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Voy Sobre Ruedas - Xabier Mendiguren

El protagonista, Mikel, es un niño que se siente especial por tener un Ferrari, aunque en realidad es un coche de juguete. A lo largo del relato, Mikel enfrenta burlas de sus compañeros y conflictos en la escuela, especialmente con Arrate, una chica de su clase. La historia culmina en un incidente en el vestuario donde Mikel, frustrado por sentirse encerrado, decide prender fuego a las pertenencias de su profesor, Javi.

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Voy Sobre Ruedas - Xabier Mendiguren

El protagonista, Mikel, es un niño que se siente especial por tener un Ferrari, aunque en realidad es un coche de juguete. A lo largo del relato, Mikel enfrenta burlas de sus compañeros y conflictos en la escuela, especialmente con Arrate, una chica de su clase. La historia culmina en un incidente en el vestuario donde Mikel, frustrado por sentirse encerrado, decide prender fuego a las pertenencias de su profesor, Javi.

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Yo soy el único en toda la ciudad que tiene un Ferrari, y no me da reparo

decirlo en cualquier parte. Pues sí, un Ferrari, igual que el que tenía
Schumacher. Por eso siempre soy el primero que entra en clase, porque en los
pasillos voy a toda pastilla.

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Xabier Mendiguren

Voy sobre ruedas


ePub r1.0
Titivillus 17.05.2021

Página 3
Título original: Gurpil gainean nabil
Xabier Mendiguren, 2007
Traducción: Xabier Mendiguren
Ilustraciones: Patxi Gallego Palacios

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

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1
El Ferrari

—¡ B rrrum, brrrum, brrrumm!


¿Pero qué es esto?
—¡Meec!, ¡meeec!
—¡Qué locura!
—¡Dejen paso al Ferrari!
Siempre igual. Todos los días tiene que andar uno peleándose con los
meloncios que llenan las calles, chillando a todo el mundo para que te dejen
pasar.
Y encima, en lugar de abrir paso, te echan la bronca:
—Oye, chaval, que la acera no es para ir así —me dice un día una vieja
gruñona.
—¿A ti no te han enseñado lo que es el respeto? —me suelta al día
siguiente un abuelo cascarrabias.
¿Y qué creéis que hago yo entonces? Piso a tope el acelerador y hago
sonar el claxon con ganas:
—¡Meec!, ¡meeeeec!
—¡Sinvergüenza! Parece mentira… —dicen todos los criticones.
—¡Hasta la vista, artistas! —los despido yo.
A veces, se olvidan de mí y se ponen a discutir entre ellos:
—El día que se dé una buena torta, entonces aprenderá a estarse quieto —
dice un amargado.
—¿Cómo puede desearle eso al pobrecito? —le responde otro peatón.

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—¿Pobrecito? ¡Si casi me tira al suelo!
¿Cómo no voy a tirarle? ¡Si no sabe apartarse! ¿Qué es lo que quiere?
¿Que vaya como una vaca? ¿Cuándo se ha visto un Ferrari a paso de tortuga?

***

Yo soy el único en toda la ciudad que tiene un Ferrari, y no me da reparo


decirlo en cualquier parte: en la calle, en casa, en la escuela…
—¡Qué vas a tener tú un Ferrari! ¡Ni en sueños! —me responde Arrate.
Arrate es una chica de mi clase, más tonta que mandada hacer de encargo,
y encima cuatro ojos. No sé por qué tiene que meterse con mi bólido.
Yo no me pienso callar, claro. El caso es que siempre acabamos
peleándonos.
—Pues sí: un Ferrari, igual que el que tenía Schumacher —le digo.
—¿Igual que el de Schumacher? ¡Anda ya! ¿En qué se parece «esto» a un
Ferrari?
—Pues en que también es un monoplaza, para alcanzar mayor velocidad,
y en que gano todas las carreras.
—¡Venga ya! ¿Y dónde tiene el motor?
—Es de propulsión manual: ¡brrrum, brrrummm!
—¿Y el casco?
—Me lo he dejado en casa, para que le coloquen la nueva publicidad.
—¡Pero los Ferraris son rojos!
¡Mecachis! Ahí me ha pillado.

