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Escorzos de la muerte en el condado de Yoknapatawpha

La crisis del sentido debe ser observada sin ilusiones, pero también sin la
ilusión de que esta crisis habrá terminado para siempre el problema del sentido.
Claudio Magris1

Lo que ha pasado se va; lo que ha sido vuelve.


Martin Heidegger en carta a Viktor Frankl

Menos mal que William Faulkner (en adelante Bill, que es como le llamaba su mujer y como él se
denomina a sí mismo en un poema, con perdón de la confianza) abandonó la poesía ya en su juventud,
aunque nunca definitivamente. Perdimos a un poeta notable pero no muy original, y a cambio ganamos
al que seguramente sea el mejor novelista de todos los tiempos. Lo mejor, lo realmente asombroso -a la
vez que para sus detractores lo peor y más chocante- de Bill como escritor es el enorme peso que se
echa a la espalda a la hora de recrear el periplo humano. A cada instante, en cada línea, sentía que había
que hacer recaer el entero destino de la humanidad 2 sobre un acto o un pensamiento concreto en
apariencia trivial, y eso el lector lo nota, vaya si lo nota, como si el propio Bill hubiera cogido a pulso un
gran fardo de lomos de una mula (aunque no era él, según parece, muy amigo de trabajos físicos...) y se
lo hubiese cargado a los hombros de sus exégetas. Pero es que no hay, quizá, ningún otro modo
realmente veraz de calibrar la exacta medida (él, que no era muy alto...) de las fuerzas del ser humano en
esta tierra, que es nada menos que lo que se propuso mostrar mediante su vasta y abigarrada obra
novelística. Es cierto que la comedia también es un enfoque artístico y literario posible que puede servir
para ofrecer una visión de la capacidad humana cuando ésta es enfocada desde sus debilidades, tanto
temperamentales como escatológicas, pero es que esto mismo está también sobradamente representado
en los relatos de Bill. Sin duda Faulkner escribía tragedias, como se ha dicho muy a menudo, tragedias
en las que aunaba el espíritu sofocleo y el bíblico, pero con la diferencia de que no se ahorraba nada, de
que todo el espectro de prácticas humanas, por desagradables o bajas que nos parezcan ahora, estaba
recogido. Naturalmente, Bill era un hombre de su tiempo, alguien que quiso participar sin conseguirlo
en la Primera Guerra Mundial y que se hizo un largo eco, en sus últimas producciones, de las
consecuencias de la Segunda, de manera que por “ser humano” entendía primordialmente la épica del
colono norteamericano blanco y sus siervos negros en el Sur tras la Guerra de Secesión Americana. No
le gustaba lo más mínimo el colectivismo de la Unión Soviética o de los fascismos europeos, y hacía
gala de un feroz individualismo que se refleja casi párrafo a párrafo en sus textos de ocasión o en sus
escasos ensayos. Pero, en cualquier caso, pese a los muy breves momentos de comedia de sus historias,
que los hay y estallan en el momento más inesperado (eso sí: siempre en la acción, nunca en los
diálogos3), Faulkner era un fabulador esencialmente trágico, bestialmente trágico, incluso, justamente
porque tal vez sea la tragedia, exagerando por arriba, el aparato de medición más fiel del tamaño y la
capacidad humanos, siendo la comedia, exagerando ahora por abajo, no más -pero tampoco menos, no
se me malinterprete-, que su ocasional alivio, como ya sucedía, por cierto, en la Atenas clásica.
Y tragedia es decadencia, desolación, opacidad y muerte. El tema de la muerte en Faulkner, que es
lo que voy a tratar de espigar aquí, no se mantiene, claro, estable en toda su obra como concepto
1 El anillo de Clarisse: tradición y nihilismo en la literatura moderna, Claudio Magrís, 1984, Ediciones 62, 1993.
2 De un gran admirador suyo y paisano nuestro, Juan Benet, leído en En la penumbra, Alfaguara: “Muchas veces he
pensado cómo el destino semeja un árbol tan lastimado por el hacha del leñador como por la fuerza del viento, cuya
forma cambia tanto con la amputación de una o varias de sus ramas cuanto por el crecimiento de otras, empero conserva
su unidad, el sistema radical con el que se alimenta y la foliación que constituye se diría su última razón de ser”.
3 Pongamos por caso la aparición en El villorio de Eula Varner, la Marilyn Monroe de Bill, descrita como “fruto de

una eyaculación de Zeus”, o, en ese mismo relato, la acometida de unos caballos que suben como locos por las escaleras
de una edificación y recorren irrefrenables sus pasillos y verandas creando un caos momentáneo pero fantástico.
unitario y rígido, pero lo que sí es incesante y recurrente en ella son las muertes, que se suceden
fatalmente y a menudo con carácter violento. El condado de Yoknapatawpha4 es, sin duda, uno de los
lugares más difíciles para vivir que han sido creados para la ficción, incluso teniendo en cuenta que la
guerra es ya siempre cosa del pasado, aunque Bill no crea que exista el pasado, como hace decir al
abogado Gavin Stevens en Réquiem por una mujer5 -y citó, por cierto, Barack Obama en su discurso en
Filadelfia sobre la raza de 2008-: El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado. Bill escribió algunas otras
novelas que no transcurren en el legendario condado, y de las que por tanto no vamos a tratar más que
muy someramente en las siguientes líneas, pero sí que es cierto que desde su mocedad de dandi
decadentista le preocupaba la esencia del tiempo y de la muerte, algo que resonará tanto en las unas
como en las otras. Su Grand Tour por Europa le había enseñado a emular la actitud de los poetas
estetizantes y lúgubres, y en su colección de poemas titulada La rama verde versificaba cosas como estas,
propias de un pre-existencialismo que no por casualidad tanto le aplaudió y siguió tiempo después:

(en el VII) Ahora, con Salomón, todo lo sabe:


que el aliento, a fin de cuentas, no es para el hombre
sino deseo y consunción.

O, poco más adelante, refiriéndose a la vida viviente, en el VIII: La furiosa esterilidad del combate.

Entender la existencia como struggle for life y la muerte como su fatal obliteración yacía ya latente
en el darwinismo social, en los cuentos de Jack London o en el llamado “romanticismo oscuro” de
grandes autores como Nathaniel Hawthorne o Herman Melville. Bill no hacía en esto más que
prolongar una línea que casaba bien con sus males amorosos de juventud y que se expresa en esa
célebre carta a Malcolm Cowley -el hombre que le hizo famoso extractando y cortapegando sus
novelas- en la que afirma que la vida es siempre una “carrera de caballos hacia la nada”. También el
recurrido parlamento de Jason Compson en El ruido y la furia parece abonar esa idea, cuando se dice...

