San José P. Comandi
San José P. Comandi
2
3
P. Miguel Ángel Comandi
Donde habita la Luz
1a ed. - Córdoba, 2021.
128 págs. ; 110 x 184 mm.
ISBN en trámite
4
Prólogo
C
uando recibí la inesperada y amabilísima
invitación del P. Miguel Ángel Comandi
para prologar este libro, me encontraba
zambullido en la lectura y meditación de la carta
apostólica del Papa Francisco, Patris corde. Sentía
–sabía– que, como padre que soy, el acercamien-
to a la silenciosa figura de san José me ayudaría a
revisar y actualizar, a pedir perdón y recomenzar
en la tarea siempre perenne que significa cual-
quier tipo de paternidad.
En esas circunstancias, la lectura de las re-
flexiones de este Donde habita la Luz supuso una
progresiva profundización en la persona y mi-
sión del santo Patriarca. Hube de adentrarme en
la senda del silencio. Ese camino es en nuestros
días, quizá, más complicado que nunca. Porque
vivimos tiempos de ruido ensordecedor, de ex-
cesos de voces en pugna, de caos y búsquedas,
de una cierta angustia que grita su soledad. Por
ésa, entre otras razones, este libro supone un re-
lámpago, un aldabonazo en nuestras conciencias
5
para que no olvidemos que Dios vive en lo sen-
cillo, y habla en voz baja, como hizo con Elías. Él
habita oculto entre los pucheros, como escribió
santa Teresa de Ávila, y escondido no deja de lla-
mar a cada uno.
San José es el primer padre de la Nueva Alianza.
Es, por eso, imagen de toda paternidad en la tierra.
La paradoja que señala este libro repetidamente,
entre líneas, es que podemos llegar a caer en el
error de considerar que su silencio implica el de-
ber de pasar desapercibidos, de no molestar, cuan-
do es precisamente de ese silencio de donde surge
la vida plena, el amor que se traduce en obras de
servicio, de cuidado, de atenta vigilia respecto de
las esperanzas de Dios y los demás en el breve lap-
so que duran nuestras limitadas existencias.
Si san José es imagen del silencio, parece obvio
que habremos de buscarlo entre las páginas del
Nuevo Testamento: buscarlo con amable esfuer-
zo, para aprender. Su figura surge de un modo
casi hipnótico en el modo en que san Mateo
construye gramaticalmente la figura de su fide-
lidad: Dios manda, él obedece. El ángel dice, él
calla. Las palabras del Evangelio, eco de la Pala-
bra, construyen un relato donde se actualiza una
y otra vez nuestro deber de mantenernos a la
escucha, atentos como María y José a cumplir la
voluntad de Dios en todas las cosas. Silencio para
dar cumplimiento a la promesa que somos cada
uno: promesa de santidad, silencio henchido de
la eterna promesa del amor de Dios (del Amor
que es Dios) por cada persona.
6
San John Henry Newman escribió que la ima-
ginación es la potencia interior para la que fueron
escritos los evangelios. Si esto es así, san José es
entonces de suyo un terreno fértil donde la ima-
ginación de cada cristiano puede expandirse en
innumerables formas de fidelidad individual al
designio que Dios alberga para cada uno de noso-
tros. San José despliega ante nosotros una senda
de humilde fortaleza, de entrega y gozo; el verda-
dero cielo en la tierra. Y nos invita a recorrerla.
Hablaba antes de paradojas. La paradoja divi-
na es esa Palabra hecha carne que resuena como
la fuerte voz de un heraldo de paz. Ante ese atro-
nador eco del Amor eterno que es Dios (cfr 1 Jn,
1), la única actitud adecuada –justa y compasiva–
es el silencio reverente, ese callar que, en y desde
la contemplación, se traduce en acción, en obras
de caridad actualizada, es decir, amor operativo.
Pues, ¿qué amor que lo sea de verdad, no lo es?
Leyendo este libro me he dado cuenta, una
vez más, de que queda por imaginar en el silen-
cio de la oración, las confidencias de José a Ma-
ría y a Jesús –las cosas que el Patriarca guardaría
en su corazón, para ponderarlas, para pesar el
amor de Dios por él–, las palabras de cariño co-
tidiano entre los tres, los ecos de los juegos de
Jesús en el taller de José, las rutinas transforma-
doras del mundo desesperanzado. Con san José
se nos presenta el reto diario de transformar la
rutina en amor cotidiano, del latín quotidie, lo
que sucede cada día singular e irrepetible: cada
día que no volverá.
7
Este libro es una nueva muestra del modo
en que la Sagrada Escritura, leída a la luz de la
Tradición, es fuente luminosa para comprender
y agradecer mejor el Misterio del amor y la sal-
vación en el que Dios nos concibió desde el ar-
cano de Su eternidad. Sus páginas nos ayudan
a admirarnos sin cesar –sin acostumbramien-
tos– ante los matices que manifiestan la perfecta
conjunción entre la inspiración divina y el obrar
del hagiógrafo. Estas páginas han sido escritas
desde la escucha atenta que surge de la oración y
el estudio. Por eso es un libro sobre la Sabiduría
definitiva: porque es el resultado de una actitud
construida a imagen y semejanza de la de san
José, en y desde la atención constante que hace
posible el servicio, la entrega y la alegría que son
prebenda del santo.
José es el portavoz de la Sagrada Familia. En
su silencio habitual, virtuoso hasta el heroís-
mo, queda revelada como la otra cara de aquel
«ite ad Joseph» (cfr Gén 41-42). Con su vida,
en cada uno de sus actos obedientes, san José
nos dice, «ite ad Christum», id a la salvación;
volved –volvamos–a la casa del verdadero y
único Padre.
Eduardo Segura
Noviembre de 2021
8
Introducción
L
a Palabra de Dios nos sitúa en dirección al
sentido, el significado y la orientación pro-
funda del itinerario de los siglos, hasta su
consumación final. En el curso de esa magnífica
Historia, donde se conjuga la oscurísima sombra
del Pecado y la ardiente luz de la Misericordia, es
donde despunta una figura humilde y de serena
grandeza, ineludible aunque, al mismo tiempo,
difícil de enmarcar, ardua de ver en su auténti-
ca medida. Nos da la impresión de que San José,
siendo tan importante, elude los intentos de com-
prensión y sólo parece invitarnos a ir más allá, y
no a centrar nuestra mirada en él sino en el Miste-
rio trascendente de Dios. Es una figura sugerente,
que insinúa más que declara; una presencia que
invita sin obligar, que ofrece a quien tenga el co-
razón dispuesto, ese Tesoro que habita en el suyo.
Es una puerta abierta a una mejor compresión de
Dios, de su plan de salvación, de cómo es verda-
deramente el mundo, de cómo es nuestra alma.
Lo oculto de su presencia es un peldaño para
aproximarnos a la manera de obrar que Dios tie-
ne. De un Dios que tantas veces no se manifiesta,
9
que parece no responder, que suele guardar un
silencio abismal, que da la impresión de ausencia
cuando, en realidad, está siempre presente, siem-
pre actuante en lo profundo de los corazones, in-
vitando con sutileza y suavidad, a que volvamos
nuestra mirada hacia Él. Hay grandes manifesta-
ciones divinas también, pero el camino habitual
parece ser otro. Se oculta para que lo busquemos,
tal como lo expresara de forma tan preciosa el
Cantar de los Cantares: la mutua búsqueda de
quienes se aman y la reciprocidad de ocultamien-
tos que, dilatando el encuentro, lo potencian. No
es un Dios que haga propaganda de sí mismo.
Mientras, como lo denunciaba Jesús acerca del fa-
riseísmo, muchos buscan ser vistos, resplandecer
ante los ojos de los hombres, San José vive el au-
téntico ocultamiento cuya raíz es el amor.
En esta pequeña reflexión nos volvemos a en-
contrar con las Palabras Antiguas. Siempre anti-
guas y siempre nuevas. Lo nuestro es, ante todo,
incentivo a leer esa Letra, animada por el Espíritu
y, sólo así, viva y vivificante. La Revelación bíbli-
ca sobre San José no es tangencial o teórica, ni
mucho menos meramente informativa, sino que
nos interpela e implica todo nuestro ser y nues-
tro obrar cristiano. De su aceptación se sigue un
efecto en nuestras pobres almas, siempre que
esa aceptación sea auténtica y sea fiel. Nuestras
palabras solo pretenden introducirnos –a noso-
tros mismos y a quienes dediquen un tiempo a
la lectura de este libro– a Aquellas que han sido
Reveladas.
10
Quienes lean esta meditación, tal vez ya hayan
transitado el camino que esas Palabras ofrecen.
En algunos casos, recorrido con la mirada y el
corazón creyente cada frase, cada expresión del
Texto Sagrado donde, en concreto, la notable
presencia de San José se vuelve explícita y tam-
bién aquellos pasajes donde su figura está latente,
implícita pero muy real. Pero incluso en ese caso,
siempre es necesario volver a visitar esos caminos
ya recorridos, que nos aguardan y nos sorpren-
den cada vez que por allí pasamos, como si ansia-
ran mostrarnos, una y otra vez, que lo Antiguo es
siempre Nuevo, que contemplando esos paisajes
misteriosos y atrayentes el alma se llena de una
luz, todavía parcial, pero que anuncia la defini-
tiva y total. De una Luz que permite ver colores,
tonalidades y matices muchas veces inesperados.
Pequeños detalles que, de pronto, ya no parecen
tan insignificantes como al principio. Detalles
que son claves sin dejar de ser detalles. Dios, en
su obra, ha marcado la historia con grandes tra-
zos y también con pequeñas pinceladas, casi al
pasar, casi imperceptibles, pero no por ello me-
nos importantes y, sin lugar a dudas, indispensa-
bles. La Sagrada Escritura es una magnífica obra
de Arte divino humano y, como tal, requiere esa
percepción detenida y frecuente para advertir, en
nuestra pobre medida, los matices exquisitos que
nos ofrece al mismo tiempo que nos excede.
El Patriarca San José es muy conocido por
todo cristiano, y no cabe duda de su relieve, de
su centralidad y hasta de su singular cercanía,
11
expresada en nuestra común devoción. Pero si
los pequeños trazos que aportan precisión a su
imagen no se miran bien, algo se pierde de su ad-
mirable, y por qué no, enigmática figura. Porque
San José, siéndonos tan familiar, es también y al
mismo tiempo, profundamente misterioso. Por
eso es necesario detenerse a contemplar las pa-
labras y extraer los sentidos del Texto Sagrado,
sin perder ese trazo fino, ese detalle precioso y no
siempre perceptible a primera vista. Reconocien-
do, asimismo, nuestra limitación frente al Miste-
rio de lo divino expresado.
La figura de San José ha sido considerada y pre-
sentada de muchas maneras diferentes en el largo
curso de la interpretación bíblica y el desarrollo
de la teología y de la espiritualidad cristiana. Pero,
tal vez, más recordada e incluso prioritariamen-
te valorada destacando sus virtudes personales,
su eminente santidad en especial relación con el
lugar que ocupa en el seno de la Sagrada Fami-
lia: su paternal dedicación, su cariñoso cuidado,
su varonil protección y su guía certera y segura
en ese puesto capital donde Dios lo ha designado.
Todo esto es necesario, es importante, es impres-
cindible, es digno de nuestra más alta admiración
y de sincera imitación. No obstante, hay un cen-
tro fundamental donde se arraiga y recibe pleno
sentido lo que venimos señalando y describiendo.
Hay una raíz, un corazón, un fundamento desde
el que emerge todo lo demás. La destacadísima
preemiencia y el carácter justo y virtuoso, tan-
to personal como familiar de San José debe ser
12
contemplada desde el lugar que, en el plan pro-
videncial de Dios, él ocupa en la Historia de la
Salvación. Por el hecho de haber sido elegido y
destinado por Dios para hallarse en ese lugar, y
para cumplir la misión que cumple, es que Dios
le concede todas las gracias que conocemos y los
innumerables y profundos privilegios que van
más allá de nuestra percepción humana y que so-
lamente podemos vislumbrar o intuir.
Cuando nos proponemos indagar la figura de
San José en los Evangelios nos encontramos con
dos aspectos llamativos, más aún considerando
la importancia indudable que allí tiene. El pri-
mero es la mesura con la que el Libro Sagrado
lo muestra. Aunque no debiera sorprendernos
demasiado porque la figura misma de María San-
tísima –por señalar uno de los ejemplos más sig-
nificativos– también es presentada de forma muy
breve y concisa. Sin embargo ello no redunda en
detrimento del relieve que poseen, sino todo lo
contrario. El segundo aspecto que puede llamar-
nos la atención, es la total ausencia de palabras
del Santo Patriarca en el testimonio bíblico. Es
verdad que de la Virgen María tenemos también
un testimonio reducido, pero de San José no hay
ninguna frase, ninguna palabra, ninguna expre-
sión de sus labios. La elocuencia de ese silencio
está orientada por completo al servicio de la mi-
sión que le corresponde y para la cual Dios lo ha
designado. Como es obvio, entonces, y a pesar
de las previsiones puramente humanas, espera-
bles en una narración, la Sagrada Escritura nos
13
propone a San José de la manera exacta, precisa
y absolutamente adecuada para que comprenda-
mos el lugar eminente que ocupa en los designios
providenciales.
La Palabra de Dios ha querido ocultarnos mu-
cho y develar muy poco de su excelsa figura. El
Misterio de Dios y sus designios, al mismo tiem-
po que se nos ofrecen para indagar sus sentidos
más hondos, deben ser respetados. Hay sitios in-
franqueables, hay lugares inaccesibles pero que,
por eso mismo, tienen también sentido. Y la fi-
gura de San José es uno de los signos más con-
tundentes de cómo Dios reserva sus Misterios.
Figura prácticamente elusiva, que escapa por
mucho a las reflexiones y pensamientos de los
hombres. A pesar de lo que se ha escrito sobre
él a lo largo de los siglos, siempre sigue perma-
neciendo, de manera fundamental, en lo oculto.
Las apreciaciones sobre San José, incluso siendo
válidas, solo pueden aydarnos a discernir, con
máxima precaución, lo insondable de una pre-
sencia como la del Santo Patriarca.
Tal vez, lo más paradójico de una reflexión
sobre San José es que nunca se trata del todo so-
bre él. Es muy posible –y hasta diríamos nece-
sario e imprescindible– que la mejor manera de
descubrirlo es contemplando y amando lo que
él contempló y amó. Porque su figura transpa-
renta otra, transparenta a Aquél por quien exis-
te y en quien todo su camino tiene sentido. La
ejemplaridad de San José no queda encerrada en
una enumeración reflexiva, más o menos explí-
14
cita o más o menos probada de virtudes, cierta-
mente necesarias y en muchos casos evidentes
para quien sabe mirar. Su ejemplaridad consiste,
definitivamente, en mostrarnos al Arquetipo ab-
soluto de todas las cosas.
La fuente más importante y detallada para co-
nocer a San José son los denominados Evangelios
de la infancia de Cristo; es decir, los dos primeros
capítulos de San Mateo y de San Lucas. De es-
tos dos evangelios, el primero es quien destaca
más explícitamente la figura de San José. Si bien
San Lucas acentúa más la figura de María Santísi-
ma, también allí encontramos aspectos de suma
importancia en relación con San José. Aparte de
estos capítulos, tenemos algunas referencias más
en los cuatro evangelios, pertenecientes ya a la
vida pública del Señor y que vuelven a ofrecernos
puntos de partida para la reflexión.
Agradezco, finalmente, a todos los que, de
maneras diversas pero con la misma dedicación
y afecto, contribuyeron a la redacción y publi-
cación de estas páginas. Desde ya los confío al
profundo y paternal corazón de San José. En
particular quiero expresar mi gratitud al Dr.
Eduardo Segura, por las palabras que, con tanta
generosidad, ha dedicado a la presentación de
estas reflexiones; por su cálida cercanía y cordial
amistad y por su testimonio constante sobre una
Belleza sin la cual el mundo no existiría.
Quiera Dios que la lectura de estas páginas
sean de provecho espiritual y que, de alguna ma-
nera que sólo Él conoce, nuestras almas sean tam-
15
bién cada vez mejores depositarias del Misterio
de Dios. La Luz habita en el corazón de San José;
que así también habite siempre en el nuestro.
16
I
Genealogías
C
uando San Mateo inicia su evangelio con
la genealogía de Cristo despliega ante
nuestros ojos un horizonte de incalcu-
lables proporciones en el orden del espíritu. Es
verdad que las genealogías bíblicas suelen resul-
tarnos, en muchos casos, poco significativas, de
relativa importancia o incluso de escaso interés:
un documento histórico cuya lectura no pare-
ce reportarnos más que una cierta información
monocorde y un tanto árida, sin mayores rele-
vancias. Pero es que, hasta esa monotonía tiene
una secreta hermosura, como una nota mante-
nida o una melodía arcaica con escasas variacio-
nes, aguardando ser resuelta en Cristo. Belleza
latente en una historia que el pecado deformó
y que solamente se reintegrará cobrando senti-
do en esa «sinfonía» (Le 15,25), concordia de-
finitiva de diversidad de voces que se escucha
en la Casa del Padre a la que Cristo nos hace
retornar. Aquellas cadencias en las que resuena
la historia anuncian ya el Cántico Nuevo, invita-
17
ción incontenible de las profecías antiguas cuyo
cumplimiento final se celebra coralmente en el
Apocalipsis.
La genealogía es el camino hacia Cristo y le
reconocemos un particular provecho en relación
con la verdad de la Encarnación: el Hijo de Dios
ha asumido realmente la naturaleza humana;
pertenece a una familia, tiene ascendientes deter-
minados e identificables, por más que muchos de
estos nombres sean por completo desconocidos
para nosotros. La naturaleza humana de Cristo
no es una ficción, no es una apariencia ni una fá-
bula ni una invención de los hombres, sino una
realidad concreta y vinculada a la historia de esa
humanidad a la que el Verbo de Dios ha redimi-
do y, por ese motivo, asumido.
Las características de la genealogía nos permi-
ten descubrir la singular posición de San José en
relación con dicho misterio de fe. Esta enumera-
ción de los antepasados de Jesús nos permite ver
no sólo que Jesucristo pertencece a un pueblo
específico, sino a una familia determinada. Jesús
es el descendiente de David por excelencia, con
la resonancia mesiánica que implica: el Mesías
iba a ser un hijo de David. Ese título, «hijo de
David» es una de las denominaciones que será
aplicada expresamente a Jesús, reconociendo así
su mesianismo de manera acorde a los anuncios
del Antiguo Testamento. Claro que no siempre
el mesianismo que los israelitas esperaban o le
atribuían tenía el sentido profetizado. La espe-
ranza mesiánica había experimentado corrup-
18
ciones o peligrosas distorsiones, al aguardar un
salvador puramente temporal que llevaría a cabo
una restauración mundana y no la redención del
pecado.
Por una parte tenemos entonces el relieve que
supone la verdadera naturaleza humana asumida
por Cristo y por otra, su filiación davídica, con
la significación mesiánica que conlleva. Estos
dos aspectos poseen en la genealogía ciertas pre-
cisiones por las que se esclarece mejor el sentido
del mesianismo de Cristo y la manera en que San
José está vinculado a la manifestación del Re-
dentor. Sin pronunciar palabra nos dice quién es
Cristo y a qué ha venido al mundo.
San Mateo abre esta magnífica puerta, al ini-
ciar su evangelio diciendo: «Libro de la generación
[Biblos geneseos] de Jesucristo, hijo de David, hijo
de Abraham» (Mt 1,1). Es verdad que presentará
a continuación la genealogía de Jesús; una signi-
ficativa selección en la lista de los ascendientes
del Señor, pero estas palabras iniciales nos dicen
mucho más que esto. Este es el título del evange-
lio. Todo el evangelio consiste en esta «génesis»
del mesías. De manera más directa, podríamos
decir que se refiere a los versículos que hemos se-
ñalado, pero de forma más profunda da inicio y
comprende la totalidad del Evangelio. Porque el
Evangelio es, realmente, un «Nuevo Génesis», es
el Libro dedicado al Nuevo Comienzo, a la Nueva
Creación, que es la Creación redimida en Cristo.
Pero lo es porque Jesucristo mismo es el Comien-
zo siempre antiguo y siempre nuevo.
19
Por eso, en cierto sentido el Evangelio es
previo al Génesis; precede al primer libro de la
Biblia. Es el libro del origen de Jesucristo y, al
mismo tiempo, de Jesucristo como Origen de
la Creación redimida. Es un modo más vela-
do de afirmar lo que dice San Juan al iniciar su
evangelio: «En el principio [arjé] era el Verbo»
(Jn 1,1). Y cada uno de los evangelios lo dice,
a su manera, porque, con tonalidades y énfasis
distintos, todos hablan de lo mismo. San Mar-
cos empieza así: «Comienzo [Arjé] del evangelio
de Jesucristo, hijo de Dios» (Mc 1,1). San Lucas,
por su parte, contiene una referencia similar en
el cap. 3, más difusa o menos visible, tal vez,
pero igualmente válida: «Y estaba Jesús comen-
zando [arjomenos]». En este caso se trata del
comienzo de su ministerio público, y es donde
San Lucas inserta la genealogía del Señor. En su
momento analizaremos el texto pero al menos
debemos señalar por ahora que ese comienzo
no es el mero inicio de una obra evangeliza-
dora, sino que insinúa a quien es el Inicio, el
Principio de todas las cosas. Hay una sutil pero
verdadera concordancia en los evangelios para
manifestar el carácter inaugural de la historia
de la salvación en Cristo, que da sentido a lo re-
velado en el antiguo Génesis. Los inicios de los
cuatro evangelios no son simples maneras de
abrir una narración, sino la expresión de quien
es el Principio. La narración dice, hace patente,
expresa a ese Principio. No es tanto el princi-
pio de un relato, sino el relato de un Principio,
20
la revelación del Principio. Y en torno a ese
Principio es que adquieren sentido los distintos
personajes y sucesos que integran la narración.
Es imprescindible afirmar esto si pretendemos
alcanzar –en el caso que nos ocupa en estas pá-
ginas– un conocimiento más profundo de San
José, figura vertebral en su relación con Cristo,
por estar situado de forma única en los abismos
del Amor Misericordioso de Dios.
El primer versículo del Evangelio de San Ma-
teo menciona dos personajes clave en la historia
de la salvación: David y Abraham. La filiación de
Jesucristo queda vinculada de manera preponde-
rante a estos dos grandes hombres, que ocupan
centros neurálgicos e indiscutibles en el Antiguo
Testamento. La explícita filiación davídica tiene
que ver con la condición real del Mesías, bajo el
título de «hijo de David». Y la filiación vinculada
a Abraham, si bien la vamos a comprender mejor
a partir del versículo segundo, ya nos proporcio-
na una aproximación al tema de la «Promesa».
Jesucristo, en definitiva, es el descendiente de
Abraham por excelencia y en él se cumplen las
promesas hechas al Santo Patriarca tantos siglos
atrás; promesas de Redención, de restauración
definitiva.
En concreto, la primera figura de la genealo-
gía es Abraham, tal como se indica en el v. 2:
«Abraham engendró [egennesen] a Isaac; Isaac,
engendró a Jacob; Jacob, engendró a Judá y a sus
hermanos». Toda la lista emplea este verbo en
voz activa; hay una acción que un sujeto deter-
21
minado y expreso realiza y al cual se le atribu-
ye. Y esa acción es engendrar en el sentido de
la paternidad. Destacamos esto porque encon-
traremos más adelante una sugestiva y hasta
imprevista excepción. Por el momento tenemos
un punto claro de partida en la genealogía: la
persona de Abraham. Y, además, es un padre
del cual San Mateo no hace constar ascendien-
te alguno. Como un punto de partida absoluto,
Abraham engendra, pero al eludir toda mención
a sus progenitores, es presentado como alguien
no engendrado. No porque no tenga padre, sino
porque hay una intencionalidad de ofrecer la
figura del Santo Patriarca como un principio,
como el origen de la genealogía. Abraham se
encuentra como punto original de lo que San
Mateo indica en el v. 1, o sea, de la genealogía
de Jesucristo, del origen del Mesías. El lector
sabe, desde el comienzo, que el punto final de la
genealogía es Jesús. No obstante, San Mateo nos
reserva una llamativa sorpresa, en un texto apa-
rentemente tan plano, tan carente de matices.