***

Al igual que Michael Schumacher, yo también me quedo en los boxes


después de los entrenamientos y las carreras. Mis boxes están en casa, y por
allí andan siempre mis dos ayudantes principales: papá y mamá.
—Aúpa, Mikel, ¿qué tal el día? —me pregunta mamá.
—¡Puff! Van todos más lentos que una burra.
—Y para cenar —me dice papá—, ¿qué te parece un plato de espaguetis?
—¿Son especiales para deportistas?
—Naturalmente. Con todas las vitaminas y minerales reglamentarios.
Mientras me zampo mi cena especial para deportistas, mamá me vuelve a
preguntar:
—Y en el cole, ¿qué hay de nuevo?

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2
El cole

S iempre soy el primero que entra en clase, porque tengo un ascensor sólo
para mí, y porque en los pasillos voy a toda pastilla. Por eso me tienen
envidia Arrate y los demás, y luego se meten conmigo a la hora del recreo.
—¡Mikel, a que no te subes a ese árbol!
—¡Mikel, a que no bajas por el tobogán boca abajo!
—¡Mikel, a que no chutas y metes un
gol!
Yo, ni caso: me dedico a arreglar mi coche, a colocarle publicidad en cada
uno de sus rincones. Hoy he conseguido un adhesivo de Self; el de Telefone
ya lo tengo; ahora sólo me falta pillar el de Malrollo para tener un Ferrari
completamente guay.
Mientras estoy en lo mío, viene Arrate y me suelta:
—Te he traído una pegatina, para tu cacharro.
—No me interesa.
—¡Es antinuclear! ¡A favor del medio ambiente!
—¿Dónde has visto tú un coche de carreras con “pegatas” ecologistas?
Se marcha meneando la cabeza, como diciendo que no tengo remedio.

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En el colé nos enseñan un montón de tonterías, pero me he dado cuenta de
que, para ser como Michael Schumacher, hay que estudiar mogollón.
Por ejemplo, idiomas; así, los periodistas de todos los países te pueden
entrevistar en su propia lengua.
Y matemáticas, por supuesto. Importantísimas, aunque a mí no me gusten
mucho. Por ejemplo, un día Conchi, la profe de mates, me preguntó:
—A ver, Mikel: si un coche circula a 120 kilómetros por hora, ¿cuántos
kilómetros recorrerá en tres cuartos de hora?
Yo iría al doble de velocidad, por lo menos; pero, claro, un piloto tiene
que saber resolver ese tipo de problemas por narices, porque si no…
En cambio, en geografía no hay quien me haga sombra, me pregunten lo
que me pregunten.
—¿Dónde está Montmeló?
—En Cataluña.
—¿Dónde está Monza?
—En Italia.
—¿Dónde está Montecarlo?
—En Mónaco.
Conocer todo el circuito de los Grand Prix de Fórmula 1 ayuda bastante,
evidentemente.

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La clase de gimnasia

¿C uál es la asignatura preferida y más importante para cualquier joven


deportista? Sin duda alguna, y por encima de todas las demás, la de
gimnasia. Pero en mi caso no es así. ¿Quizás porque no me gusta?, pensará
alguien. No, no es así, sino porque me tienen marginado y discriminado.
—¿Y eso por qué? —protesto—. ¿Porque los demás andan a patita y yo
en coche?
—Quédate calladito en ese rincón y no empieces a armarla —me dice
Javi, el profe.
—Yo también tengo derecho a la educación física.
—Como no te calles te mando castigado al aula, a hacer los deberes.
¿Estamos?
Estoy rojo de rabia, tengo el motor a punto de reventar, pero ¿qué puedo
hacer? ¡Le odio!

***

Mis compañeros de clase hacen sus ejercicios. Hoy toca saltos: primero
salto de longitud, luego de altura, ahora el plinto, luego el potro… Y mientras
tanto yo en este rincón, comiéndolos con los ojos y muerto de envidia.
—¡Piiiiiii!
Javi toca el silbato. Se acabaron los saltos.
—Ahora a correr un poco —dice—. Vuelvo enseguida. Mientras tanto,
poneos a hacer series de 100 metros. ¿Estamos?
Javi sale, no sé adónde, y yo me acerco a mis compañeros con el Ferrari,
para participar en las carreras.

