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DERECHOS HUMANOS
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES
A DERECHOS HUMANOS
Raúl Plascencia Villanueva*
Sumario: I. Introducción. II. Las violaciones graves a derechos humanos.
III. La pena de muerte. IV. La Corte Penal Internacional. V. La tortura.
VI. La desaparición forzada de personas. VII. Reflexión final.
I. Introducción
Las primeras dos décadas del siglo XXI se caracterizaron en México por
una serie de cambios muy marcados en el ámbito penal constitucional y
de la legislación penal y procesal penal, particularmente los relacionados
con diversos estándares internacionales a alcanzar en materia de derechos
humanos.
En ese entorno, algunos de los temas que fueron y continúan siendo
objeto de reflexión, análisis y propuestas durante las Jornadas sobre Justicia
Penal, en sus primeros veinte años, son los relacionados con la protección de
la vida y, por ende, la abolición de la pena de muerte, así como las violacio-
nes graves a derechos humanos que propician las más profundas y aberran-
tes afectaciones a las personas.
Al respecto, la calificación de grave a una violación a derechos humanos
presenta diversas complejidades, como es el caso de los elementos o caracte-
rísticas que les son propias para poder graduarlas de dicha manera, la inves-
tigación que permita hacer efectivo el derecho a la verdad, así como los pro-
cedimientos para que los responsables puedan ser llevados ante la justicia.
Para hacer frente a esta situación, se suman las importantes reformas
constitucionales y leyes secundarias, lo cual no es una empresa menor, par-
ticularmente cuando los responsables de dicha gama de violaciones a de-
* Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias Penales.
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36 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
rechos humanos son servidores públicos en un ejercicio abusivo del poder,
o personas que actúan con la anuencia, tolerancia o aquiescencia de éstos.
En esta tesitura están orientadas las reformas constitucionales, así
como las recientes leyes generales que incorporan en el sistema jurídico
mexicano las mejores prácticas en materia de prevención e investigación
de los delitos, así como en relación con la imprescriptibilidad de éstos y el
formal procesamiento de los responsables.
El cambio de orientación del marco jurídico nacional en la materia
y la fisonomía de las instituciones permitió que México ratificara la Con-
vención de Naciones Unidas sobre la Imprescriptibilidad de Crímenes de
Guerra y Delitos de Lesa Humanidad, con lo que el añejo debate en tor-
no a la imprescriptibilidad de dicha gama de delitos quedó superado, y la
Procuraduría General de la República se transformó en un organismo con
autonomía constitucional, denominado Fiscalía General de la República,
con la esperanza de lograr un mayor éxito en el formal procesamiento de
los responsables de los delitos, garantizar el acceso a la justicia a las víctimas
y hacer efectivo el derecho a la verdad respecto de los delitos de tortura y
desaparición forzada de personas.
II. Las violaciones graves a derechos humanos
Las primeras preguntas que surgen a propósito de las violaciones a los de-
rechos humanos son: ¿qué se puede calificar como una violación grave a
derechos humanos, y en qué condición quedarían las que no entran en dicha
categoría?, ¿será más grave una violación a derechos civiles y políticos que
una violación a derechos económicos, sociales, culturales o ambientales?, ¿la
gravedad de una violación a los derechos humanos es en proporción a su
afectación individual o colectiva?
Las respuestas no resultan fáciles, sino que son complejas, y podrían
llevarnos a algunos equívocos si pretendemos diferenciar entre derechos hu-
manos de primera, segunda o tercera generación, y que sólo serían graves
algunas en atención a: a) el bien jurídico que afectan; b) el número de sujetos
pasivos, víctima de la violación; c) la afectación de un derecho civil, político,
económico, social, cultural o ambiental, o d) la calidad de servidor público o
particular respecto del sujeto activo responsable de la violación.