En el curso de la genealogía hay algunos ver-
sículos de especial significación en torno a la fi-
gura de San José, en particular porque aluden a
las madres de algunos de los miembros de la ge-
nealogía y, en último lugar, a la Madre de Jesús,
a la Santísima Virgen María. Veamos en parale-
lo los tres primeros de estos versículos:
22
«Salmón engendró a Booz, y la madre de [ek]
este fue Rahab. Booz engendró a Obed y la ma-
dre de [ek] este fue Rut» (v. 5).
«Jesé engendró al rey David. David engendró
a Salomón, y la madre de [ek] este fue la que
había sido mujer de Unas» (v. 6).
23
de engendrar, mediante una madre determina-
da. Pero además lo hemos destacado porque nos
encontramos con una gran diferencia en el v. 16,
dedicado a María Santísima y a San José. Veamos
la estructura de ese versículo y las diferencias que
tiene con respecto a los ya citados.
24
su Hijo todo el Antiguo Testamento, con sus lu-
ces y sombras, con su grandeza y las heridas de
un Pueblo desgarrado por el Pecado, encerrado
en una noche profunda, pero puesto así ante el
Mesías, ante el único que la puede despejar. Con
la genealogía de San Lucas, veremos todas las
consecuencias de un horizonte que comprende
a la humanidad entera, siempre bajo la figura del
Santo Patriarca.
San Mateo nos tenía reservada una sorpre-
sa que necesitamos comprender, precisando el
sentido: nos había dicho que presentaría la ge-
nealogía de Jesucristo (v. 1) y, de pronto, asis-
timos a un quiebre imprevisto, porque no llega
hasta Nuestro Señor sino hasta San José, quien,
obviamente, no es padre de Jesús por la carne.
Esto nos impone una indagación, necesaria y,
como veremos, muy fructífera, que comience a
abrirnos una puerta para delinear el lugar y la
importancia que ocupa San José en la historia de
la Salvación.
La línea genealógica se detiene en José, a quien
no se le aplica verbo alguno. El verbo engendrar
en el v. 16 lo encontramos en voz activa aplicado
al padre de José y en voz pasiva en relación con
María Santísima «de la cual fue engendrado Jesús».
A esta voz pasiva se sigue otro verbo más, tam-
bién pasivo: «ser llamado» en referencia a Jesús,
más directamente al nombre que se le impondrá.
Estas expresiones verbales remiten a un sujeto
activo de los mismos, que se encuentra tácito en
el versículo. No se nos dice quien engendra ni
25
quien impone el nombre. Es un versículo de una
notable densidad pero al mismo tiempo desplie-
ga un horizonte que nos introduce en el misterio
profundísimo de Dios. Y en ese misterio comien-
za a resplandecer la admirable presencia y misión
de San José.
Jesús, entonces, no tiene padre según la carne.
La expresión «fue engendrado», en este caso, no
remite a ningún padre, en tanto se refiere no a
la generación eterna sino a la temporal. El Hijo
de Dios procede del Padre y es eternamente en-
gendrado por el Padre como Persona divina, no
según su naturaleza humana. Dios Padre no es
padre de Jesús según la carne. Tampoco el Espí-
ritu Santo, como veremos en la segunda parte del
capítulo primero de San Mateo. Por lo tanto, la
paternidad de San José tiene características úni-
cas. Que no sea padre de Cristo por la carne no
significa que no lo sea de ninguna manera. Más
aún, la manera precisa en que José es padre de
Cristo nos revelará el sentido exacto de la condi-
ción mesiánica de Jesús. Y precisamente esto es
de máxima importancia.
Si San Mateo nos presentó al comienzo la
genealogía de Jesucristo y, siendo que tal ge-
nealogía termina en San José, el único modo
de resolver la aparente contrariedad es que el
modo en el cual todo lo que antecede a Cristo
se relaciona con él, tenga lugar de una manera
distinta al vínculo carnal. No hay certezas abso-
lutas con respecto a la ascendencia de la Virgen
María, pero suele afirmarse que en ella conver-
26
ge tanto la pertenencia a la tribu sacerdotal de
Leví, como a la Real de David. Por supuesto
que no cabe duda sobre la línea que se remonta
a Abraham. San Pablo afirma claramente que
Jesús desciende de David según la carne (Rom
1,3) y, en ese sentido, no puede referirse sino
a la genealogía de María Santísima, puesto que
José no es padre de Jesús por la carne. Por otra
parte, San Lucas menciona a Isabel, parien-
te de la Virgen, como descendiente de Aarón,
perteneciente a la tribu de Leví (Lc 1,5). De
todas maneras la interpretación se ha mostra-
do siempre proclive a situar a María Santísima
en la descendencia de Judá, aunque sin excluir
vínculos con la de Leví. Pero el punto es que la
línea paterna es la que se interrumpe en José y
esa línea es la clave en las genealogías bíblicas.
En un primer sentido, por la carne, la filiación
davídica de Jesús le viene de María, y la dimen-
sión legal, por José. No obstante, en un sentido
más profundo, la condición mesiánica de Jesús,
en la línea de la filiación davídica, es de índole
espiritual: el Mesías, siendo hijo de David es su-
perior a David, como Jesús lo señala. Y por eso,
tanto la maternidad de María como la paternidad
de José, siendo tan diversas, coinciden en mos-
trar que el vínculo fundamental está en el orden
del espíritu, en el ámbito de la Fe. Lo carnal y lo
legal, tal como lo acabamos de indicar, son reali-
dades ineludibles, pero siempre al servicio de lo
espiritual. Muestran la verdad de la Encarnación
y la legitimidad de heredar los derechos mesiáni-
27
cos, pero de una manera en la que, para quienes
tenían el corazón bien dispuesto, se vislumbra-
ba el Misterio de la Redención, a cuyo servicio
aquellos aspectos tenían sentido.
Por su parte, San Lucas expone la genealogía
de Cristo en el capítulo tercero y allí encontra-
mos mencionado al Santo Patriarca. Ya hemos
analizado la manera en que la propone San Ma-
teo, con la importancia que allí tiene su figura.
La genealogía que nos ofrece Lucas, si bien tiene
elementos en común con la del primer Evangelio,
evidencia algunas distinciones importantes. Al
margen de las diferencias en la lista de antepa-
sados del Señor, lo más distintivo es que se trata
de una genealogía ascendente y, por otra parte,
más universal que la de Mateo. La lista termina
diciendo «Adán, [hijo] de Dios» (Lc 3,38). Se re-
monta hasta los orígenes mismos de la humani-
dad y, definitivamente, hasta el Creador.
Lucas sitúa su genealogía en relación con el
inicio del ministerio público de Jesús, en torno a
los 30 años de vida del Señor (Lc 3,23). También
aquí, se alude a la genealogía de San José: «se lo
consideraba hijo de José; el de Helí». Prescindi-
mos de las discusiones acerca de las diferencias
de nombres. De todas maneras, ya desde tiempos
antiguos, proponiendo ciertos principios de so-
lución para comprender las diferencias con Ma-
teo, se entendió que ambos evangelios refieren
los antepasados de San José.
Hay una convicción, reflejada en el inicio del
texto acerca de la filiación de Jesús, relativa a
28
José. Ante los ojos de los hombres era su hijo por
la carne; el misterio de la Encarnación del Verbo
quedaba así oculto a los profanos. De hecho, en
otros pasajes evangélicos, la referencia a Jesús se
hace mediante la expresión «el hijo del carpinte-
ro». No obstante, Lucas quiere evocar ese miste-
rio, de manera acorde a lo ya señalado en el relato
de la Anunciación. Y así reafirma la importancia
de la ascendencia del Santo Patriarca.
Toda la historia humana queda, entonces,
comprendida en el amplísimo marco trazado en-
tre Adán y San José. De esa manera San José ter-
mina siendo el depositario, no solamente de las
promesas hechas a Abraham (como en Mateo),
sino de la humanidad en su conjunto. Según al-
gunos intérpretes, habría que ver incluso, toman-
do el inicio y el fin de la lista, la denominación
de Jesús como Hijo de Dios. En cualquier caso
nos interesa subrayar cómo la Creación y la filia-
ción, obra de Dios, recaen en San José, quien, de
acuerdo con el conjunto de pasajes ya vistos, se
constituye en destinatario fidelísimo de esa his-
toria, para transferirla espiritualmente al Mesías;
para que la historia de los hombres sea redimida,
definitivamente restaurada.
Ese tesoro salido de las manos de Dios, oscu-
recido y deformado por el Pecado, llega hasta los
brazos paternales de San José, y él lo presenta y
lo ofrece a Jesús, porque Jesús ha venido a ocu-
parse de los asuntos del Padre celestial, pero esa
tarea le es encomendada, desde el significado
profundo de la genealogía, por su padre virgi-
29
nal. De acuerdo con esa sorpresiva afirmación
de Jesús a los doce años en el Templo, San José,
receptor de la historia de los hombres, es quien,
al ejercer su paternidad en Cristo, también se
ocupa de los asuntos del Padre. No puede ocu-
parse del Hijo, sin ocuparse del Padre. Dedicar
su vida a Jesús es dedicarse a aquello para lo cual
y por lo cual Jesús ha venido al mundo. A ese
mundo concreto, expresado en la larga lista de
generaciones que lo precedieron. Los nombres
resuenan en nuestros oídos, con esa bella mo-
notonía oriental. Hay quienes se han dedicado,
como también en el caso de la genealogía de San
Mateo, a tratar de identificar los personajes ex-
presados en aquellos nombres. A comparar las
listas y sacar algunas conclusiones sobre la his-
toria. Es un intento comprensible y para nada
reprochable. Pero tal vez se corra el peligro de
quedar sólo en la superficie.
José no es el padre de Cristo por la carne, pero
le entrega la carne para que sea elevada por el Es-
píritu. Ya hemos apuntado este hecho. Jesús no
asume la naturaleza humana por San José, pero,
por él –en cierto sentido al menos– recibe a la
humanidad toda. El vínculo de Dios con Adán
no es, obviamente, por la carne sino por el acto
creador, en primer lugar, y, por supuesto, por la
elevación de la gracia. Así, en los dos extremos de
la línea genealógica nos encontramos con víncu-
los que superan lo carnal, que son de otra índole.
Dios crea al hombre por amor y Dios lo redime
del pecado, reanudando ese lazo del amor que-
30
brantado. La carne queda circunscripta por el es-
píritu, porque solamente así podía ser salvada. La
historia humana ha sido encerrada en los lazos
del amor misericordioso del Padre, expresado en
Cristo.
31
32
II
Carne y Espíritu
C
on mucha sutileza en la primera página
de San Mateo subyace un tema capital: la
genealogía establece o expresa un vínculo
de primordial importancia, puesto que nos habla
de la paternidad y la filiación: lo genealógico nos
sitúa frente a la relación paterno filial, fundada,
a su vez, en el vínculo esponsal, en el vínculo del
amor constitutivo de la esponsalidad. De hecho,
San José es presentado allí como Esposo. Con esta
sencilla afirmación ya intuimos estar en presen-
cia de una realidad estructural en la revelación
bíblica y, por ende, en la historia de la salvación.
El tema podemos rastrearlo remontándonos al
libro del Génesis cuando Dios, al crear a nuestros
primeros padres, Adán y Eva, les confiere la fe-
cundidad: «sed fecundos y multiplicaos». Aquella
primera pareja humana solamente se entiende,
en su significación definitiva, a la luz del víncu-
lo de nupcialidad que nos ofrece el Apocalipsis
en aquella espléndida imagen de las Bodas del
Cordero: las de Cristo y la Iglesia. Decíamos más
33
atrás que el Génesis antiguo es reflejo del Nuevo
Comienzo constituido por el Evangelio. Y lo que
tiene lugar en el Evangelio se expresa, en todo su
esplendor, en el último libro de la Biblia. Lo últi-
mo es también lo primero, porque Jesús es Alfa y
Omega, Principio y Fin (Ap 21,6; 22,13; 1,6). Él
mismo es ambas cosas. El Génesis siempre mira
al Apocalipsis; el comienzo es comienzo porque
tiende a ese fin último a cuya imagen se configu-
ra. Alguien escribió una vez que el «hágase la luz»
del Génesis es expresión de esa Luz definitiva del
Apocalipsis. Como si un relámpago infinito atra-
vesara de golpe la historia entera y esa luz inicial
y final coincidieran. Porque la luz del Apocalipsis
es Revelación de Jesucristo y, sólo en Él, Reve-
lación del sentido último de todas las cosas. Las
cosas han sido creadas para eso, para brillar con
la luz del Cordero, participando de su Amor. Y
por eso, en el Génesis, la creación de la luz es la
primera victoria sobre la tiniebla, sobre las som-
bras que envuelven al mundo. Y es la fecundidad
espiritual de las Bodas del Cordero lo que extrae
el sentido de toda esponsalidad auténtica.
No es casual que el Apocalipsis sea, en rea-
lidad, un libro donde el Amor ocupa el lugar
preponderante: es el libro del Amor definitivo,
pleno, fiel, fecundo y eterno de Dios por los hom-
bres. Ese es el tema, porque el tema es Cristo, por-
que esa esponsalidad está sellada en su Sangre,
una Sangre derramada por pura misericordia. Se
trata del Amor que se da a conocer; que deve-
lándose integra a la creación entera en el abrazo
34
definitivo. Por eso hay allí persecuciones y catás-
trofes de toda índole, porque el Amor es Luz. Y
esa luz nos permite ver el mundo como realmen-
te el mundo debe ser visto. La oscuridad rechaza
la luz, quiere apoderarse de ella para extinguirla,
como lo subraya magistralmente San Juan, ini-
ciando su evangelio. De allí las persecusiones, la
agresividad contra los santos, contra los que son
«luz del mundo» y «sal de la tierra». El Apocalip-
sis es un Libro de Consuelo, pero no es un libro
de autoayuda. Y si consuela a los cristianos, de
aquel tiempo y de todos los tiempos, es a causa
del Amor que allí se hace tan patente como nun-
ca. Consuela porque la Luz triunfa.
Los vínculos de la carne están al servicio de
los vínculos del espíritu, porque provienen del
espíritu: es el amor esponsal el que se encuentra
en la raíz de la filiación, del linaje, de la descen-
dencia. Lo espiritual se expresa en la carne, y la
carne sólo tendrá el lugar que le corresponde
a la luz del espíritu. Uno de los problemas más
graves del Israel pecador, fue desvincular ambas
dimensiones. Los fariseos se proclamaban «hi-
jos de Abraham» confiriendo a esa filiación una
carnalidad absorbente del espíritu: la carne se
pervirtió pretendiendo volverse salvífica por sí
misma, en la torcida mentalidad farisaica. Esto
lo decimos de la filiación, pero también se puede
decir de la Letra de la Escritura, en la manera en
que aquellos hombres la leían, y tristemente mu-
chos siguen leyendo así: letra sin espíritu, una de
las grandes denuncias de San Pablo. La letra sin
35
espíritu es letra sin alma, sin vida: letra muerta
que da muerte. Y eso en realidad sucede, porque
esa ausencia del Espíritu de Dios es reemplazada
por otro espíritu: por eso se vuelve engañosa y
fatídica. El Demonio usó la Escritura para tentar
a Cristo, dejando la Letra y cambiando el espí-
ritu. Y, si lo queremos ver, continúa sucediendo.
Con la carne sucede lo mismo: el Israel pecador,
al carnalizar los vínculos de salvación, se separó
de la Vida; creyendo estar vivo en realidad está
muerto. El mismo San Pablo dirá, con toda ra-
zón, que «no todos los descendientes de Israel son
Israel» (Rom 9,6) haciendo patente estas oposi-
ciones corruptoras.
Este tipo de carnalización radica, probable-
mente, en el naturalismo, en tanto se trata de una
salvación sin Dios, sin orden sobrenatural y, por
ende, basada en las meras fuerzas de la naturale-
za. En el fondo, es la elevación de la naturaleza
por sí misma. El Pecado Original es la muestra
más trágica y más explícita. De hecho, el fariseís-
mo –el de ayer y el de siempre– anhela un mesías
carnal, temporal, intramundano, humanamente
victorioso. Esa esperanza mesiánica corrompi-
da era la que podía ser atribuida a Jesús y, por
eso Nuestro Señor evita ser identificado como
un mesías de tal clase. Desde el episodio de las
tentaciones en el desierto, el Demonio pretendió
torcer el sentido del mesianismo de Cristo, más
que eliminarlo, y será en el Calvario donde el ver-
dadero mesianismo del Señor despejará los fal-
sos horizontes que el Enemigo procuró desplegar
36
ante Él. La Cruz es el golpe más fuerte a la carne,
y al mismo tiempo, la manifestación más rotunda
y contundente del lugar que la carne ocupa, ayu-
dándonos a evitar el extremo contrario consis-
tente en un falso espiritualismo. El Hijo de Dios
asumió la carne y solo así la carne fue instrumen-
to de Redención: el Sacratísimo Cuerpo y Sangre
de Cristo, ofrecido en sacrificio al Padre para sal-
vación del mundo.
Si volvemos a las tentaciones en el desierto
–un acontecimiento siempre y absolutamente
iluminador del Nuevo Testamento– en relación
con nuestra temática, tal vez podríamos descu-
brir en las dos primeras sendos extremos: la car-
ne sin el espíritu (vivir sólo de pan y no de la
Palabra de Dios) y el espíritu sin la carne (usar
de lo divino, despreciando lo humano, tentando
a Dios, buscando la vanagloria espiritual). En la
tercera confluyen las dos primeras: la carnalidad
mundana idolatrando al Espíritu del Mal, dando
las espaldas al Dios Verdadero, cuando el De-
monio promete prosperidad temporal y preten-
de ser adorado para, de esa manera, desvincular
al hombre de Dios y también, por consecuencia,
arruinar su naturaleza.
Es imposible atentar contra el vínculo espiri-
tual con Dios sin que ello redunde en una per-
vesión de la carne. Siempre ha sucedido así, pero
nuestra época es más que significativa al respecto.
Mientras la rebeldía –explícita o solapada– contra
Dios llega a extremos inauditos, se pretende mos-
trar una promoción del hombre que, en realidad,
37
es la más abyecta esclavitud. El Demonio jamás
fue un humanista, sino seductor y homicida des-
de el principio. Muestra apariencias de prosperi-
dad humana, mediante leyes, costumbres, pautas
de conducta, convicciones de diversa índole y
ámbito, mientras extiende el caos en profundi-
dades que no siempre queremos ver o reconocer.
Es paradójico que épocas de grandes negaciones
y atentados contra lo auténticamente espiritual,
supuestamente en pro de la naturaleza, terminen
siendo propicias para las más graves perversiones
de la propia naturaleza. Donde se excluye a Dios,
estará presente el Espíritu del Mal. No existen si-
tuaciones neutrales al respecto. La época menos
espiritual es la más inhumana, por más disimu-
los y apariencias que intenten ocultar esa triste
realidad. No es casual tampoco que proliferen así
falsas espiritualidades, nefastos sucedáneos del
vínculo de Caridad con Dios.
Encontramos en el Génesis la forma en que
dos clases distintas, opuestas e irreconciliables de
linajes, convergen a lo largo de la historia. Lue-
go de cometido el Pecado Original, Dios sale al
encuentro del hombre y dice a la serpiente que
pondrá enemistad entre su linaje y el linaje de la
mujer. Y lo expresa en términos de conflicto y de
victoria por parte del linaje de Eva, por supuesto,
en su Descendiente por excelencia, Nuestro Se-
ñor Jesucristo. La descedencia de Eva constituía
un linaje herido por la Falta Original, y sería res-
taurado por un Descendiente que lo asumiría sin
contraer el pecado y, por la gracia, haría partíci-
38
pes del Reino de los Cielos a quienes aceptaran la
Redención, triunfando así sobre el poder del Mal.
Por eso también es tan importante la mención a
la genealogía de Cristo en el inicio del Evange-
lio de Mateo: el Hijo de Dios asume la naturaleza
humana redimiéndola del pecado mediante su
Sacrificio en la Cruz.
Pero igualmente es un linaje en conflicto.
Cuando se la denomina a Eva como «Madre de
los que viven» ello esconde un drama: es la Ma-
dre de los que viven pero morirán. La vida misma
contiene, después del pecado, esa tragedia. Ma-
ría Santísima, en cambio –a quien se refiere esa
antigua profecía del Génesis– será la Madre de
aquellos que, aunque mueran, vivirán, como lo
señalará Jesús al referirse a los que en Él crean.
Sólo la Redención puede introducir en la Histo-
ria semejante fuerza, de tal manera que revierta
lo que el pecado engendró.
Y aquí nos encontramos con el otro linaje, el
tenebroso linaje de la serpiente. Su mera deno-
minación nos estremece. Pero sabemos que es un
linaje fracasado, cuya caída final anuncian los
Libros Sagrados. Basta leer el Apocalipsis, donde
la destrucción aquí concisamente anunciada se
mostrará con los rasgos solemnes y definitivos.
Es un linaje de índole diversa comparado con el
de Eva. En cualquier caso, siempre es espiritual,
puesto que la carnalización es, en definitiva, una
actitud espiritual, una perversión del espíritu,
como recién dijimos. Por ese motivo, de la ser-
piente procede una descendencia, tal como lo
39
indica el Génesis; un linaje caracterizado por ese
intento, constante e incisivo, contra los hijos de
Eva: reducir el vínculo de salvación a un víncu-
lo por la carne. En cierto modo, si bien es difícil
precisar los contornos exactos de la afirmación,
el linaje de la serpiente procura esa reducción en
el de Eva. La antigua tentación de un Paraíso ex-
clusivamente en este mundo. Como lo señalara
agudamente Dostoievski «la torre de Babel, que
se construyó a espaldas de Dios, no por alcanzar
el cielo desde la tierra, sino por bajar a la tierra
el cielo»1. No es causal que el Demonio preten-
da que Cristo sea el Mesías mundano y no el Re-
dentor. Hasta el mismo Pedro sucumbirá a esa
tentación, al reprender a Jesús cuando anunció
la Pasión y la Muerte: «lejos de ti Señor semejante
cosa» (Mt 16,22)
Jesucristo, reaccionando contra las pretensio-
nes farisaicas que reclamaban una filiación inclu-
so divina para ellos («somos hijos de Dios») pone
en evidencia la trágica realidad de esa filiación
tenebrosa: «vuestro padre es el diablo» (Jn 8) les
dice con una inaudita contundencia. Así identifi-
ca con exactitud esa descendencia de la serpiente,
presente y actuante en el fariseísmo, su expresión
más grave aunque frecuentemente menos visible,
tanto ayer como hoy.
Así pues, el tema genealógico evidencia una
problemática de fondo. San Pablo abundará en
detalles aludiendo a tales asuntos, en razón de las
1
F. Dostoievski, Los hermanos Karamazov, Lib. I, cap. V.
40
consecuencias que de allí se siguen; básicamente
afirmar o negar el valor salvífico de la Redención
por el Sacrificio de Cristo. Si la mera Ley salva, o
la mera Letra o la mera Carne, entonces Cristo
ha muerto en vano. Y no parece ser una tenta-
ción exclusiva de una época o de una coyuntura
histórica pretérita: su actualidad es abrumadora
y patente ante los ojos de quienes lo quieren ver.
Aun cuando nos suene extraña la expresión,
es verdad lo que algunos maestros han señalado:
que no vivimos en un mundo ateo, sino en un
mundo religioso, pero de una religiosidad co-
rrompida. No le es posible al hombre evadirse de
su condición religiosa, pero tiene la triste posibi-
lidad de deformarla. Los altares no han desapare-
cido, sino que están en ruinas, como lo señalaba
Jünger: «De los altares olvidados han hecho su
morada los demonios»2. Los altares representan
la espiritualidad, que se expresa en el culto. El
hombre siempre rinde culto, no puede evitarlo.
Será al Dios verdadero o a los vanos ídolos, en-
tre los que se cuenta el mismo hombre, tal vez
el más funesto de los ídolos. Siempre tiene un
padre, siempre es hijo, pero de la naturaleza de
esa filiación depende su auténtica plenitud, o su
lamentable destino. No nos habla de otra cosa la
Escritura, cuando propone, de mil maneras dis-
tintas, que solamente hay dos caminos.
2
E. Jünger, Hojas y piedras (1934), citado en H. Graf Huyn,
Seréis como dioses, Cap. II, n° 9 (p. 47).
