KEITH LUGER es abogado y se especializó en Criminología.
Sintiendo un
creciente deseo de escribir, se decidió por las novelas de acción, género en el
que pudo volcar sus facultades de imaginación y esas cualidades tan
personales que le permiten deleitarnos lo mismo con un relato de ritmo
trepidante, que con una historia de horror, o con un suspense que nos
estremece. A veces, una sonrisa aflora a nuestros labios leyendo sus obras, en
las que, tras una escena de humor, se esconden agudas críticas de los
prejuicios y convencionalismos sociales.
Se habla de «las mujeres de KEITH LUGER». Pero KEITH LUGER no es
mormón. Está casado con una sola, la cual ha actuado como secretaria suya a
rachas, cuando se lo han permitido sus tres hijas. «Las mujeres de KEITH
LUGER» son las que él introduce en sus novelas, mujeres fascinantes,
atractivas, seductoras, que nos interesan desde que hacen su aparición ante
nuestros ojos porque parece que están ahí, al alcance de nuestra mano.
KEITH LUGER ha estrenado una obra de teatro, una comedia policiaco-
humorística: Muy alto, muy rubio, muy muerto, y ha escrito varios guiones
para el cine: Muerte en un día de lluvia, ya estrenada, y otros que se
encuentran en curso de rodaje: Una cana al aire. El Cristo del Océano y El
apartamento de la tentación.
La gran afición de KEITH LUGER es la pesca. En sus ratos libres es
frecuente verle en las costas, en un rompiente o en una playa, con sus cañas,
su piel bronceada, el cabello alborotado por el viento, a la espera de que una
gran presa muerda uno de sus anzuelos. Ha ganado diversos trofeos.
Los westerns de KEITH LUGER reúnen las mejores cualidades de su
producción novelística: acción a chorro, protagonistas duros como el granito,
mujeres indomables de una belleza arrebatadora, peleas y duelos que nos
emocionan, y todo esto al servicio de una historia interesante. Son unos
westerns distintos a los demás, y por ello estamos seguros de que
entusiasmarán a los lectores de la Colección HEROES DE LA PRADERA.
PROLOGO
Terminada la guerra en los Estados Unidos de América, un espíritu de
inquietud se apoderó de los hombres, y la delgada línea de la civilización
avanzó desde la costa atlántica hacia el golfo de México en una epopeya sin
precedentes. Selvas, pantanos y desiertos fueron cruzados por, indomables
pioneros. Las miles de cruces que jalonaron el camino es prueba de las
dificultades que tuvieron que vencer. Enfermedades, hambre, sed y el acoso
de los indios, que se resistían a compartir con otros las ubérrimas tierras.
La ley avanzaba también hacia el Pacifico, pero sin embargo, cuando miles
de hombres vivían ya en paz en California, hubo un trozo del país sumido en
la más atroz anarquía. Era el territorio que hoy ocupa el sudoeste del Estado
de Colorado, limítrofe con los de Utah, Arizona y Nuevo México. En esta
región se encuentra el monte de las Animas, de 4.273 metros; el Wilson, de
4.335 y el Mancos, con 4.031. Hacia el Este se halla defendida por los
montes de San Juan. Aquí nace el famoso Rio Grande y el Dolores, tributario
del Colorado.
Por las condiciones del terreno, este lugar fue un reducto de forajidos que
mantuvo en vilo al país durante un largo período, constituyendo el mayor
obstáculo para la admisión de Colorado como un Estado de la Unión.
Este es el relato de las últimas vicisitudes por las que pasó el candente
problema.
Hemos prescindido, por un elemental buen gusto, de escalofriantes crímenes
cometidos por la chusma, refriéndonos sólo a los hechos delictuosos que
tienen una relación con los personajes novelescos.
Damos las gracias a míster Phineas Salisbury, profesor de Historia
Norteamericana en el Jefferson College de Denver (Colorado), por la
exquisita cortesía con que nos ha facilitado la brillante información de la
época en que se desarrolla la acción de esta novela.
KEITH LUGER
PRIMERA PARTE
CAPITULO PRIMERO
Richard Walling, rico granjero de Palmyra (Missouri), desmontó de la silla
dejando las bridas de su cabalgadura a un criado negro, y subió rápidamente
los peldaños de la escalera de su casa. Al llegar arriba se volvió, preguntando
con brusquedad al criado que ya se retiraba:
—¿Está la señorita Eva, Tom?
Tom parpadeó unos instantes contemplando la arruga de cólera que cruzaba
el entrecejo del viejo comandante.
—Sí, mi amo; la vi llegar, y le aseguro que no hay mujer más linda en la
comarca...
Pero Walling no escuchaba ya al fámulo, porque se había precipitado por la
puerta abierta de la casa.
Dejando atrás el vestíbulo, penetró como una exhalación en el saloncito de
estar, y quedó repentinamente quieto al ver los rostros de sus dos hijas
vueltas hacia él.
Eva tenía veintidós primaveras, y era-un fruto en sazón. Poseía una cabellera
rubia que reverberaba como olas de fuego al recibir los rayos del sol, en un
cautivador contraste con su piel intensamente morena. Esbelta, bien
proporcionada, de busto prieto, cintura estrecha y caderas de ánfora, sus
rasgos faciales eran asombrosamente perfectos, quizá demasiado perfectos en
opinión de sesudos varones que la consideraban como una estatua privada del
hálito vital.
Joan hacía dos meses que había celebrado su decimosexto cumpleaños, y no
tenía más en común con Eva que la misma sangre. Su estatura era cuatro
pulgadas más baja que la de su hermana, si bien es verdad que había que
esperar creciese durante el próximo lustro. Su cabello era negro, sin que se
pudiera calificar «como ala de cuervo» por la razón de que en la parte de
atrás, en la coronilla, lo festoneaba un mechón absurdamente rubio. El óvalo
de su cara era correcto, pero sus ojos verdes guardaban entre sí más distancia
de la exigible según los cánones de la belleza; su nariz era chata, con la punta
insolentemente respingona, y varias pecas salpicaban sus inmediaciones, lo
cual daba carácter a la jovencita de traviesa e indócil.
Nadie se hubiera atrevido a decir que Joan fuese bella, pero tampoco la habría
catalogado entre las feas. La muchacha tenía algo que no poseía la hermosa
Eva: una vitalidad asombrosa, particularidad que los que conocían de antiguo
a los Welling; aseguraban haber heredado de su difunta madre.
—Buenos días, papá —saludó Eva.
—¿Qué pasa, comandante? —preguntó Joan con desparpajo.
Richard, con las piernas abiertas en compás, carraspeó fuertemente,
ordenando:
—Déjanos solos, Joan. He de hablar seriamente con tu hermana.
—Oh, papá, déjame que me quede —suplicó la muchacha—. Me encantan
las cosas serias.
—No tienes edad para escucharlas.
—¡Pero, comandante! Pronto cumpliré veinte años.
—Eso será dentro de tres. Vamos, date una vuelta por el jardín...
—Está bien —rezongó Joan de mala gana, dirigiéndose hacia la puerta—. De
una forma u otra, siempre termino en el jardín...
Richard siguió con la mirada a su hija menor, hasta que la puerta se cerró tras
ella.
Eva esperaba con las cejas ligeramente arqueadas.
El comandante clavó sus pupilas en las de su hija, y preguntó:
—¿Sabes lo que ha ocurrido esta tarde en la ciudad, Eva?
—¿Otro incendio?
—Peor que eso. Dos hombres sostuvieron un duelo.
Los labios de Eva formaron un diminuto corazón.
—¿Un duelo? ¡Qué emocionante!
—¿Sólo sabes decir eso?
—Bueno; hasta cierto punto no es el primero que se produce en Palmyra —
contestó Eva, displicente.
—Ni será el último, a menos que tú adoptes una decisión rápida, Eva. ¡Y
sabes a que me refiero! — la voz de Richard fue subiendo de tono—. Esos
hombres se balearon por tu culpa... ¡como los anteriores!
—¿Por mi culpa?... Papá, yo no les ordeno que se batan.
—¡Claro que no! —saltó Richard—. ¡Pero con tu actitud das lugar a esas
refriegas, que el día menos pensado terminarán mal! —El comandante golpeó
su puño contra la palma de la otra mano—. ¿Te das cuenta, Eva?... ¡Esto debe
acabar de una vez!... ¡No puedo consentir que ninguno de mis vecinos lleve
luto porque mi hija mayor sea una coqueta!
Los ojos de Eva se abrieron despavoridos, y las manos corrieron a sus
mejillas para componer un gesto total de sorpresa.
—¡Papá!...
—¡He dicho coqueta porque es la palabra exacta que .mereces!...
—Pero yo...
—¡Ya lo sé! Tú no dices nada, tú no prometes nada... Tú te limitas a hablar
decorosamente, a sonreír educadamente y a abanicar las pestañas
afectuosamente… ¡Pues eso es lo que debes eliminar de una vez para
siempre, antes de que en Palmyra estalle una nueva guerra cívil!...
La perspectiva de una serie de batallas, en las que los jóvenes de la comarca
luchasen, como en los torneos medievales, por su dama, Eva Walling, agradó
a ésta. De aquí que esbozase una sonrisa esperanzadora, inquiriendo:
—¿Tú crees que llegarán a eso, papá?
El comandante se llevó las manos a la cabeza, al tiempo que dirigía una
mirada al techo.
Eva pensó que sus palabras no habían encontrado el eco adecuado, y por ello
hizo otra pregunta:
—¿Quiénes se han batido hoy, papá?
—Lucas Swedon y John Casey...
—¡Johnny!...
La exclamación fue tan rápida como elocuente.
—Johnny, ¿eh? —repitió Richard, cruzando los brazos—. Lo llamas
Johnny... ¡A ese zanquilargo que no sabe otra cosa que disparar con la pistola
y correr como un loco por toda la región!... ¡Siempre metido en líos!...
¡Siempre tras las faldas de una mujer!...
—Son ellas las que van detrás de él, padre.
—No me irás a asegurar que tú también corres para cazarle.
—Creo que él me prefiere a mí.
—Sí, ¿eh? —los ojos del comandante relampaguearon mientras erguía la
barbilla desafiante—. Supongamos que eso es cierto; admitamos por un
momento que ese vagabundo profesional te quiere... —Hinchó los pulmones
haciendo una pausa, y estalló—: ¿Crees que voy a permitir que te cases con
ese... ese...?
—¿Zanquilargo? —le ayudó Eva.
—¡Ese botarate!... ¡ese descamisado!... —las venillas de las sienes de
Richard Walling se hincharon adquiriendo un fuerte color violeta.
—Por tu actitud debo suponer, padre, que John Casey ha sido el vencedor del
duelo. —dijo Eva, con suavidad.
El comandante había llegado a su límite, y se deshinchó como un globo.
—Sí —asintió, con voz ronca—. Le metió a Lucas un proyectil en el brazo.
Según dicen, pudo haberlo matado, pero se contento con herirlo.
—¿Ves? ¡Ese es Johnny!... Noble y caballeroso como nadie.
—En nuestros tiempos no se vive de la caballerosidad, hija mía. ¿Qué te
puede ofrecer tu Johnny? —el comandante apaciguado después de dar rienda
suelta a su mal humor, acercóse a su hija, y le puso las manos sobre los
hombros, añadiendo—: Conozco a John tan bien como conocía a su padre,
Eva. El viejo Bill Casey y yo llegamos casi al mismo tiempo a la comarca.
Bill era como John. Ansioso de aventuras, mujeriego, buen jinete y estupendo
tirador con el revólver... Tenía locas a muchas damas del este de Missouri,
que lo hubiesen seguido hasta el fin del mundo, y a no pocos hombres; que
deseaban su muerte por encima de todas las cosas; Bill se reía de las damas y
de los hombres. Vivía de acuerdo con el principio de que sólo existe el
presente. El pasado quedaba enterrado, y el futuro demasiado lejos para
pensar en él. Nunca se quiso asentar en un determinado lugar. Cruzaba la
divisoria y se internaba por el territorio indio, tardando en regresar meses y
meses. En otras ocasiones se dirigía al Este, y pasaba largas temporadas en
las ciudades. Siempre volvía de un lado o de otro como se había ido: sin un
centavo en el bolsillo... ¡pero sonriendo! Para él la vida fue una sempiterna
sonrisa, y hasta la muerte lo encontró con ella en los labios.
—¿Cómo murió? —preguntó Eva, interesada.
—Descubrió a un tahúr que hacía trampas con los naipes, pero se confió
demasiado. El jugador profesional le disparó a bocajarro con un «Derringer».
Recibió la herida en el pecho, mas antes de caer mató a su asesino. Cuando
me avisaron, Bill también era cadáver.
—¿Y John?
—Bill guardaba en su bolsillo una carta. Iba dirigida a una mujer de Illinois.
Tenía un hijo de ella, con la que se había casado cinco años antes, durante
uno de sus viajes. De todo ello nos enteramos cuando, después de hacer llegar
a su destino la carta, regresó el mensajero a Palmyra.
—Pero Johnny sólo hace dos años que está aquí. ¿Por qué ha venido?
—Porque quizá, instintivamente, le atraiga el suelo que pisó su padre. El sabe
que aquí vivió y murió. Viendo a Johnny cabalgar por estas llanuras, me
produce la impresión de estar contemplando al propio Bill Casey…
—¡Pero Johnny sentará la cabeza!
—Los hombres de su barro no la sientan nunca. ¿Te das cuenta de mi interés
por apartarte de él? No quiero que mi hija sea la esposa de un aventurero. Si
diese mi consentimiento a esa boda, jamás me lo podría perdonar. No, Eva;
relévame de esa gran culpa. Deseo tu felicidad, y sé que no la hallarás al lado
de John Casey.
—Pero, padre; he de casarme. No soy ninguna niña.
Richard se apartó de su hija, dando unos pasos por la habitación, y arguyó:
—No eres ninguna niña; es cierto. Pero hay otros hombres, además de Casey.
—¿Te refieres a Lucas, o a Joe, o. a Jim «Pestañas»?... ¡No, papá!
El comandante se enfrentó con su hija, respondiendo:
—Precisamente en tu relación falta un nombre. El .de Derek Johnson.
—¿Derek? —la faz de Eva reflejó una gran decepción —. ¿Puedes pensar en
él como marido mío?... ¡No lo creo!...
—¿Qué tiene Derek? ¿Le falta. un brazo o una pierna?... Es un hombre
bastante normal.
—¡Demasiado normal! No tiene sangre en las venas.
—¿Así llamas a una persona equilibrada? Derek no es un alocado muchacho,
si es que te refieres a eso.
—La aristocracia de Palmyra. ¡Bah! —exclamó Eva, despectivamente.
—El joven Derek posee una educación esmerada. Ha permanecido cuatro
años en el Este, y se ha traído el título de abogado en el bolsillo. ¿No es eso
suficiente para acreditar que posee una inteligencia despierta, y que en lugar
de divertirse ha preferido invertir su tiempo en algo de provecho?
Los ojos de Eva parecieron brillar ahora con más intensidad.
—¿Dices que es abogado? Derek vino anteayer a verme, pero no me dijo
nada...
—A su manera, ese joven es tímido. Me refiero a su forma de proceder
contigo, hija. El está enamorado, y no es de esos hombres impulsivos…
—Como John Casey, por ejemplo.
—Es bastante diferente a John. Derek tiene un brillante porvenir. Apuesto a
que va a ser una gran personalidad en el Estado. Me habló de sus proyectos.
—¿Sí?
El comandante se acercó a la ventana y, de espaldas a Eva, dijo como si el
asunto careciese de importancia.
—Derek, después de casarse, quiere ir a vivir a la capital.
La joven acusó el golpe. Había pasado toda su vida en el ambiente rural de
Palmyra, deseando fervientemente que algo viniese a cambiar aquella
monotonía, mostrándole nuevos mundos.
Richard, dando por terminada su intervención, y sospechando que su hija
tendría en que pensar, salió despaciosamente de la habitación.
Eva se volvió hacia la ventana, quedando profundamente pensativa.
Al cabo de un rato, la voz de su hermana la volvió a la realidad.
—¿Qué vas a hacer, Eva?
Volvióse, preguntando a su vez:
—¿Sobre qué, Joan?
—No es necesario que me lo expliques. Lo sé todo.
—Lo escuchaste tras la puerta.
—No tuve más remedio. Pensé que quizá pudiese ayudarte.
Eva sonrió, palmeando una mejilla de su hermanita.
—Esta vez te perdono. —Y después de una pausa, preguntó—: ¿Y qué harías
tú en mi lugar, Joan?
—Me casaría con Derek.
—Por lo visto, te han convencido, las razones de papá.
Joan asumió un aire de suficiencia, mientras decía:
—En todas las cosas hay que ver el lado práctico. Si eligieses a Johnny, ¿qué
conseguirías? Sólo un marido y quizá por poco tiempo. ¿Hasta cuándo
resistirías su género de vida? Dando por descontado que no le convencerías
para que cambiase de costumbre, tendrías que acompañarle en todas sus
andanzas. Una noche dormirías bajo techado, pero serian más las
que habrías de soportar la lluvia, la nieve y el viento. No, hermana; no lo
resistirías mucho. Ni tú ni ninguna mujer. Y suponiendo que te encontrases
con suficientes energías para hacer una prueba, ¿has pensado en lo otro?
—¿En qué?
—En tus vestidos, en la corte de tus admiradores, en las habladurías de, las
envidiosas que tan feliz te hacen, en los bailes, en las cenas con la vajilla de
plata, en los requiebros de los señores con bigote blanco... ¡De todo ello
tienes que despedirte si te casas con Johnny!
Eva empezó a andar, con la mirada perdida en el vacío.
Joan continuó, con redoblados ímpetus:
—¡Todo lo contrario te ocurrirá si te desposas con Derek!... Serás más
envidiada que nunca. Tu hermosura encontrará el marco adecuado. ¡Residirás
en la capital! ¿Sabes lo que eso significa? Una casa. lujosa, en donde
recibirás a políticos, artistas y grandes personalidades. Bailes, banquetes,
homenajes, vida de sociedad… Joyas, vestidos y todo lo que lleva consigo el
ser la esposa de un tipo, quiero decir de un hombre como Derek...
Eva exclamó:
—¡Estoy decidida!
—¡Hurra! —gritó Joan, y corrió a abrazarla—. ¡Sabía que pensarías con la
cabeza!...
—¿Me querrás hacer un favor, querida?
—¡Claro que sí, hermana! ¿De qué se trata?
—Le llevarás una carta ahora mismo. Sé que está hoy en la ciudad.
Eva se sentó ante un secreter y escribió en pocos minutos unas líneas. Joan se
las arregló para leer por encima de los hombros de su hermana. La misiva
decía:
«Querido:
»Te espero esta tarde a las cinco en el
manantial del Alamo. No faltes, pues va en
ello nuestra felicidad. Contando los segundos
que nos separan queda tu
»Eva.»
Dobló la carta, metióla en un sobre, cerró éste y, levantándose, entrególo a
Joan, diciendo:
—Has de dárselo a Johnny en propia mano.
—¿A Johnny? —chilló Joan, asombrada.
—El y nadie más será mi marido —contestó Eva resolutivamente, mientras
en sus labios afloraba una sonrisa.
CAPITULO II
Eva paseaba por entre los álamos. EI suelo cubierto por blanda y fresca
hierba, despedía un aroma reconfortante. El caballo de la amazona pacía
tranquilamente con las bridas sueltas.
De pronto, la joven sintió ruido de pasos y se detuvo, golpeándole el corazón
en el pecho. Hacía tres días que no veía a John Casey porque se había ido a
un pueblo cercano «a solucionar un asunto», según sus propias palabras. Ella
no quiso hacerle preguntas, dando por descontado que sería una. mujer la que
lo impulsaba a hacer aquel viaje. Pero ahora todo cambiaría. Le diría a
Johnny que hablase con su padre y la pidiese en matrimonio. Si, en el peor de
los casos, el comandante persistía en su negativa, se marcharía de casa, sin su
consentimiento. Estaba decidida.
Sonrió viendo un cuerpo acercarse por entre los álamos.
Pero, tan súbitamente como había aparecido, borró la sonrisa de los labios.
En el linde del calvero se hallaba Derek Johnson, mirándola con ojos
enamorados.
—Eva... —murmuró Derek, sin moverse.
La joven tuvo la, impresión de que le golpeaban la nuca con una maza.
¿Qué era aquello? ¿Por qué acudía Derek a la cita en lugar de Johnny? Trató
de poner en orden sus pensamientos, pero entonces Johnson empezó a
acercársele, y llegó a la conclusión de que era preferible enfrentarse con la
realidad.
Derek frisaba en los veinticinco años, era de talla regular y no mal parecido.
Vestía con elegancia un traje príncipe Alberto, de corte impecable.
—Hola, Derek... —le saludó Eva, nerviosamente.
