UNIVERSIDAD PRIVADA ANTENOR ORREGO
FACULTAD DE EDUCACIÓN Y HUMANIDADES
PROGRAMA DE ESTUDIO DE EDUCACIÓN INICIAL
PRINCIPIOS DE APRENDIZAJE DEL
CEREBRO
Neurociencia y educación
AUTORES:
● Avila Vallejo, Ariana
● Coraquillo Aguilar, Carolina
● González Luna Victoria, Stephany
● Lozano Benites, Fátima
● Rodriguez de la Cruz, Fanny
DOCENTE:
● Richard Merino Hidalgo
TRUJILLO – PERÚ
2025-10
INTRODUCCIÓN
El cerebro humano es una estructura compleja y fascinante, capaz de procesar
información, adaptarse a nuevas experiencias y modificar su funcionamiento a lo
largo de la vida. En el campo de la neurociencia y la educación, entender los
principios fundamentales que rigen el aprendizaje cerebral es esencial para
optimizar las estrategias pedagógicas y crear ambientes de aprendizaje más
eficaces. A medida que la neurociencia avanza, se han identificado diversos
principios que explican cómo el cerebro adquiere, retiene y aplica conocimientos.
Estos principios incluyen la plasticidad neuronal, la importancia de la emoción en el
aprendizaje, la interacción entre memoria y atención, así como la influencia del
contexto y la repetición en el fortalecimiento de las conexiones cerebrales. En este
contexto, el conocimiento de cómo funciona el cerebro durante el proceso de
aprendizaje puede ayudar a los educadores a diseñar métodos de enseñanza más
adaptados a las necesidades cognitivas de los estudiantes, promoviendo un
aprendizaje más profundo y duradero. Este documento explora los principios clave
que sustentan el aprendizaje en el cerebro, ofreciendo una base teórica que guía las
prácticas educativas en el siglo XXI.
El aprendizaje humano no es un proceso uniforme, sino que depende de múltiples
factores neurológicos, emocionales, físicos y sociales. Comprender cómo aprende el
cerebro permite desarrollar estrategias pedagógicas más eficaces y respetuosas
con el desarrollo individual. Esta monografía presenta 12 principios fundamentales
del aprendizaje desde una perspectiva neuroeducativa, con aplicaciones prácticas y
referencias académicas en español.
PRINCIPIOS DE APRENDIZAJE DEL CEREBRO
1. El ejercicio mejora el aprendizaje
La actividad física no solo beneficia al cuerpo, sino que también tiene un impacto profundo
en la función cerebral. Cuando nos ejercitamos, el cerebro recibe más oxígeno y nutrientes,
lo que mejora su rendimiento general. Además, se liberan neurotransmisores como la
dopamina, la serotonina y la norepinefrina, que están directamente relacionados con la
motivación, la atención y el estado de ánimo. El ejercicio regular estimula la producción de
nuevas neuronas en el hipocampo, una región clave para la memoria y el aprendizaje. Esto
sugiere que mover el cuerpo es una forma efectiva de preparar la mente para aprender de
manera más eficiente y sostenida.
La actividad física mejora la oxigenación del cerebro, favorece la neurogénesis y reduce el
estrés. Según Ratey (2010), "el ejercicio, más que cualquier otra cosa, es lo que le da al
cerebro el impulso para aprender". La afirmación de que "el ejercicio, más que cualquier
otra cosa, es lo que le da al cerebro el impulso para aprender" refleja cómo el ejercicio no
solo mejora la salud física, sino que también actúa como un facilitador crucial para las
funciones cognitivas.
Al mejorar la oxigenación cerebral, el ejercicio ayuda a que las neuronas reciban los
nutrientes y el oxígeno necesarios para funcionar de manera óptima. Esto favorece la
neurogénesis, es decir, la formación de nuevas neuronas, lo cual es clave para la memoria y
el aprendizaje. Además, la actividad física reduce los niveles de estrés, lo que mejora el
enfoque, la concentración y la capacidad para procesar información de manera más
eficiente.
