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Apuntes Filosofía Lenguaje

El documento presenta una introducción a la Filosofía del Lenguaje I, enfocándose en teorías y problemas de la semántica filosófica, y establece un marco para el estudio del lenguaje natural y su relación con la realidad. Se discuten conceptos clave como referencia, verdad, y la interrelación entre lenguaje, pensamiento y significado, así como la influencia de disciplinas como la lingüística y la psicología. Además, se exploran diferentes enfoques teóricos sobre el significado, incluyendo perspectivas semantistas, psicológicas y pragmatistas.

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Apuntes Filosofía Lenguaje

El documento presenta una introducción a la Filosofía del Lenguaje I, enfocándose en teorías y problemas de la semántica filosófica, y establece un marco para el estudio del lenguaje natural y su relación con la realidad. Se discuten conceptos clave como referencia, verdad, y la interrelación entre lenguaje, pensamiento y significado, así como la influencia de disciplinas como la lingüística y la psicología. Además, se exploran diferentes enfoques teóricos sobre el significado, incluyendo perspectivas semantistas, psicológicas y pragmatistas.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Filosofía del Lenguaje I


Profesora: Cristina Corredor
UNED

TEMA 1. Introducción histórica: algunas ideas y reflexiones sobre el lenguaje.


Introducción sistemática a algunos conceptos básicos.

Estos breves apuntes de clase presentan, de una manera sintética y que quiere ser
didáctica, los principales contenidos del Tema 1. Se seguirá un orden inverso al que
aparece en el título: en primer lugar, se hace una introducción sistemática a la
asignatura y a algunos conceptos básicos; y, en segundo lugar, se repasan algunas
ideas y figuras importantes para la historia y la reflexión filosófica de las ideas sobre el
lenguaje.

Este primer tema pretende ofrecer un marco amplio en el que situar después el
temario de la asignatura de Filosofía del Lenguaje I. Esta asignatura se centra en las
teorías y problemas de la semántica filosófica, dejando el estudio de la pragmática
para una asignatura posterior. Este programa docente, además, se enmarca dentro de
la filosofía analítica del lenguaje y propone estudiar, en un nivel introductorio, los
principales conceptos, problemas y propuestas teóricas de la semántica lógico-
filosófica. Esta centra su atención en la función representacional y descriptiva del
lenguaje, atendiendo al significado de las proferencias y de sus expresiones
componentes. Analiza y trata de ofrecer tratamientos sistemáticos de nociones como
las de referencia y verdad en su interrelación con el significado de nombres, oraciones
y la proferencia de estas oraciones. Estudia también problemas más específicos, como

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

los que plantean la referencia de nombres y descripciones, las oraciones de actitud


proposicional, el significado de los términos indéxicos, el valor expresivo de algunas
expresiones lingüísticas y la dependencia contextual de las proferencias.

1 Introducción sistemática a algunos conceptos básicos

¿Qué es la filosofía del lenguaje? Como subdisciplina filosófica, la filosofía del lenguaje
estudia problemas fundacionales relativos al lenguaje. En especial se ocupa del
estudio del lenguaje natural en sus funciones de representación y comunicación.
Intenta comprender y explicar el fenómeno del significado lingüístico de manera
sistemática, estudiando su naturaleza y los elementos o aspectos que contribuyen a
constituirlo. Estudia, asimismo, las relaciones de significado entre tipos de expresiones
lingüísticas, y las relaciones entre lenguaje y realidad, y entre pensamiento y lenguaje.

En un primer momento, lo que preocupó a filósofos como Frege, Russell o el joven


Wittgenstein fueron nociones como las de referencia y verdad, y se preguntaban por la
relación de estas nociones con el significado, un problema que ha continuado siendo
central para la filosofía del lenguaje. Estos filósofos inauguraron además, junto a
algunos otros, lo que hoy conocemos como la tradición analítica en filosofía. Su
método de trabajo se basaba en el esfuerzo por definir con precisión los conceptos,
presentar con claridad las tesis y los argumentos, y aceptar que la reflexión filosófica
debe y sólo puede proceder mediante el razonamiento basado en una argumentación
racional. No debe entenderse esto como una afirmación de que esta forma de
proceder es exclusiva de la filosofía analítica. Lo que quizá sí puede decirse es que los
primeros filósofos analíticos fueron especialmente exigentes en este aspecto y
criticaron a otros filósofos, contemporáneos o no, precisamente por su falta de
precisión, claridad o rigor.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

(En ese primer momento, y quizá por motivos de desarrollo histórico, prácticamente se
identificaron filosofía del lenguaje y filosofía analítica, al tiempo que se consideraba
que la filosofía del lenguaje daba continuidad a la tradición empirista en filosofía. No
obstante, la preocupación por el lenguaje estaba presente también, a comienzos del
siglo XX, en filósofos encuadrados en otras tradiciones, y estos filósofos desarrollaron
una reflexión en torno al lenguaje que continúa hoy en la hermenéutica filosófica, la
fenomenología o el pensamiento crítico de raíz marxista. Aquí, sin embargo, nos
referiremos fundamentalmente a la filosofía del lenguaje que se ha desarrollado y se
presenta como perteneciente a la tradición analítica en filosofía.)

En este contexto, una primera característica que es preciso tener en cuenta es la


importancia creciente de lo que sobre el lenguaje pueden decir otras formas de
conocimiento. En particular, disciplinas como la lingüística, la antropología social o la
psicología y la psicolingüística, así como la neurología o la inteligencia artificial, aportan
resultados o problemas sobre los que la reflexión o el debate filosófico pueden ser
necesarios. E, inversamente, la reflexión filosófica necesita tener en cuenta el
conocimiento sobre el lenguaje procedente de ámbitos científicos diversos. Esta
atención a las aportaciones de las ciencias particulares no es, obviamente, exclusiva de
quienes se reconocen dentro de la tradición analítica, pero sí es una actitud
especialmente destacada entre ellos.

Una última característica de la filosofía analítica contemporánea (no sólo de la filosofía


del lenguaje) que quizá se puede mencionar es la adscripción de un importante
número de los filósofos analíticos a proyectos de naturalización de las distintas
subdisciplinas filosóficas. Por naturalizar puede entenderse aquí guiarse en la práctica
de la filosofía por un principio, el del naturalismo metodológico, que considera que la
filosofía y la ciencia tienen fines y objetivos análogos y que, por tanto, sus métodos
han de ser similares. En algunos casos, y para algunos filósofos analíticos, este
principio va unido al más fuerte del fisicalismo: es decir, a la tesis de que todo lo que
existe en la realidad es físico o ‘superviene’ o ‘emerge’ a partir del mundo físico.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Las discusiones en torno al fisicalismo tienen en cuenta dos tipos de argumentos en


contra de esta tesis. El primer tipo de argumentos tiene que ver con los ‘qualia’ (algo
que no vamos a tratar aquí), y el segundo tiene que ver con la explicación de la
intencionalidad de la mente o del lenguaje –es decir, y como repetimos un poco más
abajo, tiene que ver con la propiedad de los estados mentales o las emisiones
lingüísticas de ser acerca de algo distinto de sí mismos. Aunque este segundo tipo de
argumentos no se consideran definitivos, de estas discusiones sí hablaremos más
adelante.

Entre las cuestiones que preocupan a los filósofos del lenguaje de tradición analítica, o
entre los problemas que se considera interesante plantear, pueden encontrarse, por
ejemplo: cómo se relaciona el lenguaje con la realidad, cómo se relacionan las
estructuras lingüísticas con los elementos de la realidad; qué diferencia al lenguaje
natural humano de un lenguaje formal, y cómo dar cuenta de aquellos fenómenos que
parecen especialmente difíciles de “traducir” a un lenguaje formal: dependencia del
contexto, atribución de pensamientos y otras actitudes psicológicas, vaguedad,
presuposiciones, normatividad, etc.; cuál es la relación entre significados lingüísticos y
nuestras representaciones y contenidos mentales; cuál es la relación entre el uso de
las expresiones y su significado.

Entre otros temas, y como aproximación a las preguntas formuladas, encontramos los
siguientes.

Comprensión del lenguaje y composicionalidad del significado. La pregunta por la


naturaleza del significado

Las siguientes oraciones tienen en común que son cadenas de signos lingüísticos; y
todas ellas adolecen de algún tipo de fallo que impide que podamos asignarles un
significado pleno o, como en el último caso, una relación con algún hecho en el
mundo:

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

1. weiohasnkrfhnzxo f.
2. La según por cualidad con con tendrá en correlativamente.
3. Verdes ideas incoloras duermen furiosamente.
4. El triunfo del ejército republicano sobre las fuerzas comandadas por Franco en
1939 no habría sido posible sin el decidido apoyo de las brigadas
internacionales.

Podemos preguntar: ¿qué hace que una cadena de signos tenga significado? Y, más
aún, ¿qué permite a un/a hablante competente comprender una nueva oración, que
no le ha sido mostrada antes, sin que su significado le tenga que ser explicado? ¿Qué le
permite, de manera análoga, producir o emitir una oración correcta con nuevo
significado? Una primera respuesta a las dos últimas preguntas ha venido dada por el
principio de composicionalidad. Este principio asume que el significado de una
expresión compuesta es el resultado de los significados de sus expresiones
componentes más el modo de articulación sintáctica de éstas. Aunque, como veremos
más adelante, este principio es controvertido y ha sido puesto en cuestión
contemporáneamente con buenos argumentos –al menos, si se pretende que tenga un
alcance general para el lenguaje natural en su globalidad-, también resulta evidente
que deja aún sin responder la primera pregunta: ¿qué confiere significado a una
cadena de signos lingüísticos?

Una primera respuesta posible es que las expresiones del lenguaje natural tienen el
significado que tienen porque se relacionan con elementos de la realidad de diversas
formas. Esta relación es, de acuerdo con este enfoque semantista, sistemática y se
establece sobre una correspondencia de estructuras: las estructuras lingüísticas se
relacionan, de manera sistemática, con las estructuras de la realidad. Esto hace de la
categoría de verdad (entendida como validez epistémica) un criterio fundamental para
evaluar la significación del lenguaje en su relación con la realidad. La noción de verdad
aquí es una categoría lingüística de segundo orden: es la propiedad designada por el
predicado ‘___ es verdadero’ que cabe aplicar a nuestros enunciados -así lo defiende
este enfoque semantista- cuando presentan una determinada correspondencia

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

estructural con la realidad. También así se explica la atención preferente (o casi única)
de quienes asumen este planteamiento semantista a la función epistémica del
lenguaje y al lenguaje de las teorías científicas, haciendo abstracción de los usos
lingüísticos o de los procesos cognitivos de carácter psicológico que acompañan a esos
usos.

Una segunda respuesta posible es que las expresiones lingüísticas son expresión de
contenidos o representaciones mentales que constituyen -en un sentido que hay que
esclarecer- sus significados, y de tal manera que ‘heredan’ o les atribuimos
propiedades que están presentes en nuestras representaciones mentales (como la
sistematicidad y la composicionalidad). Para este enfoque teórico una categoría
fundamental es la de intencionalidad: ésta es la propiedad de la mente o del lenguaje
de remitir a algo que es distinto de la propia mente o lenguaje, es decir, es la
propiedad que presentan las expresiones o las representaciones mentales al ser
referentes o relativas a algo, al ser acerca de o tratar sobre algo que, en el caso
general, se supone que es o que incluye lo extramental o extralingüístico. Tener
significado va a ser para estas teorías una cuestión, fundamentalmente, de guardar
una expresión lingüística una determinada relación con la mente individual: la de
expresar las intenciones comunicativas de los/las hablantes, sus representaciones o
contenidos mentales.

Una tercera respuesta posible es que las expresiones sólo pueden comprenderse si
sabemos bajo qué condiciones, o en qué tipo de situaciones es adecuado o correcto
utilizarlas, esto es, cuáles son sus circunstancias de emisión; e, igualmente, las
comprendemos sólo si podemos saber cuáles son las consecuencias de su emisión,
para la interacción posterior entre los hablantes. Este enfoque, al que llamaremos
pragmatista (aunque deberíamos decir de pragmática tradicional, porque las teorías
cognitivistas de enfoque psicológico también son pragmatistas), considera que no es
posible dar cuenta del significado sin atender al modo en que los/las hablantes usan
las palabras, y esto significa atender al lenguaje como actividad y tomar en
consideración también los contextos de vida práctica a los cuales esos usos

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

contribuyen, en los cuales las palabras cumplen una función. Una noción básica para
explicar esta interrelación entre lenguaje y vida práctica va a ser la de uso regulado,
uso conforme a reglas o a estándares de corrección que permiten que usemos las
palabras con sentido en las circunstancias adecuadas.

Cada una de estas respuestas presupone una concepción de la naturaleza del


significado.

Pues cada una de las tres respuestas atiende fundamentalmente a un elemento


explicativo, aunque los tres elementos parecen necesitarse en cualquier teoría del
significado suficientemente explicativa y satisfactoria: la dimensión semántica de la
relación del lenguaje con la realidad, la dimensión psicológica de la relación del
lenguaje con los contenidos y procesos mentales y la dimensión pragmática de los usos
correctos de las expresiones en contextos de comunicación e interacción. Lo que
diferencia a las distintas teorías es la apuesta preferente por una perspectiva, y la
adopción de nociones semánticas, psicológicas o pragmáticas como las nociones
básicas que permiten explicar las demás. Hay que entender, por tanto, que se trata de
una distinción basada en la prioridad conceptual que una teoría puede dar a
determinadas nociones, y no, en casi ningún caso, de la exclusión de alguno de estos
aspectos como elementos necesarios para explicar la significación lingüística.

En esta presentación introductoria a la filosofía del lenguaje vamos a tener en cuenta


esta distinción entre tres grandes tipos de teorías: semantistas, psicológicas y
pragmatistas. Lo haremos con el solo propósito de facilitar la exposición y la
comprensión, y sin pretender que de la distinción se sigan consecuencias
fundamentales. Supone, como acabamos de dejar entrever, una simplificación
expositivamente útil.

Relación entre mente y lenguaje

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

En el ámbito de la intersección entre filosofía del lenguaje y filosofía de la mente, la


psicolingüística se plantea contemporáneamente tres cuestiones fundamentales:
cuánto hay en el lenguaje de innato, si la adquisición del lenguaje depende de una
facultad especial de la mente y, finalmente, cuáles son las relaciones entre
pensamiento y lenguaje.

- Innatismo y aprendizaje lingüístico


Hay contemporáneamente tres respuestas fundamentales a la pregunta por el
aprendizaje y la comprensión y generación de expresiones lingüísticas: (i) el
conductismo, (ii)la hipótesis del aprendizaje mediante la formulación y contrastación
de hipótesis usando una facultad de inteligencia general, y (iii) el innatismo, que en su
forma más débil defiende que algunas estructuras sintácticas son innatas y proceden
de módulos específicos de la mente.

- Tesis del lenguaje del pensamiento


Frente al relativismo lingüístico que se identifica con la Hipótesis de Sapir-Whorf (ver
más abajo), filósofos como Fodor han defendido que el carácter intencional y la
sistematicidad y productividad de los significados lingüísticos proceden de un lenguaje
del pensamiento, un lenguaje interno codificado en la mente, que posee estas
propiedades. A favor de esta tesis se argumenta la sistematicidad y computabilidad del
significado; también, la posibilidad de explicar así que los signos puedan tener
significado, representar algo distinto de los propios signos: pues representarían
conceptos, representaciones mentales. En contra, se señala el riesgo de un regreso al
infinito (por qué el lenguaje del pensamiento no tendría que requerir de otro lenguaje
interno del que procedan sus propiedades, es algo que permanece inexplicado), y la
imposibilidad de identificar la semántica de ese lenguaje, de describirla con algún
detalle. (Actualmente, los filósofos de la mente intentan estudiar los significados de
contenidos y estados mentales directamente, sin recurso al lenguaje natural)

- Tesis de la inseparabilidad de pensamiento y lenguaje

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Algunos filósofos, como Davidson y Dennett en su discusión sobre las actitudes


proposicionales, han creído que no es posible separar pensamiento y lenguaje;
defienden que la propia noción de pensamiento surge sólo de la interacción
comunicativa (esto es lo que se conoce concepción interpretacionista). Esta misma
convicción de la inseparabilidad de ambos ámbitos, aunque no acompañada de
explícita discusión argumentada, estaba en los primeros filósofos análiticos (Frege,
Wittgenstein).

Lenguaje, pensamiento e interacción social

La tesis de que la lengua que se habla influye en el modo de pensar se encuentra


históricamente en las ideas del Romanticismo sobre lenguaje y razón (Hamann,
Herder, Humboldt sobre todo) y alcanza una formulación fuerte en la Hipótesis de
Sapir-Whorf (llamada así por los trabajos de mediados del s. XX del lingüista Sapir y el
antropólogo Whorf), que hoy consideramos paradigmática del relativismo lingüístico.
Según esta hipótesis, las lenguas introducen una organización en el mundo que influye
en (en la formulación más fuerte de la tesis, se dice que determina) el modo en que
concebimos o entendemos el mundo. Esto tendría la consecuencia de que quienes
hablan lenguas distintas han de percibir el mundo de maneras también distintas.
Recientemente ha habido investigaciones empíricas y teóricas en lingüística y
antropología que ponen de manifiesto diferencias notables en los patrones semánticos
de lenguas diferentes, y la psicología cognitiva ha estudiado las distintas maneras en
que las personas representan y recuerdan la experiencia en correspondencia con estos
patrones. Como resultado de todo ello, se avanzan predicciones contrastables acerca
de cómo una lengua influye en el modo de pensar de sus hablantes. (Sobre esto puede
verse Language in mind, ed. por Gentner y Goldin-Meadow).

Se han podido identificar posiciones teóricas distintas sobre la relación entre lenguaje,
pensamiento, e interacción comunicativa, que dependen del modo en que se entienda
la función constitutiva (constituyente) del lenguaje para el pensamiento. En primer
lugar, se ha defendido que el lenguaje es constitutivo de nuestra forma de pensar el

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

mundo porque es una especie de ‘lente’ a través de la cual lo percibimos, y esto quiere
decir que las características gramaticales y léxicas de la lengua hablada influyen sobre
nuestra forma de entender el mundo. En segundo lugar, se ha defendido que el
lenguaje es constitutivo del pensamiento en la medida en que su adquisición dota a
sus usuarios de capacidades de pensamiento de las que carecerían sin él. El lenguaje se
compara entonces con una ‘caja de herramientas’, y esto quiere decir que los
instrumentos de los que nos dota son decisivos para la formación de conceptos y para
el desarrollo de nuestras capacidades inferenciales y otras capacidades cognitivas. En
tercer lugar, se ha podido defender también que el lenguaje es constitutivo del
pensamiento en tanto que ‘marcador de categorías’, o en tanto que conforma las
grandes categorías del pensamiento (por ejemplo, las relativas a relaciones espaciales,
acción, etc.) (aunque para algunos autores ésta sería equivalente a la primera
posición).

La segunda de las posiciones (que se suele asociar con el psicólogo de la primera mitad
del s. XX Vigotsky y también con el último Wittgenstein, al que vamos a estudiar) se
puede desarrollar en la dirección de afirmar no ya la preeminencia del lenguaje sobre
el pensamiento, sino su interacción e interdependencia mutua. (Varios de los autores
que vamos a estudiar, como ya hemos apuntado más arriba, han defendido la
inseparabilidad de pensamiento y lenguaje, ya sea en el sentido de la posición que aquí
describimos superficialmente, o ya sea al menos en un sentido metodológico o relativo
al orden de la explicación).

Algunas nociones básicas

En cualquier estudio del lenguaje y la significación lingüística suele tomarse como


referencia el triángulo semiótico que representa las relaciones entre lenguaje,
pensamiento y realidad. En la versión de Ch.S. Peirce, el signo ha de analizarse
distinguiendo (1) el vehículo del signo (o forma material que lo traslada), (2) el sentido
trasladado o comunicado por el signo, y (3) el referente del signo, es decir, aquello por
lo que el signo está, y que ha de ser visto como algo distinto del signo y distinto de la

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representación. El mismo triángulo semiótico, en la versión de Ogden y Richards,


distingue: (1’) símbolo, (2’) pensamiento (también llamado referencia), y (3’) referente,
aquello por lo que está el símbolo.

Sentido o Pensamiento

Triángulo semiótico
(Peirce // Ogden y Richards)

- Vehículo del signo // Símbolo


- Sentido // Pensamiento (o referencia)
- Referente

Vehículo del signo Referente


o Símbolo

La idea común y fundamental en estas dos versiones del triángulo semiótico es la de


que la relación entre el signo (o símbolo) y el referente, aquello por lo que el signo
está, sólo se alcanza en una mediación simbólica o representativa, la relación de
significado (que para Odgen y Richards se da en el pensamiento). Y en ambos casos
también el referente es un objeto o entidad de un cierto tipo, que no tiene que estar
dado, necesariamente, a través de la observación o una relación directa –aunque en
determinados casos paradigmáticos sea esto lo que ocurre. Este análisis no excluye
que los signos puedan hacer referencia a conceptos abstractos o entidades de ficción,
al igual que pueden hacerlo a entidades físicas. (Se suele observar que, en
contradistinción con el modelo del lingüista Saussure, que sólo diferencia en el signo
entre significante y significado, el modelo de Peirce hace sitio para la realidad objetiva,
un rasgo que en el modelo de Saussure está ausente. Lo que Peirce sí creía, sin
embargo, es que toda la experiencia está mediada por signos, y que el conocimiento es
‘discursivo’ en todos los niveles).

Cuando se estudia el lenguaje humano, se diferencian tres aspectos que corresponden


a tres ámbitos de estudio o subdisciplinas:

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- la Sintaxis, es decir, la organización de las expresiones lingüísticas construidas


correctamente;

- la Semántica, es decir, el modo en que las expresiones significan y contribuyen al


significado de otras expresiones que las contienen;

- la Pragmática, es decir, las prácticas comunicativas en las que las expresiones


hallan un uso.

Contemporáneamente ha habido un debate importante sobre la división entre


semántica y pragmática: sobre los criterios de división entre ambas y sobre los
fenómenos y contenidos que deberían asignarse a una y otra disciplina.
Mencionaremos brevemente algo sobre este debate al final, en el último tema. Pero
importa tener en cuenta que, desde el enfoque psicológico de algunas teorías que
vamos a estudiar, la adscripción de un contenido al ámbito de la semántica o la
pragmática depende de que ese contenido esté codificado lingüísticamente en las
expresiones emitidas (entonces pertenece al plano semántico) o esté determinado por
las intenciones comunicativas de quien habla, más allá de la codificación lingüística, o
por otros aspectos o circunstancias de esa emisión (y, en este caso, se considera que
pertenece al plano pragmático). Por esto es posible considerar que también son
teorías pragmatistas las teorías psicológicas del significado, y muy en especial lo son la
teoría de Grice y la pragmática cognitiva más reciente.

Además de tener en cuenta esta división, hay otras distinciones conceptuales básicas
que importará tener en cuenta. Por ejemplo, las distinciones entre:

- expresión lingüística (conforme a las reglas de la sintaxis) vs. emisión o proferencia


de esa expresión (su uso en un contexto)

- expresión-tipo (o tipo de expresión) vs. expresión-ejemplar (en inglés token,


instancia o uso particular de esa expresión-tipo en un contexto)

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

- lenguaje objeto (el lenguaje objeto de estudio) vs. metalenguaje (el lenguaje de la
teoría, o lenguaje utilizado para estudiar ese lenguaje objeto)

A estas nociones habrá que añadir otras que se irán definiendo y estudiando en el
curso de esta exposición. Pero antes de entrar en las cuestiones con un enfoque más
sistemático, tiene interés recordar (como ampliación de los contenidos de este curso)
algunas reflexiones históricas que son precedentes claros de desarrollos posteriores o
que, en alguna medida, representan intentos de responder a los mismos problemas.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

2. Introducción histórica: algunas ideas y reflexiones sobre el lenguaje.

El interés por conocer mejor el lenguaje y entender el fenómeno de la significación


lingüística (aunque con frecuencia este interés fuera solamente instrumental) aparece
en reflexiones muy tempranas, que representan importantes aportaciones al estudio
del lenguaje: en los filósofos megáricos y estoicos, o en los sofistas y, en particular, en
la reflexión de Gorgias: “Si hubiera algo y pudiéramos conocerlo, no podríamos
decirlo”.

Frente al escepticismo que generaba el uso oportunista del lenguaje en los debates de
los sofistas, Platón y Aristóteles se preocupan por investigar la relación del lenguaje
con la realidad, con el fin de determinar si, o justificar la manera en que, las palabras
sirven para transmitir un conocimiento verdadero y fiable de las cosas.

Platón. Cratilo

En el periodo de la Antigüedad Clásica, Platón discute dos teorías contemporáneas


sobre la corrección de los nombres, es decir, sobre la fundamentación o justificación
de la relación designativa entre un nombre y lo que nombra. La teoría convencionalista
es inmediatamente desechada, en favor de un examen detenido de la teoría
“naturalista” (para la que la corrección de un nombre consiste en que el nombre
nombra según físis, es decir, de acuerdo con la naturaleza de la cosa significada) que
pronto desvela importantes dificultades. Platón defiende finalmente una teoría propia,
la teoría imitativa: los nombres son “prototipos” o “esbozos” que representan o
comunican aspectos estructurales o esenciales de la naturaleza de las cosas.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Sin embargo, a la pregunta de si se puede aprender por medio del lenguaje, es decir,
de si el método dialéctico es una vía válida para adquirir nuevo conocimiento y un
conocimiento garantizado de la realidad, la respuesta de Platón es inconclusa y
escéptica: pues argumenta que, para poder expresar conocimiento por medio del
lenguaje, es preciso que ese conocimiento se posea ya antes y se haya adquirido con
una garantía independiente.

Finalmente, en Fedón aparece esbozada, bajo la forma de una teoría del conocimiento,
una posición atomista que recuerda algunas teorías semánticas del s. XX.

Aristóteles. Categorías. Peri Hermeneias

En el tratado Peri Hermeneias = De Interpretatione encontramos dos tesis


especialmente importantes para la filosofía del lenguaje. En primer lugar, y en un
párrafo breve de pocas líneas, Aristóteles propone una teoría del significado completa:

Pues bien, los sonidos vocales son símbolos de las afecciones del alma, y las
letras lo son de los sonidos vocales. Y, así como la escritura no es la misma para
todos, tampoco los sonidos vocales son los mismos. Pero aquello de lo que
estos son primariamente signos, las afecciones del alma, son las mismas para
todos, y aquello de lo que éstas son imágenes, las cosas reales, son también las
mismas. (Ibid., 16ª, 1)

Aristóteles está identificando y diferenciando tres ámbitos: lenguaje (palabras) /


mente (ideas) / mundo (entidades, cosas). La relación semántica del lenguaje con el
mundo, de las palabras con las cosas, está garantizada porque, y en la medida en que,
esté garantizada la relación epistémica de nuestras ideas con el mundo. Se presupone
esta relación, al igual que las ideas y las cosas mismas, “son las mismas para todos”.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Además, Aristóteles toma posición respecto al debate sobre la corrección de los


nombres: afirma que los nombres nombran por convención (por acuerdo o por
tradición), y que no hay un vínculo necesario entre las palabras individuales y las
entidades del mundo. Esta correspondencia entre el lenguaje y la realidad puede
examinarse y justificarse, o rechazarse, cuando consideramos enunciados completos.
Pues sólo de un enunciado (que consta de una composición o articulación de palabras)
podemos preguntarnos si es verdadero o falso.

Aristóteles introdujo también nociones y distinciones importantes que la filosofía del


lenguaje (y no sólo ella) ha continuado utilizando después. Podemos recordar las
siguientes:

Términos singulares / términos generales. Un término singular es el que designa o


refiere a una única entidad, y habitualmente vendrá representado por un nombre
propio o por un término indéxico (como un pronombre personal o un demostrativo).
Un término general es el que puede aplicarse a más de una entidad, y viene
representado de manera típica por un predicado.

Términos categoremáticos / términos sincategoremáticos. Un término categoremático


es el que expresa un contenido pleno de significado, o que puede recibir este
significado (los términos singulares y generales pertenecen a esta categoría). Son
términos sincategoremáticos los que no significan nada por sí mismos, sino que sirven
para indicar el modo en que los términos que sí poseen un significado independiente,
es decir, los categoremáticos, se encuentran combinados entre sí. En un lenguaje
formal, los términos sincategoremáticos son las constantes lógicas.

Enunciado. Es una oración completa que afirma o niega algo de algo; consiste en una
combinación de expresiones (típicamente, un sujeto o sintagma nominal y un
predicado o sintagma verbal) y la estructura resultante presenta o describe un hecho,
una combinación de entidades en la realidad que presentan propiedades o establecen
relaciones.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

La teoría del significado de Aristóteles tiene un problema que distintos especialistas


han señalado. En el libro de las Categorías, los diez modos de “decir el ser”, de decir de
algo “que es”, son también al mismo tiempo los “modos de ser”; esto significa que las
categorías lingüísticas, o tipos básicos de predicados, adquieren el estatuto de
categorías ontológicas básicas. Se genera así una confusión, en el marco del paradigma
ontológico de la filosofía griega, al intentar responder a la pregunta por lo que es,
entre dos planos: lingüístico y ontológico.

Locke. Sobre las palabras

La Época Moderna representa también un cambio en las preocupaciones y puntos de


vista de los filósofos, lo que ha permitido hablar de un nuevo paradigma: el paradigma
mentalista de la filosofía de la conciencia. La pregunta fundamental va a ser, ya no por
lo que hay, sino por nuestro conocimiento de lo que hay; por qué podemos conocer, y
cómo podemos conocerlo. En el marco de una investigación sobre este problema (en
el Libro III del Ensayo sobre el Conocimiento Humano), Locke inicia una reflexión sobre
la significación de las palabras que representa al mismo tiempo la primera formulación
de una importante teoría del significado, la teoría ideacionista. Para Locke,

Las palabras, en su significación primera y más inmediata, no están sino por las
ideas en la mente de aquél que las usa. (Ibid.)

Esta importante tesis lleva consigo dos dificultades, que Locke encara en el resto del
ensayo. En primer lugar, hay que explicar la manera en que las expresiones lingüísticas
tienen garantizada su significatividad, mostrando de qué manera están conectados
estos significados con nuestros conceptos. En segundo lugar, hay que explicar cómo es
posible comunicarse por medio del lenguaje con otros, es decir, cómo es posible la
intersubjetividad lingüística a partir de un fundamento solipsista (centrado en la
conciencia individual y sus contenidos).

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

En relación con lo primero, Locke ha distinguido en los Libros I y II del mismo Ensayo
los tipos de conceptos y sus relaciones: ha afirmado que hay ideas simples (de
percepción, reflexión y mixtas), ideas compuestas o complejas y, finalmente, modos
mixtos. Las ideas compuestas se forman a partir de las simples mediante tres tipos de
operaciones de la mente: asociación (por contigüidad espacial o temporal, por
ejemplo), por relación y, finalmente, por generalización o abstracción (eliminando en
la mente los rasgos más particulares e individualizadores, para tomar los comunes y
generales). Correspondientemente, las palabras que nombran estas ideas se irán
alejando de ser expresión de lo inmediatamente dado a la percepción. Locke necesita y
confía en establecer definiciones correctas para los nombres de ideas compuestas, que
muestren en su desarrollo lingüístico la correcta composición de las ideas simples en
ellas. Reconoce, empero, la dificultad de garantizar esto en los modos mixtos (que son
los que corresponden a las ideas culturales y sociales, por ejemplo).