El abogado se detuvo, humedeciéndose los labios con la lengua.
—Quisiera encontrar palabras adecuadas para expresar la emoción que me
embarga en estos instantes, Eva...
La muchacha lo observó divertida. Así era Derek Johnson. Su padre tenía
razón. Caballeroso y educado. ¿Qué hubiera hecho John Casey? Resultaba
fácil imaginarlo. Al aparecer por entre los álamos se hubiera detenido un
instante para contemplarla de pies a cabeza, habría arrojado sonriendo el
sombrero al suelo, se le hubiera aproximado, y la habría abrazado besándola
fuertemente en los labios. ¡Y todo ello sin mediar una sola palabra para
intentar expresar su emoción!
—Derek, yo quiero decirte...
—No, por favor. No digas nada. Deja que grabe a fuego esta escena en mi
mente...
—Pero es que debes escucharme...
—¿Qué podemos decirnos? Si supieras cuánto he deseado este momento... Te
creí perdida cuando te vi anteayer en tu casa. ¡Perdida irremisiblemente para
mí, que te he tenido siempre conmigo!
—¿Siempre? ¿También en la ciudad?
—Allá donde estuviese, tu recuerdo me acompañaba.
—Pero en el Este dicen que hay muchachas muy bonitas y elegantes.
—Ninguna se puede comparar contigo.
—¿Tú crees? —susurró Eva abanicando las pestañas, sintiéndose halagada en
su femineidad.
—Cuando me encontraba en alguna fiesta te imaginaba bajando por las
escaleras de la casa vistiendo el mejor traje, con la garganta rodeada por el
más hermoso collar; y el sueño adquiría tal realidad que llegaba a pensar que
todos los hombres acudían a tu lado, y entonces me corroían el corazón los
celos...
Eva sonrió y dio la vuelta, quedando de espaldas al abogado. Entonces le
preguntó:
—¿Cuáles son tus proyectos, Derek?
—En cuanto nos casemos marcharemos a Jefferson City. Los republicanos
quieren que presente mi candidatura para fiscal del Estado.
—¿Tienes probabilidades de salir elegido?
—Dicen que es cosa segura. Mi contrincante está muy desacreditado. Un
fiscal debe atender todos los aspectos de su vida. Para mí lo más importante
de ella es lo que se refiere a le mujer que ha de ser mi esposa. Jamás pude
imaginar a otra en el puesto que tú ocuparás...
—¿Cuándo recibiste mi carta?
—Estaba leyendo un libro en mi casa, cuando el criado me anunció a. Joan. Y
ya te puedes hacer una idea de cómo aumentaría mi sorpresa al saber el
contenido...
—Derek...
—¿Qué, querida?
—Me casará contigo con una condición.
—¿Una condición? —el ahogado frunció el ceño—. ¿Cuál?
—Que celebremos la boda inmediatamente.
Primero Derek se quedó estupefacto, y luego, transcurridos unos segundos,
quiso hablar y las palabras se le atropellaron en la boca, con el rostro
transfigurado de felicidad.
—¡Fija tú misma la fecha! —pudo exclamar al fin.
—De aquí a tres días —respondió Eva, mirando al joven.
Derek la. tomó por los brazos, y después de contemplarla arrobadamente le
dio un casto beso en la mejilla.
«No —pensó Eva —, Johnny no hubiera procedido igual.» Pero Derek iba a
ser alguien, y ella. sería su esposa.
CAPITULO III
Joan Walling se alisó el vestido, tocóse el lazo del sombrero anudado bajo la
barbilla, asegurándose de que estaba tal como lo había visto en el espejo una
hora antes, y llamó suavemente a la puerta.
Una voz preguntó desde dentro:
—¿Quién es?
—Soy Joan.
—¿Qué Joan? ¡No conozco a ninguna Joan!... ¡Lárgate!
La joven se mordió el labio inferior, y aclaró:
—Joan Walling.
Hubo un intervalo de silencio, y de pronto una cama gimió y unas botas
descansaron sobre el piso de madera.
La puerta se abrió unos centímetros, apareciendo un rostro moreno, de
músculos de acero y ojos intensamente negros.
—¿Qué vienes a hacer aquí, pequeña?
—Quiero hablar contigo.
—¿Y eliges este lugar? ¡Pues buena la has hecho! Si se enteran de que has
subido a. mi habitación, no habrá joven en toda la comarca que quiera casarse
contigo...
—No quiero casarme con ninguno de esos jóvenes.
—Está bien; ya me dirás otro día lo que sea.
—Ha de ser ahora.
John Casey dio un suspiro.
—Escucha, pequeña; no necesitas decirme nada. Vuelve junto a tu hermana,
y cuéntale que me lo has soltado todo, que comprendo su decisión y que me
he quedado la mar de consolado. Anda, márchate.
Fue a cerrar, pero el diminuto pie de Joan se metió por el resquicio,
impidiéndoselo.
—No vengo de parte de Eva, Johnny —declaró.
Casey la miró extrañado, y preguntó:
—¿Qué mosca te ha picado?
—He venido a tu lado libre y espontáneamente.
—¿Para qué?
—Déjame entrar. Hay más probabilidades de que me vean aquí en el pasillo.
Johnny chasqueó la lengua, franqueándole la entrada de mala gana.
La habitación era de reducidas dimensiones y contenía una cama en completo
desorden, una silla desvencijada y un lavabo con su jofaina. Al fondo había
una pequeña ventana abierta de par en par.
Joan observó todo con atención.
—Me cuesta cincuenta centavos por día —manifestó Casey—. Y no puedo
pedir más. Siéntate si es que encuentras sitio.
La joven se volvió hacia él sonriendo.
—Resulta altamente atractivo —opinó.
—¿De veras? Seguramente no pensará eso tu hermana.
Johnny medía uno ochenta de talla y era de complexión atlética; ancho de
tórax, cintura estrecha y caderas escurridas.
—¿Quieres a Eva, Johnny? —preguntó, de repente, Joan.
—No importa nada la respuesta.
—¿Quizá no sea así. ¿Por qué no me contestas?
Casey vaciló unos segundos antes de afirmar:
—Sí, la quería. ¿Y ahora qué?
—¿Hasta el punto de casarte con ella?
—Me había hecho ese ánimo.
—Pero, ¿tú crees que Eva es la clase de mujer que te conviene?
—Da lo mismo una que otra. Tu hermana me gustaba, y si el comandante no
se hubiera opuesto la habría hecho mi mujer. Pero no te preocupes. Ya todo
ha pasado. Al fin y al cabo debo dar gracias al cielo por haberse interpuesto
ese Derek Johnson. Prefiero haber conocido su volubilidad ahora que luego...
—Quizá no seas justo con ella, Johnny.
—Es posible que hable contrariado, pero se me pasará pronto, descuida.
Joan inclinó la cabeza mirándose las puntas de los zapatos, y entonces dijo:
—Es mía la culpa, Johnny.
—¿A qué te refieres?
—Eva me dio una carta para ti citándote en el manantial del Alamo. No
mencionaba tu nombre, y se la entregué a Derek Johnson...
Casey entrecerró los párpados, componiendo un gesto de perplejidad.
—¿Cuándo fue eso, Joan? —inquirió con vehemencia.
—Anteayer —La muchacha hizo una pausa, añadiendo—: Derek acudió a la
cita creyendo que el destinatario era él y... bueno, se prometieron.
Un silencio sepulcral sucedió a las últimas palabras de Joan.
Casey quedó inmóvil como una estatua.
—Lo siento —murmuró la hermana de Eva—, ahora comprendo que hice
mal...
Transcurrió otro minuto sin que John se moviese.
—¿Por qué no hablas, Johnny? —chilló la muchacha —. ¡Di algo, por
favor!... ¡Di que soy una. traidora, una embustera!..,, ¡lo que sea!..., ¡pero no
te quedes así!... ¡Merezco que me pegues!,.. —de la garganta femenina salió
un sollozo—. ¡Oh, Dios santo, cómo me odio a mí misma!...
Casey giró sobre sus talones lentamente y cogió el cinturón canana del que
pendían sus pistolas, y que hallábase sobre la silla.
Joan se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre.
—¡Johnny, dime que me perdonas!
Entonces Casey, sin volverse, preguntó con voz enronquecida:
—¿Por qué preferiste a Derek? ¿Tanto me odias?
Colocóse el cinturón, y aún no había recibido una respuesta.
Joan estaba recordando a Eva y a otras mujeres hermosas de Palmyra que
habían sido novias de Johnny. No; no podía compararse en belleza con
ninguna de ellas. ¿Había en su cara algún rasgo que pudiera atraerlo?
Ninguno. ¿Cómo podía haberse fijado Johnny en ella, si además la
consideraba una niña? Lo amaba con más intensidad que ninguna otra mujer
lo amaría en su vida, pero eso era secundario si él... ¡santo cielo!... ¡si él la
estaba mirando ahora desde la puerta con rencor!
—Ahórrate la respuesta, pequeña —dijo Casey—. Te has limitado a elegir el
mejor cuñado. Saldré de la habitación yo primero. Seca esas lágrimas y
regresa a tu casa. Tu confesión no cambia nada. Sé que mañana se casa Eva.
Dale de mi parte la enhorabuena.
Hizo girar el pomo, y abrió la puerta.
—¡Johnny! —gritó la joven.
Pero Casey ya había cerrado a. sus espaldas y se alejaba por el pasillo.
CAPITULO IV
Peter Leonard, hombre robusto de unos treinta años, que se hallaba sentado a
una mesa del Missouri Saloon con cuatro amigos, vio entrar a John Casey y
comentó a media voz:
—Ahí lo tenéis. El más terrible conquistador de mujeres puesto en ridículo...
—Me alegro de que le hayan bajado los humos —convino Goodfrey Heston,
de cabeza poderosa como un oso.
—Y apuesto que viene a emborracharse para olvidar —rió Peter.
Las miradas del grupo convergieron en Casey, quien se acodó en el
mostrador, ajeno a lo que se susurraba detrás de él, y pidió un Whisky.
—¿Es tan buen tirador como dicen? —preguntó Peter.
—Yo también lo sé de oídas —respondió Goodfrey—. Puede que también
eso sea un bluff...
Peter se acarició la barbilla, murmurando:
—Me jugaría el cuello a que lo es. Esos tipos son comeniños hasta que un
hombre les planta cara. Entonces se achican, y acaban por ponerse de rodillas
suplicando por su vida.
El hombre que se sentaba a la izquierda de Goodfrey escupió un salivazo de
tabaco, y dijo:
—Eso es fácil saberlo, Peter. Apuesto cinco dólares por Casey.
Peter dio un respingo, y giró la cabeza hacia quien había hablado.
—Un día de éstos te cerrare la boca para siempre, Joe.
El llamado Joe, de cara picada de viruela, entrechocó los dientes sonriendo, y
replicó:
—Eres tú quien ha iniciado esto, ¿no es cierto?
Sobre los reunidos pesó un espectacular silencio, mientras Peter consultaba
con la mirada los rostros fijos en él. En todos ellos encontró una mirada de
aprobación a las palabras proferidas por Joe.
—Está bien —admitió——. ¿Hay alguien más que quiera colocar su dinero?
—A mí me quedan unos ocho dólares —manifestó Goodfrey mirando a Joe, e
interrogóle—-: ¿Te hace?
—Naturalmente —aceptó el mascador de tabaco—. Y si a Isaías le gusta el
jaleo, ahora tiene la oportunidad de enrolarse...
Isaías, un pequeñajo que bizqueaba del ojo derecho, hizo un signo negativo
con la cabeza.
Incorporóse Peter cerciorándose de que sus pistolas salían fácilmente de las
fundas, y murmuró de soslayo:
—Será cuestión de un par de minutos. Hasta ahora, muchachos.
—Procura levantar la voz —le sugirió Goodfrey—.Estoy un poco sordo, y no
quiero perderme un detalle.
Por si te interesa, según he oído contar, Casey es más rápido con la zurda.
Peter hizo una mueca de comprensión echando a andar hacia el mostrador, y
cuando le separaban unas yardas de él pidió con voz estentórea.
—¡Un Whisky, William!
Se detuvo junto a Casey, quien estaba sumido en sus pensamientos con el
vaso de licor a. medio vaciar delante.
William sirvió el whisky solicitado, y entonces Peter lo tomó, y al llevarlo a
sus labios procuró que su mano tropezase con el codo de Casey,
derramándole su contenido sobre la camisa y el pantalón.
Johnny se apartó instintivamente, contemplando el estropicio producido en su
vestimenta.
Peter acercó las manos a sus fundas, dispuesto a tirar rápidamente de los
«Colt».
Casey levantó la mirada, diciendo:
—No tienes que preocuparte, Leonard. Es un traje viejo.
Se había hecho un silencio, y las palabras llegaron claramente a los oídos de
los que esperaban el desenlace de la maniobra de Peter. Este sonrió engreído,
dirigiendo una furtiva mirada a sus amigos. Después insinuó, con aire
retador:
—Un tipo como tú, Casey, debe de tener un buen surtido de trajes.
—No; no lo creas —sonrió John, sacudiendo la mano manchada de whisky
—. Todo cuesta caro.
—Pero a ti no te sale del bolsillo. Sé que las mujeres te compran camisas y
pañuelos...
Casey arrugó repentinamente la. frente.
En el saloon únicamente se oyó en aquel instante el tintineo de un vaso al ser
puesto sobre una mesa lejana.
—¿Quién te ha contado esa historia, Ronald? —preguntó John.
—Lo sé de buena tinta.
—Me gustaría oírselo a quien lo ha difundido. Es probable que se trate de
alguien a quien no hacen caso las mujeres.
—¿Hay alusión personal? —atrevióse a preguntar Peter.
Casey no había adivinado el fondo de la cuestión planteada por su
interlocutor. De aquí que se mostrase todavía correcto.
—No; no van dirigidas a ti mis palabras —contestó—. Me han dicho que
tienes una novia preciosa. Si es así, te felicito.
Joe se había medio incorporado de la silla, escuchando atónito el diálogo sin
masticar tabaco.
—¡Adiós mis dólares! — gimió desconsoladamente.
Casey sacó una moneda de cincuenta centavos y la dejó en el mostrador,
mientras se despedía de Peter diciendo:
—Buena suerte, Leonard.
Giró sobre sus talones, encaminándose hacia la puerta.
Peter estaba ebrio de victoria, y preguntó envalentonado:
—¿Vas acaso a quitarme la novia, Casey?
El aludido, que estaba ya junto a las batientes hojas, se volvió perplejo.
—¿Quitarte yo la novia? ¿Estás de chanza, Peter? Ni siquiera la conozco.
—Es que como dicen que eres el Don Juan de la comarca, pensé que
pretenderías curarte del fracaso de Eva Walling.
Los músculos faciales de Casey adquirieron la dureza del granito.
Todos los pulmones que había en el Saloon se resistieron a inhalar más
oxígeno.
—No le consiento a nadie un insulto de esa índole, Leonard —masculló
Casey.
La advertencia estaba tan cargada de negros presagios, que hasta el propio
Peter se vio en la necesidad de tragar saliva.
Joe reanudó los movimientos de sus maxilares, martilleando el tabaco a una
velocidad impresionante.
Los dos hombres enfrentados se miraron fijamente durante un rato.
Finalmente, dijo Casey:
—No lo olvides, Leonard.
Peter ya no podía dar marcha atrás. Comprendió que se había portado como
un estúpido, ya que dejando ir a su rival hubiese ganado sin peligro alguno la
apuesta. Pero ahora no tenía más remedio que llevar la escena hasta su límite.
Mas para ello esperó a que nuevamente el joven le diese la espalda.
—¡No eres más que un fanfarrón Casey! —exclamó, y tiró de la culata que
pendía de su cadera derecha.
Los espectadores contemplaron algo inaudito.
Casey giró en una centésima de segundo y disparó con la zurda antes de que
Leonard, con todas las ventajas, pudiera apretar el gatillo.
-— 33
Peter soltó un grito, y se desplomó como si se hubiera abierto el piso bajo sus
pies.
Durante un rato, hasta el último espectador contuvo el resuena. Fue el propio
Casey quien primero se movió hacia el caído, e inmediatamente
desplazáronse también Goodfrey y Joe. El primero de éstos. se agachó
poniendo boca arriba a Leonard, que estaba privado del conocimiento.
—Sólo tiene un hombro herido —declaró, después del examen.
—¡Se desmayó de miedo! —exclamó Joe, con una sonrisita irónica.
Casey no comentó nada; enfundó el revólver, y con paso lento salió a la calle.
Apenas se había retirado del saloon unas yardas, cuando se dio cuenta de que
lo seguían. Dio la vuelta viendo a dos tipos sucios, sudorosos y con barba
crecida. Nunca los había visto.
Los dos sujetos se detuvieron mirándolo con atención a la cara, y el metió los
pulgares bajo el cinturón, preguntando:
—¿Qué se les ofrece? ¿También tienen que alegar algo sobre mujeres?
El más alto, que aparentaba unos cuarenta años de edad, contestó:
—Estábamos dentro casualmente, y lo hemos visto actuar... En nuestra vida
encontramos a un hombre que disparase con la rapidez de usted —se volvió
hacia su compañero pegándole un codazo en un riñón—. ¿Eh, tú?
El otro, de nariz aguileña y ojos de búho, asintió.
—Seguro. Es usted grande. Se lo dice Barry Chandler.
—¿Y qué con eso? —inquirió Johnny desabridamente, no encontrando
simpáticos a los tipos.
Barry Chandler respondió, apuntando con el dedo a su amigo:
—Este y yo tenemos los cerebros sincronizados. ¿Sabe lo que quiere decir
eso? Pues que pensamos los dos las mismas cosas y al mismo tiempo. Al
verle a usted quitarse de encima a ese moscardón, se nos ha ocurrido pensar
que usted está perdiendo el tiempo en este poblacho.
—Eso creo que es cuestión mía.
El alto intervino rápidamente, arguyendo:
—Barry quiere decir que usted reúne condiciones para ganar el dinero a
montones, ¿se da cuenta? Y por su aspecto no parece que le sobre mucho.
—Por el de ustedes, yo aseguraría que tienen los bolsillos más vacíos que los
míos.
—No saque conclusiones por lo que ve, amigo. A veces las circunstancias
tiran de uno, y es necesario amoldarse. Es el secreto del éxito. ¿Aún no le he
dicho mi nombre? Es Sam Patrick.
—Quizá nos veamos algún día —repuso Casey, deseando acabar la
conversación—, si es que piensan permanecer aquí...
—Atiéndame sólo un momento, muchacho —habló, rápidamente, Chandler
—. ¿Es que va a desperdiciar su oportunidad? ¿No le gustaría que todo el país
conociese su habilidad? ¿Cómo se llama?
—John Casey.
—John Casey —repitió Chandler—. ¿Y quién conoce ese nombre? ¿Cien
labriegos de estos contornos? ¿Doscientos?... ¿Se da cuenta de que puede
llegar a ser tan famoso como Jesse James o Billy el Niño o el mismo Wild
Bill Hickok?...
—No me interesa esa fama —desdeñó Johnny, poniéndose tan serio como
cuando había advertido a Peter Leonard que no toleraba insultos de nadie.
Los dos cerebros sincronizados asintieron con movimientos de cabeza.
—De acuerdo —dijo Patrick—. Como quiera. De todas formas, no nos
iremos de la población hasta mañana al amanecer. Si cambia de idea nos
encontrará en el Saratoga.
—Seguirán el viaje sin mí —contestó Johnny, alejándose con paso rápido de
los dos compadres.
CAPITULO V
Aquel atardecer, John Casey cenó en el restaurante económico de la señora
Gertrudis Page, y después de fumar un cigarrillo decidió retirarse a su
habitación del edificio de madera carcomida que pomposamente exhibía en
su puerta el cartel de Palacio Hotel.
Cuando anochecía y se encaminaba por la acera hacia su pobre morada, vio
que en dirección opuesta se acercaba una figura airosamente femenina. Era
Isabel Simmons, una mujer de exuberante belleza, a la que por unas cosas u
otras no había podido conocer todavía íntimamente. Interpretaba cantables en
un local del sur del pueblo, precisamente la parte que él menos frecuentaba.
Prometía ser una noche calurosa, e Isabel se había, climatizado colocándose
una blusa de escote redondo que contorneaba suavemente el mórbido seno
mostrando el hombro izquierdo desnudo.
—Hola, Isabel —saludóla, cuando la tuvo a su altura.
—Tengo prisa, Casey, Hasta otro día.
Johnny le interceptó el camino, espoleado por el desdén.
—¿Sabes mi nombre? —le preguntó.
—Como tú el mío.
—Eso quiere decir que nos hemos buscado... sin encontrarnos hasta ahora.
—Me han preparado para tus bonitas frases.
—Probablemente por alguna mujer que no se merece ninguna.
—¿Y tú crees que yo?...
—Tú eres acreedora de los más hermosos requiebros.
