que ir a
buscar la confesión a ot ra part e?
—Tienes que ir. No puedes seguir consagrando a los dem ás
si t ú m ism o est ás en pecado.
—¿Y si suspenden m is m inist erios?
—No creo que lo hagan, aunque t al vez lo m erezcas.
Quedará a j uicio de ellos.
—¿No podría ust ed…? Provisionalm ent e, digam os… Necesit o
dar los sant os óleos… la com unión. Mueren t ant os en m i
pueblo, señor cura.
—Padre, dej a que a los m uert os los j uzgue Dios.
—¿Ent onces, no?
Y el señor cura de Cont la había dicho que no.
Después pasearon los dos por los corredores del curat o,
som breados de azaleas. Se sent aron baj o una enram ada
donde m aduraban las uvas.
—Son ácidas, padre —se adelant ó el señor cura a la
pregunt a que le iba a hacer—. Vivim os en una t ierra en que
t odo se da, gracias a la Providencia; pero t odo se da con
acidez. Est am os condenados a eso.
—Tiene ust ed razón, señor cura. Allá en Com ala he
int ent ado sem brar uvas. No se dan. Sólo crecen arrayanes
y naranj os; naranj os agrios y arrayanes agrios. A m í se m e
ha olvidado el sabor de las cosas dulces. ¿Recuerda ust ed
las guayabas de China que t eníam os en el sem inar io? Los
duraznos, las m andar inas aquellas que con sólo apret ar las
solt aban la cáscara. Yo t raj e aquí algunas sem illas. Pocas;
apenas una bolsit a… después pensé que hubiera sido m ej or
dej arlas allá donde m aduraran, ya que aquí las t raj e a
m orir .
—Y sin em bargo, padre, dicen que las t ierras de Com ala
son buenas. Es lást im a que est én en m anos de un solo
69
hom bre. ¿Es Pedro Páram o aún el dueño, no?
—Así es la volunt ad de Dios.
—No creo que en est e caso int ervenga la volunt ad de Dios.
¿No lo crees t ú así, padre?
—A veces lo he dudado; pero allí lo reconocen.
—¿Y ent re ésos est ás t ú?
—Yo soy un pobre hom bre dispuest o a hum illarse, m ient ras
sient a el im pulso de hacerlo.
Luego se habían despedido. Él t om ándole las m anos y
besándoselas. Con t odo, ahora aquí, vuelt o a la realidad, no
quería volver a pensar m ás en esa m añana de Cont la.
Se levant ó y fue hacia la puert a.
—¿Adónde va ust ed, t ío?
Su sobrina Ana, siem pre present e, siem pre j unt o a él, com o
si buscara su som bra para defenderse de la vida.
—Voy a ir un rat o a cam inar, Ana. A ver si así revient o.
—¿Se sient e m al?
—Mal no, Ana. Malo. Un hom bre m alo. Eso sient o que soy.
Fue hast a la Media Luna y dio el pésam e a Pedro Páram o.
Volvió a oír las disculpas por las inculpaciones que le habían
hecho a su hij o. Lo dej ó hablar. Al fin ya nada t enía
im port ancia. En cam bio, rechazó la invit ación a com er con
él:
—No puedo, don Pedro, t engo que est ar t em prano en la
iglesia porque m e espera un m ont ón de m uj eres j unt o al
confesionario. Ot ra vez será.
Se vino al paso, y cuando at ardecía ent ró direct am ent e en
la iglesia, t al com o iba, lleno de polvo y de m iser ia. Se
sent ó a confesar.
La pr im era que se acercó fue la viej a Dorot ea, quien
siem pre est aba allí esperando a que se abr ieran las puert as
70
de la iglesia.
Sint ió que olía a alcohol.
—¿Qué, ya t e em borrachas? ¿Desde cuándo?
—Es que est uve en el velorio de Miguelit o, padre. Y se m e
pasaron las canelas. Me dieron de beber t ant o, que hast a
m e volví payasa.
—Nunca has sido ot ra cosa, Dorot ea.
—Pero ahora t raigo pecados, padre. Y de sobra.
En var ias ocasiones él le había dicho: «No t e confieses,
Dorot ea, nada m ás vienes a quit ar m e el t iem po. Tú ya no
puedes com et er ningún pecado, aunque t e lo propongas.
Déj ale el cam po a los dem ás».
—Ahora sí, padre. Es verdad.
—Di.
—Ya que no puedo causarle ningún perj uicio, le diré que
era yo la que le conseguía m uchachas al difunt o Miguelit o
Páram o.
El padre Rent ería, que pensaba darse cam po para pensar,
pareció salir de sus sueños y pregunt ó casi por cost um bre:
—¿Desde cuándo?
—Desde que él fue hom brecit o. Desde que le agarró el
chincual.
—Vuélvem e a repet ir lo que dij ist e, Dorot ea.
—Pos que yo era la que conchavaba las m uchachas a
Miguelit o.
—¿Se las llevabas?
—Algunas veces, sí. En ot ras nom ás se las apalabraba. Y
con ot ras nom ás le daba el nort e. Ust ed sabe: la hora en
que est aban solas y en que él podía agarrarlas descuidadas.
—¿Fueron m uchas?
71
No quería decir eso: pero le salió la pregunt a por
cost um bre.
—Ya hast a perdí la cuent a. Fueron ret em uchas.
—¿Qué quieres que haga cont igo, Dorot ea? Júzgat e t ú
m ism a. Ve si t ú puedes perdonart e.
—Yo no, padre. Pero ust ed sí puede. Por eso vengo a verlo.
—¿Cuánt as veces vinist e aquí a pedirm e que t e m andara al
cielo cuando m urieras? ¿Querías ver si allá encont rabas a t u
hij o, no, Dorot ea? Pues bien, no podrás ir ya m ás al cielo.
Pero que Dios t e perdone.
—Gracias, padre.
—Sí. Yo t am bién t e perdono en nom bre de él. Puedes ir t e.
—¿No m e dej a ninguna penit encia?
—No la necesit as, Dorot ea.
—Gracias, padre.
—Ve con Dios.
Tocó con los nudillos la vent anilla del confesionario para
llam ar a ot ra de aquellas m uj eres. Y m ient ras oía el Yo
pecador su cabeza se dobló com o si no pudiera sost enerse
en alt o. Luego vino aquel m areo, aquella confusión, el irse
diluyendo com o en agua espesa, y el girar de luces; la luz
ent era del día que se desbarat aba haciéndose añicos; y ese
sabor a sangre en la lengua. El Yo pecador se oía m ás
fuert e, repet ido, y después t erm inaban: «por los siglos de
los siglos, am én», «por los siglos de los siglos, am én», «por
los siglos…».
—Ya calla —dij o—. ¿Cuánt o hace que no t e confiesas?
—Dos días, padre.
Allí est aba ot ra vez. Com o si lo rodeara la desvent ura.
«¿Qué haces aquí? —pensó—. Descansa. Vet e a descansar.
Est ás m uy cansado».
72
Se levant ó del confesionar io y se fue derecho a la sacrist ía.
Sin volver la cabeza dij o a aquella gent e que lo est aba
esperando:
—Todos los que se sient an sin pecado, pueden com ulgar
m añana. Det rás de él, sólo se oyó un m ur m ullo.
Est oy acost ada en la m ism a cam a donde m urió m i m adre
hace ya m uchos años; sobre el m ism o colchón; baj o la
m ism a cobij a de lana negra con la cual nos envolvíam os las
dos para dorm ir. Ent onces yo dorm ía a su lado, en un
lugarcit o que ella m e hacía debaj o de sus brazos.
Creo sent ir t odavía el golpe pausado de su respiración; las
palpit aciones y suspiros con que ella arrullaba m i sueño…
Creo sent ir la pena de su m uert e…
Pero est o es falso.
Est oy aquí, boca arr iba, pensando en aquel t iem po para
olvidar m i soledad. Porque no est oy acost ada sólo por un
rat o. Y ni en la cam a de m i m adre, sino dent ro de un caj ón
negro com o el que se usa para ent errar a los m uert os.
Porque est oy m uert a.
Sient o el lugar en que est oy y pienso…
Pienso cuando m aduraban los lim ones. En el vient o de
febrero que rom pía los t allos de los helechos, ant es que el
abandono los secara; los lim ones m aduros que llenaban con
su olor el viej o pat io.
El vient o baj aba de las m ont añas en las m añanas de
febrero. Y las nubes se quedaban allá arr iba en espera de
que el t iem po bueno las hiciera baj ar al valle; m ient ras
t ant o dej aban vacío el cielo azul, dej aban que la luz cayera
en el j uego del vient o haciendo círculos sobre la t ierra,
rem oviendo el polvo y bat iendo las ram as de los naranj os.
Y los gorr iones reían; picot eaban las hoj as que el aire hacía
caer, y reían; dej aban sus plum as ent re las espinas de las
ram as y perseguían a las m ar iposas y reían. Era esa época.
En febrero, cuando las m añanas est aban llenas de vient o,
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de gorriones y de luz azul. Me acuerdo. Mi m adre m ur ió
ent onces.
Que yo debía haber grit ado; que m is m anos t enían que
haberse hecho pedazos est ruj ando su desesperación. Así
hubieras t ú querido que fuera. Pero ¿acaso no era alegre
aquella m añana? Por la puert a abiert a ent raba el aire,
quebrando las guías de la yedra. En m is piernas com enzaba
a crecer el vello ent re las venas, y m is m anos t em blaban
t ibias al t ocar m is senos. Los gorriones j ugaban. En las
lom as se m ecían las espigas. Me dio lást im a que ella ya no
volviera a ver el j uego del vient o en los j azm ines; que
cerrara sus oj os a la luz de los días. Pero ¿por qué iba a
llorar?
¿Te acuerdas, Just ina? Acom odast e las sillas a lo largo del
corredor para que la gent e que viniera a verla esperara su
t urno. Est uvieron vacías. Y m i m adre sola, en m edio de los
cir ios; su cara pálida y sus dient es blancos asom ándose
apenit as ent re sus labios m orados, endurecidos por la
am orat ada m uert e. Sus pest añas ya quiet as; quiet o ya su
corazón. Tú y yo allí, rezando rezos int er m inables, sin que
ella oyera nada, sin que t ú y yo oyéram os nada, t odo
perdido en la sonoridad del vient o debaj o de la noche.
Planchast e su vest ido negro, alm idonado el cuello y el puño
de sus m angas para que sus m anos se vieran nuevas,
cruzadas sobre su pecho m uert o; su viej o pecho am oroso
sobre el que dorm í en un t iem po y que m e dio de com er y
que palpit ó para arrullar m is sueños.
Nadie vino a verla. Así est uvo m ej or. La m uert e no se
repart e com o si fuera un bien. Nadie anda en busca de
t rist ezas.
Tocaron la aldaba. Tú salist e.
—Ve t ú —t e dij e—. Yo veo borrosa la car a de la gent e. Y
haz que se vayan. ¿Que vienen por el dinero de las m isas
gregorianas? Ella no dej ó ningún dinero. Díselos, Just ina.
¿Que no saldrá del Purgat orio si no le rezan esas m isas?
¿Quiénes son ellos para hacer la j ust icia, Just ina? ¿Dices
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que est oy loca? Est á bien.
Y t us sillas se quedaron vacías hast a que fuim os a
ent errarla con aquellos hom bres alquilados, sudando por un
peso aj eno, ext raños a cualquier pena. Cerraron la
sepult ura con arena m oj ada; baj aron el caj ón despacio, con
la paciencia de su oficio, baj o el aire que les refrescaba su
esfuerzo. Sus oj os fríos, indiferent es. Dij eron: «Es t ant o». Y
t ú les pagast e, com o quien com pra una cosa, desanudando
t u pañuelo húm edo de lágr im as, expr im ido y vuelt o a
exprim ir y ahora guar dando el dinero de los funerales…
Y cuando ellos se fueron, t e arrodillast e en el lugar donde
había quedado su cara y besast e la t ierra y podrías haber
abiert o un aguj ero, si yo no t e hubiera dicho: «Vám onos,
Just ina, ella est á en ot ra part e, aquí no hay m ás que una
cosa m uert a».
—¿Eres t ú la que ha dicho t odo eso, Dorot ea?
—¿Quién, yo? Me quedé dorm ida un rat o. ¿Te siguen
asust ando?
—Oí a alguien que hablaba. Una voz de m uj er. Creí que
eras t ú.
—¿Voz de m uj er? ¿Creíst e que era yo? Ha de ser la que
habla sola. La de la sepult ura grande. Doña Susanit a. Est á
aquí ent errada a nuest ro lado. Le ha de haber llegado la
hum edad y est ará rem oviéndose ent re el sueño.
—¿Y quién es ella?
