CLÍO
Órgano de la Academia Dominicana de la Historia
Año 89 Núm. 199 Enero-Junio 2020
CLÍO
Órgano de la Academia Dominicana de la Historia
Año 89 Núm. 199 Enero-Junio 2020
Academia Dominicana de la Historia
República Dominicana
Este contenido de la revista Clío, año 89, núm. 199, correspondiente a los
meses de enero a junio de 2020, fue aprobado por la Junta Directiva de la
Academia Dominicana de la Historia, en su séptima sesión, celebrada el 25
de junio de 2020.
La Academia Dominicana de la Historia no se hace solidaria de las opiniones
emitidas en los trabajos insertos en Clío, de los cuales son únicamente
responsables los autores.
(Sesión del 10 de junio de 1952)
La Academia Dominicana de la Historia no está obligada a dar explicaciones
por los trabajos enviados que no han sido publicados.
Junta Directiva (2019-2022):
Lic. José Chez Checo, Presidente
Lic. Juan Daniel Balcácer, Vicepresidente
P. José Luis Sáez, S. J., Secretario
Lic. Edwin Espinal Hernández, Tesorero
Lic. Raymundo González, Vocal
© De la presente edición
Academia Dominicana de la Historia, 2020
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Santo Domingo, República Dominicana
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Revista Clío digital: http://www.academiadominicanahistoria.org.do/index.php/revista-clio
Editor: José Luis Sáez S. J.
Cuidado de edición: Jesús R. Navarro Zerpa
Diseño de cubierta: Ninón León de Saleme
Diagramación: Eric Simó
ISSN: 0009-9376
Impresión: Editora Búho S. R. L.
Impreso en la República Dominicana / Printed in the Dominican Republic
Sumario
Presentación
José Luis Sáez, S. J............................................................................ 9
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
Roberto Cassá.................................................................................. 11
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento
de la independencia dominicana
Juan Daniel Balcácer...................................................................... 35
Tierras, campesinos y plantación.
San Cristóbal en el siglo XIX
Raymundo González......................................................................... 61
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los
orígenes del dilema «civilización o barbarie» en América
Pedro L. San Miguel........................................................................ 91
Objeciones del cónsul español a la administración de
justicia durante la ocupación estadounidense de 1916-1924
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García.......................... 177
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un
brigadier español durante la Guerra Restauradora
Edwin Espinal Hernández.............................................................. 203
7
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría
de la forma más antigua de comunicación popular
José Luis Sáez, S. J........................................................................ 259
Gestiones diplomáticas en la Primera República:
Antonio María Segovia
Lucy Arraya................................................................................... 283
Mensaje con motivo del 176 aniversario
de la independencia nacional......................................................... 359
Actividades de la Academia .......................................................... 363
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia.................. 365
Normas para publicar trabajos en la revista en la revista Clío........ 371
8
Presentación
José Luis Sáez, S. J.
Este número de Clío corresponde al primer semestre de 2020.
Reúne 8 artículos, aparte del trabajo sobre los denominados gra-
fitis y su valor como medio de comunicación popular y algún
otro de la primera década del siglo XX, casi todos se ambientan
en el siglo XIX. Destacan el trabajo de Edwin Espinal Hernández
“Más malo que Buceta”, precisamente sobre el brigadier español
y sus crueldades durante la Guerra de Restauración, y sigue un
trabajo de Raymundo González sobre San Cristóbal en el siglo
XIX, y un estudio de Juan Daniel Balcácer sobre el reconoci-
miento de los Estados Unidos a la independencia dominicana.
Lucy Arraya nos habla de las gestiones diplomáticas del primer
embajador extraordinario de la naciente República, el periodista
Antonio María Segovia, el Sr. Roberto Cassá nos escribe sobre
la bien conocida utopía americana de Pedro Henríquez Ureña.
El Dr. Pedro L. San Miguel, en su excelente trabajo, aborda el
tema sobre el origen del dilema de la “civilización o barbarie” en
América, en la época de la conquista, y Manuel García Arévalo
y Francis Pou de García tratan sobre las objeciones del cónsul
español, Joaquín Fernández de Gamboa, a la administración de
justicia durante la ocupación estadounidense de 1916-1924.
Si conseguimos que ustedes, amigos lectores, nos presten
su atención una vez más, habremos cumplido nuestro cometido.
9
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 11-34
ISSN: 0009-9376
Fundamentos de la utopía americana
de Pedro Henríquez Ureña*
Roberto Cassá**
RESUMEN
En este artículo se examinan procesos formativos de la síntesis
intelectual única de Pedro Henríquez Ureña. Permiten explicar la na-
turaleza de sus propuestas políticas sobre el futuro de América Latina.
Se inició con la recepción del positivismo y evolucionó centrando
atención hacia corrientes filosóficas distintas, como el historicismo.
El enfoque social de la literatura de América Latina y la modalidad
socrática con que enfocó su oficio de crítico le ofrecieron los referen-
tes para augurar el advenimiento de una utopía revolucionaria que
* Conferencia en la Academia Nacional de la Historia de Argentina, el
24 de abril de 2019, patrocinada por la Embajada de la República
Dominicana.
Agradecimientos del autor: “Agradezco las gentiles atenciones del
personal de la Embajada dominicana en la República Argentina. En
primer lugar, del embajador César Pina Toribio y su esposa María Vi-
lla, además de Ninotchka Torres, Eliud Rodríguez y Claudia Blonda.
Asimismo, agradezco la cordial acogida del presidente de la Academia
Nacional de la Historia, Fernando Enrique Barba. En la preparación
de estas páginas me beneficié de orientaciones de Raymundo Gonzá-
lez y de observaciones de Aimara Vera, Andrés Blanco, María de los
Ángeles Calzada y Daniel García Santos”.
** Miembro de Número y presidente de la Junta Directiva de la Acade-
mia Dominicana de la Historia (2001-2004).
11
Roberto Cassá
trascendiera los objetivos económicos del socialismo del Viejo Mun-
do y se sustentara en un nudo cultural plenamente humanizado.
Palabras claves: Historia literaria, americanismo, literatura, filo-
sofía, Pedro Henríquez Ureña.
ABSTRACT
This article analyzes the unique Pedro Henriquez Ureña’s in-
tellectual process, and the nature of his political proposal for Latin
American future. All this started with his acceptance of Positivism
and went through various philosophies, such as Historicism. His La-
tin American literature social vision and his Socratic attitude of his
critic in general resulted in a discovery of a new and perhaps revolu-
tionary Utopia, changing the European Old World Socialism and the
opening of a true humanistic culture.
Keywords: Literary History, America, Literature, Philosophy, Pe-
dro Henríquez Ureña.
Cualquier acercamiento a la obra de Pedro Henríquez
Ureña pone de relieve que abrió nuevas rutas para una con-
sideración integral de lo que conocemos como América
Latina y él prefirió denominar Hispanoamérica. Ante todo,
fue un precursor de los estudios de historia literaria desde
una perspectiva supranacional que hacía énfasis en moldes
compartidos entre los pueblos de los Estados en que se frag-
mentó el continente durante los procesos de independencia
de la primera parte del siglo XIX. Tuvo la ventaja, en esta
empresa, de haber sido viajero sempiterno, que se puso en
comunicación con las élites intelectuales de varios países y
estuvo en condiciones de captar regularidades comunes en
ellos, que denotaban un proceso histórico integrado, anclado
en una cosmovisión cultural sujeta a una dinámica en que se
producían interdependencias variadas.
12
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
A los 16 años abandonó su patria, que llamaba Santo Domin-
go por su origen colonial, en busca de horizontes más amplios,
pero mantuvo hacia ella una fidelidad que plasmó en estudios
todavía de importancia para el conocimiento de la historia li-
teraria y su idioma. Primeramente, se trasladó a los Estados
Unidos, donde se compenetró con la exuberante modernidad de
Nueva York. Poco después, junto con su hermano Max, dirigió
dos publicaciones literarias en Cuba. Se desplazó a México en
1906 y allí terminó formando parte de un colectivo de jóvenes,
que al final se nucleó alrededor del Ateneo de la Juventud. Vol-
vió a los Estados Unidos en 1914, donde más tarde colaboró
con su padre en la campaña nacionalista contra la intervención
de los Estados Unidos a República Dominicana iniciada en
1916. En esos días ganó una cátedra en la Universidad de Min-
nesota, en la que presentó su tesis doctoral. Residió un año en
Madrid, dedicado a la investigación sobre temas especializados
en la lengua y la literatura españolas. Tuvo una última estadía
en México, entre 1921 y 1924, y, finalmente, se trasladó a Ar-
gentina, ubicado con estabilidad, salvo años aislados, durante
las dos últimas décadas de su vida. No obstante, esta diver-
sidad de experiencias, solo por momentos desistió del anhelo
de radicarse de manera permanente en su tierra natal. Hizo el
último intento en 1931, al aceptar el puesto de superintendente
de Enseñanza del régimen tiránico de Rafael Leónidas Trujillo.
Factores que no dejó del todo esclarecidos, pero tuvieron que
ver con el ambiente irrespirable propio de ese orden autoritario,
lo llevaron a abandonar su país año y medio después. En los
tiempos finales de vida, previos a su fallecimiento en Buenos
Aires el 11 de mayo de 1946, exploró tanto la posibilidad de
integrarse al Colegio de México como de comprometerse en
una acción contra el régimen de Trujillo.
En Argentina redactó algunos de sus estudios capitales
sobre América Latina y Santo Domingo. Compenetrado con
13
Roberto Cassá
figuras de la intelectualidad de este país y los contornos de
su historia literaria, se erigió en un difusor de las novedades
culturales que se producían, entre las cuales destacó el cona-
to, por primera vez en América Latina, de formalización de
la carrera literaria especializada. Como nota al margen, esto
no era nada desdeñable y formaba parte de su ubicación en el
medio argentino, además de que constituía una exigencia para
la potenciación de un paradigma propositivo, objeto de esta
presentación, la Utopía de América, que demandaba calidad y
originalidad en las elaboraciones culturales.
Precisamente una de las líneas de fuerza que en mayor
medida delinearon la personalidad de Pedro Henríquez Ure-
ña fue la de combinar dimensiones normalmente excluyentes.
Compatibilizaba la figura tradicional del erudito académico,
dedicado a compilar información, con la del intelectual orien-
tado por el examen de los procesos y el ejercicio de la crítica
social y cultural.
Se inició con una formación literaria bajo el auspicio de su
madre, que se proyectó en un ámbito autodidacta. Poco después
incursionó en el rastreo de las ideas de avanzada en América
Latina y en las novedades del pensamiento filosófico europeo
y estadounidense. En cierto momento abandonó este foco de
atención para dedicarse al estudio de la sociología. Con el tiem-
po, se hizo filólogo y lingüista, y abrió nuevas perspectivas al
conocimiento del idioma español. Alternó estos precedentes y
especialidades con el estudio de la historia literaria hispanoa-
mericana como eje de su ejercicio académico. Pero aún más,
compatibilizó el saber que acumuló con la postura de un ente
intelectual centrado en el compromiso por contribuir con la
aparición de una realidad alternativa que dejara atrás lo que ca-
lificaba como términos absurdos de la organización económica
existente, y con ello alumbrase un orden caracterizado por el
“ansia de la perfección”. Esto es lo que subyacía en la “Utopía
14
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
de América”, propuesta que resume la complejidad de su cos-
movisión y actitud vital como sujeto.
Asumía la función del intelectual moderno, a la cual pro-
curó ceñirse, en la dimensión del maestro —conforme a sus
amigos mexicanos inspirada en Sócrates—, que se resumía en
que la transmisión del conocimiento debía comportar una fa-
ceta activa de sugerir y estimular la reflexión. De tal manera,
adoptó como misión de vida la tarea pedagógica, influido por
referentes previos de la historia cultural latinoamericana, en
torno a los cuales encontró paradigmas definidores de épocas.
Si bien se sobreentiende que el maestro ha de ser un ente
que incide en la marcha de los procesos, Henríquez Ureña se
apartó de la esfera política, en aras de objetivos de naturaleza
superior. Su hermana Camila, con razón, lo tipificó como un
“no político”. Implícitamente, consideraba que la praxis reque-
rida para abonar una realidad histórica deseable debía centrarse
en el desarrollo cultural, con precisión en la formación de las
élites demandadas por los retos que se interponían en la reali-
zación de la utopía. Igual que superó las manifestaciones de
nacionalismo prevalecientes en los escritores decimonónicos,
en interés de un cosmopolitismo hispanoamericano, procedió a
subordinar la acción a requisitos de contenidos y a la exigencia
de calidad, equivalentes a originalidad y, por tanto, generadores
de sendas para un desarrollo auspicioso hacia el orden deseado.
Nada más lejos del erudito aséptico o del intelectual tradicional.
Por definición, toda su elaboración contenía un acento revolu-
cionario tanto en los modos de transmitir el conocimiento y la
intelección del sentido de los procesos como en sus derivacio-
nes prácticas.
A partir de lo anterior, se pone de relieve la centralidad
del concepto de Utopía de América en el conjunto de su obra.
Cuando lo enunció en la Universidad de La Plata en 1922, re-
cién llegado de México, resumía una prolongada elaboración.
15
Roberto Cassá
Aunque no lo retomó después de 1927, permanecería como el
marco justificador de su acción educativa, orientada a la con-
formación de élites cultas alternativas.
Resulta significativo que presentara la idea de la utopía al
resumirles a los estudiantes argentinos el acontecer de México
desde 1910. Enfatizó que en ese país se estaban produciendo
cambios trascendentales, en una suerte de crisis de creación,
que daban lugar a una vida nueva y un carácter propio favora-
bles a un tipo más avanzado de civilización.
Pese a que en algún momento postuló la ventaja de la ju-
ventud de las sociedades de América Latina para asumir una
misión propia frente a la crisis de la civilización europea des-
pués de la Primera Guerra Mundial, destacó la prolongada
tradición mexicana en variados órdenes económicos y cultu-
rales. Asevera que México, para avanzar hacia el futuro, posee
un patrimonio propio, autóctono y de alcance plenamente civi-
lizado por efecto del reprocesamiento de la herencia de España.
Añade una percepción posrevolucionaria de la cultura distinta
a la del liberalismo republicano, centrado en el nacionalismo
político. Al respecto, registra el fundamento de la utopía en el
nacionalismo popular, de derivación esencialmente espiritual,
por traducirse en el arte y el pensamiento. Aunque postula que
México constituye un caso especial de gravitación de la heren-
cia aborigen, en el fondo contiene caracteres similares a los del
conjunto de “nuestra América”, afirmados por cuatro siglos de
“vida hispánica”.
Por ende, halla la utopía en germen en la unidad de la
historia americana, que torna factible una entidad, la “magna
patria”. Un futuro de realizaciones se sustenta en una realidad
tangible, digna de ser potenciada y desarrollada. La utopía
comporta una fe en el destino común, que permitirá alcanzar
la civilización plena. No alude fundamentalmente al avance
material, aunque lo considere indispensable. La nota distintiva
16
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
radica en el espíritu salvador de la existencia autónoma, por
haberse sobrepuesto a la fuerza militar y el poder económico.
A fin de cuentas, asevera que ha sido la naturaleza espiritual
de raigambre española la que ha permitido superar el caos im-
productivo y la barbarie. Los “hombres magistrales”, como
Domingo Faustino Sarmiento, Eugenio María de Hostos y José
Enrique Rodó, han logrado crear instrumentos analíticos cana-
lizadores de tal misión. A renglón seguido convoca a enfrentar
la “barbarie de afuera”, lo que requiere de recursos conceptua-
les suplementarios. La exigencia para ello debe sustentarse ante
todo en el ensanchamiento del campo espiritual. De esa manera
se habrá de plasmar la utopía, como propósito del continente
latinoamericano para el logro de la “justicia social” al tiempo
que la “libertad verdadera”.
Acorde con su origen en la Grecia clásica, la idea de la
utopía atraviesa por un proceso en el escenario histórico, de-
rivado de la posibilidad de una mejor vida en comunidad y un
perfeccionamiento constante en el plano individual. Se trata de
una creación popular, anclada en el debate y la crítica, inspira-
da en el pasado, pero creadora de historia futura. Grecia había
superado el marco del antiguo Oriente, centrado en el orden y
la estabilidad. Por primera vez, los griegos asumieron que el
cambio en la historia es producto del esfuerzo humano y no de
fuerzas externas. Platón resumió este “arte singular” en su obra
maestra La República.
Registra Henríquez Ureña que, por el momento, el resurgi-
miento de la utopía, en medio del desconcierto de la humanidad,
está reducido a “simples soluciones económicas”. En el señala-
miento se advierte un matiz distante respecto a los movimientos
socialistas existentes. En cualquier caso, la misión de “nuestra
América” involucra centralmente una dimensión espiritual,
consistente en devolver “[…] a la utopía sus caracteres plena-
mente humanos y espirituales, esforzarnos por que el intento de
17
Roberto Cassá
justicia social y económica no sea el límite de las aspiraciones
y procurar que la desaparición de las tiranías económicas con-
cuerde con la libertad perfecta del hombre individual y social,
cuyas normas únicas […] sean la razón y el sentido estético.
Dentro de nuestra utopía, el hombre llegará a ser plenamente
humano, dejando atrás los estorbos de la absurda organización
económica en que estamos prisioneros y el lastre de los princi-
pios morales sociales y que ahogan la vida espontánea”.
Tal universalidad se corresponde con el nacionalismo, por
cuanto propende a un ser humano cosmopolita que, al mismo
tiempo, aprecie los sabores de su tierra, es decir, se encuentre
arraigado en la especificidad de la cultura propia. De esta for-
ma, la universalidad no se contrapone con la diversidad dentro
de la familia humana. Para avanzar, cada región de América, al
aproximarse a la creación del ser humano universal, está obli-
gada a conservar y perfeccionar sus particularidades originales.
Pocos años después especificó algunos puntos en “Patria
de la Justicia”, otro texto capital. Enuncia ante todo un pun-
to crucial en su propuesta, el requerimiento de un orden, no
solo como articulador de la utopía, sino como precondición
instrumental para ella. Pensadores como Sarmiento, Hostos y
Alberdi habían afirmado la civilización frente a la barbarie. De
nuevo, el orden estaba prefigurado en el esfuerzo de la élite
culta, posibilitada de crear. Resultaba forzoso el intento deli-
berado por superar los contornos del pasado latinoamericano,
penetrado por un caos estéril, que comportaba inconsciencia,
guerras y tiranías. A todo ello se superpuso, a inicios del siglo
XX, la interferencia del “imperialismo septentrional”. Pero aun
en los países que han mantenido “vida propia”, como Argen-
tina, “la vida nacional se desenvuelve fuera de toda dirección
inteligente: por falta de ella no se ha sabido evitar la absorción
enemiga; por falta de ella no se atina a dar orientación superior
a la existencia próspera”.
18
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
Ante la cortedad de los políticos y supuestos estadistas, la
única vía para alcanzar el fin deseable radicaría en tender hacia
la unidad de América. Por otra parte, inspirado de seguro en lo
acontecido en México, la utopía, en vez de destruir, ha de ser
un anhelo que, gracias a espíritus superiores, eluda las compli-
caciones seculares. Se infiere que concibe un proceso que deje
atrás a los políticos y queda guiado por una élite preparada para
insuflar un paradigma nuevo sobre la base de recuperar las raí-
ces comunes del mundo latinoamericano.
En este transcurrir, las propias élites tendrían que sujetarse a
valores. La noción de justicia, expresiva de una ética rectora, al
constituir la pauta definidora de la utopía, pondría un alto a las
posibilidades de su desnaturalización. La utopía primigenia, ya
plasmada en la creación de Estados Unidos, se degradó por la
opulencia y el materialismo contrario al espíritu. La democracia,
bien de todos, acabó en factoría para lucro de unos pocos.
Se basa en Rodó para alertar acerca del peligro de la riqueza
material y poner el énfasis en la cultura y en resultantes de ella,
como la solidaridad. La unidad de América deberá producirse
en torno a la justicia para “sentar la organización de la sociedad
sobre bases nuevas, que alejen del hombre la continua zozobra
del hambre a que lo condena su supuesta libertad […]”. Nuestra
América no deberá ser una prolongación de Europa, en la que
se reproduzca la explotación del hombre por el hombre, pues en
tal caso perdería justificación.
Para pasar de ser una ilusión, la utopía requiere esfuerzo
y sacrificio. El corolario no ha de ser otro sino que las élites
y el pueblo trabajen con fe. En tal llamado se redescubre la
dimensión subjetiva y voluntarista de la propuesta, aun cuando
estuviese sustentada en parámetros reales de la evolución de
Occidente e Hispanoamérica.
Más allá, la utopía no estaba prefigurada en sus conteni-
dos, con excepción de la proclama del reino de la libertad y
19
Roberto Cassá
de superación de la explotación social. En lo primero bien po-
día guardar reservas sobre los resultados del socialismo en la
Unión Soviética, como lo expuso entre otros su amigo Federico
García Godoy, inclinado hacia el marxismo no más que como
recurso heurístico. En tanto que la utopía no se restringiría al
orden económico-social, sino que se dirigiría primordialmente
a la realización espiritual, establece el enlace con la cultura la-
tinoamericana, a la que acuerda tanto connotaciones objetivas
favorables como la eventual apertura para que las élites crea-
doras operen en esa dirección. Europa dejaba de ser un modelo
por considerar que estaba agotada. El trasfondo espiritualista
latino tornaría factible la acción de la élite en concordancia
con los términos arriba vistos, pues articulaba las condiciones
objetivas con la acción voluntarista de los portadores de las
herramientas para canalizar el ansia de justicia. Tal problemá-
tica de ninguna manera compaginaba con los perfiles de los
movimientos socialistas, aunque Henríquez Ureña, claro está,
albergara simpatías hacia las implicaciones de justicia de un
sistema alternativo al capitalismo.
Para entender las características idealistas y culturales de
la configuración de Henríquez Ureña como sujeto intelectual,
concentradas en torno al horizonte utópico, se requiere resu-
mir los procesos por los que atravesó su formación. Aunque
se interesó primeramente por la literatura, desde el punto de
vista analítico acogió muy pronto el positivismo. Sus padres
fueron colaboradores de Eugenio María de Hostos, el introduc-
tor de este paradigma en la República Dominicana. Varios de
sus primeros textos ensayísticos de inicios de siglo, algunos
compilados en su primer libro Ensayos críticos, publicado en
Cuba, están dedicados a Hostos y a su sistema sociológico.
Aunque seguidor de la variante de Herbert Spencer, arti-
culada alrededor del organicismo social, Hostos integró un
componente propio y original de carácter ético y espiritual,
20
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
derivado de su formación en España a la sombra del movimien-
to krausista, iniciado por Julián Sanz del Río. Se centró en la
educación, al tiempo que se erigió en un sostenedor de la inde-
pendencia de Cuba y Puerto Rico.
Es ilustrativo que al inicio de su ensayo “La sociología de
Hostos”, Henríquez Ureña asevere que fue un “maestro y un
apóstol de la acción”. En cierta manera, a pesar de solo haberlo
conocido en la niñez, constituyó su prototipo del reformador.
A través de Hostos, de la obra literaria de su madre y del
ejemplo de su padre como intelectual y hombre público, Hen-
ríquez Ureña se ubicó en una tradición nacional plagada de
escollos e incertidumbres, que demandaba un utillaje concep-
tual para ser aprehendida, lo que brindaba el positivismo, pero
también el dispositivo como el que aprendió de la dimensión
ética presente en ellos. A través del sistema sociológico en par-
ticular se posicionaba un posible ordenamiento de la razón.
Mediante la acción educativa se gestó un núcleo alternativo a
la vieja cultura letrada. En primer lugar, porque se dirigía a
transformar las condiciones existentes en el país por medio de
la “única revolución no emprendida”, la de la educación.
Hostos lo puso en comunicación temprana con la filosofía
clásica alemana, la literatura europea del siglo XIX, el mundo
latinoamericano y los esbozos de la ciencia de la sociología.
Ahora bien, desde el inicio de sus reflexiones, Henríquez Ureña
pone en duda algunas de las certezas del positivismo y enlaza
el “problema social” con la literatura y la filosofía. Se ha de
subrayar la duda respecto al organicismo biologista y cierta
reserva acerca de los límites del reinado de la determinación
a nivel de ley, aunque dentro de la confianza en la ciencia
natural. Registra que Hostos cree en el ámbito de ley, aun-
que imbricada en un marco de “la libertad como producto de
la vida individual”. En dado caso, se desprende, la aplica-
ción de la ley social debía prepararse en un plano subjetivo.
21
Roberto Cassá
Desde entonces, sorprendentemente sustentado en la lectura de
Friedrich Engels, adopta un sesgo social de la noción de lucha
postulada por el positivismo. Pero, aun en aquellos momentos
en que, al parecer, encontraba en este paradigma filosófico la
guía principal para el análisis de la sociedad e incluso de la
literatura, exploraba problemas que, no mucho después, lo lle-
varían a abandonarlo.
En otros aspectos, Hostos se tornó en el pilar decisivo de
la formación del joven dominicano, lo que favoreció su dis-
posición a la acción. El maestro propugnaba, por una parte, la
hermandad de los pueblos de América y la conectaba con un
ansia de justicia y libertad que le daba sustento a la “misión
apostólica”. El proyecto de confederación antillana fue inte-
riorizado por Henríquez Ureña como elemento cardinal para el
mantenimiento de la autonomía política, ante las sombras que
se proyectaban desde los Estados Unidos. En el prócer puer-
torriqueño percibía, además, a un abanderado de una cultura
plena, sustentada en “razón y conciencia”. Es decir, articulaba
el conocimiento con un compromiso ético racionalista, sosteni-
do en la derivación del ejercicio del bien. Por tanto, en la razón
radica el fundamento de toda moral, todavía con más fuerza
que de todo conocimiento.
Aunque no en forma de postulados analíticos acabados, en
Henríquez Ureña gravitaba, asimismo, la herencia cultural de su
patria. Tal componente se advierte en algunos de sus estudios
literarios, en síntesis históricas breves y en reseñas de libros y
correspondencia con sus amigos. Si bien estuvo interesado en la
cultura popular seguramente desde joven, puso el acento en el
rescate de la “alta cultura” criolla de raigambre colonial. Frente
al “desorden” que se había apoderado del país desde inicios del
siglo XIX, al igual que de todas las restantes colonias españolas,
entrevió la pervivencia de la antigua cultura de las élites como
único factor normativo factible. Su hispanismo puede haberse
22
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
derivado primariamente de tal experiencia. Desde entonces, de
la constatación histórica y la exigencia de la civilización, extrajo
la resultante de que todo ideal debía tener por correspondencia
un orden que lo hiciese susceptible de generar realización. Esto
se aplicaba para los intelectuales y sujetos cultos, y no menos
para la reproducción del colectivo social. Intuía en la reducida
élite letrada de origen colonial un reducto auspicioso para la
conservación de la alta cultura y, desde ella, para transmitir un
ideal civilizatorio.
Es factible comprender sus reservas frente a la reacción ro-
mántica, más allá de los moldes de la obra de su madre. Se ha
señalado que su aseveración de haber nacido en el siglo XVI-
II no se debía únicamente a los contornos arcaicos de la vida
cotidiana de Santo Domingo y al legado hispánico poco modi-
ficado. También pudo deberse a su inspiración en el clasicismo
español, que a su vez lo transportó desde su juventud a las ma-
ravillas del pensamiento filosófico, la literatura y el arte de la
Grecia clásica.
José Enrique Rodó fue un segundo autor que lo marcó casi
desde el mismo momento de la aparición de Ariel. Encontró
en esta obra una propuesta ética que encajaba con sus preo-
cupaciones vinculadas a la adhesión a los matices filosóficos
expuestos por Hostos. Es notable que este aprecio coincidiera
con el del también dominicano Federico García Godoy, en mo-
mentos en que este último se sumó a las propuestas de Rodó
como recurso para trascender los moldes cientificistas del posi-
tivismo. Quizá por ello, y por la condición de críticos literarios
de ambos, entre García Godoy y Henríquez Ureña se tejió una
fructífera relación epistolar, en la que se examinaron con un
prisma idealista problemas de la realidad dominicana.
Muchas cosas de Rodó lo atrajeron desde el principio,
como el estilo, considerado el más brillante de la lengua cas-
tellana, con tal pureza de la expresión que da lugar a un “justo
23
Roberto Cassá
medio”, espiritual, sutil y dócil a las modalidades. Pero lo
más importante es que advirtió que Rodó entraba en un terre-
no inexplorado a través de Próspero, el maestro con el cual se
identifica en su labor ante la juventud de América, o más bien
ante su élite culta. Solo esta estaría en condiciones de impulsar
“fuerzas nuevas”, inocular el entusiasmo, el vigor y la fe nece-
sarios para el advenimiento del ideal, que es la consecución de
la civilización. Rodó aboga por el desarrollo de la personalidad
como sustento de la fe en el porvenir. Para Henríquez Ureña re-
sultaba crucial la inspiración del escritor uruguayo en el pasado
clásico para la consecución de las metas elevadas. Todo esto
desembocó en el núcleo de la propuesta de contradecir el atrac-
tivo que ejercía el utilitarismo predominante en la cultura de los
Estados Unidos sobre la élite social dirigente latinoamericana.
Henríquez Ureña, con todo, opone algunos reparos a la conde-
na de la “nordomanía” de las élites de vocación modernizadora,
aunque a fin de cuentas acepta la idea de la contraposición en-
tre la cultura anglosajona y los “ideales latinos”, “nuestro ideal
intelectualista” de “perfeccionamiento humano, que tiene por
finalidad el bien moral y debe traducirse socialmente en la dig-
nificación de la vida colectiva”.
A tono con lo anterior, sustenta tal propuesta, en primer
término, en la constitución cultural como españoles y ame-
ricanos, pero también en la conservación de la concepción
moderna de la democracia. Corresponde, por ende, impulsar
una obra de regeneración para “crear una cultura armónica, un
progreso vario y fecundo”, lo que remite a concentrar energías
sociales con “un fin, un sentido ideal, una idea-fuerza capaz
de unificar e iluminar los impulsos dispersos en el espíritu de
la raza”. Continúa la tradición de despojar el concepto de raza
de connotación somática y lo remite a la cultura para aseverar
la pertenencia a una familia española expandida, gracias a la
recuperación de las virtudes del idioma.
24
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
El pensador uruguayo termina siendo visto, en el artículo
“La obra de José Enrique Rodó”, como el maestro del momen-
to, que sigue la tradición abierta por Andrés Bello y continuada
por Domingo Faustino Sarmiento, Juan Montalvo, Gabino
Barreda y Eugenio María de Hostos. Por primera vez, Rodó
propone la educación exclusivamente con ayuda de los libros,
observación crucial para entender el procesamiento efectuado
por Henríquez Ureña.
La crítica a la civilización norteamericana no conlleva una
definición de la alternativa idealista hispanoamericana. Como
parte de una perspectiva histórica, Henríquez Ureña entiende
que el ideal está sujeto a construcción en la praxis de los pue-
blos, en la que ha de articularse la función educativa de la élite
intelectual.
Estimulado en alguna medida por la segunda gran obra de
Rodó, Motivos de Proteo, de 1909, pasa a discurrir con más
profundidad en la superación del positivismo, esfuerzo en el
que participa junto a mexicanos como Antonio Caso y Alfon-
so Reyes. Se sumerge, para tal efecto, en corrientes filosóficas
posteriores a Emmanuel Kant, que abordaron problemas pen-
dientes de su criticismo metafísico y ético. Henríquez Ureña
propone una nueva concepción de la evolución, como con-
dición para la captación de los fenómenos. Suscribe a Rodó
cuando cuestiona las propuestas deterministas de Georg Hegel
y Herbert Spencer. El primer autor que introduce a Henríquez
Ureña, junto a Rodó, en tal problemática es Étienne Émile Bou-
troux, opuesto al determinismo y a la noción de la necesidad
esbozada por la filosofía clásica alemana. Para el filósofo fran-
cés, el ser constituye una “forma contingente […] y presenta
una indeterminación radical”.
En el mismo orden, recupera la propuesta de Henri Bergson
al postular una síntesis en la que la evolución reemplaza la nece-
sidad, dada la “aparición constante de los hechos imprevistos, de
25
Roberto Cassá
las contingencias […]”. El universo se desarrolla sobre la base
de una “perspectiva indefinida”, un ideal de norma de acción
para la vida. Se deriva la exigencia de la vigilancia del sujeto
sobre sí mismo en la evolución inevitable gracias a la reflexión
sistemática. Acota Henríquez Ureña que Rodó proyecta el prin-
cipio cosmológico de la evolución creadora hacia la educación
y, ante todo, el conocimiento de nosotros mismos.
Al continuar el estudio de las corrientes filosóficas que re-
accionaron contra el racionalismo, anota que la vigencia del
antiintelectualismo, a partir de Arthur Schopenhauer, se conec-
tó con el agotamiento del positivismo. Le interesó en particular
el pragmatismo, al grado de que en 1908 redactó un ensayo
acerca de la influencia de Friedrich Nietzsche sobre esta co-
rriente filosófica, por cuanto había cuestionado la “razón pura”
y la moral dogmática. En todo caso, registra coincidencias entre
el antiintelectualismo de Nietzsche y la superación pragmática
de la metafísica. Se interesa por una teoría alternativa de la ver-
dad, que conduzca a resultados en la acción y en la verificación
de las propuestas intelectivas. En síntesis, acoge con matices
que la verdad no es un valor absoluto, sino que se da en un
proceso de contrastación, un medio que conduce a otros fines y
que hace más fecundo el pensamiento.
En algún momento entre 1910 y 1912, Henríquez Ureña
cesó su indagación filosófica y se trasladó prioritariamente al
terreno de la sociología. Ya disponía de un aparato conceptual
que le permitía eludir explicaciones basadas en la determina-
ción rígida. De tal manera, con un bagaje de teoría sociológica,
pudo sentar las bases para el esquema de su síntesis de la his-
toria literaria, que terminó constituyéndose en el eje de toda su
obra. La aproximación a la literatura se efectuó a través de su
ubicación en un contexto histórico de relaciones sociales.
Si se examinan sus dos grandes compendios finales, Las
corrientes literarias en la América hispánica e Historia de la
26
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
cultura en la América hispánica, el primero construido a partir
de cátedras en la Universidad de Harvard en 1940, publicado por
primera vez en inglés en 1945, y el segundo terminado tres días
antes de su muerte y aparecido al año siguiente, se aclara cómo
construye una secuencia de interdependencias entre la realidad
histórico-social, los marcos globales de la cultura, la cultura po-
pular y la producción literaria y los autores sobresalientes que
marcan los contornos de una época o escuela. En ningún mo-
mento establece una determinación de un área sobre otra. Con
las reservas indicadas de su formación filosófica y el arsenal so-
ciológico, construye explicaciones puntuales de los procesos. De
todas maneras, ha de resaltarse su condición de historiador social
de la literatura, visualizada como parte de una totalidad determi-
nada en el tiempo y el espacio. Tempranamente se apartó de la
escuela formalista de la crítica y la historia literarias, sustentada
en el examen de la obra dentro de un ámbito cerrado.
Resulta notorio, empero, como han destacado algunos au-
tores, que no construyese una teoría general de la producción
literaria. Tampoco lo hizo de la lingüística, un campo de espe-
cialización más novedoso, donde dejó huellas decisivas en el
examen del idioma español en América. En correspondencias
con sus amigos se quejó de que tenía pendiente producir ela-
boraciones sistemáticas sobre los fenómenos que eran objeto
de su atención. De todas maneras, en su accionar formuló pro-
puestas interpretativas originales. De hecho, como ha indicado
Andrés L. Mateo, la periodización vigente de la historia litera-
ria de las antiguas colonias de España y Portugal, y no pocas
caracterizaciones de problemas, escuelas y autores, deben la
zapata inicial a las dos obras postreras de Henríquez Ureña,
pero no menos a un conjunto de ensayos que las prepararon en
un terreno conceptual.
Lo anterior no estuvo desconectado del hecho de que, des-
pués de abandonar la problemática filosófica, no adoptara un
27
Roberto Cassá
paradigma teórico global en sustitución del positivismo. Puede
advertirse, más que un eclecticismo, la intención de operar con-
forme a las derivaciones de la misma realidad. Es significativo
que no se sumara a los positivistas que en diversos lugares de
América Latina evolucionaron hacia el marxismo. Su compa-
triota García Godoy, en cambio, sí adoptó esta perspectiva al
encontrar en el sistema de Marx la formulación más adecuada
para el análisis de la historia.
Al parecer mantuvo sus reparos a la categoría de determi-
nación, que resulta central en el marxismo de Marx, aunque el
atractivo que ejerció en él la filosofía moderna no lo condujo a
abrazar el irracionalismo. Más bien, en la práctica, recompuso
una síntesis propia para dar cuenta racional de explicaciones
históricas. Insertaba la obra literaria en una época, pero no se
explicaba por ninguna instancia de ella. Articulaba la eficiencia
del autor en la obra con el entramado complejo de la realidad
histórica.
En los años transcurridos entre “La Utopía de América” y
“Patria de la justicia”, produjo otros textos sobre la cultura, en
los cuales enunció el fundamento histórico de la propuesta de
sociedad alternativa, como se ha visto, por definición asociado
a la cultura de los pueblos de América hispánica. De ahí que en
esos escritos se canalizaran reflexiones sobre la cultura común
de las antiguas colonias de España y Portugal y se prefiguraran
algunos de los corpus plasmados en las dos obras mayores ya
citadas.
Combina de manera neurálgica la afirmación de contornos
culturales objetivos con las actitudes y tareas que deben tener
ante sí los intelectuales. En “Orientaciones”, de 1923, el primer
texto registrado con esa temática cuestiona la sumisión a Eu-
ropa, máxime en momentos en que su civilización se halla en
crisis. Demanda un “nuevo espíritu” que prefigure una “vida
propia”. Se infiere que el reconocimiento de las originalidades
28
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
culturales no equivale al fin deseable. Se pronuncia contra la
condena a permanecer en posición pasiva de aprendizaje sumi-
so. Aunque hubiese llegado la hora de innovar, la inspiración en
tradiciones culturales propias de larga data resultaba no menos
pertinente. Esto lo lleva a cuestionar el modernismo, después
de haberlo acogido en sus balbuceos iniciales, al advertir un
énfasis pueril en la originalidad, que deja de lado un patrimo-
nio de valor fundamental. Procede, en consecuencia, inspirarse
en los precursores del nacionalismo, “hombres de visión ge-
nial, héroes, fundadores, maestros”, que “habían señalado el
camino”. Europa todavía aventajaba en la capacidad de investi-
gación, pero no en las “normas de perfección espiritual y de la
justicia social”. Estados Unidos, por su parte, tenía muy poco
que enseñar, habida cuenta de que hasta la teoría pragmatista de
William James había perimido. La única concordancia posible
se daba con los rebeldes jóvenes prefigurados en Ariel. Pero
ellos se habían limitado a destruir y superar la opresión espiri-
tual. Había llegado el momento de edificar sobre la base de la
confianza en sí mismos.
Tales intenciones de marchar hacia adelante terminaron
encontrando un marco de plasmación en torno a los moldes
culturales hispanoamericanos en un ensayo deslumbrante de
1926, “El descontento y la promesa”. Recorre una serie de pro-
blemas vinculados a momentos de la evolución cultural tras la
independencia, con el común denominador de una dialéctica
entre motivos de insatisfacción en las élites y las propuestas al-
ternativas. Se plasmaban así la fuerza espiritual y la capacidad
creativa en las cuales resultaba forzoso inspirarse.
La primera generación, contemporánea de la independencia
política, se propuso con Andrés Bello gestar una independen-
cia cultural. El descontento produjo obras de valor en que se
afirma una naturaleza propia y un ideal democrático. En una
generación siguiente, el romanticismo se alzó contra el pasado
29
Roberto Cassá
clasicista y persiguió recuperar lo propio a través de los pueblos
mismos. Se evocaron motivos claves, como la naturaleza, la
tradición indígena, el pasado colonial y la vida del pueblo. Pero
ese romanticismo a la larga pecó de perezoso “bajo pretexto de
inspiración y espontaneidad”. Un nuevo descontento frente a la
prolongada esterilidad romántica dio lugar al modernismo de
final de siglo, que “se impone severas y delicadas disciplinas”.
Conforme a José Martí, se inspira en Europa, pero tiene por
mérito que piensa en América. Rodó enuncia la exclusividad de
la grandeza gracias a la novedad de un pensamiento americano.
Más adelante, en la época en que escribe, advierte que se va
imponiendo en los jóvenes una novedosa ansia de renovación
literaria, todavía en estado germinal.
Un punto nodal de los nuevos rebeldes consiste en reiterar
la queja sobre la tradicional atención a Europa. Henríquez Ure-
ña toma distancias de ese planteamiento sobre la base de que
el anhelo deliberado de independencia cultural tiene más de un
siglo. Duda de que la única salud posible se encuentre en el
criollismo o en el nacionalismo. De paso descarta a los hispa-
nizantes, encerrados en la obsesión gramatical e hipnotizados
por todo lo español. Pero asume la pertinencia del aprendizaje
y hasta de la imitación si contribuyen a definir una expresión
original, reflexión que deriva de la evolución de momentos de
la historia cultural europea, desde el Imperio Romano hasta el
nacionalismo del siglo XIX.
Lo que califica de urgencia romántica por la expresión trae
a colación el problema del idioma. Sostiene que es forzoso ex-
presarse en español. No se plantea, por diversas razones, el uso
escrito de las lenguas indígenas. Menos todavía cualquier ten-
tativa de crear lenguas criollas a partir del español peninsular.
En esto se diferencia el literato del artista o del creador popular.
Sin embargo, no acepta obstáculos para la novedad, con lo que
recusa la tentación hispanista. Concluye sintéticamente: “No
30
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
hemos renunciado a escribir en español, y nuestro problema
de la expresión original y propia comienza ahí. Cada idioma es
una cristalización de modos de pensar y de sentir, y cuanto en
él se escribe se baña en el color de su cristal. Nuestra expresión
necesitará doble vigor para imponer su tonalidad sobre el rojo
y el gualda”. Descarta por igual el hispanismo y un criollismo
extremo, en aras del reto de lograr la originalidad con el uso del
mismo idioma.
En otro orden, aprueba con matices las tres principales so-
luciones para la expresión propia en literatura. La primera es
la evocación de una naturaleza distinta, que, ciertamente, sirve
de marco para un ser humano nuevo. Se agrega, en segundo
lugar, el indio, al cual se dirigen los esfuerzos de cada genera-
ción. Empero, no ha habido suficiente conocimiento del pasado
precolombino, y no es menos paradójico que muchas de las
mejores obras de temáticas indígenas se hayan escrito en países
en los que prácticamente esa población ha desaparecido. Por
último, y lo más importante, el criollo. A pesar de la insisten-
cia criollista en la tradición literaria, sus límites son vagos en
varios aspectos, empezando por la no clara delimitación con el
indio. Concluye proponiendo un americanismo ceñido al Nue-
vo Mundo, que permite la “expresión vívida que perseguimos”.
En síntesis, vuelve a condenar el “afán europeizante” de
un tipo de descontentos que creen imposible crear, por ser obli-
gatorio continuar sin romper tradiciones. Y no menos condena
un criollismo que, al abogar por la originalidad, propende al
aislamiento. De hecho, aun los próceres literarios, como Bello,
se han inspirado en moldes europeos.
Presenta una situación compleja de la expresión propia,
situada entre el marco recibido de España y la herencia indí-
gena. Le resulta evidente que con España no solo se comparte
el idioma, sino también un molde cultural integral que asimila
a los hispanoamericanos como pertenecientes a la Romania,
31
Roberto Cassá
una unidad de cultura proveniente del Imperio Romano, que ha
tenido sucesivas capitales en Europa. La comunidad en la Ro-
mania diferencia la cultura hispanoamericana de la germánica y
la anglosajona. Acoge la propuesta de Caso de los tres aconteci-
mientos europeos decisivos en América: el Descubrimiento, el
Renacimiento y la Revolución Francesa. Tal constatación con-
tiene, de por sí, orientaciones normativas a futuro. En primer
término, la Romania no impide la originalidad, sino que ha de
provenir de un fondo espiritual común, traducido en “energía
nativa”. En la práctica –continúa– cada pueblo se ha expresado
dentro de una comunidad más amplia. En todo caso, el idioma
obliga únicamente a acentuar una nota expresiva, de la que se
desprende la exigencia del “ansia de perfección”. En esta no-
ción se encuentra resumido un corolario del amplio recorrido
efectuado por Henríquez Ureña: No basta emplear una fórmula
de americanismo ante el riesgo de que, al repetirse, degenere
en receta y retórica. La exigencia de la originalidad en la ex-
presión, como se ha visto, forma parte del horizonte utópico.
Concluye visualizando nuevos riesgos, resultantes de la im-
pronta industrialista y materialista de los países anglosajones.
Recupera la función trascendental del arte y la literatura como
medios de recomposición de anhelos profundos, de corte utópi-
co, tendentes a la “vida perfecta”.
Lo expuesto hasta ahora no es sino una posible aproxima-
ción a un autor variado y complejo, en torno a la articulación
entre algunas facetas de su formación, su práctica de crítico e
historiador literario y cultural y la enunciación de una propues-
ta de inserción activa en la realidad de referencia. A pesar de
que se han escrito numerosos estudios sobre Henríquez Ureña,
algunos de ellos sin duda notables, todavía falta no poco por re-
correr. Está pendiente, como ha sugerido Enrique Krauze, una
biografía intelectual de envergadura, “a la inglesa”, que conten-
ga la diversidad de temáticas y la vastedad de textos, incluida
32
Fundamentos de la utopía americana de Pedro Henríquez Ureña
la profusa correspondencia y los recuerdos de quienes tuvieron
el privilegio de tratarlo.
En los ejes arriba esbozados, se pueden encontrar con
facilidad motivos suficientes para la recuperación de la obra
de quien alcanzó la dimensión de sabio que conectó vastos
conocimientos con interpretaciones orientadas por exigencias
de lo propio, equivalente al rigor demandado por la calidad y
la originalidad. Su síntesis, dirigida al conjunto de nuestros
pueblos, lo hizo precursor de una historia literaria abarcadora
y creador de paradigmas de moderna presencia. “La utopía de
América” adquiere una dimensión integradora de los conteni-
dos del conjunto de su obra, una suerte de enlace entre historia
y política, o entre el individuo y su realidad circundante. Las
evoluciones recientes de nuestra América le conceden una ac-
tualidad renovada.
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34
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 35-59
ISSN: 0009-9376
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento
de la independencia dominicana*
Juan Daniel Balcácer**
RESUMEN
El autor examina parte de la evolución de las relaciones diplo-
máticas de la República Dominicana con los Estados Unidos desde
1844 hasta 1884, año en el que se establecieron relaciones diplo-
máticas formales entre ambos países. Durante el período 1844 y
1866 (en este último año Estados Unidos reconoció la independen-
cia dominicana), existieron una especie de relaciones diplomáticas
oficiosas que, en cierto sentido, sirvieron como advertencia a las
potencias europeas –que entonces predominaban en la región– para
que se abstuvieran de llevar a cabo planes que lesionaran la sobera-
nía territorial y política de los dominicanos. En el presente artículo
también se aborda la cuestión de la bahía de Samaná, su importancia
como punto estratégico de la isla en el espacio geográfico caribeño,
* Este texto debió ser presentado el 17 de marzo del 2020 en sesión
solemne de la Academia Dominicana de la Historia con motivo del
176 aniversario de la proclamación de la República Dominicana,
cumpliendo así con el artículo 39 de la Normativa de esta institución;
pero dicha actividad fue pospuesta debido al período de confinamien-
to y distanciamiento social que provocó en el país la pandemia de la
COVID-19.
** Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, vice-
presidente de la Junta Directiva (2019-2022).
35
Juan Daniel Balcácer
y el creciente interés por poseerla que, desde principios del siglo
XIX, mostraron primero Francia, Inglaterra y España, y luego los
Estados Unidos, amparados por la Doctrina Monroe.
Palabras claves: Independencia, relaciones domínico-estadouni-
denses, Estados Unidos de América, geopolítica.
ABSTRACT
This author examines part of the changes taken place in the Do-
minican Republic Diplomacy in his dealings with the Unitec States
of America from 1844 to 1884, the year both countries established
formal diplomatic relations. However, the USA’ acceptance of Do-
minican Independence in 1866, and some sort of informal relations
during that 22 years period (1844-1866), became some sort of ad-
vice to the rest of other European countries around the Caribbean to
stay away. The present article deals also with the Samana Bay and its
strategic situation since the early XIX Century and the well known
ambition of France, England and Spain, and later the United States
with the help of the Monroe Doctrine.
Keywords: Independence, Dominican Republic relations
with the United States, Geopolitics.
De acuerdo con algunos analistas y estudiosos del pasado
dominicano, la idea de la independencia germinó en Santo Do-
mingo en los albores del siglo XIX, pero el pueblo no devino
consciente de tal realidad, ni la visualizó “clara y perfecta”,
hasta 1843. Los primeros atisbos independentistas datan de
1808 y 1821 con Ciriaco Ramírez y José Núñez de Cáceres,
respectivamente. Al cabo de tres décadas, el proyecto de inde-
pendencia tomó contornos definidos en el seno de un reducido
grupo de la juventud liberal que muy pronto logró concitar un
36
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
tibio respaldo de algunos miembros de la élite burocrática y
económica de la sociedad. El movimiento revolucionario lide-
rado por Juan Pablo Duarte comenzó su trabajo político a partir
de 1833 y, al término de once años de actividades proselitistas
cuidadosamente diseñadas y ejecutadas, pudo materializarse
tras el grito independentista de 1844. Separarse de los haitianos
era algo natural, si se quiere; pero si bien es cierto que el plan
separatista contó con un tímido respaldo de una parte del sector
conservador, no lo es menos el hecho de que la generalidad de
la población no era del todo consciente del alcance y trascen-
dencia de ese magno proyecto político.1
Dos corrientes políticas, sustentadas sobre doctrina y pro-
pósitos contrarios, se enfrentaron entonces en una encarnizada
lucha por el control del poder político. Ambos grupos coincidían
en la primera fase del movimiento revolucionario consistente
en la expulsión de los dominadores haitianos, para acto segui-
do proclamar un Estado soberano; pero divergían radicalmente
en torno del futuro político de la nación y su vinculación con
determinadas potencias europeas que garantizaran su existen-
cia como país independiente. La primera corriente, la liberal,
alcanzó “su punto más amplio y luminoso” el 27 de febrero con
la proclamación de la independencia; mientras que la segunda,
la conservadora, cuya genealogía se remonta a 1843 cuando el
llamado Plan Levasseur, finalmente se impuso y quedó al frente
de la conducción de la nave del nuevo Estado. Posteriormente,
esta segunda corriente política, cada vez que tuvo la oportuni-
dad, y “por virtud de una serie de trabajos antipatrióticos”, hizo
cuanto estuvo a su alcance para concretizar la extinción de la
1
Pedro Henríquez Ureña. “Carta a Federico García Godoy, 5 de mayo
de 1909”, en Obra dominicana. Santo Domingo, Sociedad Dominica-
na de Bibliófilos, 1988, p. 540.
37
Juan Daniel Balcácer
patria, al tiempo que fomentaba el retorno al coloniaje bajo la
protección de una potencia europea.2
En su Proyecto de Ley Fundamental, escrito probablemen-
te entre marzo y julio de 1844, Duarte esbozó escuetamente el
carácter del nuevo Estado. Consignó, en efecto, que “la fuente
y garantía de las libertades patrias” residía en la Independencia
Nacional, razón por la que consecuentemente “la Ley Suprema
del Pueblo Dominicano es y será siempre su existencia política
como Nación libre e independiente de toda dominación, protec-
torado, intervención e influencia extranjera”.3 No obstante, ni a
Duarte ni a sus compañeros trinitarios, pese a que por espacio de
escasos meses tuvieron oportunidad de formar parte de la Jun-
ta Central Gubernativa, les fue posible diseñar un programa de
gobierno enfocado en atender, con la urgencia que el caso ameri-
taba, los dos grandes retos que enfrentaron los dominicanos tras la
independencia: 1) la defensa de la soberanía nacional frente a las
invasiones militares haitianas; y, 2), el establecimiento de relacio-
nes diplomáticas con otras naciones igualmente independientes.
No cabe dudas de que una vez proclamada la República era
de vital importancia gestionar y obtener el reconocimiento de
la comunidad internacional. En tal sentido, una de las primeras
medidas del nuevo gobierno consistió en tratar de establecer
nexos diplomáticos con diferentes países, tales como Francia,
Inglaterra, España y los Estados Unidos. Más que simples
2
Federico García Godoy. “Carta a Pedro Henríquez Ureña, 19 de julio
de 1909”, en Federico García Godoy. Antología, selección, prólogo y
notas de Joaquín Balaguer. Ciudad Trujillo, R. D., Colección Pensa-
miento Dominicano, Librería Dominicana, 1951, p. 206.
3
Juan Pablo Duarte. “Proyecto de Ley Fundamental”, en Emilio Ro-
dríguez Demorizi, Carlos Larrazábal Blanco y Vetilio Alfau Durán
(Eds.). Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pablo
Duarte. Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1970, p. 214.
38
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
relaciones diplomáticas, “el objetivo principal de la [inci-
piente] política exterior dominicana en los primeros años [de
su independencia] era conseguir la protección de una de las
grandes potencias con el doble propósito de enfrentar la ame-
naza haitiana y lograr que los políticos que estaban en el poder
permanecieran en esa posición, bajo la mirada benévola de
un gobierno protector”.4 Tal objetivo, empero, no fue posible
alcanzarlo debido, principalmente, a que en el tablero interna-
cional los poderes que tenían intereses económicos en la región
trataron cada cual, por separado, de sacar provecho de las
circunstancias con el fin de conquistar al naciente Estado e in-
corporarlo a su respectiva constelación de satélites coloniales.
Simultáneamente, esas potencias foráneas realizaron todo tipo
de maniobras para impedir que cualquier país rival tomara la
delantera en la carrera para alcanzar la hegemonía en la región.
Cabe destacar que, en medio de esa pugna inter imperialista,
“la nueva nación [Santo Domingo] pudo sostenerse debido,
primero, a su bizarra lucha contra los haitianos y, en segundo
término, porque los celos entre los poderes interesados crearon
un sistema de equilibrio que generalmente mantuvo a la Repú-
blica Dominicana como terreno vedado o tierra de nadie (…)”.5
Esa proclividad al proteccionismo a la que alude Hauch era
justificada por la cúpula gobernante debido, fundamentalmen-
te, a la escasez poblacional y al limitado nivel de desarrollo
político, social y económico que acusaba el país desde remotos
tiempos coloniales. Al influjo de esa cultura proteccionista, en
4
Charles Christian Hauch. La República Dominicana y sus relaciones
exteriores, 1844-1882. Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bi-
bliófilos, Inc., 1996, p. 73.
5
Carlos Federico Pérez. Historia diplomática de Santo Domingo, 1492-
1861, Vol. I. Santo Domingo, Universidad Nacional Pedro Henríquez
Ureña, 1973, p. 164.
39
Juan Daniel Balcácer
orden sucesivo, José Núñez de Cáceres en 1821, luego Pedro
Santana y Buenaventura Báez, durante la Primera República, y
después de la Restauración, José María Cabral y Buenaventura
Báez, siempre que tuvieron oportunidad enarbolaron la bande-
ra del protectorado o de la anexión frente a un país extranjero
(Colombia, Francia, Inglaterra, España o los Estados Unidos);
todo ello con tal de contener de manera definitiva la política de
expansión y dominación hacia el Este puesta en práctica por los
ideólogos haitianos desde principios del siglo XIX. Según Ro-
dríguez Demorizi, ni siquiera el nacionalismo radical de Juan
Pablo Duarte y de Gregorio Luperón, respectivamente, surtió
los efectos deseados para combatir eficazmente y erradicar por
siempre la idea proteccionista en Santo Domingo.6
II
A mediados de 1844, cuando el pueblo dominicano decidió
emanciparse de Haití y constituir un Estado nación libre e in-
dependiente, en Santo Domingo circuló un documento político
en el cual fueron enumerados los agravios infligidos por el do-
minador. En ese texto fueron plasmados los principios políticos
y doctrinales que devinieron en el fundamento ideológico de
la República Dominicana. Me refiero a la Manifestación de los
pueblos de la parte del Este de la Isla antes Española o de San-
to Domingo, sobre las causas de su separación de la República
Haitiana, fechada el 16 de enero de 1844.7
6
Emilio Rodríguez Demorizi. Informe de la Comisión de Investigación
de los E.U.A. en Santo Domingo en 1871. Santo Domingo, Academia
Dominicana de la Historia, 1960.
7
Parte de este texto fue el discurso central pronunciado por el autor en
el Ministerio de Relaciones Exteriores, el miércoles 4 de diciembre de
40
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
La trascendencia política y jurídica del Manifiesto es de tal
magnitud que no solo se le considera como nuestra Acta de In-
dependencia, sino que también “es el primer documento oficial
de la Nación con el cual se inicia nuestra Colección de Leyes
y sus principios sirvieron de norma en la pre-organización del
Estado advenido el 27 de febrero de 1844”.8 Su redactor fue
Tomás Bobadilla, uno de los dominicanos más sabios y sagaces
de la época, quien se nutrió ideológicamente nada menos que
de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, re-
dactada por Thomas Jefferson y firmada el 4 de julio de 1776,
entre otras importantes fuentes constitucionales.
El texto de Jefferson fue de singular relevancia política
para el hemisferio occidental hasta el punto de que algunos de
los enunciados esenciales del Acta de Independencia estadou-
nidense inspiraron a los ideólogos de la revolución francesa,
quienes no solo la complementaron, sino que también la amplia-
ron por medio de la Declaración de los Derechos del Hombre y
del Ciudadano de 1789. En cuanto se refiere a la Declaración de
Independencia norteamericana existe consenso en el sentido de
que concitó gran admiración en las nuevas naciones hispanoame-
ricanas, toda vez que propugnaba el derecho de los ciudadanos a
la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad en el marco de
una nueva modalidad de gobierno republicano, presidencialista y
democrático.9 Es fama que esas normas y principios doctrinales
también estimularon a las élites criollas de la América hispánica
2019, con motivo del 135 aniversario del establecimiento de relacio-
nes diplomáticas domínico-estadounidenses.
8
Emilio Rodríguez Demorizi. El acta de la separación dominicana y el
acta de independencia de los Estados Unidos. Santo Domingo, Socie-
dad Dominicana de Bibliófilos, 1977, p. 8.
9
Juan Pablo Fusi. Breve historia del mundo contemporáneo. Desde
1776 hasta hoy. Barcelona, Galaxia Gutenberg, S. L., 2013, p. 12.
41
Juan Daniel Balcácer
que organizaron los movimientos secesionistas hasta culminar,
luego de cruentas luchas contra el ejército imperial español, en
la proclamación de las independencias iberoamericanas. Lue-
go de la ruptura de los lazos de dependencia con España, las
repúblicas iberoamericanas adoptaron el modelo republicano
de gobierno a la luz de los principios políticos y doctrinales
del modelo democrático que entonces encarnaban los Estados
Unidos.
En Santo Domingo, por ejemplo, se dice que cuando en
1821 José Núñez de Cáceres proclamó la primera indepen-
dencia dominicana, tuvo como una de sus fuentes doctrinales
el célebre documento autoría de Thomas Jefferson al que he
aludido.10 Poco más de cuatro lustros después, no fue casual
que para redactar la primera Carta Sustantiva de la República
Dominicana, sancionada el 6 de noviembre de 1844, el cons-
tituyente dominicano también abrevara en diversas fuentes
y textos jurídicos fundamentales de la era moderna, como la
Constitución de Filadelfia de 1787, las leyes constitucionales
francesas y, finalmente, la constitución de Cádiz de 1812.
Hacia el tercer decenio del siglo XIX, en la medida que
las otrora dominantes potencias europeas perdían su hegemo-
nía tanto en Hispanoamérica como en la región del Caribe, los
Estados Unidos afloraban como el paradigma por excelencia de
la democracia y del progreso rodeados por cierto halo mesiá-
nico por virtud del cual se consideraban una nación iluminada
por un “destino manifiesto”. El telos redentor de esa emergente
gran nación consistía en asistir a los países de escaso desarro-
llo económico de la otra América con el fin de protegerlos de
la influencia europea. No fue otro el propósito que inspiró la
doctrina Monroe, enunciada en 1825, y que sirvió de platafor-
10
Néstor Contín Aybar. Concepción y esencia de la Constitución de San
Cristóbal. Santo Domingo, Publicaciones ONAP, 1982, p. 10.
42
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
ma política para que durante la década 1830-1840 los Estados
Unidos se consolidaran internamente hasta convertirse en un
ejemplo casi único, [en] una representación y hasta encarna-
ción parcial de la era democrática que entonces empezaba en el
hemisferio Occidental.11
III
Para comprender a cabalidad el largo derrotero de las re-
laciones entre la República Dominicana y los Estados Unidos,
es necesario reconstruir parte del complejo proceso históri-
co-político que antecedió a la formalización de las relaciones
bilaterales entre ambos Estados. Pues si bien es verdad que las
relaciones diplomáticas formales entre la República Dominica-
na y los Estados Unidos fueron oficializadas en 1884, no lo es
menos el hecho de que entre los dos países existieron relacio-
nes diplomáticas oficiosas a partir del mismo año en que fue
proclamada la independencia dominicana. Por tanto, no resulta
aventurado afirmar que los gobiernos dominicano y norteame-
ricano, en realidad, llevan algo más de 175 años en contacto
ininterrumpido.
En el decurso de las cuatro décadas transcurridas entre
1844 y 1884, el pueblo dominicano padeció las consecuencias
devastadoras de dos guerras internacionales y poco después los
de una tercera guerra, esta vez fratricida. Esos acontecimien-
tos bélicos, que obstaculizaron el desarrollo de las actividades
económicas, culturales y educativas de la nación, fueron: la
guerra domínico-haitiana, que duró 12 años; la guerra restau-
radora, con duración de dos años; y la guerra llamada de los
11
John Lukacs. El futuro de la historia. Madrid, Turner Publicaciones,
S. L., 2011, p. 33.
43
Juan Daniel Balcácer
Seis Años, ocurrida entre 1868-1874, lapso en el que Bue-
naventura Báez gobernó el país por cuarta ocasión. Francia,
Inglaterra y España poco o nada pudieron hacer para evitar
los primeros dos conflictos internacionales y, por tal motivo,
en el seno de la clase conservadora y de algunos sectores de
la población siempre se abrigó la esperanza de que los Esta-
dos Unidos podían brindar asistencia a los dominicanos en su
constante búsqueda de paz y progreso. Existían anteceden-
tes históricos que justificaban esa percepción, pues, como se
ha señalado, desde 1830 los Estados Unidos eran percibidos
como un país poderoso con cuyo respaldo y asistencia finan-
ciera era indispensable contar para garantizar la seguridad y
estabilidad político-económica de los nuevos estados-nación
del continente hispanoamericano.
Una de las primeras medidas adoptadas por el nuevo go-
bierno instalado después del Grito del Conde, legítimamente
constituido al amparo de la Constitución de San Cristóbal, con-
sistió en procurar que Francia, Inglaterra, España y también los
Estados Unidos reconocieran la soberanía nacional. Con tales
propósitos se intentó concertar con esos países tratados de re-
ciprocidad diplomática, comercial y cultural, sin éxito alguno.
Evidencia de esos esfuerzos lo constituye el hecho que el general
Pedro Santana, primer presidente dominicano, no desperdició
tiempo e instruyó a la recién creada cancillería dominicana para
que contactara a los representantes de negocios de esos países y
solicitara el establecimiento de relaciones diplomáticas forma-
les. Recuérdese, incluso que, durante los planes separatistas, el
pronunciamiento del Conde y la constitución del nuevo gobier-
no, Francia desempeñó un papel injerencista de primer orden.
En efecto, su representante consular en la parte española de la
isla de Santo Domingo, el señor Eustache Juchereau de Saint
Denys, además de que estampó su firma en el acta de capi-
tulación de las autoridades haitianas en Santo Domingo, “fue
44
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
personaje principal en todas las actividades políticas de los pri-
meros convulsivos días de la Nación dominicana”.12
En vista de que los Estados Unidos no tenían entonces un
representante oficial en Santo Domingo, el presidente Santana
actuó diligentemente y el 4 de diciembre de 1844, designó a
José María Caminero –quien había sido miembro de la Junta
Central Gubernativa y había formado parte del Congreso Cons-
tituyente de San Cristóbal–, para que viajara a Washington en
calidad de comisionado y enviado público ante el Gobierno de
los Estados Unidos. Su misión consistía en informar acerca de
“la buena disposición en que se encuentra la República Do-
minicana” para “establecer, cimentar y concluir relaciones de
amistad, alianza, y comercio de buena fe e inteligencia con to-
das las grandes naciones y principalmente con los Estados de
la Unión que han sido los fundadores de la libertad de América
(…)”, según carta del presidente Santana de fecha 5 de diciem-
bre de 1844.
IV
Al mes siguiente, esto es, el 6 de enero de 1845, Caminero
fue recibido por el Secretario de Estado, John C. Calhoun, a
quien entregó un ejemplar de la Constitución dominicana, así
como una comunicación dirigida al presidente John Tyler so-
licitando formalmente el reconocimiento de la independencia
dominicana. En la coyuntura histórica en la que el enviado do-
minicano llegó a Washington, dentro de la agenda internacional
de los Estados Unidos no era un asunto prioritario centrar la
12
Emilio Rodríguez Demorizi. Correspondencia del cónsul de Francia
en Santo Domingo, 1844-1846, tomo I. Santo Domingo, Colección
Sesquicentenario de la Independencia Nacional, 1996, p. 1.
45
Juan Daniel Balcácer
atención en el establecimiento de relaciones diplomáticas con
naciones del Caribe o de Sur América, en virtud de que ese país
todavía no había completado internamente el proceso de expan-
sión territorial hacia el oeste y el Pacífico, iniciado desde 1803.13
Además, cuando se produjo la visita de Caminero a Norteaméri-
ca, ese país estaba en guerra con México y fue en ese mismo año
de 1845 cuando adquirió Texas. Al cabo de poco tiempo, los Es-
tados Unidos agregó a sus posesiones los siguientes territorios:
Oregón (1846), California (1848) y, finalmente, Alaska (1867).
Dos días después, esto es el 8 de enero, el emisario domini-
cano, atendiendo una petición del secretario Calhoun, escribió
un informe pormenorizado sobre el pueblo dominicano, su his-
toria y las vicisitudes padecidas bajo la dominación haitiana.
Sin embargo, una cosa era el argumento dominicano, y otra
muy distinta la manera como los Estados Unidos procedían res-
pecto de las nuevas naciones hispanoamericanas interesadas en
obtener el reconocimiento de sus respectivas independencias.
En respuesta a ese informe, el secretario Calhoun respondió
a Caminero, el 21 de febrero de 1845, que el presidente Tyler
ya estaba al tanto del caso dominicano y que, tras mostrar una
actitud favorable ante la petición dominicana, había resuelto
designar un “comisionado especial” para que viajara a Santo
Domingo, procediera a investigar el país sobre el terreno y ofre-
ciera su impresión “acerca de todos los hechos y circunstancias
sobre los cuales considere necesario informar antes de que se
tome una decisión” respecto de la solicitud dominicana.14
13
Ramiro Guerra y Sánchez. La expansión territorial de los Estados
Unidos. A expensas de España y de los países hispanoamericanos. La
Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.
14
Alfonso Lockward. Documentos para la historia de las relaciones
dominico-americanas, 1837-1860, tomo I. Santo Domingo, Editora
Corripio, 1987.
46
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
A mediados de 1845, el comisionado John Hogan arribó a
la ciudad de Santo Domingo y, desde allí, contactó a dos comer-
ciantes norteamericanos que hacía tiempo residían en el país,
uno en Puerto Plata, de nombre Abner Burbank, y el otro en
la capital, llamado Francis Harrison, quienes fungieron como
contactos e informantes privilegiados y le ayudaron a recabar
la información solicitada por el Departamento de Estado. El re-
sultado de esa misión fue un informe bastante exhaustivo sobre
el estado del país, su historia, su composición demográfica y
etnográfica, su cultura, su economía, si disponía de una fuerza
militar capaz de defender y sostener incólume su soberanía y, lo
más importante, si existía consenso entre la población a favor
de la independencia y cuál era la actitud respecto de los Estados
Unidos.
Se impone señalar que tanto la administración Tyler,
como la de su sucesor inmediato, James Polk, se interesaron
sobremanera en la petición de reconocimiento sometida por
el gobierno dominicano; sin embargo, aparte de los factores
mencionados precedentemente, para aceptar la petición domi-
nicana, el Departamento de Estado primero debía cerciorarse
de que se trataba de un paso acertado y conveniente para los
intereses norteamericanos en la región del Caribe, cada vez
más crecientes.
Al siguiente año, el Gobierno norteamericano resolvió en-
viar otro comisionado a Santo Domingo, esta vez con carácter
secreto y con instrucciones similares a las de John Hogan. Se
trató del teniente de la Marina David Dixon Porter, quien llegó
a Santo Domingo a principios de mayo de 1846. Se dice que el
presidente Santana mostró gran asombro cuando se enteró de la
misión Porter, toda vez que hacía poco tiempo del Informe Ho-
gan. Esta visita apenas duró cinco o seis semanas, pero durante
su breve estadía en Santo Domingo hay quien opina que Porter
“conoció el país físicamente mejor de lo que era usual para la
47
Juan Daniel Balcácer
mayoría de los dominicanos de la época”.15 Su “Informe”, por
tanto, fue una meticulosa descripción de la sociedad domini-
cana de 1846, cuya población no llegaba a 200,000 almas. Al
referirse a la ciudad amurallada de Santo Domingo, por ejem-
plo, Porter indicó que el número de casas se estimaba en 1,500
“y están construidas según el antiguo estilo español, fuera de
las chozas de los suburbios. Estas están hechas de cañas o árbo-
les de palma y techadas con hojas de palmeras”. La población
de la ciudad capital era aproximadamente de 8,500 habitantes,
que “en cierta medida se compone de mujeres y niños que por
mucho son más que los hombres. Esto se debe a la ausencia de
los últimos [los hombres] en las fronteras, donde están sirvien-
do en el ejército”. Con todo y ese “Informe” del teniente Porter,
suficientemente pormenorizado, el reconocimiento de la inde-
pendencia dominicana por parte de los Estados Unidos tardaría
varios decenios en producirse.16
Durante la Primera República (1844-1861), el Gobierno
de los Estados Unidos designó a varios agentes comerciales
en el país (John Hogan, Francis Harrison, Jonathan Elliot y
Benjamin Green). La misión de esos agentes comerciales (y
de los enviados especiales, como Hogan y Porter) consistía en
15
Prólogo de Gustavo Tavárez al libro de David Dixon Porter. Diario de
una misión secreta a Santo Domingo, 1846. Santo Domingo, Sociedad
Dominicana de Bibliófilos, 1978, p. XII.
16
Para más detalles y pormenores del valioso “Informe” del tenien-
te David Dixon Porter, véase Diario de una misión secreta a Santo
Domingo, 1846, publicado en 1978 por la Sociedad Dominicana de
Bibliófilos, Inc.
48
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
identificar y gestionar oportunidades de negocios, así como
también observar la manera como se desenvolvían los repre-
sentantes consulares de países europeos acreditados en Santo
Domingo, cuyas actividades podían reñir con los intereses nor-
teamericanos en la región. Al margen de su principal misión,
las autoridades dominicanas aprovecharon políticamente la
presencia de cada uno de esos agentes de negocios para solici-
tar su intervención en el diferendo domínico-haitiano con el fin
de poner fin a las hostilidades y lograr una paz definitiva o una
tregua de por lo menos diez años. Así las cosas, y angustiada
la gran mayoría del pueblo por las inclemencias de la guerra,
en adición a la amenaza siempre latente de posibles invasiones
haitianas, sobrevino la anexión a España en 1861. Consecuen-
cia de ese acto proditorio, desapareció la República y el pueblo
dominicano nueva vez se convirtió en provincia ultramarina es-
pañola. Para esa misma época, y a despecho de que la sociedad
norteamericana se hallaba inmersa en agudas pugnas internas
que dieron como resultado la Guerra de Secesión o Guerra Ci-
vil, conviene resaltar que los Estados Unidos, que dicho sea de
paso nada pudieron hacer para evitar la reincorporación de San-
to Domingo a España, elevaron su voz de protesta ante el hecho
de la Anexión invocando los principios de la Doctrina Monroe.
Después de finalizada la guerra restauradora en Santo
Domingo y la guerra civil norteamericana, la cuestión de la
política exterior dominicana ocuparía un lugar preponderante
en la agenda de los líderes políticos a quienes correspondió
dirigir la cosa pública. Los haitianos aún no contemplaban la
posibilidad de reconocer el derecho de los dominicanos a la au-
todeterminación y, a pesar de que después de la administración
de Fabré Geffrard habían cesado los intentos de ocupar el país
por vía de las armas, entre la generalidad de los dominicanos
aún persistía el temor de una nueva invasión haitiana. Fue así
como el primer presidente dominicano después de finalizada
49
Juan Daniel Balcácer
la guerra contra España, el general José María Cabral, se trazó
como meta lograr que de alguna manera los Estados Unidos
reconocieran oficialmente la independencia dominicana.
Al despuntar el año de 1866, en el mes de enero, en un
hecho sin precedentes, dado lo pequeño y atrasado de nues-
tro país, William Seward, secretario de Estado norteamericano,
visitó Santo Domingo y, entre varias promesas, naturalmente
figuró la cuestión del eventual reconocimiento de la Repúbli-
ca Dominicana como país soberano. De conformidad con esas
promesas, ese mismo año el general José María Cabral no solo
solicitó a los Estados Unidos un empréstito de un millón de
dólares, sino que como garantía ofreció nada más y nada menos
que las minas de carbón de la península de Samaná. Finalmente,
el 17 de septiembre de 1866, bajo la administración de Andrew
Johnson, tuvo lugar el reconocimiento formal de la indepen-
dencia dominicana. A raíz de ese hecho, largo tiempo añorado,
el gobierno dominicano designó el primer cónsul general con
asiento en New York, que lo fue el señor J. W. Currier, susti-
tuido poco después por el señor José Francisco Bazora. Los
Estados Unidos, en cambio, no designaron un representante
consular y “mantuvieron [las relaciones oficiales con República
Dominicana] en un nivel inferior [solo] con una representación
en Santo Domingo de un agente comercial”.17 Dos años des-
pués del reconocimiento de la independencia dominicana, el
presidente Andrew Johnson, en un discurso pronunciado ante
el Congreso de su país, sugirió convertir tanto a Haití como a la
República Dominicana en dos estados de la Unión.
17
Juan Isidro Pérez. “Carta a Juan Pablo Duarte”, en Cartas al Padre de
la Patria, selección de Emilio Rodríguez Demorizi, presentación de
Pedro Troncoso Sánchez. Santo Domingo, Instituto Duartiano, 1970,
p. 70.
50
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
Evidentemente, la República Dominicana, en cuanto se re-
fiere a su política exterior, y en especial a sus relaciones con
Estados Unidos, entraba en una nueva fase de dependencia en
términos geopolíticos. En el curso de esta nueva etapa, parte de
la dirigencia política nacional retomó la vieja cuestión de la ba-
hía de Samaná y, más allá del usufructo de sus minas de carbón
que había propuesto Cabral, ciertos enviados del Departamento
de Estado (entre ellos reconocidos aventureros) y los respon-
sables de la política exterior dominicana se confabularon para
diseñar y proponer un plan alternativo: que las negociaciones
tuvieran como garantía el arrendamiento de la bahía de Samaná
a los Estados Unidos como paso previo al reconocimiento de la
independencia.
VI
En términos geopolíticos, desde inicios del siglo XIX la
importancia estratégica de Samaná concitó la atención de las
potencias europeas, especialmente de España y Francia. En
efecto, Samaná había sido altamente codiciada por los france-
ses, al punto de que durante la llamada Era de Francia en Santo
Domingo el general Charles Leclerc, cuñado de Napoleón, con-
cibió un proyecto para construir allí el “Puerto Napoleón”. En
1844 la bahía volvió a ser ofrecida a Francia en bandeja de
plata, proyecto al que radicalmente se opuso Juan Pablo Duar-
te;18 y diez años después, en 1854, se dice que el general Pedro
18
El trinitario Juan Isidro Pérez, en carta dirigida a Duarte desde Cu-
maná, el 25 de diciembre de 1845, se refirió a una célebre sesión
de la Junta Central Gubernativa, realizada el 26 de mayo de 1844,
y en la que Tomás Bobadilla propuso ceder la bahía de Samaná a
Francia. En esa reunión solo Duarte elevó su firme protesta ante
51
Juan Daniel Balcácer
Santana se mostró dispuesto a negociar el usufructo de la bahía
con los Estados Unidos. Ahora, en 1866, la opinión pública de
nuevo centraba su atención en la cuestión de Samaná, mien-
tras cabilderos locales y aventureros norteamericanos (William
Cazneau, Joseph Fabens y Orville Babcock, entre otros) pro-
movían ese proyecto, destacando que Samaná era el punto
geográfico y estratégico ideal para establecer una estación car-
bonera que pudiera abastecer los navíos norteamericanos que
navegaran por la región del Caribe.