En el contexto educativo, esta cita resalta la importancia de incorporar el ejercicio en las
rutinas diarias de los estudiantes, ya que el impacto positivo sobre el cerebro podría
contribuir no solo a un mejor rendimiento académico, sino también a un bienestar general.
Así, el ejercicio se presenta no sólo como un medio para mejorar la salud física, sino como
una herramienta vital para optimizar las capacidades cognitivas y potenciar el aprendizaje.
Para poder aplicarlo en la vida diaria, se recomienda integrar pausas activas, deportes o
caminatas cortas durante las jornadas escolares o de estudio para mejorar el rendimiento
cognitivo.
2. El cerebro evolucionó para sobrevivir y moverse
A lo largo de la evolución, el cerebro humano se desarrolló no solo para razonar, sino
principalmente para ayudar al cuerpo a sobrevivir en un entorno cambiante y
potencialmente peligroso. La necesidad de moverse, explorar, buscar alimento, escapar del
peligro y relacionarse socialmente fueron motores clave en la evolución cerebral. Por ello, el
aprendizaje está estrechamente vinculado con la acción. El conocimiento se consolidaba
mejor cuando se relacionaba con la supervivencia o la movilidad, lo que sugiere que el
cerebro aprende mejor en contextos activos, dinámicos y significativos.
La estructura cerebral se desarrolló para garantizar la supervivencia mediante el
movimiento. Gazzaniga (2010) afirma que "el cerebro no está diseñado para sentarse
durante horas, sino para actuar y responder al entorno físico". Lo mencionado pone en
evidencia, un aspecto fundamental del cerebro humano: su diseño está orientado hacia la
acción y la interacción con el entorno, no hacia la pasividad o la inactividad prolongada.
Esto invita a reflexionar sobre cómo las demandas de la vida moderna, que a menudo
requieren largas horas de estar sentados, pueden entrar en conflicto con la naturaleza de
nuestro cerebro, que está acostumbrado a moverse y responder activamente a los
estímulos del entorno físico.
Desde una perspectiva neurocientífica, esta cita subraya la idea de que el cerebro humano
ha evolucionado para aprender y adaptarse mediante la interacción continua con el mundo
que nos rodea, lo que implica movimiento, exploración y experiencias sensoriales
constantes. El hecho de que pasemos muchas horas sentados, ya sea en el trabajo, la
escuela o en actividades sedentarias, puede reducir las oportunidades de activación
cerebral, lo que, a su vez, podría afectar nuestras capacidades cognitivas y de aprendizaje.
3. Cada cerebro es único
Desde el nacimiento, cada individuo acumula experiencias sensoriales, emocionales y
cognitivas que moldean su estructura cerebral. Aunque todos compartimos una arquitectura
cerebral básica, las conexiones sinápticas se forman de manera diferente en cada persona,
dando lugar a un cerebro único. Factores como la genética, el ambiente, el contexto familiar,
la cultura, la alimentación, las emociones y las relaciones sociales influyen en esta
individualidad neurológica. Por tanto, no existen dos cerebros que aprendan exactamente
de la misma manera, lo que convierte el aprendizaje en un proceso profundamente
personalizado.
Cada persona tiene una configuración cerebral distinta influenciada por la genética, el
entorno y las experiencias. Jensen (2005) señala que "no hay dos cerebros iguales; por eso,
enseñar a todos de la misma manera es ignorar esta diversidad neurológica".
Desde la perspectiva de la neurociencia educativa, esta cita pone en relieve cómo las
diferencias en la estructura y funcionamiento del cerebro pueden influir en la forma en que
las personas procesan la información, retienen conocimientos y aplican lo aprendido. Por
ejemplo, algunas personas pueden ser más visuales, mientras que otras pueden aprender
mejor a través de la audición o el tacto. Además, el ritmo al que se procesan las
informaciones o la capacidad para concentrarse varía considerablemente entre individuos,
lo que demuestra que una única estrategia educativa no será igualmente efectiva para
todos.
