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INTRODUCCIÓN

Canadá, el segundo país más extenso del mundo con 9.98 millones de kilómetros
cuadrados, posee una geografía heterogénea que se extiende desde las zonas polares del
Ártico, donde las temperaturas invernales alcanzan los 40 grados Celsius bajo cero, hasta
las regiones templadas del sur, en las cuales reside el 90 por ciento de su población,
estimada en más de 41 millones de personas (Statistics Canada, 2024). Esta configuración
territorial, reflejada en la pirámide etaria de 2023, expresa una baja densidad poblacional de
tan solo cuatro habitantes por kilómetro cuadrado (Figura Nº 9), con una alta concentración
urbana en ciudades como Toronto y Montreal, próximas a la frontera con Estados Unidos
(Canadá en Resumen, 2025). Además, la línea costera más extensa del planeta, con
243,000 kilómetros, que incluye el archipiélago Ártico Canadiense y los Grandes Lagos, no
solo caracteriza su paisaje, sino que también sostiene sectores estratégicos como la pesca,
el comercio marítimo y el transporte intercontinental (Bercuson et al., 2025).

Desde el punto de vista institucional, la evolución política de Canadá ha seguido una


trayectoria progresiva hacia la soberanía plena, desde la Confederación de 1867 bajo el
British North America Act hasta la Constitución de 1982, que consolidó su autonomía
constitucional (Constitutional History of Canada, 2016). Este marco ha dado lugar a una
democracia parlamentaria estable, apoyada en un sistema de pesos y contrapesos
(Wagner, 2025), con un Parlamento bicameral compuesto por 338 diputados y 105
senadores, lo cual refuerza su alto nivel de representación y estabilidad regional (Legislative
Services Branch, 2025). La fortaleza de sus instituciones se refleja en sus indicadores de
transparencia, que contribuyen al atractivo del entorno político y normativo.

En el plano internacional, Canadá mantiene una política exterior activa y multilateral,


sustentada por su participación fundadora en organizaciones como la OTAN, la ONU y el
G7. Su estrategia comercial se ha consolidado mediante tratados como el T-MEC con
Estados Unidos y México, y el CETA con la Unión Europea (Canada, 2025a-d). Sin
embargo, el hecho de que el 77 por ciento de sus exportaciones se dirijan a Estados Unidos
(Figura Nº 5) evidencia una concentración significativa en un único mercado, que
incrementa su exposición a variaciones externas (WITS, 2025). La búsqueda de mayor
diversificación comercial se expresa en su incorporación al CPTPP y en los esfuerzos por
consolidar acuerdos bilaterales con economías emergentes. Estos acuerdos han permitido
registrar un superávit comercial en 2022, impulsado por exportaciones de minerales,
energía y productos agrícolas (Figura Nº 4).

A lo largo de las últimas décadas, la economía canadiense ha demostrado una capacidad


destacada para sortear períodos de crisis y capitalizar fases de expansión. Tras la recesión
de 1990-1991, que generó déficits fiscales del seis por ciento del PIB (Thiessen, 2001), el
país atravesó un periodo de crecimiento robusto entre 2000 y 2007, con un crecimiento
anual que alcanzó el 12.7 por ciento en su punto más alto (Figura Nº 1) (IMF, 2009). A pesar
del impacto de la crisis financiera de 2008, Canadá logró evitar una recesión prolongada
gracias a la solidez de su sistema bancario y a una respuesta fiscal prudente. La caída de
los precios del petróleo entre 2014 y 2016 afectó de forma significativa a provincias como
Alberta, revelando limitaciones estructurales en su modelo extractivo. Durante la pandemia
de COVID-19 y la guerra en Ucrania, Canadá volvió a demostrar resiliencia, liderando las
proyecciones de crecimiento entre las economías del G7 en 2022 con una tasa del 3.3 por
ciento.
Actualmente, la estructura productiva está dominada por el sector servicios, que representa
alrededor del 70 por ciento del producto interno bruto, mientras que los recursos naturales,
como el petróleo, el gas y la minería, continúan constituyendo cerca del 30 por ciento de las
exportaciones (Política y Economía Canadá, 2025). Aunque la estructura sectorial detallada
del PIB aún se encuentra en desarrollo (Figura Nº 6), destaca el rol de la agroindustria, ya
que Canadá es uno de los principales exportadores mundiales de trigo y otros productos
agrícolas, lo cual genera aproximadamente el 12.5 por ciento del empleo nacional. Las
exportaciones hacia China y la Unión Europea han experimentado una expansión relativa
en años recientes, lo que respalda el objetivo de reducir la dependencia de un solo socio
comercial (WITS, 2025).

En el ámbito social, Canadá se ubica entre los países con mejores indicadores de desarrollo
humano. Con una esperanza de vida que supera los 82 años (WHO, 2025) y un 60 por
ciento de adultos con estudios superiores (CAUT, 2023), su población muestra altos niveles
de capital humano. Sin embargo, el envejecimiento demográfico se ha intensificado. La
pirámide etaria de 2023 muestra que el 18.9 por ciento de los habitantes supera los 65 años
(Figura Nº 9), lo que genera una presión creciente sobre el sistema de pensiones y el gasto
en salud (Statistics Canada, 2024). Si bien la inmigración explica el 97.3 por ciento del
crecimiento poblacional reciente, lo cual atenúa parcialmente este fenómeno, persisten
desigualdades territoriales y étnicas, especialmente en comunidades indígenas. La tasa de
desempleo, que se ubica entre el cinco y seis por ciento (Figura Nº 8), no refleja del todo los
desafíos en materia de inclusión laboral, como la subutilización de profesionales inmigrantes
o las brechas de empleabilidad en sectores tecnológicos.

Diversos retos estructurales condicionan el desempeño económico de Canadá. La alta


dependencia de materias primas lo vuelve vulnerable a la volatilidad de los mercados
internacionales, como se observó durante los episodios de caída de precios energéticos. El
cambio climático también ha tenido un impacto considerable, desde incendios forestales
hasta el derretimiento acelerado del permafrost. Frente a estos riesgos, el gobierno ha
adoptado compromisos de descarbonización, incluyendo una meta de neutralidad de
carbono para 2050 y la implementación de un impuesto al carbono reconocido
internacionalmente. En el ámbito fiscal, la deuda pública neta alcanzó el 106 por ciento del
PIB en 2024, aunque se proyecta su estabilización en el mediano plazo, según el
Department of Finance Canada (2022). Finalmente, la crisis de acceso a la vivienda,
especialmente en centros urbanos como Vancouver y Toronto, ha deteriorado la
asequibilidad para las nuevas generaciones, lo que motivó la creación del programa
Housing Accelerator Fund en 2022, enfocado en ampliar la oferta habitacional a corto plazo.

Pese a estos avances, subsisten limitaciones relevantes que requieren atención. La


descentralización política entre el gobierno federal y los niveles provinciales, si bien
garantiza autonomía regional, ha dificultado la articulación de políticas estratégicas
nacionales en áreas como infraestructura, cambio climático y salud. Estas tensiones
intergubernamentales afectan la coordinación de inversiones de largo plazo y fragmentan
las respuestas ante desafíos complejos. Además, el sistema electoral mayoritario
uninominal limita la representación proporcional y la inclusión de nuevas fuerzas políticas, lo
que reduce la diversidad legislativa y puede obstaculizar la innovación en políticas públicas.

La economía canadiense también enfrenta restricciones en su diversificación productiva. A


pesar del desarrollo de sectores tecnológicos y del conocimiento en determinadas regiones,
su peso relativo sigue siendo bajo frente a la persistente centralidad del modelo extractivo.
Esta especialización en recursos naturales limita el valor agregado interno, reduce la
densidad de encadenamientos productivos y expone al país a riesgos externos. A esto se
suma la existencia de brechas territoriales en infraestructura, especialmente en regiones
rurales o periféricas, donde aún persiste una limitada conectividad logística, digital y de
servicios básicos.

En términos de productividad, la desaceleración de la Productividad Total de los Factores en


la última década indica que la economía enfrenta dificultades para transformar su capital
humano y físico en eficiencia sostenida. Este fenómeno puede atribuirse a la baja inversión
privada en investigación y desarrollo, al desajuste entre la oferta educativa y la demanda del
mercado laboral, y a barreras estructurales para la inserción laboral plena de migrantes
calificados. Estas limitaciones, si no son abordadas mediante reformas estructurales,
podrían restringir la capacidad del país para sostener tasas de crecimiento compatibles con
sus objetivos sociales, territoriales y ambientales.

Este estudio tiene como propósito realizar un diagnóstico integral del crecimiento económico
de Canadá en el periodo comprendido entre 2000 y 2024, con base en un enfoque empírico
que permita identificar sus principales limitaciones estructurales. A través del análisis
comparado con otras economías avanzadas como Alemania, Nueva Zelanda, EE. UU., y
Reino Unido, se examinan los factores que han sostenido el crecimiento, así como aquellos
que podrían estar frenando su potencial de desarrollo. El estudio integra datos económicos,
sociales, institucionales y fiscales, permitiendo una evaluación completa que combine
indicadores cuantitativos y análisis contextual.

Las visualizaciones distribuidas a lo largo del trabajo permitirán observar de manera


comparativa cómo se comporta Canadá frente a otras economías desarrolladas en temas
clave como crecimiento del producto, competitividad externa, composición del empleo,
envejecimiento, desigualdad, desempeño institucional y entre otros. A partir de este
enfoque, se busca no solo describir el comportamiento de la economía canadiense, sino
también construir un marco analítico que permita reconocer sus debilidades persistentes y
proponer alternativas viables para fortalecer la capacidad del país de alcanzar un desarrollo
económico sostenible, inclusivo y resiliente.

1.​ ALTO COSTO FINANCIERO


1.1 Malas finanzas internacionales GABRIELA

Las Figuras N° 10, 11 y 12 presentan un panorama integral y preocupante sobre la gestión


financiera internacional y doméstica, reflejando tensiones y desafíos significativos que
afectan la estabilidad económica y el desarrollo sostenible.

La interrelación de estos tres indicadores revela una situación de malas finanzas


internacionales caracterizada por una dependencia creciente del financiamiento externo,
tanto público como privado, junto a una capacidad limitada para atraer nueva inversión
extranjera directa que impulse el crecimiento. El aumento de la deuda pública y privada, sin
un crecimiento paralelo en la IED, puede reflejar desequilibrios estructurales, deficiencias en
la gestión macroeconómica y riesgos crecientes de crisis de deuda o restricciones
financieras.

Este escenario exige una revisión profunda de las políticas económicas y financieras,
orientadas a fortalecer la estabilidad macroeconómica, mejorar la regulación del sector
financiero y fomentar un entorno más atractivo para la inversión sostenible. Además, es
indispensable promover un uso eficiente y productivo del endeudamiento externo,
priorizando inversiones que generen retornos reales y reduzcan la vulnerabilidad ante
shocks.

1.​ Flujos netos de Inversión Extranjera Directa (IED) (% del PIB)


En la Figura N° 10 Canadá exhibe una trayectoria relativamente estable con fluctuaciones
moderadas en la IED, alcanzando picos notables en los años 2006-2007 y alrededor de
2012. Esta estabilidad relativa indica que Canadá ha mantenido una posición favorable
como receptor de inversiones extranjeras, gracias a su entorno económico sólido, políticas
de apertura comercial y acuerdos internacionales.

Sin embargo, en comparación con Estados Unidos y Alemania, Canadá presenta


volúmenes de IED más modestos, especialmente en los períodos posteriores a 2010, donde
se observa un estancamiento o ligera disminución. Esto puede atribuirse a diversos
factores, incluyendo la competencia global por inversiones, cambios en políticas fiscales, o
la diversificación de destinos de capital que impactan la capacidad de Canadá para captar
mayores flujos.

El comportamiento volátil del Reino Unido, con picos y caídas abruptas, refleja
incertidumbres económicas y políticas, posiblemente relacionadas con eventos como el
Brexit, que han afectado la percepción de estabilidad del país. Por otro lado, Nueva Zelanda
muestra fluctuaciones aún más pronunciadas y valores relativamente bajos, lo que puede
limitar su influencia en el mercado global de inversiones.

Para Canadá, la moderación en los flujos de IED resalta la necesidad de fortalecer políticas
que mejoren la competitividad del país como destino de inversión, tales como incentivos
fiscales, simplificación administrativa, promoción de sectores estratégicos y mejora en
infraestructura tecnológica. Además, la diversificación hacia inversiones en sectores de alta
tecnología e innovación puede ser clave para atraer capitales de mayor valor agregado.

