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Pía Barros

Obras de una escritora chilena
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Pía Barros

FRENTE A MANET

-Estiro con disimulo el pantalón, enciendo un cigarrillo, y me preparo a mirar una a una las
reproducciones de Manet.

Me detengo en la completa vestimenta de los integrantes del desayuno, en contraposición


al desnudo plácido que me desconcierta... o no, es sólo un vacío en el estómago, un dolor
que me remite a la infancia y me veo niño asustado escondiendo a la rana para que no
sea descubierta, auto culpándome de eructos intempestivos, mi padre, sus amigos, las
botellas, las groserías que hacen enrojecer a mamá joven callando en su implacable ir y
venir de vasos y queso, de pie y otra en el delantal con vuelos y una quemadura
hábilmente escondida tras un cucharón de cuadrillé verde que desentona en los azules de
la prenda atada a su cintura. Cuando la cachetada se hace inminente el grito de «Yo le
digo a papá que fumas» la detiene a medio camino, la deja inmóvil y luego la esconde en
el bolsillo y la cachetada arruga con rabia el pañuelo de los llantos cuando papá se
emborracha, o cuando él hace ronquidos y ha dejado de crujir el somier...

No sé por qué Manet y mamá un poco atrás, casi a oscuras y el primer plano de los
hombres bebiendo, cuando en Manet es ella lo primero y los señores conversan afables,
pero un poco comidos por el color del entorno, al igual que la mujer vestida que recoge
algo... en Manet es ella sin delantal, rosada y cálida, más la sensualidad del prado.

La rana se escapa y yo zigzagueo bajo la mesa tras su saltito hipado y ella brinca, no
vayan a pisarla justo ahora que se tambalean y levantan para marcharse, pero Pancracia
salta, salta hasta la cama de papá que ya a solas manotea en busca del trasero de mamá
y arranca el delantal de cuajo (mañana lo zurcirá temblorosa) y ella desanimada sonríe y
se le van encendiendo las mejillas cuando él todo vino y poco queso y gritos y groserías
hurga en su blusa y le deja afuera los pechos para lamerlos, a mí no me dejan ahora
porque soy grande y papá lanza un eructo de verdad, yo pensé en la rana y estaba
dispuesto a cargarlo a mi cuenta, que humedece los pezones de mamá que se deja caer
en la cama y ya no repite que no y yo tengo miedo de que vayan a aplastar a Pancracia
tan verde y asustada, ella sabe que debe esconderse de papá que le quita los calzones
hasta la rodilla en la que yo veo el punto corrido de la media y le salta encima igual que
cuando yo quiero pegarle al Felipe cuando fuimos a encumbrar volantines y lanzó
guardabajo el mío con su hilo curado que está prohibido, papá la sacude y ella gime le
está pegando de seguro y de repente se echa a un lado con los pantalones en los tobillos
la camisa abierta ahora que yo me estaba acostumbrando al balanceo y mamá de manos
y cara crispadas que dice No, todavía no y ella también lleva sus dedos hacia abajo y
empieza a revolver y a gemir y cuando pareciera que va a alcanzar lo que perseguía tan
abajo papá con los ojos desorbitados la mira mira y le golpea el rostro con los puños una
y otra vez y le dice Puta, puta e' mierda, -asquerosa puta caliente- no te basta con na' -
puta-putaputa y yo me largo a llorar y se me olvida la rana porque lloro junto con mamá de
la tristeza, la puta cochina del delantal parchado, calzones en las rodillas, que se cubre
los golpes del rostro avergonzante y sometido...

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Creo que Pancracia falleció ese día bajo la ira y las botellas de papá, no recuerdo muy
bien ahora.

Miro el cuadro de Manet, mamá despreocupada, seguro de que es mamá feliz y desnuda
y unos señores conversando a su lado, comprendida y en paz, sobre la profunda
sensualidad de la hierba.
LOS VERANOS PROVISORIOS

El tiempo se ha ido agrupando alrededor de sus ojos. Lo descubre allí, a través de la


mesa, en el espejo cuzqueño de la pared. Definitivamente, el tedio tiene forma de rectas.

Los ojos se empequeñecen hasta formar dos casi imperceptibles líneas azul-grisáceas.
«Como el acero», había dicho cuando aún no era tiempo de finales, frases solemnes, ni
distancias exactas. Por entonces los cuerpos estaban hinchados de niñez y a veces, muy
pocas, se escondían tras la leñera para tocarse los pechos, en busca de ese delirio de
muerte que parecían tener los mayores, cuando se buscaban para acoplarse bajo el
caliente sol del verano.

Francisco era el más hermoso, con su pelo y mirada negros internándose en el bosque.
Le gustaba mirarlo cuando por la tarde se descolgaba del cerro a lomos de su caballo. La
nana Carola la dejaba jugando con él, mientras ella se entretenía en corretear con animal
instinto por los corredores de la casona. Luisa había visto a su hermano perseguirla y
tomarla jadeante en la sala chica, sitio donde se apilaban los muebles en desuso. Pero
eso no le importaba, prefería esperar el regreso de Francisco luego de encerrar las vacas,
para ir juntos al lago, retroceder por los sauces, perseguir conejos, dejar que el tiempo
pasara.

El viejo sirviente pone por la derecha (nunca ha aprendido), el plato con la carne y la
ensalada. Luisa vuelve la mirada al espejo para observar sus propias rectas, las canas
que se reúnen una tras otra en su cabeza.

Esa tarde, la de la caída, se revolcaron juntos cerro abajo, rasmillándose los codos, las
rodillas, hasta quedar detenidos entre las espigas. El entreabrió su blusa y pasó la palma
extendida rozándole los pezones. Sintió que le dolían los pechos y un calor que la
asustaba descendía por su estómago hacia abajo, tanto que tuvo que separar los muslos
para sentir el cuerpo de Francisco y la sabiduría del instinto la empujó a desnudarlo y se
juntaron mucho mientras la piel se le erizaba para que él, sin jadear, sólo mirándola,
mirándola fijo a las pupilas aceradas, la penetrara hasta lo más hondo de sus raíces, allí
donde se forjaron los gritos que no quiso dar y le crisparon el rostro con el dolor de
comprender y la obligaron a clavar las uñas en la espalda oscura del hombre que ya no
era niño y a golpearle el pecho con fuerza hasta que las mismas raíces la hicieron

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aferrarle el cabello para atraerlo más, porque parecía que se iba a morir y no quería
hacerlo sola, quería que a él le brotaran lágrimas para abrazarlo allí, sobre la hierba,
como todos los que habían espiado antes, bajo el sol enervante de enero, y con una
sensación extraña que le reventaba el pecho y la hacía reír atrepellada, roncamente...

Las arrugas han descendido de los ojos a las manos con el paso del tiempo. Extiende una
a través de los cubiertos y platos para tocar la también ajada piel de su marido. Tiembla
su pulso y derrama un vaso sobre el mantel. Al contacto, él sonríe y entrecruza sus dedos.
Luego se levanta a buscar el periódico Luisa siente que se está bien en casa, cuando el
campo acecha tras la puerta y las ventanas dejan que se cuele el aroma aquietador de los
naranjos.

"El café, por favor", dice su voz cascada, enronquecida por el tiempo y los veranos.

"Aquí está, señora". El mozo encorvado deja una taza para ella y se acerca con la otra a
su marido que, acomodado en la mecedora, lee distraídamente.

Luisa, con gratitud, se vuelve hacia el criado de chaqueta blanca, para decirle sin
recuerdos:

"Es todo. Muchas gracias, Francisco".


Las pieles del regreso

( A Miguel Ángel Rojas)..............................................................