El reto, entonces, es que los educadores reconozcan y respondan a esta diversidad al
diseñar estrategias pedagógicas más inclusivas. Esto podría incluir el uso de métodos de
enseñanza diferenciados que permitan a los estudiantes elegir el estilo de aprendizaje que
mejor se adapte a sus necesidades, como el uso de tecnologías educativas, actividades
prácticas, trabajo colaborativo o adaptaciones sensoriales, por ejemplo.
4. No prestamos atención a lo aburrido
La atención es limitada y está estrechamente relacionada con la emoción. Immordino-Yang
y Damasio (2016) indican que "sin emoción, no hay atención, y sin atención, no hay
aprendizaje".
La atención es un recurso limitado y selectivo. El cerebro humano filtra constantemente la
información sensorial para concentrarse en aquello que considera relevante, novedoso o
emocionalmente significativo. Cuando algo se percibe como aburrido, predecible o sin
propósito, el cerebro reduce la activación de sus sistemas atencionales, lo que afecta la
codificación de la información en la memoria. El interés, la emoción y la sorpresa son
factores clave que activan el sistema límbico y promueven una mayor retención del
aprendizaje.
Por ejemplo, un tema o una actividad que despierte el interés personal o que sea
inesperadamente emocionante generará una mayor liberación de neurotransmisores como
la dopamina, que están vinculados a la motivación y el aprendizaje. Esto hace que el
cerebro perciba el estímulo como valioso, incentivando la atención hacia él y facilitando la
memorización a largo plazo.
Por otro lado, cuando la información es percibida como monótona, sin conexión emocional o
demasiado predecible, el cerebro tiende a "desconectarse", reduciendo la atención y, en
consecuencia, afectando negativamente la capacidad de aprender de esa experiencia. En
este sentido, el aburrimiento o la falta de relevancia emocional pueden contribuir a una
menor activación de las redes atencionales, dificultando la codificación de la información.
Es importante destacar que, en el ámbito educativo, reconocer esta relación entre emoción,
atención y aprendizaje puede transformar las estrategias de enseñanza. Los educadores
pueden promover entornos de aprendizaje más atractivos y emocionalmente estimulantes,
utilizando elementos que generen curiosidad o que conecten con los intereses y emociones
de los estudiantes. Actividades como la gamificación, la narración de historias, o el uso de
contextos reales y significativos pueden aumentar la activación emocional y, por ende, la
atención y el aprendizaje.
Así, la capacidad de captar y mantener la atención no solo depende de la cantidad de
información que se presenta, sino de su relevancia emocional, lo que convierte a la emoción
en un catalizador esencial para un aprendizaje profundo y duradero.
5. La repetición espaciada mejora la memoria
El cerebro necesita tiempo y repetición para consolidar el conocimiento. La repetición
espaciada se refiere a volver a estudiar una misma información en intervalos distribuidos a
lo largo del tiempo, en lugar de hacerlo de forma intensiva en un solo momento. Esta
técnica permite que la información se recupere con mayor facilidad y que las conexiones
neuronales se refuercen progresivamente. Estudios en neurociencia han demostrado que
cada vez que se recuerda algo después de un intervalo, se fortalece la memoria a largo
plazo y se reduce el olvido.
El repaso espaciado permite que la información se consolide en la memoria a largo plazo.
Medina (2014) explica que "la memoria necesita repetición, pero no de forma masiva, sino
espaciada y contextualizada en el tiempo".
La repetición espaciada es una técnica de aprendizaje que se basa en la forma en que el
cerebro consolida la información en la memoria a largo plazo. Según los estudios de
neurociencia, este enfoque aprovecha la capacidad del cerebro para reforzar las conexiones
neuronales a lo largo del tiempo, mejorando la retención de información y reduciendo la
probabilidad de olvido. La clave de la repetición espaciada es que, en lugar de tratar de
memorizar la información de manera intensiva en un solo bloque (lo que puede llevar al
agotamiento cognitivo y a la fatiga), se revisa la información en intervalos crecientes, lo que
permite que el cerebro realice un proceso de consolidación más eficaz.
