Las Primicias Del Reino - Divaldo Franco
Las Primicias Del Reino - Divaldo Franco
Franco
Las primicias
del
Reino
Obra mediúmnica
dictada por el
Espíritu Amelia Rodrigues
Índice
Antecámara
Explicación
Prólogo
1 Apuntes históricos
2 Las buenas nuevas
3 El precursor
4 El Excelso canto
5 Nicodemo, el amigo
6 El mancebo rico
7 Simiente de luz y vida
8 El paralítico de Cafarnaúm
9 La suplicante cananea
10 La mujer de Samaria
11 Embajadores de la esperanza
12 El Tabor y la planicie
13 El obsesado gadareno
14 Sé limpio
15 La mujer hemorroisa
16 Zaqueo, el rico de humildad
17 La familia de Betania
18 La rediviva de Magdala
19 Id, y conquistad la Tierra
20 Simón Pedro: piedra y pastor
21 Jesús
22 Epílogo
Antecámara
"Hombres, hermanos a quienes amamos, estamos al lado de vosotros: amaos también los
unos a los otros, y decid desde el fondo de vuestro corazón, haciendo la voluntad del Padre
que está en el cielo: ¡Señor! ¡Señor!, y podréis entrar en el Reino de los Cielos."
El Espíritu de Verdad (Prefacio de "El Evangelio según el Espiritismo").
Hay, sí, mucho dolor en la Tierra. El hombre, mientras alcanza victoria en las arremetidas
del conocimiento científico, siente el proceso de aflicción en angustia lenta que le carcome
la intimidad del alma, destruyéndole la esperanza de paz íntima. Los siglos de cultura que
vencieron la ignorancia al respecto de las cuestiones de la vida orgánica no lograron
modificar la estructura del ser en la realidad espiritual.
El esfuerzo actual de los nuevos filósofos renacientes de Nietzsche que, a su vez, tentó
revivificar las ideas de Condillac y de los atomistas de Grecia y Roma antiguas, no se hace
poderoso para ofrecer al espíritu humano la seguridad y la alegría indispensable a la vida.
La juventud sin frenos pide orgía y gozo sin disfrazar la locura que la posee; la madurez se
desgobierna, ruega placer y fuerza para el poder transitorio, la vejez mientras tanto, muy
cerca de la tumba, vuelve a los postulados de una fe religiosa, en la cual busca aliento y
consuelo para sus dolores y desasosiegos...
Es que el materialismo es un fuego fatuo que brilla agradable, solamente durante los
arranques juveniles, en cuanto hay fuerza física y entusiasmo en la sangre y en la carne.
Ahora una inquietud se apodera del hombre y vence en la Tierra.
Las religiones desde hace mucho olvidaron a las almas para cuidarse de poseer y gobernar
apoyadas en estructuras arcaicas. Instituciones poderosas en que se transformaron
consiguieron el reino de la tierra olvidando el reino de los cielos. Las viejas fórmulas ya
caducas no pueden más tranquilizar ni ofrecer seguridad emocional. Sin confianza en sus
propios dogmas proyectan y esperan conseguir una nueva Teología... ¡sin Dios!, como para
actualizarse.
Es en esta circunstancia, pues, que el Espiritismo produce su hermosa misión de
Consolador, aquel mismo Consolador que fue prometido por Jesús.
En la hora en que la Ciencia ahonda el bisturí de la investigación en la "psique" y esclarece
los complejos enigmas de la Psicología trazando rutas a los viajeros de las incertidumbres
de la vida. Oedipus de hoy, trasciende las conquistas de las llamadas disciplinas
psicológicas para poner en el espíritu inmortal — ese heredero de las realizaciones de los
tiempos — las semillas potenciales de sus hechos como herencias en forma de estigmas,
complejos y bendiciones, sufrimientos o glorias que hacen las diferencias desde las cunas
hasta las tumbas, en las "villas miserias" o en las mansiones, todo esclareciendo bajo las
luminiscentes realidades Kármicas, que son personales e intransferibles.
Somos, todos nosotros, indudablemente herederos de nosotros mismos...
Cuando la Filosofía pierde la dirección de la ética y no obtiene el honor de conducir al
hombre, la Doctrina Espirita le propone nuevas directrices, ofreciendo pruebas y hechos al
amparo de la comprobación de los inolvidables científicos del pasado y los nobles
estudiosos del presente...
Trayendo de vuelta a Jesús — Jesús, aquel que es el Buen Amigo de todos los seres — se
transforma en pañuelo para las lágrimas y sudores que perlan en los ojos y en la frente de
todas las personas afligidas y melancólicas de esta actualidad...
Y son los muertos que vienen como testigos de la realidad de la vida del más allá, hoy
como ayer, hablando el lenguaje del amor y de la razón para la nueva humanidad.
Son madres que la tumba no calló su boca consoladora y vienen, otra vez al hogar desierto,
para conducir las criaturitas huérfanas con amor y cariño; son padres llenos de añoranza
que vuelven a la intimidad de la familia en luto para decirle de la inmortalidad triunfal: son
hermanos y amigos que no se quedan en la inmovilidad del mausoleo y cantan a los oídos
de las gentes la gloria de la supervivencia: ¡vida, inmortalidad, luz! Son enemigos aún
amargados que vuelven y encuentran aquellos que los hirieron y tornaron infelices,
estableciendo un comercio psíquico de malas consecuencias... Son espíritus, sí, todos vivos
en identidad de mente y emoción intercambiando en las mismas franjas vibratorias,
modificando el paisaje del mundo...
Hoy como hace dos mil años, hay totalitarismo del poder, achique en la fe, anarquía... Las
inmensas multitudes en filas de desgraciados hacen de las ciudades lugares de nadie; las
personas nada valen y muchas de las mujeres de hoy, bajaron al precio de un animal como
ya fue en Israel... Viene, entonces, el Espiritismo cristiano, “viene a cumplir en los tiempos
predichos lo que Cristo anunció y a preparar el cumplimiento de las cosas futuras. Es, pues,
obra de Cristo, que él mismo preside, así como la regeneración que se opera y prepara el
Reino de Dios sobre la Tierra, como igualmente lo anunció", (*) llamando a una orden
nueva y feliz a todos los hombres. Antes El dio su vida, ahora pide la nuestra. ¡Meditemos!
Homenajeando el Primer Centenario de la desencarnación del maestro Allan Kardec
nosotros, los "espíritus-espiritas" al presentar "Las Primicias del Reino" de nuestra hermana
Amelia Rodrigues, primicias que son una sinfonía en que suenan les voces del cielo en la
acústica de los corazones que tienen ganas de paz y sed de luz, decimos, las nuevas voces
que somos, en paráfrasis al canto de los antiguos cristianos:
"¡Salve, Kardec! ¡Los que viven la gloria de la inmortalidad y que te aman, reconocidos
bendicen tu espíritu y te saludan!"
Amalia Domingo Soler
Cosme Mariño
Manuel S. Porteiro
Josefina Arámburu de Rinaldini y otros.
Salvador (Brasil), 3 de marzo de 1969.
(*) "El Evangelio según el Espiritismo" - Capítulo 1-7. Editorial Kier S. A. Octava Edición.
(Nota de los Autores Espirituales) (Psicografiada en castellano, en la sesión del Centro
Espirita "Camino de Redención", por el médium Divaldo P. Franco).
Explicación
Atendiendo las sugestiones de los Bienhechores Espirituales, me animo a esta Explicación.
Con la desencarnación repentina de un hermano acaecida el 24 de junio de 1944 en Feria de
Santana (Estado de Bahía), nuestra ciudad natal, y una serie de acontecimientos dolorosos,
fui llevado por manos generosas a trabar conocimiento con una dedicada médium espirita,
doña Ana Ribeiro Borges (Nana), quien a su vez me condujo a las primeras sesiones
mediúmnicas, donde la psicofonía espontánea floreció en mí.
Católico practicante, durante muchos meses me debatí entre la antigua convicción religiosa
y las elucidaciones claras que el Espiritismo me ofrecía sobre los problemas de la vida, los
orígenes del ser, las pruebas y el destino a través de la reencarnación.
Trasladando nuestra residencia, después, para Salvador, me inicié alrededor de 1947, por
orientación de los dedicados Amigos Espirituales, en el estudio de "El Libro de los
Espíritus" de Allan Kardec, así como de las demás obras de la Codificación. Me refiero al
estudio y no a la lectura pura y simple, dado que desde las primeras horas esos abnegados
Instructores del Mundo Espiritual se referían a la Obra Kardeciana como profunda,
excelente; profundidad y excelencia esas que yo mismo constataría lentamente, con el
correr de los años, dedicándole estudio sistemático y cariñoso, durante toda la vida.
En marzo de 1948, estando de vacaciones en la residencia de correligionarios amigos, en la
ciudad de Aracajú, fui invitado a exponer algunos comentarios en la sesión semanal de la
Unión Espirita Sergipana, invitación hecha por el entonces presidente. Era la primera vez
que me presentaba en público y dominado por comprensible turbación, me demoré sin
proferir una sola palabra, pese a que el número de personas presentes no excedió de 15. En
aquellos minutos de tormento íntimo, que parecían no tener fin, vislumbré la presencia de
un Espíritu Amigo y escuché su bienaventurada voz decirme en tono firme: "¡Habla!
¡Hablaremos por tu intermedio!". Inmediatamente se destrabó la lengua, la voz, y
emocionada y rápidamente, "hablé" por espacio de casi 40 minutos. Así me inicié en las
sencillas tareas de la exposición evangélica y doctrinaria, en las que gracias a Dios me
encuentro vinculado hasta el momento.
Todas las veces que era invitado a formular comentarios sobre el Evangelio, tuve la
impresión de ver los escenarios de los acontecimientos, los personajes, como en una
pantalla de cinemascope y pese a lo limitado del vocabulario, bajo la fuerte inspiración que
me dominaba en esos momentos, me era y me es posible describirlos y reproducir los
diálogos expresivos, en narraciones emocionantes y vivas. Otras veces, para mi propia
sorpresa, me sentía momentáneamente como si estuviese fuera del cuerpo físico y en tanto
que hablaba automáticamente, como aún hoy acontece, me sentía un espectador, sin
producir el menor esfuerzo mental de la inteligencia o -memoria, durante todo el tiempo de
la "conferencia'', sorprendiéndome con las citaciones y el conocimiento de hechos que, en
el estado normal, me son enteramente ignorados.
En 1949, estando en Muritiba, ciudad próxima a esta Capital, en la residencia de los
correligionarios señor Rafael Veiga y señora, en una sesión presidida por el coidealista
Abel Mendonça, por primera vez sentí una imperiosa voluntad de escribir, voluntad ésa
acompañada de extraña sensación en el brazo, así como una ansiedad de difícil descripción.
Provisto de papel y lápiz escribí, entonces, dominado por el mismo estado espiritual,
rápidamente, iniciando en esa ocasión, modesta e involuntariamente, la facultad
psicográfica de que me encuentro investido.
Años más tarde, a medida que el ejercicio normal de la facultad medianímica, en sesiones
semanales del Centro Espirita "Camino de Redención" me proporcionaba mejor
desenvolvimiento, los Amigos Espirituales, al término de cada reunión mediúmnica,
dictaban una página de comentario sobre lo ocurrido durante los trabajos, concitando a
todos, invariablemente, al estudio y a la práctica del Espiritismo, sin mancha alguna, de
acuerdo a las enseñanzas sustanciales de Alian Kardec.
En el mismo año 1949, como ya había pronunciado en el Centro Espirita "Camino de
Redención", pequeñas conversaciones evangélicas y doctrinarias del Espiritismo, bajo la
inspiración de esos mismos abnegados Amigos Espirituales a los que debo las mejores
instrucciones de mi vida, el mejor cariño y la más constante asistencia, sugirieron esos
Benefactores asiduos el trabajo de comunión con la infancia menos favorecida, surgiendo
los planes para la "Mansión del Camino", que fue inaugurada el 15 de agosto de 1952,
abrigando, en la actualidad, en un núcleo donde se yerguen 10 hogares-familia, 82 criaturas
sin padres y que es nuestro afortunado taller de amor fraternal.
Muchas y reiteradas veces, amigos y correligionarios, en estos años de prédica espírita y
evangélica, me han solicitado imprimir las conferencias dadas o escribir los temas
abordados. En la imposibilidad de hacerlo, reconociendo las dificultades del “arte de
escribir”, jamás abrigué ninguna aspiración sobre ese particular. Tal como acontece en las
conferencias, la producción escrita por mi intermedio es siempre dictada por los
Benefactores Desencantados.
Hace menos de Un año, la dedicada Amiga Espiritual, Amelia Rodrigues, que en la Tierra
fuera abnegada e instruida maestra, me informó que, oportunamente, reuniera material para
un pequeño libro, estudiando los diversos temas, antes abordados en conferencias algunas
de ellas inspiradas por ella misma junto a M. Yianna Carvalho y otros lidiadores de la
Esfera Espiritual, y bondadosamente, dictó por psicografía todas estas páginas en presencia
de los asistentes a las sesiones mediúmnimica del citado Centro Espírita ''Camino de
Redención”, ahora reunidas en este volumen.
Profundamente reconocidos al Maestro Jesús por todas las dádivas con que nos ha
enriquecido el espíritu y el corazón, agradecemos, conmovidos, a los Bienhechores
Espirituales, generosos y sabios que nos han inspirado y socorrido, al tiempo que pedirnos
excusas a los lectores que nos honren con su atención y paciencia, formulando votos de paz
para todos nosotros.
Divaldo Pereira Franco Salvador, 26 de febrero de 1967
Prologo
"Mostradme una moneda. ¿De quién tiene la imagen y la inscripción? Y respondiéndole
ellos, dijeron: De César. Y les dijo entonces: Dad al Cesar lo que es de César y a Dios lo
que es de Dios."
(Lucas 20:24 y 25)
En ese vigoroso y expresivo diálogo se enfrentan dos reinos en litigio: el material y el
espiritual.
La efigie de Augusto y las inscripciones en las monedas de cambio y de valor adquisitivo
representaban el poder temporal: las huestes guerreras venciendo ciudades, las glorias
efímeras de tránsito breve, las fronteras ensangrentadas señaladas por todas partes, el lujo,
el gozo, las ambiciones, el crimen desenfrenado, las vanidades y la muerte...
El Emperador, elevado al poder por una serie interminable de acontecimientos
imprevisibles, extendía su fuerza por todos los rincones y estaba presente en todo lugar. El
sonido de sus monedas significaba grandeza, abundancia, poder.
El sol no interrumpía su marcha sobre las tierras del fulgurante imperio.
Jesús, mientras tanto, era el Príncipe de otro reino, aquel reino de paz y justicia donde la
sabiduría sublimiza las aspiraciones. Inmenso reino fuera de la tierra, cuyos cimientos, sin
embargo, se consustancian en la tierra.
Augusto sembraba el terror, el odio, devastaba...
Jesús traía la invitación enérgica y libre de atavíos para escoger al deber mayor del amor.
El primero combatía como las águilas: inesperadamente, con violencia, astucia, sin piedad.
El segundo, era semejante a una paloma mansa, mensajera de paz.
Los dos reinos tenían y tienen bien definidas finalidades, rumbos perfectamente delineados.
Augusto reinaba; Él, empero, llegaba a los hombres para ofrecerles las primicias del Reino
que lentamente conquistaría a los amargados y desilusionados espíritus humanos, tras los
fracasos y frustraciones en el reino ilusorio de los triunfos pasajeros.
Indagado sobre el dueño de la efigie esculpida en la moneda, Jesús omitía reconocer la
autoridad del Emperador, por ser una autoridad que le era impuesta y no una legítima
autoridad, como aquella que viene de lo Más Alto.
***
Meditando profundamente en los programas de la Era Espacial, en los esquemas
ultramodernos sobre la planificación de la familia, en los esbozos osados de la Psicología
juvenil, en los avances de la Sociología que experimenta la aplicación de doctrinas
peligrosas, no podemos ignorar la onda avasalladora de las pasiones, de las luchas y de los
naufragios morales.
En el momento en que el hombre, a pesar de todas las conquistas que enriquecen su campo
de experiencias parece deshumanizarse, en que la voluptuosidad de la velocidad avasalla
todos los emprendimientos y las estadísticas presentan índices sorprendentes en sus
diversos aspectos, con la aflicción que impera desenfrenada, sin manos que puedan detener
las lágrimas o corazones que se transformen en receptáculos vivos, deseamos,
respetuosamente, testimoniar reconocimiento y afecto a las células espiritas-cristianas, que
se esparcen, fraternalmente, abriendo sus puertas al dolor y a la desesperación, ofreciendo
reposo y esperanza a todos, bajo la égida excelsa del Consolador.
Células que instruyen, esclarecen, albergan, constatan, alimentan, iluminan, sustentan y
estimulan a los espíritus tibios o atormentados, víctimas de sí mismos, del miedo o de las
neurosis de difícil clasificación; células donde algunos cirineos ofrecen, con su propia vida,
las Primicias de aquel reino que vendrá, contemplando el actual declinar de César, mientras
se apaga el brillo de sus últimas luces; reino cuya institución Él vino a lanzar hace dos mil
años en el sufrido suelo moral del Planeta.
Pensando en esos luchadores estoicos, cristianos de la última hora, en aquellos sufrientes
que el vendaval sorprende y despedaza a cada instante, y en aquellos otros aún no vencidos,
tomamos coraje para hilvanar algunos pensamientos, estudios y evocaciones de los "dichos
del Señor" y de los personajes que participan de Su mensaje, en una invitación sin
pretensiones para el retorno hacia las cosas simples, bellas y profundas del Evangelio, hoy
escasamente divulgadas, controvertidas, deliberadamente ignoradas, violentamente
combatidas...
Hace falta aroma evangélico en las realizaciones llamadas cristianas de la actualidad,
haciendo pensar en un Cristianismo al cual falta el espíritu enérgico y manso, suave y noble
del Cristo.
En el preciso instante en que el Cientificismo congela los corazones e influye en las mentes
con vigor inusitado, la evocación de Jesús y Su Vida, Sus palabras y Sus hechos, puede ser
comparada al rocío balsámico depositado sobre la pústula dolorosa, ardiendo cruelmente.
Hacer hombres fuertes y puros, "como las criaturas", es la meta del Espiritismo,
tornándolos "hoy mejores que ayer y mañana mejores que hoy".
No pretendemos hacer trabajo de exégesis evangélica, por faltarnos los mínimos títulos
requeridos para tan grande empresa.
En la literatura terrestre abundan "Vidas de Jesús".
Nuestro esfuerzo agrupó algunas páginas escritas con el canto de espíritu inmortal luego de
traspasar la reveladora frontera de la sepultura. Nuestro objetivo es contribuir con la
gloriosa Obra doctrinaria del Espiritismo, iniciada por el eminente maestro lionés Allan
Kardec, a quien tributamos nuestro profundo respeto y homenaje por los ingentes esfuerzos
como restaurador de la. "palabra de la vida", mediante el todo granítico y armonioso de la
Codificación, en los tumultuosos días del siglo pasado y que, inalterada y actual, resiste las
embestidas de la liviandad y de la jactancia de los aventureros de las cuestiones espirituales
a través de los tiempos.
Algunos apuntes que se amplían fuera de las notas evangélicas o que presentan comentarios
no insertos en los escritos de la Buena Nueva, los extrajimos de obras consultadas en
nuestro plano de actividad o son resultado de esclarecimientos y comentarios recogidos en
fuentes históricas del Mundo Espiritual.
***
A semejanza de los días en que Jesús vivió entre nosotros, los tiempos actuales brindan
también la restauración viva y actuante del Mensaje cristiano; convertida en laboratorio de
experiencias aflictivas, la Tierra continúa siendo un campo rico de oportunidades para la
vivencia evangélica.
Hay incontables oportunidades de trabajo esperando por nosotros.
En estos días de cultura y abundancia, pululan también la miseria física y moral aguardando
socorro. Se hace necesario que repunten como primavera de bendiciones las simientes de la
esperanza y surjan como antes nuevos "hombres del camino".
Esperando haber respondido al llamado del deber, mediante la contribución de este
conjunto de páginas que no alientan mayores pretensiones, formulamos votos de éxito en
los cometidos del bien a los infatigables obreros, en cuanto recordamos con Juan que Él
"era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo" (Juan 1: 9), teniendo
la certeza de que Su Luz desde ya nos ilumina interiormente, conduciéndonos a las sendas
redentoras de Su Reino de amor incomparable.
Amelia Rodrigues
Salvador, 25 de febrero de 1967
1
Apuntes históricos
La historia de Palestina es, ante todo, la historia de un pueblo sufriente en la lucha
angustiante por la sobrevivencia y la paz.
Esclavo durante largos siglos de les egipcios, los babilonios y otros pueblos, más de una
vez, después de esfuerzos ingentes y sangrientos, consiguió la reorganización comunitaria
dentro del régimen teocrático, sufriendo casi siempre aflicciones innominables, para perder
poco después la libertad.
Haciendo de la defensa de la fe espiritual, su política y de la religión, la base de la vida
nacional vivió siempre en una comunidad cerrada, bajo la inspiración del monoteísmo, cual
si fuese una isla dentro de un convulsionado océano politeísta.
Aproximadamente en el año 143 a.C., soportando el yugo del imperio seléucida (1) que se
encontraba entonces en luchas desenfrenadas con los partos, los romanos, egipcios y otros
pueblos, Simón Macabeo liberó a la Judea, haciéndose elegir de inmediato, y en asamblea
popular, general y Sumo Sacerdote, función ésta que sería retenida por heredietariedad en
su familia: los asmonianos (2).
(1) La dinastía de los Seléucidas fue fundada por Seleuco I, en Persia, en el año 312 a.C.
Alrededor del año 200 a.C., los seléucidas conquistaron Siria y a los pueblos vecinos,
oportunidad en que, Palestina cayó bajo su dominio.
(Notas de la Autora Espiritual)
Más tarde, en el año 78, a.C., fueron conquistadas anexadas a Judea, la Samaria, Galilea,
Indumea, Transjordania y otras tierras, con las que Palestina recupera sus primitivos
límites. Sin embargo, a medida que aumentaban las dimensiones territoriales, disminuía el
fervor religioso, ya que el progreso griego era asimilado por la Casa Asmoniana, que desde
entonces, pasó a sufrir la más severa restricción y el desprecio de la clase de los fariseos.
