Siglo Xviii
Siglo Xviii
MARCO HISTÓRICO
El siglo XVIII se fecha alrededor de 1660-1670, con el comienzo de la
decadencia del Barroco. El Barroco termina en 1681, fecha de la muerte de
Calderón de la Barca. Para llegar a una producción literaria diferente tenemos
que esperar hasta el 1726: un hombre de iglesia, padre Feijoo, publica en ocho
tomos el Teatro crítico universal.
El siglo XVIII empieza con un cambio dinástico: en España se instaura una
nueva dinastía, la de los Borbones. En 1700 Carlos II, el último rey de la casa
de Austria, murió sin descendientes, designando como su heredero al trono de
España al duque Felipe de Anjou (Felipe V), nieto del rey francés Louis XIV.
El paso de poderes no fue tan fácil porque empezó la Guerra de Sucesión
Española (1701-1714), una lucha entre dos partidos opuestos: los borbónicos,
que apoyaban al duque de Anjou y contaban con el apoyo de Francia, de la
Iglesia y de los castellanos; y los austracistas, que apoyaban al Archiduque
Carlos de Austria y contaban con el apoyo de Austria, Inglaterra y Holanda.
Estas potencias europeas estaban preocupadas por el poder hegemónico de
Francia, dado que Felipe era nieto de Louis XIV, y por lo tanto formaron la Gran
Alianza, apoyando el Archiduque de Austria para acceder a la corona española.
La guerra terminó con el Tratado de Paz de Utrecht de 1713: se reconoce a
Felipe V de Borbón como nuevo rey de España. Además, España se vio privada
de algunas de sus posesiones, divididas entre Austria, Inglaterra y Portugal.
Se instauro un régimen monárquico de absolutismo ilustrado. Los Borbones son
reyes absolutistas, pero tienen la visión ilustrada de utilizar cualquier parte de
la res publica del estado para enseñar. El pueblo es ignorante, pero no se
puede quedar así, y entonces se da una dirección a través de la cultura. Va
cambiando el concepto del saber.
Bajo Felipe V:
- En 1712 se funda la Biblioteca Real, una biblioteca pública, estatal. La
biblioteca es el lungar donde se recogen los libros que se pueden
consultar, entonces no son privadas (aunque los nobles siguen teniendo
sus bibliotecas) sino públicas.
- En 1713 se funda la Real Academia Española, en la que hay eruditos que
van formando las reglas, la ortografía, la gramática y la sintaxis
española. El diccionario es constituido por todas las palabras aceptadas
por estos eruditos, que forman la normativa lingüística.
- En 1735 se funda la Academia de la Historia, fundada sobre la
reconstrucción histórica a través del archivo (lugar donde se guardan
todos los documentos históricos).
- Entre 1726 y 1739 se publica el Diccionario de Autoridades.
- En 1700 se funda la Academia de la Ciencia.
- En 1725 se funda la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que está
en estrecha colaboración con la Academia de Salud.
En 1715 nació la Academia del Buen Gusto: un gusto equilibrado entre
diferentes cosas. La Academia se reunía en Madrid, en la casa de la marquisa
Josefa de Zúñiga y Castro, viuda del conde de Lemos.
Nicolás Fernández de Moratín fundó en Madrid la Fonda de San Sebastián.
Estos intelectuales no escriben sólo tragedias: hay una visión moderna en la
que un artista practica diferentes formas de arte (poemas, dibujos, teatro,
música).
Los Borbones fueron grandes reformadores y renovadores de las austeras
costumbres de la corte de los Austria. El reinado borbónico determinó la
influencia de Francia en la vida española: hubo un afrancesamiento de las
costumbres, de los gustos y de las instituciones españolas. La llegada de los
borbones facilitó la entrada en España de las ideologías ilustradas, ya
triunfantes en Europa.
La Ilustración es un movimiento intelectual crítico y reformista, que sostiene la
igualdad y el derecho natural de todos los hombres a la igualdad, libertad y
felicidad. Por lo tanto, la misión del Estado Ilustrado es defender los derechos
del hombre y garantizar su libertad y sus derechos a través de reformas
políticas, legales y sociales. Estas reformas llevaron a la urbanización y
modernización de las ciudades, e implementaron la cultura en el interno del
país.
Pero todas estas reformas no cambiaron el modo en el cual percibían al pueblo.
Se continuaba a aplicar una política centralista y absolutista por la que el
pueblo seguía sin tener influencia política. El principio básico del despotismo
ilustrado fue “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. En un primer momento la
burguesía ilustrada apoyaba las reformas de los reyes, pero cuando vieron que
estas no coincidieron con la libertad política se volvieron contra el absolutismo
y empezaron las revoluciones.
Il XVIII secolo, nonostante sia “snobbato” per la mancanza di grandi opere
letterarie scritte, segna l’inizio della modernità: i concetti di filologia, di storia,
di arte nascono nel ‘700. Inoltre, è il secolo che porta alla Rivoluzione francese:
nel 1789 si “uccide” Dio, in quanto il regnante dell’epoca era visto come
emanazione di Dio.
El siglo XVIII, aunque no sea el más importante desde el punto de vista
artístico, prepara la visión de la sociedad y del mundo que tenemos hoy: el
siglo XVIII es indispensable para entender el mundo en el que vivimos.
La historia es una reconstrucción del pasado a través de una documentación
acertada, de archivo, dentro de una cadena de acontecimientos: este tipo de
visión, antes del siglo XVIII, no existía. El hombre, antes del siglo XVIII, veía la
historia como una especie de nube en la que había acontecimientos; no había
esta visión filológica en el pasado, e, incluso, la filología o la ortografía – es
decir las normas de fijación de lo que es el saber humano – se realizan sólo a
través de la modernización que aporta la Ilustración.
El siglo XVIII termina, más o menos, en 1808 con la Guerra de Independencia:
España es conquistada por Napoleón, José Bonaparte es el nuevo rey y los
españoles se rebelan contra la ocupación napoleónica. José Bonaparte pierde a
guerra y en 1811 se instaura la Primera República; en 1812 se promulga la
primera Constitución democrática (llamada “la Pepa” o “Constitución de
Cádiz”), que es muy similar a la Constitución que España tiene hoy en día, con
la diferencia que España hoy es una monrquía parlamentaria y no una
república. Por lo tanto, los españoles echaron a Napoleón de España, aunque
las ideas francesas de libertad, igualdad y fraternidad entran dentro del
entrenado español.
MARCO LITERARIO
En el siglo XVIII hay el concepto horaciano del arte: antes sólo tenía que
deleitar, pero ahora el arte no puede ser sólo divagación sino tiene que ser
también una guía moral, ética; tiene que instruir.
Muchos autores e intelectual tuvieron la suerte de formarse al extranjero o en
las órdenes de los jesuitas. Estos eclesiásticos fueron echados de España por el
rey Carlos III, porque parecía que tramaban para hacer un golpe.
Por lo que concierne la literatura del siglo XVIII, esta se caracterizó por cuatro
tendencias fundamentales: posbarroquismo, neoclasicismo, ilustración y
prerromanticismo.
Posbarroquismo
Tenemos lo que se llama “barroco epigonal”, una corriente en la que los
autores de limitan a imitar a los grandes autores del Barroco.
Esta tendencia literaria ocupó gran parte de la primera mitad del siglo
XVIII y se basaba sobre los supuestos estéticos del Barroco, aunque sus
representantes carecían de la fuerza creadora de los escritores del siglo
XVII. Sin embargo, tuvo mucho éxito popular gracia a los temas tratados:
temas nacionales, muy apreciados por la población española.
Por lo que concierne el teatro posbarroco, hubo unas personalidades
importantes que perpetuaron el estilo dramático de Calderón, retomando
la tradición del teatro breve y de los entremeses.
En poesía hay un retomo del gongorismo y de la lírica burlesca.
Neoclasicismo
El neoclasicismo intenta imitar la perfección de la naturaleza, quiere
construir un universo ficticio que imita la realidad.
El neoclasicismo significa “nuevo clasicismo”, por lo que se hace
referencia a la poesía griega y latina; son importantes porque son por
antonomasia las mejores para expresar el amor y la vida. La cultura
neoclásica es una reinvención de la cultura clásica.
Se desarrolló a lo largo del siglo XVIII y coincidió con el movimiento
cultural de la Ilustración. Por lo tanto, el Neoclasicismo antepuso la razón
a la imaginación y a los sentimientos, proponiendo una literatura atada a
las reglas y basada en el predominio de la razón, del equilibrio y de la
armonía. El Neoclasicismo fue un arte basada en la aceptación de los
preceptos clásicos, y los intelectuales neoclásicos tuvieron que respetar:
Verosimilitud y universalidad: los escritores tenían que inspirarse
en lo genérico y en lo universal;
Separación de los géneros y unidad del estilo: los escritores tenían
que evitar la mezcla de lo trágico con lo cómico, de poesía y prosa,
y mantener una unidad de estilo sin mezclar estilo bajo y elevado:
Finalidad didáctica y moral: los escritores tenían que escribir obras
moralizadoras y que tenían finalidad educativa y moral (tenían que
enseñar deleitando).
El principal teorizador del Neoclasicismo español fue Ignacio de Luzán,
que escribió una Poética en 1713 en la que resume todas las normas y
todos los preceptos del Neoclasicismo. Luzán criticó el posbarroquismo y
el teatro barroco, porque no respetaban las reglas aristotélicas y por
carecer de moral. Él estaba de acuerdo con la doctrina neoclásica que
entendía la poesía como imitación de lo universal y de lo verosímil, y, por
lo tanto, sus obras se caracterizaron por finalidad moral y educativa.
Ilustración
La Ilustración es tan importante porque va a criticar, o a poner en tela de
juicio, el principio de autoridad: todo esto llevará, en 1789, a la
Revolución francesa. El regicidio es el pecado más grave, y en 1789 se
mata a un rey. Empieza entonces lo que llamamos “mundo burgués”, con
sus reglas, sus hipocresías, sus paradojas; pero algo cambia. La primera
cosa que hace Napoleón cuando tiene que convertirse en emperador es
coger la corona y ponérsela él mismo: no es el Papa, sino el hombre que,
a través de su valentía, gana la corona.