—La últ im a esposa de Pedro Páram o. Unos dicen que
est aba loca. Ot ros, que no. La verdad es que ya hablaba
sola desde en vida.
—Debe haber m uert o hace m ucho.
—¡Uh, sí! , hace m ucho. ¿Qué le oíst e decir ?
—Algo acerca de su m adre.
—Pero si ella ni m adr e t uvo…
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—Pues de eso hablaba.
—… O, al m enos, no la t raj o cuando vino. Pero espérat e.
Ahora recuerdo que ella nació aquí, y que ya de añej it a
desaparecieron. Y sí, su m adre m urió de t isis. Era una
señora m uy rara que siem pre est uvo enferm a y no visit aba
a nadie.
—Eso dice ella. Que nadie había ido a ver a su m adre
cuando m urió.
—¿Pero de qué t iem pos hablará? Claro que nadie se paró
en su casa por el puro m iedo de agar rar la t isis: ¿Se
acordará de eso la indina?
—De eso hablaba.
—Cuando vuelvas a oír la m e avisas, m e gust aría saber lo
que dice.
—¿Oyes? Parece que va a decir algo. Se oye un m urm ullo.
—No, no es ella. Eso viene de m ás lej os, de por est e ot ro
rum bo. Y es voz de hom bre. Lo que pasa con est os m uert os
viej os es que en cuant o les llega la hum edad com ienzan a
rem overse. Y despiert an.
«El cielo es grande. Dios est uvo conm igo esa noche. De no
ser así quién sabe lo que hubiera pasado. Porque fue ya de
noche cuando reviví…».
—¿Lo oyes ya m ás claro?
—Sí.
«… Tenía sangre por t odas part es. Y al enderezarm e
chapot ié con m is m anos la sangre regada en las piedras. Y
era m ía. Mont onales de sangre. Pero no est aba m uert o. Me
di cuent a. Supe que don Pedro no t enía int enciones de
m at arm e. Sólo de darm e un sust o. Quería averiguar si yo
había est ado en Vilm ayo dos m eses ant es. El día de San
Crist óbal. En la boda. ¿En cuál boda? ¿En cuál San
Crist óbal? Yo chapot eaba ent re m i sangre y le pregunt aba:
“ ¿En cuál boda, don Pedro?” . No, no, don Pedro, yo no
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est uve. Si acaso, pasé por allí. Pero fue por casualidad… Él
no t uvo int enciones de m at arm e. Me dej ó coj o, com o
ust edes ven, y m anco si ust edes quieren. Pero no m e m at ó.
Dicen que se m e t orció un oj o desde ent onces, de la m ala
im presión. Lo ciert o es que m e volví m ás hom bre. El cielo
es grande. Y ni quien lo dude».
—¿Quién será?
—Ve t ú a saber. Alguno de t ant os. Pedro Páram o causó t al
m ort andad después que le m at aron a su padre, que se dice
casi acabó con los asist ent es a la boda en la cual don Lucas
Páram o iba a fungir de padrino. Y eso que a don Lucas
nom ás le t ocó de rebot e, porque al parecer la cosa era
cont ra el novio. Y com o nunca se supo de dónde había
salido la bala que le pegó a él, Pedro Páram o arrasó parej o.
Est o fue allá en el cerro de Vilm ayo, donde est aban unos
ranchos de los que ya no queda ni el rast r o… Mira, ahora sí
parece ser ella. Tú que t ienes los oídos m uchachos, ponle
at ención. Ya m e cont arás lo que diga.
—No se le ent iende. Parece que no habla, sólo se quej a.
—¿Y de qué se quej a?
—Pues quién sabe.
—Debe ser por algo. Nadie se quej a de nada. Para bien la
orej a.
—Se quej a y nada m ás. Tal vez Pedro Páram o la hizo sufr ir.
—No creas. Él la quería. Est oy por decir que nunca quiso a
ninguna m uj er com o a ésa. Ya se la ent r egaron sufrida y
quizá loca. Tan la quiso, que se pasó el rest o de sus años
aplast ado en un equipal, m irando el cam ino por donde se la
habían llevado al cam posant o. Le perdió int erés a t odo.
Desaloj ó sus t ierras y m andó quem ar los enseres. Unos
dicen que porque ya est aba cansado, ot ros que porque le
agarró la desilusión; lo ciert o es que echó fuera a la gent e y
se sent ó en su equipal, cara al cam ino.
»Desde ent onces la t ierra se quedó baldía y com o en
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ruinas. Daba pena verla llenándose de achaques con t ant a
plaga que la invadió en cuant o la dej aron sola. De allá par a
acá se consum ió la gent e; se desbandaron los hom bres en
busca de ot ros “ bebederos” . Recuerdo días en que Com ala
se llenó de “ adioses” y hast a nos parecía cosa alegre ir a
despedir a los que se iban. Y es que se iban con int enciones
de volver. Nos dej aban encargadas sus cosas y su fam ilia.
Luego algunos m andaban por la fam ilia aunque no por sus
cosas, y después parecieron olvidarse del pueblo y de
nosot ros, y hast a de sus cosas. Yo m e quedé porque no
t enía adónde ir. Ot r os se quedaron esperando que Pedro
Páram o m ur iera, pues según decían les había prom et ido
heredarles sus bienes, y con esa esperanza vivieron t odavía
algunos. Pero pasar on años y años y él seguía vivo,
siem pre allí, com o un espant apáj aros frent e a las t ierras de
la Media Luna.
»Y ya cuando le falt aba poco para m orir vinieron las
guerras esas de los “ crist eros” y la t ropa echó rialada con
los pocos hom bres que quedaban. Fue cuando yo com encé
a m orirm e de ham br e y desde ent onces nunca m e volví a
em parej ar.
»Y t odo por las ideas de don Pedro, por sus pleit os de alm a.
Nada m ás porque se le m ur ió la m uj er, la t al Susanit a. Ya
t e has de im aginar si la quería».
Fue Fulgor Sedano quien le dij o:
—Pat rón, ¿sabe quién anda por aquí?
—¿Quién?
—Bart olom é San Juan.
—¿Y eso?
—Eso es lo que yo m e pregunt o. ¿Qué vendrá a hacer?
—¿No lo has invest igado?
—No. Vale decirlo. Y es que no ha buscado casa. Llegó
direct am ent e a la ant igua casa de ust ed. Allí desm ont ó y
apeó sus m alet as, com o si ust ed de ant em ano se la hubiera
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alquilado. Al m enos le vi esa seguridad.
—¿Y qué haces t ú, Fulgor, que no aver iguas lo que pasa?
¿No est ás para eso?
—Me desorient é un poco por lo que le dij e. Pero m añana
aclararé las cosas si ust ed lo cree necesario.
—Lo de m añana déj am elo a m í. Yo m e encargó de ellos.
¿Han venido los dos?
—Sí, él y su m uj er. ¿Pero cóm o lo sabe?
—¿No será su hij a?
—Pues por el m odo com o la t rat a m ás bien parece su
m uj er.
—Vet e a dorm ir, Fulgor.
—Si ust ed m e lo perm it e.
«Esperé t reint a años a que regresaras, Susana. Esperé a
t enerlo t odo. No solam ent e algo, sino t odo lo que se
pudiera conseguir de m odo que no nos quedara ningún
deseo, sólo el t uyo, el deseo de t i. ¿Cuánt as veces invit é a
t u padre a que vinier a a vivir aquí nuevam ent e, diciéndole
que yo lo necesit aba? Lo hice hast a con engaños.
»Le ofrecí nom brar lo adm inist rador, con t al de volvert e a
ver. ¿Y qué m e cont est ó? “ No hay respuest a —m e decía
siem pre el m andadero—. El señor don Bart olom é rom pe sus
cart as cuando yo se las ent rego” . Pero por el m uchacho
supe que t e habías casado y pront o m e ent eré que t e
habías quedado viuda y le hacías ot ra vez com pañía a t u
padre.
Luego el silencio.
»El m andadero iba y venía y siem pre regresaba
diciéndom e:
»—No los encuent ro, don Pedro. Me dicen que salieron de
Mascot a. Y unos m e dicen que para acá y ot ros que para
allá.
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»Y yo:
»—No repares en gast os, búscalos. Ni que se los haya
t ragado la t ierra.
»Hast a que un día vino y m e dij o:
»—He repasado t oda la sierra indagando el rincón donde se
esconde don Bart olom é San Juan, hast a que he dado con
él, allá, perdido en un aguj ero de los m ont es, viviendo en
una covacha hecha de t roncos, en el m ero lugar donde
est án las m inas abandonadas de La Andróm eda.
»Ya para ent onces soplaban vient os raros. Se decía que
había gent e levant ada en arm as. Nos llegaban rum ores.
Eso fue lo que avent ó a t u padre por aquí. No por él, según
m e dij o en su cart a, sino por t u seguridad, quería t raert e a
algún lugar vivient e.
»Sent í que se abr ía el cielo. Tuve ánim os de correr hacia t i.
De rodeart e de alegría. De llorar. Y lloré, Susana, cuando
supe que al fin regresarías».
—Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con
sorber un poco de aire viej o y ent um ido, pobre y flaco
com o t odo lo viej o. Ést e es uno de esos pueblos, Susana.
»Allá, de donde venim os ahora, al m enos t e ent ret enías
m ir ando el nacim ient o de las cosas: nubes y páj aros, el
m usgo, ¿t e acuerdas? Aquí en cam bio no sent irás sino ese
olor am ar illo y acedo que parece dest ilar por t odas part es.
Y es que ést e es un pueblo desdichado; unt ado t odo de
desdicha.
ȃl nos ha pedido que volvam os. Nos ha prest ado su casa.
Nos ha dado t odo lo que podam os necesit ar. Pero no
debem os est arle agradecidos. Som os infort unados por est ar
aquí, porque aquí no t endrem os salvación ninguna. Lo
presient o.
»¿Sabes qué m e ha pedido Pedro Pár am o? Yo ya m e
im aginaba que est o que nos daba no era grat uit o. Y est aba
dispuest o a que se cobrara con m i t rabaj o, ya que t eníam os
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que pagar de algún m odo. Le det allé t odo lo referent e a La
Andróm eda y le hice ver que aquello t enía posibilidades,
t rabaj ándola con m ét odo. ¿Y sabes qué m e cont est ó? “ No
m e int eresa su m ina, Bart olom é San Juan. Lo único que
quiero de ust ed es a su hij a. Ése ha sido su m ej or t rabaj o” .
»Así que t e quiere a t i, Susana. Dice que j ugabas con él
cuando eran niños. Que ya t e conoce. Que llegaron a
bañarse j unt os en el río cuando eran niños. Yo no lo supe;
de haberlo sabido t e habría m at ado a cint arazos.
—No lo dudo.
—¿Fuist e t ú la que dij ist e: no lo dudo?
—Yo lo dij e.
—¿De m anera que est ás dispuest a a acost art e con él?
—Sí, Bart olom é.
—¿No sabes que es casado y que ha t enido infinidad de
m uj eres?
—Sí, Bart olom é.
—No m e digas Bart olom é. ¡Soy t u padre!
Bart olom é San Juan, un m inero m uert o. Susana San Juan,
hij a de un m inero m uert o en las m inas de La Andróm eda.
Veía claro. «Tendré que ir allá a m or ir», pensó. Luego dij o:
—Le he dicho que t ú, aunque viuda, sigues viviendo con t u
m ar ido, o al m enos así t e com port as; he t rat ado de
disuadir lo, pero se le hace t orva la m irada cuando yo le
hablo, y en cuant o sale a relucir t u nom bre, cierra los oj os.
Es, según yo sé, la pura m aldad. Eso es Pedro Páram o.
—¿Y yo quién soy?
—Tú eres m i hij a. Mía. Hij a de Bart olom é San Juan.
En la m ent e de Susana San Juan com enzaron a cam inar las
ideas, pr im ero lent am ent e, luego se det uvieron, par a
después echar a correr de t al m odo que no alcanzó sino a
decir:
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—No es ciert o. No es ciert o.
—Est e m undo, que lo apriet a a uno por t odos lados, que va
vaciando puños de nuest ro polvo aquí y allá,
deshaciéndonos en pedazos com o si rociara la t ierra con
nuest ra sangre. ¿Qué hem os hecho? ¿Por qué se nos ha
podrido el alm a? Tu m adre decía que cuando m enos nos
queda la car idad de Dios. Y t ú la niegas, Susana. ¿Por qué
m e niegas a m í com o t u padre? ¿Est ás loca?
—¿No lo sabías?
—¿Est ás loca?
—Claro que sí, Bar t olom é. ¿No lo sabías?