41
42
III
S
an Mateo da a conocer al lector lo que des-
pués será revelado a San José por interme-
dio del Ángel. Terminada la genealogía, el
evangelista concentra nuestra atención en el mo-
mento central de la historia:
43
prender la posterior reacción de San José ante
el misterio que comienza a vislumbrar en María
Santísima y, por ende, en su propia vida. Em-
pieza a despuntar con intensidad el sentido de
su misión en la historia. Era costumbre en Is-
rael distinguir dos etapas en la celebración del
matrimonio. Los desposorios no constituían un
mero acto de compromiso, una simple prome-
sa de, eventualmente, contraer matrimonio. El
desposorio era ya la celebración válida del ma-
trimonio, que luego se completaba cuando el
esposo conducía a la esposa a su casa. Un hijo
concebido entre el desposorio y la vida común
era, estrictamente, legítimo y, si el esposo no era
el padre del niño la esposa podía ser acusada de
adulterio. Igualmente el fallecimiento del espo-
so, incluso en esa etapa previa a la vida común,
ponía a la desposada en situación de viudez.
Es verdad que, para nosotros, el dato revelado
por San Mateo nos ilumina desde el comienzo:
ese Niño concebido en las entrañas purísimas
de María es el Hijo de Dios. La concepción
«por obra del Espíritu Santo» alude al misterio
de la Encarnación. El evangelio de San Lucas
desarrolla el acontecimiento con detalle en las
palabras del Ángel a la Virgen María. La Con-
cepción de Jesús es de índole sobrenatural; sin
intervención de un padre humano, sino por una
acción singularísima de Dios en la Virgen Ma-
ría. Ya hemos visto en el final de la genalogía
de Mateo esa llamativa ausencia de padre en la
concepción de Cristo.
44
María concibe realmente a Hijo de Dios, pero
la perspectiva del texto está más centrada en que
«se encuentra» encinta. La idea es más pasiva que
activa: no es tanto el acto de concebir –necesa-
riamente implicado– sino que el evangelista des-
taca sobre todo el hecho de que María Santísima
se ve a sí misma, objetivamente, en una situación
distinta, se «descubre» (eurethe) encinta por la
obra admirable de la misericordia de Dios. San
Mateo parece remitirnos principalmente a la
acción divina. Hay causalidad humana porque
María es verdadera Madre (el «ek» aplicado a
ella, de acuerdo al v. 16), según la carne, pero
prevalece la causalidad divina: la obra de la En-
carnación es algo eminentemente divino (el «ek»
aplicado al Espíritu Santo según el v. 18). Es im-
portante porque la Encarnación no puede tener
como causa primera lo humano sino la acción
de la Santísima Trinidad, pero, por otra parte, la
causalidad humana de María Santísima la hace
verdaderamente Madre de Dios: tiene lugar una
concepción real, física y objetiva, en sus purísi-
mas entrañas.
La manera en que San José procede en relación
con el misterio de la Encarnación del Verbo en
la Virgen es importantísima y, al mismo tiempo,
profundamente reveladora de su corazón y de su
misión. Tal vez sea innecesario aclararlo, pero
nos parece oportuno ratificar que San José no tie-
ne duda alguna acerca de la santidad de su esposa.
Sus especulaciones, sus reflexiones interiores, sus
profundos pensamientos no se refieren al com-
45
portamiento de la Virgen María, sino que son de
una índole completamente diversa. Lo que San
José evalúa con exquisita prudencia, es cómo
proceder ante semejante y abrumador misterio
obrado en María.
En primer término el texto nos ofrece una
identificación imprescindible sobre San José, al
decirnos que «era justo [díkaios]». La «justicia»
en la Sagrada Escritura es un atributo de máxi-
ma nobleza y dignidad. «Justo» es el hombre
que, por obra de Dios, se comporta de manera
acorde a su voluntad, de forma agradable a Él.
Suele equipararse al término «santo» en un len-
guaje más comprensible para nosotros. No se re-
duce a una cuestión legal, sino que, la semejanza
divina causada por la justificación en el hombre,
implica necesariamente la misericordia. En la
Biblia no existe la justicia auténtica separada
de la misericordia: el justo es misericordioso y
el misericordioso es también justo. De hecho, la
pretendida «justicia» de los fariseos estaba, por
principio, desligada del Amor que debía funda-
mentarla. De allí las severas críticas y denun-
cias del Señor contra ellos. En otros términos,
sería como pretender una santidad sin caridad,
cuando la caridad es, en realidad, el constitutivo
esencial de la santidad.
Donde la misericordia está ausente, la justicia
también lo está. En la magistral parábola de los
obreros de la viña (Mt 20,1-16), el problema es-
piritual de los de la primera hora es que el pro-
ceder del propietario les parece injusto porque,
46
en realidad, se han vuelto incapaces de percibir
la misericordia. No advierten que podrían no
haber sido llamados, no ven que todo es, en de-
finitiva, un don de Dios, que lo que han hecho
durante todo el día ha sido, no tanto un trabajo
como un regalo. Si el propietario es Dios, no ne-
cesita trabajadores. Si establece alianza con ellos
es por el bien de ellos, es porque los ama y sabe
que, al margen de la Alianza, nada pueden hacer.
Ellos no ven la misericordia y por eso tampoco
podrán conocer la justicia. La noción de Alian-
za, una de las más importantes del Antiguo y del
Nuevo Testamento, implica la misericordia como
raíz. La Alianza tiene aspectos jurídicos porque
se funda en el Amor misericordioso de Dios. Lo
que verdaderamente le confiere estabilidad a la
Alianza no es la Ley sino el Amor.
El objeto de las deliberaciones de San José es,
entonces, cómo proceder frente al impactante
misterio de fe que ahora lo invade. Él tiene la cer-
teza de que ese Niño concebido no es una obra
humana sino divina. Le consta que él no es pa-
dre del Niño y, sobre todo, que la Virgen María es
absolutamente impecable. Por lo tanto, lo engen-
drado en ella, debe serle atribuido a Dios. Sólo
con las palabras del Ángel, San José será confir-
mado en la Fe y se le explicitará así el misterio de
la Encarnación del Verbo, hecho que no puede
conocer sino por expresa Revelación. Pero, por lo
pronto, no tiene dudas acerca de que una miste-
riosa acción divina se ha realizado en su Esposa.
Dios ha intervenido de manera decisiva en ellos
47
y sólo resta aguardar que, de alguna manera aún
desconocida, le sea revelado qué hacer ante mis-
terio tan sublime.
Aunque han sido estudiadas y son muy cono-
cidas las posibilidades que se abrían ante el Santo
Patriarca y que habrán ocupado su pensamiento
hasta la revelación angélica, conviene hacer una
breve alusión a ellas. Pero antes, no debemos pa-
sar por alto el silencio de María Santísima y el si-
lencio de San José, especialmente sobre este tema,
sobre este asunto, el más importante de sus vidas.
Es verdad que los evangelios no describen todos
los acontecimientos, y no consta diálogo alguno
entre María y José sobre la concepción del Ver-
bo de Dios. De hecho, las deliberaciones de San
José son un signo muy concreto y muy preciso de
que, por parte de María Santísima, no ha recibido
el anuncio de la Encarnación. La Virgen podría,
eventualmente, haber señalado a San José, al me-
nos un atisbo de lo sucedido con la aparición del
Ángel Gabriel. Sin embargo, su silencio es abis-
mal. Así como ella conoce perfectamente a su Es-
poso, él también advierte que, de alguna manera
inefable, María integra el plan de Dios y debe y
sabe respetar absolutamente su silencio. No sólo
hay silencio, sino un profundo respeto por el si-
lencio. El amor auténtico sabe esperar, aún cuan-
do las luces habituales ya no brillen.
Son dos silencios admirables. Pero, en el fon-
do, es sugestivo pensar que no es necesario que
María diga nada a José, ni que él pregunte nada a
su Esposa. La comunión espiritual entre ellos no
48
requiere palabra alguna cuando es el misterio de
Dios quien, de manera tan aguda, se abre paso.
Hasta sería precipitado y vano, tal vez, imaginar
la existencia y el contenido de posibles conversa-
ciones entre ellos, sobre este tema. Todo esto es
demasiado grande para aventurar conjeturas. No
nos ha sido revelado todo el Misterio, y debemos
respetar ese límite.
María y José aguardan las explicitaciones de
sentido de lo que Dios ha obrado. Es un silencio
escuchante, un silencio de apertura a un misterio
que excede, infinitamente, a cualquier creatura.
Tal situación no es un rasgo tangencial, sino que
vertebra, a su modo, la dirección narrativa, la
tensión dinámica en cuanto a la actitud profunda
de sus personajes, mostrándonos cómo se vive
ante Dios, ante sus enigmáticos designios y sus
insondables caminos. Y no pensemos que se trata
de ignorancia, sino de la más perfecta sabiduría.
No en vano la Escritura señala como uno de los
signos de sabiduría el saber guardar silencio en el
momento oportuno.
Es habitual considerar tres posibles caminos,
abiertos ante el Santo Patriarca, en orden a su
decisión. El primero es recibir a María comple-
tando la celebración solemne de las bodas en su
casa, y asumiendo la paternidad legal del hijo en-
gendrado en ella. El segundo, redactar y entregar
al tribunal una declaración de repudio. El terce-
ro, dejar secretamente sin efecto el compromiso
y retirarse sin alegar motivos. Son tres posibilida-
des, pero de muy diverso valor, de tal modo que
49
San José perfila una posible decisión admirable-
mente bien.
El primer caso, en sentido estricto, no caía en
absoluto por fuera de la legalidad. Como lo seña-
lan los estudiosos de esta situación, el tiempo en-
tre desposorios y vida común se consideraba ya
matrimonio válido y, por ello, un hijo allí conce-
bido era legítimo. Bastaría con que San José nada
dijera acerca del misterio que conocía, asumien-
do simplemente la paternidad legal. Pero al res-
pecto hay dos obstáculos relevantes: en primer
término la posible infamación de María, puesto
que, de conocerse el embarazo antes de llevar
vida común, incluso suponiendo que San José
fuera el padre del niño, no sería algo bien visto.
Ambos eran muy respetuosos de las costumbres
israelitas y el hecho de un embarazo en la eta-
pa intermedia entre desposorio y vida común en
casa del esposo, arrojaría una sombra de duda en
quienes desconocían el misterio que allí estaba
sucediendo. Es interesante, al respecto, la opinión
de Santo Tomás, fundado en San Juan Crisósto-
mo, con la que se evita todo tipo de infamación a
María Santísima, sugiriendo que la Virgen María
ya vivía en casa de San José en el tiempo de su
embarazo. Si la Virgen, al tiempo de la notorie-
dad de su condición de encinta no hubiera vivido
en casa de José, habría despertado, en todo caso,
sospechas en el pueblo. Obviamente no era bien
visto –sino todo lo contrario– que una desposada
que todavía no llevaba vida común se encontra-
ra embarazada. Por eso dice Santo Tomás que es
50
más acorde con el Evangelio la opinión de que, al
momento de la notoriedad del embarazo, ya vi-
vía en casa de José, obviamente sin tener relación
conyugal con él. De hecho, el texto bíblico de la
revelación del Ángel a José, que habitualmente
encontramos traducido como «Al despertar, José
hizo lo que el Ángel del Señor le había, ordenado:
llevó a María a su casa» (Mt 1,24), no menciona
la casa del Santo Patriarca sino que dice simple-
mente «recibió [parélaben] a su mujer». Según la
autoridad del Crisóstomo refrendada por Santo
Tomás, las palabras del Ángel tienen este sentido:
3
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, Q. 29, art.
2, ad 3.
51
El segundo caso, siendo estrictamente posible,
es por completo incompatible con la justicia de
San José, porque implicaría la infamación públi-
ca de María Santísima. La declaración de repu-
dio hecha ante el tribunal no suponía de modo
necesario la condena por adulterio ni la pena de
lapidación. Pero sin lugar a dudas hubiera sido
una exposición pública muy negativa de la Vir-
gen, quien, siendo Purísima, podría ser conside-
rada una pecadora. La justicia misericordiosa de
San José le impide semejante acción legal sobre
su Esposa. Pero no es sólo por evitar la publici-
dad infamante que supondría tal acción, sino –y
esto es lo verdaderamente importante– porque le
consta con la más aboluta certeza la santidad de
María y, por ende, de algún modo, todavía igno-
rado, la intervención divina en Ella.
Proceder con la denuncia pública implicaba
una negación de esa perfección humana y sobre-
natural y un desconocimiento o falta de atención
sobre la obra de Dios. Este camino, entonces, era
ciertamente inviable y, en ningún caso pudo ser
considerado como posibilidad por el propio San
José. Por eso dice el texto que «no quería denun-
ciarla públicamente» (Mt 1,19)4. La expresión del
evangelista comprende algo más –e incluso algo
diverso– que la mera denuncia ante un tribunal
público: en realidad es que San José pretende, por
todos los medios, evitar cualquier clase de exposi-
4
El verbo griego es deigmatizo y significa «exponer», «exhi-
bir» y, con sentido negativo, «infamar».
52
ción pública para María, que pudiera sembrar en
el pueblo la más mínima duda de su santidad. En
el fondo se trata de custodiar ese misterio inefa-
ble realizado en su esposa. Lo que ha sucedido es
demasiado importante, un tesoro demasiado pre-
cioso, aunque incomprensible y enigmático, de-
masiado íntimo y reservado en la hondura de los
corazones, como para darle publicidad, como para
exponerlo a la opinión publica. No es que José se
guíe por lo que dicen o podrían decir los demás,
es que no puede exhibir lo que debe permanecer
oculto hasta que Dios mismo lo haga manifiesto.
Y esto, nos parece, es lo que vale la pena des-
tacar, el fundamento que lo lleva a las considera-
ciones sobre su proceder: San José es el custodio
fidelísimo del Misterio de Dios. No estamos en
presencia de deliberaciones jurídicamente ade-
cuadas o respetables, o de un ejercicio de mera
prudencia humana ante tan singular situación.
San José es aquél varón justísimo en quien Dios
deposita el insondable misterio de la Redención.
Lo que él ve, en primer lugar, es ese Misterio, que
al mismo tiempo que lo sobrecoge y lo supera, le
es familiar, tan cercano como trascendente, tan
abrumador como extrañamente simple.
Por lo dicho, la única posibilidad real para San
José, teniendo en cuenta estos aspectos de tan-
to relieve en torno al misterio de lo realizado en
María, como así también la propia justicia del
Patriarca, es dejar sin efecto el desposorio pero
de manera privada y retirarse sin alegar motivos.
Al retirarse disolvería implícitamente el compro-
53
miso, no quedaría infamada su esposa y evitaría
asumir una paternidad tan particular y humana-
mente inexplicable. El texto bíblico dice: «que-
riendo dejarla [apolysai] en secreto» (Mt 1,19). En
realidad la idea parece ser liberar a la Virgen de
su compromiso, pero evitando todo tipo de moti-
vación pública y hasta la más mínima sombra de
duda sobre Ella5. Siempre el rasgo clave y la pauta
de comprensión de tales actitudes es la apertura
al accionar divino, la más absoluta receptividad
del plan de salvación, la disponibilidad total, in-
cluso ignorando las precisiones que el Ángel le
proporcionaría después.
Pero además, la reacción de San José es im-
portantísima como revelación, y lo es por dos
motivos principales. En primer término por tra-
tarse de un testimonio decisivo sobre la santidad
de María. Si no le hubiera constado tal santidad,
la justicia lo hubiera inclinado a redactar el acta
de repudio. Por otra parte, es también un nota-
ble testimonio del Misterio del Hijo concebido,
puesto que aquella justicia, templada por la mi-
sericordia, hubiera hecho que San José aceptara a
María y al Niño en sus purísimas entrañas. Pero
hay un misterio que lo supera, que lo introduce
en el ámbito de lo divino, frente al cual solo resta
dejar obrar a Dios.
5
El verbo que usa Mateo es apolyo, cuyo significado es «sol-
tar», «liberar», «disolver». Las traducciones suelen proponer:
«abandonar, «repudiar», pero esas palabras, a nuestro enten-
der, tienen connotaciones negativas no pretendidas en el vo-
cablo griego.
54
Con los precedentes ya señalados, llegamos a
un momento clave en la narración. El Santo Pa-
triarca ha dejado todo dispuesto, de la manera
más acorde al plan divino de salvación, aún sin
conocerlo expresamente, pero intuyendo en la
Fe su Presencia. Como lo da a entender el tex-
to, estando en medio de sus meditaciones y sin
haber todavía ejecutado la decisión a la que se
inclinaba, recibirá el Anuncio de la Encarnación
del Verbo. San José ha ingresado así en una densa
oscuridad, como Abraham en el Antiguo Testa-
mento. No debemos perder de vista esa densi-
dad. Indudablemente se trata de una prueba muy
grande para él. Pero sabe que hay Alguien que
sabe más, y en Él deposita su confianza. Dios ha
querido que experimente esa oscuridad. Era ne-
cesario como lo había sido precisamente también
con Abraham –con las diferencias y similitudes
del caso– en el momento culminante de su vida,
puesto a prueba por Dios al ordenarle el sacrifi-
cio de Isaac.
Dios parece así, llevar al límite a sus elegidos.
Porque, en realidad, no existe otra manera de
ingresar a ese Misterio de Salvación. El Reba-
ño puede atravesar por los sombríos valles de
la muerte, porque el Pastor va adelante, porque
conduce en ese Camino que es Él mismo, a ha-
bitar eternamente en la Casa de Dios. Pero esos
valles no son una circunstancia más, sino el paso
necesario para llegar a la Luz: sin muerte no hay
resurrección; no hay redención sin sacrificio. Y
el modo en que Cristo nos redime estará siempre
55
reflejado en los santos que recorren, por eso, el
mismo camino.
San Mateo destaca la preeminencia de San
José en estos misterios salvíficos. Muy interesan-
te también es la manera en que presenta a María
Santísima, en perfecto silencio, en un elocuente
segundo plano que sirve, a lo largo de toda la
narración, de horizonte teológico a los aconteci-
mientos, decisiones y disposiciones de José. Esta-
mos ante la presencia de una verdadera obra de
arte, en cuanto a los geniales trazos más notorios
y también por los delicados matices mediante
los cuales nos presenta el Misterio de la Encar-
nación. El equilibrio entre las figuras de María y
de San José es de una admirable perfección. San
Lucas también nos mostrará, al respecto, un arte
consumado, un equilibrio de la más abrumadora
belleza, haciéndolo de manera casi contrapuesta
a la del primer evangelio.
En medio de esa oscuridad, el Ángel se apare-
ce en sueños al Santo Patriarca y pronuncia unas
palabras de tanta resonancia como profundidad.
Hay en ellas gozo y drama, esperanza y dolor,
puesto que, en definitiva, es un anuncio de salva-
ción. Y un Salvador implica un mundo que, para
ser salvado, habita en tinieblas.
56
nombre Jesús; porque él salvará a su pueblo de
sus pecados”».
57
«Y sucedió que estando ya el sol para ponerse,
cayó sobre Abram un sopor, y de pronto le inva-
dió un gran temor. Yahveh dijo a Abram: “Has
de saber que tus descendientes serán forasteros en
tierra extraña. Los esclavizarán y oprimirán du-
rante cuatrocientos años. Pero yo a mi vez juzga-
ré a la nación a quien sirvan; y luego saldrán con
gran hacienda. Tú en tanto vendrás en paz con
tus padres, serás sepultado en buena ancianidad.
Y a la cuarta generación volverán ellos acá; por-
que hasta entonces no se habrá colmado la mal-
dad de los amorreos”. Y, puesto ya el sol, surgió en
medio de densas tinieblas un horno humeante y
una antorcha de fuego que pasó por entre aque-
llos animales partidos. Aquel día firmó Yahveh
una alianza con Abram» (Gn 15,12-18a).
58
En medio de la oscuridad, San José recibirá
también una promesa o, más bien, la noticia de
su próximo cumplimiento: «Él salvará a su pueblo
de sus pecados» concluye el Ángel refiriéndose a
Jesús, el Descendiente por excelencia de Abra-
ham. Lo revelado a José excede la cuestión acerca
de cómo proceder con María Santísima y el Niño
en esa situación concreta. Lo que está sucediendo
en ese anuncio mesiánico, al referirse a la identi-
dad del Niño, nos revela también la identidad de
San José y el puesto que ocupa en la Historia de
la Salvación. El Ángel no se limita a una descrip-
ción de lo sucedido en María Santísima, sino que
encomienda, concretamente, una tarea determi-
nada al Santo Patriarca. Y no es una misión me-
nor, sino central e irreemplazable. Lo podemos
intuir en el contexto del acontecimiento: ese sin-
gular sueño en medio del cual le será revelado el
Misterio de la Encarnación del Verbo.
Antes del inicio del sueño de San José, el tex-
to bíblico nos lo presenta en profunda reflexión:
«Estaba pensando en esto» (v. 20). En una primera
mirada, más directa, se refiere a la evaluación de
las posibilidades ante el embarazo de la Virgen.
Solemos acentuar, con evidentes razones textua-
les, que el objeto de esas cavilaciones es, preci-
samente el cómo proceder ante dicho misterio,
en una cuidadosa y delicada ponderación de las
circunstancias donde, sin dudas, la prudencia de
San José es manifiesta. Pero tampoco deberíamos
soslayar que dicho objeto sea el misterio mismo,
el acontecimiento que había tenido lugar en su
59
Esposa: es el misterio de Dios que, por caminos
que sólo Él conoce, había irrumpido en sus vidas.
Su preocupación no radica sólo en el «qué hacer»
sino en el «ser» del misterio desplegado ante él.
Hay una expresión similar, dicha de la Virgen
María dos veces en el Evangelio de San Lucas,
que nos muestra el objeto y la manera en que
Ella se sitúa ante ese misterio del Hijo de Dios,
concebido en sus purísimas entrañas: «María, en
cambio, conservaba todas estas cosas meditándolas
en su corazón» (Lc 2,19; cfr. 2,51). Las palabras
son diferentes pero hay una similitud entre am-
bas actitudes. María y José son parecidos, siendo
tan diferentes; sus corazones reciben como tierra
fértil la Palabra de Dios y viven de esa Palabra.
Por eso nos parece pertinente considerar que
los pensamientos de San José en el inicio del v.
20, aunque las implica, no se reducen a la con-
sideración adecuada de las circunstancias a te-
ner en cuenta para una decisión prudente. Eso
es verdad, pero la verdad es más profunda. No
podría ser de otra manera. San José reflexiona,
como María, en el ser mismo del Misterio que lo
circunda y que lo invade.
Las primeras palabras del Ángel nos revelan
también el lugar distintivo del Santo Patriarca en
los planes de la Providencia, porque lo identifi-
ca con un título notable: «José, hijo de David». La
intensidad de este título comienza a hacerse más
visible si lo miramos a la luz del inicio del evan-
gelio: «Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de
David, hijo de Abraham» (Mt 1,1). Allí la identi-
60
dad del Mesías se va develando: Jesús, el Cristo, es
el heredero de las promesas hechas al Rey David.
El título «hijo de David» si bien admite matices,
es eminentemente mesiánico. En ese sentido será
aclamado Nuestro Señor, expresa y solemnemen-
te, al entrar en Jerusalén (cfr. Mt 21), y también,
por los signos que realizaba muchos se pregun-
tarán «¿no será éste el Hijo de David?» (Mt 12,23).
Esta pregunta, por recordar sólo un ejemplo, nos
da la pauta de que la denominación no se aplica-
ba de modo indistinto a cualquier descendiente
del gran Rey: es una pregunta que equivale a de-
cir: ¿no será éste el Mesías? En la discusión con los
fariseos (Mt 22,41-46) Jesús les pregunta:
61
El título mesiánico «hijo de David» es aplicado
en el Nuevo Testamento de manera exclusiva a
Cristo, salvo una sola y significativa excepción:
precisamente San José. El Santo Patriarca es el
único que recibe esa sublime identificación. Y
debemos ponderarla a la luz del misterio reden-
tor, en relación con la manera en que es consti-
tuido por Dios como depositario de Promesas
de una capitalidad e importancia indiscutible. Su
vínculo con Cristo es de una naturaleza tal que lo
sitúa en una relación exclusiva con Él, en la línea
del Mesías. Como sucede con María Santísima,
también en San José hallamos singularidades
eminentes. La manera en la que ambos quedan
integrados en el Misterio de Cristo es única, in-
comparable e irrepetible.
