Borrador Inicial Las Damas Del Invierno Por Antonia Angel
Borrador Inicial Las Damas Del Invierno Por Antonia Angel
—Lamento decirle que eso es lo único de mi existencia, que no le puedo confesar —Anna
decidió en ese momento que aquella mujer la intrigaba profundamente a la vez que la
exasperaba en iguales medidas.
—Aunque muchos puedan pensar eso de mí, no me considero una como tal, no.
—Claro, entonces debe ser usted el epítome de la moralidad cristiana, ¿no es así?—Ana se
levantó de su silla y cerró el libro que estaba leyendo. Todo en ella le decía que huyera de
aquella situación en la que se encontraba, sin embargo, una fuerza desconocida la
impulsaba a que se quedase en la escena.
—Para nada, más bien la antítesis de esta —La mujer dio dos pasos más en su dirección,
ahora sus vestidos casi se rozaban el uno con el otro, lo único que les impedía avanzar eran
las crinolinas o los miriñaques, como le decía Susana, su dama de compañía. La tensión
pareció crecer entre las dos, como si una especie de barrera invisible las hubiera aislado de
la muchedumbre que concurría los jardines a estas horas de la tarde.
—No le recomiendo ese libro—la mujer sin nombre se acercó unos cuantos centímetros
más, acallando el silencio que se había instaurado entre las dos damas por unos segundos.
Ahora sus vestidos sin duda estaban tocándose. El crujir de su vestido de seda azul claro,
su color favorito, contra el algodón verde oscuro, un color aburrido y anticuado a su parecer,
de la extraña, la hicieron estremecerse, alegues que en ese momento desconocía.
Anna se desprendió de todos los pensamientos, inocuos y equívocos para una señorita de
tal abolengo, malintencionados hacia la desconocida que irrumpía su amolada tarde. En el
momento en que la mujer dijo aquello, dio dos pasos atrás, cosa que su cuerpo resintió al
segundo de no captar la fragancia a jacintos y a almizcle que desprendía esta persona
misteriosa. Anna supuso que esto se debía a que aquella era una de sus fragancias
favoritas y no a la corriente que le había atravesado en el momento en el que sus alientos
se mezclaron.
—¿Por qué cree que no disfrutaría de este libro? Sin duda lo estaba haciendo hasta que
usted me interrumpió—los cachetes de la aludida estaban rojos como el interior de dos
higos maduros. Puede que con su actitud se mostrará recia e indispuesta, pero el bochorno
de su cuerpo indicaba lo contrario.
—Ese libro en particular podría ser particularmente desgarrador para alguien como usted.
Puede que no la conozca de nada o de mucho, pero sé distinguir cuando las personas se
ven atormentadas por sucesos tales como el trágico fallecimiento del héroe de una historia.
—Pues lamento decepcionarla tan profundamente— Anna decidió, llevada por el orgullo,
que la mejor respuesta a esta situación era mentir, sin duda ella odiaba cuando algo tan
irreversible y lúgubre como la muerte, terminaba siendo el epílogo de una historia y
ciertamente se había sentido decepcionada en ese instante al saber que un relato tan
prometedor como el que sostenía en sus manos terminaría en la muerte del caballero que
reside por la eternidad en aquellas páginas más no en este plano terrenal —Ningún
sentimiento como ese hubiera surgido de mi parte con un final como aquel; sin embargo, me
hubiera gustado descubrirlo por mi cuenta.
—Vaya, supongo que me equivoque con usted. De primeras, hasta un ciego podría haber
reconocido su belleza, propia de los primeros bulbos que florecen en primavera o de las
mariposas cuando salen de sus capullos en polvorosa, pero pensé que era algo más que
orgullo y soberbia detrás de aquel hermoso vestido y esas bellas facciones.
—¿Perdóneme?—la rabia invadió el pequeño cuerpo de Anna, ¿cómo alguien como esa
mujer se atrevía a insultarla de aquella forma?, más aún siendo una completa extraña
—Usted no tiene ningún derecho a llamarme orgullosa cuando su actitud demuestra
exactamente lo mismo, Dios la perdone algún día por su insolencia.
—Como le he dicho, su creador y yo no tenemos una relación muy amena, por lo que no me
escuece el hecho de que no entraré en el reino de los cielos. Puede que si sea de lo más
orgullosa, terca me permitiría añadir; sin embargo, yo he hablado con la verdad durante
todo este tiempo, mientras, usted ha mentido repetidas veces, ¿eso no la convierte en una
pecadora, según su intachable moral cristiana por la cual se escuda?
—Claro que no— Anna no se demoró mucho en replicar, la ofensa le escocía. Más aún
cuando se trataba de una verdad contada de la manera más cruda posible— en todo caso
usted ha mentido igual que yo.
—Permítame diferir, le juro por todo lo que es bueno que no he mentido ni un solo
momento, al menos desde que la vi por primera vez.
—Claro que lo es pequeña fiera, sin duda usted y yo somos unas pecadoras de primera,
omitiendo nombres y mintiendo sobre nuestras preferencias de lectura, ¿qué podría hacer
satanás con mujeres tan paganas tales como usted nos nombra?— De alguna forma,
aquella mujer había logrado tergiversar sus pujas a su beneficio.
Era joven, pero vestía de manera muy recatada, con un escote alto y redondo, mangas
largas y ajustadas con puños abotonados, guantes y faja de lana negra y un sombrero
pequeño, poco vistoso, adornado con un lazo color burdeos.
Anna tomó su sombrero, color crema, adornado con dos peonías azules de tela y un lazo
del mismo color, de la mesa de hierro. Le hizo una seña a Susana para que se levantara de
su asiento en una de las bancas cuasi-aledañas a donde ella anteriormente había decidido
entretenerse de su impávida vida. No se molestó en ponerse los guantes de satén que tenía
en su bolsillo, a pesar de que muchos la tomarían por sinvergüenza, su meta era alejarse lo
más posible de la misteriosa, grosera y apolínea mujer que la había abordado.
—Por el contrario, mío ha sido el placer, señorita Anna, que tenga un hermoso resto de
tarde.
—¿Está bien señorita? Parece alterada, ¿no desea recomponerse antes de volver a la
casa?
—No deseo quedarme un solo segundo más en este lugar, vámonos antes de que se
presenten más molestias como esta— dijo después de que su dama le reacomodara las
enaguas.
—Claro que sí, señorita— respondió con recato la sirvienta, la cual ya estaba acostumbrada
al comportamiento caprichoso de la niña.
Las dos caminaron de vuelta por los caminos de piedra de los jardines, los cuales conocían
de memoria, producto de sus viajes diarios a este, hasta la calle principal, donde su carruaje
cupé, con ventanas de tela y remaches de madera de roble, esperaba por ellas. Se limitó a
refunfuñar y alegar de todos los transeúntes que pasaban a gran velocidad por su camino,
la gente se había vuelto más incompetente desde esta mañana.
2.
Al llegar a la casa, descarto su abanico, guantes, sombrero y sombrilla en una de las mesas
de centro, un poco vulgar y aparatosa, pasada de moda hasta el último grito. Su madre
hace mucho tiempo había insistido en adquirir, después de haber visitado la mansión del
duque de Gersa y ver que este tenía al menos dos de estas decorando cada habitación.
Ahora, después de su muerte, nadie se atrevía a cambiarla.
Luego, subió las escaleras hasta el tercer piso, su habitación, la tercera a la izquierda, había
sido recientemente aseada, ahora con sábanas frescas y flores nuevas, claveles, diferentes
a los tulipanes que tenía en la mañana.
Se desabrochó el chal y la chaqueta, la ropa que llevaba encima parecía querer sofocarla
como si de una víbora constrictora se tratase. Entre gritos llamó a Susana, y esta le ayudo a
desanudarse las tiras del vestido y el corsé, soltarse las enaguas y la crinolina, quedó
únicamente en camisón y medias. Luego se tiró encima de la cama con poco decoro si no
era nulo, provocando que un par de los cojines bordados por su abuela y su madre rodaran
hasta el piso de madera.
¿Quién se cree esa mujer para decidir sobre mi temperamento? Murmuró Anna para sí
misma, sentía su cara caliente y podía deducir que ahora estaba sonrojada por completo,
consecuencia de poseer una piel blanquecina y lechosa como la porcelana.
Había algo en esa mujer que le había causado tal revuelo en su interior, no tenía idea lo que
era. Lo atribuyo a su comportamiento mal educado y no ciertamente a la sensación que le
produjo en un primer instante el roce de sus vestidos, o su olor, sus comentarios sagaces,
su seriedad interrumpida por sonrisas ladinas y picaras. Nada de eso podía ser, era
inadmisible siquiera pensar su cara de facciones filosas y algo prominentes, su nariz
respingada y sus ojos color chocolate.
Reconoció que de conocerse en otro contexto menos aborrecible, Anna podría haber
encontrado la compañía de la mujer de lo más de entretenida, se imaginaba como las dos
hubieran podido tener un debate educado y dinámico, como dos pares. Pero las cosas no
eran así, la desconocida había sido ruda y grosera con ella, tampoco había tenido la
decencia de excusarse al dar la vuelta e irse sin dejar ni el polvo detrás de ella.
Después de media hora, Susana tocó la puerta esperando a que su empleadora le cediera
el paso. Anna, aburrida de estar tanto tiempo acostada, se levantó y le permitió la entrada a
la sirvienta, la cual iba acompañada de dos mujeres más.
Ella ya se sabía de memoria de que se trataba aquella visita. Todos los cuartos, quintos y
sextos días de la semana la arreglaban durante al menos dos horas, le pasaban paños de
agua tibia por los brazos y las piernas, le aplicaban menjurjes de los cuales sus ingredientes
eran imposibles de pronunciar. Luego le cambiaban la ropa interior y el camisón por unos de
frío, le ponían el corsé, capas y capas de enaguas de seda y la crinolina, tan ancha y alta
que ocupaba el espacio de cinco personas. Las dos criadas se tenían que montar en dos
butacas y sosteniendo la estructura con unos bastones de madera la bajaban por el torso y
la cintura de la chica con la dirección de Susana que les indicaba si debían de subirla o
bajarla, a la derecha o a la izquierda.
Encima de toda esta parafernalia, le colocaron el vestido, era de terciopelo azul oscuro,
opulento, con un escote palabra de honor y encaje chantillí alrededor de este. Las mangas
eran cortas y abullonadas, la falda, larga hasta los tobillos, estaba adornada con volantes de
tul y flores blancas. Los guantes y la faja combinaban, eran de seda blanca y pedrería
bordada. En su cuello, un collar de diamantes, corto y ajustado al cuello, relucía,
convirtiéndose en la atracción principal del atuendo.
Aunque odiaba el proceso, Anna amaba el resultado final. Con capas de maquillaje habían
exaltado su belleza, sonrojado sus cachetes y encrespado sus pestañas. Se miró al espejo
y aprobó la imagen que se reflejaba en este.
Creciendo, se vio adornada de todos los gustos y caprichos que pedía, nunca le habían
dicho una negativa, siendo la pequeña, todos se desvivía por complacerla y hacerla feliz.
Amaba las reuniones, bailar hasta el amanecer y beber vino de grosellas mientras
comentaba con las demás damas los chismes de la temporada. Era la imagen perfecta de lo
que debía ser una señorita de sociedad, recatada y hermosa, inteligente, pero no
demasiado, y ostentaba unos modales tan exquisitos como los de una reina.
Todos se preguntaban cómo es que siendo tan perfecta no estaba casada, comprometida o
al menos siendo cortejada por un caballero. No le faltaban pretendientes ni ofertas; sin
embargo, ninguno parecía ser suficiente para ella. Unos eran muy bajitos, muy altos, muy
gordos, muy flacos, muy rubios, muy viejos, muy castaños, muy jóvenes, muy pobres, muy
ricos, etcétera, etcétera.
Ya lista, tuvo que bajar hasta el primer piso con ayuda de Susana, con su vestido, al ser tan
grande y pesado, hubiera sido imposible hacerlo por su cuenta sin terminar con un tobillo o
cuello roto. Ahí la estaban esperando su padre, Thomas Halifax, y su madrastra,
Clementina, Clemen, Halifax. Thomas había contraído nupcias con la susodicha hace
menos de un año y casi al instante había quedado embarazada. Anna no sabía si estaba
extasiada o destrozada por la llegada de su nueva hermana. Sabía que aunque su padre
siempre la querría, apenas llegara la tan esperada criatura, ella dejaría de ser el centro de
atención o terminaría convirtiéndose en un estorbo; ella ya sabia que hacían los hombres
cuando una mujer les estorbaba, no importaba que el hombre en cuestión fuera su padre.
Así pues, su reloj se estaba ralentizando y cada vez se veía más atrapada entre la espada y
la pared.
