Documento Sin Título
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Canadá, el segundo país más extenso del mundo con 9.98 millones de kilómetros
cuadrados, posee una geografía heterogénea que se extiende desde las zonas polares del
Ártico, donde las temperaturas invernales alcanzan los 40 grados Celsius bajo cero, hasta
las regiones templadas del sur, en las cuales reside el 90 por ciento de su población,
estimada en más de 41 millones de personas (Statistics Canada, 2024). Esta configuración
territorial, reflejada en la pirámide etaria de 2023, expresa una baja densidad poblacional de
tan solo cuatro habitantes por kilómetro cuadrado (Figura Nº 9), con una alta concentración
urbana en ciudades como Toronto y Montreal, próximas a la frontera con Estados Unidos
(Canadá en Resumen, 2025). Además, la línea costera más extensa del planeta, con
243,000 kilómetros, que incluye el archipiélago Ártico Canadiense y los Grandes Lagos, no
solo caracteriza su paisaje, sino que también sostiene sectores estratégicos como la pesca,
el comercio marítimo y el transporte intercontinental (Bercuson et al., 2025).
En el ámbito social, Canadá se ubica entre los países con mejores indicadores de desarrollo
humano. Con una esperanza de vida que supera los 82 años (WHO, 2025) y un 60 por
ciento de adultos con estudios superiores (CAUT, 2023), su población muestra altos niveles
de capital humano. Sin embargo, el envejecimiento demográfico se ha intensificado. La
pirámide etaria de 2023 muestra que el 18.9 por ciento de los habitantes supera los 65 años
(Figura Nº 9), lo que genera una presión creciente sobre el sistema de pensiones y el gasto
en salud (Statistics Canada, 2024). Si bien la inmigración explica el 97.3 por ciento del
crecimiento poblacional reciente, lo cual atenúa parcialmente este fenómeno, persisten
desigualdades territoriales y étnicas, especialmente en comunidades indígenas. La tasa de
desempleo, que se ubica entre el cinco y seis por ciento (Figura Nº 8), no refleja del todo los
desafíos en materia de inclusión laboral, como la subutilización de profesionales inmigrantes
o las brechas de empleabilidad en sectores tecnológicos.
Este estudio tiene como propósito realizar un diagnóstico integral del crecimiento económico
de Canadá en el periodo comprendido entre 2000 y 2024, con base en un enfoque empírico
que permita identificar sus principales limitaciones estructurales. A través del análisis
comparado con otras economías avanzadas como Alemania, Nueva Zelanda, EE. UU., y
Reino Unido, se examinan los factores que han sostenido el crecimiento, así como aquellos
que podrían estar frenando su potencial de desarrollo. El estudio integra datos económicos,
sociales, institucionales y fiscales, permitiendo una evaluación completa que combine
indicadores cuantitativos y análisis contextual.
Este escenario exige una revisión profunda de las políticas económicas y financieras,
orientadas a fortalecer la estabilidad macroeconómica, mejorar la regulación del sector
financiero y fomentar un entorno más atractivo para la inversión sostenible. Además, es
indispensable promover un uso eficiente y productivo del endeudamiento externo,
priorizando inversiones que generen retornos reales y reduzcan la vulnerabilidad ante
shocks.
El comportamiento volátil del Reino Unido, con picos y caídas abruptas, refleja
incertidumbres económicas y políticas, posiblemente relacionadas con eventos como el
Brexit, que han afectado la percepción de estabilidad del país. Por otro lado, Nueva Zelanda
muestra fluctuaciones aún más pronunciadas y valores relativamente bajos, lo que puede
limitar su influencia en el mercado global de inversiones.
Para Canadá, la moderación en los flujos de IED resalta la necesidad de fortalecer políticas
que mejoren la competitividad del país como destino de inversión, tales como incentivos
fiscales, simplificación administrativa, promoción de sectores estratégicos y mejora en
infraestructura tecnológica. Además, la diversificación hacia inversiones en sectores de alta
tecnología e innovación puede ser clave para atraer capitales de mayor valor agregado.
Aunque Canadá ha mantenido una recepción estable de IED, enfrenta el reto de intensificar
y diversificar estos flujos para sostener su crecimiento económico y fortalecer su capital
humano en un contexto global cada vez más competitivo.
No obstante, a partir de 2007, la deuda experimentó un fuerte repunte que alcanzó un pico
de aproximadamente 75% del PIB en 2020, coincidiendo con la crisis sanitaria y económica
global derivada de la pandemia de COVID-19. Este aumento responde a mayores
necesidades de gasto público para sostener los sistemas de salud, implementar medidas de
estímulo económico, protección social y recuperación. Este fenómeno es consistente con
las tendencias observadas a nivel mundial, donde la deuda pública aumentó
significativamente en respuesta a la emergencia sanitaria.
Tras 2020, se aprecia una tendencia a la baja, pero la deuda pública permanece en niveles
elevados, alrededor del 62% en 2023, lo que plantea interrogantes sobre la sostenibilidad
fiscal y la capacidad para financiar servicios públicos sin recurrir excesivamente al
endeudamiento.
Para Canadá, el desafío radica en diseñar estrategias que permitan una reducción gradual
de la deuda, mediante políticas fiscales responsables, fortalecimiento de la base tributaria y
promoción del crecimiento económico sostenible. Esto es esencial para preservar la
capacidad del gobierno central para financiar inversiones en capital humano, infraestructura
y tecnologías que potencien la competitividad futura.
La gestión equilibrada entre deuda pública y privada es crucial para evitar vulnerabilidades
financieras y garantizar el acceso a financiamiento externo en condiciones favorables. La
literatura indica que un endeudamiento excesivo, especialmente en el sector privado, puede
desencadenar crisis financieras si no se acompaña de regulación adecuada y políticas
macroeconómicas sólidas (Reinhart & Rogoff, 2011). Además, la deuda pública debe ser
manejada para sostener la inversión en capital público y social sin comprometer la
estabilidad fiscal. Este fenómeno plantea desafíos para la regulación financiera y la
estabilidad económica, requiriendo políticas que promuevan la sostenibilidad, transparencia
y resiliencia frente a shocks externos.
La evolución del ahorro bruto de Canadá entre 2000 y 2023 muestra una trayectoria volátil
con profundas implicancias sociales y estructurales. En el año 2000, el país registraba un
nivel cercano al 23%, por encima de economías como Estados Unidos o Reino Unido. Sin
embargo, dicha tasa cayó sostenidamente hasta 2009, coincidiendo con la crisis financiera
global, cuando descendió por debajo del 20% (Figura N°13). Esta contracción puede
explicarse tanto por el aumento del gasto público como por la caída del ahorro privado,
producto de las medidas expansivas aplicadas para enfrentar la recesión.
Comparado con otras economías, Canadá ha mantenido un nivel de ahorro bruto superior al
de países como EE. UU., Reino Unido y Nueva Zelanda, aunque inferior al de Alemania.