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—¿Qué haces tú aquí? ¡Largo! —me dice Arrate.
—Yo también quiero correr.
—Pero no puedes.
—¿Cómo que no puedo? ¿Quién lo dice?
—Lo digo yo. ¿Es que no lo ves?
—¡Tú sí que no ves, cuatro ojos!
—¡Patapollo!
Me lanzo sobre ella, con coche incluido.
Le habría dado una buena zurra si nuestros compañeros no nos llegan a
separar.

***

—¡Piiiii!
En ese momento se vuelve a oír el silbato, y al instante llega Javi, no sé de
dónde, y se planta en mitad del follón.
—¿Qué pasa aquí?
—¿Dónde? Aquí… —empieza Arrate.
—… no pasa nada —termino yo.
—A mí no me la dais con queso —vuelve a decir Javi—. ¿Qué es todo
este jaleo?
—Arrate y Mikel se estaban peleando —se ha chivado Gema, la acusica
de la clase.
—¿Quién ha empezado? —pregunta Javi.
—¡Ha sido él! —dice Arrate.

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—¡Ha sido ella! —digo yo.
Javi no se molesta en averiguar quién tiene razón: simplemente nos
castiga a los dos, sin miramientos.
—Cuando acabe la clase, os quedáis en el vestuario, sólo vosotros dos,
hasta que yo diga. ¿Estamos?
—Yo tengo clase de danza —dice Arrate.
—A mí me espera mi madre —digo yo.
Por un momento, he creído que me iba a librar, pero allí estaba la chivata
de Gema, siempre tan bien dispuesta.
—Yo puedo avisar a vuestros padres —se ofrece.
—Muy bien, Gema —le contesta Javi.
—Pero…
—Peros y perales.
Y con eso, Javi da por terminada la discusión, pasando de nuestras
protestas.

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El vestuario

C uando termina la clase de gimnasia, todo el mundo se marcha a casa.


¿Todo el mundo? No, no todo el mundo.
—Vosotros dos os quedáis aquí —nos recuerda Javi.
—Adiós, bye-bye, ciao —se despiden nuestros compañeros.
—Qué pena tener que quedarse aquí, ¿verdad? —nos dice la falsa de
Gema.
—Qué pena ser tan acusica, ¿verdad? —le respondo, imitando su voz.
—La próxima vez te metes la lengua donde te quepa —le suelta Arrate.
Las burlas de unos y los ánimos de otros se pierden en el aire, y nosotros
nos quedamos en el vestuario, con Javi.
—¿Se puede saber por qué estáis siempre peleándoos?
—Lo que pasa es… —empezamos ambos.
—Sí, un pasodoble. A ver si os amigáis de una vez. Venga, yo tengo que
salir un momento.
Dicho eso, nos deja solos.
—¿Dónde habrá ido? —pregunta Arrate.
—Ni idea. Con ese misterio que se da, todo el tiempo yendo y viniendo…
—Voy a mirar, a ver qué descubro.
Arrate avanza hasta la puerta, que es de cristal. Con mucho cuidado,
agarra el picaporte, y se queda helada.
—¿Qué pasa…? —pregunto.
—Está cerrada.
—No puede ser.
—Compruébalo tú mismo.

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Así lo hago. Voy hasta la puerta, agarro la manilla, la giro arriba y abajo,
y nada.
—¿No nos habrá dejado encerrados…?
—No creo —dice Arrate—. La habrá cerrado sin darse cuenta.
Sí, habrá sido sin darse cuenta, pero aquí estamos nosotros, enjaulados.

***

Un piloto de Fórmula 1 no puede estar encerrado en ninguna parte.


Necesita aire libre, una larga carretera por delante, el viento silbando a ambos
lados de su bólido.
—Y ahora, ¿qué hacemos? —pregunto, con la respiración algo agitada.
—Tendremos que esperar a que vuelva Javi.
—Yo no puedo —y siento una gota de sudor resbalándome por la espalda.
Voy de un lado para otro del vestuario, inquieto, nervioso. Miro a
izquierda y derecha, lo recorro al derecho y al revés, pero aquí no hay modo
de salir, ni de avisar al exterior.
—¿Tienes móvil? —le pregunto a Arrate.
—Aún no me dejan. ¿Y tú?
Para un Schumacher es algo vergonzoso, pero opto por decir la verdad.
—Yo tampoco. Dicen que soy demasiado pequeño.
Nos quedamos en silencio un momento. ¡Cuántas injusticias nos toca
sufrir…!
De repente, a Arrate se le enciende la bombilla:
—Puede que Javi tenga un móvil entre sus cosas.
—Vamos a mirar. ¡Brrrum, brrrummm…!