Con un nudo en la garganta, fue la primera en salir de la casa y subirse al carruaje, esta vez
el doble de grande para que cupieran todos, después de unos segundos su padre y Clemen
la siguieron. En un turbulento silencio, el chofer dio inicio al recorrido y salieron a las calles
de la capital. La casa de los Harrington quedaba a poco más de media hora; sin embargo,
esa pequeña fracción de tiempo se le hizo eterna con el parloteo de Clemen sobre las
cortinas que había encargado para el cuarto del bebe y como la dama de la reina, su más
queridísima amiga, le había comentado que la monarca había mandado a las costureras a
hacer un nuevo estilo de corsé, uno con menos curvas y más erguido en la parte frontal.
Cuando por fin llegaron los Halifax a la mansión de los Harrington, Anna tenía
acalambrados los pies y sentía como si el mundo le diera vueltas por haber estado en un
espacio tan reducido. Clemen fue la primera en salir con la ayuda del cochero, luego Anna y
por último su padre.
Decidió que la presencia de las demás personas le era insuficiente y ataviante, por lo que
solo se dignó a cumplimentar a los anfitriones, Sir Robert, Lady Henrietta y sus dos hijos,
Chapel y Perry Harrington. Luego se dirigió, con la mayor discreción contingente para no
parecer una inadecuada, bicho raro o cualquier sinónimo que a las tías solteronas, cuyas
invitaciones eran enviadas por educación y no por su reluctante presencia, se pudieran
inventar, hacia el jardín trasero de la mansión.
Ya había venido un puñado de veces a este lugar, su padre y Sir Harrington eran muy
cercanos, además de ser socios comerciales, por lo que ella ya conocía a la perfección
hacia donde caminar. Se dirigió hacia el corredor de árboles y arbustos frutales, ahora
marchitos y sin hojas debido al crudo invierno, y camino hacia la fuente principal, una
maravilla en verano, pero que ahora estaba casi congelada y una sombra cerúlea recaía
sobre todo el paisaje. Sin embargo, la vista seguía siendo impresionante. Todo parecía tan
impersonal y pétreo que Anna, por un momento de quietud y absoluto silencio, se sintió
diminuta, como una pequeña hormiga en un campo de maíz o como un suspiro en una
clínica de hospicio.
—Impresionante, ¿no?— la repentina y conocida voz hizo que diera un respingo agudo. Se
volteó a ver de quién se trataba, aun cuando lo sabía de memoria después de tener el
sonido de sus cuerdas vocales en su cabeza lo que llevaba del día.
—¿Acaso me está siguiendo?— Anna intento parecer lo más tranquila posible, aunque por
dentro, su corazón latía al ritmo de un caballo de carreras.
—Iba a preguntarle lo mismo, parece que no me puedo deshacerme de usted por mucho
tiempo— la desconocida, la cual estaba sentada en una de las bancas de mármol, un libro
en su mano y una copa en la otra, se levantó y luego se pavoneó ligeramente alrededor de
ella, un semblante altivo y algo burlesco adornaba sus facciones.
—¿Cómo se atreve a insinuar algo así?, tenga la delicadeza de una dama de su estatus—
la aludida amplío su sonrisa y una pequeña risa salió de sus entrañas, haciendo que Anna
sintiera una emoción que hasta el momento, desconocía.
—Le recuerdo que usted lo insinuó primero— Anna, indignada hasta el tuétano, recorrió su
figura en busca de algo con lo que contraatacar. Su vestido era del mismo color que había
utilizado esta tarde, pero ahora este era de un rico terciopelo, la parte de arriba era ajustada
y con un escote redondo adornado con encaje chantillí al igual que sus mangas ajustadas.
Llevaba unos guantes negros y una faja de terciopelo burdeos que contrastaba con el verde
del vestido. Sobre todo aquello, vestía una capa, también negra, que se veía pesada y
caliente, tanto que le dieron ganas de acercarse y acurrucarse a su lado. Anna no encontró
nada con lo que criticarla, ella se veía regia e impoluta como una porcelana.
—Ya basta, le agradecería que me dejara en paz, considero que una interacción al día con
personas como usted es más que suficiente— Anna recogió su vestido con sus manos y se
dio la vuelta, darle la espalda a alguien era considerado una falta de respeto gigantesca,
pero ella consideraba que esta vez, estaba justificada.
—Está bien como usted prefiera, aunque me gustaría remarcar que yo había llegado
primero y usted irrumpió mi lectura. Sin embargo, le recomiendo que se abrigue— con
aquellas palabras, se desabrochó la capa y la dejo a un lado, ofreciéndosela —no podemos
permitir que la pequeña Anna Halifax se resfríe.
En ese momento Anna ardía por dentro, aunque no sabría reconocer si se trataba de rabia
o de vergüenza lo que la ataviaba. La desconocida tenía razón, Anna se estaba
congelando, al salir se le había olvidado el chal que tenía planeado traer, pensando que
estaría toda la velada en el interior de la estancia. Intento pensar en algo con que
responderle, pero en vez de eso, cayó en cuenta de algo.
La mujer hizo oídos sordos a los reiterados llamados de Anna y continuo caminando. Ella,
ahora furiosa, se dirigió al banco donde la desconocida había colocado la capa y se la vistió.
Se justificó diciendo que no podía permitirse una neumonía en pleno auge de la temporada,
y aunque trato de ignorar el olor que esta desprendía, a jacintos y almizcle, se vio rodeada
de por este, hasta el punto en que su corazón latió a miles de revoluciones por minuto.
Aquella fragancia era fresca y floral, pero a la vez terrosa y sensual. ¿Por qué demonios
debe de oler tan bien?, pensó Anna.
3.
Si hubiera sido otra persona la que se comportará de esa forma, la gente la estuviera viendo
y riéndose de ella, pero era Clemen, la dulce Clemen, la cual había sido la estrella de la
temporada pasada, recién presentada a la sociedad y el segundo hombre no noble más rico
de Europa se había flechado completamente de ella, la brecha de edad era lo menos que
importaba cuando una tarde igual de fría que esta, Thomas Halifax se había arrodillado y
pedido la mano de la joven apenas mayor de edad.
Anna se movió rápidamente hasta llegar al pequeño grupo. Su padre fue el primero en
notarla y la saludo con la efusividad propia de un señor.
—Anna, que bien que ya estás aquí, te estábamos buscando por todas partes— el hombre,
una docena de centímetros más alto que todas las mujeres presentes, se giró para mirar a
la mujer desconocida y le hizo un gesto para que se acercara más de lo que ya estaba —Te
queríamos presentar a la señorita Quincy De Loughrey, prima y tutora de los hermanos
Harrington. Después de una persistente insistencia, finalmente aceptó ser tu tutora, además
de enseñar a los muchachos. La señorita De Loughrey tiene una reputación más que
intachable. Acaba de graduarse con honores máximos de la Sorbona en arte y literatura, y
hace seis años obtuvo su título en leyes en Oxford, también con la máxima distinción.
—¿No es impresionante Anna?— pregunto Clemen con una mueca en su rostro. Su joven
madrastra no creía que una mujer debían de estudiar ni tener una carrera, sin embargo,
sentía un poco de admiración hacia la señorita Quincy.
A Anna todo le daba vueltas. El destino podía ser un verdadero dolor de muelas cuando se
lo proponía. ¿Quién iba a imaginar que aquella mujer iba a terminar siendo su institutriz?
Viéndolo bien, Quincy, el nombre aún le sonaba extraño, si tenía pinta de aquella profesión,
sus ropas eran recatadas y todo en ella propiciaba un aire de sabiduría y conocimiento.
—Anna di algo por favor— le dijo su padre después de unos segundos de incómodo
silencio.
—Increíble— eso fue lo único qué logró modular; sin embargo, tuvo que añadir algo más
ante la cara de su madrastra, a penas dos años mayor que ella — Quiero decir que es
increíble que una mujer tan joven haya logrado semejante acto.
La cara de Quincy era todo un cuadro, se veía que disfrutaba de las palabras tan
amargamente pronunciadas por la menor de los Halifax.
—Claro que sí, espero que aprendas al menos un poco de lo que la señorita tiene para
ofrecer— Thomas alzo su brazo, tendiéndoselo a su esposa y está, gustosa, la acepto—
Vamos querida, creo que vi a Tarly Hanson por algún lugar.
Después de unos segundos, las dos quedaron solas. Quincy hizo el amago de hablar, pero
Anna, en polvorosa, empezó con su discurso.
—Con que Quincy De Loughrey, no veo porque tanto misterio por un nombre tan común—
Anna soltó un bufido después de pronunciar las palabras, en verdad el nombre le parecía
lindo, pero nunca se lo iba a comentar —Además, como se atreve a no decirme que sería
mi tutora, si lo piensa bien yo soy su empleadora y debe tratarme como tal.
Quincy soltó una pequeña carcajada, fue tanto su júbilo que varias personas giraron a
mirarlas, preguntándose cuál había sido el chiste.
—En realidad, mis empleadores son sus padres, yo respondo ante ellos, usted, por el
contrario, es mi pupila.
Anna estuvo a punto de mandar todo al garete y proferirle una sonora bofetada, gracias a la
furia irracional que sentía en contra de esa mujer, además había mencionado ya sea
intencional o no que Clemen era su madre y no podía odiar más el concepto, se sentía
como si hubieran borrado a su madre de la faz de la tierra. Justo cuando iba a alzar la mano
y proferir el tan añorado bofetón que tenía planeado en su mente, en ese momento llegaron
los hermanos Harrington. Chapel era el mayor con diecisiete años y Perry el menor con
quince. Anna era amiga de los dos, estando en el rango de edad de ellos. Con dieciséis
años, rondaba los mismos círculos y a menudo se encontraba en las mismas actividades
que ellos. Como en este caso que recibirían clases particulares en conjunto.
—Prima, veo que ya has conocido a la encantadora Anna— comentó Chapel con una
sonrisa. Los dos hermanos eran muy atractivos para las señoritas, sin embargo, Chapel
gozaba de una belleza extraordinaria. Su rostro angular presentaba pómulos marcados y
cejas densas y largas, sus ojos eran azul cerúleo y su cabello, rubio, lo llevaba un poco
largo en la parte superior y corto a los lados.
—Claro, sería un placer acompañarlos, aunque espero, estén dispuestos a perder contra
mí— a pesar de que el pool no era considerado un pasatiempo para señoritas, su hermano
mayor, Carlisle, le había enseñado a escondidas de sus padres. Claro, eso fue antes de que
su madre falleciera, y él se casara con Tammy Bradford y se mudara a York con su nueva
familia.
—Estarás soñando, pequeña Anna, el día que nos derrotes. Y tu prima, ¿nos
acompañas?— añadió Chapel.
—Me encantaría, pero hoy fue un día muy largo y deseo retirarme a mi habitación.
Algo en Anna se revolvió, en su interior, deseaba pasar más tiempo con su tutora, así fuera
para discutir con ella. Aquello la hizo sentir confundida, era la primera vez que alguien la
sacaba de sus casillas de esa forma.
—Qué pena. Supongo que nos veremos mañana para nuestra primera clase, ¿no es así?—
pregunto Perry mientras rodeaba el hombro de Anna y empezaba a caminar en dirección a
la biblioteca.
—Claro que sí, los espero a las nueve en la biblioteca de los Halifax, que pasen una buena
noche, caballeros— hizo una pequeña reverencia a los hermanos —Señorita— repitió la
acción mirándola directamente a los ojos, sin más, Quincy se dio la vuelta y subió las
escaleras de coral hasta la segunda planta.
—Vamos, Anna. Veamos si es cierto lo de tu próxima victoria —instó Perry, llevándola hacia
la biblioteca con un gesto animado.
Sin embargo, Anna siguió mirando directamente hacia las escaleras, esperando, no sabía
qué.
El resto de la noche los tres siguieron jugando, hablando y bebiendo una que otra copa.
Anna comenzó a sentir un ligero mareo y apenas se dio cuenta de las miradas insistentes
que recibía por parte del mayor de los Harrington. A los minutos, llego una sirvienta
buscando a la señorita Halifax, ella se despidió de los muchachos y salió de la mansión,
donde, su padre y Clemen, la esperaban.
—¿De quién es esta capa?, es preciosa, pero usted nunca usaría un color tan lúgubre —las
palabras de la sirvienta provocaron que la somnolienta Anna se despertara de golpe. Todo
el cansancio desapareció en un instante.
—Pero…— trato de decirle algo, pero no fue posible, debido a que rápidamente la silencio.