—¿Sabías, Fulgor, que ésa es la m uj er m ás herm osa que se
ha dado sobre la t ierr a? Llegué a creer que la había perdido
para siem pre. Pero ahora no t engo ganas de volver la a
perder. ¿Tú m e ent iendes, Fulgor? Dile a su padre que vaya
a seguir explot ando sus m inas. Y allá… m e im agino que
será fácil desaparecer al viej o en aquellas regiones adonde
nadie va nunca. ¿No lo crees?
—Puede ser.
—Necesit am os que sea. Ella t iene que quedarse huérfana.
Est am os obligados a am parar a alguien. ¿No crees t ú?
—No lo veo difícil.
—Ent onces andando, Fulgor, andando.
—¿Y si ella lo llega a saber?
—¿Quién se lo dir á? A ver, dim e, aquí ent re nosot ros dos,
¿quién se lo dirá?
—Est oy seguro que nadie.
—Quít ale el «est oy seguro que». Quít aselo desde ahorit a y
ya verás com o t odo sale bien. Acuérdat e del t r abaj o que dio
dar con La Andróm eda. Mándalo par a allá a seguir
t rabaj ando. Que vaya y vuelva. Nada de que se le ocurra
acarrear con la hij a. Ésa aquí se la cuidam os. Allá est ará su
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t rabaj o y aquí su casa adonde venga a reconocer. Díselo
así, Fulgor.
—Me vuelve a gust ar cóm o acciona ust ed, pat rón, com o
que se le est án rej uveneciendo los ánim os.
Sobre los cam pos del valle de Com ala est á cayendo la
lluvia. Una lluvia m enuda, ext raña para est as t ierras que
sólo saben de aguaceros. Es dom ingo. De Apango han
baj ado los indios con sus rosarios de m anzanillas, su
rom ero, sus m anoj os de t om illo. No han t raído ocot e
porque el ocot e est á m oj ado, y ni t ierra de encino porque
t am bién est á m oj ada por el m ucho llover. Tienden sus
yerbas en el suelo, baj o los arcos del port al, y esperan.
La lluvia sigue cayendo sobre los charcos.
Ent re los surcos, donde est á naciendo el m aíz, corre el agua
en ríos. Los hom bres no han venido hoy al m ercado,
ocupados en rom per los surcos para que el agua busque
nuevos cauces y no arrast re la m ilpa t ierna. Andan en
grupos, navegando, en la t ierra anegada, baj o la lluvia,
quebrando con sus palas los blandos t errones, ligando con
sus m anos la m ilpa y t rat ando de prot egerla para que
crezca sin t rabaj o.
Los indios esperan. Sient en que es un m al día. Quizá por
eso t iem blan debaj o de sus m oj ados «gabanes» de paj a; no
de frío, sino de t em or. Y m iran la lluvia desm enuzada y al
cielo que no suelt a sus nubes.
Nadie viene. El pueblo parece est ar solo. La m uj er les
encargó un poco de hilo de rem iendo y algo de azúcar, y de
ser posible y de haber, un cedazo para colar el at ole. El
«gabán» se les hace pesado de hum edad conform e se
acerca el m ediodía. Plat ican, se cuent an chist es y suelt an la
risa. Las m anzanillas brillan salpicadas por el rocío.
Piensan:
«Si al m enos hubiéram os t raído t ant it o pulque, no
im port ar ía; pero el cogollo de los m agueyes est á hecho un
m ar de agua. En fin, qué se le va a hacer».
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Just ina Díaz, cubiert a con paraguas, venía por la calle
derecha que viene de la Media Luna, rodeando los chorros
que borbot aban sobre las banquet as. Hizo la señal de la
cruz y se persignó al pasar por la puert a de la iglesia
m ayor. Ent ró en el port al. Los indios volt earon a ver la. Vio
la m irada de t odos com o si la escudr iñaran. Se det uvo en el
prim er puest o, com pr ó diez cent avos de hoj as de rom ero, y
regresó, seguida por las m iradas en hilera de aquel m ont ón
de indios.
«Lo caro que est á t odo en est e t iem po —dij o, al t om ar de
nuevo el cam ino hacia la Media Luna—. Est e t rist e ram it o
de rom ero por diez cent avos. No alcanzará ni siquiera para
dar olor».
Los indios levant aron sus puest os al oscurecer. Ent raron en
la lluvia con sus pesados t ercios a la espalda; pasaron por
la iglesia para rezar le a la Virgen, dej ándole un m anoj o de
t om illo de lim osna. Luego enderezaron hacia Apango, de
donde habían venido. «Ahí será ot ro día», dij eron. Y por el
cam ino iban cont ándose chist es y solt ando la r isa.
Just ina Díaz ent ró en el dorm it orio de Susana San Juan y
puso el rom ero sobre la repisa. Las cort inas cerradas
im pedían el paso de la luz, así que en aquella oscur idad
sólo veía las som bras, sólo adivinaba. Supuso que Susana
San Juan est aría dorm ida; ella deseaba que siem pre
est uviera dorm ida. La sint ió así y se alegró. Pero ent onces
oyó un suspiro lej ano, com o salido de algún r incón de
aquella pieza oscura.
—¡Just ina! —le dij eron.
Ella volvió la cabeza. No vio a nadie; pero sint ió una m ano
sobre su hom bro y la respiración en sus oídos. La voz en
secret o: «Vet e de aquí, Just ina. Arregla t us enseres y vet e.
Ya no t e necesit am os».
—Ella sí m e necesit a —dij o, enderezando el cuerpo—. Est á
enferm a y m e necesit a.
—Ya no, Just ina. Yo m e quedaré aquí a cuidar la.
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—¿Es ust ed, don Bart olom é? —y no esperó la respuest a.
Lanzó aquel gr it o que baj ó hast a los hom bres y las m uj eres
que regresaban de los cam pos y que los hizo decir: «Parece
ser un aullido hum ano; pero no parece ser de ningún ser
hum ano».
La lluvia am ort igua los ruidos. Se sigue oyendo aún
después de t odo, granizando sus got as, hilvanando el hilo
de la vida.
—¿Qué t e pasa, Just ina? ¿Por qué gr it as? —pregunt ó
Susana San Juan.
—Yo no he grit ado. Has de haber est ado soñando.
—Ya t e he dicho que yo no sueño nunca. No t ienes
consideración de m í. Est oy m uy desvelada. Anoche no
echast e fuera al gat o y no m e dej ó dorm ir.
—Durm ió conm igo, ent re m is piernas. Est aba ensopado y
por lást im a lo dej é quedarse en m i cam a; pero no hizo
ruido.
—No, ruido ni hizo. Sólo se la pasó haciendo circo,
brincando de m is pies a m i cabeza, y m aullando quedit o
com o si t uviera ham bre.
—Le di bien de com er y no se despegó de m í en t oda la
noche. Est ás ot ra vez soñando m ent iras, Susana.
—Te digo que pasó la noche asust ándom e con sus brincos.
Y aunque sea m uy cariñoso t u gat o, no lo quiero cuando
est oy dorm ida.
—Ves visiones, Susana. Eso es lo que pasa. Cuando venga
Pedro Páram o le diré que ya no t e aguant o. Le diré que m e
voy. No falt ar á gent e buena que m e dé t rabaj o. No t odos
son m aniát icos com o t ú, ni se viven m ort ificándola a una
com o t ú. Mañana m e iré y m e llevaré el gat o y t e quedarás
t ranquila.
—No t e irás de aquí, m aldit a y condenada Just ina. No t e
irás a ninguna par t e porque nunca encont rarás quien t e
quiera com o yo.
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—No, no m e iré, Susana. No m e iré. Bien sabes que est oy
aquí para cuidar t e. No im port a que m e hagas renegar, t e
cuidaré siem pre.
La había cuidado desde que nació. La había t enido en sus
brazos. La había enseñado a andar. A dar aquellos pasos
que a ella le parecían et ernos. Había vist o crecer su boca y
sus oj os «com o de dulce». «El dulce de m ent a es azul.
Am arillo y azul. Verde y azul. Revuelt o con m ent a y
yerbabuena». Le m ordía las piernas. La ent ret enía dándole
de m am ar sus senos, que no t enían nada, que eran com o
de j uguet e. «Juega —le decía—, j uega con est e j uguet it o
t uyo». La hubiera apachurrado y hecho pedazos.
Allá afuera se oía el caer de la lluvia sobre las hoj as de los
plát anos, se sent ía com o si el agua hir viera sobre el agua
est ancada en la t ierra.
Las sábanas est aban fr ías de hum edad. Los caños
borbot aban, hacían espum a, cansados de t rabaj ar durant e
el día, durant e la noche, durant e el día. El agua seguía
corriendo, diluviando en incesant es burbuj as.
Era la m edianoche y allá afuera el ruido del agua apagaba
t odos los sonidos.
Susana San Juan se levant ó despacio. Enderezó el cuerpo
lent am ent e y se alej ó de la cam a. Allí est aba ot ra vez el
peso, en sus pies, cam inando por la orilla de su cuerpo;
t rat ando de encont rarle la cara:
—¿Eres t ú, Bart olom é? —pregunt ó.
Le pareció oír rechinar la puert a, com o cuando alguien
ent raba o salía. Y después sólo la lluvia, int erm it ent e, fr ía,
rodando sobre las hoj as de los plát anos, hirviendo en su
propio hervor.
Se durm ió y no despert ó hast a que la luz alum bró los
ladr illos roj os, asperj ados de rocío ent re la gris m añana de
un nuevo día. Gr it ó:
—¡Just ina!
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Y ella apareció en seguida, com o si ya hubiera est ado allí,
envolviendo su cuerpo en una frazada.
—¿Qué quieres, Susana?
—El gat o. Ot ra vez ha venido.
—Pobrecit a de t i, Susana.
Se recost ó sobre su pecho, abrazándola, hast a que ella
logró levant ar aquella cabeza y le pregunt ó:
—¿Por qué lloras? Le diré a Pedro Páram o que eres buena
conm igo. No le cont aré nada de los sust os que m e da t u
gat o. No t e pongas así, Just ina.
—Tu padre ha m uert o, Susana. Ant enoche m urió, y hoy han
venido a decir que nada se puede hacer; que ya lo
ent erraron; que no lo han podido t raer aquí porque el
cam ino era m uy largo. Te has quedado sola, Susana.
—Ent onces era él —y sonrió—. Vinist e a despedirt e de m í —
dij o, y sonrió.
Muchos años ant es, cuando ella era una niña, él le había
dicho:
—Baj a, Susana, y dim e lo que ves.
Est aba colgada de aquella soga que le last im aba la cint ura,
que le sangraba sus m anos; pero que no quería solt ar: era
com o el único hilo que la sost enía al m undo de afuera.
—No veo nada, papá.
—Busca bien, Susana. Haz por encont rar algo.
Y la alum bró con su lám para.
—No veo nada, papá.
—Te baj aré m ás. Avísam e cuando est és en el suelo.
Había ent rado por un pequeño aguj ero abiert o ent re las
t ablas. Había cam inado sobre t ablones podridos, viej os,
ast illados y llenos de t ierra pegaj osa:
—Baj a m ás abaj o, Susana, y encont rarás lo que t e digo.
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Y ella baj ó y baj ó en colum pio, m eciéndose en la
profundidad, con sus pies bam boleando en el «no
encuent ro dónde poner los pies».
—Más abaj o, Susana. Más abaj o. Dim e si ves algo.
Y cuando encont ró el apoyo allí perm aneció, callada, porque
se enm udeció de m iedo. La lám para cir culaba y la luz
pasaba de largo j unt o a ella. Y el gr it o de allá arr iba la
est rem ecía:
—¡Dam e lo que est á allí, Susana!
Y ella agarró la calavera ent re sus m anos y cuando la luz le
dio de lleno la solt ó.
—Es una calavera de m uert o —dij o.
—Debes encont rar algo m ás j unt o a ella. Dam e t odo lo que
encuent res.
El cadáver se deshizo en canillas; la quij ada se desprendió
com o si fuera de azúcar. Le fue dando pedazo a pedazo
hast a que llegó a los dedos de los pies y le ent regó
coyunt ura t ras coyunt ura. Y la calavera prim ero; aquella
bola redonda que se deshizo ent re sus m anos.
—Busca algo m ás, Susana. Dinero. Ruedas redondas de
oro. Búscalas, Susana.
Ent onces ella no supo de ella, sino m uchos días después
ent re el hielo, ent re las m ir adas llenas de hielo de su padre.
Por eso reía ahora.
—Supe que eras t ú, Bart olom é.
Y la pobre de Just ina, que lloraba sobre su corazón, t uvo
que levant arse al ver que ella reía y que su r isa se
convert ía en carcaj ada.
Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes
y el valle de Com ala seguía anegándose en lluvia.
