ALEJANDRO MAGNO
MARY TENAULT
ALEJANDRO
MAGNO
Consulte nuestra página web: htpps://[Link]
En ella encontrará el catálogo completo de Edhasa comentado.
Título original: The Nature of Alexander
Diseño de la sobrecubierta: Estudio Calderón
Primera edición: mayo de 1991
Tercera reimpresión: marzo de 2018
© Mary Renault, 1975
© de la traducción: Horacio Gonzalez Trejo, 1991
© de la presente edición: Edhasa, 1991, 2018
Diputación, 262, 2º1ª
08007 Barcelona
Tel. 93 494 97 20
España
E-mail: info@[Link]
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares
del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total
de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía
y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares
de ella mediante alquiler o préstamo público.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos,
[Link]) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra
o entre en la web [Link].
ISBN: 978-84-350-0568-5
Impreso en Liberdúplex
Depósito legal: B. 38758-1991
Impreso en España
LA SUCESIÓN MACEDONIA
de 450 a 310 a. C. aproximadamente
ALEJANDRO I muerto c. 450
PÉRDICAS II c. 450-414; muerto
(PÉRDICAS hijo del anterior, se cree que fue
asesinado por Arquelao cuando
contaba siete años)
ARQUELAO I 414-399; asesinado por Cratero,
su favorito
CRATERO monarca durante cuatro días,
ejecutado
ORESTES hijo de Arquelao I, 399-396;
}
asesinado por Aeropo II, su tutor
AEROPO II descendencia incierta,
396-392;
se desconoce su suerte
desarrollo
AMINTAS II descendencia incierta,
de las
392-390;
guerras
se desconoce su suerte
civiles
PAUSANIAS hijo de Aeropo II,
390-389;
se desconoce su suerte
AMINTAS III descendencia incierta,
389-369; muerto
ALEJANDRO II primogénito de Amintas III,
369-368; asesinado por Tolomeo,
amante de su madre
TOLOMEO 368-367; asesinado por Pérdicas III
PÉRDICAS III segundo hijo de Amintas III,
367-359; muerto en batalla
o asesinado por su madre
FILIPO II tercer hijo de Amintas III,
359-336; asesinado
ALEJANDRO III Magno o el Grande, hijo de Filipo II,
336-323; muerto
}
ALEJANDRO IV hijo del anterior,
323-c. 310; asesinado
por Casandro
reyes
conjuntos
FILIPO ARRIDEO hijo de Filipo II,
323-317; asesinado
por Olimpia
Es hermoso vivir con valor
y morir dejando tras de sí fama imperecedera.
ALEJANDRO
Ya se sabe, cuanto más magnífica la posibilidad,
menor la certeza y mayor la pasión.
SIGMUND FREUD
El catafalco... era más soberbio visto que descrito. En vir-
tud de su enorme fama atrajo a muchos espectadores; en
cada ciudad a la que llegaba, la gente salía a su encuen-
tro y lo seguía al partir, sin cansarse jamás del placer de
contemplarlo.
DIODORO, Libro XVII, 28
IMÁGENES
Alejandro Magno murió en Babilonia un tórrido día
de junio del año 323 a.C. Los lamentos se propaga-
ron por la ciudad; los miembros de su guardia per-
sonal deambularon bañados en lágrimas; los persas se
raparon la cabeza en señal de duelo; los templos apa-
garon sus fuegos. Sus generales se lanzaron a una ver-
tiginosa y caótica lucha por el poder. Lucharon en
tomo a su féretro, en el que quizás aún estaba vivo
aunque en coma terminal, ya que la frescura y el co-
lor natural de su cadáver –que había pasado cierto
tiempo desatendido– produjeron gran asombro. Por
fin se presentaron los embalsamadores, se le acercaron
con sumo respeto y, «luego de orar para que fuera
justo y legítimo que los mortales tocaran el cuerpo
de un dios», emprendieron su tarea.
El hijo de Roxana aún no había nacido. Si Alejan-
dro nombró sucesor en su lecho de muerte, nadie ad-
mitió haberlo oído. No existía heredero conocido de
cuyo prestigio se le pudiera investir en medio del es-
plendor de sus exequias; durante décadas Grecia y Asia
serían asoladas por intrigas y sacudidas por el paso de
los ejércitos a medida que sus generales desgajaban
fragmentos del imperio.A lo largo de dos años, mien-
tras los elefantes avanzaban pesadamente tras el sé-
quito de los jefes militares que cambiaban de ban-
11
do, oro y piedras preciosas de incalculable valor iban
a parar al taller en el que los maestros artesanos grie-
gos perfeccionaban una carroza fúnebre digna de su
destinatario. Se aceptó, cual si fuera una ley de la na-
turaleza, que el catafalco no debía ser superado en
memoria, historia ni leyenda.