Era el reloj del abuelo y cuando papá me lo dio dijo, Quentin, te doy el mausoleo de todas las esperanzas y
deseos; será extremadamente fácil que lo uses para mejorar la reductio absurdum de toda la experiencia humana que no
puede adaptarse mejor a tus necesidades individuales de lo que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo doy no
para que recuerdes el tiempo, sino para que puedas olvidarlo de cuando en cuando por un rato y no malgastes todos tus
esfuerzos tratando de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana jamás, dijo. Ni siquiera son libradas. El campo de
batalla sólo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos.

O también más adelante, cuando Quentin, mientras pasea librando una gran batalla interior,
sopesa, con un gran nubarrón negro sobre su cabeza, otra de las genialidades especulativas de su padre:

El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre. El hombre la suma de lo que te dé la gana. Un
problema de propiedades impuras tediosamente arrastrado hacia una inmutable nada: jaque mate de polvo y deseo.

No es esta, sin embargo, la opinión de Bill, como se ha pensado a menudo, sino únicamente la de
Jason Compson, un señor más bien pedante que con sus tabarras termina malogrando la vida de su
hijo. Tampoco el final de Santuario, seco y duro como un árbol podrido que se cae de viejo, justifica que
Bill mantuviera mucho tiempo esa pose de pesimismo juvenil, esa especie de glosa prematuramente
cansada y todavía algo rebelde al mantra anglicano de las “cenizas a las cenizas y el polvo al polvo”....
4 Existe un río con ese nombre que pone límite al condado de Lafayette al noroeste del Misisipi, y en chicksaw parece
que era un topónimo compuesto de yocona y petopha, o sea, “tierra dividida”, aunque Faulkner defendió en la Universidad
de Virginia que en realidad el nombre completo significaba “agua que fluye lentamente sobre la pradera”.
5 El título de este híbrido entre obra de teatro y crónica histórica es Requiem for a nun, la secuela de Temple Drake,
que ha sido mal traducido al castellano. Sin embargo, leo en un comentario a la página web El lamento de Portnoy una
importante matización a su significado de parte de un comentarista muy sagaz pero casi anónimo. Dice un tal “Javier
dramaturgo” que “creo entender que después del famoso soliloquio de Hamlet, Shakespeare pone a su protagonista en
contra de Ofelia y mientras la increpa ¡To a nunnery you go! lo que se interpreta igualmente como “vete a un convento” y
“vete a un burdel.” Quizás el misterio de “nun” en el título de la novela resida en esa ambivalencia del término.”
A las cinco y media apareció el carcelero. —Le he traído… —dijo. Introdujo torpemente el puño cerrado entre
los barrotes—. Aquí tiene el cambio de aquellos cien que nunca… Le he traído… Son cuarenta y ocho dólares —
añadió—. Espere; lo voy a contar otra vez; no lo sé con exactitud, pero puedo darle una lista... conservo los tickets… —
Guarde el dinero —dijo Popeye, sin moverse—, y lárguese de una vez.
A las seis fueron a buscarlo. El pastor le acompañó, la mano bajo el codo de Popeye, y se quedó rezando junto al
patíbulo mientras ajustaban la soga, que al pasar sobre la acicalada y engomada cabeza de Popeye le despeinó. Como
tenía atadas las manos, empezó a mover la cabeza, echándose el pelo para atrás cada vez que volvía a caerle sobre la
frente, mientras el pastor rezaba y los otros permanecían inmóviles en sus puestos con la cabeza inclinada. Popeye empezó
a adelantar el cuello mediante breves sacudidas. —¡Pssst! —dijo, logrando que el sonido destacara con nitidez sobre el
zumbido monótono de la voz del pastor—; ¡psssst! El sheriff le miró; Popeye dejó de mover el cuello y se quedó
completamente rígido, como si mantuviera un huevo en equilibrio sobre la cabeza. —Arrégleme el pelo, Jack —dijo. —
Claro —dijo el sheriff—. Ahora mismo te lo arreglo —e hizo caer la trampilla.

Cortante desenlace de la vida de un personaje completamente despreciable, Popeye, el hombre de


la mazorca en ristre, pero que en su miseria y justamente por culpa de su miseria ha conocido el amor el
tiempo justo para que se le escurriera inmediatamente de las manos; recuerda, el pasaje, a otro verso de
La rama verde, en XXVIII: y vengan después el esplendor y la velocidad, la limpieza de la muerte... Poco antes, en
monólogo interior, Bill, decidido a hacer de Santuario su novela más rentable y terrible había escrito que

Sería mejor que se muriera esta noche, pensó Horace mientras seguía andando. Y morirme yo también. Pensó en
Temple, en Popeye, en la mujer, en el niño y en Goodwin, todos en un solo aposento, desnudo, mortífero, donde las cosas se
viesen juntas y también en perspectiva: un único instante, a mitad de camino entre la indignación y la sorpresa, que lo
borrara todo. Y también a mí; pensando en que sería ésa la única solución. Arrancados, cauterizados del viejo y trágico
costado del mundo. Y yo también, ahora que estamos todos aislados; pensando en el suave viento oscuro que sopla en los
largos corredores del sueño; en yacer bajo un techo acogedor que puede tocarse con la mano, oyendo indiferente el
prolongado repiqueteo de la lluvia: del mal, de la injusticia, de las lágrimas. Al final de un callejó n, dos figuras en pie,
cara a cara, sin tocarse; el hombre diciendo en voz baja —en un susurro acariciante— una interminable sucesión de
epítetos obscenos, la mujer inmóvil delante de él como desfallecida en un éxtasis voluptuoso. Quizá muramos en ese
instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica, pensó Horace, acordándose de
la expresión que había visto una vez en los ojos de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación
que se enfría, la violenta desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en
miniatura, el mundo paralizado. (Santuario, Alfaguara, pág. 218)

Aunque no hay, sin duda, invectiva más radical y tremebunda contra la vida 6 en la obra de
Faulkner que Mientras agonizo, esa novelita que escribió casi de un tirón reclinado sobre una piedra y en
la que vertió tanta amargura como le fue dado acumular a su todavía poco avanzada edad, en plena
madurez creativa y casi provocando al mundo, ciscándose en él con la bilis del genio incomprendido:

Hasta me acuerdo de cómo, cuando yo era joven, creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; sin embargo,
ahora sé que no es más que una función de la mente: una función de las mentes de quienes sufren la pérdida. Los
nihilistas dicen que la muerte es el final; los funcionalistas, que el comienzo; pero en realidad no es más que un simple
inquilino o familia que deja su habitación o su ciudad.

