336 - Bis - Obligado A Matar - Clark Carrados
336 - Bis - Obligado A Matar - Clark Carrados
CAPITULO II
Jess entró en la cabaña y cerró la puerta de golpe. Althea le miró con ojos
desorbitados. En la mano del joven se veía un enorme trozo de carne, todavía
sangrante.
De dónde lo ha sacado? —preguntó. No tenía otra alternativa —dijo—.
Llevamos aquí ya tres
días, dos de ellos sin probar bocado en absoluto
—No hay venados por las inmediaciones —contestó la muchacha—.
Estarán guarecidos en sus...
Y de repente se interrumpió, comprendiendo.
—No he dicho que esta carne fuera de venado, señorita —repuso él, con
oscuro acento.
—Ha matado a su caballo, Kogan —dijo ella.
—Sí.
No dijo más, por el momento. Continuó su labor, y lueg( gió una rama
fina, previamente descortezada y afilada, y pa alrededor de ella varias lonjas
de carne.
Seis días más tarde, la tempestad continuaba en todo su apogeo. Las
fuerzas de la pareja se mantenían bien, gracias a la carne del caballo y a pesar
de la monotonía del alimento, pues no tenían otra cosa, excepto medio frasco
de licor que el joven guardaba como la más preciosa de sus reservas.
Jess se volvió súbitamente y se enfrentó con ella. Echó las manos atrás,
sintiendo en ellas el suave calorcillo que despedía la lumbre.
—La estarán echando de menos en su rancho —dijo.
—Sí. Incluso me habrán dado por muerta.
—Se van a llevar una gran sorpresa cuando la vean aparecer.
—Más se sorprenderán otros —repuso Althea, con recoroso acento.
Jess torció el gesto.
—¿No puede olvidarse de los Willard? ¿Qué es lo que le han hecho esos
individuos que cada vez que los menciona da la sensación de haberse comido
una serpiente de cascabel?
A la mañana siguiente, Jess se despertó con una extraña sensación en su
ánimo. Envuelto en el dulce calorcillo de las mantas, permaneció unos
minutos con los ojos cerrados, preguntándose a sí mismo qué podía suceder
que él encontraba tan raro.
Se tiró al suelo de un salto, calzándose rápidamente las botas. El cielo
estaba gris y sombrío todavía, pero había cesado de nevar.
Oyó ruido a sus espaldas. Althea se había despertado también.
—Parece que ya no nieva —comentó la muchacha. —Así es. Y voy a
aprovechar la ocasión. —¿Qué es lo que piensa hacer?
—Lo primero, cortar un poco de leña, pues casi no tenemos. Después,
trataré de encontrar algo de caza.
—Está bien, pero no se aleje mucho. Podría extraviarse —le recomendó
la muchacha.
Tres horas más tarde estaba colgando los restos de un venado de una rama
de un árbol, con objeto de que no se los comieran los lobos. Cogió los dos
cuartos traseros y se los echó al hombro, emprendiendo el camino de regreso
a la cabaña.
Avistó una colina que había tomado como punto de referencia y tras la
cual sabía se hallaba la cabaña.
Mil metros más allá, y cuando empezaba a rodear la base de la colina, se
detuvo bruscamente. Parpadeó.
Por un momento, le pareció estar viendo visiones. Pero no tardó en
convencerse de que las huellas de caballos que tenía ante sí eran una realidad
sólida y tangible como la nieve misma en que estaban impresas.
Un siniestro presentimiento invadió al instante su ánimo. No supo a qué
se debía, pero no se le ocurrió pensar que aquellas señales habían sido
dejadas por alguna patrulla de rescate.
Dio la vuelta a la colina y avistó la cabaña, un negro punti-to situado a un
par de kilómetros de distancia. Una leve co-lumna de humo subía
verticalmente a lo alto.
A unos ciento cincuenta metros oyó un agudo grito.
Jess comprendió que Althea se hallaba en un grave apuro. Tiró la carne al
suelo, y descolgándose el rifle, metió una bata en la recámara. Al mismo
tiempo, echó a correr.
Un poco más adelante, vio salir de la cabaña un grupo de gente que se
agitaba de un modo singular. Entrevio el rubio cabello de la muchacha,
destacando entre las ropas negras de dos hombres que tiraban de ella,
arrastrándola, en tanto que un tercero trataba de ocuparse de los caballos.
Althea le vio y volvió a gritar.
—¡Kogan! ¡Kogan!
Jess se dio cuenta de la sorpresa que se llevaban aquellos indivios. Creían
haber encontrado sola a la muchacha, y, de repente, le salía un defensor.
Los dos que la sujetaban se quedaron un momento quietos, atónitos por la
inesperada aparición del joven. Pero el tercero extrajo el rifle de su fundón, y
sin vacilar, apuntó y disparó.
La bala rompió una rama con seco chasquido por encima de su cabeza.
Apunto a su vez y disparó. Uno de los hombres lanzó un aullido
desgarrador, vaciló unos cuantos pasos y se desplomó en medio de la nieve.
Los otros dos respondieron con unos cuantos disparos cuyos proyectiles
salpicaron de nieve al joven. Althea aprovechó la ocasión y se refugió en el
interior de la cabaña.
Jess replicó con dureza al fuego enemigo. Vio que uno de los asaltantes
soltaba los caballos. Le disparó. El individuo vaciló un instante, pero logró
montar y salió a escape. El otro le siguió unos momentos más tarde.
Jess se puso en pie y apuntó con cuidado al centro de la espalda del
último de los dos hombres que huían. Curvó el dedo sobre el gatillo, pero en
el último momento bajó el cañón del arma.
Desmartilló el rifle. No podía disparar contra aquellos individuos que
huían, a pesar de que hubiera podido derribarlos con toda facilidad.
Tras unos momentos de vacilación, volvió a tomar la carne del venado y
se encaminó hacia la cabaña.
Althea salió corriendo a su encuentro, y al alcanzarle, se colgó de su
cuello, hipando.
—¡Oh, Jess, Jess! —sollozó—. Creí que no venía nunca. Esos canallas
me querían llevar...
Dejó el rifle y la carne dentro de la cabaña y volvió a salir, arrodillándose
junto al cuerpo del individuo caído. Su rostro apenas estaba deformado por la
agonía.
Recogió las armas del cadáver, volviendo luego a la cabaña. Althea
estaba sentada junto al fuego, mirando absorta el rojizo revoloteo de las
llamas.
—¿Quiénes eran esos individuos?
—Los Willard.
—Me lo suponía. ¿Todos eran del clan?
—Sí... Bueno, el muerto no era un Willard propiamente dicho. Se llamaba
Hubb Rupert y era primo segundo de aquéllos.
—¿Y los otros?
Eran los dos hermanos mayores: Rio y Ellis.
¿Cuántos hermanos son?
Tres más: Nathan, Isaac y Frieda. ¡Todos tan crueles y repugnantes como
los dos que han huido!
Uno de ellos resultó herido —murmuró pensativamente el joven.
Lástima no le hubiera matado usted!
Jess parpadeó, en tanto que miraba a la muchacha.
—Parece ser que el nombre Willard no le agrada demasiado.
—Me enferma cada vez que lo oigo. Y en cuanto haya pasado el invierno,
le juro que pienso exterminarlos a todos.
No prometa cosas que no sabe si podrá realizar. Ellos también pueden
hacer lo mismo, ¿no cree?
Althea rió despectivamente.
—¿Ellos? ¡Banda de salvajes! No merecen vivir. Deberían ser borrados
del mapa, lo mismo que hacemos los ganaderos con las alimañas que pululan
en torno al ganado.
—No me agradan mucho tales pensamientos en usted, señorita Alonzo.
—Usted no lleva mi apellido —dijo ella, despectivamente.
—Tampoco me llamo Willard. Pero éstos pueden pensar igual de usted.
—Ya lo hacen. ¿O es que no lo ha visto?
Despojado de su chaquetón, el joven se había quedado en mangas de
camisa. Extrajo el cuchillo de monte de su vaina, y después de haber asentado
su filo en la caña de la bota, procedió a cortar la carner del venado.
¿Qué es lo que pretendían hacer con usted?
¿No lo vio? Querían llevarme a su rancho. —¿Por qué?
Ella apretó los labios.
—Eso es cuestión mía, Kogan.
El joven se encogió de hombros.
—Muy bien. Allá ustedes con sus diferencias. Por mi parte,no me importa
que se degüellen los unos a los otros, siempre que, naturalmente, a mí me
dejen de lado en sus discusiones.
Ahora ya no podrá —dijo ella, súbitamente.
Jess volvió el rostro, mirándola con fijeza.
—¿Qué es lo que usted está tratando de insinuar, señorita
Alonzo?
—No insinúo, afirmo. Lo cual, como puede comprender, es muy
diferente.
—Expliqúese mejor, se lo ruego —pidió él.
—¿De veras no lo entiende? —se burló—. Ahora ya no puede ser neutral.
Ha matado a Hubb Rupert y herido a uno de los Willard. ¿Cree que éstos
podrán perdonárselo?
Jess se mordió el labio inferior.
—Lo hice por salvarla a usted —contestó.
—Como si hubiera estado a mi servicio —repuso ella.
—Yo no soy su asalariado.
—Los Willard no son capaces de distinguir tales sutilezas. Para ellos, es
usted un hombre de les ha tiroteado en favor mío. Con eso tienen más que
suficiente.
—En estas tierras hay espacio más que sobrado para que todos podamos
vivir. Y yo pienso vivir en paz. ¿Por qué ustedes no hacen lo mismo?
Althea crispó los puños.
¡Jamás! ¡O ellos o yo! Pero una de las dos partes ha de desaparecer por
completo, dejando el paso libre a la otra. Usted está conmigo ahora, ¿Me
entiende?
Jess terminó de cortar la carne y miró fríamente a la muchacha.
—Conmigo se equivoca, señorita Alonzo. La he ayudado, no porque
fueran los Willard, sino porque hubiera hecho lo mismo en cualquier otra
circunstancia.
—Pero es que eran Willard los hombres que recibieron sus disparos —
dijo ella intencionadamente.
Iré a verlos y les ofreceré mis disculpas.
Tomó un trozo de grasa y lo echó en la sartén, colocando ésta
inmediatamente sobre el fuego. Por encima de su cabeza oyó la risa sarcástica
de la muchacha.
—¡Como si esa gente fuera de las que aceptan disculpas! «Vengo a
decirles que me perdonen por haber matado a Hubb y herido a uno de
ustedes.» ¿Y sabe qué respuesta le darán? Un tiro en mitad de la cabeza.
—Me arriesgaré a ello —repuso él, calmosamente—. Repito que quiero
vivir en paz.
—Ellos no le dejarán.
Jess empezó a cansarse. Dejó la sartén en el fuego y se puso en pie,
mirándola fijamente.
—¿No me dejarán ellos o es usted la que no quiere que me dejen?
¿Cuáles son sus intenciones con respecto a mí, señorita? Me está dando la
sensación de que trata de buscarse aliados para una lucha que está próxima a
estallar.
—¿Y aunque así fuera...?
Jess sacudió la cabeza.
—Ese odio cuyo es una obsesión maniática, de la cual le convendría
librarse cuanto antes. Le impide ver las cosas con claridad, deformándole y
ennegreciéndole el paisaje que tiene delante. Es muy posible —agregó— que
los Willard le hayan hecho objeto de algún ultraje, pero estoy seguro de que
ellos también tienen motivos de resentimientos contra usted. Si en lugar de
liarse a tiros cada vez que se ven procurasen limar sus diferencias por medio
de un diálogo sensato, estoy seguro de que dentro de poco habrían hecho las
paces unos con otros.
—¡Nunca! Uno de ambos bandos ha de desaparecer, ya se lo dije antes.
Jess se encogió de hombros.
—Bueno, allá ustedes. Pero es una lástima que una chica tan bonita como
usted ande enredada en disputas de familia que acaso no tienen otro origen
que una pueril discusión por media vaca o cosa por el estilo.
—¡Media vaca! —resopló ella, indignadísima—. ¡Cómo se conoce que
usted no está enterado del asunto!
—No me interesa tampoco —dijo Jess, fríamente—. Dispénseme, pero
me parece que la grasa ya está a punto.
Althea se puso al lado de la chimenea, mirándole desde arriba.
—Yo no hubiera empezado nunca esta lucha si ellos no hubieran
asesinado a mi padre, Kogan. ¿Me entiende?
Hubo una corta pausa de silencio.
Después, Jess dijo:
—Dispénseme, no lo sabía. —Y tras corta vacilación, agregó, con tono
más firme—: Pero el verter más sangre nunca ha arreglado las cosas.
—Usted preferiría, sin duda, las palabritas melosas, ¿verdad? —exclamó
ella, sarcásticamente.
—Quizá no tanto, pero sí un poco de compresión por ambas partes. Es
algo que no cuesta mucho de tener, señorita Alonzo.
—¡Comprensión! Con esos Willard no se puede tener ningún sentimiento
caritativo, Kogan. No hay otra cosa sino...
—Ya lo sé: exterminarlos como alimañas. Pero no me lo repita, por favor.
—Recuerde que está ahora, lo quiera o no, de parte mía. Jess se puso en
pie, con la sartén chirriante de grasa en la mano. La miró fijamente.