Los vient os siguieron soplando t odos esos días. Esos
vient os que habían t r aído las lluvias. La lluvia se había ido;
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pero el vient o se quedó. Allá en los cam pos la m ilpa oreó
sus hoj as y se acost ó sobre los surcos para defenderse del
vient o. De día era pasadero; ret orcía las yedras y hacía
cruj ir las t ej as en los t ej ados; pero de noche gem ía, gem ía
largam ent e. Pabellones de nubes pasaban en silencio por el
cielo com o si cam inar an rozando la t ierra.
Susana San Juan oye el golpe del vient o cont ra la vent ana
cerrada. Est á acost ada con los brazos det rás de la cabeza,
pensando, oyendo los ruidos de la noche; cóm o la noche va
y viene arrast rada por el soplo del vient o sin quiet ud. Luego
el seco det enerse.
Han abiert o la puert a. Una racha de aire apaga la lám para.
Ve la oscur idad y ent onces dej a de pensar. Sient e pequeños
susurros. En seguida oye el percut ir de su corazón en
palpit aciones desiguales. Al t ravés de sus párpados
cerrados ent revé la llam a de la luz.
No abre los oj os. El cabello est á derram ado sobre su cara.
La luz enciende got as de sudor en sus labios. Pregunt a:
—¿Eres t ú, padre?
—Soy t u padre, hij a m ía.
Ent reabre los oj os. Mira com o si cruzara sus cabellos una
som bra sobre el t echo, con la cabeza encim a de su cara. Y
la figura borrosa de aquí enfrent e, det rás de la lluvia de sus
pest añas. Una luz difusa; una luz en el lugar del corazón,
en form a de corazón pequeño que palpit a com o llam a
parpadeant e. «Se t e est á m uriendo el cor azón —piensa—.
Ya sé que vienes a cont arm e que m ur ió Florencio; pero eso
ya lo sé. No t e aflij as por los dem ás; no t e apures por m í.
Yo t engo guardado m i dolor en un lugar seguro. No dej es
que se t e apague el corazón».
Enderezó el cuerpo y lo arrast ró hast a donde est aba el
padre Rent ería.
—¡Déj am e consolar t e con m i desconsuelo! —dij o,
prot egiendo la llam a de la vela con sus m anos.
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El padre Rent ería la dej ó acercarse a él; la m iró cercar con
sus m anos la vela encendida y luego j unt ar su cara al
pabilo inflam ado, hast a que el olor a carne cham uscada lo
obligó a sacudir la, apagándola de un soplo.
Ent onces volvió la oscuridad y ella cor rió a refugiarse
debaj o de sus sábanas.
El padre Rent ería le dij o:
—He venido a confort art e, hij a.
—Ent onces adiós, padre —cont est ó ella—. No vuelvas. No
t e necesit o.
Y oyó cuando se alej aban los pasos que siem pre le dej aban
una sensación de fr ío, de t em blor y m iedo.
—¿Para qué vienes a verm e, si est ás m uert o?
El padre Rent ería cerr ó la puert a y salió al aire de la noche.
El vient o seguía soplando.
Un hom bre al que decían el Tart am udo llegó a la Media
Luna y pregunt ó por Pedro Páram o.
—¿Para qué lo solicit as?
—Quiero hablar cocon él.
—No est á.
—Dile, cucuando regrese, que vengo de part e de don
Fulgor.
—Lo iré a buscar; per o aguánt at e unas cuant as horas.
—Dile, es cocosa de urgencia.
—Se lo diré.
El hom bre al que decían el Tart am udo aguardó arriba del
caballo. Pasado un rat o, Pedro Páram o, al que nunca había
vist o, se le puso enfrent e:
—¿Qué se t e ofrece?
—Necesit o hablar direct am ent e cocon el pat rón.
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—Yo soy. ¿Qué quieres?
—Pues, nanada m ás est o. Mat aron a don Fulgor Sesedano.
Yo le hacía com pañía. Habíam os ido por el rurrum bo de los
«vert ederos» para averiguar por qué se est aba escaseando
el agua. Y en eso andábam os cucuando vim os una m anada
de hom bres que nos salieron al encuent ro. Y de ent re la
m um ult it ud aquella brot ó una voz que dij o: «Yo a ése le
coconozco. Es el adm inist rador de la Mem edia Luna».
»A m í ni m e t ot om aron en cuent a. Pero a don Fulgor le
m andaron solt ar la best ia. Le dij eron que eran
revolucionar ios. Que venían por las t ierras de ust é.
“ ¡Cocórrale! ” —le dij eron a don Fulgor—. “ ¡Vaya y dígale a
su pat rón que allá nos Verem os! ” . Y él solt ó la cacalda,
despavorido. No m uy de prisa por lo pepesado que era;
pero corrió. Lo m at aron cocorriendo. Murió cocon una pat a
arriba y ot ra abaj o.
»Ent onces yo ni m e m om oví. Esperé que fuera de nonoche
y aquí est oy para anunciar le lo que papasó.
—¿Y qué esperas? ¿Por qué no t e m ueves? Anda y diles a
ésos que aquí est oy para lo que se les ofrezca. Que vengan
a t rat ar conm igo. Pero ant es dat e un rodeo por La
Consagración. ¿Conoces al Tilcuat e? Allí est ará. Dile que
necesit o verlo. Y a esos fulanos avísales que los espero en
cuant o t engan un t iem po disponible. ¿Qué j aiz de
revolucionar ios son?
—No lo sé. Ellos ansí se nonom bran.
—Dile al Tilcuat e que lo necesit o m ás que de prisa.
—Así lo haré, papat rón.
Pedro Páram o volvió a encerrarse en su despacho. Se
sent ía viej o y abrum ado. No le preocupaba Fulgor, que al
fin y al cabo ya est aba «m ás par a la ot ra que para ést a».
Había dado de sí t odo lo que t enía que dar; aunque fue
m uy servicial, lo que sea de cada quien.
«De t odos m odos, los “ t ilcuat azos” que se van a llevar esos
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locos», pensó.
Pensaba m ás en Susana San Juan, m et ida siem pre en su
cuart o, durm iendo, y cuando no, com o si durm iera. La
noche ant erior se la había pasado en pie, recost ado en la
pared, observando a t ravés de la pálida luz de la veladora
el cuerpo en m ovim ient o de Susana; la cara sudorosa, las
m anos agit ando las sábanas, est ruj ando la alm ohada hast a
el desm orecim ient o.
Desde que la había t raído a vivir aquí no sabía de ot ras
noches pasadas a su lado, sino de est as noches doloridas,
de int erm inable inquiet ud. Y se pregunt aba hast a cuándo
t erm inar ía aquello.
Esperaba que alguna vez. Nada puede durar t ant o, no
exist e ningún recuerdo por int enso que sea que no se
apague.
Si al m enos hubiera sabido qué era aquello que la
m alt rat aba por dent ro, que la hacía r evolcarse en el
desvelo, com o si la despedazaran hast a inut ilizar la.
Él creía conocerla. Y aun cuando no hubiera sido así, ¿acaso
no era suficient e saber que era la criat ura m ás querida por
él sobre la t ierra? Y que adem ás, y est o era lo m ás
im port ant e, le servir ía para irse de la vida alum brándose
con aquella im agen que borrar ía t odos los dem ás
recuerdos.
¿Pero cuál era el m undo de Susana San Juan? Ésa fue una
de las cosas que Pedro Páram o nunca llegó a saber.
«Mi cuerpo se sent ía a gust o sobre el calor de la arena.
Tenía los oj os cerrados, los brazos abiert os, desdobladas
las piernas a la br isa del m ar. Y el m ar allí enfrent e, lej ano,
dej ando apenas rest os de espum a en m is pies al subir de
su m area…».
Ahora sí es ella la que habla, Juan Preciado. No se t e olvide
decirm e lo que dice.
«… Era t em prano. El m ar corr ía y baj aba en olas. Se
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desprendía de su espum a y se iba, lim pio, con su agua
verde, en ondas calladas.
»—En el m ar sólo m e sé bañar desnuda —le dij e. Y él m e
siguió el pr im er día, desnudo t am bién, fosforescent e al salir
del m ar . No había gaviot as; sólo esos páj aros que les dicen
“ picos feos” , que gruñen com o si roncaran y que después
de que sale el sol desaparecen. Él m e siguió el prim er día y
se sint ió solo, a pesar de est ar yo allí.
»—Es com o si fueras un “ pico feo” , uno m ás ent re t odos —
m e dij o—. Me gust as m ás en las noches, cuando est am os
los dos en la m ism a alm ohada, baj o las sábanas, en la
oscuridad.
»Y se fue.
»Volví yo. Volver ía siem pre. El m ar m oj a m is t obillos y se
va; m oj a m is rodillas, m is m uslos: rodea m i cint ura con su
brazo suave, da vuelt a sobre m is senos; se abraza de m i
cuello; apriet a m is hom bros. Ent onces m e hundo en él,
ent era. Me ent rego a él en su fuert e bat ir , en su suave
poseer, sin dej ar pedazo.
»—Me gust a bañarm e en el m ar —le dij e.
»Pero él no lo com prende.
»Y al ot ro día est aba ot ra vez en el m ar, pur ificándom e.
Ent regándom e a sus olas».
Pardeando la t arde, aparecieron los hom bres. Venían
encarabinados y t erciados de carr illeras. Eran cerca de
veint e. Pedro Páram o los invit ó a cenar. Y ellos, sin quit arse
el som brero, se acom odaron a la m esa y esperaron
callados. Sólo se les oyó sorber el chocolat e cuando les
t raj eron el chocolat e, y m ast icar t ort illa t r as t ort illa cuando
les arr im aron los fr ij oles.
Pedro Páram o los m ir aba. No se le hacían caras conocidas.
Det rasit o de él, en la som bra, aguardaba el Tilcuat e.
—Pat rones —les dij o cuando vio que acababan de com er—,
¿en qué m ás puedo servir los?
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—¿Ust ed es el dueño de est o? —pregunt ó uno abanicando
la m ano.
Pero ot ro lo int errum pió diciendo:
—¡Aquí yo soy el que hablo!
—Bien. ¿Qué se les ofrece? —volvió a pregunt ar Pedro
Páram o.
—Com o ust é ve, nos hem os levant ado en arm as.
—¿Y?
—Y pos eso es t odo. ¿Le parece poco?
—¿Pero por qué lo han hecho?
—Pos porque ot ros lo han hecho t am bién. ¿No lo sabe ust é?
Aguárdenos t ant it o a que nos lleguen inst rucciones y
ent onces le averiguarem os la causa. Por lo pront o ya
est am os aquí.
—Yo sé la causa —dij o ot ro—. Y si quiere se la ent ero. Nos
hem os rebelado cont ra el gobierno y cont ra ust edes porque
ya est am os aburridos de soport arlos. Al gobierno por
rast rero y a ust edes porque no son m ás que unos
m óndrigos bandidos y m ant ecosos ladrones. Y del señor
gobierno ya no digo nada porque le vam os a decir a balazos
lo que le querem os decir.
—¿Cuánt o necesit an para hacer su revolución? —pregunt ó
Pedro Páram o—. Tal vez yo pueda ayudar los.
—Dice bien aquí el señor, Perseverancio. No se t e debía
solt ar la lengua. Necesit am os agenciarnos un rico pa que
nos habilit e, y qué m ej or que el señor aquí present e. ¿A ver
t ú, Casildo, com o cuánt o nos hace falt a?
—Que nos dé lo que su buena int ención quiera darnos.
—Ést e «no le daría agua ni al gallo de la pasión».
Aprovechem os que est am os aquí, para sacarle de una vez
hast a el m aíz que t rai at orado en su cochino buche.
—Cálm at e, Perseverancio. Por las buenas se consiguen
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m ej or las cosas. Vam os a ponernos de acuerdo. Habla t ú,
Casildo.
—Pos yo ahí al cálculo dir ía que unos veint e m il pesos no
est arían m al para el com ienzo. ¿Qué les parece a ust edes?
Ora que quién sabe si al señor ést e se le haga poco, con
eso de que t iene sobrada volunt ad de ayudarnos.
Pongam os ent onces cincuent a m il. ¿De acuerdo?
—Les voy a dar cien m il pesos —les dij o Pedro Páram o—.
¿Cuánt os son ust edes?
—Sem os t rescient os.
—Bueno. Les voy a prest ar ot ros t rescient os hom bres para
que aum ent en su cont ingent e. Dent ro de una sem ana
t endrán a su disposición t ant o los hom bres com o el dinero.
El dinero se los regalo, a los hom bres nom ás se los prest o.
En cuant o los desocupen m ándenm elos para acá. ¿Est á bien
así?
—Pero cóm o no.