Atento a lo anterior, una referencia internacional respecto a las viola-
ciones graves podría ser el Estatuto de la Corte Penal Internacional, que
incluye como delitos de lesa humanidad, siempre y cuando se cometan
como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una pobla-
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 37
ción civil y con conocimiento de dicho ataque, los siguientes: a) genocidio;
b) asesinato; c) exterminio; d) esclavitud; e) deportación o traslado forzoso
de población; f) encarcelación u otra privación grave de la libertad física
en violación de normas fundamentales; g) tortura; h) violación, esclavi-
tud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forza-
da o cualquiera otra forma de violencia sexual de gravedad comparable;
i) persecución de un grupo o colectividad con identidad propia fundada
en motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos, de
género u otros motivos universalmente reconocidos como inaceptables
con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier otro acto
mencionado en el presente párrafo o con cualquier crimen de la compe-
tencia de la Corte; j) desaparición forzada de personas; k) el crimen de
apartheid; l) otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencio-
nalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la integridad
física o la salud mental o física.
Este catálogo de delitos permite observar como suelen comprenderse
entre las más graves afectaciones, incluso calificadas como “delitos de lesa
humanidad”, las violaciones a derechos humanos de primera generación,
argumento utilizado en la elaboración del Reglamento de la Ley de la Comi-
sión Nacional de los Derechos Humanos para incluir, en el artículo 88, con
el adjetivo de violaciones graves a derechos humanos las siguientes: a) aten-
tados a la vida; b) tortura; c) desaparición forzada; d) todas las violaciones de
lesa humanidad, y e) cuando las anteriores violaciones atenten en contra de
una comunidad o grupo social en su conjunto.
También, la SCJN, a través de lo que denomina criterios orientadores, ini-
cialmente, en 2007, definió que por violaciones graves a derechos humanos
debe entenderse “cuando tiene un impacto trascendente en la forma de
vida de una comunidad, alterándola, ya sea que la violación se presente en
perjuicio de una persona o de un grupo de personas”, pero con posteriori-
dad, en 2012, incluyó elementos adicionales, en el sentido de que
...para determinar que una violación a derechos humanos es grave se re-
quiere comprobar la trascendencia social de las violaciones, lo cual se podrá
determinar a través de criterios cuantitativos y cualitativos. El criterio cuanti-
tativo determina la gravedad de las violaciones demostrando que tienen una
trascendencia social en función de aspectos medibles o cuantificables, tales
como el número, la intensidad, la amplitud, la generalidad, la frecuencia o
su prolongación en el tiempo, así como, evidentemente, la combinación de
varios de estos aspectos.
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38 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
Lo anterior resulta sumamente amplio, y se orienta a una dirección que
va más allá de lo que el propio estándar internacional insertó en la Conven-
ción sobre la Imprescriptibilidad de Crímenes de Guerra y Delitos de Lesa
Humanidad, el Estatuto de la Corte Penal Internacional, o bien, el Regla-
mento de la Ley de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, por
lo que el numerus clausus al que podría reducirse el catálogo de violaciones
queda abierto a partir de los criterios orientadores de la SCJN.
Otro aspecto relevante es el relativo a la investigación de las violacio-
nes graves a derechos humanos, que hasta junio de 2011 estuvo a cargo
de la SCJN, para pasar a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos
(CNDH), organismo que tiene constitucionalmente encomendado ejercer
dicha función, y en su ejercicio de atribuciones lleva a cabo la calificación
de esas violaciones a partir del estándar internacional incorporado en el
Reglamento de la Ley de la CNDH.
En el anterior orden de ideas, al pretender calificar como grave una
violación a los derechos humanos no cabe otro tipo de interpretaciones que
no sean aquellas apegadas al estándar internacional, toda vez que de otra
manera podríamos caer en la tentación de calificar como violación grave,
actos u omisiones distantes de lo previsto en el estándar internacional.
III. La pena de muerte
El tema de la pena de muerte constituye uno de los de mayor polémica no
sólo en la actualidad, sino prácticamente desde que existe el derecho penal;
incluso, se ha llegado a afirmar que la historia de la pena de muerte es pro-
piamente la historia del derecho penal. No obstante lo anterior, a finales de la
segunda década del siglo XXI, y a pesar del desarrollo y reconocimiento de
los derechos humanos, en particular del derecho a la vida, aún se escuchan
algunas voces de quienes con un pensamiento regresivo la defienden.
En efecto, el tema de la pena capital nos remonta a un oprobioso pa-
sado que en ocasiones no quisiéramos recordar, por los abusos que suelen
acompañarla, así como por su pretendida justificación, ya que es un castigo
extremo con un sentido de venganza que coloca a la autoridad en un nivel
comparable al delincuente; además, es contradictorio con el principio de
limitación del poder del Estado por los derechos humanos que les son reco-
nocidos a todas las personas, y no hay evidencia alguna de que la amenaza
de castigar legalmente con la muerte disminuya efectivamente la incidencia
del delito.