En relación con lo segundo, el problema de la intersubjetividad, Locke explica el


aprendizaje lingüístico como un proceso de adquisición de hábitos orientado a lograr la
mejor comunicación. Para este fin, aprendemos a usar las mismas expresiones para
comunicar las mismas ideas a los otros. Se hace necesario un trabajo de depuración y
crítica del lenguaje que evite errores y falacias. Locke no parece llegar a explicar, sin
embargo, cómo cada hablante llega, individualmente, a identificar la palabra que
correctamente nombra o expresa a otros la misma idea simple.

Leibniz

Dentro del mismo paradigma de la filosofía de la conciencia de la época moderna, los


racionalistas se enfrentan a los empiristas como Locke al asumir una tesis de signo
opuesto. Si para el Empirismo es preciso mostrar cómo todo conocimiento tiene su
origen en la experiencia sin que en la mente haya antes ideas que no procedan de
nuestras sensaciones (pues la mente, antes de cualquier experiencia real, es una

18
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

“pizarra en blanco”), para el Racionalismo la mente posee una importante dotación de


ideas innatas y de principios que permiten relacionarlas. Para Leibniz, estas ideas
innatas son los conceptos más generales. A partir de ellos constituimos nuestras
representaciones; por tanto, también a partir de esos conceptos primitivos e innatos
tiene que ser posible procurar todas las definiciones y expresar todo el conocimiento
humano.

Esta tesis va unida al proyecto visionario de llegar a encontrar lo que sería el lenguaje
del pensamiento o de la razón: un lenguaje universal en el que el pensamiento se
reduciría a un cálculo que operase con los principios y conceptos primitivos, para
mostrar las relaciones entre ellos y con los otros conceptos y principios que podrían
derivarse de ellos. El lenguaje natural tiene para Leibniz la importante función de
ayudar a este lenguaje del pensamiento, dándole expresión y permitiendo fijar
nuestros conceptos para llevar a cabo sobre ellos operaciones de gran complejidad.

Romanticismo: Hamann, Herder, Humboldt

Lo que se ha llamado el paradigma lingüístico surge cuando los filósofos ilustrados y


románticos se convencen de que la razón es una razón lingüística (“La razón es
lenguaje, y el lenguaje es razón”, Hamann), y que por tanto sus rendimientos están
contingentemente situados en un espacio y un tiempo históricos y sociales. Se
defiende entonces una nueva función para el lenguaje: a las funciones representativa y
comunicativa, se añade una función constitutiva del pensamiento y el conocimiento.
Los románticos entendieron que cada lengua natural integra y permite expresar todas
las nociones y creencias que los miembros de una misma comunidad lingüística, o una
tradición cultural, han ido elaborando y transmitiendo a lo largo de su devenir
histórico. Creyeron además que el lenguaje desempeña un papel constitutivo para el
pensamiento, tanto individual como colectivamente.

19
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

En el caso de Humboldt, la articulación lingüística es vista por él como condición


necesaria para que surja la conceptualización, capaz de organizar así la experiencia. El
entendimiento es la facultad que organiza la experiencia, en sí misma desorganizada e
indiferenciada, en conceptos lingüísticamente determinantes. Como consecuencia de
ello, cada lengua natural representa, afirma Humboldt, una perspectiva (Anschauung)
sobre el mundo. Este es el elemento relativista de su filosofía. Pero además hay en él
una concepción evolutiva del desarrollo de las lenguas naturales, que pueden por
tanto compararse y ponerse en relación entre sí. A todas ellas les subyace, cree
Humboldt, una forma o fuerza común, que impulsa este desarrollo, de forma que las
lenguas naturales podrían verse como distintos estadios en la evolución de un mismo
lenguaje humano.

Los intérpretes no han conseguido determinar con precisión qué entendía Humboldt
por esa forma o fuerza, y para algunos no es sino un principio de desarrollo sintáctico.
Sin embargo, en los escritos de Humboldt no es posible encontrar una distinción
precisa entre lo que es sintaxis, o gramática, y lo que es semántica, o expresión de
contenidos. Humboldt afirma que todas las lenguas ofrecen perspectivas
complementarias sobre el mundo que, en último término, al final de la historia, y
comunicándose entre sí, podrían llevar a unificarse en una especie de fusión de
perspectivas (de fusión de horizontes, en los términos que después han inspirado la
hermenéutica filosófica).

Otras posiciones en el s. XIX

Otros autores que pueden tomarse en consideración son: F. Brentano (introductor de


la categoría de intencionalidad), Ch.S. Peirce (al que ya nos hemos referido, por su
teoría semiótica del signo), G.H. Mead (introductor de la noción de interaccionismo
simbólico), y J. Stuart Mill (por su distinción entre denotación y connotación de un
signo, y su teoría de la referencia de los nombres).

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Bibliografía

Bustos Guadaño, Eduardo de: Filosofía del lenguaje. Madrid: Universidad Nacional de
Educación a Distancia, D.L. 2000.

Corredor Lanas, Cristina: Filosofía del lenguaje: una aproximación a las teorías del
significado del siglo XX. Madrid: Visor, D.L. 1999.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

TEMA 2. Primera filosofía analítica del lenguaje. Frege

Búsqueda de un lenguaje lógico perfecto. Sentido y referencia; oraciones de


actitud proposicional; proposiciones y juicios.

2.1. Primera filosofía analítica del lenguaje

La denominación de filosofía analítica surge para designar el tipo de método filosófico que se
desarrolló en la primera mitad del siglo XX, inicialmente en países de habla alemana y el Reino
Unido y, a partir de la segunda guerra mundial, también en Norteamérica, el resto de Europa
y en otros muchos países. El primer método de la filosofía analítica consistió en utilizar la
lógica simbólica y los métodos lógico-formales para el análisis de los conceptos, problemas y
argumentos filosóficos. Por análisis se entendió la identificación de otros conceptos más
simples o básicos a partir de los cuales los conceptos compuestos o complejos se habían
construido, hasta llegar a un último nivel no ulteriormente analizable que pudiera verse como
el nivel básico o fundamental. Este primer momento está unido a los nombres de G. Frege, B.
Russell, y L. Wittgenstein; y es preciso también mencionar a G. E. Moore, por su importante
influencia posterior.

Pronto también adquirió impulso el positivismo lógico del Círculo de Viena y su proyecto de
vincular el significado de contenido empírico con el lenguaje descriptivo de la ciencia. A los
problemas y críticas que se formularon internamente, tal y como se pone de manifiesto en el
trabajo de C. G. Hempel, W. V. Quine y otros, pronto se unió un desacuerdo filosófico de
fondo respecto a cuál era el método y cuál podía ser la contribución de la filosofía al
conocimiento, muy en particular en relación con el lenguaje. Esta insatisfacción está
históricamente unida al segundo periodo de Wittgenstein en Cambridge, y a su visión de que
preguntar por el significado es preguntar por el uso que se hace de las palabras, y no por una
relación abstracta entre el lenguaje y la realidad.

Sin embargo, el impulso inicial de la primera filosofía analítica del lenguaje no puede
considerarse una etapa superada. Antes bien, las propuestas teóricas de esta primera filosofía
analítica del lenguaje introdujeron conceptos y formas de análisis que siguen siendo

1
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

fundamentales hoy en día para estudiar el significado en su dimensión semántica. Es


importante no olvidar que la visión de esta filosofía estaba muy alejada de lo que podríamos
llamar la intuición de Locke, y tampoco coincidía completamente con la de Aristóteles. Para
la primera filosofía analítica del lenguaje, el significado debía explicarse a partir de las
relaciones del lenguaje con la realidad, primariamente y en el punto de partida en términos
de las relaciones de las oraciones enunciativas con los hechos. Hacía falta explicar, además,
cómo un enunciado podía presentar un estado de cosas posible, incluso antes de que se
conozca si ese hecho se da en el mundo. Esta visión era anti-psicologista: no consideraba que
los significados fueran contenidos mentales, ni que los significados lingüísticos estuviera
constituido por las relaciones de las expresiones lingüísticas con las ideas en la mente. La
preocupación filosófica que motiva las primeras teorías semánticas del significado, tal y como
se encuentran en los escritos de Frege, Russell y el primer Wittgenstein, es la de cómo explicar
la función representacional del lenguaje, su capacidad para representar los hechos del mundo
o los estados de cosas posibles y referir a las entidades y relaciones que los componen.

Se ha podido hablar de la ‘abstracción semantista’, en referencia al modo en que la primera


filosofía analítica del lenguaje propuso explicar el significado, en su dimensión semántica,
haciendo abstracción de la mente y del uso del lenguaje. Si se prescinde del posible valor
descalificatorio que en algunas ocasiones aparece unido a este modo de expresión, cabe
considerar que describe correctamente el enfoque común a las teorías semánticas de la
primera filosofía analítica. Esta idea es importante para entender correctamente sus
propuestas.

2.2. Frege. Búsqueda de un lenguaje lógico perfecto. Sentido y referencia; oraciones de


actitud proposicional; proposiciones y juicios

En su obra Conceptografía (Begriffsschrift, 1889), Frege declara su pretensión de hallar las


“leyes del pensamiento puro”, y afirma:

Si es una tarea de la filosofía romper el dominio de la palabra sobre la mente humana


al descubrir los engaños que sobre las relaciones de los conceptos surgen casi
inevitablemente en el uso del lenguaje, al liberar al pensamiento de aquellos con que

2
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

lo plaga la naturaleza de los medios lingüísticos de expresión, entonces mi


conceptografía, más desarrollada para estos propósitos, podrá ser un instrumento útil
a los filósofos. (Ibid.)

Frente al psicologismo de algunos de sus contemporáneos, Frege creyó que era posible
estudiar el razonamiento correcto y la validez de las inferencias (en los que se basaban los
procedimientos de demostración y de prueba de las teorías deductivas) atendiendo
únicamente a reglas y procedimientos lógicos, capaces de garantizar una única exigencia
esencial para la validez de la inferencia o el razonamiento: la de que, si se partía de premisas
verdaderas, la conclusión alcanzada no pudiera ser falsa. Este estudio era esencial para su
proyecto logicista, por el que Frege pretendía poder expresar las teorías matemáticas a partir,
y sólo, de nociones y procedimientos lógicos. (Frege sinceramente creyó que su proyecto
había fracasado cuando Russell le hizo llegar su famosa paradoja, y rechazó tomar en
consideración la solución que aquél le ofrecía, un lenguaje de tipos, porque tal construcción
artificial no podría reflejar la estructura del “pensamiento puro”).

Cuando los mismos procedimientos y las mismas reglas se utilizan en el lenguaje natural, sin
embargo, Frege observó dificultades adicionales para garantizar la corrección de los
razonamientos. Estas dificultades no atañían meramente a las reglas formales de deducción,
es decir, de transformación de unos enunciados (oraciones declarativas) en otros, sino que
tenían que ver con el contenido de significado de las expresiones que aparecían en ellos, o
con tipos especiales de enunciados (como los enunciados que atribuyen creencias).

Estas dificultades motivaron la reflexión que se encuentra en el ensayo de Frege titulado


Sobre sentido y referencia (y en otros relacionados con él) y que da inicio, en el paso al s. XX,
a la filosofía del lenguaje contemporánea. (Aunque ésta no deja de ser una apreciación un
tanto idealizadora y ‘épica’, especialmente teniendo en cuenta la ampliación histórica que
hemos visto, es un lugar común de la mayoría de las introducciones a la filosofía analítica del
lenguaje, y lo reproducimos por razones de contextualización, para dar pistas sobre cómo
ubicarse). El ensayo Sobre sentido y referencia se inicia con la paradoja de la identidad. Los
enunciados “a=a” y “a=b” parecen ser trivialmente verdadero y trivialmente falso,
respectivamente, cuando la igualdad se considera establecida entre los signos, pero ambos

3
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

parecen hacer la misma afirmación (y tener por tanto el mismo valor de verdad) si la igualdad
se establece, como es correcto considerar, entre los objetos designados por esos signos.
Ahora bien, en este último caso, el segundo enunciado tiene un valor cognitivo añadido que
no tiene el primero (pues afirma que el objeto nombrado mediante el signo ‘a’ es el mismo
objeto nombrado mediante el signo ‘b’). Esta diferencia en el valor cognitivo de los
enunciados se hace aún más visible si tomamos un ejemplo similar del lenguaje natural: “El
lucero de la mañana es el lucero de la mañana” y “El lucero de la mañana es el lucero de la
tarde”.

El estudio de esta paradoja permite a Frege establecer un primer resultado, que pasa a formar
parte de su teoría semántica: al estudiar el significado de un nombre es preciso diferenciar su
referente, es decir, la entidad u objeto nombrado (designado, denotado, referido, aquél por
el que el nombre está), y el modo de darse ese referente mediante el nombre, su modo de
presentación. A este modo de presentación Frege lo llama el sentido del nombre, y es este
aspecto del significado el que aporta la diferencia en contenido o valor cognitivo añadido por
ese nombre. (Es importante prestar atención al uso a veces ambiguo que se hace del término
“referencia”; se designa con él tanto a la relación semántica de un nombre con su referente
como a este referente, que ha de verse como una entidad extralingüística. Aquí procuraremos
evitar esta ambigüedad).

Puede considerarse que a esta tesis de Frege le subyace una intuición fundamental: la de que
es lo que sabemos de una entidad, nuestro conocimiento de ella, lo que nos permite
identificarla y nombrarla para hablar de ella. Por este motivo, los seguidores de Frege han
considerado apropiado asociar el sentido de un nombre con un conjunto de descripciones
verdaderas de una entidad, y tales que permiten identificarla. Más precisamente, el sentido
de un nombre podría identificarse con un contenido descriptivo asociado con ese nombre, el
contenido constituido por el conjunto de predicaciones que dan condiciones necesarias, y
conjuntamente suficientes, para la identificación del referente de ese nombre. Esta
asociación tiene la ventaja de evitar el problema que Frege ya veía en el caso de los nombres
propios gramaticales del lenguaje natural: en ellos se dan “oscilaciones del sentido”, de forma
que distintos hablantes pueden asociar distintos contenidos o valores cognitivos con un
mismo nombre. (Por ejemplo, ‘Aristóteles’ estaría asociado con las muy distintas

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

descripciones que distintos/as hablantes darían o los muy diversos grados de conocimiento
que podrían tener sobre el gran filósofo clásico, y esto último es también otra descripción).

A esta dificultad se añade una segunda, casi más importante: es posible que un nombre
carezca de referencia, o posea referencia múltiple (en ambos casos se habla entonces de
referencia impropia), sin que la comunidad de hablantes llegue a darse cuenta de ello. Frege
muestra una cierta condescendencia ante el primer problema (la oscilación del sentido), pues
acepta que esto pueda ocurrir en el lenguaje natural mientras no impida que éste sirva para
su fin fundamental, el de la comunicación entre los hablantes. Pero, afirma, ninguno de los
dos problemas debería darse en un lenguaje lógicamente perfecto. En este lenguaje lógico
ideal, todas las expresiones que funcionen como nombres deberían ser nombres propios en
sentido lógico: es decir, nombrar uno y sólo un referente. Además, debería cumplirse una
condición adicional: conocido un referente, y dado un sentido, deberíamos poder decir si ese
sentido le corresponde o no, si es o no verdadero del referente.

(Como comentario provisionalmente marginal, pueden observarse ya algunos problemas que


se presentan en la teoría de Frege y que serán motivo de crítica posterior. Un mismo hablante
podría, por ignorancia o error, creer que las descripciones: ‘el día 1 de octubre de 2013’, y ‘el
primer martes de octubre de 2013’ refieren a dos días distintos, y no al mismo. Análogamente,
si intentamos determinar el sentido de ‘Aristóteles”, de forma inequívoca y precisa, mediante
una descripción como ‘el hijo del médico griego que vivió en Estagira entre los años X e Y a.C.’,
algo que en cualquier caso no parece coincidir con su sentido en el lenguaje natural, el
referente de esta nueva descripción podría a su vez necesitar ser identificado mediante otro
referente introducido por otra descripción, esta vez relativa al médico estagirita que fue el
padre de Aristóteles, y así sucesivamente).

Por este motivo, seguramente, Frege estipula que el sentido de un nombre ha de


diferenciarse de la representación subjetiva que cada hablante puede tener de su referente.
Haciendo uso de una famosa comparación un poco engañosa, compara a la luna con el
referente de un nombre; la imagen de la luna reflejada en las lentes de un telescopio serían
el sentido, es decir, el mismo para todas las personas que observen a su través; finalmente,
la imagen que se refleja en la retina de cada observador/a sería la representación subjetiva,

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

posiblemente distinta para cada persona. Y afirma, además, que el sentido es algo objetivo,
algo “susceptible de ser propiedad común de muchos” y que conoce el conjunto de los/las
hablantes competentes de una misma lengua. (Que el sentido sea algo intersubjetivo y común
sería entonces una condición necesaria, derivada de su carácter objetivo).

La noción de nombre propio en sentido lógico permite a Frege avanzar en un análisis


semántico de las estructuras lingüísticas que se independiza del análisis de la gramática
tradicional. Pues, desde un punto de vista semántico, pueden ser nombres propios tres tipos
de expresiones: los nombres propios gramaticales, las descripciones definidas (como ‘el
descubridor de las órbitas planetarias elípticas’), y las oraciones subordinadas nominales
(como “El que descubrió las órbitas planetarias elípticas...”). Esta misma independencia del
análisis semántico con respecto a la gramática tradicional permite a Frege, como veamos a
ver inmediatamente a continuación, distinguir otros dos tipos básicos de expresiones (los
enunciados completos, que junto con los nombres son expresiones saturadas, y las
expresiones funcionales o no saturadas) que conjuntamente proporcionan una tipología
completa, para finalmente extender su teoría al establecer cuáles son los sentidos y las
referencias en estos otros casos.

Pero, para llevar a cabo esta extensión de la teoría, Frege se apoya en un presupuesto que él
no llega a justificar, y que ni siquiera es completamente explícito: se trata del principio de
composicionalidad, que afirma que el significado de un enunciado (de una oración
declarativa) es función de, o está determinado por, los significados de las expresiones
componentes más su modo de composición sintáctico. Este principio de composicionalidad
encuentra aplicación tanto en el nivel del sentido como en el de la referencia. En este último
caso, en el nivel semántico puede enunciarse diciendo que el valor de verdad del enunciado
es función de las referencias de las expresiones que componen el enunciado y de su modo de
composición. Frege apela a este principio, en la forma de un corolario suyo, cuando aplica
tácitamente el principio de sustitución uniforme para estudiar el sentido y la referencia de un
enunciado completo. El principio de sustitución uniforme (o sustitución salva veritate)
establece que es posible sustituir, dentro de un enunciado, dos expresiones co-referenciales
sin que el valor de verdad del enunciado se vea afectado. Al constatar que la sustitución de
nombres de distinto sentido pero co-referenciales en un enunciado sí afecta al pensamiento

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

expresado por el enunciado, pero no al valor de verdad final, concluye que el pensamiento
expresado por un enunciado (la proposición expresada) es el sentido del enunciado, y decide
estipular que el valor de verdad del enunciado (“el hecho de que sea verdadero o falso”) se
tome como su referente. De este modo, los dos valores de verdad, lo verdadero y lo falso, son
considerados objetos y pasan a formar parte del plano ontológico donde se sitúan los
referentes de las expresiones lingüísticas. (Nota: Frege advierte de que no deberían extraerse
“consecuencias fundamentales” de esta estipulación, lo que invita a verla como un recurso
técnico que permite completar su teoría semántica y no como una fundamentación
ontológica de ésta. Sin embargo, la postulación años más tarde, en el ensayo sobre El
Pensamiento (1918), de un “domino de lo objetivo no real” en el que se integrarían estos
objetos hará que se le impute una forma de idealismo muy problemática y difícil de asumir.
Esto ocurre especialmente por el motivo siguiente:)

Para completar su teoría, extendiendo la distinción sentido/referencia al conjunto de las


expresiones lingüísticas, Frege se fija (lo hace en un ensayo inmediatamente posterior al de
1892, titulado Consideraciones sobre sentido y referencia) en lo que va a llamar expresiones
funcionales o no saturadas, y que contrapone a los dos tipos de expresiones estudiadas hasta
ahora: los nombres propios en sentido lógico y los enunciados, ambos tipos caracterizados
por ser expresiones saturadas: pues en estos dos casos la expresión no necesita completarse
con otras expresiones para poder referir a un objeto. El otro tipo de expresiones van a ser las
expresiones funcionales o expresiones de función, y que son no saturadas: son aquéllas que
poseen espacios vacíos de manera que, al completar estos espacios vacíos con nombres,
arrojan como resultado un enunciado completo. Lingüísticamente estas expresiones
funcionales van a venir representadas, típicamente, por expresiones predicativas o
incompletas. Así,

1. “El hijo de Yocasta mató a [...]”

es una expresión no-saturada, expresa una función; si completamos el espacio vacío con un
nombre, por ejemplo “el padre de Edipo”, obtenemos un enunciado completo: “El hijo de
Yocasta mató al padre de Edipo”, acerca del cual podremos preguntarnos si es verdadero o
falso. Así mismo,

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

2. “[...] mató al padre de Edipo”

es una expresión no saturada, que puede completarse con el nombre “Edipo”, por ejemplo,
para arrojar como resultado un enunciado completo (“Edipo mató al padre de Edipo”)
susceptible de recibir un valor de verdad.

A la distinción entre expresiones saturadas (nombres y enunciados) y expresiones no


saturadas (expresiones funcionales) le corresponde, en el plano ontológico, la distinción entre
objetos (referentes de expresiones saturadas) y funciones, que pasan a ser los referentes de
las expresiones funcionales. Esta estipulación no debería verse como algo por completo
extraño si se tiene en cuenta que una función es un tipo especial de relación (es una relación
que cumple una condición adicional de unidad en el resultado arrojado para un mismo
argumento). Pero Frege se fijó además en un subconjunto del conjunto de las funciones: el
de las funciones unarias, a las que dio el nombre de conceptos. Un concepto, por tanto, es
una función unaria; y constituye por tanto el referente de la correspondiente expresión
funcional unaria, o expresión conceptual.

Por consiguiente, y en correspondencia con el análisis semántico que ha propuesto, en el


plano ontológico Frege ha de admitir, junto a los objetos (entidades físicas individuales,
valores de verdad, clases y otras entidades matemáticas), las funciones (que pueden verse
como relaciones que cumplen una condición de unicidad) y, entre ellas y como un
subconjunto especial, los conceptos, que son los referentes de las expresiones conceptuales.

Tanto el principio de composicionalidad como su corolario, el principio de sustitución


uniforme, presuponen que el lenguaje es extensional (es decir, que podemos sustituir
términos co-referenciales sin alterar el valor de verdad del enunciado en el que se integran).
Pero el lenguaje natural no lo es: en los llamados contextos intensionales, la sustitución de
expresiones co-referenciales entre sí altera el valor de verdad del enunciado. Esto se
manifiesta, de una manera típica, en el caso de las oraciones de actitud proposicional
(aquéllas que atribuyen un estado psicológico con un determinado contenido a alguien). Se
plantea entonces el problema de cómo extender la teoría a estos contextos intensionales.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Oraciones subordinadas en contextos intensionales

Podemos analizar los siguientes ejemplos como un caso en que se compone el significado de
la oración enunciativa subordinada con el de otras expresiones para obtener el significado
total del enunciado compuesto que las integra. El análisis se mantiene, inicialmente, en el
nivel semántico de la referencia de los dos enunciados, es decir, lo que toma en consideración
son sus valores de verdad. Lo que el principio de composicionalidad exige es que el valor de
verdad final del enunciado compuesto sea función del valor de verdad de la oración
subordinada. Veamos tres ejemplos y su correspondiente análisis semántico. (Convención
notacional: E representa el enunciado principal, y entre paréntesis se indica el valor de verdad
de la oración enunciativa subordinada; tras el signo de igualdad se indica el valor de verdad
que resulta para el enunciado completo)

1. Copérnico creía que [las órbitas de los planetas son circulares].


E ([Falso]) = [Verdadero]
2. Copérnico creía que [el sol ocupa el centro del universo].
E ([Verdadero]) = [Verdadero]
3. Copérnico creía que [las órbitas de los planetas son elípticas].
E ([Verdadero]) = [Falso]

Los casos 1 y 2 ponen de manifiesto que un cambio de valor de verdad en la oración


subordinada no impide que el valor de verdad final del enunciado compuesto se mantenga
constante, en contra de lo que intuitivamente podríamos esperar del principio de sustitución.
Pero aquí, en realidad, aún no podríamos decir que el principio no se cumple. Donde la
dificultad se hace “letal” es en los casos 2 y 3, pues aquí el valor de verdad final del enunciado
compuesto ha dejado de ser función del valor de verdad de la oración subordinada
componente: la función de significado que define el valor de verdad ha dejado de cumplir la
exigencia de unicidad que define a una función, pues al tomar idéntico argumento,
[Verdadero], arroja dos resultados distintos, [Verdadero] en el caso 2 y [Falso] en el caso 3.
Esto es lo que no debería ocurrir, de cumplirse el principio de composicionalidad y el principio
de sustitución uniforme en los contextos subordinados.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Frege postula entonces que, en estos contextos intensionales, las oraciones subordinadas no
tienen como referencia un valor de verdad, sino su referencia indirecta, que consiste en lo
que sería el sentido habitual de la oración si apareciese como enunciado independiente. La
referencia indirecta de una oración enunciativa en un contexto intensional es el sentido de
esa misma oración en un contexto extensional directo.

Términos co-referenciales en contextos intensionales

Un problema similar se presenta en los contextos intensionales que involucran nombres co-
referenciales de distinto sentido, como en el ejemplo siguiente. Imaginemos a un joven
estudiante que desconoce que Pablo Neruda era el pseudónimo literario del poeta y
diplomático chileno Neftalí Reyes. En ese caso, afirmará que el enunciado 4 es verdadero,
pero que 5 es falso:

4. Pablo Neruda escribió Los versos del capitán.


5. Neftalí Reyes escribió Los versos del capitán.

Y, por consiguiente,

6. El joven estudiante cree que [Pablo Neruda escribió Los versos del capitán].
E(p)= [Verdadero]
7. El joven estudiante cree que [Neftalí Reyes escribió Los versos del capitán].
E(n)= [Falso]

(Aquí, junto a las convenciones notacionales anteriores hemos adoptado la de abreviar


mediante n el nombre propio Neftalí Reyes, y mediante p el nombre propio Pablo Neruda).
Sin embargo, si el valor de verdad del enunciado compuesto sólo fuese función de las
referencias de las expresiones componentes, ese valor de verdad final no debería verse
afectado por la sustitución de nombres co-referenciales (cuando sustituimos p por n).

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

De nuevo aquí, la solución de Frege consiste en postular una referencia indirecta para
nombres co-referenciales que se intersustituyen en contextos intensionales como los de las
oraciones de creencia. Esta referencia indirecta de los nombres consiste en su sentido
habitual. El problema queda así salvado para estos casos, y pendiente de extensión a otros
posibles similares. (En Sobre sentido y referencia Frege estudia todavía algunos casos
similares, como los de las oraciones subordinadas nominales, adjetivas y adverbiales).

Proposiciones y juicios
En la distinción entre sentido y referencia ha quedado ya establecido que el sentido de una
expresión es el modo de darse su referencia, y que este ‘modo de darse’ tiene por tanto valor
para el conocimiento de esa referencia. Frege también afirma que los sentidos son objetivos,
como algo distinto de las representaciones subjetivas de la mente individual. Esta afirmación,
que puede considerarse difícil de aprehender, está vinculada históricamente con la posición
que hoy se conoce como proposicionalismo. De acuerdo con ella, las proposiciones, lo que
Frege llama pensamientos, son entidades abstractas con realidad ontológica propia,
independiente tanto de los fenómenos mentales como de las expresiones lingüísticas. Las
proposiciones, o pensamientos en la terminología de Frege, son entidades complejas,
compuestas por constituyentes independientes de la mente (los sentidos en la terminología
de Frege). Contemporáneamente se habla de proposiciones fregeanas para hacer referencia
a estas entidades abstractas, constituidas por sentidos estructurados, que presentan dos
rasgos fundamentales: en primer lugar, son representaciones, cumplen una función
representacional; y, en segundo lugar y por consiguiente, son susceptibles de ser verdaderas
o falsas. En el debate contemporáneo, a veces se expresa esto último diciendo que las
proposiciones son portadores de verdad. Y se acepta que las proposiciones, en tanto que
objetos teóricos, cumplen tres funciones fundamentales y difícilmente prescindibles para una
teoría semántica satisfactoria: (i) son los significados (o contenido semántico) de las oraciones
declarativas o enunciados; (ii) son unidades de representación capaces de ser declaradas
verdaderas o falsas; y (iii) constituyen el objeto o contenido de las oraciones de actitud
proposicional (tanto en el lenguaje como en el pensamiento). (Sobre esta noción, puede verse
la entrada “Propositions” de la Stanford Encyclopedia of Philosophy)

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Unos años después de haber publicado Sobre sentido y referencia, en otro ensayo titulado El
pensamiento (1922), Frege hacía explícito en qué consisten los pensamientos (las
proposiciones fregeanas en el debate contemporáneo). Declara que, aunque permanezcan
inactivos sin la actividad de alguien que los piense, los pensamientos como tales no son
creados por la mente individual de quien los piensa; y, tomados en sí mismos, pueden ser
verdaderos o falsos con independencia de que se lleguen a realizar en alguna mente
individual. Esta concepción se ha considerado, no sin razón, una forma de platonismo en la
comprensión actual de esta posición (de nuevo, véase “Propositions”, Stanford Encyclopedia
of Philosophy). Cabe cuestionar, sin embargo, que esta visión fuera la que estaba desde el
inicio en la teoría de Frege y en su concepción del significado. En Sobre sentido y referencia,
al introducir la tesis de que la referencia de un enunciado es su valor de verdad, advierte de
que esta idea puede parecer extraña, y observa que no deberían sacarse consecuencias
fundamentales de ella. Con esto, parece querer tomar distancia respecto al tipo de
compromiso metafísico que después se le ha podido atribuir, cuando se habla de platonismo.
Esta observación de Frege permite una interpretación que descargue a su teoría de ese fuerte
compromiso filosófico y la aproxime a un recurso técnico, cuya finalidad es permitir un análisis
sistemático de las relaciones de significado entre enunciados y sus expresiones componentes.
Este recurso técnico permitiría preservar el principio de composicionalidad, algo que sin duda
está implícito en su discusión y su tratamiento teórico.

Una contribución adicional de la teoría de Frege es la clara distinción que establece entre los
pensamientos (proposiciones) y los juicios. Al discutir el problema de cuál es la referencia de
un enunciado u oración declarativa, observa que el enunciado expresa un pensamiento; y, al
declarar a ese pensamiento verdadero o falso, se ha dado el paso de los pensamientos a los
juicios. Un pensamiento o proposición es una representación de un hecho; como tal, es
susceptible de verdad o falsedad, pero aún no se ha afirmado nada sobre este valor de verdad.
En el juicio, se hace una atribución de verdad o falsedad a una proposición o pensamiento.
Proposiciones (pensamientos) y juicios no son, por tanto, entidades del mismo tipo. Un juicio
es un pensamiento afirmado (o negado) y, en cuanto tal, está constituido por un tipo de
acción: precisamente, la acción de asignar a ese pensamiento un valor de verdad. Ya en
Conceptografía, Frege utiliza un operador lógico para indicar cuándo una proposición se

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

presenta con la fuerza de una afirmación. Esta idea se ha considerado precursora de


desarrollos teóricos que solo tendrán lugar después, a través de la teoría de actos de habla.