En el año 63 a.C., cuando Pompeyo se encontraba victorioso en las puertas de Damasco con
sus legiones en Oriente, fue invitado por los israelitas para un arbitraje entre Hircan II y
Aristóbulo II, (3) que se disputaban la corona. El dictamen fue favorable a Hircan II. Este
hecho dio origen a la célebre campaña del apasionado triunviro contra Aristóbulo II, quien,
no conforme con el resultado del juicio, lo enfrentó.
(2) Ese período fue denominado 2ª República Judaica, y abarca desde el año 142 a.C.,
hasta el 70 de nuestra era.
(3) Hijos de Salomé Alejandra, que restableció la paz con los fariseos. Aún antes de su
muerte, sus hijos Hircan II y Aristóbulo II, entablaron reñidas disputas por la sucesión.
(Nota de la Autora Espiritual)
Perdiendo la batalla en la Ciudad Baja, el rebelde se refugió en el Templo que estaba
situado en la parte Alta de Jerusalén, donde tres meses después fue vencido.
La victoria de Pompeyo costó el sacrificio de 12.000 judíos, y todas las tierras de los
macabeos pasaron a pertenecer al Imperio Romano. Después de la muerte de Craso, que fue
quien saqueó la ciudad en el año 54 a.C., una nueva rebelión fue sofocada por Longino, su
sucesor en el gobierno de Siria, deportando cerca de 30.000 judíos, que quedaron reducidos
a la condición de siervos del Estado (año 43 a.C.). Con la muerte de Antipater, los partos,
victoriosos, invadieron Jerusalén y pusieron como representante títere a Antígono, el último
de los macabeos.
Al mismo tiempo, el 2º Triunvirato se establecía en Roma y Marco Antonio y Octavio,
teniendo en sus manos el destino del Imperio, nombraron a Herodes, llamado El Grande,
para ceñir la corona de David (año 40 a.C.).
Con mano de hierro, Herodes expulsó a los Partos, aprisionó a Antígono y lo entregó a
Antonio, para que fuese ejecutado. Después, a fin de apoyarse en una política de temor y
respeto, mandó matar a todos los judíos que habían colaborado con los invasores.
El esplendor helénico alcanzó con Herodes el período áureo en Israel.
Surgieron ciudades deslumbrantes; la escultura encontró aceptación en todas partes;
Jerusalén se enriqueció de monumentos y edificios pomposos; fueron levantados teatros y
el circo. Se introdujeron competiciones deportivas, concursos musicales y luchas de
gladiadores.
En Cesárea fue construido un puerto de mar, y valiosas donaciones fueron hechas a Biblos,
Rodas, Esparta, Atenas...
Considerando Herodes que el Templo de Jerusalén, construido por Zorababel, no poseía el
esplendor digno de Israel, mandó derrumbarlo y en su lugar, hizo erguir otro más grande e
imponente.
Siendo disoluto y ambicioso, además de inclemente, mandó matar a cuantos proyectaban
sombra sobre su corona, sin eximir a Aristóbulo (quien apareció accidentalmente muerto en
un baño, y que era el heredero legal del trono) ni a Mariana, su segunda esposa y nieta de
Hircan II, hermana, por lo tanto, de Aristóbulo. Algunos de sus propios hijos, tal como
Alejandro, perecieron en manos de sus sicarios, y a Antipater, considerado sospechoso de
conspiración, lo encarceló indefinidamente.
Ahogó con sangre, cuantas conspiraciones fueron ensayadas, y el cerco de espías se tornó
tan severo que cierto día, disfrazado en medio del pueblo, preguntó a un hombre qué
pensaba de Herodes, y éste le respondió: —"En Jerusalén, hasta los cuervos son de la
policía."
II
En el año 4 de nuestra era, Herodes desencarnó víctima de la hidropesía, de fiebre y úlcera,
quedando la Casa de Israel, por testamento, dividida entre sus tres hijos: Herodes-Filipo II,
Herodes-Antipas y Arquelao.
Antes de que se consumasen las exequias fúnebres en el Herodium, Arquelao, joven
ambicioso de sólo 18 años, dominaba una sedición, intentando, después en Roma, el apoyo
de Augusto para un gobierno soberano.
Antipas, luego de algunas diligencias, también viajó a Italia.
Herodes-Filipo II marchó hacia la región del norte y allí se estableció sin temores.
Roma, como siempre, y por medio del Emperador, eligió la mejor política de la que se valía
entre los pueblos conquistados: las propias disputas y luchas intestinas que los debilitaban.
Arquelao fue nombrado Etnarca de Judea, Herodes-Antipas y Herodes-Filipo II, Tetrarcas,
correspondiéndole, al primero, las ciudades de Galanítida, Traconítida, Batanea y Paneas,
y, al segundo, la Galilea y la Perea, donde estaban las ciudades de Nazaret, Esdrela...
Herodes-Filipo I, el primogénito, nieto del Sumo Sacerdote por el lado materno, fue radical
y definitivamente desheredado. Intentó conseguir la "Mitra blanca" y el "pectoral sagrado",
debiéndose conformar, sin embargo, con ser simple sacerdote, ya que esta función quedó
retenida por sus tíos abuelos.
***
El lago de Genesaré era denominado por los Rabinos, como el lugar que "Elohim" reservó
para su exclusiva satisfacción, merced a los encantos de sus márgenes y de las brisas
frescas que en él había. Era natural pues, que los dos Tetrarcas se disputasen el derecho de
levantar allí la ciudad capital de sus dominios.
Siendo más poderoso en armas y dinero que su hermano, Antipas ordenó construir la
célebre Tiberíades, en homenaje al Emperador, en un sitio donde antes había existido un
cementerio, lo que le valió la animadversión de los judíos, que comenzaron a llamarla
"ciudad impura". Filipo transformó de la misma manera a la antigua Panias, situada en la
confluencia del Jordán con el lago, que daba la impresión de estar recostada sobre las
aguas; la hermoseó y enriqueció y la denominó "Cesarea de Filipo".
Arquelao, después de entrevistarse en Roma con el Emperador, consiguió a Samaria,
Indumea y Judea, quedando Jerusalén como capital de sus dominios. Fue el que salió más
beneficiado con la división del testamento. Como era semejante a su progenitor en crueldad
y astucia, aumentó los impuestos y reconstruyó ciudades con el sudor y las lágrimas de sus
súbditos. Como no atendía a los constantes reclamos del pueblo para que disminuyese la
opresión, estalló una revolución que fue ahogada en sangre. Pese a ello, el movimiento
interno fue creciendo hasta transformarse en una reacción contra la dominación romana.
Notificado el Emperador por una comisión de prestigiosos judíos que viajó a Roma de la
calamitosa situación reinante en Jerusalén, Arquelao cayó en desgracia; destituido, es
obligado a trasladarse a las Galias (en Viena) con la orden de no alejarse de allí (año 6 de
nuestra era). Fue nombrado entonces, para Jerusalén, un procurador romano.
No obstante, ello, continuó la rebelión, y los romanos actuaron despiadadamente mandando
crucificar 2.000 judíos, como corolario de las victorias alcanzadas.
***
Jesús vivió su infancia como súbdito de Herodes-Antipas.
Al iniciar Su ministerio público, Palestina se encontraba bajo el control de Siria, cuyo
legado era Pomponio el Débil y el procurador romano de Judea era Poncio Pilatos el quinto
en la serie de sucesión.
Desde su palacio en Cesárea Marítima, el procurador dominaba todo, desde "Don a
Betsabé". (4)
(4) Para gobernar ese pueblo de 2.000.000 de habitantes, (se calculaba que en Jerusalén
vivían 100.000 judíos), Roma mantenía 3.000 hombres divididos en 3 cohortes de
infantería, 1 regimiento de caballería y diversos auxiliares reclutados entre sirios,
samaritanos, griegos y árabes.
(Nota de la Autora Espiritual)
En épocas del dominio romano, Israel presentaba tres clases sociales distintas, que se
diferenciaban social, política y religiosamente. Había además otras sectas, entre las que se
distinguía la de los esenios por la cordura, fraternidad y la austeridad de las costumbres de
sus miembros. Ellos tenían por norma el precepto: "lo que es mío, es tuyo."
Los esenios estaban gobernados por un Consejo de Ancianos constituido por 72 miembros,
entre los que se encontraba el Sumo Sacerdote. Su función era la de legislar sobre la vida y
muerte de sus súbditos.
Los saduceos (zodokim — nombre derivado de Zador, que fue el líder y fundador de la
clase) constituían la aristocracia feudal, encargada de los asuntos religiosos y celosos
observadores de la aplicación rigurosa de los códigos de la Torah o Ley. Invariablemente
ricos, disfrutaban de una posición considerable y destacada.
Los fariseos (perushim — separados) eran considerados económicamente independientes,
constituyendo la clase media; se creían más "judíos que los judíos", y eran los
continuadores de la severa exigencia ortodoxa, en la práctica religiosa inicialmente
instituida por los macabeos.
El pueblo (Am Ha-aretz — "personas de la tierra") era el resultado de la fusión de
mendigos, tejedores, obreros, artesanos de toda procedencia y pequeños agricultores;
reducidos a la extrema miseria por los exagerados impuestos y constituían el denominado
"proletariado" (al igual que en Roma, que los llamaban los proletarios). Esta masa del
pueblo era odiada por las otras clases, y el detestado Am Ha-aretz era perseguido y
desdeñado.
Sin derecho a nada y estigmatizados por el odio de todos, los Am Ha-aretz, que llenaban los
campos y las ciudades se unieron en un partido: el de los fanáticos, que más tarde se dividió
en celadores y sicarios que, insurrectos, perseguían a los propios judíos simpatizantes de los
romanos, apuñalándolos muchas veces en la plaza pública. Así, provocando el terror,
incitando a la rebelión, destruyendo las aldeas y poblados de los que se negaban a seguirlos.
Jerusalén rivalizaba con Roma en lo referente a los desocupados, con la agravante de que
en ella éstos recibían "pan y circo" que propiciaba el Emperador para entretenerlos y
alimentarlos.
Los fariseos, por comodidad, buscaban unirse aparentemente a los romanos, aunque en
realidad se odiaban mutuamente.
Roma, por medio de sus diversos procuradores, insistía en colocar en el Templo de
Jerusalén los símbolos de su poder: el águila dominadora o la estatua del Emperador, dando
lugar a reacciones sangrientas. En ese ínterin, las luchas perdieron su apariencia política y
asumieron carácter religioso, cuando Teudas, una especie de Mesías y libertador condujo al
pueblo al Jordán e intentó repetir la hazaña de Moisés en el mar Rojo, promoviendo una
violenta matanza por parte de los opresores que inclusive, mataron también al pseudo
Mesías...
En el año 66 d.C., irrumpió una nueva ola de liberación, con pocos resultados para los
judíos. Nuevamente abatidos y derrocados, la paz fue adquirida por el rabino fariseo
Jochanan ben Sakkai, posibilitando de este modo, la salvación de muchos ricos. Sin
embargo, los pequeños comerciantes, artesanos y "hombres de la Tierra", no con formes
con las tratativas logradas, se refugiaron en el palacio real, que fue saqueado, y lucharon
hasta la destrucción total del Templo, cosa que sucedió en el año 70, cuando Tito mandó
matar a más de 600.000 rebeldes en toda la Palestina.
A fines del año 132 de nuestra era, bajo el comando de Simeón Bar Cocheba que se decía el
Redentor, los judíos intentaron de nuevo un levantamiento y fueron definitivamente
destruidos, muriendo Cocheba, en Bithar. Los romanos mataron más de 500.000 judíos,
destruyendo más de 900 aldeas, bajando el "precio de un esclavo israelita a menos del valor
de un caballo."
Adriano, prohibió en todo el Imperio cualquier acto civil o religioso judío, y el "pueblo
elegido" sufrió la dispersión dolorosa, transcurriendo siglos sin poder recuperarse del
desastre de Bar Cocheba.
En la antigua Jerusalén, fue levantada la ciudad pagana Aelia Capitolina, donde
predominaron los hábitos Y las costumbres romanas...
¡Jamás pueblo alguno, sufrió tan largo y cruel exilio!
***
En ese clima de odios de toda especie y entre los sufrimientos más diversos, Jesús diseminó
el amor, la libertad y la paz, llamando hacia el Reino de Dios y predicando la "no
violencia", hasta el propio sacrificio. Sintetizando los objetivos de la vida en el "amor a
Dios por sobre todas las cosas y al prójimo, como así mismo", hizo este legado de amor en
torrentes luminosos y soberanos.
2
Las buenas nuevas
La inmersión de Jesús en los fluidos groseros del orbe terrestre es la historia de la
redención de la propia humanidad que sale de las urnas del "yo", para elevarse a las altas
cimas de la libertad.
Viviendo en la época de los reinados de Augusto y Tiberio, cuyas vidas quedaron marcadas
con vigor inusido en la Historia, Su nacimiento y Su muerte marcaron los tiempos
indeleblemente, constituyéndose en señal divisoria de la Civilización, como acontecimiento
predominante en los hechos importantes de la vida humana.
Aceptando como lugar de nacimiento el reducto humildísimo de un pesebre, en el momento
significativo en que se estaba llevando a cabo un censo, elaboró desde el primer momento
la profunda lección de la humildad, para inaugurar un reinado diferente entre los seres, en
el preciso momento en que la supremacía de la fuerza entronizaba a la espada y la púrpura
alfombraba el suelo, tapizando el piso por donde pasaban los triunfadores. Y jamás se
apartó de la directriz inicialmente asumida: la de servir a todos.
Acompañando la marcha alocada del espíritu humano, que se encuentra atado a los
sucesivos ciclos de los renacimientos inferiores en la rueda de sus pasiones esclavizantes,
hizo que pioneros y embajadores de Su Morada, Lo precediesen cantando las glorias
superiores de la vida de lo bello, para propiciar los sueños elevados y ansias sublimes...
***
Antes de Su llegada:
Hamurabi amplió los límites de su país envuelto en guerras crueles e inscribió en estelas de
piedras, un código, que es el primero del que la humanidad tiene noticias...
Krishna renueva la doctrina de los Vedas, doctrina cuyos orígenes se pierden en lo ignoto
de los siglos, y predica la inmortalidad de los Espíritus y las vidas sucesivas...
Aknaton introduce expresivas reformas en la idolatría egipcia, inspirado por excelsos
pensamientos...
Abraham, ligado psíquicamente al Mundo Espiritual, deja la ciudad de Ur y se torna padre
de un pueblo...
Moisés, en comunión con los Espíritus Superiores, libera a los hebreos del cautiverio,
recibe el Decálogo y trae al mundo el conocimiento del Dios Única...
Sidharta Gautama se propone conquistar el Paraíso, y se ilumina, esclareciendo a la Tierra
con incomparables lecciones de paz, de concordia y con el renunciamiento de sí mismo...
Kung-Fu-Tseu (Confucio) legisla la moral, la fidelidad, la familia y renueva los conceptos
sobre la vida...
Lao-Tsé compone con la experiencia y los renunciamientos, a través de profundas
meditaciones, el "Libro de la Vida y la Virtud"...
Pitágoras, en su admirable Academia de Crotona, luego de compleja iniciación, preconiza
la moral elevada y la austeridad, predicando la doctrina de los renacimientos...
Sócrates sintetiza las ideas de Oriente, e inicia el período de la Filosofía noble, basada en la
más elevada moral y en la inmortalidad del alma...
Y otros biotipos desfilaron, triunfantes unos y muchos aniquilados, ampliando los
horizontes de la Tierra, para cuando Él llegase, y también después...
…Alcibiades canta a las Musas y fomenta la guerra. Periandro se eleva a la categoría de
uno de los siete sabios de Grecia y, a pesar de ello, comete un ignominioso uxoricidio...
Julio César liga sus manos al carro de la destrucción y se yergue a la condición de
divinidad...
Alejandro Magno conquista el Mundo, sin conseguir, empero, intimidar a los gimnosofistas
(*) que habitaban en las márgenes del Indo. Apasionado por Homero, decía que encontraba
en la Ilíada, la inspiración para el amor y la guerra que le daba glorias... Y pasó por el
mundo, sucumbiendo a los 33 años, después de haber vivido con la intensidad
correspondiente a varias vidas...
(*) Gimnosofistas - filósofos que, en la India, se abstenían de ingerir carnes y se dedicaban
a la contemplación mística. Estos sabios, vivían desnudos. (Nota de la Autora Espiritual).
Los derechos de los pueblos pertenecían a los dominadores, y el hombre, no pasaba de ser
considerado un animal de carga en las garras del poder y la fuerza.
Después de Él, Marco Aurelio registró los pensamientos que fluyen de la mente
privilegiada, bajo elevada inspiración de Sabios Emisarios, mientras pelea en los campos
cubiertos de cadáveres..., las huestes salvajes, en nombre de la hegemonía política de
vándalos elevados al poder, irrumpieron voluptuosas como llamaradas humanas crepitantes
y carbonizadoras, dejando a su paso los destrozos, las cenizas y los grandes dolores de las
ciudades vencidas y enlutadas...
Los triunfadores de un día erigen monumentos conmemorando su propia locura que la
soberbia califica de gloria, pero que desaparecen en cuanto se consumen sus constructores...
¡Todo pasa! La Gran Esfinge, todo lo devora...
Tronos refulgentes, solios espléndidos, cohortes brillantes al sol, conquistas grandiosas,
civilizaciones doradas y despiadadas, todo queda vencido por el tiempo...
Él llegó puro y silencioso, y se quedó.
Reunió a la multitud de los afligidos y los abrigó en su propio pecho.
Nada solicitó; nada exigió.
Libertador por Excelencia, cantó el himno de la verdadera libertad, enseñando la
destrucción de los eslabones de la inferioridad que aferra al hombre a las más crueles
cadenas...
Se oculta en el envoltorio carnal, pero es Sol de incomparable luz, aclarando el panorama
de los milenios venideros.
Al suave sonido de Su dulce voz, despertaron las esperanzas y se levantaron los ideales
olvidados.
Al fuerte clamor de Su Verbo, se irguieron los días, y vibran las horas del futuro ahondando
en la superficie del mundo, los cimientos de la Humanidad Feliz del porvenir.
Amonestó y ayudó.
Reprobó riguroso y socorrió.
Aceptó la ofrenda del amor, pero no enclaustró la verdad entre las paredes del soborno.
Rey Celestial, compartió las necesidades de los pecadores y vivió entre ellos.
Cambia el contacto de los ángeles por la comunión con el populacho de la verdeante y
calma Cafarnaúm, cambiando los esplendores de la Vía Láctea por las madrugadas rojizas
del lago.
Prefirió los atardeceres ardientes de Jericó, a la epopeya celeste de los astros en infinito y
constante medio día.
Aceptó el polvo de los caminos yermos y calcinados de Caná, Magdala, Dalmanuta y
estrecha Sus fronteras que se pierden en el Sistema Solar, entre el Mar y el Hebrón, entre
Siria y el país de Moab...
Dejó la gleba paradisíaca, para tomar un grano de mostaza y elaborar con él una cantata,
sufriendo el calor asfixiante; hambriento, pidió frutos a una higuera, que fuera de época, no
se les pudo dar...
Señor del Mundo, Causa anterior existente, se dejó confundir entre la turba, entre la
multitud harapienta que buscaba furiosa el amor sin saber identificarlo; en la multitud, sí,
en la cual, sufriendo, encontró la razón de Su glorioso martirio.
Cantó entre los sufrientes las más elocuentes expresiones que el hombre jamás escuchó.
Sus Buenas Nuevas fueron orquestadas por la musicalidad espontánea de la Naturaleza, en
el escenario de las primaveras y los veranos, entre las aldeas y el lago, en el corazón
exuberante de la Tierra en crecimiento...
Y traicionado, herido, encarcelado, vencido en una Cruz, eligió una tranquila y luminosa
mañana para resurgir, buscando a una antigua obsesada, para decirle que la vida no cesa, y
que el Reino de Dios está dentro del corazón, reafirmando, categóricamente, que
permanecerá “con nosotros todos los días hasta el fin del Mundo”, retornando así al Padre,
donde nos espera, después de vencidas las luchas libertadoras de la ascensión, en las que
hoy estamos ansiosamente empeñados.
3
El precursor
La puerta se abrió rechinando sus goznes gastados y una figura grotesca asomó en el
umbral, irguiendo la cimitarra brillante al reflejo lunar que invadió la estrecha celda. (*)
La noche serena estaba envuelta en un manto de espuma plateada y se oían, a lo lejos, los
sordos sonidos reveladores de la bacanal desenfrenada, en otro lado.
Maquerunte o Maquero, la sombría fortaleza erguida en las cumbres de la altiplanicie de
Moab, en Perea, permitía apreciar horizontes ilimitados. De un lado, el foso del Mar
Muerto, cayendo mil doscientos metros abajo y más allá de las inmensas planicies, el monte
Nebo, desde donde Moisés contemplara la Tierra Prometida.
En aquella torre de la siniestra ciudadela, él ya había pasado diez meses de doloroso
cautiverio.
En verdad no había sufrido suplicios; con todo, aislado de los discípulos amados, que en el
vado de Betabara o en los "manantiales de la paz", en Escitópolis, predicaban la necesidad
del arrepentimiento y la penitencia, sufría la amargura del castigo indebido. Íntimamente
recordaba sus propias palabras dirigidas a los compañeros, cuando éstos, algo recelosos le
hablaron sobre Jesús:
"El hombre no puede recibir ninguna cosa que no le sea dada por el cielo. Vosotros mismos
sois testigos de que os dije: No soy el Cristo; he sido enviado tan sólo como precursor.
Quien tiene esposa, ése es el esposo. El amigo del esposo, que lo acompaña, se alegra
íntimamente cuando oye la voz del esposo. Pues, esta alegría, me cabe abundantemente. Es
conveniente que Él se engrandezca y yo disminuya..."
***
Era marzo del año 29.
Herodes Antipas retornaba de un viaje iniciado en Babilonia, como miembro de la comitiva
de Tiberio, encabezada por el legado Vitelio, para conseguir las simpatías de Artabano, rey
de los Medos, quien venciera a los Partos en una guerra sangrienta y cruel.
Deteniéndose en Maquerunte, resolvió conmemorar allí su propio natalicio, ofreciendo a la
comitiva principesca y ociosa, un suntuoso festín en medio de aquel invierno, en vez de
disfrutar del agradable clima del Tiberíades donde pasaba invariablemente esa época del
año.
***
Él aguardaba aquel instante y para ello se fortaleció con amplias y profundas meditaciones.
En aquellos meses de amargo cautiverio, en ningún momento quebrantó su ánimo firme o
su coraje férreo. No tergiversó ni jamás temió; si muchas vidas poseyese, las daría todas de
una sola vez por el derecho de proclamar los días de justicia que se avecinaban y censurar
la degradación de las costumbres que se infiltrara en la propia corte, donde el incesto y el
adulterio primaban bajo el beneplácito condescendiente de la cordialidad vulgar.
