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CARACAS MUERDE Extracto Presentimientos

La historia narra la angustia de Herminia, quien se preocupa por la seguridad de sus hijas en una ciudad llena de incertidumbre y violencia. A través de la experiencia de un perro atrapado en las vías del Metro, se refleja la soledad y el miedo que enfrentan los ciudadanos, mientras Herminia lucha con sus propios presentimientos y la necesidad de proteger a su familia. Finalmente, tras un intento de robo en su hogar, Herminia encuentra a sus hijas sanas y salvas, lo que provoca una mezcla de alivio y emoción en medio de la adversidad.

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CARACAS MUERDE Extracto Presentimientos

La historia narra la angustia de Herminia, quien se preocupa por la seguridad de sus hijas en una ciudad llena de incertidumbre y violencia. A través de la experiencia de un perro atrapado en las vías del Metro, se refleja la soledad y el miedo que enfrentan los ciudadanos, mientras Herminia lucha con sus propios presentimientos y la necesidad de proteger a su familia. Finalmente, tras un intento de robo en su hogar, Herminia encuentra a sus hijas sanas y salvas, lo que provoca una mezcla de alivio y emoción en medio de la adversidad.

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PRESENTIMIENTOS

Y también me dijo,
no te mortifiques que yo le envío
mis avispas pa’ que lo piquen
Juan Luis Guerra

Nadie sabe cómo fue a parar allá. Una madrugada Her-


minia y sus hijas despertaron con sus ladridos y, al asomarse
al balcón, lo vieron. Había quedado atrapado del otro lado
de los rieles, en las vías superficiales del Metro, a unas dos
cuadras de la estación. Desde donde se encontraba, podía
ver los eventuales carros y los viandantes al otro lado de la
cerca metálica, pero el instinto le decía que no intentara
cruzar el campo minado de los rieles. Caminaba de un lado
al otro y ladraba por tandas, cada vez que el hambre, la sed
o el miedo le enterraban un poco más el cuchillo de su des-
consuelo.
Cinco días después, cada vez más débil y desorientado, se-
guía en sus periódicas rutinas de ladrar y caminar de un lado
al otro, moviendo ansioso la cola, sin que autoridad alguna
atendiera los llamados de Herminia que, madre al fin, supli-
caba por su rescate.
—Estamos resolviendo —le respondían en automatic
mode.
El perrito se moría poco a poco, frente a los miles de ca-
rros y personas que, a toda hora, formaban parte de ese río
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indiferente que en última instancia le regalaba al paso una


breve mirada de curiosidad.
¿Quieren una metáfora más gráfica de lo duro que es estar
solo en la ciudad?
Aunque tener quien vele por ti tampoco es que sea garantía
de nada. Las balas también tropiezan con cuerpos de niños
cuyos padres apenas les quitan la vista de encima un par de
segundos. Y entran en casas sin ser invitadas. Por eso, el que se
reúne con los suyos cada noche tiene derecho a celebrar la vida.
Lástima por quienes no aprecian su larga fortuna.

Herminia sí sabe que reunirse con sus hijas es celebrar,


pero también sabe que hasta ese momento, en esta ciudad, en
este país, todo es incertidumbre. No se sosegaba hasta abra-
zar a sus hijas, a las seis de la tarde (si los jefes no se ponían
ocurrentes a última hora y el Metro se portaba bien), cada día,
luego de ir a buscarlas al colegio, almorzar con ellas, dejarlas
solas y volver al trabajo en un despacho de abogados, hasta esa
hora en que la vida recuperaba color y sonido.
Las niñas sabían de memoria las advertencias y las repe-
tían sin despegar la vista del televisor. «No le abrimos la puer-
ta a nadie», «no estamos solas, mi mamá está en el baño».
Y como si domar los pensamientos masoquistas que be-
bían de esa pesadilla diaria que la prensa reflejaba no fuese
un trabajo a tiempo completo, la niña mayor le comentó días
atrás que habían estado llamando a casa, durante la tarde, y
colgaban sin hablar.
Tres días después del mismo episodio incluido en el re-
cuento de todas las noches, agobiada por tanta realidad y
tantos oscuros presentimientos, se fue al Sambil al salir del
trabajo y le compró un celular:
—No atiendas más el teléfono de la casa. Si soy yo, te lla-
mo por aquí, ¿está claro?
CARACAS MUERDE 23

El infierno adquirió entonces forma de SMS con pésima


ortografía:
«Mami, sigen yamando, qe ago?».
Herminia, leyendo el SMS, no podía dejar de pensar en
lo solo que está el edificio durante el día1. Pero qué hacer si
la vida es pagar un alquiler para cocinar, dormir y guardar los
niños durante la tarde.
Algunos afortunados hasta tienen con quién tener sexo
ocasionalmente.
Al cuarto día las llevó a la casa como siempre y, cuando iba
de vuelta al trabajo, algo sin palabras le dijo que hacía mal en
volver a salir. Pero ¿en qué artículo de la Ley del Trabajo está
establecido el «presentimiento» como falta laboral justificada?
Y se fue más apesadumbrada que de costumbre.