El féretro era de oro y el cuerpo que contenía es-
taba cubierto de especias preciosas. Los cubría un pa-
ño mortuorio púrpura bordado en oro, sobre el cual
se exponía la panoplia de Alejandro. Encima, se cons-
truyó un templo dorado. Columnas jónicas de oro,
entrelazadas con acanto, sustentaban un techo above-
dado de escamas de oro incrustadas de joyas y coro-
nado por una relumbrante corona de olivo en oro
que bajo el sol llameaba como los relámpagos. En ca-
da esquina se alzaba una Victoria, también en noble
metal, que sostenía un trofeo. La cornisa de oro de
abajo estaba grabada en relieve con testas de íbice
de las que pendían anillas doradas que sustentaban
una guirnalda brillante y policroma. En los extremos
tenía borlas y de éstas pendían grandes campanas de
timbre diáfano y resonante.
Bajo la cornisa habían pintado un friso. En el pri-
mer panel, Alejandro aparecía en un carro de gala,
«con un cetro realmente espléndido en las manos»,
acompañado de guardaespaldas macedonios y persas.
El segundo representaba un desfile de elefantes in-
dios de guerra; el tercero, a la caballería en orden de
combate, y el último, a la flota. Los espacios entre
las columnas estaban cubiertos por una malla dora-
da que protegía del sol y de la lluvia el sarcófago ta-
12
pizado, pero no obstruía la mirada de los visitantes.
Disponía de una entrada guardada por leones de oro.
Los ejes de las ruedas doradas acababan en cabezas
de león cuyos dientes sostenían lanzas. Algo habían
inventado para proteger la carga de los golpes. La
estructura era acarreada por sesenta y cuatro mulas
que, en tiros de cuatro, estaban uncidas a cuatro yu-
gos; cada mula contaba con una corona dorada, un
cascabel de oro colgado de cada quijada y un collar
incrustado de gemas.
Diodoro, que al parecer obtuvo esta descripción de
un testigo presencial, afirma que era más soberbio vis-
to que descrito. Alejandro siempre había enterrado
con esplendor a sus muertos. En su época, los fune-
rales eran regalos de honor más que manifestaciones
de duelo.
«En virtud de su enorme fama atrajo a muchos es-
pectadores; en cada ciudad a la que llegaba, la gente
salía a su encuentro y lo seguía al partir, sin cansarse
jamás del placer de contemplarlo.» Semana tras se-
mana y mes tras mes, al ritmo de las laboriosas mu-
las, precedido por los constructores de carreteras y
haciendo un alto mientras éstos allanaban el camino,
veinticinco, dieciséis, ocho kilómetros diarios; paran-
do en las ciudades donde ofrecían sacrificios y pre-
gonaban epitafios, el resonante, reluciente y enorme
santuario de oro atravesó lentamente mil seiscientos
kilómetros de Asia; los amortiguadores, cuyo meca-
nismo no ha logrado desentrañar ningún investiga-
dor, protegieron en la muerte al cuerpo que en vida
había sido tan poco cuidado. Al norte por el Éufra-
13
tes, al este hasta el Tigris; un alto en Opis, lugar de-
cisivo en el Camino Real hacia el oeste; hacia el nor-
te para bordear el desierto arábigo. «Además, para
rendir homenaje a Alejandro,Tolomeo acudió a su
encuentro con un ejército y llegó hasta Siria.»
El homenaje de Tolomeo fue un secuestro reve-
rente. Según la antigua costumbre, los reyes de Ma-
cedonia eran enterrados en Aegae, la antigua capital
fortificada en lo alto de una colina. Existía la profe-
cía según la cual la dinastía tocaría a su fin cuando
la costumbre dejara de [Link], pariente
de la familia real, debía de conocer bien aquella pro-
fecía, pero ya había elegido sagazmente su parte del
imperio fisurado: Egipto, donde la conquista mace-
donia fue aclamada como liberación; donde Alejan-
dro honró los santuarios profanados por el rey persa
y recibió la divinidad; donde el propio Tolomeo se
deshizo de un mal gobernador y alcanzó gran popu-
laridad. Declaró que Alejandro había querido retor-
nar a Egipto: ¿a qué otra tierra, si no a la de su pa-
dre Amón?
Probablemente Tolomeo tenía razón. Desde que
a los veintidós años cruzó el Helesponto rumbo al
este,Alejandro no se mostró dispuesto a volver a Ma-
cedonia. Se proponía centrar su imperio en Babi-
lonia; había dejado de ser un joven conquistador ma-
cedonio para convertirse en un impresionante gran
rey persa; estaba desarraigado, lo mismo que la to-
talidad de los oficiales jóvenes y ambiciosos que le
[Link] ya había demostrado su lealtad
en años anteriores, cuando materialmente era más
14
lo que podía perder que ganar.Y si ahora el presti-
gio de sepultar a su amigo era inmenso para Egip-
to y le permitía fundar una dinastía,Tolomeo tenía
sobrados motivos para pensar que Alejandro le esta-
ría agradecido. Si su cuerpo hubiese llegado a Ma-
cedonia, tarde o temprano habría sido destruido por
el implacable Casandro. En Alejandría sería vene-
rado durante siglos.