La literatura señala que la IED no solo contribuye al financiamiento y desarrollo productivo,


sino que también facilita la transferencia de tecnología y conocimientos, aspectos
fundamentales para el desarrollo del capital humano y la modernización económica
(Dunning, 1993; Blomström & Kokko, 1998). Por ende, la atracción y gestión eficiente de la
IED son vitales para el crecimiento inclusivo y sostenible.

Aunque Canadá ha mantenido una recepción estable de IED, enfrenta el reto de intensificar
y diversificar estos flujos para sostener su crecimiento económico y fortalecer su capital
humano en un contexto global cada vez más competitivo.

2.​ Deuda pública del gobierno central (% del PIB)


En la Figura N°11 se observa que la deuda pública como proporción del PIB comenzó en un
nivel relativamente alto cerca del 59% en el año 2000, seguida de una tendencia
decreciente hasta alcanzar un mínimo cercano al 39% en 2007. Este descenso sostenido en
la primera década puede interpretarse como resultado de políticas fiscales prudentes,
control del gasto público y un contexto económico favorable que permitió reducir el peso
relativo de la deuda.

No obstante, a partir de 2007, la deuda experimentó un fuerte repunte que alcanzó un pico
de aproximadamente 75% del PIB en 2020, coincidiendo con la crisis sanitaria y económica
global derivada de la pandemia de COVID-19. Este aumento responde a mayores
necesidades de gasto público para sostener los sistemas de salud, implementar medidas de
estímulo económico, protección social y recuperación. Este fenómeno es consistente con
las tendencias observadas a nivel mundial, donde la deuda pública aumentó
significativamente en respuesta a la emergencia sanitaria.

Tras 2020, se aprecia una tendencia a la baja, pero la deuda pública permanece en niveles
elevados, alrededor del 62% en 2023, lo que plantea interrogantes sobre la sostenibilidad
fiscal y la capacidad para financiar servicios públicos sin recurrir excesivamente al
endeudamiento.

La evolución observada ilustra la tensión entre la necesidad de mantener estabilidad fiscal y


responder a choques económicos externos. La teoría fiscal contemporánea sostiene que
niveles moderados de deuda pueden ser compatibles con el crecimiento, siempre que el
endeudamiento se destine a inversiones productivas y no a gastos corrientes ineficientes
(Reinhart & Rogoff, 2010). Sin embargo, niveles elevados y prolongados de deuda pueden
aumentar el riesgo de crisis financieras, limitar la política fiscal y reducir la confianza de los
inversores.

Para Canadá, el desafío radica en diseñar estrategias que permitan una reducción gradual
de la deuda, mediante políticas fiscales responsables, fortalecimiento de la base tributaria y
promoción del crecimiento económico sostenible. Esto es esencial para preservar la
capacidad del gobierno central para financiar inversiones en capital humano, infraestructura
y tecnologías que potencien la competitividad futura.

3.​ Composición de la deuda externa de Canadá


Podemos observar que en la Figura N°12, la deuda internacional privada ha experimentado
un aumento significativo a lo largo del período, pasando de aproximadamente un 15% del
PIB en el año 2000 a superar el 50% en 2020. Este incremento sostenido refleja una
creciente dependencia del financiamiento externo por parte del sector privado, lo que puede
estar vinculado a la expansión del crédito corporativo y la integración financiera
internacional. Aunque la deuda privada puede facilitar inversiones productivas y dinamizar la
economía, su rápido crecimiento también plantea riesgos asociados a la vulnerabilidad ante
shocks externos, fluctuaciones en los mercados financieros y cambios en la confianza de
los inversores internacionales (Krugman, 2010).
Por otro lado, la deuda internacional pública presenta una tendencia decreciente desde un
nivel cercano al 12% del PIB en 2000, alcanzando un mínimo de alrededor del 7% en 2008,
y luego manteniéndose relativamente estable con una leve tendencia al alza hasta cerca del
9% en 2020. Esta reducción inicial puede interpretarse como resultado de políticas fiscales
prudentes y la búsqueda de sostenibilidad financiera por parte del sector público. Sin
embargo, el leve aumento en la última década sugiere que el gobierno ha recurrido a deuda
externa para financiar gastos o inversiones, posiblemente en respuesta a la necesidad de
impulsar el desarrollo o enfrentar condiciones adversas.

La gestión equilibrada entre deuda pública y privada es crucial para evitar vulnerabilidades
financieras y garantizar el acceso a financiamiento externo en condiciones favorables. La
literatura indica que un endeudamiento excesivo, especialmente en el sector privado, puede
desencadenar crisis financieras si no se acompaña de regulación adecuada y políticas
macroeconómicas sólidas (Reinhart & Rogoff, 2011). Además, la deuda pública debe ser
manejada para sostener la inversión en capital público y social sin comprometer la
estabilidad fiscal. Este fenómeno plantea desafíos para la regulación financiera y la
estabilidad económica, requiriendo políticas que promuevan la sostenibilidad, transparencia
y resiliencia frente a shocks externos.

1.2. MALAS FINANZAS LOCALES

1.2.1. Bajo ahorro interno ESTEFANY

La evolución del ahorro bruto de Canadá entre 2000 y 2023 muestra una trayectoria volátil
con profundas implicancias sociales y estructurales. En el año 2000, el país registraba un
nivel cercano al 23%, por encima de economías como Estados Unidos o Reino Unido. Sin
embargo, dicha tasa cayó sostenidamente hasta 2009, coincidiendo con la crisis financiera
global, cuando descendió por debajo del 20% (Figura N°13). Esta contracción puede
explicarse tanto por el aumento del gasto público como por la caída del ahorro privado,
producto de las medidas expansivas aplicadas para enfrentar la recesión.

Comparado con otras economías, Canadá ha mantenido un nivel de ahorro bruto superior al
de países como EE. UU., Reino Unido y Nueva Zelanda, aunque inferior al de Alemania.
Esta diferencia obedece en parte a las estructuras productivas: Alemania, con un modelo
orientado al superávit comercial y alta inversión industrial, presenta un patrón de ahorro más
estable. En cambio, Canadá, con una economía centrada en el consumo interno y
altamente expuesta al mercado inmobiliario, es más vulnerable a shocks financieros y
variaciones en el poder adquisitivo (Figura N°13).

Entre 2010 y 2021 se observa una recuperación gradual, alcanzando un nuevo pico cercano
al 24% en plena pandemia (Figura N°14). Este repunte se relaciona con el ahorro forzoso
derivado de las restricciones sanitarias, el cierre de actividades y las transferencias
estatales. El menor consumo inmediato durante este periodo incrementó transitoriamente el
ahorro de los hogares, fenómeno común en muchas economías avanzadas.

Sin embargo, la comparación entre el ahorro bruto y el ahorro interno bruto revela una
brecha significativa (Figura N°14). Aunque ambos indicadores siguen trayectorias similares,
el ahorro interno bruto que excluye los ingresos netos del exterior permite observar el
verdadero esfuerzo doméstico. Desde la crisis de 2009, el ahorro bruto ha dependido
crecientemente de rentas externas, lo que evidencia una menor autosuficiencia financiera.
Por ejemplo, entre 2019 y 2021, el repunte del ahorro bruto no fue acompañado por un
crecimiento proporcional del ahorro interno bruto, lo que refuerza la idea de que la
recuperación estuvo apalancada por ingresos o rentas externas, en vez de por un
fortalecimiento estructural del ahorro doméstico (Figura N°14).

Esto implica que parte del dinamismo aparente del ahorro canadiense se sostiene con flujos
foráneos, y no con capacidad estructural interna, lo cual debilita la autonomía económica del
país frente a crisis globales. Desde 2022 el ahorro bruto volvió a caer abruptamente,
probablemente debido al aumento de la inflación, las subidas de tasas de interés por parte
del Banco de Canadá y el incremento del costo de vida (Figura N°14). Estas condiciones
han llevado a los hogares a destinar una mayor proporción de sus ingresos al consumo
básico, reduciendo su capacidad de ahorro.

Desde una perspectiva social, los niveles de ahorro están estrechamente vinculados a la
salud financiera de los hogares. En Canadá, el alto nivel de endeudamiento doméstico uno
de los más elevados del G7 y el incremento de la desigualdad han limitado la capacidad de
ahorro sostenible de las clases medias. Esto representa un desafío estructural para lograr
un crecimiento inclusivo y resiliente.

A nivel institucional, el país enfrenta tensiones derivadas de su sistema fiscal federal.


Durante las últimas dos décadas, muchas provincias han acumulado déficits estructurales
por el aumento sostenido del gasto en salud, educación y servicios sociales, sin una
expansión equivalente de la recaudación. Esta situación ha forzado a los gobiernos locales
a endeudarse, disminuyendo su capacidad de ahorro público. En un sistema donde los
servicios esenciales están descentralizados, esta fragilidad local tiene repercusiones
macroeconómicas de amplio alcance.

El bajo ahorro interno tiene implicancias sistémicas (Figura N°14). Aumenta la dependencia
de capital extranjero especialmente visible en el mercado inmobiliario de ciudades como
Toronto y Vancouver, impulsado por inversión foránea y limita la respuesta fiscal ante crisis.
Además, transfiere más responsabilidades financieras a los hogares, que ya enfrentan
dificultades para ahorrar debido al alto costo de vida. También restringe la inversión en
proyectos estratégicos de largo plazo, perpetuando la dependencia de sectores primarios
como el petróleo y dificultando la transición hacia una economía más sostenible e
innovadora.

Frente a ello, Alemania constituye un contraste claro: su disciplina fiscal, superávit


estructural y equilibrio en las finanzas locales le han permitido mantener tasas de ahorro
elevadas. Canadá, en cambio, ha apostado por políticas de expansión del gasto y el crédito
sin una base sólida de ahorro que las respalde (Figura N°13).

En síntesis, el bajo ahorro interno en Canadá no es únicamente una debilidad económica


coyuntural. Refleja una combinación de desequilibrios fiscales subnacionales, vulnerabilidad
social creciente y una arquitectura institucional que aún no logra conciliar estabilidad
macroeconómica con desarrollo sostenible.

1.2.2. Poor intermediación (finanzas locales) ROSA

●​ Tasas de interés de préstamo (%)

La Figura N°15 ilustra la evolución de la tasa de interés de préstamo (%) en cinco


economías avanzadas Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Nueva Zelanda
durante el periodo 2000–2023, a partir de datos del Banco Mundial. Este indicador es clave
para evaluar la accesibilidad al crédito, la eficiencia del sistema financiero y las respuestas
de política monetaria frente a ciclos económicos internos y shocks globales. El
comportamiento de estas tasas permite identificar puntos de quiebre estructurales y
coyunturales con implicancias directas en la actividad económica, la inversión y el bienestar
social.

En el caso de Canadá, la curva presenta una tendencia de relativa estabilidad dentro de un


rango moderado (2%–5%), lo cual refleja la prudencia y previsibilidad del Banco de Canadá
en la conducción monetaria. Se observan picos importantes en 2008 y 2010, años
correspondientes a la crisis financiera global y su posterior recuperación. Este incremento
respondió a la necesidad de contener los desequilibrios financieros globales y preservar la
solidez del sistema bancario canadiense, altamente integrado con los flujos de capital
internacionales (Bank of Canada, 2009). No obstante, a partir de 2012, se inicia una fase de
tasas más bajas, en línea con un entorno global de tipos de interés reducidos y expansión
cuantitativa en las principales economías. El periodo 2020–2021 marca un punto de
inflexión: ante la crisis del COVID-19, el Banco de Canadá redujo las tasas a niveles
mínimos históricos para garantizar liquidez, sostener el consumo y evitar una contracción
severa. Esta política se revirtió agresivamente a partir de 2022, en respuesta a los efectos
inflacionarios post-pandemia, los shocks en las cadenas de suministro globales y el
aumento de precios de la energía tras la guerra en Ucrania (IMF, 2023). Este giro hacia una
política monetaria contractiva refleja la tensión entre estabilidad de precios y mantenimiento
del dinamismo económico.

En comparación, Estados Unidos exhibe una curva con mayor volatilidad. Su liderazgo
monetario mundial, a través de la Reserva Federal, se traduce en movimientos bruscos que
influyen globalmente. Tras un periodo expansivo prolongado entre 2010 y 2016, con tasas
cercanas al 1%, se observa una etapa de normalización gradual que se interrumpe con la
pandemia. Desde 2022, la Fed aplica un ciclo de aumentos rápidos y pronunciados,
ejerciendo presión sobre otros bancos centrales para seguir una senda similar o enfrentar
salidas de capital (Federal Reserve, 2023). Alemania, como miembro de la Eurozona,
muestra una curva más errática, caracterizada por picos pronunciados y caídas abruptas.
Esta volatilidad responde a decisiones centralizadas del Banco Central Europeo,
especialmente durante la crisis de deuda soberana en Europa (2010–2013) y la posterior
implementación de políticas monetarias no convencionales como el quantitative easing. A
pesar de su fortaleza macroeconómica, la falta de autonomía monetaria limita la capacidad
de Alemania para ajustar sus tasas de interés a condiciones domésticas específicas
(European Central Bank, 2016).