Esta diferencia obedece en parte a las estructuras productivas: Alemania, con un modelo
orientado al superávit comercial y alta inversión industrial, presenta un patrón de ahorro más
estable. En cambio, Canadá, con una economía centrada en el consumo interno y
altamente expuesta al mercado inmobiliario, es más vulnerable a shocks financieros y
variaciones en el poder adquisitivo (Figura N°13).
Entre 2010 y 2021 se observa una recuperación gradual, alcanzando un nuevo pico cercano
al 24% en plena pandemia (Figura N°14). Este repunte se relaciona con el ahorro forzoso
derivado de las restricciones sanitarias, el cierre de actividades y las transferencias
estatales. El menor consumo inmediato durante este periodo incrementó transitoriamente el
ahorro de los hogares, fenómeno común en muchas economías avanzadas.
Sin embargo, la comparación entre el ahorro bruto y el ahorro interno bruto revela una
brecha significativa (Figura N°14). Aunque ambos indicadores siguen trayectorias similares,
el ahorro interno bruto que excluye los ingresos netos del exterior permite observar el
verdadero esfuerzo doméstico. Desde la crisis de 2009, el ahorro bruto ha dependido
crecientemente de rentas externas, lo que evidencia una menor autosuficiencia financiera.
Por ejemplo, entre 2019 y 2021, el repunte del ahorro bruto no fue acompañado por un
crecimiento proporcional del ahorro interno bruto, lo que refuerza la idea de que la
recuperación estuvo apalancada por ingresos o rentas externas, en vez de por un
fortalecimiento estructural del ahorro doméstico (Figura N°14).
Esto implica que parte del dinamismo aparente del ahorro canadiense se sostiene con flujos
foráneos, y no con capacidad estructural interna, lo cual debilita la autonomía económica del
país frente a crisis globales. Desde 2022 el ahorro bruto volvió a caer abruptamente,
probablemente debido al aumento de la inflación, las subidas de tasas de interés por parte
del Banco de Canadá y el incremento del costo de vida (Figura N°14). Estas condiciones
han llevado a los hogares a destinar una mayor proporción de sus ingresos al consumo
básico, reduciendo su capacidad de ahorro.
Desde una perspectiva social, los niveles de ahorro están estrechamente vinculados a la
salud financiera de los hogares. En Canadá, el alto nivel de endeudamiento doméstico uno
de los más elevados del G7 y el incremento de la desigualdad han limitado la capacidad de
ahorro sostenible de las clases medias. Esto representa un desafío estructural para lograr
un crecimiento inclusivo y resiliente.
El bajo ahorro interno tiene implicancias sistémicas (Figura N°14). Aumenta la dependencia
de capital extranjero especialmente visible en el mercado inmobiliario de ciudades como
Toronto y Vancouver, impulsado por inversión foránea y limita la respuesta fiscal ante crisis.
Además, transfiere más responsabilidades financieras a los hogares, que ya enfrentan
dificultades para ahorrar debido al alto costo de vida. También restringe la inversión en
proyectos estratégicos de largo plazo, perpetuando la dependencia de sectores primarios
como el petróleo y dificultando la transición hacia una economía más sostenible e
innovadora.
En comparación, Estados Unidos exhibe una curva con mayor volatilidad. Su liderazgo
monetario mundial, a través de la Reserva Federal, se traduce en movimientos bruscos que
influyen globalmente. Tras un periodo expansivo prolongado entre 2010 y 2016, con tasas
cercanas al 1%, se observa una etapa de normalización gradual que se interrumpe con la
pandemia. Desde 2022, la Fed aplica un ciclo de aumentos rápidos y pronunciados,
ejerciendo presión sobre otros bancos centrales para seguir una senda similar o enfrentar
salidas de capital (Federal Reserve, 2023). Alemania, como miembro de la Eurozona,
muestra una curva más errática, caracterizada por picos pronunciados y caídas abruptas.
Esta volatilidad responde a decisiones centralizadas del Banco Central Europeo,
especialmente durante la crisis de deuda soberana en Europa (2010–2013) y la posterior
implementación de políticas monetarias no convencionales como el quantitative easing. A
pesar de su fortaleza macroeconómica, la falta de autonomía monetaria limita la capacidad
de Alemania para ajustar sus tasas de interés a condiciones domésticas específicas
(European Central Bank, 2016).
El caso del Reino Unido se ve fuertemente influenciado por el referéndum del Brexit (2016).
Tras un largo periodo de descenso en las tasas, la incertidumbre generada por la salida de
la Unión Europea impuso restricciones al crédito y al dinamismo financiero. La curva refleja
un estancamiento prolongado, seguido de un leve repunte inflacionario antes de la
pandemia, y una caída abrupta en 2020, que se revierte moderadamente tras el shock
sanitario y logístico. Por su parte, Nueva Zelanda presenta un patrón de tasas elevadas al
inicio del milenio (superiores al 6%) como medida contra la inflación estructural de una
economía pequeña y abierta. Sin embargo, a partir de 2008, el país se suma al entorno de
tasas bajas. Lo destacable es su capacidad de ajuste rápido, evidenciada en la caída de
2020 y el alza desde 2022, lo cual refleja un enfoque pragmático de política monetaria
orientada al ciclo económico y a las condiciones externas.
En el caso de Canadá, la figura muestra una curva de descenso sostenido desde el año
2000, cuando la tasa rondaba el 2.5%, hacia niveles casi nulos entre 2009 y 2021. Este
comportamiento está alineado con la política monetaria contractiva adoptada durante la
crisis financiera global de 2008–2009, cuando el Banco de Canadá (BoC) redujo
drásticamente su tasa de referencia para inyectar liquidez y estimular la economía (Bank of
Canada, 2009). A pesar de la recuperación posterior, el entorno de bajas tasas
internacionales y la preocupación por el sobreendeudamiento limitaron cualquier
normalización monetaria sustancial. El punto más bajo se alcanza en el periodo 2015–2021,
donde la tasa de interés de depósito se mantiene prácticamente en cero. Este tramo
coincide con un periodo de bajo crecimiento de la productividad y esfuerzos por evitar una
recesión inducida por políticas restrictivas. Durante la pandemia del COVID-19, el BoC
recortó su tasa de referencia al 0.25% y expandió agresivamente su hoja de balance,
provocando que los rendimientos para el ahorrista promedio fueran prácticamente nulos.
