La Iglesia
9º Parte: Cristo signo sensible de la gracia que
salva
9.1. Cristo es el signo sensible de la gracia que salva
Cristo es signo manifestativo de la benignidad de Dios para con los hombres. En
El se nos manifestó la amistad de Dios, Tit 3, 4, y los amorosos designios de su
voluntad salvífica. Este misterio salvífico es el misterio de Dios, Col 2, 2,
escondido en Dios y descubierto tras largos siglos de cuidadosa espera en la
encarnación de Cristo, Tit 2, 11. Así el misterio de la sabiduría de Dios se ha
hecho tangible con la aparición de Cristo, portador y ejecutor de esa sabiduría
salvadora, l Cor 1, 24.
Merece la pena detenerse ante este aspecto de signo que encierra la humanidad
de Cristo; porque tiene consecuencias importantes para el concepto sacramental
de la Iglesia. La encarnación del Hijo de Dios tiene un valor "manifestativo" de los
planes salvíficos de Dios Padre. Pero la resurrección de Cristo es el gran anuncio
de que esos planes salvíficos se han realizado, que el Padre se ha aplacado (de la
cólera del pecado) y que el hombre ha sido glorificado con Cristo (el hombre
nuevo).
El Padre, resucitando a Cristo de entre los muertos y glorificándolo nos dio prueba
de que había aceptado la satisfacción de Cristo por nuestros pecados y que en Él
nos reconciliaba consigo. Ahora bien, no podemos separar estas etapas de la
vida, muerte y resurrección de Cristo como si fueran cada una de ellas
proporcionando diversos elementos constitutivos de nuestra salvación. Todas ellas
se resumen en un solo nombre: Cristo. Y Cristo es, ya en su encarnación, en su
vida mortal, en su muerte y en su resurrección, el gran signo manifestativo de la
benignidad del Padre, de sus planes salvíficos, de nuestra redención, y de nuestra
glorificación en El. Porque no puede haber participación en la reconciliación con el
Padre si no es haciéndonos conformes con la imagen de su Hijo, Rom 8, 29.
9.2. Cristo es el instrumento o el signo eficaz de esa gracia
Es cierto que toda la Trinidad es la causa única y principal de nuestra justificación.
Pero la humanidad de Cristo fue el instrumento mediante el cual esa justificación
nos fue merecida y aplicada. Por su unión personal con el Verbo, ese instrumento
(su naturaleza humana) fue un instrumento excepcional, capaz de operar nuestra
justificación, como por su propia virtud (teoría de la causalidad instrumental de
Sto. Tomás).
Si nos atenemos a los datos de la Sagrada Escritura, toda la humanidad de Cristo,
su alma y su cuerpo, su inteligencia y su voluntad se implicaban en los actos en
los cuales se nos perdonaban los pecados, Mt 9, 2, se ofrecía el sacrificio
expiatorio de la cruz, Jn 10, 18, unía a su persona después del sacrificio a todas
las gentes, Jn 13, 14, comunicaba a sus apóstoles el poder de perdonar los
pecados, Jn 20, 23, el de santificar al los hombres, el de conducirlos con una
autoridad participada de la suya hacia el reino de los cielos, Mt 28, l8. Vemos pues
que Dios ha operado nuestra justificación por medio del instrumento de la
naturaleza humana de Jesús. Con esto vemos que Cristo puede llamarse con
justicia el sacramento de Dios:
Primero, por ser el portador de invisibles realidades divinas en el visible
vaso de su carne.
Segundo, porque es el signo manifestativo de su gracia, de la benevolencia
de Dios para con los hombres, de Dios que decreta salvarlos por Cristo y de Dios
que acepta el sacrificio de Cristo.
Tercero: es Cristo, el sacramento primordial, por ser el instrumento eficaz y
visible de nuestra justificación. Existe, por tanto, una analogía entre el misterio de
Cristo y el misterio de la Iglesia.
Veamos, por esta profunda analogía se asimila (la Iglesia), al misterio del Verbo
encarnado. La Const. "Lumen Gentium", Nº 8, comenta: "Cristo, el único Mediador,
instituyó y mantiene continuamente en la tierra a su Iglesia santa, comunidad de
fe, esperanza y caridad, como un todo visible". Es decir, las estructuras visibles de
la Iglesia son portadoras de la presencia salvífica de Cristo. Por lo tanto, esas
mismas estructuras visibles tienen un valor de signo manifestativo. Más aún, como
quiera que son el instrumento salvífico querido por Dios, ese instrumento es
también signo eficaz de la gracia de Cristo. Es decir, como Cristo es el sacramento
del Padre, la Iglesia es, análogamente, el sacramento de Cristo.