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Oliver Twist Fully Illustrated Classic Tales

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This is a story of a young boy named Oliver. Oliver’s mother
had died after giving him birth. When he went to London, he
became a part of a gang of robbers. But the gang was
arrested. What happened after that? Was Oliver guilty? Let
us read the story and find out.
Once upon a time, there was a workhouse. In that workhouse,
there was a lady who was very ill. She was about to die. But,
before dying, she gave birth to a baby boy. The Father of the
church named this boy, Oliver Twist
The Father then sent Oliver Twist to a place for orphans. The
lady-in-charge over there was called Mrs. Mann. Mrs. Mann
was very bad. She did not give the children enough food. When
Oliver was 9 years old, Mrs. Mann had to send Oliver to the
workhouse to work.
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campechano:
—Te agradezco en el alma tu deseo de verme, y aquí estoy para
servirte, Juan.
Éste, sin dejar de pasearse, respondió con voz poco segura:
—Acto es, Pedro, que me obliga y te honra; pero la verdad ante
todo: yo no te he llamado á mi casa; te pedí una entrevista donde tú
quisieras.
—¿Te pesa que haya venido?
Detúvose en su paseo el hombre que era un manojo de nervios,
miró á su amigo y compadre con ojos que lanzaban chispas, y dijo,
ronco y tembloroso, dándose una manotada sobre el angosto pecho:
—¡Te juro que no!
—Pues entonces, sobran los reparos, Juan, y, si un poco me
apuras, toda explicación entre nosotros; porque donde habla el
corazón, calle la boca.
Y en esto, don Pedro, con los brazos entreabiertos, cortaba el
camino y seguía con la vista á su amigo, que había vuelto á sus
agitados paseos.
—Entiendo tu deseo y ardo en el mismo—repuso éste
desviándose y esquivando las miradas y los brazos de su compadre;
—pero no es tiempo todavía.
—Pues si el corazón lo pide y Dios lo manda, ¿qué te detiene?—
respondió don Pedro, dejando caer los brazos, desalentado y triste.
Luégo añadió con honda amargura:—¡Parece mentira, Juan, que
cosas tan leves nos conduzcan á situaciones tan graves!
—Nada es leve para el amor propio ofendido... Somos de esa
hechura, y no por culpa nuestra.
—Pero tenemos una razón para domar las demasías del carácter.
—Prueba es de ello que te he propuesto una reconciliación... y
por cierto que no se te ha ocurrido á tí otro tanto.
—De mi casa huíste sin haberte ofendido nadie en ella; te
encerraste en la tuya y te negaste á toda comunicación con
nosotros, que te queremos... que os queremos más que á la propia
sangre.
—Toda la vida hemos andado así, Pedro.
—Pues esa triste experiencia me ha enseñado que el mejor
remedio contra tus arrechuchos es dejar que se te pasen. Por
pasado dí el último cuando me llamaste, y á tu lado vine con los
brazos abiertos. ¿Por qué me niegas los tuyos?
—Porque los reservo para después que hablemos y nos
entendamos.
—¿Dudas de la lealtad de mi corazón?
—Dudara antes de la del mío, Pedro; mas entra en mis intentos
que esta avenencia que hoy deseo y te propongo, se afirme en algo
más que en el olvido de las pequeñeces pasadas... Ven, y
sentémonos.
Entraron los dos compadres en el gabinete; sentáronse frente á
frente con la mesa entre ambos, y dijo así don Juan, manoseando al
mismo tiempo una plegadera de boj que halló á sus alcances:
—Sin ciertas diferencias que nos dividen y nos separan á cada
momento, tú y yo, en perfecta y cabal armonía, pudiéramos hacer
grandes beneficios á Cumbrales.
—Ese es el tema de mi eterno pleito contigo, Juan.
—Sí; pero no se trata ahora de puntillos del carácter, de la cual
dolencia todos padecemos algo, Pedro amigo, aunque no lo creamos
así, sino de puntos de mayor alcance y entidad; puntos en los que
pudiéramos ir tú y yo muy acordes aun dentro de nuestras continuas
desavenencias, verdaderas nubes de verano.
—Sospecho á dónde vas á parar con ese preámbulo; y si las
sospechas no mienten, el asunto es ya viejo entre los dos. De todas
maneras, déjate de rodeos y dime en crudo qué es lo que pretendes
de mí.
—Viejo es, en efecto, entre nosotros dos el asunto de que voy á
hablarte, y del cual no te he hablado años hace por respetos que te
son notorios; pero de poco tiempo acá, ofrece el caso aspectos de
gravedad que antes no ofrecía, y esto me obliga á quebrantar mis
propósitos. Á la vista está que de día en día crece el encono entre
los bandos en que están divididos este pueblo y los limítrofes.
—Lo que á la vista salta, Juan, es que se detestan y se persiguen
á muerte los capitanes de esos bandos. Los pobres soldados no
hacen otra cosa que lo que se les manda ó les exige el deber... ó la
triste necesidad.
—Lo mismo da lo uno que lo otro.
—Precisamente es todo lo contrario, puesto que el día en que los
jefes dejen de ser enemigos, volverán los subalternos á ser
hermanos.
—Á ese fin quiero yo ir á parar, Pedro.
—¿Por qué camino, Juan?
—Por el más breve y llano. Ayúdame con todas tus fuerzas en la
batalla electoral que se prepara, y el triunfo es nuestro en todo el
distrito.
—¿Y después?
—¡Después!... ¿Quién ignora lo que sucede después de un triunfo
en tales condiciones?
—Tú lo ignoras, Juan, pese á tu larga experiencia.
—Gracias por la lisonja.
—Pues es el mejor piropo que puedo echarte en este momento.
Si te dijera yo que el verdadero botín de esas batallas era el cebo
que te llevaba á ellas, no creyera, como creo, que en esto, cual en
otras muchas cosas, la pasión te ciega y el corazón te engaña.
—¡Á mí?
—Sí, y además te vende. Y en prueba de que no me equivoco,
voy á decirte lo que verdaderamente hoy te apura y acongoja.