Anna volvió a refugiarse en la comodidad de su cama, solo que ahora esta estaba
impregnada con el olor a la señorita De Loughrey que desprendía la capa. Ella hizo de la
prenda un pequeño rollo y la coloco a un lado de su almohada. De pronto se cuestionó a sí
misma que era lo que estaba haciendo, de un momento a otro había caído en cuenta de sus
indecorosas acciones, impropias de ella. Reunió toda la fuerza que le quedaba, en esos
momentos no comprendió por qué le costaba tanto, y tiro la capa al suelo. Se volvió a
acostar, solo que esta vez mirando hacia el techo, cerro los ojos, luego los volvió a abrir, los
volvió a cerrar y no pasaron diez segundos antes de que los volviera a abrir.
“Esto no es normal” pensó ella, se quitó las mantas y se subió el camisón hasta los muslos
“debe de ser el calor lo que me tiene en este estado”, aunque debía admitir que era una
noche de invierno bastante férrea.
Dio vueltas por la cama una y otra vez, canto una canción en su mente y recito una lectura
de hace unos días. Se trenzó la cabellera rubia y luego se la soltó, luego se la cepillo
porque esta había quedado ondulada, después se hizo los rulos con pedazos de tela porque
no le gustaba su pelo enteramente liso. Escribió unas palabras en su diario, luego se aburrió
por qué, debía admitir, era una pésima escritora, sin importar que su única lectora fuera ella
misma. Luego se levantó de la cama y contó los pasos desde la puerta al extremo contrario
de la habitación, del baño al escritorio, del escritorio a la cama y de la cama a la puerta.
Después de unas cuantas horas, vio los primeros rayos de luz solar bañar el alfeizar de su
ventana y, agotada de todas la formas humanamente posibles, decidió que era hora de
volver a la cama e intentar dormirse. Rendida, miro de nuevo la capa de su tutora, hecha un
pequeño desorden en el frío suelo de su habitación, con pasos lentos y dubitativos, se
acercó a esta y con una demora extenuante, se agachó y la recogió. De nuevo, volvió a
enrollarla y la coloco entre las almohadas, de modo que quedara escondida por si Susana u
otro miembro del personal entraba. Con un suspiro cayó de manera teatral sobre el colchón,
se cubrió con las sabanas y se hizo de medio lado, opuesta a la ventana, para que la luz no
la molestara. El olor a jacintos y almizcle se coló por sus fosas nasales y por un segundo
olvido todo lo que la rodeaba. Su mente se calmó y logro quedarse dormida, con el cantar
de los pájaros y el ruido de las primeras personas que se levantaban.
4.
—Anna, ¿ha entendido la pregunta? —La aludida salió de sus pensamientos en cuanto
escuchó las palabras de su tutora.
—¿Qué pregunta? —Anna miró en dirección a la mujer, quien tenía un semblante curioso y
una chispa en los ojos al notar la distracción de su pupila.
—Mi prima te ha preguntado la raíz cuadrada de sesenta y cuatro —respondió Perry con
una mueca burlesca.
Esa mañana, Anna se había levantado de malas pulgas; apenas había dormido un par de
horas cuando Susana irrumpió en su dormitorio para arreglarla para la clase con Quincy De
Loughrey y los hermanos Harrington. Una hora después, ya estaba atravesando el portal
hacia la biblioteca de los Halifax, que ostentaba una colección de más de dos mil
ejemplares, coleccionados desde la época de su tatarabuelo, y se encontró cara a cara con
su maestra. Llevaba un vestido blanco, ceñido en la cintura con un cinturón de cuero café,
una chaquetilla torera del mismo color y unas botas de tacón, no muy altas. En sus manos
enguantadas cargaba dos libros de cálculo y una pequeña libreta.
Anna no la saludó directamente, sino que se decantó por saludar a todos en general. Sonrió
a Chapel y a Perry, y se sentó entre los dos. Intentó no reaccionar cuando Chapel corrió su
silla y la atrajo cerca de la de él, de modo que su falda casi rozaba su pantalón.
Quincy empezó a dar la clase con una tranquilidad y naturalidad impresionantes, como si
nada hubiera pasado entre las dos la noche anterior. Era extremadamente interesante; su
voz atraía a cualquiera, y se expresaba con una elegancia que reflejaba su buena
educación. A pesar de esto, Anna admitía que odiaba la clase, no por la profesora —aunque
cada vez que Quincy se movía o respiraba más fuerte de lo habitual, la irritaba
irracionalmente—, sino por la materia en sí. Anna odiaba las matemáticas y todo lo que
tuviera que ver con números; estos hacían que su cabeza diera vueltas, y no lograba
retener ni una lección ni por todo el oro del mundo. Por eso se distrajo mirando hacia la
nada, pensando en la ropa modesta de su maestra, en contraste con el vestido verde
jazmín de volantes y encaje que ella llevaba puesto.
—¿Catorce? —respondió dubitativa. La ansiedad de tener tres miradas sobre ella la hacía
chocar sus tacones perlados entre sí, y la vergüenza tiñó sus mejillas de un rosa vibrante,
como el de una cereza.
Perry estalló en carcajadas a su lado izquierdo; Chapel se quedó callado, con una sonrisa
de consuelo en su rostro. Su tutora, por otro lado, la miraba desafiante; sabía que estaba
distraída, y por eso le había hecho una pregunta que sabía que no podría responder.
—La respuesta correcta es ocho. Señorita Halifax, le recomiendo que preste atención a la
lección. Puede que a usted no le importe perder el tiempo, pero para nosotros, los mortales,
el tiempo es oro. —Perry volvió a reírse, lo que provocó que Quincy desviara su mirada
hacia él—. Primo, ya que te ríes tanto de Anna, supongo que sabes todo sobre el tema
—tomó el libro de ejercicios de matemáticas y se lo entregó—. Quiero que para mañana
traigas resueltos los ejercicios de la página cien a la trescientos veinte.
Todos se quedaron en silencio tras la reprimenda. A los pocos segundos, Quincy continuó
con la clase. A pesar de todos sus esfuerzos, Anna no logró concentrarse. Se quedó
mirando a su joven tutora. La odiaba con todas sus fuerzas y creía que el sentimiento era
mutuo, pero Quincy la había defendido de las burlas de Perry. Primero la había regañado y
luego defendido, pero los detalles no importaban. Quincy se dio cuenta de que Anna no
dejaba de mirarla y, después de rascarse sutilmente un sarpullido en el cuello, se volteó
hacia ella con una mirada extrañamente intensa. Quería decirle algo, pero Anna no lograba
entenderlo del todo. Intentó mantener el contacto visual el mayor tiempo posible, pero
después de unos segundos lo retiró, sintiéndose juzgada por la mujer.
Pasaron dos cuartos de hora más antes de que la clase culminara. La luz empezaba a
escasear, por lo que encendieron un par de lámparas de aceite. La luz ambarina se
reflejaba en sus rostros, creando sombras que les conferían una apariencia teatral, como
personajes de ópera embadurnados de maquillaje para acentuar la tragedia. Quincy miró a
los ojos de Anna, y la luz los hacía parecer de un color verde, distinto a su habitual azul
cielo. Se quedó absorta unos segundos al ver todos los secretos y misterios que ocultaba su
mirada. Quizá Anna aparentara ser una niña inmadura, pero en su interior escondía algo
que Quincy se moría por desentrañar. Después de todo, además de tutora, era una
estudiosa; la curiosidad y la persistencia eran sus mayores cualidades.
—Creo que es hora de suspender la lección de hoy —dijo Quincy, soltando un profundo
suspiro antes de cerrar sus libros. Sus primos se levantaron al mismo tiempo y se
despidieron efusivamente, dejándolas solas a las dos.
Un incómodo silencio se instauró mientras Quincy organizaba sus materiales. Anna solo la
miraba fijamente, incapaz de apartar la vista de aquella mujer.
Los movimientos de Quincy eran toscos, casi propios de un caballero. Si Clemen las
estuviera observando, le daría un ataque de nervios solo de ver cómo se erguía sobre su
bolso y se apresuraba a guardar los libros y plumas que cargaba. El simple hecho de llevar
un bolso como el suyo ya era motivo de escándalo: una pieza cuadrada de cuero oscuro
con gruesas correas de metal y una pretina de oro con su nombre grabado.
Quincy, ajena a la mirada insistente de Anna, ajustó las correas del bolso con firmeza, casi
como si tuviera prisa por dejar atrás aquella sala y aquella tensión. Anna, sin embargo, se
quedó inmóvil, apenas respirando, fascinada y confundida por esa mezcla de recato y
desenfado que Quincy desplegaba en cada gesto. Nunca había visto a una mujer portar un
bolso como ese, ni moverse de esa manera: sin la gracia forzada que su madre y las demás
damas consideraban esencial. En Quincy, la rudeza y la sofisticación parecían entrelazarse
de una forma que Anna no lograba comprender, pero que, extrañamente, la atraía.
Finalmente, Quincy levantó la mirada y captó la intensidad de los ojos de Anna fijos en ella.
Con una media sonrisa —una que parecía querer contener, pero que inevitablemente
escapaba—, Quincy arqueó una ceja.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita Halifax? —preguntó en tono neutral, aunque sus ojos
brillaban con una chispa de intriga. Anna sintió que sus mejillas se sonrojaban, pero se
obligó a sostener su mirada, aunque la garganta se le hacía un nudo.
—No, claro que no —respondió, intentando sonar firme, pero sus palabras apenas fueron
un susurro—. Me he distraído, eso es todo.
Quincy la observó unos segundos más y luego asintió levemente, como si aceptara esa
respuesta a sabiendas de su falsedad. Cerró su bolso y se dispuso a irse, pero, antes de
dar el primer paso hacia la puerta, se detuvo y se giró hacia Anna, quien seguía sentada,
inmóvil.
—Hay algo en usted, Anna, que… bueno, parece ansiosa por decir o hacer algo, pero
siempre se queda a medias —dijo, manteniendo la mirada fija en ella—. ¿Alguna vez ha
intentado simplemente actuar?
—¿Qué está insinuando usted con esa pregunta? ¿Que soy una cobarde?
—¿Cómo se atreve?
Con esas últimas palabras, Quincy de Loughrey desapareció como lo había hecho la
primera y la segunda vez que la había conocido.
Anna quería decirle que se largara, que se fuera sin miramiento alguno, qué al fin y al cabo
ella no la necesitaba, que no tenía que estar a la altura de sus expectativas porque no le
debía nada. Pero en vez de eso se quedó ahí parada donde la había dejado e incapaz de
hacer o decir algo en su contra.
Anna permaneció inmóvil, con el corazón latiendo, desbocado y una sensación de rabia y
desconcierto que se mezclaba con algo aún más perturbador. ¿Cómo se atrevía Quincy a
hablarle de aquella manera, a mirarla con ese desprecio velado, como si ella fuera poco
más que una niña caprichosa sin voluntad propia?
Y, sin embargo, en ese instante, Anna se dio cuenta de algo que le heló la sangre: las
palabras de Quincy habían dado en el blanco. Era cierto. ¿Cuántas veces se había
contenido, limitándose a hacer lo que los demás esperaban, sin actuar según sus propios
deseos? Todo el poder y la seguridad de los que solía alardear se disipaban al estar frente a
Quincy. Esa mujer, con su carácter decidido y su retadora honestidad, parecía comprenderla
más de lo que a ella le habría gustado admitir.
Anna inspiró profundamente, intentando recuperar la compostura. Pero el toque de Quincy
aún ardía en su piel, ese gesto breve y lleno de intención al acomodar su cabello. Había
sido una invasión y, al mismo tiempo, un acto de una ternura inesperada que desarmaba
cada una de sus defensas. En ese momento, habría dado lo que fuera por decirle algo,
cualquier cosa que le devolviera el control de la situación, que la pusiera por encima de
Quincy y la hiciera sentir que volvía a tener el dominio de sí misma.
Pero las palabras no salieron. La puerta seguía oscilando levemente por el impulso de la
partida de Quincy, y Anna seguía ahí, varada en un mar de pensamientos, con el eco de
aquellas palabras desafiantes reverberando en su mente: “No me decepcione.”
No estaba segura de lo que sentía, pero algo en ella había cambiado. Aquel desafío,
inesperado y mordaz, le retumbaba en los oídos, incitándola a probarse a sí misma, a
mostrar que ella también tenía coraje. Y, al mismo tiempo, el desconcertante y profundo
magnetismo de Quincy la mantenía atrapada. En el fondo, Anna comprendía que estaba
empezando a perder el control sobre sí misma. Y mientras más lo intentaba, más fuerte era
la atracción que la empujaba hacia esa mujer imposible.
5.
Al día siguiente, Anna se despertó con una resolución impresa en su mente.
Inicio su día mucho más temprano de lo que acostumbraba y por primera vez en su vida se
decidió a arreglarse por su cuenta.
Buscó uno de sus vestidos favoritos, uno de seda blanca con bolados azul cielo, el cual era
tan tupido que no necesitaba crinolina. Gracias a dios, porque en el momento de colocarse
el corsé se dio cuenta de la tarea tan monumental que su colocación correspondía y se
compadeció de todas las mujeres que no tenían sirvientas a su disposición para que las
arreglaran.