El caso del Reino Unido se ve fuertemente influenciado por el referéndum del Brexit (2016).
Tras un largo periodo de descenso en las tasas, la incertidumbre generada por la salida de
la Unión Europea impuso restricciones al crédito y al dinamismo financiero. La curva refleja
un estancamiento prolongado, seguido de un leve repunte inflacionario antes de la
pandemia, y una caída abrupta en 2020, que se revierte moderadamente tras el shock
sanitario y logístico. Por su parte, Nueva Zelanda presenta un patrón de tasas elevadas al
inicio del milenio (superiores al 6%) como medida contra la inflación estructural de una
economía pequeña y abierta. Sin embargo, a partir de 2008, el país se suma al entorno de
tasas bajas. Lo destacable es su capacidad de ajuste rápido, evidenciada en la caída de
2020 y el alza desde 2022, lo cual refleja un enfoque pragmático de política monetaria
orientada al ciclo económico y a las condiciones externas.

Desde un enfoque de gestión pública y economía internacional, el gráfico permite identificar


dos dimensiones clave. Por un lado, la coherencia institucional y autonomía monetaria:
Canadá y Nueva Zelanda destacan por su capacidad para aplicar políticas monetarias
contracíclicas sin generar inestabilidad, lo que refleja la madurez de sus instituciones
monetarias. Alemania, pese a su peso económico, opera bajo una política supranacional
que limita su capacidad de reacción autónoma. Por otro lado, las respuestas a shocks
exógenos: los puntos de quiebre más marcados (2008, 2010, 2020 y 2022) corresponden a
crisis globales financiera, sanitaria, energética que obligaron a los bancos centrales a
reaccionar con paquetes expansivos primero y contractivos después. La sincronización de
políticas y el aprendizaje institucional son elementos centrales para mitigar efectos
colaterales como la inflación o el sobreendeudamiento.
La trayectoria de las tasas de interés de préstamo en Canadá, en comparación con otras
economías desarrolladas, refleja una combinación de prudencia macroeconómica,
autonomía operativa y capacidad de adaptación frente a choques globales. No obstante, los
desafíos actuales inflación, volatilidad internacional, presiones sociales por el acceso al
crédito exigen una gestión económica integral que articule política monetaria, regulación
bancaria, inclusión financiera y coordinación fiscal. El análisis de la Figura 15 demuestra
que el éxito de la política monetaria no reside únicamente en fijar tasas, sino en diseñar
instituciones y marcos normativos capaces de sostener la estabilidad financiera sin
sacrificar la equidad ni el crecimiento sostenido.

●​ Tasas de interés de depósito (%)

La Figura N°16 presenta la evolución de la tasa de interés de depósito (%) en cinco


economías avanzadas: Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Nueva
Zelanda, durante el periodo 2000–2023. Este indicador refleja el rendimiento que las
instituciones financieras ofrecen a los ahorristas, y está profundamente influenciado por las
decisiones de política monetaria, los niveles de liquidez sistémica, la competencia bancaria
y el contexto macroeconómico interno y externo. En términos de gestión económica, las
variaciones de esta tasa se asocian directamente con el incentivo al ahorro, la eficiencia del
sistema financiero y la distribución del ingreso en contextos de inflación, crisis o
recuperación económica.

En el caso de Canadá, la figura muestra una curva de descenso sostenido desde el año
2000, cuando la tasa rondaba el 2.5%, hacia niveles casi nulos entre 2009 y 2021. Este
comportamiento está alineado con la política monetaria contractiva adoptada durante la
crisis financiera global de 2008–2009, cuando el Banco de Canadá (BoC) redujo
drásticamente su tasa de referencia para inyectar liquidez y estimular la economía (Bank of
Canada, 2009). A pesar de la recuperación posterior, el entorno de bajas tasas
internacionales y la preocupación por el sobreendeudamiento limitaron cualquier
normalización monetaria sustancial. El punto más bajo se alcanza en el periodo 2015–2021,
donde la tasa de interés de depósito se mantiene prácticamente en cero. Este tramo
coincide con un periodo de bajo crecimiento de la productividad y esfuerzos por evitar una
recesión inducida por políticas restrictivas. Durante la pandemia del COVID-19, el BoC
recortó su tasa de referencia al 0.25% y expandió agresivamente su hoja de balance,
provocando que los rendimientos para el ahorrista promedio fueran prácticamente nulos.

En contraste, Nueva Zelanda muestra una trayectoria más volátil. La tasa de interés de
depósito supera el 6% a inicios del milenio, reflejo de una política monetaria más contractiva
por parte del Reserve Bank of New Zealand (RBNZ) frente a presiones inflacionarias
internas. No obstante, a partir de la crisis global de 2008, el país adopta una política
expansiva similar a la de otras economías, reduciendo tasas de forma abrupta. El punto de
inflexión más visible en la figura se produce alrededor de 2008–2009, con una caída
cercana a los tres puntos porcentuales en menos de dos años. Este descenso responde no
solo a factores internos, como la desaceleración del crecimiento, sino también a su
exposición al comercio internacional. Tras la pandemia, Nueva Zelanda destaca por su
rápida reacción ante la inflación post-COVID: mientras otros países aún mantenían tasas
pasivas cercanas a cero, el RBNZ incrementó con mayor velocidad el retorno a los
depósitos, alcanzando aproximadamente 3% en 2023 (RBNZ, 2023).

Estados Unidos, por su parte, refleja una política monetaria más agresiva, especialmente
después de la Gran Recesión. La tasa de interés de depósito cae de manera pronunciada
entre 2007 y 2009, en línea con las decisiones de la Reserva Federal de reducir su tasa de
fondos federales a niveles cercanos a cero. Aunque entre 2015 y 2018 se observó una
tímida recuperación en las tasas pasivas, con incrementos progresivos por parte de la Fed,
esta trayectoria se interrumpió por la crisis sanitaria de 2020. Como respuesta, la Fed
implementó una política de emergencia, volviendo a situar las tasas en su mínimo efectivo.
La figura muestra claramente el rezago con el que los bancos estadounidenses ajustaron
sus tasas pasivas frente a las alzas iniciadas en 2022. Este rezago refleja, en parte, la
competencia limitada entre grandes bancos y la preferencia por preservar márgenes de
intermediación, incluso en un entorno inflacionario (Federal Reserve, 2023).

En el caso del Reino Unido, la curva expuesta en la Figura N°16 también revela una baja
pronunciada posterior a 2008, seguida por una fase de estancamiento prolongado. Desde la
votación del Brexit en 2016, el Banco de Inglaterra optó por mantener tasas
extremadamente bajas para evitar un shock de confianza, situación que se mantuvo incluso
ante leves repuntes inflacionarios pre-pandemia. La respuesta al COVID-19 fue similar:
recorte de tasas al 0.1%, junto con inyecciones de liquidez y compras de activos. Sin
embargo, al igual que Canadá, el retorno a niveles más elevados en tasas pasivas ha sido
lento, aunque más visible a partir de 2022. La figura muestra cómo recién en 2023 se
observa un repunte significativo, cuando el BoE elevó su tasa oficial a más del 5%,
empujando finalmente los rendimientos al ahorrista hacia arriba (BoE, 2023).

Alemania, bajo el régimen del Banco Central Europeo (BCE), presenta una de las
trayectorias más singulares y prolongadamente deprimidas. Tras la crisis de deuda
soberana en la eurozona (2010–2012), el BCE inició un ciclo de reducción de tasas que
culminó con tasas de depósito negativas a partir de 2014 (–0.1%), las cuales se
mantuvieron por más de ocho años. En la figura, esta política se refleja como una curva
persistentemente plana cercana a cero, incluso en momentos donde otras economías ya
normalizaban su política monetaria. El BCE adoptó esta estrategia con el objetivo de
estimular el crédito y evitar la deflación, especialmente en países del sur de Europa. Para
Alemania, sin embargo, esto implicó un desafío particular: las instituciones financieras
alemanas, altamente dependientes del margen tradicional de intereses, vieron reducida su
rentabilidad estructural, y los ahorristas enfrentaron más de una década de rendimientos
nulos (European Central Bank, 2023).

Desde una perspectiva de gestión política económica comparada, la Figura N°16 no solo
evidencia las distintas respuestas de política monetaria, sino también el grado de
transmisión de estas decisiones al sector financiero y su impacto sobre los ciudadanos.
Canadá destaca por su consistencia institucional y su prudencia, pero también por el
prolongado rezago en la transmisión de tasas activas a pasivas, lo cual ha afectado la
inclusión financiera. En contextos de alta inflación, los retrasos en la actualización de tasas
de depósito limitan la protección del poder adquisitivo del ahorro, agravando desigualdades
de acceso al sistema financiero, especialmente en regiones más alejadas o con menor
competencia bancaria. Países como Nueva Zelanda o el Reino Unido han respondido con
mayor celeridad, ajustando tasas pasivas más rápidamente, aunque esto ha requerido una
fuerte intervención del banco central y presión del mercado.

En conclusión, la Figura N°16 refleja más que un indicador técnico: es la expresión de un


conjunto de decisiones políticas, prioridades institucionales y tensiones estructurales que
afectan directamente la vida financiera de los ciudadanos. Canadá, si bien presenta un
sistema estable, debe afrontar el reto de mejorar la transparencia, competencia y
equidad en la transmisión de las tasas, asegurando que los beneficios de la política
monetaria lleguen no solo al sistema bancario, sino también a los hogares y pequeños
ahorristas. En el escenario global post-COVID y con alta inflación, el diseño de políticas
integrales que articulen política monetaria, regulación bancaria y educación financiera es
esencial para promover un sistema más inclusivo y resiliente.

●​ Spread de tasas de interés (%)

La Figura N°17 muestra la evolución del spread de tasas de interés es decir, la diferencia
entre la tasa activa (préstamos) y la tasa pasiva (depósitos) entre los años 2000 y 2023 para
cinco economías avanzadas: Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Nueva
Zelanda, a partir de datos del Banco de Canadá. Este indicador es clave para comprender
la rentabilidad del sistema bancario, la eficiencia de la intermediación financiera y las
condiciones de competencia en el mercado crediticio. Desde una perspectiva de gestión
pública y análisis económico-político, el spread también refleja las prioridades estructurales
de los sistemas financieros, su orientación hacia el desarrollo inclusivo y su capacidad de
responder a shocks internos o externos sin comprometer la estabilidad.

En el caso de Canadá, el gráfico revela un spread históricamente amplio, fluctuando entre


el 2.5% y 4% durante el periodo analizado. Este margen elevado ha garantizado una
rentabilidad sólida para los bancos, en especial los seis grandes bancos sistémicos
(D-SIBs) que dominan el mercado. Sin embargo, también ha generado críticas en torno a la
escasa transmisión de beneficios hacia los ahorristas, particularmente en contextos de
subidas de tasas. La figura muestra un pico cercano al 4% en 2008, en plena crisis
financiera internacional. Este incremento en el spread no fue resultado de mayor eficiencia,
sino de un comportamiento defensivo por parte del sistema bancario, que buscó proteger
sus márgenes ante el aumento del riesgo crediticio y la volatilidad global. Posteriormente,
entre 2009 y 2015, el spread se reduce levemente como resultado de tasas de interés
históricamente bajas tanto para préstamos como para depósitos, pero sigue siendo mayor
que en países comparables, lo cual refuerza la idea de un mercado bancario altamente
concentrado con escasa presión competitiva (Bank of Canada, 2022).

Durante la pandemia de COVID-19, el spread en Canadá se mantuvo relativamente estable,


aunque las tasas activas y pasivas cayeron casi a cero. Sin embargo, el repunte de la
inflación en 2022 obligó al Banco de Canadá a elevar su tasa de referencia, y los bancos
trasladaron ese aumento rápidamente a los créditos, pero no en la misma proporción a los
depósitos, lo que produjo una nueva ampliación del spread. Este fenómeno revela una
asimetría en la política de transmisión monetaria y plantea desafíos en términos de inclusión
financiera y equidad económica (IMF, 2023).

En Estados Unidos, el spread ha sido tradicionalmente menor que en Canadá, situándose


entre 2% y 3% la mayor parte del periodo. La figura muestra un comportamiento más
reactivo y sincronizado con los ciclos monetarios de la Reserva Federal. Entre 2009 y 2015,
el spread se redujo marcadamente debido al colapso de la tasa de fondos federales y la
necesidad de estimular el crédito. A partir de 2016, la Fed inició un proceso de
normalización que se reflejó en un aumento progresivo del spread hasta 2019. El COVID-19
generó una contracción abrupta, seguida de una recuperación rápida en 2022–2023 como
parte de un agresivo ajuste monetario frente a la inflación.