Cuando repetimos la información después de un intervalo, el cerebro tiene la oportunidad de
"reconstruir" la memoria, lo que ayuda a que la información se almacene más
profundamente. Este proceso de "recuperación activa" fortalece las conexiones sinápticas
entre las neuronas, un fenómeno conocido como plasticidad sináptica, que es fundamental
para el aprendizaje. Cada vez que se recupera la información, se establece una nueva
oportunidad para reforzar la memoria y hacer que la información sea más accesible en el
futuro.
A nivel neurobiológico, la repetición espaciada se apoya en el principio de la "curva del
olvido", un modelo propuesto por Ebbinghaus, que muestra cómo la memoria decae con el
tiempo si no se repasa la información. Sin embargo, cuando se repasa de manera
espaciada, este olvido se retrasa considerablemente. Al estudiar en intervalos, el cerebro no
solo refuerza la memoria de la información, sino que también mejora la capacidad de
recordar esa información de manera más eficiente y duradera.
Medina (2014) señala la importancia de contextualizar la repetición en el tiempo, lo que
implica que el repaso debe realizarse en momentos estratégicos, cuando la memoria aún no
se ha desvanecido completamente. Esto facilita un proceso más efectivo de recuperación y
consolidación. Además, se ha encontrado que la repetición espaciada es aún más eficaz
cuando la información se presenta de forma que tenga significado y relevancia para el
estudiante. La conexión entre la nueva información y los conocimientos previos facilita que
las conexiones neuronales se refuercen con mayor eficacia, generando un aprendizaje más
significativo.
Además de los beneficios de la memoria a largo plazo, la repetición espaciada también
puede mejorar la capacidad de transferir el conocimiento a nuevas situaciones o contextos.
Al consolidarse la información de manera más robusta, el cerebro puede aplicar ese
conocimiento de manera flexible y adaptativa, favoreciendo la resolución de problemas y la
creatividad.
6. El sueño es vital para el aprendizaje
Dormir consolida la memoria y reorganiza la información adquirida. Walker (2018) advierte:
"la privación del sueño perjudica gravemente la capacidad de aprender y retener nueva
información".
Durante el sueño, especialmente en las fases profundas y REM (movimiento ocular rápido),
el cerebro reorganiza y consolida los aprendizajes del día. Se eliminan las conexiones
sinápticas débiles y se refuerzan las importantes, optimizando la red neuronal. Además, el
sueño permite que el cerebro procese emociones, resuelva problemas de forma
inconsciente y restaure sus niveles de energía. La falta de sueño, en cambio, afecta
negativamente la concentración, la memoria, la toma de decisiones y el control emocional,
perjudicando significativamente el aprendizaje.
Durante las fases de sueño profundo (como el sueño de ondas lentas) y REM, se producen
procesos de "limpieza" y fortalecimiento de las redes neuronales, lo que facilita la retención
de recuerdos y el aprendizaje de nuevas habilidades. Estas fases de consolidación permiten
que los recuerdos importantes sean almacenados de manera más eficiente, mientras que
los recuerdos menos significativos son descartados. Además, el sueño ofrece al cerebro la
oportunidad de procesar las emociones y resolver problemas de manera subconsciente, lo
que ayuda a mejorar la toma de decisiones y la resolución creativa de problemas. La
privación del sueño, por otro lado, no solo interfiere con la memoria, sino que también
disminuye la capacidad de concentración, afecta la función ejecutiva y aumenta el estrés, lo
que deteriora significativamente la capacidad para aprender de manera efectiva. De esta
manera, el sueño se convierte en un proceso indispensable para la consolidación del
conocimiento y el funcionamiento cognitivo en general.
7. El estrés daña el aprendizaje
El estrés, especialmente cuando es crónico o intenso, activa el eje
hipotalámico-hipofisario-adrenal, liberando grandes cantidades de cortisol, una hormona
que, en exceso, resulta tóxica para el cerebro. Esta situación afecta principalmente al
hipocampo, región clave para la memoria y el aprendizaje. El estrés también interfiere en la
atención, reduce la motivación y puede bloquear la adquisición de nuevos conocimientos.