Por consiguiente, la comitiva que suscitaba un te-
mor reverencial, a la que se sumaron un sátrapa egip-
cio y su ejército, puso rumbo sur desde Siria; pasó an-
te las murallas semiderruidas de Tiro y prosiguió a
través de Judea. En una ciudad tras otra las huestes
mezcladas de la escolta –macedonios, persas y egip-
cios– montaban sus tiendas en tomo al tabernáculo
del dios muerto, de cuya divinidad Tolomeo, aspiran-
te a faraón salvador, extraería la propia. Se ocupaba
de que estuviera bien exhibido y de que se anun-
ciase su llegada. Es precisamente lo que Alejandro ha-
bría deseado. Había amado su [Link] igual que Aqui-
les, había trocado días de su vida a cambio de la
celebridad. Había confiado en que los dioses cum-
plirían su parte del trato y, al igual que en el caso de
Aquiles, no fue una expectativa vana.
Los niños que no habían nacido o que iban en bra-
zos cuando Alejandro había cabalgado así en vida mi-
raban azorados la comitiva de la que sesenta años des-
pués seguirían hablando. Señalaban las pinturas del
friso, preguntaban qué representaban y creían cuan-
to les dijeron. Durante esa procesión debieron de sur-
gir mil años de leyendas.
15
Una vez en Egipto, el sarcófago –instalado aún
en el célebre catafalco– pasó unos años en Menfis, un
imán para los viajeros, mientras en Alejandría cons-
truían el Sepulcro. (Cuando los mausoleos de la di-
nastía de los Tolomeos se reunieron en torno al Se-
pulcro, éste siguió llamándose así.)
Perdicas, delegado de Alejandro a la muerte de és-
te, se enfureció con Tolomeo y a su debido tiempo le
hizo la guerra. Empero, la proverbial fortuna de Ale-
jandro, que llevó a las gentes a lucir su imagen talla-
da en anillos, se transmitió como un legado de grati-
tud a su amigo de la infancia. De los grandes generales
que a la muerte de Alejandro combatieron por ha-
cerse con su imperio, sólo Tolomeo murió pacífica-
mente en la cama. Contaba ochenta y cuatro años,
gozaba del respeto de su pueblo, había terminado su
respetada historia y establecido en vida la sucesión de
su hijo preferido.
Durante cerca de tres siglos, durante los cuales Ma-
cedonia se convirtió en provincia romana, los Tolomeos
gobernaron Egipto y los sacerdotes del divinizado Ale-
jandro sirvieron en su santuario. Finalmente, en el
89 a.C., fecha en que la dinastía ya había degenerado,
el decadente y abotargado Tolomeo IX, rechazado por
su ejército y necesitado de dinero para pagar a los mer-
cenarios, cogió el sarcófago de oro y lo fundió para
acuñar [Link] Alejandría se sintió ultrajada; na-
die se sorprendió cuando Tolomeo IX, menos de un
año después, fue asesinado.
Los embalsamadores habían sido grandes maestros
y el rostro de Alejandro, de tres siglos, había cuajado
16
en una belleza distinguida. Los partidarios de Alejan-
dro lo albergaron devotamente en un sarcófago ador-
nado con vidrios de colores. Cincuenta años después
el áspid de Cleopatra puso fin a la dinastía de los
Tolomeos.
El Sepulcro siguió en pie. César lo visitó; sin duda,
Marco Antonio también acudió a verlo con envidia;
Augusto dejó como tributo un estandarte imperial.
Las leyendas se acrecentaron.
Habían comenzado en vida de Alejandro, origi-
nándose en su marcha del Helesponto al Himalaya.
Crecieron como maleza tropical a lo largo y a lo an-
cho de su imperio fragmentado y mucho más allá de
sus límites, produciendo exóticas flores de fantasía.
Según el mito, el ladrón Escirón, al que Teseo arrojó
desde los acantilados ístmicos, fue rechazado por la
tierra y por el mar, que se lo arrojaron entre sí. Con
tal de poseer a Alejandro, se libró una guerra inter-
continental.