Desde que candorosamente te pusiste al servicio de ciertos amigotes
de campanillas, tomando sus adulaciones y embustes por
sinceridades, has luchado á su favor en esta comarca con varia
fortuna, según que los intrigantes de por acá te han ayudado ó te
han combatido. Las últimas campañas han sido terminadas muy á tu
gusto, porque no te han faltado auxiliares de fama y de empuje,
fuera y dentro de este municipio. No conozco al pormenor la actitud
en que hoy se hallan tus aliados forasteros; pero me consta que tu
vecino Asaduras, el enredador electoral más sin vergüenza de la
comarca, se ha pasado al enemigo con armas y bagajes; y te has
dicho, como en parecidas ocasiones: «Si Pedro me ayudara con
todas sus fuerzas, mi triunfo era infalible; y triunfando yo, no
solamente conseguiría el objeto principal de la batalla, sino que
ponía el pie en el pescuezo á ese pícaro desleal.»
—Y ¿qué mal habría en ello?—exclamó aquí con voz airada don
Juan, doblando como un espadín la plegadera entre sus dedos
convulsos.
—Ninguno, ciertamente—replicó don Pedro con entereza.—El mal
está en que las cosas hayan venido á parar ahí; en que tú, hombre
honrado, independiente, bueno y generoso, pactaras alianzas con
esa canalla, y que entre todos hayáis convertido á Cumbrales en
feudo desdichado de dos aventureros.
—¡Pedro!... ¡Pedro!—gritó aquí don Juan de Prezanes,
incorporándose lívido en el sillón y haciendo crujir la plegadera.—¡No
empecemos ya! ¡De esos á quienes llamas aventureros, el uno
siquiera, por amigo mío, merece tu respeto!
—¡Amigo tuyo!... ¡Merecedor de mi respeto! ¡El marqués de la
Cuérniga, ayer traficante en reses de matadero, concursado cien
veces, marrullero y tramposo, y de la noche á la mañana, y Dios
sabe por qué, título de Castilla y diputado á Cortes!...
—¡Pedro!... ¡Pedro!...
—¡Amigo tuyo... porque te escribe y te adula cuando te necesita,
como te escribía y te adulaba también el otro personaje de alquimia,
el barón de Siete-Suelas, su digno competidor en el distrito, hoy
amparado por el pillastre Asaduras!... ¡Amigo tuyo!... ¿En qué lo ha
demostrado? ¿Qué favores te ha hecho?
—Cuantos le he pedido, ¡vive Dios!
—Es verdad: obra de su poder y de tu deseo son las crueles
venganzas consumadas aquí en infelices campesinos que, al seros
desleales en la lucha, acaso les iba en ello el pan de sus familias;
favores suyos son también las ratas que habéis metido en la
administración municipal, y los esfuerzos que aún se hacen para
echar á presidio lo único honrado que en ella nos queda.
—¡Voto á tal—rugió aquí don Juan de Prezanes (y le echó
redondo) haciendo crujir la plegadera,—que esto ya pasa la raya de
todas las conveniencias!
—Á los hombres como tú, Juan—añadió don Pedro imperturbable,
—y á los niños, hay que decirles la verdad desnuda; y tú eres un
niño tesonudo y obcecado, porque la sensibilidad te roba el
entendimiento, y la pasión te deslumbra. Tú no harías el daño que
haces, pues eres bueno y honrado, si no tuvieras quien te azuzara y
pusiera las armas en tus manos. Ni siquiera te excusa la ignorancia ó
la perversidad de los caciques del otro tiranuelo, que á su vez hacen
lo mismo. ¡Lo mismo, Juan! porque en estos desdichados lugares,
las venganzas y las tropelías se cometen por riguroso turno; y éste
es el favor que debe Cumbrales á sus representantes. Ellos son los
toros de la fábula; el distrito, el charco de pelea; y nuestros pobres
convecinos, las ranas despachurradas. Y ¿para qué esos sacrificios
incesantes? Para provecho y regalo de dos farsantes vividores,
caídos aquí como en tierra de conquista. ¿Cuáles son sus títulos para
representarnos en Cortes? ¿Quién los ha llamado? ¿Quién los conoce
en el distrito sino por la huella desastrosa que dejan á su paso por
él? ¡Y quieres que yo te ayude en esta obra de iniquidad! ¡Y eso lo
pretendes cuando la nación entera arde en guerras y escisiones, y
hay un campo de batalla á las puertas de nuestros pobres hogares!
¡Nunca, Juan, nunca!
Ya comprenderá el lector que con mucho menos que esta
andanada, soltada á quemarropa y en mitad del pecho, había
sobrado para que echara chispas el hombre más cachazudo, cuanto
más el irritable y eléctrico don Juan de Prezanes. El cual, trémulo y
desencajado, antes que su amigo dijera la última palabra, ya había
convertido en hilachas la plegadera entre sus manos. Sudaba hieles
y parecía una pila de rescoldo. No le cabía en la estancia; al
revolverse en ella nervioso y desatentado como fiera enjaulada,
tumbaba sillas á puntapiés, y con el aire de sus faldones agitados,
volaban los papeles sueltos de la mesa. Rugió, golpeóse las caderas
con los puños cerrados, mesóse el ralo cabello con las uñas, amagó
apóstrofes fulminantes, injurias... hasta blasfemias, y ¡caso inaudito
en él! ni á una sola palabra, de la tempestad de frases iracundas que
bramaba en su pecho, dieron salida sus labios. Devorábalas á
medida que á borbotones acudían á su boca; y aquella plenitud de
furia comprimida, la denunciaban sus ojos inyectados de sangre y el
temblor de todas sus fibras. Causaba espanto el bueno de don Juan
de Prezanes. Felizmente no duró mucho tiempo la peligrosa crisis,
porque también obra milagros la voluntad; y la del letrado de
Cumbrales fué en aquella ocasión heróica sobremanera.
Cuando, después de este triunfo, logró algún dominio sobre sus
nervios desconcertados en la batalla, arrojó por la ventana la
plegadera hecha una pelota; se enjugó el sudor con el pañuelo; dió
algunas vueltas, relativamente sosegadas, en el gabinete, y, por
último, se dejó caer en el sillón, apoyando los codos sobre la mesa y
la cabeza entre las manos. Momentos después se encaró con su
amigo, que no apartaba los ojos de él, y le dijo con voz
enronquecida, pero no destemplada:
—Has venido á esta casa en busca de una reconciliación
intentada por mí, y juro á Dios que no he de darte hoy motivos de
nuevas desavenencias, como tú no las busques. Pero conste, y muy
recio, que si las antiguas quedan en pie, no es por culpa de tu
irascible, irreconciliable y rencoroso amigo, sino por la tuya, manso,
razonable y dulcísimo Pedro.
