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Tema 3 Introducción A La Liturgia. El Espacio y La Liturgia

El documento aborda la importancia del espacio litúrgico en la celebración de la Iglesia, destacando que no solo se refiere al lugar físico, sino también a la comunidad que se congrega en él. Se explora la evolución histórica del espacio litúrgico desde las primeras reuniones en casas privadas hasta la construcción de iglesias, enfatizando la necesidad de un espacio que favorezca la participación de la comunidad. Finalmente, se menciona la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que busca restaurar la sacralidad y funcionalidad del espacio en las celebraciones eucarísticas.

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Tema 3 Introducción A La Liturgia. El Espacio y La Liturgia

El documento aborda la importancia del espacio litúrgico en la celebración de la Iglesia, destacando que no solo se refiere al lugar físico, sino también a la comunidad que se congrega en él. Se explora la evolución histórica del espacio litúrgico desde las primeras reuniones en casas privadas hasta la construcción de iglesias, enfatizando la necesidad de un espacio que favorezca la participación de la comunidad. Finalmente, se menciona la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, que busca restaurar la sacralidad y funcionalidad del espacio en las celebraciones eucarísticas.

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TEMA 3: EL ESPACIO Y LA LITURGIA

En este tema conclusivo vamos a tratar de abordar las cuestiones referentes al espacio litúrgico,
que no tienen que ver tan sólo con el lugar dónde se celebra, sino también con las cosas de las que
nos servimos para la celebración y que, como tal, ocupan también un lugar físico en el espacio, en
el que el hombre desarrolla su existencia.

1) El espacio

Epi tá autó es la definición más antigua del espacio litúrgico: todos se reunían «en un mismo lugar»
(Hch 2, 1). Ekklesía y Epi tó autó se complementan ya que se hace referencia a la comunidad que,
entre otras cosas, está constituida por el hecho de que se congrega en un mismo lugar. Esta
concepción se encuentra también en los padres apostólicos: «el domingo todos los habitantes de
las ciudades y los pueblos se congregaban para la celebración eucarística "en un lugar común"» 1.
Pertenece a la esencia de la Iglesia como comunidad de los «convocados» a la vida divina, reunirse
«en un mismo lugar», acción que tiene valor de preeminencia sobre toda diferenciación del
ministerio y de las funciones ministeriales. Esta reunión en la liturgia constituye la Iglesia como
cuerpo místico de Cristo, y también como personalidad corportativa, a la que se le ha conferido la
misión de penetrar vivencialmente en el espacio en el que se reúne2.

El Catecismo de la Iglesia Católica responde a la pregunta ¿dónde celebrar? Afirmando que “el culto
"en espíritu y en verdad" (Jn 4,24) de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la
tierra es santa y ha sido confiada a los hijos de los hombres. Cuando los fieles se reúnen en un
mismo lugar, lo fundamental es que ellos son las "piedras vivas", reunidas para "la edificación de un
edificio espiritual" (1 P 2,4-5). El Cuerpo de Cristo resucitado es el templo espiritual de donde brota
la fuente de agua viva. Incorporados a Cristo por el Espíritu Santo, "somos el templo de Dios vivo"
(2 Co 6,16) (CEC 1179). La plenitud de la divinidad que habita en la naturaleza humana del Hijo,
acude al encuentro con el hombre, invitándole a la participación en su vida. Toda teología de la
Iglesia, como edificio, tiene su base en el cuerpo humano de Cristo, entendido como el verdadero
templo en el que habita la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9ss). Los lugares en los que se realiza la
celebración sacramental del sacrificio del Cuerpo, y la congregación del cuerpo que es la Iglesia,
1
Apología de Justino, 67, 3.
2
La misión encomendada no se ha cumplido ni de lejos, tampoco después de la reforma del concilio Vaticano II tras la
que el espacio litúrgico está dividido por zonas en las que los signos litúrgicos se «producen» y en las que se reciben
esos mismos signos, y ello a pesar de la participación mediante la oración, el canto y los demás signos. La disposición
ata al «visitante» a su lugar de espectador y sólo le concede cierta mirada desde la lejanía. Pero el espacio del servicio
divino debe ser un único espacio -epi tó auto- y como tal absolutamente «centro», es decir, con los mismos derechos en
sí mismo y sin lugares destacados o poco «accesibles». Se coloca el ambón y el altar según las necesidades prácticas de
visibilidad y audibilidad y en pocos casos, la asamblea está "orientada hacia ellos". Cf. Michael Kunzler, La Liturgia de la
Iglesia.
Partiendo de la herencia católica y oriental, así como de la sinagoga, L. Bouyer plantea algunas propuestas fascinantes
para la formación del espacio litúrgico, las cuales son adecuadas para hacer posible que la congregación litúrgica lo
habite: el celebrante y todos los que ejercen un servicio especial, no están ni por encima de la comunidad ni frente a
ella, sino en ella como «fermento»; el celebrante principal los reúne en torno a él en los lugares sagrados (ambón,
altar), a los cuales se dirige la comunidad por propia iniciativa, y que, por ello, son más que «lugares funcionales» de
una función, la del servicio divino que ha de llevarse a cabo, antes bien, lugares de la presencia divina (Schekinah) como
también se les conocía en el templo y la sinagoga. Cf. L Bouyer, Arquitectura y liturgia.

1
pueden ser llamados por esto templos o iglesias. En este sentido el signo fundamental es la
congregación de la misma comunidad, expresión e imagen de la Iglesia. La comunidad de los
miembros del cuerpo místico bajo la cabeza de Cristo es ecclesia. Esta comunidad le pertenece al
Señor que la ha adquirido por medio de su sangre. Es kyriaké koinonía, comunidad del Señor,
«Iglesia». La synaxis (congregación) de los hombres «en Cristo» que habita en el espacio litúrgico se
convierte en «personalidad corporativa». Puesto que Cristo ha prometido a los suyos su presencia
en la unidad con el Padre y el Espíritu, el espacio en el que la Iglesia se congrega es, en un sentido
real, «casa de Dios».

Por eso, continúa el Catecismo: “Cuando el ejercicio de la libertad religiosa no es impedido (cf DH
4), los cristianos construyen edificios destinados al culto divino. Estas iglesias visibles no son simples
lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar, morada de
Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo” (CEC 1180).

Los primeros cristianos se congregaban para la celebración de la liturgia en casas privadas y,


probablemente, mucho antes del final de las persecuciones, disponían ya de edificios que servían
específicamente para el servicio divino3.

Para la configuración del espacio sirvió de modelo la sinagoga, aunque, en el caso de la iglesia, más
que una «casa de enseñanza», era un lugar de celebración ritual que permaneció estrechamente
ligado al culto y al reconocimiento de la presencia de Dios entre los suyos. Las sinagogas tenían tres
focos de atención en torno a los que se concentraba la vida litúrgica: la «cátedra de Moisés», el
«arca de la alianza» -donde se guardan los rollos de la Torá- , y el «Bemá», el lugar de la lectura de
la Escritura, elevado y situado en el centro. Las primeras iglesias sirias, herederas inmediatas de la
estructura sinagogal, tienen el Bemá desde donde se hacen las lecturas, la cátedra de Moisés se ha
convertido en la sede del obispo, y en el ábside del muro este se levanta el altar. Ya no están
orientadas hacia Jerusalén, sino hacia oriente desde donde se espera el retorno de Cristo.

La evolución del espacio litúrgico posterior al 313, año en el que se permite el culto cristiano,
determinó la aceptación de la disposición espacial de la basílica romana. Éstas son edificios
alargados de planta rectangular, subdivididos por hileras de columnas en tres o cinco naves, cuyo
3
Una casa cuya función fue la vivienda, reconstruida como iglesia cuya datación se remonta a los años 232/233, se
excavó en los años 1931/1932 en la antigua ciudad de Dura-Europos a orillas del alto Éufrates en Siria. Se trata de un
espacio para la congregación cuyas dimensiones son de 13 x 5 m., una tarima situada en la cara oriental indica el sitio
de la cátedra episcopal y/o de un altar; un espacio más reducido, provisto de frescos cumplía probablemente la función
de baptisterio.

2
lado más estrecho, situado en la parte opuesta a la entrada principal, se realza mediante un ábside.
En el vértice del ábside está situada la cátedra episcopal, a su derecha y a su izquierda, se
encuentran los asientos del presbiterio. Delante, se levantan el altar y el ambón que quedan dentro
del ámbito del presbiterio, el cual está separado por la parte que da al espacio de los fieles
mediante los canceles del coro. Con el tiempo los altares, muchos de ellos con reliquias de mártires,
se cubrieron por medio de cortinas o elevando los canceles 4. La ampliación del ábside y la
construcción de varios ábsides trajo consigo el surgimiento de espacios adicionales (pastophorien)5.
También se dispusieron salientes en las iglesias: un nártex cerrado y uno abierto (endonártex y
exonártex), de los cuales el interior desempeñaba un papel en la celebración de la liturgia, como
espacio de los catecúmenos y penitentes. Con el retroceso del altar, la cúpula del ábside ocupa el
trono por encima del espacio de los fieles («nave del naos»); este espacio simboliza la Jerusalén
celestial, desde la que Cristo (como imagen del Pantocrátor en el mosaico) mira sobre la
congregación litúrgica.

En la reforma carolingia, el presbiterio se prolongó hasta el «coro» y se elevó por encima del nivel
del espacio destinado a los fieles, a fin de que, por debajo se pudiera acceder a los sepulcros y a las
reliquias de los santos que se encontraban en la cripta. La mayoría de las iglesias carolingias era de
planta basilical, y en ellas se daba una novedad que tuvo grandes consecuencias para la liturgia: se
construyeron altares en la cripta, en las naves trasversales y laterales, y encima de los sepulcros de
los santos y mártires, surgiendo así la misa privada celebrada en cada uno de ellos.

Las iglesias románicas de la Edad Media prosiguieron esta programación del espacio, pero a
comienzos del milenio, el altar empezó a cambiar su aspecto. Primero, en las criptas, pero
posteriormente, también en los otros altares, se realzaron tanto los sarcófagos de los santos, que
estaban situados detrás del altar, que comenzaron a verse en la parte posterior a la mesa del altar;
es así como se desarrollaron los altares de relicario y los retablos. Alrededor del siglo XII, el ambón
se había convertido en una estructura en forma de plataforma entre el crucero y la nave principal,
como espacio destinado a las lecturas. Detrás del ambón se celebraba la liturgia de la que
participaba únicamente el clero; delante, en el altar mayor, los servicios divinos comunitarios eran
todavía más accesibles a la comunidad.