***

Abrimos la taquilla de Javi y vaciamos todo lo que hay en su interior.


—Un par de zapatos viejos —digo.
—Un par de calcetines apestosos —dice Arrate.
—Unos vaqueros…
—Mira a ver qué hay en los bolsillos.
Registro los bolsillos, y ahí aparece su cartera, unos caramelos, un billete
de autobús, un calendario de bolsillo con una tía en biquini…
—¡Hala, una tía en biquini! —digo.
—¿Nunca habías visto ninguna?

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Me callo, avergonzado, y seguimos tirando la ropa de la taquilla al suelo.
—Una camisa de rayas —digo.
—Un jersey con cremallera —dice Arrate.
—Unos calzoncillos sucios…
—¡Qué asco! ¡Unos calzoncillos!
—¿Nunca habías visto ninguno? —se la devuelvo.
Nos reímos. Pero aún no hemos terminado de vaciar el armario, y
seguimos manos a la obra.
—Una camiseta de tirantes…
—Una chupa de cuero…
También hurgamos dentro de los bolsillos de la chupa, por supuesto, y ahí
aparecen unos pañuelos de papel, un bolígrafo medio gastado, un paquete de
tabaco, un mechero…

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—No sabía que Javi fumase —dice Arrate.
Yo tampoco. Pero no estoy en situación de preocuparme por esas cosas.
Rebuscamos hasta en su bolsa de deportes, y nada de nada.
—¡Mierda! Aquí no hay ningún móvil —digo.
¡Qué a gusto le daría un patadón a aquel montón de ropa vieja! Pero es
algo imposible. Entonces me agacho, cojo el mechero y, cegado por la rabia,
lo enciendo y lo acerco a la ropa de Javi.

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El fuego

—¿ P ero qué haces? —me pregunta sorprendida Arrate.


—¿No lo ves? —y arrimo más la llama del mechero a los
calcetines de Javi, a su camiseta, a sus calzoncillos…
—¡No puedes hacer eso! —me grita Arrate alterada.
—Y a Michael Schumacher no se le puede dejar encerrado en los boxes.
Miro con gusto cómo, al contacto con el fuego, comienzan a arder los
calcetines, la camiseta, los calzoncillos… Es una llama amarilla y naranja,
con todas sus chispas, su luz, su crepitar…
—Fuego al orgulloso, fuego al feo, fuego al tonto, fuego al malo —
mascullo como en una oración, mirando arder la pira.
—Tú estás loco —me sermonea Arrate, toda seria, pero casi sin darse
cuenta se le escapa una sonrisilla.
Nos echamos a reír los dos. Pero mientras nos reímos, las lenguas de
fuego crecen y engullen el jersey de Javi: ahora es ya una pequeña hoguera,
con toda su fuerza, todo su calor, todo su humo.
—¡Cog, cog! —me pongo a toser.
—Tenemos que apagar el fuego —dice Arrate.
—¿Cómo?
—Tiene que haber un extintor en algún lado…

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Arrate se pone a mirar por todas partes.
Entre tanto, yo cojo la chupa de Javi e intento apagar el fuego con ella.
Sin embargo, metido en mi Ferrari, no puedo hacer gran cosa.
Como en las carreras, si tienes un día gafado, olvídate: se te acumulan
todas las desgracias. La chupa también se ha puesto a arder y una humareda
negra se extiende por todo el vestuario.
—¿Dónde está el extintor? —pregunto.
—No lo encuentro.
—¡Cog, cog! —ahora tosemos los dos.
Estamos en un verdadero aprieto, y no veo cómo salir del atolladero.
—Hay que escapar de aquí. Cuanto antes —chilla Arrate.
—¿Pero cómo?
—Como sea. Si no, nos ahogaremos.
Arrate aporrea la puerta: «¡Poon, poon, poon!».
—¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Auxilio!
Yo también colaboro, gritando y golpeando el grueso cristal. Todo en
balde.
El fuego es cada vez más grande, la humareda más negra, el calor más
insoportable.
¿Es que tenemos que morir aquí? ¿Por culpa de una riña tonta? ¿De un
profe engreído? ¿De un fuego estúpido?