Después de lo que pareció una eternidad, logró atarlo lo más apretado que pudo más no tan
apretado como acostumbraba, ya que le resultó prácticamente imposible. Se puso las
enaguas y luego el vestido, el cual también había acontecido una tarea monumental gracias
a la cantidad de capas que este ostentaba.
Desafortunadamente, cuando pensó que su lucha había terminado y ya estaba lista para
iniciar con la fase uno de sus planes, sintió el frío piso de madera contra sus pies desnudos
y comprendió que le faltaban los zapatos.
Se supone que los tacones se colocan antes del vestido porque este llega a ser tan grande
que resultaba dificilísimo para las sirvientas colocárselos a la dama después, imagínese lo
difícil que es hacerlo en solitario. Sin embargo, después de unos cuantos tropezones y una
caída que seguramente le dejaría un moratón en la pierna, Anna logro colocarse los tacones
de cinco pulgadas de alto y azules, para que combinaran con el vestido.
Ahora sí, estaba lista para empezar. Bajo las escaleras y a medio camino se encontró con
Susana, la cual llevaba su bandeja de desayuno, que acostumbraba a consumir por las
mañanas en la mesa de té de su habitación ni bien la despertaban.
—Señorita… —Susana se quedó sin palabras cuando su señora sonrió y le paso de largo,
no sin antes coger media manzana de la bandeja y darle un mordisco.
Anna siguió descendiendo hasta llegar a la biblioteca. Por lo general el olor a libros que
desprende esa habitación le causaba alergia, pero hoy decidió que le gustaba. Todo ahora
parecía un poco más brillante y menos aburrido que el día anterior.
En el interior, sentado en la misma mesa en la que ayer había recibido su clase, se encontró
a su padre leyendo los libros contables del mes.
—Buenos días, padre —lo saludo, mientras se acercaba y le daba un beso en la mejilla.
Thomas Halifax, acostumbrado a ver a su hija arreglada y en la planta baja hasta después
del sol del medio día, configuro su semblante en un gesto extrañamente similar al que había
colocado su sirvienta hace unos segundos. El hombre se había quedado sin palabras al ver
a la menor de sus hijos levantada a las ocho de la mañana, con el vestido torcido, sin
guantes ni tocado, con el pelo recogido en un moño desordenado y media manzana
mordida en su mano.
—¿Libros? Si en esta biblioteca no hay nada de tu interés, solo hay libros de cátedra,
tratados, biblias y contabilidad—Anna se encogió de hombros y mirando por encima de la
figura de su padre se concentró en los números y datos escritos en la contabilidad. Anna
seguía odiando las matemáticas, pero se emocionó al darse cuenta de que entendía lo que
estaba plasmado en esas páginas.
A la izquierda estaban las cuentas y transacciones que se habían hecho, en el centro los
saldos y ajustes y a la derecha el balance general. A Anna nunca le habían enseñado nada
de esto, sería bochornoso que su padre contratara alguien para que le enseñara su hija la
tarea de un hombre como lo había hecho con sus hermanos mayores; pero recordó haber
estado presente en millones de conversaciones entre su padre y sus hermanos o socios
comerciales que parecía que había nacido con esta información en la cabeza, solo que
nunca antes le había interesado el tema y ahora lo veía como una posibilidad. No solo para
demostrarle a Quincy De Loughrey que estaba equivocada con ella, sino también una
oportunidad para superarse a su misma a la imagen de niña tonta y malcriada que todo el
mundo tenía sobre ella.
—Hay un error en esa página —le dijo Anna a su padre, el cual estaba a un segundo de
desmayarse de la impresión. ¿Qué había pasado con su hija? ¿A dónde se la habían
llevado y con que ser maligno la habían remplazado?
—Anna, querida, ¿qué estás diciendo? —preguntó con voz grave, aunque una ligera
vacilación delataba su nerviosismo.
—Si te fijas hay una irregularidad en la cantidad de capital que entra y en la que sale, los
números parecen haberse trocado. Por ejemplo, Sauber Holdings & Co. figura como
receptor de una compensación de mil libras, pero en los ajustes aparece que se le dieron
quince mil libras. Mientras tanto, a Tarly Hanson se le deben quince mil, pero está pagando
un plan de cuotas de mil dólares. Si ese plan es a quince meses, los intereses deben ser
altísimos. Y si caemos en mora, las penalizaciones serán aún peores. Si esas transacciones
ya se han realizado estaríamos perdiendo más de veinte mil libras si no es más con el
veinte porciento de interés que sé que maneja Tarly sobre un monto que fácilmente
podemos pagar.
El señor Halifax se quedó callado por unos segundos mirando entre el libro de contabilidad
y su hija de dieciséis años a la que hace unos días le había preguntado cuanto se había
gastado en la costurera y le había contestado que lo único que le importaba era la nueva
gamuza importada con la que había mandado a confeccionar un par de guantes.
—Eso no es… —Empezó a decir él, pero luego de revisar lo que su hija había querido decir
su cabeza estaba a punto de colapsar— en realidad podrías tener algo de razón querida
—aún estupefacto, se rascó el bigote y reviso el contenido de las demás páginas— yo
mismo hice ese trato con Tarly y le dije que la totalidad sé la depositaria en breve; debe ser
un error de Archibald —uno de los hermanos de Anna y el encargado del departamento de
contabilidad.
—Lo sé padre, yo estaba ahí cuando cerraste el trato —contesto la ya no tan tonta Anna,
que, si mal no recordaba durante aquella transacción, había estado sirviendo el té mientas
conversaba con las hijas del socio comercial de su padre.
Decidida a continuar con su resolución, le dio otro beso a su padre en modo de despedida,
recorrió la distancia hasta el fondo de la biblioteca y uno tras otro fue sacando libros. Eran
grandes, pesados y contenían palabras complejas que supondrían un problema para
cualquier “mujer” que tuviera la osadía de hacer una inmersión a la cátedra contable y
económica de la que estos prácticamente se rebozaban.
La mayoría poseían tapas de cuero o tela envejecida por el paso de los años, algunos eran
tan antiguos como el abuelo de su abuelo y otros nuevos y relucientes, pero todos tenían en
común sus títulos innecesariamente largos y algo pretenciosos:
Anna ocupó un lugar en un sillón mullido de cuero colocado en una de las esquinas de la
habitación y abrió el primer libro: Problemas Matemáticos para el Ingenio: Desafíos y
Soluciones del Pensador Moderno
Al inicio las palabras daban vueltas y saltos en las páginas, pero después de un tiempo,
lentamente empezaron a tener algo de sentido y luego saltaba entre capítulo y capítulo
mientras tomaba notas en un cuaderno originalmente pensado para la escritura de poemas
o diario de cuentos, pero que ahora estaba lleno de garabatos y fórmulas matemáticas.
Mientras tanto, una pequeña audiencia se había reunido a las afueras de la biblioteca.
Susana, varias criadas al servicio de la menor de los Halifax, Clementina, El señor Halifax,
Hunter el mayordomo y Everett, el segundo mayor de su hermanos, se encontraban
reunidos, estupefactos, mientras veían a Anna comportarse de una manera que cada uno
de los presentes describió como errática.
—¿Está leyendo eso? —pregunto Everett. Él era el más cercano a su hermana después de
Carlisle. A pesar de que los dos se habían mudado ya hace un tiempo de la mansión, él
conocía perfectamente a su hermanita, por lo general la encontraba leyendo libros de Currer
Bell o su libro favorito, orgullo y prejuicio. Nunca se habría imaginado a la pequeña Anna
leyendo El Manual del Caballero Emprendedor: Cómo Prosperar en un Mundo
Industrializado, libro que ni siquiera él había leído mientras estudiaba su título universitario.
—Eso parece —comento Thomas con el ceño fruncido, mientras tanto Clemen rozaba su
mano de arriba a abajo en su brazo en un gesto que servía para consolarlo— no ha salido a
su paseo matutino ni comido nada, solo lee.
—Tranquilo cariño —le dijo Clemen a su esposo, en su mente ella pensaba que estaba
desconsolado de que su hija estuviera intentando aprender como un hombre— ya se le
pasara, te aseguro que mañana se levantara y será la misma de siempre después de leer
tantos libro aburridos.
—Dios te escuché —-dijo Everett a lo que los demás asintieron, Susana hasta se persignó y
rezo un avemaría, sin entender que él lo decía en manera de broma, más curioso que
preocupado por su hermanita— váyanse todos, yo platicaré con ella.
—Me parece bien querido —respondió su joven madrastra, casi diez años menor que él—
recuerda decirle que las mujeres entre más leen se disminuyen sus posibilidades de
concebir.
—¿Es eso cierto? —Everett cambió su gesto a uno de fingida preocupación, preocupado,
pero de que se le saliera una carcajada tal vez— con más razón debemos saber qué le
pasa.
Los demás se dispersaron dispuestos a continuar con sus tareas diarias. Susana y las
sirvientas subieron a la recámara de la señorita a cambiar los claveles por narcisos y
ordenar el desorden que la señorita había provocado en el intento de vestirse por su cuenta.
Clementina fue a su cita de té con la condesa Carlotta, El señor Halifax fue a reunirse con
Tarly Hanson de urgencia y Hunter a hacer cosas de mayordomo.
Anna levantó la mirada de su libro, entretenida por la cháchara interminable del autor sobre
la revolución industrial y el manejo de la mano de obra, y se encontró con la vista de su
hermano mayor, uno de sus favoritos si es que se permitía el favoritismo entre hermanos.
—¡Everett! —Anna dejo a un lado su libro y se levantó para aterrizar en un abrazo con su
hermano— hace siglos que no venías a la mansión, todos me abandonaron y me dejaron
con mi aburrido, pero querido padre y con su esposa que no para de hablar ni por un
segundo.
—Lo siento pequeña, sabes que Emilia —su esposa— al igual que Clemen está
embarazada y a ellas, durante su condición, hay que prestarles especial atención. No te
sientas mal si padre le presta más atención a ella que a ti en ciertas ocasiones, siempre
serás la malcriada más querida de la familia —aunque Everet tenía razón en lo que decía,
Anna no pudo evitar suspirar drásticamente en protesta.
—Claro que no hermanita, solo te gusta tener lo que quieras en el momento en el que lo
quieras y como tú lo quieras, eso no te hace malcriada en lo absoluto— en represalia a la
broma de su hermano Anna piso con fuerza el pie de Everet con su tacón, haciendo que
este se quejara y saltara de dolor con su pie no magullado.
—Eso te pasa por meterte con tu hermana favorita —Anna se rio antes de volver a sentarse
en su sillón y esperó a que su hermano se recompusiera.
Everet era tan apuesto como lo eran los otros cuatro hermanos de Anna. Su piel era blanca
como la nieve, su pelo castaño oscuro caía en ondas hasta sus orejas y sus ojos azules
transmitían seguridad y cariño, pero su sentido del humor y sarcasmo era lo que lo
destacaba de los cuatro como el más afable y social.
—No es nada, ¿es que no puedo estar interesada en las matemáticas y la economía como
cualquier otro hombre?
—No es que no puedas hacer eso, por mí puedes dirigir la empresa de padre, si eso es lo
que deseas, pero es que eso a ti no te interesa Anna, a ti te gusta el romance y la aventura,
las fiestas y la gastronomía, no la ciencia del intercambio ni el comercio para caballeros
—Everet tuve que hacer una pausa porque estaba a punto de reírse de los títulos tan
pretenciosos de aquellos libros; sin embargo, miro a su hermana y de inmediato comprendió
lo que sucedía, después de todo, la mente de una adolescente no es uno de los lugares
más difíciles de descifrar— por su puesto, ya sé por qué haces esto, estás tratando de
impresionar a alguien, ¿tal vez a un joven caballero?
—Así que si es eso, ¿eh? —Everet se rio y abrazo a su hermana— eso no está tan mal, un
acto como este puede impresionar a un hombre lo suficientemente moderno, pero recuerda
esta bien coquetear y permitirle ciertas aptitudes a un pretendiente, pero hasta que no lo se
presente formalmente ante padre y ante nosotros no tienes permitido que este te corteje, si
no podría aparecer con uno o dos huesos rotos de manera inexplicable.
El tono de Everet había cambiado a uno más serio y oscuro, mostrando su sobreprotección,
lo que hizo que Anna se soltara a carcajadas. A ella le resultaba graciosísimo el recelo de
sus hermanos, sobre todo porque no había ni habría ningún hombre en la vida de Anna en
un futuro cercano si es que dependía de ella. Como antes había pronunciado, todos los
hombres que había conocido como pretendientes eran sosos y estirados, es más, a la
mayoría le habría escandalizado el hecho de que ella tomara un libro que no fuera de
romance o un subgénero parecido.