Reino Unido, en cambio, mantiene un spread más conservador, con variaciones


controladas. Esto refleja el mayor equilibrio entre competencia bancaria y regulación
macroprudencial. Su estabilidad también puede atribuirse a la estructura del sistema
financiero británico, más abierto a la competencia interbancaria y fintech. Sin embargo, a
partir de 2022 se observa un leve repunte, en consonancia con la política del Banco de
Inglaterra, que elevó sus tasas para contener la inflación post-pandemia.

En el caso de Alemania, el spread ha sido históricamente bajo (entre 1% y 2%), y muy


plano. Esta estabilidad refleja la influencia del Banco Central Europeo (BCE), que impuso
una política de tipos bajos o negativos durante más de una década para enfrentar las crisis
de deuda soberana en la eurozona. Aunque esto benefició a los prestatarios, también afectó
la rentabilidad de los bancos tradicionales, particularmente los bancos regionales y
cooperativos (Sparkassen), lo que ha motivado debates sobre sostenibilidad del modelo
bancario alemán (ECB, 2023).

Finalmente, Nueva Zelanda presenta una trayectoria singular. El spread se mantuvo


elevado (3%–4%) en los primeros años del milenio debido a una política monetaria
contractiva, destinada a controlar la inflación en una economía pequeña y abierta. Sin
embargo, la figura muestra un punto de quiebre severo en 2017–2018, cuando el spread
colapsa abruptamente hasta valores negativos. Este fenómeno refleja la introducción de
políticas monetarias ultraexpansivas combinadas con una competencia bancaria más
intensa, además de incentivos a los depósitos en condiciones de inflación baja. Si bien el
spread se recupera parcialmente después del COVID-19, continúa mostrando una mayor
sensibilidad a los ciclos económicos.

Desde una óptica de gestión política económica, el spread debe evaluarse no solo como
indicador técnico, sino como expresión de las prioridades estructurales del sistema
financiero. Un spread elevado como el de Canadá puede reflejar solidez bancaria, pero
también baja competencia, barreras de entrada para nuevos actores, y escasa presión
regulatoria para mejorar las condiciones al usuario final. Por el contrario, spreads más bajos
como los de Alemania o Reino Unido pueden indicar mayor eficiencia y transferencia de
beneficios hacia la sociedad, aunque a veces a costa de márgenes ajustados para los
bancos.

En conclusión, la Figura N°17 permite identificar no solo la rentabilidad del sistema


bancario, sino también su alineación con los objetivos de política pública: competencia,
equidad, inclusión financiera y estabilidad macroeconómica. Canadá se encuentra ante
el desafío de garantizar que esta rentabilidad no derive en desigualdad, sino que sirva como
base para una intermediación más justa y resiliente, especialmente en contextos de alta
inflación, endeudamiento de hogares y digitalización financiera.

●​ Ahorro, inversión y tasa de interés de préstamo (%)


La Figura N° 18 expone la evolución de tres indicadores económicos clave en Canadá
desde el año 2000: tasa de ahorro de los hogares, formación bruta de capital como
porcentaje del PBI (inversión) y tasa de interés de préstamo. Esta combinación permite
analizar de manera integrada la capacidad de financiamiento interno, las condiciones de
acceso al crédito y la propensión a invertir, pilares fundamentales para la estabilidad
macroeconómica y el desarrollo sostenido.

El primer punto de inflexión se da entre 2000 y 2005, donde se observa una caída
pronunciada en la tasa de ahorro, coincidiendo con una tendencia mundial de expansión del
crédito y reducción de tasas de interés. En ese periodo, la política monetaria expansiva del
Banco de Canadá, en respuesta a la desaceleración post-burbuja tecnológica, se tradujo en
una baja del costo del crédito (de 7% a 5%), lo cual incentivó el consumo privado a costa
del ahorro (Bank of Canada, 2003).

Hacia 2008–2009, durante la crisis financiera global, la tasa de interés de préstamo


continuó su descenso, llegando a su punto más bajo (~2.5% en 2010). Paradójicamente, la
tasa de ahorro repuntó levemente como reacción precautoria de los hogares ante la
incertidumbre. En contraste, la inversión como porcentaje del PBI se mantuvo relativamente
estable, lo que sugiere un uso contracíclico de políticas fiscales para sostener la actividad
productiva, a través de inversión pública en infraestructura (OECD, 2010).

El periodo 2015–2020 refleja una etapa de estabilidad relativa, con tasas de préstamo en
mínimos históricos (~2–3%), una inversión que se estabiliza en torno al 23% del PBI, y una
tasa de ahorro aún moderada. Sin embargo, en 2020 ocurre el evento más disruptivo de
las dos décadas: la pandemia de COVID-19. Las medidas de emergencia, como los
subsidios directos a hogares (ej. Canada Emergency Response Benefit - CERB), el
confinamiento generalizado y el cierre temporal de sectores de consumo, provocaron un
salto histórico en la tasa de ahorro (~14% en 2020), fenómeno observado también en
otras economías desarrolladas (IMF, 2021). Esta acumulación de ahorro forzoso se produjo
al mismo tiempo que la inversión sufrió una ligera contracción, y las tasas de interés se
mantuvieron cercanas a cero como parte del paquete de estímulos del Banco de Canadá.

El segundo gran quiebre se da entre 2022 y 2023, cuando la inflación post-pandemia,


exacerbada por disrupciones logísticas globales y la guerra en Ucrania, forzó un abrupto
endurecimiento monetario. Las tasas de interés de préstamo en Canadá aumentaron
nuevamente a niveles cercanos al 6% (Bank of Canada, 2023), mientras que el ahorro de
los hogares cayó al 5.7% en 2023, reflejando una pérdida del ingreso disponible debido al
encarecimiento del crédito y los bienes esenciales.

La Figura N° 18.1 permite extender este análisis comparado al ámbito internacional.


Canadá, junto a Nueva Zelanda, se ubica consistentemente por encima de la media de
inversión (como % del PBI), superando a economías como Alemania, Reino Unido y
Estados Unidos. Esto refleja una estructura económica con alto componente de inversión en
infraestructura, sectores intensivos en capital y una fuerte presencia estatal en proyectos
productivos. No obstante, la figura revela un descenso simultáneo en todos los países en
2009 efecto de la crisis financiera y una recuperación heterogénea a partir de 2010.

Desde 2020, Canadá mantiene un desempeño sólido en inversión, mientras países como
Alemania y Reino Unido muestran recuperación más lenta. Es importante señalar que
Nueva Zelanda lidera la recuperación post-COVID en términos de inversión, gracias a
políticas contracíclicas activas y un enfoque estratégico en infraestructura climática y digital
(New Zealand Treasury, 2022). Alemania, pese a su potencia industrial, ha sido más
cautelosa en el gasto público, lo que se refleja en sus menores niveles de inversión relativa.

Estados Unidos, por su parte, ha incrementado ligeramente su inversión tras la pandemia


gracias al Inflation Reduction Act (2022) y el Bipartisan Infrastructure Law (2021), que
incluyen incentivos a sectores clave como energía, manufactura verde y digitalización.


En conclusión, ambas figuras ilustran las tensiones estructurales en las estrategias de
desarrollo económico. Canadá presenta una fuerte base inversora, pero su sostenibilidad
está amenazada por el descenso del ahorro interno y el encarecimiento del crédito. Desde
una óptica de política económica, es necesario fortalecer mecanismos de ahorro
voluntario a largo plazo (ej. cuentas libres de impuestos, educación financiera), promover
mayor equidad regional en el acceso al financiamiento y combinar la política monetaria con
una estrategia fiscal inclusiva que potencie la inversión privada sin desplazar la pública.

Finalmente, el benchmark internacional muestra que mantener altos niveles de inversión


requiere coherencia macroeconómica, flexibilidad institucional y visión de largo plazo,
especialmente en contextos de alta volatilidad externa.

●​ Estructura del sector financiero en Canadá

La Figura N° 19 presenta la evolución de la estructura del sector financiero como porcentaje


del PIB en cinco economías avanzadas entre 2000 y 2024. Canadá parte de un nivel
cercano al 30 % en el año 2000 y alcanza aproximadamente un 54 % en 2024, lo que refleja
una profundización constante de su sistema financiero. Este comportamiento se repite en
las otras economías comparadas: el Reino Unido inicia con una estructura superior al 40 %
y se consolida como líder con un 65 % al final del periodo; Estados Unidos y Alemania
muestran un crecimiento sostenido, convergiendo alrededor del 55 %; y Nueva Zelanda,
pese a partir de una base más baja (~25 %), logra cerrar la brecha con una expansión hasta
el 48 %. Esta tendencia generalizada demuestra una intensificación de la intermediación
financiera, impulsada tanto por la expansión del crédito como por el desarrollo de activos
financieros y mercados de capital.

Lo más notable de este gráfico es la ausencia de quiebres abruptos durante las principales
crisis globales. A pesar de la crisis financiera de 2008 y el impacto económico del COVID-19
en 2020–2021, los niveles de intermediación no se redujeron significativamente. Esto se
debe, en buena parte, a la solidez institucional y a las respuestas de política pública
adoptadas en cada país. En Canadá, por ejemplo, la implementación temprana de pruebas
de estrés y el refuerzo de los buffers de capital por parte de la Oficina del Superintendente
de Instituciones Financieras (OSFI) y el Banco de Canadá fortalecieron la resiliencia del
sistema bancario, permitiendo que atravesara las crisis con pérdidas mínimas (Bank of
Canada, 2021; IMF, 2008).
La Tabla 19.1 complementa este análisis presentando la arquitectura institucional de los
sectores financieros. En Canadá, el dominio de los “Big Five” (RBC, TD, Scotiabank, BMO,
CIBC) junto con aseguradoras como Manulife y Sun Life conforman un sistema altamente
concentrado. Esta estructura se encuentra bajo la regulación del Banco de Canadá y la
OSFI, con un mercado bursátil centrado en la Bolsa de Toronto (TSX). En contraste, el
Reino Unido combina un mercado financiero amplio (LSE), bancos globales como HSBC y
Barclays, y un modelo regulador de “twin peaks” donde el Banco de Inglaterra (a través de
la PRA) gestiona la regulación prudencial y la FCA supervisa la conducta de mercado.
Estados Unidos presenta un sistema más fragmentado con múltiples órganos como la
Reserva Federal, la FDIC y la SEC, mientras que Alemania cuenta con una estructura
descentralizada donde bancos regionales y cooperativas como las “Sparkassen”
desempeñan un papel crucial, supervisados por el Bundesbank y BaFin. Nueva Zelanda,
por su parte, mantiene una alta concentración con solo cuatro bancos dominando el 84 %
del crédito bancario, bajo la vigilancia del RBNZ y la FMA (RBNZ, 2025).

Esta diversidad institucional tiene consecuencias. Canadá y Nueva Zelanda, con sistemas
bancarios altamente concentrados, muestran gran estabilidad y eficiencia operativa, aunque
menor dinamismo competitivo. Alemania, en cambio, presenta una dispersión institucional
que fomenta competencia y reduce riesgos sistémicos, pero con costos en términos de
rentabilidad y modernización. Solo el 10 % de los alemanes invierte en fondos mutuos y
apenas el 35 % tiene tarjeta de crédito, lo que revela una cultura financiera más
conservadora (McKinsey & Company, 2016).

En términos de inclusión financiera, los cinco países mantienen indicadores elevados, con
tasas de bancarización cercanas al 100 %. Sin embargo, las diferencias surgen en el ámbito
de la innovación digital. Canadá, pese a ser uno de los países con mayor conectividad
digital, exhibe un bajo uso de servicios fintech (~13 %), frente al 32 % del Reino Unido y el
42 % de Estados Unidos (McKinsey & Company, 2024). Esto refleja un mercado dominado
por actores tradicionales que, si bien garantizan estabilidad, limitan la competencia y la
adopción de nuevas tecnologías. En respuesta, varios países han implementado políticas
de Open Banking, incluidos Reino Unido y Canadá, con el objetivo de democratizar el
acceso a datos financieros y facilitar la competencia (OSFI, 2024).

Respecto a los marcos regulatorios, todos los países han convergido en normativas más
estrictas post-2008. Canadá introdujo herramientas contracíclicas como el “Domestic
Stability Buffer” y mantiene altos estándares de capital y liquidez. Reino Unido reestructuró
su sistema tras la crisis, separando la regulación prudencial de la conductual. Estados
Unidos adoptó la ley Dodd-Frank, que introdujo pruebas de estrés y mecanismos de
resolución ordenada. Alemania y Nueva Zelanda también fortalecieron sus marcos
regulatorios, adoptando Basilea III y políticas macroprudenciales específicas, como límites
al crédito hipotecario en NZ.

