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Cuaresma 2015

La Cuaresma es un tiempo de renovación y gracia para la Iglesia y los creyentes, donde se nos invita a abrir nuestros corazones y dejar que Dios nos sirva para poder servir a los demás. Se enfatiza la importancia de la comunidad y la caridad, recordando que la indiferencia no tiene cabida en el cuerpo de Cristo, y que cada miembro debe cuidar de los demás. Finalmente, se nos anima a vivir esta temporada con un corazón fuerte y misericordioso, comprometido con las buenas obras y la oración.

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Cuaresma 2015

La Cuaresma es un tiempo de renovación y gracia para la Iglesia y los creyentes, donde se nos invita a abrir nuestros corazones y dejar que Dios nos sirva para poder servir a los demás. Se enfatiza la importancia de la comunidad y la caridad, recordando que la indiferencia no tiene cabida en el cuerpo de Cristo, y que cada miembro debe cuidar de los demás. Finalmente, se nos anima a vivir esta temporada con un corazón fuerte y misericordioso, comprometido con las buenas obras y la oración.

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«Fortalezcan sus corazones» (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las


comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia»
(2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros
amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a
nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro
nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos.

El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser


indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes
para meditar acerca de esta renovación.

1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia

La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la


indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su
testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha
experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su
bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él,
siervo de Dios y de los hombres.

Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los
pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió
que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies
unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar
los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden
servir al hombre.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar
a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando
recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos
convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para
la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros
corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es
indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si
un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).

La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero


a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos
reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de
cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en
esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino
que lo que tiene es para todos.

Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por
quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con
nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos
nos abramos a su obra de salvación.

2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades

Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la


vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se
tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo
que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a
sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O
nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están
lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta
cerrada? (cf. Lc 16,19-31).

Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso


superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.

En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la


Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos
que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en
Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia.

La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los


sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y
gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron
definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta
victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros,
todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía
convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no
es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento
mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando
para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).

También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos,


así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y
reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros
motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de
corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que
la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los
alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada
en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.

Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la


realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar.
La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta
los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al
hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos
recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos
hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.

Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se
manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras
comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la
indiferencia.

3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente

También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos


saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento
humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para
intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral
de horror y de impotencia?

En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y


celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La
iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia
—también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de
esta necesidad de la oración.

En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a


las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos
organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para
mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de
nuestra participación en la misma humanidad.

Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la


conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi
vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la
gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos
en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos
resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos
podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero
pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de
formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est,
31).

Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien


desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al
tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el
Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y
hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas
y lo da todo por el otro.

Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en
esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón
semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús).
De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y
generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la
globalización de la indiferencia.

Tito 3:14 Y aprendan los nuestros a dedicarse a las buenas obras para los
casos de necesidad, con el fin de que no sean sin fruto.

Santiago 2:15 Si un hermano o una hermana están desnudos y les falta la


comida diaria, 16 y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y
saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así
también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma.

Santiago 4:17 Por tanto, al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, eso le es
pecado.

Romanos 13:13 Andemos decentemente, como de día; no con glotonerías y


borracheras, ni en pecados sexuales y desenfrenos, ni en peleas y envidia.
14 Más bien, vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis provisión para
satisfacer los malos deseos de la carne.

Romanos 15:1 Así que, los que somos más fuertes debemos sobrellevar las
flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. 2 Cada uno de
nosotros agrade a su prójimo para el bien, con miras a la edificación.

Marcos 8, 34-35Mateo 6, 19-21Lucas 14, 26-33Lucas 12, 16-21Mateo 19, 21

¿Cómo vivir la Cuaresma?

- No sigan la corriente del mundo en que vivimos, más bien transfórmense por
la renovación de su mente. Así sabrán ver cuál es la voluntad de Dios, lo que
es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto. Romanos 12,2

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