En los días transcurridos en peregrinación por el desierto, alimentándose frugalmente y
sumergido en hondas cavilaciones, sintió las manos fuertes e intangibles del Padre
fortaleciendo sus fibras y OYÓ en el corazón, las voces de los seres angelicales,
ordenándole la prédica redentora, para abrir los senderos por donde habría de marchar el
Esperado...
Aquella era la hora del testimonio; lo sentía interiormente.
Experimentaba la extraña algidez preanunciadora del momento. Hasta entonces, había
estado recordando todos los acontecimientos.
Desfilaron mentalmente aquellos días risueños de la infancia feliz, ensombrecida tan sólo
por la secreta preocupación acerca de Dios y sobre los hombres, preocupación ésta que
aumentara constantemente con el correr de los días, en el frescor de sus años de
adolescente.
¡Cuántas veces, no podría decirlo, escuchando las narraciones de la Ley, en la Sinagoga o
comentando los Libros Sagrados, se había sentido arrebatado por la necesidad de meditar a
solas, perdido por los áridos y difíciles caminos de las regiones ásperas del desierto
montañoso y adusto! Y al hacerlo, ¡cuántas visiones confusas experimentó...! En toda la
inquietud que lo atormentaba y en las necesidades de las que procuraba huir, sentía que los
Cielos lo conducían hacia un destino: ¡el de preparar caminos para otros pies... para el
Mesías Libertador!
Todo en su vida transcurrió de manera poco común. La cuna le fue ofrecida en
circunstancias trascendentales. Sus padres lo recibieron cuando ya no lo esperaban.
Conocía el hecho, narrado por el propio Zacarías.
Ansioso por un hijo, él fue al Templo a orar y al hacerlo, se sorprendió ante la presencia de
un ser espiritual que le dijo: "No receles Zacarías, puesto que tu oración fue escuchada. Tu
mujer, Isabel, te dará un hijo, al cual pondrás el nombre de Juan. Él será para ti motivo de
alegría y regocijo, ya que será grande a los ojos del Señor".
La perturbación y el recelo invadieron a su padre, extraña mudez le adviniera, y después, el
nacimiento aguardado.
Las manos de Dios, indiscutiblemente, se posaban sobre su hogar.
Después...
Al marchar hacia el desierto, se vistió como el antiguo profeta Elías: una piel de camello en
el cuerpo sujeta por un cinto de cuero.
Inició su ministerio alrededor del año 15 del imperio de Tiberio César, siendo Poncio
Pilatos gobernador de la Judea y Herodes Antipas, tetrarca de Galilea...
Descendió a las planicies rocosas y duras de la Perea y llegó a Betabara, cerca del Mar
Muerto, donde el Jordán ofrece un vado de fácil acceso para las caravanas, y allí comenzó a
predicar y a lavar las impurezas con el agua del río, expectante, sin embargo, con relación a
Aquél que conduciría a los hombres, señalándoles con el fuego de la verdad, con la marca
de la vida eterna.
En invierno, el clima allí es delicioso y las aguas veloces pasan cantando entre cañas y
helechos, bajo la sombra de los tamarindos cuyo verdor contrasta con el desierto de fuego,
ardiente y desnudo que se extiende más adelante.
Contaba solamente treinta años y estaba encendido de fuerza y vigor.
La voz potente clamaba sin cesar: "¿Quién os enseñó a huir de la cólera que va a llegar? El
hacha corta ya las raíces de los árboles. Todo árbol que no produce buen fruto será cortado
y lanzado al fuego."
La evocación, lo hacía llorar: añoranzas de aquellos días de acción preparatoria para la
llegada de Él...
***
Hacía casi cinco siglos que la boca profética se había acallado y una preocupación general
dominaba los corazones.
La sangre de las víctimas de las guerras y las rebeliones incesantes, sofocadas a hierro y
fuego, corría abundante y el clamor de las voces al Señor era ensordecedor. Mientras tanto,
lo Alto, permanecía en silencio...
Él se sentía, cómo dudarlo, "la voz que clama en el desierto" y preparaba "los caminos del
Señor". Fue así como respondió a los judíos enviados por los sacerdotes y levitas de
Jerusalén, al indagar si él era el Cristo o el Elías esperado. En aquel instante, una fuerza
fuera de lo común lo dominó y una noble inflexión moduló su voz al proclamar: "Yo
bautizo con agua; pero en medio de vosotros se encuentra aquél que os es desconocido y
que vendrá después de mí. Yo no soy digno de desatar las correas de sus sandalias". Esto
fue en Betania, un poco más allá del Jordán y se sintió grande, en medio de la propia
pequeñez.
Al día siguiente, el alba se esparcía lentamente y la "Casa transitoria" se encontraba llena
de viajeros —lo recordaba con los ojos nublados de llanto e indecible felicidad interior —,
bajo los laureles y tamarindos en flor zumbaban miríadas de insectos, en tanto que suaves
aromas flotaban en el aire.
Estaba predicando las primicias del Reino de Dios con inusitada emoción.
El verbo inflamado se derramaba en torrentes de hálito esperanzado y humedecía sus ojos
quemados por el sol ardiente. Mientras se movilizaba en el afán de reunir almas para el
ejército que preparaba, Lo vio instantáneamente descendiendo por la orilla del río, sobre el
césped verdoso, con la vestimenta brillando de singular manera llevando en la cabeza el
"coffieh" (1) tradicional. El recipiente improvisado que utilizaba para el baño cayó de su
mano y gritó sin poder dominarse: "Ése es el Cordero de Dios que viene a arrojar el pecado
del mundo. Éste es de quien yo decía: detrás de mí, viene uno que es mayor que yo; porque
existía antes que yo. No lo conocía, Pero para tornarlo conocido en Israel es que vine con el
bautismo del agua" y aproximándose le dijo:
—"¿Yo soy quien debía ser bautizado por ti y tú Vienes a mí?"
—"Dejémoslo así por ahora; es conveniente cumplir con todo lo que es justo."
Él hablaba con elocuente grandeza espiritual.
Luego del acto sencillo, oyó una voz, no sabría decirlo, rememorando, si venía de adentro o
fuera de sí: "Éste es mi Hijo querido en el cual deposité mi complacencia."
¡Todo había sucedido en enero del año anterior y parecía tan próximo...!
Él se alejó por el mismo camino por donde transitaban los rebaños, desapareciendo entre
las filas de datileras. No volvería a verlo; no tuvo la felicidad de dialogar con Él.
Una tranquila confianza envolvía su espíritu desde entonces. Y se puso a censurar con más
ardor la degeneración moral, donde ésta se encontrase.
Fue a visitar al Tetrarca y sin titubear reprobó su conducta.
¡Cómo podía, aquel reyezuelo pusilánime e innoble, traicionar a la hija de Aretas, rey de los
Nabateos, que se viera obligada a buscar refugio junto a su padre, fuera de la Perea, en
Petra, mientras que él recibía a la esposa de su medio hermano, Herodes Filipo I que vivía
en Roma como ciudadano, carente de títulos y que era hija de otro medio hermano,
Aristóbulo, apasionado como su abuela Mariana, la asmoneana, asesinada por Herodes, el
Grande!
Las palabras vehementes quemaban y Antipas lo escuchaba impresionado.
Empero, débil o indiferente, no tuvo el príncipe la nobleza de libertarse de la extraña
pasión, ni de reaccionar siquiera. Sin embargo, sabía de la ira que envolvía el alma de la
mujer herida en su orgullo y descaro.
La noche soñaba muy lejos y el viento frío corría por encima de los montes de Galaad.
***
Los pífanos agudos atraviesan la noche estrellada y las sombras en el salón de fiestas de la
fortaleza, danzan divididas por las llamas rojizas. que se desprenden de las lámparas
colgantes de cobre y cristal ...
Los recuerdos continúan asaltándolo en la mazmorra fría e infecta.
¡Cuántas humillaciones, que, sin embargo, no lo hirieron!
En lo íntimo recordaba: "Es necesario que Él crezca y yo disminuya ..." ¡Cómo le hubiera
agradado oírlo, conversar con el Ungido! Venía a su mente el recuerdo de Moisés,
atormentado, en el elevado Nebo, mirando la "tierra elegida" sin conseguir alcanzarla...
Con ese recelo en el corazón, nacido tal vez de los días de solitaria y triste reclusión, mandó
a dos de sus discípulos que buscasen a Jesús, de Quien tanto oyera hablar, para saber...
La respuesta no llegaba y la hora era aquélla, su hora. El sudor comenzó a correr,
abundante.
Sin embargo, estaba en paz.
Su espíritu preparado para el testimonio no abrigaba ilusiones. Tenía la esperanza forjada
en los crisoles y yunques del ascetismo, de la dedicación y de la confianza totales.
Se levantó, aspiró el aire tranquilo de la noche, observó un pedazo de cielo bañado de luna
y miró al verdugo que lo contemplaba sombrío desde la puerta abierta. La voz sonó firme
como en el pasado a pesar del desgaste orgánico.
— ¡Estoy preparado! — dijo.
Se arrodilló sobre la paja inmunda del cubículo y curvó la cabeza hacia abajo.
***
Meses atrás, una mañana clara, en la hermosa Galilea, los discípulos de Juan, ansiosos,
interrogaron al extraño y noble Rabí:
—"¿Eres tú aquel que habrá de venir, o debemos de esperar por otro?"
—"Id — respondió jubiloso — y contadle a Juan lo que oís y veis: los cojos andan, los
ciegos ven, los leprosos tórnense limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los
pobres, les es anunciada la buena nueva. Feliz de quien no se escandalice de mí".
Luego se separaron, conmovidos y fascinados. El Maestro, imbuido de ternura por el
prisionero que lo mandara inquirir, dijo:
—"¿Qué salisteis a ver al desierto?, ¿un cañaveral agitado por el viento?, ¿qué salisteis a
ver? ¿un hombre con ropas delicadas? Pues los que visten ropas delicadas residen en los
palacios de los reyes. ¿Por qué, pues, salisteis?, ¿para ver un profeta? Sí, yo os declaro que
es más que un profeta: porque éste es de quien está escrito: "¡Es que envío a precederte a
mi mensajero, a fin de preparar el camino delante de ti!"
La balada de la revelación en los labios del Rabí se enmarca de cristalina belleza y Él
prosigue:
"En verdad os digo que entre los hijos de mujer no surgió quien fuese mayor que Juan el
Bautista. Entretanto, el menor en el reino de los cielos es mayor que él. Desde los días de
Juan el Bautista hasta hoy, el reino de los cielos sufre violencias y los hombres violentos lo
toman por asalto. Porque todos los profetas y la ley, hasta Juan, vaticinaron. Él, sin
embargo — si lo queréis aceptar— es el Elías que ha de venir. ¡Quien tiene oídos para oír,
que oiga!"
¡Sí, Juan es Elías reencarnado, abriendo caminos y preparando nuevos rumbos!
La verdad estaba enunciada. Una luz nueva se proyecta en los laberintos de la ignorancia
milenaria.
***
En Masquerunte, entre los convidados de todas partes, se encontraban Herodías y Salomé,
su hija del matrimonio con Filipo I; Agripa, su hermano, que más tarde, en el imperio de
Calígula, sería nombrado sucesor de Filipo en su territorio y, posteriormente, cuando
Antipas fue exilado para Lyon, en la Galia, le sucedería en su Tetrarquía. También allí
estaba Herodes-Filipo II, el Tetrarca pacífico de la Gaulanite y Traconite que, en breve,
habría de casarse con Salomé.
El festín, digno de las cortes orientales, se excedía en lujo y desenfreno.
Vitelio, llegando en su litera suntuosa, trae consigo todo un séquito de aduladores y criados
y entra triunfalmente recibido por el agasajado.
Los crótalos cantan; las cítaras y los "kinnor" (2) llenan el ambiente de extrañas y lánguidas
melodías, mientras los timbales marcan un febril compás.
Las arañas encendidas lucen en todo su esplendor y los candelabros, con sus recipientes de
aceite, de oro y plata, derraman luz sobre las alfombras de la Babilonia, de Tiro, de Sidón y
los paños coloridos de Damasco, que penden de las paredes de piedra labrada.
Jacintos, dalias, rosas y jazmines forman un marco colorido y perfumado alrededor del
salón, por detrás de las mesas de ébano y caoba talladas.
Saduceos y fariseos discuten animadamente, mientras los suculentos manjares desfilan para
deleite de los comensales.
Una esclava canta una extraña e ignota melodía. En un intervalo, los cortinados son
corridos. Y súbitamente, ante el asombro general, Salomé, mujer casi niña aún, comienza a
danzar...
El vino dorado que corría abundante y el baile extravagante embriagaba a los príncipes, a
los fariseos, a todos en general.
La danza, una mezcla de ritmos religiosos y paganos, era también lasciva.
Cuando la música se interrumpió y un inmenso silencio reinó, triunfante, la bailarina cayó
en actitud insólita e injuriosa.
Antipas, entorpecido por el vino y por la sensualidad, exclamó febril, enlazando con sus
brazos a la jovencita:
— “¡Pide! ¡Pídeme la mitad de mi reino y te la daré!"
Por la mente ambiciosa de la joven excitada, desfilan las pasiones y ansiedades de su época.
Aturdida, busca a su madre para solicitarle consejo y ésta, encontrando propicia la ocasión,
le dice en secreto: "pídele la cabeza de Juan".
La joven empalidece. La madre, autoritaria, insiste: ¡Pídele! Y yo te daré lo que quieras.
Ese Juan tuvo la osadía de insultarme delante de la plebe y frente al propio rey, que,
acobardado, idumeo supersticioso, no tuvo la altivez de castigarlo, degollándolo con
severidad, para que sirva de ejemplo. Limpia mi nombre, hija. No sólo lo pido: ¡yo te lo
exijo!
El aire pesaba y la expectativa se hizo general. Alguien gritó: ¡pídele! Es rey y luego de
prometer no podrá negarse. Somos testigos. ¡Pide!
Con voz grave, la muchacha propuso:
—"Dame la cabeza de Juan", ¡para que yo pueda bailar!
Antipas, le respetaba y temía al Bautista. Oyendo el singular pedido se estremeció y se puso
lívido.
Una carcajada general resonó en el aire y las voces, en coro, reclamaron:
— ¿Dale la cabeza del Bautista, Lo temes ofrecerla?
Aturdido, el rey llamó a un sicario y mandó cortar la cabeza de Juan, que estaba
encarcelado.
En lo alto, la luna, en menguante, se ocultó entre las nubes oscuras y un silencio tétrico se
llenó de expectación ...
***
...La lámina plateada cortó el aire y en un golpe sordo la cabeza del Precursor rodó por el
suelo de piedra...
La música volvió a sonar y girando, con una bandeja de plata en la mano, Salomé entregó a
Herodías el trofeo: la cabeza cercenada del Bautista, que miraba con ojos sin luz, la
conciencia ultrajada de sus verdugos.
Semidesvariada la infeliz mujer se puso a reír a carcajadas. Elías rescataba el crimen
cometido en las márgenes del río Ouizom, cuando mandara decapitar a los adoradores de
Baal libre, cumplida va la tarea, ascendía, ahora, a las Cimas.
Sus discípulos solicitaron a Antipas el cadáver y lo sepultaron con cariño.
En una colina lejana, contemplando la noche silenciosa, Jesús oraba. Días después,
abandonaba las tierras de Herodes Antipas e iba a sembrar la buena nueva en otras tierras ...
Se cumplían las Escrituras.
El silencio que con el Precursor se hiciera, brindaba la oportunidad de oír al Mesías por
toda la Tierra, en una nueva Era.
(*) Mateo, 3: 1-12 y 14: 1-12.
Lucas, 3: 1-20 y 9: 7-9.
Marcos, 1: 1-8 y 9: 7-9.
Juan, 1: 19-37.
(l) Couffieh: Especie de turbante.
(2) Kinnor: Arpa judaica de sonido grave.
4
El excelso canto
Aquel mes de junio era más ardiente que en años anteriores. *
El largo día moría lentamente, sofocado; el sol semi-escondido, más allá de los picos
elevados, encendía las nubes vaporosas, que el viento arrastraba en su carro pulverizado de
púrpura y oro.
La montaña de suave declive terminaba en un amplio valle salpicado de árboles de pequeño
porte, que ofrecían, no obstante, abrigo y amparo.
Desde temprano, la multitud afluía hacia allí, ansiosa, como atraída por fascinante
expectativa. Eran galileos de la región de los alrededores: pescadores, agricultores, gente
simple y sufriente, sobrecargada y afligida. Eran judíos llegados de las afueras del Jordán,
de Jerusalén, extranjeros de la Decápolis. Se mezclaban las voces en los dialectos
regionales y se unían todos en la misma inmensa curiosidad formada de expectación y
deseo.
Oprimida por los poderosos, experimentaba invariablemente el desprecio por la jactancia y
la presunción.
Aquellos seres se amaban en su dolor y en su necesidad; estaban ligados por una mutua
dependencia.
Aquel Rabí que los alentaba era el Rey aguardado hacía siglos, cariñosamente esperado,
que los libertaría del oprobio y de la servidumbre...
No lo oyeron o no lo vieron más que una vez y sin embargo constataron que jamás nadie
había hecho lo que Él hacía o había hablado como Él hablaba.
Concurrían de todas partes, de los alrededores del lago y del campo, de las ciudades
distantes y de las aldeas, para oírlo.
En el aire se notaba algo especial.
El azul dorado de los cielos se hermanaba con el verde quemado de la tierra y una brisa
acariciadora llegaba del mar, de las bandas y riberas del Herman, para expandirse por la
inmensa planicie del Esdrelon, trayendo el olor acre dulce del suelo quemado.
***
La montaña, en su grandeza especial, es también un símbolo: el Hijo del Hombre que
desciende a los hombres venciendo las dificultades de la inmersión en el abismo y del
Hombre que sube conduciendo a los hombres sobre laderas abruptas, hasta el seno de Dios.
La montaña también es algo maravilloso que se destaca en el paisaje.
Escalar, subir la montaña, puede significar vencer las dificultades que perturban el avance
en la jornada evolutiva. Descender, dejar el monte, es no considerar el impedimento y
rehacer el camino, alargar las manos en la dirección de los que quedaron impedidos en la
retaguardia...
Es muy escabroso descender hasta los hombres para erguirlos hacia Dios. Perderse entre las
querellas humanas para encontrar los espíritus perturbados en la noche de las necesidades
aparentes y resplandecer en sublime madrugada, guiándolos por encima de los escombros
de la víspera, a fin de subir hasta la altiplanicie donde brilla, permanente, el sol del claro y
demorado Día...
Descender sin decaer.
Los hombres suscitan obstáculos donde existen opiniones y levantan montañas donde hay
conveniencias. Olvidarse de sí mismo e ir hacia los que se debaten en las cuestiones
ínfimas, que vitalizan con alteración emocional y codicia. Darse, integrarse de tal modo,
que sea común a todos, pero a ninguno igual. Esto es el díptico: subir, descender.
Subir sin abandonar lo que queda abajo y descender sin olvidar las cimas.
La montaña era una montaña cualquiera. Y el poema que allí sería presentado, jamás fue
oído, nunca más será escuchado, en cualquier época, equivalente ...
***
El Evangelista Mateo asevera: "Y Jesús viendo a la multitud, subió a un monte ... ", en
tanto que Lucas informa: "Y descendiendo con ellos, se detuvo en un lugar plano."
¡Subir o descender! No importa.
Empero, la verdad es que, en el plano del declive, él se detuvo y de pie ...
Se vistió de poniente.
Aureola refulgente encendió sus cabellos que la leve brisa agitaba.
La túnica brillante cual llama viva y la ansiedad del mundo en torno suyo. Y en la
muchedumbre, hombres, mujeres y niños que llevarían en el cerebro y en el corazón el
Mensaje, el Poema divisor de las realidades diferentes.
La multitud era su pasión, su vida. Amarla y atenderla, su afán.
Sintiendo a la multitud sumisa, magnetizada, olvidada de sí misma, en una sublime
comunión en la que derramaba toda su vida, Él abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
— "¡Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos!"
Todos los pobres lo conocían. Eran harapientos, mal olientes, enfermos. Extendían la mano
que la miseria enflaquece.
Eran pobres; entretanto, ¡cuántos de ellos portaban los tesoros de la riqueza del espíritu!
Espíritu rico en rebeldía, poseedor de pasiones, dueño de vasto caudal de angustia y
aflicción ...
¿Cuáles serían los "pobres de espíritu"?
El viento transita en leve rumor por entre la multitud pensativa, que razona en el silencio
formado espontáneamente, en la pausa que, natural, se alarga ...
Los ricos poseen monedas y títulos, propiedades y espíritus que abundan en ambiciones,
orgullo, tradiciones.
Los "pobres de espíritu" son libres de posesiones y ambiciones, amantes de la libertad,
defensores de los derechos ajenos, idealistas, cultores de la verdad, preparados para la
verdad.
Sin ataduras con la retaguardia, sin imanes atrayentes al frente.
Semejantes a los simples, sin atavíos, y a los niños. Enteramente libres.
Candidatos al Reino de los Cielos y súbditos de él, desde ya.
Inocentes, porque vencieron con el tributo de las lágrimas y el patrimonio de los sudores.
Resarcido el débito, lavadas las manchas, puros, por lo tanto, sin la vacuidad del "yo",
predispuestos a la auto-deliberación, a la auto-sublimación.
Libres de los residuos del mundo, no consumidos, no afligentes. Con todos, al lado de
todos, sin nadie, no amarrados a los otros, a las convenciones de los otros.
"¡Pobres de espíritu!"
***
La multitud aguarda; laten los corazones; los ojos de todos brillan con resplandores
diferentes.
La voz del Rabí esparce el canto:
— " ¡Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados!"
"El ojo es la candela del cuerpo" y todos los ojos relucen; los coronan las lágrimas.
La figura del Rabí es oro reflejado contra el cielo lejano, muy claro. Todos allí tienen
lágrimas acumuladas y muchos las vierten sin cesar, en las rudas probaciones, oculta y
públicamente.
Largo es el camino del sufrimiento; rudos y crueles los días en que se vive.
Espíritus afligidos por el desconsuelo y por la falta de sosiego, corazones despedazados,
enfermedades y expiaciones ...
Todos lloran y experimentan la paz que se restablece después del llanto.
Muchos creen que el llanto es vergüenza, olvidados del llanto de la vergüenza. Otros dicen
que la lágrima, es pequeñez que refleja flaqueza e indignidad.