En cuanto a los puntos de quiebre, la crisis financiera global de 2008 y la pandemia del
COVID-19 han sido hitos clave. La primera reveló la fragilidad de sistemas liberalizados,
como los de EE.UU. y Reino Unido, que respondieron con rescates y reformas
estructurales. Canadá, con un sistema más conservador, no experimentó quiebras
bancarias y fue considerado un modelo de estabilidad. La pandemia, por su parte, puso a
prueba la capacidad de los gobiernos para sostener el crédito y evitar el colapso económico.
En todos los casos, la intervención fiscal y monetaria fue determinante para evitar una crisis
sistémica.

En conclusión, el análisis de la Figura N° 19 y la Tabla 19.1 revela que la estructura del


sector financiero de Canadá ha evolucionado en un entorno de estabilidad y concentración,
con una regulación sólida y prudente que ha permitido responder eficazmente a los desafíos
globales. En comparación con otras economías avanzadas, Canadá destaca por su
resiliencia, aunque enfrenta retos importantes en materia de innovación, competencia y
digitalización. Las experiencias internacionales muestran que no existe un único modelo
exitoso, pero sí patrones comunes: marcos regulatorios claros, inclusión financiera amplia, y
adaptabilidad ante shocks. El desafío actual consiste en equilibrar estas fortalezas con una
mayor apertura a la innovación y una diversificación institucional que permita ampliar el
acceso y la eficiencia del sistema financiero.

●​ Acceso a servicios financieros en Canadá

La Figura N° 20 representa el ranking de facilidad para hacer negocios (Doing Business)


según el Banco Mundial para el período 2006–2020, donde el puesto 1 indica el entorno
más favorable. Este índice agrupa variables como apertura empresarial, acceso al crédito,
protección de inversiones, cumplimiento de contratos, regulación tributaria, entre otros, y
constituye una referencia clave para evaluar el acceso a servicios financieros formales,
especialmente en países desarrollados con economías basadas en el mercado y orientadas
a la inversión privada.

Canadá, tomado como referencia principal, se ha mantenido consistentemente en el grupo


superior del ranking. Entre 2006 y 2020, su posición osciló entre los puestos 7 y 23,
reflejando un entorno empresarial competitivo, con marcos regulatorios estables, un sistema
financiero desarrollado y bajos niveles de riesgo institucional. No obstante, la leve caída que
se observa a partir de 2014 puede atribuirse a retrasos en la digitalización de procesos
financieros, limitaciones en la adopción de innovación fintech y ciertas rigideces en materia
tributaria y apertura de empresas (McKinsey, 2024; OECD, 2022). Pese a esto, la banca
canadiense ha seguido siendo considerada robusta y confiable, y la cobertura bancaria
—cercana al 100% de la población adulta— continúa ubicando a Canadá entre los países
con mayor inclusión financiera (World Bank, 2021).

Al compararlo con otras economías avanzadas, Nueva Zelanda se posiciona de forma


sobresaliente. Desde 2010, ocupa de manera constante el primer lugar en el ranking
mundial, gracias a un marco regulatorio ágil, una elevada transparencia institucional y una
fuerte digitalización del sistema financiero (World Bank, 2020). Este liderazgo también está
vinculado a políticas activas del RBNZ para facilitar el acceso a crédito, especialmente para
PYMEs y zonas rurales, así como a su estrategia de banca abierta desde etapas tempranas
(RBNZ, 2022).

Reino Unido, por su parte, mantiene una posición destacada, fluctuando entre los puestos 6
y 10. El país se ha beneficiado de su ecosistema fintech, regulaciones flexibles y alta
sofisticación del sistema financiero. Sin embargo, el referéndum del Brexit en 2016 marcó
un punto de inflexión, generando incertidumbre institucional y financiera. A pesar de ello, el
Reino Unido logró conservar una buena posición gracias a la fortaleza de su infraestructura
regulatoria y la rápida implementación de reformas orientadas a sostener el atractivo para
inversiones extranjeras (FCA, 2019).

Alemania, en contraste, se mantiene estable pero en una posición más baja (entre 20 y 24),
lo que refleja su marco regulador más rígido, una burocracia más pesada y un sistema
bancario menos accesible para nuevos negocios. Aunque su sector financiero es sólido y
diversificado, la penetración de servicios digitales y fintech ha sido más lenta, y su sistema
cooperativo (Sparkassen y Landesbanken) tiene menos flexibilidad para fomentar
innovación (Bundesbank, 2021). Sin embargo, esta misma estructura ha permitido una
estabilidad notable durante periodos de crisis.

Estados Unidos se mueve en una trayectoria irregular: parte del puesto 13 en 2006, mejora
hasta el puesto 4 en 2010–2012, y luego cae hasta el puesto 55 en 2020. Esta caída refleja
el creciente costo de cumplimiento normativo, la fragmentación del sistema regulador (Fed,
SEC, FDIC, OCC) y barreras legales en algunas jurisdicciones. Además, la percepción
sobre la estabilidad política y el acceso equitativo al crédito se deterioró tras la crisis
financiera de 2008 y nuevamente en años recientes, por tensiones regulatorias y sociales
internas. No obstante, el país conserva una de las infraestructuras financieras más
complejas, diversas y tecnológicamente avanzadas del mundo.

En el marco de un análisis de gestión política económica, este gráfico permite observar


cómo factores institucionales, regulatorios y de política pública influyen directamente en el
acceso a servicios financieros formales. Un entorno de negocios favorable no solo atrae
inversión extranjera, sino que también facilita la bancarización de la población, la expansión
del crédito a emprendedores y la formalización económica.

Los puntos de quiebre en el gráfico, como la mejora de Nueva Zelanda a partir de 2010, la
caída progresiva de EE.UU. tras 2012, y el descenso de Canadá luego de 2015, responden
a decisiones de política estructural: reformas pro-inversión, digitalización de procesos y
simplificación tributaria en el primer caso; complejidad normativa y polarización política en el
segundo; y estancamiento relativo en innovación regulatoria en el tercero.

En conclusión, Canadá mantiene una posición privilegiada en el acceso a servicios


financieros, gracias a su fortaleza institucional, su estabilidad macroeconómica y la
concentración eficiente de su sistema bancario. Sin embargo, el benchmarking muestra que
el liderazgo en esta dimensión exige no solo estabilidad, sino también apertura a la
innovación y capacidad de adaptación frente a nuevas dinámicas digitales y sociales.
Países como Nueva Zelanda y Reino Unido han tomado la delantera al impulsar reformas
estructurales que equilibran eficiencia con inclusión. La lección para Canadá es clara:
sostener su buen posicionamiento requiere avanzar en digitalización, competencia
financiera y eliminación de barreras de entrada, sin comprometer la solidez prudencial que
lo caracteriza.

2. BAJOS RENDIMIENTOS SOCIALES

2.1. Geografía ROSA

* Comercio (% del PIB)


La Figura N° 21 muestra la evolución del comercio como porcentaje del Producto Bruto
Interno (PBI) en cinco economías desarrolladas Canadá, Alemania, Reino Unido, Nueva
Zelanda y Estados Unidos durante el periodo 2000–2025, según datos del Banco Mundial
(2025). Este indicador, que suma exportaciones e importaciones respecto al PBI, permite
evaluar el nivel de apertura comercial, la dependencia externa y la integración económica
internacional de cada país.

En el caso de Canadá, se observa una trayectoria decreciente desde inicios de siglo, donde
el comercio representaba cerca del 83 % del PBI en el año 2000. Esta proporción fue
reduciéndose de manera progresiva a lo largo de las décadas siguientes, situándose entre
el 65 % y 70 % en años recientes. Existen dos quiebres claramente marcados: el primero en
2009, con una caída abrupta a raíz de la crisis financiera global, que redujo drásticamente la
demanda mundial, los precios de exportación (especialmente de hidrocarburos) y la fluidez
de las cadenas logísticas. El segundo en 2020, coincidente con la pandemia de COVID-19,
refleja el efecto de cierres de fronteras, disrupciones portuarias y reducción del comercio
global. Sin embargo, en ambos casos, Canadá logró una recuperación parcial gracias a
estímulos fiscales, la solidez institucional y el dinamismo de sus vínculos comerciales con
EE.UU. (su principal socio, absorbiendo más del 70 % de sus exportaciones).

Desde una perspectiva de gestión política económica, la evolución canadiense responde


tanto a factores estructurales como coyunturales. En el plano estructural, destacan la
concentración geográfica de su comercio exterior, su dependencia energética, y una
limitada diversificación de destinos exportadores. En cuanto a los factores coyunturales,
influyeron decisiones de política comercial de EE.UU. (como las tensiones durante la
renegociación del NAFTA y la entrada en vigor del USMCA), así como eventos globales
disruptivos como la pandemia y las restricciones logísticas asociadas.

Alemania, por contraste, exhibe consistentemente el mayor grado de apertura comercial


entre los países analizados. Desde 2000 hasta 2025, el comercio supera el 80 % del PBI,
alcanzando picos de hasta 90 % en ciertos años. Esto refleja el carácter exportador de la
economía alemana, especialmente en sectores de alto valor agregado como la industria
automotriz, química y maquinaria pesada. Su pertenencia al mercado común europeo, el
uso del euro y su centralidad logística dentro de Europa han fortalecido este perfil. La caída
de 2009 (crisis financiera) y de 2020 (pandemia) fueron significativas, pero Alemania mostró
resiliencia, con una recuperación acelerada, en parte gracias al repunte del comercio
intra-UE y con China.

Reino Unido presenta una curva más volátil. Entre 2000 y 2015 mantiene niveles
relativamente estables de comercio (~65 % del PBI), pero a partir del referéndum del Brexit
en 2016 se observa un quiebre estructural. Las negociaciones con la Unión Europea, la
incertidumbre institucional y la introducción de nuevas barreras no arancelarias afectaron la
fluidez del comercio. Aunque en los últimos años ha habido una leve recuperación
impulsada por acuerdos bilaterales y un nuevo marco aduanero, los costos de transacción
se han elevado, reduciendo la competitividad en algunos sectores exportadores.

Nueva Zelanda, a pesar de ser una economía pequeña y altamente dependiente del
comercio, muestra cifras menores a las de Alemania o Canadá (fluctuando entre 55 % y
70 %). La caída más severa ocurre en 2020 por la pandemia, al interrumpirse rutas
marítimas clave y aumentar los costos logísticos. No obstante, su recuperación posterior es
robusta, gracias a una política comercial proactiva con acuerdos como el TPP, tratados con
China y Australia y una canasta exportadora centrada en alimentos, productos agrícolas y
bienes primarios, sectores que mantuvieron alta demanda durante la crisis sanitaria.

Estados Unidos destaca por su bajo nivel de comercio relativo al tamaño de su economía,
manteniéndose por debajo del 35 % del PBI a lo largo del periodo. Esto se debe a que su
mercado interno es inmenso, con una demanda doméstica que absorbe buena parte de la
producción nacional. A pesar de ser uno de los mayores exportadores e importadores del
mundo en términos absolutos, su baja ratio comercio/PBI es estructural. Las políticas
proteccionistas del periodo Trump (2017–2021) y su énfasis en la reindustrialización
nacional y la defensa de sectores sensibles (acero, automotriz) acentuaron esta
característica. La pandemia no redujo esta proporción en la misma magnitud que en otros
países, dado que el comercio internacional representa una fracción menor en su estructura
económica total.

En conclusión, el análisis de la Figura N° 21 revela trayectorias diferenciadas en la apertura


comercial de países desarrollados. Mientras Alemania y Nueva Zelanda han mantenido o
ampliado su inserción externa a través de políticas industriales y tratados multilaterales,
Canadá ha mostrado una leve tendencia al repliegue relativo, con desafíos en
diversificación y eficiencia exportadora. El Reino Unido ha sufrido los efectos del Brexit, y
Estados Unidos sigue confiando en la solidez de su demanda interna. Para Canadá, el
desafío clave será aprovechar acuerdos como el CETA (con la UE) y el CPTPP (con
Asia-Pacífico), modernizar su infraestructura comercial y digitalizar procesos aduaneros
para reducir costos y ampliar mercados. En un contexto global de tensiones geopolíticas y
fragmentación comercial, una estrategia sólida de apertura y resiliencia es fundamental para
sostener el crecimiento inclusivo.

●​ Costo de exportación (USD por contenedor)

La Figura N° 22 representa la evolución del costo de exportación (medido en dólares


estadounidenses por contenedor) en cinco economías desarrolladas Canadá, Alemania,
Estados Unidos, Nueva Zelanda y Reino Unido a lo largo del periodo 2000–2022. Este
indicador, extraído de los informes Doing Business del Banco Mundial, refleja la eficiencia
logística, la estructura de costos del comercio exterior y la competitividad sistémica de cada
país en el ámbito exportador. Su análisis resulta clave para la formulación de políticas
económicas que buscan mejorar el clima de negocios y fortalecer la inserción comercial
internacional.