Un aspecto adicional que tiene interés mencionar es el problema de cómo se identifican o


individualizan las proposiciones, a las que Frege llama también contenidos enjuiciables (o
judicables). En la Conceptografía escribe:

En mi modo de representar un juicio, no tiene lugar una distinción entre sujeto y


predicado. Para justificar esto, advierto que los contenidos de dos juicios pueden ser
distintos de doble manera: primero, que las consecuencias que se pueden derivar de
uno, en combinación con otros juicios determinados, se sigan también del otro, en
combinación con los mismos otros juicios; en segundo lugar, que no sea este el caso.
Las dos proposiciones: “En Platea derrotaron los griegos a los persas” y “En Platea
fueron derrotados los persas por los griegos” se distinguen de la primera manera. Aun
cuando se puede reconocer una pequeña diferencia en el sentido, la concordancia, no
obstante, prevalece. Así, a aquella parte del contenido que es la misma en ambas, la
llamo el contenido judicable. Puesto que solo este tiene significado para la
conceptografía, no necesito hacer distinción alguna entre proposiciones que tienen el
mismo contenido judicable. (Frege 1889, § 3; traducción de H. Padilla; México: UNAM,
1972)

Esta declaración se ha podido interpretar del siguiente modo: en la concepción de Frege, lo


que permite identificar a una proposición no es su relación representacional con un hecho o
un estado de cosas posible, sino las relaciones inferenciales que esa proposición establece
con otras proposiciones. Esta es la interpretación inferencialista que ha propuesto el filósofo
Robert Brandom (Making it explicit, Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1994), y que
ha defendido también la profesora María José Frápolli (“Reivindicando el proyecto de Frege”,
Disputatio 6(7): 1-42, 2017). Se trata de una interpretación original y bien argumentada
aunque debatible, pues no está claro que resulte completamente consistente con el conjunto
del trabajo de Frege y, en especial, con su preocupación por lo que consideraba
imperfecciones del lenguaje natural: la referencia vacía, y las oscilaciones del sentido. Estos

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dos problemas afectan, directamente, a la función representacional de los enunciados, pues


impiden o dificultan la determinación de su valor de verdad.

La alternativa teórica a esta propuesta estaría alineada con la noción de proposición que se
ha presentado más arriba, y que atribuye a las proposiciones el carácter de objeto teórico con
las tres funciones fundamentales enunciadas (i-iii). De acuerdo con esta interpretación, lo que
permite identificar o individualizar a las proposiciones es su valor cognitivo. Puede
determinarse que dos enunciados diferentes significan o expresan la misma proposición (por
ejemplo: “Arquímedes murió violentamente durante el asedio a Siracusa”, y “La violenta
muerte de Arquímedes durante el asedio a Siracusa es un hecho”) porque quien entienda
competentemente el lenguaje, y considere a la primera verdadera, no puede considerar a la
segunda falsa, y viceversa. Cabe considerar, sin embargo, que este criterio también está
disponible para la interpretación inferencialista, por lo que el debate quedaría abierto.

2.3. Algunos problemas para la teoría

- Problemas para la teoría descriptiva de la referencia. Se han señalado varios: el


problema de la ignorancia y el error, que da lugar a las oscilaciones del sentido y al problema
visto en los enunciados de identidad; el problema de la analiticidad de estos enunciados de
identidad, que va unido a un problema de necesidad no deseada en el caso de los nombres
propios; y el problema de la recursión al infinito. (En relación con estos problemas, en el tema
posterior sobre teorías de la referencia se volverán a discutir las principales críticas a la teoría
descriptiva, y veremos las alternativas teóricas que se han defendido junto con el debate
suscitado.)

- El problema de la objetividad del sentido, así como el de la objetividad del plano


ontológico de lo “objetivo no real”. Aunque es importante distinguir los dos ámbitos, los
sentidos también pertenecen para Frege a ese plano ontológico que postula, para a
continuación situar en él los referentes de las expresiones, incluidos objetos tales como los
valores de verdad, los conceptos, o las clases matemáticas. Esta manera de proceder le ha

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

sido reprochada por algunos autores (C. Thiel, por ejemplo, en un estudio ya clásico sobre
Frege habló de ‘contaminación’ entre ontología y semántica).

En realidad, este problema se había planteado ya antes de que Frege escribiera su ensayo
Sobre sentido y referencia (1892). En sus trabajos sobre fundamentación de las matemáticas
(en particular en Los fundamentos de la aritmética, 1884) concluye que la objetividad y la
aprioricidad de las verdades matemáticas entrañan que los números no puedan considerarse
ni entidades físicas ni ideas en la mente o entidades mentales, pues las leyes de la aritmética
no son ni generalizaciones empíricas, ni leyes psicológicas. Más tarde, en su ensayo El
pensamiento (1918), asigna el mismo estatuto de objetividad a lo que él llama pensamientos,
es decir, los sentidos de las oraciones enunciativas, y consiguientemente también a los
sentidos de las expresiones suboracionales. Afirma entonces que estos sentidos pertenecen
a un tercer ámbito, el de lo objetivo no real, que es diferente tanto del mundo externo
sensible como del mundo interno de la mente consciente.

La pregunta acerca de en qué consiste la objetividad del sentido puede recibir distintas
respuestas filosóficas. El anti-psicologismo de Frege no permite considerar a los sentidos
como meras representaciones subjetivas individuales, y su propia respuesta parece haber
sido la de postular un tipo de idealismo (a veces también llamado realismo platónico) difícil
de defender. Para algunos filósofos, sin embargo, los sentidos son contenidos intencionales
de la mente, representaciones mentales que cabe identificar con los significados del lenguaje
del pensamiento (antes hemos mencionado esta hipótesis). Para otros, son contenidos que
se obtienen por abstracción a partir de los usos de las expresiones lingüísticas en contextos
particulares, pero de tal forma que cumplen, entre otras exigencias, una de
intersustituibilidad, que no permite verlos como meras generalizaciones empíricas. Bajo
cualquiera de estas concepciones filosóficas u otras posibles, puede considerarse que los
sentidos son entidades abstractas, representaciones completas (con condiciones de verdad
completas en el caso de los pensamientos o proposiciones) y no subjetivas, susceptibles de
ser comunicadas a través de distintos soportes (por ejemplo, el mismo pensamiento puede
ser expresado por una oración en voz activa y su correspondiente pasiva) y por parte de
distintos hablantes.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

- El principio del contexto, que Frege nunca llegó a enunciar como tal principio pero sí
como una declaración relativa a enunciados sobre números, y el problema de cómo se articula
con el principio de composicionalidad, un principio tampoco enunciado explícitamente por
Frege pero sí tácitamente presupuesto por él. En Los fundamentos de la aritmética (1884) se
puede leer: “nach der Bedeutung der Wörter muss im Satzzusammenhange, nicht in ihrer
Vereinzelung gefragt werden” (= “se debe preguntar por el significado de las palabras en el
contexto de un enunciado, no aisladamente”). En la misma obra hay otras formulaciones
semejantes. Esta afirmación es lo que se conoce como el principio del contexto.

La crítica especializada ha puesto de manifiesto que el principio de composicionalidad


permite comenzar con el significado de las palabras o expresiones individuales para construir
a partir de ese significado la interpretación de los enunciados (este enfoque se conoce como
atomista), mientras que otros han resaltado que el principio del contexto permite considerar
al enunciado o a la proposición como unidad básica de significado (enfoque holista). De ello
parece seguirse una tensión, respecto a la prioridad relativa de uno respecto al otro, o
respecto a cómo conciliarlos entre sí. (Entre los y las especialistas parece haber más
controversia respecto a que Frege asumiera este principio del contexto que el de
composicionalidad, y parece haber evidencia textual que sugiere que, en todo caso, tendió a
abandonarlo; en el caso del principio de composicionalidad sí podría encontrarse reflejado,
en alguna versión del mismo, en sus declaraciones o formulaciones teóricas).

Cristina Corredor
UNED

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

TEMA 3. Russell

Crítica a la noción de sentido; descripciones y forma lógica; denotación, nombres y


proposiciones

El método de la filosofía. Análisis lógico

Podemos comenzar enunciando tres convicciones que estarían en el punto de partida de la


filosofía de Russell que vamos a estudiar. En primer lugar, la de que el análisis lógico es el
método que puede permitir aclarar muchos problemas filosóficos. En segundo lugar, la de la
centralidad del conocimiento científico, junto a que el método científico es común a la ciencia
y la filosofía. Este método consiste en la formulación de hipótesis que han de someterse a
contrastación, aunque en el caso de la filosofía este examen crítico ha de proceder sobre todo
a priori, mediante la argumentación y contraargumentación. De aquí se sigue su anti-
psicologismo, al que él llama “nuevo realismo”. En tercer y último lugar, la convicción de que
este método debía combinarse con un segundo método complementario: el uso de la
moderna lógica de primer orden. Un análisis lógico y semántico riguroso de enunciaciones
problemáticas, con las herramientas de la lógica de primer orden, permite exhibir la forma
lógica del lenguaje natural que subyace a la gramática externa. Este procedimiento ayuda a
evitar los problemas de referencia debidos a las imperfecciones del lenguaje natural
(vaguedad, ambigüedad).

En un sentido metodológicamente más preciso (luego se verá cómo aplicarlo), el análisis


lógico representaría sólo una primera etapa del método filosófico, la fase analítica. En esta
primera fase, se parte de un ámbito de investigación, una teoría o un conjunto de creencias
cuyos enunciados se analizan hasta identificar en ellos un conjunto mínimo y básico de
conceptos indefinidos y principios generales, aquellos que puedan verse como los conceptos
y principios que subyacen a ese cuerpo de conocimiento en general, su “vocabulario mínimo”.
En una segunda fase, la fase constructiva o sintética, se reconstruye ese cuerpo de
conocimiento únicamente en términos de los conceptos y el vocabulario obtenidos en la

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

primera fase. (En particular, durante el periodo de desarrollo de su filosofía del atomismo
lógico, Russell defendió que las nociones y principios fundamentales de las ciencias físicas
tenían que poder analizarse en términos de sensaciones particulares, de datos sensoriales).

De entre las obras más importantes de Russell relacionadas con los temas que vamos a
estudiar, nos vamos a referir fundamentalmente a tres: el ensayo Sobre la denotación (1905),
la serie de conferencias recogidas en La filosofía del atomismo lógico (1918, 1919), y el ensayo
Atomismo Lógico (1924).

Crítica a la noción de sentido

Es ya en el temprano ensayo titulado Sobre la denotación donde Russell formula su crítica a


la teoría semántica de Frege, en particular a la noción de sentido. En el ensayo citado, Russell
se refiere a la teoría de Frege para indicar cómo esta teoría distingue, para las expresiones
que denotan o expresiones denotativas (denoting phrases), sentido y referencia. Lo que
Russell llama, en su propia teoría, expresión denotativa correspondería en la de Frege a los
nombres y las descripciones definidas. Al sentido, Russell lo llama también significado
(meaning); y a la referencia, denotación (denotation). (Esta identificación ha sido cuestionada
después por especialistas que han estudiado el trabajo de Frege y Russell; sin embargo, para
entender cuál es la crítica de Russell a Frege puede aceptarse tal y como la formula el
primero). La teoría de Frege sostiene entonces que las expresiones denotativas expresan un
significado (o sentido), y denotan su denotación (refieren a su referente). Además, la
determinación del referente o denotación ha de tener lugar a través del sentido o significado.
Es el significado de la expresión denotativa el que permite identificar a su denotación.

Russell observa que una importante dificultad de esta teoría surge en aquellos casos en los
que la denotación parece estar ausente. En la oración (1): “El rey de Francia es calvo”, la
expresión “el rey de Francia” tiene un significado, pero no parece tener denotación -o no, al
menos, de manera obvia. Una posible salida, si se quiere mantener la premisa de que la
expresión tiene significado, es declarar a la oración sinsentido. Pero Russell considera esta
solución desacertada. Afirma que la oración es “patentemente falsa” y es esta intuición la que
quiere preservar. La dificultad de la teoría de Frege se pone de manifiesto porque, al admitir
que forme parte de la oración una expresión aparentemente denotativa que no tiene

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denotación, no se podría asignar un valor de verdad a esa oración, en contra de la intuición


de Russell de que la oración es falsa. Pero esto es lo mismo, a su juicio, que considerar a la
oración sinsentido.

Que una oración como (1) no debería considerarse un sinsentido se muestra a través de un
segundo ejemplo. En la obra La Tempestad, Shakespeare hace decir al rey (2): “Si Fernando
no se ha ahogado, Fernando es mi único hijo”. Aquí, “mi único hijo” es una expresión
denotativa (una expresión de descripción definida para Frege) que, en un análisis lógico
riguroso, tiene denotación si, y sólo si, quien habla tiene exactamente un único hijo. Pero
Russell afirma que la oración (2) seguiría siendo verdadera si Fernando se hubiera ahogado.
Concluye entonces que, para explicar esta asignación de valor de verdad, ha de
proporcionarse una denotación para aquellos casos en los que a primera vista esta
denotación parece ausente; o bien, ha de abandonarse la tesis de que es la denotación lo que
está en juego en aquellas oraciones que contengan expresiones aparentemente denotativas,
como es el caso de las descripciones definidas. La segunda opción puede parecer una idea
poco defendible, pero es precisamente la tesis que va a defender Russell. Es decir, su
propuesta va a ser la de considerar que las descripciones definidas (y otras expresiones
aparentemente denotativas) no denotan nada, no son expresiones con denotación.

Russell aún reconoce que Frege ha ofrecido una solución para los casos de expresiones
denotativas que no tienen denotación. Consiste en proporcionar, de manera estipulativa, una
denotación puramente convencional. Así, la expresión de descripción definida “el rey de
Francia” denota la clase vacía. Y la expresión “el único hijo del señor X”, cuando el señor X
tiene más de un hijo, denota la clase de todos sus hijos. (Esta solución de Frege no está
presente en el ensayo “Sobre sentido y referencia”, pero sí aparece en otros escritos). Russell
acepta que este procedimiento evita conducir a un error lógico (como el que se daría en (2)
tras la muerte de Fernando, al tener que declarar también en ese caso a la oración verdadera,
cuando ya no hay denotación. Pero considera que la solución es “totalmente artificial” y,
sobre todo, no ofrece un análisis exacto de lo que ocurre.

En su diagnóstico, si se acepta que las expresiones denotativas en general tienen tanto


significado como denotación, aquellos casos en los que parece no haber denotación dan lugar
a dificultades, tanto si se supone que hay denotación como si se supone lo contrario. Este

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

diagnóstico lleva a Russell a proponer una teoría semántica que prescinde de la dimensión
del significado o sentido, y solo apela a las denotaciones para dar contenido semántico. Sin
embargo, esto le emplaza a resolver la dificultad de cómo analizar las expresiones
aparentemente denotativas, cuando (como ya se ha sugerido más arriba) no denotan. Una
respuesta a esta dificultad se encuentra en la teoría de las descripciones definidas.

Teoría de las descripciones definidas

Lo que se conoce como la teoría de las descripciones definidas es un ejemplo paradigmático


de aplicación del método del análisis lógico para contribuir a resolver problemas filosóficos,
mostrando que estos problemas se deben a una insuficiente comprensión de la verdadera
estructura semántica y lógica del lenguaje.

El mismo análisis puede ayudar a resolver tres tipos de problemas próximos entre sí, que
Russell propone ya en Sobre la denotación como paradojas que una teoría semántica
satisfactoria debería poder resolver.

Enunciados existenciales negativos

Son ejemplos de este tipo de enunciados:

(1) El círculo cuadrado no existe.


(2) La montaña mágica no existe.

Russell se pregunta cómo es posible que, para negar la existencia de una entidad, podamos y
tengamos que nombrarla. De alguna manera, parecemos estar denotándola o refiriendo a
ella.

Ley del Tercero Excluido

Imaginemos el siguiente enunciado, aseverado en un contexto actual (cuando hace tiempo


que Francia dejó de ser una Monarquía):

(3) El actual rey de Francia es calvo.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

De acuerdo con el principio lógico conocido como ley del tercero excluido, o bien este
enunciado, o bien su negación, han de ser verdaderos. La negación de (3) puede tomar, sin
embargo, dos formas distintas, que evidencian la ambigüedad de (3):

(4) El actual rey de Francia no es calvo.


(5) No es el caso de que el actual rey de Francia sea calvo.

¿Que ocurre cuando, como es el caso ahora, el actual rey de Francia no existe? Esto es, tanto
(3) como (4) parecen asumir la existencia de una entidad inexistente, o que podría ser
inexistente. En (5), se muestra la forma que debería adoptar la negación de (3) cuando no hay
actual rey de Francia, cuando la entidad aparentemente denotada por la descripción definida
“el actual rey de Francia” no existe. Pero una aplicación directa del principio lógico del tercero
excluido (que Russell asume) conlleva que debería ser posible en principio declarar a uno de
los dos enunciados (3) o (4) verdadero y al otro falso. Y, en todo caso, la forma gramatical de
(3) no permite determinar si su negación es (4) o (5).

Ley de Identidad

Consideremos ahora:

(6) La joven estudiante sabe que Neftalí Reyes es el autor de Los versos del capitán.
(7) La joven estudiante sabe que Neftalí Reyes es Neftalí Reyes.

Lo que la subordinada enuncia en (6) parece incluir un contenido cognitivo que justifica que
atribuyamos a la joven estudiante un conocimiento sustantivo de algo empírico. En (7), por el
contrario, la subordinada enuncia algo analíticamente trivial, y que seguiría siendo verdadero
aunque sustituyéramos uniformemente el nombre propio por cualquier otro. Si, empero,
quisiéramos ver reducido el valor semántico de un nombre a ser la denotación de una entidad,
parece que lo denotado por ‘Neftalí Reyes’ y lo denotado por ‘El autor de Los versos del
capitán’ son una y la misma entidad, con lo que tendríamos dificultades para explicar en qué
consiste esa diferencia de contenido cognitivo entre (6) y (7).

Esta posición que se acaba de sugerir (la de limitar el valor semántico de una expresión a lo
denotado por ella) es la defendida por Russell: frente a la solución de Frege, que había

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

distinguido entre el sentido y la referencia de una expresión (lo que lleva consigo la
disposición a aceptar expresiones con sentido pero carentes de referencia), Russell defiende
que un análisis satisfactorio de la semántica del lenguaje puede y debe llevarse a cabo
únicamente asociando las expresiones de ese lenguaje con sus denotaciones
correspondientes. Esto implica que, en la teoría de Russell, la explicación del significado no
puede incluir sentidos.

¿Cómo se analizan entonces semánticamente los ejemplos que hemos visto?

Las expresiones de descripción definida pueden analizarse en términos de funciones


proposicionales (como en el caso de ‘x es el rey de Francia’) y cuantificadores (‘todos’ o ‘existe
algún’). No son, por tanto, nombres –como habían sido para Frege-, sino expresiones
cuantificacionales e incompletas, que han de instanciarse (completarse con los argumentos
necesarios) para expresar una proposición completa susceptible de ser verdadera o falsa. Así,
el enunciado (1) “El círculo cuadrado no existe” puede traducirse al lenguaje formal de la
lógica de primer orden como:

(1’)   x (Cx  Qx)

(donde  representa la negación,  la cuantificación existencial,  la conjunción lógica, Cx


representa la función proposicional “x es un cuadrado” y Qx la función proposicional “x es un
círculo”). Al analizar el enunciado (1) de esta forma, se muestra que no se está afirmando la
existencia de una entidad para luego negar esa misma existencia. Lo que se afirma es que no
hay, en el universo del discurso o dominio semántico considerado, una entidad que satisfaga
simultáneamente los dos predicados.

Para los restantes casos puede ofrecerse un análisis semejante. Así, en (3) “El actual rey de
Francia es calvo”, Russell observa que hay dos supuestos de carácter semántico tácitamente
presentes en la forma lógica del enunciado, aunque no se hagan explícitos: (i) un supuesto de
existencia, y (ii) un supuesto de unicidad. Si hacemos explícita esta estructura semántica,
obtenemos algo como: “Existe una entidad en nuestro dominio semántico, y sólo esa entidad,
tal que presenta la propiedad de ser el actual rey de Francia, y esa entidad presenta además
la propiedad de ser calvo”. En el lenguaje de la lógica de primer orden:

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

(3’) x [Rx  y (Ry → y=x)  Cx]

(donde  representa la cuantificación universal, → el condicional material, = es la igualdad


entre individuos tomada como símbolo primitivo, Rx representa la función proposicional “x
es el rey actual de Francia” y Cx representa en este ejemplo “x es calvo”; el resto de símbolos
son como antes).

Es fácil ver que, de no existir en nuestro dominio semántico una entidad que satisfaga estas
condiciones, el enunciado pasa a adquirir valor de verdad falso. La negación sería, por tanto:

(5’)  x [Rx  y (Ry → y=x)  Cx]

que pasaría a ser un enunciado verdadero en ese mismo dominio. (En el supuesto de que lo
que quisiéramos negar fuera la posesión de la propiedad de ser calvo, y únicamente esto, el
mismo análisis semántico arrojaría como resultado:

(4’) x [Rx  y (Ry → y=x)   Cx]).

Finalmente, en el caso de los enunciados de identidad, la formalización en el lenguaje de


predicados de primer orden arroja los siguientes análisis:

(5’) La joven estudiante sabe que [n=n]

(6’) La joven estudiante sabe que [x [Axv  y (Ayv → y=x)  x=n]]

(donde Axv representa la función proposicional “x es el autor de Los versos del capitán”, n
abrevia el nombre propio “Neftalí Reyes”, y el resto de símbolos son como antes). Tras este
análisis que hace transparente la estructura semántica o, como la va a llamar Russell, la
sintaxis lógica del enunciado subordinado, es evidente también que hay una diferencia
importante en el contenido semántico de lo que sabe la joven estudiante.

En conclusión, la solución de Russell para evitar las dificultades que se generan en la teoría
de Frege, en particular al admitir que haya expresiones de descripción definida que tienen
significado (sentido) pero no tienen denotación (referencia), es la siguiente. Las expresiones
de descripción definida no son nombres, no son expresiones denotativas. Son expresiones

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

cuantificacionales incompletas, un tipo de formas lógicas a las que Russell llama también
funciones proposicionales. Se caracterizan porque, al utilizarse en una oración, introducen en
ella dos supuestos: un supuesto de existencia, y un supuesto de unicidad (“existe un x y un
único x tal que Px”, donde P está por el predicado que aparece en la descripción definida). A
través del análisis lógico, y utilizando como herramienta el lenguaje de la lógica de predicados,
estos supuestos pueden hacerse explícitos, lo que permite hacer visible la estructura lógica y
semántica de la oración de que se trate. De esta manera, cuando el objeto supuestamente
denotado no existe, la oración resulta ser falsa: pues la afirmación expresada por el supuesto
de existencia, “existe un…”, así lo determina.

Este tipo de análisis, que revela la estructura semántica (la sintaxis lógica) del lenguaje, junto
con la noción de función proposicional, aparecen ya en Sobre la denotación. Una reflexión
más amplia sobre problemas de semántica se plantea incluso antes, en la introducción de la
inmensa obra Principia Mathematica (dedicada al programa logicista de fundamentar las
matemáticas en la lógica, que Russell escribió conjuntamente con Whitehead y se publicó en
3 volúmenes en 1910, 1912 y 1913). Y está también presente en sus conferencias sobre La
Filosofía del Atomismo Lógico (1918, 1919), en el ensayo Atomismo Lógico (1924) y otras
obras posteriores. Es en el marco de su filosofía empirista y de su atomismo lógico donde
Russell puede dar unidad y justificación filosófica al conjunto de sus análisis y a las tesis que
había ido formulando.

Atomismo lógico

Es frecuente considerar que la filosofía del atomismo lógico puede verse como una expresión
paradigmática del método filosófico de análisis lógico que hemos descrito antes. Asimismo,
se suele indicar que el método analítico que preconizaba tuvo consecuencias para su
posterior filosofía atomista. Desde un punto de vista metafísico, el atomismo lógico descansa
sobre la tesis de que el mundo puede considerarse constituido por unos hechos básicos,
lógicamente independientes entre sí, a los que Russell dará el nombre de hechos atómicos.
Estos hechos son complejos de entidades, discretas e independientes entre sí, que presentan
propiedades o satisfacen relaciones (en cada hecho atómico estarán presentes tantas
entidades como lo requiera la “ariedad”, es decir, el número de argumentos de la relación
correspondiente, y es posible ver las propiedades como relaciones unarias). Un hecho

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

atómico, por consiguiente, está constituido por una entidad que presenta una propiedad
simple, o un número de entidades que conjuntamente mantienen una relación simple.

Esta tesis metafísica va unida a una tesis epistemológica. Russell defiende que hay dos tipos
de conocimiento acerca de los hechos del mundo: el conocimiento directo (o por contacto,
by acquaintance) y el conocimiento por descripción. El primer tipo de conocimiento es el que
tenemos de nuestras sensaciones o, como Russell explica muchas veces, de los datos
sensoriales que nos llegan y que podemos ver como si fueran entidades sensoriales (lo que
dentro de la tradición empirista se ha llamado sensibilia). Lo inmediatamente dado a la
experiencia sensorial da lugar a este tipo de conocimiento, que se expresa a través de
enunciados lógicamente simples, del tipo: “Esto blanco”, o “Esto al lado de eso”, y que reciben
el nombre de enunciados atómicos. Un hecho atómico, por tanto, consta precisamente de
estas entidades sensoriales a las que Russell llama particulares (cosas tales como pequeñas
manchas de color), y viene expresado por medio de enunciados atómicos. En un enunciado
atómico, los nombres propios en sentido lógico, con capacidad para nombrar las entidades
sensoriales, sólo podrían ser los pronombres demostrativos (como “esto” en “Esto es
blanco”). Este punto de vista se aleja significativamente del de Frege, para quien también los
nombres propios gramaticales, las descripciones definidas y las oraciones subordinadas
nominales podían ser nombres propios en sentido lógico. (Para los nombres propios
gramaticales Russell defendió una teoría descriptiva similar a la de Frege, considerándolos
abreviaturas de contenidos descriptivos que permitían la identificación).

El conocimiento por descripción permite construir, a partir de esta base de entidades


sensoriales, las entidades complejas que parecen estar dadas en nuestra percepción pre-
teórica de los hechos y que son aquéllas de las que hablan los enunciados de nuestras
descripciones del mundo más elaboradas y, muy en especial, las teorías científicas. (Por
ejemplo, ‘átomo’, ‘fuerza’ o ‘cuanto de energía’, pero también ‘esta mesa’ son el resultado
de una construcción así, que Russell llama “construcción lógica”). Russell habla entonces de
hechos compuestos o complejos (como por ejemplo “Esta mesa es sólida”, o “Fuerza es igual
a masa por aceleración”), y en otros puntos de hechos moleculares. Estos hechos vendrán a
su vez expresados por medio de descripciones complejas mediante enunciados moleculares
(o también llamados enunciados compuestos). Pero es preciso señalar ya aquí que esta

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

composición no se corresponde con relaciones reales entre hechos en el mundo: las


relaciones lógicas que podemos establecer cuando relacionamos entre sí enunciados simples
o atómicos, y que están basadas en las operaciones veritativo-funcionales de la lógica de
predicados clásica, no denotan relaciones reales.

Proposiciones

En un temprano trabajo de 1903 (Los principios de la matemática, primera parte) Russell


reflexiona sobre la naturaleza de las proposiciones. Defiende aquí una posición que reaparece
más tarde, en su periodo central de la filosofía del atomismo lógico (1911-1925), y que se ha
podido describir como un realismo de las proposiciones. De acuerdo con la tesis que sostiene,
una proposición es una entidad compleja independiente de la mente; y una proposición
verdadera puede identificarse con un hecho. Los constituyentes de una proposición pueden
figurar en ella como término o como concepto. Una entidad figura como término cuando
puede considerarse que es una de las entidades acerca de las que trata la proposición. Una
entidad figura como concepto cuando tiene carácter predicativo, es decir, es parte de lo que
se afirma acerca de la entidad o entidades de las que trata la proposición. Por ejemplo, en
“Sócrates es humano”, el ser humano Sócrates figura como término de la proposición,
mientras que la propiedad de ser humano figura como concepto. Si es verdadero que una
entidad a está en una relación R con otra entidad b, entonces la proposición correspondiente
consistiría en un complejo que incluye entre sus componentes a las entidades a y b así como
a la relación R.

(Durante el periodo intermedio en que trabajó en los Principia Mathematica, en torno a 1907,
Russell revisó su concepción realista de las proposiciones entendidas como complejos de
entidades independientes de la mente, metafísicamente reales. Pasó a considerar que una
proposición era un enunciado interpretado, y por tanto una entidad lingüística. Las
proposiciones podían ser verdaderas o falsas conforme a su correspondencia o no con los
hechos del mundo. Esto suponía sostener, por tanto, una teoría de la verdad como
correspondencia).

En La Filosofía del Atomismo Lógico introduce la noción de hecho atómico a la que nos
referíamos antes para designar hechos lógicamente simples, es decir, aquellos que pueden

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

verse como constituyentes más básicos y simples en el mundo de los hechos. Una proposición
atómica es una proposición que consta de un predicado para una relación n-aria (primitiva o
lógicamente simple) y n nombres propios en sentido lógico, que nombran particulares (es
decir, las entidades sensoriales que pueden considerarse los últimos constituyentes de los
hechos atómicos, y que soportan o exhiben las relaciones lógicamente simples). Una
proposición atómica podría representarse entonces simbólicamente mediante expresiones
del tipo: Fa, Rab, etc. Esto supone que Russell está empleando la denominación “proposición
atómica” con ambigüedad: tanto para referirse al enunciado simple (o enunciado atómico)
que describe un hecho atómico, como para referirse al hecho atómico mismo, es decir, al tipo
de entidad compleja estructurada cuyos constituyentes son las propias entidades
concernidas: los objetos y sus propiedades y relaciones.

Proposiciones: singulares o russellianas, generales y particulares

En la filosofía del lenguaje más reciente se mantienen fundamentalmente dos concepciones


distintas de las proposiciones (existe una tercera, a la que nos referiremos un poco más
adelante, en términos de mundos posibles; y existe una cuarta posición eliminativista, que
consiste en prescindir de la noción por completo). Una es la concepción que hemos visto en
Frege. De acuerdo con su teoría, una proposición era el pensamiento expresado por un
enunciado, lo que en su teoría también se llama el sentido del enunciado. Esto, como ya
hemos estudiado, es lo que contemporáneamente se conoce como proposiciones fregeanas
La segunda es la concepción que acabamos de ver en Russell. Contemporáneamente, se
denominan proposiciones singulares (o proposiciones russellianas) a aquellas proposiciones
que tratan de un objeto teniéndole como constituyente de la proposición.