Hasta aquí casi bien, porque aunque ya han tenido lugar algunos horrores, la madre agonizante
todavía no se ha pronunciado por sí misma; cuando lo hace, la novela se torna una oración a la muerte:
6 Y en Sartoris, antes bautizado como Banderas en el polvo, no la primera novela pero sí la fundacional de
Yoknapatawpha, el último miembro de la bizarra saga familiar se despide con estas acerbas palabras que representan
exactamente el paso que va de las duras pero grandiosas vidas de los antepasados a la decadencia actual que puebla el
resto de la producción acerca del condado de nombre casi impronunciable: ¡Maldición! —profería, extendido sobre su lecho,
boca arriba, mirando por la ventana, donde nada tenía que ver, esperando el sueño, no sabiendo si vendría o no, y fastidiándose en lo que
pudiera sucederle—. Nada que ver y la larga duración de la vida de un hombre, setenta años de arrastrar por el mundo un cuerpo obstinado
y engañar sus exigencias importunas. Setenta años decía la Biblia, ¡setenta años! El sólo tenía veintiséis. Ni un tercio siquiera, ¡maldición!
Era entonces la ocasión de pararme a recordar que, como mi padre solía decir, la finalidad de la vida no es otra
sino la de aprestarse a estar mucho tiempo muerto. Y al recapacitar que tenía que ver día tras día a cada uno de ellos y de
ellas, y todos con sus respectivas vergüenzas y egoísmos personales, y que tal era, a lo que parecía, la única manera de
disponerme a bien morir, no podía menos de maldecir a mi padre por habérsele ocurrido engendrarme. Siempre estaba
acechando la ocasión de cogerlos en falta, para darles de latigazos. Y cuando el látigo caía sobre sus carnes, sentía yo su
escozor sobre las mías; y cuando les levantaba verdugones y ronchas en la piel, era mi sangre la que corría, y a cada nuevo
golpe que les asestaba, me decía a mí misma: “Ahora soy algo en vuestras vidas vergonzosas y egoístas, yo, que he marcado
mi sangre en la vuestra para toda la eternidad”.

O, el tan comentado desmentido al propio lenguaje, que se diría la herramienta del escritor:

Y cuando supe que llevaba en mis entrañas a Cash, me di cuenta de que la vida es terrible y de que esas son las
cosas que nos trae. Fue entonces cuando aprendí que las palabras no tienen nada de bueno, pues que nunca se ajustan ni
siquiera a aquello que tratan de dar a entender. Cuando el niño nació, comprendí que la palabra “maternidad” ha tenido
que ser inventada por alguien que, por lo que fuera, la precisaba para el caso; y que a los que de verdad han tenido hijos,
nunca se les ha podido ocurrir preocuparse de si esa palabra existía o dejaba de existir. Comprendí que la palabra
“miedo” ha tenido que ser inventada por alguien que jamás lo ha pasado, y la palabra “orgullo”, por alguien que nunca
lo ha sentido 7

Estas palabras, lanzadas como un boomerang contra su propio valor comunicativo, podrían haber
constituido la coda de la carrera de Bill sino fuera porque el reconocimiento tardío, tal vez algo avaro al
principio pero sin duda creciente hasta la universalidad -y quién sabe qué otros factores-, hicieron que el
escritor, al que siempre molestó no ser más que un espectador hiperbólico de su entorno, virase poco a
poco su percepción de la Naturaleza, de la desnudez humana (curiosamente, y hasta donde yo conozco,
Faulkner jamás emite opinión o postura alguna acerca de la cultura, es como si nada se interpusiese
entre el ser humano y el ser8), y por tanto de la muerte, tanto individual como colectiva, personal o
animal, natural o provocada, tuya o mía. El primer cambio se destaca, nítidamente, en el parlamento de
uno de los dos personajes femeninos relevantes de ¡Absalón, Absalón!, la mismísima hija de Drácula...

—Sí —repuso Judit—, guárdela o destrúyala, como prefiera. Léala usted si quiere, o no la lea. Uno deja tan
poco rastro, ¿sabe usted? Uno nace, y ensaya un camino sin saber por qué, pero sigue esforzándose; lo que sucede es que
nacemos junto con muchísimas gentes, al mismo tiempo, todos entremezclados; es como si uno quisiera mover los brazos y
las piernas por medio de hilos, y esos hilos se enredasen con otros brazos y otras piernas y todos los demás tratasen
igualmente de moverse, y no lo consiguiesen porque todos los hilos se traban, y es como si cuatro o cinco personas quisieran
tejer una alfombra en el mismo bastidor: cada uno quiere bordar su propio dibujo. Claro está que todo ello carece de
importancia, pues de otra manera quienes dispusieron el bastidor hubieran arreglado mejor las cosas, y a pesar de todo no
deja de tener su trascendencia, puesto que uno se esfuerza, y continúa luchando; cuando de pronto todo ha concluido y sólo
nos queda un bloque de piedra con unas inscripciones, siempre que alguien se haya acordado o haya tenido el tiempo
necesario para hacer grabar esas letras en el mármol. Pasa el tiempo, llueve y brilla el sol y llega un día en que nadie
recuerda el nombre y lo que dicen esas letras nada importa ya. Quizá por eso, si uno puede dirigirse a alguno, cuanto más
extraño mejor, y darle algo, lo que sea: un pliego de papel o cualquier otra cosa que nada signifique por sí misma, aunque
ellos no lo lean ni lo guarden, ni se preocupen siquiera por destruirlo o arrojarlo, ya es algo porque ha sucedido y puede ser
recordado, pasando de una mano a otra, de una inteligencia a otra, al menos será un arañazo, algo que deja rastro, algor
7 Tenemos también serios cuestionamientos del desempeño del lenguaje -casi a la manera estoica de Spinoza cuando
afirmaba aquello de “hablamos demasiado”, pero Spinoza no era ni por lo más remoto un literato- por parte de Bill en
¡Absalón, Absalón! (Verticales, págs. 317-8): La lengua (esa hebra fina y quebradiza, dijo el abuelo, mediante la cual la superficie y los
rincones y las aristas de las vidas secretas y solitarias que llevan los hombres pueden por un instante unirse de vez en cuando antes de hundirse
de nuevo en las tinieblas en que clamó el espíritu por primera vez sin ser oído y en que ha de declamar por última vez sin que tampoco nadie
responda) y, mucho más tarde, en La Mansión, capítulo 10: Quizá no se necesiten siquiera tres años de libertad, de ausencia de
contactos verbales para aprender que quizá todo el dilema de la condición humana procede de la incesante cháchara de la que el hombre vive
rodeado, en la que está encerrado, aislado, de las consecuencias de su propia estupidez, las cuales —las consecuencias, la simple tinta roja—
podrían haberle permitido, a estas alturas, resolver el problema de su condición y aprender a funcionar y a tener éxito.
8 En esto Faulkner remite sin pretenderlo a las grandes escuelas de pensamiento helenísticas, ninguna de las cuales