Egipto se lo anexionó rápidamente. Alejandro te-
nía trece años cuando el último faraón autóctono,
Nectanebo, huyó al exilio durante la conquista per-
sa; ahora se decía que este último había sido adepto
a la magia y que, siguiendo instrucciones de ese arte,
viajó a Macedonia para engendrar al vengador de los
males de su [Link] enterarse de su fama, Olimpia
lo llamó para que le hiciera el horóscopo. Nectane-
bo le predijo que tendría un hijo héroe con la simiente
de Zeus-Amón; lo anunciaría una serpiente mons-
truosa. El ofidio apareció y sobresalió a la corte. La
noche siguiente Nectanebo se puso la máscara de
17
Amón, con cuernos de carnero, y cumplió su profe-
cía. Las estrellas estaban a punto de anunciar un na-
cimiento portentoso; cuando Olimpia empezó a sen-
tir los dolores del parto, Nectanebo le pidió que
resistiera hasta que los astros alcanzaran la conjunción
adecuada.
Alejandro apenas había pasado unos meses en Egip-
to. En Persia, su reino de adopción, su recuerdo esta-
ba fresco y lozano. Haciendo caso omiso de la crono-
logía, la leyenda le atribuyó como padre a Darío II,
que había recibido una hija de Filipo de Macedonia
después de una victoria (totalmente ficticia) sobre es-
te rey. Pese a la belleza de la mujer, Darío sólo estuvo
una noche con ella porque tenía mal aliento.Y por ese
motivo Alejandro nació en Macedonia. Más adelante,
la hija de Filipo alivió el mal aliento mascando skan-
dix (perifollo) y llamó Sikandar a su hijo. Puesto que
skandix no es una palabra persa, sino griega, la anéc-
dota demuestra que la empresa de fusión cultural de
Alejandro no fue inútil.
Persia pasó dos milenios adornando la historia
de Sikandar Dhulkarnein, el Buscador del Mundo,
el de los Dos Cuernos. Siglos antes de que aparecie-
ra por escrito, en las casas de placer, los bazares, las
posadas y los harenes acumuló hazañas fabulosas de
eras anteriores a su nacimiento, Märchen* con los que
quizás el propio Alejandro fue seducido por su fa-
vorita persa. Sólo de él parecían ser creíbles estas anéc-
dotas.
* En alemán en el original. Significa «cuentos». (N. del T.)
18
Asimiladas finalmente por el Islam, las aventuras se
difundieron ampliamente, cargadas de añadidos, has-
ta que hicieron falta ochenta y cinco estrofas para des-
cribir a los dos ejércitos en pugna antes del comien-
zo de la batalla. Se le atribuyeron actos que habría
rechazado indignado, pues se tendía a proveerlo de las
cualidades que el poeta encontraba admirables, in-
cluida la intolerancia [Link] al galope, des-
truyendo templos paganos y esparciendo los fuegos
sagrados de Zoroastro –él, el más alegremente sin-
cretista de los religiosos– en nombre de Alá. Llega a
Egipto para rescatar al país de los zang, invasores ne-
gros y horribles, bebedores de sangre y comedores de
sesos. Para atemorizarlos, ordena cocinar una cabeza
de zang y, luego de un hábil cambio de platos, si-
mula devorarla con [Link], abandona a los
agradecidos egipcios (aún existen pequeños aflora-
mientos de la historia) y derrota al rey persa Dara,
que muere en sus brazos y le lega, a cambio de que
vengue su asesinato, la mano de su hija Roshanak,
que desata en su corazón «un tumulto parecido al
campanilleo de un camello ruso». Se deshace sin ayu-
da de Poros de la India y acepta la rendición del rey
de China, que le entrega el Jinete Propicio, un galan-
te guerrero que resulta ser una dama de sorprendente
belleza, con la que pasa una noche de amor adere-
zada con todo lujo de detalles. (Tanto tiempo duró el
recuerdo de su deseo de conocer a una amazona.)
Triunfa sobre monstruos y salvajes rusos, marcha ha-
cia la noche ártica en pos del manantial de la vida
eterna, la búsqueda inmemorial del sumerio Gilga-
19
mesh. (Probablemente ésta es la faceta de la leyenda
que más lo habría sorprendido.)
Hay un elemento constante: Sikandar es el héroe
supremo de acuerdo con los términos de cada época.
«Es de hierro con los hombres férreos y de oro con
los maleables.» Cuando el Delfín envió a Enrique V
un bate y una pelota para mofarse de su juventud, se-
guramente escogió ese obsequio inoportuno recor-
dando vagamente el reto de Dara a Sikandar. Funda
Sikandria, «una ciudad semejante a un manantial go-
zoso». Está lleno de astucias, aunque él no las habría
aprobado en su totalidad. Inventa el espejo... por ra-
zones estratégicas y no sin cierta verdad psicológica
[Link] el sepulcro de Ciro el Grande,
hecho que en Persia jamás fue olvidado. Sus tácticas
se comparan con una magistral partida de ajedrez, y
la disposición de sus tropas, con miniaturas esmalta-
das. Los miniaturistas no se cansaron de representar-
lo, rebuscadamente transfigurado en persa, con cota
de malla, yelmo puntiagudo y cimitarra; utilizando el
arco del jinete o atrapando a un gigante de una há-
bil lazada; luciendo el bigote y la barba regios, obli-
gatorios allí donde el rostro lampiño caracterizaba a
los eunucos; llorado en su muerte por los sabios Aris-
to y Aflatun (Aristóteles y Platón); el Feliz Poseedor
del Mundo, cuyo desfile es como una rosaleda. Nin-
gún triunfador de la historia ha dejado una imagen
equiparable a ésta en las tierras que conquistó. En es-
te punto conviene recordar que Ricardo Corazón de
León perduró en la memoria de los árabes como el
coco con el que las madres amenazaban a los niños.