La lluvia descarga las nubes y enriquece la tierra; lava el lodo y vitaliza la arboleda.
La lágrima es presencia divina.
Cuando alguien llora, la Ley está ajusticiando, abriendo senderos de paz en las regiones del
espíritu, para el futuro. Sin embargo, el llanto no debe desatar los corceles de la rebeldía
para las carreras de la locura, ni conducir, caudalosamente, los arroyuelos del equilibrio,
cual riacho tumultuoso sembrando la destrucción, excavando los sembradíos.
Llorar es buscar a Dios en las adustas regiones de la soledad.
A solas y junto a Él.
Ignorado por todos y por Él recordado.
Paciente en todas partes, escuchado por Sus Oídos. El llanto habla lo que la boca no se
atreve a susurrar. Alguien llorando está solicitando, aguardando.
En la imposibilidad de expresarse con palabras, desnudar el alma, librarse de toda
inquietud. ... "¡Serán consolados!"
***
Céfiros suaves derraman el polen de menudas flores.
Abajo, en el valle, y los flancos de la roca, canalizan la brisa cantante.
La multitud se agita de esperanzas.
El Maestro, como si se ampliase, penetrando en todas las mentes, exclama, vigoroso:
—" ¡Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra!"
***
La tierra siempre perteneció a los poderosos que unen la impiedad a la astucia y pueden
oprimir, dominando sobre tímidos y blandos.
Los discípulos se miran entre sí ...
Pero la blandura es la aureola de la paz, la hermana del equilibrio.
Los herederos de la tierra la reciben ensangrentada, convertida en un océano cubierto de
cadáveres; legatarios también, todos ellos, del odio y de la repulsión de los dominados.
Los blandos son los poseedores de la tierra que nadie arrebata, del hogar que ninguno
corrompe, del país donde abundan los bienes y las mieses son fecundas. "¡Heredarán la
tierra!"
***
La tarde serena y calma se muestra transparente. Ignotas vibraciones producen musicalidad
en el cuadro inmenso del paisaje colorido y ondulado.
La palabra del Maestro, expresiva, entona un tema más de la Sinfonía Incomparable:
— “¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados!"
¡Hambre y sed de justicia!
La caravana de los criminales no juzgados es infinita e inacabable.
Los carros de los guerreros y vándalos pasan veloces sobre ciudades vencidas, sobre
huérfanos y viudas en abandono.
La injusticia viste los corazones y la indiferencia de los legisladores como la de los
gobernantes, es casi complicidad.
El mundo arde en sed de justicia.
El hombre cae, hambriento, a las puertas de la Justicia. Sin embargo, los desvariados
retornan a los antiguos pasos, reencarnando inmolados a la locura y estigmatizados por la
crueldad.
Felices los que experimentan sus atrocidades.
Hay una esperanza que es vida, para sedientos y hambrientos.
Heridas a la vista, heridas del corazón, heridas ignoradas clamando lenitivo a la justicia del
amor.
El hombre amargado a las puertas de la Verdad. La Verdad descendiendo al hombre,
esclareciéndolo y pacificándolo.
Renaciendo para rescatar, recomenzando para acertar, repitiendo las experiencias para
aprender.
Ajusticiado por la conciencia, corregido por el amor, preparado para la liberación.
"¡Serán saciados!"
***
Seguro equilibrio serena a la multitud.
Jesús es el nexo de luz entre los mundos en litigio: el espiritual y el material — el lugar
común.
Los seres, en la montaña, se acercan unos a los otros, intercambiando miradas,
identificándose.
Envolviendo a todos en una expresiva mirada de compasión y entendimiento, Jesús elucida:
— “¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia!"
La misericordia que se da es luz que se enciende en el propio camino; amor que se dilata
por la senda por donde todos siguen.
La tierra es un volcán de odios y el crimen parece un gas letal que envenena o enloquece.
La guerra es una hidra cruenta que está siempre presente.
"Vivir cada uno para sí", es la filosofía llana de fácil expansión. Mientras tanto, sólo la
piedad redime al criminal, así como la reeducación lo capacita para la vida.
La misericordia es el antídoto del odio, voz de la inteligencia dialogando y venciendo al
instinto.
La misericordia del Padre concede la oportunidad del renacimiento en el reducto del
crimen, para la rehabilitación del réprobo.
Perdón que es acto de nobleza, moneda de engrandecimiento intransferible.
Misericordia que es amor, socorriendo y ayudando sin hastío, "¡Alcanzarán misericordia!"
***
Se amplían las expresiones de la Verdad.
No se trata de una letanía.
La oda alcanza el clímax.
Jesús exclama, con elocuente alegría:
—"¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!"
Hay un estado casi de éxtasis.
Un delirio recorre a la masa, antes amorfa e inconexa. Ya no se pueden retener las lágrimas.
Limpiar el corazón, naciente de los sentimientos, para ver a Dios.
Bajo el fardo de las iniquidades, se despedaza la esperanza.
Manchadas por inmundicias, las aguas del amor se convierten en sumidero pestilente.
Abrir los ojos del sentimiento para ver lo que la inteligencia sueña y no alcanza.
Alzar vuelo hacia la inocencia y sintonizar con la Verdad sin retórica, en armonía
ininterrumpida para sorber vida, disfrutar de la visión de Dios.
Trascendencia inalcanzable, humanizarlo para registrarlo con el órgano visual, sería
empequeñecer la aspiración de perfecta identidad con Él, que, siendo inmanente en todo
lugar, es invisible en todas partes ...
-Causa incausada, no se la puede condensar en el rayo luminoso que produce la imagen
ilusoria que los átomos presentan. Deseando lo finito retener al Infinito, tiene este finito
pervertido y manchado el corazón...
Amar a la hierba, al hombre, al cielo, al animal, al insecto, a la vida en todas las
manifestaciones, integrarse a la esencia de la sustancia divina, corazón abierto al amor, con
pureza en todo.
"¡Verán a Dios!"
***
Luego prosigue el Maestro, como completando la majestuosa enseñanza, antes de que la
incomprensión asole:
— "¡Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios!"
Esparcir la paz, mientras que el pensamiento general es impedir la tranquilidad. Heredarán
la tierra los hijos de Dios, porque éstos, mansos y sensatos, son blandos de corazón.
Blandura que es coraje de enfrentar al fuerte, sin temerle, someterse sin ceder al imperio de
la fuerza, dominar la ira y vencerse a sí mismo para pacificar.
Cuántas veces el Maestro hizo uso de una energía sin límites ante la hipocresía y la maldad,
conservando una austeridad sin violencia y firmeza de acción sin mezcla de odio; vigor, no
dureza; ¡fuerza moral, no desequilibrio emocional!
Exponer sin imponer.
Iluminar las mentes sin sobornarlas o someterlas: conducir sin esclavizar.
Todos los hombres tienen necesidad de blandura, aman y precisan del amor, identifican y
no dispensan la bondad, conocen y están ávidos de pacificación.
Los poderosos pasan y las sombras de los tiempos los envuelven.
Quedarán con ellos y con nosotros la paz que les otorguemos, la cordura con que los
recibamos, la benevolencia con que los tratemos, a pesar de que nos humillen y hieran...
"Heredarán la tierra", "; ¡hijos de Dios ...!"
***
Y en un instante, eternidad fuera del tiempo, infinito más allá del espacio, concluyó,
afectuoso, Jesús:
— "¡Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la Justicia, porque de ellos es
el Reino de los Cielos!"
La ventura no es una donación gratuita, así como la paz no se revela como adorno vano. El
sufrimiento consecuente de la persecución es dádiva que recama al espíritu de paz,
prodigalizando la ventura.
El perseguidor es un infeliz que torna a los otros en infelices.
Enfermo, se esclaviza.
Desvariado, seduce a los secuaces del propio primitivismo en que se enclaustra y con que
se inviste.
En todas las épocas, el honor sufre atropellos y experimenta vituperios.
Los héroes de la verdad silencian en las torturas la vibración del cuerpo que padece,
mientras el vocerío ruge en ensordecedora burla.
La Justicia tiene sus mártires que fecundan la tierra estéril para la primicia de la verdad.
"De ellos es el Reino de los Cielos", que siendo inocentes, sufrieron por fidelidad a la
Justicia Divina.
***
La túnica de luz solar corona los picos elevados de los montes lejanos, exuberantes en el
atardecer. Allá abajo, en la campiña amplia, la claridad danza entre las sombras de la
arboleda, y en el Ocaso, resplandece el festival glorioso del crepúsculo que se va
insinuando.
La respiración entrecortada en todos los pechos por sordas exclamaciones y la pulsación
arrítmica, hace aterir a los cuerpos en tensión. Él, parece acariciar a la multitud, y en el
gesto que imprime con los brazos abiertos y las manos como alas de luz prontas a iniciar el
vuelo, clama:
— "Bienaventurados sois vosotros, cuando os injurien, y persigan, y mintiendo digan el
mal contra vosotros por mi causa. Regocijaos y alegraos, porque grande es vuestro galardón
en los cielos; ¡porque así persiguieron a los profetas que vinieron antes que vosotros!"
El sacrificio como coronación de la fe, en testimonio de la convicción.
Dar derecho a los otros a errar, sin permitirse, por ello, errar.
Ser puro, sin aparatos de externa pureza.
Mintiendo, los agresores persiguen; tranquilo, el agredido permanece inalcanzable.
El barro de la mentira no enloda la blancura de la pureza.
Manos limpias de crímenes; corazón puro; espíritu recto.
Los vanguardistas de la verdad se encuentran tan empeñados en la difusión del auténtico
ideal, que no tienen tiempo para la desidia ni para los sofismas. No se detienen a defender
el honor.
No se detienen a justificar los actos que las conveniencias humanas, mordaces,
desaprueban. Están al servicio de la Causa del Cristo, extendiendo las dimensiones
inconmensurables del amor. Su abnegación y conducta hablan más expresivamente que sus
palabras.
Su honor es la verdadera labor; su defensa y argumentos, el silencio, — respuesta de los
"perseguidos que vinieron antes ...
Se regocijan en el terreno de la rectitud, haciendo lo que deben y no lo que les conviene
hacer.
La gloria de los luchadores es el honor del trabajo y su aureola, el sudor del deber.
"¡Regocijaos!, ¡Alegraos!"
En aquella hora, ya no hay dudas.
Toda la epopeya de la Humanidad canta en el sermón de la montaña.
El amor, en su más elevada expresión, tiene allí su fuente inagotable y eterna.
***
Recorren el aire los aromas de la Naturaleza y el viento de la tarde entona antiguas
romanzas.
La pausa se amplía.
Las emociones irrumpen en fiesta de paz y esperanza. Y Él prosigue ...
Nuevas expresiones verbales muestran los prefacios candentes de la Verdad, como mil
voces armónicas conformadas en una sola voz, nunca jamás oída.
" ...Sois la sal de la Tierra ...
"Sois la luz del mundo ...
"No receléis que vine a destruir la ley...
"Id y reconciliaos con vuestro hermano ...
''No cometáis adulterio ni escandalicéis ...
"No juréis...
"No resistáis al mal.
"Amad a vuestro prójimo y a vuestros enemigos
"Sed perfectos ...
Orad así: Padre Nuestro que estás en los Cielos ...
''No juntáis tesoros en la tierra ...”
El cielo resplandece en el oro del poniente. Miríadas de sonidos se elevan en la sinfonía del
atardecer.
Aproximados unos a los otros, se rozan entre sí, como si se amparasen de las flaquezas,
unidos e identificados. El poema prosigue, vibrante.
No hay tiempo que perder.
...Nadie puede servir a dos amos ...
''Mirad los lirios del campo y las aves del cielo ...
“Buscad primero el Reino de los Cielos y su Justicia...
"No juzguéis ...
"Pedid y se os dará ...
"Buscad y encontraréis
"Golpead y se os abrirá ...
"Entrad por la puerta estrecha ...
''Guardad cautela contra los falsos profetas ...
El infinito se recama de astros.
El ocaso brilla con luz trémula.
Un gran silencio se abate sobre la montaña.
La multitud, estremecida, comienza a dispersarse.
Los corazones están de fiesta y también doloridos...
Las mentes arden con una fiebre extraña.
El futuro los aguarda.
En un tiempo no distante, el mañana convocará a todos aquellos oyentes al testimonio en
postes y presidios, entre fieras, en los campos de batalla del mundo, en las sórdidas losas de
la aflicción, como herederos legítimos del Reino de Dios.
Delante de los ojos del Rabí se dibujan las escenas de las luchas sangrientas en los siglos
venideros, para la implantación de aquellas enseñanzas en el mundo.
Jesús descendió del monte, siguió caminando; en tanto algunos murmuraban sobre Su
autoridad.
Es casi de noche.
Los astros brillan expresivamente, como testigos silenciosos, siempre presentes.
***
La Carta Magna fue presentada. Las Buenas Nuevas fueron cantadas a los oídos de los
siglos.
El sermón de la montaña es el alfa y omega de la Doctrina de Jesús.
Ningún cristiano podrá, por ignorancia, cultivar el mal.
Jamás se repetirá.
El hecho quedará marcado por siempre jamás.
La Historia concluirá el canto en los confines de la eternidad, en el reencuentro futuro del
hombre redimido con el Hijo del Hombre, redentor.
Mateo, 5:1 al 48 - 6:1 al 34 - 7:1 al 29.
Lucas, 6: 17 al 49.
(Nota de la Autora Espiritual).
5
Nicodemo, el amigo
El momento era de profunda significación. Sabía, por extraña intuición que un día
enfrentaría la Realidad y la encontraba ahora. (*)
En el aire pesado del atardecer se iba serenando la Naturaleza.
Dulces aromas se desprendían de menudas flores diseminadas por los flancos de la cuesta.
Las aguas transparentes cantaban nuevas melodías, a medida que se iban deslizando sobre
su lecho pedregoso.
El pedido continuaba flotando en torno suyo: "Vende todo lo que tienes, repártelo entre los
pobres y tendrás un tesoro en el cielo; ven y sígueme".
Aquella voz penetraba como un puñal afilado e impregnaba cual perfume de nardo.
Había un magnetismo inconfundible en aquellos ojos severos y profundos, como dos
estrellas engarzadas en el rostro pálido del amanecer.
Tenía sed de paz.
Pese a que reposaba en un lecho de maderas preciosas, incrustado de ébano y lapislázuli,
pese a que se nutría de manjares deliciosos y cuidaba del cuerpo con masajes de óleo y
extraños ungüentos, envolviéndolo en tejidos de lino leve, pese a que sus arcas estaban
colmadas de gemas y oro, se sabía infeliz, se sentía infeliz. Le faltaba algo que no se
consigue fácilmente.
A pesar de ello, dudaba.
Su vivienda era lujosa, sus pertenencias valiosas, pero su corazón estaba vacío.
Sentía que mientras su juventud cantase alegrías y fiestas en constantes invitaciones al
placer en su cuerpo ágil y vigoroso, viviría en lucha tremenda entre sus aspiraciones y la
posesión total de la paz. Esa necesidad de paz era más que un tormento. No es que desease
la tranquilidad ostentosa de los fariseos o el reposo inhibidor de los mercaderes opulentos,
ni la serenidad engañosa de los Cambistas pudientes o la senectud victoriosa de los
conquistadores obligados al retiro. Buscaba una integración armoniosa, pero no sabía en
qué.
Se sentía oprimido y angustiado, ignorando los orígenes de la melancolía obstinada que
desbarataba sueños y esperanzas, bajo un velo de inenarrable amargura.
Buscaba las competiciones en Cesarea, pero ignoraba si esa búsqueda representaba una
realización o una fuga.
Ahora, por primera vez se sentía arrebatado.
La dulzura y la autoridad de aquella voz, emitida por aquel Hombre, producía un eco de
cascadas desordenadas en los abismos del espíritu.
Interiormente gritaba: "Iré contigo, Señor, pero..." Dudaba, sí, y la hora no admitía
vacilaciones.
Un rosal de flores rojas, que abrazaba las ramas de un árbol próximo, sacudido por el
viento, se desgarró, y los pétalos del color de la sangre, cayeron a los pies, junto a Él, como
señales...
¿De dónde Lo conocía? —indagaba, con miedo, procurando recordar con indecible
esfuerzo mental.
¡En aquella hora todo era importante; más aún: vital!
Al verlo, de lejos, era como si reencontrase un amigo, un Celeste Amigo.
Cuando sus ojos descansaron en los de Él, se sintió desnudado, y el corazón, descontrolado,
latía bajo violenta pulsación. Emociones inusitadas vibraron en su ser, como jamás le
sucediera anteriormente. Deseó arrojarse al suelo, oprimido por una indómita contrición en
el pecho.
Percibió que el Extraño sonreía, como si lo esperase; podría afirmar, como si lo amase...
El tiempo corría rápidamente galopando en las horas huidizas. Sentía la impresión de tener
los labios sellados y un frío tenaz congelaba sus manos. Luchaba por quebrar aquella
inercia que lo inmovilizaba.
Tímidos resplandores de luna plateaban las nubes dispersas en el firmamento, bordando de
luz los olivos erguidos y los laureles en flor.
- Permíteme primero — consiguió articular, venciendo la emoción que lo transfiguraba—
competir en Cesarea, disputando para Israel los triunfos en los juegos...
—No puedo esperar. El Reino de los Cielos comienza ahora para tu propio espíritu. No hay
tiempo que perder.
—Aguardé mucho esta ocasión, y ella se avecina con la llegada del período de las
competiciones... Me ejercité, contraté esclavos para que me adiestraran, le compré a los
partos, por una fortuna, dos parejas de briosos caballos... los juegos están próximos...
— ¡Renuncia y sígueme!
¿Quién era Él, que así le hablaba? ¿Qué poder ejercía sobre su voluntad? ¡¿Por medio de
qué sortilegio lo dominaba?! No sabía si huir o dejarse arrastrar; estaba perturbado; extraña
impaciencia lo aniquilaba...
La horizontalidad de las aflicciones humanas contemplaba la verticalidad de la sublimación
divina; lo cotidiano se enfrentaba con lo infinito; el valle admiraba las alturas y se perdía en
la inmensidad. El hombre y el Hijo del Hombre se enfrentaban.
El dialogo parecía imposible, reduciéndose a un monólogo atormentador para el joven,
delante de aquel Hombre, venciendo el irresistible temor, continuó el príncipe afortunado:
— No temo dar lo que poseo: dinero, oro, gemas, títulos, si es necesario, pues sé que éstos
se consumen muy fácilmente, pero...
— Entrégate tú mismo y yo te ofreceré la ventura sin límite.
¡Qué elevado premio! ¡Qué pesado tributo! —pensó desanimado.
Era muy joven y muchos confiaban en él. Posiblemente Israel se beneficiaría con sus
laureles y sus triunfos. Siendo príncipe, tenía ante sí las amplias rutas del poder al que se
sentía intensamente ligado, poder que, en ese momento, parecía no tener ningún valor.
Los bienes, podría ofrecerlos, sí. Empero, la fortuna de la juventud, los tesoros vibrantes de
la vanidad estimulada y de los caprichos sustentados, el honor de la familia resguardado por
la tradición, los corifeos agradables y aduladores, ¡oh! ¿sería necesario renunciar a todo
esto? — se interrogaba, inquieto.
— ¡Sí! — le respondió el Rabí, sin palabras, con los ojos brillantes.
Sentía en aquellos instantes, el summum de todos los sufrimientos experimentados durante
su vida. El aire era un canto de leves murmullos, mientras las flores del campo tejían un
manto sutil, esparciendo aromas.
El Rabí, en silencio, aguardaba. Y él, perplejo, se atormentaba. El diálogo se había tornado
realmente imposible.
De pronto, el joven príncipe recordó que algunos amigos lo aguardaban en la ciudad. Otros
compromisos lo esperaban. Debía discutir los detalles finales para la carrera que se llevaría
a cabo en la gran fiesta de la semana entrante. Impulsado por un extraño vigor, que
repentinamente lo dominan, miró al Mesías, sereno y triste, balbuceando con voz
entrecortada:
— No puedo... no puedo seguirte ahora. ¡Si me amas, perdóname...! Y se alejó, casi
corriendo.
***
Soplaban los vientos fríos que llegaban de lejos, melodiosos, en esa noche cuajada de
estrellas oscilantes. La tierra se estremecía bajo la hierba cubierta de rocío.
El Maestro se sentó, y su rostro reflejaba un profundo sufrimiento. Era así, siempre así,
como Él quedaba luego de la deserción de los convocados al Banquete de la Luz. La
expresión de mansedumbre y perdón que brillaba en sus ojos cubiertos de lágrimas
guardaba leves tonos de amargura.
Así Lo encontraron los discípulos. Al ser interrogado, respondió:
—"¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios, los que tienen riquezas!"
***
Una semana después, Cesarea se había tornado la capital del ocio, del placer. Situada al
norte de la planicie de Saron y a 30 kilómetros al sur del Monte Carmelo, fue embellecida
por Herodes quien, en ese lugar, mandó construir un gran puerto de mar, caracterizado por
una colosal escollera, enriqueciéndola con un imponente Templo donde se levantaba la
descomunal estatua del Emperador.
Este puerto valioso sobre el Mediterráneo era un importante desahogo para Israel y puerta
de entrada marítima donde atracaban embarcaciones de todas partes.
Residencias con jardines, parecían estar enclavadas en las colinas de la ciudad, exhibiendo
variados estilos arquitectónicos. Por su clima agradable, había sido elegida como residencia
oficial de los procuradores romanas, en Israel.
Palmeras de dátiles onduladas por el viento adornaban las calles y exóticos aromas se
mezclaban con la brisa que llegaba del mar.
Las anémonas escarlatas o "lirios del valle" y el narciso blanco o rosa de Saron se
entremezclaban en la planicie.
Los festines de Cesarea pretendían rivalizar con los de Roma, atrayendo aficionados hasta
de la misma Metrópolis lejana. Al son alegre de trampas fanfarrias. Comenzaban las fiestas
públicas.
Las competiciones de bigas inician las carreras ante la ansiedad de judíos, romanos y
gentiles que dejaron sobre las mesas de los cambistas, pesadas apuestas en favor de sus
ases.
Gladiadores en combates simulados, tocadores de pífanos y flautas, laúdes y címbalos,
llenan los intervalos con música y color.
Las cuadrigas están en la línea de partida. Los briosos corceles adquiridos a los partos,
oriundos de Dalmacia, de Tiro, Sidón y Arabia, se yerguen, lustrosos, enjaezados. Y a la
señal, parten bajo una estruendosa ovación.
