Setenta balcones y ninguna flor
Baldomero Fernández Moreno
Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?
La piedra desnuda de tristeza
¡dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta lleno de ilusiones?
¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?
Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave...
¡Setenta balcones y ninguna flor!
La intrusa
Pedro Orgambide
Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día en que llegó, nadie se quejó de mi
conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último
en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de
calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico.
El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente. En cuanto a ésa, me
pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué
exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si
nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la
mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy
a cambiar de un día para el otro. Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco,
me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin
resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo
de ayer. «González -me dijo el Gerente- lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de
sus servicios». Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura. Supe que ella fue con la
alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor
Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba
como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí
por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.
Hamlet
William Shakespeare
Acto 1
Escena XII
HAMLET, LA SOMBRA DEL REY HAMLET
Parte remota cercana al mar. Vista a lo lejos del Palacio de Elsingor.
HAMLET.- ¿Adónde me quieres llevar? Habla, yo no paso de aquí.
LA SOMBRA.- Mírame.
HAMLET.- Ya te miro.
LA SOMBRA.- Casi es ya llegada la hora en que debo restituirme a las sulfúreas y
atormentadoras llamas.
HAMLET.- ¡Oh! ¡Alma infeliz!
LA SOMBRA.- No me compadezcas: presta sólo atentos oídos a lo que voy a revelarte.
HAMLET.- Habla, yo te prometo atención.
LA SOMBRA.- Luego que me oigas, prometerás venganza.
HAMLET.- ¿Por qué?
LA SOMBRA.- Yo soy el alma de tu padre: destinada por cierto tiempo a vagar de noche y
aprisionada en fuego durante el día; hasta que sus llamas purifiquen las culpas que cometí en el
mundo. ¡Oh! Si no me fuera vedado manifestar los secretos de la prisión que habito, pudiera
decirte cosas que la menor de ellas bastaría a despedazar tu corazón, helar tu sangre juvenil, tus
ojos, inflamados como estrellas, saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos, separarse,
erizándose como las púas del colérico espín. Pero estos eternos misterios no son para los oídos
humanos. Atiende, atiende, ¡ay! Atiende. Si tuviste amor a tu tierno padre...
HAMLET.- ¡Oh, Dios!
LA SOMBRA.- Venga su muerte: venga un homicidio cruel y atroz.
HAMLET.- ¿Homicidio?
LA SOMBRA.- Sí, homicidio cruel, como todos lo son; pero el más cruel y el más injusto y el
más aleve.
HAMLET.- Refiéremelo presto, para que con alas veloces, como la fantasía, o con la prontitud
de los pensamientos amorosos, me precipite a la venganza.
LA SOMBRA.- (…) Escúchame ahora, Hamlet. Esparciose la voz de que estando en mi jardín
dormido me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron groseramente engañados
con esta fabulosa invención; pero tú debes saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió
a tu padre, hoy ciñe su corona.
HAMLET.- ¡Oh! Presago me lo decía el corazón, ¿mi tío?
LA SOMBRA.- Sí, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero, valiéndose de su talento
diabólico, valiéndose de traidoras dádivas... (…) Supo inclinar a su deshonesto apetito la voluntad
de la Reina mi esposa, que yo creía tan llena de virtud. ¡Oh! ¡Hamlet! ¡Cuán grande fue su caída!
Yo, cuyo amor para con ella fue tan puro... Yo, siempre tan fiel a los solemnes juramentos que en
nuestro desposorio la hice, yo fui aborrecido y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en
verdad harto inferiores a las mías (…) Pero ya me parece que percibo el ambiente de la mañana.
Debo ser breve. Dormía yo una tarde en mi jardín según lo acostumbraba siempre. Tu tío me
sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama
en mi oído su ponzoñosa destilación, la cual, de tal manera es contraria a la sangre del hombre,
que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo,
y con súbita fuerza le ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre, como la leche con las gotas
ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mí, y el cutis hinchado comenzó a despegarse a
trechos con una especie de lepra en áspera y asquerosas costras. Así fue que estando
durmiendo, perdí a manos de mi hermano mismo, mi corona, mi esposa y mi vida a un tiempo.
(…) Adiós. Ya la luciérnaga amortiguando su aparente fuego nos anuncia la proximidad del día.
Adiós. Adiós. Acuérdate de mí.
Pájaros prohibidos
Eduardo Galeano
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar, caminar
rápido ni saludar a otro preso. Tampoco pueden dibujar ni recibir dibujos de mujeres
embarazadas, parejas, mariposas, estrellas ni pájaros.