En contraste, Nueva Zelanda muestra una trayectoria más volátil. La tasa de interés de
depósito supera el 6% a inicios del milenio, reflejo de una política monetaria más contractiva
por parte del Reserve Bank of New Zealand (RBNZ) frente a presiones inflacionarias
internas. No obstante, a partir de la crisis global de 2008, el país adopta una política
expansiva similar a la de otras economías, reduciendo tasas de forma abrupta. El punto de
inflexión más visible en la figura se produce alrededor de 2008–2009, con una caída
cercana a los tres puntos porcentuales en menos de dos años. Este descenso responde no
solo a factores internos, como la desaceleración del crecimiento, sino también a su
exposición al comercio internacional. Tras la pandemia, Nueva Zelanda destaca por su
rápida reacción ante la inflación post-COVID: mientras otros países aún mantenían tasas
pasivas cercanas a cero, el RBNZ incrementó con mayor velocidad el retorno a los
depósitos, alcanzando aproximadamente 3% en 2023 (RBNZ, 2023).
Estados Unidos, por su parte, refleja una política monetaria más agresiva, especialmente
después de la Gran Recesión. La tasa de interés de depósito cae de manera pronunciada
entre 2007 y 2009, en línea con las decisiones de la Reserva Federal de reducir su tasa de
fondos federales a niveles cercanos a cero. Aunque entre 2015 y 2018 se observó una
tímida recuperación en las tasas pasivas, con incrementos progresivos por parte de la Fed,
esta trayectoria se interrumpió por la crisis sanitaria de 2020. Como respuesta, la Fed
implementó una política de emergencia, volviendo a situar las tasas en su mínimo efectivo.
La figura muestra claramente el rezago con el que los bancos estadounidenses ajustaron
sus tasas pasivas frente a las alzas iniciadas en 2022. Este rezago refleja, en parte, la
competencia limitada entre grandes bancos y la preferencia por preservar márgenes de
intermediación, incluso en un entorno inflacionario (Federal Reserve, 2023).
En el caso del Reino Unido, la curva expuesta en la Figura N°16 también revela una baja
pronunciada posterior a 2008, seguida por una fase de estancamiento prolongado. Desde la
votación del Brexit en 2016, el Banco de Inglaterra optó por mantener tasas
extremadamente bajas para evitar un shock de confianza, situación que se mantuvo incluso
ante leves repuntes inflacionarios pre-pandemia. La respuesta al COVID-19 fue similar:
recorte de tasas al 0.1%, junto con inyecciones de liquidez y compras de activos. Sin
embargo, al igual que Canadá, el retorno a niveles más elevados en tasas pasivas ha sido
lento, aunque más visible a partir de 2022. La figura muestra cómo recién en 2023 se
observa un repunte significativo, cuando el BoE elevó su tasa oficial a más del 5%,
empujando finalmente los rendimientos al ahorrista hacia arriba (BoE, 2023).
Alemania, bajo el régimen del Banco Central Europeo (BCE), presenta una de las
trayectorias más singulares y prolongadamente deprimidas. Tras la crisis de deuda
soberana en la eurozona (2010–2012), el BCE inició un ciclo de reducción de tasas que
culminó con tasas de depósito negativas a partir de 2014 (–0.1%), las cuales se
mantuvieron por más de ocho años. En la figura, esta política se refleja como una curva
persistentemente plana cercana a cero, incluso en momentos donde otras economías ya
normalizaban su política monetaria. El BCE adoptó esta estrategia con el objetivo de
estimular el crédito y evitar la deflación, especialmente en países del sur de Europa. Para
Alemania, sin embargo, esto implicó un desafío particular: las instituciones financieras
alemanas, altamente dependientes del margen tradicional de intereses, vieron reducida su
rentabilidad estructural, y los ahorristas enfrentaron más de una década de rendimientos
nulos (European Central Bank, 2023).
Desde una perspectiva de gestión política económica comparada, la Figura N°16 no solo
evidencia las distintas respuestas de política monetaria, sino también el grado de
transmisión de estas decisiones al sector financiero y su impacto sobre los ciudadanos.
Canadá destaca por su consistencia institucional y su prudencia, pero también por el
prolongado rezago en la transmisión de tasas activas a pasivas, lo cual ha afectado la
inclusión financiera. En contextos de alta inflación, los retrasos en la actualización de tasas
de depósito limitan la protección del poder adquisitivo del ahorro, agravando desigualdades
de acceso al sistema financiero, especialmente en regiones más alejadas o con menor
competencia bancaria. Países como Nueva Zelanda o el Reino Unido han respondido con
mayor celeridad, ajustando tasas pasivas más rápidamente, aunque esto ha requerido una
fuerte intervención del banco central y presión del mercado.
La Figura N°17 muestra la evolución del spread de tasas de interés es decir, la diferencia
entre la tasa activa (préstamos) y la tasa pasiva (depósitos) entre los años 2000 y 2023 para
cinco economías avanzadas: Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y Nueva
Zelanda, a partir de datos del Banco de Canadá. Este indicador es clave para comprender
la rentabilidad del sistema bancario, la eficiencia de la intermediación financiera y las
condiciones de competencia en el mercado crediticio. Desde una perspectiva de gestión
pública y análisis económico-político, el spread también refleja las prioridades estructurales
de los sistemas financieros, su orientación hacia el desarrollo inclusivo y su capacidad de
responder a shocks internos o externos sin comprometer la estabilidad.
Desde una óptica de gestión política económica, el spread debe evaluarse no solo como
indicador técnico, sino como expresión de las prioridades estructurales del sistema
financiero. Un spread elevado como el de Canadá puede reflejar solidez bancaria, pero
también baja competencia, barreras de entrada para nuevos actores, y escasa presión
regulatoria para mejorar las condiciones al usuario final. Por el contrario, spreads más bajos
como los de Alemania o Reino Unido pueden indicar mayor eficiencia y transferencia de
beneficios hacia la sociedad, aunque a veces a costa de márgenes ajustados para los
bancos.
El primer punto de inflexión se da entre 2000 y 2005, donde se observa una caída
pronunciada en la tasa de ahorro, coincidiendo con una tendencia mundial de expansión del
crédito y reducción de tasas de interés. En ese periodo, la política monetaria expansiva del
Banco de Canadá, en respuesta a la desaceleración post-burbuja tecnológica, se tradujo en
una baja del costo del crédito (de 7% a 5%), lo cual incentivó el consumo privado a costa
del ahorro (Bank of Canada, 2003).
El periodo 2015–2020 refleja una etapa de estabilidad relativa, con tasas de préstamo en
mínimos históricos (~2–3%), una inversión que se estabiliza en torno al 23% del PBI, y una
tasa de ahorro aún moderada. Sin embargo, en 2020 ocurre el evento más disruptivo de
las dos décadas: la pandemia de COVID-19. Las medidas de emergencia, como los
subsidios directos a hogares (ej. Canada Emergency Response Benefit - CERB), el
confinamiento generalizado y el cierre temporal de sectores de consumo, provocaron un
salto histórico en la tasa de ahorro (~14% en 2020), fenómeno observado también en
otras economías desarrolladas (IMF, 2021). Esta acumulación de ahorro forzoso se produjo
al mismo tiempo que la inversión sufrió una ligera contracción, y las tasas de interés se
mantuvieron cercanas a cero como parte del paquete de estímulos del Banco de Canadá.