—Ent onces hast a dent ro de ocho días, señores. Y he t enido
m ucho gust o en conocerlos.
—Sí —dij o el últ im o en salir—. Acuérdese que, si no nos
cum ple, oirá hablar de Perseverancio, que así es m i
nom bre.
Pedro Páram o se despidió de él dándole la m ano.
—¿Quién crees t ú que sea el j efe de ést os? —le pregunt ó
m ás t arde al Tilcuat e.
—Pues a m í se m e figura que es el barrigón ese que est aba
en m edio y que ni alzó los oj os. Me lat e que es él… Me
equivoco pocas veces, don Pedro.
—No, Dam asio, el j efe eres t ú. ¿O qué, no t e quieres ir a la
revuelt a?
—Pero si hast a se m e hace t arde. Con lo que m e gust a a m í
la bulla.
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—Ya vist e pues de qué se t rat a, así que ni necesit as m is
consej os. Júnt at e t rescient os m uchachos de t u confianza y
enrólat e con esos alzados. Diles que les llevas la gent e que
les prom et í. Lo dem ás ya sabrás t ú cóm o m anej arlo.
—¿Y del dinero qué les digo? ¿Tam bién se los ent riego?
—Te voy a dar diez pesos para cada uno. Ahí nom ás para
sus gast os m ás urgent es. Les dices que el rest o est á aquí
guardado y a su disposición. No es convenient e cargar
t ant o dinero andando en esos t raj ines. Ent r e parént esis: ¿t e
gust aría el ranchit o de la Puert a de Piedra? Bueno, pues es
t uyo desde ahorit a. Le vas a llevar un recado al licenciado
Gerardo Truj illo, de Com ala, y allí m ism o pondrá a t u
nom bre la propiedad. ¿Qué dices, Dam asio?
—Eso ni se pregunt a, pat rón. Aunque con eso o sin eso yo
haría est o por puro gust o. Com o si ust ed no m e conociera.
De cualquier m odo, se lo agradezco. La viej a t endrá al
m enos con qué ent ret enerse m ient ras yo suelt o el t rapo.
—Y m ira, ahí de pasada arréat e unas cuant as vacas. A ese
rancho lo que le falt a es m ovim ient o.
—¿No im port a que sean cebuses?
—Escoge de las que quieras, y las que t ant ees pueda cuidar
t u m uj er. Y volviendo a nuest ro asunt o, pr ocura no alej art e
m ucho de m is t errenos, por eso de que si vienen ot ros que
vean el cam po ya ocupado. Y venm e a ver cada que puedas
o t engas alguna novedad.
—Nos verem os, pat rón.
—¿Qué es lo que dice, Juan Preciado?
—Dice que ella escondía sus pies ent re las piernas de él.
Sus pies helados com o piedras fr ías y que allí se calent aban
com o en un horno donde se dora el pan. Dice que él le
m ordía los pies diciéndole que eran com o pan dorado en el
horno. Que dorm ía acurrucada, m et iéndose dent ro de él,
perdida en la nada al sent ir que se quebraba su carne, que
se abría com o un surco abiert o por un clavo ardoroso, luego
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t ibio, luego dulce, dando golpes duros cont ra su carne
blanda; sum iéndose, sum iéndose m ás, hast a el gem ido.
Pero que le había dolido m ás su m uert e. Eso dice.
—¿A quién se refiere?
—A alguien que m ur ió ant es que ella, seguram ent e.
—¿Pero quién pudo ser?
—No sé. Dice que la noche en la cual él t ar dó en venir sint ió
que había regresado ya m uy noche, quizá de m adrugada.
Lo not ó apenas, porque sus pies, que habían est ado solos y
fr íos, parecieron envolverse en algo; que alguien los
envolvía en algo y les daba calor. Cuando despert ó los
encont ró liados en un periódico que ella había est ado
leyendo m ient ras lo esperaba y que había dej ado caer al
suelo cuando ya no pudo soport ar el sueño. Y que allí
est aban sus pies envuelt os en el per iódico cuando vinieron
a decir le que él había m uert o.
—Se ha de haber rot o el caj ón donde la ent erraron, porque
se oye com o un cruj ir de t ablas.
—Sí, yo t am bién lo oigo.
Esa noche volvieron a sucederse los sueños. ¿Por qué ese
recordar int enso de t ant as cosas? ¿Por qué no sim plem ent e
la m uert e y no esa m úsica t ierna del pasado?
—Florencio ha m uert o, señora.
¡Qué largo era aquel hom bre! ¡Qué alt o! Y su voz era dura.
Seca com o la t ierra m ás seca. Y su figura era borrosa, ¿o se
hizo borrosa después?, com o si ent r e ella y él se
int erpusiera la lluvia. «¿Qué había dicho? ¿Florencio? ¿De
cuál Florencio hablaba? ¿Del m ío? ¡Oh! , por qué no lloré y
m e anegué ent onces en lágr im as para enj uagar m i
angust ia. ¡Señor, t ú no exist es! Te pedí t u prot ección para
él. Que m e lo cuidar as. Eso t e pedí. Pero t ú t e ocupas nada
m ás de las alm as. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo.
Desnudo y calient e de am or; hirviendo de deseos;
est ruj ando el t em blor de m is senos y de m is brazos. Mi
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cuerpo t ransparent e suspendido del suyo. Mi cuerpo liviano
sost enido y suelt o a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con m is
labios sin su boca para llenar los? ¿Qué haré de m is
adolor idos labios?».
Mient ras Susana San Juan se revolvía inquiet a, de pie,
j unt o a la puert a, Pedro Páram o la m iraba y cont aba los
segundos de aquel nuevo sueño que ya duraba m ucho. El
aceit e de la lám para chisporrot eaba y la llam a hacía cada
vez m ás débil su parpadeo. Pront o se apagaría.
Si al m enos fuera dolor lo que sint iera ella, y no esos
sueños sin sosiego, esos int erm inables y agot adores
sueños, él podría buscarle algún consuelo. Así pensaba
Pedro Páram o, fij a la vist a en Susana San Juan, siguiendo
cada uno de sus m ovim ient os. ¿Qué sucedería si ella
t am bién se apagara cuando se apagara la llam a de aquella
débil luz con que él la veía?
Después salió cerrando la puert a sin hacer ruido. Afuera, el
lim pio aire de la noche despegó de Pedro Páram o la im agen
de Susana San Juan.
Ella despert ó un poco ant es del am anecer. Sudorosa. Tiró al
suelo las pesadas cobij as y se deshizo hast a del calor de las
sábanas. Ent onces su cuerpo se quedó desnudo, refrescado
por el vient o de la m adrugada. Suspiró y luego volvió a
quedarse dorm ida.
Así fue com o la encont ró horas después el padre Rent ería;
desnuda y dorm ida.
—¿Sabe, don Pedro, que derrot aron al Tilcuat e?
—Sé que hubo alguna balacera anoche, porque se est uvo
oyendo el alborot o; pero de ahí en m ás no sé nada. ¿Quién
t e cont ó eso, Gerardo?
—Llegaron unos her idos a Com ala. Mi m uj er ayudó para eso
de los vendaj es. Dij eron que eran de la gent e de Dam asio y
que habían t enido m uchos m uert os. Parece que se
encont raron con unos que se dicen villist as.
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—¡Qué caray, Gerardo! Est oy viendo llegar t iem pos m alos.
¿Y t ú qué piensas hacer?
—Me voy, don Pedro. A Sayula. Allá volveré a
est ablecerm e.
—Ust edes los abogados t ienen esa vent aj a; pueden llevarse
su pat rim onio a t odas part es, m ient ras no les rom pan el
hocico.
—Ni crea, don Pedro; siem pre nos andam os creando
problem as. Adem ás duele dej ar a personas com o ust ed, y
las deferencias que han t enido para con uno se ext rañan.
Vivim os rom piendo nuest ro m undo a cada rat o, si es válido
decir lo. ¿Dónde quiere que le dej e los papeles?
—No los dej es. Llévat elos. ¿O qué no puedes seguir
encargado de m is asunt os allá adonde vas?
—Agradezco su confianza, don Pedro. La agradezco
sinceram ent e. Aunque hago la salvedad de que m e será
im posible. Ciert as ir r egular idades… Digam os… Test im onios
que nadie sino ust ed debe conocer. Pueden prest arse a
m alos m anej os en caso de llegar a caer en ot ras m anos. Lo
m ás seguro es que est én con ust ed.
—Dices bien, Gerardo. Déj alos aquí. Los quem aré. Con
papeles o sin ellos, ¿quién m e puede discut ir la propiedad
de lo que t engo?
—I ndudablem ent e nadie, don Pedro. Nadie. Con su
perm iso.
—Ve con Dios, Gerardo.
—¿Qué dij o ust ed?
—Digo que Dios t e acom pañe.
El licenciado Gerardo Truj illo salió despacio. Est aba ya
viej o; pero no para dar esos pasos t an cort os, t an sin
ganas. La verdad es que esperaba una recom pensa. Había
servido a don Lucas, que en paz descanse, padre de don
Pedro; después a don Pedro, y t odavía; luego a Miguel, hij o
99
de don Pedro. La verdad es que esperaba una
com pensación. Una r et ribución grande y valiosa. Le había
dicho a su m uj er:
—Voy a despedirm e de don Pedro. Sé que m e grat ificará.
Est oy por decir que con el dinero que él m e dé nos
est ablecerem os bien en Sayula y vivirem os holgadam ent e
el rest o de nuest ros días.
Pero ¿por qué las m uj eres siem pre t ienen una duda?
¿Reciben avisos del cielo, o qué?
Ella no est uvo segura de que consiguiera algo:
—Tendrás que t rabaj ar m uy duro allá para levant ar cabeza.
De aquí no sacarás nada.
—¿Por qué lo dices?
—Lo sé.
Siguió andando hacia la puert a, at ent o a cualquier llam ado:
«¡Ey, Gerardo! Lo preocupado que est oy no m e ha
perm it ido pensar en t i. Pero yo debo favores que no se
pagan con dinero. Recibe est o: es un regalo insignificant e».
Pero el llam ado no vino. Cruzó la puert a y desanudó el
bozal con que su caballo est aba am arrado al horcón. Subió
a la silla y, al paso, t rat ando de no alej arse m ucho para oír
si lo llam aban, cam inó hacia Com ala sin desviarse del
cam ino. Cuando vio que la Media Luna se perdía det rás de
él, pensó: «Sería m ucho rebaj arm e si le pidiera un
prést am o».
—Don Pedro, he regresado, pues no est oy sat isfecho
conm igo m ism o. Gust oso seguiré llevando sus asunt os.
Lo dij o, sent ado nuevam ent e en el despacho de Pedro
Páram o, donde había est ado no hacía ni m edia hora.
—Est á bien, Gerardo. Allí est án los papeles, donde t ú los
dej ast e.
—Desearía t am bién… Los gast os… El t raslado… Un m ínim o
adelant o de honorarios… Algo ext ra, por si ust ed lo t iene a
100
bien.
—¿Quinient os?
—¿No podría ser un poco, digam os, un poquit o m ás?
—¿Te conform as con m il?
—¿Y si fueran cinco?
—¿Cinco qué? ¿Cinco m il pesos? No los t engo. Tú bien
sabes que t odo est á invert ido. Tierras, anim ales. Tú lo
sabes. Llévat e m il. No creo que necesit es m ás.
Se quedó m edit ando. La cabeza caída. Oía el t int ineo de los
pesos sobre el escrit orio donde Pedro Páram o cont aba el
dinero. Se acordaba de don Lucas, que siem pre le quedó a
deber sus honorarios. De don Pedro, que hizo cuent a
nueva. De Miguel su hij o: ¡cuánt os bochornos le había dado
ese m uchacho!
Lo libró de la cárcel cuando m enos unas quince veces,
cuando no hayan sido m ás. Y el asesinat o que com et ió con
aquel hom bre, ¿cóm o se apellidaba? Rent ería, eso es. El
m uert o llam ado Rent ería, al que le pusier on una pist ola en
la m ano. Lo asust ado que est aba el Miguelit o, aunque
después le diera risa. Eso nom ás ¿cuánt o le hubiera
cost ado a don Pedro si las cosas hubieran ido hast a allá,
hast a lo legal? Y lo de las violaciones ¿qué? Cuánt as veces
él t uvo que sacar de su m ism a bolsa el dinero para que
ellas le echaran t ierra al asunt o: «¡Dat e de buenas que vas
a t ener un hij o güer it o! », les decía.
—Aquí t ienes, Gerardo. Cuídalos m uy bien, porque no
ret oñan.
Y él, que t odavía est aba en sus cavilaciones, respondió:
—Sí, t am poco los m uert os ret oñan —y agregó—:
Desgraciadam ent e.