Isabel sonrió mostrando unos dientes nacarados.
—De todas formas llegas tarde, Casey. Estoy comprometida.
—¿Un cliente? Puedes verlo mañana.
—Podrías ser tú el que esperases.
—Pero no me dejarás, porque tú y yo tenemos muchas cosas de qué hablar...
Le fue fácil convencerla, y ya después ella misma lo invitó a que la
acompañase a su habitación de la pensión en que se hospedaba. Hallábase
ésta en una calle transversal, cerca del lugar en que se habían encontrado, y
quince minutos más tarde, John bebía un vaso de whisky sentado en un
confortable sillón, mientras Isabel se cambiaba de ropa en un dormitorio
contiguo.
La joven salió al cabo de un rato, cubriéndose con un batín color rojo de
escote puntiagudo, que fue del agrado de Casey, quien para entonces había
consumido tres veces el contenido de su vaso. Isabel propuso un brindis, y
minutos después, Johnny sentía que las paredes de la habitación empezaban a
moverse.
Atrajo a su lado en el diván que se sentaba, a Isabel, abarcándola por la
cintura y la besó en los labios. Sabían a fresa, su postre predilecto, y repitió.
El tiempo corrió inexorablemente, y cuando la luna estaba alta, la botella de
whisky. se hallaba vacía.
Casey miró su vaso, y tartamudeó:
—Ni una sola gota. Es lástima que se haya acabado.
Isabel se incorporó, cruzándose el batín y diciendo:
—Tengo otra botella. La guardaba para mi cumpleaños, pero valdrá la pena
gastarla ahora...
Johnny, completamente ebrio, pasóse una mano por la frente, murmurando:
—Realmente no debiera beber más. Me da vueltas la cabeza. Creo que me
conviene marcharme...
La cantante le sujeto del brazo al ponerse en pie.
—Quédate un poquito más, Johnny —suplicó.
De pronto la puerta de la habitación se abrió, penetrando en el interior un
hombre atlético de mentón cuadrado. Cerro violentamente, y quedóse
mirando a la pareja resoplando como una res furiosa.
Isabel dio un grito de alarma, separándose de Johnny. Este observó al recién
llegado y rezongó:
—Debió llamar, compañero. ¿Dónde aprendió esos modales?
El otro lo miró con rabia mal contenida:
—Sólo es el comienzo —advirtió—. Espere y nos divertiremos todos.
—Es como si me hablase en chino, compañero. Yo terminé ya. Deje el paso
libre...
Casey se acercó a la puerta, pero su interlocutor le siguió bloqueando el
acceso.
—¡Bill, déjalo marchar! —intervino, por primera vez, Isabel.
—¿Crees que soy uno de ésos? —dijo Bill, apretando los dientes—. Eres mi
novia, ¿no? Y este sucio tipo me la ha jugado...
Casey hizo un gesto de hastío, replicando:
—¿Por qué no es comprensivo, Bill? Isabel para mí es sólo una simpática
chica. Nada más.
—Quiere salirse de rositas ahora, ¿verdad? Hasta puede que antes de largarse
me dé unas palmadas en la espalda y me guiñe un ojo...
—Bueno, si eso le satisface...
Los dos hombres estaban casi tocándose. Bill echó mano del revólver, pero
Johnny se le tiró encima golpeándole el hígado. El primero lanzó un aullido y
propinó un cabezazo en la cara de Johnny. Este, sintiendo un terrible dolor en
una ceja, lanzó una maldición. Se enzarzaron en la lucha cuerpo a cuerpo y,
de repente, sin saber cómo, Casey tuvo la impresión de que le estallaba el
cerebro. Antes de caer, el ruido de un trueno le ensordeció y después se
sumergió en la nada.
—Al volver en sí, sintió horribles náuseas. Tenía la boca pastosa; la lengua le
parecía una tira de cuero... Quedó sentado en el suelo y entonces oyó un
sollozo. Giró la cabeza trabajosamente, viendo a Isabel llorando con el rostro
hundido en uno de los brazos del diván. Trato de incorporarse y al correr la
mano por el piso tropezó con algo duró.
Se volvió, contemplando con sorpresa el cuerpo de Bill. Estaba boca abajo, y
cerca de la cabeza había un charquíto de sangre.
Isabel corrió cerca .de John y lo ayudó a incorporarse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él, con las piernas vacilantes.
—¡Lo has matado, Johnny! —contestó la joven con los ojos desorbitados.
—¡No es posible!
—Peleasteis y tú... —hizo una pausa y añadió-. Sé que no has tenido
intención de hacerlo. ¡Pero debes huir..,! ¡En seguida, Johnny!
—Casey trató de despertar, creyéndose víctima de una pesadilla. Pero
siempre se halló en una habitación en compañía de una mujer y aquel hombre
tendido de bruces.
—¡Huye de Palmyra, Johnny...! Yo sabré cubrirte las espaldas.
Casey se movió como un autómata. Sintió que le ponían en la mano el
revólver del que había salido la bala homicida, después los labios de Isabel se
posaron un segundo en los suyos y por último se encontró andando por el
pasillo, fuera de la habitación.
Ya en la calle, la brisa fresca de la noche le reconfortó y empezó a andar sin
dirección fija.
Trató de poner en orden sus pensamientos, pero ello aumentó la intensidad de
los dolores que le aguijoneaban la mente. Unicamente parecía oír como un
eco la voz de Isabel: «Debes huir. Huye de Palmyra. Lo has matado, Johnny.
Lo has matado. Debes huir...»
Sí, se marcharía. No había deseado la muerte de Bill. ¡Santo cielo, cómo se
complican a veces las cosas! ¿Adónde dirigirse? A partir de ahora sería un
proscrito. El no había querido matarlo. Había sido un accidente. ¡Infiernos,
cómo le dolía la cabeza…! Era como si le agujereasen el cuero cabelludo con
alfileres. Sería un hombre requerido. Jamás volvería a Palmyra ni tampoco
vería a Eva Walling… Bueno, ¿qué importaba un sitio u otro?
Y de súbito acordóse de los dos hombres que le habían hablado a la salida del
Missouri. ¿Cómo habían dicho que se llamaban? Ah, sí; Harry Chandler y
Sam Patrick. Y se alojaban en el Saratoga.
Era lo mejor. Eva se casaba con otro y él había matado involuntariamente a
un hombre. Se largaría con aquellos dos tipos y llevaría una vida intensa.
Todo lo olvidaría al cabo de unos meses, y hasta podía ser que su nombre
fuese tan famoso como el de Jesse James. ¿No le habían asegurado ellos?
Sería divertido ver entonces la cara de Eva Walling.
—¿El señor Chandler y el señor Patrick? –preguntó al hombre obeso que
atendía el registro del Saratoga.
—Habitación 32.
Cuando llamó «a la puerta señalada, sólo tuvo que esperar unos segundos.
Chandler abrió y al ver, a Casey, dijo:
—¡Caramba, qué madrugador! Pase…
Patrick, que hacía un solítario con una mugrienta baraja sobre la cama,
levantó la cabeza y murmuró:
—Sabía que terminaría decidiéndose.3
—¿Están preparados? —preguntó John.
—Le dijimos que saldríamos al amanecer —recordóle Chandler.
—Ya es el amanecer —retrucó Casey, roncamente.
Se hizo un silencio. Les otros se miraron, y finalmente, Patrick recogió los
naipes y guardólos en el bolsillo superior de su camisa, exclamando:
—¡De acuerdo! ¡Vámonos! Hay muchas cosas que hacer lejos de este
poblacho...
CAPITULO VI
Joan Walling estaba despierta, arrebujada en la cama, con los ojos fijos en la
oscuridad. Oía la respiración de su hermana sumergida en un profundo sueño
en el lecho cercano.
De pronto algo chocó contra el cristal de la ventana, rompiéndolo y cayendo
sobre el piso.
Joan incorporóse y Eva despertó sobresaltada.
—¿Qué es esto? —inquirió, con miedo, la, prometida de Derek Johnson.
Joan se levantó de un salto y encendió un fósforo de la caja que había sobre
la mesilla de noche. Al producirse la llama, aplicóla al pábilo de una vela.
Entonces vio la piedra envuelta en un papel. Adelantóse mientras su hermana
la contemplaba aún no repuesta del susto, y recogió el mensaje. Lo
desenvolvió y leyólo ávidamente para sí. De su garganta brotó un sollozo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Eva—. ¿De quién es?
—Es Johnny —contestó Joan en un susurro—. Se marcha de Palmyra.
Eva abrió los ojos, preguntando:
—¿Es posible que me quiera hasta ese punto? Sinceramente he creído
siempre que yo era para él una más. ¿Quieres leer la carta?
Joan recorrió nuevamente la mirada por las cortas líneas escritas en el papel y
leyó en voz alta:
«Adiós, Eva. Quizá no nos volvamos a ver jamás. Creo que Joan
eligió bien. Ahora comprendo que serás más dichosa con Derek.
Buena suerte.
»Johnny.»
Hubo una larga pausa, que se rompió cuando Joan arrojóse sobre la cama,
llorando.
Eva apartó la colcha y sábana, acudiendo al lado de su hermana.
—¡Por favor, Joan...! El no hablará enserio...
Joan levantó la cara cubierta de lágrimas; mirando a Eva con perplejidad.
—¡Pero tú sabes...! —exclamó, sin terminar la frase.
—Claro que lo sé. No hemos hablado de ello, pero me he supuesto la causa
de que Derek recibiese la carta destinada a. Johnny...
—Oh, Eva..., quisiera morirme. No he sido buena hermana. ¡Te he
traicionado! ¡He traicionado a Johnny...! ¡Os he traicionado a todos! No sé
cómo he podido caer tan bajo...
Eva abrazó a Joan, sonriendo plácidamente.
—¡Pero, criatura, si lo comprendo todo...! Yo hubiera procedido lo mismo en
tu lugar...
—Lo dices para consolarme. Querías a Johnny y lo he alejado para siempre
de ti. Me ha guiado mi propio egoísmo...
—No, querida. Yo no amaba a Johnny. Confieso que tampoco estoy
enamorada de Derek. Pero éste me proporcionará lo que siempre he
ambicionado. Mi matrimonio con Johnny habría sido un desastre. Yo no
hubiera podido seguirlo mucho tiempo, y tú has sido quien ha evitado
cometiese un error irreparable.
—¡Pero yo no lo hice para evitar un error...!-
—¡Ya lo sé! Entregaste la carta a Derek porque amas a Johnny…
Joan clavó sus pupilas en las de Eva, y de nuevo rompió a llorar.
—¿Esa es la firme voluntad de la más pequeña de los Walling? —sonrió Eva
—. Vamos, chiquilla. Volverá dentro de unos días y os casaréis…
—Si él ni siquiera se ha fijado en mí…
—Eso es lo que tú crees. Eres bonita, Joan, y estoy segura de que Casey
habrá comprendido que tu carácter es el que le va a él. Formaréis una pareja
envidiable. Apuesto a. que lograras hacer de él lo que ninguna otra mujer
podría. Conseguir...
—¡El me odia...! ¡Me odia, Eva! ¡Nunca me querrá...! Además, yo creo en su
carta; no volverá a pisar está comarca...
Joan continuó llorando largo rato en brazos de su hermana, a pesar de las
palabras esperanzadoras y de consuelo que esgrimía ésta sobre el regreso de
Casey.
Empero, la primera estaba en lo cierto. John Casey jamás volvió a Palmyra.
SEGUNDA PARTE
CAPITULO PRIMERO
El presidente de Estados Unidos de Norteamérica, sentado ante la mesa de
trabajo de su despacho en la Casa Blanca, sonrió afectuosamente a los tres
hombres que acababan de ser introducidos allí, y dijo:
—Por favor, caballeros, siéntense.
Bud Winters, Víctor Brown y Chester Woodruff aceptaron la invitación,
tomando asiento en sendos sillones colocados en semicírculo frente a la mesa
presidencial.
El más alto magistrado de la nación entrelazó los dedos, haciendo descansar
las manos sobre una carpeta de cuero repujado, y manifestó:
—Lamento sinceramente, caballeros, que el deseo de los ciudadanos que
represento no haya cristalizado en el seno del Congreso, sancionándolo y
convirtiéndolo en realidad... Estoy seguro de que en un futuro próximo, yo
diría que inminente, todos los obstáculos serán salvados y el territorio de
Colorado constituirá un estado más de la Unión...
Victor Brown, alto, de ojos grises y nariz recta, carraspeó, aclarándose la voz,
y contestó:
—Señor presidente, yo..., quiero decir nosotros, le agradeceríamos mucho
que tuviese la bondad de confiarnos su punto de vista sobre la cuestión
debatida.
—De acuerdo, caballeros. Yo no me atrevía a hacer una sugerencia, y celebro
que ustedes me proporcionen una oportunidad para hablarles, ya que de otro
modo, hubiera parecido una intromisión por mi parte.
—Por favor, señor presidente… tartamudearon casi al mismo tiempo los tres
visitantes, entre sonrisas.
El representante del Poder Ejecutivo miró alternativamente a los delegados, y
después aclaró:
—El Congreso rechazó ayer la moción presentada por ustedes. Se consideró
que Colorado no se halla en aptitud para su admisión como Estado,
fundamentándose esta negativa en que existe una región al Sudeste de los
límites establecidos por ustedes que escapa a toda acción de justicia. Allí no
impera la ley, sino el capricho de unos hombres, forajidos en su mayoría.
Esta situación ha adquirido extrema gravedad, puesto que en los últimos años
las pandillas de delincuentes que allí se refugian han llevado su audacia a
asaltar trenes, Bancos y granjas muy lejos de los montes de San Juan, que
constituían en un principio su barrera oeste. ¿Cómo puede admitirse un
Estado que soporta ese foco de infección?
Chester Woodruff, de cuarenta años de edad, fuerte complexión y cabellos
grises, se aclaró la voz y repuso:
—Señor presidente; nosotros conocíamos esa dificultad antes de venir a
Washington, pero manteníamos la esperanza de convencer al Congreso,
dándole promesa de que, una vez admitido el Estado de Colorado, en seis
meses acabaríamos con todos los pistoleros de las
montañas.
—Los caballeros representantes creen que esa labor debe ser previa a la
admisión, señor Woodruff —advirtió el presidente—, lo cual reconocerán
ustedes, es más lógico...
Bud Winters levantó una mano pidiendo permiso para hablar, el cual le fue
concedido con un leve movimiento de cabeza.
—Yo estoy de acuerdo con usted, señor presidente, y con los caballeros
representantes, pero la realidad es que no tenemos medios para acabar con el
bandidaje, a no ser que planteásemos una guerra con todas sus consecuencias.
Los forajidos suman varios centenares,
son habilísimos con las armas de fuego, y conocen aquella comarca palmo a
palmo...
—Confieso que la tarea que tienen ustedes es ímproba, pero han de realizarla
sin provocar una extensión de lucha. Esta ha de quedar reducida a las
fronteras naturales de la región en que los delincuentes viven.
—¿Por qué no interviene entonces el ejército? —sugirió el mismo Winters.
El presidente dio un suspiro y contestó:
—Yo también considero que, con la intervención del Ejército, Colorado
quedaría en corto plazo libre de esa plaga; pero lamentándolo mucho, nos es
imposible acceder a ella. Sería contrario a nuestra Constitución, y ustedes no
lo ignoran —hizo una pausa, añadiendo—: Han de bastarse con sus propios
medios. Tienen alguaciles legalmente elegidos, ayudantes, y cuentan sobre
todo con el reclutamiento voluntario de personal civil.
Podrían constituir una fuerza poderosa que bastaría para desorganizar a los
forajidos.
Woodruff repuso:
—Nadie quiere luchar contra los pistoleros de Rex Curtis, y en los pueblos
que dominan, los sheriffs están de su parte, manteniendo una actitud pasiva.
—¿Tan terrible es ese Rex Curtis? —inquirió el presidente.
—Es el hombre más cruel y sanguinario que existe en todo el país de costa a
costa.
—Según mis informes, tan sólo hace dos años llegó a la comarca.
—Así es, señor presidente. Y en ese espacio de tiempo ha asumido la jefatura
de los pistoleros, quienes le obedecen ciegamente.
—Entonces, si Curtis desapareciese...
Woodruff se permitió una sonrisa de incredulidad antes de responder:
—Curtis jamás sale de las montañas. Organiza los golpes y sus lugartenientes
se ocupan de realizarlos. Cuenta con una fuerte guardia que no permite
lleguen a él más que las personas que tienen bien probada su fidelidad. Aun
cuando el medio no fuese de nuestro agrado total, hace tres meses
sobornamos a dos pistoleros, ofreciéndoles una fuerte cantidad por la captura
de Curtis, pero antes de que pudieran llevarla a cabo, fueron descubiertos.
Tuvimos referencias de que los mataron tras un despiadado suplicio. Este
resultado del intento hace imposible su repetición, ya que no hallaríamos los
hombres dispuestos y, sobre todo, porque Curtis ha adoptado mayores
precauciones.
Reinó el silencio en el despacho durante largo rato, mientras el presidente
parecía sumergido en profundos pensamientos, y los delegados esperaban
respetuosamente.
Por fin, aquél se incorporó, dirigiéndose con paso rápido hacia una puerta,
seguido por las miradas curiosas de los visitantes. Abrió e hizo una señal con
la mano. Al cabo de unos segundos penetró en el despacho un joven que
frisaba en los veinticinco años, de ojos
verdes y mentón partido.
El presidente le presentó a. los delegados.
—Este es Robert Sharkey, caballeros. Quizá hayan oído hablar de él.
¿Quién no conocía al agente del Gobierno, Bob Sharkey? Su fama había
llegado a los últimos rincones del país desde que, medio año antes, capturó a
Larry Steward, el temible asesino del Estado de Illinois, tras una larga y
penosa, persecución de mil millas.
Sharkey estrecho las manos que salieron al encuentro de la suya. Todos
quedaron en pie, y entonces el presidente, en el centro del grupo, dijo:
—Caballeros, estoy seguro de que el señor Sharkey les será de mucha
utilidad en la lucha contra. ese Curtis.
Woodruff se mordió el labio inferior, dubitativamente, y preguntó:
—¿Quiere decir, señor presidente, que lo va a enviar solo contra esos
bandidos?
—Yo no lo envío, caballeros. Se lo cedo para este servicio. Ahora son
ustedes quienes han de aceptarlo o rechazarlo.
Winters repuso:
—Creo que toda ayuda en este caso es valiosa, máxime tratándose de un
hombre de la experiencia y valor del señor Sharkey. —Miró al joven,
preguntándole—: ¿Tiene algún plan al respecto?
—Sí; he hablado con algunas personas que han vivido en los alrededores de
los montes de San Juan. Muchas familias de por allí son oriundas de
Inglaterra y no han tenido en los últimos años oportunidad de atender sus
asuntos de fe. Recorreré la comarca como vendedor de Biblias. Desviaré
posibles sospechas, y entraré en contacto con los hombres de Curtis. Lo que
ocurra después, ya no depende de cálculos...
Winters emitió un gruñido, mirando al agente especial.
—Me temo, señor Sharkey, que ignora la envergadura del problema.
—Deme una idea usted. Quizá me halle necesitado de información.
—No va a pelear contra un hombre. Se trata de un verdadero poder
organizado, como muy bien ha sido calificado por el señor presidente.
Sharkey asintió.
—Confieso que preferiría un encargo parecido al de Larry Steward, pero haré
lo posible por no fracasar aun cuando me haya de enfrentar con un ejército de
forajidos. Para su tranquilidad, señor Winters, debo notificarle que mi trabajo
se basa más en la astucia que en la fuerza. Sería pueril por mi parte pretender
acabar con Curtis atacándole abiertamente. No, señor representante, a Curtis
le entraré por uno de los flancos. El elemento sorpresa es el que tendré en
cuenta apenas transponga los montes de San Juan.
Woodruff intervino, diciendo:
—Admiro su valor, señor Sharkey. Ahora sé que lo que se ha dicho y
publicado sobre usted no es propaganda. Naturalmente, cuente desde ahora
con nuestro más ferviente y entusiasta apoyo. Nos complacería mucho poder
secundar sus planes.
El presidente rodeó la mesa, sentándose en su sillón, en tanto Sharkey
respondía a Woodroff:
—Agradezco los buenos deseos de ustedes, pero no necesitaré su
cooperación, al menos en un principio.
—Si en algún momento lo requiriese, no olvidaré sus palabras.
—Caballeros —declaró el presidente—, creo que lo que importa ahora son
los hechos. El Congreso iniciará pasado mañana el periodo de vacaciones y
no volverá a reunirse hasta octubre. Sería para mí un alto honor que en mi
informe sobre los Estados de la Unión pudiera hablar de la incorporación a
nuestra gloriosa bandera de una nueva estrella.