Sin embargo, al cabo de varios años la estrategia de la fac-
ción política dominante post guerra restauradora, que Duarte
llamó “bando parricida” y “facción [que] “ha sido, es y será
siempre todo menos dominicana”, no se circunscribiría solo al
eventual arrendamiento o venta de una parte del territorio nacio-
nal, sino que a partir de 1870 se comenzó a promover otro plan
todavía más descabellado: la incorporación de Santo Domingo
a los Estados Unidos como estado de la Unión, lo cual, para el
sector representado por los liberales restauradores, significaba
un costo demasiado elevado para el patriotismo nacional.
semejante propuesta que atentaba contra la soberanía nacional. Juan
Isidro escribió: “Sí, Juan Pablo, la historia dirá: que fuiste el Mentor
de la juventud contemporánea de la patria; que conspiraste, a la par
de sus padres, por la perfección moral de toda ella; la historia dirá:
que fuiste el Apóstol de la Libertad e Independencia de tu Patria; ella
dirá que no le trazaste a tus compatriotas el ejemplo de abyección e
ignominia que le dieron los que te expulsaron cual a otro Arístides;
y, en fin, Juan Pablo, ella dirá: que fuiste el único vocal de la Junta
Central Gubernativa, que, con una honradez a toda prueba, se opuso a
la enajenación de la península de Samaná, cuando tus enemigos, por
cobardía, abyección e infamia, querían sacrificar el bien de la patria
por su interés particular. La oposición a la enajenación de la península
de Samaná es el servicio más importante que se ha prestado al país y a
la revolución”. Cf. Cartas al Padre de la Patria, p. 29.
52
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
El controversial proyecto sobre Samaná, lo mismo que el
no menos polémico tema de una nueva anexión con la conse-
cuente supresión de la soberanía nacional, como era natural
reavivó las añejas disputas y contradicciones entre liberales y
conservadores. Por la parte norteamericana, esta vez el presi-
dente Ulises Grant, uno de los héroes de la guerra civil junto
con Abraham Lincoln, resultó ser el principal abanderado del
proyecto de incorporación hasta el punto de lograr que un
borrador de tratado domínico-americano fuese sometido al
conocimiento del Congreso de la Unión; mientras que por la
parte dominicana, el artífice más connotado, primero de la
venta de Samaná, y luego de la anexión del país a Estados
Unidos, fue el presidente Buenaventura Báez. Respecto de
Ulises Grant, el historiador Bernardo Vega pone de manifiesto
que para impulsar su proyecto anexionista este obró inspira-
do por dos motivos: uno de ellos racial y el otro geopolítico,
pues además de enviar esclavos libertos a Santo Domingo,
Grant también se proponía incorporar a la Unión la isla de
Santo Domingo para, acto seguido, enfocar su atención en
Puerto Rico y Cuba, y de esa manera controlar la región del
Caribe.19 Razón tuvo, pues, Juan Pablo Duarte, el Fundador
de la República, cuando en 1865 se refirió a la encrucijada
en la que se encontraba colocado el país de los dominicanos:
“visto el sesgo que por una parte toma la política franco-
española y por otra la anglo-americana y la importancia que
en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los planes ulte-
riores de todas cuatro Potencias, no deberemos extrañar que
19
Bernardo Vega. La cuestión racial y el proyecto dominicano de
anexión a Estados Unidos en 1870. Santo Domingo, Academia Domi-
nicana de la Historia, 2019, p. 17.
53
Juan Daniel Balcácer
un día se vean en ella fuerzas de cada una de ellas peleando
por lo que no es suyo”.20
El interés de Ulises Grant y asesores en el controverti-
do proyecto de incorporación fue tal, que a fin ganar tiempo
frente a sus eventuales opositores en el seno del congreso y de
la opinión pública estadounidenses, dos importantes viajeros
norteamericanos visitaron Santo Domingo con la encomien-
da, al igual que Porter en 1846, de realizar una investigación
de campo sobre el estado en que se encontraba la República
Dominicana, resaltando en su informe la riqueza natural que
convertían al país caribeño en una oferta atractiva para los inte-
reses norteamericanos.
Uno de esos visitantes norteamericanos fue un periodista,
de nombre Randolph Keim, y otro el escritor Samuel Hazard.
Keim publicó el libro Santo Domingo, pinceladas y apuntes
de un viaje (Filadelfia, 1870), que dedicó al presidente Ulises
Grant, mientras que Hazard, en 1873, editó Santo Domingo,
past and present with a glance at Hayti; ambos textos contie-
nen magníficas descripciones del Santo Domingo de mediados
del siglo XIX y de sus al parecer inagotables recursos agríco-
las y minerales.21 Otro dato revelador de la trascendencia que
para sus impulsores revistió el proyecto de incorporación de
Santo Domingo a Estados Unidos, lo fue el hecho de una im-
presionante misión investigadora, de carácter científico, que
visitó República Dominicana a principios de 1871, integrada
por geólogos, mineralogistas, químicos, botánicos, un zoólogo
20
Emilio Rodríguez Demorizi, Carlos Larrazábal Blanco y Vetilio Alfau
Durán (eds.). Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y versos de Juan Pa-
blo Duarte…, p. 123.
21
Las obras de Randolph Keim y de Samuel Hazard, al igual que la del
teniente David Porter, forman parte de la Colección de Cultura de la
Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Inc.
54
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
y paleontólogo, un naturalista, un pintor y dibujante y nada
menos que diez periodistas. Los integrantes de esa comisión
realizaron una exhaustiva investigación de campo y redactaron
un extenso Informe22 sobre las condiciones de vida de los domi-
nicanos, su demografía, religión, cultura, modos de producción,
forma de gobierno y, especialmente, sobre la estructura mental
de la comunidad, esto es, qué pensaban los dominicanos de su
futuro como nación y, en especial, de sus relaciones presentes y
futuras con los Estados Unidos de América.23
Todo aquel familiarizado con el estudio de la historia
dominicana decimonónica es consciente de que ese proyec-
to de incorporación de Santo Domingo a Estados Unidos fue
finalmente rechazado en el Congreso norteamericano debido,
principalmente, a la oposición de un grupo de legisladores
entonces liderados por el senador de Massachusetts, Charles
Sumner. Es fama que el 21 de diciembre de 1870, Sumner pro-
nunció un memorable discurso que tituló “La viña de Naboth”;
y también que, al siguiente año, en sesión solemne del Congre-
so realizada el 24 de marzo, leyó otra pieza tan contundente
como la anterior. Pese a este revés congresual, Ulises Grant lo
mismo que Buenaventura Báez continuaron con su abominable
22
Además del Informe de la Comisión investigadora, sobre el proyecto
de incorporación de Santo Domingo a los Estados Unidos, existen for-
midables estudios de académicos norteamericanos y dominicanos. Cf.
Charles Callan Tansill, The United States and Santo Domingo, 1798-
1873. A Chapter in Caribbean Diplomacy (1967), especialmente los
capítulos titulados “El imperialismo llama al Presidente Grant” y “El
senador Sumner hace el papel de Pirro”; y La cuestión racial y el
proyecto dominicano de anexión a Estados Unidos en 1870, del histo-
riador Bernardo Vega (2019).
23
Emilio Rodríguez Demorizi. Proyecto de incorporación de Santo
Domingo a Norte América. Apuntes y documentos. Santo Domingo,
Editora Montalvo, 1965.
55
Juan Daniel Balcácer
proyecto con el fin de llevar a cabo el proyecto de anexión de
Santo Domingo a Estados Unidos.
Al cabo de varios años, en 1874, la administración de los
Seis Años de Buenaventura Báez llegó a su fin y, junto con su
derrumbe, entre los dominicanos también culminó lo que Pe-
dro Henríquez Ureña llamó el proceso de intelección de la idea
nacional. A partir de entonces, según el autor de “Seis ensayos
en busca de nuestra expresión”, jamás gobierno alguno volvió
a poner en riesgo la soberanía nacional. Con todo, transcurridos
diez años de esos sucesos, durante la gestión gubernamental
de Chester Arthur, finalmente se establecieron relaciones di-
plomáticas formales entre los Estados Unidos y la República
Dominicana, de tal suerte que el señor John Langston, el 26 de
marzo del año 1884, presentó credenciales en calidad de primer
Encargado de Negocios ante el Gobierno dominicano, entonces
presidido por Ulises Heureaux.
Cuando se produjo el reconocimiento formal de nuestra
independencia por parte de los Estados Unidos, el presiden-
te Heureaux (Lilís) se encontraba en la etapa final del bienio
constitucional (1882-1884), pero había tomado la precaución
de solicitar al Gobierno norteamericano la revisión del Tratado
Comercial de 1867, al tiempo que instruyó para que se redacta-
ra un nuevo borrador de Convención de Reciprocidad entre los
dos países.24 Tres años después de su primera gestión guberna-
tiva, Lilís retornó al poder y estableció una férrea dictadura que
duró hasta 1899, cuando fue ajusticiado. Durante ese período
Lilís no trató de cercenar el territorio nacional ni mucho me-
nos intentó gestionar una nueva anexión; en cambio, lo que sí
sucedió fue que la deuda externa dominicana (cuyos orígenes
databan del empréstito Hartmont en 1869 luego de complejas
24
Sumner Welles. La viña de Naboth. La República Dominicana, 1844-
1924, tomo I. Santiago, Editorial El Diario, 1939, p. 442.
56
Los Estados Unidos de América y el reconocimiento...
y turbias negociaciones con la firma holandesa Westendorp),
finalmente pasó al control de una compañía norteamericana co-
nocida como San Domingo Improvement Company. A partir de
ese momento, los vínculos políticos y diplomáticos entre la Re-
pública Dominicana y los Estados Unidos fueron estrechados
por medio de negociaciones que eventualmente se traducirían
en una dependencia financiera del nuevo poder imperial que
heredarían sucesivos gobiernos.25
Al despuntar el siglo XX, en 1904, justo cuando la célebre
Doctrina Monroe fue reformulada bajo el nombre de Corola-
rio Roosevelt, el consulado estadounidense en Santo Domingo
fue ampliado a misión y convertido en Legación Americana, la
cual se mantuvo funcionando con ese rango hasta que en 1943
fue elevada a la categoría de Embajada. Cuanto ha sucedido
en el marco de las relaciones bilaterales de nuestros respec-
tivos gobiernos a lo largo del siglo XX, es un tema diverso y
complejo que ha sido objeto de numerosos estudios por parte
de académicos e historiadores norteamericanos y dominicanos.
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CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 61-90
ISSN: 0009-9376
Tierras, campesinos y plantación.
San Cristóbal en el siglo XIX*
Raymundo González**
RESUMEN
En el presente trabajo se examinan en forma exploratoria factores
clave que permiten explicar la supeditación de la fuerza de trabajo y
de la propiedad rural campesina a los incipientes intereses capitalis-
tas en la fase inicial del resurgimiento de la plantación azucarera en
República Dominicana durante el último tercio del siglo XIX. A este
fin se realiza un primer acercamiento al caso de la zona al suroeste de
la ciudad de Santo Domingo, desde Azua a San Cristóbal, por ser la
región donde perduró el cultivo de la caña de azúcar y la manufactura
tradicional desde los primeros tiempos coloniales.
Palabras claves: Plantación, campesinado, propiedad rural, mer-
cado fuerza de trabajo rural, capitalismo.
ABSTRACT
This article tries to examine some key elements to explain the
human work factor in the increasing Capitalism in the Dominican
Republic due to the growing presence of the sugar plantation in the
* Ponencia presentada en el V Congreso de la Asociación de Historia
Económica del Caribe. Facultad de Ciencias Sociales de la Universi-
dad de Costa Rica. San José, 4 al 8 de noviembre de 2019.
** Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, vo-
cal de la Junta Directiva (2019-2022).
61
Raymundo González
middle of the XIX Century. To this purpose, the author presents a first
approach to the South East of Santo Domingo City, from Azua to San
Cristóbal, being the region where the traditional sugar plantation and
work comes from colonial times.
Keywords: Plantation, campesino, rural land ownership, land
work, Capitalist.
Antecedentes
La actual provincia de San Cristóbal en la República Do-
minicana fue uno de los primeros lugares donde se concentró la
temprana plantación azucarera en los inicios de la colonización
española. En las décadas de los años 20 y 30 del siglo XVI
contaba con decenas de instalaciones entre trapiches e inge-
nios que se ubicaban entre los ríos Nigua y Nizao. De hecho,
el lugar se conoce desde antiguo con el nombre de partido de
“Los Ingenios”, adscrito —junto al de Baní y al de Ocoa— a
la jurisdicción rural de la ciudad de Santo Domingo.1 Antes de
finalizar el siglo XVI la producción azucarera decayó, sobre-
viviendo algún tiempo gracias al comercio de rescate de los
corsarios extranjeros, comercio este que fue drásticamente cor-
tado a principios de la siguiente centuria.
Aunque el partido de los ingenios no fue destruido en-
tonces, sus instalaciones sí fueron afectadas por la falta de
comercio. Por casi dos siglos languidecieron las pequeñas fá-
bricas de azúcar que se redujeron a trapiches más pequeños
con algunos esclavos cuya producción se limitaba al consumo
interno en forma de raspaduras y mieles, estas últimas usadas
1
Antonio Sánchez Valverde, “Idea del valor de la Isla Española”
[1785], en: A. Sánchez Valverde, Ensayos, Santo Domingo, Funda-
ción Corripio, 1988.
62
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
en la producción de aguardiente; aunque algunos excedentes
se vendían de contrabando. En 1762 Luis Joseph Peguero, el
hatero escritor de Baní como lo llamó María Ugarte, contem-
plaba aquellos arruinados vestigios de los grandes ingenios,
meditaba sobre sus mejores tiempos que debieron a la multitud
de esclavos indígenas y negros, que murieron por “pestilencias
repetidas de Birguelas”; y lo estampó en versos significativos
de su venida a menos:2
Sierto, que muy buenos fueron
tanto injenio afamado
y solamente an quedado
la señal donde estubieron:
y si aquellos que lo bieron
bieran estos de oy en día,
que a fuerza el que más molía,
por sus ochosientos panes,
más negros, que negros bianes,
siertamente que Riría.
Al final del siglo XVIII, la región de los ingenios conoció
un breve episodio colonial de resurgimiento azucarero cuando
se construyó el Ingenio de Boca de Nigua, administrada en la
colonia por Juan Bautista Oryazábal, pariente del propietario,
el Marqués de Iranda, cortesano influyente de Carlos III. Este
se ubicó en 12 caballerías de tierra situadas en la desembocadu-
ra del río Nigua, donde estaba el llamado “Yngenio viejo” que
era propiedad de Isabel Maldonado, viuda de Matías Cordero
2
Aut. Cit., Historia de la conquista de la isla Española de Santo Do-
mingo. Trasumptada el año de 1762, (estudio preliminar de P. J.
Santiago), Santo Domingo, Museo de las Casas Reales, 1975, t. I, pp.
221-222. Cuando se refiere a “negros bianes” se refiere a la etnia bran.
63
Raymundo González
y vecina de la ciudad de Santo Domingo.3 Al mismo tiempo,
se restituyeron otros ingenios con la esperanza de aprovechar
la coyuntura abierta por las medidas de fomento autorizadas
para la colonia de Santo Domingo (1786) y la política de “libre
comercio” inaugurada una década antes para las Antillas espa-
ñolas (1765).4
Ya para este último periodo la zona de referencia había
cambiado mucho. Y aunque el paisaje ofrecía a la vista man-
chones de cañas, acequias, trapiches e ingenios, estos eran solo
ruinas, como las que compró Oryazábal en aquellos predios.
En cambio, se habían desarrollado pequeños hatos, estancias y
conucos, que producían frutos menores y otros rubros para pro-
veer a la ciudad de Santo Domingo, que era el destino principal
de sus producciones. La región había dejado atrás las haciendas
de esclavos, grandes y medianas, y se había convertido en lugar
de campesinos, medianos y pequeños que vivían del trabajo
suyo y de sus familias.
La edificación de nuevas instalaciones prosperó por poco
tiempo. Antes de que comenzara la primera molienda del citado
ingenio de Boca de Nigua, el oidor Pedro Catani, a la sazón go-
bernador interino de la colonia, analizó la situación en un breve
informe que envió a la Corona sobre las medidas de fomento,
en el que expresaba las limitaciones y efectos contraproducen-
tes que representaban las nuevas empresas. En poco tiempo
3
AGI, Santo Domingo 969, Testimonio de la escritura de venta de doce
caballerías de tierra en el Ingenio viejo de Boca de Nigua. Antonio
Pérez, escribano público, Santo Domingo, 5 de octubre de 1781.
4
Al respecto, María Rosario Sevilla Soler, Santo Domingo. Tierra de
Frontera (1750-1800), Santo Domingo, Escuela de Estudios His-
pano-Americanos, 1980; también, R. González (coord.), Historia
General del Pueblo Dominicano, t. II, Santo Domingo, Academia Do-
minicana de la Historia, 2018, pp. 664 y ss.
64
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
todas esas instalaciones fracasaron estrepitosamente. En 1796
una rebelión en el ingenio de Boca de Nigua, sacudió la región
y a la postre significó el cierre del experimento plantacionista,
el cual no pasó de ser un restablecimiento limitado y precario,
como lo caracterizó Roberto Cassá.5 Aunque los rebeldes fue-
ron en pocos días controlados, así como también reducidos y
castigados sus dirigentes, la producción declinó hasta langui-
decer en las primeras décadas del siglo XIX.
Las guerras en el Caribe, el traspaso a Francia de la parte
española de la isla de Santo Domingo en 1795, el retorno de la
colonia a España tras la guerra de 1808-1809 y luego la ocu-
pación haitiana, provocaron la disminución de la población
que emigró a Cuba, Puerto Rico y otros territorios españoles.
Los esclavos fueron declarados libres en 1801, solo por un
corto período, pues en 1802 se restableció la esclavitud en
las colonias francesas, y en 1822 fueron libres de forma de-
finitiva. En consecuencia, el partido de los ingenios retornó
al tradicional paisaje rural de medianos y pequeños trapiches
regentados por campesinos, los cuales producían mieles y
azúcar para el consumo, más una pequeña cantidad excedente
que se convertía en rubro de exportación. En efecto, en la
jurisdicción de San Cristóbal, hacia los años 30 y 40 del siglo
XIX, se registraban 770 fincas, de las cuales 622 estaban de-
dicadas a la producción de frutos menores, otras 45 producían
5
Roberto Cassá, Historia social y económica de la República Domini-
cana, t. I, 2ª ed., Santo Domingo, Alfa y Omega, 2003, pp. 246-249.
Véanse, además, Juan José Andreu Ocáriz, “La rebelión de los escla-
vos de Boca de Nigua”, Anuario de Estudios Americanos, t. XXVII,
Sevilla (1970), pp. 551-581; Amadeo Julián, Bancos, ingenios y
esclavos en la época colonial, Santo Domingo, Banreservas, 1997,
pp. 265-335.
65
Raymundo González
azúcar (mieles y mascabado, ya sea en forma de raspadura u
otro), le seguían 57 de café, 34 de cacao y 12 de tabaco.6
Hacia los años 70 del siglo XIX la población total de la
República Dominicana se estimaba entre 150,000 y 205,100
personas.7 Llama la atención que San Cristóbal aparece en el
último estimado con unas 12 mil personas, mucho más que
Baní (4 mil hab.) y Ocoa (1,300 hab.) juntos, y por encima de
la ciudad de Santo Domingo, con 10 mil habitantes. La pro-
ducción doméstica de azúcar en el último tercio del siglo XIX
se ubicaba en la región Sur, principalmente, en Azua, San José
de Ocoa y Baní, donde proliferaron pequeñas “plantaciones de
azúcar”. Hacia 1871 “había entre 200 y 300 trapiches en esos
6
Cfr. Emilio Cordero Michel, Obras escogidas, I. Cátedras de Historia
Social, Económica y Política Dominicana, Santo Domingo, Archivo
General de Nación, 2015, pp. 380-381. El autor ha utilizado como
fuente el estudio de José Gabriel García, Compendio de la Historia de
Santo Domingo, tomo II, Santo Domingo, 1893.
7
Cfr. H. Hoetink, El pueblo dominicano: 1850-1900, 2ª ed., Santiago,
1972, pp. 43-44. La cifra que da el extremo inferior corresponde al
estimado hecho por la Comisión del Senado de los Estados Unidos de
América enviada en 1871 para conocer de la anexión de la República
Dominicana tratada entre los presidentes Buenaventura Báez y Ulises
Grant. Hoetink consideró que hubo un “fuerte crecimiento poblacional
durante las últimas décadas del siglo XIX”, compatible con los cam-
bios en la infraestructura económica y la inmigración. La cifra del otro
extremo corresponde al estimado para el año 1869 hecho por Louis
Gentil Tippenhauer en su obra La isla de Haití, publicada en Leipzig
en 1893, incluido en Roberto Marte, Estadísticas y documentos histó-
ricos sobre Santo Domingo (1805-1890), Santo Domingo, Museo de
Historia y Geografía, 1985, p. 280. La obra de L. G. Tippenhauer ha
sido recientemente publicada en español por la Academia Dominicana
de la Historia.
66
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
lugares”,8 según varios informes; esos trapiches tradicionales
estaban a cargo de campesinos del lugar. Incluso un viajero
ilustrado de los que visitó la república en el último cuarto del
siglo XIX describe de manera pintoresca las recuas de mulos
y burros que transportaban los víveres y frutos menores que
traían esos campesinos desde diversos parajes de la común de
San Cristóbal para vender en las plazas de mercado de la capital
dominicana.9
Tal era el paisaje de la antiguo Partido de los ingenios
cuando llegaron los primeros ingenios de vapor a la zona a ini-
cios de los años 80, como refieren varios autores.10 Un efecto
inmediato de la instalación de los grandes ingenios azucareros
fue la quiebra de todos esos pequeños establecimientos.
El retorno de la plantación azucarera en el siglo XIX
Es conocido que el desarrollo de la plantación azucarera en
la historia de Santo Domingo tuvo dos periodos bien definidos:
el primero, a partir de la segunda década del siglo XVI, que
configuró el primer modelo de plantación en el Nuevo Mundo,
con tierras, esclavos y establecimientos hidráulicos para manu-
facturar azúcar de caña que era exportada a la metrópoli, esta
industria tuvo éxito relativo hasta las últimas décadas de ese
8
Frank Báez Evertsz, “Azúcar y dependencia”, en Anuario de la Aca-
demia de Ciencias de la República Dominicana, Año 1, No. 1 (1975),
p. 707.
9
Randolph Keim, Pinceladas y apuntes de un viaje, Santo Domingo,
Editora de Santo Domingo, 1978.
10
Cfr. Félix Reyes, Descripción histórica de las antiguas haciendas es-
tancias y hatos, que durante la era colonial española existieron en el
Partido de los Ingenios de Nigua, hoy San Cristóbal, Ciudad Trujillo
[Santo Domingo], Editora Montalvo, 1951.
67
Raymundo González
siglo.11 Y el segundo, en el siglo XIX, cuando se produjo un
restablecimiento duradero de la plantación azucarera moderna,
con tierras abundantes, aunque esta vez acompañada del traba-
jo asalariado y la maquinaria de la industria capitalista.12
11
Estudios sobre esta primera industria azucarera en: Genaro Rodrí-
guez, Orígenes de la economía de plantación en La Española, Santo
Domingo, Editora Nacional, 2012; Anthony Stevens Acevedo, “Es-
clavos, empresarios azucareros y transacciones económicas en el
ingenio Santa Bárbara de la isla Española en 1557”, Ecos, Año 3, No.
4 (1995), pp. 31-55; Justo del Rio Moreno, Los inicios de la agricul-
tura europea en el Nuevo Mundo, 1492-1542, 2ª ed., Santo Domingo,
Academia Dominicana de la Historia, 2012; Mervyn Ratekin, “La pri-
mera industria azucarera en La Española”, Estudios Sociales, Año 27,
No. 96 (abril-junio 1994), pp. 69-95. Además, Franc Báez Evertsz,
La formación del sistema agroexportador en el Caribe, República
Dominicana y Cuba: 1515-1898, Santo Domingo, Editora Universi-
taria- UASD, 1986, quien ofrece un estudio comparado para los dos
periodos citados.
12
Véanse los estudios de F. Báez Evertsz, “Azúcar y dependencia”;
Roberto Cassá, “Acerca del surgimiento de relaciones capitalistas de
producción en la República Dominicana”, Realidad Contemporánea,
Año 1, No. 1 (octubre-diciembre1975, pp. 15-76; José del Castillo y
Walter Cordero, “La economía dominicana durante el primer cuarto
del siglo XX”, en Tirso Mejía Ricart (coord.), La sociedad dominica-
na durante la segunda república, 1865-1924, Santo Domingo, Editora
de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1982, pp. 87-124;
Wilfredo Lozano et. al, La dominación imperialista en la República
Dominicana, 1900-1930, Santo Domingo, Editora de la Universi-
dad Autónoma de Santo Domingo, 1976; Jaime Domínguez, Melvin
Knithg, Los americanos en Santo Domingo, Santo Domingo, 1939.
Estudios comparativos del segundo periodo en Manuel Moreno Fragi-
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y plantaciones, Barcelona, Crítica, 1979, pp. 56-117; Oscar Zanetti
Lecuona, “Modernización, auge y declive de ls economías azucare-
ras”, en José Antonio Piqueras, Historia comparada de las Antillas,
vol. 5, Madrid, Doce Calles, 2014, pp. 251-299.
68
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
Con una distancia cronológica de casi tres siglos, es lógico
pensar que la plantación esclavista tuvo un papel secundario
en el resurgimiento azucarero dominicano. Tal como lo expre-
sara Juan José Sánchez en 1893, quien escribió un pequeño
opúsculo sobre los inicios y desarrollo de esta industria --de la
que fue publicista entusiasta--, la “hacienda o ingenio eran en
Santo Domingo sinónimos de una injusticia secular, y nadie se
aventuraba a reinstalar ninguno”; para él: “Los ingenios habían
perecido por el cambio social, que convirtió en hombre libre al
africano: era aquella una reparación de justicia que debía hacer-
se en el Nuevo Mundo (…)”.13
Parecería claro que el renacimiento de la explotación azu-
carera a gran escala en Santo Domingo fue posible cuando en la
industria azucarera caribeña ya estaba abierto el camino hacia
el trabajo libre, durante el interregno creado por los patrocina-
dos en la economía que lideraba la industria.14
Dentro del periodo contemporáneo de existencia de la in-
dustria dominicana del azúcar, que sirve de referencia a estas
notas, deben distinguirse, a su vez, otras dos fases, que fueron
establecidas por José del Castillo: “una fase concurrencial ori-
ginaria” y “una segunda fase monopolista”. La primera estaba
caracterizada por el predominio de capitalistas dominicanos y
extranjeros, por una forma de empresa individual, por un com-
ponente de fuerza de trabajo fundamentalmente dominicana,
por la constitución de una clase de propietarios agrarios pro-
ductores de caña, por la función dinamizadora de la industria
en la creación de nuevas empresas industriales y comerciales,
etc.” La fase de concurrencia se extendió desde la instalación
13
Juan José Sánchez, La caña en Santo Domingo, 2ª ed., Santo Domin-
go, Taller, 1972, p. 24.
14
Véase José A. Piqueras (coord..), Azúcar y esclavitud en el final del
trabajo forzado, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2002.
69
Raymundo González
de los primeros ingenios movidos a vapor, a partir de 1872,
hasta el establecimiento de las corporaciones bancarias e indus-
triales en la primera década del siglo XX. En cambio, la fase
monopólica, estaba caracterizada por el predominio del capital
extranjero, por la forma de propiedad corporativa propia de la
fusión del capital bancario con el capital industrial, por la exis-
tencia de una fuerza de trabajo mayoritariamente extranjera,
por la quiebra del colonato y del comercio independiente a fa-
vor de las corporaciones azucareras y las entidades bancarias,
etc. O sea, la configuración de una economía de enclave, pro-
ceso que se irá gestando lentamente, pero será acelerado por la
ocupación norteamericana de 1916”.15
Por estas corporaciones tuvieron un papel más importante
en la penetración del imperialismo norteamericano, cuyos inte-
reses financieros ya estaban presentes en las antiguas colonias
españolas de las Antillas: Cuba y Puerto Rico. Desde muy tem-
prano, especialmente a través de los precios del mercado y las
migraciones, se hicieron sentir los efectos del amplio sistema
de dependencia en el que estaba inserta la incipiente plantación
azucarera dominicana.
En la primera de las fases citadas, todavía no existían re-
laciones capitalistas en la formación social dominicana. En
cambio, la dominación social era ejercida por el capital comer-
cial y usurario, que controlaba el comercio de exportación de
productos tropicales, como el tabaco, a través de una red de
créditos, así como de maderas preciosas de los bosques. Gran
parte de la población campesina se ocupaba sobre todo en la
producción para la subsistencia.16
15
José del Castillo, La inmigración de braceros azucareros en la Repú-
blica Dominicana, 1900-1930, Cuadernos del CENDIA, Vol. CCLXII,
No. 7, Santo Domingo, UASD, 1979, p. 7.
16
Cfr. R. Cassá, “Acerca del surgimiento”, pp. 30-35.
70
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
Las relaciones capitalistas en la producción para expor-
tación se introducen propiamente a través de los capitales
individuales que, tras el estallido en 1868 de la guerra en Cuba,
fueron atraídos por las políticas de fomento de los gobiernos
dominicanos que ofrecían la concesión gratuita de tierras es-
tatales, exenciones de impuestos, entre otras garantías. Santo
Domingo había recibido una importante inmigración cubana,
solo en la década de los años 70 esta alcanzó unas 3,000 per-
sonas. Con ellos vinieron los capitales y las técnicas modernas
de organización de la empresa con los cuales se instauraron los
primeros ingenios movidos a vapor. Dicho capital, “no vino de
los países desarrollados sino de una isla vecina que luchaba en
esos años por su independencia”.17
Refiere J. J. Sánchez en su estudio, que en las provincias de
Azua y Santo Domingo (a la que pertenecía las comunes de San
Cristóbal, Baní y Ocoa), así como en los distritos marítimos de
Puerto Plata y Samaná, fueron los lugares donde permanecía
la agricultura de la caña, como se ha dicho, a cargo de peque-
ños campesinos. Dicho autor cataloga las tierras de Azua como
“privilegiadas” por sus excelentes condiciones para el cultivo
de la caña, donde “no se cuentan por cortes o anuos sino por
siglos las raíces de sus cañaverales”.18
El impulso a la producción del dulce se hizo sentir en los
años posteriores a la Guerra de Restauración (1863-1865) que
había devastado al país para recuperar su independencia. Sán-
chez señala que probablemente fue a consecuencia de la guerra
en Cuba a partir de 1868, que habría afectado las expectativas de
los compradores de azúcar, y también por la guerra franco-ale-
mana de 1870, que provocó la disminución de la producción de
azúcar de remolacha europea, lo que combinadas con las ofertas
17
F. Báez Evertsz, “Azúcar y dependencia”, p. 709.
18
J. J. Sánchez, La caña, p. 26.
71
Raymundo González
dominicanas lograron que se hicieran los ensayos; los buenos
resultados hicieron el resto. Indicó, asimismo, que la calidad
del azúcar que producían las pequeñas y medianas manufac-
turas de Azua y la capital debió bajarse para “someterse a las
condiciones que (…) imponían los refinadores norteamerica-
nos”, quienes compraban la materia prima; lo que impusieron
los comerciantes a los pequeños productores para poder expor-
tarlo hacia los Estados Unidos.19
Tierra y trabajo campesinos
Las tierras y el trabajo campesinos fueron factores cla-
ve durante la formación de la nueva plantación azucarera. Al
principio la cuestión de la tierra donada a los inversionistas ex-
tranjeros en el agro no planteó graves problemas. Había, por
el mismo hecho ya referido de la baja población, una relativa
abundancia de terrenos en manos del Estado. Pero muy pron-
to esto cambió, porque el ingenio se interesó en la tierra de
los campesinos, quienes la poseían en forma de sucesiones de
carácter proindiviso. En efecto, los dueños de ingenios se hi-
cieron cargo de hijuelas a través del cobro de deudas o también
por compra a otros campesinos.
Mas la primera que tomó relevancia fue la cuestión de la
mano de obra que era precisa para alimentar a esta industria a
gran escala. Se creó de inmediato una situación difícil, puede
decirse dilemática, en un país de muy baja densidad poblacio-
nal porque al mismo tiempo el empleo asalariado, que brindada
un ingreso monetario, despertó el interés de quienes tenían a su
cargo la producción de los consumos principales del país.
19
Ibidem, pp. 26-27.
72
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
Tempranamente, en el siglo XIX, dos estudiosos de la eco-
nomía y los fenómenos sociales dieron cuenta por separado de
la transformación que se produjo en el aparato productivo y de
manera particular señalaron las repercusiones que tuvo sobre
las clases trabajadoras dominicanas. Aunque estos escritos son
conocidos, vale la pena traer a colación algunos de sus párra-
fos. En 1880, Bonó, desde la región del Cibao, centro de la
producción tabaquera, miró con preocupación la situación de
esta industria que en pocos años había alcanzado preponderan-
cia gracias a la ideología del progreso que a su juicio habían
asumido las clases dirigentes del país, sin reparar en las graves
consecuencias que tendría en la producción de las subsisten-
cias, la distribución de la propiedad y en especial sobre los
campesinos. Bonó atribuyó a “un error de la política y la legis-
lación” el derrotero que había tomado la economía dominicana,
al cual denominó “privilegiomanía”:
Que vienen capitalistas extranjeros y establecen cuatro o
seis haciendas de caña de azúcar sobre terrenos feraces casi
a precios de regalía y a orillas del mar o de ríos navegables
(…)[,] que introducen la maquinaria, casas, techo, carros,
etc., sin pagar un céntimo (…)[,] que los amos se ven rodea-
dos de una población que antes eran los dueños del terreno
y ahora son sus braceros, que esta misma población además
de haberse convertido en siervos defienden y custodian es-
tas fincas con el Remington, y a sus propias costas, y que
muchos no quieran que los productos sacados no paguen si-
quiera el Remington con que el peón defiende la finca (…).20
20
Pedro Fco. Bonó, “Privilegiomanía”, originalmente publicado en el
periódico El Porvenir, No. 337, Puerto Plata, 6 de marzo de 1880;
en: Emilio Rodríguez Demorizi, Papeles de Pedro Fco. Bonó, Santo
Domingo, Editora del Caribe, 1964, pp. 251-252.
73
Raymundo González
Bonó concluyó con una comparación que remitía en lo in-
mediato a visualizar el puerto a que conducía el derrotero que
se había tomado:
(…) mientras más veo proteger la caña de Santo Do-
mingo, más pobre veo el negro de Sabana Grande y Monte
Adentro, y si sigue ello no está lejos el día en que todos los
pequeños propietarios que hasta hoy han sido ciudadanos
vendrán a ser peones o por mejor decir siervos y Santo Do-
mingo una pequeña Cuba o Puerto Rico o Luisiana.21
Para Eugenio María de Hostos, quien escribió en 1884 tras
los primeros indicios de la crisis azucarera y observaba la si-
tuación desde la ciudad de Santo Domingo al sur de la isla, se
trataba de una “anomalía”. Su análisis iniciaba con un recuento
de los principales datos estimados de la industria para ese año:
35 ingenios de caña; 175 caballerías de tierra para cultivo de la
caña y ubicación de fábricas y maquinaria; 6,000 jornaleros, de
los cuales 500 eran extranjeros, y 200 maquinistas y técnicos,
además de otros auxiliares; y calculaba el valor de la produc-
ción anual de azúcar en $2,400,000.00. Estos eran resultados
inmediatos, que comparó con las condiciones previas:
Antes de la situación establecida desde el fomento de
grandes ingenios, el comercio vivía concretado al cambio
nacional, a una reducida exportación y a las importaciones
que podríamos llamar supletorias o complementarias, por-
que efectivamente no hacía otra cosa que suplir las faltas
en la producción nacional o completar los consumos. Se
trabajaba bastante en corta escala, se producía un poco más
21
Ibidem, p. 252.
74
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
de lo necesario (…) / Se vivía pobremente, pero de propio
fondo: el país vivía casi en absoluto de lo que producía el
país. (…) / Pero vinieron los ingenios, vino con ellos la
oferta de trabajo y demanda de braceros, se hizo bracero
el antiguo cultivador de predios, se abandonó el conuco, se
descuidó la crianza de aves de corral, las pequeñas indus-
trias agrícolas, a economía rural, cuanto por tradición o por
instinto había servido para alimentar el consumo general,
tanto hizo plaza el afán de ganar en pocos días el salario
que solo en semanas (…) y aun meses de trabajo se ganaba
antes, y por paradógico que parezca, el país era más pobre
cuando más rico se hacía el Estado.22
El momento a que se refiere Hostos coincidió con un do-
ble movimiento que fue percibido con preocupación por los
consumidores nacionales y los fabricantes de azúcar. De una
parte, los mantenimientos o subsistencias escasearon y se enca-
recieron porque una parte de los agricultores que los producía
se habían incorporado a las nuevas plantaciones como obreros
agrícolas. Se vio incluso amenazado el consumo local del dul-
ce que antes producían los trapiches, puesto que el azúcar que
se exportaba era una materia prima destinadas a las refinerías
estadounidenses.
Ciertamente, el alejamiento de los conucos no fue total
por parte de los agricultores, por lo que más bien se verificaba
temporalmente un proceso de semiproletarización del campe-
sino; aunque, debido a la escasa población, esto mismo había
debilitado el potencial productivo de la pequeña y mediana
22
Eugenio M. de Hostos, “Falsa alarma. Crisis agrícola”, en Emilio Ro-
dríguez Demorizi (comp.), Hostos en Santo Domingo, vol. I, Ciudad
Trujillo [Santo Domingo], J. R. Vda. García, Sucesores, 1942, pp.
162-163.
75
Raymundo González
agricultura que abastecía el consumo nacional. Los suministros
debieron ser importados y pagados en moneda fuerte, situación
que se fue agravando en los años subsiguientes.23 Pero los cam-
pesinos, decepcionados por la baja de los salarios y la creciente
importación de braceros, siempre que pudieron se apartaron de
la zafra. Sólo aceptarían trabajos “por ajuste” y en tareas como
la de limpiar el monte que servía de preparación para la siembra
de nuevas tierras, que como señalara Hoetink: “Podía ser orga-
nizado siguiendo líneas tradicionales y era parte mucho más
integral de la cultura de trabajo del campesino independiente y
del montero”. Los esfuerzos propagandísticos de los empresa-
rios y las campañas gubernamentales para atraer y persuadir a
los campesinos tampoco dieron resultado.24
Baja de salarios e inmigración de trabajadores
Uno de los rasgos que caracterizó el mercado de jornale-
ros agrícolas en República Dominicana fue su relativa escasez
debido a la baja densidad poblacional y a la relativa abundan-
cia de tierras, lo que llevó a los estudiosos a considerar a la
23
Véase al respecto la carta abierta que dirigió el 14 noviembre de 1894,
Emiliano Tejera al Interventor de Aduanas de Santo Domingo, don
Tomás Desiderio Morales, publicada originalmente en el Listín Dia-
rio; en: Emiliano Tejera, Escritos diversos, (Andrés Blanco D., editor)
Santo Domingo, Banreservas y Archivo General de la Nación, 2010,
pp. 311-316.
24
H. Hoetink, “‘Escasez’ laboral e inmigración en la República Domini-
cana, 1875-1930”, donde además señala que el campesino se mostró
“inflexible”, en: Harry Hoetink, Santo Domingo y el Caribe. Ensayos
sobre cultura y sociedad, Santo Domingo, Fundación Cultural Domi-
nicana,1994, pp. 100-101.
76
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
sociedad dominicana del siglo XIX y principios del XX como
una sociedad de recursos abiertos.
José del Castillo, investigador de la historia moderna del
azúcar dominicano, en uno de sus estudios dedicado a la fuer-
za de trabajo señala que en 1877 se estimaron en 10 mil los
braceros que empleaba la agricultura de exportación del país,
cuyos rubros principales eran: café, cacao, tabaco y azúcar.25
A continuación recoge las cifras elaboradas por Hostos sobre
la fuerza laboral ocupada en la industria azucarera en 1884: 6
mil trabajadores, de los cuales 500 eran extranjeros. Este autor
señaló que hacia 1877,
los peones empleados por los ingenios ganaban 50 cen-
tavos al día, ‘trabajando de seis a seis, con solo dos horas
de descanso de once a una. No exigen alimento, ni ropa
ni permanecen en la finca cuando enferman (…) / Los pa-
gos se hacen en la tarde de los sábados, i cada lunes al
amanecer puede el dueño despedir a los que no le parezca
que han cumplido bien en la semana, i tomar a otros de los
que se presenten ese día pidiendo acomodo. (…) / En las
operaciones de desmonte, tala i quema, chapeo, siembra de
caña i otras que no son las diarias de la molienda, pueden
hacerse contratos ventajosos por lo que se gana en tiempo,
en atención a que es natural que el trabajador contratado
quiera concluir pronto sus tareas para hacer mayor ganan-
cia acudiendo oportunamente a hacer nuevo ajuste.26
25
José del Castillo, “Azúcar & braceros: historia de un problema”, Eme-
Eme. Estudios Dominicanos, vol. 10, No. 58 (enero-febrero, 1982), p. 6.
26
Texto citado por José del Castillo, “Azúcar & braceros”, p. 6. Quien
escribe es un miembro de la Sociedad Literaria Amigos del País que
quiso permanecer anónimo.
77
Raymundo González
Estos últimos ajustes promediaban 4 ó 5 pesos la tarea.
El autor citado infiere de estas consideraciones, lo si-
guiente: a) que la fuerza de trabajo era de origen local; b) que
predominaba el pago por jornada de trabajo; para los braceros
esta era de 12 horas (con pausa de 2 horas) y pago semanal; c)
para los demás trabajos agrícolas se empleó el sistema de traba-
jo por ajuste, es decir, a destajo, conforme a un convenio previo
entre el patrón y el trabajador.
Del Castillo señala, asimismo, que posteriormente el salario
aumentó en términos nominales entre 1880 y 1883, siendo de 50
centavos de peso fuerte, equivalente al dólar, en Santo Domingo
para el primer año y de 90 centavos para el segundo año.27 De
aquí en adelante las cosas comenzaron a cambiar: los salarios
bajaron a 80 centavos en lo inmediato, pero los pagos no se hicie-
ron más en pesos fuertes o en dólares sino en la plata mejicana,
cuyo cambio estaba un 20% por debajo del dólar (1 peso mejica-
no = 0.80 US$). A eso hay que añadir lo que este cambio implicó
de alza en el precio de los alimentos de consumo, ya que estos
en gran parte eran importados. El salario había caído en picada y
ya no resultaba en manera alguna un incentivo a los campesinos
para abandonar temporalmente sus conucos.
A partir de 1884 y hasta 1902 la industria azucarera se vio
sumida en una prolongada crisis. Durante casi dos décadas se
mantuvieron bajos los precios del azúcar28 y la industria no
27
Ibidem, p. 7.
28
Cfr. Antonio Lluberes, “La larga crisis azucarera, 1884-1902”, Estu-
dios Sociales, Año XXIII, No. 81 (julio-septiembre de 1990), pp. 21
y ss. “La causa principal de la crisis fue la caída de los precios en
el mercado azucarero mundial debido a la política de subsidios, a la
producción y exportación de azúcar de remolacha que mantenía los
países europeos productores de este dulce. (…) Esta crisis duró hasta
1902, año en que los mismos países europeos decidieron suspender la
política de subsidios en un tratado celebrado en Bruselas”.
78
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
podía ofrecer salarios atractivos al trabajador dominicano,
que pronto se alejó de la plantación tras los primeros efectos
de la crisis. En términos generales, la industria sufrió una re-
cesión, como bien señaló Hostos, la cual llevó en poco tiempo
a la quiebra a los más endeudados, pasando muchos ingenios
a manos de los prestamistas y refaccionistas, concentrándose
la propiedad en unos pocos dueños más poderosos.
Los remedios para enfrentar la crisis implicaron, además,
la expansión de los cultivos y la reducción de los costes, lo
que se conseguiría por dos vías: mediante la reducción de los
salarios y la elevación de la productividad de las fábricas,
gracias a las mejoras tecnológicas. Lo primero tuvo conse-
cuencias sobre la fuerza de trabajo empleada en los ingenios.
Ante el rechazo de los campesinos a aceptar salarios redu-
cidos de las empresas azucareras, los capitalistas apelaron a
la importación de braceros de las Antillas menores cercanas.
La ley de inmigración de 1879 facilitó el acceso al país de
dichos braceros, permitiendo su entrada sin que los centra-
les azucareros tuvieran que pagar impuesto alguno. Esto dio
inicio en el país a una nueva corriente inmigratoria que muy
pronto se reveló problemática y encontró la resistencia de los
grupos dominantes, que temieron por la distorsión que repre-
sentaba de sus simpatías hacia la inmigración caucásica. Sin
embargo, toleraron la importación de braceros porque cre-
yeron se trataba de un remedio a una crisis pasajera y por el
carácter estacional de las migraciones (medio año durante la
“zafra” de la caña de azúcar). Después de haberse ensayado
la aplicación de las leyes de vagancia entre los años 1906 a
1911, finalmente la ley fue modificada en 1912 imponiendo
algunas restricciones como la solicitud de permiso por parte
de las empresas azucareras, el pago de un impuesto mínimo
79
Raymundo González
y la declaración explícita del carácter no deseado de los inmi-
grantes no caucásicos.29
Como mostró Jaime de Jesús Domínguez en su estudio so-
bre las condiciones económicas y políticas del país de los años
1865 a 1886, la prensa se hizo eco enseguida del grito de los
empresarios: la querella por la falta de brazos para la incipiente
industria de la caña. Un analista extranjero de apellido Julien,
citado por Domínguez, el cual defendía en aquella época la
atracción de obreros inmigrantes, se refirió a los trabajadores
dominicanos de la siguiente forma:
son hábiles y aun industriosos, pero no se hallan en
números (sic) suficientes para dar abasto a los trabajos de
explotación agrícola e industrial, que forman proyectos
de ejecución en el país. Soy testigo ocular del trabajo la-
borioso que han llevado a cabo desde que estoy aquí hace
tres años; solos han respondido a los trabajos de instala-
ción de las maquinarias azucareras a la vez que atendían a
sus deberes de familias. De ese modo ciertos campesinos
que conozco pasan meses enteros en los trabajos de estos
establecimientos, y desde que han recogido algún dinero
vuelven al hogar en donde cultivan el café y el cacao,
y esto se hace generalmente según los informes que he
recogido.30
29
Cfr. Aquiles Castro y Ana Féliz, Inmigración, pensamiento y nación:
1880-1930, Santo Domingo, Búho, 2019, pp. 80-92.
30
L. Julien, “La cuestión de los trabajadores extranjeros para Santo Do-
mingo”, Artículo publicado originalmente en la Gaceta Oficial, Santo
Domingo, 11 de agosto de 1883, cit. en Jaime Domínguez, Notas econó-
micas y políticas dominicanas sobre el periodo julio 1865 – julio 1886,
Santo Domingo, Editora de la UASD, 1985, tomo I, pp. 115-116.
80
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
En su escrito demuestra que los trabajadores se presentaron
para ganar su jornal durante un tiempo específico, pero no para
permanecer en ellos como obreros agrícolas. Este era un argu-
mento clave para dar a entender a los empresarios azucareros
que sin una participación más amplia de braceros importados
no sería posible la continuidad de la industria.
No obstante, hubo otras posibilidades que no tardaron en
ponerse en práctica. La crisis del tabaco cibaeño, igualmente
debida a los bajos precios de la hoja en su principal mercado
(las plazas alemanas de Hamburgo y Bremen), también facili-
tó la migración interior hacia las nuevas plantaciones cañeras
vinculadas a la industria. Muchos campesinos se trasladaban a
estos establecimientos en detrimento de sus propias labranzas
en busca de un jornal, por lo que se planteó la cuestión de tomar
medidas urgentes “para detener la emigración de los habitantes
del campo”.31 El reclamo de unos y otros se saldó con la otor-
gación de permisos para importar braceros disponibles en las
islas vecinas.
Los braceros serían ocupados en el trabajo de la zafra,
periodo que podía extenderse de 5 a 6 meses, a partir de di-
ciembre o enero de cada año, en el que se requería de un mayor
contingente de trabajadores. La zafra creaba así un flujo esta-
cional de trabajadores que venían contratados por las empresas
y que debían ser devueltos a sus respectivos países al término
de esta. Esta inmigración no solo garantizaba el número de bra-
ceros, sino también la reducción de los salarios que se pagaba
a los trabajadores, ya que los inmigrantes estaban dispuestos a
aceptar un salario inferior al que se pagaba a los obreros domi-
nicanos; en realidad, a inicios del siglo XX podían recibir un
salario de 25 centavos diarios, menos que la mitad de lo que
31
Así lo expresó el gobernador de Azua, general José A. Pichardo, cita-
do en Domínguez, Notas económicas, t. I, pp. 116-117.
81
Raymundo González
se pagaba a un obrero dominicano. Esto último contribuyó a
que el mecanismo fuese visto por los campesinos como una
especie de competencia desleal, quienes se habían acercado de
buena fe a los ingenios para trabajar en ellos. No solo fueron
mal vistos los trabajadores, sino también los empresarios que
los contrataban y el gobierno que se lo permitía. La luna de
miel provocada por los salarios atractivos se vino abajo: desde
entonces, el trabajo de la caña fue visto como algo negativo en-
tre los campesinos, quienes se referían a ella diciendo: “la caña
es como la yerba mala”.
Colonato y proletarización
El tema del colonato se revela de mucha importancia para
comprender los inicios de la plantación azucarera en el perio-
do inicial de su implantación contemporánea. Sin embargo, ha
merecido menos atención de los investigadores que la cuestión
de los braceros inmigrantes. De acuerdo con Domínguez, quien
asocia en su análisis ambos temas, la prosperidad azucarera
hizo posible la aparición del colono y el fomento del proleta-
riado agrícola. En relación al desarrollo del colonato azucarero
previo a la crisis, Domínguez cita 4 tipos de contratos anterio-
res a 1886:
1) Los de cuentapropistas, que producen sus cañas y las
llevan a procesar en el ingenio o trapiche donde recibe
una proporción del producto neto, equivalente a la mitad
(50%-50%). Es el caso del trapiche de vapor La Carolina,
situado en Ocoa: el contrato de colonato obligaba a los
empresarios a moler las cañas recibidas dividiendo con el
colono “la mitad del producto neto”;
82
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
2) El dueño del ingenio compra la caña al colono, quien la
ofrece en venta condicionado a la entrega en un lugar
específico y aceptar un determinado precio;
3) Bajo sistema de arriendo y crédito, “el propietario del
ingenio suministraba créditos a los colonos para que
fundasen colonias en los terrenos del central y culti-
vasen caña, la que sería molida y luego repartidas las
ganancias”.
4) Compra de colonias de caña a particulares por parte del
ingenio, que serían cedidas luego a otros colonos.32
Martínez Moya en su amplio estudio sobre la producción de
azúcar de caña en el país, que abarca los siglos XVI al XX, tra-
ta sobre la “relación central azucarero-agricultor”, es decir, del
colonato en la época que nos ocupa. Propone 6 casos de inge-
nios y trapiches movidos a vapor que corresponden a las últimas
dos décadas del siglo XIX: La Carolina, en Ocoa, que “seguía la
tendencia de convertirse en central”; el Porvenir, en Puerto Pla-
ta; el Cristóbal Colón, el Quisqueya, el Santa Fe y el Consuelo,
ubicados en San Pedro de Macorís. Para indicar el adelanto de
las grandes fábricas, señaló que solo las colonias del Consuelo
“estaban atravesadas por nueve millas de líneas férreas”.33
32
J. Domínguez, Notas económicas, t. I, p. 117.
33
Arturo Martínez Moya, La caña da para todo, Santo Domingo, Archi-
vo General de la Nación, 2011, pp. 208-214. El autor se refiere también
a la tendencia a “la descentralización de la actividad”, que identifica
con la separación de las fases agrícola y fabril de la producción del
azúcar. Entiendo que en este punto confunde descentralización con
división del trabajo; esta última fue característica del paso de la ma-
nufactura a la fábrica y constituyó una primera etapa en el proceso de
la centralización de las unidades productivas y de la concentración de
la industria en pocas manos. Véase al respecto el estudio sobre el caso
de Cuba realizado por Fe Iglesias, Del ingenio al central, Ed. Ciencias
83
Raymundo González
Las formas de colonato descritas por el investigador Martí-
nez Moya dan cuenta de algunas variantes de las mencionadas
por Domínguez. Por ejemplo, en el caso de los campesinos
cuentapropistas, se indica que también “los campesinos dueños
de las cañas se comprometieron a extender las siembras”, con
lo cual los dueños del ingenio procuraban asegurar una mayor
cantidad de materia prima. Este caso se refiere a La Carolina,
donde el contrato se hizo con “el campesino independiente (lue-
go llamado colono)”. Pero a partir de los años 1890, “el típico
comportamiento del ingenio fue firmar contratos con colonos,
estableciendo derechos y obligaciones, comprometiéndose a
comprar determinada cantidad de caña y los colonos a entre-
garla”. Los colonos a que se refiere Martínez Moya no son aquí
campesinos independientes, sino empresarios, propietarios o
arrendatarios de terrenos, quienes contratan trabajadores para
cultivar y cosechar las cañas que serán entregadas en deter-
minadas fechas al ingenio para su molienda. Algunas grandes
instalaciones, como se indicó arriba, contaban con el transporte
de carga por medio de vagones que eran movidos por locomo-
toras de vapor (Porvenir, tenía unos 6 ½ millas; Consuelo, 9
millas; Italia, 8 millas), por lo que la caña debía ser recogida en
puntos específicos.
Del Castillo también se refiere a la cuestión del colonato
en relación a los braceros, ya que consideró que la importación
de estos últimos nutría “la propensión a la merma del sala-
rio, como mecanismo de reducción de costos empleado por la
empresa azucarera”.34 Esta sería una constante de la moderna
industria desde sus primeros momentos. Por otra parte, señaló
Sociales, La Habana, 1999, quien distingue tres fases o momentos en
el proceso de concentración en las últimas décadas del siglo XIX e
inicios del siglo XX.
34
J. del Castillo, “Azúcar & braceros”, p. 14
84
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
un conjunto de desventajas que hacían vulnerable la industria
azucarera dominicana en el contexto de la industria caribeña y
mundial. Lo que explicaría la expresión William L. Bass, quien
afirmó en 1902: “Hoy sobreviven solamente unos pocos ingenios
de azúcar, y éstos están al borde de la bancarrota, sus propietarios
ya no tienen inconveniente en admitir esta verdad”.35
Como resultado de la crisis desaparecieron numerosos
ingenios, dando lugar así a la consiguiente concentración de
la propiedad. Se elevó la productividad con la utilización de
modernas tecnologías, así como también el uso intensivo del
ferrocarril para el transporte de la caña. Fue precisamente pre-
vio al inicio de la segunda fase de la industria que se produce el
desarrollo del colonato, como refiere José del Castillo: “Estos
cambios significaron la extensión de la frontera cañera y con
ella la apelación al colonato, como fórmula de compartir res-
ponsabilidad de gestión y riesgos de inversión, en un intento de
elevar la producción y la productividad.”36 Desde luego, aquí
el autor señala únicamente a los colonos capitalistas y no los
numerosos campesinos que fueron utilizados como colonos por
los centrales desde sus primeros momentos.
Mediante el colonato, sin embargo, los mecanismos de des-
pojo se asimilaban a otras formas previamente existentes de
control de los productores por parte del capital comercial-usua-
rio. Bonó se había referido a ello en el caso del sistema de
35
Citado por J. del Castillo, “Azúcar & Braceros”, p. 13. El conjunto de
factores desventajosos se refiere a: al avance tecnológico de la indus-
tria remolachera europea; el azúcar dominicano competía con otras
que recibían tratos preferenciales en el mercado de los EUA (como
eran las de Hawai, Puerto Rico y Filipinas), la industria dominicana
era de reciente inversión, lo que se reflejaba en su alto endeudamiento
(con los vendedores de las maquinarias y con los refaccionistas).
36
Ibidem, p. 14.
85
Raymundo González
“avances” para el tabaco, al cual denominó “agio consentido”.
Aunque en esta ocasión la operación la realizaba el dueño del
ingenio que, al mismo tiempo se presentaba como capitalista,
“especulador”, comerciante y prestamista.
El oficio de “especulador” apareció como figura legal crea-
da a finales de los años 70 del siglo XIX; en palabras de Juan
José Sánchez:
La Ley de patentes –mediante una suma de dinero—
autoriza una profesión que llama Especulador, cuyo oficio
es acopiar los productos del país, adquiriéndolos de los
productores para venderlos al exportador.
Aquella profesión creó un monopolio cuyos detalles
circunstanciados repugnarían ahora (…). La primera forma
del monopolio consistía en que el especulador, al hacer los
avances en mercancías al labrador, fijaba el monto de los
quintales de azúcar que debía recibir; y si la molienda no
cubría aquel monto, el labrador debía entonces, para pagar
en el siguiente año, una suma de quintales igual al valor de
la venta que hubiera hecho el especulador de lo que faltara
para cubrir los avances./ Tamaña forma dio pronto capi-
tales a los expeculadores, y echó las bases de la ruina del
pobre agricultor.
No obstante, el campesino no se da por vencido, “busca
algún alivio en una malicia que no le produce utilidades sino
daños y disgustos: pretende librar parte del producto de sus
labranzas de las garras del expeculador, pero es imposible
lograrlo.” Tampoco podía hacer reclamaciones, “porque la ini-
quidad practicada continuamente a ciencia y paciencia de los
encargados de velar por la justicia, produce, como produjo allí,
un estado de indiferencia en la sociedad (…).” A la postre, se-
gún el mismo testimonio:
86
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
Las luchas que de aquí surgían menudeaban, y para
terminarlas se dio al monopolio otra forma final. La liqui-
dación de cuentas hizo propietarios de las labranzas a los
especuladores, quienes por acto formal ante Notario las
vendían a los mismos labradores a condición de no poder
estos disponer del producto, mientras no se cubriera con
azúcar el valor de la venta. / ¡El antiguo dueño volvía a su
labranza con el triple carácter de guardián, administrador y
jornalero, sin sueldo ni jornal!...
Con tal operación el labrador se revolcaba en la mi-
seria, y el especulador boyaba sobre las riquezas. (…) / La
baja que periódicamente suelen sufrir los frutos tropicales,
fundó la crisis que desde 1881 señaló al azúcar un puesto
desventajoso. La crisis encontró ya muy debilitados a los
labradores, que sin fuerzas para resistirla, se resolvían en-
tonces a abandonar aquellas labranzas que habían sido para
ellos esperanza de porvenir (…).
La voracidad de los especuladores no afectó solo las zonas
de gran desarrollo de las nuevas plantaciones, sino que alcanzó
otras menos pujantes que se habían convertido en zonas bajo su
influencia. Juan José Sánchez propone algunos ejemplos:
La emigración hacia las grandes haciendas principió a
vaciar los campos de Azua, y el ciclón del 6 de setiembre
de 1883 —arransando todos los cañaverales— fijó la de-
cadencia de una común que, visitada dos años antes por
capitalistas norteamericanos, había sabido que sus cañave-
rales de La Plena solamente se valoraban en un millón de
dollars.37
37
J. J. Sánchez, La caña, pp. 33-34.
87
Raymundo González
En efecto, los terrenos de La Plena de Azua correspon-
dían al terreno del ejido de Azua que fuera objeto de una real
provisión de amparo otorgada por la Real Audiencia de Santo
Domingo en 1747, el cual ratificaba la orden de amparo dada
por el alcalde mayor de la villa de Santiago, en el año 1734.
Estos terrenos habían sido objeto de pleitos desde la época co-
lonial, entre campesinos monteros y propietarios hateros por el
usufructo de las monterías.38
Los colonos endeudados durante la larga crisis azucarera
no pudieron resistir los altos intereses de las refacciones y se
vieron compelidos a entregar sus propiedades en pago de las
deudas que se acumulaban. Uno de los más importantes refac-
cionistas capitalistas fue Juan Bautista Vicini, quien poco antes
de finalizar el siglo XIX reunía al menos 11 ingenios en su haber.
Bajo el mismo método había ampliado los terrenos de su Central
Italia, instalado en San Cristóbal en las cercanías del caserío de
Yaguate. Todo lo cual lo había conseguido en su calidad de refac-
cionista, lo que le permitió asumir las propiedades de gran parte
de los colonos endeudados. Otros procedimientos identificados
y utilizados contra los colonos fue la especulación con las aguas
de los ríos y pozos artesianos, como ha estudiado Alfonso Huet.39
38
AGN, Colección José Gabriel García. Provisión de Amparo de los te-
rrenos del egido de la común de Azua, pasado ante la Real Audiencia
de Santo Domingo en el año de 1734, Santo Domingo, Impr. García
Hermanos, 1884. Sobre las tierras del hato de Santa Bárbara y tierras
colindantes de Azua, véase el estudio de Anthony Stevens.Acevedo,
“Pleitos por la tierra entre hateros de Santo Domingo al mediar el siglo
XVII”, Clío, Año 75, No. 172 (julio-diciembre de 2006), pp. 51-76.
39
Alfonso Huet, Juan B. Vicini y la acumulación originaria 1870-1900.
(Un ensayo), Tesina de Especialización en Ciencias Sociales, mención
Estudios Sociales Dominicanos, Centro de Estudios de la Realidad
Social Dominicana, Universidad Autónoma de Santo Domingo, Santo
Domingo, enero de 1980.
88
Tierras, campesinos y plantación. San Cristóbal en el siglo xix
Sobre todo en las zonas de Azua y Baní, donde el régimen de
lluvias es escaso, el agua de los pozos y los ríos resultaba crítica
para regar los cultivos de caña. Otra vez fue Vicini el que mo-
nopolizó las tierras de Azua y el Palmar de Ocoa que estaban en
manos de colonos de otros ingenios, ya que no tenían los me-
dios para regarlas en tiempos de sequía. En el caso de Yaguate,
no incluido en el estudio de Huet, fueron pequeños campesi-
nos quienes se emplearon como colonos, trabajando con toda
la familia y unos pocos peones contratados, parte de los cuales
fueron expulsados de sus tierras al incumplir con los pagos de
las refacciones. No se han podido localizar todos los expedien-
tes sobre estos casos necesarios para completar el cuadro que
nos presenta este mecanismo de expropiación y explotación del
campesinado, pues como señalaba antes Juan José Sánchez:
“¡El antiguo dueño (el campesino) volvía a su labranza con el
triple carácter de guardián, administrador y jornalero, sin suel-
do ni jornal! (...)”.
A manera de conclusión
En general, las relaciones entre campesinos y plantación
en la fase inicial del resurgimiento azucarero a través de los
salarios, el crédito y de la tierra fueron conflictivas y genera-
ron procesos de inmigración de trabajadores y de despojo de
los campesinos en beneficio de la plantación azucarera, aun-
que esta no logró controlar un segmento de los campesinos que
retornó a los conucos y emigró hacia las zonas altas de las pro-
vincias actuales de San Cristóbal, Baní y San José de Ocoa.
La inmigración de trabajadores del Caribe ha despertado
más interés y cuenta con un número creciente de estudios. No
así el segundo proceso que se refiere a los comienzos de las
emigraciones y al despojo de los trabajadores campesinos.
89
Raymundo González
Aunque solo de forma exploratoria, en la primera fase con-
currencial del renacimiento azucarero en Santo Domingo, se
debe investigar aún más para determinar hasta qué punto las
operaciones de crédito y refacción fueron mecanismos clave
de acumulación originaria capitalista, no solo para el desarrollo
de la nueva plantación azucarera, sino también para conseguir
la expropiación y la subordinación de la población campesina
en las zonas de influencia directa o indirecta de esta industria.
90
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 91-176
ISSN: 0009-9376
De la visión edénica al salvaje:
Cristóbal Colón y los orígenes del dilema
«civilización o barbarie» en América*
Pedro L. San Miguel**
“Ante la insólita América, la cultura medieval,
por su incapacidad de comprenderla, se invalida”.
Yurkievich, “Introducción”, 2010, 68.
RESUMEN
Este trabajo forma parte de un proyecto mayor que pretende ras-
trear las discursividades acerca de la civilización y la barbarie en la
historia de América Latina. Ya que a Cristóbal Colón debemos la pri-
mera concepción occidental sobre la civilización y la barbarie en el
Nuevo Mundo, este ensayo examina los textos colombinos, así como
otros escritos vinculados a las primeras exploraciones españolas en
* Este trabajo forma parte de una investigación más amplia en torno al
dilema “civilización o barbarie” a lo largo de la historia de América
Latina. Agradezco a los diversos amigos y colegas que me han ofreci-
do indicaciones y sugerencias en torno a dicho proyecto. En lo que a
este ensayo se refiere, agradezco la ayuda bibliográfica que me brindó
Luis Arnaldo González, bibliotecario especialista en América Latina
de Indiana University, y la lectura del mismo y los comentarios de
Luis Agrait.
** Profesor Jubilado Departamento de Historia Universidad de Puerto
Rico. Miembro Correspondiente Extranjero de la Academia Domini-
cana de la Historia.
91
Pedro L. San Miguel
el Caribe, con la intención de rastrear cómo va emergiendo dicha
discursiva. En la construcción colombina del Caribe —que resul-
tará arquetípica—, la religión será determinante como criterio para
deslindar “lo bárbaro” y “lo civilizado”. Colón inaugura lo que el his-
toriador brasileño Sergio Buarque de Holanda ha llamado “motivos
edénicos en el descubrimiento y [la] colonización”. A ello se sumará
un imaginario geográfico-cultural conformado a partir de las concep-
ciones que sobre Asia prevalecían en Europa. Desde tan peculiares
prismas, el Almirante perfilará los humanos y los lugares encontrados
en sus viajes de exploración. Asimismo, se traza cómo las concep-
ciones de Colón se fueron modificando conforme fue explorando la
región circumcaribeña. Como resultado, de ser adánicos, los antiguos
habitantes del Caribe pasaron a ser conceptuados como salvajes.
Palabras claves: Civilización, barbarie, América Latina, Caribe,
Cristóbal Colón.
ABSTRACT
This work is part of a larger project that traces the discourse about
civilization and barbarism in Latin American history. Since Christopher
Columbus forged the first Western conception of civilization and barba-
rism in the New World, this essay examines his texts, as well as other
writings relating to the first Spanish explorations in the Caribbean, outli-
ning the emergence of this discourse. In Columbus’s construction of the
Caribbean —that became archetypical—, religion will be decisive in de-
limiting “the barbaric” and “the civilized”. Columbus inaugurates what
Brazilian historian Sergio Buarque de Holanda has called “Edenic moti-
ves in the discovery and [the] colonization”. Likewise, the geographical
and cultural imaginary about Asia that prevailed in Europe shaped his
views. From such distinctive prisms, the Admiral charted the humans
and the places he encountered in his voyages of exploration. This essay
also outlines how Columbus changed his conceptions as he explored the
circum-Caribbean region. As a result, from being Adamic, he came to
perceive the ancient inhabitants of the Caribbean as savages.
Keywords: Civilization, barbarism, Latin America, Caribbean,
Christopher Columbus.
92
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Colón y la visión edénica de las Antillas
En lo que a los imaginarios sobre América se refiere, a
Cristóbal Colón debemos muchas cosas, entre ellas la primera
concepción “geopolítica” de la región antillana.1 Fue también
el primero en brindar criterios, desde una perspectiva occiden-
tal, sobre “la civilización y la barbarie” en el Nuevo Mundo.
En lo que a las discursivas sobre América se refiere, los escritos
colombinos actúan como “textos sagrados”, que son —según
Roberto González Echevarría— “textos fuera del flujo de la his-
toria” en cuanto instauran “una verdad irreductible acerca de la
historia” ya que “contienen un relato de proporciones míticas”.
Terminan siendo, por ende, “relatos que hacen posible todos los
demás relatos. Son la llave del Archivo”.2 En la construcción
colombina sobre las tierras por él encontradas —que resultará
arquetípica—, despuntarán inicialmente sus fundamentos reli-
giosos, emanados de su providencialismo, patentizado en esos
textos “proféticos” que compiló y que, según él, presagiaban el
“descubrimiento de las Indias” y la “recuperación” de Jerusa-
lén.3 Así que la religión sería determinante en la manera en que
Colón configuraría ese mundo que se iba revelando ante él: lo
sería incluso como criterio para deslindar “lo bárbaro” y “lo ci-
vilizado”. A ello se sumaría un imaginario geográfico-cultural
conformado a partir de las concepciones que sobre Asia preva-
lecían en Europa. Y ya que Colón pretendía llegar al Oriente,
las tierras que encontró fueron descifradas por él a partir de sus
1
Pastor, Discurso, 1983, 17 ss; y San Miguel, “Visiones”, 2016, 29-33.
2 González Echevarría, Mito, 2011, 72.
3
Colón, Diario, 2000, 86 y 193; Colón, Libro, 1992; Watts, “Prophecy”,
1985; Delaney, “Columbus’s”, 2006; y De León Azcárate, “«Libro»”,
2007.
93
Pedro L. San Miguel
preconcepciones sobre ese continente.4 Desde tan peculiares
prismas, el Almirante delineará los lugares encontrados por él
en sus viajes de exploración.
Al respecto, vale destacar que Colón inaugura para el
Caribe y, por ende, para América toda, lo que el historiador
brasileño Sergio Buarque de Holanda ha llamado —refirién-
dose a su país— “motivos edénicos en el descubrimiento y [la]
colonización”.
No era solamente el deslumbramiento de Colón al di-
visar sus Indias y pintarlas, ya según los modelos edénicos
provistos por los esquemas literarios, ya según los mis-
mos términos que habrían servido a los poetas griegos y
romanos para exaltar la edad feliz, situada al principio de
los tiempos, cuando un suelo generoso bajo una constante
primavera, daba de sí, espontáneamente, los más sabrosos
frutos, donde los hombres, libres de la desordenada codicia
(pues obtenían todo sin esfuerzo y en exceso) no conocían
“hierros, ni acero, ni armas”, ni eran aptos para ellos […].
Era también el deslumbramiento de los hombres de más
profundo y reposado saber, quienes se inclinaban a ver los
nuevos mundos bajo la apariencia de los modelos antiguos.5
Reiterando tan difundidos paradigmas —coincidentes con
la pagana noción de la Edad de Oro—, tanto el paisaje como
los habitantes de las Antillas generaron en Colón —para citar
nuevamente a Buarque de Holanda— una “visión del Paraíso”
que no abandonaría del todo, aunque sí sufriría matizaciones
conforme fue ampliando el radio de sus exploraciones. La de
Colón era en esencia una mentalidad medieval, razón por la
4
Gil, Mitos, 1989, I.
5
Buarque de Holanda, Visión, 1987, 237.
94
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
cual su epistemología respondía a esa Verdad que se despren-
día de la Palabra Divina. Sus concepciones sobre el cosmos, la
geografía y la humanidad constituían una amalgama de relatos
de viajes en los que se confundían la fantasía con la realidad,
entremezclándose los conocimientos avalados por sabios y eru-
ditos —tanto los de su época como los de la Antigüedad— con
los mitos y las leyendas sobre tierras y seres fabulosos. Todo
esto quedaba encuadrado en los textos bíblicos, en los que se
entrelazaban concepciones cristianas con nociones judaicas.6 A
ello habría que añadir lo que Colón coligió o fantaseó de sus
interacciones y parloteos con los habitantes de las tierras por él
exploradas. De tales intercambios derivó no pocas de sus ideas
geográficas sobre la región antillana —si bien enmarcándolas
en sus preconcepciones en torno al Oriente7—, así como acer-
ca de sus pobladores y sus formas de vida, pese a que en más
de una ocasión él mismo reconoció las deficiencias de dichas
comunicaciones. Por señas, más que de otra forma, intentaba
Colón comunicarse con los indígenas, ya que “por lengua no
los entiendo”, aunque esto no le impidió hacer inferencias de
envergadura.8
6
Sobre el pensamiento colombino han escrito incontables autores; me
he nutrido de: Pastor, Discurso, 1983, 17 y ss; Todorov, Conquista,
1987, 13-58; Gil, Mitos, 1989, I, 193-217; Arrom, Imaginación, 1991,
19-36; Ferdman, “Des-orientación”, 1994; Heers, Cristóbal, 1996,
95-123 y 244-307; Arranz Márquez, “Introducción”, 2000, 59-64; y
Lois, “Cartografías”, 2004.
7
Según Pastor, en sus relatos, en propiedad, “Colón no descubre: veri-
fica e identifica” (Discurso, 1983, 20) ya que lo que hace es asimilar
lo que observa con sus preconcepciones acerca de Asia.
8
Colón, Diario, 2000, 122 y 175. En torno a los problemas de comuni-
cación en el dizque “encuentro de dos mundos”, ver: Martinell Gifre,
Comunicación, 1992.
95
Pedro L. San Miguel
Desde su inicial encuentro con los indígenas que moraban
las islas por él recorridas, Colón compuso un panorama en el
que primaban los “motivos edénicos”. En la isla Guanahaní
—perteneciente a las Lucayas— encontró “mucha gente” que
“conocí que […se] convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor
que no con fuerza”. Su simplicidad asombró al Almirante; así,
pese a “que era gente muy pobre de todo”, “de todo tomaban
y daban de aquello que tenían de buena voluntad”. Uno de los
rasgos que insinuaba su inocencia era su desnudez, ya que todos
estaban “como su madre los parió”. La desnudez revelaba la
ausencia de malevolencia y, por tanto, de pecado: denotaba una
condición análoga a la de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal.
La juventud de los antillanos abonó esa imagen paradisíaca:
“todos los que yo viera [eran] mancebos, que ninguno vide de
edad de más de 30 años, muy bien hechos, de muy hermosos
cuerpos y muy buenas caras”. A sustentar tan edénica visión
coadyuvó su carencia de armas y su desconocimiento de ellas,
“porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se corta-
ban con ignorancia”. De todo esto concluyó que “ninguna secta
tenían” y que “ligeramente se harían cristianos”. Aun así, notó
que algunos de ellos “tenían señales de heridas en sus cuerpos”,
así que por gestos les inquirió qué “era aquello, y ellos me mos-
traron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca
y los querían tomar y se defendían”, de lo cual infirió que de
Tierra Firme venían “a tomarlos por cautivos”.9
En estos primeros momentos de su exploración por las
Antillas, Colón estuvo lejos de caracterizar como bárbaros o
salvajes a los aborígenes con quienes interactuó. Sus descrip-
ciones iniciales se mantuvieron apegadas en lo esencial a la
visión edénica.10 A medida que continuó su travesía por las
9
Colón, Diario, 2000, 106-107.
10
Pagden, Caída, 1988.
96
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
islas caribeñas, el Almirante fue aportando elementos adicio-
nales para caracterizar a sus habitantes. Precisó, por ejemplo,
aspectos de su físico. Al aludir al color de su piel, señaló que
ninguno de ellos era “prieto” sino del “color de los canarios”.
Amén de ello, insistió en que era “gente harto mansa”. Asimis-
mo, reiteró su percepción acerca de su inocencia, como cuando
tomaban lo que podían, si bien todo lo que tenían lo daban “por
cualquier cosa que les [diesen]”. La candidez de los indígenas
se patentizó en sus interrogantes sobre si los españoles eran
“venido(s) del Cielo” —aunque esto fue una inferencia que hi-
cieron los segundos acerca de lo que los nativos les inquirían.11
Incluso, Colón llegó a manifestar que los aborígenes de las An-
tillas estaban lejos de ser “ignorantes”. Por el contrario, llegó a
calificarlos como de “muy s[u]til ingenio”, como evidenciaban
sus destrezas como marineros, ya que navegaban “todas aque-
llas mares” con admirable pericia.12
A partir de tales criterios, Colón fue elaborando una con-
cepción en torno a los habitantes de las islas exploradas, si bien
la misma sufrió gradaciones conforme los españoles entraron
en contacto con diversos grupos indígenas. Así, al arribar a la
isla de Cuba —que él bautizó como Juana— resaltó que sus ha-
bitantes eran “algún tanto más doméstica gente y de trato y más
sutiles”. Un criterio particularmente llamativo le resultó que és-
tos llevaron a las naves españolas algodón “y otras cositas, que
saben mejor refetar [regatear] el pagamento [, lo] que no hacían
los otros [indígenas]”. Además, observó “paños de algodón
hechos como mantillos, y la gente más dispuesta”, así como
que las mujeres traían “por delante una cosita de algodón que
escasamente les cobija[ba] su natural”. Más adelante, a los es-
pañoles llamó la atención que las viviendas nativas estuviesen
11
Colón, Diario, 2000, 108-109.
12
Colón, Diario, 2000, 243-253; las citas provienen de las 248-249.
97
Pedro L. San Miguel
“muy barridas y limpias, [igual que] sus camas y paramen-
tos”.13 Tales variaciones, por tenues que fueran, insinuaban que
esos nativos eran menos rudimentarios que los encontrados en
las Lucayas. Ya que no de civilización, las mismas sugerían la
existencia de sutiles pero perceptibles gradaciones culturales.
Una inaugural antropología antillana
Pese a sus prejuicios, concepciones etnocéntricas y ofusca-
ciones, en las crónicas del “Descubrimiento” y de la Conquista
encontramos los primeros esbozos de la Antropología ameri-
canista, vinculados con los proyectos europeos de conquista y
dominación.14 En tales textos se esbozan los criterios primarios
acerca de la dicotomía entre la civilización y la barbarie en el
Nuevo Mundo. En Colón, esos bocetos se inscribieron en un
conjunto de tópicos que remiten a lo que José Juan Arrom ha
denominado “estado adánico”.15 No obstante, el contacto con
los habitantes del Caribe antiguo fue agregando matizaciones a
las primeras impresiones obtenidas por los recién llegados. Un
criterio que, a los ojos de Colón, constituía un elemento civi-
lizatorio —por así decirlo— era la existencia de ciertos bienes
—incluso riquezas— usados por los indígenas. De ellos, el más
significativo era el oro, al cual calificó de “excelentísimo”.16
Así que los españoles estuvieron atentos a los indicios acerca de
su existencia, e insistentemente inquirieron sobre sus orígenes.