Falt aba m ucho para el am anecer. El cielo est aba lleno de
est rellas, gordas, hinchadas de t ant a noche. La luna había
salido un rat o y luego se había ido. Era una de esas lunas
101
t rist es que nadie m ira, a las que nadie hace caso. Est uvo un
rat o allí desfigurada, sin dar ninguna luz, y después fue a
esconderse det rás de los cerros.
Lej os, perdido en la oscuridad, se oía el bram ido de los
t oros.
«Esos anim ales nunca duerm en —dij o Dam iana Cisneros—.
Nunca duerm en. Son com o el diablo, que siem pre anda
buscando alm as para llevárselas al infierno».
Se dio vuelt a en la cam a, acercando la cara a la pared.
Ent onces oyó los golpes.
Det uvo la respiración y abr ió los oj os. Volvió a oír t res
golpes secos, com o si alguien t ocara con los nudos de la
m ano en la pared. No aquí, j unt o a ella, sino m ás lej os;
pero en la m ism a par ed.
«¡Válgam e! Si no serán los t res t oques de San Pascual
Bailón, que viene a avisar le a algún devot o suyo que ha
llegado la hora de su m uert e».
Y com o ella había per dido el novenar io desde hacía t iem po,
a causa de sus reum as, no se preocupó; pero le ent ró
m iedo y, m ás que m iedo, curiosidad.
Se levant ó del cat r e sin hacer ruido y se asom ó a la
vent ana.
Los cam pos est aban negros. Sin em bargo, lo conocía t an
bien, que vio cuándo el cuerpo enorm e de Pedro Páram o se
colum piaba sobre la vent ana de la chacha Margarit a.
—¡Ah, qué don Pedro! —dij o Dam iana—. No se le quit a lo
gat ero. Lo que no ent iendo es por qué le gust a hacer las
cosas t an escondidas; con habérm elo avisado, yo le hubiera
dicho a la Margarit a que el pat rón la necesit aba para est a
noche, y él no hubiera t enido ni la m olest ia de levant arse
de su cam a.
Cerró la vent ana al oír el bram ido de los t oros. Se echó
sobre el cat re cobij ándose hast a las orej as, y luego se puso
a pensar en lo que le est ar ía pasando a la chacha
102
Margarit a.
Más t arde t uvo que quit arse el cam isón porque la noche
com enzó a ponerse calurosa…
—¡Dam iana! —oyó.
Ent onces ella era m uchacha.
—¡Ábrem e la puert a, Dam iana!
Le t em blaba el corazón com o si fuera un sapo brincándole
ent re las cost illas.
—Pero ¿para qué, pat rón?
—¡Ábrem e, Dam iana!
—Pero si ya est oy dor m ida, pat rón.
Después sint ió que don Pedro se iba por los largos
corredores, dando aquellos zapat azos que sabía dar cuando
est aba coraj udo.
A la noche siguient e, ella, para evit ar el disgust o, dej ó la
puert a ent ornada y hast a se desnudó para que él no
encont rara dificult ades.
Pero Pedro Páram o j am ás regresó con ella.
Por eso ahora, cuando era la caporala de t odas las
sirvient as de la Media Luna, por haberse dado a respet ar,
ahora, que est aba ya viej a, t odavía pensaba en aquella
noche cuando el pat r ón le dij o:
«¡Ábrem e la puert a, Dam iana! ».
Y se acost ó pensando en lo feliz que sería a est as horas la
chacha Margarit a.
Después volvió a oír ot ros golpes; pero cont ra la puert a
grande, com o si la est uvieran aporreando a culat azos.
Ot ra vez abr ió la vent ana y se asom ó a la noche. No veía
nada; aunque le pareció que la t ierra est aba llena de
hervores, com o cuando ha llovido y se enchina de gusanos.
Sent ía que se levant aba algo así com o el calor de m uchos
103
hom bres. Oyó el croar de las ranas; los grillos; la noche
quiet a del t iem po de aguas. Luego volvió a oír los culat azos
aporreando la puert a.
Una lám para regó su luz sobre la cara de algunos hom bres.
Después se apagó.
«Son cosas que a m í no m e int eresan», dij o Dam iana
Cisneros, y cerró la vent ana.
—Supe que t e habían derrot ado, Dam asio. ¿Por qué t e
dej as hacer eso?
—Le inform aron m al, pat rón. A m í no m e ha pasado nada.
Tengo m i gent e ent erit a. Ahí t raigo set ecient os hom bres y
ot ros cuant os arrim ados. Lo que pasó es que unos pocos de
los «viej os», aburr idos de est ar ociosos, se pusieron a
disparar cont ra un pelot ón de pelones, que result ó ser t odo
un ej ércit o. Villist as, ¿sabe ust ed?
—¿Y de dónde salieron ésos?
—Vienen del Nort e, arr iando parej o con t odo lo que
encuent ran. Parece, según se ve, que andan recorriendo la
t ierra, t ant eando t odos los t errenos. Son poderosos. Eso ni
quien se los quit e.
—¿Y por qué no t e j unt as con ellos? Ya t e he dicho que hay
que est ar con el que vaya ganando.
—Ya est oy con ellos.
—¿Ent onces para qué vienes a verm e?
—Necesit am os dinero, pat rón. Ya est am os cansados de
com er carne. Ya ni se nosant oj a. Y nadie nos quiere fiar .
Por eso venim os, para que ust ed nos provea y no nos
veam os urgidos de robarle a nadie. Si anduviéram os
rem ot os no nos im port ar ía dar le un «ent r e» a los vecinos;
pero aquí t odos est am os em parent ados y nos rem uerde
robar. Tot al, es dinero lo que necesit am os para m ercar
aunque sea una gorda con chile. Est am os hart os de com er
carne.
104
—¿Ahora t e m e vas a poner exigent e, Dam asio?
—De ningún m odo, pat rón. Est oy abogando por los
m uchachos; por m í, ni m e apuro.
—Est á bien que t e acom idas por t u gent e; pero sonsácales
a ot ros lo que necesit as. Yo ya t e di. Confórm at e con lo que
t e di. Y ést e no es un consej o ni m ucho m enos, ¿pero no se
t e ha ocurrido asalt ar Cont la? ¿Para qué crees que andas en
la revolución? Si vas a pedir lim osna est ás at rasado. Valía
m ás que m ej or t e fueras con t u m uj er a cuidar gallinas.
¡Échat e sobre algún pueblo! Si t ú andas arriesgando el
pellej o, ¿por qué diablos no van a poner ot ros algo de su
part e? Cont la est á que hierve de r icos. Quít ales t ant it o de lo
que t ienen. ¿O acaso creen que t ú eres su pilm am a y que
est ás para cuidar les sus int ereses? No, Dam asio. Hazles ver
que no andas j ugando ni divirt iéndot e. Dales un pegue y ya
verás com o sales con cent avos de est e m it ot e.
—Lo que sea, pat rón. De ust ed siem pr e saco algo de
provecho.
—Pues que t e aproveche.
Pedro Páram o m iró cóm o los hom bres se iban. Sint ió
desfilar frent e a él el t rot e de caballos oscuros, confundidos
con la noche. El sudor y el polvo; el t em blor de la t ierra.
Cuando vio los cocuyos cruzando ot ra vez sus luces, se dio
cuent a de que t odos los hom bres se habían ido. Quedaba
él, solo, com o un t ronco duro com enzando a desgaj arse por
dent ro.
Pensó en Susana San Juan. Pensó en la m uchachit a con la
que acababa de dorm ir apenas un rat o. Aquel pequeño
cuerpo azorado y t em bloroso que parecía iba a echar fuera
su corazón por la boca. «Puñadit o de carne», le dij o. Y se
había abrazado a ella t rat ando de convert ir la en la carne de
Susana San Juan. «Una m uj er que no era de est e m undo».
En el com ienzo del am anecer, el día va dándose vuelt a, a
pausas; casi se oyen los goznes de la t ierra que giran
enm ohecidos; la vibración de est a t ierra viej a que vuelca su
105
oscuridad.
—¿Verdad que la noche est á llena de pecados, Just ina?
—Sí, Susana.
—¿Y es verdad?
—Debe serlo, Susana.
—¿Y qué crees que es la vida, Just ina, sino un pecado? ¿No
oyes? ¿No oyes cóm o rechina la t ierra?
—No, Susana, no alcanzo a oír nada. Mi suert e no es t an
grande com o la t uya.
—Te asom brarías. Te digo que t e asom brarías de oír lo que
yo oigo. Just ina siguió poniendo orden en el cuart o. Repasó
una y ot ra vez la j erga sobre los t ablones húm edos del
piso. Lim pió el agua del florero rot o. Recogió las flores.
Puso los vidr ios en el balde lleno de agua.
—¿Cuánt os páj aros has m at ado en t u vida, Just ina?
—Muchos, Susana.
—¿Y no has sent ido t rist eza?
—Sí, Susana.
—Ent onces ¿qué esperas para m or irt e?
—La m uert e, Susana.
—Si es nada m ás eso, ya vendrá. No t e preocupes.
Susana San Juan est aba incorporada sobr e sus alm ohadas.
Los oj os inquiet os, m ir ando hacia t odos lados. Las m anos
sobre el vient re, prendidas a su vient re com o una concha
prot ect ora. Había ligeros zum bidos que cruzaban com o alas
por encim a de su cabeza. Y el ruido de las poleas en la
noria. El rum or que hace la gent e al desper t ar.
—¿Tú crees en el infierno, Just ina?
—Sí, Susana. Y t am bién en el cielo.
—Yo sólo creo en el infierno —dij o. Y cerró los oj os.
106
Cuando salió Just ina del cuart o, Susana San Juan est aba
nuevam ent e dorm ida y afuera chisporrot eaba el sol. Se
encont ró con Pedro Páram o en el cam ino.
—¿Cóm o est á la señora?
—Mal —le dij o agachando la cabeza.
—¿Se quej a?
—No, señor, no se quej a de nada; pero dicen que los
m uert os ya no se quej an. La señora est á perdida par a
t odos.
—¿No ha venido el padre Rent ería a ver la?
—Anoche vino y la confesó. Hoy debía de haber com ulgado,
pero no debe est ar en gracia porque el padre Rent ería no le
ha t raído la com unión. Dij o que lo har ía a hora t em prana, y
ya ve ust ed, el sol ya est á aquí y no ha venido. No debe
est ar en gracia.
—¿En gracia de quién?
—De Dios, señor.
—No seas t ont a, Just ina.
—Com o ust ed lo diga, señor.
Pedro Páram o abr ió la puert a y se est uvo j unt o a ella,
dej ando que un rayo de luz cayera sobre Susana San Juan.
Vio sus oj os apret ados com o cuando se sient e un dolor
int erno; la boca hum edecida, ent reabiert a, y las sábanas
siendo recorridas por m anos inconscient es hast a m ost rar la
desnudez de su cuerpo que com enzó a ret orcerse en
convulsiones.
Recorrió el pequeño espacio que lo separ aba de la cam a y
cubrió el cuerpo desnudo, que siguió debat iéndose com o un
gusano en espasm os cada vez m ás violent os. Se acercó a
su oído y le habló: «¡Susana! ». Y volvió a repet ir:
«¡Susana! ».
Se abrió la puert a y ent ró el padre Rent ería en silencio
107
m oviendo brevem ent e los labios:
—Te voy a dar la com unión, hij a m ía.
Esperó a que Pedro Páram o la levant ara recost ándola
cont ra el respaldo de la cam a. Susana San Juan,
sem idorm ida, est iró la lengua y se t ragó la host ia. Después
dij o: «Hem os pasado un rat o m uy feliz, Florencio». Y se
volvió a hundir ent re la sepult ura de sus sábanas.
—¿Ve ust ed aquella vent ana, doña Faust a, allá en la Media
Luna, donde siem pre ha est ado prendida la luz?
—No, Ángeles. No veo ninguna vent ana.
—Es que ahorit a se ha quedado a oscuras. ¿No est ará
pasando algo m alo en la Media Luna? Hace m ás de t res
años que est á aluzada esa vent ana, noche t ras noche.
Dicen los que han est ado allí que es el cuart o donde habit a
la m uj er de Pedro Páram o, una pobrecit a loca que le t iene
m iedo a la oscur idad. Y m ire: ahora m ism o se ha apagado
la luz. ¿No será un m al suceso?
—Tal vez haya m uert o. Est aba m uy enferm a. Dicen que ya
no conocía a la gent e, y dizque hablaba sola. Buen cast igo
ha de haber soport ado Pedro Páram o casándose con esa
m uj er.
—Pobre del señor don Pedro.
—No, Faust a. Él se lo m erece. Eso y m ás.
—Mire, la vent ana sigue a oscuras.