... Él amaba sus pechos anchos caídos como lenguas mansas sobre su abdomen
abultado. Le gustaba recorrer su cuerpo lleno de curvas, de excesos, de pliegues, de
blanda acogida. Tocarla era el presagio del placer y el abrazo le hacía perder los límites
de su propia piel confundida en la de ella. Nada se comparaba a su cuerpo lleno de
historias.
... El día en que se fue sin aviso, él se prosternó ante la desolación. Cada tarde fue un
espiar por la ventana aguardando su regreso. Tres meses después, los conocidos
golpecitos rítmicos lo estremecieron. Parecía ella, sólo que reducida, estirada, tensada
como una cuerda. Buscó beber sus pechos, la abrazó, la desnudó lleno de besos y
sentido, pero el hálito de goma, la dureza de sus caderas, el vientre plano.
... Cuando ella despertó, no pudo explicarse el cuerpo tan amado, balanceándose desde
la viga principal. En los ojos del suicida se leía la orfandad.

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Cuento tal vez oído en un bar a las tres de la mañana

(a Lauro Zavala)..........................

... Me dijo que el Emperador, conmovido por su prosa, le regaló diez años más de vida, al
cabo de los cuales le concedería una noche para la lectura de lo que hubiese escrito y
luego lo decapitaría. El escritor miró a las estrellas y comprendió que su tiempo era un
pestañeo en el universo. Tomó entonces a su hija pequeña y comenzó la tarea.
... Al cumplirse el plazo, el Emperador se presentó ante su puerta.
... El escritor trajo a la muchacha y le dijo:
... -Cuando termines la lectura, la devuelves a su madre y me decapitas-. Luego, el
escritor retiró el manto de seda que cubría el cuerpo de su hija. El Emperador contempló
los hombros, el cuello, las axilas, el pubis y vio que el cuerpo entero de la muchacha
estaba escrito en una apretada caligrafía.
... Creo haber oído que aquella noche el Emperador amó a la muchacha. Dicen que la
leyó una y otra vez, pero lo asombroso es que a cada giro del amor, los cuentos se
entremezclaban y nunca podía leerse la misma historia. El escritor murió anciano. El
Emperador también de viejo y feliz. Dicen que la muchacha no murió jamás. A veces va a
los bares, y antes de desnudarse, cuenta historias como ésta.

Reflejos

(para Jorge y Óscar)..................

... El hombre entra tras el rastro de luz del acomodador. Otro hombre, dos filas atrás, ve el
reflejo del perfil, semialumbrado por los colores que reflecta la pantalla. El hombre que
observa, recuerda las primeras veces de ese perfil, en otro cine, hace largos años...
... Fuiste el mejor amigo de mis siete años. Eras alto, desgarbado y hasta en la
hermandad de la pobreza, por tu arrogancia y malos modales, mi madre nos prohibía tu
amistad. Pero tú sabías los vericuetos de escaleras, el mapa de aventura silenciosa, que
nos llevaba tras la pantalla del cine al que no podíamos acceder. Haciendo un imperioso
gesto de silencio, nos pasabas un trozo de espejo a mi hermano Óscar y a mí, y de
espaldas al telón, veíamos piratas, besos, abrazos prohibidos, leyendo los subtítulos en el
espejo.
... Un día rompiste la magia en el fragor de la tercera vez que veíamos a "Maciste en la
Corte del Zar". No pudiste evitarlo, los nervios te traicionaron, te levantaste y gritaste a

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todo pulmón: "¡Idiota, por atrás, el tuerto te va a acuchillar por detrás!". El acomodador,
mascullando palabrotas, corrió por los apsillos en pos de nuestra carrera acezante.
Logramos subir la escalera y entonces volvimos las cabezas. La puerta se cerró a
nuestras espaldas y un grueso candado clausuró la infancia para siempre.
... No nos volvimos a ver en doce años y yo siempre atesoré la aventura de ese cine, de
esa vida de revés.
... Cuando el país se hizo miedo y humo y todo parecía una pésima película en la que
teníamos mal hecho el reparto, tuve que caminar con las manos tras la nuca en el campo
de prisioneros. Vi el reflejo de tu nariz, como antes. Pero eras tú quien llevaba el fusil y el
casco y yo cerré los ojos mientras nos custodiabas, apuntándonos.
... Aquí, en este cine, veo tu nuca, como antes viste la mía.
... Hay un desgarro en las pantallas del mundo ahora.
... Me pongo de pie, llevo la mano al bolsillo, y antes de salir, me acerco a tu fila, y aunque
sé, por el gesto de tu rostro, que no me reconoces, te extiendo un trozo de espejo roto.

ESTANVITO

..... A Estanvito se le juntan los dedos de los pies, mejor dicho se le pegan y cuando se
saca las botas utiliza un cuchillo para despegarlos. Cuidadoso, separa el pulgar del índice
y así sucesivamente, raspando los residuos blancos que a su vez se cuelgan al cuchillo
que él limpia con la uña para después oler o lamérsela. Estanvito piensa que total es
transpiración de su cuerpo, un poco sólida, pero suya, eso sí.
..... Se llama Estanvito porque en la única película que vio su madre había un actor de
nombre Stan y una vez escuchó hablar del Baile de San Vito y aunque no tenía ninguna
estampita, ella le rezó mucho porque anhelaba tener un hijo bailarín. El se enteró años
más tarde de que era una enfermedad, pero, pensó, su madre murió tranquila sin saberlo.
..... Estanvito es un hombre grande, que cuando acaricia a los niños, se le pierden los
rostros bajo las manazas.
..... Estanvito fue a la Básica y punto, y no pasó a mayores porque no pudo hacer el
servicio militar.
..... Su trabajo consiste en cuidar del jardín y otras tareas menores. El esmero lo pone en
las flores amarillas, porque el hombre dice que traen buena suerte y "Hoy tengo algo entre
manos, así es que dame esa flor amarilla". Los otros colores no le preocupan, es por eso
que las rosas blancas se han puesto algo opacas, pero ya lo van a remediar.
..... Los muchachos son buenos, aunque hagan bromas a veces. Todos sonríen, le dan
palmotazos en la espalda y cuando algo sale mal, confían en él y Estanvito se lleva el
problema atravesando la calle hasta el depósito. Siempre usa la carretilla grande y lo
cubre de flores rojas, blancas y de las otras; las amarillas no, las reserva para él y los
muchachos, y algunas especiales y grandes para el hombre.
..... A Estanvito le dan las bolsas selladas y le gusta su trabajo y algunas veces los
muchachos lo invitan a andar en las camionetas y se siente importante y va muy

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derechito, con los ojos fijos en la ciudad interminable. Una vez ayudó a subir un problema,
pero le dio despacio en la nuca y se hizo el frágil y quedó en calidad de problema
definitivo sobre el piso de la camioneta. Los muchachos se reían y también hicieron
broma, pero le ayudaron a cargar la carretilla.
..... Estanvito a veces escucha gritar a los problemas dentro de la casa, porque las
bromas de los muchachos se ponen pesadas. Pero siempre es cuando se está haciendo
tarde y él no puede quedarse porque tiene que ir a casa a preparar la comida. A él le
gustan mucho los bistec con arroz y en la época del tomate, hace grandes fuentes para
agregarle al bistec.
..... Estanvito va al parque los domingos y aunque no hay muchas flores amarillas, le
gusta jugar con los niños, llevarlos sobre los hombros, y cuando está su colega, puede
pedirle la carretilla y subir todos los niños que quepan y correr de un extremo a otro del
parque con su carga risueña y alborotada. Los niños lo quieren mucho y le esperan
sentados en el primer banco de la plaza tempranito cada domingo.
..... A él no le cansan los niños y esa carretilla no pesa nada, no como cuando lleva
problemas, que le transpiran tanto los dedos de los pies y debe separarlos. Los despega
con el cuchillo. A veces también le sudan las manos cuando las bolsas se rompen y algo
escapa por los huecos abiertos, y el los cubre con macetas de flores.
..... Los niños lo aman. Son tan hermosas las flores.
..... Estanvito nunca fue bailarín, pero no se arrepiente.
..... Con la sonrisa abierta, cruza hasta el depósito. Luego va al parque con los niños.
..... Estanvito no pasó a mayores porque no pudo hacer el servicio militar.