Con todo, Colón se sintió frustrado con las escasas cantidades
13
Colón, Diario, 2000, 114-117.
14
Hodgen, Early, 1971; Pagden, Caída, 1988; Nutini, “Aportaciones”,
2001; Krotz, Otredad, 2002; y Solodkow, Etnógrafos, 2014.
15
Arrom, Imaginación, 1991, 23.
16
Colón, Diario, 2000, 307.
98
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
de oro obtenidas, que los indígenas estaban dispuestos a trocar
con los españoles, si bien lo tenían en cantidades tan pequeñas
“que no e[ra] nada”.17 Aunque Colón recibió varios testimonios
acerca de la existencia del preciado metal, pasó de isla en isla
sin localizar sus veneros, los que, según las concepciones euro-
peas, debían localizarse “en la mejor tierra del mundo”, la que
debía ser, ya que no “el propio Edén, sí al menos una comarca
paradisíaca”, habitada por seres con “salud a raudales y [que]
prolonga[se]n su juventud” por largos periodos de tiempo.18
Esto era así aunque, a ojos de Colón, la riqueza estaba asocia-
da a la civilización, sobre todo con ese deslumbrante reino del
Gran Can que el Almirante rastreó en sus travesías por tierras
y aguas americanas, que él suponía asiáticas. En base a sus de-
ficientes nociones acerca del Oriente, Colón fue desarrollando
toda una geografía fantástica; a partir de tales criterios, fue hil-
vanando también una geografía humana y cultural —es decir,
una antropología— a la cual subyacían concepciones en torno
a la civilización y la barbarie.19
Cuba ocupará un puesto determinante en la configuración
de ese imaginario. Desde antes de llegar a ella, debido a lo que
coligió de los habitantes de las Lucayas, Colón asumió que se
trataba de una isla de gran tamaño y en la cual había “naos y
mareantes muchos y muy grandes”. De estos (mal)entendidos,
convino en que se trataba de “Cipango”, es decir, Japón. Y de
17
Colón, Diario, 2000, 121.
18
Gil, Mitos, 1989, I, 190.
19
En lo que a Asia se refiere, los relatos de Marco Polo tuvieron una
influencia decisiva en tiempos de Colón, si bien los estudiosos oscilan
entre quienes afirman que éste conocía dicha obra antes de realizar
su primer viaje (por ejemplo, Pastor, Discurso, 1983) y aquellos que
alegan que su lectura de ella fue posterior al mismo (entre otros, Gil,
“Libros”, 1987). Acerca de los “viajes medievales” y su incidencia en
la “conquista de América”, ver: Rodríguez, Conexiones, 2010.
99
Pedro L. San Miguel
así ser —pensaba—, se encontraría en cercanías de “tierra fir-
me” y, por ende, del Gran Can.20 Mas al arribar a Cuba no halló
indicios de encontrarse próximo a una sociedad rica y civiliza-
da. Aun así, Colón observó que en esa isla las casas “eran más
hermosas que las que había visto” hasta entonces, por lo que
asumió que, “cuanto más se allegase a la tierra firme”, las vi-
viendas de los nativos “serían mejores”.21 Tal inferencia estaría
fundada —a mi entender— en dos supuestos. Primero, en que
los dominios del Gran Can, aunque lastrados por su paganis-
mo, encarnaban una versión de la civilización, comparable a
la imperante en el Occidente cristiano —de ahí que los Reyes
Católicos enviaran misivas al monarca oriental, gobernante que
consideraban su par.22 En segundo lugar, que esos reinos ejer-
cían una influencia civilizadora sobre las sociedades aledañas
menos “desarrolladas”. Lo que implica que Colón, tácitamente,
enunciaba un difusionismo cultural sustentado en que las cultu-
ras más “evolucionadas” ejercían una influencia benéfica sobre
las más “atrasadas”, transmitiéndoles sus conocimientos y sus
bienes culturales.
De tal modo, en Cuba encontró indígenas que evidenciaban
un mayor grado de elaboración en el trazado de sus poblados
y en otros aspectos de su vida material.23 Esta impresión se vio
reforzada al pasar a la Española, donde vio sembradíos que
“parecían las sementeras como trigo en el mes de mayo en la
campiña de Córdoba”.24 Como se observa, Colón fue identi-
ficando en las islas antillanas elementos que indicaban cierto
20
Colón, Diario, 2000, 121.
21
Colón, Diario, 2000, 126.
22
Ese interés de los monarcas de España por los reinos orientales data de
antaño, como se evidencia en: González de Clavijo, Embajada, 2018.
23
Colón, Diario, 2000, 135.
24
Colón, Diario, 2000, 159.
100
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
grado de evolución social y cultural, y que matizaron su ori-
ginal “visión edénica”, aunque esta última percepción siguió
operando en su imaginario. A ella contribuyó su apreciación de
“que esta gente no tiene secta ninguna ni son idólatras”, amén
de ser “muy mansos y sin saber qué sea mal ni matar a otros ni
prender”. Según él, los aborígenes eran “conocedores que hay
Dios en el cielo”, y eran “muy prestos a cualquiera oración
que nos les digamos que digan y hacen la señal de la cruz”.25
De ello se desprendía una imagen de los naturales como pro-
tocristianos, cuya conversión estaba garantizada debido a su
pureza, mansedumbre y desprendimiento. Esta noción acerca
de la bondad natural de los indígenas es reiterada por Colón,
llegando a afirmar que los de la Española eran “gente de amor
y sin codicia […], que […] aman a sus prójimos como [a sí]
mismos, y tienen una habla la más dulce del mundo, y mansa,
y siempre con risa”. Y pese a andar “desnudos, hombres y
mujeres, […] entre sí tienen costumbres muy buenas”, pala-
bras que sugieren que no estaban lacerados por la noción del
pecado. De la propiedad en el trato daban muestras sus gober-
nantes, que actuaban con gran comedimiento.26 Más adelante
Colón resalta el socorro que recibieron los españoles al nau-
fragar la nao Santa María en la costa de la Española. Amén de
ayudarlos a rescatar las provisiones y el fardaje, los indígenas
ampararon a los náufragos, ofreciéndoles alojamiento, agua y
alimentos. Estando en esas, observó el Almirante las buenas
maneras de su anfitrión: “En su comer, con su honestidad y
hermosa manera de limpieza, se mostraba bien ser de linaje”.
No dejó de asombrar a Colón que, al finalizar de comer, “tru-
jeron ciertas hierbas con que se fregó mucho las manos, […]
25
Colón, Diario, 2000, 137.
26
Colón, Diario, 2000, 189. Énfasis añadido.
101
Pedro L. San Miguel
y diéronle aguamanos”.27 Este comentario resulta significativo
ya que alude a las “maneras de mesa”, criterio revelador del
“proceso civilizatorio”, como han destacado, entre otros, Clau-
de Lévi-Strauss y Norbert Elias.28
Aunque atenido a la visión edénica, Colón encontró indi-
cios que atenuaban ese imaginario. Ya en su primer encuentro
con los habitantes de Guanahaní había observado “señales de
heridas” en los cuerpos de varios de ellos, de lo que infirió que
de otras islas venían gentes que “los querían tomar” y que, por
tanto, se defendían de sus agresores.29 Poco después, en la en-
trada del 14 de octubre de su Diario, apunta que los indígenas,
pese a su simpleza, “se hacen guerra” entre sí.30 Observaciones
como ésta no empañaron su percepción paradisíaca original,
aunque eventualmente recibió testimonios —o al menos así los
entendió— acerca de seres monstruosos, como esos “hombres
de un ojo y otros con hocico de perros que comían los hombres,
y que en tomando uno lo degollaban y le bebían la sangre y le
cortaban su natura”.31 Inferencias como ésta, basadas en una
deficiente comunicación entre indígenas y españoles, en creen-
cias aborígenes y en fábulas europeas, dieron pie al surgimiento
del mito de los caribes, fieros antropófagos que, alegadamen-
te, habitaban las Antillas y que asaltaban a los pacíficos taínos
—“gente […] muy mansa y muy temerosa, […] sin armas y
sin ley”, al decir de Colón— con la intención de capturarlos y
comerlos.32
27
Colón, Diario, 2000, 191.
28
Lévi-Strauss, Mitológicas III, 2003; y Elias, Proceso, 2016.
29
Colón, Diario, 2000, 107.
30
Colón, Diario, 2000, 110.
31
Colón, Diario, 2000, 132.
32
Sobre los orígenes del “mito de los caribes”, ver los detallados y rigu-
rosos trabajos de Sued Badillo, Caribes, 1978; Myers, “Island”, 1984;
102
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
En otra anotación en su Diario, del 23 de noviembre,
mientras costeaba Cuba, entendió Colón que los indígenas
que llevaba consigo —capturados para que le orientaran en
su travesía, le sirvieran de intérpretes y aprendieran la lengua
castellana33— se referían a una tierra llamada Bohío, “la cual
decían que era muy grande y que había en ella gente que te-
nía un ojo en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a
quienes mostraban tener gran miedo. Y des[de] que vieron que
llev[ábamos] este camino [en dirección al este], […] no podían
hablar porque [alegaban que] los comían y que son gente muy
armada”. De tal relato dedujo que los atemorizados taínos eran
capturados y, como “no volvían a sus tierras, [pensaban] que
los comían”. Por otro lado, aduce que los alegados caníbales
debían ser “gente de razón”, “pues eran armados”, lo que los
diferenciaría de los indígenas que sufrían sus asaltos. De esto
se infiere que, para el Almirante, la posesión de armas cons-
tituía un criterio de civilización —de “razón”— en virtud del
conocimiento y la tecnología que suponían su fabricación y
uso. Finalmente, sobresale la interpretación esbozada por Co-
lón en base a esa (imaginaria) geografía asiática que regía su
configuración del mundo insular que estaba explorando. Según
esa concepción, las sencillas gentes encontradas hasta entonces
moraban en los límites de las avanzadas sociedades asiáticas.
y Hulme, Colonial, 1986. Acerca del canibalismo en general, por un
lado, Arens, Mito, 1981, que alega que la idea del canibalismo es un
mito, y, por el otro, Pancorbo, Banquete, 2008, que arguye que sí hay
evidencia sobre su existencia en diversas regiones del mundo, inclu-
yendo en las Antillas y en otras partes de América.
33
En esto último, Colón le confirió importancia a la captura de muje-
res indígenas (Diario, 2000, 138). Acerca del tema de las mujeres
indígenas en los inicios del “Descubrimiento”, ver: Reding Blase,
“Imaginarios”, 2019.
103
Pedro L. San Miguel
De ahí que le resultara plausible su razonamiento inicial en tor-
no a los supuestos caníbales, juicio al que se aferró Colón.
Paradójicamente, Colón llegó a considerar que los indios
aprehendidos por los españoles juzgasen que éstos también
fuesen caníbales y que habrían de devorarlos.34 En su Diario
se consigna que, en una ocasión, al acercarse los españoles a
un poblado, sus habitantes escaparon. Ante tal reacción, un
indio de los apresados por los españoles corrió tras los fu-
gitivos, “dando voces, diciendo que no hubiesen miedo, que
los cristianos no eran de Caniba”, que más bien provenían
“del cielo, y que daban muchas cosas hermosas a todos los
que hallaban”.35 Aun así, sus aprehensiones morales no im-
pidieron que Colón, en varias ocasiones, capturara indígenas
—lo que fue acremente condenado por Las Casas36— para
que lo guiaran en sus exploraciones; tampoco impidió que los
aprisionara para llevarlos a España como evidencia de sus ha-
llazgos, ni, por supuesto, que concibiera —y eventualmente
implementara— proyectos económicos en que los indígenas
fungirían como siervos o esclavos. Y todo esto abona a la
idea de que las acciones de los españoles fuesen congruentes
con ese proceder que el imaginario indígena imputaba a los
caníbales. Incluso, se puede concebir que los nativos pensa-
ran que los españoles actuaban cual bárbaros, o al menos que
sus comportamientos transgredían las normas de propiedad y
reciprocidad que, al parecer, regían en las Antillas. Que los
indígenas recelaban de los españoles no pasó desapercibido
a Colón; lo advirtió en las comunicaciones con aquellos que
raptó, a quienes —afirmó— “muchas veces les entiendo una
cosa por otra al contrario; ni fío mucho de ellos, porque muchas
34
Las Casas, Historia, 2017, I, 240.
35
Colón, Diario, 2000, 167.
36
Por ejemplo: Las Casas, Historia, 2017, I, 232-233.
104
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
veces han probado a huir”.37 Este pasaje sugiere que los antilla-
nos estaban lejos de constituir ese conjunto de seres crédulos e
incautos que se derivan de la “visión edénica”. También resulta
aleccionador en cuanto el mismo Colón expresa criterios que
ponen en duda su propia elaboración acerca de los antillanos.
A la luz de estas consideraciones, no debe extrañar que, con
frecuencia, al aproximarse los españoles a las costas, sus pobla-
dores huyeran, abandonando sus aldeas. O que, al acercarse los
forasteros, los indígenas dieran “grandes voces, […] con sus
azagayas [es decir, lanzas y flechas] en la mano”, y que “hicie-
ran ademanes de no los dejar saltar en tierra y resistirlos”.38 De
hecho, conforme los españoles avanzaban, las actitudes de los
habitantes de las islas se volvían, ya que no ríspidas, sí menos
predecibles. Así, el 3 de diciembre, habiéndose internado los
españoles en un río,
[…] ayuntáronse muchos indios y vinieron a las bar-
cas, donde se había el Almirante recogido con su gente
toda. Uno de ellos se adelantó en el río junto con la popa
de la barca e hizo una grande plática que el Almirante no
entendía, salvo que los otros indios de cuando en cuando
alzaban las manos al cielo y daban una grande voz. Pen-
saba el Almirante que lo aseguraban y que les placía de su
venida, pero vido al indio que consigo traía demudarse la
cara y [ponerse] amarillo como la cera, y temblaba mucho,
diciendo por señas que el Almirante se fuese del río, que
los querían matar, y llegóse [el indio que estaba con Colón]
a un cristiano que tenía una ballesta armada y mostróla a
los indios; y entendió el Almirante que les decía que los
matarían [a] todos, porque aquella ballesta tiraba lejos y
37
Colón, Diario, 2000, 152.
38
Colón, Diario, 2000, 150-151.
105
Pedro L. San Miguel
mataba. También tomó una espada y la sacó de la vaina,
mostrándosela, diciendo lo mismo. Lo cual, oído por ellos,
dieron todos a huir […].39
Remata Colón este incidente aduciendo que el indio que
había exhortado a sus congéneres a no atacar a los españoles,
y que hasta los habría conminado a huir, había quedado “tem-
blando […] de cobardía y poco corazón”, pese a ser “hombre
de buena estatura y recio”. No advirtió el Almirante que dicho
indígena, por el contrario, había mostrado gran entereza, y que
su proceder fue un acto de bravura, evitando una masacre.
Inicial invención de los caribes
Aunque Colón siguió modelando a los habitantes del Caribe
a partir de la “visión edénica”, a sus ojos, la geografía humana
del mundo isleño se fue complejizando, en parte debido a que
en la isla Española había poblados de mayor tamaño, con más
habitantes y con una más elaborada estructura económica. A
ello se sumó su apreciación de que en esta isla había “gente
más hermosa y de mejor condición que ninguna otra de las que
habían hasta allí hallado”. Como alegato de su “hermosura”,
adujeron los españoles que esos indígenas eran más blancos
que los que habían visto hasta entonces.40
A tales percepciones acerca de las diferencias entre los
antillanos se sumaron los indicios acerca de los temibles caní-
bales. Así, el día 15 de diciembre, al aproximarse los españoles
a unos indígenas, “todos dieron a huir”, de lo que Colón dedu-
jo: “aquella gente debe ser muy cazada, pues viven con tanto
39
Colón, Diario, 2000, 156.
40
Colón, Diario, 2000, 168 y 171.
106
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
temor”. Observó, asimismo, que al ocurrir incidentes como ese,
los indios hacían “ahumadas en las atalayas por toda la tierra”,
lo que sugiere que advertían de la proximidad de forasteros po-
tencialmente peligrosos.41 A dos días de ese suceso, parecieron
recibir los españoles las primeras evidencias materiales acerca
“de los Caniba o de los caníbales”: se trató de “ciertas flechas”,
hechas “de las espigas de caña”, a las que les incrustaban “unos
palillos tostados y agudos, y son muy largos”. A ello se aña-
dieron dos hombres a quienes “faltaban algunos pedazos de
carne de su cuerpo”, entendiendo los españoles “que los caní-
bales los habían comido a bocados”, aunque “el Almirante no
lo creyó”.42 E hizo bien en dudar, ya que seguramente fue una
interpretación fundada en gestos enigmáticos y en locuciones
incomprensibles para los españoles. Además, el contexto en el
cual ocurrió esto —una escena de pesca— induce a pensar que
los indígenas relataban circunstancias vinculadas con dicha
actividad. Ello incluiría lo referente a esos hombres a quienes
faltaban “pedazos de carne de su cuerpo”. ¿Habrían sido, por
ejemplo, mordidos por tiburones o barracudas?
Sea como sea, resulta imposible descifrar plenamente los
sentidos de esos intercambios, signados por incomprensiones
mutuas, y códigos culturales divergentes y hasta antitéticos —
amén de que los testimonios sobrevivientes son únicamente los
españoles. Era desde sus particulares códigos que los españoles
interpretaban lo que veían, “escuchaban” y percibían. Vale la
pena recordar lo que ha señalado Tzvetan Todorov: “Colón no
sólo cree en el dogma cristiano: también cree […] en los cíclo-
pes y en las sirenas, en las amazonas y en los hombres con cola,
y su creencia […] le permite encontrarlos”.43 Así, aunque en la
41
Colón, Diario, 2000, 170.
42
Colón, Diario, 2000, 175.
43
Todorov, Conquista, 1987, 24.
107
Pedro L. San Miguel
isla Española topó con “gente más despierta y entendida que
otros que hasta allí hubiese hallado”, Colón continuó aferra-
do a su percepción sobre los indios como criaturas inocentes,
primitivas y de innata bondad.44 Esta percepción llevó al Almi-
rante a realizar comparaciones entre indígenas y españoles, en
detrimento de estos últimos, definidos por él como “codiciosos
y desmedidos”.45
La supuesta abundancia de oro en la Española fue decisiva
en las percepciones de los iberos ante los indígenas. Incluso,
unos nativos les mostraron la manera en que obtenían el oro.46
Amén de ello, en esta isla los españoles conocieron con mayor
detalle ciertos aspectos de la sociedad aborigen. Colón estuvo
en una aldea que juzgó “la mayor y la más concertada de calles
que otras de las pasadas y halladas hasta allí”. Ahí supieron
los españoles que la máxima autoridad indígena era denomi-
nada “cacique”, aunque quedó Colón con la duda sobre “si lo
dicen por Rey o por Gobernador”. Igualmente, supieron “que
por grande [en el sentido de nobleza, de pertenecer a un sector
social superior, selecto o privilegiado] llaman Nitayno”. En esa
aldea se enteraron los españoles de los lugares donde se obte-
nía oro, de los cuales descolló ese que Colón estimó que era
Cipango, “al cual ellos llaman Cibao”, una región del interior
de la Española. Lleno de entusiasmo, el Almirante escribió en
su Diario:
[…] yo he hablado en superlativo grado (de) la gente y
la tierra de la Juana, a que ellos llaman Cuba; mas hay tanta
diferencia de ellos y de ella a ésta en todo como del día a la
noche […]; y digo que es verdad que es maravilla las cosas
44
Colón, Diario, 2000, 173 y 180-181.
45
Colón, Diario, 2000, 183.
46
Colón, Diario, 2000, 184.
108
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
de acá y los pueblos grandes de esta isla Española, que así
la llamé, y ellos la llaman Bohío […]
Concluyó aduciendo que los habitantes de la isla eran “de
muy singularísimo trato amoroso y habla dulce, no como los
otros, que parece cuando hablan que amenazan, y de buena es-
tatura hombres y mujeres, y no negros”. Tomemos nota de esta
observación: la manera de hablar y el aspecto físico se usan
como indicadores de evolución cultural, es decir, como crite-
rios civilizatorios. Encomios hizo Colón también al cacique de
la aldea, a quien, si bien “de pocas palabras”, “todos le obede-
cen que es maravilla […], y su mandato es lo más con hacer
señas con la mano, y luego es entendido”.47
Un factor que modificó las apreciaciones iniciales de Colón
acerca de los habitantes de las Antillas fue lo que coligió acer-
ca de esos enigmáticos seres que eran “los Caniba[,] que [los
indios] llaman caribes, que los vienen a tomar, y traen arcos y
flechas sin hierro [en las puntas], que en todas aquellas tierras no
había memoria de él [ni] de acero ni de otro metal salvo de oro
y de cobre, aunque cobre no había visto sino poco el Almiran-
te”. En estas palabras aparecen dos criterios que, a ojos de los
españoles, marcaban la existencia de la civilización. Primero,
las armas, y, en segundo lugar, ciertos metales, como el acero,
inexistente en las islas visitadas por los españoles. Ante el te-
mor a los susodichos caribes, Colón efectuó una demostración
de fuerza, que precisamente, al recurrir a las armas españolas,
pretendía evidenciar su superioridad cultural. Al cacique de la
47
Colón, Diario, 2000, pp. 185-187. Las modernas indagaciones en tor-
no a las sociedades aborígenes de las Antillas tienden a demostrar que
en la Española se localizaban algunos de los grupos nativos de mayor
desarrollo cultural, social y político al momento del “descubrimien-
to”. Sobre el particular: Moscoso, Tribu, 1986; y Cassá, Indios, 1992.
109
Pedro L. San Miguel
aldea le manifestó “que los Reyes de Castilla mandarían des-
truir a los Caribes”. Por supuesto, ya que esta comunicación
se efectuó mediante “señas”, no podemos saber cuánto de ese
mensaje fue comprendido por su interlocutor. De todas formas,
para validar sus ofrecimientos: “Mandó el Almirante tirar una
lombarda y una espingarda, y viendo el efecto que su fuerza
hacían y lo que penetraban, [el cacique] quedó maravillado, y
cuando su gente oyó los tiros cayeron todos en tierra”. Ante tan
portentosa demostración, los asombrados indígenas:
Trujeron al Almirante una gran carátula que tenía gran-
des pedazos de oro en las orejas y en los ojos y en otras
partes, la cual le [dieron] con otras joyas de oro que el
mismo cacique había puesto al Almirante en la cabeza y al
pescuezo; y a otros cristianos que con él estaban [dieron]
también muchas [joyas].
Colón, como era de esperarse, sintió “mucho placer y con-
solación de estas cosas”. Recientemente, su buque principal, la
Santa María, había encallado; mas gracias a tales dádivas “se le
templó [la] angustia y [la] pena […por] la pérdida de la nao”.
Incluso, tuvo una de sus figuraciones místicas “y conoció que
Nuestro Señor había hecho encallar allí la nao porque hiciese
allí asiento”. Asimismo, era designio divino que dejase parte
de sus hombres en dicho lugar, y que con los restos de la nave
siniestrada se construyera “una torre y fortaleza” —bautizada
como Fuerte de la Navidad por haber ocurrido el encallamiento
la noche del 25 de diciembre—, lo que demostraría ante los
indígenas “el ingenio de la gente de Vuestras Altezas”, en otras
palabras, la superioridad cultural ibérica. Ante tan venturosos
augurios, Colón fantaseó que, al regresar de España a la isla an-
tillana, los españoles del Fuerte de la Navidad “habrían hallado
la mina de oro y la especiería, y aquello en tanta cantidad que
110
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
los Reyes antes de tres años emprendiesen y aderezasen para
ir a la conquista de la casa santa”, o sea, de Jerusalén.48 En fin,
que Colón estaba persuadido de que, efectivamente, “el Señor
obra de formas misteriosas”.
“A Dios rogando y con el mazo dando”, dice otro castizo
refrán. Así que Colón, antes de partir de los reales de Guacana-
garí —que así se llamaba el cacique que amparó a los españoles
en su adversidad49—, mandó a disparar una lombarda contra el
costado de la nave encallada, tiro que la traspasó. Amén de este
show of force: “Hizo hacer también un[a] escaramuza con la
gente de los navíos armada, diciendo al cacique que no hobiese
miedo a los caribes aunque viniesen”. Esto tenía la intención de
recalcar a Guacanagarí que “tuviese por amigos a los cristia-
nos”. Mas encubría, asimismo, el taimado designio de “ponerle
miedo” a los indígenas para que temiesen a quienes quedarían
en el Fuerte de la Navidad.50 Este doble juego indica que, pese
a su insistencia en la condición edénica de los antillanos, Co-
lón recelaba de ellos. Tal reconcomio, que entrañaba sospechar
de quienes habían dado muestras de benevolencia, podría lucir
como un prejuicio, un acto de mala fe, o hasta como una vileza.
Mas también implicaba admitir que los indígenas podían actuar
más allá de ese modelo que denota la “visión edénica”. Y ello
entrañaría reconocer que podían conducirse, no como serafines,
sino como humanos.
Las concepciones colombinas sobre los indígenas queda-
ron matizadas, igualmente, por las interpretaciones que fue
elaborando el Almirante acerca de la geografía que se revelaba
ante él. En este peculiar imaginario geográfico, se mezclaban
48
Colón, Diario, 2000, 191-193.
49
Se ha llegado a afirmar que entre Colón y Guacanagarí se estableció
una alianza o “pacto”. Ver: Ramos Gómez, “Dos”, 1990.
50
Colón, Diario, 2000, 198.
111
Pedro L. San Miguel
territorios reales con lugares imaginarios, derivados ya de mi-
tos y leyendas provenientes de Europa, ya de las inferencias
efectuadas por Colón a partir de las narraciones y las señas de
los nativos. En esa situación, en la cual la realidad se entretejía
con la imaginación y la fantasía, hay indicios de que Colón fue
relajando su inicial escepticismo ante ciertos relatos indígenas
—si bien dichas narraciones estaban teñidas por su incompren-
sión de su lengua, así como por sus preconcepciones acerca de
lo que iba “descubriendo”, matizadas por sus ideas acerca de
las tierras asiáticas que creía estar explorando. Los españoles
obtuvieron noticias de una isla Baneque —Puerto Rico, cuyo
nombre en arahuaco, al parecer, era Borikén—, reputada como
muy rica en oro. Asimismo, estando en la Española supieron
que “detrás de la isla Juana [Cuba], de la parte del Sur, hay
otra isla grande, en que hay muy mayor cantidad de oro que en
ésta”. La susodicha isla tenía el nombre de Yamaye (Jamaica).
Entremezcladas con las mencionadas, salían a relucir ínsulas
asaz extravagantes, como esa —ubicada al este— “donde no
había sino solas mujeres”.51 Como vemos, en la composición
geográfica forjada por Colón, los territorios podían estar habi-
tados por seres insólitos. Y no todo quedaba a la imaginación.
Estando en la Española, “vido [el Almirante] tres sirenas que
salieron bien alto de la mar”, si bien sufrió una decepción al
reparar en que “no eran tan hermosas como las pintan”, ya que
“en alguna manera tenían forma de hombre en la cara”.52
De los desusados seres de los cuales Colón obtuvo referen-
cias —ya por una vía, ya por otra—, quienes más le cautivaron
fueron los alegados caribes, incorporados a las certidumbres
occidentales en virtud de las figuraciones del mundo antillano
51
Colón, Diario, 2000, 203-204.
52
Colón, Diario, 2000, 206. Las susodichas sirenas no eran sino mana-
tíes.
112
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
que elaboró el Almirante.53 Como he señalado ya, Colón fue
confeccionando un imaginario acerca de esos seres en base a
lo que conjeturó de los relatos, las señas y los gestos de los
indígenas que encontró a su paso por las Antillas. A esto sumó
lo que parecían ser evidencias físicas, como esas cicatrices que
advirtió en ciertos nativos, las cuales coligió que eran heridas
infligidas por algunos rivales. Con todo, inicialmente razonó
que la versión indígena de los caribes como antropófagos era
dudosa, emanada del hecho de que los aborígenes captura-
dos no retornaban. Así que los cándidos arahuacos juzgaban
—concluyó Colón— que los prisioneros eran devorados por
sus captores. Pese a tales inferencias, terminó plegándose ante
la “evidencia”, pasando a aceptar —y hasta a promover— la
creencia en la existencia de los antropófagos, habitantes de una
nebulosa isla conocida como Caniba.
En este proceso de “admisión” desempeño un papel signi-
ficativo el encuentro con un grupo de indígenas cuyos rasgos
Colón consideró como distintivos. Tal acaecimiento ocurrió el
13 de enero de 1493, habiendo enviado Colón a tierra un puñado
de hombres a buscar provisiones.54 Al desembarcar, “hallaron
ciertos hombres con arcos y flechas”, lo que era inusual dado
que, como insistentemente señaló Colón, los antillanos vir-
tualmente desconocían las armas. No obstante, los españoles
entablaron conversación con los indígenas, “les compraron dos
arcos y muchas flechas”, y hasta consiguieron que uno de ellos
fuera a conferenciar con el Almirante. Consignando en su Dia-
rio la impresión que le suscitó el visitante, apuntó: “era muy
disforme en [la] acatadura más que otros que hubiese visto [y]
53
Sobre el particular, remito sobre todo a Sued Badillo, Caribes, 1978,
que traza con precisión la manera en que fue emergiendo la creencia
en los caribes y el papel protagónico que en ello desempeñó Colón.
54
Lo que sigue está basado en: Colón, Diario, 2000, 209 y ss.
113
Pedro L. San Miguel
tenía el rostro tiznado de carbón” —aunque esta práctica era
común entre los indios de las Antillas. Además, “traía todos
los cabellos muy largos y encogidos y atados atrás, y después
puestos en una redecilla de plumas de papagayos, y él así des-
nudo como los otros”. Basado en tales datos, Colón conjeturó
“que debía ser de los caribes que comen los hombres”. Mas, al
inquirirle al visitante por los caribes, éste brindó la respuesta
usual ofrecida por los antiguos antillanos: se ubicaban al orien-
te, si bien —entendió Colón— “cerca de allí”. A tal indicación
se sumó un elemento que avivó su interés: en dicho (impreciso)
lugar “había muy mucho oro”. El revelador informante aludió a
otros fabulosos territorios, como “la isla de Matinino[,…] toda
poblada de mujeres sin hombres” y rica también en oro, situada
“más al Leste de Carib”, así como “la isla de Goanin, adon-
de hay mucho tuob [oro]”.55 De tales islas ya había obtenido
noticias el Almirante —indica en su Diario—, añadiendo que
en “islas pasadas” llamaban Caniba a la que en la Española
denominaban Carib. Concluyó que los habitantes de esa som-
bría ínsula debían ser, efectivamente, “gente arriscada” ya que
iban “por todas estas islas”, comiendo a “la gente que pueden
haber”.
Al finalizar su audiencia con Colón, el singular visitante
retornó con sus congéneres, unos “cincuenta y cinco hombres
desnudos”, cada uno con su arco. A instancias del que había
conferenciado con Colón, estos aborígenes se acercaron a los
55
Como han indicado varios estudiosos, en las Antillas, las creencias
en los caribes y en las amazonas estaban relacionadas entre sí. For-
maban parte de un entramado mitológico que incluía la existencia de
islas ubicadas al oriente y ricas en oro —lo que sugiere que se trataba
de mitos vinculados al Sol—, habitadas por seres extraordinarios o
monstruosos. Ver: López Baralt, Mito, 1976; y Sued Badillo, Caribes,
1978.
114
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
españoles y hasta algún trueque efectuaron con ellos. Pero
cuando los iberos insistieron en adquirir sus arcos, sus flechas
“y otras armas” —refiriéndose a “un pedazo de palo que es
como un hierro”, que era una macana—, los indios “no quisie-
ron dar más […y] se aparejaron de arremeter a los cristianos
y prendellos”. Ante tal amenaza, éstos “arremetieron”, hirien-
do a dos aborígenes, quienes, “visto que podían ganar poco,
aunque no eran los cristianos sino siete y ellos cincuenta y tan-
tos[,] dieron a huir que no quedó ninguno”. Colón compendió
el incidente afirmando que “creía que [esos indígenas] eran los
de Carib y que comiesen los hombres”; o “que si no [eran] de
los caribes, al menos [debían] ser fronteros [de ellos] y de las
mismas costumbres y gente”, que no eran, por tanto, “como
los otros [nativos] de las otras islas, que son cobardes y sin
armas fuera de razón”.56 En su exaltación, contempló “tomar
algunos de ellos”. No lo hizo porque, durante la noche, los
vientos adversos y la marejada dificultaron la navegación y el
desembarco. Al día siguiente, sorpresivamente, el nativo que se
había entrevistado con Colón y “un rey” fueron a la carabela
y comunicaron al Almirante que le traerían “una carátula de
oro, afirmando que allí había mucho, [como] en Carib y Mati-
nino”, lugares de fábula que en su mente quedaron asociados a
la abundancia de dicho metal.
El lance con los supuestos caribes quedó signado para la
posteridad ya que el lugar en que ocurrió fue bautizado por
Colón como Golfo de las Flechas.57 Y pese a haber sido una
simple refriega, resultaría crucial en el proyecto de explora-
ción de Colón, así como en la ocupación y la explotación de
las tierras antillanas por los españoles. A largo plazo, resultó
determinante en los imaginarios acerca del mundo antillano y
56
Colón, Diario, 2000, 211-212.
57
Colón, Diario, 2000, 214; y Vega, Verdadera, 1992.
115
Pedro L. San Miguel
en la configuración de su geografía humana y cultural. A raíz
de la experiencia narrada quedó rubricado —en palabras de
Arrom— “el mito complementario al del buen salvaje: el de
indígenas de repulsiva catadura, de ánimo feroz y sanguinario,
comedores de carne humana”.58 Igualmente, acrecentó el anhe-
lo de Colón por llegar a esas misteriosas islas habitadas por tan
insólitos seres. En su Diario consignó su determinación de ir
a la isla de Carib, así como “a la de Matinino, que diz que era
poblada toda de mujeres sin hombres”. Alegadamente, ambas
quedaban al este, en su derrotero de vuelta a la Península.59 Ya
en virtud de la información recibida de los nativos, ya como
inferencia suya basada en las habilidades náuticas de los anti-
llanos —artes que ensalzó en su Diario—, Colón afirma que los
caribes “con sus canoas sinnúmero andaban todos aquellos ma-
res”.60 Puso, pues, rumbo hacia donde estimó que se encontraba
Carib, aunque no pudo cumplir su cometido debido a la pérdida
de su principal embarcación y a que sus otras dos naves hasta
aguas hacían. Optó, así, por arrumbarse a España; al hacerlo,
los indios que llevaba consigo le indicaron que en tal dirección
se encontraba la no menos portentosa isla de las mujeres sin
hombres, de las que Colón tenía la intención de llevar a los
Reyes “cinco o seis”. Seguramente, los pasmosos detalles que
el Almirante conjeturó de sus informantes aguijonearon tal em-
peño. Así, entendió que, “a cierto tiempo del año”, los hombres
de Carib se allegaban a Matinino, donde se ayuntaban con las
hembras que la habitaban: “si parían niño enviábanlo a la isla
de los hombres [Carib], y si niña, dejábanla consigo”. Asimis-
mo, supuso que “aquellas dos islas no debían distar de donde
había partido [sino] quince o veinte leguas”, y que entre ellas la
58
Arrom, Imaginación, 1991, 26.
59
Colón, Diario, 2000, 213.
60
Colón, Diario, 2000, 214.
116
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
distancia era incluso más corta, aunque “los indios no supieron
darle la derrota”.61
De caribes y amazonas
En su primer viaje, Colón estuvo lejos de topar con seres
quiméricos, aunque mantuvo la expectativa de que así pudiese
ocurrir. Ello se infiere de esa carta en la que afirma que en la
provincia de Ayan, en Cuba, “nace la gente con cola”.62 Con
todo, en esa misiva reiteró que “monstruos” no había encontra-
do, si bien alegó que en “una isla que es la segunda a la entrada
de las Indias, […] es poblada de una gente que tienen en las
islas por muy feroces, los cuales comen carne humana”. Añadió
que los susodichos “no son más disformes que los otros” —es
decir, físicamente no eran monstruosidades—, si bien traían
“los cabellos largos como mujeres, y usan arcos y flechas”. En
comparación con el resto de los isleños, “que son en demasia-
do grado cobardes”, los anteriores eran “feroces”, y trataban
“con las mujeres de Matinino, […], en la cual no hay hombre
ninguno”. Como mujeres guerreras, las habitantes de la isla de
Matinino “no usan ejercicio femenil, salvo arcos y flechas”.63
Mas el caso es que, salvando el equívoco incidente en el
Golfo de las Flechas, Colón no había tenido contactos directos
ni con las amazonas ni con los caribes. Quedó diferido para su
segundo viaje entrar en relación con esos seres, cuya presen-
cia podía augurar el hallazgo de ricos yacimientos auríferos ya
que —como ha acotado Juan Gil— “donde había monstruos
61
Colón, Diario, 2000, 215.
62
Colón, Diario, 2000, 249-250.
63
Colón, Diario, 2000, 251.
117
Pedro L. San Miguel
era natural que proliferaran los tesoros”.64 No es, pues, de ex-
trañar que en su segundo viaje Colón se desviara de su ruta
previa, navegando más al oriente y al sur, rumbo a esas islas
maravillosas en las cuales habitaban los temibles caribes y las
asombrosas amazonas. Con razón —como ha señalado Jalil
Sued Badillo—, se puede considerar que éste fue un viaje de
“corroboración”.65 Tal objetivo resultaba crucial al Almirante
ya que “la cercanía de las amazonas o la existencia de hombres
«monstrudos» le sirven para probar que ha llegado a la India”;
también le valen para pregonar “el jubiloso anuncio de que se
ha cumplido por fin la profecía de Isaías”, que, según Colón,
vaticinaba el “descubrimiento” de tierras desconocidas.66
Lamentablemente, el diario del segundo viaje de Colón
está extraviado, por lo cual sus referencias directas a los an-
tillanos aparecen en documentos eminentemente burocráticos,
relacionados con sus proyectos colonizadores.67 Con todo, per-
miten identificar cómo se fueron alterando sus apreciaciones
iniciales acerca de los habitantes de las islas caribeñas. En esas
escuetas anotaciones, los antillanos lucen menos idealizados;
ahora Colón tiende a resaltar no sus rasgos “edénicos”, sino al-
gunos de sus atributos menos loables. Por ejemplo, aduce que,
aunque los indígenas de la isla Española “se hayan mostrado
a los descubridores, y se muestran cada día muy simples y sin
malicia”, no convenía dejar a los españoles enfermos —que
eran muchos— sin protección por temor a “que un indio con
un tizón” pusiese “fuego a las chozas”, ya que “de noche y de
día siempre van y vienen” los aborígenes. Esto ponía en pe-
ligro “las provisiones y mantenimientos que están en tierra”.
64
Gil, Mitos, 1989, I, 64.
65
Sued Badillo, Caribes, 1978, 41.
66
Gil, Mitos, 1989, I, 204-205.
67
Colón, Diario, 2000, 255-273.
118
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Especial amenaza suponía el cacique Caonabo, “que es hom-
bre, […], muy malo y muy más atrevido”.68 Sus recelos no eran
infundados: los informes que obtuvo a su regreso a la Española
indicaban que había sido ese bad hombre el responsable de la
destrucción del Fuerte de la Navidad y de la muerte de muchos
de los cristianos que en él habían quedado.69
En lo que a los caníbales respecta, los señalamientos de
Colón se circunscriben a dos aspectos concretos, vinculados
con su proyecto de colonización. Propone enviar a la Península
algunos caribes, sobre todo mujeres y niños, para que aprendie-
ran la lengua castellana y se les evangelizara, lo que contribuiría
a erradicar “aquella inhumana costumbre […] de comer carne
humana”.70 Mas no todos los planes de Colón estaban fundados
en loables designios: ya entonces ofrece un modelo coloniza-
dor fundado en la esclavización de los supuestos caribes. Así,
a quienes desde la Península enviasen a la Española ganados
y mantenimientos que coadyuvaran a “poblar el campo y [a]
aprovechar la tierra, […], se les podrían [sic] pagar en escla-
vos de estos caníbales”. Éstos eran “gente fiera y dispuesta, y
bien proporcionada y de muy buen entendimiento”, por lo cual,
“quitados de aquella inhumanidad [la antropofagia,] creemos
que serán mejores que otros ningunos esclavos”. Como colo-
fón, la Corona se beneficiaría del tráfico de esclavos, cobrando
“sus derechos”.71
68
Colón, Diario, 2000, 259.
69
Colón, Vida, 1947, 152-154. Entre los españoles de la Navidad habían
surgido conflictos, motivados al parecer por su codicia y por disputas
en torno a las mujeres taínas, por lo que entre ellos mismos habían
ocurrido muertes.
70
Colón, Diario, 2000, 263.
71
Colón, Diario, 2000, 264. Por supuesto, los designios esclavistas de
Colón no quedaron como meras propuestas ni se circunscribieron a los
119
Pedro L. San Miguel
La parquedad de Colón en torno a su segundo viaje es com-
pensada parcialmente por la existencia de otros testimonios que
recogen de alguna manera los criterios del Almirante o cuyas
observaciones les hacen eco. Esas exposiciones aportan cri-
terios adicionales, así como precisiones, al incipiente esbozo
acerca de la civilización y la barbarie en el Nuevo Mundo, so-
bre todo durante la fase antillana de la Conquista. Entre tales
testimonios se encuentra la carta de 1493 al cabildo de Sevilla
de Diego Álvarez Chanca (c.1450-c.1515), “físico” —es decir,
médico— que acompañó a Colón en dicho viaje. Acota Álvarez
Chanca que Colón, en base a “las señas” que en su viaje ante-
rior “le avían dado del sitio destas yslas, […] avía endereçado
el camino por descubrirlas”.72 Al llegar a la isla de Guadalupe,
encontraron “unas casas” cuyos ocupantes las abandonaron al
aproximarse los desconocidos. Ahí encontraron “quatro o cinco
huesos de braços e piernas de ombres”, por lo que los cristianos
sospecharon “que aquellas islas heran las de Caribe, que son
habitadas de gente que come carne umana”. A la “evidencia”
aportada por esos restos humanos se sumaron otros indicios
acerca del supuesto canibalismo de los habitantes de esa isla,
como el alegato de un “moço de fasta catorze años” capturado
por los españoles y que “dixo que era de los que [los caribes]
tenían cativos”. Asimismo, a los españoles “vinieron de grado”
—es decir, voluntariamente— unas indígenas que aseveraron
ser “de las cativas”.
supuestos caníbales: los mismos se implementaron en la isla Española
misma, como denunció Las Casas (Historia, 2017).
72
Esta carta y la información que en ella se ofrece ha sido comenta-
da, entre otros investigadores, por Reding Blase, “Testimonio”, 2018,
autora que examina a diversos autores de los primeros tiempos del
“Descubrimiento” en: Buen, 2009, y Mirada, 2019.
120
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Los sondeos de los españoles por la isla reforzaron su con-
vencimiento de que se encontraban en territorio de caníbales.
Durante los ocho días que pasaron en sus aguas, “muchas vezes
salimos a tierra andando por sus moradas e pueblos que esta-
ban a la costa, donde hallamos ynfinitos huesos de ombres e
los cascos de las cabeças colgados por las casa a manera de
vasijas para tener cosas”.73 Aunque era médico —por lo que
debía contar con criterios fisiológicos para juzgarlos de ma-
nera apropiada—, Álvarez Chanca efectuó una desfigurada
interpretación de esos restos humanos, que la Arqueología y la
Etnología modernas han identificado con las prácticas mortuo-
rias y con el culto a los antepasados de los antiguos antillanos,
criterios concordantes con los estudios sobre la mitología taí-
na.74 De hecho, en el primer viaje encontraron los exploradores
una vivienda donde había “una cabeza de hombre dentro en un
cestillo […] y colgado de un poste de la casa, y de la misma
manera hallaron otra en otra población”. Y lejos de concebir
esos hallazgos como prueba de canibalismo —que fue lo que
posteriormente hicieron los españoles al encontrar restos hu-
manos en las aldeas indígenas—, la interpretación de Colón
entonces fue mucha más juiciosa.
Creyó el Almirante —se indica en su Diario— que [las
dichas cabezas] debía[n] ser de algunos principales del li-
naje, porque aquellas casas eran de manera que se acogen
73
“Carta de Diego Álvarez Chanca, 1493”, en: Morales Padrón, Prime-
ras, 1990, 115-116.
74
Ver, por ejemplo: Sued Badillo, Caribes, 1978; y Arrom, Mitología,
1989, estudio sustentado tanto en la evidencia arqueológica como en la
recopilación de creencias taínas efectuada por fray Ramón Pané y que
aparecen en: Relación, 1988. Este último texto también se reproduce en:
Colón, Vida, 1947, 186-206. Acerca de Pané en el contexto de la visión
colombina sobre los antillanos, ver: Reding Blase, Mirada, 2019, 69-99.
121
Pedro L. San Miguel
en ellas mucha gente en una sola [vivienda], y deben ser
parientes de descendientes de uno solo.75
Como se aprecia, se trata de una interpretación que resul-
taría aceptable a la Antropología moderna. Pero el caso es que,
con el avance de la exploración de las islas antillanas, pondera-
das visiones como esa fueron desechadas por los españoles; lo
que prevaleció fue el extremismo conceptual, patente hasta en
un médico con título universitario.76 De hecho, entre los infor-
mantes del segundo viaje de Colón, Álvarez Chanca se destacó
por ofrecer algunas de las visiones más desmedidas acerca de
los aborígenes. Su relato fue particularmente estridente al refe-
rirse a los habitantes de las Antillas alegadamente ocupadas por
los caribes. Así, lo que Colón había interpretado anteriormente
como prácticas de veneración a los ancestros, fueron juzga-
das por Álvarez Chanca como indicios de canibalismo.77 En
sus señalamientos, el médico fusionó observaciones persona-
les —si bien desgajadas de su contexto social y cultural— con
inferencias que carecían de sustento empírico; algunas de sus
conjeturas, al parecer, emanaban de lo que Colón había difundi-
do previamente entre sus acompañantes acerca de los caribes y
las amazonas. De tal modo, a Álvarez Chanca le extrañó que en
una aldea de la Guadalupe “no paresçieron muchos hombres”.
La explicación ofrecida por las nativas fue que los hombres
75
Colón, Diario, 2000, 153.
76
Como médico, Álvarez Chanca estuvo vinculado con la Casa Real y
escribió obras de medicina, así que habría que asumir que contó con
prestigio en su profesión. Ver: Hernández González, “Torno”, 2012;
y Reding Blase, “Testimonios”, 2018. Sobre cómo fueron variando
las apreciaciones de Colón a medida que avanzó la exploración de las
Antillas, en detrimento de sus habitantes originales, ver: Sued Badillo,
Caribes, 1978.
77
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 116.
122
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
habían salido en sus canoas “a saltear a otras yslas”. Inquiri-
das las indígenas sobre quiénes eran los pobladores de esa isla,
“respondieron que heran caribes”. Habiendo prendido los espa-
ñoles varias mujeres que alegaban ser prisioneras de los tales,
éstas delataron a aquellas que supuestamente eran caribes. En
base a esos testimonios, los españoles aprendieron a distinguir
a las mujeres caribes de las que no lo eran ya que las primeras
traían “en las piernas en cada una dos argollas texidas de algo-
dón, la una junto con la rodilla, la otra junto con los tovillos, de
manera que les hazen las pantorrillas grandes”.78
De los habitantes de Guadalupe, afirmó el médico: “nos
pareció [gente] más pulítica que la que avita en estas otras ys-
las que avemos visto”. Así, aunque sus moradas eran de paja,
“estos las tienen de mucho mejor hechura e más proveydas
de mantenimientos e parece en ellas más industria ansí [viril]
como femenil”. El cronista elogió sus géneros de algodón, en-
tre los cuales había mantas tejidas “que no deven nada a las
de nuestra patria”. Estas observaciones tienden a contradecir
la imagen que eventualmente se forjaría de los caribes, que
resaltaría su salvajismo, su tosquedad y hasta su carencia de
“pulicía”, es decir, de vida comunitaria ordenada. Ese señala-
miento de Álvarez Chanca vendría a impugnar, avant la lettre,
tal construcción sobre los supuestos caribes, que, con el correr
del tiempo, se tornaría canónica.79 Añadió el médico que las
tres islas “caribe” visitadas por los españoles eran “de confor-
midad como si fuesen de un linage, los cuales no se hazen mal”
entre sí, aunque “unos e otros hazen guerra a todas las otras
yslas comarcanas, los quales van por mar […] a saltear”. En
esas acometidas —continúa— aprisionaban mujeres, “en es-
peçial moças y hermosas”, que destinaban “para su serviçio
78
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 117.
79
Sued Badillo, Caribes, 1978; y Hulme, Colonial, 1986.
123
Pedro L. San Miguel
e para tener por mançebas”. Las cautivas que encontraron en
Guadalupe alegaron —o al menos eso afirma Álvarez Chan-
ca— que los caribes usaban “de una crueldad que parece cosa
yncreíble”, llegando a comerse los hijos que tenían con ellas.
Igual suerte corrían los hombres que capturaban. De “la carne
del ombre” —añadió— consideraban los caribes que era “tan
buena” que no había igual “en el mundo” —aunque el médico
no aclara cómo obtuvo tal valoración gastronómica. Ratifica-
ción de ello serían —a los ojos de Álvarez Chanca— los restos
humanos que vio en las islas “caribe”, que “todo lo que se
puede todo lo tenían roydo”. A las observaciones directas del
cronista se aunaron los alegatos de los aborígenes capturados
por los supuestos caribes, quienes habrían afirmado —siempre
de acuerdo con el médico español— que los niños y los jóve-
nes apresados eran castrados, sirviéndose “de ellos fasta que
son ombres y después, quando quieren fazer fiesta, mátanlos
e cómenselos”. Y, en efecto, a los españoles se allegaron tres
jóvenes, “todos tres cortados sus miembros”.80 Este conjunto de
evidencias llevó a Álvarez Chanca a afirmar que “la costumbre
desta gente de caribes es bestial”.81 Así quedaría rubricada una
visión sobre los caribes como indios salvajes, concepción que
sombreará las elaboraciones sobre otros indígenas del Nuevo
Mundo que posteriormente confeccionaron los europeos.
Los criterios expresados por Álvarez Chanca se sumaron a
las opiniones previamente expuestas por Colón, contribuyendo
así a la configuración de unos imaginarios espaciales y cultu-
rales que terminaron por definir las concepciones occidentales
acerca del mundo antillano. A la luz de tales juicios, no asombró
al médico que, al topar los españoles con otra isla —al parecer,
Montserrat—, alegaran “las yndias que llevábamos que no hera
80
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 118.
81
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 117.
124
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
habitada [ya] que los de caribe la avían despoblado”, si bien
no lejos había otra ínsula que parecía “muy poblada” debido a
“las muchas labranças que en ella avía”. Resulta enigmático, no
obstante, que en territorios tan cercanos fuesen tan disímiles las
alegadas incursiones y devastaciones de los caribes. Con todo,
al saltar a tierra en la última isla, encontraron los exploradores
un poblado cuyos ocupantes habían huído, aunque “tomaron”
los españoles unas mujeres y unos muchachos, cautivos de
los caribes, quienes, presumiblemente, habitaban la isla. Tal
suposición pareció confirmarse debido a que entre los recién
llegados y un pequeño grupo de indígenas —incluyendo mu-
jeres— se desató una escaramuza en la que resultó herido de
muerte un español. Quedaba de tal modo confirmado el talante
fiero y guerrero de los caribes. A ello sumó Álvarez Chanca
la indicación —efectuada ya por Colón— de que los caribes,
a diferencia del resto de los aborígenes antillanos, traían “el
cavello muy largo”.82
Las apreciaciones de Álvarez Chanca se enmarañaron más
al arribar a “Burenquen” (Borikén o Puerto Rico), que el médi-
co-explorador describió como “muy hermosa y muy fértyl”. A
ella —añadió— “vienen los de Caribe a conquistar”, capturan-
do “mucha gente”. Sin razón aparente, Álvarez Chanca afirmó
que los nativos de esta ínsula “no tienen fustas [barcas] ningu-
nas nin saben andar por mar”, si bien los caribes capturados
por los españoles alegaron que sus habitantes usaban “arcos
como ellos”. Incluso —continúa el médico, siguiendo a sus in-
formantes—, cuando eran atacados por los caribes, de ser éstos
capturados por los borincanos, “también se los comen como
los de Caribe a ellos”.83 Según tal lógica, los borincanos, sin ser
caribes, también ejercían la antropofagia. Alegatos como estos
82
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 119-120.
83
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 121.
125
Pedro L. San Miguel
eran tomados al pie de la letra por los españoles, aunque, como
ha enfatizado Sued Badillo, formaban parte de un entramado
mítico. Este mismo autor ha resaltado que los juicios de los
españoles carecían de la sistematicidad y la rigurosidad reque-
ridas por la Antropología y la Historia modernas; pese a ello,
pasaron a sustentar toda una concepción espacial y cultural so-
bre el mundo antillano. En concreto, definieron las Antillas en
base a la tipificación entre taínos y caribes, entre indios ino-
centes y pacíficos, e indios salvajes y guerreros.84 Esta visión
dicotómica sustentará uno de los primeros esbozos acerca de la
civilización y la barbarie en el Nuevo Mundo.
En tales elaboraciones, los taínos no se libraron de juicios
que tendían a cuestionar e infravalorar sus costumbres y formas
de vida. Refiriéndose a los habitantes de la Española, señaló
Álvarez Chanca que solían pintarse ya de negro, ya de blanco o
rojo, “de tantos visajes que en verlos es cosa de reyr; las cabeças
rapadas en logares con vedijas [mechones] de tantas maneras
que no se podría escrevir”. Como colofón de todo ello apuntó:
“todo lo que allá en nuestra España quieren hazer en la cabeça
de un loco, acá el mejor dellos vos lo terná en mucha merçed”.85
Los hábitos alimentarios de los habitantes de esa isla también
fueron reprobados por el médico debido a que comían “quantas
culebras e lagartos e arañas e quantos gusanos se hallan por
el suelo”. De ello concluyó que era “mayor su bestialidad que
de ninguna bestia del mundo”.86 Como se aprecia, a los ojos
de Álvarez Chanca los taínos estaban lejos de constituir seres
edénicos: por él fueron conceptuados como entes demenciales
y bestiales. En cuanto locos o bestias, carecían de racionalidad.
Tal fue la conclusión a la que llegó Álvarez Chanca, quien, en
84
Sued Badillo, Caribes, 1978; y Reding Blase, Buen, 2009.
85
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 134.
86
Álvarez Chanca, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 136.
126
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
virtud de sus estudios en medicina, debía contar con lo que en
su época constituía una mentalidad científica. Ello no obstó para
que elaborara una visión que contribuiría a enraizar en el mun-
do occidental una serie de impugnables nociones acerca de los
habitantes del Caribe antiguo. Si tal era el caso de un letrado,
de una mente cultivada, ¿qué podría esperarse de esa marinería
rústica y de la plebe ignara que constituyeron la mayoría de los
españoles que exploraron y colonizaron las Antillas?
Testigo excepcional del segundo viaje colombino lo fue
también el italiano Michael de Cuneo (1448-1503), amigo per-
sonal de Colón que lo acompañó en dicho recorrido y quien
redactó otra epístola, fechada en 1495, que se considera fuente
capital de ese periplo.87 Dicha misiva, en lo que a los caribes
se refiere, suscribe en esencia las percepciones transmitidas
por Álvarez Chanca, que a su vez reiteraba —adobándola— la
visión que había elaborado Colón antes de arribar a las islas
“caribe”. Así, al desembarcar en una de ellas, unos españoles
estuvieron varios días perdidos, por lo cual, apunta Cuneo:
“Juzgamos que los once habrían sido devorados por los caníba-
les, que tienen esta costumbre”. Irónicamente, los extraviados
lograron retornar gracias a que “una vieja”, mediante señas,
“les indicó el camino”.88 No sería esa anciana la única mujer
indígena que aparecería en la relación escrita por Cuneo, para
quien —se ha apuntado— el tema de las mujeres constituyó
un “tópico obsesivo”.89 Con delectación, por ejemplo, narró su
primer encuentro con los habitantes de las islas antillanas, en el
cual “capturamos doce mujeres muy hermosas y muy gordas,
entre los quince y los diez y seis años”. A ellas se sumaron
87
“Carta de Michael Cuneo, 1495”, en: Morales Padrón, Primeras, 1990,
139-162. Sobre Cuneo, ver: León Guerrero, “Cronistas”, 2006, 120.
88
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 142.
89
Solodkow, “Caníbales”, 2005, 18.
127
Pedro L. San Miguel
“dos mozos de igual edad que tenían amputado el miembro
genital casi junto al mismo vientre”, por lo que los expedicio-
narios asumieron que habían sido castrados por “los caníbales
a fin de que no se mezclasen con sus propias mujeres, o quizás
para engordarlos y comérselos más tarde”. Su destino fue muy
singular ya que fueron enviados a España “al Rey, como una
muestra de aquellos habitantes”.90
Más adelante Cuneo narra otro encuentro con indígenas;
en esta ocasión, se trató de esa contienda —relatada igualmen-
te por Álvarez Chanca— en la cual un español fue flechado,
pereciendo como resultado de ello. El italiano aportó detalles
que le confieren una tétrica marca a su relato. Destaca que uno
de los indígenas quedó tan herido que pensaron los españoles
que estaba muerto, así que lo echaron al mar. Pero éste empe-
zó a nadar, por lo cual, con un garfio, lo acarrearon a la nave
española y “le cortamos la cabeza”. El cronista, sin duda, era
partidario del realismo más crudo. Su estilo narrativo quedó
ampliamente desplegado en esa sección de su carta en la cual
describe, con notoria fruición, el ataque sexual que perpetró
contra “una mujer de los caníbales, muy hermosa”, de la que se
apoderó gracias a que “el señor Almirante me [la] donó”.
90
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 143. En Taladoire, Amé-
rica, 2017, se estudia el traslado de indígenas americanos a Europa;
sin embargo, no se registran de manera expresa esos aborígenes envia-
dos al monarca español. No obstante, parece que formaron parte del
grupo de 26-30 indígenas remitidos a la Península en 1494 a cargo de
Antonio Torres (Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 146 y n.
19 [de Morales Padrón] en esa misma página; y Taladoire, América,
2017, 272). Y, en efecto, hay constancia del arribo a España, hacia
abril de 1494, de tres indígenas antillanos castrados, por lo que es
razonable asumir que se trató de esos “cautivos” encontrados por los
españoles en las islas “caribe” (“Carta de Giovanni De’Bardi [1494]”,
en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 166).
128
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Teniéndola en mi estancia desnuda según es costum-
bre, asedióme el deseo de solazarme con ella; queriéndolo
poner en ejecución y no admitiéndolo ella, me trató de tal
manera con sus uñas, que jamás hubiese querido haber co-
menzado; visto lo cual, […], tomé una cuerda y la azoté
fuertemente, mientras ella daba gritos inauditos. Pero al
final, nos encontramos de acuerdo de tal manera, que os
digo que para eso parecía amaestrada en una escuela de
rameras.91
Fue éste, sin duda, un singular encuentro de “civilización y
barbarie”, en el cual la palabra escrita —eminente criterio civi-
lizatorio— se emplea para narrar, con deleite, el sometimiento
de una india “caribe”, que para el alegado civilizado era una
salvaje.92
Los caribes no quedaron circunscritos, en el relato de Cu-
neo, a las Antillas menores. Al arribar a la isla Española, los
expedicionarios se toparon con una ominosa escena que el ita-
liano narró en ese estilo suyo, precursor de la “nota roja” de
la prensa sensacionalista. Al desembarcar, encontraron a los
españoles del Fuerte de la Navidad “todos muertos, tendidos
sobre la tierra, las cuencas de los ojos vacías”. Rápidamente,
el cronista determinó: “creemos que fueron devorados por los
caníbales, pues es costumbre de ellos sacar los ojos al enemi-
go que degüellan y comérselos”. Cuáles fueron sus fuentes de
91
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, p. 144. En torno a esta
violación y su sentido, ver: Solodkow, “Caníbales”, 2005, 23-24; Mo-
lina, “Crónicas”, 2011, 193-194; Watson, Insatiable, 2015, 64-65; y
Reding Blase, “Imaginario”, 2019, 125-126 y 128-129.
92
Acerca del papel de la palabra escrita en el proceso de dominación
del Nuevo Mundo y de sus habitantes, ver: Pastor, Discurso, 1983; y
Mignolo, Darker, 2003.
129
Pedro L. San Miguel
información acerca de tal práctica, constituye un misterio que
Cuneo no aclara. Con todo, ofreció un categórico dictamen
forense acerca de cuándo habrían acontecido esos hechos: “Qui-
zás habían transcurrido unos quince o veinte días desde aquél
en que habían sido sacrificados”. Para indagar lo sucedido, los
exploradores recurrieron a Guacanagarí, cacique aliado de los
españoles desde el primer viaje. Éste, “con abundancia de lá-
grimas” —continúa Cuneo—, relató que “había bajado el señor
de la montaña, llamado Goacanaboa [Caonabo], con tres mil
hombres y les había dado muerte”.93 Pese a tal alegato, Cuneo
no enmendó su afirmación de que los caribes habían ultimado a
los españoles de la Navidad, lo que implicaría que Caonabo era
caribe. Y dado que este cacique regía una parte de la Española,
ello significaría que caribes y no caribes habitarían una misma
isla. Por ende, que las fronteras y los límites espaciales entre
unos y otros eran menos categóricos de lo supuesto dada la ale-
gada discordia entre ellos. Las presunciones de Cuneo, en todo
caso, problematizarían las figuraciones geopolíticas elaboradas
por los españoles acerca de la distribución de unos indígenas y
otros a lo largo del archipiélago antillano.
Más aún: los apuntes “etnográficos” de Cuneo sugieren que
caribes y no caribes, pese a constituir, alegadamente, pueblos
o etnias disímiles, eran análogos en muchos sentidos; en múl-
tiples aspectos podían resultar indistinguibles. A juzgar por sus
descripciones, los habitantes de la Española no se diferencia-
ban físicamente de los de las Antillas menores, supuestamente
habitadas por caribes. Los de la Española eran de color “acei-
tunado”, con “la cabeza achatada y el rostro como los tártaros
[…], de pequeña estatura”, si bien “de carnes sólidas”, con
“escasa barba y bellísimas piernas”. En lo que a las mujeres
93
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 145.
130
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
se refiere, Cuneo aludió a “sus senos redondos, duros y bien
formados”; alegó, asimismo, que “el vientre no se les arruga
por el parto, mas se conserva terso, y así mismo los senos”.
La desnudez de los aborígenes antillanos también llamó su
atención, aunque advirtió que “las mujeres que han conocido
hombre se cubren con una hoja de árbol, un pedazo de tela o
algún trapo”. Como en el caso de Álvarez Chanca, la gastro-
nomía aborigen fue motivo de aversión para Cuneo. Según él,
los indígenas comían “toda clase de animales repugnantes y
venenosos, como serpientes”, aunque, contradictoriamente,
atestiguó que por necesidad los exploradores habían comido de
ellas, encontrándolas “excelentes”. A esa pitanza añadió otros
animales y sabandijas que, a ojos suyos, resultaban inmundos,
como “perros” —que al parecer había probado ya que afirmó
que no eran “muy buenos”—, lagartos, arañas y batracios.94
El cronista italiano fue uno de los primeros europeos en
aludir a las prácticas sexuales de los habitantes de las Anti-
llas. Éstas —afirmó—, de no ser por las depredaciones de los
caribes, estarían mucho más pobladas ya que sus habitantes,
“tan pronto están en edad de engendrar, lo hacen”. Asimis-
mo, fornicaban “abiertamente cuando así lo desea[ba]n y salvo
los hermanos y las hermanas, todo lo demás [era] común”. En
esto —se puede suponer— el cronista percibía una cierta ani-
malidad. Pese a adscribirles tales costumbres, Cuneo arguyó
que los antillanos eran “gente fría y no muy sensual”, lo que
atribuyó a su mala alimentación. De igual forma, aludió a la
sodomía entre los indoamericanos, asunto que, a lo largo de
todo el periodo colonial, constituiría para los españoles una
verdadera obsesión. Su práctica en las Antillas mancomunaba
a “indios” y “caribes” ya que unos y otros —alegó Cuneo—
94
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 151-152.
131
Pedro L. San Miguel
“son sodomitas”. No obstante, consideró que “los indios” no
sabían si hacían “bien o mal” al incurrir en lo que calificó como
“maldito vicio”, el que —especuló— debía tener su origen
“en los caníbales”, quienes amén de subyugar y comerse a los
primeros, para “colmo de desprecio, los someten a semejan-
te afrenta”, contribuyendo así a que tan nefanda costumbre se
propagase entre los últimos.95 Nuevamente, los caribes, ver-
sión extrema del salvajismo y la barbarie, eran la fuente de una
práctica sexual que, a ojos de los cristianos, representaba una
abominación, inducida por las fuerzas maléficas que impregna-
ban el mundo. En todo caso, resulta patente que, para Cuneo,
los hábitos sexuales de “indios” y “caribes” tendían a hacerse
indistinguibles.
Otra de las cuestiones que Cuneo abordó fue la reli-
gión de los antillanos, sobre la cual brindó pormenores que
trascendieron las generalidades —usualmente infundadas—
manifestadas por Colón. Alegó haber visitado un “templo de
los caníbales” donde había “dos estatuas de madera talladas,
parecidas a la Piedad”. Narró el italiano una costumbre según
la cual, cuando el padre enfermaba, el hijo consultaba al ídolo
del templo si su progenitor “deb[ía] o no vivir”. De ser ne-
gativa la respuesta, el hijo cortaba “la cabeza al enfermo y la
pon[ían] a cocer”, si bien aclaró que no creía que la comieran,
sino que la colocaban en el templo. Al tal ídolo llamaban Seity
—seguramente “cemí”, que era como los taínos designaban a
sus deidades y sus representaciones96— y era encarnado “en
un hombre a quien dan el nombre de santo, [que] anda vestido
con un saco de algodón y no habla nunca”. Este hombre sacro
—añade— se colocaba todas las mañanas en medio del tem-
plo, ayuntándose “con la primera mujer que entra[se]”, razón
95
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 152-154.
96
Oliver, Caciques, 2009.
132
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
por la cual las demás mujeres la besaban “como cosa divina,
por haberse dignado usar de ella el santo varón”. Afirmó que
tanto los “caníbales” como los “indios” no adoraban “cosa al-
guna fuera del ídolo, pero no le hacen sacrificios ni saben quién
es Dios, ni quién el diablo”, criterios sin duda apresurados que
coincidían con los de Colón, quien —recordemos— había se-
ñalado que los aborígenes “ninguna secta tenían”.97
Cuneo, por otro lado, efectuó interpretaciones generales,
de índole cultural, acerca de los habitantes de las Antillas. Por
ejemplo, distinguió entre “indios” y “caníbales”, con lo que ha-
bría contribuido a enraizar esa dicotomía que, durante siglos, ha
signado las categorías étnico-culturales de los antiguos pobla-
dores del Caribe. Tal dualidad resultaría arquetípica, pasando a
sustentar la distinción entre “noble salvaje” e “indio bárbaro”.
Por ende, actuaría como uno de los sustratos de la construc-
ción de la “civilización” y la “barbarie” durante la Conquista
e, incluso, adoptando diversos ropajes, en otros momentos de
la historia latinoamericana. Ello fue así pese a que el mismo
Cuneo brindó criterios que, de alguna forma, cuestionaban o
desentonaban con tan tajante categorización. Así, aunque “ca-
níbales” e “indios” eran “innumerables” y habitaban “a grandes
distancias unos de otros en un país inmenso y poco poblado,
hablan sin embargo un solo lenguaje, viven del mismo modo, y
parecen pertenecer a una sola nación”. La diferencia principal
entre unos y otros —añadió— residía en que “los caníbales son
hombres más feroces y audaces que los indios”. De tal modo,
los primeros capturaban a los segundos y los comían “como
nosotros a los cabritos”, prefiriendo a los varones por conside-
rar su carne mejor que la de las mujeres. Debido a su afición
a la carne humana, los “caníbales” estaban dispuestos a “estar
97
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 153; y Colón, Diario,
2000, 107.
133
Pedro L. San Miguel
lejos de sus pueblos seis, ocho o diez años”, permaneciendo en
aquellas islas donde capturaban a sus presas —los indefensos
“indios”— “hasta despoblarlas”.98
Intrigados por las razias efectuadas por los caribes para
atrapar “indios”, los españoles inquirieron a los primeros sobre
el particular. Debido a su vaguedad, la respuesta recibida fue
poco menos que insustancial: “nos han dicho que de noche se
esconden y al alba incendian las casas y se los llevan”.99 Más
relevante fue la descripción que efectuó Cuneo de las armas
de los caribes, como esos “bastones gruesos con un pomo bien
tallado que imita una cabeza de hombre o de animal”. Usaban,
asimismo, unos “arcos muy gruesos, parecidos a los de los in-
gleses”, con cuerdas de “fibras vegetales” y “flechas […] de
junco”, capaces de traspasar “cuerpos duros”. Esta exposición,
tácitamente, suscribe el argumento, promovido por Colón, de
que una diferencia crucial entre los caribes y los demás anti-
llanos radicaba en las armas que poseían los primeros, de las
cuales carecerían los segundos. Así que, implícitamente, se es-
tablece una decisiva línea cultural entre unos y otros ya que la
posesión de armas, desde la óptica europea, constituía un ele-
mento de superioridad social y cultural. Pese a las diferencias
que entre ellos pudiesen existir, el dictamen de Cuneo sobre
los antiguos antillanos fue fulminante: “indios” y “caníbales”
vivían “como las bestias”.100 Nada perduraba, en tal juicio, de
esa “visión edénica” formulada por Colón en su inaugural “in-
vención de América”.
Dado que los diarios de su padre constituyeron su fuente
principal, la biografía de Hernando Colón sobre el Almirante
es un valioso testimonio sobre sus exploraciones en aguas y
98
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 152.
99
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 152-153.
100
Cuneo, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 153.
134
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
tierras caribeñas. Incluso, aquí y allá ofreció detalles que ma-
tizan algunas de las apreciaciones iniciales de su progenitor
sobre los habitantes de las Antillas, que conocemos gracias a
la versión de su Diario que debemos a Las Casas.101 Aludiendo
a sus actividades de caza y pesca y a sus prácticas recolecto-
ras, Hernando señaló que los indígenas iban de una isla a otra,
“según las épocas, […] como quien muda de pasto por estar
cansado del primero”, apreciación que pone en perspectiva
los alegados ataques “caribes” a las islas habitadas por los
“pacíficos” taínos, ya que sugiere determinantes naturales o
ecológicas en tales incursiones. Mas al referirse a sus fuentes
de alimentación, concordando con Álvarez Chanca y Cuneo,
adujo que los antillanos comían “muchas inmundicias, como
arañas gordas y grandes, gusanos blancos que se engendran en
los maderos podridos y en otros lugares corrompidos, y mu-
chos peces casi crudos”. Varias de sus vituallas —remató—,
“a más de dar náuseas, bastarían para matar a cualquiera de
nosotros que las comiese”.102 Con todo, acerca del primer viaje,
el hijo siguió en lo esencial las anotaciones de su genitor, por
lo que reprodujo su “visión edénica”.103 Pero esta concepción
también resulta dosificada por Hernando, como al narrar cuan-
do unos aborígenes de la Isla de la Tortuga se aproximaron en
canoa, agresivamente, a la costa de la Española, suscitando la
hostilidad de los indígenas de esta última, quienes habían en-
tablado tratos con los barbudos exploradores.104 Pese a que la
disputa no llegó a mayores, el incidente mostró a los recién
101
Éste, como ha resaltado Solodkow (Etnógrafos, 2014, 118), actuó,
respecto de los textos originales de Colón, como una especie de editor,
efectuando manipulaciones y enmiendas.
102
Colón, Vida, 1947, 103.
103
Colón, Vida, 1947, 91.
104
Colón, Vida, 1947, 108.
135
Pedro L. San Miguel
llegados que entre los antillanos existían rencillas y diferencias
que podían adquirir tonos virulentos. Y ello controvertía ese
carácter edénico que Colón les había adjudicado, al grado de
que —alegaba el Almirante— amaban “a sus prójimos como a
sí mismos”.105
Como era de esperarse, Hernando abordó también el tema
de los caribes. Refiere, por ejemplo, que el cacique Guaca-
nagarí se lamentaba de que los susodichos tomasen como
esclavos “a los suyos” y se los llevasen para “comérselos”.106
Relató, asimismo, lo que definió como “la primera escaramu-
za entre los indios y los cristianos”, ocurrida en ese lugar que
Colón bautizó como Golfo de las Flechas. Acerca del indígena
que se entrevistó con Colón, Hernando aduce que su “discur-
so […] estaba acorde con su fiereza”, la que “mostraba ser
mayor que la de la demás gente que hasta entonces habían vis-
to” los españoles. Sobre el aspecto del interlocutor de Colón,
Hernando resaltó que tenía “la cara tiznada de carbón”, aun-
que aclaró que “todos aquellos pueblos tienen la costumbre de
pintarse”. De tal forma, efectúa una matización reveladora ya
que sugiere que pintarse el cuerpo no era una práctica exclusi-
va de los supuestos caribes. En base a tal criterio y al largo de
sus cabellos, concluyó Colón que esos indios eran caribes, si
bien —como relata su Diario—, su interlocutor alegó que los
tales habitaban “más al Oriente, en otras islas”. Éste remató
aludiendo a “la isla de Matininó[,…] poblada de mujeres”.
Todo eso infirió el Almirante —aduce su hijo—, pese a que la
entrevista se efectuó “por señas y por lo poco que podían en-
tenderles los indios de [la isla de] San Salvador”, raptados por
los españoles al inicio de su travesía por aguas americanas,
105
Colón, Vida, 1947, 113.
106
Colón, Vida, 1947, 114.
136
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
fungiendo como traductores —deficientes, sin duda— entre
iberos y antillanos.107
Al relatar el segundo viaje de su progenitor, como era de
esperarse, Hernando aborda de forma más amplia el tema de los
caribes. Así, al desembarcar en la isla que Colón bautizó como
Guadalupe, los dos “bateles” enviados a tierra regresaron “con
sendos indios jóvenes, que estuvieron acordes en decir que
no eran de aquella isla, sino de otra llamada Boriquén [Puerto
Rico]”. Alegaron, asimismo, que los habitantes de Guadalupe
“eran caribes, y los habían hecho prisioneros en su misma isla”.
Más adelante los españoles entraron en contacto con “seis mu-
jeres” que vinieron corriendo “a ellos huyendo de los caribes”
y que por su voluntad “se venían a las naves”. Pese a ello, Co-
lón las hizo regresar a tierra, donde “los caribes, a la vista de
los cristianos, les quitaron todo lo que el Almirante les había
dado”. Pero la historia de esas mujeres no terminó ahí. Poco
después, “por su odio a aquellos caribes, o por el miedo que les
tenían, […], cuando las barcas volvieron a tomar agua y leña,
entraron en ellas dichas mujeres, rogando a los marineros que
las llevasen a los navíos, diciendo por señas que la gente de
aquella isla se comía a los hombres y a ellas las tenían esclavas,
por lo que no querían estar con ellos”. Conmovidos por tales
ruegos —continúa el vástago del Almirante—, los marineros
las acogieron junto a “dos niños y un mozo que se había esca-
pado de los caribes, teniendo por cosa más segura entregarse a
gentes que nunca habían visto y tan diferentes de su nación que
107
Colón, Vida, 1947, 118-119. La dificultad de comunicación entre unos
indígenas y otros seguramente se debió a que los que encontraron los
españoles en el denominado Golfo de las Flechas pertenecían al grupo
étnico-cultural conocido como ciguayo, cuya lengua era distinta a los
indígenas de origen arahuaco que poblaban la mayoría del archipiéla-
go antillano.
137
Pedro L. San Miguel
permanecer con aquéllos que manifiestamente eran funestos y
crueles, y que se habían comido a sus hijos y maridos”. Hoy en
día resulta imposible saber a ciencia cierta cuánto de este relato
sea verídico. Se trata —preciso— de lo que narra Hernando
Colón en la biografía de su padre, basándose en los escritos
de éste y, quizás, en los relatos de unos marineros inflamados
por fantasías y, verosímilmente, por ardores del cuerpo que
ansiaban desfogar en las nativas desnudas que, encandilados,
contemplaban en las islas por ellos visitadas. Estas considera-
ciones —ubicadas en el ámbito de la especulación, si bien de la
especulación razonada—, hacen que la versión recogida por el
vástago de Colón en la biografía de su padre, sino descartable,
luzca al menos como cuestionable.
En la biografía sobre su progenitor, Hernando narra algo
que, a mi juicio, resulta iluminador acerca de las alegadas dife-
rencias culturales entre esos que Cuneo denominó “caribes” e
“indios”. Poco antes de zarpar de la isla de Guadalupe, Colón
“salió a tierra” y vio unas casas con “mucho algodón hilado
y por hilar, y telares”. Además, en esas viviendas observó
“muchas cabezas de hombres colgadas y cestas con huesos de
muertos”, si bien en esta ocasión, al parecer, el Almirante no
ofreció disquisición alguna sobre tal hallazgo. Lo verdadera-
mente llamativo es que, según su hijo, Colón advirtió que esas
“casas eran mejores y más abundantes en vituallas y en todas
las demás cosas necesarias para el uso y servicio de los indios
que ninguna otra de las que habían visto en las otras islas, en el
primer viaje”.108 Este breve pasaje de la obra de Hernando Co-
lón resulta iluminador por dos razones. En primer lugar, porque
aduce que un pequeño poblado caribe estaba mejor dotado de
bienes materiales que los encontrados por los españoles en el
108
Colón, Vida, 1947, 148-149. Itálicas añadidas.