—Ya dej e t ranquila esa vent ana y vám onos a dorm ir , que
es m uy noche para que est e par de viej as andem os suelt as
por la calle.
Y las dos m uj eres, que salían de la iglesia m uy cerca de las
once de la noche, se perdieron baj o los arcos del port al,
m ir ando cóm o la som bra de un hom bre cruzaba la plaza en
dirección de la Media Luna.
—Oiga, doña Faust a, ¿no se le figura que el señor que va
allí es el doct or Valencia?
108
—Así parece, aunque est oy t an cegat ona que no lo podr ía
reconocer.
—Acuérdese que siem pre vist e pant alones blancos y saco
negro. Yo le apuest o a que est á acont eciendo algo m alo en
la Media Luna. Y m ire lo recio que va, com o si lo corret eara
la pr isa.
—Con t al de que no sea de verdad una cosa grave. Me dan
ganas de regresar y decir le al padre Rent ería que se dé una
vuelt a por allá, no vaya a result ar que esa infeliz m uera sin
confesión.
—Ni lo piense, Ángeles. Ni lo quiera Dios. Después de t odo
lo que ha sufr ido en est e m undo, nadie desearía que se
fuera sin los auxilios espir it uales, y que siguiera penando
en la ot ra vida. Aunque dicen los zahorinos que a los locos
no les vale la confesión, y aun cuando t engan el alm a
im pura son inocent es. Eso sólo Dios lo sabe… Mire ust ed, ya
se ha vuelt o a prender la luz en la vent ana. Oj alá t odo
salga bien. I m agínese en qué pararía el t rabaj o que nos
hem os t om ado t odos est os días para arr eglar la iglesia y
que luzca bonit a ahora para la Nat ividad, si alguien se
m uere en esa casa. Con el poder que t iene don Pedro, nos
desbarat aría la función en un sant iam én.
—A ust ed siem pre se le ocurre lo peor, doña Faust a, m ej or
haga lo que yo: encom iéndelo t odo a la Divina Providencia.
Récele un avem aría a la Virgen y est oy segura que nada va
a pasar de hoy a m añana. Ya después, que se haga la
volunt ad de Dios; al fin y al cabo, ella no debe est ar t an
cont ent a en est a vida.
—Créam e, Ángeles, que ust ed siem pre m e repone el ánim o.
Voy a dorm ir llevándom e al sueño est os pensam ient os.
Dicen que los pensam ient os de los sueños van derechit o al
cielo. Oj alá que los m íos alcancen esa alt ura. Nos verem os
m añana.
—Hast a m añana, Faust a.
Las dos viej as, puert a de por m edio, se m et ieron en sus
109
casas. El silencio volvió a cerrar la noche sobre el pueblo.
—Tengo la boca llena de t ierra.
—Sí, padre.
—No digas: «Sí, padre». Repit e conm igo lo que yo vaya
diciendo.
—¿Qué va ust ed a decirm e? ¿Me va a confesar ot ra vez?
¿Por qué ot ra vez?
—Ést a no será una confesión, Susana. Sólo vine a plat icar
cont igo. A preparart e para la m uert e.
—¿Ya m e voy a m orir ?
—Sí, hij a.
—¿Por qué ent onces no m e dej a en paz? Tengo ganas de
descansar. Le han de haber encargado que viniera a
quit arm e el sueño. Que se est uviera aquí conm igo hast a
que se m e fuera el sueño. ¿Qué haré después para
encont rarlo? Nada, padre. ¿Por qué m ej or no se va y m e
dej a t ranquila?
—Te dej aré en paz, Susana. Conform e vayas repit iendo las
palabras que yo diga, t e irás quedando dorm ida. Sent irás
com o si t ú m ism a t e arrullaras. Y ya que t e duerm as nadie
t e despert ará… Nunca volverás a despert ar.
—Est á bien, padre. Haré lo que ust ed diga.
El padre Rent ería, sent ado en la or illa de la cam a, puest as
las m anos sobre los hom bros de Susana San Juan, con su
boca casi pegada a la orej a de ella para no hablar fuert e,
encaj aba secret am ent e cada una de sus palabras: «Tengo
la boca llena de t ierra». Luego se det uvo. Trat ó de ver si los
labios de ella se m ovían. Y los vio balbucir, aunque sin
dej ar salir ningún sonido.
«Tengo la boca llena de t i, de t u boca. Tus labios
apret ados, duros com o si m ordieran oprim idos m is
labios…».
110
Se det uvo t am bién. Miró de reoj o al padr e Rent ería y lo vio
lej os, com o si est uviera det rás de un vidr io em pañado.
Luego volvió a oír la voz calent ando su oído:
—Trago saliva espum osa; m ast ico t errones plagados de
gusanos que se m e anudan en la gargant a y raspan la
pared del paladar… Mi boca se hunde, ret orciéndose en
m uecas, perforada por los dient es que la t aladran y
devoran. La nar iz se reblandece. La gelat ina de los oj os se
derrit e. Los cabellos arden en una sola llam arada…
Le ext rañaba la quiet ud de Susana San Juan. Hubiera
querido adivinar sus pensam ient os y ver la bat alla de aquel
corazón por rechazar las im ágenes que él est aba
sem brando dent ro de ella. Le m iró los oj os y ella le devolvió
la m irada. Y le pareció ver com o si sus labios forzaran una
sonrisa.
—Aún falt a m ás. La visión de Dios. La luz suave de su cielo
infinit o. El gozo de los querubines y el cant o de los
serafines. La alegr ía de los oj os de Dios, últ im a y fugaz
visión de los condenados a la pena et erna. Y no sólo eso,
sino t odo conj ugado con un dolor t errenal. El t uét ano de
nuest ros huesos convert ido en lum bre y las venas de
nuest ra sangre en hilos de fuego, haciéndonos dar reparos
de increíble dolor; no m enguado nunca; at izado siem pre
por la ira del Señor.
«Él m e cobij aba ent re sus brazos. Me daba am or».
El padre Rent ería r epasó con la vist a las figuras que
est aban alrededor de él, esperando el últ im o m om ent o.
Cerca de la puert a, Pedro Páram o aguardaba con los brazos
cruzados; en seguida, el doct or Valencia, y j unt o a ellos
ot ros señores. Más allá, en las som bras, un puño de
m uj eres a las que se les hacía t arde para com enzar a rezar
la oración de difunt os.
Tuvo int enciones de levant arse. Dar los sant os óleos a la
enferm a y decir: «He t erm inado». Per o no, no había
t erm inado t odavía. No podía ent regar los sacram ent os a
111
una m uj er sin conocer la m edida de su ar r epent im ient o.
Le ent raron dudas. Quizá ella no t enía nada de que
arrepent irse. Tal vez él no t enía nada de que perdonarla. Se
inclinó nuevam ent e sobre ella y, sacudiéndole los hom bros,
le dij o en voz baj a:
—Vas a ir a la presencia de Dios. Y su j uicio es inhum ano
para los pecadores.
Luego se acercó ot ra vez a su oído; pero ella sacudió la
cabeza:
—¡Ya váyase, padre! No se m ort ifique por m í. Est oy
t ranquila y t engo m ucho sueño.
Se oyó el sollozo de una de las m uj eres escondidas en la
som bra.
Ent onces Susana San Juan pareció recobrar vida. Se alzó
en la cam a y dij o:
—¡Just ina, hazm e el favor de irt e a llorar a ot ra part e!
Después sint ió que la cabeza se le clavaba en el vient re.
Trat ó de separar el vient re de su cabeza; de hacer a un
lado aquel vient re que le apret aba los oj os y le cort aba la
respiración; pero cada vez se volcaba m ás com o si se
hundiera en la noche.
—Yo. Yo vi m or ir a doña Susanit a.
—¿Qué dices, Dorot ea?
—Lo que t e acabo de decir.
Al alba, la gent e fue despert ada por el repique de las
cam panas. Era la m añana del 8 de diciem bre. Una m añana
gris. No fría, pero gr is. El repique com enzó con la cam pana
m ayor. La siguieron las dem ás. Algunos creyeron que
llam aban para la m isa grande y em pezaron a abrirse las
puert as; las m enos, sólo aquellas donde vivía gent e
desm añanada, que esperaba despiert a a que el t oque del
alba les avisara que ya había t erm inado la noche. Pero el
repique duró m ás de lo debido. Ya no sonaban sólo las
112
cam panas de la iglesia m ayor, sino t am bién las de la
Sangre de Crist o, las de la Cruz Verde y t al vez las del
Sant uario. Llegó el m ediodía y no cesaba el repique. Llegó
la noche. Y de día y de noche las cam panas siguieron
t ocando, t odas por igual, cada vez con m ás fuerza, hast a
que aquello se convirt ió en un lam ent o rum oroso de
sonidos. Los hom bres grit aban para oír lo que quer ían
decir. «¿Qué habrá pasado?», se pregunt aban.
A los t res días t odos est aban sordos. Se hacía im posible
hablar con aquel zum bido de que est aba lleno el aire. Pero
las cam panas seguían, seguían, algunas ya cascadas, con
un sonar hueco com o de cánt aro.
—Se ha m uert o doña Susana.
—¿Muert o? ¿Quién?
—La señora.
—¿La t uya?
—La de Pedro Páram o.
Com enzó a llegar gent e de ot ros rum bos, at raída por el
const ant e repique. De Cont la venían com o en
peregrinación. Y aun de m ás lej os. Quién sabe de dónde,
pero llegó un circo, con volant ines y sillas voladoras.
Músicos. Se acercaban prim ero com o si fueran m irones, y al
rat o ya se habían avecindado, de m anera que hast a hubo
serenat as. Y así poco a poco la cosa se convirt ió en fiest a.
Com ala horm igueó de gent e, de j olgorio y de ruidos, igual
que en los días de la función en que cost aba t rabaj o dar un
paso por el pueblo.
Las cam panas dej aron de t ocar; pero la fiest a siguió. No
hubo m odo de hacerles com prender que se t rat aba de un
duelo, de días de duelo. No hubo m odo de hacer que se
fueran; ant es, por el cont rario, siguieron llegando m ás.
La Media Luna est aba sola, en silencio. Se cam inaba con los
pies descalzos; se hablaba en voz baj a. Ent erraron a
Susana San Juan y pocos en Com ala se ent eraron. Allá
113
había fer ia. Se j ugaba a los gallos, se oía la m úsica; los
grit os de los borrachos y de las lot erías. Hast a acá llegaba
la luz del pueblo, que parecía una aureola sobre el cielo
gris. Porque fueron días gr ises, t r ist es para la Media Luna.
Don Pedro no hablaba. No salía de su cuart o. Juró vengarse
de Com ala:
—Me cruzaré de brazos y Com ala se m or ir á de ham bre.
Y así lo hizo.
El Tilcuat e siguió viniendo:
—Ahora som os carrancist as.
—Est á bien.
—Andam os con m i general Obregón.
—Est á bien.
—Allá se ha hecho la paz. Andam os suelt os.
—Espera. No desarm es a t u gent e. Est o no puede durar
m ucho.
—Se ha levant ado en arm as el padre Rent ería. ¿Nos vam os
con él, o cont ra él?
—Eso ni se discut e. Pont e al lado del gobierno.
—Pero si som os irregulares. Nos consideran rebeldes.
—Ent onces vet e a descansar.
—¿Con el vuelo que llevo?
—Haz lo que quieras, ent onces.
—Me iré a reforzar al padrecit o. Me gust a cóm o grit an.
Adem ás lleva uno ganada la salvación.
—Haz lo que quieras.
Pedro Páram o est aba sent ado en un viej o equipal, j unt o a
la puert a grande de la Media Luna, poco ant es de que se
fuera la últ im a som bra de la noche. Est aba solo, quizá
desde hacía t res horas. No dorm ía. Se había olvidado del
114
sueño y del t iem po: «Los viej os dorm im os poco, casi
nunca. A veces apenas si dorm it am os; pero sin dej ar de
pensar. Eso es lo único que m e queda por hacer». Después
añadió en voz alt a: «No t arda ya. No t arda».
Y siguió: «Hace m ucho t iem po que t e fuist e, Susana. La luz
era igual ent onces que ahora, no t an berm ej a; pero era la
m ism a pobre luz sin lum bre, envuelt a en el paño blanco de
la neblina que hay ahora. Era el m ism o m om ent o. Yo aquí,
j unt o a la puert a m irando el am anecer y m irando cuando t e
ibas, siguiendo el cam ino del cielo; por donde el cielo
com enzaba a abr irse en luces, alej ándot e, cada vez m ás
dest eñida ent re las som bras de la t ierra.