Se hizo un emocionado silencio, tras el que el presidente, puesto en pie, se
despidió de todos los presentes cambiando un apretón de manos. Su último
saludo lo dedicó al agente, a quien dijo sonriendo:
—Le deseo mucha suerte, Sharkey. Y cuide su salud, porque lo necesitará
para una misión importante antes de fin de año.
—Cuente conmigo, señor —replicó el joven, esbozando también una sonrisa.
CAPITULO II
Un jinete entró, a galope tendido por la calle principal de Silverton,
deteniéndose bruscamente ante el Topace. Saltó de su alazán y entró como
una centella en el establecimiento, donde reinaba una terrible algarabía.
Detúvose unos instantes junto a la puerta, desparramando la mirada y, al
distinguir al hombre que buscaba, dirigióse hacia él con paso rápido.
—Traigo un mensaje urgente, Curtis —fueron las primeras palabras del
recién llegado.
Rex Curtis, robusto, de amplio tórax y largos brazos poseía una poderosa
cabeza en la, que destacaban unos ojos negros que brillaban como
carbúnculos. Frisaba en los treinta años.
Ocupado como estaba en reír y charlar con una hermosa rubia, no oyó las
primeras palabras del emisario, quien insistió, tocándole un hombro:
—Será mejor que lo leas, Curtis.
Rex giró la testa, asaeteando con sus pupilas al entrometido.
—¡Un día, de éstos agujerearé tu piel de puerco, Kayne! —chilló con cólera
—. ¿No ves que estoy ocupado?
—Lo siento, jefe Fueron tus órdenes.
Curtis pareció sopesar la respuesta del otro.
—¿Una carta de Denver? —inquirió.
—Sí.
—¿Qué estás esperando, imbécil? ¡Dámela!
Kayne sacó un sobre azul de su polvorienta camisa y lo alargó a su jefe,
quien febrilmente lo rompió, extrayendo de su interior una cuartilla escrita
que empezó a leer para sí. La rubia hizo un arrumaco, pasando uno de sus
desnudos y lechosos brazos alrededor del cuello de su hombre.
—¡Déjame y lárgate! —bramó Curtis, interrumpiendo la lectura—: ¡Y tú,
Kayne, ordena que calle esa gente! ¡Con este condenado ruido no puedo
entender una letra de lo que dice aquí...!
La rubia dio un respingo apresurándose a alejarse de la mesa, mientras Kayne
disparaba dos veces contra el techo, ordenando:
—¡Silencio...! ¡El jefe despacha un asunto!
Al instante, sólo se pudo oír en el saloon la respiración cavernosa de un viejo
asmático. Todas las miradas convergieron durante largo rato en la figura de
Rex Curtis, quien, de pronto, lanzó una estruendosa carcajada, palmeándose
furiosamente uno de los muslos.
Hombres y mujeres esperaron conocer la causa de tal hilaridad.
Curtis se secó los ojos con un pañuelo de hierbas e irguióse con la carta entre
sus dedos sin dejar de estremecerse jocosamente.
—¡Compañeros, he de deciros algo...! ¿Hay alguien entre vosotros que venda
Biblias?
La pregunta era tan extraña e inesperada, que muchos de los presentes
buscaron la mirada de un compañero, como si dudasen de la salud mental de
su jefe.
—Eh, ¿qué decís…? No hay nadie que las venda, ¿verdad? Bueno, os habéis
abandonado mucho últimamente. Pero por fortuna hay personas caritativas
que se preocupan por nosotros y en vista de nuestro lamentable modo de
vivir, nos envían a un vendedor de Biblias... Es bueno, ¿no os parece?
Curtis soltó otra carcajada, que inmediatamente fue coreada por medio
centenar de gargantas.
Las paredes del local temblaron ostensiblemente hasta que, a una señal de
Rex, Kayne volvió a imponer fogosamente el silencio.
—Pero aún no sabéis lo mejor, compañeros —continuó Curtis—. Ese
vendedor de Biblias que pronto tendréis entre vosotros, es un agente del
Gobierno...
Ahora nadie rió. Arrugáronse las frentes y se retorcieron las bocas en gestos
de perplejidad y estupor.
—¿Un agente del Gobierno aquí, jefe? —preguntó un tipo rechoncho, de
barba, crecida, que se hallaba en primera fila.
—Eso mismo, Peabody. Y trae una misión concreta. La de acabar con todos
nosotros.
—Es una broma. No hablarás en serio —siguió opinando Peabody.
—¡Lo dice este papel, bestia! —gritó Curtis, manoteando con la carta en el
aire.
Sobrevino otro silencio, mientras Rex escrutaba los atezados rostros de su
tropa.
Kayne se aclaró la voz para decir:
—Yo sé a lo que se refiere Peabody, jefe. Le parece raro que manden a un
solo hombre. ¿No será una trampa y detrás de él vendrá la milicia?
Rex chasqueó la lengua, exclamando:
—¡Tú eres tan bruto como tu amigo! No pueden enviar al ejército, porque lo
prohíbe la ley. Sobre nosotros tienen jurisdicción únicamente los alguaciles y
demás autoridades del territorio. No somos una nación enemiga, como las
tribus indias, ¿entiendes? Somos ciudadanos americanos, tenemos los
mismos derechos que los tipos que viven en Nueva York y sólo podemos ser
cazados por personal civil
La mayoría de los hombres escucharon las palabras de su jefe con la boca
abierta.
—¡Está claro! —gritó uno—. ¡Curtis tiene razón...! ¿Qué esperamos para
cargamos a ese vendedor de Biblias?
—Ese es asunto mío —intervino Kayne—. Siempre he deseado ver de cerca a
un lechuguino de Washington.
—¡A callar! —ordenó Curtis —. Sois un atajo de asnos. Ninguno de vosotros
sabe lo que debe echarse a la olla para sacar un buen puchero —miró a
Kayne, añadiendo—: Si te dejase liquidar al agente, la haríamos en grande.
¡Nadie le pondrá la mano encima! ¡No quiero que se le moleste hasta que yo
lo ordene!
—¿Qué te propones con eso? —preguntó Peabody.
—Es muy sencillo. La carta tiene una segunda parte. Larry Steward se escapó
hace una mañana de la prisión en que esperaba el fallo del recurso de
apelación interpuesto contra la sentencia de muerte que le impusieron.
—¡Larry Steward! —exclamaron unas cuantas voces.
—¿Y qué tiene que ver ese Larry con lo otro? —inquirió, de nuevo, Peabody.
—El vendedor de Biblias es Robert Sharkey, el hombre que capturó a Larry
—explicó Curtis—. ¿Lo comprendéis ahora? No nos interesa mancharnos las
manos de sangre de un tipo del Gobierno, si alguien lo puede hacer por
nosotros.
Ahora las caras mostraron la admiración por la lógica del jefe.
—¿Y cómo sabes que Larry vendrá aquí? —preguntó Kayne.
—Porque es su única escapatoria. Quiso venir con nosotros, pero Sharkey se
lo impidió. Esta vez puede que lo consiga, en cuyo caso tendrá el placer de
arreglar cuentas con el tipo que lo ha enviado a la horca.
Curtis abrió la boca, soltando una ruidosa carcajada. Sus hombres no tardaron
en corearle, y el bullicio se adueñó nuevamente del local.
—Siéntate, Kayne —invitó Rex a su lugarteniente.
Bebieron whisky y al cabo de un rato dijo Curtis:
—Se han tragado la historia, ¿eh, muchacho?
Kayne frunció el entrecejo, inquiriendo, tras una vacilación:
—¿Es que no es cierta?
—¿Qué sería de vosotros sin mi cerebro? —rió Rex—. En ese cuento falta el
final. Bebe otro vaso; puede que te aclare la cabezota.
Kayne bebió, pero sus ojos reflejaron la misma ignorancia que antes.
Curtis estuvo a punto de tumbarlo de un manotazo, en tanto exclamaba:
—¡Eres igual que los demás! Sólo sabéis hacer cosquillas con el revólver.
Bueno, no te calientes los cascos. Entregaremos a Larry Steward al sheriff de
Mancos, nuestro buen amigo Hamilton.
—Pero, ¿no has dicho que ha de matar al agente?
—Después de que lo haya matado, estúpido. Así Hamilton se encargará de
poner a Larry en manos de las autoridades de Kansas.
—¿Es que nos ponemos de parte de la ley?
—Yo no lo llamaría así. Digamos que vamos a ser buenos chicos durante
unos meses.
—¿Lo manda el otro jefe?
Kayne se arrepintió al instante de sus palabras. La faz de Curtis se había
tornado lívida.
—¿Que otro jefe, majadero? ¡No hay más jefe que yo...!
—Yo creí que...
—¡Tú no puedes creer nada...!
Kayne trago saliva, intentando imaginar algo rápidamente para congeniarse
con Curtis. Al fin creyó haberlo conseguido.
—Hay algo importante que puede interesarte, Rex.
—¿Sí? ¿De qué se trata?
—Hay un hombre entre nosotros que intimó bastante con Larry Steward.
—¿Quién es?
—Egmond Taylor. Dice que hace unos años empezó a pegar tiros por ahí con
Larry.
—Llámalo. ¡Que venga en seguida!
Kayne se alejó, regresando a. los pocos minutos con un joven de talla
mediana que frisaba en los veinticinco años.
Curtis hizo una señal a la pareja y empezó a hablar cuando estuvieron
sentados.
—¿Qué tal tipo es Larry Steward, Taylor?
El joven sonrió abiertamente.
—¡Un estupendo muchacho y compañero! Celebro de verdad que se una a
nosotros, jefe. Será un buen elemento y...
—No me refería a. eso —le interrumpió, con voz ronca, Curtis—. Háblame
de su fama. Me imagino que son historias de comadres.
—No, jefe. Por mucho que haya oído de Larry, la realidad lo supera. Es el
más rápido pistolero que he visto en mi vida. Parece poseer un sexto sentido
que le indica cuándo se halla en peligro. Yo fui testigo de un hecho
asombroso. Ocurrió en Abilene. Un hombre quiso matarlo por la espalda y de
pronto Larry se volvió como una centella y vació el cilindro de su revólver en
el estómago del traidor.
—¿Cuánto tiempo estuviste con él?
—Solamente un par de semanas..., pero, ¡qué semanas! Pegamos tres asaltos
a uno de los ramales del Unión Pacific. ¡Tres asaltos consecutivos! Se
necesitan agallas para hacerlo. Sólo éramos cinco hombres...
—¿Y qué más?
—La cosa se puso fea para nosotros y decidió disolver la banda y que cada
cual tirase por donde quisiera. Expusimos a Larry el deseo de seguirlo, pero
él no quiso. Tres años han pasado desde que nos separamos, y no he olvidado
aquellos buenos ratos.
—Está bien —asintió Curtis—-. Vuelve con tu pelirroja.
Taylor se incorporó y alejóse.
Curtis y Kayne guardaron silencio durante varios minutos.
—Piensas lo mismo que yo, ¿eh, muchacho? —expuso el primero—. A
Taylor no le gustará el final que le hemos preparado a su admirado Larry.
—Es una contrariedad.
—Te has vuelto muy fino de palabras, Kayne. Contrariedad sólo lo dicen los
abogados. Pero es la exacta. Taylor es simpático a los chicos y ahora que
vamos a ser demócratas debemos procurar que todos estén contentos. Se me
ocurre una idea. Hay cierto tipo en Monticello que me debe mil dólares desde
hace cinco años. Enviaremos a Taylor que cobre la deuda.
Kayne distendió los labios en una halagadora sonrisa.
—Eso es bueno, jefe. No estará de vuelta en quince días.
—¡Claro que lo es! Comunícale a Taylor el encargo. Su hombre se llama
Sam Spiegel. Y que se lleve a una docena de muchachos, eligiéndolos él
mismo. Así se llevará a sus amigos.
Kayne fue a cumplimentar la orden, mientras Curtis, sin dejar de sonreír,
hacía una señal a la rubia para que se incorporase a su lado.
CAPITULO III
El Centinela, sentado en el suelo, dejó el rifle al lado y extrajo del bolsillo un
pañuelo con el que secó el sudor que perlaba su frente. Hacía poco más de un
minuto que había realizado la misma operación. Era mediodía y el sol, desde
un cielo inmensamente azul, enviaba sus despiadados rayos a aquel confín de
la tierra que más parecía un rincón del infierno.
Rocas, cactus, tierra, toneladas de polvo rojo, escorpiones, buitres.
Allí empezaban los montes que defendían a Silverton, la ciudad bajo el
mando de Rex Curtis. Por el norte y el este se extendía una impresionante
llanura en que sólo crecían los arbustos espinosos.
El centinela echó una nueva. ojeada al paisaje y soltó una maldición. Inició el
canturreo de una canción, pero se aburrió y lió un cigarrillo. Cuando aplicaba
al extremo la llama del fósforo, sus pupilas se detuvieron en un punto lejano
del horizonte. Entrecerró los ojillos para aumentar su visibilidad, y ya no tuvo
duda. Era una movible nube de polvo. Alguien se acercaba. Al llegar a esta
conclusión sintió que la yema de su dedo se le quemaba y lanzando otra
maldición arrojó el fósforo lejos de sí y púsose en pie de un salto.
—¡Eh, Kayne! —gritó, volviendo la cabeza hacía las rocas de arriba.
Jay Kayne apareció por una cortadura.
—¿Qué pasa, Sam? Te he dicho que me dejases dormir.
—Mira allá —repuso el otro, señalando con el brazo extendido.
Jay siguió con la mirada la dirección indicada. Al cabo de un rato dijo:
—Creí que íbamos a tener una tarde pacífica. Bueno; será mejor que nos
preparemos para recibirle. Avisa a los otros. Os espero en la roca blanca.
Quince minutos más tarde cuatro hombres rodeaban a Kayne sobre una
piedra lisa. Un poco más abajo se hallaban sus cabalgaduras. Desde aquel
lugar dominaban el valle por el que necesariamente había de penetrar
cualquier viajero que se propusiese visitar Silverton.
La nube de polvo iba haciéndose más grande poco a poco.
—Un solo jinete —hizo observar Sam.
Nadie le contestó.
Fue transcurriendo el tiempo lentamente.
La figura del que se acercaba iba delimitándose conforme disminuía la
distancia que lo separaba de la entrada del valle.
—Es un caballo pinto —comentó de nuevo Sam—. Y tiene buena estampa.
Creo que me lo quedaré.
—De acuerdo, si el dinero nos lo dejas a nosotros —convino Kayne,
echándose el rifle a. la cara.
Apuntó con serenidad y apretó el gatillo. Prodújose el estampido y el
proyectil cruzó silbante el aire, yendo a estrellarse una yarda delante del
pinto, tras levantar un géiser de polvo.
El jinete tiró de las bridas, y se detuvo sin hacer ademán de correr las manos
hacía las pistolas.
—¡Vamos, muchachos! —exclamó Kayne—. ¡Y no lo perdáis de vista!
Montaron en las sillas y picando espuelas dirigiéronse al encuentro del
desconocido.
Rápida y eficazmente lo rodearon, impidiéndole una hipotética huida.
Era un hombre que lo mismo podía tener veinticinco que treinta años. Vestía
una camisa. negra descolorida, y sus pantalones también dejaban que desear.
Un pañuelo rojo deshilachado se anudaba su garganta. La piel del rostro era
intensamente morena, y sus ojos negros despedían un extraño fulgor.
—¿Adónde vas, forastero? —inquirió Kayne, después del examen.
—Me dirijo a Silverton.
Su voz era ronca, expresivamente varonil.
—¿Para qué?
—No acostumbro dar explicaciones de mis actos.
Kayne se puso lívido, tardando un minuto largo en contestar.
—Esa costumbre puede costarte cara, forastero.
—Todo cuesta caro hoy. En el último poblado me hicieron pagar cincuenta
centavos por el afeitado.
Kayne se preguntó por qué no disparaba contra aquel tipo insolente.
—¿Cómo te llamas? —interrogóle.
—Cualquier nombre es bueno. ¿Vale John Smith?
—¡No! Tenemos cinco ya en Silverton —Kayne amartilló el revólver que
esgrimía en su mano derecha.
Sam y los otros forajidos apuntaron con sus cañones al hombre que estaba en
el centro del círculo.
—Está bien. Me llamo Larry Steward.
Se hizo un silencio que duró treinta segundos.
—Es un truco viejo —repuso Kayne—. Desde que supimos que Larry
Steward se había escapado de la prisión, nos han visitado dos tipos
asegurando ser el fugitivo. Al último lo liquidamos ayer. Puedes ver su
sepultura donde empieza la montaña.
El hombre del pañuelo rojo no movió un músculo del rostro durante un buen
rato.
—Eso es sencillo de probar —declaró al fin.
—¿De qué forma?
—Con las armas
—Prueba denegada, John Smith.
Sam soltó una risita, interviniendo en el diálogo.
—Tendrá que hacer un milagro, señor Steward, si es que quiere que lo
creamos.
—Les desafío por parejas. Creo que es razonable.
—¿Qué pretende?
—Algo muy sencillo, que me valdrá la muerte si no soy Larry Steward. Tres
de ustedes se ponen a un lado con los revólveres apuntándome a la cabeza.
Los otros dos se enfrentan conmigo, teniendo las armas en las fundas como
yo. Uno de los testigos empieza a contar y cuando llegue a tres, disparamos.
Kayne se humedeció los labios.
—¿Está muy seguro de salir con vida? Aun cuando fuese realmente Steward,
opino que se excede. Nosotros no somos malos con las pistolas.
—Usted no me deja otra alternativa. ¿O es que quiere colocarme al lado del
que mataron ayer?
—Bueno, ¿qué os pasa? —rezongó Sam—. Nunca me han gustado los
fanfarrones. Sea o no Larry Steward, tengo ganas de bajarle los humos. Yo
seré uno de los dos ¿Quién es el otro?
Kayne, como lugarteniente de Curtis, tuvo que decidirse.
—Yo tampoco me perderé el festejo —dijo, desmontando.
En pocos minutos quedó escenificado el duelo.
Kayne y Sam se colocaron a quince yardas de su rival. Los otros centinelas
ocuparon los puestos acordados.
—¿Preparados? —preguntó uno del trío.
—¡Listos! —contestó Kayne.
—¡Puede empezar! —repuso el forastero.
—¡Uno...! ¡Dos...!
Coincidiendo con el tercer segundo, sonaron dos estampidos casi
simultáneos.
Kayne y Sam, que apenas habían tenido tiempo de empuñar sus armas, las
saltaron como si estuvieran al rojo vivo. Quedáronse asombrados, con los
ojos queriéndoles salir de las órbitas, y no menor era la sorpresa que se
reflejaba en las caras de los tres espectadores.
—¡Que me maten! —pudo exclamar Sam—. ¿Es cierto esto?
—Puedes jurar que si —dijo el que había contado—. Yo tampoco lo creería
si no lo hubiera visto.
Larry interrogó:
—¿Les queda alguna duda?
—No —contestó Kayne—. Puede enfundar. Vendrá a Silverton conmigo.
****
Rex Curtis metió la mano en la. fuente donde le habían servido el pollo asado
y de un tirón arrancóle un muslo, el cual se llevó ávidamente a la boca. Al
hincarle los dientes, un chorro de salsa y grasa le corrió por las comisuras de
los labios. Aplicó el dedo índice en la barbilla y lo subió impregnado hasta
los labios, chupándolo ruidosamente. Con la boca llena, miró a la rubia que
se sentaba, a su lado y dijo:
—Cada día lo haces mejor, Olivia —soltó una carcajada, añadiendo—: Me
casaría contigo si no fuese porque no me gusta el matrimonio...
Comía ante una mesa del Topace. Eran las dos de la tarde y no había mucha
gente en el local a aquellas horas.
Las hojas oscilantes de la puerta se abrieron dando paso a Kayne y a otro
hombre.
Curtis los miró un instante y apartó los ojos volviendo a pegar un bocado al
apetitoso muslo.
Kayne y su acompañante se detuvieron ante el jefe.
—Y bien, ¿qué pasa? —preguntó éste.
—Es Larry Steward, el verdadero —contestó Jay.
Curtis continuó moviendo los maxilares sin levantar la mirada.
—¿Quién te lo ha dicho? —quiso saber.
—Hizo su presentación. Nos arrebató las pistolas de dos disparos a Sam y a
mí.
—Eso sólo prueba que tú y Sam sois un par de zopencos. No sé en qué estaría
pensando cuando os enrolé conmigo. Sólo servís para coger margaritas por
estos montes.
Kayne fue a mascullar una respuesta, pero prefirió tragársela con una dosis de
saliva.
Curtis miró a Larry, observando sus facciones durante largo rato.
—Conque tú eres el famoso Larry Steward... —El aludido iba a replicar, pero
Rex lo interrumpió—: No, no me digas nada, Te creo y creo a Kayne. Está;
bien; vamos al grano, ¿qué buscas?
—Un puesto entre tu gente —contestó el joven.