Hay en San José una dimensión mesiánica –por
supuesto ordenada y dependiente de la de Jesús–
que lo constituye como heredero de las Promesas
hechas al Rey David. Cuando imponga el nom-
bre a su hijo, esta realidad aclanzará connotacio-
nes inauditas. Por lo pronto, mediante este título,
vemos en San José el punto de convergencia del
mesianismo real davídico. Y con mayor razón,
teniendo en cuenta los vínculos que enlazan las
figuras de Abraham y David hasta llegar a él. Es
presentado por San Mateo como el último esla-
bón en esa dignísima descendencia.
Otra de las expresiones que el Ángel le dirige al
Santo Patriarca tiene, también, resonancias muy
antiguas y sugerentes: «no temas». En concreto se
refiere al hecho de recibir a María como esposa,
62
asunto central en las reflexiones de San José. Pero
conviene atender a esa expresión en sí misma, re-
cordando que una de las características de estos
grandes personajes bíblicos es que sus acciones
y preocupaciones no responden a meras decisio-
nes concretas que deben tomar, sino a la conside-
ración detenida del Misterio de Dios.
Cuando se nos menciona el temor solemos
entenderlo como una reacción ante un mal, ante
algo que nos puede dañar o influir negativamen-
te, al menos en nuestra percepción. Una cierta
conmoción que nos impulsa a alejarnos, a pro-
tegernos y a evitar lo temido. Pero en la Biblia
el temor es una reacción de índole diversa y de
mayor riqueza conceptual. Sin dejar de tener ese
sentido aludido es, en muchos casos, una reac-
ción ante la presencia de lo divino, ante el im-
pacto de esa Presencia o manifestación de Dios.
Es algo tan fuerte, tan potente, de tal intensidad,
que se convierte en un acontecimiento, en cierto
modo, anonadante de la creatura, casi destructivo
del hombre. En el Antiguo Testamento existía la
convicción de que nadie puede ver a Dios y seguir
viviendo, como El Señor se lo revela a Moisés (Ex
33,20). Y no porque Dios deba ser considerado
un mal, sino por la infinita distancia con la crea-
tura, distancia que, en las teofanías, implica una
manifestación de proximidad demasiado violen-
ta para ser resistida.
El temor tiene que ver también con una de-
terminada misión que Dios encomienda. La Bi-
blia nos presenta ciertas fórmulas de asistencia,
63
donde Dios, al enviar a alguien en su Nombre,
con una misión que lo excede, se presenta como
próximo: «No temas, Yo estoy contigo». En varias
ocasiones así sucede, porque esa misión será re-
sistida por sus destinatarios, ya sean las naciones
extranjeras en los enfrentamientos bélicos, ya el
propio pueblo de Israel que persigue a los pro-
fetas. Allí se conjuga el temor como la reacción
ante un mal (naciones, pueblo rebelde) con el he-
cho de que se trata de un envío de parte de Dios.
De manera un poco tangencial al sentido del
«temor» que Dios despeja en el caso de San José,
conviene recordar aquí cómo en los profetas en-
contramos un «temor» que surge de la dramática
y oscura reacción del propio Pueblo de Dios. Re-
acción paradójica y de una iniquidad casi incom-
prensible. Un pueblo de Dios que se rebela contra
Dios, que persiguiendo a los profetas se devora
a sí mismo, se autodestruye al intentar acallar la
Palabra de Dios que aquellos pronuncian. Desde
el tiempo de Moisés, el Pueblo amenazaba a quien
lo había sido enviado para liberarlo. El pueblo de
Dios es un pueblo temible para las naciones ex-
tranjeras cuando se halla en amistad con Dios,
porque Dios combate por él. No obstante, la tra-
gedia se cierne cuando se vuelve contra sí mismo,
despreciando a Dios. Es un pueblo temible para sí
mismo, cuando el mal surge desde adentro, no ya
de las amenazas de las naciones, ni de la opresión
de los pueblos paganos. Un pueblo que usa de lo
religioso como arma para quebrantar los víncu-
los de salvación.
64
El pueblo de Dios ejerce contra los justos,
contra los enviados de Dios, un influjo cuya re-
acción previsible es un temor paralizante. Agu-
dos lamentos elevará Moisés y Jeremías por ese
motivo. También Elias y tantos otros, persegui-
dos a muerte, y no por extranjeros. No es casual
que San Juan diga que el Verbo «vino a lo suyo
y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). A Cristo
lo condenará un Tribunal Religioso, el Sanedrín,
antes que Pilatos, antes que el poder romano.
Y ese pecado es más grave, dice Nuestro Señor.
E incluso el mal surge desde el mismo colegio
apostólico, con la traición de Judas, con las nega-
ciones de Pedro, con el alejamiento de los discí-
pulos. Y es una actitud que perdura en la Iglesia.
San Pablo nos lo advierte en innumerables oca-
siones, conociendo ese mal por Revelación pero
también por la propia experiencia de agresiones
y destratos contra él, especialmente por los fal-
sos hermanos. Donde se encuentra lo religioso,
el Enemigo intentará torcer el sentido, corrom-
per la dirección y poner al Dios al servicio de la
vanagloria del Hombre.
Pero Dios diluye esos temores que pueden
paralizar a los elegidos. Uno de los momentos
ejemplares es la vocación de Jeremías. Allí recibe
de Dios la misión profética («arrancar y plantar»)
y promete su asistencia ante el desasosiego que
produce en su alma la resistencia de Israel contra
la Palabra que él pronuncia. Además, en la parte
que completa la fórmula («Yo estoy contigo») se
vislumbra el nombre del Mesías, el Emmanuel,
65
Dios con nosotros, con toda la fuerza significa-
tiva y las resonancias neotestamentarias que tal
denominación implica. En la Anunciación a Ma-
ría Santísima, el Ángel pronunciará también esas
palabras: «El Señor es contigo» (Lc 1,28) y «No te-
mas» (Lc 1,30).
Poco tiempo después, Simeón proferirá pala-
bras enigmáticas y oscuras sobre agudísimos do-
lores de la Virgen; hablará de una «espada» que
atravesaría su Corazón. San José también estaba
allí vislumbrando el sentido de aquella espada, en
medio de las sombras de la Fe. No se lo mencio-
na en la vida pública de Cristo, pero la espada
profetizada por el anciano Simeón lo atraviesa
también a él. La muerte de los inocentes será un
signo elocuentísimo de ello, mientras el Calva-
rio se va delineando lenta e inexorablemente en
el horizonte. No está ausente en la Pasión; está
presente de otro modo porque él es el padre de la
Víctima en un sentido único y difícilmente acce-
sible a nosotros.
El temor de San José es, en primer término,
la experiencia de lo divino, la proximidad con el
Misterio de Dios, realizado en María y del cual
él, por mandato del Ángel, participa. Decíamos
páginas atrás que la experiencia de José es análo-
ga a la de Abraham, que encabeza la genealogía
en San Mateo. Recordemos el texto de Gn 15,12:
«Y sucedió que estando ya el sol para ponerse, cayó
sobre Abram un sopor, y lo invadió terror y tiniebla
grande». Comenta magistralmente Von Rad:
66
«El sol se pone y Abraham queda sumido en
las angustias y la modorra de un sueño prodi-
gioso. “Tardemá” es un sopor profundo donde
quedan en suspenso las actividades del espíri-
tu y de los sentidos, pero que en determinadas
ocasiones introduce al hombre en un estado de
lucidez muy elevado, haciéndolo apto para re-
cibir una revelación (Job 4,13; 33,15)»6.
6
G. Von Rad, El libro del Génesis, p. 228.
67
ese motivo. Si bien el sentido más directo parece
ser, muy en concreto, que San José resuelva final-
mente sus cavilaciones con respecto a recibir a
María, el fondo profundo sigue siendo algo más
que la simple coyuntura concreta. No debe temer
por el hecho de que lo engendrado en María pro-
venga de una especial intervención de Dios. Es
muy importante destacar el motivo. Es decir, que
el conocimiento que tiene acerca del Misterio de
la Encarnación no lo separe sino que lo integre
plenamente. San José debe formar parte necesa-
ria de ese designio. Y la fuerza de lo divino, que
entiende y experimenta como anonadante para
la creatura, es la misma que lo llama, dándole la
gracia de ser partícipe del Misterio.
Subrayemos esta idea: San José no es un mero
complemento en el Misterio de la Encarnación
del Verbo. En realidad, sin él no sería compren-
sible el sentido del mesianismo de Cristo, dado
el plan providencial. Su figura es profundamente
reveladora del Misterio de Dios, expresado en la
salvación que, por Cristo, llega a la humanidad.
Incluso el carácter «legal» de su paternidad es
absolutamente imprescindible en relación con
los acontecimientos salvíficos. Lo legal, aquí,
no es tampoco mero título extrínseco, o simple
formalidad respetuosa de las costumbres de la
época, sino que tiene una importancia clave, si
rectamente se entiende. No es un vínculo super-
ficial o prescindible sino todo lo contrario, que
ya podíamos intuir comprendiendo el sentido de
la genealogía en San Mateo. Y es así porque la
68
paternidad legal de José tiene por fundamento la
gratuidad del don divino.
Cuando el Ángel le dice a San José que no tema
recibir a María, le revela la obra de Dios que se
ha realizado en las entrañas purísimas de la Vir-
gen. Lo engendrado en Ella proviene de una ac-
ción divina. Ese Niño es el Hijo de Dios. Con-
cretamente se menciona al Espíritu Santo, pero
debemos entender que la Encarnación, por ser
obra ad extra de la Trinidad, es algo de las tres
divinas Personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo constituyen la causalidad activa de la En-
carnación, si bien el resultado de tal causalidad
es la asunción de la naturaleza humana sólo en la
Persona del Hijo. Solamente el Hijo, el Verbo de
Dios, asume la naturaleza humana.
El texto del Evangelio aplica, en este caso, a la
Virgen María la partícula «en» y al Espíritu Santo
«ek», lo cual acentúa la procedencia, la causali-
dad divina. Claro que no estamos hablando de
la procedencia del Hijo como Persona en cuanto
a la naturaleza divina, puesto que en ese sentido
sólo procede del Padre. Hablamos de la causalidad
divina en la asunción de la naturaleza humana.
Se atribuye al Espíritu Santo («ek») pero se rea-
liza en las entrañas purísimas de María («en»).
Si recordamos el v. 16, allí se aplicaba a Ma-
ría Santísima la partícula de procedencia («ek»)
destacando que la concepción es físicamente real,
pero con una singular connotación en el verbo:
«Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la
cual [ex] fue engendrado [egennethe] Jesús, que
69
es llamado Cristo». El «ser engendrado» lo tene-
mos en voz pasiva, sin que se indique el sujeto
que realiza esa acción y que el lector conoce en
el v. 18 («... se encontró encinta por obra de [ek]
Espíritu Santo») mientras que a San José le es re-
velado en el v. 20 (lo engendrado [gennethen] en
ella, es de [ek] Espíritu Santo). También aquí el
verbo asume una forma pasiva pero se aclara que
el fundamento de ese «engendrar» es atribuido al
Espíritu Santo. Recordemos que es siempre como
atribución –por determinadas razones de conve-
niencia– puesto que la Encarnación resulta de la
obra de las Tres Personas en común.
En otras palabras, el sentido del texto, sin dejar
en absoluto al margen la verdadera maternidad
divina de María –sino implicándola de modo ne-
cesario– subraya la causalidad de Dios atribuida
expresamente al Espíritu Santo. Por eso enseña
Santo Tomás que «la concepción de Cristo debe
calificarse absolutamente de milagrosa y sobre-
natural, pero es natural bajo algún aspecto»7. La
obra divina se lleva a cabo en María Santísima
puesto que, por esa causalidad sobrentural, es
verdadera Madre del Verbo según su naturaleza
humana. San José debe conocer ese portentoso
acontecimiento sucedido en las entrañas purísi-
mas de María. Y como aquello lo sitúa de una
manera muy especial en relación con lo divino
es que el Ángel destaca el «no temas» que co-
mentábamos líneas más atrás. Nuevamente de-
7
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, Q. 33, art. 4.
70
bemos señalar la participación integral del Santo
Patriarca en estos profundísimos misterios de
salvación.
Ahora bien, este «engendrar» por obra del Es-
píritu Santo es de una naturaleza completamen-
te diversa al modo específico de la paternidad.
El Espíritu Santo no es padre de Cristo en nin-
gún sentido, puesto que la paternidad implica
la común naturaleza en cuanto a la procedencia
en los vivientes. Y no lo es, por una parte, por-
que el Espíritu Santo no asumió la naturaleza
humana y, por otra, porque en cuanto a la ge-
neración eterna, el Hijo sólo procede del Padre.
Por eso volvemos a afirmar que Cristo sólo tiene
un Padre –la Primera Persona de la Santísima
Trinidad, que lo engendra eternamente como
Persona Divina– y ningún padre que lo engen-
dre según su naturaleza humana. Y queremos
notarlo para aproximarnos, dentro de las limi-
taciones creaturales que nos velan el misterio,
al profundísimo significado de la paternidad de
San José. El Santo Patriarca acepta ser padre de
ese Niño, puesto que, en las palabras del Ángel,
la recepción de María como esposa está en re-
lación directa con la concepción de Cristo: re-
cibirla como su esposa es recibir al Niño como
su hijo. Nos parece sencillo decirlo, pero es un
abismo de profundidad espiritual imposible de
describir adecuadamente.
En torno a esa tan singular paternidad, una de
las misiones fundamentales que el Ángel le en-
comienda a José es ponerle nombre a Jesús. Para
71
evaluar mejor lo que esto significa es imprescin-
dible advertir primero la importancia de lo que el
nombre significa en la Sagrada Escritura. Porque
no se trata de una mera denominación o iden-
tificación de las determinadas personas u otras
realidades. Uno de los acontecimientos centrales
que nos permiten comprender lo que aquí suce-
de, es la revelación del Nombre divino a Moisés.
Es un acto de benevolencia difícilmente expresa-
ble, puesto que dar el nombre es, en cierto modo,
darse a sí mismo. Por eso en aquel suceso ya hay
un atisbo de la Encarnación del Verbo.
Aunque no es posible tratar aquí exhaustiva-
mente este tema, serán suficientes algunas refe-
rencias que, al menos, lo ilustren. Encontramos
en el libro del Génesis el significativo hecho de
que Dios crea mediante la Palabra; crea denomi-
nando, crea diciendo:
72
«El Señor Dios formó de la tierra todos los
animales y todas las aves, y se los llevó al hom-
bre para que les pusiera nombre. El hombre les
puso nombre [...] y ese nombre les quedó» (Gn
2,19-20).
8
El vocablo ishá («mujer») denota similitud y proceden-
cia de ish («varón»), tal como el texto bíblico lo indica en las
palabras de Adán (Gn 2,23). Más adelante, luego del Pecado
Original, la llama Eva, «madre de todo viviente» (Gn 3,20).
73
«Al vencedor, le daré del maná escondido; y
una piedrecita blanca, y escrito sobre ella un
nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo
recibe» (Ap 2,17).
74
«Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el
nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo
de todos sus pecados» (Mt 1,21).
75
contiene a ambos, los recibe a los dos: María y el
Niño son el tesoro más apreciado de su alma. El
Nombre de Jesús es una joya preciosa que José
recibe en el silencio de su corazón.
Visto desde estas perspectivas, resulta muy
impresionante la acción que San José realizará
–al despertar del sueño– obedeciendo al man-
dato de Dios al imponer, efectivamente, dicho
nombre a Nuestro Señor; José le da nombre al
Mesías. Si tenemos en cuenta lo que la Biblia
nos enseña acerca del nombre –sólo hemos se-
ñalado algunos ejemplos– la acción de San José
supera toda expectativa y tiene una intensidad
realmente abrumadora. Es un acto de señorío
sobre Jesucristo, como si le estuviese dando ser
lo que es, ciertamente por una estricta orden
divina, porque le impondrá el nombre al Hijo
de Dios hecho carne, confiriéndole así los dere-
chos mesiánicos. Pero dado que no es padre de
Cristo según la carne, esa dimensión mesiánica
tampoco tendrá por fundamento el mero linaje
carnal. Así, sin decir una sola palabra, San José
nos muestra la naturaleza profunda y exacta del
mesianismo de Nuestro Señor y del ejercicio y
sentido de su propia paternidad espiritual. Es
verdad, y conviene señalarlo, que todo esto su-
cede así de manera acorde al plan de la Provi-
dencia. El Hijo de Dios, en sentido estricto, no
necesita de nada ni de nadie para redimirnos,
pero es que ha querido que todo sucediera de
ese modo, que San José fuera e hiciera exacta-
mente lo que fue e hizo.
76
Terminadas las palabras del Ángel, San Mateo
indica el motivo por el cual todo esto tenía lugar,
citando un pasaje clave de Isaías, que el evange-
lista introduce así:
77
enemistad entre Israel y Judá. El corazón de Ajaz,
rey en Judá en aquellos años (736-716 a.C.) como
el del pueblo, ante la noticia de la proximidad
enemiga en la frontera, «se estremeció como se agi-
tan los árboles del bosque con el viento» (Is 7,2).
Allí es donde interviene el profeta Isaías, propo-
niendo, en primer término, la confianza en Dios
y la neutralidad en el conflicto. Es así porque Ajaz
tenía intenciones de plegarse a Asiria para resis-
tir la coalición. Desoyendo la palabra del profeta,
procederá de esa manera y quedará así sometido
a la gran potencia extranjera.
En este punto, mientras Ajaz pensaba en las
alianzas aludidas, Isaías pronuncia una de las
profecías más importantes del Antiguo Testa-
mento. Es con ocasión de la coyuntura que he-
mos descripto, pero la excede en gran medida
puesto que no anuncia un mero signo para Ajaz
en relación con su proceder, sino que se refiere,
definitivamente a Nuestro Señor Jesucristo y a
María Santísima:
78
mo, profetizando grandes desgracias a causa de la
rebeldía del pueblo de Dios, destaca también los
anuncios mesiánicos de salvación.
Pero lo que debemos notar, de manera priori-
taria, es que Isaías presenta a la Virgen y al Niño
como signos de victoria. Frente a los grandes
imperios, frente a los aparentemente inexorables
poderes de este mundo, se elevan esas figuras,
que parecen no tener ningún poder, ninguna
fuerza contra aquellos. Y consideramos que aquí
radica, en realidad, el núcleo central del signo,
cuya plenitud la hallaremos en el Calvario: allí
también está la Madre y el Hijo, en apariencia
derrotados, pero en realidad victoriosos. Y no
ya triunfando sobre imperios terrenos, sino so-
bre el poder del mal y de la muerte, venciendo al
Enemigo fundamental. La inaudita fuerza des-
plegada en la Cruz, de la que María participa, no
podremos jamás percibirla adecuadamente en
este mundo. No obstante es posible vislumbrar
que se trata de una potencia capaz de destruir
las oscuridades más antiguas y más arraigadas
del mundo a lo largo de los siglos. Cuando Je-
sús dice, antes de padecer en la Cruz «Cuando
sea levantado en alto atraeré a todos hacia Mí»
(Jn 12,32) está pronunciando las que, tal vez,
sean las palabras más paradójicas de la historia,
al mismo tiempo que las más misericordiosas.
Porque era incomprensible que la Cruz atrajera
al mundo, puesto que parecía imposible que el
amor triunfara sobre las oscuras fuerzas que lo
tenían sojuzgado. Porque si no se ve el Amor, la
79
Cruz no se ve del todo, o al menos no se ve como
realmente debe ser vista.
Isaías habla de la doncella en concreto, una
joven mujer virgen determinada. Como suele
hacerse notar en los comentarios, es verdad que
emplea la palabra hebrea ‘almah (lit. «mujer jo-
ven») pero el uso que la Biblia da a esa palabra
es para referirse siempre a una mujer virgen. Es
interesante que la versión griega del Antiguo Tes-
tamento denominada Septuaginta (LXX) traduz-
ca –obviamente en el ámbito judío– esa palabra
directamente por parthenos (lit. «virgen») que es
el término usado por Mateo en la cita de Isaías.
Es decir que el propio pueblo de Israel leyó aquí
«La Virgen» con lo cual el texto evangélico co-
bra especial relieve: la promesa de Isaías se rea-
liza, definitivamente, en la concepción virginal
y el nacimiento de Cristo. El profeta anuncia –y
San Mateo destaca con claridad– que La Virgen
concebirá sin dejar de ser virgen. Las palabras del
Ángel despejan toda duda al respecto.
A riesgo de ser redundantes, nos parece conve-
niente subrayar que lo virginal de la concepción
de Cristo no es un rasgo accidental, sino total-
mente clave, absolutamente central, puesto que
se trata de una referencia directa a la acción de
Dios (la obra del Espíritu Santo) y de esa manera
la especialísima paternidad de San José se consti-
tuye también en signo luminoso de la condición
mesiánica de Jesús. Las palabras de Isaías, citadas
por San Mateo, se refieren al Niño que nacerá,
pero es imprescindible para la correcta compren-
80
sión del signo la concepción virginal de ese Niño
en las purísimas entrañas de la Madre.
Entonces no se trata sólo de afirmar el naci-
miento, sino la manera milagrosa en que se pro-
ducirá. Todo ello es ineludible para entender que
el mesianismo de Cristo no es del orden de la car-
ne; « Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36) dirá
el Señor a Pilatos. Su linaje davídico es real, pero
trasciende infinitamente las fuerzas de la carne.
Y esto se encuentra en el fundamento mismo de
la Redención: si su Reino hubiera sido de este
mundo, no habríamos sido redimidos; se hubiera
tratado, eventualmente, de un reino como el de
David. En otras palabras, la filiación davídica de
Jesús no puede explicar por sí misma la naturaleza
exacta de su condición mesiánica. Hemos visto
este tema páginas atrás recordando las afirmacio-
nes de Jesús contra los fariseos en torno al Salmo
110, donde David llama a su descendiente «mi
Señor». Por parte de María Santísima la apertura
al Misterio se expresa en la concepción virginal;
por parte de San José, en su paternidad no física
sino espiritual y virginal.
Las palabras de Isaías llegan a su cumpli-
miento en la concepción virginal del Mesías, tal
como el Ángel se lo da a conocer a San José. San
Mateo emplea para relacionar ambos momen-
tos un verbo de mucho relieve teológico: lo que
ha sucedido tiene lugar para que se cumpliera lo
anunciado. No debemos pensar que se trata del
cumplimiento como mero indicador de algo
que debía hacerse y que fue hecho, sino que
81
connota especialmente una plenitud, una per-
fección. No sólo se ha cumplido lo profetizado
sino que se ha alcanzado el punto máximo de
perfección y de belleza. Aunque no siempre se
acentúa debidamente, la Redención es de máxi-
ma belleza, porque el Pecado es la peor de las
deformidades.
San Mateo traduce para los lectores el signifi-
cado del nombre hebreo del Mesías: Emmanuel
(«Dios con nosotros»). Denominación altamente
significativa en el plano salvífíco y coordinada
con el nombre que José impondrá al Niño: «Dios
salva» (Jesús) precisamente porque es «Dios con
nosotros» (Emmanuel). La proximidad de Dios
expresada en el nombre isaiano pertenece al or-
den de la Redención. Es el Verbo hecho carne
para salvarnos. Recordemos, asimismo, que esa
proximidad salvífica está enfatizada en las fór-
mulas de asistencia a las que hicimos referencia
previamente: «no temas, el Señor está contigo».
San Mateo concluye el relato con el que ter-
mina el capítulo primero, mostrando el cumpli-
miento de las palabras reveladas a San José:
82
v. 1, donde se planteaba la consigna global del
Evangelio, considerado como el nuevo Génesis
que implica la Encarnación del Verbo. En San
José la palabra escuchada se hace realidad efec-
tiva, se hace «hecho»: hace lo que el Ángel le ha
dicho. José siempre hace la palabra. Evoca lo que
en el caso de María Santísima tiene una conno-
tación única, cuando el Verbo se hace carne, al
decir la Virgen: «hágase en mí según tu palabra»
(Lc 1,38). Toda la vida de San José es esto mismo,
con dimensiones distintas, pero coincidentes en
la actitud fundamental del corazón. Insistamos
en que no es el simple acto de obediencia, sino
el hacerse de la Palabra. Su actitud es palabra he-
cha, como había sucedido en las edades antiguas
con Abraham, en particular con el sacrificio de
Isaac. Por supuesto que en Isaac existe también
ese «hágase» por su entrega voluntaria, implícita
pero orientada hacia Cristo.