—No. No se lo crea, señorita Alonzo. Disparé contra ese desgraciado que
yace ahí fuera por defenderme, ya que él pensaba hacerlo contra mí.
—Entonces, ¿no le importaba lo que pudieran haber hecho conmigo? —
preguntó ella, con tono despechado.
—Usted no me ha entendido bien, señorita. Claro está que no pensaba
permitir que la hicieran ningún daño, pero...
Ella adelantó el mentón con gesto despectivo.
—No siga, le entiendo de sobra, Kogan. En lo sucesivo, será mejor que
no volvamos a mencionar el asunto.
Jess miró a la sartén y luego levantó la vista, sonriendo ligeramente.
—Vamos a comer —dijo.
Al terminar, limpió los cacharros cuidadosamente, después de lo cual
salió fuera y arrastró el cadáver del primo de los Willard lejos de allí. Se vio
obligado a palear la nieve para dejar un hueco en el cual excavar su tumba,
que no pudo ser, forzosamente, muy profunda, ya que la tierra estaba bastante
dura a consecuencia de los fríos reinantes.
Cuando terminó, era casi de noche. Levantó la vista al cielo.
Penetró en la cabaña. Althea estaba sentada melancólicamente, con la
barbilla apoyada en las manos, contemplando fijamente el fuego.
No tiene aspecto de volver a nevar, señorita. Si no tiene inconveniente,
aprovecharemos el caballo que esos individuos se dejaron aquí y mañana por
la mañana emprenderemos la marcha.
Ella asintió con un distraído gesto de cabeza. Viéndola con pocas o
ningunas ganas de hablar, no insistió, dedicándose afanosamente a preparar el
viaje del día siguiente.
Al romper el alba, ensilló la montura. Althea trepó a la grupa, y luego, tan
silenciosamente como el día anterior, la pareja buscó el camino del rancho de
la joven.
CAPITULO III
A unos doscientos metros del rancho, un par de jinetes galoparon hacia
ellos por un camino despejado de nieve. Llevaban sendos rifles en las manos,
pero pronto hubieron de convencerse de que no les eran necesarios.
¡Señorita Alonzo! —exclamó uno de ellos.
Althea saltó ágilmente al suelo. Sonrió:
¡Hola, Vickers! ¿Qué tal va eso? Vickers tragó saliva.
La dimos por muerta, señorita. —A punto estuve, de no haber sido por
este caballero. Vickers, le presento al señor Kogan. Kogan, éste es mi
capataz, Flew Wickers.
Los dos hombres se saludaron con cortos movimientos de cabeza,
observándose mutuamente durante unos segundos.
—Mi caballo se espantó cuando empezaba la tormenta y perdí el sentido.
El señor Kogan me recogió y durante todos estos días hemos estado en la
cabaña de Valle Alto.
—¡Valle Alto! —repitió el capataz—. Ya dije que debía de hallarse en
aquel sitio. Precisamente esta mañana, al rayar el alba, envié una patrulla a
buscar por aquel sitio, que era el único que no habíamos explorado.
—Pues ya estoy aquí, Vickers. ¡Uf! —suspiró la muchacha—. ¡Cuántas
ganas tenía de llegar a casa!
El capataz entendió la indirecta. Sin volverse, ordenó:
—Ruffy, déjale el caballo a la señorita. Al pie de su casa, ella le invitó a
entrar. Jess denegó con el gesto y la voz:
—Muchas gracias, pero eso no es para mí. Me conformaría con que me
dieran una litera en el dormitorio de los vaqueros. Ella le miró curiosamente.
—Me gustaría considerarle como mi invitado de honor, Kogan. Después
de todo, no puedo olvidar que me salvó la vida dos veces.
—¡Cómo! ¡Dos veces! —exclamó el capataz.
—Así es, Vickers —dijo ella.
Y procedió a relatarle el encuentro sostenido con los Wi-llard.
Cuando terminó, Vickers soltó una imprecación.
—¡Condenados! Kogan, le felicito por lo que hizo. ¡Lástima que no
pudiera liquidar también a los otros dos!
Jess miró al capataz con gesto impasible.
—Disiento de usted, Vickers, pero no crea por ello que trato de modificar
su modo de pensar.
—El señor Kogan —dijo la muchacha— es partidario del diálogo con
nuestros enemigos, Vickers.
—¡Diálogo! ¡Con una pistola en cada mano es como hablaría yo con
ellos!
—¿Les importaría que dejáramos de una vez el tema? —suplicó el joven
—. La señorita sabe perfectamente que es algo que me disgusta sobremanera.
—El señor Kogan no quiere intervenir en una lucha entre dos clanes
antagónicos —dijo ella, burlonamente—. Lo veo difícil, después de haberles
causado una baja. En fin, Vickers, haga el favor de proporcionarle al señor
Kogan todo lo que necesite y le pida.
Vickers le acompañó hasta uno de los edificios.
Una hora más tarde, parecía otro hombre. Limpio de la suciedad
acumulada durante aquellos días, despojadas sus mejillas de la barba que las
había cubierto durante tanto tiempo, vestido con ropa limpia, a Vickers se le
hizo difícil reconocerle.
—¡Caramba, amigo! ¡Sí que ha cambiado usted!
—Me hacía falta un poco de higiene, Vickers —repuso él, colgando sus
armas de un grueso clavo sujeto a la pared, encima de una de las literas—.
Supongo que no habrá inconveniente en que me quede este lecho. Lo vi
desocupado.
—No, disponga de él. A propósito —añadió el capataz,
especulativamente—, ¿qué es lo que piensa hacer?
¿Cuándo?
—Pues, ahora. Es decir, mañana o pasado. En fin, cuando crea que está
repuesto del mal trago que pasó en Valle Alto.
—Estoy ya repuesto, si es a eso a lo que se refiere. En cuanto a mis
planes, son los mismos que ya comuniqué a su ama, Vickers, Buscar oro.
—¡Oro! ¡Y por estas montañas! ¡Está...! ¡Oh, dispénseme! No quise
ofenderle.
Jess hizo un gesto negligente con la mano.
—No tiene importancia. Ya sé que, en apariencia, resulta una locura
pensar en que pueda haber oro por aquí, pero yo estoy seguro de hallarlo. Y
es más, lo hallaré.
Vickers torció los labios.
—Bueno, allá usted. Pero estoy seguro de que lo pasaría mucho mejor si
se empleara en el rancho.
—¿Para ganar treinta dólares mensuales?
—Sesenta. La señorita Alonzo es de las que pagan bien. Mejor que
ningún otro ganadero.
Es una buena suma, ciertamente. Pero ya le digo que no es mi intención
convertirme en un vaquero.
—Quiere hacerse rico rápidamente, ¿no?
¿Cree usted que aquí podría conseguirlo, Vickers?
—Por supuesto que no —repuso el capataz—. Pero éste es un empleo
seguro y estable, portándose bien, naturalmente, y no encontraría ningún otro
rancho donde le quisieran pagar esa suma.
—Tampoco lo busco, amigo.
—Era un decir, Kogan. Creo que usted podría ser un buen elemento en la
hacienda.
Jess le miró oblicuamente.
—Le veo venir, Vickers, pero no cuente conmigo para cierta clase de
trabajos. Ya le he dicho cuáles son mis planes y no pienso variarlos.
El capataz se encogió de hombros.
—No tome mis palabras a mal. No quería convencerle, sino, acaso,
hacerle reflexionar un poco. Pero puesto que usted mismo se niega tan
rotundamente, no volveré a mencionarle el tema.
—Se lo agradeceré —dijo él, un tanto secamente. Luego, suavizó el tono
—. Antes me olvidé de pedirle una cosa entre las que necesitaba.
-¿Sí? La señorita me dijo le suministrara cuanto pidiera, Kogan.
—Se trata, simplemente, de un cigarrillo.
Los dos hombres se miraron fijamente durante unos momentos, y luego,
de modo simultáneo, rompieron a reír. Vickers sacó papel y tabaco. Durante
unos segundos, los dos hombres fumaron en un complacido silencio, roto por
Jess.
—Vickers, ¿le importaría contarme qué es lo que ocurre entre la señorita
y los Willard para que se tengan un odio mortal?
—En absoluto —repuso el capataz—. Se puede decir en pocas palabras.
Las tierras de la señorita con muy extensas y su rancho tiene una
configuración tal que su anchura es superior a la longitud, considerándolo,
por supuesto, en la dirección norte-sur. Naturalmente, cierra el paso a los
pastos del Gobierno en las tierras altas, ya que al otro lado de las montañas
hay numerosas extensiones de terreno relativamente llano, en donde las reses
pastan durante los meses del buen tiempo y a las que son llevadas apenas
terminado el invierno. El Gobierno cobra un pequeño canon, apenas
perceptible, por la utilización de esos pastos, que no quiere sacar a la venta,
porque están situados en el interior de una zona acotada por el Servicio
Nacional de Parques, y cada uno de los ganaderos tiene un espacio
claramente delimitado para que sus reses no se mezclen con las de los demás.
Naturalmente, el ganado podría llevarse a pastar por otros caminos, pero son
más duros de recorrer, además de peligrosos, y desde épocas tradicionales,
todas las manadas han cruzado por el interior del rancho de la señorita. Bien,
así estaban las cosas, cuando un buen día, Rio Willard, el hermano mayor de
la familia, y como tal, considerado como jefe de la misma, tuvo una violenta
discusión con el padre de la señorita. El motivo no importa. Seguramente
debía de ser una tontería, pero ambos estaban a medios pelos y el licor les
hizo hablar más de la cuenta. Los testigos consiguieron separarles, pero el
señor Alonzo juró que jamás un Willard pasaría con sus manadas por las
tierras de su rancho. Y la primerva vez que lo intentaron, a la primavera
siguiente, los echó a tiros. Una semana más tarde, el señor Alonzo apareció
muerto de un tiro. Por la espalda. Nadie pudo probar que fuera un Willard el
autor de su muerte, pero la señorita, y muchos con ella, así lo creyeron. Y
después de lo sucedido, la tensión es continua entre ambas familias.
Cualquier día estallará la bomba, y ese día...
Vickers no terminó la frase. Miró el cigarrillo y luego lo tiró al suelo,
aplastándolo con el tacón de la bota.
—¿Usted también cree que el señor Alonzo murió a manos de un
Willard? —preguntó bruscamente el joven.
—Las apariencias están en contra de ellos.
—Pero no las pruebas, Vickers.
—En efecto. Sin embargo, después de lo que pasó, resulta muy difícil no
creer que no haya sido alguno de esos bandidos.
—Podría tratarse de un tercero en discordia que hubiese querido
aprovecharse de las circunstancias.
—¿Y quién iba a hacerlo? Salvo los Willard, los demás ganaderos están
en muy buenas relaciones con la señorita. Ninguno ha tenido jamás la menor
discusión con ella, excepto, claro está, algunas de poca monta, por una que
otra res extraviada. Pero eso es cosa corriente y enseguida se olvida.
—Sí —contestó el joven, meditabundo—. Enseguida se olvida. En
cambio, la muerte de un hombre, en forma violenta y aun traidora, dura
mucho en el recuerdo de las gentes.
Entonces —dijo el capataz— calcule lo que pensará la señorita y podrá
apreciar en toda su justeza la intensidad de su sentimientos.
Tendría que hablar con los Willard antes de emitir un juicio —sonrió el
joven—. Pero yo no he venido aquí a arreglar disputas entre familias, sino a
buscar mi propio provecho,
Vickers.
El aludido meneó la cabeza. Perderá el tiempo, Kogan. Le veo viniendo a
pedir trabajo al rancho.
—Puedo mantenerme todavía una buena temporada antes de hacerlo.
—A su gusto —contestó Vickers, encogiéndose de hombros—. Bien,
tengo algo que hacer, amigo Kogan. Le dejo. Considérese como en su casa.
—Gracias —murmuró el joven.
Cuando Vickers hubo salido, se acercó a una de las venta-ñas, escrutando
pensativamente el paisaje. A pesar de que había una gran cantidad de nieve,
el tiempo era excelente. Frío, pero sin un soplo de viento, lo cual permitía
soportar perfectamente la permanencia al aire libre.
Dos días pasó Jess, sin hacer otra cosa que dormir, comer y haraganear,
recuperando fuerzas.
Continuaba haciendo frío y el sol seguía oculto tras espesas nubes.
Escepto con Vickers, en los escasos momentos que tenía el capataz, no
había hablado apenas con ninguno de los vaqueros que componían la nómina
del rancho, cuyo número calculó, bastante asombrado, en más de sesenta.
Este le dijo que la hacienda era muy importante, cosa que lo parecía, pero
también le hizo pensar mucho. Se le antojaban demasiados hombres, y
fijándose detenidamente, vio que algunos de ellos tenían más traza de
pistoleros que de hombres que supieran manejar el ganado.
«Por lo visto —soliloquió—, Althea no quiere que el estallido la coja
desprevenida. Y con las pocas ganas que tiene de ceder.»
En el cuarto día de su estancia en el rancho, después de haber
desayunado, decidió hablar con la dueña, a quien no había vuelto a ver desde
que se separaron. Quería pedirle un carro y bestias de tiro con el fin de
trasladarse a la ciudad y allí adquirir lo que necesitaba para comenzar sus
prospecciones en busca del preciado metal.