138
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
primer viaje, cuando exploraron islas como Cuba y la Española.
Tal dotación se podría adjudicar, por supuesto, a las actividades
depredadoras de los caribes, quienes —según esta lógica— ob-
tendrían esas posesiones gracias a sus asaltos a las demás islas
antillanas. No obstante, esta hipótesis encontraría un reparo en
el hecho de que Colón indica que en esa aldehuela, supuesta-
mente caribe, había “telares”, lo que revelaría que el algodón
era elaborado por sus habitantes. En segundo lugar, el Almiran-
te señaló que las viviendas de ese caserío eran mejores que las
existentes en las islas que había explorado en su viaje anterior,
dato que contradice de forma patente los imaginarios que sobre
los caribes fueron emergiendo en esos primeros momentos de
la “invención de América” y que habrían de permear las con-
cepciones ulteriores acerca de ellos. En tales elaboraciones, en
cuanto salvajes, belicosos, fieros, salteadores y aventureros, los
caribes carecerían de una vida ordenada y sedentaria, esencial
—según tal concepción— para desarrollar actividades pro-
ductivas de forma regular —como el hilado de algodón— e,
incluso, para erigir moradas y poblados de buena hechura. Así
que este pasaje de la Vida del Almirante ofrece criterios adicio-
nales para impugnar la tajante distinción entre caribes e indios
pacíficos que, como parte de la “etnografía colonial”, emergió
en los albores del dominio europeo del Nuevo Mundo.109
Más adelante, Hernando narra ese incidente, referido tanto
por Álvarez Chanca como por Cuneo, en el cual los explorado-
res se enfrentaron a unos indígenas que iban en canoa y en el
cual un español es herido, muriendo poco después. Hernando,
por cierto, narra ese suceso de forma sobria, ajena al estilo de
Cuneo, quien se regodeó en tétricos detalles. Pese a su frugal
estilo narrativo, Hernando aporta elementos que, nuevamente,
109
Solodkow, Etnógrafos, 2014; y Reding Blase, Buen, 2009.
139
Pedro L. San Miguel
problematizan las interpretaciones ofrecidas por los mismos
españoles acerca de los caribes. Así, en su relato, eran cuatro
hombres y una mujer —la cual, al parecer, habría herido con
sus saetas a un español— quienes iban en la canoa, que fue
embestida por el “batel” español, provocando que los indíge-
nas cayeran al mar. Añade el biógrafo de Colón que uno de
los indígenas, “mientras nadaba, tiraba muchas flechas como
si estuviera en tierra”. E inmediatamente agrega: “Estos tenían
cortado el miembro viril, porque son cautivados por los caribes
en otras islas”. Como se aprecia, Hernando alude también a
la castración, arguyendo que los caribes mutilaban así a sus
prisioneros para que se cebasen, “a la manera como nosotros
acostumbramos a engordar los capones, para que sean más sa-
brosos al paladar”.110 Sin embargo, su misma relación suscita
interrogantes en torno al vínculo entre cautiverio y castración
elaborado por los españoles, nexo establecido a partir de los
testimonios de aquellos indígenas —mayormente mujeres—
supuestamente rescatados de la sujeción que sufrían. Aunque
su relato no es del todo claro en lo que a este asunto respecta,
sí admite la interpretación de que entre quienes enfrentaron a
los españoles había indígenas castrados. Por qué habrían ac-
tuado así y no trataron de huir, acogiéndose al amparo de los
110
Colón, Vida, 1947, 149-150. Por lo que he podido determinar, el tema
de la castración entre los indígenas antillanos —en particular entre los
supuestos caribes— ha suscitado escaso interés entre los investiga-
dores dedicados a los antiguos habitantes de las Antillas. Mencionan
muy de pasada esta práctica: Whitehead, “Carib”, 1984; y Watson,
Insatiable, 2015. Quienes en el segundo viaje colombino refirieron
la existencia de tal práctica alegaron que los jóvenes eran castrados
con el fin de “engordarlos” para eventualmente comerlos. Habría que
considerar, no obstante, que tal práctica tuviese vínculos con el mito
indígena de la creación de las mujeres, atribuido al “pájaro Inriri”.
Sobre este particular, ver: Pané, Relación, 1988.
140
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
españoles, como habrían hecho otros alegados cautivos de los
caribes —según testimonian Álvarez Chanca, Cuneo y Hernan-
do Colón—, es una incógnita que genera la narración de este
último sobre dicho suceso. El enigma aumenta si se asume que
el nativo que lanzaba flechas mientras nadaba era uno de los
castrados, como puede desprenderse del relato de Hernando, y
que, por lo tanto, sería aquel que, según Cuneo, fue capturado
y decapitado por los españoles. Nuevamente, nos enfrentamos
a una de las tantas incógnitas generadas durante la conquista
de América, enigmas suscitados con frecuencia por las ambi-
valencias de las fuentes disponibles, las que, pese a que son de
testigos, generan incertidumbres debido a sus silencios, a sus
énfasis o a las distorsiones inducidas por los códigos culturales
desde los cuales se forjaron tales testimonios, e incluso por las
distorsiones provocadas por las memorias particulares de los
diversos narradores de un mismo acontecimiento.
Otro aspecto rescatable de la narración de Hernando acer-
ca de las peripecias de su padre se refiere a su ruta de regreso
a España durante el segundo viaje a las Antillas.111 Entonces
—indica su biógrafo—, Colón se vio forzado a tomar la ruta
de las “islas caribes” debido a los vientos desfavorables que
encontró en su trayecto original y a la necesidad de reabaste-
cerse de vituallas. Pero, al intentar desembarcar en Guadalupe,
“salieron del bosque muchas mujeres con arcos y flechas y pe-
nachos, en actitud de querer defender la tierra”. Impedidos de
desembarcar, siguieron los españoles bordeando la isla, con-
frontando otros indígenas que trataron de impedir la incursión
de los extranjeros. Éstos respondieron con tiros de lombardas,
por lo que los nativos huyeron, lo que posibilitó que los es-
pañoles fueran a tierra, entrando a las viviendas abandonadas,
111
A menos que indique otra cosa, lo que sigue proviene de: Colón, Vida,
1947, 207-209.
141
Pedro L. San Miguel
que los atacantes saquearon a gusto. Ahí advirtieron que las
viviendas eran “cuadradas y no redondas como se acostumbra
en las otras islas”. Amén de ello, vieron “un brazo de hombre
puesto al fuego en un asador”, hallazgo que seguramente, pese
a no manifestarlo así Hernando en su texto, fue interpretado por
los españoles como indicio de canibalismo. Al día siguiente,
unos hombres enviados por Colón a explorar la isla regresaron
“con una presa de diez mujeres y tres muchachos”, entre ellas “la
[mujer] de un cacique”, la que, en su intento de fuga, había sido
perseguida por un español, “velocísimo y muy valiente”. “[V]
enidos a los brazos” —es decir, entablando lucha—, el español
“no podía resistirla, pues dio con él en tierra y lo ahogara si no
lo hubiesen socorrido los cristianos”. Así que, además de topar
con los caribes, durante esa estadía en Guadalupe los españoles
parecieron encontrar a las famosas amazonas, como se despren-
de de la relación ofrecida por Hernando. Como habían observado
anteriormente en esa misma isla, las mujeres que la habitaban
—supuestamente caribes— llevaban “las piernas fajadas desde la
pantorrilla hasta la rodilla con algodón hilado, para que parezcan
gruesas”. No obstante, él mismo señala que “[eso] mismo acos-
tumbran en Jamaica los hombres y las mujeres, y aun se fajan
los brazos hasta el sobaco”, con lo cual se relativiza la noción de
que ese tipo de práctica fuese exclusiva de los supuestos caribes.
Eso no obstó para que el biógrafo del Almirante continuara
describiendo a las mujeres de la isla Guadalupe, y que el perfil
por él elaborado plasmara la imagen de las “amazonas”. Eran
estas mujeres —de acuerdo con Hernando— “desmedidamente
gruesas, tanto que alguna tenía un brazo y aun más de gordura”,
aunque “por lo demás son bien proporcionadas”. Añadió que
todas llevaban “el pelo largo y suelto por las espaldas”, rasgo
que ya había sido asociado por Colón con los caribes. Sin indi-
car el origen de tal información —aunque seguro se trataba de
su padre, quien se basaba tanto en los mitos indígenas como en
142
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
la creencia europea acerca de las “mujeres sin hombre”, fábula
recogida, por ejemplo, por John Mandeville en el relato de su
periplo por el Oriente112—, Hernando agregó que las mujeres
de Guadalupe, tan pronto sus hijos podían “tenerse en pie y
andar, les [ponían] un arco en la mano para que aprendan a
flechar”. Remató aduciendo que “la cacica o señora que pren-
dieron decía que toda la isla era de mujeres” y que quienes
habían enfrentado a los españoles en su intento de desembarco
“eran también mujeres, excepto cuatro hombres de otra isla que
estaban allí por azar” ya que era la época del año en que iban
allí los hombres de otras islas “a yacer con ellas”. Eso mismo
—continúa el vástago de Colón— “hacían las mujeres de otra
isla, llamada Matinino, de las cuales referían lo que se lee de las
Amazonas”. La veracidad de dicho relato no fue cuestionada ni
por Hernando ni por su padre, quien, al decir del primero, “lo
creyó por lo que vió de estas mujeres y por el ánimo y fuerza
que mostraron”. Asimismo, apuntó el más joven de los Colón:
Dicen también que parecen [las nativas de Guadalupe]
de más razón que las de las otras islas; porque en otros luga-
res no miden el tiempo más que de día por el sol y de noche
por la luna, mientras que estas mujeres contaban los tiempos
por las otras estrellas diciendo: Cuando el Carro sube o tal
estrella desciende, entonces es tiempo de hacer esto o lo otro.
Detalle nada intrascendente éste ya que sugiere que los
antiguos habitantes del Caribe poseían nociones acerca del
movimiento de los astros, más allá de los más rudimentarios
acerca del Sol y la Luna. Tampoco resulta desdeñable lo que
evidencia este pasaje en torno al eurocentrismo de los relatos
etnográficos de los exploradores y conquistadores del Nuevo
112
Mandeville, Travels, 2005, 116-117.
143
Pedro L. San Miguel
Mundo, que permeó su visión de las sociedades y las culturas
aborígenes. Ello se patentiza en la alusión de Hernando a la
constelación conocida como “Carro” —llamada también Osa
Mayor—, noción que debía ser totalmente ajena a las antiguas
culturas antillanas ya que en sus sociedades no había carros, ca-
rruajes ni nada que se asemejara, por lo cual resulta imposible
que pudieran trasladar dicho concepto al firmamento. Mas para
eso también sirven las fuentes históricas: para conocer “de qué
pata cojean” quienes las elaboran…
Los testimonios ofrecidos por Álvarez Chanca, Cuneo
y Hernando Colón demuestran que, a raíz del segundo via-
je colombino, quedó entronizada la noción de que el mundo
antillano estaba ocupado por dos tipos de indígenas: esos que
Cuneo denominó “indios” y que, siguiendo las nociones expre-
sadas por Colón en su primer viaje, eran pacíficos, inocentes y
dadivosos, y aquellos otros, los “caribes”, que se distinguían
por su fiereza, belicosidad y, sobre todo, por ser antropófagos.
El imaginario acerca de estos últimos quedó grabado de manera
concluyente, como patentiza ese enigmático Giovanni de’Bar-
di, quien, pese a no haber participado en los viajes colombinos,
redactó una carta en 1494 en la cual consignó que en una de
las islas caribe los españoles encontraron “unos esclavos” cas-
trados con el fin de “engordarlos y luego comérselos”: “dos de
ellos tienen el miembro viril cortado”, mientras que al tercero,
que podía ser tomado “por una mujer”, le habían “cortado los
testículos”. A continuación añade que los españoles hallaron
en las viviendas de los aborígenes “muchas cabezas y huesos,
pertenecientes, según se dice, a quienes fueron devorados”.113
113
“Carta de Giovanni De’Bardi”, en: Morales Padrón, Primeras, 1990,
166. Nada se sabe —afirma Morales Padrón— del autor de la misiva
citada, aunque sugiere que estaba cercano a “los entornos colombi-
nos” (Primeras, 1990, 13).
144
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Los criterios vertidos por de’Bardi evidencian que a apenas dos
años del “descubrimiento” circulaban ya en España una serie
de lugares comunes acerca de los habitantes de las islas an-
tillanas. En el mismo año de 1494, otro italiano, el mercader
florentino Simone del Verde, reiteró las ideas acerca de los in-
dígenas capturados y castrados por los caribes, quienes, sobre
todo en las épocas de verano, “navegan de isla en isla para de-
predar: comen a los hombres y se llevan a las mujeres” para
convertirlas en esclavas. Citando a un supuesto testigo —al
parecer, Antonio Torres, quien estuvo al mando de doce bar-
cos que retornaron a España desde la Española a principios de
1494—, afirmó: “El capitán de las carabelas me ha asegurado
haber visto en las casas [de las islas antillanas] muchos huesos
de muertos, y en una, carne humana que asaban y una cabeza
de hombre en la brasa”. Y aunque a continuación expresó dudas
acerca de la veracidad de tal testimonio “por la facilidad que
ellos [¿los marinos o los exploradores de las Antillas?] tienen
de mentir”, sentenció: “lo que yo sí creo que es cierto, por ha-
berlo oído de todos, es que [los caribes] comen carne humana:
lo dicen también los habitantes de otras islas”. A los ojos de Del
Verde, tal percepción quedaba corroborada por un testimonio al
parecer irrecusable: uno de los caribes llevados a España, “que
entiende algo” de la lengua castellana, y quien habría confirma-
do al inquisitivo mercader italiano ser cierto que éstos comían
carne humana, “aunque parece que ahora se avergüence y com-
prende que hacen mal”.114
Éstas no fueron las únicas fuentes primarias empleadas por
los difusores de las cosas sensacionales encontradas en las islas
antillanas. En la que Francisco Morales Padrón denomina “re-
lación de Guillermo Coma, traducida por Nicolás Esquilache,
114
“Carta de Simone Del Verde a Pietro Niccoli, 1494”, en: Morales Pa-
drón, Primeras, 1990, 172.
145
Pedro L. San Miguel
que éste remite a don Alfonso Cavallaría, un judío converso”,
se usa como testigo a Petrus Margarita (o Pedro Margarit), de-
finido como “un español digno de la mayor fe” y que habría
“acompañado al almirante en su expedición”, quien:
[…] atestigua haber visto con sus propios ojos varios
indios clavados en los asadores, y asados sobre fuego ar-
diente para la lujuriosa gula de [los caribes]; cerca yacían
arrancadas las cabezas y las extremidades. [Nada de esto
negaban] los caníbales, sino que abiertamente afirman que
se alimentan de carne humana.115
La citada relación alude asimismo a las redadas efectuadas
por los caribes, dirigidas a atacar “las islas cercanas, cuyos ha-
bitantes difieren de ellos muchísimo en índole y costumbres”.
Incitados por su antropofagia, los voraces caribes llegaban a
realizar viajes “hasta de mil millas, con propósitos de rapi-
ña”. A los niños capturados les desmembraban “los genitales”,
engordándolos “como capones”; a los “flacos y débiles”, los
alimentaban con esmero, “como nosotros hacemos con los
carneros”, para devorarlos “con avidez” cuando estuviesen
“grandes y fuertes”. Por su parte, las mujeres cautivadas eran
usadas como esclavas o concubinas. Los hijos de éstas co-
rrían la misma suerte que los niños que capturaban los caribes,
quienes, como Saturno, devoraban a sus propios vástagos. Los
caribes, en fin, son “aficionados a la rapiña; todos crueles con
los indios”. Pese a tales costumbres, se afirmaba que gracias
a su “ingenio abierto” y a ser “astutos”, al “ser reducidos a
la obediencia de nuestras leyes y a nuestra manera de vivir”,
115
La primera cita proviene de Morales Padrón, Primeras, 1990, 13; las
subsiguientes, de “Carta de Guillermo Coma-Nicolás Esquilache”, en:
Morales Padrón, Primeras, 1990, 186.
146
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
habituándose a “las costumbres más humanas de nuestra gen-
te”, experimentarían “una vida más civilizada”, abandonando
“su ferocidad”. Y si, pese a todo, persistieran en su hábito de
“comer carne humana”, serían entonces “encadenados y lleva-
dos prisioneros a España” como esclavos.116
La carta mencionada —en la sección en que se narra ese
dramático encuentro en que un caribe, aún herido, desde el
mar, continuaba lanzando flechas a los españoles hasta que
fue ultimado— se refiere expresamente a los indígenas como
“bárbaros” y se traza con particular viveza la fiereza con que
éstos habrían enfrentado a sus adversarios. Esta narración tiene,
evidentemente, la intención de transmitir al lector una sensa-
ción de conmoción y hasta de espanto ante tales “bárbaros”.
A generar tal sensación contribuye la acotación de que fue-
ron los “indios” que habían requerido auxilio a los españoles
quienes compelieron a éstos a ultimar a los caribes, incluso a
ese indomable herido que seguía batallando; de no hacerlo así,
dichos salvajes podrían tomar represalias. Así que los españo-
les capturaron nuevamente al malherido caribe y, aunque éste
continuaba resistiendo, finalmente murió “atravesado por nu-
merosas flechas”. Esto no calmó —continúa la carta citada— a
los indios que trataban de escapar de los caribes. Al poco rato
aparecieron en la costa “muchos caníbales, horribles de verse,
de tez oscura, de aspecto fiero”, con el cuerpo pintado “con el
fin de aumentar su aspecto feroz”. Ante tal escenario, “se refu-
giaron en las naves [españolas], como si fueran altares, muchos
prisioneros [indígenas], lamentándose de la gran atrocidad y
ferocidad de los caníbales”.117
116
Coma-Esquilache, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 187-188.
117
Coma-Esquilache, en: Morales Padrón, Primeras, 1990, 189-190.
147
Pedro L. San Miguel
Del Paraíso Terrenal al indio salvaje
De los pasajes citados se desprende una interpretación que
gira en torno a la dicotomía entre civilización y barbarie. Las
actividades depredadoras de los caribes, su crueldad, fiereza y
belicosidad, sus atavíos corporales y su apariencia física, así
como su alegado canibalismo, eran elementos que, a ojos de
los españoles, sustentaban la noción de su barbarie. Frente a
ella, se erigían esas costumbres “de nuestra gente” —es decir,
españoles y cristianos— que se concebían como “más huma-
nas”, superiores a las de los caribes, por tanto, civilizadas. Esto
evidencia que ese imaginario edénico expresado por Colón
estuvo lejos de ser suscrito por sus contemporáneos; los cru-
dos veredictos de Cuneo así lo demuestran. Y de haber sido
compartido por algunos de los coetáneos del Almirante, parece
que esa visión edénica fue desplazada rápidamente por con-
cepciones menos clementes. El mismo Colón, conforme fue
ampliando el ámbito geográfico de sus exploraciones, fue va-
riando su benévola percepción original. Pese a todo, la visión
edénica no dejará de operar en las posteriores exploraciones del
Almirante; se desplegó con intensidad durante su tercer viaje,
cuando “descubrió” la Tierra Firme. En el inicio de su relato
del mismo, Colón reitera esa concepción providencialista en la
cual él ocupaba un papel protagónico.118
Habiendo zarpado a su tercer viaje de exploración, tuvo
intención Colón de “andar a las Indias de los Caníbales”. Y,
nuevamente, “su Alta Majestad” —es decir, Dios— obró favo-
rablemente. Ya en aguas caribeñas, los españoles distinguieron
“tres montañas juntas”, suceso que Colón encuadró en su con-
cepción providencialista, llamando Trinidad —por aquello de
118
Colón, Diario, 2000, 277-278.
148
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
la Divina Trinidad— a la isla divisada.119 Luego, al sur de ésta,
sintió el Almirante “un rugir grande como ola de la mar que va a
romper y dar en peñas”, estruendo producido por corrientes de
agua que surcaban “con tanta furia como hace el Guadalquivir
en tiempo de avenida”, es decir, de crecidas. Al día siguien-
te, hallaron los españoles que el agua salada del mar chocaba
con agua dulce; y mientras más navegaban bordeando la que
Colón llamó tierra “de Gracia” —al norte de la actual Venezue-
la—, “más dulce y más sabrosa” se tornaba el agua. Entrando
finalmente los exploradores en contacto con los habitantes del
territorio, al que éstos llamaban Paria, “hallé unas tierras las
más hermosas del mundo y muy pobladas”. Para júbilo de Co-
lón, sus pobladores se comportaron amigablemente; además,
muchos de ellos “traían piezas de oro al pescuezo, y algunos
atados a los brazos algunas perlas”. Habiendo desembarcado
un grupo de españoles, fueron agasajados por los aborígenes,
que según Colón eran más blancos que los demás “que haya
visto en las Indias”. Eran todos —abunda el Almirante— “de
muy linda estatura, altos de cuerpo y de muy lindos gestos, los
cabellos muy largos y llanos, y las cabezas traen atadas con
unos pañuelos labrados, […], hermosos, que parecen de lejos
de sedas y almaizares”. Sus canoas eran, asimismo, “muy gran-
des y de mejor hechura […], y más livianas”, aunque contaban
en medio de ellas “un apartamiento como cámara, en que vi que
andaban los principales con sus mujeres”.120
119
Colón, Diario, 2000, 280. Según su hijo (Colón, Vida, 1947, 221),
Colón pretendía llamar Trinidad al primer territorio que “descubriera”
en este viaje; así que el que la tal isla tuviese esos tres picos debió
parecerle otro indicio de que la divinidad estaba con él y guiaba sus
pasos.
120
Colón, Diario, 2000, 282-284.
149
Pedro L. San Miguel
De estos señalamientos se desprende que, a ojos de Colón,
esos indígenas eran más civilizados —o menos bárbaros— que
los conocidos por él hasta entonces. Hay en estas líneas incluso
una implícita relación entre los rasgos físicos de los aborígenes
—el color de la piel, su estatura, sus cabellos— y su grado de
pulimento cultural. Dista mucho esta descripción física de la
que elaboró Colón sobre aquellos nativos que enfrentaron los
exploradores en el Golfo de las Flechas. Entonces, su catadura
misma sugirió a Colón que se trataba de caribes o de aborígenes
cercanos a ellos, por ende, de nativos que representaban, en el
esquema civilizatorio que fue elaborando acerca de los antilla-
nos, el modelo o la norma de lo bárbaro. Quienes ocupaban este
papel eran, por supuesto, los comedores de carne humana, que
salieron a relucir al inquirir el Almirante a los habitantes de Pa-
ria dónde obtenían el oro. Éstos le respondieron que provenía
de “una sierra frontera de ellos al Poniente, que era muy alta,
mas no lejos”. Pero le advirtieron “que no fuese allá porque allí
comían los hombres”, de lo que Colón concluyó que se referían
a los “hombres caníbales”, si bien pensó “que podría ser que lo
decían porque allí habría animalias”, es decir, fieras que ataca-
ban y devoraban a los humanos.121
Con todo, durante este tercer periplo, más que sus pobla-
dores, fueron las regiones exploradas y los paisajes avizorados
por él los que engendraron en Colón intensas visiones edénicas.
Esa “pelea del agua dulce con la salada” que observó le llevó
a concluir que en esa región desembocaba un gran río, lo que
provocaba esos rugidos y marejadas que se sentían en los lito-
rales de Paria. A este fenómeno se añadieron otros portentos,
sobre todo los cambios que sufría la esfera celeste al navegar
desde España hacia el sur, en dirección a la región antillana.
121
Colón, Diario, 2000, 284-285.
150
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Todo esto llevó a Colón a cuestionar algunas de las nociones
que había heredado en torno al Planeta. Incluso, alegó que la
Tierra no era esférica, como alegaban muchos sabios, sino que
tenía forma de pera, por lo que en un extremo era “como una
teta de mujer”. Para él, tales maravillas eran “grandes indicios
del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión
de [diversos] santos y sacros teólogos”. Todos los fenómenos
observados le hacían conjeturar que se encontraba cerca de tan
venerable lugar.122 Al respecto, argumentó:
Tomo a mi propósito de la tierra de Gracia y río y lago
que allí hallé, tan grande que más se le puede llamar mar
que lago […]. Y digo que, si no procede del Paraíso Terre-
nal, que viene este río y procede de tierra infinita, puesta al
Austro, de la cual hasta ahora no se ha habido noticia, mas
yo muy asentado tengo en el ánima que allí donde dije es
el Paraíso Terrenal, y descanso sobre razones y autoridades
sobrescritas.
Pocos pasajes del Diario de Colón patentizan de manera
tan contundente su imaginario geográfico, sustentado en una
epistemología en la cual las “razones” y las “autoridades” po-
seían prelación sobre la evidencia empírica. A esto se añadían
las nociones acerca del Paraíso Terrenal, sustentadas en ese
antiguo y seductor mito según el cual ese “primero y perfec-
to hogar del hombre, perdido”, se encontraba “en algún lugar
entre los mares esperando a ser redescubierto”. Tal lugar era
concebido como “un microcosmos terrestre de riqueza celestial
en algún oasis del desierto o en una isla remota en el Lejano
Oriente”. Se suponía que en ese Edén se encontraba “la fuente
122
Colón, Diario, 2000, 287-290.
151
Pedro L. San Miguel
de cuatro […] ríos gigantes”, de los cuales, pensó Colón, uno
de ellos desembocaba en Paria.123 Así que, pese a que consideró
la posibilidad de que esa potente corriente de agua dulce que
chocaba con el mar, desplazándolo, se originase en una “tierra
infinita, puesta al Austro, de la cual hasta ahora no se ha habi-
do noticia”, su conclusión se desvió de lo que constituiría un
razonamiento moderno, que fue, precisamente, el que siguió
Américo Vespucio para determinar que las tierras exploradas
por los españoles eran un nuevo continente, no Asia. Mas el
Almirante estuvo lejos de seguir un razonamiento análogo,
asumiendo que se encontraba en otro continente, de grandes
proporciones —como en efecto es América del Sur—, del que
podían brotar potentes corrientes fluviales, como la encontrada
por él. Por ende, aunque declaró a los monarcas españoles que,
en virtud de sus exploraciones, contaban ellos “acá [con] otro
mundo”, Colón, aferrándose a sus nociones religiosas, identifi-
có la desembocadura del Orinoco y las tierras de Paria con las
comarcas donde debía estar localizado el Paraíso Terrenal.124
Tal juicio, sin duda, aumentaba el prestigio de sus exploracio-
nes y de las tierras por él encontradas, haciendo empalidecer
las de los portugueses. Porque, ante la revelación de la ubica-
ción del Jardín del Edén, ¿no lucían los hallazgos lusitanos en
África o sus incipientes factorías mercantiles en Asia como una
nadería, cuyos méritos podían ser económicos, mas no místicos
y espirituales, como los debidos a las proezas del Almirante?
Como otros iluminados —antiguos y modernos—, Colón deve-
laba un lugar “invisible” —o “invisibilizado”—, pregonándolo
y exhibiéndolo al mundo entero.
Pese a tan prodigioso hallazgo, en su cuarto viaje de ex-
ploración —que Jaques Heers cataloga como “sombrío”— el
123
Las citas provienen de: Brooke-Hitching, Atlas, 2017, 92-93.
124
Colón, Diario, 2000, 292-293.
152
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
Almirante tomó otro rumbo, que lo condujo a Centroamérica.
Al parecer, la determinación de seguir esa ruta se debió a la
urgencia por llegar a las fabulosas tierras de la “especiería”,
apremio que había aumentado debido a que los portugueses ha-
bían abierto ya la ruta marítima hacia el Oriente, bordeando las
costas de África. A ello se aunó la competencia que enfrentó de
otros navegantes españoles debido a que la Corona había revo-
cado el exclusivismo con que contó el Almirante inicialmente:
“Ahora hasta los sastres suplican por descubrir”, escribió a
los monarcas, sardónicamente, ante la pérdida de tal privile-
gio.125 En todo caso, este viaje resultó ser una ardua travesía,
plagada de aflicciones, incertidumbres y desolaciones. El clima
borrascoso, el mal estado de los navíos, las corrientes mari-
nas adversas, las enfermedades que asolaron a los marinos y
al mismo Colón, la carencia de provisiones, y la hostilidad de
los nativos fueron algunas de las causas de que el trayecto por
América Central resultara tan desolador. Ello fue así aunque
Colón recibió noticias de que tierra adentro abundaba el oro y
que notó que entre los nativos su uso era más común que entre
los indígenas de otros lugares. Incluso, los informes obtenidos
referían un empleo suntuario del oro —por ejemplo, en sillas,
arcas y mesas. Amén de esto, supo que se efectuaban “ferias y
mercaderías”, y que había indígenas que empleaban “arcos y
flechas, espadas y corazas, y andan vestidos, y en la tierra hay
caballos [seguramente, venados], y usan la guerra, y traen ricas
vestiduras y tienen buenas cosas”.126
125
Colón, Diario, 2000, 309. Acerca del contexto general del cuarto viaje
colombino, ver: Heers, Cristóbal, 1996, 204-205.
126
Colón, Diario, 2000, 299-300. Estos rumores no eran simples fábulas,
ya que los españoles anduvieron en tierras aledañas a los territorios
mayas.
153
Pedro L. San Miguel
Asimismo, los españoles encontraron en una isla centro-
americana a unos indígenas parecidos a los de las Antillas,
aunque no tenían “la frente tan ancha” como estos últimos. A
esa isla llegó “una canoa tan larga como una galera, de ocho
pies de anchura, toda de un solo tronco”, que venía “cargada
de mercancías” provenientes al parecer de lo que luego se co-
nocería como Nueva España. Dicha canoa tenía en el medio
“un toldo” de hojas de palma, como las góndolas de Venecia,
que protegía “los niños, las mujeres, y todos los bagajes y las
mercancías” transportados. Entre esos bienes había “mantas,
camisetas de algodón sin mangas, labradas y pintadas con di-
ferentes colores y labores; y algunos pañetes con que cubren
sus vergüenzas”. Había igualmente “espadas de madera largas”
con “navajas de pedernal” incrustadas a cada lado, “hachuelas
para cortar leña” hechas de “buen cobre”, y cascabeles del mis-
mo metal, así como “crisoles para fundirlo”. Entre sus vituallas
había “raíces y grano” como el de la Española (o sea, maíz),
“y cierto vino” fabricado de ese cereal, así como “muchas de
aquellas almendras que tienen por moneda los de la Nueva Es-
paña”. Las tales “almendras” (cacao) tenían los indígenas “en
gran estima” —al decir de Hernando Colón, de quien provienen
estos datos—, ya que al caer al piso alguna de ellas “todos se
agachaban en seguida a cogerla, como si se les hubiese caído un
ojo”.127 Estos pasajes resultan iluminadores ya que indicaban la
existencia de sociedades de mayor complejidad social, econó-
mica y cultural que las que habían conocido los españoles hasta
127
Colón, Vida, 1947, 274-275. Que Hernando Colón pudiera referir que
el cacao se usaba como moneda entre los indígenas de la Nueva Es-
paña, que cuando ocurrió ese encuentro con nativos centroamericanos
todavía no había sido conquistada por los españoles, se debe a que la
elaboración de la biografía de su padre data de años después, cuando
ya los españoles habían sojuzgado ese territorio.
154
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
entonces. Las mismas dimensiones físicas de la canoa aludida
revelan que se trataba de una embarcación inusual en los mares
surcados por los exploradores. Su comparación con las góndo-
las venecianas brinda otro criterio acerca de su elaboración. Por
otro lado, lo que en ella se transportaba indica la existencia de
un intercambio de bienes entre lugares más o menos distantes,
lo que, desde la perspectiva de las concepciones occidentales
de la época, era un notorio criterio civilizatorio. Era su co-
mercio a distancia, por ejemplo, uno de los rasgos destacados
tanto de las sociedades europeas más “desarrolladas” como de
los reinos asiáticos más civilizados. Así que, a ojos de los es-
pañoles, que esos nativos practicaran tal tipo de intercambio
y que, además, valoraran el cacao como moneda, eran en sí
mismos criterios de que eran indígenas más civilizados que los
conocidos anteriormente. Atrás quedaban, pues, las imágenes
edénicas según las cuales los aborígenes carecían de comercio,
moneda y elementos afines que supusiesen algún tipo de vida
civilizada.
No fueron esos criterios los únicos que revelaron a los es-
pañoles que se encontraban ante indígenas que poseían una
cultura más elaborada, que en ese contexto implicaba una cultura
más cercana a la imperante en el Viejo Mundo. Así, las muje-
res que llegaron en la canoa se cubrían con sus paños “como
suelen cubrirse las moras de Granada”.128 Al aludir a esta prác-
tica, Hernando Colón —quien la recoge en la biografía de su
padre— insinúa que esas aborígenes poseían un sentido del re-
cato similar al de mujeres del Viejo Mundo que, aunque moras,
no resultaban ajenas al mundo cristiano de la Península Ibérica.
Y ello implicaba que esas indígenas pertenecían a sociedades
más evolucionadas que las existentes en las Antillas, donde
128
Colón, Vida, 1947, 274.
155
Pedro L. San Miguel
—recordemos— las mujeres poseían un sentido del decoro di-
ferente, más alejado del modelo cristiano occidental —aunque,
por supuesto, los señalamientos de los españoles al respecto
estuvieran marcados por una gran doblez moral. Colón, el hijo,
llegó a expresar que se debía “estimar mucho” la “honestidad y
vergüenza” de los indígenas apresados, a quienes, al entrar en
la nave española, sus captores les quitaban “los paños con que
cubrían sus vergüenzas”. El indio así ultrajado, en un gesto de
recato, “en seguida […] para cubrirlas, ponía delante las manos
y no las levantaba nunca; y las mujeres se tapaban la cara y el
cuerpo, como hemos dicho que hacen las moras”.129
Por implicación, este argumento de Hernando Colón
conlleva un reproche a los españoles, quienes vejaban a los in-
dígenas hiriendo su sentido del decoro y de la propiedad moral.
En efecto, este pasaje comparte esa táctica que estriba en ma-
nifestar la superioridad de los seres “exóticos”, “primitivos”,
“incivilizados” o “bárbaros” con la intención de cuestionar
o reprobar las prácticas propias, es decir, del supuesto civili-
zado. Tal recurso retórico fue común, por ejemplo, entre los
pensadores ilustrados, empeñados en denunciar “la barbarie
de los pueblos civilizados”.130 De hecho, Hernando narra algo
que matiza las relaciones entre españoles e indígenas en esos
momentos iniciales del “encuentro de dos mundos”. Señala
que los indígenas que llegaron en la canoa, “viéndose sacar
presos” y trasladados a la nave española, “entre tanta gente ex-
traña y feroz como somos nosotros respecto de ellos”, además
de “estupor”, sintiéronse atemorizados y en peligro. Aquí se
invierten los términos que predominaron en los relatos espa-
ñoles en torno a los encuentros con los aborígenes americanos.
En este pasaje del relato del hijo del Almirante, los extraños
129
Colón, Vida, 1947, 275.
130
Diderot, Tratado, 2011.
156
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
—es decir, raros, insólitos y chocantes— y los feroces —por
tanto, crueles, inhumanos y hasta salvajes— son los españoles,
no los indígenas. Esta visión subvierte uno de los tropos pre-
dominantes en las crónicas europeas acerca del “encuentro con
Ultramar” y sus habitantes, según el cual “la oposición entre es-
pañoles e indígenas” equivalía “a la oposición entre civilizado/
salvaje y hombre/bestia”. En tal sentido, se podría plantear que
al relatar de tal modo ese singular encuentro de Europa y Ul-
tramar, Hernando Colón prefiguró lo que según Beatriz Pastor
será uno de los rasgos distintivos de los Naufragios elaborados,
décadas más tarde, por Álvar Núñez Cabeza de Vaca: la “in-
versión de papeles, que transforma a los españoles en salvajes
subhumanos y a los indígenas en representantes de humanidad
y civilización”.131
Los habitantes de los territorios centroamericanos recorri-
dos por los españoles estuvieron lejos, por otro lado, de atenerse
a ese modelo edénico que Colón expresó durante sus iniciales
contactos con las Antillas. Así, un “señor de la tierra” divisó un
plan para atacar a los españoles. Desde que entablaron relacio-
nes con esos nativos, el Almirante dudó que fuese a perdurar la
concordia entre indígenas y españoles, por “muy rústicos” los
primeros y “muy importunos” los segundos. Incluso —señala
Colón—, las indicaciones recibidas de que hacia el poniente
había minas de oro habría sido una estratagema del Quibián
—como denominaban los indígenas a su principal— con el fin
de alejar a los españoles de la zona.132 Continuando su navega-
ción por Centroamérica, en torno al cabo que llamaron Gracia
a Dios, dieron los españoles con una gente “casi negra, y de
feo aspecto, y no lleva cosa alguna cubierta, y en todo es muy
131
Pastor, Discurso, 1983, 314-315; y Núñez Cabeza de Vaca, Naufra-
gios, 2014.
132
Colón, Diario, 2000, 302.
157
Pedro L. San Miguel
selvática”. Según un indio apresado por los españoles, tales in-
dígenas comían “carne humana”, así como “peces crudos tal
como los matan”. Para colmo, traían “las orejas horadadas con
agujeros tan anchos que cómodamente podría entrar en ellos
un huevo de gallina”. Todo esto abonaba a la noción de que
esos lugares eran habitados por indígenas apartados de cual-
quier modelo edénico, incluso que eran habitados por salvajes.
Pese a ello, al desembarcar, los españoles fueron acogidos con
beneplácito, recibiendo abundantes vituallas.133
Las exploraciones de los españoles evidenciaron que en
Centroamérica prevalecía una gama de culturas. Los navegantes
se percataron, por ejemplo, que existían “lenguas diferentes”.134
Asimismo, mientras unos grupos parecían ser agresivos y be-
licosos, otros intentaron entablar relaciones amistosas y de
intercambio con los españoles. En un poblado llamado Cariay
toparon con indígenas que tenían arcos y flechas, macanas y
otras armas, y que daban “muestras de querer defender su tie-
rra”. Sin embargo, “viendo que éramos gente de paz, mostraron
gran deseo de obtener cosas nuestras a cambio de las suyas”.
Estos indígenas tuvieron un tipo de comportamiento que debe
de haber desconcertado a los españoles. Dado que estos últi-
mos se mostraron reacios a desembarcar para entablar tratos
con ellos, “cogieron todas las cosas que les habíamos dado”,
colocándolas en la playa para que los españoles las recupera-
ran. Tal proceder —alega Hernando Colón— se debió a que
los nativos pensaron que “los cristianos no se fiaban de ellos”.
Así que enviaron a las naves españolas a “un indio viejo de
venerable presencia, con una bandera puesta en un palo y con
dos muchachas, una de ocho años y otra de catorce”. Final-
mente accedieron los españoles a desembarcar, “teniendo los
133
Colón, Vida, 1947, 277-278.
134
Colón, Vida, 1947, 278.
158
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
indios mucho cuidado de no hacer ninguna señal ni ademán
de que recibiesen temor los cristianos”. Incluso, insistieron los
indígenas —siempre según el testimonio de Hernando— “de
que llevasen consigo a las mozas con los guanines [de oro] que
traían al cuello”. Ante tales reclamos, los respetuosos españo-
les aceptaron que las jóvenes “quedasen con nosotros”. Éstas
mostraron, pese a su corta edad, “una gran fortaleza, porque
siendo los cristianos de tan extraña vista, trata y generación,
no dieron muestra alguna de dolor ni de tristeza, manteniéndo-
se siempre con semblante alegre y honesto”. Movido por ello,
el Almirante les dio buen trato, haciendo que “se les diese de
vestir y de comer”, e incluso mandó que fuesen devueltas a
tierra, siendo recibidas con júbilo por el mismo indio viejo que
las había conducido a las naves españolas.135 Tal proceder es
narrado por Hernando como muestra de la benevolencia de su
progenitor. Mas la anotación que hizo éste en su Diario ofrece
otro cariz a su actuar. Para empezar, indica que esos indíge-
nas eran “grandes hechiceros y muy medrosos”, sugiriendo que
eran siniestros y malintencionados. Por ende, la entrega a los
españoles de las jóvenes nativas, “muy ataviadas”, fue percibi-
da de otra forma por Colón padre. Según él, aunque la mayor de
las mozas “no sería de once años y la otra de siete”, ambas te-
nían “tanta desenvoltura, que no serían más [que] unas putas”.
Para colmo, alega que “traían polvos de hechizos escondidos”
—aunque no aclara con qué fines—, por lo que recelando un
ardid o alguna trampa, determinó devolverlas a tierra.136
Las suspicacias mutuas signaron los contactos entre dichos
nativos y los españoles. Al ir a tierra un grupo de españoles,
encontraron a las mismas mozas junto a otros aborígenes,
quienes nuevamente “restituyeron a los cristianos todo aquello
135
Colón, Vida, 1947, 280-281.
136
Colón, Diario, 2000, 306.
159
Pedro L. San Miguel
que les habían dado”. Luego Bartolomé Colón, hermano del
Almirante, desembarcó y entabló conversación con dos indí-
genas “principales”, por lo que ordenó a los escribanos que lo
acompañaron que tomaran notas. Mas los indígenas, “viendo el
papel y la pluma se alborotaron”, dándose “a la fuga”. Pasma-
dos, los españoles conjeturaron que los nativos temieron “ser
hechizados con palabras o signos”, si bien —afirma Hernando
Colón— “eran ellos quienes nos parecían a nosotros grandes
hechiceros” porque “al acercarse a los cristianos, esparcían
por el aire cierto polvo, y con sahumerios en los que echaban
dicho polvo, hacían que el humo fuese hacia los cristianos”.
La renuencia de los indígenas a aceptar “cosa alguna de las
nuestras”, devolviéndolas, era indicio —concluye el menor de
los Colón— de que los nativos sospechaban que los españoles
eran hechiceros, “pues como suele decirse, piensa el ladrón que
todos son de su condición”. Con todo, a ojos de Hernando, eran
esos indígenas los “de más razón que en todas aquellas partes
se habían encontrado”. A abonar tal apreciación contribuyó “un
palacio grande de madera, cubierto de cañas” que encontraron
los españoles. En el mismo había “sepulturas, en una de las
cuales había un cuerpo muerto, seco y embalsado [sic], y en
otra dos, pero sin mal olor, y envueltos en paño de algodón”.
Sobre las sepulturas había […] algunos animales escul-
pidos; en otras se veía la figura del que estaba sepultado,
adornado de muchas joyas, de guanines, de cuentas y de las
cosas que más estimaban.
Convencido de que se encontraba ante indígenas de mayor
desarrollo cultural, determinó el Almirante tomar “alguno para
saber los secretos de la tierra”, así que “entre siete que cogieron
eligió dos principales”, liberando a los demás, dándoles “al-
gunas dádivas, habiéndolos tratado muy bien para que no se
160
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
alborotase la tierra”. A los que retuvo, les manifestó que “los
llevaría por guía en aquella costa” pero que luego los libera-
ría. Aun así, todo indica que los nativos pensaron que habían
sido capturados por “avaricia, o por ganar rescatándolos por
sus joyas y mercancías”, por lo que al siguiente día apareció
en la playa “mucha gente” y enviaron a las naves españolas a
mensajeros “para tratar del rescate”. Pero Colón rechazó “sus
ofertas”; a lo más que llegó fue a mandar “que a los embaja-
dores se les diesen algunas cosillas, a fin de que no se fuesen
mal satisfechos”.137 De tal modo los indios apresados termi-
naron actuando como intérpretes al encontrar los navegantes
a aborígenes de grupos étnicos que, desde la óptica española,
eran inferiores culturalmente a los anteriores. Andaban estos
otros indígenas desnudos: “traían solamente un espejo de oro al
cuello, y algunos un águila de guanín”. Irónicamente, estos na-
tivos no mostraron temor ante los extraños, e incluso realizaron
intercambios con ellos. Más adelante, en tierras que los nativos
llamaban Veragua, encontraron otros indígenas que se mostra-
ron hostiles ante los foráneos, aunque luego también trocaron
bienes con ellos, obteniendo los españoles “dieciséis espejos de
oro fino que valían ciento cincuenta ducados”, todo a cambio
de la friolera de unos cuantos cascabeles. Nada de esto impidió
que los indígenas mantuvieran una vigilancia en la playa para
impedir el desembarco de los españoles, y que al día siguiente
se desatara una refriega entre unos y otros.138
Entre acogidas más o menos cordiales, encuentros más o
menos hostiles, y suspicacias entre nativos y españoles terminó
de transcurrir el periplo de los últimos a lo largo de las costas
centroamericanas. En uno de sus desembarcos, encontraron los
navegantes algo totalmente inédito para ellos: “la primera vez
137
Colón, Vida, 1947, 281-282.
138
Colón, Vida, 1947, 284-285.
161
Pedro L. San Miguel
que [vieron] en las Indias muestra de [un] edificio, que fue un
gran pedazo de estuco, que parecía estar labrado de piedra y
cal”. Tanto asombró a los españoles tan inusual hallazgo que el
Almirante “mandó tomar un pedazo, en memoria de aquella an-
tigüedad”.139 Más adelante en su trayecto, siempre hacia el sur,
dieron con unos indígenas que también llenaron de asombro a
los españoles debido a que habitaban “en las copas de los árbo-
les, como los pájaros”. Lo hacían atravesando “de una rama a
otra algunos palos, fabricando allí sus cabañas, que así pueden
llamarse mejor que casas”. Los sorprendidos españoles se pre-
guntaron el motivo de tal sistema de vida, y supusieron que lo
hacían para protegerse de “los grifos que hay en aquel país” o
para resguardarse de sus rivales, “porque en toda aquella costa,
de una legua a otra, hay grandes enemistades”.140
Si algo patentizan los testimonios acerca de la travesía de
Colón por Centroamérica —en esencia, su carta a los Reyes
de julio de 1503, el relato efectuado por Hernando Colón en la
biografía de su padre, y las secciones sobre el particular en la
Historia de las Indias de Las Casas141— es que, para entonces,
la visión edénica que había rubricado las iniciales impresiones
del Almirante sobre los aborígenes americanos se había esfu-
mado. Irrespectivamente de las diferencias culturales entre los
nativos encontrados por los españoles durante su travesía cen-
troamericana, lo que reflejan esos testimonios es el recelo, la
desconfianza y la sospecha que sentía Colón ante los variados
grupos indígenas con los que interactuó durante ese azaroso tra-
yecto. Incluso, en lo que sería el colofón de sus exploraciones,
139
Colón, Vida, 1947, 286.
140
Colón, Vida, 1947, 291-292. Lo de “grifos” se refiere, por supuesto, a
esos animales de fábula, mezcla de león y águila.
141
Colón, Diario, 2000, 297-310; Colón, Vida, 1947, 271-309; y Las Ca-
sas, Historia, 2017, II, 273-303.
162
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
luego de su travesía centroamericana, habiendo zozobrado en
la isla de Jamaica, donde quedó varado durante largos y angus-
tiosos meses, amén de otras tragedias materiales y espirituales,
argüía Colón estar “cercado de un cuento de salvajes”.142 Venía
Colón a suscribir esas inclementes representaciones elaboradas
por figuras como el desmedido Álvarez Chanca o el hiperrealis-
ta Cuneo. Ya los aborígenes americanos no eran aquellos seres
adánicos —simples, desprendidos, pacíficos y nobles— que es-
pontáneamente amaban al prójimo como a sí mismos.
A modo de conclusión
En las narraciones de sus cuatro viajes de exploración por
la región caribeña y sus zonas aledañas, Cristóbal Colón elabo-
ró representaciones sobre los lugares por él visitados y acerca
de sus habitantes. Como han argumentado varios estudiosos de
esos primeros momentos del “encuentro de Europa y Ultramar”,
en tales relatos prevaleció inicialmente una “visión edénica”,
moldeada por los esquemas literarios y míticos provenientes
de la tradición clásica occidental. Fue a partir de esos arqueti-
pos que Colón percibió a los primeros aborígenes que encontró
en el Nuevo Mundo, por lo que resaltó su simplicidad, su ino-
cencia y su desprendimiento. No obstante, ese modelo inicial,
aunque no desapareció del todo de las figuraciones colombinas,
pronto comenzó a sufrir modificaciones y matizaciones. En
ello resultaron determinantes las informaciones acerca de los
misteriosos caribes, cuyos rasgos y comportamientos parecían
contrastar con los de los pacíficos aborígenes con los que inte-
ractuaron los españoles inicialmente. Las elusivas e imprecisas
142
Colón, Diario, 2000, 310.
163
Pedro L. San Miguel
nociones sobre los caribes parecieron confirmarse durante el
segundo viaje colombino, cuando los españoles juzgaron entrar
en contacto directo no sólo con ellos sino también con las ama-
zonas, las “mujeres sin hombre”. Ya entonces quedó enraizada
de manera permanente esa configuración geopolítica y antro-
pológica acerca de las Antillas según la cual en ellas habitaban,
por un lado, unos pacíficos y edénicos indígenas, y, por el otro,
unos fieros caníbales que se dedicaban a atacar y depredar a
los primeros. De tal construcción emergería la división entre
el “indio bueno” y el “indio salvaje”, que habría de marcar los
imaginarios coloniales a lo largo y lo ancho del Nuevo Mundo.
Ésta fue sólo una de las formas en que las nociones colom-
binas contribuyeron a configurar la dicotomía entre civilización
y barbarie en América. Hay una segunda manera en que sus
elaboraciones sobre el Caribe abonaron a ello. Se trata, por su-
puesto, de los contrastes —explícitos a veces, implícitos en otras
ocasiones— entre las sociedades aborígenes y la española, oc-
cidental o cristiana. Tal tipo de oposición abarcaba ámbitos de
la cultura material, como la vestimenta (o la falta de ella, en el
caso de los antillanos) y los adornos corporales, las viviendas,
el utillaje doméstico, las armas, los tejidos, la gastronomía, el
uso de ciertos materiales —el oro, sobre todo—, las actividades
económicas —la agricultura y la pesca, por ejemplo—, el orde-
namiento de los poblados, etcétera. Asimismo, incluía aspectos
de la cultura inmaterial, como las creencias y las conductas; en
la delimitación de la “barbarie” indígena serán concluyentes
aquellas prácticas que resultaban repugnantes a los españoles,
como el consumo de alimentos percibidos como “asquerosos”,
la sodomía —que operó como una verdadera obsesión durante
y después de la Conquista—, y la antropofagia, conceptuada
como criterio supremo de barbarie.
De tal modo, Colón instituye la “llave del archivo”. Los
ecos de las concepciones por él elaboradas repercutirán en
164
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
aquellos textos y nociones que, a lo largo del periodo colonial,
esbozaron los criterios acerca de la civilización y la barbarie
en América. Pese a ello, no dejaron de suscitar prevenciones y
hasta cuestionamientos. Un ejemplo temprano lo encontramos
en la Historia de la invención de las Indias, de Hernán Pérez
Oliva (1494?-1531), que constituye “la primera crónica del
descubrimiento y conquista escrita en español”.143 El autor de
este texto era amigo de Hernando (o Fernando) Colón, cama-
radería nutrida por la afición común a los libros, la lectura y la
escritura. Gracias a esa cercanía, Pérez de Oliva tuvo acceso a
información de primera mano que le posibilitó completar hacia
1528 su Historia, si bien su manuscrito estuvo perdido duran-
te siglos. Corrió, pues, la suerte de numerosos textos de los
primeros tiempos del “encuentro” —o más bien, del encontro-
nazo— de Europa con América, extraviados durante centurias o
desaparecidos irremisiblemente. Mas, por suerte, el manuscrito
de Pérez de Oliva fue recuperado y eventualmente publicado.
Resulta innecesario ofrecer una exposición detallada del
contenido de esta breve obra, escrita por un joven humanista —
tenía cerca de 30 años cuando la elaboró—, parte de cuyo interés
radica en su primacía cronológica al narrar las exploraciones
colombinas. A ello se deben añadir —destaca Arrom— sus
méritos literarios. En lo que a su narración respecta, Pérez de
Oliva se nutrió de las Décadas del Nuevo Mundo de Pedro Már-
tir de Anglería —aparte, por supuesto, de las informaciones que
seguramente obtuvo gracias a su cercanía con el hijo del Almi-
rante. Siguiendo de cerca las nociones instituidas por Colón,
143
Arrom, “Estudio”, 1991, 11. Previo a Pérez Oliva, Anglería había ini-
ciado la publicación de sus Décadas —en 1493, para ser preciso—, si
bien éstas aparecieron originalmente en latín. Los datos que ofrezco
sobre Pérez de Oliva provienen del “Estudio preliminar” de Arrom a
su obra.
165
Pedro L. San Miguel
en la obra de Pérez de Oliva los Antillanos son moldeados a
partir del arquetipo de la Edad de Oro, si bien también hace
referencia a los caribes y las amazonas.144 Y, por supuesto, estas
concepciones se enmarcan en la idea de que la gesta colombina
constituye un hecho civilizador. Con todo, el autor de la Histo-
ria de la invención de las Indias les confirió un sentido propio a
los datos por él obtenidos en sus diversas fuentes. Por ejemplo,
concibió a Colón como un “escogido de Dios”, noción ausente
en la obra de Anglería, que, por otro lado, entrañaba proyectar
a los nuevos territorios “descubiertos” por Colón dentro de la
historia universal —de signo cristiano, por supuesto.145
Pero la resignificación de la evidencia por parte de Pérez de
Oliva no se circunscribió a enaltecer a Colón y a los españoles.
Al contrario, en varios pasajes de su obra hace señalamientos
que sugieren posturas críticas o escépticas. Así, refiriéndose a
los habitantes de la Española, indica que esas “simples gentes
mostraron abundancia de oro”, lo que desató “la sed de la ava-
ricia” entre los españoles y se tornaría “en rabia que después
los destruyó”.146 De tal modo, reprocha el mal trato que los
españoles dieron a los nativos, proceder inducido por su codi-
cia. Por otro lado, elaboró matizaciones en torno a los alegados
comportamientos negativos de los habitantes de las Antillas. En
torno al alegato de que los nativos de la Española comían carne
humana, aduce que tal práctica pudo originarse en la poca carne
disponible para alimentarse, lo que habría provocado que caye-
ran en el “vicio de comer hombres”. No se trataría, por ende,
de depravación ni de una condición innata, sino de un uso indu-
cido por condiciones materiales sobre las cuales los indígenas
144
Pérez de Oliva, Historia, 1991, 45-49 y 51-53.
145
Arrom, “Estudio”, 1991, 34-35. En torno a la relación entre historia
cristiana e historia universal, ver: Lafaye, Historia, 2013, 120-125.
146
Pérez de Oliva, Historia, 1991, 46.
166
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
tenían poco control. Incluso esos “hombres muy malos” que
eran los caribes, “que se mantenían de carne humana”, respon-
dían a una norma que les vedaba comer mujeres. Reconocían,
por ende, esa “poderosa […] ley de natura que encomienda las
mujeres en el amparo de los varones”. Tal razonamiento lo lle-
va a concluir: “aun aquellas fieras gentes, que otra ley ninguna
guardaban, ésta no quisieron quebrar”.147 La implicación del
argumento de Pérez de Oliva es que la ley natural, que separa a
los humanos de las bestias, no era ajena a los fieros “comedores
de hombres” con que se toparon los españoles en las Antillas.
Resulta evidente que Pérez de Oliva matiza algunos de los
tópicos centrales de esa concepción canónica sobre el Nuevo
Mundo que comenzó a emerger a raíz de las incursiones de
Colón en la región caribeña. Sobresale en su obra su posición
ante la inflamada polémica sobre la “legitimación de la con-
quista” y su concomitante, “el tratamiento del indio”.148 En lo
que a esto respecta, Arrom destaca esos pasajes en que Pérez de
Oliva elabora parlamentos en los cuales los caciques de la isla
Española enjuician a los conquistadores. En uno de esos diálo-
gos, el cacique “Guarionexio”, dirigiéndose a “Mayobanexio”,
se refiere a “las injurias intolerables con que nuestra isla des-
truyen estas gentes nuevas”. Asimismo, señala que su reino
está “lleno de gemidos y lágrimas”, viéndose “ensuciad[a] la
honestidad de las mujeres y vertida la sangre de los inocen-
tes”, y muriendo de hambre los niños. “No creo —remata el
indignado cacique— que son más crueles los caribes”.149 De
tal modo, recurriendo a un artilugio literario común entre los
humanistas del Renacimiento y rastreable a los precursores de
147
Pérez de Oliva, Historia, 1991, 48-49.
148
Arrom, “Estudio”, 1991,. 32.
149
Pérez de Oliva, Historia, 1991, 84-85.
167
Pedro L. San Miguel
la historiografía occidental en Grecia y Roma,150 Pérez de Oliva
construye un diálogo que escenifica el punto de vista del autor,
ofreciendo una perspectiva crítica sobre las acciones de los es-
pañoles. Tales discursos: “Obedecen a una convicción moral,
a un inconfundible concepto de la dignidad del hombre, y no
del hombre parroquial, limitado por una visión exclusivamente
eurocéntrica, sino del hombre universal, sin distinción de idio-
ma, color o credo”. En ello estribó, remata Arrom, “la posición
intelectual y moral” del autor “ante el indio”.151
Más allá de sus alegatos, las posiciones de Pérez de Oliva
constituyen una muestra temprana de aquellas posturas que, a
lo largo del periodo colonial, presentaron juicios opuestos a los
dominantes, esos que concibieron la disyuntiva entre la civi-
lización y la barbarie —cimentada ya en términos religiosos,
ya en criterios culturales, ya en principios étnico-raciales o en
alguna otra pauta— asumiendo como un dogma que la barbarie
estaba definida por lo indígena —eventualmente también por
lo negro o lo africano. Según tan dicotómica visión, lo español,
lo cristiano y lo blanco entrañaban lo civilizado. Es decir, lo
bárbaro era lo (supuestamente) ajeno; la civilización era lo pro-
pio. Autores y pensadores como Pérez de Oliva contribuirán a
complejizar tales interpretaciones. Lo hicieron en buena medi-
da suscitando interrogantes acerca de si la barbarie es siempre
ajena; sobre si ella no pudiese ser, también, parte constituti-
va del Yo, si no formará parte de esos elementos que definen
nuestro ser, el individual y, también, el de esas colectividades
—sean las que sean y defínanse como se definan— en las que
estamos inscritos todos los seres que, quizás de manera auto-
complaciente, nos consideramos “humanos”.
150
Lafaye, Historia, 2013, 129-180. En Ruiz Pérez, “Imagen”, 1992, se
examinan las obras de Pérez de Oliva como expresión del humanismo.
151
Arrom, “Estudio”, 1991, 33.
168
De la visión edénica al salvaje: Cristóbal Colón y los orígenes...
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administración de justicia durante la
ocupación estadounidense de 1916-1924
Manuel García Arévalo* y Francis Pou de García**
RESUMEN
El presente artículo aborda el funcionamiento de la justicia en la
República Dominicana, sobre todo en los tribunales de tierra durante
la Intervención Militar Norteamericana de los años 1916-1924, utili-
zando como fuente principal un informe del entonces cónsul español
en Santo Domingo. Los autores hacen énfasis en la importancia de la
documentación diplomática como una fuente de primer orden para el
quehacer historiográfico, al estar basada en la observación directa de
los hechos. El despacho consular, en referencia, constituye un valioso
testimonio que permite conocer y enjuiciar el anómalo funcionamiento
de la justicia y sus estamentos en esos años de Ocupación, en detri-
mento de los intereses que no fueran norteamericanos, favoreciendo
la expansión de los grandes consorcios azucareros de capital extran-
jero, mediante compras onerosas, permisos para explotar el agua y
otros recursos, en perjuicios de campesinos y pequeños propietarios.
Se destaca el papel asumido por el representante diplomático Joaquín
Fernández de Gamboa en defensa de sus connacionales, así como
su oportuna mediación ante el injusto apresamiento del sacerdote
* Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia. Fue
Tesorero de la Junta Directiva (2016-2019).
** Socióloga, egresada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo
(UASD).
177
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
Saturnino Martínez Ballesteros, conocido como el padre Ballesteros,
arrestado por las fuerzas de Intervención, bajo la acusación de ser
germanófilo, en tiempos de la Primera Guerra Mundial.
Palabras claves: Intervención militar, historia diplomática,
Justicia.
ABSTRACT
This article deals with Dominican Republic system of Land Jus-
tice during the USA occupation from 1916 to 1924. Our main source
of information comes from the Spanish Consul in the country at the
time. Thus the authors reveal the value of such writings as a primary
source of information for History making, being the real value of the
Consul’s careful observation of the Country’s History. Furthermore,
the Spanish Consul documents give us enough firsthand informa-
tion on the anomalous work of Justice during the USA occupation of
our Country, particularly the interest in the increasing foreign sugar
industry. They also mention the role play by Consul Joaquín Fernán-
dez de Gamboa in defending Father Saturnino Martínez Ballesteros,
arrested by the military during that period, and charged as being pro
German during World War II.
Keywords: Military intervention, Diplomatic history, Justice.
Importancia de la correspondencia diplomática
El epistolario diplomático constituye una fuente docu-
mental de primer orden para esclarecer importantes aspectos
de carácter histórico. Una clara ventaja de los informes rendi-
dos a sus respectivos Gobiernos por los embajadores y demás
representantes diplomáticos y consulares es que no se limitan
a tratar asuntos concernientes al curso de las relaciones inter-
nacionales, sino que abundan sobre múltiples acontecimientos
políticos, sociales, económicos y culturales del país donde ejer-
cen sus funciones. Este manojo de informaciones, al margen
178
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
de los temas de interés bilateral, se remite con el propósito de
transmitir a los observadores de política exterior del Estado re-
ceptor todo el material necesario para conocer la realidad del
país donde se encuentra acreditado el agente diplomático.
Entre los privilegios e inmunidades que se otorgan a los
representantes del cuerpo diplomático está la inviolabilidad de
la correspondencia o valija diplomática para que se puedan
comunicar libremente con sus Gobiernos, sin que sus informa-
ciones se vean sesgadas o matizadas por efecto de la censura
oficial ejercida en ocasiones por las autoridades locales. De ese
modo, estos informes, elaborados desde una perspectiva pri-
vilegiada, contienen referencias fidedignas y certeros análisis
de situaciones delicadas que se tratan con la máxima transpa-
rencia, lo cual sería riesgoso para cualquier otra fuente que no
esté amparada en las garantías de inmunidad con que cuenta el
ejercicio diplomático.1
En opinión de Ismael Moreno Pino, para que la misión
diplomática pueda ejercer cabalmente sus funciones de observa-
ción e información, además de contar con los canales oficiales,
debe recurrir a otras fuentes como los medios de comunicación,
personalidades de los sectores sociales y económicos, repre-
sentantes de los diferentes partidos del espectro político o los
colegas del cuerpo diplomático acreditado en el país, con el fin
de recabar la mayor gama de información posible.2
En el pasado, cuando la velocidad de las comunicaciones
no había alcanzando la rapidez de hoy en día, los integrantes
1
Sobre la inmunidad que el Estado receptor debe otorgar para que los
agentes diplomáticos realicen una adecuada labor de información,
véase Ismael Moreno Pino, La diplomacia: aspectos teóricos y prácti-
cos de su ejercicio profesional, México, Fondo de Cultura Económica,
2001, pp. 263-265.
2
Ibidem, p. 210.
179
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
del cuerpo diplomático y consular, en especial los jefes de mi-
sión de las potencias hegemónicas que tenían que velar por los
intereses geopolíticos y comerciales de sus respectivos Estados,
poseían una esmerada formación y una aquilatada experiencia
profesional, ya que debían sostener con frecuencia entrevistas
con jefes de Estado y ministros de Relaciones Exteriores. Es-
tas competencias les permitían a los diplomáticos erigirse en
observadores de excepción con la suficiente capacidad para
abordar aspectos políticos y comerciales con objetividad, des-
apasionamiento y tacto, separando sus propios intereses del
interés público.
Es abundante la bibliografía histórica existente con base en
la correspondencia diplomática, por lo general muy bien con-
servada en los archivos estatales. Baste nombrar obras como La
expulsión y extinción de los jesuitas según la correspondencia
diplomática francesa, de José A. Ferrer Benimeli (Universidad
de Zaragoza, 1996), cuyo título bien ilustra la importancia de
los documentos diplomáticos para conocer las gestiones des-
plegadas por la monarquía en tiempos de Carlos III en contra
de la Compañía de Jesús, que culminaron con la salida de los
jesuitas de todos los territorios hispanos. No menos interesan-
te es la correspondencia del embajador Nicolás de Azara, que
versa sobre las relaciones hispano-romanas durante el reinado
de Carlos IV, la cual fue publicada por Rafael Olaechea. Y lo
mismo podemos decir del intercambio epistolar entre el duque
de Huéscar, embajador de España en París, y el secretario de
Estado José Carvajal.3
En cuanto a la historiografía dominicana contamos con
obras como la Correspondencia del cónsul de Francia en Santo
3
Antonio Mestre Sanchis, “La carta, fuente de conocimiento histórico”,
Revista de Historia Moderna, n.o 18, Universitat de València, 2000,
pp. 13-26.
180
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
Domingo, relativa a los años 1844-1846 y editada en dos volú-
menes (Archivo General de la Nación 1944, 1947). En la nota
introductoria, Emilio Rodríguez Demorizi señala:
La importancia de estos documentos no necesita de en-
carecimientos: son los más vivos testimonios de la situación
política dominicana en los primeros años de la República;
la más fiel exposición de las trascendentales negociaciones
del frustrado protectorado de Francia, así como la más in-
teresante revelación de las intrigas diplomáticas sostenidas,
en relación con Santo Domingo, por representantes diplo-
máticos y consulares de Francia, Inglaterra y los Estados
Unidos de Norte América.
Estas cartas e informes de los cónsules de Francia en
la Isla —Levasseur, Saint-Denys, Víctor Place, Eugenio
Lamieussens, y los cancilleres de Francia e Inglaterra y
embajadores de ambos países—, serán siempre, sin dispu-
ta, una de las primeras fuentes para el estudio de la historia
dominicana en su periodo más interesante: el de los dramá-
ticos comienzos de nuestra era republicana.4
Por su parte, en Ulises Heureaux, biografía de un dictador
(Intec, 1987), la historiadora Mu-Kien A. Sang hace uso de la
documentación relativa a ese personaje que se encuentra en los
Archives du Ministère des Affaires Estrangères, de París. En el
mismo tenor, Bernardo Vega ha publicado varios volúmenes
basados en los documentos del Departamento de Estado y las
Fuerzas Armadas estadounidenses sobre las estrechas relacio-
nes bilaterales con los Estados Unidos durante la dictadura de
4
Emilio Rodríguez Demorizi (ed.), “Introducción”, en Correspon-
dencia del cónsul de Francia en Santo Domingo 1844-1846, Santo
Domingo, Archivo General de la Nación, 1944, pp. 7-8.
181
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
Rafael Leonidas Trujillo. Asimismo, Vega coeditó junto con
Emilio Cordero Michel la obra titulada Asuntos dominicanos
en archivos ingleses (Fundación Cultural Dominicana, 1993),
que incluye valiosos informes de la diplomacia británica con-
cernientes a la República Dominicana. Entre ellos figura una
reseña enviada a Lord Palmerston, secretario principal de la
Cancillería de su majestad, por el cónsul Robert H. Schombur-
gk sobre el viaje que este realizó al Cibao y a la península de
Samaná en 1851.
Roberto Marte ha reproducido los informes de los cónsules
y vicecónsules británicos de la segunda mitad del siglo XIX en
Correspondencia consular inglesa sobre la Anexión de Santo
Domingo a España (Archivo General de la Nación, 2012), don-
de destaca como atributos personales del cónsul Martin Hood
el tacto y el olfato políticos, de la misma forma que su antece-
sor, Robert Schomburgk, fue un penetrante observador de la
condición humana, al tiempo que prestó gran atención a los
estudios naturales, la prehistoria y la economía dominicanas
mientras desempeñó la función consular en el país.
Otra obra que pone de relieve la importancia de la corres-
pondencia diplomática es Documentos para la historia de la
independencia de Cuba (Ferilibro, 2003), de Carlos Esteban
Deive, basada en los informes enviados por los cónsules y vi-
cecónsules españoles destacados en Santo Domingo, Puerto
Plata, Montecristi y Samaná a las autoridades coloniales de
Cuba y Puerto Rico. En ellos se revelan los movimientos des-
plegados en el país por los líderes revolucionarios que, como
José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo, participaron en
la guerra de independencia cubana.
En idéntico sentido, el trabajo de Francisco Javier Alonso,
La alianza de dos generalísimos. Relaciones de Franco y Truji-
llo (Fundación García Arévalo, 2005), recoge la opinión de los
representantes españoles sobre la dictadura trujillista, poniendo
182
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
de manifiesto la envergadura de las relaciones entabladas entre
nuestro país y España durante las respectivas dictaduras de Ra-
fael Leonidas Trujillo y Francisco Franco. Del mismo modo,
Manuel García Arévalo y Francis Pou de García, en La caída
de Horario Vásquez y la irrupción de Trujillo en los informes
diplomáticos españoles de 1930 (Academia Dominicana de
la Historia, 2017), recuperan la valiosa información aportada
por el encargado de negocios y cónsul español Francisco Ja-
vier Meruéndano sobre los trascendentales acontecimientos
políticos, económicos y naturales acaecidos en la República
Dominicana en 1930.
El informe de Fernández de Gamboa y el arresto del padre
Ballesteros
El caso que nos ocupa abre una puerta decisiva a la investiga-
ción histórica en lo concerniente al funcionamiento de la justicia
y el respeto de los derechos ciudadanos durante la ocupación de
la República Dominicana por los Estados Unidos durante el pe-
ríodo 1916-1924. Se trata de un despacho de fecha 2 de octubre
de 1920 (el cual anexamos), enviado por Joaquín Fernández de
Gamboa, encargado de negocios y cónsul de España en Santo
Domingo, al ministro de Estado en Madrid, que a la sazón era
Salvador Bermúdez de Castro y O´Lawlor, marqués de Lema.
La misiva, aunque breve –solo consta de cuatro folios–, per-
mite adquirir una visión crítica y contrastante de la mecánica
judicial y de los agravios infringidos por las autoridades nor-
teamericanas a los diplomáticos destacados en el país. Por ello,
Fernández de Gamboa se lamenta “[de lo] mucho que me han
hecho sufrir en los cuatro años que llevo aquí”, es decir, al frente
de la misión de España en el país, y llega a calificar al Gobierno
Militar de “exponente de toda arbitrariedad e injusticia”.
183
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
El documento en cuestión abunda sobre las diligencias des-
plegadas por el representante diplomático español en procura
de la liberación de su coterráneo, el sacerdote Saturnino Balles-
teros, quien había sido encarcelado por los infantes de marina
bajo la imputación de germanófilo.
El padre Saturnino Martínez Ballesteros y López nació en
Bernedo, provincia de Vitoria, España. Siendo muy joven se
trasladó a México, donde siguió los estudios eclesiásticos, or-
denándose presbítero el 9 de abril de 1905 en Mérida, Yucatán.
Perteneció a esa arquidiócesis hasta finales de 1914, cuando,
tras la persecución desatada por el Gobierno mexicano contra
el clero católico, se le concedió licencia para emigrar a cual-
quier otra diócesis de América o de España.
A su llegada a la República Dominicana, el arzobispo Adol-
fo Alejandro Nouel lo destinó a la parroquia de Nuestra Señora
del Rosario, en Sánchez, el 12 de diciembre de 1914.5 Mientras
ejercía su ministerio sacerdotal, el padre Ballesteros fue arres-
tado el 10 de abril de 1917 y conducido a la cárcel de Samaná,
donde permaneció prisionero e incomunicado más de cuatro
meses, hasta el 18 de agosto de ese año, “por el solo hecho
de haber elogiado en una discusión de sobremesa, en el hostal
donde se hospedaba, mucho antes de entrar los Estados Unidos
en la guerra, el valor y la organización del ejército alemán”.6
5
Sobre la actuación del padre Saturnino Ballesteros en el país pueden
verse: Hugo E. Polanco Brito, Seminario Conciliar Santo Tomás de
Aquino 1848-1948, Ciudad Trujillo, Imprenta San Francisco, 1948, p.
160; y Antonio Camilo González, El marco histórico de la pastoral
dominicana, Santo Domingo, Amigo del Hogar, 1983.
6
Ver carta del arzobispo Nouel al ministro norteamericano W.W.
Russell, del 29 de diciembre de 1920, en Antonio Lluberes, S.J., Breve
historia de la Iglesia dominicana (1493-1997), Santo Domingo, 1998,
p. 515.
184
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
El religioso fue liberado gracias a la enérgica intervención
del arzobispo Nouel, quien en todo momento protestó por tan
injusto encarcelamiento. Pese a la censura oficial, que obligó
a la prensa de la época a silenciar este hecho, el padre Rafael
C. Castellanos celebró desde Puerto Plata la puesta en libertad
del sacerdote en un artículo publicado en el periódico Eco Ma-
riano (n.o 112, año V, del 10 de septiembre de 1917). El propio
Ballesteros, en una carta fechada el 14 de diciembre de 1921
y dirigida a la Comisión del Senado de Estados Unidos sobre
Haití y Santo Domingo, que visitó la República Dominicana a
finales de ese año, aseguró en su defensa:
No sé aún, Señores Senadores, cuál fue la causa de mi
prisión, no obstante haber transcurrido cuatro años. No se ha
atrevido, o no ha querido el Gobierno Militar, o no ha podi-
do. En carta que desde prisión escribía al Sr. Arzobispo le
decía: “no de crédito, Ilmo. Señor, a los pretextos que nece-
sariamente tendrán que inventar para justificar mi prisión”.7
El hecho de que el padre Ballesteros externara sus opinio-
nes en un círculo privado y no en un lugar público pone de
manifiesto uno de los aspectos más denigrantes de la Ocupa-
ción, como fue la red de espionaje y delación que de forma
indiscriminada se desarrolló a nivel nacional. Sobre esta an-
gustiosa situación, Arthur J. Bunks, un oficial de inteligencia
del cuerpo de infantería de marina, refiere que disponía de una
amplia red de informantes “con tentáculos que llegaban a cada
rincón de la República”.8 De modo que se desató una ola de
7
Mons. Antonio Camilo, Baní. Hombres y tiempos, Santo Domingo,
Colección Quinto Centenario, 1992, pp. 303-304.
8
Arthur J. Burks, El país de las familias multicolores (Prólogo de José
del Castillo), Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos,
1990, p. 162.
185
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
persecuciones y encarcelamientos en perjuicio de cualquier
asomo de disidencia frente a la imagen o los intereses de los
Estados Unidos, al extremo que el propio Burks atestiguó
Yo estaba reuniendo mucha información y mis infor-
mes estaban causando problemas. Algunos de mis informes
no estaban corroborados y pueden no haber sido exactos,
porque había ocasiones en que me veía obligado a tomar
las declaraciones sin pruebas de los agentes, porque no ha-
bía tiempo de verificar sus relatos.9
Durante la Ocupación, si bien el Gobierno Militar se encargó
de impulsar las obras públicas, la educación y la sanidad, nada
tuvo que envidiar en dureza y represión a las violentas dictaduras
latinoamericanas. La primera acción ejecutada por las fuerzas de
intervención fue la supresión o anulación del Gobierno Nacio-
nal, así como de las Cámaras Legislativas y las representaciones
diplomáticas del país en el extranjero. Además de estas medidas
que coartaban la soberanía nacional, se estableció en la Gaceta
n.o 2738 una estricta censura a las comunicaciones y la prensa
que se tradujo en una dura represión contra todo asomo de movi-
lización en favor de la causa nacionalista.
Las concesiones a la industria azucarera
Fernández de Gamboa refiere en su despacho que, además
del padre Saturnino Ballesteros, otros inmigrantes españoles
también se vieron envueltos en problemas judiciales durante
la Ocupación, señalando que los tribunales “Tienen el pro-
cedimiento de que sus resoluciones no tienen apelación y
9
Ibidem, p. 156.
186
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
naturalmente una vez sentada su infalibilidad hacen lo que les
da la gana. No hay reclamación posible porque la dejan dor-
mir”. Igualmente, destaca que las empresas norteamericanas
estaban protegidas por una total inmunidad, como sucedía con
The Barahona Sugar Co., que en opinión del diplomático espa-
ñol había “privado del agua a los labradores y éstos si quieren
pueden vender a desprecio sus tierras y si no se las quitan en
virtud de una Orden Ejecutiva que se dicta para el caso o de una
sentencia emanada de un Tribunal de Tierras creado al efecto y
que como todos los suyos es sin apelación”.10
En ese tenor el historiador norteamericano Bruce J. Calder
señala:
El caso de la Barahona Company, situada en la región
Sudoeste de la República, ilustra cómo los empresarios po-
dían utilizar en su ventaja las leyes aprobadas durante los
años de 1911 y 1912. Organizada en 1916, esta compañía
con base en Nueva York creó rápidamente la segunda ha-
cienda azucarera más grande del país, reclamando para sí la
propiedad de 49,400 acres para el año de 1925. La expansión
meteórica de la hacienda se vio facilitada por dos factores:
la compra de una cantidad masiva de pesos comuneros y ad-
quisición de extensos derechos sobre el agua, la cual era una
necesidad en la región de Barahona, en gran medida árida.11
10
Ver documento anexo. Una historia sobre los inicios del Ingenio Ba-
rahona puede encontrarse en Virgilio Gautreaux P., “Breves apuntes
para una historia del Ingenio Barahona”, <http://familiabateyera.com/
breves-apuntes-para-una-historia-del-ingenio-barahona-2da-parte>.