Después de eso y un par de intentos por parte de Everet de probar su punto, incluyendo el
que se retirara su chaleco y mostrara los músculos de sus definidos brazos, este se retiró.
De vuelta a su hogar y a su querida esposa, Emilia, una pequeña y silenciosa chica de la
edad de Clementina, que había llegado a la mansión hace un año debido a que sus padres,
los Silva, habían muerto de cólera en el viaje desde Portugal a Inglaterra.
Como eran socios comerciales de Thomas Halifax, este le ofreció amparo a la chica
mientras llevaba el luto y manejaba el tema de la herencia, ya que ella era la única heredera
de sus padres. En respuesta de esto, El señor Halifax la convención de que desposara a
Everett para recibir la sustancial herencia de sus padres, magnates de la industria minera, y
entre aquel momento y unos pocos meses atrás se enamoraron y ella quedó embarazada
segundo después, puesto que al parecer, los hombres de su familia eran extremadamente
fértiles.
Al día siguiente, nada cambio, Anna se levantó aún más temprano y, como pudo, volvió a
vestirse por sí sola. Había dominado mínimamente la postura del vestido, más no había
logrado hacer nada con su abundante cabello, por lo que, igual que el día anterior, se hizo
un moño, sujeto con un lazo de tela negro.
Esta vez bajo a las cocinas, ya que la noche anterior casi desfalleció después de no haber
comido practicante nada en todo el día. Casi logró que Susana se atragantase con un
pedazo de pan que estaba comiendo cuando la vio en el portal del comedor de la
servidumbre, dándole instrucciones a un muy confundido cocinero. Ahí, junto al resto de la
servidumbre, que la miró como si otra cabeza le hubiera crecido, desayunó pan de cerveza
con mermelada de grosella negra, a pesar de las insistencias de Susana y de Hunter de que
comiera en el comedor. Ella se justificó con que no podía perder tiempo esperando a que le
tuvieran lista la mesa junto con un cargado desayuno que seguramente no comería del
todo.
Cuando termino de comer, Anna volvió a la biblioteca y se volvió a enfrascar en sus libros,
había resuelto que ante el aburrimiento de aquellas palabras impresas en papel, trocaría los
libros a cada tanto, donde, de vez en cuando metía una historia corta o una novela
romántica para conservar el foco de concentración. Aquello le había funcionado de
maravilla, pasaba del Señor Darcy a la Aritmética con entusiasmo y lograba mantenerse por
horas completas sin siquiera moverse, solo leyendo sin cesar.
Rápidamente, llego la tarde y con ella la tan anhelada clase de la Señorita de Loughrey.
Como ella acostumbraba, Quincy llego veinte minutos más temprano para preparar su
material y subrayar los pasajes de los libros que planeaba leer durante la lección. Tal fue su
sorpresa cuando vio a Anna Halifax ya sentada en la mesa y completando sus lecciones de
matemáticas de la clase pasada.
Para cualquier persona la apariencia de la joven sería descuidada y vulgar, pero a Quincy la
maravillo. Hace tres días la había conocido en persona y había visto a una niña malcriada y
hermosa, perfecta en todo el sentido de la palabra. Con un vestido de última moda, un
peinado recogido perfecto y accesorios con el valor monetario equivalente al de una casa
en un barrio pobre. Ahora veía a una mujer salvaje y sencilla, dentro del sentido de la
palabra, en el contexto suntuoso en el que se encontraban.
—Quincy —Anna la miro y sonrió con descaro. No solo había aceptado el desafío de su
tutora de no decepcionarla, sino que estaba dispuesta a humillarla de lo bien que esta se
desempeñaría. Tal fue la confianza de Anna, que se atrevió a dirigirse a ella con su nombre
de pila, aprovechando que estaban solas en la biblioteca.
Quincy pensó por un instante como proceder, esta pequeña malcriada la reto y dependía de
ella hacer el siguiente movimiento. Miro hacia los lados y luego devolvió la mirada hacia su
alumna y observo sus suaves facciones, sus labios rosados y regordetes que pedían a
gritos su atención, sus ojos redondos de cervatillo y sus mejillas coloreadas de un rojo
natural, producto del bochorno del mediodía.
Sonrió y bajo la cabeza, dando a entender que la señorita Halifax tenía razón, cosa que solo
le causo más incertidumbre y dejo completamente insatisfecha a Anna, que buscaba una
gran reacción por parte de su ya jurada rival.
—Quise decir lo que quise decir, Quincy, termine todas mis lecciones
Las cejas de Quincy se elevaron hasta lo que creyó fue su cuero cabelludo. Anna Halifax, la
que hace dos días no había logrado resolver una raíz cuadrada simple, acababa de resolver
todas las lecciones del libro de matemáticas. A Quincy le pareció imposible, aunque era un
libro de aprendizaje básico, era un logro impresionante que su estudiante hubiera logrado
eso en dos días teniendo en cuenta que sus bases eran, por mejor decirlo, mediocres.
Por lo tanto, Quincy llego a solo una conclusión de como Anna había sido capaz de resolver
todos los ejercicios, aunque claro, no quería creer que Anna caería tan bajo solo para
llevarle la contraria. Igualmente, no descarto el pensamiento y lo expreso en voz alta, tanto
temerosa como impaciente por ver la reacción de su pupila.
—Lo que acaba de hacer es muy grave señorita Halifax, hacer trampa merece un castigo
severo.
—¿Cómo se atreve? Yo no he hecho trampa, todo esto lo hice yo sola —escupió Anna,
enojada porque Quincy pensara eso de ella cuando se suponía que debía de estar
impresionada y complacida.
Aquella realización hizo que casi se cayera de su silla, Anna buscaba la aprobación de su
profesora. Se había pasado un fin de semana entero desbocada entre libros y
enciclopedias, no por su deseo de aprender ni de mejorar su calificaciones, sino para estar
a la altura de las expectativas de Quincy. “No me decepcione” recordó las palabras dichas
por su maestra, que rondaban por su cabeza como almas en pena.
—No le creo, es imposible que el sábado no fuera capaz de realizar una simple raíz
cuadrática y hoy lunes sea capaz de hacer ecuaciones y polinomios. Alguien debió de hacer
esto por usted, estoy convencida.
Anna se levantó de su puesto y se acercó a la Señorita De Loughrey hasta que estuvo casi
encima de ella.
—Si lo hice, pregúntale a cualquiera en esta casa, estuve el día de ayer y el de hoy
encerrada en este sitio del demonio, aprendiendo y leyendo todo sobre el tema, también
aprendí sobre comercio y contabilidad, pero supongo que tampoco me va a creer.
—Está en lo correcto, sigo sin creerle —la posición de Anna la obligó a alzar la mirada
provocando que sus ojos chocaran contra los de Anna. Había tanta tensión en el aire que se
habría podido cortar con un cuchillo— ninguno de sus sirvientes dirán algo malo sobre
usted, por lo que son sujetos no objetivos.
—Está bien, puede que tenga razón, mis empleados no son una fuente confiable, pero si no
puede preguntarle a un testigo cuestione directamente a la fuente, póngame a prueba
—Anna abrió su cuaderno y busco una hoja en blanco, lo que le permitió ver a Quincy todos
los garabatos con vocabulario y ecuaciones que Anna había escrito, demostrándole
parcialmente que si había investigado— si me equivoco volveré a hacer de nuevo todas las
lecciones y nunca volveré a retarte, prestaré atención a las lecciones y te llamaré Señorita
De Loughrey a pesar de que gozo de llamarte Quincy porque sé que tanto te molesta.
Para provocar un poco más, Anna decidió tutearla, volviendo el intercambio un poco más
vulgar de lo que ya de por sí era.
—Está bien, si así es como quiere demostrar su inocencia, que así sea.
Quincy busco en su mente una ecuación compleja, algo un poco más avanzado de lo que
se supone que Anna había aprendido solo para hacer de su derrota un poco más dulce.
Con una pluma y su perfecta caligrafía escribió los números y letras y cuando lo termino se
lo entrego de vuelta a su dueña.
En el momento en el que Anna leyó el problema dio una respiración profunda y trago un
poco de saliva, es verdad que había hecho las ecuaciones del libro de lecciones, pero le
habían constado mucho tiempo y trabajo resolver y sin duda esta era una muy complicada.
Como pudo empezó a escribir en la hoja el procedimiento, confiada e insegura en partes
iguales.
Quincy vio la duda y la lucha en los ojos de Anna y espero a sentir esas satisfacción que
pensó que obtendría, pero esta nunca llegó, al contrario, sintió pena por ella y tuvo ganas
de retirarle el cuaderno y decirle que le creía y, a pesar de que no había logrado realizar
este complicado ejercicio, Quincy estaba orgullosa de ella porque se esforzó e hizo lo que el
día antes de ayer le había pedido, no la había decepcionado. Sin embargo, omitió palabra y
dejo que Anna continuara resolviendo la ecuación.
Anna se tomó su tiempo. Habían pasado más de quince minutos cuando Chapel y Perry
irrumpieron en la estancia riendo y empujándose entre ellos.
Con la misma rapidez con la que llegaron fueron callados por su prima, la cual tenía un
semblante perverso, estrangulado si se podía decir.
—Siéntense y hagan silencio los dos, la Señorita Halifax está resolviendo un problema muy
importante.
Ninguno de los dos hermanos comprendió la situación, pero al sentir el pesado ambiente
decidieron hacerle caso a su prima y se sentaron uno al lado del otro, lo más alejados
posible de las dos mujeres que parecían a punto de estallar en chispas y torrentes de fuego.
Anna era solo un año menor que él, pero rebosaba de inocencia y pureza con su cabello
rubio y sus ojos azules, tan claros como las aguas del mediterráneo. A millas se veía lo
protegida y alejada de todo peligro que había estado a lo largo de su corta vida. Aquello, a
veces despreciado por algunos caballeros de su misma edad que buscaban jóvenes más
atrevidas y experimentadas, le encantaba a él de una manera casi desenfrenada.
El hecho de que aquella pequeña niña luciera tan frágil e indefensa le atraía de
sobremanera, ya que eso significaba que necesitaría de caballero que la protegiese y
salvase de todo mal; Además, Chapel estaba convencido de que ella sería una gran
esposa, obediente y atenta, él se imaginaba que tendrían unos cuantos hijos, el primero
sería un varón al que le heredaría su título y el resto mujercitas, iguales a Anna.
Ella cuidaría de ellos como lo había hecho su madre con él y su hermano. Caminarían por el
parque por las tardes como de vez en cuando lo acostumbraban a hacer durante las épocas
cálidas, pero lo harían como marido y mujer. Chapel ya tenía el plan en su mente, a penas
él cumpliera dieciocho y recibiera el dinero de su fideicomiso iría a la oficina del Señor
Halifax y le pediría permiso de cortejar formalmente a la menor de sus hijos, luego, el día
del cumpleaños de Anna se arrodillaría y le pediría su mano en matrimonio.
Mientras los Harrington se perdían en su mente, el mayor con sus fantasías y el menor
pensando en la cena de esa noche, Anna terminaba la última línea de proceso. Resolver la
ecuación había significado el esfuerzo necesario para correr una maratón, pero lo había
logrado.
Con una sonrisa de satisfacción se lo entregó a Quincy. Esta se la quedo mirando por unos
segundos, empapándose de la muchacha antes de dirigir su mirada hacia abajo, donde
yacía el papel de procedimiento esperando por su revisión.
Incapaz de decir o hacer algo en dirección a la rubia, doblo la hoja dos veces y la guardo en
su estuche, luego, como si no hubiera ocurrido nada, dirigió su mirada hacia sus primos.
Chapel, el heredero de la fortuna y título de los Harrington miraba embobado a la menor de
los Halifax como si su vida dependiera de ello, y Perry, que mordía la punta de su pluma
persistentemente. Simplemente decepcionante tratándose de jóvenes que lo tenían todo al
alcance de sus manos.
—Espero que ustedes caballeros hayan terminado su asignación durante el fin de semana.
—La señorita De Loughrey se enderezó en su asiento y cruzo las piernas por debajo de su
pesado vestido verde olivo. Este, igual de recatado que los demás en su colección, poseía
la practicidad que ningún otro diseño le proporcionaba, bolsillos grandes y accesibles, una
sobrefalda removible, y un cuello recatado, pero menos restrictivo que los bordados y llenos
de pedrería que estaban de moda.
Quincy sabía lo que Anna había dicho, pero el mayor foco de su atención se dirigió al hecho
de que había utilizado su título y apellido y no su nombre de pila. Sabía que se debía a la
presencia de los Harrington, pero no logro descifrar si sus intenciones eran que los
hermanos no pensaran mal de Anna por tomarse aquellas libertades o para proteger la
imagen de Quincy y que estos no pensaran que podían faltarle el respeto tal como ella lo
había hecho desde que se conocieron.
