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Dolores y Gozos de San José

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Dolores y Gozos de San José

En un pueblecito de Nazaret, vive un hombre justo y bueno, llamado José.


Aunque desciende de los reyes de Jerusalén, es un humilde carpintero. José se
enamoró de una muchacha llamada María y, según la costumbre judía, ya
habían celebrado los desposorios, pero todavía no vivían bajo un mismo techo.
Estaban esperando que se cumplieran los días cuando un ángel del Señor, visitó
a María y le anunció que Ella iba a engendrar un hijo por obra y gracia del
Espíritu Santo, y que su Hijo sería el Hijo de Dios, el Mesías esperado por el
pueblo de Israel. María contestó que su mayor alegría era cumplir la voluntad
de Dios y lo dijo con estas lindas palabras: “He aquí la esclava del señor,
hágase en mí según tu palabra”. El ángel la dejó. Y María concibió según le
había anunciado el ángel, sin intervención de varón. Después se marchó a una
aldea cercana a Jerusalén para ayudar a su pariente Isabel, que iba a dar a luz a
su hijo Juan, al que todos llamarían el Bautista. Cuando regresó a Nazaret, ya
estaba de tres o cuatro meses y José notó el embarazo de María. Y es así como
empiezan los Dolores y gozos de San José:

PRIMER DOLOR Y GOZO


El primer dolor tuviste
viendo encinta a vuestra Esposa
y a esta pura, intacta rosa
abandonarla quisiste,
y aunque esta pena fue triste,
tuviste gozo en saber,
que había Dios de nacer
de tu Esposa Virgen pura,
lo que un ángel te asegura
para mostrar tu deber.
Así sucedió, tal como lo narran los Evangelios. José, el esposo de María,
como era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Era
lógico que José actuara así, pues es muy difícil entender este misterio que
estaba pasando en el santo vientre de María. Es el Misterio de la Encarnación
del Hijo de Dios. Por otro lado, José no podía ni pensar que su santa esposa le
estuviera engañando. Simplemente, veía que algo especial estaba pasando con
María, su esposa y se sentía indigno, por eso había decidió repudiarla en
secreto. Pero apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños
un ángel del Señor que le dijo: "José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte
a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su
pueblo de los pecados. (...) Cuando José se despertó, hizo lo que había
mandado el ángel del Señor, y se llevó a casa a su mujer. Y sin que él hubiera
tenido relación con ella, dio a luz un hijo; y él le puso por nombre Jesús". (Mateo
1,18-25)

SEGUNDO DOLOR Y GOZO


Segundo dolor mostráis
mirando el Verbo humanado
sobre pajas reclinado,
y de su pena lloráis.
Entre peñas abrigáis
al que es Salvador del mundo
y tenéis gozo segundo

1
viendo que ángeles y cielo
cantan la gloria en el suelo
a este misterio profundo.
Pasado ya el tiempo, José llevó a su casa a María y empezó a cuidar de
Ella. Vivían en una casita cavada en la roca, como era costumbre en aquel
entonces. José se gana la vida trabajando como carpintero y la Virgen María
atiende las labores de su casa, con mucho cariño y afán. Pero, pasados unos
meses, llegó una noticia que turbó a toda la población de Nazaret. El Emperador
había decretado un censo y todos debían ir a su ciudad de origen para
empadronarse. José tomó a María, su esposa que estaba en cinta y viajó hasta
Belén, que estaba a unos 120 kilómetros de Nazaret. San José iba contento
porque toda su familia estaba en Belén, pero al llegar a su ciudad natal se llevó
una sorpresa, porque “los suyos no le recibieron” y sintió gran pena por María,
porque no pudo darle las comodidades que precisaba para que diera a luz a su
Hijo. Por lo que tuvo que refugiarse en una cueva donde guardaban animales.
Allí preparó un pesebre con paja seca donde María podía recostar al Niño que
iba a nacer. Y llegada la medianoche, un canto glorioso empezó a resonar en el
silencio de la noche y del seno de María brotó una gran luminosidad, reflejo del
Pequeño Niño que acababa de nacer, Luz que iba a alumbrar a las naciones y
gloria del pueblo de Israel. José, contemplando al Santo Niño en los brazos de
María, su Madre y esposa, se llenaba de inmenso gozo. Oraba y adoraba a su
Rey y Señor.