—¿Por qué me eliges a mí? El mundo es grande y Silverton muy pequeño.
—Estoy cansado de luchar sólo. Llevo muchos años corriendo peligros.
Cuando me pescaron hace unos meses, me dirigía hacia aquí. Pensé que me
ayudarías, y que al fin podría dormir tranquilo...
—¿Sabes lo que es trabajar para mí? Has de aceptar mis órdenes sin rechistar.
No me importa que te parezcan buenas o malas. Tu opinión te la guardas. A
la menor indisciplina o desobediencia, te ganas un tiro detrás de la oreja...
¿Te gustan las condiciones?
—Sí.
—Entonces, no hay más que hablar. ,Quedas admitido. Estarás bajo el mando
de Kayne.
—¿Dónde me aloja? Llevo muchos días cabalgando y necesito un buen
descanso.
—Claro que sí —admitió Curtis —. Hay hoteles de dos categorías. El de
segunda no tiene derecho a baño, y te costará medio dólar diario.
—Prefiero el baño incluido.
—Entonces es un dólar. Pero tendrás que pagar una semana anticipada.
—De acuerdo. ¿Dónde está situado?
—Kayne te acompañará; pero págame a mí. Soy el dueño.
Larry sacó un fajo de billetes del bolsillo, separó uno de a cinco dólares y dos
de a uno, y entrególos a Curtis. Luego giró sobre sus talones y se dirigió
hacia la salida, seguido por Kayne.
CAPITULO IV
Hacia dos días que Larry Steward había llegado a Silverton. En ese tiempo no
le encomendaron ninguna misión, como o Kayne le hubieran concedido un
plazo para que se repusiese de las fatigas de la huida. Pero ahora, al amanecer
del tercero, se encontraba cabalgando junto a. Kayne sin saber adónde se
dirigían. Otros seis hombres les seguían en silencio, rumiando sus propios
pensamientos.
El monte de las Animas se recortaba en un cielo sin nubes. E1 sol había
hecho su aparición y podía preverse que el día seria terriblemente caluroso.
Por doquier que Larry desparramase la mirada, encontraba el mismo seco
paisaje; piedras y polvo, entre los que crecían infinitas variedades de cactus.
De vez en cuando, al ruido producido por los cascos de los caballos, un
lagarto enorme salía de su escondite y tras de mover asustado la repulsiva
cabeza, corría de nuevo a buscar refugio.
Cinco horas después de emprender el viaje, Kayne dio orden de desmontar a
la orilla de un riachuelo. Uno de los hombres se encargó de encender una
fogata con ramas secas de los arbustos que crecían cerca del agua, friendo a
continuación tocino y calentando café.
Dieron cuenta del frugal refrigerio y fumaron cigarrillos o mascaron tabaco.
Entonces, Kayne habló a los expedicionarios.
—Nos dirigimos a Durango, compañeros. Curtis ha tenido noticias de que las
cosas no marchan muy bien allí últimamente. Joe Baby se lo ha creído
demasiado y quiere volar con sus propias alas. Nuestra tarea es cortárselas.
—Pero Baby tiene a treinta hombres con él —objetó un barbudo de ojos
lánguidos.
—No creo que eso sea para echarse a temblar. Vosotros sois los mejores
pistoleros de Curtis. Y además, opino que no todos los de Durango se
pondrán al lado de Baby cuando sepan a qué vamos. ¿Alguna pregunta?
Nadie la hizo y Kayne dio señal para continuar el camino.
Siguieron cabalgando durante la noche, y tan sólo se concedieron un
descanso de cinco horas por la madrugada. A las siete, volvieron a partir.
Eran las once del día cuando avistaron las casas de piedra de Durango, en
otro tiempo pulcramente blanqueadas.
Un par de jinetes, cubriéndose la cabeza con anchos y vistosos sombreros
mejicanos, les salió al encuentro.
—¿Cómo dice que le va? —saludó uno de ellos, de espeso bigote, a Kayne.
—¿Se halla Baby en el pueblo? —retrucó el lugarteniente de Curtis con voz
seca.
—Seguro, manito. No más lo vi esta mañana. ¿Ocurrió algo?
—He de hablar con él. Condúcenos a su presencia. El mejicano se rascó el
cogote y miró a su compañero antes de replicar:
—Pero es que el patroncito advirtió que no se le molestara. Prometió una
onza de plomo para el que olvidase la orden. Y yo tengo mujer y dos hijos,
señor.
Kayne sacó un revólver y apuntó con él a su informador, diciendo:
—Sería una lástima que tu mujer se quedase viuda de repente.
—¡Y cómo no, señor! Síganme ustedes y veremos lo que hubo.
Apenas cruzaron los límites del pueblo, una jauría de perros empezó a dar
vueltas alrededor de los jinetes, ladrando enérgicamente.
Algunas mujeres, la mayoría mestizas, y niños semidesnudos, de piel tostada,
salieron a las puertas de sus casas para contemplar el paso de los viajeros.
Detuviéronse junto a una casa que prometía ser espaciosa. Encima de la
puerta, sobre el muro de cal, habían pintado con letras negras: El Paraíso de
Durango.
—Está ahí dentro —indicó el que había hecho de guía—. No más les pido
quedarme en la calle.
—Será mejor que entréis con nosotros —contestó Kayne, desmontando al
tiempo que lo hacían los demás.
Penetraron en la casa y encontráronse en una amplia sala con piso de piedra
que tenía a la derecha un mostrador tras el que servía un hombre de aspecto
risueño. Media docena de mesas se distribuían por la superficie, rodeada cada
una por cuatro sillas no muy nuevas. En aquel momento el local no brillaba
por la afluencia de público.
Cuatro hombres se hallaban bebiendo en el mostrador, y otros tantos jugaban
a las cartas en una mesa. Todos interrumpieron sus movimientos para
observar a los recién llegados.
Kayne, después de examinar a los concurrentes, se dirigió al del mostrador,
preguntándole:
—¿Y Baby?
—Arriba, en su habitación.
—Dile que baje.
El risueño se marchó, desapareciendo por una puerta que había en un rincón.
Al poco regresó, moviendo la cabeza en sentido afirmativo.
No tardó en aparecer un hombre de unos veintidós o veintitrés años de edad.
Era barbilampiño, y su cabellera mostraba un rubio casi femenino. Larry
comprendió por qué le llamaban Baby. Este sonrió, mostrando unos dientes
nacarados.
—Ah, eres tú, Kayne —dijo—. ¿Qué tal le va a Curtis? Hace un par de
semanas que no le veo.
El lugarteniente repuso:
—El está bien. ¿Y tú?
—¿No lo ves? Respirando salud por los poros.
—Eso es lo malo de los que se confían. Dicen que están fuertes como robles
y, de pronto, el día menos pensado sufren retortijones de estómago...
—Yo sé lo que como. Nada me hace daño. Lo digiero todo.
—¿También el plomo?
A la pregunta de Kayne siguió un silencio impresionante. Baby borró la
sonrisa de sus labios y quedóse mirando a su interlocutor con las cejas
arqueadas.
—Ya tengo cuidado de no tragarlo —contestó, apretando los dientes.
—Curtis te advirtió que no quería más mujeres en la región que las que él
eligiese. Hace cinco días asaltaste la diligencia y te trajiste a Durango a una
joven.
—Uno tiene derecho a elegir su esposa.
—No aquí, Baby. Y tú lo sabías cuando, Rex te confió el mando de este
distrito.
—¡Es una orden estúpida! ¿Qué tiene que ver el matrimonio con lo otro?
Kayne metió los pulgares en su cinturón, abrió las piernas en compás y
ordenó:
—Trae a esa mujer. Nos la llevaremos.
Baby enrojeció de ira y miró a sus hombres.
—Yo en tu lugar —advirtió Kayne—, dejaría las cosas correr. Estos tipos que
me acompañan son demonios con el revólver en la mano. Os coseremos a
balazos si intentáis cualquier treta.
Baby vaciló un segundo y repuso:
—De acuerdo. Trae a la hembra, Dong.
Uno de los que había sentados a la mesa incorporóse para internarse por la
puerta del rincón.
Transcurrieron varios minutos. De pronto se oyó una voz femenina que
gritaba airada:
—¡No me ponga las manos encima!
Una joven de poco más de veinte años, irrumpió en la sala con actitud
desafiante. Al ver a Joe Baby exclamó:
—¿Qué quiere ahora, verdugo?
Kayne emitió una risita, diciendo después a Joe:
—¿Conque ella iba a ser tu esposa? Ahora resulta que te hacemos un favor
alejándola de ti.
La muchacha giró la cabeza en dirección a Kayne con ánimo de replicar, pero
quedóse en suspenso, con los ojos clavados en Larry Steward. Este
correspondió con una mirada de curiosidad.
Kayne dispuso:
—Prepare su equipaje, palomita. Se viene con nosotros. Acompáñala, Larry.
La joven dio la vuelta, encaminándose hacia la puerta por donde había salido.
Larry se fue tras ella.
Subieron por una escalera de piedra mal iluminada, y recorrieron un pasillo a
cuya derecha había varias habitaciones. Penetraron en la tercera y la
muchacha se volvió, mirando otra vez fijamente a Steward.
—Johnny Casey —murmuró.
El hombre dio un respingo y balbució:
—¿Me..., me conoce usted?
—Sí. Te conozco.
—No la recuerdo.
—Han pasado algunos años desde la última vez que nos vimos y yo he
cambiado más que tú.
—¿Dónde fue?
—En Palmyra, Missouri.
Los músculos faciales de John Casey, alias Larry Steward, se endurecieron.
—Soy Joan Walling, Johnny —aclaró la mujer, con amargura.
CAPITULO V
Se miraron a los ojos, sin decir nada.
En la calle, un perro aulló como si hubiera recibido un golpe. Se oyó la
maldición de un hombre, y un niño empezó a llorar.
—Joan Walling —murmuró Casey, sintiendo que el recuerdo se removía
en su corazón.
—Johnny, ¿qué has hecho contigo?
—Lo que ha querido la vida que fuese —contestó. —No digas eso.
¿Tiene alguien la culpa de que estés entre bandidos?
Casey sonrió sarcásticamente.
—¿Y eres tú quien lo pregunta, Joan?
—Te refieres a lo que pasó entre nosotros... Bien sabe Dios que me
arrepentí de mi acto, apenas te hubiste separado de mí...
—No hables de aquello. Está muy lejano.
—Yo lo he tenido presente en todo momento. Ha sido como una mancha
que una y otra vez he intentado borrar sin conseguirlo.
Casey apartó la mirada de ella, diciendo en voz baja:
Será mejor que recojas tus cosas. Nos están esperando.
—¿No me preguntas siquiera por Eva?
John levantó la mirada y ella vio que sus ojos relampagueaban.
—¿Eva? ¿Por qué había de hacerlo? ¡Métete esto bien en la cabeza, Joan! No
quiero saber nada de nadie. Mi nombre no es John Casey. Me llamo Larry
Steward. Nunca estuve en Palmyra.
Entre las cejas de la joven apareció un fruncimiento y con la cara horrorizada,
inquirió:
—¿Larry... Steward?
—¡Sí, el mismo!
—¡No es posible! ¡No puedes haber llegado a tanto!
—Ya se abrió la caja de las sorpresas. Ahora lo sabes todo. Será mejor que te
olvides de cuánto hemos hablado. ¿Dónde tienes la maleta?
—¿Es que vas a entregarme de verdad en manos de esa pandilla?
—Aun cuando fuese otro mi deseo, no podría hacer nada en tu favor.
Ella le dio la espalda, sollozando, y él se arrepintió de haber sido tan duro.
Dejó correr un minuto y se le acercó, preguntando:
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Me dirigía a Tucson a dar una representación teatral. Soy actriz de la
compañía de S. L. Sullivan.
—¿Tú, actriz?
—¿Te extraña, verdad?
—Es raro en una Walling.
—Si lo dices por mi padre, murió hace algún tiempo antes de que me
decidiese por las tablas.
—¿Y qué te ocurrió con Joe Baby?
—Asaltó la diligencia y parece ser que le gusté. Me trajo a la fuerza.
Casey dio unos pasos por la habitación, golpeando el puño derecho contra la
palma izquierda.
Joan acudió a su lado, exclamando: —¡Escapémonos, Johnny!
—¿Te has vuelto loca? ¿Por qué había de huir contigo?
—Es cierto —la joven se mordió el labio inferior—. No me hagas caso. Estoy
muy nerviosa.
Acercóse a la cama y de debajo de ella sacó una maleta que agarró por el asa.
—Vamos —declaró—. Estoy preparada.
Johnny la detuvo junto a la puerta.
—Escucha, Joan. Soy un forajido...
—No te preocupes, Larry Steward. ¿Está bien así? —contestó y no esperó a
oír la respuesta de él para empezar a descender las escaleras.
Kayne los recibió con una mueca sarcástica diciendo a Larry:
—Por la tardanza, creí que también te había enganchado la mosquita
muerta...
—Tuve que convencerla —se excusó Casey.
Joe Baby se consumía de rabia, apretando los puños de tal manera que
mostraba los nudillos blancos.
—Nos largamos, Baby —anunció Kayne—. Puedes venir con nosotros y
arreglar la cuestión con Rex.
—No tengo tiempo.
—Eres un hombre muy ocupado, ¿eh? Bueno, ya te dejarás caer por Silverton
cuando quieras. Será preferible que sea un día de éstos. A Rex le gusta decir
las cosas en caliente, ya lo sabes.
—Me veréis pronto por Silverton. Dale recuerdos a Curtis.
—Se los daré de tu parte. Hasta pronto, muchacho. Ah, se me olvidaba.
Necesito uno de los caballos que hay afuera. Es para la dama.
Primero salió Joan y luego los hombres, procurando éstos no dar nunca la
espalda a los que quedaban en El Paraíso de Durango.
Ya en la calle, Kayne señaló un bayo e indicó a Larry:
—Ese mismo, Steward. Ayuda a la joven a subir.
Casey le quitó la maleta a la muchacha y dejóla en el suelo, ofreciéndole
luego sus manos entrelazadas para que apoyase el pie, pero Joan rechazó la
ayuda y se sirvió del estribo para montar.
El, con la maleta en la mano, se volvió y montó su pinto.
Kayne lanzó un aullido y los corceles se lanzaron al trote, ocupando el
centro el que cabalgaba Joan.
Otra vez los perros, con redobladas energías, salieron disparados de todos
los rincones tras los jinetes, ladrando como condenados, no cesando en su
persecución hasta que el grupo dejó atrás las últimas casas del poblado.
Kayne hizo señal para que disminuyesen la marcha, y uno de los hombres
comentó:
—En mi vida hubiera supuesto que iba a ser tan fácil el trabajo. Cuando vi
la cara que ponía Baby al oír que íbamos a llevarnos a la muchacha, habría
apostado todo mí dinero a que se armaba...
—Tuvimos suerte —repuso el capitán de la expedición—. Los pillamos
desprevenidos. Baby no contaba con hombres suficientes para resistirse...
Pero me da en la nariz que esto no ha acabado en Durango. Joe está
enamorado, y cuando un tipo como él se le mete una hembra en la sesera, es
seguro que lleva su obstinación hasta el límite.
Casey miró de soslayo a Joan, creyendo que aquel diálogo la tendría
indignada, pero observó que se mantenía imperturbable.
Cabalgaron hasta que el sol se puso. Uno de los hombres, que se había
adelantado para efectuar un reconocimiento, volvió diciendo haber
encontrado un buen lugar para pasar la noche. Este se encontraba bajo un
acantilado que los resguardaba de la fresca brisa nocturna.
El que hacía de cocinero volvió a freír tocino y a calentar café.
Los hombres se permitieron algunas chirigotas con Joan, pero la actitud de
ella, indiferente y silenciosa, les indujo poco a poco a olvidarla.
Comieron y bebieron en silencio.
Casey miró varias veces a la joven durante la cena, pero nunca encontró
sus ojos.
Kayne estableció tres turnos de guardia, por parejas. El se reservó, con
Larry, el último de la madrugada.
Joan no aceptó las mantas que le prestaban, sino que sacó las suyas de la
maleta y preparó un lecho lejos de la fogata, a cuyo alrededor se acostaron
los demás.
Los aullidos de los animales nocturnos empezaron a cortar ominosamente
el aire, mientras el disco amarillo de la luna se alzaba en el cielo
tachonada de estrellas. Casey no pudo conciliar el sueño. Se decía que el
destino se ocupaba de burlarse de los hombres. ¿Cómo podía sospechar
que iba a encontrar en aquella región tan apartada a Joan Walling? Se
preguntó también qué habría sentido si en lugar de Joan hubiese hallado a
Eva. Habían pasado muchos años desde aquella noche en que salió a uña
de caballo de Palmyra y, sobre todo, había vivido intensamente. Hacía
muchísimo tiempo que la imagen de Eva había desaparecido de su mente,
y he aquí que ahora, en pocos minutos, volvía a recobrar su nitidez. ¿Era
posible que todavía estuviese enamorado? No, no había preguntado a Joan
por su hermana, pero en aquel instante sentía el aguijón de querer saber de
ella.
Fueron pasando las horas. La segunda pareja relevó a la primera. Y él, Casey,
continuó despierto, recordando las viejas estampas que hasta entonces había
creído oscurecidas o difuminadas en el último rincón de su cerebro.
Se dijo que estaba cansado y que no era cansancio físico lo que sentía, sino
algo más grave -y profundo. Su espíritu había envejecido, a través de los
años, más rápidamente que su cuerpo.
De pronto, a su oído llegó un ruido extraño. Era como si alguien se arrastrase
por el suelo. Se enderezó sin apoyar las manos, y vio un bulto oscuro más allá
del círculo de luz de la fogata. Uno de los hombres se aproximaba al lugar en
que descansaba Joan.
Casey sintió hervir la sangre en sus venas, mas haciendo un esfuerzo de
voluntad, esperó para intervenir.
El rufián tocó con sus torpes manos a la joven y ésta despertó sobresaltada,
lanzando un grito.
John se levantó de un salto y acortó corriendo la distancia que lo separaba del
enfebrecido sujeto, quien, tratando de dominar a la muchacha, sujetándola
por las muñecas, decía:
—No debes llamar a nadie en tu auxilio, preciosa. War será bueno
contigo.
Súbitamente, una mano provista de dedos como garfios se clavó en el
cogote de War, izándolo con fuerza poderosa. Rasgó el aire un puño, se
produjo un restallido, y un mentón sonó a cascajo.
Los otros hombres del grupo vieron cómo War salía disparado y caía en el
suelo, dando una vuelta de campana antes de quedar inmóvil.
Casey miró a la asustada Joan, preguntándole: —¿Se encuentra bien?
—Sí, gracias.
—¡Bravo, Larry! —terció Kayne, sonriendo con ironía—. También sabes
pegar. Pero yo no lo hubiera tomado tan. a pecho. Después de todo, el
muchacho sólo pretendía arropar a la joven.
Joan observó con asco al hombre de confianza de Curtis y Casey se alejó
sin replicar una palabra.
War volvió en sí, e incorporóse acariciándose la dolorida barbilla. Al
pasar junto a Larry, dirigióle una mirada preñada de odio.
*****
Rex Curtis mojaba en el café una rebanada de pan untada con
mantequilla, mientras Kayne le iba informando sobre el resultado de su
misión. Detrás del lugarteniente se hallaban Joan y Casey.
Kayne terminó el relato y entonces dijo Curtis:
—Está bien; apártate y que se acerque esa mujer.
Joan se aproximó. La fatiga de las dos jornadas de continuo cabalgar apenas
se le notaba en el rostro.
Curtis la examinó detenidamente de la cabeza a los pies y luego ascendió la
mirada hasta detenerla en las brillantes pupilas de la joven.
—No, no estás mal, muchacha. Ese condenado de Joe Baby sabe elegir. Pero
no te vayas a entusiasmar demasiado. Te faltan cinco o seis kilos para que
seas de mi gusto. Claro que se podría arreglar. —Hizo una pausa y preguntó
bruscamente—. ¿Qué ibas a hacer a Tucson?
—Trabajo en la compañía de teatro de S. L. Sullivan.
—Ah, una bailarina. Estupendo.
—No soy bailarina.
—O cantante. ¿Qué más da?
—Soy actriz.
—¿Actriz? Bueno; yo soy muy exigente con las de tu clase. ¿Qué tal estás de
tobillos? Es mi punto flaco. ¿Sabes lo que dicen mis hombres? Que una
mujer con finos tobillos puede hacer lo que quiera de mí. —Soltó una
carcajada, y al ver que ella permanecía seria, exclamó—: No serás
melindrosa, ¿eh? Te he salvado de las garras de Baby. Yo no admito el rapto
en mi territorio, ¿sabes? Es un delito que no consiento.
—En ese caso, me dejará que continúe mi viaje a Tucson.