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 39
En México, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos
reconocía la pena de muerte hasta la reforma publicada el 29 de junio de
2005, con lo que quedó abolida plenamente del texto constitucional en los
artículos 14 y 22. Con ello se superó el argumento, aun hoy en día defendi-
do por algunos, en el sentido de su posible restablecimiento, sobre la base
de que se conserva en ciertos sistemas jurídicos correspondientes a diversos
países del mundo.
En atención a que el derecho a la vida es una norma de jus cogens, y se
encuentra protegido por diversos instrumentos internacionales, el derecho
consuetudinario internacional y los sistemas jurídicos nacionales, es que po-
demos identificar lo que se entiende como un estándar internacional en
materia de protección a la vida, reconocido en la Declaración Universal de
Derechos Humanos (1948), artículo 3o.; el Pacto Internacional de Derechos
Civiles y Políticos (1966), artículo 6o., apartado 1; la Declaración America-
na de los Derechos y Deberes del Hombre (1948), artículo 1o.; la Conven-
ción Americana sobre Derechos Humanos (1969), artículo 4o.; el Convenio
Europeo de Derechos Humanos (1950), artículo 2o.; la Convención Africa-
na de Derechos Humanos y de los Pueblos (1981), artículo 4o., y la Carta
Árabe de Derechos Humanos (2004), artículo 5o.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha resuelto a lo largo
de su historia diversos asuntos en torno la protección del derecho a la vida,
así como los límites punitivos frente a la pena de muerte. Por ejemplo:
1) Los casos Hilaire, Constantine y otros v. Trinidad y Tobago, Benjamín v. Tri-
nidad y Tobago (junio de 2002), en los que 32 personas fueron conde-
nadas, en diversos procesos penales, a la pena de muerte por horca,
en atención a lo dispuesto por la Ley de Delitos contra la Persona,
la cual disponía que al culpable de homicidio intencional se le debía
imponer “obligatoriamente” la pena de muerte.
2) Los casos Boyce y otros v. Barbados (noviembre de 2007), así como Da-
costa y Cardoga v. Barbados (septiembre de 2009). En el primer caso,
cuatro personas fueron condenadas a pena de muerte por el delito
de homicidio, con fundamento en el artículo 2o. de la Ley de Deli-
tos contra las Personas (1994), la cual asigna automáticamente una
pena, sin revisión jurídica ni en consideración a la naturaleza del
delito ni a las circunstancias individuales del acusado. En el segundo
caso, una persona fue condenada a pena de muerte con fundamento
en el artículo 2o. de esa misma ley.
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40 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
En los tres casos, la Corte IDH reiteró que considerar a todo aquel que
haya sido encontrado culpable por homicidio como merecedor de la pena
de muerte “significa tratar a las personas condenadas de un delito en par-
ticular no como seres humanos únicos, sino como miembros de una masa
anónima, sin diferencias, sujeta a la imposición ciega de la pena de muerte”.
Por ello, la pena de muerte legalmente impuesta puede ser arbitraria cuan-
do la ley no distingue entre los distintos grados de culpabilidad del acusado
ni toma en cuenta las circunstancias particulares de cada delito.
Por otra parte, la Opinión Consultiva número 3, relativa a la pena de
muerte, que data de 1983, a propósito de lo que sucedía en esa época en
Guatemala, se orientó a resolver dos cuestionamientos:
1) ¿Puede un gobierno aplicar la pena de muerte a delitos para los cua-
les no estuviese contemplada dicha pena en su legislación interna, al
momento de entrar en vigor para ese Estado la Convención Ameri-
cana sobre Derechos Humanos?
2) ¿Puede un gobierno, sobre la base de una reserva hecha al momento
de la ratificación al artículo 4o., inciso 4, de la Convención, legislar
con posterioridad a la entrada en vigor de la Convención imponien-
do la pena de muerte a delitos que no tenían esa sanción cuando se
efectúo?