La mirada azulada de Anna se encontró con la de Quincy. Había duda y temor en ella; muy
en el fondo Anna sabia que ese papel estaba incorrecto, no solo no había sabido qué hacer
durante más de la mitad del procedimiento, sino que también desconfiaba de su capacidad
de hacer calculaciones.
Con su voz, unas octavas más ronca y colgando de un hilo de lo temerosa que sonaba,
Anna respondió:
—Está incorrecto
Quincy dejo su mirada de la suya y después de un largo suspiro, asintió. De inmediato una
presión se instauró en el pecho de Anna haciendo que le fuera casi imposible respirar, al
final si había decepcionado a Quincy y no encontraba el porqué de la ganas de estallar en
llanto que la consumieron.
—Hoy estudiaremos historia, específicamente de la antigua Roma —dejando el tema atrás,
la maestra abrió su pesado libro de texto dando a entender que era hora de empezar con la
clase.
La lección se extendió por las dos horas siguientes y por más que Anna intento
concentrarse, parecía una tarea imposible. No entendía como era posible que mientras ella
se desmoronaba, la mujer a su lado actuara tan serena; Quincy debía de estar
regocijándose con su sufrimiento, pensó, debía de estar extasiada de la humillación que
sentía en este momento.
Anna se encontraba en un espiral, no entendía que había salido mal en su plan. Repitió los
eventos de las últimas semanas, como si se tratasen de la melodía de una caja de música,
les dio cuerda una y otra vez, deteniéndose en aquellos intercambios que había llevado con
Quincy De Loughrey, en todos, concluyó, Quincy había salido victoriosa.
Por supuesto que sí, Quincy no solo era mayor, más experimentada, sino que era
inteligentísima y poseía una belleza tan extraordinaria que no necesitaba de todos los
accesorios que ella utilizaba en su día a día para destacar. Quincy brillaba por su cuenta a
pesar de su sobriedad. Ella era tan bella como el conjunto de todas las cosas que le
encantaban. Tenía el cabello oscuro, variaba entre el cobrizo de las primeras hojas que
caían en otoño y el chocolate caliente en una noche de invierno, caía sobre sus hombros
con la gracia propia de una reina. Sus ojos eran una mezcla de varios tonos de café y
estaban enmarcados por unas cejas pobladas y arqueadas y unas pestañas largas y
renegridas.
Reconoció que Quincy no tenía una belleza estereotípica, sin adherirse a los estándares de
belleza londinenses o parisinos, ella poseía un magnetismo exótico, una la miraba y tenía
que volver a verla para poder llegar a apreciar todo lo que en ella había.
Su nariz era como las de las estatuas griegas, llevaba consigo una pequeña imperfección
que la hacía aún más fascinante. Sus pómulos eran marcados y prominentes, sus labios
carnosos, de un color rosáceo como el de las granadas, que aportaban a la vez calidez y
frialdad, sensualidad y rigidez. Además de su físico, Quincy poseía una elegancia natural
que reflejaba su crianza y estudios en la Sorbona, su porte era regio y su postura denotaba
confianza y orgullo. Tenía una mente aguda y perspicaz, con un ingenio que estaba segura,
desafiaba a las mentes más brillantes del momento.
Quincy, era enigmas por resolver, misterios como los del rosario, la libertad que tanto
anhelaba, un faro de luz en la oscuridad, era la flor rara y exótica del jardín prohibido.
A pesar de todo esto se suponía que la victoriosa seria ella, después de tantas derrotas este
era su momento, se había preparado, había estudiado sin parar durante dos días seguidos
y había intentado absorber cuál esponja, todo lo que había aprendido y con todo y eso
había vuelto a perder. Ella no era rival digna paro lo que su maestra representaba.
Diagonal a Anna, Chapel vio como lentamente esta se encogía en su asiento, retorciéndose
hasta el punto en que parecía que desaparecería en ella misma en cualquier momento.
Anna no despegaba su mirada llorosa de la figura de su prima, casi luciendo como si
mendigara su atención, cosa que confundió de sobremanera al muchacho. Por la forma en
la que estas dos mujeres se hablaban, daba a entrever que no se llevaban del todo bien,
Anna era contestona y retadora y Quincy había dejado ver una faceta afilada e
imperturbable que nunca le había visto antes. Cuando había entrado más temprano a la
biblioteca había podido palpar la tensión que exudaba entre las dos, era tal el reto que hasta
su descuidado y torpe hermano menor se había percatado, transmitiéndoselo a Chapel en
una mira inquisidora, la respuesta del muchacho había sido un simple encogimiento de
hombros, incapaz de colocar palabras en medio de aquella guerra silenciosa que se llevaba
a cabo a menos de un metro de distancia.
Ahora, dos horas después, la tensión seguía presente y palpable entre las dos, la diferencia
era que Quincy había vuelto a colocar ese manto de indiferencia por el que se la conocía y
su amiga de la infancia lucia derrotada y a punto de empezar a llorar.
—psst… Anna, Anna —la muchacha seguía ensimismada en su propia mente, mirando
fijamente la hoja de papel en blanco frente a ella— Annabeth —Chapel utilizo su nombre
completo, logrando, por fin, captar su atención. Por supuesto, lo había pensado con
segundos de antelación, ya que Anna odiaba su nombre completo porque le recordaba a su
tía abuela Annabeth, una mujer enojona y amargada que había cuidado de su madre
durante sus años mozos y por la cual la habían nombrado en su honor. Chapel y Perry ya
se habían ganado previamente unos coscorrones al burlarse utilizando su nombre en vez de
su diminutivo, por lo que se establecía cuan desesperada era la situación al acudir a
medidas tan extremas.
Para sorpresa de los hermanos, Anna no dijo ni actuó en contra de Chapel por nombrarla de
aquella manera, en cambio, solo le devolvió la mirada cristalina esperando a que este
hablara.
—Las mujeres sí que son peculiares —le susurro Perry a su hermano. Este suspiro y en el
mismo tono le respondió:
—Sí que lo son Peregrine, sí que lo son —pronuncio sin dejar de mirar al objeto de sus
deseos.
6.
A la mañana siguiente Anna no se levantó de su cama. Se había despertado temprano
como lo había hecho los dos días anteriores, estaba a punto de colocar sus pies en el piso
cuando se preguntó cuál era el sentido de pararse en absoluto. Ayer había hecho el ridículo
de una manera tan monumental que probablemente se le quedaría grabado en la memoria
por el resto de sus días. Chapel y Perry eran irrelevantes, a ella no le podía importar menos
la opinión de los dos muchachos, pero Quincy la había ignorado durante toda la clase,
evitando cada vez que buscaba su mirada y dirigiéndose únicamente a sus primos, Quincy
sentía tanta pena por ella que ni siquiera había sido capaz de decirle que el ejercicio estaba
malo directamente, le había hecho preguntárselo a pesar de que las dos ya sabían la
respuesta y aun así le pregunto que cuál creía que era el resultado.
Anna se sentía como una de esas pequeñas piedras que se quedaban atrapadas entre los
zapatos, tan diminuta e inservible como nunca antes se había sentido. Dio vueltas en su
cama, un solo pensamiento rondando su mente, sin parar por horas y horas.
Odiaba a Quincy De Loughrey con cada fibra, pensamiento o razón que su ser pudiera
emitir. La odiaba tanto que no podía dejar de pensar en ella. La imaginaba de nuevo en el
jardín de los Harrington con su vestido de terciopelo verde y libro en mano, tan elegante e
imperturbable como se había demostrado desde que se conocieron tan abruptamente
cuando ella se acercó a Anna mientras esta leía en el parque. Ella la miraba con esos ojos
color chocolate, como si esperara que respondiera a todas esas preguntas sin pronunciar
entre ellas, pero Anna no tenía la respuesta a ninguna de estas.
Odiaba a su institutriz de cabello largo y sedoso porque no solo la había humillado, sino que
le había hecho creer por una milésima de segundo que ella podía ser más de lo que era en
este momento, o al menos lo que todos creían que Anna era. Una niña malcriada pero
bonita, no muy inteligente pero lo suficiente como para hacer de ella una esposa entretenida
y una buena madre para sus hijos.
No mucho tiempo antes de que Anna conociera a Quincy, ella había hecho las pases con el
hecho de que ese sería su presente, pasado y futuro. Repudiaba la idea con toda fibra de
su ser, por supuesto, pero eventualmente aceptaría a cualquiera de sus pretendientes,
probablemente a Chapel Harrington si es que este algún día se decidía por declarar sus
más que evidentes intenciones.
Aquel no era un futuro muy brillante, ni esperanzador en los ojos de Anna, pero su
simplicidad le daban la seguridad que escaseaba desde el anuncio de su hermano por
nacer y odiaba a Quincy por hacerla querer ser algo más, por hacerla entregarse a esas
fantasías que solo llegaban a su mente en ese momento por la mañanas, cuando habría los
ojos por primera vez y todo parecía tan perfecto hasta que Susana o alguna de sus criadas
la levantaban y la devolvían a esa vida tan insatisfactoria a la que ella misma se había
condenado. Quincy había despertado el deseo en ella de viajar, conocer el mundo y
descubrir todo lo que este tenía para ofrecerle y le había hecho pensar que si estudiaba, si
leía esos libros con títulos pretenciosos, ese deseo se haría realidad.
Su institutriz tenía ese poder en ella, reconoció para sus adentros, solo le había dirigido una
cuantas palabras, “no me decepcione” había dicho, sin embargo, para Anna esas simples
palabras venían cargadas de tanto significado en un mundo donde, su padre, sus hermanos
y todos los que la rodeaban no tenían ninguna expectativa sobre ella por lo que no había
forma de decepcionarlos. Y así como había colocado en ella todas estas esperanzas, las
había destrozado una a una con sus acciones la tarde anterior.
Por eso, cuando Susana entro en su habitación, más sorprendida que el día anterior, si es
que eso era posible, al ver a la niña que había cambiado tan drásticamente en solo dos
días, acostada en su cama con la lencería de cama desperdiga por todo el piso, mirando
hacia la nada cuando eran ya pasadas doce del día, Anna no hizo ningún intento de pararse
y empezar su día.
Lo primero que la criada pensó fue que la señorita había vuelto a la normalidad después de
dos días de lo que se podía considerar como de esfuerzo para una dama de su clase, pero
al ver los ojos llorosos que acompañaban las profundas ojeras en su bella, pero palidecida
cara se dio cuenta de que algo iba mal.
—¿No le parece mejor pensar en cosas en el parque?, mi madre decía que los problemas
se ven mejor a la luz del día —Susana intento salvar la situación. El errático
comportamiento de Anna no debía de ser producto de nada bueno, sin duda era un caso de
melancolía, como tantas mujeres de su alcurnia sufrían últimamente, de seguro causado por
un exceso de pensamiento provocado por la lectura de esos libros tan complicados que de
la nada había resuelto agarrar su señorita.
—No
—Está bien, entonces le prepararé su vestido para la clase de esta tarde con la señorita De
Loughrey y los señoritos Harrington.
—Eso tampoco será necesario, Susana, es más, ¿por qué no te llevas la comida y me dejas
pensar en paz? —respondió Anna, un poco más altanera de la cuenta, pero había sido
incapaz de reprimirse ante la irritación que el cuestionamiento de su sirvienta le había
provocado. No quería levantarse, no quería desayunar e ir al parque y mucho menos
deseaba ir a la clase de la tarde.
Susana agarró la bandeja, llena de alimentos sabrosos y nutritivos que gente de su clase,
nunca se habría permitido rechazar, caminó hasta entrada de la habitación, dispuesta a salir
despedida de las negativas de su señorita cuando la voz de esta, ahora más serena y con
un deje de arrepentimiento la detuvo de su escape.
—Lo… Lo siento Susana, no debí de tratarte de esas maneras, aprecio tu trabajo, pero
necesito reposar en mi soledad.
—No le dé importancia señorita, estoy para servirle. Como le dije estoy a un campanazo de
distancia. —con aquellas palabras la sirvienta se dio la vuelta, un poco más tranquila en su
interior, y bajo las escaleras, de vuelta a su lugar en la cocina.
Anna volvió a recostarse y fijo su mirada de nuevo en el techo amoldado de su habitación.
Su mente era una mezcla de autocompasión mezclada con absoluta y desagradable miseria
y un toque de rencor al gusto. Se encontró tan inmersa en estos sentimientos que perdió la
noción del tiempo de nuevo. Las manecillas del reloj en su tocador rotaban de manera
continua, pero el tiempo se había distorsionado del tal manera que un minuto había
parecido una hora y una hora había parecido un minuto.