Sin lugar a dudas, el tema de la imposición
del nombre de Jesús, bajo esta forma o desde la
mirada profética isaiana como Emanuel, o direc-
tamente como Mesías (Cristo) ocupa un lugar
central. Luego del versículo de apertura («Libro
de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de
Abraham») el evangelista pone ante nuestra mi-
rada cómo ese origen tiene que ver no solamente
con la Encarnación misma sino también con el
nombre con el que el Hijo de Dios será llamado:
83
«Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el
nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo
de todos sus pecados» (v. 21).
«La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a
quien pondrán el nombre de Emanuel. que
traducido significa: Dios con nosotros» (v. 23).
«Ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre
de Jesús» (v. 25).
84
IV
Magos en Jerusalén
E
l capítulo segundo del Evangelio de San
Mateo es otra de las páginas más elocuen-
tes en torno a la figura de San José. Tiene
dos secciones principales: la visita de los Magos
de Oriente (vv. 1-12) y la huida a Egipto (vv.
13-23). San José continúa ocupando un lugar
especial, delicadamente matizado, incluso en la
primera sección, donde, muy sutilmente está de
fondo, sin que se lo mencione.
La presencia de los Magos en Jerusalén im-
pacta con fuerza en la ciudad y especialmente
en el atribulado espíritu de Herodes. Se trata de
Herodes «El Grande» que bajo los auspicios del
emperador romano estableció su reino en el año
37 a. C. llegando a dominar prácticamente toda
Palestina. Reconocido por su extrema crueldad,
favoreció no obstante el desarrollo de Jerusalén
(entre otras obras, reconstruyó el Templo) si bien
fue siempre despreciado por los israelitas. El Rey
experimenta una gran conmoción, un temor
muy intenso, teniendo en cuenta que aquellos
85
hombres aludían al nacimiento del Rey de los
judíos. La palabra que usa San Mateo vuelve a
aparecer en el mismo evangelio para indicar el
espanto de los discpíulos al ver, en medio del mar
embravecido, a Jesús caminando sobre las aguas
(Mt 14,26). Y en San Juan (12,27) se aplica, nada
menos, que a la indescriptible conmoción de Je-
sús en Getsemaní. Así pues, la reacción de Hero-
des ante la presencia y la pregunta de los Magos
es muy intensa y despierta sus más arraigados te-
mores. Nos dice San Mateo que «toda Jerusalén»
experimentó lo mismo, como sugiriendo que la
Ciudad Santa tampoco se alegra ante la buena
noticia del Mesías, sino todo lo contrario. Por
eso ya comenzamos a percibir aquí un horizonte
amenazante que excede los siniestros intentos de
Herodes: es el propio Pueblo de Dios quien teme
la presencia de Dios.
Más aún, el temor herodiano se acrecienta
cuando los escribas le revelan el contenido de
la profecía de Miqueas referido al lugar de na-
cimiento del Rey: Belén, la Ciudad de David. Si
bien la monarquía israelita había sucumbido si-
glos atrás, la vigencia de la profecía de Natán a
David sobre la estabilidad en el trono de Jerusa-
lén y otras expresiones proféticas, adquirían aho-
ra un particular relieve. Y Herodes teme por su
reino, al desplegarse el horizonte del nacimiento
concreto de un descendiente de David, precisa-
mente en Belén. Pero no se trata exclusivamente
de un temor de índole política. Así comienza a
cernirse un panorama oscuro sobre el Niño, pa-
86
norama de persecución y de muerte frente al que
San José tendrá un papel importantísimo. Aún
sin mencionarse aquí la presencia del Santo Pa-
triarca, la amenaza latente y cautelosa sobre el
Niño se presenta como un ataque al Misterio de
Dios que él atesora y custodia. Y su actitud se ex-
plicitará en el contexto de la cruenta persecución
desatada poco más adelante, luego de la partida
de los Magos.
La escasa distancia entre Belén y Jerusalén,
constituía una proximidad peligrosa para el
Niño, ante la ya previsible reacción de Hero-
des. Si leemos el pasaje de la visita de los Magos
a Jerusalén con la atención puesta en San José,
el acontecimiento está magníficamente trazado
como introducción a su fidelísima respuesta, con
toda la tensión dramática que se va desplegando
pausada pero inexorablemente en el relato evan-
gélico. A la pregunta de los Magos, la contesta-
ción que los escribas dan a Herodes empieza a
suscitar nuestra alarma: la crueldad y astucia del
Rey, su corazón duro como piedra y sus oscurí-
simas intenciones se dirigen ahora con precisión
a su objetivo: Belén. A un Niño recién nacido. Se
concentra todo el poder del Rey mundano con-
tra un Niño pequeño que, además, no ha veni-
do a destronarlo políticamente, sino a destruir el
pecado en el corazón de los hombres. El miedo
de Herodes, comprensible desde la perspectiva
mundana, termina siendo, en realidad, la in-
dignación contra el amor divino. Es un corazón
empedernido que se resiste al Amor que lo sal-
87
varía. El Reino que ese Niño inaugura «no es de
este mundo». Herodes teme a ese Niño, tiembla
ante la mera noticia de su presencia. Porque en
Él teme algo mucho más radical que la pérdida
de sus dominios temporales: teme al amor salví-
fico, teme la Santidad de ese Niño. Es cierto que
sus recelos apuntan a un futuro conflicto real, al
probable o previsible menoscabo de territorios y
de poderes de este mundo, pero la raíz y el com-
ponente principal es de otra naturaleza.
Esa es, obviamente, la línea más directa, más
visible, de su actitud y de sus intenciones. Según
la historia, Herodes no había vacilado en dar
muerte incluso a sus propios familiares, a su es-
posa, a sus hijos, a todo posible adversario, con
tal de conservar y acrecentar su poder. Pero de
fondo está siempre el mismo problema, el que,
en tiempos muy remotos, había aquejado tam-
bién al Faraón egipcio, frente al pueblo de Dios,
determinando la muerte de los inocentes. En el
corazón de Herodes, la decisión está tomada:
debe eliminar a ese Niño pequeño, y no ahorrará
medios para lograrlo.
Narra el evangelio de San Lucas que una es-
pada le había sido proféticamente anunciada a
María Santísima, la Madre. San José estaba tam-
bién allí presente y habrá escuchado, sorpren-
dido y admirado, aquellas enigmáticas palabras
de Simeón en el Templo, que corroboraban los
anuncios revelados por el Ángel tiempo atrás.
La espada comienza a levantarse en el horizonte
de ese Niño amado y los corazones de María y
88
de José se conmueven. Es una espada teñida en
sangre. La Tiniebla amenaza la Luz, y la Luz de
Jesús que hace resplandecer a María, habita en el
alma de San José. Su existencia entera consiste en
conservar intacta esa Luz que viene de lo Alto.
El Ángel le había dicho que debía imponerle el
nombre de Jesús, porque salvaría a su Pueblo del
pecado. Las Palabras Antiguas de las profecías,
de la historia misma del Pueblo de Dios, habrán
cobrado fuerza en su mente. Sabe que ese Niño
es el Redentor, e indudablemente sabe también
que ese Pueblo ha sido rebelde, ha perseguido a
los profetas, ha dado muerte a los justos, ha que-
brantado con frecuencia la Alianza y tantas veces
se ha resistido implacablemente al Amor de Dios.
San José intuye la Tiniebla que se levanta contra
la Luz con fuerza renovada, la misma Tiniebla
que había invadido, en los inicios del mundo, el
corazón de nuestros primeros Padres. No podría
ser de otra manera. Simeón lo ha confirmado
aunque sus palabras hayan sido misteriosas.
El Ángel, poco después, le revelará a José la
amenaza de muerte que proviene de Herodes,
pero su corazón de Padre está siempre atento,
siempre vigilante, fuerte e inquebrantable. El te-
soro que custodia es demasiado importante para
descuidarlo. Al decir del Cantar de los Cantares,
grandes e incontenibles aguas se levantan en el
oscuro horizonte, donde las sombras se extien-
den, pero el Amor permanecerá intacto, inaltera-
ble. Porque es verdad que esta primera agresión
contra el Niño llega desde un poder en cierto
89
modo extraño a Israel, el poder de Herodes. Pero
más tarde la Tiniebla cobrará un matiz diverso,
más tenebroso y más denso todavía, cuando el
propio Pueblo de Dios, a causa de aquella per-
versa dirigencia religiosa, persiga al Mesías hasta
darle muerte. Lo que no consiguió Herodes, lo lo-
grará el Sanedrín. Había que esperar los tiempos
de Dios. Nada sucede al margen de su Providen-
cia. De hecho, en la Pasión del Señor, confluirá
el tribunal israelita, el grotesco tribunal de otro
Herodes (hijo de Herodes el Grande) y el poder
romano que Pilatos representa.
Con la visita de los Magos se produce una gran
conmoción en Jerusalén. Es muy probable que en
Belén también se supiera del acontecimiento. Y
el espíritu agudo de José habrá podido advertir,
de inmediato, el panorama temible que se des-
plegaba. La maldad de Herodes era proverbial y
si los Magos habían preguntado por el Rey que
había nacido, todo hacía previsible una persecu-
ción funesta. San Mateo no menciona a José en
esta primera sección sino recién en la segunda,
desde el v. 13. No obstante, la magnitud del he-
cho aludido nos permite divisar, de fondo, su vi-
gilante presencia paterna. Por otra parte, es digna
de admiración la manera en que el evangelista va
introduciéndonos en el drama y oscureciendo
paulatinamente los sucesos. Ya desde el v. 1 si-
túa muy cerca dos nombres irreconciliables: Je-
sús y Herodes, un conflicto real entre el señorío
de Dios y el de un mundo que se levanta con-
tra Él: «Nacido Jesús en Belén, en los días del Rey
90
Herodes...» y en el v. 2 aparece la pregunta de los
Magos «¿Dónde está el Rey de los judíos recién na-
cido?» Parecen expresiones no muy trágicas sino
casi anecdóticas, pero tienen una singular fuer-
za significativa. Jesús y Herodes, dos Reyes, dos
Reinos, dos poderes en diametral oposición. Por
una parte, el recién nacido, denominación que
dice de suyo debilidad y limitación, y por otra
el Rey Mundano que muestra un arbitrario do-
minio sobre vida y muerte. Un Niño que parece
despreocupado por completo del mundo que lo
rodea (conociéndolo como sólo Dios puede co-
nocerlo) reposando tranquilo en brazos de María
y de José, y un Rey poderoso y terrible, agobiado
por temores sin nombre.
Cuando los Magos llegan a Belén, contem-
plan gozosos la estrella que los guía y se detiene
con precisión dónde se encontraba Jesús. Mateo
es enfático en la reacción de los Magos: «se ale-
graron mucho, con alegría grande» (v. 10). Gozo
que alcanzará todavía un punto culminante en
el versículo siguiente, cuando al entrar en la casa
«vieron al Niño con su Madre, María» (v. 11). La
mirada de los Magos es una de sus notas distin-
tivas. Grandes contemplativos de la naturaleza
que, viendo la maravilla de lo creado, trascendie-
ron a la belleza del Creador. Y por eso no vacilan
en absoluto ante ese Niño, igual en apariencia a
cualquier otro, y caen ante Él, adorándolo.
San Mateo siempre nos sorprende con la ma-
nera en que relata los hechos. La vital importan-
cia que le confiere a San José, muy acentuada en
91
el capítulo primero, hacía previsible su mención,
concretamente aquí, en la casa, con el Niño y con
María Santísima, en este encuentro tan transcen-
dental. Recordemos que es el momento en que,
por primera vez el mundo pagano llega hasta el
Niño para adorarlo. Imposible exagerar la impor-
tancia teológica de tal encuentro. Sin embargo,
siendo esperable la alusión a José, nada se dice
aquí sobre él. Hay una sugestiva ausencia de San
José en el texto de Mateo en ese momento. Pero el
lector advierte su presencia, ve ese fondo profun-
do de la escena. El evangelista deja que se intuya
la manera en que el Santo Patriarca está siempre
presente, aún en medio de silencios. Está, incluso
cuando no lo vemos.
Los Magos centran su mirada en aquello que
habita en el corazón de San José: al contemplar a
María y al Niño ven la Luz que sacia el alma del
depositario de ese tesoro infinito. La acentuada
alegría de aquellos hombres venidos desde las
lejanas regiones orientales, su actitud adorativa
del Misterio, nos dice mucho acerca de San José:
porque lo que ellos ven es lo que José, permanen-
temente conserva en su corazón. Y esa es la causa
de un gozo indescriptible. No podemos saber con
certeza por qué el evangelista no ha pintado su
presencia en este cuadro precioso, pero la figura
de José es tan simple y al mismo tiempo tan pro-
funda que parece eludir las estrechas determina-
ciones de las palabras.
Aquellos hombres admirables han venido del
oriente físico, geográfico, pero sus vidas se di-
92
rigen y definen por el Oriente que es el mismo
Cristo. Volverán a su tierra, pero sus almas no
abandonarán jamás lo que han visto, contempla-
do y adorado en Belén. San José habrá mirado
también los dones que aquellos hombres dejan
a los pies del Niño, e intuido el significado pro-
fético y la revelación contenida en ellos. Nueva-
mente se pone en evidencia la condición real del
Niño, ya tradicionalmente interpretada en el oro
que le ofrecen. Su condición divina en el incien-
so que se eleva y se ofrece sólo a Dios. Su condi-
ción mortal, propia de la verdadera humanidad
que el Hijo de Dios asumió, representada en la
mirra, signo de muerte y, al mismo tiempo, sig-
no de amor, como lo dice el Cantar de los Can-
tares. La mirra como aroma que triunfa sobre el
hedor que exhala la muerte; es signo de triunfo
que profetiza, en Cristo, tanto su muerte como
su Resurrección, siempre a causa del amor. Son
revelaciones sutiles pero muy reales que llegan
al corazón de San José, porque allí habita esa luz
del Rey, del Dios verdadero que ha venido a este
mundo sombrío para rescatarnos por su Pasión
redentora. Hay una cristología muy profunda
en el gesto adorante de los Magos. Y el Santo
Patriarca, como María Santísima, conserva me-
ditando ese misterio en las honduras de su alma
santa, en el sugestivo y constante silencio. Toda
la Sagrada Familia, en el evangelio de la infancia
según San Mateo, permanece siempre silenciosa.
No escuchamos palabras ni de José, ni de María
ni mucho menos, por supuesto, del Niño que ha
93
nacido: solamente San Lucas nos presentará unas
pocas palabras de Jesús a los doce años. Se nos in-
troduce así en un misterio que expresa el silencio
acogedor de la Palabra y obediente a la voluntad
de Padre. Es el silencio de la receptividad, del ám-
bito abismal donde la Palabra de Dios resuena. Es
el silencio del Amor.
94
V
Egipto
E
l relato de San Mateo está constantemente
entrelazado por profecías y revelaciones
en sueños, que fundamentan y ejecutan el
plan de salvación. Queda muy de manifiesto la
intervención divina, ya por los anuncios del An-
tiguo Testamento, ya por la presencia de los ánge-
les que dan a conocer la voluntad divina. Profecía
y cumplimiento son elementos centrales y expre-
sos en la narración. Pero son intervenciones que
jamás eluden el libre consentimiento y participa-
ción de sus destinatarios. Por eso es no sólo le-
gítimo sino absolutamente necesario destacar la
prontitud y perfecta obediencia de San José. De
manera similar a como San Lucas nos muestra la
actitud de María. Pero son obediencias guiadas
por el amor, porque es el único modo de que sean
auténticas. Obediencias que marcan momentos
claves en la Historia de la Salvación.
Aún sin detenernos en todos los aspectos que
merecen atención en este pasaje, desde ya redes-
cubrimos la inmensa imagen de San José. Si en
95
la sección precedente se hallaba como el fondo
profundo de los sucesos, ahora sale de pronto,
casi bruscamente, a la luz, pasando a un intenso
primer plano, bajo la llamada del Ángel. Es un
notabilísimo movimiento: Mateo primero nos lo
oculta cuando los Magos adoran al Niño y pro-
fetizan con sus dones. José está sumergido en ese
misterio que aquéllos contemplan. Y de ese mis-
terio es que resurge de pronto. Lo que no veíamos
directamente, en seguida se hace patente, claro y
luminoso. En concreto aparece impidiendo que
Herodes cumpla su perverso cometido contra el
Niño. Y es así porque la Muerte se levanta contra
el Niño, despliega su sombría envergadura, bus-
cando con ojos penetrantes la víctima propicia.
Víctima que no encontrará, puesto que –sin ma-
yores rodeos podemos decirlo– es José quien salva
la vida a Cristo. Lo que podía ya intuir en el hori-
zonte, desde la visita de los Magos, y conociendo
muy bien a Herodes, ahora se presenta con toda
la fuerza en la motivación que el Ángel le indica:
«Herodes busca al Niño para matarlo» (v. 13). La
sombra de la Muerte se yergue manifiesta frente a
la firme y luminosa mirada de José. Sabe que ese
Niño atesorado en su alma un día morirá: la mirra
de los magos contiene esa profecía. Pero sabe tam-
bién que nada escapa al plan providencial de Dios
y que, según las palabras recibidas en su sueño, no
debía suceder en ese momento. Esa Luz no puede
extinguirse por meras decisiones de los hombres.
Si prestamos atención a las palabras del Ángel
y al modo en que el evangelista indica su cumpli-
96
miento, advertiremos la insistente expresión: «le-
vántate, toma al niño y a su madre». Exactamen-
te así procede José. Tanto para ir a Egipto como
para retornar, ese orden es expresado cuatro ve-
ces: el niño y la madre. El levantarse de José es un
signo de fuerza, de vitalidad, de amor, de presen-
cia efectiva. Pero lo que sobre todo nos interesa
subrayar es lo que veníamos ya señalando y que
nos parece el constitutivo esencial de la vida del
Santo Patriarca: su vida es ese niño y esa madre,
su esposa. Él los contiene, no sólo los defiende,
no sólo los guía. Su corazón es el lugar donde
habitan. Lo que externamente hace José es signo
de lo interior. Nunca es un mero «servidor» o un
sencillo y fiel ayudante. La figura de San José, tal
como nos la presentan los evangelios, es central,
vertebral, aunque no lo veamos en todo momento
con la misma claridad. No es el simple encargado
de cumplir ciertas tareas. Su vínculo con el Niño
y con María es demasiado profundo para redu-
cirlo de esa manera, por más que sea con el obje-
to de destacar sus virtudes. Porque en un aspecto
–y no nos parece excesiva la afirmación– él tiene
una centralidad singular en la Sagrada Familia.
No de la misma manera en que Cristo es centro
indiscutible, por supuesto; pero su real aunque
misteriosa paternidad y esponsalidad virginal lo
sitúan necesariamente allí. Es quien contiene al
Hijo y a la Madre.
Huir a Egipto, tal como el Ángel lo ha ordena-
do tiene una motivación muy concreta a causa
de las intenciones homicidas de Herodes. Pero se
97
trata de Egipto, una tierra de hondísimas reso-
nancias para el pueblo de Dios. Tierra extraña y
ambigua, de salvación y de esclavitud, de refugio
y de persecución. Pero nunca tierra definitiva; ja-
más heredad permanente ni tierra de descanso.
Con la mención de Egipto, las dimensiones rea-
les del acontecimiento adquieren una proporción
especial en la perspectiva de la historia salvífica.
Porque el pueblo de Dios sabe lo que Egipto sig-
nifica en la historia de los antiguos patriarcas.
Sabe de las peregrinaciones de Abraham por la
futura Tierra Santa y de su viaje y retorno de
Egipto. Sabe también de aquellos años pasados
bajo el dominio del Faraón. En este punto San
Mateo quiere recordarnos precisamente el éxodo,
citando al profeta Oseas:
98
son demasiado fuertes para que nosotros mismos
las podamos romper. Lo hace siendo niño, casi
como evocación de la infancia de Israel, de sus
primeros pasos hacia la Tierra de la Promesa. Lo
hace conducido por José, aquel extraordinario
hombre que lo lleva en el alma y por la Madre
que también lo atesora en su corazón.
San José queda entonces situado en un pun-
to clave, recuperando aquella historia antigua y
siempre presente. Porque la Tierra Santa es la que
ahora se ha vuelto extraña a causa de la maldad
de un pueblo que se resiste a la misericordia y de
un Rey mundano que la desprecia y la persigue; la
heredad concedida por Dios a su pueblo es hostil
a su presencia. Y Egipto se convierte en refugio.
Pero la salvación que ofrece no es para siempre,
sino pasajera e imperfecta. No es casual que el
pueblo de Dios en Egipto fuera esclavizado, pero
lo más notable es que aquella esclavitud se con-
virtiera en espiritual. Durante el camino por el
desierto, Israel vuelve constantemente su mirada
a esa tierra extraña porque desprecia la heredad
de Dios. Ese camino de ida y vuelta a Egipto es
posible porque José lo hace posible y, por ende,
el sentido allí comprendido y expresado lo tiene
como principal responsable. Es él quien lleva a su
cumplimiento las palabras de Oseas, revelando,
desde su singular posición, que Cristo es el Hijo
de Dios. El Hijo vuelve a la Tierra Santa, pero es
porque José lo trae consigo. Es muy importante
destacar esta inserción del Santo Patriarca en la
historia salvífica. A su modo, siempre es revela-
99
dor del Hijo, mostrándonos su identidad y mi-
sión redentora.
El evangelio de San Mateo continúa presen-
tando los acontecimientos en oleadas de pro-
gresiva intensidad dramática. A la breve calma
posterior al encuentro de los Magos con Hero-
des, cuando se encuentran con el Niño y con la
Madre, se sucede este llamado urgente del Ángel
porque el Niño corre peligro de muerte. En Egip-
to encuentran un refugio precario pero seguro.
De todas maneras, se trata de algo más que el
mero ámbito donde el Niño está a salvo; la clave
es la profecía allí contenida y cumplida. El lector
descansa un instante porque el Niño está lejos de
su perseguidor. Qué belleza hay en ese Niño, en
brazos de su padre y de su Madre Santísima. Es
importante captar estos matices dinámicos en el
relato, porque, de pronto, el poder de las tinieblas
se desborda con toda intensidad:
100
hijos; rehúsa a ser consolada porque sus hijos
ya no existen» (Jer 31,15).
101
acentúa divisiones sociales sino que quiebra los
vínculos con Dios. Ninguna sociedad humana
puede prosperar de modo auténtico y no ficticio
al margen de Dios. Después que el Faraón dio
muerte a los recién nacidos, el Nilo se convir-
tió en sangre. Y es una sangre que clama desde
lo profundo de la tierra, como la de Abel en los
inicios de la historia. Y continúa clamando en
nuestros tiempos, más que nunca. Porque estos
no son hechos relegados a un pasado remoto. Es
nuestra historia. Es la Historia de la Salvación
donde se enfrenta ese tenebroso poder del mal
con la luminosa y, definitivamente, victoriosa
fuerza del Amor divino.
Tanto el Faraón egipcio como Herodes, como
tantos otros que imitan sus perversiones, tienen
miedo al Amor que los salvaría. Como en aque-
llos tiempos en que se temía que el Pueblo de Dios
tuviera un poder superior al de Egipto, o que el
Niño derrocara al Rey Mundano, la Iglesia sigue
siendo perseguida. Pero es perseguida de tantas
maneras distintas, más claras o más veladas, por-
que el Mundo le teme. Ese Mundo, en aparien-
cia tan poderoso y próspero, está corroído por el
miedo. Es un Mundo triste. De acuerdo con la ex-
traordinaria parábola del Hijo Pródigo, mientras
en la Casa del Padre hay gozo y alegría, sinfonías
y danzas, el hijo mayor se entristece y aquella al-
garabía santa lo estremece. Y era hijo, aunque no
vivía como hijo. También en el Tiberíades, las olas
de la tempestad, signo de las lóbregas fuerzas de
este Mundo, entraron en la Barca.
102
De pronto el poder del mal parece aplacarse.
