EN TORNO AL CONCEPTO DE COMPETENCIA: UN ANÁLISIS DE FUENTES
Ernesto López Gómez
VOL. 20, Nº1 (Enero-Abril. 2016) ISSN 1138-414X (edición papel) ISSN 1989-639X (edición electrónica) Fecha de
recepción 29/07/2014 Fecha de aceptación 29/09/2015
1. Perspectiva histórica, terminológica y semántica de competencia.
Desde una perspectiva histórica, el primer uso del concepto de competencia lo encontramos en
el conocido diálogo platónico Lisis, sobre la naturaleza de la amistad, en el que se emplea la
palabra “ikanótis” (ικανοτης), cuya raíz es “ikano”, un derivado de “iknoumai”, que significa
“llegar”. Se traduce como la cualidad de “ser ikanos”, ser capaz, tener la habilidad de conseguir
algo, una cierta destreza para lograr aquello que se pretende. Esta visión histórica ha sido
ampliamente tratada en el trabajo de Mulder, Weigel y Collins (2007, pp. 68-69), quienes
constatan que la idea de competencia, desde un punto de vista histórico, además de en el
diálogo platónico Lisis, aparecía ya en el Código Babilónico de Hammurabi.
En la otra lengua clásica, el latín, se encuentra la forma de “competens” que se refiere a “ser
capaz” y en la forma de “competentia”, entendida como la capacidad y la permisión. Como
indica Mulder (2007, p. 6) ya en el siglo XVI el concepto estaba reconocido en inglés, francés y
holandés y, de la misma época, data el uso de las palabras competence y competency.
En complemento a esta mirada histórica, en la etimología se descubre que competencia
proviene de competere: “ir al encuentro una cosa de otra”; “responder, estar de acuerdo con”;
“aspirar a algo”, “ser adecuado” (Corominas y Pascual, 2007, p. 457).
Además, en la propuesta de la Real Academia Española (2001, p. 347), competencia, en la
acepción cercana a nuestro tema, es “aptitud o idoneidad” mientras que el Diccionario María
Moliner expone que alguien competente es, además, “quien conoce cierta ciencia o materia, o
es experto en la cosa que expresa o a la que se refiere el nombre afectado por competente”.
2. Transitando del uso al sentido de la competencia.
Para la Real Academia Española, uso (del lat. usus) significa “un empleo continuado o habitual
de algo”. Así, es indudable que el uso del término competencia es muy representativo en la jerga
pedagógica del momento, si bien el sentido del uso, en ocasiones, no se ajusta a su significado,
entendiendo sentido como el “modo particular de entender algo” y la “razón de ser o finalidad”.
De ahí que, en el caso de competencia, exista gran distancia entre su uso y su sentido. El propio
uso de la palabra ha derivado en la confusión actual que en torno al término se descubre y el mal
uso del concepto hace que en ocasiones se nomine con un mismo término a realidades distintas
o a aquellas que son atributos o componentes del propio concepto de competencia. Además,
quizá el castellano pueda incidir en esta cuestión, por su propia riqueza y pluralidad, haciendo
difícil consensuar y delimitar conceptos como el de competencia, por su afinidad a otros que
propiamente incluye como habilidad, destreza, capacidad, pericia, actitud, entre otros (Baartman
et al., 2007). En efecto, hay unanimidad en la literatura revisada respecto a que competencia
incluye a los anteriores, pese a no significar para todos lo mismo (Westera, 2001) y a pesar de
emplear los términos anteriores sin un criterio claro, de manera confusa, para identificar
realidades que no son en sí competencias si no únicamente objetivos, tareas, contenidos,
actitudes o, el más común, su confusión con capacidad personal; si fuera así las capacidades
serían difícilmente enseñables puesto que aluden a estados personales (Rué, 2008).