El siglo XVIII es conocido también como el “siglo de las luces o de la
razón”, porque fue dominado por la Ilustración, un movimiento cultural,
intelectual, filosófico de investigación y de ética. Este movimiento se
caracterizaba por el predominio de la razón, que es la facultad primordial
del hombre, y sobrevaloró la experiencia como única y autentica fuente
de conocimiento. Por lo que concierne la cultura, los esfuerzos de los
estudiosos se concentraron sobre la ciencia y la filosofía, emancipando la
cultura del poder religioso (laicización de la cultura). El concepto mismo
de cultura se amplió, y autores como Feijoo produjeron obras dominadas
por temas enciclopédicos, es decir, por temas sociales, políticos, de
medicina y de física.
La Ilustración afirmó el principio de igualdad entre los hombres y
defendió el derecho natural de los hombres que, sin distinciones, tienes a
la vida, a la libertad y a la felicidad. Por consiguiente, según los
intelectuales ilustrados, el Estado primero entre todo tenía que defender
los derechos de todos los hombres y garantizar la felicidad y la seguridad
de su pueblo con reformas y progreso.
La difusión de la Ilustración en España fue muy lenta, a causa de su
fuerte lígame con la tradición cristiana y de la escasa presencia de
ilustrados. Los pocos que estaban empezaron a contrastar el retraso de
España respeto a Europa y se activaron para difundir las nuevas ideas
ilustradas. Ellos solicitaron reformas políticas, económicas y sociales a
través de sus obras o colaborando con la monarquía. Gracias a este
movimiento se fundaron instituciones como la Academia de Bellas Artes
de San Fernando, la Real Academia Española; y empezaron también
muchas tertulias, como la de la Fonda de San Sebastián, fundada por
Moratín.
Por lo que concierne el ámbito literario, la Ilustración rompió con el
Barroco, queriendo desarrollar una literatura basada en la expresión
moderada de las emociones, imitando las reglas clásicas. Las reglas
fundamentales del arte ilustrada fueron:
Eliminación de lo exótico y de lo sobrenatural de la creación
artística;
Predominio de la razón, respetando los preceptos clásicos;
Defensa de la claridad frente a la confusión del estilo Barroco;
Didactismo y finalidad moral.
Prerromanticismo
Frente a la rigidez de la Ilustración, algunos reaccionaron, a finales del
siglo XVIII, con una nueva tendencia estética: el Prerromanticismo, que, a
las rígidas reglas del Neoclasicismo, opuso unos rasgos completamente
nuevos, anticipando el Romanticismo. Este movimiento afirmó el
predominio de los sentimientos frente a la razón, el interés por el exótico;
aunque muchos prerrománticos aceptaron los preceptos clásicos, se
mostraron todavía mal dispuestos hasta las reglas aristotélicas. Frente a
la naturaleza tranquila de los neoclásicos, los prerrománticos opusieron
los espectáculos chocantes, horrendos como tormentas, escenas
nocturnas y de sepultura, apariciones fantasmagóricas.
El Prerromanticismo se manifestó ya en algunas obras de Jovellanos, por
ejemplo en su obra dramática El delincuente honrado, o de Cadalso y sus
Noches lúgubres, y es mucho más evidente en la poesía de Blanco White
y de Alberto Lista.
Entre 1749 y 1751 se enfrentan los partidarios de Góngora (barroco) y los
partidarios de Luzán (nueva poética neoclásica). Dialécticamente se
enfrentaban, pero había una circulación de ideas. El común denominador de
esos intelectuales nuevos es que no se han formado en España.
La diferencia entre el barroco, el posbarroquismo y el neoclasicismo es imprimir
una visión diferente del papel de la poesía, y sobre todo el papel del arte. La
producción barroca es aquella producción que viene después del Concilio de
Trento, después de que la Iglesia se opone al protestantismo. La visión
neoclásica del arte es que el arte tiene que ser la transposición artística de la
naturaleza, perfecta por su propio ser. Esta perfección de la naturaleza se
puede imitar. El arte, en un sistema neoclásico, nunca podrá ser tan perfecta
como la naturaleza y por eso se continúa a imitar la naturaleza. El poeta tiene
que ser una persona que sabe coger esa perfección; no es que todo el mundo
pueda hacerlo.
Góngora era tan odiado porque él inventa imágenes obscuras, que no son
propias de la naturaleza. La poesía de Góngora es una poesía que inventa
mundos e imágenes obscuras, que son simplemente horribles. Las metáforas
(cuanto más obscuras, mejor) producen una obscuridad sobre la realidad que,
por el neoclasicismo, oscurecían la verdad.
EL NEOCLASICISMO
En el neoclasicismo hay un cambio profundo del lenguaje, pero también del
metro. El octosílabo normalmente es el metro propiamente español.
Aquí hay los géneros literarios más usados en el neoclasicismo:
La poesía bucólica (o égloga de Garcilaso): es un tipo de estructura
poética en las que hay personajes que son pastores, se habla de amor
infeliz (la muerte de una ninfa);
La poesía patriótica: es una composición basada en un verso de Arte
Menor (el octosílabo) y que cuenta los placeres de la vida, del vino, del
amor (es una poesía más laica);
La honra: es una composición lírica en verso que puede tener diferente
extensión (clásicamente tiene 15 sonetos) y de temas nobles (honor,
fidelidad);
La elegía: es un poema triste en el que alguien se lamente de la muerte
del ser amado o de un niño;
La epístola: es una composición de orden moral que tiene un
destinatario, objetivo de la reflexión moral;
Las fábulas: son composiciones breves con pocos personajes y que
tienen un intento moralizador; se subrayan los vicios y las virtudes de los
hombres a través el uso de la personificación;
El idilio: es una composición de carácter bucólico y de tema amoroso.
Los temas son:
El ocio de la vida rústica: es un tema ya encontrado en el periodo barroco
con Antonio de Guevara, que escribe El menosprecio de la corte y
Alabanza de aldea, y en el teatro de Lope en Fuente Ovejuna. El ocio es
relacionado al concepto de ocio como momento privado en el que no se
tiene que llevar una máscara social sino se puede hablar libremente de la
vida privada;
Actualidad nacional;
El didacticismo
Los autores del período neoclásico son intelectuales que forman parte también
de la vida política española: es decir que el momento creativo es también un
momento de ocio en el contexto de vida política de esos intelectuales
(Jovellanos es un político, pero es también un gran poeta neoclásico).
Los poetas neoclásicos se encontraban en Salamanca y José Cadalso es el
capostipite de este círculo de poetas neoclásicos.
LA PROSA ILUSTRADA
Por lo que concierne la prosa del siglo XVIII, hay dos géneros que gozaron
mucha importancia: el ensayo y la literatura con fin moral, o sea la novela
pedagógica. Esto géneros más se ajustaban a los intereses didácticos y
utilitarios de los ilustrados.
La prosa ensayística del siglo XVIII fue caracterizada por la sencillez, la claridad
de estilo, el intento de denuncia y de voluntad de corregir los males sociales, y
por la finalidad didáctica.
Todos los autores de este siglo fueron obstaculizados por las diferentes órdenes
católicas y tuvieron dificultad en la difusión de sus obras: eso porque el clero
español tenía en sus manos la mayor parte de los colegios universitarios, y
para el clero era más importante fomentar la vocación que difundir la cultura.
Sus principales representantes fueron el fraile benedictino Benito Feijoo, José
Cadalso y Gaspar Melchor de Jovellanos.
En el siglo XVIII hay también la novela enciclopédica, que es algo al margen
entre el ensayo y la novela.
FRAY BENITO JERÓNIMO FEIJOO
El Teatro Crítico Universal del padre Benito Jerónimo Feijoo iba a representar el
acontecimiento de mayor resonancia en la vida intelectual española durante
más de medio siglo. Feijoo, innegablemente, ha sido el autor más leído en su
país hasta mediados del reinado de Carlos III. Por cierto, la Iglesia y los
conventos representaron una amplia parte del mercado, y los precios de esos
gruesos en 4 encuadernados eran prohibitivos para muchos de los lectores
potenciales; pero, a partir de la década de 1760, impresores y libreros
decidieron de poner en venta discursos separados, simples cuadernos a un
precio de lo más asequible.
Nacido en Galicia en 1706 en una familia noble de la que era el hijo mayor,
entró muy joven en las órdenes, eligiendo la de san Benito. Su vocación se
afirmó en el monasterio de San Julián de Samos, hacia la edad de 14 años.
Luego hizo carrera en la religión y en el profesorado. Durante mucho tiempo
enseñó teología escolástica en la Universidad de Oviedo, escribiendo muy
poco, pero leyendo mucho. En 1725 fue por primera vez a Madrid para cuidar
la impresión del primer volumen de su Teatro crítico. Llegaba entonces a los 50
años y de un día a otro su obra, con una gran resonancia, atraería la atención
de todos los hombres instruidos. Otros en su lugar hubieran aceptado cargos,
honores, al menos se habían establecido en la corte. Pero Feijoo no sentía
ningún gusto por una vida nueva que le hubiera hecho renunciar a la hermosa
naturaleza asturiana y a su convento de Oviedo.
El Teatro crítico universal no es una obre sobre el teatro; con este termino se
entiende el mundo. Esta obra es monumental y tiene muchísimo éxito. Padre
Feijoo, llamado “el desengañador de España”, quiere descoronar el saber
supersticioso en cualquier tipo de discurso, contestando el principio de
autoridad y refiriéndose a algunos filósofos científicos (como Bacon). Su
filosofía era que no se podía creer a algo sin experimentarlo. Esta actitud
ilustrada pone en tela de juicio lo que pensamos, destruye todos los prejuicios,
pone en discusión los dogmas de la época. Se habla de literatura, de ciencia,
de religión, de astronomía: es una obra enciclopédica.
El Teatro crítico universal es diferente porque es un discurso que quiere mirar
al mundo y a la sociedad como si fuera un teatro. Feijoo se propone de
desengañar al pueblo de las malas creencias, de las supersticiones ideológicas
(la superstición que nace de entender una cosa cuando no se conoce).
El proyecto del autor, claramente definido en el <<Prólogo al lector>>, no es
más que el de combatir en todos los ámbitos los “errores comunes”. Pero si ése
es en general el objeto de los discursos contenidos en cada volumen, la
extraordinaria variedad de los temas abordados, que van de la física a los
efectos de la moda, disuadió al benedictino de reagruparlos por materias.
Después de toda una carrera consagrada a la escolástica y a la enseñanza en
latín, Feijoo, deseando dirigirse en adelante a millares de lectores, elige hacerlo
en castellano, desafiando así una de las mayores interdicciones formuladas por
la tiranía eclesiástica. Sabe bien que será detestado por los que consideran a
los laicos y a las mujeres espíritus inferiores, indignos de participar en debates
religiosos. Pero, por adelantado, replica al que quiera ver en él a un tránsfuga
que, para escribir en su lengua materna, basta no tener necesidad de hacer
otra elección. Si hay verdades que el vulgo debe ignorar, éstas, en ningún
caso, deben hacerse públicas, ni aun en latín; porque, entre los que practican
esta lengua, numerosos son los que pertenecen, ellos mismos, al vulgo.