Desde 2020, Canadá mantiene un desempeño sólido en inversión, mientras países como
Alemania y Reino Unido muestran recuperación más lenta. Es importante señalar que
Nueva Zelanda lidera la recuperación post-COVID en términos de inversión, gracias a
políticas contracíclicas activas y un enfoque estratégico en infraestructura climática y digital
(New Zealand Treasury, 2022). Alemania, pese a su potencia industrial, ha sido más
cautelosa en el gasto público, lo que se refleja en sus menores niveles de inversión relativa.
En conclusión, ambas figuras ilustran las tensiones estructurales en las estrategias de
desarrollo económico. Canadá presenta una fuerte base inversora, pero su sostenibilidad
está amenazada por el descenso del ahorro interno y el encarecimiento del crédito. Desde
una óptica de política económica, es necesario fortalecer mecanismos de ahorro
voluntario a largo plazo (ej. cuentas libres de impuestos, educación financiera), promover
mayor equidad regional en el acceso al financiamiento y combinar la política monetaria con
una estrategia fiscal inclusiva que potencie la inversión privada sin desplazar la pública.
Lo más notable de este gráfico es la ausencia de quiebres abruptos durante las principales
crisis globales. A pesar de la crisis financiera de 2008 y el impacto económico del COVID-19
en 2020–2021, los niveles de intermediación no se redujeron significativamente. Esto se
debe, en buena parte, a la solidez institucional y a las respuestas de política pública
adoptadas en cada país. En Canadá, por ejemplo, la implementación temprana de pruebas
de estrés y el refuerzo de los buffers de capital por parte de la Oficina del Superintendente
de Instituciones Financieras (OSFI) y el Banco de Canadá fortalecieron la resiliencia del
sistema bancario, permitiendo que atravesara las crisis con pérdidas mínimas (Bank of
Canada, 2021; IMF, 2008).
La Tabla 19.1 complementa este análisis presentando la arquitectura institucional de los
sectores financieros. En Canadá, el dominio de los “Big Five” (RBC, TD, Scotiabank, BMO,
CIBC) junto con aseguradoras como Manulife y Sun Life conforman un sistema altamente
concentrado. Esta estructura se encuentra bajo la regulación del Banco de Canadá y la
OSFI, con un mercado bursátil centrado en la Bolsa de Toronto (TSX). En contraste, el
Reino Unido combina un mercado financiero amplio (LSE), bancos globales como HSBC y
Barclays, y un modelo regulador de “twin peaks” donde el Banco de Inglaterra (a través de
la PRA) gestiona la regulación prudencial y la FCA supervisa la conducta de mercado.
Estados Unidos presenta un sistema más fragmentado con múltiples órganos como la
Reserva Federal, la FDIC y la SEC, mientras que Alemania cuenta con una estructura
descentralizada donde bancos regionales y cooperativas como las “Sparkassen”
desempeñan un papel crucial, supervisados por el Bundesbank y BaFin. Nueva Zelanda,
por su parte, mantiene una alta concentración con solo cuatro bancos dominando el 84 %
del crédito bancario, bajo la vigilancia del RBNZ y la FMA (RBNZ, 2025).
Esta diversidad institucional tiene consecuencias. Canadá y Nueva Zelanda, con sistemas
bancarios altamente concentrados, muestran gran estabilidad y eficiencia operativa, aunque
menor dinamismo competitivo. Alemania, en cambio, presenta una dispersión institucional
que fomenta competencia y reduce riesgos sistémicos, pero con costos en términos de
rentabilidad y modernización. Solo el 10 % de los alemanes invierte en fondos mutuos y
apenas el 35 % tiene tarjeta de crédito, lo que revela una cultura financiera más
conservadora (McKinsey & Company, 2016).
En términos de inclusión financiera, los cinco países mantienen indicadores elevados, con
tasas de bancarización cercanas al 100 %. Sin embargo, las diferencias surgen en el ámbito
de la innovación digital. Canadá, pese a ser uno de los países con mayor conectividad
digital, exhibe un bajo uso de servicios fintech (~13 %), frente al 32 % del Reino Unido y el
42 % de Estados Unidos (McKinsey & Company, 2024). Esto refleja un mercado dominado
por actores tradicionales que, si bien garantizan estabilidad, limitan la competencia y la
adopción de nuevas tecnologías. En respuesta, varios países han implementado políticas
de Open Banking, incluidos Reino Unido y Canadá, con el objetivo de democratizar el
acceso a datos financieros y facilitar la competencia (OSFI, 2024).
Respecto a los marcos regulatorios, todos los países han convergido en normativas más
estrictas post-2008. Canadá introdujo herramientas contracíclicas como el “Domestic
Stability Buffer” y mantiene altos estándares de capital y liquidez. Reino Unido reestructuró
su sistema tras la crisis, separando la regulación prudencial de la conductual. Estados
Unidos adoptó la ley Dodd-Frank, que introdujo pruebas de estrés y mecanismos de
resolución ordenada. Alemania y Nueva Zelanda también fortalecieron sus marcos
regulatorios, adoptando Basilea III y políticas macroprudenciales específicas, como límites
al crédito hipotecario en NZ.
En cuanto a los puntos de quiebre, la crisis financiera global de 2008 y la pandemia del
COVID-19 han sido hitos clave. La primera reveló la fragilidad de sistemas liberalizados,
como los de EE.UU. y Reino Unido, que respondieron con rescates y reformas
estructurales. Canadá, con un sistema más conservador, no experimentó quiebras
bancarias y fue considerado un modelo de estabilidad. La pandemia, por su parte, puso a
prueba la capacidad de los gobiernos para sostener el crédito y evitar el colapso económico.
En todos los casos, la intervención fiscal y monetaria fue determinante para evitar una crisis
sistémica.
Reino Unido, por su parte, mantiene una posición destacada, fluctuando entre los puestos 6
y 10. El país se ha beneficiado de su ecosistema fintech, regulaciones flexibles y alta
sofisticación del sistema financiero. Sin embargo, el referéndum del Brexit en 2016 marcó
un punto de inflexión, generando incertidumbre institucional y financiera. A pesar de ello, el
Reino Unido logró conservar una buena posición gracias a la fortaleza de su infraestructura
regulatoria y la rápida implementación de reformas orientadas a sostener el atractivo para
inversiones extranjeras (FCA, 2019).
Alemania, en contraste, se mantiene estable pero en una posición más baja (entre 20 y 24),
lo que refleja su marco regulador más rígido, una burocracia más pesada y un sistema
bancario menos accesible para nuevos negocios. Aunque su sector financiero es sólido y
diversificado, la penetración de servicios digitales y fintech ha sido más lenta, y su sistema
cooperativo (Sparkassen y Landesbanken) tiene menos flexibilidad para fomentar
innovación (Bundesbank, 2021). Sin embargo, esta misma estructura ha permitido una
estabilidad notable durante periodos de crisis.