4
Como consecuencia surgió en oriente el iconostasio con su programa iconográfico fijo.
5
Todavía hoy cumplen una función litúrgica como prothesis en la Iglesia bizantina (el espacio del ábside con la mesa
auxiliar para la preparación de los dones) y el diakonikon (correspondiente a la sacristía occidental).

3
Después de que se renunciara a la procesión con los dones; de que la comunión de los fieles se
convirtiera en una excepción; de que el canto lo asumiera en su mayor parte el coro, y de que toda
la liturgia de la palabra le resultase sólo familiar al clero, por el empleo del latín, no quedó
prácticamente nada en lo que los fieles pudiesen participar.

La iglesia gótica refleja una actitud espiritual: expresa la capacidad y la aspiración humana de elevar
el mundo hacia Dios. La participación del pueblo se quedó en la mera contemplación de la acción
ejecutada por el celebrante. La liturgia se entendía como representación dramática de la vida de
Cristo y —según la doctrina de la Baja Edad Media acerca del sacrificio de la misa— como repetición
del sacrificio en la cruz. Como punto álgido de la misa era la contemplación de la hostia en la
consagración. Aunque la catedral gótica que se elevaba hacia el cielo, era el símbolo de la Jerusalén
celestial, los hombres, que entraban en ella, lo hacían como individualidades, pero se dividían en
diferentes grupos sociales (hermandades, gremios, etc.). Sin llegar a ser una comunidad litúrgica,
cuidaban su piedad individual, mientras la liturgia trascurría en los diversos altares y capillas.

Por influjo de las órdenes mendicantes y su actividad predicadora se creó, adosado a una columna,
un espacio destinado para el sermón La separación del púlpito y del altar, así como la escisión de la
liturgia del clero y de la religiosidad popular, es el testimonio de la irrupción de una nueva.

Las iglesias del renacimiento recuperaron formas antiguas de construcción. La basílica y la iglesia de
cúpula con planta de cruz regresaron adoptando las más diversas combinaciones. De la antigüedad,
modelo del humanismo, se retomó un antropocentrismo, no falto de peligro. El ideal de belleza de
esta época determinó las imágenes de Cristo y los santos; y la acentuación contrarreformadora de
la fe católica, trajo consigo la continuidad y la consolidación de elementos, como la devoción
eucarística contemplativa que triunfó en la iglesia barroca.

Por encima del sagrario y del trono confluyen las líneas de perspectiva que guían la mirada hacia
ese punto, como centro de la iglesia. Lo más importante en el altar; la mesa que lo caracterizaba

4
como lugar del banquete sacrificial eucarístico, desapareció casi por completo ante los retablos que
habían crecido hasta asumir un tamaño inmenso, y que representaban un escenario propio. El
servicio divino es un espectáculo resplandeciente y conmovedor –aunque es "representación" y
asunto del clero, los organistas, los cantores y músicos-, los fieles tan sólo se admiran, se alegran y
se conmueven. El sermón y la recepción de la comunión –que se ha vuelto infrecuente– tienen
lugar fuera de la celebración de la misa, que se celebra “para el pueblo” sólo los domingos y
festivos, como misa solemne en un servicio cantado a varias voces, con orquesta y sin participación
activa del pueblo. A cambio, los actos de devoción, entre ellos las bendiciones (con el Santísimo,
con el Lignum Crucis, con las reliquias,…), las procesiones y romerías alcanzaron su época de mayor
florecimiento.

Al Barroco le siguió el Renacimiento, con un regreso a las formas históricas de construcción: el


clasicismo y, todavía más, el historicismo se prolongaron hasta el siglo XX. La distribución del
espacio orientada hacia la idea de lugares funcionales, asemejó la Iglesia a los museos, teatros y
salas de concierto, que surgieron por todas partes en el siglo XIX. Estos espacios sirven para
acciones puramente artísticas, que se ejecutan para divertimento.

Este problema persiste en el paso a la modernidad, y esta orientación se convierte en un dilema


insuperable, cuando se ve forzada a concretizarse en una pared vacía, como nuevo «símbolo
sagrado». La modernidad muestra que no hay ningún estilo «sacral» determinado en sí mismo;
conscientemente se renuncia a la sacralidad y a la elevación, postulándose teológicamente que lo
profano y lo alejado de Dios, puede convertirse en «símbolo sacral». Esto ha traído consigo, en
muchas ocasiones, la edificación de iglesias (y la imaginería) que son edificios y espacios de
múltiples usos, entre los cuales también entra también el litúrgico.

La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II quiso poner fin a la concepción moderna de la
edificación de las iglesias; por eso recuerda el Catecismo que "en la casa de oración se celebra y se
reserva la sagrada Eucaristía, se reúnen los fieles y se venera para ayuda y consuelo de los fieles la
presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador, ofrecido por nosotros en el altar del sacrificio. Esta
casa de oración debe ser hermosa y apropiada para la oración y para las celebraciones sagradas"
(PO 5; cf SC 122-127). En esta "casa de Dios", la verdad y la armonía de los signos que la constituyen
deben manifestar a Cristo que está presente y actúa en este lugar (cf. SC 7)” (CEC 1181).

Los lugares donde acontece la acción litúrgica se les denominan «lugares o polos funcionales».
Como tales se considera al altar, el asiento del sacerdote, el lugar de la proclamación de la palabra,
así como los lugares del bautismo y la penitencia. Pero dado que, según la concepción litúrgica
actual, toda la asamblea es portadora del acontecimiento litúrgico, también el espacio de los fieles
es un «lugar funcional». Para recuperar esta funcionalidad la reforma litúrgica retomó tradiciones
de la Iglesia antigua, entre las cuales el ideal era el altar único que debe estar colocado en un
espacio propio, que se le pueda rodear y así la misa pueda celebrarse a ambos lados; con ello, se
reinstaura la antigua forma de mesa. «Que ocupe el lugar que sea de verdad el centro hacia el que
espontáneamente converja la atención de toda la asamblea de los fieles» (IGMR 262). Se conserva
la costumbre de incluir en el altar o debajo de él las reliquias de los santos, si previamente se ha

5
demostrado su autenticidad (cf. IGMR 267). La cruz puede colocarse sobre el altar o cerca de él,
igual que los candelabros; todo ha de estar armonizado entre sí, y los fieles deben poder ver con
facilidad lo que sucede en el altar (cf. IGMR 269-270) 6. El Catecismo afirma el sentido teológico del
altar que debe ser a la vez mesa y ara: “el altar es la Cruz del Señor (cf Hb 13,10), de la que manan
los sacramentos del Misterio pascual. Sobre el altar, que es el centro de la Iglesia, se hace presente
el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales. El altar es también la mesa del Señor, a la que
el Pueblo de Dios es invitado (cf. Institución general del Misal romano, 259: Misal Romano). En
algunas liturgias orientales, el altar es también símbolo del sepulcro (Cristo murió y resucitó
verdaderamente)” (CEC 1182).

El segundo lugar funcional sirve para la proclamación de la palabra de Dios. El ambón no es ningún
púlpito portátil de lectura, entendido como «mesa de la palabra», sino, conforme a la dignidad de
la palabra de Dios en él proclamada, un lugar litúrgico fijo con su correspondiente configuración
arquitectónica y artística “hacia el que, durante la liturgia de la Palabra, se vuelva espontáneamente
la atención de los fieles” (CEC 1184). Tiene que estar reservado para el de la Palabra; los
comentaristas, cantores y directores del coro no deben cumplir su servicio desde el ambón (cf.
IGMR 272).

El tercer lugar funcional en la celebración eucarística renovada es la sede del sacerdote. Desde este
lugar el celebrante dirige como «presidente» a la asamblea. El asiento del sacerdote se desarrolló a
partir de la cátedra episcopal y a imitación del asiento ministerial del juez y del maestro 7. Según el
misal de 1970, el asiento del sacerdote debe mostrar la función de guía que lleva a cabo. No puede
ser un trono, no debe estar a demasiada distancia de la comunidad y, si la situación del edificio lo
permite, debe encontrarse en el vértice del espacio del altar. También, todos los que ejerzan en la
liturgia un servicio particular tienen su sitio en el ámbito del altar, al que se llama presbiterio (cf.
IGMR 271).

Otros lugares son los del bautismo y la penitencia y el sagrario. Para la forma del lugar del bautismo
tiene rango primordial la máxima de la participación activa de todos, pues el espacio de los fieles
debe estar conformado de «modo que les permita participar con la vista y con el espíritu en las

6
Con la reforma litúrgica la celebración versus populum se convirtió en el signo distintivo de la renovación. La
invocación a la costumbre de la Iglesia primitiva es tan dudosa como la afirmación por parte de los círculos
tradicionalistas de que este modo de celebración es un invento de Lutero. En la Iglesia de la antigüedad la orientación
hacia el este (oriente) determinaba la dirección de la celebración, no sólo del celebrante, sino también de todos los
fieles. Si la puerta de entrada estaba situada al este, el celebrante se colocaba de cara a la comunidad «detrás» del altar
(como sucedía en la Basílica Vaticana de san Pedro), si bien, sólo veía espaldas, puesto que también la comunidad se
daba la vuelta para orar hacia oriente. La creciente costumbre de orientar hacia el este las nuevas iglesias que se iban
construyendo dio como resultado la orientación de la celebración versus altare tal como la entendemos. Es cierto que
las ventajas litúrgico-pastorales de la celebración versus populum no pueden negarse; por otra parte, el argumento de
una orientación unitaria en la celebración de toda la comunidad hacia oriente, hacia el Cristo que retorna, sigue
conservando su peso: sin embargo, debería quedar claro que una celebración versus altare nada tiene que ver con la
separación clerical, sino que –al contrario– coloca al sacerdote, desclericalizándolo, en la orientación de toda la
asamblea en la oración. La celebración de este modo es completamente posible según el misal renovado.
7
Desde el vértice del ábside, la cátedra se trasladó en las basílicas romanas, con la aparición de los retablos de altar, al
lado izquierdo. Desde el surgimiento de las misas privadas, el sacerdote permanecía durante toda la celebración junto
al altar; a lo sumo, en la misa solemne tomaba asiento en el sitial hasta que el coro había cumplido su parte.

