EL ROL DEL ESPÍRITU SANTO EN LA ADORACIÓN
Profesor: Guillermo Flores
En la Biblia el Espíritu Santo tiene un rol central en la adoración. La
adoración es centrada en Dios y en Cristo exaltado como salvador y señor de
toda la creación. Esta adoración que el pueblo de Dios ofrece es inspirada,
impulsada y activada por el Espíritu Santo.
1. De acuerdo a la profecía de Joel, en Pentecostés, el Espíritu Santo se
derrama como cumplimiento y señal de que los tiempos escatológicos
habían llegado.
15Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora
tercera del día. 16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: 17 Y en los postreros
días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y
vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros
ancianos soñarán sueños… (Hechos 2:15-17).
Pero este derramamiento escatológico del Espíritu debemos entenderlo
dentro de la visión del fin de los tiempos que algunos profetas habían
anticipado y que Cristo reafirmó dentro del paradigma del reino de Dios.
Este era el esquema.
Primero: Llegada de Elías
He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande
y terrible. 6 Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón
de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con
maldición. (Malaquías 4:5)
Y, de acuerdo a la interpretación de Cristo, Elías ya vino en Juan el Bautista.
10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los
escribas que es necesario que Elías venga primero? 11 Respondiendo Jesús, les
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dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. 12 Mas os
digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que
quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. 13 Entonces los
discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista. (Mateo
17:10-13).
Elías vino en Juan el Bautista, no como una reencarnación, sino en la unción
y en la autoridad profética de Elías. Elías predicó en el contexto del reinado
de Acab y Jezabel y Juan el Bautista en el contexto de Herodes y sus
relaciones con su cuñada. Ambos fueron reyes impíos. Tanto Elías como
Juan el Bautista sufrieron persecución. La profecía decía que Elías vendría
primero a preparar el camino del Señor.
Segundo: La llegada del Mesías. Cristo fue el cumplimiento de estas
profecías.
Tercero: Derramamiento masivo del Espíritu Santo como cumplimiento de
esta promesa escatológica (“…en los últimos días derramaré de mi
Espíritu…”) como dicho en Hechos 2:15-17.
Cuarto: Predicación masiva del evangelio. El derramamiento del Espíritu es
para profetizar, es decir, para activar un ejército que predique y anuncie el
evangelio.
Quinto: Una cosecha sobrenatural antes de la consumación de los tiempos.
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo (Joel 2:32; Hechos
2:21).
Joel 2 habla del envío de la lluvia temprana y tardía para una cosecha
abundante. La lluvia tardía servía para que los granos terminaran de
madurar para la cosecha. Pentecostés se celebraba 50 días después de la
pascua, es decir en el mes de mayo/junio. Se llamaba la fiesta de las semanas
y servía para agradecer por los primeros granos (primicias) de la cosecha. El
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libro de Hechos interpreta teológicamente la cosecha de la lluvia tardía del
libro de Joel, indicando que esa lluvia tardía (del final de la temporada
lluviosa, escatológica) es una lluvia del derramamiento masivo del Espíritu
Santo. Note la palabra “derramamiento” que usa Hechos 2, que en el
contexto de Joel es un derramamiento de la lluvia tardía y en Hechos 2 es un
derramamiento del Espíritu. También, interpreta que la cosecha abundante,
son los tres mil que se convirtieron y bautizaron en Pentecostés.
Sexto: Tiempo de persecución y oposición. Esta fase escatológica de
oposición y persecución empezó en la vida y ministerio de Cristo y siguió
con la muerte de Esteban y de Jacobo y con los apóstoles encarcelados y
azotados por causa del evangelio. El Nuevo Testamento no sabe nada de una
iglesia que no sufra persecución. Tampoco el Nuevo Testamento sabe nada
de los arreglos de siete años de tribulación de cierto sistema teológico. Para
Cristo y para todo el Nuevo Testamento la iglesia desde sus inicios estuvo,
está y estará en persecución hasta la consumación final del reino. En algunos
países la persecución hoy es violenta y de encarcelamiento como en el
pasado. En nuestros países democráticos occidentales la persecución es
intelectual, académica, jurídica y legalizando al pecado. Pronto vendrá el
tiempo que pondrán en la cárcel a profesionales y a pastores que se resistan
a cumplir la legalización del pecado.