En el caso de Canadá, país tomado como base de referencia, el gráfico evidencia una
notable volatilidad con caídas abruptas en los años 2009 y 2020, coincidiendo con los
efectos de la crisis financiera global y la pandemia de COVID-19, respectivamente. En 2009,
el costo de exportación por contenedor se incrementó de manera significativa, debido al
colapso del comercio mundial, la disrupción de cadenas logísticas y el aumento de los
seguros de riesgo para el transporte internacional. Sin embargo, a diferencia de economías
más abiertas como Alemania, Canadá mostró una recuperación más rápida entre 2010 y
2013, atribuible a su sólida infraestructura portuaria (Vancouver, Halifax, Montreal), el efecto
arrastre del comercio con Estados Unidos y programas públicos para la facilitación
comercial como el “Single Window Initiative”.

Posteriormente, la caída de los costos logísticos fue interrumpida por la pandemia, cuando
la escasez de contenedores, el cierre temporal de puertos y el encarecimiento del transporte
marítimo global provocaron un repunte en los costos de exportación a nivel mundial. En este
contexto, el Banco de Canadá subrayó la importancia de mantener la eficiencia aduanera y
la digitalización de procesos logísticos como estrategia de resiliencia frente a futuras
disrupciones (Bank of Canada, 2021).

Comparativamente, Alemania presenta la mayor amplitud de variaciones, con un incremento


dramático en los costos alrededor del año 2009, alcanzando valores negativos (más de
–14%), y otro episodio similar en 2020 con una caída cercana al –10%. Esto puede
explicarse por la extrema dependencia alemana del comercio internacional especialmente el
intraeuropeo y asiático y por su exposición a costos derivados de cambios en las tarifas
portuarias, congestión en sus centros logísticos clave (Hamburgo, Bremen), y
reestructuraciones en los regímenes fiscales y regulatorios europeos. A pesar de contar con
una infraestructura robusta, la alta integración en cadenas globales hace al sistema logístico
alemán particularmente sensible a shocks.

Estados Unidos, por su parte, muestra una dinámica oscilante pero con menores caídas
extremas que Alemania o Canadá. Su punto más crítico también se sitúa en 2009 y 2020,
aunque con variaciones menos pronunciadas. Esto puede atribuirse a la escala continental
del comercio norteamericano (con alta proporción terrestre), la robustez de su sistema
ferroviario y las reformas logísticas emprendidas durante las últimas décadas, incluyendo la
expansión de puertos como Los Ángeles y Nueva York. Sin embargo, el bajo nivel de
inversión pública en infraestructura en comparación con economías asiáticas ha sido
señalado como una limitación estructural para seguir reduciendo costos de exportación
(Brookings Institution, 2020).

Nueva Zelanda destaca por su perfil singular. En 2020, muestra la mayor caída relativa de
todos los países analizados, reflejando su condición insular, la alta dependencia del
transporte marítimo y su posición geográfica alejada de los principales mercados. A pesar
de contar con puertos eficientes como Auckland y Wellington, el costo del transporte
internacional representa una proporción significativa de sus exportaciones. Sin embargo, la
fuerte recuperación posterior indica capacidad de adaptación institucional y acuerdos
comerciales bien posicionados, como CPTPP o el tratado con China, que permiten ajustar
rutas y optimizar costos.

El Reino Unido, finalmente, muestra también episodios de inestabilidad en 2009 y 2020,


pero lo más relevante en su trayectoria es el repunte de los costos posterior al referéndum
del Brexit (2016), evidenciando un aumento paulatino de barreras no arancelarias, tiempos
aduaneros más extensos y necesidad de reestructurar relaciones logísticas con Europa. La
nueva relación comercial con la UE ha encarecido el despacho de exportaciones,
particularmente en sectores agroalimentarios, servicios logísticos y productos con
componentes europeos.

Desde el enfoque de gestión política económica, estos datos revelan la importancia de


políticas públicas sostenidas para facilitar el comercio internacional: la inversión en
infraestructura logística, la digitalización de procedimientos aduaneros, la cooperación
internacional para armonizar normas técnicas y la creación de marcos regulatorios que
reduzcan los costos fijos de exportación son claves para mantener la competitividad.
Además, el benchmarking muestra que las economías más abiertas y diversificadas
(Alemania, Nueva Zelanda) pueden ser más vulnerables a shocks externos, mientras que
las de gran escala doméstica (EE.UU., Canadá) tienden a absorber mejor las disrupciones,
pero enfrentan desafíos estructurales para mantenerse como actores dinámicos en el
comercio global.

Por tanto, en el caso de Canadá, la estrategia debe orientarse a fortalecer la resiliencia del
sistema exportador frente a eventos exógenos, mejorar la eficiencia logística mediante
alianzas público-privadas e innovar en digitalización, sin descuidar la reducción de costos
de exportación como parte integral de su política industrial y comercial internacional.

2.2 Capital Humano GABRIEL Y GABRIELA

2.2.1⁠⁠Índice de Capital Humano

La Figura N°23 presenta el Índice de Capital Humano (ICH) y el ranking mundial de Canadá
frente a países desarrollados. A pesar de un puntaje alto cercano a 75, Canadá ocupa la
posición 14 en el ranking global, situándose por debajo de naciones como Estados Unidos y
Alemania, que lideran esta medición. Esta situación revela la complejidad y
multidimensionalidad del desarrollo del capital humano y la competitividad global.

Diversos estudios en economía del desarrollo y educación han resaltado que el capital
humano no se define únicamente por años de escolaridad o acceso a servicios de salud,
sino también por la calidad, equidad y relevancia de las competencias adquiridas (Hanushek
& Woessmann, 2020). En este sentido, aunque Canadá ha logrado altas tasas de
matriculación y cobertura sanitaria, persisten desafíos en la equidad educativa y la
capacitación para habilidades digitales y transversales, cada vez más demandadas en la
economía global (OECD, 2021).

Canadá ha implementado políticas para abordar estas brechas, como el Plan Canadiense
para la Alfabetización Digital y programas de reentrenamiento laboral impulsados por la
Agencia Canadiense de Desarrollo Económico, orientados a fortalecer la empleabilidad y
adaptabilidad de la fuerza laboral (Government of Canada, 2023). Sin embargo, la eficacia
de estas iniciativas debe evaluarse frente a la velocidad del cambio tecnológico y la
transformación estructural de la economía mundial, que impone retos crecientes para
mantener la competitividad.

Asimismo, la posición en el ranking puede reflejar desigualdades regionales y


socioeconómicas persistentes dentro de Canadá, donde poblaciones indígenas y
comunidades rurales enfrentan menores oportunidades educativas y de salud, afectando la
cohesión social y el desarrollo humano integral (Truth and Reconciliation Commission,
2015). La inclusión efectiva de estos grupos es fundamental para ampliar el capital humano
de manera sostenible.

Desde la perspectiva de la salud, Canadá mantiene indicadores positivos, pero enfrenta


retos como el envejecimiento poblacional y el aumento de enfermedades crónicas, que
demandan políticas integradas de prevención y atención para preservar la productividad de
su población (Canadian Institute for Health Information, 2022).

La literatura sugiere que la inversión continua en capital humano, combinada con políticas
inclusivas, innovación educativa y fortalecimiento de habilidades digitales, es indispensable
para mejorar el posicionamiento de Canadá en el ICH y garantizar un crecimiento
económico inclusivo (Becker, 1994; Schultz, 1961). La inversión en capital humano no solo
implica ampliar la educación formal, sino también actualizar las competencias técnicas y
sociales necesarias para responder a los cambios tecnológicos y las demandas del
mercado laboral moderno. En un contexto globalizado y dinámico, las habilidades digitales y
la capacidad de innovación se han convertido en factores críticos para la competitividad de
los países.

Por otro lado, las políticas inclusivas aseguran que esta inversión alcance a todos los
sectores de la población, reduciendo brechas socioeconómicas y permitiendo que grupos
tradicionalmente marginados también contribuyan y se beneficien del desarrollo. Sin esta
inclusión, los avances en capital humano pueden ser insuficientes para mejorar
significativamente el posicionamiento de un país como Canadá en índices globales como el
ICH.

A pesar de que Canadá posee una base sólida de capital humano, el desafío reside en
superar barreras internas y externas para elevar su ranking global. Esto implica fortalecer
políticas educativas, fomentar la inclusión social, adaptarse a los cambios tecnológicos y
mantener un sistema de salud robusto, condiciones esenciales para sustentar la
competitividad y el desarrollo sostenible en el siglo XXI.

2.2.2 Tasa de participación laboral femenina

La Figura N°24 muestra la evolución de la tasa de participación laboral femenina en Canadá


y cinco países desarrollados entre 2000 y 2025 (proyección). En este contexto, la tasa de
participación laboral femenina es un indicador crucial para evaluar no solo la inclusión de las
mujeres en la fuerza laboral, sino también la capacidad de un país para capitalizar su capital
humano y promover la equidad de género, aspectos determinantes para el desarrollo
económico sostenible y la justicia social.

En el caso de Canadá, aunque la tasa de participación femenina ha mostrado una tendencia


al alza desde principios del siglo XXI, alcanzando aproximadamente un 75% en la última
década, esta cifra revela una paradoja importante al contrastarla con países como Nueva
Zelanda y Alemania, que evidencian una participación femenina más elevada y un
crecimiento más sostenido. Esta diferencia no es simplemente numérica, sino que expresa
profundas disparidades estructurales y culturales en las políticas de mercado laboral,
conciliación de vida familiar y laboral, y acceso a oportunidades educativas y profesionales.

El estancamiento relativo de Canadá en comparación con Nueva Zelanda, que supera el


79% en proyección, puede atribuirse a limitaciones persistentes en la infraestructura de
cuidado infantil, la insuficiente regulación sobre horarios laborales flexibles y la persistencia
de roles de género tradicionales que asignan mayor carga de trabajo doméstico a las
mujeres (Hernes, 2020). Estas condiciones generan un “techo de cristal invisible” que
restringe la plena participación femenina y su acceso a posiciones de liderazgo,
perpetuando desigualdades socioeconómicas y limitando el crecimiento económico basado
en talento diverso.

Por otra parte, Alemania ha implementado reformas estructurales significativas, como


subsidios directos para servicios de cuidado infantil y leyes que promueven la participación
femenina en sectores tecnológicos y científicos, lo que explica el notable incremento
observado en la tasa de participación desde mediados de la década de 2000
(Esping-Andersen, 2019). Estos modelos ilustran cómo la combinación de políticas públicas
focalizadas y transformaciones culturales puede ampliar efectivamente la inclusión laboral
femenina.

En contraste, la trayectoria más irregular y menor tasa en Estados Unidos refleja la


fragmentación del sistema de protección social y la limitada regulación laboral, lo que incide
negativamente en la estabilidad y calidad del empleo femenino (Jacobs & Gerson, 2020).
Esto sugiere que la mera participación no garantiza condiciones equitativas ni sostenibles.

El empleo precario, la segregación ocupacional y la brecha salarial continúan siendo


barreras significativas que afectan la autonomía económica de las mujeres y su contribución
efectiva al desarrollo nacional (ILO, 2022). En Canadá, aunque las mujeres han aumentado
su participación, persisten brechas salariales de aproximadamente el 20% y una
sobrerrepresentación en sectores con menor remuneración y seguridad laboral, lo que limita
el impacto positivo esperado en la economía.

Se demuestra que, aunque Canadá ha avanzado en la integración laboral femenina, las


políticas actuales deben evolucionar para superar las barreras estructurales y culturales que
limitan una participación plena y equitativa. Esto implica fortalecer la infraestructura de
cuidado infantil, promover la flexibilidad laboral, combatir estereotipos de género y mejorar
la calidad del empleo femenino. Solo así Canadá podrá acercarse a las tasas de
participación de países líderes y aprovechar plenamente el potencial de su capital humano
femenino para un desarrollo inclusivo y sostenible.

2.2.3 ⁠Matrícula escolar en educación primaria, secundaria y terciaria

De acuerdo con la Figura N°25, Canadá muestra una tendencia decreciente en el gasto en
educación, pasando de aproximadamente el 5.4% del INB en el año 2000 a cerca del 4.5%
en 2021. Esta disminución puede reflejar ajustes presupuestarios y cambios en las
prioridades gubernamentales, pero plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la
inversión educativa frente a la creciente demanda de calidad y equidad en el sistema
educativo.