Penitentes

“Una tormenta se levanta en este templo


es en tu piel donde ocurre
templo y tormenta”

Margarita Lazo – EL TRAZO DE LAS COBRAS

Se arrodilla ante ella, penitente, y dos lágrimas suaves, sin convicción, se le deslizan por
las mejillas huesudas y tensas. Con la mano derecha le revuelve los cabellos y con la
izquierda lo atrae hacia su vientre. Semejan una pintura extraída de un libro de imágenes
sacras.

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Ella se queda un rato así, acariciándolo, comprendiendo la magia del no saber y el horror
abismal de saber demasiado.

Entreabre apenas los muslos y permite que él la beba, que succione la vida, como él cree,
que su rostro se empape de la insensatez de los olores, para que ella, parodia y nostalgia,
los lama más tarde, los fagocite en ese acto desesperado que él leerá como su deseo.

No habla, no hace preguntas más que con los ojos a su mirada opaca. Ni una respuesta
cruza el aire de ese invierno taciturno. Ella lo deja dibujarla, todo dedos y piel, ser lluvia,
pájaro, animal. Ella deja que todo él se convierta en lo que quiera ser, que se contorsione,
repte o desmadeje.

Y cuando no es a solas, como ahora, ella juega a los juegos de antes, se quita el zapato y
bajo la mesa atestada de la cafetería, los dedos expertos cruzan el espacio y el índice del
pie bajan el cierre del pantalón. Él se sorprende, sonroja, pero se mueve apenas
concediendo, permitiendo y ayudando al ingreso de ese dedo y esa frialdad que rota
suave sobre él, enseriándole el rostro tan amado, dedos, piel, el calor infinito que entra
por sus pies fríos, la corriente de calor que empieza a bañarla, el calor que la late toda,
menos el rostro pálido, menos la tristeza casi ceremonial que se le ha instalado desde
hace un par de meses. Y cuando la planta del pie percibe las venas dilatadas, la tensión,
ella inmutable, mirándolo a los ojos, le alcanza la servilleta de género, y el simula cerrar
su chaqueta, acomodarse en la silla, para ocultar su naufragio derramado. Luego el pie
regresa al zapato, las manos se entrecruzan bajo la barbilla de ella, que impasible,
anuncia que pedirá otro café mientras él se ausenta.

Y ahora tenerlo allí, bebiendo de ella, recordándole que las grafías del deseo rompen con
todo, casi con todo, menos con su tristeza inmaculada, con su desgracia de amar, con su
ausencia.

Y ese cuerpo que la contiene, ese horror que camina y respira y se atrasa y no llega a las
citas, ese cuerpo que miente y que ahora él cerca en su abrazo, en el temblor de llevarla
hasta la cama y depositarla como si fuera su bien más preciado, ese cuerpo que responde
como en un eco lejano y no sonoro. Él comienza por besarle los pies, cada dedo, la
planta, el tobillo, hacerla un mapa de besos, de lenguas, hablarla, como si ella fuese un
idioma que hay que aprender cada vez, nuevamente, desde el principio.

Le pinta los pezones con su saliva, le muerde el cuello, busca su impulso y su fuerza.

Ella sabe que su amor siempre comienza así, como un susurro o una melodía, y luego
viene a tentarla con lo suyo, con ese desenfreno de poseso, y entra a su cuerpo casi con
rabia, una y otra vez, los ojos perdidos en algún punto que no es ella, el mentón tenso, el
rostro rígido, una y otra vez, como si quisiera arrancarla de sí misma, como si pudiera

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perderse y entrar en su gruta, penitente al fin, entrar tan adentro que el lugar de la
saciedad y las respuestas le será develado, cáscara de fruto que se abre.

Pero no puede, no puede y se arroja sobre ella abrazándola, lloroso, derrotado, “Qué
ocurre”, dice él, “Aquí me tienes”, dice ella, “No es cierto, no estás, dónde vas que es
cada vez más lejos y no puedo alcanzarte”, “Aquí estoy”, repite ella, “No, no es así, y si no
puedo tenerte siento que voy a morir”.

Es entonces que ella sonríe, porque lo ha acercado. Morir, piensa, como si una palabra
pudiera dar cuenta de todo lo que ocurre. La pequeña muerte, pensaban antes, cuando
estallaban el uno en el otro y eran todo palmas, lenguas, sentido. Qué banalidad, piensa,
creer que podemos tocarnos, estar y ser en otros, esa posibilidad no existe, mira a la
muerte mordisqueándonos los talones, mira la dentellada feroz en las costillas, las
cuencas de los ojos, los pómulos. Mira el olor de la muerte, -querría decirle-, ese vago
amarillo que se apodera de las cosas, mira a la muerte rondándonos con su aliento fétido
y su alma de esquina. Qué sabes tú de morir si recién empiezas a aprender el dolor de no
tener, de no ser en mí, de lo impalpable. Cada vez que me lames, llevas mi sal y lo poco
que queda, cada vez que arrancas un gemido mío, soy la loba aullando desgarrada y no
eres tú quien me desgarra, cada vez que abres mis piernas y me aúpas, enceguecido, es
un hálito más de tiempo que se pierde. Cuando me tocas, amor amado, acaricias los
gusanos, la fauna que habita en mí y me consume, amor, si supieras...

Pero gana el asombro del deseo. Entonces, ella de la la rabia y el dolor doblados bajo la
almohada, durmiendo su sueño de celos y ladrones. Lo busca con las manos, lo azuza
como a los perros, lo guía, toma su dedo y lo lleva al pubis enseñándole el camino,
indicándole, una vez más, las rutas y los nombres de su goce, estrecha cadera contra
cadera, rasguña su espalda hasta redescubrir la magia de cuchillo de sus uñas, las
entierra, las arrastra, curvándolo en el dolor específico como él curvaba en el deseo, se
examina la sangre en sus uñas, lo gira, lame la sangre de su espalda, la succiona, se la
bebe cuidadosamente, la sangre sin atisbos de términos o abandonos, sin gusanos, pura
sangre nocturna y briosa, simple, como las sangres limpias.

Encabritada, lo cabalga y lo aúpa, introduce el dedo entre las nalgas para que se sienta
penetrado y solloza, solloza mucho. Entreabre sus nalgas y lo besa.

Él la toma y la gira, la hace su caballo y el galope nocturno lo recibe, ella arrodillada lo


recibe, víctima o penitente, da igual, son la misma cosa, pero él la vuelve hacia sí, trata de
tenerla, y tiene él los ojos húmedos y vuelve a entrar en ella, entrecruzan dedos y mirada,
apegados, entredaderas, ella muerde su mentón y él susurra “No así, no es necesario” y
ella lo obliga a mirarla, a mantener la mirada de par en par. Y es la misma cadencia, como
antes, al principio de los besos, y es el susurro y la noche y todas las sábanas del mundo.

El ronquido en ambas gargantas llama al final.

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Descansan, silenciosos, piernas enredadas. Ella enciende un cigarrillo y lo pone en la
boca de él y dice “Recuerdas a la Duras, bueno, yo lo tengo creciendo de verdad y sin
aspavientos”. “Qué”, dice él sin querer escuchar lo que sigue, “El mal de la muerte”,
replica ella.

“No sé que decir”, musita él y llora despacio, sin sacudidas, como lloran los hombres las
ausencias o las derrotas.

“Debes irte”, dice ella, “No quiero que me veas morir”.

“Pero esta noche no, mañana, mañana veremos qué se hace”, dice él en un susurro.

Y la noche se viene entera, licuada de lluvia. Los dos pares de ojos miran sin ver el techo
blanco y adivinan las gotas arremetiendo feroces contra las ventanas.