Toda aquella fatídica fuerza desplegada termi-
na con la muerte de Herodes. Los Santos Niños
sacrificados han alcanzado la victoria; Herodes
ha muerto. Con la nueva revelación del Án-
gel, José retorna a la Tierra Santa. No obstan-
te San Mateo muestra, aludiendo a una última
manifestación en sueños al Santo Patriarca, su
radicación en Nazaret (Galilea) y no en Belén
de Judea. La oscuridad del mal se ha replegado
pero no extinguido; continúa latente, amena-
zante, aguardando el momento oportuno. San
José, conociendo la presencia de Arquelao, hijo
de Herodes, decide, siguiendo lo que le ha sido
revelado, dirigirse al norte de Palestina, preci-
samente a Galilea donde, años después, comen-
zará la vida pública de Nuestro Señor. José con-
duce a Cristo al punto de partida de su futura
misión evangelizadora. No operan aquí meras
prudencias humanas ni simples convicciones
coyunturales: lo que está sucediendo es el modo
en que el plan divino de la Redención se lleva
a cabo, siendo nuevamente San José una figura
clave y determinante. A su modo nos da a Cris-
to; sitúa al Salvador en las puertas del camino
que lo conducirá, al final de su vida pública, a la
Pasión, Muerte y Resurrección. Todo el evange-
lio va dirigiendo y concentrando nuestra mira-
da hacia ese instante sublime.
Pero hay un rasgo más en el final del relato de
Mateo sobre la infancia de Cristo: precisamente
las últimas palabras que justifican, desde la pro-
103
fecía, la llegada de la Sagrada Familia al lugar in-
dicado:
104
Cruz, la inscripción volverá a recordarlo: «Jesús
Nazareno, Rey de los Judíos». Tal vez José, llevan-
do al Niño a Nazaret, ya nos hable, como sólo él
lo sabe hacer, del misterio de la Cruz.
105
106
VI
María y José
S
an Mateo nos ha ofrecido una notable figura
de San José, muy destacada y acentuando,
con tonalidades propias, su relieve en la in-
fancia de Jesús y en el gran marco de la Historia
de la Salvación. Lo que sucede en esos dos capí-
tulos iniciales resulta un punto de convergencia
sin el cual nuestra comprensión del plan de Dios
se vería comprometida, en nuestra pobre percep-
ción de realidades tan sublimes. Es una figura
resplandeciente en su contexto, al mismo tiempo
que sugestiva y matizada con mucho equilibrio
en la narración de los primeros años de la vida
de Nuestro Señor. Por otra parte, tanto el Niño
como la Madre son destacados pero de otra ma-
nera, también silenciosa pero en planos diversos
a la del Santo Patriarca, a la manera de una línea
de fondo sobre la que se traza la suya.
San Lucas también nos muestra a José, ha-
ciéndolo mediante un consumado arte literario y
profundidad espiritual, siéndonos muy fructífera
la comparación con el primer evangelio. Casi a la
107
inversa de éste, el tercer evangelio parece ofrecer-
nos un San José mucho más oculto, en primera
instancia menos visible, mientras los primeros
planos están ocupados por María Santísima y
por el Niño, y luego por otros personajes cla-
ves, como Zacarías e Isabel y, por supuesto, Juan
Bautista. Se acentúa la manifestación gloriosa
de los ángeles y se le dedica bastante espacio al
Nacimiento del Salvador. Escuchamos amplios y
preciosos cánticos (el de María Santísima, el de
Zacarías) las palabras proféticas de Simeón y, por
fin, el acontecimiento de Jesús, ya a los doce años,
en el Templo, en medio de los doctores de la Ley.
Porque aquí también el Templo ocupa un lugar
de especial relieve.
De esta manera la figura de José, si bien no
se nos muestra tan en detalle como en San Ma-
teo, no obstante continúa presente y apreciable
de un modo distinto, más sutil pero no menos
admirable e importante. Sin que Lucas le dedi-
que el amplio espacio que ocupa en Mateo, José
está presente todo el tiempo en la narración, con
afirmaciones breves, en ocasiones impercepti-
bles, como una nota profunda y mantenida que
la atraviesa por completo, o como lo sugerido sin
explicitaciones ulteriores. Son esas pequeñas pin-
celadas que, si no se miran bien, podrían pasar
inadvertidas y deteriorar la adecuada percepción
de los acontecimientos.
Observemos, en primer lugar, que la mención
inicial que San Lucas hace sobre José, se encuen-
tra en el v. 27 del primer capítulo, exactamente
108
en el suceso que marca el punto culminante en la
Historia de la Salvación: la Encarnación del Ver-
bo. Y lo que se dice de él podría parecer una afir-
mación de menor relieve, pero es central: en el
relato de la Anunciación del Ángel a María Santí-
sima queda absolutamente claro que José, esposo
de la Virgen, no es padre de Jesús por la carne. Ya
sabemos lo que esta dimensión «negativa» –por
así decirlo– implica en el plan de Dios. La «no
paternidad carnal» de San José nos asegura, y en
cierto modo nos reafirma en la revelación de la
naturaleza, identidad y misión del Salvador. San
Lucas, al referirse a María Santísima, subraya su
vínculo esponsal con un descendiente de David.
El Ángel Gabriel fue enviado precisamente «a una
virgen que estaba comprometida con un hombre
perteneciente a la familia de David llamado José»
(Lc 1,27). Nos encontramos con un compromiso
verdadero, con un auténtico matrimonio, pero
en el v. 34 María le responde al Ángel haciendo
referencia a la ausencia de relación conyugal con
José. Queda destacado así, el papel espiritual de
San José en relación con la paternidad del niño
que nacerá.
Ya lo hemos señalado, pero conviene ratificar
que paternidad real no se identifica con paterni-
dad carnal. Y, más aún, la paternidad de José, no
siendo carnal, es mucho más real, puesto que se
trata de un vínculo en el orden del espíritu, arrai-
gado en lo sobrenatural. Si leemos, por ejemplo,
Lc 2,33 el evangelista refiriéndose a Cristo alude
a su padre y a su madre. De igual manera sucede
109
en 2,41: «sus padres iban todos los años a Jerusa-
lén»; en 2,48 San Lucas hace referencia a que «sus
padres quedaron maravillados» en el contexto del
hallazgo del Niño en el Templo en medio de los
doctores de la ley. Y más aún cuando la Virgen
María le dice a Jesús: «piensa que tu padre y yo te
buscábamos angustiados».
Relacionando el pasaje de la Anunciación y el
lugar que allí ocupa San José, con los otros pasa-
jes que hemos compendiado, el evangelio nos está
ofreciendo con mucha profundidad teológica el
ámbito preciso que define la misión paternal del
Santo Patriarca. En el relato de la Anunciación,
desde la perspectiva de esa paternidad, lo que el
evangelista más destaca es el vínculo esponsal en-
tre María y José, al mismo tiempo que la carencia
de relación conyugal entre ambos, atestiguada en
las palabras de la Virgen. Su virginidad se enfatiza
en la respuesta del Ángel: el Niño será engendra-
do en sus entrañas purísimas por obra de Dios y
no por una acción humana. Es Dios quien hace
que el Verbo asuma naturaleza humana en María.
Ahora bien, con su estilo propio, San Lucas alude
a la filiación davídica de José (v. 27) y más adelan-
te a la condición de Jesús como Rey descendiente
de David. Las palabras que emplea son importan-
tes: «El Señor Dios le dará el trono de David, su pa-
dre» (v. 32). Aquí encontramos subrayado el tema
de la paternidad y la filiación en la línea de David
y así se nos abre un sugestivo horizonte a la hora
de calificar el tipo de paternidad de José y lo que
implica en las dimensiones salvíficas.
110
El Niño que nacerá queda entonces claramen-
te identificado como Mesías Rey, descendiente de
David, pero con una destacable preeminencia so-
bre éste. Es imprescindible atender a esta condi-
ción puesto que José será padre de ese Niño con
todas las implicaciones y supuestos que de allí se
siguen. José es el padre del Rey Mesías, pero lo es
de una manera absolutamente singular y profun-
da. Con ello vemos el sentido de la pertenencia
del esposo de María a la familia de David, afir-
mado en el v. 27. La primera mención que Lucas
hace del Santo patriarca ya pone en evidencia su
especial dignidad y, sobre todo, lo va situando en
un punto clave de la historia de la salvación. Con
su afirmación inicial sobre San José, San Lucas,
comienza a sugerirnos la naturaleza propia de
esa paternidad que lo caracteriza y lo constituye.
Confluyen aquí la línea davídica con la ausencia
de paternidad carnal de San José.
Pero continuemos admirando la manera en
que Lucas presenta a San José, por el momento,
bajo esta condición de descendiente de David en
relación con el mesianismo de Cristo. Versículos
más abajo, en el cántico de Zacarías, hay una ex-
presión muy digna de ser tenida en cuenta en este
aspecto: «y levantó una fuerza de salvación en la
casa de David, su siervo» (Lc 1,69). Zacarías su-
braya su afirmación triunfal con la voz antigua de
los profetas, que anunciaron ese momento. Hay
un anuncio sobre el Mesías, no sólo como Salva-
dor, sino como descendiente por excelencia de la
Casa de David. Y en esa pertenencia e identidad,
111
aún tácitamente, subyace la presencia de San José,
aquel hombre perteneciente a la Casa de David,
mencionado en el momento de la Encarnación
de Verbo. Como vemos, siempre está presente,
explícita o implícitamente. Y lo está en lugares
de indiscutible preeminencia. Imita el obrar de
Dios, que siempre actúa, que siempre está allí,
pero no siempre se advierte su presencia. Esto es
algo distintivo y sublime en el ocultamiento del
Santo Patriarca.
Nuevamente en el cap. 2, San Lucas insiste en
proponer la importancia de la ascendencia daví-
dica de José, vinculada a la identidad del Mesías:
«José, de la casa y la familia de David [...] subió a
Belén de Judea, la ciudad de David » (Lc 2,4). En el
versículo anterior se aludía al censo y a la ciudad
de origen de cada uno. Debemos notar lo incisivo
e insistente de las expresiones del evangelio a este
respecto. Parece estar describiendo un contexto,
un ámbito para entender la situación y los moti-
vos circunstanciales del nacimiento de Jesús en
Belén, pero, sin que nos demos del todo cuenta
en primera instancia, la condición de José como
hijo de David se reafirma una y otra vez.
De esa manera queda desplegado el horizon-
te espiritual que nos introduce en la naturaleza
de una paternidad incomparable y reveladora
del Niño que va a nacer. Estamos en el mismo
ámbito que nos había presentado, de otro modo,
San Mateo. La paternidad de San José transpa-
renta la identidad del Mesías, que desciende de
David pero cuya vinculación con éste es funda-
112
mentalmente espiritual y por eso superior, dan-
do sentido al modo en que asume la naturaleza
humana. Jesús no será ese Mesías anhelado por el
fariseísmo en la línea de una carnalidad corrom-
pida. Y por no ser así es que la historia de la sal-
vación alcanza un punto culminante, puesto que
un mesías puramente carnal no puede redimir a
la humanidad del pecado.
No pretendemos considerar otra vez lo ya
aludido en páginas anteriores y estudiado por
los intérpretes acerca de la naturaleza y la dis-
tinción entre los desposorios y la vida común
en los matrimonios israelitas y los aspectos par-
ticulares que al respecto caracteriza a la Sagrada
Familia. Ya sabemos que, en el caso de María y
José hay condiciones únicas al respecto, expre-
samente señaladas en el texto bíblico, tanto en
San Mateo como en San Lucas. Con todas las
particularidades del caso, se trata de un verda-
dero matrimonio, de una auténtica paternidad
de José y, por supuesto, de la sublime materni-
dad divina de María. En todo ello hay, asimis-
mo, un máximo respeto por lo humano, por lo
natural, siendo un caso tan singular y tan único.
Pero consideramos que la premisa fundamental
y pauta insoslayable de comprensión se encuen-
tra en el orden sobrenatural: la de José es una
esponsalidad y una paternidad radicada en el
orden del espíritu, de la Fe animada por la Ca-
ridad. De hecho, como lo contemplamos en San
Mateo, el Santo Patriarca asume su condición de
esposo y padre, habiendo conocido por el Ángel
113
el misterio de la Encarnación y por una estricta
y directa orden divina, en perfecta obediencia a
la Palabra de Dios. En un sentido diverso pero
concordante en los fundamentos, estas dos di-
mensiones también se dan en María Santísima,
y no cabe duda que es imposible aproximarse
a una compresión de estas realidades sin tener
siempre presentes a ambos, siempre en relación
con el Niño, punto absoluto de convergencia de
aquellas vidas extraordinarias.
El que Jesús tenga como padre a San José, con
los rasgos que se han evidenciado, no responde
de manera exclusiva a una adecuación a las cos-
tumbres sociales de la época. En realidad, no es
posible prescindir –contando con el misterio del
plan de Dios– de la figura paterna y esponsal de
José, puesto que, de lo contrario, el sentido de la
Historia de la Salvación se oscurecería. Dios po-
dría haber determinado que la salvación de los
hombres hubiera tenido lugar de otra manera,
que el Niño naciera de María Santísima sin que
varón alguno asumiera la paternidad, pero sien-
do como es, se nos impone indagar las conve-
niencias. Nuestra idea es contemplar los motivos
de una paternidad y una esponsalidad como la
del Santo Patriarca en su incidencia y a la luz de
esa misma Historia.
Las dos dimensiones se encuentran íntima-
mente vinculadas. Los evangelios nos muestran,
en la Sagrada Familia, figuras relacionales y nun-
ca cerradas en sí mismas. Una primera aproxi-
mación es de índole muy concreta: dado el hecho
114
de la Encarnación, la ausencia de José redunda-
ría en un detrimento –ante los ojos de los hom-
bres– de la correcta percepción de la santidad de
María. Lo hemos visto al comentar los razona-
mientos de José ante la noticia del embarazo de la
Virgen en el evangelio de Mateo. No obstante la
cuestión excede en mucho un determinado con-
texto social o la diversidad de opiniones que la
situación podría o no generar. Estos aspectos que
definen la vida de José trascienden las coyuntu-
ras temporales, van más allá de los entornos pu-
ramente humanos. No se oponen ni se desligan
de las circunstancias que rodean el misterio de la
Sagrada Familia, pero son vínculos arraigados en
la abismal profundidad de lo divino. La reacción
de José pone en evidencia la santidad de María en
relación con su maternidad divina. No es el mero
asunto de evitar una infamia social (y notemos
que es un problema real, cierto y expresamente
aludido en el texto) sino que ese tema es el punto
de partida para una consideración del Misterio
de Dios expresado en esa Maternidad virginal y
divina de María, que San José protege y atesora
en el abismo de su alma.
Y sólo desde allí es posible una aproximación
creyente. Quisiéramos recordar e insistir en que
una explicación demasiado precisa y aparente-
mente perfecta de estos misterios, los traicionaría,
los deformaría más que manifestarlos. Se trata de
realidades demasiado sublimes para ser conteni-
das en los estrechos límites de la cotidianeidad
humana. La Sagrada Familia no es como cual-
115
quier otra familia. Su ejemplaridad es indudable
–por eso puede y debe ser imitada por las familias
cristianas– pero su singularidad es trascendente
a todo otro caso. Tal situación, por otra parte, no
nos exime de considerar lo que, aún precaria y
parcialmente, podemos advertir en ese ámbito de
incomparable misterio. Como en el caso de María
Santísima, también en el de San José, su esponsa-
lidad y paternidad están en relación directa con
la Encarnación del Verbo, con el misterio de la
Redención. La frecuente expresión «sus padres»
que San Lucas nos presenta, en cierto modo nos
permite iluminar recíprocamente la misión de
María y de José. Siempre mirando hacia el Niño.
Siempre viviendo para Jesús.
En la Biblia la esponsalidad constituye un no-
table marco de comprensión y, al mismo tiempo,
es estructurante de la Historia salvífica. Nos lo ha
recordado el Catecismo de la Iglesia Católica (n°
1602) y algunos autores, fijando la atención en
ese tema lo han destacado. Todo comienza en el
contexto de una Boda y todo termina también en
una Boda. En el primer caso la de Adán y Eva; en
el segundo las Bodas del Cordero en el libro del
Apocalipsis. Hablamos ya de esta perspectiva en
el desarrollo de las diferencias entre linaje carnal
y linaje espiritual. Pero volvemos sobre la idea
dado que éste es uno de los puntos fundamenta-
les que nos permite aproximarnos mejor al sen-
tido de la esponsalidad y paternidad de San José.
Como la esponsalidad tiene, en la Sagrada Es-
critura, ese rasgo estructural, en cierto modo el
116
curso de la Historia de la Salvación debe ser en-
tendido desde ese punto. Al drama del pecado, a
la tragedia del alejamiento de los hombres de la
fuente de salvación, se corresponde la Misericor-
dia de Dios, que sale al encuentro de la humani-
dad. Lo hace de muchas maneras distintas pero la
forma de Alianza tiene preeminencia. Y no solo
de Alianza sino de Alianza Esponsal, una de las
manifestaciones más plenas y más explícitas del
amor salvífico de Dios. La Historia misma es la
Historia de esta Alianza. La grandeza de los hom-
bres se esclarece en la manera en que participan
de esa esponsalidad divina; su desgracia y su mi-
seria en la medida en que se apartan.
En el acontecimiento del Pecado Original,
nuestros primeros Padres, al renegar de Dios, se
desvinculan entre sí. Desde ese momento, la hu-
manidad no podrá reanudar el verdadero víncu-
lo de salvación si Dios no sale a su encuentro y el
hombre acepta ese encuentro. Y es precisamente
lo que Dios hace, de inmediato, y a lo largo de
la historia entera. La primera acción divina lue-
go del pecado de Adán y Eva, es pasearse por el
Jardín, a la hora del día en que sopla la brisa (Gn
3,8). Y no se trata de un paseo despreocupado
sino el del Dios de Amor que busca reanudar el
vínculo con su creatura extraviada. Nuestros pri-
meros Padres escucharon el rumor de esos pasos,
escucharon esa voz callada y misteriosa en el mo-
mento en que el viento suave soplaba en el Edén.
Viento que evoca el indicado en el segundo ver-
sículo del Génesis, ese Rúaj; divino que sobrevo-
117
laba por encima de aguas abismales. El Génesis
emplea una misma palabra para referirse al soni-
do de pasos y a la voz de Dios. Siglos después, la
Palabra Encarnada caminará por nuestra tierra,
llevando a plenitud ese rescate de los hombres y
en plena noche hablará con Nicodemo sobre ese
viento cuyos orígenes y direcciones permanen-
cen en el Misterio, aunque invisiblemente actúa,
imagen del Espíritu Santo.
Que Dios se manifieste, en el Antiguo Tes-
tamento, como Esposo de su Pueblo, debe ser
interpretado a la luz de las Bodas de Cristo con
la Iglesia: lo que se anuncia delineándose en los
siglos que precedieron al Nuevo Testamento, se
realiza en Cristo. En pocas palabras: la salvación
asume la forma de alianza esponsal. Cristo salva
a la Iglesia siendo su Esposo. San Pablo, refirién-
dose al matrimonio cristiano enseña que «es un
gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la
Iglesia» (Ef 5,32). Versículos más atrás vinculaba
la salvación con la esponsalidad de Cristo, expo-
niendo el modo en que el esposo debe amar a su
esposa, de la misma manera en que «Cristo amó a
la Iglesia y se entregó por ella para santificarla» (Ef
5,25-26). La esponsalidad constituye, sin lugar a
dudas, una de las dimensiones estructurales más
importantes en la Historia de la Salvación.
Sin pretensiones de agotar todo lo allí conteni-
do, tarea imposible, por cierto, es evidente que la
esponsalidad de San José responde y está plena-
mente integrada a tal dimensión estructural. Nos
muestra que la manera en que el Verbo de Dios
118
asume la naturaleza humana para salvarnos, se
ha dado en el marco de la esponsalidad. La es-
ponsalidad de San José concreta y hace explícita,
en el momento central de la Historia, esa Alian-
za divina. Y, por supuesto, en esa esponsalidad
radica otra de las dimensiones características del
Santo Patriarca: su singularísima e inclasificable
paternidad. Esposo y padre virginal, siempre en
razón del Misterio salvífico al que sirve y que por
su medio también se nos revela. Verdadero espo-
so y padre, no por la carne sino por el espíritu,
puesto que el espíritu es el fundamento de todo
lo demás.
Nuevamente podemos advertir aquí el carác-
ter revelador de una figura tan central como la
del Santo Patriarca: en cierto sentido está, con su
esponsalidad y paternidad, poniendo en eviden-
cia las raíces mismas del amor de Dios que salva
a la humanidad. Revela sin palabras; revela con
su sóla presencia y con las actitudes de su alma.
El origen de nuestra salvación se encuentra en
ese vínculo de Alianza de Dios con nosotros: la
filiación que hemos recibido proviene de allí. La
Alianza engendra en nosotros la filiación y, por
ella, podemos llamar Padre a Dios. José, al recibir
a María como Esposa, recibe a Cristo como hijo.
Y así, como hijos, nos recibe también a nosotros.
119
120
VII
Nacimiento en Belén
D
espués del relato de la Anunciación a
María, San José es mencionado expresa-
mente en el cap. 2 del evangelio de San
Lucas, al hacer referencia a los motivos por los
que la Sagrada Familia se traslada de Nazaret,
donde vivían, a Belén, donde nacerá el Niño. A
diferencia de San Mateo, San Lucas no hace alu-
sión alguna a la reacción de José ante el Misterio
de la Encarnación. En este punto dos aclaraciones
son indispensables. La primera es que esa ausen-
cia no es un obstáculo, puesto que la conocemos,
precisamente, por el primer evangelio, y está aquí
supuesta e implícita. No es necesario que todos
los evangelios narren exactamente los mismos
acontecimientos, puesto que además de presupo-
nerlos en algunos casos, siempre las intenciona-
lidades, acentos y preocupaciones de cada uno,
son distintos. Pero en segundo lugar, tampoco
pretendemos dilucidar aquí los motivos más pre-
cisos por los que Lucas no haga referencia a José
en la situación que atraviesa por la Encarnación
121
del Verbo. Sí nos parece interesante recordar que
la mirada del tercer evangelio está más centrada
en María y en el Niño que en José. Eso es algo
evidente. No obstante, como ya lo señalamos, la
imagen que nos ofrece sobre el Santo Patriarca
no es menos importante aunque esa importancia
esté destacada de otra manera, como un fondo
permanente, como una especie sutil de horizonte
sobre el cual todo sucede.
Cuando José se dirige de Nazaret a Belén, con
ocasión del censo, conduce a la Sagrada Familia
pero su misión es trascendente. Es alguien en
quien se cumplen las profecías y que, por su in-
termedio, éstas se llevan a cabo. En este caso, que
el Niño nazca en Belén, en la Ciudad de David:
122
tendría lugar en Belén y era algo que en tiempos
del Nuevo Testamento se sabía y se esperaba:
123
Por ese motivo es que se dirige allí con ocasión
del censo. Es decir que la implicación del Santo
Patriarca en esta situación es total. Él ha recibido
la herencia de Abraham y, como lo veremos en-
seguida, la herencia de la humanidad toda, para
depositarla en Jesús.
La Ciudad de David alcanza un punto culmi-
nante en su historia a causa del Nacimiento del
Salvador. Dignísima por ser la patria de David,
ahora porque allí es donde nace el Mesías. Es Je-
sús quien da sentido al Antiguo Testamento, y es
el Antiguo Testamento el que, mirando hacia el
Nuevo, lo anuncia con palabras y con aconteci-
mientos. Siempre lo parcial toma sentido de lo
total, lo precario de lo permanente, el camino a la
luz de su fin. Y, el Antiguo Testamento, al mirar a
Cristo, ve también a San José –aún sin nombrarlo
explícitamente– y a María Santísima, anunciada
en las profecías que la precedieron desde hacía
siglos. El ocultamiento de José es su auténtica
gloria, al hacer patente la identidad del Mesías.
Una figura casi invisible, pero sin la cual no se ve
bien lo que debe verse.
Así pues, San Lucas, con mucha sutileza, va
develando para nosotros la presencia de San José
en momentos centrales. Nos lo ha presentado en
la Anunciación y, ahora, en el Nacimiento. Es-
tos grandes hechos están delineados sin ignorar
su presencia y, más aún, acentuando el sentido
salvífico y el relieve indiscutible que posee. La
Ciudad de David, donde nace Jesús, adquiere su
importancia definitiva, porque allí la mirada re-
124
torna a aquel origen real y davídico de la condi-
ción mesiánica de Cristo. Su lugar de nacimiento
no es simple circunstancia histórica; es revelador
de la identidad y de la misión del Verbo de Dios
hecho carne. Y en esto, la presencia y la acción de
José es insoslayable.