Se puso el chaquetón y tomó su sombrero, saliendo del dormitorio. Llegó
al edificio principal y pidió a una sirvienta que salió a recibirle, una entrevista
con la joven.
Althea no se hizo de esperar. Le recibió en una salita co-quetonamente
amueblada, con gusto y lujo al mismo tiempo, cosas difíciles de armonizar en
parajes como aquellos.
Jess contempló, asombrado, el cambio que se había operado en la
muchacha. Althea vestía un sencillo traje de color claro, cerrado en cuello y
puños, muy ajustado a su talle, que delimitaba claramente las espléndidas
líneas de su armonioso cuerpo. Ella también, por su parte, le contempló con
los ojos muy abiertos, tan distinto del hombre barbudo y pringoso que había
conocido durante su forzada estancia en la cabaña.
Después de las primeras palabras, el joven expuso su petición. Althea
accedió al instante, agregando:
—Vaya al almacén de Curliss y dígale que carguen sus compras en la
cuenta del rancho.
Jess meneó la cabeza.
—Lo siento. Gracias por su generosa oferta, pero todavía tengo el
suficiente dinero para poder hacerlo por mí mismo y sostenerme, como ya le
dije a su capataz, durante una larga temporada.
—¿Por qué no acepta mi oferta? —preguntó ella, muy extrañada. Luego
pareció comprender—. ¡Ah, ya! Le disgusta aceptar dinero de una mujer.
No es eso, señorita. Usted no me ha entendido bien.
—Pero es que yo quiero pagarle... No, dispénseme, agradecerle los dos
favores que me hizo.
—Me considero lo suficientemente pagado con el alojamiento que me da,
señorita Alonzo, de lo cual le estoy muy agradecido.
Ella frunció el ceño.
Parecía disgustarle la actitud del joven. En fin —dijo—, no quiero
obligarle. Vaya a Vickers y que le suministre todo cuanto le haga falta. A
propósito, ¿cuándo piensa emprender la marcha?
Pues en cuanto haya mejorado un poco el tiempo. Claro está —agregó él,
mirando a través de la ventana—, que eso no puede predecirse. Tengo la
impresión de que volverá a nevar, lo cual retrasará el momento de mi partida.
De todas formas, lo haré así tenga la menor oportunidad.
—Muy bien, Kogan. Mientras tanto, ya lo sabe, disponga de mí y de mi
rancho en todo cuanto precise.
Jess se puso en pie.
—Muy amable, señorita. Le doy las gracias por su generosa oferta y...
No pudo continuar. Vickers penetró abruptamente en la estancia, cortando
el diálogo.
CAPITULO IV
—¡Vienen los Willard!. —Tal fue el saludo de Vickers.
—¿Todos? —preguntó Althea, anhelante.
—No. Tres: Nathar, Isaac y Frieda.
Althea y su capaz abandonaron la estancia, en la cual quedó el joven,
momentáneamente olvidado. Jess vaciló unos instantes, pero al fin acabó por
salir también, llegando al porche inferior justo en el momento en que tres
jinetes se detenían al pie de la escalinata de acceso.
Durante unos segundos, Althea, su capataz y los recién llegado se miraron
fijamente en silencio. La dueña del rancho fue la primera en romper aquella
tensa pausa.
—Hablad de una vez. ¿Qué es lo que queréis de mí? ¿Habéis venido a
entregar al culpable de la muerte de mi padre?
Uno de los jóvenes, después sabría Jess que se trataba de Nathan, hizo un
gesto ofensivo. Pero su hermana le calmó, extendiendo simplemente el brazo.
—No. Hemos venido en son de paz. Sabes muy bien que eso es una burda
fábula, Althea. Pero no discutamos ahora sobre algo que está fuera de todo
discusión. Hemos venido a tratar de negocios.
—¿Negocios? ¿Desde cuándo he de hablar de negocios con unos...? Está
bien, ¿qué es lo que queréis? Decidlo de una vez y marchaos cuanto antes.
Frieda Willard se mordió los labios. Jess entendió que había un acuerdo
tácito entre los hermanos para dejarla llevar a ella la voz cantante.
—Nos falta pienso para las reses, Althea —dijo, al fin—. Hemos venido a
verte para que nos vendas el heno seco que precisamos.
Los labios de Althea se curvaron en una sonrisa sumamente despectiva.
—El Gobierno no fabrica billetes que los Willard puedan utilizar para
pagarme algo que es mío.
—Jamás un Willard ha pedido nada en el tono que lo hago yo, Althea —
dijo Frieda, sin alterarse—. Trataríase de comida para nosotros y no
hubiéramos suplicado. Pero son nuestras reses. Muchas han perecido por el
frío, al no poderlo soportar a causa de una deficiente alimentación. Muchas
más se nos morirán simplemente de hambre. Tú puedes remediarnos.
Sabemos que tienes heno más que suficiente para tus necesidades. Te sobrará,
y en cuanto venga el buen tiempo se te echará a perder. Véndenos el
remanente, por favor.
El pecho de Althea se agitó tumultosamente durante unos momentos. Al
fin, abrió los labios.
—¡No!
Hubo un ominoso silencio. El aire era frío, pero a Jess le pareció, de
repente, que ardía.
—¡Por última vez, Althea! —exclamó Frieda.
Suplicaba, pero con digna actitud.
—Ya he dicho todo cuanto tenía que decir. ¡Marchaos! ¡Ahora,
inmediatamente! No quiero volver a veros más aquí, ¿estamos?
Una oscura sombra cruzó por las pupilas de Frieda Willard. Se mordió los
labios.
—Creía —dijo, lentamente— que conservarías algún recuerdo de nuestra
antigua amistad.
—No puede haber amistad donde hubo sangre. Sangre que vosotros
derramasteis. ¡Fuera de aquí!
—El odio nunca arregla nada, Althea. Y sabes de sobra que no fuimos
nosotros quienes disparamos contra tu padre. Nathan Willard acabó por
perder la paciencia.
—¡Déjala! ¡Tú y tus malditas ideas de pedirle el heno para nuestras reses
a esta sucia mestiza!
Althea palie'eció intensamente al oír el insulto. Retrocedió un paso, sin
poder contenerse.
tras...
Nathan! ¡Conten la lengua! —gritó su hermana.
No quiero! ¡Sucia mestiza he dicho y lo sostendré mien-
Jess apreció de una ojeada la inminencia de la tragedia. Vickers, el
capataz, estaba sacando ya su revólver.
Por su parte, los dos Willard no llevaban armas a la vista, salvo los rifles
en los fundones de la silla. Frieda gritó, en tanto Nathan echaba mano al
suyo.
Pero era ya tarde. No podría competir en velocidad con el capataz, quien
ya había sacado a relucir su Colt.
El arma se disparó. Pero la bala impactó en el suelo, a un costado de los
caballos, que se agitaron nerviosamente.
Vickers maldijo profusamente, en tanto se frotaba la mano derecha con la
izquierda, aquella entumecida por el golpe de filo que Jess, saltando con
felina agilidad, le había propinado justo en el momento en que apretaba el
gatillo.
—¡Maldito! —bramó el capataz.
Pero Jess no le hizo caso. Con rapidísimo movimiento, había tomado el
revólver, y con él en la mano, todavía arrodillado, encañonaba a los
visitantes.
—¡Quietos! —dijo—. Tranquilos, sin hacer ningún gesto. Así, devuelvan
los rifles a sus fundones o tendré que hacerles el daño que ahora me he visto
obligado a evitar.
Frieda Willard le miró intensamente, en tanto se iba enderezando.
—Usted es nuevo aquí —dijo.
Jess asintió.
Acertó, señorita Willard.
Entonces —murmuró ella, lentamente—, debió de ser el hombre que
mató en la cabaña de Walle Alto a mi primo
Hubb e hirió a Ellis.
—Sí. Pero no lo hice por mi gusto. Como me está sucediendo ahora.
Trataba únicamente de evitarle un daño a la señorita Alonzo, y, de refilón,
evitármelo también a mí.
Escúchame, Althea, —intervino Frieda, con ojos llameantes—, puede que
nuestro ganado muera. No creas por ello que voy a echarte la culpa. A fin de
cuentas, el heno es tuyo y puedes hacer con él lo que se te antoje. Pero tienes
que meterte una cosa en la cabeza. Cuando llegue el buen tiempo, iremos a
los pastos, aunque sólo nos quede un ternero.
No me gustan las alambradas y no las pondré. Pero probad a entrar en mis
tierras.
—Pasaremos. Con tu permiso o sin él. Las consecuencias de lo que
suceda caerán sobre tu cabeza. Y ahora, vamonos.
Ya hemos oído bastante.
Los tres jinetes volvieron grupas y se alejaron.
Vickers se tocó con los dedos el ala del sombrero y descendió lentamente
los escalones, dejando solos a Jess y a Althea.
Hubo un silencio, durante el cual el joven lió despaciosamente un
cigarrillo. Le prendió fuego y aspiró el humo ávidamente, perdida la vista en
la lejanía.
—¿No quiere decirme lo que opina de mí, Kogan? —insistió Althea—.
Les he negado el heno y volvería a hacerlo. No me arrepiento de ello y quiero
que lo sepa.
Está bien —dijo él, tirando el cigarrillo a media consumido—. Yo no soy
una vaca ni un ternero. ¿Por qué no se lo cuenta a ellos?
Metió las manos en el bolsillo del chaquetón y se alejó con paso
tranquilo, dejando tras sí a una mujer ciega de furia y rabia.
Dos días más tarde, Jess pidió un carro con un par de caballos. El joven se
propuso a marchar a la ciudad, situada a unas veinticinco millas hacia el sur.
Examinó el carro y los atalajes, quedando satisfecho del resultado.
Había levantado la mano para sacudir las riendas, pero detuvo el gesto.
—¡Espere, Kogan! —gritó la muchacha.
Jess la miró especulativamente. Althea llegó a su lado, con el rostro
encendido por la carrera.
Kogan, quiero decirle una cosa. Muy bien, estoy a sus órdenes. Althea se
mordió los labios. Jess entendió que le costaba trabajo decidirse.
—He estado reflexionando, Kogan, y he acabado por llegar a una
conclusión. —¿En qué sentido?
—Creo que en el que le agrada a usted —replicó ella, mirándole a los
ojos—. Dígales a los Willard que pueden enviar a por todo el heno que
necesiten. Se lo facilitaré a los precios corrientes.
—Me alegra infinito que haya cambiado de manera de pensar, señorita
Alonzo. Lo haré con mucho gusto.
No se crea que les tengo miedo —dijo ella, tomando de nuevo el tono
fiero que le era habitual cuando se refería a sus enemigos—. Las vacas no
tienen la culpa de nuestras disputas.
—Por supuesto. Pero por algo se empieza, ¿no cree?
No! Esto no es el comienzo de una reconciliación. Ello me llamaron sucia
mestiza, ¿o no lo oyó?
—Perfectamente, ya lo creo. Sin embargo, usted no parece tener trazas de
sangre mezclada.
—Y no la tengo. Mi padre era de pura sangre española. Un hidalgo, un
verdadero señor, como no lo han sido jamás ninguno de los Willard.
—La hidalguía y el señorío no los dan los apellidos, sino la
propia manera de comportarse.
En tal caso, tanto somos los unos como los otros, Kogan, Bien, vaya y
dígaselo. Encontrará su rancho a unas quince millas de aquí y a tres al este
del camino. Es muy fácil de hallar. No puede extraviarse.
Jess se llevó la mano al ala del sombrero.
—Lo haré con mucho gusto, señorita.
Tal como había predicho Althea, le fue fácil encontrar el rancho de los
Willard. Jess observó que las edificaciones tenían mucho peor aspecto que las
de la muchacha. No obstante, se conservaban en buen estado y ofrecían una
indudable apariencia de solidez.
Para llegar al edificio, tenía que dar un rodeo en torno a un pequeño
bosquecillo de álamos. Lo hizo así, y en aquel momento vio un jinete que
salía a galope de la espesura.
Lo reconoció al instante. Era Isaac, el menor de los hermanos, quien le
encañonaba con el rifle que sostenía con ambas manos, bastándole las
rodillas para gobernar la montura.
—Siga adelante, amigo, y no intente hacer nada sospechoso o le llenaré la
cabeza de plomo.
Jess lo miró desdeñosamente, sin molestarse en darle una réplica. Al
llegar al rancho, vio que salían de su interior dos personas.
Una de ellas era un hombre. Alto, tremendamente robusto, en su rostro
cubierto por espesa barba negra, brillaban unos ojos de magnético poder.
Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo y su expresión no auguraba nada
bueno para el intruso.
La otra persona era Frieda Willard. Isaac lanzó un grito.
—¡Tenemos visita, hermanos! ¡Un piojoso vaquero del rancho Alonzo!
Jess no contestó al insulto.
Detuvo el coche y saltó al suelo, pateándolo varias veces para hacer
reaccionar los pies ateridos.
—Buenos días —saludó urbanamente—. ¿Cómo está, señorita Willard?
—Bien —contestó ella muy secamente. Se volvió hacia
el barbudo—. Ellis, éste es el hombre que disp aró contra vosotros.
Los ojos de Ellis Willard chispearon maligna7, ente. Su mano derecha
bajó hasta la culata del revólver, crispándose sobre ella, pero no completó el
gesto de sacar el arma.