11
Bruce J. Calder, El impacto de la intervención. La República Do-
minicana durante la ocupación norteamericana (1916-1924), Santo
Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2014, p. 232.
187
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
Con anterioridad, Melvin M. Knight en su obra The
Americans in Santo Domingo (1928) documentó las amplias
exenciones y privilegios otorgados a los consorcios agroindus-
triales; entre estos últimos se incluía la apropiación de las aguas
para la irrigación de los cultivos.12 Esta situación vinculada al
régimen de tenencia de tierra se inicia con la Ley n.o 2187 sobre
División de Terrenos Comuneros del 29 de abril de 1911, segui-
da por la Ley de Franquicias Agrícolas del 26 de junio de 1911,
que impulsaron la adquisición de terrenos por parte de inver-
sionistas extranjeros al facilitarles la validación de los títulos de
propiedad de sus grandes predios agrícolas, principalmente a
los centrales azucareros. A tal extremo que, en opinión de Juan
Bosch, el sistema de concesiones otorgadas por esta última ley
“convertía cada ingenio en un gobierno independiente, en un
Estado casi absoluto”.13
Los terratenientes se apoyaron en las leyes n.os 2187 y
2301, emanadas en los años 1911 y 1912, sobre la mesura,
deslinde y partición de terrenos comuneros. El alcance de esta
legislación tendente a garantizar la posesión de los terrenos
detentados por los consorcios azucareros fue ampliado por la
Orden Ejecutiva n.o 511 del 1.º de julio de 1920, sobre Regis-
tro de Tierras, promulgada por el gobernador militar Thomas
Snowden, que procuraba el “saneamiento” de los derechos
de propiedad inmobiliaria. Esta medida fue conocida como el
Sistema Torrens, por su similitud con el sistema catastral im-
plementado por Sir Robert Torrens en Australia, el mismo que
12
Melvin M. Knight, Los americanos en Santo Domingo. Estudios acer-
ca del imperialismo americano (primera edición en español), Santo
Domingo, Publicaciones Universidad de Santo Domingo, 1939, pp.
61-62.
13
Juan Bosch, Composición social dominicana, Santo Domingo, Edito-
ra Tele-3, 1971, p. 290.
188
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
Estados Unidos había empleado en Filipinas en 1902.14 Dicha
orden permitió un mayor control sobre los títulos de propiedad,
favoreciendo aún más la posición de las empresas azucareras,
que disponían de los medios para contratar abogados y agri-
mensores, a diferencia de los humildes campesinos y pequeños
propietarios de tierra, que carecían de los recursos necesarios
para defender legalmente sus intereses sobre las tierras que uti-
lizaban y ocupaban. Así se produjo un manejo arbitrario de la
justicia, ya que el artículo 70 de la referida ley consignaba que
todos los intereses encontrados serían resueltos por el Tribunal
Superior de Tierras. Máxime, porque dos de los miembros de
este tribunal designado por el Gobierno Militar eran de nacio-
nalidad norteamericana, y solo uno, Manuel de Jesús Troncoso
de la Concha, era dominicano, lo que inclinaba la balanza en
favor de los intereses foráneos.15
La indefensión ante esta legislación ocasionó un desalojo
masivo de los campesinos que ocupaban predios agrícolas en
virtud de los tradicionales amparos reales vigentes desde los
tiempos coloniales. Este drama social vinculado al avance del
capitalismo, especialmente en la región Este del país, motivó
las llamadas “novelas de la caña”, entre ellas Cañas y bueyes
14
Humberto García Muñiz, De la Central Guánica al Central Romana.
La South Porto Rico Sugar Company en Puerto Rico y la República
Dominicana (1900-1921), Santo Domingo, Academia Dominicana de
la Historia, 2013, p. 314.
15
Sobre la legislación relativa al registro catastral durante la Ocupación,
ver Wenceslao Vega, B., Historia del derecho dominicano, Santo Do-
mingo, INTEC, 1986, pp. 329-351,354; al igual que Bruce J. Calder,
especialmente el capítulo “El Gobierno Militar, la industria azucarera
y la cuestión de la tierra”, en El impacto de la intervención…, pp. 209-
250; y Julie Cheryl Franks, Transformando la propiedad. La tenencia
de tierras y los derechos y los derechos políticos en la región azuca-
rera dominicana, 1880-1930, Santo Domingo, Academia Dominicana
de la Historia, 2013, pp. 207-209.
189
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
(1935), de F. E. Moscoso Puello; Over (1939), de Ramón Ma-
rrero Aristy; y El terrateniente (1960), de Manuel Antonio
Amiama, así como el emblemático poema de Pedro Mir Hay
un país en el mundo (1949).16
Fue en este contexto en el que muchos intelectuales domini-
canos que integraban el Movimiento Nacionalista se opusieron al
Entendido de Evacuación, conocido como Plan Hughes-Peyna-
do, de 1922, porque entre otras cosas validaba todas las órdenes
ejecutivas del Gobierno Militar, como era el caso de la Ley n.o
511 sobre Registro de Tierras.17 Entre ellos, cabe mencionar a
Francisco Ellis Cambiaso, quien en su opúsculo Los cuatros
monstruos de la anexión (1922) eleva una airada denuncia contra
las estratagemas desplegadas por The Barahona Sugar Company
en detrimento de los agricultores propietarios de tierras de la
zona suroeste del país, como fue el caso del usufructo exclusivo
de las aguas del río Yaque del Sur.18
Por ello no es de extrañar que Fernández de Gamboa se
quejara, en su despacho, de los excesos de poder cometidos
por los consorcios agroindustriales de capital norteamericano,
exponiendo al Ministerio de Estado, en Madrid, los problemas
que estaba confrontando un ciudadano español al que se le ha-
bía desposeído de su derecho de propiedad sobre el agua sin
que fuera por causa de utilidad pública, sino para el uso parti-
cular de The Barahona Sugar Company, obviando el principio
de irretroactividad de las leyes.19
16
José del Castillo, “Ocupación americana de 1916”, Diario Libre, San-
to Domingo, 1.o de octubre de 2016.
17
Federico Ellis Cambiaso, “Los cuatro monstruos de la anexión”, en
Alejandro Paulino Ramos (comp.), Los intelectuales y la intervención
militar norteamericana, Santo Domingo, Archivo General de la Na-
ción, 2017, pp. 451-462.
18
Ibidem, pp. 456-457.
19
Ver documento anexo.
190
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
La creación de la Casa de España
Mientras trataba de sortear los problemas consulares que
le creaba la forma de impartir justicia por parte del Gobierno
Militar, Fernández de Gamboa se convirtió en el catalizador
que logró nuclear a los inmigrantes españoles en torno a la fun-
dación de la Casa de España en Santo Domingo.
Esta entidad de carácter asociacionista surgió a iniciativa
de Américo Lugo, uno de los principales líderes del Movi-
miento Nacionalista, quien concibió la Casa de España como
un recurso identitario para afianzar los orígenes hispánicos del
pueblo dominicano, de modo que la entidad pudiera servir de
valladar ante los riegos que corría la nacionalidad dominicana
durante el período de Ocupación (1916-1924).
A este propósito alentado por una pléyade de patriotas
dominicanos con miras a enfrentar la influencia cultural nortea-
mericana que se verificó entonces en el país, se sumó el anhelo
de los españoles radicados en Santo Domingo por integrarse en
una asociación orientada a defender sus intereses y servir como
instrumento mutualista de asistencia social y beneficencia, al
igual que lo habían hecho sus connacionales en otras partes
de Iberoamérica, de lo que constituían ejemplos cercanos los
casos de Cuba y Puerto Rico.20
La capacidad de convocatoria y las gestiones desplega-
das por Fernández de Gamboa fueron claves para potenciar
la concertación de un proyecto asociativo con un acentuado
contenido étnico y una función social capaz de aglutinar y re-
presentar a la colectividad española, ya que, según las propias
palabras del diplomático, él era víctima de la desunión y del
20
Manuel A. García Arévalo y José del Castillo, La Casa de España en
Santo Domingo. Los años fundacionales (1917-1940), Santo Domin-
go, Casa de España en Santo Domingo, 2019.
191
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
aislamiento en que la colonia se hallaba para la gestión de sus
funciones consulares.21 Escollo que logró superarse el 1.º de
julio de 1917 con la creación de una entidad que, tal y como
anhelaba Américo Lugo, “tenía el propósito de que no fuese
un Círculo, una Peña de Españoles, sino una 'Casa de España’,
en la que naturalmente tenían entrada los hijos de la Española
y también los extranjeros que se distinguieron por su cariño a
España y Santo Domingo”.22
La difícil encrucijada diplomática
Después de estar algún tiempo a cargo del consulado de
Arcila, capital de un bajalato de Marruecos, Joaquín Fernández
de Gamboa y Belón pasó a Santo Domingo como vicecónsul en
condición de cónsul de segunda clase. El 1.o de agosto de 1916
ocupó la titularidad del Consulado de esta capital, que hasta
entonces estuvo a cargo del cónsul interino don Silvestre Aybar
y Núñez. Un año después, el 1.o de agosto de 1917, fue confir-
mado por Alfonso XIII en el puesto y elevado de categoría en
el escalafón de la carrera diplomática. Permanecería al frente
de este Consulado hasta el 15 de febrero de 1924, cuando fue
designado cónsul en Managua, Nicaragua.
Su actuación en el país, que abarcó cerca de ocho años, se
destacó por el insoslayable protagonismo que asumió en la con-
secución de la Casa de España, haciendo causa común con los
líderes del Movimiento Nacionalista, que adversaban la Ocu-
pación, por quienes el diplomático español mostraba evidentes
simpatías.
21
Fundación García Arévalo, Casa de España en Santo Domingo (Me-
moria del año 1917-1918), Santo Domingo, 1987, pp. 13-16.
22
Ibidem, p. 14.
192
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
En sus informes a Madrid, no oculta su animadversión ha-
cia el Gobierno Militar y su actitud de oídos sordos ante sus
reclamos, lo cual le acarreó serios problemas con aquellos
comerciantes españoles que acudían al Consulado para que
mediase en el cobro de sus acreencias.23 Sin embargo, a pesar
de verse envuelto en una coyuntura nacional crítica, demostró
tesón y habilidad para abogar, sin debilidades ni vacilacio-
nes, por la defensa de los intereses de la colectividad española
establecida en el país. En tal sentido, la revista Quisqueya
(n.os 148-149, 1.o de noviembre de 1921) manifestó su admiración
ante la labor realizada por Fernández de Gamboa, reconociendo
“su talento y su valor puesto a prueba cuando había que recla-
mar derechos ante el insólito poder del Interventor”.
Sin embargo, su actuación al frente de la Encargaduría de
Negocios y el Consulado de España en ocasiones se vio afectada
por sus quebrantos de salud, que se agravaron por los inconve-
nientes que tuvo que afrontar para efectuar su labor durante la
Ocupación, por lo que daba la impresión de que no reunía las
condiciones necesarias para el desempeño de su cargo y de no
ser la persona adecuada en esas circunstancias, llegando incluso
a cuestionarse su capacidad profesional. La situación llegó a tal
extremo que Madrid recibió varias quejas sobre los escasos re-
sultados obtenidos por el Consulado en sus gestiones de cobro,24
lo que ocasionó que el ministro de Estado, a la sazón Santiago
23
Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE), Caja P-256,
Expediente 15-425, Despacho del 12 de noviembre de 1923.
24
En una comunicación enviada al presidente del Directorio Militar
por el presidente del Centro de Galicia en Madrid, con fecha 22 de
noviembre de 1923, este le transmitió la queja de Domingo López
y Manuel Patiño en el sentido de que, dado su estado de salud, Fer-
nández de Gamboa no estaba en condiciones de dar el seguimiento
adecuado a las reclamaciones de pago hechas por varios comercian-
tes españoles. Por ello pedían un nuevo representante diplomático.
193
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
Alba Bonifaz, emitiese el 1.º de mayo de 1922 una orden en la
que comisionaba a Ernesto Freire, cónsul en San Juan, Puerto
Rico, para que se trasladase a Santo Domingo con el fin de ins-
peccionar la situación del Consulado. No obstante, Freire reportó
favorablemente a sus superiores sobre la misión llevada a cabo
por Fernández de Gamboa, quien, a pesar de su precario estado de
salud y desmejorada apariencia personal, supo granjearse muchas
simpatías, aseverando que “en rigor de verdad no he oído más que
alabanzas para él por su buen corazón y sus acertadas gestiones
en beneficio de nuestros compatriotas, en cuya defensa siempre
ha estado pronto y tenaz, consiguiendo innumerables éxitos en
los días duros y luctuosos que atravesó esta República”.25
Ahora bien, lo que sí recomendó el cónsul del Puerto Rico
en su despacho al Ministerio de Estado, fechado el 12 de mayo
de 1923, era que debía concedérsele a Fernández de Gamboa una
licencia prolongada debido a los achaques que padecía, a los que
sin duda se debía “el atraso que se nota en los servicios”. Mien-
tras, “el puesto podría ser interinado por el vicecónsul honorario
don Silvestre Aybar; pero la colonia española aquí vería con ma-
yor agrado a un funcionario de carrera en la gerencia consular”.26
Finalmente, fue trasladado a Managua, donde se agravaron
los quebrantos de salud que le llevaron a la tumba el 11 de abril de
1926. Al concluir sus días, el Gobierno nicaragüense encabezado
por el general Emiliano Chamorro le rindió los mayores honores.
Tras su fallecimiento, la revista Blanco y Negro (año VII, n.o 329,
Otra de las quejas fue emitida desde Valencia en 1921 por el señor
E. Misfud, quien se lamenta del poco celo demostrado por el cónsul
en relación con unas gestiones de cobro que le había encomendado.
AMAE, Caja P-256, Expediente 15-425.
25
AMAE, Caja P-256, Expediente 15-425, Despacho del 12 de mayo de
1923.
26
Ibidem.
194
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
29 de mayo de 1926) publicó una afectuosa reseña que resaltaba
su destacada actuación diplomática en Santo Domingo:
Acaba de morir en Managua, Nicaragua, el Sr. Joaquín
Fernández de Gamboa quien ejercía en aquel país centroa-
mericano las elevadas funciones de Encargado de Negocios
y Cónsul de España.
Por haber desempeñado en nuestro país igual elevado
cargo durante cerca de diez años captándose en ese lap-
so de tiempo entre nosotros las más francas relaciones de
amistad a causa de su temperamento sinceramente cordial,
muy gustosamente estampamos en esta edición la fotogra-
fía del distinguido diplomático hispano.
El Sr. Gamboa ingresó en el Cuerpo Consular español
en el año 1913, habiendo ejercido las funciones consulares
en Gibraltar, Tánger, Arcila (Marruecos), Santo Domingo
y Managua.
Fue este caballero uno de los miembros iniciadores que
tuvo más activa participación en la fundación de esa me-
ritísima asociación que se llama Casa de España en esta
ciudad, y muy grato nos es consagrar a su recuerdo las
siemprevivas de nuestra simpatía.
CONSULADO DE ESPAÑA EN SANTO DOMINGO, R. D.
2 de octubre de 1920
No. Particular
AMAE. Caja H2383
Excmo. Señor Marqués de Lema
Madrid
Muy Sr. mío: Contesto a su apreciada carta fechada en
San Sebastián.
195
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
El sacerdote español a quien se refiere Monseñor27 en su
carta es el P. Ballesteros (Saturnino Martínez de Ballesteros
y López de Alda) que en la actualidad debe encontrarse en
vacaciones en Vitoria (Bernedo) de donde es natural y don-
de residen sus padres.
Al día siguiente de su prisión recibí un telegrama del
Vicecónsul en Sánchez28 y ayudado por Monseñor hicimos
gestiones para su libertad.
Estuvo preso aproximadamente dos meses y antes hu-
biera sido puesto en libertad si no me hubieran hecho creer
que ya estaba libre.
Intenté pedir una indemnización, pero el mismo P.
Ballesteros me dijo que no hiciera nada pues no quería ocu-
parse más del asunto para que no se enterasen sus padres de
que había estado preso.
En mi correspondencia de aquella fecha al Ministerio
di cuenta de esto y de todos los incidentes ocurridos.
El Padre Ballesteros es un sacerdote virtuoso y muy
instruido.
Al ponerle en libertad vino a la Capital y Monseñor le
dio una cátedra en el Seminario.
Yo no sé cómo sería un Gobierno Civil Americano,
pero uno Militar es el exponente de toda arbitrariedad e in-
justicia. Es mucho lo que me han hecho sufrir en los cuatro
años que llevo aquí.
27
Debe referirse a monseñor Adolfo Alejandro Nouel, arzobispo de San-
to Domingo, quien probablemente le escribió al ministro de Estado en
Madrid solicitando su intervención para que el padre Ballesteros fuera
liberado.
28
Sánchez es un poblado situado en la bahía de Samaná y cercano a la
desembocadura del río Yuna, en el extremo nororiental de la isla de
Santo Domingo. Para la época era un puerto utilizado para la exporta-
ción de productos agrícolas de la región del Cibao.
196
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
Tienen el procedimiento de que sus resoluciones no
tienen apelación y naturalmente una vez sentada su infali-
bilidad hacen lo que les da la gana.
No hay reclamación posible porque la dejan dormir.
Hace cuatro años murió un señor Noceda, en un paque-
te postal se enviaron sus alhajas al Ministerio y no llegaron.
Hice la reclamación y me dijeron que estaban en St.
Nazaire.
El Vicecónsul allí demostró que aquella Administra-
ción de Correos nunca las había recibido y entonces me
dicen que efectivamente ha sido una equivocación y han
dicho St. Nazaire en vez de Burdeos.
En Burdeos ocurre lo mismo y me dicen que ellos han
entregado el paquete al Comandante del Abd-el-Kader pero
este prueba con sus libros que a él no le han entregado nada
y al pedirles yo (de orden del Ministerio) copia del recibo,
me contestan que no pueden dármelo porque en el arreglo
del Archivo de Correos se ha extraviado.
Por fin les pruebo que ha sido robado aquí (tuve una
confidencia de un alto empleado de Correos, un tal Callejo
de Puerto Rico al que acaban de echar por malversación de
fondos según se dice) y pido una indemnización de $5,000
pues las alhajas no estaban tasadas y por si había rebaja
exageré el valor.
Al cabo de un tiempo me dicen (en 28 de agosto de
este año contestando a una mía de 24 de junio, después de
exigir tres veces contestación) “que no puede ser atendida
la reclamación de esa Legación porque la reclamación no
fue presentada dentro del término de un año que establece
la Convención Postal de Roma”.
Entonces les presento sus contestaciones a mi re-
clamación dentro de los doce primeros meses y las de
este año diciéndome que aún no indemnizaban por estar
197
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
terminándose el expediente y me prometen una contesta-
ción que temo no llegará.
Otra arbitrariedad. En la Romana un empleado (yan-
qui) del ingenio hace un disparo de revolver en el café de
un español y meten en la cárcel al español. Reclamo y po-
nen en libertad al español bajo una fianza de $300 que no le
devuelven ni le juzgan siquiera.
El procedimiento de las fianzas y de las multas es una
manera de enriquecerse que tienen los prebostes.
-Ejemplo: “V. ha vendido bebida a un marino y tiene
una multa de $100 o veinte días de cárcel. - No señor, no he
vendido. - Dos cientos pesos .
- Es que ayer no abrí el establecimiento. - Tres cientos
pesos y tiene V. un cuarto de hora para buscarlos o se le
vende el establecimiento. (Rigurosamente cierto).
En este respecto los más desgraciados son los domini-
canos que no tiene quien los defienda.
En la Comisión de Reclamaciones han ocurrido ver-
daderas encrimidades con los caprichosos fallos dictados.
Yo he pedido la devolución de los expedientes de las
reclamaciones rechazadas o no pagadas en su totalidad y
me contestan que no puede ser por estar definitivamente
archivados. Les he respondido recordándoles mi oficio de
entrega de los mismos en que les decía “que les entregaba
para su examen, pero bien entendido que era propiedad del
Estado Español” y además que no podría hacer ninguna
gestión diplomática si no dispongo de las pruebas.
Como de costumbre aguardo contestación que llegará
cuando la haya reclamado tres o cuatro veces.
Otro caso. Los labradores de Barahona tenían títulos
de tierras susceptibles de irrigación hechos por Carlos III.
Barahona es una provincia donde no llueve, pero don-
de la tierra es muy feraz con riego.
198
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
Joaquín Fernández de Gamboa, encargado de negocios y cónsul
general de España.
199
Manuel García Arévalo / Francis Pou de García
Pues bien, The Barahona Sugar Co. ha conseguido 21
metros cúbicos del Yaque y en muchas épocas del año el
caudal no alcanza a 14 metros.
La Barahona Sugar pretende formar el ingenio más
grande de las Antillas, su capital es enorme, han privado
del agua a los labradores y éstos si quieren pueden vender
a desprecio sus tierras y si no se las quitan en virtud de una
Orden Ejecutiva que se dicta para el caso o de una senten-
cia emanada de un Tribunal de Tierras creado al efecto y
que como todos los suyos es sin apelación.
En Barahona yo tengo un caso de un español que estoy
tratando por la desposesión de un derecho de propiedad de
agua, registrado y que además consta en una escritura de
hipoteca desde los puntos de vista del derecho de propie-
dad, de la expropiación que no es de utilidad pública sino
particular y del efecto retroactivo de las leyes. Veremos que
me contestan.
En estos últimos días han dictado una Orden Ejecutiva
prohibiendo a los Tribunales admitir demandas contra el
Estado que es “el reconocimiento del erróneo principio…
tendería después de la cesación del Gobierno Militar a crear
entorpecimientos al Gobierno de la República Dominicana
con acciones de carácter similar etc.”
Es decir, ahora más que la infalibilidad, la inmunidad
para sus protecciones a las empresas yanquis.
Los dominicanos tenían una Legislación sabia francesa
y como complementaria la española, las órdenes ejecutivas
han acabado con ella destruyendo hasta la organización de
la familia.
Prometo a V. E. una colección de estas Órdenes para
que pueda apreciar las unas veces peregrina y otras intere-
sadas ideas que las inspiran.
200
Objeciones del cónsul español a la administración de justicia...
Todo lo que le he contado y mucho más es cierto Sr.
Marqués, pero de ello no puedo hacer uso oficialmente
pues a veces me faltan las pruebas.
El Cónsul francés, me dicen que ya no trata sus asuntos
aquí, todo lo manda a París para que se traten los mismos
en Washington y me parece buen acuerdo porque aquel Go-
bierno no es del Navy Corps y escuchará razones.
Un Cónsul inglés solo estuvo 15 días y se marchó al
ver que era imposible conseguir justicia.
Es mucho como le decía, lo que llevo sufrido en los
cuatro años que tengo aquí con sus injusticias y arbitrarie-
dades.
Dispénseme lo largo que he sido pero necesitaba este
desahogo.
Soy de V. E. afmo. S.S.Q.B.S.M.
Joaquín Fernández de Gamboa (firmado)
201
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 203-258
ISSN: 0009-9376
Más malo que Buceta.
Vicisitudes de un brigadier español
durante la Guerra Restauradora*
Edwin Espinal Hernández**
RESUMEN
El brigadier Manuel Buceta del Villar quedó consagrado en la
historia dominicana con la frase “Más malo que Buceta”, locución
con la que se hace referencia a una persona muy mala. Lo que se
conoce de este personaje se resume prácticamente en esa expresión.
No obstante, su estadía de dos años en República Dominicana es po-
sible reconstruirla gracias a testimonios de sus contemporáneos y a
partir de una apreciable cantidad de material procedente del Archi-
vo General de Indias que sobre su trayectoria resguarda la Colección
Documental-Histórica Herrera. A partir de esa información podemos
conocer las vicisitudes por las que atravesó durante la Guerra de la
Restauración y entender por qué su impronta quedó eternizada en el
imaginario popular.
Palabras claves: Historia militar, República Dominicana, Guerra
de la Restauración, Manuel Buceta.
* Resumen de la conferencia pronunciada en la Academia Dominicana
de la Historia el 28 de noviembre de 2013.
** Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, teso-
rero de la Junta Directiva (2019-2022).
203
Edwin Espinal Hernández
ABSTRACT
Dominican history has consecrated the memory of brigadier Ma-
nuel Buceta del Villar with the traditional saying: “He is worse than
Buceta”, attributed it to any wrong personal doing. And that is what
we in fact know about this historical character. We could nevertheless
trace his doings during his two years in our Country, thanks to various
personal testimonies from those years, and mainly documents from
Archivo General de Indias, and particularly the well known Herrera
Document Collection. With the help of all that we could know much
better his life during our Restoration War and how his presence in it
became well known in popular imagination.
Keywords: Military History, Dominican Republic, Restoration
War, Manuel Buceta.
El brigadier Manuel Buceta del Villar quedó consagrado en
la historia dominicana con la frase “Más malo que Buceta”, lo-
cución con la que se hace referencia a una persona muy mala.1
Lo que se conoce de este personaje se resume prácticamente en
esa expresión, que se convirtió en el distintivo de aquellos que
superaban los malos tratamientos por los que era recordado. No
obstante, su estadía de dos años en República Dominicana es po-
sible reconstruirla gracias a testimonios de sus contemporáneos
y a partir de una apreciable cantidad de material procedente del
Archivo General de Indias que sobre su trayectoria resguarda
la Colección Documental-Histórica Herrera. A partir de esa in-
formación podemos conocer las vicisitudes por las que atravesó
durante la Guerra de la Restauración y entender porqué su im-
pronta quedó eternizada en el imaginario popular.
1
Deive, Carlos Esteban. Diccionario de dominicanismos, segunda
edición. Santo Domingo, Ediciones Librería La Trinitaria y Editora
Manatí, 2006, p. 42.
204
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Primera estancia: Samaná
Nacido en Santa María de Portas, Pontevedra, Galicia, el 15
de abril de 1808,2 y forjado en guerras y revoluciones liberales en
España vinculadas al Partido Progresista, Buceta alcanzó el gra-
do de brigadier de infantería en 1856, después de tres decenios
de vida militar.3 Con “un organismo de verdadero temple de ace-
ro”,4 de naturaleza “indómita y fuerte”,5 con una “proverbial fir-
meza de carácter”,6 “siempre valiente como el Cid y fuerte como
un Prometeo”,7 en esos treinta años se forjó como un “soldado
intrépido y capaz de los mayores actos de arrojo y osadía”,8 “he-
roico y terco’’,9 “de indomable valor”,10 “valeroso y heroico”,11
“hecho para la lucha, para el combate cuerpo a cuerpo, pero no
2
Hoja de servicios del mariscal de campo Manuel Buceta del Villar, Ar-
chivo General Militar de Segovia. Cortesía del Miembro de Número
Raymundo González de Peña.
3
Hoja de servicios del mariscal de campo Manuel Buceta del Villar,
Archivo General Militar de Segovia.
4
López Morillo, Adriano. Memorias de la Segunda Reincorporación
de Santo Domingo a España, 3 vols. Santo Domingo, Sociedad Do-
minicana de Bibliófilos, 1983, t. I, p. 224.
5
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 230.
6
López Morillo, Memorias de la Memorias de la Segunda Reincorpo-
ración de Santo Domingo a España, t. II, p. 156.
7
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 225.
8
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 220.
9
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 228.
10
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. II, p. 154.
11
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. II, p. 215.
205
Edwin Espinal Hernández
para dirigir tropas”,12 carente de “iniciativa inteligente, metódica
y oportuna”,13 de “carácter terco y poco asequible”14 y sobre todo
voluble: “Era en él frecuente pasar de la más glacial indiferencia
a la más activa, inquieta y desconcertada actividad”.15 El oficial
español Adriano López Morillo, subteniente del primer bata-
llón de la Corona destacado durante la guerra de la Restaura-
ción, en un severo juicio sobre su persona, dice que en él “había
todo el valor e intrepidez de un bravo soldado, pero no tenía ni
el talento mental de un mediano capitán, careciendo de toda la
pericia y competencia profesional que el mando reclama”.16 Y
más adelante agrega: “Buceta era una vulgaridad; había llegado
a su alta jerarquía por sus actos de valor extraordinario, pero le
faltaba talento militar y competencia”.17
En abril de 1861 fue indultado después de haber estado
cumpliendo una condena de dos años con motivo de las ac-
ciones de guerra que encabezó como gobernador de Melilla
contra los moros del Riff, siendo destinado a las “inmediatas
órdenes” del capitán general de Cuba.18 Aquella encomienda
aparentemente no fue bien recibida, como lo confirma el hecho
12
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 185.
13
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 220.
14
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. II, p. 222.
15
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 220.
16
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. II, p. 164.
17
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. II, p. 223.
18
Hoja de servicios del mariscal de campo Manuel Buceta del Villar,
Archivo General Militar de Segovia.
206
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
de que en agosto de 1861 fue enviado a Samaná19, un lugar en-
tonces con un clima severo y una reducida población20.
Aquí tuvo que lidiar con un grupo de trescientos presidiarios
que, justamente para agosto de 1861, trabajaba en la fortificación
de la plaza.21 El trato con estas personas se ajustaría sin dudas
a sus experiencias vividas en Melilla, ciudad de la que había
sido gobernador militar entre 1854 y 1856 y 1858 a 1860,22 y en
19
Su presencia en Samaná a partir de agosto de 1861 la deducimos de la
carta de Martín J. Hood, cónsul británico en Santo Domingo, a Lord
John Russell, fechada en Santo Domingo el 31 de diciembre de 1861
(Marte, Roberto. Correspondencia consular inglesa sobre la anexión
de Santo Domingo a España. Santo Domingo, Archivo General de la
Nación, Editora Búho, 2012, p. 142). No obstante, Emilio Rodríguez
Demorizi, en su obra Samaná, pasado y porvenir (Santo Domingo,
Archivo General de la Nación, 1945, p. 31), indica que fue designado
en septiembre de 1861. Un testimonio de su presencia en Samaná para
este mes es la orden de la plaza que firmó el 11 de septiembre de 1861.
Archivo General de Indias (A.G.I.), Legajo 1034. Fichada bajo el nú-
mero 457 en la Colección Herrera. Archivo Histórico Documental de
la Biblioteca Central de la Pontificia Universidad Católica Madre y
Maestra (PUCMM) (en lo adelante CH).
En su hoja de servicios se indica, sin embargo, que permaneció bajo
las órdenes del capitán general de Cuba hasta octubre de 1861, cuando
fue aprobado su nombramiento.
20
González Tablas, Ramón. Historia de la dominación y última guerra
de España en Santo Domingo. Santo Domingo, Sociedad Dominicana
de Bibliófilos, 1974, p. 215.
21
Ibidem.
22
Esquembri, Carlos. El pasado revolucionario del brigadier Buceta. En
blog Al sur de Alborán, http://surdealboran.blogspot.com/2013/05/
el-pasado-revolucionario-del brigadier.html?q=el+pasado+revolucio-
nario+del+brigadier+buceta [consultado el 26 de noviembre de 2013].
Los meses de su ejercicio como gobernador de Melilla no coinciden
con las que figuran en su hoja de servicios.
207
Edwin Espinal Hernández
Ceuta, donde dirigió el penal de esa posesión española en terri-
torio marroquí.23
Sus normas de conducta trajeron inmediatas confrontacio-
nes y reacciones. Dos casos conocidos fueron el enfrentamiento
que sostuvo entre 1861 y 1862 con el reverendo Peter
Vander-Hurst [Vanderhorst, EEH], misionero wesleyano en Sa-
maná, quien le reclamó, sin suerte, la devolución de la capilla
británica de la localidad que había tomado prestada conjunta-
mente con la capilla católica para alojar provisionalmente a los
enfermos que había entre las tropas españolas hasta tanto el
hospital en construcción fuera terminado,24 y el celo que mani-
festó en 1862 con respecto de la viabilidad de la explotación de
los recursos naturales de la península en provecho de los inte-
reses estratégicos españoles, específicamente carbón de piedra,
previsto para su uso como combustible en los vapores de la
armada española.25
Producto de las condiciones ambientales, Buceta trasla-
dó la población de Samaná al paraje conocido como Flechas
de Colón, localizado en la banda sur de la península,26
23
Guerrero Cano, María Magdalena. “La guerra restauradora y el
abandono español”. En Escritos sobre la restauración. Comisión Per-
manente de Efemérides Patrias, Editora Centenario, Santo Domingo,
2002, p.216.
24
Carta de Martín J. Hood, cónsul británico en Santo Domingo, a Lord
John Russell, Santo Domingo, 31 diciembre 1861. En Marte, Co-
rrespondencia consular inglesa…, pp. 142-143. Ver además, carta de
Martín J. Hood, cónsul británico en Santo Domingo, al general Pedro
Santana, Santo Domingo, 28 enero 1862. En Marte, Correspondencia
consular inglesa…, pp. 149-150.
25
Carta del general Pedro Santana al brigadier gobernador de Samaná,
Santo Domingo, 3 abril 1862. A.G.I. Legajo 1034 a., CH 488.
26
Carta del coronel gobernador Ramón Fajardo al Capitán General, Sa-
maná, 4 noviembre 1864. Según este oficial, “Las Flechas de Colón
208
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
donde en enero de 186227 estableció una guarnición.28 La de-
jaría poco más de un año después, en febrero de 1863, cuando
se le encargó el mando de las tropas del Cibao.29 Fue tanta la
desgracia que le acompañó desde entonces que, de acuerdo
a González Tablas, su “fama de carácter indomable” quedó
desmentida.30
Comandante General del Cibao y Gobernador
de la provincia de Santiago
El 25 de febrero de 1863 Buceta recibió una carta del capi-
tán general Felipe Rivero en la que se le ponía al tanto de que
el 21 de febrero anterior, el gobernador de Santiago, general
José Hungría, había salido para Guayubín, donde al igual que
en Sabaneta había estallado una revolución, y que en Mangá se
hallaba alzado el general Lucas de Peña. Esos trastornadores
acontecimientos imponían que en la noche de ese mismo día
debía embarcarse en el Transporte No. 3 —salido desde Santo
fueron habitadas por la población oficial de la Península antes y des-
pués de la rebelión, habiendo sido preciso trasladarse desde Samaná
por efectos de verse el entonces Gobernador en circunstancias igual-
mente aflictivas a las que en que me encuentro”. A.G.I. Legajo 993
a., CH 1416.
Pedro M. Archambault cita también como nombre de este lugar “Los
Cacaos” (Archambault, Pedro M. Historia de la Restauración. París,
La Librairie technique et economique, 1938, p. 192).
27
Rodríguez Demorizi. Samaná…, p. 31.
28
Para una descripción de Flechas de Colón, ver González Tablas, His-
toria de la dominación…, pp. 215-216.
29
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 217.
30
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 218.
209
Edwin Espinal Hernández
Domingo ese mismo día—31 al mando de una fuerza y oficiales
y llegar a Monte Cristi.32
Buceta arribó a Monte Cristi con dos compañías de ca-
zadores del batallón de Bailén y una sección de artillería de
montaña33 el 4 de marzo, mismo día en que había sido tomada a
los revolucionarios.34 Archambault, siguiendo sin dudas la na-
rración del general José de la Gándara,35 dice que Buceta envió
al comandante Juan Campillo a Guayubín para reforzar a Hun-
gría en la toma de Sabaneta,36 aunque González Tablas refiere
que ambos salieron a su encuentro.37 Lo cierto es que Buceta
llegó a Guayubín el 6 de marzo, después de haber recogido ar-
mas y destruido la artillería poco útil que había en Monte Cristi
y hacer transportar a Puerto Plata la que todavía se hallaba en
buen estado.38 Al día siguiente partió hacia Sabaneta a reunirse
con Hungría,39 quien ya había abandonado Guayubín para la
madrugada del 5 de marzo.40 Hay que señalar que, de acuerdo
a López Morillo, Buceta le había comunicado a Campillo que
31
Gándara, José de la. Anexión y guerra de Santo Domingo. Santo
Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, Editora de Santo Do-
mingo, 1975, t. I, p. 272.
32
Carta del Capitán General de Santo Domingo al brigadier gobernador
militar de Samaná, Santo Domingo, 25 febrero 1863. A.G.I. Legajo
923 a., CH 552.
33
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 268.
34
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 105.
35
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 268.
36
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 49. La toma de Sa-
baneta fue el 5 de marzo de 1863 (González Tablas, Historia de la
dominación…, p. 105).
37
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 105.
38
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 268.
39
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 51.
40
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 123.
210
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
previniera a Hungría de no ejecutar ninguna acción hasta su lle-
gada. De ahí que contraordenara a Campillo volver a Guayubín
mientras él partía con sus soldados a tomar Sabaneta.41
Sofocada la rebelión, el 10 de marzo, según el relato de Ar-
chambault, Buceta y Hungría enviaron oficiales a San José de
Las Matas y Guaraguanó a restablecer las garantías civiles de
los implicados en la revolución, conforme un bando dado por
Hungría el día 7 anterior42 —suspensivo de un bando de Rivero
por el cual se había creado una comisión militar integrada por
fiscales que perseguían a los implicados en el movimiento re-
volucionario y que había traído como negativa consecuencia el
cruce de dominicanos hacia Haití43— y que ambos salieron con
sus respectivas columnas para Dajabón,44 para “conferenciar
con el nuevo jefe de línea haitiano, el general Philantrope Noel,
del gobierno de Geffrard, a quien le suponían los españoles sen-
timientos de simpatía a su causa”.45
Rivero destinó a Hungría como comandante general de la
Línea Noroeste en forma provisional y encargó el mando mi-
litar y político de la provincia de Santiago al general de las
reservas Achille Michel hasta su regreso. Así, el Segundo Cabo
de la isla, general Carlos de Vargas, quien había arribado a San-
tiago el 10 de marzo de 186346 junto al general Pedro Santana,
41
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
pp. 124-125. Sobre la toma de Sabaneta, ver López Morillo, Memo-
rias de la Segunda Reincorporación…, t. I, pp. 126-128.
42
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 273.
43
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
pp. 130-131.
44
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 51.
45
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 52. Ver también, Gán-
dara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 274 y López Morillo,
Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I, pp. 133-134.
46
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 50.
211
Edwin Espinal Hernández
comandante general en jefe de las tropas que habían de ope-
rar en el Cibao a propósito de los alzamientos noroestanos,47
sugirió a Rivero la designación de Buceta como comandante
general del Cibao, lo que acogió, considerando la necesidad de
una “autoridad superior Militar” en Santiago y con la “gradua-
ción suficiente” para el mando de las tropas de la zona norte
ante la ausencia de Hungría.48 Ese nombramiento, de acuerdo a
López Morillo, fue “el desacierto de más graves consecuencias
cometido por el general Rivero”.49
Buceta, después de su reunión con Noel a orillas del Masa-
cre el 11 de marzo, había regresado a Sabaneta el 13 de marzo y
el día 18 siguiente salió junto a Hungría para Santiago, ciudad a
la que llegó el 21 de marzo.50 Sería aquí donde la fama de Buce-
ta quedaría fijada en el subconsciente colectivo, erigiéndose sus
atropellos en el sumum de la maldad, como lo avalan los tes-
timonios de Archambault,51 Alejandro Angulo Guridi,52 López
Morillo53 y Luperón54 sobre sus insultos, maltratos, ultrajes,
47
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 108.
48
Carta de Carlos de Vargas al Capitán General, Guayubín, 14 marzo
1863. A.G.I. 923 a., CH 579. Erróneamente, en su hoja de servicios
se dice que permaneció como gobernador político militar de Samaná
hasta enero de 1862.
49
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, tomo I, p. 165.
50
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 134.
51
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 56.
52
Angulo Guridi, Alejandro “Santo Domingo y España”. En Escritos
sobre la Restauración. Santo Domingo, Comisión Permanente de Efe-
mérides Patrias, Editora Centenario, 2002, pp. 139-140.
53
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
pp. 123, 167-170 y 175.
54
Luperón, Gregorio. Notas autobiográficas y apuntes históricos. San-
tiago, Editorial El Diario, 1939, pp. 115 y 124.
212
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
desatinos y arbitrariedades. Pero aunque pudiera pensarse que
en torno a él se tejió una leyenda negra que fue magnificada
al extremo, La Gándara, para quien Buceta fue juzgado “de
una manera desapasionada”,55 advierte que sus actos tuvieron
incidencia en el orden político, dando lugar a medidas que
generaron no tan solo quejas y disgustos, sino también un cre-
ciente número de enemigos.56
Como ilustración de sus arbitrariedades, Archambault re-
coge un episodio de Buceta con Pancholo Viñals57 y López
Morillo trae incidentes con Benigno Filomeno de Rojas58 y la
oficialidad dominicana.59 Pero las más conocidas confrontacio-
nes de Buceta fueron con miembros del ayuntamiento, de las
que dan cuenta Luperón60 y Angulo Guridi.61 De estas, la que
colmó la paciencia de los ediles fue la afrentosa colocación de
la basura dejada en las calles ante las puertas de la casa del
cabildo, sin parar mientes en que él era su presidente.62 Es de
55
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 377.
56
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 285. Ver un
planteamiento similar en López Morillo, Memorias de la Segunda Re-
incorporación…, t. I, p. 166.
57
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 56-58.
58
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, pp. 168-169.
59
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, pp. 169-170.
60
Luperón, Notas autobiográficas y apuntes históricos…, p. 124.
61
Angulo Guridi, “Santo Domingo y España”..., pp. 140-142. Ver ade-
más, carta de Lic. Alejandro Angulo Guridi al gobernador superior
civil, Santiago, 17 julio 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 637.
62
Carta de Lic. Alejandro Angulo Guridi al Gobernador Superior Civil,
Santiago, 17 julio 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 637. En su ensayo,
Angulo Guridi aporta los datos de que Mora era español; que el ser-
vicio de limpieza operaba un día en las calles de norte a sur y otro en
213
Edwin Espinal Hernández
observar que en contraste con las acciones negativas que se le
endilgan, en julio de 1863 reconoció el derecho de unos cons-
piradores en Puerto Plata, autores de pasquines y críticos del
gobierno,63 a expresarse libremente, siempre que no indujeran
a la perturbación del orden,64 y en agosto de 1863, quién sabe
si congraciado con la cúpula dirigente de Santiago, contó con
el apoyo del ayuntamiento, así como con el de los principales
agricultores y comerciantes, al dictar disposiciones para me-
jorar la calidad del tabaco, ante los efectos que había traído la
disminución de la vagancia, medida que había ordenado enten-
diéndola positiva, pero que se había revertido en contra de la
cosecha de la hoja.65
Una retirada desesperada
El 4 de agosto de 1863 se presentó ante el capitán Fermín
Daza, comandante de los destacamentos de Dajabón y Capoti-
llo, el teniente de las reservas provinciales Juan Antonio Alix
junto al paisano Eusebio Gómez, ambos acogidos a la amnistía
dada por la reina Isabel II el 27 de mayo anterior66 y exilia-
dos hasta ese momento en Haití desde los acontecimientos de
las de este a oeste y que cuarenta soldados apilaron la basura frente al
ayuntamiento (Angulo Guridi, “Santo Domingo y España”…, p. 141).
63
Carta al Comandante Militar de Puerto Plata, 27 julio 1863. A.G.I.
Legajo 1027 c., CH 647.
64
Carta 31 julio 1863. A.G.I. Legajo 1020 b., CH 646.
65
Carta del Brigadier Comandante General del Cibao al Capitán Gene-
ral, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 655, y carta
del Brigadier Comandante General del Cibao al teniente alcalde Ale-
jandro Angulo Guridi, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 657.
66
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 120.
214
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
febrero de ese año, en los que Alix había estado involucrado y
por los que fue sentenciado a muerte.67 A su llegada a territorio
dominicano, quien luego sería nuestro máximo poeta popular
transmitió al oficial español una información de inteligencia
clave: “que por la parte de Capotillo francés se han distribuido
unos mil fusiles al populacho y que del interior se alistan mu-
chos hombres para una intentona de invasión sobre Capotillo
español y que esta debe tener lugar en el término de veinte días
próximamente”.68
67
Carta de Federico Llinás Santo Domingo, 12 mayo 1864. A.G.I. Lega-
jo 921 a., CH 1278. González Tablas lo menciona por su apellido entre
los insurrectos del 24 de febrero de 1863 (González Tablas, Historia
de la dominación…, p. 96).
68
Carta del general José Hungría al Brigadier Comandante General del
Cibao, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 656. Fer-
nando G. Lecomte, en carta al Capitán General, decía que, según le
informó el representante de las reservas en situación activa de la pro-
vincia de Santiago, Alix “fue emigrado por los acontecimientos de
Febrero último, constando por una comunicación del Capitán de la
Compañía de Cazadores del Batallón de San Quintín que el día seis
del mes anterior se presentó en Capotillo solicitando acojerse [sic] a
la Real gracia de indulto” (Carta de Fernando G. Lecomte al Capitán
General, Santo Domingo, 30 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 921 a.,
CH 833 A).
En una carta posterior, ratifica que Alix se presentó al jefe español en
Capotillo no el 4 sino el 6 de agosto de 1863, después de “haber estado
emigrado” en Haití (Carta de Fernando G. Lecomte, Habilitado Gene-
ral de las Reservas Provinciales, al Capitán General, Santo Domingo,
22 octubre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 889-A). La Gándara dice,
sin embargo, que el “amnistiado agradecido” notició al comandan-
te de Capotillo el 3 de agosto (Gándara, Anexión y guerra de Santo
Domingo…, p. 301), en tanto que López Morillo precisa que los “dos
jefes dominicanos que habían tomado parte en la insurrección de fe-
brero y ahora regresaban acogidos a la amnistía del 27 de mayo”, se
avistaron con el capitán del batallón de San Quintín, Fermín Daza
215
Edwin Espinal Hernández
Buceta fue puesto al tanto de esa noticia,69 así como de
los rumores de una revolución y de que a Monte Cristi llega-
ría, en auxilio de los dominicanos, “una flota americana de
doce vapores de guerra cargados de pertrechos de guerra y
tropa Americana, y Haitiana”.70 También le llegaron noticias
desde Haití, en el sentido de que en el puerto del Guarico
se habían desembarcado armas desde buques mercantes y
de guerra estadounidenses, siendo introducidas en territorio
dominicano.71
Buceta, no obstante los rumores que corrían en la jurisdic-
ción de Monte Cristi, tildaba de “vagos” los informes sobre
“una invasión Haytiana”,72 pero pese a no dar crédito a esas
noticias, dispuso que marchara hacia la frontera un batallón de
la Corona, un escuadrón de caballería y una sección de arti-
llería de montaña73 y posteriormente, el 12 de agosto, decidió
Mantecón, el 28 de julio, después de pasar el Masacre (López Morillo,
Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I, p. 172).
69
Carta del general José Hungría al Brigadier Comandante General del
Cibao, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 656. Ver
además, González Tablas, Historia de la dominación…, p. 126.
70
Carta del comandante de armas de Monte Cristi, Pedro Ezequiel Gue-
rrero, al Comandante General del Cibao, Monte Cristi, 8 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1005 b., CH 837-A.
71
Carta del comandante general Manuel Buceta al Capitán General,
Santiago, 8 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 661.
72
Carta de Felipe Rivero, de la Capitanía General de Santo Domingo,
al Brigadier Segundo Cabo Comandante General en comisión de la
provincia del de Santiago, 19 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 671.
73
García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo,
quinta edición, 3 vols. Santo Domingo, Central de Libros, 1982, t. III
p. 422. Sobre los movimientos de tropas ordenados por Buceta y el
ambiente que se vivió en Santiago en esos días, ver López Morillo,
Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I, pp.172-174.
216
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
ir personalmente a Monte Cristi y recorrer la frontera hasta
Dajabón74 —donde se reuniría con el general José Hungría—,
acompañado del capitán de artillería Ramón Alberola, un cabo,
cuatro soldados de caballería del batallón de cazadores de Áfri-
ca y del general de las reservas Gaspar Polanco, quien se separó
de él a su llegada a Guayacanes para irse a su casa en Peñuela,
ya comprometido con los patriotas dominicanos, a quienes dio
cuenta de la excursión del brigadier.75
Buceta llegó a Dajabón desde Guayubín y Escalante el
día 14 de agosto, donde seguridades de que nada en contra
del régimen español se tramaba en territorio haitiano. Pero
enterado que los revolucionarios proyectaban tomar e incen-
diar Sabaneta y atacar Guayubín, ordenó los días 15 y 17 de
agosto reforzar sus guarniciones.76 Irónicamente, entendiendo
que los planes de los dominicanos eran “aun poco temibles” y
considerando “las dificultades que ofrece el alojamiento y ma-
nutención de las tropas en la frontera”, ordenó que el batallón
de la Corona se dirigiera a Puerto Plata, mandó a retroceder la
74
Carta del comandante general Manuel Buceta al Capitán General de
la isla, Santiago10 agosto 1863. Transcrita en Rodríguez Demorizi,
Emilio. Diarios de la guerra domínico-española de 1863-1865. Santo
Domingo, Editora del Caribe, 1963, pp. 11-12.
75
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, pp. 177-179.
76
Diario del brigadier Manuel Buceta, 23 agosto 1863. En Herrera,
César. Anexión-Restauración, parte I, Santo Domingo, Archivo
General de la Nación-Academia Dominicana de la Historia, 2012,
pp. 240-241. El diario, una relación dirigida al Capitán General,
aparece transcrito también en Rodríguez Demorizi, Diarios de la
guerra domínico-española…, pp. 51-57. Para contrastar lo referido
por Buceta en su diario sobre sus actuaciones en estos días, ver, t. I,
pp. 180-183.
217
Edwin Espinal Hernández
artillería y suspendió la salida de la caballería,77 movimientos
tácticos criticados por Archambault78 y la Gándara.79
El 18 de agosto, dos días después que los restauradores
enarbolaron en el cerro de Capotillo español la bandera do-
minicana,80 aparentemente no persuadido de la existencia del
enemigo o minimizando la importancia de sus planes,81 salió de
Dajabón a practicar un fútil reconocimiento en Estero Balsa.82
A su regreso a Dajabón fue hostilizado por los dominicanos83
en La Carbonera84 y enterado de que Guayubín no había podido
ser ocupado por el oficial subalterno y los 40 individuos de tropa
que había enviado el día anterior, intentó sin éxito llegar al frente
de 30 soldados del batallón de San Quintín hasta dicha pobla-
ción, que había sido ocupada y quemada por los dominicanos.
77
Carta del comandante general Manuel Buceta al Capitán General de la
isla, Santiago, 8 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1005 b., CH 837-A. Ver
además, García, Compendio de la historia de Santo Domingo…, p. 422.
78
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 65-66.
79
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, pp. 302 y 376. Ver
además, López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de
Santo Domingo a España, tomo I, p.176.
80
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 66.
81
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 321.
82
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación de Santo
Domingo a España, t. I, p. 184.
83
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, p. 242.
Ver sobre esta acción, López Morillo, Memorias de la Segunda Rein-
corporación de Santo Domingo a España, t. I, pp. 184-185.
84
Archambault, Historia de la Restauración…, p.68. En el “Diario de
la Guerra”, una relación llevada en la Capitanía General en la que se
asentaban los hechos de armas en que se veían envueltos los españo-
les, se indica que Buceta cargó contra el enemigo –10 hombres– el 18
de agosto de 1863 en Estero Balsa con el jefe y un oficial de San Quin-
tín, un capitán de artillería y ocho individuos de caballería (Rodríguez
Demorizi, Diarios..., p. 34).
218
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Habiendo retrocedido a Dajabón, el día 19 reinició la marcha
hasta Guayubín con una columna de 50 infantes y 17 caballos,
que fue atacada “hasta salir a Sabana Larga”.85
En Escalante, tres leguas antes de Guayubín86 y donde
acampó,87 fue sorprendido por la noticia de que esa población
había sido incendiada en la mañana del día 18, información que
lo hizo desistir de llegar hasta allí y regresar a Santiago.88 Bu-
ceta marchaba con los alféreces Braulio Ordóñez e Inocencio
Cárdenas, quienes tenían el mando respectivo de 25 cazadores
y 25 granaderos del batallón de San Quintín, así como con el
alférez Francisco Soriano y 14 caballos del escuadrón Cazado-
res de África No.2; en total, tres oficiales y 64 soldados, cabos
y sargentos de infantería y caballería.89
85
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, pp. 242-
243. En el “Diario de la Guerra” se apunta que la fecha de este
encuentro fue el 18 de agosto y que Buceta se batió contra 200-250
hombres que se hallaban en el paso del río Dajabón (Rodríguez De-
morizi, Diarios…, p. 35).
86
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 131.
87
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 70.
88
Herrera, Anexión-Restauración…, pp. 242-243. El práctico respon-
día al apodo de Campeche. Llevó a Buceta a travesar el río Yaque
por el vado de Castañuelas y desechó a Guayubín por Piedra Parida
(Archambault, Historia de la Restauración…, p. 71). Supuestamen-
te lo había enviado el general Hungría, pero, de acuerdo con Benito
Monción y Pedro Antonio Pimentel, se había prestado a engañarlo y
conducirlo en medio de la emboscada dominicana (López Morillo,
Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I, p. 223).
Buceta desechó las propuestas de llegar a Santiago embarcándose en
el Guarico o Monte Cristi para llegar hasta Puerto Plata (López Mori-
llo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I, pp. 186-187).
89
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
pp. 187 y 220.
219
Edwin Espinal Hernández
A partir del 20 de agosto, el retorno hacia Santiago se
convirtió en una desesperada marcha forzada. Desde las ocho
de la mañana de ese día y por cuatro horas, Buceta fue ata-
cado sobre el camino real de Santiago, perdiendo la mayoría
de sus hombres, que se dispersaron por el bosque, hasta que
recaló en Guayacanes, punto al que su columna llegó con
tan solo “catorce infantes y próximamente igual número de
caballos”,90 refugiándose en la estancia de Juan Chávez y
su esposa Ceferina Calderón.91 Benito Monción, quien en-
cabezaba junto a Pedro Antonio Pimentel a los atacantes,
testimonia que “al llegar a “Guayacanes”, solo acompañaban
a Buceta ocho o diez de a caballo”.92 López Morillo corrige la
anotación de Buceta en su diario y dice que solo le quedaban
catorce cazadores de infantería y doce soldados de caballe-
ría, pues habían muerto dos.93 De su lado, González Tablas
refiere que entre muertos, heridos y extraviados, la colum-
na había perdido cuarenta hombres de infantería y siete de
caballería.94
90
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…,
pp. 243-244.
91
Archambault, Historia de la Restauración…, 77.
92
Monción, Benito. “De Capotillo a Santiago” en Proclamas de la
Restauración 1863, Santo Domingo, Comisión Permanente de Efe-
mérides Patrias, Editora Búho, 2005, p.147.
93
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
p. 225.
En el “Diario de la Guerra” se detalla que las bajas fueron treinta y
seis hombres de infantería y tres de caballería en “el camino de San-
tiago” y dos oficiales y seis jinetes en las inmediaciones de Villalobos
(Rodríguez Demorizi, Diarios..., pp. 42-43).
94
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 132.
En el “Diario de la Guerra” se detalla que las bajas fueron trein-
ta y seis hombres de infantería y tres de caballería en “el camino
220
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
En Guayacanes, Buceta abandonó a los integrantes de su
cuerpo de infantería. En compañía de Merino, médico del ba-
tallón de San Quintín, el capitán Alberola, un subteniente del
batallón de cazadores de África, unos doce caballos del mismo
cuerpo y dos subalternos del batallón de San Quintín, continuó
la marcha,95 y de nuevo fue atacado en La Barranquita y Cayu-
cal96 por sendos grupos de caballería e infantería dominicanos,
último este que, en su primera descarga —hecha por Benito
Monción—, mató “un negro bagajero y dos acémilas”.97
Con el capitán Alberola, el médico de San Quintín, el
subteniente del escuadrón Cazadores de Africa y unos seis ji-
netes del mismo cuerpo, Buceta logró llegar hasta Peñuela.98
Más adelante, habiéndose detenido en Navarrete, se escondió
en casa del españolizado Crisóstomo Guillén.99 Emboscados a
vanguardia en Barrancón100 y con la retaguardia cubierta por
dominicanos desde Guayacanes, no le quedó otra opción que
lanzarse al monte, seguido ya solamente por el médico de San
Quintín –quien desapareció rápidamente entre la maleza–, un
cabo y un soldado de caballería;101 Alberola, el médico de San
Quintín y cinco jinetes serían muertos a machetazos en Barran-
cón por el general Gaspar Polanco,102 en tanto que Buceta logró
de Santiago” y dos oficiales y seis jinetes en las inmediaciones de
Villalobos (Rodríguez Demorizi. Diarios..., pp. 42-43).
95
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, p. 244.
96
Archambault, Historia de la Restauración…, p.78.
97
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, p. 244.
98
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, p. 244.
99
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 79.
100
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 79.
101
Diario de Buceta citado en Herrera, Anexión-Restauración…, p. 244.
102
La Gándara refiere los detalles de la muerte de Alberola en Anexión y
guerra…, pp. 316-318. López Morillo, quien hace una minuciosa des-
cripción de la huida de Buceta, incluso más prolija que la de este en su
221
Edwin Espinal Hernández
evadir la persecución e internarse en el monte regando onzas de
oro que tomó de un saco que tenía en las pistoleras, de acuerdo
a la versión de Archambault.103
Hasta el 23 de agosto, día en que se unió a la columna que
había salido tardíamente desde Santiago en su auxilio el 20 de
agosto104 y que entonces retornaba a esa ciudad después de ha-
ber sido atacada en Barrancón,105 Guayacanes y Esperanza,106
diario (López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…,
t. I, pp. 220-231), establece que Alberola y Merino fueron muertos
días después y que los jinetes fueron muertos en el momento del en-
cuentro con Monción y Pimentel (López Morillo, Memorias de la
Segunda Reincorporación…, t. I, pp. 228-229).
103
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 79-80.
104
Carta de Francisco Abréu, Coronel Gobernador interino de la Co-
mandancia General del Cibao, al Capitán General, 20 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 677. La columna la componían tres
compañías del Batallón de Vitoria, con dos piezas de montaña y 40
caballos al mando del comandante de caballería Florentino García.
Ese mismo día, la columna llegó a Navarrete, lugar hasta donde
había quedado interrumpida la comunicación con Santiago (Car-
ta del comandante jefe de la columna expedicionaria de Santiago,
Florentino García, al coronel comandante general interino de la pro-
vincia del Cibao, Navarrete, 20 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 675).
105
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 133. En una carta
del jefe de la columna José de los Ríos a Buceta, del 23 de agosto de
1863, este lugar se cita como la barranca de Guayacanes (Rodríguez
Demorizi, Diarios…, pp. 47-48).
106
Herrera, Anexión-Restauración…, p. 247; Angulo Guridi, “Santo
Domingo y España”..., pp. 146-147, González Tablas, Historia de la
dominación…, p. 133 y Rodríguez Demorizi, Diarios…, pp. 44-45. En
carta al Capitán General, el coronel gobernador interino de Santiago,
Francisco Abréu, le decía que la columna tuvo “varios encuentros con
los insurrectos”, en los que murieron el comandante del escuadrón Ca-
zadores de África, Florentino García, quien la comandaba; el capitán
222
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Buceta anduvo errante entre los bosques.107 En cierto lugar, de
acuerdo a Archambault, una señora le dijo que el camino real
estaba lleno de dominicanos y que si quería salvarse tenía que
llegar con la oscuridad de la noche a la orilla del río Yaque
y seguir todo su cauce hacia arriba, para llegar a Santiago;
a ese consejo debió su salvación y al oír las cornetas de la
destrozada columna salió a su encuentro en el camino real.108
Para María Magdalena Guerrero Cano, aquella retirada marcó
sencillamente su destino, pues tras ella “no conoció más que
la derrota”.109
del batallón de Vitoria, Alejandro Robles, y el teniente de la Sección
de Montaña, Valentín Donaveitía, “y algunos individuos de tropa”.
El mando de la misma recayó en el capitán del escuadrón Cazadores
de África, José de los Ríos (Carta del coronel gobernador interino
Francisco Abréu al Capitán General, Santiago, 23 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 923 a., CH 688). Sobre los combates de esta columna, ver Ar-
chambault, Historia de la Restauración…, pp. 81-85.
107
Herrera, Anexión-Restauración…, p. 245.
108
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
p. 261. Acerca del momento del encuentro de Buceta con sus hombres,
ver carta del capitán jefe de columna José de los Ríos al brigadier
comandante general de la provincia, Santiago, 23 agosto 1863, en Ro-
dríguez Demorizi. Diarios…, p. 50, y carta del comandante militar
interino de Puerto Plata, José Velazco, al coronel gobernador interi-
no de la provincia del Cibao, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 685. También, Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…,
pp. 340-341, Herrera, Anexión-Restauración…, pp. 246-247 y Rodrí-
guez Demorizi. Diarios…, pp. 106-107.
109
Guerrero Cano, “La guerra restauradora y el abandono español...”,
p. 217.
223
Edwin Espinal Hernández
Regreso a Santiago y organización de su defensa
Buceta marchó al frente de la columna que fue en su res-
cate y el mismo 23 de agosto110 entró a Santiago.111 A pesar de
haber tenido “tres días consecutivos de residencia errante por
los bosques”, el mismo día de su llegada dirigió una alocución
al ayuntamiento y se apresuró a escribir al capitán general tanto
sobre sus vicisitudes durante su expedición a la Línea Noroes-
te en forma de diario, como acerca de su impresión sobre la
táctica de guerra empleada por los dominicanos y como debía
ser contrarrestada.112 Esa carta de Buceta no llegó prontamente
a su destino y Rivero se enteró de su llegada a Santiago por
una comunicación del gobernador de La Vega del mismo 23 de
agosto, que llegó más prontamente a sus manos. La reprensión
de Rivero, tres días después, no se hizo esperar.113 El tono recri-
minatorio de la carta de respuesta de Rivero se entiende cuando
se toma en cuenta que, después de su salida el 12 de agosto,
de Buceta no se tuvo conocimiento hasta el día 21 siguiente,114
110
Carta del coronel gobernador interino Francisco Abréu al Capitán Ge-
neral, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 688.
111
Carta del Brigadier Comandante General del Cibao al Capitán Gene-
ral, 23 de agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 690. López Morillo
dice que “[e]l pueblo salió a contemplar aquel Buceta tan aborrecido,
pero ahora admirado por su valor y energía; nadie ignoraba su terrible
derrota y que durante tres días había vagado por entre la selva sal-
vándose milagrosamente” (López Morillo, Memorias de la Segunda
Reincorporación…, t. I, p. 261).
112
Carta del Brigadier Comandante General del Cibao al Capitán Gene-
ral, 23 de agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 690.
113
Carta del Capitán General al Comandante General de la Provincia del
Cibao, Santo Domingo, 26 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 706.
114
Carta del Capitán General al general de las reservas José Esteban
Roca, comandante general interino de las provincias del Cibao, Santo
Domingo, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 687.
224
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
y que su ausencia comprometió la seguridad de enclaves vita-
les en la región, como Sabaneta,115 San José de Las Matas116 y
Altamira.117
La disgregación de las tropas fue otro elemento que cons-
piró contra una más efectiva capacidad de respuesta de los
batallones del ejército español destacados en la zona norte ante
la avanzada dominicana. Esa dispersión geográfica y numérica
le había sido observada a Buceta por Rivero en ocasión del
traslado del batallón de la Corona desde la Línea Noroeste a
Puerto Plata en una carta del 19 de agosto, comunicación que
no recibiría por estar entrampado en los caminos linieros.118
Justamente el 22 de agosto, cuando Rivero le reiteraba que
era “inconveniente que en circunstancias en que parece hallarse
115
Carta general José Hungría, comandante general de la Línea Noroeste,
Sabaneta, 20 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 673. Hungría,
ante la falta de noticias sobre Buceta, y considerando que estaban
cortadas todas las vías de comunicación de la Línea Noroeste por
los dominicanos y ocupada Guayubín por los “revoltosos”, entendía
conveniente “mandar con la velocidad del rayo” fuerzas de artillería,
infantería y caballería.
116
Carta del comandante de armas de San José de Las Matas al coro-
nel gobernador interino de la provincia de Santiago, Las Matas, 20
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 674. Ver además, carta del
comandante de armas de San José de Las Matas, Dionisio Mieses, al
gobernador de la provincia de Santiago, San José de Las Matas, 22
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 686. Ante la noticia de que
Guayubín había sido incendiado, pedía le enviaran “50 criollos de su
confianza” con “la rapidez del rayo”.
117
Carta del sargento comandante Ángel Martínez, de la 3ª. sección de
la Guardia Civil de Altamira, al Teniente Coronel Comandante de la
Provincia, Altamira, 21 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 679.
118
Carta del Capitán General Rivero al Brigadier Segundo Cabo Co-
mandante General en comisión de la provincia de Santiago, Santo
Domingo, 19 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 671.
225
Edwin Espinal Hernández
amenazada la tranquilidad, se encuentre diseminada la fuerza
del ejército”,119 este empezó a recibir las alarmantes noticias de
la rebelión.120 Ante la gravedad de la situación, Rivero se vio
obligado a reemplazar interinamente a Buceta el 22 de agosto
por el general de las reservas José Esteban Roca,121 quien al
día siguiente fue sustituido por el mariscal de campo Antonio
Abad Alfau, quien tomaría el mando hasta su llegada.122 Buce-
ta, como ya vimos, llegó un día después del nombramiento de
Alfau, pero no tomó ninguna precaución militar para la defensa
de la ciudad, el fuerte San Luis y Monte Haitiano.123 La única
previsión que tomó fue armar, los días 24 y 25 de agosto, a los
habitantes de “los dos Gurabos, dos Liceyes y Jacagua”.124
119
Carta del Capitán General al Comandante General del Cibao, 22 agos-
to 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 681.
120
Carta al Capitán General, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH
684. Ver además, carta al Capitán General del 22 de agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 682; carta del comandante interino de la
Tenencia de Gobierno de Puerto Plata, José Velazco, al Comandante
General interino del Cibao, Puerto Plata, 20 agosto 1863. A.G.I. Le-
gajo 1019 c., CH 676, y carta de José Velazco, comandante interino la
Comandancia Militar de Puerto Plata, al Coronel Gobernador interino
de la provincia del Cibao, Puerto Plata, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 685.
121
Carta del Capitán General al general de las reservas José Esteban
Roca, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 689.
122
Carta del Capitán General al general de las reservas José Esteban
Roca, comandante general interino de las provincias del Cibao, Santo
Domingo, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 687.
Ver además, carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 28
agosto 1863. A.G.I. Legajo 921 A, CH 725.
123
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
p. 64.
124
Carta del Capitán General Rivero al Brigadier Segundo Cabo Co-
mandante General en Comisión de la provincia de Santiago, Santo
Domingo, 28 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 722.
226
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Alfau llegó a Santiago el 28 de agosto procedente de La Ve-
ga. Los dos altos oficiales se encontraron en un momento muy
125
comprometido: dos días antes, el 26 de agosto, se escenificó un
conato de levantamiento en La Vega,126 y en la jurisdicción de
Puerto Plata, el coronel Lafit se insurreccionó al mando de una
fuerza de 300 a 400 hombres,127 atacando la ciudad al amanecer
del día siguiente con cerca de 1,400 hombres.128
Contando con Alfau, Rivero no fue suave y blando frente a
Buceta como en su carta del 19 de agosto.129 En una comunica-
ción el 28 de agosto, le dictó en forma minuciosa y terminante
cuál debía ser su proceder en los días por venir.130 Pero sin fuer-
zas suficientes, era poco lo que el brigadier podía hacer: el 29
de agosto recibió la noticia de que Moca se hallaba asediada
Ver, además, Carta al Capitán General, 25 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 697.
125
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 28 agosto
1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 725. López Morillo dice que Alfau
llegó a Santiago el 26 de agosto de 1863 (López Morillo, Memorias
de la Segunda Reincorporación…, t. II, p. 62). Ver además sobre el
encuentro de Buceta y Alfau, carta del brigadier Manuel Buceta al
Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 726.
126
Carta al general José E. Roca, 27 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 712.
Ver además, carta del Capitán Gobernador interino de La Vega, Dioni-
sio Otáñez, al Brigadier Comandante General del Cibao, La Vega, 26
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 707.
127
Carta al general José E. Roca, 27 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 712.
128
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 731.
129
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, pp. 302-303.
130
Carta del Capitán General Felipe Rivero al Brigadier Segundo Cabo
Comandante General en Comisión de la provincia de Santiago, Santo
Domingo, 28 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 720.
227
Edwin Espinal Hernández
por los rebeldes, que el general Roca no había regresado a
La Vega desde San José de Las Matas, que los insurrectos de
Moca se dirigirían hacia La Vega, lo que implicaría que queda-
rían cortadas las comunicaciones entre La Vega y Santiago,131
y que los enemigos se hallaban a dos leguas de distancia de
Santiago.132
Para insuflar confianza en la población —que ya empeza-
ba a abandonar la ciudad producto de su actitud y las noticias
alarmantes que se recibíans—,133 ese día dirigió un bando a los
“habitantes de Santiago”, en el que les comunicaba que el día
anterior habían llegado al puerto de Puerto Plata un buque pro-
cedente de Santiago de Cuba, con el batallón del mismo nombre
a bordo, y otro desde Puerto Rico, conduciendo el batallón de
Cazadores de Cádiz, y que ambos cuerpos habían derrotado
a los dominicanos, quienes habían enfrentado su llegada.134
131
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH
727. Roca le había dicho que justo ese 29 de agosto retornaría a La
Vega (Carta del general José E. Roca al Brigadier Comandante Gene-
ral de Santiago, San José de Las Matas, 28 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 716).
132
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH
732. Buceta observaba que con “sus descubiertas protegidas por los
espesos bosques, el conocimiento que tienen del terreno y contando
como cuenta[n] con la protección de la mayoría de los habitantes, re-
corren el país en todas direcciones, pero sin atreberse [sic] hasta la
fecha a aprocsimarse a esta Ciudad”.
133
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
p. 65.
134
Bando del brigadier Manuel Buceta, Santiago, 29 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 735. González Tablas dice que la llegada de las
tropas de Cuba fue el 27 de agosto de 1863 y que ese día fueron ata-
cadas por los dominicanos; agrega que el batallón de Puerto Rico
desembarcó el día 29 siguiente y el 31 el de cazadores de Isabel II
(González Tablas, Historia de la dominación…, pp. 138-139). La
228
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Esperanzado, decía que las “tropas espedicionarias [sic]” se
dirigirían a Santiago al día siguiente,135 al mando del coronel
del Estado Mayor Mariano Cappa, quien había arribado desde
Santo Domingo en la misma fecha en el vapor Hernán Cortés,
acompañado de un Cuerpo de Sanidad Militar y un Cuerpo de
Administración de Ejército.136
El sitio a la fortaleza San Luis
Cappa no saldría de Puerto Plata sino dos días después,
el 1 de septiembre. Buceta se encontraba ya en una situación
fecha la confirman sendas cartas del jefe de columna Demetrio Qui-
rós, del coronel Mariano Cappa y del general Juan Suero al Capitán
General de la isla de Cuba fechadas en Puerto Plata el 28 de agosto
de 1863 (Rodríguez Demorizi, Diario..., pp. 62-66). El mismo 29 de
agosto, Buceta dio un bando en su condición de brigadier del ejército,
segundo cabo en comisión y comandante general del Cibao, por el que
creó una comisión militar con competencia en la región del Cibao para
instruir, sustanciar y fallar las causas de conspiración, infidencia y re-
belión contra el Estado, con arreglo a las disposiciones de leyes del
26 de abril de 1821, bajo la presidencia del teniente coronel Francisco
Abréu, jefe del batallón de Vitoria y fiscal el capitán del mismo bata-
llón Telésforo Muñoz (Bando del brigadier Manuel Buceta, Santiago,
29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 730).
135
Bando del brigadier Manuel Buceta, Santiago, 29 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 735.
136
Carta de Juan Suero, comandante militar de Puerto Plata, al brigadier
comandante general del Cibao, Puerto Plata, 29 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 733.
Angulo Guridi explica que Buceta “pidió refuerzos al Capitán Ge-
neral, pero este no se los quiso mandar de la guarnición de la capital
porque temía que también por allá se le alborotaran los criollos, y
mandó por auxilios a Cuba y Puerto Rico” (Angulo Guridi, “Santo
Domingo y España”..., p. 147).
229
Edwin Espinal Hernández
desesperada. En un parte que rindió al capitán general el 15
de septiembre de 1863, refirió que las avanzadas de los suble-
vados, cuyas fuerzas en total sumaban de 6 a 7 mil hombres,
se hallaban “a la vista” de Santiago el 31 de agosto y que la
fuerza efectiva de la que disponía para su defensa era apenas
de 817 plazas. Aun con tan reducido número de hombres, se
enfrentó, sin suerte, a los dominicanos.137 En el combate, los
dominicanos estuvieron comandados por Gaspar Polanco y Be-
nito Monción,138 cuyas fuerzas se apoderaron de las entradas de
la población después de la retirada de los españoles, quedando
estos solamente en la Cárcel Vieja, la fortaleza San Luis y El
Castillo.139 El Castillo o Monte Haitiano, donde Buceta, dice
Angulo Guridi, no había colocado “ni una pieza de artillería”
con la cual rechazar un ataque, pese a dominar ese otero la
fortaleza San Luis,140 sería desalojado el 1 de septiembre por
José Antonio Salcedo.141 Dos días después, dice Archambault,
“comenzaron las balas-rasas republicanas a llevar el tormento
y espanto a las 200 familias españolizadas que se habían alber-
gado en la fortaleza San Luis, creyendo infalible el triunfo de
137
Informe al Capitán General, 15 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 785 A.
López Morillo precisa que en la defensa del fuerte San Luis se con-
taron realmente 1,230 combatientes, 7 cañones y 94 caballos (López
Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II, p. 91).
138
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 99.
139
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 100.
140
Angulo Guridi, “Santo Domingo y España”..., p. 150.
141
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 100. Por iniciativa del
teniente coronel español Abréu se había construido allí un “tambor”
de palos y ramaje, guarnecido por un oficial y veinte soldados, conoci-
do como fuerte “Santiago” (López Morillo, Memorias de la Segunda
Reincorporación…, t. II, p. 64).
230
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
España”.142 Las previsiones tomadas por Buceta para resistir el
sitio dominicano no fueron suficientes y todos los refugiados en
la fortaleza pronto empezaron a sentir los rigores del hambre y
la sed.143
El incendio de Santiago
Entretanto, Cappa, como dijimos, salió de Puerto Plata al
frente de una columna compuesta por un batallón de la Coro-
na, uno de Cuba y uno de Madrid y armada con dos piezas de
artillería el 1 de septiembre, un día después que Buceta le in-
formara que estaba “sitiado por fuerzas superiores”.144 Atacado
en el paraje de Hojas Anchas y atendiendo al crecido número
de dominicanos que esperaba en varios puntos del camino para
emboscar a los españoles, tuvo que regresar a Puerto Plata al
día siguiente. Incorporado el batallón Cazadores de Isabel II,
que había llegado de La Habana, la columna reemprendió la
142
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 101.
143
Marte, Correspondencia consular inglesa…, p. 262. Ver además,
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
pp. 64-65. Este autor dice que “después del incendio era cuando más
se lamentaban todos de que Buceta no hubiera aceptado los víveres
que el comercio le ofreciera, aceptación que nada le costaría al ejército
y nos hubiera salvado evitando el abandono del interior del Cibao.
Las más acerbas y enconadas censuras hacían allí contra Buceta por
ésta y otras imprevisiones” (López Morillo, Memorias de la Segunda
Reincorporación…, t. II, p. 125). Como contraste, ver testimonio de
Angulo Guridi en Rodríguez Demorizi, Emilio. Antecedentes de la
Anexión a España. Santo Domingo, Academia Dominicana de la His-
toria, Editora Montalvo, 1955, p. 369.
144
Carta del brigadier Manuel Buceta al coronel jefe de Estado Mayor de
la Capitanía General Mariano Cappa, Santiago, 31 agosto 1863. En
Rodríguez Demorizi. Diarios…, p. 70.
231
Edwin Espinal Hernández
marcha el día 4, esta vez integrada por dos batallones de la
Corona, el de Cazadores de Isabel II, un batallón de Cuba y
dos compañías de Madrid, con dos piezas de artillería como
armamento pesado.145
El 6 de septiembre “a las tres de la tarde apareció en di-
rección del fuerte [San Luis] la columna que desde este punto
conducía el Sor. Coronel Don Mariano Cappa”;146 para esa hora
y desde las dos de la madrugada, la fortaleza San Luis se ha-
llaba bajo el asedio dominicano y la ciudad ya era consumida
por el fuego. En el informe de Buceta se lee que la columna
de Cappa tuvo que enfrentar una fuerza compuesta por cinco
mil dominicanos147 y que, dada la magnitud del incendio, no
pudo llegar a la fortaleza, teniendo que refugiarse en la iglesia
parroquial;148 quien lo hizo fue el general Suero149 y fue al día
siguiente cuando Buceta se enteró de su enfrentamiento con los
dominicanos.150
La historiografía nacional ha repetido tradicionalmente que
el incendio de Santiago fue obra de las fuerzas dominicanas.
Esta aseveración se ha apoyado en los testimonios de varios
restauradores, coincidentes y a la vez opuestos en aspectos
puntuales del hecho. Así, el general Benito Monción dice que
145
Herrera, Anexión-Restauración…, pp. 94-95.
146
Informe al Capitán General, 15 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 785 A.
147
Informe al Capitán General, 15 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 785 A.
148
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 108.
149
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
p. 114.
150
Carta del coronel de Estado Mayor Mariano Cappa al Capitán General,
Puerto Plata, 15 septiembre 1863. En Rodríguez Demorizi. Diarios…,
p. 79. Ver además, López Morillo, Memorias de la Segunda Reincor-
poración…, t. II, p. 114.