Séptimo: Señales y portentos en los cielos y la llegada del día del Señor.
“Antes que venga el día del Señor…” (Hechos 2:20c).
La predicación del evangelio es para preparar al mundo y a la iglesia para la
venida del Señor. La razón por la que el Nuevo Testamento no hace una
propuesta de reforma política de la sociedad civil es por la convicción de sus
autores de que la iglesia y el mundo estaban y están viviendo en el final de
los tiempos. Era un tiempo de emergencia y de urgencia en la que había que
predicar el evangelio para preparar al mundo y a la iglesia para ese
encuentro de redención o de juicio, dependiendo de la respuesta que dieran
al evangelio. Implícitamente hay reforma social en el Nuevo Testamento,
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pero siendo que el fin de los tiempos estaba “a las puertas” el enfoque fue en
salvación como preparación para la venida de Cristo.
Vemos, entonces, que el modelo o esquema profético-escatológico dentro del
que operó Cristo y el libro de Hechos incluyó la llegada de Elías, la llegada
del Mesías, el derramamiento masivo del Espíritu Santo, una cosecha
escatológica sobrenatural, oposición y persecución y la consumación con la
llegada del día del Señor.
¿Por qué este análisis si el tema es el rol del Espíritu Santo en la adoración?
La respuesta es que el derramamiento del Espíritu en Pentecostés, mientras
los apóstoles y los 120 oraban y esperaban, fue un cumplimiento profético
del fin de los tiempos. Los tiempos finales empezaron con la vida y
ministerio de Cristo y con el derramamiento del Espíritu en Pentecostés.
La presencia del Espíritu en la oración y devoción de los 120 en Hechos 1 y
2 dice que cuando la iglesia se reúne a orar y a dar culto esa adoración es un
acto profético del fin de los tiempos. Así, el culto y la adoración acompañada
con la presencia del Espíritu no son simplemente actividades litúrgicas y
ceremoniales más de la iglesia, sino un acto escatológico dentro del esquema
de la profecía bíblica. El culto y la adoración son confesiones de la llegada
del reino de Dios y se hace en el contexto de un derramamiento masivo del
Espíritu de la profecía, mientras la iglesia se reúne, como los 120 en Hechos.
En Pentecostés el Espíritu descendió sobre los creyentes como “primicias”.
Observen la palabra “primicias” que viene de la lluvia tardía y de la cosecha
abundante de la cual se deban las primicias (primeros frutos) en Pentecostés.
El derramamiento del Espíritu Santo en los cultos y en la adoración de la
iglesia manifiesta que, así como Dios nos ha dado ya “las primicias del
Espíritu”, de la misma manera, podemos confiar que nos dará la plenitud de
sus promesas en la consumación de los tiempos.
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…y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del
Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la
adopción, la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:23).
Desde esta perspectiva, el culto y la adoración no pueden ser solamente un
evento litúrgico en la semana, sino un acto profético en una cadena de
eventos escatológicos (los siete puntos anteriores) que moviliza a la iglesia a
la predicación masiva del evangelio para una cosecha sobrenatural en los
tiempos de las lluvias tardías para preparar al mundo y a ella misma para la
llegada del día del Señor.
2. El rol del Espíritu en la adoración tiene que ver con la predicación de la
Palabra de Dios con poder y autoridad (Hechos 10:44; 2 Corintios 2:1-5).
3. El rol del Espíritu en el culto está relacionado con llamar, apartar,
confirmar y enviar obreros en misión (Hechos 13:1-3)
3. La oración efectiva debe ser dirigida por la intercesión del Espíritu por los
creyentes (Romanos 8:26-27).
4. El Espíritu reparte dones espirituales como él quiere para ser usados sobre
la base del amor, en libertad y orden, y para la edificación mutua de la iglesia
reunida en adoración (1 Corintios 12-14).