En contraste, Nueva Zelanda mantiene un gasto consistentemente más alto, alrededor del
7%, indicando un compromiso sostenido con la educación a lo largo del tiempo, lo que
puede estar asociado a mejores resultados en inclusión educativa y desarrollo de
competencias.
Estados Unidos, Alemania y Reino Unido muestran patrones más estables con gastos en
torno al 4.5% al 5%, con fluctuaciones moderadas que reflejan ajustes presupuestarios
periódicos y políticas educativas específicas.

El descenso en el gasto educativo en Canadá es preocupante desde la perspectiva del


capital humano, dado que la evidencia empírica sugiere que la inversión adecuada y
sostenida en educación pública es vital para mejorar la calidad, la cobertura y la equidad
educativa, así como para fomentar la innovación y la productividad (Hanushek &
Woessmann, 2015). La reducción presupuestaria puede limitar el acceso a recursos,
infraestructura y capacitación docente, afectando negativamente la preparación de la fuerza
laboral futura.

Además, en un contexto global donde la competencia tecnológica y el conocimiento son


motores del desarrollo, mantener o aumentar el gasto en educación es estratégico para que
Canadá conserve su competitividad y pueda responder a los desafíos socioeconómicos
emergentes, incluyendo la inclusión social y la adaptación a la economía digital.

Canadá ha reducido su gasto educativo relativo al INB en las últimas dos décadas, lo que
podría comprometer el fortalecimiento de su capital humano. Para revertir esta tendencia,
se requiere un enfoque integral que combine asignaciones presupuestarias suficientes con
reformas orientadas a la calidad, innovación y equidad educativa.

2.2.4 Años promedio de escolaridad

La Figura N°26 presenta la evolución de los años promedio de escolaridad en Canadá y


otros cinco países desarrollados — Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Nueva Zelanda
y Canadá — desde el año 2000 hasta 2022. Este indicador es fundamental para evaluar la
inversión en educación formal y su impacto potencial en el desarrollo del capital humano y
la productividad nacional.

En el gráfico, Canadá muestra un crecimiento sostenido en los años promedio de


escolaridad, alcanzando alrededor de 12.7 años en 2022, lo que indica una consolidación
significativa del sistema educativo y un mayor acceso a niveles educativos superiores. Sin
embargo, esta cifra se encuentra levemente por debajo de Estados Unidos y Alemania,
países que registran promedios superiores a 13 años, evidenciando que Canadá, aunque
avanzado, mantiene un margen de mejora respecto a sus pares más competitivos.

La tendencia ascendente de Canadá desde 2000 refleja políticas educativas orientadas a la


ampliación de la cobertura y permanencia en el sistema escolar, así como la promoción de
la educación superior. No obstante, el ritmo de crecimiento es menos pronunciado que en el
Reino Unido y Alemania, que han implementado reformas estructurales para mejorar la
calidad y el acceso a la educación técnica y universitaria, factores que contribuyen a una
fuerza laboral más calificada y adaptable.

En contraste, Nueva Zelanda presenta una tendencia descendente, con una reducción
gradual de los años promedio de escolaridad en la última década, lo que puede indicar
cambios demográficos, migratorios o desafíos en la retención escolar que merecen un
análisis detallado para comprender su impacto en el capital humano de dicho país.

El desempeño de Canadá debe contextualizarse en las brechas internas existentes, como


diferencias regionales, socioeconómicas y entre grupos poblacionales, incluyendo
comunidades indígenas que enfrentan barreras educativas significativas (Truth and
Reconciliation Commission, 2015). Estas desigualdades limitan el potencial de aumentar el
promedio nacional y, por ende, afectan la competitividad global.

Finalmente, el incremento sostenido en los años promedio de escolaridad es una condición


necesaria, pero no suficiente, para mejorar el desarrollo económico y social. La calidad
educativa, la pertinencia del currículo, la equidad en el acceso y la vinculación con las
demandas del mercado laboral son elementos complementarios imprescindibles para que
esta inversión se traduzca en mayores capacidades productivas y bienestar social.

En síntesis, se evidencia que Canadá ha logrado avances importantes en la prolongación


de la escolaridad promedio, pero enfrenta retos para acelerar su crecimiento y cerrar
brechas internas, con miras a fortalecer su capital humano y mejorar su posición en la
economía global del conocimiento.

2.2.5 Puntuaciones PISA

Por otro lado, la figura N° 27, donde se abarcan los resultados de Canadá junto con los
países comparados en la última prueba PISA 2022 para el área de ciencia, lectura y
matemática. Canadá destaca con los puntajes más altos 515 en ciencias, 497 en
matemáticas y 507 en lectura. Lo que indica un desempeño superior al promedio de la
OCDE, establecido en torno a 500 (Friedrich Naumann Foundation, 2024). Nueva Zelanda
también muestra buenos resultados con 504 en ciencias, 479 en matemáticas y 501 en
lectura. En contraste, Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. Muestran un menor nivel
comparado con los 2 primeros países. Permitiéndose ver el nivel del rendimiento educativo.

Respecto al gasto en Salud, los datos de la figura N° 28 muestran que Canadá ha


incrementado sostenidamente su inversión en dicha área estimado bajo el porcentaje del
PBI. En el año 2000, destinaba alrededor del 8.2% de su PBI a salud, mientras que en 2022
alcanzo el 11.2% con un pico notable del 13 % en 2020, año de la pandemia. Este
crecimiento refleja una política continua de fortalecimiento del sistema de salud pública
canadiense, basado en el principio de acceso universal. En comparación, Alemania y Reino
Unido también muestran aumentos significativos, alcanzando un gasto de 12.6% y 11% de
sus PBI respectivamente. En 2022, mientas que Nueva Zelanda mantiene cifras más
moderadas, con 10%. Ese mismo año, Estados Unidos; si bien lidera con 16.5%. Tiene un
modelo altamente privatizado y desigual que no garantiza cobertura para toda la población
(DW español, 2023). Según la Organización Panamericana de la Salud (2024), el sistema
canadiense, financiado principalmente por fondos públicos, ha sido reconocido por su
eficiencia y equidad en comparación con otros modelos de países desarrollados. No
obstante, enfrenta desafíos como la escasez de personal y las listas de espera, que han
cobrado mayor visibilidad tras la pandemia (MAHCP, 2025).

2.3. Infraestructura
En primer lugar, la Figura N°29 que evalúa la calidad de la infraestructura relacionada con el
comercio y el transporte (escala 1-5), Alemania lidera con puntuación perfecta (5/5),
resultado de su modelo de "economía social de mercado" que combina inversión pública y
privada en infraestructuras multimodales. Según el Bundesministerium für Verkehr (2022), el
78% de sus exportaciones industriales dependen de esta red altamente eficiente. Además,
socialmente, la cultura de precisión técnica y formación profesional dual (sistema único
alemán) garantiza mantenimiento óptimo. Por otro lado, Canadá (4.5/5) muestra
disparidades regionales: mientras el corredor Toronto-Montreal-Vancouver alcanza
estándares mundiales, las comunidades indígenas en territorios norteños sufren aislamiento
crónico, reflejando tensiones federales no resueltas (Council of Canadian Academies, 2023)
(Figura N°29).

En cuanto a Estados Unidos (4/5), padece el "síndrome de la infraestructura olvidada": el


ASCE (2023) reporta que el 43% de sus carreteras están en mal estado, consecuencia de
décadas de subinversión y disputas partidistas sobre presupuestos. Asimismo, el Reino
Unido (3.8/5 en 2021) (Figura N°29) evidencia el costo del Brexit: la reorientación de fondos
a aduanas ha postergado proyectos clave como el Northern Powerhouse Rail (Institute for
Government, 2023). Finalmente, Nueva Zelanda (3.2/5), como economía remota, enfrenta el
dilema de costos logísticos un 40% superiores a Australia (NZ Productivity Commission,
2022), limitando su competitividad internacional.

Por otro lado, en relación con el Índice de Desarrollo Logístico (2007-2021), Alemania (4.3/5
en 2021) consolida su liderazgo mediante la integración con las cadenas de valor europeas
(Figura N°30). Como detalla el Logistics Performance Index del Banco Mundial (2022), su
ventaja competitiva radica en dos aspectos clave: primero, la existencia de hubs
intermodales como Duisburg, considerado el mayor puerto interior mundial; y segundo, la
implementación de políticas activas de digitalización logística bajo el concepto de Industria
4.0, que optimizan la eficiencia y resiliencia del sistema.

En contraste, Canadá (4.1/5) destaca por su conectividad transfronteriza, donde cruces


comerciales entre EE.UU. y Canadá procesan alrededor de 2.4 billones de dólares anuales
(Figura N°30). No obstante, su dependencia predominante del transporte por carretera
—que representa el 68% de la carga frente al 25% en Alemania evidencia ciertas
debilidades estratégicas que podrían limitar su competitividad a largo plazo (Conference
Board of Canada, 2023).

Por su parte, Estados Unidos (3.9/5) enfrenta un problema de fragmentación regulatoria que
afecta la coherencia de su desarrollo logístico (Figura N°30). Mientras estados como Texas
atraen inversiones a través de zonas económicas especiales, otros como California pierden
relevancia debido a estrictas restricciones ambientales que dificultan la expansión y
modernización de su infraestructura (Brookings Institution, 2023).

Del mismo modo, el Reino Unido (3.7/5 en 2021, comparado con 4.0/5 en 2016) refleja el
impacto acumulado del Brexit (Figura N°30), manifestado en un aumento del 200% en los
tiempos de despacho en el puerto de Dover, lo que afecta especialmente a las pequeñas y
medianas empresas (Financial Times, 2023). Por último, en la Figura N°30 se ve que Nueva
Zelanda (3.5/5) ha implementado soluciones innovadoras como el "Sea Freight Index" para
mitigar su aislamiento geográfico. Sin embargo, los elevados costos operativos derivados de
su ubicación remota representan un desafío importante, consumiendo aproximadamente el
12% de su PIB (NZ Ministry of Transport, 2023).

La Figura N°31 sobre gasto e inversión en transporte aéreo durante el periodo 2000-2022
revela disparidades profundas entre las principales economías occidentales, reflejando
asimetrías estructurales en el sistema económico global y sus correspondientes
manifestaciones en infraestructura crítica. Empezando con Estados Unidos que emerge
como el actor dominante indiscutible en el panorama de inversión aeronáutica, alcanzando
máximos de 16 mil millones de euros (Figura N°31), cuadruplicando la inversión de su
competidor más cercano. Esta supremacía refleja lo que Harvey (2005) denomina como
"acumulación por desposesión", donde el poder económico se concentra en manos de
quienes ya detentan ventajas estructurales significativas. La brecha de inversión ilustra la
teoría del "desarrollo geográfico desigual" donde el capitalismo requiere asimetrías
regionales para su funcionamiento. Lo más revelador es la capacidad estadounidense de
mantener altos niveles de inversión incluso durante crisis globales (2001, 2008, 2020),
demostrando lo que Stiglitz describe como el "privilegio exorbitante" de implementar
políticas contracíclicas mientras otras economías enfrentan restricciones.

A su vez, Alemania y Reino Unido, con máximos de inversión en torno a 4 mil millones de
euros, representan Estados donde la provisión de infraestructuras críticas debe equilibrarse
con otros compromisos sociales (Figura N°31). La concentración alemana en Frankfurt
como hub secundario refleja lo que Sassen (2001) denomina "ciudades globales de
segundo orden", que compiten por espacios de relevancia en redes transnacionales. El caso
británico muestra cómo la capacidad de inversión pública masiva queda restringida por
compromisos previos. La limitación operativa de Heathrow frente a hubs estadounidenses
evidencia esta dinámica de restricción estructural.

Bajo esa línea, Canadá y Nueva Zelanda, con inversiones que no superan los 2 mil millones
y 1 mil millones respectivamente (Figura N°31), operan como lo que Wallerstein definió
como "semiperiferias del sistema-mundo", donde las economías nacionales dependen de
decisiones tomadas en los centros hegemónicos. Estas economías experimentan lo que
Prebisch identificó como deterioro en su capacidad para desarrollar infraestructuras de
escala comparable a las potencias centrales. La situación de Nueva Zelanda, limitada a
operaciones domésticas críticas, ilustra cómo las posibilidades de inversión quedan
constreñidas por su posición estructural en la jerarquía económica global.