—Por mi culpa no, Juan, puesto que no me niego ni me he
negado jamás á una estrecha alianza contigo.
—¡Si pensarás que han pecado de turbias tus recientes palabras?
—El que yo me niegue á ser instrumento de cuatro intrigantes, no
es resistirme á ayudarte con alma y vida á hacer algo bueno por el
pueblo en que nacimos. Mas para esto es indispensable que, en
lugar de ir yo á tu terreno, vengas tú al mío.
—¡Y cata ahí el puntillo montañés!—replicó don Juan con nerviosa
sonrisa.—¡Ay, Pedro, qué ciego es quien no ve por tela de cedazo!
—Juzga lo que quieras, Juan, de mis intenciones: á mí me basta
saber que son honradas; pero entiende que no lucharé jamás á tu
lado, sino para exterminar de Cumbrales á esos intrusos tiranuelos;
empresa tan fácil como necesaria y benéfica. Cien veces te lo he
dicho: unámonos para arrancar la administración de este pueblo de
las manos en que anda años hace; entreguémosla á los hombres de
bien; hagamos porque no lleguen á pleito las cuestiones del lugar, y
fállense en terreno á donde no alcance la mano del Estado ni se
dejen sentir influjos de la política; guerra á muerte á los caciques, si
alguno queda rezagado entre nosotros; y cuando por este camino
llegue Cumbrales á ser dueño absoluto de lo que en justicia le
pertenece, yo mismo abriré sus puertas á los merodeadores. La
posesión de sí mismos hace cautos á los hombres; y si alguno es tan
inocente que aun con los ojos abiertos cae en las redes tendidas,
quéjese de su torpeza, pero no de su desamparo. Muy necio tiene
que ser el que desconozca que le engaña quien se le brinda con el
remedio de todos sus males, como charlatán de feria, para
desempeñar un cargo que, ejercido á conciencia, más es cruz de
suplicio que ocasión de prosperidades. ¿Crees, Juan, que, pensando
así, puedo rechazar tus planes por la pueril satisfacción de que tu
aceptes los míos?
—Puedo creer... creo, que te ciega una pasión, como tú crees que
otra me ciega á mí. ¡Vaya usted á saber quién de los dos es el más
apasionado!
—Aunque así sea y no valgan nada las razones que me has oído,
mi ceguedad no daña á nadie.
—Lo cual quiere decir que la mía es muy nociva.
—Te he demostrado que sí.
—¡Mira, Pedro, que no se dispone dos veces de la paciencia!
—No he sacado yo á relucir este asunto malhadado. Tú me has
impuesto mi complicidad en vuestros planes, como condición de
nuestras paces alteradas por una chapucería. Yo no he hecho otra
cosa que responderte.
—¡Hiriéndome en lo más vivo!
—Así se receta contra las malas costumbres, Juan; y esa en que
estás encenagado por una aberración de tu buen sentido, es causa
perenne de grandes desdichas para cuantos te rodean. Mi deber es
decirte la verdad, y te la digo.
Por algo decía don Juan de Prezanes que no se dispone de la
paciencia dos veces seguidas. Yo soy de su parecer, y además creo
que á los hombres del temperamento del abogado de Cumbrales, no
les conviene tragar la ira cuando esta mala pasión forcejea en sus
pechos y busca las válvulas de escape; porque no hay ejemplo de
que esta metralla haya llegado á digerirse en ningún estómago, por
recio que sea; y puesto que es de necesidad el desahogo, preferible
es que éste ocurra á tiempo y sazón, á que acontezca fuera de toda
oportunidad, como en el presente caso. El irascible jurisconsulto,
que había conseguido dominar la furia de su temperamento irritado
cuando su compadre le puso á bajar de un burro, perdió los estribos
y dió en los mayores extremos de insensatez, por una bagatela; por
aquello de las «malas costumbres.»
Oyólo el desdichado, clavando las uñas en el tablero de la mesa y
los ojos chispeantes en los impávidos de su compadre, que bien
pudiera no haber pegado tan fuerte.
—¡Malas costumbres!... ¡encenagado en ellas!—repetía don Juan
con voz cavernosa, y los pelos de punta y la faz desencajada.—¡Y,
sin embargo, yo soy el díscolo, y el procaz, y el quisquilloso, y el
descomedido!... ¡y tú el varón justo y prudente y sabio... el caballero
sin tacha! ¡Ira de Dios! ¡Malas costumbres! ¡Encenagado en ellas!—
tornó á repetir, entre roncos bramidos, mientras se incorporaba
derribando el sillón y se hacía pedazos en el suelo una salbadera de
vidrio.—¡Y eso me lo vienes á decir á mi casa, cuando te brindo en
ella con la paz!... Y ¿quién eres tú? ¿qué títulos, qué poderes son los
que tienes para atreverte á tanto, hipócrita, mal amigo! Si lo que te
propongo no te agrada, confórmate con no aceptarlo; ¡pero no me
injuries, no me hieras! ¿Ó tienen razón los que me dicen que eres de
la cepa de los tiranos?... ¡Sí, vive Dios! Cuando late en el pecho un
corazón honrado y se sienten en él los dolores ajenos, no se dan las
puñaladas, no se ultraja á nadie á sangre fría, como tú me has
herido y ultrajado hoy... y ayer, y siempre... ¡bárbaro! ¡Y quieres paz
y buscas la armonía! ¿Cómo han de ser duraderas entre nosotros, si
los más nobles impulsos de mi corazón se estrellan siempre contra
tu intolerancia brutal! Porque me odias, porque me detestas. Y me
odias y me detestas, porque soy mejor que tú, porque valgo más
que tú; y valgo más que tú, ¡porque en una sola fibra de mi corazón
hay más nobleza que en todo tu sér, henchido de soberbia, de
vanidad y de hipocresía!
Ni una palabra dura respondió don Pedro Mortera á esta primera
explosión de ira de su compadre; pero éste nunca se colocaba en
tales alturas sin despeñarse después, ciego y loco, entre torbellinos
de improperios y desvergüenzas. ¡Qué cosas dijo á su impasible
amigo! Porque una vez enredado en aquella infernal batalla, ya no
reñía sólo por el punto en cuestión: en la mente volcánica del
jurisconsulto fueron eslabonándose recuerdos de supuestos
agravios, hasta los más remotos del tiempo de su niñez; y caldeados
al fuego de su ira diabólica, arrojábalos en palabras, como lava de
un cráter y en testimonio de una vida de abnegaciones y martirios.