6
sagradas celebraciones» (cf. IGMR 273). “La reunión del pueblo de Dios comienza por el Bautismo;
por tanto, el templo debe tener lugar apropiado para la celebración del Bautismo (baptisterio) y
favorecer el recuerdo de las promesas del bautismo (agua bendita)” (CEC 1185). “El Santo Crisma
(Myron), cuya unción es signo sacramental del sello del don del Espíritu Santo, es tradicionalmente
conservado y venerado en un lugar seguro del santuario. Se puede colocar junto a él el óleo de los
catecúmenos y el de los enfermos”, cerca de la pila bautismal o en el mismo baptisterio (cf. 1183)

La renovación de la vida bautismal exige que para la penitencia, deba haber en el templo un lugar
apropiado, preparado para que se pueda expresar el arrepentimiento y la recepción del perdón.
Tiene validez la combinación, habitual en muchos sitios, de la habitación de la confesión y del
confesionario, requerido, tanto hoy día como antiguamente, por el derecho canónico. Los bancos
de la iglesia, usuales desde la Reforma, pueden servir para la participación activa de los fieles.

El tabernáculo debe estar situado en un lugar digno y con el máximo honor que favorezca la
adoración del Señor realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar (cf. CEC 1183).

Como el templo, por último, tiene también una significación escatológica, para entrar en la casa de
Dios se franquea un umbral (puerta), que es símbolo del paso desde el mundo herido por el pecado
al mundo de la vida nueva, al que todos los hombres son llamados (cf. CEC 1186).

Excursus: las imágenes sagradas

Sabemos que en los orígenes del cristianismo, cuando todavía se celebraba en las casas, las aulas
celebrativas tenían poca decoración, a lo sumo, la propia de las casas y puede que una cruz,
señalando la orientación de la oración; esto puede deberse a la “provisionalidad” del edificio o
porque se asumía la prohibición de representar imágenes, como sucedía en el judaísmo. Con el
paso del tiempo y la construcción de edificios propios para el culto se inició una reflexión teológica
en la que la colocación y veneración de imágenes entraron en disputa; nos encontramos ante la
llamada crisis iconoclasta8: «En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún
modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido
con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios. [...] Nosotros sin embargo,
revelado su rostro, contemplamos la gloria del Señor» (San Juan Damasceno, De sacris imaginibus
oratio 1,16).

Hoy en día, superada la crisis, nuestros templos están más o menos llenos de imágenes, pues la
iconografía cristiana transcribe, a través de la imagen el mensaje evangélico que la sagrada
Escritura transmite mediante la palabra. Imagen y Palabra se esclarecen mutuamente (cf. CEC
1160). La imagen sagrada, el icono litúrgico, representa principalmente a Cristo; por eso en toda

8
«Siguiendo [...] la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la Tradición de la Iglesia católica (pues
reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que la imagen de la
preciosa y vivificante cruz, así como también las venerables y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico
u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las
paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo,
como las de nuestra Señora inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos»
(Concilio de Nicea II: DS 600).

7
celebración de la misa (y en las demás celebraciones es conveniente) que haya una cruz que hace
referencia al Misterio pascual. Pero todos los signos de la celebración litúrgica hacen referencia a
Cristo: también las imágenes sagradas de la Santísima Madre de Dios y de los santos que significan
a Cristo que es glorificado en ellos. Es más, manifiestan "la nube de testigos" (Heb 12,1) que
continúan participando en la salvación del mundo y a los que estamos unidos nosotros, sobre todo
en la celebración sacramental. A través de sus iconos el hombre hecho "a imagen de Dios", es,
finalmente, transfigurado "a su semejanza" (cf. Rm 8,29; 1 Jn 3,2) (cf. CEC 1159; 1161).

2) Agentes de la celebración

Otro término que interactúa en la celebración es el hombre que como realidad física ocupa un lugar
en el espacio; más aún, es en cierto sentido el agente principal pues la liturgia es celebrada por el
hombre y es para su santificación; por él existen todos y cada uno de los elementos espaciales en la
celebración. Con todo, y por la misma condición humana que es materia y espíritu es necesario
aclarar algunos términos pues si bien la liturgia es pro hominem en su fundamento y finalidad hay
una preeminencia de lo espiritual sobre lo material. De nuevo el Catecismo al responder a la
pregunta quién celebra, nos ayuda a profundizar en este aspecto: “La Liturgia es "acción" del
"Cristo total" (Christus totus). Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos,
de la liturgia del cielo, donde la celebración es enteramente comunión y fiesta”. “Es toda la
comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra”. «Las acciones litúrgicas no son
acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", esto es, pueblo
santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. Por tanto, pertenecen a todo el
Cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan, pero afectan a cada miembro de este Cuerpo
de manera diferente, según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual» (SC 26). Por
eso también, "siempre que los ritos, según la naturaleza propia de cada uno, admitan una
celebración común, con asistencia y participación activa de los fieles, hay que inculcar que ésta
debe ser preferida, en cuanto sea posible, a una celebración individual y casi privada" (SC 27)” (CEC
1136; 1140).

El Concilio Vaticano II forjó un término que nos ayuda a comprender quién, dando por supuesto a
Cristo –cosa que ha de quedar clara-, es el sujeto de la celebración: la asamblea reunida. Al
preguntarse por la identidad de la Iglesia, el Concilio ha recuperado una visión basada
fundamentalmente en la categoría de comunión: la Iglesia es el Pueblo de Dios, gracias a la
comunión que crea en ella el Espíritu Santo. Recurriendo a imágenes paulinas, podemos decir que
es el cuerpo, con Cristo que es su cabeza; que es el edificio de piedras vivas cuya piedra angular es
Cristo; que son los sarmientos, unidos a la vid. La categoría “Pueblo de Dios” abarca tanto a los
ministros ordenados como a los religiosos y a los laicos. De esa visión de la Iglesia, como misterio de
comunión, se deriva una visión de la asamblea donde ésta no es ya un mero espectador pasivo de la
celebración, llevada a cabo por el clero, sino una comunidad que participa activamente. Toda la
asamblea participa porque toda la asamblea está llamada a vivir ese encuentro con Cristo que es la
liturgia. “La asamblea que celebra –continúa el Catecismo- es la comunidad de los bautizados que,
"por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa

8
espiritual y sacerdocio santo para que ofrezcan, a través de todas las obras propias del cristiano,
sacrificios espirituales" (LG 10). Este "sacerdocio común" es el de Cristo, único Sacerdote,
participado por todos sus miembros (cf. LG 10; 34; PO 2)” (CEC 1141). Cada fiel participa en la
liturgia y forma parte de la asamblea en virtud del sacerdocio común de los fieles que brota del
bautismo. El sacerdocio ministerial, fundado en el sacramento del orden, está en función y al
servicio del sacerdocio común de los fieles y ejerce, en la celebración, su propio ministerio. Por esta
razón el Concilio afirma: «La Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a
aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la
naturaleza de la liturgia misma y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el
pueblo cristiano "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 P 2,9; cf 2,4-
5)» (SC 14).

La asamblea litúrgica es el primer signo con el que nos encontramos en la celebración. Como todos
los signos litúrgicos, realiza, a su manera, la presencia de Cristo propia de la liturgia y es también un
signo de la Iglesia local. La asamblea es la realización concreta de la comunidad eclesial, a la vez que
también hace presente la Iglesia universal. Pero, como decía Juan Pablo II: «Al ser una celebración
de la Iglesia, la liturgia requiere una participación activa, consciente y plena por parte de todos,
según la diversidad de órdenes y funciones.» (Vicesimus quintus annus, 10). La participación
fundamental es el encuentro con Cristo que se lleva a cabo a través de signos, gestos y palabras que
se plantean en plural con verbos como “damos gracias”, “ofrecemos”, etc. y que muestran a toda la
Iglesia. “Pero "todos los miembros no tienen la misma función" (Rm 12,4). Algunos son llamados
por Dios en y por la Iglesia a un servicio especial de la comunidad. Estos servidores son escogidos y
consagrados por el sacramento del Orden, por el cual el Espíritu Santo los hace aptos para actuar
como representantes de Cristo-Cabeza para el servicio de todos los miembros de la Iglesia (cf. PO 2
y 15). El ministro ordenado es como el "icono" de Cristo Sacerdote. Por ser en la Eucaristía donde se
manifiesta plenamente el sacramento de la Iglesia, es también en la presidencia de la Eucaristía
donde el ministerio del obispo aparece en primer lugar, y en comunión con él, el de los presbíteros
y los diáconos” (CEC 1142). De este modo distinguimos diversos ministerios: la celebración es
siempre presidida por el obispo, ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores,
aunque cuando el obispo está presente en una Misa para la que se ha reunido el pueblo, es muy
conveniente que él mismo celebre la Eucaristía, y que asocie a los presbíteros como
concelebrantes. (Cf. OGMR 92). El presbítero por el sacramento del Orden tiene como misión
ofrecer el sacrificio actuando en la persona de Cristo y, preside, por esta razón, al pueblo fiel
congregado, dirige su oración, le anuncia el mensaje de la salvación, asocia a sí mismo al pueblo al
ofrecer el sacrificio por Cristo en el Espíritu Santo a Dios Padre, da a sus hermanos el pan de la vida
eterna y participa de él juntamente con ellos. (Cf. OGMR 93). El diácono, “en virtud de la sagrada
ordenación recibida, ocupa el primer lugar entre los que sirven en la celebración eucarística. En la
Misa el diácono tiene su cometido propio: en el anuncio del Evangelio y a veces en la predicación de
la Palabra de Dios, en el enunciado de las intenciones de la oración universal, en ayudar al
sacerdote, en la preparación del altar y sirviendo en la celebración del sacrificio, en distribuir a los
fieles la Eucaristía, sobre todo bajo la especie de vino, y eventualmente en las indicaciones que se
den sobre posturas corporales y gestos del pueblo”.