Didaskó Pérez, maestro de escuela, torturado y preso por tener ideas ideológicas, recibe
un domingo la visita de su hija Milay, de cinco años. La hija le trae un dibujo de pájaros. Los
censores se lo rompen en la entrada de la cárcel.
El domingo siguiente, Milay le trae un dibujo de árboles. Los árboles no están prohibidos, y el
dibujo pasa. Didaskó le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de colores que aparecen en
la copa de los árboles, muchos pequeños círculos entre las ramas.
—¿Son naranjas? ¿Qué frutas son?
La niña lo hace callar:
—Ssshhh.
Y en secreto le explica:
—Bobo. ¿No ves que son ojos? Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas.
Todas las guerras
María Luisa Cresta de Leguizamón (Malicha)
Todas las guerras
son como las guerras
que sirven para
contar muertos,
llorar hijos,
colgar medallas,
visitar tumbas,
beber en soledad,
no soñar,
no reír,
no cantar.
Peor esta guerra,
lo presiento,
será peor porque
ni siquiera quedará alguien para
contar muertos,
llorar hijos,
colgar medallas,
visitar tumbas,
beber en soledad,
no soñar,
no reír,
no cantar.
Diálogos y palabras
Ricardo Güiraldes
Una cocina de peones: fogón de campana, paredes negreadas de humo, piso de ladrillos, unos cuantos
bancos, leña en un rincón.
Dando la espalda al fogón matea un viejo con la pava entre los pies chuecos que se desconfían como
jugando a las escondidas.
Entra un muchacho lampiño, con paso seguro y el hilo de un estilo silbándole en los labios.
Pablo Sosa.- Güen día, Don Nemesio.
Don Nemesio.- Hm.
Pablo.- ¿Stá caliente el agua?
Don Nemesio.- M… hm…
Pablo.- ¡Stá güeno!
El muchacho llena un mate en la yerbera, le echa agua cuidadosamente a lo largo de la bombilla, y va
hacia la puerta, por donde escupe para afuera los buches de su primer cebadura.
Pablo (Desde la puerta.).- ¿Sabe que está lindo el día pa ensillar y juirse al pueblo? Ganitas me
están dando de pedirle la baja al patrón. Mirá qué día de fiesta p’al pobre, arrancar biznaga’ e’ el
monte en día Domingo ¿No será pecar contra de Dios?
Don Nemesio.- ¿M… hm?
Pablo.- ¿No ve la zanja, don? ¡Cuidao no se comprometa con tanta charla! «Quejarse no es güen
cristiano y pa nada sirve. A la suerte amarga yo le juego risa, y en teniendo un güen compañero
pa repartir soledades, soy capaz de creerme de baile. ¿Ne así? ¡Vea! Cuando era boyero e
muchacho, solía pasarme de vicio entre los maizales, sin necesidá de dir pa las casas. ¡Tenía un
cuzquito de zalamero! Con él me floreaba a gusto, porque no sabiendo más que mover la cola, no
había caso de que me dijera como mamá: -«Andá buscate un pedazo e galleta, ansina te enllenas
bien la boca y asujetas el bolaceo»; ni tampoco de que me sacara como tata, zapateando de
apurao, pa cuerpiarle al lonjazo.
«El hombre, amigo, cuando eh’ alegre y bien pensao, no tiene por qué hacerse cimarrón y andarle
juyendo ala gente. ¿No le parece, don?»
Don Nemesio.- M… hm…
Pablo acobardado toma la pava y se retira hacia afuera a concluir su cebadura, rezongando entre dientes
lo suficientemente fuerte para ser oído:
-Viejo indino y descomedido pa tratar con la gente… te abriría la boca a cuchillo como a los mates.
Don Nemesio, invariablemente chueco ante el vacío que dejó la pava, sonríe para él mismo, con
sonsonete de duda:
-¿M… h?
Cuento de horror
Marco Denevi
La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre ingleses) resolvió matar a
su marido, no por nada sino porque estaba harta de él después de cincuenta años de matrimonio.
Se lo dijo:
-Thaddeus, voy a matarte.
-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.
-¿Cuándo he bromeado yo?
-Nunca, es verdad.
-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?
-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.
-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de arsénico en la comida.
Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil. O te haré rodar por la escalera, aprovecharé
cuando estés dormido para aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera
un cable de electricidad. Ya veremos.