Estados Unidos se mueve en una trayectoria irregular: parte del puesto 13 en 2006, mejora
hasta el puesto 4 en 2010–2012, y luego cae hasta el puesto 55 en 2020. Esta caída refleja
el creciente costo de cumplimiento normativo, la fragmentación del sistema regulador (Fed,
SEC, FDIC, OCC) y barreras legales en algunas jurisdicciones. Además, la percepción
sobre la estabilidad política y el acceso equitativo al crédito se deterioró tras la crisis
financiera de 2008 y nuevamente en años recientes, por tensiones regulatorias y sociales
internas. No obstante, el país conserva una de las infraestructuras financieras más
complejas, diversas y tecnológicamente avanzadas del mundo.
Los puntos de quiebre en el gráfico, como la mejora de Nueva Zelanda a partir de 2010, la
caída progresiva de EE.UU. tras 2012, y el descenso de Canadá luego de 2015, responden
a decisiones de política estructural: reformas pro-inversión, digitalización de procesos y
simplificación tributaria en el primer caso; complejidad normativa y polarización política en el
segundo; y estancamiento relativo en innovación regulatoria en el tercero.
En el caso de Canadá, se observa una trayectoria decreciente desde inicios de siglo, donde
el comercio representaba cerca del 83 % del PBI en el año 2000. Esta proporción fue
reduciéndose de manera progresiva a lo largo de las décadas siguientes, situándose entre
el 65 % y 70 % en años recientes. Existen dos quiebres claramente marcados: el primero en
2009, con una caída abrupta a raíz de la crisis financiera global, que redujo drásticamente la
demanda mundial, los precios de exportación (especialmente de hidrocarburos) y la fluidez
de las cadenas logísticas. El segundo en 2020, coincidente con la pandemia de COVID-19,
refleja el efecto de cierres de fronteras, disrupciones portuarias y reducción del comercio
global. Sin embargo, en ambos casos, Canadá logró una recuperación parcial gracias a
estímulos fiscales, la solidez institucional y el dinamismo de sus vínculos comerciales con
EE.UU. (su principal socio, absorbiendo más del 70 % de sus exportaciones).
Reino Unido presenta una curva más volátil. Entre 2000 y 2015 mantiene niveles
relativamente estables de comercio (~65 % del PBI), pero a partir del referéndum del Brexit
en 2016 se observa un quiebre estructural. Las negociaciones con la Unión Europea, la
incertidumbre institucional y la introducción de nuevas barreras no arancelarias afectaron la
fluidez del comercio. Aunque en los últimos años ha habido una leve recuperación
impulsada por acuerdos bilaterales y un nuevo marco aduanero, los costos de transacción
se han elevado, reduciendo la competitividad en algunos sectores exportadores.
Nueva Zelanda, a pesar de ser una economía pequeña y altamente dependiente del
comercio, muestra cifras menores a las de Alemania o Canadá (fluctuando entre 55 % y
70 %). La caída más severa ocurre en 2020 por la pandemia, al interrumpirse rutas
marítimas clave y aumentar los costos logísticos. No obstante, su recuperación posterior es
robusta, gracias a una política comercial proactiva con acuerdos como el TPP, tratados con
China y Australia y una canasta exportadora centrada en alimentos, productos agrícolas y
bienes primarios, sectores que mantuvieron alta demanda durante la crisis sanitaria.
Estados Unidos destaca por su bajo nivel de comercio relativo al tamaño de su economía,
manteniéndose por debajo del 35 % del PBI a lo largo del periodo. Esto se debe a que su
mercado interno es inmenso, con una demanda doméstica que absorbe buena parte de la
producción nacional. A pesar de ser uno de los mayores exportadores e importadores del
mundo en términos absolutos, su baja ratio comercio/PBI es estructural. Las políticas
proteccionistas del periodo Trump (2017–2021) y su énfasis en la reindustrialización
nacional y la defensa de sectores sensibles (acero, automotriz) acentuaron esta
característica. La pandemia no redujo esta proporción en la misma magnitud que en otros
países, dado que el comercio internacional representa una fracción menor en su estructura
económica total.
En el caso de Canadá, país tomado como base de referencia, el gráfico evidencia una
notable volatilidad con caídas abruptas en los años 2009 y 2020, coincidiendo con los
efectos de la crisis financiera global y la pandemia de COVID-19, respectivamente. En 2009,
el costo de exportación por contenedor se incrementó de manera significativa, debido al
colapso del comercio mundial, la disrupción de cadenas logísticas y el aumento de los
seguros de riesgo para el transporte internacional. Sin embargo, a diferencia de economías
más abiertas como Alemania, Canadá mostró una recuperación más rápida entre 2010 y
2013, atribuible a su sólida infraestructura portuaria (Vancouver, Halifax, Montreal), el efecto
arrastre del comercio con Estados Unidos y programas públicos para la facilitación
comercial como el “Single Window Initiative”.
Posteriormente, la caída de los costos logísticos fue interrumpida por la pandemia, cuando
la escasez de contenedores, el cierre temporal de puertos y el encarecimiento del transporte
marítimo global provocaron un repunte en los costos de exportación a nivel mundial. En este
contexto, el Banco de Canadá subrayó la importancia de mantener la eficiencia aduanera y
la digitalización de procesos logísticos como estrategia de resiliencia frente a futuras
disrupciones (Bank of Canada, 2021).
Estados Unidos, por su parte, muestra una dinámica oscilante pero con menores caídas
extremas que Alemania o Canadá. Su punto más crítico también se sitúa en 2009 y 2020,
aunque con variaciones menos pronunciadas. Esto puede atribuirse a la escala continental
del comercio norteamericano (con alta proporción terrestre), la robustez de su sistema
ferroviario y las reformas logísticas emprendidas durante las últimas décadas, incluyendo la
expansión de puertos como Los Ángeles y Nueva York. Sin embargo, el bajo nivel de
inversión pública en infraestructura en comparación con economías asiáticas ha sido
señalado como una limitación estructural para seguir reduciendo costos de exportación
(Brookings Institution, 2020).
Nueva Zelanda destaca por su perfil singular. En 2020, muestra la mayor caída relativa de
todos los países analizados, reflejando su condición insular, la alta dependencia del
transporte marítimo y su posición geográfica alejada de los principales mercados. A pesar
de contar con puertos eficientes como Auckland y Wellington, el costo del transporte
internacional representa una proporción significativa de sus exportaciones. Sin embargo, la
fuerte recuperación posterior indica capacidad de adaptación institucional y acuerdos
comerciales bien posicionados, como CPTPP o el tratado con China, que permiten ajustar
rutas y optimizar costos.
Por tanto, en el caso de Canadá, la estrategia debe orientarse a fortalecer la resiliencia del
sistema exportador frente a eventos exógenos, mejorar la eficiencia logística mediante
alianzas público-privadas e innovar en digitalización, sin descuidar la reducción de costos
de exportación como parte integral de su política industrial y comercial internacional.