"REVELACIONES"

de "Los que sobran" (2002)

Las mesas del café son blancas, atestadas de voces, de vasitos enmarcados en el mantel
que contienen temblorosos capuchinos, cortados, expresos. Si me elevo sobre las
cabezas, puedo ver los transeúntes pasar rápido con los rostros acalorados, las manos
sudorosas sosteniendo paquetes, niños, portafolios, carteras. Me pregunto por qué no nos
atrevemos a salir a la calle sin apretujar algo entre los dedos.

Dos personas y yo, estamos sentadas en mesas solas. Los demás son grupos, parejas,
estudiantes que atestan el espacio de las mesitas redondas. La de él está en diagonal a la
de ella. Se ve que se conocen, por esos gestos casuales y estudiados de saludo,
complicidad, tensión. El hombre no sabe que está siendo observado, pero noto que ella
ha tenido su instante de revelación al ver sus uñas esconderse al interior del puño. No la
hace feliz conocer lo que le ocurre, está claro. Su mirada vaga por las mesas, pero yo sé
que está mirando dentro de sí misma. Asisto al privilegio de la conciencia alucinada.

Sólo sabe que necesita de su deseo, que si la desea, todo tiene sentido y nada acaba,
que todo puede empezar y el delirio embotarle la mente hasta perder la noción de sí
misma. Sólo por curiosidad, tal vez, lamer su nuca y descubrir a qué sabe, qué texturas
guarda su piel escura contra su carne blanca, de qué modo. Cómo puede cabalgarlo una
noche interminable y demorar su entrega, cómo derrotarlo en su deseo, hasta que el

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deseo se le vierta entre las manos y ella se pinte el rostro de su deseo, el vientre de su
deseo y lo obligue a lamerla, para recuperar en ella el sabor por él vertido, a comerse su
deseo, fagocitarlo para que vuelva de nuevo en él y por fin sí entre en ella, ahora sí, toda
ella llena de su deseo, toda ella escurriendo el conjuro hacia la noche.

Entonces, lo mira en diagonal, suave, encubriendo. Porque se encubren los secretos


inconfesables, se les borda de mentiras y justificaciones para que nunca la voz del deseo
sea profanada por otras voces.

La piel de la mujer me transmite el rugido callado.

Observo al hombre y me conmueve que en su piel oscura no queden signos del deseo de
ella. Las pieles traicionan, no son papel en blanco ara hacer borradores imperecederos
sobre los poros.

Quiere ser cuchillo, abrir, rasgar para que la traición la atiborre de pecados, para ser un
pecado musitado a solas, destrozada por la pasión de pecar y pecar y seguir traicionando
y pecando, hasta que la noche ya no importe, ni él importe, ni nada, sólo esta piel ardida,
profunda. Cómo pudo haber estado tan cerca y no notarlo, cómo pudo abandonarse tanto
que la piel se le quedó en otro, sin su consentimiento, cómo, cómo.

El hombre mueve con los dedos la página. Ignorante de la mirada de reojo, lleva el dedo
índice a la boca, lo humedece y gira con él la página de su revista. Acomodo mi silla para
mirarlos de frente, despiadada. Es tan patético y torpe el deseo, que sus letras quedan
expuestas hacia mi sarcasmo. La gestualidad lo desnuda todo, sus hombros
extendiéndose hasta lo imposible para palpar el are del otro, las huellas dejadas
impalpables para ninguno que no sea el cuerpo de los amantes inconclusos.

Estoy sola. Para las como yo no habrá revelaciones.

Envejezco. Me queda el voyerismo. Las mesas de café, las ventanas. A ella el dedo
húmedo de él la hipnotiza y sacude la cabeza para alejarse. Como si fuera posible... no
saben lo que es el llamado, no se sienten tocados por el milagro de desear, no escuchan
las voces, los alaridos mudos de los cuerpos como yo los escucho. Si alguien en estas
mesas observase al hombre moreno y la mujer de ojos claros, escucharía como yo, se
asombraría como yo de este despilfarro de olores sobre el aire del café.

Sé que se conocen desde antes. Prefiguro una oficina, unos roces casuales, las pieles
llamándose por sus nombres y ellos no sabiendo descifrar el lenguaje. Tal vez una mano
que toca un brazo al llevar un café, los géneros del pantalón y del vestido

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entremezclándose, confundiendo en un pasillo estrecho olores y formas, las telas
sexuadas un par de segundos.

Los celos, ahora la arrasan los celos. Quién será la que ponga la boca en su nuca, cómo
morderán los dientes que no son los de ella, bajo qué verano y qué sol y qué luz de día,
otra, que no es ella, hará caminos sobre la piel brillante y oscura, qué otra quedará
adherida a ese vientre húmedo que ella no puede cabalgar. Cómo amará esa otra, qué
cosas dirá en la semipenumbra, cómo encenderá los cigarrillos compartidos, cómo estará
la otra, tan alejada de su rabia y su dolor, tan a salvo, tan segura. No como ella, turbia,
estremecida de descubrimientos.

Veo en sus ojos claros. Es tan fácil ver las flamas de los celos, de la culpa. Tal vez haya
otro, un otro que duerme a su lado, inconsciente de las transformaciones que amenazan a
su mujer ahora tan lejos, lejos incluso de sí misma.

El hombre ha levantado los hombros. El cuerpo del hombre ha sido el que levanta los
hombros, endereza la espalda, hunde el abdomen. El hombre no sabe que es deseado,
es su cuerpo, como todos los cuerpos, el sabio.
Los celos y el dolor llegan a través de mesas y voces al cuerpo, no a la mente de ese
hombre. Aprendices. Sólo son aprendices de un juego riesgoso que no jugarán.

No hay nada que la salve ahora. Ha roto la tácita promesa de no involucrarse, de no


aparecer en sus sueños sobre la piel de otro. Ahora descubre las razones de ese
insomnio febril y agotado del deseo inconcluso. Los sueños quedan lejos, nunca duermen
junto al deseo. Con ella sólo está el sabor reseco de una boca pastosa, insomne, las
manos que se recorren a oscuras hasta ella sorprende a sus propios dedos, su cuerpo
traicionándola, haciéndole creer que son otros dedos oscuros, otras manos, otros
silencios y no sus propios dedos mintiéndole, arrebatándole el deseo marchito y
desgarrado de las madrugadas.

Entonces comprende, en ese instante de feroz lucidez, que debe huir, no dejar en libertad
la piel, no permitirle el tacto casual con el cuerpo oscuro. Está perdida. El deseo la ha
tallado nuevamente y puede perder su libertad, su nombre, su pasado, la piel duramente
domesticada de su cuerpo. Cuando reflexiona en que puede perder, sabe que ya se ha
perdido.

La veo encogerse como una víctima ante el golpe. Pareciera que de un instante a otro, la
ropa le ha quedado grande, el maquillaje ha perdido brillo, la sonrisa transformada en una
mueca de desaliento. Desamparada. La veo asumir la magnitud de su abandono. El
cuerpo le molesta, la traiciona, es de otro, del hombre en diagonal, no suyo, ya no le
pertenece. Tal vez no quiera recuperarlo, tal vez se arriesgue y lo entregue para ser
devuelta a sí misma.

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Pero no, no lo hará. La aguardan tantas revelaciones, cree ella, y yo sé que son escasas,
que se muere lentamente con los años. Ella cree que esta vez no, no lo hará, habrá otras,
cree.

Huir, debe huir. Ella sabe cómo huir. La violencia de las palabras preparan la huida. Los
gestos suaves, las ternuras, las confidencias, preparan la huida para siempre. No el
desafío, no los gestos hoscos de su pasión. La otra ella que la habita debe salir ahora,
enturbiarlo todo, borronear la pasión, desgastar el gesto, lavarle la piel del deseo por la
piel oscura, dejarla blanca, impoluta, aséptica. Volver a lo que era antes, antes de que se
confesara a sí misma lo que ocurre. Huir.