Aunque niveles moderados de estrés pueden ser útiles en situaciones de alerta o desafío,
cuando se vuelve constante se convierte en un factor que obstaculiza gravemente el
proceso educativo.
Desde una perspectiva personal, el estrés daña el aprendizaje porque bloquea la mente y
reduce la capacidad de concentración y retención. Cuando estamos estresados, el cerebro
se enfoca en sobrevivir o en resolver la fuente de tensión, no en procesar nueva
información. Además, el estrés afecta la memoria, especialmente la memoria a corto plazo,
que es esencial para aprender cosas nuevas. En lugar de estar en un estado abierto y
receptivo, uno se siente abrumado o ansioso, lo cual frena la curiosidad y la motivación para
aprender. El aprendizaje necesita calma, enfoque y seguridad, cosas que el estrés tiende a
quitar.
El estrés crónico genera altos niveles de cortisol, afectando zonas clave como el
hipocampo. Jensen (2005) destaca que "el estrés prolongado debilita la atención, la
memoria de trabajo y la toma de decisiones".
8. Los sentidos influyen en el aprendizaje
El cerebro recibe la mayor parte de la información a través de los sentidos: vista, oído, tacto,
gusto y olfato. Estos canales sensoriales no solo permiten percibir el entorno, sino que
también participan activamente en la codificación y recuperación de recuerdos. La
información multisensorial (aquella que involucra más de un sentido al mismo tiempo) tiene
más probabilidades de ser comprendida, recordada y utilizada. Esto se debe a que activa
múltiples áreas del cerebro simultáneamente, generando redes neuronales más densas y
estables.
Desde nuestro punto de vista, los sentidos influyen profundamente en el aprendizaje porque
son la puerta de entrada al conocimiento. A través de la vista, el oído, el tacto, el olfato y el
gusto, el cerebro recibe información del entorno y construye experiencias. Por ejemplo, ver
imágenes, escuchar explicaciones o tocar objetos ayuda a entender y memorizar mejor.
Cada persona también tiene sentidos que predominan en su manera de aprender: algunos
retienen más al ver (visuales), otros al escuchar (auditivos), y otros al hacer (kinestésicos).
Por eso, cuanto más sentidos se involucren en el aprendizaje, más fácil, completo y
significativo será.
Cuantos más sentidos se involucran en el aprendizaje, más conexiones se crean en el
cerebro. Medina (2014) sostiene que "la información multisensorial se recuerda mejor
porque activa múltiples rutas cerebrales simultáneamente".
9. La visión es dominante
La visión es el sentido dominante porque la mayoría de la información que recibimos del
mundo entra por los ojos. Vemos colores, formas, movimientos, gestos y letras, lo que nos
permite entender lo que pasa a nuestro alrededor de forma rápida y detallada. Además,
muchas personas aprenden mejor cuando ven imágenes, gráficos o textos, lo que
demuestra que el aprendizaje visual es muy poderoso. La vista no solo ayuda a captar
información, sino también a recordarla con mayor facilidad. Por eso creo que la visión tiene
un papel principal en cómo aprendemos y nos relacionamos con el mundo.
Entre todos los sentidos, la vista es la que ocupa más espacio en la corteza cerebral. Más
del 50% de la superficie del cerebro está implicada directa o indirectamente en el
procesamiento visual. El ser humano es un ser visual: las imágenes se procesan más
rápidamente y se recuerdan mejor que las palabras. Además, las representaciones visuales
tienen un impacto emocional y cognitivo más profundo, facilitando la comprensión y la
conexión entre ideas. Por esta razón, el cerebro tiende a aprender mejor cuando se utilizan
estímulos visuales como mapas, esquemas, videos o gráficos.