(estoicismo, epicureísmo, escepticismo y cinismo) concedía, ni apenas lo apreciaba, valor existencial alguno a la cultura.
que fue una vez por la razón de que pudo morir algún día, mientras el bloque de piedra no puede ser es porque nunca
podrá llegar a ser fue porque no puede morir ni perecer...9
(¡Absalón, Absalón!, Verticales, pg. 157-8).

Unos párrafos después el narrador agrega una suerte de corolario de lo dicho, bajo la fórmula de
que puede que la vida, cada vida, no sea más que una “marca indeleble en el rostro impávido del
olvido”.... Y esta ya no es, en mi opinión, una variante más de esa negrura que hacía ver al Bill más
joven, inmediatamente anterior, la existencia como polvo, ceniza, absurdo, carrera hacia la nada,
desahucio inminente, “propiedades impuras”, jaque mate del ser, consunción, sinsentido 10 y, al fin y a la
postre, “estéril combate”. Ahora se trata de algo muy distinto, me parece. Ese bloque de mármol o ese
pliego de papel no son, desde luego, la Divina Providencia, nada “está escrito” de antemano, no existe
designio alguno, pero tampoco son esas porciones fugaces de tiempo que se dispersan en el vacío y de
las que pudiera decirse que “no hay más vela que la que arde”. Subsiste un legado, subsiste una
herencia, aunque precaria y frágil, para la cual el combate no es ya estéril, sino cuanto poco testimonial.
En el texto del “Discurso con motivo de la aceptación del premio Andrés Bello”, en Venezuela, ya con
el Nobel bajo el brazo, Bill remarcó un motivo que le obsesionaba, y que se repite en varios lugares de
su obra de no-ficción. Dice, a propósito de la misión del artista, que por supuesto esta es su inmortalidad,
quizás la única. Quizás el propio impulso que le ha compelido a esa dedicación sea simplemente el deseo de dejar inscrito,
detrás de esa puerta final hacia el olvido a través de la que tiene que pasar primero, las palabras: “Kilroy estuvo aquí”.
Kilroy no es nadie en particular, es un cualquiera que tal vez dejó esa pintada en la puerta de los aseos
de un bar, pero que impresionó a Faulkner. La puerta de los aseos o un arañazo en un bloque de
mármol (esa inscripción que deja en la roca Tom Hanks de su paso por la isla en Náufrago) tal vez sean
el único sentido transcendente de nuestra andadura por la Tierra, pero es ya un sentido, y no la inanidad
absoluta. Incluso Addie, la madre moribunda de la desesperanzada Mientras agonizo, reconocía que creí
que el sentido era el deber de los vivos para con la terrible sangre, la amarga sangre roja que corre hirviente por la tierra
(Cátedra, pg. 170), y sin duda algo de eso hay. Ike McCaslin, el personaje más compasivo y atormentado
de Faulkner -mucho más que la mayoría de sus pétreas e implacables mujeres- reflexiona entonces que...

Piensa en todo lo que ha pasado aquí, en esta tierra. Toda la sangre caliente y fuerte de vida y de placer que ha
vuelto a ella y que la ha empapado. De sufrimiento y de dolor también, desde luego, pero que aun así ha sacado algo en
limpio, ha sacado mucho, porque después de todo uno no tiene que seguir soportando lo que considera sufrimiento; uno
siempre puede elegir parar eso, ponerle un fin. E incluso el dolor y el sufrimiento son mejores que nada; sólo hay algo peor
que no estar vivo, y eso es sentirse avergonzado. Pero no puedes vivir eternamente, y siempre gastas la vida mucho antes de
haber agotado las posibilidades de vivir. Y todo eso debe de estar en alguna parte; todo eso no pudo haber sido inventado y
creado simplemente para luego tirarlo. Y la tierra es poco profunda; no hay mucha antes de llegar a la roca. Y la tierra no
sólo quiere conservar las cosas, atesorarlas; quiere volverlas a usar. Mira la semilla, las bellotas, lo que pasa incluso con la
carroña cuando intentas enterrarla: se niega también, hierve y lucha también hasta que vuelve a la luz y al aire, todavía
persiguiendo al sol. (Los viejos del lugar, en Desciende, Moisés, Cátedra. pg. 210)

Como se ve, ya es otro el ánimo que recorre la imaginación de Faulkner, más inclinado en
adelante a conceder una oportunidad al destino humano -aunque únicamente sea el de empecinarse y
prevalecer, como enunció en su exiguo discurso de entrega del Nobel 11- en los términos de un cierto
Eterno Retorno, según el cual, si bien no cabe esperar inmortalidad personal alguna, la intensidad de los
momentos vividos no se apaga jamás, al margen que quién sea el que los protagonice. Todo vuelve, y
9 Traducción alternativa del último segmento de frase, sin cursivas: pues de otro modo no podría morir también; en tanto que

el bloque de mármol jamás podría ser presente, puesto que tampoco llegará a ser pasado, es incapaz de morir o terminar…
10 No recuerdo, ciertamente, que Faulkner emplee nunca esta palabra, tan en boga después de la Segunda Guerra

Mundial, e incluso antes entre dadaístas y surrealistas, pero sin duda está implícita en el contexto del título de The sound
and the fury, como se sabe extraído de un monólogo completamente devastador del Macbeth de William Shakespeare.
11 De modo semejante, anticipándose a las actuales soluciones al colapso climático propuestas por iluminados como