Ahí se encontraba, a pocos pasos de distancia de la figura vestida solo con un camisón de
Anna, Quincy De Loughrey ataviada con un vestido azul marino, con mangas y cuello rectas
en lino blanco y cinturón de cuero café. Su cabellera marrón se encontraba recogida en un
moño alto y de este se desprendía un único rizo que caía grácilmente sobre su hombro. No
llevaba ningún accesorio aparte de los guantes que siempre llevaba puestos y; sin embargo,
lucia igual de despampanante como la recordaba.
Lucia molesta mientras posaba su mirada sobre su pupila, detrás de ella, se encontraba
Susana que le seguía repitiendo que la señorita deseaba descansar en soledad, por lo
tanto, no atendería a la clase de la tarde. Se había sorprendido cuando había escuchado
esas palabras por primera vez cuando aún se encontraba desempacando los libros de su
estuche y Susana le había anunciado la decisión de Anna. Luego, la sorpresa se convirtió
en una furia primitiva que la consumió a la velocidad de un rayo “No se atrevería, ¿cierto?”,
pensó para sí misma, pero luego Susana volvió a repetir aquellas palabras y la única
resolución que inundo la mente de Quincy fue subir esos tres tramos de escaleras que la
separaban de aquella niña mimada y temperamental y confrontarla antes de que llegaran
sus primos.
No cayó en cuenta de lo que su cuerpo la había obligado a hacer hasta que se encontró
mirando frente a frente a Anna, que se había arrodillado en su colchón y la miraba
sorprendida, producto de la conmoción que significaba su presencia en su habitación. Como
pudo, encontró un poco de tranquilidad en su interior y volvió a colocar la cutina de humo
que separaba la intensidad de sus emociones de todas las personas.
—¿Qué hace sin vestirse a estas horas?, recuerde que tiene una clase conmigo en pocos
minutos —Quincy pensó felicitarse a sí misma ante la autocontención que estaba
demostrando en este momento cuando todo su cuerpo le pedía justo lo contrario.
—Susana, déjanos solas, por favor —Anna, le indico a su criada sin moverse de la posición
defensiva en la que se encontraba desde la protección de su colchón.
—Ya he dicho que eso no será necesario, Susana por favor vete y cierra la puerta de paso.
—Anna era persistente y no estaba dispuesta a ceder ante las exigencias de su profesora.
Susana miraba de un lado a otro entre la imponente figura de la señorita De Loughrey y la
salvaje apariencia de su empleadora. Finalmente, después de unos segundos de sentir la
tensión palpable de la habitación, se rindió ante las órdenes de Anna y, con una mirada de
disculpa hacia Quincy salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí.
Anna perdió la batalla en contra de la media sonrisa que se apoderó de sus facciones al
saber que por primera vez había ganado en la competencia de voluntades que se
desenvolvía entre las dos. Sin embargo, esta no duro mucho cuando se dio cuenta en la
situación en la que ella misma se había enfrascado. Se encontraba completamente a solas,
sin posibilidad de interrupción con Quincy, quien la miraba con una intensidad que provoca
que su cuerpo ardiese, completamente consciente de sus atención.
Por lo general, no era reprochable el hecho de que dos damas se hallaran solas en una
habitación, pero este encuentro entre las dos daba la sensación de ser ilícito, prohibido e
inmoral. La habitación se encontraba casi en penumbras, ya que las pesadas cortinas que
cubrían los ventanales no habían sido corridas hacia los lados y no había ni una solo vela
que esclareciera el ambiente, Anna se encontraba completamente desnuda debajo de la
fina tela blanquecina de su camisón y toda la situación poseía cierta crudeza en general que
no ayudaba a la dirección de los pensamientos de las dos mujeres.
De repente, Anna recordó los sucesos de la tarde del día anterior y pudo sentir como su
espíritu se encogía hasta volver a ser aquella pequeña piedra entre el zapato. Sin poder
contenerse, suspiro profundamente y se dejó llevar por sus sentimientos.
—¿Por qué insistes en seguir discutiendo conmigo cuando claramente ganaste todas las
batallas que hayamos podido tener?, ¿por qué insistes en acabar conmigo de manera tan
humillante?
—¿Humillante? —pronunció Quincy, incapaz de contener su rabia por más tiempo del que
estaba tomando este intercambio— ¿en qué momento la he humillado, si es que me lo
permite saber, señorita Halifax?
—¿Te parece poca cosa lo de ayer y todas las veces que hemos hablado? —Anna subía y
bajaba los brazos mientras pronunciaba aquellas palabras, la frustración de saber por
adelantado que se iba a rendir o a perder esta conversación la volvía loca— has jugado
conmigo desde el primer momento, maquinado tus oscuras intenciones a través de mi
persona como si fuera una marioneta. Te odio Quincy De Loughrey, has hecho de estos
días los más infelices y arrolladores de mi existencia, ¡no dejo de pensar en ti ni un
segundo!, ¡me estás volviendo una demente por amor a Dios!
Quincy se quedó mirando fijamente a Anna. En parte, lo que había dicho era tan predecible
que la decepcionaba, pero también las últimas palabras que había pronunciado la habían
sorprendido, ¿no dejaba de pensar en ella?, ¿la odiaba?
“Por dios, estoy muy vieja para llevar estas andanzas con una niña”, pensó; Quincy era una
estudiosa, una científica capaz de razonar y entender que se estaba enzarzado en una
situación de extremo peligro. Sin embargo, no era capaz de alejarse, se sentía atraída a
todo lo que constituía a la joven muchacha que tenía frente a ella, incluyendo las partes
caprichosas y orgullosas, o esas tan predecibles que de momento la aburrían, pero al
mismo tiempo la incitaban a seguir presionando, pujando para así dejar entrever las partes
maravillosas, esas que había visto brevemente el día anterior, antes de que ella lo hubiera
echado todo al garete.
Admitía, que había actuado mal, teniendo en cuenta que ella era la que se encontraba en la
posición de poder, ella era la maestra y Anna era su estudiante, ella era mucho mayor y
Anna era apenas una niña acabada de ser presentada a la sociedad.
Finalmente, Quincy soltó un sonoro suspiro al tiempo que negaba con su cabeza. Había
colocado sus brazos cruzados alrededor de su cintura, conteniéndose a sí misma a su papel
de persona equilibrada, como siempre lo hacía.
—Señorita Halifax, si cree que lo que he hecho con usted ha sido humillarla y manipular su
espíritu y acciones, entonces me confirma lo que le dije la primera vez que usted me vio,
hermosas facciones que cubren una carcasa impregnada de orgullo y soberbia.
—No se atreva a decirme eso Quincy De Loughrey —Anna gateo hasta el extremo de su
colchón y se levantó con premura antes de continuar. El camisón se había deslizado hacia
un lado con el movimiento revelando la porción de piel de su hombro, lo cual por un
segundo capto la atención— cuando gracias mi orgullo estuve dos días tratando de probarle
que podía ser más, me encerré en esa biblioteca olvidada por dios e hice esos ejercicios
matemáticos del demonio, solo para no decepcionarla.
Quincy debió de haber sido capaz de identificar todo lo malo en sus palabras, sin embargo,
se vio enteramente consumida ante la imagen que se desarrollaba ante sus ojos. El cabello
de Anna caía libre y desordenado en ondas y rizos rubios por sus hombros y espalda. Sus
ojos nunca se habían visto tan azules como en ese momento, empañados por las lágrimas
que amenazaban con surgir de estos. De la cólera su cara había adquirido un suave carmín
que se concentraba especialmente en sus mejillas regordetas, cubiertas por pequeñas
pecas, y su boca estaba torcida en una adorable mueca destinada a demostrar su disgusto.
Anna podía aparentar estar todo lo enojada del mundo, pero su cuerpo decía otras cosas,
uno de sus brazos apuntaba acusadoramente hacia Quincy, su pequeña mano temblaba
ligeramente como si el peso de esta fuera insoportable y su respiración iba al ritmo de una
locomotora desbocada, su piel brillaba como un diamante y a través de su camisón se
podían distinguir sus erguidos pezones subir y bajar. Quincy necesito de un momento para
obligarse a dejar de examinar a la muchacha, la cual mantenía su posición, esperando una
respuesta por su parte.
—¿A sí que se ha decidido por rendirse después de dos días de esfuerzo? —Quincy dio un
paso adelante mientras pronunciaba la última palabra con más fuerza de la necesaria—
¿Cree que ayer me decepciono?, pues le aseguro que si no baja y atiende a su clase me
habrá decepcionado por completo.
—Ya he dicho que no lo haré, no quiero volver a verla, ni escucharla, ni olerla, ni sentirla,
porque no soporto ver esa mirada de lástima en su rostro, no soporto perder la cabeza cada
que me reta. Me rindo, admito que he perdido y que soy una tonta orgullosa y hueca, pero
pro favor, vallase, déjeme sola Quincy.
—No. —fueron las únicas palabras que pronuncio Quincy.
—¡Vallase! —gritó Anna, sus manos revolcaban su cabello, y pequeñas lágrimas habían
empezado a rodar por sus cachetes.
—No.
Sin saber que más hacer para que su profesora la dejara en paz, se dejó llevar por la
desesperación y la empujo hasta que su cuerpo toco la pesada puerta de madera de su
dormitorio. Ante el contacto, Quincy dejo escapar una bocanada de aire, sorprendida por la
acción tan repentina. Intento quitarse a la muchacha de encima pero esta volvió a atacar
presionando sus manos una y otra vez contra sus costados, afortunadamente protegidos
por su corsé. Anna no paraba de llorar histéricamente, completamente fuera de sus cabales,
inmersa en una ira desenfrenada mientras agredía a Quincy.
Quincy trato de mantener la calma, dejando que la niña se desahogara en ella, pero ante el
dolor que le produjo un último golpe reacciono, colocando sus brazos alrededor del cuerpo
de Anna y la aprisiono con su cuerpo con toda la fuerza qué logro reunir. Anna se retorcía
como una serpiente con sus manos apretadas entre su pecho y el de Quincy y en respuesta
esta apretaba con más fuerza.
Las dos perdieron la noción del tiempo hasta que por fin Anna cedió en su lucha y las dos,
completamente agotadas, se dejaron caer en el suelo, las manos de Quincy todavía
abrazando con fuerza a la muchacha. Sus cuerpos se movían al mismo tiempo con sus
respiraciones agitadas y la tela del cuello de Quincy estaba completamente empapada,
producto de las lágrimas de Anna.
—No me has decepcionado Anna, ni lo harás nunca —con una mano Quincy peino el
cabello de Anna, apartándolo de su cara para poder mirarla directamente a los ojos— por
eso mismo no puedes rendirte la primera vez que las cosas se pongan difíciles, porque eres
una mujer maravillosa y brillante. ¡Por Dios Anna! Mira todo lo que has hecho en dos días,
imagínate que sucedería en dos meses o dos años si te esfuerzas y dejas que te enseñe lo
que necesitas aprender, porque dios me condene si voy a dejar que te vuelvas otro producto
más de esta sociedad.
Quincy negó con su cabeza y siguió pasado sus dedos por la hebras doradas una y otra vez
hasta que sintió que el cuerpo de Anna se relajaba y su respiración se establecía. A pesar
de que su cuerpo quería seguir en esa posición, Quincy hizo el esfuerzo de separarse, pero
titánica fue su sorpresa cuando bajo la mirada y se encontró a la niña dormida entre sus
brazos, casi acurrucada en ella, con sus piernas cruzadas contra su pecho en posición fetal
mientras descansaba en el regazo de Quincy.
Esta no tuvo el corazón ni la voluntad para disturbarla de su sueño, por lo que se volvió a
acomodar contra la puerta y continuo peinando los descontrolados risos de Anna.
No estuvo segura de cuanto tiempo paso. Se dedicó a observar sus alrededores con la poca
luz que las cortinas dejaban pasar a la habitación. La habitación era espaciosa, con techos
altos, molduras ornamentadas y paredes decoradas con papel tapiz floral en tonos de rosa
suave y azul cielo, con detalles dorados. En el centro de esta estaba la cama con un dosel
de caoba tallada con querubines y flores, con cortinas de encaje chantillí y telas de seda.
Las sabanas de lino se encontraban enrolladas en el piso, descartadas hace mucho rato
entre el movimiento de Anna en sus momentos de autocompasión, a un lado de estas
también se encontraban varios cojines bordados igual de indeseado.
El cuarto olía intensamente a los narcisos que apenas se habían abierto en la mañana y se
encontraban en un jarrón de porcelana china encima de una pequeña mesa de té, con patas
torneadas y cubierta por un mantel del mismo encaje del dosel de la cama. En la esquina
contraria se encontraba el tocador de caoba blanca con un espejo de tres cuerpos
gigantesco, este estaba cubierto por frascos de perfume y maquillaje, cepillos de marfil con
cerdas de pelo de caballo y la colección de Anna de cintas de seda.