20
Mientras la memoria popular y la fábula persas or-
ganizaban los primeros fragmentos de ese extraor-
dinario mosaico, en el oeste tenía lugar un proceso
muy distinto, complejo e intencionado. En Macedo-
nia el impresionante Antípatro –regente que había si-
do de Filipo, de Alejandro y del oscuro y pequeño
Alejandro IV– murió como una enorme piedra que
provoca corrimientos de tierras. Su hijo Casandro, el
enemigo más acérrimo de Alejandro y futuro asesi-
no de su madre, su viuda y su hijo, emprendió la gra-
ve tarea de liquidar la reputación de Alejandro.
El estamento educativo de Atenas fue una herra-
mienta bien dispuesta, pues estaba amargado por el
derrumbamiento interior de las ciudades-estado, lo
que las dejó a merced de Macedonia; culpó a Ale-
jandro de la severa hegemonía de su regente, hege-
monía que había intentado relajar cuando lo sor-
prendió la muerte; estaba dolido por la muerte de
Demóstenes, al que Alejandro perdonó la vida a pe-
sar de tantas provocaciones, y por la del ambiguo Ca-
lístenes, cuyas provocaciones habían sido excesivas. El
estamento educativo había expulsado a Aristóteles por
sus vínculos con Macedonia. Ante los hombres in-
feriores que quedaron como formadores de opinión,
Casandro puso de manifiesto que los enemigos de
Alejandro eran sus amigos; y Casandro era un ami-
go poderoso. Con su estímulo, estos formadores de
opinión –probablemente alimentados de información
falaz que creyeron porque Casandro había visitado la
corte de Babilonia– se dispusieron a crear su propia
leyenda de Alejandro. No fue un desarrollo orgánico
21
como el de los romances, sino un eficaz trabajo de
zapa que produjo horrorosas caricaturas de un dés-
pota orientalizado, libertino e incongruentemente ac-
tivo en medio de excesos que habrían agotado a Sar-
danápalo. Su incapacidad de engendrar una horda de
bastardos en medio de ese estilo de vida se atribuyó
al alcoholismo; la bebida volvió acuoso su semen, de-
cretó Teofrasto, profesor de ciencia del Liceo..., hom-
bre que, al igual que el resto de los atenienses, no le
había visto el pelo a Alejandro desde que tenía die-
ciocho años.
Durante ese período prosiguieron las complejas
guerras entre sus sucesores; sus antiguos generales
contaminaron un poco más la historia presentando
falsos testamentos de Alejandro, en los que sustenta-
ban sus [Link]én fue tema favori-
to de las escuelas de retórica, que se afanaron en es-
cribir cartas en su nombre, en las que describía las
maravillas de la India, hablaba de Aristóteles o le con-
taba a su madre cómo estaba. Los eruditos moder-
nos han tenido que hacer un gran esfuerzo para ex-
traer estos nudos de la trama de la historia, en la cual
han quedado firmemente entrelazados los más sor-
prendentes.
De todos modos, los romances se desarrollaron a
la misma velocidad que la propaganda. Bajo la seve-
ra férula de Antíoco, Judea pensó con nostalgia en
la Bestia de los Dos Cuernos que había atravesado sus
tierras sin infligir el menor daño y muy pronto la ima-
ginó de rodillas ante la Tora, honrando al Dios úni-
co. Los etíopes, quizá modelos originales de los te-
22
mibles zang, refinaron su propia leyenda de Alejan-
dro, en la que, además de conversar con el ángel que
sustenta el mundo, mata a un dragón enorme ha-
ciéndole tragar una especie de bomba que luego es-
talla. «¿Cómo está el gran Alejandro?», preguntaba la
sirena de dos colas a los marineros del Egeo, que, si
querían salvar las naves, debían replicar a toda prisa:
«Vive y reina».
En Roma, César cayó fulminado en el Foro; pre-
tendía salvar la república, dijeron, y ésta se convirtió
en su víctima. Durante el gobierno del divino Au-
gusto, nadie tuvo motivos para encomiar a Alejandro.