5. El Espíritu Santo es la presencia renovada de Dios entre su pueblo. Somos
portadores de la gloria de Dios. Somos portadores de la Shekinah. La iglesia
reunida en culto es portadora de la presencia de Dios como templo del
Espíritu (1 Corintios 3:16 6:19).
EL ESPÍRITU COMO DON Y COMO PRIMICIAS EN EL CULTO
El Nuevo Testamento no construye una doctrina intrincada ni compleja
sobre el Espíritu Santo. Prefiere hablar del Espíritu empleando metáforas.
Da por hecho la realidad del Espíritu y su actividad en la iglesia y el mundo.
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Un error es elaborar doctrinas complejas y precisas sobre el Espíritu. Cuando
los autores del Nuevo Testamento hablaron del Espíritu Santo no lo hicieron
en términos doctrinales, sino experienciales, narrativos y en el contexto de
un poder divino para mover a la iglesia al testimonio valeroso de Cristo y
para fortaleza de los creyentes.
Por lo anterior, los autores del Nuevo Testamento prefirieron hablar del
Espíritu como don (Hechos 2:38), como sello (Efesios 1:13), como arras (2 Corintios
1:22), y como primicias (Romanos 8:23). El Espíritu como don, como arras,
como sello y como primicias es algo por lo cual no tenemos que hacer nada,
solo creer y recibirlo. Estas cuatro bendiciones las recibimos el día que nos
convertimos. Ese día recibimos el don del Espíritu Santo, las arras del
Espíritu, el sello del Espíritu y las primicias del Espíritu. Es decir, nuestra
conversión es obra del Espíritu Santo y él mismo nos es dado por gracia y
mora en nosotros. Las arras del Espíritu significan que el Espíritu Santo es la
promesa y anticipo de una realidad que viene y que será nuestra, si no
apostatamos de la fe. Las primicias del Espíritu son el gozo y la victoria por
adelantado de una plenitud y cosecha completa de gozo, victoria y salvación
eterna.
Muchas veces, quienes dirigen los cultos tienen que hacer malabares para
animar a la iglesia a meterse en la adoración y a no ser simples espectadores.
La razón de esa apatía congregacional es porque no les hemos enseñado que
ya tienen “las primicias del Espíritu”. Estas primicias del Espíritu nos
permiten gustar ya del don celestial, del gozos y bendiciones del reino
venidero por adelantado. Esto en sí debe ser suficiente para estimular y
levantar al creyente a una adoración viva en cada culto. El piano, las bandas
y cualquier otro apoyo musical por buenos y recomendados que sean no son
sustitutos del gozo genuino del don, del sello, las arras y las primicias del
Espíritu en la adoración. Estas cuatro bendiciones afirman nuestra herencia,
pertenencia y nuestra identidad en Cristo. Esto tiene que revolucionar nuestra
adoración y vida cristiana.
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EL ESPÍRITU Y LAS METÁFORAS DE VIDA Y PODER
El Nuevo Testamento también utiliza otras metáforas para hablar de la obra
del Espíritu Santo. Estas nuevas metáforas son aceite, agua, viento y fuego.
Aceite es una unción. Jesús dijo que el Espíritu del Señor estaba sobre él
porque lo había “ungido para…” (Lucas 4:17-19). Esta unción vino sobre
Cristo cuando el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma sobre
su cabeza en su bautismo. En este sentido, unción significa una investidura
de poder de lo alto para realizar una misión divina.
La segunda metáfora es agua. En Juan 7:36-39 se nos dice que Jesús dijo que
“quien tuviera sed viniera a él a beber y de su interior fluirían ríos de agua
viva”. El v. 39 dice que se refería al Espíritu Santo que recibirían los que
creyesen en él. El Espíritu como agua simboliza frescura espiritual,
renovación espiritual.
La tercera metáfora es viento. Ruah en hebreo y pneuma en griego significan
soplo o aliento de vida. Este viento fue lo que Dios sopló en Adán para que
fuera un ser viviente. Fue el Espíritu que sopló en Ezequiel 37 para dar vida
a los esqueletos del valle de los huesos secos. Fue lo que Jesús hizo cuando
sopló sobre los discípulos y les dijo “recibid al Espíritu Santo” (Juan 20:22).
