ESPECIALIZACION EN CONSUMOS PROBLEMATICOS Y ADICCIONES
CLASE 2
FACTORES
PSICOLOGICOS
NEUROBIOLOGÍA DE LA ADICCIÓN
Circuito de recompensa
El circuito del placer o circuito de recompensa desempeña un papel clave en el
desarrollo de la dependencia a sustancias, tanto en el inicio como en el
mantenimiento y las recaídas. Se trata de un circuito cerebral existente no sólo en el
ser humano sino compartido con la gran mayoría de los animales. Es, por tanto, un
sistema primitivo. De manera natural, este circuito es básico para la supervivencia
del individuo y de la especie, ya que de él dependen actividades placenteras como
la alimentación, la reproducción, etc. La activación del circuito de recompensa
facilita el aprendizaje y el mantenimiento de las conductas de acercamiento y
consumatorias, en principio, importantes y útiles para la adaptación y la
supervivencia. De alguna manera, el consumo de sustancias no hace sino
secuestrar, piratear, pervertir dicho circuito del placer, y consigue que el sujeto
aprenda y tienda a realizar conductas de consumo de la sustancia, así como a
mantener en su memoria estímulos contextuales que posteriormente pueden servir
de desencadenantes del consumo. Así, el circuito de recompensa es una vía común
de reforzadores tanto naturales como artificiales (como las drogas). Esta misma
vía, parece ser común para otro tipo de adicciones, conductuales, como son la
adicción al juego (ludopatía), el uso de Internet, etc.
El objetivo último del sistema de recompensa es perpetuar aquellas conductas
que al sujeto le proporcionan placer. El consumo de sustancias, ya sea de manera
directa o indirecta, supone un incremento del neurotransmisor básico de este
circuito, la dopamina, por lo que el efecto hedónico aparece amplificado. Esta
sensación placentera es la que hace que el sujeto tienda a volver a consumir.
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VULNERABILIDAD Y FACTORES DE RIESGO Y PROTECCIÓN
Un aspecto esencial es que existe una vulnerabilidad personal hacia la
adicción. Este dato parece hoy día poco cuestionable; el problema estriba en que
de momento no se puede predecir qué persona concreta tiene ese mayor riesgo de
desarrollo de la enfermedad adictiva. Se puede afirmar, por tanto, que la
dependencia a una sustancia es fruto de la interacción de factores biológicos
(la vulnerabilidad personal y susceptibilidad del sistema nervioso) y
ambientales. Una exposición mantenida a una determinada sustancia supone una
adaptación o neurorregulación cerebral de los diversos sistemas afectados por
dicha sustancia, que contribuirá al mantenimiento de la conducta adictiva.
Estos cambios afectan a regiones cerebrales de las que dependen funciones tan
básicas como la percepción de recompensa, la motivación y voluntad, la memoria,
el aprendizaje, la toma de decisiones, la impulsividad, el aprendizaje de errores…
La vulnerabilidad personal quedaría expuesta en las fases de inicio del consumo.
Aquellos sujetos especialmente vulnerables presentarían más tempranamente, y
con mayor intensidad, alteraciones en dichas áreas y, por tanto, en dichas
funciones, lo que facilitaría el paso del consumo puntual a la dependencia y el
mantenimiento de la misma.
En los últimos años se está prestando especial atención a la
reversibilidad de dichos cambios. En el caso de las alteraciones producidas por
algunas sustancias, como puede ser la cocaína, dichos cambios no parecen del
todo reversibles, por lo que actuarían como factores facilitadores de la recaída.
La presencia en un momento dado de determinados factores psicosociales de
riesgo (estímulos) facilitaría el reinicio del consumo y rápidamente el paso al estadío
de dependencia. De alguna manera la adicción pasaría a concebirse entonces
como una enfermedad crónica en la que la posibilidad de la recaída está
siempre presente. Esta experiencia es frecuente, por ejemplo, en los sujetos
dependientes de alcohol que, tras años abstinentes, recuerdan que “un alcohólico lo
es durante toda la vida”.
Junto a los factores neurobiológicos, cabe destacar que existen otra serie de
factores, algunos protectores, otros de riesgo; algunos biológicos, otros psicológicos
y sociales (ambientales), que condicionan la dependencia interaccionando con los
factores puramente genéticos. La adicción, por tanto, no se explica sólo por factores
de vulnerabilidad genética. En el paso del consumo puntual a la dependencia
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intervienen factores biológicos, sociales y psicológicos. La personalidad, el ambiente
educativo, la disponibilidad y accesibilidad de la sustancia, la integración en
actividades y grupos saludables, los reforzadores negativos, etc., son algunos de los
factores ambientales que condicionarán la dependencia. Igualmente, se conoce
desde hace unos años la importancia que tienen los procesos de aprendizaje en el
inicio y el mantenimiento de una adicción, así como en la recaída.