9
Pero la asamblea litúrgica tiene, además, una serie de ministerios a su servicio que pueden ser
instituidos, es decir, que a la persona se le encomienda el ejercicio del ministerio en una
celebración, presidida normalmente por el obispo, donde se le da la bendición para ello y los ejerce
de modo estable, oficialmente. Son el caso del lector y del acólito instituido, ministerios que, hasta
enero de 2021, solamente podían ser conferidos a varones 9. Pueden ser también ministerios
reconocidos, que, sin ser instituidos, sí que tienen un reconocimiento oficial más o menos estable.
En concreto, la Ordenación General del Misal Romano (OGMR), introducción teológico-práctica que
precede al Misal, en el capítulo III trata sobre los “Oficios y ministerios dentro de la Misa” aunque,
en general, se pueden extrapolar al resto de las acciones litúrgicas. Comienza de este modo: “La
celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, del pueblo santo, reunido y
ordenado bajo la guía del Obispo. Por eso, pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo
manifiesta; pero afecta a cada uno de sus miembros en modo diverso y propio, según la diversidad
de órdenes, ministerios y de participación efectiva. De esta manera el pueblo cristiano, “linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido”, manifiesta su coherente y jerárquica
ordenación. Por consiguiente, todos, ministros ordenados y fieles laicos, ejerciendo cada uno su
ministerio u oficio, hagan todo y sólo aquello que pertenece a cada uno” (OGMR 91).

Fuera de los ministros ordenados, todo el Pueblo de Dios ejerce su sacerdocio común en cada una
de las celebraciones, pues constituyen la nación santa, el pueblo adquirido por Dios para dar gracias
a Dios y ofrecer, junto con el sacerdote, la víctima inmaculada, aprendiendo a ofrecerse a sí
mismos; por esto se insiste en que se manifiesten, como un solo cuerpo, al escuchar la Palabra de
Dios, y al participar en las oraciones y en el canto, pero sobre todo en la ofrenda y participación en
la mesa del Señor. Esta unidad se pone de manifiesto de una manera bella cuando los fieles
observan comunitariamente los mismos gestos y actitudes corporales (cf. OGMR 94-96). Aun así,
algunos fieles pueden desempeñar un determinado ministerio o servicio en la celebración como
pueden ser10:

- el acólito y el lector instituidos: por un lado el acólito es instituido para el servicio del altar y para
ayudar al sacerdote y al diácono; y por otro, el lector es instituido para proclamar las lecturas de la
Sagrada Escritura, excepto el Evangelio, y puede proponer las intenciones de la oración universal y,
cuando falta el salmista, proclamar el salmo entre las lecturas. Si no hay ministros instituidos
pueden encargarse esos servicios a otros fieles, ya sea hombres o mujeres, niños o adultos, con tal
de que sean capaces de desempeñarlos idóneamente y estén debidamente instruidos y
preparados. A ellos les corresponde proclamar las lecturas de la Sagrada Escritura llevar la cruz, los
ciriales, el incensario, el pan, el vino y el agua, e incluso pueden recibir la facultad para distribuir,
como ministros extraordinarios, Comunión (cf. OGMR 100)

9
Ver: [Link]
10
“En orden a ejercer las funciones del sacerdocio común de los fieles existen también otros ministerios particulares, no
consagrados por el sacramento del Orden, y cuyas funciones son determinadas por los obispos según las tradiciones
litúrgicas y las necesidades pastorales. "Los acólitos, lectores, monitores y los que pertenecen a la schola cantorum
desempeñan un auténtico ministerio litúrgico" (SC 29)” (CEC 1143).

10
- el salmista, la schola cantorum o el “coro”, el organista y el director del canto: el salmista
proclama el salmo u otro canto bíblico que se encuentre entre las lecturas; para cumplir bien con
este oficio, es preciso que domine el arte de salmodiar y tenga una buena dicción y una clara
pronunciación. El coro ejerce su oficio litúrgico propio, pues le corresponde ejecutar las partes
reservadas a él y favorecer la activa participación de los fieles en el mismo. Lo mismo sucede con el
organista. Es conveniente que haya un cantor o un director de coro, que se encargue de dirigir y
sostener el canto del pueblo, sobre todo cuando el coro no esté presente (Cf. OGMR 102-104).

- el sacristán, que ha de preparar con esmero los libros litúrgicos, las vestiduras litúrgicas y otras
cosas necesarias para la celebración de la Misa.

- el comentarista o monitor, que hace las explicaciones y da avisos a los fieles, para introducirlos en
la celebración y disponerlos a entenderla mejor.

- los que hacen las colectas en la iglesia y los encargados de recibir a los fieles en la puerta de la
iglesia (llamados antiguamente “ostiarios”), acomodarlos en los sitios que les corresponde y
ordenar las procesiones. En las celebraciones de gran importancia, es conveniente que haya algún
ministro competente o maestro de las celebraciones litúrgicas, designado para la preparación
adecuada de las acciones sagradas, y para que los ministros sagrados y los fieles laicos las ejecuten
con decoro, orden y devoción (cf. OGMR 105-106).

En las celebraciones deben distribuirse las funciones, por ejemplo, un mismo y único sacerdote
debe ejercer siempre la función presidencial en todas las partes de la celebración, “pero si están
presentes muchos que pueden ejercer un mismo ministerio, nada impide el que se distribuyan
entre sí las diversas partes del mismo; por ejemplo, un diácono puede encargarse de las partes
cantadas y otro del ministerio del altar; si hay varias lecturas, conviene distribuirlas entre diversos
lectores; y así en lo demás. Sin embargo, es absolutamente inadecuado dividir un único elemento
de la celebración entre varias personas: por ejemplo, que en la misma lectura intervengan dos
personas, una después de otra, a no ser que se trate de la Pasión del Señor” (OGMR 110). “Así, -
finaliza el Catecismo- en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es "liturgo", cada cual
según su función, pero en "la unidad del Espíritu" que actúa en todos” (CEC 1144).

Si bien la participación plena en las acciones litúrgicas está reservada a los fieles que, por el
bautismo, forman parte del Pueblo de Dios y en ellas ejercen su sacerdocio común, es posible que a
las celebraciones asistan personas que no estén bautizadas y por tanto su participación, sin llegar a
ser plena, puede ser de diversos grados, dependiendo de su “unión” con la comunidad eclesial.
Entre estas personas se encuentran los catecúmenos que siempre han sido considerados por la
Iglesia de un modo especial; para ellos se creó el “catecumenado”, el itinerario formativo-
celebrativo-espiritual que los conducirá a la incorporación al Cuerpo de Cristo por medio de los
sacramentos de la Iniciación cristiana (esto sucede normalmente cuando estas personas ya son
adultas) (cf. CEC 1229-1233). Otras personas que pueden participar en las acciones litúrgicas son los
simpatizantes o prosélitos que aún no han comenzado su etapa catecumenal. Excepcionalmente, y

11
por razones de diversa índole, en las asambleas puede haber personas no bautizadas, paganas,
gentiles, o de otra religión o ateas, cuya participación es remota.

3) Signos, símbolos y acciones en la liturgia

Aunque, como se ha recordado, la preeminencia en las acciones litúrgicas corresponde al aspecto


espiritual, en las celebraciones, como en la vida las cosas visibles nos conducen, revelan y hacen
presente las invisibles11; la celebración sacramental está, por esto, tejida de signos y símbolos 12. De
nuevo el Catecismo, en esta ocasión respondiendo a la pregunta cómo celebrar, afirma: “En la vida
humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal y
espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales.
Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante
el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios” (CEC 1146). Además “Dios
habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del
hombre para que vea en él las huellas de su Creador (cf. Sb 13,1; Rm 1,19-20; Hch 14,17) (CEC
1147). La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica elementos de la creación y de la cultura
humana, confiriéndoles la dignidad de signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.

En el universo simbólico en el que se mueve el hombre, una serie de signos han entrado a formar
parte de la vida litúrgica. Aunque, como premisa, todo podría ser útil para la relación con Dios que
todo lo creó bueno; de hecho, sólo unos pocos signos se usan en las celebraciones; éstos son signos
esenciales en la vida del hombre (agua, fuego) o han servido en la Historia de la salvación, como
vehículos de la relación con Dios. El Catecismo los clasifica en: signos de la Alianza, signos asumidos
por Cristo y signos sacramentales:

- Signos de la Alianza. “El pueblo elegido recibe de Dios signos y símbolos distintivos que
marcan su vida litúrgica: no son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos y de
acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios
en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se puede nombrar
la circuncisión, la unción y la consagración de reyes y sacerdotes, la imposición de manos,
los sacrificios y, sobre todo, la Pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los
sacramentos de la Nueva Alianza” (CEC 1150).
- Signos asumidos por Cristo. “En su predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los
signos de la creación para dar a conocer los misterios el Reino de Dios (cf. Lc 8,10). Realiza
sus curaciones o subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos
(cf. Jn 9,6; Mc 7,33-35; 8,22-25). Da un sentido nuevo a los hechos y a los signos de la
11
“En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que
santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo mismo sucede con los signos y
símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia
santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador (CEC 1148)
“Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a menudo de forma impresionante, este sentido cósmico y
simbólico de los ritos religiosos” (CEC 1149)
12
“Una celebración sacramental esta tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su
significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la
Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo” (CEC 1145).

12
Antigua Alianza, sobre todo al Éxodo y a la Pascua (cf. Lc 9,31; 22,7-20), porque Él mismo es
el sentido de todos esos signos” (CEC 1151.)
- Signos sacramentales. “Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través
de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino
purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida
social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la
salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo” (CEC 1152).

Tras esta clasificación que nos propone el Catecismo, vamos a hacer un elenco de algunos
elementos y gestos que, de un modo o de otro, están presentes en la liturgia. No todos tienen el
mismo valor y unos son más frecuentes que otros; unos signos son acciones y otros son elementos
de la naturaleza o de la vida humana.

Los gestos son acciones humanas que por diversos motivos y contextos adquieren una significación
particular; éstos pueden ser, por ejemplo, lavar, ungir, caminar, permanecer de pie, unir las manos,
… Insertos en el mundo de la fe y asumidos por la fuerza del Espíritu Santo, los elementos cósmicos,
y estos ritos humanos y gestos del recuerdo de Dios, se hacen portadores de la acción salvífica y
santificadora de Cristo.