—Una chica muy lista, sí, señor. Me has cogido la palabra. De acuerdo, te
irás a Tucson.
—Gracias.
—Pero antes serás mi invitada. Me he educado en el Sur y soy un caballero.
Mis hombres no están acostumbrados a los modales finos y no conocen las
reglas de la buena sociedad, pero yo sí. —Agarró otra rebanada de pan con
mantequilla y después de sumergirla en el café se la introdujo en la boca.
Mientras mascaba, ordenó—: Llévatela, Kayne. Ocupará la habitación de
Ana...
—¿Y qué hago con las cosas de Ana?
—Tíralas por la ventana.
—¿Y ella?
—¡Por mil demonios! ¡Haces demasiadas preguntas! ¡Imbécil...! ¡Dile a
Edgar que se la traspaso!
Kayne indicó a Joan que lo siguiera y poco después ambos
desaparecieron por una puerta del fondo de la sala.
Casey dio unos pasos hacia Curtis.
—¿Qué va a hacer con la muchacha, Rex?
El jefe de la pandilla detuvo la mirada en la faz de su interrogador.
—¿Qué crees tú, Larry? —inquirió a su vez.
—He pensado que Joe Baby no se conformará con su decisión sobre ella y
que tratará de recuperarla.
—Sentiré mucho la muerte de Joe. Es un buen chico. Un poco alocado, pero,
al fin y al cabo, un buen chico.
Kayne regresó en aquel instante y tomó asiento en una silla, junto a la
ocupada por su jefe
—La he dejado encerrada en la habitación —declaró. Y puso una llave
sobre la mesa.
Sobrevino una larga pausa.
Curtis recogió la llave y apretóla sonriendo.
John preguntó:
—¿Puedo hacerle una petición, Rex?
—Apenas llevas una semana conmigo. Las demandas deben esperar un poco
más de tiempo.
—Es una excepción, y le prometo que no volveré a pedirle nada.
Curtis bebió de un trago el café que quedaba en la taza y se secó los labios
con la manga de la camisa.
—Está bien —convino—. ¿De qué se trata?
—Es cosa sobre esa mujer. Desearía casarme con ella...
La propuesta dejó asombrados a los dos forajidos durante largo rato, hasta
que de repente, Curtis lanzó una de sus acostumbradas risotadas.
—¿Casarte con esa actriz? —retrucó, estremeciéndose de hilaridad.
—Me he enamorado de ella —repuso Casey con firmeza—. Si accede usted,
me comprometo a quitarle de en medio a Joe Baby...
Curtis borró la sonrisa del rostro, endureciéndolo hasta parecer tallado en
granito.
Johnny sintió los latidos rápidos de su corazón.
—De acuerdo —aceptó Curtis. Y rompió a reír de nuevo.
Kayne oyó perplejo la respuesta de Rex.
Entonces, Casey alargó la mano abierta, diciendo:
—¿Me entrega la llave?
Curtis cedió lo que solicitaba y Johnny se despidió.
—Hasta mañana, Rex. Es un gran favor.
El jefe continuaba sonriendo cuando ya Casey se había marchado.
—Crees que he perdido la cabeza, ¿verdad, Kayne?
—Pues, la verdad, no comprendo mucho tu actitud, jefe.
Curtis se acodó en la mesa, mirando a su lugarteniente.
—Lo comprenderás en seguida. El agente especial del Gobierno, Sharkey,
llegará mañana a Silverton. Gracioso, ¿verdad? Ha tardado en venir
parque entró por Mesa Verde y pasó el tiempo vendiendo sus Biblias entre
nuestros hombres de Mancos y Rico. Así se granjeó su confianza y al fin
se atreve a entrar en Silverton.
Kayne fue ahora quien sonrió, diciendo halagadoramente :
—Eres grande, jefe.
—Mañana será un día divertido. Larry acabará con Baby y Sharkey, sin
saber que firma también su sentencia de muerte. Y yo me quedaré con la
chica. —Se levantó de la silla para retirarse y de pronto añadió—: Por
cierto que debes ordenar a la cocinera que le prepare a la joven un buen
desayuno. A ver si engorda esos cinco o seis kilos...
CAPITULO VI
Casey llamó con los nudillos suavemente en la puerta y al cabo de un rato
oyó la voz de Joan.
—¿Quién es?
—Larry Steward.
—Oh, espere un momento...
Pudo escuchar desde el pasillo el fru-fru de la ropa con que se cubría la
joven.
—Puede pasar, Larry.
El metió la llave en la cerradura y la hizo girar, abriendo la puerta a
continuación.
Joan estaba junto a una ventana .y cubría su cuerpo con un batín azul. No
debía de haber dormido mucho, a juzgar por las profundas ojeras que
rodeaban sus párpados.
John cerró a sus espaldas y dio unos pasos por la habitación, deteniéndose
cerca de la muchacha.
—He de decirte algo, Joan.
—Está bien. Soy toda oídos.
Casey carraspeó apartando la mirada de la de ella, como si . encontrase
dificultad en iniciar la explicación que había anunciado. Al fin dijo:
—Ayer tuve unas palabras con Curtis acerca de ti, Joan.
—¿Interesantes?
—Sí, creo que lo son.
—Bueno, ¿y de qué hablasteis, si puede saberse?
—Te vas a casar conmigo.
La perplejidad se asomó al rostro de la hermana de Eva Walling.
—¿Que yo me voy a casar...?
—No has de preocuparte, sólo se trata de un matrimonio de conveniencia.
No has de temer nada de mí.
—¿Quieres ser un poco más claro?
—Se me ocurrió como único recurso para que salgas bien librada del
atolladero en que te has metido.
—Confieso que no deja de ser interesante. ¿Cuáles son tus planes respecto al
futuro?
—Te sacaré de esta comarca.
Joan se cruzó de brazos y tras un silencio, murmuró:
—Me temo que no queda otra alternativa.
—Me temo que no.
—¿Y cuándo será esa boda?
—Esta mañana.
Ella se volvió hacia la ventana y estuvo inmóvil durante unos minutos.
—Siempre había pensado casarme de blanco... —susurró.
—Pero esto es una farsa, Joan —repuso él—. Te casarás de blanco algún día.
Apenas te encuentres a salvo, podrás conseguir fácilmente la anulación de
nuestro matrimonio. Bastará que alegues te ha sido arranado el
consentimiento por coacción.
Joan giró hasta enfrentarse nuevamente con Casey. Dijo con una amarga
sonrisa:
—De acuerdo, Johnny. No quiero crearte más complicaciones.
—Estate preparada. Dentro de un rato, cuando lo tenga todo listo, subiré a
por ti.
Salió de la habitación y ahora no echó la llave. Bajó las escaleras; al
transponer la puerta de acceso al salón se detuvo.
Rex Curtis se hallaba sentado a una mesa, sonriendo a Joe Baby, quien estaba
rodeado por su inconfundible tropa. Dos docenas de hombres al mando de
Jay permanecían atentos a lo que pudiera ocurrir.
Joe Baby estaba diciendo algo, pero calló al ver a Larry. Curtis volvió la
cabeza, siempre sonriendo, e indicó:
—Acércate, Larry. Precisamente iba a hablar de ti... Casey se adelantó:
—Continúa, Joe —ordenó Rex.
—Estaba diciendo que tienes todas las mujeres que quieres, jefe —arguyó
Baby—. ¿Por qué no has de dejarme a mí ésta? ¡Ni siquiera es tan bonita
como Ellen!
—No se trata de eso, querido Joe. Has desobedecido mis órdenes. Cuando te
nombré administrador del distrito de Durango, las conocías. Debiste limitarte
a cumplirlas.
—Bueno, supongamos que me he apartado de ellas. ¿Qué mal he hecho? Eso
es lo importante, creo yo. Mis hombres estuvieron conformes.
—Eres tú quien responde ante mí, no ellos. ¡Y te repito que fue un acto de
indisciplina! De acuerdo con ello, te he quitado la mujer y se la he entregado
a Larry Steward.
Baby dio un respingo como si hubiera sido picado de repente por una
serpiente cascabel. Clavó su acerada mirada en el hombre que había
nombrado Curtis, exclamando:
—¡Eso es imposible!
—¿Por qué ha de serlo? —inquirió Rex, irónicamente.
—¡Larry apenas lleva unos días contigo...! Tú y yo marchamos juntos
desde hace tres años. ¿Qué servicios te ha prestado él, en comparación
con los míos?
—Reconozco tus méritos, Joe; pero tu rebelión merece también algún
castigo. La mujer será de Larry, es asunto decidido.
Ya había sido pronunciado el fallo sobre la apelación de Joe. Un fallo
que era irrevocable, y al que siguió un ominoso silencio. Curtis miraba a
Joe malignamente, con un brillo de regocijo en sus pupilas. Se diría que
el resto de los hombres formaban parte de un grupo escultórico, tal era su
quietud. La atmósfera pareció cargarse de negros presagios. Baby
apretaba los labios rabiosamente, mientras Larry, su antagonista en el
caso debatido y sancionado, se mostraba imperturbable, con los brazos
caídos a lo largo de sus costados.
—¿Es tu última palabra, Curtis? —preguntó súbitamente Baby.
La frase produjo un efecto insospechado. Los hombres empezaron a
mover las manos hacia sus fundas.
Rex miró a Larry y después a Joe, sin borrar la sonrisa de su faz.
—Quizá haya otra solución —declaró—. Los dos sabéis manejar bien el
revólver... y juraría que los muchachos están deseando ver un espectáculo
de calidad.
—¿Un duelo? —inquirió Baby.
—¿Por qué no? ¿O es que tienes miedo?
Joe observó a Larry y repuso:
—¿Está conforme, Steward? La mujer para quien gane.
Casey movió la cabeza en sentido afirmativo, murmurando:
—Si usted lo quiere, por mí no hay inconveniente. Rex se incorporó,
frotándose las palmas de las manos en el pantalón:
—¡Estupendo, chicos! Naturalmente, aceptaré todas las apuestas que se me
hagan. Mi favorito es Larry.
Joe hizo una mueca de sarcasmo, diciendo:
—Estaría bien que perdieses tu dinero, además de la mujer.
Curtis rozó con los dedos la culata de su «Colt».
—Hablas demasiado, Joe. Si no fuese porque yo también quiero divertirme,
te cerraba la boca con un pildorazo.
Hubo otro instante de tensión, pero el propio Curtis lo hizo desaparecer,
ordenando que todos salieran a la calle para escenificar el desafío.
Acordóse que los rivales se colocasen en el centro de la calzada, separados
por una distancia de treinta yardas, y que a una señal de Rex empezasen a
andar, acercándose uno a otro, pudiendo disparar en cualquier momento.
Los espectadores se distribuyeron por las aceras, cruzándose apuestas sobre
quién sería el vencedor. El jefe aceptó un total de mil cuatrocientos dólares y
después de observar que Larry y Joe estaban en los lugares señalados, disparó
al aire su revólver.
Instintivamente, los dos hombres que se enfrentaban pusiéronse en
movimiento.
Andaban con lentitud, mirándose fijamente, sin pestañear.
La distancia fue acortándose poco a poco.
Los forajidos testigos del duelo contenían la respiración, siguiendo
emocionadamente los desplazamientos de los protagonistas.
Veinticinco yardas, veintidós, diecinueve...
Joe Baby hizo correr su mano derecha rapidísimamente y extrajo en décimas
de segundo el revólver.
Se oyó un estampido y una bala surcó siniestramente el aire.
Pero el proyectil no había salido del cañón de Joe, sino del de Larry.
Entre las dos cejas de Baby apareció un agujero del tamaño de una moneda
de cinco centavos. Inmediatamente, con el «Colt» en la mano, se desplomó
de bruces y quedó exánime.
El silencio que se produjo fue roto por una exclamación de Rex Curtis:
—¡Por todos los infiernos! ¡Eso es disparar...!
Algunos hombres lanzaron hurras de victoria. Eran los que habían colocado
su dinero en favor del superviviente.
Este enfundó el arma y dirigióse hacia donde se hallaba el jefe.
—¡Bravo, Larry! Lo que he oído de ti es cierto. No sólo tendrás la mujer,
sino la administración de mis intereses en Durango...
Casey sonrió, respondiendo:
—Por ahora prefiero su compañía. Me he podido dar cuenta de que tiene
grandes dotes de mando. Yo no estoy acostumbrado a ello y no podría
encontrar mejor maestro en ninguna parte...
Rex rió halagado:
—¿Lo habéis oído, muchachos? ¡Así quisiera que fueseis todos! ¿Y la chica?
¿Tampoco la quieres...? —soltó una carcajada bamboleándose de atrás
adelante.
—Sí, la mujer es mía. Y ahora mismo quisiera casarme con ella.
Curtis dejó de reír.
—¡Claro que sí! Será un buen día de fiesta. ¡Kayne, avisa al juez de paz!
—Voy a por la chica —asintió Casey, separándose de Rex.
Cuando entró en la habitación, Joan le preguntó con cierto nerviosismo :
—¿Qué ha sido ese disparo?
—Tuve que matar a un hombre.
Después de una pausa, ella inquirió:
—¿Qué lugar ocupa entre los que has asesinado?
—Olvídate de eso ahora.
—¿Crees que puedo? ¿Cuándo vas a dejar de manchar tus manos de sangre?
—Ya es tarde para rectificar. Cada uno tiene su destino escrito.
—¡No, John! Tú has querido seguir el tuyo, pese a todo. El comandante tenía
razón cuando me habló de ti, pero se equivocó en algo. Tu padre siguió
siempre un camino recto, aun cuando le gustasen las aventuras...
—¡A mí me aburren los sermones, Joan! —le interrumpió él, con acritud.
La joven enmudeció y permanecieron largo rato mirándose.
—Lo siento —se disculpó Casey—. Nuestros caminos se han vuelto a
cruzar y no es culpa mía. Parece que cuando nos encontramos, cada uno
está a un lado de la divisoria.
—Ahora estoy contigo, John.
—Sólo circunstancialmente. Esta noche te hallarás muy lejos de
Silverton, y entonces..., procura olvidar que existo.
Los ojos de Joan se nublaron por una pátina húmeda.
—¿Por qué no abandonas esto tú también? —preguntó, casi sollozando.
—No puedo elegir. Mi puesto está aquí.
Acercóse Casey a la muchacha y tomándole una mano la apretó entre las
suyas.
—Ahora vas a ser una buena chica, Joan. Bajaremos y nos casarán.
Después le diré a Curtis que vamos a pasar la luna de miel a Appriton,
una aldea cercana a los montes de San Juan. Una vez allí te acompañaré
hasta la frontera de este infierno.
—¿Cómo justificarás mi ausencia ante Curtis?
—Diré que escapaste mientras yo dormía. Es perfectamente lógico.
Salieron de la habitación y bajaron al salón.
Los hombres del difunto Baby confraternizaban con los compañeros de
Silverton. El whisky corría a raudales.
Curtis salió al encuentro de los novios.
—¡Esto me hace feliz! —exclamó—. ¡Voto a todos los infiernos que va a
ser un día completo! El juez de paz ya está esperándonos. Bueno, me
dejaréis que sea el padrino, ¿no?
Casey asintió.
—¿No es costumbre que el padrino lleve del brazo a la novia? —Rex lanzó
una carcajada y miró a Johnny—. Ellen será la madrina. ¡Eh, Ellen...!
La rubia se aproximó contoneándose, mientras dirigía una fría mirada a Joan.
—Cuélgate del brazo de Larry, Ellen —ordenó Rex sin perder el humor. Y
cuando la hembra hubo obedecido, añadió—: A propósito, Larry, tenemos un
invitado con el que no contábamos...
—¿Quién?
—Un vendedor de Biblias que acaba de llegar a la ciudad, un tal Albert
Chaves. Es aquél que está de espaldas hablando con Kayne —Curtis gritó—:
¡Eh, señor Chaves! ¿No les ofrece una de sus Biblias?
El aludido dio media vuelta, sonriendo, y de pronto, al ver a Larry, reflejóse
en su rostro un gran estupor.
Por su parte, John se desprendió del brazo de Ellen, inquiriendo:
—¿Se dedica ahora a vender Biblias, Sharkey? Rex compuso una mueca de
ingenuidad para preguntar balbuceando:
—¿Pe..., pero ustedes se conocen?
—Robert Sharkey —respondió Casey—. El agente del Gobierno que me cazó
y estuvo a punto de llevarme a la horca...
El rumor de voces se fue apagando, hasta quedar la sala en silencio.
CAPITULO VII
—¡Un perro del Gobierno! —rugió Curtis, echando mano a la pistola.
—¡Es mío! —retrucó John, con fiereza.
Sharkey tiró del revólver, pero Casey no había apartado los ojos de él, y
apenas lo vio moverse disparó sin sacar el «Colt» de la funda, levantando tan
sólo el hocico de éste.
El agente especial lanzó un aullido y se abatió sobre el piso.
Jean Walling se descolgó horrorizada del brazo de Curtis.
Casey se acercó al desplomado agente, que estaba boca abajo, le metió el pie
por el vientre y lo impulsó hacia arriba, diciendo:
—No finja, Sharkey. Está vivo.
El agente abrió los ojos, murmurando:
—Es usted el tipo más sucio con que me he tropezado en mi vida. Mató
alevosamente .a dos guardianes para escaparse de la prisión...
Rex avanzó a grandes pasos.
—¿Qué esperas para rematarlo, Larry?
Casey miró con dureza a Sharkey, manifestando:
—Lo he herido en el brazo izquierdo. Yo mato en igualdad de condiciones.
—Miró al agente—: Dentro de tres días podrás usar las dos manos, y
entonces...
—¿Quieres decir que vas a esperar a que se reponga? —inquirió Curtis.
—Así es.
—¡Si no lo matas tú, lo haré yo!
—He dicho que es asunto mío —replicó John, con ojos relampagueantes—.
No hay hombre en el mundo que odie más a este Sharkey... y nadie lo
liquidará excepto yo.
Durante un minuto, Rex y Casey se miraron retadoramente, pero al fin el
primero sonrió, accediendo:
—Está bien. Es tuyo, Larry. Pero la próxima vez procura acertarle como a
Baby. No me gusta tener a mi lado perros... ¡Desármalo!
John quitó las armas al agente y ordenó después: —Subidlo a la habitación de
la muchacha.
Dos hombres se destacaron del grupo y ayudaron al prisionero a levantarse.
—Bueno, ya puede empezar la boda —declaró Rex. —Tengo algo que decir
respecto a eso.
Era Joan quien había hablado, y su voz estaba velada por la ira.
—¿Tú? —exclamó Curtis—. ¿Qué tienes que decir tú?
—Que no me casaré con este hombre —respondió, señalando a Casey.
El aludido dirigió a la joven una mirada de asombro.
Rex observó a su vez a Larry, comentando:
—Parece que las cosas no se ponen muy bien para ti. Primero fallas el
disparo y ahora tu mujer te rechaza.
—Marré el tiro de Sharkey tan sólo unos centímetros del corazón, porque
tuve que disparar sin sacar el revólver, y en cuanto a la segunda cuestión,
habrá boda...
—¡Se equivoca, señor Steward! —habló Joan, rabiosa—. No me casaría con
usted a ningún precio. Puede matarme si quiere, u ordenar que lo haga
cualquiera de sus hombres... Esperaré su decisión en mi habitación, mientras
curo a ese caballero...
Para pronunciar la última palabra empleó una especial inflexión de voz que
irritó a Casey, quien no pudo replicar porque la joven se encaminó en
seguida, resueltamente, hacia el piso superior.
Sharkey fue conducido tras ella.
Curtis interpeló a Larry:
—¿Cuál de los dos métodos que sugirió vas a emplear?
—Ninguno. Cambiará de opinión cuando hable con ella. Accederá al
casamiento.
—Pareces estar muy seguro. La joven es una gata con uñas afiladas. De las
que me gustan. Casi estoy arrepentido de habértela cedido... —observó la
cara seria de Larry y añadió—: Bebe unas cuantas copas y se te pasará el mal
humor.
Rex empezó a separarse de su interlocutor y entonces éste preguntó:
—¿No bebe conmigo?
—No —rió Rex—. He de escribir una carta a mi tía Gertrudis. Dile a Kayne
que venga a mi despacho...
****
Casey lió un cigarrillo y encendiólo, contemplando cómo el viento deshacía
la pequeña nube de humo. Se hallaba junto a su caballo, en una pequeña
hondonada. Arriba, el montículo cercano era camino obligado para la salida
de Silverton hacia el Norte y el Este.
Cuando terminaba el cigarrillo oyó el galope de un caballo y poco después
vio a Kayne sobre su alazán, recortados ambos en el cielo. Esperó a que
desapareciese para montar el pinto y salir tras él.
Algunas veces, durante las dos horas siguientes, tuvo que detenerse para
evitar que Kayne lo descubriera.
Por fin lo vio desmontar cerca de una montaña y dirigirse a lo alto.