Feijoo, en 1729, escribió una Ilustración apologética en contra de Salvador José
Mañer, que había escrito el Antiteatro crítico en el que criticaba a Feijoo. Mañer
era un autor afrancesado, pero con un sentido diferente: una cosa es ser
abierto a corrientes literarias que podían sugerir algo de moda, otra cosa es
coger como si fuera algo de moda y utilizarlo. Feijoo no admitía esta utilización
de moda del afrancesamiento: las ideas ilustradas eran interesantes, pero no la
moda de ser como si fuera francés. Feijoo escribe esta obra como si fuera una
especie de desafío. De esta “lucha” entre Feijoo y Mañer fue Feijoo el que salió
como ganador, porque era un autor más fuerte por lo que se refiere a las ideas
de aquel período.
En 1749 Feijoo escribió Justa Repulsa de Iniquas Acusaciones, en contra de
Soto Marne, autor del Florilegio Sacro. Había una práctica, sobre todo entre los
eclesiásticos, que era el “Florilegio Sacro”: era una tipología de obra que viene
de la tradición barroca, pero se había convertido en un medio del clero para
influir sobre la población ignorante; entonces es un discurso sagrado que
intenta influir sobre la conciencia de los creyentes. Soto Marne había escrito un
Florilegio Sacro que Feijoo rechazaba totalmente: la autoría, todo lo que se
decía, las circunstancias, las posibilidades.
Feijoo, aunque benedictino, no desea consagrarse como los miembros más
ilustres de su orden en Francia, a la historia erudita. El título de su segunda
gran obra, las Cartas eruditas y curiosas, dice simplemente que los temas
abordas están relacionados con la ciencia. La erudición, que en absoluto es su
fuerte, no tiene para él un interés primordial, y se vuelve hacia el público más
amplio al que se pueda llegar para discutir de todo. Feijoo, en suma, quiere
hacer una obra de divulgador: porque ya es tiempo de que alguien asuma ese
papel difícil en España.
La carta viene de una tradición latina, precisamente de la epístola horaciana:
un tipo de reflexión moral y filosófica en la que hay un destinatario al que se
dedica esta reflexión. Las Cartas eruditas y curiosas hablan de todo, pero a
través de una mirada crítica, intentando no tener prejuicios.
El saber que ha adquirido, y que quiere utilizar y hacer compartir, lo debe en
gran parte a Francia; pero más en generale es y se confiesa deudor del
pensamiento culto de toda Europa, de la prensa científica que empezó a
desarrollarse en las últimas décadas del siglo anterior. Leyendo, anotando,
observando también las costumbres y las prácticas de la sociedad rural que
siempre lo rodeó, este profesor de teología escolástica se convirtió en un
moderno.
El autor del Teatro crítico rechaza, después del combate encarnizado contra el
aristotelismo, cualquier nueva idea de sistema. El único pensador al que
glorifica plena y constantemente es Newton que, para él, representa el triunfo
del método experimental, y cuyas leyes universales cambiaron nuestra
comprensión del universo.
Independiente en materia de filosofía Feijoo ha agobiado con sarcasmos a otra
ciencia: la medicina. Si bien hacía gran caso de los buenos cirujanos y se
mostraba apasionado de la anatomía, pretendía con razón que la cura médica,
en lugar de aplicarse sólo a la patología, debía tomar en cuenta un conjunto: el
paciente, el individuo. Feijoo soñó para su país con una Academia de ciencias
comparable a las de Inglaterra y Francia. Deseó además que toda la
universidad se adaptara al saber y al mundo modernos de los que ésta se
quería mantener al margen.
En suma, Feijoo, en su Teatro crítico y luego en sus Cartas eruditas, se opuso
con brío a todos los espíritus rutinarios y conservadores con que contaba el
país. Lo seguro es que contribuyó, y no poco, a procurarle enemigos entre el
clero de España que, a cualquier precio, quería mantener a las masas
ignorantes, en su fe crédula, patética y barroca. En esa época, sólo Feijoo pudo
y osó llevar a cabo ese combate, y su hábito, sin ninguna duda, lo protegió.
Y ha sido recientemente demostrado que, mediante el juego sutil de las
dedicatorias de sus numerosos volúmenes, el Teatro crítico y las Cartas
eruditas fueron oportunamente colocadas por su autor bajo los auspicios de los
poderosos que representaban en el país lo que hoy se llama el establishment.
Feijoo terminó por encontrar al más poderoso de los protectores en la persona
del rey Fernando VI que, en 1755, prohibió la publicación de cualquier escrito
polémico contra el autor del Teatro crítico.
Feijoo es un hombre de fines del siglo XVII, que escribe en una época de
transición en la que el gusto neoclásico, lejos de ser dominante, todavía no
existe. Pero ya está bastante lejos del barroco para condenarlo. Para Feijoo, las
principales cualidades literarias son la elegancia, la pureza y la claridad. Por
eso tiene preferencia por escritores del siglo XVI y comienzos del XVII.
El autor sabe poner en su estilo lo que más ha apreciado en sus lejanos
antecesores y que hace concordar su práctica con la teoría. La lengua
española, en esos tiempos de indecible miseria intelectual, está sobre todo
manejada por predicadores incultos que hacen de ella un espeso caldo. Él logró
devolverle gracia y transparencia, sin llegar al nivel más alto, pero superando
incuestionablemente a todos sus contemporáneos. Hay en él un tono que no
está lejos del de los clásicos, una amable desenvoltura y el gusto por la
sentencia bien acuñada.
La campechanía, el humor de ese religioso que conocía bien las pasiones de los
hombres y aún mejor sus defectos, son a menudo un encanto que el carácter
didáctico de su obra no puede disipar. Se burla de todas las jergas –
empezando por la jerga escolástica – sin maldad, mostrando las imposturas
que manifiestan los abusos de lenguaje y dando una constante lección de
simplicidad.
En todo lo que escribe Feijoo se manifiesta una filosofía del sentido común
impregnada de humanismo. Ninguna aspereza, ninguna acritud no aun en las
polémicas, sino la generosidad y la inteligencia del corazón.
En un país donde el analfabetismo femenino es masivo, más elevado que en
otra parte, donde la mujer está relegada al papel de madre y de sirvienta,
afirma que sus cualidades no son en nada inferiores a las de los hombres, que
sólo es ignorante mientras se la mantiene en ese estado.
Tan atento a las cosas del espíritu, a las realidades cotidianas, brutales, de su
mundo rural, profiere verdades que pueden disgustar a los gobernantes, a los
poderosos. Es necesario, declara, rehabilitar la agricultura, mejoras sus
técnicas. Hasta llega a escribir que el príncipe, cuando el bien público lo exige,
puede usar su poder para limitar la propiedad de la tierra a la que cada uno
puede cultivar por sí mismo o con trabajadores.
Optimista pero lúcido, aspirando a profundas reformas en la enseñanza, las
costumbres y aún las estructuras sociales, Feijoo debió expresar su sentimiento
sobre la leyenda negra antihispánica que, difundida sobre todo por los
franceses, lastimaba en carne viva a muchos españoles, que veían en ella un
entramado de calumnias o un conjunto de críticas excesivas, pero no
desprovistas de fundamento. El sensato benedictino no podía ignorar que en el
extranjero los españoles tenían una fama detestable.
Un espíritu tan independiente debía prohibirse el orgullo nacional y también el
patriotismo regional. Feijoo se sentía, sino “ciudadano del universo”, al menos
europeo y curioso de otras civilizaciones. El hecho de haber nacido en España
no le inspiraba ni orgullo ni amargura.
IGNACIO DE LUZÁN
BIOGRAFÍA
Ignacio de Luzán nació en Zaragoza en 1702. Huérfano muy joven, marchó a la
edad de 13 años a Italia, donde vivió una veintena de años: años capitales ya
que corresponden al período de su formación intelectual. Alumno de los
jesuitas en Milán, estudió luego en la Universidad de Catania y obtuvo el grado
de doctor en derecho. Buen helenista y también buen latinista, poesía,
naturalmente, un perfecto dominio del italiano así como una gran soltura en
francés y en alemán. No por eso dejó de cultivar su lengua materna, en
especial gracias a una lectura asidua de sus grandes autores.
En 1733, después de haber pasado cuatro años en Nápoles, volvió a España
para ocuparse del patrimonio familiar. Instalado en su Aragón natal, donde se
casó, continuó dedicando mucho tiempo al estudio y a la escritura; pero la
necesidad lo empujó a ir muchas veces a la corte, en busca de un empleo que
le daría un poco más seguridad material. En un primer momento, esos
desplazamientos le permitieron sobre todo trabar amistad con personalidades
del mundo literario y asentar su reputación de letrado y de escritor. Su
admisión en la Academia de la Lengua, luego en la Academia de la Historia son
prueba de esto. En 1747, se le destina por fin a la embajada de España en
París, primero como secretario, luego como encargado de negocios. Se
encuentra un eco de esta experiencia parisina en las Memorias literarias de
París (1751), que son un buen testimonio de su interés por las instituciones y la
vida cultural de la capital francesa.
De regreso a España, Luzán se instaló con su familia en Madrid. Antes de morir
(1754), tuvo la satisfacción de ver que le atribuían puestos de confianza, de ser
invitado a los círculos literarios más prestigiosos, de ser admitido en la
Academia de San Fernando y en la de Bellas Letras de Barcelona. Esta
notoriedad recompensaba con justicia la actividad intelectual de un hombre en
muchos aspectos representativo de los espíritus ilustrados de su época.
La reforma neoclásica de Luzán es una reforma hacia una normalización de la
poesía dentro del ámbito del complejo objetivo de normalización lingüística e
histórica a través de las Academias Reales. En este proceso, la Poética es un
manual de como tiene que ser la poesía; a través de los ejemplos del pasado,
se puede dar, en clave filológica, la posibilidad de constituir una poesía
moderna que no esté relacionada solo con el Barroco.
LA Poética
La Poética es una obra preceptística, o sea una construcción de una poética en
cuatro volúmenes: dos sobre la poesía, uno sobre el teatro, y uno sobre la
épica. La expresión literaria más importante y áulica es la poesía porque, a
través de las palabras, se construye un mundo.
