LA NOCHE DE TLATELOLCO DE ELENA PONIATOWSKA
Verónica Jiménez Jiménez
La huella de Elena Poniatowska se desdibuja a lo largo de toda la novela como ésa
sombra que debe hacerse invisible para que perviva el eco de las voces de una ciudad
que ha sido invadida por la masacre, un yo que se sitúa en la interpelación y en la
conmoción representada en esa idea de “Vienen hacia mí, vienen esas manos aniñadas
por la muerte”.
Poniatowska en La Noche de Tlatelolco decide priorizar la voz, entendida como una
polifonía, frente al rostro. El rostro, la imagen, lo visible, lo tangible forma parte de esa
máscara construida por todo lo que se creía y que un día la violencia se lleva por
delante. Cuando la máscara se resquebraja lo que queda es la voz, la voz que enuncia,
pero sobre todo, la voz que denuncia. En este contexto nos preguntamos ¿a quién
pertenece esa voz? ¿Es la voz de Elena Poniatowska o la autora configura una nueva
máscara con su propia voz narrativa?
La voz de Elena Poniatowska es una voz múltiple que recoge, ante el afán de hacer
justicia de todas las voces que fueron sacudidas por el horror, las voces de los hombres
y mujeres de la calle. Se señala aquí, mediante esta estrategia narrativa, el carácter
testimonial. ¿De qué manera se articula lo testimonial en La noche de Tlatelolco de
Elena Poniatowska? La voz narrativa se sustenta en la fragmentariedad. Encontramos en
La noche de Tlatelolco una fragmentación llevada al límite, confeccionada a partir de
una consecución de “fotogramas” o “viñetas” que dialogan entre sí, que nacen de un
proceso de creación a partir de los testimonios grabados.
Todos estos fotogramas, todos estos fragmentos enunciados por una enigmática EP,
defienden un grito que se convierte en comunitario: “Yo ya no quiero vivir en
Tlatelolco, aunque lo remolcen, aunque lo limpien, háganle lo que le hagan. El paladar
se me llenó de sangre, caminé por la explanada con el sabor caliente y salado de la
sangre de los muertos atorado en la garganta…Ya sé que la sangre se seca, se
ennegrece, pero para mí se ha colado en los intersticios de la Plaza de las Tres Culturas”
y esa petición final, ese “Vámonos”. Un grito que existe después de la noche de los
acontecimientos cuando la oscuridad, ésa que hizo posible el terror, se extingue y se
inicia la búsqueda de una atmósfera que no sea noche.