***

Arrate me mira fijamente. ¿Está llorando? ¿O se le ha metido el humo


bajo las gafas?
—Mikel —me dice—, sé que esto es muy duro para ti, pero… ¿me dejas
tu silla de ruedas, a ver si con ella podemos romper este cristal?
Me quedo sin palabras. Trago saliva, junto con ese aire envenenado.
—Querrás decir mi Ferrari…
—Eso es, Mikel: ¿me dejas tu Ferrari, para ver si logramos salir de aquí?
Yo, mudo. También a mí me ha entrado el humo en los ojos.
—Por favor, Mikel…
Es como si me pidieran que me desnudase ante toda la ciudad. No, es aún
peor.
—Si no, nos morimos. ¿Me dejas…?
—S-s-s-s-sí…

Página 22
***

Bajo del Ferrari y me quedo en el suelo, como un caracol sin su concha.


Sólo mis padres y los médicos me han visto alguna vez así, nadie más. Me
moriría de vergüenza, pero no hay tiempo ni de avergonzarse.
Arrate agarra mi Ferrari con las dos manos y golpea el cristal con todas
sus fuerzas: «¡Clonc!».
—No se rompe. ¡Mierda!
Haciendo un esfuerzo aún mayor, vuelve a golpear: «¡Clonc!».
—¡Mierda en bote! —repite.
Yo quisiera ayudar, ¿pero cómo? Sólo soy un gusano, una lombriz que se
arrastra por la tierra. Pero algo tengo que hacer, el fuego y el humo son cada
vez mayores, y el gusano grita:
—¡Ánimo, Arrate, no hay nada que no consiga un Ferrari!
Y al tercer intento, «¡catacrag!», el cristal se deshace en mil pedazos.

***

La puerta no se ha abierto, pero el vidrio resquebrajado ha dejado un


agujero.
—Vamos, Schumacher, ven conmigo.
Arrate me levanta del suelo en sus brazos. A decir verdad, con estas
canillas que me cuelgan no peso mucho, pero de todos modos ella me mueve
con rapidez y decisión. Y menos mal, porque tenemos el fuego cada vez más
cerca.
Arrate pasa mi cuerpo por el hueco del cristal y vuelve a dejarme en el
suelo, esta vez al otro lado de la puerta.
—Espera un momento, que ahora voy yo.
Es su turno. Intenta cruzar por el agujero de la puerta, pero pasar entre los
cristales no es nada fácil: no tiene dónde apoyar los pies y las manos, ni
tiempo para pensar siquiera, pues el fuego le pisa los talones.
—¡Ayyy!
Un grito de dolor escapa de la garganta de Arrate, un grito afilado como
el cristal que le ha hecho un profundo corte al pasar a este lado.
La sangre brota de su brazo, con un rojo vivo, y tiñe su ropa y su piel
blanca. Mana a borbotones. Ante la visión de tanta sangre, o por el dolor de la
herida, Arrate pierde el conocimiento.

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Por un momento, se queda suspendida en mitad del hueco de la puerta;
después, por suerte, el peso de su cuerpo se inclina hacia fuera y se derrumba
junto a mí. La caída le provoca más cortes y contusiones.
—¡Arrate, Arrate! ¿Estás bien? —grito, pero no obtengo respuesta.
Estamos a un metro de distancia el uno del otro, como dos náufragos que
han perdido su barco, en una situación bastante lamentable: por un lado yo,
arrastrándome sobre los cristales como Rambo por la selva vietnamita; por
otro ella, Arrate, la heroína que tras la hazaña queda desmayada y con las
gafas destrozadas; junto a nosotros el Ferrari, machacado y herido de muerte.

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De repente, me llegan sonidos. Creo oír la voz de Javi, alterada por los
nervios, ¿o es tal vez el pitido de su silbato? Más tarde suena una sirena, pero
no sé si es de los bomberos, de la policía o de alguna ambulancia. Después
todo se nubla en mi cabeza y pierdo el sentido.