Para la Corte IDH, acorde con el principio de progresividad de los de-
rechos humanos, y derivado de los criterios de interpretación de la CADH
previstos por el artículo 29, se desprenden tres grupos de limitaciones a
la pena de muerte para los países que aún no han resuelto su abolición: a) la
imposición o aplicación de la pena está sujeta al cumplimiento de reglas pro-
cesales cuyo respeto debe vigilarse y exigirse de modo estricto; b) su ám-
bito de aplicación debe reducirse al de los más graves delitos comunes y
no conexos con delitos políticos, y c) es preciso atender a consideraciones
propias de la persona del reo, las cuales pueden excluir la imposición o
aplicación de la pena capital.
Por otra parte, aludir a la abolición de la pena de muerte es hacer re-
ferencia a la protección del derecho a la vida y las acciones que el Estado
debe adoptar aun cuando se encuentre abolida dicha pena, con la finalidad
de preservar la vida y disminuir los riesgos de que una persona pueda ser
privada de la misma de manera dolosa, o bien con motivo de un compor-
tamiento culposo.
En efecto, existen diversas obligaciones a cargo de los Estados para evi-
tar cualquier clase de acciones dolosas o ilegales que atenten en contra del
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 41
derecho a la vida de las personas, pero también de adoptar todas aquellas
medidas que permitan proteger la vida de las personas que se encuentran
dentro de su territorio, sea el caso de actos u omisiones de servidores públi-
cos, o bien de particulares.
En el anterior orden de ideas, el alcance de la protección del derecho a
la vida acorde con el estándar internacional va más allá del debate sobre la
pena de muerte, la cual, en la mayoría de los países, se encuentra abolida.
Actualmente, los riesgos que enfrenta la protección de la vida de las perso-
nas, asimilables a una pena de muerte, se ven reflejados en otros ámbitos
que requieren de la máxima atención, como son los casos siguientes:
1) En la protección de la salud, referido a actos u omisiones por parte
del personal de instituciones de salud que deriven de errores o negli-
gencias médicas relacionadas con la rama de la profesión correspon-
diente, así como la denegación de un servicio médico a pacientes en
casos de emergencia, cuando se tiene conocimiento del peligro que
representa dicha negativa o dilación en la prestación del servicio.
2) En actividades peligrosas, incluidos los desastres ambientales o in-
dustriales.
3) En incidentes a bordo de embarcaciones, trenes, sitios de construc-
ción, parques o planteles escolares.
4) En la seguridad de las carreteras, la prestación de servicios de emer-
gencia, o bien operaciones de buceo en mar profundo.
5) En la prestación de servicios de salud y asistencia brindada a perso-
nas en riesgo de vulnerabilidad en instituciones públicas.
6) En la forma de reaccionar de manera oportuna ante casos de des-
apariciones de personas en circunstancias que ponen en peligro su
propia vida.
7) En la protección de la vida de las personas cuando esa se ve amena-
zada por acciones violentas de particulares, o bien ante el uso letal
de la fuerza pública.
8) En la protección de las personas de los ataques que por sí mismas
puedan dirigir en contra de su persona (personas detenidas o en cus-
todia, personas internadas en centros psiquiátricos).
IV. La Corte Penal Internacional
El poder juzgar las violaciones a derechos humanos calificadas como de lesa
humanidad, que también constituyen delitos, colocó a los sistemas jurídicos,
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42 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
a lo largo del siglo XX, ante el reto de hacer efectivo el derecho a la verdad y
el acceso a la justicia cuando las instituciones de justicia de un país no operan
de la manera en que deberían funcionar; por ello, se generó un debate mun-
dial en torno a la conformación de un organismo de corte internacional que
fuera parte de la Organización de las Naciones Unidas y que favoreciera una
justicia penal efectiva.
El primer antecedente de un tribunal penal internacional tuvo su origen
en la primera experiencia de 1945-1948 en Nüremberg; décadas después, en
1993 y 1994, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones
Unidas acordó la creación de los tribunales para Rwanda y la ex-Yugoslavia.
En el caso de la Corte Penal Internacional (CPI), los preparativos para
lograr un estatuto iniciaron en 1995, con un trabajo conjunto que incluyó
un comité preparatorio y la Comisión de Derecho Internacional de las Na-
ciones Unidas, para finalmente ser aprobada en la Conferencia de Plenipo-
tenciarios del 15 de junio de 1998 en Roma.