Elon Musk (y anticipándose también a la propia carrera espacial), en el Discurso a la Comisión Nacional de los EEUU para la
UNESCO en Denver, Colorado, de octubre de 1959, un Faulkner ya mayor aseveraba que “eso será cuando hayamos
gastado el último grano, trago y pizca de nuestros recursos naturales. Pero el mismo hombre no estará en esa tumba. El
último sonido de la tierra sin valor será el de dos seres humanos intentando lanzar una nave espacial casera y ya
peleándose acerca de dónde van a ir a continuación.” (Ensayos & Discursos, Capitán Swing, pg. 94)
cuando vuelve su resplandor es tal que convierte en indiferente lo que haya podido irse o no antes...
¿Quién sería tan cenizo, tan sombrío -como el propio Bill lo fue antes-, de poner el acento, es decir, el
valor, en lo que se va, en vez de en lo que retorna?... Así, en Intruso en el polvo (Seix Barral, pgs. 189-90):

Ahora: el límite absoluto sin retorno, el de dar vuelta y regresar a casa o navegar irremisiblemente hacia adelante
y o hallar tierra o precipitarse por el final atronador del mundo. Una vocecita, una poetisa sensible y profunda de los
tiempos de mi juventud dijo que el té derramado se va con las hojas y todos los días muere un crepúsculo,
una extravagancia de poeta que como suele acontecer revela verdad pero invertida y al revés puesto que el distraído
manipulador del espejo ensimismado en su obsesión ha olvidado que la parte de atrás del espejo es cristal también: ojalá lo
fuesen, pero en vez de ello, el crepúsculo de ayer y el té de ayer son ambos indiferenciables de las esparcidas heces
indestructibles indisolubles arrojadas por los interminables pasillos de mañana, en los zapatos con los que habremos de
andar y hasta las sábanas entre las que habremos de dormir (o intentar): pues a nada se escapa, nada se elude; el
perseguidor es quien corre y la noche de mañana es sólo un largo combate insomne con las omisiones y pesadumbres de
ayer.

“El propio Bill lo fue antes”, decía yo, pero en realidad no tanto. En su primera publicación lírica
de juventud, El fauno de mármol, ya tenía intuiciones como la que estamos subrayando; verbigratia:
¡Ah, el mundo,
al que los sueños de la humanidad se aferran
como una crisálida, liviano y frío,
pero que, sin embargo, nunca envejece!

O...

El día que agoniza ofrece a los que penan


la bendición que ni los reyes pueden conceder: un mañana.

Igualmente en La rama verde:

XV: Hermosa tierra y hermoso cielo


y hermoso fue el aguacero
de sol y lluvia en los manzanos
cuando yo aún dormía.

Y hermosa tierra y hermoso cielo


y hermosos serán la lluvia
y el sol entre los manzanos
cuando me haya vuelto a dormir, por mucho tiempo.

(en XXXIII): Aunque calienten a ese otro pecho, entre tinieblas,


los pechos de la Muerte, y haya olvidado dónde yacía yo,
y arrancada estén del árbol las hojas de la respiración
subsiste una hoja obstinada que no ha de morir

sino que, sin reposo en la tierra triste y amarga,


gana con cada amanecer una muerte, y con cada ocaso un nacimiento.

XLIV: Si ha de haber dolor, que sea sólo lluvia,


y ésta, por todo dolor, sólo dolor de plata
si estos verdes bosques sueñan aquí con despertarse
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

Pero yo dormiré, porque ¿dónde hay muerte


si en estas azules y soñolientas colinas, allí en lo alto,
tengo yo, como árbol, mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que me ciñe me ha de dar el aliento.

A lo que añadía, acto seguido, en la reelaboración titulada Colinas de Misisipi. Mi epitafio:

El árbol herido no alberga un verde nuevo para llorar


los años dorados que gastamos en comprar dolor.
Que sea esta mi condena, si olvido
que aún queda primavera para agitar y quebrar mi sueño.

Aún queda primavera, y siempre hay un mañana, aun cuando yo me haya vuelto a dormir, por
mucho tiempo. No diré que William Faulkner, el novelista experimental de ardua lectura, fuera todo un
filósofo, pero sí que sin lugar a dudas rumiaba muy a fondo lo que escribía. Mas el momento más claro
e inequívoco de esta nueva fe, por así llamarlo, no en la impotencia de la vida, sino en la parcial
impotencia de la muerte, se encuentra en El oso, un cuento largo o novela corta que se encuadra en la
colección de Desciende, Moisés y que es una obra maestra incuestionable. Allí se dice lo siguiente:

Probablemente él sabía que yo estaba en el bosque esta mañana mucho antes de que llegase aquí, pensó, yendo
hacia el árbol que había sostenido uno de los extremos de la plataforma donde Sam yacía cuando McCaslin y el mayor de
Spain los hallaron; el árbol, la otra lata de manteca clavada en el tronco, pero deteriorada por la intemperie, enmohecida,
ajena también aunque reconciliada ya en la armónica generalidad de la selva, sin elevar una nota disonante, y vacía, ha
tiempo vacía de la comida y el tabaco que él había puesto dentro aquel día, tan vacía de aquello como lo sería en breve de
esto que sacaba del bolsillo: el rollo de tabaco, el nuevo pañuelo de hierbas, el pequeño paquete de caramelos de menta que
a Sam le gustaban tanto; también eso había desaparecido, casi antes de que volviese la espalda, no evaporado sino
sencillamente fundido en las miríadas de vida que llenaban el molde oscuro de estos misteriosos y sombríos lugares de
delicados y fabulosos rastros, que, respirando y esperando e inmóviles, le observaban detrás de cada rama y cada hoja
hasta que él se movió, volviendo a andar, avanzando; no se había detenido, sólo había vacilado, al abandonar la loma que
no era la morada de la muerte porque allí no estaba la muerte, ni Lion ni Sam: no sujetados en la tierra, miríadas no
difundidas todavía de todo fragmento de miríada, hoja y rama y partícula, aire y sol y lluvia y rocío y noche, bellota y hoja
y bellota de nuevo, oscuridad y amanecer y oscuridad y amanecer de nuevo en su constante sucesión y, siendo miríadas, uno:
también Old Ben, también Old Ben; hasta le habrían restituido su garra, seguramente le habrían restituido su garra;
luego el largo desafío y la larga caza, ningún corazón para ser forzado y maltratado, ninguna carne para ser macerada y
herida. (Traducción Ana M.ª Foronda)
“No había muerte”, traduce María Coy en Cátedra, en una interpretación ya abiertamente
naturalista y pagana del Eterno Retorno12. No hay muerte porque el bosque reabsorbe todo lo que se
corrompe en él y lo devuelve renovado después, como vimos en los anteriores versos. Lo que vuelve no
es el mismo, ese pájaro ahora cadáver, pero sí lo mismo, la parajareidad ahora viva y cantando, por decirlo
con Heidegger, coetáneo de Faulkner 13. Ni siquiera la angustia tematizada por el propio Heidegger
sería un obstáculo de ninguna clase, como no lo era tampoco para el alemán, al Anillo del Retorno...
Así, pues, en vez de aquello de la fantasía que pasa y “nada” queda, es el “quedar” lo que queda siempre, lo que
nunca se verá completamente libre de la vieja angustia. Porque por mucho que el río de la sangre corra cada vez más
despacio y el recuerdo se haga cada vez más doloroso, la sangre, cuando menos, recordará siempre que algún día fue capaz
cuando menos de angustia. (En la ciudad, pg. 123, Plaza y Janés)
Algo que ya estaba, sorprendentemente, en Sartoris, arranque y mapa sentimental de
Yoknapatawpha, acerca de la muerte del aguerrido patriarca, John Sartoris (Debolsillo, pg. 38):
12 Otra prueba: Y volvió a ser como había sido antes. No. Dos veces, mil veces y nunca igual: los treinta, eternos y simbó licos para el
hombre joven, para el muchacho, cada nueva ocasión acumulativa y retroactiva al mismo tiempo, implacablemente no repetitiva, el recuerdo de
cada cual excluye la experiencia, la experiencia de cada cual antecede el recuerdo; la habilidad sin cansancio, el conocimiento virginal hasta la
saciedad, los astutos músculos secretos que guían y controlan, del mismo modo que en las muñecas y en los codos yacía dormido el dominio de
los caballos, en el espléndido, casi milagroso Olor a verbena, recogido al término de Los invictos, Biblioteca Edaf.
13 De hecho, la expresión Die ewige Wiederkunft des gleichen de Friedrich Nietzsche se traduce precisamente por el

“eterno retorno de lo mismo”, no de “el mismo”; es decir, no retorna Flipper, pero sí un delfín, igual que usted y yo...
Y al día siguiente ya estaba muerto, como si no hubiera hecho otra cosa que esperar aquel desenlace para librarse
de la torpe limitación de huesos y aliento; como si al perder el sentimiento de frustración producido por la propia carne,
pudiera ya tensar y dar forma a lo que brotaba de él convertido en la inevitable apariencia de su sueño, y ser así evocado,
como un genio o una deidad, por los tediosos recuerdos de un anciano analfabeto o por una pipa chamuscada de la que
hasta el rancio olor a tabaco quemado se había esfumado muchos años antes.

No hay muerte, o no del todo. Tampoco el miedo a la muerte violenta, en combate, está del todo
justificado, desde esta perspectiva, y por eso es tan injusta la derrota del Sur en la Guerra de Secesión,
puesto que, como se recuerda en Escaramuza en Sartoris, recogido en Los invictos, Biblioteca Edaf:

Creo que fue porque los de la partida de papá (como todos los demás soldados del Sur), a pesar de haberse
rendido y de haber reconocido que les habían dado una paliza, seguían siendo soldados. Puede que fuera por la vieja
costumbre de hacerlo todo como un solo hombre; puede que cuando uno se ha pasado cuatro años en un mundo regido
completamente por los actos de los hombres, uno no quiera abandonar ese mundo, aunque tenga peligro y combates; puede
que los motivos sean el peligro y los combates, porque los hombres se han hecho pacifistas por todos los motivos
imaginables menos para rehuir el peligro y los combates.

El condado de Yoknapatawpha, esa región cuyo “único propietario” es William Faulkner, es ante
todo el escenario de la más triste de las derrotas, que no es propiamente la de la guerra, sino
consecuencia de ella. Bill oficia de último testigo de un tiempo en que los hombres eran luminosos,
epopéyicos (ese recuerdo recurrente, ese fulgor alucinado, casi con efectos especiales, del reverendo
Hightower en Luz de Agosto14 es la quintaesencia del propio Bill), algo ridículos e hijos de perra también,
en palabras de Bill, pero inmensamente más ricos en fortaleza de ánimo y temeridad de lo que lo serán
sus desgraciados descendientes. Quentin Compson lo sabe, y por eso termina por arrojarse a un río.
Flem Snopes también lo sabe, y por eso entiende perfectamente que los viejos caballeros del Sur son
ahora arcilla en sus manos mezquinas y codiciosas. Y hasta Mink Snopes, el tonto más obstinado que
haya salido de la pluma de Bill, lo sabe también, casi inconsciente y larvariamente, y por eso aún sigue
intentándolo, aunque la muerte tire de él hacia el seno de la tierra (La Mansión, Alfaguara, capítulo 17):