El cerebro dedica más recursos a procesar lo visual que a cualquier otro sentido. Medina
(2014) explica: "vemos con el cerebro, no con los ojos; el 50 % de los recursos cerebrales
están vinculados a lo visual".
10. Aprendemos mejor con historias:
Estudios en neurociencia han demostrado que las historias activan varias partes del
cerebro, no solo las relacionadas con el lenguaje, sino también las que procesan
emociones, imágenes y experiencias sensoriales. Esto mejora la comprensión y la memoria.
Además, contar historias es una herramienta ancestral de enseñanza que ha sido usada en
todas las culturas para transmitir conocimientos, valores y tradiciones.
Desde tiempos ancestrales, los seres humanos han transmitido conocimientos, valores y
cultura a través de relatos. Las historias activan múltiples regiones cerebrales, incluyendo
las asociadas con la emoción, la memoria y la empatía. Cuando escuchamos o leemos una
historia, nuestro cerebro no solo procesa el lenguaje, sino que también se sumerge
emocionalmente en la experiencia, lo que favorece la retención de la información. Las
narrativas dan contexto, sentido y coherencia al conocimiento, facilitando su comprensión
profunda.
Las historias activan áreas del cerebro relacionadas con la emoción, la memoria y la
imaginación. Zul (2004) afirma que "una historia bien contada genera una experiencia
memorable porque conecta lo emocional con lo cognitivo".
Aprendemos mejor con historias porque conectan con nuestras emociones, despiertan el
interés y hacen que la información sea más fácil de recordar. Una historia da sentido a los
datos, los pone en contexto y nos permite imaginar situaciones reales. Además, cuando
algo nos emociona o nos sorprende, el cerebro lo guarda con más fuerza. Por eso, una
lección contada como historia suele quedarse grabada mucho más que una lista de hechos
fríos.
11. La curiosidad impulsa el aprendizaje:
Desde la ciencia, se ha demostrado que la curiosidad activa el sistema de recompensa del
cerebro, liberando dopamina, lo que nos hace sentir bien al aprender algo nuevo. Además,
cuando estamos curiosos, nuestra memoria mejora, porque el cerebro presta más atención
y se prepara para retener información. Por eso, la curiosidad no solo impulsa el deseo de
aprender, sino que también mejora la calidad del aprendizaje.
La curiosidad es una fuerza interna que motiva al cerebro a explorar, descubrir y aprender.
Cuando estamos curiosos, se activa el sistema de recompensa cerebral, lo que genera
placer al adquirir nueva información. Esta motivación intrínseca mejora la atención,
incrementa la actividad en el hipocampo y facilita la memoria. La curiosidad no solo se
relaciona con lo desconocido, sino también con el deseo de resolver incertidumbres, lo que
convierte el aprendizaje en un proceso activo, voluntario y significativo.
La curiosidad es el motor principal del aprendizaje, porque cuando sentimos curiosidad,
queremos saber más, hacer preguntas y buscar respuestas por nuestra cuenta. Es como
una chispa interna que nos motiva a explorar y descubrir cosas nuevas sin que nadie nos
obligue. Cuando estamos curiosos, aprender no se siente como una obligación, sino como
una aventura.
La curiosidad activa el sistema dopaminérgico, asociado al placer y la motivación. Engel
(2015) indica: "cuando un niño siente curiosidad, su cerebro se prepara para aprender con
mayor eficacia".
12. El cerebro necesita interacción social:
La neurociencia ha demostrado que el cerebro humano está diseñado para conectarse con
otros. Durante las interacciones sociales se activan áreas cerebrales relacionadas con el
lenguaje, la memoria, la emoción y la toma de decisiones. Además, la interacción social
reduce el estrés, mejora el bienestar mental y fortalece el aprendizaje, especialmente en
niños y adolescentes. Por eso, aprender en comunidad o en grupo puede ser más efectivo
que hacerlo completamente en soledad.
El aprendizaje humano es un fenómeno profundamente social. Desde la infancia,
aprendemos mediante la observación, la imitación, el lenguaje y la cooperación con otros.