—Casey puso también pie a tierra y corrió agachado. Cuando llegó cerca de
la cumbre se parapetó tras una roca y asomó unos centímetros la cabeza.
Kayne estaba reuniendo un haz de ramas que más tarde depositó en el suelo,
prendiéndole fuego. El combustible debía estar húmedo, porque originó una
espesa nube de humo. Entonces Kayne se alejó, volviendo al cabo de unos
segundos con una gruesa manta que puso sobre la hoguera. Durante un buen
rato estuvo haciendo señales, hasta que le contestaron de otro monte situado a
unas quince millas.
Kayne dio por terminado el mensaje y apagó el fuego con sus botas.
John salió de su escondrijo, diciendo:
—¿Hablando con la novia, Kayne?
El interrogado, que estaba de espaldas, se volvió como una centella con la
mano en el revólver, pero al descubrir a Larry detuvo su impulso, recordando
la rapidez de que había hecho gala últimamente el matador de Joe Baby.
—¿Qué haces aquí, Larry? —fue lo que se decidió a preguntar.
—Daba un paseo y vi tu caballo abajo. ¿Y tú?
Kayne sonrió y se repuso:
—Estaba haciendo un encargo por cuenta de Rex.
—¿Sí? ¿De qué se trata?
—Es un secreto, muchacho. El jefe también los tiene.
—Un secreto es para guardarlo uno solo. Si tú participas de él, ya deja de
serlo. ¿Qué más da, pues, que yo también lo sepa?
—Eso no es posible, Larry.
John se frotó la barbilla, solicitando:
—Dame la carta, Kayne.
—¿Qué carta? —inquirió el otro.
—La que escribió Rex para su tía Gertrudis. Kayne soltó una nerviosa
risotada.
—¿Te lo creíste, Larry? Fue una chanza de Rex.
—Por eso mismo la quiero.
El rostro del lugarteniente se endureció.
—¿Por qué? —interrogó.
—Me la vas a dar y eso basta. ¿O prefieres que dilucidemos el asunto a
balazos?
Kayne tragó saliva, negando con la cabeza.
—Quiero vivir unos cuantos años más. Está bien, tú ganas. Larry. —Metió la
mano en el bolsillo superior y sacó un sobre cerrado—. Aquí la tienes.
John dio unos pasos y alargó la mano para coger la carta. Cuando sus dedos
aprisionaron ésta, de repente Kayne lo agarró por la muñeca y dióle un tirón,
atrayéndolo hacia él y volteándolo contra el suelo.
Casey cayó de espaldas y su rival se lanzó sobre él para aprovechar su
momentánea superioridad, golpeándole el estómago y el hígado.
John, haciendo caso omiso del alud de golpes, disparó su puño derecho, que
fue a estrellarse matemáticamente en la mandíbula de Kayne. Este, por la
fuerza del golpe, fue lanzado hacia arriba, y luego reculó dando traspiés hasta
que perdió el equilibrio y se derrumbó.
Se enderezaron a un tiempo, separados por una distancia de cinco yardas y
Kayne lanzó un gemido, sabiendo que inmediatamente Larry le alojaría una
bala en el cerebro.
—No te mataría si tuviera a mano una cuerda... —masculló Casey.
—¡Dentro hay una! —se apresuró a decir Kayne—. ¡En la cueva!
—¿Dónde está esa cueva?
Ahí, a la derecha.
—De acuerdo, echa a andar.
Kayne obedeció y John recogió la carta, que estaba en tierra. Poco después
llegaban a la entrada de una caverna natural. John desarmó a su prisionero, le
hizo sentarse y después preguntóle:
—¿Quién vendrá a buscar la carta de Rex?
—Un mestizo.
—¿A quién va destinada?
—Lo ignoro. Te lo juro.
Casey abrió el sobre que estaba en blanco, extrayendo una cuartilla escrita a
lápiz con mano torpe. En ella leyó:
«Larry Steward falló el tiro y sólo hirió al agente. ¿qué hago?
»Curtis.»
John sacó del bolsillo papel y lápiz y se dispuso a escribir sobre la espalda de
Kayne, advirtiéndole:
—No te preocupes. Hoy no es mi día.
Teniendo a la vista la carta de Rex e imitando lo mejor posible la letra de ella,
Casey garabateó
«Grave problema. Necesito verlo personalmente y con
urgencia. Espero respuesta mañana a las seis.
»Curtis.»
—Compañero —advirtió a Kayne—. Ahora todo depende de ti. Cuando
venga el mestizo le darás esta otra carta.
—No tiene sobre.
—Quizá se extrañe el destinatario, pero la calidad del mensaje lo
justifica todo. Yo te estaré vigilando revólver en mano y estarás vuelto
hacia mí para que pueda ver el menor gesto de tu cara. Si mueves una
ceja, te prometo que no contemplarás hoy la puesta del sol.
Kayne hizo un movimiento aprobatorio, y John le indicó que saliese de
la cueva y se dirigiese al lugar en que habían sostenido la lucha.
Casey se parapetó tras la roca que había ocupado anteriormente, señalando a
Kayne la posición en que debía permanecer.
Al cabo de un rato oyóse el galope de un caballo y pocos minutos más tarde
apareció en la cumbre el mestizo anunciado por el cautivo.
El recién llegado preguntó a éste, sonriendo:
—¿Cómo le va, señor Kayne?
—Bien; este mensaje has de entregarlo inmediatamente.
—Siempre de prisa. ¿Algo más?
—Nada.
—Tendré que correr mucho. Hasta la vista.
El mestizo hizo mutis y Casey salió de su escondite.
—Te portaste bien, Kayne.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
John sonrió y repuso:
—¿No recuerdas que hay una soga en la cueva? La faz de Kayne perdió
súbitamente el color.
—¡No me ahorques, Larry...! ¡No puedes hacerlo!
—¿Por qué no?
—¡Te he ayudado! ¡He hecho todo lo que me has pedido...! ¡Te lo pido por
favor...! ¡No me ahorques...!
—¡Regresa a la cueva! ¡Me dan asco los cobardes! Los ojos del lugarteniente
de Rex Curtis se llenaron de lágrimas.
John puso una mano en la funda del revólver y entonces Kayne obedeció.
CAPITULO VIII
Rex Curtis pegó un puñetazo en la mesa, vociferando
—¿Adónde infiernos ha ido ese estúpido de Kayne? ¡Ya tenía que estar de
vuelta!
Ninguno de los hombres respondió a la pregunta y el silencio exasperó aún
más al jefe.
—¡Sois un hatajo de haraganes! ¡Qué demonios habéis hecho todo el día?
¡Yo os lo diré! Beber y beber sin parar... ¡Estáis borrachos como cubas...!
¿Hay alguien con la cabeza sobre los hombros?
Peabody dio un paso al frente y en actitud de firme, con la barbilla erguida,
murmuró:
—Yo, mi coronel.
—¡Qué coronel ni qué diablos, Peabody! ¡Te voy a...!
—¡Perdón, jefe! A veces recuerdo demasiado el ejército.
—¡Yo te ayudaré a olvidarlo, si no andas listo! Lárgate y no vuelvas sin
Kayne, porque te rebano la nuez.
—Sí, jefe.
—¡Y llévate media docena de hombres contigo! Peabody giró hacia los que
estaban detrás de él y eligió:
—Rudy, Max, Olson, Pat, Sócrates y Taurong. ¡Preparados para
acompañarme!
Los aludidos salieron del grupo y entonces ordenó Peabody:
—¡Fuera todas las botellas!
Hubo una pausa, durante la cual los seis hombres elegidos miraron
extrañados a Peabody.
—¡Fuera las botellas he dicho!
Tres individuos sacaron pequeñas botellas de whisky o ginebra del bolsillo
trasero del pantalón y depositáronlas sobre una mesa cercana. Peabody sonrió
y dijo:
—Eso está bien. ¡Adelante!
Los siete hombres pusiéronse en movimiento, quedándoles Peabody a la
retaguardia.
—¡Peabody! —le llamó, de pronto, Rex.
—¿Qué, jefe?
—Tu botella también.
Peabody puso una cara de circunstancias y terminó por emitir un gemido y
aligerarse de peso. Luego salió al exterior, entre las carcajadas de los que se
quedaban.
Todavía oíanse las risas cuando apareció Larry. Encaminábase directamente
hacia la puerta del fondo, pero la voz de Curtis le detuvo:
—¿Has visto a Kayne, Larry?
—¿Ocurre algo?
—¿Es que tiene que ocurrir?
—Lo decía por si podía sustituir a Kayne en beneficio tuyo.
—Comprendo, muchacho. No es nada que puedas resolver. Simple
prevención. Me gusta saber por dónde andan mis hombres...
—Pues no le he visto...
—No me refería ahora a Kayne, sino a ti. Hace unas cuantas horas que nos
dejaste.
—¿Es necesario que hable?
—Considéralo una orden, si hemos de ser exactos.
—Está bien. He ido a consolarme de mi pequeño fracaso con esa mujer que
había de casarse conmigo.
—No se te nota que hayas bebido mucho, Larry.
—No me refería a esa clase de consuelo.
Curtis miró fijamente a su interlocutor y de pronto estalló en carcajadas.
—Oh, una mujer... Tú eres un tipo listo, Larry. Estoy observando que eres
más inteligente de lo que había calculado.
—No tanto como usted, jefe.
—¿No? Tendré que tener más cuidado contigo. El día menos pensado puede
ocurrírsete usurparme el trono.
Casey rió las palabras de Rex y reanudó el paso, diciendo:
—Voy a ver qué tal andan mi futura esposa y ese vendedor de Biblias...
—¡Espera, Larry! —ordenó otra vez Curtís.
—¿Qué es? —inquirió el joven.
—Abre aquella puerta de la izquierda.
Casey se dirigió al lugar que le señalaban y abrió la puerta. Daba a un patio,
sobre cuyo suelo había no menos de diez hombres. Estaban muertos. Habían
sido baleados en la cabeza, en el estómago o por la espalda. La sangre había
manado de los agujeros y los cadáveres reposaban en un lecho de sangre.
Casey había visto escenas horribles pero aquel macabro espectáculo superaba
todo lo imaginable. Cerró la puerta, sintiendo náuseas, y giró sobre sus
talones. Rex Curtis lo miraba con sonrisa sardónica.
—Ha sido una buena carnicería, ¿eh, muchacho? Los forajidos también
contemplaban a Larry con aire de presunción.
—¿Quiénes son esos hombres? —inquirió Casey, roncamente.
—Los trajeron hace unas horas —respondió Rex—. Vivos, naturalmente. Se
negaron a pagar el arriendo de sus establecimientos.
—¿Qué arriendos?
—Pues uno el de su peluquería, otro el de su panadería, algunos el de su
almacén. Se ponen pesados con eso de que no tienen dinero para pagar. ¿Y
sabes una cosa? Me apena tomar una medida así, pero ¿qué pasaría si se
enterasen de que a uno que no paga le contesto: «No se preocupe, amigo, otra
vez me pagarás»?, Pues que todos dirían lo mismo, que tienen las arcas
vacías... Por eso he decidido cortar por lo sano. Si no ganan bastante, ¿para
qué quieren regentar un negocio?... ¿Para qué quieren vivir?... Les he hecho
un favor retirándolos de la circulación... ¿No harías tú lo mismo, Larry?
—¿En qué se basa ese arriendo? ¿Es usted propietario de las casas en qué
radican los negocios?
—Como si lo fuese. Ellos viven en mi distrito. ¿Es que no trabajo para que
esta región sea próspera? ¿Cuántos hombres había por estos condenado
montes antes de que yo llegase?... Anda, pregúntalo por ahí, te responderán
que eran sólo habitados por buitres. ¿Y ahora qué? Centenares de hombres,
mujeres y niños residen en dos docenas de pueblos de la comarca. ¡Por mí
hay peluquerías, panaderías y almacenes!... ¿No es justo que me abonen un
canon por haberles proporcionado una oportunidad de ganar dinero? ¡Pero
ellos no lo entienden así!... Ese es el pago a mis desvelos. La vida nos ofrece
esas decepciones, Larry. No trates de favorecer nunca a tu prójimo, porque te
pasará lo mismo que a mí. Ingratitud, nada más que ingratitud.
Casey observó la mueca de tristeza que componía Rex, verdadera máscara
que ocultaba un cinismo rayano en la locura.
—Tú me comprendes, ¿verdad, Larry?
—Lo comprendo todo —afirmó John, yendo hacia la puerta que conducía a la
habitación de Joan.
Llamó a la puerta, y la voz de la joven autorizóle a entrar.
Robert Sharkey, con el hombro vendado, estaba acostado en la cama, y Joan
se sentaba en una silla cercana a la cabecera del herido.
La muchacha recibió a John con una mirada despreciativa.
—¿A cuántos has matado esta tarde, Larry Steward? —le preguntó.
—A ninguno, si te refieres a los tiros que has oído. Yo estaba lejos de aquí.
—¿Esperas que me lo crea?
—Es cuestión tuya. Pero no he venido a discutir sobre ello. ¿Puedo hablarte
unos instantes a solas? —No —replicó Joan, con firmeza.
Sharkey intervino, diciendo:
—¿Por qué no, señorita Walling? Quizá nos proponga la huida. El señor
Steward es un especialista en la materia.
—¿Quieres decidir tú, Joan? —preguntó Casey, sin tener en cuenta las ironías
del agente especial.
La muchacha vaciló todavía unos instantes, pero finalmente contestó:
—Está bien. Salgamos al pasillo.
Ya fuera, John dijo:
—Es posible que no nos volvamos a ver.
—¿Te marchas?
—No lo tengo aún decidido, pero entra en mis cálculos. Para el caso de que
así ocurra, has de prometerme que obedecerás en todo al agente Sharkey.
—¿Y me pides tú eso?
—Es la única persona que puede sacarte de aquí...
—No creo que sea tan fácil.
—Esta noche, a las diez ten la ventana abierta y yo te arrojaré de abajo un
cinturón con dos pistolas.
—¿Vas a proporcionarle la fuga a tu mayor enemigo, a Sharkey? Te
perseguirá hasta el fin del mundo, como dice que lo hizo la otra vez...
—Es la única posibilidad de que tú te salves... si yo me marcho.
—¿Adónde irás, Johnny?
—Muy lejos.
Hubo un silencio. La joven lo miraba a él, y Casey se humedeció el labio
inferior con la lengua, preguntando:
—¿Qué tal la herida de Sharkey?
—Es muy superficial. La bala salió, incrustándose en la pared. Nadie se dio
cuenta. Casi acertaste en lo de los tres días. Será algo más, cinco o seis... —
Bueno; he de irme...
—Sí.
—Después de todo, quizá nos veamos otra vez, ¿no te parece?
—Prefiero que ésta. sea la última.
—¿Por qué?
—Estás fuera de la ley, Johnny. Y yo sé que en el fondo no eres malo. Pero
has cometido muchos delitos y... has de recibir el castigo que mereces.
—Debes odiarme mucho.
Joan sonrió con tristeza.
—Es la segunda vez que me dices eso, Johnny. La primera fue hace años, en
aquella habitación de Palmyra.
—Tienes buena memoria.
—Hay cosas que no se olvidan nunca, por más que uno lo intente.
Casey frunció el cerio:
—Hablas como si tú hubieras sido entonces la dañada. ¿No fui yo quien...?
—de pronto se detuvo, porque un rayo de luz iluminó su mente.
Transcurrió un minuto antes de que exclamara:
—¡Tú me querías, Joan!
La muchacha dio un gemido y corrió a abrir la puerta de su habitación, pero
Casey la detuvo sujetándola por el brazo.
—¡Espera, Joan!
—¡Suéltame! ¡No me toques!
—¡Escúchame! ¡Tienes que oírme! ¡Yo no sabía... no podía suponer...!
—¡No!... ¡Tú no lo sabías ni estabas obligado a corresponderme, John
Casey!... ¡Y yo no tenía ningún derecho a interponerme entre tú y Eva!...
¡Pero yo estaba enamorada de ti!... ¡Sí...! ¡Yo te quería más que todas las
cosas sobre la tierral... ¡Y era tan grande mi amor, que cuando te marchaste
aquella noche de Palmyra deseé morirme!... —Las lágrimas corrían por las
mejillas de la joven, pero no por ello su voz dejaba de ser firme, enérgica,
rabiosa—. ¡Te quise tanto que me prometí a mí misma buscarte por todos los
confines de la tierral... ¡Y por ello, cuando murió mi padre, rechacé la
invitación de mi hermana para que fuese a vivir con ella, y me lancé por esos
mundos en pos de ti!... ¡En unos sitios fui actriz, en otros simple muchacha
de saloon o una vulgar camarera!... ¿Qué importaba el disfraz? ¡Mi único
afán era ver caras, con la esperanza de que algún día encontraría la que
buscaba!...
Un rictus de amargura iba tomando forma pronunciada en el rostro de Casey,
y las manos que sujetaban el brazo de la joven fueron poco a poco soltándola.
—¡Y al fin te he hallado, John!... Pero, ¿eres verdaderamente el hombre que
yo buscaba? Asesino, ladrón y... ¿cuántas cosas más?... Si supieras lo que
sentí cuando me enteré de que eras Larry Steward... Lo disimulé bien, ¿no te
parece?... Fue mi mejor trabajo de actriz; pero interiormente el corazón me
saltó en pedazos... Bien, Johnny; ahora lo sabes todo. ¿Qué más da ya? Cada
cosa tiene su principio y su final. Y aquí acaba mi historia. ¡Buena suerte!...
Joan abrió la puerta y entró en la habitación, sin que ahora él hiciese el menor
esfuerzo por detenerla.
CAPITULO IX
Eran las seis menos quince minutos de la mañana. Soplaba una fresca brisa y
John aguardaba pegado a las rocas, cubierto por la manta con que el día
anterior había hecho Kayne las señales de humo.
El sol trataba de auparse por las montañas lejanas. Muchos pájaros trinaban
saludando la nueva aurora. El cielo parecía cubierto por jirones de nubes de
un color gris plomo.
Casey recapacitaba sobre los últimos acontecimientos.
La descubierta de Peabody para hallar a Kayne no había obtenido frutos. No
podía obtenerlos porque él, John, había guardado bien al lugarteniente de Rex
en una cueva que cierto día descubrió, alejada de los caminos frecuentados
por los jinetes.
Curtis había aumentado su capacidad para segregar bilis. Lo recordaba aún a
medianoche, paseando de un lado a otro del salón, insultando a sus hombres y
maldiciendo contra todo lo existente. Había ordenado se suspendiesen las
pesquisas para reanudarlas al día siguiente, el que ahora empezaba a nacer.
¿Y Joan? Le había entregado el cinturón con las armas prometidas, para uso
de Sharkey, y quizá en aquellos instantes ambos se encontrasen libres, muy
lejos de Silverton. Habían tenido tiempo suficiente para la fuga, y confiaba en
que ésta la hubieran realizado con éxito, aprovechando las horas de menos
vigilancia en la casa y sus inmediaciones.
¿Por qué se reproducía en su mente la imagen de Joan, de una forma tan
vívida?
Su cuerpo grácil, esbelto, transpirando efluvios de femineidad y el rostro
pleno de insospechados y raros encantos. Los ojos brillantes, tan poseídos del
indomable deseo de lucha; aquellos labios rojos y frescos; la piel de seda con
el arrebol de las mejillas...
¿Qué le ocurría?
No tuvo oportunidad de contestarse a la pregunta, porque en aquel momento
oyó el galope de un caballo que cesó al pie del monte.
Aguzó el oído, al tiempo que desenfundaba el revólver. Sintió pasos de
alguien que subía por la ladera, y a poco apareció el mestizo, quien quedóse
sorprendido al no ver a nadie en la planicie.
—¡Señor Kayne! —llamó.
John metió la pistola en la funda, y salió de detrás de la roca, diciendo:
—Es a mí a quien buscas.
El mestizo dio la vuelta, frunciendo el ceño al ver que le hablaba un
desconocido.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Larry Steward. Quizá hayas oído hablar de mí.
—Sí, pero es a Kayne a quien he de ver.
—Kayne se encontraba enfermo, y Curtis me envió a mí. El hecho de que te
esté esperando confirma claramente la verdad de mis palabras, ¿no te parece?
El mestizo parpadeó indeciso, y Casey golpeó en caliente.
—Dame la carta...
—La... carta... la carta...
—Sí, la que espera Curtis como contestación a la que envió ayer.
El otro, no del todo convencido, sacó un sobre que alargó a su interlocutor.
Luego, como no queriendo permanecer más tiempo allí por temor a aumentar
una posible responsabilidad, se despidió:
—Hasta la vista, señor Steward.
Casey lo acompañó hasta el borde de la ladera, siguiéndole con la mirada
hasta que montó un potro color canela y desapareció en veloz galopada.