Aspectos psicológicos
El empleo de sustancias psicoactivas constituye una práctica cultural que existe
prácticamente desde el inicio de los tiempos y que está profunda, y muchas veces,
indisolublemente ligada a la comprensión del hombre y de la vida. La forma en que
las sociedades emplean las distintas drogas, las finalidades con las que lo hacen
(por ejemplo, lúdica, médico-curativa o mágico- religiosa) y las actitudes de sus
miembros hacia ellas, constituyen indicadores de su evolución, ayudándonos a
comprender su dinámica interna, tanto diacrónica como sincrónicamente. Por tanto,
posiblemente no se pueda comprender adecuadamente la historia y la cosmovisión
de una civilización si no se realiza también un abordaje a sus sustancias y a la
idiosincrasia de su uso y abuso.
Por otra parte, en el caso de nuestra civilización, basta ojear cualquier medio
de comunicación o publicación de organismos oficiales o científicos para
comprobar que el empleo de sustancias ilegales se considera un problema de
orden mundial, causante de graves daños a nivel individual, familiar, comunitario e
incluso internacional. Así, los recursos políticos, sociales y, por tanto, monetarios
destinados en la actualidad por los gobiernos y por entidades privadas al
intento de reducción de los efectos perjudiciales del consumo de sustancias, y de
toda la dinámica económica y política que lleva aparejada, ascienden a cifras
astronómicas.
A la Psicología, como ciencia que estudia el comportamiento humano, para
comprender sus actos y conducta observable, sus procesos mentales (cogniciones,
sensaciones, pensamientos, memoria, motivación) y todos aquellos procesos
que permiten explicar la conducta en contextos concretos, le corresponde un
papel importante en la comprensión del fenómeno del consumo de sustancias, así
como en la consiguiente elaboración de programas de tratamiento y prevención,
más eficaces y eficientes.
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EL DESARROLLO DE LA DEPENDENCIA A SUSTANCIAS
Como señalamos previamente, el consumo de sustancias es un fenómeno universal
a todas las culturas, y que afecta a numerosos individuos, que las utilizan en algún
momento de su vida. Sin embargo, el paso del uso a la dependencia de las drogas
no es un proceso inmediato, sino que supone un proceso más complejo, que pasa
por distintas etapas: 1) fase previa o de predisposición, 2) fase de conocimiento, 3)
fase de experimentación e inicio al consumo de sustancias, 4) fase de
consolidación, 5) abandono o mantenimiento y 6) una posible fase de recaída.
La fase previa o de predisposición hace referencia a una serie de factores de
riesgo y protección que aumentan o disminuyen la probabilidad de consumo
de sustancias, y que podemos clasificar en biológicos, psicológicos y
socioculturales. La fase de conocimiento, que está íntimamente vinculada a la
disponibilidad de la sustancia en el entorno del individuo, consiste en el
conocimiento de la misma, así como de sus efectos psicoactivos, tanto de forma
activa como pasiva. Tras el conocimiento puede tener lugar la
experimentación e inicio al consumo de sustancias, o bien que el sujeto continúe
sin consumir. La elección de una u otra opción está relacionada con una serie de
factores de riesgo y protección (constitucionales, familiares, emocionales e
interpersonales, e intelectuales y académicos) ligados a la adolescencia y a la
adultez temprana, que suele ser la etapa del desarrollo en que se inicia el consumo
de sustancias. La fase de consolidación es el período en que se da un paso del uso
al abuso y a la dependencia, lo que dependerá fundamentalmente de las
consecuencias positivas y negativas asociadas al consumo, y que estarán
relacionadas con sus iguales, con su familia y con la propia persona. Es, además,
en esta fase donde puede producirse un aumento del consumo y la transición a otro
tipo de sustancias más peligrosas. Cuando la dependencia se mantiene en el
tiempo podemos hablar de una adicción consolidada. La fase de abandono o
mantenimiento requiere una conciencia del individuo de que las consecuencias
negativas del consumo son más importantes que las positivas, pudiendo producirse
aquélla por causas externas, como la presión del entorno (familiar, pareja, legal,
sanitario), o internas. Es en esta fase donde los distintos tratamientos para el
abandono del consumo cobran una especial importancia en la consecución y
mantenimiento de la abstinencia a largo plazo. Por último, existe una fase de
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recaída, muy habitual en el proceso de abandono de las sustancias, y que puede
producirse incluso años después del último consumo.