Los cesarianos tuvieron buen cuidado de no rendir
elogios a sus rivales. Según los prejuicios romanos,
los griegos eran levantinos de poca entidad, heleni-
zados y relamidos; alcahuetes, proxenetas y aprovecha-
dos. Por otro lado, para el mundo erudito,Atenas era
la universidad a la que enviaban a sus hijos para que
se contagiaran del brillo intelectual de los conquis-
tados, y allí seguía escribiendo la mano del Liceo.
Entre los republicanos, que vivían en la amarga
clandestinidad, el interés hacia la personalidad de Ale-
jandro se mantenía vivo y activo. Si no hubiese vi-
vido, habría sido necesario inventarlo. La suya era una
efigie imperial que podía quemarse sin riesgos.
A esta época pertenecen Trogo, la fuente ahora des-
aparecida del inexacto y hostil Justino, y Diodoro. La
fecha preferida por Rufo Quinto Curcio es inme-
diatamente después del temible Calígula, uno de cu-
yos entretenimientos consistía en disfrazarse de Ale-
jandro. El macedonio divinizado y muerto tres siglos
23
antes fue un regalo propagandístico para el protocé-
sar tiránico. En semejantes monstruos se convirtieron
los que presumían de reclamar honores divinos a sus
ciudadanos... exceptuando, por supuesto, a los pre-
sentes.
Aquí y allá el torrente de calumnias topó con in-
amovibles rocas de realidad, demasiado arraigadas pa-
ra dejarse arrastrar. Al introducir ese difícil material,
los moralistas republicanos aseguraron que Alejandro
había empezado bien, pero que todo poder corrom-
pe y ninguno más absolutamente que el poder so-
bre bárbaros serviles y rastreros. La adopción de su in-
dumentaria afeminada y de sus costumbres hablaba
por sí misma.
Persistía la discrepancia de su rostro. En el ínterin,
los copistas romanos reprodujeron aceleradamente sus
estatuas, pues la demanda era muy superior a lo que
podían ofrecer los originales producto de los saqueos.
Ni siquiera todos los originales se habían hecho del
natural. Hasta en las estatuas más vulgares, alrededor
de los ojos, hay algo que demuestra a quién preten-
den representar.
Tal vez el rostro o quizás el patriotismo griego in-
fluyeron en el joven Plutarco mucho antes de que co-
menzara Vidas paralelas. Dos de sus primeras obras
fueron ensayos acerca de la Fortuna o de la Virtud de
Alejandro, haciendo primar la segunda sobre la pri-
mera, cuando los escritores hostiles habían atribui-
do a la Fortuna la mayor parte de los honores. Mu-
cho después, este hombre afectuoso, encantador y
longevo puso a Alejandro en Vidas paralelas al lado de
24
Julio César. Por desgracia, como biógrafo dejaba mu-
cho que desear, porque nunca renunció a un buen
chisme y rara vez distinguió las fuentes primarias de
las secundarias, tan preocupado estaba por edificar
con el ejemplo. De todos modos, «los libros tienen su
destino», y su relato de la infancia y juventud de Ale-
jandro es el único de que disponemos; las fuentes que
Plutarco utilizó han desaparecido.
Hacia el final de la vida de Plutarco, en el siglo
II d.C., un compañero de armas rescató a Alejandro
para la historia. Se trataba de Flavio Arriano, un grie-
go bitinio [Link] lo nombró goberna-
dor de Capadocia, honor que rara vez se concedía a
los de su raza; fue un general valiente y competente
que rechazó una peligrosa invasión bárbara. Epicte-
to, del que Arriano había sido discípulo, le enseñó
lo siguiente:
¿Acaso ignoras que todos los males humanos, las
mezquindades y la cobardía no surgen de la muer-
te, sino del miedo a la muerte? En consecuen-
cia, contra esto has de fortalecerte. Dirige a ello
todos tus discursos, lecturas y ejercicios. Entonces
descubrirás que sólo así los hombres se vuelven
libres.
Tal vez fue la libertad de Alejandro lo que atrajo a
Arriano. Sin embargo, la maraña de fantasías y de
mentiras comprometidas molestó al virtuoso gene-
ral. Por fortuna, llegó a tiempo de hallar intactas las
principales fuentes en las bibliotecas que aún no ha-
25
bían sido [Link]ó el valor de las fuentes,
posibilidad que ya no tenemos, y se decantó por To-
lomeo; por Aristóbulo, el arquitecto-ingeniero, y por
Nearcos, almirante y amigo de la infancia de Ale-
jandro.
Es lo que reclamo; y no importa quién soy; mi
nombre carece de importancia, aunque para los
hombres no es desconocido; no importa mi país,
mi familia, o el grado que he tenido entre los com-
patriotas. Preferiría decir: para mí, este libro mío es
mi país, mi familia y mi carrera, y así lo ha sido des-
de la niñez.
En vida no gozó de gran fama y es una pena que no
pueda saber lo mucho que le debemos.