Trazas llevaba de no cesar la erupción en todo el día, cuando se
presentó Ana despavorida y presurosa porque había oído las voces
desde el corral. ¡Empresa peliaguda fué para la joven hacerse oir de
su padre, desconcertado, lloroso y balbuciente! Pero lo consiguió al
fin. Dueña de aquella brecha, minó con el arte de su larga y triste
experiencia, y supo llegar hasta el corazón del pobre hombre, que
acabó de rendir todos sus bríos á los halagos de su hija.
Entonces volvió don Pedro á ofrecerle sus brazos.
—Si te ofendieron—le dijo—algunas de mis palabras, sin tal
intento salidas de mis labios, harto te han vengado las que después
me has dirigido. De todas suertes, yo te las perdono con todo mi
corazón. Jamás de él te he arrojado, en él vives; lee en el tuyo,
Juan, y acábense de una vez para siempre estas reyertas que nos
matan.
Don Juan de Prezanes, desfogadas ya sus iras, estaba más para
sentir que para hablar; y tal vez á esta excusa se agarró su genio
quisquilloso para no dar el brazo á torcer todavía, aunque Dios sabe
si en el fondo del alma lo deseaba.
Así lo comprendió Ana; y mientras su padre se sentaba
desfallecido y pálido, hizo una seña á su padrino, y díjole al mismo
tiempo en voz alta:
—Este asunto corre ya de mi cuenta; y bien sabe mi padre que yo
nunca dejo las cosas á medio hacer.
Con esto, se volvió á consolar al atribulado, y salió don Pedro
Mortera, harto más pesaroso que complacido.
VI
DON VALENTÍN

a casa á que llegó don Baldomero después de separarse de


Pablo, estaba situada en lo más desabrigado, al vendaval
de la barriada de la Iglesia. Era grande y vieja, sin
portalada; con una accesoria, que en mejores tiempos
había cumplido altos destinos, á un costado; al opuesto un
nogal medio podrido, y en la trasera un huerto lóbrego.
¡Qué tristes son en una aldea esos viejos testimonios de fenecidas
prosperidades campestres! Tristes, porque al contemplarlos los ojos
del sentimiento, más que las piezas herrumbrosas y dislocadas que
tienen delante, ven la máquina activa que ya no existe. ¡Cuánto más
alegre la miserable choza entre laureles y zarzas, con el becerrillo
atado al tosco pesebre y una pollada picoteando en las goteras del
corral, que el silencioso palación de abolengo, con las cuadras
enjutas y encanecidas por desuso, y el pajar en esqueleto! La
primera es la vida risueña, que no está reñida con la pobreza; el
segundo es la muerte, ó, cuando menos, la decrepitud con todos sus
achaques, tristezas y desalientos.
Tal aspecto ofrecía la casa de que vamos hablando.
Abrió don Baldomero el entornado portón del estragal, y tomó
escalera arriba por una de peldaños que yesca parecían por lo
carcomidos y esponjosos. Ya en el piso, entró en un salón de negro
tillo de viejísimo castaño abarquillado y con jibas; el techo era de
viguetería pintada de barro amarillo, y de las no muy blancas
paredes pendían un retrato de Espartero, en lugar preferente, y en
los secundarios una Virgen de las Caldas y un plano de Jerusalén;
todas estas estampas en marcos con chapa de caoba, deslucida por
el polvo de los años y la incuria de sus dueños.
Á lo largo de aquel salón, gesticulando y hablando solo al mismo
tiempo, paseábase un hombre no muy alto, seco, moreno verdoso y
algo encorvado; pero ágil todavía, á pesar de sus muchos años.
Comenzando á describirle por la cúspide, pues no había un punto en
todo él de desperdicio para el dibujante, digo que la tenía coronada
por un sombrero de copa alta, con funda de hule negro; seguía al
sombrero una cara pequeñita y rugosa, cuyos detalles más notables
eran los ojos verdes y chispeantes, como los del gato; las cejas
blancas y erizadas; la nariz un poco remangada y gruesa, y debajo,
á plomo de las ventanillas, sobre una boca desdentada, dos mechas
cerdosas, separadas entre sí, formando lo que se llama, vulgar y
gráficamente, bigote de pábilos. Las quijadas y la barbilla
sustentábanse en las duras láminas de un corbatín militar de
terciopelo raído, dentro de las que se movía el flácido pescuezo,
como el del grillo entre su coraza. Vestía el singular personaje
pantalón de color de hoja seca, corto y angosto de perneras y con
pretina de trampa; chaleco azul, cerrado, con una fila de botones de
metal amarillo, hasta la garganta, y, por último, casaquín, de cuello
derecho, con narices en los arranques de las aletas traseras, ó
faldones rudimentarios, prenda que fué muy usada, hasta no há
mucho tiempo, en la Montaña, por los señores de aldea. El de quien
vamos hablando no se la quitaba de encima jamás, acaso por los
vislumbres marciales que despedía, combinada con estudio con el
chaleco cerrado, el corbatín de terciopelo y el sombrero con funda.
Ya habrá adivinado el lector que se trata del héroe de Luchana,
don Valentín Gutiérrez de la Pernía, de quien nos ha dado algunas
noticias su hijo don Baldomero, en el banco de la Cajigona.
No se cruzó un triste saludo, y estoy por asegurar que ni una
mirada, entre uno y otro personaje; pero movidos ambos de un
mismo pensamiento, acercáronse á una mesa que estaba arrimada á
la pared y con una de sus alas levantada. Sobre el menguado y no
limpio mantel, tendido encima, había una botella, dos vasos, otros
tantos platos con los correspondientes cubiertos (de peltre, si no
mentían las apariencias), una escudilla sobre cada plato, un cuchillo
de mango negro, y como dos libras de pan en media hogaza, no de
flor ni del día. Ni don Valentín se quitó el sombrero forrado de hule,
ni su hijo el hongo roñoso; y no había cesado aún el clamoroso crujir
de las sillas arrastradas sobre el áspero suelo, cuando se llegó á la
mesa, á mucho andar, una mocetona desgreñada y en soletos, con
una tartera de barro entre las manos, y en la tartera la olla
humeante y lacrimosa.