Esto significa que, en el marco de la filosofía del atomismo lógico tal y como la formuló Russell,
sólo podían ser proposiciones singulares, en un sentido estricto, las proposiciones atómicas.
La filosofía del lenguaje más reciente ha adoptado una concepción más amplia, también
sugerida por Russell, que permite tomar como proposición singular cualquiera que trate de
un objeto particular, manteniendo el mismo compromiso respecto a considerar que el objeto
es un constituyente de la proposición. Un ejemplo sería el que veíamos antes en el enunciado
sobre Sócrates.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Estas proposiciones singulares no deben confundirse con las proposiciones particulares (o


“particularizadas”), que son proposiciones relativas a un único objeto pero que no contienen
a este como constituyente. Típicamente, una proposición particular es la que incluye una
cuantificación existencial o una descripción definida (por ejemplo: “El autor de Los versos del
Capitán murió en Isla Negra”). También se distinguen de las proposiciones generales, que son
proposiciones que no tratan de objetos particulares, y sí de clases o grupos de objetos. Una
proposición general incluye típicamente una cuantificación universal o una generalización
(como “Algunos X son Y”)

Algunas dificultades y argumentos a favor

También durante su etapa central de la filosofía del atomismo lógico Russell intentó
confrontar dos dificultades generadas por su concepción realista de las proposiciones. Una
afectaba a las proposiciones falsas: ¿con qué hecho en el mundo podía ponerse en
correspondencia una proposición falsa? Inicialmente, Russell había concebido la falsedad de
una proposición como el no darse un hecho en el mundo que estuviera en correspondencia
con esa proposición. Pero después parece haber tomado en consideración la hipótesis de que
hay hechos negativos: es decir, que si Fa es falso, tiene que haber un hecho en el mundo que
consista en que a no tenga la propiedad F. En el caso de proposiciones negativas verdaderas,
como “No es el caso que...”, también se necesitaba un hecho negativo en correspondencia
con la proposición.

A esta peculiar ontología de hechos negativos agregó además hechos generales. En este caso,
el problema surgía de la observación de que una proposición que incluya una cuantificación
universal no podía ponerse sólo en correspondencia con el conjunto de hechos atómicos que
la hacen verdadera (cuando estos hechos están dados en un número finito, y para establecer
la proposición se ha aplicado el principio de inducción), sino que era preciso añadir además
un enunciado que afirmara que sólo los hechos atómicos considerados tenían que tomarse
en cuenta y que no había más. (O, alternativamente, habría sido necesario considerar una
cuantificación infinita y contrafáctica para la que la lógica de los Principia Mathemática
carecía de recursos expresivos). Russell postuló que había hechos generales que permitían
dar cuenta de la verdad de las proposiciones generales. De manera análoga, postuló hechos
existenciales para las proposiciones cuantificadas existencialmente.

12
Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

A favor de la concepción de Russell, uno de los argumentos que respaldan que esta
concepción filosófica se haya aceptado en la filosofía del lenguaje más reciente es el
argumento de que permite ofrecer una explicación de las propiedades semánticas de las
expresiones demostrativas o indéxicas. Por ejemplo, permite explicar que la denotación de
expresiones como ‘tú’, ‘yo’, ‘aquí’ o ‘ahora’ quede fijada en cada contexto particular de
formas diferentes. Pues esta denotación, relativamente a cada contexto de uso, no viene
determinada mediante una propiedad descriptiva o un sentido, en el sentido de Frege. En la
concepción russelliana, la propia entidad (la que corresponda en cada caso) figura en la
proposición en tanto que constituyente de la misma.

Una importante crítica dirigida a la teoría de Russell fue tempranamente formulada por
Strawson. En su ensayo On referring (1950), argumentó que un enunciado como “El actual
rey de Francia es calvo” no podía ser declarado falso, como se seguía de la aplicación del
análisis russelliano. Strawson consideraba que este tratamiento no se correspondía con
nuestras intuiciones acerca, en particular, de cuándo puede declararse verdadera una
proferencia del enunciado anterior. Su propia solución consiste en considerar que este tipo
de enunciados, en los que se predica algo de un objeto inexistente, no son ni verdaderos ni
falsos. Un enunciado que contenga la descripción definida “el actual rey de Francia”, cuando
no existe, no incluye una afirmación de que existe el actual rey de Francia, y que es único (este
era el análisis de Russell), sino que presupone su existencia. Si la descripción no refiere, es
esta presuposición la que falla, y la proferencia del enunciado deja de tener valor de verdad.
Strawson había propuesto un análisis semántico de las presuposiciones que hoy sigue
teniendo gran influencia; de acuerdo con este análisis, que un enunciado A presupone un
enunciado B es equivalente a que la verdad de B sea condición necesaria para poder declarar
a A verdadero o falso. Strawson defendió además que hay un uso puramente referencial de
las descripciones definidas (esto último se tratará más adelante.)

Aunque la crítica de Strawson es incisiva y resulta hoy en día convincente, Russell aún pudo
responder a ella apelando de nuevo a intuiciones sobre la asignación de verdad a los
enunciados que filosóficamente es defendible. La teoría de las descripciones definidas de
Russell se considera hoy en día un ejemplo muy destacado de aplicación del método del
análisis lógico para desvelar la estructura semántica del lenguaje.

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Lenguaje lógicamente perfecto: hacer transparente la estructura del mundo a través de la


forma lógica de los enunciados (de su sintaxis lógica).

La tarea de la filosofía era para Russell la de llevar a cabo un análisis de los enunciados que
describen los hechos del mundo, con el fin de desvelar su verdadera estructura semántica y
permitir, después, una reconstrucción de nuestras descripciones del mundo, en especial de
los enunciados de las teorías científicas, en un nuevo lenguaje, carente de vaguedad o
ambigüedades y que no produzca confusión como lo hace la gramática externa del lenguaje
natural. Este sería un lenguaje lógicamente perfecto o epistémicamente ideal, capaz de hacer
transparente, en la estructura semántica y lógica de los enunciados, la estructura ontológica
de la realidad.

En la introducción que escribió al Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein,


Russell explicitaba las condiciones que debería cumplir un lenguaje lógicamente perfecto:

1. Sobre la sintaxis: condiciones para la univocidad de las reglas de la sintaxis lógica, que
garanticen que las expresiones generadas son expresiones susceptibles de
interpretarse con sentido.
2. Sobre la semántica: condiciones sobre la unicidad de significado de los términos y
expresiones, para que exista unicidad de significado o referencia en las expresiones y
sus combinaciones.

Y, al reflexionar acerca de cuál sería el estatuto de ese lenguaje, observaba:

No es que haya lenguaje lógicamente perfecto, o que nosotros nos creamos capaces,
aquí y ahora, de construir un lenguaje lógicamente perfecto, sino que toda la función
del lenguaje consiste en tener significado y sólo cumple esa función satisfactoriamente
en la medida en que se aproxima al lenguaje ideal que nosotros postulamos. (Ibid.)

Aunque hay desacuerdos explícitos de Russell con la teoría de Frege (se ha visto ya su crítica
a la noción de sentido), ambos parecen coincidir en su crítica a algunos aspectos del modo en
que funciona el lenguaje natural. En particular, tanto el fenómeno de la falta de referencia o

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

denotación de expresiones aparentemente referenciales, como el de la polisemia, debían


evitarse en un lenguaje que fuera apropiado para comunicar el conocimiento de la realidad;
y la estructura sintáctica de los enunciados debía hacer transparente cómo se articulan las
expresiones que los componen, de manera tal que también resulte transparente el modo en
que cada enunciado se relaciona con la realidad. A esta sintaxis, que está motivada
semánticamente, Russell la llama sintaxis lógica. Puede hablarse también aquí de forma
lógica. La sintaxis o forma lógica de un enunciado resulta de un análisis que muestre la
estructura formal en que se articulan los elementos constituyentes del enunciado, sus
expresiones componentes. Y este análisis ha de permitir poner en correspondencia al
enunciado con la estructura formal de la realidad.

El método propuesto por Russell para llevar a cabo el análisis lógico del lenguaje consiste en
utilizar un lenguaje lógico, en particular el cálculo de predicados de primer orden. Dado un
enunciado simple, primero se analiza o descompone en sus constituyentes (nombres y
predicados), y después estos constituyentes se sustituyen por variables (individuales y
predicativas). Los enunciados compuestos a partir de enunciados simples se analizan
también, de modo que esa composición resulte visible mediante los operadores lógicos. El
resultado es una estructura sintáctica en un lenguaje lógico (puede pensarse aquí en cualquier
fórmula bien formada del cálculo de predicados de primer orden). Russell estaba convencido
de que este tipo de análisis lógico del lenguaje permitiría desvelar la verdadera forma lógica
de los enunciados y, al hacerlo, evitar las confusiones y errores que se producen en el lenguaje
natural, en particular los problemas de falta de determinación de la referencia por
ambigüedad y vaguedad.

Un buen ejemplo de aplicación del análisis lógico del lenguaje para obtener la forma lógica de
un enunciado se encuentra en los ejemplos que hemos visto ya de análisis de enunciados que
contienen descripciones definidas (1’ a 6’). Lo que importa tener en cuenta en el caso de
Russell, desde un punto de vista filosófico, es que el análisis que lleva a esta estructura o
forma lógica está motivado semánticamente, teniendo en cuenta cómo el enunciado se
corresponde en su estructura con la estructura de la realidad.

***

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Aunque, al parecer, Wittgenstein se mostró en desacuerdo con algún aspecto de la


interpretación de Russell (en particular, por su identificación de los objetos del Tractatus con
los particulares de su propio atomismo lógico), importantes elementos de la filosofía de Frege
y Russell aparecen y se discuten en esta obra, que no puede leerse por tanto sin tener en
cuenta sus preocupaciones comunes –y, en el caso de Russell y Wittgenstein, sus discusiones
e intercambios en el contexto académico de la universidad de Cambridge.

Cristina Corredor

UNED

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Filosofía del Lenguaje I – Grado en Filosofía UNED

Tema 4. Referencia y externismo semántico

Nombres y designadores rígidos; términos de género natural; significado semántico


y ‘significado del hablante’

1. Introducción. Referencia y externismo semántico

La referencia es una relación que se establece entre determinados ítems


representacionales y determinados objetos. Aquí se va a estudiar, en particular, la
relación de referencia entre tipos de expresiones lingüísticas y aquello a lo que refieren,
el objeto o tipo de entidad por la que están. En principio, esta es una cuestión que puede
parecer poco problemática: conocemos y utilizamos este tipo de relaciones
continuamente en nuestro uso corriente del lenguaje; parece algo dado con nuestra
adquisición lingüística y con nuestra inserción en prácticas comunicativas ordinarias.
Sin embargo, hay algunas preguntas que no resultan fáciles de responder, cuando se
buscan respuestas sólidas y convincentes. ¿En qué consiste que una expresión refiera a
un objeto o entidad? ¿Cómo se establece la relación de referencia entre una expresión y
lo que nombra? ¿Hay un único ‘mecanismo’ de fijación del referente, si es que hay
alguno, o deberían tenerse en cuenta distintos procesos, o distintos procedimientos,
dependiendo del tipo de expresión? También, ¿qué relación hay entre la referencia de
una expresión y su significado? ¿Referencia y significado son idénticos, o es preciso
establecer una conexión más sutil entre ambos conceptos?

El problema teórico fundamental al que se enfrenta una teoría de la referencia es el de


explicar en virtud de qué una expresión lingüística (de un determinado tipo) puede remitir
a, o estar por, una determinada entidad u objeto. Lo que se pretende explicar es cuál es
el mecanismo de fijación o identificación del referente. Además, pueden estudiarse

1
cuestiones como la relación entre referencia, significado y verdad. El tipo de expresiones
que se van a estudiar son los nombres propios (o términos singulares; por ejemplo,
‘Aristóteles’, ‘Magdalena Andersson’, ‘Sierra de Guadarrama’), pues son expresiones que
paradigmáticamente refieren a, o se usan con la intención de que refieran a objetos o
entidades individuales. También se estudiará la referencia de otro tipo de expresiones:
los términos de género natural (o términos generales; por ejemplo, ‘tigre’, ‘olmo’, ’agua’,
‘fuego’, ‘wolframio’), y los términos indéxicos y demostrativos (por ejemplo, pronombres
personales como ‘yo’, ‘tú’, ‘ella’; adverbios de tiempo y lugar, como ‘aquí’, ‘ahora’, ‘hoy’; y
pronombres demostrativos, como ‘esto’, ‘eso’).

Se llama externismo semántico a la tesis que afirma que el significado y la referencia de


las expresiones lingüísticas que usamos corrientemente no están únicamente
determinados por las ideas que asociamos con esas expresiones o por los estados
internos (físicos) que acompañan o subyacen a su uso. En general, el externismo
semántico se caracteriza por dos tesis interrelacionadas: (i) la referencia de los términos
referenciales no está determinada por ninguna descripción asociada con el término, y
tampoco por ningún contenido cognitivo que una hablante competente pueda asociar
con él; y (ii) la referencia está determinada, al menos en parte, por relaciones objetivas
(causales) entre la hablante y el mundo exterior. En una versión más débil, (ii) puede
formularse diciendo que la referencia de los términos referenciales depende, de alguna
forma, de las relaciones que un sistema computacional mantiene con las entidades
externas a él.

Dos muy destacados proponentes de estas tesis externistas han sido Kripke y Putnam.
El lógico y filósofo S. Kripke ha defendido que las referencias de los nombres propios, así
como de los términos de género natural, están determinadas en parte por factores
externos de tipo causal e histórico. Esta misma tesis ha sido defendida también, algo
posteriormente, por el filósofo H. Putnam, quien ha reforzado los argumentos de Kripke
en lo que atañe a los términos de género natural.

La tesis externista de ambos se contrapone sin embargo a una tesis tradicional y


ampliamente adoptada hasta ese momento, la del internismo semántico, de acuerdo
con el cual el significado está determinado por nuestros estados mentales y sus

2
contenidos intencionales, y depende únicamente de las propiedades intrínsecas
(internas) de estos estados. Evans ha caracterizado el internismo semántico a partir de
la tesis siguiente: la referencia de las palabras está determinada por la información
almacenada en el sistema de estados cognitivos internos de cada hablante.

Las teorías tradicionales de la referencia que hemos estudiado hasta ahora (las de Frege
y Russell) son teorías descriptivas, para las que la referencia de una expresión viene
determinada por el contenido conceptual, descriptivo, asociado con esa expresión. En
la formulación más reciente de este enfoque teórico, es cada hablante quien, al usar el
nombre, asocia en su mente ese contenido con el nombre. En este sentido, pueden verse
como teorías internistas. Las críticas de autores como Kripke y Putnam han puesto de
manifiesto algunos importantes problemas de estas teorías tradicionales, y han dado
lugar a un debate que aún sigue abierto.

Simplificando un poco, puede considerarse que las tesis internista y externista


responden a intuiciones distintas. Las teorías descriptivas tienen en cuenta los estados
mentales de quien habla para asociar, con cada uso de un nombre (o expresión
referencial), un contenido conceptual que está en la mente de ese hablante o esa
hablante. Las teorías externistas tienen en cuenta elementos y rasgos dados con el
contexto que pueden ser identificados públicamente y están disponibles por igual para
toda la comunidad de hablantes. Lo que vamos a exponer a continuación, con alguna
brevedad y simplificación, son algunas de las principales posiciones y argumentos de
este debate.

2. Nombres

2.1. El problema de los nombres propios para las teorías descriptivas tradicionales

Stuart Mill había defendido que el significado de un nombre propio es su portador. A


partir de él, se llama ‘millianismo’ a la teoría que postula la existencia de algún tipo de
entidad para todo nombre que pueda emplearse con significado o sentido (con la
consecuencia de que ‘La Montaña Mágica’ o ‘Ulises’ serían los nombres de algún tipo de

3
entidad o idea abstracta). Esta teoría tiene problemas para explicar fenómenos como el
de los enunciados de identidad entre nombres co-referenciales (“Héspero es Fósforo”:
si ambos nombres nombran la misma entidad, ¿por qué el enunciado no es trivialmente
verdadero?), el de los enunciados que incluyen nombres de referencia vacía (“Ulises fue
dejado en Ítaca profundamente dormido”: si el nombre ‘Ulises’ nombra alguna entidad,
¿tendría que asumirse que el enunciado tiene un valor de verdad? Y ¿cuál sería este?),
las atribuciones de creencias (“El joven estudiante cree que Pablo Neruda, pero no
Neftalí Reyes, es el autor de Los versos del capitán”: si los dos nombres nombran al
mismo poeta, ¿cómo puede un hablante lingüísticamente competente usar los dos
nombres sin tener conocimiento de estar identificando a uno y el mismo referente?), o
los enunciados existenciales negativos (“Pegaso no existe”: si se ha supuesto que el
nombre refiere a alguna entidad, ¿cómo puede después predicarse su inexistencia?).

Las teorías descriptivas tradicionales pueden ofrecer una solución. De acuerdo con la
tesis que comparten, un nombre refiere a su portador (la entidad referida o referente del
nombre) mediante un contenido conceptual, descriptivo, asociado con ese nombre por
sus usuarios; y ese contenido es tal que permite identificar de manera única al referente
del nombre. Por tanto, para que el uso de un nombre refiera, es preciso que se cumplan
estas dos condiciones: (i) que cada hablante asocie, con su uso del nombre, un
determinado contenido conceptual descriptivo , y (ii) que ese contenido descriptivo
permita determinar, de manera única, al referente del nombre.

Frege y Russell defendieron, como hemos visto, teorías descriptivas para los nombres
propios gramaticales. Una versión más fuerte de las teorías descriptivas afirma que el
contenido descriptivo asociado con un nombre no sólo es el mecanismo que permite
identificar de manera única al referente, sino que constituye además el significado del
nombre. (Esta versión fuerte, en relación con los nombres, no está claro que se le pueda
atribuir a Frege, y con seguridad no se le puede atribuir a Russell.)

Si asumimos, con las teorías descriptivas, que un nombre refiere a su portador en virtud
de que esta entidad satisface, de manera única, el contenido descriptivo asociado con
el nombre, y asumimos además (con la versión fuerte de estas teorías) que este

4
contenido descriptivo es el significado del nombre, entonces podemos explicar el tipo
de fenómenos que, según hemos dicho, resultan difíciles para la teoría de Mill.

Por ejemplo, en el caso de un enunciado de identidad entre nombres co-referenciales


como (1) “Héspero es Fósforo”, podemos establecer que el contenido descriptivo
asociado con el nombre ‘Héspero’ es ‘la última y más brillante estrella que vemos
cuando amanece’, y que el contenido descriptivo asociado con el nombre ‘Fósforo’ es ‘la
primera y más brillante estrella que vemos cuando anochece’. Entonces podemos
explicar por qué el enunciado (1), aunque sólo está afirmando que una entidad es ella
misma, no es trivialmente analítico (es decir, verdadero sólo en razón de principios
lógicos o del significado de los términos componentes): pues la contribución que hace
cada nombre al sentido del enunciado (al pensamiento expresado por él) es la de un
contenido descriptivo distinto.

Si admitimos, además, que un nombre puede tener un contenido descriptivo asociado


aunque tenga referencia vacía, podemos explicar que un enunciado que lo incluya tiene
también significado y expresa un pensamiento, aunque no pueda ser verdadero ni falso
(sería el caso de enunciados como “Ulises fue dejado en Ítaca profundamente dormido”
o “Pegaso no existe”). Y podemos también considerar que el joven estudiante es racional
al tener una creencia como la expresada por “El joven estudiante cree que Pablo Neruda,
pero no Neftalí Reyes, es el autor de Los versos del capitán”, pues los nombres ‘Pablo
Neruda’ y ‘Neftalí Reyes’, aunque sean co-referenciales, tienen para él diferente
contenido descriptivo asociado.

Sin embargo, la crítica de Kripke a estas teorías descriptivas tradicionales (en su ensayo
El nombrar y la necesidad) puso de manifiesto tres importantes dificultades para ellas.
Se conocen como el problema de la necesidad no deseada (también llamado el
problema epistémico), el problema de la rigidez (o también, el problema modal), y el
problema de la ignorancia o el error. Los dos primeros afectan a teorías descriptivas
fuertes, mientras que el último afecta también a las versiones más básicas para las que
el contenido descriptivo no es idéntico al significado del nombre, pero sí es el
mecanismo de identificación del referente. En un sentido amplio, se denomina teoría de

5
Frege-Russell al conjunto de teorías descriptivas a las que se dirige esta triple crítica de
Kripke.

Problema de la necesidad no deseada. Supongamos que asumimos que, con el nombre


propio ‘Aristóteles’, parte al menos del contenido descriptivo asociado (y parte del
significado del nombre) es ‘el último gran filósofo de la Antigüedad’. Entonces, un
enunciado como “Aristóteles fue el último gran filósofo de la Antigüedad” sería un
enunciado trivialmente analítico y necesario, pues sólo hace explícito un predicado que
ya está contenido en el nombre. Pero entonces se hace difícil explicar que este
enunciado pueda ampliar el conocimiento de alguien que ya antes hubiera oído el
nombre de Aristóteles y tuviera, incluso, algún conocimiento descriptivo del referente. E
igualmente es difícil explicar que, en un contexto contrafáctico o de ficción, puedan
formularse hipótesis imaginativas como “Aristóteles pudo no haberse dedicado a la
Filosofía” y que este enunciado tenga sentido sin ser contradictorio en sí.

Problema de la rigidez. Imaginemos, de nuevo, un contexto contrafáctico o de ficción (un


mundo posible) en el que Aristóteles no fue el maestro de Alejandro Magno. En este
contexto, imaginemos también que se estipula que el nombre propio ‘Aristóteles’ se
aplique únicamente al maestro de Alejandro Magno en ese mundo posible. En ese caso,
en ese contexto, al usar el nombre ‘Aristóteles’ estaríamos haciendo referencia a otro
individuo, quizá a algún otro filósofo contemporáneo del Aristóteles históricamente real,
y que habría sido el maestro de Alejandro Magno en ese mundo posible. Pero este
ejercicio de imaginación parece demasiado forzado: resulta inevitable concluir que
cuando utilizamos el nombre de Aristóteles, incluso para atribuir a su portador
predicados contrafácticos, consideramos que su referente viene fijado de acuerdo con
el uso del nombre en el mundo real, y no de acuerdo con otros contenidos descriptivos
que queramos asociarle de manera estipulativa.

Kripke concluyó que los nombres propios, a diferencia de las descripciones definidas,
han de identificar a su referente de manera estable de acuerdo con su uso en el mundo
real: esto quiere decir que ‘Aristóteles’ debe hacer referencia, en todos los mundos
posibles, al mismo individuo identificado en el mundo real –y no a cualquier otro que, en
una situación contrafáctica, resultase ser el que satisface un determinado contenido

6
descriptivo. Esto le llevó a defender que los nombres y las descripciones definidas tienen
distinto funcionamiento semántico, y llamó rigidez a la propiedad de los nombres que
acabamos de enunciar. Kripke defendió que los nombres son designadores rígidos,
porque presentan esa propiedad. Que las descripciones no la posean refuerza la
intuición de que el mecanismo de la referencia, en el caso de los nombres, no puede ser
un contenido descriptivo.

Problema de la ignorancia y el error. Supongamos que un joven estudiante sólo sabe de


Pablo Neruda que fue un poeta. Cuando él dice “Pablo Neruda fue un poeta”, no habrá
conseguido identificar al poeta Pablo Neruda, pues el contenido descriptivo que asocia
con el nombre no discrimina entre el conjunto de todos los poetas. Este es el problema
de la ignorancia. Supongamos que otro joven estudiante cree que Pablo Neruda fue el
autor de Trilce. Cuando dice “Pablo Neruda fue un genial poeta”, a quien está queriendo
hacer referencia es al autor de Trilce, es decir, está queriendo hacer referencia a César
Vallejo y no a Pablo Neruda. Este es el problema del error.

2.2. Revisiones e intentos de solución: la teoría del racimo. La teoría de Searle

Una posible salida a los problemas es suponer que el contenido descriptivo asociado
con un nombre no es una única descripción fija. Wittgenstein sugirió que se viera más
bien como una disyunción abierta de descripciones (como un “racimo” de ellas), de
manera que para cada hablante o en cada ocasión de uso el contenido seleccionado
podría variar -y, correlativamente, el mecanismo para identificar al referente también lo
haría. El problema con esta idea es que introduce lo que Frege ya había llamado una
‘oscilación del sentido del nombre’ que, sin restricciones, llevaría a que nada garantizara
el entendimiento entre hablantes, ni que al usar un mismo nombre estuviesen,
efectivamente, haciendo referencia al mismo referente –e incluso ni siquiera que una
misma persona al hablar refiriese a la misma entidad en dos ocasiones distintas de uso
de un nombre. Una posible solución para esta oscilación extrema es aceptar que el
contenido descriptivo asociado con el nombre incluye un ‘núcleo duro’ de descripciones
estables o fijas y, adicionalmente, una disyunción de otras posibles descripciones que

7
pueden oscilar en las distintas ocasiones de uso. Pero es fácil ver que, para ese ‘núcleo
duro’, inmediatamente se reproducen los mismos problemas que ya tenía la versión
tradicional de la teoría.

J. Searle (al que estudiaremos con atención más adelante) propuso una revisión de esta
teoría que parecía no adolecer de los problemas que se acaban de señalar. Señaló que
no había por qué suponer que el contenido que determina la referencia es expresable
lingüísticamente. Defendió, en contrapartida, que ese contenido identificador del
referente es idéntico, para cada ocasión de uso por un o una hablante, a la totalidad del
contenido intencional (mental) que ese o esa hablante asocia con el nombre. El referente
será entonces aquella entidad, sea la que sea, que satisface esa representación o
contenido intencional. Searle aceptó además que ese contenido mental que cada
hablante asocia con el nombre no es, ni tiene que ser, idéntico al significado del nombre.
Con esta solución de Searle, el problema de la ignorancia y el error simplemente no se
plantea –pues, aunque el referente viene fijado por la intencionalidad de quien usa el
nombre en cada caso (lo que generaría un subjetivismo extremo), una parte de ese
contenido será la estipulación: ‘El individuo al que otros miembros de mi comunidad
llaman N’.

El problema de la necesidad no deseada se ve neutralizado, pues Searle aceptó también


que el contenido asociado por cada hablante sí es un contenido necesario para él o ella,
pero esto no significa, arguyó, que sea sinónimo con el nombre, ni que dé su significado:
tan sólo fija el referente. Finalmente, el problema de la rigidez propuso evitarlo
estableciendo que una parte del contenido asociado con el nombre ‘Aristóteles’ fuese la
estipulación: ‘El individuo que realmente hizo…’. Sin embargo, hay que tener en cuenta
que la adición de estos nuevos predicados, si bien hacen referencia a algo que en
principio sería externo a la intencionalidad de quien habla (la comunidad de hablantes,
o lo que realmente ha sido el caso), no dejan de ser contenidos adicionales que están
representados en la mente de la persona que habla o vienen determinados por su
intención, y no por ninguna otra cosa: Searle no exige la realidad extramental de nada
que vaya más allá del contenido representacional dado en la mente individual.

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Precisamente por ello, y a pesar de que parece dar respuesta a la crítica de Kripke, esta
nueva versión de la teoría descriptiva debida a Searle ha recibido una crítica de alcance
global y que afectaría por igual a las distintas versiones. Tiene que ver con una
concepción externista del significado y del contenido semántico, frente a una
concepción internista. Desde un punto de vista externista, el descriptivismo parece
atribuir a la mente una peculiar propiedad: la de hacer posible que sus contenidos
intencionales se ‘liguen’, de una manera considerada casi mágica, a entidades externas
a la mente. Esta ha sido la objeción de H. Putnam y M. Devitt: frente al internismo de los
descriptivistas, han defendido que nada interno a una entidad (la mente) es suficiente
para determinar su relación con algo externo a ella (la entidad referida). El contenido
mental, por específico que pueda ser, no se considera suficiente para identificar o
seleccionar una entidad extramental. Coherentemente con esta crítica, tanto Kripke
como Putnam y Devitt (y otros) han defendido teorías externistas.

3. Nombres y referencia directa. La teoría histórico-causal de Kripke. Designadores


rígidos. Teorías híbridas

Una influyente alternativa a los planteamientos internistas fue la formulada por Ruth
Barcan Marcus, al adelantar una idea que puede verse como la intuición común a las
teorías de la referencia directa. De acuerdo con esta idea común, los nombres son
semejantes a ‘etiquetas’; es decir, no poseen significado lingüístico más allá de su
referencia. En este sentido, se puede decir que los nombres refieren directamente a su
portador, y no en virtud de ningún contenido descriptivo asociado. Esta idea dejaba
pendiente la tarea de formular en detalle de una teoría meta-semántica: es decir, una
teoría que explique cómo se determina la referencia que ha de asociarse con cada
nombre en cada uso en contexto.

En línea con la misma intuición externista, la idea defendida a su vez por Kripke, como
alternativa al internismo de las teorías descriptivas, es la de que un nombre refiere a
aquello a lo que está vinculado cuando este vínculo se ha establecido de una manera
apropiada, sin que esto exija que los y las hablantes tengan que asociar con ese nombre

9
un contenido descriptivo determinado. Aunque el propio Kripke advierte de que esta no
es una nueva teoría en sentido estricto, sino más bien una perspectiva o visión diferente
acerca de la referencia que intenta iluminar aspectos del problema, es habitual referirse
a su planteamiento como teoría histórico-causal de la referencia. Se le da este nombre
porque, de acuerdo con él, en la fijación de la referencia de un nombre hay que distinguir
dos etapas: (a) una primera de ‘baustismo’ inicial, de introducción del nombre, donde
quien introduce el nombre está, en el caso más común, en una relación causal o
perceptiva con la entidad que nombra; y (b) una segunda etapa de transmisión del uso
de ese nombre, desde quien lo introdujo a otros hablantes, que se lo van pasando así en
transmisiones sucesivas. Quienes usan el nombre, a través de sucesivos intercambios
comunicativos, se van transmitiendo ese uso del nombre como si lo tomaran prestado
entre sí, y todos de quien lo introdujo por primera vez a partir de una interacción causal.

El principal problema para este tipo de planteamiento es el de cómo explicar los cambios
de referencia, es decir, aquellos casos en los que se produce una ruptura en la cadena
de transmisión del nombre desde quien lo introdujo a sucesivos usuarios. Un ejemplo
histórico y muy claro es el del nombre ‘Madagascar’. Originariamente designaba un área
del continente africano lindante con la costa oriental a la altura de la isla que hoy
llamamos Madagascar. Según se narra, fue Marco Polo quien, llegado a la isla en uno de
sus viajes, oyó esa palabra y, por un error de interpretación, creyó que Madagascar era el
nombre de la isla, y no del continente próximo. La tradición histórica posteriormente
continuó llamando Madagascar a la isla, con lo que se produjo definitivamente el cambio
de referente.

Lo que este ejemplo permite concluir es que no sólo el bautismo inicial tiene importancia
para la fijación de la referencia. M. Devitt ha intentado responder a esta dificultad
proponiendo una teoría híbrida: ha defendido que no es suficiente, en la primera etapa
de fijación de la referencia, con una primera y única confrontación causal o perceptiva
con el referente; se necesita que, tras ese bautismo inicial, haya una sucesión de
confrontaciones perceptivas subsiguientes al bautismo inicial, que garanticen la
transmisión correcta en la aplicación del nombre. Esta teoría incluye, por tanto, un
componente causal (lo que definitivamente la asocia con este tipo de teorías
externistas) pero también un componente que intenta tener en cuenta las sucesivas

10
fundaciones del nombre que son semánticamente significativas. Devitt defiende,
además, que para poder poner nombre a una entidad es necesario que la concibamos
de una determinada manera –por ejemplo, para poner nombre a Guadarrama es
necesario que la conceptuemos como un accidente geográfico de un cierto tipo.