—¿Viene a ofrecer sus excusas por lo que nos hizo? —dijo,
burlonamente.
Jess le miró de frente.
—Ustedes querían dispara contra mí. Yo me anticipé, eso fue todo. Mala
suerte para usted y para el que murió.
—Se lo haremos pagar, a su debido tiempo, forastero. Ahora,
consideraremos que está en nuestra casa.
—Agradecido por la oferta. Pero su hermana ya oyó que, salvo aquel
desgraciado incidente, soy completamente neutral. ¿No le han contado que
evité que Vickers disparase contra sus hermanos?
—¡Bah! —dijo despectivamente el gigante—. Lo hizo por quedar bien
nada más. Estoy seguro de que se lo habían dicho con anterioridad.
Jess se encogió de hombros.
—Es usted muy libre de pensar como le apetezca. Yo no se lo voy a
impedir. No he venido aquí a discutir sobre temas que, además de enojarme,
no me atañen. Lo único que quiero es transmitirles un mensaje de la señorita
Alonzo.
Ellis y Frieda Willard se miraron unos segundos.
Después, ella dijo:
—Adelante, suéltelo. ¿De qué se trata?
Jess sonrió ampliamente.
—No se puede decir que su principal virtud sea la de la hospitalidad. Un
poco de café caliente me iría muy bien, palabra.
Frieda vaciló, pero acabó por echarse a un lado.
—Conforme. Pase —dijo.
Jess dio un par de pasos, alcanzando el primer escalón.
En aquel momento, sintió que algo duro se le clavaba molestamente en
los riñones. Una voz dijo a sus espaldas.
—Pasa, piojoso bastardo. Cuando te hayas ido, desinfectaremos la casa.
La respuesta del joven fue tan súbita, que no dio tiempo a que ninguno de
los Willard pudiera reaccionar. Giró bruscamente sobre sus talones.
Simultáneamente, su brazo izquierdo golpeaba el cañón del rifle que
empuñaba el muchacha y, con el mismo gesto, su puño derecho avanzó en
sentido ascendente, con fuerza demoledora.
Isaac lanzó un gemido. Abrió los brazos, soltó el arma y cayó sentado en
el suelo, con la vista turbia como consecuencia del fenomenal puñetazo.
Se levantó torpemente, pero un instante después recobró la total
conciencia de sus actos. Lanzó un rugido de ira y quiso recuperar el rifle.
—i Quieto! —gritó Frieda—. Isaac, te lo tienes bien merecido. Deja en
paz al señor...
—Kogan, Jess Kogan —respondió el joven tranquilamente, sin dejarse
amilanar por la intensa mirada de odio que le dirigía el muchacho.
Unos minutos más tarde estaba saboreando una taza de buen café, en
presencia de los tres hermanos. Contempló con satisfacción el ancho
hematoma que se estaba formando en la mandíbula del menor.
—¿Y bien? —dijo Ellis con un gruñido—. Suelte lo que lleva dentro de
una vez. ¿Qué tripa se le ha roto a esa mest...?
—Moderación, Ellis —dijo Frieda—. Procura ser moderado.
—¡Es que pierdo los estribos cuando oigo hablar de Alinea Álonzo! —
gruñó el gigante.
—Los mismo me ocurre a mí, pero me aguanto. Hable, señor Kogan.
Jess dejó pasar unos momentos, mientras liaba parsimoniosamente un
cigarrillo. Luego levantó la cabeza y, expeliendo bocanadas de humo, dijo:
—La señorita Alonzo me ha encargado que les diga pueden ir por todo el
heno que necesiten. Se lo cobrará a los precios corrientes, sin el menor
recargo. Eso es todo; como me lo dijeron, lo transmito.
Hubo un silencio, durante el cual. Los Willard se miraron unos a otros,
como no atreviéndose a expresar con palabras delante de su huésped lo que
sentían. Al fin, Isaac rompió el silencio con una obscena palabrota.
—¡Condenación! —aulló—. No le creáis. Es una añaganza para...
—¿Para qué? —le interrumpió fríamente el joven.
El menor de los hermanos se quedó mirándole con la boca abierta.
Intervino Frieda:
—Calla de una vez, Isaac. Cada vez que abres la boca, no haces sino decir
estupideces—. Se volvió hacia el otro—. Creo en la buena fe del señor
Kogan.
—Ya es algo —comentó éste—. Muchas gracias, señorita.
Ella le miró nuevamente.
—Estimo que usted obra con rectitud. No puedo asegurar lo mismo de
Althea.
—Si mis palabras le merecen algún crédito, señorita, le diré que ella
habló sinceramente. También, con toda sinceridad, me dijo que lo hacía por
las reses, no por ustedes.
—Esa es una manera de hablar muy típica de los Alonzo. ¿Qué dices tú,
Ellis?
El gigantón se frotó la hirsuta pelambrera de los Alonzo. —¡Sea!
Aceptamos, señor Kogan, —añadió—, usted y yo tenemos que ajustar una
cuentecita.
—Estoy a su disposición siempre que lo desee, Willard. Sin embargo,
quiero que sepa que cuando usted y su hermano huían, pude haberles
derribado y no lo hice.
—¿Por qué?
—Eso es cuenta mía —contestó el joven con rigidez. Se sirvió una taza
más de café y la despachó de un trago—. Bien, gracias por la invitación.
Ahora habrán de dispensarme; he de hacer algo en la ciudad.
CAPITULO V
Jesse tomó su rifle, dirigiendo la vista hacia el lugar de donde procedía el
disparo. A unos doscientos metros de distancia vio un jinete en su montura.
El jinete estaba muy quieto, rígido sobre la silla. Pero, de pronto, vaciló y
se desplomó muy lentamente a un lado, quedando tendido al lado de las patas
del caballo. La bestia no se había movido siquiera.
El joven envió con rápido gesto una bala a la recámara de su rifle.
Instintivamente, se puso en pie para observar mejor la escena. Y entonces fue
cuando, de un bosquecillo cercano al caído, salió un individuo.
El hombre, con algo que le brillaba en las manos, su rifle, seguramente,
avanzó cautelosamente hacia el caído.
Sin duda, pensó Jess, iba a cerciorarse de su habilidad en el tiro al blanco.
A mitad de camino se detuvo súbitamente. Jess supo al instante que había
sido visto y se lo confirmó el precipitado disparo que el individuo le hizo.
Esto le corroboró en la creencia de que se hallaba ante el asesino.
Apoyó la culata del arma en su hombro. Rodeó con el dedo el gatillo. El
asesino abrió los brazos y se desplomó lentamente de espaldas.
Jess recargó el rifle, después de lo cual se sentó de nuevo en el pescante y
arreó a los caballos.
CAPITULO VI
Cuando Jess advirtió que la pierna herida estaba en condiciones de
sostenerle, abandonó la habitación donde hasta entonces había estado alojado,
en la propia mansión de Althea, y volvió a su litera, en el dormitorio de los
cow-boys.
Allí dejó pasar unos cuantos días más, cerca de dos semanas, hasta que
notó haber recuperado por completo el movimiento del miembro herido.
Sintiéndose, pues, listo para iniciar sus propósitos, empezó a preparar las
cosas con el fin de partir cuanto antes.
Y así lo hizo. Vickers no puso la menor resistencia a sus deseos; antes
bien, se mostró deseoso de colaborar y le facilitó un par de acémilas
destinadas a la carga de sus víveres y útiles de trabajo, además de un caballo,
fuerte y de buena estampa.
Después de haber cenado, se dirigió a su litera. Llevaría un buen rato
cuando, de repente, se dio cuenta de que había alguien contemplando su
labor. Levantó los ojos y vio ante él a dos vaqueros.
En aquel momento oyó la voz de Ruffy.
—Míralo, Chick, ahí está, preparando la marcha.
—Sí, claro —contestó Leeds en el mismo tono—; se está aproximando la
época del jaleo y quiere escurrir el bulto.
—¿Sabes lo que te digo, Chick? Pues que eso se llama
desagradecimiento. Cualquiera de nosotros hubiera dado su pierna derecha
por haber sido atendido por la propia señorita
Alonzo, y este tipo, ¿qué crees que hace? Marcharse, en lugar de quedarse
para ayudarnos.
Jess entendió que aquellos dos individuos estaban allí para provocarle con
plena deliberación. Por un instante estuvo tentado de darles la réplica, pero se
contuvo y apretó los labios.
Siguió, fingiendo no oír lo que se hablaba de él. De un modo vago se dio
cuenta de que era el centro de todas las miradas.
—Me parece a mí —dijo Leeds—, que este tipo anda conchavado con los
Willard.
—¿Qué te hace creer tal cosa, Chick?
—Pues, que es la primera vez que uno de nosotros aparece por aquel
condenado rancho y vuelve con vida. Acuérdate, si no, de lo que le sucedió al
pobre Murchixon.
Jess inspiró profundamente y sacó la baqueta del cañón. Entonces fue
cuando Ruffy dijo algo terriblemente obsceno e insultante.
Jess sintió que ya no se podía contener. Levantó la vista.
—Ruffy, yo no le he hecho nada. Sin embargo, usted y su amigo, desde
que han entrado, no han dejado de provocarme. ¿Sabe lo que se hace en mi
tierra con los tipos que lanzan insultos como el que usted acaba de proferir?
—¡Adelante, amigo! Enséñemelo, ¿quiere? —y la mano de Ruffy se
acercó a la culata de su revólver.
—¿Cómo quiere usted la demostración? ¿Suave o en grado concentrado?
—Lo dejo a su gusto, Kogan.
Jess miró el revólver que tenía en la mano y que no había tenido tiempo
de recargar todavía. Estaba sentado en el borde de la litera, hacia los pies de
la misma y, de repente, todo su cuerpo se convirtió en una ballesta. Saltó
hacia adelante, moviendo el revólver en un vertiginoso semicírculo
horizontal.
Ruffy exhaló un feroz aullido cuando el punto de mira del arma le
destrozó los labios y dientes. Retrocedió, tambaleándose, con la mano en la
culata del arma, pero demasiado aturdido para poder sacarla.
Su compañero había desenfundado ya el revólver. La bota de Jess subió
rápidamente, golpeando la muñeca armada. El Colt voló por los aires. Leeds
lanzó un rugido de rabia y dolor a un tiempo.
Frente a él, Ruffy escupió, junto con algunas piezas dentarias y un chorro
de sangre, una serie de horrendas exclamaciones. Recuperado un tanto, logró,
al fin, sacar el arma.
En el mismo momento, Leeds, ciego de cólera, se arrojaba sobre el joven,
agitando pavorosamente los puños. Jess no tenía ganas de estropearse los
nudillos y volvió a utilizar el arma de forma parecida a como lo había hecho
momentos antes con Ruffy.
Golpeó a su contrincante dos veces, una en el estómago, haciéndole
boquear angustiosamente, y otra en el mentón, obligándole a levantar la
cabeza y a retroceder, todo de modo simultáneo.
Entonces fue cuando estalló un disparo.
Leeds se estremeció, sacudido por una terrible espasmo. Se levantó sobre
las puntas de los pies y gritó sobre sí mismo, desplomándose luego de bruces,
sin un solo grito.
Por un instante, Ruffy se quedó sin saber, atónito y estupefacto por la
muerte que acababa de cometer. Leeds yacía a sus pies, convertido en un
patético ovillo de ropas parcialmente ensangrentadas.
Después recuperó el dominio de sí mismo. Lanzó un gran grito y levantó
el arma de nuevo.
Pero Jess no le permitió utilizarla por segunda vez. Echó atrás el brazo y
luego lo disparó con todas sus fuerzas. El revólver que tenía en la mano salió
proyectado hacia adelante con terrorífica violencia y se estrelló contra el
rostro de Ruffy con sordo chasquido de huesos. El vaquero emitió un gruñido
y se derrumbó, convertido en una masa inerta.
En aquel momento, alguien penetró en el dormitorio, abriéndose paso a
viva fuerza entre el corro de vaqueros. Vickers contempló un momento el
cuadro que presentaban los dos hombres caídos en el suelo y luego,
mirando al joven, preguntó:
—¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién ha sido el autor del disparo que he
oído?
Jess bajó la mano armada.
—Esos dos tipos trataron de provocarme. Me insultaron y yo les contesté.
Luego, Ruffy disparó contra mí, justo en el momento en que Leeds se me
arrojaba encima. La bala hirió a éste y luego, como vi que Ruffy trataba de
dispararme de nuevo, le tiré el revólver a la cara.
Se inclinó y lo recogió.
—No está muerto, sino solamente desvanecido —dijo, arrojando luego
las dos pistolas sobre su litera—. Yo estaba ahí tranquilamente, sin meterme
con nadie, revisando mis armas. Estos puedes decírselo, lo vieron todo.
—Así ha sido, Vickers —dijo uno de los cow-boys.
Vickers volvió su vista hacia el joven. Jess se había sentado
de nuevo en su litera y estaba liando un cigarrillo. —¿Por qué le
provocaron?
—Pregúnteselo a ese tipo cuando se despierte. Yo no lo sé.
—Está bien —dijo Vickers, deponiendo un tanto su irritada actitud—.