El 7 de septiembre de 2000, la Secretaría de Relaciones Exteriores de
México suscribió ad referendum el Estatuto de la Corte Penal Internacional, dos
años después de que se abrió a firma dicho instrumento internacional,
por lo que se perdieron dos años en los que se pudieron haber realizado
las adecuaciones correspondientes al sistema jurídico mexicano; el 10 de
octubre de 2005 fue suscrito por el Ejecutivo Federal, y depositado el 28
de octubre del mismo año en la Secretaría General de la Organización de
las Naciones Unidas.
Con motivo de la reforma al artículo 21 de la CPEUM, que entró en
vigor el 1o. de junio de 2006, se posibilitó que el 21 de junio de 2005 el Se-
nado de la República ratificara el Estatuto de Roma.
El Estatuto de la CPI se encuentra íntimamente relacionado con la
Convención de Naciones Unidas sobre la Imprescriptibilidad de los Críme-
nes de Guerra y los Crímenes de Lesa Humanidad, adoptada por la Asam-
blea General de las Naciones Unidas el 26 de noviembre de 1968.
La Convención fue firmada ad referendum por el ministro plenipotencia-
rio de México el 3 de julio de 1969, ratificada por el presidente de la Repú-
blica el 12 de febrero de 2002, depositada en la Secretaría General de las
Naciones Unidas el 15 de marzo del mismo año y aprobada por la Cámara
de Senadores del Congreso de la Unión de México el 10 de diciembre de
2001, según decreto publicado el 16 de enero de 2002.
Al adoptarse por México, la Convención incluyó una declaración in-
terpretativa, publicada el 22 de abril de 2002, a partir de la cual debería
entenderse que únicamente se considerarían imprescriptibles los crímenes
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 43
a que se refiere la Convención que fueran cometidos con posterioridad a su
entrada en vigor para México.
Al respecto, debemos entender que con independencia de las discusio-
nes que en el ámbito de la justicia universal puedan sostenerse respecto a
las renuncias como las señaladas en la declaración interpretativa, los delitos
de lesa humanidad que se asimilan a violaciones graves a derechos huma-
nos son imprescriptibles a partir de 2002, lo cual fue refrendado en la Ley
General para Prevenir, Investigar y Sancionar la Tortura y otros Tratos o
Penas, Crueles, Inhumanos o Degradantes (LGT) del 26 de junio de 2017,
y en la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Des-
aparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda
(LGDFP) del 17 de noviembre de 2017.
En efecto, estas leyes (artículo 8o. de la LGT, y artículo 14 de la LGDFP)
introducen la imprescriptibilidad de los delitos mencionados que presen-
tan la dualidad de ser también violaciones graves o de lesa humanidad, los
cuales podrían ser competencia de la CPI si se presentan como parte de un
ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conoci-
miento de dicho ataque.
En el caso de la tortura y las desapariciones forzadas de personas, los
retos que se enfrentan por parte de la justicia penal parten de la base del
abuso del poder que suelen utilizar los autores de dichos delitos, sea el caso
de servidores públicos, o bien de particulares que actúan bajo la anuencia,
tolerancia o aquiescencia de éstos.
Atento a lo anterior, la consideración de imprescriptibilidad a dichos
delitos abre un nuevo capítulo para el sistema de justicia penal mexicano,
con el objetivo de hacer efectivo el acceso a la justicia de las víctimas de las
más graves violaciones a los derechos humanos, pero también para enfren-
tar los amplios márgenes de impunidad en los cuales se suelen cobijar los
responsables de dichos delitos, en la apuesta de que sea el tiempo el que
permita extinguir la acción penal en su contra y con ello se abone a la im-
punidad.
V. La tortura
La tortura constituye una de las prácticas más reprobables de la humanidad,
que genera una violación a derechos humanos, o bien la concreción de un
tipo penal, en ambos casos calificados como de lesa humanidad, lo cual debe
entenderse no sólo en el sentido de una declaración de buena voluntad, sino
en términos de la garantía de que en todo Estado democrático de derecho
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44 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
debe preverse para garantizar el pleno respeto a la integridad corporal de
las personas.