Desde las primeras páginas de la Poética, no podemos dejar de impresionarnos
por el cuidado que pone Luzán en revelar a cada paso el nombre de los
teóricos en los que se inspira y en dar las referencias precisas de los
fragmentos comentados. El lector descubre con admiración la extensión de los
conocimientos de Luzán sobre la materia: Aristóteles, Horacio y sus
comentaristas, pero también los principales autores modernos de tratados o
ensayos sobre la poesía, esencialmente italianos y franceses. La multiplicidad
de las referencias no afecta, sin embargo, la unidad de la obra, que está
asegurada por una gran fieldad a la doctrina clásica.
Luzán, formado en Italia, políglota, perfecto ciudadano de la nueva república de
las Letras, no podía más que ser tenido por sospechoso. En el primer capítulo
de su tratado, no oculta además que su camino ha estado guiado por el
ejemplo de Francia e Italia. Según él, la existencia de numerosos y buenos
tratados de poética, redactados con espíritu crítico, permitió que se detuviera,
en las dos naciones, una cierta decadencia de la poesía al salir del
Renacimiento. Enfrentada con el mismo mal, España no pudo oponerle la
misma resistencia, ya que los pocos predecesores de Luzán se habían
comportado mucho más como eruditos que como reformadores.
Luzán considera, por su parte, que ciertamente hay que recordar y sobre todo
explicar los preceptos clásicos, injustamente desdeñados por los escritores
españoles; pero también importa que ese patrimonio heredado de los Antiguos,
y, por lo tanto, universal, encuentre una aplicación particular en cada nación,
en función de las necesidades que le son propias. En el caso de España,
siempre según Luzán, ese regreso a las fuentes resulta particularmente
necesario para poner término a la “corrupción” de la poesía perceptible desde
comienzos del siglo XVII, así como para introducir reformas en el ámbito
teatral.
La Poética cumple su función primordial, a saber, la trasmisión de normas
generalmente admitidas, exponiendo la doctrina clásica correspondiente por
medio de citas o de un resumen acompañado de comentarios. Pero su
aportación más personal reside sin duda en la selección de autores modernos
españoles destinados a ilustrar las reglas y cuyo número aumento de una
edición a otra. Garcilaso, sobre todo, Herrera, los Argensola, Solís, Moreto,
Cañizares son los poetas o dramaturgos que más a menudo se ponen como
ejemplo, mientras que Góngora, Lope de Vega y Calderón son más objeto de
crítica que de elogio.
En el origen de estas reglas se halla una cierta concepción de la poesía. Luzán,
fiel discípulo de Aristóteles, la definió como una imitación de la naturaleza,
tomada en su sentido más amplio, y prefiere, al igual que Horacio, que una lo
útil con lo agradable. Esta preferencia alcanza todo su sentido cuando vemos
que Luzán erige en principio que todas las artes deben estar subordinadas a la
política y, por lo tanto, al bien público. Por esto, cada género está dotado de
una función propia: el poema épico debe proponer modelos de héroes, y la
tragedia debe servir para la edificación de los príncipes y de los cortesanos,
mientras que la comedia se dirige al pueblo y a los simples particulares. Más
interesante es la convicción de Luzán de que la poesía puede enseñarlo todo,
tanto ciencias como moral. Sin embargo, si lo bello debe estar unido a lo útil,
podemos preguntarnos cuál es entonces el fundamento de la belleza poética.
No es otro que la verdad, repite muchas veces Luzán. Una verdad simplemente
verosímil o verificable, lo que le permite no confinar a la poesía sólo al campo
de lo imaginario.
La utilidad, la verdad estrechamente ligada a las nociones de unidad, de orden,
de proporción, de regularidad, no son sino algunas de las normas clásicas de
las que Luzán se convierte en intérprete. Sucede, sin embargo, que otorga a la
imaginación la superioridad en el impulso creador y una autonomía no
desdeñable. Por sí sola puede engendrar esas imágenes fantásticas,
artificiales, que distinguen a la poesía de las otras artes.
Los límites de este atrevimiento aparecen muy claramente en los ataques
repetidos que Luzán dirige contra Góngora, responsable a sus ojos de una
“corrupción” de la poesía denunciada desde las primeras páginas de la Poética.
La poesía de Góngora y de sus epígonos se caracteriza, según él, por la
oscuridad, la afectación, la desproporción, el desorden de la frase y del
pensamiento, que son otros tantos atentados a la verdad y, por lo tanto, a la
belleza poéticas. La novedad de las imágenes, en este caso, ya no basta para
provocar el placer del lector.
Si Luzán no ahorra sus críticas respecto de Góngor, es porque sabe que su
influencia todavía es importante y que constituye un obstáculo para la reforma
preconizada: recuperar la bella simplicidad de un Garcilaso. Su combate, sin
embargo, no es un combate solitario: de hecho, Luzán retoma por su cuenta los
reproches que desde el siglo XVII se hacen a una poesía que aún no era
llamada barroca. Por el contrario, es a él a quien se le atribuye generalmente la
responsabilidad de haber desencadenado en España una larga polémica sobre
el teatro nacional.
La Poética fue reeditada una sola vez durante el siglo XVIII, aproximadamente
50 años después de su aparición. Es poco. Se siente la tentación de llegar a la
conclusión de que la Poética no pudo imponerse como texto de referencia. En
razón de su carácter teórico, la Poética sólo podía interesar a un pequeño
número de hombres de letras. Además, resulta claro que ese núcleo de lectores
en su conjunto se mostró más interesado por las observaciones de Luzán sobre
el teatro que por sus observaciones de poética general. La influencia de la
Poética no fue, pues, “nula”, sino doblemente restringida.
Juicio de París renovado
Luzán escribió, para la entrada en Madrid del sucesor de Felipe V, Fernando VI,
un Juicio de París renovado, fábula épica en 80 laboriosas octavas de
endecasílabos, tan eruditas como laudatorias, donde las hermosas divinidades
paganas son reemplazadas por sosas alegorías (el Poder, el Espíritu y el Amor).
Luzán hace manifiestos los defectos que privarán a neoclasicismo español del
brillo poético: la falta de imaginación y de humor.
GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS
BIOGRAFÍA
Jovellanos nació en 1744 en Gijón, un puerto activo de la costa cantábrica. Su
familia, noble y distinguida al igual que prolífica, supo inspirarle un vivo amor a
su patria, que, sin embargo, debió abandonar a la edad de 15 años: un
segundón en ese entonces debía elegir entre la Iglesia o el servicio del rey.
Marchó a la Universidad de Ávila para estudiar derecho civil y derecho
canónico; en 1763, ya licenciado, logra hacerse admitir en el prestigioso
Colegio Mayor de San Ildefonso, sito a las puertas de Madrid, en Alcalá de
Henares. Los tres años que pasó allí son decisivos para su formación a la vez
humanista e ilustrada: al mismo tiempo que hace amigos para toda la vida,
devora sin discriminación los clásicos latinos y los autores franceses modernos.
En 1766, doctor en derecho canónico, se propuso ir a la pequeña ciudad
episcopal de Tuy, en Galicia, para concursar allí para un cargo de canónigo.
Pero, al pasar por Madrid, cambió de parecer: será magistrado. Lo envían a
Sevilla donde, durante diez años, aprenderá su oficio y muchas otras cosas: la
nueva filosofía, economía, poesía, arte dramático, amor. Adquirió una
notoriedad firme, tanto y tan bien que muy pronto, con una epístola famosa, se
convertirá en el mentor de la joven escuela de Salamanca. En 1778 es
promovido a juez comisario en Madrid, pero mucho más que los asuntos
mezquinos y dudosos que su nuevo oficio le obliga a tratar (además lo dejará
muy pronto por uno de los grandes cuerpos de la monarquía: el Consejo de
órdenes), se apasiona por la vida intelectual y mundana de la capital: en unos
años se convierte en miembro de siete academias y sociedades eruditas,
donde se distingue por su elocuencia y su actividad; en particular la Real
Academia de la Historia y la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos
del País.
Nunca dejó de perseguir a la Musa. Pero es gracias a un semiexilio inesperado
en Gijón, en 1790, que puede dedicarse de nuevo a la escritura y a la redacción
de sus textos más importantes, como el Informe sobre el expediente de ley
agraria, fechado en 1795. Y finalmente tiene tiempo para consagrarse a lo que
más le interesa: el desarrollo de su tierra natal y la educación de la juventud.
En 1795 funda en su ciudad el Real Instituto Asturiano, una escuela moderna,
técnica, donde se cultivan las ciencias útiles, el arte náutico, la mineralogía.
Entre tanto, en justa compensación, Jovellanos vuelve a ser persona grata en la
corte. Godoy, el joven favorito, lo llama en el otoño de 1797 y lo hace nombrar
ministro de Gracia y Justicia; pero no cae en gracia durante mucho tiempo: en
el agosto siguiente se ve despedido y, mucho peor, en febrero de 1801, es
detenido en Gijón y exiliado a Mallorca. Sólo los acontecimientos de la
primavera de 1808, cuando cae Godoy y abdica Carlos IV, le permitirán salir de
la fortaleza de Bellver donde había pasado seis largos años meditando y
escribiendo.
Apenas liberado, se encuentra en una encrucijada: ¿seguirá a la mayoría de
sus amigos y aceptará a José Bonaparte? Después de un tiempo de reflexión,
elige el otro campo y acepta representar a Asturias en la Suprema Junta
Central con sede entonces en Sevilla. Allí lo esperan nuevas decepciones: la
junta se desgarra entre sus facciones, el ala conservadora agrupada en torno
del viejo Floridablanca, el ex ministro de Carlos III, sufre los asaltos de los
liberales. A comienzos de 1810 se disuelve y da lugar a la regencia. Jovellanos,
enfrentado con las críticas y las calumnias como los otros miembros de una
institución totalmente desacreditada, se embarca hacia Asturias; deberá
esperar un año antes de poder llegar a su ciudad natal, ocupada por las tropas
napoleónicas. Sólo se quedará algunos meses haciendo planes de restauración
para que querido Instituto arrasado por la guerra, antes de que una nueva
irrupción de las tropas enemigas lo obligue a volver a embarcarse. Arrojado a la
costa asturiana, muere en Puerto de Vega en 1811.
Aunque se lo considera el escritor más representativo de la España de la
Ilustración, Jovellanos nunca siguió, ni falta le hizo, la apacible carrera de un
hombre de letras. Pero al sufrir de lleno los vaivenes del siglo, periódicamente
se encontró frente a sí mismo en un retiro de estudio, elegido o impuesto, para
ennegrecer con frenesí el papel.