Veo que usted no ha tenido la culpa y me alegro de ello. En cuanto Ruffy esté
en condiciones, le despediré.
—Bueno —dijo Jess con indiferencia.
—¡A ver —exclamó el capataz—, que dos de vosotros se lleven de aquí
el vuerpo de Leeds! Y echad a esa carroña en su litera. Ya se despertará si
quiere, o si no que reviente.
Era todavía de noche cuando empezó a atalajar las bestias para emprender
la marcha. Cargó sobre las acémilas todo cuanto iba a precisar durante los
meses que iba a estar ausente y luego ensilló el caballo.
A continuación volvió al dormitorio, donde desayunó sólidamente, pues
hasta que llegara la noche no pensaba detenerse. Terminó de hacerlo,
encendió un cigarrillo y, calzándose el chaquetón y el sombrero, salió fuera.
Al instante divisó una silueta junto al caballo. La luz naciente daba en las
espaldas de aquella persona y por ello le costó unos segundos reconocer a la
dueña del rancho.
Se acercó a Althea.
—¿Se va usted ya? —dijo la muchacha.
—Efectivamente —contestó Jess lacónico.
El joven se dio cuenta de que ella quería decirle algo, pero quizá por
timidez o por orgullo, más acaso de esto que de lo otro, no se atrevía a hablar.
Trató de animarla. ¿Quería decirme algo?
Ella vaciló todavía.
—Pues... sí, Kogan.
—Bien, la escucho. ¿Se trata de algo relacionado con el suceso de
anoche?
Ella sacudió la cabeza.
—No. Tengo informes de lo que le dijeron esa pareja de
borrachos y sé que no hizo otra cosa que la hubiera hecho cualquier otro
hombre en su lugar.
—Celebro que lo tome usted así, señorita. Por un momento temí que
hubiera venido aquí para reprochármelo.
—No, no encuentro en lo que hizo anoche nada que pueda reprochársele.
Pero... pero sí en lo que va a hacer ahora.
—No la entiendo —murmuró él, desconcertado...
—Pues está bien claro, Kogan —replicó ella,, con impaciencia—. Quiero
referirme a su marcha. Jess levantó las cejas.
—¿Mi... marcha? Ya sabía usted que un día u otro tenía
que suceder esto, señorita Alonzo...
—¡Deje de llamarme así! ¡Mi nombre es Althea... Jess!
Muy bien, a su gusto... Althea. ¿Y qué más?
No quiero que se vaya. Le necesito.
¿Con sesenta o setenta hombres precisa de uno más?
No de uno más, sino de usted. ¿Es que no lo entiende?
Eso quisiera, Althea. Por favor, expliqúese.
—¡Oh, qué hombre más torpe! —exclamó ella, exasperada—. Quiero que
se quede. Le necesito.
—Eso ya me lo ha dicho. Siga. ¿Por qué?
La muchacha se mordió los labios.
Después, dijo:
—Usted es un hombre decidido, valiente y arrojado y, sobre todo y para
mí lo más importante, que sabe utilizar su cabeza para algo más que para
ponerse el sombrero sobre ella. Una persona así es la que me conviene en el
rancho.
—Está Vickers. ¿No le gusta como capataz?
—Por supuesto que sí. Sabe manejar muy bien a los hombres y al ganado,
pero... pero carece de algunas de sus cualidades, Jess.
Este sonrió.
—¡Caramba! ¡Cuánto celebro oír el excelente concepto que usted tiene de
mí! En los últimos días, había llegado a temer que me detestaba.
—Mis sentimientos personales no tienen nada que ver con el gobierno del
rancho, Jess. Usted completaría eficientemente la labor de Vickers, eso es
todo.
—Lo siento, pero usted ya sabe cuáles con mis pensamientos acerca de
esta cuestión. Dije una vez que no quería trabajar más en un rancho. Me
decepcionaría a mí mismo si quebrantase la palabra que me empeñé un día.
—Pero es que el hallazgo de oro es una cosa completamente aleatoria.
—Sé los riesgos que corro, pero abrigo la esperanza de encontrarlo.
—¡Oh, es usted odioso, Jess! Le estoy ofreciendo el mejor empleo que
usted podría soñar en su vida... y usted lo rechaza.
—Así es y así quisiera que usted lo entendiera.
—¿Por qué? ¡Hable de una vez!
—Es usted la que debiera haberlo hecho, Althea. Está dando rodeos para
decir una cosa que se puede hacer con cuatro palabras. En suma, que si quiere
que me quede, es por el egoísmo propio de tener un hombre de toda
confianza en el próximo e inevitable choque con los Willard, ¿no es así?
Ella enrojeció. El ataque del joven había sido demasiado franco como
para que Althea no lo acusase.
—Uno de los hermanos le hirió a usted.
—Si lo que trata es echármelo en cara para que yo reaccione contra ellos,
está muy equivocada. Ya sabe cuál es mi posición con respecto a ese
malhadado asunto. Además —añadió—, que si uno me hirió, el otro me salvó
la vida. Esto es también muy importante.
—En suma, que no quiere ponerse de mi lado.
—No. Ni del lado de los Willard tampoco. Soy neutral,
¿sabe?
Althea avanzó un paso, aproximándosele hasta casi tocarle la ropa.
Levantó sus ojos hacia los de él.
—Y... ¿Y si yo se... se lo pidiera —susurró en tono apenas audible—, a
título... personal, Jess?
El joven la miró fijamente durante unos segundos. Respiró
profundamente y su pecho se hinchó.
Por un momento estuvo tentado de enviar al diablo sus proyectos de
prospección aurífera y quedarse en el rancho. Althea se le estaba ofreciendo,
esto era harto preceptible. Se vio a sí mismo casado y dueño de aquella
hermosísima mujer y de sus extensas propiedades, cubiertas sus necesidades
para el resto de sus días... pero también vio otra cosa: fuego, humo, sangre,
muertos y dolor.
—No, Althea.
Ella le cogió por los hombros con ambas manos, en un gesto lleno de
frenesí.
—¡Jess, piensa lo que dices!
—Está pensando. Te agradezco infinito lo que has querido decirme, pero
no podría vivir jamás junto a una mujer capaz de albergar sentimientos de
odio como los que tú guardas hacia los Willard. Y no creo que mi estancia
aquí, junto a ti para siempre, te hiciese desistir de tus propósitos de venganza.
Te
he dicho una vez que la violencia engendra la violencia. Olvida tus odios.
Entonces...
Ella le soltó y retrocedió un paso, apretando los puños.
—¡Jamás! ¡Me pides algo que es imposible, Jess!
El joven meneó la cabeza tristemente.
—¿Lo ves? Althea, dispénsame. Lamento mucho no poderme quedar
aquí. Me iré y te recordaré siempre. Y... y si algún día necesitas de mí...
La muchacha le escupió al rostro.
¡Yo no necesito de los cobardes! —dijo, y dio media vuelta, alejándose
con rápido paso.
Jess se limpió la mejilla con el dorso de la enguantada mano. Meneó la
cabeza lentamente.
Permaneció en aquella quieta actitud durante unos instantes; después
montó de un salto y espoleó a su caballo.
CAPITULO VII
Tiró de las riendas y detuvo el caballo. Con ojo crítico examinó el paraje
en que se encontraba.
Buscó con la vista un lugar adecuado para la instalación del campamento
y no tardó en hallarlo, a unos cincuenta metros más arriba.
Avanzó hacia allí y volvió a estudiar el lugar. Detuvo nuevamente la reata
y calculó las posibilidades de su instalación. Sitio abrigado, con excelente
visibilidad y protección contra las inclemencias, abundancia de leña y el agua
muy próxima, era cuanto podía pedir para llevar a buen término los
propósitos que abrigaba.
Desmontó. Se quitó los guantes, frotándose las manos y echándoles el
aliento. Sí, aquél era el punto donde montaría el campamento.
El cuanto a la búsqueda del precioso metal, podría hacerlo alternando el
lavado de las arenas del riachuelo cercano, con las prospecciones geológicas
por zonas inmediatas, dentro siempre de un círculo de prudente distancia del
campamento.
Animado, pues, por estos pensamientos, empezó la descarga de las
bestias.
La instalación del campamento, en las debidas condiciones, le llevó el
resto del día y todo el siguiente. Al amanecer del tercero de su llegada, cogió
una gamella y una pala de mango corto y se dirigió a la orilla del arroyo.
Estuvo lavando arena durante largas horas, sin obtener oro apenas. Por la
noche, a la luz de las llamas, contempló en la palma de su mano un puñadito
del precioso metal, que podría valer diez o doce dólares como máximo.
Ató los cordones de la bolsa y la dejó a un lado. Rodeó las rodillas con
sus manos y miró la hoguera con expresión meditabunda. Su mente evocó las
personas con las que más directamente se había relacionado en aquellos días
de tanta acción.
¿Qué haría Althea en aquellos momentos? El bellísimo rostro de la
muchacha pareció sonreírle suavemente, desprovisto de aquella expresión de
egoísmo y dureza, desde el fondo de la hoguera, reclamándole
insistentemente. Pronto fue sustituido, sin embargo, por el de Frieda Willard.
Pero ésta no le sonreía, sino que le miraba con expresión suplicante. «Ven,
ayúdanos —parecía decirle—. Nosotros tampoco queremos matar».
Flew Vickers empujó a Frieda a un lado con grosera violencia. «Los
Willard no merecen vivir; son unas alimañas». Pero el capataz se esfumó
cuando Rio, Ellis y Nathan tomaron su sitio. «Pasaremos por encima de quien
sea», decía aquellos semblantes duros.
—¡Dejadme en paz! ¡Todos! ¡Todos! —gritó, y la pared frontera
devolvió, multiplicado por cien, el grito que acababa de proferir.
Se incorporó, sacudiendo las piernas que se le habían quedado
entumecidas. Estiró los brazos y bostezó; era ya la hora del descanso.
Al día siguiente, después del desayuno y de haber atendido a las bestias,
tomó sus útiles y remontó el riachuelo, siguiendo siempre la misma orilla.
Hizo un par de altos, obteniendo, al finalizar la jornada, un resultado muy
parecido al de la anterior.
Así transcurrieron varios días. Cuando salía del campamento, no dejaba
de llevarse un arma, con el fin de obtener algo de caza con cuya carne poder
variar un poco la monotonía de su alimentación. El tiempo se hizo irregular y
cayeron varios chubascos de nieve que detuvieron momentáneamente la
fusión.
El tiempo se estabilizó después de los últimos chubascos, aunque la
temperatura sólo subía del cero de la escala termo-métrica en contadas
ocasiones.
En el octavo después de su llegada, decidió ampliar su exploración, antes
de dar comienzo a las prospecciones geológicas. Se avitualló de todo lo
necesario y, colgándose el rifle del hombro, emprendió la marcha río arriba.
Caminó durante todo el día, llegando a lugares no visitados por él en los
precedentes. Al llegar la noche, acampó, cenando rápida y presurosamente un
poco de tocino y harina, y se envolvió en una manta, acostándose cerca de la
hoguera que había encendido.
Amaneció. Tomó un bocado y reanudó su marcha. A poco de haberlo
hecho un extraño rumor hirió sus oídos. Tardó un poco en identificarlo, pero
cuando lo hubo conseguido, la esperanza renació de nuevo en su corazón.
Necesitó salvar un ingente amontonamiento de rocas que, adentrándose
en el arroyo, le habían salido al paso, para llegar a un lugar cuya belleza
agreste le hizo exhalar un grito de admiración. El fragor de una gran caída de
agua llenaba por completo el ambiente.
La catarata tendría unos quince metros de altura por otros tantos de
anchura y Jess supo que, en el rigor del verano, con el estiaje, sus
dimensiones se reducirían notablemente. El río formaba, después de la caída,
un ancho remanso circular de unos treinta metros de diámetro, cuyos bordes
estaban constituidos, a ambos lados de la salida por la cual las aguas
continuaban su tumultuosa carrera, por dos playas de finísima arena.
Una hora más tarde contemplaba con estupefacta incredulidad el ingente
montón de oro que había quedado en el fondo de la gamella. A simple vista
calculó su valor en ochocientos dólares.
Miró el remanso. Parecía ser muy profundo en el centro, pero esto no
tenía la menor importancia. Lo que sí la tenía, y grande, era el hecho de que
todas las arenas auríferas arrastradas por el agua se había ido posando en
aquel lugar. Y ahora comprendía por qué más abajo apenas si había
encontrado rastros del preciado metal.
El remanso había actuado de cuenco receptor. Lo mismo que él hacía con
su gamella, pero en un plano infinitamente superior. Había acumulada allí
una cantidad de oro realmente fabulosa y, con toda seguridad, tenía que haber
más todavía en la parte de arriba del riachuelo. Pero con toda probabilidad,
no terminaría de explotar aquel placer en la campaña, por lo que habría de
volver al año siguiente. Estaba seguro de enriquecerse en un plazo
relativamente breve, lo cual le permitiría la independencia absoluta. Y esto
era lo que él más ardientemente deseaba.
Trabajó con ahínco durante todo el día, deteniéndose a la caída del sol
para tomar un corto bocado. Mientras lo hacía, se dijo que al día siguiente
emprendería el regreso, con objeto de volver e instalar definitivamente el
campamento en aquel paraje. Por el momento, con lo que había visto tenía
más que suficiente y no pensaba emprender ninguna exploración de carácter
geológico. Ocho horas de trabajo le habían rendido más de seis mil dólares en
oro y bastantes penitas, algunas de ellas de tamaño superior a la uña del
pulgar.