Imposición de manos. Este gesto epicléctico tiene el significado de transmisión de una fuerza, tiene
un influjo espiritual; en el Nuevo testamento es un gesto de curación (cf. Mc 10,16), y de
transmisión del Espíritu (cf. Hch 8,17; 1Tm 4,14; 2Tm 1,6) similar al soplo creador (cf. Jn 20,22). En
los actuales rituales, este gesto está presente —con distinto significado y fuerza— en todos los
sacramentos, y se realiza en silencio o acompañando a las grandes oraciones impetrativas.

Unción crismal. Es el signo bíblico de consagración por excelencia y de misión a través del don del
Espíritu; se refiere idealmente a sacerdotes, reyes y profetas y, sobre todo, al Mesías/Cristo, el
ungido del Señor por excelencia (cf. Ex 19,4-9; 1S 16,1-6; Is 61,1-2; Lc 4,18 y Hch 10,38; 1 Jn
2,20.27). Encontramos este rito en el Bautismo, en la Confirmación (sacramento de la crismación),
en la ordenación de presbíteros y obispos, en la dedicación de iglesias y altares. El óleo llamado
crisma está compuesto por aceite, bálsamo y otros perfumes mezclados; existen también el óleo de
los catecúmenos y el de los enfermos que están compuestos sólo por aceite. El obispo los bendice
en una misa particular la mañana de Jueves santo, llamada Misa crismal.

Signo de cruz. En sus varias formas de realizarlo (en el cuerpo, sobre objetos, sobre las personas)
expresa la pertenencia a Cristo e invoca su presencia. Es un signo de la profesión de la fe en Cristo
(Símbolo o Credo) y en las verdades fundamentales del cristianismo. En las celebraciones litúrgicas
aparece en múltiples ocasiones para saludar, bendecir, orar, perdonar...

Manos levantadas. Es un gesto de la antigüedad y expresa confianza, paz y apertura al Señor. En la


Biblia aparece a menudo (cf. Sal 140,2; 143,6; 1 Tm 2,8). Desde siempre los cristianos han
interpretado este gesto en referencia a Jesús en la cruz; en la liturgia no sólo levantamos nuestras
manos las extendemos hacia el Señor, imitando la Pasión de Cristo (como hace el sacerdote en

13
todas las oraciones presidenciales)13. En el cristianismo primitivo plasmaba la actitud básica del
orante.

Manos juntas. Si el gesto antiquísimo de las manos alzadas expresa nuestra confianza y nuestra
participación en la oración de Cristo, el gesto de las manos juntas nos introduce en una dimensión
más introspectiva de la oración cristiana que facilita el recogimiento. Probablemente entró en la
costumbre cristiana durante el medioevo como una forma de homenaje y sumisión que los súbditos
hacían a su señor (y que comenzó a utilizarse en las órdenes mendicantes, a la hora de hacer los
votos ante el superior).

Genuflexión. Consiste en doblar e hincar una o las dos rodillas. Es un gesto que se introdujo
tardíamente en nuestra liturgia, surge de la postura permanente de rodillas y se realiza en la
presencia del Señor. Originariamente, se hacía ante la cruz (como se mantiene hoy el viernes y el
sábado santo) y, posteriormente, se trasfirió al Santísimo sacramento. Cristianamente expresa la
adoración, fe, penitencia, petición de perdón y es, también, un gesto epiléptico, de petición del
Espíritu, pues de hecho es la posición propia de quien recibe muchos sacramentos (la bendición
matrimonial, la oración de consagración en la confirmación y en el sacramento del orden,…).

Postración. Consiste en inclinarse hasta el suelo, caer rostro en tierra, es signo de acatamiento, de
oración profunda, de adoración y de penitencia. Aparece repetidamente en la Biblia. En nuestra
liturgia se realiza en la acción litúrgica del Viernes santo, en las ordenaciones, en la profesión
religiosa, y en la consagración de vírgenes.

Golpearse el pecho. Aparece en el Confiteor del acto penitencial o en el Canon romano, y expresa
arrepentimiento, humildad como el publicano en el templo (cf. Lc 18,13), o pesar como los testigos
de la Pasión (cf. Lc 23,48).

Permanecer de pie. Es la actitud litúrgica más corriente en el presidente y en los fieles de la


asamblea; es signo de atención y disposición a la acción (inicio de la Eucaristía, lectura del
Evangelio, Plegaria eucarística); es también una actitud pascual; expresa el recuerdo de la
Resurrección de Cristo y es signo de disponibilidad en la espera de su retorno. Es el signo propio de
la oración litúrgica: todas las oraciones presidenciales se hacen de pie, tanto el presidente como los
fieles.
13
Una oración de la liturgia Hispánica antigua recalcaba que con nuestras manos nos hacemos cruz ante el Padre para
que él vea nuestra oración y la acoja como oración misma de Cristo.

14
Estar sentados. Es una actitud de escucha, sobre todo de la palabra de Dios y también de los
ministros; puede favorecer el recogimiento, la meditación y la adoración.

Caminar en procesión. Es un testimonio colectivo y festivo, caminar juntos, de fe y de devoción, de


oración; es signo de pertenencia a la Iglesia peregrina y de esperanza escatológica. La Iglesia conoce
formas diversas de procesión: litúrgicas, como la de la noche de pascua tras el cirio pascual, la del
domingo de ramos, la del 2 de febrero, rituales (tres procesiones de la Misa –entrada 14,
presentación de dones y comunión-; los óleos en la Misa crismal; la aspersión dominical; la
procesión hacia el baptisterio cantando las letanías de los santos en el bautismo); eucarísticas
(Jueves santo, Corpus Christi); en el rito de entrada del matrimonio; marianas y en honor de los
santos; fúnebres. La peregrinación es similar a la procesión, pero más larga y con carácter
penitencial; si su meta es un espacio litúrgico, se transforma en una procesión gozosa.

Besar. El beso es uno de los gestos más universalmente utilizados en nuestra vida social. "Según la
costumbre tradicional en la liturgia, la veneración del altar y del libro de los Evangelios se expresa
con el beso" (IGMR 273). El gesto de la paz se puede dar con cualquier signo aprobado por las
Conferencias episcopales; también, el ósculo de paz, como se llamaba en los primeros siglos, que
más que un saludo o un signo de amistad, es un deseo de unidad, una oración, un acto de fe en la
presencia de Cristo y en la comunión que Él construye, un compromiso de fraternidad antes de
acudir a la Mesa del Señor. El beso a la Cruz es el modo propio de hacer la adoración el Viernes
Santo. También besa la cruz el obispo, en la recepción en su Iglesia Catedral o al comienzo de la
visita pastoral en una parroquia. Lo mismo en el rito de bendición de una nueva Cruz. También son
significativos otros besos, no litúrgicos, como puede ser el beso al Niño en las celebraciones de la
Navidad, o el beso devocional al crucifijo o a las imágenes sagradas. Por último, el saludo y la
recepción en el episcopado, presbiterio o diaconía de los recién ordenados, se realiza
habitualmente con el beso15; también en la Confirmación, el obispo saluda y desea la paz al
confirmado con un abrazo o un beso.

Pan y vino. En la Biblia aparecen en muchas ocasiones juntos o por separado y muestran
significados distintos: el pan es paradigma del alimento fundamental (la viuda de Sarepta pretendía
hacer un pan para comer y después morir cf. 1Re 17.8-24; la mujer sirofenicia sólo pretendía comer
las migajas cf. Mc 7,17-30; multiplicación de los panes cf. Jn 6 par), y de la fraternidad y de la
hospitalidad (cf. Gen 18,6), y son una ofrenda primordial (panes de la proposición uno por cada una
de las Tribus de Israel cf. Ex. 35,13; 39,35); el vino es signo de la fiesta (cf. Is 25,6-10; Jn 2,1-12);
ambos son frutos de la tierra y del trabajo del hombre (sus materias primas se transforman al ser
manufacturadas); combinados son complementarios en los banquetes rituales: la ofrenda de
Melquisedec (cf. Gen 14,17-20), la cena Pascual hebrea y otras comidas rituales, la Última cena del
14
La procesión de entrada recuerda las misas estacionales en las que el pueblo se reunía en un lugar, habitualmente en
una iglesia menor, e iban en procesión hasta la iglesia en la que se iba a celebrar la eucaristía. Algunas de estas misas
con estación se siguen haciendo en Roma en el tiempo de cuaresma y se invita a que se realicen en aquellos lugares
donde sea posible; la última de las estaciones cuaresmales es la del domingo de Ramos, que está previsto que comience
de este modo.
15
Al nuevo diácono le besan el obispo y los diáconos presentes; al nuevo presbítero, el obispo y los presbíteros
presentes; al nuevo obispo, el obispo consagrante y los demás obispos presentes.

15
Señor. En el Nuevo Testamento adquieren un nuevo significado, cuando el Señor partió el pan y
vertió el vino como signo de su Cuerpo entregado y su Sangre derramada; son la materia (junto con
un poco de agua) de la Eucaristía de la Iglesia.

Agua. Se usa en la inmersión, infusión o aspersión bautismal; su simbolismo primordial de vida-


muerte nos introduce también en la participación en el misterio de muerte-resurrección de Cristo
(cf. Rom 6,1-5) El agua bendita es memoria del bautismo (a la entrada en la Iglesia, en la aspersión
dominical y pascual, en las exequias...). Se usa con significado lustral en las bendiciones. Como
alimento, se usa unida al vino como materia del sacramento de la eucaristía.

Aceite. En la cultura bíblica, este elemento engloba imágenes de prosperidad, triunfo, belleza,
fuerza, salud; de ahí su uso litúrgico en la unción de enfermos, en la unción prebautismal y sobre
todo en la unción crismal de los confirmandos, ordenandos y en las consagraciones.

Luz. La importancia natural y bíblica del simbolismo de la luz queda reflejada en la liturgia y en su
entorno. La utilización de la luz natural, para crear un ambiente oracional, ha sido muchas veces
utilizada en la arquitectura eclesial, ya sea directamente como en el Románico o filtrada a través del
color en el Gótico. Tiene gran importancia en las oraciones de la liturgia de las Horas, enmarcando
el ritmo natural en la alternancia de la noche y del día: en los laudes se aclama la luz natural, como
fin de las tinieblas iluminadas por Cristo resucitado, Sol que nace de lo alto (cf. Lc 1,78); en las
vísperas o lucernario en su significación artificial (o semi-artificial: cera, fuego), como signo de
espera y de oración. Las velas se usan en sentido festivo en la Eucaristía (para el altar o
acompañando la procesión de entrada, el Evangelio o las reliquias), como signo de oración y de
consagración (procesión de las candelas del 2 de febrero), como símbolo de la fe en cuanto
iluminación (cirio del bautismo, en las manos de los files en la Vigilia pascual), y señalan la presencia
de Dios (lámpara junto al sagrario). Es signo de Cristo resucitado en el Cirio pascual 16, que es
además bendecido y venerado en la noche de pascua (donde también se bendice el fuego),
permanece en un lugar privilegiado durante el tiempo pascual y se enciende para el sacramento del
bautismo y durante las exequias.