POESÍA
Jovellanos, Jovino en poesía, cultiva desde los años de su juventud sevillana, el
género pastoril. En 1775 compuso una epístola en verso titulada Carta de
Jovino a sus amigos salmantinos, que tendrá una influencia duradera en los
poetas de su generación y aún más allá, tan grande es su prestigio personal
desde esa época. El consejo que formula en ella es doble: abandonar los
amores, tema frívolo; cultivar los pensamientos más elevados. Al hacer esto,
Jovellanos presentaba la defensa y ejemplificación de una poesía ilustrada, más
comprometida.
Jovellanos logró iniciar en sus propios versos la renovación de la poesía en
lengua española empleando, sobre todo en sus más famosas sátiras, un
lenguaje preciso, casi crudo, que no se estilaba en el universo bastante
afectado de lo pastoril. La vida cotidiana, con sus bajezas y las palabras
exactas para decirlas sin más trabas, hace su irrupción en el texto poético. En
consecuencia, se explica que Jovellanos declare su preferencia por el verso
libre endecasílabo, más cercano de la prosa y, por lo tanto, más natural.
Jovellanos no se muestra dotado para la chanza; fuera de algún bonito retrato
de mujer, desarrolla temas usuales con rigidez; tiende al énfasis oratorio; las
“caídas” de sus sonetos son inhábiles. El verdadero título de gloria de
Jovellanos está más bien en las grandes “didascálicas poesías”.
Esta denominación es válida, en principio, para las piezas en que el poeta
medita sobre la vida humana; como la epístola a Inarco Celenio (Leandro de
Moratín), de mesianismo inesperado, donde expresa su esperanza en una
humanidad radiante y pacífica. Entonces desaparecerán todas las bajezas de
los hombres, que formarán una sola gran familia.
Menos “rousseauistas”, las epístolas a su amigo el canónigo Posada, en las
que, exiliado en Mallorca, proclama su inocencia y su confianza en Dios;
expresan también cierto ideal de poesía digna y provechosa.
Hay que añadir a estas piezas aquellas en las que Jovellanos habla de la
naturaleza: la hermosa epístola sobre la cartuja del Paular, cerca de Madrid,
donde, bajo las sombras densas, con el ruido del arroyo y la brisa que arranca
las hojas muertas, el poeta llora sus errores y la infidelidad de Enarda; las
palabras son un poco convencionales, pero está muy presente una naturaleza
verdadera. O la epístola en la que cuenta un viaje al norte de España en 1795,
y dice sus impresiones frente a los paisajes, ingratos en León, risueños y
opulentos en La Rioja, con los ríos bordeados de hermosos árboles. Se sienten
en esos versos las preocupaciones expuestas por el observador de los Diarios
de 1792 a 1796 que es también el autor del Informe sobre el expediente de ley
agraria, siempre atento a lo que para él es esencial, la condición humana.
Esta pasión por lo humano, por la sociedad, ha inspirado a Jovellanos las dos
mejores piezas de su obra poética, sus dos primeras sátiras (A Arnesto).
Aparecidas sin firma en El Censor, en 1786 y 1787, denuncian violentamente
las costumbres desordenadas y la indigente educación de la aristocracia
española. La primera fustiga a Alcinda, gran dama desvergonzada; la segunda
se abre con el retrato impresionante de un noble encanallado, que ha arruinado
su salud y dilapidado sus bienes en el desenfreno.
Se puede juzgar significativo el hecho de que los más bellos logros poéticos de
Jovellanos pertenecen a un género que se relaciona tanto con la elocuencia
como con la poesía. Ésta no parece de verdad el fuerte de nuestro poeta, por
elevado que sea su pensamiento. Su discurso poético carece de facilidad, lo
atesta muy a menudo de arcaísmos, de latinismos pedantes, de ampulosidad.
Las hispanas musas no recompensaron equitativamente sus nobles
ambiciones.
TEATRO
Si bien a lo largo de su vida compuso poemas, Jovellanos no se aventuró a
escribir para la escena sino en la época en que, en Sevilla, era comensal del
intendente Olavide, un apasionado del teatro.
Desde 1769, con su Pelayo, Jovellanos se anima de entrada con una tragedia
en verso. El nombre del héroe, primer rey de Asturias y vencedor del invasor
musulmán, nos dice bastante que el joven dramaturgo eligió un tema histórico
perteneciente a la vez a la historia de la nación y a la de su patria chica que,
en aquellos tiempos gloriosos, se confunde con la de toda la Península. Fue, sin
embargo, un ensayo. El autor lo retomó dos veces pero, poco satisfecho del
resultado, no se arriesgó ni a hacer representar ni a publicar su obra.
En 1773, algunos habituales del salón del asistente de Sevilla aceptaron ir allí a
leer una obra dramática de su producción, una de esas comedias lacrimógenas
de moda en París, y fue Jovellanos el que se llevó la palma. Esta obra, El
delincuente honrado, tuvo un claro éxito: representada en seguida en una de
las residencias reales, será traducida y montada en Cádiz por una compañía
francesa, antes de ser adaptada y representada en Gran Bretaña, Viena e
Italia.
El tema le valió al autor un interés que no se desmentiría muy pronto. Este es
el argumento: Torcuato ha sido insultado por el marqués de Montilla. Responde
con reserva y dignidad, pero su adversario lo desafía. Obligado y forzado,
termina por recoger el guante, para escapar al deshonor. Y el que pierde el
duelo es el marqués. Como en principio se ignora el nombre de quien lo ha
matado, Torcuato, cediendo a los ruegos del corregidor don Simón, acepta
casarse con su hija Laura, que no es otra que la viuda del marqués. Los dos
esposos se aman con tierno amor, cuando, al comienzo de la obre se sabe que
el rey, deseoso de castigar al culpable, envía a Segovia a un magistrado
encargado de volver a abrir el caso. Este último, don Justo, despliega tal celo
que Torcuato se convence muy pronto de que va a ser desenmascarado:
Anselmo, su mejor amigo, el único en quien se ha confiado, ha sido arrestado y
sin duda va a ser condenado en su lugar. Se entrega, pues, a la justicia y
confiesa su falta: es condenado a la pena capital. Don Justo, sin embargo,
reconoce circunstancias atenuantes y pide el perdón de Fernando VI con
verdadero entusiasmo ya que se da cuenta de que es el padre del asesino a su
pesar. En el último minuto, se anuncia que Anselmo ha conseguido la gracia del
rey. Torcuato se ha salvado y podrá pasar días felices entre los suyos.
La tesis es límpida: no se trata de una rehabilitación del duelo, condenado por
la Europa de la Ilustración, que ve en él una práctica de otra época. Para el
magistrado ilustrado que es Jovellanos, su héroe es víctima de una provocación
y, por lo tanto, en condición de legítima defensa. La ley, que no distingue entre
el agresor y el agredido y que no relaciona la dureza del castigo con la
gravedad del crimen, es inicua y cruel ya que, como en el drama, puede llevar
a la ejecución de un hombre obligado al duelo por la presión de la opinión.
Como experto, Jovellanos hace desfilar ante nuestros ojos dos tipos de jueces:
don Simón, que aplica de manera estricta y mecánica el derecho, y don Justo
que, aunque respetuoso de los textos, nunca pierde su espíritu crítico.
OBRAS POLÍTICAS
Dejado de lado el primer período andaluz en el que abundan los textos
esencialmente literarios, el resto de la obra de Jovellanos, producto directo de
circunstancias históricas, políticas, profesionales, consiste a menudo en
encargos; el conjunto forma una masa imponente que, a partir de 1768, sigue
el mismo movimiento de la vida de este hombre. El título más famoso sigue
siendo sin discusión el Informe sobre el expediente de ley agraria.
En 1788 la Sociedad Económica de los Amigos del País de Madrid confía a
Gaspar de Jovellanos, uno de sus miembros más conocidos, la tarea de poner
punto final a una encuesta que, desde hacía lustros, le había confiado el
Consejo de Castilla. La tarea era delicada, a la medida de la importancia del
problema, en esa España del Antiguo Régimen donde las trabas históricas
impedían cualquier progreso a una agricultura que, sin embargo, era
preminente. Los ministros ilustrados de Carlos III habrían deseado aportar una
solución de conjunto a una crisis estructural que paralizaba cualquier desarrollo
económico; era también la ambición de los que pregonaban el deseo de esa
“ley agraria”. El motín de 1766 dio ocasión para retomar el tema. Las quejas
del campesinado contra el peso aplastante de las grandes fincas llegaban
esencialmente de Andalucía. Consultado Olavide, éste dirige en Madrid un
verdadero plan de reformas, que será seguido por informes de otros
intendentes. Así queda cuestionado lo que constituía la particularidad del
interior de España: la gran propiedad y la cría extensiva de los corderos
trashumantes. No se podían tocar los privilegios de los grandes propietarios y
de los ganaderos sin quebrar uno de los pilares de la estructura social del reino.
Cuando, por fin, la obra de Jovellanos se publica, en 1795, casi treinta años
más tarde, la guerra desastrosa contra la Convención toca a su fin; el país debe
hacer frente a urgencias aún más graves.
El Informe se resiente de la evolución de las teorías y de las realidades
económicas en la Europa de la Revolución francesa. Marca, en efecto, un
relativo abandono del dirigismo estatal y una inflexión optimista hacia las tesis
liberales e individualistas: la agricultura se halla siempre en una natural
tendencia hacia su perfección que las leyes sólo pueden favorecerla; más que
de multiplicar las leyes se trata, pues, de proteger la propiedad de la tierra y
del trabajo, dejando actuar libremente el interés personal de los agentes de la
agricultura lo que significa, en primer lugar, condenar la mano muerta civil y
sobre todo eclesiástica.
Al popularizar algunas ideas, Jovellanos logra, si no revolucionar la agricultura
peninsular, al menos preparar a la opinión para futuras expansiones. Y ese es
el fin esencial que el autor se había propuesto, él que antes que nada pretendía
remover algunos estorbos morales o derivados de la opinión. Tales propósitos
son los del educador que antes que nada quería ser Jovellanos: <<No haya
lugar que no tenga escuela; no haya individuo, por pobre o desvalido que sea,
que no pueda recibir fácil y gratuitamente esta instrucción>>, una enseñanza
elemental que consiste en saber leer, escribir y contar, pero también en
aprender a conocer los métodos culturales y las herramientas nuevas.