Los látigos vibran en el aire, manos firmes aseguran las riendas; guías y conductores
imprimen velocidad a los carros frágiles. La celeridad obliga a contener la respiración en
todos los pechos. La expectativa habla sin voz en la pulsación de esa tarde ardiente y
polvorienta.
En una maniobra infortunada, un carro gira sobre sí y un cuerpo cae en la arena,
despedazado por las patas veloces de los caballos que participan en la carrera.
El joven rico siente las entrañas abiertas, el sudor y la sangre entremezclarse en una pasta
barrosa, la respiración tornarse estertor...
Mientras los esclavos rápidamente lo arrastran de la pista, huye de su mente la escena brutal
que lo oprime, y entre la nebulosa que le ensombrece los ojos, cree ver al Amigo.
Acallando, mentalmente, los gritos que lo rodean tiene la impresión de escucharlo:
— Renuncia a ti mismo, ven y sígueme.
— ¡Amigo!...
Dos brazos suaves y transparentes lo envuelven.
A pesar de tener el rostro deformado y bañado por las lágrimas, el sudor y la sangre, parece
sonreír.
(*) Mateo, 19: 10 al 30.
Marcos, 10: 17 al 31
Lucas, 18: 18 al 30
7
Simiente de luz y vida
La pequeña ciudad reposaba sobre el lado septentrional del lago de Genesaret. En sus
alrededores, los cerros se extendían exuberantes de verdosos olivares y viñedos recostados
sobre las tierras altas y los peñascos desnudos, con rocas sobresalientes. Los valles eran
frescos, cruzados por arroyos de aguas cantarinas y cascadas blanquecinas. (*)
Sus playas y sus aguas, ricas en fauna marina, eran disputadas por los pescadores; las redes
permanecían largas horas abiertas al sol y en las orillas de la playa, viejas higueras y
palmeras de dátiles abrían sus brazos y abanicos balanceantes.
Cafarnaúm era un poema de ternura con su caserío bajo, diseminado entre árboles
frondosos, decorado con plantas trepadoras de menudas flores coloridas. Él amaba aquella
ciudad y la había elegido para iniciar su ministerio de amor.
Mayo liberaba los rayos ardientes del sol y la arboleda parecía petrificada, sin el balanceo
ondulante que le imponen los vientos.
Desde la víspera, la noticia corrió de boca en boca, atrayendo curiosos y sufrientes de las
cercanías.
A pesar de haber solicitado silencio al leproso que curara y rogado a la suegra de Simón no
decir nada de lo que le había sucedido, el mutismo era casi imposible.
Los ojos de la necesidad y del sufrimiento espían en la penumbra los más débiles rayos de
esperanza y en su dirección marchan los afligidos.
Entregaba su amor a aquellos poblados ribereños, con total devoción, puesto que allí
también, reencontraba el amor en los corazones simples e ingenuos de la gente.
Había llegado el momento en que el Pastor debía levantarse para conducir el inmenso
rebaño, venciendo los rudos tormentos que da la tierra, los ásperos caminos, trasponiendo
abismos.
Era el preludio del Mensaje y la iniciación de Sus dolores...
***
Las actividades fueron febriles y variadas.
Las quejas y dolores de la multitud llenaron el aire de miasmas aflictivos. A pesar del
número de los curados, éstos anunciaban con alegría, la salud recuperada y nuevos grupos
llegaban, mostrando las miserias en las cuales se refugiaban.
El rostro del Rabí, sereno, estaba surcado por la transpiración y el aire pesado en el cuarto
sin ventilación era agobiante. El tumulto no cesaba, y los pedidos y súplicas se redoblaban
en todas las bocas...
De pie, junto a la puerta, Simón se dejaba arrastrar por una inexplicable felicidad. Detrás de
la huerta de su casa, que se extendía hasta la playa, estaba el mar, que él tanto amaba. Al
frente, en medio de la multitud, Él estaba curando y consolando las aflicciones de la tierra,
como Embajador de los Cielos. E íntimamente agradecía a Dios que hubiese sido escogida
su casa y de haber sido llamado a Su rebaño. Las horas corrían sin que de ello se
apercibiese; las emociones eran tantas y de tan difícil explicación, que se dejaba llevar
dócilmente entre las contraposiciones del dolor y la alegría que presenciaba: muecas
transformadas en sonrisas, lágrimas en cánticos, heridas purulentas en tejidos renovados...
ante la imposición de Sus manos o la vibración de Su voz, o a la luz de Sus ojos... Jamás en
Israel se había presenciado un acontecimiento semejante. Los espíritus inmundos huían y el
dolor perdía su poder ante Su orden...
Los ojos de Simón, brillantes, se encontraron con los de Jesús. Tuvo la impresión, por un
momento, de que Él le pedía auxilio. Su faz parecía transparente y tenía el cansancio
estampado en Su rostro sudoroso y sufrido…
El rudo pescador comprendió: la multitud era insaciable, el dolor no tenía límites; era
menester ayudarlo, retirarlo de allí.
Separando la masa humana gritó:
— ¡El Maestro está fatigado!
Lo tomó por el brazo cariñosamente y lo condujo con ternura a la playa.
Las estrellas comenzaban a brillar en el firmamento vencido por el crepúsculo, que dejaba
más allá de las montañas, del otro lado del lago, una estela de oro rojizo.
Ráfagas de viento tibio llegaban encrespando las olas del mar y el blanco encaje de la
espuma se deshacía en las playas sedientas del beso de las aguas.
El Rabí se sentó sobre las raíces altas de un viejo árbol que abría sus brazos en dirección al
lago, y en silencio, se perdió en meditaciones profundas.
Simón, como un amigo fiel, se sentó a Su lado y se puso a contemplar Su rostro pálido,
exhausto.
Los cabellos ambarinos, ligeramente ondulados, se agitaban en desorden, al vaivén del
viento y Sus ojos parecían profundos y misteriosos, como el seno de las aguas las que se
habituara desde muy joven.
¡Qué hermoso era el Rabí! — pensaba Simón — poseía una belleza como sus ojos no
habían visto jamás. Había en Él algo que lo tornaba diferente de todos los hombres.
Delgado y bien constituido, no llegaba a ser un atleta, pero tampoco era frágil ni
pusilánime. Era dueño de una fuerza grandiosa y de una majestad fuera de lo común.
Siendo simple y bueno, era sabio y humilde. Profundo conocedor de las miserias humanas
buscaba a los oprimidos y sufrientes para aliviarlos. Hablaba poco y decía mucho, en
palabras que todos pronunciaban, pero que nadie como Él lo hacía. Sin embargo, ¡había en
aquel Hombre simple y puro, portador de singular belleza material y espiritual, tonos de
profunda melancolía…!
Simón, también se sumió en meditaciones.
Solamente la noche hablaba, acompañando las voces de la Naturaleza. Inesperadamente,
como si retornase de un lugar lejano, Simón volvió a mirarlo y sólo entonces lo percibió.
Los ojos claros y grandes del Rabí estaban cubiertos de lágrimas.
Con el corazón angustiado y sintiéndose dominado por un íntimo desasosiego, preguntó
ansioso:
—¿Rabí, estás llorando...?
— ….
—… ¿de felicidad, supongo, considerando los acontecimientos felices del día de hoy, no es
verdad?
El interrogante permaneció en el aire, en medio de la noche susurrante.
El viejo árbol sacudía sus ramas y la voz del lago producía una cantilena especial, al
bordear las playas inmensas.
— ¡Lloro, Simón! - respondió pausadamente –. Lloro, sí, de tristeza, compadecido.
— Pero, Maestro, no comprendo. ¿Hoy Te expusiste a los fariseos astutos y sagaces, a los
escribas ambiciosos y falsos que vinieron a unirse a los grupos de traidores y ante la vista
de todos, perdonaste pecados y curaste, silenciándolos con sabiduría y elevación... y lloras?
— Sí, puesto que no me comprendisteis, tú y ellos. Es verdad que no espero ser entendido.
Mientras tanto, tengo piedad de ellos, de los irresponsables y lo lamento.
***
Natanael Ben Elías, en una posada de la ciudad, se regocijaba entre cántaros de vino
embriagador y amigos truculentos.
— En medio de mi desdicha me sucedió un prodigio -- comentaba con alegría.
— ¡Habla, cuéntanos lo que sucedió, puesto que dudamos de lo que nos narraron! —
exclamaron diversos compañeros al mismo tiempo.
— Sucedió tan repentinamente — prosiguió - que aún me encuentro atontado.
Como todos saben — manifestó al tiempo que secaba su rostro alterado por la emoción —,
desde hace mucho la parálisis y las fiebres rondaban mi cuerpo, terminando por
aprisionarme en la inmovilidad total, en un lecho infecto y detestable, impidiéndome el más
mínimo movimiento. Me había transformado en un réprobo repulsivo. Olvidado por todos
en mi estera, hasta hace poco, era víctima de extrema miseria física y moral. Aguardaba a la
muerte, que tardaba, como una liberación. Oí hablar de Él y lloraba por conocerlo. Una
íntima intuición me decía que Él podría curarme...
Hoy, al saber que estaba aquí, en Cafarnaúm, pedí a algunos amigos que me condujesen a
Su presencia y estos, cargando el camastro donde purgaba mis amargas penas, me llevaron
a la casa donde Él se encontraba la multitud era tan compacta que no pudieron entrarme por
la puerta. En torno mío, la impaciencia, los gritos y las alteraciones de la gente, componían
escenas lamentables y dolorosas.
Ante la aflicción que se dibujaba en mi rostro descarnado y la desesperación que me
dominó, uno de los amigos decidió introducirme por la terraza y descenderme por el techo
de la sala donde Él estaba. Y así lo hicieron. Subieron la escalera lateral de la casa de
Simón, el pescador, y rompieron el adobe, rasgando nerviosamente las esteras y ramas de
palmera colocadas entre una y otra viga de seguridad, hasta conseguir una abertura
suficiente como para poder pasar mi camastro, descendiéndome, atado por cuerdas, hasta
Él.
En la sala atestada se despejó un espacio pequeño y como si Él me esperase, me miró
detenidamente, en silencio, examinando mi ruina orgánica. Abriendo los labios, dijo:
— ¿Natanael Ben Elías, crees que yo te puedo curar?
La voz era aterciopelada y fuerte; dulce y, sin embargo, firme.
—Sí, — respondí — ¡lo creo!
Un estremecimiento me sacudió. Hubo un gran silencio y hasta el calor pareció disminuir.
— ¡Señor! -- exclamé-- ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Me conoces?
— Sí, te conozco, Natanael, desde antes. Soy el Buen Pastor y debido a ello, conozco
nominalmente todas las ovejas que el Padre me confió.
Confieso, no comprendí por qué Él me dijo desde antes. Nunca Lo había visto con
anterioridad, ni jamás me visitara...
—"¡Tus pecados — exclamó — están perdonados!"
Hubo murmuraciones entre la concurrencia y un ambiente de odio reinó entre la asistencia.
Yo mismo me perturbé. Cuántas veces pensé en seguir una vida limpia y decente si volvía a
movilizarme, a accionar las piernas. Mientras tanto, en aquel momento, indagaba: ¿Él sería
capaz de perdonar los pecados? ¿No estaría blasfemando? El sudor me corría
abundantemente por el cuerpo sucio y macilento.
Como si Él oyese mis pensamientos más secretos, sin recelar, desafió:
- "¿Qué es más fácil decirle al paralítico, perdonados son tus pecados, o decir levántate y
anda?"
Y volviéndose hacia mí, abrió los brazos: y extendiendo las manos, me dijo, imperativo:
- "Levántate: toma tu cama y vete a tu casa".
Me estremecí como una caña al viento, intenté decir algo, pero no pude. Levanté mi
camastro, lancé un grito de ventura, ¡Salve, Rabí! y volví dando hosannas, ante la
admiración de cuantos me conocían. Sin embargo, no consigo comprender lo que me
sucedió me parece un sueño del cual recelo despertar.
- Bebamos alegres - gritaron todos a su alrededor -, conmemorando tu retorno a la salud…
y al placer. Exhibe tu cuerpo para que lo veamos sin mareas, sin heridas y podamos creer
en lo que nos narraste...
Una música sensual, sollozando entre los dedos de mujeres infelices contratadas en Nubia y
otras tierras para comercio carnal, que ejecutaban instrumentos de cuerdas y panderetas,
llenaba la sala amplia, impregnada de aromas exóticos.
Fuera del local, la noche espiaba a la tierra, a través de la visión de las estrellas.
***
- ¿Por qué dices que no Te comprendemos, Rabí? ¡Nos sentimos todos tan felices!
- Simón, en este momento, mientras consideras el Reino de Dios por lo que viste, Natanael,
con alegría infantil comenta el acontecimiento entre amigos embriagados y mujeres
infelices… otros que recobraron las fuerzas o recuperaron la voz entre exclamación es de
júbilo, se precipitan en los despeñaderos de la insensatez, cargando nuevos desequilibrios,
que esta vez, no podrán ser modificados.
No creas que la Buena Nueva trae alegrías superficiales, de esas que el desencanto y el
sufrimiento borran fácilmente. Por eso mismo, el Hijo del Hombre no es un remendón
irresponsable, que sobre tejidos viejos y gastados aplica trozos nuevos, perjudicando más
aún la parte rasgada con una dilaceración mayor. Sería un desastre depositar en vasijas
inmundas y viejas el vino nuevo y espirituoso que fermentaría con precipitación.
El mensaje del Reino, más que una promesa para el futuro es una realidad para el presente.
Penetra en lo íntimo y dignifica, mostrando los paneles de la vida en deslumbrantes colores.
Sin embargo, yo sé que no puedes entenderme, ni tú ni ellos, por ahora. Y así será por algún
tiempo. Más adelante, cuando el dolor produzca una madurez mayor en los espíritus,
enviaré a alguien en mi nombre para dar prosecución al servicio de iluminación de
conciencias. Las sepulturas romperán el silencio con que se rodean y Voces en todas partes,
clamarán, brindando esperanzas bajo los auspicios de mil consuelos...
El Maestro guardó silencio por un momento.
Los ojos del viejo pescador brillaban, expresando las emociones que vibraban en lo íntimo
de su ser. La brisa suave rozaba levemente las hojas de la arboleda, mientras la marea alta
anunciaba una pausa en el ritmo de la Naturaleza.
- ¿Y cuando el Consolador llegue- interrogó el discípulo emocionado - los hombres lo
recibirán comprensivamente?
— No al principio, Simón — respondió Jesús. Los métodos eficaces para curar y disciplinar
son severos y por eso mismo, indeseados. Mientras tanto, ese Enviado permanecerá
indefinidamente junto a la Humanidad, ayudando sin cansancio y elaborando lentamente la
Era de la Paz y la Alegría inmaculada. Removerá viejos óbices, promoverá la
reestructuración social en base al amor que, entonces, invadirá todos los ámbitos de la vida,
inaugurando sentimientos de solidaridad en todos los corazones...
El rostro del Maestro se había transfigurado. Simón no pudo contener las lágrimas, que
corrían espontáneas. Y los siglos corrieron ágiles también, a través del reloj de arena de los
tiempos.
Mateo, 9: 1 al 8
Marcos, 2: 1 al 12
Lucas, 5: 17 al 26
9
La suplicante cananea
***
El ejemplo, que también se encuentra en la cura a distancia del hijo del centurión, seria
sustento para todos los pueblos, para todos los hombres del futuro.
La palabra firme y la existencia austera de Jesús penetraron en las multitudes de todas las
épocas que no tuvieron, como Israel, la felicidad de su presencia. Mientras tanto, los judíos
que no lo aceptaron, experimentaron a su vez, largas etapas de probación, como resultado
de su propia insania, látigo de fuego en la consciencia, que habría de liberarlos de su error.
***
Al llegar a su casa, la feliz mujer, encontró a su hija amada en pleno goce de salud.
La semilla de la esperanza que el Rabí había depositado en su corazón se transformó en
lámpara radiante que iluminó íntimamente su vida entera.
(*) Mateo, 15: 21 al 28
Marcos, 7: 24 al 30
(Nota de la Autora Espiritual)
10
La mujer de Samaria
Betabara o "Casa de Pasaje" se encontraba en un paraje del río Jordán, donde las caravanas
se detenían para pernoctar, después de atravesar el río, antes de proseguir hacia las ciudades
distantes. (*)
Las noticias que llegaban hasta aquella aldea crecían y alcanzaban sitios lejanos,
conducidas por los viajeros presurosos que por allí pasaban. Allí había estado predicando
Juan, exhortando a la penitencia, lavando simbólicamente los pecados y "abriendo los
caminos para el Señor".
En el aire festivo que, invariablemente caracterizaba los encuentros, primaba la trágica
noticia de la decapitación del "Bautista", en Maqueronte, ubicada en la región yerma de la
Perea. Una tristeza profunda, llena de amargura y resentimiento, se reflejaba en los que allí
reposaban, recordando, tal vez, los beneficios que habían recibido del Apóstol Precursor...
Al terminar las Fiestas de las Tiendas, los grupos retornaban, deteniéndose en las ciudades
del trayecto para visitar parientes, comentar y recordar...
Aquel mes de Tishri (1) había sido excitante. En Jerusalén, durante las fiestas, el odio judío
se había agudizado y se ceñía el cerco en torno a la figura del Mesías. A pesar de los días y
las noches frías, los grupos que se encontraban en Betabara, se reunían como solían
hacerlo, anteriormente, para oír las prédicas de Juan.
Hacía dos años que el Rabí había pasado por aquellos lugares y su alma continuaba
impregnada por las emociones sublimes vividas entonces, cuando acercándose a las aguas
frescas, se dejó bautizar, "para que se cumpliese lo que estaba escrito."
Ahora, su permanencia sería más larga. Esa región necesitaba de Su ayuda. Pasaba los días
escuchando a los sufrientes, atendiendo a los enfermos, ofreciendo las directrices del Reino.
En aquella época del año, las lluvias caían fuertes, impulsadas por poderosas ráfagas de
viento.
***
Los viajeros llegaban en grupos, provenientes de distintos lugares. Durante todo el día
habían llegado, siguiendo el cauce del río, en dirección a Betabara. Llevaban grabadas en el
semblante las alegrías indecibles de la tarea cumplida y del deber concluido.
Los corazones cantaban salmos, aguardando ansiosos, el momento de narrar todos los
acontecimientos felices de la jornada realizada. Aquellos hombres no habían visitado tan
sólo las ciudades populosas o los caminos principales.
Estuvieron en las aldeas y transpusieron los senderos de las montañas, abiertos por las
cabras. Se habían entregado a su afán apostólico, abriendo surcos y preparando la siembra.
Reunieron grupos al borde del lago, en las plazas de los mercados, junto a las tiendas...
Ahora, deseaban relatar todo lo acontecido.
La mañana brumosa, ocultaba el sol comúnmente cáustico en aquella región. Los árboles
casi no se divisaban, ocultados por la densa bruma. Las lluvias cesaron, y la tierra húmeda
parecía disfrutar de una desconocida esperanza, como si aguardase la siembra feliz.
Esperaban ansiosos la presencia del Rabí, que había salido a atender a los necesitados de las
cercanías. Y mientras esperaban, recordaban ...
El Maestro había hecho muchos amigos, entre los que lo escuchaban. Todos se habían
beneficiado con su amor, y harían lo imposible por testimoniarle su gratitud. Vibraban de
júbilo, cuando lo oían predicar.
Él había escogido de entre los que en la multitud lo oían y amaban, a los Doce que se
encargarían de esparcir la Promesa del Reino próximo, y, después de haberlos llamado, les
había dicho:
"El campo es grande, pero los obreros son pocos; rogad al Señor que envíe obreros para la
labranza."
"Id: yo os mando como corderos ¡en medio de los lobos!"
"No llevéis dinero, ni provisiones, ni calzado."
"En cualquier casa donde entréis, decid primero: La Paz sea en esta casa. Si hubiera allí
algún hijo de la paz, reposará sobre ella vuestra paz; y si no, volverá a vosotros.
Permaneced en la misma casa comiendo y bebiendo de lo que tuvieran, pues el obrero es
digno de su salario."
"No andéis de casa en casa."
"En cualquier ciudad que entréis y os reciban, comed de lo que os pongan delante".
Guardó silencio unos instantes, como si consultase al Padre, en tanto que recorría a los
amigos con la mirada. Luego de una breve pausa, prosiguió:
"Curad a los enfermos que en ella hubiera y decidlas: Ha llegado a vosotros el Reino de
Dios.
"Pero en cualquier ciudad que entréis y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: hasta
el polvo que de vuestra ciudad se nos pegó, lo sacudimos sobre vosotros. Con todo, sabed
que el Reino de Dios, ha llegado a vosotros..."
En cuanto su boca enunciaba las sublimes recomendaciones, fulguraban los rayos dorados
del sol, en el cielo claro.
Las tierras áridas de Judea contrastaban con los verdes campos de la Galilea y las ricas
zonas ribereñas del lago. Partieron con el espíritu conmovido por emociones inexplicables.
Y volvían felices...
***
Felipe, que había sido llamado para esparcir las semillas de luz, solicitó, primero "enterrar
al padre"; y allí estaba ahora, con los oídos atentos, conmovido hasta las lágrimas,
escuchando la narración elocuente de los trabajadores dichosos.
Profundamente emocionado por el relato, marchó después a Samaria y a Sarón, como
diácono, acompañado por sus cuatro hijas, todas médiums-proféticas de la Iglesia Primitiva.
Matías, que sustituyó a Judas después de la tragedia de la Cruz, al ver llegar al Maestro, se
acercó a los demás y dijo, jubiloso:
— Maestro, traemos el corazón rico en alegrías, como la támara madura cuando está
cubierta de miel.
— ¡Felices de vosotros, que pudisteis preparar el terreno de los espíritus!
— Cuantos nos oían, parecían que era a Ti a quien escuchaban, y la palabra en nuestra
boca, se enriquecía de elocuencia y melodía, vibrando en musical sabiduría que perturbaba
a los más sagaces y astutos. ¡Era como si estuviésemos envueltos por el Espíritu Santo!
— Dichosos, sois vosotros, por tener condiciones para la Verdad...
Y recordando, con voz pausada y plena de emociones superiores, continuaba extasiado, el
discípulo:
- Nadie nos rechazó en ningún lugar. Los demonios se sometían dócilmente y muchos de
los ex-posesos, se arrodillaron a nuestros pies, adorándonos, como hacen los paganos
delante de sus ídolos. ¡Atemorizados, los esclarecimos de inmediato de nuestra condición!
— Sed vigilantes y tened cautela. El mal es contagioso y la presunción envenena el espíritu.