Otro ejemplo de teoría híbrida es la debida a G. Evans, quien trata igualmente de tener
en cuenta el problema de posibles cambios en la referencia en la cadena comunicativa
de transmisión del uso del nombre. Su ejemplo, hipotético aunque inspirado en algunos
ejemplos históricos reales, es el del descubrimiento de una urna que contiene varios
papiros con un conjunto fascinante de resultados matemáticos. Al final aparece el
nombre de Ibn Khan, y los estudiosos de este descubrimiento asumen que ése era el
nombre del brillante matemático que ideó y probó el conjunto de resultados. Este
nombre se transmite después, y se hace de uso común entre historiadores y
matemáticos. Años después, sin embargo, se descubre que Ibn Khan era en realidad el
nombre del escriba que había transcrito estos papiros. La pregunta de Evans es entonces
si podríamos decir que el nombre, tal y como lo aplican las personas expertas
contemporáneamente, nombra en definitiva al antiguo matemático que satisface la
descripción de haber ideado los resultados hallados, y no al escriba conocido en el
pasado como Ibn Khan que los transcribió.

La conclusión de Evans es que, para explicar cómo se fija la referencia de un nombre,


hemos de tomar en consideración el origen causal dominante de la información
descriptiva asociada con el uso del nombre. En este caso, la fuente causal dominante de
esa información es la del antiguo matemático, y el nombre de Ibn Khan ha pasado a ser
el nombre del personaje histórico que obtuvo tales y tales resultados matemáticos (es
decir, el individuo que satisface un determinado contenido descriptivo). La teoría de
Evans es híbrida porque apela a una fuente causal (externa) y, al mismo tiempo, la sitúa
como origen dominante del tipo de contenido descriptivo asociado. (La posición de
Evans puede verse como una forma de internismo débil. Otras posiciones de este tipo,
en el debate contemporáneo, han distinguido entre lo que se llama un contenido
estrecho (narrow), que estaría dado por el rol conceptual o inferencial, y un contenido
amplio (broad), que incluiría elementos externos. Se da lugar así a lo que se conoce

11
como semántica bidimensional. Un representante destacado de esta posición es D.
Chalmers. Este desarrollo, sin embargo, no podrá estudiarse aquí.)

Lo que tanto la teoría histórico-causal de Kripke como las teorías híbridas tienen en
común es que son teorías externistas. Como veíamos, no aceptan que la fijación de la
referencia pueda venir dada únicamente por los estados y contenidos cognitivos,
internos, de una mente individual –o, por lo mismo, del conjunto de las mentes de los
miembros de una comunidad lingüística. La identificación o fijación de la referencia
requiere que haya en el mundo, efectivamente, una entidad como la que se pretende
nombrar. Y el vínculo entre el nombre y su portador depende de esta relación, externa –
para quienes defienden esta posición filosófica- a la mente o a los estados subjetivos
intrínsecos de cualquier hablante.

Este punto de vista externista no sólo ha sido defendido para la referencia de los nombres
propios. También en el caso de los términos de género natural (como ‘tigre’ o ‘agua’) se
ha defendido que la fijación del referente depende de una relación extrínseca, y no de los
contenidos intencionales de quien fija esa referencia. Una teoría de este tipo para los
términos de género natural fue inicialmente esbozada por Kripke y ha sido después
reelaborada por H. Putnam, con más detalle y nuevos argumentos.

4. Términos de género natural: La teoría de Kripke-Putnam

La concepción tradicional de la referencia suponía que los términos de género natural


refieren por vía del contenido descriptivo dado con el conocimiento (o las
representaciones cognitivas) de los y las hablantes. Para Kripke y Putnam, esto es un
error: la referencia de estos términos depende de lo que haya en el mundo, y de una
forma que no puede retrotraerse a (en el sentido de considerarse completamente
determinado por) lo que esté o pueda estar en las mentes o las representaciones
internas de quienes los usan. Esta tesis se conoce como la teoría de Kripke-Putnam.

Para Kripke, lo que determina que un término de género natural como ‘tigre’ o ‘agua’
refiera, efectivamente, al correspondiente género natural, es que en el mundo existan

12
esos géneros o especies, caracterizados por determinadas propiedades físicas –por
ejemplo, podríamos decir que lo que caracteriza a un elemento o género natural es una
determinada estructura molecular. Lo que ‘agua’ o ‘tigre’ nombran, para Kripke, es
aquellas entidades cuya estructura interna es idéntica a H2O, en el caso de ‘agua’, o
idéntica a la de los especímenes de ‘tigre’, en este segundo caso.

Putnam ha propuesto algunos experimentos mentales para argumentar a favor de esta


concepción externista, y en contra de la concepción internista tradicional. Un conocido
experimento es el que imagina una Tierra Gemela a nuestra Tierra, donde todo es
idéntico salvo por una importante diferencia: mientras nuestra agua en la Tierra es H2O,
el elemento al que en la Tierra Gemela llaman ‘agua’ es el compuesto XYZ. Este
compuesto es idéntico al agua de la Tierra en cuanto a sus propiedades empíricas.
Putnam nos invita a continuación a imaginar a un personaje, Óscar, que habita la Tierra,
y a su contraparte gemela, Óscar Gemelo, que es idéntico a él –en particular, está en los
mismos estados psicológicos con exactamente los mismos contenidos cuando
experimenta las mismas sensaciones. Esto significa que, cuando Óscar dice ‘agua’ en la
Tierra, sus estados internos son idénticos a los estados internos de Óscar Gemelo
cuando dice ‘agua’ en la Tierra Gemela.

El objetivo de este experimento es imaginar una situación (ciertamente, poco plausible)


en la que hemos de aceptar, porque lo hemos concedido por hipótesis, que dos
individuos pueden estar en exactamente el mismo estado metal, con exactamente el
mismo contenido (tenemos que suponer además que ambos ignoran cuál es la
composición del elemento que ambos llaman ‘agua’), y donde sin embargo no diríamos
que ambos “significan lo mismo” cuando utilizan el término ‘agua’ para referirse a
aquello de lo cual están teniendo experiencia. Pues, según argumenta Putnam, el
significado de ‘agua’ en la Tierra no puede estar (sólo) determinado por lo que Óscar
tenga “en la cabeza”; la referencia del término, y con ello su significado también,
dependen además de a qué elemento se le llama ‘agua’ (en la Tierra, al compuesto
formado por H2O) y, en definitiva, de cómo sea el mundo. Y el mismo razonamiento es
aplicable al uso de ‘agua’ en la Tierra Gemela, donde el compuesto referido tiene que ser
XYZ –con independencia de cuáles sean las representaciones que se formen sus
habitantes.

13
Un razonamiento similar, aunque quizá menos implausible, es el que resulta de la
confesión de Putnam de que, debido a sus escasos conocimientos de botánica, es
incapaz de distinguir un olmo de otra especie de árbol distinta, aunque prácticamente
indistinguible en todas sus propiedades físicas externas. Cuando Putnam dice ‘Ahí hay
un olmo’, que el nombre ‘olmo’ le sea aplicable correctamente a ese espécimen depende
de que el árbol efectivamente sea un olmo, y no de la representación que Putnam esté
asociando con el término. Concluye entonces que la referencia de los términos de
género natural no puede estar completamente determinada por lo que está en la mente,
por los estados intrínsecos de quien habla. (Lo que concluye en realidad es que, si los
significados son los que determinan las referencias, como había defendido la teoría
tradicional que sigue a Frege, entonces esos significados no pueden estar ‘en la cabeza’;
y si están ‘en la cabeza’, entonces no pueden determinar la referencia).

Esto tiene como consecuencia que incluso hablantes que desconozcan las propiedades
o descripciones asociadas con un determinado término pueden hacer un uso correcto
de él y tener éxito al identificar el referente, si están “tomando prestado” el uso del
término dentro de una cadena de transmisión que lleva al punto inicial de fijación de la
referencia para ese término. A este mecanismo de ‘préstamo’ de hablantes a hablantes
Putnam lo ha llamado el principio de división del trabajo lingüístico. El principio da
expresión teórica a la observación de que, con frecuencia, las personas no expertas en
un campo de conocimiento defieren o delegan la fijación o identificación de los
referentes de ciertos términos en personas expertas que efectivamente conocen y
pueden identificar correctamente a esos referentes.

El mismo tipo de proceso o procedimiento sería aplicable, según ha defendido Putnam,


a los términos de artefactos, es decir, los que nombran clases de objetos creados
artificialmente, como ‘lápiz’, ‘reloj’ o ‘helicóptero’, aunque en este caso el problema tiene
peculiaridades que han generado un debate específico. En relación con los términos
sociales y culturales, puede destacarse la defensa que T. Burge ha hecho de una forma
de externismo social (no solo para los significados lingüísticos, sino también para los
conceptos mentales). De acuerdo con su tesis, el significado de la mayoría de las
palabras, cuando las usa un o una hablante individual, depende de los estándares
semánticos de la comunidad lingüística a la que pertenece, es decir, de los significados

14
públicos disponibles para toda la comunidad de hablantes. (El ejemplo que ha utilizado
para mostrar esta tesis, y que ha dado lugar a un debate amplio y no cerrado, es el del
término ‘artritis’).

La posición de Putnam se ha diferenciado de la de Kripke por lo que él mismo ha llamado


su pragmatismo interno (al menos, la posición de Putnam en el periodo que estamos
teniendo en cuenta). Frente al tipo de teoría causal estricta de Kripke, que va unida a una
tesis metafísica (pues presupone una determinada estructura molecular en el universo
y la correspondencia semántica del lenguaje con esta estructura) y que ha sido por este
motivo criticada, Putnam ha observado que sólo una teoría externista de la referencia
directa puede dar cuenta de la práctica científica y del modo en que procede el avance
en el conocimiento. Pues cualquier explicación sobre cómo refieren los términos
científicos tiene que poder explicar cambios en el contenido de nuestro conocimiento
en relación con las entidades referidas, cuando al mismo tiempo seguimos
considerando que estas entidades siguen siendo las mismas. (Así, por ejemplo, hoy
consideramos que cuando los antiguos griegos hablaban del agua, el elemento al que
hacían referencia era el mismo elemento que sólo mucho después ha podido analizarse
como H2O). En el límite, podemos pensar que todo nuestro conocimiento sobre una
determinada entidad podría resultar falsado y modificado; si esta posibilidad puede
pensarse con sentido, es preciso suponer que antes y después del proceso de revisión y
corrección la entidad referida era la misma. Esta intuición falibilista, como se la ha
llamado, debería poder preservarse en cualquier explicación de la referencia.

De acuerdo con Putnam, la referencia se fija directamente, sin un mecanismo particular


que lo haga; aunque puede haber procedimientos distintos y plurales para distintos
términos o entidades, no hay uno único que pueda describirse como “el mecanismo que
fija la referencia”. Que tengamos éxito al fijar un término a su referente depende de cómo
sea el mundo. Lo que sí entra en juego en esta actividad de fijación de la referencia es un
presupuesto pragmático ‘interno’, en el sentido de que está presupuesto en nuestras
prácticas y nuestro uso referencial de los términos. Lo que está presupuesto así es que
el vínculo semántico entre un término y su referente es directo, y depende de factores
externos. Lo que nos permite establecer ese vínculo pertenece, en cambio, a la

15
pragmática, pues es lo que está dado con nuestras prácticas epistémicas y lingüísticas,
sin que para Putnam tenga sentido buscar otro tipo de fundamentación.

5. Descripciones definidas. Significado semántico y ‘significado del hablante’. Uso


referencial y uso atributivo.

La necesidad de apelar a nuestras prácticas lingüísticas y a aspectos pragmáticos de esa


actividad entra en juego también cuando se estudia la referencia de otro tipo de
expresiones que parecen usarse referencialmente: las descripciones definidas, del tipo
de las que intervienen en oraciones como ‘El descubridor de las órbitas planetarias
elípticas murió en la miseria’ (el conocido ejemplo de Frege para plantear el problema en
torno a estas expresiones), o ‘El actual rey de Francia es calvo’ (el conocido ejemplo de
Russell para introducir su análisis y su propia solución). Russell en concreto había
defendido que las expresiones de descripción definida no son en realidad nombres, sino
que son expresiones cuantificacionales de un cierto tipo: incluyen, según su análisis,
una afirmación de existencia y una afirmación de unicidad, de modo tal que al
componerse con un predicado para generar un enunciado completo, contribuyen con
ese contenido semántico al valor de verdad del enunciado. (Si la entidad presuntamente
referida no existe o no es única, el enunciado resultará ser falso). Russell creía así haber
resuelto el problema de las referencias impropias (vacías y múltiples) de Frege, y haber
evitado que un enunciado con sentido pudiera no recibir, después de todo, un valor de
verdad.

Pero F. Strawson criticó esta solución de Russell. En su opinión, las descripciones


definidas son auténticas expresiones referenciales, no expresiones cuantificacionales.
Argumentó que los y las hablantes las usan para hablar acerca de objetos e individuos, y
no para aseverar la existencia (y unicidad) de un cierto tipo de entidad. Sin embargo,
reconoció que con el uso de estas expresiones se ponía en funcionamiento una doble
exigencia de existencia y unicidad con respecto al referente: pero lo explicó afirmando
que el significado de las expresiones de descripción definida consistía en una regla de
uso, que exigía que la expresión sólo pudiera usarse en aquellos casos en los cuales

16
existiese una única entidad a la que la descripción definida pudiera hacer referencia.
Esto suponía desplazar lo que para Russell estaba en el nivel semántico, y podía hacerse
explícito mediante un análisis lógico, al nivel pragmático de las reglas de uso.

Con una perspectiva similar –distinguiendo entre el nivel semántico del análisis lógico y
el nivel pragmático de las reglas de uso y las prácticas lingüísticas-, posteriormente K.
Donnellan defendió que las expresiones de descripción definida son pragmáticamente
ambiguas, pues pueden tener dos usos distintos: un uso atributivo, y un uso referencial,
y estos usos tienen efectos sobre el contenido de lo dicho, es decir, sobre el significado
del enunciado aseverado. El uso atributivo es el que el análisis lógico propuesto por
Russell logra capturar: en el uso atributivo, el referente resulta identificado a través de
una descripción compleja que incluye predicaciones y cuantificación. El uso referencial,
en cambio, es el que queda descrito por la teoría de Strawson: en el uso referencial, con
la expresión quien habla logra (o al menos pretende) hacer referencia a una única entidad
dada en ese contexto o situación de uso, de acuerdo con una regla de uso como la
enunciada antes; pero aquí las predicaciones dadas con la descripción dejan de ser
relevantes.

Un conocido ejemplo de Donnellan permite ver las consecuencias de su planteamiento.


Supongamos que Smith es encontrado brutalmente asesinado, y un transeúnte que pasa
por allí y reconoce a la pobre víctima afirma: ‘El asesino de Smith es un demente’ (1).
Supongamos además que el transeúnte no tiene ni idea de quién puede haber asesinado
a Smith: en ese caso, está haciendo un uso atributivo de la descripción definida ‘el
asesino de Smith’, pues con esta expresión está pretendiendo identificar al individuo
(único) que satisface la descripción. En consecuencia, su aseveración será verdad si
existe un único individuo que es el asesino de Smith y que resulta ser un demente.
Supongamos ahora que el transeúnte cree saber que quien ha asesinado a Smith es
Jones, y Jones es efectivamente acusado del crimen. Cuando el transeúnte emite (1),
está haciendo un uso referencial de la descripción: mediante ella, pretende hacer
referencia a Jones. Lo que el transeúnte quiere decir, entonces, es que Jones es un
demente, y su aseveración será verdad (según Donnellan) si Jones es efectivamente un
demente, incluso si el asesino de Smith resulta haber sido Robinson y además no es
ningún demente.

17
Donnellan concluyó que el análisis propuesto por Russell es sólo parcialmente acertado,
pues sólo es aplicable al uso atributivo (pero no al referencial) de las descripciones
definidas. Y parece haber optado, para el uso referencial, por una explicación
intencionalista: al usar una determinada descripción definida, sería la intención de quien
habla de referir a un determinado objeto o entidad lo que determina esa relación
referencial. Esta explicación, sin embargo, está sujeta a una importante objeción, que se
ha denominado irónicamente el problema de Humpty-Dumpty. Pues si es la intención
referencial de cada hablante lo que determina la relación de referencia, y no se
introducen otras constricciones externas, es fácil encontrar ejemplos en los que se
desemboca en situaciones absurdas, donde la comunicación y el entendimiento serían
la excepción.

En este punto, Kripke acudió en defensa de Russell: consideró que la distinción entre dos
tipos de usos es genuina y acertada, pero indicó que ésta no es una distinción
semántica, sino pragmática, y por tanto no puede situarse en el mismo nivel que el
análisis de Russell. Kripke ha distinguido a su vez entre la referencia del hablante y la
referencia semántica: la primera depende de la intencionalidad del hablante, y se
corresponde con el uso referencial; la segunda, la referencia semántica, depende de un
análisis lógico como el de Russell y, en última instancia, de cómo sea el mundo: de que
haya, efectivamente, una (única) entidad satisfaciendo la descripción. Pero además,
concluye, el valor de verdad del enunciado sólo puede depender de lo que ocurra en ese
nivel semántico; de modo que la verdad de (1) estará determinada por la existencia de
un (único) asesino de Smith que sea efectivamente un demente. El valor de verdad de (1)
no puede estar determinado, para Kripke o para quien asuma un análisis semántico
externista como el suyo, por el uso referencial o las intenciones referenciales de quien
habla. Contemporáneamente, el estudio de la referencia de las descripciones definidas
ha dado lugar a un amplio debate y no está en absoluto cerrado.

Cristina Corredor

UNED

18
Referencias bibliográficas

Kripke, Saul. 2005. El nombrar y la necesidad, 2ª ed., México: UNAM.

Michaelson, Eliot and Marga Reimer. 2019. Reference, en E. N. Zalta (ed.), The Stanford
Encyclopedia of Philosophy (Spring 2019 Edition), URL =
<[Link]

Putnam, Hilary. 2019. El significado de ‘significado’. En L. M. Valdés (comp.), La búsqueda


del significado, Madrid: Tecnos.

19
Tema 5. Significado y verdad.
Condiciones de verdad; intensión y extensión; escepticismo del significado y teoría
de la verdad como teoría del significado.

1. Significado y verdad

Las teorías semánticas del significado comparten la idea básica de que el significado de las
oraciones declarativas o enunciados puede explicare a partir de la relación de
correspondencia que se establece entre estos enunciados y los hechos del mundo. También
comparten la idea de que el contenido que afirmamos mediante un enunciado, o el
pensamiento que expresamos mediante ese enunciado, son verdaderos si lo que afirmamos
o creemos se corresponde con cómo es el mundo. Estas dos ideas establecen un vínculo
directo entre significado y verdad.

Para la primera filosofía analítica del lenguaje, debía poder establecerse una correspondencia
estructural entre un enunciado, la proposición o el pensamiento expresados por ese
enunciado, y el estado de cosas que hacía al enunciado, proposición o pensamiento
verdaderos. Esto se ha formulado, contemporáneamente, diciendo que los enunciados,
proposiciones, y creencias son portadores de verdad (truth-bearers en inglés). Aunque hay
distintas posiciones, lo que las teorías semánticas tienen en común es la idea de que los
portadores de verdad tienen significado porque, y en la medida en que dicen o representan
algo acerca del mundo. Para capturar conceptualmente esta relación del significado con la
verdad, se utiliza la noción de condiciones de verdad.

Tomemos el siguiente ejemplo, ya clásico:

(1) La nieve es blanca

Las condiciones de verdad de un enunciado (oración declarativa) son las condiciones que
tienen que darse en el mundo para que el enunciado sea verdadero. El enunciado (1) es

1
verdadero si, y solo si efectivamente es un hecho en el mundo que la nieve es blanca. Una
teoría semántica adopta entonces la siguiente tesis: la de que el significado del enunciado
puede hacerse equivaler a sus condiciones de verdad. Estas condiciones se especifican dentro
del enunciado teniendo en cuenta los significados de las expresiones que son sus
componentes estructurales. Los significados de estas expresiones componentes del
enunciado se identifican con la contribución que estas expresiones hacen a las condiciones
de verdad del enunciado.

Una posible aproximación para entender esto es tomar como referencia la teoría de la verdad
de Tarski. (Hay otras formas de hacerlo y otras complicaciones asociadas, pero no las
tendremos aquí en cuenta.)

2. Condiciones de verdad

Hemos dicho antes que las condiciones de verdad de un enunciado son las condiciones que
tendrían que darse en el mundo para hacer al enunciado verdadero. Esto presupone ya
conocida la noción de verdad; sin entrar en discusiones filosóficas sobre la naturaleza de la
verdad, puede adoptarse provisionalmente un punto de vista simplificado, y considerar que
un enunciado es verdadero cuando describe un hecho y ese hecho efectivamente se da así en
el mundo. El enunciado (1) es verdadero cuando la nieve es blanca. (Cuidado, esto no es
trivial: se están teniendo en cuenta aquí el ámbito del lenguaje, el del mundo, y una relación
de correspondencia o relación proyectiva entre ambos).

El lógico polaco A. Tarski propuso, en los ’40 del s. XX, lo que denominó una definición
semántica de la noción de verdad. Lo que ofreció fue un lenguaje formal en el que era posible
especificar las condiciones de verdad de todos los enunciados de un lenguaje dado,
especificando cómo las expresiones componentes cada enunciado estaban en
correspondencia con los elementos componentes de los hechos que ese enunciado describía.
En términos precisos, una teoría de la verdad tipo Tarski es un procedimiento de definición
de estructuras o modelos semánticos que permite asignar contenidos semánticos, llamados
también condiciones de verdad, a todos los enunciados del lenguaje considerado y a sus

2
expresiones componentes, y esto de manera sistemática, completa y de acuerdo con el
principio de composicionalidad. Es importante precisar que Tarski definió estos modelos
inicialmente para lenguajes formales o de estructura deductiva y altamente formalizados. Sin
embargo y como veremos, las mismas estructuras o modelos semánticos han podido aplicarse
para el análisis de la semántica del lenguaje natural.

De nuevo, simplificando mucho las complicaciones formales de esta definición, podemos


considerar el ejemplo anterior. Supongamos que un lenguaje L contiene el siguiente
enunciado:

(1) La nieve es blanca

Las expresiones estructuralmente componentes del enunciado contribuyen del siguiente


modo:

i. ‘la nieve’ refiere a la nieve


ii. a satisface el predicado ‘es blanca’ si y solo si a es blanca (donde a refiere a una
entidad u objeto individual)

Estas contribuciones parciales permiten decir cuándo el enunciado será verdadero:

iii. ‘La nieve es blanca’ es verdadero si y solo si la entidad o individuo referido mediante
‘la nieve’ satisface el predicado ‘es blanca’

Las cláusulas i-iii están especificando las condiciones de verdad del enunciado (1) y, al hacerlo,
detallan la contribución semántica que sus expresiones componentes hacen al valor de
verdad del enunciado.

Además, cuando se cuenta en el lenguaje con otros enunciados, es posible llevar a cabo una
composición lógica entre ellos, de forma que el valor de verdad de los enunciados compuestos
esté completamente determinada por los valores de verdad de los enunciados simples que
los componen. Por ejemplo:

3
(1) La nieve es blanca
(2) El hielo es frío

iv. ‘La nieve es blanca y el hielo es frío’ es verdadero si y solo si son verdaderos ambos
‘La nieve es blanca’ y ‘El hielo es frío’
v. ‘La nieve es blanca o el hielo es frío’ es verdadero si y solo si o bien es verdadero ‘La
nieve es blanca’, o bien es verdadero ‘El hielo es frío’, o bien ambos enunciados son
verdaderos.

Adicionalmente, se tienen en cuenta otras operaciones lógicas (el cuantificador universal y el


existencial, la negación, el condicional y el bicondicional) y se enuncian las cláusulas de verdad
que corresponden a los enunciados formados con estos operadores. (Aquí no necesitamos
ver esto en detalle).

Si se asume, como hace Tarski, que se dispone de un lenguaje L donde los enunciados tienen
ya significado, entonces se hace posible definir una teoría de la verdad para ese lenguaje L
mediante lo que se llama la Convención T:

[Convención T, Versión inicial] Una teoría de la verdad adecuada para L debe generar,
para cada enunciado verdadero ‘e’ de L, el siguiente axioma:
‘e’ es verdadero en L si y solo si e.

La Convención T es en realidad un esquema de axioma. Cuando la variable ‘e’ se sustituya por


todos y cada uno de los enunciados de L, se obtendría la teoría de la verdad de L. Cada
enunciado, a su vez, debería poder analizarse especificando sus condiciones de verdad, como
se ha esbozado antes para (1). Por ello, es más frecuente encontrar formulada la Convención
T de esta forma:

[Convención T] Una teoría de la verdad adecuada para L debe generar, para cada
enunciado verdadero ‘e’ de L, el siguiente axioma:
‘e’ es verdadero en L si y solo si p.

4
Aquí, p está por una descripción, en el metalenguaje de la teoría que se emplea al hacer el
análisis, de las condiciones de verdad del enunciado ‘e’ que pertenece a L, donde L es el
lenguaje objeto de estudio. Por ejemplo, supongamos que el lenguaje objeto de estudio es el
inglés, y que se utiliza como meta-lenguaje teórico el castellano. La Convención T aplicada al
ejemplo (1) daría como resultado:

(T1) ‘Snow is white’ es verdadero en inglés si y solo si la nieve es blanca.


(T2) ‘Ice is cold’ es verdadero en inglés si y solo si el hielo es frío

Lo que importa ver aquí es que, para llegar a atribuir a los enunciados (1) y (2) la propiedad
de ser verdaderos, el metalenguaje de la teoría va especificando la contribución que hacen
las expresiones componentes del enunciado. Otra forma de explicar esto es diciendo que las
cláusulas (i)-(v) dan las condiciones de verdad de los enunciados en cuestión.

Quizá pueda verse esto con otro ejemplo. Supongamos un lenguaje L* muy sencillo, que
consta únicamente de tres enunciados, los tres con la estructura: ‘a es P’ :

(1) Snow is white


(2) Ice is cold
(3) Fire is reddish

Una especificación simplificada de las condiciones de verdad de los enunciados de L* sería la


siguiente:

1. Cláusulas semánticas para nombres y predicados:


1.1. ‘snow’ refiere a la nieve
1.2. ‘ice’ refiere al hielo
1.3. ‘fire’ refiere al fuego
1.4. a satisface el predicado ‘is white’ si y solo si a es blanco/a
1.5. a satisface el predicado ‘is cold’ si y solo si a es frío/a
1.6. a satisface el predicado ‘is reddish’ si y solo si a es rojizo/a

5
2. Cláusula de verdad:
Para todo enunciado e de L*, e es verdadero en L* si y solo si a satisface el predicado
‘es P’

Aquí, en la Cláusula de verdad, e puede sustituirse por cualquiera de los enunciados (1), (2) y
(3); a puede sustituirse por los referentes de cualquiera de las expresiones ‘snow’, ‘ice’ y ‘fire’;
el predicado P puede sustituirse por cualquiera de los predicados ‘is white’, ‘is cold’, ‘is
reddish’. El enunciado resultante cumplirá la cláusula de verdad cuando sea el caso que a
satisface la propiedad referida por el predicado P. Las condiciones de verdad de los
enunciados se están formulando a partir de otras relaciones semánticas más básicas: las de
referencia (de los nombres) y satisfacción (de los predicados).

Todavía en L* sería posible formar otros enunciados gramaticalmente correctos y analizarlos


dando sus condiciones de verdad. Por ejemplo, podrían formarse los enunciados:

(4) Snow is cold


(5) Snow is reddish

En (4), la cláusula de verdad resultante (si tenemos en cuenta realistamente cómo es el


mundo) atribuirá a (4) la propiedad de ser verdadero en L*; pero no podrá atribuir esta
propiedad a (5), pues el referente de ‘snow’ no satisface el predicado ‘is reddish’ (de nuevo,
realistamente visto, ceteris paribus).

Desarrollos posteriores del trabajo formal de Tarski se han podido aplicar para ofrecer teorías
semánticas que describen sistemáticamente las condiciones de verdad de diversos lenguajes,
incluyendo fragmentos amplios del lenguaje natural. Un tratamiento completo sigue siendo,
sin embargo, una tarea difícil de alcanzar. En su aplicación a la lingüística teórica, la propuesta
más completa y aplicada es la llamada semántica de Montague. (No podemos ver esto aquí,
pero hay una presentación muy clara y bien detallada en la entrada “Montague Semantics”
de la Stanford Encyclopedia of Philosophy).

6
3. Intensión y extensión

La definición semántica de verdad debida a Tarski arroja como resultado una semántica
extensional. Esto quiere decir que el significado de las expresiones (nombres o predicados)
viene dado por su referencia, en el caso de los nombres, y por los conjuntos de objetos (o
conjuntos de tuplas de objetos, para los predicados n-arios) que satisfacen los predicados. A
este significado, así entendido, se lo denomina también extensión. En el caso de un nombre,
aquello que designa, su referente, se denomina también su extensión; en el caso de un
predicado, su extensión viene dada por el conjunto de objetos (o de tuplas de objetos) que
satisfacen el predicado. Por ejemplo, un predicado binario como ‘orbita alrededor de’ incluirá
en su extensión los pares de objetos: <luna, tierra>, <tierra, sol>, <ganímedes, júpiter>, etc.
Una semántica extensional describe las condiciones de verdad de los enunciados asociando a
los nombres con sus referentes y a los predicados con el conjunto de (tuplas de) objetos que
los satisfacen. Una ventaja de este tipo de tratamiento y de análisis es que permite describir
el valor semántico o contenido semántico de las expresiones de un lenguaje respetando las
propiedades de sistematicidad, composicionalidad y recursividad.

A pesar de esta ventaja, desde un punto de vista filosófico se puede objetar que existe una
diferencia conceptual importante entre lo que una expresión designa, a qué refiere, y el
significado de esa expresión. Lo que una expresión designa, aquello a lo que refiere, es su
extensión. Se ha podido argumentar que lo que una expresión designe depende de cuál sea
su significado, pero referencia y significado no son sinónimos. Para ver esto, podemos
recordar la teoría semántica de Frege: ‘la estrella de la mañana’, ‘la estrella de la tarde’, y
‘Venus’ son expresiones nominales que refieren al mismo objeto; pero su significado,
identificado aquí con su sentido fregeano, no es el mismo. De un modo muy, muy intuitivo,
puede decirse que la intensión de un nombre es el concepto individual asociado con el
nombre; la intensión de un predicado es el concepto de propiedad o de relación asociado; y
la intensión de un enunciado es la proposición que constituye su significado. En general, y del
mismo modo intuitivo, puede decirse que la intensión de una expresión lingüística es el
contenido conceptual asociado con esa expresión. Esta aproximación ha necesitado, sin
embargo, de un tratamiento teórico más preciso y de un desarrollo formal más técnico.

