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PEM

El documento describe un apocalipsis devastador, donde un resplandor inicial da paso a un caos absoluto y desesperación. Las personas luchan por sobrevivir en un mundo desolado, enfrentándose a la muerte y la barbarie en un entorno que ha perdido toda esperanza. A medida que el protagonista avanza, se enfrenta a horrores inimaginables, sintiendo que el tiempo y la fe se desvanecen en la oscuridad.
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El documento describe un apocalipsis devastador, donde un resplandor inicial da paso a un caos absoluto y desesperación. Las personas luchan por sobrevivir en un mundo desolado, enfrentándose a la muerte y la barbarie en un entorno que ha perdido toda esperanza. A medida que el protagonista avanza, se enfrenta a horrores inimaginables, sintiendo que el tiempo y la fe se desvanecen en la oscuridad.
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Con un estallido de luz comenzó todo, un resplandor espectral, níveo y aterrador, que
desgarró el horizonte con la violencia de una profecía cumplida. Su fulgor era tan absoluto
que parecía extraído del vientre mismo del Apocalipsis. Luego, un silencio... no uno sereno,
sino un vacío atroz, una mudez que no evocaba paz, sino la ausencia de vida. Todo se
desvaneció.
El primer sonido fue un susurro, un murmullo tenue que brotaba de bocas temblorosas,
almas desorientadas que, entre jadeos, preguntaban al vacío qué había sucedido. Pero pronto
esas voces fueron eclipsadas por un grito colectivo, un clamor desgarrador que ascendía
hacia cielos ya desprovistos de misericordia. En lo alto, los aviones, esos colosos de hierro
que alguna vez desafiaron la gravedad, se apagaron, víctimas de una fuerza insondable. Los
vi caer como ángeles despojados de su gracia, rasgando la tierra y los edificios en su
descenso, mientras columnas de humo ascendían como serpientes que danzaban en el
inframundo.
Corrí. Corrí con la urgencia de quien siente la muerte rozándole la espalda, sin atisbar el
pasado, porque detrás de mí solo había ruinas y cenizas. Bajo mis pies, el suelo temblaba
con el retumbar de explosiones, tambores de un juicio final que se desplegaba sin tregua.
Las voces humanas, quebradas y desesperadas, se entrelazaban con el fragor; súplicas y
nombres que se perdían en el eco de un mundo que ya no respondía. No había consuelo, solo
caos: un hambre insaciable que devoraba todo a su paso.
Llegué al hospital buscando un resquicio de esperanza, pero lo encontré convertido en un
mausoleo de sombras. Los pasillos, que antes hacían honor a la vida, eran ahora corredores
oscuros donde el eco de los gritos resonaba como un sonar sin fin. Las máquinas, antes
promesas de salvación, yacían muertas, mientras médicos y enfermeras se aferraban a un
heroísmo inútil, intentando reanimar cuerpos que ya se enfriaban. Afuera, las ambulancias
permanecían como esqueletos de un tiempo perdido, testigos mudos de una tragedia sin
nombre.
Vi a un hombre de rodillas, con su hija en brazos, desgarrado por un dolor que transcendía
las palabras. Imploraba al vacío, a los dioses o al destino, pero solo recibía silencio. Cuando
su clamor se extinguió y su cuerpo se desplomó bajo el peso de su pena, comprendí que ese
lugar ya no pertenecía a los vivos. Huí, temeroso de que la desesperación me reclamara
también a mí.
En las calles, el infierno había tomado otra forma. Los vehículos permanecían inmóviles, un
enjambre inútil de chatarra oxidada. La gente, despojada de toda humanidad, se enfrentaba
por trozos de pan rancio o por gotas de agua, reliquias de un pasado que ya no existía. Los
fuertes aplastaban a los débiles sin remordimiento, mientras la esperanza agonizaba en cada
esquina.
Fui testigo de un asesinato brutal por una botella de agua. Un hombre, reducido a un amasijo
de sangre y carne, quedó tendido en el suelo como un monumento grotesco a la barbarie que
habíamos engendrado. La sed y el hambre no tenían clemencia, y su crueldad era más feroz
que cualquier arma que el hombre hubiera forjado.
Cuando cayó la noche, la verdadera condena se reveló. La oscuridad no era un velo, sino un
abismo absoluto que borraba incluso las estrellas. Avanzaba a tientas, tropezando con
horrores invisibles, temiendo cada sombra como si escondiera bestias nacidas de nuestra
propia desesperación. Los gritos a la distancia eran ecos de tormentos innombrables,
fragmentos de tragedias que mi mente se negaba a comprender.
No sé cuántas noches han transcurrido. El tiempo se ha desvanecido, arrastrando consigo mi
fe. He contemplado cosas que ningún ser humano debería ver, pero debo seguir caminando
mientras haya luz porque si me detengo, la oscuridad me devorará. Y en sus entrañas, el frío
será tan eterno como la tumba.

Erwin Hernández

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