Es uno de los fenómenos de mayor preocupación, y aun cuando se han
realizado innumerables esfuerzos en los últimos años para erradicarla, aún
persiste en ciertos ámbitos, lo cual constituye una paradoja, pues constitu-
cionalmente está prohibida, y también se repudia en las leyes secundarias y
en los instrumentos internacionales de que el Estado mexicano es parte; si
ello es así, entonces ¿por qué persiste?, ¿qué hacer para desarrollar buenas
prácticas que permitan prevenirla?, ¿cómo identificarla, investigarla y san-
cionarla de manera eficaz?
En virtud de su gravedad, así como la variable de los otros tratos o pe-
nas crueles, inhumanos o degradantes, es preciso sumar esfuerzos para ha-
cer realidad lo previsto en la Constitución, en la Convención de Naciones
Unidas y en la Convención Interamericana para Prevenir y Sancionar la
Tortura y otros Tratos, Crueles, Inhumanos y/o Degradantes, para permi-
tir que operen los tipos penales de tal manera que cuenten con una orien-
tación que dote de eficacia a la ley, pues si bien es cierto fue hasta 1986, y
posteriormente en 1991, que se incorporó en la Ley Federal para Prevenir
y Sancionar la Tortura en su calidad de tipo penal, lo cual significó entonces
un gran avance, a tres décadas, la experiencia enseña que nos encontramos
a una gran distancia de lograr el objetivo, sobre todo en lo referente a su
comprobación y los efectos procesales que produce.
De ahí la relevancia de la Ley General para Prevenir, Investigar y San-
cionar la Tortura y otros Tratos o Penas, Crueles, Inhumanos o Degradan-
tes (LGT) del 26 de junio de 2017, la cual se presenta como un moderno
contenido acorde con los estándares internacionales al reconocer que la tor-
tura: a) es imprescriptible; b) a los responsables de dicha gama de delitos no
se les puede otorgar asilo ni conceder refugio, y c) los responsables de esos
ilícitos no pueden invocar la obediencia debida.
De igual manera, resulta de gran interés el denominado Manual para
la Investigación y Documentación Eficaces de la Tortura y otros Tratos o
Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, elaborado bajo la coordinación
de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, con la participación de expertos pertenecientes a diversas orga-
nizaciones civiles del mundo, a partir del cual se condensan importantes ele-
mentos para facilitar la documentación e identificación eficaz de la tortura.
La Convención de Naciones Unidas contra la Tortura y otros Tratos
o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, acorde con lo previsto por el
artículo 1o., apartado 2, establece sobre la definición de la tortura que “se
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 45
entenderá sin perjuicio de cualquier instrumento internacional o legislación
nacional que contenga o pueda contener disposiciones de mayor alcance”.
Al respecto, el Comité de Derechos Humanos, en la determinación nú-
mero 265/1987, CCPR/C/35/D/265/1987, al analizar los alcances del
artículo 7o. del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, resolvió,
al referirse a la tortura o los tratos crueles, inhumanos o degradantes, que la
distinción dependerá de las circunstancias de cada caso, tales como la du-
ración, el tipo de trato, los efectos físicos o psicológicos, el sexo, la edad, así
como el estado de salud de la víctima. De igual manera, el trato para que
alcance la denominación de “degradante” debe exceder un nivel particular
de gravedad que sea más allá de la privación de la libertad.
En el curso de las últimas décadas se han logrado avances para abatir
la tortura, pero aún persiste; por ello destaca el Manual para la Investiga-
ción y Documentación Eficaces de la Tortura y otros Tratos o Penas Crue-
les, Inhumanos o Degradantes (Protocolo de Estambul), coordinado por la
Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, que contiene un conjunto de directrices internacionales aplica-
bles a la evaluación de aquellas personas que aleguen haber sufrido tortura
y malos tratos.
Las directrices que contiene el Manual no se presentan como un proto-
colo fijo, sino que constituyen un mínimo a observar tomando en conside-
ración los recursos disponibles.
En este sentido, el Protocolo de Estambul identifica como principios
fundamentales de toda investigación viable sobre incidentes de tortura:
1) La competencia del organismo investigador.
2) La imparcialidad.
3) La independencia.
4) La prontitud.
5) La minuciosidad.