"Bien sé lo que hicisteis. Yo vi caer al Espíritu Inmundo, atraído hacia los abismos", pero
esto no es bastante...
—No experimentamos sed, ni hambre ni dolor alguno. Erguimos paralíticos en Tu Nombre
e iluminamos ojos cerrados a la luz, colocando nuestras manos sobre ellos, invocándote.
—Yo os acreciento la fuerza al resistir al mal, al enemigo de la verdad, "sometiendo
serpientes y escorpiones a vuestros pies", pero aún no es suficiente...
—Muchos fueron los que se levantaron para cantar hosannas después que les explicamos
los días en que vivimos, lo que oímos de Ti, lo que hemos visto...
Y después de una pausa:
—... ¡Nuestra alma canta de alegría y el corazón no puede contener ya tanto júbilo!
Recorriendo con la mirada aquel grupo de hombres allí reunidos emocionados, y deseando
mantener dignas y firmes las directrices del Evangelio naciente, el Maestro contempló a los
discípulos victoriosos y agregó:
—"No os alegréis porque los espíritus se sometieron a vuestros mandatos; es mejor que os
alegréis por estar escritos en el cielo vuestros nombres."
Y como todos se aproximaron para escucharlo, el Rabí, sereno, suplicó:
"Gracias Te doy, ¡oh! Padre, Señor del cielo y de la Tierra, que escondiste estas cosas a los
sabios e inteligentes, y las revelaste a las criaturas sencillas; ¡así es, oh! Padre, porque así
Lo quieres."
Los ojos Le brillaban como madrugada celeste, y el viento frío Le agitaba los cabellos en
desorden. El rostro delgado adquirió transparencia y se mostraba diáfano, como si una luz
ignorada lo bañase interiormente, trasluciendo una radiante claridad.
Vigoroso, prosiguió con voz cristalina y fuerte:
—"Todo me fue entregado por mi Padre; y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni
quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar."
El viento frío cantaba melodías desconocidas.
Bajando la voz hasta adquirir la musicalidad de la ternura, habló especialmente a los Doce
y a los Setenta discípulos-, convocados para la diseminación de las Buenas Nuevas:
"Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, Profetas y reyes desearon ver lo
que vosotros veis, y no lo vieron; oír lo que oís, y no lo oyeron."
De inmediato, un pesado silencio cayó sobre todos. Los árboles se balanceaban levemente.
El canto del Jordán en el valle, aumentado por la creciente, invadía las cercanías.
El Maestro se retiró. Los Setenta y los Doce se marcharon en busca de las tiendas.
Los oyentes se dispersaron.
***
Entre los Setenta llamados para expandir la Palabra de la Vida, se contaba Bernabé, que
colaboró, más tarde, eficientemente con el Apóstol Pablo; Sóstenes, que también cooperó
en los escritos a los Corintios; Cleofás, uno de los visitados en el camino de Emaús...
Tener "los nombres escritos en los cielos" para servir incesantemente a la Causa de la
Verdad, encaminados periódicamente a la Tierra. Mil veces fueron convocados a la actitud
pasiva de ovejas entre los lobos del camino evolutivo.
Renacieron en la indumentaria carnal, a través de los siglos, recordando las enseñanzas del
Rabí, investidos de los recursos de someter a los Espíritus de las Tinieblas, portadores del
Verbo Encendido, de la pluma rutilante, preparando los días del Consolador, en las lejanías
del futuro. Mas, volvieron, principalmente, para vivir el Evangelio, entibiándolo en el
correr de los tiempos con el fin de mantenerlo vivo y ardiente, hasta el momento de la
reconstrucción del Mundo, en el instante de la sinfonía imponente entonada per las voces
del Cielo...
(*) Lucas, 10: 1 al 24.
(1) octubre. Notas de la Autora Espiritual).
12
El Tabor y la planicie
Por la fuerza de su realidad podría ser considerado un díptico: las bendiciones de Dios en el
monte y los conflictos del hombre en toda la pujanza de su gama, en la planicie (*).
Jesús, Pedro, Tiago y Juan descendían de lo alto del Tabor, donde habían comulgado con
las excelsitudes de Dios, para ir al encuentro de la inferioridad espiritual de la criatura
humana.
Poco antes, el Maestro. resplandeciente, había estado envuelto en una esfera de poderosa
luz y dialogó con los venerables antepasados del pueblo: Moisés y Elías.
Las emociones aún no se habían aquietado en el plano de lo habitual y la curva
descendiente de los dolores chocaba contra lo prosaico de las contingencias humanas.
En lo alto estaba la visión de la vida verdadera; al ras de la tierra, las angustias, junto a los
sufrimientos.
***
— "Espíritu sordo y mudo, yo te ordeno: sal de él y no vuelvas a entrar en él" — exhortó
Jesús con firmeza en la voz, en la que la piedad se confundía con la energía.
No hubo debate alguno. Todo fue muy simple. La escena breve, culmino en el desmayo del
joven que había quedado como muerto, desfigurado y bañado por un sudor muy frío.
El Maestro, conmovido, se inclinó, tocó la frente del ex-obsesado y lo levantó atrayéndolo
hacia sí.
Era casi un niño...
Sufría desde la más tierna edad bajo el yugo violento del despiadado verdugo
desencarnado. Las raíces del odio se perdían en las sombras del pasado, cuando ambos
fueron comensales en la mesa abundante de la locura y se confundieron en una odiosa
escena de sangre... Ahora, la ley soberana, se manifestaba altiva, uniendo al criminal no
castigado a la justicia desacatada.
El "parásito espiritual" se había imantado al sufriente, y reproducía en él los gestos
epilépticos en que se consumía, víctima de sí mismo, esclavo del odio. En la voluptuosidad
de la venganza, lo arrojaba contra el suelo, incendiaba sus vestimentas, lo subyugaba.
Las esperanzas de la familia se extinguían en la lámpara sin fe de las tentativas de cura,
infructuosas hasta aquel momento. Su padre había oído hablar del Rabí y lo llevó con la
expectativa dudosa de ver al hijo recuperado, perdido como se encontraba, en el camino del
aniquilamiento inexorable.
***
Habían transcurrido ocho días (1) después de la "confesión de Pedro". El Maestro llamó
"consigo a Pedro, Tiago y Juan y los llevó hacia lo alto de un monte."
Agosto, en su plenitud, derramaba su caudal de luz y calor sobre la tierra. Las amapolas y
las margaritas pendían de sus largos tallos, vencidas por la canícula. El cielo muy azul y
transparente, ofrecía una visión infinita hacia todas las direcciones.
A medida que el Tabor (2) iba siendo escalado, los panoramas que el paisaje ofrecía, eran
maravillosos: los campos de trigo segado, la cinta pardo-plateada del Jordán, asemejándose
a un inmenso laúd cercado de vegetación; hacia el lado oriental, se yerguen altivos los
montes Galaad, y al poniente, las aguas del Mediterráneo brillando como un enorme espejo,
que se refleja a través de la garganta natural formada entre el Monte Carmelo y las
empinadas laderas del Líbano; al norte, el Genesaret salpicado de velas coloridas y
adornado por Tiberíades, Magdala, Cafarnaúm, Betsaida, ciudades encantadoramente
esparcidas por los pequeños cerros, que dan la impresión de marchar en dirección a las
playas, vestidas de palmeras exuberantes de verdor...
En lo alto, la visión no se detiene. De forma redondeada, la plataforma golpeada por los
vientos y a veces coronada por las heladas, es la culminación de los 562 metros de
conformación rocosa, sin vegetación, que se destaca en la inmensa y hermosa Galilea.
La noche demoró aún algunas horas en extender, su inmenso manto sobre el cielo. Los
meses de agosto, siempre se caracterizaron por sus días largos. El calor asfixiaba y
quemaba la rala vegetación.
Para conquistar el monte, la jornada se tornó larga: más de cuatro horas de marcha lenta y
cansadora, a pesar de la belleza deslumbradora del paisaje circundante.
Una vez alcanzada la cumbre, el Maestro se puso en oración. Los discípulos, sudorosos y
cansados, se adormecieron a la sombra de los escasos arbustos. Un gran silencio cubre a
todos y a todo. El calor sofocante casi asfixia...
La noche vence a la naturaleza, y el Maestro ora.
La madrugada llega y el Rabí aún se encuentra en oración. Los compañeros duermen. En la
monotonía se oyen voces. Los discípulos despiertan asustados y quedan subyugados ante la
visión sublime de la transfiguración del Maestro, con su vestimenta brillante, dialogando
con Moisés y Elías. Las palabras vibran en el aire, pero no son como las palabras que se
escuchan comúnmente...
Luego, diluida ya la visión, Simón se acercó al Rabí y le dijo:
-"Maestro, sería hermoso permanecer aquí y construir tres cabañas: una para ti, otra para
Moisés y otra para Elías."
El Maestro lo miró compadecido. Una nube surgió misteriosamente y una voz, entonces,
exclamó: "Este es mi hijo amado: ¡Oídlo!"
Los discípulos, consternados aún, sienten un inmenso pavor. La grandiosa revelación había
sido hecha. Jesús se mostró en toda su gloria, y ellos fueron testigos silenciosos y
emocionados del acontecimiento incomparable.
Los Cielos se abrieron y los discípulos tuvieron el "conocimiento de lo Divino".
Pedro se referirá más tarde a esa metamorfosis del Maestro, testimonio incuestionable sobre
el que fundamentará su fe. Mientras tanto el Rabí, le exige silencio.
La verdad tiene que ser dosificada para ser asimilada por el entendimiento de la arcilla
humana. Posteriormente, al escribir Juan los "dichos del Señor", inició su narración
evocando aquella escena inolvidable: "En Él estaba la vida y la vida, era la luz de los
hombres; la luz resplandeció en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron."
***
—"¡Descendamos! —propuso el Maestro.
—¿No podríamos permanecer aquí? —indagó Simón.
— Es necesario descender — respondió Jesús. Busquemos a los que no disponen de las
fuerzas necesarias para subir. Los hombres necesitan de nosotros. Nuestra gloria es la de
ellos. Que sean para ellos nuestras alegrías y para nosotros sus dolores. Después de la
comunión con los Cielos, la convivencia debe ser con los que se encuentran en la Tierra. El
paraíso sería para nosotros un extraño presidio sin aquellos que, en el antro de las
aflicciones, suspiran por el país de la libertad. ¡Descendamos! Los hombres, para los que he
venido, nos esperan.
Durante el descenso del monte, mantenían animada conversación.
—"Rabí — indagan, recelosos — dicen los escribas que es menester que primero venga
Elías...".
—"Elías ya vino y no lo reconocieron y le hicieron cuanto han querido. Así también harán
padecer al Hijo del Hombre...".
"Entonces entendieron los discípulos que les había hablado de Juan el Bautista."
La nueva revelación de que Elías era Juan Bautista renacido sorprendió a los compañeros
que comenzaron a comprender los designios insondables del Padre. Sus espíritus vibraban
de felicidad. Había fiesta en sus corazones.
***
Jesús y los discípulos continuaron descendiendo. Era un día espléndido. Los
acontecimientos ocurridos, son soles que iluminan sus almas. La plataforma del Tabor fue
quedando atrás.
Frente a ellos, se extiende la inmensa planicie. Allá están aguardando las criaturas
sufrientes y ansiosas, y los compañeros.
Atemorizados, los discípulos se van turnando en la tarea.
— ¡Apártate, Satanás! — exclama Judas, presa de la ira, mientras el obsesado, clama en
grandes alaridos.
—Hijo de las tinieblas, simiente de Belcebú — grita Tadeo con voz ronca y los ojos
chispeantes— ¡por quién eres, abandona a tu víctima!
—Infeliz, inmundo —vocifera, pálido y sudoroso, Natanael—, ¡yo te exhorto a que retornes
al infierno...!
Los curiosos rodeaban a los hombres que gritan de esa manera mientras que el
endemoniado, como si multiplicase las fuerzas que el vampirismo espiritual le consume, se
debate con más violencia en el suelo, y se contorsiona, exasperado, amenazando la
integridad del débil cuerpo convulsionado, que ya está en el límite de sus energías.
—Es el propio Dibbuk — solloza desanimado, Filipo.
— ¡No conseguiremos liada! — agrega el hijo de Cleofás.
—¿Dónde estará el Maestro? — indaga, perturbado, Simón, — ¿que no viene a
socorrernos? ¿Ignorara nuestra aflicción...?
Intercambiaron miradas, estremecidos, mientras el obsesado se debatía entre la baba
espumosa que arrojaba. Hablan todos a la vez. Gritan inútilmente.
Viendo al Maestro y a los compañeros que llegan al erial de las miserias humanas, corren,
afligidos, y lo saludan.
—¿Qué es lo que discutes con ellos? — interroga, sereno, el Señor.
—"¡Maestro, traje a mi hijo, que está preso de un espíritu mudo! Y éste, donde quiera que
lo tome, lo despedaza y él arroja espuma y rechinan sus dientes y se va secando; ¡les pedí a
tus discípulos que lo expulsasen y no pudieron!"
—"Si puedes — ruega el padre — ¡salva a mi hijo!".
—"Si tú puedes creer, todo es posible al que cree."
—"¡Yo creo, Señor! ¡Ayúdame!"
El Rabí se conmueve. El semblante sereno expresa toda la angustia de su espíritu.
Sin la menor amargura mira a los compañeros amedrentados y los amonesta con
vehemencia y compasión. Comprende las flaquezas de los convocados a esparcir la
simiente de la Buena Nueva.
Como para justificarse a sí mismo y a los demás, Judas intenta esclarecer:
— Hicimos todo cuanto nos enseñaste y nada conseguimos...
- ¿"Hasta cuándo os soportaré y estaré con vosotros?"
La indagación permaneció en el aire, sin respuesta. La arrogancia de la flaqueza es más
petulante que la vanidad de la fuerza. La marca del fracaso en el orgullo es como una llaga
de fuego ardiendo constantemente.
—"Espíritu mudo y sordo..."
Pálido y débil, el joven sonrió. Había gratitud sin palabras en su expresión. Besó la mano
del Rabí y, conducido por su padre, en éxtasis de alegría, marcharon rumbo al hogar.
***
Esa noche, cuando la cúpula celestial se vistió de estrellas brillantes, todavía bajo el
impacto de las manifestaciones del maestro, en el Tabor y en la planicie, Simón, captando
posiblemente la visible inquietud de los compañeros, se aproximó a Él, que estaba
meditando e indagó, notoriamente emocionado:
—¿Por qué no pudieron ellos expulsar al espíritu inmundo?
—"Esa casta no puede salir con otra cosa, como no sea con oración y ayuno" —elucidó el
Amigo.
Mientras tanto, deseando valerse de la oportunidad para mejor instruir a los compañeros
desatentos y pretensiosos, el Señor esclareció:
- Antes que nada, es necesario comprender, que los espíritus inmundos vivieron antes,
como hombres, y continúan siéndolo. Engañados, se dejaron conducir por los dictados del
cuerpo y ahora, enloquecidos, prosiguen actuando igual fuera de él. La muerte no los
transformó. Viajeros del tiempo son el producto de sus propias obras. Unidos mentalmente
a los recuerdos de acciones anteriores, se demoran sufriendo sus afectos, imanados a los
que amaron, o vinculados a aquellos que los hicieron sufrir…
Hizo una pausa espontanea. Y prosiguió:
- Por esa razón, la Buena Nueva es un himno de amor y perdón. Amor indistinto y perdón
indiscriminados. Frente a ello, hermanos nuestros que yacen en sombra de la ignorancia,
ninguna fuerza posee más potencia que la del amor. No se trata tan sólo de expulsarlos de
aquel convivir a que se ligan parasitariamente, sino también de socorrerlos, envolviéndolos
con amor...
Nuevamente calló, dirigiendo a los amigos una mirada de bondad, para luego continuar:
-Son nuestros hermanos de la retaguardia, perdidos en la ilusión de la carne a la que
empecinadamente pretenden continuar ligados. No se prepararon para la verdad. Y es
debido a ello, que el Mensaje de Vida no se reviste de las indumentarias fantasiosas, tan del
agrado general. Es semilla de luz, para fecundar en el suelo del espíritu.
Delante, pues, de ellos - poseído y poseedor - sólo la oración del amor infatigable y el
ayuno de las pasiones, consiguen mitigar la animadversión con que se devoran entre ellos,
entregándolos a los trabajadores de la Obra de Nuestro Padre que, en todas partes, están
cooperando con el Amor, incesantemente.
***
Si amáis en vez de detestar, si deseáis socorrer y no tan sólo expulsar, todo haréis, puesto
que todo cuando yo hago podréis hacerlo y mucho más, si lo queréis...
En el aire leve de la noche, corrían suaves brisas esparciendo hacia el futuro la palabra del
Rabí, como premonición gloriosa para los días venideros de la Humanidad,
(*) Mateo - 17.
Marcos - 9.
Lucas - 9.
(1) Los ocho días normales son tenidos como "seis días plenos, según los hábitos judaicos".
(2) Los historiadores y exégetas discuten en cuanto al lugar donde se produjo la
transfiguración del Maestro, si fue en el Tabor o en el Hermón. "'referimos valernos de la
tradición, que la sitúa en el primer monte. (Notas de la Autora Espiritual).
13
El obsesado Gadareno
El mar era un espejo levemente ondulado, reflejando las partículas de luz del sol naciente y
arrojando dardos de oro. (*)
El mes de Kislev (1), portador de las tempestades, es también el mensajero de la fertilidad,
conductor de los vientos perfumados y suaves.
Se oía por los alrededores ruidos atenuados, y los peñascos tristes de Gergesa o Gerasa
quedaban atrás.
Las laderas negras y viscosas, gastadas por las brisas marinas se mostraban tétricas, sin
ninguna vegetación. Se diría que era un suelo ingrato donde nada crece a excepción de
espinos y cardos silvestres.
En lo alto, un grupo de hombres, mujeres y niños, alargando la mirada sobre la faz líquida
del mar, preciosa, concesión del Jordán a lo largo de su generoso curso, interrogaba sin
palabras.
El barco se deslizaba suavemente, casi en silencio, con la gran vela llena por el viento,
semejante a un ala movible que ensombrecía las aguas. En la popa, la figura de Jesús
parecía una exclamación de dolor. Mirando la tierra agreste y desnuda, sentía el sufrimiento
de la gente que allí habitaba.
Hacía mucho que había programado aquella visita a las tierras que se encontraban en las
montañas de Bazán, en la Decápolis, alimentando la posibilidad de llevar hasta allí el
mensaje de la Buena Nueva. Proclamar y difundir las primicias del Reino era Su ventura,
pues para ello había venido. Vivir con el pueblo, sufrir las aflicciones del pueblo, pero,
sobre todo, esclarecer y liberar el espíritu del pueblo de los grilletes vigorosos de la
ignorancia y de la superstición.
El pueblo era su rebaño. Para ese rebaño vino a dar la vida. Sin embargo, era necesario que
las ovejas conociesen a su pastor a fin de que pudieran identificar su voz y obedecer a su
llamado. A pesar de eso, experimentaba un sufrimiento profundo porque el pueblo no lo
comprendía; era el sufrimiento que nace del amor desdeñado.
Gerasa no lo recibió, pese al tono festivo con que anunció su llegada y a la ofrenda preciosa
que donó al aproximarse a sus límites. ¿No había roto las ligaduras que ataban al obsesado
a la obsesión, como el rayo luminoso penetra en la espesura de la noche y anuncia la fuerza
de su presencia?
Los gerasenos comerciaban con cerdos y prefirieron a éstos en vez de a Él, el Amigo que
quisieron ignorar... El viento melodioso encrespaba las aguas, haciendo que su musicalidad
vibrara en la tristeza que envolvía al barco, y azotaba los cabellos de los hombres
preocupados y silenciosos. Gerasa los había herido con un gran dolor...
***
Alguien preguntó, parado en la pequeña planicie del peñasco, observando al barco que se
perdía en la distancia:
— ¿Quién era?
- No sabemos —respondió otro.
— ¿Por qué nos quería hablar? ¿Nos traía algo?
— Ni siquiera lo dejamos hablar; no lo indagamos.
— ¿Qué desearía de nosotros?
— No tenemos idea. Tal vez haya sido mejor expulsarlo de nuestras tierras, como lo
hicimos.
— Tal vez...
Y como se habían vuelto para contemplar la embarcación, que bien podría ser considerada
un punto en la inmensidad, una mujer sugirió:
— Parecía un Rabí, de esos que andan por la Galilea...
— ¿Qué nos puede ofrecer de bueno la Galilea? —respondió airadamente un representante
de la ciudad. — Lo que sí podemos afirmar, son los perjuicios que nos ha ocasionado.
- ¿Y dónde se encuentra el endemoniado? —preguntó otro.
—¡Busquémoslo! — exclamó, encolerizado un joven. — Hagámoslo confesar. Él es el
portador de espíritus inmundos y por lo tanto podemos ser rigurosos con él.
— Tengamos cuidado - advirtió un comerciante de puercos -. Los daños de hoy son
voluminosos; perdimos nuestros mejores cerdos y esto va a afectar la economía de nuestra
ciudad. El enfermo parece recuperado. Dejémoslo...
El barco era... una casi nada en el mar.
El día bordaba la tierra de luz y la naturaleza se agitaba colmada de fiesta. Mil ecos
entonaban un cántico de alegría. Desde los peñascos de Gerasa, podía verse el otro lado del
mar.
Los gerasenos volvieron a la ciudad, a dos kilómetros de allí, donde se erguía el caserío de
arquitectura griega, cercado de ricos pastizales que se perdían en los límites del desierto.
Jesús y los discípulos retornaron a Cafarnaúm.
***
Recordaba que todo había sido muy simple.
El alba aún no había corrido los pesados mantos de su rostro de luz, cuando él escuchó
rumor de pasos, en medio del pavor en que vivía. Se irguió de un túmulo vacío, de los
muchos existentes en las cavernas excavadas en la roca, entre las cuestas usadas como
criptas sepulcrales. Sintió de pronto la fuerza de las furias que lo dominaban, en terrible y
nefasta subyugación.
Podía formarse una idea de lo que había hecho, por las equimosis y hematomas que
mostraba en el cuerpo dolorido y los miembros laxos, por el gusto a sangre en la boca, y el
inmenso cansancio que lo poseía...
¡Cuánto había descendido! —meditaba—. Los juegos del placer en los antros de perdición
lo llevaron a aquel estado. Atormentado por fuerzas subyugadoras, abandonó el hogar y a la
familia, colocando en los labios de los padres la copa de amarguras sin par, al punto de
hacerlos sucumbir de vergüenza y horror, en los laberintos del sufrimiento.