Este fue el mismo viento de Dios que se movía sobre la faz de las aguas y del
caos, generando la creación. Este es el mismo Espíritu que sopló “como un
viento recio” sobre los 120 en Pentecostés. El viento recio del Espíritu es una
expresión densa teológicamente en Hechos 2. Por un lado, significa que Dios
estaba recreando de nuevo a su humanidad en Cristo. Que estaba haciendo
un nuevo Génesis. Una nueva creación en Pentecostés. Un nuevo pueblo
bajo un nuevo Adán. Por otro lado, ese viento recio, indicaba que los
discípulos con la negación de Pedro, Judas vendiendo a Cristo, la
incredulidad de Tomás y la huida de todos los discípulos tras su muerte,
espiritualmente hablando, estaban como Adán. Solo eran figuras de arcilla.
Sin aliento de vida. Sin fe. Sin fuerzas. Necesitan el soplo del Espíritu como
un poder vivificante.
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En cuarto lugar, el Espíritu como fuego, en este caso, fuego significa una
teofanía. La presencia renovada de Dios entre su pueblo. Dios, en el Monte
Sinaí y donde quiere que se manifestaba en el Antiguo Testamento, su
presencia estaba acompañada de fuego. De rayos brillantes. Fuego en la
Biblia significa juicio o ardor y fervor espiritual también. Pero en este caso,
significa el fuego teofánico de la presencia de Dios renovada con poder entre
su iglesia naciente en Pentecostés. Para entender esto, es necesario recordar
que antes que la ciudad y el templo de Jerusalén cayeran en el año 587 antes
de Cristo “la gloria de Jehová abandonó el templo” de Jerusalén (Ezequiel
10:18-19; 11:22). Los querubines llegaron al lugar Santísimo, extendieron sus
alas y la gloria de Dios se posó sobre ellos y alzaron vuelo, abandonando el
templo de Salomón antes de ser destruido. Siempre los querubines han sido
el carruaje portador de la gloria de Dios. Lo triste fue que esta gloria nunca
regresó, ni al templo construido por Esdras y Nehemías, ni al templo
edificado por Herodes el Grande. Pero regresó en “lenguas de fuego” en
Pentecostés, en la iglesia, el nuevo templo del Espíritu. Al profeta Ezequiel,
en su visión mesiánica escatológica, le fue revelado que la Shekinah
regresaría en el nuevo templo mesiánico. Lo dice así: “…y la gloria de Jehová
entró en la casa por la vía de la puerta que daba al oriente. Y me alzo el Espíritu y
me llevó al atrio interior; y eh aquí que la gloria de Jehová llenó la casa”
(Ezequiel 43:1-5). Esta era mesiánica que vio Ezequiel fue inaugurada por
Cristo y confirmada en Pentecostés. De manera que “las lenguas repartidas
como fuego sobre cada uno de ellos” era evidencia del retorno de la gloria y
del brillo de la presencia de Dios en y sobre su pueblo. Por supuesto, esas
lenguas de fuego fueron una experiencia de poder también.
Lo peor que podemos hacer es usar los pasajes sobre “el bautismo del
Espíritu, las lenguas” y otros para montar discusiones doctrinales. Nunca
fue esa la intención de los autores bíblicos. El Espíritu Santo es un misterio
sagrado. El único lenguaje apropiado para hablar de un “misterio” es la
poesía, la metáfora. Cuando convertimos un “misterio” en doctrina lo
endurecemos, lo definimos, lo manipulamos con conceptos humanos finitos
y lo vaciamos de su polisemia o del plus de sus múltiples manifestaciones y
operaciones. Los misterios sagrados bíblicos son para creerlos y para
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participar de ellos. No para discutir sobre ellos. La salvación es otro misterio
sagrado.
Por ejemplo, la frase “bautismo con el Espíritu Santo”. ¿Qué ha pasado?