LA ADOLESCENCIA Y EL PASO A LA ADULTEZ: UNA ETAPA DEL
DESARROLLO CLAVE EN EL CONSUMO DE SUSTANCIAS
La adolescencia es un período caracterizado por el cambio en las distintas facetas
de la vida, y supone el paso gradual de la infancia a la adultez. En esta etapa del
desarrollo, la persona tendrá como una de las principales tareas la elaboración del
concepto de “sí misma”, de su identidad, frente a la confusión reinante en su
vida en ese momento. Esta tarea puede durar hasta la edad psicológica adulta, e
implica sucesivos estados de identidad en los que el individuo ha de comprometerse
activamente para solucionar las distintas crisis: difusión de identidad (ausencia de
compromiso y de crisis), aceptación sin raciocinio (ausencia de crisis, compromiso
con los valores de otra figura significativa), moratoria (situación de crisis, valoración
de las distintas alternativas) y, por último, el logro de la identidad.
El proceso de búsqueda de la identidad, que habitualmente se asocia a una
progresiva independencia del grupo familiar y a una creciente influencia del grupo
de iguales, hace de la adolescencia un período crítico en lo que se refiere a las
conductas de riesgo en general, y concretamente al uso de sustancias, siendo el
momento en que se comienza a experimentar con ellas y donde se produce la
mayor prevalencia de consumos. De todas formas, hemos de señalar que, en la
mayoría de los casos, el empleo de sustancias ilegales es esporádico y remite al
final de la adolescencia, considerándolo, incluso, algunos autores como parte del
proceso de individuación. El paso a la adultez, marcado principalmente por el inicio
de la actividad laboral y la formación de una familia propia, es un factor que
parece fundamental en la disminución del consumo de sustancias, y el retraso
generalizado en nuestra sociedad de la asunción del rol de adulto podría explicar la
extensión del consumo hasta la adultez temprana.
LOS FACTORES DE RIESGO Y PROTECCIÓN PARA LAS ADICCIONES
Entendemos por factor de riesgo “un atributo y/o característica individual, condición
situacional y/o contexto ambiental que incrementa la probabilidad de uso y/o abuso
de drogas (inicio) o una transición en el nivel de implicación con las mismas
(mantenimiento)”. Y, por factor de protección“un atributo o característica individual,
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condición situacional y/o contexto ambiental que inhibe, reduce, o atenúa la
probabilidad del uso y/o abuso de drogas o la transición en el nivel de implicación
con las mismas”.
Existe una serie de principios generales que debemos tener presentes al referirnos
a los factores de riesgo:
1) los factores de riesgo pueden estar presentes o no en un caso concreto;
obviamente si un factor de riesgo está presente, es más probable que el
individuo use o abuse de las sustancias que cuando no lo está;
2) la presencia de un solo factor de riesgo no determina que se vaya a producir el
abuso de sustancias, ni su ausencia implica que no se dé;
3) el número de factores de riesgo presentes está directamente relacionado con la
probabilidad del abuso de drogas, aunque este efecto aditivo puede
atenuarse según la naturaleza, contenido y número de factores de riesgo
implicados;
4) la mayoría de los factores de riesgo y de protección tienen múltiples
dimensiones medibles y cada uno de ellos influye de forma independiente y
global en el abuso de drogas;
5) y, las intervenciones directas son posibles en el caso de algunos de los
factores de riesgo detectados y pueden tener como resultado la eliminación
o la reducción de los mismos, disminuyendo la probabilidad del abuso de
sustancias. Por el contrario, en el caso de otros factores de riesgo, la
intervención directa no es posible, siendo el objetivo principal atenuar su
influencia y, así, reducir al máximo las posibilidades de que estos factores lleven
al consumo de drogas.
En las siguientes páginas trataremos de realizar un acercamiento a los
factores de riesgo que se han demostrado relevantes en la literatura científica, en
los ámbitos familiar, comunitario, del grupo de iguales, escolar e individual.
Factores de riesgo y protección para el consumo de
drogas.
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1. Factores familiares
1. Factores de riesgo
• Consumo de alcohol y drogas por parte de los padres.
• Baja supervisión familiar.
• Baja disciplina familiar.
• Conflicto familiar.
• Historia familiar de conducta antisocial.
• Actitudes parentales favorables hacia la conducta antisocial.
• Actitudes parentales favorables hacia el consumo de sustancias.
• Bajas expectativas para los niños o para el éxito.
• Abuso físico.
2. Factores de protección
• Apego familiar.
• Oportunidades para la implicación en la familia.
• Creencias saludables y claros estándares de conducta.
• Altas expectativas parentales.
