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VVGHHHH 33

La duquesa de La Tour de Embrease se encuentra en una situación económica desesperada, teniendo que empeñar su anillo de matrimonio debido a la falta de dinero. Su marido, el duque, vive en la indiferencia y despreocupación, mientras su hija Germana sufre de una enfermedad terminal. La familia enfrenta una miseria profunda, reflejada en su escaso recurso material y la pérdida de amistades en tiempos difíciles.

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VVGHHHH 33

La duquesa de La Tour de Embrease se encuentra en una situación económica desesperada, teniendo que empeñar su anillo de matrimonio debido a la falta de dinero. Su marido, el duque, vive en la indiferencia y despreocupación, mientras su hija Germana sufre de una enfermedad terminal. La familia enfrenta una miseria profunda, reflejada en su escaso recurso material y la pérdida de amistades en tiempos difíciles.

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TEXTO 3-"GERMANA" EDMOND ABOUT

Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empeñar un


objeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la
duquesa no tenia ni un céntimo en casa y no se vive sin dinero, por más
que el crédito sea el gran resorte del comercio en Paris. Se compran
muchas cosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador
una tarjeta con un nombre conocido y una dirección elegante. Podéis
amueblar vuestra casa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero
sin que tengais necesidad de enseñar el color de vuestros escudos, Pero
hay mil gastos cotidianos que no se hacen más que con el dinero en la
mano. Un vestido se toma a crédito, pero los remiendos se pagan al
contado. Algunas veces es más fácil comprar un reloj que una col. La
duquesa disponia de un resto de credito que cultivaba con un cuidado
religioso, pero, en cuanto al dinero, no sabia cómo procurarse. El duque
de La Tour de Embrease ya no tenia amigos: los había gastado como el
resto de su fortuna. Tal compañero de

colegio nos profesa cariño hasta mil francos; tal camarada de placer
llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivo representa un valor
de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree libre de todos los deberes de
la amistad, no tiene nada de que reprochar, ya no os debe nada; tiene el
derecho de desviar la vista cuando los encuentra y de negaros la
entrada. cuando llamáis a su puerta. Las amigas de la duquesa se
habian ido apartando de ella una después de otra. La amistad de las
mujeres es seguramente más cordial que la de los hombres, pero en uno
y otro sexo no hay afecto duradero más que para sus iguales. Se
experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escalera
estrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muy
pocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con la
desgracia de los demás. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellas
que la llamaban Margarita, habian sentido enfriarse su corazón en aquel
departamento sin alfombras y sin fuego, y ya habian dejado de ir.
Cuando se les hablaba de la duquesa, hacian su elogio, la compadecian
sinceramente y declan: Nos queremos como siempre, pero no nos
vemos casi nunca. ¡Su marido tiene la culpa! En aquel abandono
lamentable, la duquesa recurria al último amigo de los desgraciados, un
acreedor que presta a un interés muy elevado, es verdad, pero sin
objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardaba sus alhajas, sus
encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y el penúltimo colchón
de su cama. Lo había empeñado todo a la vista del propio duque que
veia marchar uno a uno todos los objetos de su mobiliario,
despidiéndose alegremente de ellos. Aquel incomprensible viejo vivia en
su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse del porvenir y
diciendo: ¡Después de mi, el diluvio! Se levantaba ya tarde, almorzaba
con excelente apetito, se pasaba una hora en el tocador, se teñía el
pelo, se ponia colorete, se pulia las uñas y paseaba sus gracias por Paris
hasta la hora de comer. No mostraba la menor extrañeza cuando veía
una buena comida sobre la mesa, y era demasiado discreto para
preguntar a su mujer cómo la habia logrado. Si la comida era magra, se
condolia humoristicamente y sonreia a la mala fortuna como otras veces
a la buena. Cuando Germana empezó a toser, bromeó alegremente
sobre tan mala costumbre. Se pasó largo tiempo sin ver que la pobre
languidecía, y el dia que lo advirtió experimentó una viva

contrariedad.

Cuando el doctor le anunció que sólo un milagro podia salvar a la infeliz.


niña, le llamó médico Tant-Pis (Tanto peor), y le dijo frotándose las
manos: ¡Vamos, vamos, eso no será nada! Él mismo ignoraba si hablaba
asi para tranquilizar a la familia o es que realmente su trivialidad natural
le impedia sentir el dolor. Su mujer y su hija le adoraban tal como era..
Trataba a la duquesa con la misma galanteria que al dia siguiente de la
boda, y hacia saltar a Germana sobre sus rodillas como cuando tenia
tres años. La duquesa jamás le acusó, ni en su fuero interno, de su ruina;
veia en él lo mismo que veintitrés años antes, al hombre perfecto;
tomaba su indiferencia por valor y firmeza: confiaba en él, a pesar de
todo, y le crefa capaz de levantar la casa por un golpe inesperado de
fortuna.

A Germana, según el doctor Le Bris, no le quedaban más que cuatro


meses de vida. Debia caer en los primeros dias de la primavera, a
tiempo para que las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La
pobre joven presentia su destino y juzgaba sobre su estado con una
clarividencia bien rara en los tuberculosos. Quizás hasta tenia sospechas
del mal que minaba a su madre. Dormia al lado de la duquesa, y en sus
largas noches de insomnio se asustaba algunas veces del sueño
anhelante de la querida enfermera. Cuando yo haya muerto, pensaba,
mamá no tardará en seguirme. No estaremos mucho tiempo separadas;
pero, ¿qué será de mi padre?

Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores fisicos y
morales tenian su asiento en aquel rincón del palacio Sanglié, y en Paris,
donde la miseria abunda, no habia, quizás, una familia más
completamente miserable que la de La Tour de Embrease, que poseía
por todo recurso un anillo de boda.

La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en la


calle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontró la
casa cerrada, habia olvidado que era dia de fiesta. Entonces se le ocurrió
la idea de que tal vez habría abierto el comisionista de la calle de Condé,
pero le ocurrió lo mismo. No sabia ya adónde dirigirse, porque los
establecimientos de este género no son muy frecuentes en el barrio de
San Germán; no obstante, como el duque no podia comenzar el año
ayunando, entró en un pequeño establecimiento de bisuteria de la
encrucijada del Odeón, donde vendió su anillo por once francos. El
mercader prometió conservarlo tres meses, por si queria ir a buscarlo.

Guardó el dinero en una punta de su pañuelo de bolsillo y, sin detenerse,


se encamino hacia la calle de los Lombardos. Entró en una farmacia,
compró una botella de aceite de higado de bacalao para Germana,
atravesó el arroyo, se detuvo en una tienda, eligió una langosta y una
perdiz, y volvió, enlodada hasta las rodillas, al palacio Sanglié. No le
quedaban más que cuarenta céntimos.

El departamento que ocupaba era una construcción ligera, añadida


treinta años antes al edificio. Las cuatro piezas de que se componia
estaban separadas por tabiques de madera. La antesala daba, por un
lado, al salón y, por el otro, a un large corredor que conducia a la
habitación del duque. Desde el salón se pasaba a la habitación de la
duquesa y desde alli al comedor que unia la habitación del duque con la
de la duquesa.

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