Las interacciones sociales estimulan el desarrollo de habilidades cognitivas, emocionales y
comunicativas. El cerebro está diseñado para funcionar en grupo: el contacto social activa
áreas relacionadas con la empatía, la teoría de la mente y la regulación emocional. Además,
el intercambio de ideas, el diálogo y la colaboración potencian la comprensión y la
construcción colectiva del conocimiento.
El cerebro necesita la interacción social porque somos seres naturalmente sociales. Hablar,
compartir ideas y convivir con otras personas estimula nuestra mente, nos ayuda a
comprender diferentes puntos de vista y nos enseña a resolver problemas en grupo.
Cuando interactuamos con otros, no solo aprendemos, sino que también desarrollamos
habilidades emocionales como la empatía y la comunicación.
El aprendizaje es un proceso profundamente social. Goleman (2006) afirma que "la
inteligencia social tiene un impacto directo en la capacidad de atención, la empatía y la
colaboración, todas esenciales para aprender".
CONCLUSIÓN
El estudio de los principios de aprendizaje del cerebro desde una perspectiva
neuroeducativa ha permitido comprender que aprender no es simplemente un proceso de
acumulación de información, sino una experiencia compleja que involucra factores físicos,
emocionales, cognitivos y sociales. Esta monografía ha abordado 12 principios
fundamentales que revelan cómo el cerebro humano se encuentra intrínsecamente
preparado para aprender de maneras específicas, dinámicas y profundamente humanas.
Uno de los hallazgos clave es la importancia del cuerpo en el aprendizaje. El cerebro no
está aislado, sino que trabaja en conjunto con el resto del organismo. El ejercicio físico, el
sueño adecuado y la gestión del estrés son elementos esenciales que impactan
directamente en las funciones cognitivas. Así, se reafirma que para enseñar eficazmente no
basta con presentar contenidos, sino que es necesario atender al bienestar general del
estudiante.
Por otro lado, se evidencia que el cerebro es altamente individual. No existen dos cerebros
iguales, y por lo tanto, la enseñanza debe reconocer y adaptarse a la diversidad de estilos,
ritmos y necesidades de aprendizaje. Esta visión promueve una educación más inclusiva y
personalizada, que respeta las diferencias como fortalezas y no como obstáculos.
La dimensión emocional también ocupa un lugar central en el aprendizaje. La atención, la
memoria y la motivación están íntimamente relacionadas con los estados emocionales. El
aburrimiento, el miedo o el estrés bloquean el proceso de aprendizaje, mientras que la
curiosidad, el entusiasmo y el interés lo potencian. Esto exige a los educadores construir
entornos de aprendizaje emocionalmente seguros y estimulantes, donde el estudiante se
sienta valorado y comprendido.
Asimismo, se destaca la relevancia de los sentidos y de la información visual como
herramientas clave para el aprendizaje. La incorporación de estímulos multisensoriales y
visuales no solo mejora la comprensión, sino también la retención del conocimiento. En este
sentido, la utilización de imágenes, diagramas, videos, materiales manipulativos y
experiencias concretas debe formar parte habitual de la práctica pedagógica.
Finalmente, el papel de la interacción social y del lenguaje narrativo en el aprendizaje
reafirma que el conocimiento se construye colectivamente y que las historias conectan con
lo más profundo del cerebro humano. Aprender en comunidad, dialogar, cooperar y
compartir experiencias son prácticas que favorecen la empatía, la reflexión crítica y la
construcción significativa del saber.
En conclusión, estos principios nos invitan a replantear los métodos tradicionales de
enseñanza. Una educación basada en el conocimiento del funcionamiento del cerebro no
solo es más eficaz, sino también más humana. Implica dejar de tratar al estudiante como un
receptor pasivo de contenidos y verlo como un ser activo, emocional, curioso y social, cuya
mente está en constante transformación. Conocer cómo aprende el cerebro no es una
moda, sino una necesidad urgente para construir escuelas más conscientes, respetuosas y
preparadas para educar en el siglo XXI.
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