16
Los candelabros que sostienen el cirio pascual fueron en otro tiempo un elemento arquitectónico y artístico muy
importante.

16
Incienso. Es una preparación de resinas aromáticas vegetales, a las que a menudo se añaden
aceites esenciales de origen animal o vegetal, de forma que al arder desprenda un humo
perfumado. Es un signo bíblico de la oración y del sacrificio espiritual que asciende a Dios (cf. Sal
140). En la liturgia expresa también veneración hacia personas (ministros, asamblea, cuerpo de los
difuntos), hacia la Eucaristía, la cruz, el Evangelio, las reliquias, las imágenes sagradas, el templo, el
altar, el cirio pascual..., pues todas ellas hacen referencia a Cristo de un modo o de otro.

17
Flores. Aunque no son propiamente un elemento litúrgico, las flores tienen su propio lenguaje
natural: hacen presente la belleza, el perfume, los colores; son signo de alegría, de fiesta,…;
anuncian la primavera y los frutos, y son una alabanza al Creador. En el Ritual de la Dedicación de
una iglesia, se indica que oportunamente se pueden colocar flores sobre el altar, después de su
dedicación, para evidenciar su aspecto festivo. El Ceremonial de los Obispos indica que las flores
han de usarse con moderación durante todo el tiempo de Adviento y suprimirse totalmente en el
de Cuaresma e invita a colocarlas en el lugar de la Reserva en el Jueves Santo.

Hay otros elementos que, teniendo un valor funcional han adquirido con el tiempo un significado
celebrativo; son, por ejemplo, el cáliz, la patena, copón, custodia u ostensorio, las vestiduras de los
ministros (alba, estola, casulla, dalmática, capa), etc.

Vasos sagrados. Entre las cosas que se requieren para la celebración de la Misa merecen especial
honor los vasos sagrados, y entre ellos, el cáliz y la patena, en los que se ofrecen, consagran y se
toman el pan y el vino; deben estar confeccionados con materiales dignos, preciosos y no porosos
(cf. OGMR 289).

Vestiduras sagradas. Aunque su origen histórico, en el caso del Rito romano, habría que buscarlo
en los hábitos de la Roma imperial, el vestido es un elemento cultural que tiene la función, entre
otras, de distinguir las diversas funciones en un colectivo y/o entorno. En la liturgia significa la
diversidad de ministerios, aunque tiene también un sentido teológico pues el cristiano ha sido
revestido de Cristo (cf. Gal 3,27) con una vestidura blanca que recibimos en el bautismo. Las
vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción sagrada (cf. OGMR 297).

- Alba. Del latín "alba", "blanco". Es la vestimenta de todos los ministros en la celebración
litúrgica, desde los acólitos hasta el presidente (cf. IGMR 298). Se utiliza, si es necesario, con

18
cíngulo atado a la cintura y con amito sobre el cuello (cf. IGMR 81; 298). Es la vestidura
propia de los bautizados17.
- Vestiduras diaconales. La dalmática es la vestidura litúrgica del diácono, que la lleva sobre el
alba y la estola (al modo diaconal: cruzada desde el hombro izquierdo y anudada en la parte
derecha de la cintura). Es una túnica con mangas anchas que alcanza las rodillas; está
cerrada delante y abierta por los costados, y es de corte recto. Esta prenda es también
utilizada por los obispos bajo la casulla en la misa pontifical.
- Vestiduras sacerdotales18. El vestido propio que utilizan los sacerdotes para celebrar
eucaristía es la casulla, del latín "casula", "casa pequeña" o tienda; se pone por encima del
alba y la estola (colgando del cuello hacia el frente) a modo de capa (cf. IGMR 161.299). El
color de la casulla, de la estola y de la dalmática depende del tiempo o de la fiesta que se
celebra19.

- Vestiduras episcopales. Los obispos usan los mismos ornamentos que el Sacerdote cuando
van a celebrar la misa, pero además usa la mitra, un bonete alto de forma cónica del que
cuelgan dos tiras en la parte de atrás; significa la ciencia de la que está revestido, como

17
El domingo segundo de Pascua que concluye la octava de Pascua, se solía deponer el "alba", el vestido blanco que
habían recibido los neófitos en su Bautismo una semana antes. Por eso este domingo se llamó dominica in albis.
18
“Este acontecimiento, el "revestirnos de Cristo", se renueva continuamente en cada misa, cuando nos revestimos de
los ornamentos litúrgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe ser algo más que un hecho externo;
implica renovar el "sí" de nuestra misión, el "ya no soy yo" del bautismo que la ordenación sacerdotal, de modo nuevo,
nos da y a la vez nos pide.
El hecho de acercarnos al altar vestidos con los ornamentos litúrgicos debe hacer claramente visible a los presentes, y a
nosotros mismos, que estamos allí "en la persona de Otro". Los ornamentos sacerdotales, tal como se han desarrollado
a lo largo del tiempo, son una profunda expresión simbólica de lo que significa el sacerdocio.” Homilía en la Misa
Crismal de su santidad Benedicto XVI. Jueves Santo 5 de abril de 2007
19
El color blanco puede ser también festivo: plateado o dorado. El color rojo se utiliza también para casi todas las
fiestas de los apóstoles, el Viernes santo y en las fiestas de la Cruz. El color azul era un “privilegio” de la Iglesia española
para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, aunque hoy en día se ha extendido a otras fiestas de la Virgen y lo
usan otras muchas diócesis.

19
Moisés, para el ministerio de instruir y enseñar. El báculo o el bastón pastoral pone de
relieve la misión de pastorear a la grey que le ha sido confiada. Fuera de la celebración y
también en ella usa el anillo: haciendo las veces de Cristo, el obispo se ha desposado con la
iglesia y el anillo es signo de esta alianza. El solideo es un pequeño sombrero redondo; su
nombre procede del latín, significa «solo a Dios», y es un casquete que cubre la parte
posterior de la cabeza que se quita en las celebraciones ante la presencia del Santísimo.
Puede ser usado por los sacerdotes (negro), por los obispos (morado), por los cardenales
(rojo) y por el papa (blanco). La cruz pectoral 20 que recuerda al que la porta, que Cristo
Señor Nuestro murió por él y por su grey en el Calvario. El arzobispo lleva también el palio,
una banda de lana blanca en forma de collarín, adornada con seis cruces de seda negra. Es
la insignia exclusiva de los arzobispos residenciales o metropolitanos. Es semejante a una
estola y se utiliza a modo de escapulario. Es de tela blanca salpicada de cruces, que les envía
el Papa como distintivo de su especial dignidad.
- Capa pluvial. Es una prenda abierta por delante que cubre toda la espalda y llega hasta cerca
del suelo y se sujeta adelante por un broche. En su origen, servía para proteger de las lluvias
en las celebraciones al aire libre como las procesiones; actualmente, se puede utilizar en las
laudes y vísperas solemnes, las exequias, las celebraciones de la Palabra, la bendición
eucarística, en las procesiones con el Santísimo, algunas veces para los sacramentos que se
celebran fura de la misa, como el Bautismo, el Matrimonio, la Confirmación y los funerales;
se usa también en las procesiones fuera del templo (litúrgicas o devocionales). Puede ser
usada por el obispo, el sacerdote o el diácono, y es del color de la fiesta o del tiempo
litúrgico.

Concluimos esta parte con una reflexión de J. Gélineau un compositor y estudioso de la liturgia
francés: ¿Encontrar nuevos símbolos? ¿Buscar símbolos modernos? Tal vez; pero ¿dónde están? Y
¿quién los posee? Deberíamos fiarnos más, dejando que expresen toda su virtualidad, de aquella
realidad humana que Jesús y la Iglesia han sacado de nuestra consistencia corporal y psíquica, de la
naturaleza y de la cultura estrechamente engarzadas, para que sean signo de Dios, que viene a
concluir una alianza con el hombre. Estos signos y sacramentos construyen una historia, nuestra
historia, y continuarán haciendo florecer sus significados siempre nuevos, en cada época, en cada
situación individual o colectiva, a la luz del signo de Jonás, única clave simbólica entregada a los
hombres en Cristo muerto y resucitado, hasta que él venga.

El código sonoro. El signo más relevante dentro de la celebración litúrgica es la palabra. No es el


signo más importante ni, en muchas ocasiones, el más elocuente, sino el más abundante. Tiene
cierto sentido: el elemento básico de la comunicación humana es la palabra, por esto, este signo

20
La cruz pectoral se usa también cuando los obispos se revisten para celebrar una función litúrgica. En estos casos,
debe de usarse por debajo de la casulla y de la dalmática, o debajo de la capa pluvial, conforme al Ceremonial de
Obispos (n. 61). Pese a esa disposición, muchos obispos usan la cruz pectoral sobre la casulla. En 1997 se consultó a la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de 1997 si era lícito que los obispos usaran la cruz
pectoral sobre la casulla. A ello respondió en sentido afirmativo, indicando que podían hacerlo para distinguirse de los
presbíteros concelebrantes. Esto solo es una posibilidad. Además, la propia Congregación indicó que no era una
respuesta oficial, sino solo orientativa.