En todo caso Jovellanos se expresaba sobre esas materias con una claridad,
una facilidad y una gracia que de entrada le reconocieron todos sus lectores. Lo
mismo sucede con sus memorias, informes o planes. Uno de los más citados
sigue siendo la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y
diversiones públicas y sobre su origen en España, cuyo instigador fue el
Consejo de Castilla. Contemporáneo del texto sobre la ley agraria, también
había exigido largos años de documentación, reflexión y formalización. Como
hombre de la Ilustración, el informante se niega a bromear sobre el alimento
servido al pueblo. No es con el espectáculo de la comedia, aunque expurgada y
educativa, con el que el pueblo debe recuperarse de las fatigas de su trabajo
diario. Jovellanos no está legos de compartir, sobre este punto, la desconfianza
de Rousseau en Carta a d’Alembert sobre los espectáculos: para él los
campesinos encontrarán en su pueblo mejores y más sanas ocasiones de
diversión.
El interés de la obra es, pues, a la vez histórico y etnográfico, ya que no es
dado a descubrir un cuadro vivo: el de todo un pueblo sorprendido, a través de
las edades, viviendo y divirtiéndose. Es también un cuadro contrastado: los
juegos brillantes de la época de la caballería, testimonio de una sensibilidad
precoz por la belleza del mundo medieval que se encontrará después en la
Descripción del castillo de Bellver, alternan con esas amables fiestas votivas
que han atravesado los siglos. Aparecen evocados tanto los pobres de los
burgos castellanos como la animación de los pueblos de la fachada cantábrica.
La Memoria en que se rebaten las calumnias dirigidas contra los individuos de
la Junta Central del reino fue redactada en caliente en 1810, cuando,
despedido de Sevilla, Jovellanos esperaba en Galicia el momento de volver a su
casa. No se sabe si esta obra, la última que escribió, puede ser considerada su
testamento. En todo caso es importante; manejando una elocuencia contenida,
a lo Cicerón, Jovellanos compone no sólo un patético alegato pro domo ya que,
con sus iguales de la Junta, se vio calumniado y luego despedido, sino que nos
entrega un análisis político de la situación de su país en un momento decisivo,
al término de dos años de una bastante laboriosa revolución patriótica, en la
que ese digno representante de Asturias y de la Ilustración tomó una parte
activa.
DIEGO DE TORRES VILLARROEL
El destino literario de Torres es con seguridad uno de los más notables de la
primera mitad del siglo. Él es, con Feijoo, el autor vivo más editado. Es también
el primero en sacar pingües beneficios de su pluma. Su pasión por la escritura,
su empecinamiento por explorar todos los caminos posibles de la puesta en
escena de sí mismo llevan a reservarle un lugar de excepción en esta historia.
BIOGRAFÍA
Nace en Salamanca en 1694, en un medio de artesanos y tenderos que cuenta
con numerosos libreros.
En 1718 publica su primer almanaque y sigue así año tras año, hasta 1768, el
camino que le procurará gloria y dinero. Poco a poco crece la notoriedad del
que se adorna con el título de Gran Piscator de Salamanca, el mago que pesca
en el firmamento el destino de los hombres. Ingresa en la Universidad para
enseñar matemáticas. En su aula se apiñan sobre todo oyentes llegados de
diferentes horizontes, atraídos por la personalidad del maestro más que por
una disciplina entonces sin prestigio y mal remunerada. A lo largo de su
carrera, pero sobre todo al comienzo, Torres pasará la mayor parte de su
tiempo en Madrid o en Medinaceli, en casa de protectores de alto linaje, para
los cuales organiza fiestas musicales y teatrales donde se manifiestan sus
talentos de autor, actor, guitarrista, flautista o bailarín.
Los años 1738-1739 señalan una etapa importante en su actividad literaria:
exasperado por los plagiarios y falsarios que saquean sus escritos, decide
reunir sus obras dispersas para reeditarlas – no sin arreglos – en una colección
de siete u ocho tomos, cuyo broche final será una autobiografía, la Vida, que
aparece en 1743. En ese mismo año, la Inquisición ordena el secuestro y la
expurgación de uno de sus opúsculos, la Vida natural y católica, que había
aparecido 13 años antes con todas las licencias requeridas. Chocados por
ciertas proposiciones, los nuevos censores podrían muy bien haberse
molestado por el éxito fulminante de la Vida. Algunos de ellos eran colegas de
Torres en la Universidad de Salamanca. Unos días bastan al autor para revisar
su texto y volverlo a publicar.
En 1745 se ordena sacerdote, después de haberse demorado 30 años en el
estado de subdiácono. Se jubila en 1750 y publica una continuación de su
autobiografía, y se consagra en 1752 a la edición por suscripción – la primera
lanzada en España – de sus obras completas: una imponente colección de 14
volúmenes.
Después de la construcción de ese majestuoso monumento, Torres se
contentará casi sólo con redactar el almanaque anual, si se exceptúa, en 1758,
una nueva puesta al día de su autobiografía. Pero no por esto han terminado
sus problemas con la Universidad: durante cuatro años pretenderá obtener
contra el parecer del alma mater la creación de una “Academia de
matemáticas”. Valiéndose de sus altos apoyos madrileños, saldrá vencedor del
litigio y podrá abrir lo que de hecho sólo será una escuela técnica.
Torres muere en 1770, después de haber consagrado una parte de sus últimos
años a obras de caridad.
PRODUCCIÓN LITERARIA
Se destacarán las tres partes esenciales de la producción literaria de Torres:
1) El archipiélago de obras fantásticas que se constituye entre 1724 y 1737,
y donde la búsqueda de una escritura original acompaña una visión
moral de la sociedad y del devenir del hombre;
2) La larga serie de almanaques, publicados durante medio siglo (1718-
1768), con lo que ésta aporta desde el punto de vista de la invención
novelesca, pero también de la puesta en escena de sí mismo;
3) Y finalmente, el proceso autobiográfico, difuso o proclamando, que sella,
en definitiva, la unidad profunda de una obra aparentemente
heterogénea.
Los almanaques son los antecedentes de los cuadros de costumbre, que son
instantáneas (como si fueran fotos) de lo que era la sociedad de la época.
En sus obras fantásticas el elemento científico viene cambiado por la utilización
del sueño, que da libertad de seguir sin un pensamiento lógico. Entonces la
obra de Villarroel es una obra inventada. La visión a través del sueño es una
visión crítica de la realidad.
OBRA LITERARIA
Muy pronto lo atrae la literatura y, en primer lugar, la poesía: en 1778-1779
aparecen en Ferrara los tres volúmenes de Odas de Filópatro, donde se destaca
el lugar reservado a los temas históricos y americanos. Pero será la escritura
novelesca la que le abrirá las puertas de la celebridad, desde la primera obra
titulada Eusebio (1786-1788). Seguirán Al Antenor, El Rodrigo, Eudoxia, hija de
Belisario y El Mirtillo o los pastores trashumantes. Todas estas obras serán
publicadas por el célebre editor Sancha, con el que Montengón estará en
perpetuo litigio.
Eusebio
Así se llama un niño español que viaja con sus padres hacia el Nuevo Mundo.
Su barco naufraga en las costas de Maryland, y Eusebio, al quedar huérfano, es
recogido por una pareja de cuáqueros. Éstos confían el niño a uno de sus
correligionarios, Hardyl, que, aunque respetando la formación católica que
supone que tiene, lo educará según un ideal estoico de virtud y tolerancia.
Ningún tema es descartado de las conversaciones morales a través de las
cuales se forma poco a poco el niño y luego el adolescente. Un largo periplo
lleva al maestro y a su discípulo a Inglaterra, Francia y España. Pero este
contacto con el Antiguo Mundo está jalonado de desilusiones y marcado por un
terrible duelo: Hardyl muere en un accidente, no sin antes revelar a Eusebio
que es su tío. El joven vuelve a América y se casa con Leocadia. Nuevo viaje a
Sevilla, para arreglar un asunto de familia, pero decididamente, ese mundo de
superstición y de violencia no es el suyo, y vuelven a tomar el camino de
Filadelfia. Allí la joven pareja y su hijo podrán lograr la plenitud en una tierra de
abundancia, felicidad y virtud.
Es muy significativo que el mentor de Eusebio sea un cuáquero. Por primera
vez en España, un novelista situaba una ficción en un entorno geográfico y
filosófico ajena a la tradición hispánica. El cuestionamiento de la moral católica
no se hacía sino cada vez más intolerable a los ojos de los censores de la
Inquisición, preocupados también por la onda de choque de la Revolución
francesa. El libro fue prohibido en 1790, y el autor obligado a reescribirlo.
Este obstáculo no afectó en absoluto a la boga de la novela, y hasta pudiera
ser, como sucede a menudo, que la haya reforzado. Sin duda, los motivos del
naufragio inaugural, de la peregrinación crítica del maestro y el discípulo, del
descubrimiento final de un secreto, de la vuelta al orden o la accesión al idilio,
tenían el sabor de lo ya leído, para quien se acordaba de Cervantes. Esto no
impide que en los discursos de Hardyl y de Eusebio el lector percibiera una
manera nueva de mezclar un aprendizaje pedagógico y una aventura
novelesca impregnada de los sentimientos ingenuos que se atribuían a los
habitantes de la lejana América. Al igual que ellos, creía en la perfectibilidad
del hombre guiado por la Virtud.
El Antenor (1788)
El prudente héroe, cantado por Homero y Virgilio, deja Troya reducida a cenizas
y va a fundar Padua y Venecia. Si la primera parte está llena de aventuras
fantásticas, la segunda está consagrada al arte de gobernar los hombres. La
influencia de Fénelon y de los filósofos ilustrados es más nítida en ella que en
Eusebio. La felicidad de los hombres es la preocupación constante de Antenor y
le inspira un elogio del pacifismo. Obligado a abdicar, se traslada a una
república llamada “Elime”, comunidad utópica en la que descubre las virtudes
ejemplares.
El Rodrigo (1793)
Es una novela histórica inspirada en las vicisitudes del último rey de los godos.
Revisada por Montengón, la historia se convierte en una serie de episodios en
los que lo fabuloso compite con lo macabro y la desmesura. Se ha podido
considera esta novela, inscrita en una rica tradición literaria, como la primera
novela histórica del romanticismo español.
Eudoxia, hija de Belisario (1793)
En el origen de Eudoxia se verá sin duda la boga del Bélisaire de Marmontel.