• Un sentido de confianza positivo.
• Dinámica familiar positiva.
2. Factores comunitarios
1. Factores de riesgo
• Deprivación económica y social.
• Desorganización comunitaria.
• Cambios y movilidad de lugar.
• Las creencias, normas y leyes de la comunidad favorables al consumo de sustancias.
• La disponibilidad y accesibilidad a las drogas.
• La baja percepción social de riesgo de cada sustancia.
2. Factores de protección
• Sistema de apoyo externo positivo.
• Oportunidades para participar como un miembro activo de la comunidad.
• Descenso de la accesibilidad de la sustancia.
• Normas culturales que proporcionan altas expectativas para los jóvenes.
• Redes sociales y sistemas de apoyo dentro de la comunidad.
3. Factores de los compañeros e iguales
1. Factores de riesgo
• Actitudes favorables de los compañeros hacia el consumo de drogas.
• Compañeros consumidores.
• Conducta antisocial o delincuencia temprana.
• Rechazo por parte de los iguales.
2. Factores de protección
• Apego a los iguales no consumidores.
• Asociación con iguales implicados en actividades organizadas por la escuela, recreativas, de
ayuda, religiosas u otras.
• Resistencia a la presión de los iguales, especialmente a las negativas.
• No ser fácilmente influenciable por los iguales.
4. Factores escolares
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1. Factores de riesgo
• Bajo rendimiento académico.
• Bajo apego a la escuela.
• Tipo y tamaño de la escuela (grande).
• Conducta antisocial en la escuela.
2. Factores de protección
• Escuela de calidad.
• Oportunidades para la implicación prosocial.
• Refuerzos/reconocimiento para la implicación prosocial.
• Creencias saludables y claros estándares de conducta.
• Cuidado y apoyo de los profesores y del personal del centro.
• Clima institucional positivo.
5. Factores individuales
1. Factores de riesgo
• Biológicos.
• Psicológicos y conductuales.
• Rasgos de personalidad.
2. Factores de protección
• Religiosidad.
• Creencia en el orden social.
• Desarrollo de las habilidades sociales.
• Creencia en la propia autoeficacia.
• Habilidades para adaptarse a las circunstancias cambiantes.
• Orientación social positiva.
• Poseer aspiraciones de futuro.
• Buen rendimiento académico e inteligencia.
• Resiliencia.
1. Factores familiares
El grupo familiar es uno de los temas más estudiados en las adicciones, al ser el
ámbito en el que la persona crece y va desarrollando su personalidad y valores, a
través de la experiencias vividas en el seno de este primer agente socializador.
Uno de los principales factores a tener en cuenta es la relación de apego con
los padres, que influye de forma destacada en la conformación de la
personalidad y en la adquisición de los recursos necesarios para el afrontamiento
de las dificultades que irán apareciendo a lo largo de la vida. En un estudio
realizado con una muestra de edades comprendidas entre los 18 y los 51 años,
encontraron que la existencia en la familia de origen de un estilo evitativo se asocia
con la presencia de una personalidad de características más defensivas, con quejas
de tipo somático, tendencia al aislamiento social, pérdida de cohesión y evitación de
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conflictos en el ámbito familiar. El estilo de apego ansioso/ ambivalente se relaciona
con elevadas puntuaciones de los sujetos en ansiedad y depresión. Los individuos
que crecen en una familia con un apego seguro, con posibilidad para tratar abierta y
directamente los conflictos, tendrán más probabilidades y facilidades para llegar al
estadio de logro de identidad, mientras que la existencia de un apego inseguro se
asocia al estado de difusión de identidad. En lo que se refiere al consumo de
sustancias en la adolescencia, éste puede interpretarse como una estrategia de
afrontamiento inadecuada frente al estrés emocional, y se relacionaría con la
existencia de un apego no seguro (temeroso-evitativo). La ausencia de
estrategias más adecuadas para la reducción del estrés emocional facilitaría el
empleo de drogas, legales o ilegales, convirtiéndolas en una alternativa
atractiva en distintas situaciones, entre las que destacarían las de carácter
interpersonal, en las que los sujetos se encontrarían más inseguros. De hecho,
las familias en las que los dos padres son especialmente temerosos son las que
presentan un peor funcionamiento familiar y una mayor comorbilidad con patología
psiquiátrica.