20
también se usa en la comunicación con Dios (objetivo fundamental de la liturgia 21) y es el signo
primordial por medio del cual Dios se ha comunicado con el hombre: “la Palabra se hizo carne y
habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Como afirma san Pablo, “la fe entra por el oído” (Rom 10,17); por
eso, una de las decisiones más importantes que tomó el papa Pablo VI fue la de conceder la
posibilidad de celebrar la liturgia en las lenguas vernáculas; lo hizo explicando que esto significaba
un grandísimo sacrificio, porque el latín, como se había comprobado a lo largo de los siglos, era
capaz de expresar el acontecimiento litúrgico con una precisión tal y de forma tan bella, que
ninguna otra lengua podría hacerlo, pero lo hizo por el bien de los fieles, para que pudiesen
participar de forma más activa y para que los tesoros de la iglesia que se conservan en la liturgia se
convirtiesen, escuchados y meditados en nuestra propia lengua, en fuente de espiritualidad para el
pueblo de Dios. Junto a este signo, y poniendo de relieve su propio valor, nos encontramos con el
silencio. La liturgia está tejida, además de por signos, por palabras y silencio, el uno le da a las otras
su carácter y dota a las celebraciones de ritmo. Además el silencio tiene valor en sí mismo, como
signo que adquiere diversos valores, dependiendo del momento o de su lugar en la celebración (por
ejemplo, en el rito de entrada del Oficio de la Pasión del Viernes santo).

En las celebraciones de la iglesia hay dos “palabras”: la que Dios dirige al hombre y la que el
hombre dirige a Dios. La primera constituye una parte diferenciada y presente en toda acción
litúrgica (tanto en los sacramentos como en los sacramentales y especialmente presente en la
Oración de las horas), es la Palabra de Dios que se nos ha revelado y que se contiene en la Biblia.
Después de los ritos iniciales se sucede la

La liturgia de la Palabra que es parte integrante de las celebraciones sacramentales. Para nutrir la fe
de los fieles, los signos de la Palabra de Dios deben ser puestos de relieve: el libro de la Palabra
(leccionario o evangeliario), su veneración (procesión, incienso, luz), el lugar de su anuncio
(ambón), su lectura audible e inteligible, la homilía del ministro, la cual prolonga su proclamación, y
las respuestas de la asamblea (aclamaciones, preces, salmos de meditación, letanías, confesión de
fe). Junto con la liturgia Sacramental (segunda parte de la celebración) constituyen un solo acto de
culto y son inseparables, no se puede dar la una sin la otra (cf. CEC 1154; SC 56) 22. “El Espíritu Santo
no solamente procura una inteligencia de la Palabra de Dios suscitando la fe, sino que también
mediante los sacramentos realiza las "maravillas" de Dios que son anunciadas por la misma Palabra:
hace presente y comunica la obra del Padre realizada por el Hijo amado” (CEC 1155).

21
“Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y
este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras. Ciertamente, las acciones simbólicas son
ya un lenguaje, pero es preciso que la Palabra de Dios y la respuesta de fe acompañen y vivifiquen estas acciones, a fin
de que la semilla del Reino dé su fruto en la tierra buena. Las acciones litúrgicas significan lo que expresa la Palabra de
Dios: a la vez la iniciativa gratuita de Dios y la respuesta de fe de su pueblo” (CEC 1153).
22
Es por eso indispensable instruir al pueblo de Dios en la importancia de la participación en la “mesa de la Palabra”
(evitando el lenguaje en el que distinguimos la validez o no de la participación y del cumplimiento del precepto) pues
“cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra,
anuncia el Evangelio. Por eso las lecturas de la Palabra de Dios que proporcionan a la Liturgia un elemento de
grandísima importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de
la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin
embargo, su comprensión y eficacia aumenta con una explicación viva, es decir, con la homilía, que es parte de la
acción litúrgica.” (OGMR 29)

21
La palabra que el hombre dirige a Dios se encuentra en lo que se denomina eucología; son las
oraciones que los ministros, especialmente el que preside la celebración, dirige a Dios con una
fórmula propia de la tradición: “al Padre, por el Hijo, en la unidad del Espíritu Santo”. Entre todas
estas oraciones la más importante es la Plegaria eucarística cuya parte central es el relato de la
Institución de la Eucaristía que convierte 23 el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; hay
otras oraciones como la “colecta”, al comienzo de la misa, la oración “sobre las ofrendas” o la
“postcomunión”; igualmente importantes en los demás sacramentos y sacramentales son las
oraciones correspondientes: oración cosecratoria en las órdenes, bendición matrimonial,
absolución,… todas estas plegarias las pronuncia el que preside la celebración y a sus palabras la
asamblea se une en silencio orante o a través de alguna aclamación24.

Tanto la Palabra de Dios como la eucología se contienen en unos libros que han sido especialmente
cuidados en su edición y, en el caso de los que contienen la Escritura, también venerados. Todas las
oraciones están inspiradas, además, en la sagrada Biblia y han sido compuestas por la iglesia a lo
largo de toda su historia.

Excursus: La formación de los libros litúrgicos romanos

La evolución de la formación de los libros litúrgicos podemos subdividirla en cinco etapas. Nos
interesa conocerla para entender de dónde surgen y cuál es el lugar que ocupan los libros actuales:

- Siglos IV y V

De la improvisación oral de los orígenes se pasa a la creación de formularios eucológicos que


comienzan a conservarse y ritualizarse. En Roma tenemos un abundante y extraordinario
testimonio de la riqueza y calidad de hojas escritas (libelli) que acaban formando el Sacramentario
Leoniano o Veronese, un códice escrito en siglo VII; no es todavía un libro litúrgico sino una
colección más o menos ordenada de hojas o formularios de misas y sacramentos; redactados en
Roma y posteriormente organizados según los meses del año; los textos fueron compuestos entre
los años 400-450; han intervenido varios autores, entre ellos uno de los más importantes es san
León Magno, al que debemos muchos de los formularios del tiempo de Navidad.

- Siglos VI-XI

23
Convertir es el verbo que utiliza el Misal Romano en su última traducción de la Conferencia Episcopal Española.
24
“Entre las atribuciones del sacerdote ocupa el primer lugar la Plegaria eucarística, que es el culmen de toda la
celebración. Se añaden a ésta otras oraciones, a saber, la oración colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración
después de la Comunión. Estas oraciones las dirige a Dios el sacerdote que preside la asamblea actuando en la persona
de Cristo, en nombre de todo el pueblo santo y de todos los presentes. Con razón, pues, se denominan “oraciones
presidenciales”. “La naturaleza de las intervenciones “presidenciales” exige que se pronuncien claramente y en voz alta,
y que todos las escuchen atentamente. Por consiguiente, mientras interviene el sacerdote, no se cante ni se rece otra
cosa, y estén igualmente callados el órgano y cualquier otro instrumento musical.” “El sacerdote pronuncia oraciones
como presidente en nombre de toda la Iglesia y de la comunidad congregada, y a veces lo hace a título personal, para
poder cumplir con su ministerio con mayor atención y piedad. Estas oraciones, que se proponen antes de la lectura del
Evangelio, durante la preparación de los dones, como también antes y después de la Comunión del sacerdote, se dicen
en secreto.” (OGMR 30.32.33)

22
Comienzan a formarse los llamados libros litúrgicos puros: desde el siglo VII se forman en Roma y
son transportados y adaptados en las iglesias franco-germánicas. Hay diferentes tipos dependiendo
de los diversos ministerios que intervienen en la Misa y en otras acciones litúrgicas:

a) El sacramentario: es el libro de altar con las oraciones para los celebrantes; asume dos
formas diversas. Sacramentario gelasiano, códice del siglo VIII, que parece haber sido el
misal usado en las iglesias presbiterales romanas (tituli), aumentado con nuevos materiales
en los países francos, y Sacramentario gregoriano que es el misal papal, en él también
interviene Gregorio Magno (+604). En los países francos son enriquecidos con nuevos
materiales, dando origen al códice denominado Suplemento de Alcuino que es el antecesor
del misal tridentino. En ese entorno se forman también los códices Gelasianos del siglo VIII,
que son sustituidos por el Gregoriano llevado oficialmente a Roma por Carlo Magno;
aportan material al citado suplemento.
b) El Leccionario y el Evangeliario: son los libros para el uso del lector y del diácono
respectivamente; en un principio, se lee directamente de la Biblia con anotaciones al
margen de los textos leídos o acompañados de sencillas tablas de citas ordenadas según el
calendario; se desarrollan como libros en los siglos VII-VIII, paralelamente a los
sacramentarios.
c) El Antifonario; contiene los cantos para la schola o coro y para el cantor; está compuesto
fundamentalmente por los tres cantos procesionales de la misa: introito, ofertorium y
communionem.
d) Los Ordines; describen las ceremonias litúrgicas (antecesor de las rúbricas); tienen una base
romana y los desarrollos franco-germánicos; el más importante el Ordo romano I, que
contiene la única descripción, tardía, de la Misa romana pura. El Ordo romano XI describe el
rito del Bautismo en Roma.
e) Para el oficio divino se forman paralelamente: el salterio, el himnario, el antifonario, el
homiliario, el colectario, etc.

- Siglos XII-XV

Surgen los libros litúrgicos mixtos o plenarios. La progresiva clericalización con el alejamiento del
pueblo y la absorción de todos los roles en la liturgia, favorece, desde el año 1000, la fusión
creciente de los libros litúrgicos, de modo que se reúnen en libros unitarios los formularios para
cada tipo de celebración.

a) Pontifical. Es el libro que contiene todo lo necesario (oraciones, rúbricas, ritos) para las
celebraciones episcopales. Se forman en los países francos, a partir del Pontifical romano-
germánico (Maguncia, 950) y se desarrolla en los siglos XII y XIII.

b) Misal plenario. Se forma para el servicio de la Curia romana y se difunde rápidamente en


toda Europa, por su utilidad práctica y gracias a los misioneros y las órdenes mendicantes.

23
c) Breviario. Recoge y abrevia en un solo libro, para facilitar su uso, los diversos códices que se
usaban para la Oración de las horas.

d) Ritual. Se forma en el siglo XV, y contiene los ritos propios de las celebraciones de los
presbíteros.

- Siglos XVI-XIX

Los libros litúrgicos tridentinos codifican y reúnen, con algunos retoques, los libros litúrgicos
medievales. Son un empeño del concilio de Trento y serán publicados por los papas posteriores:
Breviario romano (1568), Misal romano (1570), Martirologio romano (1584), Pontifical romano
(1595), Ceremonial de los obispos (1600) y Ritual romano (1614). Permanecerán en vigor, con
ligeras modificaciones, hasta el concilio Vaticano II.