Sin embargo, el proyecto de Montengón es diferente: la trama narrativa es
sobre todo un pretexto para desarrollar un discurso sobre la educación y la
emancipación de las mujeres, hasta el punto de que Eudoxia aparece como el
equivalente femenino de Eusebio.
El Mirtillo o los pastores trashumantes (1795)
Éste podría muy bien ser el último brote español del largo linaje pastoril. El
relato novelesco, entrecortado por numerosos poemas, pone en escena a un
joven madrileño decepcionado por las presiones y los compromisos de la vida
ciudadana. Sale en busca de una Arcadia que terminará por descubrir en una
Andalucía transfigurada. En este libro impregnado de amargura se mezclan
curiosamente rasgos familiares del discurso crítico de la Ilustración – sobre
todo a propósito de los privilegios ancestrales unidos a la trashumancia (la
mesta) – y los, no menos familiares, del idilio rústico tradicional.
Con El Mirtillo se cierra una obra marcada por una voluntad segura de dotar a
España de un género que reflejaría preocupaciones modernas. Si el resultado
no siempre estuvo a la altura de esta ambición, queda en pie el hecho de que
Montengón no dejó de responder ampliamente a una expectativa, y contribuyó
a formar una nueva sensibilidad literaria.
LA PRENSA Y EL PERIODISMO
En la segunda mitad del siglo XVIII fue importante también la prensa, sobre
todo para la difusión de las nuevas ideas y para la configuración de nuevos
géneros literarios (como el escrito breve, que quería criticar y revisar la cultura
anterior, que se consideraba responsable de la decadencia presente).
Con la prensa nacieron periódicos como:
Diario de los literatos de España, para la discusión sobre las teorías
literaria;
El pensador, que quería criticar las costumbres de algunas clases
sociales, como los vicios atribuidos a la nobleza hereditaria;
El censor, en el cual se utiliza la carta para censurar vicios y abusos
derivados de la mentalidad del Antiguo Régimen, que puede definirse
anquilosada.
En la prensa se encuentra el recurso preferido de la sátira del siglo XVIII: la
adaptación del punto de vista del viajero extranjero para criticar las
costumbres nacionales con una perspectiva objetiva (un recurso utilizado a lo
mejor de Cadalso).
Otro elemento de la prensa son los libros de viajes, escritos por los ilustrados
en forma de diario a un amigo utilizando un seudónimo o el anonimato.
EL TEATRO DEL SIGLO XVIII
El teatro es un medio de difusión, pero también de disuasión política.
El periodo del virreino de los Borbones en Nápoles ha sido un perido en el que,
supuestamente, el virreino era culturalmente más activo que el reino mismo.
Como la escena teatral en Nápoles era más variegada, cuando Carlos III deja la
ciudad y se va a Madrid, se lleva consigo a arquitectos como Vanvitelli y su hijo
para construir la capital.
Cuando Carlos III llega en Madrid, ve que la situación teatral está mal porque
persisten representaciones que se rehacen al Siglo de Oro sin tener su valor.
En la primera mitad del siglo XVIII se desarrolló el teatro posbarroco, muy
influenciado por el modelo barroco, perpetuando el estilo de Calderón de la
Barca y de Lope de Vega, pero con resultados carentes de inventiva y de fuerza
creadora.
Entre el público triunfaron las comedias de enredo, de magia, de milagros de
santas y de historia. Entre los aristocráticos se desarrollaron las zarzuelas
(obras teatrales lirico-dramáticas en las que se alternan cantos y bailes) y el
gusto italiano.
Este teatro fue muy criticado y satirizado por los Ilustrados, que querían un
teatro inspirado a las reglas aristotélicas. Entre las comedias de este primer
periodo recordamos:
La comedia de capa y espada, típica del Siglo de Oro, en la que había
personajes populares;
La comedia de figurón, con personajes cómicos y grotescos, como los
personajes de las falsas latinas;
La comedia de figurón es una comedia de risa, cuyo protagonista era un
tonto traicionado por algunos personajes. Era una visión inmoral y
caricaturizada en contra de un personaje. Por ejemplo, Antonio de
Zamora escribe El rechizado por fuerza, donde un hidalgo noble es
traicionado como si fuera objeto de brujerías.
Comedias de santos, las que se presentaban en manera exagerada en
sus efectos escenográficos (incluyendo también escenas acrobáticas) y
las que se acercaban siempre más a la comedia de magia;
Comedia de magia o de tramoyón, caracterizada por maquinas que
hacen efectos espectaculares y luego prohibida por Carlos III porque se
mezclaban lo agrado con el profano.
El teatro de magia es un teatro muy divertido y muy fácilmente inmoral,
porque no tiene una visión moralizadora y utilizaba tramoyas de tradición
calderoniana para que las brujas subieran o bajaran. Entonces una
representación sagrada del auto sacramental se convertía en una
representación bastante inmoral.
El autor más importante de este tipo de teatro, que gustaba mucho al
pueblo porque era divertido, fue José de Cañizares.
En 1775 hay la abolición de los auto sacramentales y en 1788 de las
comedias de magia, porque contrastaban el concepto de teatro educato.
El Auto de los Reyes Magos es un teatro de puño religioso que se hacía
en los sagrados de las iglesias.
Los dramas históricos, que no tenían un periodo histórico fijo. Este tipo
de teatro fue rechazado por los clásicos, porque se hacía muchísima
utilización de las lágrimas, del aspecto patético, los cercos de las
ciudades donde los niños morían de hambre. Uno de los autores más
importantes era Francisco Comella, cuya obra más importante es El sitio
de Calés.
La comedia lastimosa venía de Francia. Luzán había propuesto una
traducción al española de la obra de Chaussée Le préjugé à la mode, una
comedia en contra de la moda de hablar un tipo de francés.
Los cuentos honrados, sobre la educación de los jóvenes ricos y nobles.
Es un tipo de visión crítica de la juventud, que piensa sólo en divertirse,
en gastar dinero. Entre los autores más destacados encontramos
Jovellanos y Antonio de Zamora.
En la segunda mitad del siglo XVIII se desarrolló el teatro neoclásico, que fue
caracterizado por el intento de contribuir a la reforma de las costumbres
sociales y de difundir las nuevas ideas ilustradas, los valores universales de la
cultura y del progreso. En el ámbito del teatro neoclásico se cultivó tanto la
comedia como la tragedia.
Bajo el influjo de la Poética de Luzán y a través de autores como Jovellanos,
Nicolás Fernández de Moratín (padre) y Leandro Fernández de Moratín (hijo)
empezó la reforma del teatro neoclásico.
En el teatro barroco, la tragicomedia era el género más representado. La
comedia barroca tenía la doble intriga: la intriga de los protagonistas nobles y
la intriga del gracioso. Esto era imposible en el teatro neoclásico, que seguía
las normas de Aristóteles.
La tragedia, en la normativa neoclásica, es una obra teatral de asuntos graves
que sólo la nobleza entendía: el amor, la traición, las intrigas políticas. Esta
nueva tragedia tiene como modelo la tragedia de los dramaturgos franceses,
como Corneille y Racine. Los moralizadores neoclásicos españoles preferían a
Racine, porque Corneille ponía en tela de juicio la religión. Uno de los autores
de tragedia más importantes es Agustín de Montiano y Luyando, que publica
sus discursos sobre la tragedia y tragedias como Virginia y Ataúlfo. Una de las
tragedias más importantes puesta en escena, que va poniendo una crítica a
Carlos III, es Raquel de García de la Huerta.
La comedia era para el pueblo y se ocupaba sobre todo de subrayar algunos
aspectos de la sociedad que se quieren cambiar. El más importante de todos
los comediógrafos de este periodo es Leandro Fernández de Moratín, que puso
en tela de juicio la costumbre de que las jóvenes tenían que casarse con viejos
dañosos (El viejo y la niña, El sí de las niñas y La comedia nueva o El café).
Otro autor de comedias muy importante es Tomás de Iriarte, que escribe El
señorito mimado y La señorita malcriada.
Los rasgos fundamentales del teatro neoclásico fueron:
El respeto de las tres unidades aristotélicas de lugar, tiempo y acción;
La separación de lo trágico y de lo cómico;
La verosimilitud de la acción;
Hay una búsqueda de una veridicidad, hacia lo real. Entonces todo lo que
era algo artificioso se quitaba, como en el caso de la música, utilizada en
el teatro barroco.
La claridad del estilo y del lenguaje;
El decoro de los personajes, que deben comportarse y hablar de acuerdo
con su sexo y su condición social;
La eliminación del personaje del precioso;
La finalidad didáctica.
¿Cómo se pone en la escena? En los auto sacramentales se utilizaban
maquinarias llamadas “tramoyas”: eran muy sofisticadas y se utilizaban, por
ejemplo, para que el ángel pudiera bajar desde la cúpula (entonces para poner
en escena una intervención divina). Estas tramoyas se utilizaban también en
otros tipos de teatro, que los reformadores y Carlos III condenaron.
En el Siglo de Oro existía el teatro de corral, que era un teatro público:
consistía en dos edificios que tenían ventanas como si fuera una especie de
teatro natural, en el que se ponía el tablado; entre los dos edificios se creaba el
corral. Entonces no había un teatro propiamente dicho, y en el siglo XVIII se
construyen en Madrid tres coliseos:
1) El teatro palaciego: los nobles llaman a los autores para que escriban una
obra para estrenarla en el palacio;
2) El teatro palatino, de la corte;
3) El teatro de corral, que era el teatro público.
En Madrid había tres teatros, destinados a diferentes representaciones:
1) Los caños del Peral: teatro lírico; en el siglo XVIII nace la lírica,
precisamente con el teatro italiano de Metastasio.
2) Teatro Príncipe.
3) Teatro de la Cruz.
El teatro siempre ha sido una diversión popular, porque era la única modalidad
artística de la que gozaban todos los estados de la sociedad, desde el pueblo
hasta los nobles. Pero el público estaba dividido tanto en el coliseo como en el
corral. El público se tripartía según el estado social y el sexo, con excepción de
la nobleza. Entonces, había una división de clase dentro del teatro. Los más
ricos estaban en la luneta, al lado del teatro. En lo más alto estaban los
miembros de los órdenes eclesiásticos, que normalmente eran nobles que se
habían hecho cardinales. Y, por fin, había un patio en el que la gente asistía de
pie; al final de este patio había las mujeres, en una zona llamada “cazuela”.
Las representaciones normalmente empezaban el domingo de Pascua y
terminaban por la Cuaresma. Entonces, el único periodo en el que no había
teatro era la Cuaresma.