Durmió con sueño pesado hasta el alba, en que, cargando todo el equipaje
a su espalda, ahora aumentado con el peso del oro, emprendió la marcha.
Avistó su campamento bastante después del mediodía. Lanzó un suspiro
de satisfacción, que inmediatamente se le congeló en los labios.
Apenas hubo entrevisto la plazoleta en que tenía montada
la tienda, se dio cuenta de que allí sucedía algo extraño. Vio algunas
siluetas que se movían de un lado para otro, en actitud sospechosa. Los puños
se le crisparon de rabia.
Saltó a un lado escondiéndose tras el protector abrigo de un tronco. Con
todo cuidado, procurando no hacer el menor ruido se despojó de la pesada
mochila, pasando después el rifle del hombro a la mano.
Muy despacio, con infinita lentitud, metió un cartucho en la recámara.
Después, con el dedo desnudo rodeando el frío gatillo, empezó un cauteloso
avance, de tronco en tronco, arrimado a la ladera, procurando no hacerse
visible.
Así llegó hasta muy corta distancia de su campamento. Los intrusos eran
cuatro o cinco, todos ellos tan afanados en husmear en aquel lugar, que no se
dieron cuenta de nada hasta que les lanzó una seca intimación.
—¡Todos quietos! —dijo con acento imperativo—. Levanten las manos y
no las bajen. Tengo un rifle a punto y al primero que haga un movimiento
sospechoso le volaré la cabeza de un tiro.
Y apoyó sus palabras con un disparo cuyo proyectil pegó en una roca,
perdiéndose a lo lejos con estremecedor gañido.
Cinco pares de manos se alzaron instantáneamente hacia el cielo.
Uno de los intrusos trató de mirarle.
—¡No vuelvan la cabeza! ¡Miren todos al frente! —ordenó
enérgicamente. El individuo corrigió al instante su gesto.
Jess había oído demasiadas historias de buscadores de oro perecidos a
manos de salteadores y él no quería correr el riesgo. Siguió avanzando,
procurando pisar la nieve con el fin de atenuar el ruido de los pasos y así no
delatar su posición. Su dedo continuaba enroscado en torno al gatillo.
Los cinco individuos permanecían todavía en la misma posición. Jess les
lanzó una nueva orden.
—Avancen todos hasta el muro frontero. Quédense a dos pasos y luego
apoyen las manos en la roca. ¡Pronto!
Fue obedecido instantáneamente. Los cinco hombres die-ron unos
cuantos pasos hacia adelante, quedando a un metro de la pared. Luego
estiraron las manos, apoyándolas en la piedra, de tal modo que su cuerpo
quedaba muy inclinado respecto a la horizontal del suelo. Era la mejor
postura para desarmarlos y Jess lo había hecho con toda deliberación.
Sosteniendo el rifle con una mano, fue quitando revólveres de sus fundas
con la izquierda y arrojándolos lejos de sí. Uno tras otro, los intrusos fueron
despojados de su armamento, pero al llegar al quinto, Jess se llevó una
enorme sorpresa.
Tan aturdido quedó que por unos instantes se sintió incapaz de
reaccionar.
—¡Señorita Willard! —exclamó.
Ella volvió ligeramente la cabeza, mirándole por encima del hombro con
fría expresión.
—¿Puedo incorporarme ya, Kogan?
Este carraspeó. Tenía todavía el revólver de la muchacha en la mano y lo
volvió a su funda.
—Naturalmente... Dispénseme, señorita; si hubiera sabido que se trataba
de usted...
Ella tomó la posición normal, frotándose luego las manos. Le miró,
enfrentándole.
—¿Y ésos?
Jess hizo una mueca.
—¿Me garantiza que no van a intentar nada contra mí?
—Conforme. Le doy mi palabra.
—Bien. Que se quiten de la pared, pero que no olviden ni por un
momento que mi rifle se dispara con mucha facilidad. Y apenas había
pronunciado tales palabras, cuando reconoció a uno de los hombres—.
¡Nathan Willard!
El hermano de Frieda estaba rojo de ira y vergüenza. Se mordió los labios
y pareció ir a decir algo, pero ella le contuvo con un rápido gesto.
—¡Quieto, Nathan! No hagas nada; el señor Kogan podría acordarse de la
herida que le hiciste y corresponderte en debida forma.
—Puede estar seguro de que, aunque no lo he olvidado,
tampoco abrigo sentimientos hostiles hacia nadie. Comprendo que su
hermano estuviera obcecado en aquellos momentos, pero esto es una cosa
que le puede suceder a cualquiera.
Ella le miró con una extraña luz reflejada en sus oscuras pupilas.
Es uste<i un tipo muy difícil de comprender, Kogan. ¿Qué es o qué hace
en estos parajes, tan alejados de la civilización?
—¿No cree que yo también podría hacerle esa misma pregunta, señorita
Willard? Frieda lanzó un suspiro. —Es cierto. Y se la voy a contestar.
Sencillamente, estamos buscando un paso por aquí para poder llevar nuestras
re-ses a los pastos de verano. En previsión, naturalmente, de que Althea
Alonzo no nos permita el tránsito por sus terrenos.
Una aguda punzada hirió el corazón del joven al oír aquel hombre. Pero
supo disimularlo.
—Por aquí no conseguirán nada positivo. A medio día largo de marcha,
hay una cascada situada entre los dos muros del cañón, de unos quince
metros de altura, que cierra por completo el paso. Hasta a un hombre le sería
difícil cruzar al otro lado. La cañada es allí muy angosta y de paredes muy
empinadas. Por este lado, pues, no conseguirán nada, repito.
Ella dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, completa-menta
desalentada.
—Ya me suponía yo algo por el estilo —murmuró—. Pero la esperanza
es lo último que se pierde y... ¡Qué le vamos a hacer! Intentaremos conseguir
la aquiescencia de Althea.
—¿Y si no les diera permiso?
—¡Pasaríamos, aunque para ello tuviéramos que arrasar el rancho de esa
estúpida mestiza! —chilló salvajemente Nathan
Willard.
Jess miró con aire reprobatorio al muchacho.
—No quiero oírle hablar más de la señorita Alonzo en ese tono, ¿me ha
entendido? Si lo hace, me veré obligado a corregirle en debida forma.
—¿Ah, sí? Es usted muy valiente con un arma en la mano, Kogan, pero...
—Gasto la misma clase de valor que usted, Nathan. ¿O ya ha olvidado el
disparo que me hizo, cuando yo no tenía encima ni un palillo de dientes?
Al escuchar aquella alusión, el joven enrojeció vivísima-mente.
Frieda ladeó un poco la cabeza.
—Tienes mil razones para callar y ni una sola para hablar, Nathan. Si
sigues así, dejaré que el señor Kogan te suministre el correctivo anunciado.
—¿Dejará por ello de ser Althea una estúpida mestiza? —rió
despectivamente el muchacho.
Jess no quiso escuchar más. Saltó hacia adelante y clavó el cañón del rifle
en el estómago de Nathan.
Este se dobló sobre sí mismo, boqueando agónicamente. Entonces, Jess
usó el arma de otra manera y le golpeó duramente detrás de la oreja.
Nathan cayó al suelo, retorciéndose de dolor, en tanto que era
contemplado fríamente por su hermana.
—El señor Kogan ha sido demasiado considerado contigo, hermanito. Yo
te hubiera hecho algo más. Pero... —Volvió la
vista hacia el joven—. Bien, y ahora que ya sabe los motivos de nuestra
presencia aquí, ¿quiere decirnos qué es lo que hace usted por estos
andurriales?
Jess miró, por encima del hombro de la muchacha, a los otros tres
individuos, que ayudaban a recuperarse a Nathan, y los catalogó como
simples vaqueros de su rancho. Eran unos asalariados que no harían otra cosa
que lo que se les ordenase.
—Busco oro —contestó al cabo.
—¿Oro? ¿Está seguro? —exclamó ella, muy sorprendida.
—Ya lo creo.
—¿Y lo ha encontrado?
Jess sonrió suavemente.
—Permítame que me reserve la respuesta, señorita Kogan.
—Bueno, como quiera. Gracias por sus informes, de todas maneras.
Lamento lo que le ha dicho mi hermano.
—El es el que lo está lamentando —contestó el joven—. Yo ya lo he
olvidado.
—Es usted un tipo realmente extraño, Kogan. En verdad que un hombre
así nos convendría en el rancho.
—Lo siento. Ya otra persona antes que usted me hizo la misma propuesta.
Y yo le di la misma contestación.
—Althea, ¿verdad? —dijo ella, palideciendo.
Jess se encogió de hombros.
—Quizá.
—Es lo mismo. De todas formas, es muy posible que no congeniase con
mis hermanos, así que abandonaremos la idea apenas concebida.
—Vuelvo a repetirle que lo lamento, señorita.
—¿Piensa que el oro le va a rendir más que la ganadería?
—Es posible.
Frieda hizo un gesto de indiferencia.
—¡Bien, muchachos! Aquí no tenemos nada que hacer.
Volvamos al rancho. —Y luego se enfrentó con el joven—. ¿Pueden
recoger las armas?
—Sí, siempre que no traten de utilizarlas contra mí —accedió Jess.
Dos de los vaqueros se aprestaron a tomar los revólveres caídos, en tanto
que el otro acompañaba a Nathan hasta su caballo que se encontraba
paciendo con los demás a poca distancia. Mientras, Frieda alargó su mano.
—¡Adiós, Kogan! Le deseo mucha suerte. Usted es hombre que se lo
merece.
—Gracias. Le digo lo mismo, pero antes, ¿me permitiría darle un
consejo?
—Todos los que quiera, Kogan. Viniendo de usted, ese
consejo ha de ser sensato a la fuerza.
—Usted me adula —rió él—. Bien, lo que quiero decirle es lo siguiente:
cuando vayan a llevar sus reses a los pastos de verano, traten de arreglarse
con la señorita Alonzo. No recurran a las armas, se lo ruego.
Ella endureció el gesto.
—Es difícil hacer lo que usted nos pide. Hay sangre derramada de por
medio.
—¿Cree usted que fueron los hombres de Althea los que mataron a su
hermano Isaac?
¿Quiénes, si no, podrían haber sido? Jess meneó la cabeza con gesto
pesimista. —Creo —dijo— que tanto unos como otros están en un error. No
es con violencias como se arreglan las cosas, sino con un diálogo sereno y
ponderado, admitiendo los propios errores disculpando los del adversario y
ambos cediendo poco.
Frieda suspiró.
—A estas alturas, es ya casi imposible, Kogan. Lo siento.
—Hágalo. Usted tiene mucho ascendiente sobre sus hermanos. Puede
imponerse a ellos. ¿Por qué no lo intenta?
¿Cree que Althea querría escucharme siquiera?
—Sí, si ustedes fueran con el corazón en la mano.
—No hay tiempo ya para reconciliaciones, Jess. Es ya demasiado tarde —
dijo ella precipitadamente.
Y de súbito, sin previo aviso, dio media vuelta y corrió hacia su caballo,
gimiendo con desesperación.
CAPITULO VIII
Jess encendió el enésimo cigarrillo de aquella noche. Le dio dos o tres
chupadas, y luego, con gesto colérico, lo arrojó a la lumbre, maldiciendo
rabiosamente en su interior.
Terriblemente molesto, se acostó. Yació entre las cobijas, viendo brillar
las frías estrellas a través de la estrecha abertura de la tienda. Se revolvió en
su duro lecho infinidad de veces durante la noche, hasta que, al fin, el sueño
acudió a su llamada.
Por ello mismo se despertó más tarde de lo acostumbrado, y en cuanto
hubo abierto los ojos, supo al momento lo que tenía que hacer. Que esperase
el oro. Su obligación moral era arreglar la paz entre ambos clanes. Fuera
como fuese y al precio que se precisase.
Con este pensamiento, salió de la tienda, disponiéndose a preparar el
desayuno. Súbitamente se encontró en el suelo. Un intenso dolor le
entumeció el hombro. La detonación le llegó simultáneamente.
Dominando el vivísimo dolor que sentía, rodó dos o tres veces sobre sí
mismo, en el instante en que varios proyectiles se clavaban con terrible fuerza
en el lugar que acababa de abandonar.
Arrastrándose y rodando sobre sí mismo, consiguió ganar el abrigo de su
tienda, un abrigo relativo, puesto que la lona fue atravesada de inmediato por
varias balas, que abrieron en ella sendos orificios. Maldijo profusamente, en
tanto trataba de cargar el rifle con una sola mano.
Otra bala le rasgó la chaqueta de arriba abajo, no atravesándole por pura
casualidad. Dejando el rifle, buscó el cuchillo, con el cual practicó un rasgón
en la tela.
Haciendo un terrible esfuerzo, consiguió adelantar un poco el brazo
herido y sobre él apoyó el cañón del rifle.
Aguardó unos momentos, antes de contestar. Al fin vio una negra silueta,
a cien metros escasos de distancia, corriendo en zigzag para acercarse al lugar
en que se hallaba. Dos más le siguieron a corta distancia y un cuarto se reía
algo más alejado.