Hemos montado toda una cadena de teorías y discusiones doctrinales sobre
ella desde el cesacionismo hasta decir que las lenguas son la única evidencia
de haberlo experimentado. Para Cristo y para Hechos de los apóstoles 1, 2 y
11 esta es una metáfora que viene de la experiencia del agua. La metáfora del
agua es rica de significado espiritual desde el Antiguo Testamento donde
hay ríos en el sequedal. Corrientes de agua en el desierto. Jesús habla de un
agua que es una “fuente que salta para vida eterna”. Hechos utiliza el
lenguaje de “derramaré de mi espíritu…” “Derramaré” es lenguaje de lluvia,
de agua. Como la palabra griega para decir “bautismo” significa estar
sumergido, zambullido o dentro de algo, así pues, bautismo en o con el
Espíritu significa estar inmersos en un atmósfera o ambiente saturado del
Espíritu. Significa estar zambullidos en un clima dominado por la presencia
del Espíritu. Es habitar en un ecosistema espiritual donde el Espíritu ejerce
el liderazgo y control. Es estar mojado, saturado y empapado de la presencia
del Espíritu. Hay un “derramamiento” de agua espiritual. Y, cuando
habitamos en esa atmósfera saturada y controlada por el Espíritu unos
cantan, otros testifican, otros se convierten, otros expresan arrepentimiento,
otros muestran gozo, otros son sanados y otros obtienen victorias en áreas
donde el pecado los había controlado. Otros hablan en lenguas. “Bautismo
del Espíritu” es una metáfora potente que, debido a lo limitado del lenguaje
humano, quiere decir poéticamente que cuando el Espíritu se manifiesta algo
sobrenatural y portentoso sucede. Que no trates ni de manipular ni de
endurecer con doctrinas esa experiencia. Que podría ser que dicha
manifestación del Espíritu no me agrade, que no se manifieste al estilo de mi
temperamento ni de mis temores religiosos, y que, incluso, llegue a pensar
que esa gente “está llena de mosto”, o sea borrachos. Pero el Espíritu no me
tiene que preguntar si a mí me gusta como él se manifiesta.
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CIERRE Y REFLEXIÓN
En resumen, el Espíritu como aceite significa investidura de poder; agua
significa frescura y renovación espiritual; como viento significa el poder
vivificante e impartidor de vida del Espíritu, y como fuego, la gloria y
presencia de renovada de Dios entre su pueblo como su nuevo templo
mesiánico. Bautismo del Espíritu son atmósferas o ambientes sobrenaturales
donde podemos percibir, consumirnos y nadar en las manifestaciones y
operaciones del Espíritu. Bautismo con el Espíritu es una experiencia de
poder con el Espíritu Santo, en la cual muchas veces se habla en lenguas y
en otras no, pero está acompañada de otras señales o manifestaciones para
capacitar a la iglesia y al creyente a dar testimonio valeroso de Cristo y para
una vida de servicio, de victoria y de gozo en el mundo.
De tal manera que, don del Espíritu, arras, sello y primicias son obras del
Espíritu que nos dan identidad y afirman nuestra pertenencia, herencia y
seguridad en Cristo. El Espíritu como aceite, agua, viento y fuego son
experiencias de poder, de renovación y confirman el rol vivificante del Espíritu
en el creyente y en la iglesia para salir a impartir vida a un mundo que
agoniza.
Despojados entonces de las ataduras de las discusiones doctrinales, les invito
a buscar de nuevo la llenura con el Espíritu Santo. Esto es lo que necesitan
nuestros músicos, directores de adoración, congregaciones y nosotros
mismos. Cuando la iglesia no está saturada o bautizada en el Espíritu busca
sustitutos para rellenar o reemplazar el rol del Espíritu en el culto.
Antes de ascender al Padre, Cristo no dejó planos para construir templos, ni
políticas eclesiásticas ni grandes dogmas doctrinales a sus discípulos. Pero
sí les dijo “recibiréis poder cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo”
(Hechos 1:8). El recurso principal que Cristo dejó a la iglesia fue el Espíritu
Santo. No dejó plan B. No tengas temor de decirle hoy, “Señor, lléname del
Espíritu Santo una vez más”. Esto no tiene nada que ver con
denominaciones. Tiene que ver con Cristo, con lo que es Escritural y con lo
que necesitamos hoy en el culto.