Un segundo factor de gran relevancia es el tipo de crianza, dentro de la que
debemos diferenciar dos dimensiones: control y calidez paterna. Juntas, estas
dimensiones configuran los cuatro posibles estilos de crianza: autoritario, con
elevado control y baja calidez; permisivo, con bajo control y elevada calidez;
democrático, con alto control y alta calidez; e indiferente, con bajo control y baja
calidez. Las familias en que los padres son autoritarios darán lugar a hijos apartados
y temerosos, y que en la adolescencia se pueden volver agresivos y rebeldes en el
caso de los varones, o pasivas y dependientes en el caso de las mujeres. Por otra
parte, la presencia de padres permisivos aumentará las probabilidades de que los
hijos sean autoindulgentes, impulsivos y socialmente ineptos, o bien activos,
sociables y creativos, o también rebeldes y agresivos. Los hijos de padres con un
estilo democrático tienden a tener confianza en sí mismos, un mayor control
personal y son más competentes socialmente. Por último, la existencia de padres
indiferentes será el predictor de peor pronóstico para los hijos. Por tanto, el
predominio de un estilo parental u otro, y la percepción que el adolescente tenga del
mismo, aumentarán o disminuirán las probabilidades de uso, abuso y dependencia
de sustancias en la adolescencia, así como su mantenimiento posterior.
El clima familiar es otro factor importante a tener en cuenta, especialmente en
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lo que a emocionalidad negativa se refiere. Sabemos, por ejemplo, que las
dificultades de control emocional de las madres, que suelen ser las que pasan más
tiempo con sus hijos, se relacionan de forma directa con un mayor consumo de
sustancias por parte de éstos. Por otra parte, la presencia de conflictos
interparentales de carácter destructivo influye también de forma importante en la
relación con los iguales, aumentado el riesgo de presentar problemas conductuales
y emocionales, así como psicopatología, en un futuro. Además, la investigación
muestra que a medida que aumenta la importancia que se otorga a la familia y a los
valores que la rodean, especialmente a la proximidad y a la intimidad con los
padres, incrementa la supervisión paterna sobre las actividades y amistades de los
hijos y disminuyen en general las conductas de riesgo de los mismos, y
particularmente el consumo de sustancias.
Una variable íntimamente ligada a las presentadas previamente es la disciplina
familiar. En este sentido, la inconsistencia en su aplicación, la ausencia de
implicación maternal y las bajas expectativas de los padres facilitan el consumo de
sustancias. En familias con una elevada emocionalidad negativa es más probable
que aparezcan problemas conductuales y emocionales en los hijos, que pueden
desbordar a las madres con baja competencia en su manejo, facilitando un elevado
empleo de la agresión como estrategia disciplinaria.
En cuanto a la estructura familiar, la ausencia de uno de los progenitores,
especialmente cuando no es localizable, se relaciona con un mayor grado de
características antisociales en los distintos miembros de la familia, incluidos los
hijos. Además, los adolescentes que conviven con un único progenitor tienen una
mayor probabilidad de consumir sustancias, tanto legales como ilegales.
El consumo de sustancias por parte de los padres y sus actitudes hacia el
mismo constituyen otro factor fundamental en el uso y abuso de sustancias. Así,
una actitud más favorable y una conducta de mayor consumo por parte de los
padres se asociará a un mayor consumo de drogas por parte de los hijos. En este
sentido, la existencia de normas explícitas respecto al consumo de sustancias
ilegales constituye un factor de protección hacia ellas, aunque podría llegar a
constituirse como un factor de riesgo para el consumo de tabaco y alcohol si no son
rechazadas también de forma explícita por los padres.
La presencia de psicopatología en los padres es un factor de alto riesgo para la
aparición de problemas psicológicos y psicopatológicos en los hijos, lo que
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correlaciona con el uso de sustancias en la adolescencia. A su vez, el consumo de
sustancias aumenta la probabilidad de desarrollar problemas de salud mental,
estableciéndose una relación bidireccional que se retroalimenta, siendo la
patología dual un fenómeno relativamente frecuente. Veremos este concepto más
adelante.
2. Factores comunitarios
Tal y como se señalaba en la introducción, existe una relación importante entre la
comprensión del hombre y del mundo que una sociedad tiene, y el empleo que la
misma hace de las distintas sustancias psicoactivas. Los valores predominantes, los
estilos de vida y las creencias que el conjunto de la comunidad tenga acerca de las
drogas influirán, por tanto, en la elección de las sustancias y en los patrones de
consumo de las mismas, constituyéndose como factores de riesgo y protección para
el uso, abuso y dependencia por parte de sus individuos.
La deprivación social y la desorganización comunitaria, que pueden estar
especialmente presentes en los barrios marginales de las grandes ciudades,
son variables que, aún siendo insuficientes para explicar el consumo de
sustancias, se constituyen en facilitadores del mismo en presencia de otros
factores de riesgo. Tanto una como otra suelen llevar asociadas una mayor
probabilidad de que la persona se vea implicada en conductas delictivas y en el
consumo de sustancias, que debido al entorno pueden llegar a cronificarse y
convertirse en un estilo de vida, ligado en algunas ocasiones al desarrollo de una
personalidad antisocial.
