Reflexión 1: “¿Qué espíritu nos está guiando?
”
Vivimos en un tiempo donde hay muchas voces. Voces que gritan en las calles, en redes sociales, en debates
políticos… todas diciendo tener la verdad, todas exigiendo justicia. Y muchas de esas voces nacen de un
dolor legítimo, de una frustración real.
Pero como vimos en este teatro… no todas las voces nos llevan por el camino correcto.
El creyente debe aprender a discernir qué espíritu lo está guiando.
“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios…”
— 1 Juan 4:1
Jesús también vivió en un tiempo de injusticia, opresión, corrupción religiosa y política. Y, sin
embargo, su manera de responder no fue con piedras, fue con amor. No fue con insultos, fue con
verdad. No fue desde la rabia, fue desde la cruz.
Jesús vivió en una sociedad oprimida, pero su revolución no fue con espadas… sino con servicio, verdad y
amor.
“Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían…”
— Juan 18:36
Este teatro nos confronta: ¿qué nos mueve?
¿La rabia de la multitud o la compasión de Cristo?
¿El deseo de derribar al sistema o el deseo de levantar a los caídos?
El creyente no puede ser indiferente ante el sufrimiento social. ¡No podemos quedarnos en las cuatro
paredes de la iglesia mientras el mundo se cae! Pero tampoco podemos dejar que el espíritu de este mundo,
que reacciona con odio, con violencia y con división, sea el que dirija nuestra lucha.
Hoy muchos cristianos quieren cambiar el mundo desde la rabia. Pero la rabia humana no produce justicia divina.
“La ira del hombre no obra la justicia de Dios.”
— Santiago 1:20
La verdadera revolución no comienza con pancartas, sino con un corazón rendido a Dios. La
transformación más poderosa no ocurre en la calle, sino en el alma.
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe…”
— Gálatas 5:22
Hoy Dios nos llama a ser una voz diferente:
• Una voz que consuela sin dejar de denunciar.
• Una voz que ora, pero también actúa.
• Una voz que no se rinde, pero tampoco se contamina.
• Una voz que brilla con la luz de Cristo, en medio del ruido de este mundo.
Que podamos decir como Marcos en la obra: “No me mueve una ideología… me mueve una cruz.”
“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”
— Lucas 9:23
Reflexión 2: “Ser luz no es lo mismo que ser ruido”
Al terminar esta obra, surge una pregunta que no podemos ignorar:
¿Estamos siendo verdaderamente luz… o solo más ruido?
Muchos cristianos hoy se sienten presionados a tomar partido, a opinar de todo, a levantar banderas… y a
veces confundimos el activismo con el propósito. El teatro nos mostró claramente cómo un creyente puede
ser arrastrado por la emoción de los movimientos sociales, por la rabia del pueblo, por la urgencia del
cambio. Y eso, aunque parezca justo… puede desconectarnos del corazón de Dios.
“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.”
— 1 Corintios 10:23
La verdadera transformación no viene de una marcha o de un hashtag.
Viene de un corazón que ha sido tocado por Cristo.
“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”
— Zacarías 4:6
Jesús nunca fue indiferente, pero tampoco fue impulsivo. Él no fue un activista político ni un
revolucionario social al estilo del mundo. Él fue —y es— un restaurador del corazón humano.
La diferencia entre un movimiento social y el Reino de Dios es esta:
• El movimiento busca cambiar las estructuras.
• El Reino busca transformar las almas.
Uno puede existir sin Dios. El otro depende totalmente de Su presencia.
Hoy, más que tomar banderas, Dios nos llama a cargar la cruz.
Más que gritar contra la oscuridad, nos llama a encender Su luz.
Y más que ser parte del ruido, nos llama a ser parte del cambio… eterno.
Como Iglesia, no podemos confundir ser ruido con ser luz.
“Vosotros sois la luz del mundo… así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre…”
— Mateo 5:14,16
No todo lo que parece justo es justo delante de Dios. No todo lo que moviliza masas transforma
corazones. Y no toda lucha es la lucha del Reino.
Así como Marcos en la obra, que eligió un camino más profundo —servir, orar, sanar, proponer, confrontar
con amor—, también nosotros debemos preguntarnos:
¿Cómo estoy respondiendo yo al caos del mundo?
¿Desde mi carne… o desde el Espíritu?
Y si realmente queremos cambiar la sociedad, primero debemos dejar que Dios cambie nuestro interior.
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos.”
— 2 Corintios 13:5
Cristo no necesita más fanáticos de causas. Él necesita discípulos.
Y un discípulo sabe que la verdadera justicia empieza con obediencia.