La hegemonía estadounidense en infraestructura aérea resulta de factores estructurales e


institucionales. Como señala Chomsky, la política de cielos abiertos ha funcionado
principalmente como mecanismo de expansión para corporaciones ya dominantes. Esta
ventaja se amplifica por la formación de "clusters industriales" (Porter, 1990), donde la
proximidad entre fabricantes como Boeing y centros de decisión política genera ventajas
competitivas sostenidas. La disparidad extrema (EE.UU. invirtiendo tanto como todos los
demás países juntos) refleja cómo el capital fluye hacia espacios ya privilegiados,
reforzando asimetrías preexistentes. Esta distribución desigual de inversiones tiene
profundas consecuencias sociales. Como señala Urry (2007), "la movilidad en la era global
se ha convertido en un nuevo eje de estratificación". La concentración de inversión
aeronáutica favorece lo que Bauman caracterizó como "élites móviles", mientras las
poblaciones de economías secundarias y periféricas experimentan movilidad restringida.
Este patrón, que se mantiene durante períodos de crisis global, permite a actores
dominantes consolidar ventajas estructurales preexistentes.

Por otro lado, el transporte ferroviario mostró una evolución desigual con un hito destacado
en 2015, año en que Estados Unidos (Azul) registró un pico histórico de inversión cercano a
16.0 mil millones de euros, superando ampliamente a otros países (Figura N°31). Este
incremento respondió a la aprobación del Fixing America’s Surface Transportation Act
(FAST Act) en 2015, que destinó fondos sin precedentes a modernizar corredores clave
como Chicago-Los Ángeles y a mejorar la seguridad en cruces ferroviarios (U.S.
Department of Transportation, 2016). Sin embargo, este impulso no se mantuvo: para 2022,
la inversión estadounidense cayó a 8.0 mil millones, reflejando la falta de continuidad en
políticas de infraestructura (Federal Railroad Administration, 2023).

En Europa, Alemania (Amarillo) mantuvo una inversión constante, con un promedio de 12.0
mil millones anuales entre 2010 y 2022, enfocada en electrificar el 70% de su red y
desarrollar trenes regionales impulsados por hidrógeno (German Federal Ministry of
Transport and Digital Infrastructure, 2022). Este enfoque contrastó con Reino Unido
(Morado), donde el proyecto HS2 consumió 14.0 mil millones en 2015, pero enfrentó críticas
por sobrecostos y retrasos, reduciendo su financiamiento a 6.0 mil millones en 2022
(National Audit Office, 2023). A su vez, Canadá (Rojo) mostró un crecimiento moderado,
alcanzando 5.0 mil millones en 2015 para expandir su red transcontinental de carga, vital
para exportar recursos como trigo y petróleo. No obstante, para 2022, la inversión se
estancó en 4.5 mil millones, priorizando mantenimiento sobre expansión (Transport Canada,
2023). Por su parte, Nueva Zelanda (Verde) mantuvo niveles mínimos, con 0.8 mil millones
en 2015 destinados a rehabilitar líneas turísticas como el TranzAlpine, aunque sin avances
significativos en conectividad urbana (New Zealand Transport Agency, 2023).

Ahora, con respecto al transporte marítimo revela patrones significativos y cambios en las
prioridades de inversión entre las principales economías occidentales, con valores en miles
de millones de euros. Primeramente, Alemania (amarillo) emerge como el actor
predominante durante gran parte del periodo analizado, mostrando una inversión
consistentemente alta, con picos cercanos a 1.0 mil millones de euros alrededor de 2002, y
manteniendo inversiones sustanciales (entre 0.8-1.0 mil millones) especialmente entre
2009-2013 (Figura N°31). Sin embargo, su participación disminuye notablemente después
de 2019, manteniendo inversiones moderadas hasta 2022.

Canadá (rojo) presenta una trayectoria fascinante de transformación, pasando de


inversiones modestas en la primera década (generalmente por debajo de 0.3 mil millones) a
convertirse en el líder indiscutible hacia el final del periodo. El aumento es particularmente
pronunciado entre 2015-2019, alcanzando su punto máximo en 2019 con inversiones que
superan el nivel de 1.5 mil millones, el valor más alto de la Figura N°31 para cualquier país.
Este crecimiento refleja lo que Harvey denominaría una "reconfiguración espacial del
capital", donde nuevos actores emergen en respuesta a oportunidades estructurales en el
sistema global.

Asimismo, Reino Unido (morado) muestra una presencia modesta pero consistente durante
la primera mitad del periodo (2000-2010), con inversiones que rondan los 0.3-0.5 mil
millones, para luego disminuir progresivamente hasta casi desaparecer después de 2014
(Figura N°31). Esta retirada gradual ilustra lo que Sassen (2001) identifica como
redistribución de prioridades estratégicas en potencias post-imperiales. Sin embargo,
Estados Unidos, contrariamente a lo que sucede en otros sectores como el aéreo, mantiene
una presencia relativamente discreta en inversión marítima, sin llegar a dominar el sector en
ningún momento del periodo analizado.

Por su parte, Nueva Zelanda (verde) mantiene una inversión mínima pero constante,
reflejando su condición de economía insular con necesidades marítimas básicas, pero
limitaciones presupuestarias estructurales. Este panorama inversor revela una interesante
inversión de los patrones típicos de dominación económica global. Como señala Wallerstein,
las estructuras centro-periferia no son estáticas, sino que pueden experimentar
reconfiguraciones significativas en sectores específicos. El caso del transporte marítimo
ilustra cómo Canadá, tradicionalmente considerada una economía secundaria en muchos
análisis, logra posicionarse como líder en este nicho estratégico. Durante el primer periodo
(2000-2010), Alemania y el Reino Unido consolidaron su liderazgo debido a su posición
estratégica en Europa, sus infraestructuras portuarias avanzadas y su integración en
cadenas globales de valor, lo que les permitió captar inversiones significativas en logística y
transporte marítimo. Este auge coincidió con una fase de expansión económica mundial y
una fuerte globalización comercial que favoreció a los hubs europeos tradicionales.

El segundo periodo (2010-2015) está marcado por la consolidación alemana, lo cual puede
interpretarse como una respuesta a la crisis financiera global de 2008 y sus efectos
duraderos. La crisis generó incertidumbre económica y cambios en las políticas comerciales
internacionales, llevando a una concentración de inversiones en países con estructuras
portuarias robustas y eficientes, como Alemania, que pudo aprovechar la reconfiguración de
las cadenas logísticas y fortalecer su posición dominante. Finalmente, el periodo 2015-2022
refleja un cambio sustancial con el ascenso de Canadá y el declive relativo de los países
europeos. Este fenómeno puede vincularse a la creciente importancia estratégica de
América del Norte en el comercio global, impulsada por acuerdos comerciales como el
T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá) y la diversificación de rutas
comerciales que buscan evitar congestiones y vulnerabilidades en rutas tradicionales.
Asimismo, el declive europeo podría estar asociado a desafíos estructurales, cambios
regulatorios y efectos combinados de tensiones comerciales internacionales, incluyendo el
impacto de la pandemia de COVID-19. La persistencia de Canadá en niveles altos de
inversión durante 2020-2022, pese a la pandemia, indica una resiliencia basada en su
integración económica regional y la apuesta por infraestructura logística moderna y
adaptable a contextos disruptivos.

Con respecto a la inversión canadiense en infraestructura vial, representada por las


discretas barras rojas en la Figura N°31, revela una estrategia nacional particular que
adquiere mayor profundidad al contrastarse con la de otras economías avanzadas. Lejos de
centrarse en la magnitud del gasto, esta estrategia responde a prioridades de largo plazo,
orientadas a la sostenibilidad, la cohesión territorial y la resiliencia ante crisis. Como señala
el C.D. Howe Institute, la infraestructura no es solo cuestión de montos, sino una expresión
concreta de los valores fundamentales de un país (Thompson & Gill, 2020, p.18).

La comparación con Estados Unidos muestra una diferencia contundente: mientras las
barras azules norteamericanas alcanzan entre 110 y 115 mil millones de euros, las
canadienses no superan los 10-15 mil millones (Figura N°31). Sin embargo, esta brecha no
debe interpretarse como un rezago, sino como reflejo de modelos de desarrollo divergentes.
Estados Unidos ha priorizado históricamente la expansión vial como soporte de su
urbanismo suburbano, mientras que Canadá ha adoptado un enfoque multimodal y más
equilibrado. Así lo explica Peñalosa al destacar que, mientras EE.UU. profundizó su
dependencia del automóvil, Canadá ha canalizado parte importante de su presupuesto
hacia sistemas ferroviarios y transporte público (Peñalosa, 2022, p.87). Transport Canada
confirma que el 28 % del presupuesto federal se orienta a modos no viales, frente al 11 %
de su vecino (Transport Canada, 2023, p.42), lo que evidencia una planificación menos
dependiente de la infraestructura carreterocéntrica.

Alemania, pese a sus diferencias estructurales, presenta niveles de inversión similares a los
de Canadá. Con una densidad poblacional más de cincuenta veces mayor, este país
europeo invierte una cantidad comparable gracias a su etapa de madurez infraestructural.
Klaus Müller sugiere que mientras Alemania optimiza una red consolidada, Canadá se
encuentra en una fase mixta de expansión y mantenimiento, propia de territorios extensos y
con baja densidad (Müller, 2023, p.211). Esta coincidencia, sin ser producto de condiciones
equivalentes, revela estrategias paralelas centradas en eficiencia y sostenibilidad. Ambas
naciones, además, comparten una orientación fuerte hacia la integración de modos de
transporte, como indica la Agencia Internacional de Energía (AIE, 2022, p.64).

El caso del Reino Unido refuerza la idea de una convergencia institucional más que
estructural. A pesar de operar en un territorio compacto y con alta densidad urbana, su nivel
de inversión se asemeja al canadiense. Según Taylor y Williams, esto puede explicarse por
la herencia administrativa común que ambos países comparten, basada en una tradición
anglosajona que prioriza aproximaciones incrementales, evaluaciones coste-beneficio y
retornos marginales elevados (2022, p.38). El Department for Transport británico confirma
esta orientación al destacar su preferencia por optimizaciones estratégicas frente a
proyectos emblemáticos (DfT, 2023, p.17). Sin embargo, como advierte Paterson, mientras
el Reino Unido puede concentrarse en la eficiencia dentro de una red densa, Canadá debe
garantizar conectividad en condiciones climáticas extremas y regiones geográficamente
dispersas (Paterson, 2022, p.128).

En el otro extremo del espectro aparece Nueva Zelanda, cuyo caso resulta valioso por los
desafíos compartidos en diferente escala. Con una superficie que apenas representa el 2.6
% de la canadiense, este país insular enfrenta retos logísticos similares por su geografía
montañosa y aislamiento de zonas rurales. Según Statistics New Zealand (2023), la
inversión en infraestructura vial refleja preocupaciones análogas de conectividad, seguridad
y adaptación climática. Henderson argumenta que, proporcionalmente a su PIB y población,
los recursos destinados por Nueva Zelanda a su red vial son equivalentes a los
canadienses, mostrando un patrón de inversión en contextos de baja densidad y alta
vulnerabilidad (Henderson, 2023, p.76). La colaboración técnica entre ambos países,
formalizada en acuerdos bilaterales recientes, ha permitido compartir buenas prácticas en
resiliencia y eficiencia territorial.

En conjunto, estos contrastes y coincidencias revelan que el modelo canadiense se


estructura a partir de un equilibrio entre expansión prudente, mantenimiento estructurado y
adaptación a desafíos geográficos y sociales. La Federación Canadiense de Municipios
destaca que esta estrategia busca integrar criterios de sostenibilidad con los de eficiencia
fiscal (FCM, 2023, p.8). Joseph Stiglitz ha denominado esta práctica como “pragmatismo
fiscal canadiense”, caracterizado por ciclos de inversión anticíclica seguidos de
consolidación (Stiglitz, 2021, p.142), lo cual ha permitido estabilizar el gasto sin perder
capacidad de respuesta.

Este modelo se complementa con una gobernanza federalista que combina dirección
nacional y ejecución provincial, generando un sistema más flexible que el europeo y más
coherente que el estadounidense (Alvarez, 2022, p.217). Recientemente, esta lógica ha
incorporado principios de justicia territorial y participación indígena. El marco “Indigenous
Infrastructure Framework” establece que los proyectos deben considerar conocimientos
tradicionales y prioridades comunitarias, especialmente en regiones del norte (Infrastructure
Canada, 2022), fortaleciendo una visión plural de la planificación vial. Las proyecciones
hacia 2030 anticipan la continuidad de esta línea estratégica.

El plan del Banco de Infraestructura de Canadá propone mantener una inversión anual
estable, con especial foco en adaptación climática e innovación tecnológica (CIB, 2024,
p.23). Michael Porter sostiene que esta transformación responde a la necesidad de preparar
las infraestructuras de alta latitud ante los efectos del cambio climático (Porter, 2022, p.198).
En ese sentido, el Banco Mundial concluye que el modelo canadiense representa una
tercera vía pragmática, alejada tanto del maximalismo estadounidense como del
minimalismo europeo, al responder de forma contextualizada a las exigencias de un país
vasto, diverso y federal (Banco Mundial, 2023, p.164).

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