Conozco ese miedo desde hace mucho. Viene con las palabras, se lo veo desde aquí.
Huir. Dejar el territorio que no domina ni conoce. Ella huirá, como se huye siempre del
dolor, o del placer, de las emociones. Pero si el hombre hiciera un gesto... uno sólo,
bastaría un único gesto para que ella arrojara al vacío las convenciones y las palabras,
para que lo desandara todo y dejase hablar al idioma de los cuerpos. El hombre alza los
hombros, pero no sabe. Quiero ir hasta su mesa, decírselo. Pero envejezco y ya no
importa. La pasión muere conmigo. No he sido hecha para salvar las pasiones de nadie,
muero sólo ante mí misma, estoy aquí para verlas, siempre desde lejos, ocurriéndole a
otros, desperdiciándolas otros, anulándolas otros.

Determinaciones. Pasos a seguir, resoluciones. Nada de aguardar su presencia, nada de


toparse sobre los vértices de un deseo que no le pertenece. Nada de alargar las frases y
las despedidas y los encuentros casuales.

Traerá para él otras pieles blancas que no serán la suya, otras pasiones para encubrir,
otros territorios. Lejos, partir lejos, que su voz no sea más que los sonidos del
desencanto, la opacidad de las buenas maneras, la androgenia de la cordialidad. No
importa cuántos insomnios tenga que soportar, ni cuántas ventanas derritiéndose ante el
invierno que no llega. Respirar profundo. Cambios.

Ella se ha levantado y se despide con un saludo gélido y cordial. (Nada hay más frío que
la cordialidad, las buenas maneras lo congelan todo). El hombre abandona la revista para
mirarla alejarse, esta vez fijamente, sin simular. Luego, se levanta y se marcha.

Me quedo un rato más viendo pasar la gente. Algo me duele dentro. Algo se me ha
clavado en lo hondo. Volveré una y otra vez a esta mesa buscándolo, trayendo mi dolor,
para desearlo como ella lo desea, para ver si mi piel vuelve a llenarse de deseos ajenos.
Sin revelaciones, sólo por la sorpresa de descubrir los desencuentros.

12
******
Metáforas de una conciencia que revisa los ámbitos de lo público y lo privado desde una
perspectiva irrenunciablemente feminista, estos cuentos de Pía Barros develan nuevas
posibilidades de aproximación narrativa a ciertas conductas humanas, realzando aquello
no-visto por la vertiginosa mirada actual, con una marca de originalidad y frescura. Los
que sobran, perturban, porque apelan a lo más oculto que tenemos.

Alejandra Basualto

(de la contratapa)

Muchacha llorando en un tren


Enrielados
Las muchachas tristes son las más codiciadas por los escritores jóvenes. Las buscan en
las mesas apartadas de los cafés, en la barra del bar, en los parques de lluvia. A veces las
encuentran y se dejan arrastrar por su tristeza. Dura años esa unión, hasta que los poetas
compran corbatas, acuden a empleos y pagan créditos. Ellas se quedan para siempre en
su papel de tristes, las greñas canosas, deambulando por plazas vacías.
¿Bicentenario?

Desapareces siempre, ya lo hiciste cuando los hombres barbados te llevaron a rastras a


construir sus fuertes, también cuando cien años más tarde prendieron los faroles de la
ciudad y te hicieron limpiar las plazas, después, con las bombas sobre la casa grande, te
arrojaron en fosas junto a otros y otras que el tiempo raspó hasta dejar sólo huesos.
Desapareces siempre una y mil veces cuando el kultrún llama y no respondes.
Desapareces de la voz que duerme y de la bandera de los que te hacen desaparecer en
esta noche que dura más de dos decenios.

«Artemisa»
Por un instante sospechó que el espejo tenía memoria, que le devolvía una imagen
antigua para engañarla, para que estuviera orgullosa y feliz como antes, antes de la curva
grosera, antes del abatimiento y el rencor culpable. Pero no, se reconocía, era otra vez
ella. Dejó que la mano reptara sobre la piel, que el tacto le devolviera su vientre casi plano
ya, la cintura breve y flexible. Con los ojos cerrados ante el vidrio que la reflejaba, sonrío.
Imaginó su piel adhiriéndose a otra, deslizándose por esa otra más morena, su piel
acariciada por otras manos, sin necesidad del espejo para verificarse… Sería amada,
venerada nuevamente.

13
….. Subió los dedos sonriendo. Pero eso estaba ahí. Aún ahí. La sonrisa se le erizó dura
en los labios.

….. Abrió los ojos. Eso le cerraba el paso a su vida recuperada. Los ojos se le inundaron.

….. Esas dos moles redondas, inflamadas, le impedían la elegancia, la complacencia de


las miradas envidiosas de sus congéneres. Esas masas compactas, destilando el olor
pastoso de la leche, la convertían en una más, la vulgarizaban…

….. La criatura se movió en la cuna y ella se acercó a observarlo. Le sonreía estúpido,


con ojos inexpresivos. Era pequeño, animalmente pequeño y móvil.

….. Parecía un siglo, pero sólo dos meses antes se lo habían puesto en los brazos con un
«Felicidades, señora» y ella lo había rechazado con asco, encogiendo los brazos.
«Lléveselo».

….. La enfermera insistió «Pero debe amamantarlo». La obligó a descubrirse y ella


horrorizada tuvo que soportar a ese bicho adosado succionándola. Le dolía y asqueaba.
«Depresión postparto, se le pasará» dijo ella con la voz gangosa de profesional
acostumbrada a estas lides y le dejó caer como al descuido una mirada reprobatoria.

….. No se le iba a pasar nunca. Aún ahora su marido la sorprendía al llegar a casa con
«Dale de mamar a ese niño, ¿no ves que está llorando?» y ella como atontada, dejaba la
seducción del espejo para escuchar el llanto insistente, agotado ya, de la criatura.
«¿Quieres comer algo? ¿un café?» «Luisa, esto no puede seguir así, ¿No escuchas a
nuestro hijo?» y ella repetía la mentira gastada, «Acabo de darle, pero si tú quieres…» y
él ordenaba con los ojos. Se desnudaba pausada, a escondidas, como todo lo hecho en
los últimos once meses. «Que no te avergüence, es hermoso ver amamantar a un hijo»
«No me veas» «Esta bien», decía él dándole la espalda. Apenas lo acercaba y el niño ya
se prendía al pecho atragantándose, tosiendo, «¿Ves? Ya no quiere más, tomó suficiente»
«No, es sólo que está ansioso» Y ella debía adherírselo nuevamente ante la mirada
vigilante.

….. Le era repulsivo verlo pegado a ella, chorreando por las comisuras el líquido que
desprendía de sus pezones antes rosados y hermosos, y ahora oscuros y grandes,
desmesurados… Luego el crío se hartaba y dormía sin desprenderse. Debía separarlo
como a los perros de su presa, introduciendo el índice por el costado de su boca.

….. A veces, Marcos la sorprendía a la hora del almuerzo (que ella se negaba a ingerir
para recuperar su antigua forma). «Vine a ver al heredero, ¿Ya está llorando? Este hijo
mío tiene buenos pulmones» Y la tortura, la pestilencia de la leche…

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….. Pero no estaba dispuesta a que la devorara más. El llanto le llegó de lejos, como una
nebulosa.

….. No, sería bonita otra vez, estilizada y sensual, no una matrona gruesa, deformada por
la complacencia. Que gritara fuerte, porque no se lo pondría al pecho como un vulgar
ternero. Marcos no iba a volver hasta dentro de tres días y era tiempo suficiente para
educarlo. Todo era cuestión de disciplina, biberones y fórmulas correctas. La criada se
encargaría.

….. «Señora, se niega a tomar la mamadera, creo que tendrá que darle usted»

….. «Le di una orden, Angelina» «Pero señora…» «Obedezca, y lléveselo al otro cuarto,
no soporto más los gritos» La muchacha obedeció acunándolo. Lo malcriaba, estaba
segura, pero ya prescindiría de ella cuando Marcos estuviese más tolerante. Ahora no
hacía caso de sus pedidos, pero en cuanto recuperara su cuerpo, todo iría mejor.