7
La preocupación filosófica que hemos mencionado motivó en parte el desarrollo, en los años
’50 y ’60 del s. XX, de un tipo de lenguajes formales a los que se denominó semántica modal,
o semántica de mundos posibles. En este marco, las expresiones lingüísticas se asocian con
su extensión en un mundo posible. A los nombres, predicados n-arios y enunciados se les
asignan con objetos, conjuntos de n-tuplas y valores de verdad, respectivamente. Los objetos
son la extensión de los nombres, los conjuntos de n-tuplas son la extensión de los predicados
n-arios, y los valores de verdad son la extensión de los enunciados, en relación con un mundo
posible. La noción de mundo posible se puede entender, de un modo intuitivo, como una
forma en que el mundo podría haber sido. Cada mundo posible está asociado con una
descripción (que puede suponerse completa y exhaustiva o solo parcial y relativa a
determinadas circunstancias) de cómo es o podría ser el mundo. La asignación de
determinados valores semánticos (objeto, conjunto de n-tuplas, valor de verdad) trata de
capturar esta intuición.

Por ejemplo, puede imaginarse un mundo posible en el que Aristóteles fue el maestro de
Alejando Magno (sería nuestro mundo real), y otro mundo posible en el que Aristóteles no
fue el maestro de Alejandro Magno. En el primero, la tupla <Aristóteles, Alejandro Magno>
satisface el predicado ‘fue el maestro de’; en el segundo, la misma tupla no satisface el mismo
predicado.

Cuando se busca una teoría semántica en la que las extensiones de las expresiones puedan
variar de unos mundos posibles a otros, o de unas situaciones posibles a otras, lo que se hace
es asociar a cada expresión una función: esta función asociada lleva a la expresión desde el
conjunto de mundos posibles al conjunto de las extensiones que son apropiadas para esa
expresión. Así, a los nombres se les asocia una función que va de mundos posibles (el dominio
o recorrido de la función) a objetos (los valores que toma la función); a los predicados n-arios
se les asocia una función que va de mundos posibles a conjuntos de n-tuplas de objetos; y a
los enunciados (u oraciones declarativas) se les asocia una función que va de mundos posibles
a valores de verdad. Estas funciones son las intensiones de las expresiones con las que están
asociadas.

8
Si se quiere detallar con más precisión el modo en que pueden asignarse extensiones e
intensiones a los distintos tipos de expresiones, puede tomarse en consideración lo siguiente:

Extensiones

• La extensión de una expresión es la contribución que hace para determinar el valor de


verdad de los enunciados de los que forma parte
• Para los términos singulares (p. ej.: nombres propios, descripciones definidas,
pronombres singulares, expresiones demostrativas singulares): la entidad denotada o
referida (‘París’, ‘el hijo de Yocasta’, ‘ella’, ‘esta diapositiva’; objeto, persona, lugar,
etc.)
• Para las expresiones predicativas unarias (p. ej.: adjetivos, nombres comunes, verbos,
sintagmas que las incluyen como núcleo): el conjunto de entidades a los que se aplica
la expresión (‘verde’, ‘caballo’, ‘vuela’, ‘tiene las manos sucias’)
• Para las expresiones predicativas relacionales (p. ej.: verbos transitivos, adjetivos
comparativos, sintagmas con estas expresiones como núcleo): los pares o n-tuplas de
entidades a los que se aplica la expresión (‘escribir [algo]’, ‘más rápido que’, ’ser hijo
de [.] y de [.]’)

Intensiones

• La intensión de una expresión es la contribución que hace esa expresión a la


determinación de las condiciones de verdad de los enunciados en los que se integra;
es una función que, en cada situación posible (o mundo posible), le asigna a la
expresión una extensión
• Para los términos singulares, su intensión es una función que en cada situación o
mundo posible le asigna a la expresión una entidad
• Para las expresiones predicativas unarias, su intensión es una función que en cada
situación o mundo posible le asigna a la expresión el conjunto de entidades a los que
se aplica la expresión en esa situación
• Para las expresiones predicativas relacionales, su intensión es una función que en cada
situación o mundo posible le asigna a la expresión el conjunto de pares o n-tuplas de
entidades a los que se aplica la expresión en esa situación.

9
(Históricamente, se ha reconocido a R. Carnap haber sido el primero en introducir la idea de
que las intensiones pueden tratarse como funciones que determinan la extensión, y se habla
consiguientemente de intensiones carnapianas. Aunque su trabajo tiene gran interés, no será
contenido de este tema).

En nuestro ejemplo anterior, el enunciado ‘Aristóteles fue el maestro de Alejandro Magno’


estaría asociado con una función, o intensión, que arroja como resultado el valor de verdad
verdadero cuando toma como argumento el primer mundo posible que hemos considerado
(el mundo real), y arroja como resultado el valor de verdad falso cuando toma como
argumento el segundo mundo posible tenido en cuenta.

También de un modo intuitivo, se puede considerar que la función asociada con un enunciado
está asociando, a su vez, al enunciado con aquellos mundos posibles en los que el enunciado
es verdadero. Esto se ha podido expresar diciendo que la intensión de un enunciado es el
portador primario de verdad o falsedad, y ha sugerido que los mundos posibles podrían verse
como conjuntos de proposiciones: precisamente, de aquellas proposiciones que son
verdaderas en ese mundo. Sin embargo, esta noción de proposición (distinta de las dos que
ya se han estudiado, las concepciones fregeana y russelliana) es problemática, pues no
permite que las proposiciones puedan usarse como ya se ha estudiado. (Mostrar esto es
complejo y aleja del contenido central de este tema; pero, en caso de tener mucho interés,
puede consultarse la entrada “Structured Propositions” de la Stanford Encyclopedia of
Philosophy).

4. Escepticismo del significado. La teoría semántica de W.V.O. Quine

Tanto el trabajo original de Tarski como las teorías semánticas que analizan el significado en
términos de condiciones de verdad adoptan el supuesto tácito de que el significado de los
enunciados viene dado por su correspondencia con estados de cosas posibles. Es posible
tomar distancia respecto a este supuesto y no asumir consecuencias filosóficas importantes,
manteniendo sin embargo que un tratamiento de este tipo es útil para describir los valores

10
semánticos de las expresiones lingüísticas y su interrelación. Una semántica de condiciones
de verdad y su extensión a una semántica de mundos posibles ofrece una descripción
sistemática, recursiva y completa que muestra cómo las expresiones contribuyen al valor de
verdad de los enunciados de los que forman parte. Al mismo tiempo, el valor de verdad de
los enunciados se explica a partir de la referencia de los nombres y la satisfacción de los
predicados. Este tipo de teorías va ‘de abajo hacia arriba’, tomando los valores semánticos de
las expresiones individuales como punto de partida para determinar el valor semántico de los
enunciados.

A partir de los años ´60 y ´70 del siglo XX, se comenzó a cuestionar que la relación de
referencia (y, correlativamente, la relación de satisfacción) pudiera ser adecuada y útil para
explicar cómo se utilizan las expresiones lingüísticas y cómo adquieren su significado. Se
cuestionó también que el orden explicativo en semántica fuera el que va ‘de abajo hacia
arriba’, y se defendió que la explicación debía ir ‘de arriba hacia abajo’, tomando como unidad
básica de significado, al menos, el enunciado completo. Esta posición fue asociada a una
concepción coherentista de la verdad. La teoría semántica que da inicio y mejor representa
esta posición filosófica es la de D. Davidson, y se va a estudiar a continuación. Antes, tiene
interés prestar atención a la teoría semántica de Quine que constituye su precedente
inmediato, y que plantea un importante problema de escepticismo respecto a que los
significados lingüísticos puedan llegar a conocerse.

Eliminación de los nombres propios

En un trabajo temprano sobre lógica, Quine probó un resultado de importantes


consecuencias para su concepción posterior del lenguaje de las teorías científicas. Demostró
que, dada una teoría formalizable en el lenguaje de la lógica clásica de predicados, y
asumiendo una interpretación objetual de los cuantificadores (que es la acostumbrada, en
detrimento de la interpretación sustitucional), siempre es posible encontrar otro lenguaje,
también perteneciente a la lógica de predicados clásica, y tal que en él no aparecen
constantes individuales, es decir, tal que de él se han eliminado las expresiones que
desempeñan la función de los nombres propios. El procedimiento de Quine consiste en
sustituir estas constantes individuales (que equivalen a nombres propios) por descripciones,

11
y éstas sólo constan de constantes de predicado y variables individuales ligadas, es decir,
cuantificadas.

Este punto de vista da lugar a que Quine formule la tesis del compromiso ontológico de las
teorías científicas: “Ser es ser el valor de una variable ligada” (en una formulación que
parafrasea irónicamente a Berkeley). Esta tesis da una respuesta a la pregunta por cuándo
estamos comprometidos a decir que existen determinados tipos de entidades: cuando
hayamos asumido o decidido usar un lenguaje o teoría cuyos enunciados, para ser
verdaderos, requieren que interpretemos sus variables de individuo mediante esos tipos de
entidades.

Significado estimulativo y traducción radical

Si quisiéramos aislar el significado empírico de los enunciados que empleamos en la


comunicación cotidiana, una estrategia de investigación posible podría consistir en llevar a
cabo un experimento mental: imaginemos que queremos traducir, a nuestra lengua, otra
lengua completamente desconocida, y que lo único que está a nuestra disposición para hacer
esto es la evidencia empírica, la información dada en forma de experiencia sensorial. Este es
el experimento que propone Quine y que se encuentra expuesto en dos importantes trabajos
que aquí pueden servir de referencia: el capítulo 2 de su libro Palabra y Objeto y un ensayo
previo, Significado y traducción. En este experimento mental, Quine imagina a un lingüista
con el proyecto de llegar a escribir un manual de traducción entre su propia lengua y la lengua
de los pobladores indígenas de un pueblo que ha permanecido, hasta ese momento, aislado.
Quine denomina, a esta situación imaginaria, un escenario de traducción radical. El punto de
partida para la traducción habrán de ser, propone Quine, situaciones en las que, ante la
presencia de un estímulo, hay un hablante nativo que emite una determinada proferencia. (El
ya famosísimo ejemplo de Quine incluye la aparición súbita de un conejo que atraviesa la
escena a saltos y la proferencia de la expresión “gavagai”). En esta situación, a la que Quine
da el nombre de situación estimulativa, el lingüista puede arriesgar una traducción tentativa:
traducir, por ejemplo, “gavagai” por “conejo” (o por “He aquí un conejo”, o “Eso es un
conejo”, o algo similar). En general, Quine cree que en esa situación de traducción radical, las
proferencias que se traducen en primer lugar y con menor riesgo de error son las que

12
informan sobre observaciones que el lingüista puede suponer compartidas o comunes entre
el hablante nativo y él mismo.

Cuando la traducción haya avanzado estableciendo correlaciones lingüísticas en distintas


situaciones estimulativas, el lingüista necesitará también contrastar sus correlaciones para
verlas confirmadas (o refutadas), y para ello tomará la iniciativa: emitirá él mismo las
expresiones en las situaciones estimulativas adecuadas, y esperará al asentimiento o
disentimiento del hablante nativo. Esto significa que ha de ser capaz de reconocer este
asentimiento (o disentimiento), algo que Quine considera información empíricamente dada.
Además, el lingüista ha de poder diferenciar entre la información que da lugar a la respuesta
del hablante nativo (asentimiento o disentimiento) que está directamente motivada por el
estímulo (aunque no en términos neurológicos, sino de referencia), y lo que Quine va a llamar
información colateral, que va más allá del estímulo presente. Esta información colateral forma
parte del saber del mundo o del saber del lenguaje del hablante nativo y puede estar
influyendo también en su respuesta.

La posibilidad de diferenciar teóricamente entre dos tipos de información permite a Quine


introducir varias definiciones clave en su explicación del significado oracional:

Enunciado ocasional, para un/una hablante, es el enunciado ante el que el/ella está
preparado para asentir o disentir únicamente cuando la pregunta va acompañada de un
estímulo que le predisponga a ello.

Un enunciado fijo es aquél ante el que el/la hablante está dispuesto/a a insistir en su
asentimiento (o disentimiento) cuando se le pregunte con posterioridad, cuando ya no medie
ningún estímulo específico.

El significado estimulativo afirmativo de un enunciado ocasional E, para un/a hablante, es la


clase de todos los estímulos que provocarían su asentimiento a E. De manera análoga, en
términos de disentimiento, se define el significado estimulativo negativo de E. Finalmente, el
significado estimulativo de E es el par ordenado de ambos (afirmativo y negativo).

13
Este conjunto de nociones está basado en la disposición de los y las hablantes a emitir una
determinada respuesta (una proferencia, o asentimiento o disentimiento ante una
proferencia) en relación con estímulos. Hay que presuponer, y Quine lo hace explícitamente,
que la respuesta es la misma, o aproximadamente la misma, cuando se dan circunstancias
suficientemente similares. E igualmente hay que contar con criterios que permitan identificar
una determinada disposición. Quine apela a un conocimiento tácito, por parte de cualquier
hablante competente (aquí representados/as por el lingüista de campo), sobre cómo
identificar disposiciones a partir de “comprobaciones juiciosas, muestras representativas y
uniformidades observadas”.

La igualdad de significado estimulativo, obtenida por vía de las disposiciones y asentimientos,


es lo único que está dado a la observación del traductor radical. Hasta este punto la definición
del significado sólo ha tomado en consideración la disposición de hablantes tomados
individualmente. En este caso, dos enunciados ocasionales son intrasubjetivamente
sinónimos cuando tienen el mismo significado estimulativo para un/a hablante. Esta noción
de sinonimia intrasubjetiva no necesita limitarse, sin embargo, al caso de enunciados
ocasionales, ni tampoco al caso de un/a hablante considerado/a individualmente.
Precisamente la generalización al conjunto de la comunidad de hablantes permite definir la
noción fundamental de enunciado observacional.

Un enunciado observacional se define como un enunciado ocasional en el que el asentimiento


o el disentimiento está provocado sin la ayuda de más información que la proporcionada por
el estímulo mismo, y no por otra información colateral (como lo es el saber del lenguaje o
saber del mundo que posea el/la hablante). Alternativamente, Quine define también la
noción de enunciado observacional como un enunciado ocasional que posee un significado
estimulativo intersubjetivo. La posible variabilidad intersubjetiva del significado estimulativo
(es decir, la posibilidad de que se den variaciones en el asentimiento o disentimiento de
diferentes hablantes ante el mismo estímulo) se salva en la teoría de Quine redefiniendo esta
noción de enunciado observacional de manera que dé cabida al grado mínimo de variabilidad
admisible. Quine apela a tendencias generales en la conducta de los/las hablantes y precisa
la noción de enunciado observacional, aclarando que en relación con él el significado

14
estimulativo presenta desviaciones significativamente pequeñas para un número
significativamente alto de hablantes.

El problema de la ‘inescrutabilidad’ de los términos


La explicación y conjunto de definiciones vistas han tenido como objeto enunciados
completos. Quine observa que, en el proceso de traducción radical, los términos pueden
aparecer de dos maneras diferentes: como enunciados completos, es decir, con el mismo
significado estimulativo de un enunciado completo (como era el caso de “gavagai”), o bien
como elementos estructuralmente componentes de enunciados completos. En el primer
caso, el traductor radical intentará atribuir significado estimulativo a estos términos a partir
de que haya una cierta igualdad en su aplicación, tanto por parte de un/a hablante individual
como de más hablantes: es decir, el traductor buscará coincidencia en los estímulos que
provocan asentimiento o disentimiento. Y, a partir de esta asociación, buscará una traducción
adecuada en su propia lengua. Pero Quine se pregunta si esto es suficiente para garantizar la
equivalencia extensional de ambos términos, es decir, si la traducción así obtenida garantiza
que los dos términos se aplican a las mismas entidades, que son verdaderos de los mismos
objetos para el/la o los/las hablantes y para el propio traductor.

La respuesta de Quine toma la forma de lo que se conoce como tesis de la inescrutabilidad de


la referencia. Consiste en la observación de que no hay, más allá de los propios estímulos,
ninguna evidencia o prueba empírica que permita decir que las extensiones son las mismas,
o que las entidades de las que se habla son la misma entidad para los/las hablantes nativo/as
y para el traductor. Para prestar fuerza a esta observación, Quine propone que imaginemos
que los/las hablantes nativos/as tienen una concepción del mundo peculiar y distinta a la
occidental, de manera que, cuando emiten “gavagai”, están nombrando una entidad
metafísica que podría describirse como “la esencia de la conejidad”; o bien, que su percepción
del espacio-tiempo es distinta, de manera que con ese mismo término están significando
“simples estadios, o breves segmentos temporales, de conejos”. El traductor, al traducir
“gavagai” por “conejo”, está presuponiendo que los hablantes nativos son lo suficientemente
semejantes a él mismo como para tener un término general breve para conejos, y no para
esencias metafísicas o estados o partes de conejos. Pero esto sólo permite concluir, piensa

15
Quine, que la igualdad de significado estimulativo (tanto intra como intersubjetiva) no
garantiza, en el caso de los términos que designan entidades, la igualdad de extensión.

Este resultado, que a veces se describe como una forma de escepticismo del significado, lleva
a Quine a poner en cuestión lo que llama la tendencia a la reificación de nuestra cultura.
Puede ponerse en relación, aunque ahora se esté tratando del lenguaje natural, con el
resultado que se puede demostrar para lenguajes lógicos de primer orden: los nombres
propios de entidades son prescindibles, pueden eliminarse en favor de descripciones y
cuantificación sobre variables individuales. Ésta es, en última instancia, la propuesta de
Quine. Sin embargo, hasta el momento la traducción no ha pasado de los enunciados y
términos con significado estimulativo, y un análisis lógico requiere poder traducir también el
resto del vocabulario lógico: en particular, los operadores veritativo-funcionales.

Funciones veritativas y lógica del lenguaje


En realidad, los operadores veritativo-funcionales clásicos (también llamados funciones de
verdad: negación, conjunción, disyunción, condicional) se prestan de manera inmediata a la
traducción, si recordamos que su significado viene dado por tablas de verdad cuyas entradas
son los valores de verdad del enunciado o los enunciados concernidos, y que consisten en
asignar un valor de verdad al enunciado compuesto que resulta de la operación. (Por ejemplo,
la negación de un enunciado será aquél enunciado al que los hablantes asienten siempre que
disienten del enunciado sin la negación; la conjunción de dos enunciados será el enunciado
compuesto al que los hablantes asienten siempre, y sólo cuando, asientan además a cada uno
de los dos enunciados tomados individualmente). Establecer estas tablas permite identificar
las expresiones del lenguaje nativo que desempeñan las mismas funciones, es decir, que son
equivalentes funcionales de los operadores lógicos clásicos.

La descripción de este procedimiento permite a Quine valorar como una especulación


innecesaria la posibilidad de que, en otras culturas, la lógica del lenguaje difiera de la lógica
de predicados familiar para la nuestra. Lo que se pone en juego en la traducción radical es la
posibilidad de identificar equivalentes funcionales para los operadores veritativo-funcionales,
y esta identificación sólo necesita del tipo de evidencia empírica sobre la que descansa la

16
propia traducción: estímulos sensoriales y la conducta lingüística observable de los hablantes
nativos (sus asentimientos y disentimientos).

Hipótesis analíticas de traducción


El problema que se plantea a continuación el lingüista es cómo continuar la traducción más
allá de los enunciados observacionales y las funciones de verdad. Antes hemos dicho, en
relación con los términos, que hay dos maneras de obtenerlos: o bien porque desempeñan la
función de enunciados completos (y este caso nos llevaba a la tesis de la inescrutabilidad), o
bien mediante un análisis de los enunciados ya traducidos. A este segundo procedimiento
Quine lo llama el método de la segmentación, y es el que permite al lingüista continuar
avanzando en su traducción. Lo hace segmentando las emisiones en fragmentos recurrentes
y manejablemente cortos, lo que le permite conjeturar correlaciones entre estos segmentos
y las expresiones de su propio lenguaje. Pero es importante observar que estas correlaciones
o ‘ecuaciones’ son conjeturas, son hipótesis formuladas sobre un doble presupuesto: que es
posible suponer idénticas extensiones para los términos correlacionados (lo que, como hemos
visto, no queda nunca garantizado por la evidencia disponible), y que también las
construcciones sintácticas, o los modos de ‘reunir palabras’, son suficientemente próximas
(algo que hay que suponer para poder llegar a formular las correlaciones) aunque no puedan
suponerse idénticos.

A estas ecuaciones o hipótesis les da el nombre de analíticas porque no están basadas de


modo directo en la observación, en los estímulos dados empíricamente, sino también en el
conocimiento que el lingüista tiene de su propio lenguaje. Suponen, por tanto, un grado de
alejamiento mayor con respecto a la posibilidad de una traducción exacta. Quine admite, por
supuesto, que el lingüista puede evaluar sus propias hipótesis analíticas de traducción,
utilizando para ello los enunciados fijos y comparando el resultado de traducciones obtenidas
mediante las hipótesis analíticas con el resultado de traducir a partir de los enunciados
ocasionales que han permitido llegar a esos enunciados fijos. Pero, incluso en el caso más
simple de hipótesis analítica de traducción (la que correlaciona dos términos o dos palabras
a partir de la constatación del paralelismo funcional entre ellos), Quine considera que es
únicamente la “abierta proyección de sus propios hábitos lingüísticos” lo que permite al
lingüista establecer esas equivalencias y avanzar en la traducción.

17
Holismo del significado
Incluso cuando la correlación semántica llegara a cubrir la totalidad de las emisiones nativas,
esta correlación en sí misma no estaría totalmente apoyada en la evidencia empírica. La
traducción radical consiste en establecer correlaciones o concordancias a partir del
significado estimulativo, las sinonimias intra e intersubjetivas y el asentimiento y
disentimiento observados en diversos momentos. Lo que se establece así son equivalencias
funcionales, suficientemente apoyadas en la observación. Pero el conjunto de la traducción
es en sí misma inverificable, pues ha procedido a partir de ajustes y de la búsqueda de
consistencia entre hipótesis analíticas –además de haber intervenido otros criterios, como la
simplicidad o criterios de plausibilidad o razonabilidad. Quine concluye que sólo podemos
hablar de sinonimia entre términos o expresiones de dos lenguas tomando como sistema de
referencia un determinado sistema de hipótesis analíticas, de la misma forma que sólo
podemos hablar (ya lo veíamos antes) de la verdad de un enunciado tomando como sistema
de referencia una teoría o esquema conceptual completo (un ‘lenguaje’).

Este holismo del significado u holismo semántico tiene consecuencias, especialmente, cuando
se toma en consideración el fragmento no observacional sino teórico de los lenguajes
científicos. Frente a los enunciados observacionales, cuyo significado dependía y sólo de los
estímulos presentes (prescindiendo de otra información colateral disponible), en el caso de
los enunciados teóricos (como “Los neutrinos carecen de masa” o “Energía es igual a masa
por aceleración”) difícilmente podemos imaginar una situación estimulativa que provoque
asentimiento o disentimiento y que no requiera de otra “estimulación verbal procedente del
interior del lenguaje”, es decir, de otros enunciados aceptados como verdaderos. Es por esto
por lo que Quine afirma que los enunciados teóricos carecen de significado “lingüísticamente
neutral”.

El conjunto de conclusiones que Quine ha ido obteniendo a partir de su experimento


imaginario en la situación de traducción radical se expresan sintéticamente en la forma de
una tesis de la indeterminación de la traducción radical, que afecta al conjunto del sistema
semántico (al que Quine se refiere también como sistema o esquema conceptual) propio de
una lengua o lenguaje. La conclusión es, en cierta forma, más fuerte que la que antes veíamos

18
para las teorías científicas, en la forma de una tesis de infradeterminación. Porque ahora se
trata del lenguaje natural y de lo que, una vez hemos prescindido de una concepción
mentalista y no empirista del significado, puede permitirnos poner en correspondencia dos
expresiones que cumplen la misma función comunicativa, si tomamos en consideración, y
sólo, la evidencia dada empíricamente (estímulos presentes y disposiciones de los/las
hablantes). El escepticismo que resulta respecto a la posibilidad de determinar los significados
se suele expresar diciendo que, en la concepción del lenguaje de Quine, no hay cuestiones de
hecho que permitan decidir en qué consiste exactamente el significado de una expresión, o
que permitan declarar a una traducción la única correcta. (Aunque, como el propio Quine
reconoce, sí puede haber criterios que permitan considerar a una comparativamente mejor
que otra). No hay, en definitiva, un manual de traducción ‘verdadero’.

En última instancia, la indeterminación se salva por el carácter social del lenguaje, por la
posibilidad de comunicarnos con otros/as hablantes aunque tengamos que actuar como
traductores radicales (eso es lo que somos, para Quine). Del lenguaje dice Quine que es el
lugar de la intersubjetividad, y al mismo tiempo afirma que es esa intersubjetividad la que
introduce una “presión hacia la objetividad” en el lenguaje. Pero, en conjunto, se ha podido
considerar que la teoría semántica de Quine representa una actitud escéptica en relación con
la posibilidad de asignar significados estables y perfectamente determinados a las
expresiones lingüísticas.

Algunas valoraciones críticas

El filósofo D. Føllesdal ha entendido que de las tesis de Quine se sigue una más como
corolario: la afirmación de la inseparabilidad de teoría y lenguaje, o la inseparabilidad entre
nuestro saber del lenguaje (de los significados) y nuestro saber del mundo (de los hechos).
Quine ha intentado evitar el tipo de relativismo lingüístico que parecería seguirse de este
corolario insistiendo en la función de los enunciados observacionales, que representan las
“puertas de entrada al lenguaje”: tanto para el aprendizaje lingüístico (como Quine se
esfuerza en mostrar en los capítulos 1 y 2 de Palabra y Objeto), como para el trabajo del
traductor radical, como para la formulación de una teoría científica.

19
En varios momentos, Quine ha mantenido un debate con el lingüista Chomsky y sus
seguidores. Chomsky y otros han objetado a Quine que el tipo de semántica conductual que
él defiende no permite explicar completamente el proceso de aprendizaje lingüístico, porque
en él se adquieren más conocimientos de los que pueden explicarse apelando tan sólo a lo
dado con la observación, es decir: a estímulos sensoriales y conducta lingüística observable.
Además, Chomsky ha objetado que el tipo de indeterminación que Quine defiende no es sino
producto del tipo de infradeterminación empírica de que adolece cualquier teoría científica:
pues lo dado con la observación, real y posible, siempre infradetermina el significado empírico
de, por ejemplo, los enunciados teóricos y los principios generales de las teorías científicas.
Quine ha respondido que la indeterminación de la traducción radical no es meramente un
ejemplo de esa infradeterminación empírica, que se daría en la medida en que la lingüística
como ciencia pudiera verse como parte de las ciencias de la conducta y, en última instancia,
de la teoría física. (La posición tácitamente contenida en esta frase es, de hecho, la defendida
por Quine cuando ha urgido a naturalizar la epistemología). La indeterminación de la
traducción radical tiene un contenido adicional: la convicción de que podría haber, en
principio, manuales de traducción lógicamente incompatibles entre sí y tales que ambos
fueran, individualmente, compatibles con la totalidad de los hechos susceptibles de
descripción en términos físicos. (“Cuando digo que no hay cuestiones de hecho por lo que
hace, por ejemplo, a dos manuales de traducción rivales, lo que quiero decir es que ambos
manuales son compatibles con todas y las mismas distribuciones de estados y relaciones entre
partículas elementales. En una palabra, que son físicamente equivalentes”. Quine, Theories
and things, 1981).

Otro motivo de desacuerdo con Quine ha sido su crítica a la noción de analiticidad. Desde
posiciones filosóficas diversas, se ha considerado defendible una noción de analiticidad que
encuentra utilidad incluso en la comprensión pre-teórica de los hablantes, cuando identifican
dos términos como sinónimos (algo que, sin embargo, ya había observado él, aunque
considerando que este era un criterio empírico que aproximaba lo analítico a lo sintético).
Quine ha revisado su propia posición respecto a las verdades lógicas y ha aceptado, más
recientemente, que “un cambio de lógica es un cambio de tema”: es decir, cambiar la lógica
lleva consigo cambios amplísimos en el conjunto del lenguaje o teoría de que se trate, y es
ésta la razón que lleva a concederles a las verdades lógicas una función central.

20
También se ha puesto en cuestión el holismo de Quine, así como su resistencia a aceptar
cualquier explicación internista o mentalista del significado. Y se ha discutido igualmente su
rechazo de cualesquiera nociones no-extensionales en general, lo que le lleva a evitar las
nociones modales y a analizar los contextos intensionales, que él ha llamado irónicamente
contextos ‘opacos’, como si fueran un único ‘bloque’ semántico. Hasta el último momento,
Quine ha continuado defendiendo que la lógica de primer orden clásica, bajo una
interpretación objetual de los cuantores, es instrumento suficiente para describir la
estructura lógico-semántica del lenguaje de las teorías científicas –y, a fortiori, del lenguaje
natural.

Este planteamiento general: el de que sólo necesitamos nuestras observaciones, más la lógica
de primer orden, para ofrecer una teoría semántica naturalizada del lenguaje natural, ha sido
llevado a sus últimas consecuencias teóricas por un discípulo de Quine que se ha convertido,
a su vez, en uno de los filósofos del lenguaje más influyentes de los últimos años: D. Davidson.

5. Significado, verdad e interpretación radical en el programa de D. Davidson

El trabajo de Davidson ha recorrido una amplitud de temas con un enfoque unitario y


sistemático, y sus ideas pueden verse en conjunto como un intento de dar cuenta desde una
teoría integradora del conocimiento, la acción, la mente y el lenguaje. Una característica de
su método analítico es la de intentar aproximarse a las cuestiones que quiere estudiar: la
acción humana, el conocimiento, la mente o el significado, investigando el lenguaje en el que
los expresamos, y en particular la estructura lógica de los enunciados de este lenguaje, antes
que mediante una investigación directa de carácter ontológico de estos fenómenos. Aquí
vamos a centrar nuestra atención en su teoría semántica y en su teoría de la interpretación.

Significado y verdad

En varios ensayos Davidson ha intentado aproximarse a una teoría del significado que sea
adecuada para el lenguaje natural. Lo ha hecho asumiendo varios presupuestos filosóficos.

21
En primer lugar, considera que lenguaje y pensamiento, o aseveraciones y creencias, no
pueden separarse: defiende que sólo accedemos a las creencias a través de su expresión
lingüística y que, en contrapartida, sólo podemos explicar el significado de las aseveraciones
apelando a las creencias expresadas por ellas. Esta idea determina una aproximación holista
al lenguaje y al entendimiento lingüístico, donde aseveraciones y creencias están relacionadas
en red de forma tal que, para entender una aseveración (o la creencia expresada por ella)
hemos de tener en cuenta cómo está interrelacionada con otras aseveraciones (y creencias).
En segundo lugar, reconoce como características esenciales del lenguaje natural humano su
sistematicidad y productividad, y considera que la composicionalidad es la propiedad que
mejor permite explicar ambas. Ya hemos visto que decir que el lenguaje natural es
composicional es decir que el significado de cualquiera de sus enunciados (o de cualquier
expresión compuesta) viene dado por los significados de las expresiones componentes más
su articulación sintáctica. Un tercer presupuesto filosófico tiene que ver con el hecho
biográfico de que Davidson ha sido estudiante de Quine, al que reconoce como maestro.
Aunque sus propios intereses no han sido tan epistemológicos y sí más semánticos, acepta
con Quine que la noción de significado tradicional (que entendía los significados ya sea como
contenidos mentales “que nadie ha visto”, o ya sea como ideas abstractas y objetivas de algún
tipo peculiar) es oscura e innecesaria para una teoría satisfactoria del significado y del
entendimiento lingüístico.