También se incluyen algunas reglas elementales a observar, de la cuales
destacan:
1) La independencia de los investigadores de los presuntos autores y del
organismo a que éstos pertenezcan, con la competencia e imparcia-
lidad necesaria.
2) Los expertos médicos que participen en la investigación de torturas o
malos tratos se conducirán en todo momento conforme a las normas
éticas más estrictas y, en particular, obtendrán el libre consentimien-
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46 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
to de la persona antes de examinarla. Los exámenes deberán respe-
tar las normas establecidas por la práctica médica.
3) Consentimiento informado y otras medidas de protección de la pre-
sunta víctima.
Atento a lo anterior, los avances derivados de la LGT resultan de gran
trascendencia para la tipificación de la tortura, con elementos plenamente
acordes con los que dispone a la Convención Interamericana para Prevenir
y Sancionar la Tortura, así como la extensión de la responsabilidad acorde
a aspectos de coautoría y participación, así como ante omisiones punibles
derivadas del no denunciar o bien evitar la consumación de la tortura.
VI. La desaparición forzada de personas
La desaparición forzada de personas también constituye un tema capital en
materia de violaciones graves a derechos humanos, de ahí la relevancia de la
LGDFP, que no sólo introduce un tipo penal ad hoc para ese tipo de casos, sino
que también reconoce la imprescriptibilidad de dichos delitos.
La presunción de muerte se da en aquellos casos de individuos que fue-
ron privados de la libertad y respecto de quienes no existe una explicación
plausible de parte de la autoridad en cuanto a su destino final; puesto que
la ausencia del cuerpo es una constante, debe entenderse que se encuentra
sin vida.
Por otra parte, si ha transcurrido un periodo prolongado desde que la
persona fue detenida o privada de la libertad, constituye un importante fac-
tor a ser tomado en consideración para presumir que se encuentra sin vida.
Ahora bien, dichas presunciones no son automáticas, sino que están sujetas
a la carga de la prueba y al examen de las circunstancias del caso concreto,
además del periodo durante el cual la persona se encuentra en un paradero
desconocido.
El hecho de que se desconozca el paradero de una persona de ninguna
manera debe ser tomado como elemento definitivo para tener por acredita-
da una desaparición forzada, sino que deben analizarse las evidencias que
permitan arribar a dicha conclusión, incluidas las presunciones.
Los procedimientos de investigación que se siguen en los organismos
públicos de derechos humanos se conforman por una serie de acciones in-
terrelacionadas y ordenadas de manera cronológica y secuencial que, en
conjunto, integran los actos para obtener evidencias que demuestren la exis-
tencia de violaciones a los derechos humanos.
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 47
Al respecto, destaca el Protocolo de Minnesota sobre la Investigación
de Muertes Potencialmente Ilícitas (2016), en cuya elaboración participó
la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, con la participación de múltiples expertos dirigidos por el Min-
nesota Lawyers International Human Rights Committee, con el objetivo de
ofrecer una guía práctica, que si bien se refiere a la investigación de muertes,
derivado de la presunción derivada de los casos de desapariciones forzadas,
resulta plenamente aplicable, con mucho mayor énfasis, cuando se locali-
zan los restos de personas que previamente habían sido reportadas como
desaparecidas.
La LGDFP incluye aspectos propuestos en el Protocolo de Minnesota
desde 1989 y 1991, que buscan, en su última actualización de 2016, pro-
mover la justicia, la rendición de cuentas y el derecho a una reparación, a
través de la promoción de una investigación eficaz de toda muerte poten-
cialmente ilícita o sospecha de desaparición forzada, con normas de desem-
peño común en la investigación de casos de desaparición forzada, así como
con principios y directrices para los Estados, instituciones y cualquier per-
sona que participe en la investigación.
La investigación de la desaparición forzada o de cualquier sospecha de
que ésta aconteció se prevé ante situaciones que hubieran sido causadas por
actos u omisiones de servidores públicos del Estado, o bien, por la omisión
atribuible al Estado de omitir proteger a las personas, incluidas acciones u
omisiones causadas por grupos paramilitares, milicias, escuadrones de la
muerte, cuando exista la sospecha de que se actuó bajo la dirección del
Estado, su consentimiento o aquiescencia, incluso cuando se presenta ante
circunstancias que deriven de la mera sospecha.