»Fue la últ im a vez que t e vi. Pasast e rozando con t u cuerpo
las ram as del paraíso que est á en la ver eda y t e llevast e
con t u aire sus últ im as hoj as. Luego desaparecist e. Te dij e:
“ ¡Regresa, Susana! ” ».
Pedro Páram o siguió m oviendo los labios, susurrando
palabras. Después cerró la boca y ent reabrió los oj os, en
los que se reflej ó la débil clar idad del am anecer.
Am anecía.
A esa m ism a hora, la m adre de Gam aliel Villalpando, doña
I nés, barría la calle frent e a la t ienda de su hij o, cuando
llegó y, por la puert a ent ornada, se m et ió Abundio
Mart ínez. Se encont ró al Gam aliel dor m ido encim a del
m ost rador con el som brero cubriéndole la cara para que no
lo m olest aran las m oscas. Tuvo que esperar un buen rat o
para que despert ara. Tuvo que esperar a que doña I nés
t erm inara la faena de barrer la calle y viniera a picar le las
cost illas a su hij o con el m ango de la escoba y le dij era:
—¡Aquí t ienes un client e! ¡Alevánt at e!
El Gam aliel se enderezó de m al genio, dando gruñidos.
Tenía los oj os colorados de t ant o desvelarse y de t ant o
acom pañar a los borrachos, em borrachándose con ellos. Ya
sent ado sobre el m ost rador, m aldij o a su m adre, se m aldij o
a sí m ism o y m aldij o infinidad de veces a la vida «que valía
115
un puro caraj o». Luego volvió a acom odarse con las m anos
ent re las piernas y se volvió a dorm ir t odavía far fullando
m aldiciones:
—Yo no t engo la culpa de que a est as hor as anden suelt os
los borrachos.
—El pobre de m i hij o. Discúlpalo, Abundio. El pobre se pasó
la noche at endiendo a unos viaj ant es que se picaron con las
copas. ¿Qué es lo que t e t rae por aquí t an de m añana?
Se lo dij o a gr it os, porque Abundio era sor do.
—Pos nada m ás un cuart illo de alcohol del que est oy
necesit ado.
—¿Se t e volvió a desm ayar la Refugio?
—Se m e m urió ya, m adre Villa. Anoche m ism it o, m uy cerca
de las once. Y conque hast a vendí m is burros. Hast a eso
vendí porque se m e aliviara.
—¡No oigo lo que est ás diciendo! ¿O no est ás diciendo
nada? ¿Qué es lo que dices?
—Que m e pasé la noche velando a la m uert a, a la Refugio.
Dej ó de resollar anoche.
—Con razón m e olió a m uert o. Fíj at e que hast a yo le dij e al
Gam aliel: «Me huele que alguien se m urió en el pueblo».
Pero ni caso m e hizo; con eso de que t uvo que congeniar
con los viaj ant es, el pobre se em borrachó. Y t ú sabes que
cuando est á en ese est ado, t odo le da risa y ni caso le hace
a una. Pero ¿qué m e dices? ¿Y t ienes convidados para el
velor io?
—Ninguno, m adre Villa. Par a eso quiero el alcohol, para
curarm e la pena.
—¿Lo quieres puro?
—Sí, m adre Villa. Pa em borracharm e m ás pront o. Y dám elo
rápido que llevo pr isa.
—Te daré dos decilit r os por el m ism o precio y por ser par a
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t i. Ve diciéndole ent ret ant o a la difunt it a que yo siem pre la
aprecié y que m e t om e en cuent a cuando llegue a la glor ia.
—Sí, m adre Villa.
—Díselo ant es de que se acabe de enfriar.
—Se lo diré. Yo sé que ella t am bién cuent a con ust é pa que
ofrezca sus oraciones. Con decirle que se m urió
com pungida porque no hubo ni quien la auxiliara.
—¿Qué, no fuist e a ver al padre Rent ería?
—Fui. Pero m e inform aron que andaba en el cerro.
—¿En cuál cerro?
—Pos por esos andurriales. Ust ed sabe que andan en la
revuelt a.
—¿De m odo que t am bién él? Pobres de nosot ros, Abundio.
—A nosot ros qué nos im port a eso, m adre Villa. Ni nos va ni
nos viene. Sír vam e la ot ra. Ahí com o que se hace la
disim ulada, al fin y al cabo el Gam aliel est á dorm ido.
—Pero no se t e olvide pedir le a la Refugio que ruegue a
Dios por m í, que t ant o lo necesit o.
—No se m ort ifique. Se lo diré en llegando. Y hast a le sacaré
la prom esa de palabr a, por si es necesario y pa que ust é se
dej e de apuraciones.
—Eso, eso m ero debes hacer. Porque t ú sabes cóm o son las
m uj eres. Así que hay que exigir les el cum plim ient o en
seguida.
Abundio Mart ínez dej ó ot ros veint e cent avos sobre el
m ost rador.
—Dem e el ot ro cuart illo, m adre Villa. Y si m e lo quiere dar
sobradit o, pos ahí es cosa de ust é. Lo único que le prom et o
es que ést e sí m e lo iré a beber j unt o a la difunt it a; j unt o a
m i Cuca.
—Vet e pues, ant es que se despiert e m i hij o. Se le agr ia
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m ucho el genio cuando am anece después de una
borrachera. Vet e volando y no se t e olvide darle m i encargo
a t u m uj er.
Salió de la t ienda dando est ornudos. Aquello era pura
lum bre; pero, com o le habían dicho que así se subía m ás
pront o, sorbió un t rago t ras ot ro, echándose aire en la boca
con la falda de la cam isa. Luego t rat ó de ir derecho a su
casa donde lo esperaba la Refugio; pero t orció el cam ino y
echó a andar calle ar riba, saliéndose del pueblo por donde
lo llevó la vereda.
—¡Dam iana! —llam ó Pedro Páram o—. Ven a ver qué quiere
ese hom bre que viene por el cam ino.
Abundio siguió avanzando, dando t raspiés, agachando la
cabeza y a veces cam inando en cuat ro pat as. Sent ía que la
t ierra se ret orcía, le daba vuelt as y luego se le solt aba; él
corría para agarrar la, y cuando ya la t enía en sus m anos se
le volvía a ir, hast a que llegó frent e a la figura de un señor
sent ado j unt o a una puert a. Ent onces se det uvo:
—Denm e una caridad para ent errar a m i m uj er —dij o.
Dam iana Cisneros rezaba: «De las asechanzas del enem igo
m alo, líbranos, Señor». Y le apunt aba con las m anos
haciendo la señal de la cruz.
Abundio Mart ínez vio a la m uj er de los oj os azorados,
poniéndole aquella cruz enfrent e, y se est rem eció. Pensó
que t al vez el dem onio lo había seguido hast a allí, y se dio
vuelt a, esperando encont rarse con alguna m ala figuración.
Al no ver a nadie, repit ió:
—Vengo por una ayudit a para ent errar a m i m uert a.
El sol le llegaba por la espalda. Ese sol r ecién salido, casi
fr ío, desfigurado por el polvo de la t ierra.
La cara de Pedro Páram o se escondió debaj o de las cobij as
com o si se escondiera de la luz, m ient ras que los grit os de
Dam iana se oían salir m ás repet idos, at ravesando los
cam pos: «¡Est án m at ando a don Pedro! ».
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Abundio Mart ínez oía que aquella m uj er grit aba. No sabía
qué hacer para acabar con esos grit os. No le encont raba la
punt a a sus pensam ient os. Sent ía que los grit os de la viej a
se debían est ar oyendo m uy lej os. Quizá hast a su m uj er los
est uviera oyendo, porque a él le t aladr aban las orej as,
aunque no ent endía lo que decía. Pensó en su m uj er que
est aba t endida en el cat re, solit a, allá en el pat io de su
casa, adonde él la había sacado para que se serenara y no
se apest ara pront o. La Cuca, que t odavía ayer se acost aba
con él, bien viva, ret ozando com o una pat rona, y que lo
m ordía y le raspaba la nar iz con su nar iz. La que le dio
aquel hij it o que se les m urió apenas nacido, dizque porque
ella est aba incapacit ada: el m al de oj o y los fr íos y la
rescoldera y no sé cuánt os m ales t enía su m uj er, según le
dij o el doct or que fue a verla ya a últ im a hora, cuant o t uvo
que vender sus burros para t raerlo hast a acá, por el cobro
t an alt o que le pidió. Y de nada había servido… La Cuca,
que ahora est aba allá aguant ando el relent e, con los oj os
cerrados, ya sin poder ver am anecer; ni est e sol ni ningún
ot ro.
—¡Ayúdenm e! —dij o—. Denm e algo.
Pero ni siquiera él se oyó. Los grit os de aquella m uj er lo
dej aban sordo.
Por el cam ino de Com ala se m ovieron unos punt it os negros.
De pront o los punt it os se convirt ieron en hom bres y luego
est uvieron aquí, cerca de él. Dam iana Cisneros dej ó de
grit ar. Deshizo su cruz. Ahora se había caído y abr ía la boca
com o si bost ezara.
Los hom bres que habían venido la levant ar on del suelo y la
llevaron al int er ior de la casa.
—¿No le ha pasado nada a ust ed, pat rón? —pregunt aron.
Apareció la cara de Pedro Páram o, que sólo m ovió la
cabeza.
Desarm aron a Abundio, que aún t enía el cuchillo lleno de
sangre en la m ano:
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—Vent e con nosot ros —le dij eron—. En un buen lío t e has
m et ido.
Y él los siguió.
Ant es de ent rar en el pueblo les pidió perm iso. Se hizo a un
lado y allí vom it ó una cosa am arilla com o de bilis. Chorros y
chorros, com o si hubiera sorbido diez lit ros de agua.
Ent onces le com enzó a arder la cabeza y sint ió la lengua
t rabada:
—Est oy borracho —dij o.
Regresó a donde est aban esperándolo. Se apoyó en los
hom bros de ellos, que lo llevaron a rast ras, abr iendo un
surco en la t ierra con la punt a de los pies.
Allá at rás, Pedro Pár am o, sent ado en su equipal, m iró el
cort ej o que se iba hacia el pueblo. Sint ió que su m ano
izquierda, al querer levant arse, caía m uert a sobre sus
rodillas; pero no hizo caso de eso. Est aba acost um brado a
ver m orir cada día alguno de sus pedazos. Vio cóm o se
sacudía el paraíso dej ando caer sus hoj as: «Todos escogen
el m ism o cam ino. Todos se van». Después volvió al lugar
donde había dej ado sus pensam ient os.
—Susana —dij o. Luego cerró los oj os—. Yo t e pedí que
regresaras…
»… Había una luna grande en m edio del m undo. Se m e
perdían los oj os m irándot e. Los rayos de la luna filt rándose
sobre t u cara. No m e cansaba de ver esa aparición que eras
t ú. Suave, rest regada de luna; t u boca abullonada,
hum edecida, ir isada de est rellas; tu cuerpo
t ransparent ándose en el agua de la noche. Susana, Susana
San Juan».
Quiso levant ar su m ano para aclarar la im agen; pero sus
piernas la ret uvieron com o si fuera de piedra. Quiso
levant ar la ot ra m ano y fue cayendo despacio, de lado,
hast a quedar apoyada en el suelo com o una m ulet a
det eniendo su hom bro deshuesado.
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«Ést a es m i m uert e», dij o.
El sol se fue volt eando sobre las cosas y les devolvió su
form a. La t ierra en ruinas est aba frent e a él, vacía. El calor
caldeaba su cuerpo. Sus oj os apenas se m ovían; salt aban
de un recuerdo a ot ro, desdibuj ando el present e. De pront o
su corazón se det enía y parecía com o si t am bién se
det uviera el t iem po y el aire de la vida.
«Con t al de que no sea una nueva noche», pensaba él.
Porque t enía m iedo de las noches que le llenaban de
fant asm as la oscuridad. De encerrarse con sus fant asm as.
De eso t enía m iedo.
«Sé que dent ro de pocas horas vendrá Abundio con sus
m anos ensangrent adas a pedirm e la ayuda que le negué. Y
yo no t endré m anos para t aparm e los oj os y no verlo.
Tendré que oír lo, hast a que su voz se apague con el día,
hast a que se le m uer a su voz».
Sint ió que unas m anos le t ocaban los hom bros y enderezó
el cuerpo, endureciéndolo.
—Soy yo, don Pedro —dij o Dam iana—. ¿No quiere que le
t raiga su alm uerzo?
Pedro Páram o respondió:
—Voy para allá. Ya voy.
Se apoyó en los brazos de Dam iana Cisneros e hizo int ent o
de cam inar. Después de unos cuant os pasos cayó,
suplicando por dent ro; pero sin decir una sola palabra. Dio
un golpe seco cont ra la t ierra y se fue desm oronando com o
si fuera un m ont ón de piedras.
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