….. Marcos llegó al siguiente día. Luisa le aguardaba con su mejor blusa y su actitud
felina y aniñada de los primeros tiempos. «Tengo todo preparado, amor, te esperaba»,
hizo ademán de ir a llenar los vasos, pero fue interrumpida por «¿Y mi hijo?» «Está con
Angelina, déjalo» «Primero veré al niño, ven conmigo». La sonrisa se le congeló en el
rostro, pero fue con él hasta el cuarto al que no había entrado desde su partida.

….. El niño estaba ojeroso, demacrado. «¿Qué le ocurre a este niño, Angelina? Parece
enfermo» Antes de responderle, Angelina se encontró con la mirada llameante y guardó
silencio. «Debo ser yo, querido, tal vez ya no deba darle más de mi leche…» «Tonterías,
la leche materna es lo más sano, seguro se trata de otra cosa. Póntelo, ya verás que
estará mejor… No habrás dejado de amamantarlo, ¿Verdad?» «No, por supuesto, es sólo
que…»

….. El niño se prendió al pecho con desesperación. Ella lo veía como un animal frenético,
torpe. Ya le enseñaría los modales de caballero más adelante, ya vería…

….. Cuando trató de retirarlo, él se le aferró a la piel y succionó aire de sus costillas.
Marcos reía. «Ves, tiene hambre, es un niño muy comilón este hijo mío».

….. La siguiente mañana el espejo le devolvió una pequeña protuberancia bajo el pecho
izquierdo. Un montículo casi inadvertido para otro ojo que no fuese el acucioso denotador
de cualquier imperfección que ella poseía. Le restó importancia.

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….. Por la tarde, el niño se le adhirió con tal fuerza, que Marcos dijo que habría que llamar
a un médico, no era normal que un pequeño alimentado a sus horas tuviera esa ansiedad.
Luisa se negó rotunda; no estaba dispuesta a que la descubrieran.

….. El sábado, él quiso que lo dejaran junto a ellos en la cama. Hacia mediodía, el niño se
arrastraba hacia ella. Con la pierna, lo empujó, pero él chupó con ahínco su rodilla. Tuvo
que dejárselo al pecho ante la mirada dulzona y estúpida de Marcos. Mientras lo
alimentaba, observó que algo de líquido chorreaba de la protuberancia bajo su seno
izquierdo. Se alarmó. El lunes vería a un médico.

….. Esa noche su marido la desvistió cuidadoso, con una veneración que le desconocía.
Ella tuvo cuidado de desviar las caricias para que no notara la protuberancia goteante.

….. En la mañana, despertó con el niño succionándole la espalda. De un brinco estaba de


pie, asustada. «Dale su desayuno, mujer. Recuerda que hoy sale Angelina». La repulsión
le hacía sentir ganas de golpear, romper, desmembrar a ese crío voraz y dominante. No
quería que Marcos la abrazara, porque podría descubrir ese montículo, el vestigio feroz
de la imperfección en su nueva vida.

….. Dijo que se sentía mal y se recostó. Las pesadillas la hacían dar vueltas y sumergirse
en un paraje desolado, donde el grito no traería ayuda. Una rama le chupó el costado,
otra el cuello. Corrió. Miles de arbustos sanguijuelas le iban devorando el cuerpo. Tenía
todos los gritos atrapados en la garganta.

….. «No grites, Luisa, que asustas al niño», le decía Marcos con el chiquillo en los brazos,
sollozante y tembloroso. «Qué soñabas… estás temblando» «Nada, nada, pesadillas
¿grité?» «Sí, parecía que veías una escena de terror»

….. El atardecer se le hizo largo. «¿Qué tienes en el cuello?» y reía. «Parece una tetilla»
Ella se sobresaltó. Los dedos le devolvieron la forma redondeada, con un brote del
tamaño de un minúsculo pezón. Las lágrimas fluyeron incontenibles. «No te pongas así,
es un lunar un poco más grande, tal vez tengas uina infección, Luisa, no llores, no sé qué
hacer en estos casos… Sí, debe ser eso, Max dijo que habría que cuidarte de la
depresión post parto. Anda, acuéstate, yo veré al niño y luego te lo llevaré para que lo
amamantes». Luisa lloró hasta las convulsiones.

….. Dormía cuando Marcos lo dejó a su lado. El niño la buscaba, succionando cada trozo
de la piel a su paso. El padre sonreía divertido y puso la boca pequeña en el sitio correcto.

….. Al amanecer, Marcos observó el cuerpo de Luisa. Era algo serio, estaba seguro, debía
tratarse de una peste extraña, o algo así. Sin hacer ruido, se levantó, dejó al niño en la

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cuna que adosó a la cama para que ella lo sintiera si despertaba, y se encaminó en busca
de un doctor, al que seguramente demoraría en encontrar en domingo.

….. Luisa despertó sola y horrorizada. Tenía el cuerpo cubierto de tetillas y de cada una
manaba leche. El niño mostraba su hambre revolviéndose inquieto en la cuna. La cama
estaba empapada. Trató de levantarse, pero se sentía a cada instante más débil y
adormecida.

….. El niño lloraba junto a ella. Al girar para no contemplarlo, su cuerpo produjo el sonido
de un chapoteo. A breves pasos, el espejo le devolvía su figura macilenta y húmeda. Se
fue sumiendo en la inconsciencia, mientras la leche empezaba ya a mojar la cuna del
niño, que chupeteaba la almohada con ahínco.

«A modo de mordaza»
Sé que lo encontraron con un papel en la boca, como a manera de mordaza, con el barro
enturbiándole los rasgos y la mirada azul ya sucia de ver su propia sangre derramada.
Fue un drogo que pensó que estaba borracho y algo podría esquilmar de sus bolsillos,
pero hasta los angustiados se ponen respetuosos con la rigidez de la muerte, y pidió a los
vecinos que avisaran que había un finado obstaculizando el paso, y algún niño podría no
verlo en mitad de la lluvia y después tener pesadillas por haberse tropezado con un
cadáver.
Aún el asombro le raspaba las comisuras de la boca abierta, por donde un hilillo de saliva
se confundía con los regueros de lluvia que caía leve, limpiándole el barro.
Pero si estiran el papel arrugado, podrán ver que es un billete de los grandes, más bien
un puñado de billetes grandes taponándole palabras que ya no puede decir.
Tenía puesto aún el traje oscuro con el que se lucía los domingos en la misa, el traje de
los discursos y los funerales, con el que salía en las portadas de político bueno. Las
mismas portadas que dirán que hemos perdido a un hombre justo.
Pero revisen más abajo, entre sus piernas, para que vean la mordida. Miren bien, no
estará en los noticieros, ahora, antes de que sea tarde, la huella de unos dientes
pequeñitos, porque la Chana tiene todavía los dientes de leche, y una rabia sorda por las
historias acumuladas de todas las niñas del barrio. El fajo que le pagó el senador lo
hicimos un puño de papel, y se lo pusimos en la boca entre todas, porque así nos
habíamos sentido siempre y queríamos que el supiera lo que sentíamos: un puñado de
billetes a modo de mordaza.

Ropa Usada I (A una madre)


Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia, atrapa su mirada de
inmediato. La dependienta musita un precio ridículo, como si quisiera regalársela. Sólo
porque tiene un orificio justo en el corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco

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tiene una mancha rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la
calle.
A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una bala hace un giro en
ciento ochenta grados de su destino original. Se diría que la bala tiene memoria. Se
desvía y avanza, gozosa, hasta la chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre
congela la sonrisa ante el impacto.
La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la chaqueta en el perchero.
Lima sus uñas distraídas, aguardando.