Las comedias estaban divididas en actos, entre los cuales hay los entremeses,
que serían los entreactos. El autor de comedias no es el autor, sino que el capo
cómico. Éste era el capo de la compañía, que compraba las comedias y las
ponía en escena. Los jefes del ayuntamiento eran los que daban el permiso de
representación para cada obra que se quería poner en escena; entonces,
actuaban como censores. El problema era la moralidad y se razonaba así: el
pueblo no sabe ni leer ni escribir, por los menos que tenga una conducta moral.
VICENTE GARCÍA DE LA HUERTA
Representada en 1778 en Madrid después de regresar del exilio el dramaturgo,
que había sufrido la venganza de Aranda por razones de orden a la vez
sentimental e ideológico, Raquel es un verdadero alegato en favor de los
derechos de la nobleza frente al poder omnímodo de la favorita judía del rey
Alfonso VIII, en quien se podría reconocer respectivamente a Esquilache y a
Carlos III. En ella se veía enfrentarse a los partidarios del “liberalismo”
aristocrático y a los seguidores (y beneficiarios) del absolutismo; el monarca,
enamorado, duda entre las dos líneas políticas, y Raquel, causa y símbolo de su
ceguera, es ejecutada no por los jefes de la oposición, sino bajo la presión del
pueblo que éstos ya no logran controlar; entonces puede intervenir la
reconciliación final de las “almas grandes”, momentáneamente desunidas,
ante el verdadero enemigo común, la plebe.
PERIODISMO
Fue sobre todo en la lucha política donde, desde la adolescencia hasta el último
suspiro, se expresó, tanto en castellano como en francés, el temperamento
fogoso de Marchena. La prensa filosófica y política, en la tradición del
Spectator inglés, fue, de todas las tribunas, la que más le convenía; no tenía
veinte años cuando redactó su Observador donde, desde el primer número,
manifestó sin ambages la deontología del periodista extraviado en el país de la
Inquisición.
Como escritor de su siglo, Marchena otorgo al teatro el papel eminente de
escuela de costumbres; también fustiga la herencia del Siglo de Oro, tachada
de inmoralidad y, aun antes de Moratín, las costumbres y los gustos
depravados del público contemporáneo.
Por otra parte, en otras páginas de su periódico, Marchena se atreve a dar el
paso a un cierto hedonismo sobre la ética cristiana, doctrina oficial de la
monarquía española. Puede adivinarse sin esfuerzo que prefiere Rousseau o
Condillac a santo Tomás. En una palabra, era provocativo y bien pronto se hizo
indeseable cuando, al final del reinado de Carlos III, publicó sus primeros
discursos.
Un cuarto de siglo más tarde, Marchena iba a representar muy oficialmente la
voz del nuevo gobierno, mientras su rey era considerado por más de uno un
usurpador. Para su turiferario, sin sombra de duda, José Bonaparte era y seguía
siendo la solución para España. También, en su deseo de seducir al campo
contrario, el de los patriotas que lo odiaban, consagra largas páginas de la
Gaceta de Madrid a explicar, a su manera, la actitud de las mujeres españolas
en la guerra de Independencia; asimismo expone las razones que hacen que la
insurrección de la Península (él le niega el nombre de revolución) no pueda
producir ni grandes hombres ni nobles acciones, como sucedió en otros
lugares, en América o en Francia.
Nunca renunció a un anticlericalismo militante, y cuando volvió a Sevilla en
1820 fue para pronunciad como verdadero pionero, ante la sociedad patriótica,
un vibrante discurso sobre la ley relativa a la extinción de las órdenes
monásticas y a la reforma del clero regular.
BLANCO WHITE
BIOGRAFÍA
José María Blanco, nacido en Sevilla en 1775, muerto en Liverpool en 1841, es
el nieto de un comerciante irlandés católico, emigrado a Andalucía, y el hijo de
sevillanos muy piadosos; entró en las órdenes en 1799, canónigo a los 26 años;
en 1809, a favor de la guerra de Independencia se convirtió en corredactor del
Seminario patriótico, una hoja liberal efímera. Un año más tarde, se exilió en
Inglaterra, donde abrazó la religión anglicana, antes de convertirse en pastor
de la misma. También vivió de su pluma. Durante unos años de predicador y
teólogo de la Iglesia anglicana, sobre todo en Irlanda en la época del Acta de
emancipación (1826), a la edad de 60 años romperá con el anglicanismo y
llegará, antes de que la muerte le alcance, a las filas de los unitaristas.
POESÍA
La poesía, muy pronto cultivada en un círculo de amigos, le servirá, durante su
vida, de refugio. Una poesía en lengua española: es necesario precisarlo, al
tratarse de un escritor que o por turno o de manera simultánea, pero nunca
indiferentemente, se expresa en una u otra lengua. En la década de 1810
Blanco asegura escribir, hablar, pensar, predicar y aun rezar en inglés
exclusivamente, y dice que conserva por fuerza su castellano materno sólo
para la correspondencia familiar o para servir los pedidos de los editores.
Después de un buen cuarto de siglo de publicaciones que casi sin excepción
ofreció en su lengua de adopción, compuso en español los poemas y la novela
que surgirían de su pluma, casi en articulo mortis.
En el opúsculo titulado Poesías de una academia de letras humanas de Sevilla,
que apareció en esta ciudad en 1797, unas 17 obras son del joven Blanco. En la
época de su partida precipitada hacia Madrid en 1805, redacta, aunque no los
entrega a la imprenta, otros varios textos en verso: poemas de circunstancia,
pero también composiciones más personales, como la elegía al poeta Quintana
(1806).
Aun cuando se refugie en Inglaterra, Blanco, convertido en White, nunca
conocerá la paz del alma. Al garrapatear esos versos, el poeta ya sabía de qué
hablaba: hacía poco que había dejado esa Sevilla sofocante que no había
calmado su sed de libertad. A las reminiscencias horacianas, siempre latentes
en una poesía que en muchos puntos sigue siendo neoclásica, se unen
íntimamente una dura experiencia vital y el presentimiento de que nunca será
de otra manera. Insatisfacción, desengaño, soledad, se descubren aquí todos
los elementos de la sensibilidad romántica.
Quien conoce a Blanco, la agudeza de su mirada, su gusto por el autoanálisis y
su manía por la justificación no puede dejar de pensar que en 1805 la razón de
esa imprecisión es, sin duda, tanto de orden político como psicológico o
artístico: tiene el nombre de censura, Inquisición.
Blanco escribió de los españoles contemporáneos suyos que eran maestros en
el arte de entenderse por signos, como los sordomudos. Los que le importaban
lo entenderían, sabrían adivinarlo. Para los otros, más valía que nada pudieran
descifrar: hubieran sido capaces de conseguir una copia del texto y de
denunciar al autor. Lo que a los treinta años Blanco tenía que confiar al papel
era grave (había perdido la fe y ya no soportaba Sevilla ni su familia),
demasiado grave para no ser cubierto por el velo de la poesía.
PERIODISMO
La ocupación napoleónica le da la ocasión de versificar al unísono con
Quintana; su periódico, el Semanario patriótico, acoge su “Oda a la Junta
central”, exhortación a la unidad de los españoles en lucha por su libertad; en
1809, replegado en Sevilla, le confían la sección política del periódico. Pero no
tardará en desagradar, porque se niega a considerar la insurrección en su
aspecto tan sólo militar y confiesa, aunque prudentemente, desear un cambio
profundo para su país. La autoridad suspende muy pronto la publicación, y el
redactor desembarca en Londres, donde aparecerá el primer número de El
Español, denuncia lúcida de la acción perniciosa y desmovilizadora de las
juntas. Las cosas no harán más que agravarse cuando el exiliado se lance a
una campaña en favor de una autonomía, y aún de una independencia aunque
limitada de las colonias americanas. En 1814, la brutal reacción fernandina le
quita las ganas de continuar la redacción de ese periódico, el primero de
oposición en lengua castellana que apareció, y lo disuade de mezclarse
durante más tiempo en la política de su antigua patria.
De 1823 a 1825 Blanco acepta redactar él solo para el editor Ackermann un
periódico trimestral, destinado a un público sudamericano: Variedades o el
Mensajero de Londres. Ese mensajero londinense que se dedica más a la
literatura, y aun a la religión, que a la política, representa la primera revista
romántica en español. Blanco, que en la época de su juventud andaluza de
buena gana se había convertido en el defensor de la fría Razón y de cierto
purismo neoclásico, al aspirar el aire de la libertad inglesa, abrazó esta nueva
causa: sólo ella, a sus ojos, era incompatible en cualquier despotismo político-
religioso. Este ferviente de Shakespeare – que contribuirá también al
redescubrimiento de La Celestina incluida en el Índice en 1793 y poco conocida
– evoca sobre todo la famosa escena de las brujas y proclama que las artes no
están dirigidas al juicio, sino a la afectividad, no siendo la verosimilitud que
requieren física sino moral.
ÚLTIMOS ESCRITOS
Blanco White, entregado a su anglofilia, quiere unir la práctica con la teoría;
compone para su periódico tres relatos: “Costumbres húngaras”, “Intrigas
venecianas” y “El Alcázar de Sevilla”. Los dos primeros revelan, si no a un
narrado hábil, al menos a un precursor de la novela histórica, alimentado de
gothic tales, mientras que las variaciones del tercero sobre las bellezas de la
naturaleza andaluza mutilada permiten al autor, a la vez que compone cortos
relatos extraordinarios, exhalar su propia melancolía.
Cuando hace mucho tiempo que ha abandonado el uso de la lengua, Blanco
emprende, en español, la redacción de su única novela. Titulada Luisa de
Bustamante o La huérfana española en Inglaterra (1840), quedará sin terminar.
Este esbozo novelado de la emigración en el Londres de la revolución industrial
le da ocasión para arreglar sus cuentas con la hipocresía anglicana, como lo
había hecho unos veinte años antes en sus Letters from Spain (1822), con los
mojigatos de su primera patria.
Se debe señalar, al menos a título de información, la obra inglesa del exiliado.
Ha sido recientemente traducida al castellano, después de más de un siglo en
el que Blanco fue un autor tabú en la Península. Si la teología lo ocupó a
menudo, la literatura le debe textos importantes: relatos autobiográficos donde
recorre su vista hasta la obsesión (Examination of Blanco White o aun Life) y
esas seudocartas españolas que esbozan un cuadro bastante negro, pero vivaz
y preciso, de la vieja España católica e inquisitorial: una España que el exiliado
decía odiar, pero que nunca dejó de fascinarlo.