El algodón que llenaba a medias el fondo de la camioneta estaba cubierto con una lona alquitranada, de manera
que ni siquiera necesitó la manta. Se instaló allí muy cómodamente. Y sobre todo no estaba en contacto con el suelo.
Porque ése era el peligro, algo contra lo que había que estar vigilante: una vez que te tumbabas sobre el suelo, la tierra
empezaba de inmediato a tirar de ti. Desde el momento mismo en que se viene al mundo saliendo del vientre materno, el
poder y la atracción de la tierra empiezan a trabajar; si no hubiera otras mujeres de la familia, o vecinas, o incluso
alguien contratado para sujetar al recién nacido, para tenerlo en brazos, para evitar que la tierra lo tocase, nadie llegaría
a vivir ni una hora. Y uno mismo también lo sabe. Tan pronto como puedes moverte, alzas la cabeza, aunque eso sea
todo, tratando de romper la atracción, procurando erguirte sobre las sillas y otros sitios parecidos, incluso cuando aún no
puedes sostenerte en pie, alejarte de la tierra, salvarte. Luego ya te sostienes y das uno o dos pasos, pero incluso entonces,
durante esos primeros años, te pasas la mitad del tiempo en el suelo, mientras la vieja tierra que espera pacientemente te
dice: «No pasa nada, no ha sido más que una caída, no te has hecho daño, no te asustes». Más tarde ya eres adulto, un
hombre fuerte, estás en la plenitud de tus facultades; de vez en cuando te arriesgas deliberadamente a tumbarte sobre la
tierra cuando cazas en el bosque; estás demasiado lejos de casa para volver, de manera que puedes arriesgarte incluso a
dormir toda la noche sobre la tierra. Por supuesto tratarás de encontrar algo, cualquier cosa —un tablón o unas tablas,
un tronco, incluso ramas de arbustos— que se interponga entre tu sueño, tu indefensión y la vieja tierra paciente que
puede permitirse el lujo de esperar porque te atrapará algún día, sólo que no tiene ningún sentido que te dé un quilómetro
porque tú te hayas atrevido un centímetro. Y tú lo sabes; cuando eres joven y fuerte te arriesgarás una noche, pero no dos
seguidas. Porque, incluso, si sales al campo al mediodía y te sientas bajo un árbol o junto a un seto y almuerzas y luego te
tumbas y descabezas un sueñecillo, cuando te despiertas durante un minuto no sabes siquiera dónde estás, por la excelente
razón de que no estás del todo allí; incluso en ese breve rato en que no estabas vigilando, la vieja tierra paciente que espera
sin prisa su ocasión te ha cogido suavemente una primera vez, sólo que tú has conseguido despertarte a tiempo. De manera
14 Este título es también de traducción dudosa, pues aunque en realidad se refiera a “dar a luz” en agosto, y por

consiguiente debiera formularse como Luz en Agosto, sin embargo en el propio texto la locución se usa también en la
acepción habitual, véase: “En la luz de agosto que la noche rezagada está a punto de invadir”, pg., 464, Biblioteca ABC.
que, si no le hubiera quedado más remedio, Mink se habría arriesgado a dormir en el suelo esta última noche. Pero no
había tenido que hacerlo. Era como si el Viejo Patrón en persona hubiera dicho: “No te voy a ayudar en lo más mínimo,
pero tampoco te lo voy a impedir”.

El “Viejo Patrón” es Dios, por supuesto, que en Los viejos del lugar es denominado también
“Árbitro inmortal”. Coexisten, en Faulkner, una cierta esperanza de Dios no muy acusada, no muy
llamativa, con el Eterno Retorno cismundano en que nada se aniquila enteramente. Puede que proceda
no por casualidad de esa sensibilidad hacia el paso del tiempo como abismarse en la nada en la que
insistía en sus inicios y que es tan típicamente cristiana también, pero el caso es que se hace más visible
a medida que su obra adquiere consistencia y vigor. Asoma en Luz de Agosto, mediante la redención,
bellísima, del reverendo Hightower; está, más cegadora que unos fuegos pirotécnicos, en las metáforas
crísticas de Una fábula; y está, claramente, en Réquiem por una mujer, donde tiene lugar este diálogo:

Temple Drake: (…) Y, mañana a esta hora, tú ya no serás nada. Pero para mí es otra cosa. Porque para mí habrá
mañana y mañana y mañana. Tu lo único que tienes que hacer es morir. Pero yo, que Él me diga qué tengo que hacer.
No: tampoco es eso; ya sé lo que tengo que hacer, ya sé lo que haré; yo también lo descubrí aquella noche en la habitación
de los niños. Pero que Él me diga cómo. ¿Cómo? Mañana, mañana y todavía mañana. ¿Cómo?
Nancy Mannigoe: Confía en Él.
Temple Drake: ¡Qué confíe en Él! Mira lo que me ha hecho ya. Y está bien hecho; puede que lo mereciese; al menos, yo
no soy quien para criticarlo ni para darle órdenes. Pero mira lo que te ha hecho a ti. Y a pesar de eso todavía puedes
hablar así. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso porque no hay nada más?
Nancy Mannigoe: No lo sé. Pero hay que confiar en Él. Puede que ese sea el precio del sufrimiento.
Stevens: ¿El sufrimiento de quién, el precio de qué? ¿Sólo los de cada uno por sí mismo?
Nancy Mannigoe: Por los de todos. Por todos los que sufren. Por todos los pobres pecadores.
Stevens: La salvación del mundo está en el sufrimiento de los hombres. ¿Es eso lo que quieres decir?
Nancy Mannigoe: Sí señor.

Poco después, la negra asesina, Nancy Mannigoe, sólo susurrará una palabra a Temple antes de
morir ejecutada: “cree”... Yo pienso que no es que Bill se haya convertido a religión ninguna, sino que
sencillamente es que siempre ha querido creer no tanto en Dios, en Jesús o en la vida de ultratumba
como en la redención. Somos, los humanos, tan hijos de perra (se recalca en La mansión), que no puede
ser que lo mucho que nos duele serlo no tenga una cierta absolución final. En su tiempo, y sobre todo,
claro, en España, las novelas de Faulkner fueron consideradas aberrantes, escandalosas, abyectas y hasta
monstruosas. Hoy nos cuesta más verlo así, y si en efecto pulula en ellas tanto incesto, violencia, odio y
crimen es porque, al igual que ocurría con Fiódr Dostoiévsky (al que Bill elogiaba explícitamente),
únicamente partiendo del barro más sucio se puede elevar el poeta -el escritor en general, o todo
escritor que no busque exclusivamente el entretenimiento- hacia las estrellas: per aspera ad astra. Cuando
su íntimo enemigo o enemigo íntimo Ernest Hemingway recibió el premio Nobel a causa
principalmente de El viejo y el mar, Faulkner lo celebró argumentando que Hemingway en aquel relatito
había descubierto a Dios15. Declaró entonces esto, que es bastante aplicable a sí mismo en mi opinión:

Él aprendió temprano en su vida un método con el cual podía realizar su trabajo; él ha seguido este método, lo ha
manejado bien. Si su obra continúa, entonces va a obtener lo mejor. Creo que su último libro, El viejo y el mar, es el
mejor porque ha encontrado algo que no había encontrado antes, que es Dios. Hasta ese momento sus personajes se
desenvolvían en un vacío, carecían de pasado, pero de repente, en El viejo y el mar, él encontró a Dios. Ahí está el gran
pez: Dios hizo el gran pez que tiene que ser capturado, Dios hizo al viejo que tiene que capturar al gran pez, Dios hizo a
los tiburones que tienen que comerse el pez, y Dios los ama a todos ellos; y si su obra sigue avanzando a partir de ahí,
será aún mejor, lo cual es algo que no todos los escritores pueden proponerse. Muchos se agotan trágicamente, cuando
jóvenes, y entonces se vuelven infelices. Eso le pasó a Scott Fitzgerald, le pasó a Sherwood Anderson. Se desmoronaron.