La Figura N°23 presenta el Índice de Capital Humano (ICH) y el ranking mundial de Canadá
frente a países desarrollados. A pesar de un puntaje alto cercano a 75, Canadá ocupa la
posición 14 en el ranking global, situándose por debajo de naciones como Estados Unidos y
Alemania, que lideran esta medición. Esta situación revela la complejidad y
multidimensionalidad del desarrollo del capital humano y la competitividad global.
Diversos estudios en economía del desarrollo y educación han resaltado que el capital
humano no se define únicamente por años de escolaridad o acceso a servicios de salud,
sino también por la calidad, equidad y relevancia de las competencias adquiridas (Hanushek
& Woessmann, 2020). En este sentido, aunque Canadá ha logrado altas tasas de
matriculación y cobertura sanitaria, persisten desafíos en la equidad educativa y la
capacitación para habilidades digitales y transversales, cada vez más demandadas en la
economía global (OECD, 2021).
Canadá ha implementado políticas para abordar estas brechas, como el Plan Canadiense
para la Alfabetización Digital y programas de reentrenamiento laboral impulsados por la
Agencia Canadiense de Desarrollo Económico, orientados a fortalecer la empleabilidad y
adaptabilidad de la fuerza laboral (Government of Canada, 2023). Sin embargo, la eficacia
de estas iniciativas debe evaluarse frente a la velocidad del cambio tecnológico y la
transformación estructural de la economía mundial, que impone retos crecientes para
mantener la competitividad.
La literatura sugiere que la inversión continua en capital humano, combinada con políticas
inclusivas, innovación educativa y fortalecimiento de habilidades digitales, es indispensable
para mejorar el posicionamiento de Canadá en el ICH y garantizar un crecimiento
económico inclusivo (Becker, 1994; Schultz, 1961). La inversión en capital humano no solo
implica ampliar la educación formal, sino también actualizar las competencias técnicas y
sociales necesarias para responder a los cambios tecnológicos y las demandas del
mercado laboral moderno. En un contexto globalizado y dinámico, las habilidades digitales y
la capacidad de innovación se han convertido en factores críticos para la competitividad de
los países.
Por otro lado, las políticas inclusivas aseguran que esta inversión alcance a todos los
sectores de la población, reduciendo brechas socioeconómicas y permitiendo que grupos
tradicionalmente marginados también contribuyan y se beneficien del desarrollo. Sin esta
inclusión, los avances en capital humano pueden ser insuficientes para mejorar
significativamente el posicionamiento de un país como Canadá en índices globales como el
ICH.
A pesar de que Canadá posee una base sólida de capital humano, el desafío reside en
superar barreras internas y externas para elevar su ranking global. Esto implica fortalecer
políticas educativas, fomentar la inclusión social, adaptarse a los cambios tecnológicos y
mantener un sistema de salud robusto, condiciones esenciales para sustentar la
competitividad y el desarrollo sostenible en el siglo XXI.
De acuerdo con la Figura N°25, Canadá muestra una tendencia decreciente en el gasto en
educación, pasando de aproximadamente el 5.4% del INB en el año 2000 a cerca del 4.5%
en 2021. Esta disminución puede reflejar ajustes presupuestarios y cambios en las
prioridades gubernamentales, pero plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de la
inversión educativa frente a la creciente demanda de calidad y equidad en el sistema
educativo.
En contraste, Nueva Zelanda mantiene un gasto consistentemente más alto, alrededor del
7%, indicando un compromiso sostenido con la educación a lo largo del tiempo, lo que
puede estar asociado a mejores resultados en inclusión educativa y desarrollo de
competencias.
Estados Unidos, Alemania y Reino Unido muestran patrones más estables con gastos en
torno al 4.5% al 5%, con fluctuaciones moderadas que reflejan ajustes presupuestarios
periódicos y políticas educativas específicas.
Canadá ha reducido su gasto educativo relativo al INB en las últimas dos décadas, lo que
podría comprometer el fortalecimiento de su capital humano. Para revertir esta tendencia,
se requiere un enfoque integral que combine asignaciones presupuestarias suficientes con
reformas orientadas a la calidad, innovación y equidad educativa.
En contraste, Nueva Zelanda presenta una tendencia descendente, con una reducción
gradual de los años promedio de escolaridad en la última década, lo que puede indicar
cambios demográficos, migratorios o desafíos en la retención escolar que merecen un
análisis detallado para comprender su impacto en el capital humano de dicho país.
Por otro lado, la figura N° 27, donde se abarcan los resultados de Canadá junto con los
países comparados en la última prueba PISA 2022 para el área de ciencia, lectura y
matemática. Canadá destaca con los puntajes más altos 515 en ciencias, 497 en
matemáticas y 507 en lectura. Lo que indica un desempeño superior al promedio de la
OCDE, establecido en torno a 500 (Friedrich Naumann Foundation, 2024). Nueva Zelanda
también muestra buenos resultados con 504 en ciencias, 479 en matemáticas y 501 en
lectura. En contraste, Estados Unidos, Alemania y Reino Unido. Muestran un menor nivel
comparado con los 2 primeros países. Permitiéndose ver el nivel del rendimiento educativo.
2.3. Infraestructura
En primer lugar, la Figura N°29 que evalúa la calidad de la infraestructura relacionada con el
comercio y el transporte (escala 1-5), Alemania lidera con puntuación perfecta (5/5),
resultado de su modelo de "economía social de mercado" que combina inversión pública y
privada en infraestructuras multimodales. Según el Bundesministerium für Verkehr (2022), el
78% de sus exportaciones industriales dependen de esta red altamente eficiente. Además,
socialmente, la cultura de precisión técnica y formación profesional dual (sistema único
alemán) garantiza mantenimiento óptimo. Por otro lado, Canadá (4.5/5) muestra
disparidades regionales: mientras el corredor Toronto-Montreal-Vancouver alcanza
estándares mundiales, las comunidades indígenas en territorios norteños sufren aislamiento
crónico, reflejando tensiones federales no resueltas (Council of Canadian Academies, 2023)
(Figura N°29).
Por otro lado, en relación con el Índice de Desarrollo Logístico (2007-2021), Alemania (4.3/5
en 2021) consolida su liderazgo mediante la integración con las cadenas de valor europeas
(Figura N°30). Como detalla el Logistics Performance Index del Banco Mundial (2022), su
ventaja competitiva radica en dos aspectos clave: primero, la existencia de hubs
intermodales como Duisburg, considerado el mayor puerto interior mundial; y segundo, la
implementación de políticas activas de digitalización logística bajo el concepto de Industria
4.0, que optimizan la eficiencia y resiliencia del sistema.