Entonces rasgó rápidamente el sobre y extrajo la carta en la que leyó:
«De acuerdo. Le esperaré esta noche, a las once, a la salida del
cañón del Ahorcado. Venga solo, como siempre.
»X.»
—¿Buenas noticias, Larry?
La pregunta había sido hecha a sus espaldas, pero reconoció la voz. Era la de
Rex Curtis.
—Conozco tu rapidez con el «Colt», Larry. De modo que, si te mueves un
milímetro, mis muchachos y yo haremos contigo un asado de puerco.
¡Levanta los brazos y luego pon las palmas de las manos sobre tu cabeza!...
John dejó caer la carta al suelo, e hizo lo que le ordenaban, ya que no podía
obrar de otra forma sin inminente peligro de perder la vida.
Oyó los pasos de Curtis que se le acercaba por detrás, y preguntóle:
—¿Qué es esto, Rex?
El jefe de los forajidos desarmó al joven, mientras cinco hombres formaban
un círculo a su alrededor.
—Eres tú quien debe responder a mis preguntas, Larry. Veamos la primera.
¿Qué haces aquí?
—Me desperté temprano esta mañana y decidí dar una vuelta por si tenía
más suerte que Peabody y encontraba a Kayne.
—Magnífico. ¿Y la carta del mestizo?
—Me vio aquí arriba, y subió preguntando por Kayne. Le dije que había
desaparecido y me dio esta carta para usted...
Curtis rió, comentando:
—Y eres tan buen chico que quisiste ahorrarme la molestia de abrirla, ¿no es
eso?...
Antes de que Casey pudiera tener tiempo para contestar, recibió un terrible
culatazo en el hombro izquierdo, desplomándose, y clavando las rodillas en
tierra.
—¡Vamos! —rugió Curtis—. ¡Levántate antes de que te salte los sesos!
John se incorporó.
—¿Qué tienes que decir? —preguntóle de nuevo Rex.
—Ya lo he dicho todo.
—Sí, ¿eh? Eso lo veremos ahora. ¡Taylor, acércate!... Egmond Taylor se
aproximó, enfrentándose con Casey. Apenas observó su cara declaró:
—No es Larry Steward.
—¿Estás seguro, Egmond? —preguntó Rex—. ¡Este hombre es el mismo
diablo con el revólver!... ¡Como dicen que es Larry Steward!...
—Podrá tirar como diez demonios, pero no es Larry. No se le parece en nada.
Curtis miró ominosamente a su prisionero.
—¿Qué dices a eso, traidor?
—Robert Sharkey, el agente, me reconoció delante de usted, Rex, y tuve que
balearle. El tiene más motivos para saber quién soy, que este sujeto al que no
he visto en mi vida. Cuando uno es famoso, todo el mundo dice que es su
amigo.
Taylor le pegó un puñetazo en la boca, chillando:
—¡Cerdo fanfarrón!... No eres Larry y, si Curtis quiere, te lo haré confesar
aunque tenga que sacarte el pellejo a tiras...
Casey soltó un escupitajo mezcla de saliva y sangre, a la cara de su agresor,
quien fue a repetir la agresión, pero Curtis lo detuvo arguyendo:
—Espera un momento, Egmond. Hay tiempo para la diversión. Aún no he
leído esta carta. Veamos lo que me responden...
Rex se agachó y recogió el mensaje. A medida que lo fue leyendo, su cara se
tornó pálida. Cuando terminó y levantó la mirada hacia John, éste vio en ella
sus intenciones asesinas.
—Conque Taylor es un embustero. ¡Sucio perro! —y propinó un culatazo en
la barbilla de Casey, quien se derrumbó nuevamente, ahora de bruces, presa
de un horrible dolor.
Rex dio unos pasos nerviosos por la planicie, y gritó:
—¡Levantadlo!
John no necesitó ayuda, incorporándose trabajosamente por sus propios
medios.
—Ahora está toda claro —continuó diciendo Curtis—. Quitaste de en medio
a Kayne y sustituiste mi carta por otra. ¿Por qué? Sólo hay una cosa que no
comprendo todavía. Le pegaste un tiro a Sharkey. El dijo que eras Larry...
¡Luego tú y él trabajabais juntos!... ¡Y Sharkey es un agente del Gobierno!...
¡Voy a hacer que te arrepientas de haber nacido, quienquiera que seas!...
—Su fin está próximo, Curtis. No importa que yo muera. Otros triunfarán
donde yo he fracasado...
—Lo dices por tu amigo Sharkey, ¿no es eso? Escapó con la chica esta
madrugada, pero no podrán llegar muy lejos. A estas horas habrán caído en
manos de mis hombres. Cada uno de vosotros recibirá su premio...
—¡La chica no tiene nada que ver con el asunto!
—¿No? ¿Y por qué asumiste su defensa, desde que apareció?
—Es una antigua amiga, y pensé librarla de sus garras. Le juro que se vio
envuelta en el embrollo involuntariamente.
—Has dicho demasiadas mentiras para que ahora pueda aceptar algo tuyo
como verdad. Y respecto a esa chica, tengo planes personales...
John fue a lanzarse contra Rex, pero Taylor le clavó un cañón en el hígado,
desafiándole:
—Anda, inténtalo y te relleno de plomo...
—Ahora vas a contestar a mis preguntas —intimó Curtis—. ¿Cómo te
llamas?
—John Casey.
—¿A quién más tenéis por aquí?
—A nadie.
Rex sonrió, ordenando:
—Preparad una hoguera.
Durante unos minutos reinó el silencio, mientras dos hombres se movían
de un lado a otro, para formar un gran haz de arbustos secos.
Curtis dijo al cautivo:
—Envié a Taylor a Monticello antes de que tú llegases por evitarme
complicaciones, y resulta que te allané el camino. Gracioso, ¿verdad?
Pero todos tenemos derecho a reír. ¡Quítate las botas!
John había llegado ya a una conclusión. No se dejaría asar como una res.
Era preferible una muerte rápida, y para conseguirlo le bastaba con
lanzarse sobre Curtis. Dirigió una mirada a los revólveres esgrimidos por
los bandidos que le rodeaban. Los negros agujeros convergían en su
cuerpo. No; no había escapatoria posible. Caería acribillado, apenas su
puño hubiese rozado al odioso jefe de aquella chusma.
—¡Quítate las botas! —repitió, con una mueca de rabia, Curtis.
John preparó el salto. Respiró profundamente, arqueando unos
centímetros el cuerpo, y dio el tirón. Sus músculos le obedecieron, y el
puño derecho batió el aire restallando contra la mandíbula de Curtis,
quien salió despedido violentamente hacia atrás. Instantáneamente
sonaron uno, dos, tres, cuatro disparos.
John no quiso dar crédito a sus ojos. Taylor y tres más soltaron sus armas
al recibir plomo.
Todo había sucedido en décimas de segundo, y los otros dos forajidos
estaban tan sorprendidos como Casey. Pero éste fue el primero en
reaccionar. Dio un salto y colocóse a sus espaldas, gritando:
—¡Arrojad las armas!
Obedecieron asustados, sin pestañear, en el momento que Robert Sharkey
salía de entre las rocas con un «Colt» en cada mano.
Curtis había caído y rebotado en el suelo. El no se entregaría. Por ello John
no le dio oportunidad de recobrarse. Corrió unas yardas y se lanzó sobre él en
el instante en que iba a apretar el gatillo. Los dos hombres, firmemente
enlazados, rodaron como una pelota. Por fin Casey logró desarmar a Rex y
conectar un puñetazo en su estómago. Curtis usó las piernas y arrojó lejos de
sí a John. Ambos se incorporaron resoplando.
Rex pesaría diez kilos más que su rival, y se diría. que esta diferencia era
manifiesta para establecer una superioridad; pero Casey era todo músculos y
hueso. En su cuerpo no había un gramo de grasa.
Curtis avanzó con las fauces abiertas y lanzó un terrible derechazo a la cara
de su odiado enemigo. Este desvió un centímetro la cabeza, recibiendo el
golpe amortiguado al lado de la oreja. Replicó con un golpe de zurda,
abriéndole un pómulo a Rex, quien se trabó en el cuerpo a cuerpo dispuesto a
usar sus marrullerías. Comenzó con un rodillazo al bajo vientre de John, el
cual se dobló tragando aire, y siguió con un testarazo en la frente.
Casey sintió un terrible dolor, pero ello sólo vino a aumentar su esfuerzo para
acabar pronto la pelea. Sin preocuparse de los zarpazos de Curtis, le castigó
el hígado con una serie relampagueante que lo obligó a toser, aullar y
agacharse. Entonces, el amo de Silverton y doce pueblos de Colorado ofreció
el blanco de su mentón, y John aprovechó el instante enviándole un gancho
demoledor. Rex se levantó en el aire, y salió lanzado como una bala. Estaban
luchando en la parte opuesta al lugar donde se encontraba Sharkey, y allí el
monte rompía en un corte profundo. Curtis, al desplomarse, se detuvo en el
mismo borde del precipicio, y al contemplar éste tuvo un solo afán: el de
arrojar por él a Casey.
Incorporóse y esperó que se acercase.
—¿No se rinde, Curtis? —preguntó John, avanzando.
—Venga... por mí —resopló el jefe.
De pronto, cuando la distancia que los separaba era escasa, Rex saltó de lado,
agarrando a su rival por un brazo y tirando de él hacia el abismo. Casey se
vio obligado a dar unos pasos, y allí, sintiendo el vacío a sus espaldas, se
defendió a golpes de la muerte. Lentamente fue girando, y entonces ambos
contendientes se encontraron peleando paralelamente al precipicio.
Curtis aunó todas sus energías y disparó su puño izquierdo. Pero John lo vio
venir y se agachó. Rex perdió el equilibrio, llevado por el ciego impulso, y
fue tragado por el abismo. Un aullido de terror acompañó su carrera por el
aire, que no cesó hasta que su cuerpo se deshizo contra una roca. Quedó
abajo, quieto, con la boca y los ojos abiertos en una mueca terrible.
John se volvió respirando entrecortadamente, y al levantar la mirada vio a
Joan que se le acercaba.
—Oh, John... —suplicó, con ojos llorosos—. No sé si podrás... perdonarme...
—¿Perdonarte? —sonrió él—. ¡Pero si te quiero!... ¡Te quiero, Joan!...
La joven se estrechó en los brazos de Casey.
CAPITULO X
Joan, Casey y Sharkey estaban reunidos en el comedor de una cabaña que
el último había comprado a un viejo minero durante sus correrías como
vendedor de Biblias, en previsión de que algún día le hiciese falta. En un
cuarto contiguo se hallaba Kayne atado a una silla.
Joan esperó a hacer sus preguntas, dejando que Casey se lavase la cara y
los brazos.
Después dijo:
—No entiendo una palabra de lo ocurrido. ¿Puedo ser informado o es un
secreto oficial?
John sonrió, dejando la toalla, y repuso
—Mi historia comienza precisamente la noche que abandoné Palmyra. ¿Te
acuerdas? Le escribí una carta a tu hermana. Vosotras sacasteis la
conclusión lógica de que me iba porque Eva se casaba con Derek.
Confieso que estaba resentido, pero la causa era otra. Huía porque maté a
un hombre.
—¡Johnny, no es posible!... ¡Si no se supo nada!...
—Me he explicado mal. He debido decir que creía que había matado a un
hombre. —John hizo una pausa mirando a Sharkey, y éste sonrió—. Todo
fue una encerrona. Aquel día en que tú, Joan, viniste a mi habitación, dos
caballeros habían llegado a Palmyra con la misión de convencerme para
que me fuese con ellos. Eran agentes especiales del Gobierno. Tenían
noticias de mí, y según su parecer, haría un buen agente. Estos señores no
me hablaron claramente de sus intenciones, porque temían que rechazase
su oferta, y no iban descaminados. Por eso pusieron en práctica un plan, en
combinación con una mujer...
—¿Una mujer? —rezongó Joan.
Casey tosió, continuando
—Bueno, el caso es que piqué el anzuelo y la acompañé a su casa...
—¡Johnny!
—Así fue, querida. Empezamos a beber. Era whisky drogado. Me mareé
demasiado rápidamente. El caso es que cuando apenas podía ver algo se
presentó un hombre, luchamos, oí un disparo y perdí el conocimiento...
Cuando lo recobré, la mujer lloraba con desconsuelo, y en la habitación
había un tipo boca abajo, sobre un pequeño charco de sangre... La mujer
casi me empujó del cuarto, diciendo que huyese. Yo estaba todavía bajo los
efectos del alcohol y la droga, y me acordé de la oferta de los dos
caballeros... Te advierto que los había creído un par de forajidos. Arrojé la
carta en vuestro dormitorio y nos largamos. Estuvimos cabalgando cinco
días, sin cambiar más que las palabras imprescindibles. Al fin llegamos a
una casa de imponente aspecto. Era nada menos que el palacio del
gobernador del Estado. Creí que me habían engañado e intenté escapar, pero
mis dos compañeros me convencieron con sus pistolas para que entrase.
Pasamos al despacho del gobernador y allí me presentaron a éste y a un alto
personaje de Washington. Este fue quien me habló del servicio de agentes
especiales recién fundado, y me ofreció una plaza... Me hizo tanta gracia la
manera con que los tipos me habían engañado, que acepté. Así inicié mi
vida de aventuras con los delincuentes, pero ninguna ha sido tan excitante y
peligrosa como ésta de Rex Curtis...
—No hables en tiempo pasado —intervino Sharkey—. Recuerda que el
asunto no ha concluido... Cuando tengamos al cerebro organizador de la
banda, respiraré tranquilo.
—Pero, ¿no era Rex Curtis el jefe de estos forajidos? —preguntó Joan.
—No —contestó Casey—. Y por no serlo, tuve que disparar y herir a Bob.
—Fue un estupendo tiro —rió el aludido—. Temblé un poco cuando llegó el
instante, pero cumpliste tu palabra. Colocaste el proyectil donde dijiste.
—Si no vais por partes, acabaré loca —protestó Joan.
—Es sencillo —dijo Casey—. Hace unos meses se presentó una moción en el
Congreso para que Colorado entrase en la unión, moción que fue rehusada
porque había una comarca en el nuevo Estado en que imperaba la ilegalidad.
Nuestro servicio sabía que Curtis se mantenía gracias a la ayuda que le
prestaba un elevado político, el cual sacaba producto de este reinado del
terror, y a quien no le interesaba que Colorado fuese anexionado. Por ello se
pensó designar a Sharkey como agente encargado de acabar con Curtis, pero,
no confiando en nadie, se me capacitó a mí también, para que nos
apoyásemos mutuamente. Sharkey en verdad hacía el papel más peligroso,
puesto que sospechábamos sería conocida su identidad. Se simuló una huida
de Larry Steward, siendo así que continuaba en prisión, y yo adopté su
personalidad. Sharkey había capturado a Larry. Puesto que Bob lo conocía, si
llegaba la oportunidad, tal cosa serviría para aumentar mis posibilidades de,
triunfo en mi papel de Larry. Los sucesos se precipitaron con tu aparición en
el escenario, Joan, pero realmente el caso se encarriló cuando apareció
Sharkey. Estaba claro que Curtis contaba con ello y la carta que envió al
«cerebro» y que sustituí, lo demuestra. El plan era que yo acabase con
Sharkey, para después fulminarme a mí de alguna manera, con el objeto de
prestar un apoyo aparente a los de Denver. El hecho de que últimamente
hayan cesado en parte los asaltos en las regiones limítrofes indica que
pensaban reservarse para las semanas en que el Congreso vuelva a reunirse.
Entonces hubieran desarrollado una violenta campaña de robos y crímenes,
obligando al Congreso a rechazar de nuevo la petición del ingreso de
Colorado en la Unión.
Después de la larga perorata de su prometido, Joan dio un suspiro de
satisfacción, diciendo:
—Eres maravilloso, Johnny Casey.
Sharkey carraspeó fuertemente y la joven rectificó con un mohín.
—Oh, y tú también, Bob...
Los tres rieron.
—¿Qué vais a hacer ahora? —inquirió ella.
—Es simple —repuso Sharkey—. Johnny se irá a pescar al político, y yo
me largaré a un montecito de las estribaciones de San Juan, donde me
espera un grupo de hombres honrados de Colorado.
—Pero, ¿vas a ir solo, John? —protestó la muchacha.
—No hay peligro alguno. Ese hombre acudirá también sin compañía, o todo
lo más con otra persona. Los reduciré fácilmente, porque ellos no cuentan
con la sorpresa.
—¿Y los restantes forajidos?
Bob chasqueó la lengua, diciendo:
—No te preocupes, Joan. Ahora ya ha acabado todo. Curtis ha desaparecido,
y el hombre que estaba detrás de él caerá también. Los bandidos quedan sin
jefatura y huirán o se rendirán inmediatamente.
—Vendrás conmigo, Joan —indicó Casey—. Te dejaré en un lugar seguro, y
luego...
—¿Y Kayne?
—Ya enviaremos alguien a por él.
Después el trío abandonó la cabaña.
****
La oscuridad lo invadía todo. John se hallaba acurrucado junto a una de las
paredes del cañón del Ahorcado. Había dejado su pinto a unas yardas de
distancia. Nada venía a turbar la tranquilidad de la noche.
Miró su reloj de bolsillo. Eran las onces menos tres minutos.
De pronto, oyó el ruido producido por una cabalgadura; procedía del Norte.
Transcurrieron otros sesenta segundos. El jinete llegaba entonces a la
entrada del cañón y se detuvo
Casey lo pudo ver recortado en el espacio. ¿Quién sería?
Se deslizó por la pared, observando al recién llegado mientras desmontaba de
la silla.
Entonces Johnny sacó un revólver y acercóse cautelosamente.
—Buenas noches —saludó.
El otro dio un respingo, sobresaltado, y movió rápidamente la mano.
—No haga eso. Le estoy apuntando con un revólver.
El aludido detuvo su impulso, preguntando:
—¿Quién es usted?
—John Casey.
—¿John Casey? No le conozco.
—¿Por qué había de conocerme? ¿Espera acaso a alguien?
—Yo... bueno, estaba dando un paseo.
—Un paseo que le ha llevado demasiado lejos, señor...
—Barry Whitenghan.
—¿Ahora se llama usted así, Winters?
Hubo un silencio, y Casey habló de nuevo.
—No es preciso que continúe la farsa, Winters. Curtis está muerto.
—¡No le conozco a usted! ¡No me llamo Winters!
—No me conoce, pero yo a usted, sí. ¿Se acuerda de su visita al presidente en
Washington? A usted le fue presentado Robert Sharkey, encargado de
suprimir la anarquía en esta región. Pero se olvidaron decirle que en la
habitación de al lado estaba yo, escuchando su voz y las de sus dos
compañeros. Luego, Sharkey me los señaló en el vestíbulo del hotel en que se
alojaban. ¿Ve por qué puedo conocerle, Winters?
—¡No puede probar nada contra mí, Casey! John sonrió, contestando:
—Eso es lo que usted cree. Tengo una carta suya dirigida a Curtis. Eso
bastará para establecer su responsabilidad en la ola de asesinatos y robos que
durante años ha sufrido esta parte de Colorado. Pero además tendremos al
mestizo que ha utilizado como mensajero y, sobre todo, el capital y las
inversiones que haya realizado en ese período. ¡Póngase de espaldas!
John acercóse a Winters y lo desarmó.
—¿Adónde me lleva, Casey?
—A Denver. Suba al caballo.
Ambos montaron y poco después se alejaban del cañón.
EPILOGO
Las calles de Denver ardían de júbilo. Las fachadas de las casas estaban
cubiertas de banderas de los Estados Unidos. La gente cantaba y lanzaba
hurras hasta enronquecer. Les bandas de música llenaban el aire con sus
alegres notas. Denotaban las pistolas, y los cohetes estallaban por doquier.
El Estado de Colorado había sido admitido en la Unión.
En el palacio del gobernador se había celebrado un solemne acto oficial, en el
que no faltaron las más brillantes personalidades ni los más entusiastas
discursos.
Pero dos hombres no asistieron a esa ceremonia. Dos hombres sencillos y
honrados a carta cabal. Dos aventureros: John Casey y Robert Sharkey.
Pertenecían a un mundo aparte. Eran miembros del Servicio de Agentes
Especiales del Gobierno de Washington. El primer cuerpo secreto de los
Estados Unidos de América.
Empero, en ese día de júbilo en Denver, un carro rodaba por su calle
principal. En el pescante iban un hombre y una mujer. Un matrimonio como
otro cualquiera. El llevaba en la cartera una escritura de cesión de cien acres
de terreno al sur de los montes de San Juan. La escritura estaba firmada por el
presidente de la Unión.
Y la mujer, cuando el carromato dejó atrás la ciudad en fiesta, murmuró al
oído del hombre:
—Abrázame, Johnny. Quiero que me beses ahora... Y John Casey soltó las
bridas y besó a Joan, su, esposa.
FIN