El problema con la muerte, tal y como yo lo veo, es que lo que llamamos “conciencia”, lo
hagamos con razón o no, es tan resplandeciente, tan completamente distinto de toda la demás vida y
entornos dinámicos que nos rodean, que se nos hace cuesta arriba aceptar que pueda haberse cancelado
15 Lo contaba Norberto Fuentes en El País: https://elpais.com/elpais/2019/11/19/ideas/1574182026_547130.html
de un momento a otro. Ayer hablábamos con naturalidad con alguien, como el viejo coronel Sartoris,
que estaba perfectamente enterado de lo que sucedía a su alrededor, o que si no podíamos informarle
fácilmente de ello. Potencialmente, era capaz de sentir todo y de apreciar, valorar o rechazar todo,
cualquier incidente en grupo o aisladamente. Tenía la mirífica facultad, también, de recordar el pasado y
anticipar el futuro, pese a que ese don fuese motivo de angustia. De repente muere, y ese haz de
poderes increíbles desaparece de un plumazo. Lo que tienes enfrente no es el glorioso coronel Sartoris,
sino un pedazo de carne en descomposición. La posición de Faulkner respecto de la muerte no consiste
en que se vaya haciendo mayor y entonces le atrape la beatería 16, consiste más bien en que no le cabe en
la cabeza esa transformación que va de un núcleo vivísimo de anhelos, frustraciones, malas pasiones y
tal vez coraje a nada de nada, a un estorbo en el suelo o en una cama que hay que retirar cuanto antes.
Lo peor de la muerte no es que sea olvido de uno mismo, lo peor es que sea olvido del mundo. Con el
esfuerzo que hacemos todos por arrostrar con las circunstancias y tratar de ser lo que mejor podamos
ser dados los punzantes obstáculos que nos encontramos -siendo el primero y principal nosotros
mismos-, resulta improbable que todo desemboque en “los ojos vueltos hacia dentro”, como dice Bill
en otro poema. Lorca, no mucho antes, había versificado en Poeta en Nueva York: “o a aquel muerto que
ya no tiene más que la cabeza y un zapato”. Lo absurdo no es la muerte en sí, como pontificarán
después Jean Paul Sartre o Albert Camus, más absurdo sería desear muy seriamente que todos nuestros
antepasados siguiesen vivos y que nosotros mismos vayamos a dar la matraca a nuestros descendientes
hasta el fin de los tiempos. No es eso, eso no es ni mínimamente respetable filosóficamente. Lo que sí
es respetable filosóficamente, a mi juicio, es dudar de que el ingente esfuerzo de la especie humana
termine en un simple “plof ”, termine como quien abandona la habitación al decir de Faulkner. En
absoluto es que se esté buscando, o incluso suplicando, una recompensa para tanto mérito, puesto que
Bill es el primero en constatar que ese mérito está compuesto en su mayor parte de ambición, hambre,
rapacidad y mal17. Sencillamente es que los términos no parecen proporcionados, así de claro....
En Palmeras salvajes, el personaje de Wilbourne se dirige a McCord con este sermón:

No hay lugar para el amor en nuestro mundo actual, ni siquiera en Utah. Lo hemos eliminado. Hemos
necesitado mucho tiempo; pero el hombre es fértil en recursos, y su facultad inventiva, ilimitada. Así hemos terminado de
librarnos del amor, como nos hemos librado del Cristo. Tenemos la radio para reemplazar la voz de Dios, y en lugar de
ahorrar nuestra moneda emocional durante meses, durante años, a fin de merecer una oportunidad de gastarla toda en
amor, podemos ahora dilapidarla a centavos y excitarnos delante de los puestos de periódicos o con trozos de chicle o con
tabletas de chocolate en las máquinas tragaperras... Si Jesús volviera, habría que crucificarlo de prisa para defendernos,
para justificar y preservar la civilización que nos hemos esforzado en crear y perfeccionar a imagen del hombre, creación
por la que durante dos mil años hemos sufrido, hemos muerto chillando de rabia y de impotencia. Si Venus volviera, sería
bajo el aspecto de un piojoso vendedor de postales obscenas, en los urinarios del metro.

Parece evidente que si Faulkner consideraba el pasado como actual es porque echaba
enormemente de menos ese pasado concreto, un pasado en que se forjaban los verdaderos hombres.
Venus ya está entre nosotros, en efecto, convertida en industria del porno, mas no obstante... ¿Quién
querría hoy realmente renunciar a los chicles, los periódicos, la radio o las golosinas para retroceder al
Profundo Sur? Pues ser o no ser, esa es la cuestión. En su poemario Visión en Primavera, de 1921, Bill
escribía un verso enigmático (en Canción de amor): Para el sueño es la muerte, y la muerte no es nada excepto un
sueño descifrado. Yo no sé bien lo que pudiera querer decirse allí, pero tengo muy presente lo que el gran
Bill Faulkner escribe en Luz de Agosto, como retomando sus sempiternas dudas sobre la eficacia del
lenguaje: pensando, como ya había pensado, como pensaría después, como los hombres han pensado: qué falso puede ser
el más profundo de todos los libros cuando se pretende aplicarlo a la vida. (Biblioteca ABC pg. 455)

Por Óscar Sánchez18


16 A no ser que le ocurriera como al director de cine Kevin Smith, que suele decir que el motivo por él que cree en

Dios es porque si no sería imposible entender que alguien como él tuviera una carrera profesional... Bill, que fue un
auténtico desastre en su primera y casi segunda juventud, tendía a pensar algo parecido a esto de vez en cuando.
17 Llevándoseme los demonios porque cosas así no sólo sucedieran, sino que tuvieran que suceder, no quedara más remedio que sucedieran
si la vida tenía que continuar y la humanidad ser parte de ella, en La escapada (traducción de The reivers), Debolsillo, pg. 253.
18 Más textos del firmante sobre la obra o la vida de William Faulkner en la revista digital Hypérbole.

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