Por su parte, Estados Unidos (3.9/5) enfrenta un problema de fragmentación regulatoria que
afecta la coherencia de su desarrollo logístico (Figura N°30). Mientras estados como Texas
atraen inversiones a través de zonas económicas especiales, otros como California pierden
relevancia debido a estrictas restricciones ambientales que dificultan la expansión y
modernización de su infraestructura (Brookings Institution, 2023).
Del mismo modo, el Reino Unido (3.7/5 en 2021, comparado con 4.0/5 en 2016) refleja el
impacto acumulado del Brexit (Figura N°30), manifestado en un aumento del 200% en los
tiempos de despacho en el puerto de Dover, lo que afecta especialmente a las pequeñas y
medianas empresas (Financial Times, 2023). Por último, en la Figura N°30 se ve que Nueva
Zelanda (3.5/5) ha implementado soluciones innovadoras como el "Sea Freight Index" para
mitigar su aislamiento geográfico. Sin embargo, los elevados costos operativos derivados de
su ubicación remota representan un desafío importante, consumiendo aproximadamente el
12% de su PIB (NZ Ministry of Transport, 2023).
La Figura N°31 sobre gasto e inversión en transporte aéreo durante el periodo 2000-2022
revela disparidades profundas entre las principales economías occidentales, reflejando
asimetrías estructurales en el sistema económico global y sus correspondientes
manifestaciones en infraestructura crítica. Empezando con Estados Unidos que emerge
como el actor dominante indiscutible en el panorama de inversión aeronáutica, alcanzando
máximos de 16 mil millones de euros (Figura N°31), cuadruplicando la inversión de su
competidor más cercano. Esta supremacía refleja lo que Harvey (2005) denomina como
"acumulación por desposesión", donde el poder económico se concentra en manos de
quienes ya detentan ventajas estructurales significativas. La brecha de inversión ilustra la
teoría del "desarrollo geográfico desigual" donde el capitalismo requiere asimetrías
regionales para su funcionamiento. Lo más revelador es la capacidad estadounidense de
mantener altos niveles de inversión incluso durante crisis globales (2001, 2008, 2020),
demostrando lo que Stiglitz describe como el "privilegio exorbitante" de implementar
políticas contracíclicas mientras otras economías enfrentan restricciones.
A su vez, Alemania y Reino Unido, con máximos de inversión en torno a 4 mil millones de
euros, representan Estados donde la provisión de infraestructuras críticas debe equilibrarse
con otros compromisos sociales (Figura N°31). La concentración alemana en Frankfurt
como hub secundario refleja lo que Sassen (2001) denomina "ciudades globales de
segundo orden", que compiten por espacios de relevancia en redes transnacionales. El caso
británico muestra cómo la capacidad de inversión pública masiva queda restringida por
compromisos previos. La limitación operativa de Heathrow frente a hubs estadounidenses
evidencia esta dinámica de restricción estructural.
Bajo esa línea, Canadá y Nueva Zelanda, con inversiones que no superan los 2 mil millones
y 1 mil millones respectivamente (Figura N°31), operan como lo que Wallerstein definió
como "semiperiferias del sistema-mundo", donde las economías nacionales dependen de
decisiones tomadas en los centros hegemónicos. Estas economías experimentan lo que
Prebisch identificó como deterioro en su capacidad para desarrollar infraestructuras de
escala comparable a las potencias centrales. La situación de Nueva Zelanda, limitada a
operaciones domésticas críticas, ilustra cómo las posibilidades de inversión quedan
constreñidas por su posición estructural en la jerarquía económica global.
Por otro lado, el transporte ferroviario mostró una evolución desigual con un hito destacado
en 2015, año en que Estados Unidos (Azul) registró un pico histórico de inversión cercano a
16.0 mil millones de euros, superando ampliamente a otros países (Figura N°31). Este
incremento respondió a la aprobación del Fixing America’s Surface Transportation Act
(FAST Act) en 2015, que destinó fondos sin precedentes a modernizar corredores clave
como Chicago-Los Ángeles y a mejorar la seguridad en cruces ferroviarios (U.S.
Department of Transportation, 2016). Sin embargo, este impulso no se mantuvo: para 2022,
la inversión estadounidense cayó a 8.0 mil millones, reflejando la falta de continuidad en
políticas de infraestructura (Federal Railroad Administration, 2023).
En Europa, Alemania (Amarillo) mantuvo una inversión constante, con un promedio de 12.0
mil millones anuales entre 2010 y 2022, enfocada en electrificar el 70% de su red y
desarrollar trenes regionales impulsados por hidrógeno (German Federal Ministry of
Transport and Digital Infrastructure, 2022). Este enfoque contrastó con Reino Unido
(Morado), donde el proyecto HS2 consumió 14.0 mil millones en 2015, pero enfrentó críticas
por sobrecostos y retrasos, reduciendo su financiamiento a 6.0 mil millones en 2022
(National Audit Office, 2023). A su vez, Canadá (Rojo) mostró un crecimiento moderado,
alcanzando 5.0 mil millones en 2015 para expandir su red transcontinental de carga, vital
para exportar recursos como trigo y petróleo. No obstante, para 2022, la inversión se
estancó en 4.5 mil millones, priorizando mantenimiento sobre expansión (Transport Canada,
2023). Por su parte, Nueva Zelanda (Verde) mantuvo niveles mínimos, con 0.8 mil millones
en 2015 destinados a rehabilitar líneas turísticas como el TranzAlpine, aunque sin avances
significativos en conectividad urbana (New Zealand Transport Agency, 2023).
Ahora, con respecto al transporte marítimo revela patrones significativos y cambios en las
prioridades de inversión entre las principales economías occidentales, con valores en miles
de millones de euros. Primeramente, Alemania (amarillo) emerge como el actor
predominante durante gran parte del periodo analizado, mostrando una inversión
consistentemente alta, con picos cercanos a 1.0 mil millones de euros alrededor de 2002, y
manteniendo inversiones sustanciales (entre 0.8-1.0 mil millones) especialmente entre
2009-2013 (Figura N°31). Sin embargo, su participación disminuye notablemente después
de 2019, manteniendo inversiones moderadas hasta 2022.
Asimismo, Reino Unido (morado) muestra una presencia modesta pero consistente durante
la primera mitad del periodo (2000-2010), con inversiones que rondan los 0.3-0.5 mil
millones, para luego disminuir progresivamente hasta casi desaparecer después de 2014
(Figura N°31). Esta retirada gradual ilustra lo que Sassen (2001) identifica como
redistribución de prioridades estratégicas en potencias post-imperiales. Sin embargo,
Estados Unidos, contrariamente a lo que sucede en otros sectores como el aéreo, mantiene
una presencia relativamente discreta en inversión marítima, sin llegar a dominar el sector en
ningún momento del periodo analizado.