- Siglo XX

Libros litúrgicos postconciliares. El concilio Vaticano II se propuso una reforma general de los libros
litúrgicos. El papa Pablo VI creó un Consilium que elaboró diversos documentos, que, a su vez, fue
publicando diversas instrucciones y documentos para la recta aplicación de las propuestas
conciliares: Inter oecumenici de 1964, Musicam sacram de 1967, Tres abhinc annos de 1967
(segunda instrucción), Eucharisticum mysterium de 1967 y Liturgicae instauraciones de 1970
(tercera instrucción). Con tales instrucciones se daba la posibilidad de introducir la lengua vulgar en
las diferentes partes de la celebración, por lo que cada una de las conferencias episcopales toma
disposiciones para traducir el Misal, prepara leccionarios ad experimentum y se traduce parte del
Ritual. El Consilium continuaba trabajando con grupos de expertos en la composición de los nuevos
libros. En 1968 comienzan a publicarse las ediciones típicas latinas. En el año 2001 se publica la
quinta y última instrucción Liturgiam authenticam25 sobre el uso de las lenguas vernáculas, en la
publicación de los libros de la liturgia romana que lleva consigo nuevas traducciones 26 y nuevas
ediciones de los libros en las lenguas modernas. Así se fueron publicando los diversos libros:

Calendarium Romanum (1969)

Missale Romanum que contiene tres libros:

- Missale Romanum (1970; 1972; 200227)


25
[Link]
authenticam_sp.html
26
La Neo-Vulgata es la edición latina oficial de la Biblia publicada por la Santa Sede para su uso en el Rito romano
contemporáneo. Es una revisión del texto de la Vulgata de san Jerónimo destinada a concordar con los textos críticos
modernos del hebreo y el griego y producir un estilo más cercano al latín clásico. El Concilio Vaticano II en
Sacrosanctum Concilium había ordenado una revisión del salterio latino de acuerdo con los estudios textuales y
lingüísticos modernos. En 1965 el papa Pablo VI nombró una comisión para revisar el resto de la Vulgata siguiendo los
mismos principios. La Comisión publicó su trabajo en ocho secciones anotadas: el salterio latino fue publicado en 1969,
el Nuevo Testamento se completó en 1971 y toda la Neo Vulgata se publicó, con la autoridad del papa Juan Pablo II, en
un solo volumen en 1979. A partir de entonces se tenían que revisar y publicar nuevas traducciones de los textos
bíblicos para su uso en la liturgia tomando como base este texto de la Neo-Vulgata.
27
La novedad más llamativa es el cambio en la traducción de las palabras de la Institución de la eucaristía sobre el vino,
“por muchos” en vez de “por todos los hombres” en fidelidad al texto latino “pro multis”. Otras novedades en:

24
- Ordo Lectionum Missae (1970; 1981) y Lectionarium (3 vols., 1970-1972; 2002)
- Ordo Cantus Missae (1973).

Officium Divinum: Liturgia Horarum (por ahora en 4 volúmenes 1971-1972; 1980)

Pontificale Romanum. En varios fascículos:

- De Ordinatione Diaconi, Presbyteri et Episcopi (1968;1989)


- Ordo Consecrationis Virginum (1970)
- Ordo Benedicendi Oleum catechumenorum et infirmorum et conficiendi chrisma (1971)
- Ordo Benedictionis Abbatis et Abbatissae (1971)
- Ordo Confirmationis (1972)
- De Institutione Lectorum et Acolytorum (1973)
- Ordo Dedicationis Ecclesiae et Altaris (1978)
- Caeremoniale Episcoporum (1984)

Rituale Romanum. En fascículos:

- Ordo Baptismi Parvulorum(1969)


- Ordo Celebrandi Matrimonium (1969; 1990)
- Ordo Exsequiarum (1969; 199128)
- Ordo Professionis Religiosae (1970; 197529)
- Ordo Unctionis Infirmorum eorumque pastoralis curae (1972)
- Ordo Initiationis Christianae Adultorum (1972)
- De Sacra Communione et de Cultu Mysterii Eucharistici extra Missam (1973)
- Ordo Paenitentiae (1974)
- De Benedictionibus (1984)
- De exorcismis et supplicationibus quibusdam (1999)

A éstos hay que añadir:

Graduale simplex (1967; 1975); Graduale Romanum (1974); Graduale Triplex (1979)

Ordo Coronandi Imaginem Beatae Mariae Virginis (1981)

La ausencia de signos: el silencio 30 El silencio no es simplemente la ausencia de la palabra sino un


elemento propio de la celebración que tiene, incluso, un origen bíblico: “Cuando un silencio
apacible envolvía todas las cosas tu Palabra omnipotente descendió desde el cielo” (cf. Sab 18,14-
15); así reza una antífona de la octava de Navidad que recuerda, con extraordinaria libertad, cómo
en la noche del Éxodo se realizó la liberación del hombre y la emancipación del pecado. El silencio

[Link]
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%C3%[Link]
28
Segunda edición en lengua española.
29
La segunda edición ya no está bajo el encabezamiento Rituale Romanum.
30
Cf. El sagrado silencio en la celebración litúrgica. Oficina para las celebraciones litúrgicas del Sumo Pontífice.

25
es el “lugar” propio de la acción divina por eso para reconocerle presente en el mundo, y también
en la liturgia, es necesario guardar silencio. Es en el secreto de la conciencia, donde se puede oír la
voz de Dios, en la noche silenciosa, como le sucedió al joven Samuel (cf. 1Sam 3).

El culto divino nace del silencio. Dios “desciende” del silencio eterno a este tiempo tan ruidoso para
apaciguarlo y orientarlo hacia sí. Toda celebración nace del silencio. En la misa también se pide al
inicio en el breve examen de conciencia que precede al acto penitencial. De nuevo tras la invitación
a la oración con la monición Oremus, el sacerdote se recoge en silencio para rezar y para dar
tiempo a los fieles a hacer lo mismo, y unir así su propia intención a la oración que el sacerdote
pronunciará “recogiendo” y presentándola al Señor en nombre de toda la asamblea. Seguidamente,
de la oración se pasa a la escucha, para la cual se necesita silencio; el Sínodo sobre la Palabra de
Dios insistió en el silencio como espacio privilegiado para recibirla y la liturgia de la Palabra es tal
porque tiene lugar en ese silencio sagrado31. El Ordo Missae sugiere, en este punto, que haya
habido o no homilía, se guarde silencio meditativo para que resuene en el interior de los fieles la
Palabra que les ha sido dirigida. El silencio aflora otra vez durante la presentación de las ofrendas
donde no es necesario ni obligatorio que las fórmulas previstas se digan en voz alta. Análogo
silencio se recomienda después de la Comunión.

En la Liturgia de las horas reaparece la dinámica de la relación entre Dios que habla y el fiel que
escucha, y responde con los salmos o la oración32 en la que es esencial el silencio para asimilar y
hacer que voz y mente se armonicen33.

Más allá de los momentos específicos de la liturgia, la Iglesia misma, como espacio sagrado,
necesita recuperar el clima de silencio. Esta exigencia llevó en otro tiempo a ordenar espacios de
reunión, como el nártex o los atrios, que hacían pasar del exterior al interior, de la dispersión al
recogimiento.

El canto y música. La música es un lenguaje en el que la comunicación está constituida por signos y
silencio que se suceden con un ritmo determinado; por eso, puede ser considerada paradigma de la
celebración litúrgica, donde el sucederse armónico y rítmico de las palabras, los signos y el silencio
realiza la obra divina que es la liturgia. Pero no solo por su ejemplaridad la música ocupa un lugar
propio en la celebración, sino porque ella misma es un signo elevadísimo a través del cual
establecer comunicación con Dios34 A este respecto dice el Catecismo: “El canto y la música
cumplen su función de signos de una manera tanto más significativa cuanto "más estrechamente
31
Los misterios de Cristo están unidos al silencio, como dicen los Padres de la Iglesia. Así, más que multiplicar los
encuentros bíblicos, es necesario tener “realmente en el centro el encuentro personal con Cristo que se nos comunica
en su Palabra” (Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 73).
32
Según la clásica tripartición conservada en la Vigilia pascual: lectura, responsorio, oración.
33
La Regla benedictina exhorta al monje a hacer que su mente esté en armonía con su voz (cf. 19,7).
34
“Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos
de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico
no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por
obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro
amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo.”

26
estén vinculadas a la acción litúrgica" (SC 112), según tres criterios principales: la belleza expresiva
de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter
solemne de la celebración. Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones litúrgicas:
la gloria de Dios y la santificación de los fieles (cf. SC 112) (CEC 1157).

El canto y la música son un elemento irrenunciable en la celebración cristiana por muchas razones:
muchos fragmentos de la Sagrada escritura han sido revelados como cantos (los Salmos y cánticos),
hay partes de la liturgia que son expresamente cantos (himnos como el Señor ten piedad, el Gloria,
el Santo, el Cordero de Dios; los cantos procesionales de entrada, de la presentación de las
ofrendas, de comunión; aclamaciones, saludos,…), el canto ayuda a “crear” la asamblea, eleva el
espíritu, expresa alegría y fiesta o arrepentimiento y dolor,… 35 Pero no es válido cualquier canto: la
armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones) es tanto más expresiva y fecunda cuanto
más se expresa en la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que celebra (cf. SC 119). Por eso
"foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y
sagrados y en las mismas acciones litúrgicas", conforme a las normas de la Iglesia "resuenen las
voces de los fieles" (SC 118). Pero "los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo
con la doctrina católica; más aún, deben tomase principalmente de la Sagrada Escritura y de las
fuentes litúrgicas" (SC 121)” (CEC 1158). La tradición musical de la Iglesia universal constituye un
tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente
porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la
liturgia solemne" (SC 112)” (CEC 1156).

La música y el canto, por último, no son un adorno de la celebración, son un elemento


fundamental; por eso, tienen que ser tanto o más cuidados e interpretados, que el resto de los
signos y símbolos, si queremos que nuestra celebración sea bella, participativa y fructuosa y que
nuestra lex orandi manifieste realmente nuestra lex credendi: "El que canta ora dos veces" (San
Agustín, Enarratio in Psalmum 72,1). La contemplación de las sagradas imágenes, unida a la
meditación de la Palabra de Dios y al canto de los himnos litúrgicos, forma parte de la armonía de
los signos de la celebración para que el misterio celebrado se grabe en la memoria del corazón y se
exprese luego en la vida nueva de los fieles (cf. CEC 1162).

35
“El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más
adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes
traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este
modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con
maestría y con júbilo”. De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos. Salmo 32.

27

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