La aculturación, fenómeno ligado íntimamente a la emigración y, sobre todo, los
conflictos y el estrés asociados a la misma, también implica un mayor riesgo de uso
de drogas, en muchas ocasiones como estrategia de manejo del estrés ante las
dificultades que supone para el individuo abandonar su ambiente y tratar de
ajustarse a una cultura y, muchas veces, incluso a una lengua diferente a la propia.
Las creencias que la propia sociedad tenga acerca del uso de sustancias y la
percepción de riesgo acerca de las mismas también es un factor importante en el
riesgo asociado al uso, abuso y dependencia. En este sentido está ampliamente
demostrada la existencia de una relación inversa entre el riesgo percibido de una
droga en particular y el consumo de la misma. Así, a mayor riesgo percibido, menor
consumo, y viceversa. Por otra parte, la percepción social de una sustancia y el
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riesgo asociado, tendrá una plasmación en las normas legales, que contribuirán a
reforzar dicha imagen o a promover la transformación social. La despenalización del
consumo privado o el hecho de que las leyes sean más duras con los delitos
asociados a la heroína o a la cocaína respecto al cannabis, son sólo dos ejemplos
de esta relación.
Por último, otro factor fundamental en el consumo de sustancias es la
accesibilidad a las mismas, y dentro de ésta su precio, de tal forma que cuando el
precio es bajo existe un mayor consumo, que disminuye cuando la droga se
encarece.
3. Factores de los compañeros e iguales
En la adolescencia el grupo de iguales va adquiriendo una importancia mayor en la
vida del individuo, a la vez que se produce una progresiva independencia de la
familia. En este sentido su papel como factor de riesgo y/o protección para las
conductas desviadas en general, y el consumo de sustancias en particular, está
ampliamente probado, tanto en su inicio como en su mantenimiento,
especialmente cuando existen otras conductas antisociales.
De hecho, las investigaciones señalan que el 12% de los consumidores refieren
que el grupo de iguales ha ejercido sobre ellos una presión directa hacia el consumo
de sustancias. Pero además de este posible efecto directo, existe también
una influencia indirecta, relacionada con los procesos de socialización y selección
a la hora de integrarse en un grupo. En el 24% de los casos el mejor amigo de los
adolescentes consumidores también realiza un uso de sustancias, frente a tan sólo
el 3% de los de los sujetos no consumidores. Como era de esperar, las actitudes de
los compañeros hacia el consumo de sustancias, y la percepción que el adolescente
tenga sobre aquéllas, también es un factor de riesgo para el mismo, al incidir en las
propias actitudes y conductas. Así, el uso percibido de alcohol por parte de los
iguales predice el uso de alcohol y cannabis en el propio sujeto, y el uso percibido
de cannabis en los iguales predice el de alcohol.
Pero no sólo el pertenecer a un grupo puede incrementar el consumo de
sustancias, sino que también el rechazo por parte de los iguales puede aumentar el
riesgo de problemas emocionales y conductuales, así como de psicopatología y de
consumo de sustancias.
Por último, señalar que el grupo y el apego a los iguales también pueden ser un
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potente factor de protección cuando estos no consumen drogas, fomentando el
desarrollo de un estilo de vida saludable y de unos valores y actitudes prosociales.
4. Factores escolares
Junto con la familia, la escuela es uno de los primeros agentes socializadores desde
la infancia temprana, y en ella los niños y adolescentes pasan gran parte del día. Es
por esto que su papel en la protección contra el uso, abuso y dependencia de
sustancias resulta fundamental. Así, cuando en el centro escolar se promueve una
educación integral de calidad, existe un adecuado seguimiento personal de los
alumnos y sus necesidades, y un ajuste a las mismas, se está fomentando una
mayor autonomía y un sentido de la responsabilidad, que se asocian a una menor
probabilidad de desarrollo de conductas problema, entre las que se encuentra el
consumo de sustancias.
Otro factor que resulta importante para el uso de drogas es el
rendimiento escolar, aumentando el riesgo de consumo cuando existe un fracaso
escolar, independientemente de cuáles sean sus causas, y constituyéndose como
uno de los principales factores de protección cuando los resultados son altos, lo que
puede deberse a la experiencia de éxito que supone para el niño y el adolescente.
