E. M.
Cioran
(Cuadernos 1957 – 1972)
Si no me contuviera, creo que tendría un ataque de llanto sin tema.
No he escrito con mi sangre, he escrito con todas las lágrimas que nunca he derramado.
¿Por qué soy un fracasado? Porque he aspirado a la felicidad, a una dicha sobrehumana, y porque, al no
poder alcanzarla, me he hundido en lo contrario, en una tristeza subhumana, animal, peor incluso, en una
tristeza de insecto. He deseado la dicha que se saborea junto a los dioses, y no he obtenido más que esta
postración de termita.
Tengo un coraje negativo, un coraje dirigido contra mí mismo. He orientado mi vida fuera del sentido que ella
me ha prescrito. He invalidado mi futuro. Le saco una inmensa ventaja a la muerte.
El pecado no es estar triste sino amar la tristeza. Yo la he cultivado por todos los medios, a decir verdad por
necesidad y en absoluto por coquetería. Me han gustado las cancioncillas españolas, húngaras, argentinas,
me ha gustado la tristeza en todas sus formas, en todas las latitudes, en todos los niveles, del más bajo al
más elevado.
Soy un filósofo aullador. Mis ideas, si las hay, ladran; no explican nada, estallan.
Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado pesaría tanto en nuestro presente que no tendríamos fuerzas para
abordar otro instante y, por así decir, entrar en él. Por eso la vida les parece tan soportable a las naturalezas
ligeras, a aquellas, precisamente, que no recuerdan.
Así como algunos se acuerdan con precisión de la fecha de su primera crisis de asma, yo podría indicar el
momento de mi primer acceso de aburrimiento: tenía cinco años. Pero ¿para qué? Siempre me he aburrido
enormemente (…)No hay sentimiento más disolvente. No solo te hace percibir la insignificancia universal, te
impulsa a ahogarte en ella. Sensación de zozobrar, de hundirte sin remedio, implacablemente, de tocar el
fondo de la nada; infinito negativo, que siempre conduce a sí mismo, éxtasis de la nada, impase en el...
desierto.
Hablar mal de la existencia no es en mí ni un capricho ni una costumbre, sino una terapéutica. Me alivia, lo he
experimentado un número incalculable de veces. Para no sucumbir a la angustia ni al horror, me empleo en
execrar lo que causa una y otro.
Estamos vivos en la medida en que concedemos una importancia desproporcionada a todos los actos de la
vida; todavía vivimos, pero ya no estamos vivos, en cuanto percibimos el valor exacto de esos actos.
Obsesión por el paso del tiempo. ¡Y pensar que cada instante que pasa ha pasado para siempre! Esa
observación es banal. Deja de serlo, sin embargo, cuando la hacemos tumbados en la cama y pensamos en
ese instante preciso, que se nos escapa, que cae irrevocablemente en la nada. Entonces, querríamos no
levantarnos nunca más y, en un acceso de sensatez, pensamos en dejarnos morir de hambre. Percibo
físicamente la caída de cada instante en lo irreparable. Y luego pienso en algún paisaje de mi infancia:
¿dónde está aquel que fui? Somos tan insustanciales como el viento, y por más que escribamos poemas o
que vayamos detrás de las verdades, solo son reales las certezas de la Inanidad. ¡Todo es vano excepto la
idea de la Vanidad!
No soy el mártir de una causa, soy el mártir del ser. El puro hecho de ser como factor de sufrimiento. «¿De
qué sufres?»... «De ser aquí o allá, de ser en cualquier lugar.»
El sufrimiento me ha hecho; el sufrimiento va a deshacerme. Soy su obra. Por mi parte, le presto un servicio:
vive a través de mí, subsiste por mis sacrificios. (Existe una solidaridad extraña entre el enfermo y su
enfermedad.) Mis males me arrastran tras de sí. ¿Dónde acabaremos?
Solo me ha gustado una cosa: ser libre. Quiero que me dejen tranquilo, que no se ocupen de mí de ninguna
manera. Por eso la solicitud, los regalos, me molestan tanto como un insulto. No me gusta depender de nadie.
Esa es la fuente de mi soledad y de mi descreimiento.
Habría que acostumbrarse a la idea de que no ganamos nada con vivir ni, por otra parte, con morir. A partir
de esa certeza podríamos organizar decentemente nuestra existencia.
(De Desgarradura)
Un libro debe hurgar en las heridas, provocarlas incluso. Un libro debe ser un peligro.
Existir es un fenómeno colosal -que no tiene ningún sentido. Así definiría el aturdimiento en el que
vivo día tras día.
Mi misión es matar al tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos.
la vida es el mayor vicio que existe. Lo cual explica el trabajo que cuesta deshacerse de ella.
Todo proyecto es una forma encubierta de esclavitud.