Comenzó a caer muy joven, hasta enlodazarse entre los cerdos y buscó la sombra de las
sepulturas, donde se refugiaban los endemoniados, manteniendo en las muñecas y los
tobillos, trozos de cuerdas inmundas y un eslabón de hierro, como los que se colocaban a
los animales feroces...
Ahora recordaba las torpezas y sufrimientos y no podía evitar las lágrimas que vertía en
abundancia. Vagó por los bosques cercanos, disputando a los animales los restos
alimenticios o, desvariado, pasó días interminables en indescriptibles peleas, luchando
contra animales salvajes que lo aniquilaban...
Ordenando los pensamientos, recordaba tan sólo el aire fresco que lo envolvió, y aquellos
dos ojos tranquilos y buenos que lo bañaron de agradable armonía.
— ¡Señor...! —balbuceó, nervioso, debilitado y empapado de sudo. - ¿Qué quieres que
haga...?
—"Vuelve a tu casa y cuenta cuán grandes cosas te concedió Dios."
— No tenga a nadie, respondió. Los míos me odian por lo mucho que los hice sufrir.
Déjame seguir contigo, ya que te apiadaste de mí.
- ¡No, por ahora no! Ve primero a anunciar lo que recibiste, para que todos sepan lo que
puede hacer el Hijo del Hombre.
Se irguió de un salto y salió corriendo, seguido de cerca por los propietarios de los cerdos
que se habían despeñado en el abismo. Sin embargo, ignoraba cómo habían sucedido las
cosas.
Estaba libre. Es decir, ¡en plena libertad! Gritaba, trastornado de felicidad. Y también
sonreía. Los otros lo miraban con miedo y lo escuchaban, sin dar crédito a sus palabras,
pese a la curación de que daba muestras.
Legión, así era llamado debido a los espíritus inferiores que le dominaban; era temido y
detestado. Sin embargo, fueron inútiles sus explicaciones y el testimonio elocuente de su
juicio equilibrado. Y cuando Él se acercó a las puertas de la ciudad, lo recibieron sin
ninguna consideración, sin ningún respeto, expulsándolo de inmediato.
En los días subsiguientes. Él anunció por donde estuvo, la promesa del Hijo del Hombre.
Empero, los gerasenos, indignados por no haber disfrutado de su presencia y Sus dádivas,
guardaban en lo íntimo un sordo despecho contra el exendemoniado, que no tardó en
manifestarse en cólera generalizada:
— "Ya que Él te curó - exclamaron perentorios - y para ti vale más que nosotros, vete a su
lado y déjanos, lo mismo que a nuestras tierras."
El odio popular es como un huracán sin ruta, que destruye todo lo que encuentra, en su
vorágine.
— ¡Vete! —gritaban las voces—. ¡Olvídate de nosotros!
Una piedra surcó el espacio; gotas de sangre caliente alcanzaron el suelo y el polvo del
camino se hizo barro en la tierra. Los ojos del recién curado se enrojecieron, la boca se
torció en rictus extraño, y exclamó:
—¡Maldita seas, Censa, que expulsas a tus hijos y desprecias a los Enviados!
Aquella voz resonó como poderoso trueno y los lugareños, presentes en aquella escena de
vergüenza y dolor, jamás olvidaron lo que vieron aquellos días, ni las expresiones de
aquellos dos hombres a los cuales les cerraban sus puertas.
***
Después de caminar por las tierras de la Decápolis, narrando la cura que le había hecho el
Galileo, demandó las playas del otro lado del mar, y se perdió entre la multitud, que seguía
las prédicas en el lago y en las ciudades, en los montes y al borde de los caminos,
ofreciendo sus manos y sus brazos a los afligidos y abatidos que necesitaban ayuda.
Nunca más se apartó de los sufrientes, sus hermanos de infortunio. Procuraba darles la
fortuna de la esperanza, como él mismo la había recibido del Rabí. Lo seguía, deslumbrado
y agradecido, dando lo que recibió y amando como fue amado, trabajando también, por la
extensión del Reino de Dios, que Él anunciaba.
(*) Mateo 8: 28 al 34.
Marcos 5: 1 al 11.
Lucas 8: 26 al 39.
(1) diciembre-enero. (Nota de la Autora Espiritual)
14
Se limpio
El corazón marchando a ritmo acelerado, le oprimía el pecho, y el aire que aspiraba, parecía
cargado de humo. Desde el día anterior, la angustia dominaba su espíritu.
La noche le pareció interminable y una expectativa incomparable la asaltó desde que supo
los lamentables acontecimientos del Huerto...
A la traición de Judas, le sucedió la deserción de los amigos, la negación de Pedro, y Él, a
solas, fue el instrumento del escarnio y de la arrogancia de todos, conducido a la mayor
humillación por aquellos que, desde hacía mucho, ambicionaban prenderlo.
Las noticias, en tono de cantilena causadora, corrían burlonas por todos los labios, y hasta
eran repetidas por bocas que antes habían estado muertas y que ahora podían hablar gracias
a Él.
El día había comenzado con un sol abrasante, que todo quemaba. El viento ardiente, en
aquella hora de la tarde, escaldaba.
La siniestra caravana que lo empujaba en dirección al Gólgota, y que aún no había
atravesado las puertas de salida de la ciudad, aumentaba cada vez más, con la afluencia de
nuevos espectadores despiadados, los mismos que Lo saludaron pocos días antes, cuando
Él llegó a Jerusalén.
Ella los oyó gritar: "¡Adelante! ¡Azotadlo!"
Sintió el dilacerar de su propio corazón.
La ladera, era de difícil acceso y las burlas continuaba mientras que el látigo vibrante
rasgaba sus carnes ensangrentadas...
Ella Lo amaba, ¡sí! Lo amaba con todas las fuerzas de su corazón, de su vida. Vivía, porque
había recibido la vida de Sus manos.
Miró a su alrededor, lagrimeante. Allí estaban, entre otros, María, Su madre, Magdalena,
con las manos crispadas, llorando desesperadamente, Juana de Cusa, María de Cleofás,
Salomé, Marta, Juan, todos ellos dominados por un dolor profundo. Tal vez, más lejos,
estuviesen otros: Nicodemo, Zaqueo, José de Arimatea, Lázaro, los ciegos y paralíticos que
recuperaron la salud, estupefactos, vencidos...
Y los gritos y las imprecaciones se redoblaron...
***
Había abandonado su ciudad natal, Cesarea de Filipo, en la Decápolis, desilusionada y
marcada por el estigma humillante. Todos la consideraban impura, y por consiguiente, era
despreciada.
Recurrió a todos los métodos curativos. Consultó inútilmente a los sacerdotes, a los
médicos locales y a los que venían de otras tierras. La enfermedad despiadada, resistía a
todos los remedios.
Se dejó exorcizar, usó los preceptos señalados por la Ley, se sometió a experiencias que la
maltrataron intensamente, y no obstante ello, todo fue inútil. Su mal era un castigo, una
señal de desventura impuesta por Dios.
Sin más esperanzas, y después de haber gastado cuanto poseía, resolvió trasladarse a la
próspera Cafarnaúm, en la vana tentativa de conseguir un remedio no usado hasta entonces
o de conocer algún médico que aún no hubiese consultado.
El flujo sanguíneo, sin embargo, no cesaba.
Se veía obligada a esconderse, ocultando la marca de su desdicha.
Ahora y por primera vez, tenía la oportunidad de hablar con Él.
Su nombre, Sus prodigios, los conocía por medio de aquellos que, de Sus manos, habían
recibido la salud como máximo galardón. Y Él estaba allí, a pocos pasos.
Iba en dirección a la casa de Jairo, el jefe de la Sinagoga, cuya hija se encontraba entre las
redes de la agonía, y toda la ciudad lamentaba aquella pérdida irreparable.
Habiéndolo amado por su bondad y por su comprensión de los problemas humanos, Jairo
buscaba al Rabí desde muy temprano, por todos los lugares. Fue a la casa de Simón, lo
buscó en la morada de los hijos de Zebedeo y por fin lo encontró en la playa, cuando
regresaba de un viaje que había hecho al otro lado del mar. Y con Jairo, una gran y curiosa
multitud lo siguió.
También ella estaba entre los que lo seguían, encontrándose a dos pasos de Él, dominada
por una ansiedad incomparable. Le faltaba el coraje necesario para abordarlo, puesto que
eran muchos los oídos atentos que estaban junto a ella. No eran pocos los que la conocían y
las marcas de su miseria orgánica, delataban el mal que la había tornado excesivamente
pusilánime. Delgada, vencida por la anemia, aún delante de los médicos, sentía el bochorno
que le imponía la enfermedad. Con todo, pensó que, si desperdiciaba aquella oportunidad,
perdería el minuto más precioso e importante de su vida.
Con la mente en torbellino, se aproximó emocionada, con miedo. Creía en Él. Lo sentía
invadir su mundo interior, como si de Él se desprendiese una fuerza ignorada, milagrosa.
¡En sus ojos, en su porte, en todo su Ser había tanta serenidad y grandeza...!
En medio de la multitud que se iba adensando en la calle estrecha, sin poder controlar su
íntimo torbellino, gritaba sin voz, pidiéndole ayuda sin palabras.
Venciendo la agonía que la asaltaba, con la visión turbada, en un movimiento irresistible,
tocó el borde de las vestimentas del Rabí y... ¡Oh! ¡Ventura! La sangre dejó de manar; ya
no sentía dolor alguno y toda ella experimentó una extraña e inusitada sensación.
Cuando aún no había recuperado el equilibrio, Lo oyó preguntar:
— “¿Quién me tocó?"
Y le dijeron sus discípulos:
— “Maestro, es la multitud que te atropella y comprime."
Él miró alrededor, como buscándola.
En ese momento, la mujer se arrojó a sus pies y gritó:
— ¡Fui yo, Señor, que era desdichada! Sabía que, tocando tu vestimenta, podría recuperar
mi salud.
—"Hija — le dijo con ternura y bondad — tu fe te salvó; vete en paz, que ya estás curada
de tu mal."
¡Qué inefables emociones las de aquel día! Hubiera permanecido allí, inmóvil y dominada
por la gratitud, con lágrimas de júbilo y adorándolo, si hubiese podido. Y se vio llamada a
la realidad, por los que indagaban sobre lo que le había sucedido.
Después de transcurridos algunos días, volvió a los suyos y a los sitios de donde viniera,
del otro lado del mar. Todos querían verla, escuchar su narración, constatar su cura.
Junto con la salud recuperada, le vino también un ansia incontenible de modificar su vida.
Recobró la paz del cuerpo, pero verificó que había perdido la paz del espíritu.
Después de conocer al Maestro, tenía la seguridad de haber encontrado la verdadera vida.
Estar lejos de Él, era perderla. Sabía, sin poder comprender por qué, que Él, era el Enviado.
Necesitaba abandonar todo y seguirlo...
Después de resistirse por algún tiempo, se despidió de los amigos y parientes - que antes la
detestaban - y fue a Su encuentro. Desde entonces, oía Sus prédicas en la orilla del mar, o
en las ciudadelas próximas, perdida entre la multitud.
Lentamente se llenaba su espíritu de paz, como el sol inunda de luz la tierra, cuando llega el
carruaje de la madrugada. Y por seguirlo a todas partes, no ignoraba que había quienes lo
detestaban; en lo íntimo de su corazón, temía por Él...
***
Las imprecaciones la despertaron. La realidad surgía dolorosa, en el clamor que
manifestaba su odio e intemperancia.
Lo curvaba el peso de la cruz, al subir por aquella colina de Acra.
De pronto, Él resbaló y cayó. No pudo contenerse: tomó un paño de blancura inmaculada,
que llevaba consigo y corrió junto a Él (1). No tuvieron tiempo de obligarla a retroceder.
Aquel semblante ensangrentado y dolorido, la amargaba profundamente. Envolvió la faz en
el lienzo blanco y- la secó cariñosamente.
Cuando retiró el mismo, hubo una exclamación de estupor: había quedado estampado el
rostro del Rabí, teñido por la sangre.
Entonces, gritó:
- ¡Eh! Vosotros que pasáis, ¡escuchadme! ¡Mirad ... El llanto le embargaba la voz.
¡Látigo! —gritaban los judíos - ¡Látigo para Él! ¡Lacerémosle! ¡No tengamos piedad!
No obstante, ello, Él la miró demoradamente, en aquella fracción de minuto. Los labios
entreabiertos nada dijeron. Sin embargo, ella oyó en su interior Su voz. como antes:
—¡Ve en paz! Me acordaré de ti.
La caravana atravesó la Puerta Judicial, descendió la ladera y comenzó a subir la colina de
la Calavera. Él cayó nuevamente. El clamor de angustia de las mujeres se elevó sobre el
vocerío.
Macerado y trémulo, magnetizando a la multitud con Su mirar dolorido, dijo:
—"Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad mejor por vosotras mismas y por vuestros
hijos", Vendrán días amargos y terribles en que clamaréis: "Bienaventuradas las estériles y
los vientres que no engendran y los pechos que no amamantan!" clamaréis a los montes:
“¡Caed sobre nosotros y cubridnos!" "Pues si tal acontece al leño verde, ¿qué harán del
seco?" (2)
Llegando al tope de la colina, comenzaron a desvestirlo...
Después, más tarde, estaba muerto.
Al pie de la cruz, recordando Sus hechos, rememoró Sus palabras:
—"Y cuando sea elevado por encima de la tierra, atraeré a todos hacia mí." (3)
Él estaba erguido. La multitud lo seguiría después.
Descendió del monte y salió a servirlo, acompañando a los que lo amaban.
(*) Mateo 9: 20 al 22.
Mareos 5: 25 al 34.
Lucas 8: 43 al 48.
(1) Pese a que, en Actos de Pilatos, uno de los Evangelios apócrifos, informen que esa
mujer llamada Verónica o Berenice es la misma hemorroísa, Eusebio de Cesarea, el
historiador, aclara que, después de curada, la portadora del flujo sanguíneo retornó a sus
tierras y mandó fundir, en bronce lo hecho por Jesús con relación a ella y lo colocó en la
puerta de entrada de su casa. ÉL mismo tuvo ocasión de verlo. No obstante, preferimos la
información contenida en "Los Actos de Pilatos"
(2) Lucas 23: 27 al 31.
(3) Juan 12: 32.
(Notas de la Autora Espiritual).
16
Zaqueo, el rico de humildad
Cercada por inmensos campos de cebada, pequeños bosques de olivos e higueras que
ofrecían sombra al camino de Jericó, que serpeaba junto a las murallas, Betania quedaba a
una hora de Jerusalén. (*)
Desde la Puerta Dorada, la carretera de Jericó llegaba al Cedrón y bordeaba el Monte de los
Olivos, antes de proseguir hacia Betfage.
El escenario de Betania difería notablemente de la opulencia barullenta de la ciudad de los
profetas. A pesar de las tormentas eléctricas de Mareswhan (1) que caían repentinamente a
semejanza del toque de las trompetas, el aire traslúcido y leve permitía, como aún hoy, la
visión a distancias enormes. Al sur, en dirección a las tierras de Moab o al nordeste, por
encima de los montes Gerasiano, el cielo tranquilo y el aire transparente, siempre ofrecen
visibilidad incomparable.
La aldea, sencilla, parecía contrastar en su verdor con la áspera Judea, a la que pertenecía.
Allí todo era poético: alfombras de flores menudas caían sobre la grama verde, y la corona
del Monte de los Olivos a lo lejos, teñía el paisaje deslumbrante con el verde ceniciento de
sus árboles.
Los declives llenos de follaje exhibían casas blancas de terrazas floridas. Y a pesar de estar
muy próxima a la capital, parecía muy distante, en comparación al lujo y al bullicio de la
gran ciudad.
***
Betania era un remanso que se tornaba en agradable refugio, después de las fatigantes
jornadas. Muchas veces Jesús buscó aquellos sitios para retemperar su corazón y estimular
a otros.
En aquel mes de octubre del 29, cuando comenzaban las primeras señales de las tormentas
y los ánimos de Jerusalén se exaltaban, el Maestro se dirigió a la encantadora Betania.
La red de intrigas apretaba su cerco. Los miembros del Sanedrín acechaban y distribuían
espías por la senda del Rabí. Deseaban sorprenderlo en estado de blasfemia.
Pese a ello, Jesús continuaba imperturbable la siembra de la verdad. Él sabía que los
hombres son espiritualmente "niños" y que el odio, es la consecuencia del amor primitivo
atemorizado.
Si por un lado el despecho y la envidia tejían la maraña odiosa de la persecución
implacable, por otro, un velo de amores abría sus tejidos, envolviendo a muchos espíritus
valientes y afectuosos.
En Betania, Lázaro y sus hermanas Marta y María, eran el testimonio elocuente de ese
amor. Sin temer a los fariseos ni a las murmuraciones de los vecinos pusilánimes y
recelosos, albergaban a Jesús en su hogar, cercado de rosas perfumadas y construido de
paredes cubiertas por enredaderas.
En las proximidades, los cedros y los duraznos en flor, constituían un hermoso cuadro, en el
que se destacaba la casita de forma cúbica, con amplia terraza y con columnas abrazadas
por la hiedra verde-oscura.
Amaban a Jesús y no lo ocultaban. Lo consideraban un miembro de la familia, y recibirlo
en casa, significaba para ellos engarzar una estrella en las paredes domésticas.
Muchos de esos amigos amorosos, poco tiempo después, entraron en Jerusalén entonando
cánticos: siguieron el cortejo de la cruz, subieron el Gólgota, se deslumbraron con la
Resurrección, siguiendo finalmente, hacia Galilea, a fin de recibir las últimas instrucciones,
antes de que Él ascendiera... Y prosiguieron heroicamente, avanzando por las huellas
dejadas, ampliando las esperanzas del reino...
También a esos amigos, a quienes Él mucho amaba, les había ofrecido los más expresivos
tesoros de luz y de vida.
A Lázaro, que lo había enriquecido con su amistad pura, lo arrancó de las sombras de la
catalepsia, al encontrarlo en el sepulcro, en medio los tejidos fúnebres que exhalaban
miasmas, respondiendo así al llamado que las hermanas de éste le habían hecho desde
lejos...
***
Coronados de oro diáfano y violeta, los montes y las colinas se aquietaban al abrazo del
atardecer. Del valle fresco, subían suaves aromas.
Las voces de la Naturaleza entonaban una Pastoral. La brisa corría en forma leve.
Las primeras lámparas con su luz rojo-amarillenta comenzaron a brillar en las casas.
Después de terminadas las Fiestas de las Tiendas en Jerusalén, donde debieron soportar
virilmente las luchas que los cercaban, Jesús y los suyos, necesitaban descansar.
El Maestro no ignoraba las dificultades, y los Doce, de cuando en cuando, se sentían
amedrentados.
Confraternizando con el sol en el ocaso, la luna, bañada en plata, bordaba el firmamento.
Habiendo sido avisado por un discípulo, que se adelantara a los demás, Lázaro aguardaba,
jovial, al Rabí y a los otros compañeros, en la puerta de su casita alegre y hospitalaria.
— Haya paz en esta casa — dijo el Señor.
— Que la paz sea contigo Maestro —respondió Lázaro, al tiempo que lo abrazaba
efusivamente y besaba el rostro del Huésped querido.
Las dos hermanas se apresuraron a recibir a los visitantes, ofreciéndoles el agua para las
abluciones, mientras que el hogar se llenaba de la lógica algarabía que había llegado con
ellos.
Marta, corrió presurosa a los quehaceres domésticos. preparando los alimentos,
disponiendo los lechos, arreglando la mesa... Fatigada, va de un lado a otro y reclama el
auxilio de María, llamándola.
Mientras que afuera el murmullo se iba acallando y la noche avanzaba calzada de silencio,
el Rabí narraba a Lázaro los últimos acontecimientos, y exponía los planes futuros.
María, sentada a sus pies, lo miraba con arrobamiento, mientras que seguía la narración con
extremada atención.
- ¿María! - gritó su hermana.
Y al encontrarla, reclamó:
—¿Maestro! ordénale que me ayude. En cuanto yo no tengo sosiego a fin de terminar con
las tareas sonrió, afable, ella te está importunando, sin preparar la casa para la comida.
- ¡Marta, Marta! - respondió el Maestro sonriendo —, Estás atareada con muchas cosas, de
las cuales, una sola es necesaria; y María, escogió la mejor parte, pues nadie podrá
substraérsela."
En cuanto Marta, desorientada, se aquietó, el Señor narro dulcemente:
—Un hombre casado recibió la noticia de que un Rey pasaría por su hogar. Preparó la casa
con su esposa. Cuando el Monarca llegó, él se acercó para escucharlo, mientras que la
mujer corrió a atender las pequeñas tareas. Pero el Rey no podía permanecer mucho tiempo
allí, y luego de una comida ligera, partió. Tan sólo aquel que lo escuchó, se enteró del
programa de su reinado, que era lo más importante...
—Discúlpame - dijo Marta, justificándose—, son los viejos hábitos demasiado arraigados.
—Para alcanzar la plenitud —agregó el Amigo —, sólo basta una cosa: espíritu de lucha
capaz de quebrar las viejas ataduras, y una vez renovado, entregarse totalmente a las cosas
del Padre Celestial.
—Tienes razón- concordó la anfitriona.
—El pan, el abrigo - esclareció Jesús -, nos los da la tierra. El cielo estrellado es un
excelente protector, y el suelo gentil, es un granero sagrado. Sin embargo, la palabra, es
semilla de vida. Las preocupaciones sobre las cosas inmediatas caracterizan la
horizontalidad en que muchos se pierden perturbados por el propio afán de lucha en que se
envuelven. La búsqueda incesante de la verdad a cambio de múltiples cosas para adquirir la
paz interior, con seguridad espiritual, es la vertical libertadora.
El hombre se agota inútilmente y se pierde a sí mismo, como si estuviese en un laberinto
cruel, por ignorar las diferencias capitales que existen entre los valores imaginarios y los
reales. Unos, se aferran a la posesión y son vencidos por lo que poseen. Otros, se
encarcelan en las pasiones y sucumben bajo el peso de ellas. Muchos más se prenden a las
ambiciones y se enloquecen al recorrer sus senderos escabrosos.
El Maestro dirigió la mirada en torno de sí.
La sala iluminada, era un adorno más en la noche. Atentos y curiosos, los dueños de casa y
los discípulos escuchaban en silencio.
Tras una breve pausa, y con mayor énfasis, el Rabí prosiguió:
— Los vencedores del mundo, mientras viven, carecen de sosiego, y cuando atraviesan el
umbral del sepulcro, se muestran vencidos y sufrientes, amarrados a la retaguardia.