Disparó y el retroceso del arma le sacudió con terrible dolor todo el
cuerpo. Mientras veía, con ojos nublados por las lágrimas, caer a uno de sus
atacantes, recargó el rifle, mordiéndose los labios para no gritar.
Un chasquido se produjo. Y Jess lo oyó. Tardó unos segundos en
identificar su procedencia, pero cuando lo hubo conseguido, los cabellos se le
erizaron de espanto. Incluso se olvidó de los hombres que pretendían
eliminarle.
Miró hacia arriba instintivamente, con gran dificultad, debido a la forzada
postura en que se encontraba. En el muro frontero de la cañada, la nieve
acumulada estaba deslizándose lentamente.
Un ronco bramido se expandió por la atmósfera, en la cual habían cesado
los estampidos de las armas de fuego. Arrastrándose sobre sí mismo, Jess
sacó la cabeza por la abertura de la tienda.
La anchura del alud vendría a ser de unos doscientos metros, pero el
borde superior, el más cercano a su puesto, quedaba a unos cien. Y ya una
colosal catarata de nieve, entre la que negreaban fragmentos de roca y troncos
de árboles desarraigados, se desplomaba por la ladera hacia el fondo del
barranco.
Vacilante, olvidando incluso su herida, Jess se puso en pie,contemplando
con ojos desorbitados el increíble espectáculo. El fragor de la avalancha
resultaba ya ensordecedor en la misma oscuridad de su tono.
Después de haberse precipitado hasta abajo, la nieve continuó su camino,
con una velocidad increíble, arrasando todo cuanto hallaba a su paso, dejando
tras sí una enorme columna de hielo pulverizado que subía a lo alto con
terrible rapidez.
Los dos individuos que venían en primer lugar intentaron huir al ver el
alud que se les venía encima.
El tercero empezó a trepar por la ladera de la pared opuesta. Tiró el arma
para hacerlo con mayor rapidez y subió agarrándose desesperadamente a
cualquier saliente, mineral o vegetal, que pudiera ayudarle en su frenética
escapatoria.
La avalancha cruzó rapidísimamente el fondo de la barrancada. Jess creyó
oír unos gritos de pavor, pero inmediatamente fueron acallados al ser
sepultados los hombres que los proferían por un incalculable volumen de
nieve. El alud chocó con terrible fuerza contra la pared frontera y se agitó,
encrespándose sobre sí mismo con la violencia del mar tormentoso contra los
acantilados, en un revuelto oleaje de blanquísimo color.
Durante unos momentos, el ruido fue incesante, ensordecedor. Después,
poco a poco, todo fue acallándose hasta que aquel paraje quedó en un
absoluto silencio, apenas interrumpido por algún que otro chasquido de
escasa importancia.
Entonces fue cuando Jess, una vez hubo sucedido todo, recordó la herida
que tenía. El hombro empezó a dolerle.
Se quitó el chaquetón, debajo del cual llevaba un grueso «pullover» de
lana, del que igualmente se despojó, quedando en mangas de camisa. Se curó
la herida.
Una vez hubo terminado, volvió a ponerse el «pullover» y la prenda de
chaqueta. Entonces fue cuando creyó oír un grito.
Salió fuera de la tienda, escuchando con atención. El grito, debilitado por
la distancia, volvió a repetirse.
Jess entendió que alguno de los forajidos que habían intentado asesinarle
vivía todavía. Pero debía hallarse en muy precaria situación, ya que el tono de
sus clamores era de angustia y temor.
Vaciló un segundo, pero sus dudas se concluyeron bien pronto. Entrando
en la tienda, tomó un lazo enrollado y echó a correr en la dirección de la cual
venían los clamores.
Estudió el terreno, en tanto los gritos volvían a repetirse, cada vez más
apremiantes. No le quedaba otro remedio que retroceder un poco si quería
salvar a aquel individuo. Pensó que era su obligación, aunque también se dijo
que el hacerlo le proporcionaría ciertos conocimientos que no iban a dejar de
serle muy útiles.
Así recorrió unos ciento cincuenta metros, guiándose por los gritos que
cada vez sonaban más próximos.
Un poco más tarde vio a su autor.
Era increíble el modo con que Nathan Willard había conseguido salvar la
vida. Estaba hundido en la nieve hasta el cuello, pero los pies debían colgarle
en el vacío, seguramente en algún fallo del terreno, y se agarraba con todas
sus fuerzas a unos matorrales cuyas raíces iban cediendo lentamente.
Desde unos cinco o seis metros de distancia, sobre un punto muy
empinado, Jess contempló fríamente el amoratado rostro de su enemigo. Este
le miró con ojos suplicantes.
Debería dejarte morir, pero soy incorregiblemente sentimental —
refunfuñó—. ¿Por qué habéis atentado contra mí?
—¡Sálveme! —jadeó el hermano de Frieda—. Le pido mil perdones,
Kogan, pero por lo que más quiera...
—Tres hombres han muerto por culpa de tu estupidez. ¿Qué tiene que
decir a eso?
Nathan no estaba para reproches. Ahora no había en su mente más que
una idea fija, que le obsesionaba: salvarse, al precio que fuera.
Una raíz crujió alarmantemente. La mata cedió casi totalmente.
—Tengo un brazo completamente inútil —dijo Jess—. Uno de tus
esbirros me atravesó el hombro.
—¡Sálveme, por el amor de Dios! —jadeó Willard.
No se le veía el resto del cuerpo, pero se adivinaba que movía los pies en
un vano intento de buscar un apoyo que no encontraba.
—Escucha lo que te digo —contestó el joven, ceñudo—.
Ataré este lazo al tronco de un árbol y te echaré el cabo. El resto lo harás
tú, si es que puedes. Y si no puedes... Bien, como dice uno que yo sé,
demasiadas alimañas hay en el mundo para llorar por una de ellas.
Jess buscó un abeto próximo y rodeó su base con uno de los extremos de
la cuerda, arrojando luego el otro a las manos de Willard. Este tomó la reata y
lanzó un gemido animal de satisfacción, izándose luego a pulso fuera de
aquel1 a peligrosa trampa en donde había estado a punto de perder la vida.
Nathan quedó echado en el suelo, jadeante, convulso, exhausto, sin
ánimos para mover un dedo. Jess se aprovechó de aquella situación y
acercándosele, le quitó el revólver que aun consevaba por puro milagro en el
cinturón, soplando luego el cañón para limpiarlo de la nieve que lo atascaba.
Willard levantó la cabeza, mirándole con fijeza. Jess le tenía encañonado
con el revólver.
—¿Qué va a hacer ahora conmigo, Kogan?
—Pegarte un tiro, no, porque carecería de objeto después de todos los
esfuerzos que he realizado para salvar tu sucio pellejo. Pero si te queda un
átomo de dignidad siquiera, vendrás conmigo y me curarás la herida que uno
de tus secuaces me causó.
—De acuerdo —murmuró.
—Camina delante —dijo Jess.
Los dos hombres volvieron al campamento, en el cual no había otros
desperfectos que los producidos en la tienda por el tiroteo y el rasgón que
Jess le había causado con su propio cuchillo.
Una vez allí, el joven se puso en manos de Nathan. Lo hizo con tanta
confianza, a pesar de que interiormente no estaba muy seguro de la reacción
de su adversario, que éste no se atrevió a intentar nada.
La herida volvió a sangrar, pero mucho menos que al principio.
Jess quiso evitar posibles infecciones.
—Ahí, dentro de la tienda, en las alforjas, verás un frasco con licor.
El alcohol le quemó la carne, a pesar de estar desnudo de medio cuerpo y
de la fresca temperatura.
—Dame un trago —gruñó Jess.
El licor, al penetrar en su cuerpo, le hizo reaccionar. Mientras, Nathan
rasgaba la única camisa limpia que le quedaba al joven y con las tiras que le
hizo le vendó fuertemente la herida.
Una vez hubo concluido la cura, Jess volvió a vestirse. Se sentó en el
suelo y dijo:
—Busca tabaco y líame un cigarrillo. Después, recógelo todo.
Nathan le miró con aire incrédulo.
—¿Qué es lo que piensa hacer, Kogan?
—Vuelvo al llano para... Eso no te importa a ti. Haz lo que te digo.
—Si piensa entregarme al sheriff, le advierto que...
—Cuando no te he pegado ya un tiro en esa estúpida cabezota, ¿crees que
me iba a molestar en entregarte a un individuo que quizá te iba a soltar al día
siguiente? Tengo otros planes, pero no eres tú quien debe saberlos. Por lo
menos, en primer lugar. Pero date prisa. ¡Vamos!
Emprendieron la marcha. Jess a caballo, y Nathan sobre una de las
acémilas, precediéndole. Treparon por la ladera de aquel lado, descendiendo
luego al fondo del barranco.
Llevarían apenas otra hora de camino, cuando Nathan se arrojó de su
montura, echando a correr.
En el primer momento, Jess no supo hacer otra cosa que echar mano al
revólver, aprestándose a usarlo. Pero muy pronto tuvo la explicación de la en
apariencia incongruente conducta de Willard.
Nathan corrió hacia un árbol situado a unos treinta metros, al borde de un
pequeño claro en el cual se veían rastros de una hoguera, así como media
docena de caballos trabados para impedir se escaparan. Pero Nathan no se
dirigió hacia los caballos, sino hasta aquel árbol, a cuyo tronco, fuertemente
sujeta por una sólida cuerda, se hallaba atada su hermana.
Acicateó su montura, llegando junto a los dos jóvenes en el momento en
que Frieda conseguía liberarse al fin de sus ligaduras. Jess sintió que el
corazón le hervía dentro del pecho al comprender la innoble argucia que
Nathan había empleado para inutilizar a su hermana.
Frieda se deshizo en improperios contra Nathan, quien escuchó la filípica
con aire indiferente, sin dar la menor muestra de arrepentimiento. No tuvo
otro gesto de rebeldía que levantar la mano cuando ella le abofeteó un par de
veces, pero supo contenerse.
A continuación, Frieda se fue hacia el joven, frotándose los brazos
entumecidos por la larga inmovilidad. Levantó la cabeza.
—¿Por qué ha respetado la vida de ese perro? —preguntó, con tono
hiriente.
Jess se encogió de hombros.
—Supongo que debí sufrir un ataque de optimismo. De otro modo, no
consigo explicármelo.
—Lo han herido —dijo ella, señalando acusadoramente las huellas del
balazo que aún se advertían en el chaquetón del joven.
—No tiene importancia —sonrió él—. Estoy acostumbrado ya a la mala
puntería de Nathan.
—Yo no... —empezó a decir el aludido, pero se calló al instante.
—Tanto da que hayas sido tú como uno de aquellos animales que te
acompañaban. ¿Dónde están?
—Los disparos provocaron un alud que los sepultó —contestó Jess—. Y
suerte tuvo que yo no muriera, porque entonces ninguno de los dos habríamos
estado aquí a punto para desatarla. Nathan vive de milagro.
Ella se estremeció.
¿Cómo ha sido? —inquirió.
—Mejor será que se lo explique él —replicó Jess.
Frieda volvió la vista hacia su hermano, cuyo rostro era la
a imagen de la vergüenza y la confusión. Apretó los labios.
—Tú y yo arreglaremos cuentas cuando hayamos vuelto a casa —dijo. Y
acto seguido se enfrentó de nuevo con Jess—: ¿Por qué regresa? ¿Qué
significan esas acémilas cargadas? —Vuelvo al llano.
Frieda entrecerró los ojos.
Usted me oculta algo —murmuró—. ¿De qué se trata?
No tendría que decírselo. Pero, a fin de cuentas, usted es parte interesada
en el asunto. Vuelvo al rancho de Althea. Trataré de arreglar las cosas para
que no haya derramamiento de sangre.
Usted la ama —dijo ella, acusadoramente.
El rostro del joven se coloreó, cogido por sorpresa.
—Y aunque así fuera —dijo—. Pero ése no es el principal motivo. Ella
tiene hombres suficientes para defenderse si alguien tratase de atacarla.
¿Entonces...?
Yo también he sufrido. Sé lo que sucede en casos análogos, y lo digo
porque me ha tocado experimentarlo en mi propia familia. Debo de estar loco
para hacerlo. Juré no intervenir jamás en una disputa de esta índole, pero no
he podido resistirlo. Quiero pacificarles a ustedes, hacerles ver lo estúpido,
absurdo e irrazonable de su actitud, tanto de ustedes como de Althea, y
convencerles de que ambos bandos deben ceder lo necesario a fin de que la
tranquilidad se restablezca.
CAPITULO IX
Jess se sentó ante la mesa de pulido tablero, liso y brillante. Frente a él
había una jarra de tallado cristal, llena de un líquido dorado, y al lado de la
misma, varias copas de forma alargada, boca estrecha y largo y fino
pedúnculo.
Estaba a punto de terminar un cigarrillo cuando oyó un rápido taconeo en
la habitación inmediata. La puerta se abrió con violencia y Althea apareció
bajo el dintel.
—¡Jess!
El joven se puso lentamente en pie.
—Sí, soy el mismo y no mi fantasma.
Tiró el sombrero y la fusta a un lado y corrió hacia el joven, tomándole en
sus brazos. Escondió la cabeza en el pecho del amado.