3. El sentido de competencia en la literatura
3.1 Una revisión de fuentes.
Una mirada sucinta a la literatura en torno a la temática permite apuntar hacia diversas
propuestas teóricas (Perrenoud, 2008; Cano, 2008; Villa y Poblete, 2004; Sarramona, 2007; De
Miguel, 2006; Bunk, 1994; Medina, 2009; Sevillano, 2009; Zabalza, 2003; Le Boterf, 1994, entre
otros), si bien, en primer lugar se tendrán en cuentan dos proyectos que han tenido un alto
impacto en la temática.
Así, el proyecto DeSeCo (Definition and Selection of Competencies), auspiciado por la OCDE, se
desarrolló a finales del siglo pasado y desde sus comienzos pretendió identificar competencias
clave en el nuevo contexto mundial, dando continuidad a otros informes como Aprender a Ser
(Faure, 1973) e Informe Delors (Delors, 1996). Lo cierto es que se ha convertido en una
referencia obligada para el tema que nos ocupa. El propio proyecto define competencia como “la
capacidad para responder a las exigencias individuales o sociales para realizar una actividad o
una tarea” desde una combinación de “habilidades prácticas y cognitivas interrelacionadas,
conocimientos (incluyendo el conocimiento tácito), motivación, valores, actitudes, emociones y
otros elementos sociales y de comportamiento que pueden ser movilizados conjuntamente para
actuar de manera eficaz” (OCDE, 2003, p.8). Y más adelante se puede leer que la competencia
“se manifiesta en acciones, conductas o elecciones que pueden ser observadas o medidas”
(OCDE, 2003, p.48), lo que implica que se pretenden establecer indicadores para su evaluación y
medida.
En otro referente importante, el Proyecto Tuning, se indica que las competencias “representan
una combinación dinámica de conocimientos, habilidades, capacidades y valores” (González y
Wagenaar, 2006, p.32).
Además de estos dos proyectos, se presentan a continuación diversas conceptualizaciones de
competencia. Así, Perrenoud (2008) afirma que la competencia es una actuación integral que
permite identificar, interpretar, argumentar, y resolver problemas del contexto con idoneidad y
ética, integrando el saber ser, el saber hacer, el saber conocer. Esta conceptualización coincide
plenamente con Cano (2008, p.6) al señalar que la competencia “articula conocimiento
conceptual, procedimental y actitudinal”.
También De Miguel (2006, p.28) identifica la competencia como “el resultado de la intersección
de los componentes: conocimientos, habilidades y destrezas, actitudes y valores”, cuestión en la
que profundizan Leví y Ramos (2013), al proponer un modelo de componentes de las
competencias. Bunk (1994), en un esfuerzo integrador, propuso hace un tiempo que posee
competencia profesional quien dispone de los conocimientos, destrezas y actitudes necesarias
para ejercer una profesión, es capaz de resolver problemas de forma autónoma y flexible y
puede colaborar en su entorno profesional.
De igual forma, Villa y Poblete (2004, p.8) indican que competencia significa “un buen
desempeño en contextos complejos y auténticos. Se basa en la integración y activación de
conocimientos, habilidades y destrezas, actitudes y valores”. En esa misma línea, Jaume
Sarramona señala que las competencias son “la síntesis de conocimientos, habilidades y
actitudes que permiten actuar de manera eficaz ante una situación. Por consiguiente, las
competencias tienen una clara vertiente aplicativa, aunque no se agotan con la perspectiva
práctica” (Sarramona, 2007, p.32).
La perspectiva adoptada por Medina (2009, p.13) sugiere que la formulación de la competencia
debe integrar “aquello que hemos de aprender, cómo hemos de aplicar y poner en práctica lo
que hemos aprendido y las actitudes, emociones y valores que subyacen al proceso de enseñar y
aprender”. En total sintonía, la propuesta de Sevillano (2009, p.7) apunta que la competencia
“supone valores, actitudes y motivaciones, además de conocimientos, capacidades, habilidades y
destrezas, todo formando parte del ser integral que es la persona, una persona inserta en un
determinado contexto, en el que participa e interactúa, considerando también que aprende de
manera constante y progresiva a lo largo de toda su vida”.