Solamente los que consiguen vencer al mundo y a sus alucinaciones, ascienden
verticalmente rumbo a la gloria espiritual sin infortunios. Por esa razón, el "Hijo del
Hombre" no posee una piedra donde reposar su cabeza, a pesar de que las aves de los cielos
tienen sus nidos, y las serpientes y los lobos, sus cubiles". Desdeñando todas las cosas, tan
sólo una se tiene: amar a todos indiscriminadamente, a fin de que el reino del
entendimiento, en perfecta comunión de ideas, pronto se establezca entre las criaturas de la
tierra.
— Señor —indagó Juan emocionado —, ¿demorará mucho en llegar esa hora de
entendimiento humano?
—Las simientes —respondió el Interlocutor— están siendo sembradas en estos días. La
floración y la cosecha pertenecen a Nuestro Padre. Sembremos todos, amándonos los unos
a los otros, incansables y sin prisa, y fascinados por la verdad, avancemos resueltos, pues
sólo esto es realmente necesario.
Afuera flotaban suaves aromas en el viento que murmuraba en la arboleda, mientras las
estrellas espiaban, desde muy lejos, como vigilantes atentos aguzados por la curiosidad...
Marhcswhan - mes de noviembre. (") Lucas, 10: 38-42.
(Notas de la Autora Espiritual).
18
La rediviva de Magdala
La mañana esplendorosa parecía vibrar con la misma imponente alegría que a ellos
dominaba. (*)
Aquella era la Galilea querida y noble.
El mar amigo, viejo compañero de las profundas cavilaciones y de largas tareas, se
encrespaba en ondulaciones que se deshacían en encajes de blanca espuma, contra los
guijarros de la playa tranquila.
Todo cantaba una melodía de felicidad: el aire leve de la alborada, el susurro de la brisa en
la arboleda, el trinar de las aves, la orquestación de la naturaleza... y los corazones amantes.
Aquél era el tercer reencuentro con el Maestro, después de los funestos acontecimientos de
Jerusalén.
¡Fue todo tan rápido!
Después de lo sucedido, él estaba arrojando la red desde la noche anterior con el ansia de
reconquistar la agilidad de otrora, y con su mente ligada a inolvidables recuerdos, cuando
oyó la dulce modulación de la voz del Rabí, diciéndole: "Lanzad la red para la banda de la
derecha del barco, y encontraréis".
Lo hizo maquinalmente, como en los días idos.
Al intentar levantar las cuerdas se extasió, la abundancia de peces era sorprendente. Sólo
entonces reparó que estaba desnudo. Se ocultó en el barco tosco y recompuso su túnica.
Agudizó la mirada, y allá en la playa estaba el Maestro.
La circulación desacompasada, le provocaba mareos y todo él era un cántico de indecible
alegría. No esperó que el barco se aproximase a la playa. Se arrojó a las aguas.
Cuando los otros llegaron con los peces, el Amigo tomó uno, lo asó en las brasas de una
hoguera improvisada y comió con ellos...
—"Venid a comer!" — dijo con naturalidad.
Se repetían las escenas de los días transcurridos. La distancia en el tiempo se extingue, y
todo continuaba como si nada hubiera sucedido. Sus ojos brillaban más y había en aquel
rostro, otrora impregnado de melancolía, la emanación de un amor indescriptible.
—"Simón, hijo de Jonás, ¿tú me amas más que ellos?"
¡Cómo lo amaba! Se había dado íntegramente a la Buena Nueva, desde el momento en que
Su voz lo llamó para pescar almas en el océano de los hombres. ¿Qué podría decir en aquel
instante de excelente comunión espiritual?
—"Sí, Señor, tú sabes que te amo".
—"Apacienta, entonces, mis corderos."
Se sentía débil, se sabía débil.
Para seguirlo y sólo por ello, había abandonado esos lugares. Allí había nacido y vivido, y
todo su mundo eran aquellos pobres límites, que se podían abarcar de una sola mirada.
¿Cómo podría apacentar ovejas?
—"Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?"
La interrogación fue levemente marcada por la tristeza.
Lo miró con ansiedad. ¿Sería necesario repetirlo?
—"Sí, Señor, tú sabes que te amo:"
—"Apacienta a mis ovejas."
Inmensos son los senderos por donde marchan los pies de los hombres, y lejanas están las
tierras donde ellos se encuentran. Se sentía solo, sin fuerzas y triste. ¿Dudaría el Rabí de su
dedicación?
—"¡Simón... !"
La exclamación parecía una música producida por cristales que se despedazaban.
— ... "¿hijo de Jonás, tú me amas?"
—"Señor, tú qué sabes todo —no podía dominar las lágrimas espontáneas— bien sabes que
te amo", que te di mi vida, tú lo sabes.
—"Apacienta a mis ovejas."
Te digo, Simón "que cuando eras más joven te ligabas a ti mismo y andabas por donde
querías; pero cuando seas viejo, extenderás tus manos, otro se unirá a ti y te llevará hacia
donde no quieras." Volvió a su mente aquella noche cruel, noche de insania.
Tres veces el Maestro lo indagó, otras tres veces lo habían señalado anteriormente...
—"¿No eres también de los discípulos de este hombre?" — lo interrogó la portera de la
casa del Sumo Sacerdote.
—"No soy" —gritó, casi inconscientemente.
Un peso terrible cayó sobre sus sienes congestionadas. Quiso correr y gritar: no sólo Lo
conozco, sino que también lo amo; pero no le fue posible hacerlo.
Se mezcló entre los demás con la mente obnubilada, y cuando las antorchas aclararon su
rostro, le dijeron, identificándolo :
—"¿No eres también uno de sus discípulos?"
Una cólera sorda resonó en lo íntimo de su espíritu inquieto y habló con resentimiento, sin
poder contenerse:
—"No lo soy, nunca Lo vi..."
¡Oh! Cielos, estaba loco. ¡Cómo podía negar al Rabí! ¿Qué fuerza dominaba su flaqueza?
Salió amargado, sin coraje para sobrevivir a tanto desequilibrio, cuando otro siervo del
Sumo Sacerdote, le preguntó:
—"¿Yo no te vi en el huerto con Él? ¿No eres Su amigo?"
—"No — respondió con profunda angustia— nunca lo vi."
Y su dolor alcanzó el paroxismo, cuando el gallo cantó, triste, cronometrando su perfidia.
Le parecía ver a aquellos ojos mirándolo tristemente. Él mismo había dicho antes: "Por ti
daré mi vida." —''Me negarás tres veces, antes de que cante el gallo."
La modulación de Su voz fue inolvidable. Le parecía imposible. ¿Cómo pudo el Maestro
vaticinar tan rigurosa y nefasta deserción a su fidelidad?
Y cayó tres veces, a pesar de amarlo. Se sabía débil, pero nunca se supuso capaz de
traicionar, de huir, ¡de negar!
No ignoraba la interferencia de las fuerzas del mal. A ellas se había referido el Maestro
muchas veces, convidando a la oración y a la vigilancia. Sabía que ellos serían mil veces el
blanco de tales agresiones. No obstante, él se dejó engañar, obsesado momentáneamente, y
eso le sirvió de grito de alerta para el resto de sus días.
También se había dormido, preso de un extraño cansancio, en el Huerto...
...Y estas tres preguntas, ¡¿no serían acaso un aviso para profundizar en su mente, los
vínculos de su deber?!
El Rabí se levantó y llamándolo, lo instruyó acerca de la dedicación junto a las ovejas
perdidas, en los intransitables caminos de la Tierra.
Debía desligarse del carro de las pasiones y morir para cualquier tipo de ansiedad,
manteniendo tan solo una pasión: inmolarse por la felicidad de todos.
Juan sería eximido, ciertamente. Debía cantar el Mensaje con la vibración melodiosa de su
ejemplo hermoso, como harpa divina ejecutada por una mano vigorosa e ignorada. Él, sin
embargo. debería verter el llanto de hiel y desandar los caminos, hasta que otras manos
tomasen las suyas y las ligasen con cuerdas...
Se regocijó íntimamente.
Lo dominaba una fuerza extraña y poderosa que emanaba del Benefactor.
Rápidamente comprendió todo lo que antes no había entendido.
Suavidad y dulzura se infiltraron en su ánimo. De formación moral severa, se sentía
enérgico y tierno en aquel instante, y haría lo imposible por mantenerse así...
En su mente en fiesta, recordó aquellos casi tres años de convivencia. Era como si el
Maestro hubiera venido a darles un curso a ellos, discípulos ignorantes y simples. Y los
últimos días en que parecía Ausente y Lo sentían poderosamente Presente, significaba el
adiestramiento intensivo para la tarea de la comunión con los hombres.
—"¿Quién dicen los hombres, que es el Hijo del Hombre?" —Recordó la indagación
elocuente con que los honró a todos, algunos meses atrás.
—"Unos dicen que tú eres Juan Bautista — respondieron con seguridad — y otros afirman
que eres Elías y otros Jeremías o alguno de los profetas" reencarnado...
—"¿Y tú, quién dices que yo soy?"
El día con mil matices, rojo de sol, era un cuadro de incomparable belleza, un pentagrama
musical aguardando las notas de una inconfundible melodía.
—Yo afirmo que "tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo." Aquel a quien todos esperamos.
Era como si una extraña voz, hablase por su voz, por su boca...
—"Bien aventurado eres tú, Simón Barjonas, porque no fue la carne ni la sangre quien te
reveló".
Yo te digo Pedro, sobre esta piedra, esta verdad, verdad que acabas de proclamar; yo
erguiré mi Iglesia, la iglesia de la verdad y de la revelación del Mundo Invisible, porque no
fuiste tú quien "habló sino el Padre que está en los Cielos..." y las fuerzas del mal no
triunfarán en contra de ella, porque es la Iglesia de la Información de la Verdad revelada.
Él había hablado con el hálito del Padre, se había tornado medianero del Altísimo.
Los compañeros lo miraron conmovidos y las plantas simples y silvestres del campo,
liberaron su aroma, balsamizando el aire. Luego, acosado por súbitos recelos relacionados
con los padecimientos que el Amigo sufriría, lo apremió de tal forma, que Él exhorto:
—"Apártate de mí, Satanás, que me escandalizas. No comprendes las cosas de Dios y temes
pensando en las humanas."
Sin comprender, le preguntó luego, y Él le respondió: —"Es necesario vigilar. Cuando
hablaste respecto a mí, fuiste medianero de la Luz Inmarcesible, para tornarte después
vehículo de las Tinieblas.
Comprendió entonces, la dualidad del bien y del mal, la incesante lucha por la cual tanto se
preocupaba el Maestro.
La muerte, que no consigue segar la vida, es un vehículo que conduce y guarda a los que
son sorprendidos por ella y los guarda tal cual eran: sin modificar las preferencias que
tenían durante los días de la experiencia carnal. Conoció al Rabí cuando los desencantos de
la vida le encanecían los primeros cabellos.
Acostumbrado a las faenas del mar, aprendió a respetar la Ley y a los Profetas. Entendía
poco, pero no desconocía las sutilezas y discusiones que siempre se realizaban en la
Sinagoga, ni los argumentos que ellos utilizaban para perseguir y maltratar a los que
estaban afligidos y atormentados por sí mismos.
Conocía a los sacerdotes y a los levitas. Ostentaban la blancura de sus vestimentas, pero
conservaban negros y sucios los espíritus y los corazones.
Atendía por hábito a los deberes fríos del culto religioso, sin sentir por ello ninguna
emoción; sin embargo, amaba a aquel pueblo sufrido de las aldeas ribereñas y de las plazas,
de las playas y de los caminos, pueblo que, como él, sufría también sin esperanza.
Cuando el Rabí posó Sus ojos sobre el dolor de la multitud y Su voz sembrara esperanzas
en la Playa hermosa, se levantó para seguirlo, olvidado de todo. Tan sólo volvía a las redes
en los intervalos de las jornadas o para auxiliar a los compañeros, atendiendo a las
necesidades del grupo.
Todas aquellas noches fueron pobladas de esperanza, y todos los días estaban señalados de
luz.
El Rabí sabía apaciguar todas las pequeñas disidencias que surgían entre los compañeros.
—"¿Qué venís discutiendo por el camino?" — Vibraban los recuerdos. Ya era en los
últimos tiempos.
—¿Discutíais —preguntó entristecido el Maestro que los aguardaba—, discutíais cuál de
vosotros es mejor ante mí? Sin embargo, yo os digo, que el más importante será aquel que
se torne siervo de todos...
¡Qué lección extraña y profunda! ¡Qué sutileza la del Rabí!
Recordaba la visión del lago y su temor, la tempestad apaciguada, el pago del tributo...
todas las evocaciones se tornaban maravillosamente vívidas en su cerebro excitado.
¡Qué difícil le había resultado hasta entonces, comprender la agudeza de Su mensaje!
Ciertamente, era Cephas, Petra, guijarro o piedra, cabeza dura. No poseía sutileza para las
cuestiones espirituales.
Roca o piedra —sobrenombre que el Maestro le había dado —, ¿significaría que debía ser
firme en su fe y abnegación, comparable a la fuerza y rigidez de la piedra? No podría
afirmarlo. Sin embargo, desde la Resurrección se fueron aclarando sus pensamientos y los
recuerdos le ofrecían una lucidez soberana.
—"¿Si dejamos todo para seguirte, qué lucro obtendremos con ello?" —Era la
manifestación del hombre rudo.
—"Explícanos esta parábola." —Era la expresión de la ignorancia.
—"Enséñanos a orar." —La piedra estaba abriéndose a la luz.
En el Tabor, en forma egoísta, sugirió que fuesen levantadas las tiendas para ellos...
—"Sí Señor, sabes cuánto te amo." — Deseaba permanecer fiel a Él, darse...
Ahora sentía que toda Su sabiduría iluminaba su amor, diferenciando lo trivial de lo
sublime, lo trágico de lo que es superficial.
—"Yo te seguiré..."
—"¿Simón, hijo de Jonás, tú me amas?" — repercutía en su mente.
—"¡Sí, tú sabes que yo te amo!"
Desde ahora estaba ineludiblemente ligado al Rabí y entregado a Sus corderos. Días
después, Lo vio ascender, entre las lágrimas de la nostalgia y de la gratitud profunda.
Descendió de Betania a Jerusalén y fue a apacentar los corderos de Su rebaño….
***
En la "Casa del Camino", o en la estrada de Jopa, o en Antioquía, en el "mundo
Mediterráneo", o en Roma, la venerable figura de Simón Pedro fue la piedra angular de la
Iglesia de Jesús para la Humanidad, el emérito mensajero de la reunión de almas para la fe
y la esperanza, hasta el momento en que, en la "Babilonia", ampliando y manteniendo los
horizontes de la fe viva con Pablo "otras manos ligaron sus manos..." y lo llevaron al
testimonio. Fue el discípulo por excelencia, — Simón Pedro: piedra y pastor—, que se
elevó del engaño para vivir las enseñanzas de Jesús hasta el último instante, apacentando
los corderos de Su rebaño de amor...
(*) Juan, 21: del 1 al 25.
21
Jesús
"Y cuando yo sea elevado de la tierra, a todos atraeré hacia mí." — Juan 12:32.
Mientras fulguraban en oro los rayos del astro rey, bañando la Naturaleza de incomparable
fiesta de luz, fueron pronunciadas las últimas palabras, dichas las instrucciones finales y
significativas, y delineados los rumbos a seguir para el cumplimiento de las tareas futuras.
Nimbado por una indefinible claridad, Él ascendió lentamente, ante las lágrimas de los
compañeros y las esperanzas de redención por el trabajo del porvenir.
En Betania, la montaña disminuía, los horizontes del mundo se ampliaban y Sus ojos
bañaban de ternura el fecundo campo de acción, donde las flores del amor deberían abrirse
a través de los tiempos bajo Su inspiración.
Convivió entre aquellas gentes sencillas, estableciendo las bases de la edificación fraterna
para los espíritus.
Se olvidó de sí mismo, para suministrar la lección máxima de la humildad, y descendió de
lo Alto para servir mejor.
Dispensó de intermediarios para el cumplimiento de sus planes, y vino Él mismo a
participar de los mínimos preparativos, demorándose diariamente y a cada instante, con el
más acendrado desvelo, para infundir, por medio del ejemplo, las lecciones firmes del deber
y de la abnegación.
Previendo las consecuencias políticas, sociales y espirituales de Su mensaje en la Historia
de los tiempos, pudo vislumbrar desde entonces, las legiones de los que no titubearían en
sacrificarse y sufrir los tormentos que fueran necesarios para permanecer fieles a los
postulados de la Verdad, hasta alcanzar la muerte infamante…
Y pensando así, el Rabí se envolvió en una inusitada alegría.
Los conquistadores preparaban soldados y mercenarios infundiendo el terror, y se valían de
las estrategias bélicas, basadas en acciones despiadadas, en el espionaje y en la traición.
Combatían los cuerpos, despojaban ciudades, sofocaban las aspiraciones de los pueblos
debilitados…
Él llegó anónimo, y partía virtualmente humillado. No obstante, legó a los que quedaron
confiados, la armadura de la paciencia, las armas del amor y la estrategia del bien incesante
e infatigable.
El campo tal vez quedó muchas veces cubierto de cadáveres… cadáveres de sus legionarios
que se entregaron al sacrificio, pero que jamás sacrificaron a otro.
Les ofreció los instrumentos desconocidos hasta entonces de la concordia y de la
mansedumbre, e inauguró un extraño y singular modo de combatir el combate de la no-
violencia. Y, sin embargo, por esa misma razón, no hubo lugar para Él en la tierra. . . No
obstante, ello, de las lecciones vivas e incorruptibles de Su amor, brotaron bendiciones, y el
puñado de espíritus revestidos con la indumentaria carnal que quedaron en la retaguardia,
alcanzaron paulatinamente los elevados e inamovibles objetivos que después tendrían que
conquistar.
Eran simple polen que, a pesar de ello, fecundarían a la humanidad entera, venciendo las
distancias y los tiempos.
En lo infinito de las horas, habría de llegar el momento de la comunión final con los
amados y el triunfo total sobre las miserias que convulsionaban las mentes y los corazones.
Recordó a aquellos hombres y mujeres arrancados de sus quehaceres diarios, para cumplir
con la incomparable jornada del socorro fraternal. Ni ellos mismos se percibieron de la
profunda significación que encerraba el "abandonar todo y seguirlo..."
Durante meses, guardaron extrañas e ingenuas esperanzas; lucharon entre sí, disputándose
la supremacía, soñaron quiméricos triunfos, aspiraron tener honras banales... Después,
lentamente, aclarados los interrogantes que perturbaban su facultad de razonar y nublaban
sus sentimientos vacilantes, pudieron presentir la elevada responsabilidad de la que estaban
investidos.
Recorrieron la tierra cual discreto perfume de poderoso aroma y, por donde pasaron, sin
percibirlo siquiera, dejaron señales imborrables. Los escogió de diversas procedencias,
siendo todos ellos, corazones comprometidos con el quehacer diario y la rutina de sus vidas
sencillas.
A una mujer habituada a los cojines de seda y a la seducción, le ofreció fuerzas y valor,
para que, renovada se convirtiese en ejemplo vivo de la victoria del espíritu sobre la carne
perecedera.
Conmovió a un jactancioso "doctor de la Ley", enseñándole la profunda interpretación del
complejo mecanismo de los renacimientos purificadores.
A un fiel administrador le enseñó las esperanzas del Reino, restituyéndole su hija enferma,
en elocuente testimonio del valor de la salud espiritual...
Confundió con el verbo simple y las actitudes sencillas a los hipócritas y mentirosos, a los
engañadores y a todos aquellos que se complacían en malversar los valores de cualquier
naturaleza.
A los amigos — íntimos compañeros de todas las horas —, los eligió de entre aquellos que
cumplían las modestas funciones del pueblo, adiestrándolos en un régimen de austera
disciplina e incesante dedicación, a fin de prepararlos para las luchas interminables de la
acción sin límite…
Sabía que ellos llevarían Su voz, cantando, sudorosos y sacrificados, pero también,
resueltos y conscientes, a todos aquellos espíritus que la necesitaban, mitigando así las
terribles úlceras que minaban el organismo de la humanidad.
Sabía también que las manos de la codicia y del crimen, se levantarían, y que toda clase de
obstáculos habrían de organizarse; que las más infames armas serían usadas contra ellos
mientras permaneciesen fieles a Su testimonio, recorriendo la Tierra.
Pudo vislumbrar las llamaradas y las cruces, los animales y las armas, las crueldades sin par
y las persecuciones implacables que organizarían contra ellos, sin disminuir su ánimo ni
quebrantar su coraje, puesto que se apoyaba en la Iglesia de la Revelación que estaba
asentada en la roca de la Verdad con la argamasa de Su sangre y con el sello de Su
resurrección, quedando reservado al futuro el resultado de Su sacrificio por amor…
El cordero confraternizaría con el lobo y la cizaña cedería lugar al trigo, floreciendo la
gleba humana con las bendiciones de la paz integral.
"Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres" —
entonaban las voces angélicas, saludando al Rey Excelso, que llegaba al trono del Altísimo.
El Divino Amigo, lejos ya de la esfera de sombras en la que quedaron los hombres,
envueltos en sus pasiones y ansiedades, abrió los brazos con el espíritu pletórico de
confianza y, toda armonía, balbuceó pensando en aquellos que Lo seguirían, a través de los
tiempos:
"Padre Nuestro, que estás en el Cielo.", retornando al seno de Aquél que Lo envió, sin
apartarse, no obstante, de los luchadores que habían quedado en la retaguardia terrena,
hasta la "consumación de los evos".
***
Desde entonces, el sufrimiento y el dolor encontraron amparo en manos débiles que se
fortalecen con el contacto del trabajo cristiano.
Por donde pasa la hidra de la guerra sembrando cadáveres y destrucción, corazones
abnegados avanzan detrás de ella atendiendo a la viudez, a la orfandad, al abandono y la
miseria.
La impiedad jamás volvió a instalarse en la Tierra, ni la persecución consiguió el triunfo
total.
En todas partes, Él estuvo presente, y la simple pronunciación de Su nombre, es un
vigoroso estímulo para la libertad y la paz espiritual.
A pesar de no haber triunfado en el mundo, Jesús venció las vicisitudes y estableció las
balizas del Nuevo Mundo de la Humanidad Feliz, en cuya construcción todos nosotros,
desencarnados y encarnados, estamos unidos en el ejercicio del aprendizaje y la vivencia
evangélica.
22
Epilogo