Arrimándose la moza á don Valentín, acomodó la cobertera de
modo que no quedara más que un resquicio en la boca del ollón;
entornóle sobre la escudilla, y la llenó de caldo, soplando al mismo
tiempo y sin cesar la escanciadora, para que torcieran su rumbo los
cálidos vapores que subían en espesa columna vertical. Cuando
hubo hecho lo mismo al lado de don Baldomero, puso la olla sobre la
tartera en el centro de la mesa, y se largó á buen paso hacia la
cocina, como diciendo:—Ahí queda eso, y allá os las compongáis.
Y no se las compusieron del todo mal los dos comensales. Por de
pronto, partieron sendas rebanadas de pan; luégo las subdividieron
en transparentes lonjas que remojaron en el caldo de las escudillas,
y, por último, se tomaron la sopa resultante, que á néctar debió
saberles, por lo que la pulsearon antes de paladearla. Tras este
refuerzo al desmayado estómago, un trago de vino y dos
castañeteos de lengua, don Valentín volcó la olla en la tartera, que
encogollada quedó de potaje, sobre el cual cayeron, en las tres
últimas y acompasadas sacudidas que al cacharro dió el héroe,
sabedor de lo que dentro había y no acababa de salir, dos piltrafas
de carne y una buena ración de tocino. Sirviéronse y engulleron
copiosa cantidad de bazofia, y, tras ella, casi todo el tocino. De
carne, no quedó hebra.
Ni una palabra se había cruzado todavía entre el padre y el hijo,
hasta que, limpios los respectivos platos y apurados por tercera vez
los vasos, dijo don Valentín, tras un par de chupetones á los pábilos
del bigote, y arrojando sobre la mesa una llave que guardaba en el
bolsillo de su chaleco:
—Sácalo tú.
Y con ella en la mano, fuése don Baldomero á una alacena que en
el mismo salón había, embutida en la pared, y tomó de sus negras
entrañas un plato desportillado que contenía como hasta tres
cuarterones de queso pasiego, duro y con ojos, señal de que ni era
fresco ni era bueno.
Antes de hincar en él las mandíbulas (pues es averiguado que,
desde mucho atrás, no quedaban en ella ni raigones), exclamó el
veterano, entre iracundo y plañidero, y como si continuara una serie
no interrumpida de graves meditaciones:
—En verdad te digo que el hombre degenera de día en día, y que
se acaban por instantes aquellas virtudes que hicieron del español,
en otros tiempos, el modelo de los caballeros sin tacha. Ya no hay fe
en los principios, ni verdadero amor á la patria, ni entusiasmo por la
libertad.
Don Baldomero tragaba y sorbía, y nada respondió á su padre.
¡Estaba tan hecho á oirle cantar aquella sonata!
Don Valentín, mientras paladeaba el primer trozo de queso que se
había llevado á la boca en la punta del cuchillo, continuó así:
—Digo y sostengo que no es de liberales de buena casta
regalarse el cuerpo como nosotros, ni comer pan á manteles,
mientras el faccioso tremola en el campo el negro pendón de la
tiranía. ¿No es esto el evangelio?
—Bien podrá ser—respondió el otro, mascando á dos carrillos;—
pero paréceme á mí que tendría más fuerza de verdad predicado
antes de comer.
—¿Quieres decirme—saltó don Valentín,—que también yo me
duermo en las delicias de Capua? ¿Quieres darme á entender,
hombre sin vigor ni patriotismo, que no sé predicar con el ejemplo?
Pues chasco te llevas, que, aunque viejo, todavía arde en mis venas
la sangre que triunfó en Luchana; y bien sabes tú que si esta mano
rugosa no esgrime el hierro centelleante en el campo del honor, no
es culpa mía, sino de la raza afeminada y cobarde que me rodea y
me oye, y se encoge de hombros, y se ríe de mi ardimiento, y se
burla de los ayes de la patria roída por el cáncer del absolutismo.
Aquí don Valentín, devorando el último de los pedazos en que
había dividido su ración de queso, arrastró hacia el centro de la
mesa el plato que tenía delante; y después de beber de un sorbo,
temblándole la mano y la barbilla, el tinto que en su vaso quedaba, y
de plantarle vacío y con estruendo sobre el mantel, continuó de este
modo, llevando la diestra al bolsillo interior del casaquín:
—Pero yo no he de faltar á mi deber, aunque el mundo entero
prevarique y toda carne corrompa su camino; yo he de insistir,
mientras aliento tenga, en que cada cual ocupe su puesto y lleve su
ofrenda al templo de la libertad. Soy hijo del siglo; he bebido su
esencia; me he amamantado en sus progresos (al hablar así
reapareció su diestra empuñando una petaca de suela y un rollo de
hojas de maíz); y si hay hombres á quienes ofende la luz de
nuestras conquistas y seduce la parsimonia estúpida de los viejos
procedimientos, yo no soy de esos hombres.
No afirmaré que lo hiciera en demostración de su aserto; pero es
la verdad que, mientras tales cosas decía, raspaba con su
cortaplumas una de las hojas de maíz por ambas caras, y la
recortaba cuidadosamente hasta dejarla reducida al tamaño de un
papel de cigarro. Púsose á liar uno, y en tanto, seguía declamando
de esta suerte:
—No hay modo de convencer á estos zafios destripaterrones, de
que la ley del progreso impone deberes, lo mismo que la ley de
Dios... Y el progreso es fruto natural de la libertad, y la libertad
padece persecuciones en el presente momento histórico... y el honor
de los padres es el honor de los hijos; y donde padece la libertad,
sufre el progreso; y si muere la una, acábase el otro... Pero la
libertad es inmortal, porque Dios puso el sentimiento de ella en el
corazón de los hombres; y siendo la libertad inmortal, el progreso no
puede morir; pero pueden padecer... padecen ¡vive Dios! padecen; y
padecen desdoro, porque el perjuro, el vencido en Luchana, los
combate otra vez; y por el solo hecho de combatirlos, los afrenta... y
el campo de batalla está á las puertas de nuestros hogares
indefensos; indefensos, porque no hay patriotismo en ellos; y
porque no le hay, se desoye mi voz que le invoca á cada instante, y
sin cesar llama á la lid contra el pérfido... Pero yo no cejaré en mi
empresa; yo levantaré el honor de Cumbrales peleando solo contra
el tirano, si solo me dejan al frente de él, cuando profane este suelo
con su planta inmunda. La muerte de un hombre libre lava la
ignominia de un pueblo de esclavos. ¡Infelices! Ignoran que, en las
corrientes del progreso, quien no va con ellas es arrollado y
deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por eso, en cuanto á los
más, costra grosera del pobre terruño; y en cuanto á los menos,
¿qué excusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de su
conducta sospechosa? Sospechosa, sí, porque no todo es trigo
limpio en Cumbrales, ¡vive el invicto Duque! Aquí también hay fósiles
de los tiempos bárbaros; seres incomprensibles para quienes el
tiempo no pasa, ni instruye, ni reforma, ni inventa, ni demuele. ¿En
qué se conocería que vivimos en el siglo de la luz y del progreso, si
ellos fueran los llamados á dirigir las corrientes de las ideas; si junto
á esa raza obscurantista y retrógrada, no se alzara la de los hombres
como yo?