Alrededor del 300 d.C., en las fértiles orillas de Ale-
jandría, encrucijada del comercio y de las tradiciones,
los pecios de la fábula, los cuentos populares, los ru-
mores, las campañas propagandistas y las fantasías mo-
ralizadoras, combinados con algunos fragmentos de
historia, fueron recogidos por un autor de poco ta-
lento, aunque ilimitadamente crédulo, y arrojados a
las aguas del tiempo. Por muy increíble que parezca,
se le atribuyó a Calístenes –que murió cuatro años
antes que Alejandro– y se convirtió en la primera obra
de ficción que ocupó los primeros puestos de tra-
ducción a lo largo y a lo ancho del mundo civiliza-
do conocido. Mucho más allá del círculo de oyentes
y lectores de primera mano, incontables analfabetos
la oyeron repetida por una segunda, tercera, cuarta o
26
centésima voz, a través de narradores de bazares, ar-
tistas itinerantes, gentes que aliviaban el tedio de un
largo viaje, pedagogos, poetas cortesanos, juglares y
sacerdotes. Primero se difundió entre los pueblos que
había conocido y conquistado y, más adelante, entre
aquellos que jamás había visto y sólo conocía por ru-
mores, hasta llegar al Lejano Oriente, en cuya exis-
tencia Alejandro no creía porque le habían enseñado
que la masa terrestre terminaba en la India.
Proliferaron las variantes griegas; aparecieron ver-
siones en armenio, búlgaro, etíope y siriaco, de don-
de pasó al árabe. Lo más importante fue que, poco
después de su aparición, cierto Julio Valerio la puso
en latín, lengua universal del mundo occidental le-
trado. En los albores de la Edad Media, y mucho más
allá de superada esta época, en Occidente el griego
era más raro que el oro. El latín se hablaba en todas
partes. La imagen de Alejandro llegó a la Edad Me-
dia a través del Calístenes de Valerio, así como de las
fuentes romanas y sólo de éstas.Y la Edad Media pron-
to dividió en dos su imagen.
Para la Iglesia fue un regalo, como lo había sido pa-
ra los republicanos. Aquí estaba la Virtud corrompi-
da por la Fortuna; la lujuria de la carne y de los ojos
y el orgullo de la vida cabalgando a toda velocidad
hacia el polvo y el juicio final. En una era en que
los cruzados se enorgullecían de acercarse al Santo
Sepulcro hundidos hasta los menudillos de sus mon-
turas en sangre judía, en que se quemaba vivos a los
herejes, en que la santidad se medía por un cilicio cu-
bierto de piojos desde hacía diez años, y en que pa-
27
ra escapar de la condenación los reyes excomulgados
debían desnudar la espalda ante el látigo o arrodillar-
se en medio de brasas ardientes, del rey Alisauder po-
dían extraerse severas y útiles moralejas.
Cualquier época de ortodoxia opresiva, provenga
del clero o de los comisarios, engendra rebeldes. «¡Al
infierno iré!», grita el joven Aucassin, desafiando al
reprobador guardián de Nicolete.
Al infierno van los jueces justos y los justos caba-
lleros caídos en torneos o en grandes guerras, los
buenos ujieres y los hombres de honor. Con ellos
iré.Y allá van las damas corteses que tienen dos o
tres amigos además de sus señores. Allá van el oro
y la plata, la marta cebellina y el armiño; allá van
los arpistas, los juglares y los reyes de la tierra. Con
ellos iré y por eso tengo conmigo a Nicolete, mi
más tierna amiga.
Allá también fueron con Alejandro. Sus romances me-
dievales fueron un tema de ramificaciones incalcula-
bles. Es tal su fascinación que, pese a que los autores
sólo tuvieron acceso a las fuentes más hostiles, bas-
taron los datos residuales para capturar la imaginación
y hechizar. El incidente en sí podría estar muy apar-
tado de la historia, pero el auténtico caballero salu-
daba al alma gemela. En Alexandreis y en el Roman
d'Alexandre, es el modelo de valor y cortesía, glorio-
so con las armas, protector de las damas, justo y ge-
neroso con los enemigos, liberal con los vasallos. No
es la Fortuna sino Dios quien dirige su destino; no es
28
Némesis, sino la envidiosa traición la que provoca
su muerte.