Desde una mirada sociocultural, Ferreiro (2011, p.19) propone que las competencias son
“formaciones psicológicas superiores que integran conocimientos de un área de desempeño, las
habilidades de un tipo u otro, generalmente de varios tipos, así como actitudes y valore
consustanciales a la realización de una tarea en pos del logro de los objetivos planteados con
buenos niveles de desempeño en un contexto socio cultural determinado”.
Más sintético es Zabalza (2003, p.70), para quien la competencia es “el conjunto de
conocimientos y habilidades que los sujetos necesitamos para desarrollar algún tipo de
actividad”. Muy cercana a su propuesta es la presentada por Le Boterf, quien asimila las
competencias a un “saber movilizar”, que va más allá de tener conocimientos o capacidades. La
actualización de lo que se sabe en un contexto singular (marcado por las relaciones de trabajo,
una cultura institucional, el azar, obligaciones temporales, recursos…) permite realizar la
competencia en la propia acción (Le Boterf, 1994, p.16), es decir, actualizar lo que se sabe –se
aprendió– en cada contexto. Así, la competencia parece que incorpora elementos operacionales
que insisten en la utilización práctica-laboral, de ahí el atributo de transferencia, que parece
situar a la habilidad o la técnica por encima de los conocimientos y actitudes, que a la vez es uno
de los elementos más críticos del concepto de competencia (Barnett, 2001; Zabalza, 2014). En
efecto, para algunos autores la competencia aparece más cercana al saber cómo que al saber
qué. Hutmacher (1997, p. 55) lo ha expresado del siguiente modo: “It seems to be agreed that
the notion of competency lies fairly firmly within the field of knowing how rather than knowing
that. Competency is a general capability based on knowledge, experience, values, dispositions
which a person has developed through involvement with educational practices”.
Con todo, las anteriores conceptualizaciones se sintetizan en la Figura 1, como resultado de un
análisis de contenido, integrando y diferenciando los distintos elementos que componen el
constructo de competencia. Para dicho análisis se han identificado los núcleos conceptuales de la
competencia desde las cuestiones: qué es, para qué, dónde y cómo.
Figura 1: Análisis de contenido de las conceptualizaciones de competencia. Fuente: Elaboración
propia.
Del análisis llevado a cabo proponemos una aproximación integradora al concepto de
competencia. Así, la competencia vendría a ser una actuación integral capaz de articular, activar,
integrar, sintetizar, movilizar y combinar los saberes (conocer, hacer y ser) con sus diferentes
atributos.
Además, el para qué de la competencia tiene que ver con actuar, ejercer una profesión, realizar
una actividad o una tarea. También hace posible identificar, interpretar, argumentar y resolver
problemas, actualizando lo que se sabe y poniendo en práctica lo aprendido para lograr los
objetivos planteados, respondiendo a las exigencias individuales o sociales formando parte del
ser integral que es la persona.
Se destaca la dimensión contextual (dónde) teniendo en cuenta su evolución en contextos
complejos, auténticos, singulares, diversos, socioculturales… en los que se desarrollan acciones,
conductas o elecciones y en el que se participa, interactúa y aprende a lo largo de la vida.
Finalmente, el atributo del “cómo” tiene que ver con que la competencia se lleve a cabo con
idoneidad y ética, de forma autónoma y flexible, con buenos niveles de desempeño y de manera
eficaz.
Bibliografía.
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Faure, E. (coord.). (1973). Aprender a ser. La educación del futuro. Madrid: Alianza
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Sarramona, J. (2004). Las competencias básicas en la educación obligatoria. Barcelona: CEAC
Sevillano, M. L. (Dir.) (2009). Competencias para el uso de herramientas virtuales en la vida,
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Villa, A. y Poblete, M. (2004). Practicum y evaluación de competencias. Profesorado: Revista de
Currículum y Formación del Profesorado, 8 (2). Disponible en:
[Link]
Zabalza, M. A. (2003). Las competencias docentes del profesorado universitario. Calidad y
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