Por su parte, Nueva Zelanda (verde) mantiene una inversión mínima pero constante,
reflejando su condición de economía insular con necesidades marítimas básicas, pero
limitaciones presupuestarias estructurales. Este panorama inversor revela una interesante
inversión de los patrones típicos de dominación económica global. Como señala Wallerstein,
las estructuras centro-periferia no son estáticas, sino que pueden experimentar
reconfiguraciones significativas en sectores específicos. El caso del transporte marítimo
ilustra cómo Canadá, tradicionalmente considerada una economía secundaria en muchos
análisis, logra posicionarse como líder en este nicho estratégico. Durante el primer periodo
(2000-2010), Alemania y el Reino Unido consolidaron su liderazgo debido a su posición
estratégica en Europa, sus infraestructuras portuarias avanzadas y su integración en
cadenas globales de valor, lo que les permitió captar inversiones significativas en logística y
transporte marítimo. Este auge coincidió con una fase de expansión económica mundial y
una fuerte globalización comercial que favoreció a los hubs europeos tradicionales.
El segundo periodo (2010-2015) está marcado por la consolidación alemana, lo cual puede
interpretarse como una respuesta a la crisis financiera global de 2008 y sus efectos
duraderos. La crisis generó incertidumbre económica y cambios en las políticas comerciales
internacionales, llevando a una concentración de inversiones en países con estructuras
portuarias robustas y eficientes, como Alemania, que pudo aprovechar la reconfiguración de
las cadenas logísticas y fortalecer su posición dominante. Finalmente, el periodo 2015-2022
refleja un cambio sustancial con el ascenso de Canadá y el declive relativo de los países
europeos. Este fenómeno puede vincularse a la creciente importancia estratégica de
América del Norte en el comercio global, impulsada por acuerdos comerciales como el
T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá) y la diversificación de rutas
comerciales que buscan evitar congestiones y vulnerabilidades en rutas tradicionales.
Asimismo, el declive europeo podría estar asociado a desafíos estructurales, cambios
regulatorios y efectos combinados de tensiones comerciales internacionales, incluyendo el
impacto de la pandemia de COVID-19. La persistencia de Canadá en niveles altos de
inversión durante 2020-2022, pese a la pandemia, indica una resiliencia basada en su
integración económica regional y la apuesta por infraestructura logística moderna y
adaptable a contextos disruptivos.
La comparación con Estados Unidos muestra una diferencia contundente: mientras las
barras azules norteamericanas alcanzan entre 110 y 115 mil millones de euros, las
canadienses no superan los 10-15 mil millones (Figura N°31). Sin embargo, esta brecha no
debe interpretarse como un rezago, sino como reflejo de modelos de desarrollo divergentes.
Estados Unidos ha priorizado históricamente la expansión vial como soporte de su
urbanismo suburbano, mientras que Canadá ha adoptado un enfoque multimodal y más
equilibrado. Así lo explica Peñalosa al destacar que, mientras EE.UU. profundizó su
dependencia del automóvil, Canadá ha canalizado parte importante de su presupuesto
hacia sistemas ferroviarios y transporte público (Peñalosa, 2022, p.87). Transport Canada
confirma que el 28 % del presupuesto federal se orienta a modos no viales, frente al 11 %
de su vecino (Transport Canada, 2023, p.42), lo que evidencia una planificación menos
dependiente de la infraestructura carreterocéntrica.
Alemania, pese a sus diferencias estructurales, presenta niveles de inversión similares a los
de Canadá. Con una densidad poblacional más de cincuenta veces mayor, este país
europeo invierte una cantidad comparable gracias a su etapa de madurez infraestructural.
Klaus Müller sugiere que mientras Alemania optimiza una red consolidada, Canadá se
encuentra en una fase mixta de expansión y mantenimiento, propia de territorios extensos y
con baja densidad (Müller, 2023, p.211). Esta coincidencia, sin ser producto de condiciones
equivalentes, revela estrategias paralelas centradas en eficiencia y sostenibilidad. Ambas
naciones, además, comparten una orientación fuerte hacia la integración de modos de
transporte, como indica la Agencia Internacional de Energía (AIE, 2022, p.64).
El caso del Reino Unido refuerza la idea de una convergencia institucional más que
estructural. A pesar de operar en un territorio compacto y con alta densidad urbana, su nivel
de inversión se asemeja al canadiense. Según Taylor y Williams, esto puede explicarse por
la herencia administrativa común que ambos países comparten, basada en una tradición
anglosajona que prioriza aproximaciones incrementales, evaluaciones coste-beneficio y
retornos marginales elevados (2022, p.38). El Department for Transport británico confirma
esta orientación al destacar su preferencia por optimizaciones estratégicas frente a
proyectos emblemáticos (DfT, 2023, p.17). Sin embargo, como advierte Paterson, mientras
el Reino Unido puede concentrarse en la eficiencia dentro de una red densa, Canadá debe
garantizar conectividad en condiciones climáticas extremas y regiones geográficamente
dispersas (Paterson, 2022, p.128).
En el otro extremo del espectro aparece Nueva Zelanda, cuyo caso resulta valioso por los
desafíos compartidos en diferente escala. Con una superficie que apenas representa el 2.6
% de la canadiense, este país insular enfrenta retos logísticos similares por su geografía
montañosa y aislamiento de zonas rurales. Según Statistics New Zealand (2023), la
inversión en infraestructura vial refleja preocupaciones análogas de conectividad, seguridad
y adaptación climática. Henderson argumenta que, proporcionalmente a su PIB y población,
los recursos destinados por Nueva Zelanda a su red vial son equivalentes a los
canadienses, mostrando un patrón de inversión en contextos de baja densidad y alta
vulnerabilidad (Henderson, 2023, p.76). La colaboración técnica entre ambos países,
formalizada en acuerdos bilaterales recientes, ha permitido compartir buenas prácticas en
resiliencia y eficiencia territorial.
Este modelo se complementa con una gobernanza federalista que combina dirección
nacional y ejecución provincial, generando un sistema más flexible que el europeo y más
coherente que el estadounidense (Alvarez, 2022, p.217). Recientemente, esta lógica ha
incorporado principios de justicia territorial y participación indígena. El marco “Indigenous
Infrastructure Framework” establece que los proyectos deben considerar conocimientos
tradicionales y prioridades comunitarias, especialmente en regiones del norte (Infrastructure
Canada, 2022), fortaleciendo una visión plural de la planificación vial. Las proyecciones
hacia 2030 anticipan la continuidad de esta línea estratégica.
El plan del Banco de Infraestructura de Canadá propone mantener una inversión anual
estable, con especial foco en adaptación climática e innovación tecnológica (CIB, 2024,
p.23). Michael Porter sostiene que esta transformación responde a la necesidad de preparar
las infraestructuras de alta latitud ante los efectos del cambio climático (Porter, 2022, p.198).
En ese sentido, el Banco Mundial concluye que el modelo canadiense representa una
tercera vía pragmática, alejada tanto del maximalismo estadounidense como del
minimalismo europeo, al responder de forma contextualizada a las exigencias de un país
vasto, diverso y federal (Banco Mundial, 2023, p.164).