No eran las tres y media cuando recibió el SMS. Al ver el


nombre, entendió que los presentimientos se estaban corpo-
rizando de a poquito. Y le reventarían en la cara si no hacía
algo. En ese momento la muchacha de Contabilidad le esta-
ba contando cómo unos atracadores habían exigido todos los
BlackBerry de los presentes en un cine, después de localizar-
los por bluetooth.
No se equivocó. Leyó: «Mami, ai unos ombres afuera y
estan tocando».
Un relámpago helado le recorrió el cuerpo. Eso que era un
temor ubicuo adquirió apremiante solidez. Un fogonazo ve-
nido de la sangre hizo que agarrara su cartera y, sin informar a
nadie, cogiera la calle, viendo una y otra vez la maldita escena
del pasillo solitario, con apartamentos vecinos tan ausentes de

1 Según cifras del INE, en 2009 ocurrieron 395.754 delitos en casas y aparta-
mentos en todo el país.
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adultos como el de ella, con hombres trabajando fríamente


para entrar en su casa, previamente radiografiada con maña
y maldad.

Las piernas no se portaban a la altura. Ni la cabeza. Ni los


pulmones. Nada en su cuerpo estaba cooperando con la colo-
sal tarea de llevarla, nueve estaciones y dos cuadras, de vuelta
a casa. Sobre todo la cabeza, que se solazaba en ver fotogra-
mas con puertas fracturadas, un apartamento en desorden,
niñas temblando en un clóset o bajo una cama.
Un dolor le aplastaba la espina dorsal y la obligaba a con-
tener sus gemidos.

Cuando el tren llegó al fin a Colegio de Ingenieros, se


subió al vagón un hombre flaco, seco, con un penetrante olor
cáustico a tono con su aspecto. Llevaba una especie de ca-
misón blanco largo con bordes azules, sandalias y un gorrito.
Una pelambre larga y gris, que apenas dejaba ver unos pómu-
los y una nariz filosos, hacía de barba. Caminó lento, con la
mirada desterrada de su cuerpo, y se colocó justo a su lado. Al
rato comenzó a entonar unos cánticos que sonaban a lenguas
muertas siglos atrás, dejando flotar las manos en el aire, como
si fuese un ciego a punto de tocar algo. Una piedra helada le
caminó a Herminia por los costados.
Al cabo de un rato, se detuvo e inclinando la cabeza lige-
ramente hacia ella le dijo, con una sonrisa triste de dientes
verdosos:
—La lucha fue dura, pero el Maestro tiene más poder. He-
mos vencido.
Y sin decir más se bajó en la siguiente estación.
Lejos de sentirse mejor, Herminia se inquietó más. No se
inquietó: se arrechó. Le arrechó la absurda escena en que ese
extraño le dirigió la palabra. Le arrechó esta estúpida ciudad
CARACAS MUERDE 25

y el hecho de no ser hombre y no llevar una pistola en el pan-


talón. Se arrechó con el tiempo que se pone pastoso cuando le
conviene y con el hecho de no poder volar, desmaterializarse,
pulverizar enemigos con su mente.
Llegó a su estación, atravesó las dos cuadras de siempre y
subió por la escalera los dos pisos de siempre. Hubiese dado
su vida en ese instante por encontrar su reja cerrada, como
siempre.
No fue necesario transar la vida. Aunque eso no aplacó el
terror que la tenía dominada como una llave inglesa. Tenía
que verlas, examinarlas, tocarlas enteras, intactas, sonrientes,
inocentes. Cuando metió la llave, el corazón le dio un vuelco
al notar que la cerradura tenía unos mordiscos como de un
alicate o de otra herramienta.
Pero estaba cerrada. Ese viejo mecanismo que no sabía a
quién agradecer su invención, había resistido heroicamente,
cumpliendo con su deber. Y proclamaba con modesto orgullo
que en su casa solo estaban sus hijas.

(Y de verdad que los tipos lo intentaron todo. Hay días


de mala leche y con eso no se puede. Todo estaba calculado
y todo salió mal. Se les rompió una mecha, se les trabó un
alicate de presión, bajaron unas viejas por las escaleras, les
alertaron de unos policías en la esquina. Un trabajo de mierda
que debieron abandonar.
—Esta vaina tiene una protección muy arrecha, mi pana
—dijo uno que «creía en vainas», y decidieron abandonar un
trabajo que parecía mandado a hacer.)

Al cerrar la puerta tras de sí, encontró a las niñas sentadas


en el sofá, viendo televisión. Abrazarlas, sentir la alucinante
suavidad de su piel y sus olores a leche tibia, una, y a madera
fresca la otra, fue abrir las compuertas de un vendaval que la
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estaba acalambrando. Lloró, abrazándolas duro, desde el fon-


do de sus pulmones. Las niñas estaban desconcertadas. Pero
muy pronto, y a falta de explicación, la mayor intentó zafarse
para no perderse la película. La más pequeña, cuando pudo
hablar, fue al grano:
—Mami, ¿nos trajiste algo?

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