232
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
el incendio fue provocado por los dominicanos por orden de
Gaspar Polanco.151 Contrariamente, el general Agustín Pepín
dice que la orden del incendio fue dada por el general Pepillo
Salcedo,152 en tanto que Archambault resta a Salcedo la auto-
ría intelectual del hecho, refiriendo que fue Gaspar Polanco
quien ordenó, tanto a Burgos como a Pepín, el incendio de las
casas próximas al fuerte, ante la proximidad de la columna de
Cappa.153
Dionisio Troncoso, otro restaurador, en su manuscrito in-
édito “Breves apuntes sobre la Restauración”, corrobora las
opiniones anteriores,154 mientras que el general Gregorio Lupe-
rón, citado por Archambault, deja entrever manos dominicanas
en el hecho.155 Pero tanto el testimonio de Luperón como los
demás que hemos citado se enfrentan ante una prueba docu-
mental emanada del propio gobierno restaurador, el expediente
instruido por la Comisión Investigadora creada por decreto del
14 de octubre de 1863 del Gobierno Provisorio para determinar
las causas que produjeron el incendio;156 en este documento se
151
Monción, Benito. De Capotillo a Santiago-Relación histórica. San-
to Domingo, Comisión Permanente de Efemérides Patrias, Editora
Centenario, 2002, p. 39. Nicanor Jiménez dice que la casa en la que
comenzó el incendio era la de Achille Michel (Jiménez, Nicanor. No-
tas inéditas).
152
Sociedad Amantes de la Luz. Sobre Pepillo Salcedo (Notas para la
historia). Santiago, Imprenta Vila, 1934, pp. 19-20.
153
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 106-107.
154
Rodríguez Demorizi, Emilio Actos y doctrina del gobierno de la Res-
tauración. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia,
Editora del Caribe, 1963, p. 45.
155
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 107.
156
Rodríguez Demorizi. Actos y doctrina…, pp. 45-59.
El eminente historiador Rodríguez Demorizi, en una nota al pie de
este documento, se manifiesta conteste con lo expresado por Benito
Monción de que el incendio fue dado por órdenes de Gaspar Polanco.
233
Edwin Espinal Hernández
deja por sentado que el fuego fue puesto a la ciudad por los
españoles por orden de Buceta, a fin de romper el cerco de los
dominicanos, abastecerse de provisiones y lograr, en medio de
la confusión y la ruina, su posterior huida hacia Puerto Plata.
El vicepresidente del gobierno restaurador, Benigno Filo-
mento de Rojas, en una exposición a la reina Isabel II, fechada
en Santiago el 24 de septiembre de 1863, ratificaba la culpa-
bilidad de Buceta en el incendio, no sin antes descalificarlo
en el plano personal y echar por el suelo su desempeño como
gobernador de la provincia de Santiago.157 Lo propio hacía Uli-
ses Francisco Espaillat, Ministro de Relaciones Exteriores del
Gobierno Provisional, en el memorándum que envió, a los go-
biernos de Inglaterra, Francia, Estados Unidos y las repúblicas
hispanoamericanas el 14 de diciembre de 1863.158
La visión de otros autores de esa época hace radicar en los
españoles el protagonismo del hecho, como el ya menciona-
do Alejandro Angulo Guridi, en su ensayo Santo Domingo y
España, escrito en 1864,159 y Manuel Rodríguez Objío, en su
oda Santiago, escrita también en 1864160 y en su obra Gregorio
Señala además que obtuvo dicho documento por compra en 1945 y
que lo donó al Archivo General de la Nación. No hace ningún otro
comentario en relación con el mismo ni a su contenido, que se opone,
en todas sus partes, a las afirmaciones hechas por los generales Benito
Monción y Agustín Pepín.
157
Comisión Permanente de Efemérides Patrias. Proclamas de la Res-
tauración 1863. Santo Domingo, 2005, pp. 29-30.
158
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. III,
p. 306. Citado además por Rodríguez Demorizi en Actos y doctrina…,
pp. 65-66.
159
Angulo Guridi, “Santo Domingo y España”..., p. 152.
160
Rodríguez Objío, Manuel. “Santiago”, en Escritos sobre la Restaura-
ción. Santo Domingo, Comisión Permanente de Efemérides Patrias,
Editora Centenario, 2002, p. 280.
234
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Luperón e historia de la Restauración.161 La misma concepción
la tuvieron ciudadanos como J. H Hassell y John C. Bremer Jr.,
representantes legales de Ramón Guzmán & Co. y Anny Mc
Maachen, súbdita británica, en una instancia elevada al cón-
sul inglés en Saint Thomas el 17 de noviembre de 1863, en
reclamación de una indemnización por daños y perjuicios al
gobierno español;162 el italiano Juan Rossi, en un acto de pro-
testa levantado por ante el notario público Narciso Román,163
y Teodoro Stanley Heneken.164 Sin embargo, el propio Bu-
ceta se encarga de echar por tierra todas estas declaraciones.
En su parte al capitán general –copiado por López Morillo,
quien suscribe tácitamente su versión–165 y su proclama a los
habitantes del Cibao dada en el fuerte San Luis el 10 de sep-
tiembre de 1863, dejó por sentada la responsabilidad de los
dominicanos.166
En otros documentos se reitera la culpabilidad dominica-
na. Cabe citar entre estos el Diario de la Guerra, una relación
161
Rodríguez Objío, Manuel. Gregorio Luperón e historia de la Restau-
ración. Santiago, Editorial El Diario, 1939, p. 64.
162
Marte, Correspondencia consular inglesa…, p. 262.
163
Archivo Notarial Santiago Reinoso, Santiago. Protocolo notarial Nar-
ciso Román, a.n.1, 21 octubre 1863. Declaración de Juan Rossi. En el
mismo sentido, a.n.3, 23 octubre 1863, declaración de Adam Schmit;
a.n.4, 26 octubre 1863, declaración de María Adelaida Floridá Sicard
Vda. Benito; a.27 octubre 1863, declaración de Prudente Eugenio
Beurville; a.12 noviembre 1863, declaración de Erasmo Bermúdez;
a.9 diciembre 1863, declaración de Francois Maurice Largier y a.4
mayo 1864, declaración de Miguel Ottenwalder.
164
Marte, Correspondencia consular inglesa…, p. 278. Ver, además,
pp. 276-277 y 279-280.
165
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
p. 103.
166
Proclama a los habitantes del Cibao del brigadier Manuel Buceta, 10
septiembre 1863. CH 762.
235
Edwin Espinal Hernández
llevada en la Capitanía General, en la que se asentaban los
enfrentamientos de los españoles;167 una nota aparecida en el
periódico La Razón, publicado en Santo Domingo, en su edi-
ción del 19 de septiembre de 1863;168 una carta del ciudadano
Joaquín Martí Moner a su padre, fechada en Puerto Plata el 17
de septiembre de 1863169 y el parte rendido por el coronel Ma-
riano Cappa al capitán general sobre los sucesos en Santiago.170
Historiadores modernos que suscriben esta versión son César
Herrera,171 Juan Bosch172 y Emilio Cordero Michel.173
Compulsando los testimonios de los integrantes de los dos
bandos y de los contemporáneos que recogieron este hecho
podría concluirse que ambos incendiaron la ciudad. Aparenta
que la quema de propiedades ordenada por Polanco no tenía
por objeto la destrucción total de la ciudad, sino la de moles-
tar a los españoles con el humo generado por la combustión
de los materiales constructivos inflamables de las casas de la
ciudad –madera, yagua, cana–, pero luce que, producto del
viento reinante, el fuego se salió de control, lo que podría ex-
plicar la precisión de que en algún momento los dominicanos
procuraban apagar algunos focos. El fuego provocado por los
167
Rodríguez Demorizi. Diarios..., p.72.
168
Rodríguez Demorizi. Diarios..., p.73.
169
Rodríguez Demorizi. Diarios…, p.79.
170
Carta del coronel de Estado Mayor Mariano Cappa al Capitán Ge-
neral, Puerto Plata, 15 septiembre 1863. En Rodríguez Demorizi.
Diarios…, p. 79.
171
Herrera, Anexión-Restauración…, p. 250.
172
Bosch, Juan. “La Guerra de la Restauración”, en Obras completas,
t. X, Santo Domingo, Comisión Permanente de Efemérides Patrias,
Serigraf, 2009, p. 484.
173
Cordero Michel, Emilio. Características de la guerra restauradora”,
en Ensayos sobre la guerra restauradora. Santo Domingo, Comisión
Permanente de Efemérides Patrias, Editora Búho, 2007, p. 281.
236
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
cañonazos disparados desde la fortaleza San Luis como táctica
defensiva de los españoles acaso fue considerado por la po-
blación como la causa efectiva de la quema total de la ciudad,
entendimiento que capitalizaría el gobierno restaurador para
achacar a Buceta la pérdida de Santiago.
Retirada hacia Puerto Plata
Fracasados los intentos de romper el cerco dominicano,174
sin suficientes provisiones e imposibilitada la columna del
brigadier Rafael Primo de Rivera de remontar los pasos de la
Cordillera Septentrional,175 el 10 de septiembre, Buceta lan-
zó una proclama dirigida a los habitantes del Cibao, en la que
concedía “amplio perdón” a los que en el término de seis días
contados a partir de la fecha abandonaran las filas rebeldes y se
restituyeran a sus hogares. Con arreglo a la proclama, Buceta
informaba que serían puestos en libertad los soldados rebeldes
prisioneros en el fuerte y a la vez llamaba a recordar la amnistía
acordada por la reina a propósito de los acontecimientos del
mes de febrero, hecho que debía convencer acerca de la gene-
rosidad del gobierno español.176
La respuesta al propuesto indulto fue respondida por una
junta compuesta por Gaspar Polanco, José Antonio Salcedo,
Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, Silverio Delmonte
y Juan Luis Domínguez, quienes conminaron a Buceta a depo-
ner las armas, entregar los billetes dominicanos canjeados por
174
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 110 y 114.
175
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 113-114. Ver además,
González Tablas, Historia de la dominación…, pp. 152-153.
176
Proclama a los habitantes del Cibao del brigadier Manuel Buceta, 10
septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 762.
237
Edwin Espinal Hernández
billetes españoles y devolver recíprocamente los prisioneros.
La entrega de las armas debía operarse dentro de las cuatro ho-
ras de recibida la comunicación, momento a partir del cual los
españoles dispondrían de seis días, ocho a lo sumo, para salir
hacia Monte Cristi sin ser molestados.177
Al tiempo de contestarles que “[e]l ejército español no rin-
de nunca las armas que le ha confiado su patria”, se les propuso
que se les dejara marcharse sin ser hostilizados,178 pues pre-
viamente, el 8 de septiembre, Buceta había convencido a sus
oficiales superiores de retirarse a un punto en la costa de no
recibir refuerzos.179 En su versión de los hechos de la capitula-
ción, Archambault dice que el 13 de septiembre fue acordado
que “la columna española saldría sin ser hostilizada y sin hos-
tilizar, que se retirarían las fuerzas restauradoras que estaban
escalonadas sobre el camino de Puerto Plata y que los heri-
dos, empleados del hospital y familias refugiadas en el fuerte
quedarían bajo la garantía de los dos jefes superiores [Gaspar
Polanco y Pepillo Salcedo, EEH]”. 180 Un motín de los hom-
bres de Manuel Rodríguez (El Chivo) trastocó el acuerdo y
aunque Salcedo requirió a Polanco restablecer las posiciones
dominicanas sobre el camino de Puerto Plata, el aviso no llegó
a tiempo y las tropas españolas salieron de Santiago a las tres
de la tarde de ese día sin encontrar obstáculo alguno,181 aunque
177
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 116.
178
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 116-118.
179
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
p. 163. Ver los detalles de la discusión sobre el abandono en
pp. 153-164.
180
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 116-118. Este autor
se basa en la exposición del suceso que hizo Velasco y que aparece en
González Tablas, Historia de la dominación…, pp. 147-151.
181
Archambault, Historia de la Restauración…, p. 118.
238
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
fueron asediadas posteriormente en forma inmisericorde hasta
su llegada a Puerto Plata dos días después.182
Culpable de la debacle española y favorecedor del triunfo
dominicano
Hay que concluir con Juan Bosch en que el incendio de
Santiago decidió el curso de la guerra restauradora a favor de
los dominicanos.183 En efecto, la toma del cuartel general de
las tropas españolas en el Cibao implicó que estos quedaran
desplazados del control de prácticamente toda la región, salvo
los puntos costeros de Puerto Plata y Samaná. La ausencia de
Buceta en Santiago en el momento en que estalló la guerra de-
terminó que no fuese posible articular una respuesta eficaz para
prevenir la rápida extensión de la revolución desde la Línea
Noroeste hasta el Cibao Central. Su malograda expedición a la
Línea Noroeste, en la que casi pierde la vida y que puso en vilo
al alto mando español en Cuba y Santo Domingo, que descono-
ció su paradero durante días, creyéndolo incluso muerto,184 fue
una decisión errada.
De nuevo en Santiago, no organizó eficazmente su defen-
sa ni pudo asegurar el control de las ciudades que hasta ese
momento no habían sido tomadas por los dominicanos. Y para
182
Archambault, Historia de la Restauración…, pp. 119-121 y 126-130.
Ver además, González Tablas, Historia de la dominación…, pp. 154-
159 y Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, pp. 378-384.
183
Bosch, “La Guerra de la Restauración”…, pp. 482 y 486.
184
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 28 agosto
1863. CH 725. Ver además, carta de Juan López del Campillo, coman-
dante del primer batallón de la Corona, al brigadier Manuel Buceta,
Puerto Plata, 28 de agosto de 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 719.
239
Edwin Espinal Hernández
colmo, se vio compelido a abandonar su cuartel general y dejar
desamparado un espacio geográfico vital.185 Viendo esos acon-
tecimientos en perspectiva, López Morillo dice que la pérdida
de la campaña del Cibao estribó en los “fatales yerros” de Bu-
ceta,186 a los que hacen alusión La Gándara187 y López Morillo,
quien dedica por completo el apartado XXVII del Libro Quinto
del tomo II de su obra.188
La Gándara señala que después del abandono de Santia-
go, se desencadenó en contra de Buceta una “impopularidad
innegable”, que engendró “los odios y pasiones de los que era
blanco”.189 El rumbo que tomaron los acontecimientos a partir
de entonces selló su destino: un día después de la llegada de
Cappa y Alfau a Santo Domingo procedentes de Puerto Plata,190
el 19 de septiembre, Rivero le requirió entregar el mando de sus
tropas y de la provincia de Santiago al brigadier Rafael Primo
de Rivera, jefe de la Primera Brigada de Operaciones, y que se
dirigiera a La Habana “en primera oportunidad” y hasta nueva
orden, donde quedaría bajo las órdenes del capitán general de la
isla de Cuba.191 La decisión, que atendía a la responsabilidad que
185
González Tablas, Historia de la dominación…, p.183.
186
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. I,
p. 177.
187
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, p. 377.
188
López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…, t. II,
pp. 224-235.
189
Gándara, Anexión y guerra de Santo Domingo…, pp. 376-377.
190
Carta del Capitán General Felipe Rivero 18 septiembre 1863 al tenien-
te general Pedro Santana comandante general en jefe del cuerpo de
operaciones, 18 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1009 a., CH 783-B.
191
Carta de Felipe Rivero Capitán General de la isla de Cuba, Santo Do-
mingo, 19 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 781-C. Primo
de Rivera tomó efectivamente el mando (Carta de Felipe Rivero Capi-
tán General de la isla de Cuba, Santo Domingo, 19 septiembre 1863.
240
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
podía corresponderle “en los sucesos que ajitan [sic] el país”,
fue luego anulada, y Buceta, que llegó a Santo Domingo el 22
de septiembre, quedó sin funciones.192
Rivero, en una carta del 7 de octubre, le decía que no podía
autorizarlo a hacerse cargo de la posición pretendida por los
inconvenientes que encontraría en la opinión pública. Fue así
como, en atención a los sucesos acaecidos en la provincia de
Santiago, Rivero resolvió que marchara a Santiago de Cuba y
se dirigiera a La Habana a esperar la resolución del gobierno,
para lo cual le concedió pasaporte hacia la capital de Cuba,
donde quedaría sujeto a las directrices de su capitán general.193
Dos días después de requerírsele su salida hacia Cuba, Rive-
ro lo destinó de nuevo a Samaná,194 traslado que trajo la reacción
del teniente general en jefe Pedro Santana, quien en carta del
27 de octubre al recién designado sucesor de Rivero, Carlos de
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 784-B). Al tiempo de conferirle el Capitán
General de Santo Domingo el mando a Primo de Rivera, el mariscal
de campo José de la Gándara, nombrado por el Capitán General de
Cuba para el mando superior de las tropas del ejército en Santo Do-
mingo, había dispuesto la misma medida (Carta de Rafael Primo de
Rivera al Capitán General de Santo Domingo, 23 septiembre 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 798. La carta de La Gándara a Primo de
Rivera está fechada en Puerto Plata el 23 de agosto de 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 799).
192
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, Santo Domin-
go, 2 octubre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 840-A. En su hoja de
servicios se señala que había pasado a Santo Domingo por órdenes del
general Gándara “a reforzar al Marqués de Las Carreras”.
193
Carta del Capitán General Felipe Rivero al brigadier Manuel Buceta,
7 octubre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 857-A.
194
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, Santo Domin-
go, 9 octubre de 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 867-A. En ocasión
de la contraorden, Buceta le devolvió el pasaporte que se le había
expedido para La Habana.
241
Edwin Espinal Hernández
Vargas, le advertía que “si esto es así, es más que probable que
la mayor parte de los insurrectos del Civao [sic], acudan a ata-
car dicho punto con el principal fin de ver si pueden hacerse
con su persona para vengarse de las ofensas y vejaciones que
le atribuyen en la época de su mando”.195 Cabe recordar que
Santana le había dirigido días antes, el 11 de octubre, una car-
ta al Ministro de Ultramar desde su campamento de Guanuma
en la que ofrecía las peores referencias de su persona. En ella
decía que Buceta había cometido vejaciones, abusos de autori-
dad y “atropellamientos”, por lo que “no ha sido otra cosa para
aquellas ricas y laboriosas comarcas, que un tirano en toda la
extensión de la palabra. Lo que el Brigadier Buceta ha hecho
en el Cibao, no tiene ejemplo en la historia de nuestro país!”.196
Para el momento de su confinamiento en Samaná, el pue-
blo levantado en Flechas de Colón había sido destruido por los
dominicanos después de ser abandonado y trasladado nueva-
mente a Santa Bárbara de Samaná. González Tablas dice que
Buceta, al amparo de un clima menos benigno, “como la mayor
parte de sus subordinados, sufrió los rigores de la localidad”.197
Aunque enviado a un lugar inhóspito, la presencia de Buceta
en la isla era indudablemente un problema, por lo que Vargas
acogió la observación que le había hecho Santana y comunicó
de inmediato su decisión al Ministro de Guerra. Es claro que
Vargas tenía ante sí una situación espinosa de la que no quería
195
Carta del Teniente General en Jefe Pedro Santana al Capitán General
Carlos de Vargas, Guanuma, 27 octubre de 1863. A.G.I. Legajo 923 a.,
CH 898-A.
196
Luperón, Notas autobiográficas y apuntes históricos…, p. 178. Ver,
además, López Morillo, Memorias de la Segunda Reincorporación…,
t. I, p. 166.
197
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 219. Archambault
dice que los presidiarios darían un golpe a favor de la revolución
(Archambault, Historia de la Restauración…, p. 194).
242
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
responsabilizarse, por lo que solicitaba al ministro que inclina-
ra el “Real Ánimo” para que a Buceta se le diera otro destino. 198
La respuesta desde Madrid, con fecha 26 de noviembre
de 1863, fue contundente. En su carta a Vargas, el ministro de
Guerra manifestaba tajantemente que el parecer real se había
decantado por el enjuiciamiento del desgraciado brigadier.199
Sin querer tomar partido en aquella decisión, Vargas le seña-
ló al ministro en carta del 22 de diciembre de 1863 que dejaba
en manos del gobierno resolver lo que considerara convenien-
te sobre el encausamiento de Buceta.200 Ya para la fecha de esa
comunicación, Buceta había salido para la Corte.201 El traspa-
so del mando de la provincia de Samaná lo había efectuado
después de haber estado “a las puertas de la muerte”202 el 10 de
noviembre anterior en manos del general de las reservas pro-
vinciales José Hungría, nombrado por el capitán general para
sustituirle; se embarcó para Santo Domingo al día siguiente.203
En su escala caribeña, fue preso de una “penosa enfermedad”
que lo tuvo “algunas horas a las puertas de la eternidad, dé-
vil, muy dévil [sic]”, al punto de que no pudo salir desde Saint
Thomas para embarcarse hacia Europa sino el 15 de diciem-
bre de 1863. Quince días después, el 30 de diciembre, llegó a
Southampton, Inglaterra, desde donde partiría ese mismo día a
198
Carta del Capitán General al ministro de Guerra, 28 octubre 1863.
A.G.I. Legajo 923 a., CH 899-A.
199
Carta del ministro de Guerra al Capitán General, Madrid, 8 diciembre
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 822-C.
200
Carta del Capitán General al ministro de la Guerra, 22 noviembre
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 847-B.
201
Carta del Capitán General al ministro de la Guerra, 22 noviembre
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 847-B.
202
González Tablas, Historia de la dominación…, p. 219.
203
Carta del brigadier general Manuel Buceta al Capitán General, Sama-
ná, 11 noviembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 830-B.
243
Edwin Espinal Hernández
París en ruta hacia Madrid.204 El inicio del año de 1864 le sor-
prendería cabalgando por los caminos franceses.
De vuelta al Caribe
Aparenta que Buceta se libró de ser procesado en España
por sus actuaciones en el país, ya que su hoja de servicios solo
indica que en la península continuó dependiendo del ejército de
Santo Domingo hasta que retornó rápidamente al Caribe en el
mismo año de 1864, quién sabe si amparado por sus vínculos
con el general Leopoldo O’Donnell. En efecto, el 29 de agosto
de ese año, el Ministerio de Guerra informó a los Capitanes
Generales de Cuba y Santo Domingo que, accediendo a sus
“reiteradas instancias”, la reina Isabel II había tenido a bien
destinarlo a Cuba.205 Antes de embarcarse por el puerto de Cá-
diz, el 25 de septiembre de 1864 dirigió desde Barcelona una
carta a un “alto personaje” de la Corte, que publicó el periódico
madrileño La Correspondencia de España el 8 de octubre si-
guiente, en la que se manifestó opuesto a la desocupación de
la isla de Santo Domingo y justificó el hecho de la Anexión,206
quién sabe si para congraciarse nuevamente con la Capitanía
General de Santo Domingo, lugar al que quería volver.207
204
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General Carlos de Vargas,
Southampton, 30 diciembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 886-C.
205
Carta del subsecretario del Ministerio de la Guerra, Joaquín Jovellar,
al Capitán General de Santo Domingo, Madrid, 29 agosto 1864. A.G.I.
Legajo 923 a., CH 1331. La carta fue recibida el 19 de octubre de 1864
y la resolución sobre el asunto fue tomada el 7 de diciembre siguiente.
206
Rodríguez Demorizi. Antecedentes…, pp. 327-334.
207
Carta del subsecretario del Ministerio de la Guerra, Joaquín Jovellar,
al Capitán General de Santo Domingo, Madrid, 29 agosto 1864. A.G.I.
Legajo 923 a., CH 1331.
244
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Su irónico pedido de regresar a la tierra de su desgracia
no fue acogido y Buceta radicó en Cuba, residiendo en La
Habana.208 Su rastro se pierde a partir de ese momento, pero
sabemos que en 1866 regresó a Madrid y que, al producirse la
revolución de 1868, estaba encarcelado en Peñíscola.209 Una
vez en libertad, se le promovió al rango de mariscal de campo
y fue nombrado gobernador militar de la provincia de Gerona
hasta febrero de 1869. Fue destinado en ese mismo año de nue-
vo a Cuba, donde estuvo bajo las órdenes del capitán general
de esa isla, general Domingo Dulce Garay, quien lo reclamó,
participando en varios hechos de armas. A consecuencia de los
sucesos que obligaron a Dulce Garay a renunciar al mando en
La Habana, retornó a España en el mismo 1869. Fue nombrado
entonces gobernador militar de la provincia de Málaga (1871 y
1872), Segundo Cabo de las Islas Baleares (1871), gobernador
militar de la provincia de Gerona, gobernador de la plaza de
Barcelona, Segundo Cabo de la Capitanía General de Burgos,
gobernador militar de la provincia del mismo nombre (1874-
1878) y comandante general del Campo de Gibraltar (1878).
En 1879 fue pasado a situación de reserva.210
El “bárbaro presidiario”, el “nunca bien llorado, pero con
lágrimas de sangre, por el pueblo dominicano, (…) brigadier
208
Carta de Domingo Dulce, de la Sección 5ª. del Estado Mayor de la
Capitanía General de la isla de Cuba al Capitán General de Santo Do-
mingo, La Habana, 12 enero 1865. A.G.I. Legajo 923 a., CH 1497.
Ver, además, carta de Domingo Dulce, de la Sección 5ª. del Estado
Mayor de la Capitanía General de la isla de Cuba, al Capitán General
de Santo Domingo, La Habana, 11 abril 1865. A.G.I. Legajo 923 a.,
CH 1522.
209
En http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Buceta [consultada el 27 de
noviembre de 2013].
210
Hoja de servicios del mariscal de campo Manuel Buceta del Villar,
Archivo General Militar de Segovia.
245
Edwin Espinal Hernández
Sr. Don Manuel Buceta, cuya alma, por tener Dios el atributo
de la justicia, debe estar al cargo de Satanás”, como se le ca-
lificó en el Boletín Oficial del 6 de marzo de 1864, órgano del
gobierno restaurador,211 falleció en Málaga el 3 de febrero de
1882.212
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gunda edición. Santo Domingo, Ediciones Librería La
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211
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212
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Acto notarial n.3, 23 octubre 1863, declaración de Adam Schmit.
Acto notarial n.4, 26 octubre 1863, declaración de María Ade-
laida Floridá Sicard Vda. Benito.
Acto notarial s/n f.27 octubre 1863, declaración de Prudente
Eugenio Beurville.
Acto notarial s/n f.12 noviembre 1863, declaración de Erasmo
Bermúdez.
Acto notarial s/n f.9 diciembre 1863, declaración de Francois
Maurice Largier.
248
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Acto notarial s/n f.4 mayo 1864, declaración de Miguel
Ottenwalder.
Páginas web
http://es.wikipedia.org/wiki/Manuel_Buceta
http://www.portas.es/eportal/portal/index.php?id_sec-
cion=658&solo_caja=284
Documentos en internet
Esquembri, Carlos. “El pasado revolucionario del brigadier
Buceta”. En blog Al sur de Alborán, http://surdealbo-
ran.blogspot.com/2013/05/el-pasado-revolucionario-del
brigadier.html?q=el+pasado+revolucionario+del+briga-
dier+buceta.
Documentos Colección Herrera. Archivo Histórico
Documental de la Biblioteca Central de la Pontificia
Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
Orden de la plaza de Samaná del brigadier gobernador de Sa-
maná, 11 septiembre 1861. A.G.I. Legajo 1034 a. CH 457.
Orden de la plaza del brigadier gobernador de Samaná, 21 di-
ciembre 1861. A.G.I., Legajo 1034. CH 475.
Carta del coronel gobernador Ramón Fajardo al Capitán General,
Samaná, 4 noviembre 1864. A.G.I. Legajo 993 a., CH 1416.
Carta del Capitán General Felipe Rivero al Ministro de Guerra,
1 agosto 1862. A.G.I. Legajo 1018, CH 471, corresponden-
cia No.362, p.167-168.
249
Edwin Espinal Hernández
Carta del general Pedro Santana al brigadier gobernador de Sa-
maná, Santo Domingo, 3 abril 1862. A.G.I. Legajo 1034
a., CH 488.
Carta del general Pedro Santana al brigadier gobernador de Sa-
maná, Santo Domingo, 3 abril 1862. A.G.I. Legajo 1034
a., CH 489.
Carta del brigadier gobernador de Samaná al Capitán Gene-
ral, Samaná, 10 de abril de 1862. A.G.I. Legajo 1034 a.,
CH 490.
Carta del general Santana al brigadier gobernador de Samaná,
Santo Domingo, 28 abril 1862. A.G.I. Legajo 1034, CH 492.
Carta del Capitán General de Santo Domingo al brigadier go-
bernador militar de Samaná, Santo Domingo, 25 febrero
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 552.
Carta del oficial Manuel Alonso al teniente coronel Joaquín
Zarzuelo, Guayubín, 6 marzo 1863. A.G.I. Legajo 1004 a.,
CH 568.
Orden del Comandante General del Cibao al general coman-
dante militar de Puerto Plata, 25 marzo 1863. A.G.I. Legajo
1020 b., CH 587.
Carta de Carlos de Vargas al Capitán General, Guayubín, 14
marzo 1863. A.G.I. 923 a., CH 579.
Carta del General Segundo Cabo Carlos de Vargas al Capitán
General, 7 abril 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 593.
Carta del Capitán General al General Segundo Cabo, 10 abril
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 595.
División territorial de la isla con arreglo a lo dispuesto por el
Capitán General de la isla de Cuba, Secretaría del gobierno
superior civil de Santo Domingo, Santo Domingo, 21 no-
viembre 1862. A.G.I. Legajo 1023 b., CH 526.
Carta del Comandante General al Alcalde Ordinario interino
de Santiago, 17 de julio de 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 636.
250
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Carta de Lic. Alejandro Angulo Guridi, primer teniente alcalde
y primer regidor del ayuntamiento de Santiago al Goberna-
dor Superior Civil, Santiago, 17 julio 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 637.
Carta del regidor Pedro Patxot al Gobernador Superior Civil
de Santo Domingo, Santiago, 16 julio 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 635.
Carta del Dr. Juan Francisco Prieto, síndico de Santiago, al Go-
bernador Superior Civil, Santiago, 12 de julio de 1863 al
Gobernador Superior Civil. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 631.
Carta del Gobernador Superior Civil al Comandante General
del Cibao, Santo Domingo, 30 julio 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 651.
Carta al Comisario de Policía de Santiago, 30 julio 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 648.
Carta del Lic. Alejandro Angulo Guridi, presidente interino del
ayuntamiento, al brigadier comandante general y goberna-
dor de la provincia, Santiago, 20 julio 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 639.
Carta del brigadier comandante general al teniente alcalde
Alejandro Angulo Guridi, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 657.
Carta del Brigadier Comandante General del Cibao al Capitán
General, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 655.
Carta al Comandante Militar de Puerto Plata, 27 julio 1863.
A.G.I. Legajo 1027 c., CH 647.
Carta 31 julio 1863. A.G.I. Legajo 1020 b., CH 646.
Carta del general José Hungría al Brigadier Comandante Gene-
ral del Cibao, Santiago, 4 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 656.
Carta de Fernando G. Lecomte al Capitán General, Santo Do-
mingo, 30 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 833 A.
251
Edwin Espinal Hernández
Carta de Fernando G. Lecomte, Habilitado General de las Re-
servas Provinciales, al Capitán General, Santo Domingo,
22 octubre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 889-A.
Carta del comandante de armas de Monte Cristi, Pedro Ezequiel
Guerrero, al Comandante General del Cibao, Monte Cristi,
8 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1005 b., CH 837-A.
Carta del comandante general Manuel Buceta al Capitán Gene-
ral, Santiago, 8 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 661.
Carta del comandante general Manuel Buceta al Capitán Gene-
ral de la isla, Santiago, 8 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1005
b., CH 837-A.
Carta de Felipe Ribero, de la Capitanía General de Santo Do-
mingo, al Brigadier Segundo Cabo Comandante General
en comisión de la provincia del de Santiago, 19 agosto
1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 671.
Carta de Francisco Abréu, Coronel Gobernador interino de la
Comandancia General del Cibao, al Capitán General, 20
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 677.
Carta del comandante jefe de la columna expedicionaria de
Santiago, Florentino García, al coronel comandante gene-
ral interino de la provincia del Cibao, Navarrete, 20 agosto
1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 675.
Carta del coronel gobernador interino Francisco Abréu al Capi-
tán General, Santiago, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 923
a., CH 688.
Carta del comandante militar interino de Puerto Plata, José Ve-
lazco, al coronel gobernador interino de la provincia del
Cibao, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 685.
Carta del Brigadier Comandante General del Cibao al Capitán
General, 23 de agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 690.
Carta del Capitán General al Comandante General de la Pro-
vincia del Cibao, Santo Domingo, 26 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 706.
252
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Carta del Capitán General al general de las reservas José Este-
ban Roca, comandante general interino de las provincias
del Cibao, Santo Domingo, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 687.
Carta general José Hungría, comandante general de la Línea
Noroeste, Sabaneta, 20 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 673.
Carta del comandante de armas de San José de Las Matas al
coronel gobernador interino de la provincia de Santiago,
Las Matas, 20 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 674.
Carta del comandante de armas de San José de Las Matas, Dio-
nisio Mieses, al gobernador de la provincia de Santiago,
San José de Las Matas, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 686.
Carta al Capitán General, 30 de julio 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 651.
Carta del sargento comandante Ángel Martínez, de la 3ª. sec-
ción de la Guardia Civil de Altamira, al Teniente Coronel
Comandante de la Provincia, Altamira, 21 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 679.
Estado de la Capitanía General sobre la fuerza del ejército en
el Cibao al momento de estallar la rebelión el 18 de agosto
de 1863, 16 marzo 1865. A.G.I. Legajo 923 A, CH 1514.
Carta del Capitán General al Comandante General del Cibao,
22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 681.
Carta al Capitán General, 22 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 684
Carta al Capitán General del 22 de agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 682.
Carta del comandante interino de la Tenencia de Gobierno de
Puerto Plata, José Velazco, al Comandante General interi-
no del Cibao, Puerto Plata, 20 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 676.
253
Edwin Espinal Hernández
Carta del Capitán General al general de las reservas José Este-
ban Roca, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 689.
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 28 agos-
to 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 725.
Carta del Capitán General Rivero al Brigadier Segundo Cabo
Comandante General en Comisión de la provincia de San-
tiago, Santo Domingo, 28 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 722.
Carta al Capitán General, 25 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 697.
Carta de José E. Roca, de la columna de operaciones de La
Vega, al Brigadier Gobernador de Santiago, San José
de Las Matas, 25 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 700.
Carta del gobernador político y militar de La Vega, general José
E. Roca, al gobernador interino de Santiago, La Vega, 24
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 695.
Carta al gobernador de La Vega, 25 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 702.
Carta al Capitán General, 26 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 705.
Carta general Antonio Abad Alfau al Gobernador y Capitán
General, La Vega, 27 agosto 1863. A.G.I. Legajo 921 a.,
CH 715.
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 29 agos-
to 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 726.
Carta al general José E. Roca, 27 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 712.
Carta del Capitán Gobernador interino de La Vega, Dionisio
Otáñez, al Brigadier Comandante General del Cibao, La
Vega, 26 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 707.
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 731.
254
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Carta del Capitán General Felipe Rivero al Brigadier Segundo
Cabo Comandante General en Comisión de la provincia de
Santiago, Santo Domingo, 28 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 720.
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 727.
Carta del general José E. Roca al Brigadier Comandante Ge-
neral de Santiago, San José de Las Matas, 28 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 716.
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 732.
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 734.
Bando del brigadier Manuel Buceta, Santiago, 29 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 735.
Bando del brigadier Manuel Buceta, Santiago, 29 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 730.
Carta de Juan Suero, comandante militar de Puerto Plata, al
brigadier comandante general del Cibao, Puerto Plata, 29
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 733.
Carta al coronel Cappa, Jefe de Estado Mayor, 30 agosto 1863.
A.G.I. Legajo 1019 c., CH 738.
Carta del general Juan Suero, comandante militar de Puerto
Plata, al Brigadier Comandante General del Cibao, Puerto
Plata, 30 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 736.
Carta al Capitán General, 30 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 737.
Carta del general Juan Suero, gobernador militar de Puerto Plata,
al Brigadier Comandante General de la provincia del Cibao,
Puerto Plata, 31 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 742.
Carta del coronel jefe de Estado Mayor Mariano Cappa al Briga-
dier Comandante General de la provincia del Cibao, Puerto
Plata, s/f agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 743.
255
Edwin Espinal Hernández
Carta al jefe de Estado Mayor coronel Mariano Cappa, 30 agos-
to 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 740.
Carta al Capitán General, 29 agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019
c., CH 734.
Carta de Juan Antonio Alix al Capitán General, Santo Domin-
go, 1 octubre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 854-A.
Certificación del mariscal de campo Antonio Abad Alfau,
Santo Domingo, 3 octubre 1863. A.G.I. Legajo 921 a.,
CH 847-A.
Carta de Juan Antonio Alix al Capitán General, Santo Domin-
go, 7 de octubre de 1863 y oficio al subintendente militar, 9
octubre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 859-A.
Carta del mariscal de campo Antonio A. Alfau al Capitán Ge-
neral, Santo Domingo 16 mayo 1864. A.G.I. Legajo 921 a.,
CH 1255.
Edicto del brigadier comandante general Manuel Buceta, 31
agosto 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 741.
Carta al coronel jefe de Estado Mayor, 31 agosto 1863. A.G.I.
Legajo 1019 c., CH 744.
Informe al Capitán General, 15 septiembre 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 785 A.
Proclama a los habitantes del Cibao del brigadier Manuel Bu-
ceta, 10 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 762.
Carta del Brigadier Segundo Cabo en Comisión Manuel Buceta
al Capitán General, Santo Domingo, 27 septiembre 1863.
A.G.I. Legajo 921 a., CH 823-A.
Certificación expedida por Manuel Buceta del Villar, Brigadier
del Ejército Segundo Cabo en Comisión y Comandan-
te General que fue del Cibao, Santo Domingo, 7 octubre
1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 858-A.
Carta de Federico Llinás Santo Domingo, 12 mayo 1864. A.G.I.
Legajo 921 a., CH 1278.
256
Más malo que Buceta. Vicisitudes de un brigadier español...
Carta de Juan Antonio Alix al Capitán General y en Jefe del
Ejército de Santo Domingo, Santiago de Cuba, 5 mayo
1864. A.G.I. Legajo 921 a., CH 1240.
Carta de Juan Antonio Alix al Capitán General, Santo Domin-
go, 23 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 921 a., CH 801-A.
Carta de Fernando Bosch, Santo Domingo, 11 junio 1864.
A.G.I. Legajo 921 a., CH 1278.
Carta de Juan López del Campillo, comandante del primer bata-
llón de la Corona, al brigadier Manuel Buceta, Puerto Plata,
28 de agosto de 1863. A.G.I. Legajo 1019 c., CH 719.
Carta del Capitán General Felipe Rivero 18 septiembre 1863
al teniente general Pedro Santana comandante general en
jefe del cuerpo de operaciones, 18 septiembre 1863. A.G.I.
Legajo 1009 a., CH 783-B.
Carta de Felipe Rivero Capitán General de la isla de Cuba,
Santo Domingo, 19 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a.,
CH 781-C.
Carta de Felipe Rivero Capitán General de la isla de Cuba, San-
to Domingo, 19 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 784-B.
Carta de Rafael Primo de Rivera al Capitán General de San-
to Domingo, 23 septiembre 1863. A.G.I. Legajo 1019 c.,
CH 798.
Carta del general José de La Gándara al general Rafael Pri-
mo de Rivera, Puerto Plata, 23 agosto 1863. A.G.I. Legajo
1019 c., CH 799.
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, Santo
Domingo, 2 octubre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 840-A.
Carta del Capitán General Felipe Rivero al brigadier Manuel
Buceta, 7 octubre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 857-A.
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, 8 octu-
bre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 862-A.
257
Edwin Espinal Hernández
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General, Santo
Domingo, 9 octubre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 867-A.
Carta del Teniente General en Jefe Pedro Santana al Capitán
General Carlos de Vargas, Guanuma, 27 octubre 1863.
A.G.I. Legajo 923 a., CH 898-A.
Carta del Capitán General al Ministro de Guerra, 28 octubre
1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 899-A.
Carta del Ministro de Guerra al Capitán General, Madrid, 8
diciembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 822-C.
Carta del Capitán General al Ministro de la Guerra, 22 noviem-
bre 1863. A.G.I. Legajo 923 a., CH 847-B.
Carta del brigadier general Manuel Buceta al Capitán Gene-
ral, Samaná, 11 noviembre 1863. A.G.I. Legajo 923 a.,
CH 830-B.
Carta del brigadier Manuel Buceta al Capitán General Carlos
de Vargas, Southampton, 30 diciembre 1863. A.G.I. Legajo
923 a., CH 886-C.
Carta del subsecretario del Ministerio de la Guerra, Joaquín Jo-
vellar, al Capitán General de Santo Domingo, Madrid, 29
agosto 1864. A.G.I. Legajo 923 a., CH 1331.
Carta de Domingo Dulce, de la Sección 5ª. del Estado Mayor
de la Capitanía General de la isla de Cuba al Capitán Gene-
ral de Santo Domingo, La Habana, 12 enero 1865. A.G.I.
Legajo 923 a., CH 1497.
Carta de Domingo Dulce, de la Sección 5ª. del Estado Mayor
de la Capitanía General de la isla de Cuba, al Capitán Ge-
neral de Santo Domingo, La Habana, 11 abril 1865. A.G.I.
Legajo 923 a., CH 1522.
258
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 259-281
ISSN: 0009-9376
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña
teoría de la forma más antigua
de comunicación popular
José Luis Sáez, S. J.*
RESUMEN
Las inscripciones espontáneas con carboncillo en las paredes pú-
blicas e incluso en casas de prostitución, sobre todo de Pompeya, se han
denominado, un poco caprichosamente, con su nombre en pseudo latín.
Aquí se trata de contar la evolución de ese arte menor, incluso antes
de Cristo, presente en el siglo XX en la Francia del general Charles de
Gaulle, y la permanencia entre nosotros a finales del mismo siglo.
Palabras claves: Historia del arte popular, Roma antigua, Nueva
York, Grafiti.
ABSTRACT
The common and public carbon writing on walls all over the pla-
ce, which some one began to called graffiti, in similar, but not true
Latin. The city of Pompeya was the most evident example of this
minor art expression, even before Christ. This article deals with its
origins and its evolution though the XX Century, mainly in General
De Gaulle’ France, and even its perdurance though the same XX Cen-
tury, even in our Country.
Keywords: History of Folk Art, Ancient Rome, New York, Graffiti.
* Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, se-
cretario de la Junta Directiva (2019-2022).
259
José Luis Sáez Ramo S. J.
Aunque siempre ha preocupado a los estudiosos de la Po-
lítica y la Sociología el valor que puedan tener como medio de
comunicación popular esas inscripciones informales en los mu-
ros, tanto en campañas electorales como en la información y la
protesta popular, no fue hasta 1970 cuando los investigadores
se dedicaron a explicar el fenómeno en su verdadera dimensión.
Con motivo de las protestas estudiantiles de París en mayo de
1968, aparece el primer estudio serio sobre los grafitis, y en
1974, el novelista norteamericano Norman Mailer encabezaba
un álbum de los fotógrafos Mervyn Kurlansky y Jon Naar (The
Faith of Graffiti), a propósito de las inscripciones y pinturas en
el metro de Nueva York durante esos primeros años.1
Sin embargo, ni los disturbios estudiantiles de la Sorbona,
a partir del 3 de mayo de 1968, ni la sorpresiva aparición de un
arte sumamente elaborado de los trenes y andenes del metro de
Nueva York eran la primera vez en que aparecía este tipo de
arte o expresión popular. En realidad, ya había almacenado más
de cinco siglos de historia, al menos en el mundo que nos han
obligado a llamar Occidental, cuando sorprendió a la mayor
parte de la gente, incluso por su aire fresco y su desenfado.2
Es preciso aclarar de antemano que una cosa es el grafito,
y otra muy distinta el llamado arte urbano (Street Art), en cuya
categoría cuadran las decoraciones del metro de Nueva York
o del metro madrileño. La primera modalidad, es decir, los
1
El estudio apareció originalmente en el mensuario Esquire (New York,
May 1974), pp. 77-158, y posteriormente en forma más abreviada en
The New York Times (May 5, 1974), p. 450.
2
Aunque no requiera de esta explicación, no olvidemos que el grafiti es
un medio de comunicación grupal que solo se da en sociedades letra-
das, una vez que se requiere dominar el lenguaje escrito, tanto para la
producción como para la lectura y la rápida comprensión del mensaje
escrito.
260
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
grafitis, se mueven en la ilegalidad y el anonimato, mientras
el arte urbano no es anónimo, y cuenta en muchos casos con
la anuencia de los dueños del medio, como ha ocurrido, hace
apenas un año, con un edificio emblemático de Queens (Nueva
York), por el que un juez de Brooklyn determinó que 21 de-
coradores recibieran del dueño que destruyó sus pinturas 6.7
millones de dólares.
Los primeros pasos de un arte popular
Ante todo, he preferido usar el término grafiti, aunque sea
una adaptación italiana del término original castellano “gra-
fito”, como aparece en el diccionario más reciente de la Real
Academia Española, porque así lo usan la gran mayoría de los
estudiosos de este arte popular. El término se refiere al ins-
trumento con que se hacían esas inscripciones o “pintadas”,
como le han dicho desde hace tiempo los españoles. Por usar
como instrumento el grafito o la mina de ese mineral casi puro,
las expresiones de este arte popular adoptaron el nombre de
grafitos.
No se puede negar que algunas muestras de grafitis re-
surgieron a la vida un tanto efímera en las excavaciones de
Pompeya, la ciudad dormida, por así decirlo, a partir del 23
de marzo de 1748. En 1956 ya se habían reunido o reconstrui-
do unas 1,000 inscripciones latinas más o menos elaboradas.
La erupción del Vesubio, según una inscripción con grafito,
apenas descubierta en octubre del 2018 en la Casa de Júpiter,
ocurrió el 24 de octubre del año 79 —durante todo el siglo
XX se creyó que había ocurrido a partir del mediodía del 24
de agosto del mismo año—, sepultó a la alegre Pompeya, que
guardaba un enorme tesoro de inscripciones, en su mayoría
picantes o simplemente obscenas, y ubicadas en las casas de
261
José Luis Sáez Ramo S. J.
prostitución, obra de autores desconocidos, y sin duda comen-
zadas un siglo antes.3
Para interés de filólogos y estudiosos de la comunicación
popular, sobresale el uso de un latín vulgar, prácticamente oral,
de escritura y sintaxis irregular. Destaca, además, el hecho de
la “reversión” o alteración del texto con la introducción de uno
o más “autores”, que responden al primero y, a veces, alteran el
“mensaje” primitivo. La enorme colección de grafitos conser-
vados en Pompeya (pasan de 2,500), se pueden agrupar en las
categorías de eróticos, sobre todo en los lupanares o prostíbu-
los, pensamientos sobre el ser humano, de simple identificación
(“Yo estuve o yo dormí aquí”), algunos textos de autores clási-
cos, y publicidad electoral, probablemente de unos meses antes
de la erupción del Vesubio.
Como ya se dijo, a veces los grafitis dan cabida a reflexio-
nes sobre aspectos de la condición humana, como el que afirma
que Pecunia non olet (el dinero nunca huele mal), o el que nos
recuerda que Lucrum gaudium (La ganancia es fuente de ale-
gría). Y mejor aún la seria reflexión de quien dedica un grafito
a las mismas paredes que han dado cabida a tantos: Admiror te
paries non cecidisse ruinis qui tot scriptorum taccha sustineas
(Te admiro de verdad, pared, que no te has caído, aguantando
las estupideces de tantos pseudo escritores). Hay casos fre-
cuentes en que el pintor solo quería dejar la marca de fábrica en
su obra, y solo escribió: Lucius pinxit (Lucio lo pintó).
3
La inscripción descubierta hace casi un año, hace constar la fecha en
el encabezado de un texto, alusivo a la presencia de alguien, y en la
primera línea dice textualmente: “XVI K. Nov.” (K equivale a Ca-
lendas), que en el calendario moderno corresponde al 17 de octubre.
Hasta ahora, los historiadores se llevaban de un escrito de Plinio el
Joven (adolescente cuando ocurrió el hecho), que aseguraba sucedió a
partir del 24 de agosto.
262
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
Una efectiva publicidad electoral
En el exterior de las casas se encontraron también y en
buen estado más de 2,000 ejemplos de propaganda política
—aquí debe hablarse mejor de dipinti o pintadas y no de
grafiti—, y entre estas se cuentan las de los candidatos a uno u
otro cargo en las elecciones anuales que se celebraron seis o siete
meses antes de la erupción del Vesubio, en su mayoría como edi-
les, encargados de obras públicas o pesos y medidas. Un caso de
esos candidatos es el de Elvio Sabino, a quien la propaganda del
año 79 a. C., sin duda más espontánea y menos rebuscada que la
actual, calificaba simplemente de “hombre bueno”.
A diferencia de los grafitos de índole erótica del Lupanar,
estos se elaboraban un poco más, y están pintados en estuco, en
rojo y negro, sobre fondo blanco, destacándose bien los nom-
bres y cargos de los candidatos, añadiendo casi siempre quién
lo patrocina o postula. Hay que recordar que, en este tipo de
propaganda, nunca se mencionan las promesas, típicas de la
Democracia moderna, sino los logros y sobre todo la calidad y
capacidad del candidato para el cargo en cuestión.4
Uno de los que se conserva en su totalidad y en más de un
lugar de la ciudad, es el siguiente: Cnaeum helvium sabinum
aedilem dignum rei publicae virum bonum oro vos faciatis.
Maria rogat (Por favor, les ruego que elijan como edil a Elvio
Sabino, hombre bueno y apto para el Estado. Se lo pide María).5
4
Excluyendo a las mujeres y los esclavos, se calcula que los votantes en
la ciudad serían 2,500 y 5,000 en los campos vecinos del municipio.
La población total era, según los cálculos, de 30,000 habitantes.
5
Cfr. Antonio Ferrara, “Pompei: scoperte nuove inscrizioni elettorali
neglisca vinella Regio V”, L’Espresso (Roma, 20 de diciembre de
2018), p. 12. En varios casos, se abrevian las últimas palabras, y solo
aparecen las letras D.R.P.O.V.F., es decir, Dignum Rei Publicae Oro
Vos Faciatis.
263
José Luis Sáez Ramo S. J.
Aunque el modelo recién citado se repite varias veces, hay
algunos más elaborados, como es el caso de Lucrecio Frontón,
aunque la “pintada” no especifica el cargo ni el patrocinador,
pero suponemos que se trata como en la mayor parte de los
casos de otro edil o concejal: Si pudor in vita quisquam pro-
desse putator, lucrecius hic fronto dignus honore bono est (Si
crees que la honradez tiene algún valor en la vida, este Lucrecio
Frontón es bueno y digno de cualquier cargo).6
Como un caso más extenso, es posible que sea reconstrui-
do, que aclara mejor el papel del patrocinador es la candidatura
a duovir o magistrado municipal de Marcos Elpidio Sabino,
quizás dela misma familia del anterior, del cual se dice que se-
ría Dignum defensorem coloniae ex sententia suedius clemens
sancti iudicis, consensu ordinis, ob merita eius et probitatem,
dignum rei publicae faciat. sabinus dissignator cum plausu fa-
cit. Es decir, “elijan a uno que sea protector de la colonia, según
la opinión del querido juez Tito Suedio Clemente y la aproba-
ción del Consejo, en vista de sus méritos y honestidad, que le
hacen merecedor de ese cargo. Sabino, el empresario teatral,
aplaude su elección”. 7
La aparición del pasquín como expresión popular
Aunque algunos autores, con evidente exageración, inclu-
yen en la historia del grafiti las inscripciones funerarias de las
catacumbas romanas e incluso las escrituras del ágora o plaza
6
Cfr. C.I.L. IV No. 06626. Se conserva aún en Pompeya la casa del
candidato, denominada “Casa de Lucrecio Frontón”.
7
Cfr. C.I.L. IV, No. 768. Un duovir era un magistrado municipal de ma-
yor importancia que el edil, que tenía a su cargo el cuidado de las calles
y edificios sagrados y públicos y solo había dos candidatos anuales.
264
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
pública griega —usos muy distintos y de ningún modo simila-
res en su función—, es preciso recordar que fue precisamente
en un lugar público de Roma, pero ya en el siglo XVI cuando
empezaron los pasquines. Las inscripciones ofensivas o pas-
quinate, sobre todo contra el Papa, que se pegaban o colgaban
de la conocida estatua de Pasquino, hoy en la Plaza de su nom-
bre y muy deteriorada, sí es uno de los primeros casos del uso
de grafiti en la Europa Central.8
Dado el carácter efímero de este medio de comunicación,
no se conservan las inscripciones de la antigua Piazza di Pario-
ne que un autor anónimo colocaba con suma frecuencia contra
los papas León X (1513-1521), Adriano VI (1522-1523), Cle-
mente VII (1523-1534) y Sixto V (1585-1590). No sorprende,
sin embargo, que las denuncias fueron contra la figura del Papa.
Ninguno de los mencionados se distinguió por su prudencia o
dedicación al gobierno espiritual de la Iglesia, y su vida estuvo
muy lejos de la santidad, a no ser por el título con que se refe-
rían a él. No olvidemos, además, que el Santo Padre era, ante
todo, “señor de la ciudad de Roma”, y que el último de la lista
tenía su residencia o palacio precisamente a la izquierda de la
conocida estatua de Pasquino.
Para solo citar como ejemplo el primero de esos papas,
baste con decir que Giovanni de Medici, el primero de esa in-
fluyente y fatídica familia, que gobernó con el nombre de León
X, era cardenal ya a los trece años y fue electo papa a los 36.
Una de las cosas a las que dedicó más tiempo del debido fue
a las expediciones de caza en los bosques de Italia, aunque le
8
No hay noticia cierta de quién pudo ser ese Pasquino —algunos se
refieren el “maestro Pasquino”—, pero parece que sí hay consenso
acerca de la estatua, y se piensa que era una copia romana de la céle-
bre estatua griega de Menelao acarreando el cadáver de Patroclo, la
misma que se conserva en la Piazza della Signoria (Florencia, Italia).
265
José Luis Sáez Ramo S. J.
estuviera vedado por las leyes eclesiásticas vigentes, acompa-
ñado de una corte de no menos de 140 personajes, incluyendo
algunas damas fáciles, aunque se usase el eufemismo de “cor-
tesanas”. No se le puede quitar el mérito de la decoración de la
Basílica de San Pedro y de haber prohijado y protegido a mu-
chos artistas. Sin embargo, el odio que le tenían los cardenales
—incluso planearon envenenarle y nombrar a otro—, no cesó
sino con su muerte el 1º de diciembre de 1521.9
Con estos simples datos, no es necesario explicar más
las razones que podían tener los autores de los pasquines que
aparecían día a día en la ya conocida y mutilada estatura de
Pasquino, que aún está en pie y sirve de apoyo a un nuevo tipo
de inscripciones, que no son precisamente de denuncia: a veces
se trata de simples avisos, con cierto parecido a los anuncios
clasificados de los periódicos, y otras veces son papeles im-
presos, tanto de índole política como sindical. Esto no impide
que unos y otros sirvan de apoyo a otro tipo de graffiti más
espontáneo, como en el siglo XVI, pero reconvirtiendo los ya
existentes. Últimamente, el busto de Pasquino y sus carteles
han servido de base física a variados y verdaderos grafiti, como
el que apareció ya avanzado el siglo XX, y con motivo de una
campaña política: Comunisti di merda.
De esas primitivas inscripciones del siglo XVI deducimos
las tres características comunes al arte del grafiti. 1. Ante todo,
9
Cfr. E. R. Chamberlin, The Bad Popes, New York, Barnes Noble,
1993, pp. 209-238. Otro tanto sucedería con Clemente VII (Giulio
de Medici), primo del anterior, que ni siquiera supo decidir si debía
ponerse del lado del emperador Carlos I de España que le hacía la
guerra a Francisco I de Francia, o si era preferible ladearse a uno u
otro, según saliese triunfante de una u otra batalla. Cfr. J. M. Gonzá-
lez-Cremona, Diccionario de los Papas, Barcelona, Editorial Mitre,
1989, pp. 138-140.
266
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
esta forma de expresión es anónima, al menos en su forma ori-
ginal. 2. Es popular, porque lo que se pretende es que la gente la
entienda con facilidad y se ría de la ocurrencia. 3. Y por último,
es efímera. Aunque se realizase en una pieza de papel, no per-
manecerá más allá del atardecer del mismo día. La lluvia, que
todo lo borra, o un transeúnte que quiera conservarlo, obligarán
al “autor” a reiterar su denuncia en forma más graciosa al día
siguiente.
Un elemento más, pero no siempre esencial, es la capaci-
dad de “respuesta”, por así decirlo, de cualquier caso de grafito.
Una persona puede reelaborar el texto, añadiendo algunas pa-
labras o tachando otras, cambiando así el mensaje original e
incluso darle el tono humorístico que no tenía. Buena parte de
los “mensajes” de índole política, incluso en tiempo de una
dictadura como la que sufrió el pueblo dominicano durante 31
años, se elaboraron casi exclusivamente a base de “respuestas”
a un mensaje que no pretendía provocar la risa.
De la tiranía a la guerra civil: el caso dominicano
Lo normal es que una tiranía paralice la producción es-
pontánea de grafiti. A falta de libertad de expresión, y siendo
el miedo la mejor censura, el arte del grafito prácticamente
desaparecerá, como ha sucedido siempre con la caricatura es-
pontánea. Sin embargo, como el grafito es un arte espontáneo
y anónimo, que busca cualquier resquicio para violar las nor-
mas, siempre habrá una u otra forma de mantenerlo vivo como
instrumento de lucha e incluso para añadirle a la tiranía el hu-
mor que le quitó al pueblo. Por eso, aunque los alumnos huían
en cuanto veían una de esas “pintadas” en los sanitarios de la
entonces dócil Universidad de Santo Domingo, el hecho se pro-
pagaba enseguida.
267
José Luis Sáez Ramo S. J.
Aun en vida del tirano, se dieron casos de rebeldía. Algu-
nos anuncios (de ningún modo grafiti) del régimen, sufrieron
mutaciones. Así sucedió con aquel muro, que tenía a la izquier-
da el dibujo del rostro de perfil de Trujillo, y un letrero en letras
grandes, que decía: “Trujillo nos da todo a cambio de nada”. La
reconversión del mensaje, se hizo simplemente tachando con
pintura negra el retrato de Trujillo, y alterando por completo
el texto, que se leía: “Nos da nada a cambio de todo”. Una re-
conversión, con toda la maldad propia del ensayo de libertad,
la hizo la oposición con las siglas del Partido Revolucionario
Dominicano (P.R.D.), tachando la R y sustituyéndola con una
palma, como si se tratara del desaparecido y único Partido Do-
minicano, creado por Trujillo en 1931.
Aun antes de la primera campaña política de la naciente
Democracia, proliferaban libremente los grafitis. “No somos
calieses”, se había escrito encima de la placa que identificaba a
la Dirección General de Migración. La confusión o simple des-
conocimiento de algunos “protagonistas” de la historia política
reciente, hacía que los textos tuviesen un añadido humorístico.
Así sucedía con el que se escribió en la pared de una vivienda
de la capital: “Viva Nikita, Mao y Ulbright. Fidel No, porque
es comunista”.
Sin embargo, durante los cuatro meses de guerra civil (en
realidad era una guerra de una facción dominicana con el in-
terventor), proliferó ante todo el grafito: “Yankee go Home” o
la versión más popular, incluso coreada de “Fuera Yankees de
Quisqueya”. No faltó, sin embargo, cierta forma de readapta-
ción del primero (Yankee go home), valiéndose del equívoco,
que añadía cínicamente: “Mi hermana te está esperando”. En
algún caso, al ya citado “Yankee go home” se añadía también
en inglés: “Take me with you”.
Otro grafiti, que se reprodujo en una revista francesa, apa-
reció pintado con espray en el muro delantero de la Nunciatura
268
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
Apostólica (Máximo Gómez esquina César Nicolás Pénson),
junto al mosaico de la Virgen de Altagracia, que con enormes
letras negras decía “Embajada Comunista”, aludiendo precisa-
mente a la labor de mediación que realizó en esos meses el
nuncio Mons. Emmanuele Clarizio con el gobierno constitucio-
nalista del coronel Caamaño.10
Una vez superada esa etapa, los mismos servicios sanita-
rios de la Universidad Autónoma sirvieron de medio cuasi ideal
para los grafitis. En una ocasión, en el tercer piso del edificio
de Humanidades, valiéndose de las puertas de azul oscuro, apa-
reció un grafiti, típico del fanatismo de un evangélico: “Cristo
Viene”, al que otro autor, que precisamente usó ese mismo sa-
nitario, un eufemismo y forzado, respondió con tiza: “Aquí lo
espero”.
Luego aparecerían de forma ocasional los que se referían
a los vaivenes de la política, a veces con las siglas del grupo
político al pie. Otras con motivo de algunos hechos recientes
—se trataba de la renuncia del Reformismo del diputado Mi-
guel Ángel Velázquez Mainardi—, y apareció en un muro
recién enjalbegado de la Correa y Cidrón, cerca de la avenida
Abraham Lincoln: “¡Velazquito corrupto!”, o el más reciente,
pero de esos mismos años: “Esa no es mi constitución”.
La madurez europea del grafito: “¡Prohibido prohibir!”
Con el levantamiento de la juventud universitaria parisi-
na, a partir del 3 de mayo de 1968, contra el gobierno de De
Gaulle, aparece una nueva forma de grafiti mucho más elabo-
rada, y quizás hasta más intelectual. Como dirían después los
10
Cfr. José de Broucker, “Chez le Nonce a Saint-Domingue”, Informa-
tions Catholiques Internationales, No. 262 (15 avril 1966), p. 19.
269
José Luis Sáez Ramo S. J.
analistas, aquellos escritos que llenaron las paredes de París,
incluso cuando el 20 de mayo 9,000,000 de obreros paralizaron
el país, eran muestra evidente de un grafito que hace pensar,
y no se contenta con divertir o herir personas e instituciones,
aunque tampoco faltó ese tipo de grafito elemental. La lucha
del estudiantado, cada vez más insatisfecha con el régimen de
Charles de Gaulle (1959-1969) —había pasado ya la guerra
en Argelia (1954-1962), pero estaba en pie la de Vietnam—,
provocó que en muchos casos el texto del grafito fuese suma-
mente directo, como el de la pared de uno o más bancos de la
ciudad (“¡Roben!”), o cuando se incitaba desde un muro de la
Biblioteca del Centro Censier a luchar contra los instrumen-
tos de represión del Estado (“Un policía duerme en cada uno
de nosotros; es necesario matarlo”). En otros casos, como en
la misma Universidad de París, era el equívoco, mezclado con
cierta dosis de grosería (“Viola tu Alma Mater”), y ciertamente
siempre un tono reflexivo, en que se involucraba también el
autor anónimo del grafito (“El que habla del amor, destruye el
amor”).11
Aunque en varios casos se trataba de citas suficientemen-
te conocidas de autores como el filósofo prusiano Nietzche, el
escritor marsellés Antonin Artaud, el surrealista francés André
Breton, el anarquista ruso Mijail Bakunin, el pensador vasco
Miguel de Unamuno y hasta el conocido Marqués de Sade, la
gran mayoría fueron fabricados ex profeso, y en su mayor par-
te escritos con brocha o con la facilidad del aerosol o espray
negro. Esos factores nos hacen dudar en ampliar el término
“grafiti” incluyendo estas inscripciones.
11
Algunos estudiosos del fenómeno insisten en que el precedente de
este curioso movimiento estudiantil estaba en la Comuna de París, un
movimiento popular federal, que gobernó la ciudad del 18 de marzo al
28 de mayo de 1871.
270
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
Baste como muestra unos cuantos grafitis de los cientos
que aparecieron a lo largo del mes de mayo de 1968, sobre todo
en los muros de la Sorbona, sus dependencias y los alrededores
de la Ciudad:
“¡Prohibido prohibir! La libertad comienza con una
prohibición” (Sorbona).
“Las paredes tienen orejas. Vuestras orejas tienen paredes”
(Ciencias Políticas).
“Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el
mundo una estrella danzante (Friedrich Nietzche)”.
“No es el hombre, es el mundo el que se ha vuelto anormal
(Antonin Artaud)”.
“El patriotismo es un egoísmo en masa” (Sorbona).
“La burguesía no tiene más placer que el de degradarlos
todos” (Facultad de Derecho).
“La imaginación no es un don, sino el objeto de conquista
por excelencia” (André Breton).
“Pensar juntos, no. Empujar juntos, sí” (Facultad de
Derecho).
“Nuestra esperanza solo puede venir de los sin esperanza”
(Ciencias Políticas).
“Los que tienen miedo estarán con nosotros si nos
mantenemos firmes” (Facultad de Medicina).
“Graciosos señores de la política: ocultáis detrás
de vuestras miradas vidriosas un mundo en vías de
destrucción. Gritad, gritad; nunca se sabrá lo suficiente
que habéis sido castrados” (Sorbona).
“¡Prohibido prohibir! La libertad comienza por una
prohibición” (Sorbona).
271
José Luis Sáez Ramo S. J.
“¡Franceses, un esfuerzo más!” (Marqués de Sade).
“La pasión de la destrucción es una alegría creadora”
(Mijail Bakunin).
“La revuelta y solamente la revuelta es creadora de la luz,
y esta luz no puede tomar sino tres caminos: la poesía, la
libertad y el amor” (André Breton).
“La imaginación al poder” (Sorbona).
“La acción permite superar las divisiones y encontrar
soluciones. La acción está en la calle” (Ciencias Políticas).
“El levantamiento de los adoquines de las calles constituye
la aurora de la destrucción del urbanismo” (Sorbona).
“Olvídense de todo lo que han aprendido. Comiencen a
soñar” (Sorbona).
“Digo no a la revolución con corbata” (Bellas Artes).
“Yo me propongo agitar e inquietar a la gente. No vendo
el pan, sino la levadura” (Miguel de Unamuno).
“Cuanto más hago el amor, más ganas tengo de hacer la
revolución. Cuanto más hago la revolución, más ganas
tengo de hacer el amor” (Sorbona).
“No queremos un mundo donde la garantía de no morir
de hambre se compensa por la garantía de morir de
aburrimiento”.
“Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa” (Sorbona).
“La belleza será convulsiva o no será” (André Breton).
“Sean realistas: pidan lo imposible”.
“Olviden todo lo aprendido y comiencen a soñar”
(Sorbona).
272
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
Como es fácil deducir, esta modalidad de grafiti cumple
con buena parte de los requisitos o características expuestas
antes. A pesar de reproducir citas de algunos autores, siguen
siendo anónimos, porque no se menciona al autor. Aunque
el estilo y el contenido mismo son muy diferente de los que
se colgaban o pegaban en la Plaza de Pasquino en el siglo
XVI, siguen siendo populares. Lo que se pretendía con los
grafitis de París era involucrar a la población, sobre todo la
que rechazaba las manifestaciones y la huelga general del
20 de mayo de 1968. Y finalmente, a pesar de que se mantu-
vieron durante mucho tiempo, eran efímeros. Años después,
fue preciso preparar una pequeña antología, de donde se ex-
trajeron estas, para que no se perdiera aquella experiencia
irrepetible.
Apenas cinco años después de esa experiencia, yo mis-
mo vi en las paredes de una zona exclusiva de Caracas
(Chacao), cómo se reprodujeron o adaptaron algunos de
esos grafiti franceses. La ocasión era también una protesta
estudiantil e incluso universitaria en 1973, durante el primer
gobierno del Dr. Rafael Caldera (1969-1974) —el rector je-
suita de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) era
también uno de los “culpables”—, y uno de los objetivos del
estudiantado era la Federación de Cámaras de Comercio de
Venezuela (FEDECAMARAS), demasiado identificada con
la ultraderecha.
Quizás el más rebuscado de aquellos grafitis, en el ya citado
municipio de Chacao, residencia de algunos miembros de la cita-
da federación y cerca del Colegio de los Jesuitas, era: “Cuando el
dedo apunta a la luna, el imbécil mira al dedo”. El estilo e incluso
la limpieza de ese y los demás grafitis resultaba un tanto extraño,
tratándose de un país latinoamericano, y es posible que los que
273
José Luis Sáez Ramo S. J.
vivían detrás de aquel muro en que vi con verdadero placer aquel
grafito, no alcanzaran a captar su fina ironía.12
Los grafitis del subway de Nueva York:
¿Arte o simple protesta?
Con un evidente toque de arte nuevo, de difícil clasifica-
ción estilística, aparecen a partir de 1971en los vagones del
subway o metro de Nueva York unos grafitis, que acentuaron la
suciedad habitual de la ciudad. A diferencia de los franceses, en
las paredes de Nueva York los textos eran escasos. Solo de vez
en cuando aparece uno, incluso en verso, como: “Another day/
another dime/Hypercool/another way 2/kill some time” (Un día
más, otros diez centavos, y lo que mejor, ¡qué bueno, otra ma-
nera de matar el tiempo!).
En esa maraña de inscripciones y dibujos —el denominado
“por art” ya había hecho su entrada en escena—, lo que predo-
minaba eran los adornos, cada vez más grandes y elaborados,
a palabras aparentemente inconexas para el observador, como
Star III, Spain II, Chief, Chico, Mike 191, Bull Dog 1, C.A.
197, Zip 139, que identificaban como marca de fábrica a los
“artistas” creadores de éste o aquél grafito. Por eso, se veía a
simple vista que cada uno escogía la “caligrafía” de esa efer-
vescencia de “pop art” que mejor lo identificaba, y que, por esa
razón, se convertía en la firma del artista, como ocurría ya con
los grabados de Dürer en el siglo XVI.
En realidad, el fenómeno del grafito neoyorquino había
comenzado en pequeña escala en 1960, pero se limitaba a los
12
Muchos años más tarde, vi que ese grafito de Caracas se usaba tam-
bién en el filme, escrito por Guillaume Laurant, Le Fabuleux Destin
D´Amélie Poulain (2001).
274
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
muros de algunos vecindarios. Cada “artista” utilizaba una
identificación, más o menos elaborada, escrita la mayor par-
te de las veces con un marcador negro grueso. El nombre y
el número (Tracy 158, Chino 174, SuperKool 223), aunque
ciertamente correspondían la mayor parte de las veces a una
dirección, eran ante todo una forma de marcar un territorio, de
dejar constancia de su paso por ese lugar.
No se ha logrado probar que el nombre y la ubicación (por
ejemplo, Zip 139) correspondieran a los vendedores o trafican-
tes de drogas, pero se comentó ya en esos primeros días de la
aparición de los grafitis, que no eran precisamente expresión
popular de un arte espontáneo que solo requería de un espacio
en blanco para su protesta, sino que disimulaban el encuentro
de quienes ya comerciaban con estupefacientes, fruto aledaño
de esa misma cultura, por muy popular que pareciese.
Una comentarista y escritora norteamericana, refiriéndose
al fenómeno general del grafiti neoyorquino, decía en 1974:
Esas inscripciones son arte, pero un arte fuera de la ley.
Son muestra y producto de una rebeldía adolescente y una
respuesta a los comerciales que antes adornaban los muros
de la ciudad y las estaciones del metro, las revistas de his-
torietas y la publicidad de la televisión que, por decirlo así,
nos ataca por los cuatro costados.13
El fenómeno se mantuvo con la misma intensidad pasados
los años ochenta, cuando según algunos teóricos entró en crisis,
y no sufrió un serio revés hasta que el gobierno de la ciudad
decidió limpiarla en el año 2008, gastando un dineral en borrar
y pintar de nuevo el metro, por dentro y por fuera, vagones y
13
Corinne Robins, “The Faith of the Graffiti”, en The New York Times
Book Review (Nueva York, 5 mayo 1974), p. 51,
275
José Luis Sáez Ramo S. J.
estaciones, así como el resto de los barrios de la ciudad. Como
es obvio, la libre expresión de un pueblo, que busca las sombras
para dejar expresada su identidad, no cesó con esa medida, que
supuso un gasto mucho mayor que facilitar lugares de expan-
sión o mejorar el hábitat de la mayor parte de su población
pobre.
A diferencia de todos los demás casos que hemos repasado
en estas notas, los grafitis del metro de Nueva York correspon-
dían a “artistas” de procedencia diferente, aunque entre ellos se
reconocieran con facilidad. Por ejemplo Flint 707 provenía de
Manhattan, Phase 2 del Bronx, y Pistol 1 de Brooklyn, y a este
último se debe el desarrollo de esas letras abultadas, a veces
huecas o abombadas, que denominaban “BubbleLetters”. Y
fue al primero (Flint 707), al que se debe la epopeya de haber
pintado el primer tren completo del metro a finales de 1973.
Es preciso aclarar que este “arte”, aparentemente espon-
táneo, llegó a contar con talleres de maestros del grafiti. Uno
de los que reconoció hace apenas un año su participación ac-
tiva y la dirección del taller de “graffiteros”, es Eric Felisbret
(149 Street), que ha publicado una obra (Graffiti Nueva York),
resumen de sus experiencias y su actuación directa en ese fe-
nómeno que, por pura casualidad, coincidía con otras formas
de protesta (destrucción de records militares, marchas silentes,
conciertos y música de protesta), contra la política de Lyndon
B. Johnson: la larga e insostenible Guerra de Vietnam.
Nuevas modalidades de protesta, pero no precisamente en
forma de grafiti, han surgido también en algunas estaciones del
metro de Nueva York. El joven artista Henry Matyjewicz, que
se reconoce como “Poster Boy” (el muchacho de los carteles),
se ha dedicado a alterar los paneles que adornan los muros de
las estaciones con publicidad sumamente elaborada. La altera-
ción consiste en convertir los rostros agraciados en anormales
o incluso deformes, pegando fragmentos de imágenes de otros
276
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
anuncios, y por supuesto modificando los reclamos publicita-
rios. Es una forma más de comunicación popular, y burla de la
falsa belleza y elegancia que nos brinda la publicidad.
Balance general de un arte eminentemente popular
El recorrido que hemos hecho desde las primeras mani-
festaciones documentadas de los grafitis de Roma y Pompeya,
hasta la explosión de esa extraña mezcla de arte y rebeldía del
metro de Nueva York (también se incluye el de Madrid), nos
ha permitido ver modalidades muy diversas de comunicación
popular, pero, sin duda, con un mismo fin.
La antigüedad no tiene por qué ser garantía de validez. La
antigüedad es tan solo una prueba de que los antepasados eu-
ropeos del siglo II antes de Cristo conocían o adoptaron esta
forma de comunicación popular. Al tratarse de una expresión
cultural, las diferencias entre una y otra modalidad obedecen,
ante todo, a la cultura en que surgieron y se desarrollaron. Pero,
como la cultura no es un todo estático, y sufre variaciones a tra-
vés del tiempo, cada modalidad de las que hemos visto obedece
también a un momento histórico.
Como ya adelantamos, a diferencia de otros vehículos o
medios de comunicación, el grafito es eminentemente popular
y, en la mayor parte de los casos estudiados, anónimo. Eso no
quita que haya autores o “artistas” que se dediquen a la produc-
ción de grafitis en grande o pequeña escala, siempre y cuando
permanezcan en el anonimato o se identifiquen o “firmen” con
un seudónimo.
El predominio de un texto elaborado por encima de la ima-
gen, que busca que el lector o espectador se involucre en el
fenómeno de la comunicación, como sucedía con los grafitis de
la Sorbona en 1968, responde a la misma cultura francesa, con
277
José Luis Sáez Ramo S. J.
ese tinte de literatura contagiada de existencialismo, aunque las
frases que llenaron las paredes de Paris, no fuesen precisamen-
te de autores de esa época o movimiento.
En la mayor parte de los casos analizados se cumple una de
las características de este género de comunicación popular: por
su afán de actualidad, son efímeros. A no ser que haya quedado
constancia en otro medio (fotografía, cine o videotape), hasta
los notables grafitis intelectuales de París estaban condenados
al olvido. El medio en sí no tiene capacidad de permanencia,
y si se han conservado algunos del imperio romano es porque
las ruinas en que estaban se mantuvieron aisladas del contacto
con el aire.
Uno u otro estilo, modalidad e instrumento de aplicación
(punzón, tiza, pluma, pintura, marcadores o aerosol), aunque
producto de su tiempo y surgidos en una determinada cultura,
pueden volver a ponerse de moda en otra ubicación geográfica,
si las circunstancias lo hacen factible. Solo así, se explica que
no exista tanta lejanía entre los grafitis de Pompeya y algunas
de las rebuscadas pintadas de los vagones del metro de Nueva
York de la década de los años 70 del siglo XX.
En este medio, y mucho más en el “pop art” del metro neo-
yorquino, resulta evidente que también la forma de expresión
es el verdadero mensaje. Por lo menos, el mismo texto, pero
sin el apoyo de la imagen, el color y sus aditamentos, no nos
diría apenas nada o la comunicación quedaría incompleta. El
idioma se podría convertir en un obstáculo y no en un canal, y
acabaríamos por sentirnos extranjeros en nuestro propio país.
Como ya decía el inolvidable Marshall McLuhan en 1951,
lo que configura la comunicación humana no es el mensaje
trasmitido a través de un medio particular, sino que el medio
es mensaje o configura y determina el mensaje total. Y como
también habría dicho el pensador canadiense, los grafitis son
un medio frío o de baja definición, que requiere una mayor
278
Origen y permanencia de los grafitis. Pequeña teoría de la forma...
participación del espectador para completar o recomponer su
verdadero mensaje.