Cuando hubo dicho esto y liado el cigarro, púsole en la boca,
restregóse las palmas de las manos para sacudir el polvillo del
tabaco adherido á ellas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Sidora!... ¡la chofeta!
Y Sidora acudió con la única que debía quedar en el siglo;
venerable joya de metal de velones, con sus dos mangos torneados,
tintos en almazarrón.
Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesa, y marchóse,
llevándose la olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como
ya no había qué comer ni qué beber á sus alcances, don Baldomero
cogió la petaca de su padre, tomó de ella el tabaco necesario, y sin
replicar ni siquiera prestar atención á lo que el veterano iba diciendo,
hizo un cigarro con papel de su propio librillo, encendióle en las
ascuas mortecinas de la chofeta, y comenzó á fumarle muy
sosegadamente, entre eructos y carraspeos.
Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la
poca fe liberal de los tiempos, hasta que reparó en su hijo, de quien
se había olvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle
dormilento y distraído, alzóse de la silla, y díjole en tono admirativo
y corajudo:
—¡Hombre, parece mentira que seas sangre de mi sangre, y que
no se te despierte ese espíritu holgazán... por respeto siquiera al
nombre que llevas y que, en mal hora, te pusieron en la pila, en
memoria del héroe ilustre con quien vencí en Luchana! ¡Sorda y
ciega sea esta imagen de él que nos preside; que á trueque de que
no vea lo que eres ni oiga lo que te digo, consiento en que ignore la
fe que le guardo y el altar que tiene en mi corazón!
Por toda réplica, y mientras don Valentín miraba el retrato,
descubriéndose la cabeza calva, su hijo hundió los brazos en los
bolsillos del pantalón, estiró las piernas debajo de la mesa, cargó el
tronco sobre el respaldo hasta dar con éste y con la nuca en la
pared, y así se quedó, arrojando por las narices el humo de la colilla
que tenía entre los labios.
El veterano le miró con ira despreciativa; volvió á cubrirse la
cabeza, y salió á cumplir con lo que él llamaba su deber, después de
empuñar un grueso roten, que estaba arrimado á la pared en un
rincón de la sala.
Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta
del cigarro pegada al labio inferior.
VII
MÁS ACTORES

e una persona que tiene estrabismo, dicen las gentes


aldeanas de por acá que enguirla los ojos, ó simplemente
que enguirla; y se llama la acción y efecto de enguirlar,
enguirle. Ahora bien: Juan Garojos, hombre bien
acomodado, trabajador, de sanas y honradas costumbres,
alegre de genio y con sus puntas de socarrón, era un poco bizco; y
como en esta tierra, lo mismo que en otras muchas, no bien se
columbra el defecto en una persona, ya tiene ésta el mote encima, á
Juan, desde que andaba á la escuela, dieron en llamarle Juan
Enguirla; algunos, Juan Enguirle, y todos, al cabo de los años,
Juanguirle, con el cual nombre se quedó por todos los días de su
vida.
Pues este Juanguirle, un poco bizco, bien acomodado, honradote,
chancero y socarrón, más cercano á los sesenta que al medio siglo,
y alcalde de Cumbrales al ocurrir los sucesos que vamos relatando,
hallábase en el portal de su casa, de las mejores del lugar entre las
de labranza, con cercado solar enfrente, para lo tocante á forrajes y
legumbres en las correspondientes estaciones, sin perjuicio de la
cosecha del maíz á su tiempo (pues á todo se presta la tierra bien
administrada, máxime si amparan sus frutos contra las injurias y
demasías del procomún, cercados firmes y el ojo del amo, alerta y
vigilante), y el corral bien provisto de rozo y junco para las camas, y
de matas y tueros para el hogar la socarreña accesoria, capaz
también del carro y su armadura de quita y pon, la sarzuela y los
adrales, un tosco banco de carpintería, el rastro y el ariego y muchos
trastos más del oficio, que no quiero apuntar porque no digan que
peco de minucioso, aunque tengo para mí que, en esto de pintar con
verdad, y, por ende, con arte, no debe omitirse detalle que no
huelgue, por lo cual he de añadir, aunque añadiéndolo quebrante
aquel propósito, que debajo de la pértiga dormitaba un perrazo de
los llamados de pastor, blanco con grandes manchas negras, y que
en el corral andaba desparramado un copioso averío, buscándose la
vida á picotazos sobre el terreno que escarbaba.
Volviendo á Juanguirle, añado que estaba en mangas de camisa,
canturriando unas seguidillas á media voz, pero desentonada,
mientras pulía el asta que acababa de echar á un dalle; obra de
prueba que pocos labradores son capaces de ejecutar debidamente.
Raspaba el hombre con su navaja donde quiera que sus ojos veían
una veta sobresaliendo, y luégo aproximaba á sus ojos la más
cercana extremidad del asta; y tocando el pie del dalle en el suelo,
enfilaba una visual por los dos puntos extremos; y vuelta después á
raspar, y vuelta á las visuales, y vuelta también á probar su obra,
empuñando las manillas y haciendo que segaba.
Cuando se convenció de que el asta no tenía pero, echó una
seguidilla casi por todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón
mal sostenido, cuando el perro comenzó á gruñir sin levantarse, y se
le presentó delante don Valentín Gutiérrez de la Pernía. Saludó al
alcalde en pocas palabras, y en otras tantas, pero regocijadas y en
solfa, fué respondido.
—Le esperaba á usté hoy, señor don Valentín,—díjole en seguida
Juanguirle, volviendo á retocar el asta aquí y allá con la navaja.
—Eso quiere decir que llego á tiempo—contestó el otro.—Y ¿por
qué me esperabas hoy?
—Porque, salva la comparanza, es usté como el rayo: tan aína
truena, ya está él encima.