Una teoría del significado para el lenguaje natural tiene que poder reflejar este conjunto de
propiedades: el carácter holista del entendimiento por medio del lenguaje, y la
composicionalidad que permite que, a partir de un conjunto finito de unidades y de reglas
para combinarlas, puedan generarse virtualmente infinitos nuevos significados. Además, ha
de poder prescindir de nociones de significado que Davidson considera oscuramente
mentalistas o abstractamente idealistas. La propuesta final y más original de Davidson ha
consistido en proponer que se deje de hablar de significados en favor de hablar de las
condiciones de verdad de los enunciados, así como de la contribución que las expresiones
componentes hacen a esas condiciones de verdad. Davidson motiva su propuesta observando
que entender un enunciado puede hacerse equivaler a conocer sus condiciones de verdad, es
decir, a conocer en qué condiciones ese enunciado sería verdadero, o cómo tendría que ser
el mundo para que el enunciado pudiera ser declarado verdadero. Y añade que entender el

22
significado de una expresión puede hacerse equivaler, correspondientemente, a conocer la
contribución (semántica) que esa expresión hace al significado de los enunciados en los cuales
se integra.

Así, pues, una teoría del significado podría adoptar la forma de una teoría de la verdad, donde
para cada enunciado del lenguaje objeto de estudio (lenguaje objeto) se proporcionase (en el
metalenguaje de la teoría) una descripción sistemática de sus condiciones de verdad, incluida
la contribución a esas condiciones de verdad de las expresiones componentes. Para esta
descripción sistemática, Davidson ha recurrido a una teoría ya disponible: la teoría semántica
de la verdad de Tarski, que ya hemos tenido ocasión de presentar. Cabe recordar que una
teoría de la verdad tipo Tarski es un procedimiento de definición de estructuras o modelos
semánticos que permite asignar condiciones de verdad, en calidad de contenidos semánticos,
a todos los enunciados del lenguaje considerado y a sus expresiones componentes, y esto de
manera sistemática, completa y de acuerdo con el principio de composicionalidad. En
particular, es posible definir un modelo semántico tipo Tarski para el lenguaje de primer
orden de la lógica de predicados clásica, que es en lo esencial el tipo de lenguaje objeto que
Davidson toma como lógica subyacente al lenguaje natural.

Esquemáticamente, Davidson ha simbolizado esta asignación de condiciones de verdad


asociada a cada enunciado por medio de lo que ya hemos llamado la Convención T. Dijimos
más arriba que la Convención T es un esquema de axioma que se introduce en el
metalenguaje de la teoría y que, para cada enunciado ‘e’ del lenguaje objeto, especifica su
significado dando una descripción de sus condiciones de verdad en ese mismo metalenguaje.
Esta descripción o especificación de las condiciones de verdad se representa mediante la
variable proposicional p.

[Convención T] ‘e’ es verdadero en el lenguaje L si y sólo si p.

La teoría de Tarski permite asignar, en primer lugar, referencia a las expresiones que son
nombres; en segundo lugar, asigna una interpretación extensional a los predicados (los cuales
simbolizan propiedades y relaciones) al asignarles las n-tuplas de objetos que satisfacen el
predicado; finalmente, y teniendo en cuenta la cuantificación (operadores universal y

23
existencial), y otros operadores lógicos, asigna al enunciado compuesto a partir de esas
expresiones un valor de verdad. La locución ‘si y sólo si’ de la Convención T indica que se están
dando las condiciones necesarias, y conjuntamente suficientes, para poder decir que ‘e’ es
verdadero. Por ejemplo, “Ícaro voló hasta el sol” es verdadero si y sólo sí el individuo
denotado por el nombre ‘Ícaro’ se encuentra dentro de la extensión del predicado ‘x voló
hasta el sol’.

La propuesta de Davidson es, finalmente, presentar una teoría de la verdad para un lenguaje
dado L haciendo uso de un esquema de axioma como el que representa la Convención T,
donde aparece un predicado metalingüístico ‘__ es verdadero en L si y sólo si’ y tal que es
posible obtener, a partir de la Convención T, todas las instanciaciones que resultan al sustituir
‘e’ por todos y cada uno de los enunciados de L, y al especificar mediante p una descripción
en el metalenguaje de las condiciones de verdad correspondientes a cada uno de esos
enunciados ‘e’. Esta teoría sería una teoría del significado para L.

Algunas dificultades. El análisis paratáctico

Un problema con la propuesta de Davidson se hace enseguida evidente, y quizá ya se ha


sugerido con el ejemplo que acabamos de poner dos párrafos más arriba. El problema de una
teoría semántica tipo Tarski es que hay, en primer lugar, muchos fenómenos de significado
que parecen no quedar incluidos bajo un tipo de asignación de condiciones de verdad que es
estrictamente extensional; y, en segundo lugar, que incluso en aquellos casos en los que esta
asignación parece en principio posible, no está claro cómo hemos de analizar las expresiones
del lenguaje natural desde un punto de vista lógico-semántico.

Con respecto a este segundo problema, el programa de Davidson conlleva esta necesidad: la
de un análisis satisfactorio de la forma lógica de las expresiones del lenguaje natural, forma
lógica que no se va a corresponder por completo con la gramática externa de la lengua sino
con la de sus estructuras de significado. Con respecto al primer problema, una parte
importante del trabajo de Davidson ha estado dedicada a ofrecer un análisis de esos
fenómenos difíciles que no parecen susceptibles de un tratamiento extensional, así como a
desarrollar extensiones de la teoría de la verdad tipo Tarski que permitan salvar los

24
problemas. A este conjunto de análisis y extensiones de la teoría se les ha dado el nombre
de análisis paratáctico, y hay varios fenómenos que han necesitado este tipo de
reelaboración. En particular, podemos referirnos aquí a los siguientes: la dependencia
contextual, las oraciones de atribución de creencias, las inferencias basadas en modificadores
adverbiales, y las oraciones no enunciativas. Veamos en qué consisten estos fenómenos y el
análisis paratáctico que se propone.

1. Dependencia contextual
Las oraciones de una teoría de la verdad tipo Tarski se interpretan en modelos estipulados, y
las asignaciones o interpretaciones que las expresiones reciben son fijas. El lenguaje natural,
contrapuestamente, se caracteriza porque sus significados sólo pueden determinarse, en la
mayoría de las ocasiones, teniendo en cuenta factores contextuales y otras circunstancias.
Por ejemplo, la fijación de la referencia de los pronombres personales (‘yo’, ‘tú’) o
demostrativos (‘esto’), o de los adverbios temporales (‘hoy’, ‘ahora’) y de lugar (‘aquí’)
depende de lo que se ha llamado el contexto estrecho, que incluye al menos tomar en
consideración quién es la persona que habla, en qué momento y dónde lo hace (y,
posiblemente, otros índices variables también). Con respecto a este tipo de dependencia
contextual del significado, la solución de Davidson ha sido la de extender la noción de modelo
semántico de Tarski para estipular que la asignación de una interpretación o contenido
semántico a una expresión dada ha de ser relativa a varios índices, incluidos al menos
hablante, lugar y tiempo de la emisión de esa expresión (y admitiendo la posibilidad de
incorporar al modelo semántico otros índices que puedan necesitarse).

Contemporáneamente los detractores de Davidson aún insisten en que el significado de otras


muchas expresiones, y no sólo expresiones indéxicas como las anteriores, depende de cómo
se interpreten en el contexto, teniendo en cuenta entre otras cosas las intenciones de quien
habla, es decir, lo que quien habla quiere significar, y otras circunstancias. Y observan que,
por mucho que se extienda el modelo semántico para incorporar otros índices a los que sería
relativa la interpretación, siempre será posible imaginar circunstancias o contextos en los que
hay que tener en cuenta nuevos factores no previstos. (Los partidarios de la semántica formal
como estrategia válida de análisis no niegan esto, pero aún pueden dar respuesta a esta

25
objeción. Comentaremos algo más al final, cuando hablemos del debate entre Contextualismo
y Minimismo semántico).

2. Oraciones de atribución de creencia y habla indirecta.


El problema aquí es el de los contextos llamados intensionales, del que ya hemos hablado al
estudiar a Frege. Por ejemplo, en (a) “Copérnico creía que las órbitas de los planetas son
circulares”, el contexto gramatical ocupado por la oración subordinada (“que las órbitas de
los planteas son circulares”) no respeta el principio extensional de que la oración subordinada
pueda sustituirse por otra del mismo valor de verdad sin que, en ocasiones, el valor de verdad
final del enunciado compuesto se vea alterado. Por ejemplo, en (b) “Copérnico creía que la
tierra ocupa el centro del universo conocido”), la nueva oración subordinada incluida en (b)
es igualmente falsa, como la anterior en (a), pero el valor de verdad del enunciado compuesto
se ha visto alterado; ahora (b) es falso, mientras que (a) era verdadero. Esto vulnera el
principio de sustitución uniforme. La razón está en que ese valor de verdad final del enunciado
compuesto depende de lo que creía Copérnico (el contexto intensional de su creencia), y no
de los valores de verdad de las oraciones subordinadas.

Para resolver esta dificultad, Davidson ha propuesto un análisis que escinde la oración de
atribución de creencia (en general, cualquiera en estilo indirecto) en dos oraciones
enunciativas, cada una de ellas analizable en los términos puramente extensionales de una
asignación de condiciones de verdad. Así,

(a) Copérnico creía que las órbitas de los planetas son circulares

se analiza, en el nuevo análisis paratáctico, como:

(a’) Copérnico creía esto. Las órbitas de los planetas son circulares.

Aquí, lo denotado por el pronombre demostrativo ‘esto’ vendrá fijado en cada contexto de
uso, y esta asignación de una denotación (que será parte de las condiciones de verdad del
enunciado correspondiente) puede hacerse estipulando que ‘esto’ denota el contenido de la
creencia de Copérnico que se toma en consideración. Los detractores de Davidson han

26
observado que aunque el análisis sea, desde un punto de vista técnico, admisible y se integre
en el marco del tipo de teoría de la verdad propuesto, supone asignar condiciones de verdad
a oraciones distintas de la originalmente dada.

3. Modificadores adverbiales e inferencias basadas en estas expresiones


Para cualquier persona que sea hablante competente de una lengua como la nuestra, es fácil
reconocer la corrección del razonamiento siguiente: de “Llegó a medianoche, pausadamente,
con aparente despreocupación”, podemos inferir “Llegó a medianoche, pausadamente”, y de
aquí podemos continuar infiriendo “Llegó a medianoche” e incluso “Llegó”. Pero este patrón
inferencial no puede reflejarse en una teoría de la verdad tipo Tarski, pues los patrones de
inferencia o argumentos correctos que la semántica lógica puede traducir se basan en la
articulación lógica entre enunciados completos (como es el caso del clásico Modus Ponens),
y no en la estructura gramatical o sintáctica intra-oracional de un único enunciado. La solución
ofrecida por Davidson aquí ha sido original y ha obtenido reconocimiento y aceptación en el
campo de la lingüística. Ha propuesto sustituir los modelos tipo Tarski clásicos por lo que se
llama semántica de eventos, logrando así un modelo semántico que puede reflejar este tipo
de patrones de razonamiento.

Un modelo de Tarski clásico es una estructura que puede simbolizarse mediante <M, R, I>,
donde M representa un conjunto de entidades (individuos y/o objetos) que constituyen el
dominio semántico o universo del discurso; R representa un conjunto de propiedades y
relaciones, e I es la función de interpretación que asigna denotación a los nombres (una
entidad de M), satisfacción a los predicados (las tuplas de entidades de M que los satisfacen,
y que definen así las propiedades y relaciones al fijar sus extensiones), y finalmente un valor
de verdad a los enunciados completos. En una semántica de eventos, el dominio semántico o
universo del discurso Me no contiene entidades individuales, sino eventos: es decir, es un
conjunto de sucesos o acontecimientos a los que es posible aplicar predicados y sobre los que
es posible cuantificar. De esta manera, el tipo de inferencia que hemos visto antes
ejemplificada deja de ser problemática y puede describirse en términos limpiamente
extensionales, pues los adverbios pasan a ser las predicaciones que se aplican, en conjunción,
al mismo acontecimiento (‘llegar’). Así, parafraseando el razonamiento en un lenguaje semi-
simbólico, tendríamos algo aproximado a:

27
Existe un acontecimiento e (‘llegar’) realizado por un sujeto s en el momento t y la
localización l, y tal que: A-media-noche(l) y Pausadamente(l) y Con-aparente-
despreocupación (l).

Es decir, l satisface los tres predicados unarios siguientes: A-media-noche(x),


Pausadamente(x), y Con-aparente-despreocupación(x). Ahora, las reglas clásicas del
razonamiento en cualquier modelo extensional permiten la inferencia anteriormente
indicada.

4. Oraciones no enunciativas
Las oraciones interrogativas o imperativas, a diferencia de los enunciados, no poseen
condiciones de verdad. Una pregunta o una petición no son verdaderas o falsas en cuanto
tales. Esto plantea el problema de cómo extender el análisis de una teoría de la verdad tipo
Tarski a estas oraciones. Davidson ha propuesto hacerlo del siguiente modo: una oración
como

(c) ¿Llueve?

se transforma, mediante el análisis paratáctico, en:

(c’) La siguiente emisión es una pregunta. Llueve.

Su idea es que podemos concebir las oraciones no enunciativas como oraciones enunciativas
más una expresión que describe el tipo de transformación sintáctica que ha tenido lugar en
la emisión original de esa oración. Para Davidson, por tanto, la emisión de una oración no
enunciativa es analizable, en términos semánticos, en dos oraciones enunciativas. El
procedimiento es similar al empleado antes para el discurso indirecto, y está sujeto a una
objeción similar: cabe dudar de que el tipo de fuerza que posee la emisión de (c) se preserve
en (c’). (Los defensores de la teoría de actos de habla, como veremos más adelante, han
llamado a este tipo de análisis la “falacia realizativa”).

28
Otros problemas: ¿puede ser la teoría empíricamente adecuada?

El planteamiento de Davidson está abierto a otra objeción. El tipo de análisis de la forma


lógica que propone arroja a veces resultados muy poco intuitivos, como en el caso de las
oraciones no enunciativas o las de atribución de creencia. Sin embargo, Davidson ha insistido
en que una teoría del significado para un lenguaje L tiene que ser empíricamente adecuada,
y esto entraña que sea adecuada a la conducta lingüística real del conjunto de hablantes
competentes de L. Lo que hace falta es mostrar que una teoría de la verdad tipo Tarski puede
proporcionar un análisis de la forma lógica que subyace a las expresiones del lenguaje natural
(de este problema nos acabamos de ocupar al hablar del análisis paratáctico), y que
efectivamente las expresiones del lenguaje natural, tal y como las usan los y las hablantes,
quedan suficientemente explicadas o descritas con los recursos mínimos de una lógica
extensional clásica. Para mostrar que la respuesta a esta segunda cuestión es positiva es para
lo que Davidson ha elaborado una teoría de la interpretación.

Hay además un tercer problema. De acuerdo con el principio de composicionalidad, el


significado (condiciones de verdad) de un enunciado completo se obtiene a partir de los
significados (contribución a las condiciones de verdad) de las expresiones que lo componen,
más su articulación sintáctica. Esto parece requerir que, para describir los significados de las
expresiones del lenguaje, hayamos de empezar conociendo los significados de las expresiones
sub-oracionales. Al mismo tiempo, y en aparente contradicción con esta idea, el esquema de
axioma de la Convención T genera todas las descripciones de las condiciones de verdad de los
enunciados de L empezando por atribuir el predicado ‘__ es verdadero en L’, y sin suponer
que los significados son conocidos antes de que analicemos sus condiciones de verdad. Es
decir, la teoría comienza suponiendo que, desde el metalenguaje, podemos tener
conocimiento de cuándo diríamos que un enunciado es verdadero, y sólo después, a través
del análisis, se puede obtener su forma lógica –es decir, se determinan las expresiones
componentes y su contribución a la verdad o falsedad del enunciado. Pero esto sólo se hace
a partir de la precomprensión de qué circunstancias harían al enunciado verdadero (o falso).
Esto concuerda con la concepción holista de la relación entre pensamiento y lenguaje, o entre
creencias y aseveraciones, que antes exponíamos, y Davidson lo ha expresado afirmando que
hemos de comenzar suponiendo una pre-comprensión de la noción de verdad, que sería una

29
noción primitiva (pre-teórica, asumida como algo dado ya en el conocimiento de los/las
hablantes), antes de poder formular la teoría del significado que ha propuesto. Pero parece
que esta afirmación aún nos deja esperando alguna explicación más articulada de cómo se
relacionan todas estas nociones.

Interpretación radical: una teoría de la interpretación y el entendimiento lingüístico

¿Qué conocimiento se necesita tener para que sea posible entenderse lingüísticamente con
otros, con otras hablantes? Supongamos que somos intérpretes sin ningún conocimiento
previo de los significados ni las creencias de otras personas, cuya lengua desconocemos. Una
interpretación radical es la tarea a la que se enfrenta un intérprete que quiera llegar a
entenderse con una persona nativa de otra cultura y otra lengua, cuando ninguno de los dos
posee conocimiento previo alguno de la lengua o las creencias ajenas. El punto de partida de
este experimento mental es, por tanto, similar al que proponía Quine en su propia
investigación sobre traducción radical: una situación de triangulación epistémica en la que
están presentes el intérprete, la persona nativa interpretada y algún acontecimiento externo
que ambos pueden observar. Para Quine, se trataba de mostrar que es posible llegar a
comunicarse con la persona nativa sin más puntos de apoyo que la evidencia empírica,
incluida la observación de la conducta lingüística de la persona interlocutora (y presupuestas
la capacidad de asentir y disentir, así como la capacidad de reconocer este asentimiento y
disentimiento). La reconstrucción de Davidson en esa situación de triangulación epistémica
que él mismo investiga (y, al hacerlo, recuerda y se remite a Quine), sigue un proceso análogo
y reproduce las mismas etapas. Pero hay dos diferencias importantes con respecto al proceso
descrito por Quine que caracterizan, por tanto, la teoría de Davidson, y la convierten –según
su propia pretensión- en una teoría de la interpretación y el entendimiento lingüístico, y no
meramente en un ejercicio de hallar equivalentes funcionales para la traducción.

En primer lugar, cuando se alcanzaba el nivel de las hipótesis analíticas de traducción, Quine
afirmaba que lo que tiene lugar es una abierta proyección, por parte del traductor radical, de
sus propias estructuras lingüísticas, sin más. Para Davidson, lo que el intérprete va a hacer es
buscar, en la lengua interpretada, la teoría de la verdad correspondiente. Esto es, lo que se

30
proyecta no son directamente las propias estructuras lingüísticas, pero sí el presupuesto de
que a la lengua interpretada le subyacen estructuras de verdad análogas. Es decir, el
intérprete supone que los enunciados de la persona nativa interpretada poseen condiciones
de verdad que los hacen verdaderos (o falsos) en la situación de triangulación epistémica
descrita. El intérprete asume, por tanto, que en la persona interpretada hay una
precomprensión de la noción de verdad análoga a la suya, y dada igualmente con su
competencia lingüística: pues entender un enunciado equivale a conocer sus condiciones de
verdad, también en la lengua nativa.

Pero el intérprete tampoco sabe nada acerca de las creencias de la persona nativa. (Davidson
evita asumir cualquier presupuesto relativo a la hipotética realidad psicológica de esas
estructuras de verdad en las mentes individuales). Por esto, y como segunda diferencia
importante de Davidson respecto a Quine, es preciso atribuir al intérprete la aplicación de un
principio heurístico que guía su esfuerzo de interpretación: el principio de caridad. Conforme
a este principio, el intérprete tiene que suponer que la persona nativa es consistente y
correcta en sus aseveraciones y creencias. Que es consistente quiere decir que lo que asevera
se corresponde con lo que cree, que hay concordancia entre sus aseveraciones y sus
creencias, entre lo que dice y lo que piensa; y, además, que el modo en que se relacionan sus
aseveraciones entre sí y sus creencias entre sí es consistente, se corresponde con los
estándares generales de una racionalidad común. Que la persona nativa es correcta en sus
aseveraciones y creencias quiere decir que hay correspondencia entre lo que asevera o cree,
y el acontecimiento que ha motivado esa aseveración o creencia –de acuerdo con los criterios
de verdad del propio intérprete. Es decir, supone asumir por parte del intérprete un vínculo
causal entre creencias o aseveraciones y el objeto de cada creencia o aseveración (el cual, en
las primeras etapas de la interpretación y en esa situación paradigmática de la triangulación
epistémica, será un objeto percibido que incide causalmente, o así se asume que ocurre).

Estos dos presupuestos, contenidos ambos en el principio de caridad, permiten que la


interpretación avance en la dirección de maximizar el acuerdo con respecto a la verdad: el
intérprete tiene que suponer que lo que la persona nativa dice y cree se corresponde con lo
que él mismo, de acuerdo con sus propios estándares de racionalidad y su propia teoría de la
verdad, considera verdadero. Sólo así puede ir estableciendo correspondencias entre los

31
enunciados que él mismo tiene por verdaderos, y los que puede atribuir a la persona
interpretada como enunciados de su lengua tenidos igualmente por verdaderos por ella. A
continuación, será un análisis más detallado y contrastivo el que permitirá, paulatinamente,
asignar condiciones de verdad a los enunciados nativos y, con ello, encontrar más estructura
en ellos: es decir, encontrar las expresiones componentes que contribuyen a las condiciones
de verdad del enunciado de que se trate en cada caso.

En respuesta a una objeción, Davidson ha aceptado la posibilidad de que haya dos lenguas
completamente diferentes entre sí, o una con estructuras de verdad completamente ajenas
a las familiares en nuestro ámbito cultural, de tal modo que el proceso interpretativo sólo
identifique disimilaridades: pero entonces, responde Davidson, la interpretación ni siquiera
podría tener lugar. Por el contrario, es muy plausible imaginar que, una vez iniciada la
interpretación, el intérprete identificará desacuerdos con respecto a la verdad: pero, para que
esto ocurra, hace ver que es preciso haber avanzado antes mucho en la dirección de
maximizar el acuerdo: sólo podemos tener seguridad de que una misma aseveración es
verdadera (o falsa) para el intérprete, y por el contrario falsa (o verdadera) para la persona
nativa, cuando hemos interpretado lo suficiente como para poder considerar, con un grado
de fiabilidad suficiente, que dos aseveraciones son la misma, es decir, que dicen lo mismo en
relación con el mundo.

Davidson argumenta que el principio de caridad, que es un principio hermenéutico (sobre


cómo es posible la interpretación), enuncia un presupuesto de racionalidad común –de
coherencia y de correspondencia con los hechos- que no sólo es indispensable para que la
interpretación pueda tener lugar en esa situación imaginaria de la interpretación radical: su
tesis, más fuerte, es que todas las personas, en la medida en que somos hablantes
competentes de alguna lengua o lenguaje, somos intérpretes radicales. Esto equivale a
reconocer que, para entendernos con las demás personas, hemos de reconocerles una
racionalidad común (coherencia en sus aseveraciones y creencias, y correspondencia de éstas
con los hechos) y estructuras de verdad igualmente comunes. Pero reconoce, al mismo
tiempo, dos consecuencias de su reconstrucción del proceso interpretativo: la
indeterminación y el holismo.

32
Algunas consecuencias y algunas dificultades

Algunos detractores de Davidson le han enfrentado con la evidencia de que ese proceso de
interpretación que él reconstruye está sujeto a la indeterminación: un mismo corpus de
evidencia empírica (que incluya los acontecimientos percibidos y la conducta lingüística
observada en la comunidad interpretada) puede dar lugar a interpretaciones distintas e
incompatibles entre sí. Es decir, siempre es en principio posible pensar que puede haber más
de una interpretación para una lengua dada. Esto es lo que afirma la tesis de la
indeterminación de la interpretación radical, que Davidson enuncia y asume explícitamente.
Y esta tesis ha de verse conjuntamente con la tesis que afirmaba la inseparabilidad de
pensamiento y lenguaje. El proceso de interpretación reconstruido por Davidson pone de
manifiesto que, sobre la base de las premisas asumidas por él, esta separación no es posible:
el intérprete accede a las creencias de la persona nativa al interpretar sus aseveraciones,
pero, al mismo tiempo, sólo puede asignar condiciones de verdad (y, por tanto y a fortiori,
contenido de significado) a los enunciados aseverados cuando supone que éstos expresan lo
que la persona interpretada cree verdadero. De lo que se sigue, en consecuencia, una
concepción holista del pensamiento y el lenguaje.

Que pueda haber múltiples interpretaciones, igualmente concordantes con las exigencias de
la interpretación, puede representar un problema si además se exige la realidad psicológica
de esa teoría de la verdad obtenida en la interpretación. Davidson ha respondido que su
teoría no pretende realidad psicológica (no es una descripción de los procesos psicológicos
tal y como estos tienen lugar en las mentes individuales), sino que lo que él ofrece es una
teoría semántica del significado lingüístico (en términos de una teoría de la verdad), y que
esta teoría semántica va unida a una teoría de la interpretación por medio de la cual se hace
plausible la adecuación empírica de la primera. Así pues, la teoría de Davidson no pretende
realidad psicológica, y sólo reconstruye estructuras semánticas del lenguaje natural cuyo
dominio y aplicación hay que suponer dadas y subyaciendo a la competencia lingüística de
los/las hablantes.

Sin embargo, si objetamos que en el proceso interpretativo descrito ha de haber alguna


realidad (o requerimos que la haya), lo que encontramos es que en ningún momento la

33
interpretación llevada a cabo por el intérprete puede considerarse definitiva, si por definitiva
entendemos que arroje como resultado una descripción correcta de la teoría de la verdad de
la persona interpretada. Lo que hay, acepta Davidson, es una teoría inicial (una hipótesis, en
realidad, acerca de cuál puede ser la teoría de la verdad de la persona interpretada), y a
continuación un proceso continuo de ajuste de esta teoría inicial conforme avancen la
interpretación, revisión y corrección subsiguientes. A cada resultado provisional de este
proceso continuo Davidson lo llama teoría de ajuste.

Pero la imagen que queda, tras aceptar que el proceso de interpretación sólo da como
resultado una sucesión progresiva de teorías de ajuste, es la de que el entendimiento
lingüístico no descansa entonces sobre significados estables y comunes, sino sobre
aproximaciones sucesivas constreñidas por la exigencia de maximizar el acuerdo respecto a
la verdad. En un ensayo de tono provocador, Davidson ha afirmado que no hay lenguaje, si
por lenguaje hemos de entender lo que la filosofía o la lingüística han entendido
tradicionalmente. Es decir, no hay reglas o convenciones que garanticen significados
comunes. En su opinión, lo único que podemos afirmar –a partir de lo dado como evidencia
empírica- es que cada hablante posee su propio idiolecto (su propia teoría de la verdad), y
que el entendimiento lingüístico transcurre a través de procesos de interpretación como los
descritos.

(En otro ensayo Davidson ha estudiado el fenómeno de los ‘malapropismos’, es decir, de los
usos incorrectos de expresiones, como un fenómeno que le permite argumentar a favor de
su concepción: pues es perfectamente posible entender lo que ha querido decir un/a
hablante que emplea una expresión en desacuerdo con las convenciones lingüísticas. Aquí,
según él muestra, la interpretación se hace posible tan sólo a partir de la teoría de la verdad
del propio idiolecto y la aplicación del principio de caridad. El malapropismo siguiente: “Una
bonita disposición de epitafios”, se logra interpretar así, en el ejemplo que propone en su
ensayo, como la aseveración “Una bonita disposición de epítetos”).

Con carácter adicional a lo comentado hasta aquí, se han podido hacer dos críticas a la
semántica propuesta por Davidson y, en general, a cualquier teoría semántica que esté
basada en una teoría de la verdad tipo Tarski. La primera crítica toma en consideración lo que

34
se llama inferencias materiales: son inferencias que no están basadas en rasgos formales,
estructurales, de las oraciones. Esto es lo que ocurre ya en el caso de las inferencias basadas
en modificadores adverbiales, pero la dificultad es mucho más general y atañe a todas las
inferencias que se basan en los contenidos conceptuales de los enunciados. Por ejemplo: a
partir del enunciado “Valladolid está al noroeste de Madrid”, se puede inferir el enunciado
“Madrid está al sureste de Valladolid”. Si se pretendiera detallar, en la forma de una
deducción lógica, esta inferencia, sería preciso introducir de una manera artificiosa una gran
cantidad de premisas. La inferencia parece quedar mejor explicada si se analiza como una
inferencia material, basada en el conocimiento de la relación entre los conceptos ‘estar al
noroeste de’ y ‘estar al sureste de’.

La segunda crítica atañe a la necesidad, para la semántica lógica, de formular todos los
enunciados en la forma de una oración eterna. Este problema está directamente relacionado
con el ya tratado de las oraciones que incluyen expresiones indéxicas. Se argumenta que
cualquier enunciado, incluso si no contiene este tipo de expresiones, para poder ser declarado
verdadero o falso debería incluir explícitamente una especificación detallada del lugar,
instante temporal, etc. de la situación donde debería evaluarse. Por ejemplo, un enunciado
como “El césped es verde” no es verdadero o falso en términos absolutos, de una vez para
siempre; para poder describir sus condiciones de verdad completas, habría que especificar de
qué tipo de césped se habla, en qué periodo o momento temporal, qué espectro de color
abarca el predicado ‘es verde’, etc. Esta segunda crítica se integra en el debate reciente acerca
de la demarcación entre semántica y pragmática, que aquí no se abordará.

Cristina Corredor
UNED

35
Tema 6. Indéxicos y demostrativos

1. El problema de la sensibilidad contextual

El lenguaje natural se caracteriza por poseer expresiones cuyos referentes o valores


semánticos solo pueden determinarse en contexto. Tomemos el siguiente ejemplo:
‘Hoy está lloviendo’. El contenido veritativo-condicional de este enunciado, o la
proposición expresada por él, depende de manera crucial del momento en que
dicho enunciado es proferido. Si se profiere el día 1 de noviembre de 2024, el
enunciado dice que el día 1 de noviembre de 2024 está lloviendo; si se profiere el
día 2 de noviembre de 2024, el enunciado dirá que el día 2 de noviembre está
lloviendo, etc. Lo que se dice mediante un enunciado que contiene un indéxico (o
deíctico) o un demostrativo puede variar de contexto a contexto. Además, esta
variación en el contenido puede llevar aparejada una variación en el valor de
verdad: el enunciado podría ser verdadero al ser usado el día 1 de noviembre de
2024, pero falso al ser usado el día 2 de noviembre de 2024. Sus condiciones de
verdad dependen de a qué día refiera la expresión ‘hoy’.