También parece ser relevante el tamaño de la escuela, ya que en centros
grandes el control y apoyo de los profesores hacia los alumnos es menor, así como
la motivación e implicación en el proceso global de la educación. En el sentido
contrario, el percibir y tener disponibilidad por parte del profesorado para hablar de
los problemas personales tiene ciertos efectos protectores.
Mientras que la satisfacción con la escuela y encontrarse bien en ella facilita el
desarrollo de conductas normativas y disminuye las probabilidades de uso de
sustancias, el bajo apego a la misma es un factor de riesgo. Las constantes faltas al
centro escolar aumentan de forma importante las posibilidades de que el
adolescente se implique en conductas inadecuadas para su edad o de
carácter antisocial, entre las que se encuentra el consumo de drogas. Además,
esta variable puede asociarse a problemas como el fracaso escolar, un bajo apego
familiar, etc., que podrían tener un efecto sinérgico sobre los problemas y el
desajuste del adolescente y, por tanto, sobre las probabilidades de desarrollar un
uso, abuso o dependencia de sustancias.
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5. Factores individuales
Dentro de los factores de riesgo individual podemos distinguir los biológicos, los
psicológicos y conductuales y los rasgos de personalidad.
5.1. Factores biológicos
La mayor parte de los estudios en este campo se corresponden con los
denominados factores genéticos y están relacionados con el consumo de alcohol de
los padres y el que realizan los hijos. Los clásicos estudios señalan que “existe
una gran relación familiar entre el abuso de sustancias entre padres e hijos; que hay
alguna especificidad de agrupación familiar con respecto a drogas de abuso
específicas, e independencia entre alcoholismo y los trastornos por uso de
sustancias; que los factores familiares se asocian en mayor medida con la
dependencia que con el abuso de sustancias; y que los trastornos psiquiátricos
están asociados de forma importante con el desarrollo de trastornos por uso de
sustancias, tanto como factores de riesgo premórbidos, como en cuanto a secuela”.
Dentro de los factores biológicos, el sexo y la edad son dos variables
especialmente relevantes en el uso de sustancias; en todas las sustancias ilegales
existe una mayor prevalencia de consumo en los varones y en el grupo de menor
edad, especialmente en los de 15 a 34 años. De hecho, como se señaló
previamente, la adolescencia es un momento de especial riesgo en lo que a uso de
drogas se refiere, disminuyendo su consumo con la entrada en la adultez.
1.2. Factores psicológicos y conductuales
La comorbilidad de los trastornos por uso de sustancias con otros trastornos
psiquiátricos ha recibido una importante atención en los últimos años,
estableciéndose la patología psiquiátrica como un claro factor de riesgo para el
consumo de drogas, especialmente en el caso de la dependencia. En este
sentido, como se señaló previamente, parece haber una relación bidireccional entre
ellos dado que la aparición de problemas psicológicos y psicopatológicos aumenta
la probabilidad del uso de sustancias en la adolescencia. Además, el consumo
aumenta la probabilidad de desarrollar algún problema de salud mental. Los datos
indican que la existencia de estado de ánimo depresivo en la adolescencia
temprana aumenta la probabilidad del uso de sustancias y que el consumo de
cannabis podría ser una estrategia de alivio de los síntomas. En el sentido
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contrario tanto el abuso como la dependencia aumentan el riesgo de sufrir
trastornos afectivos, mientras que en el caso de los trastornos de ansiedad sólo la
dependencia se constituye como un factor de riesgo. Por otro lado, debemos
señalar que las patologías más asociadas habitualmente al consumo de drogas
son el trastorno de conducta y el trastorno por déficit de atención con
hiperactividad (TDAH). Así, el 52% y el 50% de los adolescentes en tratamiento que
cumplen criterios de trastorno de conducta y TDAH, respectivamente, lo hacen
también para algún trastorno por uso de sustancias. Además, los pacientes con
TDAH comienzan a consumir antes, presentan abusos más severos y tienen
mayores probabilidades de presentar trastornos de conducta.
La conducta antisocial es otro factor de riesgo íntimamente relacionado con el
consumo de sustancias y, de hecho, existe una relación entre éste último y otras
conductas delictivas. Distintos estudios muestran que la agresividad física en la
infancia y adolescencia es un predictor de uso y abuso de sustancias. Cuando la
conducta agresiva se convierte en una estrategia de afrontamiento habitual, puede
irse configurando un estilo de personalidad que derive en un trastorno
antisocial de la personalidad, en el que el consumo de sustancias es
frecuente.