El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el apetito. Enfermó
del corazón, del sistema nervioso y de la cabeza. Seis meses después falleció. Euphemia
Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció a Dios haberla librado de ser una asesina.
Yo, monstruo mío, Susy Shock
Yo, pobre mortal,
equidistante de todo
yo D.N.I: 20.598.061
yo primer hijo de la madre que después fui
yo vieja alumna
de esta escuela de los suplicios
Amazona de mi deseo
Yo, perra en celo de mi sueño rojo
Yo, reinvindico mi derecho a ser un monstruo
ni varón ni mujer
ni XXI ni H2o
yo monstruo de mi deseo
carne de cada una de mis pinceladas
lienzo azul de mi cuerpo
pintora de mi andar
no quiero más títulos que cargar
no quiero más cargos ni casilleros a donde encajar
ni el nombre justo que me reserve ninguna Ciencia
Yo mariposa ajena a la modernidad
a la posmodernidad
a la normalidad
Oblicua, Vizca, Silvestre, Artesanal
Poeta de la barbarie
con el humus de mi cantar
con el arco iris de mi cantar
con mi aleteo:
Reinvindico: mi derecho a ser un monstruo
¡què otros sean lo Normal!
El Enfermo Imaginario
Molière
(ANTONIA, la criada, ante la situación de que iban a casar a la hija de ARGAN con un médico al que ella
no quería, se hace pasar por médico para desacreditar al futuro yerno)
ANTONIA. -Soy médico ambulante, que va de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, buscando
materiales para sus estudios: enfermos dignos de ocupar mi atención y de emplear en ellos los
grandes secretos de la medicina, descubiertos por mí. Tengo a menos distraerme en
menudencias, en enfermedades vulgares, en bagatelas como reumatismos, fluxiones, fiebres,
vapores y jaquecas... Yo busco enfermedades verdaderamente importantes: grandes fiebres
continuas, con trastornos cerebrales; buenos tabardillos, grandes pestes, hidropesías ya
formadas, pleuresías con inflamación de pecho...; esas son las enfermedades que a mí me
gustan y en las que triunfo. Ojalá tuvierais vos, señor, todas estas enfermedades que acabo de
nombraros y os hallarais abandonado de todos los médicos, desahuciado, en la agonía, para
poderos demostrar las excelencias de mis remedios y el placer que experimentaría siéndoos útil.
ARGAN. -Os agradezco en extremo vuestras bondades.
ANTONIA. -Dadme la mano... ¿Quién es vuestro médico?
ARGAN. -El señor Purgon.
ANTONIA. -En mis anotaciones sobre las eminencias médicas no figura ese nombre. Según él,
¿qué enfermedad tenéis?
ARGAN. -Él dice que es el hígado; pero otros afirman que el bazo.
ANTONIA. -Son unos ignorantes. Vuestro padecimiento está en el pulmón.
ARGAN. -Justamente, el pulmón.
ANTONIA. -Sí. ¿Qué es lo que sentís?
ARGAN. -De cuando en cuando, dolor de cabeza.
ANTONIA. - El pulmón.
ARGANTE.—Con frecuencia se me figura que tengo un velo ante los
ojos. ANTONIA.—El pulmón.
ARGANTE.—A veces noto un desfallecimiento de corazón.
ANTONIA.— Justamente, el pulmón. (...) ¿Qué demonios hacéis con ese brazo?
ARGANTE.—¿Cuál?
ANTONIA.—Si yo estuviera en vuestro pellejo, ahora mismo me haría cortar ese brazo.
ARGANTE.—¿Por qué?
ANTONIA.—¿No estáis viendo que se lleva para sí todo el alimento y no deja que se nutra el otro?
ARGANTE.—Sí, pero este brazo me hace falta…
ANTONIA.—También si estuviera en vuestro caso me haría saltar el ojo derecho.
ARGANTE.—¿Saltarme un ojo?
ANTONIA.—¿No os dais cuenta de que perjudica al otro y le roba su alimento?
Creedme: que os lo salten lo antes posible y veréis mucho más claro con el ojo izquierdo.
ARGANTE.—No corre prisa.
ANTONIA.—Adiós, siento teneros que dejar tan pronto, pero debo asistir a una consulta
interesantísima que tenemos ahora sobre un hombre que murió ayer.
ARGANTE.—¿Sobre un hombre que murió ayer?
ANTONIA.—Sí. Vamos a estudiar qué es lo que se debía haber hecho para curarlo. Hasta la vista.
(Sale.)