«El orden de las cosas»


«Ante la recepción del ese hotel de mala muerte, donde no me atreví a bromear por la
ausencia de la letra O en el letrero que pomposo señoreaba sobre el techo “ Hotel Ciel”, te
llamé Talo y pienso que ese fue el segundo orden que tomaron las cosas.
El hombrecillo de cejas depiladas sonrió con mecánica afectación y preguntó:
– ¿Y Don Gonzalo cuánto es usted?
Y yo agregué socarrona
– Widow, don Gonzalo Widow.
Me miraste de reojo pero yo percibí los cuchillitos que pretendían taladrar mis arranques
de humor.
Estábamos algo tensos y por suerte que el hombre de modales de medusa húmeda
ignoró el respingo que diste al firmar junto a Gonzalo Widow y Sra.
– La habitación está aquí nomás, a la vuelta. Es la cabaña tres. Si quieren, yo les bajo las
cosas del auto.
– No es necesario, te apresuraste, gracias.
Tomé la llave y nos dirigimos hacia la puerta donde pampeaba un dorado tres plástico con
pretensiones de metal. Dos camas, una silla, la clásica mesa coja y una lamparita nos
aguardaban. Entre los dos respaldos de las camas, un afiche desvaído de plaza de toros
hacía imposible adivinar si era México o España. Cuando me arrojé, agotada, sobre la
primera cama ante mí, tu voz resonó:
– Baja los pies y primero ve a ducharte. No importa lo que haya pasado, todavía eres mi
hija.(…)
Por un instante, solo un segundo, alcancé a tener lástima por el cuerpo de mi madre,
enrollado en plástico y acurrucado en el portamaletas del auto.
Talo trajo el bolso y me enfunde en unos jeans limpios, como no tenía otra polera, tuvo
que darme una de sus camisas. En el asiento trasero, nuestras ropas sucias del día
anterior reclamaban un buen lavado sólo en la privacidad. Dormimos unas horas y al
comenzar la tarde, desperté con el sobresalto de quien está siendo observada. Estabas a
los pies de mi cama, sentado sobre una sillas, mirando obcecado, como los niños,
esperando que yo despertara.

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Vamos, dijiste, creo que debe ser ahora. (…)
Le dijiste que volveríamos a cenar, seguramente para mantenerlo ocupado y subimos al
auto.
Cuando mamá se emborrachaba, el mundo parecía un lugar mejor para vivir. Bailaba un
rato por la cocina, nos abrazaba a papá o a mí, tarareaba canciones sin sentido y luego,
exhausta, se dejaba caer en cualquier sitio ya fuera la alfombra del living, el sofá o la
terraza. Entonces, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo de antemano, papá y yo
nos acurrucábamos junto a ella, y nos abrazábamos, como las familias de verdad y
podíamos hacerle cariño a su rostro relajado, a su boca algo gruesa en el labio inferior,
como si estuviera en un permanente puchero de niña ofuscada que, aunque lo practiqué
semanas ante el espejo, yo nunca pude imitar. El rostro de mi madre era hermoso, suave,
sin aristas, cuando tenía cerrados los ojos. Su piel tersa, blanca y el pelo negro,
negrísimo, que caía en pequeñas ondas hasta los hombros.
Así, dormida en el olor acre de los borrachos, ella nos acercaba al paraíso.(…)
Cuando mamá abría los ojos, la paz y el orden de las cosas, morían.
A veces, como una gata engañosa, esos enormes y rectangulares ojos verdes se
agudizaban para preguntar susurrantes “¿Aún me quieren?”, y nosotros sucumbíamos de
inmediato y gritábamos eufóricos “Sí, siempre, siempre”.
Entonces ella se levantaba de improviso y nos quedaba mirando desde arriba, “ Ya
veremos el límite de su amor” amenazaba y nos dejaba allí temblantes, aterrados.
El viento me zumbaba en los oídos y el frío nos calaba hasta el temblor. Fui con papá al
auto y le ayudé a llevar el rígido encogimiento de mamá.
Aunque tenía los ojos sorprendidos y una sonrisa congelada, se veía bellísima a través
del plástico.
Con esfuerzo, la pusimos en la tierra. Se que papá pensó lo mismo que yo y por un
instante quisimos acurrucarnos junto a ella.
Hacía frío, mucho frío.
Cuando papá se llamaba Ricardo y yo no usaba maquillaje, nos sentábamos juntos en los
peldaños que iban de la cocina al patio y el me abrazaba, tratando de explicarme el orden
de las cosas, el por qué debíamos permanecer en silencio y escondido, mientras mamá
gemía en el dormitorio, desnuda, junto a un extraño.
Las explicaciones de papá consistían en un abrazo fuerte, un dedo silenciando mis
preguntas y uno que otro brillo de lágrimas en sus ojos castaños.
Cuando yo era muy pequeña y algún desconocido estaba con mamá, él me llevaba a
pasear y a comprar helados, hasta que un día los helados me supieron amargos y su sola
mención me provocaba arcadas.
“Se que están ahí”, gritaba mamá, “vengan” y aún tenía al extraño entre las piernas
cuando nosotros nos asomábamos.
El sujeto invariablemente, corría con sus pantalones con el rostro desencajado por el
miedo. Debíamos ofrecer un extraño espectáculo, papá y yo, de la mano, en el vano de la
puerta.

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“¿Todavía me quieren?”, gritaba histérica mamá, mientras el hombre corría llevándose sus
ropas y dejando siempre algo olvidado por ahí.
“Te amamos”, decíamos, y mamá lloraba y nos abrazaba y nos estrujaba a besos y
caricias y rasguños y me echaba de la pieza, pero yo sabía que, llorosos y desolados,
papá y ella hacían el amor, mientras ellas suplicaba “No me quieran, no me quieran, no
me quieran…”. Yo entonces iba a la cocina y dibujaba pájaros sobre la pizarra del
refrigerador.
Me incliné y tomé un puñado de tierra para tirarla sobre ella a modo de sepelio. Papá
tomó otro puñado e hizo lo mismo. Después, con la pala empezó a llenar el agujero. Yo
veía como, con cada palada, mamá nos iba dejando atrás, como quería.
Un mes antes, papá había renunciado a su empresa y habíamos decidido viajar por el
país. Yo creo que era por la vergüenza, el estar siempre dando explicaciones a los
vecinos por los gritos de mamá, por los extraños, porque ya no podíamos seguir
cambiándonos de casa a cada nuevo escándalo.
El estaba cansado y sentía lástima de sí mismo y de mi, que no tenía amigos ni amigas y
que en mis quince años, jamás había llevado a nadie a casa.(…)
La hostería era como todas fuera de la temporada turística, vacía, con un encargado
entusiasta y deseoso de propinas.
Te pregunté en voz alta, para completar el puzzle de la revista “¿Cómo se llaman los
ofidios que se pueden matar a sí mismos?”, “Crótalos”, dijiste.
Después, yo te llamaría Talo.
Mamá estuvo contenta, conversadora e insistió en maquillarme y ponerme bonita. Papá
se fue a caminar por los alrededores. Ella limpió su rostro, hasta que casi semejó a una
niña, y maquilló el mío hasta que me vi como una mujer.
Nos vimos ante el espejo y ella insistió en que nos tomáramos una foto con la Plaroid.
Salió corriendo hasta el auto, pero como estaba en ropa interior, se puso mi chaquetón.
De lejos, mi padre gritó:
– Beca, ven, aquí hay lagartijas.
Ella se quedó suspendida, rígida, como un sabueso, pero luego le devolvió el grito:
– Soy yo, Alejandra, y agitó la mano.
Entró tan rápido como había salido y nos instalamos ante el espejo del baño, complicadas
para buscar la pose en la foto. Como era muy pequeño el espacio, desistimos y nos
fuimos a la sala.
Mamá puso sobre una silla la cámara y las dos nos echamos al suelo, con el rostro entre
las manos y enfilado hacia el lente, sonriendo, mientras el clic anunciaba que estaba lista
la imagen.
Papá llegó un rato después, para observar el rostro contraído de mamá mientras
examinaba las fotografías.
– No me amen, masculló, no soy única, hasta mi dolor se repite…