Cuando los pastores reciben el anuncio del
nacimiento del Salvador, el ángel les da un sig-
no para identificarlo: la Ciudad de David y «un
Niño, recién nacido, envuelto en pañales y acostado
en un pesebre» (Lc 2,12). Cuando llegan a Belén,
se encuentran con lo que el ángel les había dicho,
y en la presencia de María y de José: «encontra-
ron a María, a José y al recién nacido acostado en
el pesebre» (v. 16). No solamente se encuentran
con el Niño, que ocupa el lugar central. Se en-
cuentran con Él pero en el centro de una familia.
Así es como los pastores ven a José, así es como
descubren esa misteriosa figura al lado de Jesús.
Buscan a Cristo, pero no lo encuentran aislado,
separado ni distante de esa admirable familia en
la que ha nacido y vive. Es como si Jesús les mos-
trara antes a María y a José. Jesús nos muestra a
«sus padres»; en cierta forma los vemos por sus
ojos. Suele destacarse, naturalmente, el parecido
con María, su Madre. Sin embargo, la profunda
unidad espiritual con José nos deja a las puertas
de considerar también un inefable parecido con
José. En otras palabras: ver a Jesús es también ver
a José. Cuando Jesús diga, años más tarde, «el que
me ve a mí ve al Padre» ciertamente se refiere al
Padre celestial, pero, sin exagerar los términos,
125
y por la participación de la gracia, la santidad
nos hace parecidos al Padre, al configuarnos con
Cristo. Y sin lugar a dudas, después de María, San
José es quien mejor refleja ese Rostro.
La llegada de los pastores al lugar del naci-
miento es el primer encuentro del Pueblo de Dios
con el Salvador. En ese momento tan significativo
está presente San José. Santo Tomás afirma que
los pastores representan al Israel creyente y a los
Apóstoles; luego vendrán los Magos, que simbo-
lizan a los gentiles y finalmente, con la manifesta-
ción en el Templo, la totalidad del Israel que reco-
noce definitivamente al Mesías, representado en
aquellos justos, Simeón y Ana9. Por lo tanto este
encuentro inicial tiene una intensidad especial.
San Lucas nos ha mostrado a San José, hasta el
momento, presente en el relato de la Encarnación
del Verbo, luego en el Nacimiento del Salvador en
Belén y finalmente en la Manifestación a su Pue-
blo. Singular presencia del Santo Patriarca, evi-
denciada con sencillez y, al mismo tiempo, con
una profundidad digna de admiración. Porque
se trata de una presencia realmente indispensa-
ble en el desarrollo y en la comprensión de los
acontecimientos. En la Encarnación del Verbo su
ausencia de paternidad y esponsalidad carnal nos
revela el sentido del mesianismo de Cristo. En el
Nacimiento, un vínculo salvífico y mesiánico con
el Rey David y en la visita de los pastores su fi-
9
Cfr. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, Q. 36,
art. 6.
126
gura paterna aparece en la más estrecha relación
con el Niño que se encuentra por primera vez
con el Israel creyente. Un pueblo que, buscando
al Mesías lo encuentra en brazos de José y de Ma-
ría, en indisoluble unidad espiritual.
127
128
VIII
P
ocos versículos más abajo, luego de la vi-
sita de los pastores y con ocasión de estos
acontecimientos, San Lucas nos refiere la
actitud profunda de la Virgen. Todos se admiran
ante lo sucedido, «Mientras tanto, María conser-
vaba estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc
2,19). En el final del cap. 2 San Lucas vuelve a afir-
mar lo mismo (v. 51), enfatizando esta actitud de
María. No cabe duda de que la Virgen comparte
la profunda admiración de los pastores, pero su
actitud ante Dios es de un orden más abismal to-
davía, y eso es lo que el evangelista destaca. Pero
nada se dice allí acerca de la reacción de José ante
el Nacimiento y los prodigios que lo acompañan.
Solamente se mencionará, después de la profecía
de Simeón y también en ocasión del hallazgo de
Jesús en el Templo a los doce años, la admiración,
tanto de María como suya, por las palabras del
anciano y por la respuesta del propio Jesús. Por
el momento, si bien no encontramos la reacción
interior de José en estos acontecimientos, le es
129
aplicable una actitud semejante a la de su Espo-
sa, aun cuando no se explicite. No cabe duda que
el corazón de San José es el más parecido al de
la Virgen y por ello, en las honduras de aquella
alma privilegiada habita el misterio de Dios y
vive de ese misterio.
Las palabras que San Lucas dice de María evi-
dencian lo que sucede en San José. Él también
participa de la admiración ante el misterio de
Dios, pero, sobre todo, en perspectiva de la inte-
rioridad del corazón. Allí, como María, atesoraba
la Luz de su existencia, el abismo del Amor di-
vino, de la Misericordia redentora. Y no se trata
sólo de reflexionar, de ponderar indagando los
significados profundos de la irrupción de Dios
en su vida, sino que José vive ese misterio que
habita en su alma. A él le podemos dedicar las
palabras del Salmo Primero, cuando describe
aquel hombre que, separado del mal, apartado
de la impiedad y del cinismo de los burladores
de Dios (v. 1), «se complace en la ley del Señor y
la medita día y noche» (v. 2). José hace realidad
en su vida la firmeza del «árbol plantado junto a
las aguas, que produce fruto a su tiempo y cuyas
hojas jamás se marchitan» (v. 3). Se alimenta de
esa fuente y su vitalidad se vuelve plenitud total
en Dios. Es el varón justo, el varón santo, el bien-
aventurado. En esas profundidades se arraiga su
felicidad, su gozo en el Señor. Felicidad fundada
en la percepción y valoración del tesoro recibido.
Es verdad que el Salmo nos habla, en primer tér-
mino, de Jesucristo. No obstante, apelando a ese
130
principio ya bosquejado en páginas anteriores,
es la similitud de los corazones de Jesús, María y
José, lo que legitima atribuciones también seme-
jantes, salvando, por supuesto, lo característico y
lo distintivo de cada uno de ellos.
Esa vida interior, dentro de lo que nos es dado
contemplar –puesto que, como almas pecadoras
intuimos sólo atisbos imprecisos y precarios vis-
lumbres– implica un profundo diálogo entre San
José y el Tesoro de su alma, que es Cristo y su Ma-
dre Santísima. El salmo alude a una meditación
constante. Una tarea consistente en ese gozo por
la Palabra, traída una y otra vez, de la mente y el
corazón, a los labios. El salmo insinúa un «mu-
sitar» en voz baja y callada, esas maravillas de la
obra de Dios. Y, como algunos interpretan con
acierto, ese es el «trabajo», la tarea del hombre
creyente. Es alguien fundamentalmente ocupa-
do en Dios. No porque abandone otras cosas o
prescinda de actividades temporales, sino por-
que ésta es la principal, la que da sentido, sabor,
significado y orientación a todo lo demás. Es un
escuchar profundo de la Palabra, siempre impli-
cando un diálogo: un logos que atraviesa el espí-
ritu humano, descendiendo de lo Alto y llevando
a la creatura hacia lo Alto. Y, más todavía, es un
diálogo propio de la familiaridad, de lo que los
antiguos llamaban parresía. El diálogo del alma
libre que reflexiona adentrándose en el Misterio
que lo circunda y lo irrumpe. Al estilo de Moisés,
aquel de quien la Escritura afirma que «hablaba el
Señor con Moisés, cara a cara, como habla un hom-
131
bre con su amigo» (Ex 33,11). Esto es lo que se da
en la interioridad de José y de María, ese diálo-
go familiar en grado excelso, siempre en medio
de los velos de la fe. Fe que les hizo percibir, con
intensidad indescriptible, las oscuridades que la
vida del creyente implica. Esa entrada única en
el Misterio de Dios les hace advertir mejor la
pobreza de la creatura en relación con el Crea-
dor. En otras palabras, viendo con mayor luz las
semejanzas, ven y experimentan mucho más las
abismales diferencias.
El trabajo de San José, sus ocupaciones diarias,
hasta las más concretas y materiales, están bajo
esta dimensión espiritual. Todo es consecuencia
de ese diálogo interior, es fruto de un corazón
amante, obra de una Presencia. Sus silencios y
también sus palabras proceden de aquí. Porque
el de San José no es un silencio neutro ni mucho
menos indiferente, sino cargado de una elocuen-
cia máxima, a causa de la Palabra que allí habita.
Paradójicamente, es el hombre de la Palabra y,
por eso, su silencio es de una extraordinaria fe-
cundidad. Se ha visto como signo de humildad,
de prudencia, de templanza, y ciertamente que lo
es. Pero esos significados no dicen todo lo que
realmente sucede. Son alusiones válidas, legí-
timas y razonables, pero acotadas en su misma
grandeza.
En una breve y conocida meditación sobre el
silencio, Joseph Pieper nos dejaba un principio
de comprensión. Aunque no habla allí de San
José, igualmente ilumina su profundidad cordial.
132
Enmarca su reflexión en dos expresiones, inician-
do con aquello de que «sólo quien calla escucha»
y concluyendo que «sólo quien escucha calla». El
Santo Patriarca guarda silencio porque recibe
el Verbo, porque el silencio es el ámbito propi-
cio para ello, el ámbito de la receptividad. Pero
también, al meditar viviendo en esa Presencia no
puede sino quedar silencioso, porque lo que con-
templa es inexpresable, porque toda formulación
limita una Realidad así. Haciendo referencia a los
místicos, en esa meditación que aludíamos, seña-
la Pieper –citando a J. Bernhart– que, aún cuan-
do ellos han expresado el Misterio con palabras
humanas, advierten «en la plata del habla, el oro
de un silencio, que no ha podido traducir en pala-
bras la riqueza más escondida del alma»10. El silen-
cio de San José nos muestra, tal vez, que todo lo
que puede decirse de Cristo, incluso siendo ver-
dad, será siempre un pálido reflejo de su infinita
e inexpresable belleza.
10
J. Pieper, El silencio. Meditación, Revista Gladius, n° 25.
133
134
IX
El Nombre
D
espués del relato del nacimiento de Jesús
y los acontecimientos que lo rodean, San
Lucas hace referencia a la circuncisión e
imposición del Nombre. Con San Mateo veíamos
la importancia que el tema del Nombre de Jesús
tiene y la especial implicación de José en el acto
de imponérselo. El tercer evangelio alude al mis-
mo tema de manera más sutil. En la Anunciación
del Ángel a María Santísima, le dice a la Virgen
«le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31). En Israel
la responsabilidad de elegir e imponer el nom-
bre del recién nacido recaía tanto sobre la madre
como sobre el padre. Según parece, en las épo-
cas más antiguas la responsable era la madre y en
las más recientes, el padre. Pero no se trataba, en
ningún caso, de una situación demasiado rígida
y admitía excepciones. Vemos, por ejemplo, en el
caso de Zacarías e Isabel, que la madre de Juan
Bautista define el nombre de su hijo y luego el
padre lo reafirma, zanjando la problemática. Es
verdad que la mudez de Zacarías, lógicamente
135
lleva a Isabel a decidir por sí misma el nombre de
Juan. Advertimos una cierta exclusión inicial en
la participación del padre, motivada por la situa-
ción en que Zacarías se hallaba. Pero al mismo
tiempo una convergencia de voluntades.
En el caso de María y José, el evangelio de San
Lucas prioriza de modo más explícito a la Vir-
gen. Leíamos en el texto señalado de la Anuncia-
ción que es concretamente ella quien le pondrá
el nombre al Niño. Según San Mateo, la respon-
sabilidad recae claramente en José, también por
orden del Ángel. San Lucas, acentuando la «no
paternidad carnal» de José, destacada en las pa-
labras de María («no conozco varón») ha queri-
do subrayar, bajo la inspiración divina, que esa
imposición del nombre le conviene a la Madre,
puesto que no hay padre por la carne. No obstan-
te, lo más admirable en Lucas es que, en el pre-
ciso momento de la imposición del nombre, con
la importancia que ese acto reviste, no se men-
ciona ni a la Virgen, ni a San José, en una mag-
nífica omisión, diciendo solamente: «se le puso
el nombre de Jesús; nombre que le había sido dado
por el Ángel antes de su concepción» (Lc 2,21). Ló-
gicamente entendemos la plena concordancia
entre María y José en este acto denominativo
y, al mismo tiempo (y esto es realmente digno
de mención) cómo ambas figuras se difuminan,
en pro de la actuación preemiente de Dios. Se
trata del nombre dado por Dios, cuyo origen
radica en su inefable Misterio, del que ningún
ser humano puede apropiarse. Más aún, daría la
136
impresión de que hasta las mediaciones huma-
nas quedan en un segundo plano. No se niegan,
pero en este versículo clave, parece encontrarse
solamente el Niño, como recibiendo el Nombre
desde lo Alto. Y este ocultamiento es lo que le da
relieve. Tal vez, sea esta la clave de comprensión,
no solo de la misión de San José sino también
de la misión de María. La excelsitud radica en el
ocultamiento.
En torno a este misterio salvífico, probable-
mente se nos abran puertas que nos muestren
mejor la manera en que José ilumina la Historia
de la Salvación. Una de sus características prin-
cipales es ese constante ocultamiento, especial-
mente subrayado en el evangelio de San Lucas.
Porque ocultarse es aquí, en realidad, esconderse
en Dios; consiste en la entrada en Su Misterio.
Cuando San Pablo exhorta a tener el pensa-
miento y el corazón en Dios, da precisamente
esta razón: «Porque habéis muerto, y vuestra vida
está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). Pero
además completa la idea diciendo «Cuando se
manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces
vosotros apareceréis con Él, llenos de gloria» (Col
3,4). Nuevamente aquí, el ocultamiento de San
José no puede ser entendido como un mero acto
de virtud, de humildad o de sencillez. Su ocul-
tamiento –y con mayor razón el de María San-
tísima, tan sorprendente en el momento de la
imposición del nombre en el relato de Lucas– es,
sobre todo, revelador de estructuras vertebrales
de la Historia de la Salvación.
137
Más aún, ese ocultamiento que en San José
tiene una particular fuerza significativa; no sola-
mente nos ayuda a comprender algo de los gran-
des personajes en la Historia de la Salvación,
sino que ilumina nuestra propia vida cristiana,
tal como lo leíamos en el texto de San Pablo. E
incluso, en un sentido ulterior, nos ofrece una
sugestiva mirada sobre Dios mismo, en su Mis-
terio y en su obra en el mundo. Sobre un Dios
que está presente y actuante, aunque no siem-
pre seamos capaces de advertir su presencia
y su obra. Un Dios que se oculta en el seno de
la tierra, que es nuestra alma y nuestra historia
y, desde dentro, germina como aquella semilla
objeto de magistrales parábolas de Jesús. Semi-
lla que crece sin que sepamos cómo, de día y de
noche, misteriosamente, crecimiento sobre el
cual, el mismo Dios nos hace ignorar sus deta-
lles más íntimos. Como el grano de trigo que,
cayendo en tierra da fruto al morir. Se trata de
un ocultamiento que redime el que pesó sobre
nuestros primeros Padres, quienes, al escuchar
el rumor de los pasos de Dios por el Jardín, se
escondieron en una oscuridad que solamente Él
podía atravesar para rescatarlos. Al esconderse
característico de la separación de Dios por el Pe-
cado, se sucede el ocultarse propio del que ama.
Uno de los libros más hermosos de la Biblia, el
Cantar de los Cantares se mueve en esa amoro-
sa alternativa de encuentros y desencuentros, de
búsquedas mutuas y presencias sentidas aunque
no siempre vistas. El Esposo y la Esposa desean
138
el encuentro, anhelan verse, con permanencia,
con eternidad. Porque el amor es eterno. La os-
curidad de la Fe nos lleva a incrementar el deseo
de la visión definitiva.
María y José son dos figuras que se iluminan
recíprocamente. El corazón de María nos da
pautas de comprensión sobre el de su esposo;
el ocultamiento de José despliega un horizonte
de revelación acerca del misterio de María. Es
verdad que, gracias a San Lucas, conocemos el
Cántico del Magníficat, esa proclamación gozosa
del Misterio de Dios y de su obra en el mundo.
Son palabras que provienen de las honduras de
su alma y, en última instancia, de las profundida-
des de Dios. No obstante, tales expresiones jamás
agotan ese abismo. Revelan y ocultan, abriendo
un horizonte inabarcable.
139
140
X
La Espada
E
n los misterios de la infancia de Cristo,
de acuerdo con el Evangelio de San Lu-
cas, San José tiene esa nota distintiva de
ocultamiento y al mismo tiempo de sugestiva
presencia. En cada momento se advierte, velada
y casi imperceptible, pero siempre real. En la En-
carnación del Verbo, en el viaje y Nacimiento en
Belén, en la visita de los pastores, en la imposi-
ción del Nombre. Con magistral arte, el evange-
lista deja que percibamos, en cada instante, esa
presencia sutil.
El Templo es, sin dudarlo, un ámbito central y,
en particular, San Lucas le presta especial aten-
ción. Recordemos que allí se inicia su evangelio,
con la revelación a Zacarías, y allí también con-
cluye, con los Apóstoles que «permanecían con-
tinuamente en el Templo, alabando a Dios» (Lc
24,53). En el caso de la infancia de Cristo, hay
dos momentos que Lucas destaca en relación con
el Templo: la presentación del Niño y el hallazgo
de Jesús a los doce años en medio de los docto-
141
res de la Ley. En ambos estará también San José,
ocupando un lugar preponderante aunque vela-
damente manifiesto.
En el primer caso, se indica que «llevaron al
Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor» (Lc
2,22). San Lucas rubrica esta acción evocando el
texto del libro del Éxodo (13,2) y luego del Leví-
tico (5,7; 12,8) en referencia a la consagración del
primogénito y a la ofrenda por la purificación de
la madre. La llegada de Jesús al Templo está me-
diada por María y José, tácitamente evocados en
ese «llevaron», acentuado más tarde en contexto
de las enigmáticas palabras de Simeón. Allí San
Lucas dice que el santo anciano fue conducido
por el Espíritu al Templo «cuando los padres de
Jesús llevaron al Niño» (Lc 2,27). Pocas líneas des-
pués, el evangelista afirma: «Su padre y su madre
estaban admirados» (Lc 2,33).
Un aspecto aquí ineludible es que Jesús en-
tra en el Templo, pero lo hace porque es llevado
allí. Es verdad que ese «llevar» tiene por prota-
gonistas tanto a María como a José, sin embargo
ese tipo de acciones son más propias del padre.
Desde la perspectiva de San Mateo, se nota con
absoluta claridad la manera en que José condu-
ce al resto de la Sagrada Familia, no solo en la
ida y vuelta a Egipto, sino también en la llegada
a Nazaret. Y lo hace siempre cumpliendo las pro-
fecías, porque no se trata de meros movimientos
locales sino de hechos de salvación. Incluso San
Lucas, al referirse al Nacimiento en Belén, alude
de forma muy directa y casi exclusiva a San José:
142
«José, que pertenecía a la familia de David, salió
de Nazaret, ciudad de Galilea y se dirigió a Belén
de Judea» (Lc 2,4). Va con María embarazada de
Jesús a inscribirse con ocasión del censo, pero es
interesante la intensa focalización del viaje y de
los motivos en el Santo Patriarca. Y, nuevamen-
te, se cumplirá de esa manera, lo anunciado des-
de antiguo. La Presencia de Jesús en el Templo
tiene por principal responsable a José. En cierto
modo es quien hace que el Templo tenga sentido,
porque ese sentido radica en la presencia divina.
Cumple lo prescripto por la Ley, pero la Ley era
radicalmente profecía.
Notemos, si se quiere, un dramático reverso de
esta situación. San Lucas, al narrar en el cap. 4
las tentaciones de Cristo, sitúa la última en una
parte muy elevada del Templo. Es el Tentador
quien ha conducido allí a Jesús, para someterlo a
prueba. Y una prueba del todo particular. El De-
monio pretende, citando las Escrituras, que Jesús
se arroje desde lo alto de la muralla porque Dios
lo socorrerá. El Templo se ha vuelto un ámbito
diametralmente opuesto a la finalidad que tiene:
ya no importa la Presencia del Dios, sino la ma-
nifestación tenebrosa que el Enemigo busca. Que
Dios esté al servicio del hombre, al servicio de
su vanagloria. Y de una vanagloria religiosa. Una
subversión total, la corrupción de lo más noble.
Todo lo contrario a la luminosa conducción de
San José, que vive para Dios, para su Presencia,
para adorarlo desde lo más hondo de su alma,
para que, en verdad, se cumplan las profecías
143
como debían cumplirse y no como el Demonio
procuraba y sigue procurando: desviarlas de su
recto sentido. Buscando que los hijos de Dios
vivan para ser vistos, para ser reconocidos, para
recibir la gloria de un mundo separado de Dios.
Conservando las apariencias de filiación. José
lleva a Jesús al Templo porque sin Él aquello se
convierte en una ruina o peor aún, en un ídolo.
Nos da la impresión de que José cumple perma-
nentemente esa misión de «situar» a Cristo, de
mostrarle al mundo dónde debe estar. Su acción
continúa siendo reveladora, dándonos a conocer,
sin palabra alguna, quién es y a qué ha venido al
mundo su hijo, el Hijo Único del Padre celestial.
Es conveniente notar cómo San Lucas va ha-
ciendo emerger las figuras de María y de José,
plenamente integradas en esta conducción que
nos va narrando. Desde el acontecimiento de la
imposición del nombre de Jesús, donde la difu-
minación era casi completa y tan sugerente, con-
tinuando por el genérico «llevaron», destacando
luego «los padres de Jesús» y finalmente «su pa-
dre y su madre». Algunas alusiones hemos hecho
en páginas anteriores, pero ahora la importan-
cia aumenta en gran medida, a causa de la pro-
gresiva precisión que equipara a María y a José,
como padres, en relación con Jesús. Equipara-
ción sorprendente cuando sabemos, incluso por
el mismo San Lucas, la «no paternidad carnal»
de San José y el misterio de la maternidad divi-
na de María. Por supuesto que esa denominación
relativamente frecuente en estas páginas de San
144
Lucas no implican una igualdad. Pero nos per-
mite la iluminación recíproca. Siendo no carnal,
la paternidad de José es real y, por otra parte, la
maternidad divina de María, siendo física, perte-
nece en sus raíces más íntimas al orden del espí-
ritu. El hecho de que Isabel le diga a María «Feliz
de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue
anunciado de parte del Señor» (Le 1,45) habién-
dola reconocido como la «Madre de mi Señor» es
significativo. Es la Madre de Dios, pero el susten-
to de esa maternidad es la Fe en la Palabra, viva y
eficaz, que realiza, en sus purísimas entrañas, lo
anunciado. Esto no relativiza la Encarnación del
Verbo, no soslaya el acto de asumir, realmente,
la naturaleza humana, sino que, por el contrario,
nos la muestra de manera mucho más íntegra,
mucho más real.
El anciano Simeón, por inspiración divina,
profiere unas palabras que quedarán grabadas
para siempre en los corazones de José y de María:
145
correr, parcialmente, el velo que preserva el mis-
terio profundo de los corazones de los padres de
Jesús: «Su padre y su madre estaban admirados por
lo que oían decir decir de él» (Lc 2,33). Como lo
venimos señalando, las apreciaciones de los evan-
gelios acerca de las actitudes interiores de José y
también de María, son escasas pero muy precisas.
Aquí solamente se destaca la «admiración». Las
palabras del anciano tienen mucha intensidad:
está confirmando el Misterio de la Encarnación
salvadora del Verbo para luego, en su segundo
discurso, aludir a la Pasión de Cristo y cómo la
Virgen participará de su dolor. María y José se
admiran ante el misterio de la salvación, expresa-
do en ese Niño concreto, determinado, que es el
Hijo de Dios y del cual son padre y madre, si bien
de maneras distintas. Admiración que implica un
reconocimiento de la realidad allí presente pero,
también, de que ese Niño supera infinitamente
la capacidad de percepción humana. Admiración
de haber sido integrados de forma tan potente en
el misterio de la salvación de los hombres. Reco-
nocimiento de pequeñez ante Dios y alegría de
pertenecerle estrechamente.
