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Existen antecedentes de como muchos profesionales abordan este trastorno tan

frecuente como es el autismo, y como en la interacción se observan muchas veces


rechazo o desafíos mediante conductas disruptivas, tales como: Tirar la silla, gritar
frente al celular, pellizcarse en el antebrazo. Chiu (2021) se planteó disminuir en un
80% la frecuencia de estas conductas, en un niño de 9 años, a quien llamaremos como
Víctor. En su estudio utilizó el diseño experimental bicondicional. Comprendida por dos
fases: De la primera “A” se obtiene una línea base, en esta fase el investigador efectúa
una serie de observaciones y toma continúas medidas para determinar la frecuencia de
ocurrencia natural de la conducta bajo estudio; y la fase “B”, se centraba en el
tratamiento, introduciendo la variable independiente y registrando los cambios en la
variable dependiente, se evaluó constantemente los cambios generados por el programa
de intervención. El programa tuvo una duración de 13 sesiones, durante el proceso el
menor se presentó no colaborativo en las primeras sesiones, debido a la persistencia y al
uso de técnicas planteadas, como la técnica de reforzamiento y castigo pudieron al
onceavo mes reducir la frecuencia de las conductas disruptivas. Se utilizó reforzadores
comestibles y posteriormente la aprobación social. El estudio culmina recomendando
continuar con las técnicas de modificación de conducta, insta a desarrollar un programa
de habilidades sociales, apoyos visuales para organizar su jornada escolar y dar
responsabilidades simples en el hogar y en la escuela, para fomentar su independencia.

En el estudio de caso clínico de Chavez (2018) en el cual abordó a Adriano, un niño de


3 años con diagnostico TEA en un nivel ligero. Presentó dificultades significativas en la
atención, mostrándose distraído e inquieto. En la evaluación y diagnostico se utilizaron
técnicas psicológicas como la anamnesis, entrevista, observación, registro y reportes.
Entre las escalas tenemos a la de inteligencia Stanford Binet que determina el
coeficiente intelectual, cuyo resultado fue nivel bajo, seguido de la escala de madurez
social de Vineland, en donde obtuvo nivel fronterizo y, por último, en la escala de
clasificación de Autismo infantil (C.A.R.S.) confirma el diagnóstico de TEA en nivel
ligero. En conclusión, la estrategia de intervención fue realizar 25 sesiones, 3 sesiones
por semana durante 5 semanas, con una duración por sesión de 30 minutos. Se llevaron
a cabo técnicas de modificación de conductas, como: Reforzamiento positivo,
diferencial y reforzamiento de conductas adaptativas. Los resultados fueron favorables,
ya que logró aumentar los tiempos de atención y completar actividades en clase,
representando un avance significativo para el proceso de aprendizaje, facilitando su
adaptación al entorno educativo.

Barrientos (2023) diseñó un programa de modificación de conducta disruptiva en un


niño con autismo, menor a quien que llamaremos Jarefh se encuentra dentro del
espectro autista leve. Se utilizaron procedimientos de evaluación que incluyeron:
Anamnesis, observaciones y registro, las escalas: Escala de Inteligencia Stanford –
Binet, Escala de madurez social de Vineland, Escala de clasificación de autismo infantil
(C.A.R.S.) y Escala de evaluación de las conductas adaptativas. Con el análisis
conductual se delimitó las conductas disruptivas, como: Arranchar el celular, patear las
piernas y dar manotazos. El programa de intervención se estructura en 20 sesiones,
fragmentadas en 4 sesiones para el repertorio de entrada, 12 sesiones para la
intervención y 4 sesiones para el seguimiento. Como parte de las técnicas se pusieron en
práctica la psicoeducación a los padres, refuerzos positivos, reforzamiento diferencial de
conductas incompatibles y sobrecorrecciones. En conclusión, se logró desvanecer las
conductas disruptivas, de agresión autoagresión para obtener un objeto deseado.

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