20
Se puso el lápiz labial en su boca de puchero, una blusa azul y dijo que se iba a conversar
con el encargado.
Era noche cerrada cuando la última palada de tierra terminó de cubrir a mamá. Había
estrellas en la oscuridad, casi demasiadas y parecía que el mundo se había puesto de
rodillas ante ella. Por un instante, nuestra desolación se ocultó en el paisaje.
Mamá se fue a “conversar” con el encargado y le pidió dos vodkas secos. Yo salí tras ella
y la observé bebérselos uno tras otro, acodada en el mesón.
El empleado, por sobre la cabeza de mi madre, guiñó un ojo en mi dirección, así es que
giré para ver si alguien estaba a mi espalda: pero no, era a mí. Fue la primera vez que un
hombre me miraba de ese modo, el modo en que siempre habían mirado a mamá. Me
inspeccioné en el reflejo de la vidriera y vi a una mujer excesivamente maquillada. Mujer,
entiéndase, no adolescente. Fue una sensación extraña, agria, desconcertante, el no
reconocerme de inmediato en el reflejo.
Papá me hizo señas desde la cabaña para que la dejara sola y me escondiera con él,
pero yo a mi vez agité la mano a la distancia para que me dejara en paz.
Mamá pidió otro, seguro, porque vi al encargado servírselo y volver a guiñarme el ojo
mientras mamá bebía hasta el fondo del vaso. El hombre me hizo unas señas y pude
darme cuenta de que más tarde, cuando ella se durmiera, él me invitaba a pasear.
Algo parecido al vértigo se me instaló hasta la náusea, respiré profundo, pero había
mucho polvo, mucho calor en el entorno. A unos minutos de la hostería, Copiapó hacía
señales verdes en el desierto.
Volví la mirada a lo que ocurría tras los ventanales y al parecer mamá había dicho algo
porque el hombre reía socarronamente ante la furia de mamá que gesticulaba y agitaba
sus brazos, y mostró sus pechos abriéndose la blusa. El hombre miró hacia la puerta y
ella a su vez giró y me sorprendió espiándola a través del vidrio. Se cerró la blusa casi
cruzándola del todo sobre el pecho y echó a correr hacia nuestra cabaña, algo aturdida y
entorpecida por los vodkas.
Fui tras ella y me insultó. Dijo que no la queríamos ya, que tampoco debíamos quererla,
que nadie debía hacerlo y que yo ahora iba a ser la deseada indeseable, la no amada, la
loca.
Yo tuve miedo, un miedo que me entumecía mis piernas, mientras la veía abalanzarse
sobre el bolso de las provisiones y tirar fuera los fideos, el azúcar, la olla de camping, los
fósforos, el café, hasta dar por fin con el whisky, destaparlo y beberlo directamente de la
botella.
Me puse contenta: mamá se emborracharía, volvería el orden de las cosas, y fui en busca
de papá, que estaba a cierta distancia, observando algo en el suelo.
Cuando llegué hasta él, me mostró una lagartija enorme, confundida con el polvo. La
observamos juntos largo rato, pensando en lo mítico de esas criaturas prehumanas, en
sus ojos sabios, en esa mirada a la que nada podría escandalizar o sorprender.
Ante ella, éramos una familia como las otras, algo difusa, pero cuánto habría en su
mirada, cuánto de todo aquello que sus antepasados, subrepticios o malvados, mágicos o
reveladores, le habrían enviado como señales por el camino de la sangre… ¿Tendrían
sangre las lagartijas? ¿Cómo sería la nuestra?.

21
Volvimos a la cabaña para observar a mamá tendida, con la botella a medio beber a su
lado, mascullando obscenidades, pero ya por fin al borde abisal del sueño.
Nos miramos con papá, sonreímos y nos acurrucamos junto a ella.
Nos dormimos pensando en la lagartija y en que la felicidad es a veces tan extraña.
Si mamá abría sus ojos verdes el mundo se ponía de rodillas ante su mirada y papá y yo
sólo temíamos, temíamos más certeramente cuando mamá abría sus ojos a la tierra.(…)
Mamá se levantó sin que nos diéramos cuenta y nos dejó acurrucados, dormidos sobre el
piso.
Despertamos sobresaltados con los gritos y vimos el reguero de su ropa en el suelo. En
algún lugar, de seguro cerca del encargado, mamá estaba gritando desnuda. Corrimos
hacia la recepción, para ver en ese instante a mamá abalanzarse sobre el encargado,
blandiendo un cuchillo inmenso en su mano derecha.
El forcejeo fue breve y ambos cayeron. Todo pareció detenerse en un segundo y luego,
mamá se levantó, ante los ojos desorbitados del hombre en el suelo.
Estaba de espaldas a nosotros, cuando le oímos decirle:
– Tú me liberaste.
Y luego cayó junto a él, encogida, echando extraños borbotones rojioscuros por la boca.
Nos quedamos quietos, estupefactos, los tres. No había más ruido que el de la boca
manchada de mamá, como si tuviera el lápiz labial corrido.
Papá fue el primero en acercarse. Caminó hacia ella y la cogió en sus brazos, como hacía
conmigo cuando era niña, acunándola, susurrándole secretos inaudibles. Mamá lo miraba
sonriendo, hasta que un velo extraño le fue subiendo por el verde para dejar sus ojos
opacos y sin brillo.
A mi lado, sentí que el hombre sollozaba. No le prestamos atención.
– No fue culpa mía, fue un accidente, ustedes lo vieron, no me denuncien por favor…
Papá la puso encogida sobre el suelo y los dos nos abrazamos a su cuerpo desnudo,
pero no pudimos dormir, teníamos los ojos abiertos, muy abiertos. (…)
– No la toque, ahora es nuestra.
La acomodó encogida en el portamaletas.
Volvió junto a nosotros y pidió toallas, limpiamos los restos de sangre del suelo.
Luego fuimos a la cabaña y nos cambiamos las ropas, que dejamos en un bolso en el
asiento trasero.
No recogió más nada, así es que aproveché de tomar los maquillajes de mamá, con los
que más tarde jugaría, en medio de un silencio feroz, durante cientos de kilómetros, antes
de llegar a Calama.
El hombre se quedó parado junto a la hostería, mirándose las manos una y otra vez
incrédulo.

22
El auto estaba frío y nosotros también, así es que papá demoró unos instantes en hacerlo
partir. Nos sentíamos tan solos ahora, con el portamaletas vacío, con la vida opaca que
nos quedaba por delante.
Al pasar de regreso frente al ojo de agua, le pedí que se detuviera un momento. Tomé el
bolso con nuestras ropas ensangrentadas y bajé para arrojarlo con todas mis fuerzas al
centro del ojo. Sólo escuché el chapoteo al hundirse.
Antes de regresar a la cabaña 3, del hombre de las cejas depiladas, ya no quedaba en mí
ni un rastro de maquillaje. Creo que habíamos llorado. El orden de las cosas no sería lo
mismo sin ella.»
Ropa usada II (A Edith)
La cita inesperada es a las ocho. No hay tiempo para cruzar la ciudad, llegar a casa y
ponerse el atuendo para la ocasión.
La tienda de ropa usada, la dependienta de la lima de uñas, los colgadores atestados. A la
muchacha el vestido azul se le clava en las pupilas. Pide una bolsa y va al probador. Se
enfunda en la gasa trasparente. Toda ella un hálito de azul. Recoge el pelo en un moño
apretado, dibuja una línea en el párpado.
Sale del probador lista para la cita.
El hombre que la aguarda se levanta de su silla al verla entrar. Al hombre, el corazón le da
un vuelco extraño en el pecho .La muchacha lo observa comer ansioso. Se mira las uñas
descascaradas que no van con el atuendo.
El hombre se atraganta con la carne. El color de su piel pasa del enrojecimiento profundo,
al gris. La muchacha mira una vez más sus uñas y piensa molesta: «Mierda, debí haber
comprado el negro».

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