—Luego ¿ha tronado hoy, á tu entender?
—Y recio, ¡voto al chápiro verde! Y muy recio, señor don Valentín;
¡tan recio como no ha tronado en todo el año! Desde que me
levanté y fué antes que el sol, no he oído otra cosa en todo el santo
día... Como que si uno fuera á creerlo según suena, cosa era de
encomendarse á Dios. El menistro (con perdón de usté) que fué con
un oficio mío á Praducos, por lo resultante de los ultrajes de ellos en
el monte de acá, entendió que le cortaban el andar; y, por venirse
por atajos y despeñaderos, llegó sin resuello y aticuenta que
pidiendo la unción. De la pasiega no se diga, que hasta el cuévano
trajo esta mañana encogollado de supuestos al respetive, y entre
ésta y el otro, y el de aquí y el de allá, que lo corren y avientan, y
que dale y que tumba y que así ha de ser, hasta los pájaros del aire
cantan hoy la mesma solfa. De modo y manera que yo me dije: ó
don Valentín es sordo, ó no tarda en darse una vuelta por acá, al
auto de lo de costumbre.
—En efecto—respondió don Valentín:—en día estamos de grandes
noticias; y esto me hace creer que no te hallaré, como otras veces,
mano sobre mano.
—¡Mano sobre mano, voto á briosbaco y balillo!... ¿Y esto que
tengo entre ellas? ¿Parécele á usté muestra de gandulería? Antayer
era castaño de pie, que se curaba en el sarzo del desván; hoy está
donde usté le ve, con el pulimento del caso. ¡Y que vengan los más
amañantes del lugar y le pongan peros! Esto no es echar cambas,
señor don Valentín, á golpe de mazo y corte usté por donde quiera:
esto es obra fina, de espiga y mortaja... y punto menos que sin
herramienta, porque de un clavijón hice un vedano á fuerza de
puño.
—Ya sé que te pintas solo para lo tocante al oficio; pero yo no
vengo hoy á visitar á Juan Garojos, sino al señor alcalde de
Cumbrales, para preguntarle qué medidas ha tomado en vista de las
noticias que corren.
—Pues el alcalde de Cumbrales, señor don Valentín, cumple con
su deber.
—¿De qué modo?
—Dejando esas cosas como Dios las dispone, y no metiéndose en
andaduras que pueden costarle al pueblo muchos coscorrones. Ya
sabe usté que es viejo mi pensar al respetive.
—Pues para ese viaje no necesitábamos alforjas, mira.
—En las que yo le he pedido á usté me ajoguen, señor don
Valentín. Y, por último, usté, que no piensa en otra cosa, debe de
saber lo que hay que hacer, lo que puede hacerse, y hasta cómo se
hace.
—¡Eso pido, Juan, eso pido! Pero ¿quién me oye? ¿quién me
ayuda? ¿quién me sigue?
—Pero usté, y vamos por partes, ¿qué es lo que teme?
—¡Que vengan!... ¡que entren!
—¡Que vengan!... ¡que entren! Pues tal día hará un año. ¡Vea
usté qué ajogo! Por aquí entrarán y por allí saldrán... ú viste-berza.
—¡Bravo, señor alcalde! ¿Y el honor? ¿y el deber?
—El honor y el deber á salvo quedan, señor don Valentín; que
naide está obligado á imposibles que rayan en locuras; y locura
fuera, y hasta tentar á Dios, lo que usté pretende. Dejándolos venir,
cuestión será de quitarles el hambre y abrirles el pajar para que se
tiendan y maten el cansancio; pero cerrarles el paso es abrirnos
todos la sepultura en los escombros del lugar. Con que tonto será
quien al escoger se engañe.
—¡Que así se exprese la primera autoridad del pueblo!... ¡el
representante del gobierno constituído!
—La primera autoridad del pueblo ha cumplido con la ley dando
los hombres que se le han pedido. Allá está la flor y nata de
Cumbrales: parte de ella no volverá. Al rey serví en su día; y si hoy
tengo el hijo en casa, buen por qué me cuesta. ¿Qué más quieren?
¿qué más debo? ¿Mando, por si acaso, en alguna plaza fuerte? ¿Son
quiénes cuatro viejos y un puñado de mozos que los amparan por
deber natural, y sin más armas que el horcón y las trentes, para
hacer cara á quien tiene la guerra por oficio?
—Cuando la libertad peligra, señor alcalde, no se cuentan los
enemigos... ¡Numancia!... ¡Zaragoza!
—Mire usté, don Valentín, no entiendo mayormente de historias;
pero en lo tocante á tener ó no cada uno el alma en su lugar, que
venga el moro ú que vuelva el francés... y hablaremos. Hoy por hoy,
en saldo y finiquito, hermanos somos todos; la mesma lengua
hablamos; á un mesmo Dios tememos...
—Juan, no están tus entendederas en armonía con la gravedad de
los acontecimientos ni con el valor de mis advertencias patrióticas;
pero habiéndote en el único lenguaje que penetras, te diré que al
son que me toquen he de bailar; como os portéis conmigo ahora, he
de portarme con vosotros mañana. No tardará en presentarse una
ocasión en que el parecer de uno solo valga más que la conformidad
de todos los restantes del pueblo. Ese parecer puede ser el mío:
acuérdate del año pasado. Asaduras fué el causante del conflicto,
que, al cabo, se conjuró; pero yo no soy Asaduras, ni estoy, como él,
supeditado á nadie que me obligue á desdecirme cuando una vez
empeño mi palabra.
—¿Lo dice usté por el caso de la derrota?
—Por eso mismo.
—¡Bah! señor don Valentín, usté no tiene punto de comparanza
con Asaduras, y no se meterá usté donde él se metió sin qué ni para
qué. Además, usté no es labrador ni ganadero.
—Pero lo son mis aparceros y colonos.
—No es igual; pero aunque lo fuera, ya nos entenderíamos, que
usté no es hombre que intente el daño del vecino sólo por el aquél
de hacerle.
—¡Verás qué chasco te llevas, Juan!
—Que no me le llevo, señor don Valentín. ¡Si le conoceré yo á
usté! Además, en lo tocante á lo solicitado por usté, todo lo
respondido por mí es pura chanza y fantesía de palabra... Si esa
libertad llega á verse aquí en trance de muerte, ya sabremos sacarla
avante. Para eso nos bastamos usté y yo, y á todo tirar, Asaduras y
Resquemín. Uno en este portillo, dos en el de más allá y el otro en el
campanario... ¡pin! ¡pan! ¡pun! cuatro tiros hacia aquí, cuatro hacia
allí, boca abajo el faicioso... y se acabó la guerra.