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CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 283-357
ISSN: 0009-9376
Gestiones diplomáticas en la Primera
República: Antonio María Segovia*
Lucy Arraya**
RESUMEN
La historiografía dominicana señala como Primera República,
el período comprendido entre 1844 y 1861, que representan 17 años
de vida independiente. Es decir, que se parte de la proclamación de
la independencia nacional del 27 de febrero en 1844, para tratar las
gestiones diplomáticas de dicho lapso, pero necesariamente se toca-
rán algunos antecedentes y contextos internacionales, que definen el
método histórico. Los primeros años de vida independiente, fueron
de muchas crisis políticas y económicas, además, de que se careció
desde los albores de una estructura y organización estatal, que incidió
desfavorablemente en las relaciones diplomáticas de estos años. De
ahí que, las acciones de los gobernantes de turno estuvieran enfocadas
a la búsqueda del protectorado, la anexión y el reconocimiento de
Estado, según la conveniencia personal, como han señalado algunos
historiadores dominicanos.
Palabras claves: Gestiones diplomáticas, Estado, potencia, con-
servadores, misiones diplomáticas, cónsul, protectorado, anexión,
reconocimiento y tratado.
* Artículo ampliado de la conferencia pronunciada el 19 de febrero de
2019 en la Academia Dominicana de la Historia.
** Abogada e investigadora internacionalista, docente universitaria y co-
laboradora de la Academia Dominicana de la Historia.
283
Lucy Arraya
ABSTRACT
Dominican Republic political history calls the First Republic
the period from 1844 to 1861, that is, the first 17 years of our poli-
tical autonomy. That is, from the proclamation of independence on
February the 27 1844 and the following and necessary diplomatic
adventures. The article also deals with some previous movements
in world politics, needed to define the historical method. Those first
years of political Independence were also marked by economic crisis,
suffering also from a continuous social and political weakness. That
is part of the reason why the presidents were frequently seeking for a
protectorate or a simple annexation, as several of our historians had
often explained.
Keywords: Diplomatic sentences, State, political powers, diplo-
macy, Consul, protectorate, annexation, acceptance and treaties.
Antecedentes a nivel internacional
Durante el periodo que se estudia 1844-1861, ya a lo lar-
go del continente americano se habían iniciado los procesos
de independencias nacionales que tuvieron como particularidad
la ocurrencia de conflictos armados, en los que se destacaron
grandes líderes de la historia independentista de los distintos
países de dicho continente, pudiendo citar a Simón Bolívar,
Francisco Miranda, José de San Martín, José Artigas, José Ma-
ría Morelos y Antonio José de Sucre, entre otros.
Además de reflejar el pensamiento liberal, el siglo XIX
constituyó una época en que el expansionismo territorial, el
imperialismo y las posesiones armamentistas se consideraron
necesarios para alcanzar el poder y dominio que aseguraban, en
aquel entonces, el estatus de potencia a una nación. A comienzos
del citado siglo, Europa se hallaba fragmentada a causa de las in-
vasiones napoleónicas, y el equilibrio mundial estaba debilitado.
284
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Tras la caída del imperio de Napoleón, como señalan Pe-
reira Castañeda y Lillo Martínez,1 del 1814 al 1815 se llevó a
cabo en la capital del imperio austríaco, el Congreso de Viena,
en el marco del cual fueron celebradas una serie de reuniones
que permitieron agrupar a monarcas de la época y a diplomá-
ticos con el fin de lograr el restablecimiento del antiguo orden
jurídico internacional y la reorganización del mapa europeo.
Fueron varias las negociaciones que se deliberaron, y mu-
cho lo que se tuvo que ceder y recibir en pro de la paz y el
equilibrio de Europa. Los personajes destacados en este cóncla-
ve fueron Charles Maurice de Talleyrand, famoso diplomático
y canciller de Francia, y Klemens Von Metternich, diplomático
y canciller de Austria, quienes hicieron uso de sus habilidades
estratégicas para manejar con maestría los argumentos del de-
recho de gentes y de legitimidad.
Este Congreso de Viena sirvió como legado a la historia de
las relaciones internacionales y diplomáticas, pues en el mis-
mo se trataron temas en distintas comisiones creadas, como
fueron el tráfico de esclavos, la libertad de la navegación flu-
vial, las clases de jefes de misiones diplomáticas, el protocolo
y ceremonial de Estado, entre otros; que sirvieron de base a
posteriores normativas internacionales en esas materias, muy a
pesar de los cambios y fuerzas que dominaron más adelante el
entorno internacional.
Sin embargo, las guerras y los enfrentamientos continuaron
después de las guerras napoleónicas, como fueron los casos de:
la Guerra de Crimea (1854-1856), la de Secesión de los Estados
Unidos de América (1861-1865) y la franco-prusiana (1870-
1871), que más impactaron y definieron el juego de poder en
1
Juan Carlos Pereira Castañares y Pedro Martínez Lillo, “Documentos
básicos sobre historia de las relaciones internacionales, 1815-1991”.
Madrid, España. Editorial Complutense, 1995, pp. 7-15.
285
Lucy Arraya
las relaciones internacionales durante siglo XIX, que, como
señala Mu-Kien Adriana Sang Ben en La Política Exterior Do-
minicana “las relaciones internacionales han sido siempre la
historia del juego mundial del poder”2 y, en ese sentido también
se refirió Hans J. Morgenthau al señalar en su obra Política en-
tre las Naciones, La Lucha entre el Poder y la Paz: “La política
internacional, al igual que todo tipo de política, es una lucha
por el poder”.3
El siglo XIX, además de haber sido el período de la histo-
ria con más confrontaciones bélicas, fue también el más activo
de la diplomacia. Asimismo, fue la época en que más Estados
se crearon y entraron a formar parte de esa relación que les
caracteriza en la vida internacional y, en el que se pactaron los
grandes acuerdos y tratados que definieron las relaciones en el
nuevo sistema internacional.
La presencia e incidencia de las potencias en la creación del
Estado dominicano
En el marco de las relaciones internacionales, las potencias
del siglo XIX fueron aquellos Estados que actuaron de manera
unilateral con protagonismo, ejerciendo altos grados de poder
político y económico e influencia sobre los demás Estados y
naciones.
En esa época, las potencias del continente europeo tenían
rivalidades entre sí y con los Estados Unidos, que había alcan-
zado un desarrollo fuera del escenario de Europa. Todas tenían
2
Mu-Kien Adriana Sang, La política exterior dominicana. Caminos
transitados: un panorama histórico 1844-1961, tomo I. Santo Domin-
go, Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, 2000, pp. 25-49.
3
Ibidem, p. 16.
286
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
en común dentro de los lineamientos de sus respectivas políti-
cas exteriores, el interés por el área del Caribe, una región que
como nos demuestran los hechos históricos y señala Mu-Kien
Adriana Sang, fue muy codiciada por las principales potencias
debido a su ubicación geográfica.4
República
Dominicana
Fig.1: Esquema de interacción derivado de Landes5
Descripción:
- Flechas pequeñas hacia la izquierda a indican las líneas de la comu-
nicación con las últimas colonias españolas: Cuba, Puerto Rico y las
Filipinas.
- Flechas en diagonal y de derecha a izquierda en la parte superior
indican la comunicación internacional.
- Flechas gruesas de derecha a izquierda indican las rutas formalizadas
- Flechas delgadas indican influencias de política casual.
- Las estrellas significan el conflicto y los intereses básicos de España.
4
Mu-Kien A. Sang Ben, Buenaventura Báez: el caudillo del sur (1844-
1878). Santo Domingo, Instituto Tecnológico de Santo Domingo,
1991, pp. 119-123.
5
Landes, David, La riqueza y la pobreza de las naciones. Barcelona,
Crítica, 1999, p. 604.
287
Lucy Arraya
Desde el siglo XVII, Francia conquistó las islas de Saint Chris-
topher, Saint Croix, San Bartolomé, Grenada, San Martín, Tortuga,
Guadalupe, Martinica, la parte oeste de la isla de Santo Domingo
(conocida como Saint-Domingue), y la Guyana Francesa. Los
británicos contaban con Jamaica, Trinidad y Tobago, Barbados,
Antigua y Barbuda, Santa Lucía, San Kitts y Nevis, Monserrat
y Anguila, y finalmente, los territorios continentales de Belice y
Guyana, los cuales mantienen disputas territoriales con los países
vecinos; Belice con Guatemala y Guyana con Venezuela.
El Reino de Holanda dominó San Eustaquio, Saba, San
Martín y las conocidas como islas ABC: Aruba, Bonaire y Cu-
raçao, y Surinam; el Reino de Dinamarca contaba con las islas
vírgenes, que posteriormente fueron vendidas bajo presión a
los Estados Unidos de América por un monto de 25 millones de
dólares. La naciente República Dominicana que, además de sus
recursos naturales, poseía la bahía de Samaná, no escapó a la
codicia y al juego de los intereses de las potencias de la época.
Las potencias mundiales que tuvieron incidencias en la
conformación del Estado dominicano fueron: España, Francia,
Inglaterra y los Estados Unidos de América. Con excepción de
España, las tres últimas siguen teniendo hoy día incidencias
internacionales a través de las decisiones que se toman en el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas
Expresó Emilio Cordero Michel, que Samaná fue la parte
del territorio nacional más codiciada y debatida por las poten-
cias en sus negociaciones, pues su posición geográfica, amplitud
y las leyendas de las minas de carbón que se decía tener, des-
pertaban un inmenso interés. Como el carbón era utilizado en
las flotas navales, las potencias consideraron importante tener
estaciones carboneras que les dieran un radio de acción rápido
a sus flotillas para continuar a otros destinos.6
6
Emilio Cordero Michel, Obras Escogidas. Ensayos II. Santo Domin-
go, Archivo General de la Nación, 2016, pp. 114-117.
288
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Para 1844 la mayoría de las colonias de España se habían
independizado y la Corona Española solo conservaba los restos
de su imperio colonial en América, representados por las islas
de Cuba y de Puerto Rico. Pero la isla de Santo Domingo era
objeto de su preferente atención, pues no había abandonado to-
davía por completo la idea de una eventual reconquista de la
parte occidental de la misma o, por lo menos, de conservar una
influencia relevante sobre ella.
Lo cierto es que España había perdido posesiones impor-
tantes como Menorca, Jamaica, La Florida (que había vendido
a Estados Unidos de América), las Bahamas, Belice, Trinidad y
Tobago y la costa de los Mosquitos en Nicaragua, pero conser-
vaba aún algunas influencias.
Francia se encontraba embarcada en la aventura hacia
México, y las consideraciones eran obvias. Ambas, España y
Francia, estaban en pleno desafío de las posesiones estadou-
nidenses y era concebible que Francia viera en la actitud de
España una forma de consolidar sus propias acciones.
Los propósitos ulteriores de Francia eran reincorporar a su
vez la parte antes francesa, conocida como Saint-Domingue,
que logró independizarse en 1804 con el nombre de República
de Haití, a su antigua soberanía. La diferencia de posturas en-
tre España y Francia eran evidentes, Allende Salazar refiere en
su obra Apuntes sobre la Relación Diplomática Hispano-Nor-
teamericana, 1763-1895, que el ilustre político y almirante
francés, Gaspard de Coligny, había expresado que Francia de-
bía de atacar a España en América para debilitarla en Europa.7
7
José Manuel Allende Salazar, Apuntes sobre la relación diplomáti-
ca hispano-norteamericana, 1763-1895. Madrid, España, Biblioteca
Diplomática Española, Estudios 14. Ministerio de Asuntos Exteriores,
1996, pp. 42-44
289
Lucy Arraya
No hay dudas de que Francia y España perseguían sus inte-
reses en América y cada una sabía lo que quería, especialmente
en nuestra isla. Desde finales del siglo XVI, ambos países co-
menzaron a ser rivales por nuestro territorio y suscribieron
tratados para solucionar sus diferencias.
El primer Tratado que firmaron ambos imperios fue el de
Nimega, suscrito en 1678, mediante el cual España aceptó la
presencia de los franceses en la parte oeste de la isla. Poste-
riormente, mediante el Tratado de Ryswick de 1697, España
consintió en reconocerle a Francia la posesión de la parte oeste.
Tratado que, en vez de solucionar las diferencias, aumentó las
disputas de los dos países por los límites fronterizos de la isla.
No obstante, fue con la suscripción del Tratado de Aranjuez
en 1779, firmado por el diplomático francés Charles Gravier,
Conde de Vergennes y el primer ministro español el Conde de
Floridablanca, que se establecieron oficialmente los límites
fronterizos entre las dos colonias.
Pese a haberse establecido Saint-Domingue en la parte
oeste de la isla, las contradicciones entre las dos colonias es-
tuvieron condicionadas al tipo de relaciones que tenían en el
momento Francia y España. Finalmente, el Tratado de Basilea
de 1795, entre ambas potencias, puso fin al dominio de Espa-
ña sobre el territorio este de la isla de Santo Domingo. Según
Escolano (2010), ese dominio se había comenzado a reducir
desde mediados del siglo XVII, con la llegada de franceses,
ingleses, holandeses y de otras potencias enemigas de España.
El Tratado de Basilea establecía que, a cambio de la res-
titución de los territorios conquistados por los franceses en el
norte de la península Ibérica, España cedía toda propiedad a
la República francesa en la parte española de la isla de Santo
Domingo, donde sería fundada posteriormente la República
Dominicana.
290
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Al igual que España, Francia mantuvo sus recelos hacia la
política expansionista de los Estados Unidos de América, pese
a haber sido su gran aliado desde su independencia en 1776, y
de ser el primer país que apoyó la guerra de la independencia
estadounidense. Pero la situación cambió después de la Gue-
rra México-Estados Unidos de 1848 y la firma del Tratado de
Guadalupe-Hidalgo, que culminó con la adquisición por los es-
tadounidenses de los territorios de California, Nuevo México,
Arizona, Texas y Nevada.
La presencia e influencia británica en la región era muy
fuerte, aparte de que Gran Bretaña era la principal nación in-
dustrial y mentora de la Revolución Industrial del siglo XVIII,
con una Marina Real que dominaba los mares y que desarrolló
conjuntamente con su política exterior. Los ingleses se es-
forzaron por impedir que otra potencia se estableciera en sus
posesiones, por lo que controlaron por mucho tiempo las entra-
das naturales al Caribe.8
Wenceslao Vega, entre otros autores, ha señalado que In-
glaterra no tenía ambiciones territoriales en la isla de Santo
Domingo. Sus objetivos se centraban en la estabilidad políti-
ca, el crecimiento económico y la hegemonía comercial, por
lo que preferían una continuidad y rechazaban los cambios
de soberanías en las colonias europeas, con el fin mantener
un statu quo frente a la política de expansión de los Estados
Unidos de América, las cuales eran vulnerables a los filibus-
teros estadounidenses, quienes ya se encontraban en la región.
Como fue el caso del filibustero William Walker, quien des-
pués de intentar conquistar a México y la Baja California,
8
Luis Álvarez López, Cinco Ensayos sobre El Caribe Hispano en el
siglo XIX: República Dominicana y Puerto Rico 1861-1898. San-
to Domingo, República Dominicana. Editora Búho, S.R.L., 2012,
pp. 132-146.
291
Lucy Arraya
llegó a Nicaragua donde ocupó a la fuerza la presidencia en
ese país entre 1856-1857.9
En relación con Estados Unidos de América, dice Carlos Fe-
derico Pérez: el desarrollo vertiginoso que había experimentado
Estados Unidos, lo perfilaron en pocos años como una gran po-
tencia. Los principios proclamados en el Destino Manifiesto en
1777, y en la doctrina de James Monroe en 1823, que pretendía
excluir del continente americano cualquier avance de las naciones
del viejo continente, como parte de su política exterior, contribu-
yeron a su fuerte hegemonía en la región y en el nuevo mundo.10
Según Pedro Mir, la historia de Santo Domingo puede es-
cribirse ignorando la Doctrina de Monroe mientras que, por el
contrario, la Doctrina de Monroe no puede escribirse ignorando
a Santo Domingo.11
Para finales del siglo XIX, los Estados Unidos de Améri-
ca estaban muy avanzados en su penetración hacia el Pacífico
y desde el principio habían contemplado a las Antillas como
cinturón de seguridad del Atlántico hacia el Pacífico, de ahí la
construcción y el control del Canal de Panamá y la estrategia de
convertir las islas del Caribe en una verdadera frontera.
Los diplomáticos estadounidenses supieron defender con
mucha habilidad los intereses de su país frente a los países
rivales del viejo continente, tales como: Inglaterra, Francia y
España. Tenían pautas bien marcadas, y así lo hicieron entender
9
Wenceslao Vega Boyrie, La Mediación extranjera en las Guerras Do-
minicanas de Independencia (1849-1859). Santo Domingo, Editora
Búho S.R.L., 2011, p. 44.
10
Carlos Federico Pérez, Historia diplomática de Santo Domingo
(1492-1861). Santo Domingo, Escuela de Servicios Internaciona-
les, Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), 1973,
pp. 205-213.
11
Pedro Mir, Las raíces dominicanas de la doctrina de Monroe. Santo
Domingo, Editora Taller, 1974, pp. 7-13.
292
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
muchos políticos americanos, comenzando por George Was-
hington y Thomas Jefferson, quienes repetían en sus discursos
a los ciudadanos estadounidenses, que no se dejaran llevar por
alianzas o conflictos con los países europeos, quienes se habían
negado a admitir la Doctrina Monroe.12
El presidente Franklin Pierce (1853-1857), aprovechando
que las potencias europeas estaban envueltas en la Guerra de
Crimea, instruyó al Secretario de Estado William L. Marcy, a
que enviara un agente especial a Santo Domingo, para que es-
tableciera buenas relaciones con el presidente Santana, a fin de
negociar un Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación
con la República Dominicana, el cual conllevaría el recono-
cimiento del país a cambio de la concesión de una porción de
terreno en la bahía de Samaná. El Agente designado para esta
misión fue William Leslie Cazneau, un militar de carrera que
participó en la guerra de México hasta 1847, y fue mantenido
en esa posición durante la administración de Pierce y de James
Buchanan (1847-1861).
La reacción de las potencias europeas: Inglaterra y Francia,
aliadas de España, se hizo sentir. De inmediato, los citados paí-
ses iniciaron una resistencia tenaz a la aprobación del Tratado
Domínico-Americano de 1854, lo que dio lugar a una con-
frontación de la rivalidad Anglo-Francesa-Española contra la
política exterior estadounidense.
Marco político, económico e ideológico
de la Primera República
El desarrollo y transformación de las estructuras políticas
internas, así como las ideologías, intereses económicos y la
12
Ibidem. pp. 15-17.
293
Lucy Arraya
organización de cada uno de los elementos soberanos de un Es-
tado, como señalan algunos internacionalistas, entre ellos Del
Arenal, C.,13 lógicamente inciden en su realidad internacional
y en los propósitos y objetivos que se plantea ante otros sujetos
de la comunidad internacional.
Así vemos que el pensamiento político del período de 1844
a 1861, como refiere Juan Isidro Jimenes Grullón, durante este
período, era liberal y conservador. No se conocieron en esa época
partidos políticos propiamente hablando, más bien eran grupos
que seguían a un caudillo nacional, que tenía dominación política
y social sobre un sector. Los conservadores seguían a sus líderes
caudillistas y los liberales seguían el compromiso moral, social y
político que habían asumido desde 1838, en el Juramento Trini-
tario que conllevó a la independencia nacional.14
Desde el nacimiento de la República, el sistema de go-
bierno que siguió el país al igual que otros países de América
Latina, fue el presidencialista, basado en la separación de los
poderes que planteó Montesquieu en su obra El Espíritu de las
Leyes, en 1748, que garantizaba las libertades civiles y públi-
cas; solo que esas garantías quedaron a nivel de teoría jurídica,
ya que en la práctica fueron negadas por los gobiernos conser-
vadores de turno.
Desde 1844 y hasta 1861, el país tuvo ocho jefes de Estado
de corta duración que fueron los artífices y conductores de las
incipientes relaciones internacionales de los primeros tiempos, a
13
Celestino Del Arenal, “El Derecho Internacional Público y las Rela-
ciones Internacionales como Ciencias de la Realidad Internacional”,
en Anuario Mexicano de Relaciones Internacionales, México. ENEP
Acatlán UNAM, 1980, pp. 24-35.
14
Fernando Pérez Memén, El pensamiento dominicano en la Primera
República (1844-1861). Santo Domingo, Secretaría de Estado de Edu-
cación, Bellas Artes y Cultos, 1995. pp. 99-154.
294
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
saber: la Junta Gubernativa Provincial; la Junta Central Guberna-
tiva; Pedro Santana Familias (tres veces); Consejos de Secretarios
de Estado; Manuel Jiménez González; Manuel de Regla Mota;
Buenaventura Báez (dos veces) y José Desiderio Valverde.
De los citados Jefes de Estado, los que dominaron el esce-
nario político fueron Pedro Santana Familias y Buenaventura
Báez. El primero gobernó de 1844 a 1848; del 30 de mayo al
23 de septiembre de 1849; de 1853 a 1856 y de 1858 a 1861.
Un hombre de perfil tosco, autoritario, contradictorio y de poco
tacto diplomático en sus relaciones, según lo evidenciaron en las
comunicaciones e informes los cónsules acreditados en el país.
De otra parte, Buenaventura Báez, con una formación un
poco más intelectual que su rival Pedro Santana, tuvo la opor-
tunidad de viajar y esto le permitió estar más al tanto de la
política internacional de su época y de los conflictos que se
desarrollaban entre Francia, Inglaterra y Estados Unidos, en re-
lación con sus posesiones en América. Báez gobernó en cinco
ocasiones, a saber: de 1849 a 1853; de 1856 a 1858; de 1865 a
1866; de 1868 a 1874 y de 1876 a 1878.
Lo cierto es que, ninguno de los dos referidos gobernan-
tes escatimó medios para lograr sus objetivos y nunca tomaron
en consideración los intereses nacionales ni los requerimientos
populares para formular una política exterior del país. Mu-
Kien Sang Ben, en su obra Biografía de Báez, describe a este
personaje como: “un caudillo cuya clientela política estaba
fundamentalmente ubicada en el Sur del país. Fue un político
profundamente conservador, que cifraba el éxito de su gestión
en la protección de una nación imperial, no importaba su ubi-
cación geográfica. Y conforme a estos postulados, orientó sus
esfuerzos y dirigió su acción”.15
15
Mu-Kien Sang Ben, Buenaventura Báez…, p. 21
295
Lucy Arraya
En lo que respecta a la economía, cabe resaltar que, a partir
de mediados del siglo XIX, en la esfera económica internacio-
nal se reflejó un gran desarrollo, pues, después de la caída de
Napoleón, sobrevino un auge económico, caracterizado por
una integración de varias regiones que se sumaron al comercio
transoceánico y transcontinental. Esa expansión, como señala
Kennedy Paul (1998), fue favorecida por una red financiera cen-
trada en Europa Occidental, que fue acompañada de progresos
a gran escala del transporte y de las telecomunicaciones, de una
más rápida transferencia de tecnología industrial de una región
a otra, y de un enorme esfuerzo en la producción manufacturera,
que favorecieron el desarrollo de la economía mundial.
Ese desarrollo económico en las principales urbes mundiales
contrastaba con la economía de la naciente República Domini-
cana, que se encontraba en una pobreza extrema e inestabilidad
política, como consecuencia del subdesarrollo. Los grandes retos
en materia económica de los primeros años definieron en muchas
ocasiones las decisiones políticas que afectaron la proyección in-
ternacional del país. Para sustentar el Estado se tuvo que recurrir
a financiamientos de comerciantes locales, en su mayoría extran-
jeros, particularmente judíos residentes.
Se sumaban a la crisis económica, el estado permanente de
tensión y de guerra con la vecina República de Haití, la des-
organización administrativa, la corrupción y la devaluación
monetaria. Refiere Roberto Cassá que, “en el período de la
Primera República, se emitieron muchos millones de pesos en
papel moneda, sin ningún respaldo metálico, basándose única-
mente en el crédito, los ingresos y los bienes del Estado; que
dieron como resultado las devaluaciones monetarias y políticas
macroeconómicas inadecuadas”.16
16
Roberto Cassá, Historia social y económica de la República Domini-
cana, 14ta. ed., 2 vols. Santo Domingo, Alfa& Omega, 1998, pp. 17-28.
296
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Los principales productos de exportación durante esos pri-
meros años fueron tabaco y caoba, que prontamente se vieron
disminuidos en su producción por los efectos de la Guerra de
Crimea, ya citada anteriormente. En el segundo mandato de
Buenaventura Báez, 1856-1858, se colocaron billetes de ban-
cos para la compra de oro y tabaco en el Cibao, dando a cambio
un papel moneda sin respaldo, lo que provocó una crisis eco-
nómica que conllevó a una revolución en 1857, y a serios
inconvenientes con los representantes consulares en el país,
que protegían los intereses e inversiones de sus nacionales y de
sus respectivos gobiernos.
Al volver al poder Pedro Santana en 1858, en medio de la
inestabilidad política y económica, decidió buscar otro horizon-
te económico para el país, y es cuando inició gestiones para un
acuerdo de reincorporación o anexión del país a España. Es así
como el 18 de marzo de 1861, se proclamó oficialmente la Ane-
xión a España, hecho con el que termina la Primera República.
En cuanto a la población e inmigración, después de la
independencia de algunas naciones del continente america-
no y de la República Dominicana, el más grave problema lo
constituyó la parte económica, política y poblacional. Señalan
algunos historiadores, que en Santo Domingo se vivió desde
mediados del siglo XVI hasta la decimonovena centuria, una
constante crisis de población, que preocupó tanto a liberales
como a conservadores.
Los gobiernos de la Primera República, como indica Frank
Moya Pons, no escatimaron esfuerzos en incentivar la inmi-
gración de extranjeros.17 Es así como José María Caminero,
enviado de Pedro Santana ante el gobierno de los Estados Uni-
dos, comunicó al Secretario de Estado John C Calhourn, que
17
Frank Moya Pons, El pasado dominicano. Santo Domingo, Fundación
J. A. Caro Álvarez, 1986, pp. 265-315.
297
Lucy Arraya
uno de los principales temas que ocupaban la atención del Go-
bierno dominicano era estimular la inmigración de agricultores
extranjeros y con ello aumentar la población blanca y la pros-
peridad pública.18
Con respecto a las creencias e ideologías, se resalta que,
la Iglesia jugó un papel trascendente, particularmente desde la
creación del Estado dominicano. La incidencia de la religión
católica, apostólica y romana fue tan fuerte que, en el Mani-
fiesto del 16 de enero de 1844, y en la redacción de la Primera
Constitución de 1844, estuvieron presentes ocho sacerdotes,
quienes incidieron en su estructura, así como en la definición de
las relaciones internacionales. Tómese en cuenta que, la Santa
Sede dirigida por Pío IX en 1848, fue la primera en aceptar la
nueva República y el Arzobispo Tomás de Portes Infante, fue
su primer representante en el país, lo que representó un recono-
cimiento tácito e implicitito del nuevo Estado y la unificación
de la Iglesia dominicana a la universal con las celebraciones de
los dogmas católicos.
Sin embargo, no todo el tiempo las relaciones e influencia
de la Iglesia fue buena, todos los gobernantes de la Primera,
Segunda y Tercera República, mantuvieron sus luchas con la
Iglesia. Con relación a Báez y Santana, estos tenían diferentes
ideologías y posiciones con respecto a la Iglesia. Báez capitali-
zaba sus relaciones y actitud frente a esta, mientras que Santana
sostenía una fuerte rivalidad.
En la República Dominicana, como expresa Pérez Memén,
bajo el amparo de la tolerancia de las ideas liberales se plasma-
ron otras ideas como fue la masonería que, para el siglo XIX ya
se había expandido por los países americanos. La masonería, que
18
Rafael Jarvis Luis, “Estrategia gubernamental para atraer inmigrantes
a República Dominicana, 1870-1900”, Clío 86, No. 194, Santo Do-
mingo, julio-diciembre 2017, pp. 130-158.
298
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
desde sus orígenes en la Francia Revolucionaria (1802-1809),
llegó a la isla de Santo Domingo a través de Haití, durante la
España Boba (1809-1821); creció durante la dominación hai-
tiana (1822-1844) y continuó impulsándose durante la Primera
República (1844-1861), al no encontrar una oposición radical
de la Iglesia.19
Lo cierto es que, en los procesos independentistas la ma-
sonería jugó un destacado papel, como señala Amadeo Julián:
“Las Logias masónicas fueron lugares importantes, pues era
un espacio donde se reunían los políticos de la época, donde
hacían arreglos y acuerdos políticos que determinarían el esce-
nario político nacional y las relaciones exteriores”.20
En América Latina, los grandes protagonistas de la emanci-
pación de las ex colonias fueron, en su gran mayoría, liberales
con formación masónica, entre los que podemos mencionar a
Simón Bolívar y a José Martí, entre otros. En nuestro país, per-
sonajes como Juan Pablo Duarte, Matías Ramón Mella, Antonio
Abad Alfau y José María Caminero eran masones. Pero la maso-
nería cayó en manos también de los conservadores como Tomás
Bobadilla y Briones, Buenaventura Báez y Pedro Santana.
En el ámbito diplomático, también se han destacado im-
portantes personajes que fueron masones y, según algunos
internacionalistas, la diplomacia guarda estrechos vínculos con
la masonería por sus características estructurales, de secretis-
mo, de socialización y de ámbito internacional.
19
Pérez Memén, El pensamiento dominicano en la Primera Repúbli-
ca (1844-1861). Santo Domingo, Secretaría de Estado de Educación,
Bellas Artes y Cultos, 1995, pp. 327-331.
20
Amadeo Julián, “La situación internacional, la crisis económica na-
cional y la misión de Mella a España, en 1854”, en Tirso Mejía-Ricart
(coordinador), La Sociedad Dominicana durante la primera Repúbli-
ca 1844-1861. Santo Domingo, Universidad Autónoma de Santo
Domingo, 1977, pp. 269-305.
299
Lucy Arraya
Las primeras gestiones diplomáticas
Las gestiones diplomáticas de la República Dominicana,
desde el surgimiento del Estado dominicano en 1844 hasta
1861, estuvieron caracterizadas por diferentes e importantes
procesos históricos, que van a incidir de manera específica en
el desarrollo de su política interna y en el manejo de sus rela-
ciones con otros países.
La República Dominicana surgió ante la comunidad inter-
nacional en 1844, gracias a la voluntad de un grupo de hombres
y mujeres decididos y entregados a la causa independentista
desde 1838, cuando plasmaron en el Juramento Trinitario, bajo
la égida de Juan Pablo Duarte y Díez, el compromiso de crear
la nueva República. La proclamación se basó en el principio de
autodeterminación de los pueblos, que ya había sido recogido
en el Congreso de Viena de 1815, cuando consagró entre otros,
los derechos fundamentales de los Estados, tales como la neu-
tralidad, la soberanía y la independencia.
Si bien es cierto que no hubo conciencia en la gran mayoría
de la población dominicana de lo que significaba conformar un
Estado como sujeto de la comunidad internacional, que tendría
derechos y deberes, al menos en teoría se pudo lograr la confor-
mación de la República, como señala Emilio Cordero Michel.21
Como consecuencia, la política exterior de la nueva Re-
pública, que según Alfred Verdross (1978), consiste en el
“conjunto de lineamientos y objetivos que se traza un Estado
en sus relaciones frente a otros Estados”,22 estuvo definida ha-
cia la búsqueda del apoyo de los Estados Unidos de América,
Inglaterra, Francia y España, ya fuera mediante el protectorado,
21
Cordero Michel, Obras Escogidas. Ensayos II, p. 132.
22
Alfred Verdross, Derecho Internacional Público. Madrid: Biblioteca
Jurídico Aguilar, 1976, p. 304.
300
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
la anexión y, en una última instancia, el reconocimiento como
Estado mediante la firma de un tratado bilateral.
El sector de los conservadores nacionales siempre aspiró a
la anexión o protectorado. Conjuntamente gestionaban y nego-
ciaban con Francia y Estados Unidos y, si tenían oportunidad,
presentaban discretamente la propuesta a España o a Inglaterra.
Dadas las rivalidades e inseguridades en las relaciones entre las
potencias, era fácil atraer el interés de cualquiera de ellas, ya
que el objetivo de las mismas era lograr el dominio y presencia
en el Caribe.
Las primeras gestiones e intentos de la República Domi-
nicana para buscar el reconocimiento internacional se hicieron
con Francia, debido a las recomendaciones del cónsul Saint
Denys, quien ya se encontraba en el país. Sin embargo, fue la
potencia que más dificultades puso al reconocimiento debido a
los temas pendientes con Haití. Nos explica Mu-Kien Adriana
Sang, que uno de los puntos más delicados, y que a su juicio
no permitieron culminar las negociaciones para la mutua repre-
sentación con Francia, fue el interés de esta nación en que la
República Dominicana asumiera parte de la deuda que habían
contraído los haitianos durante el período de dominación, com-
prendido entre 1822-1844.23
España no tenía representantes en el territorio y las infor-
maciones que recibía de la isla, las obtenía de su gobernador en
Puerto Rico, quien a su vez se informaba a través del comer-
ciante español residente en Santo Domingo, Juan Abril. Este
ciudadano español llegó también a tener una fluida comunica-
ción con Martínez de la Rosa, Ministro de Estado de España en
1845, quien era el responsable de la política exterior española,
23
Mu-Kien Sang Ben, Buenaventura Báez…, pp. 25-26.
301
Lucy Arraya
lo que facilitó un acercamiento del mencionado país con la na-
ciente República, pero no el reconocimiento.
Antes de esa fecha, España se mantuvo al margen con una
política exterior definida en base a las cuestiones políticas que
surgían en el continente europeo y a sus intereses coloniales,
en los que ponía mayor empeño. Tal fue la razón por la cual se
recibió con mucho desinterés, la misión que encabezara Buena-
ventura Báez en 1846.
A los Estados Unidos de América, fue enviado José María
Caminero con fines de abrir relaciones bilaterales, quien llegó
a Washington a finales de 1844, siendo recibido por el Secre-
tario de Estado John C. Calhoun, en enero de 1845. Tómese en
cuenta, que la comunicación era muy difícil para ese entonces,
el país tenía pocos puertos y se empleaba mucho tiempo en
un viaje de ida y vuelta de América a Europa, o cualquier otro
punto del planeta. Tanto los pasajeros como los despachos o
correspondencias que salían desde y hacia Santo Domingo, se
enviaban por vía marítima a través de Saint Thomas o de Ja-
maica hacia Londres, París y Washington.
Durante su estancia en Washington, Caminero hizo gestio-
nes para conseguir apoyo con el plenipotenciario de España en
ese país, Ángel Calderón de la Barca, (un destacado diplomáti-
co español que había servido a su gobierno en Rusia, Londres
y México), y con el cónsul de México en Nueva York, Juan de
la Granja, pero lamentablemente sus gestiones diplomáticas no
tuvieron éxito.24
No obstante, el Gobierno de los Estados Unidos fue cau-
teloso, revisó los informes de Caminero y decidió durante la
24
Luis Alfonso Escolano Giménez, “La rivalidad internacional por
la República Dominicana y el complejo proceso de su anexión a
España (1858-1865)”. (Tesis doctoral), Madrid, España, Universi-
dad de Alcalá, 2010, pp. 98-99.
302
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
presidencia de John Tyler, enviar a Santo Domingo a John
Hogan, para comprobar las condiciones del país. Cumplida la
misión, en febrero de 1847, el gobierno de Estados Unidos de-
signó como su agente comercial en Santo Domingo a Francis
Harrison, un estadounidense que conocía muy bien la situación
de los dominicanos. Más tarde, en 1848, en su lugar fue nom-
brado Jonathan Elliot.
En agosto del año 1849, el Gobierno de los Estados Unidos
designó al señor Benjamín Green como agente especial en San-
to Domingo, para proteger los intereses estadounidenses en el
país. Green era un cercano colaborador del presidente Zachary
Taylor, quien no tuvo buena aceptación del presidente Buena-
ventura Báez.
Alfonso Lockward, comenta en su obra Documentos para
la Historia de las relaciones dominico americanas, que Green
ya venía al país con ciertos prejuicios sobre Báez, y que fue
instruido especialmente para detener las negociaciones de este
con Francia, y evitar cualquier posible tratado con Inglaterra
y no ocurriera lo que pasó en Belice, donde el permiso dado a
los ingleses para la explotación de la madera había dado lugar
a que el territorio se convirtiera en una colonia británica.25 Para
Charles Hauch,26 el nombramiento de Green fue motivado por
los propósitos que tenía Gran Bretaña sobre la bahía de Sa-
maná. Los representantes estadounidenses designados en estas
calidades solo tuvieron carácter de agentes especiales y/o co-
merciales, no como cónsules acreditados formalmente, ya que
25
Alfonso Lockward, ed., Documentos para la historia de las relaciones
dominico-americanas (1837-1860). Santo Domingo, Editora Corripio,
1987, pp. 83-87.
26
Charles C. Hauch, La República Dominicana y sus relaciones ex-
teriores (1844-1882). Santo Domingo, Sociedad Dominicana de
Bibliófilos, 1996, pp. 21-59.
303
Lucy Arraya
tal acreditación habría significado el reconocimiento del Estado
dominicano.
En la misión de Buenaventura Báez a Europa en 1848, a
su arribo a Francia se encontró con serios conflictos políticos
como consecuencia del cambio de la monarquía que regía des-
de 1830, a República Francesa. La situación dilató el proceso
en París, pero al final se logró firmar con ese país el Tratado de
Amistad, Comercio y Navegación, el 22 de octubre de 1848, el
cual no fue ratificado por la parte francesa, quedando sin efecto
el mismo.
Agotadas las gestiones en Francia, la misión de Báez
continuó a Londres, donde fue recibida en el Foreign Office
(Ministerio de Relaciones Exteriores), por el canciller Lord
Palmerston, quien sería luego primer ministro británico. Al pre-
sentar las intenciones de la delegación, la Reina Victoria mostró
interés y designó a Robert Schomburgk como cónsul en Santo
Domingo, para que informara acerca de todos los detalles de la
isla. Schomburgk fue acreditado por el Gobierno dominicano
y fue uno de los cónsules con más tiempo en el país y con un
buen manejo diplomático en su misión según documentos que
cita Rodríguez Demorizi (1947).27
Fueron pocas las naciones que decidieron reconocer a la
República Dominicana como Estado independiente. Las mis-
mas luchas intestinas y los intereses de las potencias sobre el
territorio nacional cubrieron de sombras los primeros años de la
República. Países como Venezuela, Colombia y México, que ya
eran Estados soberanos, mostraron poco interés por la indepen-
dencia dominicana; solo las potencias hegemónicas lo hicieron
en el momento que consideraron favorable a sus intereses.
27
Emilio Rodríguez Demorizi, Documentos para la historia de la
República Dominicana. Santiago de los Caballeros, El Diario, 1947,
pp. 206-207.
304
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Relación de enviados de la República en busca de
reconocimiento internacional, protectorado o anexión
Fecha Nombre Destino Objetivo de Enviado por
la misión el gobierno
1844 José María Caminero Washington, En calidad de Pedro Santana
USA. representante per-
sonal del presidente
Santana
1846 - Misión a Europa. Francia Realizar gestiones Pedro Santana
1848 Encabezada por de protectorado con
Madrid,
Buenaventura Báez, los gobiernos de
España
J. Esteban Aybar y España, Francia e
Pedro A. Bobea. Londres, Inglaterra.
Inglaterra Su misión era
convencer a Francia
de establecer un
protectorado sobre
República
1853 Matías Ramón Mella Cuba Enviado a ambas Pedro Santana
Puerto Rico islas para expresar
el interés domini-
cano de lograr el
protectorado de
España.
1854 Matías Ramón Mella España Gestionar el Pedro Santana
Ministro Plenipo- reconocimiento de
tenciario y Enviado la República o del
Extraordinario Protectorado
1859 - Felipe Alfau España Conseguir protecto- Pedro Santana
1860 Bustamante rado y/o Anexión.
Fuente: Elaboración propia, siguiendo a Wenceslao Vega Wenceslao Vega Boyrie, en
La Mediación extranjera en las Guerras Dominicanas de Independencia (1849-1859).
Santo Domingo, República Dominicana, Editora Búho S.R.L. 2011. p. 44.
305
Lucy Arraya
Las misiones diplomáticas recibidas en el país
Las primeras misiones extranjeras recibidas en el país fueron
a nivel consular, cuya institución data desde la edad antigua y fue
establecida mucho antes que las misiones diplomáticas. La fun-
ción consular, que se fue fortaleciendo con el desarrollo de los
países, los intereses políticos, la actividad comercial, marítima, y
la migración de los nacionales de distintos países a otros lugares,
jugó un rol muy importante en el siglo XIX, particularmente en
la política internacional e interna de los Estados.
Los cónsules de esa época, denominados en ciertas cir-
cunstancias también como Agentes, Agentes Comerciales,
Diplomáticos, Plenipotenciarios, Representantes y en mu-
chos casos Enviados Especiales, además de gozar del estatus
y privilegios que les confería el Derecho de Gentes (o derecho
internacional) a estas misiones, tuvieron mucha incidencia en
las relaciones bilaterales de los Estados, especialmente los cón-
sules de las grandes potencias, jugaron un papel determinante
en favor de los intereses que representaban.
A pesar de que Francia no quiso reconocer la República Do-
minicana por la cuestión de Haití, mantuvo a sus representantes
en el país, ya fuera para proteger sus intereses y ciudadanos re-
sidentes, o para mantener su presencia activa en el Caribe. Así
vemos que, en 1847, Francia nombró como su representante en
el naciente Estado a Víctor Place, cuya designación fue bastan-
te cuestionada por los haitianos porque lo consideraron como
una forma de reconocimiento tácito.
A inicios de 1850, España comenzó a proyectarse con nue-
vos lineamientos en su política exterior y decidió enviar una
flota naval para investigar lo que había planteado en su mo-
mento la delegación dominicana. Ese cambio de interés por una
nueva geopolítica y por mantener a Cuba y a Puerto Rico, es lo
que permite que se logre firmar el Tratado de Reconocimiento,
306
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Paz, Amistad, Comercio, Navegación y Extradición celebra-
do entre la República Dominicana y su Majestad Católica, la
Reina de España, el 18 de febrero de 1855. Este Tratado es
el motivo de la llegada del primer cónsul de España a la Re-
pública Dominicana, Antonio María Segovia Izquierdo, que se
tratará más explícitamente por separado en el presente trabajo.
Los Estados Unidos de América no reconoció la República
Dominicana como Estado independiente durante el período de
la Primera República, pero mantuvo sus representantes como
forma de proteger sus ciudadanos e intereses. Las personas
designadas en estas calidades solo tuvieron carácter de agen-
tes especiales y/o comerciales, no como cónsules acreditados
formalmente, ya que tal acreditación habría significado el reco-
nocimiento estadounidense al Estado dominicano.
A partir de 1850 y 1851, se dio un cambio en el ambiente
diplomático nacional y en la política exterior dominicana, que
continuaba persiguiendo con el envío de sus misiones al exte-
rior, el reconocimiento y/o, en su defecto, el protectorado o la
anexión, que los conservadores consideraban necesarios para la
seguridad nacional, la cual se veía amenazada ante las invasiones
haitianas. Asimismo, se efectuaron cambios en los funcionarios
acreditados, pues el envío de representantes o agentes especiales
en ese momento respondió a cambios de política y rivalidades
entre las potencias que dominaban el escenario internacional.
Al respecto, Sumner Welles argumentó que la rivalidad la-
tente entre los europeos y los Estados Unidos, había adquirido
en los primeros años de la década de los 1850 caracteres bien
agudos, debido por un lado, a la política exterior de los Esta-
dos Unidos, que buscaba a toda costa la expansión territorial,
la hegemonía en el Caribe y el mantenimiento de la Doctrina
Monroe, que al final solo benefició a los estadounidenses.28
28
Sumner Welles, La viña de Naboth. Santiago de los Caballeros, El
Diario, 1939, pp. 127-141.
307
Lucy Arraya
Esas rivalidades entre las potencias y como trata Escolano
Giménez (2013), fueron percibidas por Pedro Santana, quien
supo jugar con ellas al manipular los distintos intereses de las
mismas en la región y manejarse en distintas aguas ante los re-
presentantes consulares, una estrategia que se denominaría en
la diplomacia moderna como “smart power”
Relación de cónsules, agentes y enviados especiales
al país durante la Primera República
Fecha Nombre del Cónsul País Enviado por el gobierno
o Agente Especial
1844 Eustache Saint Denys/ Cónsul Francia Rey Luis Felipe I de Francia.
1830-1848
1845 John Hogan /Agente Especial Estados John Tyler 1841-1845.
Unidos James Knox Polk1845-1849
1846 David Porter/Enviado Especial Estados James Knox Polk1845-1849
Unidos
1847 Victor Place/ Cónsul Francia Rey Luis Felipe I de Francia.
1830-1848
1847 Francis Harrison / Agente Estados James Knox Polk1845-1849
Comercial Unidos
Johnattan Elliot / Vice agente
1848 Johnattan Elliot / Agente Estados James Knox Polk1845-1849
Tras la muerte de Harrison Unidos
1848 Abner Burbank / Agente Estados James Knox Polk1845-1849
Comercial Unidos
1849 Benjamín E. Green / Agente Estados Zachary Taylor 1849-1850
Especial Unidos
1849 Robert Hernan Schomburgk Inglaterra Reina Victoria 1837–1901
1857 / Enviado Especial y luego
Cónsul General
1850 Eugenio Luis Lamieussens / Francia Luis Napoleón Bonaparte
Cónsul 1848-1852
1852 Mariano Torrente / Enviado en España Reina Isabel II de España.
Comisión Especial 1833-1868
308
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Fecha Nombre del Cónsul País Enviado por el gobierno
o Agente Especial
1854 William Leslie Cazneau / Estados Franklin Pierce 1853-1857
Enviado Especial por el Unidos
Secretario William Marcy
1855 Pablo José Julio Darasse / Francia Emperador Napoleón III
Cónsul 1852-1870
1855 Antonio María Segovia / España Reina Isabel II de España
Cónsul General y Encargado 1833-1868
de Negocios
1856 Jacob Pereyra Estados Franklin Pierce 1853-1857
Unidos
1857 William Leslie Cazneau / Estados Por presidente James Bucha-
Agente Especial Unidos nan, 1857-1861
1857 Juan del Castillo Jovellanos / España Reina Isabel II de España
Cónsul 1833-1868
1859 Mariano Álvarez / Cónsul España Reina Isabel II de España
1833-1868
1859 Tiburcio Faraldo / Cónsul España Reina Isabel II de España
1833-1868
Fuente: Elaboración propia. Ibídem.
Cabe señalar, que los representes consulares y/o agentes
especiales, también tenían sus pugnas entre sí, manifestando
esas mismas rivalidades de las potencias en el plano nacio-
nal. Pero de igual forma, y como señala Vega Boyrie (2011),
nuestros representantes en el exterior, con el fin de lograr el
reconocimiento, el protectorado o la anexión, se valieron en sus
misiones del chantaje y la manipulación para negociar, como lo
hizo Buenaventura Báez en Francia, que amenazó con entregar
el país a España o Gran Bretaña si los franceses no firmaban
un tratado. En sus gestiones diplomáticas, negociaban al mis-
mo tiempo con Estados Unidos, España y Francia sin el menor
decoro.
309
Lucy Arraya
Los tratados internacionales suscritos
en la Primera República
La primera Constitución de la República Dominicana,
estableció que los tratados internacionales deben ser ratifica-
dos por el Congreso Nacional, aunque, como nos señala Rosa
Campillo, algunos de ellos no se enviaron al Congreso y fueron
adoptados en el país mediante Canje de Notas Diplomáticas,
entrando no obstante en vigor, en razón de las disposiciones
que figuraban dentro de las atribuciones del Poder Ejecutivo
como rector de las relaciones internacionales de la República.29
El duodécimo párrafo del artículo 94 de la primera Cons-
titución de 1844, relativo a las atribuciones del Congreso,
estableció que:
Son atribuciones del Congreso prestar o negar su con-
sentimiento a los tratados de paz, de alianza, de amistad, de
neutralidad, de comercio y cualesquiera otros que celebre
el Poder Ejecutivo. Ningún tratado tendrá efecto sino en
virtud de la aprobación del Congreso.
Gran Bretaña fue el país con quien primero se logró
firmar un tratado de reconocimiento oficial de nuestra inde-
pendencia, en 1850. Luego, como comenta Wenceslao Vega,
siguieron otras naciones como Francia, Dinamarca, Estados
Unidos, Holanda y España. Para cada reconocimiento se nego-
ciaba un Tratado entre ambos gobiernos, que luego se firmaba
y era aprobado por los respectivos congresos. Finalmente se
29
Rosa Campillo Celado, Derecho de los tratados e índice anotado de la
colección de tratados de la República Dominicana. Santo Domingo,
Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, 1999, p. 41.
310
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
realizaba el canje de las ratificaciones con lo que el Tratado
entraba en vigencia formal.30
El tratado con los británicos constó de 10 artículos, que
implicaba el reconocimiento formal de la República Domini-
cana y regulaba los aspectos de comercio y navegación. En el
artículo 2, se convenía la absoluta libertad de los súbditos bri-
tánicos para comercializar en el territorio dominicano. Por la
parte dominicana, firmó el Tratado el Encargado de Relacio-
nes Exteriores del gobierno de Buenaventura Báez, José María
Medrano y la Reina Victoria fue representada por su Cónsul en
Santo Domingo, Sir Robert Schomburgk.
Seguido del acuerdo con Gran Bretaña, se firmó con Di-
namarca un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación,
el 17 de diciembre de 1851, mediante el cual el Rey de Di-
namarca reconoció a la República Dominicana como país
soberano. Fue suscrito por los representantes de ese país Hans
Ditmar Frederick Foddersen y Segismundo Rothschild, y por
la parte dominicana suscribió José María Medrano y Soriano,
Encargado de Relaciones Exteriores durante la presidencia de
Buenaventura Báez.
El 8 de mayo de 1852 fue firmado el Tratado de Amistad,
Comercio y Navegación con Francia, que había sido propuesto
y negociado en 1848, pero no aprobado, y mediante el cual
Francia reconoció la independencia de la República Dominica-
na, otorgándose ambos países derechos recíprocos. Fue suscrito
por los representantes José María Caminero y Ricardo Miura y
Jean François Maxime Rayband, por Francia.
El cuarto Tratado suscrito, fue con el Reino de los Países
Bajos, el 30 de noviembre de 1853, con el objeto de formalizar
las relaciones comerciales ya existentes. El Tratado fue firmado
30
Wenceslao Vega B., “El Tratado Dominico-Británico de 1850”, Clío
86, No. 194, Santo Domingo, julio-diciembre 2017, pp. 80-104.
311
Lucy Arraya
por Manuel Joaquín del Monte y Torralba, en representación
del país y por Johannes Rammelman, en representación de los
Países Bajos. En esa oportunidad, el tratado fue ratificado por
el Gobierno dominicano, pero no por el Reino de los Países
Bajos, por lo que en 1856 se procedió a suscribir de nuevo
por Buenaventura Báez y el Gobernador de Curazao, Regnad
François, siendo ratificado el 31 de octubre de 1857, y dos años
después, en 1859, se estableció la primera representación ho-
landesa en Santo Domingo.31
Con el Reino de Cerdeña se firmó el 22 de marzo de 1854,
un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, mediante el
cual las partes se comprometían a sostener una amistad y paz
perpetua, libertad de comercio, protección y exención de em-
bargo e indemnizaciones para los ciudadanos de los respectivos
países. El mismo fue rubricado en Turín Italia, por el repre-
sentante dominicano José Fontana y ratificado por Resolución
No.373 del 5 de marzo de 1855, durante el periodo presidencial
de Pedro Santana.
Los Estados Unidos cuestionaron e investigaron bastante
antes de firmar un Tratado de reconocimiento con la República
Dominicana, a pesar de que habían nombrado agentes especia-
les para que se ocuparan de sus intereses en Santo Domingo.
Enviaron también un teniente de Marina, David Porter, a es-
crudiñar la República y a que rindiera un informe detallado de
la situación dominicana. Luego de los informes, tanto de sus
agentes especiales y comerciales, los estadunidenses decidie-
ron en 1854, negociar y firmar un Tratado de reconocimiento
31
Carlos Manuel, Abaunza, 500 años de historia: el Reino de los
Países Bajos y la República Dominicana, Relaciones de migración,
comercio y diplomacia (1516-2016). Santo Domingo, Embajada del
Reino de los Países Bajos ante la República Dominicana y Haití,
2017, pp. 76-80.
312
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
entre ambos Estados, el cual no fue ratificado por el Congreso
de ese país.32
Fue en febrero de 1867, luego de la Guerra de Secesión de
los Estados Unidos (1861-1865) y de la Guerra de la Restaura-
ción en la República Dominicana (1863-1865), que se firmó el
Tratado de Amistad, Comercio, Navegación y Extradición entre
ambos países, mediante el cual se reconocen derechos recípro-
cos para sus nacionales. Fue firmado por los representantes José
Gabriel García, considerado como “el padre de la historiografía
dominicana”, Juan Ramón Fiallo y John Somers-Smith, duran-
te el Gobierno dominicano de José María Cabral y de Andrew
Johnson en los Estados Unidos.
Otros tratados que suscribió el país en la Primera República,
representaron más que un simple reconocimiento, una oportu-
nidad para formalizar y fortalecer las relaciones comerciales,
sobre todo con aquellos países que contaban con importantes
puertos para la comercialización, como el caso del Tratado de
Amistad, Comercio y Navegación suscrito en la Ciudad Libre
de Bremen en 1855, el cual fue firmado por Domingo Daniel
Pichardo, en el gobierno de Pedro Santana.
En ese mismo año de 1855, se suscribió un tratado con Es-
paña, luego de todo un proceso y gestiones diplomáticas, se
llegó a la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz, Amistad,
Comercio, Navegación y Extradición entre la República Do-
minicana y su Majestad Católica, la Reina de España, suscrito
el 18 de febrero de 1855, que entró en vigor el 19 de agosto de
1855. Al producirse la reincorporación o anexión del territorio
dominicano a España en 1861, bajo la presidencia de Pedro
Santana, dejó sin efecto el Tratado en cuestión.
32
Vega Boyrie, W. La Mediación extranjera…, p. 80.
313
Lucy Arraya
Los primeros encargados de las relaciones exteriores y la
normativa nacional para ejecutarla
En la primera Constitución dominicana, promulgada en
San Cristóbal, el 6 de noviembre de 1844, se establecieron
los lineamientos que como Estado seguiría la nueva Repúbli-
ca, acorde a los pensamientos e ideologías del momento. Esta
primera Carta Magna, sin desmeritar, tenía en sus inicios una
visión liberal y humana que duró hasta que Pedro Santana, asu-
mió como primer presidente de la República e introdujo en la
Constitución el famoso Art. 210, mediante el cual se reconocen
poderes y derechos al presidente para tomar todas las medidas
oportunas en defensa de la nación, pudiendo, en consecuencia,
dar todas las órdenes, providencias y decretos que convengan,
sin estar sujeto a responsabilidad alguna.
En cuanto a las normas internacionales, la primera Cons-
titución reconoció que las mismas están por encima de la ley
interna luego de su debida aprobación. El Art. 64, en el que se
reconocen las atribuciones al Congreso, se estableció que el
mismo podía, entre otros: “Prestar o negar su consentimiento
a los tratados de paz, de alianza, de amistad, de neutralidad, de
comercio y cualesquiera otros que celebre el Poder Ejecutivo.
Ningún tratado tendrá efecto sino en virtud de la aprobación
del Congreso”.
Respecto a los secretarios de Estado, el Art. 109 estable-
ció solamente los de: Justicia e Instrucción Pública, Interior
y Policía, Hacienda y Comercio y Guerra y Marina. Como se
observa, en la primera Constitución no fue definido el nombra-
miento de un Secretario de Relaciones Exteriores, sino que se
especificó en la misma que el presidente de la República encar-
garía las cuestiones de relaciones internacionales a cualquiera
de los cuatro secretarios designados que juzgara pertinente.
314
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Pese a que las Relaciones Exteriores quedaban al libre
albedrío de lo que considerara el presidente, a través de su Se-
cretario designado para ello, la Constitución estableció en el
Art. 134 que la Suprema Corte de Justicia, podía:
Conocer de las causas contenciosas de los Plenipo-
tenciarios o ministros extranjeros acreditados cerca del
Gobierno de la República, en los casos permitidos por el
derecho de gentes, y conforme a los tratados que se hayan
celebrado con las naciones a que pertenezcan.
Según Pablo Maríñez, la carencia, por décadas, de una Se-
cretaría de Estado de Relaciones Exteriores, significaba la poca
importancia que se le daba a estos asuntos y la debilidad del
Estado dominicano en su política exterior, la cual fue “quizás
tan débil como lo era su Estado-nación”.33
Posterior a la Constitución, y siguiendo las normativas que
internacionalmente se aplicaban en su momento a las funciones
consulares, en fecha 29 de mayo de 1857 fue promulgada la Ley
Orgánica del Servicio Consular No. 486, mediante la cual se con-
sideró regular y organizar los consulados de la República.
La referida ley estableció, entre otros considerandos: “Que
la importancia que han adquirido las relaciones internaciona-
les y el comercio de la República, exige el establecimiento de
Cónsules dominicanos en los principales puertos de las Nacio-
nes con quienes estamos ligados por medio de Tratados”. El
nombramiento de los cónsules generales, cónsules particulares
y vicecónsules de la República en el exterior quedó a cargo
33
Pablo A. Maríñez, El Gran Caribe ante los cambios internacionales
y la política exterior dominicana. Santo Domingo, Fundación Global
Democracia y Desarrollo, 2007, pp. 152-160.
315
Lucy Arraya
del Poder Ejecutivo, el cual otorgaba las letras patentes a los
cónsules designados.
Relación de Encargados del Despacho
de Relaciones Exteriores 1844-1861
NOMBRE AÑO GOBIERNO
Tomás Bobadilla y Briones 1844 – 1846 Pedro Santana
Ricardo Ramón Miura y Logroño 1846 – 1848 Pedro Santana
José María Caminero y Ferrer 1848 – 1849 Pedro Santana
Manuel Joaquín del Monte y Torralba 1849 – 1850 Buenaventura Báez
José María Medrano y Soriano 1850 – 1851 Buenaventura Báez
Juan Esteban Aybar y Bello 1851 – 1852 Buenaventura Báez
Pedro Eugenio Pelletier 1852 – 1853 Buenaventura Báez
Antonio Abad Alfau y Bustamante 1853 – 1854 Pedro Santana
Domingo de la Rocha y Angulo 1854 Pedro Santana
Juan Nepomuceno Tejera y Tejada 1854 a 1856 Pedro Santana
Miguel Labastida y Fernández 1856 Manuel Regla Mota
Félix María del Monte 1856 – 1858 Buenaventura Báez
Benigno Filomeno de Rojas 1857 – 1858 Desiderio Valverde
Vicente Antonio Reyes 1857 – 1858 Desiderio Valverde
Federico Peralta y Rodríguez 1857 – 1858 Desiderio Valverde
José María Silverio hijo 1857 – 1858 Desiderio Valverde
Pablo Domingo Pujol y Solano 1858 Desiderio Valverde
Domingo Daniel Pichardo y pros 1858 Desiderio Valverde
Felipe Dávila Fernández de Castro
1859 – 1860 Pedro Santana
y Guridi
Pedro Ricart y Torres 1860 Pedro Santana
Jacinto de Castro 1860 Pedro Santana
Fuente: Elaboración propia. Siguiendo a: Ureña, Max Henríquez “Contribución a
nuestra historia diplomática” Boletín del Archivo General de la Nación, Año LXXII,
Volumen XXXV. No. 126, Santo Domingo, República Dominicana, Enero-Abril 2010.
Págs.117-185
316
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
La situación con Haití en medio
de las gestiones diplomáticas
Posterior a la proclamación de la independencia de Repúbli-
ca Dominicana, los haitianos reaccionaron de forma negativa,
queriendo reconquistar el territorio completo de la isla. Es cier-
to, como argumentaba Emilio Cordero Michel que, al momento
del trabucazo de Matías Ramón Mella, los haitianos se retira-
ron tranquilamente, en la misma forma pacífica como habían
entrado en 1822, cuando Jean Pierre Boyer tomó la ciudad de
Santo Domingo.
Pero esa tranquilidad no duró mucho tiempo, pues los hai-
tianos no se conformaron con perder la parte oriental de la isla.
En ese sentido, llevaron a cabo cuatro campañas militares con
el objetivo de reconquistar el territorio perdido, iniciando la
primera invasión armada en marzo de 1844, dirigida por el pre-
sidente Herard y el general Pierrot, quienes fueron detenidos
por el ejército improvisado de hombres y mujeres que salieron
a defender la soberanía.
Todas las invasiones que llevaron a cabo los haitianos afec-
taron a ambos países de una forma u otra, pues se redujo el
desarrollo económico, al abandonarse el trabajo productivo en
los campos, se incurrió en enormes gastos en defensa, parti-
cularmente Haití que tuvo que preparar sus tropas y no pudo
cumplir los compromisos que tenía con Francia.
El Estado dominicano, aunque se vio obligado a sostener
una defensa con recursos que mermaron la economía nacional,
siempre estuvo dispuesto a negociar, de ahí el continuo interés
en encontrar una alternativa, que muchas veces no fue la más
atinada, como la búsqueda del protectorado o anexión en el su-
puesto de proteger a la nación.
Mientras esta situación se daba, los cónsules acreditados
en el país informaban a sus respectivos gobiernos del difícil
317
Lucy Arraya
ambiente que se vivía en la isla, y de la cantidad de asilados
que tenían en sus consulados. Algunas potencias querían ayu-
dar a lograr una tregua para poder llegar así a una negociación
mediante el procedimiento de la mediación, como fue el caso
de los británicos, que preferían mantener un status quo en el
Caribe.
Por lo antes expuesto, el Gobierno dominicano, presidido
por Manuel Jiménez hizo una solicitud formal de una media-
ción internacional, mediante nota colectiva que hizo llegar en
el mes de enero de 1849, a las potencias a través de sus re-
presentantes en el país, valga decir: Francia, Gran Bretaña y
Estados Unidos, para que de manera conjunta se buscara una
negociación, como ya se reconocía en el derecho de gentes. Los
representantes en ese momento eran Robert Schomburgk de In-
glaterra; Víctor Place de Francia y Benjamín Green de Estados
Unidos. Un año más tarde, en el gobierno de Báez, se reiteró
la solicitud de mediación a través del Encargado de Relaciones
Exteriores, Manuel Joaquín Del Monte, en febrero de 1850, en
la cual Del Monte deploraba las lamentables circunstancias,
por lo que solicitaba la mediación a fin de que se obligara a los
haitianos a firmar la paz tan necesaria para ambos Estados.34
Como refiere Carlos Federico Pérez y Pérez, pese a que
no se logró firmar el anhelado acuerdo de paz, por el interés
de Haití de conservar la integridad de la isla, tal como esta-
blecía su constitución, los intercambios entre las cancillerías
británica, francesa y estadounidense, fueron bastante intensos y
las gestiones diplomáticas para lograr de manera conjunta una
intervención fueron muy dinámicas.35 Las potencias continua-
ron con la iniciativa de la mediación y se mantuvo una relativa
34
Carlos Federico Pérez, Historia diplomática de Santo Domingo
(1492-1861), pp. 235-248.
35
Ibidem, pp. 87-117.
318
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
tregua desde 1851 a 1855, sin que se firmara algún documento
oficial de forma bilateral.36
No obstante, a lo interno del país se activaba un conflicto
político entre Báez y Santana, lo que produjo una crisis a tan
altos niveles que, los cónsules que apoyaban la mediación tu-
vieron que retirarse, sobre todo las representaciones europeas,
que sentían sus intereses afectados por las medidas económicas
de Báez, las cuales perjudicaron a los comerciantes del Cibao,
siendo esta la causa que llevó a una revolución nacional entre
1857 y 1859.
El presidente haitiano Faustino Soulouque quiso aprove-
char la situación política y la ausencia de los cónsules para
intentar invadir de nuevo la nación dominicana, pero en esta
ocasión sus propios generales decidieron derrocarlo en 1859.
Siendo sustituido por el general Geffrard, quien suspendió toda
iniciativa bélica para reconquistar la parte este de la isla, pero
no así el reconocimiento de la independencia dominicana.
De la gestión diplomática en España
a Antonio María Segovia Izquierdo
Terminando frustrada la misión diplomática de Buenaven-
tura Báez a España en 1846 como consecuencia del desinterés
de la Corona española, el 11 de diciembre de 1853, Matías Ra-
món Mella, líder de la independencia, fue enviado a Madrid
como Ministro Plenipotenciario y Enviado Extraordinario en
misión especial ante el Gobierno de España, con el objetivo
de conseguir el protectorado y, si no era posible, al menos que
lograra el reconocimiento de la independencia nacional.
36
Vega Boyrie, La Mediación extranjera…, pp. 87-117.
319
Lucy Arraya
A pesar de que Mella tenía instrucciones de Santana para
lo del protectorado o anexión, él gestionó todo lo posible en
lograr mejor el reconocimiento. Llevó consigo varias cartas de
recomendación que le había elaborado el Encargado del Despa-
cho de Relaciones exteriores “Canciller” Antonio Abad Alfau y
Bustamante al Ministro de Estado de España.
Fue una misión con muchos tropiezos, cuestionada y que le
costó a Mella su salud, pero siempre se manejó de manera po-
sitiva en sus actuaciones diplomáticas en Madrid, como señaló
Amadeus Julián que, en su misión Mella se esforzó por lograr
por lo menos el reconocimiento de la independencia y no esca-
timó esfuerzos para ello.37
Las autoridades españolas negaron la solicitud, y basa-
ron sus negativas en cálculos puramente económicos. Cita al
respecto Jaime de Jesús Domínguez (1977), que el ministro
Calderón de la Barca, en carta del 16 de marzo de 1854, ex-
presó: “España no puede conceder el Protectorado material a la
República Dominicana por la dificultad de ejercerlo y por los
gastos y seguros compromisos que le originaría. Sería prematu-
ro el reconocimiento de la República Dominicana”.38
Además, en el momento en que se llevó a cabo la misión
de Mella, España estaba en decadencia y solo le quedaban las
islas de Cuba y Puerto Rico. A pesar de la negativa, Mella abo-
gó también para que el Gobierno español nombrara agentes
diplomáticos que interponiendo su mediación contribuyesen a
37
Amadeo Julián, “La situación internacional, la crisis económica na-
cional y la misión de Mella a España en 1854”, en Tirso Mejía-Ricart
(coordinador), La Sociedad Dominicana durante la primera Repúbli-
ca 1844-1861. Santo Domingo, Editora Universidad Autónoma de
Santo Domingo, 1977, pp. 275-300.
38
Jaime Domínguez, Notas Económicas y Políticas Dominicanas sobre
el período julio 1865-julio 1886, tomo II. Santo Domingo, Editora
320
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
poner un término definitivo a la guerra con Haití. Su misión
fue continuada por el historiador y escritor Rafael María Baralt
(1810-1860), un domínico-venezolano, nacido en Venezuela
e hijo de la dominicana doña Ana Francisca Pérez, con quien
residió algunos años de su infancia en Santo Domingo y, repre-
sentó por recomendación de Matías Ramón Mella, los intereses
de la República en Madrid.39
Poco después, España cambió su política exterior hacia
el Caribe, y a juicio de algunos historiadores, como Charles
Hauch, Emilio Cordero Michel, Mu-Kien Adriana Sang Ben,
Wenceslao Vega y Luis Alfonso Escolano, entre otros, el
cambio radical en la política exterior española hacia Santo Do-
mingo, tuvo su origen en el Informe de Mariano Torrente, un
diplomático, economista y escritor español, quien llegó desde
Cuba a Santo Domingo a finales de 1852, en el barco de gue-
rra español Isabel II, con la misión secreta de entrevistarse con
los líderes políticos dominicanos, entre ellos Pedro Santana y
Buenaventura Báez. Cuenta Hauch que los líderes dominicanos
le propusieron al plenipotenciario español la anexión a Espa-
ña, propuesta que no disgustó al funcionario, quien no estaba
autorizado ni tenía poder para tomar una decisión, por lo que
lo único que pudo hacer fue aconsejar a los dominicanos que
propusieran la firma de un Tratado de Amistad y Comercio, el
cual implicaba el reconocimiento de la independencia.40
Lo cierto es que, la presencia de Torrente, no pasó desaper-
cibida entre el círculo de representantes, agentes especiales y
comerciales acreditados en el país, así como entre el grupo de
Universidad Autónoma de Santo Domingo, 1984, pp. 24-39.
39
Wenceslao Vega Boyrie, La mediación extranjera en las guerras do-
minicanas de independencia (1849-1859), pp. 82-85
40
Hauch, La República Dominicana y sus relaciones exteriores…,
pp. 105-112.
321
Lucy Arraya
españoles residentes en Santo Domingo, quienes vieron muy
bien su llegada. Torrente realizó un informe de su viaje, como
parte de la misión que le había sido encomendada por el capitán
general de Cuba, Valentín Cañedo, contentivo de datos impor-
tantes sobre la población dominicana, la situación del país con
Haití, el comercio, la economía, y las condiciones geográficas,
el cual fue muy motivador para despertar el interés de las auto-
ridades españolas.
Una vez iniciadas las gestiones de Rafael María Baralt
en representación del país, oficialmente designado, después
del regreso de Mella el 21 de noviembre de 1854, por Pedro
Santana como ministro plenipotenciario ante la Corte de Su
Majestad Isabel II, Reina de España, comenzó el proceso para
la propuesta de la firma de un tratado de reconocimiento. Cabe
resaltar que, aunque España había cambiado su política exterior
hacia el Caribe, la influencia de Baralt como filósofo, historia-
dor, periodista, filólogo y su distinguida personalidad conocida
en los altos niveles y en la Real Academia Española a la que
perteneció, como también refiere Julio Portillo (2010), permitió
la persuasión diplomática y la concretización del anhelado reco-
nocimiento que se materializó en el tratado domínico-español,
suscrito el 18 de febrero de 1855.
El Tratado redactado constó de 47 artículos, el más extenso
que España haya firmado con sus ex colonias, lo cual fue con-
firmado en una investigación realizada para la Universidad de
Sevilla, en la que se comparó el estilo y tipo de acuerdos que
España acostumbraba a suscribir con los nacientes Estados de
América Latina, como se verá en el cuadro y gráfico elaborados
para el presente trabajo.
Una vez rubricado el Tratado de Reconocimiento, Paz,
Amistad, Comercio, Navegación y Extradición entre la Re-
pública Dominicana y España, el 18 de febrero de 1855, por
los altos representantes plenipotenciarios: Rafael María Baralt
322
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
por la República Dominicana y Claudio Antón de Luzuriaga,
Ministro de Estado de su Majestad Católica, se procedió a la
ratificación ante las instancias correspondientes. Siendo el mis-
mo ratificado por el Presidente de la República Dominicana,
Pedro Santana el 9 de mayo de 1855, y por la Reina de España
el 2 de agosto de ese mismo año, y los plenipotenciarios citados
canjearon las ratificaciones el 19 de agosto en el Real Sitio de
San Lorenzo de El Escorial.
Con el interés de formalizar las relaciones bilaterales, se
procedió a designar un representante para que ejecutara dicho
Tratado y a la vez defendiera los intereses españoles en la nueva
República. En ese sentido, encontrando oportuna la ocasión, Ra-
fael María Baralt, quien conocía a Segovia Izquierdo desde los
espacios de la Real Academia de la Lengua Española, lo reco-
mendó por sus virtudes y experiencias. Dice la recomendación:
(…) no se podría encontrar hombre más propio que
éste para representar a España en Santo Domingo, pues a
su carácter dulcísimo, lleno de templanza y moderación,
une las circunstancias especialísimas de erudito, literato y
escritor muy distinguido. Anticipadamente lo recomiendo
con toda eficacia a V. E., al Gobierno y a la Nación domi-
nicana, suplicándoles me retribuyan en el buen tratamiento
que den al Señor Segovia (…).41
La designación de Antonio María Segovia se hizo mediante
Real Orden, fechada el 21 de julio de 1855, en la que se hace
constar que fue elegido por: “sus conocimientos, celo y pru-
dencia que se requiere (…)”, con el título de Cónsul General y
41
Amadeo Julián, “Rafael María Baralt. Su vida, obras y servicios
prestados a la República Dominicana”, Clío 81, No. 183, enero-junio
de 2012, p. 78.
323
Lucy Arraya
Encargado de Negocio de España en la República Dominicana,
con el sueldo de 60,000 reales anuales.
Entre la designación y la partida, Antonio María Segovia
se prepara para su viaje hacia la República Dominicana, y es
provisto de las Letras Patentes y de una Carta Credencial fecha-
da el 6 de agosto de 1855, en San Lorenzo. Documentos éstos,
que hoy día se entregan por separado, es decir, al cónsul se le
dota de letras patentes y al embajador de cartas credenciales, lo
que en aquel momento significó, que Segovia era un funciona-
rio con altos y plenos poderes que iban más allá de un simple
funcionario consular. En la Carta Credencial que se dirige al
Ministro de Relaciones Exteriores de la República Dominica-
na, se puede apreciar cuanto sigue:
324
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Exmo señor
Muy Sr. mío: S.M. la Reina mi Augusta Soberana, con
el fía de favorecer los mutuos intereses de los súbditos
españoles y dominicanos a cuyo fomento se dirige prin-
cipalmente el tratado que acaba de celebrarse entre ambas
Naciones, ha tenido a bien nombrar Cónsul General de
España en la República de Santo Domingo a Don Anto-
nio María Segovia a quien ha conferido al propio tiempo
el cargo de Encargado de Negocios del Gobierno Español
cerca del de esa República, a fin de mantener en la misma
un funcionario que a la vez que represente los intereses co-
merciales se halle revestido de un carácter diplomático y
será en uno y otro concepto de intérprete de los sentimien-
tos que animan al gobierno de S.M.
Por tanto, ruego a V.E. se sirva acoger favorablemente
a Don Antonio Mario Segovia, que tendrá la honra de dis-
poner en manos de V.E. esta carta; y espera que prestando
fe y crédito a cuanto le comunique en nombre del Gobierno
Español V.E. vale escaseara cuantos medios tienda a fa-
cilitarle el desempeño de la noble misión en beneficio de
ambas nacionalidades.
Aprovecho entre tanto la oportunidad que se me pro-
porciona para ofrecer a S.E. las seguridades de mi alta
consideración.
B.L.M. de S.M.42
Provisto Antonio María Segovia de las letras patentes, las
cartas credenciales, el original de tratado domínico-español
42
Carta credencial dirigida al ministro de Relaciones Exteriores de la
República Dominicana, de fecha 6 de agosto de 1855. Legajo: P-221,
expediente 12.211, A. G. M. R. E.
325
Lucy Arraya
debidamente ratificado por las altas Partes y de una condecora-
ción para entregar el presidente Pedro Santana, sale en el vapor
de guerra Don Álvaro de Bazán que va primero a La Habana,
Cuba, donde Segovia se encuentra con el capitán general de la
isla, José Gutiérrez de la Concha, quien le hace entrega de la
cantidad de 20.000 reales que habían sido dispuesto por la or-
denación de pagos de la Dirección Comercial, para atender los
gastos de viaje y de establecimiento del Consulado General de
España en Santo Domingo, según consta el extracto de expe-
diente de la Dirección del Ultramar, sellado con fecha del 26 de
julio de 1855, elaborado antes de su salida.43
El jueves 27 de diciembre de 1855, llegó Segovia a la ciu-
dad de Santo Domingo, luego de un viaje largo y penoso como
él mismo relata en el informe diplomático de su llegada (tenía
47 años en ese momento). Al día siguiente, se reunió con el
Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Nepomuceno Tejera y
Tejada, para presentar las copias de estilo, solicitando a la vez
el día y hora para entregar sus credenciales. La audiencia so-
lemne se fijó para el siguiente día, 29 de diciembre a las 12:00
del mediodía en la llamada Casa de Gobierno, donde fue muy
bien recibido, a pesar de que Pedro Santana no estuvo presente
ya que se encontraba en las campañas militares en contra de las
invasiones haitianas.
Los miembros del Gobierno que lo recibieron fueron: el
vicepresidente de la República, Manuel de Regla Mota; el Mi-
nistro de Interior y Policía, Miguel Labastida; el Ministro de
Justicia, Instrucción Pública y de los Asuntos Exteriores, Juan
Nepomuceno Tejera y Tejada; el Ministro de Guerra y Mari-
na, Abad Alfau; el Ministro de Hacienda y Comercio, Manuel
José Delmonte, quienes representaron los cuatros ministerios
43
Extracto de expediente de la Dirección del Ultramar, 26 de julio de
1855. Legajo P-221, expediente 12.211, A. G. M. R. E.
326
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
establecidos en la primera Constitución. Asimismo, estuvieron
presentes el presidente del Senado Consultor, Tomás Bobadilla
y el arzobispo Tomás de Portes Infante.
Luego de la presentación de sus credenciales, el agente
comercial de España en Santo Domingo, Eduardo Saint Just,
quien se encontraba en el país desde 1854 y le había recibido
en su llegada, le hace entrega de los documentos y objetos de
la agencia que desempeñaba y que entrarían entonces, a for-
mar parte de los archivos del primer consulado español. Con
respecto a los representantes acreditados en Santo Domingo,
señala Segovia en su informe diplomático que:
El Cónsul y el Canciller de Francia, el vicecónsul de
Gran Bretaña, y el Cónsul de Dinamarca se anticiparon
a visitarme, y cumplieron con igual cortesía respecto al
Comandante del Vapor. Existe además en esta capital un
agente comercial de los Estados Unidos que no se ha dado
por entendido de nuestra llegada: no doy, sin embargo,
grande importancia política a esa omisión, porque todos
me pintan al tal agente un Jonathan Elliot como hombre de
educación escasa.