En este tema estudiaremos algunos problemas que suscita la sensibilidad


contextual y cómo acomodarla en una teoría semántica. Para comezar, conviene
distinguir dos formas en que el significado depende del contexto. En primer lugar,
la presencia de pronombres personales (‘yo’, ‘tú’), demostrativos (‘esto’), adverbios
temporales y de lugar (‘ahora’, ‘aquí’) y otros elementos deícticos hace que el
contenido proposicional de un enunciado varíe de contexto a contexto. En segundo
lugar, una vez que el contenido proposicional ha sido fijado, el enunciado puede
usarse para transmitir diferentes mensajes. Así, un enunciado como ‘Hoy está
lloviendo’ podría usarse, en ciertos contextos, para declinar una invitación. La

1
pragmática se ocupa de esta segunda forma en que el contexto de uso es relevante
para la comunicación. Por el contrario, la primera forma de dependencia contextual
suele considerarse una cuestión semántica. Dado que tiene que ver con las
condiciones de uso, es importante señalar que no se trata de una cuestión
exclusivamente semántica. Algunos autores, como Cresswell, consideran la
sensibilidad contextual como una cuestión pragmática y hablan de ‘pragmática
semántica’ (en contraposición a la pragmática pragmática). No obstante, es
importante tener en cuenta que la dependencia contextual es algo a lo que
cualquier teoría semántica debe enfrentarse. El motivo es que la semántica se
ocupa del significado, entendido como condiciones de verdad. Una teoría
semántica, o una teoría del significado, debe poder asignar a cada enunciado de un
lenguaje dado sus condiciones de verdad, ya sea como una instancia del esquema
V (Davidson) o como una intensión que determine el valor de verdad del enunciado
en cada mundo posible. En el caso de los enunciados con expresiones sensibles al
contexto, esto solo puede hacerse teniendo en cuenta el contexto de uso. En este
tema nos ocuparemos de esta primera forma en que el significado puede depender
del contexto de uso.

La primera cuestión a la que nos enfrentamos es la de establecer cuánta


sensibilidad contextual hay en los lenguajes naturales. Las lenguas como el
español contienen expresiones cuyos referentes son abiertamente dependientes
del contexto: ‘yo’, ‘ella’, ‘aquí’, ‘esto’, etc. Cuál sea el referente de ‘yo’ dependa de
quién profiera esta expresión; a quién refiere ‘ella’ depende de a qué mujer señale
el hablante, o que mujer destaque en la conversación; ‘aquí’ refiere al lugar de
proferencia; y ‘esto’ refiere, digamos provisionalmente, al objeto al que el hablante
señale. No obstante, más allá de estos indéxicos o deícticos y demostrativos que
forman el conjunto básico de expresiones sensibles al contexto, en español
encontramos otras muchas expresiones cuyo valor semántico parece depender del
contexto. Por ejemplo, la expresión ‘es alto’ parece requerir una clase de referencia
contextualmente determinada. Si, mirando a un grupo de niños de 5 años, digo
‘Ernesto es muy alto’, lo que mi proferencia viene a decir es que Ernesto es muy alto
para un niño de 5 años. Si, por el contrario, estuviéramos hablando de jugadores de

2
baloncesto, lo que mi proferencia diría es que Ernesto es muy alto en tanto que
jugador de baloncesto. El valor semántico de ‘es alto’ ha variado al cambiar de
contexto: el conjunto de individuos que satisfacen este predicado es relativo a la
clase de referencia (manteniendo estables las propiedades físicas de los
individuos). Consideremos otro ejemplo. A pesar de que el enunciado ‘Estamos en
otoño’ no contiene ninguna expresión que sea de manera obvia un indéxico o un
demostrativo, su valor de verdad depende del hemisferio en que se pronuncie.
Otras expresiones que parecen ser sensibles al contexto incluyen otros adjetivos
que admiten gradación (‘rico’, ‘rápido’), términos de color (‘es verde’),
cuantificadores (‘todos’) e incluso, de acuerdo con algunos filósofos, las
atribuciones de conocimiento (‘S sabe que p’). Actualmente no hay consenso
acerca de cuánta sensibilidad contextual contienen los lenguajes naturales.
Mientras que algunos filósofos intentan reducir el número de expresiones sensibles
al contexto a un mínimo, otros sostienen que la mayoría de nuestras expresiones
exhiben alguna forma de sensibilidad contextual. En lo que sigue nos centraremos
en indéxicos y demostrativos y dejaremos abierta la cuestión de cómo tratar otras
expresiones aparentemente sensibles al contexto.

2. Kaplan: carácter y contenido

¿Cuál es el significado de un indéxico? El descriptivismo tradicional identifica el


significado de los indéxicos con el contenido descriptivo que el hablante asocia con
la expresión. Por ejemplo, en el caso de ‘yo’, este contenido descriptivo sería
equivalente a ‘el emisor de la proferencia’.

Kaplan argumenta que este tipo de descriptivismo es erróneo. En concreto,


argumenta que este descriptivismo hace predicciones incorrectas acerca de las
condiciones en que dos personas dicen lo mismo. Consideremos el siguiente
ejemplo. Imaginemos que David y Ruth dicen ‘Yo estudio Filosofía’. A pesar de que
hay un sentido en que ambos han dicho lo mismo (han proferido el mismo
enunciado), hay un sentido más fuerte en que han dicho cosas diferentes: David ha
dicho que David estudia Filosofía, mientras que Ruth ha dicho que Ruth estudia

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Filosofía. Una teoría adecuada debe captar estas diferencias de contenido. Sin
embargo, el descriptivismo no lo hace. De acuerdo con el descriptivismo, el
contenido de ambos enunciados vendría a ser que el emisor de la proferencia
estudia Filosofía.

Para dar cuenta de este tipo de datos acerca de identidad y diferencias de


contenido, Kaplan propone distinguir dos tipos de significado: carácter y contenido.
El carácter es el significado convencional, y se entiende como una regla que
determina, en cada contexto, el contenido. En cuanto al contenido, siguiendo las
teorías externistas de la referencia directa, Kaplan lo identifica con el referente.

Veamos primero el contenido de las expresiones simples y después de los


enunciados completos. En la teoría de Kaplan, cada contexto tiene asociado un
agente, un tiempo y un lugar. Podemos entender estos elementos como rasgos
objetivos del contexto: el individuo que profiere el enunciado, el momento en que
ocurre la proferencia y el lugar. El contenido de ‘yo’ es entonces el agente del
contexto. El carácter de esta expresión, dado un contexto, selecciona al agente del
contexto como su contenido en ese contexto. De modo análogo, el contenido de
‘ahora’ es el tiempo del contexto y el contenido de ‘aquí’ es el lugar del contexto. En
lugar de asignar un contenido (referente) directamente a la expresión, como en el
caso de los nombres propios, en los indéxicos el contenido (referente) es relativo al
contexto. A su vez, Kaplan entiende el contenido del enunciado completo como una
proposición estructurada. Una proposición estructurada es una proposición cuyos
constituyentes son individuos, propiedades y relaciones. En el ejemplo anterior, si
es David quien profiere el enunciado ‘Yo estudio Filosofía’ (David es el agente del
contexto), el contenido de su enunciado será la proposición ⟨David, estudiar
Filosofía⟩.

De este modo, la propuesta de Kaplan se aleja del descriptivismo tradicional y opta


por un marco externista en el que el estado mental del hablante no fija la referencia.
El referente de un indéxico como ‘yo’ no está fijado por ningún contenido descriptivo
que el hablante asocie con la expresión, sino por una regla que apunta a
características objetivas del contexto; en concreto, para ‘yo’, al hablante, para ‘aquí,
al lugar, etc. Esta elección no es arbitraria, sino que hay buenas razones para pensar

4
que el externismo es la teoría correcta para estas expresiones. En favor de la
preferencia por un marco externista puede aducirse el siguiente tipo de ejemplo.
Imaginemos a alguien que está de viaje y va pasando por varios pueblos. En un
punto del viaje se detiene, pensando que está en el pueblo X. Sin embargo, ya ha
dejado X atrás y se encuentra en Y. En ese momento dice ‘Voy a aparcar aquí’,
pensando que se encuentra en X. Pues bien, sea lo que sea que tiene en mente,
‘aquí’ refiere a Y, no a X. La conclusión que se sigue de este ejemplo es que el
referente viene dado por el lugar objetivo en el que se realiza la preferencia,
independientemente del contenido que asocie el hablante con este indéxico. (Más
adelante plantearemos algunas dudas acerca de que ‘aquí’ siempre adquiera si
referencia a la manera kaplaniana, en virtud de un rasgo objetivo del contexto).

La distinción kaplaniana entre carácter y contenido tiene cuatro importantes


ventajas. En primer lugar, y volviendo a un ejemplo anterior, nos permite captar el
hecho de que, a pesar de usar el mismo enunciado, David y Ruth dicen cosas
diferentes al proferir ‘Yo estudio Filosofía’. La explicación kaplaniana es que hay un
mismo enunciado pero que este expresa dos contenidos diferentes.
Conversamente, diferentes enunciados pueden decir lo mismo. Supongamos que
David dice ‘Yo estudio Filosofía’ y Ruth, señalando a David, dice ‘Tú estudias
Filosofía. En este caso, a pesar de haber utilizado enunciados con diferente
carácter (significado convencional, independiente del contexto), David y Ruth han
expresado el mismo contenido, a saber, que David está cansado. Las nociones de
carácter y contenido sirven para explicar cómo podemos decir lo mismo usando
diferentes enunciados y cómo podemos decir cosas diferentes usando el mismo
enunciado. Por el contrario, una teoría que no distinga dos niveles de significado
sería insuficiente para captar este tipo de acuerdos y desacuerdos.

En segundo lugar, permite captar el estatus lógico de algunos enunciados


peculiares. Consideremos el enunciado ‘Estoy aquí ahora’. Este enunciado tiene un
aire de inevitabilidad: es verdadero cada vez que lo pronuncio. Es más, sabemos
que es verdadero sin necesidad de realizar ninguna observación, a priori. No
obstante, no se trata de una necesidad metafísica: yo podría haber estado ahora en
cualquier otro lugar, y no donde de hecho estoy. Esto puede verse fácilmente si

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consideramos el contenido que este enunciado expresa en un contexto dado.
Imaginemos que David dice ‘Estoy aquí ahora’ en Madrid el día 1 de noviembre. En
este contexto, el contenido de la proferencia es que David está en Madrid el día 1
de noviembre. Esto es un hecho contingente. Hay mundos posibles en que David
está en Barcelona, y no en Madrid, el día 1 de noviembre, por ejemplo. Se trata, en
definitiva, de una verdad contingente que David conoce a priori. Usando la teoría de
Kaplan, podemos explicar lo distintivo de este tipo de enunciados como algo que
tiene que ver no con el contenido, sino con el carácter. El aire de inevitabilidad del
enunciado proviene del hecho de que el carácter garantiza que el contenido
expresado será siempre verdadero en el mundo real.

En tercer lugar, la distinción entre carácter y contenido nos permite acomodar la


naturaleza descriptiva de los indéxicos y, al mismo tiempo, el hecho de que se trata
de designadores rígidos. Empecemos con la naturaleza descriptiva. La expresión
‘yo’ tiene asociado un contenido descriptivo, algo así como ‘el emisor de la
proferencia’. Ahora bien, si su significado se agotara ahí, sería difícil explicar cómo
es que enunciados como ‘Yo podría no estar diciendo esto’ pueden ser verdaderos.
Si nos limitamos al contenido descriptivo, este enunciado vendría a decir que el
emisor de la proferencia podría no estar hablando, lo cual tiene un aire paradójico.
La solución, de nuevo, consiste en distinguir carácter y contenido. Mientras que el
carácter del enunciado tiene un aire paradójico, su contenido no lo tiene en
absoluto. Supongamos que es David quien está hablando. El contenido del
enunciado es que cierto individuo en concreto, David, podría no estar hablando. Y
esto es verdadero. De este modo, los indéxicos parecen comportarse como
designadores rígidos, al igual que los nombres propios. Una vez seleccionado su
referente, refiere a él en todo mundo posible.

Finalmente, la teoría de Kaplan permite explicar la significación cognitiva de los


deícticos. Explicaremos esto en el siguiente apartado.

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3. La significación cognitiva de los indéxicos

Además de motivar una revisión del contenido de las expresiones lingüísticas, los
indéxicos plantean algunas cuestiones interesantes acerca del contenido de
nuestras creencias. En concreto, los indéxicos tienen un rol cognitivo que los hace
irreemplazables por expresiones no indéxicas.

Perry (1979) imagina el siguiente ejemplo. John está en un supermercado,


empujando su carrito, cuando ve un rastro de azúcar en el suelo. Según va y viene,
el rastro va haciéndose más grueso, y piensa ‘El comprador está dejando el suelo
hecho un desastre’. Al cabo de unos minutos cae en la cuenta de lo que está
ocurriendo: él mismo es el comprador que deja el rastro de azúcar. Piensa ‘Yo estoy
dejando el suelo hecho un desastre’. Entonces, deja de mover el carro de un lado
para otro.

Este ejemplo muestra que el indéxico, en este caso ‘yo’, tiene una significación
cognitiva de la que carecen las expresiones no indéxicas. Las expresiones indéxicas
funcionan como elemento autolocalizadores y motivan la acción, algo que no
hacen las expresiones no indéxicas. Lo que motiva el cambio de conducta de John
es el paso a la creencia ‘Yo estoy dejando el suelo hecho un desastre’. Para ver más
clara la diferencia, comparemos este enunciado, tal como lo usa John, con otro en
el que el sujeto refiere a la misma persona: ‘John está dejando el suelo hecho un
desastre’. ¿Tiene este segundo enunciado el efecto motivador del primero? Perry
argumenta que, por sí solo, no lo tiene. Para que la creencia de que John está
dejando el suelo hecho un desastre tenga carácter motivador, John debe además
creer ‘Y yo soy John’.

De acuerdo con una concepción clásica de la creencia, una creencia es una


relación entre un individuo y un contenido o proposición. Perry argumenta que si
combinamos esta concepción clásica con las teorías tradicionales del contenido,
tales como las teorías que entienden el contenido como proposiciones russellianas
o singulares o simplemente como condiciones de verdad, entonces llegamos a un
problema. El motivo es que, en estas teorías, ambos enunciados comparten
contenido. ‘John está dejando el suelo hecho un desastre’ y ‘Yo estoy dejando el

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suelo hecho un desastre’, proferido por John, expresan la misma proposición
singular, ya que ‘John’ y ‘yo’, en ese contexto, refieren al mismo individuo. Por el
mismo motivo, comparten condiciones de verdad. Si la creencia es una relación
entre un individuo y una proposición, entonces las creencias de John, con o sin
indéxico, deberían ser equivalentes. Pero no lo son. Una tiene la capacidad de
motivar una acción, mientras que la otra no lo hace. Esto es importante, porque una
buena teoría de la creencia debe poder explicar la conexión entre creencias y
acciones.

La distinción entre carácter y contenido ofrece aquí una solución. (Perry habla de
estados de creencia y proposiciones, pero aquí mostraremos cómo solucionar el
puzle utilizando las nociones de Kaplan.) Lo que muestra el ejemplo de Perry es que
creencias con el mismo contenido pueden tener diferente significación cognitiva.
La significación cognitiva es el rol motivador de acción que tiene la creencia. Pues
bien, el contenido, ya sea entendido como condiciones de verdad o como
proposición singular, no nos sirve para explicar la significación cognitiva. Ahora
bien, la teoría de Kaplan tiene otro tipo de significado: el carácter, y este sí puede
explicar el rol motivador de la creencia. Lo que varía en el ejemplo de Perry, y lo que
hace que Perry cambie su conducta, es precisamente el carácter bajo el que cree
la proposición. La conclusión que se sigue de esta discusión es que es necesario
añadir la dimensión del carácter al análisis de la creencia. La creencia vendría a ser
una relación entre un agente y una proposición (contenido) mediada por un
carácter. Uno puede creer una proposición bajo un determinado carácter (‘El
comprador que ha pasado por aquí ha dejado el suelo hecho un desastre’), pero no
bajo otro (‘Yo he dejado el suelo hecho un desastre’). Y es el carácter lo que explica
la significación cognitiva.

4. Carácter y contenido en una teoría semántica intensional

Hasta aquí hemos visto la distinción entre carácter y contenido y sus ventajas
explicativas. En lo que sigue vamos a ver cómo integrarla en una teoría semántica.

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Una teoría del significado, o teoría semántica, tiene como tarea la de asignar a cada
enunciado de un lenguaje sus condiciones de verdad. En una teoría semántica
intensional las condiciones de verdad toman la forma de intensiones que dan el
valor de verdad del enunciado en cada mundo posible. En este apartado vamos a
estudiar cómo adaptar una teoría semántica intensional para que pueda dar cuenta
no solo de enunciados cuyas condiciones de verdad permanecen estables en todo
contexto, sino también de enunciados con expresiones sensibles al contexto. En
concreto, seguiremos la teoría propuesta por Kaplan (1977/1989), una propuesta
que ha sido enormemente influyente.

El punto de inicio es el siguiente. Un enunciado como ‘Yo estudio Filosofía’ (o,


simplemente, ‘Estudio Filosofía), no puede analizarse utilizando únicamente las
herramientas básicas de las teorías semánticas intensionales. La razón es que no
es posible asignar una intensión constante a este enunciado. Podemos ver esto
fácilmente si nos planteamos la siguiente pregunta: ¿es el enunciado verdadero o
falso en el mundo real? La respuesta es que depende. ‘Yo estudio Filosofía’ puede
ser verdadero si lo pronuncia David, pero falso si lo pronuncia Ruth.

Como hemos visto, para dar cuenta de las variaciones en el contenido expresado
por los indéxicos Kaplan distingue dos niveles de significado: el enunciado tiene un
único significado lingüístico o carácter, pero expresa diferentes contenidos en
diferentes contextos. Esta distinción es crucial porque los indéxicos, a pesar de
tener un significado lingüístico (convencional) estable, solo tienen contenido en, o
respecto de, un contexto. Kaplan, en concreto, concibe el contenido como una
proposición estructurada. No obstante, a la hora de proponer una teoría semántica,
identifica el valor semántico (de una expresión, en un contexto) con la intensión.
(Podemos ver la relación entre estas dos nociones de contenido de la siguiente
forma: una proposición estructurada determina una intensión).

En una teoría intensional básica, el significado se concibe como una intensión; esta
intensión determina el valor de verdad del enunciado en el mundo real (y en todo
mundo posible). En el caso de un enunciado que contenga algún indéxico, sin
embargo, la intensión es relativa al contexto. La idea central de la teoría de Kaplan
es la siguiente. El enunciado ‘Yo estudio Filosofía’ dice cosas diferentes en

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contextos diferentes (que David estudia Filosofía, que Ruth estudia Filosofía…
según quién sea el hablante), por lo que tiene intensiones diferentes en contextos
diferentes y, consecuentemente, valores de verdad diferentes en contextos
diferentes. En lugar de asignar un único contenido al enunciado, necesitamos una
teoría que asigne al enunciado una regla que determine, en cada contexto, el
contenido del enunciado en ese contexto. Aquí es donde entra la distinción entre
carácter y contenido.

Empezamos con el carácter de cada enunciado. El carácter no es aún una


intensión, sino una regla que nos da, para cada contexto, lo que el enunciado dice
en ese contexto. Este ‘lo que se dice’ ya sí puede entenderse como una intensión.
La intensión del enunciado en un contexto se entiende de la manera usual, esto es,
como una regla o función que determina, para cada mundo posible, si el enunciado
es verdadero o falso en ese mundo. Utilizando la terminología de Kaplan, podemos
resumir la teoría del siguiente modo:

(i) El carácter del enunciado determina el contenido del enunciado en cada


contexto.

(ii) El contenido del enunciado determina el valor de verdad del enunciado en cada
mundo posible.

En realidad, en la teoría kaplaniana, el contenido determina un valor de verdad no


respecto de cada mundo posible, sino de cada circunstancia de evaluación. Por
‘circunstancia de evaluación’ Kaplan entiende un par formado por un mundo
posible y un tiempo. Con el objeto de simplificar, en lo que sigue identificaremos la
circunstancia de evaluación simplemente con un mundo posible.

Podemos representarlo de manera gráfica en la siguiente figura:

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Carácter Contexto

Circunstancia de evaluación
Contenido

Valor de verdad

Veamos cómo funcionaría la teoría aplicada a un ejemplo. Imaginemos dos


contextos. En el contexto A, David es el hablante y profiere ‘Yo estoy cansado’. En el
contexto B, Pedro es el hablante y profiere ‘Yo estoy cansado’. De acuerdo con la
teoría kaplaniana, el carácter de ‘Yo estoy cansado’ determina un contenido en
cada contexto; este contenido, a su vez, determina un valor de verdad en cada
mundo posible. En el contexto A, el contenido del enunciado es que David está
cansado. Si en el mundo real David está cansado, el contenido será verdadero. En
los mundos posibles en que David no esté cansado, el contenido será falso. En el
contexto B, el enunciado dice que Pedro está cansado. Si en el mundo real Pedro
está cansado, el contenido será verdadero. En los mundos posibles en que Pedro
no esté cansado, el contenido será falso.

Una vez definida para enunciados con indéxicos, la teoría semántica de Kaplan
puede ampliarse al resto de enunciados y entenderse como una teoría semántica
general. En el caso de enunciados con indéxicos, hemos visto que el carácter es
una regla no constante que determina contenidos diferentes en contextos
diferentes. Ampliando la noción de carácter a cualquier enunciado, podemos decir
que el carácter de un enunciado sin indéxicos (‘David estudia Filosofía’) es una regla
constante que determina el mismo contenido en cualquier contexto de uso.

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5. Indéxicos puros e impuros

Algunos filósofos, como Kaplan (1989) y Perry (2001), distinguen dos tipos de
indéxicos, según cómo se fije su referencia en el contexto de uso. Kaplan distingue
entre lo que denomina indéxicos puros, esto es, expresiones como ‘yo’ o ‘aquí’ e
impuros, como ‘esto’ o ‘ella’. De manera similar, Perry distingue indéxicos
automáticos y discrecionales.

Los indéxicos puros obtienen su referente de manera automática, en virtud de las


características objetivas del contexto de uso. Imaginemos que David dice ‘Yo estoy
cansado’. En este caso, el hecho de que ha sido David quien ha proferido el
enunciado es suficiente para determinar el referente de ‘yo’. No es necesaria
ninguna pista adicional. Podemos decir que los indéxicos puros son autosuficientes
o automáticos: dado un contexto, el referente está determinado de modo
automático, sin necesidad de que el hablante indique de ningún modo a qué tiene
intención de referir. De acuerdo con Kaplan, ocurre lo mismo con los indéxicos
‘aquí’ y ‘ahora’. Al igual que el hablante, el lugar y el tiempo vienen dados por las
características objetivas del contexto, y con ello el referente de estas expresiones
se determina de manera automática.

Por el contrario, el referente de un indéxico impuro depende de algo más que la


situación de habla. Imaginemos el siguiente ejemplo. David dice ‘Dame eso’. Para
poder averiguar a qué objeto refiere ‘eso’ en esta ocasión de uso, no es suficiente
con atender a los rasgos objetivos del contexto. Los indéxicos impuros no son
autosuficientes. Surge entonces la siguiente cuestión: ¿cómo se determina el
referente de los demostrativos? ¿Cuál es el carácter de ‘esto’ o ‘eso’?

Los usos de demostrativos vienen a menudo acompañados de gestos ostensivos.


Habitualmente, al utilizar una expresión como ‘esto’ no solo proferimos la
expresión, sino que simultáneamente señalamos hacia el objeto en cuestión. Por
tanto, una posible respuesta a la pregunta por la determinación de la referencia de
un demostrativo es que su referente está determinado por el gesto ostensivo que
acompaña la referencia. A qué refiera ‘eso’ en la proferencia de David dependerá de
a qué objeto señala David. Sin embargo, esta primera opción se enfrenta a dos

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problemas. En primer lugar, el gesto de señalar suele ser ambiguo. Supongamos
que David quiere que le den un bolígrafo que hay sobre la mesa. Muy
probablemente, su gesto no conseguirá discernir entre el bolígrafo, la mesa sobre
la que reposa o la libreta que hay a su lado. En segundo lugar, podemos usar de
manera correcta un demostrativo sin necesidad de acompañarlo de un gesto
ostensivo. Imaginemos a alguien frente a la puerta de su casa que saca, por
descuido, la llave equivocada del bolsillo. Su pareja le advierte: ‘Esa no es’. Incluso
aunque no señale a la llave, podemos afirmar que el referente de ‘esa’ es la llave
que acaba de sacar del bolsillo la primera persona.

Este último ejemplo sugiere que el referente no es el objeto señalado, sino el objeto
más destacado del contexto. De acuerdo con esta segunda opción, el carácter del
demostrativo sería algo así como ‘la entidad más destacada del contexto’. En el
ejemplo anterior, la llave que acaba de ser sacada del bolsillo es la entidad más
destacada del contexto. No obstante, cabría objetar que esta regla es
excesivamente vaga. Además, es insuficiente para dar cuenta de los casos en que
la misma expresión se usa más de una vez para referir a objetos diferentes, como
en ‘Ella vive en Barcelona, pero ella vive en Valencia’. De acuerdo con esta segunda
opción, la regla de ‘ella’ sería algo como ‘la mujer más destacada en el contexto’.
Aquí, sin embargo, necesitamos una regla que nos dé dos referentes para esta
expresión.

Por último, una tercera opción es sostener que el referente de un demostrativo es


aquella entidad a la que el hablante tiene intención de referir. Este tipo de teoría se
denomina intencionalista, ya que son las intenciones del hablante las encargadas
de fijar el referente. La teoría intencionalista cuadra bien con el hecho de que, en
muchas ocasiones, el uso del demostrativo no va acompañado de un gesto externo.
Para estos casos, la intención funcionaría como un gesto interno, que dirige hacia
el referente.

En contra de la teoría intencionalista, Kaplan ha aducido el siguiente ejemplo.


Imaginemos a un profesor sentado en su despacho. En la pared que está a su
espalda, el profesor ha tenido desde hace tiempo colgado un retrato de Carnap.
Pero resulta que, en su ausencia y sin que se dé cuenta, alguien lo ha cambiado por

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un retrato del vicepresidente de Estados Unidos Spiro Agnew. Sin volverse hacia
atrás, el profesor dice, señalando al retrato, ‘Este es un retrato de uno de los
mejores filósofos del siglo XX’. De acuerdo con Kaplan, lo que dice el profesor es
algo falso, a saber: que el retrato de Agnew es el retrato de uno de los mejores
filósofos del siglo XX. El ejemplo apoya la teoría ostensiva, no la intencionalista.

Ahora bien, este tipo de casos no tienen que por qué ser incompatibles con el
intencionalismo. Que el intencionalismo haga la predicción correcta o no va a
depender de cómo se entiendan las intenciones del hablante. En este sentido, una
posible respuesta es que la intención del hablante de referir a Carnap procede a
través de la intención de referir a la persona que aparece en el retrato. La idea aquí
es la siguiente. Además de la intención de referir a cierto individuo u objeto, los
hablantes tienen intenciones acerca de cómo hacerlo, por ejemplo, de referir
mediante un gesto ostensivo. De acuerdo con un intencionalismo más refinado, es
esta segunda intención, esto es, la intención de referir a través de un gesto
ostensivo, la que fija el referente. De este modo, un intencionalista puede sostener
que el referente de ‘este’ en la proferencia del profesor es el retrato de Agnew.

Al comienzo de esta sección distinguimos indéxicos puros e impuros y


presentamos los indéxicos puros como aquellos que obtienen su referente de
manera automática y autosuficiente. Sin embrago, esta distinción, por intuitiva que
parezca, presenta una importante dificultad. Como señala Perry, no está claro que
expresiones como ‘aquí’ o ‘ahora’ obtengan su referente de manera automática, en
virtud de las características objetivas del contexto de uso. Tomemos como ejemplo
‘aquí’. Supongamos que alguien dice ‘Aquí hace calor’. Si ‘aquí’ fuera un indéxico
puro, automático, el contexto proporcionaría por sí solo un referente. En este caso,
un lugar. Ahora bien, a qué lugar refiere ‘aquí’ es a menudo una cuestión abierta:
puede referir a la habitación en la que tiene lugar la conversación, la ciudad, el
país… Es más, ‘aquí’ puede usarse para referir a otros lugares diferentes del lugar
de proferencia. Imaginemos a dos amigas decidiendo dónde van a pasar sus
vacaciones. Una de ellas, señalando un mapa, dice ‘Aquí hace calor’. En este
escenario, ‘aquí’ no refiere al lugar de proferencia, sino al lugar señalado en el
mapa. La conclusión que se sigue de esto es que para determinar el referente de

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‘aquí’ no basta con las características objetivas del contexto, tal como ocurría con
‘eso’. Ejemplos similares pueden generarse para ‘ahora’. Este tipo de
consideraciones sugieren que las intenciones o gestos del hablante, o qué sea
destacado en el contexto, pueden ser también relevantes para determinar el
referente de estas expresiones.

6. Recapitulación: la referencia

Entre otros propósitos, usamos el lenguaje para hablar del mundo. Si digo, por
ejemplo, ‘Perry es un gran filósofo’, digo algo acerca de Perry. Para ello, me sirvo de
una expresión lingüística, el nombre propio ‘Perry’, que refiere al individuo acerca
del que quiero decir algo. Los nombres propios son el ejemplo paradigmático de
expresión referencial, pero los lenguajes naturales contienen otras palabras cuya
principal misión es la de referir a individuos o entidades en el mundo. Los indéxicos
y las descripciones definidas pertenecen también a este tipo de expresiones.

En este curso hemos estudiado algunas de las preguntas que suscitan este tipo de
expresiones, tales como ¿Cuál es el significado de las expresiones referenciales?
¿Puede identificarse el significado con la referencia? A modo de conclusión, vamos
a detenernos en una pregunta de carácter metasemántico: ¿Cómo se fija la
referencia de las expresiones referenciales? ¿Cómo llegan a referir estas
expresiones?

Hemos estudiado, en diferentes niveles de detalle, cuatro posibles respuestas a


esta pregunta. De acuerdo con el modelo descriptivista, las expresiones refieren en
virtud de estar asociadas con un contenido descriptivo que identifica a un individuo
o entidad particular como su referente. De acuerdo con el modelo causal, las
expresiones refieren en virtud de estar asociadas con una cadena de usos que llega
hasta el bautismo inicial en que se emparejó la palabra con su referente. De
acuerdo con el modelo del carácter, las expresiones refieren en virtud de estar
asociadas con una regla que identifica elementos públicos del contexto.
Finalmente, de acuerdo con el modelo intencionalista, las expresiones refieren en

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virtud de ser usadas de manera intencional para referir a ciertos individuos o
entidades.

Claudia Picazo

UNED

Referencias bibliográficas:

Braun, David, "Indexicals", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Summer 2017


Edition), Edward N. Zalta (ed.), URL =
<[Link]

Kaplan, David. 1989. ‘Demonstratives: An Essay on the Semantics, Logic,


Metaphysics, and Epistemology of Demonstratives and Other Indexicals,’ in
J. Almog, J. Perry, and H. Wettstein (eds.), Themes from Kaplan, Oxford:
Oxford University Press.

Michaelson, Eliot, "Reference", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Fall 2024


Edition), Edward N. Zalta & Uri Nodelman (eds.), URL =
<[Link]

Perry, John. 1979. ‘The Problem of the Essential Indexical,’ Noûs, 13: 3–21

- 2001. Reference and Reflexivity, Stanford, CA: CSLI Publications.

De los textos de Kaplan y Perry hay traducción en:

López Palma, Helena (ed.). 2004. La deixis. Lecturas sobre los demostrativos y los
indiciales. Axac.

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