TERCER DOLOR Y GOZO


El tercer dolor que oprime
tus entrañas paternales
es ver correr los raudales
de sangre con que se imprime,
a costa de un Dios que gime,
todo el rescate del hombre.
Y el gozo fue con el nombre
de Jesús, Santo, inefable,
que un ángel te dice afable
se llame y así se nombre.
San José no salía de su asombro, pues de todas partes llegaban gentes
para adorar al Santo Niño que solían encontrar en los brazos de María, su
madre. Ella nunca dejaba al Niño y ponía en todos sus cuidados todo el amor
que podía. San José, por su parte, procuraba que no les faltase de nada y
pasados unos días fueron a circuncidar al Niño y a inscribirle en el censo. José
llamó a su hijo, como el ángel le había ordenado: Jesús, pues sabía muy bien
que el Niño sería el Salvador del género humano. Con este gesto, José asumía
ante la Ley la paternidad de Jesús con todas las consecuencias. La Virgen María
se sentía muy feliz, pues si con Ella era tan buen esposo, con Jesús sería muy
buen padre.

CUARTO DOLOR Y GOZO


El cuarto dolor y llanto,
que os aflige el corazón,
fue cuando el viejo Simeón,
lleno de Espíritu Santo,
predijo la pena y llanto
y muerte del Salvador.
Pero templó este dolor
el gozo tan deseado
2
de habernos Dios rescatado
de la culpa y deshonor.
Por aquellos días se cumplió el tiempo de la purificación de María y de
presentar al Niño Jesús en el templo. Nos dice el Evangelio de san Lucas (2, 22-
40) que así cumplían la ley de Moisés. Y María y José que eran muy obedientes
a sus leyes, llevaron a Jesús al Templo y, según la costumbre, ofrecieron como
sacrificio dos tórtolas. En el templo se encontraba Simeón, un ancianito que
tenía fama de ser hombre justo y que había recibido una gracia especial del
espíritu Santo: que no moriría sin haber visto antes al Mesías prometido. María
entraba con José en el Sagrado recinto y Simeón, al ver a María que llevaba al
Niño en sus brazos, reconoció en ese Niño al Mesías. Y acercándose a ellos, los
bendijo y dijo a su madre: Éste niño es puesto para caída y levantamiento de
muchos en Israel, por eso será signo de contradicción. Pero a su vez, será luz
para las naciones y gloria de su pueblo, Israel. Cuando devolvió el Niño a su
madre, lleno también del Espíritu Santo le dijo: “Y a ti misma, una espada te
traspasará el alma a fin que quede al descubierto la intención de muchos
corazones”. Quedó José, su esposo, muy conmovido ante estas palabras, pero
lleno de gozo porque la humanidad entera empezaba a ser redimida con la
entrega de Jesús y de María a la obra de la redención.
QUINTO DOLOR Y GOZO
El quinto dolor te causa
un Herodes ambicioso
y a Egipto huyes presuroso
con tu Dios, Esposa y casa.
A aquel la ambición le abrasa,
y en ti, gran gozo sentiste
cuando en Egipto tuviste
que cuidar al santo Niño,
pues nunca le faltó el cariño
que en tu pecho siempre existe.

A los pocos días aparecieron por allí unos altos personajes, que todos
llamaban Magos. Entraron en el humilde hogar de José y, postrándose ante el
Niño que estaba en los brazos de su madre, le ofrecieron unos ricos presentes.
Luego se fueron por un camino distinto al que habían traído. Se decía, por los
alrededores que aquellos personajes habían venido de Oriente y que, al pasar
por Jerusalén, habían visitado al rey Herodes para preguntarle dónde había
nacido el rey de Israel. Aquella misma noche, San José no podía dormir, pues
estaba muy intranquilo. Por fin, muy entrada la noche consiguió dormirse y
entonces “un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate,
toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te avise,
porque Herodes va a buscar al niño para matarlo" (Mt 2,13) Tras el anuncio del
ángel, José, sintiendo un gran dolor en su corazón, se levantó en seguida y
empezó a preparar todas las cosas. Luego tomó a l Niño y a su Madre y se fue
de aquel lugar para proteger al Niño. Pero Herodes, envidioso del nacimiento
del nuevo rey, le entró tanta rabia que hizo degollar a todos los niños varones
con edad de, al menos, dos años. Y esto causó gran pena a la Sagrada Familia,
pues veían que la envidia de un rey se cebaba sobre la sangre inocente de
muchos niños hebreos.
Sin José saberlo, está llevando a cabo el plan de Dios Padre. No sabe
hasta cuándo debe estar en Egipto y vive trabajando, entablando amistades,
santificando lo que tiene que hacer en ese momento. Porque ahí le espera Dios.
Es en el momento en que vivimos cuando tenemos que ser buenos, donde Dios
nos quiere y José se llena de gozo, sirviendo así a su Dios, que es su Hijo Jesús.
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SEXTO DOLOR Y GOZO
El sexto dolor tuviste
viendo que no está segura
de Jesús la vida pura
en el belén del que huiste.
El gozo, en sueño, tuviste
cuando un ángel reverente,
dijo: a Galilea vente
con el Niño y con su Madre,
porque ya su eterno Padre
quitó a Herodes de la gente.