El consumo temprano de drogas incrementa las probabilidades de consumo
posterior, existiendo una relación entre el realizado al inicio de la década de los
veinte y el presente al final de la misma, con un riesgo creciente de que el uso se
transforme en abuso o dependencia y que las drogas se conviertan en un elemento
del estilo de vida. Además, el consumo de tabaco y alcohol, de inicio más
temprano, puede servir de puerta de entrada hacia las drogas ilegales. También el
consumo de cannabis en la adolescencia es un factor de riesgo importante para el
consumo de otras sustancias ilegales.
La existencia en la infancia de eventos traumáticos, como pueden ser el
abuso físico o sexual, se asocia con la aparición de trastornos mentales,
especialmente con depresión y trastorno de estrés postraumático, y con el abuso
de sustancias. Los sujetos que sufrieron en la infancia alguna experiencia de este
tipo, tienen un riesgo tres veces mayor de desarrollar una dependencia, llegando a
ser entre siete y diez veces mayor en caso de haber tenido cinco o más
experiencias traumáticas. En un reciente análisis de los datos del National
Epidemiologic Survey on Alcohol and Related Conditions, en el que se examinó una
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muestra de más de 43000 individuos, se encontró que aquellos que habían
experimentado en la infancia dos o más acontecimientos adversos (divorcio de los
padres, muerte de un padre biológico, vivir con una familia de acogida, vivir en una
institución) tenían 1,37 veces más probabilidades de desarrollar una dependencia al
alcohol que aquellos que sólo habían vivido uno o ninguno.
Por último, dentro del apartado de factores psicológicos y conductuales, hay
que hacer referencia a las actitudes hacia el consumo de drogas. En este sentido se
han encontrado resultados que apuntan a que una actitud más favorable hacia el
consumo se relaciona con una mayor experimentación, con una distorsión en la
percepción de riesgo y en las creencias erróneas acerca de los efectos de las
drogas, una menor resistencia a la presión grupal y una mayor disposición
conductual al consumo y, por tanto, con una mayor probabilidad del mismo.
1.3. Rasgos de personalidad
Una constante en la investigación en adicciones es el intento de descubrir una
posible relación entre el consumo habitual de sustancias y la personalidad de los
individuos que las usan, con el objetivo de predecir la posible aparición posterior de
abuso y dependencia, así como mejorar el tratamiento y la prevención de los
mismos, teniendo en cuenta las hipotéticas características distintivas de dichos
individuos.
Una característica de personalidad clásicamente asociada a las
investigaciones en adicciones es la impulsividad, dentro de la cual podemos
distinguir dos dimensiones. La primera de ellas estaría más relacionada con las
dificultades para demorar la recompensa y con la necesidad de reforzamiento
inmediato, y parece tener mayor relevancia en el inicio del consumo y en la
conducta de adquisición del consumo de la sustancia. Por otro lado, la
denominada impulsividad no planeada, se asocia a una respuesta rápida,
espontánea e incluso temeraria, y se relaciona con el mantenimiento del consumo y
con la presencia de psicopatología, a la que puede subyacer un déficit a nivel de
lóbulos frontales. Los estudios muestran una clara relación entre el uso y el
abuso de sustancias y una alta impulsividad, así como con una mayor presencia
de conductas de riesgo y, consecuentemente, con un número más elevado de
eventos vitales estresantes. Además, parece que el consumo de un mayor número
de sustancias está asociado con un aumento de la impulsividad y con una menor
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percepción de riesgo.
Definimos la Búsqueda de Sensaciones como la necesidad que tiene el
individuo de tener experiencias y sensaciones nuevas, complejas y variadas,
junto al deseo de asumir riesgos físicos y sociales para satisfacerlas. Este
constructo está compuesto por cuatro dimensiones: a) Búsqueda de Emociones,
que supone una tendencia a implicarse en deportes y pasatiempos físicamente
peligrosos; b) Búsqueda de Excitación, que hace referencia a cambios en el
estilo de vida y estimulación de la mente; c) Desinhibición, relacionada con
conductas de extraversión social; y d) Susceptibilidad hacia el aburrimiento, que es
la incapacidad para tolerar experiencias repetitivas y la monotonía. Existe clara
evidencia de la relación existente entre la búsqueda de sensaciones y el consumo
de sustancias, pudiendo incluso predecir su presencia o ausencia, siendo un
factor de riesgo para el uso y el abuso. Algunos estudios sugieren incluso
una relación diferencial según el tipo de sustancia. Así, los individuos con baja
puntuación en búsqueda de sensaciones tenderían a consumir más alcohol y
cannabis, mientras que los que puntúan alto buscarían sustancias con efectos
estimulantes. También las motivaciones para el consumo serían diferentes, ya que
mientras los primeros tratan de evitar el malestar, los segundos procuran la
obtención de placer a través de la estimulación.
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