No habían visto su retrato. A pesar de que se ha-
bría adaptado perfectamente a sus cánones de belle-
za, le dan un rostro convencional con un yelmo con-
vencional y sólo se distingue por la elegancia de su
armadura. Se aventura en el campamento de Darío
disfrazado de heraldo, conquista el corazón de Roxa-
na, escapa cruzando el río congelado y más tarde ven-
ga la muerte de su enemigo vilmente asesinado. Hu-
ye en un carro tirado por águilas y en una campana
de cristal ve los monstruos de las profundidades. Al
buscar por enésima vez el Agua de la Vida en medio
de bosques peligrosos, consulta a los árboles proféti-
cos del Sol y de la Luna y con serena valentía los oye
vaticinar su [Link] por el oráculo de que un
amigo íntimo lo matará e instado a purgar a los que
le son más próximos, declara que prefiere morir a ma-
nos del único traidor antes que perjudicar a un ino-
cente. (Casandro se habría asombrado de saber que
era un camarada querido y de confianza.) Es enve-
nenado y los Siete Sabios moralizan sobre su tumba.
Constantinopla fue saqueada y los eruditos refu-
giados trasladaron al oeste los libros que pudieron
salvar; el mundo erudito de Italia redescubrió la li-
teratura y la historia griegas. En el siglo XV el erudi-
to Vasco de Lucena escribió al emperador Segismun-
do y le explicó que, con respecto a Alejandro,Arriano
era más digno de confianza que los autores latinos.
Durante el Renacimiento, los romances quedaron
relegados a los niños y a los ignorantes. Reapareció
29
el Alejandro histórico. Pero su imagen permaneció
condicionada por las leyendas y por una era sin ar-
queología que, mientras excavaba sin cesar por toda
Italia para desenterrar copias romanas de los origina-
les griegos que habían atraído a los romanos, admi-
ró como ellos el virtuosismo de ese estilo suave y tar-
dío, prefiriendo los contoneos sentimentales de
Laocoonte a un Apolo más clásico y majestuoso. Con
este espíritu, durante uno o dos siglos Alejandro pro-
porcionó a los pintores temas para grandes lienzos:
derrotando a Darío, protegiendo a las damas de la rea-
leza, contrayendo matrimonio con Roxana. Su ve-
hemente perfil se reduce a una insípida perfección;
su codo correctamente redondeado esboza el gesto
de una escuela de arte clásica; esplendorosa figura de
cera con un yelmo imposible del que caen plumas
de avestruz,Alejandro se convierte en la apoteosis del
varón soprano, con armadura de oropel, en la época
barroca, el vacuo títere imperial de El banquete de Ale-
jandro, de Dryden.
Entretanto, los estudiosos serios se dedicaron a exa-
minar las fuentes y comenzaron las evaluaciones crí-
ticas cuando mediado el siglo XIX George Grote –el
más impresionante de todos–, amén de muchos ser-
vicios valiosos a los estudios históricos, cometió el
desatino de revivir al Alejandro ideológico. Grote ja-
más pisó Grecia, que a la sazón no disponía de alo-
jamientos para turistas y estaba asolada por los ban-
didos; por tratarse de un radical comprometido,
cometió el fatal error de mezclar la realidad con la
anacrónica conciencia moral. Como había invertido
30
todo su capital de fe en la democracia ateniense, de-
cidió atribuir su caída a la maldad externa más que
a la descomposición interna. Para él, Demóstenes te-
nía razón, Filipo y Alejandro estaban equivocados.
A todos los efectos, el Alejandro de Grote es de nue-
vo el del Liceo; se trata de un tirano espontáneo que
renuncia a las saludables virtudes griegas al sabo-
rear por primera vez el servilismo y el despotismo
orientales.
El compromiso da lugar al contracompromiso, y
la defensa llegó demasiado lejos. Sir William Tarn,
que permaneció en activo hasta mediado el siglo XX,
era más erudito y más tolerante que Grote.A su so-
lidaridad hacia Alejandro también le aplicó –favora-
blemente– su propio código moral y con frecuencia
lo defendió cuando en realidad no podía conside-
rar que sus actos necesitaran atenuantes y en los ca-
sos en que, ciertamente, no habrían sorprendido a
ninguno de sus seguidores, mientras que su conside-
ración imparcial de las cualidades de los amigos o de
los enemigos se expande hasta convertirse en la creen-
cia idealista en la unidad de toda la humanidad.
Los eruditos más recientes intentan restablecer el
equilibrio. Sin embargo, estas evaluaciones, celebra-
das en círculos en los que se acuerda respetar las prue-
bas, se han colado como turbia filtración hasta ni-
veles que sólo buscan la confirmación del dogma
atrincherado. La resistencia a la nivelación ha hecho
de Alejandro el principal demonio de los igualitarios,
al tiempo que los pacifistas –bien intencionados pe-
ro poco leídos– han proyectado en él su horror ha-
31
cia las atrocidades modernas (perpetradas a lo largo
de dos milenios de cristianismo), que este pagano del
siglo IV a.C. apenas habría atribuido a los salvajes.
La imagen de Alejandro nos ha llegado, filtrada y
refractada por todas estas capas de fábula, historia, tra-
dición y emoción, algo de lo que nunca pudo sepa-
rarse, tanto vivo como muerto.
32