—¡Oh, Jess, cuánto me alegra tu vuelta! Al fin has recapacitado. Te has
dado cuenta de que tu puesto está aquí, conmigo, a mi lado eternamente.
¿Verdad que es así, querido?
El joven acarició con la mano sana el dorado cabello de su amada.
—Así es, Althea. Tú acabas de decirlo. He venido aquí para quedarme.
—Repítemelo, Jess. Repítemelo una y mil veces. Que te lo oiga de nuevo,
para convencerme de que esto que me está sucediendo es una venturosa
realidad y no un sueño. Jess, dime que me quieres.
—¿Con qué objeto? ¿Qué ventajas podría obtener el hombre que hubiera
comedito los asesinatos?
—Si lo supiera, podría señalarte el asesino con el índice. Cuando hablé
con Frieda, le dije que hiciera averiguaciones, eliminando sospechosos. Lo
mismo debes hacer tú.
A continuación, Jess relató la vida que había llevado en las semanas que
había permanecido en las montañas, sin omitir el encunetro con Nathan
Willard y sus secuaces. Al terminar, abrió las alforjas y sacó una pesada bolsa
de cuero.
—Desátala, ¿quieres?.
Althea abrió enormemente los ojos.
—Jess, es una fortuna fabulosa.
—Y todavía debe de haber más oro por el curso superior del riachuelo.
Pero lo explotaré más adelante, cuando haya vaciado por completo aquel
depósito. Como puedes apreciar —agregó, sonriendo—, no te vas a casar con
un pordiosero precisamente.
Althea le echó los brazos al cuello.
—Me es completamente igual, Jess. Yo te quiero a ti y me basta. Lo
demás...
La muchacha no pudo concluir su frase. Los labios del joven se lo habían
impedido.
Una semana más tarde, la feliz pareja descabalgó frente a la puerta del
rancho de los Willard. Todos los hermanos salieron a recibirles.
—Pasen dentro, por favor —dijo Frieda.
La muchacha sirvió café y licores. Al fin, dijo:
—Jess me ha convencido. Dejaré que paséis con las reses a los pastos de
verano. Como antes, sin percibir un centavo.
—Gracias —repuso Frieda—. De verdad, te estamos muy agradecidos.
—No tanto —refunfuñó Nathan—. Muchas reses nuestras murieron...
— 83
—¡Cállate! —gritó Frieda.
Entonces, intervino Jess:
—Althea y yo deseamos que se haga la paz de una manera completa y
absoluta, olvidando todo cuanto ha sucedido hasta el momento actual. Yo
también tengo algo que decir sobre el asunto, puesto que —y miró a Nathan,
el cual volvió el rostro a un lado— tengo en mi carne las consecuencias de un
antagonismo al cual, en un principio, era completamente ajeno. Althea les
indemnizará por el valor íntegro de las reses que se les murieron a partir del
momento en que les cortó el suministro de heno.
—¡Oh, Althea! —exclamó Frieda. Y de pronto, sin poderse contener, se
arrojó en brazos de la visitante—. Antes éramos muy amigas. Volvamos a
serlo de nuevo, ¿quieres?
—Por supuesto, querida.
Frieda se enjugó las lágrimas que habían brotado de sus ojos. Alargó la
mano.
—Siempre confié en usted, Kogan. Veo que no me engañé y me felicito
de haber creído en sus palabras.
—Ello me satisface infinito, señorita Willard —contestó el joven—. Sin
embargo, me gustaría conocer, aunque no fuera más que por pura fórmula, la
opinión de sus hermanos.
Frieda se volvió. Jess y Althea contemplaron interesadamente a los
varones de la familia Willard.
Rio carraspeó.
—¡Bueno! Por mí no tengo inconveniente en hacer como si no hubiera
sucedido nada. Siempre, naturalmente, que Althea deje de pensar que yo...
—Está fuera de toda discusión, Rio. Creo firmemente que usted no mató
a mi padre.
El pecho del hombrón se dilató.
—¡Al fin! Menos mal que se lo he oído. ¿Estoy despierto o soñando?
¡Ellis! —golpeó con el codo a su hermano—. ¿Qué dices tú? ¡Vamos, habla!
El otro gigante sonrió a través de su espesa barba.
—¡Pelillos a la mar! ¡Por mi parte, todo está acabado ya! Muchas gracias,
Althea.
—¿Y tú, Nathan? —preguntó Frieda.
El joven de los Willard contestó con un bufido ininteligible. Frieda emitió
una sonrisa de circunstancias.
—Dispénsenle. Ya se le pasará.
Althea se puso en pie.
—Nos vamos. Antes, sin embargo, quiero daros una buena noticia. Jess y
yo nos vamos a casar en fecha muy próxima.
—¡Althea! —exclamó Frieda, maravillada—. ¡Qué estupendo!
¡Permíteme que te felicite de todo corazón!
Las dos muchachas se besaron en la mejilla, ante la sonrisa complacida de
los hombres.
Pero hubo uno que no sonrió.
—¡Esto es más de lo que puedo soportar! —estalló Nathan, poniéndose
en pie—. Me enferma tantas zalemas y arrumacos. Hace unos días hablabais
de arrasar todo cuanto llevase el nombre de Alonzo. Ahora... ¡puaf!
El joven escupió despreciativamente a un lado.
Jess se puso en pie, pero se sentó al instante, pensando en que no le
convenía provocar un nuevo escándalo que echase a perder todas las ventajas
tan duramente conseguidas.
Frieda lanzó un grito.
—¡Nathan!
—¡Déjame! ¡Iros todos al infierno! Yo no podría estar aquí ni un minuto
más, aunque me lo pidierais de rodillas.
Y después de haber pronunciado tan duras palabras, Nathan salió con
rápido paso. Unos instantes después, les llegaba el ruido de un violento
portazo.
Hubo una consternada pausa. Después, poco a poco, el hielo se fue
fundiendo y se reanudó la conversación, más animada que antes,
considerando que Nathan llegaría a olvidar todo, cuando se le hubiese
enfriado la sangre que ahora estaba llena de un lógico ardor juvenil.
Una hora más tarde, y después de haber concretado varios puntos que
quedaban todavía por aclarar, Jess y Althea se despidieron, emprendiendo el
camino de regreso al rancho.
Duranto todo el tiempo, Jess apenas si habló, muy preocupado con la
actitud de Nathan Willard. El muchacho había estado relativamente quieto
durante la visita. Sólo se había alterado en determinado momento: al oír el
anuncio de su próximo matrimonio. ¿Porqué le había afectado tanto la
noticia?
Jess no puso hallar la respuesta, y tratando de hallarla, aquella noche no
pudo dormir apenas.
CAPITULO X
No podía dormir. Por más que lo intentaba, el sueño se negaba a acudir a
su llamada y cerrarle los párpados. Y esto ya hacía dos noches que le sucedía
y aquélla era la tercera después de su entrevista con los Willard.
Había una cosa que le preocupaba y que no lograba entender, por más que
se había esforzado en ello: la actitud de Na-than Willard.
Súbitamente, una silueta cruzó ante él. Un hombre pasaba en dirección a
la puerta, caminando de puntillas.
De pronto, un estremecimiento le sacudió todo el cuerpo. Se sentó en el
lecho, bruscamente despejado. No era el hecho de que hubiese reconocido al
capataz, sino el detalle que había observado en Vickers. ¿Por qué iba
armado?
Una vaga sospecha se fue infiltrando en su ánimo hasta adquirir un
volumen desmesurado. Tiró las mantas a un lado y tomó sus ropas.
Acto seguido se ciñó el cinturón con los revólveres. Imitó a Vickers y
sólo se calzó cuando hubo llegado a la puerta del dormitorio. ¿Dónde podía
haberse metido el capataz?
Un poco al azar, decidió elegir los establos donde se guardaban los
animales de monta. Si Vickers pensaba salir del rancho, allí era donde tenía
que hallarse. Le preguntaría lo que sucedía en tono más normal posible, y de
acuerdo con la respuesta, así actuaría.
Detúvose ante la puerta. El interior estaba completamente a oscuras, y no
se veía otra cosa que una mancha de absoluta negrura.
Jess se disponía a marcharse, creyendo frustrado su objetivo, cuando, de
pronto, el rumor de una conversación pronunciada en muy bajo tono, le llegó
a los oídos. Se apretó contra la pared, al mismo tiempo que su mano derecha
tanteaba la culata del arma.
Por un instante pensó que Vickers se estaba entendiendo con Nathan
Willard. Pero lo que oyó a continuación le hizo desechar tal idea.
—Es un poco arriesgado lo que nos propones, Flew —oyó una voz, a
cuyo dueño no pudo reconocer.
—¿Arriesgado? No seas estúpido, Addison. No he visto cosa más sencilla
de hacer.
El que había hablado sí que era el capataz.
Un tercer personaje intervino entonces.
—¿Por qué no vas tú y lo haces, si lo consideras tan sencillo? ¿No lo
hiciste así con el señor Alonzo?
—Eres un solemne zoquete, Shale. Yo tengo que estar aquí y hacerme
visible durante todo el día, a fin de que no sospechen de mí, ¿comprendes?
—Entonces pensarán en nosotros.
—No, porque yo diré que estabais en cualquier otra parte. Además, si
hacéis las cosas en debida forma, ni siquiera se sabrá que fuisteis vosotros.
Antes de que quieran darse cuenta, ya os habréis convertido en humo.
Shale remoloneó.
—Está bien —masculló—. Conformes. Y ahora, explícate de una vez.
—Es muy sencillo. No tenéis más que apostaros en la ladera norte de
Barranca Honda, que es la de menos altura y la de más fácil salida. Los
Willard acudirán mañana, pues están rodeando el ganado, con el fin de irlo
reuniendo poco a poco para llevarlo a los pastos de verano. Irán los cuatro
hermanos,
más algunos vaqueros. Olvidadlos a éstos. Son los Willard los que yo
quiero.
—Lo que no acabo de entender —rezongó Shale—, es por qué quieres
suprimirlos. ¿Qué ocurrirá cuando estén muertos?
—En realidad, no importa que quede uno vivo. O dos. Hay alguien que
cargará con las culpas.
¿Quién?
—Uno. ¿Qué os importa?
Addison emitió una risita.
—Me parece que te he calado, Flew. Ese uno se llama Kogan, ¿verdad?
El joven se estremeció al oír su nombre. Su mano se crispó con fuerza
sobre la culata de su revólver.
—¡Condenado! Haced lo que os he dicho. De Kogan me encargo yo.
—Estoy viendo que piensas envolverlo en el lío, ¿verdad? —dijo Shale.
Vickers no contestó, pero su silencio era definitivo.
Addison murmuró algo entre dientes. Luego, levantó un poco la voz.
Y claro, como Kogan se llevará las culpas, a ti te quedará el campo libre
con la chica, ¿eh?
—Sí —murmuró sordamente el capataz—. ¡Ese maldito Kogan ha venido
en el momento menos oportuno! Pero ahora yo le ajustaré las cuentas.
—Ten cuidado. El tipo parece manso y no quiere líos, pero es peligroso
—dijo Shale—. Recuerda, si no, lo que hizo con Ruffy. Todavía está en el
hospital.
—Ruffy es una animal. No supo actuar como yo le dije.
—¿Y qué me dices de Lassen? Tuvo mala suerte. Disparó contra Isaac
Willard en mal momento.
Jess comprendió bien pronto las intenciones del capataz. Eran harto
visibles después de lo que había oído. Incluso dejaría con vida a uno o dos de
los Willard, para que el superviviente siguiese alimentando el odio hacia la
muchacha. Y suprimido también él, Vickers entonces...
Sin poderse contener, sacó el revólver. Levantó el percur-sor con el
pulgar, y olvidando que se situaba de espaldas a la luz de la luna y que, por lo
tanto, presentaba un blanco magnífico, se puso de un salto en el centro de la
puerta del establo.
¡Vickers, Addison, Shale! —rugió—. ¡Tirad las armas inmediatamente!
Después de su intimación, hubo un cortísimo silencio. Jess sólo pudo ver,
de los forajidos, el tenue reflejo de alguna hebilla o pieza metálica de su
indumentaria.
Súbitamente, el silencio se rompió, pero de una manera completamente
extraña e inesperada, sobre todo en aquellos momentos. Fue un grito de
mujer, que desgarró la quietud nocturna como una puñalada sonora a la
oscuridad.
Jess se estremeció. Era Althea. ¿Por qué gritaba tan desesperadamente la
muchacha?
Pero no tuvo tiempo de pensar en nada más. Frente a él, las tinieblas del
establo fueron rasgadas con el cárdeno resplandor de un fogonazo.
Althea se despertó súbitamente, y por unos instantes, le pareció hallarse
en el centro de una angustiosa pesadilla. Na-than se inclinaba sobre ella,
amenazando degollarla con una filado cuchillo.
¡Quieta! —dijo, Nathan Willard enarbolando el cuchillo—. ¡Quieta o te
degüello!
¡Estás loco, Nathan! ¡Has perdido el seso! ¿Qué piensas hacer?
El joven soltó una risita. Tenía el cuchillo en la mano derecha, en tanto
que con la izquierda forcejeaba para soltarse el nudo del pañuelo.
Me las vas a pagar, Althea. Voy a cobrarme tus desdenes.