A este respecto, destaca el deber de investigar a cargo de las autorida-
des del propio Estado, con la exigencia de que la investigación se realice
acorde con los siguientes elementos: a) prontitud; b) efectividad; c) exhaus-
tividad; d) independencia; e) imparcialidad, y f) transparencia.
De igual manera, se precisa el respeto de los principios y códigos inter-
nacionales por parte de los investigadores y servidores públicos responsables
de las investigaciones, entre los cuales se incluyen: a) los Principios Básicos de
las Naciones Unidas de 1985 relativos a la Independencia de la Judicatura;
b) los Principios Básicos de las Naciones Unidas de 1990 sobre la Función
de los Abogados; c) las Directrices de las Naciones Unidas de 1990 sobre la
Función de los Fiscales; d) el Código de Conducta de las Naciones Unidas
de 1979 para Funcionarios Encargados de Cumplir la Ley; e) los Principios
Básicos de 1990 sobre el Empleo de la Fuerza y de Armas de Fuego por los
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48 RAÚL PLASCENCIA VILLANUEVA
Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la Ley; f) las Directrices de
Lund-Londres; g) las orientaciones para comisiones de investigaciones del
ACNUDH, y h) las reglas Nelson Mandela de 2015.
VII. Reflexión final
La protección del derecho a la vida constituye en la actualidad un tema en el
que se ha logrado un consenso en el ámbito internacional, con una tendencia
por su plena abolición como parte de un desarrollo progresivo que va ganan-
do terreno poco a poco, de ahí que actualmente sean pocos los países que la
mantengan en su catálogo de penas.
Ahora bien, aun cuando la pena de muerte fue plenamente abolida en
nuestro país, existen otros ataques al derecho a la vida de las personas que
derivan de comportamientos intencionales o descuidados por parte de ser-
vidores públicos, o bien de particulares, y que el Estado tiene el deber de
prevenir, y en caso de que ello no sea posible, lograr el formal procesamien-
to de los responsables.
Las muertes intencionales ante operativos de seguridad pública, la falta
de suministro de medicamentos en hospitales, el mantenimiento indebido
en carreteras son algunos de los ejemplos que nos sitúan ante nuevos retos
respecto de la protección de la vida; los trabajos peligrosos, los desastres
ambientales, la seguridad de las carreteras, las personas que se encuentran
en un centro de detención o en instituciones psiquiátricas y, particularmen-
te, en torno a la responsabilidad por acciones u omisiones intencionales, o
bien, ante la falta de reacción oportuna en el caso de personas desapare-
cidas que ponen en peligro su propia vida, nos colocan en la condición de
revisar la protección del derecho a la vida y modernas formas de atentar en
contra de ese derecho, diversas a la pena de muerte.
Las violaciones graves a los derechos humanos también suelen generar
la comisión de delitos por acción u omisión que se homologan a los deno-
minados de lesa humanidad, de ahí la gran importancia de la prevención de
dichos comportamientos, su investigación efectiva y el formal procesamien-
to de los responsables.
Otro de los retos actuales se orienta, precisamente, en tratar de hacer
efectivo el acceso a la justicia y el derecho a la verdad en el caso de las víc-
timas de las violaciones graves a derechos humanos, sobre todo cuando los
responsables de los delitos suelen ser servidores públicos amparados por el
abuso del poder, que en algunos casos tratan de justificar en leyes vigentes
su actuar.
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LA PENA DE MUERTE Y LAS VIOLACIONES GRAVES A DERECHOS HUMANOS 49
La imprescriptibilidad de la tortura y de la desaparición forzada de per-
sonas constituye uno de los mayores avances para lograr que se haga justicia
en esos casos, de tal manera que ni aun con la apuesta del paso del tiempo
se podría evadir el responsable de dichos delitos, lo cual ofrece mayores po-
sibilidades para que la justicia pueda llegar a esa gama de delitos.
Ante los márgenes de impunidad que se pueden presentar ante las vio-
laciones graves a los derechos humanos, o también llamados delitos de lesa
humanidad, existe la posibilidad de que la Corte Penal Internacional asuma
la competencia para el formal procesamiento de los responsables, siempre y
cuando se cubran los requisitos de que sea un acto generalizado o sistemá-
tico y con conocimiento de dicho ataque.
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