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6
El hospital

E stamos salvados. Cuando despierto, me encuentro en un hospital; en un


taller de reparación para personas. Tengo sobre mi cama un sinfín de
aparatos, sueros y botellas; un enjambre de médicos y enfermeras alrededor.
—Hola, Mikel, ¿ya te has despertado? ¿Cómo te encuentras? —me
pregunta una enfermera.
—Bien, bien… —respondo. Y entonces, aunque estoy todavía un poco
aturdido, me acuerdo de todo y pregunto algo muy importante—: ¿Y Arrate?
—¿La chica que llegó contigo? Ella también está bien. En la cama como
tú, en otra habitación.
Me alegro. Le curarán las heridas, y le harán unas gafas nuevas. Pero eso
me recuerda otra cosa.
—¿Y el Ferrari?
—¿Qué? —pregunta la enfermera sorprendida.
—Mi… mi silla de ruedas…
—Ah, yo de eso no sé nada. Pero tranquilo: si no aparece la vieja, te
traeremos otra nueva, para estrenar.
Efectivamente, me traen una nuevecita, pero es una auténtica pifia. Con
esto no gano ni una carrera de burros.

***

Por la tarde, visita sorpresa: aparece Javi.


—¿Qué tal vamos, Mikel? —me pregunta con una sonrisa Profidén,
enseñándome su dentadura de caballo.
Le respondo como a todos: que estoy bien, algo aburrido, que pronto
volveré a casa…
—Me alegro —dice.
Luego me cuenta que Arrate está también prácticamente restablecida. Por
lo visto tenía una herida profunda, por la que perdió mucha sangre, pero ya le
está cicatrizando.
—Tan pronto como vean que el humo no os ha dejado secuelas en los
pulmones, podréis marcharos a casa —dice Javi, y tras un instante de silencio

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añade—: Pero ¿cómo se os ocurrió encender ese fuego?
—¿Y cómo se te ocurrió cerrarnos la puerta?
—Fue sin querer. Tenía… tenía diarrea, tuve que marcharme pitando al
servicio, y con las prisas y la costumbre de cerrar siempre… Un descuido.
Pero el fuego…
—Pues el fuego…, otro descuido.
Se me queda mirando boquiabierto. Luego, de repente, se pone serio y
dice:
—Bueno, ya hablaremos de esto más tranquilos cuando os curéis.
¿Estamos?
—Estamos.
Y se despide dándome en el hombro un toque con el puño.
—Hasta pronto, Schumacher.
—Hasta luego, cocodrilo.

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Desde que estoy en el hospital, siempre tengo al lado a papá y mamá, a
veces juntos, y otras veces separados.
—¿Quieres un poco de agua? —me dice mamá.
—¿Te pongo mejor las mantas? —pregunta papá.
—¿Quieres ver la tele?
—¿Salimos a pasear por el pasillo?
—¿A pasear? —contesto enfadado—. ¿Cómo voy a salir a pasear en esta
carraca? Si al menos tuviera mi Ferrari…
—¿Todavía seguimos con esas tonterías? —dice papá, que ya ha perdido
la paciencia.
—¿Tonterías? Lo serán para ti. Si no llega a ser por el Ferrari, nos
habríamos quedado para siempre en aquel vestuario, abrasados y asfixiados.
—No digas eso, Mikel, por favor… —interviene mamá.
—Bueno: por el Ferrari, y por Arrate.
Y me quedo pensando si también Arrate estará todo el día peleándose con
sus padres…

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7
El regreso

M ichael Schumacher ha tenido accidentes en más de una ocasión, pero


después de cada percance siempre volvía al circuito de Fórmula 1 con
total normalidad. Del mismo modo yo, una vez fuera del hospital, vuelvo a
hacer mi vida habitual, más o menos.
En los boxes, pocos cambios. Papá y mamá preocupados como siempre,
por si necesito algo, si tengo algún problema…
—He preparado arroz con leche, como a ti te gusta.
—Está refrescando. ¿Te saco la sudadera gordita?
—El domingo podemos ir al cine. ¿Qué película quieres ver?
Yo diría que se preocupan demasiado, pero en fin: sé que lo hacen porque
me quieren. Y yo también los quiero a ellos.

***

En el colé ha habido más movidas.