Sus expresiones reflejan los prejuicios y disposiciones que
tenía con relación al representante estadounidense y de los re-
celos que existían por la expansión de este país y de las posibles
negociaciones que se gestaban entre éste y el gobierno domini-
cano. El 31 de diciembre, el Ministro de Relaciones Exteriores
le entregó dos Exequátur para las patentes de Cónsul General
y Vicecónsul, ésta última para Juan Abril, agente oficioso de
España en Santo Domingo desde 1844.
Con la entrega del Exequátur, Segovia asumió formalmen-
te su posesión de cargo el 1ro. de enero de 1856, y comenzó de
inmediato las acciones para la puesta en ejecución del tratado
327
Lucy Arraya
bilateral. En ese sentido, y amparado en una interpretación
unilateral al Artículo 7, que establecía el procedimiento para
adquirir la ciudadanía española, manda a elaborar un aviso para
la población en general, que coloca en el consulado y en el
periódico El Eco del Pueblo, en el que comunica la apertura
de la Matricula Española, que permitiría recobrar la nacionali-
dad española a aquellos ciudadanos españoles residentes en la
República Dominicana que hubiesen adquirido la nacionalidad
dominicana, así como también, otorgar la nacionalidad espa-
ñola a sus hijos mayores de edad que así lo decidiesen, aun
cuando hubiesen nacido en el territorio nacional.44
En base al referido artículo, se acercaron varios dominica-
nos a matricularse, sobre todo aquellos que eran perseguidos
y opuestos al gobierno santanista. Se dice que miles fueron
beneficiados con la prerrogativa, sin embargo, la lista de esos
matriculados no ha sido localizada aún por los historiadores
dominicanos, quienes han reconocido el hecho en los anales
dominicanos como La Matrícula de Segovia.
Ante la situación, el Ministro de Relaciones Exteriores
llamó la atención a Segovia mediante comunicación y a su-
gerencia del presidente Santana, cursó diplomáticamente una
Nota de protesta al gobierno español, pero la resistencia a su
régimen por parte de los naturalizados españoles se hizo tan
grande que, excusándose en una supuesta enfermedad, renun-
ció a su cargo el 26 de mayo de 1856, siendo sustituido por el
vicepresidente Manuel de Regla Mota.45
44
Tratado Bilateral de Paz, Amistad, Comercio, Navegación y Ex-
tradición de España con la República Dominicana y Su Majestad
Católica de 1855. Santo Domingo, Imprenta García Hermanos, 1876,
p. 4.
45
Amadeo Julián, “Rafael María Baralt...”, p. 80.
328
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
La respuesta de Segovia a los cuestionamientos y recla-
mos del Ministro de Asuntos Exteriores ante tal actitud fue la
siguiente:
Muy Sr. mío:
A la nota que V. E. me pasó en 18 de julio último relati-
va a los malos efectos que en su concepto está produciendo
la matrícula española, solo puedo responder:
1°- Que tengo reiteradas órdenes de S.M. para abrir la
matrícula, y aplicar el artículo 7 del Tratado en los términos
que lo hago, y por consiguiente no puedo ni cerrar ni sus-
penderla, sino por orden de S.M.
2°- Que es extraño desdeño al Gobierno dominicano el
único medio legal, ó por mejor decir posible de conseguir
su objeto, y quiera al mismo tiempo exigir de mí que falte
a mis deberes.
3°- Que los temores de grandes catástrofes que se apa-
rentan en dicha nota, se ve por el tiempo transcurrido eran
infundados.
4°- Que muchos de los hechos asentados en dicha nota
son inexactos; inexactitud que debe evitarse en la corres-
pondencia oficial.
5°- Que he dado cuenta de todo a S. M. y espero su
superior resolución.
Dios guarde a V.E. muchos años.
Santo Domingo, 8 de agosto de 1856.
A. M. Segovia
329
Lucy Arraya
El escritor y periodista dominicano Alejandro Angulo Gu-
ridi, en su periódico La República, fundado en 1856, expresó
su opinión de inconformidad con respecto a Segovia y escribe:
Lo que a nosotros y a todo el pueblo dominicano in-
teresa, es examinar si el representante de España en esta
República usa el Art. 7° conforme a su natural sentido, o
apartándose de él. Esto y nada más hemos dicho nosotros,
y al hacerlo estábamos en nuestro derecho como hombres
libres e independientes del trono español, como ciudada-
nos dominicanos que tenemos un derecho incuestionable
a ejercitar la libertad de nuestro pensamiento dentro del
círculo que nos señalan la Constitución y las leyes del
país…
Asimismo, Andrés Blanco Díaz (2006), recoge en Alejandro
Angulo Guridi; Obras escogidas; Ensayos, sus publicaciones
en torno a la matrícula, comenzaba de esta manera:
Convienen ambas partes contratantes en que aquellos
españoles que, por cualquier motivo, hayan residido en la
República Dominicana leca.” —Hagamos alto aquí—. Es
incuestionable que en la voz españoles alude en este caso
a aquellos individuos nacidos en la Península Ibérica o en
los demás dominios de S. M. C, que hayan venido a domi-
ciliarse en este territorio: y la razón es obvia. En la política,
así como en otras ciencias, hay voces de un significado tan
fijo que no admiten otro fuera del que le atribuyen los inte-
ligentes a la primera impresión. Así, pues, españoles, en el
artículo 7° significa los miembros de una de las dos asocia-
ciones civiles que contratan, en contraposición de los de la
otra, es decir, se emplea esa voz para diferenciar a aquellos
políticamente, de los ciudadanos dominicanos.
330
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Generalmente (antes de la matrícula) los dominicanos,
por un impulso casi indeliberado, se decían españoles para
diferenciarse de los haitianos cuyo idioma es el francés; pero
cuando por medio de su gobierno han concluido tratados con
Inglaterra, Francia, Cerdeña, Dinamarca &e., se han llamado
dominicanos, que es el nombre político que les corresponde,
el único que en sus relaciones internacionales puede distin-
guirlos de los súbditos y ciudadanos de otras asociaciones.
Y de todo esto se deduce racionalmente, que española, en
el caso ocurrido, no es, no debe ni puede ser una palabra
comprensiva de esta otra —dominicanos—, porque eso,
que no pasaría de ser un absurdo moral y políticamente ha-
blando, cuando más y mucho ameritaría el que dijéramos
que el gobierno de S. M. C. se ha contradicho muy de bulto
en ese tratado, porque después de reconocer a la República
Dominicana en el Art. 2° como nación libre, soberana e inde-
pendiente, en el 7° usó la palabra españoles con el designio
de que por ella se comprendiese a la familia que constituye
la soberanía de esa nación; o en otros términos a la naciona-
lidad libre e independiente con la cual trató S. M. C…
Angulo Guridi, intelectual con estudios de derecho en la
Universidad de La Habana, Cuba, quien presentaba de forma co-
rrecta, para la época, los argumentos jurídicos que indicaban las
normas internacionales, hace la siguiente interpretación del re-
presentante de España con respecto al artículo 7, planteando que:
(…) El Art. 7° está en oposición con las leyes interna-
cionales, 1° porque habiendo creído el gobierno dominicano
que el Sr. Encargado de Negocios de S. M. C., violentaba
el natural sentido del Art. 7° era necesario que para poder
continuar abierta la matrícula precediera una aclaración
sobre el particular, hecha por mutuo acuerdo de ambas
331
Lucy Arraya
partes contratantes; 2° porque aquel Señor, cumpliendo con
lo que es un deber en tales casos, anunció oficialmente que
la matrícula quedaba en suspenso respecto de los ciudadanos
dominicanos que “podrían juzgar conforme a su interés y a
su derecho el recobrar la nacionalidad española confesando
al mismo tiempo, según sus propias palabras, que las dudas
suscitadas por el gobierno dominicano “solo pueden resol-
verse por mutuo acuerdo de ambos gobiernos”; 3° por que el
Presidente de la República nombró un Enviado Extraordina-
rio cerca de la Corte de España para arreglar esa dificultad,
y por tanto, la matrícula no ha debido abrirse de nuevo hasta
que ese arreglo no tuviera lugar, y esto sólo en el caso de que
resultara a favor de la opinión del Sr. Cónsul de S. M. C. …
La República
19 y 26 de agosto; 2 y 30 de septiembre de 1856.
Es evidente que Guridi fue un defensor de los intereses
nacionales, pero hay que señalar que también en un principio
estuvo parcializado a favor de Pedro Santana. La historiadora
Carmen Durán, en el prólogo a la edición de Andrés Blanco Díaz
sobre Alejandro Angulo Guridi, comenta al respecto: “Los once
años que van desde 1852 (fecha de su regreso) hasta 1863 (cuan-
do sale del país), fueron de fragua en el debate de las ideas y en
los acontecimientos que protagonizaban liberales y conservado-
res. Angulo Guridi toma posición frente a estos acontecimientos
y se involucra activamente, expresando su admiración por Pedro
Santana, admiración que supera años más tarde. Define al mar-
qués de las carreras como un hombre de algunas inspiraciones
felices, no pasaba de ser un hatero sin instrucción (…).46
46
Alejandro Angulo Guridi. Obras escogidas. 1 Ensayos. Andrés Blan-
co Díaz (Editor). Santo Domingo, Archivo General de la Nación,
2006, p. 11.
332
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Lo cierto es que esta situación conllevó a una lucha po-
lítica interna, y a unas tensas relaciones entre Angulo Guridi
y Antonio María Segovia, quién se desempeñó en su país
también como periodista, y colaboró para distintos periódi-
cos tales como: El Semanario Crítico, El Tiempo, El Correo,
El Jorobado, El Entreacto y el Semanario Pintoresco, entre
otros, en los que utilizaba el seudónimo de El estudiante y El
Cócora.
La reacción de Segovia a las publicaciones de Angulo Gu-
ridi en el periódico La República, fue la de escribir al Ministro
de Interior y Policía encargado de las Relaciones Exteriores, en
los términos siguientes:
Excmo. Sr.
Muy señor mío: El periódico titulado “La República”
que sale a la luz semanalmente en esta capital ha emprendi-
do desde su prospecto, y continuado en todos sus números,
un sistema obstinado de detracción contra España, y seña-
ladamente contra mi persona, que puede traer gravísimas
consecuencias, y que sobre todo, desnaturaliza uno de los
más importantes derechos políticos, abusando de la liber-
tad de imprenta.
Dejando a la consideración de V.E. el mirar si es con-
veniente que semejante papel salga de una imprenta oficial;
dejando también á su rectitud y buen juicio las medidas
que se parezcan oportunas y legales para impedir ó neutra-
lizar esos injustos ataques contra una potencia amiga y su
representante, lo que ahora me toca es acudir al gobierno
dominicano, no debiéndolo hacer personalmente a los tri-
bunales, para suplicarle se sirva, con arreglo al artículo 29
de la ley de imprenta, excitar al Sr. Fiscal ó denunciar de
333
Lucy Arraya
oficio los artículos y frases en que el periódico “La Repú-
blica” me ha calumniado y desacreditado …[ ]47
Segovia en esa comunicación indica las calumnias hechas
contra su persona en el diario La República, argumenta que
ha actuado por instrucciones de su gobierno y niega toda in-
tervención en los asuntos internos del Estado dominicano. Esa
comunicación con fecha 6 de septiembre de 1856, no le fue
contestada, por lo que el 13 de septiembre, es decir, 8 días des-
pués, él vuelve a reiterar con otra comunicación al Ministro de
Asuntos Exteriores, cuanto sigue:
Excmo. Sr.
Muy Sr, mío: Hace ocho Días que tuve la honra de diri-
girle a V.E. suplicándole diese las disposiciones necesarias
para dar curso á mi denuncia de ciertos escritos publicados
en el periódico “La República”. Ruego a V.E. cuan encare-
cidamente puedo me favorezca con una contestación y no
retarde así por más tiempo una justicia que me es debida.
Dios guarde á V.E. muchos años.
Santo Domingo 13 de setiembre de 1856.
Antonio María Segovia
Excmo. Sr. Ministro del Interior y Policía Encargado
de las Relaciones Exteriores.
En octubre de ese mismo año, Segovia pide al Primer Se-
cretario de Estado licencia médica para trasladarse a Europa
por cuestiones de salud, ya se le había concedido una licencia
el 4 de agosto de 1856, atendiendo a una solicitud que hizo
47
Carta de Antonio María Segovia al Ministro de Interior y Policía en-
cargado de las Relaciones Exteriores, del 16 de septiembre de 1856.
Legajo P-221, expediente 12.211, A. G. M. R. E.
334
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
desde Puerto Rico en el mes de mayo, cuando retornaba de su
encuentro con Báez en Saint Thomas. En esta ocasión solicita
seis meses para recuperarse de su quebranto e informa que de-
jará la legación al frente de Vicente Herrero de Tejada y no de
Juan Abril, porque de él tenía sus reservas, pero ambos tenían
las mismas calidades de vicecónsules. La licencia le fue conce-
dida por poco tiempo para que llegara a aclarar cientos asuntos
ante la Corte en Madrid.
335
Lucy Arraya
Segovia regresa al país cuando ya Báez está en el poder, y
trata de restablecer de nuevo la matrícula, pero ya con autori-
zación del nuevo Gobierno al que le presenta una propuesta y
llamado a consulta para revisar el Tratado bilateral. En dicha
propuesta, plantea los siguientes puntos:
(…) 1°. Todo súbdito español que haya sufrido pena
personal no impuesta por tribunales constitucionales y
después de observadas los tramites de la ley, debe ser de-
clarado inocente por en descimentó oficial y público capaz
de desvanecer el descredito consecuencia de la pena. Si
esta hubiese sido la pena capital, se rehabilitará también la
memoria del difunto de una mano más análoga.
2°. Los bienes muebles o inmuebles o cualquier ar-
tículo de propiedad personal, que por aquel tratamiento
arbitrario o por consecuencia de el hayan sido confiscados,
secuestradas, embargadas, ocupadas, insufladas, detenidas
o destruidas, deberán saber restituye con sus rentas y pro-
ductos y abono de deterioros o desperfecto. En los caos en
que esta restitución fuere imposible de abonaran los valo-
res en capital e intereses según justa tasación.
3°. Los daños y perjuicios efectivos y debidamente
probados y apreciados se abonarán también a los españo-
les que la hayan sufrido por resultas de pensión, deterioro,
confinamiento o persecución justa (…).
Con estos tres párrafos, Segovia pretendía poder proteger
a los ciudadanos españoles ante cualquier injusticia por par-
te del Gobierno dominicano y defenderlos, asimismo, de toda
persona que estuviera violentando claramente sus respectivos
derechos. Con este posible rol asumido, demostraba “su ver-
dadera responsabilidad y función consular”, pero en verdad,
era una política exterior con la que España buscaba afirmar su
336
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
estatuto de gran potencia con capacidad para intervenir en de-
fensa de sus ciudadanos o súbditos, y de obtener las debidas
reparaciones.
Lastimosamente, la iniciativa de modificación al tratado no
se concretizó a su favor, y la situación ya estaba muy crítica,
pues, las quejas continuaban en medio de la persecución que
Báez instaló contra los oponentes de Segovia, como fue el caso
de Angulo Guridi que tuvo que salir del país. Asimismo, como
resultado de las acciones y del rechazo de los propios cónsules
acreditados en el país en contra de Segovia, quienes considera-
ron incorrectas algunas propuestas del representante español al
Gobierno dominicano; en las que cabe mencionar la firma de
un protectorado con España y la modificación a los límites de
la frontera con Haití, por iniciativa propia, el 13 de diciembre
de 1856, mediante Real Orden, se declara cesante a Segovia de
sus funciones como Cónsul General y Encargado de Negocios
de España en la República Dominicana.
En España, el representante dominicano Rafael María
Baralt resultó perjudicado, pues, al haber dado en base a su
consulta solicitada al Gobierno español sobre el artículo 7, una
opinión contraria a la de Segovia en torno a la matriculación de
los españoles, el ministro de asuntos exteriores de la República
Dominicana, Félix María Delmonte, comunicó el 7 de enero de
1857 a dicho Gobierno, que Baralt quedaba destituido de sus
funciones como representante de la República.48
El 2 de marzo de 1857, Antonio María Segovia partió de
regreso a España, en el vapor Blasco de Garay, vía Santiago
de Cuba, según consta la comunicación de fecha 5 de marzo de
1857, del encargado interino del Consulado General, Vicente
Herreros de Tejada.
48
Amadeo Julián, “Rafael María Baralt...”, p. 81.
337
Lucy Arraya
A su salida de Santo Domingo, continuaron los cuestiona-
mientos a la forma intervencionista con que el cónsul se manejó
en los asuntos internos, algo que como se sabe, no es permitido
dentro de las formalidades diplomáticas. Asimismo, los efectos
de la matrícula siguieron teniendo impacto por muchos años, y
en ese sentido, surgen dos preguntas:
1. ¿Era un interés geopolítico de España lograr la hegemo-
nía en el país mediante el tratado? Si se hace una revisión de
los Tratados de Reconocimiento, Paz y Amistad que España
suscribió con algunos países de la región, localizados en sus
respectivos archivos nacionales, vemos que el firmado con la
República Dominicana, abarcó más temas y, por consiguiente,
fue el más extenso.
Los temas que se incluyeron en el texto del citado docu-
mento fueron los relativos a nacionalidad, a garantías de un
trato equitativo y justo a los nacionales españoles que se que-
daran residiendo en el país, solución de conflictos, extradición
y actividades vinculadas al comercio y el transporte marítimo.
En los Arts. 5, 6, 7 y 8 del referido Tratado, se fortalecen los
derechos de los españoles en la República Dominicana, tales
como propiedad, justicia, adquisición de bienes y protección
de los mismos, siendo el más aplicado de estos artículos el No.
7, que establecía el procedimiento para adquirir la ciudadanía
española.
Así se puede contemplar en el siguiente cuadro compara-
tivo, en el que se seleccionaron 6 países de distintas regiones
de América de América Latina, tales como: México, Chile, Ve-
nezuela, Nicaragua, El Salvador y Paraguay, para establecer
diferencias con la República Dominicana, de manera que, se
tenga una idea de qué pasaba en cada región y cómo España se
manejó en distintas circunstancias y épocas.
338
Cuadro comparativo de los Tratados de reconocimiento de Estado
suscritos por España con algunas nuevas naciones
TRATADOS
TEMAS México Chile Venezuela Nicaragua República El Salvador Paraguay
1836 1844 1845 1850 Dominicana 1865 1880
1855
Reconocimiento de Estado, amistad y respeto mutuo. Parte inicial Parte Inicial Parte inicial Parte inicial Parte inicial Parte inicial Parte inicial
Art. 1 y art. 1 y Art. 2 Art. 1 y 2 Arts. 1, 2, 3 y 4. Art. 1 Art.1
Amnistía general y olvido de todo de agravios. Art. 2 Art. 2 Art. 3 Art. 3 Art. 2
Derechos civiles: establecimiento, protección e Art. 3 y 6 Arts. 3 y 8. Art. 4 Art. 4 y 10 Arts. 5, 6, 7 y 8. Art. 3, 6 y 7.
igualdad de justicia para los ciudadanos españoles
en las nuevas Repúblicas.
Sobre Nacionalidad Art. 7 Art. 13 Art. 9 Art. 7
Asuntos religiosos Art. 9
Asuntos militares Art. 6 Art. 9 Art. 14. Art. 11 Art. 10 Art. 8
Comercio y Navegación. Arts. 11, 12, 13, 14,
15, 16, 17, 18, y 19
Beneficios mutuos en base a la nación más favorecida Art. 5 Art. 16 Art. 12 y 13 Art. 9 Art. 3
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
339
TRATADOS
340
TEMAS México Chile Venezuela Nicaragua República El Salvador Paraguay
1836 1844 1845 1850 Dominicana 1865 1880
1855
Sobre la firma posterior de un acuerdo específico de Art. 12 Art. 3
comercio y navegación.
Sobre pago de deudas: consolidación Art. 7 Arts. 4 y 5 Art. 5 Art. 5 y 6. Art. 4
y arreglo.
Devolución o restitución de bienes. Art. 6. Art. 7 Art. 5
Sobre indemnización de bienes, proceso del mismo y Arts. 7, 8, 9 Art. 7 y 8. Art. 6
reclamación. y 10
Regulación de Buques, Marina, Puertos, guerra y Arts. 20, 21, 22, 23,
armamentos. 2 4 , 2 5 , 2 6 , 27, 28,
29, 34, 35 y 36
Lucy Arraya
Agentes diplomáticos. Sobre el establecimiento de Art. 11 Art. 17 y 18. Art. 14 Arts. 30, 31, 32, 39 Art. 10 Art. 2
Consulados y nombramiento de Cónsules. Régimen de y 40.
Inmunidades y privilegios.
Sobre los Bienes y Herencia de los españoles en Art. 6 Art. 18 Art. 15 Art. 33
las nuevas Repúblicas.
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Como se puede observar en una fila se escribieron los temas
que contienen los distintos tratados, mucho de los cuales no son
tocados en los tratados suscritos con otros países, es decir, que
hay diferencias en entre ellos, y todos tienen números de artícu-
los distintos. Sobre el particular, algunos autores dominicanos
como Emilio Rodríguez Demorizi y Carlos Federico Pérez y
Pérez, llaman la atención sobre este tema, pero profundizan en
las causas de la extensión para el caso dominicano.
Lo que sí se ha interpretado en la historiografía dominicana
es el interés de España por conservar sus posesiones. En ese sen-
tido, se puede leer en el caso de México, con el Tratado de Paz y
Amistad de 1836, reconocía a México (Artículo 1), como “Vecino
libre, soberano e independiente...”, pero se le agregó un artículo
secreto mediante el cual el Estado Mexicano se comprometía:
(…) a impedir en sus respectivos territorios y pose-
siones toda maquinación contra la seguridad interior y
exterior de los dominios de España o de algunos o alguno
de ellos y toda cooperación o ayuda a naciones, gobiernos
o personas que puedan hallarse en guerra contra ella, o se
dirijan a promover o fomentar hostilidades, insurrecciones
u otros daños contra la misma; sin embargo el Gobierno
Mexicano, deseando dar un testimonio expreso de su deci-
dida disposición a cumplir y hacer cumplir religiosamente
la expresada obligación, y atendida la proximidad en que
se hallan situadas respecto a las costas de México varias
de las posesiones ultramarinas españolas, promete impedir
y reprimir con la mayor eficacia, en cuanto le sea dable,
todo acto de los sobredichos que se dirija contra ellas o
contra alguna de ellas, o contra otro u otros de los dominios
españoles; y se obliga además a que en el caso de que se
hubieren introducido o se introdujeren en territorio mexica-
no alguna o algunas personas que en cualquiera de dichas
341
Lucy Arraya
posesiones hayan excitado, promovido o fomentado, o
intenten excitar, promover o fomentar conmociones o intri-
gas con objeto de sustraerlas de la felicidad y obediencia al
Gobierno de S. M. Católica (…).49
El citado artículo, fue una forma de España asegurar sus
posesiones en América ante la política exterior de expansión de
los Estados Unidos, en respuesta también a la Doctrina Monroe
y ante los intereses de otras potencias como Francia e Inglate-
rra, con las cuales mantenían rivalidades.
En el Tratado que España suscribió en 1850 con Nicaragua,
el país ibérico renunciaba para siempre a su antigua soberanía,
derechos y acciones que le correspondían sobre el territorio
americano, situado entre el mar Atlántico y el Pacífico, con
sus islas adyacentes, conocido antes bajo la denominación
de provincia de Nicaragua y sobre los demás territorios que
se hubiesen incorporado a dicha República. (Artículo I), re-
conociendo como nación libre, soberana e independiente a la
República de Nicaragua. Sin embargo, entre 1856 y 1857, este
país fue ocupado por el “ejército” filibustero estadounidense,
provocando una guerra regional, que en Costa Rica fue llamada
Guerra Patria y abarcó todo el istmo centroamericano.
Con El Salvador se realiza el mismo tipo de tratado en 1865,
fecha en que la República Dominicana terminaba la Guerra de
la Restauración que puso fin a la Anexión a España, y dicho
tratado fue igual a los anteriores, pero en 1885 se firmó un Tra-
tado adicional que especifica lo relativo a la ciudadanía de los
españoles residentes en El Salvador y sus descendientes.50
49
Tratado de Paz y Amistad entre España y México de 1836. Ministerio
de Relaciones Exteriores de México.
50
Tratado de Paz y Amistad entre El Salvador y España de 1865. A. G.
Relaciones Exteriores de El Salvador.
342
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
En el tratado con Chile, suscrito en 1844, contentivo de
14 artículos siguió el mismo formato y cabe resaltar que en el
Art. 9, se estableció cuanto sigue: “(…) los ciudadanos chile-
nos no estarán sujetos, ni los españoles en el territorio de Chile,
al servicio del ejército o armada, ni en la milicia nacional...”
Sobre el tratado suscrito con Venezuela en 1845, redactado en
20 artículos, en los cuales se tratan los temas básicos comu-
nes a los anteriores: nacionalidad, olvido y amnistía general
para ambos ciudadanos, representación diplomática, comercio
y navegación, deuda, entre otros, ´pero posterior a la firma del
Tratado venezolano-español, se hizo un Convenio de Prórroga
al Art.13, en el que se declaraba:
(…) Que las inscripciones de españoles oriundos de
los actuales dominios de España, que resulten hechas en
los registros de la Legación o Consulado de España, desde
el 22 de junio de 1847, hasta el 22 de febrero de 1848,
serán consideradas y admitidas por el Gobierno de Vene-
zuela en los mismos términos y para los mismos efectos
que las inscripciones de la misma especie registradas den-
tro del año, que para ello se señaló en el propio artículo 13
de Tratado (...).
En el caso de la República del Paraguay, España, firmó
este Tratado el 10 de septiembre de 1880 en Buenos Aires,
Argentina, el cual establecía las bases para un acuerdo de paz
y amistad inviolables, y el envío por ambos países de repre-
sentantes diplomáticos, cónsules generales, vicecónsules y
Agentes Consulares. Del mismo modo, de acuerdo al Artículo
3, ambas partes contratantes convenían en concederle mutua-
mente el trato de la nación más favorecida en todo lo relativo a
su comercio, aranceles de aduanas, garantías de sus marcas de
fábrica y derechos civiles de sus súbditos respectivos.
343
Lucy Arraya
Es de observarse en los Tratados citados, que el tema de la
nacionalidad fue muy importante para España, como una forma
de garantizar tanto sus intereses y la de sus ciudadanos en el
exterior. A manera de ilustración, el siguiente grafico hace una
muestra en base al número de artículos:
Fuente: Elaboración propia
En resumen, España utilizó una estrategia y formatos simila-
res al momento de firmar Tratados de Reconocimiento con sus ex
colonias, en los que incluía cláusulas específicas de condonación
de la deuda, ciudadanía, comercio mutuo y establecimiento de
relaciones diplomáticas y consulares, entre otros que salvaguar-
darán sus intereses, como bien pretendió hacer Antonio María
Segovia a favor de su Gobierno, además, de que conocía muy
bien de las políticas expansionistas de los Estados Unidos y de
las acciones de los filibusteros en New Orleans, donde fue acre-
ditado como cónsul el 8 de abril de 1854, es decir, su penúltima
misión antes de llegar a la República Dominicana.
344
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Cabe señalar, que, en el primer informe diplomático de Se-
govia al Primer Secretario de Estado, en fecha 1ro. de enero de
1856, él llama la atención sobre la forma en que los gobernan-
tes de la República prometían sus acercamientos a España, que
dada la inseguridad y la falta de credibilidad en la existencia de
un Estado, se interpreta su valoración como oportunidad para
futuras alianzas a los objetivos de su “misión”, por eso escribe
de esta forma: “(…) todos me informan y yo mismo observo
que en este país hay grandes simpatías por España, las miras
que cada cual se proponga, y su mayor o menor adhesión per-
sonal a nuestra alianza serán objeto de mi observación futura,
y de las comunicaciones que en lo sucesivo tendrá la honra de
dirigir a vuestra excelencia (…)”.
Con relación al Tratado bilateral en cuestión, para 1861,
al solicitar las autoridades dominicanas a la Reina la reincor-
poración a España de los territorios ocupados por la República
Dominicana, por lo que al producirse la Anexión este Tratado
quedó sin efecto. Luego de finalizar la Guerra de la Restaura-
ción en 1865, se firma un nuevo Tratado con España en 1874
que va a renovar el tratado de 1855 y, en 1952 se suscribe un
Protocolo a dicho Tratado con España, casi un siglo después,
entre los presidentes de ambas naciones, que en ese momen-
to eran: Rafael Leónidas Trujillo Molina y Francisco Franco
Bahamonde.
2.¿Quién era Antonio María Segovia Izquierdo? La hoja de
servicios de Antonio María Segovia, escrita de su puño y letra
en agosto de 1855, luego de su nombramiento, con el propósito
de que se le expidiera una certificación posterior, dice que tuvo
las funciones que constan en el siguiente cuadro:
345
346
Destinos asignados por Sueldos Fechas de Designación Fechas de Toma de Fechas de las Cesaciones
el Ministerio de Estado Reales posesión
Cónsul de S.M. en Singapur 80.000 26 de abril de 1844, por 5 de septiembre de 1845 14 de mayo de 1852
Real Orden
Cónsul de S.M. en el Havre de 80.000 14 de mayo de 1852, por 1 de septiembre de 1852 30 de noviembre de 1853
Gracia, Francia Real Orden
Cónsul de S.M. en Nueva Ninguno* 11 de diciembre de 1853, 20 de abril de 1854 15 de marzo de 1855
Orleans por Real Orden
Comisario Regio de los Santos Ninguno* 21 de noviembre de 1854, Sin efecto
Lugares de S.M. y Cónsul de por Real Orden
S. M., en Jerusalén.
Lucy Arraya
Cónsul General y Encargado 60.000 21 de julio de 1855, por 1 de enero d 1856 13 de diciembre de 1856
de Negocios en la República Real Orden
Dominicana
Fuente: Elaboración propia siguiendo la hoja de vida preparada por el propio Antonio María Segovia.
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
Como se puede observar en el cuadro, Segovia tuvo cuatro
designaciones diplomáticas, pero en el caso del destino a los
Santos Lugares en Jerusalén, este traslado no se logró efectuar
porque en el proceso de espera de sus credenciales y patente,
le fue asignado el cargo de Cónsul General y Encargado de
Negocios en la República Dominicana, función sugerida y re-
comendada, como se mencionó más arriba, por Rafael María
Baralt, quien basó la misma en su experiencia diplomática. En
la columna de los sueldos en reales, como se puede apreciar,
dos designaciones indican que no percibió sueldos por las fun-
ciones indicadas en la primera columna a la izquierda, por los
motivos que refleja el propio Segovia en una comunicación de
fecha 8 de enero de 1855, dirigida al Ministro de Estado, Encar-
gado de los Despachos de Ultramar.
Resulta curioso que, en la citada comunicación Segovia re-
clamaba el pago correspondiente a sus funciones y el descuento
que se le había hecho de 2,000 reales que le habían sido entre-
gados en La Habana, a donde arribó primero antes de llegar al
puerto en New Orleans. Según argumenta al ministro: “en todo
ese tiempo estuve cubriendo de mis propios bolsillos los gastos
de representación y personales (…)”.51
Del Despacho de Ultramar, se le justificó a Segovia el
porqué de la falta del pago establecido, el cual se debió a que
salió sin esperar la patente consular. Asimismo, en la respues-
ta que se le cursa, se le acusa sutilmente de haber usado el
dinero obtenido por legalizaciones y servicios consulares. Es-
tas expresiones, bien entendidas por Segovia, le molestan y
escribe a S. M. la Reina en la siguiente forma: me es difícil
presentar a V.E. el amargo sentimiento con que vi en dicha
comunicación calificada de abuso aquella concesión o a lo
51
Carta de Antonio María Segovia al Ministro de Estado, del 8 de enero
de 1855. Legajo P-221, expediente 12.211, A. G. M. R. E.
347
Lucy Arraya
menos la solicitud que la motivó y de abuso inconcebible y
digno de represiones. No habiendo jamás recibido en mi larga
carrera la menor señal de desaprobación ni del gobierno de
S.M. ni de mis jefes; teniendo además en mi favor el testimo-
nio de mi conciencia (…).52
Con respecto a la designación a los Santos Lugares de Je-
rusalén, pese a la Real Orden, él no llegó viajar, por tanto, no
tomó posesión y quedó sin efecto. Además de las designaciones
oficiales indicadas en el cuadro, Segovia fue instruido por su
Gobierno para Comisiones Especiales por el mismo Ministro
de Estado, de las que podemos señalar y según consta en su
hoja de vida: 1) Comisión reservada para pasar desde Singapur
a Java, a fin de examinar los archivos holandeses y deducir de
ellos los límites de las posiciones españolas en aquellos mares;
2) Comisión conferida por Real Orden de 1851, para ir a re-
presentar a España en el Congreso Sanitario celebrado en París
entre doce potencias europeas; y 3) Comisión particular y re-
servada conferida por orden verbal, y que se declaró terminada
por aprobación de S.M., entre otras.
Antonio María Segovia prestó servicios también a su
Gobierno en otros ministerios tales como: Oficial 2° de la Se-
cretaría de la Intendencia de Policía de Córdoba nombrado por
la Superintendente General; Escribiente auxiliar de la Contadu-
ría principal de la Provincia de Córdoba y, bibliotecario de la
Biblioteca Nacional en la Corte por Real nombramiento.
Pero, la carrera diplomática la inicia el 26 de abril de 1844,
justamente cuando en la República Dominicana apenas se con-
taban con casi dos meses de la independencia nacional, y su
última misión como cónsul de España, fue precisamente en el
territorio dominicano. Durante su vida diplomática, como lo
52
Carta de Antonio María Segovia a S. M. La Reina. Legajo P-221, ex-
pediente 12.211, A. G. Ministerio de Relaciones Exteriores
348
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
narra María Luisa González Molleda (1963) recibió numero-
sas condecoraciones, entre ellas la del Mendjdieh de segunda
clase, concedida por el gobierno de S.M. el sultán, que recibió
en Constantinopla el año 1866, como delegado de España en la
Conferencia Sanitaria Internacional allí celebrada. Fue también
nombrado Comendador del Sol, de Persia, por los servicios
prestados en Constantinopla; recibió las insignias de Caballero
supernumerario de la Real distinguida Orden de Carlos III, por
decreto del 5 de marzo de 1844; Caballero de la Legión de Ho-
nor de Francia, por decreto del 29 de octubre de 1847; Oficial
de dicha Orden de la Legión de Honor, por decreto del 15 de
enero de1852; Comendador de la Real Orden de Isabel la Cató-
lica, por Real decreto del 29 de junio de 1852.53
En cuanto a su vida personal, se han encontrado infor-
maciones a través de sus familiares que las han publicado,
particularmente su nieto Eduardo Segovia, conocido escritor
español. En las correspondencias revisadas de los archivos
consultados, no se encontró mención de su esposa e hijos, pero
en trabajos de investigación sobre literatura española y en la
página de la Real Academia Española, se han podido localizar
algunos datos.
Antonio María Segovia e Izquierdo, nació el día miérco-
les 29 de junio de 1808, en la ciudad de Madrid (madrileño),
bautizado como católico, apostólico y romano en la parro-
quia San Andrés. Su padre, Fernando Segovia, era doctor en
filosofía y leyes, graduado en la Universidad de Granada;
fue relator del Tribunal Supremo de Justicia como lo sería
posteriormente su hijo. En 1820, ingresó en la Academia de
53
María Luisa González Molleda, “Antonio María Segovia”, Revista de
Literatura, julio 1 de 1963, no. 24, 27, p. 101. Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC), 2004.
349
Lucy Arraya
Cadetes de guardia de Infantería, donde se distinguió singular-
mente, pero en 1822, renuncio a la carrera militar.54
El 7 de septiembre de 1833 contrajo matrimonio con Ana
Cabañero y Retamosa, una joven oriunda de Granada, con quien
procreó cuatro hijos: Antonio María, Carlos María, Eugenio
María y Federico María. (todos con María como su padre). Su
contextura física, la describe María Luisa González Molleda
(1963), como: “un hombre alto y enjuto de carnes; llevaba unas
gafas o antiparras, mostrándonos su sentido del humor en los
retratos que de sí mismo hace y decía: “Y eso de que la pinten
a uno este rostro magro, enjuto y desencajado… y estas gafas
mías montadas sobre mis torcidas narices, y esta incipiente cal-
va, ¿no harán una graciosa caricatura?”.55
La salud de Segovia, era débil por ocasiones, pues, pudi-
mos observar en los hallazgos documentales, varias licencias
médicas que solicitó desde sus misiones en el exterior, por pro-
blemas de gastritis que lo obligaban a trasladarse a España para
ser atendido y, para cambiar de clima, ya que según un certi-
ficado médico que le fue expedido en San Juan Puerto Rico,
en fecha 11 de mayo de 1856, por el profesor de medicina y
cirugía, Gabriel Cabrera, quien le recomendó tomar reposo y
cambiar urgente a un clima menos severo que el cálido Caribe,
para poder recuperarse.
En el ámbito intelectual, Segovia era hombre culto, conocía
perfectamente el latín, francés, inglés e italiano, y no le eran des-
conocidos el griego y el hebreo, por lo que pudo conectar muy
bien con el mundo literario. Su agudeza, sagacidad, ingenio y
escritura se pueden observar en las correspondencias localizadas
54
Antonio María Segovia. Real Academia Española. Recuperado de
https://www.rae.es/academicos/antonio-maria-segovia). 20 de marzo
de 2020.
55
María Luisa González Molleda, “Antonio María Segovia”, p. 103.
350
Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
para este trabajo, y en las que se demuestra que aplicó muy bien
la simbología de la diplomacia que resaltan Gómez Manpaso y
Sáenz de Santa María (2001), que consiste en la representación
de una diosa griega vestida ataviadamente, con una corona de
laurel en su frente, que sostiene en su mano derecha una pluma y
en la izquierda un pliego en el que se puede leer: mis poderes son
la persuasión, la sagacidad y la sabiduría56.
En el aspecto político, como diplomático debió responder
primero a los intereses de su Gobierno, pero de acuerdo a algu-
nos datos, antes de ingresar de lleno a su carrera, era de ideas
liberales y por tales razones, en 1840 se vio obligado a emi-
grar a París, ganándose la vida con sus trabajos literarios en
esa ciudad cultural. Retornó a España con el cambio político y
prontamente tuvo su primera misión en Singapur en 1844 como
ya se ha señalado.
Sin embargo, su experiencia en París lo dotó de un evidente
trabajo literario que le permitió ingresar como académico ho-
norario a la Real Academia Española, el 27 de febrero de 1845,
curiosamente en el aniversario de la independencia nacional do-
minicana. Posteriormente, fue elegido académico de número el
25 de febrero de 1847, y no realizó discurso académico, aún no
se estilaba en ese momento, solo ofreció unas palabras gratulato-
rias. Fue secretario accidental en dicha Academia de 1869 a 1871,
durante la enfermedad de Breton de los Herreros; y a la muerte
de éste distinguido académico, Segovia pasó a ocupar la secre-
taría en propiedad, siendo nombrado secretario perpetuo el 4 de
diciembre de 1873, posición que ocupó hasta su fallecimiento.57
56
María Valentina Gómez Manpaso, y Blanca Sáenz de Santa María, Una
aproximación a la historia de las relaciones diplomáticas, (texto y doc-
umento). Madrid, Universidad Pontifica de Comillas, 2001, pp. 25-32.
57
Antonio María Segovia. Real Academia Española. Recuperado de
https://www.rae.es/academicos/antonio-maria-segovia). 25 de marzo
de 2020.
351
Lucy Arraya
De su trabajo literario, se ha escrito considerablemente, re-
saltándose sus aportes y publicaciones que van desde ensayos
periodísticos que realizó en distintos diarios de la época, y en
los cuales escribió sobre temas de tipo político, costumbrista,
crítica literaria, crítica teatral, entre otros, utilizando en muchos
de sus trabajos la sátira política y el público seudónimo “El Es-
tudiante”, como refiere María Luisa González Molleda (1963).
Escribió prosa, versos, teatro y ópera, conocida esta últi-
ma por su obra La Embajadora donde relata la vida cotidiana
parisina en medio del ambiente diplomático, y es uno de los
pocos trabajos de más fácil localización, pues, el resto de sus
obras están dispersas. Segovia muere el miércoles 14 de enero
de 1874, el mismo día en que nace, a las siete y media de la
tarde, a la edad de 66 años. Su esquela aparece publicada en La
Correspondencia de España el 15 de enero del mismo año, y su
funeral fue costeado por la Real Academia Española y enterra-
do en el cementerio nuestra señora de La Almudena, uno de los
más grande y emblemático campos santos de España.58
Después de su deceso, la señora Ana Cabañero en calidad
de viuda de Segovia, solicitó al Ministro de Estado median-
te comunicación de fecha 4 de febrero de 1874, sus derechos
de viudedad que le correspondía por las funciones que su es-
poso había desempeñado como representante de España en el
exterior, reclamación que fue atendida en base a la normativa
establecida para esos casos, según confirmamos en la docu-
mentación del Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, y
cuyos derechos mantuvo su viuda hasta su muerte ocurrida el 2
de enero de 1890 en Madrid.
En la capital madrileña, una plaza lleva su nombre de Anto-
nio María Segovia, la cual está ubicada entre las calles Enrique
García Álvarez, plaza Martínez Olmedilla y Enrique de Mesa.
58
Ibidem.
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Gestiones diplomáticas en la Primera República: Antonio M. Segovia
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CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 359-361
ISSN: 0009-9376
Mensaje con motivo del 176 aniversario
de la independencia nacional*
El 27 de febrero de 1844 es el acontecimiento central del
proceso de independencia nacional y la construcción del Esta-
do-nación. Previamente, en diciembre de 1821 José Núñez de
Cáceres había dado el primer paso en la búsqueda de lograr la
autonomía de cualquier potencia extranjera, aunque la ocupa-
ción haitiana, que se prolongó por 22 años (1822-1844), truncó
esas legítimas aspiraciones de conformar una nación libre y
soberana.
Durante ese interregno los gobernantes de ocupación apli-
caron en la parte Este de la isla el Código Rural, que alteraba
el modo de producción predominante, e impusieron el pago de
parte de la deuda que Haití había acordado con Francia a cam-
bio del reconocimiento de su independencia, compromiso este
que los dominicanos lógicamente no consideraban suyo y, entre
otras medidas, condujeron al cierre de la Universidad de Santo
Domingo. Estas disposiciones y las lamentables condiciones en
las que se encontraba Santo Domingo propiciaron que en el
decenio de 1830-1840 surgieran distintos movimientos separa-
tistas tanto de carácter liberal como conservador.
* Mensaje de la Academia Dominicana de la Historia publicado en
diferentes medios de comunicación el jueves 27 de febrero de 2020.
359
Mensaje con motivo del 176 aniversario de la independencia nacional
La misión de combinar esfuerzos y liderar la gesta de inde-
pendencia dominicana fue asumida por Juan Pablo Duarte, joven
talentoso que se había impregnado con las ideas de libertad en
Europa y que, a su regreso, en 1831, se dedicó a transmitir a sus
conciudadanos los ideales y sentimientos libertarios a través de
las actividades de la sociedad secreta la Trinitaria, fundada en
1838, y otras agrupaciones como la Dramática y la Filantrópi-
ca, que finalmente los llevó a la acción contra la dictadura de
Boyer en alianza con los Reformistas haitianos mientras con-
tinuó el desarrollo de una mayor conciencia social y cultural
en torno a la existencia de una identidad nacional propia, que
condujo a la fundación de la República Dominicana y a la li-
beración de los atropellos y vejámenes que padecía el pueblo
dominicano, tal como fue expuesto en la “Manifestación del 16
de enero de 1844”, considerada por Emilio Rodríguez Demorizi
como nuestra Acta de Independencia. Muchas han sido las di-
ficultades que en el devenir del tiempo ha tenido que enfrentar
nuestro país para mantener esa independencia que nos legaron
los Padres de la Patria. Las apetencias imperiales de potencias
extranjeras combinadas con la incredulidad de algunos líde-
res nacionales de que la República Dominicana podría ser una
nación libre, soberana e independiente, amenazaron seriamen-
te con extinguir para siempre el legado de nuestros patricios.
A pesar de todos esos complicados trances, que están bien
registrados en nuestra historia, todos fueron superados y 176
años después de aquel 27 de febrero de 1844, los dominicanos
hoy podemos proclamar con orgullo que tenemos una patria.
No obstante, los retos no han terminado. No debemos con-
formarnos solo con tener un Estado soberano sino que todavía
está pendiente la tarea de que el país cuente con sólidas institu-
ciones democráticas donde el imperio de las leyes se respete y
rija por igual a todos los ciudadanos, y la transparencia y rendi-
ción de cuenta, como lo hiciera el patricio Juan Pablo Duarte en
360
Mensaje con motivo del 176 aniversario de la independencia nacional
1844 después de la Batalla de Azua, sean prácticas cotidianas
en nuestra vida como sociedad para fomentar una sana y pací-
fica convivencia y para evitar la decadencia y el caos. Hoy más
que nunca el ideal duartiano debe ser preservado y practicado.
Se lo debemos, además, a todas las personas que sacrificaron
sus vidas por nuestro país y nos lo reclaman las generaciones
futuras, a las que debemos legarles un mejor país.
Desde la Academia Dominicana de la Historia hacemos
votos porque a través del conocimiento de nuestra historia
nacional aprendamos de los aciertos y errores del pasado, tra-
bajemos para hacer los correctivos necesarios para encauzar el
país por mejores derroteros y que cada día podamos afirmar
realmente que tenemos un país próspero, que mira su pasado
con orgullo, vive su presente con alegría y ve el futuro con
esperanza. Esa será la mejor forma de rendir tributo, admira-
ción y agradecimiento a los ilustres Padres de la Patria y, con
ellos, a todos los patriotas que contribuyeron a la fundación
de la República Dominicana, así como también a quienes pos-
teriormente lucharon para preservar la soberanía política y la
identidad nacional del pueblo dominicano que hoy disfrutamos.
361
CLÍO, Año 89, Núm. 199, Enero-Junio 2020, pp. 363-364
ISSN: 0009-9376
Actividades de la Academia
Durante los meses de enero-junio de 2020 las actividades
de la Academia Dominicana de la Historia de vieron afectadas
debido a la pandemia de la COVID-19. Desde el mes de marzo
el Gobierno dominicano, siguiendo las recomendaciones de la
Organización Mundial de la Salud (OMS), decretó un estado
de emergencia y un toque de queda nocturno y varias medidas
para asegurar el distanciamiento social. En tal virtud, se sus-
pendieron a partir de marzo la realización de conferencias y
cualquier actividad que involucrara la participación presencial
de personas. En consecuencia, se realizaron las siguientes acti-
vidades en el mes de enero y febrero.
Actividades públicas realizadas
• Miércoles, 15 de enero de 2020, se realizó la puesta en
circulación del libro Historia Política y Económica de Cuba
(1800-1960), de Eduardo J. Tejera.
• Domingo, 26 de enero de 2020, el Lic. José Chez
Checo, acompañado de varios académicos, hicieron una ofren-
da floral en el Altar de la Patria, con motivo del 207 aniversario
del natalicio de Juan Pablo Duarte, fundador de la República
Dominicana y Padre de la Patria.
363
Actividades de la Academia
• Miércoles, 29 de enero de 2020, se llevó a cabo un
panel conformado por los José Benjamín Rodríguez Carpio,
Reynaldo Espinal Núñez y el padre Antonio Lluberes Navarro
S. J.; quienes abordaron el tema de la “Carta Pastoral de 1960,
con motivo del 60 aniversario”.
• Martes, 11 de febrero de 2020, se realizó la conferen-
cia titulada: “El atentado contra Rómulo Betancourt: La última
aventura fallida de una diplomacia al servicio de la tiranía de
Trujillo”, a cargo del Miembro de Número Lic. Miguel Guerrero.
• Martes, 18 de febrero de 2020, se puso a circular el
libro Lino Zanini, el nuncio que desafió a Trujillo, de la autoría
del Dr. Benjamín Rodríguez Carpio.
• Sábado, 22 de febrero de 2020, se presentó la ponen-
cia titulada “176 onomástico de la Independencia Nacional y
136 aniversario del Club Esperanza”, a cargo de Mtro. Roberto
Santos Hernández, Delegado Provincial de la Academia en la
provincia Duarte.
Defunciones
Durante este semestre lamentamos la partida física de los
siguientes integrantes de la Academia:
• El 29 de febrero de 2020, falleció el Miembro
Correspondiente Extranjero Stuart A. McKeever.
• El 7 de marzo del 2020, falleció el colaborador Emilio
“Cuqui” Córdova.
• El 7 de junio del 2020 falleció el colaborador
Cristóbal Pérez-Siragusa.
364
Directorio de la Academia Dominicana
de la Historia
A) Miembros de Número:
1. Dr. Frank Moya Pons (1978, Sillón B)
2. Lic. Manuel A. García Arévalo (1989, Sillón D)
3. Lic. Bernardo Vega Boyrie (1995, Sillón G)
4. Dr. Fernando Antonio Pérez Memén (1995, Sillón C)
5. Lic. José Felipe Chez Checo (1996, Sillón I)
6. Dr. Roberto Cassá Bernaldo de Quirós (1996, Sillón N)
7. Dr. Marcio Veloz Maggiolo (1998, Sillón Q)
8. Lic. Juan Daniel Balcácer (1998, Sillón M)
9. Dr. Amadeo Julián Cedano (1998, Sillón P)
10. Dr. Wenceslao Vega Boyrie (2000, Sillón J)
11. Arq. Eugenio Pérez Montás (2000, Sillón F)
12. Dra. Mu-Kien Adriana Sang Ben (2000, Sillón R)
13. P. José Luis Sáez, S. J. (2000, Sillón S)
14. Dr. Jaime de Jesús Domínguez (2000, Sillón O)
15. Dr. Francisco Antonio Avelino García (2003, Sillón L)
16. Dr. Américo Moreta Castillo (2003, Sillón K)
17. Lic. Raymundo Ml. González de Peña (2003, Sillón U)
18. Lic. José del Castillo Pichardo (2003, Sillón Y)
19. Lic. Rafael Emilio Yunén Zouain (2003, Sillón V)
20. Lic. Adriano Miguel Tejada (2011, Sillón T)
21. Lic. Edwin Espinal Hernández (2011, Sillón H)
22. Dr. Santiago Castro Ventura (2018, Sillón E)
365
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia
23. Lic. Miguel Guerrero (2018, Sillón Z)
24. Licda. Jeannette Miller (2019, Electa, Sillón W)
25. Dr. Jorge Tena Reyes (2019, Electo, Sillón X)
26. Lic. Welnel Darío Féliz (2019, Electo, Sillón A)
B) Miembros Correspondientes Nacionales:
1. Mons. Antonio Camilo González
2. Licda. Vilma Benzo Sánchez de Ferrer
3. Dr. Vetilio Manuel Valera Valdés
4. Lic. Rubén Arturo Silié Valdez
5. Gral. (r) José Miguel Soto Jiménez
6. Gral. (r) Héctor Lachapelle Díaz
7. Mons. Dr. Rafael Bello Peguero
8. Dr. Fermín Álvarez Santana
9. Dr. Juan Ventura Almonte
10. Dra. Carmen Durán Jourdain
11. Lic. Walter J. Cordero
12. Licda. María Filomena González Canalda
13. Lic. Alejandro Paulino Ramos
14. Licda. Celsa Albert Batista
15. Gral. Dr. Rafael Leonidas Pérez Pérez
16. Lic. José Guillermo Guerrero Sánchez
17. Lic. Filiberto Cruz Sánchez
18. Lic. Dantes Ortiz Núñez
19. Lic. Diómedes Núñez Polanco
20. Lic. Rafael Darío Herrera Rodríguez
21. Dr. Euclides Gutiérrez Félix
22. Licda. Sonia Nereyda Medina Rodríguez
23. Dra. María Elena Muñoz Marte
24. Dr. Hugo Tolentino Dipp
25. Lic. Roberto Santos Hernández
366
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia
26. Dr. Antonio Ramón Lluberes Navarro (Ton)
27. M. A. Rafael Enrique Jarvis Luis
28. Ing. Constancio Cassá Bernaldo de Quirós
29. Dr. Luis Álvarez López
30. Licda. Blanca Delgado Malagón
31. M. A. Natalia Catalina González Tejera
32. M. A. Quisqueya Lora Hugi
33. M. A. Héctor Luis Martínez
34. Dr. Arturo Martínez Moya
35. Dra. Valentina Peguero
36. Dr. Reynolds Jossef Pérez Stefan
37. Dr. Esteban Prieto Vicioso
38. Dr. Genaro Rodríguez Morel
39. Dr. Eduardo J. Tejera Curbelo
40. Lic. Fernando Infante
41. Dr. Carlos Andújar Persinal
42. Dra. Reyna Rosario
43. Lic. Joan Manuel Ferrer Rodríguez
44. Lic. Miguel Reyes (electo)
45. Lic. Wilfredo Lozano (electo)
46. Lic. Robert Espinal Luna (electo)
47. Vacante
48. Vacante
C) Miembros Correspondientes Extranjeros:
1. Dra. Magdalena Guerrero Cano (España, 1995)
2. Dr. Antonio Gutiérrez Escudero (España, 1995)
3. Dra. Enriqueta Vila Vilar (España, 1995)
4. Dr. Pedro San Miguel (Puerto Rico, 1997)
5. Dr. José Miguel Abreu Cardet (Cuba, 2004)
6. Dr. Esteban Mira Caballos (España, 2004)
367
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia
7. Dr. Oscar Adolfo Zanetti Lecuona (Cuba, 2005)
8. Dr. Juan Gil Fernández (España, 2006)
9. Dr. Manuel Vicente Hernández González (España, 2006)
10. Dr. Mario Hernández Sánchez-Barba (España, 2006)
11. Dra. Consuelo Varela Bueno (España, 2006)
12. Dr. Stuart B. Schwartz (EE. UU., 2006)
13. Dr. Franklin W. Knight (EE. UU., 2006)
14. Dr. Humberto García Muñiz (Puerto Rico, 2006)
15. Dr. Francisco Moscoso (Puerto Rico, 2006)
16. Dr. Anthony Stevens Acevedo (EE. UU., 2007)
17. Dr. Yoel Cordoví Núñez (Cuba, 2014)
18. Dr. Eusebio Leal Spengler (Cuba, 2014)
19. Dr. Luis Arranz (España, 2014)
20. Dr. Justo Lucas del Río Moreno (España, 2014)
21. Dr. Mariano Errasti (España, 2014)
22. Dr. Antonio Fonseca Pedraza (España, 2014)
23. Dr. Eduardo González Calleja (España, 2014)
24. Dr. Itsvan Szaszdi León-Borja (España, 2014)
25. Dra. Ruth Torres Agudo (España, 2014)
26. Dr. Bruce J. Calder (EE. UU., 2014)
27. Dra. Kathleen Deagan (EE. UU., 2014)
28. Dra. Lauren (Robin) H. Derby (EE. UU., 2014)
29. Dra. Julie Cheryl Franks (EE. UU., 2014)
30. Dr. Paul Muto (EE. UU., 2014)
31. Dr. Eric Paul Roorda (EE. UU., 2014)
32. Dr. Richard Lee Turitts (EE. UU., 2014)
33. Dr. Allen Welles (EE. UU., 2014)
34. Dr. Lauro Capdevila (Francia, 2014)
35. Dr. Michiel Baud (Holanda, 2014)
36. Dr. Mats Lundahl (Suecia, 2014)
37. Dr. Jan Lundius (Suecia, 2014)
38. Dra. Consuelo Naranjo Orovio (España, 2019)
368
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia
D) Protectores:
1. Grupo Popular
2. Mercasid
3. Banco y Fundación Ademi
4. Grupo Punta Cana
5. Ambev Dominicana, C. por A.
6. Supermercados La Cadena
7. Señor Ramón Menéndez
8. Banco Vimenca
9. Refinería Dominicana, S. A.
10. Superintendencia de Bancos
11. Archivo General de la Nación
12. Comisión Permanente de Efemérides Patrias
13. Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones
14. Banco Central de la República Dominicana
15. Juan Bautista Vicini Lluberes
E) Colaboradores:
1. Lic. Vetilio Alfau del Valle
2. Dr. Fernando Batlle Pérez
3. Licda. Dilia Castaños
4. Dr. Luis E. Escobal R.
5. Dr. José Antonio Martínez Rojas
6. Arq. Gamal Michelén Stefan
7. Dr. José Alfonso Petit Martínez
8. Lic. José Alfredo Rizek Billini
9. Ing. Ana Beatriz Valdez Duval
10. Lic. Miguel Estrella Gómez
11. Lic. Carlos Alonso Salado
12. Lic. Rafael Pérez Modesto
369
Directorio de la Academia Dominicana de la Historia
13. Dra. Virginia Flores Sasso
14. Lic. Francisco Bernardo Regino Espinal
15. Lic. Alberto Perdomo Cisneros
16. M. A. Reynaldo Rafael Espinal Núñez
17. Dr. Edgar Hernández Mejía
18. Ing. Efraín Baldrich Beauregard
19. M. A. Lucy Margarita Arraya
20. Arq. Pablo Euclides Santos Candelario
21. Lic. Miguel de Camps Jiménez
22. Ing. Víctor José Arthur Nouel
23. Arq. Linda María Roca
24. Dr. Herbert Stefan Stern Díaz
25. Dr. Rony Joubert Hued
26. Sr. Danilo A. Mueses
27. Sr. Juan Manuel Prida Busto
28. Lic. Miguel Ortega Peguero
F) Junta Directiva (agosto 2019-2022):
Lic. José Chez Checo, Presidente
Lic. Juan Daniel Balcácer, Vicepresidente
P. José Luis Sáez, S. J., Secretario
Lic. Edwin Espinal Hernández, Tesorero
Lic. Raymundo González, Vocal
370
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
La revista Clío ha sido concebida como órgano de la
Academia Dominicana de la Historia para publicar trabajos
científicos de investigación inéditos en el campo histórico
dominicano y caribeño, tanto de autores nacionales como ex-
tranjeros, que pueden servir para atesorar el acervo de nuestro
pasado. Es, en definitiva, un espacio de debate científico para
promover la creación y profundización de los estudios histó-
ricos y la contribución de sus investigaciones al conocimiento
del pretérito dominicano.
Con el propósito de mejorar la calidad de Clío, su co-
misión editorial ha considerado necesario establecer algunas
normas que se aplicarán a todos los trabajos que se publi-
carán en lo adelante, muchas de las cuales han sido extraídas
de las «Instrucciones para la presentación de textos», publi-
cadas en la revista Ecos, año 1, n° 1, Santo Domingo, 1993,
pp.167-170 del Instituto de Historia de la Universidad Autó-
noma de Santo Domingo:
1. Los únicos trabajos previamente publicados que
podrán reproducirse serán aquellos considerados
agotados o poco divulgados que, por su importancia,
resulten de interés especial para el estudio de la his-
toria dominicana y del área del Caribe, o los editados
en el extranjero que sean desconocidos o escasamente
leídos en el país.
371
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
2. Los trabajos deberán depositarse en la Secretaría
de la Academia Dominicana de la Historia, sita en
la Casa de las Academias, calle Mercedes N° 204,
Santo Domingo, República Dominicana, enviarse a
esta dirección por correo certificado, por fax número
(809) 221-8430 o al buzón electrónico clio@acade-
miahistoria.org.do. A los autores se les dará constancia
inmediata de la recepción de sus trabajos.
3. La decisión de cuáles trabajos deberán publicarse será
tomada por la Comisión Editorial conforme a lo esta-
blecido en el artículo 49 del Reglamento Orgánico
de la Academia Dominicana de la Historia. Dicha
comisión podrá realizar modificaciones formales a
los trabajos, sugerir a los autores aspectos de fondo y
reducir, de común acuerdo, su extensión.
4. Los trabajos que no califiquen por incumplimiento de
los requisitos de temática, campo de investigación, área
geográfica, calidad científica y/o gramatical o de las nor-
mas aquí establecidas, serán rechazados y devueltos a
sus autores.
5. Los trabajos deberán redactarse en papel bond blanco,
tamaño 8½ por 11 pulgadas, con impresión legible,
a dos espacios, en una sola cara, con márgenes
mínimos de una pulgada en cada lado, en párrafo de-
seablemente Times New Roman a 12 puntos y con un
total de 28 líneas por cuartilla. La extensión máxima
del texto no deberá exceder las 50 páginas, incluyendo
notas, cuadros, gráficos, fotografías y bibliografía.
Párrafo. En casos excepcionales, la Comisión Edito-
rial podrá aceptar colaboraciones que excedan dichos
límites, si considerase que su publicación es relevante.
6. Los párrafos y las notas deberán iniciarse con una san-
gría de tres (3) espacios y procurará el menor uso posible
372
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
de mayúsculas salvo en nombres propios, geográficos,
de instituciones o de hechos que revisten categoría de
nombre propio. Los días de la semana y los meses se
escribirán en minúsculas, excepto cuando formen parte
del nombre de instituciones o de hechos que tengan la
categoría de nombre propio. Por ejemplo: Constitución
del 6 de Noviembre; Movimiento Revolucionario 14 de
Junio; Revolución de Abril de 1965.
Salvo la letra inicial y los nombres propios, los títulos
de libros y de artículos aparecidos en publicaciones pe-
riódicas irán en minúsculas. En cambio, los títulos de
las publicaciones periódicas irán en mayúsculas con la
excepción de artículos, preposiciones, etc., ejemplo: «El
sistema tributario del Estado», en Eco de la Opinión.
7. La primera referencia, el orden de las informaciones
bibliográficas explicativas deberán aparecer al pie de
la página de la siguiente manera:
8. Para los libros: Nombres y apellidos del autor. Títu-
lo completo de la obra (en cursivas). Lugar, editora,
fecha de publicación y página (s) citada (s) en que
se encuentra lo citado. Si se desconoce una de las in-
formaciones se hará constar con abreviaturas s.l. (sin
lugar), s.e. (sin editora), s.f. (sin fecha) y si se conoce
la fecha pero no está consignada en el texto, esta se
colocará entre paréntesis.
Si la obra tiene más de dos autores, se señalará
únicamente al primero seguido de las palabras latinas
et al (en cursivas). Si no es la primera edición, se hará
constar inmediatamente después del título y lo mismo
se hará si fueran varios volúmenes. En este último caso
el número de volúmenes de la colección se especificará
con tipo arábigo y el número de la referencia con tipo
romano, poniendo la abreviatura de volumen (vol.) o
373
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
tomo (t.). En el caso de compilaciones, el título del
trabajo irá entre comillas y el título del libro irá en
cursivas. Ejemplos:
a) Emilio Rodríguez Demorizi. La Era de Francia en
Santo Domingo. Contribución a su estudio. Ciudad
Trujillo, Editora del Caribe, 1955, p. 28;
b) Teresa Espaillat. «El papel de la mujer combatiente
en la Guerra de Abril de 1965». En Sócrates Suazo
Ruiz, (comp.), Guerra de Abril. Inevitabilidad de
la historia. Textos del Seminario sobre la Revolu-
ción de 1965. Santo Domingo, Edita-Libros, 2002,
pp. 293-299;
c) Roland Mousnier. «Los siglos XVI y XVII. El pro-
greso de la civilización europea y la decadencia De
Oriente (1492-1715)». En Maurice Crouzet (ed.).
Historia general de las civilizaciones, 3ª ed. En es-
pañol, vol. IV. Barcelona, Ediciones Destino. 1967,
p. 441;
d) Pedro Martínez. Historia General de América La-
tina, 3ra. Ed., 5 vols., Méxio, Editora Porrúa
Hermanos, 1975, Vol. III, pp. 87-109;
e) Frank Moya Pons et al. El siglo XX dominica-
no. Economía, política, pensamiento, y literatura.
Santo Domingo, Editora Amigo del Hogar, 1999,
p. 108.
9. Para las revistas y publicaciones científicas: Nombres
y apellidos del autor. Título completo del trabajo (en-
tre comillas). Nombre de la publicación (en cursivas),
volumen o año y número, lugar, fecha, página (s) ci-
tada (s), abreviada (s). Ejemplos:
374
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
a) Wenceslao Vega Boyrie. «Historia de los terrenos
comuneros de la República Dominicana». Clío, año
68, No. 162, Santo Domingo, enero-junio de 2000,
pp. 81-108;
b) Juan Peña M. y Carlos Andújar Personal. «El mito
de los taínos». Ecos, vol. I, no. 2. Santo Domingo,
1994, pp. 35-90.
10. Para las publicaciones periódicas no académicas: Nom-
bres y apellidos del autor. Título completo del trabajo
(entre comillas). Nombre de la publicación (en cursi-
vas), lugar, fecha, página (s) citada (s) abreviada (s).
Ejemplos:
a) Roberto Cassá. «40 años después de Trujillo».
Isla Abierta, Suplemento Cultural del periódico
Hoy. Santo Domingo, 10 de junio del 2001, pp. 8-9;
b) Balcácer, Juan Daniel. «Pasado y presente. El tes-
timonio de Huáscar Tejada». Listín Diario, Santo
Domingo, 9 de diciembre de 2001, p. 19.
11. Para los documentos: En las fuentes documentales in-
éditas o ya publicadas, se dará la referencia más precisa
posible. Se titularán por los apellidos y nombres del
autor, a menos que tengan en el propio texto su título,
el cual se pondrá entre comillas. Seguido, se colocará
el lugar y la fecha de emisión del documento, archi-
vo y país, fondo en el que se encuentra, colección
volumen, legajo y folio (s). En notas subsiguientes se
deberán abreviar el nombre del archivo, el fondo, co-
lección, volumen, legajo y folio (s). Ejemplos:
375
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
a) De Gregorio Luperón a Fernando A. Meriño. Puerto
Plata, 15 de diciembre de 1879. Archivo General
de la Nación (AGN), Santo Domingo, Colección
García (CG), leg. 18, expediente (exp.) 3;
b) De Meriño al gobernador de Santiago. Santo Do-
mingo, 2 de enero de 1880 AGN, Ministerio de
Interior y Policía (MIP), leg. 150, exp. 8, fol. 16;
c) Pedro Santana, «Al país». Santo Domingo, 22 de
marzo de 1861. AGN, CG, leg. 50, exp. 5.
12. Para las tesis: Las tesis universitarias se refieren
por los apellidos y nombres del autor, título (entre
comillas) y entre paréntesis el nivel y la carrera, de-
partamento académico o escuela, facultad, institución,
ciudad, país y el año. Ejemplo:
a) García, Armando. «El pensamiento religioso de Gre-
gorio Luperón» (Tesis de licenciatura en Historia,
Departamento de Historia y Antropología, Facultad
de Humanidades, Universidad Autónoma de Santo
Domingo, Santo Domingo, 2002, p. 28.
13. Para la bibliografía: La bibliografía se hará en estricto
orden alfabético en base a los apellidos y nombres de
los autores y, además de los datos señalados en los
ordinales 8 a 12, al final se indicará, entre paréntesis,
el nombre de la institución que auspicia la publica-
ción, la colocación o serie y su número. Cuando de
un mismo autor se utilice más de una obra o trabajo,
en riguroso orden de fecha se colocará debajo con una
raya de diez espacios. Ejemplos:
376
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
a) Guerrero Cano, María Magdalena. «Expediciones
a Santo Domingo. El fracaso de un proyecto de
colonización». Ecos, año VI, No. 8, Santo Domin-
go, 1999. (Instituto de Historia de la Universidad
Autónoma de Santo Domingo);
b) Rodríguez, Cayetano Armando. Geografía de la
Isla de Santo Domingo y reseña de las demás Anti-
llas, 2da. Ed. Barcelona, Gráficas M. Pareja, 1976.
(Sociedad Dominicana de Geografía, vol. XI);
c) Rodríguez Demorizi, Emilio. La Era de Francia
en Santo Domingo. Contribución a su estudio. Ciu-
dad Trujillo, Editora del Caribe, 1955. (Academia
Dominicana de la Historia. Nueva serie, vol. XXI);
d) __________. Papeles de Buenaventura Báez. Santo
Domingo, Editora Montalvo, 1969. (Academia Do-
minicana de la Historia. Nueva Serie, vol. XXI).
14. En las abreviaturas, particularmente en las notas biblio-
gráficas, las de palabras castellanas se pondrán en letra
normal y las de otros idiomas en cursivas. Ejemplo
de las primeras: ob. cit., p., pp., vol., n.º, ap., n., ed.,
comp., leg., fol., exp.; de las segundas: ca., op.cit.,
passim, ibídem, ibíd, et. al., cfr., supra., loc. cit.
15.En caso de que en el trabajo se utilicen siglas, deberán re-
mitirse adjunto un índice de las que se utilicen en el texto.
16. En caso de utilizarse fotografías, deberán tener un
tamaño 5 x 7 pulgadas, copiadas en papel brillante y
con adecuado contraste. Los pies de fotos deben ser
breves, explícitos e indicar con claridad la fuente. El
autor deberá señalar el lugar del texto en que deberán
ser colocadas las fotografías. Si se emplearan imáge-
nes digitalizadas, es indispensable, por normas de
impresión que sean «escaneadas» a 300 pixeles.
377
Normas para publicar trabajos en la revista Clío
17. Si el trabajo tiene mapas, dibujos, planos, cuadros,
etc., deberán ser realizados en tinta china sobre papel
o cartulina blancos o en computadora, con un tamaño
de 8 pulgadas de ancho por doce de largo.
18. El autor deberá entregar un breve resumen del conteni-
do de lo tratado en el texto que no exceda de 10 líneas.
Igualmente deberá anexar una breve nota bio-bi-
bliográfica de 25 líneas como máximo, señalando;
nombres y apellidos, nacionalidad, año de nacimien-
to, estudios realizados, títulos obtenidos, ocupaciones
académicas en el pasado, y en la actualidad, otros
datos de relevancia y las principales obras publicadas,
con indicación del lugar de edición y su fecha.
19. Los originales, sus ilustraciones y anexos publicados
no se devolverán a los autores ya que serán archivados
en la Academia Dominicana de la Historia.
20. La Academia Dominicana de la Historia disfrutará de
los derechos de autor de la primera edición de los
trabajos de sus colaboradores y estos podrán disponer
de los textos después de dicha publicación. Los auto-
res no podrán publicar sus trabajos en otros medios de
difusión hasta que hayan sido puestas en circulación
las revistas Clío en las que estos aparecerán.
21. Una vez publicados los trabajos en Clío, a los au-
tores se le entregarán 5 ejemplares de las mismas.
Si acaso desearan alguna separata o tirada especial
de sus trabajos, deberán comunicarlo a la Comisión
Editorial al momento de depositar sus originales, a fin
de hacer los arreglos necesarios. alguna separata o ti-
rada especial de sus trabajos, deberán comunicarlo a
la Comisión Editorial al momento de depositar sus
originales, a fin de hacer los arreglos necesarios.
378
PUBLICACIONES DE LA ACADEMIA
DOMINICANA DE LA HISTORIA
Revista Clío:
No. 1 (Enero de 1933) al No. 198 (Julio-Diciembre de 2019).
Libros y opúsculos:
Vol. 0-1 Henríquez y Carvajal, Federico. Estatuto i Regla-
mento de la Academia Dominicana de la Historia.
Ciudad Trujillo, Imprenta Montalvo, 1932.
Vol. 0-2 Meriño, Fernando Arturo de. Páginas históricas.
Ciudad Trujillo, Imprenta J. R. Vda. García, Sucs.
1937, 126 pp.
Vol. 0-3 Morillas, José María. Siete biografías domini-
canas. Ciudad Trujillo, Imprenta San Francisco,
1946, 172 pp.
Vol. 0-4 Lugo, Américo. Los restos de Colón. Ciudad Tru-
jillo, Imprenta de la Librería Dominicana, 1950,
129 pp.
Vol. I Rodríguez Demorizi, Emilio. Invasiones hai-
tianas de 1801, 1805 y 1822. Ciudad Trujillo,
Editora del Caribe, 1955, 371 pp.
Vol. II Rodríguez Demorizi, Emilio. La Era de Francia
en Santo Domingo. Ciudad Trujillo, Editora del
Caribe, 1955, 313 pp.
379
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia
Vol. III Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones do-
minico-españolas, 1844-1859. Ciudad Trujillo,
Editora Montalvo, 1955, 428 pp.
Vol. IV Rodríguez Demorizi, Emilio. Antecedentes de la
Anexión a España. Ciudad Trujillo, Editora Mon-
talvo, 1955, 463 pp.
Vol. V Incháustegui, Joaquín Marino. Documentos para
estudio. Marco de la época del Tratado de Basilea
de 1795 en la parte española de Santo Domingo.
Tomo I. Buenos Aires, Artes Gráficas Bartolomé
Chiasino, 1957, 401 pp.
Vol. VI Incháustegui, Joaquín Marino. Documentos para
estudio. Marco de la época del Tratado de Basilea
de 1795 en la parte española de Santo Domingo.
Tomo II. Buenos Aires, Artes Gráficas Bartolomé
Chiasino, 1957, 402 pp.
Vol. VII Utrera, Cipriano de. Para la Historia de Améri-
ca. Ciudad Trujillo, Impresora Dominicana, Santo
Domingo, 1959, 273 pp.
Vol. VIII Garrido, Víctor. Los Puello. Ciudad Trujillo, Edi-
tora Montalvo, 1959, 234 pp.
Vol. IX Rodríguez Demorizi, Emilio. Salomé Ureña y
el Instituto de Señoritas. Para la historia de la
espiritualidad dominicana. Ciudad Trujillo, Im-
presora Dominicana, 1960, 427 pp.
Vol. X Rodríguez Demorizi, Emilio. Informe de la Co-
misión de Investigación de los Estados Unidos en
Santo Domingo, 1871. Ciudad Trujillo, Editora
Montalvo, Santo Domingo, 1960, 650 pp.
Vol. XI Garrido, Víctor. Política de Francia en Santo Do-
mingo, 1844-1846. Santo Domingo, Editora del
Caribe, 1962, 154 pp.
380
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia
Vol. XII Rodríguez Demorizi, Emilio. Próceres de la Res-
tauración. Noticias biográficas. Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1963, 355 pp.
Vol. XIII Troncoso Sánchez, Pedro. La Restauración y sus
enlaces con la historia de Occidente. Santo Do-
mingo, Editora Montalvo, 1963, 27 pp. (Edición
del Centenario de la Restauración).
Vol. XIV Rodríguez Demorizi, Emilio. Elogio del Gobier-
no de la Restauración. Santo Domingo, Editora
Montalvo, 1963, 20 pp.
Vol. XV Rodríguez Demorizi, Emilio. Actos y doctrina del
Gobierno de la Restauración. Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1963, 460 pp.
Vol. XVI García Lluberes, Leonidas. Crítica histórica. San-
to Domingo, Editora Montalvo. 1964, 465 pp.
Vol. XVII Rodríguez Demorizi, Emilio. Papeles de Pedro
Francisco Bonó. Para la historia de las ideas
políticas en Santo Domingo. Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1964, 636 pp.
Vol. XVIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Homenaje a Mella.
(Centenario de la muerte de Matías Ramón Mella,
1864-1964). Santo Domingo, Editora del Caribe,
1964, 302 pp.
Vol. XIX Rodríguez Demorizi, Emilio. Baní y la novela de
Billini. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1964,
320 pp.
Vol. XIX-bis Boyrie Moya, Emile de. La casa de Piedra de
Ponce de León en Higüey. Santo Domingo, Edito-
ra del Caribe, 1964, 32 pp.
Vol. XX Rodríguez Demorizi, Emilio. Riqueza mineral
y agrícola de Santo Domingo. Santo Domingo,
Editora del Caribe, 1965, 438 pp.
381
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia
Vol. XXI Rodríguez Demorizi, Emilio. Papeles de Buena-
ventura Báez. Santo Domingo, Editora Montalvo,
1968, 562 pp.
Vol. XXII Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominica-
nas. Letras A-B. Vol. I. Santo Domingo, Editora
del Caribe, 1967, 361 pp.
Vol. XXIII Rodríguez Demorizi, Emilio. Hojas de servicios
del Ejército Dominicano, 1844-1865. Vol. I. San-
to Domingo, Editora del Caribe, 1968, 448 pp.
Vol. XXIV Alfau Durán, Vetillo. Controversia histórica.
Polémica de Santana. Santo Domingo, Editora
Montalvo, 1968, 182 pp.
Vol. XXV Rodríguez Demorizi, Emilio. Santana y los poe-
tas de su tiempo. Santo Domingo, Editora del
Caribe, 1969, 362 pp.
Vol. XXVI Larrazábal Blanco, Carlos. Familias dominica-
nas. Letras C-Ch. Vol. II. Santo Domingo, Editora
del Caribe, 1969, 287 pp.
Vol. XXVII Rodríguez Demorizi, Emilio. Pedro Alejandrino
Pina. Vida y escritos. Santo Domingo, Editora del
Caribe, 1970, 247 pp.
Vol. XXVIII García Lluberes, Alcides. Duarte y otros temas.
Santo Domingo, Editora del Caribe, 1971, 786 pp.
Vol. XXIX García, José Gabriel. Rasgos biográficos de do-
minicanos célebres. Santo Domingo, Editora del
Caribe, 1971, 372 pp.
Vol. XXX Rodríguez Demorizi, Emilio. Los dominicos y las
encomiendas de indios de la Isla Española. Santo
Domingo, Editora del Caribe, 1971, 400 pp.
Vol. XXXI Garrido, Víctor. Espigas históricas. Santo Do-
mingo, Imprenta Arte y Cine, 1971, 354 pp.
382
Publicaciones de la Academia Dominicana de la Historia
Vol. XXXII Cabral, Tobías E. Índice de Clío y del Boletín del
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Esta edición del número 199 de la revista Clío, correspondiente
al período Enero-Junio 2020, se imprimió en el mes de
septiembre de 2020 en los talleres gráficos de la Editora
Búho, Santo Domingo, República Dominicana.