Como si le hubiera picado un tábano, salió corralada afuera don
Valentín al oir estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes
risotadas el efecto de su chanza, y continuó raspando el asta del
dalle.
En esto salió del cuarto del portal, pieza de carácter en las casas
montañesas, un mozo como un trinquete: recién peinado, bien
vestido, aunque no de gala, y con los zapatos, sobre medias de
color, ajustados al empeine con cordones verdes. No tenía tacha el
mancebo, en lo tocante á lo físico: buena estatura, hermosa cabeza
y artística corrección en las demás partes de su cuerpo; pero en el
modo de llevar el sombrero, en lo artificioso del peinado y en la
forzada rigidez de sus miembros al moverse dentro del vestido del
cual parecía esclavo más que dueño, muestras daba de ser, con
exceso, presumido y fachendoso.
—No hay como tú, Nisco—díjole Juanguirle.—Hoy domingo,
mañana fiesta: ¡buena vida es ésta!
—Gana de hablar es, padre, cuando sabe usté que á la hora
presente tengo bien cumplida mi obligación. La ceba dejo en el
pesebre, y las camas listas para cuando venga del monte el ganao.
De leña picá, está el rincón de bote en bote.
—No lo dije por tanto, hombre; sino que, como te veo tan dao al
zapato nuevo y al pelo reluciente de un tiempo acá, en días de entre
semana...
—Voy con Pablo al cierro del monte.
—Por eso creía yo que sobraba la fantesía del vestir. ¡Para los
tábanos que han de mirarte allá!...
—Pero entro antes en su casa... y ya ve usté...
—Antes y después, Nisco. Lléveme el diablo si no vives más en
ella que en la tuya. Pero, en fin, si aprendes de lo que no sabes y
ensalza el valer de la persona... ¡Mira qué alhaja, hombre!
Dijo, y al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo.
Éste echó sobre el asta varias visuales, hizo también como que
segaba, y, por último, arrimó el trasto á la pared, con la guadaña en
lo alto. Marcó un punto con el callo sin mover el asta, y haciendo
centro con el extremo inferior de ésta, describió un arco hacia la
derecha. La punta del dalle pasó entonces por la marca hecha con el
callo.
—¡En lo justo, Nisco, en lo justo! Bien visto lo tengo.
—Ni menos ni más,—respondió solemnemente Nisco, entregando
el dalle á su padre con todos los honores debidos al mérito de la
obra.
—Ahora—añadió el alcalde,—voy á picarle, y luégo á segar un
garrote de verde; y si no me le siega el dalle de por sí solo, te digo
que no vale mi sudor dos anfileres.
Con lo cual se marchó Nisco á casa de Pablo; y momentos
después, medio tendido en el suelo, sobre las melenas de uncir los
bueyes; apoyado el tronco sobre el codo del brazo izquierdo; el
extremo del asta sobre la rodilla levantada, y el filo del dalle
deslizándose, al suave empuje de la mano izquierda, por encima del
yunque clavado en tierra, canturriaba una copla el bueno de
Juanguirle, al compás del tic, tic de su martillo, sin acordarse más
del cargo que ejercía en el pueblo ni de la visita de don Valentín, que
del día en que le llevaron á bautizar.
VIII
ÉGLOGA

aminando Nisco de su casa á la de Pablo, como las callejas


eran angostas y sombrías y convidaban á meditar,
andando, andando, meditaba y acicalábase el mozo, pues
á ambas cosas era dado, como soñador y presumido que
era; y ¡vaya usted á saber por dónde volaba su
imaginación mientras se atusaba el pelo con la mano, y observaba la
caída de las perneras sobre los zapatos, y estudiaba aires y
posturas, sonrisas y ademanes!
Á lo más angosto de la calleja llegaba, punto extremo de la parte
recta de ella, paso á paso, mira que te mira el propio andar y soba
que te soba el pelo, cuando topó cara á cara con Catalina, la moza
más apuesta y codiciada de Cumbrales. Pareja tan gallarda como
aquélla, no podía hallarse en diez leguas á la redonda. Si él era el
tipo de la gentileza varonil y rústica, ella era el modelo correcto de la
zagala ideal de la égloga realista. Y, sin embargo, á Nisco no le gustó
el encuentro, y hasta le salió á la cara el desagrado en gestos que
devoraron los negros y punzantes ojos de Catalina.
Con voz no tan firme como la mirada, dijo al mozo, cuando le vió
delante de ella vacilando entre echarse á un lado para dejar el paso
libre, ó detenerse para cumplir con la ley de cortesía:
—Si fuera la calleja tan ancha como el tu deseo, bien sé que los
mis ojos te perdieran de vista ahora.
—Supuestos son esos, Catalina—respondió Nisco de mala gana,—
que pueden venir... ú no venir al caso.
—Hijo, lo que á la cara salta, de corrido se lee.
—Si á ese libro vamos, de tí pudiera yo decir lo mesmo, Catalina.
—Abierto le llevo, es verdad; pero no leerás en él cosa que me
afrente.
—Ninguna ventaja me sacas al auto.
—Eso va en concencias.
—La mía está como los ampos de la nieve.
—Entonces, ¡Virgen santa!—exclamó Catalina llevándose hasta la
boca las manos entrelazadas,—¿qué color tienen los corazones falsos
y traidores?
—Si por el mío lo preguntas, cuenta que te equivocas,—respondió
Nisco fingiendo mal el aplomo que le faltaba.
—¡Con que me equivoco? ¡Con que tu corazón no es falso? ¡Con
que no se apartó del mío de la noche á la mañana?
—Ninguna escritura habíamos firmao tú y yo.
—¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vida,
trapacero y engañoso! ¿Qué más escritura que el sentir de la
persona! Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi
pensamiento: cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien
sabes tú que ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la
cara me lavaron á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no
tomé á embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser
míos: no dirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste
de mi voluntad; y con serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra
que no fuera honrada y en ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi
parte! Y si no me engañabas cuando tanta firmeza me prometías,
¿por qué hace tiempo que de mí te escondes? Y si para mirarme á
mí te puso Dios los ojos en la cara, como tantas veces me dijistes,
¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en el
porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora las prendas con
que te emperejilas hasta para ir al monte?
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