Nos viene Conchi, la de mates, que también es nuestra tutora. Nos llama a
Arrate y a mí, y después de preguntar cómo estamos, darnos la bienvenida y
todas esas zarandajas, nos dice que vamos a reunimos en su despacho.
—Para aclarar todo ese asunto del fuego —añade—. Allí está también
Javi.
De camino al despacho de Conchi, voy temblando como una bandera de
salida, y creo que Arrate no va mucho más segura que yo.
—¿Qué hacemos ahora? —le pregunto—. ¿Le decimos que no sabemos
cómo se inició el fuego?
—Nadie nos creería. Si vieron la ropa de Javi, chamuscada y
desperdigada…
—Entonces, ¿les decimos que fue un accidente?
Antes de haber decidido nada, llegamos al despacho de tutoría.
—Adelante —nos dice la propia Conchi.
La tutora no ha sido tan fiera como temía: se ha mostrado amable y
natural, pero quiere saber qué pasó en realidad en el vestuario.
—¿Cómo es que la puerta estaba cerrada? —le pregunta a Javi.

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—Una casualidad —comienza el profe, más nervioso que nosotros en un
examen—. Como al terminar las clases siempre cerramos la puerta, tal vez sin
darme cuenta…
—¿Y lo de encender el fuego? ¿Eso también ha sido una casualidad?
Antes de que se me ocurra nada, es Arrate quien se pone a hablar.
—Empezamos a jugar con un encendedor, y tontamente…
Me he quedado de piedra: toda la culpa del incendio era mía, pero Arrate
quiere repartir a medias la responsabilidad. Eso… eso tiene más mérito que
ganar un Grand Prix.
Entonces decido contar toda la verdad.
Al principio me daba canguelo, pero luego no ha sido tan grave como
temía; y Javi también ha tenido que aceptar que parte de la culpa es suya.
—No está bien lo que habéis hecho —nos dice Conchi a Arrate y a mí—.
Pero hay que reconoceros el valor y el coraje, tanto para escapar del fuego,
como para decir la verdad.

***

Después del incendio, Arrate y yo nos hemos hecho grandes amigos. Al


salir del colé, organizamos carreras, ella en bici y yo en mi bólido.
—Aquí Joane Somarriba.
—Aquí Michael Schumacher.
—¡A que llego antes que tú a ese poste de ahí!
—¡Ni en sueños!
¿Y el Ferrari? El anterior, como no podían arreglarlo en ningún garaje,
tuvimos que llevarlo al desguace. Fue una pena, después de tantas aventuras
que vivimos juntos. Pero, en fin, las cosas tienen repuestos: cuando los
pantalones se quedan viejos, nos compramos unos nuevos, cambiamos un
coche averiado por otro mejor…
Las personas, en cambio, no se pueden sustituir; esta nueva amiga, al
menos, no la cambiaría ni… ni… ni por un coche de Fórmula 1.
Ahora conduzco un Ferrari nuevo, con todos sus accesorios y distintivos,
y además, tengo una amiga especial, que a veces me vuelve loco con sus
manías y cabezonadas.

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Página 33
—¿Qué? ¿Le pondrás la “pegata” antinuclear? —me pregunta Arrate.
—Vale…, trae.
Eso sí: el nuevo coche lo hemos pintado de rojo entre los dos, como
cualquier Ferrari que se precie, vamos.

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Autor:
XABIER MENDIGUREN nació en Beasain (Gipuzkoa) en 1964. Es
licenciado en Filología Vasca y en Filología Hispánica. Editor de profesión y
colaborador en la prensa vasca, ha trabajado en literatura infantil, teatro y
narrativa. Autor de una extensa obra, ha ganado importantes premios en todos
los ámbitos.

Ilustrador:
PATXI GALLEGO PALACIOS nació el 10 de abril de 1973 en Errenteria
(Gipuzkoa). Empezó a dibujar desde muy pequeñito. Y de momento no ha
parado, ni tiene intención de hacerlo. Ahora se dedica, entre otras cosas, a
ilustrar cuentos para niños, además de dar clases a niños más mayorcitos en
eso que llaman la ESO. También dibuja sus propios cómics. Y como al
protagonista de esta historia, le gusta echarle un poco de fantasía a la vida.

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