El corazón de San José es un corazón admira-
do, abierto por completo a la voluntad de Dios.
Es un alma contemplativa en grado sublime,
cuyo deleite se encuentra en Aquél que reposa
entre sus brazos paternales, realidad inabarcable
que se ha hecho Niño y que ha querido que él sea
su padre por la Fe. La admiración es una actitud
acentuada por San Lucas en referencia a los mis-
146
terios de la infancia de Cristo y especialmente en
su aplicación a María y a José. Del Santo Patriar-
ca es la única actitud interior explicitada por el
evangelista. Volverá a mencionarse en el episodio
de Jesús a los doce años, también en el Templo.
Simeón se dirige ahora a la Virgen María con
otro breve pero incisivo anuncio profético que
ensombrece de pronto el horizonte:
147
será dramática y gloriosa. El Israel pecador ha-
bía perseguido a los profetas y José puede darse
cuenta de que el Salvador no será la excepción
sino el punto culminante de esta agresividad tan
arraigada en el Israel pecador. Ha escuchado que
una espada que atravesará el corazón de María.
Es la misma espada que traspasará también su
propio corazón. San José no estará presente en
la Pasión del Señor, pero sabe que las profecías
deben cumplirse.
148
XI
L
uego de las intensas palabras de Simeón y
las proclamaciones de Ana sobre la Reden-
ción de Jerusalén, esencialmente vincula-
das al Niño, la Sagrada Familia retorna a Nazaret
y se produce el primer gran silencio en la infancia
de Jesús. Silencio que debe ser respetado. A ve-
ces, al menos esa es nuestra impresión, las inda-
gaciones sobre aquellas cosas que Dios ha reser-
vado en su Misterio, no siendo necesariamente
ilegítimas en sí mismas, pueden alterar la belleza
que esos silencios también ofrecen. Doce años
después de aquellos acontecimientos, tendrá lu-
gar una nueva escena en el Templo, en ocasión
de celebrarse la Pascua, y será uno de los últimos
que conocemos por los evangelios acerca de la
vida de Jesús previa a su manifestación pública,
muchos años después. Solo añadirá Lucas una re-
ferencia general al retorno y a la vida en Nazaret,
con «sus padres» que, si bien es un cierre adecua-
do a la infancia del Señor, tiene asimismo, una
especial importancia en relación con San José,
149
aludido conjuntamente con María bajo la deno-
minación común ya indicada.
María y José aparecen ahora siempre juntos,
bajo designaciones conocidas y enfatizadas por el
evangelista, con una expresión de María Santísi-
ma dirigida a Jesús al hallarlo en el Templo, entre
los doctores de la Ley, en la que incluye la refe-
rencia a la paternidad tan singular de José: «Hijo
mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu
padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2,48).
Brevísimo pero sugestivo testimonio de María
sobre la paternidad de San José: Ella lo llama así,
«tu padre». Expresión magnífica en su sencillez
y precisa concisión. La Virgen está mostrándo-
nos a San José como padre. Jesús responderá con
una alusión impactante y enigmática: «¿Por qué
me buscaban?, ¿no sabían que yo debo ocuparme
de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49). Y el evan-
gelio rubrica definitivamente el suceso: «Ellos no
entendieron lo que les decía» (Lc 2,50).
Deberíamos preguntarnos, en lo que atañe a
San José, cuál es la importancia o qué lugar ocu-
pa en este momento crucial en la vida de la Sa-
grada Familia. Lo primero que se nos presenta
es la preocupación, la angustiosa búsqueda, la
admiración y esa singular incomprensión de las
palabras de Jesús. María Santísima expresa lo que
sienten ambos, y lo hace notar explícitamente:
«tu padre y yo». San José, fidelísimo oyente de la
Palabra, escucha lo que Jesús dice. Escucha admi-
rado la forma en que Jesús se refiere a Su Padre.
Este texto constituye, tal vez, la expresión más in-
150
tensa y más próxima entre José como padre vir-
ginal de Cristo y el Padre celestial. Casi podemos
escuchar la misma palabra en los labios de María
y de Jesús. Pero el Señor habla de Su Padre; todo
queda referido y ordenado al Padre que, eterna-
mente engendra al Hijo Único. Al Padre que lo
ha enviado para la salvación de los hombres. El
Padre que ha elegido a José como padre y a cuya
imagen José existe, vive y actúa. Y podemos pre-
guntarnos y dar una respuesta inequívoca, si los
asuntos del Padre celestial son también los del
padre virginal del Señor. Y ciertamente que así
es, que así lo irá comprendiendo y viviendo cada
vez con mayor intensidad San José.
No obstante, Jesús marca de modo decisivo
una distancia, una separación, una abismal dis-
tinción. Ellos, María y José, lo sabían. El Ángel
le había revelado el misterio de la Encarnación
a María y, según lo afirma Mateo, José también
conocía por Revelación del Ángel este misterio.
Saben que aquel Niño querido, amadísimo y en-
trañable, el tesoro más grande de sus vidas, en
cierto modo, no les pertenece, los trasciende,
supera por completo toda expectativa. Lo más
cercano, lo más íntimo a la existencia de María
y de José, su propio hijo, en la raíz más honda
de su ser, no es de este mundo. Nos es imposi-
ble percibir el gozo y el dolor que, juntos, aquí
se implican. Y su Presencia, durante aquellos
doce años y los años que vendrán, siempre será
un misterio inconmensurable. La Fe los lleva a
aceptar ese misterio, aunque no lo puedan com-
151
prender todavía. Tal vez hayan recordado las pa-
labras del anciano Simeón y la sombra de aque-
lla espada enigmática haya vuelto a levantarse
en el horizonte. Porque ocuparse de los asuntos
del Padre celestial, es cumplir su voluntad has-
ta el Calvario. Todavía, la visión de María y de
José no es clara, experimentan la oscuridad de
la Fe, aunque, indudablemente, pueden intuir lo
que sucederá. Al pie de la Cruz, la Virgen escu-
chará palabras similares que resuelven las aquí
enunciadas: «Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc 23,46). Y son las últimas palabras
de Cristo antes de su muerte, según el evangelio
de San Lucas. Ese es el gran asunto del Padre, de
quien el Verbo hecho carne ha venido al mundo
y a quien vuelve.
Ni María ni José comprenden lo que Jesús acaba
de decirles. Teniendo en cuenta la profundidad y
la lucidez espiritual de ambos, la afirmación de
Lucas es más extraña todavía. Casi inesperada
y muy sorpresiva. Los padres de Jesús vuelven,
con aquellas frases, a experimentar la irrupción
tan fuerte de Dios en sus vidas. Ese Niño no es
como cualquier otro niño. Y vivirlo así es absolu-
tamente necesario. La familiaridad con Jesús será
una de las situaciones más especiales para ellos,
y es una auténtica familiaridad, aunque siempre
vivida en esa perspectiva única que la condición
divina del Hijo implica. Años después, en la sina-
goga de Nazaret, muchos se escandalizarán de los
signos y las palabras de Jesús, por tener el cora-
zón cerrado a lo que, precisamente, María y José
152
aceptan. Aquellos hombres piensan que Jesús es
alguien más del pueblo y sus miradas se vuelven
incapaces de trascender lo que ven. No sucede
así con los padres del Señor. Lucas emplea aquí
el mismo verbo que usará en el último capítulo
de su evangelio, cuando Jesús resucitado abre las
inteligencias de los Apóstoles para que compren-
dieran las Escrituras (Lc 24,45).
El sentido primitivo del verbo está referido al
«poner o enviar junto, agrupar» y esa idea funda
el sentido figurado del entender como un acto de
unificación, o de síntesis («poner junto») com-
prensiva de un hecho. Algo se entiende cuando,
en cierta manera, se unifica. Los padres de Jesús
intuyen el misterio, lo aceptan en sus corazones,
pero van conociendo progresivamente a Jesús,
por supuesto, a niveles completamente superiores
a los de cualquier otra creatura. Ellos recorrerán
también un camino de purificación espiritual.
San Pablo, si bien recurre a un verbo diferente, en
los versículos finales de 1 Cor 13, muestra cómo
su conocimiento es todavía parcial, como la mi-
rada sobre un espejo no del todo claro, hasta que,
por fin, en la Patria celestial, ese conocimiento
sea pleno: «Ahora, vemos en un espejo, en enigma.
Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un
modo parcial pero entonces conoceré como soy co-
nocido» (1 Cor 13,12). Ese es el camino de la Fe
que nos conduce a la visión. Es lo que Jesús en-
gendra en nosotros: una santa ignorancia que no
es sino percepción de la precariedad de nuestras
fuerzas ante el Misterio.
153
Las palabras de María Santísima que exponen
su situación interior, explicitada en los medios
para hallar al Niño que se había perdido de su
vista, muestra también ciertos rasgos del alma de
San José. Lo que la Virgen dice, lo afirma tan-
to de ella como de su esposo. José busca a Je-
sús tan angustiado como María y al encontrarlo
experimenta ese impacto tan fuerte en su alma.
Cualquier buen padre o madre sienten lo mismo
ante un hijo cuyo paradero se ignora. Pero aquí,
la situación, sin desdibujar en absoluto las reac-
ciones plenamente humanas, tan transparentes
en las palabras de la Virgen, se vuelve de índole
trascendente.
Y es que el hombre, incluso bajo la dramática
herida del pecado, no puede extinguir su deseo
de Dios. El hombre es un buscador de Dios, por-
que lo es de la felicidad que sólo en Él puede,
definitivamente, alcanzar. Incluso negándolo lo
busca, aún cuando lo identifique con las creatu-
ras, advirtiendo también que el corazón, en ese
caso, siempre desea algo más. Y si esa búsqueda
acontece en almas tan lastimadas como las nues-
tras, cómo no sucedería en grado preeminente
en quienes no hay obstáculo alguno al amor de
Dios, como es el caso especialísimo de María,
concebida sin pecado original, o el de San José,
varón justísimo predestinado por Dios a ser el
padre virginal de Jesús. Si extraviadamente lo
buscan quienes no lo aman, de qué manera lo
buscarán aquellos en los que el amor alcanza ta-
les extremos.
154
Pero la búsqueda de Dios inscripta en el cora-
zón del hombre tiene un fundamento. En la pará-
bola del tesoro en el campo dice Jesús:
155
«Bajé a los cimientos de los montes; la tierra se
cerró para siempre sobre mí. Pero tú sacaste mi
vida de la tumba, Yahvéh, Dios mío» (Jon 2,7).
156
percibieron ese Misterio como nadie podía per-
cibirlo, y experimentaron así aquella atracción
de manera indescriptible.
La búsqueda de Cristo es lo propio del alma
que quiere encontrarse con el amado. En el Evan-
gelio lo vemos sobre todo en la búsqueda de
María Magdalena, llorando ante el sepulcro del
Señor, pero ya tenemos evocaciones muy lejanas
de ese anhelo en varios textos del Antiguo Tes-
tamento. El Cantar de los Cantares, tal vez sea el
ejemplo más perfecto y más significativo.
157
El Señor. Como son más altos los cielos que la
tierra, así son mis caminos más altos que vues-
tros caminos, y mis pensamientos más que
vuestros pensamientos» (Is 55,8-9).
158
XII
Nazaret
L
a última referencia del Evangelio a la infan-
cia de Cristo alude a su regreso a Nazaret.
No se menciona por su nombre a San José,
sino que aparece otra vez bajo la denominación
común:
159
es compartida y vivida por San José. Ese acto
permanente de atesorar el Misterio de Dios en
las honduras del alma. Nunca pasajero, nunca
precario, ni fugaz ni efímero. Siempre presente
como actitud definitoria y definitiva de la vida.
San José vive aquí en la tierra lo que indudable-
mente más anheló alcanzar después de su muer-
te: que ese mismo Tesoro fuera su Cielo. A riesgo
de volvernos reiterativos quisiéramos insistir en
que la vida de San José no tiene por objetivo lo
circunstancial, por más importante que sea, sino
el fundamento que da sentido a todas las cosas.
Su tarea principal es conservar intangible la Pre-
sencia de Aquél sin el cual nada existiría.
San Lucas, luego del episodio en el Templo,
muestra cómo Jesús permanecía sujeto a San José
y a la Virgen María. Esa sujeción, esa obediente
docilidad también es un enorme misterio para su
padre virginal. Había dicho que debía estar en los
asuntos de su Padre del Cielo, Nombre pronun-
ciado de una manera única, exclusiva y excluyen-
te, en el sentido preciso de ser el Hijo Único del
Padre. Pero San José lo ve, durante los largos años
en Nazaret, como ocupado en los quehaceres de
ese padre que Dios había designado en la tierra.
Ignoramos cuántos años habrá vivido San José,
pero con toda probabilidad, ya habría muerto
cuando Jesús inició el ministerio evangelizador
en su vida pública.
Aquellos años no parecían apuntar en otra
dirección que no fuera la vida en la familia de
Nazaret. Pero San José ve más allá de lo que
160
ven los ojos de la carne. Para muchos no fue
más que el hijo del carpintero, pero José sabe
que las palabras pronunciadas por el Ángel,
por Simeón y por el mismo Jesús a los doce
años debían cumplirse. Tal vez ignorara cómo
y cuándo, pero tenía la más absoluta certeza de
que se cumplirían. Y por eso, en el secreto de
su alma, en el silencio de su ser, habrá visto de-
linearse a lo lejos la silueta de un Monte teñido
en Sangre. Si lo pudieron vislumbrar los profe-
tas desde hacía siglos, cuánto más él, mientras
miraba a su Niño convertirse en hombre. La
Espada anunciada a María, su Esposa, ya esta-
ba clavada en su corazón. Desde aquél día en
que escuchó a Simeón, jamás dejó de sentir la
presencia lacerante de esa espada. Y así, su Fe
se hacía cada vez más pura.
Ese Niño obediente y dócil, tan agradable y
bello, tan sencillo, al mismo tiempo que enigmá-
tico e inescrutable, crecía ante sus ojos, en sa-
biduría, estatura y gracia. Le era perfectamente
obediente y, no obstante, José sabía que su obe-
diencia estaba dirigida a Otro, espejada en él,
pero fidelísima al Eterno Padre. Sabía que, aún
compartiendo su oficio, no había instante algu-
no en que las palabras pronunciadas en el Tem-
plo perdieran vigencia: ese Niño que maduraba
y se desarrollaba estaba siempre ocupado en los
asuntos del Padre. Para eso había venido al mun-
do: venía del Padre y al Padre volvía (Jn 16,28).
Su presencia en el hogar de Nazaret ya era el ca-
mino de retorno al Padre.
161
Se han propuesto diversidad de hipótesis so-
bre la muerte de San José, de variada índole y
valor. No es nuestra intención el análisis de las
mismas. Solamente nos interesa afirmar que
esta última alusión de San Lucas nos da la pau-
ta de una vida santísima que se apaga durante
esa larga noche de los años en Nazaret. Dios no
ha querido revelarnos ese momento, ni las cir-
cunstancias que lo rodearon. Es legítimo y hasta
puede ser loable aventurar posibilidades y pro-
babilidades. Pero, tal vez, sea mejor dejar que el
Misterio ocupe el lugar que Dios ha dispuesto
para él. En el Corazón de Cristo es donde la exis-
tencia del Santo Patriarca pervive. Allí es donde
está sumergida, allí es donde alcanza su plenitud
y su Luz definitiva. Casi podría decirse de San
José lo mismo que San Juan Bautista afirmara
con respecto a Cristo: «Mi alegría, es completa.
Es necesario que Él crezca y que yo disminuya» (Jn
3,29-30). En el apagarse del Bautista está su ple-
nitud. Es también como un grano de trigo que,
al morir, da fruto, parábola que Jesús dice de sí
mismo. Todos los que se parecen a Cristo atra-
viesan por ese camino.
San José muere mientras Jesús, su Niño amadí-
simo, va creciendo. Y su alegría es completa. Sólo
así, es total. El Silencio se hace paradójicamen-
te perfecto en la Palabra. Una vez más, San José
elude nuestras pobres percepciones, nuestras
limitadas inteligencias. Sólo queda el Misterio.
Pero no es negación sino plenitud de Luz. Con
su muerte San José nos deja la última lección de
162
su vida. Él nos introduce en el mismo misterio
en que transcurrió su existencia toda. Nos revela,
sin palabras, e incluso ya sin gestos, que cuando
el hombre se disuelve en Cristo, se convierte real-
mente en lo que debe ser.
163
164
XIII
Sabiduría definitiva
L
a figura de San José perdura en algunos
acontecimientos de la vida pública de Je-
sús. Hasta podríamos decir que perdura
para siempre, aunque casi nunca, salvo con-
tadas excepciones, se haga manifiesto. Si bien
las referencias son brevísimas, continúa suce-
diendo lo que ya hemos intuido: son pequeñas
puertas al abismo del alma del Santo Patriarca
y de su indispensable presencia en la Historia
de la Salvación.
Lejos han quedado los años de la infancia de
Jesús, pero ha pasado poco tiempo desde que
el Señor iniciara su ministerio. En determinado
momento regresa a Nazaret y se dirige a la sina-
goga. Allí es donde la referencia a José se expli-
cita. Sucede en un contexto de adversidad contra
Jesús, de descrédito frente a su identidad y mi-
sión. Los tres evangelios sinópticos nos muestran
la reacción de aquellos que conocían a Jesús, o
creían conocerlo, porque vivían donde Él había
vivido tantos años. Dice así San Mateo:
165
«¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se lla-
ma su madre María, y sus hermanos Santiago,
José, Simón y Judas?» (Mt 13,55).
166
San Juan, por su parte, hará una referencia si-
milar a éstas en el contexto del gran discurso de
Jesús sobre el Pan de Vida, esta vez en Cafarnaúm:
167
intensidad de esa afirmación. Lo que para los ha-
bitantes de Nazaret y los que escuchaban a Jesús
en Cafarnaúm era objeto de menosprecio, es en
realidad, uno de los más elevados reconocimien-
tos de la condición mesiánica de Nuestro Señor.
Pero hay algo aquí, en este vínculo de filiali-
dad tan particular, que merece ser especialmente
destacado. Las expresiones breves, casi al pasar,
pronunciadas por quienes no están dispuestos a
abrir sus corazones al Mesías, contienen un sig-
nificado ulterior, no conocido ni pretendido por
aquellos hombres. Jesús es el hijo de José, como
lo meditábamos al comienzo, hablando de la
genealogía en San Mateo, o pocas páginas atrás
con la propia de San Lucas, puesto que hacia él
deriva la historia del pueblo elegido o la histo-
ria entera de la humanidad para ser redimida en
Cristo. Depositario de grandes promesas, atesora
ese inmenso misterio de una humanidad herida,
lesionada por laceraciones incurables que sólo
Dios puede curar, San José constituye un ámbi-
to salvífico por excelencia. Todo eso es verdad y,
sin embargo, una expresión lo dice todo de una
manera tan exquisita como difícil de desentrañar.
Jesús es el carpintero, más aún, el hijo del carpinte-
ro. Su oficio es consecuencia de su filialidad. Pero
no es más que una tarea pasajera, no su gran ta-
rea, no es el Asunto de su Padre. No obstante, si
bien se mira, relegar ese oficio, procedente de su
padre virginal a una mera circunstancia, no sea
del todo justo, o no sea del todo exacto. Si no lo
miramos bien, perderíamos una perspectiva de
168
gran valor. Cada pequeña cosa en la vida de San
José –y por supuesto en la de Jesús– es más signi-
ficativa de lo que en primera instancia presenta.
Desde la tradición más antigua, el oficio de San
José y, por ende, el de Jesús, se entendió como el
de carpintero. Es cierto que ese oficio comprendía
otras tareas relacionadas. Por eso se le ha dado el
nombre más genérico de «artesano». El término
neotestamentario puede traducirse también por
«artífice» con una especial referencia al trabajo
en la madera. Si bien hubo opiniones diversas, la
sentencia más común y aceptable es referirse a
San José y después a Jesús específicamente como
«carpintero». En cualquier caso, la idea –ya ge-
nérica, ya precisa– es la de un hombre con una
cierta pericia en un determinado oficio artesanal.
En la cultura bíblica, esta pericia era entendida
como una clase de sabiduría. En uno de los sen-
tidos más arcaicos, el término sabio era aplicado,
precisamente, a un artesano experto. La sabidu-
ría en la Biblia suele tener rasgos muy concretos
y expresiones de índole material, más que abs-
tracto o puramente teórico. El concepto admite
una evidente evolución pero nunca se despliega
oponiendo lo concreto a lo abstracto, o la vida de
santidad a la vida práctica y cotidiana.
Sabemos de la sabiduría de San José a partir
de aquella afirmación sobre su justicia: «era un
hombre justo» nos dice el Evangelio. La justicia es
uno de los nombres más eminentes de la sabidu-
ría. Definitivamente el sabio es el justo, el santo,
aquel que vive de manera agradable a Dios. Es
169
quien ha hecho de su propia vida una verdade-
ra obra de arte. Decía con razón Alonso Schökel
que «la principal fatiga y la principal gloria de ser
hombre es ser artesano de su vida»11. La sabidu-
ría es la «destreza artesana para modelar la pro-
pia vida» como lo señala el mismo autor, que se
encuentra en el fundamento de esa obra capital
e impostergable de embellecer el mundo, hacien-
do, por la gracia de Dios, que la propia existencia
sea más bella.
Algo de todo esto está muy presente en la
vida de San José. Pero, insistamos, no solamen-
te por esa afirmación acerca de su justicia, sino
también, aunque no tan directamente tal vez, en
referencia a su oficio, oficio que será, más tar-
de, el de Jesús, hasta el punto de identificarlo así,
como «el hijo del carpintero» y más aún, como
«el carpintero». Ese oficio de José que perdura
en su Hijo, no es una simple manera humilde de
ganarse el sustento. Más bien diríamos que es
un punto de partida para considerar su verda-
dera artesanía, el verdadero y pleno fruto de la
obra de sus manos. Porque la obra de arte por
excelencia de Jesús es la Redención. Y la de José,
es Jesús. Y entonces podremos hallar la belleza
oculta en lo manifiesto. Ese mundo deformado
por la Falta Original, donde la tierra ya no ofre-
cería sino cardos y espinas a la dura tarea del
11
A. Schökel, Una oferta de sensatez. Ensayo sobre la lite-
ratura sapiencial, en Sapienciales, vol I. Proverbios, Ed. Cris-
tiandad, 1984, p. 23.
170
hombre, encuentra en Jesús al verdadero Cuida-
dor de un Jardín, un huerto mucho más bello que
el primero, porque es el último. El Paraíso del
que habla el ladrón arrepentido no es el Edén,
sino el Cielo. Y cuando María Magdalena parece
confundirse, en una sutilísima y exquisita afir-
mación de San Juan, entre la figura de Jesús y la
del jardinero, en un nivel más hondo no hay tal
confusión. Es realmente el Cuidador de un Jar-
dín. Y ese Jardín es fruto perfecto de su pericia
artesanal, la Recreación, ese «hacer nuevas todas
las cosas» (Ap 21,5).
Si pudiéramos tener una mirada así sobre el
cristianismo, y, sobre todo, vivirlo de manera
acorde, veríamos mucho más de lo que habitual-
mente vemos. Y esa belleza nos enamoraría. Y
nos salvaría. No nos es posible sin la gracia, sin el
don divino, sin su Luz. Cuando San Juan nos dice
que todo fue hecho por el Verbo no está refirién-
dose exclusivamente a un denso tema trinitario
acerca de la Creación del mundo en relación con
las Personas divinas, sino también a la belleza de
un mundo redimido, a la luz del cual fue creado.
Por eso Jesús puede gritar en lo alto de la Cruz
que «todo está cumplido» que todo ha llegado a
su fin, a su perfección. Como si nos estuviera di-
ciendo que recién allí, en ese sexto día que es el
Viernes Santo, al haber sido redimida, la Crea-
ción está finalmente terminada. Sólo en la gloria
de la Jerusalén celestial, la belleza de esa obra rea-
lizada, resplandecerá definitivamente.
171
172
Índice
Introducción 9
I. Genealogías 17
V. Egipto 95
173
X. La Espada 141
174
Se terminó de imprimir el día 24
de noviembre, en que la
Santa Madre Iglesia
conmemora a
San Juan
de la Cruz,
Confesor y Doctor
175
176