Una vez fallecido Herodes, un ángel del Señor se apareció de nuevo a José
y le invitó a regresar a su Tierra, como lo indica el Evangelio de san Mateo (2,
21-22). “Él se levantó, tomó al Niño y a su madre, y regresó a la tierra de Israel.
Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió
ir allá. Entonces tiene que cambiar de planes; toma el desvío y sigue hacia el
norte, hacia Galilea. Va con Jesús –que ya tiene unos años- y con María; pero
aunque camina contento, está preocupado por solucionar los problemas de
cada día, por evitar los peligros del camino, pensando qué comerán, dónde
dormirán, qué beberán... y no descansa tranquilo hasta que el viaje no se
acaba. Por fin llegan a Nazaret y allí, tiene que empezar de nuevo. Con las
cuatro herramientas que trae establece otra vez su carpintería y como es bueno
y honrado, pronto le llueven los clientes. Trabaja y trabaja con la garlopa.
Mientras su dulce esposa la Virgen maría le alegra los descansos con unos
sabrosos caldos de gallina y su hijo, Jesús, se entretiene jugando con las
virutillas de serrín que alfombran su taller. San José está lleno de gozo porque
sabe que con el trabajo honrado se saca adelante una familia y constituye el
instrumento valioso para honrar a Dios, nuestro Señor.

SÉPTIMO DOLOR Y GOZO


El dolor séptimo ha sido
cuando el niño enamorado
quiso ocultarse en sagrado
y le lloraste perdido.
Pero fue el gozo cumplido
y debido a tu eficácia,
porque en ti no es gran desgracia
el haber perdido a Dios,
porque nadie, si no es vos,
le pierde y se queda en Gracia.

Cada año, la Sagrada Familia iba al Templo de Jerusalén, en la fiesta de la


Pascua, para cumplir lo prescrito por la Ley. Pero este año era especial, porque
Jesús había cumplido ya doce años. Con esa edad se consideraba que los niños
pasaban a ser adolescentes, o “hijos de la Ley”, debiendo asumir las
obligaciones de la misma. Jesús asume este paso con la plena conciencia de ser
el Hijo de Dios y por eso se queda en el templo, sin avisar a la Virgen María y a
san José. Ellos marcharon confiados y cuando llevaban una jornada de camino,
se dan cuenta que el Niño no va con ninguno de los dos. El dolor es
desgarrador: ¡habían perdido al hijo de su alma! Se regresaron rápidamente a
la ciudad y empezaron a buscarlo por todas partes, pero el Niño no aparece.
María y José sufren. No saben nada del motivo de su ausencia. Lo buscan un día
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con su noche, otro día y otra noche, enteros. Están extenuados y angustiados,
hasta que acuden al templo sin saber qué hacer. Allí le encuentran y se
admiran. La madre manifiesta su angustia, José calla sin saber qué decir. Jesús
les explica con seguridad manifiesta que debe ocuparse de las cosas de su
Padre, y se sorprende de su búsqueda angustiada. María y José saben mucho,
pero no lo saben todo; también ellos deben hacer su peregrinación en la fe que
tiene mucho de luz y algo de oscuridad. (Lc 2,41-59).

Los Evangelios no nos cuentan nada más acerca de San José. Sí sabemos que no aparece en
las bodas de Caná, por lo que suponemos que para esa fecha ya descansaba en paz. Ahí, Jesús ya es
adulto. Han pasado varios años desde que sucedió lo de Jerusalén. Probablemente, José ya habría
culminado su misión y Dios padre quería tener junto a sí a esta figura tan especial del Evangelio que
le había servido tan justa y humildemente. Y se lo llevó con Él. Fue una muerte dulce, muy dulce,
entre los brazos de Jesús y de su buena esposa la Virgen María. Ellos se quedaban en la tierra porque
debían cumplir todavía una misión: la de fundar la Iglesia y la de llevar a término la redención de los
hombres, a cuya obra tan digna había colaborado la insigne figura de san José, patrón de la Buena
muerte y de la Santa Iglesia. Por eso le tenemos tanta devoción. Santa teresa solía repetir: “Parece
que Jesucristo quiere demostrar que así como san José lo trató tan sumamente bien a Él en esta
tierra, Él le concede ahora en el cielo todo lo que le pida para nosotros. Pido a todos que hagan la
prueba y se darán cuenta de cuán ventajoso es ser devotos de este santo Patriarca. Yo no conozco
persona que le haya rezado con fe y perseverancia a San José, y que no se haya vuelto más virtuosa
y haya progresado en el camino de la santidad”.

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