La crítica inspección de Quincy fue interrumpida por un pequeño golpe al otro lado de la
puerta. Ahí se encontraba Susana, preocupada de no haber escuchado noticia ni visto a
ninguna de las dos jóvenes que se encontraban encerradas en la habitación, por lo que
habían sido más de dos horas. Los jóvenes Harrington habían llegado una hora antes y ante
la demora de las dos se habían retirado de vuelta a su mansión, donde los esperaba un
juego de pool que habían tenido que interrumpir la noche anterior.
—Señoritas, los Harrington se han ido ya —dijo la criada, al no obtener respuesta alguna,
se removió en sus pasos y, vacilante, volvió a tocar la puerta, esta vez dos toques
seguidos— la cena está por servirse en el comedor principal por si desean unirse al señor y
la señora Halifax o les puedo traer la comida si desean estar solas. La señorita Anna no ha
probado bocado en todo el día, por lo que se podría enfermar si no come.
Quincy maldijo al otro lado de la puerta mientras observaba fijamente a la pequeña rubia
que roncaba suavemente sobre su regazo. Si continuaba actuando de esa manera, Anna
probablemente desfallecería. No quería levantarla, pero se dijo a sí misma que era lo más
conveniente.
—Comeremos aquí Susana, por favor tráigale a la señorita Halifax, un plato grande de
comida, y fruta fresca si es posible —dijo Quincy en voz alta, procurando que la sirviente la
escuchará desde el otro lado. El sonido provocó que Anna se moviese en su sitio
perturbada de su profundo sueño.
—Con gusto, señorita De Loughrey, lo haré con la mayor premura —segundos después se
escucharon pasos alejándose de la puerta y bajando las escaleras.
Quincy observo como Anna abria los ojos y recuperaba la conciencia lentamente. Sus
pequeñas manos estaban aferradas a la tela del vestido de sus tutora como si aun en
sueños temiense que esta se marchara. Sorprendida de verse en aquella posición trastabilló
hasta quedar a horcadas sobre el delgado cuerpo de Quincy, con sus piernas a cada lado
de su regazo.
Todo el valor que habia reunido hace unas horas se habia evaporado del cuerpo de Anna.
Sus mejillas se tiñeron de rojo y bajo la mirada hasta el pecho de Quincy, el cual estaba
adornado unicamente por un escapulario de plata lo mas de sencillo, incapaz verle a los
ojos.
Poco convencida, Quincy agarro entre dus dedos el menton de Anna y la forzo a que la
mirase. En el momento en el que sus ojos se encontraron Anna sintio todos sus escudos
derrumbarse. La mirada color cafe de Quincy era serena, exudaba paz, control y como un
balsamo, envolvio a Anna, haciendola sentir segura y protegida.
—Esto no se puede repetir Anna, no puede pasar dias enteros sin comer ni perder los
nervios de esa manera, no voy a permitir que se consuma de esa manera, no lo hare.
—Lo se —respondio Anna e incapaz de seguir manteniendo el contacto visual con su tutora
apoyo su frente contra el hombro de esta e inhalo profundamente ese rica fragancia
amaderada y dulce que se desprendia con mayor intensidad en el area de la clavicula.
Anna no deseaba moverse de como estaba sentada y Quincy tampoco tenia afan de
quitarse a la muchacha de encima asi que se quedarosn asi, con miedo a moverse y roper
la burbuja en la que se encontraban hasta que inevitablemente esta estallo cuando dos
toques volvieron a sonar al otro lado de la puerta. Susana habia traido una bandeja llena de
manjares para su empleadora y aquella extraña mujer que se habia presentado como la
tutora de Anna. En esta habian varios platos abarrotados entre estos filete de venado con
salsa de grosella roja, sopa de tortuga, verduras glaseadas y fruta fresca. Detras de ella se
encontraba otra sirvienta la cual llevaba consigo una jarra de vino, agua y dos copas de
cristal.
Quincy desplazo suavemente a Anna, colacandola a un lado para poder pararse. Extendio
su mano para que ella la agarrara, ignorando la chispa que surgio por el toque de sus
manos desnudas, y la dirigio con extrema delicadeza hacia la mesa de te, con su mano
sobrante movio una de las sillas hacia atras y le indico a Anna que se sentara. Luego
camino de vuelta a la puerta y abrio la puerta para darle paso a las dos criadas.
Al entrar, las dos miraron extrañadas a la señorita Halifax que reposaba languidamente en
la silla y con la mirada enrojecida extraviada en el horizonte, pero se abstuvieron de decir
comentario alguno, despues de todo no les correspondida decir algo y ninguna podia
permitirse perder el trabajo. Colocaron las bandejas en la mesa y despues de una leve
reverencia y de preguntar si necesitaban algo mas, se fueron cerrando la puerta con ellas.
Despues bajarian a la cocina y cotillearian sobre el acontecimiento con todo el personal de
la mansion.
¿Que hacian las dos señoritas a solas durante tanto tiempo?
¿Y en penumbras?
Anna se sentia calida ante el cuidado de su tutora, ni su madre antes de la enfermedad que
la habia mandado a la tumba se habia preocupado tanto por ella, para eso tenia un sequito
de comadronas y niñeras extranjeras a su servicio.Sus hermanos eran mayores y aunque la
amaban con efervescencia en ese momento eran niños o adolecentes, despues se fueron a
la universidad, dejandola sola con su padre. El primero en casarse fue Carlisle, conocio a
Tammy en York y en menos de dos meses de cortejo se casaron, ahora tienen unos
adorables gemelos. Le siguio Archie el cual se caso con Carlota Haversham, la hija menor
de un Lord de Hampshire. Despues fue Everett con la adorable Emilia Silva, heredera de
una industria minera millonaria. Warren, era el menor de sus hermanos pero este se habia
dedicado a viajar por todo el mundo desde el dia que habia cumplido diecisiete y Anna
trece.
Anna procuro mantener su mirada fija en su comida durante toda la cena, pero de vez en
cuando esta se resbalaba de vuelta a la mujer que era el producto de todos sus probemas y
fantasias. Quincy se habia dado cuenta de la atencion que de vez en cuando la pequeña
Anna le dedicaba en secreto y esta se deleito al ver como se alteraba cada vez que la
atrapaba mirandola.
Cuando las dos vaciaron sus platos, Quincy los dejo a un lado y espero a ver cualquier
reacion por parte de Anna, esta se veia nerviosa y parecía como que queria decir algo.
—No lo esta, no tenia derecho de haberte atacado de esa forma Quincy, actue de mala
manera y no merezco tu perdon.
Quincy se levanto y se acerco a Anna hatsa que esta tuvo que alzar la cabeza para poder
mirarla directamente a los ojos. La accion era lo mas de inapropiada, sensual e intima, pero
las dos habian abandonado el decoro al entrar por esa puerta.
—Le voy a pedir el favor que me deje decidir por mi cuenta a quien deseo o no otorgarle mi
perdon. No importa lo que haga Anna, o le que haya echo, o lo que vaya a hacer, la perdono
—Quincy decia aquellas palabras en serio, muy en el fondo de sus ser sabia que no
importaba lo que Anna pudiera llegar a hacer. Ella siempre estaria ahi para ella por mucho
que le rompiera el corazon hacerlo.
—Significa lo que significa Anna. Decida usted que significado le quiere dar y deselo
—Quincy se inclino y presiono sus labios suavemente en la frente de Anna lo que provoco
su cuerpo estallara en llamas. Anna no entendia lo que le provocaba, nunca habia sentido
nada parecido con nadie, pero estaba demasiado agotada como para pensar en lo que
aquello significaba, por lo que se decico a disfrutar el revolu que le provoco el delicado beso
de su tutora— la espero mañana en clase.
Sin mas que decir, Quincy se alejo del cuerpo de su pupila y dio una leve reverencia para
despues darse la vuelta y e irse. Ella tampoco entendia las razones que la habian llevado a
cometer aquel acto y se reprocho mentalmente por la falta de control y sensatez.
7.
Al dia siguiente, Quincy De Loughrey entro a la biblioteca de la mansion de los Halifax
esperando encontrar a la pequeña ninfa de ojos azules ya sentada y leyendo un libro o
escribiendo algo en su libreta como lo habia hecho hace dos dias, pero una profunda
decepcion la embarco en cuanto vio el lugar sumido en las penumbras y sin un alma en su
interior.
Quincy no supo como interpretar aquella ausencia, penso que con todo lo que habia
ocurrido la noche anterior habian snajado el asunto, pero al parecer Annabeth Halifax no era
lo que ella habia pensado. Se propupuso volver a suvir a sus aposentos pero se detuvo
justo en el marco de abeto de las puertavidrieras de la habitacion.
No iba a volver a exigirle a Anna que bajara a las clases, con una vez habia sido mas que
suieciente y ahora lo que restaba era esperar a que dejara su orgullo y su soberbia a un
lado y tomara la decision correcta. Si Anna no hacia acto de presencia a la leccion de hoy,
iria al despacho del Thomas Halifax y presenaria su carta de renuncia.
Hace mucho tiempo la vida le habia enseñado que la mejor virtud era saber cuando rendirse
y cuando luchar. Solo los que sabian aquello, sabian la diferencia entre lo que valia la pena
y lo que no. Esto no signifficaba que Anna no valiera la pena, aunque Quincy aun no habia
logrado formar un juicio en cuanto a esto, lo que no valia la pena era suplicar por lo que
posiblemente era una causa perdida.
Quincy volvio a la mesa y coloco su estuche en la superficie. Habia decidido ese dia que
daria una leccion de literatura por lo que habia empacado una de sus obras favoritas,
Hamlet. Con cuidado, saco el pesado tomo de su estuche, luego su tintero, su pluma, hojas
de papel y un grafito. Alineo perfectamente los objetos, tal como le gustaba, la pluma, el
grafito y el tintero a su izquierda, las hojas en el medio y el libro a su derecha. Luego colgó
el estuche de cuero en el respaldo de su silla y se sentó.
Agarro la pluma con su mano izquierda y la mojo en el tintero, empezó a escribir en las
hojas de papel sus ideas y anotaciones para la clase de hoy, esforzándose en mantener su
caligrafía perfecta.
Justo cuando había terminado su escrito, Chapel y Perry hicieron acto de presencia. El
mayor llevaba una levita de lana oscura entallada encima de una camisa blanca de lino,
unas trusas de tiro recto del mismo color y unos botines de cuero bien lustrados, el conjunto
iba decorado con un cravat bien ajustado en el cuello de color bermellón que Chapel había
escogido personalmente en un intento de llamar la atención de su querida Anna y el reloj de
bolsillo de oro macizo heredado de su abuelo. El menor, el cual todavía poseía ese estilo
juvenil y despreocupado, llevaba una chaqueta verde tipo Norfolk, chaleco del mismo color,
camisa de lino celeste y un lazo corto anudado al cuello, sus pies iban cubiertos por medias
altas y zapatillas de cuero de lagarto.
Como siempre, los dos portaban esas sonrisas despreocupadas propias de los muchachos
de la alta sociedad que sabían que poseían todo lo que el mundo les podía ofrecer y más.
No había manera de reprocharles aquello, sin duda no era su culpa haber nacido en cuna
de oro o haber sido alimentados con cuchara de plata, pero tampoco se molestaban en
disculparse ante las injusticias que se cometían en beneficio de su estilo de vida o
reconocer la disparidad de la sociedad en la que existían, ya que sé encontraban en el lado
privilegiado y Dios los libre de alguna vez sufrir la más mínima incomodidad. De todas
formas los dos eran lo que se consideraba muchachos decentes, enorgullecían a sus
padres y cumplían las expectativas propias a su existencia, aunque claro la vara era mucho
más baja que la de una señorita y si de vez en cuando había una metida de pata la gente
solo reía y negaba con la cabeza, “solo son muchachos” decían, “tienen derecho a un poco
de libertinaje, después de todo el espíritu del hombre aspira a la aventura” comentaban.
Mientras que fueran discretos podían hacer lo que les saliera de las bombachas, de esa
forma nadie se enteraba de las sirvientas con las que copulaba Chapel por las noches
cuando se escabullía por las cocinas y mucho menos de la felación que le había propiciado
Perry al hijo del Conde de Elmridge el día de la fiesta en su casa.
—Buenos días, primos —dijo Quincy— al parecer Anna se ha retrasado por lo que
empezaremos la lección del día de hoy sin ella.
Los dos muchachos se sentaron y recibieron las copias del libro que su tutora tenía
preparadas.
—Nos tomaremos un descanso preciso de las matemáticas y leeremos los actos del
primero al tercero de la obra de Shakespeare, Hamlet. La asignación conjunta será hacer un
análisis cualitativo de cada capítulo según los arquetipos de los personajes y conclusiones
en cuanto al animus de cada uno. ¿El arquetipo limita o potencia su capacidad de acción y
decisión? Deseo que le den respuesta…